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ANTONIO OLIVER, C.R.

LOS TEATINOS

SU CARISMA - SU HISTORIA - SU FISONOMÍA

CURIA PROVINCIAL DE LOS CLÉRIGOS REGULARES (TEATINOS)


Madrid, 1991
Nihil obstat:
P. Francisco Andreu, C.R.
Dr. Phil. — Dr. Theol.

Imprimí Potest:
P. Eugenio Julio Gómez, C.R.
Prepósito General

Edita: Curia Provincial de los Clérigos Regulares.


Madrid, 1991

I.S.B.N.: 84-404-9753-9 Depósito Legal: M-23686-1991


Impreso en Orinoco Artes Gráficas, S.A.
c/ Caucho, 9. 28850 Torrejón de Ardoz (Madrid)
Telf.: 675 14 33.
SIGLAS Y OBRAS
que se citan más a menudo y abreviadas:

Enchiridion = Enchiridion Clericorum Regularium (Theatinorum), vol. I, Roma 1991.


Ratio = Ratio Studiorum Clericorum Regularium, Roma 1990.
RD = Regnum Dei. Collectanea Theatina. Roma.
Andreu, I chierici regolari = F. Andreu, I chierici regolari: RD 30 (1974)55-78.
Andreu, I teatini = I teatini dal 1524 al 1974. Sintesi storica: RD 30 (1974)8-54.
Andreu, Itinerario = Itinerario de una vocación: RD 37 (1981)
Andreu, La regola = La Regola dei chierici regolari nella lettera di Bonifacio de’Colli a Gian Matteo Giberti: RD 2 (1946) 38-53.
Andreu, Lettere = La lettere di San Gaetano da Thiene: Studi e Testi, 177. Città del Vaticano 1954.
Andreu, Perfil = Perfil y actualidad de un carisma: RD 30 (1974) 88-138.
Andreu, La spiritualità = Andreu, La spiritualità degli ordini dei Chierici Regolari, RD 23 (1967), 154-183.
Andreu, I teatini = Andreu, I teatini e la rivoluzione nel regno di Napoli, RD 30 (1974), 221-396.
Chiminelli, San Gaetano = P. Chiminelli, San Gaetano Thiene, cuore della Riforma Cattolica, Vicenza 1948.
Llompart, Gaetano = G. Llompart, Gaetano da Thiene (1480-1547) Estudios sobre un reformador religioso, Roma 1969.
Mas, La spiritualità = B. Mas, La spiritualità teatina: RD 7 (1951) 3,64, 181.
Masetti-Zannini, I teatini = Masetti-Zannini, I teatini, la nuova scienza e la nuova filosofia in Italia RD 23 (1967) 3-79 y 83-153.
Paschini, S. Gaetano = P. Paschini, San Gaetano Thiene, Gian Pietro Carafa e le origini dei Chierici Regolari Teatini, Roma 1926.
Rossell, Iter = C. Rossell, E1 iter redaccional de las “Constitutiones Clericorum Regularium” a la luz de las fuentes manuscritas del
Archivo General de los Clérigos Regulares, Roma 1981 (pro ms)
Silos = J. Silos, Historiarum Clericorum Regularium a Congregatione condita pars prior, Roma 1650.
Veny, Cartas= A. Veny Ballester, Cartas y escritos ascéticos de San Cayetano de Thiene, Palma de Mallorca, 1977.
Veny, San Cayetano = San Cayetano de Thiene, Patriarca de los Clérigos Regulares, Barcelona 1950.
Veny, S. Andrés= S. Andrés Avelino, Clérigo Regular, Barcelona 1962.
Vezzosi = F. Vezzosi, I Scrittori de’ Chierici Regolari detti Teatini, Roma 1780.
PÓRTICO

En la larga historia
de los hijos de san Cayetano
resulta fácil descubrir y sentir
el paso del Señor
en la Iglesia y en el mundo.
INTRODUCCIÓN

Asomarse a la historia es asomarse al mismo misterio de la vida y es acercarse a captar el


verdadero significado de las personas y de las cosas. Nunca se regresa de la experiencia con las
manos vacías: La historia es maestra de vida.
Todo lo que vive evoluciona, se despliega desde un origen hacia un fin; un fin que puede ser un
final o una meta. Es la historia. La historia es teleológica. Todo tiene un fin. Todo tiene sentido.
Aparece, pues, ya aquí, en el principio, una realidad que se nos hará familiar: La Providencia. Dios
es quien tiene las riendas de la historia. De Él son los siglos y los instantes. Ponerse en sus manos es
sencillamente comprender el sentido profundo de la larga aventura humana.
La línea del despliegue histórico desde el origen hacia el fin se hace por etapas. Etapas que, por
otra parte, pueden ser seccionadas de manera convencional o artificial, a fin de facilitar el estudio de
la evolución en el tiempo de una persona o de una institución. Pero habrá que tener en cuenta que
esas etapas, al fraccionar la totalidad, ponen en peligro la comprensión del conjunto. Y es la
percepción del conjunto la que da sentido a la realidad estudiada. En un film las secuencias forman
parte de la integridad de la cinta, y solas no tienen sentido: La cinta no se da sin aquéllas; aquéllas no
tienen sentido sino integradas en el conjunto.
Esos elementales principios de la historiografía han de aplicarse a la historia de los Clérigos
Regulares en particular.
El estudio de la historia de una persona o institución conduce a su conocimiento y a su justa
interpretación. Si tuviéramos en la mano un piñón —he ahí el inicio—, sabríamos que tenemos un
piñón, y sabríamos que es un piñón; pero no sabemos con exactitud lo que contiene. Si lo sembramos
y dejamos pasar 50 ó 100 años, cuando tengamos delante de nosotros el inmenso pino de 10 ó 15
toneladas, nos damos cuenta de que difícilmente nos habríamos imaginado el increíble contenido del
pequeño piñón. Y sin embargo, el pino estaba en el piñón. El pino es la mejor lectura que puede
hacerse del piñón. Ha sido preciso tiempo, mucho tiempo, para llegar a saber qué era y qué contenía
el piñón.
Lo teatino es un carisma concedido a la Iglesia en el siglo XVI. Si atendemos a su origen —el
piñón— el 14 de septiembre de 1524, y nos acercamos a las cuatro personas que aquel día
profesaron en San Pedro de Roma, difícilmente podremos comprender el caudaloso potencial de
historia que allí se almacena; no nos será posible alcanzar qué abanico de caminos, de aventuras y de
gestos tienen allí su fuente y su origen. Sólo el tiempo y la constatación de todos ellos nos acercarán
con objetividad a la estimación de lo que en realidad pasaba aquel día de la Exaltación de la Cruz de
1524.
Tampoco lo sabían los protagonistas. Ellos, sólo ahora, desde la dimensión de Dios, comprenden
y se gozan plenamente en su obra.
Empezado en ellos, lo teatino se ha ido haciendo. Como nuestro pino. Y, como todas las cosas
grandes, se ha ido haciendo entre el temor y la esperanza, entre el parto y la agonía, entre la sombra y
el gozo.
Y, al ir dando de sí sus potencialidades, ha ido revelando el contenido de aquel comienzo. Dios lo
ha ido llevando de la mano. Providencialmente. Del mismo modo que alimenta los pajarillos del
cielo, y viste de colores los lirios del campo.
Y de la mano de Dios, al recorrer nosotros los múltiples caminos y modos de lo teatino —
providencialmente—, aprendemos una gran verdad de la historia. El juicio sobre los tiempos, los
hechos y las personas es provisional siempre: No es cierto que los momentos de zozobra y titubeo
sean estériles; no es cierto que los días de esplendor sean los mejores; hay gestos desconocidos que
han movido montañas y hay personas que, en la sombra o en la humillación, tienen talla gigantesca. A
los momentos de zozobra suelen seguir días estelares (son momentos de engendro y de natividad); a
los momentos de esplendor suelen seguirles cansados ocasos (son el otoño); y las grandes figuras
están sostenidas por un enjambre de gestos ignorados y de personas desconocidas. Dios está
igualmente en ambas partes: De Él es el día y la noche, el sufrimiento y el gozo, el P. General y el
recién profeso.
Y si el árbol acuna nidos en sus ramas y sus flores dan semilla, el árbol es del evangelio y el
futuro es suyo.
Teatinamente hablando, habrá que añadir aun que cuando el pino duerme es que prepara su
despertar: Si el grano de trigo no muere, no da fruto; pero si muere, da mucho fruto.
A fin de cuentas, 470 años de historia nacieron en una renuncia y el árbol tiene sus raíces en una
sepultura de la basílica de San Pablo de Nápoles, en la que fueron sembrados sin distinciones, San
Cayetano y sus primeros compañeros e hijos, iguales todos y sin condecoraciones. Iguales todos en
dar savia opima y generosa, durante siglos, a una obra, que sigue hoy tan nueva y actual como cuando
ellos la soñaron.

TODO ES PROVIDENCIAL.
He aquí la lectura teatina del evangelio.
He aquí una historia providencial.
He aquí para nosotros una historia
que es un programa.
PRELIMINARES

1. La terminología

a) Compañía

A menudo se ha dicho y escrito que fue san Ignacio de Loyola quien inventó y acuñó para los
jesuitas la palabra Compañía. El llevaba en su sangre el rigor y la disciplina militar, y precisamente
para indicar que sus hijos constituían en la Iglesia una unidad disciplinada y aguerrida, que respondía
al requerimiento de la autoridad como un solo hombre, a la manera disciplinada de una compañía
militar, quiso que su obra se llamara militarmente compañía: La Compañía de Jesús.
Nada más falso. Toda la Italia del siglo XV está llena de compañías (y no sólo las militares, que
eran muchas): Las Compañías del Divino Amor, Compañías de los Blancos, Compañías de san
Jerónimo (la de Vicenza, por ejemplo, conoció unos años de empuje y actividad, gracias a san
Cayetano).
Procedentes de lo más vivo de aquellas asociaciones seglares, que eran luminosos focos de
dinamismo y fermentación de la novedad de una reforma personal en profundidad, los teatinos
quisieron denominarse, desde el comienzo (antes que los jesuitas, por tanto), Compañía (y por
supuesto sin ninguna connotación militarista). Todos los documentos del tiempo, internos o externos a
la nueva fundación, la llaman invariablemente Compañía:

Así Carafa, escribiendo a Giberti el 1 de enero de 1533:


“Questa Compagnia”… “Questapovera Compagnia”… “La detía Compagnia”…

Y el español Jerónimo de La Lama escribía el 1 de octubre de 1524:


“El papa quiere confiar grandes cosas a esta Compañía.… Esta nueva Compañía es por
algunos alabada”

Y san Ignacio, escribiendo al P. Carafa:


“La Compañía que Dios Nuestro Señor os ha dado”.

La palabra pasó a los hijos de s. Ignacio en una ocasión solemne: Venía el santo de regreso de
Venecia, donde había estado con los teatinos de san Nicolás de Tolentino, cuando algunos de los
suyos le preguntaron con qué nombre debían presentarse —“Decid que sois de la Compañía de
Jesús”— contestó el santo (Cf. J. Arteche, S. Ignacio de Loyola. Bilbao 1947, p. 280).
En el uso corriente puede considerarse sinónimo de Compañía: Religión (“Nuestra Religión”),
Instituto, Orden, Sociedad, Congregación. Pero teniendo en cuenta que en las diferentes
modificaciones y ediciones del Derecho canónico tal sinonimia no existe. En el antiguo derecho, por
ejemplo, sólo se llaman Ordenes las monásticas, las mendicantes, las que tenían votos solemnes (los
teatinos eran de votos solemnes, y Orden, por lo tanto); los Institutos de votos temporales eran
Congregación. En el nuevo Derecho todos vienen englobados bajo el común epígrafe de Institutos
de vida consagrada, o Institutos religiosos.

b) Clérigos Regulares

La historiografía teatina llama “Breve de Fundación” al documento de Clemente VII, del 24 de


junio de 1524, Exponi Nobis, por el que el pontífice otorgaba a los cuatro fundadores su aprobación
del proyecto de vida clerical, en común, bajo los votos, y que significa el reconocimiento oficial de
la nueva Compañía.
Pues bien, ese Breve fundacional autoriza a los cuatro compañeros a reunirse “sub nomine et
nuncupatione Clericorum Regularium”: “Bajo la denominación de Clérigos Regulares”.
He aquí, pues, en el Breve fundacional nuestro nombre oficial: Clérigos Regulares.
El apelativo no es nuevo en la historia de la Iglesia, pero abre a su significado una época nueva.
Por eso debió sorprender a más de un profano… Sin embargo, esa denominación se dará en lo
sucesivo a los otros institutos nacidos a lo largo de los siglos XVI y XVII.
No se trataba de fundar una nueva orden de monjes o como hemos de ver pronto, sino de instaurar
una nueva o en la historia de los institutos regulares; una concepción en la qué el regular formaba la
base del clérigo.
Así pues, en términos cronológicos, los sacerdotes reformados guiados por Thiene y Carafa abren
la marcha a la cabeza de la larga procesión de las órdenes de Clérigos Regulares. Y por eso san
Cayetano es llamado el Patriarca de la Clericatura Regular.
Hemos dicho que la denominación Clérigos Regulares no era nueva ni en la historia ni en la
legislación de la Iglesia. Cuando los Fundadores la hicieron suya, venía precedida de un glorioso uso
cargado de reminiscencias.
Gramaticalmente Clericus regularis significa un clérigo que vive bajo una regla (regula) canónica,
y hay que buscar su origen en los grupos presbiterales que organizan su vida en común y bajo una
norma. Tales grupos se dieron ya en los primeros siglos cristianos. El P. Andreu ( 1) ha seguido en la
historia la evolución del término en un preciso estudio que resumiremos ahora:
Por lo que sabemos —aunque el hecho es antiguo— el término en sí aparece por primera vez el
año 748 en las Excerptiones del obispo de York, s. Egbert:

“Earum dicimus regulas quas sancti Paires constituerunt, in quibus scriptum est quomodo
canonici, id est, regulares clerici vivere debent” (PL 89, 379).

Notemos ya de paso la retrotracción hasta los Santos Padres, que gustará tanto a los teatinos; y, a
la vez, el término canonici (del que provendrá más tarde el de canónigos) que designa a los clérigos
canónicos, es decir, los que viven según un canon, que es lo mismo, en griego, que regla en latín.
Precisamente, en el texto, canonici (sustantivado) es usado como sinónimo (id est) de regulares:
Vivir a tenor de los sagrados cánones, que dirán luego los teatinos.
De una forma más genérica, antes del siglo XVI, el derecho y el uso aplican el término a todos los
clérigos religiosos —monjes, canónigos regulares, mendicantes—, por oposición a clérigos
seculares. Hay, pues, clerici saeculares y clerici regulares.
Desde el texto de Egbert hasta los teatinos se detecta en el término un significado variable y
fluctuante que se refiere a los clérigos que viven a tenor de los cánones o de una regla que los acerca
mucho a los monjes.
Todavía seguía siendo confuso el uso de canonici regulares y de clerici regulares, cuando, hacia
la mitad del siglo XI, aparece la Orden de los Canónigos Regulares según la regla de san Agustín.
Pero la fuerte expansión y el prestigio de los Premonstratenses, insobornablemente fieles a las reglas
y al espíritu monástico, fue dejando en la penumbra el carácter clerical de la Orden; y así queda
afirmada la expresión Canónigos Regulares, a expensas de la de Clérigos Regulares, que va
perdiéndose, hasta que, en 1446, Eugenio IV y con la bula Cum ad sacratissimum confía a los
canónigos regulares del SS. Salvador de Lucca el servicio y cuidado de la basílica de San Juan de
Letrán, con estas palabras:

“lllam quoque dictorum Regularium Clericorum et Canonicorum curae… concedimus”.

Y así se llamarán los Canónigos Regulares Lateranenses.

Pero en la segunda mitad del siglo XV sobreviene un hecho por extremo curioso e interesante:
Desde 1460 andan a la greña benedictinos y canónigos regulares, y precisamente por un motivo
poco glorioso, pero muy vistoso: La precedencia en las procesiones —¿Quién va primero?—
(notemos bien que los empujones habían empezado en los tiempos apostólicos: Mt 18,1; Lc 22,24; Mt
20,21).
Y la pelea, tan fundamental era, duró más de cien años: Hasta 1563.
Para poder ir delante en la procesión, los benedictinos afirmaban que los canónigos regulares
habían sido fundados después de ellos. Procuraba su causa ante la Santa Sede un gran canonista, Juan
Bautista Caccialupi. Dieron sus argumentos a la imprenta en un memorial que apareció en Venecia en
1498, y que avalaban con toda su autoridad las universidades de Bologna, Ferrara y Padua (notemos
que eran justamente los años en los que el joven Cayetano de Thiene se movía en las aulas de esta
universidad, adscrito a las facultades de derecho).
Los Canónigos Regulares defendían con no menor vigor su causa, apoyados en la autoridad del
canonista Celso Maffei, y publicaron sus alegatos en tres obras (Roma 1481; Venecia 1498; Milán
1500. El titulo del texto de Venecia es perentorio:
“Quomodo Apostoli et clerici primitivae Ecclesiae erant Regulares vivebantque in communi.
Afirmaban ellos que, siendo Canónigos y Clérigos Regulares (nótese la identidad), eran los
sucesores de aquellas comunidades de clérigos que vivían en común ya en la época apostólica, y
eran, por tanto, anteriores a los benedictinos. Debían ir a la cabeza de la procesión.
Fue el correr del tiempo, según ellos, el que oscureció —como ya vimos nosotros— el hecho de
que los Canónigos Regulares eran también Clérigos Regulares, y que, como tales, eran los
continuadores de los grupos de clérigos viviendo en común en los tiempos de los apóstoles. Los
Canónigos Lateranenses son, por ende, Clérigos Regulares, y no lo son, en cambio, los monjes, los
benedictinos.
La balanza quedaba de la parte de los Canónigos (clérigos) Regulares.
En 1519, y justamente por el nombramiento episcopal de un vicentino, Zaccaria Giglio, que era
Canónigo Regular, se reavivó el rescoldo. Porque era Canónigo Regular, el ceremoniero de la
catedral le negaba el derecho a vestir las vestiduras episcopales (no las vestían nunca los religiosos
nombrados obispos). El litigio fue llevado a Roma, donde defendió la causa del nuevo obispo su
homónimo Zaccaria Ferreri, también obispo y también (nótese) vicentino. En su defensa Ferreri no
hizo sino continuar sobre la línea anterior: Demostrar que los Canónigos Regulares eran Clérigos
Regulares. El papa en persona le dio la razón. León X, en carta de Io de septiembre de 1519 dio
razón a Giglio y le permitió vestir de obispo (así lo harán siempre los teatinos promovidos al
episcopado —fueron muchos—; pues los teatinos no tienen hábito propio, sino el de los clérigos
seculares de la región).
El vicentino Cayetano de Thiene conoció en su hervor la endiablada querella en Padua (pues sus
profesores hubieron de terciar en ella) y en su patria de Vicenza (de donde eran los dos obispos
Giglio y Ferreri —éste murió precisamente en Roma en 1524—), y con ello llevaba en la cabeza el
tan traído y llevado término de Clérigo Regular: El término estaba en el alero y en el candelero.
Acababa de precisar su significado y de definir su origen apostólico. A fuerza de cincel, había
labrado su perfil en los años en que Cayetano estudiaba y, más tarde, en los que maduraba su
proyecto.
Cuando lo adoptaron, pues, nuestros fundadores, su significado era centelleante: Quedaba
demostrada su procedencia de lo más vivo de las comunidades apostólicas, y no correspondía a
monjes, sino a clérigos. Sucesores de los grupos apostólicos (se afirmaban los canónigos-clérigos
regulares); y los teatinos tendrán a gloria decir que los apóstoles fueron “patres nostri verique
pastores”, y se empeñarán en reinstaurar la vida apostólica. No monjes, sino clérigos (aseguraban
los canónigos), y en el Exponi Nobis obtendrán los teatinos todos los privilegios de los Canónigos
Lateranenses (2).
Clérigos Regulares respondía, pues, con precisión, al proyecto de Cayetano: Un instituto
específicamente clerical (no monástico) que pusiera nuevamente de moda la vida de los grupos
eclesiales de Hechos de los Apóstoles.

Y Clemente VII les concedió en exclusiva y como identificación el glorioso apelativo. Con ello la
larga singladura del término, con tantos titubeos y tantas glorias, obtenía finalmente el refrendo
oficial y una forma de ser duradera y encarnada. Pero también, lo más importante: Tras el nombre se
alojaba todo un programa: Los teatinos no son monjes y son Regulares; son Clérigos pero son
Regulares, Regulares de una regla que son los Hechos y los sagrados cánones. No serán una orden
nueva, pues no tienen regla propia. El tenor de su vida será, pues, el de Hechos; su hábito el de los
clérigos; su celo el mismo de los apóstoles.

c) Teatinos
El documento de fundación de nuestra orden está dirigido a Juan Pedro Carafa episcopo theatino,
es decir, obispo de Chieti (sur de Italia). Chieti en latín es Theates, y su adjetivo derivado theatinus:
teatino (que en lenguaje de la época aparece a veces así: chietino).
Y como Carafa es, entre los cuatro fundadores, la persona más conspicua por ser obispo y por su
propio prestigio personal y porque fue el primer representante, portavoz y superior de la nueva
Compañía, su grupo, oficialmente Clérigos Regulares, empezó a ser llamado, con un nombre vulgar
que iba a conocer un éxito y una difusión mundial, los teatinos.
Y dado que el breve Exponi Nobis nos da el nombre oficial —Clerici Regulares—, es bueno
constatar que también en él se encuentra ya el núcleo y fundamento del vulgar.
Teatinos, pues. El apelativo tuvo éxito. Porque llevado en volandas por los mismos que se
nombraban y honraban con él, teatino se desparramó mucho más allá de los teatinos. Y si fue, en
principio el vulgo quien los llamó así, fueron luego ellos los que engrandecieron su nombre
difundiendo por todas partes la luz de su vida y una inconfundible forma de ser clérigo y cristiano. Y
gracias a ellos, teatino pasó muy pronto a ser sinónimo de clérigo, e incluso, de laico reformado, es
decir, devuelto al esplendor de la forma, nueva y rutilante, de ser cristiano: Un teatino modo de ser
cristiano.
Es bueno que veamos, a través de textos, el alentador ejemplo. Después de las indicaciones de
Pastor y del estudio de Paschini, le fue fácil al P. Veny Ballester ( 3) tejer el bordado que resumo y
que es útil tener a mano.

“El espíritu de los teatinos dibujaba una silueta de contornos bien definidos, que les distinguía
entre todos por su amor al recogimiento, su actitud reposada, su aire de indiferencia por los
intereses caducos, y un halo de dulce optimismo propio de quien vive confiado en la tutela
amorosa de la Providencia de Dios.
La difusión de este espíritu fue tan rápida y universal, que pronto, en Italia y fuera de ella, la
palabra teatino fue sinónimo de devoto, piadoso, y reformado. A la vuelta de unos lustros (según
Pastor, en el cuarto decenio del siglo XVI), cuanto en la Iglesia de Cristo entra por los cánones
legítimos de la Reforma eclesiástica, es y se llama teatino.

Al que hace profesión de vida espiritual se le da el nombre de teatino. Vestir a la teatina vale
tanto como atenerse al espíritu y a los cánones de la modestia eclesiástica. Huir de la profanidad en
la ejecución del canto litúrgico para ajustarse a las normas del arte musical religioso, es cantar al
modo teatino.
Que los teatinos implantaron un modo propio de cantar con sólo una inflexión en el asterisco y al
fin, es no sólo cierto, sino que fue muy imitado por su sencillez y serenidad. El año 1537, y desde
Lieja, escribía Alviso Priuli que él con el cardenal Pole y el obispo de Verona —Juan Mateo Giberti
— rezaban el oficio divino sin canto more theatinico, siendo maestro de capilla el obispo de
Verona. Y el P. Jerónimo Nadal dice de los primeros jesuitas: “Instituimus canere in choro horas
canónicas theatinice”, tal como mandó Paulo IV, es decir (tal como lo hacían los teatinos, que era de
esta manera), “absque modulatione continenti, et uno tono vocis tantum, ut syllaba ultima quasi
contraheretur’ ’.
Pastor (4) asegura que los cardenales y altos prelados de la Iglesia que se daban a reformar
seriamente su vida eran llamados teatinos. Y más adelante trae un Avviso del 6 de marzo de 1555:
“Se dice que van a ser nombrados gran número de cardenales, y algunos piensan que la mayoría
serán teatinos.
Veamos brevemente algunos ejemplos sonoros: Cuando Paulo III, en 1537, nombró Datario a
Bartolomé Guidiccioni, Fabricio Peregrino anunció que no aceptaría Guidiccioni el cargo, “porque
hace mucho el santo y el teatino”; de hecho no aceptó.
Bernardino Maffei, secretario del mismo Paulo III, escribía, en 1540, al cardenal Cervini (futuro
Marcelo II) que el cardenal Farnese había regresado de la corte de Carlos V, “el cual ha dado de
V.S. las mejores referencias y, sobre todo, dice que se ha vuelto más chietino que Chieti”.
Este mismo cardenal Farnese escribía desde Worms, en 1545, a Maffei: “Creo que los luteranos
esperan mucho de mí; pero, si de mí depende, he de hacerles poco servicio. Quien quiera volverse
teatino, véngase a Alemania et erit salva anima eius”.
Precisamente en Alemania iba imponiéndose la palabra como sinónima de hombre interior. El
jesuita Pedro Fabro contaba, en 1541, que Félix, un sacerdote que había hecho los Ejercicios
Espirituales bajo su dirección, era llamado teatino, dado el cambio de vida que había
experimentado.
Otro jesuita conspicuo, el P. Jerónimo Nadal, escribe que en Roma san Ignacio le había
transformado y le había vuelto teatino: “Iam me totum immutaverat, iam me fecerat theatinum”.
—El texto es notabilísimo, pues los jesuitas eran llamados teatinos en todo lo ancho del mundo,
en donde se encuentran calles y plazas “Los Teatinos ”, en lugares en los que jamás estuvieron los
teatinos.
Cuando el gran arzobispo de Milán san Carlos Borromeo (en 1564) orientó su vida hacia un
luminoso apostolado, todos decían que “se había hecho teatino”. Y su tío, el Papa Pío IV (no muy
amigo del papa teatino y su obra), afirmaba de la nueva vida de su sobrino que aquello eran “cosas
de teatinos y fantasías melancólicas”. Lo comentaba el embajador Requesens a Felipe II: “El papa
está disgustado de esa resolución y de que Borromeo haya reformado su mesa y su casa y hecho otras
demostraciones de recogimiento, diciendo que son teatinerías y humor melancólico”. San Carlos
justamente tuvo la suerte de tener por amigos a dos excelentes teatinos, san Andrés Avelino y el
beato Pablo Burali, que le ayudaron eficazmente en la reforma de su diócesis milanesa y que
fundaron allí una casa de la orden.
Es interesante notar que a muchos miembros de las órdenes de Clérigos Regulares fundadas
después de la nuestra se les llamó teatinos. Y entre ellas es sorprendente el citado caso de los
jesuitas, que fueron los primeros Clérigos Regulares que se conocieron en España, y que fueron
llamados aquí teatinos antes de que los teatinos llegaran, y siguieron llamándose teatinos, aún
después de que llegaran éstos a España (5).
Así pues en España, y a partir de la segunda mitad del siglo XVI —mucho antes de que llegaran
aquí los teatinos— era corriente llamar teatino a todo reformado. Los ejemplos son infinitos; pero
los más significativos son los de santa Teresa de Jesús: En una carta a D a Luisa de la Cerda (Toledo,
mayo 1568) le dice: “Dejamos concertado se traiga una mujer muy teatina y que la casa le dé de
comer, y que muestre a labrar de balde a muchachas”. Santa Teresa, que quería a sus monjas
carmelitas muy teatinas.
Como revés de la medalla nos falta consignar el hecho, glorioso, de que todos los enemigos de la
piedad y de la reforma usaron el nombre de teatino, en Italia casi siempre chietino, en un sentido
altamente despectivo. El que mayor sorna y desprecio acumula sobre él es el famoso Pietro Aretino:
“Lo peor que puede suceder le a uno es hacerse chietino…, que el premio que uno espera de Dios no
depende ni del poco hablar ni de andar con los ojos caídos, ni de arrastrar un hábito raído” (6).
Hay que notar también que en España los teatinos fueron llamados a menudo Padres Cayetanos,
dado que, después de la beatificación del Fundador, aumentó grandemente la devoción de los fieles.
Y hay que recordar todavía que el Capítulo General de 1595 insistió en que la denominación que
debían usar los teatinos y bajo la que debían presentarse era la oficial: Clerici Regulares. Sin
embargo, el nombre que prevaleció entre los fieles fue el de teatinos. Hoy la misma Santa Sede en
sus documentos oficiales no deja de llamarnos Teatinos. Véase por ej. el ANUARIO PONTIFICIO.

NOTAS:

(1) F. Andreu, I chierici regolari: RD 30 (1974) 55-77.


(2) Véase lo que dice M. Dortel-Claudot, Origine du terme “Clercs Réguliers”, cit. por Andreu, Ibid., p. 62.
(3) Veny, S. Cayetano… p. 309. Pastor ya notó la diferente aceptación que tuvo teatino o chietino en aquellos días (motivo de
admiración o motivo de mofa y risa). Paschini, S. Gaetano… p. 150-51 ha reunido numerosos y significativos textos.
“Se llaman clérigos regulares, pero la gente los llama Teatinos, a causa del obispo teatino, uno de los fundadores de
dicha religión. Esos fueron los primeros Clérigos Regulares religiosos, pues antes que ellos jamás los hubo tales en Italia;
después de ellos sí que han aparecido otras congregaciones, pero ni una sola vive, como ellos, exclusivamente de limosnas y
sin mendigar.
Tienen muchos privilegios y gracias concedidas por los Sumos Pontífices. Cuidan sus iglesias recitando en el coro las
Horas canónicas y cantando la misa en las fiestas. Hacen meditación dos veces al día. Son exentos de los obispos y
dependen directamente de la Sede Apostólica. Cuidan con escrúpulo las confesiones y la administración de los sacramentos.
Cada tres años tienen capítulo, aquí en Roma, en San Silvestre, y aquí eligen a su General para tres años, así como a los
Prepósitos de sus casas. Viven según sus Constituciones; no poseen bienes ni entradas ni en común ni en particular y viven
de las limosnas que espontáneamente se les dan. No mendigan; viven de la Providencia de Dios. Tienen y disponen en
común de todo lo que necesitan. Estudian mucho y predican en sus iglesias y en las otras, a las que son invitados.
Tienen muchos obispos y cardenales, y hasta tuvieron un papa, Paulo IV”.
(Notas del Oratorio de San Felipe Neri de Roma, 1598)
(4) Pastor, Hist. de los papas (ed. española), vol. XI p. 167.
(5) El teatino P. Calasibeta, en su Vida de San Cayetano, resume así: “por el título episcopal de nuestro primer prepósito empezaron a
llamarnos teatinos, y así nos llamarán hasta el fin del mundo. Renombre y apellido que en España le dan comúnmente a los padres de
la Compañía de Jesús, motivados de la mucha virtud y claro ejemplo que da al mundo religión tan perfecta… Dice un cronista de
nuestra orden que el renombre de teatino en tiempo de san Cayetano fue con tanta veneración y aplauso aplicado a sus religiosos, que
para calificar la virtud de alguna persona espiritual, le llamaban teatino… Llamar, pues, a los padres de la Compañía de Jesús teatinos
es en aprobación y aplauso de su virtud, conocida y venerada por la emulación de otra, calificada por tal”. Cit. por Veny, San
Cayetano… p. 311 n. 18.
(6) Véanse detalles en Paschini, San Gaetano… p. 150-51.
2. Las teatinas

Nuestras Constituciones dedican el capítulo VII a nuestras Relaciones fraternales con las
Hermanas Teatinas , y afirman, en el artículo, 94 que “la Orden de Clérigos Regulares y las
Hermanas Teatinas de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, por la especial y mutua
comunicación de bienes espirituales, vienen a formar una familia más dilatada en el seno de la Santa
Madre Iglesia, estrechamente ligada por los lazos de la caridad y de la tradición”.
“Procuren, pues, los nuestros fomentar una sólida colaboración con ellas, gracias a la cual, y en
cuanto sea posible, la misma actividad apostólica de una y otra familia religiosa se lleve a cabo
conjuntamente, de modo que redunde con mayor eficacia en bien de la Iglesia y sea ante todos un
símbolo luminoso de unidad” (artículo 97).
El mismo año de 1547 en el que voló al cielo san Cayetano llegaba a la tierra Úrsula Benincasa.
También en la ciudad de Nápoles. Úrsula, emotiva y soñadora, reunió un día un grupo de amigas y
familiares y las subió al monte Sant’Elmo para que desde allí contemplaran bien y volaran alto y
ayudaran a las muchachas napolitanas a promoverse como mujeres libres y preparadas. Casi sin
sentir, la Congregación de la Inmaculada acababa de nacerle entre las manos como una fuentecilla
fresca y cantarina. En aquel primaveral grupo no gobernaba “más regla que el Amor”.
Úrsula era débil de salud y ligera de cuerpo. Cuando se hizo mayor, los ángeles se la llevaban en
volandas y los arrobamientos la transportaban a paraísos donde Dios se da en experiencia mística.
Se iba tanto, que un día sus compañeras le sugirieron la idea de redactarles unas líneas de
comportamiento para el grupo tan gozoso y dinámico. Úrsula se sorprendió toda, y afirmó que jamás
había pasado por su mente fundar una congregación que necesitara ahora una regla. “Lo que
queríamos era vivir juntas en nuestra casa y, dándonos la mano, llegar a ser santas, danzando en la
paz y en el amor del Señor”.
Pero el 2 de febrero de 1616, en uno de sus arrobos, la voz del Señor fue clara: Hay que afianzar
l a Congregación (el grupo ya existente) y hay que fundar un monasterio de contemplativas que se
llamarán las Ermitañas de la Santísima Concepción. Ana Battimelli fue la escogida para recoger de
los labios de Úrsula lo que iba a ser la Regla de las ermitañas. Lo hizo Ana con una fidelidad total.
El código institucional es una pura delicia de leer. Dios juega y ríe por todos los rincones de sus
líneas: Hijas mías…Quiere el Señor que… Y, al final, en el último recodo, el rasgo inconfundible:
“Hijas mías: éstos son mis últimos pasos por la vida, y éste es mi testamento: “Amad al Señor con
todo vuestro amor: El es el gran Señor y el gran Amor”.
Hacia la mitad de 1618, quedaba lista la redacción. Úrsula quiso escucharla. Ana leía y Úrsula
escuchaba. Y dijo Úrsula al final: “Buen trabajo, hija mía; es exactamente lo que yo quería decir”.
Luego quiso que llamaran a un grupo de teatinos —entre ellos su confesor—, y acudieron el P. Mateo
Santomango, el P. Benito Mandina y el P. Lorenzo Santacroce, y les dijo Úrsula: “Os entrego,
Padres, esta Regla. Es voluntad de Dios que cuidéis de mi obra y de mis hijas”.
La relación directa de la obra de Úrsula con los teatinos —que ya tenían noticia de sus
experiencias místicas— había empezado por la dirección espiritual. Pero en 1616, dos años antes de
la muerte de la fundadora, el P. General, Andrés Castaldo, hombre de extraordinaria talla, designaba
como confesor del grupo de Úrsula al P. Santacroce. El trato con los teatinos fue siendo más fraternal
cada día. Úrsula llegó a decirles a sus hijas: “Son todos santos estos padres”. Al confiarles su obra,
sabía muy bien de quién se fiaba. Y los teatinos no la defraudaron. Pero los caminos de la
Providencia son, a veces, largos. Úrsula moría el 20 de octubre de 1618 y el 7 de abril de 1623, el
papa Gregorio XV aprobaba por Breve las reglas del Eremitorio de M. Úrsula, poniendo el
monasterio “Bajo el cuidado, la visita, la obediencia y la autoridad de los Clérigos Regulares de la
congregación de los Teatinos”.
Pero los teatinos no aceptaron el encargo honroso y oficial. Las atenciones y la fraterna
cordialidad continuaron como en vida de la fundadora. Los padres de la comunidad de San Pablo —
Úrsula los llama a veces paulinos— nunca escatimaron asistencia ni cuidados a sus hijas. Más de ahí
no pasaron. Y es que se lo impedía una barrera infranqueable: En las Constituciones que los teatinos
editaron por primera vez en 1604, se prohibía expresamente tener bajo jurisdicción a ningún
monasterio de monjas que no fuera el de Santa María de la Sapiencia, de Nápoles, “porque éste fue
instituido por la hermana de Paulo IV —sor María Carafa—, fundador de nuestra Congregación”. Y
los teatinos cumplían sus Constituciones.
Pero sucedió lo imprevisto: En el Capítulo General de los teatinos de 1633 fue elegido Prepósito
General el P. Mateo Santomango, el mismo que había presentado en 1616 al P. Santacroce como
confesor y gran admirador, a su vez, de la persona y de la obra de Úrsula, y que había recibido de
ella la Regla con la súplica de que cuidara como propia la comunidad incipiente. Pues bien, en las
Actas de aquel Capítulo General de 1633 consta lo siguiente: “Leídas las letras de la virreina de
Nápoles y de los Electos de dicha ciudad, en las que se hacía fuerte instancia para que nuestra
religión aceptara bajo su cuidado el monasterio de sor Úrsula, y habiendo hecho la misma
proposición, con grandísimo interés, el sr. Cardenal Ginetti, en pleno Capítulo, en gracia a su
Eminencia y a la virreina de la ciudad de Nápoles, se decide aceptarlo de la misma e idéntica forma
que está bajo el gobierno de la religión el monasterio de la Sapiencia”.
La decisión de los capitulares fue tan sonora, que es tradición que el card. Ginetti, vicario general
de Urbano VIII, y sabedor de las dificultades puestas por los anteriores capítulos, exclamó
alborozado: “¡En esto anda la mano de Dios!”. En 1668 Clemente IX refrendará, en un memorable
Breve, las disposiciones de Gregorio XV. La coincidencia en la espiritualidad, los largos años de
asistencia espiritual, la ayuda constante, hicieron de las hijas de Úrsula hijas de Cayetano. Y se
llamarán Teatinas. Es la familia teatina (1).

NOTAS:

(1) Las teatinas cuidan bien su presentación ante el mundo. Para conocer de cerca la intención de su fundadora así como su carisma
citemos: A. Veny, Úrsula Benincasa, o una experiencia de Dios, Zaragoza 1967; Antonio Oliver, Úrsula Benincasa, una vida entre el
cielo y la tierra, Madrid, 1983; y, como obra recentísima la divulgativa de Pasquale Di Pietro, C.R., Unica regola l’Amore. Ven Suor
Orsola Benincasa, Palermo 1990.
3. El patrimonio espiritual de los Clérigos Regulares.

Hemos visto anteriormente que nuestro nombre oficial, Clérigos Regulares, está lleno de
reminiscencias de la larga historia de la Iglesia, y que el nombre sólo nos llega pleno de
significaciones. Querido por los fundadores y hecho oficial por los documentos pontificios,
pertenece, el nombre y su significación, a nuestro patrimonio espiritual, que según el canon 578,
hemos de conocer y conservar.
Se impone, pues, conocer el contenido que el nombre llegó a almacenar a lo largo de su uso
histórico. Gracias a los estudios del P. Andreu, hoy nos es accesible el paso a aquella riqueza:
Primera afirmación: Aquel género de vida que une el sacerdocio con el espíritu y la práctica de
los consejos evangélicos, así como a la vida comunitaria, es un hecho característico y permanente en
la Iglesia.
Segunda afirmación: Ese género de vida puede retrotraerse, incluso históricamente, a la vida de
los discípulos de Cristo, tal y como aparece en la primitiva forma de vida apostólica.
Tercera afirmación: Tal “vida apostólica” es despertada y mantenida en la Iglesia por la gracia
del Espíritu Santo.
Y cuarta afirmación: Es sobre ese plano sobre el que debe ser estudiado el origen y la evolución
de la vida consagrada en general y, en especial, de la clericatura regular.
En efecto, las líneas fundamentales de ese género de vida se encuentran en la praxis de la primera
comunidad apostólica descrita en Hechos de los Apóstoles 2,42-47; 4, 32-35; 5,12-16: Son muchos
los fieles que, sensibles a la llamada de Jesús, venden sus bienes y entregan su producto a los
apóstoles, para socorrer a los hermanos necesitados; unidos por un amor profundo, siguen las
enseñanzas de los mismos apóstoles y se unen a ellos en la oración y en la eucaristía.
De aquel clima lleno de fervor nacen los ascetas y las vírgenes que hacen del evangelio la regla
fundamental de su vida. En ese esfuerzo hacia la perfección destacan los clérigos, palabra que entra
en la nomenclatura eclesiástica (I Pe 5,3) para designar a la persona destinada a una función sagrada
y entregada al servicio de la Iglesia.
Con la conversión masiva de paganos al cristianismo, después de la paz de Constantino, el
paganismo contamina el fervor de las pequeñas comunidades. Para huir de la contaminación, son
muchos los que emigran al desierto. Junto a los anacoretas (viviendo en soledad) aparecen pronto los
cenobitas (que viven vida en común); y cuando estos grupos, en Oriente y en Occidente, reciben de
sus legisladores o estructuradores (Pacomio, Basilio, Benito) las normas de vida y ponen los bienes
en común bajo la ley de la caridad, queda cada vez más claro que esas comunidades están
constituidas por laicos prevalentemente, y que el clero como tal y sus funciones no son en ellas los
determinantes. La vida común entre el clero era cosa de reducidos y escasos grupos: El concilio de
Nicea, 325, alude a los clérigos que viven bajo regla, y san Basilio dedica el capítulo XVIII de las
Constituciones monásticas Prós toús kanonikoús, “a los regulares” y san Jerónimo exhorta al
clérigo Nepociano a vivir, como vive él, “de decimis, et altari serviens, altaris oblatione” (notemos
que tenemos aquí el precedente del “De altari et evangelio vivere nos clericos oportet”, que figura en
nuestras Constituciones). Hay otros testimonios a lo largo de todo el siglo IV.
Pero quien puso toda su ilusión y todo su esfuerzo en la promoción de la clericatura regular fue san
Agustín. Obispo de Hipona en el 396, reunió a sus cercanos colaboradores en una comunidad de
clérigos: clérigos en sus funciones y en el espíritu, pero con muchos elementos de la vida común
monástica. El De vita clericorum, la Vita de Posidonio y muchos de los Sermones del mismo
Agustín nos informan que en la Domus episcopi se vivía el estilo de vida de los discípulos del
Señor. El clero era libre de escoger cualquiera de las dos formas de vida, pero la regular
significaba un vivo testimonio de reforma contra aquellos otros clérigos disipados que san Jerónimo
denunciaba.
De aquel seminario de Hipona salieron unos pastores que pronto difundirían por el norte de África
aquel tipo de vida apostólica que será luego copiado en España, en Galia y en Italia. El vendaval de
las invasiones vándalas dispersó aquellos florecientes núcleos. Pero el ejemplo estaba dado: Los
concilios de Clermont, Tours, Reims y, en la España visigoda, los de Toledo, insisten en aconsejar a
los clérigos la vida en común. Se puede afirmar que, a lo largo de los siglos VI y VII, mientras en
oriente el monacato se ordena bajo la regla de san Basilio y en occidente bajo la de san Benito, va
afianzándose la clericatura regular. En el contexto de la reforma Carolina, el obispo de Metz,
Crodegang redactaba, en el año 756 una Regula canonicorum para los clérigos de su iglesia. Más
tarde, los sínodos romanos y las Decretales seudoclementinas insistirán en la vida común y en la
renuncia a los bienes propios:

“Vita communis, fratres, ómnibus necessaria est et máxime iis qui… vitam apostolorum,
eorumque discipulorum imitari volunt”.

Hay que insistir en que tales intentos no se generalizaban y que era frecuente que muchos
abandonaran la vida común emprendida llevando consigo la parte que les correspondía. La reforma
gregoriana, en la segunda mitad del siglo XI, puso de nuevo en marcha el programa: Forma
primitivae ecclesiae es la intención que expresan los círculos reformistas cercanos al papa Gregorio
VII. Es en ese clima donde nace el Ordo canonicus regularis secundum regulam b. Augustini: Los
canónigos regulares, que ya conocemos, y a los que Urbano II (1088-99) llama clerici regulares.
A lo largo de la prolija experiencia, el problema para los clérigos, regulares o no, era la pobreza,
cuyo olvido conducía a la mundanización y aseglaramiento de la propia vida y hacía el ministerio
difícil o estéril. Cuando, para resolver el problema, aparezcan, en el siglo XIII, las grandes órdenes
mendicantes (Trinitarios, Mercedarios, Agustinos, Dominicos y Franciscanos —y, algo más tarde,
1233, los Servitas—), se dedicarán ciertamente a un contacto vivo y luminoso con el pueblo, pero su
sistema de vida seguirá siendo todavía monástico. Los movimientos populares de pobreza, que
propiciaron aquella reforma y aquellos grupos, dieron, en el norte de Europa, origen a los que se
llamaron Pauperes Christi. De su espíritu, llamado evangelismo, nacieron los Hermanos de la vida
común, de Windesheim, verdaderos clérigos de vida común (o regulares), creadores de aquella
Devotio moderna que tanta influencia tendrá en la Italia del Renacimiento, y que en el Cinquecento
desembocará poderosa en los nuevos Clerici Regulares, los herederos del nombre y del espíritu de
aquella vetusta corriente.
4. La rosa de los Clérigos Regulares

Ya sabemos, pues, que el largo peregrinar de un esquema de vida común y apostólica del clero
que parte de la primitiva iglesia desemboca en los modernos Clérigos Regulares.
Y al desembocar en ellos lo hace, una vez más, como respuesta a la perentoria necesidad de
renovación y de reforma in capite et in membris que el siglo XVI sentía que le quemaba la carne.
Los intentos, tantas veces repetidos, de los papas y concilios quedaban siempre en eso, intentos.
Letra muerta. Fue justamente en ese momento cuando la vieja corriente se hizo torrencial e
incontenible y se repartió en una multiforme irisación de grupos de sacerdotes reformados según la
norma de la vida de los apóstoles, y entregados con una inextinguible ilusión y alegría a las más
diversas formas de apostolado, según las demandaban las circunstancias o las geografías. Tropas
adiestradas siempre disponibles a cualquier llamada de la iglesia. Helos aquí:

A. Orden de Clérigos Regulares (Teatinos).

Es, como hemos dicho, la primera de las órdenes de CC.RR., en el tiempo. El Breve fundacional
de Clemente VII (24 junio 1524) les daba ya el nombre oficial, sub nomine et nuncupatione
Clericorum Regularium. Pero es preciso recordar aquí unos detalles que se expondrán más adelante
y que explican la forma de ser de aquel primer grupo de CC.RR. y dan razón de la proliferación que
siguió a aquel primer y novísimo paso:
El nuevo grupo quedaba, según el Breve, “bajo la inmediata dependencia y especial protección de
la Santa Sede”. Ese privilegio de la exención era estimado indispensable por los fundadores, que no
querían quedar a merced de los diversos y desiguales ordinarios diocesanos. Se le conferían todos
los privilegios de los Canónigos Regulares lateranenses, porque con ello se indicaba su afinidad
espiritual con los diversos tipos y formas de clérigos regulares cuya historia acabamos de hilvanar
sucintamente. Pero una cosa tenían muy clara aquellos hombres de vanguardia: No querían de ninguna
manera fundar una nueva orden religiosa —cosa que, por otra parte, había prohibido de nuevo el
Concilio de Letrán.

Carafa escribiendo a Giberti (1 enero 1533) es tajante:

“Que no parezca que queremos fundar una nueva religión; ni lo queremos ni podemos. Y aunque
pudiésemos, no querríamos. Que otra cosa no queremos ser sino clérigos viviendo según los
sagrados cánones in communi et de communi et sub tribus votis, porque entendemos que éste es el
mejor modo y el más conveniente para conservar y mantener la vida común clerical”.

Y por eso nunca se preocuparon de adoptar o redactar una nueva regla, fuese paralela o diferente
de las que ya existían. Clérigos como son, los sagrados cánones y las enseñanzas de los apóstoles y
de los santos Padres serán, desde el comienzo, la norma fundamental de los nuevos sacerdotes
reformados. Una vez que Clemente VII (7 marzo 1533) corrobore de forma plena y definitiva la
aprobación de 1524, los nuevos Clérigos Regulares tendrán carta de identidad y plena personalidad
en la Iglesia.
Y, una vez dado ese paso, ya no habrá problemas institucionales para la aprobación de las otras
órdenes de CC.RR., que, en breve espacio de tiempo, aparecerán, una tras otra, en aquel mismo siglo
XVI.

B. Clérigos Regulares de San Pablo (Barnabitas).

Fundados en Milán por san Antonio Ma Zacearía en 1530, y aprobados por Clemente VII con el
Breve Vota per quae Vos (18 febrero 1533), y de nuevo y de forma definitiva por Pablo III con el
Breve Dudum felicis recordationis (25 enero 1535). Cuando en 1545 se establecieron en la iglesia
de s. Bernabé (Barnaba, en italiano) de Milán, fueron llamados Barnabitas.

C. Compañía de Jesús.

Fundada por san Ignacio de Loyola, tuvo su inicio en París en 1534, pero fue aprobada como orden
religiosa por Pablo III el 27 septiembre 1540, y por eso se considera fundada en esa fecha. Los
jesuitas son clérigos regulares, si bien hay autores que les niegan tal apelativo. Curiosamente un
teatino, el P. Juan B. Castaldo, intentó demostrar que los jesuitas no eran clérigos regulares. Pablo III
y Gregorio XIII les concedieron los privilegios de los mendicantes; pero ningún documento
pontificio, desde su fundación hasta León XIII, los llama clérigos regulares. El Concilio de Trento
recuerda a la Compañía como “religio clericorum Societatis Iesu iuxta pium institutum a S. Sede
approbatum”. A veces incluso son llamados sus miembros “clerici saeculares S.I.” y los teólogos
jesuitas Laínez y Salmerón son nombrados junto con los teólogos del clero secular.
Pero hemos de tomar nota de un hecho: En el Anuario Pontificio la Compañía de Jesús viene
situada oficialmente entre los Clérigos Regulares.

D. Clérigos Regulares de Somasca (Somascos).

Fundados por san Jerónimo Emiliani, o Miani, como Compañía de los siervos de los pobres, en
Somasca en 1534, fueron aprobados por Pablo III el 4 de junio de 1540, y elevados a la categoría de
orden de Clérigos Regulares por S. Pío Y el 6 diciembre 1568 con el nombre de Congregación de
los Clérigos Regulares de san Maiolo o de Somasca. Su nombre les viene del lugar en el que, desde
su comienzo, empezaron a actuar.

E. Clérigos Regulares ministros de los enfermos (Camilianos, Camilinos, Cruciferos).

Fundados en Roma por san Camilo de Lellis el 15 de septiembre 1582 y aprobados por Sixto V el
18 marzo 1586, fueron elevados a orden religiosa por Gregorio XIV en 1591.

F. Clérigos Regulares Menores (Caracciolinos).

Fundados en Nápoles por Juan A. Adorno y S. Francisco Caracciolo en 1588, fueron aprobados
bajo esa denominación por Sixto V con el Breve Sacrae religionis (1 julio 1588).

G. Clérigos Regulares de la Madre de Dios.

Fundados en Lucca por san Juan Leonardi el 1 septiembre 1574 bajo el nombre de Sacerdotes
reformados de la Santísima Virgen, que cambiaron luego por Congregación de Clérigos seculares de
la bienaventurada Virgen. Fueron aprobados por Clemente VIII con el Breve Ex quo divina
Maiestas, de 13 de octubre 1595. Su denominación actual data de 1614. El Instituto fue elevado a
Orden religiosa por Gregorio XV el 14 agosto 1619.

H. Clérigos Regulares pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías (Escolapios,


Piaristas).

Fundados en Roma por san José de Calasanz en 1617. El Instituto fue aprobado y elevado a Orden
Regular por Gregorio XV con el Breve In supremo apostolatus de 18 noviembre 1621.

I. Clérigos Regulares Marianos bajo el título de la Inmaculada Concepción de la B.V. María


(Marianos).

Fundados por Juan S. Papczynski en 1673, fueron aprobados primero por Inocencio XII en 1699 y,
después de su restauración, por Pío X, el 28 noviembre 1910. Sin embargo, el Instituto está
enumerado en el Anuario Pontificio entre las Congregaciones religiosas.
A la larga lista hay que añadir todavía los Clérigos Regulares del Buen Jesús fundados por
Jerónimo Maluselli en Ravena en 1526, reconocidos como Orden regular por Julio III en 1551 y
confirmados por Pablo IV (el papa teatino). Pero la Orden fue suprimida por Inocencio X en 1651.
5. Rasgos característicos

Los rasgos característicos que distinguen a las Ordenes de Clérigos Regulares en relación a los
monjes, los mendicantes y los canónigos regulares, han de ser reseñados teniendo en cuenta las
diferentes expresiones de vida adoptadas recientemente así como sus constituciones puestas al día
según el espíritu y los decretos del Vaticano II.
Los clérigos regulares partieron de un género de vida muy afín al de los monjes, de los
mendicantes y, especialmente, de los canónigos regulares. Son de origen monástico los grandes
rasgos de su disciplina, que son muy fáciles de identificar en las órdenes de cuño italiano,
especialmente en los teatinos y los barnabitas: Recitación del oficio coral, prácticas penitenciales,
costumbres conventuales. Cuando, en 1604, los teatinos dieron a la imprenta, por primera vez, sus
Constituciones, era muy fácil acertar por dónde y cuánto se parecían en muchos detalles a las de los
Ermitaños de s. Agustín aprobadas en 1580. El primer capítulo trata siempre De horis canonicis,
como en la mayoría de las reglas monásticas del tiempo (Silvestrinos, Celestinos, hasta la Trapa de
1715). Ello se explica muy bien en el seno de una religión que tenía por meta ser typus et exemplar
ecclesiasticis, de los que es propio tener en grande estima el servicio del culto divino.
Pero a la vez habrá que tomar nota de un hecho: El estilo de vida adoptado por los clérigos
regulares constituía un primer paso de distanciamiento de la disciplina monástica: Ninguno de esos
institutos profesó una regla en el sentido tradicional; se rigen por sus propias constituciones. Y esas
constituciones muestran, entre otras características, una muy propia: Una forma de gobierno mucho
más centralizada, maleable y dinámica que la de las órdenes anteriores. Hay que notar muy bien, por
ejemplo, que la dificultad que solían oponer a hacerse cargo de iglesias parroquiales provenía no
sólo de su renuncia sistemática a los beneficios con cura de almas, sino de la necesidad de movilidad
de los miembros de ellas que requería su especial actividad pastoral. Los monasterios y conventos se
llamaron casas. El breve de fundación de los teatinos les facultaba para habitar in quibuscumque
religiosis vel saecularibus locis; con todo, mantuvieron la clausura papal.
Su vestido era el común y acostumbrado entre los sacerdotes: Qui honestos deceat clericos, será
la fórmula prácticamente común en todos los decretos de aprobación. Y esta norma servirá incluso
para los clérigos regulares adornados de la dignidad episcopal o cardenalicia. En cuanto a la
precedencia, tendrán su lugar después de los canónigos regulares, los mendicantes y los monjes.
Entre ellos el oficio coral se practicaba más por devoción y prescripción de las constituciones que
por una imposición estrictamente canónica, como en el caso de los otros regulares. Y ese oficio no se
celebraba en la forma solemne y prolongada de los canónigos regulares. El breviario, el misal y los
otros libros litúrgicos eran los comunes y ordinarios de la liturgia romana.
Por otra parte, su vida no tiene la fuerte tendencia a la soledad y a la contemplación propia de los
monjes, ni pone el acento tan pronunciado en la profesión de la pobreza común como los
mendicantes. Por eso su modo de vida es menos austero, al tener en cuenta las múltiples obras de
apostolado a las que se dedican. De hecho, estos regulares, aún en su alejamiento del mundo, propio
de su vida de clérigos consagrados, no abandonan el mundo, y, mientras estiman y aprecian y
practican la contemplación, se dedican allá fuera a las más diversas y nuevas obras de apostolado;
actividades que van desde la formación del clero a la asistencia a los enfermos, de la educación de
la juventud a la evangelización de los infieles, del servicio parroquial a la asistencia a la infancia
abandonada. Actividades, como se ve, comunes normalmente a los simples clérigos.
Es mérito de san Ignacio de Loyola haber desenganchado definitivamente a los clérigos regulares
de todas las observancias monásticas —comprendido el oficio coral— a las que permanecían atados
todavía la mayor parte de los institutos homónimos de su tiempo. Ello se debe a la amplia visión que
el santo tenía del apostolado católico especialmente sacerdotal, como también al espíritu misionero y
apostólico que animó siempre a su obra. Loyola es el verdadero inspirador de los clérigos regulares
modernos. La mayor parte de las congregaciones religiosas aparecidas después del siglo XVI tienen
su fuente y su inspiración en el género de vida de los jesuitas.
6. La espiritualidad

También es característica y propia la espiritualidad de las Órdenes de clérigos regulares, aún


cuando de ninguna de ellas —excepción hecha de la Compañía de Jesús— pueda decirse que posea
una propia y verdadera escuela espiritual. La espiritualidad de esas órdenes fluye por el cauce de
aquella corriente, más bien ascética, que alimentaba los espíritus más selectos de aquel siglo, y que
se caracterizaba por un retorno auténtico a las fuentes vivas del evangelio y de la primitiva vida de
los discípulos del Señor. Ascética y acción son los dos componentes de la espiritualidad de esas
órdenes. Una espiritualidad eminentemente sacerdotal y evangélicamente apostólica. En el plano
histórico y ascético no se puede hablar de los clérigos regulares sin remontarse hasta los orígenes del
cristianismo. En efecto, el sacerdocio católico es tanto más “regular”, cuanto más nos adentramos y
acercamos a la época apostólica. Es el espíritu de las primitivas comunidades apostólicas el que
esas órdenes restauran en la iglesia en un momento histórico en el que ella siente, como nunca lo
había sentido, la urgencia de ser renovada. Nacidas de los carismas que el Espíritu divide y reparte a
cada uno de sus fundadores, ellas se alinean al costado de la Esposa de Cristo dispuestas a una
fidelidad de servicio incondicional.
Y si el concilio de Trento encontró en las gloriosas órdenes mendicantes y monásticas los mejores
teólogos para la formulación de sus decretos doctrinales, tuvo en las nuevas órdenes de clérigos
regulares las organizaciones más aptas para garantizar la restauración espiritual y temporal del
pueblo de Dios.
Cuanto más nos acercamos y adentramos en los tiempos apostólicos, tanto más “regular” en el
sacerdocio.

En las Órdenes monásticas y mendicantes encontró Trento a los mejores teólogos para la formulación de
sus decretos doctrinales.

Y, en los Clérigos Regulares, las organizaciones que precisaba para una eficaz renovación del pueblo de
Dios.

Ambos resortes respondieron a la perfección.


PREPARACIÓN
Capítulo 1

LOS ORATORIOS
DEL AMOR DIVINO

No se puede hablar de los clérigos regulares ni comprender su prodigiosa eclosión sin parar
mientes en la cuna qué meció y alimentó sus ideales: El Oratorio del Amor Divino.
Del Oratorio de Roma trazó las coordenadas con precisión Pastor en la Historia de los papas:
“Mientras casi todo el mundo oficial de la Curia romana militaba bajo las banderas de la política;
mientras la corrupción moral y la frivolidad del clero italiano, y no menos de los prelados romanos,
subían hasta un punto espantoso, y León X, sin cuidarse de las señales de los tiempos, se sumergía en
el tumulto de la fastuosa vida profana y de los placeres estéticos, en Roma, cierto número de
varones, eclesiásticos y seglares, animados del divino espíritu, y significados por la virtud y el
saber, se reunían en hermandad, a la que, de muy significativa manera, dieron el nombre de
Compañía del Amor Divino (1).
Hay que insistir en la transcendencia de los Oratorios del Amor Divino en la reforma de la Iglesia.
En ese ambiente de distracción mundana que describe Pastor los núcleos de fermentación y de
inquietud depositarios de las fuerzas de un nuevo despertar se concentraban en aquellos focos de
silencio y de actividad desconocida que fueron los oratorios. De ellos nacieron los Clérigos
Regulares. Hoy conocemos su historia y sus intenciones.
El primer grupo parece que nació en Vicenza antes del 1500, después de una misión predicada en
1494 por el beato Bernardino de Feltre. De Vicenza pasó a Génova por obra de Héctor Vernazza y un
grupo de amigos, todos discípulos de santa Catalina de Génova. Aquí el grupo se llamó por primera
vez Compañía del divino Amor (Societas divini Amoris la llama León X en el Breve de aprobación
del 27 noviembre de 1512). Ambos grupos tienen como patrón al gran doctor, tan admirado entonces,
san Jerónimo, amante y venerador de la S. Escritura. De Génova el Oratorio pasó a Roma en un salto
en el que tuvo la mano san Cayetano ayudado por el grupo genovés. Más tarde, y llevado siempre de
la misma mano, la Compañía llegó a Venecia, Verona, Padova, Brescia, Saló y Nápoles.
El Oratorio surgió en los momentos en los que ya se hacía improrrogable una reforma de la iglesia
y, a la vez, en los momentos en los que se veía claro que no se la podía esperar empujada y dirigida
desde la altura, tal como mostraba en aquellos días el concilio ecuménico V de Letrán (1512-17). La
gravedad de la situación había sacudido poderosamente a aquellos diminutos grupos de hombres
piadosos e ilusionados que decidieron poner manos a la obra en el silencio y en el secreto, en la
noche del surco donde germina la semilla, empeñándose a empezar en el propio interior la reforma
de la iglesia. El teatino P. Antonio Caracciolo dirá más tarde: “Aquella compañía era como una
ciudadela desde la que se vigilaba la fidelidad a la vocación cristiana y la oposición tenaz a la
epidemia creciente del vicio y los abusos”, justamente el primero de los estatutos de la Compañía
reza así: “Nuestra confraternidad no ha sido instituida sino para plantar y arraigar en nuestros
corazones el amor de Dios, esto es, la caridad. Por eso la hemos llamado Confraternidad del Amor
divino”.
Esa idea del Amor como fundamental es de tal transcendencia en el programa, que define la misma
forma de ser y de actuar del grupo y, al mismo tiempo, será adoptada por los teatinos —recuérdese la
carta del P. De’Colli—, quienes llegarán a hacer de la profesión de los clásicos votos monásticos un
medio para alcanzar ese Amor, sin el cual “la profesión, los votos y la religión misma carecen de
sentido”.
La Compañía del Amor Divino era secreta, es decir, que no trabajaba como tal, sino a través de la
calidad de sus miembros; era limitado el número de cofrades (los estatutos del Oratorio de Génova
fijan su número en cuarenta: treinta y seis laicos y cuatro sacerdotes. En el Oratorio romano no
podían pasar de sesenta). Tal limitación respondía a una convicción firme de los mejores exponentes
de la reforma: La cantidad nunca favorece la calidad; la muchedumbre conduce a la relajación (otro
principio que los teatinos mantendrán intocable a través de toda su historia).
Esa calidad, por otra parte, se obtenía por dos cauces: Una minuciosa selección y una rigurosa
formación. Veamos un detalle: “Los candidatos eran recibidos solamente tras un minucioso informe
sobre sus costumbres, su religiosidad, su capacidad de autodominio, su práctica de los sacramentos,
y a condición de que obtuvieran de los cofrades los dos tercios de los votos”.
Se trataba de un instituto en sí constituido por laicos (el de Génova había sido fundado por cuatro
seglares, y seglares eran, como vimos, treinta y seis de sus cuarenta componentes).
Retengamos, pues, los rasgos esenciales del Oratorio del Amor Divino:

1. Grupos pequeños de hombres acuciados por el deseo de una reforma en profundidad. Esa
reforma comienza en el corazón y en el secreto de la propia vida.
2. La idea del Amor como fundamental. Al amor queda subordinado todo lo demás.
3. Era una asociación secreta. No se hacían públicos ni los programas ni los individuos ni los
éxitos.
4. No interesaba el número; era indispensable la calidad. Una calidad que se obtenía por dos
caminos: la selección y la formación.
5. El laicado aflora seriamente como responsable de una época nueva en la Iglesia de Cristo.

Dicho esto, nos queda pasar una inspección particular al Oratorio de Roma, del que nació lo
teatino, y que posee unos rasgos muy propios. Los trabajos de Paschini, Tacchi-Venturi, Cistellini y
Andreu nos permiten conocer hoy en detalle lo que en aquel surco germinaba.
Nadie podía adivinar —escribe Paschini— la importancia que para la futura reforma de la Iglesia
y de la curia iba a tener un hecho que pasó a casi todos desapercibido, la fundación, en la Iglesia de
santa Dorotea en el Trastevere, de la Confraternidad del Divino Amor bajo la protección del doctor
san Jerónimo. Era párroco allí Giuliano Dati, un hombre lleno de impulsos de reforma. Envuelta en
un intencionado secreto la Confraternidad, lejos del respeto humano y de la ostentación —que son
declarados enemigos de toda seriedad espiritual—, tenía como meta la santificación de sus
miembros, a través de una vida piedad que encontraba su alimento en la comunión frecuente y en la
oración en común, y que alcanzaba su ejecución visible en la caridad hacia el prójimo, dictada por
las necesidades de tiempo y lugar.

Antes de pasar adelante, recojamos algunos datos del Oratorio romano:


El silencio y el secreto lejos de toda ostentación.
La santificación personal: Cada uno es el primer reformado.
Una piedad viva alimentada en el sacramento de la Eucaristía y en la oración común: Vertida en la
asistencia al prójimo necesitado.

Hemos dicho antes que el Oratorio de Roma era especial, con rasgos propios (he ahí la
maleabilidad y adaptabilidad de cada oratorio a las circunstancias de lugar y de tiempo, que
heredarán también los teatinos no comprometidos nunca con ningún sistema propio o exclusivo de
apostolado). Helos aquí: De sus sesenta asociados la mayoría eran sacerdotes, y, entre ellos, había
altos prelados, dignatarios de la iglesia, futuros sacerdotes (2). Gracias a ello, nace el segundo
rasgo: Si los demás Oratorios se dedicaban a formas concretas de caridad —en hospitales, por
ejemplo—, el de Roma, y ya desde el principio, estableció sus fines renovadores en su voluntad de
ser instrumento y foco de una verdadera reforma-gloriosa forma de asistencia caritativa.

He aquí unos testimonios:


El grito y la bandera de la reforma espontánea lo levantó en Italia el Oratorio del Amor Divino.
L. Cristiani

Del fuego que ardió vigoroso en el Oratorio del Amor Divino y que mantuvieron encendido los Clérigos
Regulares, recibieron también directa o indirectamente sus llamas, y las transmitieron al futuro, la
totalidad de las fuerzas que actuaron en la defensa de la Iglesia de Cristo.
P. Paschini

El oratorio romano, ante todo, fue una auténtica Comisión práctica de reforma católica en acción.
P. Chiminelli

Aquello era el Estado Mayor de los hombres que querían de verdad la reforma de la Iglesia.
Reumont

No puede reformar a los demás quien no se reformó antes a sí mismo. Sólo el que arde en el Amor
puede inflamar de amor a los demás. Cuando, a los 36 años, Cayetano, hacia 1516, se hizo socio del
Oratorio de Roma (que ciertamente existía o empezaba gracias a él) dio un paso decisivo en su vida
espiritual: Vino muy pronto su entrega al sacerdocio, el día de san Jerónimo, y comenzaba a
perfilarse la obra de su vida en la cuna y en la paz de aquella compañía.

NOTAS:

(1) Cf. Pastor, Hist. de los papas (ed. Barcelona 1911), vol. X, 288-89.
(2) Cf. G. Llompart, Gaetano da Thiene (1480-1547). Estudios sobre un reformador religioso, Roma 1969, p. 53: Un elenco de los
hermanos del Divino Amor de 1524, descubierto poco ha, muestra entre los cuarenta y dos inscritos —obispos y curiales, sacerdotes y
laicos— once que piensan “ascender bajo obediencia”. Dicho en otras palabras, maduran la conveniencia de reunirse en una sociedad
de carácter clerical, emitiendo los tres votos religiosos.
Capítulo 2

FORMACIÓN ESPIRITUAL
DE SAN CAYETANO

En su segunda carta a Sor Laura Mignani, y en fecha de 28 de enero de 1518, después de contarle
el fervor de su primera misa y la deliciosa aparición navideña, escribe D. Cayetano: “Pienso
marchar a Venecia después de Pascua. Es un deber de conciencia. Los asuntos de mi casa reclaman
mi presencia allá (la madre estaba muy delicada, había deudas, había que proveer a la dote de la
sobrina, la querida Isabel). Una vez solucionados, con la ayuda de Dios, aquellos problemas, trataré
de lograr independencia y serenidad, a fin de consagrarme totalmente al servicio del Señor sin
preocupaciones de patria ni de familia”.
En efecto, el 30 de abril de aquel año, se despidió de Roma y de los queridos amigos y partió para
Venecia, pasó por Loreto y para el mes de junio ya estaba en su tierra de Vicenza. Estando en su
ciudad, ingresó en la Compañía de san Jerónimo —un Oratorio fundado a raíz de las predicaciones
del beato Bernardino da Feltre, en la última década del 400—, el 9 de febrero de 1519. Pronto se
notó allí su presencia, de forma que el autor del Diario lo llamó luz y esplendor, sustento y
bienhechor. Tanto se notó, que la hermandad de la cercana Verona, deseosa de tenerla cerca, pidió
un día ser incorporada a la Hermandad vicentina, con participación de privilegios y de bienes
espirituales. Los de Vicenza acogieron con gran alegría la proposición y, el 9 de julio de 1519, se
presentaron en Verona tres vicentinos con Cayetano a la cabeza. Aquí tuvo él uno de sus
inconfundibles gestos: Invertir las cosas y quedar en segundo término. Después de la misa que
celebró, se dirigió a los hermanos de Verona pidiendo que él y sus cohermanos del Oratorio de san
Jerónimo de Vicenza fueran recibidos en su Compañía. Y así no fue la de Verona la que se incorporó
a la de Vicenza, sino ésta a aquélla, por arte y traza de D. Cayetano. Al pie del documento, que
poseemos, firmó así con estas estremecidas letras aquel hombre hecho de humildades:

Ego, Caietanus de Thienis, indignissimus Dei sacerdos, in mínimum fratrem huius sanctae
societatis acceptatus me scripsi, die x iulii 1519.
“Yo, Cayetano de Thiene, indigno sacerdote, aceptado como el último de los hermanos de esta
santa Asociación, me he inscrito el 10 de julio de 1519”.

Lo cierto es que aquel grupo volvió a florecer, sus miembros sintieron un nuevo impulso de vida
espiritual, mientras D. Cayetano les reformaba los estatutos según su experiencia y el espíritu del
Oratorio de Roma, les recomendaba la comunión frecuente y les ayudaba en la fundación de un
hospital de Incurables.
La madre de D. Cayetano moría a finales de. 1520, después de otorgar testamento, “a las dos de la
madrugada del viernes 2 de noviembre de 1520”, en el que ordenaba textualmente: “Quiero y ordeno
que mi cuerpo sea enterrado en Santa Corona, en la sepultura de mis hijos”. La Iglesia de Santa
Corona (El Rosario) es la del convento de los dominicos de Vicenza. La capilla gentilicia de los
Thiene en esa iglesia coincide con la capilla absidal de la nave lateral derecha. Bajo sus bóvedas
descansan la madre, Da María Porto, y los dos hermanos de Cayetano, Juan Bautista y Alejandro.
Pero lo más importante es que la madre había conducido mil veces, de pequeños, a sus tres hijos
hacia la iglesia y la piedad de la orden dominicana. En aquel convento era superior a la sazón un
hombre de inmenso prestigio, el P. Juan Bautista Carioni de Crema, uno de nuestros antepasados que
imprimió a lo teatino la impronta de una fuerte espiritualidad. El dominico era el director espiritual
de D. Cayetano y de su familia: A la sobrina Isabel le escribe así: “Lava tu alma por medio de la
santa confesión con nuestro reverendo confesor fray Bautista”, y “sé de cierto que el padre Bautista
acudirá de buen grado, si tú le mandas llamar, porque te ama en Cristo”.
Fue el P. Bautista quien, a finales de 1519, aconsejó a Cayetano que se trasladara a Venecia,
donde desplegó otra vez una vigorosa actividad y fundó el nuevo hospital de Incurables, en cuyo
gobierno le siguió, cuando él se fue a Roma, un joven sacerdote que se llamaba don Juan Marinoni.

Fray Bautista Carioni de Crema

El célebre dominico, al margen de una vida sumamente activa y agitada, fue un gran director de
conciencias; entre sus discípulos figuran dos santos, ambos fundadores, san Cayetano y san Antonio
Ma Zaccaria, el fundador de los barnabitas, otros clérigos regulares; y poseía una poderosísima
espiritualidad, que ha quedado fijada en sus obras:

Vita di aperta veritá, Venecia 1523,


Della cognizione e vittoria di se stesso, Milán 1531,
Specchio interiore, Milán 1532,
Filosofía divina, Venecia 1545 (postuma).

Un canónigo regular lateranense, Serafín de Fermo, hizo, en 1538, una hermosa sinopsis de la
doctrina del gran dominico, que constituyó su reivindicación. En España el gran teólogo Melchor
Cano realizó una traducción adaptada de la Vittoria di se stesso que apareció en Valladolid en
1550. Pero es sobre todo fray Luis de Granada, también dominico, quien en su Libro de oración y
meditación y en el Manual de diversas oraciones utiliza y elogia las obras de Carioni.
Dada la profunda influencia del dominico en la espiritualidad de san Cayetano, espiritualidad que
ha llegado hasta nosotros, he ahí los datos sobre el personaje y el contenido espiritual de su
enseñanza:

Juan Bautista Carioni, nace en Crema en 1460. Entra en los dominicos y es discípulo del beato
Sebastián Maggi (1414-96). Muere en Guastalla el 2 enero 1534, asistido por su discípulo san
Antonio Ma Zaccaria.

“Varón de grande espíritu y experiencia en las batallas espirituales.


Por ser extremadamente provechoso, trabajaré que en breve se traslade a nuestra lengua
castellana”. Melchor Cano.

“Los libros que se deban leer todo el mundo los conoce, pero en nuestros tiempos se ha
descubierto un gran tesoro, que son las obras de Serafino de Fermo (el sintetizador de Carioni),
que agora se han trasladado del toscano en castellano, a cuya lición convido yo a todos los
amadores de la verdadera sabiduría, si quieren, en medio deste niebla escura del mundo, atinar el
camino de la perfección y al conoscimiento de la verdad”. Fr. Luis de Granada.

Y para los dominicos actuales no cabe duda sobre la nitidez y ortodoxia del P. Carioni. Mandonet
escribe que aquel dominico:

“camina a la vanguardia del movimiento de espiritualidad que ha de ir desarrollándose a lo


largo de los siglos XVI y XVII, y que acentúa la preponderancia de las energías espirituales
voluntarias, así como la actividad de las potencias exteriores. Juan Bautista de Crema es un
maestro de energía espiritual en todo cuanto se refiere a la reforma de sí mismo y de la sociedad
humana. Desde este punto de vista ocupa un puesto distinguido entre los iniciadores del tipo de
espiritualidad que había de prevalecer entre los clérigos regulares”.

Así pues, el método espiritual de Fr. Battista da Crema se hizo vida y acción en Cayetano de
Thiene y en Antonio Ma Zacearía, dos santos de inmensa irradiación en la reforma.
Por eso es indispensable exponer las líneas de la espiritualidad de Fr. Battista. Haremos un
resumen de la exposición del gran conocedor de la espiritualidad cristiana, P. Pourrat (1).
Battista da Crema fue, a través de la predicación y la dirección de almas, un gran reformador y uno
de los iniciadores de la espiritualidad italiana del 500, igual que su compañero de hábito y
contemporáneo Jerónimo Savonarola (muerto en 1498).
Insiste fundamentalmente en la necesidad de reaccionar contra la corrupción general y contra el
mal que reina dentro y fuera de uno, y explica los remedios que hay que adoptar. Hace especial
hincapié en el esfuerzo personal. Es optimista sobre las capacidades del hombre y su esfuerzo,
inspirándose en los escritos de Casiano (justamente ese optimismo, que alguien llamó
semipelagianismo, fue una de las causas de las dificultades con que toparon sus escritos). Este
hombre marcha a la cabeza de aquel movimiento espiritual, que tomará grandes dimensiones a lo
largo del siglo XVI y XVII, y que insiste tanto en el desarrollo de las fuerzas de la voluntad y el
despliegue de la actividad exterior concreta. Se trata de un maestro de la energía espiritual para la
reforma de sí y de la sociedad cristiana; es el abanderado del espíritu y de la espiritualidad que
distinguen a los clérigos regulares. Su influencia es decisiva en el fundador de los teatinos y en el de
los barnabitas, que fueron dirigidos por él en los momentos en los que al tanteo buscaban su camino.
Es notable, al respecto, que, cuando se trata de hacer cristiana a la sociedad, los dirigidos de Fr.
Battista, tanto Cayetano de Thiene, como Antonio Ma Zaccaria, como Luisa de Torelli, la fundadora
de las Angélicas, insisten todos en que se necesita un instrumento eficaz y tal instrumento es el clero.
“Un clero puro, fervoroso, viviendo como los religiosos, pero más cercano que ellos a la sociedad,
dedicado a la instrucción, a la predicación, a la confesión: por ahí debe empezar todo intento de
restauración cristiana”. Es una verdadera transformación del concepto de vida religiosa: A la antigua
figura del monje o del fraile se añade ahora la del clérigo regular.
Todo ello se encuadra en el marco de la espiritualidad italiana de la época. Dada la fascinación
que ejerce por lo natural y lo humano el renacimiento italiano y la relajación de costumbres que ello
conlleva, la espiritualidad se orienta fuertemente hacia la acción. La ascética italiana organiza con
precisión la táctica y estrategia del combate espiritual contra sí mismo, pues entiende que una vez
que uno se ha vencido a sí mismo y dominado sus vicios, está en disposición de hacer frente al mal
que le rodea. Ese movimiento de espiritualidad de energía y de combate interior prendió y tomó
cuerpo en primer lugar entre los teatinos y los barnabitas. Son las consecuencias de la doctrina
espiritual del P. de Crema que ponía los cimientos de la espiritualidad en el conocimiento y en la
victoria de sí mismo. Y será de esos círculos de los que saldrá un día un libro famoso, el Combate
espiritual, en el que se nos invita a una “guerra continua contra nosotros mismos”.
Es muy posible —opina Pourrat— que el consejo de no ofrecer diálogo al error, en que insiste el
Combate espiritual de Scupoli aludiendo al demonio (“Si el enemigo te propone algún
razonamiento falso o argumento sofístico, guárdate de disputar con él ” —capítulo 63) no sea más
que el traslado al campo espiritual de una consigna de comportamiento contra la herejía,
concretamente la protestante, que los teatinos practicaron casi sin excepciones. La entereza espiritual
interior y la silenciosa reforma individual, más eficaces que cualquier controversia, hicieron que el
protestantismo tuviera en Italia consecuencias muy inferiores a las que tuvo en otras geografías. Así
fue como esa espiritualidad fue una de las mejores armas de la reforma católica. El misticismo de los
primeros teatinos los empujaba a la acción, a la creación, como todo misticismo verdadero; y ésta
era su norma: Reformar a los demás después de reformarse a sí mismo.
Reformar a los demás después de reformarse a sí mismo.

Del gran reformador de Milán, san Carlos Borromeo, que se ayudó de los teatinos, y
concretamente de su amigo san Andrés Avelino, para la renovación de su diócesis, se decía: “Se ha
vencido a sí mismo y ha vencido así la carne y el mundo”. “Es tan ejemplar su vida que su
ejemplo ha logrado más cosas en Roma que todos los decretos del Concilio”.
En la Iglesia las reformas comienzan siendo la obra de unos pocos que ponen en ellas todo su
empeño y acaban por imponerlas a la opinión pública y a los órganos de la jerarquía. Así fue en la
reforma del siglo XVI.
Hay que subrayar un detalle más de la espiritualidad italiana del XVI. Lo que llamarían los latinos,
la Humanitas: Una amable dulzura hecha de luz, de serenidad, de equilibrio, de mesura. He ahí la
influencia del humanismo con sus desideratas: el arte, la belleza, el amor; el ritmo gozoso y la
serenidad optimista de la pintura de Rafael.
Un detalle del Humanismo, la Humanitas:
Una amable dulzura hecha de luz, de serenidad, de equilibrio, de mesura. El arte, la belleza y el amor son
los colores de la vida espiritual: “La alegría del hombre espiritual”, que decía san Cayetano.

En su vida de san Cayetano dice De Maulde La Claviére del humanista secretario de León X, el
cardenal Sadoleto (el mismo que redactó el Exponi Nobis de aprobación de los teatinos): “Su forma
de ser cristiano ensancha el corazón, pues en él todo es bondad y amor; no hay en él ninguna
aspereza ni tristeza; se hace todo a todos a fin de ganarlos a todos”.
Del papel de la dulzura y del amor en la piedad italiana de entonces son un ejemplo elocuentísimo
l a s Compañías que, justamente se quisieron llamar del Amor Divino y que se multiplicaron
rápidamente por la geografía italiana, gracias a Héctor Vernazza y a Cayetano de Thiene.
A esa serenidad interior y luminosa hay que añadir la actitud del silencio: Los fundadores de los
primeros Clérigos Regulares no dejaron escritos espirituales o tratados. El autor de este estilo, el
primero, es Cayetano de Thiene. Su forma de vivir es su escrito: “Un vivísimo aprecio y estima de
la pobreza, un admirable dominio interior hasta alcanzar la cima de una gozosa, inquebrantable,
serenidad de alma, un amor intenso y absolutamente desinteresado de Dios y del prójimo”. Es, a fin
de cuentas, la doctrina del Combate espiritual, aquel magnífico libro que produjo la espiritualidad
ascética de los Clérigos Regulares… (2)
Los rasgos fundamentales y luminosos de san Cayetano y de la escuela teatina se encuentran todos
en el magnífico libro que es El Combate espiritual.

NOTAS:

(1) Pourrat, La spiritualité chrétienne, III (París 1947) p. 352-58. Para detalles de la espiritualidad del P. Crema con repercusión en
la de san Cayetano, hay que ver el magnífico estudio de G. Llompart, Gaetano da Thiene… (p. 152-63).
(2) Pourrat, La spiritualité… 344-56.
Por lo que respecta a la devoción de san Cayetano, a su oración, frecuencia de los sacramentos y tierna devoción a María y a los
santos, es preciso recurrir a las páginas exhaustivas de G. Llompart, Gaetano da Thiene… p. 115-34 y 135-51.
Capítulo 3

EL TEXTO DE
LA ESPIRITUALIDAD TEATINA:
EL COMBATE ESPIRITUAL

Hoy no cabe duda alguna sobre el autor del Combate espiritual. B. Mas ha demostrado
perentoriamente que se trata del teatino Lorenzo Scupoli. “La impronta de la espiritualidad italiana
es tan evidente en él que el autor no puede ser más que un teatino” —escribe Pourrat— (1). Tan
teatino que uno siente a menudo la tentación de pensar que la obra es tanto un trabajo colectivo de
una familia religiosa como de un escritor de ella. Por eso no es de extrañar que los teatinos lo
declararan su texto de espiritualidad, como lo es para los jesuitas el Libro de los exercicios.
De golpe, casi sorprendentemente, el Combate se abre con una decidida y nada titubeante
definición de la perfección cristiana. Esta no consiste en las prácticas exteriores. “Consiste en
conocer la bondad y la grandeza de Dios, así como nuestra pequeñez y tendencia al mal; consiste en
el amor de Dios y en el desprecio de nosotros mismos; consiste en someternos a Dios, y a las
criaturas por amor de Él; consiste en renunciar a nuestra propia voluntad y en someternos a su
proyecto amoroso. Y es indispensable que todo eso se quiera y se haga para gloria de Dios y con
intención de agradarle, pues es así como El quiere y merece ser amado y servido” (Capítulo I, 1o).
Así la perfección cristiana es toda interior. Y se teje y construye con aquellas virtudes que nos
conducen a morir a nosotros mismos para sumergirnos en el amor de Dios. Es fácil descubrir en esas
líneas tan exactas la tesis de la mortificación interior que llevó tan lejos la escuela de los Clérigos
Regulares.
Como se ve, para llegar a la perfección el amor puro es exigencia irrevocable. Las prescripciones
del Combate sobre la necesidad de ese amor son sumamente precisas: No hay posible camino hacia
la perfección, si no se sirve a Dios exclusivamente para su gloria y con el fin de agradarle. Hay que
rechazar implacablemente todo interés humano. Hay motivos para querer ser santo, buenos en sí
mismos, como son querer evitar el infierno y alcanzar el cielo. La perfección exige que obremos sólo
y exclusivamente para gloria de Dios.
Es imposible no percibir aquí también los ecos de la espiritualidad española de la época. La
mayor gloria de Dios, de Ignacio de Loyola. O, cuando se trata de las motivaciones de atrición:
evitar el infierno, llegar al cielo, aquel magnífico soneto:

No se mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido/, ni me mueve el infierno
tan temido/para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido, / muéveme el ver tu
cuerpo tan herido, / muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor de tal manera, / que aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que
te quiero te quisiera.
No me tienes que dar porque te quiera;/ que aunque no hubiera cielo yo te amara,/ y aunque no
hubiera infierno te temiera.

“El puro amor es la causa y fundamento, todo lo demás es comentario” —decía el P. Carlos
Tomasi.
Pero la cima de la perfección debe ser conquistada, y se conquista a través del combate espiritual.
El combate espiritual, que es uno de los leitmotives de la espiritualidad de los Clérigos Regulares.
El Combate de Scupoli es un verdadero manual de estrategia espiritual. El nos enseña la manera de
luchar victoriosamente contra “todas las malas afecciones” de nuestro corazón, por pequeñas que
sean o nos parezcan. Las armas para la lucha son cuatro:

1. No confiar en nosotros mismos ni en nuestra obra.


2. Confiar en Dios, en quien todo lo podemos.
3. Comprometer todas las facultades de nuestra alma y de nuestro cuerpo.
4. Orar sin desfallecer.

La desconfianza de sí y la confianza en Dios son conocidos pilares de la espiritualidad teatina.


En cuanto al uso de las facultades el Combate es magistral: y su doctrina es la de B. da Crema.
Estas son: La inteligencia, la voluntad y los sentidos.
La inteligencia debe estar permanentemente en guardia contra dos enemigos que la asedian sin
tregua: La ignorancia y la curiosidad.
Mas la lucha encarnizada e implacable se libra en el interior de la voluntad. Esta se divide en dos:
Voluntad racional, que llamaremos superior, y voluntad de los sentidos, que llamaremos inferior (y
también apetito, sentido, pasión). El combate entre las dos dura toda la vida, pues son
irreconciliables pasión y voluntad superior.
La estrategia consiste en no atacar jamás frontalmente a todas las pasiones a la vez. Hay que
ordenar la lucha. Lo primero que hay que atacar es la pasión dominante, la que tiraniza el corazón. Y
se empieza atacando cualquier asomo o inicio de la pasión que se insinúa. Conseguida la primera
victoria, hay que volver al ataque con más fuerza y vigor, hasta lograr dominarla y someterla. Esa
táctica falla sólo cuando se trata de las pasiones de la carne, ante las que la victoria está en la huida.
Mientras se ataca las pasiones, es bueno ir practicando las virtudes contrarias. Habrá que aprender
a dominar y a desconfiar de los sentidos; habrá que recelar de aquella acción hacia la que nos
determinamos por el placer. Los mismos sentidos pueden ser perfectamente usados para la
contemplación de la belleza invisible, el espectáculo grandioso de la creación puede elevarnos hasta
el Creador. Los cinco sentidos pueden ser unos magníficos aliados para la contemplación “de la vida
y pasión del Verbo encarnado”.
El ruido de sables de los Ejercicios ignacianos parece sentirse en estas consignas u “orden del
día” del Combate:

“Lo primero que hay que hacer al despertar es abrir los ojos del alma y considerarse en un
campo de batalla en el que el que no combate será aniquilado. Ved a vuestra derecha a Jesucristo,
vuestro invencible capitán, a la Virgen y a san José, su esposo, y una tropa innumerable de
ángeles y de santos; a vuestra izquierda, al demonio y a sus huestes dispuestos a servirse de
vuestra pasión enemiga y a sugeriros que lo mejor es rendiros.
Es posible que, en el fragor de la lucha, os sintáis herido y a punto de ser dominado y vencido;
no os dejéis entonces dominar por el desaliento y no abandonéis jamás el combate. Redoblad
vuestra oración. Es imprescindible no perder nunca la moral”.

Es machacona la insistencia del Combate en que el soldado conserve en la lucha la serenidad del
alma y la paz del corazón y evite con ahínco todo aquello que pueda turbarlas.
Si la desconfianza de nosotros mismos, la confianza en Dios y el correcto uso de nuestras
facultades son armas imprescindibles para el combate espiritual, la cuarta, la oración, es más
imprescindible y vital todavía.
La última parte del Combate expone y explica cómo debe ser la vida de oración. Esta contiene
tres ejercicios especiales: La oración-meditación, la comunión y el examen de conciencia. La
oración tiene dos formas: La oración breve —que llamamos jaculatoria—, que conviene tener
siempre a punto en el fragor del combate, y la oración prolongada en la meditación. La primera es
una elevación del alma a Dios, en la que se le pide lo que uno desea y necesita. Uno puede formular
su deseo o bien con palabras interiores, o bien tácitamente, sin decir nada, presentando a Dios
nuestras necesidades: “una simple mirada del alma a Dios”. En la oración prolongada —media hora,
una hora, o más— se junta a la oración ya dicha la meditación de la vida y de la pasión de Cristo.
Nótese bien: la pasión de Cristo es el gran tema de meditación en el Combate espiritual y
responde a una tradición muy viva en las comunidades teatinas, que arranca de Cayetano y de
Marinoni, quien todos los viernes dirigía a su comunidad un sermón sobre la pasión, según cuenta
emocionado el P. Andrés Avelino.
“Jesús clavado en la cruz; ése es el libro que os aconsejo leer; en él descubriréis la perfecta
imagen de todas las virtudes. Es el libro de la vida que no sólo ilumina la inteligencia con sus
enseñanzas, sino que inflama la voluntad con los vivos ejemplos que pone ante vuestros ojos”
(cap. 52).
En ese libro se encuentra el modelo de todas las virtudes y los estímulos para practicarlas.
Y en la contemplación de Cristo en cruz el Combate llama especialmente la atención sobre los
dolores interiores o el sufrimiento mental de Cristo (cap. 51). Los sufrimientos de Cristo en su
espíritu son objeto de meditación y asombro en la espiritualidad italiana del XVI y, concretamente en
la teatina.
Otro objeto de contemplación lo constituye “la bienaventurada Virgen María ”, hacia la cual el
autor del Combate muestra una devoción filial y deliciosamente tierna y confiada (cap. 48 y 49),
detalle que tiene un inconfundible maestro en san Cayetano. Recuérdese para ello la devoción
mañana que rezuma toda la carta a Isabel Porto de fecha 10-julio-1522: (Veny, Cartas, p. 58).
También es muy propia de la espiritualidad italiana y teatina la devoción a los ángeles a la que el
Combate dedica el magnífico capítulo 5o. Y también aquí hay que recordar la familiaridad con que
hablaba de ellos san Cayetano, por ejemplo en la carta a Sor Laura, después de la muerte de la madre
(Veny, Cartas, p. 44).
Pero, a fin de cuentas, el medio más eficaz para vencer a nuestros enemigos es la comunión. Con
las otras armas “luchamos contra nuestros enemigos por la fuerza de Jesucristo; con la comunión
los atacamos en compañía de Jesucristo y El combate con nosotros”. Con la Eucaristía nuestro
corazón es encendido por el fuego del amor divino. Es por eso por lo que hay que comulgar con la
mayor frecuencia posible, siempre que a uno le sea permitido, y tras una escrupulosa preparación
(cap. 53-55). En esas últimas frases se encuentra a la vez el lamento de una dificultad y todo el
empuje de san Cayetano en pro de la comunión frecuente. No era fácil a la sazón obtener permiso
para una comunión frecuente. Y contra ello luchó denodadamente san Cayetano y hasta fue
amonestado por conceder permisos con excesiva facilidad. Así pues, son también teatinas la
devoción a la frecuente comunión y la campaña para introducir esa frecuencia entre los fieles. Y
precisamente, dada la dificultad de comulgar con frecuencia, el Combate propone, en sustitución, la
Comunión espiritual, “que es posible, no sólo cada día, sino en cada momento”.
Sorprende que el autor del Combate no dedique un capítulo a la dirección espiritual, precisamente
como una de las ayudas para la lucha y para el progreso. En el capítulo 19, y tratando de las
tentaciones, recomienda acudir al padre espiritual, exponiéndole sinceramente problemas y
pensamientos y escuchando su parecer. Hay que recordar a propósito que fue san Francisco de Sales,
ya más tarde, quien hizo popular la dirección espiritual. En nuestro caso concreto todo parece indicar
que, entre gente empeñada en la perfección, Scupoli la da por supuesta, dado que la tuvieron todos
los maestros espirituales de la época: san Cayetano y Antonio Ma Zacearía la tuvieron en Fr. Battista
da Crema; san Jerónimo Emiliani en un canónigo lateranense, y san Felipe Neri fue director espiritual
de grandes hombres (san Camilo de Lellis, san Juan Leonardi, Federico Borromeo) y de fervorosos
grupos de jóvenes entusiastas.
El Combate contiene y recoge, pues, las grandes líneas de la espiritualidad italiana del quinientos
y de los primeros grupos de teatinos. Y contiene a su vez el germen y raíz de la fuerza espiritual que
guiará y hará posible la implantación de la reforma tridentina.
El Combate espiritual nos ha servido, pues, para descubrir las grandes líneas de la espiritualidad
italiana y de la dirección espiritual de Battista da Crema, que llegarán a configurar el proyecto y
actitud de los primeros teatinos. Helas aquí:

1º: Reacción contra el ambiente pagano y corrupto.


2º: Lectura asidua de los escritos del monje Casiano, y consecuentemente,
3º: Optimismo sobre los recursos del hombre.
4º: Necesidad del esfuerzo personal.
5º: Reforma interior indispensable para la reforma de la sociedad.
6º: La lucha (Combate) espiritual como camino hacia la perfección.
7º: El clero luminoso, reformado, como principio e instrumento para la reforma de la Iglesia.
8º: Una actividad liberadora, concreta y exterior (hospitales de incurables, imprenta, etc.).

En resumen, la espiritualidad de los Clérigos Regulares es una espiritualidad sacerdotal y


apostólica y abre un nuevo camino en la historia de la espiritualidad cristiana dentro del cauce de la
llamada Devotio moderna. Promueve el desarrollo equilibrado de las energías libres y de las
aptitudes del hombre puestas al servicio de la gracia; proclama el evangelismo sencillo y austero;
mantiene el equilibrio entre contemplación y acción, entre vida regular comunitaria y apostolado en
todas sus dimensiones. Predica y practica un ágil desprendimiento de las realidades terrenas y una
serena e inalterable confianza en Dios, un servicio del altar, de los sacramentos y de la palabra sin
preocupaciones materiales, en un halo de optimismo y de confianza en el hombre. Y ello se logra
sobre la base de una fuerte educación ascética, nutrida por la meditación asidua y presidida por la
abnegación simbolizada en la cruz desnuda. La lectura constante de la biblia, la acción, la frecuencia
de los sacramentos en un clima de serena confianza y de sosiego y de paz interior, así como la
práctica de los votos religiosos, conducen, sin preocupaciones temporales de añadiduras, a la busca
del Reino de Dios y a la perfección cristiana, que consiste en el Amor. Amor al que sirven los votos,
la profesión, la religión misma. Amor sin el que todo queda vacío. Amor, empujados por el cual, los
teatinos tendrán siempre encendida la ilusión para comenzar y realizar la reforma de sí y de la Iglesia
de Cristo.
Y todo ello quedó clásicamente expuesto, para los teatinos y para los círculos de su influencia, en
la magnífica obra de Lorenzo Scúpoli (1530-1610), el Combate espiritual. Del Combate se
encomendaba la edición típica al P. Carlos de Palma en 1657 y se mandaba que “ cada uno de los
nuestros habrá de tenerlo siempre consigo a mano, y servirse de él en la dirección de las almas”.

VISIÓN DE SÍNTESIS DEL COMBATE ESPIRITUAL.

1. El Combate del P. Scúpoli


como síntesis de la espiritualidad teatina.

El P. Scúpoli, posiblemente porque toda su vida teatina fue un inacabable combate de humildad y
de aceptación de la adversidad, fue el teatino privilegiado que vivió y encarnó en sí la vivísima
corriente de lucha y combate que habían vuelto a poner sobre el candelero las primeras generaciones
de teatinos. Por otra parte, el P. Scupoli vivió en las últimas décadas del siglo XVI, aquellos tiempos
en los que la Orden sufría la gran convulsión de una renovación radical de sus estructuras, la
generación de san Andrés Avelino, maestro de Scúpoli y gran estratega de la lucha consigo mismo:
Redacción de las Constituciones, primer Padre General, campaña de proclamación de la obra, del
espíritu y las grandes personalidades de lo teatino.
Ya en el primer capítulo, Scúpoli se atreve a presentar una definición de la perfección cristiana,
que es una verdadera milicia, “la mayor hazaña y la más alta y gloriosa empresa”. Y sigue una
implacable crítica de traducciones de la perfección aún hoy en boga: “Muchos creen que la
perfección consiste en el rigor de la vida, en la mortificación de la carne, en los cilicios,
disciplinas, ayunos, vigilias y otras penitencias y obras exteriores. Otros, cuando rezan muchas
oraciones, oyen muchas misas, asisten a todos los oficios divinos y frecuentan iglesias y
comuniones”.
A continuación, una implacable crítica de la vida de comunidad de aquellos religiosos que lo
ponen todo en los actos exteriores:

“Los mismos que profesan vida religiosa se persuaden de que la perfección consiste únicamente
en frecuentar el coro, en amar la soledad y el silencio, y en observar exactamente la disciplina
regular y todos sus estatutos.
“TODOS IGUALMENTE SE ENGAÑAN”

Todo ello no son más que medios, muy poderosos, pero sólo medios, para adquirir la santidad. En
ello no consiste la perfección cristiana.
Esta no consiste en otra cosa, sino en conocer la bondad de Dios y la bajeza e inclinación de
nuestra naturaleza al mal. Es decir, en amar a Dios y a sus criaturas, sólo por amor desinteresado; en
desconfiar de nosotros mismos y en fiarnos sólo de Dios.
Eso constituye una dura y larga tarea, un combate implacable, que dura toda la vida.
Hay una estrategia y unas armas para ese combate:
a) La desconfianza de nosotros mismos (cap. 2).
b) La confianza en Dios (cap. 3-6).
c) El ejercicio y el esfuerzo constante (cap. 7-43).
d) La oración (cap. 44-60).

2. Las armas del Combate:

Todo empieza en la desconfianza de sí: Queremos ser santos, pero queremos serlo a nuestra
manera. Sólo Dios es guía de nuestra perfección: Incluso las faltas y el mismo pecado son
providenciales; ellos nos desprenden de nuestros puntos de vista.
La confianza en Dios, tan típicamente teatina, nos hace estar convencidos de que Dios nos ama
como Padre nuestro que es y lo ordena todo a nuestro bien. Pues El quiere más que nosotros nuestra
vida y nuestra perfección.
El ejercicio consiste en el uso y explotación de todas nuestras facultades, los talentos, sin dejar ni
permitir que una sola se quede atrás ni estéril.
La oración no es ni esencial ni fundamentalmente una petición. Es una entrega confiada en Dios
providente: “Una fe viva y una firme confianza en Dios”. “Un alma llena de esta confianza es
como un vaso que Dios llena de los tesoros de su gracia”. Es la mejor traducción del lema de la
espiritualidad teatina: Buscar a Dios ante todo, convencidos de que todo lo demás llega de
añadidura. Y ahí es donde entra para Scúpoli la oración de petición. Recalcando que ésta ha de
entrar siempre envuelta en la oración de acción de gracias, que es la actitud del alma desprendida de
sus caprichos. De la mano de Scúpoli llegamos así a la oración contemplativa y a la unión mística
que es la actitud de la oración perfecta.
La oración en los sacramentos, o los sacramentos como oración, son un ejemplo aleccionador de
como Scúpoli había asimilado la espiritualidad teatina sacramentaría contra el peligro del
consumismo de sacramentos que propicia, aún hoy, la recepción estéril de ellos, como una simple
acumulación de actos de piedad sin incidencia en la vida cristiana. Veamos dos ejemplos:

a) El sacramento de la penitencia. Previniendo la reforma del sacramento llevada a cabo por


Pablo VI, Scúpoli insiste en que no es la recitación detallada de los pecados lo que interesa
principalmente, sino el análisis minucioso de “las ocasiones que los originaron” y, después, “la
disposición de comenzar de nuevo”. En nuestra acción pastoral los teatinos podríamos y deberíamos
partir de esa visión profética para instruir al pueblo sobre la verdadera inteligencia y valor de esta
reforma del sacramento, tan mal entendida por el pueblo cristiano y que ha conducido a un frenazo en
su aplicación.

b) El sacramento de la Eucaristía. Se trata de lograr la perfecta unión con Dios. Por eso, siempre
es precisa una anterior preparación y una paz viva del alma; después, “hay que acercarse al
sacramento con confianza, abrir el corazón para que Jesús entre en él y lo posea como Señor
absoluto, cerrando detrás la puerta a fin de que no se introduzca ningún sentimiento contaminante”,
como puede ser la complacencia en nosotros mismos o en nuestra virtud. Otra vez, lo teatino; hay que
desprenderse de sí para llegar de verdad a Dios, que es lo único que importa.

3. Las fuentes de la doctrina de Scúpoli


y su proyección en la Espiritualidad teatina.

Ya hemos indicado que Scúpoli es heredero genuino de la espiritualidad de nuestra Orden. Como
los Fundadores, una vez más él acude a las fuentes. La idea de combate es fundamental en el
seguimiento de Cristo. Hay que tomar la cruz cada día. La vida del hombre sobre la tierra es una
milicia, según Job. Los teatinos pusieron en el comienzo de su vida la cruz desnuda y se ataron por
siempre a la cruz de Cristo. Esa praxis y esa doctrina es desarrollada admirablemente en el
Combate. En 1657 los teatinos lanzaron la edición oficial de la obra scupoliana. La propia Curia
General preparó la edición con escrupulosa meticulosidad. El propio Prepósito General, P.
Francisco Carafa, la dedicó al papa Alejandro VII. En el Imprimatur se contiene un mandato que
prescribe a todos los teatinos tener un ejemplar del Combate como inseparable vademecum para la
dirección espiritual propia y ajena, siguiendo así lo que ya era tradición en nuestra Orden.
San Francisco de Sales lo llamaba “El Libro de los teatinos”. Y el P. General, Agustín Bozomo,
decía que el santo tenía perfecta razón en afirmarlo, ya que este libro “es la leche que alimenta a
nuestros novicios, el pan de nuestros Estudiantes y de nuestros sacerdotes que se dedican a la
confesión, a la predicación y guía de las almas, y constituye la ambrosía de nuestros
contemplativos”.
El P. Bartolomé Mas, especialista en el estudio de la obra magistral de Scúpoli, reseña,
finalmente, unos datos que deberíamos tener constantemente a la vista: La Instrucción para la
educación de los novicios, redactada por una Comisión de Padres, experimentada a lo largo de 50
años y publicada en Roma en 1658, prescribe que el Maestro de Novicios esté firmemente impuesto
en las corrientes espirituales, leyendo particularmente el Combate espiritual de nuestro P. Scúpoli.
Un hecho conmovedor y lleno de actualidad lo constituye el caso del P. Carlos Tomasi —tío de
nuestro reciente santo—, profundo teólogo y maestro de vida espiritual, quien, en una carta del 2 de
enero de 1666, escribe a su sobrino san José María, joven novicio teatino en la casa de San José de
Palermo, aconsejándole encarecidamente la lectura del Combate, de manera que “lo mandi a
memoria, che quest’é il libroproprio de’ Teatini”.
Y era verdad. Los teatinos, según san Francisco de Sales, “se servían de esa obra igual que los
jesuitas se sirven de los Ejercicios de san Ignacio”.
Finalmente, el P. General, Cayetano Garimberti, como antes el P. Nobilione, propusieron a los
teatinos el Combate como libro para sus tandas de Ejercicios Espirituales, “según es costumbre en
nuestra Orden”.
He ahí una buena, excelente, idea para practicar more theatino los Ejercicios.
He ahí una buena, excelente, idea para practicar more theatino los Ejercicios.
Como siempre, volver a lo genuinamente teatino es regresar con sorpresa y alegría a las fuentes
limpias de lo eternamente nuevo y cristiano. El teatino ha de ser el hombre nuevo de la perfecta
leticia, del que hablaba, lleno de ilusión y humanismo, san Cayetano.
Aclaración teatina:
Todo lo que acabo de decir ha de ser leído con detención por todo teatino que se precie en la magistral
obra del P. Bartolomé Más, “El Combate espiritual de Lorenzo Scúpoli, C.R.” (1530-1610), que el autor,
muy teatino, nos permite usar, pero que no publica. Le sugerimos, los teatinos, que alrededor de este
año 1989, cuando se cumplen los cuatrocientos de la aparición del Combate en Venecia, sería una
excelente ocasión para sacar del silencio a aquel gran hombre que desde el silencio y la prueba escribió
una de las obras cumbres de la espiritualidad cristiana.

4. Lorenzo Scúpoli, C.R. (1530-1610).

Francisco Scúpoli nace en Otranto hacia 1530.


A los 40 años entra en la casa de San Pablo el Mayor de Nápoles, comenzando el noviciado el 1
de enero de 1570. Su primer maestro de novicios fue san Andrés Avelino; pero el noviciado lo
concluyó bajo la dirección del P. Jerónimo Ferro.
Profesó solemnemente el 25 de enero (conversión de san Pablo) de 1571 y cambió su nombre por
el de Lorenzo.
En 1574 pasó a la casa de Piacenza, y allí fue ordenado sacerdote en la Navidad de 1577. En 1578
pasó a la casa de Milán con san Andrés Avelino, quien, ocho años antes, había fundado allí la casa
de San Antonio, llamado insistentemente por su amigo san Carlos Borromeo. En abril de 1581 fue
trasladado a la casa de San Siró de Génova, donde persistía todavía la peste de 1579: Scúpoli se
unió a sus compañeros para atender generosamente a los enfermos y moribundos.
En 1585 cayó sobre él un auténtico vendaval; la cruz de su vida y su verdadero combate espiritual:
Una calumnia, nunca especificada, hizo que el Capítulo General reunido aquel año en Venecia le
impusiera prisión por un año, lo suspendiera a divinis y lo rebajara a la categoría de hermano laico.
Scúpoli aceptó con heroica humildad el duro castigo. Silos asegura que, según el testimonio de
contemporáneos, “aquel hombre humillado estaba siempre disponible para los servicios
domésticos más humildes y pesados, amaba el retiro y el silencio, dedicaba a la oración horas y
horas y era un ejemplo de serenidad y de humildad para todos.”
El Capítulo General de 1588, en el que fue elegido el primer General de la Orden, el P. Milani,
trasladó a Scúpoli de Génova a Venecia, a la casa de San Nicolás de Tolentino, en la que residió
diez años. En 1598 vuelve, después de veinticuatro años, a San Pablo el Mayor de Nápoles, junto a
su maestro Andrés Avelino. El 10 de noviembre de 1608 asistió a la muerte de aquel “santo viejo”
que le había guiado por los caminos de la perfección. El 29 de abril de 1610 recibió estremecido la
gracia que nunca llegaba: Poder ejercer de nuevo el ministerio sacerdotal. El Capítulo General de
Roma de aquel año había decretado su rehabilitación. Podía morir en paz. Y murió octogenario en la
casa de San Pablo de Nápoles el 28 de noviembre de 1610, siendo enterrado en la tumba común con
sus hermanos. En 1589, residiendo Scúpoli en Venecia y en pleno padecimiento de la dura prueba,
apareció, anónima, la primera edición, de 24 capítulos, del Combate espiritual. Y en el año de su
muerte, 1610, ya aparecía en Bolonia la 50 a edición llevando por primera vez el nombre de Lorenzo
Scúpoli.
El Combate ha pasado por una larga evolución: En el principio contenía 24 capítulos, después 33,
más tarde 38 y, al final, llegó hasta los 66, que fue el número definitivo (2).

5. Devociones particulares de los teatinos.

Las devociones practicadas y difundidas por los teatinos son fundamentalmente tres:

1. La Virgen de la Pureza.
El maravilloso cuadro de la Puridad de María, que se debe al pincel del angélico Luis Morales,
era venerado en la capilla privada de la familia Bernardo y Mendoza, en Nápoles, y fue expuesto a la
veneración pública en San Pablo el Mayor el 7 de septiembre de 1641. Donado a los teatinos, el
Capítulo General de 1647 declaraba a la Virgen de la Puridad Patrona de la Orden y el 7 de
septiembre de 1724 era coronada solemnemente por el Cabildo Vaticano.

2. El Escapulario Azul de la Inmaculada Concepción.


La tradición cuenta que el escapulario fue encomendado a la venerable Sor Úrsula Benincasa
(1547-1618), la fundadora de las teatinas. Clemente X (por Breve de 30 enero 1671) encomendaba a
los teatinos su imposición y distribución. El 21 de mayo de 1894 se erigía en Sant’ Andrea della
Valle de Roma la Asociación del escapulario azul, elevada a Archicofradía por León XIII el 18 de
septiembre del mismo año; y a ella pertenecen los que regularmente lo llevan.

3. El Acto Heroico de caridad en favor de las almas del purgatorio.


El P. Guillermo Faber lo llama “el acto heroico de los teatinos”. En realidad fueron ellos los que
idearon ese heroico voto y lo propagaron entre el pueblo cristiano. Por él se cede el mérito
satisfactorio de nuestras buenas obras en sufragio de las almas del purgatorio, sin quedarse uno con
nada. Una nueva y heroica versión en el campo espiritual de la pobreza teatina, que cede al hermano
aún los méritos propios. La idea del Voto fue del teatino vasco P. Gaspar de Oliden ( 3); y así lo
reconoce el decreto Urbi et Orbi de Pío IX (30 sept. 1852), recordando que la aprobación del Voto
fue obtenida de Benedicto XIII por el P. Oliden (23 agosto 1728) y confirmado con indulgencias
anejas por Pío VI, el 11 de diciembre de 1788.

NOTAS:

(1) Véase Pourrai, La spiritualité chrétienne… p. 358-68.


(2) Véase B. Mas, Scupoli, Laurent: Dict. de Spiritualité 1989, col. 467-84.
(3) Gaspar de Oliden nació en Elgóibar (Guipúzcoa) y profesó en Madrid el 6 de enero de 1683. En 1725 dio unas charlas sobre el
Purgatorio ante el papa Benedicto XIII, de quien era amigo personal, y obtuvo de él la aprobación de su Voto. Le gustaba llamarse
“procurador de las ánimas”, y escribió los Diálogos del Purgatorio, que aparecieron en Alcalá en 1732. Fue primer Prepósito de la
casa de Palma de Mallorca. Murió en 1740.
PARTE I

LOS CLÉRIGOS REGULARES


DURANTE LA VIDA
DE SUS FUNDADORES
Capítulo 4

ROMA 1523 — 1524

Siguiendo el consejo de Fr. Battista da Crema, Cayetano partió para Venecia en 1519, donde, en
1522, fundaba el Hospital de Incurables. Muerta su madre en 1520 y después de arreglar los asuntos
familiares, regresó a Roma en 1523. Su epistolario muestra que, después de largos titubeos e
incertidumbres, Cayetano llegaba a Roma dispuesto a ultimar su proyecto y a ponerlo en marcha.
El P. Juan Antonio Prato recogió de boca del mismo P. Cayetano la descripción de sus intenciones
y los primeros pasos de su realización. Lo cuenta así el P. Prato en 1598: “Recuerdo que estando en
San Nicolás de Tolentino, en Venecia, D. Cayetano me explicaba que nuestra congregación empezó
así:

—“Hacía tiempo que le daba vueltas al pensamiento de reunirse con otros en vida claustral y
regular a modo de orden religiosa, pero de sacerdotes, cosa que no existía en aquel tiempo. Y
encontrándose en un Oratorio de Roma, llamado Compañía del Amor divino, que estaba en
relación y en cierta forma señalaba el estilo de vida a otras compañías repartidas por Italia,
confió su proyecto a D. Bonifacio de Colle,de Alejandría della Paglia, que pertenecía también al
Oratorio, y éste se sumó inmediatamente a la idea y se ofreció sin reserva a D. Cayetano. Cuando
los dos coincidieron en ese proyecto, D. Cayetano era protonotario apostólico y D. Bonifacio
servía en la corte papal como seglar, y vivía solo en la casa que poseía en Roma. Por aquel
tiempo estaba también en Roma el arzobispo de Chieti, Monseñor Juan Pedro Carafa, también del
Oratorio, que de alguna forma adivinó la intención de los otros dos. Fue entonces al encuentro de
D. Cayetano, le manifestó su entusiasmo por el proyecto y se quejó de que no se lo hubiera
manifestado antes, pues él acariciaba un proyecto igual; así que se le ofrecía incondicionalmente
para realizarlo juntos. Cayetano, que intuyó inmediatamente las dificultades que crearía al
proyecto la necesaria renuncia de Carafa a su arzobispado (como en efecto sucedió), se mostró
reacio a aceptar el ofrecimiento. Después de un largo tira y afloja entre ellos, súbitamente el
arzobispo se hincó de rodillas ante él y con palabras severas le advirtió que le pediría cuentas el
día del juicio, si no lo admitía a su proyecto. Cayó entonces D. Cayetano también de rodillas y
ambos se abrazaron conmovidos, mientras D. Cayetano decía sencillamente: “Monseñor, no os
abandonaré”. Fue así como quedaron unidos en el propósito de llevar a cabo con la ayuda divina
aquel proyecto. Y fue poco tiempo después cuando admitieron como compañero al señor Pablo
Consiglieri, muy amigo del arzobispo, también socio del Oratorio, que acababa de suplicarles que
le acogieran. Estos fueron los cuatro fundadores de nuestra Congregación, que nació en 1524,
año en el que, desde la Cruz de mayo a la Cruz de septiembre, estuvieron detallando con el papa
Clemente VII la ejecución de su proyecto” (1).

Y así fue cómo la Compañía del Divino Amor de Roma —justo antes de que la extinguiera el
vendaval del Saco de 1527— dio su mejor fruto. Moría cubierta de gloria y viviría para siempre en
su mejor hijo. Poseemos una lista de los socios del Divino Amor en 1524. Eran cuarenta y dos. Y hay
entre ellos obispos, curiales, sacerdotes y laicos. Y anota la lista: “ Once proyectan ascender bajo
obediencia”; es decir, tenían intención de profesar vida religiosa. Algo debió suceder que los
arredró. De los once llegaron a puerto cuatro, los cuatro fundadores que conocemos (2).
Ilusionados, pues, los cuatro debieron discutir, en frecuentes encuentros, y aprobar el plan de su
nuevo Instituto. No les llevaría mucho tiempo ni esfuerzo, pues todo hace pensar que tanto Cayetano
como Carafa tenían muy claro lo que querían y cómo iban a llevarlo a cabo. De hecho, el tres de
mayo (la Cruz de mayo) presentaban su programa a la aprobación de Clemente VII, y se lo
presentaron a tiempo, sin duda con la intención de poder dar comienzo a la nueva Compañía el 14 de
septiembre (la Cruz de septiembre), día de la Exaltación de aquella Cruz que sería el lema y escudo
de su obra. Una cruz levantada entre dos cruces por un puñado de hombres que ataban su vida a la
cruz. La intencionalidad quedaba muy clara: No hay vida, si no nace en la cruz. Como Cristo, el
teatino quiere atraer todo hacia un hombre nuevo, una reformadora renovación.
La audiencia papal del 3 de mayo de 1524 había sido pedida por Carafa y apoyada y facilitada por
Juan Mateo Giberti, hombre de confianza del papa y, a la vez, amigo cordial de Cayetano; y la apoyó
tanto más cuanto que aquel proyecto le entusiasmaba de tal manera que pensaba unirse pronto al
pequeño grupo.
Giberti fue providencial y en la Orden es considerado teatino y hermano nuestro de vida y
comportamiento. En efecto, el proyecto, pasado por el papa a la curia, encontró una oposición
cerrada. Aquella curia —escribió Pastor— era la menos indicada para entusiasmarse ante un
proyecto que constituía una rotunda condena a la mundanidad y a la codicia insaciable de muchos de
sus miembros, como era el caso del poderoso cardenal Lorenzo Pucci. Así que la oposición fue
feroz.
Y pese a todo, el 24 de junio de 1524, fiesta de san Juan, el papa expedía el Breve de fundación
de los teatinos y aprobaba en pleno el proyecto de Cayetano. Tal como éste sostenía, la Providencia
interviene a favor de los que buscan el Reino de Dios.
Otra providencial sorpresa: El Breve, redactado en un sonoro y cuidado latín, va firmado por
Sadoleto. Jacobo Sadoleto era un elegante latinista y era también un amigo y admirador de Cayetano
y de Giberti.
El Breve papal va dirigido al obispo Carafa, a Cayetano y a sus compañeros y sucesores que
somos nosotros. Y va dirigido a Carafa por la sencilla razón de ser obispo, y como tal, el portavoz
del grupo. Esta fue la causa de que más tarde algunos autores afirmaran que el fundador fue el
obispo. Cosa que, por otra parte favoreció siempre con su humilde conducta san Cayetano.
Las dos palabras iniciales han dado nombre al Breve: Exponi Nobis. Con el Exponi Nobis en la
mano, pues, los cuatro fueron al encuentro del día de la Exaltación de la santa Cruz, el 14 de
septiembre, que se habían fijado para su primera y definitiva Profesión, tal como les autorizaba el
Breve: “En la fecha que mejor les pareciese”.
Y aquel día, habiendo renunciado antes a todos sus bienes, oficios y beneficios, juntos, los cuatro
amigos ilusionados hicieron profesión solemne en la basílica de San Pedro de Roma, en manos de
monseñor Juan Bautista Bonciano, obispo de Caserta y delegado del papa para ese acto. A tenor del
Breve, el obispo ordenó que los cuatro procedieran allí mismo a la elección de Prepósito. La
elección recayó en el arzobispo Carafa. El notario Esteban de Amanis levantó acta de los hechos de
aquella jornada.
Acababa de nacer la Orden de Clérigos Regulares, los teatinos.
Los ambientes romanos, los que anhelaban la reforma y los que se oponían a ella, quedaron
asombrados, estupefactos. Algo acababa de suceder que cambiaba para siempre una época y vertía
una corriente de aire fresco y nuevo en los ambientes de la iglesia.
Un sacerdote español, Jerónimo de La Lama, socio del Oratorio y colaborador de Cayetano en
Venecia (Cayetano le llama “nuestro común amigo”), escribía desde Roma, el 22 de septiembre, de
aquel año a la plana mayor del hospital de Venecia, fundado por san Cayetano, esta carta que es una
deliciosa lectura de lo que había acaecido el día 14 en San Pedro:

“Apenas llegado a Roma, estuve a besar la mano de nuestro reverendo padre y obispo teatino, y
por respeto no me eché a sus pies. El día de la Santa Cruz, el obispo y micer Cayetano con otros
dos hicieron profesión solemne. Y fue así: De madrugada, fueron a San Pedro con la intención de
hacerla en secreto y sin concurso de gente (teatinos modos: aquellos hombres eran teatinos ya
antes de serlo); pero el Señor quería que fuese un acto público. El obispo de Casería, que tenía
que celebrar la misa muy de mañana, llegó tarde cuando ya todos estaban en la Iglesia. Celebró
en el altar de San Andrés y comulgó el obispo y sus compañeros. El maestro de ceremonias, sin
que ello estuviera previsto y como movido por el Espíritu, llamó al cabildo que estaba en el coro,
y acudió el cabildo tras la cruz procesional. Y en procesión fueron todos al altar de San Pedro,
tras la Cruz, en el día de la Cruz a abrazar la Cruz. Allí emitieron los cuatro sus votos, y allí fue
elegido prepósito y padre nuestro padre, el obispo teatino, con gran gloria de Cristo, con asombro
de muchos, con mofa y burla de no pocos.

…Son verdaderos sacerdotes religiosos en hábito presbiteral.


… Me maravilla ver lo que nuestro Señor realiza por ministerio de nuestros hermanos de
aquí… El Espíritu hace maravillas por obra de nuestro padre; el papa tiene en él gran confianza y
está a punto de confiar importantes proyectos a esa compañía. Los sacerdotes de Roma son de
nuevo examinados, se dan normas a los confesores y se reforman las iglesias… Esta nueva
Compañía es por unos alabada y por otros escarnecida. Daremos tiempo al tiempo. Pero lo cierto
es que la tierra se ha sacudido y que el enemigo empieza a confundirse. La novedad atrae a
muchos que solicitan entrar, y llegan con gran fervor, pero al fin se cansan.
…En una reunión del Oratorio, echado a los pies del padre (Carafa) le supliqué por la sangre
de Jesucristo que me aceptase en su religión, pues quiero morir en su Compañía. Y me admitió. Así
que estoy en gestiones para desembarazarme de todo, a fin de seguir a Cristo desnudo en
compañía de éstos hasta la muerte” (3).
He aquí cómo llamaba a nuestra puerta el primer postulante de nuestra historia, el español
Jerónimo de La Lama, una semana después de la fundación.
Transcribimos la fórmula con la que san Cayetano se hizo teatino. La misma que usaron los cuatro
fundadores y que dio comienzo al rosario de profesiones que a lo largo de cuatro siglos y medio han
mantenido a la Orden teatina.

Roma, año del Señor 1524, día 14 de septiembre, ante el altar mayor de la iglesia de San Pedro:
Yo, Cayetano de Thiene,
sacerdote, de Vicenza,
profeso hoy ante el Señor
y prometo a Dios, a la bienaventurada Virgen María,
y a ti, reverendo en Cristo Padre,
obispo de Casería, comisario apostólico,
especialmente delegado para este acto,
y vivae vocis oráculo por nuestro santísimo señor,
y en nombre y representación del mismo señor nuestro
el papa Clemente VII,
y del Prepósito que vamos a elegir,
que guardaré obediencia al mismo señor nuestro,
a dicho Prepósito y a sus legítimos sucesores hasta la muerte,
según la regla de los Clérigos Regulares,
bajo los tres votos de pobreza, castidad y obediencia,
que acaba de ser instituida por el mismo Señor nuestro.
Yo, Cayetano de Thiene, lo he escrito de mi mano
y yo mismo lo he pronunciado.

Esta fórmula, gloriosa e inolvidable, quedó registrada, con todo el temblor de la novedad en el
acta notarial del evento, que levantó y firmó el notario Esteban de Amanis. (4)

NOTAS:

(1) RD 1 (1945) 125-26.


(2) Llompart, Gaetano… p. 53.
(3) Veny, San Cayetano… 272-74.
(4) Veny, San Cayetano… 269.
Capítulo 5

LOS PROTAGONISTAS
Y EL PROYECTO

LOS PROTAGONISTAS

Las biografías de nuestros hermanos ilustres son expuestas en otro lugar. Aquí hacemos una
somera presentación de los primeros protagonistas, a fin de familiarizarnos con ellos.

1. Cayetano de Thiene (1480-1547).

Obsesionado por la idea de la reforma de la Iglesia a través del sacerdote, fue el genial
descubridor de la fórmula del clérigo regular. Hombre hecho de transparencias y de humildades.
Tres semanas antes de realizar, lleno de ilusión, su genial proyecto, escribía a sus primos, día 22
de agosto de 1524:
“Desde hace un tiempo, Cristo me llama e invita por su bondad a tener parte en su reino. Y me
hace ver más claro cada día que no se puede servir a dos señores, al mundo y a Cristo. Veo a
Cristo pobre y a mí rico; a El escarnecido y a mí agasajado; a Él en sufrimiento y a mí en
delicias. Me muero de ganas de caminar algún paso a su encuentro” (1).

2. Juan Pedro Carafa (1476-1559).

Vivió en la corte de Alejandro VI. Julio II lo nombró pronotario en 1503, y en 1504 obispo de
Chieti (Theates, ahí nacía nuestro nombre). Los papas le confiaron toda clase de misiones en las
cortes de Europa. Su formación era completísima, su habilidad diplomática fabulosa, su prestigio
incomparable. Estuvo implicado en todos los planes de reforma que emprendía la curia romana y
conocía como nadie la urgencia de dar a la Iglesia de su tiempo un giro radical. Así que, cuando
conoció el proyecto de san Cayetano, le faltó tiempo para ir a su encuentro, echarse a sus pies, y
pedirle que le admitiera como compañero.
La precisación de las líneas del proyecto y la gestión de él ante el pontífice son obra de Carafa. A
él va dirigido el Breve fundacional, y él fue el primer prepósito de nuestra compañía. Fue papa,
Paulo IV, desde 1555 a 1559.
“No queremos fundar una Orden nueva —escribía—. No queremos ser sino clérigos que vivan
según los sagrados cánones, en común y del común, con los tres votos, ya que éste es el modo más
conveniente de conservar la vida clerical” (2).

3. Bonifacio De’Colli (+ 1557).

Laureado en ambos derechos, se encontró con Cayetano en la corte de León X y, más tarde, se
ordenó sacerdote. Era un hombre exquisito, lleno de serenidad y de dulzura, hacía del amor a Dios y
al prójimo el tema y motivo de toda su actuación. Muy semejante a su amigo Cayetano. A Bonifacio
confió Cayetano su proyecto de reforma y de fundación. Bonifacio fue el primero; después llegó el
obispo Carafa. Bonifacio era también del Oratorio, y, como dice la relación de Prato,
“inmediatamente se pusieron de acuerdo. Y fue colaborador incondicional de la obra. A él
debemos la famosa carta que contiene el núcleo de las futuras Constituciones y que proclama el
Amor por encima de los votos, de la profesión, de la Orden misma: “sin él todo se vacía desde
dentro” (3).

4. Paolo Consiglieri, o Ghisleri (+ 1557).

Cuando Carafa fue aceptado por Cayetano, aportaba al proyecto a un compañero, también del
Oratorio romano, amigo entrañable que, como dice Prato, era tutto di Mons. arcivescovo. Su
nombre era Ghislerio, que cambió por el de Pablo en la profesión. Pertenecía a la familia Ghisleri de
la que saldrá más tarde el papa san Pío V, el dominico que declaró que su programa papal seguiría al
pie de la letra el de Paulo IV. Siguió Ghisleri al papa teatino en su corte y murió bajo su pontificado
siendo canónigo de San Pedro.

5. Juan Mateo Giberti, obispo de Verona (1495-1540).

“Moribus et vita theatinus”.


Entre los teatinos el obispo de Verona merece un perenne reconocimiento: hermano de ideales y
amigo entrañable de todos los teatinos.
La providencia lo puso al lado de los fundadores:
"Fue Vd. quien nos consiguió del pontífice la primera gracia de la fundación”, le escribía
Carafa en 1533.
En efecto, este prelado era el brazo derecho de Clemente VII. Y era un amigo cordial de san
Cayetano. Tan amigo que, según la relación de Prato, “ tenía intención de entrar él también en la
futura compañía” (4). Como datario apostólico y hombre de profunda piedad, deseaba sinceramente
la reforma de la Iglesia, y vio en el programa de su amigo Cayetano la puerta abierta hacia ella. Por
ello, desde el primer día usó toda su influencia para lograr del papa, que no le negaba nada, la
audiencia del 3 de mayo y, al fin, y contra toda oposición, la aprobación del proyecto teatino.
Aquel puñado de amigos no aceptaron a Giberti, “pues ello hubiera constituido un serio
obstáculo para la obra —dice Prato—, dado que caían sobre sus espaldas las más serias
resoluciones del papa”. Es más que posible que fuera el papa quien pidió que no lo admitieran.
Muy teatino: Si uno intenta ser luminosamente clérigo reformado, es, fuera, igualmente teatino:
Moribus et vita theatinus.
Amigo de la primera hora, y decidido partidario del proyecto de Cayetano, no sólo logró que el
papa también lo aprobara, sino que después, y siendo obispo y reformador de la Iglesia de Verona,
ayudó siempre a los teatinos, les invitó a fundar en la ciudad y se consideró siempre su hermano. Con
todos los derechos es considerado de nuestra familia.
EL PROYECTO

Cuando Cayetano y Carafa se encontraron en Santa Dorotea del Trastevere, en Roma, ya tenían
ambos perfiladas las grandes líneas de su proyecto, pues vieron con gozo que coincidían. Aquellos
hombres sabían perfectamente lo que querían. Ni improvisaban ni dejaban campo a la imprevisión.
En pocos meses y en reuniones que no conocemos perfeccionaron el programa y lo precisaron de
manera que el Exponi Nobis de Clemente VII no hace sino recoger y aprobar su proyecto. El armazón
y el alma de lo teatino quedaba definido para siempre.
Ante todo, herederos como eran de las Compañías del Amor Divino, tenían muy claro que habían
de trabajar eficazmente, sin ruido ni ostentación, en el silencio; que habían de acercarse a Dios en la
quietud y en la paz, vivir inmersos en una profunda piedad gracias a la oración en común, a la
comunión frecuente y a la entrega desinteresada al prójimo necesitado. Lo novedoso era el deseo y
modo de reformar radicalmente al clero y con él al pueblo cristiano, comenzando por la conversión
personal, dado que los mejores decretos de concilios y papas quedaban siempre en letra muerta. Para
ello, los votos y toda la potencia propulsora de la vida monástica sería insuflada en el sacerdote, a
fin de mantenerlo en perenne y esplendorosa forma: re-formado. Ellos serían los primeros en dar
ejemplo, y serían Clérigos Regulares: Toda la riqueza de la vida espiritual del monje transferida al
clérigo.
Como clérigos, tendrían cuidado de las almas, de la administración de sacramentos, de la
predicación y de la vida litúrgica. Como regulares, formarían una sociedad basada en el principio
de la vida común y en la profesión de los tres votos, obedecerían a un Prepósito y estarían sujetos
directamente a la Santa Sede (a fin de tener libertad de acción frente a tantos obispos no-reformados
ni con vocación de reformadores).
Dado el escándalo que suponía la actuación interesada del clero y su insaciable codicia, raíz de
todos los males, abrazaron la pobreza apostólica en su forma primordial descrita en los Hechos:
Vivir en común y del común, sin bienes, sin entradas fijas, sin beneficios, contentos con las ofertas
espontáneas de los fieles, sin mendigar, confiados filialmente en la providencia del Padre.
Ese regreso al cristianismo primitivo es el que se llama movimiento de vida apostólica. Y la
liturgia de san Cayetano dice, en la oración que Dios le concedió imitar la forma de vivir de los
apóstoles. Como los apóstoles, lo dejaron todo para seguir a Cristo pobre y vivir, como aquéllos,
del altar y del evangelio. La fórmula de profesión nombra a san Pedro, el príncipe de los apóstoles,
sobre cuyo altar profesaron los fundadores, que decían de los apóstoles: “Isti sunt patres nostri
verique pastores”. Estos son nuestros Padres, y la regla que queremos seguir es “la regla del
Espíritu Santo inspirada en nuestros santos Padres, de los que ha escrito: “Distribuían a cada
uno según la necesidad de cada uno” (Carta a Cappello).
Como seguidores de los apóstoles y teniendo como regla los Hechos, queda clara la intención de
sacerdote fiel a su misión y queda claro también lo que ellos querían: Esto no es ninguna innovación;
es volver a la fuente. No pretendemos fundar una Orden nueva (cosa que por otra parte prohíben las
decisiones conciliares). Y lo repetirán machaconamente.
“No queremos ser otra cosa que clérigos, que viven según los sagrados cánones, en común y del
común, con los tres votos, dado que éste es el modo más conveniente de conservar la vida clerical”.
Carafa.

Tal insistencia en que no querían fundar, dice muy claro por un lado su intención futura y, por otro,
su convicción de no hacer sino reinstaurar la vita apostólica.
Prato en su relación evita también hablar de fundación. La intención de Cayetano era “recogerse
con otros a vida claustral y regular a manera de religión, pero de sacerdotes, de los cuales no
había alguna” (5).
Así pues, dice Andreu, “se restauraba de esta manera la vida apostólica —comunidad de
clérigos bajo un superior— que había sido profanada por la codicia, la simonía, la incontinencia y
por otros males, y que iba desapareciendo poco a poco ya en el siglo XVI. La vida apostólica —
unión de vida monástica y clerical— sería la regla de los clérigos regulares”.
Y como no formaban una congregación nueva, tampoco redactaron una regla. El caso es notable en
la historia de las órdenes religiosas.
Hemos dicho antes que el Exponi Nobis contiene las líneas elementales del proyecto. Pero los
términos en los que, tras el forcejeo con la curia, fue aprobado el proyecto teatino no satisficieron a
Carafa ni a Cayetano. Es preciso, pues, seguir el correr de los acontecimientos, para acabar de tener
todos sus detalles. Por eso, a la vuelta de nueve años, desde Venecia escribía Carafa a Giberti,
exponiendo sus quejas y su malestar: “Acudimos a Vd. para exponerle si no cree que sería ahora el
momento de que se otorgara a esta pobre Compañía, la estabilidad y provisión de parte de la
Sede apostólica que no se niega no sólo a congregación o compañía de personas eclesiásticas que
vivan en común, sino que ni siquiera a personas particulares que no lo necesitan tanto; pues en
realidad nosotros nos hemos quedado in puris naturalibus con aquel Brevito (“Brevetto”, en
italiano original) tan seco y enjuto que en aquellos primeros días logramos alcanzar de la mano
del cardenal Santos Cuatro (el cardenal Pucci)”.
A lo largo de cuatro meses corre una intensa correspondencia entre Carafa y Giberti. En ella
Carafa se queja amargamente de la dura obstrucción de que fueron y son objeto de parte del acérrimo
Pucci. Unos párrafos serán suficientes para hacer patente el talante de Carafa:

“Aun en esto el Santos Cuatro nos hizo tan poco favor que hubiera sido mejor no mandarnos
tales Breves, pues es claro que sin ellos estábamos en mejores condiciones.
Quiero referirme en particular al breve del oficio divino, en el cual no se concibe que exista
peor mala fe ni intención más perversa, tanto que me hice cuenta de que no los había recibido. Si
llego a tener en mis manos las mismas tablas de Moisés, todo me empujaba a estrellarlas contra
el suelo.
Y dado que ni su Santidad ni Vuestra Señoría ni yo somos eternos, y esta pobre Compañía, si a
Dios place, ha de durar para siempre, no sé cómo Su Santidad, Vuestra Señoría ni yo podemos
tener consciencia de cumplir con nuestro deber, si no proveemos con tiempo a esta humilde.
Compañía de las armas espirituales que precisa para existir y defenderse de sus enemigos” (6).
Insiste Carafa el 1 de enero de 1533:

“Es muy importante la expedición de dicha bula en favor de esta Compañía. Sabemos bien que
plugo a Dios congregar esta Compañía y darle vida en su santa iglesia por manos de Su Santidad.
Por todas esas razones parece que S.S. debería decidirse a bendecir esta humilde planta, obra de
sus manos. Y viendo que, por la gracia de Dios, está aun verde, pero no estéril, sería bueno que la
cultivase y regase con alguna gracia para que rindiese mayor fruto.
Vuestra Señoría que nos alcanzó del mismo pontífice la primera gracia de la fundación, nos
consiga ahora igualmente la estabilización de la misma con su aprobación definitiva y las
demás gracias oportunas, a fin de que nosotros y los que vendrán después podamos
consagrarnos al servicio de Dios en paz y en quietud.
Lo primero que deseamos es la aprobación definitiva de este instituto clerical, destacando que
no se trata de fundar nueva religión —monástica o mendicante—, que en verdad ni queremos ni
podemos. Y aunque pudiésemos no quisiéramos, ya que no pretendemos ser más que clérigos
llevando vida clerical in communi et de communi, según los sagrados cánones.
Y desearíamos que la aprobación se nos concediese en tales condiciones que nosotros y
nuestros sucesores no sólo conozcamos la aprobación pontificia, sino que podamos mostrarla
contra la insolencia de algunos frailes que andan propalando por ahí que no hay más religiones
aprobadas que las que profesan una de las cuatro reglas."

Se piden otras concesiones (7). Y el primero de marzo Carafa insiste en un detalle que le preocupa
y que considera vital:
“Esta Compañía de hijos vuestros está muy ansiosa y anhelante de ver confirmados sus
privilegios y muy principalmente el que aquí se considera de capital importancia y que ya se le
prometió en su fundación, a saber, la especial protección de S. Santidad y de la Santa Sede, de
forma que seamos libres y exentos ab omni alio iure mortalium. Con esta especial condición
hemos entrado y profesado en este santo Instituto, y cuantos han venido después lo han hecho con
esta intención, de no querer otro superior ni otro señor fuera de Dios, el Sumo Pontífice
canónicamente elegido y el prelado que nosotros eligiéremos conforme a los sagrados cánones…,
pues corren ahora unos tiempos en que… se considera maravilla si se encuentra un prelado que
no sea hereje o fautor y encubridor de herejes. Ojalá nos sea concedido lo que deseamos y
esperamos, para servir a Dios en buena paz” (8).

Es evidente la sequedad escueta y la frágil precariedad en que había dejado la fundación el Breve
atenazado por Pucci y el malestar que ello ocasionaba a los teatinos.
Una vez más, el amigo Giberti intervino eficazmente y el 7 de marzo de 1533, y desde Bolonia, el
papa Clemente expedía el Breve Dudum pro parte vestra, por el que confirmaba la fundación y
otorgaba a los fundadores la ampliación que desde el principio deseaban y soñaban.
El Exponi Nobis de 1524 y el Dudum pro parte vestra de 1533 han de leerse acumulados (9) y
así se tiene a la vista el proyecto entero de los fundadores.
Podría intentarse una definición de la Orden teatina con las palabras del P. Rosell:
“La Orden teatina, vista y soñada por sus fundadores, aprobada por Clemente VII en dos sucesivas
ocasiones, y confirmada, a instancias, primero, de Bonifacio De’Colli, y de los Capítulos Generales que
después se sucedieron, por todos los pontífices que en el siglo XVI se sentaron en la cátedra de Pedro,
es “una compañía con un prelado o Prepósito al frente… en la que todos sus miembros, emitiendo en
forma solemne y en manos de su prelado los votos sustanciales de la vida religiosa, constituyen una
religión llamada Clérigos Regulares” (10).

NOTAS:

(1) Veny, Cartas… p. 71.


(2) F. Andreu, Los teatinos: Los CC.RR. Teatinos; 450 aniversario de su fundación, Palma 1974, p. 7.
(3) RD 2 (1946) 51-53.
(4) RD 1 (1945) 126.
(5) Andreu, Los teatinos: Los CC.RR. 450 Aniv. de su fundación, Palma 1974, p. 7.
(6) Veny, S. Cayetano… p. 447.
(7) Veny, S. Cayetano… p. 449-52.
(8) Véase la carta entera y traducida, en Veny, S. Cayetano … p. 453-54.
(9) Véanse enteros los Breves:

EXPONI NOBIS.
Clemente Papa VII, al venerable hermano Juan Pedro, obispo teatino; al amado hijo Cayetano, presbítero vicentino, y a
sus colegas y sucesores.
Venerable hermano y amados hijos, salud y apostólica bendición. Nos hicisteis saber, poco ha, que vosotros, con algunos
compañeros, guiados por divina inspiración, como es dado suponer, deseando servir a Dios con más quietud y uniros a El
más estrechamente, habéis determinado emitir los tres votos sustanciales de pobreza, castidad y obediencia, hacer juntos
vida clerical en el común hábito del clero, vivir en común y del común, y dedicaros humilde y devotamente al servicio de
Dios, mediante su santa gracia, bajo la inmediata sujeción y protección especial nuestra y de la Sede Apostólica.
A este fin nos habéis rogado que, aprobando vuestros deseos con la plenitud de nuestra autoridad y de esta Sede
Apostólica, tomásemos a vuestro favor, y al de vuestros sucesores, las providencias conducentes a la realización de vuestro
propósito.
Nos, que aprobamos de buen grado los píos y honestos deseos de todos los fieles cristianos, no podemos por menos de
alabar de corazón vuestro proyecto y, accediendo a vuestras súplicas, benignamente os autorizamos para que, cuando bien
os pareciere:
Iº. podáis emitir los tres votos sustanciales de la vida religiosa de pobreza, castidad y obediencia, y solemnemente
profesarlos en manos de cualquier presbítero secular o regular de cualquiera Orden;
2°. habitar juntos en los lugares religiosos o seculares que os convenga, u os permitan sus propietarios, viviendo en
común y del común, en hábito de simples clérigos, y con el nombre y la denominación de clérigos regulares, bajo la
inmediata sujeción y la especial protección nuestra y de esta Sede Apostólica;
3º. elegir anualmente de entre vosotros un Superior, que debe llamarse prepósito, confirmable por un trienio y no más;
4º. recibir a otros clérigos seculares constituidos en cualquier dignidad, y a los laicos que, llamados por Dios, quieran
abrazar este sistema de vida y, previo un año de probación, admitirlos a la emisión de los mismos votos en manos del
Superior y al propio tenor de vida;
5º. componer y publicar cualesquiera estatutos, ordenaciones y constituciones acerca de lo concerniente a esta forma de
vida y a la recta organización de la vida clerical, y, una vez compuestas y publicadas, corregirlas y reformarlas en
cualquier tiempo, o cambiarlas total o parcialmente, o hacer otras nuevas y ajustaros a ellas;
6º. con toda especialidad en lo que se refiere a la celebración y recitación de la misa y de los demás oficios divinos, con
tal que sean lícitas, honestas, razonables y conformes a las buenas costumbres y a los sagrados cánones.
Las cuales, una vez compuestas, publicadas, reformadas, establecidas, cambiadas y ordenadas, y presentadas a Nos o a
nuestros sucesores, deben quedar aprobadas y confirmadas por autoridad apostólica, y como tales considerarse.
Además, con plena deliberación, y usando de la plenitud de nuestra autoridad apostólica, concedemos a perpetuidad tanto
a vosotros como a vuestros sucesores que podáis usar, serviros y disfrutar, así vosotros como vuestras personas y lugares,
de todos y cada uno de los privilegios, exenciones, inmunidades, indulgencias, facultades, libertades, autorizaciones,
privilegios, indultos, favores, concesiones y gracias espirituales y temporales que gozan y poseen y que en lo futuro gozarán
y poseerán los Canónigos Regulares de la Congregación Lateranense, con sus personas y lugares, cuyo tenor en virtud de
las presentes, mandamos se considere como suficientemente expreso y transcrito palabra por palabra, de forma que las
letras apostólicas sobre aquellos privilegios, exenciones, inmunidades, concesiones y gracias a los mismos concedidas, o que
se concedan en adelante, puedan y deban entenderse, cambiando solamente los nombres, apellidos, lugares y fechas, como
si todas y cada una de dichas gracias, no sólo en sus cláusulas generales, sino a tenor de todas y cada una de sus palabras,
hubiesen sido otorgadas a vosotros expresa y especialmente aquel mismo día y en virtud de estas letras.
Para todo lo cual os concedemos libre y plena autoridad, dispensándoos de cualesquiera impedimentos o dificultades, sin
que obste el nombre, la dignidad y el oficio episcopal que Nos, mediante otras letras, reservamos al sobredicho Juan Pedro,
ni las constituciones y ordenaciones apostólicas, generales y especiales, aun reforzadas por juramente o por cualquiera otra
garantía, aunque precisara especificarlas en cada uno de sus términos, las cuales damos por especificadas, en cada uno de
sus términos, las cuales damos por especificadas, y a los efectos de las presentes especial y expresamente derogamos, sin
que obsten cualesquiera otras cosas en contrario.
Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 24 de junio de 1524, primero de nuestro Pontificado.
Santiago Sadoleto

DUDUM PRO PARTE VESTRA.


Clemente Papa VII: al venerable Juan Pedro, obispo Teatino, y a los amados hijos Cayetano, presbítero vicentino, y a sus
compañeros y sucesores, Clérigos Regulares.
Venerable hermano y amados hijos, salud y apostólica bendición.
Habiéndonos expuesto tiempo atrás que vosotros con algunos compañeros, movidos por divina inspiración, deseosos de
servir a Dios con mayor quietud de espíritu y uniros a El más íntimamente, habíais determinado emitir los tres votos
sustanciales de la vida religiosa, de pobreza, castidad y obediencia, y vivir comunitariamente en traje de simples clérigos
ocupados con el favor divino en los ministerios propios de la vida sacerdotal, bajo la humilde e inmediata sujeción a Nos y a
esta Sede Apostólica;
Nos, accediendo a vuestras súplicas, os concedimos entonces que, cuando os pareciese bien, pudieseis emitir
públicamente los tres votos sustanciales de la vida religiosa, de pobreza, castidad y obediencia, y profesar solemnemente en
manos de cualquier presbítero secular o regular y vivir en comunidad, en traje de simples clérigos, con el nombre y la
denominación de Clérigos Regulares, in communi et de communi, en lugares religiosos o seculares a vuestra libre elección,
con autorización de sus dueños, bajo la inmediata dependencia y especial protección Nuestra y de esta Sede Apostólica.
Asimismo os concedimos que pudieseis elegir anualmente a uno de vosotros que fuese vuestro superior con el nombre de
prepósito, con facultad de reelegirlo por un trienio, y no más.
Item, que pudieseis recibir a otros, tanto laicos, como clérigos, aun constituidos en dignidad, los cuales, movidos por Dios,
sintiesen deseos de llevar el mismo género de vida, y, previo un año de probación, recibirlos a la profesión en manos del
superior o prepósito, admitiéndolos a formar parte de vuestra comunidad.
Item, componer cualquiera clase de estatutos, ordenaciones y constituciones sobre todas y cada una de las cosas
concernientes a vuestro sistema de vida, y cuanto fuese conveniente a clérigos devotos y honestos.
En cuanto a la celebración de la misa y al rezo de las horas canónicas, os concedimos facultad para componer y publicar
lo que mejor os pareciese, para corregir y reformar en el transcurso del tiempo, total o parcialmente, lo que hubieseis
compuesto y publicado, y volverlo a componer y ordenar según creyeseis conveniente, siempre que su contenido fuese
lícito, honesto, razonable y conforme a las buenas costumbres y a los sagrados cánones, y ajustaros a ello. Todo lo cual, una
vez compuesto, reformado, estatuido, o cambiado y ordenado por vosotros, y presentado a Nos o a nuestros sucesores, se
tuviese por aprobado y confirmado por autoridad apostólica.
Item, que todos y cada uno de los privilegios, exenciones, inmunidades, indulgencias, facultades, libertades,
autorizaciones, indultos, favores, concesiones y gracias espirituales y temporales de que gozaban, y actualmente gozan, o
gozarán en lo futuro, los Canónigos Regulares de la Congregación Lateranense, sus personas y lugares, podáis vosotros
usarlos, gozar y disfrutar de los mismos en vuestras personas y lugares, de forma que las letras apostólicas que tratan de
los referidos privilegios, exenciones, inmunidades, concesiones y gracias a ellos concedidas o que en adelante se concedan,
puedan y deban considerarse como expedidas a favor vuestro, cambiando solamente los nombres, apellidos,
denominaciones y fechas ad libitum vestrum, como si todas y cada una de dichas concesiones, no solamente en sus
cláusulas generales, sino a tenor de todas y cada una de sus palabras, hubiesen sido concedidas expresa y especialmente a
vosotros.
Más tarde, habiéndonos expuesto que era vuestro deseo, después de emitidos los votos, llevar vida clerical y dedicaros a
la predicación; a la audición de confesiones, y al estudio de la Sagrada Teología y Derecho Canónico para provecho de
vuestras almas y de los fieles cristianos, Nos, accediendo a vuestras súplicas, concedimos benignamente a vuestros
prepósitos pro tempore la facultad de dispensar del rezo del Oficio divino a vosotros y a vuestros clérigos y socios ocupados
en tales ministerios, en el estudio de las Letras Sagradas, o impedidos por enfermedad o por servicio de los enfermos, en el
sentido de que los así ocupados o impedidos, rezando cierto número de salmos señalados por los superiores, no inferior a
siete o seis espaciados, siete veces la oración dominical y dos el símbolo de los apóstoles, y los gravemente enfermos una
vez al día la oración dominical y siete avemarias, se considere que satisfacen el rezo de las siete horas canónicas y todo el
Oficio diurno; y asimismo que puedan autorizar a vuestros clérigos y socios para anticipar o posponer, juntar o dividir, en
conjunto o en particular las horas canónicas, así como abreviar u omitir las lecciones.
Item, para dispensar de los ayunos de precepto y cuadragesimales, y conceder que pueda hacerse la comida vespertina,
llamada colación, lícitamente y sin pecado.
Finalmente, y en virtud de nuevas letras, os concedimos que, tanto vosotros recíprocamente, como otros sacerdotes
seculares o regulares, por vosotros elegidos, con licencia de vuestros superiores o de esta Sede Apostólica, podáis, y
puedan también ellos, en vuestras mutuas confesiones, usar la fórmula siguiente:
“Misereatur, etc.
Indulgentiam, etc.
Dominus noster Jesús Christus te absolvat, et ego auctoritate ipsius et beatorum apostolorum Petri et Pauli mihi concessa
absolvo te ab omni vinculo excomunicationis maioris vel minoris, suspensionis et interdicti, et dispenso te ab omni
irregularitate quam quomodocumque incurristi et restituo te sanctis sacramentis Ecclesiae, unionique et participationi
fidelium, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, Amén”.
Por segunda vez, y con la misma autoridad, mediante otras letras expedidas en forma de Breve, ampliamos y extendimos
la anterior concesión en el sentido de que dicha fórmula pudiese usarse no sólo en las confesiones de sacerdotes, sino en
las de los clérigos y legos de vuestra congregación pro tempore existentibus que se confiesen con vosotros, lo cual
concedimos a perpetuidad, en virtud de nuestra autoridad apostólica, según que más extensamente consta en las letras
referidas.
Ahora, según nos han expuesto en vuestro nombre, para asegurar la estabilidad de cuánto hasta aquí se ha hecho, es
vuestro deseo que Nos procedamos a su confirmación, y que ciertas modificaciones que juzgáis conveniente introducir,
sean por Nos sancionadas. Y a este fin se nos ha rogado de vuestra parte que benignamente nos dignemos proveer a cada
uno de los indicados extremos. Nos, que atendemos a las súplicas de todos los fieles cristianos, y con especialidad de los
que sirven a Dios en pobreza, castidad y obediencia, accediendo a vuestras instancias, renovamos por las presentes en
favor de vuestro Instituto, ya ampliamente aprobado y recomendado en el Señor, todas las anteriores concesiones, y con
arreglo a los píos deseos que nos habéis hecho exponer, a perpetuidad establecemos:
Iº. Que debáis siempre vivir bajo la humilde sujeción y especial protección del Romano Pontífice y de esta Sede
Apostólica, absolutamente libres y exentos de todo otro superior, y sujetos exclusivamente al Romano Pontífice y a
vuestro superior canónicamente elegido.
2º. Que cualquiera que abrece vuestro Instituto, y sea admitido a la profesión en el modo y forma antes dichos, se
considere que satisface el voto de Religión.
3º. Que vuestros superiores pro tempore, acabado el trienio para el cual hayan sido confirmados, puedan ser elegidos
para otro lugar, y confirmados en el cargo durante el trienio inmediato.
4º. Que podáis usar los vestidos con mangas cortadas sobre el manteo, y que tanto en lo que mira al hábito como en lo
que concierne a las ceremonias de los oficios eclesiásticos, y en todo cuanto se refiere al traje y a la comida, os
atengáis a los laudables usos y costumbres de los clérigos ejemplares y virtuosos de la ciudad o lugar donde ahora os
encontráis u os establezcáis en adelante.
5º. Que podáis elegir de entre vosotros a uno que, con la denominación de arcipreste esté al cuidado de los intereses
espirituales de la Comunidad: a otro que, con el nombre de arcediano, se ocupe de las cosas temporales; y un tercero,
que se llame plébano y ejerza la cura de almas a vosotros encomendada.
6º. Que en la bendición de la mesa cumpláis con rezar simplemente el salmo Laúdate Dominum omnes gentes, y no
vengáis obligados a recitar otro alguno.
7º. Que en vuestros Capítulos sólo tengan voz aquéllos a quienes capitularmente les haya sido concedida, y que los
demás no intervengan ni tengan voz en los mismos.
8º. Ordenamos asimismo y establecemos, para siempre, que podáis usar y disfrutar de todos y cada uno de los
privilegios, indulgencias, prerrogativas, exenciones, inmunidades, gracias e indultos cualesquiera que sean, y de
cuantos se hayan concedido y en adelante se concedan temporales y espirituales, en especial, en general y
comunicativamente, por cualesquiera Romanos Pontífices predecesores y sucesores nuestros, y por tales
considerados por la Sede Apostólica, a los monjes Cluniacenses y Cistercienses, y a los frailes de las Ordenes
mendicantes y no mendicantes, y de todos los privilegios de que ellos pueden o podrán usar y disfrutar, así en vida
como en el artículo de la muerte, referentes a relajación de penitencia y cualesquiera otros, ordenando, por las
presentes, que en lo futuro y para siempre gocéis podáis y debáis disfrutar de todos aquellos privilegios y ser
participantes de los mismos como si se especificasen aquí palabra por palabra.
Extendiendo y ampliando a favor vuestro los referidos privilegios, indulgencias, prerrogativas, exenciones, inmunidades,
gracias e indultos concedidos, según se ha dicho, a los monjes y frailes mencionados, así en lo temporal como en lo
espiritual, en especial, en general y comunicativamente, y declarando y estableciendo que hayan lugar y surtan pleno efecto
entre vosotros.
No obstante las constituciones y ordenaciones, tanto apostólicas como vuestras y de las referidas Ordenes, aún avaladas
por juramento, confirmación apostólica o de cualquiera otra manera, ni los estatutos, costumbres, ni otras cualesquiera
cosas en contrario.
Disponiendo además que las copias de las presentes, suscritas por mano de público notario y refrendadas con el sello de
una persona constituida en dignidad eclesiástica, tengan el mismo valor en todas partes, así en juicio como fuera de él, y
hagan la misma fe que las letras originales.
Dado en nuestra ciudad de Bolonia, bajo el anillo del Pescador, día 7 de marzo de 1533, décimo de nuestro pontificado.
Blosio
(10) C. Rossell, El iter redaccional (pro manuscripto)… Roma 1981, p. 16-17.
Capítulo 6

LA CARTA DE FUNDACIÓN

La Iglesia que debía ser reformada


(Ecclesia semper reformanda)

En un rotundo y memorable sermón que predicó en San Pablo de Nápoles el gran orador teatino P.
Ventura de Raulica en 1824, tercer centenario de la fundación de la Orden, hacía una lapidaria
afirmación:
“De todos los males de la Iglesia es causa el aseglaramiento del clero”

El progresivo e imparable desmoronamiento del mundo y de la Iglesia medieval a lo largo de dos


siglos, y el advenimiento de ideas y sistemas nuevos crearon la adorable turbulencia del
Renacimiento que como humanismo conquistó a muchos cristianos y tuvo admiradores y cultivadores
por doquier y muy especialmente en la corte papal. El compromiso con el pensamiento, el arte, la
vida “mundana”, tan deliciosa, desconcertó y escandalizó a Lutero que llegó a Roma, con su dolorosa
carga de psicosis religiosa, el año 1510-11. La Roma de Julio II que Lutero vio era una Roma llena
del fervor del Renacimiento: Los palacios que se iban levantando, el arte que era incitante, la vida
paganizante, el clero y la curia haciendo gala y goce de una vida mundana y deliciosa. En noviembre
de 1522, el papa Adriano VI, que vivió demasiado poco para la reforma que sinceramente
planificaba, escribía a su nuncio en Nürenberg, Francisco Chiericati, vicentino y pariente de san
Cayetano:

“Reconocemos que todo eso acontece por los pecados de los hombres y especialmente de los
sacerdotes y prelados. La Sagrada Escritura anuncia claramente que los pecados del pueblo
tienen su origen en los pecados de los sacerdotes… Y por esto el Señor, cuando quiso purificar a
la enferma ciudad de Jerusalén, se dirigió primero al templo, para empezar reprendiendo los
pecados de los sacerdotes, imitando en ello al buen médico que cura la enfermedad en su raíz. Y
es cierto que en esta misma santa sede vienen ocurriendo, desde hace algunos años, muchas cosas
dignas de reprensión; que se ha abusado de las cosas eclesiásticas, se han quebrantado leyes, se
han pervertido muchas cosas. No es extraño, por tanto, que la enfermedad se haya extendido de la
cabeza a los miembros, del papa a los prelados” (1).

Entre las consecuencias de la frivolidad, y como necesidad para poder mantener el voraz tren de
vida de la curia y del clero, hacía estragos la avidez y la avaricia que llegaba hasta la simonía. La
codicia, raíz de todos los males —según san Pablo— gobernaba las actividades eclesiásticas. Todo
tenía precio; todo se pagaba y se cobraba. En su manifiesto a la nación alemana, proponía Lutero, en
1520, “librar al pueblo alemán de las rapacerías y hurtos de las autoridades romanas. Así no irá
más dinero a Roma”. Tráfico de indulgencias se llamaba el negocio.
Los textos son tan copiosos que ocupan obras enteras. Citaremos aquí uno muy cercano por el
tiempo a la fundación de la Orden, y certero por la precisión y elegancia de su buen decir:

“Veo por una parte que Cristo loa la pobreza y nos convida, con perfectísimo ejemplo, a que la
sigamos, y por otra, veo que de la mayor parte de sus ministros ninguna cosa santa ni profana
podemos alcanzar sino por dineros. Al bautismo, dineros; a la confirmación, dineros; al
matrimonio, dineros; a las sacras órdenes, dineros; para confesar, dineros; para comulgar,
dineros. No os darán la extrema unción sino por dineros; no tañerán las campanas sino por
dineros; no os enterrarán en la iglesia sino por dineros; no oiréis misa en tiempo de entredicho
sino por dineros; de manera que parece estar el paraíso cerrado a los que no tienen dineros”.

El texto, demoledor, se debe a la pluma magistral de Alfonso de Valdés, en su Diálogo de las


cosas ocurridas en Roma (2).
Ahora se comprenderá el vigor indomable con que proyectaba san Cayetano la reforma,
comenzando por obtener un clero pobre y des prendido, libre como los pajarillos de la mañana.
Justamente la pobreza, tan predicada por Cristo y entonces tan conculcada, es el motivo de la
invectiva implacable del mismo Valdés:

“¿Por qué nos aconsejó Cristo que siguiésemos la pobreza? …El rico come carne en cuaresma,
y el pobre no, aunque le cueste el pescado los ojos de la cara; el rico alcanza ocho carretadas de
indulgencias, y el pobre no, porque no tiene con qué pagarlas… Y no falta quien os diga que es
menester allegar hacienda para servir a Dios, para fundar iglesias y monasterios, para hacer
decir muchas misas y muchos trentenarios, para comprar muchas hachas que ardan sobre vuestra
sepultura”.

Esta demoledora ironía sintió Cayetano que le ardía y le quemaba el alma cuando formulaba en
una durísima expresión todo su atormentado sentimiento.
“En sí la Iglesia, santa y sin arruga, pero prostituida en sus ministros”.
Cayetano de Thiene

Fue justamente por el motivo de la pobreza a rajatabla, teatina mente entendida, propuesta por los
fundadores, que la curia romana se opuso a la fundación. Y ha pasado a la historia un personaje que
no dejó nunca de hacer cuanto pudo a fin de obstruir y atascar el proyecto presentado al papa, el
cardenal Lorenzo Pucci. Pucci era la estampa fiel del prelado romano, codicioso y adinerado,
encarnando punto por punto en su persona las lacras que Valdés denunciaba en la curia.
Como Penitenciario Mayor, Pucci presidía la Comisión que debía informar sobre el proyecto
teatino, y se opuso a él con todas las artes y mañas de su implacable tenacidad. Y con razón. Pucci
vio enseguida en aquel proyecto la condenación de cuanto él pretendía y lograba. Pastor se entretiene
en su perfil: “Hijo de una familia amiga de los Médici, Lorenzo fue nombrado cardenal por León X
en 1513. Conocía el derecho y la teología, pero empañaba su saber con una vergonzosa codicia de
dinero, que procuraba saciar principalmente explotando sin escrúpulos las indulgencias. Poseía
cuatro obispados y tenía el título cardenalicio de los Santos Cuatro. El tráfico de las
indulgencias que dio pie a Lutero y a la Iglesia germana para apartarse de Roma debíase en
buena parte a la codicia de Pucci, que, como Penitenciario del Papa, estaba al frente y era el
responsable de las indulgencias y de su predicación. La fábrica de la basílica de San Pedro, que
devoraba todo lo que le echaban, al exigir tanto dinero, daba buen pretexto para extorsionarlo y
cargar de impuestos los servicios espirituales.”
Ese era el adversario con que topó el acariciado proyecto de san Cayetano. Era tal, que se
necesitó todo el poder de persuasión y de influencia de Carafa y Giberti para que el papa diera su
visto bueno. Sin ellos es muy probable que Pucci hubiera ganado la partida y que lo teatino hubiese
quedado en un proyecto ahogado en su misma cuna.
Así y todo, el proyecto salió de la comisión muy recortado y rebajado. El P. Carafa no podía
plegarse a ello. II Brevetto llamó él siempre al Breve fundacional, el Exponi Nobis, que pronto
vamos a estudiar. Pero el atrevimiento y el rotundo acto de confianza en la Providencia que
significaba la pobreza teatina llegaron a imponerse: Carafa intentará tenazmente lograr que el papa
Clemente vaya cediendo y llegue a conceder la anchura de generosidad de vida desprendida que
ellos pretendían. Pero Pucci se atravesaba siempre y aún tras las concesiones papales, Carafa llegará
a afirmar que “en algunos casos hubiera sido mejor que no se nos mandara Breve ni provisión
alguna, porque era claro que sin ellos estábamos mucho mejor”.
Ese duro y largo enfrentamiento dice muy claro cuán heroica y denunciadora era la pobreza y el
sistema de vida que los teatinos proponían ante la mundanización de la iglesia. La relación de Prato
llega a decir que la obstrucción fue tan poderosa y surgieron tan impensadas dificultades del hecho
que a muchos no les gustaba aquella novedad o no veían con buenos ojos la renuncia de Carafa al
arzobispado, que la situación llegó a ser desesperada “y no se habría llevado nunca a cabo, si no
hubiese tenido la ayuda y el apoyo de toda la autoridad del datarlo Monseñor Mateo Giberti” (3).
“Si tenéis comunión en los bienes inmortales, ¿cuánto más habréis de tener en común los
perecederos?”
Didajé 4,8.

EXPONI NOBIS
El Breve fundacional (24 junio 1524): Su contenido.

El elegante texto (4) redactado por Sadoleto contenía los puntos esenciales que los fundadores
habían redactado y hecho llegar al papa: “Habéis hecho que se Nos expusiera…”
Es decir que, al aprobar la fundación, el papa la aprueba en los términos y el espíritu que le han
hecho llegar los autores del proyecto. Todo el carisma de la fundación lo impregna y es reconocido
por el papa.
El Breve está dirigido “Al venerable hermano Juan Pedro, obispo teatino, al amado hijo Cayetano,
sacerdote vicentino, y a sus compañeros y sucesores.

1. Fin y propósito de la fundación, esencia de la Orden y meollo de las futuras Constituciones.


“Vosotros, guiados por Dios, deseando servirle con más quietud y uniros a El más estrechamente,
habéis determinado emitir los tres votos sustanciales de pobreza, castidad y obediencia, hacer juntos
vida clerical, con el hábito común del clero, vivir en común y del común y dedicaros con humildad y
devoción al servicio de Dios con la ayuda de su gracia, bajo la inmediata sujeción y protección
especial nuestra y de la Sede apostólica.
Por eso nos habéis pedido que aprobemos con nuestra autoridad vuestros deseos, y tomásemos a
favor vuestro las providencias conducentes a la realización de vuestro proyecto.

2. Aprobación.
Nos, que aprobamos de buen grado los buenos deseos de los cristianos, elogiamos de corazón
vuestro proyecto, y, accediendo a vuestras súplicas, os autorizamos para que, cuando mejor os
parezca:

3. Disposiciones:
a) podáis emitir los tres votos sustanciales de la vida religiosa, de pobreza, castidad y obediencia,
y profesar solemnemente en manos de cualquier presbítero secular o regular de cualquier orden;
b) habitar juntos en los lugares religiosos o seculares que os con venga, u os permitan sus
propietarios, viviendo en común y del común, con el hábito de simples clérigos y con el nombre
y denominación de Clérigos regulares, bajo la inmediata sujeción y especial protección nuestra
y de esta Sede apostólica;
c) elegir cada año de entre vosotros un superior que debe llamarse prepósito, confirmable por un
trienio y no más;
d) recibir a otros clérigos seculares aunque constituidos en cualquier dignidad, y a los laicos que,
llamados por Dios, quieran abrazar este sistema de vida, y, previo un año de probación,
admitirlos a la emisión de los mismos votos en manos del prepósito y a vuestro propio sistema
de vida;
e) componer y publicar cualesquiera estatutos, ordenaciones y constituciones acerca de lo
concerniente a ese sistema de vida y a la recta organización de la vida clerical. Y, una vez
compuestas y publicadas, corregirlas y reformarlas en cualquier tiempo, o cambiarlas total o
parcialmente, o hacer otras nuevas y ajustaros a ellas;
f) y eso muy especialmente en lo que se refiere a la celebración y recitación de la misa y demás
oficios divinos, con tal que las modificaciones sean lícitas, honestas, razonables y conformes a
las buenas costumbres y a los sagrados cánones.
Todas ellas, una vez compuestas, publicadas, reformadas, establecidas, cambiadas y ordenadas,
y presentadas a Nos o a nuestros sucesores, quedarán aprobadas y confirmadas por autoridad
apostólica, y como tales deberán considerarse.
4. Privilegios.
Con plena deliberación y usando de la plenitud de nuestra autoridad apostólica, concedemos a
perpetuidad, tanto a vosotros como a vuestros sucesores, que podáis usar, serviros y disfrutar, tanto
las personas como los lugares, de todos y cada uno de los privilegios, exenciones, inmunidades,
indulgencias, facultades, libertades, autorizaciones, privilegios, indultos, favores, concesiones y
gracias espirituales y temporales que gozan y poseen, y los que en el futuro gozarán y poseerán, los
Canónigos Regulares de la congregación Lateranense.

NOTAS:

(1) Veny, San Cayetano. Pág. 122.


(2) Edición de Madrid. Espasa Calpe 1969, páginas 66-67.
(3) RD 1(1945). Pág. 126.
(4) Paschini. San Cayetano Thiene… pág. 155-157.
Todos los textos relativos a los Fundadores o a la Fundación pueden encontrarse, en su redacción original, en la citada obra de
Paschini, en su copiosa parte documental del apéndice que empieza en la página 152.
Capítulo 7

LA CRUZ
COMO SÍMBOLO Y EMBLEMA

“Aves exsurgentes eriguntur ad caelum, et alarum crucem pro manibus expandunt”.


Las mismas aves, al levantar el vuelo, se alzan al cielo desplegando la cruz de sus alas.
Tertuliano, De Oratione

Un escudo como consigna: La cruz desnuda.

“Los Clérigos Regulares nacieron como un himno desplegado a la


cruz” —así tituló Chiminelli el capítulo 17 de su obra sobre san
Cayetano.

El historiador de nuestra Orden, el P. José Silos, tejió, en un día de inspiración torrencial, la


gloria y significación de la cruz en la orden teatina. Y lo hizo en la sonoridad de una dicción latina
tan perfecta que sus ecos suenan como los arrebatos de Cicerón en el Senado romano. Esa joya de
nuestra literatura debe ser leída necesariamente en latín. Con todo, intentaremos aquí una imposible
traducción que retenga la fuerza y el esplendor de la rotunda forma original:
“No hay días tan solemnes y significativos como el del nacimiento de nuestra compañía. La
decisión de fundarla se tomó en la fiesta de la Invención de la Cruz, y su dichosa realización se
hizo coincidir con el día de su gloriosa Exaltación. La cruz acunó en su regazo a nuestra
compañía apenas nacida. Y era justo que naciera en tan gloriosa fecha una compañía que
profesaba una pobreza tan absoluta como la de Cristo en la cruz, que predicaba la mortificación
de la cruz, y que parecía volver a descubrir y a exaltar la cruz, al reinstaurar la austera forma de
vida apostólica en una nueva familia clerical.
Por eso, esas dos celebraciones de la cruz fueron siempre objeto de especial veneración entre
nosotros, que nunca hemos querido condecorarnos con otro blasón o insignia que la cruz. Este es
el distintivo oficial de nuestra religión; ésta es la enseña de nuestras casas y de nuestros templos,
de nuestro ajuar sagrado y doméstico, de modo que a los Clérigos Regulares se nos puede llamar
con toda razón Religiosos de la cruz, como dice Tertuliano que se llamaba a los antiguos
cristianos.
De todo ello puede cada uno de nosotros colegir qué sacrificios de cuerpo y de alma y a qué
adversas condiciones de vida debe estar dispuesto en una Orden que con la cruz lo ha recibido.
Las madres de Esparta solían parir y educar a sus hijos en los escudos, para mostrarles que
debían adiestrarse, no en el ocio y en los pasatiempos, sino en las dificultades y en los insomnios,
en los calores y en los azares de la vida, pues con ellos es como se ganan las batallas.
Y dado que nuestra Orden tuvo por cuna la cruz, al renacer nosotros en ella por la profesión
solemne, no se nos depara ciertamente cuna más delicada, ni se nos enseña que vamos a sestear
en la sombra. Estamos llamados a lo más arduo, a lo más enconado de la lucha, al ejercicio de
aquellas virtudes heroicas de las que la cruz es emblema. Ella nos estimula al sacrificio y a la
reforma de las costumbres, y, al mismo tiempo, nos da ánimos para avanzar por el difícil sendero
de las virtudes religiosas.
¿Quién podrá ver ante sí la cruz, en la que el Salvador, ultrajado con dicterios y llagado con
incontables heridas, padeció el género de muerte más afrentoso, sin inflamarse y animarse con su
ejemplo a la paciencia, a los oprobios, a la muerte misma?
Intolerable sería y bochornoso por demás buscar, como soldado delicado, las comodidades, los
pasatiempos y los halagos del mundo, cuando se milita, con Cristo por jefe, bajo el flamante guión
de esta austera milicia.
En resumen: El hecho de que nuestra Compañía fuera fundada en el mismo día en que se
celebran las glorias y los triunfos de la cruz, debe ser para nosotros un título de gloria y un vivo
estímulo a la disciplina” (1).
Uno no puede resistir la tentación de citar aquí aquella hermosa alegoría que coloca san Justino en
su primera Apología:
“La cruz es el símbolo más grande y poderoso. Porque el mar no se cruza, si este trofeo de
victoria, que en él se llama la vela, no se mantiene firme en la nave. Sin ella no se ara con el
arado la tierra; ni cavadores o artesanos llevan a cabo su obra, si no es con instrumentos que
tienen esta figura. Y la misma figura del hombre no se distingue en otra cosa de los animales
irracionales, sino por estar erecta, poder extender los brazos y llevar, partiendo de la frente, la
prominencia de la nariz, por la que se verifica la respiración del animal, y que no otra cosa
muestra, sino la figura de la cruz.
Y aun vuestras mismas enseñas ponen de manifiesto la fuerza de esta figura, digo vuestros
estandartes y vuestros trofeos de victoria, con los que se realizan por dondequiera vuestras
marchas, mostrando los signos del imperio y del poder, aun cuando lo hagáis sin percataros de
ello” (2).
“Dios me libre de gloriarme más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el
mundo quedó crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál. 6,14).
He ahí, pues, por dónde se abre camino la larga procesión de los Clérigos Regulares: Tras la cruz
procesional. El proyecto teatino se presentó el 3 de mayo, día de la Invención de la cruz, y la
profesión de los fundadores y el inicio de la Orden se tuvo el 14 de septiembre, día de la exaltación
de la cruz. Aquellos cuatro hombres llevaron aun más adelante el juego del símbolo: La misa se
celebraría en el altar de san Andrés, el apóstol de la cruz, y la profesión se emitiría sobre la tumba
de san Pedro, el otro apóstol de la cruz, a quien, como padre de la congregación, se dirigiría la
profesión, después de la bienaventurada Virgen María. Al final, el maestro de ceremonias de San
Pedro pondría el detalle: Hizo venir el cabildo con la cruz procesional y tras ella se organizó el
desfile al altar de la Confesión.
Recordemos la magnífica alegoría del español Jerónimo De La Lama ya citada (3):
“De esta manera anduvieron todos in die sanctae Crucis, post Crucem, ad amplexandam viam
Crucis”.
Y aquellos hombres que aquel día “ataron su vida a la Cruz”, son los que, a la hora de admitir a
Marcantonio Flaminio, declaran paladinamente: “si no tiene la fe suficiente para abrazar la cruz
desnuda”, “nosotros estamos clavados a la santa cruz” (4). De hecho, la cruz como enseña y
blasón —de que hablaba Silos— aparece ya en los documentos conservados desde 1536: La cruz
desnuda sobre un trimonte (5).
La cruz, que figurará siempre en el escudo de armas de los reformadores del XVI, a la que dedicó
páginas tan hermosas y nuevas Lutero, y que hoy ha desembocado en la esplendorosa y enriquecedora
teología de la cruz, proviene ciertamente de los orígenes del cristianismo que ya hemos visto y más
cercanamente de la espiritualidad y de la predicación bajo-medieval. Pero el volumen de
significación que adquiere entre los teatinos es tan notable, que merece que nos sumerjamos en su
densa simbología, que resulta ser, además, intencionada y programática.
Ante todo, una constatación: Juan Bautista da Crema era un fervoroso predicador de Cristo
crucificado… Tanto, que cuando en 1531 el fogoso dominico tuvo problemas con la obediencia,
nuestro P. Carafa no tuvo ninguna dificultad en encontrar el argumento ad hominem, al escribirle que
“podría ser siervo fugitivo y desertor de la cruz”, y, más adelante, “os pido por aquella cruz, de la
que tan bien solíais predicar”. Y aquel mismo año de 1531 Da Crema publicaba en Milán una
Philosophia divina di quello solo maestro Jesu Christo Crucifisso. Un pasional medieval
fuertemente influenciado por Casiano, el viejo venerador de la cruz. Casiano era leído asiduamente
por san Cayetano y el Padre Crema era su director espiritual. Hemos identificado la fuente hasta el
surtidor más cercano.
En el volumen de Lettere di Chierici Regolari de nuestro Archivo general se conservan algunas
cartas con los sellos de cera completos de la primera mitad del siglo XVI —de 1536, 1542, 1543—.
El sello contiene una sencilla cruz desnuda sobre un trimonte heráldico. En Nápoles se conserva
todavía el sello de madera usado por san Andrés Avelino, en la segunda mitad del siglo, y que
contiene la cruz recta. La misma forma de cruz aparece en la puerta de carros de la casa de San
Silvestre al Quirinal de Roma, fechada en 1576, y en los portales laterales de Sant’ Andrea della
Valle, que son de los primeros años del XVII. La primera Storia dei Chierici Regolari (1609), de
Juan Bautista del Tufo trae en la portada la cruz con una corona de espinas, la misma que figura
también en la portada del Comentario a las Constituciones, del P. Carlos Pellegrino (1628). La
misma cruz con INRI y corona de espinas figura en la iglesia de San Cayetano de Vicenza, primera
mitad del XVIII con esta inscripción ya desaparecida hoy:

Reparati orbis vexillum


Clericorum Regularium stemma (6).

Es la teología de la cruz profusamente derramada en la actuación y la obra de los teatinos, desde la


primera hora. ¿Qué programa de vida y de mentalización se escondía detrás de ella?
El tema de la cruz forma parte vital de la espiritualidad de san Cayetano. Las citas podrían
multiplicarse. Veamos sólo algunas:
“Es hora de declarar guerra sin tregua a mis tres mortales enemigos, y he de vencerlos con la
ayuda de la cruz” (7).
“No hay aquí quien busque a Cristo crucificado” (8).
“Los que vivimos congregados bajo el yugo de Cristo” (9).

Son los mismos años —1536-41— en que Miguel Ángel despliega el milagro de su Juicio con un
revuelo de ángeles llevando en volandas la cruz desnuda.
Para Cayetano la cruz es el principio de toda reforma, es la sementera de toda cosecha, es el lugar
de toda renovación y la condición de toda resurrección.
En un momento de grave zozobra de la Iglesia, el oficio de la Pasión brindaba un luminoso
programa de acción con todas las garantías de éxito:
—Salva nos, Christe salvator, per virtutem crucis, qui salvasti Petrum in mari.

No era el ampuloso gesto exterior ni la ley dictada la que podía poner en marcha una verdadera
reforma; era la interna abnegación y la desinteresada entrega. La cruz es para los teatinos la
estructura interna que sostiene toda la actividad e irradiación del sacerdote reformado. La sequela
Christi es para los teatinos la imitación de Cristo crucificado, y ésta coincide para ellos con la vida
religiosa. Es posible que la carta de De’Colli, ya tan citada, contenga la formulación de unas líneas
de programa que debían repetirse cada día en la comunidad: “aprenderá por la experiencia de cada
día cuál es el sentido y la fuerza de la palabra del Señor que dice: “El que quiera venir detrás de
mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga, entrando por la puerta estrecha y
caminando por el llanto de la penitencia hasta llegar a la playa de una caridad sin fin” (10).
La vuelta al evangelio es siempre una vuelta a la cruz. Y los grandes reformadores han sido
siempre hombres de cruz. Era la vuelta a la fuente, a la cruz de la que mana toda renovación. Para los
teatinos era el programa de la reforma: De la interior, por la que hay que empezar indefectiblemente,
hasta la de la Iglesia. Ambas tienen por vía la cruz.
Casiano, tan querido de Cayetano y de los teatinos (que según Baronio eran copia viva de sus
Collationes) afirma que la vida apostólica sólo puede conservarse pura en la vida de comunidad.
Véase, por ejemplo en este texto de las Collationes (11), la síntesis de la espiritualidad de Cayetano:
La cruz, la perfección evangélica, la confianza en la providencia:

“La meta del religioso es mortificar y crucificar los apetitos y, a tenor del mandado de la
perfección evangélica, no andar preocupado por el mañana”.

San Jerónimo, que aparece en la iconografía orando ante Cristo crucificado, tenía todas las
simpatías del siglo y del alma de Cayetano (fue él quien le animó a aceptar de María el Niño en la
visión navideña; (padre mío del presepe amatore, Hyeronimo beatissimo) y de él es una expresión
que conocemos entre los axiomas teatinos:

“Nudus sequaris Dominum Salvatorem, qui dicit in Evangelio: Nisi qui dimiserit omnia et
tulerit crucem suam… Proice sarcinam saeculi, ne quaeras divitias… Nudus et levis ad caelum
evola” (12).

Y en otro texto todavía:

“Vivo de decimis et, altari serviens, altaris oblatione sustentor, habens victum et vestitum, his
contentus ero, et nudam crucem nudus sequar” (13), que suena todavía en las Constituciones
teatinas.

La cruz sintetiza, pues, el programa de acción de los primeros grupos de teatinos. “En estos
momentos de la reforma católica italiana —escribe Llompart— (14) (y cosa parecida acaece al
otro lado de los Alpes con la Theologia crucis de Martín Luther), el predicar la palabra de Dios es
lo mismo que predicar la cruz; el orar equivale a orar ante la cruz; el vivir cristianamente es
equivalente a vivir clavados en la cruz”.
La cruz, además de síntesis del programa de una vida apostólica, es símbolo de la confianza en la
Providencia: Todo recurso se espera del Padre del cielo. Es la exégesis viva del sermón de la
montaña. “Nadie puede servir a dos señores. No podéis servir a Dios y al dinero… Buscad primero
el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,24 y 33), del evangelio que se lee en la misa de san Cayetano.
En la fachada de la iglesia de san Cayetano de Florencia (1680), flanqueando el blasón teatino de la
cruz, están dos mujeres; una simboliza la pobreza (el desprendimiento) y la otra, la confianza en
Dios.
De la pobreza a la confianza, ésta es la vía de la cruz. Y ese camino de la cruz tenía entre los
teatinos unas expresiones muy concretas que ha resumido Llompart:

“Los viernes celebraban, siempre que podían, la misa de la santa cruz. El apóstol de la cruz,
san Andrés, era objeto de particular devoción (recuérdese que todo el oficio de san Andrés es una
apología de la cruz). En la primera iglesia oficiada por los Clérigos Regulares que nos es algo
conocida, San Paolo Maggiore, en Nápoles, estuvo dedicado a san Andrés uno de los principales
altares. Lancellotto Avellino, hoy san Andrés Avelino, cambió su nombre, el día de su titular de
1556, ante ese altar, quizás también ante un cuadro que presentaba al apóstol duplicado: en su
vocación al apostolado y en su vocación al martirio de cruz. Justo que, a la vuelta de mucho
tiempo, recordando esta su entrada en el noviciado, pudiera escribir: “Misero di me che sono 56
anni ch’ el Signore mi chiamó a portare la mia croce dopo Lui”. No hacía sino repetir la tradición
de los fundadores que le había sido transmitida por Juan Marinoni, su maestro espiritual, quien le
había recibido en la Congregación, y que poco antes de morir le hizo leer el segundo sermón de
san Bernardo sobre el apóstol san Andrés, que trata precisamente del amor a la cruz. El mismo
Marinoni, sin duda, era el que cedía como legado al viejo Monte de Piedad —hoy Banco de
Nápoles— la cruz sobre el trimonte, que, desde un principio, tomó por blasón”.

De Cayetano de Thiene nos consta que, durante su última residencia napolitana, gustaba de
celebrar en el altar de san Andrés. Probablemente porque este apóstol, como dijimos —y como dice
la monumental inscripción frontal del testero del templo de S. Andrea della Valle de Roma— Christi
crucem imitatus” (15).
Por san Andrés Avelino sabemos precisamente que el P. Marinoni, todos los viernes reunía en el
coro a la comunidad y hablaba con tanto fervor de la pasión del Señor, que conmovía a todos.
Y se cuenta del teatino P. Marcello Maiorana que, elegido obispo de Cotrone, en 1578, quiso
hacer la entrada en su diócesis a pie, llevando sobre la espalda una gran cruz, hasta la catedral.
La predicación de la cruz tiene entre nosotros un ejemplo definitivo en la fundación de la primera
casa en Nápoles, en 1533. Destinado el P. Cayetano a la aventura de la nueva fundación, se le da
libertad para que elija al compañero. El, de rodillas ante un crucifijo, le pide al Señor que se le dé el
compañero que mejor pueda crucificar su manera de ser. Y le asignaron al amigo cordial el P.
Marinoni, quien, según Castaldo, “iugiter in suo corpore crucis mortificationem portavit”.
Y, finalmente, Llompart aduce otro motivo programático muy significativo de la cruz como
emblema: Era símbolo de su independencia y de su libertad. No querían depender de laicos; de ahí
que no toleraran blasones en sus templos. Refiérese de Juan Marinoni que, habiendo visto la
marquesa del Vasto en San Paolo Maggiore de Nápoles cierto paramento litúrgico gastado, se
ofreció a renovarlo, e incluso a pagar una capilla, con la condición de que se estamparan sus armas
en ella. Marinoni replicó que en S. Paolo no se podían colocar otras armas que las de la santa
Cruz, que ya figuraban en la pieza mencionada. Así pues, la cruz debía figurar con frecuencia en los
ornamentos litúrgicos, porque también nos consta positivamente que aparecía en algunos de la
sacristía de la casa de Plasencia en 1570. Ya en los primeros tiempos de la fundación napolitana la
comunidad habría escrito a Juan Pedro Carafa significándole que estaban decididos respecto de la
nueva iglesia a que “nulla sit in ea superstitio, nulla saeculariüm servitus”. Y Paolo Burali d’ Arezzo,
en unos apuntes para el Capítulo de 1562, previene contra el poner armas de particulares en la
iglesia romana de San Silvestro al Quirinale, “porque es —dice— contra nuestro instituto” (16).
En conclusión: La Cruz estaba llena de significado programático entre los fundadores. La cruz
como “yugo de Cristo”, o “yugo de la obediencia”, la expresión “abrazar la cruz desnuda”, o
“estamos clavados en la santa cruz”, que aparecen en el texto de Colli y, sobre todo, en la
exposición de programa que se hace al candidato M. Antonio Flaminio, sintetizan plásticamente el
proyecto teatino. Y es bien notable que el P. Carafa considere que ella resume todo el cogollo de la
vida religiosa. Escribiendo a su hermana María, la fundadora de La Sapienza de Nápoles y gran
panegirista de la cruz, dice así, refiriéndose a una futura religiosa: “La tengo bien advertida que
venga despojada de toda cosa del mundo, sola y desnuda, con la cruz desnuda, para ser verdadera
esclava de Cristo”.
Verá correctamente, pues, cualquier candidato a teatino, si ve cómo veía el primer postulante, el
español de La Lama, a quien hemos citado ya: “Quiero esforzarme por seguir a Cristo desnudo
junto con éstos hasta la muerte”.
Y aquel sacerdote que convivió con los teatinos en los primeros días de Roma, Juan María de
Cortesis, adivinó en aquellos hombres de la cruz la doble vertiente de su programa y de su escudo, el
desprendimiento —la radical pobreza— y la confianza en Dios providente: “Nosotros, pobres de
todo, desnudos de cualquier recurso propio, vivimos aquí amore Dei” (17).
NOTAS:

(1) J. Silos, Historiarum… voi. 1, 1.2 p. 42.


Véanse textos para todo este capítulo que sigue en A. Oliver, La paradoja cruz-humanismo en S. Andrés Avelino y en la ascesis
teatina: RD 14 (1958) 249-73.
(2) Párr. 55: Padres apologistas griegos (ed. Ruiz Bueno), Madrid BAC 1954, p. 244.
(3) Veny, San Cayetano… p. 273.
(4) G. Kaminski, Marcantonio Flaminio ed i chierici regolari: RD 2 (1946) 12.
(5) Llompart, Gaetano da Thiene… p. 187.
(6) Llompart, Ibid., p. 190.
(7) A Laura Mignani, 28-1-1518: Veny, Cartas…, p. 28.
(8) Véase el mejor texto en Andreu, Le lettere… p. 56.
(9) Carta a Cappello: Veny, Cartas… p. 100 y 101.
Véanse otros textos todavía: “Legó la vita alla croce” —expresión feliz que escribió Cayetano a raíz de la ordenación sacerdotal de su
amigo Bartolomé Stella: A Laura Magnani, 16.VI. 1518.
En esa misma carta describe Cayetano la vida religiosa de la santa agustina con estas palabras tan suyas otra vez: “Sotto quel dolce
legno della vita coperta” (“Bajo la dulce cruz de la vida escondida”, traduce Veny, Cartas…, p. 34): Andreu, Le lettere… p. 22.
Escribiendo a la priora de La Sapiencia de Nápoles, sor María Carafa, tiene esta frase para una religiosa de la comunidad: “Que la
querida hija en Cristo sor Catalina tenga suficiente con Cristo su Señor en cruz”: Veny, Cartas… p. 121. Y en otra carta: “Deseo que
la buena hija sor María Catalina permanezca crucificada: Veny, Cartas… p. 123.
(10) Andreu, La regola… RD 2 (1946) 53.
(11) Collationes 19,8: ML 49, 1138, cit. por Llompart, Gaetano da Thiene… p. 198.
(12) Cit. por Llompart, Ibid. 197.
(13) Cit. por Llompart, Ibid. 199.
(14) Llompart, ibid. 195.
(15) Llompart, Ibid. 192.
(16) Llompart, Ibid. 190-91.
(17) Cit. por Llompart, Ibid. 196.
Capítulo 8

VENECIA
Y LA PRIMERA EXPANSIÓN:
NÁPOLES 1533 y 1547

Habrá que recordar siempre la casa teatina de Venecia como el hogar entrañable en el que la
primera generación desplegó todo su entusiasmo primerizo y maduró para su futuro vuelo.
En la casa provisional de san Gregorio, en el Canal Grande, el 14 de septiembre de 1527 (habían
escapado del Saqueo de Roma el 25 de mayo) el capítulo elegía Prepósito a don Cayetano, una vez
expirado el trienio permitido para el P. obispo. Allí, pues, san Cayetano gobernó por vez primera su
fundación. El 30 de noviembre pasaron definitivamente a san Nicolás de Tolentino. Aquella casa se
transformó en poco tiempo en un remanso de recogimiento y de paz, de pobreza y de serenidad y en
un foco de actividad. Allí, en poco tiempo, sucedieron muchas cosas. En 1527 y 1528 la peste se
cebó y ensañó en el territorio véneto. Los teatinos se entregaron en cuerpo y alma a los enfermos
apestados. Mientras atendían a los abandonados, toparon con un nuevo amigo, Jerónimo Miani.
Aquel hombre de Dios, bajo la dirección de Cayetano y Carafa, empezaba su misión de padre de la
infancia abandonada. Cuidaban los teatinos una estrecha relación con los hermanos de los Oratorios
del Amor divino y con los hospitales de incurables esparcidos por Italia: Padua, Vicenza, Verona,
Brescia, Saló (sobre el Garda). En Padua Carafa animaba y ayudaba al prior de la Trinidad, Andrés
Lipomano, en su inagotable actividad benéfica. El Oratorio de Venecia, bajo su influencia, conoció
días de esplendor y llegó a ser “el cenáculo más activo de toda la península, lugar de cita de todos
los reformadores auténticos ” escribió Langasco. Visitaba asiduamente la casa, una vez escapado de
Roma, el amigo Mateo Giberti, el obispo de Verona que tenía la cabeza llena de proyectos de
reforma: Para llevar a cabo sus proyectos, aquel obispo ideal, moribus et vita theatinus, pidió la
ayuda de sus amigos, y éstos, en el capítulo del 14 de septiembre de 1528, en el que confirmaron al
P. Cayetano como prepósito, accedían a su petición de fundar casa en Verona. Y allí, cerca de la
iglesia de Santa María de Nazaret, se estableció el Padre De’Colli con siete compañeros el 1 de
noviembre de aquel año. La primera fundación no prosperó; pero allá regresaron, al fin, y se
quedaron, entre 1540 y 1541, de nuevo llamados por el obispo amigo.
A la casa de San Nicolás acudían fray Buenaventura de Centis, el bresciano que maduraba la
reforma de la provincia franciscana observante; y fray Bartolomé de Pisa, el reformador dominico; y
Vicente Grimani, el hijo del Dux, y Agostino da Muía, y Antonio Venier, y Jerónimo Miani, y
Jerónimo Cavalli, y Giacomo di Giovanni, y Pedro, Marcantonio y Gaspar Contarini, Carlos
Morosini, Reginald Pole (el cardenal), Andrés Lipomano, Francisco e Isabel Cappello (priora ésta
del hospital de La Piedad), la madre y la hermana de Juan Marinoni, beneficiado de la basílica y más
tarde teatino. Y cerca de allí andaba también Pedro Bembo, que se apuntaba a toda idea de reforma
que apareciera, el abad Gregorio Córtese y el exquisito poeta Marcantonio Flaminio. Este,
valiéndose del citado Cappello, solicitó el 4 de febrero 1533, ser admitido entre los admirados
teatinos. Y la comunidad respondió con la magnífica carta que conocemos y que traduce el
efervescente clima que allí se respiraba.
Desde allí, Cayetano, el 15 de febrero de 1530, invitaba al famoso tipógrafo Paganino Paganini a
ir a Venecia a fin de enseñar a sus clérigos el oficio de tipógrafo como medio de evangelización y de
respuesta a la herejía. Carafa, ya papa, seguirá sobre la misma idea al montar en Roma la primera
imprenta dependiente de la santa Sede.
Cuando surgió un delicado problema entre la colonia de los griegos y el patriarca de Venecia, el
papa Clemente acudió a los teatinos, y en dos Breves nombró al P. Carafa comisario pontificio con
plenos derechos para solucionarlo. Lo mismo que, en 1529, le encargó arreglar el desacuerdo en la
congregación de los ermitaños de Dalmacia, instituida en 1524 por Jaime Pavone, según la regla de
san Jerónimo.
Y de allí partió el Memorial de Carafa en el que expone a Clemente VII los preocupantes males
que afligen a la Iglesia y propone las medidas que él cree necesarias para la reforma eficaz del clero
y del pueblo.
Fue en Venecia donde los teatinos recibieron el Breve de Clemente VII (7-III-1533), tan deseado,
que contenía la aprobación definitiva del Instituto de los Clérigos Regulares y dejaba perfilada su
personalidad jurídica. Ello significa que el papa daba por logrado el intento de los fundadores de
juntar la vida regular con la clerical: A partir de ahora las futuras Compañías de Clérigos Regulares
tienen expedito el camino.
Y fue en Venecia donde llegó, a principios de 1536, el español Iñigo de Loyola. Allí conoció al
grupo de los teatinos y se entrevistó con Carafa. Tenían puntos de vista muy divergentes. Pero el de
Loyola vio allí cosas que le impresionaron: El sistema de probar a los candidatos sirviendo en los
hospitales, las casas profesas sin rentas y viviendo sólo del trabajo apostólico, la elasticidad de la
asistencia al coro —que los jesuitas llegarán a suprimir—; y los ingresó en su programa.
Y fue de Venecia de donde partió la primera expedición hacia la fundación de una nueva casa.
Fieles al principio de la selección, los teatinos no tenían prisa para extenderse entonces: “No parece
que el Señor nos dé muchas ganas de crecer en número” —escribía Carafa. Pero el 2 de febrero de
1533 llegó a Venecia la orden del papa de fundar casa en Nápoles. Unos nobles de la ciudad
mediterránea presionaban al papa de manera oficial para que lograra que los teatinos fundaran en su
ciudad. Todo el grupo, como ya sabemos, constaba a la sazón de 21 miembros, y acceder a la presión
de los nobles napolitanos equivalía al primer desmembramiento de la entrañable familia; tan
entrañable que a todos resultaría muy doloroso vivir alejados. Y aunque decían los nobles que de
momento se contentaban con un par de teatinos, Carafa asegura que “no bastan dos ni cuatro para
vivir como buenos clérigos”, y la larga distancia que queda entre Venecia y Nápoles podría dar al
traste con la cohesión y la convivencia entusiasta de los hermanos.
El papa insistía; y así, el 2 de agosto de 1533 partían hacia Nápoles los dos grandes amigos
Cayetano y Marinoni para hacerse cargo de la oferta. De paso por Roma, fueron recibidos por el
papa. Llegaron a Nápoles los primeros días de septiembre y se establecieron en la iglesia de Santa
María de la Misericordia, en Foria. La comunidad de Venecia, en vilo desde la partida, se
tranquilizó con las noticias que llegaban, y el capítulo del 14 de septiembre da como definitiva la
fundación napolitana, manda allá seis religiosos más y nombra prepósito a don Cayetano.
La fundación de la casa de Nápoles señala un paso transcendental en nuestra historia. No sólo por
constituir la primera separación de los hermanos que vivían unius morís in domo, sino porque es la
primera vez que existen dos casas con dos prepósitos y dos comunidades —lo que impondrá a partir
de ahora la adopción de normas comunes o centrales—, porque es la primera vez que entre casas se
intercambian cartas y puntos de vista, porque esa correspondencia nos habla con claridad de las
consignas y propósitos de aquellos hombres, porque la fundación de Nápoles fue una significativa
itinerancia que tuvo descontentos a los fundadores hasta que encontraron lo que querían, porque en
Nápoles y de la mano de Cayetano, los teatinos desplegaron un apostolado típico y específico y, en
fin, porque la casa de San Pablo el Mayor se irá constituyendo en el santuario de la teatinidad y en el
lugar de reposo de la primera generación durmiendo en el silencio y en la humildad en una fosa
común, muy teatinamente, tal como duermen las semillas.
El 18 de enero de 1534 Carafa escribe desde Venecia una larga carta a Cayetano, prepósito de
Nápoles, en la que responde a dudas y proposiciones. Hay que leerla, para darse cuenta de lo claro
que veían aquellos hombres sobre lo que debía ser la modalidad y la vida de los Clérigos Regulares
(1).
Las vicisitudes, desconcertantes al principio, de los primeros teatinos en Nápoles son muy
significativas. No tuvieron reposo hasta que no encontraron lo que buscaban. Y no dudaron en
someterse al tormento de un constante peregrinar de casa en casa y sin transigir un punto en los
principios. He aquí los pasos: De Santa María de la Misericordia pasaron (24-111-1534) al Hospital
de Incurables, fundado por Héctor Vernazza y María Lorenza Longo, y ejercían su ministerio en la
iglesita de Santa María del Popolo; el 31 de julio pasaron a lo que llamaron Santa María della
Stalletta; un pequeño establo (la Navidad era el paisaje de don Cayetano) que éste convirtió
evocadoramente en iglesia; más tarde será el monasterio de las capuchinas, Santa María de
Jerusalén, y finalmente el virrey don Pedro de Toledo y el arzobispo Oliverio Carafa, tío de Juan
Pedro, ofrecieron al itinerante grupo la iglesia de San Pablo el Mayor. Allí se establecieron y
permanecen hasta hoy, el 19 de mayo de 1538. Como por un milagro, la iglesia se llenó de vida y de
salmos; la liturgia, cuidadísima, danzaba y cantaba en un ámbito lleno de paz, de limpieza y de orden.
Y, lo mismo que en Roma y en Venecia, aquella iglesia empezó a ser un centro de intensa vida
espiritual. “Con el luminoso ejemplo de la virtud, la digna celebración de los oficios y con una
predicación fructuosa”, decía el cardenal Oliverio que los teatinos atraían a los fieles.
Cayetano añadió un detalle entrañable que, como tantos de los suyos, tendría repercusiones
insospechadas en la iconografía y el arte religioso napolitano, la representación y la devoción al
pesebre.
Años fecundos aquéllos en Nápoles. Incluso en gestos proverbiales, casi legendarios, como el
diálogo con el conde de Oppido y el cierre de la casa de Santa María de la Misericordia, con el que
cerramos este capítulo.
Desde el primer día, la casa de san Pablo emprendió su camino de irradiación y de reforma que la
hicieron famosa; centro de una espiritualidad sólida y vivida, semillero de futuros apóstoles, hogar
de sacerdotes con actividades exteriores, pero con una vigorosa formación interior y una visible
irradiación evangélica. El oficio divino era cuidado hasta el más pequeño detalle y era de una
sobrecogedora seriedad. Huyendo de la ampulosidad del canto, implantaron un sistema solemne de
recitado de clara dicción, escandido y viril, con una ligera inflexión en la cadencia. Era tan hermoso
y conmovedor, que hizo escuela y fue mil veces copiado. “More theatino”, se decía en los ambientes
reformados que lo adoptaban.
Llenos de Dios, desde el coro y la convivencia fraterna y humilde, aquellos hombres se dedicaban
con entusiasmo al apostolado pastoral y social en múltiples formas, sin atarse a ninguna.
Cayetano —quien ya en 1519 había cooperado con su pariente Domitila de Thiene en la reforma
de las benedictinas de Vicenza— tomó sobre sí la dirección del monasterio de La Sapiencia, fundado
el 25 de junio de 1530 por María Carafa, la hermana del Padre obispo, en el que se observaba la más
rígida regla dominicana. Y también tomó parte don Cayetano en la fundación de otro monasterio
según la regla de santa Clara, llevada a cabo en 1535 por María Lorenza Longo, su hija espiritual: el
monasterio de las capuchinas. Y como María Lorenza, la activa catalana, tenía una buena amiga,
María Ayerbe, duquesa de Térmoli, también dirigida por don Cayetano, que había fundado una
institución que llamaban el monasterio de las Convertidas, junto al Hospital de Incurables, Cayetano
cuidará con esmerado cariño esa benemérita obra.
Por su parte D. Juan Marinoni, a quien todo el mundo conocía y veneraba en Nápoles, empujaba y
animaba a su dirigida Juana Scorziata a la instalación del Conservatorio para muchachas, con el
título de ‘La Presentación de María al templo. Y fueron hijos espirituales de Marinoni, A. Paparo,
G.D. Di Lega y L. Palma, los que en 1539 fundaron el Monte de Piedad de Nápoles, que será el
origen del Banco de Nápoles, que aun tiene como patrón a san Cayetano.
Y en Nápoles toparon los teatinos con un activo grupo de disidentes, Juan Valdés, el español que
escribía deliciosamente, Pedro Mártir Vermigli y Bernardino Ochino. Con su palabra y con su
ejemplo lograron dispensarlos.
En 1540 Cayetano fue nombrado prepósito de la casa de Venecia para un trienio. Y allí tuvo la
desagradable sorpresa de ver que Vermigli, escapado de Nápoles, predicaba la cuaresma. Se alarmó
esta vez, y avisó a Carafa, que era cardenal en Roma. Aquel riguroso capuchino, “el mejor
predicador de Italia que hacía llorar las piedras”, fue prohibido de predicar y, expulsado de Venecia,
fue a parai a Ginebra.
En Venecia Cayetano insufló nuevo vigor a los Oratorios, como hacía por dondequiera que pasaba
e, invitado por el querido Giberti, dio una fructuosa misión en Verona.
Al cabo del trienio, en 1543, volvió a Nápoles como prepósito, cargo que a la vuelta de un año
renunció en manos de su amigo de siempre, el Padre Marinoni. Todos se miraban en Cayetano
entonces. En la primavera de 1545 estuvo de nuevo en Venecia y, al regreso, en Roma conoció y se
entretuvo con Iñigo de Loyola. Fue luego secretario del capítulo general tenido en Roma en 1547, en
el que se aceptó la petición de los Somascos de ser agregados a los teatinos (unión que no duró
mucho. Siendo papa Paulo IV, con un breve de 23 diciembre 1555, devolvió a los somascos su
autonomía), y en el que él mismo fue otra vez elegido prepósito de la comunidad de Nápoles.
Y a su llegada a la querida ciudad, Cayetano la encontró en plena erupción de una lucha civil. Su
gesto y su palabra no lograron apagar el incendio fratricida. Entonces ofreció su vida a Dios por la
paz. Y allí murió el genial y humilde patriarca de la clericatura regular, el 7 de agosto de 1547. Y
con su muerte se hizo la paz. Por eso, una vez canonizado (12-IV-1671), la ciudad lo proclamará
patrono y protector.
La gran parte de su vida de teatino la había pasado en Nápoles. Y Nápoles guarda, en la paz del
Soccorpo de San Pablo el Mayor, su cuerpo, que duerme con sus primeros hijos el sueño de la
semilla en el surco: Presintiendo la cosecha.

La fundación de Nápoles
y el sucedido con el conde de Oppido
o de cómo entendían y practicaban la pobreza los teatinos.

D. Antonio Caracciolo, conde de Oppido, era un devoto admirador de Cayetano y gran amigo de
los teatinos, el primer amigo de una familia, los Caracciolo, que darán a la Orden hasta treinta y seis
de sus hijos, entre ellos hombres de la talla de Antonio (el hermano mayor de san Francisco
Caracciolo, fundador de los Clérigos Regulares Menores), Tomás y Juan Bautista.
Del conde escribe a Nápoles, desde Venecia, el Padre Carafa en la carta del 18 enero 1534: “ A
nuestro carísimo en Cristo el conde de Oppido le abrazamos con todo el ardor de nuestra alma.
Con lo que hace por nosotros, sin merecimientos de nuestra parte, se hace acreedor a la divina
recompensa. No queremos lo suyo, sino a él; por eso nos llenó de gozo lo que nos escribíais sobre
su fe y devoción”.
Fue tras sus ruegos y ofertas que los teatinos llegaron a Nápoles, su ciudad. Y fue él quien les
ofreció el primer cobijo en Foria, Santa María de la Misericordia. La radical pobreza de los teatinos
y la insistente generosidad del conde amigo ocasionaron el sucedido que cuenta casi con ribetes de
leyenda el P. Veny en su vida de San Cayetano (2).

NOTAS:

(1) El documento carafiano, cuyos párrafos más importantes vamos a reproducir, está fechado en Venecia el 18 de enero de
1534 y va dirigido a Cayetano y a toda la comunidad de la casa aún en ciernes de la capital napolitana:
Carísimos hermanos: Gratia et pax a Deo Patre et Domino nostro Jesu-Christo cum ómnibus qui diligunt adventum eius. Una tras
otra han llegado a nuestras manos vuestras apreciadas del 14 y del 22 de noviembre. No achaquéis a negligencia ni a mera casualidad
el no haber recibido más pronto contestación de nuestra parte. Motivo hemos tenido para ello. Estando tan diseminada nuestra
pequeña familia, se impone la reflexión y mas que nada la oración y el examen diligente antes de emprender cosa alguna.
Ni siquiera nos es dable encabezar la presente con el clásico “si valetis nos valemus”. Pues tenemos que anunciaros la santísima y
religiosísima muerte, en el ósculo del Señor, de nuestro querido hermano Bartolomé. Bien es verdad que le consideramos mucho más
feliz que nosotros, en el seno de Dios, y que se nos adelantó a prepararnos el camino. Pero nos dejó de sí una increíble añoranza y un
ejemplo inolvidable de santa edificación.
Su vida, fue, en efecto, irreprensible a nuestros ojos, y si llevó durante ella constante y de buena gana el yugo de nuestro Señor, en
muerte superó el alto concepto que de su virtud teníamos formado. Murió de enfermedad no larga, aunque penosa. El catarro, que,
como sabéis, le aquejaba hacia tiempo, se agudizó últimamente hasta que acabó con su vida.
Después de un intolerable dolor de muelas, y de la extracción de un molar, la dolencia se fue agravando, y una ardiente calentura,
indicio de próxima muerte, nos hizo perder toda esperanza de su salud temporal. Pero el soldado de Cristo, contento con volver a la
patria, no cesaba de alabar a Dios por medio de salmos, himnos y oraciones, sin conceder tregua a sus labios hasta el momento de la
muerte. Respondía a las oraciones que rezábamos junto a su lecho, y atendía a nuestra lección de los sagrados evangelios. ¿Cómo
ponderar la paciencia, el tesón, la sabiduría, la devoción de este varón santo, en medio de tantos tormentos y entre los dolores de la
agonía?
¡Ah, cómo nos saltan las lágrimas al escribirlo, y nos impide la emoción decir de él cuanto quisiéramos! ¿Qué más deseáis saber?
En la sacratísima Noche de Navidad bajó por su pie a la iglesia y recibió el Santo Viático, para llegar con fortaleza a la montaña del
Señor. Abrazando al Divino Niño con los brazos de la fe, exclamó con Simeón: “Nunc dimittis servum tuum Dómine, secundum
verbum tuum in pace…” Y en verdad “factus est in pace locus eius”, ya que “consummatus in brevi explevit témpora multa”.
Restituyóse a la cama, al peso de la enfermedad. Tres noches consecutivas velamos junto a su lecho, sin que la grave dolencia
eclipsase su mente un solo instante. Por fin, el domingo, día de los Santos Inocentes, después de vísperas, le ungimos para el postrer
combate. Y el atleta de Cristo, recibido con gran devoción y alegría este sacramento, prenda de la próxima victoria, cerca de las diez
de la misma noche, voló triunfante a los coros de los santos ángeles, de los patriarcas y apóstoles.
Al amanecer expusimos en la iglesia su cadáver, vestido con los sagrados paramentos, y juntos ofrecimos por él la Hostia de
salvación. Sin poderlo remediar, afloraban a nuestros labios las palabras del profeta Amos: “Festivitates nostrae conversae sunt in
luctum et cantica nostra in planctum”.
Rezadas vísperas de difuntos, dimos vela a su cadáver, y por la mañana del día siguiente tuvo lugar el entierro. Ofrecida la santa
misa, y practicadas las ceremonias que son de rigor en tales casos, dimos sepultura a su cadáver, volviendo lo que era polvo a la tierra
de donde saliera, y el espíritu a Dios que le creó.
Vosotros también, amadísimos hermanos, celebrad frecuentes sufragios, llenad de ofrendas el altar, esparcid sobre la tumba del
hermano las flores olorosas de vuestras oraciones fervientes. Nunca muera entre vosotros la memoria del que vive en Cristo.
Y ahora, enjugadas, si es posible nuestras lágrimas, trataré de contestar a vuestras cartas. Pero no exijáis orden a un viejo, afligido
por la tristeza y abatido por el llanto. Escribiré, por el momento, lo que me venga a la mente, y después, si el Señor me da vida, supliré
lo que ahora calle.
Me referís muchas cosas concernientes a la iglesia, y a la disposición y cualidades de este nuevo lugar. Pláceme sobremanera
cuanto me comunicáis en las vuestras acerca de la libertad y el decoro, de esa iglesia, de que no hay en ella superstición ni
servidumbre de seglares, y que os es dado disfrutar de la amable quietud, hija de la soledad; de que vivís en el silencio, lejos de los
rumores del mundo y de la conversación de los hombres, de que sois visitados de pocos, aún de devotos amigos, y de que, por fortuna,
os veis libres tanto de críticos profanos como de charlatanes curiosos. Me alegra el que podáis sustraeros a los peligrosos halagos de
mujerucas hipócritas. Todo ello, os lo repito, nos colma de satisfacción. Ojalá que Jesucristo nos una a El de tal manera y nos haga
vivir de su amor, de forma que el mundo no se entere ni siquiera de que existimos.
Pasemos a hablar de la casa. Estamos del todo conformes en que se debe pedir todo cuanto es necesario. No basta poseer un
techo donde guardarse de la intemperie.
Es preciso que cada religioso pueda disponer de una celda donde recogerse como en un puerto, y que todas y cada una de las
dependencias destinadas a los ejercicios comunes posean la capacidad y la amplitud convenientes.
En cuanto a la iglesia añadiré que hay que evitar, a todo trance, que el público se comporte en ella como si fuese un mercado.
Según nos ha informado nuestro Severo, no será difícil conseguirlo.
Si el mundo es siempre un destierro, más lo que es esta ciudad para vosotros. Tomad, pues, todas las cosas como si fueseis en ella
peregrinos y extranjeros, portándoos, con el favor de Dios, como si en cualquier momento debierais abandonarla. No habéis penetrado
en sus puertas, ni sabemos lo que el Señor querrá mañana de nosotros. No decimos esto, ni mucho menos, para que no tratéis de
procuraros un lugar en el interior de la ciudad, que no dudo habéis de encontrar si el Señor os quiere en ella, tanto por la bondad de
este Señor como por favor de la ciudad misma.
Tocante a los “varios sitios” que, según manifestáis os ofrecen, dudamos, a decir verdad, si aceptarlos o no. En uno parece difícil
que nuestra vida se adapte a las condiciones de una antigua casa de familia noble, y en otro lo es aún más arrebatar una iglesia a las
harpías, y no profanarnos con su contacto. Por otra parte, aunque el templo nos gusta, tanto por nuestra devoción al Santo Apóstol
cuyo nombre lleva, como por su venerable antigüedad, su situación en lugar tan céntrico y la circunstancia de encontrarse rodeada y
como ahogada por altos edificios seculares, con mengua de la necesaria holgura para cómodamente habitarla, nos hacen creer
conveniente esperar que el Señor hable, y presionarle entre tanto con incesantes oraciones, con entera sumisión a su divina voluntad.
Si se insiste en ofrecérosla, o se os hacen nuevas propuestas, tenednos al corriente de todo.
En cuanto a esos dos nobles clérigos que desean formar parte de vuestra comunidad, es nuestro parecer que ni nosotros ni
vosotros, podemos prudentemente satisfacer a sus deseos. Muchos motivos, todos ellos de peso, nos mueven, por el momento, a no
franquearles la entrada. Con todo, para que puedan acogerse al puerto de una Congregación menos estrecha que la nuestra, y les sea
dado sustraerse a las peligrosas condiciones en que viven actualmente, parece oportuno hacerles ver que jóvenes delicados y nobles
no pueden vivir en nuestra pobreza, y que, dada la escasez de personal, su ingreso daría ocasión a infinitas incomodidades para ellos y
para nosotros. Tened por cierto que cooperáis más eficazmente a su bien si no les ocultáis la verdad y les despedís amistosamente.
Compartimos vuestro criterio de que es digno de compasión el caso de ese matrimonio de que nos habláis en la vuestra. Pero
lleváis razón al decir que todo debe temerse de la liviandad femenina. Yo no sé si vale la pena el ocuparse de ello, ya que huelgan los
argumentos donde no reina más que el odio. En fin, que de este asunto hemos dicho lo suficiente.
En cambio, sí que es muy justo ocuparnos de la venerable sierva de Cristo y madre nuestra y honrarla con todo afecto en el Señor.
En primer lugar, gracias a Vos, carísimo hermano, por el sincero cariño que profesáis a nuestra hermana, manifestado en vuestras
cartas. En ellas palpita el interés, la diligencia y el amor que os inspira el bien de su alma. Todo lo cual sabíamos muy bien por lo que
más de una vez nos habéis dicho de palabra. Por lo que atañe al monasterio os aseguro que las circunstancias no han favorecido
nuestra gestión. Con todo, veremos de hacer cuanto se pueda, pese a la ausencia del Papa.
Por otra parte, nuestro amigo el obispo de Verona que ha leído vuestras cartas y las que os hemos remitido sobre este particular,
nos ha confesado francamente que, estando él ausente —de Roma—, apenas se le hace caso aún en sus propias demandas.
Para cuando el Pontífice regrese a Roma, había pensado intentar algo. ¿Era mejor que vos, amadísimo hermano, os trasladaseis a
la Ciudad Eterna, o bastaba una simple carta? Yo prefería lo primero, como podéis suponer, y no eran pocas las razones que me
inclinaban a ello. Escribí con tal motivo al obispo de Verona, para que os mandase a Nápoles una buena recomendación para sus
amigos de Roma, a fin de que os procurasen una audiencia de Su Santidad. Con todo, mejor pensado, me pareció demorarlo para
tiempo no muy lejano, y sin duda más oportuno…
Una cosa he de pediros con el mayor encarecimiento, amadísimo hermano mío. Trabajad con todas las fuerzas para librar a aquel
monasterio de la servidumbre de seglares. Purificad sus relaciones y alejad a aquella mujer, verdadero azote del mismo. Ojalá se
arrepienta antes de que experimente para su daño la ira de Dios, que provoca con su conducta.
A nuestra susodicha amada madre y fiel sierva de Jesucristo, consoladla en el Señor. Decidle que si algo desea se lo pida a Dios,
más que a nosotros. Nosotros iremos, si a Dios place, y haremos cuanto podamos para colmar su deseo y el vuestro, hermano
carísimo. Por lo demás, os aseguro, que nada que esté en nuestra mano se dejará de intentar, contando con la ayuda de Dios y
permitiéndolo nuestras ocupaciones, que son tantas que apenas si nos dan tiempo para escribiros estas líneas.
Agradezcamos al Señor que nuestro querido hermano Pedro, presbítero que recibimos hace tiempo, podamos ahora admitirle en
nombre propio y de toda la Compañía a la profesión religiosa que, como decías en la vuestra, desea con tanto fervor. Adjunto os
remitimos el ceremonial que debe observarse por ahora, hasta que a Dios plazca inspirarnos otro más conveniente.
De ese joven que, de acuerdo con su esposa, quiere abandonar el siglo en compañía de su hijo, no sé qué decir, si no que “multi
prophetae et reges voluerunt videre quae vos, fratres mei, videtis, et non viderunt, et audire quae intima cordis aure vos auditis, et non
audiverunt”. No es el hombre quien se escoge su camino, Dios es quien guía sus pasos. No todo el que lo desea lo obtiene, sino aquél
a quien Dios lo concede en su infinita misericordia.
A nuestro carísimo en Cristo, el conde de Oppido, le abrazamos con todo el ardor de nuestra alma. Con lo que hace por nosotros,
sin merecimiento de nuestra parte, se hace acreedor a la divina recompensa. Non sua, sed ipsum quaerimus; por ello nos colma de
gozo lo que vosotros nos escribís sobre su fe y devoción. Aprobamos su intención de otorgar testamento y disponer de sus cosas
ahora que vive y puede. Así en la hora suprema, cuando hay que cuidar sólo del alma, no tendrá que distraerse con la inútil solicitud
de las cosas materiales. ¿Quién conviene que le herede? No tengo por cosa fácil encontrar quien le aconseje con desinterés y
prudencia… Ante todo hay que observar estrictamente la justicia, y no defraudar el derecho de nadie. Si a alguien hemos dañado de
una u otra manera, hay que resarcir con creces el daño ocasionado, a ejemplo del publicano, que devolvió el cuatro por uno. En lo que
de él depende, piénselo delante de Dios y haga lo que le parezca. Sea su ojo simple y recto. No pregone, a son de trompeta, sus
liberalidades, ni se deje impresionar por el decir de los hombres. No conozca su izquierda lo que hace su derecha, que Dios sólo
premia las obras que se hacen sin ruido y por su amor. De lo que se hace por vanagloria, no es remunerador, sino vengador.
De esas dos pías mujeres, sentimos lo propio que vos, amado hermano, esto es, que es preciso que del ministerio de aquellos pobres
enfermos suban a cosas más perfectas, y se afanen por acoger a Jesucristo al que quisieron recibir en la persona de los pobres. Oigan
su voz cuando fustiga la humana soberbia y la excesiva agitación: “Vulpes foveas habent et volucres coeli nidos, filius autem hominis
non habet ubi caput suum reclinet”. ¿Es posible que el Señor Jesús quiera reclinar su cabeza donde se albergan vagabundos,
holgazanes, desertores de la religión y criminales apóstatas? Son muchas las almas redimidas con la sangre de Jesucristo y mucho
más enfermos que los cuerpos, que se confían al cuidado de hombres que no tienen fe en la existencia del alma; pues, si creyeran en
ella, no reservarían el pecado de tan gran prevaricación para el día del último juicio, cuando el mal no tendrá remedio. Si alguno
fraternalmente se esfuerza por conmoverlos con semejante perspectiva, intentan esos impuros, esos míseros embaucadores, justificar
su conducta con especiosas razones, como si no hubiesen aprendido más que para ello las sutilezas de la dialéctica. Esos son los que,
después de sacudir el yugo de Cristo, viven sólo para el dinero y lo buscan a toda costa, sirviéndose de los males ajenos, tratando de
satisfacer a su único dios, que es el vientre. Esos quienes asaltan las casas y se llevan a esas mujerzuelas cargadas de inmundos
pecados. Esos quienes viven a expensas de los pobres y de las viudas… A sus doctrinas y ejemplo debe hoy día la Iglesia todo ese
cúmulo de males de que se encuentra afligida; a ésos y a los que en ella viven con depravadas costumbres, a los dogmas perversos de
otros, a esas nuevas herejías, hijas de otras más viejas. ¿Podéis creer que en un lugar donde tanta maldad se acoge, quiera albergarse
Jesucristo? ¿Son compatibles por ventura la iniquidad y la justicia? ¿Es posible que se junten las tinieblas y la luz? Repetídselo,
amadísimo hermano, a esas devotas hermanas: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que es la misma vida? “Sinite mortuos sepelire
mortuos suos”, mientras no hagan más caso de los sapientísimos consejos de nuestro Salvador Jesucristo, se atentan a sus
salubérrimos avisos, sigan sus sagradas huellas y traten de imitar sus ejemplos.
Pero estamos rebasando, sin querer, los límites propios de una carta, deteniéndonos más de lo justo en los anteriores extremos.
A Juan Bernardino, nuestro amadísimo hijo en Cristo, le amamos de corazón, y su colaboración a vuestra obra no puede sernos más
grata, aunque sus méritos no son de ahora; conocemos hace tiempo y estimamos en cuanto vale el favor que nos dispensa.
Sabed que, por la gracia de Cristo, todos nosotros vivimos en santa paz y quietud, unidos estrechamente por los vínculos de la
caridad, y que os amamos de veras a todos, y a Vos en especial, carísimo hermano.
A nuestro hermano Gregorio le conferimos el diaconado, con la intención de promoverle, si es voluntad de Dios, al sacerdocio en
fecha próxima.
Acabamos de recibir a un joven de Bérgamo, de unos treinta años llamado Simón. Antes de admitirle le hemos probado largo
tiempo para ver a dónde llegaba su perseverancia y su paciencia. Mientras tanto, con el fin de cerciorarse sobre sus antecedentes,
acerca de su vida y costumbres, sirviéndonos de buenos amigos, le hemos encomendado a nuestros hijos en Cristo, colocando al
postulante en el Hospital de San Juan y San Pablo. Se ha portado allí con tanta fidelidad y diligencia, que los que han vivido con él no
se cansan de alabarle. Como desea vehemente ser recibido entre nosotros y lo pidiese con insistencia, por fin se le ha admitido sólo en
categoría de huésped, y no hemos pasado más adelante, a pesar de que él pide asiduamente el hábito, y nosotros le creemos digno.
Pero aún así no le estimamos dañosa esa dilación, ya que se ejercita de buena gana en los quehaceres cotidianos, y hace lo que se le
manda como cualquiera de nosotros. No es indolente ni atontado. En fin, que no carece de ingenio, siquiera tenga pocas letras.
A nuestro Teodoro parece le habrá aprovechado la ausencia de unos meses, pues han tomado mejor rumbo los asuntos que lleva
entre manos. Más práctico hubiera sido desentendemos de todo, pero ello no era viable sin menoscabo de sus bienes, siguiera no sean
cuantiosos. No ceséis de rogar por él, que bien merece nuestro amor, y es ésta la mejor ayuda con que podéis favorecer al que es tan
digno de ella.
¿Qué os diré de estos hermanos y en particular del prepósito? No puede decirse lo mucho que me consuela el Señor por medio de
este su siervo y de toda esta comunidad. Les hubierais visto a todos en la muerte de nuestro hermano preocuparse, afanarse y
discurrir a porfía para prodigarle sus obsequios, como si la salud de cada uno corriera serio peligro con la de aquel moribundo. Y
después de muerto, les hubierais visto inconsolables, hinchados los ojos por el llanto. En una palabra, lo digo como lo siento, han
traspasado mi alma con la espada hiriente de la más dulce caridad.
¿Qué decir de la asiduidad con que atienden a las cosas divinas y a las múltiples actividades de la vida religiosa? No echaríais de
menos, creedlo, en una comunidad tan exigua nada de cuanto se hacía cuando ésta era mayor. Todos llevan valientemente el peso del
trabajo del día y de las fatigas de la noche, no obstante las contadas veces que me es dado ayudarles, ya que se me escapan, con la
edad, las fuerzas del cuerpo y del alma.
El asunto de Loreto ha enfriado totalmente, y no hay para qué hablar más de él. He pasado la noche sin pegar los ojos para poder
escribiros. Dios os proteja, hermano mío, y a toda esa comunidad. No cejéis en vuestras oraciones por estos hermanos de Venecia.
Saludad de parte de todos a nuestra querida madre y hermana, Sor María, a las demás religiosas —del monasterio de la Sapiencia— y
a cuantos son, en Jesucristo, nuestros estimados amigos. Os saludan nuestro prepósito, con todos nuestros hermanos y todos los
amigos de Venecia.
Y si hemos sido prolijos, apenas hemos comenzado lo que nos propusimos relatar. El Señor haga que podamos escribiros más
largamente otro día, y que podáis leerlo vosotros. Adiós.
Venecia, 18 de enero de 1534.
Frater vester. Episcopus theatinus
(2) El hecho ocurrió en Nápoles:
Era el conde de Oppido, don Antonio Caracciolo, férvido admirador y devoto entusiasta de Cayetano y su Compañía. Caballero
generoso y profundamente cristiano, a su celo y actividad debíase el restablecimiento de los Clérigos Regulares en la capital del
Virreinato. Desde su llegada a Nápoles, la Comunidad teatina había visto afluir los espontáneos donativos con que el piadoso caballero
proveía al diario sustento de la religiosa familia. La liberalidad de su amigo provocó más de una vez las protestas de Cayetano, quien
amablemente le reconvino por su desmedida largueza, suplicándole que moderase la ejemplar solicitud con que venía socorriendo su
voluntaria pobreza. Pero las advertencias del Santo no surtían más resultado que estimular la admiración y, con ella, la generosidad del
piadoso caballero. Las provisiones continuaban, cada día más abundantes. Cayetano mandaba tomar lo necesario para un día, y el
resto era devuelto al generoso donante.
El heroico desprendimiento de los Clérigos Regulares y los fructuosos resultados de su actuación apostólica en la capital napolitana,
enardecían día a día el fervor entusiasta del munífico bienhechor de la religiosa Compañía. Calculando humanamente, el sostenimiento
de los teatinos estaba asegurado por las caridades de Oppido. Con todo, faltando él, era prudente suponer que los Clérigos Regulares
no podrían continuar aquella extraña manera de interpretar la pobreza, y cabía temer que, pronto o tarde, acabarían por marcharse,
con detrimento no pequeño de los intereses espirituales de la populosa ciudad, que tantos bienes reportaba de los admirables ejemplos
y de la apostólica actividad de tan celosos ministros. El peligro era innegable, y ahora, que se estaba a tiempo, era deber de conciencia
buscar por todos los medios el modo de prevenirlo.
Con tan laudable propósito, Oppido, una y otra vez, brindó al Siervo de Dios las rentas que hicieran falta para asegurar a
perpetuidad el sostenimiento de su Orden en la capital del Virreinato. Pero a cada nueva tentativa, obtenía de Cayetano, con las
muestras expresivas de su reconocimiento, la más rotunda negativa.
Insigne favorecedor de monasterios y conventos, le fue fácil al conde de Oppido conseguir que distintos miembros de varias
órdenes religiosas, de ciencia y virtud reconocidas, le apoyasen en su empeño de convencer a Cayetano de que su peregrina manera
de interpretar el Evangelio imposibilitaría a la larga la vida de la Comunidad y acabaría por ocasionar la ruina del Instituto.
Oppido solicitó una entrevista con el Fundador de los teatinos, y en compañía de los religiosos se presentó un buen día en Santa
María de la Misericordia. Amablemente oyó el Santo el consejo de los doctores. El rígido tenor de vida de los Clérigos Regulares no
podía sostenerse largo tiempo. Si la misma novedad había provocado hasta entonces la liberalidad de los fieles, el tiempo llevaría
consigo la mengua del entusiasmo y el estancamiento de los socorros. Todos los santos Fundadores, al prohibir a sus hijos la posesión
individual, habían admitido en sus religiones la propiedad colectiva. El fin de los Institutos no podía, en ningún caso, conseguirse
eficazmente sin la posesión de rentas fijas. Reconociéndolo así, la disciplina de la Iglesia, bajo las penas más severas, prohibían la
enajenación de cualesquiera propiedades de las órdenes religiosas. Pretender vivir sin réditos y sin limosnas pedidas, más que
confianza en la Providencia, era absurda temeridad y un continuo tentar a Dios pidiéndole milagro por día.
A mí —replicó el Santo— más seguridad que las riquezas me infunde la palabra de Cristo. ¿En qué estriba vuestra certeza de la
eficacia de estos bienes para el sustento de la vida?
— En los censos estipulados y en la cantidad de frutos convenida, que anualmente satisfacen los colonos de nuestras fincas.
— Mas, ¿qué garantía tenéis de que tales obligaciones serán puntualmente cumplidas?
— Las públicas escrituras que aseguran el cumplimiento de las obligaciones contraídas.
— ¿Pero existe más firme instrumento que la Escritura divina, refrendada y autenticada con la sangre de Jesucristo? Dios es quien
sale garante al decir por san Mateo. “Quaerite primum regnum Dei et iustitiam eius, et haec, omnia adjicientur vobis”. Buscad en
primer lugar el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará de bella añadidura. Mas, si pudiera ponerse en duda la promesa
de Jesucristo, ahí está la experiencia, que atestigua que, en diez años, no nos ha faltado cosa alguna. Y cuanto Venecia, hace un
lustro, fue víctima de la carestía y las gentes morían de hambre, a nosotros, privados de bienes y sin pedir nada a ninguno, no nos faltó
lo necesario, y aún pudimos, de nuestras sobras, socorrer al desvalido.
— ¡Pero Venecia no es Nápoles!— repuso el conde de Oppido.
— De acuerdo —replicó el Santo—. Pero ¡El Dios de Venecia es también el Dios de Nápoles!
No bastando, pues, las palabras, Cayetano apeló a los hechos para sustraerse de una vez a la presión machacona de su generoso
amigo y librar a su Congregación de la ignominia de perder, en vida del Fundador, el tesoro de su pobreza y desviarse para siempre de
su destino y vocación.
Un día convocó el Santo a toda la Comunidad y la invitó —¡quién supiera con qué palabras!— a dejar la casa y la iglesia de que
eran deudores a la liberalidad del conde de Oppido, sin llevar consigo otras prendas que el breviario en la mano y en el corazón la
confianza en la divina Providencia. Y, con gesto de sublime entereza, cerró la casa y la iglesia de Santa María de la Misericordia, y
mandó la llave al donante, haciéndole saber que se marchaba para comprobar si el Dios de Nápoles era el mismo Dios de
Venecia.
Capitulo 9

EL PRIMER HOGAR:
LA SERENA PAZ
DEL PRIMER GRUPO
DE SACERDOTES REFORMADOS

Seguiremos la llamada del P. De’Colli, “ Veni, et vide ”, que nos conducirá al corazón de una
comunidad de sacerdotes con votos, reformados, y nos enseñará cuál es el tenor de su jornada. Cómo
viven, en definitiva, su proyecto.
E l Breve fundacional les ha dado para siempre el nombre oficial, Clérigos regulares, y ha
mantenido para el P. Carafa el título de episcopus theatinus, que dará al grupo el nombre popular,
Teatinos.
Después de renunciar los cuatro a todos sus bienes, cargos y beneficios, después de profesar
solemnemente en San Pedro el 14 de septiembre de 1524, y con el primer Prepósito por ellos
elegido, quedaban absolutamente libres de ataduras y estaban preparados para volar en cualquier
cielo, libres como los pájaros de las bienaventuranzas. Precisamente para lograrlo había ideado D.
Cayetano a los Clérigos Regulares: clérigos cuya vida luminosa estuviera sostenida sólidamente y
potenciada al máximo por el esqueleto de los votos religiosos, que antes se emitían para ser
practicados en el cenobio, y que ahora se volvían un medio para ser sacerdotes con una atractiva
forma nueva: re-formados: Los votos, y sobre todo la pobreza radical, los liberaban de cualquier
atadura terrenal, y el grácil vuelo por los cielos sin fin recordaba a la Iglesia, y a sus clérigos
especialmente, a qué alturas han sido llamados.
El P. Bonifacio ofreció la casa que tenía en la Vía Leonina, La casita, la llama el P. Antonio
Caracciolo. Allí pusieron su tienda bajo las estrellas. En ella se recogían en la deliciosa vida común
que era de ilusión y de amistad; de ella salían a su luminoso ministerio sacerdotal de sacerdotes
reformados. Quedaba allí al lado una deliciosa iglesita que llamaban de San Nicolás dei Prefetti, en
el Campo Marcio. Allí ejercían las funciones del culto, del ministerio sacerdotal, y administraban los
sacramentos. Pero, además, fieles al espíritu del Oratorio, adoptaron una actitud en la que insistía
siempre D. Cayetano y que los teatinos mantendrán inalterable en su historia: Además del ministerio,
una dedicación asistencial, y precisamente en los campos más fronterizos y marginados. También
quedaba cerca el hospital de Santiago in Augusta, que dependía del Oratorio romano; los teatinos
tomaron a su cargo el servicio de los enfermos y asilados. El año siguiente a la fundación, el año
1525, era Año Santo: los teatinos cargaron sobre sus nuevas espaldas la acogida, el cuidado y la
asistencia de los peregrinos, que así, sin sentir, entraban en la Roma eterna respirando un aire nuevo.
El estudio, la oración, la predicación de la palabra, el ministerio llenaban su día. Pero desde el
primer momento los teatinos limpiaron de herrumbre y rutina todas las articulaciones del andamio
ministerial: Todo iba envuelto en la serena luz de una elegante sencillez.
Las Constituciones teatinas, que aparecerán mucho más tarde, y que recogen celosamente el hilo
de un ovillo que empezó en los días primeros, hacen la pintura más deliciosa de lo que fue la forma
de actuar de aquellos Clérigos Regulares recién estrenados. Es sorprendente, aun hoy, la humanista y
piadosa insistencia en la pulcritud cuidada, nunca estridente, de todo lo que se hace. Veamos unos
deliciosos ejemplos, inconfundiblemente teatinos y primerizos:

1. Ante todo, las Constituciones comienzan siempre por la actividad ministerial: Somos
clérigos. He aquí los títulos: La Iglesia y su ajuar; Los ministros del altar; La administración
de sacramentos; Los Predicadores.
2. El oficio en el coro se recita con devoción y alegría (devote alacriterque). Las ceremonias
en la iglesia se realizan con compostura y elegancia (composite et decore). Toda intervención
debe ser bien preparada con buen gusto, con seriedad, en silencio, modestia, dignidad y
elegancia (studiose, exquisite, mature, cum silentio, modestia, dignitate et decore).
3. La iglesia está siempre limpia y a punto. El altar, los ornamentos, el ajuar y todo lo que
pertenece al culto ha de ser limpio, brillante, resplandeciente (splendida, munda, nitida).
4. Los clérigos tienen expuesta su propia figura ante los ojos de todos, por eso han de
transparentar una imagen llena de religiosidad en su modo de ser, en la cara, en el gesto, en el
caminar y en el hablar (vultu, gestu, incessu, sermone, religionis plenum).

Era un modo completamente nuevo y atractivo, un modo teatino que hoy llamaríamos testimonial.
Y esa actitud testimonial, si iba bien dirigida al pueblo cristiano en la administración de los
sacramentos, tenía una intención no explicitada, como su vida entera: La reforma del clero. Desde
mucho tiempo atrás la predicación de la palabra era casi exclusiva de los frailes, que la ejercían a
menudo con solvencia y con efectos multitudinarios. Los obispos y los sacerdotes no predicaban (un
defecto que Lutero les recriminará, implacable). El grupo teatino se hizo un deber de predicar la
palabra, meditándola en la Escritura y lanzándola llena de contenido. Con admiración de los fieles,
subían al púlpito con bonete y sobrepelliz. Con admiración de los fieles y con directa interpelación
de los clérigos.
Administraban los sacramentos a quien los pedía, sin pedir a cambio nada (¡otra sorpresa y otro
aviso!), y los administraban como quien los redescubre cada día, sin pizca de rutina, y empujaban a
la recepción frecuente; para algo eran miembros del Oratorio del Amor divino. Ya en Vicenza D.
Cayetano había logrado que los hermanos comulgaran varias veces a la semana (otra novedad
inaudita) y hasta empujaba a sus dirigidos hacia la comunión diaria (lo que le valió una reconvención
de la competente autoridad). Hoy la historia nos permite afirmar que uno de los más hermosos frutos
del renacimiento espiritual dirigido por los teatinos fue la frecuencia y participación viva en los
sacramentos.
A propósito, es obligado citar aquí una página de la Historia de los papas, de L. Pastor: “Mucho
tiempo antes de que el Concilio de Trento inculcase a clérigos y seglares lo que se debía observar
y evitar en el santo sacrificio de la misa, los varones inspirados por Dios, que llevaban escrita en
su bandera la renovación religiosa del mundo cristiano, habían puesto sus esfuerzos en enseñar a
todos, con sus ejemplos y palabras, la debida veneración a la casa de Dios, que tanto había
sufrido en la época del Renacimiento. Quien entraba en Santa Dorotea in Trastevere, asiento del
Oratorio del Amor Divino… o en los pequeños templos de los teatinos, en el Campo Marcio y en el
Pincio…, no podía librarse de una profunda impresión. Aquellos que los visitaban por curiosidad,
salían de ellos no pocas veces interiormente transformados. Aquí ejercitaban su celo unos
sacerdotes cuya vida representaba la suspirada reforma, tan deseada de los buenos. Estos
templos, pequeños y pobremente aderezados, eran visitados con tanto fervor y diligencia, que no
podían contener el número de personas devotas que concurrían a las misas y sermones” (1).
La meditación y la asidua lectura de la Biblia y muy particularmente del Evangelio, que tenían
distribuido de manera que cada semana se leía uno y cada mes los cuatro, la administración gratuita
de los sacramentos, la ardiente predicación y una serena confianza en Dios, iban haciendo de aquel
grupo un lugar de referencia y el templo de San Nicolás se iba transformando un centro de
irradiación de piedad.
El Amor, forma sustancial de todas las virtudes, reinaba en el grupo y en su acción: La meta del
más perfecto amor, escribía De’Colli a Mateo Giberti.
“Toda renuncia es inútil en quienes dejaron el siglo, si no tratan con el máximo empeño de
conseguir el amor… Al amor tienden los votos, la profesión, la religión entera. Entre nosotros
faltar a la caridad es como levantarse contra Dios… Donde falta el Amor falta todo, y teniendo el
Amor se tiene todo”.
Más tarde escribía D. Cayetano a M. María Carafa en esos mismos términos, tajante y convencido:
“Revestíos en carne y en espíritu de la perfecta y única eterna virtud de la santa Caridad. Os la
inculcaré hasta la muerte. Manteneos en ella; en ella caminad” (2).
Que Jesús nos haga vivir de su amor, de forma que el mundo ni se entere de que existimos
Carafa

La radiante vida de aquellos sacerdotes reformados bebía en las más genuinas fuentes, como
hemos visto. Y aquel grupo no sólo irradiaba, sino que ejercía atracción. En abril de 1525 llamaba a
la puerta el primer candidato. Era un joven sacerdote de Magliano Sabino que se llamaba Bernardino
Scotti. El primer novicio. Y salió tan aprovechado que llegó a ser obispo de Piacenza y cardenal de
Trani. Murió en 1568. Tras Scotti llegaron otros, hasta doce. La mayoría llegaban del Oratorio del
Amor divino. Al terminar aquel año santo de 1525, los teatinos dejaron la primera casa de Via
Leonina y se trasladaron a otra que les regaló en el Pincio —junto a Villa Medici— su fiel amigo
Juan Mateo Giberti. Las cosas iban muy rápido: Aquel dulce cenobio del Pincio era tan sonoro que
pronto se dieron cita en torno a él las mejores ilusiones de reforma. Allí recibía Carafa, reelegido
superior el año pasado, a Luis y Rafael de Fosombrone, los primeros discípulos de Mateo de Bascio,
y ponía a su disposición toda su influencia en la curia para hacer posible el comienzo de la reforma
de los capuchinos. Era el año 1526. Allá llegaban también aquel año Pablo Giustiniani, el austero
amigo de Cayetano, y su compañero Pedro Gabrielli de Fano, que encontraron en los teatinos todo el
apoyo para la reforma camaldulense, que traían entre manos.
Pero el oro se prueba en el crisol. Si el grano de trigo no muere, queda solo y estéril. Un furioso
vendaval se desató de pronto sobre aquella cuna de tantas esperanzas. El ignominioso “Saco de
Roma” sorprendió a los teatinos en su casa del Pincio, en mayo de 1527. Los lanceros fueron crueles
con ellos. Querían dinero. Los maltrataron y atormentaron, sobre todo a Cayetano. El único tesoro
que encontraron fue la pobreza de la casa y la riqueza espiritual, serena y gozosa, de sus habitantes.
Despechados los soldados, los ataron y los llevaron presos, como excelentes rehenes, a la torre del
reloj del Vaticano. La intervención de un coronel español les obtuvo la libertad. Y partieron hacia
Civitavecchia y de allí a Venecia. A Venecia llegaron el 17 de junio de aquel mismo año de 1527.
Como bandada de pájaros emigrantes, no llegaban a encontrar la rama en que posar su vuelo.
Primero fue San Clemente, junto a la Judería, luego fue Santa Eufemia y después San Gregorio, en el
Gran Canal, cerca de Santa María de la Salud. En San Gregorio se reunió el Capítulo día 14 de
septiembre para elegir Prepósito en lugar del P. Carafa que había terminado el trienio permitido. Y
fue elegido el P. Cayetano. Con él al frente, la comunidad tomó posesión, el 30 de noviembre, de la
residencia definitiva, San Nicolás de Tolentino.
El fuego del Espíritu iba con ellos; el huracán de Roma no había podido apagarlo. Y así la casa de
San Nicolás será muy pronto el foco de irradiación de la reforma, como vimos en el capítulo 8.

NOTAS:

(1) Ed. española (Ruiz Amado) vol. XIII, p. 384-85.


(2) Veny, Cartas… p. 123.
Capítulo 10

LOS TEATINOS
EN TIEMPOS
DE UNO DE SUS COMPAÑEROS
QUE FUE PAPA: PAULO IV
(1555-1559)

Desde la densidad de su vida teatina el P. Carafa tenía la mano en todos los esfuerzos en pro de la
reforma de la Iglesia. Un día llegó al convento de Venecia la orden perentoria: El papa Paulo III,
Alejandro Farnese, lo llamaba a Roma. Y allá se presentó, el 27 de septiembre de 1536, Carafa con
otros tres padres y dos hermanos; dos de los padres eran dos de los fundadores, De’Colli y
Consiglieri. El papa había constituido un grupo de reforma a base de hombres entrañables y de
vanguardia: Carafa, Contarini, Giberti, Alejandro Pole y Córtese: “el estado mayor de la reforma
católica” —escribirá Ranke—. De ese grupo nació el Consilium de emendanda Ecclesia que sirvió
de pauta para muchos puntos del concilio de Trento.
El 22 de diciembre de aquel mismo año, Paulo III creaba cardenal a Carafa. Nombrado cardenal,
el P. Carafa ya no tomó parte directa en la dirección de la Orden. Cayetano pasó a ser el maestro en
quien todos se miraban.
Desde la fundación de Nápoles en 1533, la Orden poseía dos casas, la de Venecia y ésta. Cada una
con su superior: Venecia con el P. Bonifacio De’Colli y Nápoles con Don Cayetano. El que coordina
el régimen, a partir de ese momento, es el Padre obispo.
Pero, una vez creado cardenal, en 1536, y a partir de 1537, se crea el que será llamado Capítulo
General representativo, que gobernaba desde aquella casa en la que residía la mayor parte de los
vocales y que ejercía el poder central entre Capítulo y Capítulo, que se celebraba anualmente.
Y cuando el P. Carafa fue elegido sumo pontífice y durante todo su gobierno (1555-1559), se
interrumpen todos los Capítulos Generales, pues los teatinos “decidieron no celebrarlos y poner así
toda la Orden bajo el gobierno de la suprema potestad y de un padre tan querido ” —escribe el P.
Sottani— (1).
En aquel cuatrienio el papa en persona gobernaba a los teatinos. El mismo, y en el primer año de
su pontificado, los llamó a Roma y les entregó la iglesia de San Silvestre al Quirinal, que llegará a
ser la sede central del gobierno de la Orden. Era ésta la tercera casa que tuvo la congregación.
La gloria de tener como moderador supremo al propio sumo pontífice, que a la vez es uno de los
fundadores, dio cohesión a las tres casas teatinas (Venecia, Nápoles, Roma), e hizo que el proyecto
se afianzara y se hiciera vida en cada uno de los miembros de la orden. Todos aquellos hombres eran
muy teatinos.
El 18 de agosto de 1559 fallecía en Roma, ya octogenario, el papa teatino, y con él se cerraba el
primer período de nuestra historia (1524-1559). Durante todo ese período, los fundadores estaban
presentes en alguna de las comunidades y en cada una de las circunstancias con el prestigio de su
vida, con el conocimiento directo e ilusionado del proyecto que ellos mismos habían delineado, con
el testimonio profètico de lo que significaba e iba a significar el carisma teatino en la iglesia de
Dios.
Con Paulo IV desaparecía el último de ellos. Cayetano había muerto en Nápoles el 7 de agosto de
1547, siendo superior de la comunidad (no pudo ver la elevación de su dinámico compañero a la
cátedra de Pedro); el 14 de abril de 1557, moría en Roma Pablo Consiglieri, sirviendo a su hermano
el papa (el P. Pablo “era todo de monseñor Carafa”), como maestro de cámara y canónigo de San
Pedro; y el 3 de agosto de ese mismo año moría, en Venecia, Bonifacio De’Colli. El gran papa vio
morir a todos sus compañeros de fundación.
El 1560 abre, pues, un nuevo período en nuestra historia: Ya no están en el grupo, como regla
viviente, los fundadores; ya no gobierna con amor paterno el papa en persona sobre las tres
comunidades; la serie de los Capítulos Generales, interrumpida, se reanuda; los teatinos de la nueva
generación están aprendiendo a volar solos, desarrollando y poniendo cada día a punto la herencia
de los fundadores.
Ese laborioso período de maduración lejos de la tutela paterna se prolonga hasta 1588. Y se
caracteriza por la expansión: Crecimiento del número de religiosos y fundación constante de nuevas
casas. Por otra parte el modo teatino de hacer las cosas corre parejas con las decisiones de Trento:
La reforma está asegurada.
Y hay que notar, además, que ese crecimiento no es sólo en cantidad (el número que mata la
calidad, como temía Carafa). En ese nuevo período aparecen figuras próceres, casi legendarias,
como Juan Marinoni, Andrés Avelino, Paolo Burali; dos cardenales, el mismo Burali y Bernardino
Scotti (el primer novicio), un obispo no italiano presente en Trento, Thomas Goldwel. Y en las
manos de estos hombres, que se glorían de ser fieles a sus padres y principios, un largo esfuerzo de
codificación de la experiencia teatina que conducirá hasta la institución del P. General (1588) y la
primera redacción de unas Constituciones (1604). El crecimiento y el desarrollo contenidos en la
fidelidad a la inspiración primigenia.
El pontificado de Paulo IV cae de lleno en los años del concilio de Trento (1545-1563); pero él no
quiso sesiones. Fiel a sus propias consignas y convencido de que sobraban decretos y faltaban
personas comprometidas, llevó vigorosamente adelante la reforma que treinta años antes y junto con
sus compañeros teatinos empezara con tanta ilusión. Para ello se rodeó de los mejores hombres de su
tiempo y se valió, sobre todo, de los teatinos en los que sabía podía confiar. En la concepción teatina
de la reforma se da mayor importancia a la práctica que a la teoría, a los hechos más que a las
palabras, y se sostiene que cualquier disposición o método que no se apoye en el ejemplo de una
vida desprendida y confiada es letra muerta.
El P. Carafa es el único caso en la historia de la Iglesia de un fundador religioso llegado a sumo
pontífice. Apoyado en su propia obra y lanzado decididamente a la reforma, nombró cardenal al P.
Bernardino Scotti; se empeñó en hacer arzobispo de Nápoles al P. Marinoni (sólo cedió ante la
inflexible renuncia de éste); también ofreció la púrpura y nombró maestro de Cámara al P.
Consiglieri, su compañero de fundación, y se valió a menudo de los consejos del P. Jeremías
Isachino, un teatino hecho de oración y sacrificio, a quien el papa quiso como Prepósito de la casa
teatina primera de Roma, San Silvestre, que él mismo había cedido a sus hermanos a fin de tenerlos
más cerca.
Cuando en el decreto I de la sesión XXII propone Trento el ideal del clérigo, no hace sino calcar
la fisonomía ideada y encarnada por los teatinos. “Y en la actividad reformadora de Paulo IV hay
que buscar —escribe Pastor— el origen de muchos de los decretos posteriores tan saludables del
concilio de Trento… ” Los papas posteriores del tiempo de la restauración pudieron seguir
edificando con éxito sobre ese sólido fundamento.
Sin la fundación y la difusión del programa de los teatinos el camino de Trento no fuera posible.
Y, sin embargo, ellos siguieron preparando en la sombra la tierra que haría posible la cosecha. No
fueron muchos los teatinos que estuvieron en el concilio. Por voluntad de Paulo III, Bernardino Scotti
tomó parte en la legación enviada a Carlos V en 1548 para tratar de la vuelta de los disidentes a la
Iglesia. El mismo Scotti colaboró a menudo con el cardenal Guillermo Sirleto, que vivía en la
comunidad teatina como un teatino más. Trabajó muy eficazmente en el concilio el obispo teatino
inglés Thomas Goldwel, que fue, además, cofundador del seminario inglés de Roma.

NOTAS:

(1) Veny, San Cayetano… p. 690, n. 54.


Capítulo 11

LA REGLA DE VIDA
DE LOS TEATINOS

Parece que D. Cayetano, mientras maduraba su proyecto, habría afirmado repetidas veces: “Si
Dios me concede la gracia de poner ante los ojos del sacerdote secular una congregación de
clérigos que sean a la vez religiosos, estoy convencido de que la transparencia de éstos, su
pobreza, su modestia, la santidad de su vida harán detestable el vicio y moverán a los demás a la
práctica de la virtud” (1).
El dicho tiene la ventaja de proponer a la vez la meta de su obra —reformar y dar luminosidad al
testimonio del sacerdote— y el medio para alcanzarla —unos clérigos religiosos—.
Cuando éstos aparecieron, la conmoción y sacudida en la Iglesia fue tan grande que tanto los
sorprendidos por la valentía como los irritados por la denuncia que aquéllos representaban, se
preguntaban qué clase de congregación u Orden nueva era aquélla.
Pero los teatinos lo tenían muy claro. Carafa, al acusar el malestar que les causaba la pregunta y la
ironía que entrañaba, dejaba muy claro que aquella “pequeña compañía” no era ni quería ser una
orden nueva en la Iglesia, en la que había ya muchas y estaba prohibido por los últimos concilios
fundarlas nuevas.
Y como no pretendían fundar Orden nueva, tampoco tuvieron idea de redactar una regla.
Insistamos una vez más en el detalle fundamental y decisivo, que ya conocemos: Provenientes del
Oratorio romano del Amor Divino, centro de acción y estado mayor de todos aquellos que de verdad
deseaban la reforma, los primeros teatinos se proponían primariamente la santificación del clero, y,
mediante ella, la reforma de la Iglesia entera, propugnando un decisivo retorno a las fuentes genuinas
del evangelio y de la vida apostólica, que pretendían, sin alharacas, volver a instaurar en todo su
testimonial esplendor. Y, dado que cualquier intento de reforma del clero, a base de decretos y
provisiones pontificias o conciliares que fueran, se había demostrado ineficaz, los teatinos
comenzaron por implantar esa reforma en sí mismos y en su propio interior con la permanente
revisión de vida hacia adentro, y con el ejercicio del apostolado y obras de caridad y asistencia en el
exterior, dispuestos y maleables a las exigencias del tiempo y lugar donde fueran a vivir. Como
clérigos, desempeñarían con gozo y entrega generosa el ejercicio de los ministerios sacerdotales;
como regulares, ponían por pilares de su grupo la vida en común y la profesión de los consejos
evangélicos. Y además, con toda la premeditada intención de hacer su actuación y su presencia
agresivamente incisiva en un mundo en el que la codicia incluso entre los eclesiásticos era
escandalosa y constituía la raíz de todos los males, dieron el primer paso en el seguimiento de Cristo
renunciando públicamente a sus beneficios y prebendas, a fin de vivir “de altari et evangelio”.
Aquello que les llegara de la ejecución de su ministerio y de las ofertas libres de los fieles sería el
recurso para su vida. Como clérigos que eran, el mendigar quedaba excluido. Su vida dependía ya
para siempre de la generosidad de los cristianos; su tienda quedaba bajo las estrellas; su despensa
era la Providencia del Padre.
El hecho, pues, de ser radical y esencialmente clérigos y el querer permanecer siempre libres para
poder adaptarse a cualquier exigencia de lugar y de tiempo, hacían muy dificultoso encerrar en la
jaula de una regla tan ambiciosos vuelos. Lo hacía dificultoso; pero es que, además, por sistema y
definición, en aquellos momentos la regla hubiera sido un contrasentido, dado que, como sabemos, no
pretendían fundar ninguna congregación nueva, sino ser sencillamente clérigos con votos viviendo en
común.
No queremos ser otra cosa sino clérigos viviendo según los sagrados cánones, en común y del común,
bajo los tres votos, porque estamos convencidos de que ése es el mejor método para mantener en vigor
la vida clerical.
Carafa a Giberti, 1-1-1533.

Es el mismo programa que, según Prato, maduraba D. Cayetano:

“Anduvo mucho tiempo dándole vueltas a la idea de juntarse con otros en vida claustral y
regular a manera de religión, pero de sacerdotes, de los que en aquel entonces no había ninguna ”.
(2)

Concluyamos, pues, con F. Andreu ( 3): “Ni Cayetano ni Carafa tenían por entonces ninguna
intención de dar a su familia religiosa un código de Constituciones. Su norma fundamental de
vida era siempre la vida apostólica tal como aparece en los Hechos, los sagrados cánones
vigentes entonces y la experiencia cotidiana de su servicio sacerdotal revisada en los Capítulos
Generales de cada año, en los que se fueron plasmando aquellas normas directivas, que,
constituirán, tras muchos años de experimentación, las Constituciones teatinas”.
Como se ve, el P. Andreu lanza una razón muy seria: La experiencia cotidiana del ejercicio del
ministerio sacerdotal les iría diciendo, día tras día, cuál iba a ser su actitud y les iría dictando las
líneas maestras de un comportamiento que, al fin, iba a cuajar en unas Constituciones. Entre los
teatinos, pues, no fue primero la regla y después la vida, sino al revés, fue primero la vida y después
la regla.
Y ese concepto tendrá a la larga unas serias consecuencias de responsabilidad para todo teatino a
lo largo de los siglos, y que puede formularse así:
En principio, no es la regla la que hace al teatino, sino que es el teatino el que hace la regla.

Bien leído, ello significa que un teatino no vive nunca bajo una regla terminada, sino que debe
llevar una vida tan a tenor de las necesidades y de los signos de los tiempos, que él mismo sea el
precisador y renovador de la regla. Eso significa justamente que vivimos según los sagrados
cánones. Unos cánones que, en la Iglesia, están bajo constante revisión y renovación.
Otra genialidad, pues, de los fundadores: No redactaron una regla, porque no fundaban una
religión nueva, pero sobre todo, porque querían ser clérigos disponibles a cualquier llamada de
cualquier necesidad de renovación o de reforma. Y así es como hay que interpretar el hecho de que
ellos quisieran que en el Exponi Nobis se dispusiera que los teatinos quedaban autorizados a
componer y publicar cualesquiera estatutos, ordenaciones y constituciones en lo concerniente a esta
forma de vida y a la recta ordenación de la vida clerical, y, una vez compuestas y publicadas,
corregirlas y reformarlas en cualquier tiempo, o cambiarlas total o parcialmente, o hacer otras
nuevas y ajustarse a ellas.
Ahora hay que salir al encuentro de un posible malentendido que, a lo largo de la historia, ha sido
real: El hecho de que en la fórmula de profesión, y en el documento notarial correspondiente, de los
cuatro primeros teatinos figure las expresión secundum regulam clericorum regularium o trium
votorum regula, y el otro hecho, bien documentado, de que en los refectorios teatinos se leyera la
Regla de san Agustín, han llevado a pensar y a afirmar que los teatinos profesaron la Regla del
obispo de Hipona. Y ello tanto más cuanto que el IV concilio de Letrán, al prohibir la fundación de
nuevas órdenes, mandaba expresamente que si alguien pretendiera una nueva fundación, habría de
hacerlo adoptando la regla de alguna de las ya aprobadas.
C. Rossell, que ha estudiado con técnica y profundidad esta cuestión tan significativa, concluye
así, perentoriamente (4):

“Hay que decir, no obstante las anteriores expresiones, no obstante el mismo derecho, canónico
vigente entonces, no obstante el parentesco y vinculación espiritual y estructural de los Clérigos
Regulares con los canónigos Regulares de la Congregación de Letrán que profesaban la regla de
san Agustín, no obstante todavía haber sido leída ésta en el seno de nuestras primitivas
comunidades y haber sido enviadas por Juan Pedro Carafa a su hermana María, fundadora del
monasterio de La Sapienza de Nápoles, etc., que los Clérigos Regulares jamás la han profesado ni
aceptado como regla de su Congregación.
“Jurídicamente hablando, los teatinos constituyen la primera religión del siglo XVI que la
santa Sede apruebe con una dispensa implícita de la citada constitución 13 del concilio de Letrán,
vigente a la sazón y que había sido el motivo por el que tantas órdenes y congregaciones,
anteriores y posteriores a la teatina, profesaran la regla de san Agustín… Y la razón hay que
buscarla en aquel tenaz e incluso testarudo esfuerzo de los fundadores a ser plenamente clérigos
“in communi et de communi viventes”, plenamente religiosos, pero sin dar la impresión de querer
fundar una nueva religión, es decir, totalmente libres o dispensados de profesar una REGLA o
institución “de religionibus approbatis”. “Nuestra Regla son los sagrados cánones”, afirmará
tajante Carafa.
“Libres, pues, de una regla e institución propia de las religiones ya aprobadas, los Clérigos
Regulares avanzarán por la historia conscientes de que su única y verdadera regla la constituyen
los SAGRADOS CÁNONES, abiertos, no obstante, al soplo creativo del Espíritu de la Iglesia que
los quiere en sintonía ante todo con el Evangelio, los Hechos de los apóstoles y los ejemplos de la
iglesia primitiva”.

Es por eso que cuando en 1533 Francisco Cappello escribe a los teatinos en Venecia que Marco
Antonio Flaminio desea ir con ellos a vivir sub regula, recibe de ellos en la respuesta la explicación
de lo que ellos entienden por Regla:
“Es preciso seguir la regla del Espíritu Santo inspirada a nuestros santos Padres” (los apóstoles: se cita
Hech. 4,35)
“Estamos gobernados y guiados por la bondad de Dios, por los ejemplos y doctrina de los dichos santos
padres y por su regla sobredicha, y no por invenciones nuestras o por otras humanas voluntades” (5).

La unión de la vida monástica y clerical, —“los dos goznes de la religión teatina”, como los
llamará J.B. Caracciolo— en vistas al logro de un clérigo testimonial, estaba tan genialmente
estructurada que era consecuente en todos los detalles: como clérigos no tenían regla propia, sólo la
de los clérigos, para los cuales la misma vida claustral y en común quedaba radicalmente trastocada.
Según el Exponi Nobis podrían vivir en común en cualquier lugar honesto, religioso o laico, que
escogieren; por ello sus residencias ya no se llamarán monasterios, sino casas. Y por eso también su
hábito común no será ya propio y distintivo, sino el de los simples clérigos.
Cada vez queda más clara la intención y el programa.
Pero hay más todavía: El prescindir de edificios inconfundibles (casas en vez de monasterios), el
no tener regla (sin fisonomía propia de una “religión”), el no distinguirse por el hábito correspondía
a una táctica radical del programa y por cierto muy querida de D. Cayetano: No llamar la atención;
pasar sin ser advertidos; ser levadura en la masa; mover el mundo sin que se conozca la mano.
Piccola compagnia, grupo insignificante proveniente de los deliciosos y silenciosos círculos del
Divino Amor, ansiosos por deshacerse del vértigo de la mundanidad y superficialidad de moda, no
necesitaban ni querían la estructura de una organización que les diera fuerza ni el ruido de un
proselitismo que los multiplicara. Ni siquiera aceptaron ni buscaron un ministerio parroquial en el
que les fuera fácil hacerse notar y hacerse propaganda. Si alguien había de sentirse atraído hacia
ellos, sería hacia la serenidad y la paz, hacia el ministerio luminoso, hacia la risueña confianza en la
providencia.

La carta de Bonifacio De’Colli a Juan Mateo Giberti.

Todo lo que acabamos de decir viene largamente explicado en la famosa carta de uno de los
fundadores, Bonifacio De’Colli, al amigo Juan Mateo Giberti. La carta constituye un resumen tan
perfecto de la vida teatina que resulta, por eso mismo, el núcleo y meollo de lo que será más tarde la
regla o Constituciones.
Hay que estudiar, pues, desde cerca éste que ha sido llamado el documento religioso espiritual y
jurídico más importante de toda nuestra literatura fundacional.
El documento contiene las líneas maestras del esquema de vida de los primeros teatinos, redactado
de forma escueta por los fundadores y comunicado en carta por Bonifacio De’Colli a Juan Mateo
Giberti, quien, después del saqueo de Roma, había regresado a su diócesis de Verona, y que se había
mostrado interesado en conocer el sistema de vida de sus amigos, y seguramente con la intención de
tomar de ello buena nota en vistas a la reforma del clero de su diócesis. Y, por otra parte, Giberti,
deseoso de poner ante los ojos de su clero un ejemplo, vivo de sacerdote reformado, invitaba a los
teatinos de Venecia a abrir casa en Verona. El Capítulo del 14 de septiembre de 1528 aceptó la
invitación, y allá fue enviado justamente el P. Bonifacio con siete compañeros, celebrando su
primera misa en la iglesia de Santa María de Nazaret el día de Todos los Santos de aquel mismo año.
La carta no lleva fecha, pero Andreu sugiere la de 1527.
Es importante advertir que esa carta corrió profusamente por las manos de los teatinos del primer
siglo, y, sorprendentemente, sin destinatario, sin firma y sin lugar ni fecha. Sorprendentemente no;
ello significa que el documento había logrado en tiempo record un privilegiado rango: Era, en manos
de cualquier teatino el vademécum que le recordaba el núcleo vital de su compromiso de hombre
nuevo. El P. Antonio Caracciolo dice que las copias que corrían manuscritas de mano en mano eran
tantas que se siente dispensado de dar el texto de ella. Que ello era verdad lo atestiguan aun hoy los
ejemplares existentes en nuestro Archivo General. Caracciolo afirma que él posee el ejemplar que
solía usar el P. Andrés Avelino. ¡Nada menos!
Sobrecoge la precisión y concisión del medular documento: ¡Aquellos hombres sabían
perfectamente lo que querían! La entrada es precisa: “Vivimos según los sagrados cánones, y fieles
a la profesión de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, en el hábito y en el tenor de
vida de los clérigos” he aquí el programa perfectamente descrito.
En cuanto a la pobreza, ésta es radical: No hay derecho de propiedad; se vive en común y del
común. No se puede mendigar —los cánones lo tienen prohibido a los clérigos, y nosotros lo somos
—; vivimos de las limosnas que libremente nos hacen los fieles… sirviendo gratuitamente al altar y
al evangelio; y aun cuando ni los cánones ni la profesión nos lo prohíban, no aceptamos ni rentas ni
títulos ni beneficios eclesiásticos.
La vida de cada día queda ordenada en la austeridad y en la paz del deber cumplido con solvencia
y elegancia.
Los sacramentos se administran gratis y se pone en ello toda la diligencia y pureza de intención.
Hay una manera propia, un modo teatino, de celebrar la misa, de rezar el oficio, una inconfundible
forma de leer, de pronunciar, de cantar en el coro y en la iglesia: Un recitado ágil, escandido, bien
flexionado, que será copiado mil veces y que adquirirá nombre propio: Modus theatinus.
La vida en común y la actividad apostólica se inspiran en las de los primeros grupos de cristianos
descritos en los Hechos: “El que se asome a nuestra vida advertirá enseguida que nuestro sistema
de vida común es el mismo que describen los Hechos de los apóstoles”. Escribe el P. Antonio
Caracciolo en su Synopsis, en una expresión feliz que recogerá de buen grado la primera edición de
las Constituciones de 1604: “Método de vida religiosa que nosotros hemos aprendido de los
Hechos de los apóstoles” (6).
“Con razón nos gloriamos y damos gracias a Dios de haber sido los primeros en volver a poner
en vigor el admirable sistema de vida inaugurado por los apóstoles, afianzado y engrandecido por
la constante imitación de sus sucesores, para mayor gloria de Dios, en este tiempo de
envejecimiento de la estructura de la Iglesia”
Caracciolo, Ibid.

“En la mesa común nunca falta la lectura sagrada, que se hace de la Escritura… y que
escuchan todos en gran silencio” —dice De’Colli—. Sabemos que la lectura en el comedor,
perfectamente programada, abarcaba a los cuatro evangelistas y precisamente en aquellos textos que
se referían a la actividad, a la vida apostólica (7).
Los teatinos profesan y practican aquella primitiva forma de vida de los apóstoles en el
esplendor de todos sus detalles —escribía el cardenal Baronio— (8).

El P. Magenis (9), poniendo la flecha en el blanco, resume así:


“Los teatinos llevan una vida que se apoya en dos reglas o máximas fundamentales, de las
cuales, como de un hontanar, nacen todas sus otras leyes. La primera es: Vivir en tal pobreza que
ni se pida nada ni se tengan reservas de nada, sino que se tenga tanta confianza en el Señor que se
espere todo de su Providencia. La segunda es: Unir de tal manera vida activa y vida
contemplativa, de modo que con un ojo se mire a Dios para amarle y unirse a Él, y con el otro se
mire al prójimo para ayudarle en sus necesidades espirituales”.

De’Colli añade también que en el comedor no faltaba la lectura de los santos doctores de la
Iglesia. Preclaro ejemplo de ello es el caso de san Agustín, tan querido de los teatinos y a quien él
cita para concluir rotundamente su carta, en un párrafo que es una síntesis programática e
inolvidable:
“Lo más importante es el fin que se han propuesto los que profesan esta vida, y por el cual nos hemos
reunido en nombre de Jesucristo: el Amor…
Porque toda renuncia es inútil en quienes dejaron el siglo, si con el máximo empeño no tratan de
dominar la ambición y conseguir el Amor.
Este amor, la virtud de la CARIDAD, que sólo se guarda —como dice san Agustín— cuando a ella sirven
las obras, las palabras, el semblante.
Cuando al amor se ajustan —añadimos nosotros— los votos, la profesión, la religión entera.
Faltar a la caridad es tan grave entre nosotros como levantarse contra Dios. Pues sabemos que de tal
modo fue ella recomendada por Jesucristo a los apóstoles, que donde falta la caridad falta todo, y, si se
posee la caridad, se poseen todas las cosas”.
De’Colli

Hay que leer con detención la carta del P. Bonifacio. Y tener constantemente en la mano copia de
ella, tal como hicieron nuestros primeros hermanos. Pero, una vez aprendida de memoria, habrá que
recordar siempre el magnífico epílogo: “Y lo que me queda por decir lo captarás mucho mejor de
vista y de palabra que por escrito”. Que es lo mismo que, como una invitadora insinuación, le había
dicho a Giberti poco más arriba: “Sería pesado poner aquí todos los detalles de nuestra vida.
Quien los quiera conocer, haga lo que dice el Señor y atienda a su invitación: Ven y verás”.

He aquí la carta de Bonifacio De’Colli al obispo Giberti:

Nuestro sistema de vida se funda en los sagrados cánones, y en las obligaciones derivadas de la
profesión de los tres votos de pobreza, obediencia y castidad. Nuestro hábito y nuestras
costumbres son las propias de los demás clérigos.
Por lo que respecta a la pobreza, nadie posee cosa propia, sino que todos viven en común y del
común. No se permite mendigar, porque lo prohíben los cánones. Los nuestros viven de las
limosnas espontáneamente ofrecidas por la caridad de los fieles. Asimismo, donde sea posible, de
las décimas y de las primicias, sirviendo gratuitamente al altar y al evangelio. Ni los cánones, ni
nuestra profesión nos prohíben la posesión de rentas fijas; pero, por muchas razones, y
amaestrados por la experiencia, no nos preocupamos de tenerlas.
La castidad nos obliga, no sólo a la integridad del cuerpo, sino también a la de los sentidos, a
la guarda de la lengua, y, en cuanto sea posible, a la pureza de los pensamientos y de los afectos
del corazón, lo mismo que a la parsimonia y a la sobriedad en la comida. Huimos el trato con
mujeres, aun de las más santas y honestas, porque así lo mandan los cánones. Si a ello fuerza la
ineludible necesidad, o la caridad lo demanda, el prelado resuelva, y obedezcan los súbditos.
La obediencia se debe, en primer lugar, al prelado y a los sacerdotes; al primero, como a
vicario de Dios, y a los segundos, como a sus ministros. Después, a los otros cohermanos, que
mutuamente se obedecen y se sirven por caridad. Pero, hágase todo con orden, como prescribe el
apóstol. Nadie usurpe, de consiguiente, la autoridad del prelado ni el oficio de los demás, ni se
arrogue el derecho de mandar. No pierda de vista el superior que no existe entre nosotros
precepto alguno que obligue bajo pecado, de no concurrir mandamiento de Dios o de la Iglesia, u
otra obligación derivada de los tres votos.
El prelado es elegido anualmente, pudiendo ser reelegido hasta un trienio, cuando así lo
determinan los que tienen voz en capítulo. La elección, o reelección, debe hacerse, con arreglo a
las prescripciones canónicas, por la totalidad del Capítulo o por la mayor parte de sus
componentes, habiéndose convocado de antemano, y aguardado prudencialmente la llegada de los
ausentes.
Ningún candidato a la Orden es admitido al noviciado ni a la profesión, sin antes someterle a
larga prueba, ejercitándole y experimentándole durante mucho tiempo, no inferior a dos o tres
años. Para la admisión es indispensable el consentimiento de todo el capítulo. El novicio, desde el
primer día, es confiado a un religioso que le instruye, con la ayuda de Dios, y le informa sobre la
nueva vida.
El oficio divino, tanto nocturno como diurno, suele decirse con asiduidad en el coro únicamente
por los clérigos y presbíteros, según el rito romano; observando asimismo las costumbres de la
Iglesia o diócesis donde moramos, en todo lo que no se opongan a la Iglesia católica.
Los sacramentos se administran gratis, y solamente por aquéllos a quienes designa el prelado,
y a las personas que él señala. Se pone en su administración toda diligencia y la mayor pureza de
intención, ateniéndose con fidelidad a los términos de los privilegios y exenciones de la Sede
Apostólica, sin abusar de la inmunidad que nos ha sido concedida, y salvando siempre la
reverencia al prelado y juez Ordinario.
El modo de celebrar las misas y decir el oficio divino, la manera de leer, de pronunciar y de
cantar en el coro y en la iglesia, según las rúbricas auténticas y antiguas del misal y del breviario
romanos, se os describirá en particular, con algunas otras reglas, por demás breves y fáciles, lo
mismo que lo que debéis retener o, en su caso, omitir en los oficios de los santos.
No se nos manda ni prohíbe ninguna forma de vestido, ni determinado color, siempre que no
desdigan de los clérigos honestos, ni se opongan a los sagrados cánones, ni sean contrarios al uso
del clero de nuestra ciudad o diócesis.
Ningún presbítero o clérigo sale jamás solo de casa, sino con un compañero, después de haber
orado ante el altar, y previa la bendición del prelado. Lo propio se hace al regreso. A los legos, y
a quienes tienen a su cuidado la administración de la casa, aunque sean clérigos, les está
permitido alguna vez salir solos, hecha oración y recibida la bendición, como se ha dicho.
Dos veces al día, dada la señal, acudimos a la oración, que hacemos cada uno en su puesto, o
en la propia celda, orando en silencio y quietud. Por la mañana, después del oficio matutino, y
por la tarde, al anochecer, o al mediodía, si es en verano.
Se guardan con la mayor diligencia los ayunos de la Iglesia. A éstos añadimos, por costumbre,
el de los viernes de todo el año, y los del Adviento del Señor, aunque sin obligación, sino libre y
espontáneamente. En la mesa común nunca falta la lectura sagrada, que se hace de la Escritura o
de las obras de los santos Doctores. Se escucha por todos en gran silencio, y nadie puede
comentarla como no sea el prelado.
No consentimos que costumbre alguna, o modo de vivir, o rito, tanto en lo que se refiere al culto
divino, o tiene lugar, del modo que sea, en la iglesia, como en lo tocante a la vida común y lo que
acostumbramos hacer dentro o fuera de casa, tenga fuerza de precepto, ni nos obligue en
conciencia; a no concurrir un precepto de Dios, o una constitución de la Iglesia, o alguna
obligación derivada de los tres votos.
Prolijo sería por demás, especificar en detalle los particulares de nuestra vida. Por ello, quien
desee saberlos, haga lo que dice el Señor, y óigale cuando le invita diciendo: Ven y ve. Conocerá,
entre otras cosas, nuestro modo particular de recibir a los huéspedes, cómo son probados y
ejercitados los novicios, y cómo legítimamente se les admite a la profesión; de qué manera se
confía a los profesos, sean legos, clérigos o sacerdotes, algún ministerio u oficio para ayudar, por
amor de Cristo, a la común utilidad y a la necesidad de cada uno.
Conocerá igualmente con qué devoción y fidelidad debe proceder cada uno en su ministerio u
oficio, venciéndose siempre a sí mismo para ser útil a los otros y acomodarse a su querer, cual
conviene a los siervos de Dios, no solo en aquellas cosas que se practican en común, en el coro, o
en la iglesia, sino en lo que se refiere en particular al cargo de cada uno, como el de sacristán,
bibliotecario, ropero, portero, hortelano, cocinero, y a todos los demás oficios, aun los más viles y
bajos; como también se dará cuenta de lo que debe observarse con relación a los estudios.
Entenderá, sobre todo, lo que es más importante, y, por descontado, lo más útil, esto es, la
fuerza de los votos, y el fin que se han propuesto los votantes, por el cual nos hemos reunido en
nombre de Nuestro Señor Jesucristo —la CARIDAD—. Aprenderá por diaria experiencia la
palabra del Señor, y su eficacia cuando dice: El que quiera venir en pos de Mi, niéguese a sí
mismo, tome su cruz, y sígame, entrando por la puerta angosta, y echando por el camino del
llanto y de la penitencia, hasta conseguir la meta de la más perfecta CARIDAD. Porque toda
renuncia es inútil, en quienes dejaron el siglo, si no tratan con el máximo empeño de dominar la
concupiscencia y de conseguir la CARIDAD. La cual CARIDAD, sólo se guarda, al decir de San
Agustín, cuando a ella sirven las obras, las palabras, el semblante. Cuando a la caridad se
ajustan, añadimos nosotros, los votos, la profesión, la religión entera. Faltar a la CARIDAD es
tan grave, entre nosotros, como levantarse contra Dios, pues sabemos que de tal modo fue ella
recomendada por Jesucristo a los apóstoles que, donde falta la caridad, falta todo, y, poseyendo
la caridad, se poseen todas las cosas.

NOTAS:

(1) Veny, S. Cayetano… p. 308.


(2) Andreu, I teatini dal 1524 al 1974: RD 30 (1974) 9-10.
(3) Ibid., 16.
(4) El iter redaccional… p. 20. Véase también Llompart, Gaetano da Thiene… p. 170-174.
(5) G. Kaminski, Marcantonio Flaminio ed i chierici regolari: RD 2 (1946) 10.
(6) Andreu, I teatini… RD 30 (1974) 45 y n. 21.
(7) Véase su distribución por semanas en Andreu, I teatini… p. 46 n 24 y en Veny, San Cayetano… p. 281.
(8) Andreu, I teatini… p. 47.
(9) Andreu, I teatini., p. 48-49.
PARTE II

LOS CLÉRIGOS REGULARES


DE 1560 a 1625
Capítulo 12

PERFIL
DE LA VIDA COMUNITARIA
Y DE LA ACTIVIDAD APOSTÓLICA
DE LOS TEATINOS

1. Una casa teatina por dentro.

La eficacia testimonial de la vida y de la actividad de los teatinos tiene su punto esencial de


alimentación en la vida comunitaria. Será bueno que intentemos asomarnos a ella. La fórmula queda
expuesta ya en el Exponi Nobis: “Deseando servir a Dios con mayor sosiego y paz del alma”.
Los teatinos llamaron casas a sus conventos. No poseemos ya ninguna de nuestras casas en su
disposición primitiva. Pero sabemos de ellas por los documentos: Eran de gran sencillez. Y estaba
habitadas por la paz: el sosiego del alma.
El P. Carafa, que se preocupaba tanto por la unión y la convivencia, escribía una infinidad de
detalles en respuesta a los fundadores de la casa de Nápoles: “Referís muchas cosas tocante a la
iglesia y a la disposición del nuevo lugar. Nos agrada lo que decís acerca de la libertad y el
decoro de esa iglesia, de que no hay en ella ni superstición ni servidumbre de seglares, y que ahí
podéis disfrutar del sosiego hijo de la soledad; de que vivís en el silencio, lejos del trajín del
mundo y de las habladurías de la gente; de que son pocos los que os visitan, y ésos, entrañables
amigos vuestros, de que, en fin, os veis libres tanto de críticos profanos como de charlatanes
curiosos. Nos llena de gozo todo ello… Que Cristo nos haga vivir de su amor, de forma que el
mundo no se entere ni siquiera de que existimos.
“En cuanto a la casa: Hay que exigir todo aquello que es imprescindible. No basta con un techo
donde guarecerse. Cada uno debe tener su celda como puerto donde recogerse, y debe haber unas
dependencias destinadas a los oficios comunes.
“En cuanto a la iglesia: Hay que evitar a todo trance que el público se comporte en ella como
si fuese un mercado.
“Si el mundo es siempre un destierro, más lo es esa ciudad para vosotros. Tomadlo todo como
si fueseis en ella peregrinos y extranjeros, portándoos como si en cualquier momento debierais
abandonarla. No habéis todavía traspasado sus puertas, ni sabemos lo que mañana querrá el
Señor. No lo decimos para que no tratéis de encontrar un lugar en el interior de la ciudad, que lo
habéis de encontrar, si el Señor os quiere en ella, ya sea por la bondad de Dios como por favor de
la ciudad”.
Esas dependencias comunes, aparte de las celdas individuales, son nombradas en la carta de Colli
a Giberti: sacristía, biblioteca, comedor, cocina, ropería, y se dedicaban a la comunidad y a los
servicios.
En cuanto a la casa de Nápoles, que será tantas veces modelo y hoy santuario, sabemos que en
vida de san Cayetano las celdas eran pequeñas y escaso el espacio disponible. De la de Cayetano
nos dice Dáñese: “Era pobre, con un mísero colchón de paja para reposar, y una almohada; una
mesa y una silla, algunos libros y una estampa de papel”.
La primera casa edificada expresamente para una comunidad teatina fue justamente esa de San
Pablo el Mayor de Nápoles. El primer patio es de los tiempos de la prepositura del P. Marinoni.
Girolamo Ferro, clérigo a la sazón, dirigía los trabajos. El superior quiso que la obra fuera modesta.
Iniciada en 1558, la obra se terminó en 1565 bajo la prepositura del P. Burali d’Arezzo. Queda aun
hoy en el segundo patio de aquella casa una celda que una disposición del capítulo general de 1621
nos ha conservado en su estado inicial: Es la que habitaba el Bto. Marinoni y, después, san Andrés
Avelino. Estas celdas antiguas disponían todas de un trozo de terraza para reparo y huelgo de los
ocupantes.
Aquellos primeros teatinos fueron consecuentes con su propósito: Eran clérigos de vida común, y
por eso llamaron casas y no conventos a sus moradas; por eso los sacerdotes anteponían al nombre el
don, propio, ayer y hoy, de los sacerdotes seculares en Italia (así hicieron los barnabitas y los
jesuitas); por eso no tuvieron más hábito que el común de los clérigos. Así lo establecía el Exponi
Nobis y así lo dice la carta del P. Bonifacio: “ No tenemos impuesto ni prohibido ningún color ni
forma de vestir, con tal que el atuendo sea digno de clérigos honestos y no vaya contra los
cánones ni contra el uso de la ciudad o diócesis en la que vivimos”.
El español De La Lama escribe en octubre de 1524 —un mes después de la fundación— que “los
Clérigos Regulares vestían in habitu presbyterali, con unos detalles propios como el bonete —que
era redondo y pequeño— y el cuello de la sotana —que era alto more antiquo”.
Costó lograr que los eclesiásticos aceptaran a aquellos Clérigos Regulares sin hábito propio. En
pleno concilio de Trento —en noviembre de 1563— el obispo de Gerona se levantaba para pedir
que se impusiera un hábito distintivo a los jesuitas (1).
Llevaban barba corta los teatinos (2). Carafa, examinador del clero romano, hizo cuanto pudo y
más para acortar las barbas largas de los eclesiásticos. Y así lo muestran los grabados de la época.
En el interior de la casa la vida teatina era fundamentalmente monástica y conventual. La jornada
comenzaba muy de madrugada con el rezo coral de maitines.
“El oficio divino, nocturno y diurno, suele recitarse —sin fallo— en el coro por los clérigos y
los sacerdotes según el breviario romano” —Carta de De’Colli.
El rezo del oficio constituía el esqueleto de la oración de toda la jornada. Y hay que notar que el
oficio se recitaba, no se cantaba. El P. Pescara Castaldo describe el rezo teatino, more theatino, con
palabras precisas, magistrales:
“El salmo se reza con voz unísona y sonora: Procure cada uno mantener una devota lentitud,
sin flexionar la voz, sin variar el tono. Y esa misma voz no ha de ser hinchada, sino dulce,
elevándola en las agudas más que deprimiéndola en las graves; con la pausa debida en mitad del
versículo, pero sin alargar nunca la voz ni en el medio ni en el fin del versículo” (3).
Sin duda tenía mucha importancia el recitado para la atención y la devoción que a menudo se
perdían, y se pierden, en las florituras del canto.
Carafa escribía, en 1531, a su hermana María que los oficios han de ser “rezados devotamente,
sin canto ni música, pero con gravedad y modestia”.
Era tan vital el coro para los teatinos, que Carafa, una vez papa, no quiso consentir a los jesuitas
que prescindieran de él.
Después del coro venía la oración mental, que los teatinos llaman sencillamente oración: “Dos
veces al día —escribe Colli—, al son de campana, nos sumergimos en la oración, cada uno en su
lugar del coro o en su celda, en silencio y con sosiego. Por la mañana, después de laudes; por la
tarde, al comenzar la noche; pero si es en verano, al mediodía”.
Seguían después las misas, que se decían con solemnidad y devoción, todos los días.
La administración de sacramentos se hace, según De’Colli, con diligencia y pureza, con orden y
diligencia. El prepósito tiene la responsabilidad de la dirección espiritual de los clérigos y de los
seglares que frecuenten la casa.
Si, a propósito de la casa de Nápoles, hemos recordado el gesto del P. Cayetano ante los
constantes donativos del conde de Oppino, es bueno recoger ahora una actitud muy semejante que
define el talante del fundador y la confiada sobriedad que presidía cada día el yantar de una
comunidad teatina: Como los pajarillos del cielo, tenían en las manos de Dios la comida y el
sustento.
El Capítulo General tenido en San Pablo de Nápoles en el mes de abril de 1540 elegía al P.
Cayetano Prepósito de la casa de Venecia. El amigo de siempre, empeñado en la reforma de su
diócesis de Verona, Juan Mateo Giberti, vio el momento propicio para pedir una vez más la radiante
presencia de los teatinos a su lado. Cayetano aceptó y, a fines de aquel año, llegó a Verona con un
grupo de teatinos entre los que iba un joven clérigo, Juan Antonio Prato, el mismo que, muchos años
más tarde, nos dejará un delicioso manojo de recuerdos suyos sobre el fundador.
Giberti tenía en las afueras de la ciudad una residencia que era un remanso de paz, con una iglesita
que llamaban Santa María de Nazaret, en la que once años antes había residido una pequeña
comunidad de teatinos presidida por Bonifacio De Colli; y allá volvió el nuevo grupo dirigido ahora
por Cayetano.
En su relación de 1598 el P. Prato recuerda así, como una Floreci11a franciscana, un sucedido de
aquellos días:
— “El obispo de Verona tenía allí a los teatinos como un foco de luz y de ejemplo de ministerio
y de vida sacerdotal que avalaba y empujaba su programa de reforma de la diócesis. Y, a fin de
que aquellos hombres de Dios pudieran llevar a cabo su apostolado sin preocupaciones, él mismo
proveía generosamente a su sustento. Sabía muy bien que cuidaban escrupulosamente su pobreza
y que, como ministros del evangelio, vivían de lo que voluntariamente les ofrecían los fieles que
acudían a la iglesia.”
La diócesis de Verona tenía copiosos recursos. Echando mano de ellos el obispo hacía llegar
todos los días a la entrañable comunidad “pollos, carnes y otras viandas”. Cayetano, en un principio,
vio llegar a la mesa conventual aquellos regalos como una bendición del cielo. Una vez más la
Providencia se hacía cargo de sus hijos.
“En el comedor no falta nunca la lectura sagrada sacada de la Escritura o de los santos
doctores” —sigue De’Colli—.
En cuanto a la Sagrada Escritura conocemos una distribución de la lectura de los cuatro
evangelios, al ritmo de la cual la comunidad los escuchaba enteros en la mesa en el espacio de cada
mes. Tenían a mano ediciones manejables del Nuevo Testamento. Antonio Caracciolo reunió, a fines
del XVI, las que habían pertenecido a D. Cayetano, a Juan Marinoni y a Pietro Foscarini. Se nota,
pues los escritos de aquellos hombres están empedrados de citas y de espíritu bíblico.
Pero, con el paso del tiempo, iban en aumento el agradecimiento del obispo y la cantidad de las
provisiones.
Y ahí fue cuando se alarmó D. Cayetano: Aquello no era ya providencia; era seguridad. Y por las
seguridades él no pasaba. Y así se lo dijo un día a su amigo el obispo. Este pensó que el aviso no era
más que una forma exquisita que tenía el vicentino de mostrar su agradecimiento. Y, agradecido a él,
continuó mandando generosidades que él pensaba que no eran más que menguadas pagas a
impagables favores y servicios.
Llegó un momento en que D. Cayetano, viéndose perdido al ver peligrar el tesoro de la pobreza, a
punto estuvo de repetir el gesto que tuviera en Nápoles con el conde de Oppido. Menos mal que el
obispo se dio cuenta a tiempo y, alarmado de que se le fueran los amigos del alma, capituló ante la
heroicidad y la fidelidad del fundador a sus principios. “Desde entonces, el sustento cotidiano de
los teatinos fue, el tiempo que permanecieron en Verona, pan, vino, hierbas, legumbres y cosas
semejantes; en carnaval, unos huevos”. Austera y reiterada dieta que, aderezada con la pobreza y la
confianza, sabía más teatinamente que los variados platos del obispo amigo.
Menú de sorpresa y de agradecimiento que los hijos de Cayetano mantendrán para su mesa,
introduciendo la deliciosa costumbre de leer, al final del yantar, la lista de los bienhechores y de
pedir al Señor de la Providencia que les pague el favor con la vida eterna.
Así pues, en el refectorio eran austeros los teatinos. Comer era acto de comunidad. A los ayunos
generales de la Iglesia añadieron los de adviento, cuaresma y de todos los viernes del año. La
tradición teatina nos transmite como vivos ejemplos de sobriedad al P. Cayetano, al P. Marinoni y al
P. Andrés Avelino.
Y en aquellos comedores, mientras el cuerpo se alimentaba con la vianda, se saciaba el espíritu
con la palabra edificadora de nuevas ilusiones: Cayetano solía tener sus exhortaciones a la
comunidad en el comedor; Marinoni las tenía indistintamente o en el coro o en el comedor — “todos
los viernes nos reunía en el coro para predicarnos de la pasión ”— escribe de Marinoni el P.
Avelino.
En cuanto a los santos doctores, sabemos por el testimonio del P. Prato que en la celda de san
Cayetano se encontraban “tres o cuatro libros, como las Morales de san Gregorio, san Bernardo y
algún otro libro devoto”. El P. Marinoni era muy dado a leer de noche, chamuscándose a veces,
libros de san Bernardo y san Buenaventura, las revelaciones de santa Matilde y las Vidas de los
santos Padres. Hay extractos suyos de san Bernardo y de san Ambrosio, y entre todos prefería a san
Agustín y a san Vicente Ferrer. Alguna vez recomendó la Imitación de Cristo —que entonces se
llamaba el Gerson—.
Carafa era un entusiasta de san Juan Crisóstomo, que leía en griego. El P. Jeremías Isachino,
consejero de Paulo IV, leía, como buen helenista, a san Basilio y a Cirilo de Jerusalén. El P. Andrés
Avelino leía a Boecio, Pedro Lombardo, Tomás de Aquino, san Juan Crisóstomo, san Jerónimo, san
Ambrosio, Casiano, san Antonino y san Lorenzo Giustiniani. La lectura de muchas de esas obras
demuestra en todos ellos una admirable apertura a la modernidad, pues en aquel entonces aparecían
impresas por vez primera.

2. Estudios y realizaciones.

La organización de los estudios comenzó tarde, dado que los primeros reclutas llegaban con los
estudios terminados o con conocimientos suficientes. Las primeras noticias concretas sobre los
estudios entre los teatinos datan de 1560, según Llompart (4), cuando se dispone que a los
estudiantes se les faciliten profesores de filosofía, teología y cánones, recurriendo, si es preciso, a
personal ajeno. Así sucedía en Venecia en 1570. Y sabemos que en Nápoles, en 1567, san Andrés
Avelino recurrió a lectores de teología dominicos, hasta que en 1571 se dispuso ya del primer lector
teatino, el P. Marcos Palescandolo. En 1578 ya hay en Roma la posibilidad de estudiar filosofía y
teología, y, en 1595, el ciclo abarca tres años de filosofía y cuatro o cinco de teología.
En el exterior los teatinos, además de ejercer apostolado y asistencia social y benéfica, se
comprometieron en todos los campos de la reforma. Con los protestantes o luteranizantes toparon
pronto los teatinos en Venecia, donde, en 1530, el nuncio Altobello Averoldo confiaba a Carafa el
proceso contra el fraile conventual Jerónimo Galateo, condenado luego en Padua. Y el 4 de octubre
de 1533, desde Venecia, Carafa expide al papa el famoso Memorial en el que pone al desnudo las
lacras de la Iglesia y propone los remedios eficaces para la reforma eclesiástica y para la represión
de la herejía (5).
Hemos visto ya cómo acudían a los teatinos los prohombres con ideas nuevas sobre la reforma y
cómo Giberti se valió de su programa y de sus religiosos para la renovación de su diócesis de
Verona.
“La república de Venecia escuchaba siempre el parecer de Carafa —escribe Paschini— sobre
cualquier asunto eclesiástico un poco grave. Se diría que actuaba como un nuncio”. De hecho
tenía toda la confianza del papa.
La reforma del Breviario era una de las obsesiones de los teatinos. “No hay estómago que soporte
las tonterías y los cuentos de libros apócrifos y otras mentiras e indignidades” —escribía Carafa a
Giberti. Pero la reforma de la liturgia romana iba a ser larga y muy dura. Los fundadores habían
obtenido por el Breve de fundación (y por una confirmación posterior, del 21 de enero de 1529) el
permiso de celebrar la misa y el oficio según el sistema que ellos elaboraran. La del oficio de la
Virgen quedaba lista en 1529. A la reforma del breviario se dedicaron con ahínco Bernardino Scotti,
Thomas Goldwel y Jeremías Isachino. Pío V, publicó el 9 de julio de 1569, el nuevo breviario
romano, siguiendo las directrices de Trento y rechazando la reforma del cardenal Quiñones. La
reforma seguía y aceptaba los criterios propuestos y experimentados por los teatinos.
Emprendieron también la revisión y corrección del misal romano. El ejemplar de la Biblioteca
Vaticana con las correcciones de Sirleto, que del 1563 al 1565 era huésped de los teatinos de San
Silvestre, acusa la colaboración de éstos (6).
De hecho, san Pío V honró con su simpatía a los teatinos y se valió de ellos: En las cuestiones con
la Iglesia de Inglaterra se valió de los consejos del P. Goldwel, obispo de Asaf, al que nombró
vicario in capite de la archibasílica de Letrán; en 1566 nombró inquisidor general al cardenal P.
Bernardino Scotti; nombró obispo de Piacenza —23 julio 1568— y luego cardenal al P. Pablo Burali
d’Arezzo; llamó al famoso biblista P. Antonio Agelli para la revisión de los libros sagrados; y de sus
estudios se servirán después las ediciones de la versión de los Setenta y de la Vulgata, realizadas por
Sixto V en 1587 y por Clemente VIII en 1592.
El mismo P. Agelli, junto con su compañero teatino Vicente Massa, y con Sirleto, Baronio y otros,
emprendió la corrección del Martirologio, bajo Gregorio XIII, el papa Boncompagni, que confió a
los teatinos la supervisión de la administración y gobierno del hospital del Santo Spirito de Roma.
Bajo Gregorio XIII la reforma dio pasos definitivos. El mismo y el cardenal san Carlos Borromeo
promovieron a la vez a la Orden al poner en la vanguardia a hombres de la talla de Burali, Andrés
Avelino, Bartolomé Ferro. La Orden se extendía en Italia al paso de la reforma. El fervor de la
primitiva y pequeña casa sosegada era el fermento que corría por el cuerpo de una Iglesia nueva.
En los pontificados de Pío V, Gregorio XIII y Sixto V la reforma católica, que comenzó silenciosamente en
los oratorios del Amor Divino y que prendió como una llama en los cuatro sacerdotes reformados,
alcanzó su apogeo y esplendor.

NOTAS:

(1) Cit. por Llompart, Gaetano… p. 213.


(2) Llompart, Gaetano… p. 212 n. 69 y 70.
(3) Texto latino en Llompart, Gaetano… p. 213.
(4) Gaetano… p. 232.
(5) Véase texto en Veny, San Cayetano… p. 774-787.
(6) A. P. Frutaz, Sirleto e la riforma del Messale romano di san Pio V: RD 30 (1974) 84-111.
Capítulo 13

LA ESPLENDIDA SUPERVIVENCIA
DE UN CARISMA:
LA CASA DE SAN PABLO EL MAYOR,
DE NÁPOLES

El carisma teatino que ha estudiado y expuesto magníficamente el P. Francisco Andreu ( 1) tuvo un


lugar de portentosa floración y unos hombres que, fieles a su vocación, pusieron para siempre la luz
sobre el candelero.
Hubo un tiempo, en la casa de San Pablo el Mayor de Nápoles, en el que parecía que los huesos de
Cayetano florecían de nueva vida y estallaban en incontenible primavera. Fue un milagro.
Diez años después de la muerte del fundador, aquella casa era un foco de irradiación y de
atracción. La actividad multicolor y abnegada de Cayetano, Marinoni y sus compañeros en Nápoles
contra el grupo luterizante de Valdés, Ochino y Vermigli, en favor de los incurables en los hospitales,
en la asistencia a los necesitados hasta la fundación del Monte de Piedad, en 1539, o la dirección
espiritual de seglares o de conventos de religiosas de clausura (La Sapiencia, las Capuchinas), era al
fin la demostración del espíritu que los movía: la ilusión de un mundo nuevo, de una Iglesia
reformada.
Aquel año de 1557 la casa de San Pablo vivía, seguramente sin darse cuenta, un prodigio de
providencias: El Prepósito era el maestro de novicios, y a su grupo de novicios les inculcaba el
ejercicio de las cuatro virtudes que él llamaba los pilares del edificio espiritual: la humildad, la
paciencia, el espíritu de sacrificio, la caridad.
Marinoni había sido admitido en la casa de Venecia por el propio D. Cayetano, había hecho el
noviciado bajo su dirección y había emitido en sus manos la profesión teatina en 1530. En 1533
había llevado con él la ilusión teatina a la ciudad del Vesubio, había trabajado allí siempre a su lado,
y en agosto de 1547, había recibido de él la antorcha. Era el representante vivo del carisma inicial.
En el coro se sumergía en la oración, en la que se le veía llorar a menudo, bien de alegría en las
grandes fiestas, bien de pena en la contemplación de la pasión. En sus charlas a la comunidad decía
siempre cosas de profunda devoción. Cuando predicaba a los fieles, ungía las cosas más sencillas de
tal fervor que, al decirlas, su voz se magnificaba, pues poseía una voz potente y deliciosa. En la
portería y en la calle los necesitados encontraban en él un padre y un amigo. Y, dado que en Nápoles
los usureros eran una plaga, se valió de sus penitentes y amigos para fundar el Monte de Piedad, que
ayudaba a los necesitados sin cobrar ningún interés. Un día, siendo papa el obispo teatino, quiso
hacerlo arzobispo de Nápoles. El P. Juan se vio perdido como pajarillo en la trampa. Y llorando se
lo dijo así al papa. El papa teatino lo comprendió y no insistió, liberándolo así de una gloria que,
antes de tenerla, ya lo ahogaba.
Aquel año de 1557 este teatino excepcional tenía entre sus novicios a Lanceloto Avelino y a
Escipión Burali d’Arezzo. Un maestro santo, maestro de novicios de dos discípulos santos. Lo
teatino andaba en excelentes manos. El ojo clínico de Marinoni descubrió enseguida que allí había
madera para modelar. Había entonces en la casa un padre anciano, de la primera hora de la jornada,
el P. Marcos Veneciano. El P. Marcos, con la edad, había perdido sus facultades y el control de su
cuerpo; acercarse a él significaba poner en marcha todo el abanico de la virtud de la caridad.
Marinoni no tuvo otra ocurrencia que asignar al enfermo el novicio abogado y sacerdote, Avelino.
Nueve meses tuvo éste de tiempo para ejercitar junto al difícil enfermo las cuatro virtudes que el
maestro machaconamente inculcaba. El 25 de enero de 1558, fiesta de la conversión de san Pablo, D.
Andrés Avelino emitía su profesión teatina en manos de su maestro y superior, el P. Juan Marinoni.
El abogado Lanceloto había entrado en el noviciado el 30 de noviembre de 1556, y el 27 de enero
del año siguiente era presentado a la comunidad, y comenzaba el noviciado el 31, Escipión Antonio
Burali d’Arezzo. Avelino lo conocía muy bien; toda Nápoles lo conocía bien. Doctor en ambos
derechos por Bologna, había llegado a ser uno de los abogados más renombrados de Nápoles y era
consejero real. Era dirigido espiritual del P. Marinoni. El nuevo novicio tenía ya 46 años, era mayor
que Avelino. A su edad y con su prestigio se entregó con toda el alma al ejercicio de la virtud. Decía
que quería ser lego; pero no le dejaron. Su llegada significó un desafío para Avelino. Los dos, codo a
codo, en el pupitre de la escuela de la teatinidad, ansiosos de altura, cordialmente amigos, se
enzarzaron en una constante emulación. Avelino lo recuerda así: “ Éramos novicios en el mismo
noviciado. Yo era sacerdote; él me ayudaba la misa. Más, dado que él era once años mayor que
yo, y más noble, y más virtuoso, y más sabio, le tenía yo un respeto inmenso y aprovechaba
cualquier momento para manifestarle mi admiración. No le gustaba nada eso. Y, aunque éramos
tan amigos, llegó a hacerme serias advertencias porque no quería que se le estimara más que a
los demás y prefería permanecer en el anonimato. Y así se comportaba: Tomaba los trabajos más
humildes, como barrer, limpiar baños, etc.
He pasado a su lado 14 años, unos en Nápoles, otros en Piacenza. He sido su amigo, su
confidente y su confesor. He luchado con él por el último puesto: El decía que estaba por debajo
de mí, dado que yo era sacerdote antes que él y había entrado antes de él en la Religión; y yo
decía que quería estar a sus órdenes, pues él me aventajaba en la edad y era más noble, más sabio
y más virtuoso” (2).
El P. Marinoni, maestro de santos, moría en San Pablo el 13 de diciembre de 1562. Lo enterraron
en el cementerio conventual junto a su amigo de aventuras, el P. Cayetano, que había muerto quince
años antes. Era un vivo retrato de auténtica santidad, decía de él Andrés Avelino, su novicio.
Avelino, en el seno de la orden, fue un extraordinario formador de teatinos, de los que partirá la
espléndida floración del Combate Espiritual de Scúpoli, su discípulo y, de la prodigiosa expansión
del siglo XVII. En el exterior, fue fundador de casas, compañero de Burali como arzobispo de
Piacenza, amigo de san Carlos Borromeo en la reforma de la Iglesia de Milán.
Burali murió arzobispo y cardenal de Nápoles en 1578.
De la mano de esos hombres subía, sin saberlo, una nueva generación de teatinos soberbiamente
equipados. El P. Valerio Pagano lo recuerda así: “ Es inmenso el número de teatinos que fueron sus
discípulos” (de Avelino). Todos ellos han prestado a la Orden gloriosos servicios en el gobierno, en
las letras, en la predicación, en mil actividades. Cito de memoria:
“El P. Salvador Caracciolo, que fue arzobispo de Consa; el P. Juan Bautista del Tufo,
historiador y obispo de Acerra; el P. Félix Barile, que gobernó como Prepósito diversas casas de
la Orden con una prudencia y una integridad que eran proverbiales; los padres Marcos y Lorenzo
Palescandolo, dos hermanos que poseían el don de gobernar sin hacerse sentir; el P. Basilio
Pignatelli, un magistral predicador que fue obispo de Aquila.
Y añade Andrés Pescara Castaldo: “ Recuerdo que conmigo fueron novicios suyos Jerónimo
Lanfranco, que predicaba como un apóstol y que murió en fama de santidad; el P. Francisco
Arcucci, que era dulce como un ángel y que murió como un santo; el P. Benito Mandina, que lo
sabía todo y era bueno como el pan y que fue obispo de Casería; mi hermano el P. Juan Bta.
Castaldo; el P. Tomás de Guevara, que es el que lleva ahora la causa de beatificación de aquel
inolvidable maestro de teatinos”.
Todo estaba a punto para una nueva etapa de la aventura teatina. La congregación iba al encuentro
de una nueva reestructuración fundamental: Recolección del material legislativo disperso, redacción
de unas Constituciones, introducción del P. General, revisión del sistema de gobierno, redacción del
que será el texto de espiritualidad propio (el Combate Espiritual), exhumación de las glorias de la
generación de los fundadores, proclamación hacia fuera de los métodos y méritos de la corporación,
expansión constante de las casas en Italia, y, pronto, fuera de Italia, triunfo de los métodos y
programas de reforma proclamados por los teatinos.
Y nace ya en aquellos tiempos una devoción que será muy propia de los teatinos: La coronilla de
los doce privilegios de la Inmaculada Madre de Dios, de la que fue propagador, el primero,
“nuestro beato Andrés Avelino” (escribía en 1672 el P. Maggio). Esta devoción, que irá creciendo,
tuvo un ardiente animador, tras Andrés Avelino, que fue el P. Francisco Olimpio (1559-1639).
Longevo, como el mismo Avelino, es uno de los hombres puente entre el siglo XVI y XVII y entre el
teatinismo preconstitucional y el postconstitucional. Entró en la comunidad de San Pablo, admirador
como era de aquellos teatinos que ya conocemos; pero hizo el Noviciado en la Casa de los Santos
Apóstoles, la nueva fundación a la que fue trasladado en el grupo de los novicios. Y allá fue con sus
compañeros Salvatore Olimpio, quien profesó allí en 1576, a los diecisiete años, y se llamó
Francisco. Y en su casa de los Santos Apóstoles murió rodeado de tal fama de santidad y veneración,
que fue introducida su causa y es venerable (3).
Junto con la coronilla Olimpio divulgó la Esclavitud mañana que los teatinos extenderán por el
mundo, especialmente, por sus misiones, entre ellos el famoso P. Maggio, otro formador de santos.
Y así, con un cuerpo de hombres convencidos, preparados y entusiasmados, con un régimen central
y personal bien organizado, con un código de constituciones que era un ejemplo de prudencia y
dinamismo, con un texto de espiritualidad propio y con unas devociones muy peculiares y
significativas, la Orden teatina iba al encuentro de sus largos y fecundos días de esplendor.
NOTAS:

(1) F. Andreu. Itinerario de una vocación. Perfil y actualidad de un carisma: RD 37 (1981) 58-138.
(2) Cf. B. Laugeni, S. Andrea Avellino, Napoli 1990, p. 89.
(3) F. Andreu, I teatini e la schiavitù mañana: RD 8 (1952) 4-20.
Capítulo 14

SELECCIÓN Y FORMACIÓN
ENTRE LOS TEATINOS

“La facilidad excesiva en franquear a los seglares las puertas de la religión, sin someter al candidato a
las pruebas necesarias, y el engaño de los superiores que se preocupan más del número que de la
calidad, han introducido la relajación en algunas Congregaciones incluso recién reformadas.
Las vemos crecidas en número, en gestos grandes y en riquezas, pero en realidad han disminuido y
empeorado en la observancia, ya que han perdido la sencillez y austeridad de los primeros días a causa
de la relajación que comporta la entrada masiva.
Y es que resulta inevitable ensanchar el camino estrecho para que entre en él la abigarrada
muchedumbre.
Hay que evitar, pues, todo afán desmedido, las miras puramente humanas y la angustiosa preocupación
en un asunto que toca tan de cerca a la religión y al espíritu.
Es muy frecuente que nos engañemos a nosotros mismos creyendo que nuestra solicitud es para bien
del prójimo y gloria de Cristo, cuando en realidad lo que buscamos es satisfacer nuestra vanidad”.
Carta del P. Scotti
al Capítulo General de 1539
(Enchiridion n° 16)

“Ninguno de los demás se atrevía a juntárseles,


aunque el pueblo se hacía lenguas de ellos” (Hch 5,13).

El teatino Antonio Caracciolo citaba ese texto cuando, después de la conmoción que causó en
Roma la aparición de los teatinos, explica cómo eran probados los que, atraídos, querían sumarse a
ellos. Y dice que treinta y ocho miembros del Oratorio del Amor divino quisieron seguir el ejemplo
de los fundadores, pero, por una razón o por otra, se volvieron atrás: “Tanta verdad es que el
camino de la cruz y de la abnegación es seguido de muy pocos”.
Y a los pocos días de la fundación, el español Jerónimo de La Lama escribía así a sus compañeros
del Oratorio de Venecia: “ Muchos quisieran entraren ella, y algunos vienen con grandísimo
fervor, mas luego no perseveran. Esperamos que vendrán quos Pater ex alto trahet. Por ahora
somos cinco”. La Lama, que fue el primer postulante, no perseveró.
No suele saberse que, cuando más tarde el papa Paulo III aprobó la Compañía de Jesús, lo hizo
con una condición muy expresa: que el número de sus socios no podía pasar de sesenta.
Estaba en el ambiente: “El número es enemigo de la calidad”. Los hombres empeñados en la
reforma repetían y remachaban que la relajación de los religiosos se debía al número excesivo de
ellos; la multitud constituía ella sola una causa segura de relajación en la disciplina y era
incompatible con el verdadero fervor y alegría que debía iluminar al reformado.
Es otra faceta de la herencia que los teatinos trajeron de los Oratorios del Amor divino: La
selección rigurosa. Aquellos hombres que se proponían por meta la reforma de la Iglesia estaban
convencidos de que ésta no se llevaría adelante sino con unos hombres que encarnasen en su vida y
predicasen con su ejemplo la vida apostólica: El seguimiento de Cristo tras la cruz desnuda. Y ésta
no es tarea de aficionados o de temporeros. El crecimiento debía ser en profundidad más que en
anchura.
Y era tal esa convicción entre los teatinos que, 34 años más tarde, el propio Paulo IV, se alarmaba
todo ante el crecimiento sospechoso de los jesuitas. Ha pasado a la historia la audiencia que el papa
teatino concedió, el 6 de septiembre de 1558, al Prepósito General de la Compañía Diego Laínez
acompañado de Alfonso Salmerón. “También se extendió su Santidad —notifica Laínez— en
reprender la facilidad que tenemos de recibir y abrazar tanta juventud de tantas naciones,
diciendo que no es posible que fuésemos buenos” (1).
Veamos la elocuencia de unos textos: Siendo prepósito de la comunidad de Venecia, el propio
Carafa escribía, el 22 de mayo de 1533, al miembro del Oratorio de Génova, Juan Bta. Salvaigo:
“No parece que el Señor nos esté dando mayores deseos de crecer en número de sujetos. Tememos,
por el contrario, que el número llevaría consigo el cortejo de inconvenientes que son siempre de
lamentar dondequiera que el número es grande. Esta es la razón por la cual no nos corre prisa
fundar, por ahora, en otros sitios, ya que la pluralidad de lugares fuerza a aumentar el número
en perjuicio de la selección” (2).
Y he aquí la elegancia y la irrevocable firmeza con que se devuelve al recomendante un joven
recomendado: “Devolvemos a vuestras manos el joven recomendado: Después de la experiencia de
esos meses, nos hemos convencido de que tanto nuestra casa como nuestra compañía no se
acomodan a las condiciones de este joven. Esta es nuestra determinación, que hemos comunicado
al candidato antes de marcharse. Y por medio de nuestro hermano Don Cayetano, que fue uno de
los que le acompañaron, hemos notificado a Vd. que las condiciones de nuestra casa no se avienen
en absoluto a la índole del candidato, y que es en vano que intente volver, ya que no estamos en
disposición de aprovechar a su alma ni a su cuerpo conforme a sus necesidades” (3).
Los padres del Capítulo General de 1539 recibieron una moción fechada en Venecia el 12 de
febrero y firmada por el P. Scotti —el primer novicio que tuvo la Orden— de este tenor: “ Hemos de
huir de estas cuatro cosas: La relajación de la disciplina, la multitud de profesos, el trato y la
atención a las mujeres y el afán de asegurarnos la posesión y abundancia de riquezas”.
Y añadía a modo de exhortación a los capitulares:
Contentémonos con ser pocos, no sea que, al aumentar el número, disminuyamos la realidad, es decir,
que la multitud nos traiga la relajación.
Consolaos con el que dice: No temas, grey pequeñita. Y temamos a Isaías cuando advierte: Has
multiplicado la nación y no has aumentado la alegría; ya que fácilmente la multitud lleva consigo la ruina
de la observancia” (4).

El Exponi Nobis autorizaba a los fundadores a admitir a la profesión a clérigos y laicos, con tal
que pasaran un año de prueba. Y la carta de De’Colli nos asegura que “ ningún candidato es
admitido al noviciado ni a la profesión, sin antes someterle a larga prueba, ejercitándolo y
experimentándole durante mucho tiempo, no inferior a dos o tres años. Y para la admisión es
indispensable, el consentimiento de todo el Capítulo. Desde el primer día, el novicio es confiado a
un religioso que le instruye y, con la ayuda de Dios, le va adaptando a la nueva vida” (5).
Entre la fundación de la Orden (1524) y la muerte de san Cayetano (1547) no hubo más de
cincuenta profesiones. La norma se siguió a rajatabla. Conocemos una excepción, la del primer
novicio Bernardino Scotti, que entró siendo sacerdote y abogado consistorial: Pidió entrada el 30 de
marzo, recibió el hábito el 24 de junio y profesó el 1 de diciembre de 1525. Como provenía del
Oratorio del Amor divino, era bien conocido en la casa y se le juzgó suficientemente probado.
La mayoría de los que llegaban eran lo que se llaman hoy vocaciones tardías: Maduros, entrenados
en la lucha de la vida, voluntariosos, bien dispuestos, ilusionados. Tres cuartas partes de los
profesos hasta 1550 eran sacerdotes o clérigos (6).
No se les solía admitir el primer día en la casa, sino que se les observaba mientras vivían en su
casa o en otra y frecuentaban la iglesia o alguna casa teatina. Simone Barili, en 1533, se alojaba en el
hospital de San Juan y San Pablo en Venecia, mientras frecuentaba la comunidad teatina. Sólo más
tarde se admitía al candidato en casa en calidad de huésped y después era aceptado en el noviciado,
al entrar en el cual solía cambiar el nombre (7). La profesión se hacía según la fórmula que
pronunciaron los mismos fundadores (8).
Un caso típico de curriculum de ingreso es el del P. Jeremías Isachino, que era de Saló y entró
seglar, llegando a ser el hombre de confianza del papa Paulo IV.
Jeremías, pues, fue recibido como huésped el 29-1-1544, y se le confirió la tonsura. Entró en el
noviciado el l-XI-1544 y profesó el 5-VI-1547 (dos años y medio de noviciado). Recibió el
subdiaconado en 1548, el diaconado en 1549 y el presbiterado en 1550.
Los que no ofrecían garantías eran rechazados o alentados a ingresar en otra Religión. “Me
muestro remiso en aceptarlos y los exhorto a irse a otras Ordenes ”, escribía Marinoni a Scotti el 6
de noviembre de 1557. Pero a todos se les ayudaba a vencer las dificultades, a romper compromisos
y a posponer miras demasiado humanas, como veremos luego en el caso de Flaminio. El eficaz
tratamiento conducía a muchos a confirmar su vocación, como fue el caso tan sonado de Bernardino
da Todi, el vocinglero predicador convertido por san Cayetano en el hermano coadjutor Bernardino,
en 1529, o como aquel otro caso del canónigo de san Marcos de Venecia, Francisco Marinoni, que
fue luego el amigo inseparable de Cayetano.
La consigna de pocos y buenos era para Carafa “el único camino derechero para reformar ”. A su
hermana María escribía así: “Si queréis hacer un gran monasterio reuniendo un importante
número de jóvenes, igual que lo hace el mundo, os aseguro que os arrepentiréis bien pronto de
ello”. A Carafa el número le aterraba. Lo tenía muy claro: Había demasiados religiosos, demasiados
confesores, demasiados predicadores.
Fue por eso que la congregación teatina prosperó muy lentamente y nunca fue multitudinaria.
Vimos ya que en el momento de la fundación sólo profesaron cuatro de los once de las filas del
Oratorio que formaban el grupo. Siete, pues, se habían echado atrás. De La Lama fue el primero en
llamar a la puerta, pero no llegó a profesar; y es justamente él quien nos informa de que en aquellos
inicios eran muchos los que querían entrar, pero no alcanzaban a perseverar. En marzo de 1533 los
teatinos eran 21.
El P. Andreu calcula en su Estadística ( 9) que el número total de teatinos hasta 1974 no pasa de
los 6.500. No son realmente muchos; “pero su obra y su presencia en la historia de la Iglesia —decía
el jesuita P. Leiber— es de tal significación y peso, que bien se puede afirmar de ellos que son se lee
ti inter electos”.
Y fueron fieles a su principio incluso cuando les angustiaba no poder abrir casas nuevas a causa
del escaso personal: no se podía sacrificar la disciplina a la expansión. Carafa se resiste a la
fundación de Nápoles querida por el papa Clemente, “porque no bastará enviar ni dos ni cuatro
sujetos”, en 1533. Al año siguiente, el Capítulo se niega a una nueva fundación, y en 1542 se ordena
la retirada de Saló.
Nápoles fue fundada en 1533, cuando los teatinos eran, según dijimos 21. Sabemos que en 1534 la
comunidad napolitana está integrada por 5 padres, 1 diácono y 2 clérigos (habría que añadir los
laicos, los huéspedes y los novicios). En 1557 la misma comunidad tiene 4 padres, 3 diáconos, 1
subdiácono, 5 clérigos, 2 laicos y 1 huésped. Por aquellos tiempos vivía entre ellos el sacerdote don
Erasmo Danese, quien dirá más tarde, corroborando la austeridad en la elección, de que hablamos:
“Mis achaques no me dejaron perseverar, como hicieron los pocos que quedaron, ya que la
mayoría se volvieron al siglo” (10).
La carta del P. Scotti al Capítulo de 1539 hace pensar que había presiones sobre los reunidos a fin
de que se abriera un poco la mano en la admisión y pudiera darse lugar a nuevas fundaciones que se
ofrecían. La tentación se hizo presente en el Capítulo General de 1546, cuando la compañía fundada
por san Jerónimo Miani, los Somascos, propuso su fusión con los teatinos. El Capítulo, reunido en
Venecia, escribe así a la comunidad de Nápoles: “ Nos parece que la unión con los somascos nos
animaría y confortaría, y así disminuiría el miedo de acabarnos, que nos come en la situación
presente, siendo pocos, lánguidos y descontentadizos, y ya con el mero presentimiento de esta
unión parece que comenzamos a respirar ”. La misma tentación había hecho, un año antes, que se
presentara al P. Lainez una proposición de unión de los teatinos con los jesuitas, que no fue aceptada
por san Ignacio.
En la lista de socios del Oratorio del Amor Divino de Roma en 1524, figura Marcantonio Flaminio
señalado con la contraseña de los once candidatos a fundar la Orden teatina. Y fue uno de los siete
que se volvieron atrás.
Flaminio, al que el P. Kaminski ha dedicado un escrupuloso estudio ( 11), era un delicioso poeta
renacentista, lleno de dulzura y delicadeza. En 1514, cuando tenía 16 años, fue acogido en la corte
poética de León X y entró en la amistad de los mejores humanistas y hombres inquietos, entre ellos
Juan Mateo Giberti. Flaminio no perdió de vista a los teatinos y siguió con interés sus avatares,
incluida su escapada de Roma, su llegada a Venecia y su fundación en la Verona de Giberti. Y en
1533 volvió a llamar a la puerta. Se valió de la amistad de un noble veronés, Francisco Cappello,
quien desde Verona, el 4 de febrero de aquel año, escribió una carta de recomendación a san
Cayetano, en Venecia. Cayetano sometió la carta “ a la consideración de Carafa y de toda la
comunidad”. Y ello dio lugar a una respuesta firmada el 17 de aquel mismo mes y año por El
prepósito y vuestros hermanos los Clérigos Regulares, que contiene todo el vigor del pensamiento
y la claridad del programa de los fundadores. Esta “insigne y preclara epístola” (como la llama el
P. Maggio) es una fuente inestimable para el conocimiento del programa y vida de los primeros
teatinos. Silos la llamó “una respuesta digna de la mente egregia de Cayetano”, y Vezzosi dice de
ella: “Resplandece en esta carta la modestia de nuestro santo, su ingenuidad, el candor de su
espíritu, su celo por el bien de la Orden por encima de todo interés y de todo respeto humano”.
Hay que leerla sosegadamente, saboreando sin prisa el sabor de lo genuino y fontal (12). Hemos
abrazado la cruz, el yugo de Cristo, en una Compañía en la que el Prepósito tiene en cuenta las
diversidades de cada uno y distribuye a cada uno según la necesidad de cada uno, tal como inspiró el
Espíritu a nuestros santos Padres, los apóstoles. Hay que entregarse, pues, sin reservas a la bondad
del Señor y a la comunidad, ya que “la misma bondad de Dios no ha de negarnos inteligencia para
conocer su necesidad, ni caridad para soportar su debilidad de cuerpo y alma, ni los necesarios
recursos para darle de comer en la medida que le convenga”.
“Debe libre y absolutamente echarse a los pies de Cristo y confiarse a nuestro cuidado,
renunciando a su libertad, a todo arbitrio de sí mismo y a la facultad de disponer como
propietario de cosa alguna pro tempore, como hemos renunciado a estas cosas los que vivimos
congregados bajo el yugo de Cristo”.
“Si ello le parece duro, es manifiesto que no cree que Dios esté con nosotros, ni que es Él quien
nos gobierna. Si así piensa, no tiene por qué desear vivir entre nosotros”.
“Pero si no tiene la fe necesaria para abrazar la cruz desnuda, y quiere no obstante habitar
temporalmente con estos siervos del Señor…, libérese de ocuparse de sus cosas y confíe en el
Señor… de forma que entre él y nosotros no exista más diferencia, sino que nosotros vivimos
clavados a la santa cruz y él es libre de marcharse cuando a él o a nosotros nos plazca ”.
“Esperamos que quiera humillarse a aprender el alfabeto de Cristo”.
Las líneas son de un trazado vigoroso y perentorio. Marcantonio no se sintió con fuerzas “para
arrojarse libre y absolutamente a los pies de Cristo y en brazos de los superiores, sin prometerse
más libertad, ni arbitrio de sí mismo, ni propiedad, ni facultad de disponer de cosa alguna”. Pero
permaneció siempre cercano a sus amigos reformados, y murió en brazos del P. Carafa, que ya era
cardenal, el 17 de febrero de 1550.
Rigurosos en la selección, los teatinos no cedieron nunca a la tentación de crecer haciendo
concesiones, aunque fuera a personas tan significadas y brillantes como el gran poeta Flaminio. Y ése
fue el secreto de su éxito posterior. También ahí confiaron en Dios.
NOTAS:

(1) Cit. por Veny, S. Cayetano… p. 390 n.6


(2) Veny, S. Cayetano… p. 390.
(3) Veny, Ibid., 391.
(4) Veny, Ibid., 390.
(5) Andreu, La regola… RD 2 (1946) 51. Nótese el verbo informet del texto original. Veny, S. Cayetano… p. 305, lo traduce por “y le
informa sóbrela nueva vida”. El texto de De’Colli es mucho más ambicioso, y más teatino: Informare para los teatinos es
programático, es lo mismo que ir moldeando, dar forma, que es el esplendor del testimonio que pretendían dar y que es hermano del
re-formare, devolver la forma y belleza que era la meta de la Re-forma. Informar, en castellano, tiene un mero sentido intelectual: La
información. Todo ello queda certeramente indicado con la magnífica precisión del acusativo latino ad novam vitam (que no es
sobre la nueva vida, como traduce Veny, en términos de reposo) que, siendo lugar a donde, da una intraducible dinámica al precioso
texto: Formar, no sólo para, sino hacia la nueva vida. He ahí todo el sentido dinàmico de la formación teatina: Equipar bien, para ir al
encuentro de una vida nueva: Informare ad novam vitam.
(6) Las cédulas de profesión, que se conservan en el Archivo de Estado de Venecia, permiten confeccionar la lista que Llompart
(Gaetano… p. 222, n. 137) da así: “Hasta 1550 ingresaron siendo sacerdotes:
Bernardino Scotti (1525), Marco Pasqualino (1526), Francesco Guerrieri (1527), Giovanni Marinoni (1528), Bartolomeo Veronese
(1528), Agostino Padovano (1528), Pietro Foscareni (1532), Michele Mazzalorsa (1533), Lorenzo de Laurensi (1533), Niccolò
Veronese (1535), Filippo de Monopoli (1534), Agostino Barile (1547), Thomas Goldwel (1548).
Ingresaron clérigos:
Girolamo Consiglieri (1525), Andrea Verso (1525), Giacomo Spagnuolo (1526), Gregorio Marini (1531), Severo Tizzoni (1532)'
Teodoro Quirini (1532), Simone Barili (1533), Giacomo Milanese (1533), Bartolomeo Bresciano (1534), Giovanni Antonio Prato
(1537), Bernardo Da Este (1538), Gian Battista Quirini (1545), Agostino da Mato (1550).
“Subdiáconos eran:
Giovanni Saboiano (1539) y Camillo Bresciano (1547).
(7) Véase una lista de nombres cambiados hasta 1550 en Llompart, Gaetano… p. 223 n. 142.
(8) Véanse fórmulas en Llompart, Gaetano… p. 224-25.
(9) Véase la importantísima estadística realizada por Andreu, Appunti per una statisca generale dell’Ordine teatino: RD 30 (1974) 79-83.
(10) Andreu, La relazione di D. Erasmo Dáñese su S. Gaetano Thiene: RD 1 (1945) 70; Llompart, Gaetano… p. 227.
(11) G. Kaminski, Marcantonio Flaminio ed i Chierici Regolari: RD 2 (1946) 5-18.
(12) Carta de los teatinos sobre M. Antonio Flaminio:
Charissime in Christo frater:
Días pasados nos llegaron tres cartas vuestras. La presente es contestación a la que se refería a la demanda de Micer Marco
Antonio, nuestro amigo.
Hemos tomado en consideración y nos hemos ocupado juntos de lo que solicita nuestro amigo. Hemos presentado, pro modulo
nostro, éste su deseo al Señor, y después, reunidos de nuevo, nos ha parecido entender lo que conviene a nuestro Instituto, y a
cuantos, lo mismo que nosotros, han puesto la mano en el arado, según la expresión evangélica.
Es indispensable habitar unius morís in domo y seguir la vida común en aquello que no perjudica la salud del cuerpo o del alma. Es
propio de los siervos de Dios, que juntos en la misma grey soportan el yugo de Cristo bajo el cuidado del mismo pastor, huir la
singularidad y toda enojosa diferencia.
Los que viven en comunidad no han sido llamados todos a la misma hora del día, sino conforme a la elección del buen Padre de
familia, el cual no se ha desdeñado de decir a más de uno tal vez a la hora undécima: quid hic statis tota die otiosi? De aquí que en una
misma Compañía se hallen personas de diversa edad, de diversa salud, de diversa complexión, y de virtud también diversa. Por ello
hace falta seguir la norma que el Espíritu Santo inspiró a NUESTROS SANTOS PADRES —los apóstoles— de los cuales está
escrito: distribuebatur unicuique prout cuique opus erat. Norma que San Agustín hace suya y comenta con estas palabras: non
aequaliter Omnibus, quia non aequaliter valetis omnes.
Viniendo en particular al caso de Micer Marco Antonio, si nuestro amigo espera que en esta pobre Compañía ha de hallar
comodidad para desentenderse del mundo y adelantar en los caminos de Dios, será vana su esperanza si no se funda en la convicción
de que nos guía y gobierna la sola bondad divina, por los ejemplos y la doctrina de los aludidos SANTOS PADRES, y por su regla
antes mencionada, no inventada por nosotros ni fundada en el parecer o la voluntad de los hombres.
Si él está persuadido de que la bondad del Señor, como nos ha congregado, así nos mantiene y gobierna, debe admitir igualmente
que, si abriga el deseo de morar entre nosotros perpetua o temporalmente, para servir a la Majestad de Dios y proveer a su salvación,
la misma bondad no ha de negarnos inteligencia para conocer su necesidad, ni caridad para soportar su debilidad de cuerpo y alma, ni
los necesarios recursos para darle de comer en la medida que le convenga.
Por consiguiente, si nuestro Micer Marco Antonio abriga la voluntad de abrazar nuestro Instituto, hace falta se persuada de que, el
tiempo que Dios sea servido tenerlo en nuestra Compañía, debe libre y absolutamente echarse a los pies de Cristo y confiarse a
nuestro cuidado, renunciando a su libertad, a todo arbitrio de sí mismo y a la facultad de disponer, como propietario, de cosa alguna
pro tempore, como hemos renunciado a estas cosas los que vivimos congregados bajo el yugo de Jesucristo.
Si ello le parece duro, es manifiesto que no cree que Dios está entre nosotros, ni que es Él quien nos gobierna; y si esto no cree
nuestro amigo, no tiene por qué desear vivir en nuestra Compañía, ya que, si se nos quita la protección y el consuelo de la divina
Bondad y la esperanza de servir a su Majestad Divina, a favor de su santa gracia, todo lo que queda es repulsivo y verdaderamente
odioso, en el lenguaje del mundo.
Pero, si no alcanzándole las fuerzas para abrazar la cruz desnuda, piensa habitar temporalmente con estos siervos del Señor,
dispóngase a hacer el sacrificio en las condiciones antedichas, y ordene desde ahora sus cosas a fin de que, cuando viniere, se halle
totalmente libre de los asuntos del siglo. Tenga confianza en Dios, y advierta que, por nuestra parte, si no aceptamos sus bienes, ni aun
por vía de limosna, menos estamos dispuestos a cargar con las molestias que habría de acarrearnos el cuidar de su administración,
para que no nos sirvan estas cosas de ocasión de distraernos con menoscabo de la paz.
Así que, en conclusión, si él, a pesar de todo, persiste en querer venir, no ha de pensar en otra cosa que en tener mortificados el
propio juicio y voluntad, de forma que entre él y nosotros no exista más diferencia sino que nosotros perpetuamente vivimos clavados
en la cruz, y él es libre de marcharse cuando a él le plazca o a nosotros.
Tocante a lo de enseñar, contestamos lo siguiente: si hacemos caudal de sus letras, nos lo hace querer más la caridad de Jesucristo;
y la esperanza que tenemos de que ha de humillarse a aprender EL ALFABETO DE CRISTO nos mueve mucho más a desearlo que
cualquiera otra ventaja que de él, o de su saber, o de cualquiera otro bien del mundo pudiera reportar nuestro Instituto. Exponedle,
pues, la regla y dejad hacer a Cristo.
Claro que habría que dar aviso a nuestro Reverendísimo Padre el Obispo de Verana. No sería ello preciso si nuestro Micer Marco
Antonio se sintiese con valor para darse absolutamente al servicio de Jesucristo. Se comprende que, en tal caso, nadie se lo podría
impedir, y no hay que pensar que dicho Reverendísimo Padre quisiera hacer lo que no debe ni puede. Pero, siendo tan imperfecto el
deseo de nuestro amigo, y su vocación tan dudosa y tan expuesta a la inconstancia, no nos parece prudente dar un paso en este
asunto sin la licencia y bendición de dicho Reverendísimo Padre.
Vuestro hermano en Cristo.
El Prepósito y vuestros hermanos los Clérigos Regulares,
Bene vale in Christo, Venetiis, 17 de febrero de 1533
Capítulo 15

EL SISTEMA DE GOBIERNO:
EL LARGO CAMINO DE GESTACIÓN
DE LAS CONSTITUCIONES

1. El régimen capitular.

Los teatinos, como sabemos ya, no nacieron con una Regla. Los Hechos de los apóstoles y los
cánones de la Iglesia eran su norma de vida, de vida apostólica. La presencia y la irradiación viva de
los fundadores, el gobierno del P. obispo sobre las diferentes casas que eran en realidad una
“congregación” de preposituras, el supremo régimen de éste mismo en los años en que era sumo
pontífice, hicieron y permitieron que, poco a poco, la vida teatina labrara su cauce y perfilara su
fisonomía. La vida fue primero que las constituciones.
Desde el principio, los teatinos se reúnen cada año en Capítulo. En el Capítulo reside la suprema
autoridad de la Orden con poder legislativo, judicial y administrativo. En el Capítulo es creado el
Prepósito para un año repetible hasta un trienio.
El Capítulo, al que aluden ya los dos Breves de Clemente VII, lo constituyen, durante los nueve
primeros años de la Orden, todos los profesos de la única comunidad de que ella se compone y es
presidido por el Prepósito que lo convoca. Así pues,
Desde 1524 a 1533, es toda la comunidad teatina la que integra el Capítulo, que delibera y decide
colegialmente todos los asuntos de la única casa
(Roma ó Venecia).

La fundación de casa en Nápoles, en 1533, significó el desmembramiento del grupo inicial en dos
comunidades, presididas cada una por su Prepósito (1). Por primera vez se sintió la necesidad de una
coordinación. En efecto, en el trienio 1533-36 el prepósito de la casa de Venecia es Bonifacio
De’Colli, pero reside allí también el P. obispo. Cayetano, Prepósito de la nueva fundación de
Nápoles, no sabe a quién dirigir la correspondencia que va a la comunidad véneta, si al Prepósito o
al P. obispo. Este responde personalmente el 18 de enero de 1534: “¿Cómo habéis podido dudar?
Nuestro Prepósito no es tan arrogante que se anteponga al obispo”. Tratándose de una
congregación de clérigos, el obispo es el verdadero superior. Es consecuente con la idea y programa
fundacional.
Y por eso, durante el trienio 1533-36 que se cerrará con la elevación de Carafa al cardenalato, el
obispo teatino será el padre y responsable de la “compañía” constituida por dos casas y se
comportará como verdadero superior central.
De hecho, como advierte el P. Rossell en un sólido estudio que extractamos, ya en todo el forcejeo
de la fundación de la casa de Nápoles es Carafa el que lleva la voz cantante y sopesa los pros y los
contras: Le parece muy reducido el grupo de 21 profesos que integran la Orden para lanzarse ya a la
nueva fundación que piden, apoyados por el papa, los electos de Nápoles. Y aunque aquéllos se
conformarían con dos teatinos, afirma Carafa que “no bastan dos ni cuatro para vivir como buenos
clérigos”. Pero hay más todavía: La comunidad de Venecia ha alcanzado tal grado de
compenetración y fraternidad que no sabrían vivir unos separados de los otros. Y Nápoles queda tan
lejos, que la separación podría poner en peligro la tierna comunión que reina entre ellos. Una vez
realizada la fundación y desmembrada en dos la comunidad, se multiplica la correspondencia entre
las dos casas y, en consecuencia, las respuestas de Carafa. Se han perdido las cartas de Cayetano a
Carafa, pero de éste poseemos la que acabamos de citar, larga y prolija, llena de detalles sobre la
vida comunitaria, y abundante de normas y consejos relativos a la futura residencia, la iglesia, el
ministerio, la admisión de postulantes, etc.
Carafa veía claro que aceptar una nueva fundación equivalía a enfrentarse al diseño de una nueva
estructura de gobierno que de alguna manera debía mantener en la unidad las diversas comunidades
de una compañía que, por definición, se concebía como una indivisible unidad, tal como él mismo
escribía, el 1 de enero de 1533, al obispo de Verona: “ Habrá que pensar en abrir otros lugares…,
pero de tal manera que la diversidad de ellos no signifique la escisión y la disipación de la
compañía, si no se mantiene el orden debido, y el reconocimiento de una cabeza… (2).
El 14 de septiembre de 1533, establecido ya en Nápoles el nuevo grupo de teatinos, se celebra en
Venecia el Capítulo anual y son nombrados Prepósitos para Venecia D. Bonifacio, y para Nápoles D.
Cayetano. Y nacen en la compañía dos instituciones de primer orden: El Capítulo General (la
asamblea anual a la que concurren miembros de las diversas preposituras) y el Vocalato. Esos
Capítulos Generales se celebran, hasta 1534, en Venecia, en la comunidad en la que reside Carafa.

2. El Vocalato.

El vocalato equivale a la restricción, en el seno de la Orden, de la voz activa y pasiva, que queda
limitada a aquellos religiosos que el Capítulo General designe como tales, pues, según el mismo
Carafa, “la experiencia demuestra que no todos aquellos que son aptos para servir al Señor bajo
el yugo de la santa obediencia, son aptos para gobernar a otros”.
“El vocalato, escribe Rossell, ha constituido una de las vértebras más firmes y constantes de
todo el sistema teatino”, y fue expresamente querido por nuestros fundadores y aprobado por
Clemente VII en su Bula Dudum pro parte vestra, del 7 de marzo de 1533: “Y también
establecemos y determinamos que solamente puedan intervenir y tener voz en vuestros Capítulos
aquellos que sean admitidos a ellos capitularmente”. Y podemos definirlo como el derecho de
intervenir en los Capítulos y la capacidad de desempeñar cargos de gobierno en la Orden, por
concesión estricta del mismo Capítulo General. Considerando, además, que los vocales constituían el
Consejo nato del prepósito o el Capítulo Local, y que hasta 1604 no se creará definitivamente la
figura del Vicario en cada comunidad, es claro que el vocalato va más allá de una simple cuestión de
voz activa y de voz pasiva, dentro del derecho teatino.
A partir de 1534, el primer verdadero Capítulo General de la Orden, la asistencia al mismo
quedaba reservada exclusivamente a todos y a cada uno de los vocales, anteriormente reconocidos
por el Capítulo de 1533.
En 1536 el Breve de Paulo III “Exponi Nobis” (del 16 de noviembre) autorizaba la celebración
del Capítulo en Roma o en donde más conviniere y dispensaba de la obligada asistencia al mismo a
todos aquellos vocales que eran considerados necesarios para el gobierno de las comunidades
durante su celebración.
A partir de 1537, los Capítulos se celebran normalmente en la casa en la que reside el mayor
número de vocales y acuden solamente los que, sin dejar desatendido el lugar que ocupan, pueden
asistir a él cómodamente.
En 1560 se restringe la asistencia al Capítulo General al Prepósito de la comunidad y a un Vocal,
elegido por la mayor parte de los Vocales de la comunidad (a la sazón las comunidades eran tres:
Venecia, Nápoles, Roma). Si el Prepósito estaba impedido, el Vocal elegido ostentaba su
representación. Si ninguno de los dos puede asistir, el Capítulo adoptará una solución.
En 1561 se determinan las atribuciones del Prepósito y de los vocales en el gobierno de la
comunidad. Figura, entre otras cosas, la posibilidad de elegir al Maestro de novicios.
En 1571 se reforma la norma anterior referente al Prepósito de la comunidad que no pueda tomar
parte en el Capítulo y se le permite que pueda mandar en su nombre a otro que no sea el Vocal
elegido por los demás Vocales de la casa. Esa norma quedará consagrada en las Constituciones
aprobadas por Clemente VIII en 1604.
Hay que añadir todavía, en cuanto a la participación en los Capítulos, que en 1668 se habían
multiplicado ya las casas y resultaba excesivo el número de los participantes al Capítulo (en el de
1658 eran 60); por eso se pasó a un sistema de sorteo que permitía reducirlos a la mitad (se echaban
en una bolsa dos bolas de diferente color; se extraía una de ellas: La blanca significaba que aquel
año iba al Capítulo sólo el Prepósito; la negra, que el que representaba aquella casa en el Capítulo
era el vocal elegido precedentemente entre y por los vocales de la comunidad).
Conviene apuntar, en fin, que las fundaciones de nuevas casas las decidió tradicionalmente el
Capítulo General. Y el modelo del método de fundar fue el de la casa de Nápoles: Visita
exploratoria previa de dos religiosos y decisión capitular y asignación a la nueva casa de un número
conveniente de religiosos, de acuerdo con el principio establecido por Carafa: “No bastan dos ni
cuatro para vivir como buenos clérigos”.
“Vitam clericalem pie ducere, ac praedicationi verbi Dei, audientiae confessionum et sacrae theologiae
ac sacrorum canonum studiis… vacare”.
“Dudum pro parte vestra”

3. Las Constituciones.

Los dos Breves de aprobación y de confirmación de la Orden teatina, Exponi Nobis (1524) y
Dudum pro parte (1533), que contienen el proyecto y el genuino carisma teatino, autorizan a los
fundadores y sucesores a darse los estatutos, ordenanzas o constituciones que creyeren convenientes.
Y las primeras generaciones usaron de esa facultad al ritmo mismo de la vida de la Orden, en los
Capítulos de cada año, que eran el órgano legislativo que dictaba, según circunstancias o
necesidades, decretos (constitutiones, en latín) con fuerza de ley para toda la congregación.
Del período que va desde la fundación (1524) hasta la muerte del papa Paulo IV (1559), es decir,
durante la vida de los fundadores, son muy escasos los decretos capitulares que nos quedan. De los
cuatro años del pontificado de Paulo IV, ninguno; pues, el papa gobernaba personalmente la Orden y
no se tuvieron Capítulos en ese tiempo. Hay una sola y feliz excepción: la constituye el comunicado
oficial del capítulo de 1547, redactado de puño y letra de san Cayetano en persona y transmitido por
éste a los hermanos de Venecia (3).
De 1560 en adelante, actas y documentos capitulares originales se han conservado en su mayoría, y
ello nos permite seguir con paso firme y sin posibilidad de dudas —continúa Rossell—, la actividad
legislativa de la Orden, que culminará en un futuro inmediato, en 1583, a los escasos sesenta años de
su fundación, en un decreto de excepcional importancia, con el que se ordena la recopilación de
todos los decretos capitulares anteriores, a la que se da forma de constituciones (en el sentido
moderno de la palabra), creándose a este efecto una comisión de cinco religiosos que deberán
trabajar en la ejecución de ese cometido durante un plazo de seis meses, y luego dar a conocer a las
casas del Norte de Italia el resultado de su trabajo.
El progresivo desarrollo de la Orden en sus miembros y la floración de casas y una corriente
interior que quería ver fijados los rasgos de lo teatino en un código más preciso y fijo y en un
gobierno más centralizado condujeron a la segunda generación a ese esfuerzo de recopilación y de
redacción.
Así pues, en 1583, el Capítulo General, reunido en Génova, manda recopilar toda la legislación
dispersa, y crea para ello una comisión de cinco vocales.
El trabajo recopilado se titula Institutiones congregationis clericorum regularium.
El Capítulo de 1584 somete el trabajo a revisión de los capitulares y propone una más larga y
madura reflexión sobre él a los vocales de la Orden.
El Capítulo de 1586 aprueba la recopilación, le da el nombre definitivo de Constitutiones
congregationis clericorum regularium y ordena que sean leídas en todos los refectorios de la
Orden.
En 1588, al ser introducida por primera vez la figura del P. General vitalicio —que veremos luego
—, se impone una nueva revisión de las Constitutiones.
En 1592 el papa Clemente VIII deroga el carácter vitalicio del P. General reduciendo su mandato a
ocho años. El Capítulo nombra una nueva comisión para la reelaboración de las Constituciones a la
luz del decreto clementino.
En 1595 interviene de nuevo el papa sobre la potestad del P. General y su duración en el cargo. La
comisión nombrada tres años antes procede finalmente a la reelaboración del texto de 1586.
En 1598 se hace la primera revisión de las Constituciones reelaboradas (el autor de esa
reelaboración era el P. Antonio Agelio).
En 1601 se hace la segunda revisión capitular de esas Constituciones reelaboradas, que se llaman
ahora “Nuevas Constituciones”. Se anuncia su impresión y se entregan “pro experimento” en el
trienio 1601-1604 a todas las casas.
Y, en 1604, las Constitutiones congregationis clericorum regularium, reelaboradas y dos veces
revisadas en Capítulo General, aparecían impresas en Roma, aprobadas y confirmadas por la bula
Etsi ex debito de Clemente VIII.
El texto impreso de las Constituciones era una obra maestra no sólo por la precisión y equidad de
sus leyes, sino incluso por la concisión y la elegancia de su latín. Fueron profundamente comentadas
por el P. A. Caracciolo y A. Pellegrino. Y, lo más notable, el cardenal De Bérulle, maravillado de su
contenido, las hizo imprimir en París en 1628, a fin de servirse de ellas en la reforma del clero que
emprendía.
“Durante los primeros ochenta años, en su época más florida y feliz, los teatinos llevaron impresas en su
vida sus leyes y constituciones”.
Vezzosi

4. El Padre General.

El sistema de gobierno central ejercido por el Capítulo General anual y su prolongación interina
en el Capítulo General representante se hacía cada vez más insostenible, dado el fuerte crecimiento
de los miembros y la fundación constante de nuevas casas. Una fuerte corriente interior presionaba
hacia una más sólida estructura del régimen. Mientras se elaboraban las futuras Constitutiones,
crecía a la vez un movimiento que deseaba ver el sistema de gobierno más centralizado, a la manera
quizá de la Compañía de Jesús.
Todo desemboca en el Capítulo General de 1588, que se reúne en Génova, en la casa de San Siró,
en la segunda semana de Pascua, siendo Prepósito de la casa el P. Juan Scorcovillo. Allí se presentó
el vicario general de la diócesis, Mons. Tucci, con un breve de Sixto V —fechado en San Pedro el 8
de abril de 1588— que fue leído a la asamblea por su presidente el P. Scorcovillo. El Breve Etsi
exploratum había sido obtenido por el grupo de presión gracias a la amistad del cardenal Antonio
Carafa. En él, tras señalar los fallos y deficiencias del sistema de gobierno general de la Orden,
debido sobre todo al vigoroso e incesante crecimiento, Sixto V indica la oportunidad de que, a partir
de ahora y tal como se practica en las demás congregaciones, la suprema potestad de la Orden resida
en una sola persona. Por eso los padres capitulares deben proceder, en el plazo de tres días, a la
elección de un Prepósito General. Su cargo será vitalicio, y el electo gozará de todas aquellas
preeminencias, autoridad, privilegios e indultos de que gozan los demás Generales de las otras
congregaciones religiosas. El y sus sucesores residirán en la casa de San Silvestre, de Roma.
Obedeciendo al Breve papal, se procedió el día siguiente a la elección. En votación secreta y
“summo omnium consensu” resultó elegido el P. Juan Bautista Milani. El primer General de la Orden
teatina.
Desde el 6 al 12 de mayo el Capítulo se desarrolló, por primera vez en la historia, bajo la
dirección del nuevo General.
Al año siguiente, 1589, el P. General y 22 capitulares se reunían en San Silvestre para perfilar las
líneas maestras del nuevo sistema de gobierno: Había que cambiar en las Constituciones manuscritas
todo lo que se refería al Capítulo General y al Capítulo General representante, que ya no tenía razón
de ser. La legislación del Capítulo fue minuciosa y precisa.
En 1592 es elegido papa un gran amigo de los teatinos, Hipólito Aldobrandini, que se llamará
Clemente VIII, quien nombró Obispo de Bérgamo al P. General Milani. Se reunió el Capítulo general
el 20 de abril de 1592: El papa accede a que el mandato del P. General no sea vitalicio, sino de ocho
años. Es elegido el segundo Prepósito General de la Orden, el P. Elíseo Nardini. Este mismo
Capítulo decide una revisión de las constituciones manuscritas a tenor de los últimos
acontecimientos, especialmente de la introducción del P. General en la Orden. Todas esas decisiones
son sancionadas por el papa con el Breve “Decet Romanum Pontificem” del 13 de junio de aquel
año.
El tema del P. General no acababa de ser incorporado: Primero, vitalicio, por imposición de Sixto
V; después, de ocho años (su mandato), por concesión de Clemente VIII. A muchos les parecían
demasiados años todavía. El capítulo de 1595, presidido por el P. Nardini en S. Silvestre de Roma,
recibió una indicación del papa de que, antes de cualquier otro asunto, tratara de una vez por todas,
los temas de la autoridad y duración del mandato del P. General. Una comisión integrada por cuatro
miembros quedó encargada de redactar y presentar al Capítulo los puntos a ser discutidos y
sometidos al papa. La comisión quedó integrada por los padres Juan Scorcovillo, Pablo Tolosa,
Tomás dei Monti y Juan Antonio Angrisani: Una comisión prestigiosa: El primero será General de la
Orden, los otros tres serán obispos. Los puntos aprobados son los siguientes:

— El mandato del P. General será de tres años prorrogables a otro trienio; una vez concluido el
trienio, o el sexenio, el ex-general no podrá ser reelegido hasta seis años después;
— el P. General tendrá un solo voto en las elecciones, a menos que se trate de dirimir un empate.
— Tendrá un Consejo General de cuatro miembros y un Definitorio de ocho;
— el Consejo tendrá voto decisivo cuando se trate del traslado de religiosos, y
— no podrá crear Vocales, facultad que es exclusiva del Capítulo, que es, a la vez, el único que
posee poder legislativo.

Todo ello quedaba aprobado y confirmado por Clemente VIII en su Breve “lis rebus” del 13 de
junio de aquel año. El P. Nardini puso su cargo a disposición del Capítulo y fue inmediatamente
reelegido para el siguiente trienio. El Capítulo perfiló un sistema de elección o confirmación del
Prepósito General.
Así pues, el sistema de gobierno capitular de la congregación pasó a ser personal y central por
decreto de Sixto V en 1588 en la figura de un P. General vitalicio (el P. Milani); la duración del
mandato pasa a ser de ocho años, por decisión del Capítulo y aprobación papal en 1592 (P. Nardini);
esa duración pasa a ser de tres años prorrogabas, por decisión capitular y aprobación papal en 1595
(reelección del P. Nardini que, habiendo sido elegido para ocho años, cumplió solo tres, al dimitir
de su cargo para facilitar el paso de ocho a tres años de mandato). Bajo el mandato del tercer
Prepósito General, el P. Juan Scorcovillo, la revisión de las Constituciones manuscritas incorpora
todo el sistema de gobierno general, empezado con Sixto V, en un articulado que figura ya en la
edición definitiva de 1604 (4).
La duración del gobierno del P. General será tema de interminables discusiones, como si la Orden
no acabara de aceptar una figura que no nació con ella. De vitalicio pasó a ser de ocho años, y, al fin,
de tres. Muy pronto se vio que el trienio era un tiempo demasiado breve que no daba lugar a
emprender nada con garantías de continuidad. Al final el tema se puso decididamente sobre el tapete
en la convocatoria del capítulo de 1762. Una ponderada y vigorosa moción —Riflessione la llaman
— corrió en forma de circular a los vocales a fin de que indujeran al Capítulo a fijar en seis años la
duración del mandato del P. General. La argumentación era contundente:

“En el primer año el P. General le toma el pulso a la Orden, en el segundo gobierna y en el


tercero ya no hace nada, pues tiene las manos atadas y el corazón ocupado (¡) ante el próximo
capítulo general”. Es decir, que de tres años gobierna uno.

Curiosamente la Riflessione se atreve a hacer otra proposición: La agrupación de casas en


provincias gobernadas por el respectivo Prepósito Provincial, y hasta indica en un mapa las casas
que podrían constituir cada una de las siete provincias que propone. El Capítulo no quiso
pronunciarse al respecto.

En resumen:
Al alborear, pues, el siglo XVII, aquellos teatinos habían logrado una aventura difícil, conjugar lo
antiguo con lo nuevo: La vivencia teatina de la disponibilidad con un código de constituciones
magníficamente estructurado; la forma original de gobierno capitular con la institución del
generalato. El gobierno de la Orden en expansión había logrado una armonía y una unidad histórica
que sorprenden. La vida interior de cada una de las casas hacía evidente a la vez esa solidez central
y la agilidad y peculiaridad de cada grupo local. Dependientes del gobierno central, cada una de
ellas goza de una clara autonomía en la característica institución del Capítulo Local, el cual,
gobernado con autoridad jurisdiccional y administrativa por el propio Prepósito, vela y decide sobre
la vida y actividades de la comunidad. Cada una de estas casas, nutrida de un copioso número de
religiosos, suele poseer su propio noviciado, y para aquella casa (“profesar para”, era la expresión
técnica) se emitía la profesión solemne, si bien el P. General tenía autoridad para la distribución
equitativa del personal de las casas. Poseía también cada casa su propio Estudio con el
correspondiente cuerpo docente. Cada casa tomaba parte en el Capítulo General trienal asistiendo a
él con el Prepósito y un Vocal delegado elegido en capítulo local. Era una familia compacta, unida en
la libertad.
Los numerosos asuntos y problemas que debían ser sometidos al estudio y aprobación del Capítulo
General o del Consejo del P. General no puede decirse que generaran una excesiva y opresiva
centralización de gobierno —como a menudo sucedía con las abadías monásticas—, sino que más
bien estimulaban el dinamismo y la estabilidad y coordinación de la actividad comunitaria. No había
Prepósitos Provinciales, pero la institución de los Visitadores, con amplias atribuciones en las
regiones respectivas, suplía satisfactoriamente.
NOTAS:

(1) Rossell cita a Pellegrino, Constitutiones… p. 355, para las atribuciones de Prelado que poseían los Prepósitos: “Tienen sobre sus
súbditos la misma potestad que el P. General sobre toda la Orden, si en algún campo no les ha sido restringida. La razón es porque
tienen jurisdicción episcopal sobre sus súbditos; la misma que tuvieron desde el comienzo de la Orden, cuando esos Prepósitos estaban
directamente sometidos al papa y se gobernaba nuestra religión a manera de república, sin General”. Rossell, Eliter… p. 32 n. 15.
(2) Rossell, El iter… p. 34, n. 16.
(3) Andreu, Intorno a una lettera di S. Gaetano: RD 29 (1973) 38-52. Y Rossell, El iter… p. 43, n. 34.
(4) Para todo este capítulo me he servido del sólido estudio ya citado del P. Cayetano Rosell, El iter…, especialmente las págs. 82-91.
PARTE III

EL SIGLO DE ORO
Capítulo 16

EL SIGLO XVII:
HACIA EL PRIMER CENTENARIO
DE LA FUNDACIÓN

Al cumplir los ochenta años, ya tenía la orden teatina una expansión, unas Constituciones, una
estructura y un entusiasmo que hacían presagiar una cercana primavera.
En el Capítulo de 1580 se había tratado de la confección y publicación del Ceremonial y del
Ritual de la Orden. El P. Andrés Pescara Castaldo, el célebre liturgista autor de un Ceremonial
(general) de la liturgia romana, fue el redactor del primer Ceremonial de la Orden, que fue aprobado
en 1610 y publicado en 1613. El Ritual, confiado al P. Sottani, fue publicado por el P. General
Bonifacio Agliardi en 1655. El P. Castaldo en sus libros de liturgia no se limita jamás a la
exposición y normativa ceremonial; sino que ilumina desde la historia todo rito o ceremonia que
expone y explica: Con ello inauguraba un método que seguirán después todos los liturgistas teatinos,
y muy magistralmente el príncipe de todos ellos, el cardenal Tomasi.
Cuando en el Capítulo de 1762 será elegido General el P. Francisco Mazzetti, ya contemporáneo
de Muratori, éste se propondrá poner en marcha la investigación histórica y científica de la Orden y
mandará confeccionar los registros y catálogos de los archivos de las casas y hará una obra de arte
de la propia biblioteca de San Silvestre al Quirinal, la sede generalicia. En efecto, en una circular
del 25 de julio de 1762 invitaba a los Prepósitos de todas las casas a recoger, ordenar y enviar al P.
Francisco de Paula Tamburini, famoso literato y erudito de la época, todo el material apto y
necesario para la continuación de la Historia de los teatinos, que el P. Silos había escrito, llegando
al año 1650. El P. Tamburini, metido en tantas cosas, no pudo llevar a término su cometido.
También encargó el P. Mazzetti al P. Felipe López, profesor en el Colegio de Propaganda Fide, la
redacción de un curso completo de Filosofía para los Estudios de la Orden, asignándole como
colaboradores al P. Vicente Labini y a un joven estudiante que se llamaba Vicente Morelli, el futuro
venerable y arzobispo de Otranto. Tampoco esta obra llegó a realizarse.
Sí, en cambio, se llevó a término la monumental empresa de la edición de las Opera omnia del
cardenal José María Tomasi, obra y mérito del P. Vezzosi, su gran admirador, que fue General en
1756 y 1774.
Pero lo más notable es que en los comienzos del siglo XVII se pone en marcha una fuerza
imparable que tiene como meta enseñar al mundo las glorias de la Compañía.
Formaba parte de la espiritualidad de Cayetano “mover el mundo sin que se viera la mano”. Se
arregló para que Carafa pasara por ser el “fundador” del proyecto teatino; logró no ser él el primer
Prepósito de su obra; se ingenió para que sus hijos no llevaran su nombre y quiso ser enterrado en la
sepultura común de la casa de San Pablo de Nápoles. Y consta en su proceso que un día le pidió al
Señor “que no quede de mí ni el recuerdo y que se ignore para siempre el lugar de mi sepultura”.
A la hora de sacar del olvido su nombre, todo eso pesaba mucho. Muchos pensaban que era mejor
respetar su vida hecha de humildades. Sólo doblada la esquina del nuevo siglo, los teatinos Antonio
Caracciolo y Juan Bautista Castaldo empezaron a reunir cuidadosamente recuerdos y testimonios
domésticos de dichos y ejemplos, que publicaron Caracciolo en Colonia 1612 —Caietani Thienaei
Vita— y Castaldo en Modena 1612 —Vita del B. Gaetano Thiene—.
Y se quejaba Caracciolo que aquellos teatinos “preferían vivir como santos a escribir sobre
santos”.
Uno de los partidarios de levantar la veda fue el propio P. Andrés Avelino. Y esto no fue sin
oposición de un fuerte grupo de teatinos, alguno de los cuales hasta llegó a quemar las notas que
recogía el P. Andrés, según él mismo confiesa. Este escribía en 1600 una larga carta de memorias de
teatinos ilustres de la primera hora al P. General Juan Scorcovillo (a requerimiento del P. Antonio
Caracciolo), y, entre otras cosas, le decía: “El señor Raniero Gualano, familiar de dicho Padre
Cayetano, contaba de él grandes cosas. Ponderaba su prudencia, su devoción, su santa vida, y le
tenía por santo”.
San Andrés no conoció personalmente al fundador, pues entró en el noviciado de San Pablo en
1557, diez años después de la muerte de aquél, pero le tenía una inmensa veneración. Un novicio del
P. Andrés decía que “ cuando yo era joven, el beato Andrés Avelino nos proponía al beato
Cayetano como perfecto modelo al que debíamos imitar”.
Acababa de nacer la hagiografía teatina.
El rescate del ayer teatino y la recuperación de la memoria de nuestros padres se vio pronto
coronado por un éxito deslumbrante. Uno de los más entusiastas promotores de esta campaña había
sido el P. Andrés Avelino. Pero resultó que el santo viejo —como lo llamaban— murió en la noche
del 10 de noviembre de 1608 rodeado de una tal fama de santidad y de milagros, que la gente empezó
a venerarlo como santo. A punto estuvo él de adelantarse al encumbramiento de su propio fundador,
él que tanto había hecho para elevarlo a la gloria de los santos. En torno a la fresca sepultura del P.
Andrés floreció tal cantidad de maravillas y el recuento de incontables prodigios corría de boca en
boca de tal manera, que a los trece meses de su muerte, el 9 de diciembre de 1609, se abría en la
Curia de Nápoles el proceso informativo en el que llegaron a declarar hasta 43 testigos. Abierta
solemnemente la causa de beatificación en Nápoles el 12 de octubre de 1613, y sucesivamente en
Roma, Piacenza, Milán Costronuovo, Palermo, Piazza Armerina, Sorrento y otras ciudades, culminó
el 31 de agosto de 1624, cuando la Congregación de Ritos emitió el Decreto de beatificación,
confirmado luego por Breve de Urbano VIII, el 10 de junio de 1625.
Ante la apertura del proceso de San Andrés, Caracciolo y Castaldo lanzaron a la luz
apresuradamente las dos vidas de D. Cayetano en 1612: El entusiasmo del P. Castaldo logró que se
abrieran procesos en Vicenza, Roma y Nápoles, que culminaron en el decreto de 22 de septiembre de
1629, y Breve de beatificación consiguiente de Urbano VIII del 8 de octubre del mismo año.
El hijo pasó delante del padre en la beatificación. Los teatinos tomaron buena nota de ello y
decidieron empujar con toda su fuerza la causa de canonización del fundador. Inocencio X, Alejandro
VII y Clemente IX, devotos admiradores del beato Cayetano, pusieron tanto empeño en la causa, que
Clemente X, al suscribir el decreto de la Congregación del 11 de noviembre 1670, inscribía a
Cayetano en el catálogo de los santos y mandaba celebrar su fiesta el 7 de agosto.
La inscripción solemne se hizo el 12 de abril de 1671 en la basílica vaticana por el papa
Clemente, en el mismo altar de la confesión en el que —en aquel lejano 14 de septiembre de 1524—
y en manos del representante de otro papa Clemente, Cayetano de Thiene había emitido su profesión
solemne y había abierto para la Iglesia el caudal de las formaciones de las familias de Clérigos
Regulares.
La gloria de aquel día inolvidable la compartieron con Cayetano otros cuatro religiosos, dos
dominicos, san Luis Beltrán y santa Rosa de Lima; un jesuita, san Francisco de Borja; y un servita,
san Felipe Benicio.
Los teatinos organizaron en Roma y en la hermosa iglesia de San Andrés della Valle unas fiestas
que enardecieron a la ciudad eterna. Sufragaba aquella gloria del fundador de los teatinos el duque
de Palma de Montechiaro, en Sicilia, Don Julio Tomasi, que tenía entonces en Roma a su hermano
Carlos que, para hacerse teatino, había renunciado a su primogenitura, y a su propio hijo José María
que acababa de hacer lo mismo por la misma causa y que, ya subdiácono, llevaba la cruz procesional
en la gran procesión que corrió desde San Pedro a Sant’Andrea. El venerable P. Carlos Tomasi y san
José María Tomasi en persona.
D. Cayetano que, “para evitar el aplauso humano”, había sido enterrado en el cementerio de la
comunidad; al ampliarse el nuevo y grandioso templo (desde 1581) sobre el terreno de aquel
cementerio, “los teatinos hicieron acomodar otro lugar en el recinto de la iglesia vieja, a mano
derecha de la entrada, y a él trasladaron todos los huesos y toda la tierra”. En 1624 los dos
grandes y primeros biógrafos de Cayetano se encontraban en la misma casa de San Pablo de Nápoles,
el P. Caracciolo era el Prepósito y el P. Castaldo traía entre manos el proceso de beatificación. Este
hizo reconocer el lugar donde habían sido trasladados los huesos de los antiguos padres (1),
“encontrándose efectivamente los huesos que se buscaban”. Se improvisó un altar y una pequeña
capilla, que se abrieron al público el 7 de agosto de aquel año. La gente acudía en tropel. La cripta
fue ampliada, y el 7 de agosto de 1716 se inauguraba el actual Soccorpo. El diseño del hipogeo, el
fresco y la bóveda son de Solimena. Un silencio estremecido habita aquel lugar: el sosiego del vivir
teatino en las manos de la Providencia.
El beato Andrés Avelino siguió adelante su camino de gloria con menos prisas. Entretanto, en
Nápoles crecía y crecía la veneración popular. El 29 de septiembre de 1625, en la iglesia de San
Pablo abarrotada de fieles, los delegados de la nobleza y de la ciudad lo proclamaban patrono de
Nápoles. Y cuentan que el 10 de noviembre de aquel año de 1625, cuando se celebró la primera
fiesta oficial después de la beatificación, la explosión de júbilo popular fue tan estruendosa que se la
comparaba con una erupción del Vesubio. ¡No hacía más que 17 años que había muerto el santo
viejo!
Otro gran amigo de los teatinos, el papa Albani, Clemente XI, fue quien elevó a la gloria de los
santos al P. Andrés Avelino. El decreto de canonización fue firmado el 12 de mayo de 1707 y
publicado el 6 de enero de 1712; pero la solemne proclamación se hizo el domingo de la Trinidad,
22 de mayo de aquel año, en la basílica vaticana. El papa había querido dar una doble alegría a sus
teatinos en aquel día memorable: Proclamar el nuevo santo rodeado de dos cardenales teatinos: Para
lograrlo hubo de doblegar la resistencia de uno de ellos, el más sabio y el más humilde, el P. Tomasi.
Y fue así como san Andrés Avelino fue proclamado santo por el papa Clemente (¡otro Clemente en la
historia teatina!) asistido por el cardenal decano del sacro colegio y arzobispo de Nápoles, el teatino
Francisco Pignatelli, y el nuevo cardenal, también teatino, José María Tomasi. Y fue así como el
futuro san José María Tomasi abrió con la cruz (¡Otra vez la cruz!) la procesión de la canonización
de su padre, y cerró la procesión de su carrera mortal asistiendo como cardenal a la de su hermano
Andrés Avelino. Cosas de Dios: Un santo asistiendo a la gloria de dos compañeros santos.
Con san Andrés Avelino fueron canonizados aquel día san Pío V, el dominico amigo de teatinos,
san Félix de Cantalicio, capuchino, y la franciscana santa Catalina de Bolonia.
Como si el nuevo santo fuera paisano de todo el mundo, las ciudades de Italia y algunas de
España, donde ya estaban los teatinos, ardieron en fiestas y en algazara.
Con ese equipaje de tradición y de gloria y con la demostración oficial de que el camino teatino
era camino que conducía al cielo los teatinos entraban en un siglo de glorias.
Pero el XVII es también el siglo de la expansión terrena de los teatinos. Hemos visto que el rigor
de la observancia y la rígida selección de personal habían hecho muy lento y hasta preocupante el
caminar de la primera generación de teatinos. A la muerte del fundador en 1547 la Compañía no tenía
más que dos casas, Venecia y Nápoles, en las que habían profesado hasta entonces no más de
cincuenta teatinos.
Pero en la segunda mitad del siglo XVI comienza una progresiva expansión por toda la geografía
de Italia: Paulo IV los llamaba a Roma en 1555 y les aposentada en la casa e iglesia de San Silvestre
a Montecavallo, que será durante muchos años la sede de la Curia General. En 1565 se establecían
en Padua y en Cremona. En 1569, en Piacenza, llamados por su obispo, el P. Paolo Burali, fundaron
una comunidad presidida por el propio san Andrés Avelino. En 1570 los llamó a Milán san Carlos
Borromeo, y allá fueron los padres Jeremías Isachino y el P. Andrés Avelino, quien muy pronto se
convertirá en guía espiritual de lo más florido de la ciudad. En 1574 se fundan las casas de Capua y
Cosenza. En 1575 se abre en Nápoles la nueva casa de Los Santos Apóstoles, la segunda en aquella
ciudad, que llegará a contar hasta seis (2). Ese mismo año de 1575 vio la apertura de la casa de
Génova, que, en 1629, tendrá una segunda. En 1582 la duquesa de Amalfi, Constanza Piccolomini,
donaba a los teatinos su palacio de la Via Papae , donde se levantó la hermosa iglesia de
Sant’Andrea della Valle y el convento que será, más tarde, la segunda sede de la Curia General de la
Orden. Siguen las fundaciones de Lecce (1585), Florencia (1592), Vicenza, la patria del fundador
(1595), Bergamo (1598), Bologna (1599), 1601 Bitonto (la patria del grande historiador, el P. José
Silos), 1602 Módena, 1602 Palermo, 1604 Rimini, 1607 Ravenna, 1608 Messina, 1617 Ferrara,
1622 Turín, Cosenza 1624, Parma 1627, Como 1640, Brescia 1692.
Así, en 1588, cuando se nombra el primer P. General, los religiosos son 300 y hay 13
preposituras, y hacia la mitad del siglo XVII los religiosos pasaban de los 1000 y las casas eran más
de 50 (3). Se habrá notado que hubo un tiempo, los años a caballo entre el XVI y XVII, en que las
fundaciones se seguían a un ritmo de casa por año. Comenzaba el esplendor de que hablábamos. Y,
como se ve, la media era de unos 23 religiosos por casa: “No bastan dos ni cuatro para vivir como
buenos clérigos” —escribía un día Carafa.
Eran años de glorias: A un siglo de la muerte de san Cayetano, el Capítulo General de 1647, que
duró del 8 al 25 de mayo,
* proclamaba a la Virgen de la Puridad “Patrona y Protectora de toda la Religión”;
* instituía por primera vez el cargo de Postulador General (eligiendo al P. Agustín de Bellis);
* decidía presentar al papa las súplicas para la canonización de los beatos Cayetano y Andrés
Avelino, y para la beatificación del cardenal Pablo Burali y de sor Úrsula Benincasa, la fundadora
de las teatinas;
* ordenaba que en todas las iglesias de la Orden se tocase el Avemaría de los muertos;
* exhortaba a todos, sacerdotes, clérigos y laicos, a practicar todos los años los ejercicios
espirituales por diez días;
* autorizaba a los padres de San José de Palermo a tomar la dirección espiritual de las teatinas de
sor Úrsula establecidas en la ciudad, igual que hacían desde muchos años los padres de Nápoles;
* urgía y recomendaba a los Prepósitos de todas las casas recoger datos, noticias y detalles
pertinentes a la historia de la Orden y mandarlos al P. José Silos “que ha sido encargado de escribir
la Historia de nuestra religión” (la monumental Historia de la Orden),
* y finalmente concedía, como premio a sus grandes merecimientos, al P. Juan Bautista Castaldo,
“decano de la religión” y primer promotor de los procesos de la glorificación de san Cayetano, el
permiso de poder ir a Roma para el año santo.
Pero la larga ola de euforia se mantenía contenida en la geografía italiana, aunque ésta, en la parte
del sur, era de la corona de España.
El Capítulo General tenido en Roma en 1618 había estudiado el tema de fundaciones fuera de
Italia. Era entonces Prepósito General el gran liturgista Andrés Pescara Castaldo, que en aquel
Capítulo fue reelegido, hasta 1621, y se mostró, como cuenta el P. Silos, decidido partidario del
nuevo programa de fundaciones.

Fundación de las casas de España


Y España iba a ser la primera favorecida. La ocasión se presentó casi inesperadamente en el
otoño de 1622, cuando el plenipotenciario del rey de Polonia en Nápoles, Monseñor Adán
Makowski, fue enviado a la corte de Felipe IV en misión extraordinaria. Makowski invitó a su amigo
el teatino Plácido Frangipane-Mirto a acompañarle como confesor y consejero de la embajada. El P.
General, entonces Vicente Giliberti (4), y su consejo reunido el 7 de octubre de aquel año de 1622,
acordaron dar licencia al P. Frangipane-Mirto y agregarle como compañero al P. Crescencio Vivo.
Al P. General Giliberti le cabe la doble gloria de la primera fundación en España y del envío de
los primeros misioneros a las misiones del Oriente.
El P. Mirto —así le llamarán siempre en España— era, según Silos, de una extraordinaria valía. Y
además había conocido a San Andrés Avelino en Nápoles, en cuya casa de San Pablo profesó el 2 de
febrero de 1602, y le debía a él, según confesaba, la propia vocación teatina y la curación de una
grave enfermedad.
Llegado, pues a España, el pequeño grupo, el rey Felipe IV descubrió pronto con asombro las
increíbles dotes del P. Mirto y lo nombró su predicador. Apoyado en el rey, el teatino empezó a
tramar una fundación en la metrópoli de la que su propia tierra napolitana, tan teatina, formaba
corona. Por aquel entonces había en España prohibición formal de fundar nuevas residencias de
órdenes religiosas (5); pero los esfuerzos del predicador del rey vencieron los obstáculos y lograron
que los teatinos entraran en posesión de la iglesia del Hospital de los Italianos en Madrid. Era el año
1629. En 1644 la comunidad madrileña se trasladaba a la iglesia de Nuestra Señora del Favor, en la
calle de Embajadores, en el lugar que hoy ocupa la iglesia de San Cayetano y San Millán.
Fue justamente cuando los teatinos regentaban el Hospital de los Italianos, cuando fue beatificado
Andrés Avelino, nacido en territorio de la corona española y padre espiritual del P. Mirto. Hubo
entonces grandes festejos en la Villa y Corte del 9 al 18 de noviembre de 1625. El día 10 fue la fiesta
del nuevo beato. Y los teatinos habían logrado ya, en poco tiempo, tanta resonancia, que a las
solemnidades litúrgicas asistió el rey personalmente y la reina se excusó, pues estaba cerca de dar a
luz. Asistió, pues, el rey, que se declaró gran devoto del nuevo beato, acompañado del patriarca de
las Indias con su capellán, todos los embajadores de la corona, el nuncio de Su Santidad, el cardenal
Sacchetti,y todos los grandes de la corte. Los piquetes de la guardia real hacían escolta en la iglesia.
Los gastos, que fueron cuantiosos, los satisfizo “el primer día Su Majestad el rey; el segundo Su
Majestad la reina; el tercero, el conde de Benevento; el cuarto, el cardenal Sacchetti; el quinto,
los señores don Jerónimo Colonna y el abad Ursino; el sexto, el embajador del Gran Duque de
Toscana; el séptimo, la nación genovesa; el octavo, la nación napolitana”.
La fama del P. Mirto como predicador se extendió rápidamente. El Consejo de Aragón instó al rey
a que decidiera al padre a predicar la cuaresma en Zaragoza. El 6 de febrero de 1630 el P. Mirto,
desde Zaragoza, escribe al P. General que por mandato del rey debe predicar la cuaresma en la
iglesia del Hospital Real y General, “que es —dice— el primer púlpito de España” (6). Debió
gustar, pues, pasada la cuaresma, el 7 de mayo del mismo año, los regidores del Hospital Real y
General de Nuestra Señora de Gracia escriben a su vez al P. General encomiando la singular
elocuencia del P. Mirto y pidiendo la licencia para que el próximo año vuelva a predicar en
Zaragoza. Prometen ayudar al padre en el intento de fundar casa teatina en su ciudad.
Como discípulo de san Andrés Avelino, el P. Mirto tenía talento fundador y sabía valerse bien de
sus amistades en pro de su Compañía.
Aprobada por los Jurados la fundación de una casa teatina, el P. Mirto, desde Madrid y en el mes
de septiembre escribe al P. General pidiendo personal para la fundación y anuncia otra nueva, la de
Alcalá, que se hizo en 1632.
Al mismo tiempo preparaba el P. Mirto una fundación en Barcelona. Desde allí escribía al P.
General el 15 de febrero de 1631 y dice que ha logrado licencia para fundar y que, como él ha de ir a
predicar la cuaresma en Zaragoza (según pidieron los regidores el año pasado), ha llamado de allí al
P. Crescencio Vivo y al hermano Juan para la fundación de Barcelona… y que partirá pronto para
Valencia, a fin de fundar también allí. ¡Era portentosa la actividad fundacional del P. Mirto!
En efecto, se fundó en Barcelona el año 1632. La iglesia, en la actual avenida de la Puerta del
Ángel, se dedicó a la Expectación de Nuestra Señora y a San Matías.
La de Zaragoza fue un ejemplo de cómo se monta una casa teatina: En carta de 15 de mayo de 1632
el P. Mirto escribe que la fundación sigue viento en popa; algunos de los padres recién llegados de
Italia ya predican con aplauso y son muy estimados por su formación y prudencia. Y el 15 de
septiembre de aquel año informa que la comunidad está integrada por dieciséis religiosos, que la
iglesia se ve muy concurrida y que el aprecio por los padres ha llegado a tanto, “que no hay casa en
la Orden que lo tenga mayor, y, tal vez, ninguna igual ”. Y, fiel a las viejas consignas, añade que,
aunque sean dieciséis, no puede valerse de ellos para fundar en otras partes, porque todos son allí
imprescindibles, dadas las múltiples actividades. En 1681 los diputados se brindaron a edificar para
los teatinos un nuevo templo, que se dedicaría a santa Isabel de Aragón, la patrona del reino.
Los teatinos eran bien acogidos en España, como si de paisanos se tratara. En 1683 el P. Jerónimo
Abarrategui fundaba el Colegio de Salamanca, al cual se refiere a menudo Francisco de Torres
Villarroel.
La casa de Salamanca fue fundada ya por teatinos españoles. Cundían las vocaciones, de manera
que en el siglo siguiente se llevó a cabo todavía otra fundación: La de la casa de Palma de Mallorca.
En 1721 los teatinos se instalaron en Palma y, después de interminables vicisitudes y
desplazamientos, el P. José Guío pudo instalar una pequeña comunidad junto al mar, y sus sucesores
bendecir y dedicar a san Cayetano —ya canonizado— el primer templo que llevara su nombre, en el
centro mismo de la ciudad actual. La casa de Palma nacía a ser centro de irradiación de teatinidad y
cuna de muchas vocaciones (7).
Fue justamente la ciudad de Palma una de las que más entrañablemente acogieron a los teatinos y
que, a lo largo de los tiempos, más entusiastas se mostraron con su modo de vida. Una vez
canonizado san Andrés Avelino, los jurados de la isla y su obispo acudieron al papa Benedicto XIV
pidiendo poder declarar al santo patrono de la isla. Así lo obtuvieron tras decreto de la
Congregación de Ritos del 13 de julio de 1754. Y cuando, el 16 de septiembre de 1803, Pío VII
declaraba beato al cardenal Tomasi, Palma celebró la alegría de los teatinos por todo lo alto y la
hermosa iglesia de San Cayetano lanzó todas sus campanas al vuelo el 23 de septiembre de 1804.
Inauguró las solemnidades un cardenal mallorquín, que era a la sazón uno de los más prestigiosos
hombres de la Iglesia, D. Antonio Despuig, y asistió en pleno el cabildo de la catedral con orquesta,
junto con el pueblo en masa.
España dio a la Orden una cosecha de hombres ilustres. Citemos sólo los más conspicuos:
Francisco Antonio Escandón, que fue arzobispo de Lima y virrey del Perú (muerto en 1739), el
venerable P. Jerónimo Abarrategui, que fundó en 1683 el Colegio de Salamanca, el vasco P. Gaspar
de Oliden, propagador del voto de almas, el catalán Juan Gallifa, que murió en 1809 luchando por la
independencia española.
En nuestra patria los teatinos nunca fueron extraños.

La expansión en otros países de Europa

PARÍS
En el Capítulo del año 1644 se decidió la fundación de una casa en París. Y la fundación fue
encomendada a los padres Francisco del Monaco y José Arcamone que compraron una casa junto al
Sena y se instalaron en ella el 28 de julio de 1648. Tras proyecto del arquitecto teatino Guarino
Guarini, levantaron allí la iglesia que llamaron de Santa Ana la Real, en homenaje a su protectora la
reina Ana de Austria. El convento ocupaba parte del área que es hoy el museo del Louvre. El culto en
la iglesia se inició el día de Todos los Santos de 1669.
El historiador de los teatinos de París, R. Darricau, (8) comienza así su narración: “El 7 de agosto
de 1644 dos sacerdotes sicilianos solicitaban celebrar la Misa en la iglesia de s. André-des Arts,
una de las antiguas parroquias del barrio de Saint-Michel, junto a Notre Dame de París. Su
llegada estaba llena de significado y hacía parte de un programa muy concreto. Los dos padres
venían a Francia con un mensaje muy parecido a los que sonaban desde hacía un siglo, a orillas
del Sena, en aquel barrio de estudiantes cercano a la Sorbona. El monte de santa Genoveva y sus
alrededores fue siempre un lugar de confluencia de grandes movimientos de ideas, un cruce de
caminos privilegiado, donde, año tras año, revive el recuerdo de las épocas más vibrantes. En
1619 era san Francisco de Sales, antes santa Juana de Chantal, Ignacio de Loyola, los barnabitas
de san Antonio Ma Zacearía… Y ahora el mensaje que París estaba a punto de recibir era el de los
Clérigos Regulares (Teatinos), de san Cayetano de Thiene. Los teatinos eran los representantes
más vigorosos de las grandes ideas de la reforma católica que el concilio de Trento había llevado
a una eclosión irresistible.
“Aquellos dos teatinos llegaban a Francia en un momento solemne: La Iglesia de Francia
acababa de entrar en una de las fases más gloriosas de su historia, en los comienzos de un siglo
que merecería el nombre de Grande. Gozando de la paz lograda en los reinados de Enrique IV y
Luis XIII, Francia dirigía su energía vital hacia el enriquecimiento interior, lo que Brémond
llamó la Invasión mística. La fundación de la casa teatina de París se enmarca en ese cuadro. Y
su relieve es tanto más singular por cuanto los teatinos tendrán muy pronto la tremenda
responsabilidad de dirigir la conciencia del cardenal Mazarino: Ocupados de su alma en la
mayor parte del tiempo de su cargo de primer ministro, le asistirán en su lecho de muerte. Esa
demostración de estima y de confianza les envolverá en un prestigio inmenso, pero ellos sabrán
hacer frente a su situación privilegiada, permaneciendo fieles al espíritu de su fundador,
plenamente conscientes de una incontrovertible verdad: Las comunidades de fe no escapan a las
leyes de las comunidades humanas; se estancan si no son fieles a sus tradiciones. La mejor
ilustración de esa actitud será la vida del P. Andrés de la Croix, hombre de gran virtud, cuya
fidelidad le llevará a una aureola de santidad para sus contemporáneos. París llorará su muerte,
en 1697, como un duelo público. Junto al P. de la Croix formarán y trabajarán religiosos de gran
talla que, cada uno a su manera, pondrán a la vista el ideal teatino: Luis María Pidou (+1717),
obispo de Babilonia, pionero de la unión de las iglesias orientales a la romana; Alexis Dubuc (+
1710), controversista y mariólogo; Juan Francisco Boyer (+ 1755), preceptor del Delfín, hijo de
Luis XV, detentor de la Feuille des Bénéfices junto al cardenal de Fleury, denodado luchador por
el triunfo del pensamiento romano en medio de las disputas teológicas de aquel tiempo tan
agitado. Será todo el Siglo de los Filósofos el que verá a los teatinos luchar aguerridos, con obras
y palabras, como buenos soldados de la santa Sede… Y cuando, impuesta por la Revolución
avasalladora, suene la hora de la dispersión, los teatinos de Santa Ana la Real se irán, llevando
en su haber un siglo y medio de apostolado sólido y fecundo en París, en Francia, en las tierras
lejanas”.

LISBOA
En 1648 Juan IV de Portugal regalaba a los teatinos una residencia en Lisboa. El Capítulo General
de 1653 aprobó la fundación y el 29 de septiembre los religiosos se establecieron en la casa e iglesia
de Santa María de la Providencia. Los fundadores fueron dos teatinos misioneros, los padres Antonio
Ardizzone (+ 1699) y Alberto Ma Ambiveri (+ 1671). Aquella casa estaba destinada a ser el punto
de partida y concentración de los misioneros en ruta hacia las Indias Portuguesas. Y, además, aquella
casa fue una cuna inagotable de misioneros y de sabios. Recordemos sólo al P. Antonio G. de Sousa
(+ 1732), Cayetano Contador de Argote (+ 1749), Luis Lima (+ 1757). El P. Sousa es el historiador
fundador de la Real Academia de Lisboa.

MUNICH
En 1662 los duques electores de Baviera Fernando María y Enriqueta Adelaida de Saboya
agradecieron al beato Cayetano el nacimiento, casi milagroso, del príncipe heredero Maximiliano
Manuel y llamaron a sus hijos a fundar en sus tierras. Fueron asignados a la nueva fundación los
padres Esteban Pepe, Carlos Parma y Jerónimo Meazza. Llegados a Munich (9), vivieron en la
residencia de San Roque que el abuelo de Fernando María, Guillermo, había construido para los
peregrinos. Adquirieron luego el casal del conde de Courtius y, el 29 de abril de 1663, empezaron la
edificación del grandioso convento y de la iglesia de Santa Adelaida y San Cayetano, la maravillosa
Theatinerkirche, en la que se llama Theatinerstrasse, que es todavía hoy uno de los monumentos más
admirados de la hermosa capital bávara. Los duques electores, Fernando María y Enriqueta
Adelaida, decididos protectores de los teatinos y de su templo, a raíz de la canonización de san
Cayetano, lo proclamaron, en 1672, Protector de la Serenísima Casa Electoral y de todos sus
Estados.

PRAGA
En 1662 el mismo padre Pepe emprendía una nueva fundación en Praga: La Casa de Santa María
de Etinga o del Desierto. Se conserva el permiso imperial del 27 de agosto de 1664 y la carta del
virrey de Bohemia, conde de Martinicz. La iglesia fue empezada en 1691 y consagrada en 1717.

SALZBURG
En 1684 se establecían los teatinos en Salzburg.

VIENA
El archiduque de Sajonia, Christian August, con acta del 24 de agosto 1703, cedía a los teatinos su
palacio, como residencia, en Viena.

VARSOVIA
Los teatinos habían abierto un Colegio para Armenios en Leópoli (Polonia) en 1665, y de allí
marcharon a Yarsovia, donde regentaron hasta fines del siglo XVIII la iglesia de Santa Cruz, que
ahora conserva el corazón de Chopin.
Nombres famosos de aquellas comunidades fueron el P. Cayetano Trautmansdorff, conde de
Trautmansdorff, el P. Fernando Sterzinger (+ 1786), que fue uno de los fundadores de la Academia
de Ciencias de Baviera, el P. José Rittershausen (+ 1820), el P. Juan Edelweck, gran liturgista, el P.
Carlos Clodzinski (vigésimo General de la Orden, elegido en 1686) y su hermano Jerónimo,
mariólogo, y el P. Cayetano Vicich, elegante poeta latino.

NOTAS:

(1) En total 22 religiosos, incluyendo a San Cayetano y el Beato Juan Marinonio, a saber: Andrés Verso, romano, subdiácono, fallecido el
1 de noviembre de 1540; Bernardo de Padua, lego, el 14 de enero de 1542; Severo Tizzone, diácono, el 26 de agosto de 1542; el P. D.
Miguel Mezzalorsa, el 18 de noviembre de 1546; el P. D. Lorenzo Veneciano, el 7 de marzo de 1547; San Cayetano de Thiene, el 7
de agosto de 1547; Jaime de Turin, clérigo, el 25 de septiembre de 1548; el P. D. Pedro Foscarini, el 28 de marzo de 1551; el P. D.
Nicolás de Verona, el 23 de mayo de 1553; Pedro Cangiano, clérigo, el 12 de noviembre de 1555; Jaime de Ferrandina, el 27 de
diciembre de 1557; el P. D. Marcos Pascualino, el 20 de mayo de 1558; Jaime de Mola, novicio, el 30 de junio de 1558; el Beato Juan
Marinonio, el 13 de diciembre de 1562; el P. D. Francisco Filagro, el 3 de diciembre de 1573; el P.D. Pedro Caputo, el 31 de agosto
de 1575; Mauro de Florencia, lego, el 8 de enero de 1576; Hermano Merola, clérigo, el 16 de febrero de 1577; el P. D. Antonio
Abenante, el 30 de abril de 1577; el P. D. Juan Pablo Montorfano, el 27 de diciembre de 1580; el P.D. José Barbuglio, el 4 de abril de
1587.
(2) Las casas teatinas de Nápoles eran: San Pablo el Mayor, Santa María de la Victoria, Santos Apóstoles, Santa María de los Angeles,
Santa María de Loreto, Santa María Abogada.
(3) F. Andreu, Appunti per una statistica generale dell’Ordini Teatino: RD 30 (1974)79-83.
(4) A. Oliver, La Iglesia y convento teatinos de Santa Isabel, de Zaragoza: Zaragoza 26 (1967) 10.
(5) Según R. Ballester, Histoire de l’Espagne (París 1928) p. 214, en el año 1623 había en España 200.000 religiosos, el 30% de la
población total. Las Cortes de aquel año señalan la existencia de 9.088 conventos.
(6) Cf. A. Oliver, La iglesia… p. 11.
(7) F. Andreu, Los teatinos en Mallorca: RD 1 (1945) 18-47.
(8) R. Darricau, Les clercs réguliers théatins à Paris. Sainte Anne-La-Royale (1644-1793), Roma 1961, p. 3.
(9) G. Adrover, I teatini in Monaco di Baviera: RD 9 (1953) 3 y 89; y M.J. Hufnagel, San Gaetano Thiene Patrono della Baviera: RD 26
(1970) 178-218.
Capítulo 17

LAS MISIONES TEATINAS

Una de las cosas que más sorprenden en aquella deslumbradora expansión de los teatinos del siglo
XVII es su increíble actividad misionera.
Pero antes es preciso e indispensable hacer una rápida visita a las pobladas y dinámicas casas del
sur de Italia y más concretamente a la de San José de Palermo. La comunidad de San José era el
ejemplo vivo de un dinamismo ágil y alegre, modo theatino. A Sicilia habían llegado los teatinos en
los tiempos y a la luz del P. Andrés Avelino.
Y llegaron, como siempre ellos, igual que los discípulos de Jesús, sin alharacas, sin ruidos, sin
alforja ni sandalias, con el breviario en la mano y el patrimonio de una cantarina pobreza en el
corazón, con una fe y una ilusión capaces de transportar montañas. Ahora tenían centro de estudios y
casa en el mismo corazón de Palermo. La iglesia de San José en Las Cuatro Esquinas, era una
maravilla de arquitectura, de limpieza, de esplendor de ceremonias y de recitados corales
persiguiéndose entre las ágiles columnas. La gente que la frecuentaba decía y repetía que la
verdadera maravilla era la comunidad. Y era verdad. Aquélla era una comunidad viva, activa,
entregada, feliz, teatina en fin. La gente contaba y no paraba: Iban y venían teatinos de todas partes,
investigadores, profesores de la universidad, predicadores, misioneros.
Recientemente aquella casa se había convertido en centro de encuentro de misioneros: En ella
confluían los que venían; de allí salían los que se iban. Los que venían contaban, los que partían
soñaban. Era el trajín de una colmena. Y era una jaula de alegría. Desde allí se partía a Georgia, a
Cólquida, hasta Borneo y Sumatra. Y no eran teatinillos de segunda mano los que se iban; eran
hombres de gran talla entregados en cuerpo y alma a la Iglesia. Había sabios, latinistas, teólogos, que
dejaban su cátedra y se iban. Se iban y en la lejanía se convertían en misioneros, en milagreros, en
mártires a menudo. Aquello era el mundo de lo increíble hecho carne y realidad. Se dedicaban de tal
manera aquellos teatinos a la extensión del Reino de Dios, que manejaban con sin par soltura las
cosas de la tierra y en sus manos tomaba bulto y cuerpo incluso aquello que creyeran imposible los
que a la búsqueda de añadiduras desasosegadamente se dedican.
Pero allí andaba un hombre extraordinario, ejemplo conspicuo de teatino del XVII, maestro de
teatinos y de santos, maestro de novicios, por ejemplo, de san José María Tomasi. El curriculum es
impresionante: Francisco María Maggio había nacido en Palermo en 1612. Profesado en la casa de
san José el 17 de octubre de 1632, cuando contaba 20 años. Tuvo por maestro espiritual al P. Pedro
Giardina, un hombre que vivió toda su vida con la ilusión de ir a las misiones de Georgia. Cuando,
ya en Messina, estaba a punto de lograrlo, le ordenaron que regresara a Palermo. Tenía otras
sementeras que cuidar. Francisco María fue la mejor gavilla de la siembra de aquel hombre, que
heredó de él la ilusión por las misiones. Y a las misiones de Georgia fue con un compañero de
excepción, el P. Clemente Galano. Y en Georgia encontraron a un misionero increíble y prodigioso,
el venerable P. Pedro Avitabile, también teatino. Nuestro Maggio se dio con tal cariño a la
predicación que para desempeñar bien el cometido aprendió a la perfección la lengua de aquellas
gentes y compuso y publicó la primera gramática de la lengua georgiana que se conoce. Misionó
luego durante años en la Cólquida y Guriel, tierras del Cáucaso. Vuelto a Italia con el fin de fundar
unas casas-puente para los misioneros, en Constantinopla, le hicieron imprimir para ellos y para los
predicadores su gramática. Y ya se quedó en Italia definitivamente. Y en Italia se dedicó hasta su
muerte a la formación de los novicios y profesos teatinos. Lleno de vida y de glorias, jamás aceptó
honores ni dignidades. Maestro en lenguas clásicas y en filosofía y ciencias, como era, dedicó todo
su tiempo a escribir, de tal manera que es el escritor más fecundo de nuestra orden. Humanista,
cultivado, simpático, soñador, aquel hombre talentoso escribía en delicioso latín sobre teología,
ascética, hagiografía, liturgia, historia; dominaba el ritual y en la ciencia litúrgica era maestro. Fue
fervoroso admirador de la fundadora de las teatinas, la mística napolitana Úrsula Benincasa, y apoyó
siempre a sus hijas en sus fundaciones y en su vida espiritual. Mas donde se encontraba a gusto de
verdad era en la celebración del servicio divino: El coro y la liturgia sacramental. Era maestro
consumado en la dirección de las almas. Nunca dejó la predicación, en la que era inigualable. Lleno
de luz y de días, murió en Palermo, a los setenta y cuatro años, el 12 de junio de 1686.
Esa actividad y entusiasmo misionero es contemporáneo de la onda expansiva que conocemos. El
P. Miguel Ghisleri había colaborado eficazmente con su dirigido espiritual el español Juan Bta.
Vives en la fundación y dirección del Colegio Urbano de Propaganda Fide, en 1600. Llamado en un
principio Colegio de sacerdotes seculares de Propaganda Fide. Fue Urbano VIII quien, en 1627, lo
reconoció y declaró Colegio Pontificio y lo incorporó a la Congregación de Propaganda en 1641. El
23 de mayo de 1627 él mismo confiaba a los teatinos la dirección e instrucción de los alumnos,
siendo el primer rector del Colegio el P. Marcos Romano delle Grottaglie di Taranto, que en 1646
fue nombrado por Inocencio X obispo de Ruvo, en Puglia, donde murió el 23 de septiembre de 1649.
El 1 de octubre de 1639 se construía el palacio según proyecto de Bernini y de Gaspar de’Vecchi, y
los cronistas recuerdan con admiración el nombre del teatino Pedro Pablo Gandolfi, laico genovés,
al que el cardenal Antonio Barberini, hermano del papa, había confiado la supervisión de los
trabajos.
Pues bien, el 4 de mayo de 1626, la Sagrada Congregación de Propagande Fide autorizaba la
primera expedición de misioneros teatinos a Georgia.
En su Vita de Paulo IV el P. Caracciolo había ya previsto la futura vocación misionera de los
teatinos: “Dar al clero ejemplo y forma de vivir, fomentar la frecuencia de sacramentos, como en
la Iglesia primitiva, volver a dar vida a la predicación que el clero tenía olvidada, asistir a los
enfermos y moribundos, cuidar las misiones entre herejes e infieles”.
Y el historiador de las misiones teatinas, el P. Bartolomé Ferro, asegura que los comienzos de la
actividad misionera fueron precedidos de milagros y de apariciones del P. Cayetano empujando a
ellas a sus hijos.

EN EL CÁUCASO
La primera expedición a Georgia partió de Messina en diciembre de 1626, y la integraban los
padres Pedro Avitabile, que será el primer prefecto de la misión, Juan Filomia y Jaime Di Stefano.
Después de un largo y feliz viaje, estaban ya en destino al cabo de dos años, en diciembre de 1628.
En enero de 1631 partía otra expedición con los padres José Del Giudice y Miguel Ángel Lamberti.
Desde 1626 a 1679 salieron para Georgia más de once expediciones de misioneros teatinos.
Evangelizaron Iberia, y en octubre de 1633 pasaron a Cólquida y Mingrelia. Al año siguiente los
padres Giardiná y Castelli marcharon a Guriel y, en 1644, el P. Castelli llegaba hasta Imeteria.
Se organizaron allí cuatro comunidades reconocidas por el Capítulo General de 1639 y para
mantener su estabilidad los misioneros se comprometían a permanecer allí hasta diez años.
En 1629 el P. Avitabile, jefe de la primera expedición, regresó a Roma como legado del rey de
Iberia Taimuraz Khan y presentó a Urbano VIII una extensa relación. Y el 21 de junio de 1630 el
papa entregaba al teatino una carta para el rey en la que le agradecía su sumisión filial a la iglesia
romana.
Hubieron de arrostrar y vencer muchas dificultades los teatinos, pero al final su tenacidad y su
labor fueron decisivas para la unión de los cismáticos, la abolición de la esclavitud y la santificación
de los fieles. Entre los convertidos se cuentan: El obispo metropolitano de Trebisonda, Alabardei, el
patriarca armeno de Constantinopla, Ciriaco de Erivan y el mismo rey de Mingrelia, Dadiano. Este
escribía así al papa: “Muchos príncipes, obispos y arzobispos, con innumerables grupos de gentes,
han seguido mi ejemplo. Y han sido tan fructuosas las fatigas de estos religiosos, que puedo decir
con toda verdad que han cambiado mi reino en otro”.
La misión de Georgia fue mantenida por los teatinos durante más de setenta años. Tuvieron allí
cuatro casas en las que trabajaron 41 teatinos, muchos de los cuales dejaron allí la vida, como es el
caso del P. Jaime Di Stéfano, hoy venerable.
Una de las glorias de aquellos hombres es haber apuntalado su actividad misionera y liberadora
con una preocupación por la cultura autóctona. Hay dos ejemplos conspicuos de ello: El del P.
Clemente Galano y del P. Francisco M a Maggio. El P. Galano es autor de la primera gramática de la
lengua armena: Grammaticae et Logicae institutiones linguae litteralis armenicae Armenis
traditae, aparecida en Roma en 1645, y del espléndido estudio en tres volúmenes (Roma 1650-61)
Conciliationis Ecclesiae Armeniae cum Romana… in duas partes, historialem et controversialem
divisae, sobre los problemas candentes suscitados por aquella unión. Del P. Galano escribía el
patriarca armenio Ciríaco Vartabiet: “un nuevo Atanasio ha aparecido en estos tiempos en Oriente;
un nuevo Atanasio y un nuevo Cirilo. Hijitos míos, acudid a él y seréis iluminados”.
Por su parte el P. Maggio con sus Syntagmata linguarum orientalium quae in Georgiae
regionibus audiuntur (Roma 1643) ponía en las manos de los misioneros la mejor ayuda lingüística.
Y hay que recordar, aunque sea sólo de paso, también al P. Arcángel Lamberti con su Relazione
della Colchide oggi detta Mingrelia, nella quale si tratta dell’origine, costumi, e cose naturali di
quei paesi (Nápoles 1652), y con su Colchide sacra (Nápoles 1657), que son una perfecta visión de
la historia y de la etnografía georgianas; y al P. Ángel M a Verricelli con su Tractatus de apostolicis
missionibus (Venecia 1656), que llegará a ser el manual imprescindible de los misioneros.
La Biblioteca Nacional de Palermo conserva una colección de volúmenes ilustrados con pinturas
del P. Cristoforo Castelli, quien, con exquisita sensibilidad artística, reproduce los mil aspectos de
la vida religiosa, social y folklórica de aquellas tierras.
La última expedición misionera a Georgia es de 1691. Las sangrientas guerras de la segunda mitad
del siglo que agitaron Mingrelia y Guriel hicieron imposible su prosecución y fueron muriendo poco
a poco los misioneros que quedaban. “Al constatar un hecho tan triste —escribía en 1910 el
historiador Tamarati—, es nuestro deber tributar un merecido homenaje a aquellos religiosos por su
celo infatigable y apostólico, por su caridad sin límites, por su vasta erudición. Estuvieron poco
tiempo en Georgia, pero en tan escaso tiempo hicieron un bien inmenso e impagables servicios al
país y llenaron con sus anotaciones archivos y bibliotecas, cosa que no hicieron sus sucesores”.
De aquella misión nació el Colegio armenio de Leópolis. Después de unos años de trabajo entre
los armenios, el P. Galano fue destinado por Propaganda Fide, en 1663, a Polonia, con el fin de
intentar la unión de los armenios que allí vivían dispersos. Llegado allá al año siguiente, fundó el
Colegio Armeno y empezó a trabajar en la deseada unión. Muerto el P. Galiano en mayo de 1666, le
sucedieron el P. Ángel Peverati, el P. Esteban Trombetta y el P. Luis M a Pidou, de la casa de Santa
Ana de París. El P. Pidou, que era discípulo de Galano, llevó finalmente a cabo la unión de los
armenios con la Iglesia de Roma y dio un vital impulso al Colegio de Leópolis. La unión se hizo con
el obispo Vertado Hunanian, también antiguo discípulo de Galano. En julio de 1687 el papa
Inocencio XI nombraba a Pidou obispo de Babilonia, con residencia en Ispahan, capital de Persia,
donde murió el 20 de noviembre de 1717.

LAS MISIONES EN LAS INDIAS ORIENTALES (1)


En octubre de 1639, con la aprobación y bendición del Capítulo General, partían de Livorno el P.
Avitabile, con autoridad de prefecto apostólico, y otros tres compañeros (P. Francisco Manco, P.
Antonio Ardizzone y el H. Andrés Lippomano, un georgiano convertido) hacia las Indias Orientales.
A través del desierto de Arabia (más seguro que la ruta marítima), llegaron a Goa en octubre del año
siguiente. Establecido el centro de operaciones en Goa, los teatinos fueron extendiendo la misión por
las regiones de Idalcan, Golconda, Narsinga, Costas de Guerlin y Coromandel, mientras de Europa
llegaban constantes refuerzos en seguidas expediciones. En 1643 una de esas expediciones se perdió
en el desierto de Bagdad y pereció en las soledades.
El P. Avitabile —venerable entre los teatinos—, alma de las misiones teatinas en los dos
hemisferios, murió en 1650 y le sucedió en la Prefectura el P. Ardizzone y, después, el P. Salvatore
Gallo, que murió en 1697.
Las expediciones, al tener que situarse en territorio portugués, solían usar la vía de Lisboa y las
naves portuguesas. Por eso la expedición que salió de Livorno en 1650, dejó en Lisboa al P. Alberto
Ambiveri, que fue el fundador de la casa teatina de aquella ciudad y murió en ella el 6 de agosto de
1651.
La expedición de 1673, que salió para Goa, vía Lisboa, iba encabezada por el P. Salvador Gallo,
que fue prefecto apostólico de aquellas misiones por espacio de 23 años. Nos ha dejado unos relatos
que constituyen una fuente histórica de primer orden. Al morir el P. Gallo en 1697, como dijimos,
trabajaban en aquellas tierras 43 misioneros teatinos, a los que se unieron otros en 1698. En 1721 el
P. Carlos Fedele abría en Goa una casa de formación para los indígenas, con 20 sacerdotes y 4
hermanos coadjutores.
EN LA ISLA DE BORNEO
El apóstol y primer vicario apostólico en la isla de Borneo fue el P. Antonio Ventimiglia. Fue un
hombre infatigable. Su celo y sus éxitos apostólicos le hacen comparable, según los testimonios, a
san Francisco Javier. Este hombre, hoy venerable, nació en Palermo en 1642, se ofreció para las
misiones en 1680 y en 1687 se embarcó para Borneo, arribando a Bandjermassen. En virtud de las
relaciones que el P. Gallo enviaba periódicamente al rey de Portugal y a la Congregación de
propaganda Fide, ésta con un decreto del 14 de enero de 1692 confió a la Orden teatina las misiones
de Borneo, facultando al P. Ventimiglia para levantar un seminario para la formación del clero
indígena, y asignándole “ad triennium” 200 escudos anuales. Inocencio XII, en Breve del 19 de enero
de 1693, nombraba a Ventimiglia vicario apostólico de Borneo. Durante los años 1690 y 1691, el P.
Gallo le envió misioneros de refuerzo; pero las continuas dificultades y obstrucciones levantadas por
la envidia de los mercaderes portugueses les impidieron poder adentrarse en la isla e hicieron
imposible el envío de nuevos refuerzos. El P. Ventimiglia moría en 1693. Y, después de sólo cinco
años de evangelización en aquel inmenso territorio, había convertido a la fe cristiana quince pueblos
enteros con el príncipe Daman.
En 1707 el P. José Martelli se aventuró a buscar al P. Ventimiglia, pero, apenas llegado a la isla,
su rastro se pierde misteriosamente. La plena evangelización de la isla fue durante muchos años el
sueño de los misioneros teatinos. De manera que todavía en 1723 y 1761 otros teatinos intentaron
llegar hasta allí, pero, al resultar vanos sus esfuerzos, se esparcieron por el archipiélago indio:
Maliapur o Santo Tomé, Manila, Visnagar. En 1702 el inglés P. John Milton abría una misión en el
sur de Sumatra, mientras atendía a los marineros del puerto de Benkoelen. En las Indias Holandesas
trabajaron los teatinos hasta bien entrado el Setecientos. Y la casa de Goa se mantuvo hasta 1835,
cuando la expulsión decretada por María II de Portugal dispersó los últimos misioneros. Como
elocuente testimonio de dos siglos de esfuerzos y de sacrificios queda aun la bella iglesia barroca
que aquellos teatinos levantaron en honor de Nuestra Señora de la Providencia, y es hoy sede del
patriarca de Goa.

Conclusión
La historia de esa larga ilusión y aventura teatina que se expandió por todo el sur-este de las Indias
Orientales hasta Camboya y Filipinas, que tuvo mártires en el P. Ventimiglia, el P. Ricca, el P.
Martelli, y que alcanzó a tener seminarios y religiosos indígenas, es una de las glorias más
conspicuas de la Orden de San Cayetano.
A. Spalla, después de su largo estudio (2), llega a las siguientes conclusiones, que extractamos:
“En Goa fue muy notable el trabajo apostólico de los teatinos. Buena parte de la población ya
era católica y el trabajo de los religiosos llegó a ser muy influyente. El hecho de poseer una de las
más bellas iglesias de la ciudad, en la que —según el testimonio de muchas cartas— se cuidaba
con esmero el servicio religioso, les daba un campo anchísimo de irradiación. Dice mucho a su
favor:
* El confesionario nocturno, muy frecuentado;
* la predicación que hasta las autoridades civiles portuguesas deseaban,
* el espíritu desinteresado.
Dieron copioso fruto. Y el hecho de que, una vez desaparecidos los misioneros italianos, fueran
tan numerosos los indígenas que pidieron entrar en la congregación teatina, de tal manera que la
casa pudo durar ininterrumpidamente hasta la supresión por parte de la autoridad civil, es señal
clara que el buen ejemplo dado y su vida edificante habían dejado profunda huella en la
población indígena.
En la costa de Coromandel, en cambio, no pudieron dejar huellas tan marcadas. Si en la
segunda mitad del XVII los misioneros trabajaron con fruto, en el siguiente, a pesar de su
esfuerzo por abrirse un campo de apostolado, se encontraron frente a dificultades políticas y
envueltos en todas las contrariedades inherentes a la visita del legado apostólico De Tournon;
retirados por orden del virrey de Goa, ya no pudieron volver a establecerse en aquella región, a
pesar de todos sus esfuerzos por lograrlo.
Y otro ejemplo de las graves dificultades que experimentaban los misioneros es el fallido
intento de establecerse definitivamente en Camboyay, menos todavía, en Arrakan.
Admirable y digno de todo encomio es el esfuerzo por abrirse camino en las islas de Sumatra y
Borneo, que eran terreno virgen para el cristianismo. En Sumatra trabajaron más de medio siglo.
La Compañía Inglesa para las Indias Orientales, que permitió su permanencia para el servicio
religioso de los católicos, les dio con ello la posibilidad de convertir a muchos indígenas. Era la
primera vez que misioneros católicos se establecían en la región meridional de la isla.
Y si no llegaron a extenderse por el interior, en un intento que pudo ser realmente glorioso,
ello fue debido sólo a que se lo impidieron los mismos ingleses, empeñados siempre en limitar su
número y el campo de sus actividades.
En Borneo las dificultades vinieron siempre de los mismos indígenas de la costa. Mientras el P.
Ventimiglia había logrado entrar en contacto con una tribu todavía pagana y obtener en pocos
años increíbles resultados, los demás se encontraron siempre con musulmanes, reacios por
religión y primitivismo a cualquier influjo. Las cartas de los misioneros están siempre llenas del
sueño de poder llegar un día a romper la muralla; pero el martirio del P. Martelli y la
constatación in situ de las dificultades les obligaron a apearse de su ilusión. La hora del
Evangelio todavía no había sonado para la isla; y fue sólo en 1851 cuando un sacerdote holandés
logró penetrar allí. Y montar una estación misionera fue posible sólo en 1885. Pero cuando se
hable de la evangelización de aquellas islas, deberán alabarse siempre los esfuerzos de los
misioneros teatinos para abrir el campo al cristianismo, y se verá que la sangre de dos mártires
no fue inútil.
Y es obligado subrayar un hecho sorprendente: Aquellos teatinos se muestran reacios a hablar
de sí mismos y a atribuirse méritos, sobre todo en sus cartas a la Sagrada Congregación. Les
basta con trabajar por el Señor, y se sienten bien pagados al poder ofrecer sus padecimientos y su
misma vida por El”.

Quiero consignar dos testimonios esplendorosos:


1. Una carta del P. Fedeli escribiendo a Roma dice:

"Nuestros Padres de Lisboa me aseguraron que el propio rey de Portugal tuvo a bien declarar
de su boca que los teatinos de las Indias eran los únicos religiosos de los cuales no recibía
quejas, sino elogios. Y con ello disipaba aquel nubarrón que amenazaba oscurecer en la corte el
brillo de nuestro proceder”.

2. Una carta de la Congregación de Propaganda Fide al Procurador de las misiones teatinas:

“Habiendo Monseñor Secretario relatado a esta Congregación cuanto resulta de la última


carta de los Padres teatinos misioneros en las Indias Orientales, y muy especialmente todo
aquello que con singular celo, sufrimientos y fatigas han hecho para dilatar nuestra santa fe
católica en aquellas numerosas poblaciones y sobre todo en las islas de Sumatra y Borneo,
aunque en esta última su fervor no haya logrado, por inescrutable designio de Dios, la meta
deseada, he recibido el encargo de manifestar a V.R., a fin de que lo comunique a la Curia
General, que esta misma Sagrada Congregación queda sumamente satisfecha y agradecida,
conservando para aquellos padres misioneros y para toda su Congregación todo agradecimiento y
admiración… Que Vd. y sus superiores tengan a bien valerse de esta nota para dichos misioneros
y para animar su celo”.
“Por mi parte, no puedo dejar de poner de relieve una incontenible admiración por todo lo que
aquel grupo de misioneros, a pesar de las innumerables dificultades, la exigüidad de la ayuda
económica que tenían a su disposición y las estrecheces de personal, llegó a realizar en las
misiones, y, sobre todo, por su espíritu apostólico tan acendrado de anunciadores del Reino de
Dios” (3).

NOTAS:

(1) Para todo este capítulo es indispensable ver el sustancioso estudio de A. Spalla, Le missioni teatine nelle Indie Orientali nel. sec.
XVIII e le cause della loro fine: RD 27 (1971) 1-76 y 28 (1972) 265-305 y 29 (1973) 3-37.
(2) Cf. también F. Andreu, I teatini… p. 31-34.
(3) Spalla, Le missioni… p. 36 y 37.
Véase también R.M. Wiltgen, The Evangelization Congregation at thè service of Java, Borneo, Sumatra (1622-1815): RD 29 (1973) 122-
41.
Capítulo 18

LA LUMINOSA ESTELA

Por donde pasaron, los teatinos dejaron siempre una estela de luz. Su labor fue conspicua e inolvidable
en la historia de la Iglesia.

-------
“En el servicio del culto divino, en el desapego de las riquezas y en el modo común de vivir, siguiendo
las huellas de los apóstoles, han renovado en nuestra edad los primeros tiempos de la iglesia de Cristo”.
Card. Guillermo Sirleto.

“Noveles restauradores del vivir apostólico” llamaba a los teatinos el franciscano Buenaventura
de Centis.
“Los nuevos Clérigos Regulares —escribe Iparraguirre— ven la acción apostólica en función
del sacerdocio y del desarrollo de la Iglesia”.
“Los contemporáneos veían en ellos un cuerpo organizado de sacerdotes, que poseían las
virtudes de los religiosos, practicaban la perfección evangélica de los votos, pero seguían siendo
sacerdotes en medio de ellos, sin distinguirse en el modo de vestir o de comportarse de los demás
sacerdotes. Quedaban exentos de algunas cargas monacales que dificultaban el servicio
sacerdotal y, en compensación, llevaban una vida interior intensa que contrabalanceara los
peligros que podían venir de su inmersión en un ambiente poco propicio a la santidad.
Para parecerse más a los sacerdotes del tiempo realizaron diversas modificaciones en el modo
de practicar los votos. La pobreza consistía más que en hábitos pobres externos o en la
mendicidad, en un género de vida sencillo y pobre; en huir de los honores y altos cargos. La
obediencia consistía en una dependencia total y exclusiva del Sumo Pontífice. Los votos vividos de
esta manera cortaban de raíz los abusos más perniciosos de la época: la codicia de dignidades, la
acumulación de beneficios, la dependencia de abades comendaticios, de señores temporales, que
obstaculizaban la acción de los obispos y de la Iglesia”.
Hijos de aquel Cayetano a quien Giulio Salvadori llamó “el primer hombre y el primer sacerdote
de la edad moderna”, los teatinos incorporaron a la espiritualidad un elemento muy propio del
tiempo, el desarrollo de una recta personalidad dentro del plano de la Providencia y de la gracia.
Esta espiritualidad ofrecía a los humanistas el modo de superar lo que de desordenado y vicioso hay
en el hombre… para lograr el modelo que ellos tanto anhelaban: el hombre interior, el hombre
nuevo… En la escuela de este movimiento de inspiración genuinamente evangélica ya se perfila el
tratado de El Combate espiritual del teatino Lorenzo Scúpoli.
El pueblo llamó en muchas partes a los miembros de esta Orden sacerdotes reformados. Veía en
ellos lo que querían ser: sacerdotes santos. Gracias a ellos se fundió, con una unión no lograda hasta
entonces, el espíritu sacerdotal en la espiritualidad religiosa. Los altos valores encerrados en los dos
estados formaban un género de vida excelso que continuará dando frutos en la Iglesia sin cesar.
Y añade Andreu: “ Los teatinos apuntaban a la formación de los sacerdotes, al clero…, a fin de
alcanzar luego las alturas del estado y la vida eclesiásticos. De ahí su atención puesta en el
“riquísimo venero” del servicio litúrgico, en cuya celebración destaca la devotio y en cuya
actividad pastoral se echa de ver la interioridad. Una generación de artistas teatinos, Grimaldi,
Guarini, Besio son expresión de este espíritu”.
Sobre las huellas de Cayetano y Marinoni, animadores de fervorosos grupos sacerdotales en
Venecia y en Nápoles, Andrés Avelino y Burali en Piacenza y en Milán despliegan una admirable
labor conservando siempre el espíritu propio de la congregación. Burali, en Piacenza, es definitivo:
Ofrece a sus teatinos la casa e iglesia de San Vicente para que en ella desplieguen su misión
sacerdotal, el servicio litúrgico y la asistencia espiritual a los fieles. No más. Para otros quehaceres
llamará a los especialistas: A los somascos para el cuidado e instrucción de los huérfanos; a los
capuchinos para la conversión de los descarriados y para la predicación misionera e itinerante; a los
barnabitas para la formación de las diversas categorías de fieles, y a los jesuitas para la enseñanza
en el seminario.
De pie en el tajo y fieles a su vocación surgieron aquellos teatinos que son, todavía hoy, el
ejemplo y el orgullo de sus hermanos.

LOS HOMBRES ILUSTRES:

SANTOS:
San Cayetano de Thiene, 1480-1547, canonizado por Clemente X, el 12 de abril de 1671. San
Andrés Avelino, 1521-1608 nacido en Castronuovo y muerto en Nápoles, canonizado por Clemente
XI, el 22 de mayo de 1712. San José Mª Tomasi , 1649-1713 en Licata y Roma, canonizado por Juan
Pablo II, el 12 de octubre de 1986.

BEATOS:
Juan Marinoni, 1490-1562 en Venecia y Nápoles.
Pablo Burali d'Arezzo, 1511-1578 en Itri y Nápoles.
Está en marcha el proceso de beatificación del ven. P. Francisco Olimpo (+ 1639) y el de Vicente
Ma Morelli (+ 1812), arzobispo de Otranto.

VENERABLES SON MUCHOS:


Recordemos a Jaime di Stefano (+ 1633), Francisco Manco (+ 1646), José del Giudice (+ 1646),
Pedro Avitabile (+ 1650), Antonio Ventimiglia (+ 1707), Jerónimo Abarrategui (+ 1719).

HOMBRES DE GOBIERNO:
El papa Paulo IV (1555-1559). 8 cardenales y 302 obispos.
Las artes y las ciencias fueron largamente cultivadas por las generaciones de teatinos en un
inmenso arco que acredita el pluralismo de su actividad:
TEÓLOGOS:
Juan Morandi (+ 1607), Carlos Tornasi (+ 1675), Alberto Fardello (+ 1683), Cayetano del Pezzo (+
1743).

LITURGISTAS:
Andrés Pescara-Castaldo (+ 1629), Pablo Ma Quarti (+ 1655), José Ma Tornasi (+ 1713), Cayetano
Ma Merati (+ 1744).

JURISTAS Y MORALISTAS:
Antonio Diana (+ 1663), el famoso autor de los 12 vols. de las Resolutiones Morales, Zacarías
Pasqualigo (+ 1664), Alejandro Pellegrino (+ 1634).

EXEGETAS:
Antonio Agelio (+ 1608), Miguel Ghislieri (+ 1646), Luis Novarino, (+1650), tan admirado por san
Alfonso Mª de Liguori.

ORIENTALISTAS:
Clemente Galano (+ 1666), Francisco Ma Maggio (+ 1686), Luis Pidou (+1717).

HISTORIADORES:
Juan Bautista del Tufo (+ 1622), Antonio Caracciolo (+ 1642), José Silos (+ 1674), Bartolomé Ferro
(+ 1706), Antonio Francisco Vezzosi (+ 1783).

ARQUEÓLOGOS:
Pablo Ma Paciaudi (+ 1785), bibliotecario del Duque de Parma.

ASTRÓLOGOS:
José Piazzi (+ 1826), el descubridor de Ceres, el primero de los planetas menores.
ARQUITECTOS de la talla de Francisco Grimaldi (1543-1630), que dirigió la construcción de
muchos templos teatinos, entre ellos San Pablo el Mayor, los Santos Apóstoles y Santa María de los
Ángeles, en Nápoles, Sant’ Andrea della Valle, en Roma; pero su obra inmortal la constituye la
capilla del Tesoro de la catedral de Nápoles levantada en 1608. Guarino Guarini (1624-83), que fue
a la vez arquitecto, matemático y astrónomo, autor de la capilla del Sudario, del Palacio Carignano, y
de la iglesia teatina de San Lorenzo, en Turín.

PINTORES:
Felipe Galletti, Francisco Ma Caselli, Marcos Zoccolino y Blas Betti (+1615).

FILÓSOFOS:
Joaquín Ventura de Ráulica (1792-1861), precursor de las ideas y de la doctrina de la democracia
moderna.
Para una presentación de la formidable actividad de los teatinos en todos los campos hay que
acudir necesariamente a Andreu, I teatini… p. 34-46. Es un retablo de maravillas.
“Peregrinos de altas cumbres” llamaba Marcantonio Flaminio a los teatinos.
En efecto, nacidos de un acto de fe en la Providencia, acto de fe que el secretario y notario
Esteban de Amannis registraba para la historia el mismo día de la fundación de la “pequeña
compañía”: “Y es que los señores mencionados, queriendo seguir el consejo de nuestro Señor
Jesucristo y vender todas las cosas propias y darlas a los pobres para seguir al mismo Señor nuestro,
habiendo satisfecho todas sus deudas, se quedan con los bienes arriba mencionados; pero
espontáneamente y por propia decisión los dan todos completamente a la congregación de Clérigos
Regulares, que se ha constituido en este momento, como a pobres de Cristo realmente necesitados,
que desde este día nada tienen bajo el cielo con que puedan vivir”; y así nacidos en una entrega total,
pudieron volar alto y lejos. Y maravillosamente lo lograron. Aquellos hombres que, fieles a su
origen, “prefirieron vivir santidades que escribir santidades” —como decía el P. A. Caracciolo—,
llegaron justamente por eso a realizar tales grandezas que, ya en 1627, afirmaba el propio papa
Urbano VIII:
“Vuestro Instituto es una de las más preciosas joyas que adornan a la Iglesia. Prodigio de pobreza
y milagro cotidiano de la divina Providencia. Uno de los adornos más bellos y preciosos de la
Esposa de Cristo”.
PARTE IV

LA PERMANENCIA
DE UN CARISMA
Capítulo 19

EL PESO DE LA GLORIA:
LA DECADENCIA
Y LA RESTAURACIÓN.

Hacia la mitad del 1600 la Orden teatina —un siglo después de la muerte del fundador— se
encontraba en la cumbre de su expansión y de su prestigio. Apoyada en las casi cincuenta casas de la
península itálica, había iniciado ya en 1622 su expansión en el exterior: Casas en España, Francia,
Portugal (a punto de llegar las de Alemania, Austria, Polonia, etc.) y Misiones abiertas en Georgia y
en las Indias.
Nápoles era, como sabemos ya, la ciudad que contaba con mayor número de casas: San Pablo el
Mayor (1538), Santos Apóstoles (1575), Santa María de los Ángeles (1587), Santa María de la
Victoria (1628), Santa María de Loreto (después, de las Gracias) (1629), Santa María Abogada
(1630), más las casas cercanas de Santa María del Toro, en Vico Equense, San Antonino, en
Sorrento, y San Eligió, en Capua.
Se hablaba en Nápoles, a la sazón, del “poder de los teatinos”. De hecho, en 1647, la Orden tenía,
sólo en el reino de Nápoles, hasta quince obispos residenciales. Ello tenía ventajas e inconvenientes.
Uno de éstos, lamentado en los Capítulos Generales, era que, al ser nombrados obispos los
elementos mejores, se desangraba a la Orden; otro era que, siendo los teatinos, ya desde el origen,
provenientes de familias poderosas, ello los ataba fuertemente a las maniobras políticas y los hacía
vulnerables a sus vaivenes. Había razones históricas para ello: El espíritu de pobreza y de
desprendimiento propios de la Compañía y el alto nivel cultural y de preparación que ennoblecía a
sus miembros, los empujaban por ese camino sin duda.
Por otra parte, hacia la mitad del siglo, las órdenes religiosas que tanto habían contribuido a la
reforma empezaron poco a poco a perder altura y estimación. Por ello Inocencio X en la bula Inter
caetera, de marzo de 1649, disponía una investigación y puesta al día de esas órdenes. La bula cogió
a los teatinos en el momento de su máxima fuerza expansiva. En aquel momento, la Orden tenía en
Italia 46 conventos con un efectivo de 1.111 religiosos, repartidos en 4 provincias o visitaciones:
La romana, con 14 casas,
La Véneta, con 12 casas,
La Napolitana, con 13 casas
y La Siciliana, con 7 casas (1).
Esas casas estaban generalmente situadas en núcleos urbanos, donde los teatinos tenían campo
abierto al apostolado y un ancho abanico de necesidades que atender, mundo que solían conocer muy
bien, dado que los religiosos eran generalmente nativos del lugar donde radicaba la casa en la que
profesaban y para la que profesaban.
Ahí quedan señalados los puntos de partida de los problemas que pronto se harán sensibles,
especialmente en el siglo XVIII. Causas que en el exterior se verán aumentadas por las agitaciones
políticas y por las leyes de los gobiernos que perseguirán a los religiosos. He aquí alguna de ellas.

CAUSAS INTERNAS:
Seguía sin resolverse el endémico mal, tantas veces denunciado, del gobierno central para solo un
trienio, que ataba las manos al P. General y que abría la puerta a posibles intereses de parte y a
favoritismos. Tampoco se había resuelto el otro problema de la reunión de las Preposituras en
Provincias, quedando cada casa sometida directamente al P. General y a sus visitadores.

CAUSAS EXTERNAS:
Las veleidades de los gobiernos de Europa, las ideas de la Enciclopedia y el torbellino de la
revolución francesa con sus inmensas repercusiones, fueron impidiendo la convocación regular de
las asambleas capitulares que se subsanaban con frecuentes y no siempre acertadas intervenciones
papales. Más tarde, entre los Capítulos del 1833 y 1837, y con el fin de asegurar un número
significativo de capitulares (dado que eran muchos los que no podían asistir), se extiende el vocalato
a los religiosos de veintisiete años de edad y tres de profesión. Por otra parte, el espíritu de
selección y de selectividad que era tradicional en la orden tenía que vérselas ahora con el nuevo
clima de mediocre “igualdad” creado por la Revolución. Y quedaba, a la vez, a la intemperie otro
lado muy vulnerable, el de la pobreza. Esta, que desde la fundación y en todo el siglo de oro fuera
nuestra gloria y distintivo, había pasado por una progresiva permisividad hasta tolerar a los
religiosos tener y usar, bajo control del respectivo superior, los depósitos y ayudas recibidas de los
familiares. Las actas de los Capítulos del Setecientos y del Ochocientos revelan la preocupación por
tal posesión de bienes, que no es compatible con la pobreza teatina.
Los Capítulos Generales de los años 1786, 1789, 1792 y 1795 están presididos por un denso velo
de tristeza a causa de las muchas ausencias de personajes y de Preposituras enteras que no pueden
asistir. Desde 1795 a 1821 no se celebró ya ningún Capítulo General. En 1798 se había proclamado
la República Romana, y al año siguiente moría prisionero y desterrado Pío VI en Valence. En 1808
Roma es ocupada de nuevo y Pío VII deportado a Francia.
Al publicar la prolusión histórica de las actas del Capítulo General de 1821 escritas por el P. José
María Castellamonte, el P. Mas ( 2) extrae los datos más significativos sobre la Orden durante y
después del vendaval napoleónico: Casas cerradas, religiosos dispersos, prohibición de comunicar
con los superiores; el General, P. Gualengo, anciano de más de setenta años, deportado a Francia.
Los teatinos estaban bajo el punto de mira de los franceses, a causa de su inquebrantable y
demostrada fidelidad al papa. Y la pagaron muy caro.
Tras la vuelta de Pío VII a Roma, después de 1813, el General Gualengo, también repatriado,
ofreció, desde Milán, su renuncia. El papa la aceptó y nombró Vicario General de la orden, hasta que
pudiera reunirse el próximo Capítulo General, al P. Nicolás Nervi. El P. Nervi, hasta entonces
Procurador General, “maximae probitatis vir et evangelicus praeco”, según el P. Castellamonte,
había sido desterrado a Córcega a causa de su fidelidad al pontífice y había pasado por un sin fin de
tribulaciones.
He aquí dos ejemplos muy significativos de aquella situación de acoso y decadencia:

A)
El primero lo describe así el P. Andreu: Un golpe mortal para los teatinos italianos lo constituyó
la real Pragmática emanada por el gobierno de Nápoles en noviembre de 1788, e intimada en 1789,
por la que los institutos religiosos se veían obligados a gobernarse por superiores mayores elegidos
y residentes en el mismo reino. Ello partió la Orden en dos mitades. Era a la sazón superior general
el P. Francisco M a Dugnani, elegido capitularmente en 1789. Y así, a partir de aquel año, comienza
en las casas del reino de las Dos Sicilias una nueva serie de Prepósitos Generales paralela a la que
continuará en la ciudad eterna para Roma y las casas del Extranjero. Los Generales elegidos en los
Capítulos de Nápoles fueron: Luis Frisari, Cayetano Cito, José Palmerini, José D’Afflitto, Nicolás
Sagarriga y José Carafa, elegido en 1808. Al año siguiente, con la llegada del gobierno francés y tras
su edicto de supresión de los Regulares, terminaba el gobierno general paralelo en aquel reino. Ese
deplorable estado de cosas duraría hasta la restauración de 1815 y el sucesivo Concordato de 1818.
La línea de los Padres Generales de Roma es la siguiente: F. Dugnani, Nicolás Sagarriga —que
fue después General en Nápoles— y Juan Bautista Bonaglia elegido en 1795, quien, ocupada Roma y
los Estados Pontificios por las tropas napoleónicas, fue confirmado en el cargo, siempre por un año,
por Pío VI y Pío VII, hasta 1804 en que murió. Le sucedió aquel mismo año, y por nominación papal,
el P. Alfonso Gualengo, de Ferrara, quien, junto con los otros generales religiosos, hubo de seguir a
Pío VII en el calvario de la deportación; posteriormente se le concedió poder morar en Milán. Su
cargo fue también prolongado por la Santa Sede hasta 1813 en que le sucedió el P. Nicolás Nervi.
Ese mismo año fue entregada a los padres de la Misión la sede de los teatinos de San Silvestre al
Quirinal, donde las tropas habían llevado a cabo sus orgías y francachelas. En 1817 fue elegido
general el P. Miguel Spinelli que, nombrado arzobispo de Sorrento, tuvo por sucesor en 1818, y
siempre por Breve pontificio, el P. Cayetano Ma Pinto (3).

B)
El segundo ejemplo nos viene de España. Se refiere a la casa de Santa Isabel de Zaragoza y, al
describir una triste desgracia, es un canto de gloria a aquellos aguerridos teatinos:
La casa de Zaragoza que, a través de dos de sus hijos, los aragoneses PP. Vicente Pablo
Sobrecasas y José Guio Dagación, había sido madre de la de Palma de Mallorca, acababa de sufrir
el asedio y la devastación de las tropas napoleónicas. El P. Nervi, nombrado por el papa Vicario
General de la Orden en 1813, escribía el 13 de agosto de 1816 al P. Miguel Parache, Prepósito de la
casa de Zaragoza, pidiendo cuenta y relación de los sucesos y comportamiento de los teatinos durante
los dos sitios de la ciudad, recibiendo en respuesta una carta del P. Parache del 20 de octubre de
aquel 1816, que es un documento histórico y glorioso. En síntesis dice el P. Parache lo que sigue:
Habiendo sido Prepósito de la casa de Zaragoza por cuatro trienios consecutivos (a causa de las
tristes circunstancias), está en disposición de informar objetivamente a su General de la perfecta
observancia de la casa y del reflorecer de vocaciones, después de aquellos duros años de prueba. El
2 de agosto de 1808 la casa teatina puso en la Real Tesorería 40.000 reales y toda la madera que
tenía almacenada para reparar la iglesia y la casa. Los religiosos se dieron a toda clase de servicios
y de asistencia y, en la famosa peste de enero de 1809 (“una enfermedad pestilente y pegajosa —
dice Parache— en la que se calcula murieron de 15 a 16.000 personas”), su heroísmo los llevó a
una entrega tal que cinco de ellos fueron víctimas de la peste. Uno solo de los teatinos se pasó al
enemigo, después de la ocupación de la ciudad, y denunció los haberes del convento, lo que le fue
pagado con “una canonjía en la catedral de Tarazona”. Al final se queja el P. Parache de los malos
efectos que va teniendo la bula de Pío VI mandando que los visitadores de los teatinos en España
sean los obispos (4). En efecto, el 7 de agosto de 1787 Pío VI había emanado una bula en ese
sentido, y a la que alude el P. Antonio M a Avarna, secretario del Capítulo General de 1792: “ Ex
pontificio indultu anni 1787 per episcopos et generalem vicarium Thienea in Hispania directa et
gubernata familia”.
Un real decreto del 6 de agosto de 1819 restablecía la Orden en el reino de Nápoles, y así en 1821
fue ya posible la convocación del Capítulo General que elegía de nuevo al P. Gualengo.
Pero el vendaval había sido largo y devastador; las estructuras de la Orden habían sido tocadas;
era la cuesta abajo de una dolorosa decadencia. Pero el resplandor de la antigua grandeza aparecía
alentando esperanzas. A principios del mismo siglo XIX fue la beatificación del gran cardenal José
Ma Tomasi, realizada solemnemente por Pió VII en 1803. En 1812 fue la muerte aureolada de
santidad del P. Vicente Morelli, obispo de Otranto, hoy venerable. Y quedaban todavía prelados
egregios en las sedes del sur de Italia: El cardenal Fernando Ma Pignatelli, arzobispo de Palermo (+
1853), Baltasar Mormile, arzobispo de Barí, Domingo Lojacono, Antonio Barretta, de Brindis, y
otros.
Pero quien dio un fuerte impulso de nueva vida fue el P. Joaquín Ventura de Raulica, escritor,
pensador, predicador, teólogo, político, precursor de las ideas democráticas de nuestro tiempo. El P.
Ventura fue General en el trienio 1830-33. La circular que, apenas elegido, cursó a toda la Orden es
una muestra de sus propósitos de renovación: En vistas a lograr nuevos candidatos, llevó a cabo la
traducción y edición italiana de las Constituciones. En sus visitas a las casas del sur de Italia logró
para la Orden una treintena de vocaciones entre personas selectas, muchas de ellas ya iniciadas en
los estudios eclesiásticos. En marzo de 1830 escribía una carta al amigo José Baraldi, director de la
Biblioteca Estense de Módena, exponiéndole sus intenciones de reclutamiento de nuevos adeptos: “A
tal efecto, me he dirigido ya a todos mis amigos a fin de que me procuren reclutas, de los que
andamos escasos. Si son jóvenes, ya sabéis qué condiciones se exigen. Si se trata de sacerdotes
hechos y derechos, y más, si tienen práctica de ministerio, el camino es mucho más sencillo y la
comunidad se hace cargo de todo. Ni nos importa tampoco que provengan de familia sencilla”.
Una de las conquistas del celo vocacional del P. Ventura fue el P. Francisco Cirino, el cual,
elegido y confirmado General durante muchos años, mantuvo siempre muy alto en Roma el prestigio
de la Orden: Teólogo de fama, consultor de muchos dicasterios romanos, amigo personal de Pío IX,
éste le encargó el estudio preparatorio para la proclamación de san José como patrono de la Iglesia
universal y para la inserción de su nombre en el canon de la misa. Cuando la ciudad de los papas fue
tomada por las tropas italianas, el P. Cirino fue nombrado Presidente de la Comisión de Prepósitos
Generales que debía tratar con el gobierno sobre las espinosas cuestiones religiosas y económicas
sobrevenidas a raíz de la supresión e incautación de los bienes de los Regulares. Junto con el P.
Francisco de Paula Ragonesi elaboró un proyecto de renovación de la Orden mediante un decidido
retorno al espíritu de los fundadores, elaborado entre 1862 y 1864. La casa de Sant’Andrea della
Valle, Curia Generalicia, era sede y centro de iniciativas para la formación espiritual o para la
asistencia benéfica, y radicaba allí la archicofradía del Escapulario Azul y el Oratorio del Amor
Divino.
En España, la Desamortización de Mendizábal (1835) y los decretos de exclaustración
dispersaron de sus conventos a los teatinos que, aunque unidos en el espíritu, fueron llegando al cielo
desde sus tareas y domicilios particulares.
A principios del siglo XX el panorama era muy poco alentador. Pero de san Cayetano dicen que
hacía tocar la campana para el comedor, aún cuando sabía que no quedaba nada en la despensa. Y así
fue también esta vez.
En su campaña de juntar nuevas fundaciones para dar vida a los antiguos beneméritos troncos, el
papa Pío X confió al cardenal José Vives y Tutó la restauración de la Orden de san Cayetano, de
quién él era devoto. Con el Breve Auspicato, del 15 diciembre 1909 el papa incorporaba a la Orden
teatina la congregación religiosa española de los Hijos de la Sagrada Familia, que había sido
fundada por José Mañanet y Vives en 1864 (incorporación que duró sólo hasta 1916); y con otro
Breve, del 2 de febrero de 1910, autorizaba la unión a la Orden teatina de la congregación de San
Alfonso Ma de Ligorio, que había nacido en Felanitx (Mallorca) en 1867 por obra del sacerdote
Miguel Sureda. La unión se realizó con la profesión solemne del P. Miguel J. Cerda, que era el
superior de los Ligorinos, y un grupo de sus compañeros en las manos del propio san Pío X. El
General de los teatinos era entonces el P. Francisco Ragonesi, a quien, más tarde, sucedió el P.
Cerdá (5).
A raíz de la unión con las nuevas congregaciones, las Constituciones fueron retocadas bajo el
pontificado de Pío X; se estableció la duración del mandato del P. General para seis años, la Orden
fue dividida en Provincias, y, últimamente, ha habido otra revisión de las Constituciones según las
normas del Vaticano II.
Y es gloria de los fundadores de la Orden y del esfuerzo de sus hijos el hecho que el Concilio
Vaticano II haya consagrado el ideal teatino de la Apostólica vivendi forma aplicada al sacerdote de
hoy y haya aceptado las líneas maestras de la obra del cardenal Tornasi en la reforma litúrgica. Con
ello ha declarado que fueron acertados los métodos de investigación y profética, a doscientos
cincuenta años de distancia, la intuición y las proposiciones de aquel teatino humilde que
recientemente ha sido elevado a la gloria de los altares (1986).

NOTAS:

(1) Toda la documentación que presentaron los teatinos en respuesta a las encuestas mandadas por Inocencio X se encuentran recogidas
en la magnífica obra de Marcella Campanelli, I Teatini, Roma 1987, con unas tablas muy precisas.
(2) B. Mas, I Capitoli Generali dei Teatini durante l’invasione napoleonica (1786-1821): RD 8 (1952) 69-71.
(3) Andreu, I Teatini… p. 47 y 48.
(4) Oliver, La iglesia y convento teatinos de Santa Isabel de Zaragoza: Zaragoza 26(1967) 15; la carta delP. Parache, enp. 29-31.
(5) Para la densa historia de la fundación de la Congregación Ligorina y de su fusión en la teatina véase el documentado estudio de F.
Riera Montserrat, Historia de la Congregación de San Alfonso Mª. de Ligorio y de su incorporación a la Orden Teatina: RD 40 (1984)
257-429.
APÉNDICE

CÓMO SE HACE
UN TEATINO
1. EN LA TRADICION TEATINA

Tenemos la suerte de pertenecer a una Orden con larga fama y tradición de excelentes formadores.
Hasta el punto de que las casas teatinas, al intentar formar sacerdotes íntegros, llegaron a formar
obispos.
Hay una cadena de formadores: San Cayetano, el P. Juan Marinoni, san Andrés Avelino, en cuya
escuela nace el esplendor teatino del siglo XVII.
Nos acercamos, pues, el P. don Andrés como forjador de una larga generación de hombres que
elevaron el nombre de teatino hasta las cimas más altas.
Y al asomarnos a la obra del gran santo, convendrá asombrarnos, ya de entrada, de un hecho muy
característico en la propia persona del P. Andrés: Al entregar su tiempo a la formación de los
jóvenes teatinos, era él a la vez un admirable director de almas en la penitencia, un magnífico
predicador de la palabra de Dios y un delicioso redactor de cartas para ayudar desde lejos a los
seglares comprometidos.
La lección de este primer acercamiento es clara y contundente: No se llega a ser teatino, si no se
tallan en uno las múltiples facetas para cualquier forma de apostolado.
Este año se cumplen los cuatrocientos de la nominación del P. Andrés como Visitador de las
provincias romana y napolitana. Era el 7 de julio de 1590. El primer General de la Orden, elegido
dos años antes, el P. Juan Bautista Milani, escribía al P. Andrés, que residía en S. Pablo de Nápoles:
“Urge nombrar Visitador, y es necesario hallar a la persona en la que concurran dotes de
diligencia, celo por el honor de Dios y amor de la observancia religiosa, que se requieren para un
cargo de tanta responsabilidad. Y yo no alcanzo a encontrar candidato más apto que Vd., que
puede y sabe, con el ejemplo y con la palabra, edificar a la congregación y ayudar y dirigir a los
religiosos, sus hermanos” (1).
No eran palabras de halago. El P. Andrés tenía a la sazón setenta años y toda una vida de
experiencia en la formación y gobierno de comunidades teatinas. En efecto, el P. Andrés, entrado en
la Orden a los 38 años, tenía 47 cuando fue nombrado por primera vez Superior de la casa de San
Pablo de Nápoles para el trienio 1567-70; lo fue de la Casa de los Santos Apóstoles, también en
Nápoles, en el bienio 1584-86; fundó y gobernó la casa de San Vicente de Piacenza entre los años
1571-77, y del 1578 al 1580 fue Prepósito de la de San Antonio de Milán, amigo y colaborador
admirado del gran arzobispo y cardenal san Carlos Borromeo. En los años 1573, 1574 y 1577 fue
visitador de la provincia lombarda y en 1590-91, como ya dijimos, lo fue de la provincia romana y
napolitana. Un cuarto de siglo de responsabilidades. Sabemos por él mismo las normas que presidían
su actuación:

a) Hacer como el Señor, quien enseñó primero con el ejemplo que con la palabra.
b) Seguir el consejo de san Bernardo (muy conocido entre los teatinos ya desde el fundador):
Verlo todo, disimular mucho, reprender poco.
c) Proceder con firmeza y con dulzura a la vez
d) Estimar la buena voluntad de los hermanos y hacer públicos sus méritos y obras buenas, a fin de
que sirvan de estímulo a todos.

Y hemos dicho ya que aquellas comunidades de la tercera generación teatina eran hogares de
observancia, de reforma y de ilusión.
Con ello tenemos a mano los datos para dar un paso más: Cuáles eran las líneas de formación que
seguía el P. Andrés para lograr en los nuevos teatinos el entusiasmo que detectamos en las casas que
gobierna o que visita y en las que mantienen encendido el fuego de la alegría los que fueron
discípulos suyos.
Antes de empezar, habrá que insistir una vez más, por si hiciera falta, en el asombro y la maravilla
que produce el hecho de que fue de las manos del P. Andrés de donde partió la muchedumbre de
hombres próceres que llenaron de gloria la historia de la Iglesia y de las misiones y que hicieron
gloriosa aquella fragua y escuela de lo teatino de la que nosotros mismos procedemos:

He aquí unas notas, a vuela pluma, para no olvidar. Escribe el P. Valerio Pagano:

“Es muchedumbre el número de teatinos que fueron sus discípulos y que han prestado a la
Orden gloriosos servicios en el gobierno, en las letras, en la predicación, en mil actividades. Cito
de memoria: El P. Salvador Caracciolo que fue arzobispo de Consa, el P. Juan Bautista del Tufo,
historiador y obispo de Acerra, el P. Félix Barile, que gobernó como Prepósito diversas casas de
la orden con una prudencia e integridad que eran proverbiales, los padres Marcos y Lorenzo
Palescandolo, los dos hermanos que poseían el don de gobernar sin hacerse sentir, el P. Basilio
Pignatelli, un magistral predicador que fue obispo de Aquila”.

Y añade el 6o Prepósito General de la Orden, el P. Andrés Pescara Castaldo:


“Recuerdo que conmigo fueron novicios suyos el P. Jerónimo Lanfraneo, que predicaba como
un apóstol y que murió en fama de santidad, el P. Francisco Arcucci, que era dulce como un ángel
y murió como un santo, el P. Benito Mandina, que lo sabía todo y era bueno como el pan y que fue
obispo de Casería; mi hermano el P. Juan Bta. Castaldo, el P. Tomás de Guevara, que es el que
lleva ahora la causa de beatificación de aquel inolvidable maestro de teatinos” (2).

¿Qué pasa, pues, con el sistema de formación del P. Andrés Avelino? ¿Cuál es su secreto?
La respuesta es sumamente importante, pues él recoge y derrama toda una tradición entre nosotros.
Su arte educativo dio unos sorprendentes resultados en el número y en la calidad de los religiosos
formados en su escuela que, como vimos, constituyen los mejores teatinos de la tercera generación.
Novicio en la escuela del Beato Marinoni y compañero del Beato Burali, san Andrés recogió de
las mejores manos una tradición que tenía su fuente en san Cayetano. Es, pues, heredero del carisma
fundacional. Habiendo profesado en 1558, es nombrado maestro de novicios en 1560, y lo fue diez
años, hasta 1570 (de los 40 a los 50 años de su vida). Por otro lado, el P. Andrés asume el cargo
justamente un año después de la muerte del papa Paulo IV (+ 18 agosto 1559), que fue, especialmente
durante los años de su pontificado, el superior, coordinador y responsable de la nueva Compañía,
más que lo había sido como fundador y como obispo. San Andrés llega en el punto en que comienza
una nueva etapa de la aventura teatina. El momento podía ser delicado y difícil. Y, además, la
congregación iba al encuentro de una nueva reestructuración fundamental: Revisión del sistema de
gobierno, introducción del P. General, redacción de las Constituciones, proclamación hacia fuera de
los métodos y las glorias de la corporación.
Pienso que para apresar el espíritu que volaba libre en el ambiente de los noviciados del P.
Andrés, lo mejor será recoger los testimonios directos, que transmiten todavía la vibración viva del
respeto, la admiración y el amor, y después resumirlos en unas pinceladas sintéticas y programáticas.
Cito en primer lugar al P. Juan Bautista del Tufo, primer historiador nuestro y obispo de Acerra,
que fue novicio de san Andrés:

“No me es fácil ponderar la eficacia de su enseñanza y la acertada traza que se daba para
formarnos a los novicios. A lo largo del decenio de su Maestría, se formaron en su escuela unos
grupos de teatinos que, observantes de la disciplina religiosa y sólidos en la vida espiritual,
destacaron en el servicio de Dios y en la gloria de la religión nuestra.
Repetía siempre una gran verdad, para mí indiscutible, a saber, que la formación recibida
durante el noviciado sostiene todo el edificio de la perfección del teatino y que de ella depende
todo ulterior progreso del religioso en el camino de la santidad. El noviciado es para la
Congregación —afirmaba— como la semilla respecto al fruto. Y así como la semilla, que es tan
diminuta, contiene en sí tanta energía, igualmente en el noviciado se contiene el futuro que
conducirá al religioso por el camino de la perfección hasta la eclosión de la santidad.
En su actuación como maestro es notable que se afanaba para instruir a los novicios no tanto
con avisos y advertencias cuanto con el luminoso ejemplo de su persona y de su vida. Insistía
incansable en el ejercicio de la meditación. Y hasta redactó de su mano un método para
practicarla con éxito y fruto. Como era hombre de oración, su enseñanza era siempre convincente
y eficaz. Puedo dar fe de ello, dado que yo mismo hice con él mi noviciado teatino”.

Perseguía en la formación tres metas precisas: La bondad, la observancia y el saber, que


formulaba siempre en latín, según el salmo: Bonitatem et disciplinam et scientiam doce me.
En el proceso de beatificación de san Andrés —que se abrió apenas muerto él— se encuentran los
testimonios de muchos novicios suyos, que exponen emocionados los recuerdos de aquel año lleno
de sonoridades. He aquí el del P. Andrés Pescara Castaldo:

“Yo fui educado bajo la disciplina y el magisterio del P. Andrés, pues él fue mi maestro de
novicios y profesé en sus manos. Le conocí cuando era el confesor de mi madre. Él fue quien me
orientó hacia la Orden y fue mi maestro de novicios en la casa de San Pablo en 1584. Siempre me
tuvo un afecto particular y me trataba como a un amigo. Recuerdo todavía la facilidad con la que
se sumergía en la oración y cómo nos empujaba hacia ella. En el noviciado insistía tanto en la
oración de contemplación que hasta redactó él mismo un método de orar, de dominar los vicios y
de alcanzar la virtud”.

El hermano de éste, el P. Juan Bautista Castaldo —ya citado antes—, que fue también novicio y
primer biógrafo del P. Andrés Avelino, añade y evoca estos entrañables recuerdos de su mocedad:

“Había asimilado de tal manera el espíritu de nuestra Congregación el P. Andrés, que, una vez
creado maestro de novicios en la casa de San Pablo, se entregó a su tarea con tal empeño y
ahínco que demostraba estar absolutamente convencido de un dicho que a menudo repetía: La
suerte de las Congregaciones religiosas, su futuro o su ruina, se juega en el noviciado. No se
cansaba de repetirlo. Si la semilla encierra en su pequeñez toda la virtud de la planta, la
sustancia de las religiones se concentra en el noviciado.
Con exhortaciones frecuentes y con el luminoso ejemplo de su vida infundía en el corazón de
los novicios la teoría y la práctica de la virtud. Yo diría que dos eran los goznes de su enseñanza:
La oración mental y la devoción a María. La oración era el primero y más importante. Y hasta
redactó un método para hacerla con fruto. A menudo preguntaba a sus novicios que le explicaran
cómo llevaban adelante su oración. En cuanto a la devoción a María insistía en que era decisiva
para el progreso interior.
Los llevaba de la mano en la tarea de desarraigar defectos y adquirir virtudes. Les enseñaba el
camino del dominio de sí y de la mortificación, les hacía amar la sencillez de la pobreza en el uso
de las cosas de la comunidad, en el vestido propio, en la habitación. Les mostraba el arte de saber
vivir con poco y de saber prescindir de las cosas. Les inculcaba la necesidad de huir del ocio, de
las conversaciones inútiles, de las falsas apariencias, insistiendo en la sinceridad.
Un halo de simpatía le envolvía siempre al tratar con los jóvenes. Estos se encontraban a gusto
junto a él. Sin confianza —decía— el trabajo y el esfuerzo del formador resulta estéril. Tenía un
arte especial para cerrar un ojo, o a veces los dos, sobre los defectos y tropiezos de los novatos ”
(3).

La obra que citan sus alumnos es el Ejercicio espiritual o Del modo de instruir a los novicios,
compuesta por el P. Andrés en 1565, quien, entrañablemente la dedica a mis novicios y queridos
hijos (4). Será muy útil recoger de esa obrita algunas de las máximas que, evidentemente, constituyen
a la vez el programa de actuación del gran maestro de novicios:

* Amad a la Congregación como se ama a la propia madre.


* Aprended a mirar hacia dentro y a conocer vuestros defectos. Aceptar la corrección os ayudará a
vencerlos.
* Haced caso de las pequeñas faltas; empañan la limpieza del alma.
* En cualquier circunstancia de la vida, lo mismo en el gozo que en la aflicción, dad gracias a
Dios y bendecidlo con el profeta: Laudabo Dominum in omni tempore.
* Encended de nuevo cada día vuestra voluntad de ser fieles a la vocación.
* Tened en vuestra habitación el paraíso. No vayáis ahí fuera a buscar consuelos.
* Orad y leed sin cansaros.
* Sed simpáticos y amigos de la paz. Y guardaos cualquier palabra que pueda lastimar o hacer
daño a un compañero.
* Elevad a menudo vuestro corazón a Dios: La oración frecuente y fervorosa derrama la paz en el
alma y conduce a la perfección.
* Al tratar con otras personas, nunca digáis palabras inútiles.

Si sacamos ahora las consecuencias de todo lo expuesto y las resumimos, creo que tendremos en la
mano las grandes líneas del programa de formación teatina del P. Andrés y el secreto de su copioso
éxito en la tarea. He ahí, pues, la síntesis:

a) Las características de la actuación del maestro de novicios:


Era un hombre de oración; por eso su enseñanza resultaba convincente y eficaz.
Sus intervenciones eran oportunas y certeras; tenía un tino y una traza que nunca fallaban.
Sus palabras convencían siempre, pues enseñaba más con el luminoso ejemplo de su presencia y
de su vida que con la palabra.
Su energía al corregir se acompañaba siempre de una irresistible cordialidad. Amaba a sus
novicios, como si fueran sus hijos.
Toda su persona era un brillante testimonio de vida teatina.
Aparecía y actuaba siempre envuelto en un halo de simpatía y de cordialidad optimista.
Era un hombre ilusionado con los suyos… y con lo nuestro.
Despertaba en todo y de inmediato una profunda confianza, sin la cual la formación resulta estéril.
Los jóvenes se sentían a gusto con él.
Era maestro en cerrar un ojo y disimular. Sabía esperar. Siempre corregía en el momento
oportuno. Y no erraba nunca.
Sus amonestaciones eran frecuentes. No se cansaba nunca de repetir; inculcaba y recalcaba
pacientemente.
Debo citar una vez más como síntesis el luminoso texto del P. Castaldo:
“Con exhortaciones frecuentes y con el luminoso ejemplo de su vida infundía en el corazón de
los novicios la teoría y la práctica de la virtud…
Los llevaba de la mano en la tarea de desarraigar defectos y adquirir virtudes. Les enseñaba el
camino del dominio de sí y de la mortificación; les hacía amar la sencillez de la pobreza en el uso
de las cosas de la comunidad, en el vestido propio, en la habitación. Les mostraba el arte de saber
vivir con poco y saber prescindir de las cosas. Les inculcaba la necesidad de huir del ocio, de las
conversaciones inútiles, de las falsas apariencias, e insistía en la sinceridad”.

b) El programa y contenido de su enseñanza:


El noviciado es fundamental: Sostiene toda la futura vida del religioso.
Del noviciado depende que uno logre la meta de la vida espiritual y la cima de la santidad.
Que uno sea y persevere testimonialmente teatino depende del noviciado.
La sustancia de las religiones se juega en el noviciado.
El noviciado es la semilla en la que se contiene todo el futuro árbol de la personalidad, en el que
anidarán después y cantarán los pajarillos de Dios.
La oración es el clima del alma; es indispensable.
En el noviciado se debe aprender ya en serio a tener meditación y a sumergirse a gusto en ella.
Es preciso empujar a los novicios, suave, pero constantemente, a tomar gusto a la oración y a
encontrarse en ella como en el propio paisaje espiritual.
La espiritualidad teatina es de resplandor mariano: Hay que lograr que en los novicios sea
espontáneo y natural el recurso y el cariño confiado a María, la madre del cielo.
Oración y devoción a María son los dos goznes de la espiritualidad de san Andrés Avelino.
Y la flecha de la formación deberá apuntar a tres blancos:
Ser bueno…, ser observante…, ser sabio…
Hay que transmitir al novicio toda la sustancia medular y vital de nuestra tradición.
Hay que hacer teatinos a los novicios.
Hay que conocer y acompañar sus titubeos y sus dudas, y alabar sus éxitos y progresos.
Han de ser hombres serenamente confiados en la providencia del Padre del cielo.
El novicio ha de salir preparado para ser el sacerdote, reformado, capaz de enfrentarse con el
conocimiento de sí mismo, de emprender sin miedo la tarea de ir arrancando los vicios y adquirir la
virtud, y de enseñar a los otros el camino que conduce a Dios.
En ese método y programa se contiene el secreto del éxito de la formación del P. Andrés: Formaba
teatinos, es decir, hombres de estructurada personalidad, capaces de transmitir lo que es el mensaje
del hombre nuevo. Lo escribía con precisión el P. Del Tufo:

“No me es fácil ponderar la eficacia de su enseñanza y la acertada traza que se daba para
formarnos… En su escuela se formaron unos grupos de teatinos que, observantes de la disciplina
religiosa y sólidos en la vida espiritual, destacaron en el servicio de Dios y en la gloria de
nuestra religión”.
Salían hombres y apóstoles: Teatinos.

2. EN EL MOMENTO ACTUAL

Está claro que ese sistema hay que traducirlo para el hombre y para la última década del siglo XX.
Y eso se hace a norma de los documentos del Vaticano II, de la pertinente Congregación romana y de
nuestra propia Curia General.
Los contenidos esenciales de nuestra espiritualidad de sacerdotes reformados y reformadores de la
Iglesia quedan expuestos, si no me engaño, de la mano maestra de san Andrés Avelino, el mejor
receptor de nuestras fontales tradiciones y carismas, y el mejor formador que han tenido nuestros
noviciados. Si los árboles se conocen por sus frutos, los de san Andrés como formador constituyen
todavía hoy una esplendorosa gloria no sólo para nuestra Orden, sino para toda la Iglesia de Dios.
“La renovación adecuada de la vida religiosa abarca a un tiempo, por una parte, la vuelta a las
fuentes de toda vida cristiana y a la primitiva inspiración de los institutos, y por otra, una
adaptación de los mismos a las diversas condiciones de los tiempos” (PC §2).
La adaptación de nuestra larga y gloriosa tradición a las condiciones de los nuevos tiempos
partirá, pues, de la fidelidad al carisma fundacional (Clérigos Regulares): Regulares, a fin de ser
Clérigos llenos del evangelio, programa que la actuación y la enseñanza de san Andrés Avelino
dejaron definitivamente pergeñado, precisamente en momentos de dificilísima transición en el
interior de la Orden y en toda la Iglesia.
Y esa adaptación que, como clérigos reformados debería ser liderada y dirigida por los teatinos,
habrá de tener en cuenta todos los desafíos que empujan y atormentan a la Iglesia de Dios en la
aurora del año 2000.
Que son éstos:

a) La revisión radical del sacerdote en la Iglesia.


b) La crisis y desolación de la vida religiosa en sus contenidos y en las vocaciones.
c) Una Iglesia capaz de encarnar en el hombre valores transcendentales, en una hora en la que los
mismos valores humanos se cuestionan.

El carisma teatino puede y debe aportar:

a) La presencia de un sacerdote que sea testimonio, transmisor de esperanza y de optimismo,


constructor de un mundo nuevo y mejor.
b) Una visión de la vida religiosa como medio para lograr aquel sacerdote siempre fiel a la luz y a
sí mismo. En tal vida religiosa los tres votos sustanciales no son nunca un fin en sí mismos,
sino un medio para llegar al amor (del que hoy todos hablan y al que nadie alcanza; ni los
eclesiásticos):

“Entenderá, sobre todo, lo que es lo más importante, es decir, la fuerza de los votos, y el fin que
con los votos nos proponemos, y por el cual nos hemos reunido en nombre de Cristo, el Amor…
hasta conseguir la meta de la más perfecta caridad. Porque toda renuncia es inútil en quienes
dejaron el mundo, si no tratan con el máximo empeño de dominar la ambición y de conseguir el
Amor. El Amor, que, según el decir de san Agustín, sólo se guarda cuando a él se orientan las
obras, las palabras, el comportamiento. Y nosotros añadimos: Cuando al Amor se ajustan y se
encaminan los votos, la profesión, la religión entera. Y es que faltar al Amor es, entre nosotros,
tan grave como alzarse contra Dios; porque el amor fue de tal manera recomendado por
Jesucristo que, donde falta la caridad, falta todo, y, poseyendo la caridad, se poseen todas las
cosas” (P. Bonifacio De’Colli).
Ese es el alfabeto de Cristo, el Amor. Y en él insisten de manera perentoria san Cayetano, el P.
Marinoni, san Andrés Avelino. El mismo P. Carlos Tomasi le decía, al morir, a su sobrino el
futuro san Josemaría: Amor; todo lo demás es comentario.
El amosque es la fuerza que puede llevarnos a una Iglesia nueva, a un hombre nuevo, a un
sacerdocio nuevo, a una época nueva.
El Amor que, como cuenta de sí san Andrés Avelino, fue el que le atrajo a la casa teatina de San
Pablo de Nápoles: El destello de vida apostólica, de amor y de entusiasmo, de apostolado eficaz
que veía en aquel grupo ilusionado de teatinos.
Hasta ese detalle de la convivencia en una casa teatina puede enseñarnos más que mil palabras:
Ven, y lo verás, insistía el P. Bonifacio.
A finales del siglo XVI, una casa de teatinos no era un lugar para retirados, viejos o
desilusionados. Era un cenáculo donde la nueva levadura fermentaba la masa de una época nueva,
donde crecía ya una forma luminosa de ser clérigos, donde la reforma de la Iglesia prendía en
llamarada, donde los cristianos sentían y experimentaban que allí se encontraba el hombre nuevo que
buscaban. Los clérigos que se asomaban a aquella vida, empezaban a palparse en el alma una nueva
identidad, y tenían la impresión de que allí crecía un sacerdote nuevo.
Sentían, en fin, lo que siempre se siente al acercarse, como los pastores, al misterio de la
Navidad: Dios que llega en la sencillez e ilusión del hombre que se hace nuevo como un niño
desvalido, en el que el ritmo es la confianza en el Padre providente.
De aquellos grupos de hombres nuevos e ilusionados, los teatinos, nació el nuevo concepto de
sacerdote que ha regido durante cuatro siglos. El mismo que ahora se hace urgente volver a renovar.

NOTAS:

(1) A. Veny, San Andrés, p. 331, n. 1.


(2) Veny, San Andrés, 122-123.
(3) Veny, San Andrés, 116 y 119, 121.
(4) Veny, San Andrés, p. 117.
EPÍLOGO

EN CAMINO
Ser teatino no es un pasado; es un futuro. Un futuro que se alimenta y se construye sobre la riqueza
de un pasado bendecido largamente por el cielo. La Providencia, indefectiblemente, acudía cada día
a la mesa de los teatinos, y ellos, incansablemente, recrearon, cada mañana, la novedad de su
carisma, tal el hombre prudente y avisado que saca de su arcón lo viejo haciéndolo nuevo: La
perenne alegría del hombre espiritual; como dicen que decía D. Cayetano, aquel hombre que renovó
la Iglesia de su tiempo y vertió para siempre sangre ilusionada en las venas de este cuerpo que tiene
en común todo lo santo.
También hoy, y quizá más que ayer, esa Iglesia “semper reformanda” pide y reclama nuestra
ilusión.
En el quinto centenario del nacimiento del fundador, Juan Pablo II recomendaba a los teatinos del
mundo de hoy tener en el candelabro la “forma de vivir de los apóstoles”. Y el Concilio Vaticano II
recordaba que la adaptación urgente a los tiempos nuevos parte de la fidelidad al primitivo carisma
de la fundación del Instituto. Y ese carisma tenía y tiene una meta: Forma cleri. La formación
sacerdotal sólida y austera y el gozoso resplandor del sacerdote en el ejercicio de su tarea de
ministro de Dios y anunciador del evangelio, la buena noticia para el hombre de cualquier tiempo,
como recordaba Pió XII a los teatinos en carta del 7 de agosto de 1947, en el cuarto centenario de la
muerte de san Cayetano.
Y todo ello en la atmósfera de un desprendimiento total y de una total disponibilidad para volar en
cualquier dirección y en absoluta libertad. “Veo a Cristo pobre y a mí rico. Quiero dar un paso
hacia El”, decía el fundador. La pobreza, que llega a ser tan testimonial hoy, es el requisito
imprescindible para desarrollar luminosamente nuestra tarea.
Lo teatino vive en nosotros; somos sus herederos.
“Los teatinos —escribe Andreu— estamos aquí, no para custodiar un museo de nombres y de
memorias antiguas que se nos legó por herencia, sino para testimoniar la perennidad del espíritu
carismático y la vida de un hombre que, nacido cinco siglos atrás, tiene, hoy como ayer, valor de
guía pedagógico para el logro de la plenitud de nuestra vida en Cristo”.
Estamos aquí percibiendo en el aire de los signos de nuestro tiempo una estremecida llamada, a la
que, otra vez, podemos y queremos responder teatinamente. Y responderemos.
“Tú, que a manos llenas
nos dispensas todo bien,
Señor de la Providencia,
mira desde el cielo esta viña
que tu diestra plantó, y haz que,
por los méritos de san Cayetano,
reciba nuevo incremento
y aspire siempre a nuevas alturas”.
Oración del Capítulo General de 1821.
Roma, año del Señor 1524, día 14 de septiembre,

Yo, Cayetano de Thiene,


sacerdote, de Vicenza,
profeso hoy ante el Señor
y prometo a Dios,
a la bienaventurada Virgen María,
y a ti, reverendo en Cristo Padre,
obispo de Casería, comisario apostólico,
especialmente delegado para este acto,
y vivae vocis oraculo por nuestro santísimo señor,
y en nombre y representación
del mismo señor, nuestro el papa Clemente VII,
y del Prepósito que vamos a elegir,
que guardaré obediencia al mismo señor nuestro,
a dicho Prepósito
y a sus legítimos sucesores hasta la muerte,
según la regla de los Clérigos Regulares,
bajo los tres votos
de pobreza, castidad y obediencia,
que acaba de ser instituida por el mismo Señor nuestro.

Yo, Cayetano de Thiene, lo he escrito de mi mano


y yo mismo lo he pronunciado.
“… Me maravilla ver
lo que nuestro Señor realiza por ministerio
de nuestros hermanos de aquí…
El Espíritu hace maravillas por obra de nuestro padre.
El papa tiene en él gran confianza
y está a punto de confiar importantes proyectos a esa Compañía.
Los sacerdotes de Roma son de nuevo examinados.
Se dan normas a los confesores y se reforman las iglesias…
Esta nueva Compañía
es por unos alabada y por otros escarnecida.
Daremos tiempo al tiempo.
Pero lo cierto es que la tierra se ha sacudido
y que el enemigo empieza a confundirse.
La novedad atrae a muchos que solicitan entrar.

Jerónimo de La Lama
Se acabó de imprimir este libro
el día 17 ele junio de 1991,
festividad del Beato Pablo Burali D’Arezzo:
Insigne Teatino,
Abogado de los pobres,
Embajador ante la Corte de España,
Cardenal de la Iglesia,
Impulsor de los decretos del Concilio de Trento.
Laus Deo