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La medicina evolutiva

La medicina evolutiva. La mayor revolución médica


de la historia depende de nuestra visión del mundo

Marcelino Cereijido*

DESDE LOS AMANECERES DE LA PREHISTORIA, la herramienta fundamental del


ser humano en la lucha por la vida es su capacidad de hacer modelos
dinámicos de la realidad. Gracias a su sentido temporal y su memoria, el
ser humano percibe que ciertas causas van seguidas de ciertos efectos y,
luego, al reunir varias de estas cadenas causales, arma modelos mentales
con los que representa e interpreta la realidad. Hace funcionar estos
modelos en su cabeza (de ahí lo de “modelos dinámicos”) para imaginar
posibles contingencias y escoger la alternativa más adecuada. Así, una
araña, un hornero, un castor, construyen sus telas, nidos y represas de
una manera tan característica que, dentro de una misma especie, cual-
quiera de los individuos podrá construir telas, nidos y diques idénticos.
No sucede lo mismo con los seres humanos, que pueden escoger el lu-
gar, la orientación, el tamaño y los materiales después de simular ataques
de depredadores, cercanía de nidos de víboras, lugares desde donde
sopla el viento, número de personas que habitará la vivienda, disponibi-
lidad de maderas, rocas, pieles, tientos, materiales impermeabilizantes,
construir fosos protectores, almacenar víveres, preparar defensas. El
conocer permite no estar obligado a repetir tercamente la misma pauta,
sino escoger y predecir.
Un ser humano es tanto más exitoso cuanto mayor es el número de
variables que puede manejar, cuanto más aptos son sus modelos teóricos
y cuanto más larga es su “flecha temporal”, es decir, la cantidad de futuro
que puede tener en cuenta.1 Por eso toman ventaja los individuos con
flechas temporales cada vez más largas o con mayor capacidad de

* Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias, Centro de Investigación y de


Estudios Avanzados, Instituto Politécnico Nacional [cereijido@fisio.cinvestav.mx].
1
M. Cereijido y Blanck-Cereijido: La vida, el tiempo y la muerte, y La muerte y sus ventajas
(Fondo de Cultura Económica, México).

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memoria, que pueden incorporar un número más grande de cadenas


causales, de circunstancias. Asimismo, quienes poseen mayor capacidad
de aprendizaje, es decir, aquellos que pueden reconocer procedimientos
exitosos o desgraciados de sus congéneres e incorporarlos o desecharlos,
aunque ellos mismos no hayan experimentado dichas contingencias. Fi-
nalmente, el humano transforma el tiempo real en tiempo mental, y puede
explicar en una hora de clase lo sucedido desde un Big Bang que tuvo
lugar hace millones de años, o utilizar la misma hora para disertar sobre
la fosforilación de una proteína que ocurre en millonésimas de segundo.
La facultad de evaluar un futuro cada vez más remoto otorga venta-
jas. Si el conocimiento da ventajas y seguridades, la ignorancia es enton-
ces una fuente de peligro y angustia ante la muerte. Ha de haberse extin-
guido el homínido capaz de encogerse de hombros ante lo desconocido,
ante lo que entiende-que-no-entiende. La muerte pone un límite final a
la capacidad de conocer, puesto que nadie sabe lo que habrá de suceder
después. La muerte plantea una angustia existencial total y atroz. Sur-
gen entonces los modelos religiosos que apaciguan al individuo, pues lo
convencen de que todo dependerá de su comportamiento, del grado en
que cumpla ritos, de la habilidad de sus sacerdotes para encauzarlo ha-
cia destinos menos aterrorizadores.

Los modelos para interpretar la realidad

Los modelos religiosos también evolucionan. Por ejemplo, en el politeís-


mo los diversos aspectos de la realidad están a cargo de distintas deida-
des que gobiernan la fertilidad, el agua, el fuego, los volcanes, el viento,
la guerra. Luego, el monoteísmo constituye un paso trascendental, pues
sólo un dios gobierna la realidad y, puesto que tiene una única mente, se
le supone cierta coherencia. En el politeísmo cada dios actúa a su antojo,
de modo que las causas que mueven la realidad no están sistematizadas,
pero en el monoteísmo uno puede llegar a deducir los criterios del Dios,
buscar regularidades entre sus características y encontrar lo que habrá
de hacerse para complacerlo, o lo que estará vedado para no enfadar a
personaje tan poderoso, para no desencadenar iras y castigos. Cuando
estos castigos no se limitan a una única persona, a un pecador, sino que
toman la forma de terremotos, sequías, plagas, hambrunas, es la comu-
nidad entera la que se encarga de buscar y castigar a los descarriados, y
hacerles cumplir estrictamente los ritos y costumbres.

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La medicina evolutiva

El monoteísmo ha actuado entonces como un terreno fértil para que


brotara la ciencia, el modelo más avanzado y reciente para interpretar la
realidad. La ciencia incorpora todos los saberes de una manera sistemá-
tica, con un mínimo de contradicciones y con una mayor capacidad de
predecir. Al revés de los modelos sagrados, el de la ciencia no tiene ver-
dades absolutas, pues en ella todo conocimiento es provisorio, y dura
hasta tanto esa continua confrontación con la realidad lo contradiga, o
surjan mejores modelos explicativos, teorías más abarcadoras y eficaces.
Por otra parte, el ser humano elabora epistemologías, que funcionan como
verdaderas aduanas del saber, que sólo dejan pasar e incorporan al cuer-
po de conocimiento general aquellos conocimientos que cumplan con
requerimientos más y más exigentes. En ciencia no se incorporan saberes
porque estén basados en la autoridad de sabios, o porque quien los pro-
pone asegure que se lo reveló una deidad, o cuando la explicación de tal
o cual fenómeno incluya milagros. La ciencia acepta, en cambio, “igno-
rancias provisorias”; por ejemplo, por milenios el ser humano supo que
masticar corteza de sauce calma los dolores de cabeza, pero no podía
explicar por qué. Pasó mucho tiempo antes de que de la corteza del
sauce se extrajera el ácido salicílico, se lo convirtiera en acetil salicílico y,
aun así, requirió muchos estudios farmacológicos llegar a averiguar el
mecanismo por el cual dicha sustancia mitiga el dolor.
Hoy el ser humano ha perfeccionado a tal punto su modelo científi-
co, que puede predecir un eclipse que ocurrirá dentro de setenta y cinco
años, o decidir hacia dónde tiene que disparar un cohete con una cáma-
ra para que dentro de siete años tome fotografías de los anillos de
Saturno. Gradualmente ha ido poniendo bajo la lupa de la ciencia fenó-
menos químicos, funcionamientos mecánicos, comportamientos del mar,
del clima, la economía, los procedimientos industriales, la conducta hu-
mana, la sociedad, la guerra.
Esa manera de manejar la ciencia, ha dado a la humanidad una capa-
cidad asombrosa. De hecho, tenemos un Primer Mundo que inventa,
desarrolla, construye, vende, impone, presta, decide, invade, y un Ter-
cer Mundo en el que sus habitantes viajan, se comunican, se divierten,
se curan y se matan con vehículos, teléfonos, deportes, medicinas y ar-
mas que han inventado los del Primero.2 La posesión de la ciencia partió
el mundo.

2
M. Cereijido, Ciencia sin seso locura doble y Por qué no tenemos ciencia, ambos de Siglo
XXI de México.

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Modelos teológicos vs. modelos científicos

La teología usa modelos creacionistas, es decir, interpreta la realidad como


una entidad creada por Dios tal y como la vemos, es decir, con los seres
humanos, cocodrilos, montañas, ríos inmutables. Por el contrario, para
la ciencia la realidad es perennemente cambiante, resultado de una disi-
pación de energía comenzada con una formidable explosión (el Big Bang)
hace unos 15.000 millones de años, que fue creando partículas, átomos,
estrellas, galaxias. En un momento dado, dicha disipación originó el Sis-
tema Planetario Solar, la Tierra, la Luna, donde tuvo origen una comple-
jísima reacción química prebiótica que se fue agrumando aquí y allá en
entidades efímeras llamadas “organismos”, que iniciaron la evolución
biológica. Un buen día, ese proceso permitió que nuestros antecesores,
en el curso de su evolución, generaran religiones, aprendieran a culti-
var, a escribir, a registrar su historia y a desarrollar su ciencia.
La ciencia fue demostrando que muchas de las bases de las religiones
o de los acontecimientos que éstas narraban eran falsos. Para contrastar
el conocimiento científico con el conocimiento que proveen las religio-
nes, tomemos el caso del judeocristianismo. La ciencia constató que el
mundo no fue creado hace seis mil años,3 la Tierra no es plana, ni es el
centro de universo, la realidad no es inmutable, el hombre no ha sido
creado como un muñequito de barro ni la mujer a partir de una costilla.
Peor aún, la ciencia probó que a veces no se trataba de equívocos hones-
tos, sino de fraudes groseros, como la Donación de Constantino, el manto
de Milán o la multitud de vírgenes y santos que pueblan el catolicismo.
Pero la ciencia no ha podido remplazar a las religiones en su papel de
calmar las eternas angustias existenciales, y sólo ha ayudado al ser hu-
mano en un número irrisorio de situaciones. Por eso las religiones han
conservado un papel por ahora insustituible, sobre todo si se tiene en
cuenta que el modelo científico sólo es comprendido por un número
demasiado exiguo de seres humanos. Tampoco debemos limitar nuestra
descripción de la lucha entre ciencia y teología a un torneo de eficiencia
explicatoria, sino que cada cúmulo de saberes es usufructuado por per-
sonas y entidades muy diversas. El escenario es entonces un mosaico de
conocimientos, poderes, prácticas sociales, éticas, recursos económicos
y bélicos, que disuade cualquier interpretación simplista.

3
La edad del universo, que se calcula sumando las edades de los personajes bíblicos a
partir del Génesis.

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Sin embargo, esa lucha entre modelos teológicos y modelos científi-


cos ha dado lugar a dos “adaptaciones” principales. Nos referimos a los
cambios que han tenido lugar en los modelos y prácticas de unos y otros.
Así, si bien abundan los fundamentalismos, las religiones más sensatas
han ido desenfatizando sus afirmaciones acerca de “pueblos elegidos”,
razas superiores, dominancia del hombre sobre la mujer, forma del pla-
neta, antigüedad del universo, milagros del pasado, personajes míticos
y semi-históricos. A su vez, la práctica de la ciencia ha sido por demás
dolorosa, pues desde anatomistas, astrónomos y padres de la química
quemados en la hoguera por sacrílegos, astrólogos y brujos, hasta llegar
a profesores perseguidos por enseñar que el ser humano es producto de
una evolución, que las mujeres no son inferiores a los hombres y que los
niños tienen sexualidad, la ciencia puede mostrar cicatrices y mutilaciones
producto de esa confrontación. En realidad, si los científicos no se han
extinguido del todo, si no se ha prohibido y perseguido a la ciencia con
más denuedo, es porque ésta viene pagando su derecho a existir mediante
la provisión de antibióticos, anestésicos, vehículos, teléfonos, materiales
más adecuados, y otras delicias modernas.
La adaptación (o mutilación) más evidente de la ciencia es su progre-
sivo confinarse a la mera investigación. Así, mientras la ciencia es funda-
mentalmente una manera de interpretar la realidad sin recurrir a dogmas,
milagros, revelaciones ni al principio de autoridad,4 la investigación es
en cambio una tarea mediante la cual un profesional entrenado toma
una porción del caos de lo desconocido, lo analiza, lo explica de modo
convincente y epistemológicamente aceptable. Idealmente, un investi-
gador debería ser un científico, pero no siempre coinciden ambos atri-
butos en la misma persona. Alguien podría ser un genio intuitivo, tener
suerte, ser hábil, conseguir apoyo, tener colaboradores idóneos y hacer
grandes avances en el conocimiento, sin ser necesariamente un científico.
Otro puede tener una visión del mundo completamente de acuerdo
con la ciencia, pero así y todo no ser investigador, porque carece de una
gota de originalidad, no es imaginativo, no tiene habilidad técnica para
manejar aparatos, no puede concebir modelos teóricos; en suma, no es
productivo como profesional de la investigación y es entonces excluido
de las instituciones que tienen a su cargo el manejo de la ciencia.

4
Con base en dicho principio, algo es verdad o mentira dependiendo de quién lo diga
(la Biblia, el papa, el rey, el padre).

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La medicina evolucionista

Puesto que la ciencia tiene una concepción evolucionista de la realidad,


interpreta la vida y todo los fenómenos biológicos con base en una evo-
lución comenzada hace unos tres mil quinientos millones de años. Ése es
justamente el enfoque que ha comenzado a usar también la medicina,
pues esta disciplina es en el fondo una rama de la biología que se ocupa
de aquellas desviaciones que resultan incompatibles con la salud.
Como sabemos, la medicina se maneja con síndromes, que son con-
juntos de signos y síntomas que caracterizan a las diversas enfermeda-
des. Esos síndromes fueron encontrados por médicos sagaces, que ob-
servaron que tales y cuales manifestaciones suelen darse en conjunto.
Posteriormente, otros sabios no menos sagaces fueron encontrando que
el “Síndrome de Fulano” es producido por tal bacilo, y en cambio el
“Síndrome de Mengano” es causado por la carencia de determinado
elemento. Además de atacar el mal de raíz (corregir una fractura, inte-
rrumpir una hemorragia, extirpar un tumor), el médico contrarresta y
anula signos y síntomas: baja la fiebre, aplaca la tos, suprime una dia-
rrea, anula los vómitos, cura una anemia. En cambio, el médico
evolucionista tiene en cuenta que, para que alguien pueda vomitar, toser
o sufrir una anemia, debe poner en juego mecanismos cuya construc-
ción viene especificada en genes estrictamente seleccionados a lo largo
de millones de años. Para decirlo de una manera teleológica: tenemos
genes “para” poder toser, “para” vomitar, “para” estar anémicos (pues
bacilos como el de Koch no toleran la falta de hierro), “para” tener fiebre
(pues las bacterias no tienen una termorregulación como la nuestra y
muchas de sus enzimas se les inactivan al someterlas a una temperatura
elevada). Si toser, vomitar, estar anémico, padecer fiebre, fuera algo ne-
gativo, la evolución hubiera ido eliminando a los organismos portadores
de genes que causan dichas reacciones.
La tarea de los médicos evolucionistas es preguntarse ante cada signo
o síntoma: ¿es parte del ataque o de la defensa?, ¿qué mecanismos están
implicados? La respuesta es en término de causas, sólo que, mientras el
fisiólogo o el médico clásico se contentan con causas próximas (tiene
fiebre porque fue atacado por tal bacilo, vomita porque ingirió tal tóxico,
está deprimido porque su jefe lo regañó) que operaron en las últimas
horas o días, el evolucionista busca también causas remotas, es decir,
aquellas que tomaron millones de años de evolución y en su mayoría
son anteriores a la aparición de la especie humana: ¿por qué los tubercu-

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losos se causan anemia?, ¿por qué y cómo nutrimos y protegemos a


nuestra flora intestinal?, ¿cómo se llegó a seleccionar y perfeccionar un
virus de la rabia tan admirable como el que nos ataca?, ¿por qué nos
deprimimos?
Desde luego, la medicina evolutiva tampoco adopta creencias tales
como que el hombre es el rey de la Creación, llamado a dominar la natu-
raleza, sojuzgarla y explotarla. Esta clase de medicina lo considera como
un organismo ensamblado en una complejísima biosfera en la que, si se
comporta con tanta insensatez como lo viene haciendo, va a acabar con
las selvas, ríos, va a contaminar los mares, emponzoñar la atmósfera y se
va a extinguir a sí mismo. Para un evolucionista, un alacrán, cuya estirpe
viene dándose mañas para subsistir, casi sin cambios, desde hace unos
500 millones de años, no es para nada “inferior” a un homínido en vías
de extinguirse a sí mismo a pocos millones de años de inaugurada su
especie. Un evolucionista tampoco es antropocéntrico, en el sentido de
que no desprecia a las víboras por “arrastrarse vilmente por los suelos”
para humillarse por haber engañado a Eva. Para ilustrar el respeto de los
evolucionistas por las estrategias de todo organismo, por más simple
que sea, tomemos el ejemplo de una parasitosis. La hembra del nematode
Dracunculus medinensis ingresa al humano por vía oral dentro de su vector
(un crustáceo cuasi-microscópico llamado “cíclope”) que llega con las
aguas contaminadas. Los jugos digestivos la liberan del vector en el es-
tómago humano, viaja al intestino delgado, invade el organismo, se ins-
tala bajo la piel de las axilas y se encuentra con el macho. Después de
varios meses ya mide como un metro y asemeja una várice y, para com-
pletar sus funciones maternas, llega a su destino final: los pies y las ma-
nos. En esta situación comienza a manipular al paciente, enrollándose y
secretando una substancia que produce ampollas y un escozor insopor-
table. La persona se sumerge en el río y nada o se desplaza para calmar
su picazón, se rasca, rompe las ampollas y millones de bebés quedan en
libertad para despertar el apetito de los cíclopes. Para no pasar desaper-
cibidos, los bebés se mueven con sacudones hasta que son ingeridos,
atraviesan las paredes intestinales del crustáceo hasta ubicarse en su ca-
vidad corporal, y éste se va a dormir su siesta posprandial hundiéndose
en las aguas más profundas del río, de donde la gente toma generalmen-
te el agua para beber... y ahí se reinicia la historia.

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La medicina evolutiva

Problemas éticos de la enseñanza de la biología

En general, en los países subdesarrollados el clero y las huestes religio-


sas, apegadas a los modelos creacionistas, han bloqueado hasta donde
les ha sido posible la enseñanza de la evolución. En Argentina, por ejem-
plo, hacia fines del siglo XIX se la describió como una hipótesis hereje y
poco menos que alocada. A principios del XX las ideas evolucionistas
estaban más adelantadas y difundidas, no podían desecharse así como
así, de modo que los círculos oscurantistas que controlaban la educación
hicieron que se la enseñara como si se tratara de un proceso que habían
experimentado las plantas y los animales, pero no el hombre que, por el
contrario, y de acuerdo con la mitología judeocristiana, había sido crea-
do por Dios a su imagen y semejanza. Por otra parte, se daba por des-
contado que “de haber habido evolución, ya estaba acabada. ¿Acaso los
elefantes, caballos y perros que vemos hoy en día no son idénticos a los
que viéramos en nuestra niñez?” Años más tarde, ante el bochorno de
seguir ignorando los datos de la arqueología y de la antropología, tales
como la extinción de los trilobitas, gliptodontes, dinosaurios, hombres
de Neanderthal, hombres de Cromagnon, y ocultando estudios sobre el
origen de la vida, en Argentina se optó por dividir la enseñanza de la
biología en Anatomía, Fisiología, Botánica y Zoología y dejar sin tratar
los temas del origen no-divino de la vida, en particular el del hombre, e
ignorar la evolución.
Por su parte, se siguió enseñando una Fisiología basada en funciones
puras. Es decir, continuando con la tradición teológica de dividir cuer-
po/alma, se siguió considerando que puede haber función “pura”. El
error de dicha concepción no resultó tan evidente hasta bien comenza-
do el siglo XX, pues un cardiólogo veía que durante un experimento que
duraba tres o cuatro horas el corazón no cambiaba durante su función,
los riñones seguían imperturbables, el cerebro parecía tener una estruc-
tura inalterable. Pero hoy, que los métodos han llegado a discernir el
funcionamiento subcelular y molecular, se sabe que para que se contrai-
ga el corazón, reabsorba azúcares y aminoácidos el riñón, el cerebro vea,
oiga y decida, deben ocurrir verdaderos relámpagos de reacciones quí-
micas, fosforilación de receptores, rearreglos de canales iónicos, despla-
zamientos de miofibrillas, intercambio de vesículas intracitoplásmicas.
Hoy se constata que toda función comporta un cambio de estructura, y
que estructura y función son caras de una misma moneda.

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La medicina evolutiva

Por eso resulta inaceptable que nuestras escuelas médicas sigan sin
enseñar evolución, que esta materia ni siquiera se dicte en nuestros más
prestigiosos centros de investigación, que se siga insistiendo en formar
investigadores pero no científicos.

Una característica más de la revolución evolucionista

Muchas veces, los grandes cambios en la medicina están provocados


por la introducción de un fármaco costosísimo, de un equipo sofistica-
do, caro y fabricado en el Primer Mundo. Por el contrario, la revolución
evolucionista no depende de cuantiosas sumas de dinero, no está condi-
cionada a importaciones, no la controlan las grandes transnacionales de
la industria farmacéutica. Depende, en cambio, de que nosotros nos pre-
paremos mentalmente para entenderla, que tengamos la entereza moral
de evaluarla, y la libertad de ponerla en práctica.

Las patrañas de la ética

Para detractar a la ciencia, los círculos oscurantistas suelen acusarla de


tener una ética deplorable, y señalan la bomba atómica, los desfoliantes,
los neurotóxicos, la medición de cocientes intelectuales y, sobre dicha
base, discriminan y proponen eliminar “razas inferiores y degeneradas”.
Pero la relación de la ciencia con la ética es por demás peculiar. En
primer lugar, la ciencia no tiene una ética intrínseca. Por ejemplo, el señor
Ohm enunció una ley: La cantidad de corriente eléctrica que fluye por un
conductor es proporcional a la diferencia de potencial y a la conductancia. Pero
no podemos responsabilizarlo de que alguien use los conceptos sobre elec-
tricidad para construir un marcapaso cardíaco o una picana eléctrica y
torturar adversarios políticos. La ciencia no es responsable de que la crian-
za y la educación hayan fallado en preparar adecuadamente al ciudadano.
En segundo lugar, si bien la ciencia no tiene ética, nos obliga a que noso-
tros sí la tengamos. Por ejemplo, si un científico fuera transportado a la
Edad Media, en momentos en que un inquisidor tortura a una anciana
hasta que confiese que ha tenido pactos con el Diablo,5 le podría demos-
5
La epistemología religiosa es por demás insostenible. Si para librarse de los tormentos
la anciana confesaba haber tenido pactos con el Diablo, la quemarían en una hoguera con
base en su propia declaración. En cambio si no confesara, también la quemarían, porque
sólo una bruja puede (según ellos, claro) padecer tan terribles torturas sin confesar.

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trar que la mujer está afectada de algún padecimiento mental. Le pregun-


taría de dónde emana su derecho a torturar a un ser humano. Y sobre qué
base se declara y discrimina a mujeres, negros, homosexuales.
Luego seguiría el cuestionamiento acerca de su derecho de pervertir
la mente infantil, amedrentando a los niños para que crean que un Dios
que, según los libros sagrados, ha condenado a todas las generaciones
de seres humanos por un pecado cometido por Adán y Eva, que ha
cometido el primer genocidio de la historia (el Diluvio Universal), que
condenó a muerte a niños, ancianos y animales por delitos sexuales co-
metidos en Sodoma y Gomorra, es un “ser de infinita bondad”. Esta
incongruencia altera cualquier concepción ética de una manera mucho
más seria e irreversible que las transgresiones que comete un número
irrisorio de científicos.
Mientras que nuestros científicos se esmeran por hacer que los niños
tengan una actitud científica, que constaten, que pongan a prueba, que
comprueben por ellos mismos todo lo que se les enseña, la teología conde-
na el hecho de que Tomás se haya negado a creer en la resurrección de
Cristo sin la correspondiente evidencia. Mientras nuestros demócratas se
desviven en despertar la dignidad de la gente para que participe en las
decisiones de su sociedad, la teología trata de convencerlo de que se com-
porte como ovejas y ensalce los “méritos” de un Job que soportó todas las
indignidades a que lo sometió Jehová. En suma: los modelos teológicos
pervierten la ética, la enseñanza y el desarrollo de la democracia.
Por último, la ética científica lleva a admitir que alguien mantenga
una falsedad mientras no se haya convencido de estar equivocado. En
cambio, llama mentiroso y deshonesto a quien siga manteniendo sus
ideas después de que se le demuestra que está equivocado. De manera
que la teología hoy no constituye una forma obsoleta de interpretar la
realidad, como podría haberlo sido en épocas pre-científicas, sino que
constituye un sistema depravado.

¿Y entonces?

El tiempo disponible para esta disertación no me permite resumir aquí


las enseñanzas del maestro brasileño Paulo Freire, verdadero genio de la
pedagogía.6 Baste decir que mostró que se debe modificar la enseñanza,

6
P. Freire, La pedagogía del oprimido, La educación como práctica de la libertad, ambos de
Siglo XXI editores de México.

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de modo que todo ser humano sepa narrar su propia vida. Es decir, que
no se autodescriba como lo harían quienes lo dominan, sino que lo haga
utilizando palabras cuyo significado ha aprendido y adoptado como
propio. Freire diseñó un método basado en la discusión de lo que llama-
ba “palabras generadoras”, es decir, palabras cuidadosamente escogidas
para que el educando pueda entender su propia naturaleza, sus dere-
chos, la razón de su trabajo, las causas de su situación, los motivos por
los que se le había enseñado a interpretar su miserable realidad en térmi-
nos impuestos por aquellos que lo oprimen.
Mientras tanto, deberíamos pedirle a nuestros filósofos que no sigan
confundiendo “ciencia” con “investigación”; a nuestros historiadores que
no sigan ensalzando las obras de monjes que, si bien tuvieron el mérito de
clasificar plantas medicinales durante la Colonia, pertenecían a órdenes
que en esos mismísimos momentos quemaban en una hoguera a quienes
estudiaran química, observaran el cielo con un telescopio, o simplemente
tuvieran en sus bibliotecas libros de autores como Newton y Diderot.
Deberíamos pedirles a nuestros universitarios que no sigan omitiendo la
enseñanza de la evolución, y formando investigadores en vez de científi-
cos. Siguiendo las enseñanzas de Freire, deberíamos enseñar a nuestros
ciudadanos a no elegir funcionarios que mutilan la investigación clasifi-
cándola en “básica” y “aplicada”; explicarles el desatino de someterla al
antojo de “ejecutivos” ignorantes y de empresarios mercantilistas.
Por último, así como ejercemos un control de calidad con los fármacos
que permitimos vender a nuestras industrias farmacéuticas, o a los ali-
mentos que permitimos producir para nuestra sociedad, deberíamos por
lo menos advertir a los medios de comunicación que no sigan estupi-
dizando a nuestra población. Para ilustrar el punto, permítanme acabar
esta disertación con una anécdota. México está haciendo una tarea gi-
gantesca para divulgar la ciencia, para que nuestros jóvenes tengan ac-
ceso a libros y revistas en los que aprenden por qué hace calor, frío, hay
nubes, llueve, ilumina el Sol, es de día, verano o hay viento. Esas publi-
caciones llegan a miles de jóvenes. Pero la hermosa tarde en que el papa
Juan Pablo II llegó en su cuarta visita a México, las estaciones de televi-
sión aconsejaron a nuestra población que prestara atención “Hasta qué
punto la virgen de Guadalupe ama al papa, que ha despejado las nubes
y hecho brillar el Sol.” Ese mensaje llegó y fue incorporado por millones
de personas que fueron así sumidas en el oscurantismo más degradante,
ese que los convierte en deudores, miserables, desnutridos, desocupa-
dos. Ese sí que es un problema ético, pero ¿a quiénes encomendaremos

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hacer un juicio adecuado?, ¿quién capacitará a nuestra población?, ¿quién


reformará nuestro aparato educativo?

A manera de conclusión

Cuando en nuestra ignorancia limitamos las discusiones sobre asuntos


éticos al ayudar a viejecitas a cruzar la calle, a que los médicos no cobren
honorarios excesivos, o al investigar o no con células de embriones huma-
nos, se nos escapa que toda nuestra visión del mundo, que nuestra cultura
está vertebrada por una ética deplorable, cuya discusión requiere una gran
profundidad de conocimientos y una libertad intelectual que no abunda
entre nosotros. Hoy estamos en plena revolución de la medicina, liderada
por las grandes universidades del Primer Mundo. Se trata de una revolu-
ción en la que se introdujo un retardo de por lo menos siglo y medio. En
el fondo, implica un encontronazo entre la ética asociada al creacionismo
y la ética que tienen los científicos. Por eso comentábamos que la ciencia
ha partido a la humanidad en un Primer Mundo que la tiene, y un Tercer
Mundo que no solamente carece de ella, sino que no sabe de qué le servi-
ría. Espero que la Medicina Evolucionista no quede del otro lado, porque
esta vez nuestra participación no requiere de sumas importantes de dine-
ro, ni de patentes ni de conocimientos que nos es difícil desarrollar. Sólo
está en juego nuestra ética.

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