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ESTUDIOS DE DERECHO CIVIL

• Semblanza de don Andrés Bello López.

• Los grandes principios que inspiran al Código Civil chileno.

• La irretroactividad de la ley.

MARCO ANTONIO SEPÚLVEDA LARROUCAU JUAN ANDRÉS ORREGO ACUÑA

UNIVERSIDAD CENTRAL DE CHILE

Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales,

Comisión de Publicaciones. Lord Cochrane 417, Santiago, Chile. Teléfono: 582 63 74

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Marco Antonio Sepúlveda Larroucau Inscripción Nº 164.347 ISBN: 978-956-7134-87-8

Primera edición, 2007

Comisión de publicaciones:

Nelly Cornejo Meneses Carlos López Díaz

Diseño y Diagramación:

David Cabrera Corrales Carolina Acuña Tobar

Impreso en Gráfica Kolbe, Mapocho Nº4338, Quinta Normal, Santiago Fono/Fax: 773 31 58 E-Mail: grafica_kolbe@yahoo.es

Índice

Prólogo

5

Palabras del autor

 

13

Semblanza de don Andres Bello López

15

 

I.-

Niñez y juventud

17

II.- Los años europeos

26

III.- Su llegada a Chile

44

IV.- Una obra gigantesca

66

Bibliografía

72

 

I. Obras consultadas

72

II.

Artículos en revistas y periódicos

73

III.- Obras generales

74

Los grandes principios que inspiran al Código Civil chileno

75

 

I.-

La supremacía de la ley

77

II.- La irretroactividad de la ley

81

III - La igualdad ante la ley

81

IV.- La autonomía de la voluntad o autonomía privada

91

V.- La libre circulación de los bienes

106

VI.- La buena fe

111

VII.- La ilegitimidad del enriquecimiento sin causa

124

VIII.- La responsabilidad

131

Bibliografía

141

I.- Obras consultadas

141

II.- Artículos en libros, revistas y periódicos

144

III.- Jurisprudencia

145

La irretroactividad de la ley

146

El Derecho Transitorio o Intertemporal

146

Criterio seguido por el Código Civil

147

Problema del verdadero significado jurídico de la expresión retroactividad

149

Otros problemas que se presentan en torno a la retroactividad

151

Teorías sobre el efecto retroactivo de las leyes

155

Teoría de los derechos adquiridos

155

Teoría de von Savigny

158

Teoría del hecho jurídico cumplido o realizado 159

Teoría de Paul Roubier

160

Ley sobre el efecto retroactivo de las leyes

162

Críticas a la teoría de los derechos adquiridos

164

Criterio de la jurisprudencia francesa

167

Conclusiones

169

Bibliografía

177

I.- Obras consultadas

177

II.- Jurisprudencia

179

Prólogo

Me honra hoy presentar esta obra escrita por los autores don Marco Antonio Sepúlveda Larroucau y don Juan Andrés Orrego Acuña, dos distinguidos profesores de Derecho Civil de nuestra Facultad de Derecho de la Universidad Central de Chile.

Este trabajo consta de una semblanza del gran jurista,

gramático y poeta americano, Andrés Bello López, y de una monografía acerca de los grandes principios que inspiran

el Código Civil chileno. La semblanza del maestro Bello la

desarrolla con gran estudio, conocimiento y cariño el profesor Orrego Acuña; el texto jurídico relativo a los grandes principios que inspiran el Código de Bello es de autoría del profesor Sepúlveda Larroucau, quien con su amplio conocimiento sobre la materia nos entrega un texto fundamental para los alumnos de pregrado y que constituye un pilar en los temas que sostienen las diversas expresiones del Derecho Privado en general.

Es bueno que los alumnos de Derecho conozcan la personalidad, la gran calidad intelectual, la capacidad de trabajo y el total compromiso de un hombre que forjó el Derecho, en particular el Derecho Civil de nuestra América

hispana. Resulta importante entender cómo va surgiendo este pionero, cuáles fueron las fuentes que lo inspiraron y cómo en un momento de la historia patria prevalece la calidad,

la

profundidad y seriedad por sobre las ideologías políticas

y

religiosas. El Derecho es un arte y una ciencia según

numerosos autores. En todo caso, es una disciplina enmarcada

y estructurada en principios que se van construyendo sobre la lógica, el sentido común y la costumbre y cuyo objetivo es el logro de la justicia y de la convivencia armónica de los seres humanos que viven en sociedad. El trabajo sobre Bello comprende su juventud venezo-

lana en la cual se va desarrollando un espíritu intelectualmen-

te precoz, vital y curioso que lo lleva a emprender los estudios

más diversos. Conoce a Bolívar a quien le sirve de mentor y guiándolo en una etapa de la vida en la cual los espíritus finos enriquecen a aquéllos de acción. Luego, se refiere el autor a los años europeos de Bello, años que continúan enriquecién-

dole en cultura y en el conocimiento de las personas emble- máticas. En esta etapa se casa con Isabel Antonia Dunn, unión de la cual nacerán numerosos hijos. En este período también conoce a don Mariano Egaña quien comienza a admirar la ca- lidad intelectual y superioridad espiritual de Bello. Finalmente, concluye esta semblanza de Bello con su etapa en Chile a donde llegó invitado por el gobierno de nuestro país a propuesta de Egaña. En esta parte de su vida

este prócer, poeta autor gramático y jurista se desempeñará como servidor público durante los gobiernos de Prieto, Bulnes

y Montt, brindándoles su consejo y su visión de servicio

público. Durante este tramo escribirá poesías de la mayor profundidad, sus estudios críticos filosóficos, varias obras didácticas como “Principios de la antología y métrica de la lengua castellana”, “Análisis ideológico de los tiempos de la conjugación castellana”, “Gramática de la lengua castellana”, “Gramática de la lengua latina”, entre otros. Por último, en las postrimerías de su vida redactará la obra jurídica más sólida y completa que ha regido y rige en las relaciones de índole civil

en nuestro país y en toda América hispana: el Código Civil chileno. Desde siempre se ha pretendido que el Derecho consista en una ciencia críptica, pletórica en latinazgos y cuyos principios se encuentran ocultos dentro de un follaje espeso que muy pocos pueden descifrar. Esto permitía hacer difícil lo que no lo era, como las religiones egipcias que encerraban los secretos de la naturaleza y del más allá y que eran de la competencia exclusiva de los sacerdotes y de los faraones. Hoy, en cambio, hemos comprendido que la enseñanza universitaria en general y, en lo que concierne al Derecho, debe impartirse a los alumnos sobre la base de las competencias y no así mediante un aprendizaje detallado de todas las materias que lo conforman y de todas sus instituciones, lo que hace que las mallas curriculares resulten un cúmulo de temas que torna heroico cursar dignamente la carrera de Derecho. Los profesores de las materias troncales ahora se acercan al alumno y le proporcionan el conocimiento de modo que les permita comprender las diversas instituciones del Derecho, sus fuentes, sus principios y sus fundamentos. Esto hace comprensible para el alumno de pregrado tanta norma que si se enseña dentro de la fronda de tantas otras, sin destacar, ni explicar su esencia, con sencillez y en forma pedagógica, pasarán inadvertidos y el alumno podrá muchas veces estudiar normas pero sin haber jamás conocido su verdadero sentido. El profesor Sepúlveda Larroucau nos explica que estos principios “no están consagrados positivamente en fórmulas generales, pero diversas normas jurídicas se fundamentan en ellos o son aplicación de los mismos; incluso, en su mayoría exceden el ámbito del Derecho Civil o del Derecho Privado,

encontrando reconocimiento general en todo nuestro ordena- miento jurídico”. Agrega más adelante: “La importancia del estudio de estos principios no sólo radica en que constituyen el fundamento del Derecho Civil, sino en que, además, son elementos esenciales a considerar para determinar el verdade- ro sentido y alcance de las normas jurídicas que se pretenden aplicar a un caso concreto particular, es decir, son orientadores de la labor interpretativa. Además, su importancia es crucial para la resolución de aquellos casos respecto de los cuales hay ausencia de normas positivas, es decir, actúan como elemen- tos integradores del Derecho Civil”. Estos principios son, como lo señala el nombrado autor:

la supremacía de la ley, la irretroactividad de la ley, la igualdad ante la ley, la autonomía de la voluntad o autonomía privada, la libre circulación de los bienes, la buena fe, la ilegitimidad del enriquecimiento sin causa y la responsabilidad. En la monografía referida se van revisando estos prin- cipios, comentando cómo se va estructurando la legislación y cómo se van urdiendo lógicamente las diversas normas lega- les que constituyen el cuerpo del Código Civil. El Derecho ha sido considerado siempre una disciplina estructurada y estricta al cual el ser humano debe orientar su accionar, en circunstancias que el Derecho, particularmente el que rige las relaciones contractuales, comerciales, de familia, las obligaciones, las relaciones de personas entre sí y sus bienes, están regidas básicamente por el querer libre y voluntario de las personas. Y uno de los principios que inspiran este Derecho es el de la autonomía de la voluntad. Cuando el Código dice “que todo contrato legalmente celebrado es una ley para los contratantes” comprendemos que la ley está al servicio de los seres humanos y no al revés.

En el capítulo IV de esta monografía se explica que el principio de la autonomía de la voluntad es la piedra angular del Derecho Civil. Más adelante su autor desarrolla el concepto de este principio, señalando:

“Dicho en términos generales y conforme al criterio tradicional, este principio consiste en que, cumpliéndose con los requisitos que establece la ley y salvo prohibición expresa, los sujetos son libres para generar, modificar, transferir, transmitir y extinguir toda clase de derechos y obligaciones. De ello resulta el conocido aforismo de que “en Derecho Privado se puede hacer todo aquello que no está prohibido”, encontrándose una aplicación clara de estas ideas en el artículo 12, según el cual “podrán renunciarse los derechos conferidos por las leyes, con tal que sólo miren al interés individual del renunciante, y que no esté prohibida su renuncia”.

Más adelante, explica como “La autonomía de la

voluntad cumple un rol fundamental en el Derecho Patrimonial

y muy particularmente, en el campo de la contratación”. La claridad de las explicaciones y la complementación dogmática llevan a cada capítulo a un desarrollo lógico y claro de cada tema y de cada principio que inspira a nuestro Código Civil.

Finalmente, el profesor Sepúlveda Larroucau incluye,

a continuación de su monografía, un ensayo sobre la irretro-

actividad de la ley. Se trata de un análisis profundo y rico en doctrinas, con puntos de vista enriquecidos por la doctrina francesa y su jurisprudencia.

Primero, explica en qué consiste la irretroactividad de la ley, como también el criterio seguido por nuestro Código

Civil; luego, destaca la importancia de esta materia en lo relativo a las situaciones y a los efectos producidos bajo el

imperio de la antigua ley y, acto continuo, analiza la doctrina acerca de los derechos adquiridos bajo el imperio de la antigua ley destacando tres aspectos de la mayor trascendencia:

a) que, como lo indica Gabba, citado por Antonio Vodanovic:

“derechos adquiridos son “todos aquellos derechos que son consecuencia de un hecho apto para producirlos bajo el imperio de la ley vigente al tiempo en que el hecho se ha realizado y que han entrado inmediatamente a formar parte del patrimonio de la persona, sin que importe la circunstancia de que la ocasión de hacerlos valer se presente en el tiempo en que otra ley rige”;

b) que, citando a Antonio Vodanovic: “las simples expec- tativas son las esperanzas de adquisición de un Derecho fundado en la ley vigente y aún no convertidas en Dere- cho por falta de alguno de los requisitos exigidos por la ley”; y

c) que, citando a Louis Josserand (a través de Vodanovic):

“decir que la ley debe respetar los derechos adquiridos, significa que la ley no debe burlar la confianza que en ella depositamos y que las situaciones establecidas, los actos realizados bajo su protección deben permanecer intactos, ocurra lo que ocurra. Todo lo demás, excepto lo dicho es simple esperanza, más o menos fundada, que el legislador puede destruir a voluntad.”

Este es un trabajo completo, detallado y explicativo sobre los aspectos más relevantes vinculados con la irretroactividad de la ley. Podría, dado lo complejo del tema, quizás ser tratado

en algún taller o curso profundizado. Lo más destacable es cómo en una materia tan difícil de por sí, destaca los elementos más esenciales inherentes a este tema en forma sintética, clara y a la vez didáctica. Los tres trabajos contenidos en esta publicación cuentan con una bibliografía amplísima que puede servir de base para alumnos que quisieran profundizar en la vida de Andrés Bello o en los temas desarrollados por el profesor Sepúlveda Larroucau. Pienso finalmente que estos trabajos, junto con signi- ficar un aporte importante para nuestros estudiantes y pro- fesores, enriquecen nuestra investigación en temas de gran relevancia para la carrera de Derecho.

JUAN GUZMÁN TAPIA

Decano

Palabras del autor

La presente obra ha sido especialmente concebida para los alumnos del pre grado de la carrera de Derecho, ya que su temática me parece de lectura obligada para su formación jurídica. El primer tema, “Semblanza de don Andrés Bello López”, corresponde a un excelente trabajo de mi estimado amigo, el profesor de Derecho Civil don Juan Andrés Orrego Acuña, y nos muestra resumidamente los aspectos más relevantes de la vida de nuestro ilustre jurisconsulto, lo que por ningún motivo puede ser ajeno a quienes inician sus estudios de Derecho Civil. La vida de don Andrés no se circunscribe sólo al Código Civil chileno. El segundo tema, “Los grandes principios que inspiran

al Código Civil chileno”, de mi autoría, constituye una materia

obligada del capítulo introductorio del programa de Derecho Civil I y, además, como se sabe, de gran importancia para los alumnos que se preparan para rendir su examen de grado. Cabe advertir que en esta parte, dada la materia de que se trata, se han consultado mayoritariamente obras de autores nacionales, tanto clásicos como modernos, incluyéndose trabajos bastante recientes. Ello permite, adicionalmente, que los alumnos vayan conociendo, desde ya, a varios de los autores que forman parte de la doctrina nacional.

El tercer y último tema, “La irretroactividad de la ley”, constituye un apéndice del anterior (es un principio general)

y lo expuse en las III Jornadas de Derecho Civil, organizadas

por la Universidad Gabriela Mistral los días 27 y 28 de 2006. Se trata de una materia que forma parte del capítulo de “Teoría de la ley”, del programa de Derecho Civil I, y que pese a la importancia que tiene en el ordenamiento jurídico en general, ya sea por razones de tiempo u otras, muchas veces tiene un tratamiento bastante superficial en la cátedra y en otras donde también corresponde referirse a ella. En cambio, según se podrá apreciar, en el Derecho Comparado es un tema arduo respecto del cual existe abundante literatura e, incluso, conforma una temática separada denominada “Derecho Transitorio

o Derecho Intertemporal”, que cruza transversalmente las

distintas disciplinas jurídicas. Muy sinceramente, espero que el presente trabajo pueda

prestar alguna utilidad a nuestros alumnos, quienes, como ya

lo he expresado más arriba, son sus principales destinatarios.

Por lo tanto, a ellos les dedico la presente obra.

MARCO ANTONIO SEPÚLVEDA LARROUCAU

Profesor titular de Derecho Civil

Semblanza de don Andrés Bello López 1

El devenir de los pueblos se teje con una lógica que escapa con frecuencia al entendimiento de los hombres. En no pocas oportunidades, el derrotero de un país queda condicionado por la irrupción de una figura descollante, que para bien o para mal, marca a fuego el destino de aquél. Por

un arcano de la Historia, tuvimos la fortuna que fuera Chile

el país que escogiera Andrés Bello López, para volcar toda su

sabiduría y buen criterio, transformando con ello la Historia patria. Porque -¿quién podría ponerlo en duda?-, el desarrollo

político, jurídico y cultural de nuestra nación, no habría sido

el mismo, sin la impronta indeleble que dejó en ella la colosal

actividad de Bello. Imaginamos aquella escena en la que, en una tarde londinense gris y apacible, el sabio cede finalmente

a las instancias de su amigo Mariano Egaña, señor de este

lugar en el que ahora nos encontramos, y acepta viajar al fin del mundo, a una tierra para él desconocida y tan diferente de aquella en que había nacido. Hoy, hemos sido convocados para recordarlo. Quizá, él y su amigo Egaña, nos contemplan en este momento, entre divertidos y curiosos, bajo la sombra de alguno de los árboles majestuosos que nos rodean. Porque la muerte física nada significa. Porque cada vez que recordamos con agradecimiento a un gran hombre, vive para nosotros y continúa prodigándonos sus enseñanzas. Ello, creo, es la mejor justificación de este acto conmemorativo.

1 Parte de este trabajo se expuso en una “Jornada en Homenaje a don Andrés Bello”, con motivo del sesquicentenario de la promulgación del Código Civil, realizada por la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Internacional Sek, el 18 de octubre de 2005, en la Casona y Parque Arrieta, Peñalolén, donde se emplaza la Casa Central de dicha Universidad, y que en el Siglo XIX perteneciera a la familia Egaña, siendo visitada con frecuencia por don Andrés.

En las líneas que siguen, intentaremos, apretadamente, esbozar un bosquejo biográfico de la trayectoria vital de quien continúa viviendo en nuestra memoria y nuestros espíritus. Tarea nada fácil, advertimos, si tenemos en cuenta que Bello fue un excelso humanista, filósofo, jurisconsulto, cosmógrafo, poeta, profesor, senador, consejero de estado, escritor, crítico literario y periodista 2 . ¡Once roles desempeñados brillantemente en el teatro de la vida, no es poca cosa! Trataremos de desentrañar al joven pletórico de inquietudes

y después al hombre que deslumbraría con su inteligencia.

Pero lo haremos, delineando un retrato más amigable que aquél que presentan los libros de Historia. Como decía Joaquín Edwards Bello, en el caso de Andrés Bello y de otros patriarcas americanos, la Historia, como la escultura, mata en

ellos su humanidad y los muestra como modelos de gravedad en la apoteosis final. Se trata entonces de bajar del pedestal al personaje histórico y de recuperar al hombre, de arrancarlo de

la envoltura de hierro en que la posteridad lo ha fijado. De esa

estatua que muestra a Bello en su ancianidad. Porque si nos quedamos sólo con esa imagen postrera de su vida, corremos

el

riesgo que advertía Chateubriand: la gloria, decía, es para

el

anciano lo que los diamantes para las señoras de edad muy

provecta: adornan, pero no embellecen 3 . EnlavidadeBello,seobservan tres etapasbien definidas. La primera, correspondiente a sus años venezolanos, coincide con su niñez y juventud, y se extiende por 29 años (1781 a 1810). La segunda, en la cual el joven se transforma en un hombre, la

2 Bunster, Enrique, “Bello, redactor de “El Araucano”, en “Crónicas Portalianas” (Santiago de Chile, Editorial del Pacífico S.A., año 1977), pág. 183.

3 Edwards Bello, Joaquín, “El bisabuelo de piedra” (Santiago de Chile, Editorial Nascimento, año 1978), pág. 12.

vivirá en Londres y abarca 19 años (1810 a 1829). La tercera y más extensa, es la etapa chilena, que se prolonga por 36 años. En esta, un hombre ya maduro e intelectualmente formado, vuelca su capacidad creadora en un trabajo infatigable y cuyo balance es portentoso. Estas tres etapas corresponden pues, en palabras de Eugenio Orrego Vicuña, biógrafo de Bello,

a

sus años de formación, la primera, de perfeccionamiento

y

decantación, la segunda, y de culminación vital, de logro

máximo, la tercera 4 . En esta exposición, seguiremos pues el mismo orden tripartito, advirtiendo que no tocaremos sino tangencialmente su trabajo jurídico y en particular su obra más excelsa, el Proyecto de Código Civil, pues dicha tarea ha quedado reservadaa distinguidosacadémicosque también intervendrán en esta jornada de homenaje.

I.- Niñez y juventud

Poco se sabe de la familia de Andrés Bello. Eran hidalgos avecindados en Caracas, venidos a menos 5 . La casa de Bello se situaba en los suburbios de la ciudad, “en el ángulo suroriente de la actual esquina de Luneta, la entonces denominada esquina de Juan Pedro López” 6 . Su familia no era ni plebeya ni aristocrática. Su padre, don Bartolomé de

la Luz Bello (1750-1800), había obtenido el título de abogado

a los treinta años, en 1780, un año antes del nacimiento de

4 Orrego Vicuña, Eugenio, “Don Andrés Bello” (Santiago de Chile, Editorial Zig-Zag, año 1953, cuarta edición), págs. 73 y 74.

5 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 10.

6 Bolton, Alfredo, “El solar caraqueño de Bello” (Caracas, separata del “Boletín Histórico de la Fundación John Boulton”, número 3, septiembre de 1963), pág. 28, citado a su vez por Salvat Monguillot, Manuel, “Vida de Bello”, en “Estudios sobre la vida y obra de Andrés Bello” (Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, año 1973), pág. 15.

Andrés. Su título de Bachiller en Leyes se lo había conferido

la Universidad Real y Pontificia. En aquél entonces, la carrera

de abogado en Caracas era incierta y desacreditada. El pueblo americano, durante la colonia, como refiere Joaquín Edwards Bello, bebía en su cuna el odio a los leguleyos y a los oidores. Era comprensible esa escasa simpatía, pues conformaban tales letrados, los estamentos o burocracia del Estado y su gobierno 7 .

Y se sabe que para el temperamento hispánico, el Estado y

en particular el gobierno y la burocracia que lo sostiene, es una rémora apenas soportable 8 . Don Bartolomé, además, era músico en la iglesia de los pardos (contigua a la casa de los Bello y llamada oficialmente Iglesia de Nuestra Señora de Altagracia) y encargado de dirigir los cantos religiosos durante los oficios, habiéndose desempeñado igualmente como profesor de canto en el Colegio Seminario, entre los años 1774 y 1787. Precisamente, la enseñanza de la música le permitió pagar sus estudios de abogado. A pesar de no tener una situación holgada, tenía un carácter firme. Se cuenta que renunció su plaza en la tribuna de la Santa Catedral por negarse a bajar al Coro, conforme se lo ordenare el Capítulo, “por no vestir hábitos clericales sino señir (sic) espada” 9 Ello explica,

quizá, la permanente estrechez económica de la familia. Amén del número de hijos. La hacienda llamada “El helechal”, en

la que Andrés aprendiera a cabalgar, pasó a otras manos por

trampas y pleitos. En adelante, la familia viviría en Caracas.

7 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 33.

8 En la empresa de conquista de América, los adelantados y soldados que iban en vanguardia, nada querían saber de los abogados. Vasco Núñez de Balboa, escribía en 1513 al Rey don Fernando, rogándole que “no mande ningún Bachiller en Leyes ni otro alguno, sino fuere de medicina so una gran pena, porque ningún Bachiller acá pasa que no sea diablo y tienen vidas de diablos e no solamente ellos son malos, más aún, facen y tienen forma por donde hayan mil pleitos y maldades”: citado por Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 34.

9 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 38.

Estirpe que no daría otro fruto tan espléndido. Con el correr de los años, la familia venezolana de Bello sería tragada por la pobreza, por la furia revolucionaria que asoló su terruño

y por las pestes. La casa natal no existía desde el terremoto

que había asolado Caracas el 26 de marzo del año 1812. Los hermanos, muertos. Las hermanas, en los claustros 10 .

La madre de Bello, doña Ana Antonia López Delgado (1764-1858), es todavía un enigma. Su padre habría sido un pintor de talento en la época colonial. Años después, Andrés, desde Chile, le enviaba regularmente preciosas monedas de oro chileno. Pero nunca más le vería 11 . La había dejado cuando Bello tenía 29 años. Moriría a la sazón inverosímil edad de 94 años, en 1858. Nació Bello el 30 de noviembre de 1781. El día de San Andrés, lo que explica su primer nombre (sus nombres de pila, muy a la usanza de la época, eran Andrés de Jesús María

y José). Fue el mayor de un total de ocho hermanos, cuatro

varones y cuatro mujeres 12 . El 8 de diciembre, fue bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de Altagracia de Caracas, en el libro primero de bautismo de blancos (había otros libros especiales para negros y mulatos) 13 . Su padrino, fue don Pedro Vamondi 14 .

10 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 35.

11 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 35.

12 Edwards Bello habla equivocadamente de siete hermanos. Eugenio Orrego Vicuña y Manuel Salvat Monguillot, de ocho (eran ellos: Andrés, Carlos, Florencio, Eusebio, María de los Santos, Josefa, Dolores y Rosario): Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 19; Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 15.

13 En la rígida sociedad indiana de Caracas, regían en todo su vigor “las pueriles diferencias que separaban a las familias por motivos de color, de títulos, de dinero, de vestimentas y de barrios. El caso es que a la catedral concurrían los blancos; a la Candelaria, los isleños de Canarias; a Altagracia, los pardos; y a San Mauricio, los negros.” Gil Fortoul, citado a su vez por Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 72.

14 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 37.

Desde muy niño, sintió Bello inclinación por los estudios. Su tío, Fray Ambrosio López, viendo los esfuerzos del chico hacia el saber y procurando encaminarlos, le proporcionó un maestro de notable calidad, también religioso, el fraile mercedario Cristóbal de Quezada, de quien el muchacho tuvo los primeros conocimientos de gramática, literatura y castellano 15 . Quezada sería también su maestro de latín, lo que permite a Bello leer desde niño a Horacio y Virgilio en la lengua en que ellos escribieron, adentrándose también en las obras de Garcilaso, Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca 16 . Estudió luego en el Colegio de Santa Rosa, por aquella época de mucho prestigio entre las familias criollas

de Caracas 17 . Se incorpora ahí a la cuarta clase de latinidad, recibiendo las lecciones del presbítero Antonio Montenegro,

y relacionándose con los hijos de los más importantes

caraqueños, llamados “mantuanos”, por su Derecho a usar manto. Los Ustáriz, pertenecientes a este grupo, inician a Bello en el estudio de la lengua francesa y pronto pudo leer a Racine y, seguramente –lo que era mucho más peligroso para los mayores-, a Voltaire 18 .

Con quince años, ingresa en 1797 a la Universidad Real

y Pontificia de Caracas, estudiando filosofía, lógica, aritmética, álgebra y geometría, alcanzando el primer lugar entre sus condiscípulos. El uno de marzo de 1800 se recibe de bachiller

en artes 19 . Aquél mismo año, moría su padre.

15 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 21.

16 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 15.

17 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 21.

18 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 16.

19 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., págs. 22 y 23. Según Salvat Monguillot, recibió el grado el 9 de mayo de 1800.

Pocos meses antes, específicamente en noviembre de 1799, había arribado a Caracas el naturalista Alejandro Von Humboldt. Acompañado del botanista francés Aimé Bonpland 20 , permanece algún tiempo en Venezuela, investigando la flora y fauna, trabando relaciones con las familias más importantes de Caracas y con los jóvenes más instruidos, entre ellos Bello, quien, se dice, habría acompañado a los dos sabios europeos en algunas de sus expediciones 21/22 . Se puede comprender cuan útil debe haber sido para Bello, templar su intelecto en la fragua rigurosa de estos europeos que descubrían por segunda vez la América profunda, hasta entonces velada para los estudios científicos. Bello había iniciado también sus estudios en medicina y Derecho. Pero su padre, curiosamente, suponemos que desengañado por los bemoles del foro y por el aludido descrédito de la profesión en aquellos años, le suplicó a su hijo que no fuera abogado. Obediente a los deseos paternos, Bello nunca sería abogado, aunque por cierto no abandonaría los estudios del Derecho, y tras la muerte del progenitor, viéndose obligado a obtener medios de subsistencia para su madre y hermanos, se presentó en concurso para Oficial Segundo de la Secretaría del Gobernador Manuel de Guevara Vasconcelos, obteniendo el puesto. Corría el año 1802 23/24 .

20 A fines de 1818, se pretendió involucrar a Bonpland en una supuesta conspiración para asesinar a San Martín y a O’Higgins, que monitoreaban desde Montevideo Alvear y Carrera. Se le denominó “complot de los franceses”: artículo de Emilio Ocampo titulado “Brayer, un general de Napoleón que desafió a San Martín”, en la Revista “Todo es Historia” (Buenos Aires, Impresora Alloni, junio de 2005, año XVIII, número 455), págs. 60-78.

21 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 17.

22 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., págs. 23 y 24.

23 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 18.

24 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 46.

Aquellos últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, eran sin embargo años turbulentos en el mundo, y los vientos emancipadores comenzaban a soplar con fuerza en tierra americana. Y uno de aquellos llamado más adelante a ocupar el primero entre todos los lugares destinados a los héroes de la independencia de los pueblos del continente, Simón Bolívar Palacios, se encontraría con Andrés Bello en una singular encrucijada. Ocurre que el preceptor de Bolívar, don Simón Rodríguez, habíase envuelto en un complot contra la Corona, dirigido por los criollos José María España y Manuel Gual. Rodríguez huyó de las autoridades, evitando el apresamiento seguro 25 . Era imprescindible, entonces, buscar un nuevo maestro al joven Bolívar. Este, a diferencia de Bello, era vástago de una de las familias más ricas de Venezuela 26 . Algo menor que Bello –había nacido en Caracas el 24 de julio de 1783-, no se había mostrado especialmente receptivo a los estudios, pero sí había hecho suyo el torrente de ideas rebeldes que brotaba de la verba apasionada de su antiguo maestro Rodríguez, quien, además, no estaba interesado en aplicar en su discípulo los métodos pedagógicos tradicionales. En verdad, el joven alumno poco y nada había aprendido con su maestro Rodríguez. Es en esta instancia, en la que la familia Bolívar se fija en Andrés Bello como nuevo maestro. Refiere Campos Menéndez que el tío de Simón, Carlos, quien hacía las veces de cabeza de la familia, “pensó que un joven de la

25 Campos Menéndez, Enrique, “Se llamaba Bolívar” (Buenos Aires, Editorial Francisco de Aguirre S.A., año 1975), pág. 21.

26 Entre los cuantiosos bienes de la familia Bolívar, se encontraban “las dos casas de renta en Caracas y las nueve que poseían en La Guayra; los ricos depósitos minerales del Valle de Aroa, las plantaciones de cacao de Taguaga, las de Añíl de Soatá, y allá lejos, en las llanuras, los tres ‘hatos’ o haciendas de ganado, con sus grandes rebaños en los campos sin límites.”: Campos Menéndez, Enrique, ob. cit., pág. 20.

edad de Simón, que fuera, ante todo, amigo y compañero, le inculcaría, tal vez, algunos conocimientos de la enseñanza positiva y elemental, que el maestro Rodríguez ni siquiera había insinuado. Nadie más indicado, entonces, para esta

difícil tarea, que el hijo del abogado Don Bartolomé Bello y de la bondadosa Doña Antonia López. Otras familias patricias

lo tenían como pasante de las ‘ovejas negras’, que abundaban

entre los ‘mantuanos’ de Caracas.” 27

Así las cosas, el joven Andrés se había hecho de un incipiente prestigio docente, y se le tenía como un especialista en enderezar a jóvenes ricos y díscolos de las principales familias caraqueñas. Pero era plausible que la cercanía en las edades, -apenas dos años los separaban-, hiciera nacer entre ambos la amistad. Lo que no resultaba óbice para que Bello, que se distinguía por su aplicación al estudio y evidente talento, se dispusiere seriamente a enseñarle a Simón geografía, matemáticas

y cosmografía. Aplicaba en aquella época Bello, muy a la

usanza, el método peripatético. Avanzaban las lecciones al

compás de paseos por los alrededores de Caracas, donde los jóvenes echaban a volar su fantasía, bajo el follaje de los grandes samanes, soberanos majestuosos de la comarca. Pero

el joven profesor no recibía estipendios muy elevados. Se

dice que jamás cayó un solo real en los bolsillos de su único

y raído traje. Su mejor premio estaba en la satisfacción de

enseñar, aunque sus alumnos, y entre ellos el propio Bolívar, las más de las veces tuvieren su mente en la esfinge de una hermosa caraqueña antes que en los problemas planteados por Pitágoras o Euclídes. Pero si bien su alumno no era

27 Campos Menéndez, Enrique, ob. cit., pág. 22.

especialmente aplicado en los estudios, sí sabía agradecer los esfuerzos que desplegaba para él Andrés. Es fama que grande fue la sorpresa del maestro, cuando un día, al llegar a su casa, encontró cuidadosamente doblado en impecables pliegues, una elegante vestimenta que su discípulo Simón le enviaba en pago de lecciones no aprendidas 28 . Mientras, Bello continuaba con su trabajo en la administración. La eficiencia con que lleva a cabo su labor, hace que el Gobernador le recomiende al Rey Carlos IV, de quien obtiene, por real cédula del 11 de octubre de 1807, el nombramiento de Comisario de guerra honorario, grado que correspondía al de teniente coronel de milicias 29 . Paralelamente a sus funciones como secretario de la Gobernación, el 26 de octubre de 1807 30 , se le designa, ad- honorem, Secretario de la Junta Central de Vacuna. Observamos, como Bello avanza paulatinamente en su carrera en la administración del Estado indiano, fruto de su esfuerzo tesonero y capacidad indesmentible. Dicho ascenso se verá interrumpido, sin embargo, con el colapso del régimen en todo el continente. ¿Cuál sería el aspecto de Bello por aquellos años? Edwards Bello, lo imagina como un joven de tupida cabellera, de grandes ojos claros, pálido y muy delgado, que se destroza los dedos frotándolos unos con otros, sólo y mortificado, en una plaza oscura de Caracas 31 . La perfecta imagen, agregamos nosotros, de un héroe salido de las páginas de Víctor Hugo o de Lord Byron.

28 Campos Menéndez, Enrique, ob. cit., págs. 22 y 23.

29 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 25.

30 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 19. Orrego Vicuña, da otra fecha, el 22 de marzo de 1808, ob. cit., pág. 25.

31 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 12.

En cuanto a los asuntos del corazón, Miguel Luis Amunátegui refiere que por estos años, Bello habría estado enamorado de María Josefa de Sucre, hermana mayor del futuro Mariscal y vencedor de Ayacucho, “dama de gran belleza y aptitudes” y con un destino trágico, como correspondía a una época romántica: detenida en 1814 por los realistas, huye y se refugia en La Habana. En 1821, cuando navegaba hacia Cumaná para asistir a un bautizo, el barco se hunde, pereciendo María Josefa en el naufragio 32 . La debacle sufrida por la Corona española tras la in- vasión de la península ibérica por las tropas napoleónicas y la instalación en el trono del usurpador José Bonaparte, más conocido como “Pepe botella” por sus inclinaciones dipsó- manas, servirá de catalizador final para que los americanos levanten sus banderas de autodeterminación. Aunque formal- mente decían adherir a la Corona, los principales criollos, en toda América, se organizan en juntas compuestas por los ve- cinos más notables de cada ciudad capital de los virreinatos o de las capitanías generales, que reclaman para sí el gobierno, mientras el legítimo rey no fuera restablecido en su trono. Tales juntas, buscan la obtención de cierto reconocimiento de otras potencias. En ese contexto, la llamada Junta Conservadora de los derechos de Fernando VII, instalada en Caracas el 19 de abril de 1810, resuelve enviar a Londres una misión compuesta por tres diputados. Ellos son Luis López Méndez, con el título de “segundo diputado”; Simón Bolívar, con charreteras de coronel, era “diputado principal

32 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 23, quien a su vez cita a Miguel Luis Amunátegui y su artículo “El primer amor de don Andrés Bello”.

de Caracas”; y Andrés Bello, en calidad de “secretario” 33/34 . Se iniciará entonces la etapa europea, en la vida de Bello. Los comisionados se embarcan en la goleta inglesa “General Lord Wellington”. La principal misión de los enviados, consistía en intentar conseguir la protección de Inglaterra en el evento de producirse una intervención armada de los franceses, el permiso para comprar fusiles y otros pertrechos, asegurar la mediación inglesa ante las dificultades que pudieren presentarse entre Venezuela y España y lograr que las autoridades británicas impartieran instrucciones a los jefes de escuadra y gobernadores de las colonias antillanas, para favorecer el comercio y la integridad de Venezuela. El 10 de junio zarpa la goleta, arribando a Portsmouth tras una singladura de 31 días 35 .

II.- Los años europeos

A su llegada a Londres, la misión diplomática caraqueña se instala en el Morin’s Hotel. La Junta de Caracas, al redactar las credenciales de los noveles diplomáticos, había sido muy amplia en cuanto a otorgar atribuciones. Pero había una sola prohibición impuesta a los diputados: no debían entrar en tratos con Francisco de Miranda, “el precursor”, cuyas ideas parecían demasiado radicales. Por cierto, mientras López y Bello se encargaban de dar a conocer su misión a importantes personeros de la corte de Saint James, como el conde de Mornington y el duque de Gloucester, sobrino del rey, Bolívar se escabullía hasta la calle, ordenando al flemático cochero

33 Rodríguez Lapuente, Manuel, “Historia de Iberoamérica” (Barcelona, Editorial Ramón Sopena, S.A., año 1978), págs. 431 y 432.

34 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 35.

35 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., págs. 24 y 25.

que le condujere a Grafton Street número 27 36 . La casa donde vivía, precisamente, el célebre Miranda, que tanta influencia tuvo también en Bernardo O’Higgins 37 . Aunque hay evidencia acerca de haber visitado también Bello la casa del precursor, su actitud es más cerebral ante el legendario general, menos apasionada que la de Bolívar. Podría explicarse lo anterior por tener ambos jóvenes temperamentos disímiles y por ser Bello un católico más sincero que Bolívar. Miranda había fundado en 1797 la “Logia Americana”, donde con un ritual de compases, triángulos y mandiles, se jura la emancipación de las colonias españolas de América. Desfilarán por ahí, además de Bolívar, los argentinos San Martín, Alvear y Zapiola, el chileno O’Higgins, el neogranadino Francisco Antonio Zea, el sacerdote mexicano Servando Teresa de Mier y muchos otros que tendrán papeles protagónicos en el proceso de emancipación 38/39 . Se cree que López Méndez y Bello también habrían participado de la citada logia, llamada asimismo “Sociedad Lautaro” o “Logia de Caballeros Racionales”. En realidad, el hecho de pertenecer a esta asociación en nada afectaba los sentimientos religiosos

36 Según Edwards Bello, los diputados venezolanos arribaron a Francia, y luego de una corta etapa parisina, viajan a Londres, instalándose en el Hotel Saville Hotel, para visitar después, los tres (y no sólo Bolívar), al precursor, lo que supondría que el interés de Bello por Miranda podría ser mayor al insinuado por Campos Menéndez. Este y Edwards Bello tampoco coinciden en el nombre de la calle en la que vivía el general: para uno, se trataba de Grafton Street; para el otro, de Green Street. Edwards dice que “Era una casa silenciosa y oscura, de seis pisos, con un bar y una tienda de encuadernador en la planta baja. El barrio era revuelto.”: Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., págs. 21 y 22.

37 Campos Menéndez, Enrique, ob. cit., pág. 156.

38 Campos Menéndez, Enrique, ob. cit., pág. 159.

39 García Hamilton, Juan Ignacio, “Don José. La vida de San Martín” (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, décimo primera edición, abril 2005), pág. 74. Este historiador argentino, confirma que era una visita obligada la que hacían los patriotas americanos, no bien llegaban a Londres. Refiere que San Martín, “Una vez instalado en su hotel, se dirigió a la casa de Grafton Street 27, en Fitzroy Square, donde se reunían los venezolanos que habían sido iniciados por Francisco de Miranda en las tareas independentistas. Estaban allí Andrés Bello, Luis López Méndez y el sacerdote mexicano Servando Teresa de Mier, y el lugar funcionó como sitio de encuentro para quienes venían de España.”

de sus afiliados. Como apunta Manuel Salvat, las finalidades de logias como la señalada, eran exclusivamente políticas y revolucionarias 40 . A comienzos de julio, los enviados son recibidos por el marqués de Wellesley, a la cabeza del Foreing Office. Esta primera reunión no es oficial, y se lleva a cabo en la residencia particular del ministro inglés. Bolívar, en un lenguaje dema- siado franco para una misión diplomática, traza ante el minis- tro un patético cuadro de la situación de sus coterráneos, “an- siosos de sacudir, fuera como fuera, un yugo inaguantable”. Quería para Venezuela el apoyo de Inglaterra, para proclamar desde luego su independencia de la metrópoli. Wellesley ta- chó el lenguaje franco de Bolívar, haciéndole ver la oposición que existía entre sus palabras revolucionarias y las credencia- les en que se hablaba en nombre de don Fernando VII. Men- cionó el marqués el tratado que vinculaba a ingleses y españo- les, que sólo permitiría actuar la flota británica si los franceses intentaban invadir el territorio venezolano. El 19 de julio, los diputados serían recibidos oficialmente por el Foreing Office, en presencia de los embajadores de España, el duque de Al- burquerque y el almirante Apodaca. Los resultados no fueron los esperados por los venezolanos y en particular por Bolívar. Definitivamente, los británicos no pretendían malquistarse con los españoles, que ahora eran aliados en el esfuerzo co- mún contra Bonaparte. En una nota redactada sin duda por Bello, fechada el 21 de julio, los diputados señalan a Wellesley que “Venezuela, lejos de aspirar a romper los lazos que la han unido a la metrópoli, desea sólo poder adoptar una línea de conducta capaz de substraerla a los peligros que la amenazan.

40 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 27.

Aunque independiente del consejo de regencia, no por eso se considera menos fiel a su rey ni menos interesada en la lucha santa que sostiene España.” El 9 de agosto, Inglaterra respon- de, indicando que se prometía protección a Venezuela contra Francia, en el entendido que la Junta caraqueña se reconciliare con el gobierno central 41 . Pero si eran mediocres los resultados diplomáticos obtenidos, más feliz era el sentimiento en lo que se refiere

al plano social. En palabras de Bolívar, algo frívolas a decir

verdad, la misión había producido “sensación en Londres”,

con partidas de placer que los nobles organizaban en homenaje

a los “Embajadores de la América del Sur”, como se les

llamaba en la prensa. Bolívar, se daba el mayor tono posible, exhibiendo trajes brumelianos, magnífico carruaje y palco en

la ópera en las noches de moda 42 . Pero no todo era diversión. Bolívar, ha convencido a

Miranda para que retorne a América y se ponga a la cabeza de

la

sublevación contra la metrópoli.

Bolívar regresaría a su patria en septiembre de 1810, en

la

corbeta “Sapphire”. Está impaciente por iniciar la revolución.

Miranda, le ha prometido seguirlo en breve. Bello, opta por permanecer en Londres, como secretario de la Misión, a cuya cabeza queda López Méndez.

Los amigos, de esta forma, se distancian y no volverán

a

encontrarse. ¿Qué les habría deparado el destino, a ellos

y

a las propias naciones americanas, si Bolívar, con más

perspicacia, hubiere retenido a Bello como su consejero? La respuesta pertenece al ámbito de la especulación histórica,

41 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., págs. 36 y 37.

42 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 36.

al terreno de la ucronía. Pero resultan muy interesantes los

conceptos que sobre el particular, vierte Edwards Bello: “Bello

y Bolívar eran extremos y como tales debieron tocarse y

complementarse, como se complementan (…) el frío del Norte con lo cálido del Sur; como se complementan el verbo y la acción. Desde el momento que perdió a su maestro, Bolívar apagó su antorcha y nada más que tinieblas sucedieron en la Gran Colombia a las victorias guerreras. Las luces se fueron a encender en las cordilleras del Sur, que seguirán brillando a pesar de cuanto digan, como los mayores fanales de cultura de nuestra América. Bello y Bolívar, colocados así juntos, en Caracas, debieron correr juntos la carrera. La revolución de la independencia careció de fuerza centrípeta o de núcleo desde el momento que esos héroes se divorciaron; la victoria guerrera sin el auxilio espiritual perdió su fuerza. (…) Bolívar ganó la guerra contra España, como O’higgins y San Martín en el Sur; pero todos ellos perdieron la guerra contra la tiranía de adentro, contra el espíritu de desorden y disgregación.” 43

En Venezuela, no faltaron quienes deslizaron críticas

a Bello por su escaso interés en la revolución emancipadora. En verdad, el temperamento de Bello no estaba hecho para

la faz agonal de la política, para el enfrentamiento directo

con el enemigo, para la brega proselitista o el lenguaje de las

armas. Por cierto, en ciertas épocas, los pueblos requieren de hombres que levanten las banderas y se pongan al frente en

el combate. Pero Bello no estaba llamado para esa lid. Bello,

a quien Salvador de Madariaga llamaría “la flor de Caracas”,

de haberse sumergido en la lucha revolucionaria, habría sido “destruido (…) por la tromba que se aproximaba, como serían

43 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., págs. 19 y 20.

destruidas todas las creaciones venezolanas, inclusive las crías de caballos y de vacunos”(…) Observó los hechos como empleado público y cronista modesto” 44 . Era un organizador, un constructor, y por lo tanto, el hombre indispensable para la segunda fase de la política, es decir, la faz arquitectónica. Por lo demás, no era un malagradecido. No olvidaba que salido de una familia empobrecida, había hecho carrera en la administración española, junto a los capitanes generales Guevara Vasconcelos, Las Casas y Emparán. La revolución americana había sido obra de jóvenes ricos, pertenecientes a las familias más aristocráticas. Criollos que por su situación, reclamaban para sí el poder político, resentidos por los desaires de los funcionarios que la Corona enviaba a sus dominios. Ello explica que fueran hombres como Bolívar, San Martín, O’Higgins y los Carrera, quienes encabezarían las huestes emancipadoras. Todos hijos de familias ricas. En Venezuela, igual que en Chile, la revolución fue cosa de aristócratas, de los hijos de “los grandes cacaos”, así llamados por ser los dueños de las grandes haciendas, que habían pagado sus títulos de condes y marqueses con fanegas de cacao. Bello, no formaba parte de este grupo de jóvenes nacidos en cuna de oro, algo irresponsables y muy idealistas. En ellos, la pasión prevalecía sobre el juicio, la razón. Bello, por el contrario, observaba los acontecimientos con el escepticismo del que conoce en profundidad la naturaleza humana. En esta actitud cerebral, frío ante los espasmos revolucionarios, Bello se asemeja a Portales, quien tampoco tomó parte en la revolución emancipadora. Como escribió Edwards Bello, Portales “No sintió la revolución de 1810 por ningún lado, ni por el de

44 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 67.

los llamados patriotas ni por el de los godos (…) Bello no sintió la revolución americana con la fuerza sanguinaria y la precipitación de otros jóvenes de su tiempo. Estaba reservado para faenas de mayor nobleza y eficiencia.” 45 Poco se sabe, en verdad, de la vida de Bello en sus primeros años londinenses. El 26 de marzo de 1812, se restablece la autoridad española en Caracas, tras ser derrotada la Confederación Americana de Venezuela. Ello trae como directa consecuencia, que López Méndez y Bello quedan en Londres desprovistos de toda representación y carentes de recursos, y como es obvio, sin posibilidad de volver a la patria. 46 La necesidad apremiaba la existencia de Bello en Londres, e intenta obtener la autorización de las autoridades españolas, para ser admitido en algún territorio de la Corona. Contacta al embajador de España en Londres, Conde de Fernán Núñez y Duque de Montellano, y envía en junio de 1813 una carta a la Regencia de España. En los documentos que se conservan de esta correspondencia, se trasluce un Bello vacilante y que intenta justificar su proceder antes de

la restauración del gobierno español. Declara no haber tenido

una intervención protagónica en los movimientos que habían precedido la revolución y destaca la notoria moderación

de sus opiniones y conducta 47 . Aunque en rigor no faltaba

a la verdad, su actitud no nos parece totalmente exenta de

reproche. Aunque también debemos admitir que se trataba de flaquezas comprensibles en un momento especialmente difícil, lejos de la patria, de la familia y de los amigos. Por lo demás,

45 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., págs. 99 y 100.

46 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., págs. 27 y 28.

47 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 28.

Bello era sincero en su ideal de un gobierno monárquico, aún para los países americanos. En carta de 15 de noviembre de 1821, le dice a Miguel de Mier: “La monarquía (limitada por supuesto) es el único gobierno que nos conviene; y (…) miro como particularmente desgraciados aquellos países que por sus circunstancias no permiten pensar en esta especie de

gobierno.” 48 No creía Bello que la democracia fuere el sistema que pudieran adoptar las jóvenes repúblicas americanas, y en ello, compartía las mismas ideas de O’Higgins, Rivadavia, San Martín y muchos otros próceres de la independencia. En cuanto

a la actitud vacilante entre revolucionarios y partidarios de

la Corona, nadie podría condenarlo. Se cuenta que en Chile, después del desastre de Cancha Rayada, “muchos chilenos de significación, aterrados por su propia suerte, escribieron al general realista Osorio declarándose ardientes partidarios de la metrópoli y firmes sostenedores de la causa del rey. No ahorraban tampoco denuncias de patriotas. Estas cartas estaban en la valija que encerraba la correspondencia secreta del jefe español, y que éste abandonó al huir (…) del campo de

Maipú” 49 . San Martín, a la sombra de un álamo, según relató su edecán O’Brien, leyó una a una las cartas que comprometían

a tantos notables, para después, sin revelar su contenido, despedazarlas y arrojarlas al fuego 50 .

48 Encina Armanet, Francisco Antonio, “Historia de Chile”, Tomo XIV (Santiago de Chile, Editorial Nacimento, año 1950), pág. 30.

49 Pacho O’Donnell, Mario, “El Águila Guerrera”, la historia argentina que no nos contaron (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, año 2004), pág. 43.

50 Este hecho, que habla bien de San Martín y O’Brien, ha sido llamado, con razón, “la primera amnistía dictada en Chile”. Véase al efecto la carta publicada por don Sergio García Valdés en el diario “El Mercurio”, de Santiago de Chile, edición del día 29 de diciembre de 2004, que señala pormenores del suceso, copia de la cual gentilmente nos proporcionó don José Luis Pérez Zañartu, Ministro de la Excelentísima Corte Suprema de Chile y descendiente del general irlandés que combatió junto al Libertador.

A instancias de López Méndez, el gobierno argentino, por intermedio de Manuel de Sarratea 51 , dispone enviar a los dos venezolanos una pensión anual de 150 libras. Pero sólo llega la primera remesa y nada más 52 . López Méndez obtendría también un auxilio de 1.200 libras, que permitió defenderse a los dos diputados por un tiempo. Después, las obligaciones contraídas por la representación diplomática y que los acreedores exigirían implacablemente, terminó con López Méndez encarcelado en más de una oportunidad 53 . Era una época en que las deudas impagas llevaban al obligado a prisión 54 . Paralelamente, los contactos con Buenos Aires continuarían, y en noviembre de 1815 se instruye a Sarratea para que proporcione a Bello los medios para trasladarse a la Argentina, pero el viaje no se concretará 55 . Por aquellos años, un amigo, el español y famoso escritor José María Blanco White, autor del soneto “Mysterious Nigth”, celebrado por Coleridge, le ayudará, consiguiéndole alumnos a quienes Bello imparte clases particulares de latín, francés y castellano, obteniendo con ello ingresos suficientes para vivir con dignidad 56 . En especial, ayudaron a Bello las lecciones que impartió en casa de Mr. Hamilton, secretario de Estado para la India en el gabinete inglés. En retribución del trabajo de Bello, Hamilton le ofreció casa, comida y 100 libras de renta 57 .

51 Buenos Aires 1774-Limoges, Francia, 1849, político argentino que integró el triunvirato que sustituyó a la junta de gobierno (1811) y fue general en jefe del ejército de la Banda Oriental.

52 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 28.

53 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 48.

54 López Méndez moriría años más tarde en Chile, en la localidad de Casablanca, olvidado por sus contemporáneos y probablemente sumido en la miseria: Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 259.

55 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 29.

56 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 29.

57 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., págs. 49 y 50.

De esta forma, podría afirmarse que gracias a Blanco White, sería Chile y no las Provincias del Río de la Plata quien

se beneficiaría con el trabajo ingente que Bello estaba destinado

a ejecutar.

Resuelto así por el momento el problema del sustento diario, contrae matrimonio con María Ana Boyland en 1814. Tenía ella 20 años (había nacido el 12 de septiembre de 1794). Tras 7 felices años de vida conyugal con Bello, María Ana fallece el 9 de mayo de 1821, dejándolo viudo, con dos hijos, de nueve y seis años, Carlos (nacido el 30 de mayo de 1815)

y Francisco (nacido el 13 de octubre de 1817). Un tercer hijo,

Juan, nacido el 15 de enero de 1820, había muerto un años después. El matrimonio vivió en el número 18 de la calle Bridgewater 58 . Las complicaciones económicas volvían a presentarse, y ahora más acuciosas, pues debía mantener a sus dos pequeños hijos. Se dedica entonces a la preparación de algunos jóvenes para su ingreso a la universidad, y se le encarga descifrar los manuscritos de Jeremías Bentham, trabajo que le consigue su amigo, el filósofo y economista James Mill 59 , padre del después célebre John Stuart Mill, también, igual que su padre,

filósofo y economista y quien predicaría una moral utilitarista,

a partir precisamente de las ideas de Bentham. Igualmente,

Mr. Blair –por intermedio del mexicano José María Fagoaga- le hizo corregir una traducción española de la Biblia. Al ejecutar este trabajo, “con aquél concienzudo espíritu con que lo emprendía todo”, le haría proponer, como indispensable en

58 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 30.

59 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 30.

toda traducción, el principio de una fidelidad escrupulosa al texto original 60 . Se haría un asiduo visitante del Museo Británico, a cuyos empleados su figura llegó a hacerse familiar 61 , utilizando su completabiblioteca.Estudiaallí,entreotrasobras,el“Poemadel Cid”, respecto del cual hace un profundo y celebrado estudio, que se publicará de manera póstuma 62 , los “Nibelungos”, el “Orlando Enamorado” y compone, en inglés, una “Historia de Carlomagno y de Rolando, atribuida a Turpín, Arzobispo de Reims”. 63 Estudia igualmente prosodia, gramática y derecho 64 . Realiza también investigaciones en materias pertenecientes a la filología, la astronomía y la medicina, redactando un apunte para una memoria histórica sobre el origen de la sífilis, en la que examina si fueron los indígenas americanos quienes transmitieron a los europeos el contagio de la terrible plaga, concluyendo que la enfermedad ya era conocida en el mundo antiguo 65 . La sed de conocimientos de Bello parece inagotable y el Museo que frecuenta resulta el lugar preciso para saciarla. El Museo Británico ya asentaba su fama mundial, y por esos mismos años –concretamente en 1816-, había adquirido las esculturas del Partenón, arrancadas por Lord Elgin. Bello, que admiraba a los griegos, debe haberse extasiado contemplando esos mármoles modelados por Fidias y sus discípulos en el momento en que Grecia había alcanzado su cenit. En este

60 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 51.

61 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 50.

62 Sobre este trabajo de Bello, escribirá Menendez y Pelayo: “…el trabajo de Bello, hecho casi con sus propios individuales esfuerzos, es todavía a la hora presente, y tomado en conjunto, el más cabal que tenemos sobre el Poema del Cid, a pesar de la preterición injusta y desdeñosa, si no es ignorancia pura, que suele hacerse de él en España.”: citado por Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 62.

63 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 62.

64 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 31.

65 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 59 y 60.

ambiente, dice Orrego Vicuña, “La niebla exterior, la miseria, el desamparo máximo se transmutan allí en haces de luz, en pura alegría intelectual, en ardiente fiebre de trabajo.” 66 Por aquél entonces, en la tertulia de su colega, el ministro de Colombia, don Francisco Antonio Zea, a la que concurrían algunos americanos de nota 67 , cultivará la amistad de un hombre que será decisivo en su vida, el polémico guatemalteco-chileno Antonio José de Irisarri, Ministro Plenipotenciario de la Legación de Chile en Londres, que había dejado tras de sí una turbulenta estela de actuaciones políticas. Aunque de caracteres muy disímiles, pues el centroamericano era ostentoso y amigo de las aventuras, los unía su dedicación a la literatura, el ejercicio del periodismo y su erudición. En varias oportunidades, visitaron juntos el Museo Británico 68 . Irisarri, cinco años menor que Bello, aparece en los albores de nuestra independencia, formando parte de la familia Larraín, llamada también “los ochocientos” 69 . Había destacado por sus artículos incisivos y revolucionarios publicados en la “Aurora de Chile” 70 . Hacia 1813, en las columnas de “El Monitor” y de “El Semanario”, preconizaba el ideal de la independencia absoluta 71 . En los momentos cruciales de la Patria Vieja, tras la derrota de Talca, el Cabildo de Santiago, el 7 de marzo de 1814, a instancias de Irisarri, nombra como Director Supremo a Francisco de la Lastra, a la

66 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 76.

67 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 52.

68 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 31.

69 “Resumen de la Historia de Chile” de Francisco Antonio Encina, redactado por Leopoldo Castedo (Santiago de Chile, Editorial Zig-Zag, Santiago, año 1954), Tomo I, pág. 487, en adelante Encina- Castedo.

70 Encina-Castedo, ob. cit., Tomo I, pág. 532.

71 Encina-Castedo, ob. cit., Tomo I, pág. 552.

sazón gobernador de Valparaíso, asumiendo en el intertanto dichas funciones el propio Irisarri 72 . Luego, a petición de Lastra, Irisarri sería designado gobernador-intendente de Santiago. Después, al precipitarse el enfrentamiento entre San Martín y los Carrera, tomaría partido por el primero. Luego, durante la Patria Nueva, sería nombrado ministro del interior. Pero pasaría a la Historia, por el empréstito contratado para el Estado chileno, con la Casa Hullet, de Londres, contraído el 26 de agosto de 1819, por un millón de libras. Las condiciones eran leoninas, pues Chile reconocería 100 libras por cada 50 que recibiese. Como era de esperar, tales condiciones suscitaron honda indignación en Chile, ordenando O’Higgins a Irisarri suspender las negociaciones. Irisarri no obedeció, y contrató el empréstito. Como señala Encina, todo hace suponer que Irisarri esperaba con avidez la respectiva comisión 73 . Pero en política, hoy como ayer, se han visto cadáveres vivientes. Años después, en 1837, Irisarri sería incorporado, en calidad de asesor de Blanco Encalada, en la desastrosa expedición al Perú, que culminaría con el vergonzante Tratado de Paucarpata. La “tornadiza opinión había olvidado ya sus manejos en el asunto del empréstito inglés”. El tratado fue repudiado con virulencia en Chile, ordenándosele a Irisarri regresar a Chile, para rendir cuentas. Como se negare a hacerlo, fue condenado a muerte in absentia 74 . Pero en la época en que Bello le conoce, su estrella estaba lejos de eclipsarse. Irisarri encomendaría entonces a Bello, el primer servicio que el segundo prestaría a Chile, a saber, informar acerca de la conveniencia de instaurar en nuestro

72 Encina-Castedo, ob. cit., Tomo I, pág. 567.

73 Encina-Castedo, ob. cit., Tomo I, pág. 742.

74 Encina-Castedo, ob. cit., Tomo I, págs. 921 a 926.

país, el sistema lancasteriano de educación, que O’Higgins conociera durante su estancia en Inglaterra. Bello lo estudió y desaconsejó adoptarlo, pero increíblemente, Irisarri lo desoyó

y encomendó al gobierno chileno instaurarlo 75 .

En marzo de 1821, Bello había solicitado a Irisarri un puesto en la Legación chilena, con el propósito de obtener así un ingreso estable. En junio del año 1822, Bello asume como secretario interino del Ministro de Chile, en reemplazo de Francisco Rivas, que había partido a Venezuela en uso de licencia 76/77 . En febrero de 1824, Bello contrae matrimonio con Isabel Antonia Dunn. Tres hijos nacerían en Londres: el segundo Juan, Andrés y Ana. Ese mismo año, en mayo, Mariano Egaña, por decreto de Ramón Freire, nuevo Director Supremo de Chile tras la caída de O’Higgins, recibe poderes de Ministro Plenipotenciario ante los Gobiernos de Gran Bretaña, Francia, Austria, Rusia, España y los Países Bajos. Junto a Egaña, se nombra a Miguel de la Barra como secretario de la Legación en Londres. Egaña venía prevenido contra Irisarri, a consecuencia de sus manejos en la contratación del empréstito con la Casa Hullet. Egaña –escribe Joaquín Edwards-, creyó inicialmente

que Bello, en su condición de secretario de Irisarri, “sería un solapado cómplice de éste. Ninguno de los dos era chileno. Irisarri guatemalteco y Bello venezolano. ¡Bonito pastel! Poco

a poco Egaña fue descubriendo la pasta verdadera de Bello y

comenzó la estimación mutua que duraría hasta la muerte.” 78

75 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 32.

76 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 54.

77 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 32.

78 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 78.

¿Cómo era aquel Londres que acogió a Bello y a tantos otros americanos y europeos que huían del continente convulsionado primero por la revolución francesa y después por las guerras napoleónicas y la represión desatada con la restauración borbónica en España? Joaquín Edwards hace una colorida descripción: “Imaginemos a ese Londres regido por una Corte disipada, precursora de la esplendente época victoriana. Dickens había nacido ya. Bello se movió en el Londres de Dickens, en esas calles bullentes de miserables, de borrachos, de prostitutas, de pickpockets, de lords y de damiselas, de emigrados franceses horrorizados por la guillotina, de jugadores y de comerciantes” 79 . Ese Londres contradictorio, cuya población sobrepasaba el millón y medio de habitantes y cuya iluminación pública asombraba a los visitantes, fraguaba sin embargo un grupo de hombres que en pocos años, elevarían a Gran Bretaña a la cima del poder mundial, bajo la dirección de Victoria, cuyo nacimiento ocurriría 9 años después de llegar Bello a la ciudad destinada a convertirse en la capital del mundo, en la segunda mitad del Siglo XIX. Durante sus diecinueve años en Londres, Bello sería testigo de enormes acontecimientos históricos, como el auge y caída de Napoleón Bonaparte, la restauración monárquica en Europa bajo la dirección de Metternich –que restituyó en España la corona a Fernando VII, que tanto decepcionaría a los americanos-, el ocaso definitivo del poder peninsular en las tierras de América y el nacimiento de las nuevas repúblicas, el fracaso de la anfictionía bolivariana, cuya partida de muerte se firma en el fracasado Congreso de Panamá de 1826 y la

79 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 50.

vorágine anárquica en la que se precipitarían los nacientes Estados surgidos de la emancipación. Pero eran también tiempos de avances científicos y tecnológicos que auguraban una mejoría en la calidad de vida. Así, por ejemplo, en 1818 se instala el alumbrado a gas en París, y al año siguiente, el vapor “Savannah” realiza la primera travesía de un barco de ese tipo entre un puerto americano y otro inglés, mientras Beethoven, Berlioz y Mendelsohn se encuentran en plena producción. Hacia 1825, Bello ya se había retirado de la Legación de Chile. La desconfianza de Mariano Egaña todavía no cedía. Su labor intelectual no cesaba sin embargo, y había intervenido en la publicación de “El Censor Americano”, que sólo tuvo un tiraje de cuatro números. Colaboraría luego con “La Biblioteca Americana”, que tuvo dos números. Se trataba de publicaciones que abordaban la política, la geografía, las ciencias y la cultura de América 80 . En 1826 y 1827, publica Bello, junto a García del Río, el “Repertorio Americano”, que alcanzó a cuatro números. En el primero, incluye la silva sobre “La agricultura de la zona tórrida” 81 , obra que supura nostalgia por la tierra americana 82 . Publica también su “Alocución a la Poesía”, en la que –en palabras de Orrego Vicuña- “se muestra con esplendor su estro poético”. Ambas composiciones eran sólo fragmentos de una obra mayor, que pensaba escribir bajo

80 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 37.

81 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 38.

82 Muchos años después, ya en Chile, Bello contaba cómo surgió la idea de escribir esta obra, en palabras de Joaquín Edwards Bello: “cierta tarde de invierno, en 1824, pasaba en Londres, cerca de uno de los muelles, o docks, en el interminable y oscuro puerto, cuando vio un barco del que sacaban cajas y sacos repletos de frutos brillantes, cuyo aspecto y perfume hicieron temblar su corazón. Eran frutos y productos elaborados con fibras o cañas, de las islas tropicales, fronteras de Venezuela. El contraste de la City de carbón y hierro con los frutos de su América virginal le inspiró (…) Así nació la idea de terminar el poema que ya tenía pergeñado, y de publicarlo. Ya no vería más sus árboles, ni sus arroyuelos, ni sus frutos, pero los fijaría en versos relativamente eternos.”: ob. cit., págs. 69 y 70.

el título de “América”, proyecto que en definitiva no podría materializar. La primera es un canto a la agricultura tropical, “…una visión magnífica de las tierras cálidas, un himno a lo autóctono, al mundo americano que despliega ante los ojos del extranjero todas las seducciones de su suelo virgen aún, el sabor de lo ignoto y la atracción de lo pródigo. “La Alocución a la Poesía” es un poema en homenaje a los tiempos de la independencia y a los héroes nativos. Por los versos de Bello desfilan San Martín, Bolívar y Miranda, Caupolicán y Manco Cápac” 83/84 . De aquellos años, son también su “Himno de Colombia”, dedicado a Bolívar y después, su “Canción a la disolución de Colombia”, composición en la que vuelca su dolor ante el derrumbamiento de la obra magna de Bolívar 85 . El 7 de febrero de 1825, asume como secretario de la Legación de Colombia. Sin embargo, el encargado de la Misión, Manuel José Hurtado, no simpatizaba con Bello, a consecuencia de las ideas monárquicas que el último había preconizado. La situación no era nada grata, además, porque las remuneraciones no se le pagaban regularmente. La situación cambia con la designación como nuevo Ministro del poeta José Fernández Madrid, excelente amigo de Bello. En aquél momento –corría el año 1827-, insta a Bolívar para que lo llame a servir junto a él 86 . Después de 15 años en Europa, el deseo de retornar a tierra americana se acrecienta. Pero no será Colombia quien obtenga sus servicios. Egaña, extinguida su renuencia inicial para con Bello,

83 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 66.

84 Véase un exhaustivo trabajo sobre la “Poesía de Bello”, de Armando Uribe Arce, en “Estudios sobre la vida y obra de Andrés Bello” (Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, año 1973), págs 183-218.

85 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 65.

86 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 40.

propone al gobierno chileno, el 10 de noviembre de 1827, que

se le contrate en el Ministerio de Relaciones Exteriores. En su

comunicación al ministro del ramo, el presbítero José Miguel Solar, destaca Egaña, entre otros méritos del caraqueño, su “educación escogida y clásica, profundos conocimientos en literatura, posesión completa de las lenguas principales, antiguas y modernas, práctica en la diplomacia, y un buen carácter, a que da bastante realce la modestia.” 87 En aquél tiempo, nada se hacía muy rápido. Sólo el 15 de noviembre de 1828, Miguel de la Barra transcribe a Bello la aceptación del gobierno de Chile, que presidía Francisco Antonio Pinto, que había cultivado amistad con Bello durante su estada en

Inglaterra 88 . Bello aceptó y se le proporcionaron 300 libras para el viaje, entregándole Mariano Egaña una recomendación para su padre, Juan Egaña, propietario del lugar en el que hoy nos encontramos, para que recibiera a Bello y su familia, con

la “antigua cordialidad y llaneza chilenas” 89 . Su remuneración

ascendería a 1.500 pesos anuales, que correspondía al sueldo de los oficiales mayores o subsecretarios de ministerio 90 . Entretanto, Bolívar, recordando cuando ya era tarde su antigua amistad, pensó en nombrarlo ministro en Estados Unidos. El ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Revenga, expresaba a Bello por su parte: “véngase usted

a nuestra Colombia, mi querido amigo; véngase usted a

participar de nuestros trabajos y de nuestros escasos goces. ¿Quiere usted que sus niños sean extranjeros al lado de todos

87 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 40.

88 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 83.

89 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., págs. 40 y 41.

90 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 83.

los suyos y en la misma tierra de su padre?. Esfuerzos vanos, pues Bello ya se encontraba en viaje a Chile 91 .

III.- Su llegada a Chile

Desembarca Bello en Valparaíso el día 25 de junio de 1829. Tiene ya 48 años, una edad que para el siglo diecinueve, era usualmente la antesala de la muerte. Arribó, describe Enrique Bunster, en el “velero Grecian con su esposa británica Elizabeth Dunn y sus hijos, sin secretario ni sirvientes y con un equipaje de emigrante pobre y muchos baúles y cajones repletos de libros y manuscritos.” 92 Junto a su segunda cónyuge, le acompañaban cinco hijos, dos de su primer matrimonio (Carlos, de 14 años y Francisco de 11 años) y los otros tres del segundo (Juan, de 4 años; Andrés de 3 años; y Ana de un año). Ese mismo año nace en Santiago Miguel, pero fallecerá al año siguiente. Entre 1831 y 1846, llegarían ocho más. Las crónicas de la época, pintan un retrato descarnado de Valparaíso, que tenía 20.000 habitantes. Los alemanes Eduardo Federico Poepping y el barón Federico Fernando Von Kutlitz, recogen en 1827 “una pobre impresión del Valparaíso de entonces, al que califican de tener calles estrechas y sucias, edificios pobres y alrededores desiertos” 93 . Se comprenderá que resultaba inevitable para Bello y los suyos la comparación entre la metrópoli bullente que era Londres, y el modesto puerto chileno. Santiago, por su parte, no podía tampoco compararse con ninguna mediana ciudad europea de la época. Hacia 1830,

91 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 84.

92 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 185.

93 Le Dantec, Francisco, “Crónicas del Viejo Valparaíso” (Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Universidad Católica de Valparaíso, año 1984), pág. 240.

su población era de unos 48.000 habitantes 94 . Su arquitectura era todavía la típica de una ciudad colonial, con calles estrechas y casas de un piso de fachada continua, con patios interiores. En verdad, la impresión que le provocó la capital de Chile no pudo ser muy favorable. Bello se encontró con “Calles sin empedrar, campanas que daban a toda hora el pregón de la oración, acequias desbordadas, voces de sereno comunicando

el

tiempo a un vecindario sumido aún en modorra secular,

y

en un extremo la mole sombría del Huelén, refugio de

mendigos y maleantes…” 95 Santiago todavía no comenzaba la transformación que llevaría adelante Vicuña Mackenna. A su llegada a Chile, Orrego Vicuña describe a Bello como “…un hombre fuerte, de recia y sana contextura, trabajada por el sufrimiento y restaurada por la sobriedad de hábitos que tiraron siempre a lo patriarcal. La frente amplísima y muy despejada, los ojos ovalados, de sereno y profundo mirar, como hechos al buceo de las almas y a sumergirse largamente en el estudio y en la contemplación de la naturaleza y de los hombres. La nariz era aguileña, la boca fina, redonda la barba; el pelo escaso y ligeramente ondulado dejaba caer sueltas hebras entrecanas sobre la calva. La voz armoniosa y grave, diestra en el buen decir; los ademanes reposados, el gesto elegante. En suma, fisonomía agradable, prestancia de sabio, de maestro…” 96

La situación del país no era nada de halagüeña. Un gobierno debilitado enfrentaba una feroz oposición. Bello, anotó que el país al que llegaba, se debatía “en facciones

94 “Nueva Enciclopedia de Chile” (Santiago de Chile, Ediciones Copihue, año 1972), Tomo I, pág.

153.

95 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 85.

96 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 81.

llenas de animosidad” 97 . Emplea esa expresión en la primera carta que escribe en Chile, dirigida a su amigo José Fernández Madrid, Ministro de Colombia en Londres: “La situación de Chile en este momento no es nada lisonjera: facciones llenas

de animosidad; una Constitución vacilante; un Gobierno débil;

desorden en todos los ramos de la administración.” 98 Para apreciar el panorama político de Chile, sumido en

una profunda crisis, conviene tener presente lo que al respecto escribe Alberto Edwards Vives: “En 1829, el partido liberal o pipiolo, colocado al cabo de largas vicisitudes en la posesión

de un poder efímero y vacilante, se encontraba al frente de una

oposición heterogénea a la que en vano se buscaría propósitos

o ideales definidos. Pelucones, estanqueros, federales y

o’higginistas componían otros tantos grupos de descontentos, sin más lazo de unión que el deseo de escalar el poder. En tiempos de disolución social los partidos no necesitaban lógica cuando tratan de servir sus ambiciones y así no es extraño ni nuevo el espectáculo de aquella unión monstruosa de los pelucones que encontraban la Constitución de 1828 sobrado federal, y de los federales que la hallaban demasiado conservadora, de los o’higginistas que querían restablecer el gobierno militar, y de los estanqueros que contaban entre sus filas a los más conspicuos de los carrerinos, víctimas de ese gobierno.” 99 En efecto, tras la abdicación de O’Higgins, Chile se había sumido en una profunda crisis política. En palabras de Enrique Bunster, después de O’Higgins, “sobreviene el carrusel

97 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 50.

98 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 104.

99 Edwards Vives, Alberto, “Bosquejo histórico de los partidos políticos chilenos” (Santiago de Chile, Editorial del Pacífico S.A., año 1976), págs. 29 y 30.

político de pipiolos, carrerinos, pelucones, o’higginistas, populacheros, federalistas, estanqueros, unitarios y neutros;

se desata el caudillismo, enfermedad pegajosa de la América española, y se suceden las Juntas de Gobierno, los cuartelazos

y la seguidilla de gobernantes que no acababan de acomodarse

en su sillón cuando tenían que abandonarlo.” 100

Considerando lo anterior, no puede causar extrañeza que al enterarse Bolívar que Bello había aceptado viajar a Chile, escribiera desde Quito a su ministro en Londres: “yo ruego a Ud. encarecidamente que no deje perderse a ese ilustrado amigo en el país de la anarquía (…) Persuada Ud.

a Bello de que lo menos malo que tiene América es Colombia

(…) Su patria debe ser preferida a todas, y él, digno de ocupar un puesto muy importante en ella. Yo conozco la superioridad

de este caraqueño contemporáneo mío. Fue mi maestro cuando teníamos la misma edad y yo le amaba con respeto. Su esquivez nos ha tenido separados (…) y por lo mismo deseo reconciliarme, es decir, ganarlo para Colombia”. 101

Pero la decisión ya estaba tomada por Bello, y para nuestra fortuna, no se arredró en viajar al país de la anarquía. Esta, en todo caso, pronto cesaría. El enfrentamiento decisivo entre quienes se disputaban

la conducción del país, se produciría en Lircay, el 17 de abril

de 1830. En lo campos aledaños a Talca, la balanza se inclinaba

a favor de Prieto y en desmedro de Freire. Quedaban así

asentadas las bases para el inicio de los decenios, y para que inmerso en una sociedad más estable y ordenada, la capacidad intelectual de Bello encontrare un suelo más fecundo.

100 Bunster, Enrique, ob. cit., págs. 39 y 40.

101 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 184.

Ese mismo año de 1830, el 17 de diciembre, moría en

la hacienda de San Pedro Alejandrino, abandonado, proscrito

por los mismos que habían recibido sus favores y devorado por la tisis, el hombre que había soñado con la patria grande americana. No dudamos que Bello debe haberse enterado con dolor profundo de aquella pérdida. La muerte de Bolívar sepultaba el idealismo que había impulsado la gesta emancipadora y anunciaba una política de mayor realismo político.

En Chile, el hombre que encarnaría dicho realismo político, sería Diego Portales Palazuelos. Portales y Bello congeniarían movidos por una misma visión del mundo. En ambos, el pragmatismo se imponía sobre ensoñaciones ideológicas. Como acertadamente dice Encina de Diego

Portales, “…nadie como él, en su época, se dio cuenta con igual claridad de la distancia que mediaba entre Bello y el resto de los intelectuales hispanoamericanos.” 102 Portales, después de Lircay, deseaba vehementemente incorporar profundas innovaciones en la legislación civil, procesal y penal. Tal deseo crecerá con la influencia de Egaña

y de Bello. En el último, descubrió Portales al hombre que

necesitaba para la realización de su propósito. Creía Portales que la obra debía ser encomendada a un solo jurisconsulto para uniformar la tarea 103 . Mas, tal propósito no logra concretarse al no encontrar Portales el acuerdo del Congreso, y deberán pasar muchos años para que comenzara a cristalizar esta aspiración. Portales, no alcanzaría a ver estos primeros resultados. Mientras tanto, el panorama en el resto de las jóvenes naciones hispanoamericanas era desolador. En Bolivia, Sucre

102 Encina-Castedo, ob. cit., pág. 846.

103 Encina-Castedo, ob. cit., pág. 860.

era obligado a dimitir presionado por el Perú. Esta nación se enfrentaba después con Colombia. Las tropas peruanas se apoderan de Guayaquil el 21 de enero de 1829, pero después son derrotadas por las tropas colombianas comandadas por

el mismo Mariscal de Ayacucho 104 . En la propia Colombia,

se subleva el general Córdoba, antiguo compañero de las guerras de la independencia de Bolívar y éste debe enviar

una expedición para reducirle. En Venezuela, Páez, Mariño

y otros jefes militares y políticos imponen su criterio en

orden a la completa separación del país , que estiman capaz de ser gobernado al margen de la Gran Colombia 105 . El sueño de Bolívar se disuelve sin remedio. Uruguay, rompe definitivamente sus vínculos con Buenos Aires y en 1828, merced a la intervención inglesa, se convierte en un Estado tapón entre Brasil y Argentina, que se habían enfrentado entre los años 1825 y 1828 en una desgastadora guerra. Esta última, por su parte, se debatía en el enfrentamiento entre unitarios y federalistas, y tras la muerte de Dorrego a manos de Lavalle, hecho del cual el último se arrepentiría amargamente, Rosas instalaba su sombrío régimen de terror. Sólo Brasil escapa a esta anarquía colectiva, al instalarse en este país la Casa de Braganza, a cuya cabeza se encuentra Don Pedro I, en 1822. El Imperio brasileño se prolongará, después con Don Pedro II, hasta el año 1889. Así, paradojalmente, un régimen monárquico será el de mayor estabilidad durante el siglo diecinueve, en Sudamérica.

Todo esto explica, en nuestra opinión, por qué Bello, contratado por un gobierno presidido por un liberal, como

104 Campos Menéndez, Enrique, ob. cit., págs. 423 y 424.

105 Campos Menéndez, Enrique, ob. cit., pág. 425.

era el Presidente Francisco Antonio Pinto, se plegaría, al llegar a Chile, al bando de los conservadores. Nuevamente su inclinación por el orden y el pragmatismo político, prevalecían por sobre quimeras, que sólo anarquía y muerte habían traído a todos los pueblos hispano-americanos, tras las guerras de la independencia. Como señala Orrego Vicuña, Bello “Quería paz y disciplina, sin las cuales su magisterio resultaría, si no estéril, difícil. ¿Se las dio el partido conservador? Pues con él estuvo. Nada puede reprochársele. Los hombres del régimen liberal le habían contratado para servir a Chile y no a sus banderías.” 106 Bello arriba a Chile con el propósito de prestar servicios como Oficial Mayor o Subsecretario del Ministerio de Relaciones Exteriores, cargo que ocuparía por cuatro lustros consecutivos. Pero sus primeras contribuciones serían como profesor de legislación y literatura española en el Colegio de Santiago y como redactor de “El Araucano”, el periódico que había fundado Portales. En esta publicación, Bello se haría responsable de las secciones jurídica, literaria y científica 107 . Durante veinte años de trabajo infatigable, Bello escribiría sobre una gran diversidad de temas, que no sólo aludían al Derecho, la política o la historia, sino que también a la química aplicada, la agricultura, la internación de libros (cuya censura combatió, ganándose el timbre de hereje), la vacuna, los hospitales, etc. 108 Sus módicos sueldos no le permiten alquilar una casa. Se instala Bello con su familia como pensionista de una dama argentina, doña Eulogia Nieto de Lafinur, en la calle Santo

106 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 88.

107 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 185.

108 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 187.

Domingo, costado sur, casi esquina de Miraflores 109 . Allí vivió, con modestia, por varios años. Una de las principales preocupaciones de Bello, decían relación con el buen uso del idioma. Estaba horrorizado por la forma en que hablaban los chilenos (qué habría pensado si viviera en nuestros días…), aún aquellos pertenecientes a los sectores más pudientes de nuestra sociedad. No era inusual que en las tertulias y salones más encopetados, se oyeran expresiones como “haiga” en vez de haya, “dentrar” por entrar, o “celebro” en vez de cerebro 110 . Así las cosas, en 1847, publica su “Gramática de la lengua castellana”, conocida también como la gramática de sus dos colaboradores, Bello- Cuervo, en homenaje a las anotaciones hechas por el filólogo colombiano R. Cuervo, que reactualizaron y enriquecieron el gran caudal de notas críticas de la obra 111 . Esta “Gramática” constituyó durante mucho tiempo una autoridad incontestable en su género, y resultó imprescindible para todo estudioso del idioma 112 . Esta obra, hizo exclamar al erudito español Marcelino Menéndez Pelayo, que Bello “fue el salvador de la integridad del castellano en América”. 113 Schiller, por su parte, le calificaría en su “Gedanken der amerikanische latinien”, como “el padre de la pedagogía en América” 114 . El trabajo de Bello en el Ministerio de Relaciones Exteriores, rápidamente dio sus primeros frutos. En 1832, se firma con Estados Unidos un tratado de amistad, comercio

109 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 185.

110 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 187.

111 Enciclopedia Monitor (Pamplona, Salvat S.A. de Ediciones, año 1970), Tomo 8, pág. 3.039.

112 Enciclopedia Hispánica, Tomo 2 (Encyclopaedia Británica Publisher, Inc., Estados Unidos de América, años 1995-1996), pág. 386.

113 Enciclopedia Hispánica, pág. 387.

114 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 193.

y navegación 115 . La política exterior diseñada por Bello,

quedaría expresada, algunos años más tarde, en el Mensaje que el presidente Prieto lee al Congreso el 1 de junio de

1841: “Igualdad para todos los pueblos de la tierra y estricta reciprocidad de concesiones son los principios que regulan

la política externa de Chile…, y la limitación de todo pacto

internacional a un moderado plazo que nos permita modificarlo

o derogarlo cuando no corresponda a nuestra esperanza.” 116

En el mismo año 1832, Bello había publicado una obra titulada “Derecho de Gentes”, que ejercería gran influencia entre los

tratadistas. En esta obra, Bello planteará textualmente que “Si

el límite es una cordillera, la línea divisoria corre por sobre

los puntos más encumbrados de ella, pasando por entre los manantiales de las vertientes que descienden a un lado y a otro”. Esta doctrina, conocida con la expresión latina divortia aquarum, sería adoptada en el Derecho Internacional y en

la solución del diferendo chileno-argentino que resolvería el

Tratado de límites del año 1881, cuyo artículo 1°, que recoge

la solución propuesta por Bello 40 años antes, ha sido llamado

“la cláusula de Bello” 117 . En 1833, entra en vigencia la Constitución Política que aseguraría casi 60 años de estabilidad democrática. Aunque Bello no jugó un rol protagónico en la redacción de la carta fundamental, hay evidencias que intervino con sugerencias, colaborando con Mariano Egaña. El propio Portales, en una carta enviada a Garfias el 3 de agosto de 1832, expresa: “Mucho

115 Encina-Castedo, ob. cit., pág. 887.

116 Encina-Castedo, ob. cit., pág. 958.

117 Lagos Carmona, Guillermo, “Andrés Bello y el Tratado de Límites de 1881 entre Argentina y Chile”. En: “Congreso Internacional: ‘Andrés Bello y el Derecho’” (Santiago de Chile, Editorial Jurídica de Chile, año 1981), págs. 357-401.

me agrada la noticia de que el compadre (Andrés Bello) se haya hecho cargo de la redacción del proyecto de reforma de la constitución.” 118/119 La nacionalidad chilena, ya le había sido concedida, al aprobar la Cámara de Diputados, el 15 de octubre de 1832, un oficio que le remitiere el Senado, con tal propósito. El 17 de noviembre de 1836, el último Rector de la Universidad de San Felipe, don Francisco Meneses, le confiere a Bello el título de Bachiller en cánones y leyes. Fue uno de los últimos títulos otorgados por dicha Universidad 120 . El 15 de mayo de 1837, es proclamado Senador de la República. Lo será por tres períodos, de 1837 a 1846, de 1846 a 1855 y de 1855 a 1864 121 . En 1838, formará parte del primer directorio de la Sociedad Nacional de Agricultura, junto a Claudio Gay e Ignacio Domeyko 122 . Entre 1831 y 1851, publicará Bello, además de sus numerosas poesías, estudios críticos, filosóficos y jurídicos y varias obras didácticas, a saber “Principios de la ortología y métrica de la lengua castellana” (1835); “Análisis ideológico de los tiempos de la conjugación castellana” (1841); “Gramática de la Lengua Castellana” (1847); “Gramática de la Lengua Latina” (1847, obra que había iniciado su hijo Francisco, fallecido en 1845); y “Tratado de Cosmografía” (1848) 123 .

118 Encina, Francisco Antonio, “Portales”, Tomo II (Santiago de Chile, Editorial Nascimento, segunda edición, año 1964), pág. 205.

119 Portales fue padrino de Ascensión Bello Dunn, nacida en Santiago en 1832 y muerta antes de 1857 o ese mismo año: Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 58.

120 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 65.

121 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 59.

122 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II, pág. 954.

123 Encina-Castedo, ob. cit., Tomo II, pág. 1.023.

Su capacidad era objeto de tal reconocimiento, que nadie dudaba que en Chile no había un escritor que pudiera equiparársele. Su sapiencia había llegado a ser a tal punto considerada que los más importantes dignatarios de la República no podían prescindir de él. Un hecho prueba este aserto: en 1839, el Presidente Prieto le encargó la redacción de su Mensaje al Congreso Pleno, y el Senado, le confió la del discurso de respuesta 124 . Su refugio, el lugar en el que encontraba el descanso necesario en medio de tantos afanes, era precisamente el fundo de los Egaña, llamado “La Hermita” o “Peñalolén”. Desde Europa, Mariano Egaña se preocupó de la decoración del parque, encargando cascadas italianas, fuentes de Saint Cloud, diseños de jardines ingleses, estatuas e hizo grabar en piedra trozos de lecturas de clásicos. En este hermoso lugar, desde el cual podía dominarse la ciudad de Santiago, lejana en el valle en aquellos años aunque visible por la pureza del aire ya perdida, los amigos de la familia Egaña, Bello entre ellos, encontraban la paz y sosiego imprescindibles para retomar las tareas cotidianas. Bello pasó en este predio varias temporadas, solo o con su familia. En ocasiones, señalan las crónicas, “le servía la calma del paraje para redactar sus escritos” 125 . Pedro Vicuña contaba a su sobrino Ramón Subercaseaux haber visto a Bello sentado bajo los árboles de Peñalolén, escribiendo. Allí mismo corregía, borraba y volvía a corregir la composición 126 . Aquí también escribió su “Oda a Peñalolén”, en homenaje a su amigo Mariano Egaña, muerto repentinamente en la noche

124 Bunster, Enrique, ob. cit., Tomo II, pág. 190.

125 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 62.

126 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., nota en la pág. 62, quien a su vez cita a Silva Castro, “Andrés Bello”, pág. 84.

de San Juan del año 1846 127/128 . Estos versos, que al decir de un autor ideó Bello como una imitación de Víctor Hugo y que terminaron superando al autor original, serían leídos por Bello por primera vez en el fundo de doña Javiera Carrera, en el Monte 129 . Algunas veces, refiere Manuel Salvat, Egaña y Bello disfrutaron de otras compañías, por lo que los maledicentes llamaban a Peñalolén “el altar de Venus” 130 . Nosotros creemos que estos comentarios, y las alusiones a la diosa del amor y madre de Eneas, no eran sino exageraciones y probablemente fruto de la envidia de quienes los formulaban, por no haber sido ellos partícipes de tales condumios y cuchipandas. En todo caso, más allá de estos comentarios anecdóticos, coinciden los autores que Bello “componía sus mejores páginas en la rusticidad campesina de Peñalolén” 131 . Como señala Joaquín Edwards, “Bello, descendiente de labradores, amó el campo. Su primer poema se dirigió a un árbol. En Chile mencionó flores, aves, naturaleza. Su rincón inspirador se llamó Peñalolén.” 132 Pero esta actividad incesante de Bello, atemperada con sus descansos en este escenario precordillerano, se conjugaba con un dolor profundo e inextinguible que laceraba el alma del sabio. Habían muerto, algunos en la infancia o en plena juventud, la mayor parte de sus hijos, “y el padre inconsolable e insomne vagaba de noche por los corredores de su casa,

127 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 63.

128 Mariano Egaña había nacido en Santiago en el año 1793, el mismo año en que nace Portales. A los 18 años, era abogado, A los 20 años, secretario de la Junta de Gobierno de 1813. Con la Reconquista, conoció el exilio en Juan Fernández. La Junta constituida después de la renuncia de O’Higgins lo nombró ministro de gobierno y marina, a los 30 años. En palabras de Francisco Antonio Encina, “Egaña fue, ante todo, un legislador, un jurisconsulto y un magistrado de saber prodigioso para su época, al tiempo que un apóstol del progreso y de la cultura”: Encina-Castedo, ob. cit., pág. 769-771.

129 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 188.

130 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 62.

131 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 36.

132 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 47.

‘penando en vida’ al decir de sus sirvientes, llorando por los retoños perdidos y rezando los salmos de David.” 133 Efectivamente, de los quince hijos matrimoniales que tuvo Bello, tres del primer matrimonio y doce del segundo, hay registro de la muerte de nueve de ellos, antes del fallecimiento de su padre 134 . De estos, ocho morirían cuando Bello ya estaba radicado en Chile. La muerte de uno de ellos, Dolores Bello Dunn, fallecida a los nueve años (en 1843), llevó a Bello a componer su famosa obra “La oración por todos”. La longevidad de la madre de Bello y la del mismo Andrés, no continuaría en su progenie. Para contrarrestar dicho pesar, hasta donde era posi- ble, desplegaba Bello un trabajo incesante. Redactor de tres secciones de “El Araucano”, subsecretario de Relaciones Exte- riores, senador y consejero de Estado, y profesor de gramática, literatura y Derecho romano, que dictaba privadamente en su biblioteca 135 . En esta, su aula, “A paso lento –impasible y serio a veces- medía la estancia, hablando con pausa y echando a ratos el humo de un enorme habano que rara vez abandonaba (…) Andando el tiempo, Bello fue extendiendo el radio de su acción pedagógica y en forma de charlas íntimas comenzó a

133 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 192.

134 De su primer matrimonio con María Ana Boyland, nacieron Carlos Eusebio Florencio (Londres 1815-Santiago 1854); Francisco José Manuel (Londres 1817-Santiago 1845); y Juan Pablo Antonio (Londres 1820-Londres 1821); de su segundo matrimonio, con Isabel Dunn, nacieron Juan (Londres 1825-Nueva York 1860); Andrés (Londres 1826, sin información sobre su data de muerte); Ana (Londres 1828-Santiago 1851); Miguel (Santiago 1829-Santiago 1830); Luisa (Santiago 1831-Santiago 1862); Ascensión (Santiago 1832-Santiago presumiblemente 1857); Dolores (Santiago 1834-Santiago 1843); Manuel (Santiago 1835-Santiago 1875); Eduardo (Santiago 1838-Perú 1870); Josefina (Santiago 1837, sin información sobre su data de muerte); Emilio (Santiago 1845, sin información sobre su data de muerte, aunque fue posterior a 1870, año en que fue diputado); y Francisco Segundo (Santiago 1846-Santiago 1887). Hay registro de al menos un hijo natural, llamado al igual que su padre Andrés, nacido en 1839. De sus dieciséis hijos, tres fueron abogados (Juan Bello Dunn, Manuel Bello Dunn y Andrés, nacido fuera de matrimonio): Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., págs. 57 y 58.

135 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 192.

dar lecciones de crítica y composición literaria, en las que par- ticipaban no sólo sus discípulos ordinarios, sino también los jóvenes que solían visitarlo. En esas lecciones…se encarecía con fervor la afición a la lectura. Bello llegaba a censurar sin piedad a aquellos que no la ejercitaban como manjar cotidia- no.” 136

En 1842, el presidente Bulnes confía a Bello y a Manuel Montt organizar la Universidad de Chile. Ella será la continuadora de la primera universidad chilena, la de San Felipe, extinguida por un decreto de Mariano Egaña en 1839. En sus primeros veinte años, funcionaría en el terreno que hoy ocupa el Teatro Municipal, para trasladarse después a su actual emplazamiento. Vale la pena detenerse en los nombres de los decanos y subdecanos que Bulnes, Montt y Bello escogieron para la naciente universidad: Filosofía y Humanidades, Miguel de la Barra y Antonio García Reyes; Ciencias Matemáticas y Físicas, Andrés Antonio Gorbea e Ignacio Domeyko; Medicina, Lorenzo Sazié y Francisco Javier Tocornal; Leyes y Ciencias Políticas, Mariano Egaña y Miguel María Güemes; y Teología, presbíteros Rafael Valentín Valdivieso y Justo Donoso. Secretario general fue elegido el poeta Salvador Sanfuentes 137 . Y a la cabeza de todos ellos, un venezolano que había arribado al país catorce años atrás. Bello, refiriéndose a la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas, diría en su discurso inaugural: “A la facultad de leyes y ciencias políticas se abre un campo el más vasto, el más susceptible de aplicaciones útiles. Lo habéis oído: la utilidad práctica, los resultados positivos, las mejoras sociales, es lo que principalmente espera de la universidad el gobierno…” 138

136 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., págs. 113 y 114.

137 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 194.

138 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 186.

En una ceremonia llena de brillo y solemnidad, con un aparato digno de la época colonial, el 17 de septiembre de 1843

se

inaugura la universidad. En su discurso, Bello subrayará

la

importancia de instruir al pueblo: “…soy de los que miran

la

instrucción general, la educación del pueblo, como uno

de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda

dirigir su atención el Gobierno; como una necesidad primaria

y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el

cimiento indispensable de las instituciones republicanas.” 139

Por cierto, como una señal de increíble miopía, dos veces, en los años siguientes a su fundación, se intentó

abortar con la naciente institución universitaria. En efecto, los diputados conservadores (en 1845) y los liberales después (en 1849), pidieron la supresión del presupuesto asignado

a la Universidad, por estimarlo “inútil e injustificado”.

Como fracasaren en su intento, se propuso reducir sus gastos, declarando ad honorem al personal ejecutivo. Afortunadamente, el Senado rechazó esta absurda iniciativa.

No en balde, Bello formaba parte de este cuerpo, e influyó en

la decisión con su oratoria y prestigio 140 .

Los afanes de Bello, no se circunscribían, sin embargo, sólo a la enseñanza superior. Abogaba por extender la enseñanza primaria, que presentaba en la época un panorama desolador. En 1848, iba a la escuela primaria en Chile un habitante por cada 45 141 . En los primeros años del gobierno de Montt, de un total de 215.000 niños, sólo recibían enseñanza elemental 23.131 142 . A mediados del siglo diecinueve, era Chiloé la región que mejor promedio tenía en esta materia,

139 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 196.

140 Bunster, Enrique, ob. cit., págs. 198 y 199.

141 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 198.

142 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II, pág. 1.195.

con una escuela para cada 118 niños, mientras que la situación más desastrosa se presentaba en Colchagua, con una escuela para 668 niños. Mucho antes que Domeyko, Sarmiento y Montt, abogaría Bello por la necesidad imperiosa de establecer escuelas normales para preceptores, con el objeto de uniformar y mejorar la educación elemental. “¿Qué haremos –se preguntaba- con tener oradores, jurisconsultos y estadistas, si la masa del pueblo vive sumergida en la noche de la ignorancia?”. Como dice Encina, Bello fue el inspirador, mientras que Sarmiento y Montt, serían los realizadores 143 . Esta prédica de Bello afortunadamente no caería en balde. Si al comenzar el gobierno de Montt habían 571 escuelas de enseñanza primaria, al concluir el número se elevaba a 911 escuelas 144 . Por aquellos años, habían obtenido refugio en Chile importantes intelectuales argentinos, huyendo de la dictadura de Rosas y de los caudillos del interior. Destacan entre ellos Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López y Juan María Gutiérrez. Entrarán en una célebre polémica con Bello. En efecto, éste encarnaba la tradición literaria europea, y sostenía la necesidad de estudiar el idioma castellano y su gramática y completar tal estudio con el latín y los clásicos, imprescindibles, decía, para cualquier joven que quisiere abrazar la carrera literaria. Sarmiento y sus compatriotas, por su parte, enrostraban a los jóvenes escritores chilenos una esterilidad provocada, supuestamente, por la disciplina a que Mora y después Bello los habían sometido, al imponerles el estudio del idioma y

143 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II, pág. 1.047.

144 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II, pág. 1.197.

de los modelos clásicos 145 . Los argentinos desdeñaban este estudio de los clásicos y del idioma, que consideraban no sólo disciplinas inútiles sino que además dañinas, pues mataban en germen la personalidad espontánea, fiándolo todo a las dotes naturales. Bello, en respuesta, señalaba que por el camino propuesto por los trasandinos, el del menor esfuerzo, dentro de poco desaparecería el hermoso idioma de Cervantes, y sería reemplazado por dialectos bárbaros y que por este procedimiento, jamás llegaría el genio hispanoamericano a producir obras maestras 146 . Aunque algunos de los argumentos de los jóvenes argentinos nos parecen fundados, la balanza se inclina en esta disputa a favor de Bello, por la sencilla razón que la creación artística, ha de estar necesariamente precedida por una sólida formación intelectual. En esa misma dirección, planteaba Bello que el estudio de la Historia debía privilegiar la investigación en las fuentes, antes que lanzarse a redactar ensayos histórico-filosóficos. En 1848, decía Bello: “¡Jóvenes chilenos!, aprended a juzgar por vosotros mismos; aspirad a la independencia del pensamiento. Bebed en las fuentes… Leed el diario de Colón, las cartas de Pedro de Valdivia, las de Hernán Cortés, Bernal Díaz…” 147 Bello se daba tiempo incluso para traducir obras de teatro, como lo hizo con “Teresa”, de Alejandro Dumas, que interpretada por la célebre actriz Aguilar, causó sensación en Santiago 148 . En las postrimerías del gobierno de Bulnes, hacia 1850, se había instalado Bello y su familia en una casa sita en

145 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II, págs. 1.026 y 1.027.

146 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II, pág. 1.200.

147 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II, pág. 1.033.

148 Encina-Castedo, ob. cit., pág. 1.203.

el número 100 de la calle Catedral. Bordeaba ya los setenta años, pero no se extinguía su dedicación al trabajo. Paulino Alfonso lo describe en su sala de trabajo, un aposento rodeado de estantes colmados de libros, donde escribía en la silenciosa compañía de un gato romano, entre blanco y plomo, que era tolerado sobre el escritorio, comía con su amo y acostumbraba dormir a sus pies sobre una piel que había bajo el sillón y la mesa 149 . Será en aquellos años en los que culminará su obra más elogiada, el Proyecto de Código Civil. En 1849, resulta elegido como diputado su hijo Juan Bello Dunn. Este hijo del segundo matrimonio de Bello, sería el causante de la famosa frase de Lastarria en el Congreso. En efecto, José Joaquín Vallejos Borkoski, escritor copiapino talentoso y satírico, más conocido como “Jotabeche”, se opuso en una sesión de la Cámara a la elección de Bello, alegando que era un extranjero, nacido en Londres, de madre inglesa y padre venezolano. Lastarria, discípulo de Bello y todavía no distanciado de éste en aquellos años, defendió al hijo de su maestro, ante lo cual “Jotabeche” aludió con ironía a la inteli- gencia de Lastarria, viniendo de inmediato la réplica de éste, confirmando sin falsa modestia su inteligencia y agregando para disipar las dudas: “tengo talento y lo luzco” 150 . A propósito del distanciamiento de Lastarria de su an- tiguo maestro, por las razones que más adelante indicaremos, varias personalidades del ámbito liberal, opositores al gobier- no, reprochaban a Bello cierta obsecuencia con el régimen. En verdad, estas críticas nos parecen injustas. Bello creía de ver- dad que lo mejor para el país era continuar con el gobierno

149 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 199.

150 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 59.

conservador. Su temperamento estaba lejos de entusiasmarse con utopías revolucionarias que habrían hecho retroceder el estado de las cosas a los días previos a Lircay. Para un tempe- ramento tan hispánico como el de Lastarria, Bello era tímido y retrógrado. La explicación podríamos encontrarla en los años londinenses, que habían moldeado un carácter flemático, muy ajeno al común de nuestros políticos de la época (y de ésta también). Bello, practicaba a fin de cuentas las reglas inglesas de la conversación: no exhibir principios personales categóri- cos, no contradecir y aparentar respeto por las ideas contra- rias 151 .

Los mayores sinsabores para Bello se los provocarían, precisamente, jóvenes liberales. Al poco tiempo de asumir la rectoría de la Universidad, el alumno de leyes Francisco Bilbao (discípulo de Lastarria) publica en el diario “El Crepúsculo” un libelo titulado “Sociabilidad chilena”, que constituía un virulento ataque a la Iglesia y a la estructura política y social 152 . El autor fue acusado de blasfemo e inmoral y condenado a pagar una multa o prisión en caso contrario. El escándalo que causó la publicación fue mayúsculo. Bilbao, enfrentando al fiscal, le apostrofó ser un retrógrado, y él, en cambio, un innovador. Aunque su alegato digno de Zolá dejó más bien fríos a los hombres de toga, suscitó el entusiasmo de un sector de la juventud santiaguina, que erigió a Bilbao como un héroe, paseándolo en hombros por las calles principales

151 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 63.

152 Entre otras “perlas”, había escrito Bilbao esta pequeña composición:

“El cura no sabe arar ni sabe enyugar un buey, pero, por su propia ley, él cosecha sin sembrar”: Encina-Castedo, ob. cit., tomo II; pág. 968.

de la capital 153 . En medio de tales efusiones, el bisoño apóstol, embargado por las emociones y ahogado por los abrazos, sufrió incluso un desmayo. Aunque el episodio tenía más de corso que de tragedia romana, era insoslayable la reacción de la autoridad. Reunido el Consejo de la Universidad, a petición de Egaña aunque con la repugnancia decidida de Bello y Gorbea 154 , dictaminó que Bilbao no podía continuar sus estudios de Derecho, siendo expulsado. Al tiempo, Lastarria, profesor de Derecho público, leyó su monografía sobre la –a su juicio- influencia funesta que la Conquista y la Colonia habían legado a la República. Esta segunda publicación se consideró un refuerzo de las ideas de Bilbao y eclipsó la amistad entre Bello y Lastarria 155 . A pesar de este distanciamiento de los jóvenes liberales, Bello “se hizo querer y respetar de los hombres de talento contemporáneos que lo trataron, no importa el credo que tuvieran” 156 . El propio Bilbao, escribirá conmovedoras cartas a Bello, con motivo de las muertes, implacablemente seguidas, de sus hijos Carlos, Francisco y Juan. En una carta 157 le dice Bilbao a Bello: “Desde París, os escribí por la muerte de Francisco; desde Lima cuando murió Carlos; y hoy desde Buenos Aires, por Juan, mi amigo y compañero, la alegría de nuestras reuniones juveniles, amado de todos, inteligencia luminosa, corazón profundo de ternura, encanto de nuestras horas de solaz, por su sinceridad, su brillo y su entusiasmo.

153 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II; pág. 968.

154 Encina-Castedo, ob. cit., tomo II, pág. 968.

155 Bunster, Enrique, ob. cit., págs. 197 y 198.

156 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 86.

157 Joaquín Edwards Bello afirma que la carta es de noviembre de 1854, pero ello no es posible, pues uno de los hijos de Bello a los que hace referencia Bilbao, Juan Bello Dunn, murió en 1860 (ob. cit., pags. 86 y 87). La carta, razonablemente, debiera ser de este mismo año.

En la virilidad de su genio y de su edad ha sucumbido.” 158 ¿Cómo era un día cualquiera de Bello? Se levantaba de madrugada, probablemente entre las cinco y las seis, con las primeras luces. En la mañana, trabajaba en su gabinete privado, y entre las nueve y diez, almorzaba. Después, se dirigía al Ministerio de Relaciones Exteriores. En la tarde, si había sesión, que normalmente se realizaban de una y media a cuatro, se dirigía al Senado. Después, a casa, donde la comida se servía a las cuatro y media en invierno y a las cinco en verano, para rematar el día, con un paseo por la Cañada o Alameda de O’higgins, paseo en el que solían acompañarlo amigos, discípulos y algunos de sus hijos. De regreso, se acostaba muy temprano. Si el tiempo no permitía pasear, pasaba del comedor al escritorio, entregándose a la lectura. Leía de todo y a todas las horas posibles 159 . En ocasiones, las tardes se veían interrumpidas por la visita de amigos íntimos, como Miguel Luis Amunátegui, Diego Barros Arana 160 , Manuel Antonio Tocornal y José Victorino Lastarria y más espaciadamente, Benjamín Vicuña Mackenna 161 . A propósito de Amunátegui, refiere éste que después del arduo trabajo que Bello había llevado a cabo en Londres para descifrar los manuscritos casi ilegibles de Bentham, tomó tal horror por la mala letra, que más tarde, solía decir que tener buena letra era cuestión de cortesía y aun de humanidad. Sin

158 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 87.

159 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 241.

160 Según refiere Cristóbal Peña en un artículo titulado “Barros Arana, el hombre que dudaba”, publicado en el Diario La Tercera, de Santiago de Chile, edición del día 6 de noviembre de 2005, el que años después sería el gran historiador chileno del Siglo XIX se encontraba acuciado por las dudas acerca de su talento narrativo y por ende de su capacidad para acometer un trabajo tan monumental como era escribir la Historia de Chile desde sus orígenes. Bello, enterado de tales vacilaciones, le espetó:

“Escriba sin miedo, joven, que en Chile nadie lee.”

161 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., págs. 243 y 244.

embargo, con el tiempo, llegó él mismo a tenerla muy mala, casi indescifrable, de manera que a veces ni con una lupa, podía entender lo que su propia mano había escrito. Agrega Amunátegui que en una ocasión, le tocó examinar unos borrones de Bello que parecían versos, y con entusiasmo, creyendo haber descubierto alguna poesía inédita, se lanzó a la magna tarea de descifrarlos. Cual no sería su sorpresa, y frustración, cuando después de ingente trabajo, se encontró en presencia de algunos artículos del Código Civil 162 . Por aquellos años, la nostalgia también lo acuciaba. Especialmente, el recuerdo de su madre, muy anciana. En una carta que Bello escribe a una de sus sobrinas, leemos: “Dile a mi madre que no soy capaz de olvidarla; que no hay mañana ni noche que no la recuerde; que su nombre es una de las primeras palabras que pronuncio al despertar y una de las últimas que salen de mis labios al acostarme, bendiciéndola tiernamente…” 163 Sabemos que no volvería a verla. Cierta noche, despertó sobresaltado y con el presentimiento angustioso de haber sucedido algo irreparable. Exactamente

a la hora, según después le informarían, de la muerte de su madre 164 . Tras la aprobación por el Congreso del Código Civil,

Bello recibe en recompensa la suma de $ 20.000.- y se le abona

el tiempo que le faltaba para jubilar. Le encargó el gobierno el

Proyecto de Código de Procedimiento Civil, pero Bello ya no se sentía con las fuerzas necesarias. Abandona entonces todos sus cargos, con excepción de la rectoría de la Universidad, recluyéndose paulatinamente en su domicilio. Tres años

162 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 260.

163 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 200.

164 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 200.

después, una semiparaplejía le priva casi por completo del uso de sus piernas. Las enfermedades, sin embargo, no le impiden continuar su trabajo, en especial de su obra la “Filosofía del Entendimiento”. 165

IV.- Una obra gigantesca

En estas líneas finales, estimamos pertinente hacer una síntesis del aporte de Bello a nuestro país. Algunos han sostenido que la influencia de Bello fue decisiva en la instauración del régimen portaliano. El escritor Nicolás Gómez, señala al respecto: “A nuestro juicio, la Era Portaliana tuvo su origen en una Eminencia Gris de gran cultura, de egregio criterio, conocedor y forjador de almas, inspirador de ideas y actor de primer orden de los destinos de Chile. Esta Eminencia Gris, fue don Andrés Bello; la llamada Era Portaliana debió llamarse la Era de Bello.” 166 Jaime Eyzaguirre menciona a Bello como uno de los cuatro arquitectos, junto a Manuel Rengifo, Mariano Egaña y Joaquín Tocornal, que permitieron a Portales sentar las bases del Estado republicano 167 . Enrique Bunster, resume en cinco grandes obras el trabajo de Bello en Chile: el Código Civil; la organización de la Cancillería; la depuración de la lengua castellana; el Derecho de Gentes; y la fundación de la Universidad 168 . Benjamín Vicuña Mackenna decía a su vez: “para la generalidad de los hombres, don Andrés Bello pudo ser en su larga carrera un levantado prócer del saber, un espíritu

165 Encina-Castedo, ob. cit., Tomo II, págs. 1.291 y 1.292.

166 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 102. 167 Eyzaguirre, Jaime, “Chile en el tiempo” (Santiago de Chile, Ediciones Nueva Universidad, Universidad Católica de Chile, sin año de publicación), pág. 38.

168 Bunster, Enrique, ob. cit., pág. 183.

superior, un profesor eximio, un sabio universal; y todo eso en verdad lo fue en grado eminentísimo (…) Mas para aquellos que le conocimos de cerca, en lo que podría llamarse la intimidad del respeto, para aquellos que escuchamos sus

luminosas pláticas de la cátedra y del hogar, para aquellos que en la ruda enseñanza del espíritu recibimos de su indulgente juicio el primer estímulo, para ésos don Andrés Bello fue algo más que un crítico, un profesor y un poeta esclarecido, porque fue el dulce, el venerando y ya extinguido tipo de ‘maestro’ de

la edad antigua.” 169 El historiador mexicano Manuel Rodríguez Lapuente,

a su turno, califica a Bello como “la figura más eminente”

en el ámbito cultural, de los nacientes Estados hispano- americanos 170 . Francisco Antonio Encina, por su parte, afirma que Bello fue “…auxiliar utilísimo, y en algunos aspectos insustituible,

de los gobiernos de Prieto y de Bulnes y colaborador inteligente de Montt y de Varas en su ardua labor constructora. Ayudó

a los Presidentes y ministros que se sucedieron entre 1830 y

1865 con sus conocimientos y sus sugestiones, que abarcaron un campo extraordinariamente extenso para proceder de un solo cerebro.” 171

Encina sintetiza en tres observaciones, el legado de

Bello:

La primera, es la perfecta convergencia del sentido de

las influencias culturales de Bello, Portales, Montt, Rengifo

y Varas. Todos tomaron por meta la cultura europea de su

época, con una fijeza de miras y una constancia que no se

169 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 215.

170 Rodríguez Lapuente, Manuel, ob. cit., pág. 638.

171 Encina Armanet, Francisco Antonio, ob. cit., págs. 30 y 31.

repite en otro país hispanoamericano. Todos los esfuerzos del gran humanista en el terreno intelectual, docente y jurídico,

y los de los gobernantes, en el político, económico y social,

tendieron a transformar el legado de la Colonia en un pueblo europeo, en el menor tiempo posible. La segunda es el sentido creador que tomó en todos ellos el esfuerzo cultural. No les preocupa la demolición del pasado, norte de Lastarria, que en este terreno encarnó exagerándola la recia fibra negativa que hace parte de la urdimbre española. La tercera es el profundo cambio, operado en el correr de treinta años, en las relaciones entre la labor cultural de Bello y los gobiernos y los elementos dirigentes.” 172

En este sentido, destaca Encina, hay tres fases perfectamente distinguibles:

1° Durante la administración de Prieto, la labor cultural de Bello se estrella contra el bajo nivel de la cultura chilena. Bello insiste en las lacras vergonzosas que ésta exhibe, sin encontrar otro eco que buenos deseos. Los gobiernos oyen benévolamente sus sugestiones, pero no hay plata, falta ambiente y hombres preparados para llevar a la práctica las reformas. Para colmo, sobreviene la guerra contra la Confederación, que Bello reprobara en un comienzo, pues temió que podía terminar con la jornada de progreso iniciada en 1830; 2° En el decenio de Bulnes, y gracias a la euforia que sigue

a Chañarcillo y Yungay y las fugaces lloviznas de oro de

California y Australia, ya son muchos los que prestan oídos

a las sugestiones de este cruzado de la cultura. El ministro Montt, el primero de todos; y

172 Encina Armanet, Francisco Antonio, ob. cit., págs. 33 y 34.

3° Durante el decenio de Montt, ahora es Bello el exigido. El gobierno toma la delantera y le pide a Bello un esfuerzo que el anciano, debilitado, ya sólo puede realizar con altos y descansos. Ahora, “Una verdadera legión de hombres nuevos, surgidos de la semilla que (Bello) sembró, han hecho suyas sus sugestiones; las han superado y, obedeciendo a un mandato invisible, se esfuerzan en implantar los progresos culturales que veinte años atrás quedaban dormidos en las columnas de “El Araucano”, o se desvanecían junto con salir de los labios de Bello…” 173

¿Y qué han dicho de Bello sus propios compatriotas? Citemos dos opiniones autorizadas.

El gran escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, escribe sobre Bello estas palabras:

“Justa y buena es esta glorificación de Bello. Es uno de los más grandes nombres que sostienen el prestigio de nuestra nacionalidad. Es, además, herencia moral e intelectual viva que está en nuestra mano reivindicar. Hacer que, en la mejor forma, vuelva el hombre que, en vida, no volvió. Que, al fin, lo gane la tierra que lo perdió.” 174

Otro gran intelectual venezolano, Mariano Picón Salas, dirá sobre Bello:

“Bello, ese gran padre del Alfabeto –como le ha llamado Alfonso Reyes-, fue a buscar a Chile, la última República reflexiva donde levantar su claro monumento de prudencia y

173 Encina Armanet, Francisco Antonio, ob. cit., págs. 33 y 34.

174 Uslar Pietri, Arturo, artículo publicado en “El Nacional” de Caracas, el 1° de diciembre de 1951, citado por Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 113.

sabiduría. ¿No era uno mismo, desde el Caribe de su juventud hasta el Pacífico de sus últimos días, el destino espiritual de las naciones hispano-americanas? Para una nueva empresa de liberación por la Cultura, este otro gran caraqueño andariego iba a rehacer, a su modo, la ruta de Bolívar. El también daba forma a los sueños, las aspiraciones, las necesidades de un Continente que empezaba a abrirse al espíritu moderno.” 175

Bello, así, dejó a nuestra patria un legado invaluable. Pero en su madurez, no olvidaba su tierra natal. De alguna forma, en todos los hombres y mujeres, los años de la niñez y la juventud, evocados siendo adultos, se representan como una especie de “paraíso perdido”, irrecuperable pero firmemente atesorado en la memoria. Así, escribía Bello: “Recuerdo los

ríos, las quebradas y hasta los árboles que solía ver en aquella época feliz de mi vida. ¡Cuantas veces fijo mi vista en el plano de Caracas, creo pasearme otra vez por sus calles, buscando en ellas los edificios conocidos, y preguntándoles por los amigos,

los compañeros que ya no existen!

me resta de vida por abrazaros, por ver de nuevo el catuche, el guaire, por arrodillarme sobre las lozas que cubren los restos de tantas personas queridas! Tengo todavía presente la última mirada que di a Caracas, desde el camino de La Guaira. ¿Quién me hubiera dicho que era, en efecto, la última?” 176 . Ese anhelo, sin embargo, no se cumpliría. En Santiago, el 15 de octubre de 1865, a la edad de 83 años, obtendría su eterno descanso. Se cuenta que en los días previos, en su delirio, creía ver en las cortinas de su lecho o en las paredes de su habitación, las estrofas de “La Iliada” y “La Odisea” 177 .

la mitad de lo que

¡Daría

175 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 114.

176 Orrego Vicuña, Eugenio, ob. cit., pág. 23.

177 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 119.

Su inconsciente, quizá, le recordaba cuáles eran las fuentes primigenias sobre las cuales se asentaba nuestra cultura. Gran cantidad de personas se reunió en la Catedral para despedirlo. El canónigo Francisco de Paula Taforó 178 ,

en la oración fúnebre, destacó el brusco cambio de alegría a dolor que, en pocos días, había afectado a los concurrentes

a la ceremonia. En efecto, decía Taforó, todos habían estado

reunidos allí el pasado 18 de septiembre, celebrando felices un nuevo aniversario patrio. Preguntándose que había motivado esta cruel transformación, decía: “¡el noble orgullo de nuestro país…el padre de nuestra literatura…el sabio americano…el jurisconsulto profundo…el oráculo de nuestra Universidad… el príncipe de nuestros poetas…el consejero de nuestros hombres de estado…el padre modelo, el esposo tierno, el amigo fiel, el ciudadano ilustre y amante de nuestra patria, sin haber nacido en ella, el señor don Andrés Bello…¡no está ya entre nosotros!” 179

Había muerto un gran venezolano. Pero por sobre todo, un gran chileno. El pueblo de Chile, agradecido, le encomendaría en 1874 al gran escultor Nicanor Plaza que levantara un monumento

a la memoria de Bello. Plaza hizo trabajar en él a dos de sus alumnos más aventajados, el ecuatoriano Romero y el chileno Medina. Fue inaugurado en noviembre de 1881 180 . Desde el

178 El mismo que desataría en el gobierno de Aníbal Pinto una crisis, al enfrentarse los sectores más conservadores con el Presidente, por proponer éste a Roma a Taforó, considerado demasiado liberal, como arzobispo de Santiago, tras la muerte de Valdivieso. Santa María, aún más execrado por los sectores ultramontanos, sostendría la candidatura de Taforó, enconándose la disputa. Finalmente, Roma rechazaría la petición, arguyendo la ilegitimidad del nacimiento de Taforó, quien efectivamente era hijo ilegítimo de don Rafael Márquez de la Plata y Huidobro: Encina-Castedo, ob. cit., Tomo II, págs. 1.345-1.346.

179 Salvat Monguillot, Manuel, ob. cit., pág. 12.

180 Edwards Bello, Joaquín, ob. cit., pág. 119.

frontis de la Universidad de Chile, nos acompaña nuestro “bisabuelo de piedra”.

Bibliografía

I. Obras consultadas

- Bunster, Enrique, “Crónicas Portalianas” (Santiago de Chile, Editorial del Pacífico S.A., año 1977).

- Campos Menéndez, Enrique, “Se llamaba Bolívar” (Buenos Aires, Editorial Francisco de Aguirre S.A., año 1975).

- Castedo, Leopoldo, “Resumen de la Historia de Chile” de Francisco Antonio Encina, redactado por Leopoldo Castedo (Santiago de Chile, Editorial Zig-Zag, Santiago, año 1954), tomo I.

- Edwards Bello, Joaquín, “El bisabuelo de piedra” (Santiago de Chile, Editorial Nascimento, año 1978).

- Edwards Vives, Alberto, “Bosquejo histórico de los partidos políticos chilenos” (Santiago de Chile, Editorial del Pacífico S.A., año 1976).

- Encina Armanet, Francisco Antonio, “Historia de Chile”, tomo XIV (Santiago de Chile, Editorial Nascimento, año

1950).

- Encina Armanet, Francisco Antonio, “Portales”, (Santiago de Chile, Editorial Nascimento, segunda edición, año 1964), tomo II.

- Eyzaguirre, Jaime, “Chile en el tiempo” (Santiago de Chile, Ediciones Nueva Universidad, Universidad Católica de Chile, sin año de publicación).

- García Hamilton, Juan Ignacio, “Don José. La vida de San Martín” (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, décimo

primera edición, abril 2005).

- Le Dantec, Francisco, “Crónicas del Viejo Valparaíso” (Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Universidad Católica de Valparaíso, año 1984).

- Orrego Vicuña, Eugenio, “Don Andrés Bello” (Santiago de Chile, Editorial Zig-Zag, año 1953, cuarta edición).

- Pacho O’Donnell, Mario, “El Águila Guerrera”, la historia argentina que no nos contaron (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, año 2004).

- Rodríguez Lapuente, Manuel, “Historia de Iberoamérica” (Barcelona, Editorial Ramón Sopena, S.A., año 1978).

- Salvat Monguillot, Manuel, “Vida de Bello”, en “Estudios sobre la vida y obra de Andrés Bello” (Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, año 1973).

II. Artículos en revistas y periódicos

- Lagos Carmona, Guillermo, artículo “Andrés Bello y el Tratado de Límites de 1881 entre Argentina y Chile”. En:

“Congreso Internacional: ‘Andrés Bello y el Derecho’” (Santiago de Chile, Editorial Jurídica de Chile, año 1981).

- Ocampo, Emilio, artículo titulado “Brayer, un general de Napoleón que desafió a San Martín”, en la Revista “Todo es Historia” (Buenos Aires, Impresora Alloni, junio de 2005, año XVIII, número 455).

- Peña, Cristóbal, artículo titulado “Barros Arana, el hombre que dudaba”, publicado en el Diario La Tercera, de Santiago de Chile, edición del día 6 de noviembre de 2005.

- Uribe Arce, Armando, “Poesía de Bello”, artículo en “Estudios sobre la vida y obra de Andrés Bello” (Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, año 1973).

III.- Obras generales

- “Enciclopedia Hispánica”, tomo 2 (Encyclopaedia Británica Publisher, Inc., Estados Unidos de América, años 1995-

1996).

- “Enciclopedia Monitor” (Pamplona, Salvat S.A. de Ediciones, año 1970), tomo 8.

- “Nueva Enciclopedia de Chile” (Santiago de Chile, Edicio- nes Copihue, año 1972), tomo I.

Los grandes principios que inspiran al Código Civil chileno

Dentro del programa de Derecho Civil I, en el capítulo introductorio, se indica la materia de los principios que inspiran al Código Civil como referencia obligada. Sin embargo, cuando se consultan algunos textos o las opiniones de los profesores de la cátedra se advierte que no hay unanimidad al momento de indicar cuales son. Es cierto que todos coinciden en algunos, pero no todos señalan la misma cantidad de principios 1 . En virtud de lo anterior es que no hemos resistido la tentación de indicar los grandes principios que, en nuestra opinión, informan al Código Civil chileno o, al menos, aquellos que nos parecen indiscutibles. Para los efectos de señalarlos, precisamente, hemos tomado en consideración el carácter general de los mismos, es decir, su reconocimiento explícito o implícito a lo largo de todo el Código Civil, informando “desde instituciones hasta la solución específica de casos puntuales, pero cuya filosofía es concordante especialmente en los diversos aspectos del Código” 2 ; sin perjuicio de que en determinados ámbitos se apliquen con mayor vigor que en otros. Quizás en ello

1 En opinión de Carlos Ducci Claro “es difícil pretender señalar en forma exhaustiva o total los principios básicos del Derecho Privado”. El mismo autor agrega que le basta con señalar aquellos que para él tienen especial importancia: la autonomía de la voluntad, la protección de la buena fe, la reparación del enriquecimiento sin causa y la responsabilidad (Ducci Claro, Carlos; Derecho Civil. Parte general; Editorial Jurídica de Chile; reimpresión de julio de 2005; 4ª edición; páginas 23 y 24). Victorio Pescio Vargas señala, a grandes rasgos, los siguientes principios fundamentales: la igualdad de todos los chilenos ante la ley, respeto a la libertad individual y, la inviolabilidad y la libre circulación de la propiedad individual (Pescio Vargas, Victorio; Manual de Derecho Civil. Título preliminar del Código Civil; Editorial Jurídica de Chile; reimpresión de la 2ª edición; 1978; tomo I; páginas 83 y 84).

2 Ducci Claro, Carlos; ob. cit. 1; página 23.

se encuentra una de las explicaciones del por qué no todos señalan los mismos principios fundamentales, ya que a veces se mencionan principios que sólo poseen general aplicación en un ámbito determinado, como el Derecho de Familia (por ejemplo, matrimonio heterosexual y monógamo 3 ) o el Derecho Sucesorio (por ejemplo, continuidad de la personalidad jurídica del causante por sus herederos). La mayoría de los principios que mencionaremos, incluso, exceden el ámbito del Derecho Civil o del Derecho Privado, encontrando reconocimiento general en todo nuestro ordenamiento jurídico. Se trata de principios que no están consagrados positivamente en fórmulas generales, pero diversas normas jurídicas se fundamentan en ellos o son aplicación de los mismos. No son normas propiamente tales, sino ideas capaces de inspirar y dar sentido al Derecho. Sirven de nexo a normas e instituciones jurídicas, permitiendo la unidad del sistema jurídico. En consecuencia, la importancia del estudio de estos principios no sólo radica en que constituyen el fundamento

3 Hasta la dictación de la Nueva Ley de Matrimonio Civil, establecida por el artículo 1º de la Ley Nº 19.947, publicada en el Diario Oficial de 17 de mayo de 2004, se podía hablar de matrimonio “civil”, heterosexual, monógamo e “indisoluble”, ya que su artículo 20 reconoció la validez a los matrimonios celebrados ante entidades religiosas que gocen de personalidad jurídica de derecho público y su capítulo

VI reglamentó el divorcio que pone término al matrimonio. Sin embargo, respecto del matrimonio

religioso cabe advertir que se nos presentan dudas respecto de su real validez como tal, ya que debe

ser “ratificado” el consentimiento ante el Oficial del Registro Civil y sólo produce efectos “desde” su

inscripción ante el mismo oficial. En lo que respecta a la indisolubilidad, la definición de matrimonio

del artículo 102 del Código Civil no fue alterada, es decir, mantuvo esta característica, a pesar de la

referida nueva causal de terminación del matrimonio, lo que ha generado opiniones diversas (véase Orrego Acuña, Juan Andrés; Análisis de la Nueva Ley de Matrimonio Civil; Metropolitana Ediciones;

Santiago – Chile; 2005; 2ª edición; páginas 13 a 15). En lo que a nosotros respecta, nos parece que

el matrimonio continúa siendo indisoluble en el sentido de que no puede ponérsele término por la sola

voluntad de los cónyuges. Además, sigue siendo por toda la vida en el sentido de que no puede sujetarse

a modalidades resolutorias.

del Derecho Civil, sino en que, además, son elementos esenciales a considerar para determinar el verdadero sentido y alcance de las normas jurídicas que se pretendan aplicar a un caso concreto particular, es decir, son orientadores de la labor interpretativa. Además, su importancia es crucial para la resolución de aquellos casos respecto de los cuales hay ausencia de normas positivas, es decir, actúan como elementos integradores del Derecho Civil. Otro aspecto a tener en cuenta en relación a los mismos es que se complementan e, incluso, en muchas ocasiones, unos respecto de otros, constituyen una limitación o una atenuación a su aplicación desmedida. Por tanto, corresponde a los jueces, con la colaboración de la doctrina, velar porque se apliquen en forma armónica en aquellos casos en que aparentemente se pudiere producir algún tipo de colisión. Finalmente, cabe advertir que, si bien no son normas jurídicas propiamente tales, si constituyen Derecho en el sentido de que poseen un valor normativo, ya que proporcionan pautas generales de conducta jurídicamente lícitas. Ahora bien, hecha esta breve introducción, veamos cuáles son a nuestro entender los grandes principios que inspiran al Código Civil.

I.- La supremacía de la ley

Este principio es consecuencia de la recepción de las ideas vigentes a la época de la promulgación de nuestro Código Civil (14 de diciembre de 1855), que daban preeminencia a la ley como fuente formal del Derecho, desplazando a un lugar secundario a la costumbre (Derecho consuetudinario). Así se encuentra expresamente reconocido en su Mensaje: “Siguiendo

el ejemplo de casi todos los códigos modernos, se ha quitado

a la costumbre la fuerza de ley”.

VictorioPescioVargasexplicaque“distintoeraelsistema preconizado y establecido en el Proyecto de 1853; los artículos 2º, 3º y 4º de este Proyecto, señalaban normas minuciosas acerca de la costumbre como regla obligatoria de Derecho. Inspirado en las bondades del Derecho consuetudinario inglés, don Andrés Bello había llegado a consagrar en el artículo 52 del mencionado Proyecto que la costumbre podía, incluso, llegar

a derogar la ley escrita (costumbre contra ley) a condición

que hubiere durado treinta años ininterrumpidamente y se probare su existencia por seis decisiones judiciales pasadas en autoridad de cosa juzgada” 4 .

El mismo autor agrega que, “sin embargo, al influjo del movimiento de execración de la costumbre, exteriorizado en los códigos austríaco y holandés, Bello tuvo la sabiduría de reaccionar sobre sus propias convicciones y a instancias de la Comisión Revisora, ya aparece en el artículo 2º del Proyecto Inédito una disposición exactamente igual a la del artículo 2º del Código” 5 : “La costumbre no constituye Derecho sino en los casos en que la ley se remite a ella” (costumbre según ley).

4 Pescio Vargas, Victorio; ob. cit. 1; páginas 218 y 219. “Inspirado en las leyes romanas y, particularmente, en la Ley 5ª, Título 2º de la Primera Partida, el Proyecto de 1853 establecía, en el artículo 2º, que la costumbre tendría fuerza de ley cuando se probare de cualquiera de los dos modos siguientes: 1º) Por tres decisiones judiciales conformes pasadas en autoridad de cosa juzgada, dentro de los últimos diez años; 2º) Por declaraciones conformes de cinco personas inteligentes en la materia de que se trata, nombradas por el juez de oficio o a petición de parte. Sólo a falta del primero de estos dos medios podría recurrirse al segundo; y ni el uno, ni el otro, ni los dos juntos, valdrán, si durante dicho tiempo se hubiere pronunciado decisión judicial contraria, pasada en autoridad de cosa juzgada. Cabe hacer notar que, bajo la influencia de Delvincourt, el artículo 4º establecía que en materias civiles “a falta de ley escrita o de costumbre que tenga fuerza de ley, fallará el juez conforme a lo que dispongan las leyes para objetos análogos, y a falta de éstas, conforme a los principios generales de Derecho y de equidad natural. Eliminada la fuerza obligatoria de la costumbre, el contenido del artículo 4º se vació en los artículos 22 y 24 del Código” (Pescio Vargas, Victorio; ob. cit. 1; páginas 220 y 221). 5 Pescio Vargas, Victorio; ob. cit. 1; página 219.

Se remiten a ella, por ejemplo, los artículos 1188 inciso 2º y 1198 inciso 3º (legítimas y mejoras); 1823 inciso 2º (compraventa); 1938 inciso 1º, 1940 inciso 2º, 1944 inciso 1º, 1951 inciso 1º, 1954, 1986 y 1997 (arrendamiento); 2117 y 2158 nº 3º (mandato). No son muchas las normas del Código Civil que se remiten a la costumbre; sin embargo, hay una norma general que amplía bastante su ámbito de aplicación: el artículo 1546, según el cual los contratos obligan no sólo a lo que en ellos se expresa, sino a todas las cosas que emanan precisamente de la naturaleza de la obligación, o que por la ley o la costumbre pertenecen a ella. El Código de Comercio, además, reconoce valor a la costumbre en ausencia de ley 6 , según se establece en su artículo 4º: “Las costumbres mercantiles suplen el silencio de la ley, cuando los hechos que las constituyen son uniformes, públicos, generalmente ejecutados en la república o en una determinada localidad, y reiterados por un largo espacio de tiempo, que se apreciará prudencialmente por los juzgados de comercio”. A continuación, el Código de Comercio, en su artículo 5º, regula la prueba de la costumbre: “No constando a los juzgados de comercio que conocen de una cuestión entre partes la autenticidad de la costumbre que se invoque, sólo podrá ser probada por alguno de estos medios:

6 En el Mensaje del Código de Comercio se lee lo siguiente: “Los numerosos requisitos que la costumbre debe tener para asumir el carácter de ley supletoria, y la naturaleza de la prueba con que debe ser acreditada en juicio, remueven los inconvenientes de la incertidumbre y vacilación de la ley no escrita, y nos permite mirar sin recelo la libertad en que queda el comercio para introducir nuevos usos dentro del círculo de lo honesto y lo lícito”.

1º.- Por un testimonio fehaciente de dos sentencias que, aseverando la existencia de la costumbre, hayan sido pronunciadas conforme a ella; 2º Por tres escrituras públicas anteriores a los hechos que motivan el juicio en que debe obrar la prueba”. Dado que en el Código Civil no hay una norma similar, se aplican las reglas generales, es decir, la costumbre puede probarse por todos los medios que la ley franquea. Asimismo, dado que se ha concluido que la norma del artículo 5º del Código de Comercio sólo se refiere a la costumbre en ausencia de ley, a la costumbre mercantil según ley también se le aplican las reglas generales. Por otra parte, la costumbre mercantil es un elemento de interpretación, según lo confirma el artículo 6º del Código de Comercio: “Las costumbres mercantiles servirán de regla para la determinar el sentido de las palabras o frases técnicas del comercio y para interpretar los actos o convenciones mercantiles”. En el Código Civil sucede otro tanto en materia de interpretación de contratos, según lo establece su artículo 1563 inciso 2º: “Las cláusulas de uso común se presumen aunque no se expresen”; norma legal que viene a ser una confirmación de la regla general establecida en el artículo 1546. Otras disposiciones del Código Civil también recogen la supremacía de la ley:

A)

interpretar la ley de un modo generalmente obligatorio. Lassentenciasjudicialesnotienenfuerzaobligatoriasino respecto de las causas en que actualmente se pronunciaren”.

o

El

artículo

3º:

“Sólo

toca

al

legislador

explicar

B) El artículo 8º: “Nadie podrá alegar ignorancia de la ley

después que ésta haya entrado en vigencia”. Se relacionan con

esta norma los artículos 706 inciso 4º, 1452, 2295 y 2297.

C) El artículo 10: “Los actos que la ley prohíbe son nulos y

de ningún valor; salvo en cuanto designe expresamente otro efecto que el de nulidad para el caso de contravención”. Esta norma debe ser relacionada con los artículos 1466 y 1682. El artículo 1469 refuerza la idea anterior: “Los actos o contratos que la ley declara inválidos, no dejarán de serlo por las cláusulas que en ellos se introduzcan y en que se renuncie la acción de nulidad”.

II.- La irretroactividad de la ley

Es un principio de legislación universal, expresamente consagrado en el artículo 9º inciso 1º: “La ley puede sólo dis- poner para lo futuro, y no tendrá jamás efecto retroactivo”. Sin perjuicio de lo anterior, más adelante tendremos la oportunidad de apreciar que se trata de uno de los temas más arduos del Derecho, respecto del cual existe abundante literatura. Por tal razón es que le dedicaremos una parte especial en esta obra.

III - La igualdad ante la ley

“Se trata de una igualdad jurídica que impide que se establezcan excepciones o privilegios que excluyan a unos de los que se conceden a otros en iguales circunstancias” 7 .

7 Pfeffer Urquiaga, Emilio; Manual de Derecho Constitucional. Basado en las explicaciones de los profesores Luz Bulnes Aldunate (U. de Chile) y Mario Verdugo Marinkovic (U. Gabriela Mistral y Diego Portales); Editorial Jurídica Ediar Conosur Ltda.; Santiago - Chile; 1987; tomo I; página 370.

Lo que este principio excluye son las diferencias arbitrarias, es decir, aquellas que, dicho en términos amplios, no se fundan en la razón, en la justicia o en el bien común. Dentro de nuestro ordenamiento jurídico es posible encontrar múltiples diferencias como, por ejemplo, entre chilenos y extranjeros, mayores y menores de edad, hombres y mujeres, trabajadores del sector público y del sector privado, comerciantes y no comerciantes, etcétera. Estas diferencias suelen ser consecuencia de la naturaleza o características especiales de determinados grupos de personas, cosas o relaciones jurídicas, lo que se traduce en el establecimiento de normas especiales respecto de ellos y que, en relación con las normas comunes o generales, sólo constituyen ciertas modalidades de estas o rectificaciones a las mismas; o de la necesidad de proteger los intereses de ciertas personas, dada la imposibilidad de hacerlo a través de las normas comunes o generales, lo que se traduce en el establecimiento de normas excepcionales. Otras diferencias, por ejemplo, se basan en la necesidad de proteger o fomentar el desarrollo de determinadas actividades. Circunscribiéndonos al Derecho Civil, se puede afirmar que la igualdad ante la ley tiene amplia influencia en el Código, tal como lo demuestran las siguientes disposiciones:

A) El artículo 14 que establece la obligatoriedad de la

ley para todos los habitantes de la República, incluso los extranjeros.

B) El artículo 55 que considera personas a todos los

individuos de la especie humana, cualquiera sea su edad, sexo, estirpe o condición.

C)

El artículo 57 que no reconoce diferencias entre chilenos

y extranjeros en cuanto a la adquisición y goce de los derechos

civiles que regla el Código. Esta regla general admite algunas escasas excepciones dentro del Código Civil; así, por ejemplo,

lo dispuesto en los artículos 15 nº 2 (interpretado a contrario sensu, el chileno que se halla en el extranjero no continúa sujeto a las leyes patrias en las obligaciones y derechos que nacen de las relaciones de familia, respecto de su cónyuge y parientes extranjeros) y 998 (en la sucesión intestada de un extranjero que fallezca dentro o fuera de Chile, los chilenos,

a título de herencia o de alimentos, pueden pedir que se les

adjudique en los bienes del extranjero existentes en Chile todo lo que les corresponda en ella). También suelen citarse como excepciones lo dispuesto en los artículos 1012 (no puede ser testigo de un testamento solemne otorgado en Chile un extranjero no domiciliado en el país) y 1028 nº 1 del Código Civil (un extranjero no domiciliado en Chile no puede otorgar testamento solemne en el extranjero conforme a las leyes chilenas); 14 nº 6 de la antigua Ley de Matrimonio Civil (los extranjeros no domiciliados en Chile no pueden ser testigos en los matrimonios), sustituida por el artículo 1º de la Ley Nº 19.947; y 16 nº 7 de la Ley Nº 4.808 sobre Registro Civil (los extranjeros que no tengan domicilio en Chile no pueden ser testigos para los efectos de una inscripción en los libros del Registro Civil). En realidad, no se trata de verdaderas excepciones al principio del artículo 57 del Código Civil, ya que, como se puede observar, las diferencias, más que en la nacionalidad, se fundan en el domicilio.

El artículo 997, complementando la regla del artículo 57, prescribe que “los extranjeros son llamados a las sucesiones

abintestato abiertas en Chile de la misma manera y según las mismas reglas que los chilenos”.

D) El artículo 982 que, en relación con la sucesión intestada,

declara que no se atiende al sexo ni a la primogenitura. En este

mismo sentido, a propósito del Derecho de representación (lo define el inciso 2º del artículo 984 como “una ficción legal en que se supone que una persona tiene el lugar y por consiguiente el grado de parentesco y los derechos hereditarios que tendría su padre o madre, si éste o ésta no quisiese o no pudiese suceder”), el artículo 985 señala que los hijos toman entre todos y por iguales partes la porción que hubiera cabido al padre o madre representado.

E) Los artículos 2465 y 2469 que consagran el llamado

“Derecho de prenda general de los acreedores” (parece preferible hablar del “Derecho de garantía general de los acreedores”), institución que se basa en el principio de igualdad de éstos para perseguir la ejecución de las obligaciones sobre

todos los bienes muebles e inmuebles del deudor, sean presentes o futuros, a excepción de los bienes que la ley declara inembargables. Esta igualdad, excepcionalmente, se rompe en caso de existir causas de preferencia, las que conforme al artículo 2470 solamente son el privilegio y la hipoteca 8 . Estas causas de preferencia, según el inciso 2º de la misma norma

8 Muchos autores critican la distinción entre privilegio e hipoteca; así, por ejemplo, a René Ramos Pazos le “parece que no se justifica la distinción entre privilegio e hipoteca, pues si la razón de ella estriba en que la hipoteca otorga un Derecho real que da acción persecutoria en contra de terceros, en tanto que los privilegios confieren únicamente un Derecho personal, no se justifica que la prenda constituya un privilegio, en circunstancias que también da acción persecutoria contra terceros poseedores de la especie pignorada” (Ramos Pazos, René; De las obligaciones; Editorial Jurídica de Chile; 1999; 1ª edición; páginas 460 y 461).

citada, son inherentes a los créditos para cuya seguridad se han establecido, pasando con ellos a todas las personas que los adquieran por cesión, subrogación o de otra manera. Cada caso en que determinados acreedores deben ser pagados en forma preferente tiene su propia explicación, no existe una razón única. “Así, a veces, puede tener por fundamento el fomento del crédito. Bello, en el Mensaje del Código, señala que “se ha simplificado notablemente el arreglo de la prelación de créditos, el fomento del crédito ha sido en él la consideración dominante”. En otros, la explicación de las preferencias se encontrará en razones de humanidad, como ocurre con el pago preferente de las expensas funerales o el pago de los artículos necesarios de subsistencia suministrados al deudor y su familia durante los últimos tres meses; o razones económicas, como el Derecho del Estado al pago preferente por lo adeudado por impuestos de retención y recargo; o en razones sociales, como ocurre con las remuneraciones de los trabajadores, etc.” 9 .

F) El artículo 2497 que establece que la prescripción, tanto

adquisitiva como extintiva, opera en favor y en contra de toda clase de personas, sean naturales o jurídicas; regla que fue establecida por razones históricas, ya que algunas de las instituciones que señala estaban sometidas a reglas especiales en el Derecho Español antiguo, que las favorecían con plazos muy largos o declaraba sus bienes imprescriptibles. Una atenuación de la regla anterior es el beneficio de la suspensión de la prescripción (la parte final del artículo 2497 lo insinúa, al referirse a “los particulares que tienen la

9 Ramos Pazos, René; ob. cit. 8; páginas 461 y 462.

libre administración de lo suyo”), que impide que esta corra mientras no cese la causa que dio origen a tal beneficio, en los términos establecidos en los artículos 2509, 2511, 2520, 2523

y 2524. Como es fácil advertir, en este caso el legislador no

ha estimado suficiente la posible diligencia en actuar contra

el prescribiente que podrían tener los representantes legales.

Se trata de una medida de protección de los intereses de las personas señaladas en el artículo 2509. Nos parece que tal beneficio, más que una excepción, es una atenuación a la referida regla, ya que él no opera de manera indefinida en el tiempo, sino que tiene un límite de diez años, según se desprende de los artículos 2511 y 2520. La única duda en esta materia se presenta a propósito de los cónyuges, por cuanto una de las discusiones más clásicas de nuestro Derecho Civil es determinar si la prescripción realmente se suspende “siempre” entre ellos o no. El principio en estudio ha tenido especial aplicación con motivo de la dictación de la Ley Nº 19.585, sobre filiación, publicada en el Diario Oficial de 26 de octubre de 1998. El gran principio rector de esta reforma al Código Civil fue el de la igualdad de los hijos 10 . La Ley Nº 19.585 modificó el Código Civil con el objetivo fundamental, según se expresa en

10 Los otros dos principios rectores de la reforma fueron:

a)El “interés superior del menor”, que “se traduce en que todas las decisiones que deban adoptarse en relación al menor deben mirar a su mayor realización espiritual y material posible, lo que debe

hacerse, en la medida de lo posible, desde la perspectiva del menor, como sujeto autónomo de derechos,

y no desde la que pudieren tener quienes adoptan tales decisiones” (Sepúlveda Larroucau, Marco

Antonio; Derecho de Familia y su evolución en el Código Civil; Metropolitana Ediciones; Santiago

- Chile; 2000; 1ª edición; páginas 112 y 113). Se protege la denominada “autonomía progresiva” del

menor, siendo las normas más importantes en esta materia los actuales artículos 222 inciso 2º y 242 inciso 2º. b)El de la “verdad real o biológica” (este principio se encuentra inmerso en otro más amplio: el del “Derecho a la identidad personal”), que está consagrado en diversas normas del Título VIII “De las acciones de filiación”, del Libro I del Código Civil. Este principio “posee dos aspectos íntimamente

su Mensaje Presidencial, “de sustituir el régimen de filiación vigente por otro, que termina con las diferencias entre hijos legítimos e ilegítimos y que establece un trato igualitario para todos los hijos, cualquiera sea la situación jurídica de sus padres al momento de la concepción o del nacimiento” 11 . En este sentido, la norma más importante de la reforma es el

nuevo artículo 33 del Código Civil que establece, sin apellidos,

el estado civil de hijo y declara que “la ley considera iguales a

todos los hijos”. Finalmente, no podemos dejar de mencionar que un tema que en el último tiempo ha causado mucha polémica, en relación con el principio de la igualdad ante ley, es el de la administración de la sociedad conyugal, la que ordinariamente corresponde en forma exclusiva al marido y que, incluso, se extiende a los bienes propios de la mujer, según lo dispone el artículo 1749 inciso 1º. Así, por ejemplo, para Claudia Schmidt Hott las “normas que niegan a la mujer administrar sus propios bienes son abiertamente inconstitucionales”, por

ser contrarias al nº 2º del artículo 19 de la Constitución Política

y a los tratados internacionales sobre derechos humanos

ratificados por Chile, especialmente después de la reforma al

relacionados y que fueron expresamente recogidos por la reforma, especialmente en los artículos 195 y 198 del Código Civil: la libre investigación de la paternidad y la maternidad, adoptándose, eso sí, ciertos resguardos que impiden el escándalo y el mal aprovechamiento de la acción respectiva, tal como lo confirman los artículos 196 y 197 del Código Civil; y la amplia admisibilidad probatoria, toda vez que, a fin de establecer la paternidad y maternidad, se otorga la posibilidad de utilizar toda clase de pruebas, incluidas las periciales biológicas” (Sepúlveda Larroucau, Marco Antonio; ob. cit. 10; páginas 117 y 118). Entre los casos que constituyen excepciones a este principio, se pueden mencionar aquellos establecidos en los artículos 182 y 201 inciso 1º. 11 Sepúlveda Larroucau, Marco Antonio; ob. cit. 10; página 109.Cabe advertir que hubo opiniones disidentes en cuanto a las bondades de la reforma en esta materia. Al respecto véase, por ejemplo, las opiniones de Hugo Rosende Alvarez en “Algunos aspectos acerca de los efectos unitarios de la filiación matrimonial y extramatrimonial”; Colegio de Abogados de Chile; transcripción de la charla dictada el 11 de mayo de 1995.

inciso 2º del artículo 5º de la Constitución Política 12 . En cambio, Pablo Rodríguez Grez no comparte en lo absoluto la opinión anterior, en base a los siguientes argumentos: “Las limitaciones consagradas en la ley en relación a los bienes propios de la mujer, si bien tienen carácter legal, han sido voluntariamente aceptadas por la mujer al momento de contraer matrimonio y optar por el régimen de sociedad conyugal. Se pierde de vista, generalmente, que en la legislación chilena el régimen patrimonial es seleccionado por los esposos al celebrarse el matrimonio, sea expresa (separación total y participación en los gananciales) o tácitamente (sociedad conyugal) 13 . La sola circunstancia de contraer matrimonio sin manifestar voluntad en el sentido de adoptar un determinado régimen patrimonial, importa convenir sociedad conyugal (régimen de Derecho). Es por ello que el régimen de comunidad tiene un antecedente convencional, lo cual significa reconocer que todas las restricciones establecidas en la ley han sido voluntariamente aceptadas y convenidas por los cónyuges. Por otra parte, si así no fuere, el Derecho legal de goce que la ley otorga al marido para hacer frente a las necesidades de la familia común, no permite considerar que las limitaciones que sufre la mujer en relación a sus bienes propios sean injustificadas, arbitrarias, caprichosas o indebidas. Por último, digamos que los tratados internacionales no impiden que los esposos,

12 Schmidt Hott, Claudia; Nuevo régimen matrimonial. Ley Nº 19.335 analizada y comentada; Editorial Jurídica Conosur Ltda.; Santiago - Chile; 1995; página 85. Gonzalo Figueroa Yáñez, en términos más amplios, afirma que “el régimen de sociedad conyugal es discriminatorio respecto de la mujer casada y en consecuencia ha pasado a ser inconstitucional”. “No puede calificarse sino como arbitraria una disposición que escoge siempre al varón para administrar el patrimonio que antes administraba la mujer” (Figueroa Yáñez, Gonzalo; Persona, pareja y familia; Editorial Jurídica de Chile; 1995; 1ª edición; páginas 82 y 86).

13 El inciso 2º del artículo 135 contempla una situación excepcional, ya que respecto de los que se hayan casado en país extranjero, se permite “pactar” el régimen de sociedad conyugal.

al contraer matrimonio, puedan fijar el régimen patrimonial

a que se someterán, ni que éste consagre diferencias que se

justifican en consideración a los deberes y obligaciones que pesan sobre ellos” 14 .

René Ramos Pazos, sin entrar a pronunciarse respecto del fondo de la discusión, rebate el argumento de Rodríguez Grez de “que por el hecho de haber aceptado la mujer casarse en régimen de sociedad conyugal, desaparecería el supuesto vicio de inconstitucionalidad. Aceptar esta razón es desconocer

el carácter de orden público que tiene la disposición de la Carta

Fundamental” 15 . Por nuestra parte, no estamos del todo convencidos de que el régimen de sociedad conyugal pueda ser calificado respecto de la mujer, abierta y tajantemente, como arbitrario, es decir, carente de todo fundamento jurídico o lógica; otra cosa es que a través de sucesivas reformas al Código Civil se haya vuelto complejo o que pudieren existir otras razones que aconsejenmodificarloosustituirlo.Quieneshansidopartidarios de mantener este régimen, fuera de destacar las ventajas de una administración unitaria, han sostenido que favorece a la mujer que permanece en la casa, que el trabajo de ésta es peor remunerado que el del marido y, que favorece la formación de un patrimonio familiar y de una manera que guarda mayor correspondencia con lo que es la vida matrimonial 16 .

14 Rodríguez Grez, Pablo; Regímenes patrimoniales; Editorial Jurídica de Chile; 1996; 1ª edición; página 126.

15 Ramos Pazos, René; Derecho de Familia; Editorial Jurídica de Chile; 2005; 5ª edición; tomo I; página

220.

16 Una de las críticas de que ha sido objeto el régimen de participación en los gananciales en su modalidad crediticia, introducido en nuestra legislación civil vía la Ley Nº 19.335, publicada en el Diario Oficial del 23 de septiembre de 1994; es, precisamente, que se aparta de nuestra tradición comunitaria al transformar a los cónyuges en acreedores y deudores de un crédito de participación, para cuya determinación se hace necesario una serie de cálculos numéricos y ajustes contables.

Además, se debe tener presente que, fuera de la posibilidad que actualmente tienen los esposos para optar, de manera

informada, por tres regímenes económicos distintos (la Ley Nº 19.335 agregó un nuevo inciso 1º al artículo 10 de la antigua Ley de Matrimonio Civil, conforme al cual se impuso al Oficial del Registro Civil, bajo amenaza de sanción de acuerdo con el Estatuto Administrativo, el deber de entregar a los futuros contrayentes, en el acto de manifestación, información verbal

o escrita respecto de los distintos regímenes patrimoniales

del matrimonio) 17 , con el pasar de los años se ha aumentado notoriamente la intervención de la mujer, vía autorizaciones específicas, en los actos de administración que recaen en sus

bienes propios y en los bienes sociales, lo que a más de alguien

le ha llevado a decir que actualmente habría una verdadera

coadministración entre el marido y la mujer. Si se trata de advertir injusticias, parece existir una que se hace patente con bastante frecuencia, pero respecto del marido: en la administración de los bienes reservados de la mujer (artículo 150) el marido carece de toda injerencia y, en cambio, éste requiere de autorización de la mujer para ejecutar, en relación con los bienes sociales, los actos de administración

previstos en el artículo 1749, de forma tal que si, por ejemplo,

el marido adquiere un inmueble con el producto de su trabajo,

su administración también quedará supeditada a la voluntad de aquélla.

Por último, cabe hacer presente que desde hace varios años se encuentra en el Congreso un proyecto de ley que

17 El inciso 1º del artículo 10 de la Nueva Ley de Matrimonio Civil, prescribe lo siguiente: “Al momento de comunicar los interesados su intención de celebrar el matrimonio, el Oficial del Registro civil deberá proporcionarles información suficiente acerca de las finalidades del matrimonio, de los derechos y deberes recíprocos que produce y de los distintos regímenes patrimoniales del mismo”.

pretende sustituir el régimen legal de la sociedad conyugal por el de participación en los gananciales, pero en su modalidad de comunidad diferida.

IV.- La autonomía de la voluntad o autonomía privada

“Los conceptos de libertad y voluntad en que coinciden los filósofos y juristas del siglo XVIII dan nacimiento al denominado principio de la autonomía de la voluntad, piedra angular del Derecho Civil y como tal reconocido por el Código Napoleón y por todos los que como el nuestro lo toman de modelo, y que se caracteriza por crear un sistema de Derecho privado fundado en la libertad de los particulares que coloca como centro del mismo al acto jurídico” 18 . “La expresión autonomía privada, como destaca Federico de Castro Bravo, se forma etimológicamente por las palabras “nomos”, es decir, ley y “autos”, que significa propio o mismo. En este sentido, la autonomía privada sería la facultad de dictar leyes propias o de sujetarse uno mismo a un estatuto vinculante. Pero el origen etimológico de este principio da una idea incorrecta de su actual alcance. Así, para una parte importante de la doctrina, lo que realmente define a este principio es “un poder individual de autodeterminación” 19 . Para Luis Diez-Picazo y Antonio Gullón “existe autonomía cuando el individuo no sólo es libre, sino que es además soberano para dictar su ley en su esfera jurídica. La

18 Vial del Río, Víctor; Teoría general del acto jurídico; Editorial Jurídica de Chile; reimpresión del mes de marzo de 2006; 5ª edición; página 56.

19 Citado por Barcia Lehmann, Rodrigo; La autonomía privada como principio sustentador de la teoría del contrato y su aplicación en Chile; en Temas de contratos; Cuadernos de análisis jurídicos. Colección de Derecho Privado III; Ediciones Universidad Diego Portales. Escuela de Derecho; Santiago – Chile; 2006; página 162.

libertad encierra un poder hacer (ámbito de lo lícito), pero sin que el Derecho reconozca por ello valor jurídico a tales actos. En la autonomía hay además un poder de gobierno sobre la esfera jurídica. Es decir, el acto además de libre es eficaz, vinculante y preceptivo” 20 . Dicho en términos generales y conforme al criterio tradicional, este principio consiste en que, cumpliéndose con los requisitos que establece la ley y salvo prohibición expresa, los sujetos son libres para generar, modificar, transferir, transmitir y extinguir toda clase de derechos y obligaciones. De ello resulta el conocido aforismo de que “en Derecho Privado se puede hacer todo aquello que no está prohibido”, encontrándose una aplicación clara de estas ideas en el artículo 12, según el cual “podrán renunciarse los derechos conferidos por las leyes, con tal que sólo miren al interés individual del renunciante, y que no esté prohibida su renuncia”. La faceta anterior es aquella que puede denominarse “subjetiva”; sin embargo, el principio también tiene una faceta “objetiva” (normativa), es decir, como creador de estatutos jurídicos particulares. En cuanto a las expresiones “autonomía de la voluntad” y “autonomía privada”, hay muchos autores que las utilizan indistintamente; sin embargo, según Rodrigo Barcia Lehmann, en el Derecho Comparado prevalece la expresión autonomía privada producto del “influjo de la teoría alemana del negocio jurídico” (concepto de negocio jurídico como haz normativo) 21 .

20 Diez-Picazo, Luis y Gullón, Antonio; Sistema de Derecho Civil; Editorial Tecnos S.A.; Madrid – España; 1986; 2ª reimpresión de la 5ª edición; volumen I; página 375.

21 Barcia Lehmann, Rodrigo; ob. cit. 19; página 164.

Se sostiene que es un concepto más comprensivo. Además, se hace notar que cuando se habla de autonomía de la voluntad no deja de incurrirse en un equívoco, ya que “el sujeto de la autonomía no es la voluntad, sino la persona como realidad unitaria. La autonomía no se ejercita queriendo – función de la voluntad – sino estableciendo, disponiendo, gobernando. La voluntad o el querer es un requisito indudable del acto de autonomía (que ha de ser siempre libre y voluntario), pero para ejercitar la autonomía es necesario el despliegue de las demás potencias del individuo” 22 . Entre nosotros prevalece el concepto de autonomía de la voluntad, producto de la influencia francesa y de los principios de nuestra codificación. La autonomía de la voluntad cumple un rol fundamental dentro del Derecho Patrimonial y muy particularmente, en el campo de la contratación 23 , tal como lo corrobora, por ejemplo, el artículo 1560: “Conocida claramente la intención de los contratantes, debe estarse más a ella que a lo literal de las palabras” (el artículo 1156 del Código Civil francés dispone que “en las convenciones se debe buscar cuál ha sido la intención común de los contratantes, antes que atenerse al sentido literal de las palabras”). Es ampliamente sabido que para la doctrina clásica la voluntad, de alguna manera, es

22 Diez-Picazo, Luis y Gullón, Antonio; ob. cit. 20; volumen I; página 375.

23 “El concepto actual de contrato no tiene origen en el Derecho romano. La atribución de efectos obligatorios al simple acuerdo de voluntades es propia de la modernidad, nace de la moral cristiana de

los canonistas, que condenó la violación de la palabra empeñada, de los principios de la escolástica tardía

y de la escuela del Derecho natural racionalista, especialmente aquella proveniente de Grocio, quien

buscando una justificación en la razón natural “llegó a la conclusión de que el fundamento racional de

la creación de las obligaciones se encuentra en la libre voluntad de los contratantes” (Tapia Rodríguez,

Mauricio y Valdivia Olivares, José Miguel; Contrato por adhesión. Ley Nº 19.496; Editorial Jurídica de Chile; 2002; 1ª edición; páginas 15 y 16).

causa eficiente de todo el Derecho 24 . “Es lógico, por tanto, que la teoría tradicional haya prescrito que, en la interpretación de los contratos, el intérprete debe precisar el sentido de las convenciones de acuerdo a las intenciones de quienes las concluyeron” 25 .

ComoobservaJorgeLópezSantaMaría,“elartículo1560,

más que una regla de interpretación, sirve de principio rector

a las reglas que le siguen en el Código. Su papel es superior

al de una regla de interpretación, pues consagra en Chile, por sí solo, el sistema subjetivo tradicional de interpretación de

los contratos, cuyo rasgo fundamental consiste en la búsqueda de la voluntad interna de las partes” 26 . Se han señalado los artículos 2131 (mandato) y 2347 (fianza), como excepciones a esta regla. Tan importante es el rol que se le asigna a la autonomía de la voluntad en materia de contratos (para la teoría clásica constituye su fundamento), que se entienden incorporados

a ellos las leyes vigentes al tiempo de su celebración; así lo

reconoce expresamente el artículo 22 inciso 1º de la Ley sobre el Efecto Retroactivo de las Leyes.

24 Jorge López Santa María explica que, conforme al enfoque tradicional, “el principio de la autonomía de la voluntad es una doctrina de filosofía jurídica, según la cual toda obligación reposa esencialmente sobre la voluntad de las partes. Esta es, a la vez, la fuente y la medida de los derechos y obligaciones que el contrato produce” (López Santa María, Jorge; Los contratos. Parte general; Editorial Jurídica de Chile; 1998; 2ª edición; tomo I; página 233). En opinión de Barcia Lehmann “nuestra doctrina se aferra a la denominada teoría clásica o tradicionalista, es en ella en la que se cimienta la teoría del contrato, la cual obedece al racionalismo jurídico, pero también es una reacción frente al antiguo régimen absolutista. Sin embargo, en la aplicación que se hace de la doctrina conservadora o clásica se ha dejado totalmente de lado, el que la regulación que instauraron los códigos decimonónicos fue la propia de una sociedad agraria y convulsionada, que daría origen a la industrialización. Este aspecto debe considerarse al momento de abordar la discusión, cada día más fuerte entre nosotros, de si es necesario recodificar o actualizar el Código Civil chileno. En la medida que la dogmática civil sea capaz de aplicar, reinterpretar, conforme a las nuevas o ya no tan nuevas tendencias, el Derecho de los Contratos, la supervivencia de las normas de nuestro Código Civil está garantizada. De no ser de esta forma, estaremos condenados a seguir los pasos que ya han dado el Derecho brasileño, peruano y está comenzando a dar el argentino” (Barcia Lehmann, Rodrigo; ob. cit. 19; páginas 159 y 160).

25 López Santa María, Jorge; ob. cit. 24; tomo II; página 416.

26 López Santa María, Jorge; ob. cit. 24; tomo II; página 437.

El Código Civil, como criterio general, parte de la

premisa de la igualdad entre las partes, quedando entregado el acuerdo de voluntades al libre juego de la oferta y la demanda. Incluso, esta voluntad es apta para crear contratos atípicos o innominados o de prescindir de muchas normas legales que han sido establecidas de manera supletoria.

A excepción de la buena fe, los demás principios

que informan la contratación en nuestro Código emanan del principio general de la autonomía de la voluntad: el consensualismo contractual 27 , la libertad contractual (en sus dos facetas: libertad de conclusión y libertad de configuración interna) 28 , la fuerza obligatoria de los contratos (ley del contrato) 29 y el efecto relativo de los mismos (las cosas hechas por unos, no perjudican ni aprovechan a los demás) 30 ;

27 Los contratos reales y los solemnes son excepciones al consensualismo contractual. El formalismo, en general, constituye una limitación al consensualismo. 28 Los contratos de adhesión y los contratos dirigidos constituyen limitaciones a la libertad de

configuración interna. No a la de conclusión, ya que en ambos casos las partes son libres para contratar

o no.

Tratándose de los contratos forzosos o impuestos, la libertad de conclusión desaparece. Incluso, como agrega López Santa María, “en los casos de contratos forzosos heterodoxos, en verdad se produce un quiebre total de la libertad contractual” (López Santa María, Jorge; ob. cit. 24; tomo I; página 263).

29 Tanto la lesión enorme como la teoría de la imprevisión, son excepciones a la ley del contrato. Sin embargo, cabe advertir que, según la opinión inmensamente mayoritaria, la lesión, en base a un criterio objetivo, sólo tiene cabida en aquellos pocos casos en que nuestro Código Civil la contempla en forma expresa, es decir, no es una institución de aplicación general (véase cit. 71). En sentido contrario Ducci Claro, quien estima que se trata de un “error en la magnitud de las prestaciones” (Ducci Claro, Carlos; ob. cit. 1; páginas 263 a 269).

En el caso de la teoría de la imprevisión, que tiene expresa acogida en diversos códigos civiles extranjeros, tales como el argentino, italiano y peruano, se presentan serias dudas en cuanto a si tiene cabida o no en nuestra legislación civil; incluso, dentro de los autores que se pronuncian por la afirmativa, las argumentaciones son variadas (véanse cit. 68, 69 y 72). Véase también el proyecto de ley sobre revisión judicial de los contratos por excesiva onerosidad sobreviniente de la Facultad de Derecho de la Universidad Gabriela Mistral (Parada G., César – Merino S., Francisco – Schmidt H., Claudia

– Doyharcabal C., Solange (con la colaboración de M. Pía Guzmán M.); Temas de Derecho; publicación

del Departamento de Derecho, Área de Investigación Jurídica; Universidad Gabriela Mistral; Santiago

– Chile; año V; Nº 1; 1990; páginas 17 a 57).

30 En general, parece existir acuerdo en que los contratos colectivos y la estipulación a favor de otro, en la medida que se acepte la “teoría de la adquisición directa del Derecho” (así lo hemos explicado en nuestra obra, Temas de Derecho Inmobiliario; Editorial Metropolitana; Santiago – Chile; 2006;

principios que en su concepción pura, a través del tiempo, tanto en Chile como en el extranjero, en ciertos casos han ido sufriendo algún grado de deterioro, especialmente por razones de protección a los contratantes y a los terceros, y en general, como consecuencia de una corriente que algunos denominan “moralizadora del Derecho”, la que ha atenuado en diversos aspectos la autonomía de la voluntad en pos de buscar soluciones más equitativas. René Abeliuk Manasevich, refiriéndose a la espiritualización y moralización del Derecho de las Obligaciones, señala que “ésta es una tendencia que desde Roma a nuestros días no se ha detenido, sino que antes por el contrario se ha acentuado; son numerosas las instituciones que han alcanzado su pleno desarrollo, y algunas su total aceptación, … como ser la teoría del abuso del Derecho, del enriquecimiento sin causa, la ampliación de la responsabilidad extracontractual, la imprevisión, la lesión, la causa ilícita, etc., todas las cuales tienden a moralizar el Derecho y a la búsqueda de soluciones de mayor equidad” 31 . También se puede agregar la noción francesa de la obligación natural. Por su parte, Víctor Vial del Río comenta que las críticas a la tesis del liberalismo clásico “han encontrado eco en la doctrina moderna, la cual, sin dejar de reconocer el rol

1ª edición; páginas 136 a 143), son excepciones al efecto relativo de los contratos. Nos parece que también constituye una excepción la responsabilidad, por regla general solidaria, que la Ley Nº 20.123, publicada en el Diario Oficial de 16 de octubre de 2006 (agrega un nuevo título VII, denominado “Del trabajo en régimen de subcontratación y del trabajo de empresas de servicios transitorios”, al Libro I del Código del Trabajo), impone al empresario que contrata o subcontrata obras o servicios. En efecto, la denominada “empresa principal” es solidariamente responsable de las obligaciones laborales y previsionales de dar que afecten a los contratistas o subcontratistas en favor de los trabajadores de éstos, incluidas las eventuales indemnizaciones legales que correspondan por término de la relación laboral. Además, nos parece que esta reglamentación puede producir problemas prácticos con el factoring. 31 Abeliuk Manasevich, René; Las obligaciones; Editorial Jurídica de Chile; 2005; 4ª edición; tomo I; página 28.

importante de la voluntad individual, la considera como un instrumento del bien común, como un medio al servicio del Derecho. Este nuevo concepto de la voluntad permite justificar la intervención del legislador en aquellos casos en que la voluntad individual no se conforma con el bien común o con los principios de justicia considerados esenciales” 32 . Ello ha justificado que desde hace tiempo se venga advirtiendo una tendencia a la pluralidad de regulaciones en el Derecho Privado. En todo caso, la autonomía de la voluntad por ningún motivo ha perdido su fundamental importancia o se encuentra en un proceso de franco deterioro, ya que como afirma Ducci Claro “siempre ha tenido límites, precisamente porque el Derecho es un freno natural a la libertad individual en garantía a la libertad de todos. Estos límites no significan el desaparecimiento de la libertad” 33 . Fuera de las normas citadas, hay muchas otras que ponen de manifiesto el rol fundamental que el Código Civil atribuye al principio de la autonomía de la voluntad, tanto en el ámbito contractual como fuera de él; así, por ejemplo:

A) El artículo 1437 que, al señalar las fuentes de las

obligaciones 34 , dispone que “las obligaciones nacen, ya del

concurso real de las voluntades de dos o más personas, como en los contratos o convenciones”.

32 Vial del Río, Víctor; ob. cit. 18; página 61.

33 Ducci Claro, Carlos; ob. cit. 1; página 25.

34 Conforme a la concepción tradicional, recogida por nuestro Código Civil (artículos 578, 1437 y 2284), las fuentes de las obligaciones son el contrato, el cuasicontrato, el delito, el cuasidelito y la ley. A este respecto Abeliuk Manasevich expresa que “la enumeración que efectúa el Código es evidentemente taxativa, y por ello se ha fallado que en nuestra legislación no existen otras fuentes de las obligaciones que las enumeradas, de manera que cualquiera figura jurídica que las genere hay que encuadrarla forzosamente en alguna de dichas categorías” (Abeliuk Manasevich, René; ob. cit. 31; tomo I; página

47).

Esta norma, al igual que el artículo 1438, hace sinónimos los términos “convención” y “contrato”, lo que ha sido tradicionalmente criticado por nuestra doctrina y jurisprudencia, señalándose que entre ellos lo que hay es una relación de género a especie. Tal crítica no es compartida por Patricio Carvajal R., quien afirma que es “un problema relativo a la evolución de las fuentes de las obligaciones. Y se aprecia mejor a través de la distribución geográfica de las materias en el Code y en nuestro Código Civil, incluidos los proyectos”. “A partir de estas comparaciones resulta claro que nuestro Código, siguiendo el francés, utiliza el concepto de “convención” como criterio de clasificación de las distintas fuentes de las obligaciones; por un lado se encuentra el “contrato”, designado a estos efectos como “convención”, y del otro los cuasicontratos, delitos, cuasidelitos y la ley, bajo la común consideración de que se trata de fuentes “no contractuales” o, lo mismo para estos efectos, “no convencionales”. Es decir, en materia de designación de las fuentes de las obligaciones “convención” funciona como concepto delimitador, adoptando la acepción más restringida de “contrato”. “En suma, tal como ocurre con otros términos jurídicos, el valor de la palabra “convención” depende del contexto en que se utilice: por una parte, nuestro Código, como el francés, hace uso de la acepción equivalente a “contrato” cuando se contrapone a las fuentes “no convencionales” de las obligaciones; y, por otra, cuando se contrapone a “contrato” significa, según una acepción más moderna que la anterior, “acto jurídico bilateral”. Juzgar el contenido de los arts. 1437 y 1438 como un “error” o una “confusión”, bajo la sola perspectiva de una doctrina desarrollada, especialmente en el

ámbito de la legislación, con posterioridad, pareciera constituir un anacronismo” 35 .

B) El artículo 1445 que exige, entre los requisitos para

que una persona se obligue a otra por un acto o declaración de voluntad, que se consienta en él y que el consentimiento no adolezca de vicio. Y conforme al artículo 1451, “los vicios de que puede adolecer el consentimiento, son error, fuerza y

dolo”.

C)

El artículo 1545 que prescribe que “todo contrato

legalmente celebrado es una ley para los contratantes, y no puede ser invalidado sino por su consentimiento mutuo o por causas legales” (ley del contrato); norma que se basa en el principio romano “pacta sunt servanda”, es decir, lo pactado

obliga.

Quienes sostienen que la teoría de la imprevisión no tiene acogida en nuestro Código Civil, precisamente, señalan que ella choca irremediablemente con lo prescrito en el artículo 1545, no pudiendo quedar comprendida dentro de la expresión “causas legales”. También parece chocar con lo dispuesto en el artículo 1569 inciso 1º: “El pago se hará bajo todos respectos en conformidad al tenor de la obligación; sin perjuicio de lo que en casos especiales dispongan las leyes”. Y en su inciso 2º, a mayor abundamiento, se agrega: “El acreedor no podrá ser obligado a recibir otra cosa que lo que se le deba ni aun a pretexto de ser de igual o mayor valor la ofrecida”.

35 Carvajal R., Patricio Ignacio; Contrato y convención. Las fuentes de las obligaciones en el Código Civil; La Semana Jurídica Nº 290; LexisNexis; Santiago – Chile; semana del 29 de mayo al 4 de junio de 2006; páginas 8 y 9.

Interpretándose a contrario sensu este último inciso, las partes contratantes, en virtud de la autonomía de la voluntad, pueden convenir que se extinga una obligación pagando el deudor con una cosa distinta a la debida, la que puede ser de igual, mayor o menor valor (es lo que se denomina “dación en pago”). El artículo 2382, ubicado en la fianza, faculta al acreedor para aceptar voluntariamente del deudor principal, en descargo de la deuda, un objeto distinto del que este deudor estaba obligado a darle en pago. Actualmente, el artículo 1792- 22, a propósito del crédito de participación en los gananciales, reconoce expresamente la posibilidad de convenir daciones en pago.

D) Los artículos 1547 inciso 4º y 1558 inciso 3º, que permiten

estipular cláusulas modificatorias de la responsibilidad civil.

E) El artículo 1567 inciso 1º que, en armonía con lo

dispuesto en el artículo 1545, se refiere al modo de extinguir las obligaciones, mediante un acuerdo de voluntades,

denominado “resciliación” o “mutuo disenso”.

F) El artículo 728 que, además de permitir la cancelación

de la posesión inscrita por decreto judicial, la permite por voluntad de las partes o por una nueva inscripción en que el poseedor inscrito transfiere su Derecho a otro.

G) El artículo 1069 que, para los efectos de interpretar las

disposiciones testamentarias, hace prevalecer la voluntad del

testador, claramente manifestada, con tal que no se oponga

a los requisitos o prohibiciones legales. En su inciso 2º se

agrega: “Para conocer la voluntad del testador se estará más a

la substancia de las disposiciones que a las palabras de que se

haya servido”.

En todo caso, tal como lo insinúa su inciso 1º, cabe advertir que en nuestro país la libertad para testar es relativa (se sabe que don Andrés Bello, inspirado en el Derecho Anglosajón, era partidario de la libertad absoluta para testar, pero estimó que las costumbres de la época no lo hacían viable), ya que el testador se encuentra en la obligación de respetar las denominadas “asignaciones forzosas” que, según

el

artículo 1167, “son las que el testador es obligado a hacer,

y

que se suplen cuando no las ha hecho, aun con perjuicio

de sus disposiciones testamentarias expresas”. Ellas son,

según la misma norma citada, los alimentos que se deben

por ley a ciertas personas 36 ; las legítimas (según el inciso 1º del artículo 1182, son legitimarios: los hijos, personalmente o representados; los ascendientes; y el cónyuge sobreviviente);

y la cuarta de mejoras en la sucesión de los descendientes, de

los ascendientes y del cónyuge. Contrariamente a lo que ha sido la tendencia mundial, a través de sucesivas reformas sucesorias, el legislador ha ido limitando cada vez más la libertad de testar en nuestro país (bajo ciertos supuestos, queda reducida a la cuarta parte de los bienes del causante, es decir, a la cuarta de libre disposición), especialmente vía el aumento de los asignatarios de cuarta

de mejoras 37 . A ello se debe sumar la hiperprotección que la Ley Nº 19.585 ha otorgado al cónyuge sobreviviente: fuera de eliminarse la porción conyugal e incorporársele como heredero abinstestato y legitimario, se le aseguró una porción

36 En estricto rigor los alimentos forzosos no son una asignación forzosa, por cuanto constituyen una baja general de la herencia que se deduce del acervo ilíquido (artículo 959 nº 4).

37 La Ley Nº 10.271 (Diario Oficial de 2 de abril de 1952) agregó como asignatarios de cuarta de mejoras a los hijos naturales y a su descendencia legítima (a partir de la Ley Nº 19.585 no existe la clasificación entre hijos legítimos e ilegítimos), la Ley Nº 18.802 (Diario Oficial de 9 de junio de 1989) al cónyuge sobreviviente y la Ley Nº 19.585 (Diario Oficial de 26 de octubre de 1998) a los ascendientes.

no inferior a la cuarta parte de la herencia o de la mitad legitimaria, según el caso (artículos 988 incisos 2º y 3º, y 1183), y se le otorgó un derecho de preferencia para adjudicarse, con cargo a sus derechos hereditarios, la propiedad del inmueble en que resida y que sea o haya sido la vivienda principal de la familia, así como del mobiliario que lo guarnece (artículos 1317 regla 10ª y 1318 inciso 2º). Loanteriormenteexpuestoconstituyeunademostración evidente de que en nuestro país el Derecho Sucesorio es una proyección económica del Derecho de Familia. Precisamente, en el ámbito del Derecho de Familia la autonomía de la voluntad se encuentra más disminuida; hay una clara preeminencia de normas imperativas, a diferencia de lo que ocurre en el Derecho Patrimonial propiamente tal, donde la mayoría de sus normas son permisivas. Por regla general, sus normas son de orden público, es decir, es la ley la que confiere la facultad, impone la obligación y determina sus efectos. El Derecho de Familia presenta una serie de características 38 que le son propias y que, fundamentalmente, son consecuencia de su gran contenido ético y de los intereses sociales directamente involucrados en él.

En todo caso, ello tampoco significa que la autonomía de la voluntad no tenga importancia en el Derecho de Familia. Basta pensar, por ejemplo, en el matrimonio en que, a pesar de que su estatuto se encuentra fijado en términos imperativos por el legislador, es fundamental el consentimiento libre y espontáneo de los contrayentes (artículos 4 y 8 de la Nueva Ley de Matrimonio Civil); o en la protección, a partir de la

38 Pueden consultarse las características del Derecho de Familia, por ejemplo, en nuestra obra Derecho de Familia y su evolución en el Código Civil; ob. cit. 10; páginas 25 a 30.

Ley Nº 19.585, de la autonomía progresiva del menor (interés superior del menor), o en las convenciones probatorias en los juicios de familia (artículo 30 de la Ley Nº 19.968, publicada en el Diario Oficial de 30 de agosto de 2004 39 ).

H) Los artículos 1226 y siguientes que, al reglamentar la

aceptación y repudiación de las asignaciones hereditarias, reconocen el principio de que nadie puede adquirir derechos contra su voluntad.

En cuanto a las limitaciones a la autonomía privada, el mismo Código Civil se ha encargado de indicarlas en diversos

artículos (así, por ejemplo, en los artículos 12, 548, 582, 880, 1069, 1126, 1445, 1461, 1466, 1467, 1475, 1661, 1717, 1810 y

2173); ellas son:

A) La ley.

La limitación legal “se presenta en dos aspectos: uno es que el acto voluntario no puede transgredir la ley; el otro, que dicho acto no puede hacer dejación de aquellos derechos que

la ley declara irrenunciables” 40 (por ejemplo, artículos 149, 334, 1465, 1469, 1615, 1792 - 20, 2397 y 2494). En el tráfico contractual contemporáneo es usual que los acuerdos sólo recaigan en aspectos esenciales de ciertos contratos, de forma tal que sus efectos en gran medida

39 Artículo 30 de la Ley Nº 19.968: “Durante la audiencia preparatoria, las partes podrán solicitar, en conjunto, al juez de familia que dé por acreditados ciertos hechos, que no podrán ser discutidos en la audiencia de juicio. El juez de familia podrá formular proposiciones a las partes sobre la materia, teniendo para ello a la vista las argumentaciones de hecho contenidas en la demanda y en la contestación. El juez aprobará sólo aquellas convenciones probatorias que no sean contrarias a Derecho, teniendo particularmente en vista los intereses de los niños, niñas o adolescentes involucrados en el conflicto. Asimismo, el juez verificará que el consentimiento ha sido prestado en forma libre y voluntaria, con pleno conocimiento de los efectos de la convención”.

40 Ducci Claro, Carlos; ob. cit. 1; página 26.

están determinados por la ley y la buena fe. “Es el caso, por ejemplo de los contratos que se convienen mediante un mero comportamiento social típico, como subir a un microbús o comprar en el supermercado; o que están sujetos a condiciones generales de contratación, propuestas por la parte que hace una oferta contractual general y estandarizada. A ello se agregó cíclicamente durante el siglo pasado una tendencia a

la regulación administrativa del contrato” 41 .

Asimismo, tal como ya se indicó, desde hace tiempo se viene advirtiendo una tendencia a la pluralidad de regulaciones en el Derecho Privado, lo que ha afectado los principios que influyeron en la codificación y en especial, al de la autonomía de la voluntad. Ello se aprecia con particular nitidez en el ámbito contractual, ya que, tanto en Chile como en el extranjero, se ha venido dictando diversa legislación especial que, según se ha dicho por la doctrina, “desdibuja la teoría general del contrato” 42 , al menos, en su concepción

tradicional. Así, por ejemplo, se puede citar la Ley que establece normas para las operaciones de crédito y otras obligaciones de dinero que indica (Ley Nº 18.010, publicada en el Diario Oficial de 27 de junio de 1981), la Ley sobre protección de los derechos del consumidor (Ley Nº 19.496, publicada en el Diario Oficial de 7 de marzo de 1997) y la legislación sobre libre competencia (D.F.L. Nº 1, del Ministerio de Economía, Fomento y Reconstrucción, publicado en el Diario Oficial de 7 de marzo de 2005, que fijó el texto refundido, coordinado

y sistematizado del D.L. Nº 211, de 1973; y la Ley Nº 19.911

publicada en el Diario Oficial de 14 de noviembre de 2003, que

41 Barros Bourie, Enrique; Tratado de la responsabilidad extracontractual; Editorial Jurídica de Chile; 2006; 1ª edición; páginas 20 y 21. El tema de las condiciones generales se encuentra muy vinculado al surgimiento del fenómeno de la contratación en masa (consecuencia de la producción en masa).

42 Así, por ejemplo, lo hace presente Rodrigo Barcia Lehmann (Barcia Lehmann, Rodrigo; ob. cit. 19; páginas 160 y 161), quien cita a Mauricio Tapia Rodríguez.

creó el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia).

B) El orden público.

“Tradicional en nuestra doctrina es la definición que proviene de la jurisprudencia: el orden público es la organización considerada como necesaria para el buen funcionamiento de la sociedad” 43 . Ducci Claro comenta que “el orden público nunca ha sido objeto de una definición precisa: se ha hablado “del arreglo de las personas y cosas dentro de la sociedad”, pero sin duda tiene un concepto mucho más exacto y significa lo que está conforme a ese espíritu general de la legislación a que se refiere el art. 24 del Código Civil. Desde este punto de vista, engloba los principios generales que resultan de la moderna legislación económica” 44 .

C) Las buenas costumbres.

“En general, llámase buenas costumbres los comportamientos habituales y comunes de los miembros de una sociedad que se ajustan a la moral imperante en ésta” 45 .

“Corresponden a aquellos usos y costumbres que la sociedad considera en un momento dado como normas básicas de convivencia social. No se trata de usos cuya observancia esté penada por la ley, porque entonces nos encontramos en presencia de una infracción legal. Constituye un concepto difícil de precisar y que cambia de una sociedad a otra y en una misma sociedad con el transcurso del tiempo” 46 .

43 Vial del Río, Víctor; ob. cit. 18; página 60.

44 Ducci Claro, Carlos; ob. cit. 1; página 27. 45 Vodanovic H., Antonio; Derecho Civil. Parte preliminar y parte general. Explicaciones basadas en las versiones de clases de los profesores de la Universidad de Chile Arturo Alessandri R. y Manuel Somarriva U., redactadas, ampliadas y actualizadas por Antonio Vodanovic H.; Ediar Conosur Ltda.; Santiago - Chile; 1990; 5ª edición; tomo I; página 55.

46 Ducci Claro; Carlos; ob. cit. nº 1; página 27.

El concepto de buenas costumbres, por ejemplo, ha pasado a tener gran importancia en la reciente legislación que

regula la competencia desleal (Ley Nº 20.169 publicada en el Diario Oficial de 16 de febrero de 2007), según se aprecia en la definición general contenida en su artículo 3º: “En general, es acto de competencia desleal toda conducta contraria a la buena

fe o a las buenas costumbres que, por medios ilegítimos, persiga

desviar clientela de un agente del mercado”. A continuación, en su artículo 4º, se señalan de manera no taxativa una serie de actos de competencia desleal, consistentes en actos de confusión, engaño, denigración, publicidad comparativa,

inducción al incumplimiento de contratos y abuso de acciones judiciales.

D) Los derechos de terceros.

Se trata de la protección de los derechos legítimos de los terceros. “Generalmente la legitimidad o ilegitimidad de los derechos de un tercero depende de si está o no de buena fe, lo que corresponde a si ignora o sabe la situación antijurídica

que puede desenvolverse en su contra” 47 .

V.- La libre circulación de los bienes

Nuestro Código, siguiendo las ideas postuladas en la Revolución Francesa y recepcionadas por el Código Napoleónico, consagra la propiedad individual, como nos dice

Pescio Vargas, “libre de todas las trabas del régimen feudal y

a salvo de cargas que tendiesen a su inmovilización en unas

mismas manos” 48 ; libertad que está recogida en su propia definición: “El dominio (que se llama también propiedad) es

47 Ducci Claro, Carlos; ob. cit. 1; página 28.

48 Pescio Vargas, Victorio; ob. cit. 1; tomo I; página 84.

el Derecho real en una cosa corporal, para gozar y disponer de ella arbitrariamente, no siendo contra ley o contra Derecho ajeno” (artículo 582 inciso 1º). Cabe recordar que bajo el sistema de propiedad feudal, el que se mantuvo formalmente hasta fines del siglo XVIII, se observa una estructura compleja de la propiedad, llegándose a distinguir entre el “dominio directo” del “señor” y el “dominio útil” del “vasallo” o “tenanciero”. Por otra parte, durante la Edad Media se desarrollaron las sustituciones fideicomisarias bajo la forma de “vinculaciones” o “vínculos” (mayorazgos, obras pías y capellanías), las que impedían la libre circulación de los bienes, motivo por el cual también comenzaron a ser eliminadas a partir de la Revolución Francesa. Sin embargo, “mientras rigió la antigua legislación española, los fideicomisos y las vinculaciones tuvieron plena eficacia en Chile” 49 . El principio en estudio se encuentra expresamente reconocido en distintos pasajes del Mensaje del Código Civil: “En general, se ha disminuido el tiempo de la posesión provisoria de los bienes del desaparecido. Las posesiones provisorias embarazan la circulación y mejora de los bienes y no deben durar más que lo necesario para proteger racionalmente los derechos privados que puedan hallarse en conflicto con los intereses generales de la sociedad”. En otro párrafo se consigna lo siguiente: “Consérvase, pues, la sustitución fideicomisaria en este proyecto, aunque abolida en varios códigos modernos. Se ha reconocido en ella una emanación del Derecho de propiedad, pues todo

49 Vodanovic H., Antonio; Tratado de los derechos reales. Bienes; Explicaciones basadas en las versiones de clases de los profesores de la Universidad de Chile Arturo Alessandri R. y Manuel Somarriva U., redactadas, ampliadas y actualizadas por Antonio Vodanovic H.; Editorial Jurídica de Chile; reimpresión del mes de enero de 2005; 6ª edición; tomo II; página 91.

propietario parece tenerlo para imponer a sus liberalidades las limitaciones y condiciones que quiera. Pero admitido en

toda su extensión este principio, pugnaría con el interés social, ya embarazando la circulación de los bienes, ya amortiguando aquella solicitud en conservarlos y mejorarlos, que tiene su más poderoso estímulo en la esperanza de un goce perpetuo, sin trabas, sin responsabilidades, y con la facultad de transferirlos libremente entre vivos y por causa de muerte; se admite, pues,

el fideicomiso, pero se prohiben las substituciones graduales,

aun cuando no sean perpetuas; excepto bajo la forma de censo,

en el que se ha comprendido por consiguiente todo lo relativo

al orden en las vinculaciones”.

En el párrafo siguiente al anterior se agrega: “Es una regla fundamental en este proyecto la que prohíbe dos o más usufructos o fideicomisos sucesivos; porque unos y otros

embarazan la circulación y entibian el espíritu de conservación

y mejora, que da vida y movimiento a la industria. Otra

que tiende al mismo fin es la que limita la duración de las condiciones suspensivas y resolutorias, que en general se reputan fallidas si tardan más de treinta años en cumplirse” 50 .

50 Cabe recordar que en virtud de la Ley Nº 6.162 de 1938, los plazos máximos del Código Civil quedaron en quince años y, luego, como consecuencia de la Ley Nº 16.952 de 1968, se acortaron a diez años. Lo señalado en el Mensaje, sumado a lo dispuesto en el inciso 3º del artículo 962 (asignaciones condicionales), nos permite concluir que la indeterminación de las condiciones no puede exceder de diez años. Sin embargo, cabe recordar que hay quienes han estimado que, en base a lo expresado en el Mensaje y a lo señalado en el inciso 1º del artículo 739 (fideicomiso), el plazo máximo para que las condiciones se reputen fallidas es de cinco años. La aplicación de esta norma tenía gran validez hasta la dictación de la Ley Nº16.952, que rebajó el plazo establecido en ella de quince a cinco años. Pensamos que actualmente la aplicación extensiva de dicha norma a otros casos iría en contra del sistema general del Código Civil. Un fallo de la Corte de Apelaciones de Antofagasta, de 8 de enero de 2007, ha sostenido que “no cabe sostener la aplicación analógica de la norma contenida en el artículo 739 del Código Civil, dado el carácter excepcional de la misma, justificado en el Mensaje del referido cuerpo legal, por tratarse de una institución – fideicomiso – que traba la libre circulación de los bienes”. Luego agrega que “se trata entonces de una condición suspensiva indeterminada y conforme a lo prescrito en los artículos 1483 y 1484 del Código Civil, su cumplimiento debe ser literal y realizarse de la manera más racional entendida por éstas” (Jurisprudencia al día; año II – N° 42; LexisNexis; Santiago – Chile; semana del 15 al 21 de enero de 2007; página 532; N° ID LexisNexis: 35742).

Estas ideas se encuentran recogidas en los artículos 739, 745, 769 y 962. Otra norma del Código Civil que se fundamenta en este principio es el artículo 1317, el que, en su inciso 1º establece la imprescriptibilidad de la acción de partición y, en su inciso 2º, limita la duración de los pactos de indivisión hasta cinco años, sin perjuicio de que pueden renovarse. En su inciso 3º se dispone excepcionalmente que “las disposiciones precedentes no se extienden a los lagos de dominio privado, ni a los derechos de servidumbre, ni a las cosas que la ley manda mantener indivisas, como la propiedad fiduciaria”. Es fácil advertir que se trata de un principio íntimamente ligado al principio de la autonomía privada (sin duda, ambos

tienen por sustento la propiedad individual), por lo que todo aquello que afecte a la libre circulación de los bienes se traducirá en una limitación a la autonomía de la voluntad. Sin embargo, en algunos casos, el propio principio en estudio puede llegar

a limitar la autonomía privada, tal como ocurre, por ejemplo,

con la señalada limitación legal de los comuneros para fijar la duración del pacto de indivisión; pero también puede suceder

a la inversa, tal como ocurre con las denominadas “cláusulas

de no enajenar”, que constituyen una limitación voluntaria a la libre circulación de los bienes. Doctrinariamente, se han planteado dudas en torno a la validez de la prohibición voluntaria de enajenar. Ello no resulta extraño, por cuanto el Código Civil no resuelve el problema, ya que sólo contiene algunas normas dispersas que le reconocen validez (artículos 751 inciso 2º: propiedad fiduciaria, 793 inciso 3º: usufructo, 1126: legados, 1204: cuarta de mejoras y 1432 nº 1: donaciones entre vivos) y otras que

no (artículos 1964: arrendamiento, 2031: censo, 2279 inciso 2º:

censo vitalicio y 2415: hipoteca). En cambio, el artículo 53 nº 3 del Reglamento del Registro Conservatorio de Bienes Raíces,

al posibilitar la inscripción de todo impedimento o prohibición

convencional referente a inmuebles, nos da un buen argumento de texto para aceptar su validez. Tal como lo hemos expresado en alguna otra oportunidad, nosotros seguimos el criterio de su validez relativa 51 .

El principio en estudio también puede estar limitado, temporal o definitivamente, por disposición de la ley o en virtud de una resolución judicial. Un ejemplo de limitación

legal lo constituyen los derechos personalísimos, como el uso

y la habitación (artículo 819 en relación con el artículo 1464

nº 2), y de limitación por vía judicial, las cosas embargadas

y las especies cuya propiedad se litiga (artículo 1464 nº 3 en

relación con el artículo 453 del Código de Procedimiento Civil

y artículo 1464 nº 4 en relación con los artículos 296 y 297 del

Código de Procedimiento Civil). La concepción tradicional de propiedad, tal como lo

comenta Daniel Peñailillo Arévalo, “no sólo se ha caracterizado por imponer escasas limitaciones a la propiedad, sino también por ostentar una regulación uniforme, con normas aplicables a

la generalidad de los bienes, cualquiera que sea su naturaleza,

abundancia o calidad” 52 . Sin embargo, con el tiempo y siendo muchas y diversas las funciones o utilidades que prestan las cosas, se han ido conformando distintos estatutos legales para

51 Así lo hemos sostenido en nuestra obra Estudio de títulos de inmuebles; Editorial Metropolitana; Santiago-Chile; 2002; 1ª edición; páginas 223 a 226. Recientemente hemos vuelto a escribir sobre “la cláusula de no enajenar” en nuestra obra Temas de Derecho Inmobiliario; ob. cit. 30; páginas 55 a 68.

52 Peñailillo Arévalo, Daniel; Manual de los bienes. La propiedad y otros derechos reales; Editorial Jurídica de Chile; 4ª edición; 2006; página 59.

distintas categorías de bienes, “que van debilitando la noción unitaria de propiedad, atomizándola. Y por este camino han ido apareciendo las llamadas “formas de propiedad” 53 . Esta regulación específica no sólo se ha traducido en el surgimiento de estatutos particulares para determinadas formas de propiedad, rigiendo las normas comunes supletoriamente, sino en el establecimiento de limitaciones a la propiedad privada y que, entre otros aspectos, afectan su libre disposición.

VI.- La buena fe

Fernando Fueyo Laneri, refiriéndose a este principio general, expresa que “si nos atenemos simplemente a la noción de Derecho, al deber general de obrar con arreglo a la corrección, a la tutela plena que el ordenamiento jurídico brinda a toda clase de derechos patrimoniales o extrapatrimoniales, a la moral como ciencia y arte de lo bueno y lo malo, y a tantos otros valores de alto nivel, pronto comprenderemos que el principio general de la buena fe está involucrado y penetra el ordenamiento jurídico de cualquier nación. …, en caso alguno haría falta – como cosa de la esencia – una consagración explícita en una norma positiva” 54 . Al mismo autor, conforme a los postulados de la concepción unitaria de la buena fe, le “parece que hay una sola figura cuyo nombre es la buena fe y que tiene por ideas opuestas la mala fe, el dolo, el engaño, el fraude, la infidelidad, la mala intención, la malicia, la violencia, términos que también emplea nuestro Código Civil para expresar lo contrario a la

53 Peñailillo Arévalo, Daniel; ob. cit. 52; página 45.

54 Fueyo Laneri, Fernando; Instituciones de Derecho Civil moderno; Editorial Jurídica de Chile; 1990; 1ª edición; páginas 144 y 145.

buena fe” 55 . Si bien es cierto que el principio general de la buena fe es uno solo y que, en términos amplios comprende los valores de la honradez, rectitud, corrección y lealtad; no es menos cierto que en nuestro Código, tal como se ha enseñado tradicionalmente en la cátedra de Derecho Civil, la buena fe puede ser enfocada desde dos perspectivas diferentes, lo que se traduce en efectos jurídicos distintos e, incluso, en una manera diversa de determinarla:

A) Desde un punto de vista subjetivo, es decir, como la

creencia de un sujeto de encontrarse en una situación jurídica lícita (buena fe subjetiva o creencia). Se trata de una cuestión de conciencia, de convicción íntima y que, en definitiva, opera jurídicamente justificando un error (debe tratarse de un error

legítimo o excusable, es decir, no atribuible a negligencia del sujeto). “Aparece como una actitud mental, actitud que consiste en ignorar que se perjudica un interés ajeno o no tener conciencia de obrar contra Derecho, de tener un comportamiento contrario a él” 56 . Dado que se trata de un hecho psicológico, debe apreciarse en concreto, es decir, a través de la búsqueda de la convicción íntima del respectivo sujeto, lo que, evidentemente,

55 Fueyo Laneri, Fernando; ob. cit. 54; pág. 147. Son numerosas las normas del Código Civil que sancionan conductas contrarias a la buena fe; así, por ejemplo, los artículos 94 regla 6ª (presunción de muerte por desaparecimiento); 143 inciso 2º (bienes familiares); 155 inciso 1º (separación de bienes); 219 (acciones de impugnación de filiación); 328 (alimentos que se deben por ley); 426 inciso 3º (administración de tutores y curadores relativamente a los bienes); 658, 662 inciso 2º y 663 inciso 1º(accesión de una cosa mueble a otra); 897, 906 inciso 1º, 907 incisos 1º y 2º, y 910 (acción reivindicatoria); 927 inciso 2º (acciones posesorias); 1456 inciso 1º (fuerza); 1458 (dolo); 1468 (pago por un objeto o causa ilícita a sabiendas); 1558 (perjuicios); 1683 (nulidad absoluta); 1768 (disolución de la sociedad conyugal y partición de gananciales); 1792-18 (régimen de participación en los gananciales); 1814 inciso 3º, 1842, 1859 y 1861(compraventa); 2317 (delitos y cuasidelitos); y 2468 (acción paulina o revocatoria).

56 Ducci Claro, Carlos; ob. cit. 1; página 29.

en muchas ocasiones no será nada de fácil. El Código Civil, cuando define en el artículo 706 inciso 1º la buena fe en materia posesoria, claramente se está refiriendo a la buena fe subjetiva: “La buena fe es la conciencia de haberse adquirido el dominio de la cosa por medios legítimos, exentos de fraude y de todo otro vicio”. Por su parte, el artículo 707 del Código Civil prescribe que la buena fe se presume, excepto en los casos en que la ley establece la presunción contraria, debiendo probarse la mala fe en todos los otros casos; regla que si bien es cierto está ubicada dentro de las normas de la posesión, dado sus términos amplios y el principio que establece, debe entenderse que es de aplicación general. Obedece a las más elementales reglas de convivencia social el que la buena fe se presuma, salvo que la ley expresamente establezca lo contrario. Dentro de las escasas presunciones de mala fe que podemos encontrar en el Código Civil, está la del inciso final del artículo 706, según el cual el error en materia de Derecho constituye una presunción de mala fe, que no admite prueba en contrario. Dado el carácter excepcional de esta regla, pensamos que sólo es aplicable en el ámbito posesorio. Son numerosos los artículos del Códigos Civil que utilizan la expresión buena fe en su aspecto subjetivo: 94 regla 5ª (presunción de muerte por desaparecimiento); 122 inciso 1º (matrimonio putativo), sustituido por la Nueva Ley de Matrimonio Civil y actualmente regulado en el artículo 51 de esta ley 57 ; 646 inciso 1º (accesión de frutos); 669 inciso

57 El inciso 1º del sustituido artículo 122 y el inciso 1º del artículo 51 de la Nueva Ley de Matrimonio Civil, dentro de los requisitos del matrimonio putativo, exigen “buena fe” y “justa causa de error”. La verdad es que cuesta bastante poder diferenciar ambos requisitos, ya que si no hay justa causa de error, en estricto rigor, no puede haber buena fe. Una explicación posible podría ser que el legislador incluyó la expresión “justa causa de error” para dejar en claro, al menos en esta materia, que es excusable no sólo un justo error de hecho, sino también uno de Derecho.

1º (accesión de cosas muebles a inmuebles); 702 inciso 2º (posesión); 900 inciso 4º, 906 inciso 2º, 907 inciso 3º, 909 incisos 1º y 4º, 911 inciso 1º y 913 (acción reivindicatoria); 976 (acción de indignidad); 1267 y 1268 inciso 2º (acción de petición de herencia y otras acciones de los herederos); 1455 inciso 2º (error en la persona); 1490 (obligaciones condicionales); 1575 inciso 3º y 1576 inciso 2º (pago en general); 1626 nº 6 (pago con beneficio de competencia); 1687 inciso 2º (nulidad y rescisión); 1739 inciso 5º (sociedad conyugal); 1814 inciso 3º

y 1853 (compraventa); 1913 inciso 3º nº 3 (cesión de derechos

litigiosos); 1916 inciso 2º y 1925 inciso 2º (arrendamiento); 2058, 2070 inciso 3º y 2089 (sociedad); 2122 y 2173 incisos 1º y 2º (mandato); 2202 inciso 2º (mutuo); 2301 inciso 1º, 2302 inciso 1º y 2303 inciso 1º (pago de lo no debido); 2339 (fianza); 2406 inciso 3º (prenda); y 2510 regla 2ª (prescripción adquisitiva extraordinaria).

Un tema que en la literatura extranjera es abundante

y muy escaso en la nuestra 58 , y que se relaciona directamente

con el aspecto subjetivo de la buena fe, es el de la teoría de la apariencia, la que “puede enunciarse como el principio en virtud del cual quien actúa guiándose por las situaciones que contempla a su alrededor, debe ser protegido si posteriormente se pretende que esas situaciones no existen o tienen características distintas” 59 .

58 Peñailillo Arévalo (Peñailillo Arévalo, Daniel; “La protección de la apariencia en el Derecho Civil”, en Estudios sobre reformas al Código Civil y Comercio. Segunda parte; Fundación Fernando Fueyo Laneri; Editorial Jurídica de Chile; 2002; 1ª edición; página 389) hace presente que existen dos trabajos que han permanecido poco difundidos: las memorias de prueba de don Lisandro Cruz Ponce, titulada “La apariencia y el Derecho” (Imprenta Cultura; Santiago – Chile, 1936); y de don Raúl Alvarez Cruz, titulada “Teoría integral de la apariencia” y publicada sólo parcialmente (Editorial Universitaria; Santiago – Chile; 1962).

59 Peñailillo Arévalo, Daniel; ob. cit. 58, página 390.