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Lunes VII de Pascua Firmes en la fe

Lecturas: Hech 19, 1-8; Sal 67; Jn 16, 29-33

El texto de hoy es un testimonio precioso del origen del sacramento de la Confirmación. Efectivamente, se nos dice que tras encontrarse San Pablo con un grupo de discípulos que aún no habían recibido el bautismo cristiano, Pablo va a bautizar a estos discípulos que sólo habían recibido un bautismo de conversión, el que realizaba Juan Bautista en el Jordán, como precursor del bautismo cristiano, iniciado en Pentecostés. Al descubrir la necesidad de recibirlo, nos dice el texto que “se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar”. La experiencia de los apóstoles era doble: el don del Espíritu Santo se transmitía tanto por el bautismo como por el gesto de la imposición de manos. Con el paso del tiempo, se entendió que el bautismo es la aceptación de la fe, de Jesucristo y todo su Evangelio, por eso se bautizaba en el “nombre del Señor Jesús” y que, una vez recibida la fe, la manifestación del Espíritu aquí descrita como en Pentecostés, es decir, “hablar en lenguas y profetizar”, era el efecto directo de la imposición de manos. De este modo, la Tradición de la Iglesia consigna dos sacramentos para la transmisión de la fe que tienen un matiz diferenciador: si en el bautismo se recibe ésta en orden a la salvación, y es absolutamente necesario, de tal manera que sin él no se recibe el Espíritu, y por ende, el perdón de los pecados, en un segundo momento, los efectos “misioneros” o fortalecedores, los efectos “externos” de esta fe recibida son potenciados por la imposición de manos. La Tradición ha identificado también estos efectos del sacramento llamándolos “dones del Espíritu Santo”, que son los siguientes, según el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1831), basados en un texto del profeta Isaías (11, 1-2): sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Se definen como “disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo” (n. 1830). La Confirmación es uno de los sacramentos de la iniciación cristiana, y como podemos observar, secunda al Bautismo y su lugar sería antes de la Eucaristía. La praxis occidental del rito latino ha ido variando a lo largo de los siglos, mas en Oriente siempre se confiere al mismo tiempo que el Bautismo. En nuestra iglesia ha llegado a posponerse hasta después de la primera comunión, y en muchos casos ya no se recibe. El error de fondo está en el sentido moderno que ha querido darse al sacramento como una “confirmación” de la fe cuando uno es joven, como si la fe, don de Dios siempre inmerecido, que no es un objeto cualquiera que puede perderse o administrarse como si fuera un saco de monedas guardado en un cajón, necesitara por parte nuestra “permiso” para quedarse o irse. El error parte del cambio de significado de la palabra “confirmar”, -cosa que no pasa en Oriente porque allí el sacramento se llama “sfragis”, esto es, “sello”, “marca” en el cristiano de que es propiedad pública de Cristo y morada de su Espíritu, escudo protector frente a los peligros-, pues con-firm-atio significa “hacer firme, fuerte, poderoso” lo que es débil y frágil, como lo es un niño pequeño o un bebé. Cuando el niño crece debe fortalecerse no sólo su cuerpo, que experimenta multitud de cambios, sino también el espíritu, el corazón, la fe que debe crecer para no quedar diluida, escondida e inoperante. Así, los padres deberían empeñarse mucho más en que sus hijos sean confirmados, pues les hacen crecer en

conocimientos académicos, en idiomas, en deportes, pero los dejan anémicos del Espíritu, al borde de la muerte espiritual, al posponer sine die la Confirmación, como si ésta fuera decisión exclusiva del adolescente, que como su nombre dice, adolece de muchas cosas, y una de ellas es de un juicio claro y sopesado de la necesidad del sacramento. Una vez pasada en España la moda de confirmarse como un rito de paso de la adolescencia a la juventud, con el daño casi irreparable que ha hecho a este moribundo sacramento su “éxito” entre los adolescentes de las décadas pasadas, se hace urgente redescubrir el tesoro perdido del sacramento del Espíritu, como el mayor regalo y expresión del amor que unos padres le hacen a su confuso hijo adolescente: comunicarles el Corazón de Cristo, su fuerza espiritual, su Amor auténtico, cuando llegan a un mundo lleno de peligros, adicciones y mil demonios más que “como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe.” (1 Pe 5, 8- 9a). Si queremos que nuestros hijos no sean devorados por los porros, las relaciones sexuales, Internet, la falta de compromisos, y queden heridos y debilitados para siempre en su vida adulta, el que reciban - no solamente- el sacramento de la fortaleza y la decisión, la plenitud del Espíritu Defensor, es más necesario que nunca, y no debe en absoluto infravalorarse que la actual deriva de la juventud venga motivada por esta anorexia del espíritu que sufren, cuerpos desarrollados de gimnasio, pero corazones raquíticos y envenenados por la tolerancia del pecado, en el que no queda el mínimo resquicio para que el Espíritu encienda una pequeña llama: “cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos” (Mc 16, 18). ¡Sana, Señor, nuestra juventud herida con la fuerza de tu Espíritu!