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MISTER CAPULLO SEDUCTOR

por Bars

[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Imbécil de Oro. 1

CAPÍTULO 7. EL MENSAJE

¿Isabella?

Sentí su voz recorrer todo mi cuerpo de arriba abajo, obligándome a detenerme.

Debería haberme ido de allí, como si nada hubiera ocurrido. Debería haber ignorado su llamada. Debería haber continuado caminando hacia la puerta.

Pero en lugar de hacer caso a la voz de mi sentido común que me gritaba órdenes, me di la vuelta lentamente, cerrando los ojos, preparándome mentalmente para lo que me iba a encontrar en cuanto me enfrentara a él.

¿Isabella? preguntó de nuevo, y no alcancé a descifrar lo que escondía su voz. ¿Era sorpresa, enfado, incredulidad?¿Qué estás haciendo aquí?

¿Espiarte mientras te masturbas?

Abrí los párpados y clavé mi mirada en sus ojos con la determinación de no moverla de ese punto ni un milímetro. Había cerrado la ducha, pero las gotas de agua resbalaban desde su pelo por su rostro y su cuello, dejando un rastro húmedo que me invitaba a seguir el camino que el agua trazaba hacia abajo, hacia el resto de su cuerpo.

—Estaba… estaba… —comencé a decir, pero perdí el hilo de mis palabras en cuanto mis ojos se deslizaron sin permiso por su cuello hasta su torso.

Volví a alzar la mirada rápidamente, justo a tiempo para ver cómo Edward alzaba las cejas. Alargó un brazo, sin apartar sus ojos de mí, y alcanzó una de las toallas que descansaban sobre el lavabo, llevándosela a la cintura. Estuve a punto de gemir para suplicarle que no

1 Fanfiction. Los personajes y el universo Twilight pertenecen a Stephenie Meyer.

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lo hiciera, pero entonces caí en la cuenta de que aquel día ya había cubierto mi cupo de momentos patéticos, por lo que cerré la boca.

No lo sé murmuré finalmente.

Le observé allí, en el baño aún cargado con el vapor del agua caliente, con sus manos aferrando la toalla que se había colocado sobre la cintura y el agua aún deslizándose silenciosamente por su piel.

En alguna de mis otras vidas, debería de haberme portado muy mal. Y la visión de Edward Cullen semidesnudo en su baño, sin darme la oportunidad de tocarle, de enterrar mis manos en su pelo húmedo y de pegarme a su cuerpo, era el castigo que me enviaba el universo por mi mal comportamiento.

¿No lo sabes? preguntó con su voz grave.

Negué con la cabeza una vez, dos, pero dejé de moverme en cuanto Edward comenzó a caminar hacia mí. Contuve la respiración mientras le observaba acercarse, con movimientos lentos y silenciosos, como un depredador cercando a su presa, sin liberarme ni por un segundo de la presión abrasadora de su mirada. Cuando cubrió la distancia que nos separaba, se recostó contra el marco de la puerta del baño, cruzando los brazos y regalándome esa sonrisa torcida que me incitaba a ponerle mi ropa interior en bandeja.

No soportaba su perfume, que invadía la estancia, colándose por mis fosas nasales y haciendo que mi cabeza diera vueltas. No soportaba la imagen de sus labios, curvados en esa media sonrisa provocadora que sacaba lo peor y lo mejor de mí. No soportaba la nula distancia que nos separaba, encontrarme tan cerca de él, tanto que me resultaba demasiado fácil acompasar el ritmo de mi respiración a la suya.

Pero, sobre todo, no soportaba ese cosquilleo que sentía en las palmas de mis manos, la necesidad pulsante de tocarle, de probarle.

De recordarle.

Comencé a hablar por impulso, soltando palabras sin sentido.

—Las invitaciones… llegó el mensajero y… Tanya me dio tu dirección y luego tu portero… las invitaciones balbuceé durante unos segundos, antes de caer en la cuenta de que estaba desvariando. Tomé aire un par de veces, tratando de recuperar mi sentido común. ¿Qué estabas haciendo tú?

Eso es. Eso estaba bien, mucho mejor. La mejor defensa siempre era un buen ataque. Y atacarle con frases punzantes y preguntas agresivas era mi zona cómoda, mi elemento. Me hacía sentir como si pudiera volver a recuperar el control de la situación.

Aunque, en el fondo, sabía que aquel pensamiento de falsa seguridad no era más que una vana ilusión. Edward Cullen siempre, siempre, llevaba el control.

Me observó en completo silencio durante un par de segundos.

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Estoy en mi casa y no tengo que darte explicaciones sobre lo que hago, pero… es bastante evidente musitó, sin alzar la voz lo más mínimo.

Al escuchar aquella vaga mención a lo que acababa de ocurrir, mi mirada se escabulló sin permiso hacia abajo para clavarse sobre la toalla que le cubría. Escuché como reía por lo bajo.

Entonces, sentí su cálido aliento sobre mi cuello y no pude hacer otra cosa más que cerrar los ojos y dejar que su voz y el ritmo de su respiración me envolvieran. Mi determinación me había abandonado por completo. Ya no me sentía con fuerzas para enfrentarme a él con réplicas mordaces, de modo que dejé que fuera él quien marcara el ritmo de lo que venía a continuación.

¿Quieres saber en qué estaba pensando? susurró en mi oído.

Puedo imaginármelo alcancé a decir.

Mierda, Bella. Aquella no era la respuesta correcta. La respuesta correcta era ‘no’. La respuesta correcta era ‘deja de jugar conmigo’. La respuesta correcta era ‘tengo que largarme de aquí, antes de cometer cualquier tontería’.

¿Ah, sí? ¿Puedes imaginártelo?preguntó Edward, bajando el tono de su voz hasta convertirla en un murmullo capaz de erizar hasta el último centímetro de mi piel¿Puedes imaginarte que te estaba recordando en aquel probador, prácticamente desnuda?

Sentí sus manos sobre mi cintura, en una caricia ligera cuyo único propósito era dejarme con ganas de más.

¿Puedes imaginarte que estaba pensando en ti, aquella noche en el Four Seasons, casi rogándome para que te quitara la ropa y te follara?

Su voz grave susurraba palabras que se derramaban como chocolate líquido por mi piel, dejando un rastro de promesas por cumplir, de recuerdos que ansiaba por repetir, de imágenes encerradas en mi memoria que quería volver a hacer realidad.

Dejó que sus manos se deslizaran por mi cintura hasta alcanzar mis caderas. Me dio un pequeño apretón, como queriendo recordarme lo fuertes y demandantes que podían ser sus movimientos. Las caricias leves y las frases susurradas a media voz no eran más que un aperitivo, el preludio de lo que podría ocurrir en aquel baño si dejaba que mi cuerpo tomara el control.

¿Y también puedes imaginarte que te estaba recordando aquella mañana en mi despacho continuó, trazando con la nariz la curva de mi cuello, sobre mi escritorio, con tus piernas abiertas solo para mí?

En ese momento, tuve la certeza de que había muerto y me encontraba ya en el cielo. Porque la imagen de Edward Cullen mojado, prácticamente desnudo y susurrando todo aquello en mi oído, era mejor que cualquier promesa divina.

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—Edward… deberías parar —logré musitar, mientras él continuaba apoyado contra el marco de la puerta, con esa sonrisa torcida tatuada a fuego en sus labios y sus manos acariciando mis caderas.

Dame una razón para hacerlo me retó.

Te odio.

Me gustas.

Eres mi jefe.

Me gustas mucho.

No te soporto.

Me gustas demasiado.

Sí, esa era la razón más potente.

Vas a casarte opté por decir, y hasta que las palabras no salieron de mi boca, no me di cuenta de que realmente aquella era la verdadera razón de peso. Vas a proponerle matrimonio a Rosalie Hale repetí, esta vez con más fuerza; mi voz volvía a sonar firme y me sentí de nuevo dueña de mi cuerpo. No puedes ir por ahí, tratando de seducir a otras mujeres. Vas a casarte.

Para mi alivio y el de mis alborotadas hormonas, la sonrisa torcida desapareció de los labios de Edward. Apartó sus manos de mi cuerpo, dejándome una extraña sensación de vacío, y cruzó los brazos con fuerza a la altura de su pecho, frunciendo el ceño.

Respiré aliviada al observar su cambio de actitud. El capullo seductor acababa de esfumarse, cediéndole el papel protagonista al idiota arrogante. Genial. Y lo decía sin el menor atisbo de ironía. Con el Edward ceñudo insoportable sabía cómo manejarme.

Y tú no puedes ir por ahí, irrumpiendo en apartamentos ajenos sin invitación replicó él; no alzó la voz lo más mínimo, pero su tono duro y sus palabras cortantes eran indicador suficiente de que el cabreo había comenzado ya a apoderarse de él. ¿Qué coño haces aquí, Isabella?

Las invitaciones respondí rápidamente, sacando una de ellas de mi bolso y tendiéndosela para que la examinara. Han llegado esta mañana a mi despacho. Necesito tu visto bueno antes de comenzar a rellenarlas.

¿Y para eso tienes que colarte en mi casa sin permiso?

Apreté los puños con fuerza, en un intento por controlar la ira, pero fue en vano.

Trabajar para ti tiene sus riesgos, ¿sabes? Eres un maniático que tiene que controlarlo todo. Por no mencionar esa absurda idea de que sea yo quien rellene esas malditas invitaciones a mano. ¡Quinientas! ¿Sabes que existen ordenadores e impresoras o la tecnología todavía no ha llegado a tu vida? Edward abrió la boca para cortar mi retahíla, pero estaba demasiado furiosa como para dejarle que interrumpiera mi discurso

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existencial¿Y por qué demonios has tenido que irte a casa tan pronto? Todo hubiera sido más fácil si estuvieras aún en tu despacho. Y… ¡maldita sea! Quinientas invitaciones, ¡a mano! No soy tu esclava.

Me gusta tu caligrafía repitió Edward por enésima vez, impasible, como si aquello fuera argumento suficiente para hacerme rellenar quinientas invitaciones a mano. ¿Quién te dio mi dirección?

Tanya fue mi escueta respuesta; no había necesidad de admitir que quizás, puede, existía la remota posibilidad de que hubiera tenido que amenazarla para conseguir esa dirección. Tu portero me dejó pasar.

Edward asintió un par de veces, examinando en silencio la invitación.

Sigo sin comprender qué motivo te ha empujado a violar mi intimidad y colarte en mi casa dijo de nuevo, alzando la mirada y clavando sus ojos sobre los míos. Tus explicaciones no tienen ningún sentido.

Las invitaciones repetí, comenzando a perder la paciencia. ¿Tan difícil era de entender?. Quiero empezar a rellenarlas ya. Pero antes necesito que me des tu visto bueno. No me gustaría pasarme la noche haciendo un trabajo de esclava para que luego encuentres el menor error y me obligues a repetirlo todo.

Él se limitó a alzar las cejas, devolviéndome la invitación.

No hay ningún problema con las invitaciones, Isabella dijo finalmente. Pero ya que estás aquí, haz algo útil. Acompáñame a comprarle a Rosalie su regalo de cumpleaños.

Debería haberlo visto venir. Aquella maniobra era tan Edward Cullen, que debería haberla divisado en el horizonte. Pero no lo hice. Sus palabras me tomaron por sorpresa y no pude hacer nada, aparte de abrir la boca, incapaz de articular palabra.

¿Otra vez? logré decir finalmente —¿El numerito en Tiffany’s no fue suficiente humillación?

Expulsé la pregunta de mis labios en un suspiro cansado; estaba demasiado exhausta como para pelear con Edward Cullen. Sabía que tratar de llevarle la contraria iba a ser una absoluta pérdida de tiempo. Al final, siempre lograba salirse con la suya. Y aquel día no me apetecía seguirle el juego, por lo que me rendí antes incluso de presentar batalla.

Quiero tu consejo. Espérame en el recibidor mientras me visto ordenó Edward, ignorando mi apunte.

Se llevó una mano a la toalla que llevaba anudada a la cintura y, sin que pudiera evitarlo, mis ojos se clavaron en ese punto. Me mordí el labio de forma inconsciente y casi pude imaginar la sonrisa torcida que en aquel momento estaría exhibiendo Edward.

Que se le caiga. Que se la quite. Que me bese aquí mismo.

Sacudí la cabeza con fuerza, antes de alzar de nuevo la mirada hasta su rostro. Tenía una de sus manos sobre el picaporte y me observaba con una expresión indescifrable.

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Por cierto habló de nuevo en un murmullo grave, lo de las invitaciones no es más que una excusa. Ambos sabemos la verdadera razón por la que estás aquí.

Sin decir nada más, abrió la puerta y desapareció, dejándome con la respiración acelerada y un murmullo caótico de pensamientos dando vueltas en mi cabeza.

* * *

¿Un Volvo? pregunté, enarcando una ceja.

Observé el coche de brillante pintura plateada aparcado en la calle. Era serio, de líneas sobrias y discreto.

¿Qué ocurre? quiso saber Edward, al tiempo que abría la puerta y me indicaba que entrara.

El interior era igual de austero que el exterior. El cuero negro crujió bajo mi peso en cuanto tomé asiento y un zumbido sordo llenó la cabina cuando Edward introdujo la llave en el contacto y arrancó el motor.

—Esperaba algo más… —dejé que mi mano se deslizara por la superficie rugosa de la tapiceríaostentoso.

Edward rió entre dientes y una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios.

También sé ser discreto dijo, colocando ambas manos sobre el volante. Se volvió hacia mí y sentí como mi respiración se agitaba bajo el escrutinio de su mirada. Tú decides. ¿Dónde vamos?

Alcé las cejas, sorprendida por sus palabras.

¿Vas a dejarme llevar el control? pregunté, entrecerrando los ojos ligeramente; Edward Cullen nunca dejaba que nadie decidiera por él.

Eres la única que sabe qué quiere Rosalie por su cumpleaños.

Oh, sí. El regalo. El maldito regalo con el que Edward quería deslumbrar a Rosalie por su cumpleaños. Aquella mañana había tenido que emplearme a fondo para averiguar qué demonios quería Rosalie, qué era aquello que realmente deseaba. Habían sido necesarias dosis de paciencia en cantidades industriales y una retahíla interminable de suspicaces “¿para qué quieres saberlo?”, antes de descubrir que lo que Rosalie Hale, la supermodelo de medidas perfectas y melena rubia impecable, deseaba era…

Una guitarra.

Por lo visto, Rosalie quería ir de intensa por la vida. De esas pseudointelectuales que leen poesía al atardecer, hacen fotos de sus pies enterrados en la arena de una playa paradisíaca y componen torturadas canciones con la ayuda de su guitarra acústica. Y todo

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ello a pesar de que Rosalie aborrecía la poesía, no tenía el más mínimo interés en la fotografía y no sabía nada sobre música.

Pero lo que sí tenía era demasiado tiempo libre.

Edward frunció el ceño como toda respuesta.

¿Una guitarra? ¿Desde cuándo le interesa la música a Rosalie?

No le interesa aseguré. Pero es el típico capricho que le haría parecer intelectual.

Es una modeloterció Edward. Sólo tiene que estar perfecta las veinticuatro horas del día. El resto es accesorio.

Le miré de reojo, sorprendida por el rumbo que estaba tomando la conversación. Era la

primera vez que Edward hablaba conmigo de Rosalie de forma tan abierta. Y aquello me generaba sentimientos encontrados. Confusión, incredulidad, sorpresa… y cierto regusto amargo en la boca del estómago.

Tienes un apartamento muy bonito dije de repente, cambiando de tema de forma bastante evidente.

Sentí mis mejillas enrojecer a causa de mi absurdo comentario, pero cualquier tema de conversación era preferible a tener que hablar sobre Rosalie. Mantuve la vista al frente, fingiéndome concentrada en el trayecto; los altos edificios y las anchas avenidas se sucedían una detrás de otra, mientras el coche de Edward avanzaba a través del centro de la ciudad.

Quizás debería reforzar las medidas de seguridad murmuró Edward tras un par de minutos de absoluto silencio. Para evitar que te cueles en mi casa sin permiso.

No ha sido para tanto repliqué, a pesar de que, de haber cambiado los roles, de haber sido Edward el que se hubiera colado en mi apartamento para espiarme mientras me duchaba, el escarceo habría finalizado con una muerte lenta y dolorosa; la de Edward, por supuesto. No pareces demasiado enfadado añadí, tras un par de segundos de silencio.

Por el rabillo del ojo, pude captar la sombra de una media sonrisa en los labios de Edward.

Ha sido una sorpresa agradable confesó; le lancé una mirada incrédula y su sonrisa se acentuó. Estaba en la ducha, pensando en ti, y me doy la vuelta sólo para descubrirte en

mi baño, observándome. No me puedo quejar.

Rehuí su mirada, volviéndome hacia la ventanilla. Mi respiración se había acelerado y en el silencio de la cabina del coche, el sonido de mis pulmones al tomar y soltar el aire era demasiado evidente. Estaba a cinco segundos de comenzar a hiperventilar. Y a otros diez

de

deshacerme del poco sentido común que me quedaba y lanzarme a su cuello.

El

muy idiota sabía bien cómo jugar sus cartas. Y a su lado, yo no era más que una

principiante incapaz de distinguir un simple farol de una jugada maestra.

El resto del trayecto transcurrió en un incómodo silencio. A pesar de que me había

propuesto ignorarle, era más consciente que nunca de todos sus movimientos. Parecía

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como si mis sentidos se hubieran agudizado con el único propósito de captar hasta el más mínimo detalle sobre él. Su perfume impregnaba el reducido espacio que compartíamos y sentía sobre mi piel cada pequeña respiración que tomaba, demasiado cerca, como si se encontrara pegado a mí, con sus manos recorriendo ávidamente mi espalda y sus labios susurrando palabras contra mi cuello.

Diez minutos después, Edward aparcó el coche en una calle sombría y poco transitada. Respiré con alivio en cuanto salí del vehículo; allí fuera, la presencia de Edward era mucho menos intimidante, su respiración quedaba ahogada por el ruido de la ciudad y su perfume

se

dispersaba en el aire. Le seguí a través de la calle y fruncí el ceño, confusa, en cuanto le

vi

entrar en una pequeña tienda que hacía esquina, un cuchitril diminuto en el que de otro

modo no habría reparado.

Garrett saludó Edward nada más entrar al corpulento hombre rubio que aguardaba tras el mostrador.

Le observé, confusa por la extraña familiaridad con la que Edward se movía en aquel pequeño local. Un lugar diminuto, desordenado y atestado de instrumentos musicales, en el que Edward Cullen, su traje a medida y sus brillantes zapatos italianos parecían totalmente fuera de lugar.

Cullen. ¿Otra vez por aquí?

No vengo por mí. La señorita necesita tu ayuda dijo, lanzándome una rápida mirada. Estaré donde siempre.

Garrett rió entre dientes, aunque no fui capaz de encontrarle la gracia al asunto.

¿Quién eres y que has hecho para que Edward Cullen te traiga aquí? preguntó y sus ojos brillaban con genuina curiosidad.

—Yo… eh… —balbuceé; me giré en busca de Edward, pero no le encontré por ninguna parte… ¿dónde demonios se había metido?— Necesito… quiero decir, Edward me corregí a tiemponecesita una guitarra.

Garrett salió de detrás del mostrador y me indicó que le siguiera. Le hice caso, a pesar de que mientras caminaba, continuaba buscando con la mirada a Edward. ¿Cómo era posible que hubiera desaparecido en un lugar tan diminuto? Y lo peor de todo, ¿cómo tenía tanta cara como para dejarme colgada? Hasta donde yo sabía, Rosalie Hale era su novia, no la mía. Lo de comprarle regalos de cumpleaños era cosa suya.

La parte trasera de la tienda era bastante más amplia que el local abierto al público, pero estaba igualmente abarrotada de los más diversos instrumentos musicales, apilados sin orden aparente alguno.

¿Tienes alguna idea de lo que quiere? preguntó Garrett, lanzándome una rápida mirada por encima del hombro.

—Hmm… no. Pero puedo decirte que no es para él, sino para su… novia dije, frunciendo los labios involuntariamente al pronunciar aquella horrible palabra. Ya sabes, la típica chica mona que quiere aprender a tocar la guitarra porque es lo que se lleva.

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Me sentía estúpida, dando explicaciones que no me correspondía dar a mí. Maldito idiota. Sólo Edward era capaz de arrastrarme en busca de un regalo de cumpleaños para Rosalie y dejarme sola ante el peligro.

Garrett volvió a reír por lo bajo y, en aquella ocasión, seguí sin encontrarle la gracia a mi situación.

No importa, seguro que encontramos algo. Edward se fía de mi criterio.

Un bufido incrédulo se escapó de mis labios.

Debes de ser el único murmuré, dejando vagar la mirada por el lugar; tenía un encanto especial y me parecía casi obsceno elevar demasiado la voz.

¿Alguna mala experiencia con él? preguntó Garrett, agachado sobre unas cuantas cajas polvorientas.

¿Sólo una?

El almacén se encontraba sumido en el más absoluto silencio, tan sólo roto por el sonido lejano de un piano. No sabía de dónde provenía, pero la melodía creaba el acompañamiento perfecto para aquel lugar caótico, impregnado de música y de desorden.

¿Te fías de mi criterio? preguntó Garrett, reincorporándose y volviéndose de nuevo hacia mí.

Si Edward lo hace, creo que no me queda más opción.

Entonces me parece que esto es lo que Edward busca aseguró Garrett.

Colocó con cuidado una guitarra sobre una pequeña mesa de madera y se retiró un par de pasos hacia atrás, como queriendo dejarme espacio para admirarla. Aunque, realmente, no había nada que admirar. O, por lo menos, yo no poseía los suficientes conocimientos como para hacerlo. Francamente, me importaba una mierda si Rosalie se llevaba la mejor guitarra del mercado o si Edward le regalaba un ejemplar de segunda mano con las cuerdas desgastadas de tanto uso. Simplemente quería terminar con todo aquello y largarme de allí.

¿Y dónde demonios se había metido Edward?

Es una Martin auténtica habló Garrett, tras unos segundos de silencio. Una verdadera obra de arte. Acústica, con cuerdas de acero. Totalmente artesanal. Lo mejor que hay en el mercado apartó la mirada embelesada de la guitarra para fijarla sobre mí- . ¿Qué te parece?

Se parece a la de Taylor Swift fue lo único que pude decir.

¿Qué coño? No tenía ni idea de guitarras.

Un espasmo de horror cruzó la cara de Garrett, pero supo disimularlo rápidamente.

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Supongo que eso es un añadido más murmuró. Sé que a Edward no le importa el precio, pero si quieres…

Prefiero no saber que probablemente se va a gastar mi sueldo de seis meses en esa guitarra le interrumpí. Si crees que esto es lo que busca Edward, me fío de ti.

Y si no era eso lo que buscaba, que se hubiera dignado a estar presente mientras le

compraba un maldito regalo a su novia.

Garrett asintió y volvió a coger la guitarra con cuidado, casi como reverenciándola con sus manos. Le observé en silencio, hasta que una pregunta apareció de la nada en mi mente.

¿Por qué conoces a Edward?

Aquella tienda parecía ser el último lugar en el que Edward Cullen querría pasar su valioso tiempo libre.

Garrett me lanzó una breve mirada indescifrable antes de responder.

Por la música.

Escudriñé su rostro con atención, tratando en vano de descifrar el sentido de sus palabras y de la sonrisa misteriosa que había aparecido en sus labios.

Voy a embalarte la guitarra, es un objeto muy delicado. Mientras tanto, siéntete libre de curiosear lo que quieras Garrett guardó silencio por un instante, antes de esbozar de nuevo esa sonrisa enigmática. Puede que encuentres algo interesante.

Sin decir nada más, me dejó en el almacén, acompañada únicamente por la melodía lejana de aquel piano fantasma.

Comencé a caminar despacio por la habitación, preguntándome qué podría encontrar de interesante en un lugar como aquel. Las cajas polvorientas de apilaban unas encima de otras sin orden ni control, y apenas quedaba espacio para caminar entre ellas. No había nada interesante para mí allí dentro, y lo único que quería encontrar de una vez por todas era a Edward.

A él y a su tarjeta de crédito con fondos ilimitados para pagar la guitarra. ¿Dónde se habría

metido?

¿Edward? pregunté en voz alta, pero la única respuesta que obtuve fue el silencio.

Continué caminando, siguiendo de forma inconsciente el camino invisible que trazaba la melodía del piano. Mis pasos me llevaron hasta una pequeña puerta situada al fondo del almacén, prácticamente oculta tras otra pila de cajas. Sin ni siquiera meditar mi siguiente movimiento, puse una mano sobre el picaporte y, en cuanto abrí la puerta unos cuantos centímetros, la música del piano se coló a través de la pequeña rendija.

¿Edward? pregunté en un murmullo, asomando la cabeza con cautela.

Abrí la boca, sorprendida por lo que mis ojos se encontraron allí dentro. Era una sala pequeña, mucho más reducida que la parte delantera del local, pero igualmente

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polvorienta y descuidada. Aunque nada de eso importaba porque un gran piano negro colocado en el centro atraía toda la atención. Era un instrumento antiguo, gastado por el uso, pero desprendía el mismo encanto inexplicable que el resto de la tienda. La superficie esmaltada había perdido su brillo y estaba marcada por rayones y algún que otro golpe. La caja parecía susurrar historias secretas y sus teclas…

Ahogué un grito cuando mi mirada se deslizó hacia el banco del piano.

Allí, erguido y de espaldas a mí, Edward Cullen movía sus largos dedos con habilidad y precisión, dibujando en el aire la misma melodía fantasma que me había guiado hasta aquel lugar.

¿Desde cuándo Edward Cullen tocaba el piano?

Le observé, completamente inmóvil e incapaz de apartar la mirada de su cuerpo, que parecía vibrar con cada nota; de sus manos, que se movían con maestría sobre las teclas blancas y negras. Sabía que estaba invadiendo un momento íntimo, pero no era capaz de encontrar en mí la voluntad necesaria para darme la vuelta y salir de allí antes de que me descubriera.

El modo en que sus manos expertas se movían con rapidez y precisión era un espectáculo fascinante. Sentado de espaldas a mí, me resultaba imposible captar la expresión de su rostro, pero si echaba a volar mi imaginación, podía visualizar a la perfección su ceño ligeramente fruncido por el esfuerzo de sus movimientos y sus párpados cerrados, en un gesto de profunda concentración.

Por no hablar de que Edward Cullen tocando el piano era una visión jodidamente sexy.

Sexy del tipo me gustaría encaramarme a ese piano para que juegues conmigo como si mi cuerpo se tratara de un teclado.

Oh, joder. ¿Sería demasiado rudo suplicarle que hiciera realidad esa fantasía?

Continué allí, clavada en el mismo lugar, con una mano aferrada al picaporte de la puerta y la otra sobre mi pecho, como si con ese gesto fuera capaz de acallar el ritmo furioso de los latidos de mi corazón.

La melodía llegó a un final abrupto cuando, sin previo aviso, las manos de Edward detuvieron sus movimientos. Se dio la vuelta lentamente y, en ese momento, tuve la certeza de que mi presencia no había pasado tan desapercibida como había creído en un principio.

Lo de calmar a mi desbocado corazón se convirtió en una tarea imposible en cuanto Edward se encaró a mí y sus ojos se clavaron sobre los míos. Mantuve su mirada, fingiendo determinación, cuando en realidad lo único que deseaba hacer era darme media vuelta y largarme corriendo de allí.

No sabía que tocaras el piano.

Fue lo único que acerté a decir. Me sentía avergonzada por haber sido descubierta observándole. Más incluso que aquella misma tarde en su apartamento. Por alguna

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retorcida razón que no alcanzaba a comprender, tocar el piano me parecía algo mucho más íntimo que… bueno, que masturbarse en la ducha.

Preferiría que siguieras en la ignorancia dijo Edward.

Pronunció sus palabras en un murmullo apenas audible, incluso en medio de aquel sofocante silencio que se había apoderado de la habitación en el momento en que sus manos dejaron de deslizarse sobre el piano.

¿Por qué? pregunté, incapaz de contenerme— Lo haces… bien.

Más que bien. Aunque eso era algo que me guardaba para mí misma.

Edward ignoró mi pequeño arrebato de sinceridad y continuó observándome en silencio. Había cubierto su rostro con esa máscara indescifrable tan perturbadora, pero el modo en que apretaba sus labios con rabia contenida hasta formar una fina línea dura le delataba.

Estaba cabreado.

Me hace sentir vulnerable.

Sus palabras rompieron el agobiante silencio como si de un latigazo se tratara. Necesité un par de segundos para captar el significado de su respuesta, pero cuando por fin asimilé lo que acababa de decir, Edward había desaparecido.

* * *

Eso es todo por hoy concluyó Edward, mientras yo garabateaba en mi libreta sus últimas exigencias para la fiesta de Nochevieja.

Alcé la mirada hacia él, confusa.

¿Todo? pregunté.

¿Nada de comentarios con doble sentido, sonrisas torcidas ni miradas de perdonavidas?

Sí, Isabella. Todo. Ya puedes irte.

Contemplé su figura, recostada sobre su gran butaca de cuero con ese aire de indiferencia y de desdén que parecía acompañarle a todas partes. La visita a su despacho había sido sorprendentemente… civilizada. Y aburrida. Edward se había limitado a supervisar los preparativos de la fiesta y a darme unas cuantas órdenes más sobre asuntos irrelevantes como la colocación de las servilletas o el volumen de la música.

Como los tres días anteriores, lo había hecho con ese tono despectivo y esa mirada fría tan típicos en él. Y como los tres días anteriores, también, su actitud había sido escrupulosamente calculada y profesional. Ni rastro de los comentarios con doble sentido ni de las medias sonrisas provocadoras y provocativas. Desde aquel día en la tienda de

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instrumentos, el capullo seductor había desaparecido por completo, cediéndole el papel protagonista al cabrón arrogante.

Su radical cambio de actitud me había tomado desprevenida. Y lo peor de todo aquel

asunto era que, en los últimos días, me había sorprendido a mí misma echando de menos al capullo seductor.

Está bien dije, tras un par de segundos de silencio, recogiendo mi libreta y mi bolso.

Salí de su despacho sin dignarme ni siquiera a lanzarle una última mirada. ¿De qué coño iba? Me seducía, jugaba con mi mente y mis sentidos, dejando caer comentarios que escondían promesas prohibidas, atrayéndome con miradas insinuantes y medias sonrisas seductoras. Me dejaba ver su faceta oculta, sentado delante de un piano y dejándose llevar por la música para luego confesar sentirse vulnerable. Y ahora… ahora volvía a ser ese capullo insufrible, imposible de descifrar. Ese idiota arrogante que no dejaba traslucir nada de lo que pasaba por su cabeza.

Permitía que me adentrara en su mente un par de segundos, que atisbara al verdadero Edward, solo para volver a cerrarse en sí mismo, a convertirse en ese déspota que no me dejaba otra opción más que odiarle.

Sacudí la cabeza, tratando de borrar cualquier pensamiento sobre Edward Cullen de mi cabeza, y me sorprendí a mí misma en la calle. La sede de Cullen & Hale quedaba ya a mi espalda y en la mano tenía mi teléfono móvil.

Marqué el número sin ni siquiera pensármelo.

¿Una mañana dura? preguntó Alice tras dos largos pitidos.

En absoluto gruñí, mientras cruzaba la calle en dirección a la parada de metro más cercana.

Mi camioneta continuaba muerta en combate, por lo que no me quedaba otro remedio más

que sumergirme en el transporte urbano cada día.

¿Y a qué viene ese tono malhumorado? guardé silencio, por lo que Alice continuóSuenas como si acabaras de discutir a gritos con Edward Cullen.

Ojalá.

Tan sólo cuando aquella palabra se escapó de mis labios y pareció quedar flotando delante

de mis ojos, caí en la cuenta de que había pensado en voz alta. Casi pude imaginar la

expresión suspicaz de Alice, con su boca curvada en una sonrisa condescendiente y sus

cejas alzadas.

Es difícil de explicar atajé, antes de que Alice volviera a hablar. Pero lleva un par de días comportándose de forma extrañamente civilizada. Y eso es jodidamente aburrido. Echo de menos…

Su sonrisa torcida, sus frases susurradas a media voz y sus miradas pícaras.

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—… discutir con él —tercié, ignorando mis pensamientos. Me servía para descargar adrenalina.

Discutir, ¿eh? repitió Alice, tiñendo sus palabras de fina ironía. Y por discutir en realidad quieres decir sus intentos de llevarte de nuevo a la cama, ¿no?

Me mordí el labio con fuerza. Sí, eso también lo echaba de menos.

No hay quien te entienda, Bella volvió Alice a la carga. Querías que Edward se mostrara cortante para evitar tentaciones. Ahora, ¿cuál es el problema?

Que estaba harta del Edward cortante y frío. Que quería conocer más del verdadero Edward, del que se sentaba delante de un piano y decía sentirse vulnerable. Que estaba considerando seriamente la posibilidad de caer en la tentación. Era la única forma de librarse de ella.

Ese era el problema.

La breve conversación con Alice tan sólo contribuyó a enredar aún más mis ya de por sí caóticos pensamientos. De vuelta a mi apartamento, me dejé caer pesadamente sobre el sofá, con una taza de humeante café entre mis manos. Contemplé la pila de tarjetas que descansaban sobre la pequeña mesa de madera. Tras tres tardes de duro trabajo, tan sólo había sido capaz de rellenar menos de la mitad de las invitaciones. Y Edward me apremiaba ya con maneras toscas para que terminara de una vez por todas y comenzara a enviarlas.

Dejé escapar el aire en un suspiro, al tiempo que me inclinaba para alcanzar la primera tarjeta que descansaba sobre la pila. Mojé la pluma en el bote de tinta y, tras aquellas tres tardes de trabajo inhumano, había descubierto que odiaba escribir con pluma, y comencé a trazar con cuidado las palabras que Edward había elegido para rellenar las invitaciones. Era una fórmula manida, desprovista de personalidad y sorprendentemente educada. Nada que ver con las frases cortantes y fuera de tono que utilizaba constantemente en la vida real.

El sonido de la pluma al rasgar el papel se convirtió en mi único acompañamiento durante horas. Había perdido la noción del tiempo y cuando tras un largo rato por fin levanté la cabeza, me sentí desorientada y ligeramente mareada. Me levanté despacio y caminé hacia la ventana. Al descorrer las cortinas, descubrí que había comenzado a nevar. Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios de forma involuntaria. La nieve era el único detalle agradable de la Navidad.

El café había quedado olvidado sobre la mesa, completamente frío, por lo que me encaminé hacia la cocina en busca de más provisiones de cafeína con las que afrontar la tediosa tarea de continuar rellenando las invitaciones.

Fue entonces cuando el sonido de mi teléfono móvil rompió con el silencio que inundaba el apartamento.

Le eché un rápido vistazo, curiosa. En la pantalla, parpadeaban unas cuantas palabras. Un mensaje.

MISTER CAPULLO SEDUCTOR

por Bars

De Edward.

15

Deja de jugar con mi mente.

MISTER CAPULLO SEDUCTOR

por Bars