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El
amor
por
las
palabras 


Lección
01.
Los
poderes
del
lenguaje 


Puente y abismo Imaginad por un instante a la primera persona que habló. Tuvo que ser alguien, siempre hay una primera vez. Resulta evidente que antes del lenguaje verbal ya había comunicación: gestos, rugidos, actitudes. Pero muy poco a poco un sonido, un gruñido primario, acabó por asociarse a un significado concreto. Ese sonido se le quedó pegado a algo: a un objeto, a un animal.

Fue un momento decisivo.

Porque lo cambió todo. Repentinamente, el mundo adquiría una inconsistencia brutal. Para empezar, aquellos homínidos dejaron de serlo. Sabemos que muchos animales tienen lenguajes funcionales y por supuesto que los homínidos ya se comunicaban, pero el lenguaje humano tiene una fantástica característica. En ese milagroso instante en que, señalando quizá un peligro, un animal salvaje que los acechaba (o puede que mirando a la luna en un repentino acceso a la belleza) un sonido quedó ligado a un referente exterior, la humanidad rompió a llorar recién parida.

Imaginad el pánico. Aquella persona debió de sentir un miedo atroz, una gigantesca soledad. Porque hasta entonces había vivido con la naturaleza y esa noche empezó a vivir en la naturaleza. Porque nombrar algo es también señalarlo con el dedo y para hacer tal cosa es necesaria una condición sustancial. Para señalar con el dedo hay que ser consciente de que lo señalado no es yo. Me explico: es necesaria la consciencia.

El debate sobre si fue primero la consciencia o el lenguaje es muy largo y no se ha dicho aún la última palabra. Pensemos que fue algo simultáneo, tras un largo proceso en que

es muy largo y no se ha dicho aún la última palabra. Pensemos que fue algo

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fuimos progresivamente adquiriendo los rudimentos de esa cualidad tan nuestra. Muchos elementos acompañaron. El dominio del fuego permitió cocinar y ablandar la carne, así que los músculos que unen la mandíbula con el cráneo se hicieron menos fuertes y permitieron su expansión y el consiguiente crecimiento del cerebro. La mayor ingesta de proteínas animales fomentó ese crecimiento. Quizá el consumo de plantas psicoactivas presentes en la naturaleza que alteraban temporalmente la percepción de la realidad ayudó a comprender intuitivamente que nuestros sentidos tienen límites y que las apariencias son cambiantes. No todo es tangible, no todo era seguro.

Así que alguien señaló con el dedo, emitió un sonido que se aferró a un objeto real y fue compartido con otros. ¿Por qué el pánico? Pues porque, mientras hasta ese momento aquel individuo no había distinguido entre el mundo y él mismo, entonces el mundo pasó a ser uno y él, otro. Pasó de “ser uno con el todo” (por decirlo con palabras de un poeta romántico alemán) a distinguir con una claridad evidente que su yo acababa en los límites de la piel y que de la piel hacia fuera todo era nuevo, distinto de sí, oscuro y desconocido.

Qué soledad la de ese primer hombre. De improviso un abismo gigantesco, el lenguaje, se había interpuesto entre su conciencia y todo lo demás. Sin embargo, no duró mucho. En el problema, como suele decirse, estaba la solución. Si todo se ha vuelto ajeno a uno, cuando todo se torna extraño (la propia palabra significa “fuera de las entrañas”), la única manera de “hacerse” con todo, de volver a entrañar el mundo, de recuperarlo es ahora ponerle nombre, apropiarse de ello por medio del lenguaje. Esa es la paradoja: el lenguaje que nos distanció del mundo, que nos excluyó de aquella edad de oro en que éramos animales y vivíamos en la intuición del ser, nos servía para hacernos con todo por medio de la increíble capacidad de nombrar. El lenguaje es el

intuición del ser, nos servía para hacernos con todo por medio de la increíble capacidad de

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abismo que nos separa del mundo y el puente con el que lo salvamos.

Por qué los hebreos no pronuncian el nombre de Dios.

Y es que nombrar algo es poseerlo. Pensaréis que digo una cosa rara ya que no por saber

el nombre de un objeto me garantizo tenerlo en las manos, pero en realidad estoy diciendo exactamente eso. Pensad en esto: un niño de unos seis años camina de la mano

de su madre de vuelta del colegio. Al volver la esquina el niño se saca el dedo de la nariz

y señala un largo pilar de hierro con cuatro caras y acabado en punta que adorna el

centro de una glorieta preguntando (está en la edad): «Mamá, ¿qué es eso?». Su madre, que viene del trabajo y sólo quiere llegar a casa, sin apenas mirar, contesta antes de

cambiar de tema para evitar más explicaciones: «Un obelisco». Más tarde, después de cenar palitos de merluza rebozados, el padre está con el niño en la bañera y pregunta:

«¿Qué es un obelisco, papi?»

Ahora, en medio de las burbujas de un cuarto de baño no muy grande acaba de aparecer

la gran mole de hierro de la plaza. El niño lo ha invocado. Todavía ignora lo que es o

para que sirve. Ignora que los egipcios adornaban la entrada de las avenidas que conducían a la ciudad de Tebas con ellos y también que la palabra griega de la que procede se usaba irónicamente por su parecido con un espeto de sardinas. Lo ignora todo de ese enorme artefacto que está flotando en el aire del baño. ¿Todo? Posee su nombre y, en tanto es así, posee también la capacidad de hacerlo aparecer en cualquier momento por esa cualidad del lenguaje que permite invocar en ausencia, in absentia, sin que el objeto esté presente. Hagamos un experimento. No penséis en un oso polar. Evidentemente, al leer la frase anterior un bonito oso blanco ha venido a vuestra mente. He aquí uno de los tremendos

Evidentemente, al leer la frase anterior un bonito oso blanco ha venido a vuestra mente. He

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poderes del lenguaje. Al invocar algo lo traemos al mundo porque poseemos su nombre. Muy diferente sería decir “¿qué es un fuglicín?” Nada pasa. Es un nombre vacío, una cáscara sin contenido.

Tan claro se tiene esto en algunas religiones que evitaban que el nombre de dios se pronunciara, es más, incluso que se conociera. Además de dar pie a varios relatos de Jorge Luis Borges, el tetragrammaton (literalmente: cuatro letras), que transcritas a nuestra grafía serían 'Y H W H', se preñó de vocales y es el origen de nombres como YaHWeH o YeHoWaH, que son también eufemismos para evitar nombrar lo innombrable, pues hacerlo sería como tratar de apropiarse de dios. ¿Y qué blasfemia mayor que tratar de poseerlo, encerrar en una palabra algo infinito?

Pues el mismo camino que ha de recorrer un niño para conocer el nombre de las cosas es el que recorrió también la humanidad en su intento de aprensión del mundo. De hecho no acaban ahí los paralelismos. Los niños cuando nacen y aún no poseen el lenguaje se encuentran en una situación muy parecida a la de aquellos homínidos que se comunicaban sin el auxilio de un lenguaje, más allá de los signos o las actitudes agresivas o sumisas hacia sus congéneres. Un bebé, cuya conciencia está aún en ciernes, no distingue entre sí mismo y el mundo, entre sí mismo y su madre (que es prácticamente todo su mundo). Si lo pensamos, él mismo no era otra cosa que su madre hasta poco antes, era parte de su propio cuerpo. De tal modo que no se siente otra cosa que lo que ve, toca y huele. Un bebé alimentándose del pecho de su madre no se piensa un bebé que come. Se siente, es, el calor del cuerpo, el sabor de la leche. Las caricias que recibe son él mismo, no son algo ajeno o extraño a él, sino su propio ser. Del mismo modo en que aquellos homínidos no eran seres conscientes de estar bajo la lluvia acechando una presa, sino que eran la lluvia, la presa herida y su carne cuando después la devoraban.

bajo la lluvia acechando una presa, sino que eran la lluvia, la presa herida y su

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Cabe otro experimento aquí. Si mostramos a un bebé un sonajero, lo agitamos frente a sus ojos, probablemente sorprendido sonreirá antes los colores y sonidos a los que asiste.

Y si lo retiramos seguirá plácidamente tumbado. En cambio, si hacemos lo mismo con

un niño algo mayor, digamos de un año, su respuesta más probable al retirarlo será quejarse, incluso llorar, porque el sonajero ya no está. Entre uno y otro niño se ha producido un cambio fundamental: la adquisición de consciencia. «El sonajero ya no está» es una frase que no sabe pronunciar, ni siquiera puede pensarla, aún no verbaliza

los conceptos. Pero es ya muy consciente de su ausencia, por lo tanto, es consciente de que

el sonajero es algo distinto a sí mismo y, necesariamente, de un modo precario todavía,

de que hay un «sí mismo». Por lo tanto es ya capaz de recordar e imaginar, que son dos importantes atributos de la consciencia: proyectarse en el pasado y en el futuro. Y en el momento en que se deja de vivir en un presente colmado únicamente de experiencias sensibles, físicas, ese niño se encuentra en el mismo lugar que aquel primer homínido. Está desasido (se ha “desatado” del mundo, se ha emancipado) y por eso llora, grita, trata de invocar la presencia salvífica de su madre. Ya ha dado el paso hacia el lenguaje y es sólo cuestión de tiempo, de ensayo y error, que encuentre la palabras mágicas: «ma ma», los sonidos que por arte de magia hacen aparecer de la nada en que habita a su madre, como un conjuro, un sortilegio. Más que una llamada de auxilio es un acto creador. El niño crea una nueva realidad en la que su madre sí está por medio de esos sonidos. He aquí el segundo poder del lenguaje.

Hágase la luz Los textos sagrados siempre son una mina para estudiar el lenguaje por su antigüedad y precisión, porque exploran estas dimensiones del lenguaje. Acudamos a las primeras palabras de la Torah. El Génesis comienza diciendo que antes de que Elohim (que, por

lenguaje. Acudamos a las primeras palabras de la Torah. El Génesis comienza diciendo que antes de

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cierto, es el plural de Eloh, es decir, “los dioses”) creara los cielos y la tierra no había nada, era el “caos”. Esta palabra griega significa oquedad, vacío y también bostezo, lo cual nos lleva a pensar en la respiración divina, en una inspiración de la que luego surge el aliento creador. El mismo aliento que dará la vida al barro, un aliento vital presente, por ejemplo, en algunos eufemismos relacionados con la vida y la muerte, como cuando decimos “Exhaló su último aliento”. Pero no nos desviemos, porque casi cada palabra de estos textos nos remite a infinidad de curiosidades lingüísticas.

No hace falta ser creyente ni importa serlo para admirarse de la belleza literaria de los pasajes sagrados que fundan las distintas religiones. De nuevo nos desviamos, pero ved que la palabra “religión” procede de 'religare', volver a unir. ¿Unir el qué? Un creyente dirá que al hombre con dios, aunque desde el punto de vista que aquí desarrollamos podríamos pensar que se trata de re–unir el vínculo roto con el mundo del que hablábamos antes.

Aunque quizá lo más interesante, en relación con esto, es que dios, Elohim, dice «Hágase la luz». Y atendamos a que lo “dice”; no chasquea los dedos, ni se cumple su voluntad de algún modo trascendente, sino que pronuncia palabras y esas palabras crean la luz.

He aquí otra de las cualidades del lenguaje que nos interesan: su función creadora, es decir, poética (porque “poesía” proviene del griego poiein, que significa exactamente eso:

crear, hacer aparecer algo donde no estaba, donde había vacío, oquedad, bostezo).

Así lo dice Juan en su evangelio (1:1): «Al principio existía la Palabra, y la Palabra existía con Dios, y la Palabra era Dios». Quizá no hable de otra cosa el Génesis cuando dios prohíbe a Adán y a Eva comer del árbol de la sabiduría. ¿Qué sabiduría es esa que hace

cosa el Génesis cuando dios prohíbe a Adán y a Eva comer del árbol de la

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que los hombres sean como dios? ¿No será el lenguaje que nos permite crear y poseer el mundo aquello que nos convierte en dioses? ¿No se dan ellos cuenta de su desnudez al probar la fruta, no los hace eso por primera vez conscientes? ¿Y si esa desnudez no se refiera a la de su cuerpo, sino que fuera la metáfora de aquel pánico primigenio ante el mundo tras la adquisición de la conciencia y el lenguaje?

Y es que parece que las cosas existen cuando les ponemos un nombre y no antes. La realidad, desde aquella palabra original de que hablábamos, sólo es visible a través del lenguaje ya que hemos interpuesto el lenguaje, un abismo, entre nuestra conciencia y la realidad. Se ve esto claramente en una palabra que ya he usado dos veces en este epígrafe, la palabra “hueco”. Un hueco no designa algo, sino su ausencia, un vacío. Si pasamos nuestra vista por una habitación y hay un rincón en el cual no hay nada podemos decir que hay un hueco. Pero si no tuviéramos la palabra “hueco”, simplemente no advertiríamos ese espacio, porque no podríamos nombrarlo. Podríamos como mucho señalarlo con el dedo para decirle al señor que nos está subiendo el piano a casa que lo deje allí. Y señalar con el dedo, ya lo hemos visto, es el primer paso para poner un nombre.

¿Cuántas cosas no vemos, no sabemos que están, solamente porque no tienen nombre? Nombrarlas es crearlas, porque al nombrar damos carta de naturaleza a la realidad. Y cuando nos negamos a que algo exista simplemente evitamos nombrarlo. Tenemos palabras para definir el estado en que se queda alguien cuyos padres han fallecido (orfandad) o cuya pareja ha exhalado su último aliento (viudedad), pero no hay una palabra que defina la pérdida de un hijo. Porque no es natural, porque es demasiado doloroso o porque no queremos admitir que esa situación pueda existir hemos evitado darle un nombre a eso. Por supuesto, la realidad es terca y esas cosas ocurren, así que lo

pueda existir hemos evitado darle un nombre a eso. Por supuesto, la realidad es terca y

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decimos de otros modos, con una oración, por ejemplo, “su hijo ha muerto”. Pero no hemos querido que exista un sustantivo para nombrarlo. Esa es nuestra manera de impedir, si me permitís la palabra, mágicamente, que algo así ocurra.

Abracadabra Esos dos poderes: la creación y la apropiación son en realidad uno mismo y lo empleamos constantemente. Lo que ocurre es que, por comodidad, hemos aprendido a automatizar estos 'usos profundos', porque de otro modo sería imposible el tercer poder del lenguaje, el más funcional, el más útil para la supervivencia de la especie, que ha ocultado a los anteriores: la comunicación.

Cuando a uno le dicen “se me ha roto el vaso y tengo una herida en el dedo”, no necesitamos pensar en el significado de las palabras 'vaso', 'herida', 'dedo'. Tampoco tenemos que reflexionar acerca de la causalidad inherente a esos dos hechos, romperse el vaso y sangrar el dedo, ni mucho menos hace falta rellenar las acciones omitidas de la frase (rasgar el cristal la piel) para comprenderla. Todo eso es automático. Porque resulta imposible del todo para nosotros separar el 'objeto vaso' de la la palabra 'vaso', el significante y el significado están unidos por una fuerza inmensa, como tampoco podemos pensar en la palabra sin que el objeto acuda a la mente. Oso polar. El abismo y el puente no existen el uno sin el otro.

Sin embargo, existe una tenaz oposición a que esto ocurra, así llamada poesía. El intento primario del lenguaje poético es nombrar lo inefable, lo sin nombre. De nuevo la paradoja: despojar a través del lenguaje a a la realidad del velo del lenguaje. Mostrar algo “como por primera vez”, como antes de que existiera, como lo ve aquel niño que

del velo del lenguaje. Mostrar algo “como por primera vez”, como antes de que existiera, como

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desconoce la palabra, provocar el asombro de aquel homínido que acaba de descubrirse a sí mismo frente a algo desconocido.

Y, de ese modo, exponerlo a la conciencia de nuevo , situar el mundo nuevamente en su lugar original. Parece que la poesía (en su sentido más amplio de 'creación'), o sea el arte en general, asienta su raíz en este intento de decir como nunca se ha dicho antes para que volvamos a ser lo que fuimos antes de poseer lenguajes.

Tiene mucho que ver con esto el llamado pensamiento mágico, que no es otra cosa que el intento de modificar la realidad con un conjuro, mediante palabras mágicas. Con las palabras idóneas podemos generar una emoción en el otro, podemos persuadirlo de hacer algo. Si voy por la calle, veo a alguien fumando y le digo amablemente: «¿podría darme un cigarrillo, por favor?» es posible que logre tener un cigarrillo. Antes no lo tenía y ahora lo tengo. Por medio del lenguaje he invocado su presencia y el cigarrillo ha aparecido en mi mano, la realidad ha sido transformada. En cambio, si escojo mal las palabras, si exijo el cigarrillo o trato de arrancárselo sin más encontraré resistencia. Es importante pronunciar los conjuros de forma muy exacta o la realidad se vuelve terca. Puede parece un chiste, pero el pensamiento mágico es eso. Si puedo provocar el llanto con una palabra bien escogida, ¿por qué no va a haber una palabra con la que pueda provocar la lluvia? Sólo hay que averiguar cuál es, cuándo y cómo conviene pronunciarla.

Estos son los poderes que nos otorga el lenguaje: crear, poseer, comunicar. A mayor precisión, mejor es nuestra capacidad de obrar tales maravillas.

crear, poseer, comunicar. A mayor precisión, mejor es nuestra capacidad de obrar tales maravillas. Antonio Rómar

Antonio Rómar