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MISTER CAPULLO SEDUCTOR

por Bars

[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Imbécil de Oro. 1

CAPÍTULO 6. LA DUCHA

Vamos, vamos, vamos murmuré entre dientes de forma frenética.

Apreté las manos con fuerza en torno a mi bolso, en un desesperado intento por reprimir el impulso de abrirme paso entre la multitud a base de codazos y empujones. Respira, Bella, me repetí para mis adentros, mientras tomaba una bocanada de aire que después exhalé lentamente. Estiré el cuello por encima de las cabezas que se interponían entre la salida del metro y yo, pero fue en vano. La cola de pasajeros avanzaba con demasiada lentitud, yo llegaba rematadamente tarde a mi cita y Rosalie Hale era una persona extremadamente impaciente. Una combinación explosiva.

Y todo por culpa de Edward Cullen.

Le eché un rápido vistazo al periódico que había comprado tras salir de la sede de Cullen & Hale, pero no confiaba en mi capacidad para caminar y leer al mismo tiempo sin morir en el intento, por lo que lo coloqué debajo del brazo y continué con mi tortuoso camino hacia la salida del metro, rumiando palabras malsonantes entre dientes, dedicadas todas ellas a Edward Cullen.

Sí, él tenía la culpa de todo. De haberme retenido más tiempo del debido en su despacho. De que llegara tarde a mi cita con Rosalie Hale. De que viajar en transporte público fuera una experiencia aterradora. De las hipotecas, del paro y de la crisis. Sí, de eso también.

Consulté mi reloj por enésima vez, pero las manecillas continuaban moviéndose a una velocidad alarmantemente rápida. Rosalie iba a arrancarme la cabeza. Lo sabía. Y por una vez, sin que sirviera de precedente, tenía motivos para ello.

Respiré con alivio cuando casi cinco minutos después, logré alcanzar la salida. Cerré los ojos brevemente, disfrutando de la mañana inusualmente soleada, antes de emprender mi

1 Fanfiction. Los personajes y el universo Twilight pertenecen a Stephenie Meyer.

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carrera desenfrenada hasta el local en el que Rosalie Hale me esperaba desde hacía veinte

minutos. En cualquier otro momento, correr como si la vida me fuera en ello por las calles

de

Chicago en hora punta habría sido un completo suicidio, sobre todo teniendo en cuenta

mi

nula coordinación de movimientos. Pero, la verdad, apreciaba demasiado mi vida como

para añadirle otros diez minutos más de retraso más a mi cita con Rosalie Hale, así que… sí. Corrí.

Puse un pie delante de otro hasta tomar ritmo. Doblé una esquina. Casi me llevo por delante a una pareja adorable de ancianitos. Estuve a punto de terminar en urgencias cuando crucé la Gran Avenida sin prestarle atención al tráfico. Pero también esbocé una sonrisa satisfecha en cuanto alcancé el número 8 de Hubbard Street.

Me incliné levemente, llevándome una mano al costado mientras trataba de recuperar mi ritmo normal de respiración. Fue entonces, a punto de echar los hígados por la boca tras aquella carrera desenfrenada, cuando la enorme puerta de madera oscura que conducía al Penthouse Lounge, el club en el que Rosalie Hale celebraría su cumpleaños, se abrió.

Alcé la mirada, únicamente para encontrarme con la propia Rosalie Hale, cruzada de brazos y con las cejas enarcadas, observándome con aquella expresión arrogante que sólo ella podía componer con tanta facilidad.

Bueno. Ella y Edward Cullen, por supuesto. Bonita pareja.

—Llegas… —comenzó a decir.

Tarde, lo sé la interrumpí, aún jadeando a causa del esfuerzo. Ella se limitó a fruncir

los

labios, pero no dijo nada más—. Lo siento, Rosalie. He…

He

tenido que soportar al idiota de tu futuro prometido, que por lo visto debe de pensar

que todo mi tiempo es de su propiedad y me ha retenido más tiempo del necesario en su despacho.

Hmm, no. Creía recordar que lo de mencionar a Edward Cullen en presencia de Rosalie Hale estaba prohibido.

He tenido un imprevisto dije finalmente, reincorporándome.

Ella continuó ahí plantada, observándome con desdén. Oh, por favor. ¿No se cansaba nunca

de exhibir aquella mueca malhumorada constantemente?

Un imprevisto, ¿eh? repitió, tiñendo sus palabras de fría ironíaEl dueño del club ha accedido a abrir sus puertas para mí esta mañana como favor personal, pero a ti sólo se te ocurre llegar veinte minutos tarde porque has tenido un… imprevisto.

No, cariño, he llegado veinte minutos tarde porque tu novio es un capullo insufrible. Aunque, por tu bien, eso ya deberías saberlo.

Lo siento, Rosalie volví a disculparme, aunque sabía que era en vano.

Dime, Bella, ¿qué debería hacer contigo? ¿Despedirte? ¿Gritarte? ¿Quejarme a Aro de tu falta de profesionalidad? ¿O todo a la vez?

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Tomé aire, tratando de ganar tiempo. Aquella niñata no me iba a sacar de mis casillas.

Deberías disculpar mi pequeño error comencé, entonando mis palabras con serenidad, deberías confiar en que no volverá a ocurrir y deberías comprender que últimamente mi agenda está más apretada de lo que me gustaría. Aunque, por supuesto, si no estás satisfecha con mi trabajo, eres libre de ponerlo en conocimiento de Aro.

Mantuve mi expresión más neutral, aunque tuve que esforzarme para no fruncir el ceño al pronunciar mis últimas palabras. Ningún cliente se había quejado nunca de mi trabajo y Rosalie Hale no iba a ser la primera en hacerlo.

¿Una agenda apretada? ¿Tienes otro cliente? preguntó Rosalie, entornando los ojos con suspicacia.

No mentí de forma automática.

Joder. Respuesta incorrecta. Decir la verdad hubiera sido mucho más fácil. ¿Por qué me empeñaba en cubrirle las espaldas al idiota de Edward Cullen? Ni que él hubiera hecho nada por mí.

Aparte de empeñarse en hacer de mi vida un infierno constante, por supuesto.

Pero la época de las Navidades siempre es especialmente complicada añadí rápidamente, continuando con la mentira. Le estoy echando una mano a un par de compañeras con sus clientes, así que mi horario…

No lo hagas me cortó Rosalie. Te quiero disponible para mí en todo momento.

Me hubiera gustado recordarle que la manera en la que organizaba mis horas de trabajo no era de su incumbencia. Me hubiera gustado decirle también que no era más que una niña de papá demasiado acostumbrada a ladrar órdenes. Pero Rosalie no se quedó para escuchar mis quejas, sino que se dio media vuelta, agitando su larga melena rubia, y desapareció tras la puerta del club, moviendo sus caderas como sólo una modelo de Victoria’s Secret sabía hacer.

Tan guapa como insoportable, pensé para mí, mientras la seguía al interior del local. Otro punto más en común con Edward Cullen. Y no es que me importara su vida lo más mínimo, pero la relación de aquellos dos iba a terminar jodidamente mal. Como lanzándose la cubertería de la boda a la cabeza en pleno banquete. O como con un divorcio millonario de esos que llenaban páginas y páginas en periódicos sensacionalistas.

Sonreí al imaginarme a Rosalie Hale relatando su doloroso divorcio entre lágrimas falsas en el programa de Oprah, al tiempo que caminaba hacia el interior del club. Apenas eran las diez de la mañana, pero en cuanto cerré la puerta a mi espalda y me vi envuelta por la oscuridad del local, tuve la sensación de haber retrocedido en el tiempo, a mis años en la universidad, cuando aún tenía vida propia, el trabajo no acaparaba todo mi tiempo libre y todavía podía dedicar las noches de los fines de semana a aniquilar neuronas sin sentirme culpable por ello. Recorrí con la mirada el interior del local, silencioso y solitario, y pude imaginarme lo que sería una noche en aquel lugar, con la música atronadora retumbando

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por los grandes altavoces, las copas de alcohol pasando de mano en mano y el particular desfile de vestidos cortos y ajustados.

Seguí a Rosalie, esforzándome por mantener su ritmo, cruzando pasillos, zonas vips y una amplia pista de baile salpicada por plataformas, cómodos sillones y un par de barras de bar, hasta alcanzar el ascensor. Arriba, en el último piso, nos recibió la gran azotea del edificio, decorada únicamente a base de cálidos colores tierra, una especie de oasis de paz en medio de la gran ciudad.

Rosalie se plantó en mitad de la enorme terraza, observando todo a su alrededor con ojo crítico.

¿Qué te parece? preguntó, tras varios segundos de silencioso análisis.

Ella había sido la encargada de elegir el lugar para su fiesta de cumpleaños. Tenía muy claro lo que quería, de modo que yo tan sólo me había limitado a hacer un par de llamadas telefónicas para reservar el local. Aquella era nuestra primera visita al club y Rosalie aún tenía que dar su visto bueno definitivo, por lo que sabía que cualquier detalle que disgustara a Rosalie, el más mínimo movimiento con la cabeza de lado a lado, lo echaría todo a perder. Y tendríamos que comenzar de nuevo.

Es amplio. Muy amplio comencé a decir, recorriendo lentamente la azotea.

A primera hora de la mañana, los únicos sonidos que alcanzaba a distinguir desde allí arriba eran los pitidos del tráfico y el típico bullicio de Chicago en hora punta, pero suponía que de madrugada, la terraza del club debería sumirse en ese ambiente pijo-chic por el que las niñas de papá como Rosalie estaban dispuestas a gastarse demasiado dinero.

Es sofisticado y de noche, la panorámica de la ciudad desde aquí arriba debe de ser maravillosa.

Lo es aseguró Rosalie. Pero lo que quiero es que todos los invitados se mueran de envidia. ¿Crees que este lugar está a la altura?

Resistí el impulso de poner los ojos en blanco.

Rosalie, vas a celebrar tu cumpleaños en el mejor club de toda la ciudad le recordé. Hay lista de espera de seis meses para reservar esta azotea y tú es decir, yo y mi maravillosa agenda de contactos, me corregí mentalmentehas conseguido hacerte con ella en un par de días.

Rosalie asintió en completo silencio, pero me pareció ver como los rasgos de su rostro se suavizaban levemente; por lo visto, se daba por satisfecha con mi respuesta.

¿No dijiste que el dueño del club estaría por aquí? preguntéMe gustaría aclarar un par de cosas con él antes de cerrar el trato.

Lo estaba, pero gracias a tu retraso ha tenido que ausentarse para resolver asuntos urgentes aseguró Rosalie, fulminándome con la mirada. Volverá en un par de minutos.

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Opté por no responder a su provocación porque… bueno, porque tenía razón. Había llegado rematadamente tarde, de modo que no me quedaba más remedio que agachar la

cabeza y asentir dócilmente. Me apoyé contra la ancha baranda que recorría el perímetro

de la azotea y desenrollé el periódico que aún llevaba bajo el brazo. La lectura me

ahorraría el tener que entablar una charla banal con Rosalie mientras esperábamos a que el dueño del club reapareciera.

¿Emmett Cullen, un héroe? murmuró Rosalie a mi espalda y el desdén cubrió su voz sin disimulo.

Tuve que fijarme en el titular de portada para comprender sus palabras. Una foto a todo color de Emmett, el hermano de Edward Cullen, vestido con la equipación de los Chicago Bears y con el brazo en alto en señal de victoria, ilustraba la primera página del periódico.

Por lo visto, los Bears acababan de clasificarse para los playoffs de la liga y Emmett Cullen

se había convertido de la noche a la mañana en el héroe local.

Rosalie observaba la fotografía por encima de mi hombro y con el ceño fruncido.

¿Le conoces? pregunté, incapaz de contenerme, a pesar de que sabía que me estaba adentrando en aguas movedizas.

Rosalie bufó, aumentando mi curiosidad.

Es hijo de Carlisle Cullen, el socio de mi padre explicó ella. Le he visto en el despacho y en alguna que otra reunión familiar.

Y es el hermano de tu futuro prometido. Me mordí el labio, analizando el rostro de Rosalie con disimulo. ¿Tan mal le caía Emmett Cullen? Parecía ser la simpatía hecha persona, sobre todo si le comparabas con su hermano.

Parece simpático dejé caer, tanteando el terreno.

Un nuevo bufido se escapó de los labios de Rosalie.

¿Y qué? Es un deportista dijo, como si aquello fuera suficiente explicación. Su inteligencia es inversamente proporcional a su masa muscular.

Y algunos

proporcional a la longitud de sus piernas.

dirían

que,

en

el

caso

de

las

modelos,

su

inteligencia

es

inversamente

Un nuevo vistazo a rostro crispado de Rosalie me confirmó que Emmett no era en absoluto

de su agrado.

Podría haberle elegido a él. Podría haberse quedado con el otro hermano Cullen.

Volví la vista inmediatamente al periódico en cuanto sentí mis mejillas enrojecer. ¿De dónde había salido aquel último pensamiento? Pasé las páginas con rapidez, haciendo demasiado ruido, pero no fui capaz de captar el sentido de las palabras impresas. Mi mente se encontraba ocupada en otros asuntos más urgentes. Como en encontrarle una explicación a mi arrebato de locura momentánea.

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En fin, ¿qué me importaba lo que hicieran Rosalie y Edward? Me daba igual su relación y su vida. Por mí, como si montaban el bodorrio del año para espectáculo de toda la gente de bien que poblaba aquella ciudad. Por mí, como si luego se compraban un chalet unifamiliar a las afueras, de dos pisos y con un porche pintado de verde. Por mí, como si ella abandonaba su carrera de modelo para dedicarse a su insoportable futuro marido. Por mí, como si no se aguantaban y decidían firmar los papeles del divorcio tras volver de su idílica luna de miel.

¡Rosalie!

Un grito grave interrumpió mis tribulaciones mentales. Respiré aliviada y me di la vuelta para ver cómo Rosalie saludaba al recién llegado, un hombre de mediana estatura y tez morena.

Bella, este es Billy, el dueño del club me presentó Rosalie, antes de lanzarme una mirada de censura y dirigirse de nuevo al dueño. Bella lamenta haber llegado más de media hora tarde.

En realidad fueron tan sólo veinte minutos corregí, pero Rosalie me ignoró por completo.

—Y este es… —continuó, volviéndose hacia su derecha.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que el dueño del club no había aparecido solo.

Black gruñí en cuanto reconocí a su acompañante.

Una sonrisa socarrona se dibujó en los labios de Jacob Black en cuanto pronuncié su nombre. ¿Qué hacía él aquí?

¿Os conocéis? preguntó Rosalie, alzando las cejas en señal de sorpresa.

Asentí con la cabeza.

Por desgracia murmuré.

¿Que si le conocía? Todo el mundo en Revamp your party conocía a Jacob Black y trataba de huir de él. De él y de su pequeña empresa dedicada a encargarse de la iluminación en grandes eventos. Tenía una especial habilidad para cargarse cualquier trabajo bien hecho con sus manazas inexpertas. Cuando le contratabas, sabías que en tu fiesta habría apagones de luz, que los focos del escenario principal no funcionarían o que si habías encargado una iluminación tenue y sutil, Jacob Black se presentaría allí con sus luces más potentes.

Jacob se va a encargar de la iluminación para la fiesta anunció Rosalie.

Ni de coña.

Inspiré profundamente un par de veces, haciendo un esfuerzo por mantener una expresión neutral en mi rostro.

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Rosalie dije, volviéndome hacia ella y susurrando mis palabras, no creo que Black sea la mejor opción para…

Es la única opción me cortó Rosalie con un gruñido seco. Jacob es el hijo del dueño; Billy nos ha cedido la azotea con esa condición añadió, antes de volverse de nuevo hacia ellos y continuar hablando en voz alta. Billy quiere enseñarme el local a fondo. Jacob, Bella te explicará el tipo de iluminación que queremos para la fiesta.

Sin mediar más palabra, Rosalie tomó a Billy del brazo y juntos desaparecieron por las escaleras que conducían al resto del local.

Parece que volvemos a encontrarnos observó Jacob y la diversión se filtraba en su voz; hundió sus grandes manos en los bolsillos de su pantalón y me observó con la cabeza ligeramente ladeada. Tras mi impecable trabajo en la fiesta de Edward Cullen, creía que no volveríamos a vernos.

Entrecerré los ojos, lanzándole una mirada asesina, pero él no pareció intimidado por ello.

Tras tu fiasco en la fiesta de Edward Cullen, querrás decir le corregí. Sí, yo también tenía la esperanza de que no volvería a cruzarme contigo. El destino a veces es cruel.

Y, sin embargo, sigues queriendo trabajar conmigo.

No creo que tenga más opción repliqué. Eres el hijo del dueño del club. Eso complica demasiado lo de echarte a la calle.

Jacob Black volvió a exhibir su sonrisa socarrona sin pudor alguno. Fruncí el ceño al fijarme en su actitud relajada y despreocupada. Su rostro de rasgos juveniles continuaba crispado en esa mueca desvergonzada, casi desafiante.

Vamos, lo de Edward Cullen no fue para tanto. Tan sólo un pequeño apagón para darle más emoción a la noche bromeó Jacob, pero sus palabras no me resultaban graciosas en absoluto. Esta vez lo haré mejor.

Alcé las cejas, cruzándome de brazos. Por si no le había quedado claro aquello de que me caía mal.

He tenido demasiadas experiencias para olvidar contigo como para creerte aseguré.

Black abrió la boca para replicar, pero el zumbido de mi teléfono le interrumpió. Apreté los labios para ahogar un bufido en cuanto vi el nombre de Edward Cullen parpadeando insistentemente en la pantalla. Estupendo. De idiota incompetente a idiota arrogante y tiro porque me toca.

La mañana mejoraba por momentos.

Isabella dijo en cuanto descolgué, sin ni siquiera darme la oportunidad de abrir la boca. Tienes que hacer una cosa por mí.

Me volví, dándole la espalda a Jacob Black, y comencé a caminar hacia la otra punta de la azotea.

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Un por favorno hubiera estado mal apunté, frunciendo los labios, pero dime de qué se trata.

Rosalie fue la escueta respuesta de Edward Cullen. Necesito que averigües qué quiere para su cumpleaños.

Cerré los ojos y me pasé una mano por la cara. Después del episodio humillante de Tiffany’s, creí que no habría nada peor. Nada podía superar el momento en el que entras en una lujosa joyería en busca de un anillo de compromiso para otra mujer y acompañada por el hombre con quien te acabas de enrollar en su despacho.

Pero, por supuesto, Edward Cullen parecía vivir con el único objetivo de hacer realidad mis peores pesadillas.

Cualquier cosa le gustará, Edward dije, optando por una nueva estrategia; discutir con él iba a ser una pérdida de tiempo, por lo que quizás la opción más inteligente fuera seguirle la corriente. Es mujer y, además, modelo. Un bolso carísimo, un perfume exclusivo, unos pendientes. Sólo te pido que esta vez no me arrastres a comprarlo contigo.

No me sirve negó Edward. Eso son regalos que cualquiera podría hacerle. Quiero que sea algo único, algo que realmente desee.

Oh, genial. Ahora Edward Cullen quería disfrazarse de romántico empalagoso para sorprender a su futura prometida.

Edward, esto se escapa de mis competencias. No soy ni tu asistente personal, ni tu esclava, ni la niñera de Rosalie y…

Hazlo, Isabella me ordenó él, interrumpiéndome. Averigua lo que quiere.

Y sin decir nada más, colgó el teléfono, dejándome con la palabra en la boca, la respiración alterada, el pulso repiqueteando furiosamente en mis sienes a causa de la furia y la certeza de que era materialmente imposible ser más odioso que Edward Cullen.

Me volví de nuevo hacia Jacob Black, que aún aguardaba con las manos en los bolsillos de su pantalón. Reprimí un suspiro de cansancio y me encaminé hacia él.

Bueno, Black, ¿por dónde empezamos?

* * *

Vamos, Bella. Prométeme que lo intentarás. ¿Me lo prometes? Dime que lo harás. Me lo prometes, ¿verdad?

Le lancé una mirada asesina a Jessica Stanley por encima de la mesa, pero mi ayudante no pareció darse por aludida. Como escuchara el verbo prometer conjugado en cualquier tiempo y forma una vez más, una dolorosa muerte iba a suceder allí mismo, en la cafetería de la empresa. Aún no sabía si la mía por suicidio, o la de Jessica por asesinato.

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¿Qué promesa tratas de arrancarle a Bella?

Esbocé una sonrisa agradecida en cuanto Eric Yorkie dejó su bandeja de comida sobre la mesa y se sentó a mi lado, seguido por Alice y Angela.

La de que invitará a Edward Cullen a la fiesta de Navidad respondió Jessica.

¿La fiesta de Navidad? bufó AngelaEs un bodrio insoportable. Todo tratamos de escabullirnos cada año. ¿Qué te hace pensar que Edward Cullen querrá venir?

¿Un bodrio? repitió Eric, alzando las cejasSe supone que nos dedicamos a organizar los mejores eventos de la ciudad. ¿Cómo es posible que nuestra fiesta de Navidad sea un bodrio?

Oculté una sonrisa. Eric apenas llevaba unos cuantos meses trabajando en la empresa y aún no había tenido el placer de disfrutar del horror de la fiesta de Navidad que se organizaba cada año en la oficina. Pobre novato.

En realidad es un espectáculo decadente en el que Marcos y Cayo apuran hasta el agua de los floreros y se empeñan en obligarnos a cantar villancicos le ilustró Alice. Y, créeme, contemplar a tus jefes borrachos y camino del coma etílico no es tan divertido como pudiera parecerte.

Sin olvidar que Aro se dedica a merodear por los alrededores y a acorralarnos en oscuras esquinas para interrogarnos sobre nuestros clientes apunté; aquella era la parte más espeluznante de la fiesta.

Jessica nos observó alternativamente pero, a juzgar por su expresión decidida, no parecía dispuesta a darse por vencida.

Más puntos a mi favor volvió Jessica a la carga. Coincidiréis conmigo en que la presencia de Edward Cullen mejorará la fiesta considerablemente.

Permíteme que difiera murmuré entre dientes; no había nada que la presencia de Edward Cullen pudiera mejorar.

Me llevé las manos a los ojos, frotándolos con fuerza, como si con ese gesto pudiera hacer desaparecer todas mis preocupaciones. El día había comenzado de forma pésima, con mi tradicional visita matutina al despacho de Edward Cullen y la cita con Rosalie Hale, pero conforme avanzaban las horas, la jornada prometía convertirse en uno de esos días en los que la mejor opción hubiera sido no levantarme de la cama. La puntilla a tan memorable día la estaba dando Jessica y su inexplicable obsesión por tratar de convencerme para que invitara a Edward Cullen a la fiesta de Navidad de la empresa.

Ya me resultaba bastante duro tener que soportarle cada día. ¿Qué le hacía pensar a Jessica que iba a querer prestarme a pasar más tiempo con él voluntariamente?

Alice, mañana tenemos que acercarnos hasta el Four Seasons para cerrar el tema de la seguridad para la fiesta de Edward Cullen hablé, antes de que Jessica retomara su tarea. Y Jessica, la secretaria de Edward debería haberte enviado ya el listado definitivo

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de invitados. Verifica sus nombres y direcciones. En cuanto lleguen las invitaciones, debemos enviarlas lo antes posible.

De hecho, ya están aquí me informó Jessica. Llegaron esta mañana por mensajería urgente. No quise avisarte porque sabía que estarías con Rosalie y…

Sí, sí completé por ella, agitando la mano. Todos sabemos que Rosalie es una bruja y que probablemente te arrancaría la cabeza si me llamaras mientras estoy con ella.

Escuché el bufido incrédulo de Alice, Angela y Eric, pero ni siquiera me digné a mirarles. Seguramente pensaran que exageraba pero, la verdad, todo lo malo que pudiera decir sobre Rosalie Hale se quedaba corto.

Las cajas están en tu despacho añadió Jessica.

Apiádate de mí y dime que son pocas supliqué, aunque sabía que era en vano; Edward Cullen sólo sabía hacer las cosas a lo grande.

Tres cajas. Grandes. Llenas hasta arriba. Quinientas invitaciones soltó Jessica sin piedad.

Asentí con la cabeza, una y otra vez, tapándome la cara con las manos, como si con ese gesto pudiera hacer desaparecer el mundo.

Ahora que Jessica te ha dado las malas noticias escuché a Eric hablar a mi derecha, ¿qué tal si tú nos alegras la tarde dándonos una buena noticia?

¿Una buena noticia? ¿Como cuál? quise saber, todavía con la cara enterrada entre mis manos.

Como que Edward Cullen ha decidido desaparecer de mi vida para siempre.

Como que invitarás a Edward Cullen a la fiesta de Navidad.

Dejé caer las manos sobre la mesa con un golpe seco y me volví hacia Eric, fulminándole con la mirada. Fruncí el ceño al ver cómo él, lejos de parecer intimidado, cruzaba una sonrisa cómplice con Jessica. Lo que me faltaba, más voluntarios para la causa “invitemos a Edward Cullen a la fiesta de Navidad”.

Eso no va a ocurrir nunca murmuré, lanzándole una rápida mirada de advertencia.

La población femenina de esta empresa y yo te lo agradeceríamos eternamente.

A mí no me incluyas dijo Angela, alzando las manos.

Está bien. La población femenina de esta empresa, excepto Angela… —se corrigió Eric, dirigiéndole una mirada sombría a la aludida.

Y Alice apuntó mi amiga.

Y Alice… —cedió Eric.

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Eso ya son demasiadas excepciones interrumpí, antes de que Eric pudiera continuar con su súplica; me levanté de la mesa y, de repente, sentí una ola de cansancio recorrer todo mi cuerpo. No voy a invitar a Edward Cullen. Es mi última palabra repetí, esperando dar por zanjado el tema. Alice, recuerda lo de mañana. Y Jessica, necesito esa lista de invitados hoy. Edward Cullen pretende que rellene esas malditas invitaciones a mano, así que quiero empezar esta misma noche. Cuanto antes comience con la tortura, antes recuperaré mi libertad.

Bonito plan para la noche de un viernes dejó caer Alice.

¿Hoy? preguntó Jessica, alarmadaDijiste que lo hiciera en cuanto pudiera.

—Exacto. Aunque puede que se me olvidara mencionar que “en cuanto puedas”, en realidad significa “hoy”.

—Pero la secretaria de Edward Cullen todavía no me ha…

Quiero esa lista encima de mi mesa esta tarde, Jessica la interrumpí. Lo que hagas para conseguirla es asunto tuyo.

Sólo cuando me di la vuelta y comencé a caminar hacia las puertas de la cafetería, caí en la cuenta de que esa última orden que le había ladrado a Jessica se parecía bastante a las que Edward Cullen me lanzaba a mí.

De vuelta a la soledad de mi despacho, contemplé las cajas llenas de invitaciones que el mensajero había dejado sobre mi escritorio. Quinientas invitaciones. Quinientas invitaciones impresas en papel de gran calidad y exquisitamente ornamentadas. Quinientas invitaciones que yo solita tendría que rellenar a mano, una detrás de otra, para más señas. Y todo porque Edward Cullen había decidido que le gustaba mi caligrafía.

Sabía lo que tenía que hacer a continuación. Tomar una pluma, mojarla en tinta porque Edward Cullen era demasiado estirado como para permitir rellenar las invitaciones con un simple bolígrafoy comenzar a escribir los nombres, con cuidado, exagerando los trazos bonitos de mi caligrafía y esmerándome al máximo.

Una tarea tediosa, aburrida y que incitaba al suicidio.

Pero también sabía que, antes de hacer nada, antes de rellenar si quiera una sola de las invitaciones, Edward Cullen tenía que dar su visto bueno. Quería comenzar cuanto antes con ello para quitármelo de encima, pero primero tenía que asegurarme de que Edward estaba conforme con las invitaciones. No quería ni imaginarme lo que ocurriría si, tras rellenar quinientas invitaciones a mano, Edward Cullen decidía que el papel era de mala calidad o que el color sepia era demasiado oscuro, y me ordenaba repetirlo todo.

Alcancé el teléfono que descansaba sobre mi escritorio y marqué el número de Cullen & Hale.

Despacho de Edward Cullen, ¿en qué puedo ayudarle?

Tanya hablé y casi pude imaginarme su expresión de desdén al escuchar mi voz, ¿sabes si Edward está por ahí?

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No respondió de forma cortante. El señor Cullen ha decidido terminar la jornada más pronto de lo habitual y se ha retirado a su casa.

Pomposa y pedante. Menuda joya de secretaria.

Perfecto. ¿Podrías darme su dirección?

La risita de Tanya se coló en mis oídos, alta y clara. ¿Qué coño le hacía tanta gracia?

Por supuesto que no se negó.

Por supuesto que iba a aprovechar la menor oportunidad para torpedearme.

Escucha, Tanya pedí con educación, cerrando los ojos y masajeándome las sienes, necesito consultar algo en persona con Edward Cullen.

Tendrá que esperar a mañana.

Se me olvidaba decirte que necesito hacerlo ya. Es urgente puntualicé, antes de fruncir los labios ante lo que estaba a punto de hacer. Por favor, Tanya.

Casi me pareció ver su sonrisa desdeñosa al escucharme suplicar.

Lo siento, pero no puedo proporcionarte esa información insistió Tanya, aunque su voz no sonaba arrepentida en absoluto.

Está bien, Tanya. Tú lo has querido.

Vamos a hacer una cosa, Tanya hablé de nuevo. Acabo de recibir tres cajas por mensajería urgente con las quinientas invitaciones para la fiesta de Nochevieja. Edward quiere que las rellene a mano, pero primero necesito que me dé su visto bueno. Ya que tú no estás dispuesta a colaborar, comenzaré a rellenarlas. Cuando tenga las quinientas, se las mostraré a Edward. Entonces él encontrará algún fallo y sabes que lo hará, se enfadará, me ordenará que repita todo el proceso y me preguntará por qué demonios no le mostré las invitaciones antes de rellenarlas. ¿Y sabes qué le diré, Tanya? No me quedará más remedio que confesarle que lo intenté, que fui hasta su despacho, pero que él no estaba allí. Que le pedí a su secretaria que me diera su dirección para poder ir hasta su casa y enseñarle las malditas invitaciones, pero que ella se negó a dármela, sin motivo aparente. ¿Sabes entonces quién será la víctima de su cabreo monumental? inquirí, aunque era una pregunta retórica.

No te creerá replicó Tanya, aunque pude percibir la nota de duda en su voz.

Una sonrisa satisfecha se dibujó en mis labios en cuanto olí lo cerca que me encontraba de la victoria. Un golpe más y esa dirección sería mía.

¿Quieres probar? quise saber.

Escuché cómo Tanya tomaba aire al otro lado de la línea.

Avenida Michigan, número 800.

Bingo.

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Gracias, Tanya dije, sin poder borrar la sonrisa de victoria de mi cara. Me encanta hacerte entrar en razón.

* * *

Eché la cabeza hacia atrás, alzando la vista, pero por mucho que forzara los músculos de

mi cuello y entrecerrara los ojos, era incapaz de alcanzar con la mirada el último piso de

Park Tower. El edificio se alzaba hasta casi alcanzar el cielo de Chicago y parecía estar ahí para recordarme que todo en Edward Cullen, incluso la lujosa torre de apartamentos en la

que vivía, estaba diseñado para intimidarme.

Tomé aire, agarré con fuerza mi bolso y, en cuanto puse un pie sobre el asfalto para cruzar

la calle, caí en la cuenta por primera vez de lo que estaba a punto de hacer.

Repentinamente, sentí mi estómago agitarse a causa de unos inesperados nervios. Porque una cosa era presentarse en el despacho de Cullen & Hale, ese lugar que ya me resultaba tan familiar y casi territorio neutral, y otra muy diferente y mucho más aterradoraera aparecer en su apartamento por sorpresa. En el lugar donde Edward Cullen vivía, se relajaba y se despojaba de su máscara de capullo insufrible para ser él mismo.

En el lugar donde probablemente se follara a Rosalie Hale todas las noches.

Sacudí con fuerza la cabeza. ¿De dónde había salido aquel último pensamiento? Me maldije

a mí misma entre dientes por aquel momento de debilidad, al tiempo que alcanzaba el otro lado de la calle y comenzaba a dar vueltas alrededor de la manzana, en busca de la puerta

de

entrada al edificio.

En

los últimos días, me veía sorprendida por pensamientos de ese tipo aquí y allá, frases

que aparecían de la nada y a las que era incapaz de seguir el rastro. Un “¿por qué demonios quiere proponerle matrimonio a Rosalie Hale?”, aderezado por algún “no me lo esperaba” y rematado por el peor de todos ellos, el “no quiero que lo haga”. Habían comenzado tras aquel humillante episodio en Tiffany’s y, conforme avanzaban los días, se hacían más persistentes y redundantes. Pero no tenían ningún sentido.

Volví a agitar la cabeza de un lado a otro y me repetí por enésima vez en las últimas horas que lo que Edward Cullen hiciera con su vida no me importaba en absoluto.

La entrada de Park Tower era tan intimidante como el resto del rascacielos. Me aproximé

con cautela a la fachada del edificio, echando un rápido y último vistazo hacia arriba, antes

de cruzar con pasos silenciosos las puertas acristaladas que conducían al interior. Dentro,

me recibió un amplio vestíbulo, exquisitamente decorado, coronado por un par de

ascensores, igualmente acristalados y sorprendentemente amplios.

Buenas tardes, señorita, ¿puedo ayudarla en algo?

Me giré hacia mi izquierda, donde el portero del edificio aguardaba tras el mostrador.

Buenas tardes respondí, imitando su sonrisa amable. Busco a Edward Cullen.

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¿Sabe si el señor Cullen la está esperando? quiso saber élLlegó hace apenas unos treinta minutos y me pareció escucharle decir que no esperaba visitas.

Observé como frunció el ceño ligeramente al pronunciar la última parte de la frase, y tuve la certeza de que las palabras de Edward Cullen se habrían asemejado más a una orden del tipo “ni se te ocurra dejar que nadie entre a mi apartamento”, que a una amable petición.

Una lástima que yo me encontrara allí con el firme propósito de perturbar su paz.

Me incliné sobre el mostrador de una forma que esperaba fuera disimulada, pero sospechaba que aquel truco no iba a funcionar. La madre naturaleza no me había dotado con el regalo de un escote generoso con el que engatusarle para que me dejara pasar, por lo que debería confiar mi suerte a mi ingenio y a mi capacidad para improvisar.

Edward Cullen no me está esperando reconocí, optando por tomar la vía de la sinceridad, pero necesito verle. Es urgente.

Compuse mi mueca más desesperada y el gesto debió de resultar suficientemente convincente a juzgar por la expresión de lástima que se dibujó en el rostro del portero.

Lo siento, señorita se disculpó, y realmente parecía arrepentido, pero el señor Cullen me dio orden expresa de que no permitiera pasar a nadie. Quiere disfrutar de una velada a solas.

Y yo quiero comenzar a rellenar quinientas invitaciones a mano de una maldita vez.

Probablemente crea que estoy exagerando volví a la carga, lejos de darme por vencida, pero se trata de un asunto de vida o muerte. Verá susurré, bajando la voz e

inclinándome aún más sobre el mostrador. Hora de sacar la artillería pesada. Desconecté

mi conciencia y mi sentido común, y dejé que las palabras fluyeran por sí solas, sin ningún

tipo de cortapisa—… probablemente se sienta incómodo al escuchar lo que voy a decirle. Y

seguramente no debería confesarle nada de esto, pero tengo un retraso. Ya sabe, en mi período añadí, y su mueca de confusión se transformó rápidamente en una de perplejidad. He comprado un test de embarazo, pero no me atrevo a tomarlo yo sola. Necesito que Edward esté conmigo. Si sale positivo, me parece que lo justo es que el padre

de mi futuro hijo comparta este momento tan especial conmigo, ¿no cree? rematé,

acariciándome el vientre en un gesto maternal.

Cerré la boca, escudriñando con atención el rostro del pobre hombre, que me observaba

de hito en hito.

—Por… por supuesto —dijo finalmente con un hilo de voz; parecía realmente impresionado por mi impecable actuación. Tome, señorita, aquí tiene la llave del ascensor añadió, ofreciéndome la llave—. Es el último piso. Suerte. Y si… si sale positivo, sea tan amable de darle mi enhorabuena al señor Cullen.

Lo haré aseguré, esbozando una sonrisa que trataba de ser cálida y sincera.

Me di la vuelta, sorprendida por mi rápida victoria, y me encaminé con pasos apresurados hacia uno de los ascensores, antes de que el portero descubriera mi mentira. En cuanto las puertas se cerraron a mis espaldas, dejé escapar un suspiro de alivio.

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¿Realmente acababa de insinuarle a aquel hombre que podría estar embarazada de Edward Cullen?

No, en realidad no se lo había insinuado. Se lo había dicho claramente, con todas las palabras.

Dejé escapar una risotada histérica, que en la soledad de la cabina del ascensor resonó con más intensidad de la debida. Edward Cullen me iba a volver loca.

Las puertas acristaladas volvieron a abrirse en cuanto el ascensor alcanzó el piso sesenta y cuatro, el punto más alto de Park Tower, y lo que me aguardaba al otro lado me dejó con la boca totalmente abierta. Cualquier consideración sobre lo que acababa de hacer para lograr colarme en el apartamento de Edward Cullen se desvaneció de mi mente en cuanto puse un pie en el recibidor. Era amplio, inundado de luz y desembocaba en un ancho pasillo recto y larguísimo. A juzgar por las proporciones que se podían adivinar desde allí, el apartamento de Edward Cullen debía de ocupar la última planta de Park Tower al completo.

Por no mencionar que toda mi casa entraba dentro de aquel recibidor.

¿Edward? dije tentativamente, sin atreverme a alzar la voz demasiado.

Me quedé clavada delante del ascensor, sin reunir el valor suficiente para dar un paso más. Acababa de caer en la cuenta de que irrumpir en el apartamento de Edward Cullen sin invitación quizás no había sido mi idea más brillante.

¿Edward? repetí de nuevo.

Por segunda vez, no obtuve más respuesta que el silencio. Di un par de pasos, adentrándome en el recibidor y estiré la cabeza para descubrir una puerta a mi derecha. Inspiré profundamente un par de veces y me encaminé hacia ella con decisión. Había llegado hasta allí. Había logrado sonsacarle la dirección a Tanya y había conseguido convencer al portero para que me dejara pasar con la excusa de un falso embarazo. En fin, ¿qué más podía suceder? ¿Tener que enfrentarme a la ira de Edward Cullen por haberme colado en su apartamento sin avisar?

Nada que no hubiera hecho antes.

Lo de enfrentarme a la furia de Edward Cullen, quería decir. En lo de irrumpir en propiedades ajenas era una primeriza.

Me adentré en lo que parecía ser la cocina del apartamento, un espacio amplio e igualmente bañado por la luz. El mobiliario era negro y brillante, casi impersonal, y una isleta se alzaba en la mitad de la cocina. Continué caminando a través de otra puerta y abrí los ojos desmesuradamente en cuanto me topé con lo que parecía ser el salón. Aunque bien podría tratarse de una gran sala de reuniones o incluso de un campo de fútbol. Era enorme. Amplio, diáfano y sin apenas mobiliario, desprendía igualmente ese tufillo impersonal, casi frío, pero por alguna extraña razón cuadraba perfectamente con la personalidad de Edward Cullen.

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Nuevamente, la luz lo envolvía todo, y se reflejaba con fuerza sobre el techo, las paredes y el suelo, de un blanco inmaculado. Fruncí el ceño al descubrir un brillante piano negro colocado en mitad del salón, de forma que parecía dominar la estancia. Dudaba que Edward Cullen tuviera la sensibilidad necesaria para tocar un piano, por lo que supuse que aquel se trataba de un detalle snob, una forma más de hacer ver al resto del mundo que él estaba por encima de todo y de todos.

Seguí caminando a través del amplio salón. Las vistas del lago Michigan que se podían apreciar desde los grandes ventanales eran impresionantes. Curioseé un poco más y salí por otra puerta al pasillo que había divisado al inicio, ignorando a la voz de mi conciencia que me recordaba que “curiosear” en realidad quería decir “invadir la intimidad de Edward Cullen sin su permiso”.

Varias puertas se abrían a un lado y a otro del pasillo, por lo que escogí una de ellas al azar, la que se encontraba enfrente de mí. Entré en una nueva habitación que, a juzgar por sus dimensiones, debía de ser su dormitorio, y me pareció escuchar el ruido amortiguado del agua al caer. Miré a mi alrededor y, en la otra punta de la habitación, descubrí una puerta entreabierta.

¿Edward? murmuré¿Estás ahí?

No obtuve respuesta, por lo que crucé la habitación con pasos lentos. El sonido del agua al

caer se fue haciendo más fuerte conforme avanzaba, y cuando por fin alcancé la puerta, supe con certeza que ésta conducía al baño del dormitorio y que, al otro lado, había una ducha en funcionamiento.

Ni siquiera dediqué una milésima de segundo a reflexionar sobre mi siguiente

movimiento. Más tarde, me diría a mí misma que había sido víctima de un ataque de locura momentánea. Más tarde, inventaría mil excusas, a cada cual más absurda, para justificar

mi comportamiento.

Más tarde.

Pero no en ese momento.

En un acto reflejo, coloqué la palma de mi mano sobre la superficie de madera e hice algo

que no debería haber hecho. Empujé la puerta.

Una oleada de vapor me azotó en la cara y aspiré el inconfundible olor de Edward Cullen, ese aroma que reconocía a la perfección y que, por mucho que odiara admitirlo, había aprendido a disfrutar. La estancia se encontraba inundada de luz, como el resto de la casa, pero el vapor tornaba las figuras en manchas borrosas y deformaba sus contornos.

Escudriñé el baño con los ojos entrecerrados, pero los abrí en señal de sorpresa cuando, a

mi izquierda, mi mirada se topó con la ducha.

Con la ducha.

Con la figura de Edward Cullen de espaldas a mí.

Con su cuerpo desnudo.

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Y con el agua caliente deslizándose por su piel.

Todo en ello en una misma visión. ¿Qué más necesitaba una mujer para morir y dejar este mundo con una sonrisa de felicidad dibujada en sus labios?

Probablemente, encontrarse dentro de esa ducha, atrapada entre los fríos azulejos y el cuerpo desnudo de Edward Cullen.

Su mata de pelo, siempre rebelde y cobriza, se había oscurecido a causa de la humedad y casi alcanzaba a rozar sus anchos hombros. Seguí la línea que marcaban sus músculos sin mostrar pudor alguno, recorriendo ávidamente con la mirada su espalda, trazando el recorrido que marcaba el agua al deslizarse por su piel. Hacia abajo. Hacia más abajo. Hacia puntos sobre los que no debería detenerme si no quería morir por combustión espontánea allí mismo, en el baño de Edward Cullen. Pero… ¡bah! A la mierda. A la mierda los buenos modales. A la mierda la decencia y el respeto por su intimidad. Ya había hecho suficientes cosas malas aquella tarde. Una más en mi larga lista de pecados no me iba a librar del infierno.

Dejé que mis ojos continuaran su camino hacia abajo y me mordí el labio al reencontrarme con su trasero. De forma automática, mi mente voló hacia mis recuerdos de aquella noche en el Four Seasons, en la enorme cama de la suite, con su cuerpo sobre el mío, ejerciendo una presión deliciosa, y mis piernas enredadas en torno a su cintura.

Un gemido rebelde se escapó de mis labios, pero afortunadamente quedó ahogado por el sonido del agua. Volví a recorrer su cuerpo con mi mirada, esta vez en sentido inverso. Una de sus manos estaba apoyada contra los azulejos y la otra… la otra…

Oh, joder. ¿Qué estaba haciendo? Observé como los músculos de su brazo derecho se contraían y se relajaban a un ritmo regular, rápido y preciso, como si…

Dilo, Bella.

Como si se estuviera masturbando.

Pero sin la parte del “como si”.

Edward Cullen se estaba masturbando en la ducha y yo me encontraba ahí plantada, detrás de él, observándole como si nunca hubiera visto a un hombre darse placer.

¿En qué momento de la película me había convertido en una acosadora?

Sentí mis mejillas enrojecer a causa de la vergüenza. No alcanzaba a comprender cómo me había colocado en una situación tan patética, y todo por mi propia voluntad, pero en aquel momento el único pensamiento que nublaba mi mente era una orden muy sencilla: lárgate de aquí antes de que Edward Cullen te descubra.

Con aquel objetivo como mi nueva meta vital, me di la vuelta y me encaminé hacia la puerta, tratando de hacer el menor ruido posible.

Pero incluso entonces debería haber sabido que aquel episodio estaba destinado a ser un completo fiasco.

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Y que cuando crees que las cosas van mal, no te confíes. Siempre pueden ir a peor.

¿Isabella?

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