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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

FALANGE:

UNA MIRADA AL FUTURO

(Apuntes sobre una reflexión falangista)

Eduardo López Pascual

(Exsecretario Nacional de Formación de FEA)

Este libro es una revisión de otro anterior:

Reflexiones de un Falangista

con Depósito Legal MU-429-1987

principio hostiles, se

iluminaban primero con el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: "¡Si hubiéramos sabido que era esto no estaríamos aquí!"

Una

vez

más

observé

que muchísimas

caras,

al

(del Testamento de José Antonio)

Eduardo López Pascual

Primera Edición: Asoc. Cult. "Juntos". Cieza

1987

UN PRÓLOGO por MIGUEL ARGAYA ROCA

3

LA RESPUESTA FALANGISTA AL VIEJO ESTADO

6

LOS FALANGISTAS ANTE LAS POLITICAS ACTUALES

9

APROXIMACIÓN AL MARXISMO

12

MÁS TARDE, EL FASCISMO

16

Y AHORA EL NACIONAL SINDICALISMO, LA FALANGE

18

UN APUNTE NACIONAL SINDICALISTA

24

DOS IDEAS ESENCIALES PARA INTERPRETAR EL NACIONAL SINDICALISMO

28

PONER LA FALANGE EN SU SITIO

30

LA VIA ECONOMICA DE LA FALANGE EL NACIONAL SINDICALISMO

36

EL CAPITALISMO

38

ENTONCES, UN POCO DE ECONOMIA MARXISTA. NOTAS ELEMENTALES

40

ALGO DE ECONOMIA Y EMPRESA NACIONAL SINDICALISTA

43

UN NUEVO ESTADO PARA UN FUTURO NUEVO

49

UNOS PASOS ADELANTE PARA LA FALANGE DE LOS AÑOS DOS MIL

52

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

UN PRÓLOGO por MIGUEL ARGAYA ROCA

LICENCIADO EN HISTORIA Y ESCRITOR

Este libro, amigo lector, se me hace que ha de ser insustituible. Y lo ha de ser, en primer lugar, por la cualificación profesional y política de su autor:

Eduardo López Pascual nace en Baza (Granada) en 1939, aunque reside en Cieza, Murcia, desde la infancia. Maestro Nacional y Profesor de Institutos Técnicos de Enseñanzas Medias y, durante muchos años, dirigente juvenil en el F de J. y la OJE, donde llega a dirigir la Escuela Provincial de Espeleología. Por su labor en este campo es merecedor de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas (1960) y de la Medalla de Bronce de la Juventud (197?). En 1966 entra a formar parte del equipo municipal de San Javier (Murcia), siendo designado Primer Teniente de Alcalde. En 1973 visita Alemania en viaje oficial, como especialista en dirigentismo juvenil y tiempo libre. Poco después se traslada a Cieza donde se responsabiliza de la Delegación Local de la Juventud, cargo que abandona en 1976, en cuanto se compromete públicamente con la entonces recién nacida Falange Española de las JONS (Auténtica) de la que es, sucesivamente, presidente local de Cieza, presidente regional de Murcia y Secretario nacional de Formación. Tras la desaparición formal de la organización, López Pascual pasa a constituir con Ana María Llamazares, Manuel Velasco y otros antíguos miembros de la "Auténtica", un grupo autónomo (F.E.A.), que no tarda en disolverse. Más tarde y animado por la dimisión de Fernández Cuesta se afilia a FE de las JONS. bajo el nuevo liderazgo . por entonces aún esperanzador, de Diego Márquez, siendo designado otra vez presidente local de la organización en Cieza, y más tarde Consejero Nacional, cargo del que no tarda en dimitir por discrepancias con la jefatura nacional. Sin abandonar el partido, constituye junto a Carlo,, Galán, Jaime Mir. Enrique Antigüedad. Maku García o Teo Rojo, una informal plataforma crítica que se articula en torno a algunos Boletines provinciales (Falange Futuro, en Cieza; Rojo y Negro, de Pamplona, entre otros). En 1995, tras la llegada de Gustavo Morales en sustitución de Diego Márquez, a la Jefatura Nacional de FE de las JONS, López Pascual es recuperado para el nuevo proyecto, concediéndosele un Aspa al servicio, promovida por la Jefatura provincial de Toledo. Actualmente, sin embargo, encabeza dentro del partido un sector muy crítico con los planteamientos de la dirección nacional. Es, además, excelente poeta de honda sensibilidad falangista. Como tal ha publicado: Buscando otra frontera(1974), Un tiempo para Murcia (Murcia, Artes gráficas El Taller, 1978), Corno nacido del pueblo (Murcia, Poesía Siempre, 1883) Raíces de vida inacabada (Valencia, Poesía Siempre, 1991), Hablando a la madrugada de estas cosas (Murcia, Poesía Siempre, 1995) Versos proscritos (Oviedo Ed. Tarfe, 1966), y Esta noche recuerdo al Eugenio (Murcia, Poesía Siempre, 1998). Es autor también de varias novelas: Proceso a un hombre muerto ) Cieza, Im.Ríos, 1980) 1 El autobús de las 7 no ha llegado (Murcia.lm. Ríos, 1992), La otra cara de la luna (Murcia, Poesía Siempre, 1997). Desde 1996 organiza y dirige el Premio de internacional de Poesía Lyts Santa MarinaCiudad de Cieza.

las

instituciones, espíritu crítico, sensibilidad poética y capacitación política e intelectual) avala, a mi entender, sobradamente, la cualificación teórica de este

libro.

Todo esto

(

lealtad

a

las ideas

y

no

tanto

a

las

personas

o

a

Pero hay todavía, algo más que hace de estas Reflexiones para una Falange Auténtica, un libro imprescindible: el que ya viniera haciendo falta un estudio así, que abriese la teoría al siglo entrante, y tuviera la valentía de proponer con coherencia, amplitud y claridad expositiva una praxis tan radical como la que aquí se trata. Poco importa si se está o no de acuerdo. ¿Desde cuándo el acuerdo es el único camino de crecimiento y maduración?

Dicho todo lo anterior, temo, amigo lector, que no sea necesario para nada este prólogo que ahora lees. Es el libro, su calidad intrínseca, la valía de su autor, en todo caso, lo que presenta y cualifica al prólogo, y no al contrario. De tal modo que, a no ser la amistad, se me hace difícil el imaginar otra razón que

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

justifique mi presencia en estas páginas. No soy, desde luego, falangista; serlo, es militaren una organización política que se intitule como tal, lo que no es mi caso. Puedo definirme, eso sí, como "joseantoniano", aunque ello no significa que José Antonio ocupe mi pensamiento de una manera absoluta, ni que yo suscriba el suyo al ciento por ciento. No soy Joseantoniano a la manera de ese " sebastianismo" intelectual que algunos se empecinan en mantener, sino matizado por la sutil barrera de la crítica, que me impide hacer de esa adscripción una fe. De hecho, no tengo otra fe - no se porque cuesta tanto, en estos ámbitos, decir esto -, que la católica romana. Con las mismas o parecidas reservas mentales que para lo joseantoniano, puedo decir que soy también balmesiano, scheleriano, steineriano, y muchas cosas más que sería largo y prolijo, y hasta intrascendente, relatar aquí.

He de reconocer, sin embargo, que de entre todas, me resulta muy grata la compañía intelectual de José Antonio, si sé apartarla, claro está, de ciertas

rémoras, por otra parte típicas de los trágicos y dolorosos años treinta europeos; por ejemplo, esa confianza omnimoda en la capacidad higiénica de la violencia, o la retórica totalitaria, o cierta querencia afectiva hacia los aspectos más

Y no se me diga que no es posible; con

escenográficos del fascismo italiano

otros ya se ha hecho. Con Maquiavelo, por ejemplo. que ha terminado por Ocupar un puesto de honor en la historia de las ideas como una muestra intemporal de sofismo político en cuanto desproveemos de su cínica y hasta babosa sumisión a los

intereses hegemónicos de la monarquía francesa de su tiempo.

Y esto es así porque, en realidad, la autenticidad de un pensador verdadero no reside en la identificación de su pensamiento con el tiempo en que vive, sometido como está siempre este a la urgencia y a la estrecha perspectiva del instante, sino en la coherencia intemporal de sus postulados más hondos, aquellos que constituyen el sustrato metafísico y moral de su doctrina. La praxis política es mudable, la razón última que la fecunda, ese sentido del Hombre y del Universo que, en última instancia, las decide, no tanto. Olvidar esto, ha sido precisamente uno de los problemas principales del falangismo: cada militante se adscribe irreductiblemente a un José Antonio puntual y concreto: quién al elegante polemista acerca del fascismo en las páginas del ABC: quién al luminoso orador de la Comedia: quién al patético y convulso camarada lleno de dudas que despide a Matías Montero; quién al brioso jefe que saluda el triunfo contrarrevolucionario del 34; quién al iluminado conspirador golpista de 1935; quién al radical revolucionario le los últimos diez o doce meses; quién, en fin, al hondo y sincero católico que se deja ver en su testamento y en su muerte. Un José Antonio unidimensional, pues, para cada día de la semana. Y todo, porque no se acude al fondo, a la koiné ética y metafísica que une a todos ellos; esto es, a su sentido del Cosmo y del Hombre, que son los únicos " fundamentos" inalterables de su doctrina, aquello que no cambia nunca en su discurso público a lo largo del tiempo.

Pero basta ya de chácharas que a pocos interesa. Dejemos paso ya a quién de verdad tiene algo que decir: paso al autor. Sepamos de estas hondas y razonadas "reflexiones". Sin más preámbulos.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

Reflexiones para una Falange Auténtica, es un texto de Eduardo López y Pascual que, tal como dice su título, constituye un conjunto de meditaciones en torno a la Falange. En realidad, el espíritu y el mensaje nacional sindicalista ha sido siempre, una preocupación intelectual y una constante en la vida de este autor. Una necesidad que nace precisamente, tanto del desconocimiento de la historia y doctrina falangista, como de un trato injusto y falso, por parte de demasiada gente.

Eduardo López y Pascual trata por eso, en esta obra, de hacer una reflexión seria y rigurosa de todo el proceso falangista, desde una perspectiva objetivamente nacional y analítica.

Contribuye así, al mejor conocimiento de la Falange, siguiendo el camino emprendido con su novela-documento Proceso a un hombre muerto. En el texto que ahora les presentamos, se contempla un sincero ensayo sobre el amplio horizonte que ofrece el pensamiento y la práxis falangista.

Asociación Cultural "Juntos" Cieza.

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LA RESPUESTA FALANGISTA AL VIEJO ESTADO

La historia de los hombres es irreversible; esto es progresiva en el tiempo y en los hechos. Y la historia de un pueblo o de un país, se nos presenta de la misma naturaleza, de una forma u otra. Es por ello que en este quehacer devenir de los hombres aparece, claro está. La forma en que se construyen sus relaciones de arquitecturas gubernamentales o de estado. Por supuesto, todo esto que se dice. Nada novedoso por cierto, es parte del fondo de conocimientos y de experiencias que la humanidad ha ido logrando a lo largo del tiempo.

Una supervisión por la historia nos recuerda y muestra los viejos modelos en que se estructuraban las sociedades más antiguas, y las formas que adoptaban las naciones modernas; y del mismo mulo, los cambios que se introdujeron en esas sociedades, a raíz de las distintas transformaciones que se conocen, desde los principios del hombre, hasta en las ya, clásicas revoluciones de Francia e Inglaterra.

Lo que hoy no, admite duda alguna, es la enorme trascendencia que para el proceso del hombre, para sus progresos sociales, y en definitiva para el desarrollo de sus relaciones, supusieron aquellos dos hitos de la historia. Hasta entonces la andadura de toda la humanidad, aunque avanzante y en marcha hacia el futuro, llevaba un aire pausado que procuraba acomodarse a las exigencias del tiempo de modo apacible y sin violencias incontroladas por muy excesivas que cualquiera nos pueda parecer.

Cierto es que en ocasiones, el mismo repaso de la historia, nos indicaba graves sobresaltos en las relaciones humanas, pero esto dentro de un caminar histórico progresivo, y que se justificaba en su propio devenir hasta las Revoluciones desarrolladas por británicos, en su indudable transformación de un sistema de agitación intelectual y social que supuso la Revolución francesa y sus conquistas de igualdad, fraternidad y libertad.

Naturalmente fueron partos difíciles de la humanidad; duros, y a veces con indudables señales de violencia, pero en definitiva traían, como todos los partos de la naturaleza, una nueva vida. O al menos, una nueva filosofía en las relaciones de los pueblos y de los hombres todos. Había también, indefectiblemente, un espíritu renovado de marcha hacia el futuro. Y es desde entonces, cuando a nivel de ciencia histórica, se puede afirmar la modernidad, la actualización tic las instituciones estatales y gubernamentales. En este sentido, incluso las formas de gobierno que de una manera u otra, podían enlazar con la nueva arquitectura de los Estados - quizá las instituciones inglesas en las Cartas de Juan sin Tierra, o algunas franquicias y derechos forales suscritas por los reinos hispánicos de la Reconquista -, tienen a adaptarse al nacimiento de otras alternativas y actitudes diferentes, a la hora de proceder en las normas que van a regir los derechos de los hombres en una sociedad concreta y en un Estado donde conviven. Y sobre todo, con el sistema que les está gobernando.

En la revolución política que al fin y al cabo es la que nos interesa para esta reflexión, queda perfectamente clara la conquista establecida. La división de poderes, de que hablara Montesquieu, reforzada y determinada por la trilogía de la Ilustración, fue el gran espaldarazo de esta lucha. Libertad, Igualdad y Fraternidad. Y en ello, reconocemos los presupuestos para las notas de identidad de los modernos grupos, asociaciones y partidos políticos, como instrumentos válidos para representar la voluntad mayoritaria que expusiera Juan Jacobo Rouseau.

La Revolución Francesa no obstante, mostró al mundo la otra `_Lran división traída a los hombres desde ese mismo momento: el fraccionamiento en banderías, o partidos, sin que esto tenga el menor tono peyorativo aunque componga una irrefutable veracidad.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

No cabe la menor duda de que en todo este proceso, la humanidad da un salto cualitativo en su situación ante las relaciones de los hombres, y lo que es más importante, en sus relaciones con los poderes fácticamente constituidos, o legalmente formados, por más que en ocasiones les faltaran la legitimidad moral y ética. O, simplemente, la razón. Pero lo que importa y lo que permanece, en definitiva, es el enorme trecho de camino andado por los hombres y las mujeres de todas las sociedades para organizarse en comunidad. Aparecieron así, las modernas formas de relaciones ciudadanas, ordenadas en régimen democrático, al intervenir y decidir en la gestión popular, las distintas bases humanas. Ocurrió también en aquellos pueblos con reminiscencias absolutistas en mudo de monarquías o incluso de imperios cercanos en el tiempo, que no tuvieron aras remedio que atemperarse a las demandas de la nueva historia, y preparar fórmulas que, aunque manteniendo la arquitectura envolvente, recogieran aquellas conquistas sociales y políticas nacidas del siglo XVIII y XIX como ciertamente pasaban en Austrohungría, España, Portugal o Rusia, por citar algunos ejemplos en el primer cuarto del siglo actual.

De ahí en adelante, los hombres quisieron sentirse corresponsables en la dirección de sus sociedades respectivas; los pueblos deberían establecer los mecanismos precisos para que todos sus ciudadanos, sin la menor discriminación por pensamiento o clase social, pudieran participar en el gobierno de las distintas naciones. Para la historia nació la democracia; el gobierno del pueblo. Sin embargo nosotros, esta realidad, la completamos con una matización al respecto:

nosotros creernos en el gobierno del pueblo, estricta democracia, pero pensamos además que ésta no se inventó en la doble revolución habida a orillas del Canal de la Mancha. Y sobre todo, pensamos que ningún observador serio de la Historia, podría creerlo porque, en definitiva, la mayoría de las innovaciones de la humanidad consisten en perfeccionar algunas de las experiencias más antiguas. De esta manera recordamos como el gobierno del pueblo, la democracia - por cierto, palabra extraída del quehacer griego, aunque no explicada a nivel político -, era la forma de organización en las relaciones sociales y políticas presentes en numerosas civilizaciones ya desaparecidas.

No sería ocioso traer aquí, las estructuras de sociedad que componían algunos pueblos de esa antigüedad referida; ejemplos más que notables nos la ofrecen culturas como las protoegipcias, la forma socializada y comunal le algunos pueblos helenos, o incluso las testimoniadas en las más caracterizadas de las civilizaciones y pueblos precolombinos, algunos de los cuales, aún arrastran una propiedad multicompartida perdidos en cualquier inaccesible rincón de las selvas amazónicas. De la misma forma podríamos hablar de otras culturas oceanoasiáticas, por otro lado maestras en tantas cosas.

En fin, que la intención por parte de casi todos y cada uno de los pueblos de la historia, y por tanto, de sus hombres y mujeres, ha sido y deberá serlo en razón de sus reflexiones, de su intelecto, la participación responsabilizada en las tareas de gobierno, cualquiera que fuera su escala, de sus propias sociedades y de sus convivencias. Otra cosa sería reducirlos a mera irracionalidad; de ahí entonces el que se haya producido casi sin solución de continuidad, toda clase de experiencias y prácticas que paulatinamente han contribuído y lo seguirán haciendo, a que esa participación sea cada vez mayor y más perfecta.

No cabe ninguna duda, desde mi sincera reflexión, que en ese espíritu sincero estamos los falangistas; está el falangismo, como actitud intelectual y como práxis formal. Constituimos en nuestro entorno histórico, y en orden a las aportaciones sociopolíticas que al mejor de funcionamiento de la democracia ofrecemos, una alternativa que sin querer señalarse como última etapa, n4 siquiera la única en el camino de la convivencia perfecta, posee al menos para cuantas personas lo analicen sin prejuicios negativos, indispensables elementos originarios y superadores de una esclerotizada alternativa de las democracias liberales burguesas, de un lado, o de las llamadas democracia populares, conocidas también como dictaduras de izquierda que, ahora, al socaire de su hundimiento, las han etiquetado bajo otros epígrafes más confusos.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

No es por lo tanto, un esfuerzo exclusivo de la Falange. En absoluto nos sentimos excluyentes de nada, y no podemos caer tampoco en un dogmatismo cientísta

- como Sastre decía del marxismo escolástico -, aunque por esta misma razón, se la debe asignar a ninguna singular iniciativa política presente, o de un tiempo atrás. En realidad, si se quiere tener un mínimo de objetividad, todo esto no es

sino el natural deseo de la humanidad en mejorar sus condiciones de vida, en base

a una más completa organización y estructura de sus relaciones individuales y de

grupo. La Falange entonces, es otra aportación que en absoluto pretende aislarse

ni

en su formulación ni en su desarrollo, a la mejor convivencia entre las mujeres

y

los hombres de nuestro mundo. La Falange aspira, al mismo tiempo, a ser

depositaria de una filosofía de vida que se sustenta en el respeto a los demás, en

el

reconocimiento trascendente de las personas que componen el cuerpo histórico de

la

sociedad.

La Falange contiene, eso creemos, el talante preciso para ejercer y practicar nuestros principios doctrinales, y para llevar a los pueblos el espíritu que los movilice a la conquista de una sociedad más justa y amable, donde hayan mejores cotas de participación y de cultura, de trabajo y de pan. De dignidad y responsabilidad. Ese espíritu, esa causa, esa idea es la que nosotros nos proponemos presentar en estas páginas de reflexión y análisis. Intentaremos instrumentarlo a partir de un lenguaje sencillo y claro, aun en perjuicio de una hipotética brillantez, si fuera así, para que el mejor mensaje falangista - cuando menos desde mi sincera objetividad -, llegue simple y directo a la conciencia de todos. Desde la estricta presentación intelectual de su doctrina, hasta las diferentes alternativas que la Falange aporta a los problemas que la sociedad de hoy vive, aunque sea en el lógico caminar de la historia.

Bajo este criterio pretendemos, aunque sea a título muy modesto, exponer una posición crítica del pensamiento falangista. Desde luego a nivel individual, pero que entiendo y espero que sea aceptada como un intento serio y sincero de reflexión y praxis política, a partir de evidentes consideraciones personales e, inherentemente, de propias vivencias. No tiene por eso, ningún carácter oficial y ni siquiera oficioso, y por otra parte, no aspiramos a convertirnos en portavoz, ni caer en burda heterodoxia; aunque eso, sí, reclamo mi irrenunciable vocación falangista, y en ello justifico la voluntad de quienes de buena fe, intentamos escribir sobre y para la Falange.

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LOS FALANGISTAS ANTE LAS POLITICAS ACTUALES

Pienso que es una creencia generalizada, el considerar a los falangistas como una especie huérfana de racionalidad o, al contrario. llenos de elucubraciones meramente retóricas, de ideas faltas de riguroso contraste e, incluso, de la mas mínima serenidad intelectual. Nada hay mas lejos de la realidad. Es posible que algunos de nosotros hayamos dado, en demasiadas ocasiones, algún motivo para esa opinión, desde luego muy estereotipada y que es posible que no la combatiéramos

correctamente. Pero sin embargo, ese juicio tan severo e interesado, no se ajusta

a la verdad y, mal que le pese a alguien, el falangista - si lo es -, no habría

obrado nunca con fantasía o romanticismo como filosofía política, sino como quien acepta el legado doctrinal nacional sindicalista tan alejado a estas

interpretaciones.

Mucho se nos ha criticado nuestra propia e individual pobreza doctrinal, y la verdad en este caso, es que hay quien participa de tal situación. Pero la Falange preconiza la mejor formación humana como insustituible de esa dignidad del hombre

y de la mujer a la que aspiramos. Por ello es necesario luchar sin pausa y sin

descanso, en dar la auténtica imagen de unos falangistas que analizan. o lo quieren, con rigor y profundidad, los condicionamientos sociohistóricos que en

gran medida determinan el proyecto del hombre.

El conocimiento de las realidades humanas aseguran un más que acertado análisis de la problemática personal y de grupo, y le ofrece datos sociales y políticos que ayuden a su completa resolución. Desde esta perspectiva, los falangistas debemos de conectar con el mundo del pensamiento, a fin de objetivizar sobre las alternativas que se presentan como mejoras en la condición humana. Así, el estudio de las filosofías políticas, cualquiera que fuera su origen, la consideramos como materia obligada de nuestro acerbo formal, como parte esencial en nuestra propia formación y como eficaz instrumento para la defensa y desarrollo del argumento falangista. De esta actitud brota la necesidad de analizar las diferentes políticas actuales.

grandes grupos de teorías políticas se

disputan la atención de los individuos, de la humanidad, desde hace casi trescientos años. El pensamiento liberal, en primer lugar; el pensamiento marxista, después; y la teoría fascista en último término. Los tres tienen como raíz un mismo hecho desde nuestro punto de vista: la Revolución francesa y la ilustración. El pensamiento liberal, que se impone y acepta como demanda política de la burguesía a lo largo del siglo XIX, con sus orígenes en Locke, y con

Montesquieu como inspirador de la primera etapa de la Revolución Francesa.

Y

en este

orden

de

cosas, tres

En la segunda etapa de esta, los jacobinos, sustentadores de la democracia totalitaria ( aunque nos recuerde una contradicción ), al estilo de J.J. Rouseau, fracasaría en su intento de establecer una república laica e intervencionista, absoluta. Y de este fracaso surgirá el liberalismo democrático, como teoría oficial de los estados occidentales al uso.

El liberalismo así concebido, tiene como trasfondo una concepción individualista de la vida y de la sociedad. " El estado naturaleza" de las teoría

liberales, nos da una imagen del hombre como un ser aislado, y desligado de todo tipo de convivencia social, entendida esta como una reciprocidad de obligaciones,

y desde luego, ajeno a lo que se entiende como expresión de auténtica solidaridad

humana. La sociedad, al parecer, se funda para salvaguardar los derechos de las personas, anteriores y superiores ( desde su óptica ) a la vida comunal, por más que se acepte ésta, como medio de mejorar su status singular. El bienestar de los

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ciudadanos son los fines de la sociedad, fundada además, por un contrato. Nosotros diríamos que viene señalizado por el Contrato Social, según la obra del filósofo citado. El estado entonces, no tiene de hecho otra finalidad que defender las prerrogativas innatas en el hombre, especialmente las que se refieren a los conceptos de propiedad. Ahora bien, el modelo de hombre que el liberalismo nos deja, a tenor de sus experiencias, es poco halagüeño y solidario; según los teóricos liberales, el hombre es un ser egoísta que se mueve por su propio interés, y sólo renuncia al Estado naturaleza, y pasa al Estado sociedad, simplemente porque le resulta más útil. Un ser que busca ante todo el bien individual, el goce y la seguridad personal. Es al fin y al cabo, un buen retrato del ciudadano burgués y eso, en el mejor de los sentidos.

Sobre este principio y esta definición del hombre, movido tan solo por su propio interés, viene a colocarse la llamada por unos, Teoría de las Armonías Naturales. Desde esta filosofía, el universo es un conjunto armónico que marcha por sus propias leyes de validez general e inmutables. El máximo bienestar social coincide con el máximo interés particular, ya que el bien común no es sino la suma de los intereses particulares.

Así los hombres, dejados a sí mismos, obtienen el mayor bien posible para la comunidad. Esta sería la ley universal que rige a la sociedad y, por tanto, el Estado no debe de intervenir jamás. Reconocemos en esto, la mayor regla que oímos como panacea de todos los problemas y dificultades de los hombres. El mundo marcha por sí solo, y la injerencia de los poderes públicos no hace sino alterar su mecanismo natural y, encima, con perjuicios para todos. Era el clásico "dejar hacer, dejar pasar".

Finalmente el Estado liberal es un estado agnóstico; es decir, no cree en nada. Para el liberalismo burgués, aunque un hombre liberal no crea en ALGO ABSOLUTO, a nivel individualizado, en realidad, no acepta ningún canon de verdad. Para el liberalismo todas las opiniones son válidas porque todas no son más que intentos de alcanzar una parte de la verdad. Si esto lo trasladamos a la función política o a la ética, objeto primero de estas reflexiones, nos encontramos que todas las opiniones son igualmente ciertas. Sólo hay un límite: la Ley. La Ley que, obviamente, es el producto de la mayoría adivinado la voluntad general.

Pero como el liberalismo es individualista y consideraba como una traba todo lo que ligara al individuo, destruyó los grupos intermedios: gremios, corporaciones, entidades autónomas, entidades regionales, locales, etc., desapareciendo disueltos y dispersos en el huracán liberal, y así dejó frente a frente, al individuo y al estado, cualquiera que fuera su condición y cualidad.

Cierto, y no vamos a ocultarlo, la brisa de los tiempos han supuesto una suavidad en su práctica, y también en los conceptos, sobre todo a raíz de una lucha sin tregua, por parte de las gentes más desvalidas, pero el hombre a partir de estas ideas, se encontró aislado de su propio entorno y de sus mismas necesidades. Y como en realidad no puede vivir de la soledad, se desentiende instintivamente de esa insolidaridad acaramelada y va en busca de la agrupación social, y entonces, surgen en lo político los partidos, y en lo estrictamente laboral, los sindicatos.

Por último, el ideario liberal era el instrumento inconfesado de un grupo social: la burguesía, y era sin duda, el reflejo de una clase: la capitalista. Y así resultaba que allí donde existían las mejores instituciones liberales, allí era donde se practicaban las más agudas explotaciones al hombre y a la mujer trabajadores por parte del capitalismo, que llegaba hasta límites de verdadera indignidad. Como esa situación comprendía una situación intolerable para el mismo respeto humano, y no podía continuar, tuvo que aparecer - para disputar el predominio político y de poder, al liberalismo -, el socialismo marxista.

Habría que recordar aquí, aunque sea de una forma muy somera, los anteriores intentos de un socialismo que llamaríamos blanco, y anotamos el "falansteriano",

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que no encontró las motivaciones necesarias para un desarrollo práctico, y que en alguna manera, forzó la presencia del socialismo materialista. Del marxismo.

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APROXIMACIÓN AL MARXISMO

BREVE NOTA

Nuestra propia identidad nacional sindicalista, estriba-entre otras cosas -, en el conocimiento objetivo de diferentes realidades políticas, como es el caso del marxismo. Ningún falangista consciente debería, desde mi opinión, carecer de un bagaje doctrinal de las ofertas que la filosofía política nos presenta como alternativa para la resolución de los problemas en las relaciones humanas. Y a partir de esta premisa, podremos aparecer en mejores condiciones a la hora de refutar una idea (el marxismo) que, aunque aceptando su necesidad, creemos falsa y errónea como hipótesis, y aun más, como práctica, rechazando no obstante cualquier descalificación a ultranza y reconociendo sin el más mínimo menoscabo a su cualidad, la indudable contribución que supuso en la concienciación de los colectivos trabajadores.

Pero el falangista, que aporta su singular criterio ético, debe de acercarse al hecho marxista, precisamente para mostrar al mundo nuestra alternativa como medio de superar y fortalecer las condiciones humanas de libertad y de justicia.

Para eso, hay que reconocerlo, nació en teoría el socialismo marxista. Intelectualmente el marxismo arranca del filósofo alemán Hégel, máximo exponente de la escuela idealista germana. Es a partir de él, cuando el idealismo absoluto se formula; para Hégel, el Absoluto - Idea total -, es encontraren el mismo Absoluto. Esto es, el Ser puro. Pero el Ser puro es absoluta e inmediata vaciedad, y para salir de esa situación insostenible, el Absoluto tiene que regresar a un principio que es el mismo Ser, para evitar no ser la. Este ir y volver de lo que Hégel denomina Absoluto sería lo que el filósofo alemán llama devenir. De ahí que el Absoluto, sólo se contempla, lo existe, deviniendo.

Entonces desaparece la diferencia entre principio y lo principiado, y hay posesión plena en la actividad fundante que constituye el saber absoluto. Por esto al volver el sujeto sobre sí mismo, encuentra no otra cosa que el sujeto mismo, y así construye la historicidad. Es decir el devenir.

De ahí que la continua tensión del Absoluto-el Todo absoluto de Hégel desemboque en un enfrentamiento dialéctico de la idea, que en el hombre e haya regido por este, y pierda consistencia, se disminuye y se difumina. Hégel, apoyándose, formula su posición desde los enfrentamientos repetios y constantes, a partir de sus Triádas, estructuradas en tres momentos: tesis, antítesis y síntesis. Con esta cimentación, e integrado en la misma escuela idealista, Feuerbach se sitúa en la llamada Ala izquierda hegeliana, e opone a este, y reivindicaría la posición del hombre como parte inherente esencial de la última dualidad Hombre-Naturaleza entre la cual existe, y por eso justifica una eterna relación mutua nacida precisamente, de la interpretación del devenir hegeliano. O lo que es lo mismo, de la continua superación de los contrarios: es en el ir y venir del Absoluto, para seguir estando. Existiendo.

Y con todos esos precedentes surge en el universo de las ideas Karl Marx. Colaborador de la izquierda hegeliana, Karl Marx evoluciona desde sus coqueteos liberales, al socialismo. Trabajó en Francia en varias publicaciones como Ruge o la revista Anales Francoalemanes; fue expulsado de París por su participación en el órgano de los refugiados alemanes "Adelante", marchando a Bruxelas, donde fue protegido por Engels, lo que le permitió seguir escribiendo. Allí publicó numerosos artículos, y apareció el Manifiesto Comunista. Pasó después a Colonia y tuvo que emigrar a Londres, continuando con la protección y ayuda de Engels, por lo que siguieron apareciendo más escritos, entre ellos, Crítica de la filosofía hegeliana del derecho, La Sagrada familia o crítica de la crítica - que constituye una tesis sobre Feuerbach -; más tarde viene Miseria de la filosofía y, sobre todo, El Capital.

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La filosofía derivada de Marx conforma, evidentemente, el marxismo. Aunque éste sea más un revolucionario que un filósofo, Marx se apoya en los precedentes citados, pero los critica muy duramente y los acusa de burgueses, incluso a los jóvenes hegelianos, por quedarse en una simple expectación o pasividad, evitando involucrarse en las transformaciones a que estaban llamados en razón de su singularidad intelectual. Marx piensa que el filósofo no tiene como misión sólo interpretar al mundo, sino transformarlo. Desde luego, los falangistas, al menos yo, personalmente creo en ese compromiso.

De ahí que el marxismo tenga que justificar su crítica partiendo del devenir de Hégel, pero limitando el pensamiento de aquel a la sola relación Hombre- Naturaleza, en su única acepción económica: la que expone una sociedad capitalista - Tesis - con una enfrentamiento - antítesis -, al proletariado, y una síntesis, que sería conquistar la sociedad para el comunismo. Marx critica el sentido pasivo de Hégel (como la de casi todos los idealistas) aun admitiendo la concepción del devenir histórico; y es así igualmente, de la superación de los contrarios por medio de la síntesis que, junto al principio de única relación Hombre-Naturaleza de Feuerbach, fundamenta los postulados de su doctrina en la clásica y última relación de producción económica. De este modo para el marxismo, ese determinante económico explica todo el proceso humano, desde las clases sociales a la religión, la cultura, el derecho, etc.

Claro que para Marx, todo esto no son sino estructuras montadas sobre la economía, y en su razón, al analizar la historia y desarrollo de los pueblos de economía capitalista, desarrolla todo el discurso de su pensamiento. En el principio, la economía determina las clases sociales; luego, las clases burguesas, para defender su status, crean un régimen político que como consecuencia, trae la alienación al quitar al obrero una parte de sí, en beneficio de otro. Lógicamente, esta alienación se corta a los trabajadores cuando se les devuelven, se les dan, los medios de producción. Y por último, al desaparecer la alienación económica, se van también todas las desviaciones culturales, religiosas, políticas, etc.

Con este proceso, el marxismo desemboca en el materialismo histórico. Pero el marxismo no formaría un sistema completo si no se le sumara el materialismo dialéctico, puesto que carecería de un fundamento metafísico - más allá de la física -, para comprender una doctrina que quiere abarcar toda la naturaleza y rebasar la historia. Y para entender este fundamento intelectual, volvemos a Hégel, quien expone que la evolución ideal por la cual vive el Absoluto, es explicable desde la dialéctica, es decir, aquel devenir de principio, más aquella tensión o enfrentarse en los tres momentos: tesis, antítesis o contrarios, y síntesis o superación de los mismos.

Sin embargo Marx no aplica este método a la idea, sino sólo a la naturaleza del hombre y su relación fundamental de la producción. De este modo, la actividad humana es la producción (le bienes: el hombre es alienado al perder en su trabajo alquilado, parte de su esencia a favor de otro, y nada más es superable por la reintegración de aquella esencial individual en una sociedad no privada, con lo que, evidentemente, hace un ejercicio de pura reducción.

Con estos bagajes, el nacional sindicalismo y la Falange como vehículo político, debe de partir del conocimiento mínimo y en rigor, necesarios para cuestionar al marxismo desde el análisis serio y completo, y no caer en posturas o actitudes indefendibles a nivel de enfrentamientos técnicos. El discurso utilizado tiene que poseer siempre una base intelectual, si se quiere ofrecer una imagen eficaz y consistente. Para nosotros, Marx habla de uno hombre nuevo, el hombre de Hischerbertger; nuevo y libre, obtenido de las abstracciones parciales, y aún así, asumidas, pero que filosóficamente no aclara cual será su sentido y la definición de ese hombre. Se nos aparece entonces, como incompleto y genérico; Marx cuenta que en ese hombre coincide individuo y sociedad, más no expresa si quedará absorvido por esa misma sociedad, o ahogado en nuevas superestructuras.

Marx, para argumentar ese nuevo hombre - para él una lógica de la historia por cuanto son hombres que se unen al movimiento de ella -, se suma a la

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

contingencia y, en definitiva, construye algo sin consistencia metafísica, aunque los heterodoxos del marxismo abandonaron la contingencia por la lógica. De otra parte Marx y el marxismo se exceden al limitar la condición humana a la sola producción de bienes, cosa que los propios revisionistas han superado por simplista y por inconsistente.

Además, el marxismo se ve involucrado en el error, imperdonable en la reflexión intelectual del empiristno inglés, Turgor, de considerar único tipo válido de experiencia real, la observación sensible externa, cuando la verdad es que cualquier hecho aun no observado sensorialmente, puede ser y lo es, un claro dato de experiencias vitales: introspección, estética, valoración, etc. Más aun, la homologación de las ciencias físicas con las naturales que hace Marx, constituye un error de metodología. Así, si se estudia el fenómeno económico aislándolo del hombre, tal vez atienda a una concepción naturalista pero entonces el capital, no puede ser nunca origen de ninguna idea general del hombre.

Igualmente Marx cae en la equivocación o error de principio, al partir de una ley general - Hombre en su acepción, expresa su vida -, a una ley de conclusión

menor: lo que el individuo es, coincide con su producción. Y este error se aumenta al no reconocer en su producción la intención expresiva de todo ser humano, como sería la caracteriología religiosa, cosmovisional, decorativa, etnográfica, etc.,

y que son ajenos a la estricta relación económica, cometiendo así lo que se conoce

como una petición de principio, pues descalifica estas dimensiones por no económicas, anulando datos del fenómeno humano a base de un criterio discriminativo a priori, cual es que lo que no sea material o económico, no puede ser esencial para el hombre o su comprensión. Y desde luego, entiendo que en la filosofía se reconoce un método donde se ajusten todos y cada uno de los datos de la experiencia, evitando caer en una unidimensionalidad tan insuficiente como

incompleta.

En otro sentido, el marxismo es sólo materialismo, al recoger nada más que las realidades sensibles externas, y al contrario, se apoya en el concepto de Engels según el cual, cree con certeza ( no lo sabe con certeza ), que la naturaleza conforma un sistema cerrado en el que bajo una acción mútua ¡versal, formaría la esencia del movimiento. Se llega, inconscientemente, a vieja cuestión de la supremacía entre los clásicos valores de pensamiento y ser, mente y materia:

incluso naturaleza y materia, homologando materia y ser, pero que al no dar a éste más nivel que el material, produce una fibología gravemente manifiesta.

un dogmatismo

contradictorio consigo mismo, pues condiciona al hombre con determinismo, al que concede unas limitaciones a la acción sensible de aquel. Como Lenín decía en numerosas oportunidades, y no se tiene porqué ocultarlo, " se niega toda moral tomada de conceptos que no sean las clases sociales, es decir, las clases económicas". Y esto en el marxismo si lo es, es una falacia pues confunde

condición con causa,

condición para te haya luz, pero no causa esa luz.

sencilla: la ventana es

Incurre además,

claro

que

desde

nuestro análisis, en

o

expresado de una manera más

Se contradice también cuando condena o excluye a otro hombre distinto de ese

" hombre liberado", por injusto, antiético, perveso, etc. Pero como estos y otros

juicios parecidos no corresponden a la categoría económica, es necesario preguntarse ¿ dónde está su valor moral, si esa moral para ellos no pertenece a la realidad? O lo que es lo mismo en su discurso: lo justo o lo injusto no existen para los marxistas, ya que no se encuadran en una categoría económica, tal como se desprende de su teoría filosófica, y por tanto, no cuenta.

Y en definitiva, como el marxismo parte de la premisa por la que el hombre se justifica en cuanto produce, y como la relación de producción no se interpreta individualmente, sino en sociedad, la misma sociedad es un auténtico proceso materialista y existe el socialismo marxista, anulando de esta manera cualquiera otra interpretación, por lo que rechaza a la lógica filosófica y por supuesto al mismo hombre.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

la

exclusividad de la economía, pero si fieles a su idea. juzgamos las realizaciones

más que las intenciones, vemos que lo definitivo para el Marx de Trévere, no era mostrar la preponderancia de la economía, sino su exclusividad, de donde todos esos intentos parecen falsos y en cierto modo manipulados. Tampoco se puede

mantener, desde el rigor intelectual, la tesis de que la religión - y la religión cristiana en particular - , sea impasible ante la alienación, cuando esto no es

cierto ni lo ha

que la moral cristiana jamás dijo que nos

resignáramos ante la angustia o la indignidad, sino a transformarlas a partir de una actitud de amor, de caridad, (eso que ahora se llama solidaridad ), y de

compromiso generoso.

Algunos neomarxistas analizan

pasajes

de

Marx

en

los

que

niega

sido

nunca, ya

Desde luego, a nivel de interpretación popular de un marxismo más actual, o tal vez neomarxismos, podemos reconocer el abandono de ciertas posiciones dogmáticas en beneficio de un pragmatismo que ya les parece irreversible, aunque teóricamente mantengan, o lo intenten, sus viejos postulados. En este sentido, estudiosos marxistas inciden en el propio revisionismo de Marx, al tratar de fundamentar toda su carga de errores. Posteriormente los auténticos revisionistas se han encargado de corregir y pulir la doctrina y ponerla a un punto presentable, y así, por ejemplo, Luckas en su obra Historia y conciencia de clases, se opone a un marxismo restringido y pobre, que subordinaba todo el hombre a las meras condiciones económicas. Por otro lado, autores como Ernest Bloch al escribir El espíritu de la utopía, apoya la crítica de Luckas, y le suma unas fuerzas subjetivas inherentes a la esperanza, como medio eficaz en la abolición y rechazo de la alienación de los hombres.

De otra parte Herbert Marcusse, en su libro Eros y civilización, se ayuda en recursos psicoanalíticos para criticar a la tecnocracia - al fin y al cabo, una forma de materialismo -, y admite que el proletariado, al haber perdido sus fuerzas en falsas necesidades, no será capaz de esa liberación marxista. Y por último, y para no hacer exhaustiva en demasía estas consideraciones, Sartre, ya no piensa que el marxismo sea una ciencia porque ve en el proceso marxista, fallos de reflexión, y a lo sumo él lo interpreta como simplemente cientismo. En suma, los revisionistas contemplan ahora aspectos de valores humanos, aunque también es verdad, o así lo parece, que todos ellos participan de un rígido dogmatismo, al no observar otros modos de convivencia.

Ante esta exposición, por lo demás no muy extensa, los falangistas y alquier otro colectivo político, debemos y tenemos que procurar una actitud expectante y seria, a fin de conseguir tanto el respeto de aquellos que tienden las tesis marxistas, como para potenciar nuestras propias argumentaciones de refutación, siempre desde el contraste razonado de nuestra espectivas opiniones. Mucho más, en tanto que el marxismo, sea como ere, constituye uno de los esfuerzos teórico- prácticos más importantes e fluyentes, en el camino de mejorar las condiciones de relación entre los )cobres y la sociedad.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

MÁS TARDE, EL FASCISMO

Como una pretendida reacción frente al individualismo liberal, y frente al socialismo marxista, nace tras la primera guerra mundial, un movimiento antidemocrático, totalitario y nacionalista, que tratará de eliminar sobre todo, al comunismo igualmente totalitario, y utilizando unos métodos similares a los de este ( principalmente en los periodos de Lenín y Stalín, verdaderos ejemplos de furibundos dictadores ), y por lo mismo, también rechazables. Era el Fascismo.

El Fascismo intenta ser de algún modo una contestación, muy especial, a los problemas políticos, económicos y sociales en los que había fracasado el liberalismo, y constituía una falsa solución el comunismo, desde unas actitudes extremadamente enérgicas y violentas. Al fin y al cabo, la nueva aparición política, el Fascismo, fue elaborada por Mussolini que no hay que olvidar había sido uno de los fundadores del partido Socialista italiano (PSI) y director de su órgano de expresión más combativo: el diario "Avanti".

La solución fascista levantará frente a la democracia, la aristocracia del partido; frente a la libertad abstracta, el totalitarismo. Pero el fascismo es una solución fracasada antes de llegar a la segunda guerra mundial; la teoría fascista partía muy convenientemente de la consideración de la nación como un todo unitario, que era el estado. Este, según los intelectuales fascistas, es anterior y superior a la sociedad y constituye la nación. Y los fines la nación son los fines del estado; los hombres y mujeres son simplemente unos elementos del mismo y no poseen más derechos que los que el estado les reconoce, los cuales, sólo se pueden ejercitar dentro de el, y de acuerdo con los fines del mismo. Es decir, el Estado da los derechos, establece su regulación y su dirección sin importarle nada más. Un espíritu panteísta concede el monopolio al Estado.

Además, para el fascismo, todos los hombres y mujeres son esencialmente desiguales; la mayoría son una masa dirigida por una minoría selecta y preparada; esta minoría es la portadora de la conciencia de nación y se agrupa en torno al partido fascista y, como vemos, es en esta lógica, donde se dan más las coincidencias con el marxismo-leninismo, cuando se concede a las "vanguardias", el papel de dirigentismo social y político " único garante de la prosperidad común".

Naturalmente el partido fascista es el único permitido y es el inspirador del Estado. Por eso, la confusión Estado-Partido es uno de los rasgos más significativos de los Estados totalitarios, dado que este constituye a la sociedad como un todo, y es el instrumento de la conciencia nacional, toma Derecho a intervenir y regular la vida entera de esa misma sociedad. De ahí -lee su lema, en palabras de su principal hacedor, Benito Mussolini, sea: "Todo en el estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado. Por supuesto aunque muchas veces las palabras no se convierten en realidades, lo cierto es que el espíritu de la idea fascista es la supremacía del estado por encima de cualquiera otras circunstancias. El fascismo es de todas formas nacionalista y su mito es la grandeza de la nación; para ello disciplina a la sociedad por medios de corporaciones que, en definitiva son instrumentos del Estado; consisten en una federación de patrones, una federación de asalariados, y en medio, una pieza de enlace: el representante del Estado. De esta manera se obtiene la sumisión común del capital y del trabajo.

Pero el fascismo falla porque deja intacto el sistema capitalista por el cual, los trabajadores alquilan su esfuerzo para poder subsistir, encontrándose en una situación inferior que hoy llamaríamos estructural, al trabajar en nombre, a beneficio y bajo la dependencia de otro.

Por otra parte el fascismo, con su corporativismo no hace más que mantener el sistema capitalista de tal suerte, que hace decir a José Antonio: "El Estado corporativo no es más que un buñuelo de viento". Además, al subordinar el sistema

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

a la expansión y a la potencia, destruye de manera obligada el bien común, que es aleo bastante mayor que la fuerza. Por todo ello no nos cabe duda de que el fascismo es totalitarista porque supone arrebatar al hombre su derecho para intervenir. El totalitarismo a pesar de todo, quiere apoderarse íntegramente de los espíritus y no reconocen parcelas individuales frente a la sociedad, de ahí ( y no recurrimos a lo peyorativo ), que exista un arte fascista, una técnica fascista, una ciencia fascista, etc. modos que en cierta medida nos recuerda a sus homologables marxistas-leninistas del " socialismo real", confirmándose de nuevo las raíces comunes de ambas ideologías.

En fin, nosotros lo consideramos, al fascismo, como un desgraciado intento de

retrotraer a los hombres a la época anterior al cristianismo, cuando estos vivían

en la plaza, en el ágora, y no conocían una esfera privada en la cual, lo público

( el Estado), no podría intervenir,¡ pesar de toda la influencia que tuviera. La conquista y práxis de este derecho, fue una conquista de raíz cristiana, quizá por

ello, apareciera un sentido paganizante y anticristiano, reaccionario, en el fascismo.

Y más allá de todo, en esta interpretación que pretendemos objetivizar al máximo, constatamos que inevitablemente el fascismo, que niega la libertad privada situando al individuo aislado e indefenso frente al estado, niega igualmente la autonomía de las entidades intermedias e implanta pura y simplemente, una tiranía con una maquinaria moderna y eficaz. El fascismo así, necesita ser radicalmente

superado y poder devolver al hombre sus derechos inalienables de dignidad y libertad. Y no puede serlo a través del Estado liberal - en absoluta decadencia -,

ni por el marxismo materialista que no es en sus aplicaciones prácticas, más que

una versión prefascista, eso sí, teñida de rojo. De forma que tenía que aparecer,

y lo hizo, aunque en medio de un proceso complejo y difícil, el Nacional

Sindicalismo.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

Y AHORA EL NACIONAL SINDICALISMO, LA FALANGE

Naturalmente yo no voy a inventar nada. Y creemos, por otro lado, que tampoco se trata de eso; siempre me ha impulsado mi propia preocupación formal por la Falange para considerar desde un punto de vista intelectual - perdónese la expresión -, tanto el fondo de sus propuestas sociopolíticas como el desarrollo práctico de sus ideas. Quizá una fuerte desconexión entre la teoría y la práctica, que pienso no ha sido estudiada por nadie desde una actitud crítica, es la base de este trabajo que ahora, corregido y aumentado - como se dice -, en segunda edición, aparece ciertamente bajo un ánimo de sinceridad y abierto espíritu de autoanálisis.

Una cuestión previa se nos presenta en el momento de iniciar un acercamiento intelectual al Nacional Sindicalismo. ¿Cómo llegar a su conocimiento de forma que tengamos una imagen justa de su realidad'? O también, ¿ Por donde deberíamos empezar el análisis de su doctrina a fin de no desviar de sus fines y aspiraciones'? En verdad son estas, cuestiones que se tienen que dilucidar desde una interpretación profunda y libre de prejuicios; y como no, de mixtificaciones absurdas. También nos tenemos que plantear cual debe de ser la metodología que nos lleve a su verdad filosófica; en esto, y como quiera que la Falange parte de una consideración previa cual es reconocer al hombre, sujeto de la historia, donde podremos abrir el estudio de toda la doctrina y de toda la interpretación falangista, como respuesta y alternativa al conflicto de las relaciones humanas, sociales y políticas.

Por eso es que nuestra primera consideración y nuestro primer análisis sea respecto al hombre. Claro que nos referimos a un hombre concreto, definido, pero también imprescindible para saber como debería ser o como tendría que actuar. En definitiva, para intentar conocer al hombre en toda su dimensión, y como consecuencia, tratar de que nuestro hombre (sin partícula posesiva), sea coherente con el ideal que defendemos. Un proyecto que tiene que armonizarse con las aportaciones de cualquier reflexión humana que nos vengan de buena fe, y cualquiera que sea su origen.

Entre un contexto histórico del hombre, debatiéndose entre el egoísmo innato del liberalismo, el materialismo alienante de un marxismo radicalizado, y el principio totalitario del fascismo, aparece como un sistema doctrinal moderno y con capacidad de síntesis, el Nacional Sindicalismo. Las referencias de tiempo y lugar, y los precedentes que marcaron su nacimiento, se debieron al fracaso de aquellas teorías conocidas, y contribuyen a la elaboración del pensamiento de Ramiro, de Onésimo, y sobre todo de José Antonio, que cristalizaron en la fundación de Falange Española de las JONS.

Naturalmente el Nacional Sindicalismo se ajusta a la presentación intelectual de cualquier movimiento político coetáneo, y se argumenta en un proceso filosófico de manifiesta categoría que le confiere un cuerpo doctrinal; sin embargo vamos a ver aquí, lo que parece sus notas más características y diferenciadoras que constituyen partes esenciales de nuestra teoría política. Comprender esto es imprescindible para llegar a su completa identificación. Frente al hombre individualista del liberalismo al uso, y frente al hombre-útil utilizado por los marxistas dogmáticos, ahogado por su propio mecanicismo, o frente al hombre-robot del fascismo disminuido en su irreductibilidad, irrumpe el nacional sindicalismo que viene a ofrecer su alternativa de hombre personalista. que ya definía Mounier, basado éticamente en la creencia de sus propios valores humanistas. Un hombre sobre el criterio para defender su singular identidad, la síntesis de sus circunstancias psicofísicas, sociales o culturales, y responsabilizado por su doble componente de su cuerpo y espíritu.

Es a raíz del conocimiento de esa humanidad, cuando empezamos a priorizar los derechos y deberes en todas sus relaciones y en todos sus hechos. Bien, el

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

nacional sindicalismo es por orígenes intelectuales y por construcción ideológica,

un movimiento político constituidor de un sistema; es decir, una interpretación

sociopolítica que da, o intenta dar, una respuesta a la problemática de los hombres y las mujeres de la tierra. Y esto desde la contemplación trascendente de

su

valor como persona, como seres íntegros. Sus apoyos filosóficos que se asientan

en

Heidegger, y en Ortega; a partir de conceptos universalistas, le confieren ese

poso que marca la categoría de la doctrina falangista. Por principio este sistema

se basa en el hombre, a partir de un hombre comprometido en la línea de Enmanuel

Mounier, sin duda conocido por José Antonio; es esa preocupación del hombre lo que le distinguirá de otras ideologías; pero un hombre concreto, pero siempre receptible y con el cual se estabiliza y desarrolla toda la teoría nacional sindicalista. Pero en contra de una corta visión para entender el núcleo de nuestra teoría política - el hombre -, desde una actitud de laboratorio o de simple y estricta expectación, la auténtica intuición falangista era otra muy diferente, y por supuesto absolutamente opuesta a esa posición de inmediata pasividad. Para nosotros la referencia de algunos miembros de determinados sectores autollamados falangistas hacia el hombre, incurría gravemente en una profunda equivocación. Unos por adormecimiento político, otros por mera actitud conservadora, y los demás, por la repetición constante y medida de una

manipulación prevista, estudiada y, posiblemente, pactada.

De manera increíble estos y otros grupos de personas hicieron factible, de algún modo, el lamentable error de considerar al hombre (eje del sistema, en palabras falangistas), como un ser aislado y como en soledad. Como hombre tratado preferentemente desde sus aspectos individual y unipersonalizado. Era en realidad una interpretación del hombre muy diferente a la que tienen los falangistas, al menos desde una óptica progresista.

Bajo la excusa de una atención al hombre como individuo, como persona, se le aislaba de lo que era primordial en su misma existencia: su contexto socio-

político. Era para nosotros una manera burguesa de desconectar el alma solidaria

de los hombres y las mujeres del mundo, para poder así inmovilizar las voces

unidas del pueblo, y de dirigir y manipular las aspiraciones y los deseos de ese

mismo pueblo.

Personalmente como falangista entiendo que de esta manera de interpretar la teoría humanista del nacional sindicalismo, no era ni ortodoxa, ni rucho menos revolucionaria o nada semejante. Al contrario, suponemos que forma parte del secuestro que han hecho de la doctrina, sin que nos esté permitido asumir esa actitud o permanecer impasible ante su utilización. El Falangista que lucha por recuperar su propia identidad y autenticidad, no puede estar en ninguna falsa posibilidad y menos todavía instalado en la hipocresía.

El nacional sindicalismo no puede optar nunca por otro camino más que el que

se comprende, sin engaño, alguno de su idea sistemática. Porque el hombre, y en

eso coincidimos con Ortega, vive, y por eso pasa todo lo demás; y lo demás es que

se subsiste en una situación injusta, opresiva en muchos casos, que da lugar a un comportamiento absolutamente distinto a un pueblo solidario y justo.

Es interesante incidir aquí, que es así como hay que encuadrar todo el sistema Joseantoniano. Porque lo cierto es que hay quienes, incluso de buena fe, movidos por esa falsificación grave del nacional sindicalismo, lo llevan a una

manifestación intimista y espiritualizada del hombre, tergiversando una vez más la doctrina. Consideraban nuestro sistema como la consecuencia de un individuo bueno

y educado, según la idea costumbrista; justificaban de esta manera una

terminología conformista. Y separado de todo, estaba el pueblo. El mundo. sus vidas, sus problemas. Una idea que defendida por los que deseaban que se aceptase,

no impidiera que a su vez, se aferraran a los centros de poder y del dinero. O

viceversa. Claro está que los falangistas no podíamos admitir esa falsificación de

nuestro ideal político.

El hombre espiritual, místico y recargado de valores extraterrenos era para ellos, el único hombre real, aun a costa de un cuidadoso manipulado de los textos

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falangistas. Y desde ese metaforizado futuro, los tiburones de la política, los brujos políticos, no tenían miedo a perder absolutamente nada ya que de alguna manera, pudieron confundir renovación y conservadurismo reaccionario en la más increíble pirueta política que hayamos contemplado nunca.

No obstante hubo gentes que pensaron honestamente en apoyar esa forma de entender al hombre que de alguna manera nos habían preparado: un hombre al que se le permitiría expresarse desde un punto de vista tradicional de paz, de orden y convivencia. Y esto además, como una vía para defender la llamada cultura occidental y su civilización tecnológica; pero naturalmente,-siempre desde el hecho aislado, en sutil cambio del sistema nacional sindicalista. De ahí que, bajo esta circunstancia, el estudio de la política era limitado en cada indivíduo, en cada persona, independientemente del entorno en que vivía, del trabajo que realizaba y de la situación general en donde estaba inmerso.

De esta manera las soluciones a sus inquietudes tenían que ser vagas e imprecisas, llegado tan solo en la mayoría de los casos, a demagógicas promesas a la defensa de la dignidad humana. Pero cuando el conocimiento de la realidad se hizo más preciso, cuando aquellos valores recargados retóricamente se fueron despejando poco a poco, aparece el hombre. El hombre con sus problemas y sus exigibles demandas de justicia; aparecía el hombre y sus aires de miseria y marginación. Aparecía, en definitiva, el hermano angustiado. Entonces volvía a quedar descalificada otra vez aquella perspectiva de vaga preocupación por el hombre espiritualizado, unidimensional, como señalaría Marcusse, aunque fuera en otra dirección. Se mostraba pues, la mentira de una manipulación de nuestro sistema político. Podemos denunciar sin ningún rubor, el falseamiento que intentaron hacer de nuestro eje político-el hombre es el sistema -, que anunciaron Ramiro y José Antonio.

Porque para nosotros el hombre es realmente el eje del sistema. Pero con honestidad habría que preguntarse: ¿Qué hombre? ¿Será tal vez el hombre antiguo y primario, o el poetizado, quizá el hombre aislado en su soledad o en su insolidaridad? No me cabe la menor duda de que falangistas de la primera hora y aun los de hoy, fueran los que denunciaran con mayor énfasis esa increíble caricatura humana. Nuestro hombre, desde la reflexión falangista que intentamos, y en coincidencia con un sustrato cristiano que de alguna manera les informa, es fundamentalmente el que necesita de nosotros; es el que vive y sufre situaciones opresivas cualquiera que sean su significación y procedencia. Desde nuestra visión, el individuo se presenta envuelto en la comunidad en que se desarrolla, y en medio de la sociedad que le rodea que es, todavía, una sociedad injusta porque permite formas de marginación y explotación entre sus miembros. Si nuestro sistema parte del hombre, es porque lo considerarnos de forma absoluta y global. Y mal podría ser así, si lo extraernos de su mundo, y de lo que pasa, para reducirlo al mero hecho de hombre que espera otro mundo para alcanzar una justicia y una felicidad que en la tierra le puede estar vedada. Podría parecer, aunque extrañe, un marxismo al revés.

Esta realidad la olvidaron muchas personas porque una vivencia histórica, indujo a que fueran poco sensibles a la racionalidad política. No obstante el falangista, y toda persona honesta o comprometida por una sociedad distinta y mejor, deben de conocer los mecanismos de una sociedad estructurada por el capitalismo o el estalinismo, una vez devaluado el peligro fascista. Y de ahí que no nos conformemos con saber que existe el hombre sometido a circunstancias muy onerosas; que existe el hombre marginado, el pobre, sino que somos conscientes de los condicionamientos económicos que son causa de la situación de grave injusticia en que viven los más pobres y débiles de esta sociedad. Para la Falange, el hombre es el sistema, pero un hombre al que se le tenga en consideración su aspecto integral; no luchamos por cambiar a un hombre, sino por transformar las estructuras sociales que lo aprisionan. No se trata de salvar a un hombre, por el contrario, hablamos de recuperar al universo de la marginación, y esto es el compromiso que la Falange asurase.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

Personalmente creo que no se puede admitir en este compromiso, medias verdades que escondan la urgencia y la seriedad de quienes nos hemos identificado con los hombres que, de una forma u otra, son explotados, aunque sea en nombre de la cultura y el progreso. Y ello necesariamente exige hechos concretos de solidaridad, porque sólo así será efectiva una actitud de testimonio y apoyo. Negarnos a eso, es en el más fiel sentido falangista, incluso desde el compromiso moral, sea cristiano o de cualquier otra confesión, básicamente y antes que nada, un rechazo con el hombre, con el hermano, con el necesitado. Y desde luego muy alejado del verdadero espíritu evangélico que se recoge en aquellas palabras esclarecedoras. Cuanto hicisteis, a mí me lo hicisteis, cuanto no hicisteis, conmigo dejásteis de hacerlo y de vivirlo.

Es posible que esto resulte muy difícil de entender para algunos, pero no puede serlo jamás para quienes piensen en falangistas. Hemos encontrado, pues, al inconfundible hombre de nuestro sistema. Es prioritariamente el otro, el hermano, el que sufre cualquier modo de opresión; nunca es el hombre aislado y solo, sino como miembro protagonista de un colectivo que lucha por sus más elementales derechos mientras exista la injusticia.

¿Quiere decir esto, que sólo reconocemos a esta clase de hombres? ¿Qué no nos preocupamos por todos los demás'? Por supuesto que la Falange tiene presente en su intención de compromiso con todos los hombres, sin ningún tipo de discriminación ni reserva, más queda claro que los falangistas hemos optado por el que sufre hambre y sed de justicia, de pan, de cultura. De igualdad en la oportunidad, porque sin duda, es quien de verdad nos necesita o nos puede necesitar. Y todo porque la Falange, incluso antes de aparecer esos aseo-movimientos de liberación social (vengan de donde vengan), todo se proyectaba hacia esa persona menoscabada, oprimida, explotada. Parece lógico que quien no lo entendiera sí, tal vez no supo nunca donde estaba realmente.

Desde un análisis riguroso y sincero, profundo, de toda la teoría original, a mí no me cabe otra interpretación que ese compromiso del nacional sindicalismo por el hombre acosado, aplastado a veces, por las injusticias estructurales de una sociedad como la nuestra. Surgió como una opción diáfana y rotunda a favor y al lado de los lados castigados moral y socialmente. Y en consecuencia, con sus luchas. Había redescubierto el sentido solidario de la pobreza como protesta a la miseria institucionalizada, tanto de cuerpo como de espíritu. La Falange sí entendía al hombre como sistema; por eso los falangistas cuestionamos tanto los órdenes socoeconómicos dominantes hoy, como las alternativas que se presentan basadas casi siempre en meras manifestaciones programáticas, huecas y falsas.

La Falange pone en duda de manera radical unas formas y unas estructuras económicas que, todavía permiten la miseria atroz junto al lujo; que comparte el chabolismo miserable al lado de zonas residenciales; que hace convivir la incultura y el clasismo con las instituciones para privilegiados; que permite el paro ante quienes, en el proceso productivo, despiden a discreción.

Por eso hablamos de revolución y no de reforma, aunque bien entendida aquella no como necia revuelta callejera o esporádicas asonadas; hablamos, y luego insistiremos sobre este concepto de revolución más adelante, de un cambio absoluto ético y estructural como único medio para desterrar los abismos, las diferencias, las clases en que todavía están encajonados los hombres y las mujeres de esta sociedad. A partir de esta reflexión, el nacional sindicalismo sabe que solo la superación de situaciones de marginalidad, solo con la superación de una sociedad dividida en clases, en grupos, que supone el dominio del fuerte sobre el débil, del rico sobre el pobre, del poderoso sobre el oprimido, se podrá conseguir un mundo mejor y más justo. De ahí que el nacional sindicalismo, como doctrina que comporta un sistema político ofrezca su proyecto, aun inédito - y esto obligado reconocerlo -, de una nueva sociedad realizada por sus propios individuos.

Pero la pregunta inmediata, clave para traducir esta demanda universal y esta aspiración falangista en hechos concretos aparece desnuda y urgente. ¿Cuál es esa superación? ¿Cómo se va a conseguir? Es un interrogante que a muchos causa miedo e

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intranquilidad permanente. A otros no les interesa contestarlo. Desde luego para los falangistas, la respuesta directa y comprometida, sin rodeos ni ambigüedades, está en el orden social injusto que origina la miseria y la pobreza. Superar esto sería la eliminación ole aquello que es motivo y provocación primera: la propiedad inicial de los medios de producción. No se puede hablar interminablemente de remedios temporales e individuales; se trata definitivamente de saber, de señalar ya, que es el sistema capitalista basado en la acumulación de dinero que revierte en poder, en riqueza, en abuso, en hiriente desigualdad, lo que debe de ser urgentemente rechazado. Sólo así se puede interpretar el nacional sindicalismo, porque antes que otra cosa, es una idea que pretende el absoluto desmontaje de unas estructuras injustas, siempre en manos de las oligarquías. Y esto que es tan concreto, es algo que deben de tener muy en cuenta todos aquellos que parten de supuestos reales o pretendidamente morales o éticos, y que dicen, desde su compromiso interior, buscar la justicia.

Quizá no sea justicia, esa que hace seguir siendo el amo de una tierra que no se trabaja, o tener la fábrica desde donde se continúa olvidando revertir las plus-valías a los trabajadores asalariados. Conviene recordar aquí, aunque sea en un juego de abstracción, el criterio que se dicta en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en donde con un lenguaje muy preciso, se expone: ¡Comunicarás en todas tus cosas con tu prójimo y no dirás que nada es tuyo, que algo propio es tuyo, porque si en lo incorruptible sois partícipes ¿ cuanto más en lo que lo es'? La iglesia cristiana, esa gran desconocida y en demasiadas ocasiones manipulada -, lo mismo que también ha sido manipulada nuestra doctrina política -, declara su opción por el débil y el pobre, y rechaza la forma injusta de una situación social privatizada. En este espíritu podemos incardinar las palabras del Padre Alegría, tan criticado por las clases dominantes de la época, que expone en su libro De la sociedad privada a la socialización; luego de hacer un severo análisis de intención y práxis cristianas hace una concluyente afirmación de que la conciencia y ética del cristianismo, es lo más alejado de las tesis capitalistas basadas en el mayor desarrollo del dinero - no la economía -, por un falso orden impuesto por quienes desde el poder, postulan la insolidaridad y los intereses irreconciliables.

El humanismo cristiano, paralela aspiración nacional sindicalista, pues las dos coinciden en el hombre como eje de vida, es siempre incompatible con una práctica capitalista más o menos escondida. Por la misma argumentación, la Falange nunca puede ser " contra socialista", entendida esta como una justa distribución de la riqueza. Desde estas premisas la propiedad privada, que no se puede confundir con la proyección del hombre sobre sus cosas, hablamos para entendernos de esos conceptos propios: casa, enseres, autos, y aun estos deberían de estar a las necesidades (honestas), que es tal y como lo formulara José Antonio, no puede ser considerada por los falangistas como un modelo de ideal. Por el contrario, es en la conciencia de los hombres justos, un tremendo y monstruoso engaño; es todo lo opuesto a la Falange porque ella. en su doble inspiración humanista y cristiana, no es dudosa en su exposición. Nadie se puede escudar en malentendidos para seguir ocupando su particular posición de equívocos; no obstante sería oportuno recordar lo que escribe Clemente de Alejandría en su obra Pedagogo, o San Basilio, en Patrología =riega, San Jerónimo en su Carta ??, o San Agustín su Espístola 153, y tantos otros muchos que dejan bien claro que la propiedad privada de la producción nunca fue de derecho natural sino todo lo tiesto.

Y si la Falange acepta esta interpretación a partir de su raíz cristiana y humanista, resultará imposible no desear la revocación de un sistema tan denigrante para el hombre. Por eso es que la Falange, que lucha por la instauración de una estructura social basada en la producción, desde la propiedad comunitaria, abogue por una transformación radical en las relaciones le trabajo. Es decir, hacia un medio que derive la propiedad de los medios le producción a los trabajadores. La Falange entiende que solo cuando el nombre sea dueño de su propio trabajo, será un hombre libre y con dignidad, y por tanto, su vida no será ya un mero alquiler de su esfuerzo manual intelectual, para volver a ser director de su propio destino. Para los Falangistas esto, lejos de ser una simple declaración de principios, se convierte en la única justificación de su doctrina y de su existencia como movimiento político.

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Y

con

estos

fundamentos

respecto

al

hombre,

hombre

-

ya

vemos

-,

personalista, contínuo e irreversible motivo para la Falange, podemos aventurarnos

a un análisis más o menos extenso, pero acaso suficiente, de lo que es y comporta el nacional sindicalismo.

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UN APUNTE NACIONAL SINDICALISTA

A nosotros nos parece que desde excesivas instancias y opiniones se ha intentado dar explicación académica e histórica a lo que es el nacional sindicalismo. Sin embargo también es cierto que en demasiadas ocasiones se ha llegado a su conocimiento a partir de simples careas sentimentaloides, de pesados prejuicios y de irregulares conclusiones. Y lo que puede ser mucho más triste, incluso en personas o grupos que se definen como adheridos a esta nueva y radical opción política. Esto todavía persiste entre nuestra sociedad.

Creemos que esa última situación no puede ni debe mantenerse más tiempo. Y es a nosotros, quienes nos sentimos falangistas, a los que nos cabe más que a cualquiera otros, desterrarla de una vez por todas. Porque el nacional sindicalismo es una teoría demasiado importante- parafraseando Samuelsson -, para dejarla al libre albedrío de cualquiera que no se acerque con sincero rigor. En contra de quienes ligeramente dogmatizan sobre el simplismo del nacional sindicalismo, este, constituye lo que en filosofía, es decir en el universo de la razón pura, se denominaría un sistema. Y sistema es el completo y complejo entendimiento sobre lo universal, lo que traducido a la idea política, sería la que en teoría pretende dar respuesta posible y global a todas las necesidades que plantean las relaciones humanas. Resulta entonces que nuestra doctrina política no se reduce al enunciado de unos cuantos conceptos sociales o económicos, sino que trasciende a todos los valores insustituibles de la persona.

Y esto no debería de ser desconocido por los eruditos de la política y de la historia, por cuanto se reconoce en el primer pensador del nacional sindicalismo, Ramiro Ledesma Ramos, por matemático y filósofo - vocación truncada por su violenta desaparición -, pero con el tiempo suficiente para exponer su decidida simpatía por los pensadores elaboradores de sistemas filosóficos, aun reconociendo unos tics centroeuropeos que escapaban de una lectura propiamente hispana. En este sentido, sus alusiones a Heidegger, ,orno un claro exponente de este estilo, apunta a la madurez en la reflexión, al estudio completo y metodológico a la hora de dar a luz una aportación al sistema ideológico de la Falange.

No obstante también esto último ha sido causa de apreciaciones particulares de algunos estudiosos políticos, de tal forma que nosotros deberíamos le estar listos para cuestionar o rechazar ciertas elucubraciones ajenas a un serio análisis del nacional sindicalismo. Porque en definitiva, la Falange se basa en un sólido sistema filosófico; por ello, desde nuestro punto de vista, no es válido aceptar sin más, una excesiva influencia, además, unilateral, (le parte del filósofo irracionalista alemán Nieztche a la idea nacional sindicalista. Personalmente estimo que sería una aseveración primaria e improcedente el involucrar de Nieztchearismo a toda la corriente falangista sólo porque se recojan algunos valores que, por otra parte, vienen reconocidos por todos los pueblos antíguos y modernos.

Cierto es que en Nieztche se subraya de manera especial la voluntad individual del poder (Así habló Zaratrustra), o se potencia la exaltación del héroe y de las vanguardias (Genealogía de la moral), y por algunos otros supuestos principios antidemocráticos según la concepción de la Enciclopedia Francesa, pero así y todo, es precisamente este pensador quien iguala al cristianismo con un vulgar socialismo, y eso en un tono vulgarmente peyorativo.

Es Nieztche quien descalifica toda la tabla de valores morales y en definitiva, del mismo cristianismo. Por eso pensamos que no hará mucha falta el insistir y reprobar, en desautorizar, a quien quiere hacer de él, padre filosófico e intelectual del nacional sindicalismo. La base humana de sus fundadores invalida cualquier confusión; es por oposición a este filósofo, el sustrato personalista y comprometido de la Falange, lo que nos acerca al mundo de "L' esprit- y las reflexiones del gran pensador francés E. Mounier; estoy convencido de que lo que

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dio consistencia al cuerpo doctrinal configurado por José Antonio, fue el conocimiento y la asimilación de las obras del creador del Personalismo, el prestigioso autor francés. Cuando se hace un paralelismo entre el concepto " persona "de José Antonio, y la idea "personalista ' de aquel, no hay más remedio que admitir su mutua influencia.

Tomado muy simplemente se podrían aceptar algunos principios universales, y que de ninguna manera chocan con el humanismo cristiano, tales corno heroísmo, la generosidad, el patriotismo, etc. Y es tanto así que sus propias ideas de autoritarismo, o el rechazo a una conciencia moralista, e incluso su desprecio por la burguesía, podrían constituir el esquema de cualquier ideología de corte marxista. Algo en verdad paradógico porque sería la contradicción a esos teóricos de la confusión que ven en el filósofo germano, los fundamentos del prefascismo. Para nosotros queda probado que la argumentación es más fuerte en cuanto a su desvinculación con el nacional sindicalismo, que la de los liberales y marxistas que lo critican. Y es que tenernos el convencimiento de que socialismo y marxismo (con todas sus variantes: socialismo, comunismo, maoísmo, castrismo, etc.) en el fondo, arrancan de situaciones intelectuales muy similares y los dos tienen evidentemente demasiadas concomitancias. Lo que parece claro es que el nacional sindicalismo, la Falange, como corriente política con categoría de sistema, no concuerda en absoluto con la de una ideología que parte pro principio, de una constante oposición al sentido de hombre trascendente.

El hallazgo, por ejemplo de expresiones tales como "Arriba los valores hispanos", "Mitad monje, mitad soldado", etc. no alcanzan más calificaciones que el reconocimiento de unas actitudes innovadoras en el lenguaje del resurgimiento de conciencia que, al fin y al cabo, las han tenido y las tienen todavía la inmensa mayoría de los pueblos del mundo. Por eso, el influjo que según González Sobejano, se intuye, no tiene a nuestro juicio más valor que el anecdótico; estas tendencias de subversión, de poderío y de profetismo o imperialismo históricos, se observan por donde quiera que haya estado el hombre en el tiempo y en el espacio. Y por supuesto, si esto se da en Lenín, a nadie que se defina marxista, se le ocurrirá buscar sus antecedentes en Nieztche. Y nosotros tampoco lo aceptamos, al estar esas subjetividades basadas en aspectos meramente circunstanciales, o lo que es peor, en intenciones sesgadamente proyectadas.

Ligado a esto. Ortega representa para los falangistas la marca estética o de estilo, de un comportamiento, y sustrato de una técnica intelectual, pero ciertamente ofrece de otro lado, contradicciones con un análisis falangista completo y globalizado. Tampoco pensamos los falangistas, al menos así lo creo, que recojamos apreciaciones orteguianas, tales como su tono despectivo por la " democracia exasperada". Y no porque lo utilizara la filosofía marxista para combatirlo - Luckas -, que lo consideraba un típico antidemócrata, sino porque escapa de nuestras más íntimas consideraciones dirigidas al protagonismo del pueblo.

Y además, porque a derecho comparado, ¿cómo podría decirse esto de Ortega, y no decirse del mismo Marx o Lenin?

Pensamos igualmente que los principios desde los que Ortega construía la democracia, desembocan inexorablemente en la creación de las masas anónimas, y que al perder su identidad y su propia historia, esa historia del hombre medio que la compone, se convierten en pura amorfedad, en pura materia de inercia. Es lógico creer que el sentido del protagonismo humano, el arranque personalista del hombre como portador y dueño, que propugnaban nuestros fundadores, separan una conciencia simplista hacia el maestro Ortega. Tal vez esa masa de la que hablaba el filósofo español, sea necesaria para ciertas ideologías a la hora de suscitar una oportunidad de poder, de ahí que el socialismo marxista, o el fascismo, sean precisamente típicos movimientos de hombres masas, pero no menos cierto es que en verdad, existían condiciones para que el colectivo humano cristalizase en esas enormes masas que, al aire de su miseria, buscaban su propia identidad.

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En paralelo a esto, pero no identificables, el nacional sindicalismo compone desde su prisma inspiradamente orteguiano, una concepción de la Teoría vital. Es decir, el conocimiento de saber que vivimos, y por eso pasa todo lo demás. Y lo demás es, en cierto modo, la masa que no actúa jamás sobre o por sí misma, lo que no es óbice para que la idea falangista complete ese enjuiciamiento restrictivo porque la Falange, sí cree en el pueblo. Nosotros entendemos que la masa por sí misma, con democracias formales o sin ellas, no se coligen amorfas y sin cabeza, al contrario, aparecen con voces nacidas desde su propio seno. De manera que está, que viene formada por hombres libres, por hombres y mujeres dignificados en la idea nacional sindicalista se organiza y y dirige por sus representantes independientes, y por ello, desde una estructuración natural y directa. Es entonces, que el nacional sindicalismo se aleja del sentido aristocrático y peyorativamente jerarquizado de la sociedad -de nuevo Nieztche -, para formular una sociedad diferente en donde los hombres y las mujeres lleven a sus pueblos un protagonismo indisputado y definitivo.

Hay que mirar en todo esto a Ramiro, quien con la vista en Ortega corrige su posición y concepto de la masa o del pueblo, le da otra perspectiva y la enriquece desde una conciencia colectiva que supera las conciencias egoistamente individuales que la componen, pero no con un gesto limitativo, sino acumulativo e integrado. Personalmente, en este aspecto de la reflexión ramirista, me siento cómodo. Para los fundadores, según mi opinión, el pensamiento nacional sindicalista apuntaba ya al hecho irrepetible de la responsabilidad y participación del pueblo, que no es indisciplina, sino que sería el pueblo quien con más propiedad pondría a sus gestores en su lugar. Evidentemente es el convencimiento de esta filosofía lo que lleva a aquellos a superar, principalmente en Ramiro, y desde esta reflexión, un sentido reminiscente antidemocrático, para sentar las bases de una nueva formulación en un sistema. José Antonio, reconocido lector de las doctrinas del estado de derecho, vendría a decir que, en definitiva, el fin de los pueblos era el de una vida apacible y democrática, con lo que invalidaba cualquier restricción a su pensamiento en este sentido.

Por ello cualquier análisis objetivo, tenderá a demostrar verídicamente su completa disparidad con cualquier otra veleidad que no se ajustara a derecho. De esta manera, el concepto Spengleriano del denominado Prusianismo - arrea arrojadiza de algún crítico inmaduro -, tampoco concuerda con el último espíritu falangista, generadora de una democracia natural y directa que, de ningún modo, supone un secuestro del sufragio universal secreto y libre, y el derecho a agruparse espontáneamente para el logro de esas mismas calidades sociales. Al superar un humanismo estereotipado negamos la validez de la " democracia aristocrática', con arreglo a categoría de función. Expresamente consideramos que es contraria al deseo intelectual de la Falange, que asume los principios de propia gestión de los hombres y mujeres del mundo.

Por eso, ver en las palabras de Spengler " Volvemos a ser otra vez sujeto y objeto de la historia", de claro sabor nacionalista, un antecedente nacionalsindicalista nos parece escasamente serio. Y por el contrario, sería la pista para calificar de fascistas a toda una corte de países marxistas, sean o sovietizantes. ¿Quién duda que esta frase, o alguna similar, la aplicaran acciones como la URSS, Cuba, Viet-Nam, Corea del Norte o la misma China? En mayo de 1928, Mao Tsé Tung, al término de una gran batalla en la que su ejército logró vencer a dos divisiones enemigas, escribió estos versos: “Al pié de las montañas ondeaban

nuestras banderas/ sobre su cima sonaban nuestras cornetas y tambores/ Una miríada de enemigos nos rodean pero nos mantuvimos fuertes/ nuestra defensa fue fuerte

como un poderoso muro

/

y el ejército de nuestros enemigos huyó en la noche".

Honestamente creemos que el fondo de estas palabras, el espíritu del poesía lo firmaría el mismo Spengler, pero nadie pondría en duda la distancia Mao con el autor de El ocaso de Occidente. En fin, la adopción de expresiones o de máximas circunstanciales por parte de los fundadores de la Falange, no puede suponer nada en su detrimento. El que José Antonio esté cerca de la definición que da Spengler del estilo, no lo hace spengleriano; entre otras cosas porque se reduce a una interpretación estética, y esto es universal hasta el punto de que coincide

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plenamente con lo que se deriva del humanismo más clásico. En lo profundo, en lo importante, Spengler, por rusianista, por burgués, quedaba muy alejado de la idea rompedora de José Antonio.

Los intelectuales que han estudiado con rigor todo el proceso falangista, parecen convenir en una notable aproximación de sus fundadores hacia Ortega. Y en verdad pensamos que hay un considerable poso del criterio orteguiano independientemente, claro, de las formas y estilos que aseguran a influencia del Maestro español. A pesar de ello, José Antonio pudo crear a partir de esta realidad, unas proposiciones de ciencia política que marcaron con carácter propio, la categoría del nacional sindicalismo como experiencia ideológica. Por eso el desarrollo doctrinal de la Falange evita algunas reflexiones de inmediato orillen orteguiano, porque resulta nítido para cualquier observador político, que el viejo concepto de sociedad-masa, repudiado por Ortega, es la conclusión de una interpretación subjetiva, ya que aparentemente esa situación que en términos generales se presenta como verdad, es el resultado de una casualidad histórica, social y política, que hundió a los colectivos en entidades acéfalas, huérfanas de criterios y despersonalizados que vemos alrededor nuestro de un modo más o menos intenso.

Pero el nacional sindicalismo no actúa sobre los hombres como "masa" sino que les confiere unos valores, una dignidad que cuando canalizan sus particulares inquietudes en un servicio a los demás, es nuestro pueblo, el pueblo. Se llega así a una proyección racional que ampara todos los marcos de referencia para el nacional sindicalista. Distinto a otros, porque se contempla desde los estamentos que le conceden la conciencia personalista, la actitud de protagonismo, la responsabilidad solidaria, y englobándolo, un compromiso de rescatar al hombre masa, pero además, insertándolo en el colectivo humano de las sociedades.

Desde este prisma, se comprende entonces todo el sistema innovador de la doctrina nacional sindicalista, que parte del fundamento personalista del hombre y de la mujer, para incardinarlo en el compromiso de la sociedad de la que forma parte irreversible. Y además, al menos para nosotros, categoriza a los colectivos humanos, eliminando la pobre idea de masa, para transformarlo en un afán comunitario, a través de la contestación rigurosa, metódica, de las realidades problemáticas que la oprime, liberándola por una práxis política que es una neta opción por los mas abandonados. Por ello el nacional sindicalismo, la Falange, actúa por medio de todo el proceso humano y desde todas las proyecciones posibles como personas.

Todo ello conlleva naturalmente una interpretación y una respuesta histórica, moral y ética, económica y cultural. Es por supuesto, una alternativa integral a las relaciones de convivencia social.

Estas reflexiones son, hay que decirlo, una aproximación al nacional sindicalismo a partir de una meditación íntima. Por supuesto no se pretende hacer doctrina, pero me parece que es necesario intentar cundo menos, un esfuerzo en el camino de desarrollar, en la medida en que sea posible, la teoría falangista.

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DOS IDEAS ESENCIALES PARA INTERPRETAR EL NACIONAL SINDICALISMO

Después de todo lo que se ha reflexionado en estas páginas, parece necesario hacer un breve paréntesis sobre el desarrollo de la doctrina que informa a la Falange, deteniéndonos en dos ideas que nos acerquen a la realidad práctica del nacional sindicalismo. Porque ocurre en muchas ocasiones que las ideologías políticas con una excelente presentación en el nivel de presentación, fallan luego al intentar hacerlas realidad y traducirlas en conductas y leyes corrientes.

En este sentido, la Falange puede ofrecer dos principios que se deben de exponer y defender, en función de su propia identidad. Y sobre todo, porque pienso que no se ha dado la importancia que para el estudio de nuestro mensaje político, comporta su conocimiento y su posición. Son principios o fundamentos ideológicos que quizá nos habían sido formulados con la terminología que les damos hoy, pero que no me cabe duda de que surgieron tal vez intuidos, desde el fondo del pensamiento fundacional. Por eso hablamos de nuevo intención tanto como de expresión; porque después de todo, la esencia de lo que queremos decir de manera inequívoca, estaba inmersa y aparecía contextualmente en la teoría completa del nacional sindicalismo. Y en primer lugar, aparece la autogestión. Es por eso también, que nos parecen muy débiles las acusaciones de heterodoxia o desviacionismo que alguno-censores hacen, de quienes procuramos dar una cara actual a nuestras tesis políticas. Pero es que además, esta comprensión falangista es perfectamente coherente con el criterio de José Antonio, como de los camaradas

e hicieron posible la Falange. Y es que, antes de continuar, tendríamos e hacer

aquí una hondísima reflexión sobre que es la autogestión, y sobre .lo, lo que significa. Ya no hasta vocear que querernos y pretendemos una autogestión auténtica, sino que estarnos obligados a ofrecer toda la cobertura intelectual y

filosofía que justifica nuestro compromiso.

Desde siempre los falangistas hemos expuesto la doctrina (le que el nacional sindicalismo es y comporta un sistema que, en el mundo de las ideas políticas, alude a la oferta de una alternativa que pretende dar respuesta a todo el proceso humano social; y para nosotros, independientemente del sentido de la autogestión, existe un razonamiento intelectivo que avala su teoría, incluyéndola dentro del pensamiento general falangista. Desde este punto, la autogestión que intentarnos presentar con todo el rigor posible, es en última instancia, una acción paralela a la que comunicaban los kantianos. Tanto para Kant como para Nitche, la idea de filosofía-la base de su filosofía -, es la clara y rotunda idea de libertad. Pero una libertad que se reconoce a sí misma desde la autonomía, esto es, una concepción que determina las normas de realización personal y colectiva según las crea el yo individual, donde resulta que es el hombre quien regula y legisla en el mundo de los fines, lo que evidentemente, manifiesta la mayor y última diferenciación con cualquier otra cosa de orden natural y lógico.

Esta identificación de libertad en la autonomía, el arranque nacional sindicalista para una estructura de la sociedad, tratada sobre una comunidad armoniosa. La autonomía que es de otra parte, independencia kantiana y que se limita en cuanto no comporta una norma universal. Por ello los análisis que hacemos algunos falangistas de hoy, los hemos traducido al lenguaje y compromisos actuales, pretendiendo su justificación al nacimiento le la Falange en toda su dimensión humana y política. Por desgracia una de las mayores carencias que ha

tenido siempre la Falange, ha existido la existencia de una corriente intelectual,

o simplemente crítica, en el seno e interior de nuestro partido. Carencias que han

derivado en demasiadas ocasiones, hacia una actitud abstracta, faltas de rigor, e incapaces de asumir una práctica progresista del pensamiento joseantoniano.

Y esto ocurría hasta el punto de que la accidentalidad desplazaba a la esencialidad, y aquella se convertía en mero instrumento de acción, olvidando tanto el origen como los fines que movieron a la constitución de la Falange. Es bueno entonces, recordar que la originalidad intrínseca del nacional sindicalismo, era precisamente el concepto sindical para la construcción de una sociedad más

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justa y solidaria. Y es posible que hasta ahí, se estuviera conforme con otras posiciones burbujeantes dentro de 'lo falangista", pero es en el momento de concretizar esa realidad política y social, cuando se evidencia la incapacidad de dar una respuesta exacta y precisa, tal vez porque no eran consecuentes con la profundidad de las nuevas tesis que se presentaban a los españoles.

Y aquí está la justificación y motivo de nuestra actitud personal ante la autogestión, sobre la base de la interpretación sindicalista de la sociedad que propugnaron nuestros fundadores, evidentemente, en su significación económica. No es necesario afirmar que la primera aportación del sistema falangista (no olvidemos que la Falange es el instrumento político para realizar la ideología nacional sindicalista), estriba en la arquitectura sindicalista del proceso productivo que emanaría lógicamente, a la sociedad, es más, es el concepto transformador del nacional sindicalismo en la propiedad de los medios de producción, en manos de los trabajadores agrupados en sindicatos de empresas, donde nosotros definimos la autogestión. Mas entendiendo el carácter kantiano de libertad, la autonomía se interpreta como sistema heiderggiano referido a una idea globalizada e integradora del hombre y la sociedad. Así pues, a partir de este pensamiento de la libertad-autonomía, en cuanto se traduce a ley universal, la traslación a las áreas y momentos de la práctica humana, el nacional sindicalismo crea una tesis que abarca la integridad del hombre y en donde se fundamentan todos sus actos.

La Falange la vemos entonces inspirada en aquella premisa de Kant, y extiende su obra a toda la actividad humana. La autonomía es de esta forma, autogestión económica basada en el clásico juicio fitcheriano de la libertad. Por ello, cuando el nacional sindicalismo propugna la libre gestión y planificación comunitaria de la vida y los medios de la producción, no hace sino posibilitar de manera real la práxis de la libertad. Y como además, la idea nacional sindicalista es consustancial a ella, en la medida en que adquiere categoría universal, es contradictoria y por lo tanto imposible, el establecer semejanzas con actitudes que impidan o restrinjan esta aspiración falangista.

En definitiva, el nacional sindicalismo es autonomía porque es libertad, o a la inversa, puesto que en la filosofía que contemplamos tienen el mismo valor, y en tanto que las ideas de José Antonio y otros fundadores son finalmente una concreción de la autonomía y de la autogestión, alcanzando valores universales al no verse limitadas por circunstancias de oligarquía o estatalistas, estamos viendo el auténtico sustento de su origen y procedencia. Y al fin, entiendo que en todo esto que aquí se ha expuesto, hay una base racional que da consistencia a este análisis, pero que de otra forma, los falangistas y quien quiera acercarse a su doctrina, tendrán que esforzarse en avanzar por el camino del desarrollo intelectual de toda nuestra ideología.

Fundamentar las viejas máximas transformadoras y fuertemente progresistas de la Falange hacia una puesta en práctica en esta sociedad y en este mundo, tendría que ser una obligación moral. es decir, aquí y ahora. Todo lo demás será pura e inútil retórica en la que no deseamos caer de nuevo, aunque desde luego, no fuera nuestra responsabilidad. Cuando la Falan`ae habla de transformar la sociedad, habla de una sociedad en la que los mecanismos de responsabilidad pública y de participación estén y sean más directamente protagonizados por el pueblo; que la gestión pública se institucionalice más incardinada en el pueblo. Y nos referimos también y de manera concreta, a una sociedad en la que los medios de producción estén en manos de los trabajadores, obreros y campesinos a través o por medio del sindicalismo de empresa; eso es el nacional sindicalismo. Y eso sólo se puede llevar a efecto desde una base autogestionaria, según se desprende de la autonomía y libertad kantiana, como valor positivo, que nada tiene que ver con un idealismo romántico

Esto parece ser así. Y por otro lado, tenemos la necesidad y el deber de restituir nuestro propio concepto de estado. Un sentido de Estado que supone, no tanto su desaparición, nunca contemplado en la filosofía falangista, como su revisión hacia una integración en el entramado de la sociedad.

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PONER LA FALANGE EN SU SITIO

Una de las dificultades que han tenido y tiene los hombres para alcanzar una coincidencia de intereses, parece ser con seguridad, la capacidad de comunicación entre ellos mismos y entre las sociedades que compiten. Esta misma problemática se lince todavía más patente en aquellas instituciones humanas, en orden a trasmitir ideas y criterios intelectuales, morales y de cultura, conducentes a mejorar por evolución la vida y condiciones sociopolíticas de cuantos componemos la humanidad tal y como la experimentarnos ahora.

En este sentido, la aparición de las teorías y doctrinas políticas han aumentado las situaciones conflictivas de comunicación entre los hombres y las mujeres, según unos, y en otros, se ha logrado un mayor intercambio de ideas y por lo tanto de vivencias; lo cierto es que corno todo proceso humano tiene sus contradicciones y es preciso el extraer las mejores experiencias. Entre esas sombras pueden estar interpretaciones que generen conflictos, rechazo, desentendimientos. A menudo supone también la incomprensión igualmente lamentable.

Podemos entender que el análisis de esas realidades objetivas nos da la clave de innumerables frustraciones y de muchos triunfos. El estudio actualizado señala clara y rápidamente. a nivel incluso de técnicas de marketing, político, la verdad de este principio que aunque muy sofisticado, se practica en todas las escalas y en todas las geografías; es decir, lo que no se vende bien, tiene muchas dificultades de adaptarse. Parece incuestionable que las fuerzas de las ideas se posibilitan, de modo preferente, en la medida en que sepan comunicar al cuerpo social al que van dirigidas. Tal vez si los falangistas fuésemos objetivos en analizar nuestro propio proceso como propagadores e impulsores de una idea fuerza, deberíamos reconocer que uno de los obstáculos más importantes para su comprensión, y por, esto, aceptación y expansión del nacional sindicalismo, ha sido y es en muchos aspectos, la enorme dificultad de comunicar nuestro mensaje a los ciudadanos todos, de nuestra sociedad.

Particularmente pienso que gran parte de la frustración que pueda tener la Falange, está motivada básicamente, por una insuficiente comunicación entre las ideas y las personas a quienes han sido dirigidas. Nosotros creemos que al igual que pueda ocurrir con la voluntad artística, si no se encuentra esa comunicación con el público, o encontrar una comprensión en el espectador, esas disciplinas estarán abocadas al fracaso o, cuando menos, a un triste desconocimiento por muy extraordinaria y positiva que sean sus consecuencias estéticas y culturales.

Desde esta observación, entiendo que la historia y doctrina falangista de hoy, si queremos ser veraces en gran parte del periodo fundacional, no alcanzaba a procurar un lenguaje suficiente para calar en el alma de la sociedad. Tal vez fuera por las terribles circunstancias que se sufrieron en origen, pero desde luego injustificadas a la altura de estos años. Es posible igualmente que en nuestros tiempos nos tropecemos con esa incomunicación, pero para ello, hemos de analizar las causas que han hecho levantar un foso entre las tesis falangistas y nuestro pueblo, único receptor del mensaje.

Para nosotros, varios grandes obstáculos han impedido esta interrelación, apriorística en cualquier estrategia de la comunicación; sin ánimo de parecer exhaustivo podríamos enumerar la incidencia de un lenguaje político excesivamente abstracto, poético y simbolista; la dualidad de un mensaje que ha sido demasiadas veces ambiguo e inconcreto, y por supuesto, la fuerte incoherencia entre postulados y actitudes. Por último, la incorrecta dirección sectorial que tal vez, inconscientemente, o a causa de esas condiciones apuntadas, se daba a todo el mensaje falangista.

Cierto es que lo ideal sería la utilización de un lenguaje revolucionario con las palabras más exactas, pero cuando esa transformación se hace desde la

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contemplación de una sociedad que hambrea, que llora y convive con la injusticia, no se debe de trasladar una idea urgente de renovación con metáforas y palabras estilistas. Por muy bella que fuera la expresión, hay que darles a esas ideas fuerza, un lenguaje directo y llano-, del pueblo. Desde luego no del pueblo en forma peyorativa sino en el sentido más noble de la palabra, durante excesivo tiempo los falangistas han, o hemos, abusado de un lenguaje demasiado conceptual, quizá obligado por la corriente de la época, en la que se hacía caer la responsabilidad de todo en unas cuantas y excepcionales personas. Ahora el pueblo, es decir todos nosotros y nuestros compañeros y vecinos, aspiramos a tener una responsabilidad compartida, y por ello, se exige un idioma que llegue a todos y todos lo entiendan. En resumen hay que acercar el lenguaje de la doctrina al lenguaje popular; para esto proponemos abandonar todo contexto retórico, tanto como de una 1iteratura de propaganda que no conecte con las inquietudes de nuestros días.

Habrá que huir de voces barroquistas, de palabras estilizadas, de frases geniales (casi siempre esotéricas para la gente), para buscar una comunicación a ras de tierra, capaz de hacernos entender con el hombre sencillo de nuestro entono, del ama de casa del barrio, y del obrero y el estudiante; hay que guardar también en el lugar más profundo, aquellos mensajes de tono imperial que la fuerza de la historia y de los hombres provocara un día, pero que hoy con el mayor de los respetos debemos de archivarlo, como un insuficiente servicio prestado.

Llegado a esto, algunos se preguntarán si ese era el tono general de los mensajes falangistas. ¡Claro que no¡ Al menos, la mayoría. Pero fue sin duda el que conoce la gente, o lo intuye, porque de una forma u otra, lo impusieron a todos los que directa o indirectamente nos preocupábamos por la Falange. Y como resultado aparece el desconocimiento de nuestra política por parte del pueblo; no sabían qué era exactamente el nacional sindicalismo, debido a que la técnica empleada para mostrar nuestra alternativa fue, en la mayoría de las veces criptográfica, parcial, culterana. Y el hombre llano se quedó en los luceros mientras otros, más avisados, se aprovecharon del ideal falangista.

Pero, lejos de esto, hay que reconocer que todo ese confusionismo en torno a nuestra idea, se hace más crítico cuando nos remitimos a la dualidad y ambigüedad con que el mensaje falangista se ha presentado, y todavía se hace por desgracia, en algunos sectores. Nosotros creemos que es aquí donde la carga negativa es más acusada y donde más daño se ha producido en las relaciones de comunicación. Lamentablemente parece como si entre todos, hubiéramos logrado presentar una imagen antidemocrática o de intolerancia, de algún modo reaccionario, pero que de ninguna manera se corresponde al espíritu renovador y progresista de José Antonio

y en definitiva de la Falange. Del nacional sindicalismo.

Por último, la repetición de ideas y consignas que por su naturaleza son ambiguas y que dieron y dan pié, para que se colaran multitud de gentes que jamás, si el mensaje hubiera sido claro, habrían aceptado siquiera el declararse simpatizantes falangistas. La experiencia histórica vivida por demasiados camaradas, como la que de alguna forma hayamos podido experimentar nosotros mismo, ha dejado impresa en el tiempo, el tono menor de nuestra revolución, insuficiente

a todas luces para épocas de débil andadura política. Un tono que nos ha impedido

conectar con normalidad con aquellos a quienes van dirigidos nuestros principios.

Resulta así que por simple estrategia, sin contar otras consideraciones y razones más altas, que en absoluto puede indicar menosprecio por aquellos valores del hombre, la Falange debe de atemperar su técnica de introducción para iniciar una recuperación en la comunicación social. Debernos de procurar un mensaje en donde la defensa de nuestra alternativa, nuez a e inédita, acaso oída pero falsificada, lleve implícita la lucha por esas prioridades políticas, sin necesidad de exponerlas desde unos términos confusos e imprecisos. Y en ocasiones, contradictorios. Es decir, habrá que buscar un lenguaje político que impida situarnos en lugares del espectro político que nunca deberíamos consentir. Y esto, no por actitudes banales, sino simplemente porque no corresponde a la verdad.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

Es entonces cuando, repetimos, aun cuando sólo fuera por razones estratégicas - que no lo es -, deberíamos de encontrar esas forma de comunicación con el pueblo que todavía no tenemos, y la verdad, recuperar el significado de las clásicas y estereotipadas frases de " Ni de derechas ni de izquierdas", por ejemplo, porque no puede ser excusa para nadie que, al amparo de esta idea, se instale el más viejo reaccionarismo que se pueda conocer.

Y para evitarlo resultaría bastante eficaz presentar clara y lisamente los principios del nacional sindicalismo que, a nuestro modo de ver, podemos iniciarlos con una exposición "positiva ' desterrando para siempre los "noes" y dando unos objetivos concretos y fácilmente asequibles por todos nuestros contemporáneos.

Como primera consecuencia, reafirmamos la vía democrática como única opción posible para alcanzar el estado nacional sindicalista; proclamar nuestra intención más sincera en desmontar el sistema económico capitalista como estructura de la sociedad, por utópico que parezca, y propagar el principio de cambio en la titularidad de las empresas para revertirlas a los trabajadores; insistir en las transformaciones necesarias para hacer de la banca un servicio sindical o comunal, del crédito, convocar al pueblo para hacer realidad la modernidad agraria y acabar con el temporero agrícola. Y, en otro sentido, recoger la auténtica expresión de ser españoles profunda y conscientemente, huyendo de un chato nacionalismo ridículo y asumiendo un regionalismo cierto y concreto, que haga inasumible la disgregación, buscando fórmulas de encuentros solidarios entre todos, y que ya José Antonio planteaba en aquellos escritos, La Gaita y la lira, Cataluña, etc. que de alguna manera nos planteaba. Y todo esto desde la contemplación metafísica del hombre, de su integridad, y por eso libre, personalista e irrepetible.

Si todo esto forma parte consustancial de nuestro mensaje, en absoluto debemos de presentarlo con ambigüedades, con recelos o temores de alejar de nuestro lado a quienes nunca estarán con nosotros, lo digamos como lo digamos. Porque sencillamente, nuestra doctrina política es sobre cualquier otra consideración, una teoría progresista en el mejor sentido de la palabra; y sólo necesita exponerlo tan llanamente, que no necesite segundas lecturas. La filosofía queda así; el desarrollo jamás tendría que ser motivo de confusión, y será entonces cuando exista unanimidad en la forma de exponer nuestras ideas y en donde no importe demasiado el lugar en donde nos sitúen, entre otras cosas, porque ya no habrá razones para la mentira. Estamos seguros de que todo esto hará comprender a los críticos, que los tenemos y muchos, y a los convencidos, bastante menos, que ni la Falange ni los falangistas nacimos para la política para ser "anti-nada", como de forma expresa ya había anunciado José Antonio en sus discursos.

Parece lógico además, que la Falange en tanto es un cuerpo de filosofía política, deba de tener en cuenta la natural adaptación a las exigencias de los tiempos, desprendiéndose de ciertas rigideces que quiérase o no, han venido a anquilosar de mudo evidente toda nuestra teoría política.

En este sentido, deberíamos de tener en cuenta y analizar con rigor, las situaciones que nos deparan las ideologías más representativas que circulan por el mundo, y de manera especial, las que hacen referencia a las doctrinas calificadas de más dogmáticas. Es oportuno y conveniente para nuestra reflexión, el recordar aquí la consideración que al respecto y refiriéndose al marxismo, hace el analista ,y periodista político Indro Montanelli, cuando en un artículo que publica El País, se interroga sobre el futuro del PCI, luego del desastre obtenido en las últimas elecciones generales italianas. El dogmatismo de los comunistas transalpinos, extensible a los demás grupos comunistas europeos, que siguen manteniendo inalterables las verdades absolutas del autor de El Capital, sin tener en cuenta el fracaso de las previsiones marxistas, y por tanto, la falta de sustrato social proletario ante el avance capitalista, que está acabando con el viejo concepto obrero, hace muy difícil la superioridad sustantiva de estos partidos.

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Desde esta interpretación se impone situar en la práctica, de modo urgente, una serie de actitudes que en sincero análisis ubique a la Falange en una posición de modernidad y actualización. Así pues, la Falange no debe perderse en consideraciones abstractas y por el contrario, luchar por su identificación de forma eficaz y continua. Por esta misma razón habrá que esforzarse por rechazar una imagen de dogmatismo que no conduce más que a disminuir nuestra posición política cara a la sociedad; claro que bien entendido que este "agiornamiento" no presupone el abandono, ni mucho menos, de lo que pueda ser esencial en nuestra doctrina.

Hay que trabajar sin descanso por crear una imagen de partido dialogante. y de serenidad, para destruir la vieja estampa de un nacionalismo a ultranza, así como la burda impresión de un partido nacido para el antimarxismo o sus derivados. Y también, librarse definitivamente de extraños y nostálgicos mimetismos que sólo nos lleva al desprestigio lilas peligroso. La Falange tiene la obligación de lograr una sensación de movimiento político ágil, moderno, universalizador e inteligente. Pero también es necesario que todo esto se concrete en una práctica política de claro compromiso por la sociedad y que, aunque tenga que evolucionar lógicamente por imperativos de la historia, sirva para que el hombre y la mujer de hoy, sepan a que atenerse sobre lo que es y representa la Falange.

No podemos perder el sustrato humano que permita nuestra posibilidad política como le ha ocurrido al PC¡ por aferrarse a sus dogmas, y que al final, han tenido que recuperar tiempo y estrategia para presentar una oferta bajo una nueva reanudación de la izquierda, y poder entrar de esta manera a una nueva concurrencia política; es en cierta manera lo que sucedió con los partidos comunistas españoles, que en tanto continuaban echando las culpas a los "errores", según la metodología más visceralmente marxista, se les cerraba el futuro, por lo que distanciados un tanto en el tiempo, llegarían a configurar una respuesta de presente con los movimientos de Izquierda Unida. Puede que algunos nos hagan observar las dificultades que tanto unos como otros, viven y posiblemente sufran, pero su supervivencia política, pienso, la han asegurado. ¿Podremos nosotros?

No podemos distanciarnos del hombre de nuestro tiempo y de nuestro espacio si no queremos justificar nuestra propia desaparición como partido, y hasta como doctrina, por una fidelidad a ultranza que no tiene en cuenta las realidades de cada momento, sin que por ello se quiera ver responsabilidades desviacionistas al uso marxista. Tenemos y debemos de ofrecer el mensaje falangista desde la interpretación del hombre que convive con nosotros. No se trata de escamotear nuestro discurso político sino de adaptarlo a las necesidades que la verdad social nos indica, desde lo esencial del nacional sindicalismo. Y una reflexión inicial nos lleva a la objetividad de un dato: la concentración capitalista no ha supuesto una cada vez más extensa legión de famélicos, según la previsión de Marx, sino a la formación de mayores zonas de clases medias y de pequeños ahorradores que se desenganchan cada vez más deprisa del marxismo, y por otro lado, la presión ciudadana que no impide la concentración del dinero, pero evita los grados indignantes de explotación desde el punto de vista económico.

La cuestión quizá ya no se plantea en la dialéctica capitalismo - marxismo, puesto que este último ha perdido definitivamente la batalla, al menos en los países desarrollados, sino tal vez en la antítesis que supone dignidad personal y sumisión individual al proceso consumista que de manera inmoral, o amoral, significa la alienación del hombre con todas sus secuelas de marginación y discriminación sociales. De modo que no es tanto cambiar el Status socio-económico de la gente, - que está en nuestra aspiración máxima-, como recuperar la sociedad del bien - ser, el objetivo final del nacional sindicalismo, y como quiera que para conseguir esa situación, la persona debe alcanzar aquella autonomía en libertad de que hablábamos anteriormente, y puesto que esta se consigue en base a la autogestión económica, nuestro mensaje lograría su completa justificación en la adquisición de los instrumentos que permitan esa libertad. Esto es, la propiedad comunal, o sindical, de los medios de la producción. En los talleres y en los campos.

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Y puesto que desde este juicio, la esencia de la doctrina nacional

sindicalista nos pone entre aquellas instituciones políticas que rechazan la propiedad privada de los medios de producción, separándonos definitivamente de las ofertas de la derecha o de centro, y puesto que nuestra comprensión del hombre nos aleja de la interpretación marxista y libertaria, podemos presentar nuestra idea política sin temores escatológicos, y atendiendo a la llamada estratégica y de actualización como un movimiento de izquierda española, personalista y humanista. La Falange tiene que ser audaz porque, aparte de que concuerda con el carácter progresista de la doctrina, es también obligación para con las demandas actuales de la historia. Seamos entonces audaces, renovemos al estilo, creemos nuevos caminos porque debe de quedar claro que la historia de la Falange, si no se pone al día, que de ningún modo es renegar de nada, puede hundirse en los abismos de la incomprensión y de la inoperancia. Naturalmente si intentamos vencer una constante descalificación reaccionaria, no podemos por menos que plantearnos la imagen que

nos hace falta.

Resulta entonces que no es necesario insistir en la enorme incidencia que tiene la coherencia entre la doctrina y su práxis, y precisamente por falta de rigorizar nuestras propias intenciones políticas, aquellas ambigüedades que se citaban antes, daban lugar a que mucha gente adoptara actitudes que obviamente entorpecen, cuando no contradicen, lo que exponen con lo que hacen. Es necesario para la Falange el crear los medios imprescindibles para normalizar el programa del nacional sindicalismo; y en esto también habría que evitar todas las intervenciones subjetivas y que acogidas a esta falta de puntualidad doctrinal, choque con el espíritu progresista de ella. Por eso puede ser apropiado que a través, o por medio de órganos de estudio, interpreten y conozcan una ideología y un sistema político todavía muy falseado; es posible que la adopción en serio de esas iniciativas impediría, no sólo las declaraciones extemporáneas, sino que imposibilitaría esa incoherencia a veces manifiesta entre nuestros llamados seguidores.

Algunas discordancias que aparecían sobre temas tan señalados como los de

religión, actitudes de desarrollo tecnológico y ecologismo, independencia nacional

y Otan, democracia parlamentaria y antidemocracia, propiedad nacional comunal y

propiedad privada, regionalismo y federalismo; etc. serían tratados desde una

perspectiva de objetiva atención.

Un mínimo esfuerzo de adaptación a la política actual nos exige considerar

unos cuantos hechos y unas pocas actitudes. Ejemplos de esos testimonios, podrían ser una propaganda activa sobre la neutralidad española entre bloques basados en el principio de la "no ingerencia", como una posición irreductible contra los sistemas y medios de producción energética indiscriminada y nuclear; la posición decisoria de rotunda de nuestra aversión golpista; el asumir globalmente las demandas de los trabajadores independientemente, o en conjunción con la acción de los sindicatos; un Estado con arquitectura de república sindical e, irrenunciablemente, una aspiración a que el pueblo viva - en fidelidad a José Antonio -, en una sociedad apacible y democrática, entendiéndola como auténtica participación y gestión de la cosa pública. Y como colofón de todo lo que se ha intentado exponer, es imprescindible saber a quien va dirigida, al menos de una manera prioritaria, la doctrina o el mensaje político que se quiere dar a conocer:

el mensaje falangista.

Aquí la idea de estrategia como tal, tiene y debe ser tratada con toda

seriedad y ajustarse a lo que realmente resulte de un estudio fiel a la idea. Para ello es fundamental el recoger el principio de origen de nuestra propia doctrina;

y esa es por definición, un movimiento sindicalista con un componente ético que lo

enriquece y lo matiza. O concretando, es un cuerpo de doctrina política dirigida a los trabajadores, no de una manera exclusiva, pero sí, de una forma primordial. Para ello es necesario que toda la acción política de los falangistas vaya

encaminada hacia ese sector de la sociedad; de forma que ellos sientan nuestra identificación con su problemática y sus esperanzas Porque ellos, precisamente, son quienes mejor podrían comprender nuestro mensaje; hay que proyectar entonces una acción para ese campo del pueblo. Y de firma clara, precisa, que implicarían

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varias posiciones entre las que pueden destacarse una equivalencia con sus luchas, un apoyo auténtico y comprometido en su manera y sociología de vida, la utilización de un lenguaje atemperado a sus comprensiones y culturas. Pero eso, claro, debe traducirse en una presencia física en sus parámetros de existencia, en sus centros de trabajo, en sus lugares de expansión. Vivir con ellos, que pasa por una acción interactiva en sus movimientos ciudadanos, asociaciones de vecinos, ole padres, y de toda integración natural en centros juveniles, deportivos, culturales, etc.

a nuestro pueblo, en el sentido cercano que nosotros

entendemos, que nuestra alternativa nació como móvil para transformar la injusticia y la explotación por una sociedad de hombres libres y responsables. Por lo tanto, se impone un cambio de actitud y dedicación porque será lo único que de verdad diera futuro a la Falange. Si estas reflexiones no las tomamos en su valor, el destino del nacional sindicalismo no será el que deseamos-eso pienso-, en

beneficio de nuestra responsabilidad histórico y sobre todo, de nuestro pueblo.

Tenemos que ver

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LA VIA ECONOMICA DE LA FALANGE EL NACIONAL SINDICALISMO

Aunque la Falange por principio, no coincide con el análisis materialista que hace el marxismo sobre la exclusividad economicista del hombre, lo cierto es, se quiera o no, que nuestra teoría política como aspiración a la mejor dignidad humana, no puede sustraerse a presentar su alternativa económica, como parte insustituible del compromiso adquirido en mejorar las condiciones sociales de los hombres. La respuesta económica del nacional sindicalismo es esencial también, para entender el mensaje integral de la Falange. Olvidarlo o disminuirlo es ni más ni menos que atentar contra la esencialidad de la doctrina; en este sentido, es triste reconocer que muchas personas que se calificaban a si mismas como afines, si no parte de la Falange, trataban por todos os medios en rebajar nuestras metas más irrenunciables.

Y resulta, desde nuestro punto de vista, que la definición de nuestro modelo económico constituye sin duda una de las premisas irrenunciables par, institucionalizar todas la filosofía política del partido. Es verdad que, desde los tiempos fundacionales, los falangistas hemos venido repitiendo y ofreciendo al pueblo español, unos principios económicos bajo la denominación aceptada de nacional sindicalismo, pero a nuestro juicio de una forma vaga e imprecisa, tanto que se reducía casi siempre a una simple abstracción- contribuyendo así a la indefinición de la Falange. Es más, hemos visto como junto a declaraciones radicales, aparecían otras completamente en sentido contrario o cuando menos, restringiendo notablemente su contenido.

Por el contrario esta actitud la llevaba a una posición confusa, a veces contradictoria, y en ocasiones opuestas a una fiel interpretación del espíritu azul" y a los camaradas de la primera hora. Porque aun conociendo los criterios que inspiraron las formulaciones de la Falange en el campo de la economía, su denunciada indeterminación en la práctica, es tomada por las más distintas personas y de las maneras más dispares y enfrentadas.

No

vamos

a

hacer aquí

la historia

de

esas exigencias

-

y

en casos,

desviaciones graves, aunque esto no sería obstáculo si fueran para radicalizar el mensaje anticapitalista de la Falange -, porque es de todos conocida, pero es salida para reconocer la existencia de actitudes tan distintas entre los falangistas, o de los que así se dejan llamar. De ahí el que nosotros consideremos absolutamente prioritario el establecer en armonía con el pensamiento fundacional, una definición que sitúe a la Falange en una concepción económica concreta y coherente, y sobre todo, expuesta de una manera Tara. Para nosotros, la misma supervivencia del partido pasa necesariamente, y antes que otras muchas cosas, por la decisión firme de ajustar su propio modelo de cambio económico; desde esta visión, trataremos de dar ama respuesta auténtica para evitar al menos, lo que algunos con desafortunada frase, calificaron como una situación gaseosa de la Falange. Del Nacional sindicalismo.

Necesariamente tenemos que partir de un asentimiento general al aceptar el término nacional sindicalista, como un rasgo diferenciador de la Falange, pero evidentemente, no ha habido una formulación comprensible o, su explicación es tan manipulada que, en verdad, la Falange no tiene ahora - en mi opinión -,un mensaje concreto de alternativa económica. El presente inmediato nos muestra una economía capitalista, una economía socialista (cada vez más descafeinada), y una economía mixta que resulta, como diríamos, mezcla de todo los inconvenientes. Sin embargo, no se mantienen discusiones ni debates sobre una economía nacional sindicalista, y esto porque como señalaba anteriormente, no se quiso o no se supo pronunciar nunca una formulación seria y rigurosa; jamás se pretendió una definición exacta y concreta de nuestro mensaje social y, a lo más, por ejemplo, sólo se llegó a presentar un sencillo cuestionario sobre la empresa N.S., contestado por Adolfo Muñoz Alonso, que apareció fotocopiado en ediciones cuasiclandestinas. Nunca vimos un intento por liberarla de sus interpretaciones (a la doctrina) confusas o

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contradictorias. Y tal vez no se estudió el normal desarrollo de cualquier teoría política, y más aun, económica.

La Falange es por definición, Nacional sindicalista, esto es, dirigida en primer lugar a los trabajadores, a los obreros y profesionales asalariados. Parece evidente que a los ideólogos de la Falange fundacional, no se les ocurriría contribuir a las teorías económicas con una aportación que no tuviera identidad propia, y la sumaran al capitalismo a al marxismo, según el gusto o conveniencia de cada persona.

Precisamente para alumbrar un nuevo estilo para las relaciones económicas de la sociedad y de los hombres, idearon el nacional sindicalismo: una tesis que superaba o trataba de superar no por una síntesis peyorativa de laboratorio, sino por una genuina elaboración de todo un sistema económico novísimo y progresista. El Nacional sindicalismo aparece para combatir dialécticamente, y en derecho, a los dos modelos de economía con implantación y validez casi universal, y al mismo tiempo, injustos y explotadores, y al fin, como causa de un mundo muy duro y opresivo. Como es natural, esto significa para los confundidos, la importancia que tiene el que se conozcan las dos corrientes económicas a que nos hemos referido, justament4e para saber de sus deficiencias y poder refutarlas desde una razonada exposición. Nosotros, o cualquier persona con inquietudes afines, estimamos que los falangistas en general ( a niveles de los últimos años noventa) no conocen demasiado bien los fundamentos de esos sistemas que combate la Falange, con la lógica desventaja a la hora de un proceso dialéctico de alguna responsabilidad; y al revés, creemos que nuestros falangistas deben de conocerlas por lo que aun pecando de suposición, pensamos que seria adecuado el exponer aquí sus argumentos más conocidos, con el objetivo de poder aceptar con todo rigor una formulación nacional sindicalista.

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EL CAPITALISMO

Sin ningún ánimo de preferencia y sólo en razón de su aparición en el tiempo podemos recordar al capitalismo desde su estricta intención económica. Porque el capitalismo no sólo comporta una estructura de economía, sino hoy por hoy, se amplía hasta componer una forma de vida. Y lo cierto es , aun cuando todos los teóricos del sistema capitalista, parecen estar de lerdo en definir este modelo, la verdad es que para un análisis general, los elementos del liberalismo económico, como teoría del funcionamiento de la economía, no ha tenido al menos para nosotros una situación específica.

Ha sido paradójicamente el capitalismo liberal, quien ha ocupado la práxis su mecanismo funcional; permanente y constante en las relaciones de economía y que, por otra parte, cumplía cabalmente las hipótesis que el modelo suponía. Mucho más cuando de todos es conocido que el hecho liberal, es un término extraordinariamente impreciso, ya que no existe un único capitalismo, sino que adopta una serie de formas particulares en tiempo y en la historia. Reconocer hoy, la distancia entre el capitalismo actual y el manchesteriano, por ejemplo, no admite discusión, y en donde o encontramos algunos elementos comunes, como el de la propiedad privada de los medios de producción, y esto, incluso con variaciones muy significativas, como las variaciones de capitalismo popular ensayados en la Inglaterra Tacheriana de los años ochenta.

Parece claro que para un conocimiento de algún valor, deberíamos considerar que el capitalismo se caracteriza- tal como lo expone Karl Marx, y que personalmente acepto -, por una economía de mercado, por una separación rígida entre capital y trabajo, y por una relación entre los dos factores, de carácter intercambiables. Las dos primeras características -economía de mercado y la relación entre capital y trabajo -, que no son exclusivas de este sistema aunque así se creyera por unos, pero que son necesarias para concretarlo, son las más conocidas y las menos indicativas; es el concepto de las relaciones o de intercambio entre capital y trabajo, lo que singulariza al capitalismo liberal, el cual, según el materialismo histórico, describe el marco de relaciones sociales que dimana de las fuerzas materiales de producción que general el capitalismo. Ampliando un poco más lo expuesto, resulta válido recordar la razón de la aparición del mercado: al desaparecer la economía patriarcal, la llegada de la producción artesana exigía ya un mercado para ciertos útiles y manufacturas en excedentes. Más tarde, el maquinismo impuso una división del trabajo, y por tanto, la división de la producción que elevó esta hasta límites insospechados, algo que trajo el que nadie trabajara para el autoconsumo, desembocando como afirmara Adam Smith. en una sociedad de comerciantes. Y lo que Marx, mucho más audaz, definió pomo un inmenso arsenal de mercancías.

Del mismo modo, la separación de capital y trabajo, tampoco es exclusiva del capitalismo aunque eso sí, imprescindible para una mejor comprensión del mismo, y de más urgencia si partimos de que con la aparición del mecanicismo, la avalancha de capital- dinero, cada vez más ingente, se convertiría en insustituible. Y si al principio, sobre todo en las áreas anglosajonas, el capitalismo era al mismo tiempo el empresario, el empleado, luego se desentiende del trabajo y sólo mira la producción como una acción puramente especulativa. Cierto es que en otros países, la figura del empresario se muestra disociada, y después en todos los sitios, la necesidad de enormes sumas de capital, provoca la aparición le sociedades anónimas y meramente mercantiles; pero sea de la forma que fuera, el empresario coordina los factores de la producción con el fin de obtener os mayores beneficios y, eso, aunque existan unos fines indirectos de bienes sociales: puestos de trabajo, fomento de las inversiones, extensión de los servicios, etc, el capitalismo obliga como ley inherente el conseguir la máxima diferencia entre los beneficios de ventas y los costos de producción.

Y en último lugar, las relaciones de cambio entre Capital y Trabajo, como nota esencial y característica de este tipo de economía, constituyen su rasgo más

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fundamental. Podríamos considerar con Adam Smith, que una sociedad capitalista es en verdad una sociedad de compradores y vendedores, y a la postre, como es que la gran mayoría de este tipo de sociedad sólo tiene una cosa que ofrecer, cual es su fuerza de trabajo, para nosotros, que aspiramos a una sociedad de hombres y de mujeres libres, y dueños de sus potenciales humanos, contrastamos la paradoja que comporta vender fuerza de trabajo como única oferta posible en esa sociedad de compradores y vendedores, asumiendo así, una sofisticada sociedad de esclavos modernos. Eso sí, adornada y edulcorada, pero sin duda, llena de esclavos.

Al final, puesto que para nosotros existe una clase social proletaria de los grandes medios de producción, y que además necesita la compra de su fuerza del trabajo, las relaciones al respecto no sólo son de cambio, sino que con la aparición de las sociedades anónimas, se acentúa con una triste personalidad.

Sin embargo la verdad histórica experimentada es que a medida que aumentaba la competencia, esta era más y más feroz e impersonal, eliminado a los débiles, los aislaba y los eliminaba obligándoles a buscar su salvación por las vías más heterodoxas; además, por entonces surgieron otras desviaciones en el mismo sistema, como los monopolios subvencionados, la competencia desleal, los dumpings, etc. Todos estos hechos y situaciones que creemos perfectamente contrastados, nos fuerzan a pensar en la gran cantidad de factores que intervienen para hacer de este sistema, una impresionante serie de explotación y utilizaciones humanas. En este sentido se comprende la constante movilidad de los factores de la producción, la irracionalidad de los planes productivos, la creación de nuevas demandas artificiales, el fomento de nuevas necesidades, etc.

El proceso científico que promovió ciertamente el capitalismo, trae también de la mano, el asomo de las crisis económicas que nunca se deben de confundir con las crisis producidas por los agentes naturales: inundaciones, plagas, sequías, incendios, etc. Marx, al estudiar estas crisis, llega a la conclusión de su periodicidad, cada vez más agresivas, determinando que ellas provocarían las condiciones objetivas para una imposición final del comunismo. Evidentemente, como en otras cosas, se equivocaba, al no tener en renta - creo -, las cualidades no materiales del complejo humano pero, la verdad, es que constituyen una repetida provocación social.

No sucedió esto porque además de otras causas que no previó Marx, fueron los propios Estados quienes, en el fondo sostenedores de las democracias burguesas y por lo tanto capitalistas, los que intervinieron de algún nodo en el apuntalamiento de un sistema que, de otro lado, estaba en manos le los dueños del poder; ellos, a su vez, del político, y así en un círculo vicioso. Y además, claro, el capitalismo liberal, dentro de su lógica supuso a radicalización de la división entre los tenedores del dinero y los vendedores de la fuerza del trabajo, los trabajadores; pero, y esto es lo importante en ,1 proceso capitalista, desde una actitud que ya había logrado mostrar un ostro humano. Esto era así porque de una parte, el sistema permitía y alienaba la acumulación de riquezas en unas cuantas manos, y por otro, estableció la existencia de una enorme masa de trabajadores a expensas, casi siempre, de sus únicas fuentes de susbsistencia -el trabajo -, y convertirlos a su vez en consumidores natos, estableciendo de nuevo otro círculo vicioso que -encadenaba al asalariado, a un esfuerzo adicional siempre explotado.

Era lógico intuir ante esta situación en la mayoría de los hombres y mujeres del mundo, que ellos por sí mismos o inducidos, guiados, personalizados por alguien o por algo, intentarían vencer ese círculo tan pernicioso y que le alguna manera les recortaba su capacidad de dignidad y libertad, reduiéndoles a meros seres pasivos. Por ello pusieron su esperanza en una nueva filosofía de vida, y sobre todo, de relaciones económicas entre los hombres, y entre estos y la sociedad. En cierto modo era perfectamente previsible la aparición en el mundo de las ideas, y de la política, del socialismo materialista, del socialismo mal llamado científico, pero un socialismo con otra perspectiva del conocido como utópico. Es decir, surge el marxismo.

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ENTONCES, UN POCO DE ECONOMIA MARXISTA. NOTAS ELEMENTALES

Antes que otra cosa, habrá que partir de la idea de que Marx fué, lejos de lo que otros pudieran definirlo, como un serio y riguroso economista; y desde esta perspectiva es como se debería de entender las explicaciones que él da a las relaciones económicas existentes desde siempre a lo largo de la historia. Es decir, va a intentar como economista, presentar la naturaleza de las cosas en la economía admitidas, y esto sobre la base de las relaciones entre quienes las protagonizan y realizan.

Así que Marx, al desarrollar su teoría económica, se convierte en el primer refutador del sistema capitalista, Y para ello parte de conceptos propugnados por otros economistas como David Ricardo, de quien toma la teoría del valor-trabajo. O lo que es igual, lo que realmente da valor a las cosas, es la cantidad de trabajo incorporado a su fabricación, ya sea manual o técnica. Aunque se trata de trabajo socialmente necesario, porque se tendría que distinguir entre el tiempo que alguien sin habilidad gasta en una producción, o las horas dejadas en una producción innecesaria, y que en absoluto le da más valor a los productos, y un producto manufacturado en razón de un proceso de mercado.

Es decir, sólo el tiempo socialmente necesario es lo que habría que tenerse

en cuenta; esto habrá que señalarlo muy bien porque para Marx, el capitalismo- que no se caracterizaba por la circulación dineraria o por la misma propiedad de los medios de producción -, no era sino el propietario de esos medios de producción que se encontraba en el mercado con el trabajador que vendía su fuerza o saber. Y eso es lo que impulsa a revocar esa relación de trabajo; en este orden de intenciones, también Marx en su crítica especificaba que el proceso de producción capitalista se reducía al clásico circuito conocido de: DI - M - D2, o sea, Dinero inicial, mercancía, dinero final. De manera que el dinero obtenido por la venta de mercancía, dinero final, fuera siempre superior al que se invierten en los factores de la producción. Esta diferencia entre dinero inicial y dinero final, es lo que se note en Marx como Plusvalía.

Parece claro que si el dinero final es superior a dinero inicial. es simplemente que algo ha puesto en relación las materias primas y las máquinas que incrementan ese valor. Y es obvio que ese algo es el trabajo humano. Y lo que ocurre es que inmediatamente se da rola pregunta: ¿quién valora ese trabajo? marxismo contesta que quien determina ese valor para cualquier economía, el tiempo de trabajo necesario para la producción de ese artículo específico. esto en el esquema del socialismo científico, se desarrolla en el criterio de conocer que la producción de la fuerza de trabajo, consiste en la reproducción de sí mismo, o lo que es lo mismo, a su propia subsistencia corno ser vivo, obstante la interpretación de Marx que adiciona a ese concepto de subsistencia todas las notas de cultura, civilización, ocios, ambientes, que contribuyen a mejorar las condiciones de la vida de los hombres.

Y como quiera que el trabajador percibe normalmente un salario para

satisfacer esa subsistencia, y a sí reproducir su fuerza de trabajo, ese salario junto a las demás percepciones similares formará parte del dinero inicial. e esta manera el valor del trabajador alquilado, será menor que el valor incorporado a la producción de mercancías, de suerte que el valor de la cosa manufacturada sea mayor que el del trabajo contratado. Y si el incremento del valor procede del trabajo, para obtener ese incremento se trabaja más tiempo en la producción de mercancías, de modo que superan el tiempo, cesarlo para la subsistencia del trabajador, de donde la plus-valía generar se la apropia el capitalista. Contribuyendo así a la distancia entre las ases y manteniendo la lucha entre

ellas.

En el círculo marxista el capital permanente - constante -, que equivale al

valor de las materias y las maquinarias, y el capital variable, que es el ofertado

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por el trabajo, se combina con las plus-valías en la fórmula: VP más Vv más_ Vp = Valor mercancía, M; en donde la tasa de plus-valía indicaría el grado de explotación del trabajo por el Capital. Esto produce unas ganancias y hacer que G, ganancias sea lo mayor posible, es el fin último del capitalismo. Con lo que se determina necesariamente que la composición orgánica del Capital (proporción del capital constante sobre el capital total), aparezca siempre ligado a la tasa de ganancias.

Esto hay que tenerlo en cuenta desde el principio porque en teoría económica, cuanto mayor sea el peso específico del capital orgánico en el total de las disponibilidades financieras, y permanecer las plus-valías igual, menor será la tasa de ganancias. De ahí que para el capitalismo sea imprescindible aumentar su capital constante sobre todo con máquinas, para poder forzar mayor productividad. Y aunque pudiera pensarse que éste aumento de la composición orgánica del capital, disminuiría las tasas de ganancias, pasando- como preveía David Ricardo a una disminución de la inversión -, y llegar a una situación estacionaria, Marx argumentaba que esa tendencia podría neutralizarse por muchos factores diferentes:

comercio interior, intensidad de la producción industrial, reducción de salarios, etc. Igualmente Marx admitía la crisis de sobreproducción, asumiendo como objeto de la producción capitalista, la producción de plus-valías para convertirlas en nuevo capital.

Sin embargo la producción de estas se debe entender en la realización parcial

de ella misma, y el proceso pudiera cuartearse y generar una crisis depresiva, que

casi siempre desemboca en una recuperación del capitalismo como sistema, aun a

costa de lo que fuera. Porque esas crisis inducidas en la mayoría de las veces por

el propios sistema capitalista, supone menores ingresos empresariales, posibles

pérdidas -y como consecuencia, bajos salarios - y todo ello conduce a una nuevas y más lucrativas condiciones con lo que se vuelve a una situación anterior a la crisis, y otra vez a empezar. Evidentemente, el capitalismo no es una mala

operación para la oligarquía burguesa.

Marx cree que estas crisis capitalistas intensifican la integración, la concentración capitalista, y consecuentemente la pobreza de las masas. Así, ara él, los periodos de subconsumo tampoco explican por sí solas la evolución del capitalismo, sino que forman parte de su propia contradicción. E incluso el trismo Marx, creía que estas contradicciones le llevaría a una situación de agotamiento, momento en el cual, intervendría la revolución ara la toma del estado. No

obstante, estas razones tampoco darían unos razonamientos útiles para un esperado derrumbe final. Schumeter en su Historia del análisis crítico', piensa en si este derrumbe vendría del movimiento cíclico de crisis, que serían cada vez más hondas,

o terminaría en la posición estacionaria que, a pesar de las tendencias neutralistas o compensatorias, acabarían destruyéndolo.

Pero lo cierto, objetivamente, es que todos estos juicios no son contrastados por la ciencia, y sobre todo por la experiencia; de hecho no han conducido a la

terminación del capitalismo. En definitiva, conseguir una sociedad en donde las plus-valías reviertan a los trabajadores, como aspiración marxista, es algo que no se dará por sí misma y, quiénes como los falangistas buscamos una forma de economía que devuelva aquellas a sus legítimos sueños, los que alquilan su fuerza

de trabajo, los trabajadores, no tendremos más remedio que elaborar una vía en el

campo de la acción política. Codo esto se comprueba cuando al cabo de siglo y medio de la aparición de El capital, el marxismo evidenció que, en contra de sus previsiones, los salarios reales no bajaban, sino que subían, como demostraba Keyness; la demanda sacaría a la economía de situaciones críticas, aun a pesar del aumento del ejército industrial de reserva, desmintiendo de esta manera una le las

más conocidas profecías marxistas.

Como corolario, y aceptando que las plus-valías solo llegan a una parte de las clases trabajadoras privilegiadas aun admitiendo que esa recuperación por la vía del imperialismo económico, según pensaba Lenin, o intuyendo el marxismo como

un método y no como una religión, lo que queda claro es que hay que esforzarse muy mucho para elaborar unas alternativas al capitalismo, lo que exige un mayor

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

conocimiento para salvar debilidades y presentar al mundo un sistema capaz de dar respuestas válidas al problema de la economía de justicia.

Los falangistas tenemos, en ese sentido, una gran responsabilidad para ser desde nuestros principios, coherentes a ese camino que ofrece nuestra alternativa sindicalista, practicando sin temor, todas aquellas formas que ayuden a una economía acorde con la dignidad de os hombres. No podemos dejar todo a iniciativa extraña llámese marxista o no, porque como dice el profesor Samuels son, del marxismo - por ejemplo -, es demasiado valioso para dejarlo en manos de los marxistas. Igual decimos nosotros del Nacional sindicalismo. Clara y contundentemente es la dicotomía entre la misma teoría marxista y la realidad de los países de la órbita socialista, que aplican unos hechos muy distintos de las formulaciones empiristas: Vict-Naco, Cuba, Etopia, o China, entre otros, por no decir las que se realizaban en otras naciones excomunistas: Rumanía, Polonia, Albania, etc., habían derivado hasta una de sus últimas consecuencias del materialismo histórico, como son las dictaduras proletarias que, en suma, no son más que otras dictaduras tan deleznables como otras cualesquiera. Y esto ocurría (aún quedan situaciones similares en Corea del Norte, o Cuba, porque sobre todo las relaciones entre capital y trabajo están absolutamente disociadas, y las plus- valías, aunque mejoradas en su posesión, no revertían a sus legítimos dueños, los trabajadores, sino en este caso, al empresario Estatal.

De un modo u otro, estas relaciones de cambio permanecen inalterables en su

fondo, y a este respecto es de recordar la experiencia yogoeslava, un acercamiento

a la autogestión, en donde la figura del Comisario de empresa ( la pinza

estatalista) marcaba procesos de orientación en la producción, comercialización y distribución, aun contando con una única y mayor intervención pública. No obstante podríamos considerar como interesante esa experiencia, si bien claro está, como decíamos, aparecía cortada por el omnipresente Partido Comunista que interviene en la planificación y gestión de todo el proceso productivo, aunque muchas veces, fuera a un nivel de fábrica. También deberíamos tener en cuenta los planteamientos autogestionarios de Israel, con un régimen de libre mercado, pero insertado en una

atmósfera de socialismo democrático.

Hay que observar, de otro lado, que el capitalismo, en sus contradicciones, genera salida de crisis ya citadas, inexplicables quizá desde un razonamiento cartesiano, pero que a todas luces resultan evidentes. Y aunque Sombart cree que desde la contienda del 14, el capital entra en una etapa que llama decadente, este, aunque haya podido perder una parte de su cara inicial, o haya propiciado una considerable masa de burgueses procurándoles un leve bienestar, a costa, desde luego, de perder parte de su dignidad humana, lo cierto es que continúa presente y además, demostrando tener intactas las clásicas relaciones entre dinero y trabajo. No existe tanta explotación, al menos en los países desarrollados aunque aumentados en los del tercer mundo, pero obviamente la base no ha cambiado en el fondo: economía de marcado, economía de separación entre capital y trabajo, y economía de relaciones de cambio, permanecen invariables.

En este orden de cosas podemos interpretar algunas de las evoluciones que el capitalismo, como sistema, ha programado para su propia continuidad, corno la

entrega por parte de alguna empresa (Sears) de un pequeño número de acciones a sus trabajadores, y que es la primera y más conocida. Luego esta táctica política se

ha

repetido en función de las diferentes circunstancias, por ejemplo, la donación

de

unos complementos por beneficios que, en definitiva, están dirigidos a mantener

el

mismo estatus económico. Por otro lado, podríamos señalar la aparición dentro

de la economía de mercado, de un proceso cooperativo en el que, indudablemente, entran otros componentes muy complejos y que, de cualquier forma, todavía se encuentran alejados de la interpretación sindicalista de la empresa falangista. Ciertamente, en España, podríamos singularizar la ya vieja experiencia de

Mondragón, hoy, casi en desuso.

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ALGO DE ECONOMIA Y EMPRESA NACIONAL SINDICALISTA

Como es lógico, toda la crítica que hemos hecho de las estructuras marxistas

y capitalistas no tendrían más valor que la puramente expositiva, si no fuera

porque intentamos analizarlas de manera que, por comparación objetiva, podamos observarlas en relación con el nacional sindicalismo. Cierto es también que hay poco estudiado y escrito sobre la teoría económica de la Falange, por lo menos a ras de obra divulgadora; de las pocas que podríamos citar, sólo el título de Juan Velarde "El nacional sindicalismo 40 años después", cubre un tanto el vacío existente, aunque es verdad que el alejamiento de este autor con respecto a las

alternativas económicas de la Falange, no lo hace precisamente, muy coherente.

Por supuesto, estas pequeñas reflexiones, o meditaciones, no pueden suplantar

la necesidad de trabajos académicos que exige el estudio de nuestra teoría, pero

al menos intentan una aproximación a un nivel modesto y popular, aun cuando a veces no nos sea posible el sustraernos a unas cuantas expresiones más técnicas.

Para iniciar un estudio de la economía nacional sindicalista que nos lleve a su identificación y comprensión, como sistema de relaciones humanas, hay que partir de una posición de base cual es nuestro rechazo a la visión materialista de la economía de mercado capitalista. tanto como del determinismo y materialismo dialéctico de la economía marxista, cundo se desprecia la intervención del hombre en el desarrollo de las circunstancias históricas. Para los falangistas resulta condición previa, el reconocimiento aceptación de este programa humano; en la Falange, es el hombre, a través de su concepción personalista de la vida y de la historia, quien crea las condiciones sucesivas del progreso en las sociedades.

Y como quiera que tanto el capitalismo como el marxismo niegan la liberad sustantiva de las personas, en cuanto las somete a un estado de dependencia económica y anula su personalidad, nos queda el nacional sindicalismo puesto que

se basa en una intención humanista y con una visión de raíz moral, o ética, que

fortalece y eleva a su mejor condición humana; abunda también, en un personalismo

(recogiendo el espíritu Mounier), que elude esas especulaciones economicistas del hombre y ofrece un sistema original nuevo y de acuerdo con la modernidad y la justicia. Y esto es así cuando se cuerda que el capitalismo, que parte de la separación entre capital y trabajo, sólo unidos por relaciones de intercambio puede eliminarse si somos fuertes para sustituir el mercado de trabajo, inherente

a este sistema, convirtiéndolo en una relación directa entre los factores

primarios de la producción, por lo que si desapareciera el mercado de trabajo, el capitalismo como explotación no tendría razón de existir. Es decir, el nexo de unión entre materias primas y trabajo, que es el capital en su sentido más pecunario, en la economía capitalista, no tendría sentido y la empresa no sería un instrumento dependiente del dinero, sino que continuaría por las fuerza de las

relaciones entre los propios trabajadores y técnicos.

Este nuevo sentido de la economía implica obligatoriamente que la empresa

perteneciera a todos y cada uno de los trabajadores y técnicos integrados en la misma, y en casos, incluso en los que aportan un capital inicial. Una propiedad en

la que lógicamente, entendemos corno de uso de ella y de sus beneficios pero que

nunca, bajo la creencia de libre disposición, por cuanto el acto de tener derecho

a intervenir en la gestión de la empresa y de sus resultados económicos, no

levarían jamás unos beneficios que no estuvieran ligados al trabajo directo en la misma empresa. La propiedad nacional sindicalista habría que entenderlo como una participación indivisa, que se pierde por el cese voluntario en su trabajo, y que

se

adquiere al ingresar en nuestro modelo de empresa. Porque parecería claro que

de

otra forma, sería de nuevo la posibilidad de acumular a medio o largo plazo, la

propiedad de la empresa por unas cuantas manos y, de hecho, a un capitalismo encubierto. Nosotros pensamos que podemos concretar un esquema para la simplificación del la teoría económica del N.S., de modo que lo entienda nuestra gente, el hombre y la mujer de la calle. Y desde este punto de vista, es posible dar un mensaje escueto de nuestro sistema, de manera que inmediatamente se

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identificara con la sociedad falangista. Igual que se habla de la economía capitalista o socialista, debemos de dar una simplificación propia a nuestra idea económica. Tal vez pudiera llamarse Economía personalista, o quizá sindicalista que es quizá la que más se aproxima al concepto de autogestión.

De cualquier modo -lo que debe de quedar muy claro y ser admitido, es que tenemos un sistema económico propio, y sin embargo es necesario y urgente contar con la puesta en marcha de este modelo económico, con su financiación. Nadie debería de pensar que cualquier estructura económica sea cual sea su origen, pueda

llevarse a cabo simplemente con el voluntarismo, y no mediante un plan sistemático

y medido hasta sus últimas consecuencias. El nacional sindicalismo también

necesita del rigor y el análisis, y en este punto, la financiación del sistema requiere toda la prudencia, pero también de toda la resolución, porque una vez puesta en marcha, el funcionamiento de cada empresa constituye un microsistema que

a sí misma se retroalimenta.

Como quiera que nos encontramos de lleno en un sistema contradictorio con el que propugnamos, la financiación inicial sería dada por los propios, integrantes del sistema en que nos movemos; en una palabra, por los mismos individuos que

promovieran cualquier tipo de empresa, de acuerdo con la indispensable ecuación en todo sistema económico: Ahorro = Inversión. Pero esta ecuación deberá atemperarse

a la realidad imperante (por puro sentido de supervivencia), y / o, a la

diversidad, estructura, tamaño y dimensiones económicas, etc., y que podría

hacerse de forma directa o indirecta. En cualquier caso, las formas más sencillas

y simples serán la de las inversiones directas, en donde las personas

protagonistas aportan a la empresa sus propios recursos y las ponen en marcha. Naturalmente los casos más frecuentes lo marcarán un tipo de empresas pequeñas; las situaciones de mayor dimensión tendrían que suponer una financiación inicial por parte de una banca sindical, o una Oficina del Crédito nacionalizado que, por principio, supone una filosofía completamente diferente a la interpretación

capitalista de la Banca y de la obtención de beneficios.

Resulta diáfano que tendremos que considerar en otro campo, un grupo distinto

de empresas que por su función social son enormemente deficitarios, o podrían

serlo, pero imprescindibles para la comunidad, como serían ferrocarriles, energías, salud y educación, etc. Y que estarían sometidas a un régimen diferente

y especial. Como falangista pienso así, porque como hemos visto, el trabajador es

parte de la misma empresa en donde actúa. Es el propietario y responsable de ella, por lo tanto, la correcta marcha de una empresa debe de depender de los trabajadores ligados a esta, y la autogestión, fuera de cualquier inexacto sentido peyorativo, es la fórmula que recoge la conclusión final del proceso de las plus- valías. No obstante parece conveniente que reflexionemos sobre el principio de su funcionamiento, que requeriría una programación muy distinta de lo que recaba el sistema capitalista de mercado puro o incluso de economía mixta, con intervención del Estado.

A título de ensayo consideremos una asamblea general de empresa, que recogería los mecanismos sindicales de un programa económico nacional, y que fijaría a su vez y dentro del programa, las líneas básicas de producción. Esta

Asamblea encarga a los órganos responsables, el gestionar los objetivos propuestos

en las formas más adecuadas, quienes actuarían de acuerdo con las directrices

aprobadas - salvo asuntos de máxima urgencia -, en la que se precisaría el consenso de todos los componentes de la empresa.

Otro tipo de problemas, como los derivados de la legislación, periodos de planes, tiempo de representación, elecciones, etc. se plantearían a nivel legislativo. Por lo demás, podemos hacer abstracción de la dirección de empresa

por su evidente importancia: nosotros estimamos que los órganos de dirección sean quienes fueran, son también trabajadores de la empresa con los mismos derechos y deberes que todos los demás, diferenciados tan solo por la función que desempeñan. Por lo tanto resulta coherente el que estos órganos sean elegidos por la asamblea,

la cual encomendará el cumplimiento tipo de los objetivos y fines aprobados. Entre

esos, un objetivo esencial y puesto que para los trabajadores de una empresa, la

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única fuente de salarios está en los resultados de la misma, es obvio considerar la subsistencia de la misma y de sus componente humanos como inherentes a esta. Y lógicamente, como parte irrenunciable de la empresa - dentro de la filosofía sindicalista, tal como la entiendo -, estaría la contribución que ella daría al conjunto de la sociedad en la que queda inserta, y eso, en términos de bienes y servicios, ya que de otro modo no tendría razón de ser, máxime cuando tampoco estaría en condiciones de ofrecer los demás objetivos propuestos. En definitiva, la empresa sindicalista tendría como prioridad, su propia permanencia.

Sin embargo, el valor de los bienes debe de estudiarse desde dos aspectos fundamentales: su valor económico, y su valor social. Valores que aparecen separados pero que es sólo a ras de especulación teórica, puesto que los dos están ligados en una razón práctica. El valor económico vendría esquematizado en la vieja fórmula Di -mercancías - D2, en donde el valor del dinero 1 (Dinero inicial), se transformaría mediante el proceso de conversión de la materia prima, en producto elaborado, y su venta, en D2 (Dinero final) que necesariamente tendría que ser mayor que el dinero inicial. Pero debe de quedar muy claro que la diferencia de este incremento s debe, de acuerdo con lo que expone David Ricardo en su teoría del valor-trabajo, precisamente al trabajo, que es el agente que relaciona el DI con el 132. Este incremento es la plus - valía; una plus- valía que sería real cuando ese Bien, o servicio, posea un valor social a la comunidad. Otra cosa sería producir " disbienes" o "disfunciones sociales", lo cual es evidentemente opuesto a cualquier interpretación de la empresa.

Esta consideración paralela a la teoría marginalista de la utilidad, entiende el valor en términos de la utilidad que ofrece a la sociedad como colectivo, superando el estricto sentido marginalista que solo las valora en términos de cada una de las unidades de bienes y servicios, aislado de su ligazón humana.

El nacional sindicalismo intuye un concepto más amplio del valor-trabajo, y realiza una auténtica síntesis reflejada en el juicio: Valor íntegro, igual a Valor económico, más valor social. Síntesis que supera por lo mismo el punto de vista capitalista (que sólo analiza el marginalismo), o de la economía en el marxismo, que nada más tija el valor del trabajo mecanicista. Si nos remitimos a las plus-valías, concepto en el coincidimos con definiciones económicas situadas a la izquierda clásica, y que la resumimos en la diferencia de valor entre el producto inicial y el final, nuestra aportación sustancial está en orientar y decidir la asignación de estas plus-valías que, para la Falange sólo tiene un legítimo destinatario: a todos los trabajadores que intervienen en el proceso de producción. Partimos de que la Plus- valía en valoración de origen es PVB = Vop- Vip ( Plus- valía bruta, igual a valor de Out-put menos valor de In-put), y tenemos que referirnos a los beneficios brutos de una empresa; beneficios que deben destinarse a cubrir los fines de la misma, es decir, parte empleada en su subsistencia, parte ( el resto), a los trabajadores, una vez satisfechas todas las obligaciones de orden impositivo, contribuciones, fiscalidad, etc.

Y en esto, no hace falta insistir en los principios y normas que formularon nuestros fundadores, pero conviene destacar que la mejor contribución de la Falange, doctrinalmente, o eso me parece, es la emanada de la función sindical; es precisamente la idea de autogestión, como medio para alcanzar el hombre y la mujer libres. Y especialmente, en la empresa, por puras razones de inmediata relación social. La producción es en principio, la creación física de bienes y servicios, o lo que es lo mismo, la transformación de una serie de bienes. N, llamados In-puts, en otros bienes N más I, denominados Outs-puts, que son igual a bienes acabados. Para la economía tradicional capitalista, los factores de la producción son tres:

el factor Tierra, que da todos los in.puts que proceden directamente de la naturaleza; el factor capital, que ofrece todos los medios de transformación, y que es la maquinaria: y el factor de producción, trabajo, que es el más fácil de entender, pues el esfuerzo personal que relaciona los otros dos factores.

Este esquema es común para cualquier sistema económico, de ahí su validez universal y su condición necesaria para que exista producción. Por otra parte, la producción en el sistema capitalista se justifica en su distribución y venta, y

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por eso el que en este sistema, la producción sea abundante aunque fuera completamente innecesaria y superflua. En este sentido diferente, el sistema marxista cae en la restricción absurda de la falta de libertad para la elección del producto, con los problemas de calidad, estímulo, baja productividad, y escasez del I.+ D (Inversión y desarrollo).

Los falangistas obviamente nos movemos en otra dirección. Para nosotros que buscamos otra dimensión en las relaciones laborales, se produce para abastecer y 'para atender las necesidades sociales. Desde el sistema nacional sindicalista partimos de un supuesto conocido, que es lo que debemos de producir; la cantidad de outs-puts necesaria mapa cubrir las demandas de la sociedad. El proceso es similar al análisis de otros sistemas, pero en nosotros estriba el buscar la combinación de In-pues que nos de un coste menor, en contra de la filosofía capitalista que parte de hallar una combinación que dado un coste determinado, produzca la mayor cantidad de outsputs.

Con lógica, nuestra filosofía se aparta de una economía de mercado libre, aunque las características, de la ordenación económica son asimilados en el nuestro, por otros medios más objetivos. No se trata tampoco de "borrar" totalmente la palabra mercado, sino de erradicar el sentido capitalista que le

deshumaniza, transformándolo en una relación solidaria. Por la misma razón, tampoco se trata de caer en la tentación soviética, fabricando un solo tipo de cada "bien" necesario; de acuerdo con la libertad genuina del hombre debería (le existir un espectro de posibilidades en los tipos de producción de bienes; así,

tipo Al, A2, A3

condiciones, fabricación, etc., permitiendo la existencia de Bienes sustitutivos,

o que puedan satisfacer la misma necesidad. Estos distintos Bienes vendrían

marcados por los órganos de planificación a nivel de precios, de calidad, y oscilarían dentro de los límites de un mercado ordinario que autocontrolara calidades y precios, y que en caso de maliciosa desviaciones serían corregidos por

la propia autogestión sindical.

An,

en los cuales se diferenciarían características,

Expuesta esta tesis y su funcionamiento, aunque desde un plano muy elemental, parece que no quedarán dudas respecto a que abogamos por un sistema de economía indicativa planificada, proveniente naturalmente de las responsabilidades sindicales. Pero habrá que entender, para estar en coherencia con nuestra idea, que esta planificación general que en cada caso fijarían listas de precios, calidades, niveles de stoks, etc., nace de un proceso compartido y corresponsabilizado. Y todo también, a partir a partir de una visión sectorializada dentro del esquema general, procurando - y haciendo verdad -, la economía del auténtico sindicalismo vertical. De ahí el que nosotros no contemplemos en la estructura económica falangista figuras como la del empresario, o la del especulador en bolsa, incompatible con la función autogestionaria de los que comprenden el factor humano de la empresa y la economía.

Es también por ello, por lo que no incluimos en este apartado, el análisis de la banca, como empresa de servicios especialmente singular; como creadores de dinero bancario, instrumento del ahorro, aun cuando su función específica, al menos desde una perspectiva puramente dineraria, o como agente intermediario entre el ahorro y la inversión. En definitiva, como vendedor de dinero a un coste - interés -, que genera unos beneficios para la actividad bancaria. Pero ocurre que para el espíritu nacional sindicalista, esta "interesada" función no tiene cabida; se comprende que nosotros no la consideremos como una "empresa" según el criterio tradicional, sino como intermediario entre el ahorro e inversión, y los trabajadores sometidos a régimen especial.

En el nacional sindicalismo, tal como lo vemos, la banca, al igual que cualquier otro sistema, adquiere una singular misión pero que, desde la Falange, lo es sólo como trasmisor de recursos económicos, y por lo tanto, ligado a la estructura sindical que defendemos. Ligazón que no es necesariamente la desaparición de las entidades de crédito o, desde otro punto de vista, suponga 111 abolición de un mínimo de interés - precio del dinero -, imprescindible en la marcha de cualquier economía. Se trata de hacer desaparecer el ánimo de lucro de

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esas entidades, porque consideramos, y esto es fácilmente demostrable en el estudio de la economía universal, que la presencia de una mínima inflación, en torno al 2-3 <7c, incide en el aumento de los precios y en los beneficios, por tanto creemos que aunque aquí se haya expuesto de forma muy somera, es útil - moral -, tomar el interés que esto pudiera representar, para no caer en un beneficio inmerecido de los que adquieran prestarnos, y consecuentemente. una pérdida para quien lo presta o para el que lo deposita. que cuando menos, no vea disminuido su propio ahorro.

De cualquier manera resulta normal conceder al proceso de estructuración y funcionamiento de nuestra economía, un amplio grado de libertad, siempre que no presuponga un riesgo innecesario para las empresas y la del propio sistema económico nacional sindicalista. No obstante todo esto hay que razonarlo a partir de unas situaciones de generalidad, a pesar de que coexistan con ella otras empresas que, por distintas causas, entran en lo que se consideran casos especiales. Y lo son en función de su especifidad; en función de los Bienes y Servicios que van a producir o que pretenden cubrir respectivamente. En este sentido vale agrupar este tipo de unidades productivas en atención a su nivel de importancia nacional, necesitadas de un control especial, como serían las empresas de monopolio energético, comunicaciones, electricidad, y empresas que por la enorme inversión inicial, o en las que la relación entre Bienes de equipo de producción y los trabajadores sea tan elevada, que no fuera posible su puesta en marcha por ellos mismos. A este grupo de empresas pertenecerían Astilleros, Digitalización, Altos hornos, etc. Este tipo de empresas, por su naturaleza deberá quedar sujeta a un régimen especial, y en dependencia subsidiaria del Estado Sindical que propugnamos, y por supuesto, dentro del espíritu que informa toda nuestra doctrina.

Con todo lo expuesto en estas resumidas reflexiones, y que requeriría su profundización por parte de los cuadros falangistas, creemos que puede estar nuestra alternativa económica como instrumento para conseguir la sociedad libre y solidaria; porque al final se trata de ofrecer al pueblo español una visión de la nueva manera de entender las relaciones económicas, en el fondo, objeto de toda nuestra filosofía. Es pues, la presentación con el mayor interés posible, de la originalidad del sistema nacional sindicalista que como decía el filósofo Adolfo Muñoz Alonso, en una encuesta sobre la empresa falangista, aspira a configurarla en una estructura y organización muy distinta de cómo funciona la de otro tipo, y convertirla-en palabras de Druker -, en el órgano económico de la sociedad.

Una organización que tiene como objetivo desmontar el viejo sistema capitalista, y de considerar la estructura del nacional sindicalismo, en donde todo el proceso productivo esté abierto a la agrupación comunitaria de todos los que intervienen en la empresa; precisamente por eso, y no por otra cosa, la llamamos de sindicatos verticales, y no porque se agrupen en otras de índole corporativas o paralelas. Esto, que en definitiva es una superación, que no oposición a las tesis socialistas, como igualmente manifestaba Adolfo Muñoz Alonso, necesita una presentación popular y precisa, y sobre todo, una conciencia clara de lo que se pretende ofrecer. Quizá no sea este el lugar apropiado para exponer una explicación de cómo podría ser la sociedad que queremos, pero tengamos suficientemente nítido que hay que ser coherentes con lo que decimos defender. Los procedimientos deberán de ser afines con una sociedad ordenada y civilizada, pero con toda la firmeza exigible en un Estado de Derecho, y sabiendo en cada momento cuales serán las intenciones en nuestro camino.

Apuntar aquí algunas formas de trabajo en la busca de esta aspiración resultaría pretencioso. Pero desde la legislación que permita la adquisición de unidades empresariales, su absorción mediante créditos sociales, la expropiación de empresas que no cumplen los fines establecidos en justicia, etc., los mecanismos en un Estado social y de derecho, y las razones morales que hagan posible, aun sin graves traumas, el paso de una sociedad capitalista o marxista a una sindicalista, pueden ser innumerables y efectivas. Habrá que tener en cuenta, en todo caso, un sentido decidido para realizar esa renovación porque si no fuera así, volveríamos a caer en un mero dilettantismo. Viene a propósito (le esto que

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decirnos, recordar una aportación del filosofo español Aranguren, y que entrañaba lo que él definía como "Meaning", voluntad y compromiso constante de cambio, algo que personalmente, como falangista, asumo en su plenitud y lo incorporo al sentimiento Mounieriano que entiendo es inherente a la Falange. Es el nuevo sentido de la palabra revolución, "Meaning", y no la vieja acepción de revuelta o asonada, sino la permanente decisión de efectuar el cambio necesario, que da paso a una nueva sociedad, tal como expuse en la Primera Universidad de Verano que la Fundación José Antonio convocó en el castillo de Castilnovo, en Segovia, en 1997.

Los falangistas tenernos que comprometernos en mostrar nuestra alternativa sin ambigüedades ni hipocresías, aunque con la prudencia y la racionalidad imprescindible en todo proceso transformador. Otra cosa sería tal vez. someternos para siempre a la inoperancia y a la frustración.

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UN NUEVO ESTADO PARA UN FUTURO NUEVO

Los falangistas tenemos que tener bien presente esa nueva concepción de Estado que apuntábamos anteriormente. Porque es a partir de la existencia de sociedades socialistas, con muchos lustros en la práctica de otro modelo diferente al derivado de las viejas burguesías, cuando valoramos en su justo término ese evidente vacío de una alternativa al estado. Porque aunque ciertamente se hable de una democracia socialista, resulta que por causa de esa interminable provisionalidad, como paso al comunismo libertario-de que cuentan las teorías -, no se previnieron nunca estudios, ensayos y experiencias sobre su funcionamiento y efectos.

Todavía. De otra parte, se piensa por algunos en la desaparición del estado o, como metodología marxista, la reflexión de que en última instancia la economía prevalecerá sobre la política, hasta el punto de que en el ordenamiento social comunista residiría en oficiosos instrumentos de contabilidad y estadísticas, según podemos deducir de lo escrito por Bukarin, en su obra ABC del comunismo, o de lo que expone Pannekoet: "la política habrá dejado de existir, ya que quedaría incluida en la economía social.", con lo que de manera específica se enterraba al Estado. Sin embargo otra lectura de estas reflexiones nos lleva a la conclusión de que estas doctrinas políticas carecerían verdaderamente de una respuesta coherente entre las democracias que dicen propugnar, y la realidad sustancial de sus mecanismos de convivencia.

la

preponderancia y hegemonía del partido, ha sido una de las causas de la pobre contribución socialista a la teoría del estado, si entendemos por tal, la clásica doctrina que estudia el conjunto de las instituciones de participación y gobierno

de un pueblo. Porque en contra de lo que muchos pudieran pensar, el partido - en versión marxista -, es decir, con intención marxista, de clase, que sin duda perseguía y persigue ese poder, estaba más en la posesión del mismo, que en el modo de cómo se iba a detentar y a ejercer. Con lo que quedaba supeditado a la estrategia y a la táctica, en detrimento de una seria y rigurosa alternativa de Estado.

En

la

teoría tradicional

marxista,

el

partido,

o

mejor

dicho,

Alguno, incluso confundieron el Estado con el Partido, con lo cual los análisis respecto a aquel, lo son en realidad del partido. Partido cuadro, partido masa, partido organización. Etc. Anotaciones que observaron muy cumplidamente cuando leemos a Michels, o al mismo Lenín en su libro ¿Qué hacer?; desde luego de tono más revolucionario e importante en el mundo de las ideas políticas. Es cierto que existen marxistas y marxianos que contrarrestan y cuestionan las diferencias entre el Estado que propugnaba el Lenin conocido, con el Estado que ha derivado en la historia, y esto, como si estuviéramos hablando sobre un modelo democrático. Olvidan que era el mismo Lenín quien de manera muy clara, escribía sobre la negación del socialismo " de todo aquel que legalice la 'propiedad de los obreros de una empresa, o de los profesionales de la producción". Con lo que la inclusión de una democracia económica o social, se ve como muy restringida y afectada, presentando una vez más las contradicciones en la alternativa socialista de Estado.

Una contradicción que al contrario de la estimación de algunos, sobre todo en los pensadores burgueses, y por tanto constreñida a unos intereses rnuy concretos, sino que surge casi siempre desde la inteligencia marxista. Claro que esto no da derecho a nadie, a estas alturas, a caer en una demagógica y fácil excusa de propaganda antisocialista, por cuanto en muchos casos procedían de las propias filas; el debate suscitado por una gran parte de la inteligencia marxista, aunque esta definición no delimite exactamente al movimiento crítico frente a las instituciones del poder establecido, en los re6menes mal llamados progresistas. dejan bien patente las dudas que la praxis de los Estados socialistas levantan entre los estudiosos, y entre los hombres de pensamiento avanzado, sobre la alternativa que preconizan.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

Resulta que el mecanismo de poder establecido en las sociedades de libre mercado, mal que pese, lo conocemos bastante bien, y también es obvio que aunque aparentemente dan unos signos de libertad e iniciativas individuales, brotan casi enseguida las limitaciones de un sistema explotador. por competitivo, que encierra en el fondo, su bonito pero falso andamiaje liberal. Esto es evidente y no hay otra interpretación plausible, pero técnicamente y a derecho comparado, las partes que lo hacen funcionar generan los recursos legales suficientes para dar una posibilidad cierta de paliar su propio mecanismo operativo. Por supuesto que en términos formales, se está a luz y taquígrafos; y esto es en igual manera para los partidos políticos que se amparan en constituciones democráticas, aun con gobiernos socialistas, nacidos desde luego, en un proceso democrático.

No obstante en una sociedad democrática liberal, el marxismo no da una respuesta rigurosa, a la hora de exponer de que modo, y que manera, va a funcionar el mecanismo de las instituciones propias del Estado; en que modo abordarán los problemas de participación directa, de leyes electorales, de grupos intermedios, de descentralización, etc. En este sentido los rodeos científicos que da el profesor Vacca, en su polémica con algunos intelectuales de la izquierda italiana, como Norberto Bobbio, no son más ni menos que una interpolación en la teoría política marxista. Habría que recordar, y es interesante desde un punto de vista de la reflexión racional, para hacer notar que el dogmatismo excusado como ciencia, ha conducido a esa falta de instituciones propias para la instalación de una auténtica democracia. Bobbio a través de sus diálogos con los intelectuales italianos, acusa de forma reiterativa a estos, y limita la capacidad de quienes ven simplemente en la repetición de la doctrina, una respuesta porque sí, sin nada más.

Las instituciones para la democracia, en el sentido más completo, no pueden descansar en la improvisación continua y casual de aquellos que sólo son unos dilettantes de la política, como venían a confirmar Kausky o Bernsteis; y por otro lado, remitirse invariablemente al Marx inamovible y dogmatizado, contiene un mínimo análisis al confundir una teoría real de poder, con una teoría de las instituciones. A este respecto, las aportaciones que ofrece Bobio en su ensayo ¿Qué socialismo?, son ciertamente un argumento demasiado sólido como para no tenerlo en cuenta,. Y si las sociedades de corte liberal-burgués, introducían a una sustitución de las voluntad popular por unos mecanismo de poderes fácticos, aun bajo la mediación de unos comicios formales, los países de estructuras socialistas, desde la demagogia de una democracia económica, negaban los instrumentos necesarios e imprescindibles para hacer la auténtica participación del pueblo. De sus ciudadanos.

Pues bien, a este vacío de alternativa de Estado, es a lo que la Falange debe de prestar una urgencia auténtica si no queremos caer en la falacia de predicar un Estado Nacional sindicalista sin tener, al menos, las características que legalicen moralmente nuestra idea y contenido del Estado: democrático, estable y desarrollado. Si recordamos que por Estado se entiende el conjunto de instituciones que hacen posible el mantenimiento de una capacidad y una autoridad para ejercer el poder, aclaramos que nosotros interpretamos ese poder, como instrumento alternativo para asegurar las mayores cotas de libertad, igualdad y dignidad. Y es así, desde esta compresión, como defendemos la existencia del estado, ajeno por supuesto, a la filosofía de la imposición y fuera, igualmente, de la incredulidad anarquizante.

Pero es preciso señalar también, que los falangistas propugnamos una sociedad libre y autogestionaria, y por ello el Estado configura la resultante de todas aquellas instituciones de orden natural y social existentes, por lo que nunca se consideraría como elemento de imposición, sino como mediador y garante de las libertades intrínsecas de la comunidad. Lo que ocurre es que nuestra alternativa, a la hora de construir ese estado nacional sindicalista, contempla la autoridad que poseen las demás instituciones para ser parte irreversible en la formación y gestión de ese Estado, y no reducirlo como ahora en las democracias ordinarias, a la sola participación de los partidos de forma exclusiva y excluyente. Es desde aquel concepto de libertad, en concordancia con las tesis kantianas y de Fistche,

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lo

que nos remite al Yo universalizado, es decir sin confrontación individualista,

y

por tanto a la autonomía personalizada como expresión de esa libertad,

aspiración de la Falange, y que se puede traducir en la funcionalidad de otras

representaciones de orden sindical, social, familiar, y otras.

Una libertad que se basa, por otra parte, en la igualdad de los ciudadanos a los efectos de recibir los mismos derechos y obligaciones, y como consecuencia, la misma oportunidad para demandar responsabilidades políticas para ejercerlas y criticarlas. Evidentemente esta idea democrática no supone la existencia de circunstancias de especial relieve personal o genealógico, interpretado como situación inalterable. Sin duda por esto, y porque la Falange es por su origen político, una opción por el hombre próximo, el prójimo, por el que nos necesita, y porque la Falange no reconoce más dignidad que la confiere el trabajo, los nacional sindicalistas cuestionamos cualquier arquitectura de estado hereditario. Hay que insistir en esta clara singularidad falangista, porque sin entrar en ningún tipo de situaciones fuera de la normalidad constitucional - parte irreversible de nuestro respeto democrático -, queremos dejar claro nuestra oposición a una forma de estado, como la monárquica, rechazada ya desde nuestros fundadores, y asumida por la propia historia de la Falange, y de los falangistas. Como también me parece urgente repetir y resaltar, las evoluciones que en parte de los criterios políticos, han venido construyendo los falangistas en función de una mejor voluntad por la problemática actual.

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

UNOS PASOS ADELANTE PARA LA FALANGE DE LOS AÑOS DOS MIL

Resulta particularmente necesario, al menos para mí, reflexionar sobre el

esfuerzo que esta haciendo la Falange, y que tiene que seguir haciendo, en torno a una puesta al día de algunas de sus más clásicas definiciones o, incluso, de muchas de sus posiciones políticas del momento. Creo urgente, tal vez, que la Falange como partido, haga una reflexión sobre su mismo compromiso con la sociedad, es decir, con el pueblo, a tenor de las realidades inobjetables de hoy.

Y en este sentido, por ejemplo, entiendo, no una revisión, pero si una profunda

adaptación impuesta además por la historia.

Así, una de las primeras afirmaciones, paradigmáticas, que nos viene del concepto revolucionario, se nos deriva a otra perspectiva; explico: desde la terminación de la segunda guerra mundial, y claro, desde mi punto de vista, los movimientos revolucionarios según el modelo de ruptura, o lo mismo, de confrontación violenta para sustituir un Estado injusto, y casi siempre opresivo, van desapareciendo del mundo, para asistir a la aparición de unos partidos que fuertemente ideologizados, aspiran a cambiar esa realidad, objetivamente negativa en sus respectivas sociedades. Ciertamente persisten algunas excepciones en los países gravemente deficitario en desarrollo industrial y agrícola, o con unas estructuras sociales evidentemente muy débiles y carentes de unos mínimos presupuestos de bienestar comunitarios. Se trata de países y regiones en donde la

situación de dependencia de grupos y aun de grandes colectivos a favor de los poderes institucionalizados, derivan hacia unas prácticas de oligarquismo y de una exclusividad altamente opresivas, que daban lugar a una acción de lucha continua. se podrían citar por estas razones a estados como Bolivia, Perú, Honduras o Colombia, en América, una vez superados los conflictos de Nicaragua o El Salvador.

Y en Asia, países como Corea, Laos o Vietnam,; y también un grupo de naciones

africanas en donde el colonialismo, o la más absoluta de las indigencias casi demandaban o exigían un proceso revolucionario armado.

Pero claro, esto no sucedía, salvo excepciones, en países de los denominados

y aceptados como desarrollados. El proceso encadenado de países regentados por

unos gobiernos marxistas, casi exclusivamente en las regiones del este (le Europa no debiera sino analizarse dentro del luego político, nacido de la confrontación

de la segunda guerra mundial, y era debido más que por otra cosa, por pacto tácito

o explícito de los gobiernos y los ejércitos aliados. En este sentido, la no

injerencia en las áreas de influencia dibujadas, fue lo suficientemente practicadas para respetar incluso gobiernos muy reacios, a ejercer unas escasas normas de democracia y del espeto a los derechos humanos. El giro producido en esa Europa (del Este), en relación con el advenimiento de las democracias, primero en Polonia, luego en la misma Rusia a partir del derrumbe de Gorvachov, y ya como un rosario, en estados como Alemania, Rumania, Bulgaria y toda la corte de países de órbita soviética, no hace sino confirmar la irrupción de nuevas formas de asaltar

los tiránicos poderes establecidos, sean capitalistas o marxistas.

De forma que en los estados de infradesarrollo social y económico, aunque mantuvieran un asomo de democracia formal, y en los países de alguna andadura industrial y agrícola - pero de fortísima deuda de garantías personales -, se podría justificar el nacimiento y la presencia de grupos estrictamente revolucionarios, en los que la subversión, el sabotaje, la lucha armada en definitiva, era una necesidad de mal menor, que reclamaba la conquista violenta de unos gobiernos corruptos y opresivos.

En los países de situación democrática y de política de bienestar, aun con sobresaltos, aun con intermitentes periodos de avances y retrocesos en las conquistas sociales, de crisis, la existencia de movimientos revolucionarios, la presencia cierta de grupos rupturistas, era rechazada por la conciencia social de esos pueblos. Unas estructuras sociales muy reedificadas, (fuerte sustrato vecinal

y ciudadano, y todo amparado por una muy clara factura capitalista, hacían casi

imposible el reconocimiento hacia esas fórmulas de cambio y relevo. Así, Francia,

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Italia, los EE.UU., o Alemania Austria, sin olvidar a los países bajos, o escandinavos, en fin, el mundo occidental, tal como se entiende esta definición, incluyendo algunas nacíones de Asia, y dejando aparte ciertos países del cercano Oriente por simple razones de su compleja realidad. desarrollan sus propios mecanismos d recambio, sin utilizar nunca ningún movimiento reivindicativo de tipo social que fuer, obviamente, basados en la violencia revolucionaria.

Esto, aun contando con todas aquellas manifestaciones de índole contestarias que la historia reciente nos ha deparado; la revolución de la flores en USA, el mayo francés del 68, etc, que, aunque fuertemente mitificadas, el final no fue sino su propio reciclaje por las estructuras de I, establecido. O sea, estas sociedades fueron capaces de digerir sus propio cólicos.

En este campo podría situarse España, que luego de un periodo de muy grandes restricciones económicas, acaso siete u ocho años, evolucionaba una situación de leve pobreza, pero esperanzada a un futuro mejor que se 1e ofrecía no muy tarde. Como quiera que se salía de una guerra incivil (me niego a llamarla civil), tampoco las condiciones sociales del país se prestaban a un ejercicio alocado de reivindicaciones. Se estaba en un momento d cansancio y de heridas lamiéndose, argumentos entonces, suficientes par buscar la paz y el reposo. Por lo tanto, a excepción de unos movimiento guerrilleros que el pueblo llano conocía por Maquis, de inequívoca filosofía de resistencia, aquí tampoco se daban como dirían los marxistas, las condiciones objetivas para desarrollar unos grupos subversivos de tendencia vio lenta y de lucha armada, con ánimo de buscar una sustitución.

En conclusión, en los países de corte industrial y de economía capitalista pero sobre todo con la realidad de un estado de Derecho más o menos perfecto, la aparición de guerrillas era muy difícil de comprender. Esa dificultad aumentaba conforme pasaban los años y las democracias de cada Estado, se iban desarrollando de manera constatable, por más que fueran lentas y hasta imprecisas. Por los años cincuenta nace la aspiración de la Europa Unida que verá su primera imagen en la Europa del Carbón y el Acero, luego el Mercado Común y más tarde, la Comunidad Europea; en realidad un proceso de unificación económica y política que, con sus aciertos y errores, camina hacia una realidad supranacional que nos libera, entre otras cosas, de cualquier clase de involucionismo, incluidos, claro está, los de pura extracción estalinista, acaso tan feroces como cualesquiera otros.

Naturalmente esta realidad no se corresponde a la que sufren otras naciones fuera del ámbito de las democracias formales, sujetas también a la filosofía de la Declaración de los Derechos del Hombre de 1948, y demás normas que regulan el estado de Derecho y que, por ello, dan lugar a que quizá como única respuesta se llegue al movimiento insurreccional, violento, y veces o casi siempre, antidemocrático. Esto ocurre en Cuba, o con Corea del Norte, o Angola y Argentina, por ejemplo. De manera que las figuras del Che, de Castro, o del histórico Lumumba, o de los Montoneros, o del ELN en Colombia, y el Subcomandante Marcos, en México, adquieren toda la fuerza de unos líderes casi pedidos a gritos. Allí, tal vez, se necesite un ejercicio de política revolucionaria-no siempre violenta, y si no recuérdese el caso de H. Chávez en Venezuela -, porque en contraste con la realidad europea, allí no se ve la posibilidad siquiera de que se instale en la conciencia social un "meaning" que diría el profesor Aranguren, o sea, un deseo auténtico de cambio constante y sin pausas. Una voluntad de sustituir cosas herrumbrosas, corrupción, injusticia, por otra situación de libertad y dignidad humanas; unas condiciones que revoquen una sociedad golpeada por la opresión, la esclavitud, la injusticia y que ya denunciara la misma Iglesia en la Teología de la Liberación.

Hoy por suerte, y aunque persistan situaciones de fuerte injusticia de las que no debemos de inhibirnos, la mayoría de esas naciones impera ya un Estado democrático en donde no se necesitan vías subversivas para defender una situación mejor y un mayor bienestar. Ahora también, en España, aun contando con todas sus a veces graves deficiencias de todo tipo, resultaría dudosamente justificables, la existencia de grupos armados (a lo sendero luminoso) que además ya no se mueven sobre la aspiración de una justicia mejorable, sino por otros intereses muy

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distintos y nunca muy justificados en una nación democrática, para exigir cualquier petición política. Pero por la misma razón, se hacen ya obsoletos esos movimientos políticos que basan su realidad en cualquier tipo de doctrina o ideología revolucionaria, según se mira atrás. En ese sentido, definirse ahora como "partido revolucionario" - resultaría, creo -, de un desfase alarmante para la mentalidad social de nuestro tiempo, de nuestras sociedad que, en contra de las expectativas que se dan a si mismos, lo que levantan es un excepticismo que los hace cuando menos inoperantes y l los aleja de la verdadera acción política, hasta que los sume en un mundo de marginalidad que los desautoriza para siempre.

políticos se hayan

desvanecidos en el horizonte de su actividad, ni siquiera es que se hubieran olvidado o dejado para mejores ocasiones en el tiempo, se trata si duda, o al menos eso pienso, en el fallo de una exposición que los invalida y anula, además de que genera un cierto temor en las gentes medias, repele a los hombres y a las mujeres de nuestro entorno y cultura, de forma que mantener ciertos vocabularios, o ciertas actitudes, crean un rechazo mayoritario que, cuando menos. se traducen

en frases como " no hacen falta los salvapatrias" y que lamentablemente nos alejan

Es decir, y se diga lo

definitivamente de esos mismos objetivos que se proponían

que se diga - y a los efectos me remito -, hay que pensar en que algunas estrategias políticas hoy por hoy, están condenadas a las más duras de las marginaciones. En esto, lo mismo habría que decir de1 tono escatológico de algunas

críticas que se escuchan, como motivo de una absoluta descalificación.

No

es

que

los objetivos

sociales, económicos y

Con estas cosas, yo soy una de esas personas de gentes medias que, según comentaba un experto diplomado en marketing político, autor de algún libro sobre el tema y persona experimentada en el asesoramiento parlamentario, persona, en fin, cercano al espectro político azul aunque ahora fuera de nuestra órbita, habría que modificar tanto algunos de los conceptos que se tienen por dogmas de fe, y bien sabido es que en política no los hay, como incluso con detalles tan aparentemente inocuos como el tono del discurso en un mitin. Parece evidente que abundar en ese estilo altanero, gritón, casi dogmático, es como echarse a temblar porque, y esto ha siso contrastado en ocasiones, curiosos que pudieran acercarse a oír nuestro mensaje, se vuelve asustado por el tono bíblico, por lo agresivo en sus modos - más que en el fondo -, que reflejan los altavoces mitineros; había que recurrir, por ejemplo, a otra clase de discursos sin estridencias, que no superficial, sin gestos bruscos, que no sin convicción, sin tonos tremebundos aun en las acusaciones o críticas más serias que se pudieran hacer.

En este sentido habría que exponer de manera completamente normal, sin ningún tipo de especulación sesgada el hecho de que organizaciones de manifiesta filosofía revolucionaria, o cuando menos, que nacieron impulsados desde esa necesidad voluntarista, ahora, al cabo de un tiempo de lucha, puede que incluso guerrillera, dan los pasos precisos por muy cautelosos que fueran, hacia una normalización política que yo diría que ya es irreversible. Esto se ha dado en los movimientos subversivos en El Salvador, o Guatemala con el UNO; como también se está abriendo este camino en Colombia, a pesar de tantas dificultades, entre la guerrilla (declaraciones del MIR al diario El Mundo en junio del 97), y el gobierno de Paz Estensoro. Y esto, si analizamos la situación con un tanto de objetividad, viene presionado por unas mínimas condiciones democráticas que afloraron o afloran en sus respectivos países. Unas condiciones precarias, desde luego, pero que son como promesas de una mejora de las realidades de vida de aquellos pueblos que, como se sabe, eran o son todavía caldo de cultivo para cualquier acción de violencia.

Pero no se trata de impedir con estas reflexiones que el partido con vocación de cambio, de sustitución de viejas e inservibles estructuras, y la Falange lo es. viva y se enfrente en la acción política; al contrario, lo que ocurre es que nuestro partido, debe de hacer un análisis de la situación actual, renueve sus métodos de trabajo y de actitud política, y reflexiones si lo que viene haciendo se ajusta a una verdad sociológica muy distinta a la que vio en sus primeros años de vida política. Para mí, hablar de partido revolucionario hoy, me parece una barrera que nos aleja de nuestra gente, de nuestro pueblo, por la única razón de

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que ese pueblo, nuestra sociedad, lo que demanda es un progresivo y constante perfeccionamiento de las razones humanas, de las. honestidades políticas, de los avances de igualdad y justicia.

Naturalmente este análisis no es nuevo ni siquiera hecho desde una meditación aislada, por cuanto ha sido argumentado por estudiosos de la acción política; y en este orden de cosas podría servir como apoyo a las recomendaciones que Gramsci pretendía para toda la inmersión ideológica, es decir, ,política, en la sociedad. Obrar desde la cultura, insertarse en la compleja infraestructura de la sociedad para incardinarse con la mayoría de los ciudadanos; cierto es que ha habido quien intentando infravalorar ese análisis gramsciano diría que, claro, es la condición sectaria y marxista de su ideología lo que invalida para nosotros ese respaldo de su obra política en el partido; pero la verdad es, se quiera o no, que lo que se pretendía era ni más ni menos que alcanzar los mejores resultados desde la más completa aceptación sociológica. O lo que es igual, actuar políticamente acorde con la sociedad a partir de una mejor integración del partido entre el pueblo, con lo que se excluía para siempre toda tentación de voluntad traumática cualquiera que fuera su intención, sea esta subversiva, guerrillera o méramente revolucionaria.

Pero es que además antes, otro autor de la izquierda, Luckas, ya había apuntado - a la vista de las dificultades que había para digerir las resoluciones marxistas (leninistas), la necesidad de implantar la práctica, en este caso comunista, a través de ofrecer el mensaje de Marx desde una interpretación mucho más "normalizada' y por lo tanto no tan rígida ni ortodoxa, como fórmula más fácil de habilitación ideológica y de práxis. O sea, huían de una presentación fuerte de toda su filosofía y estructura de poder, para aparecer con otro modo más natural, lógico, asumible y propio de la voluntad ordinaria de las gentes, para llegar sin trágicos sobresaltos a la consecución de sus objetivos políticos. lgualmente podría mimetizarse la estética, y esto está dicho en el sentido de camino mejorado que se desprende de H.Marcuse en su ya clásica obra El Hombre unidimensional, en donde desde la evocación de sus charlas académicas, alcanzaba un poder de influencia, no cabe duda que principalmente entre los jóvenes, y estamentos universitarios que posteriormente se desparramaría por un universo de inteligencias y de actitudes.

Naturalmente siempre habría gentes que sospecharían la utilización, casi siempre, de citas de autores de la izquierda para apoyar una estrategia de conducta, de manera que nos llevara a mejores resultados. Pero claro, personalmente entiendo que, primero, la metodología marxista es acaso de las mejores a la hora de lograr esos resultados y, segundo, nosotros deberíamos de

evitar aunque pudiéramos hacerlo, simplemente por prudencia política, el movernos entre citas de otra clase de autores ya que lamentablemente mientras unos se pueden equivocar, porque no tienen necesidad de mostrar ninguna credencial social

o

democrática, los que nos sentimos falangistas, hemos de hacerlo en cada momento

y

en cada circunstancia; injusto, pero evidente.

Los ejemplos que acabo de conocer, a estas fechas, como la retirada de pancartas falangistas en las manifestaciones en memoria de Blanco Garrido, o los olvidos para hacer cabeza en distintas manifestaciones políticas, para los falangistas, hacen que dejemos de mirarnos el ombligo y reconozcamos o empecemos a reconocer que tenernos que cambiar profundamente muchas cosas, para iniciar un futuro político más normalizado. En definitiva, creo por ello, que estos razonamientos inspiraban el fin, o en su caso, la disminución paulatina y constante de cualquier intención en preferir una tipología de partido marginal, autoexcluyente, de espaldas a las voluntades de los ciudadanos -y estamos hablando siempre en términos generales -, se esforzaban, diríamos, en presentar una imagen lo más "homologada" posible. Otra cosa, desde luego, era el mantenimiento de poder que, aun siendo lo más opuesto a los procedimientos de principio, no vamos a enjuiciar aquí; lo que queremos señalar ahora es que precisamente era el camino de la torna de poder, o más sencillo, la toma en consideración de su mensaje como paso para ello, lo que impulsó a muchos núcleos revolucionario modificar sus estrategias y hasta cambiar sus procedimientos.

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Pero eso dentro de un proceso de lucha democrática y como resultado de su participación en las responsabilidades que corno ciudadanos, nos confiere una constitución de Derecho; es decir, una voluntad continua de cambio junto a una voluntad estricta de hacerlo. Así. cualquier llamada hacia un movimiento de ideología exacerbada constituiría. a mi juicio, una pesada carga más que una posición de encuentro. Y entonces los esfuerzos que se hagan en base a conseguir un partido diferenciado por su carga revolucionaria, por más que se explique la función de ese sentido revolucionario, nos situaría, o nos sitúa, en la más negativa exclusión. Y bien, ¿qué haremos nosotros'?, o dicho de otra manera, ¿Qué es mejor para nuestro partido, si lo entendemos como instrumento para hacer posible una sociedad mejor desde nuestra ideología? Luchamos por presentar una imagen distinta a un partido convencional, marcando así una etiqueta de marginalidad, o intentaremos conseguir por fin, un partido con una específica ideología, pero común en el deseo de ser común con los demás`?

Pues veamos, personalmente y como falangista, me permito disentir de algunos de los grandes fantasmas ole partido utilizados hasta ahora; yo creo que la Falange es un partido, por la tanto debería de actuar como un partido y usar las mismas técnicas políticas que cualquier partido. Entiendo, y esto es naturalmente una creencia personal, que como Falange, el partido debe de intentar conseguir parcelas de poder, si no todo, y de la única forma posible, esto es, democrática, y retenerlo cuanto se pueda con el fin precisamente de impartir justicia y dignidad. Como ya expliqué en la 1 Universidad de Verano de la Fundación JOSEANTONIO, Castilblanco 97 (Segovia), no creo en un partido marginalista ni mucho menos lo entiendo para la Falange. Luchar desde un partido minoritario no es excusa para convertirnos en un grupo marginal y en unos políticos marginados o automarginados. Y por supuesto, seguir nuestra justificación política - o sea, nuestra mala situación -, desde el criterio de nuestra propia marginalidad es algo tan increíble como inoperante. Yo siempre he luchado por dotarnos de un partido tan presentable como los demás; cierto es que con un timbre y un estilo diferente, especial si queremos, aunque esa especifidad de estilo se cae por su pie, cuando se viven situaciones internas como las que a lo largo de su historia ha experimentado nuestro partido. Pero con todo, un partido como cualquier otro, con sus glorias y sus fracasos, con sus hombres y mujeres magníficos y también, corno no, con sus miserables.

Se necesita un partido con un mensaje neto, sencillo, comprensible, en donde hay que huir de demasiados simbolismos, o habrá que erradicar para siempre excesivas parábolas esteticistas: habría que hacerlo en beneficio de nuestra aceptación, por el único factor que nos obliga: el pueblo español.

De ahí que necesariamente la Falange como partido (que ya se tenía que haber renunciado a eso de " no somos un partido", o aquello de " no queremos el poder' o eso tan bonito pero tan irreal de " La Falange desaparecerá cuando se haga nuestra revolución", tendrá que mojarse en eso de la ciencia política y definirnos aunque sea para el sencillo entendimiento de ese pueblo que, a lo mejor, simpatiza con nuestra causa, pero que a tenor de lo que oye y lee, escapa hacia realidades más objetivas.

Eso no es nada racional. Hace falta un partido falangista con voluntad de conseguir poder de decisión, y por lo tanto no creo en la marginalidad a que nos conduce una política de vaguedades, indefiniciones o lo que es peor, de empecinamiento sentimentales que nos lleven a un absoluto enclaustramiento. Hoy nuestro país no está-pienso -, por testimonialidades revolucionarias a la vieja usanza; al contrario, España - y estoy convencido que igual ocurre en la mayoría de las naciones desarrolladas o en vías de estarlo -, quieren un partido situado, posicionado, definido, para bien o para menos bien, y con un mensaje de acción y continuación. O es que por ejemplo, si la Falange llegara a gobernar, digamos en una región, se iba a disolver; y si llegara al Estado, ¿iba a dictar leyes para su propia autodisolución? Seamos serios, ¿iba a prohibir la existencia y funcionamiento de los otros partidos? ¿Por decreto?¿ Por cárcel? ¿Iba a disolver las Cámaras y hasta cuando'? ¿,Para hacer, qué? ¿La revolución: qué revolución? Habría que leer a los notables de otros partidos y de otras ideología, como por

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ejemplo Norberto Bobbio en su obra: ¿Qué socialismo? Para parafrasearlo y preguntarse cuál y cuando. Y entiendo que este ideólogo de izquierdas tiene autoridad intelectual suficiente para, al menos, tener en cuenta sus reflexiones,

y concederle un mínimo de atención.

Me niego a ser un marginalista. Es más, estoy convencido de que si José Antonio contemplara la realidad social y política de hoy, esta realidad del siglo cuasi XXI, tampoco la querría para la Falange. El, que sin duda luchó con todas sus fuerzas para no ser un mero partido testimonial, él, que trató por todos los medios de no verse atenazado por la marginalidad, hasta el punto de que a permitirse unas extrañas alianzas - lamentablemente -, con unas fuerzas nada

progresistas, intuía que si permanecían solos, la Falange tropezaría con su propio desierto político, y de ahí, sus esfuerzos con sindicalistas (Pestaña), con cenetistas (Nicasio Alvarez, hermanos Durruti), con socialistas (Prieto), con comunistas (Mateo, Rivas,) Etc. Algunos de los cuales se incorporaron al proyecto falangista en cuerpo y alma. Alguien dirá, no sin cierta razón, que algo de esto ya se había hecho por ejemplo, con la entrada de la vieja organización falangista en el estado surgido de la rebelión de 1936, pero claro, habría que reconocer que

a partir de 1937 dejó de existir- y esto es un dato objetivo -, Falange Española

de las JONS para convertirse en un movimiento diferente, distinto, y además reconociendo también que, en lo que se convirtió, fue a costa de perder casi el

100 % de su identidad política.

Es verdad que otras organizaciones, a fin de conseguir alo de poder, aunque fuera méramente presencial (pero justificada en poder hacer su política), fueron capaces de ceder un tanto de sus principios pero, evidentemente, de ninguna manera fue a costa de su propia personalidad; era algo así como una cesión táctica, pero nada más. Todo lo contrario de lo que pasó con la Falange que lo perdimos políticamente todo. Hay que partir de esa realidad para poder iniciar un camino de operatividad, o al menos así lo creo yo, aunque no estoy tan seguro de que el partido haya reconocido esto, y consecuentemente hubiera obrado en consecuencia. Y es que se trataba tanto de gobernar contra toda razón, aparte de que lamentablemente, no fue nunca así, cuanto de acertar con las necesidades de cada momento. La Falange parece haber sacrificado el análisis de la situación política, en aras de un acomodamiento alejado del hondo mensaje del nacional sindicalismo.

Veo entonces, razones poderosas para rechazar esa especie de teoría de la

subliminidad política que nos separa de la vida y la tarea social; y es que no es lo mismo pertenecer a un partido minoritario, y esto a lo mejor es agradable, que ser miembro de un colectivo marginal. Esto, además de. que nos descalifica, no sirve para nada. Desde el 39 para acá, no hemos dejado de ser un partido atípico,

y

siempre, descafeinado. De modo que no entiendo ese empeño en decir que no somos

un

partido, (cierto es que se tolera la expresión, pero en la mayoría de las veces

con descarada suceptibilidad), que no tenemos un posicionamiento político, eso tan sencillo como reconocerse de izquierdas. centro, o derecha política, o lo que es todavía más grave. que somos un partido que no cree en los partidos. Algo así como

defender la cuadratura del círculo en la política; y es que a lo mejor pasa, que es muy difícil el etiquetarnos como "terceristas" sin hacer un examen riguroso de las condiciones socioeconómicas de nuestra realidad, para ver si esa definición tiene cabida lógica en la sociedad de nuestros días, aquí, entre nosotros. Sin embargo, de nuevo se pierde otra oportunidad para definirnos, ante la decisión, por ejemplo del socialismo en Blair (G.Bretaña), al aceptar ese concepto en su partido como algo novedoso, cuando desde sectores de la Falange, progresistas, venían asumiendo esa denominación desde hace ya un par de décadas, como muy bien nos lo historifica el escritor falangista Javier Onrubia.

Tendríamos que examinar aunque sea a título de estudio, porqué organizaciones

y movimientos de índole radical, tales como comunistas italianos, laboristas

británicos o los verdes de casi todos los países, afrontan su acción política a tono con las realidades democráticas de sus estados respectivos, de modo que habrá que preguntarse si para conseguir esa meta revolucionaria, es preciso obviar la situación específica de nuestro país. Evidentemente España no es, ni pasa por las tribulaciones de todo tipo que se vive en otras latitudes, aunque es cierto que

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

padecemos los excesos de una sociedad capitalista, alimentada por un neoliberalismo oneroso y explotador que, en circunstancias muy especiales - como sucedió en Euzkadi -, se alía con demandas separatista para dar cobertura a un movimiento popular político - violento, que se retroalimenta desde supuesto muy diferentes a una ideología tercerista, aunque claro, no suponga en ningún momento que estemos de acuerdo con esta forma de hacer y entender la política; pero, naturalmente, no significa aquello de " echarnos al monte". Por ejemplo, nosotros estamos seguros de que es caso de una independencia vasca, HB, tipo de movimiento político revolucionario, no tendría ninguna posibilidad de poder, por mucho que sus dirigentes prometan encontrar su paraíso en ella. Lo que da cobertura a HB, según lo que pensamos, es sin duda su componente separatista, de lo contrario su "espíritu revolucionario- se difuminaría como espuma de jabón, tal como ha pasado con todos los movimientos similares.

Pues no, yo reivindico un partido igual a todos los demás que se rijan, claro está, por principios de democracia y Estado de Derecho. Y lucho por un partido que no se disuelva y que actúe bajo la aspiración lícita de gobierno; estoy en un partido que por sus componentes de justicia, dignidad y libertad, y por su concepción del reparto de riqueza y propiedad de los medios de producción - comunal o sindical -, por el destino final de las plusvalías en su universo político, lo sitúo abiertamente en una izquierda española personalista; y esta reflexión nace de la interpretación del hombre y la mujer como valores

universales, valores inherentes y constantes, que nada tiene que ver con una visión reaccionaria o conservadoras de sus relaciones con la sociedad en que caen los clásicos grupos de derechas. En este sentido, no hará falta traer aquí pues de sobra conocido, la redacción del punto 2° del documento de fusión con las JONS, de cuatro de marzo de 1934, pero resultará taxativamente útil el recordar el rechazo a cualquier acto que pudiera confundirlos con cualquier otro grupo de la derecha,

y por exclusión, aunque esto lo supongo, sólo le quedaría situarse en una izquierda no marxista.

Desde esta lectura, presentar otra imagen del partido nos llevaría como hasta ahora, a esa marginalidad social y política a la que nunca debimos de haber consentido. Personalmente no creo en los partidos de " revolución " profesional, esos que se autotitulan así mismos de esa forma tan pública, aunque los falangistas - y yo mismo -, nos esforzamos en por interpretar el verdadero sentido de la palabra que, naturalmente, no significa hoy por hoy cambio violento o rupturista, pero que como inercia política, la gente sigue sintiéndolo en el fondo de sus miedos y sus recelos. Al hilo de este pensamiento viene esta pregunta: ¿ es menos revolucionario el PCE, teóricamente que nosotros? No lo creo, ocurre sin embargo que se han dado cuenta de que para llegar a una posición de hacer algo, es preciso una acción más acorde con el tiempo y la geografía. ¿ Tiene por eso, menos fuerza social que la Falange? Sin duda alguien podrá decir desde la convicción de su corazón. y desde nuestro respeto más profundo, que la Falange es otra cosa: y volveríamos al clásico ejercicio de " luchamos contra el sistema", es decir, somos antisistema. con lo que regresamos a la marginación. Habría que ser más comprometido incluso con las posiciones que políticamente se adopten, y así, por ejemplo, ser terceristas en España-algo, repito, con lo que se ha coincidido desde mucho tiempo -, no deviene obligatoriamente en un deseo hacia la autodestrucción, entre otras cosas porque ser terceristas aquí no es lo mismo que serlo en Argentina o en Venezuela, y aun así, movimientos como el Peronismo no se plantea ahora, como nunca lo hizo, la negación de los partidos, como todavía defienden algunos sectores "afines" a nuestro movimiento, en rotunda contradicción con las que yo defiendo y que ya, intelectuales azules del prestigio del profesor de universidad, Alberto Montoro, han expuesto en diferentes foros. Nos obstante su carácter de tono "progresista" no lo negaba ni el propio Ernesto Guevara, como bien se atestigua en su biografía escrita por el francés P. Kalfón.

No es el único, desde luego; os recuerdo que otro escritor de la Falange, José María Martinez Val, en un libro análisis similar que hace años publicaba en su libro ¿Porqué no fue posible la Falange?, exponía como una de las causas, casi con toda certeza, el no haber sabido salir de la cerrada caja de su "organicidad"

y no hacerla compatible con otras vías participativas, expresamente partidos

políticos en toda su función, al hilo de lo que también expusieran otros

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pensadores "orgánicos" pero de irreprochable talante democrático como eran los Krausistas españoles como Francisco Giner o Gumersindo Azcárate, por no citar al ya clásico Salvador de Madariaga. Esto invalidaría a cualquier fuerza política, y lógicamente nos invalida a nosotros. A la Falange mucho más, pues por una razón u otra, no sólo se ha cometido el error de predicar revolución y vivir en la reacción (dicho esto sin tono peyorativo aunque hayamos acompañado políticamente durante cuarenta años a un régimen nada falangista), sino que además por nuestro lastre político-ojalá no fuera así -, se n os distancia más de la comprensión de los ciudadanos. Continuar por esos caminos de promoción política nada más que nos servirá para mantener nuestro grado de ineficacia, de marginalidad y por tanto de inútil presencia; no se trataría tanto de denegar nuestro compromiso por cambiar o modificar, o derribar caducas estructuras injustas. pero claro, todo ello dentro de un proyecto de construcción posible y no contradictorio. Al fin y al cabo se está jugando la misma permanencia de la Falange como ideología y como partido.

Tenemos que escapar de la tentación de convertirnos en estatua de sal; no seamos de nuevo por causa de un purismo intransigente, el mejor argumento para nuestra desaparición. He defendido mil veces que nuestra situación no se produce por arte de magia, ni por maldiciones de nadie, ni por campañas de origen extraño. aunque haya, y lo hay, una mala disposición a todo lo que representa la Falange, sólo pasa que no sabemos ni queremos despegarnos de un lastre literal que nos ha conducido a la exclusión política durante los últimos veinticinco años, luego de haber mantenido un poder fáctico que nadie se explica o quieres explicar. Una marginación que además no es, digamos, incomprendida por la sociedad de hoy, al contrario, es por muchos explicada como merecida. Y es a esto a lo que como persona y como falangista me rebelo. Algo ocurre para que la Falange esté en las condiciones en que se encuentra y esto, es marginalidad.

Pero naturalmente eso implica - como se ha dicho aquí otras veces -, la obligación moral por parte de la Falange, en querer un profundo cambio en gran parte de nuestros comportamientos y en muchas de nuestras convicciones más enraizadas, aunque también, accidentales, y no más acorde con lo que de "revolución" tiene nuestro mensaje. Aquí, sobre todo, en esa serie de tradiciones, querencias, mimetismos superficiales, claro, podríamos presentar a las nuevas generaciones de falangistas; son temas que nos golpean sistemáticamente. En este sentido, nuestras propuestas se podrían denominar de ruptura, con todo aquello que significa "la tradición falangista", como los sentimientos nacionalistas de España en aquella concepción que, insisto, nos remitimos, de " un proyecto sugestivo de vida en común" orteguiano, y que José Antonio traduciría en aquella frase histórica: "Unidad de destino en lo universal". Pero a continuación, digamos, que esto se tendría que dar desde la voluntad común, y nunca impuesta. Esto que ahora quizá para algunos pueda parecer incluso una maldad, sería la razón por la que el mismo Jordi Pujol, mentor de los nacionalistas catalanes, pudo declarar en la revista Tiempo del 22 de diciembre de 1967, que "José Antonio, fue uno de los que mejor entendió el problema catalán". Pero eso lo podríamos decir de los demás nacionalismos; no en vano José Antonio tuvo más de diez intervenciones habladas y escritas, en torno al problema nacionalista, y quien quiera leerlos, ahí están sus alusiones sobre Cataluña (4 de enero, 1934), La Gaita y la lira (11 - I de 1934), España irrevocable (OC. Pág. 285), ¿Euzkadi libre? (OC. Pág. 99) Los vascos y España (OC. Pág. 179), Sobre el problema catalán (OC. Pág. 109), etc. Y es que José Antonio, porque conocía a Cataluña, amaba a Cataluña, no la interpretaba como alma conquistada, sino como aportación histórica a la aleación que hoy es España. Una aleación que como citaba Pujol. tiene que estar bien amasada para que no se desprenda.

De ahí que como falangistas no nos tengamos que sumar a la teoría generalista de los que piensan que los nacionalismos se combaten con represión, cualquiera que sea esta: policial o política. Simplemente, vemos en el sentimiento de esos pueblos, siempre que existan como tales y no el capricho de ningún cacique de aldea, el deseo de hacer su propia historia por lo que pienso que los caminos para el encuentro deben de ser siempre, a partir de la plena libertad. Soy de los que creen que una vida vale más que el interés por retener una obediencia historicista. Sé que tal vez vaya contra corriente, pero los nacionalismos no se resuelven hoy con la fuerza del poder; personalmente no quiero para los españoles,

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FALANGE: UNA MIRADA AL FUTURO

quienes quieran serlo, un futuro de horror y sangre; como falangista no quiero una España impuesta, sino un proyecto sugestivo de vida en común. Como ciudadano no deseo para nadie una experiencia similar a la que han vivido los pueblos de la ex - yugoeslavia para al final, ir cada uno por separado y cargados con muertos y un odio eterno En esto, como en otras cosas, nazco políticamente de un hombre libre, digno e integro y nace mi reflexión que lleva precisamente, hacia una sociedad en paz y libertad.

Para eso, soy consciente, todavía quedan demasiados escollos, como la intolerancia a las cosas con mayúsculas-claro -, como ese rapto a la voluntad personal de quien no desea alimentar una conciencia militarista, aun cargando con esa contradictoria acusación de "progresistas", con el tono peyorativo que dan a esa palabra los reaccionarios, o los que no han entendido nunca que se puede ser muy patriota sin coger en tiempos de paz, ningún arma. Soy consciente incluso que se nos llame pacifistas, simplemente porque nos definimos amantes de la paz, que educamos para la paz, y que esto, de ninguna manera significa que rechacemos la defensa cuando nuestra casa esté en peligro. Los falangistas estamos seguros de que los españoles obrarían como en 1808, en que un pueblo sin armas, desestructurado militarmente, sin jefes -casi -a la cabeza, inició la revuelta más enérgica y espontánea contra un invasor; en este sentido estoy convencido que ante una situación de extrema gravedad para nuestra seguridad colectiva, la fuerza de dos mil años de historia solidaria, haría que el pueblo, unido, hiciera frente a cualquier agresión por grande que fuera. Sin embargo la Falange, que tiene un mensaje político joven, tal vez el más moderno en su aparición, puede y debe trasladar a la sociedad una vocación de paz y solidaridad, y "su aspiración a una vida apacible y democrática", tal como consignara José Antonio, eliminando una de las pesadas cargas de una civilización violenta y áspera. No os debe de extrañar por tanto que desde estas reflexiones, se inste a nuestros líderes, como a la misma sociedad, a respetar a los que luchan contra cualquier ambiente belicista. Nosotros, evidentemente, nos solidarizamos con los objetores, con esa juventud que cambia un horizonte militar por un campo de aportaciones comunes en la hermandad de los hombres, en el desarrollo de las artes, en el compromiso por la necesidad, por los necesitados.

Desde esta nueva situación que demando para la Falange, es verdad, se deberá guardar quizá en el cajón de la nostalgia, viejas frases, algunas tal vez poetizadas en demasía, sobre todo aquellas que nos trasladaban a una situación de extraña ambigüedad, acaso contradictorias con nuestra misma filosofía política que habla de fraternidad, de justicia, de dignidad en los hombres, y al tiempo se alababan demasiadas secuencias de fuerza, de últimos sacrificios, de situaciones límite en dolor, en disciplina. Personalmente busco ese valor en defender una causa a ras de tierra, pues creo que el primer deber de nosotros como partido, como trasmisores de un mensaje político, es traer esa íntegra dignidad a nuestro pueblo, a nuestro mundo

La Falange así, tendrá que cambiar su forma de estar en la sociedad, de penetrar en nuestra sociedad, o mejor dicho, de colaborar e integrarse en nuestros barrios, en nuestros pueblos. Asociaciones, clubs, ateneos, en todas y cada una de las experiencias que nuestro alrededor humano practica y exige; así, estas reflexiones abogan por un cambio de actitud en nuestros camaradas; la mano al sufrido obrero agrícola, la ayuda a esos colectivos que sufren, la colaboración eficaz a la ONG que trabaja a nuestro lado.

La comprensión al viejo payés de Cataluña, a la historia de la antigua familia vasca, y al joven emigrante marroquí, argelino, sudanés, que intentan su particular aventura arrostrando tal vez su vida. Está claro que apostamos por un mundo bien distinto del que, mal que bien, nos resistirnos y nos ponemos junto a los que imaginan un planeta limpio, un mundo ecológico, un universo descontaminado. Y para ello, la Falange debe de alinearse con aquellas fuerzas sociales, asociaciones, grupos, que levanten bandera de solidaridad y esfuerzo común. Habría que estar codo con codo con organizaciones no gubernamentales, y no politizadas, y dejar impronta de nuestro compromiso por el hombre nuevo que no es aquel indeterminado de Marx, ni ese otro insolidario del liberalismo, sino un

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hombre que se justifica en su esfuerzo y lucha por los demás; por su prójimo. Por su hermano.

Pues bien, cambiemos nosotros los primeros para luego cambiar la sociedad, y al mundo. Dejemos las sombras políticas, abandonemos los silencios subterráneos de la sociedad, cambiemos antes que nada nuestro cómodo sitial de la marginación que nos impide servir mejor a nuestro pueblo, y seamos acaso desde la minoría. Un partido para la transformación de la sociedad.

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