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MISTER CAPULLO SEDUCTOR

por Bars

[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Imbécil de Oro. 1

CAPÍTULO 4. LA CLÁUSULA

¿Señorita Swan?

El desconocido volvió a hablar, sin que su sonrisa amable hubiera flaqueado ni un ápice.

Sí, soy yo respondí, arrugando la frente, ligeramente confusa. ¿En qué puedo ayudarle?

Soy Jasper Hale se presentó, confirmando mis sospechas. Me ofreció la mano para que se la estrechara en un apretón firme. Compañero de Edward Cullen en Cullen & Hale.

Y el niño de papá, hijo de uno de los socios fundadores del despacho.

Alice había murmurado aquellas palabras desdeñosas entre dientes, pero en el pasillo vacío de la tercera planta todos pudimos captarlas a la perfección. Jasper Hale incluido. Me volví hacia ella, lanzándole una mirada de censura.

Sí, creo que eso también rió Jasper Hale; continuaba sonriendo y no parecía en absoluto ofendido, aunque tampoco miró a Alice directamente. Traigo su contrato para ultimar algunos detalles y firmarlos y… eh… ¿puedo tutearla?

¿Crees que aparenta la edad de tu madre? replicó Alice, ganándose una nueva mirada asesina por mi parte. ¿Qué demonios le pasaba?

Sí, por favor, Jasper pedí, ignorando a Alice.

Jasper sonrió, antes de sacar unos cuantos papeles de su maletín y me los tendió.

¿Crees que podríamos discutir el contrato en un lugar más tranquilo? preguntó Jasper, mirando a su alrededor.

1 Fanfiction. Los personajes y el universo Twilight pertenecen a Stephenie Meyer.

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Sí, quizás el pasillo de la tercera planta no era el lugar más adecuado. En cualquier caso, no tuve tiempo para acceder a su petición; Alice se me adelantó, alargando la mano y tomando con brusquedad los papeles que Jasper me ofrecía.

Aquí estamos bien resolvió Alice, de forma cortante.

Por un momento, Jasper pareció descolocado al cruzar miradas con Alice, que le observaba con una furia totalmente impropia de ella. Arrugué la frente e intercambié una mirada confusa con Angela; a aquellas alturas de la conversación, Eric ya nos había abandonado. Quizás se había olido la masacre que estaba a punto de desencadenarse en aquel inocente pasillo. Chico inteligente.

Quizás sería más apropiado que Isabella y yo discutiéramos esto en privado dijo Jasper con suavidad, sin que su sonrisa amable desapareciera de sus labios en ningún momento. Al fin y al cabo, es su contrato.

También me incumbe a mí replicó Alice—. Soy su ayudante y…

—Alice… —intercedió Angela de forma pacificadora, tomándola suavemente del brazo.

Pero Alice no parecía estar muy por la labor de atender a razones. Se sacudió del agarre de Angela y continuó atacando a Jasper con su mirada y sus palabras.

Soy su ayudante y su mejor amiga, así que es mi deber asegurarme de que nadie la engaña.

Nos disculpas un segundo, ¿Jasper? intervine, antes de que la sangre llegara al río.

No esperé por su respuesta. Tomé a Alice del brazo con mucha más fuerza de la que había utilizado Angela y me la llevé casi a rastras hacia el otro lado del pasillo. Angela nos siguió.

¿Se puede saber a qué ha venido eso? demandé en susurros indignados, señalando disimuladamente hacia el otro lado del pasillo, donde Jasper aguardaba.

Alice se cruzó de brazos y frunció el ceño, pero no parecía dispuesta a dar una explicación razonable a su actitud. Probablemente porque ni siquiera ella la tenía.

¿Qué ocurre, Alice? presioné, esforzándome por mantener controlado mi tono de voz; con una histérica teníamos más que suficiente.

Nada contestó ella, de forma huraña.

¿Nada? repetí, alzando las cejas. Acabas de mutar en una loca desquiciada. ¿Qué pasa contigo, Alice?

Nada.

Tomé aire profundamente mientras mentalmente contaba hasta diez. Alice continuaba ahí, de pie enfrente de mí, y con los brazos cruzados con fuerza a la altura de su pecho. Esa expresión petulante crispaba los rasgos de su rostro y, por más que busqué, no encontré ni el menor signo de arrepentimiento en su mueca.

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¿Qué ocurre, Alice? insistí de nuevo, en un susurro apenas audible.

¿La palabra nada, repetida tres veces, no te sugiere algo? saltó, dejando caer los brazos a sus costados.

repliqué rápidamente, volviendo a retomar los cuchicheos indignados. Que algo ha pasado y que no me lo quieres contar.

Perfecto, Bella. Veo que lo captas.

Sin añadir nada más, Alice se dio la vuelta y desapareció por las escaleras de emergencia.

Angela me dirigió una nueva mirada confusa, antes de seguirla ella también.

Me

quedé clavada en el pasillo, observando fijamente el punto por el que ambas acababan

de

desvanecerse. ¿Qué coño acababa de pasar? Alice era educada. Alice era adorable,

esbozaba sonrisas amables a diestro y siniestro y nunca, jamás, en ninguna circunstancia,

mostraba su temperamento. Al menos no delante de un cliente, muchos menos delante de

un desconocido como Jasper Hale.

Pero en aquel pasillo, Alice acababa de mutar en una versión horrorosa de mí misma y parecía tan dispuesta a lanzarse a la yugular de Jasper Hale como yo me sentía en presencia de Edward Cullen.

Arrugué ligeramente la frente, sumida en mis pensamientos caóticos, antes de caer en la cuenta de que el propio Jasper Hale, ese al que Alice parecía querer arrancar sus ojos, continuaba esperando por mí.

Tomé aire disimuladamente, borré mi expresión de absoluto estupor sustituyéndola por una mueca amable y me encaminé de nuevo hacia él.

Te pido disculpas, Jasper dije, en cuanto alcancé el otro lado del pasillo. Si tuviera una explicación razonable para lo que acaba de ocurrir te la daría, pero…

Dejé la frase en suspenso.

No te preocupes, Isabella aseguró con una gran sonrisa que parecía sincera. No me siento ofendido, en absoluto.

Deberías, murmuré para mis adentros, mientras le señalaba con la mano el camino hacia

mi despacho. Le observé por el rabillo del ojo al tiempo que caminábamos en silencio,

recorriendo el pasillo solitario. Puede que le recordara vagamente, quizás de aparecer en alguna que otra foto en los periódicos, acompañando a Edward Cullen. Pero aunque él también llevaba zapatos impecables y brillantes y un traje que parecía costar más que todo

mi armario al completo, su apariencia no podía distar más de la de Edward. Lucía una

sonrisa sincera que combinaba a la perfección con su mirada amable y se movía con gracia.

Escudriñé su rostro de nuevo en cuanto llegamos a mi despacho y él tomó asiento enfrente

de mí, al otro lado del pequeño escritorio. Su parecido físico con Rosalie era indudable,

pero esperaba que las similitudes no pasaran de ahí. No podría soportar otro controlador

exigente más a mi alrededor. Con Rosalie y Edward tenía más que suficiente.

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Edward me dijo que me haría llegar el contrato. Pensaba que discutiría las cláusulas con él en persona dije.

Me esforcé por no sonar grosera, no quería que Jasper Hale pensara que su visita me resultaba molesta. Más bien era todo lo contrario. En realidad, su presencia era como un soplo de aire fresco y el cambio de las miradas airadas y los comentarios crueles a las sonrisas amables y las frases educadas era más que bienvenido.

Jasper rió entre dientes mientras sacaba de nuevo los papeles del contrato y los dejaba sobre la mesa.

¿Y hacer él el trabajo sucio? Ni en broma. Además, entre tú y yo añadió, inclinándose ligeramente sobre la mesa en un gesto conspirador, Edward no tiene ni idea de contratos, por eso he tenido que encargarme yo de redactarlo. Aunque jamás admitiré haber dicho esto advirtió, guiñándome un ojo.

Una sonrisa espontánea se dibujó en mis labios. Definitivamente Rosalie se había quedado con todos los genes malos de los Hale.

¿Qué clase de abogado no tiene ni idea de contratos? pregunté, frunciendo el ceño.

El que prefiere ordenar y que otros hagan rió Jasper.

Hmm, sí. Ordenar y que otros trabajen para ti. ¿De qué me sonaba eso?

Tan sólo bromeaba aclaró Jasper rápidamente, al observar mi expresión crispada. Edward es un gran abogado, su ego está más que justificado. Pero redactar contratos no es lo suyo.

¿A qué se dedica exactamente?

La pregunta se escapó de mis labios de forma involuntaria, a pesar de que la respuesta no me importara lo más mínimo. No estaba interesada en conocer más detalles sobre la vida de Edward Cullen, me bastaba con tener que soportar casi a diario sus pésimos modales. Con su fría superficie tenía más que suficiente; lo de profundizar en su complicada mente se lo dejaba a otros.

A las cosas importantes. Asesora en compraventas de grandes empresas mi mueca de confusión debió de ser suficientemente elocuente, ya que Jasper se apresuró a aclarar sus palabras. Ya sabes, analiza las ofertas, aprieta las tuercas hasta que bajan el precio a cantidades irrisorias y, cuando caen en su trampa, firma el contrato.

Me lo podía imaginar. Sí, podía visualizarlo perfectamente en mi mente, en plena reunión de negocios, sentado en una cómoda butaca de cuero e intimidando a sus adversarios con sus miradas penetrantes, sus sonrisas crueles y sus comentarios cortantes, como un auténtico depredador.

Un escalofrío involuntario recorrió mi espalda. La visión era tremendamente… sexy.

No sigas por ese camino, Bella.

¿Te parece si empezamos? preguntó Jasper, devolviéndome a la realidad.

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Asentí rápidamente, tratando limpiar mi mente de cualquier pensamiento sobre idiotas arrogantes y demasiado atractivos.

¿Tienes alguna idea sobre leyes? quiso saber, esbozando una sonrisa curiosa.

Ni la más remota.

Jasper volvió a reír sin disimulo, pero no me sentí molesta. Había algo extraño en él que me hacía sentir inusualmente relajada en su presencia, a pesar de que acabara de conocerle.

Estupendo aseguró. Esto va a ser divertido, entonces.

Casi cuarenta minutos después, mi mente había alcanzado ya la irrefutable conclusión de que repasar contratos no era divertido. En absoluto. Más bien se trataba de una tarea tediosa, insoportable y que incitaba al suicidio. Esperaba que a Jasper le pagaran bien, porque no podía imaginarme haciendo aquello todos los días para el resto de mi vida.

Mi

boca se abrió en un bostezo involuntario cuando pasamos a la siguiente cláusula. Jasper

se

entretuvo un par de minutos explicándome en verdadero significado que se escondía

tras las enrevesadas palabras impresas en el papel. Alzó la mirada hacia mí, buscando mi conformidad, por lo que de nuevo volví a asentir con la cabeza. Estaba de acuerdo. Con esa cláusula y con las treinta anteriores. Más allá de las condiciones que Edward Cullen había impuesto, el contenido del contrato era más que aceptable, sobre todo en lo referente a los diez mil dólares de retribución. Aunque en el fondo sabía que todos aquellos buenos propósitos quedarían en papel mojado en cuanto tuviera que enfrentarme de nuevo a Edward Cullen. A él, a su carácter insoportable y a sus constantes exigencias a deshora.

Estaba a punto de suplicarle a Jasper una pequeña pausa cuando mis ojos se toparon con la última cláusula del contrato. La releí un par de veces, incapaz de creer lo que veían mis ojos. No podía ser cierto.

No podía ser cierto.

Alcé la mirada de nuevo hacia Jasper, lanzando al aire una pregunta muda.

Oh, sí. Era cierto. Su expresión de culpabilidad confirmaba que era jodidamente cierto.

¿Qué es esto? pregunté en un susurro crispado por la rabia que había comenzado a apoderarse de mí.

Jasper me lanzó una mirada cautelosa antes de responder.

La cláusula de confidencialidad.

¿La has redactado tú?

Ni siquiera sabía por qué había formulado aquella pregunta. Conocía la respuesta de

antemano.

Cuenta hasta diez, Bella.

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Esa en concreto no reveló Jasper, confirmando mis sospechas.

Uno. Dos. Siento impulsos homicidas.

¿Fue idea de Edward, entonces? proseguí con el interrogatorio, concentrándome para mantener mi voz controlada; Jasper no tenía porqué enfrentarse a mi lado histérico.

Tres. Cuatro. Dame paciencia, porque como me des fuerza…

Más bien una exigencia fue la críptica respuesta de Jasper.

Asentí con la cabeza en un movimiento brusco.

Cinco. Seis. Mañana vamos a salir en las noticias.

Jasper entoné y lo de mantener la voz controlada se estaba convirtiendo en una tarea imposible, ¿sabes si Edward está ahora mismo en su despacho?

Creo que sí. Tenía programada una reunión esta mañana, pero a estas horas ya habrá terminado.

Siete. Ocho. ¿Tengo algún objeto punzante a mano?

¿Y conoces el camino hasta la puerta?

Jasper asintió, sin atreverse a decir nada más.

Nueve. Diez. No importa, con las manos es suficiente.

Estupendo aseguré, mientras me levantaba y recogía mi bolso y mi abrigo, porque yo me voy ahora mismo a matar a tu amigo. Un placer haberte conocido, Jasper.

* * *

¡No puede entrar ahí! ¡El señor Cullen está reunido por videoconferencia!

Oh, por favor. Qué chica más poco imaginativa. ¿No era capaz de inventarse una excusa nueva para tratar de impedirme que irrumpiera en el despacho de Edward Cullen? La primera vez que trató de detenerme con el argumento de la reunión por videoconferencia, casi me lo trago. Pero tras escuchar la misma excusa en quince ocasiones diferentes, ni siquiera yo era tan ingenua como para creérmelo.

Detuve en seco mis pasos furiosos, únicamente para girarme hacia Tanya y dedicarle mi sonrisa más azucarada.

No te preocupes, Tanya hablé, y tan sólo mi mueca sonriente igualaba la falsedad que desprendía mi voz. Sólo voy a entrar ahí y estrangularle con mis propias manos. ¿Qué te parece?

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El rostro de Tanya se contorsionó en una mueca de horror. Me reí entre dientes, sumándole unos puntos más a mi apariencia de loca desquiciada, y sin esperar la respuesta de Tanya, me giré de nuevo y continué caminando hacia las dobles puertas de madera maciza que conducían al despacho de Edward Cullen. Ni siquiera llamé porque, en fin, iba a matarle, ¿qué importaban los buenos modales en un momento como aquel?

En cuanto empujé las puertas y me hice paso, comencé a vomitar palabras sin descansar ni siquiera para tomar aire.

¡Tú! Sabía que eras un arrogante insoportable y que nada ni nadie merece tu respeto, pero esto supera incluso la peor de tus maniobras. ¿Quién te crees que eres para humillarme así? ¡Maldito idiota! Puedes quedarte tus diez mil dólares. Haz lo que quieras con ellos. Como si te los metes por el c…

Cerré la boca inmediatamente en cuanto mis ojos se cruzaron con la persona que aguardaba en el interior del despacho. Había esperado un par de fríos ojos verdes, taladrándome sin piedad desde la gran butaca de cuero negro. Pero, en su lugar, me encontré con un desconocido de proporciones considerables, brazos del grosor de un par de columnas griegas y una mueca confusa.

No eres Edward musité, tras un par de segundos de silencio.

Una sonrisa divertida se dibujó en los labios del desconocido, que me observaba con genuina curiosidad.

No soy Edward confirmó, sin borrar su sonrisa. Afortunadamente.

Le observé en silencio, sin saber qué hacer a continuación. En fin, acababa de irrumpir en aquel despacho, gritando improperios como si hubiera perdido el sentido común. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Dejarle que me llevara hasta el manicomio más cercano sin oponer resistencia?

Me presentaría, pero temo que comiences a insultarme a gritos dijo, y su sonrisa socarrona indicaba que estaba bromeando.

Si no eres Edward Cullen puedes estar tranquilo.

No soy Edward, pero soy Cullen también. ¿Eso me hace blanco de tu ira? su sonrisa se transformó en una sonora carcajada. Me tendió la mano para que se la estrechara. Emmett Cullen, el hermano de Edward. ¿Y tú eres…? Aparte de una loca desquiciada, quiero decir.

Le observé con los ojos entornados, al tiempo que estrechaba su mano. No sabía que Edward tuviera un hermano. En realidad, no sabía nada de Edward Cullen. Excepto que su afición favorita parecía ser hacerme la vida imposible.

Isabella Swan me presenté.

Isabella, ¿eh? repitió, antes de reír entre dientes¿Eres otra de las esclavas de mi hermanito?

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Apreté los labios, tratando de esconder una sonrisa, mientras asentía con la cabeza. Ni yo misma lo hubiera definido mejor.

Me encargo de organizar su fiesta de Nochevieja.

¡Ah! exclamó Emmett y en sus labios se dibujó una sonrisa pícara. Qué grandes momentos nos han dado esas fiestas. Me acuerdo de la del año pasado. Conocí a una modelo, de esas que revolotean siempre alrededor de Edward; era rubia, despampanante y con un par de buenas…

¿Razones para invitarla a cenar?

Emmett y yo nos volvimos a un mismo tiempo hacia la puerta del despacho, desde donde Edward Cullen no observaba con una expresión indescifrable. Fijé mi mirada con determinación en sus ojos, obligándome a no deslizarla hacia el resto de su cuerpo. Prefería no deleitarme con lo bien que le quedaba el traje ese día y… hmm… esos pantalones tenían toda la pinta poder desabrocharse con demasiada facilidad.

Vista al frente, Bella.

Hermanito saludó Emmett, regalándole una mueca socarrona.

Emmett respondió Edward con frialdad, al tiempo que se encaminaba hacia su gran butaca de cuero; sólo cuando tomó asiento, se dignó a lanzarme una mirada de soslayo. Isabella.

Necesito que revises las condiciones que me ofrecen los Bears pidió Emmett, dejándose caer sobre el sofá situado en la esquina. Quieren que firme por tres temporadas más, pero…

¿Los Bears? interrumpí, frunciendo el ceño¿Eres jugador de los Chicago Bears?

Emmett me observó confuso.

Nena, soy la estrella de los Bears. ¿En qué mundo vives?

En uno en el que los jugadores de fútbol no son semidioses zanjó Edward de forma cortante. Dile a Jasper que se encargue de eso. Estoy demasiado ocupado.

¿Para qué quiero un hermano abogado si no está dispuesto a echarme una mano con mi contrato? insistió Emmett; a juzgar por la expresión de su rostro, totalmente relajada, no parecía en absoluto intimidado por la frialdad de su hermano.

Pídeselo a Jasper repitió Edward, con un tono que no dejaba lugar a réplica. Y ahora, si nos disculpas, Isabella y yo tenemos asuntos importantes que tratar.

Emmett refunfuñó unas cuantas palabras ininteligibles entre dientes pero, aún así, se levantó del sillón y se encaminó hacia la puerta. Al pasar por mi lado, susurró algo en mi oído.

Apriétale bien las tuercas y sácale de quicio. El mundo y yo te lo agradeceremos.

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Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios al escuchar sus palabras. Me sorprendió la familiaridad de su trato, pero no me sentí incómoda por ello. Hacía escasos segundos que le conocía y probablemente estaba sacando conclusiones precipitadas, pero Emmett me caía bien. Por lo visto, en el caso de los Cullen, al igual que ocurría con los Hale, uno de los dos hermanos se había llevado todos los genes buenos de la familia.

La mueca sonriente desapareció de mis labios en cuanto me di la vuelta para encarar de nuevo a Edward Cullen.

Creía que lo de los malos modales era un trato que reservabas únicamente para los desconocidos dije, con un aire de falsa indiferencia, pero ya veo que tu familia también está de suerte.

El trato que tenga con mi familia no es de tu incumbencia replicó Edward con brusquedad. ¿A qué has venido?

A matarte con mis propias manos.

Revolví entre mi bolso durante unos segundos, en busca del contrato.

¿Qué es esto? pregunté con la voz crispada por la tensión, al tiempo que dejaba caer el taco de papeles sobre su mesa.

Edward le echó un rápido vistazo antes de contestar.

Tu contrato.

¿Y esto? inquirí de nuevo, señalando con el dedo en el papel las palabras que me habían llevado hasta allí en un arrebato de furia.

Una cláusula de tu contrato respondió Edward, con voz calculadamente firme e impersonal.

—“La señorita Isabella Marie Swan se compromete a respetar el deber de confidencialidad, así como a no revelar ningún detalle, sea éste de tipo profesional, personal y/o sexual, de su relación con el señor Edward Anthony Cullen” —releí en voz alta; sentía los músculos de la cara tensos y mis manos se aferraron con más fuerza al papel conforme repetía aquellas palabras. Una cláusula de mi contrato, ¿eh?

Me incorporé y deslicé los papeles hacia él.

Más bien diría que es otro de tus intentos por humillarme.

Le observé, cómodamente recostado sobre su gran butaca de cuero negro, contemplándome con esa maldita expresión arrogante que parecía tatuada a fuego en su rostro. Hasta ese momento había logrado mantener mi temperamento bajo control, pero aquella visión fue demasiado. Entonces sentí la ira burbujear furiosamente en mi interior y estallé. De una vez por todas, estallé.

¿De qué coño vas? exclamé, cruzando los brazos con fuerza a la altura de mi pecho en un intento por ignorar las ganas que tenía de ceñir mis manos con fuerza en torno a su

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cuello¿Y quién te crees que soy yo? ¿Una cazafortunas que sólo busca echar un polvo para luego contárselo a todo el país desde una revista de cotilleos?

Sus ojos brillaron con cólera, pero mantuvo su postura inmóvil y su expresión impertérrita cuando abrió la boca para responder.

Lamento tu ignorancia, Isabella, pero deberías saber que las cláusulas de confidencialidad son muy habituales en cualquier tipo de contratos.

¿Ah, sí? pregunté, alzando las cejas con falsa incredulidad¿Les pides a todos tus clientes que no revelen detalles sexuales sobre tu relación con ellos? ¿Tu secretaria también tiene ese tipo de cláusula en su contrato? ¿O quizás les haces firmar un acuerdo de confidencialidad a todas las tías que te foll…?

Vigila tus palabras, Isabella.

Su voz resonó como el chasquido de un látigo en el silencio del despacho. Se levantó de su gran butaca y pude captar la irritación que irradiaban sus ojos y sus movimientos. Había escondido sus manos en los bolsillos de su pantalón, pero a través de la tela pude ver sus puños fuertemente apretados.

Sonreí complacida al comprobar que había logrado sacar a Edward Cullen de su zona segura, enfureciéndolo. Pero la mueca se quedó congelada en mis labios en cuando él rodeó su enorme escritorio con pasos lentos pero seguros, únicamente para colocarse delante de mí. Demasiado cerca. Demasiado cerca.

Deberías cuidar esa boca murmuró, y su tono grave y autoritario se coló por debajo de mi piel, erizándola. Y deberías dejar de sacar conclusiones precipitadas.

Desde aquella distancia, podía captar a la perfección su perfume. Cerré los ojos brevemente, esforzándome por mantener controlado el ritmo de mi respiración. La atmósfera entre los dos se había transformado en apenas un par de segundos y no sabía qué giro inesperado iba a tomar todo aquello.

¿Te molesta enfrentarte a la verdad? presioné, en un susurro apenas audible¿Te molesta que te llamen por lo que eres?

¿Qué soy exactamente?

Probablemente no debería decir en voz alta todo lo que pasaba por mi mente, sobre todo teniendo en cuenta que de Edward Cullen dependía mi sueldo. Pero, en fin, él había preguntado, ¿no?

Un déspota arrogante. Un tipo autoritario sin la menor consideración con los que le rodean. Alguien que se cree que todo y todos están aquí para complacerle. Alguien capaz de seducir a su subordinada para llevársela a la cama.

Aquello último no era cierto. Al menos no del todo. Puede que yo hubiera estado receptiva, ansiosa incluso, por irme a la cama con él. Y puede que en aquel preciso instante estuviera dispuesta a repetir la experiencia.

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Pero Edward Cullen no tenía porqué saberlo.

Sentí su risa sobre mi cuello y fue entonces cuando caí en la cuenta de que Edward había borrado la mínima distancia que nos separaba hasta ese momento. Sus labios se encontraban peligrosamente cerca de mi piel y su pecho rozaba el mío cada vez que tomaba aire.

Creo que acabamos de llegar a la raíz del problema susurró en mi oído, y su aliento acarició la piel sensible de mi cuello. ¿Quieres una repetición de aquella noche? su nariz trazó una línea invisible desde mi clavícula hasta mi mandíbula¿Es eso lo que quieres, Isabella?

Le hubiera contestado con una réplica mordaz. De verdad, tenía toda la intención de hacerlo. Quizás también de empujarle para obligarle a separarse de mí. Pero entonces la punta de su lengua acarició el lóbulo de mi oreja, justo antes de que sus dientes lo atraparan, y de repente me sentí incapaz de recordar lo que estaba a punto de hacer.

Puede que Edward Cullen fuera capaz de leer mi mente. O puede que simplemente fuera un capullo con demasiada experiencia, porque acababa de encontrar uno de mis puntos sensibles y ni siquiera había tenido que esforzarse para ello.

¿Qué hay de las condiciones? conseguí murmurar; mi respiración agitada complicaba seriamente aquello de hablar con serenidad.

Esto no es un probador ni una suite de hotel fue su única respuesta.

Apreté los labios con fuerza para reprimir un gemido. Su boca, recorriendo el camino inverso que había trazado, se deslizaba ahora por mi cuello hasta mi clavícula, saboreando y besando cada centímetro de piel que encontraba a su paso. Me sentía ligeramente mareada y quizás tenía mucho que ver el hecho de que había olvidado cómo se respiraba, por lo que tuve que aferrarme con fuerza a la mesa.

Cuidado, Isabella murmuró; sus labios estaban de nuevo susurrando palabras en mi oído y colocó sus manos sobre mis caderas. No queremos que te derritas aquí mismo.

Maldito capullo arrogante de boca y manos demasiado expertas.

Ya te gustaría alcancé a decir, mientras sus labios seguían recorriendo mi cuello.

Su risa, profunda y ronca, reverberó contra mi cuello y un escalofrío recorrió toda mi espalda cuando sentí su aliento, seguido de sus labios, sobre mi garganta. Apreté los dedos con fuerza, obligándome a mí misma a resistir el impulso de enterrarlos en su pelo.

Te detesto conseguí decir, con la respiración entrecortada, mordiéndome el labio para sofocar un nuevo gemido.

Sus labios se habían deslizado por mi garganta, dejando un rastro húmedo y mi piel erizada, hasta mi barbilla, y se encontraban ya peligrosamente cerca de mi boca. Acarició mis caderas una vez más, antes de aferrar mi cintura y colocarme sobre el gran escritorio, sin que yo fuera capaz de encontrar en mí la voluntad necesaria para oponerme.

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Dime algo que no sepa murmuró Edward, depositando suaves besos sobre mis mejillas y en la comisura de mi boca. O mejor aún, déjame recordar cómo se hacía esto.

Debería haber anticipado lo que venía a continuación, pero Edward me tomó por sorpresa. En cuanto sentí sus labios sobre mi boca, su aliento cálido y su lengua acariciando mi labio inferior, cualquier resquicio de sentido común que a esas alturas pudiera quedar en mí, me abandonó. Abrí mi boca, aunque sabía de antemano quién iba a llevar el control de los movimientos. Dejé que dominara el beso, que se inclinara sobre mí, con una mano aferrando firmemente mis caderas y la otra en mi espalda. Yo me conformé con rodear su cuello con mis brazos y, por fin, ceder a mis impulsos y enterrar mis dedos entre su pelo.

Sus movimientos se habían tornado bruscos y demandantes, tal y como los recordaba. Ya no quedaba rastro de los besos húmedos, de las palabras susurradas a media voz, ni de las caricias ligeras. Ahora era sólo Edward Cullen, en toda su gloria, y mis sentidos no parecían ser capaces de captar nada más que no fuera él. Le sentía en todas partes. Entre mis dedos, enterrados todavía en su cabello, en mi boca y en mi piel. Y aún así, no era suficiente. Separé las piernas para que se acomodara entre ellas, porque le necesitaba más cerca, pero seguía sin ser suficiente.

Edward rompió el beso, con la respiración agitada, pero sus labios se deslizaron inmediatamente hacia mi cuello y creo que incluso escuché como murmuraba un “joder” entrecortado.

—No puedes… no puedes hacer esto —jadeé.

Oh, joder. ¿Alguien podía desconectar mi conciencia de una vez? No la necesitaba para nada.

¿Por qué no? preguntó Edward, atrapando mis labios de nuevo entre los suyos en un beso breve pero intenso.

—Porque… porque… —farfullé, en busca de una respuestaeres mi jefe, yo te odio y tú no me soportas. Esto está muy mal. Jodidamente mal.

¿Por qué demonios mi boca seguía hablando, mascullando palabras sin sentido?

Puede ser convino Edward, aunque a juzgar por su expresión, no parecía importarle. Pero se siente jodidamente bien.

Se separó lo suficiente como para mirarme directamente a los ojos y esa maldita sonrisa torcida que me convertía en gelatina entre sus brazos se dibujó lentamente en sus labios, mientras sus manos se deslizaban desde mis caderas hasta mis piernas, trazando un camino tortuoso y lento.

Observé el movimiento de sus manos y, en cuanto alcanzaron el bajo de mi falda, levanté la mirada de nuevo hacia él. En apenas un par de segundos, la atmósfera había vuelto a cambiar radicalmente.

¿Qué crees que estás haciendo? musité, en cuanto caí en la cuenta de lo que estaba a punto de suceder.

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Me sentía mareada, como si acabara de despertar de un sueño particularmente real. Y bueno. Muy bueno.

Puede que la voz de mi conciencia hubiera logrado finalmente abrirse camino entre mis hormonas alborotadas. O puede que simplemente el estar fuera del alcance de sus labios me permitiera pensar de nuevo con claridad. Pero una cosa era besarse en su despacho. Y otra muy diferente dejar que metiera sus manos debajo de mi falsa e hiciera conmigo lo que quisiera. Todavía me quedaba algo de dignidad.

Poca, pero algo.

Edward me ignoró, acercándose de nuevo a mí para besarme. Le dejé porque… bueno, porque el muy imbécil lo hacía demasiado bien.

¿Qué crees tú que estoy haciendo? conforme hablaba.

masculló, y sus labios acariciaron los míos

Para entonces, sus manos habían alcanzado ya mis piernas. Subió mi falda unos cuantos centímetros para acariciar mi piel en movimientos circulares, sin apartar sus ojos de mí en ningún momento. Ahora o nunca, me gritaba mi parte racional. Si le dejaba continuar, si permitía que sus manos prosiguieran su camino, estaba perdida.

En un movimiento impulsivo, cerré mis piernas. Edward pareció captar el significado a la primera, porque detuvo sus caricias y apoyó sus manos, ahora cerradas en puños, sobre el escritorio, a ambos lados de mi cuerpo.

No dije, y mi voz sonó mucho más clara y firme de lo que había esperado.

Edward enarcó una ceja en un gesto que pretendía ser arrogante, pero no se me escapó que lo que crispaba su rostro era en realidad irritación.

¿No? repitió.

Exactamente. Comprendo tu confusión, no debes de estar acostumbrado a escuchar esa palabra en boca de una mujer, pero, ¿ves mis piernas cerradas? pregunté, señalándolas— En realidad quieren decir “en tus sueños, Cullen”.

Reprimí una sonrisilla de satisfacción al observar cómo la expresión arrogante desaparecía de su rostro, sustituida por una mueca irritada. Había recuperado el control sobre mi cuerpo y, con sus manos y su boca lejos de mí, odiarle había vuelto a ser una tarea deliciosamente fácil.

Bien respondió él, reincorporándose.

Fue mi turno de alzar las cejas, sorprendida por su reacción.

¿Bien? repetí.

Había esperado un poco más de oposición por su parte. Algo de insistencia, un gruñido molesto o una frase hiriente. Una sonrisa torcida de esas que hacía desaparecer mi ropa interior, quizás.

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Sí, bien. De hecho, estupendo. Jodidamente estupendo, Isabella aseguró, recuperando sus ademanes bruscos y su voz fría y cortante, además de sus palabras malsonantes, esas que sólo utilizaba cuando estaba excitado o… monumentalmente cabreado—. Precisamente hoy no tenemos tiempo que perder.

Esquivé hábilmente el doble significado hiriente que ocultaba su último comentario. ¿Enrollarse conmigo en su despacho era perder el tiempo? No lo parecía segundos antes, cuando se había empeñado en meter sus manos debajo de mi falda.

¿Qué quieres decir?

Tú y yo hoy tenemos muchas cosas que hacer dijo, señalándome. Empezando por ir a elegir un anillo de compromiso.

Un momento. ¿Un anillo de compromiso?

¿Qué coño…?

Ya sé que te acabo de rechazar y que ha debido de ser muy duro para ti, Edward, pero no es necesario. No soy de esas aseguré, antes de aclarar. Ya sabes, de las que necesitan casarse antes de irse a la cama con un hombre.

Lo sé, Isabella. Pude comprobarlo hace meses contraatacó él. Y lamento tener que herir tus sentimientos, pero el anillo no es para ti, sino para mi futura prometida.

Por un momento, creí haberme imaginado sus palabras. Edward Cullen no podía tener una futura prometida. Para eso primero había que tener una relación con alguien. Y para eso no podía ir enrollándose con sus subordinadas a la mínima oportunidad.

¿Tu futura prometida?

Edward me lanzó una mirada fría antes de responder.

Rosalie Hale.

MISTER CAPULLO SEDUCTOR

por Bars

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