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Dra. Claudia Gilman (UBA/CONICET) Casa de las Américas. Un esplendor en dos tiempos (1960-1971).En Carlos Altamirano (dir.) Historia de los intelectuales en América Latina, Buenos Aires, Katz Editores, vol. 2, 2010.

Casa de las Américas entre 1960 y 1971. Un esplendor en dos tiempos

Revista bimestral aparecida en julio de 1960, Casa de las Américas, (1960- )

es el órgano de la institución cultural del mismo nombre, creada en 1959 y dirigida por Haydée Santamaría, esposa del Ministro de Educación, Armando Hart, heroína del Moncada y fidelista ferviente hasta su muerte. Actualmente y desde 1986, la dirige Roberto Fernández Retamar, quien salvo un brevísimo período fue, desde 1965, también director de la revista. La saludable existencia de que gozan institución, revista y premio (ver más adelante) impide una valoración o descripción definitiva. No sólo por la ley que impone la inconclusión de lo todavía vivo sino, muy especialmente, por la enorme cantidad de correspondencia aun inédita conservada en los archivos de la institución. Como los vínculos de muchos intelectuales entre sí y con la Casa de las Américas se tramitaron de manera epistolar y privada, será muy interesante el día que se conozca, como lo demuestran los casos en que la revista dio a conocer algunos fragmentos. La institución Casa de las Américas surgió como una necesidad cultural de intercambio con los gobiernos de América Latina. Debido a que casi todos los gobiernos del continente habían roto relaciones diplomáticas con Cuba, la institución tuvo que crear los mecanismos para seguir existiendo pese al aislamiento. Debe reconocerse la velocidad de reflejos y la identificación de los intelectuales y artistas como interlocutores ideales (mucho mejores que los gobiernos) como promotores sinceros de lo que fue la Revolución Cubana en su momento. Tanto la revista como el premio fueron extraordinarias armas contra el bloqueo: no sólo lo neutralizaron desde el punto de vista cultural; lo convirtieron

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en un argumento de legitimación para reclutar letrados con aspiraciones revolucionarias. Fue el más sonoro llamado de reunión para los intelectuales en un período en que éstos se consideraron actores principales de la política. En ese contexto la institución convocó, en octubre de 1959, su primer concurso literario anual. Y la revista y el premio fueron realimentándose mutuamente. La casa como “sede” se fabricaba en el día a día del encuentro intelectual en La Habana, en la circulación de discursos diversos y en el entusiasmo que contagiaba a los presentes, que a su vez ampliaban ese entusiasmo por medio de artículos y arengas. Y desde la sede, por medio de la palabra de sus miembros dispersos, se configuraron las Américas que dan sentido al título. La Casa de las Américas fue un centro gravitatorio crucial para la generación y consolidación de la red letrada latinoamericana de los años sesenta y setenta. El viaje a La Habana para participar como jurado del concurso trenzó fuertes relaciones entre los intelectuales invitados a la isla; soldó alianzas, discursos, programas y configuró un “nosotros” que transformó gradualmente la revista al tiempo que contribuyó a transformar, en un proceso dialéctico, la misma red que se constituía a partir de la sociabilidad y los encuentros en Cuba. Conforme se extendía el número de visitantes, invitados de invitados, Casa de las Américas fue convirtiéndose en una revista político-cultural modelo, por su mensaje revolucionario innovador, la modernidad de su diseño, el prestigio de sus colaboradores. La mayoría de los autores que escribieron en un comienzo en Casa de las Américas procedían de las revistas Ciclón y Lunes de Revolución, suplemento semanal del diario Revolución, fundado por Carlos Franqui en 1959 y que dejaría de salir, no sin discusiones, en noviembre de 1961. Las firmas más

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habituales de esa época eran entre otras, las de Antón Arrufat, José Triana, Calvert Casey, Pablo Armando Fernández, Virgilio Piñera, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, Rogelio Llopis. En los comienzos, la revista no tenía, no lograba o no quería expresar un programa claro. Esa reticencia era lógica, teniendo en cuenta los vaivenes políticos del proceso revolucionario, en esa etapa inicial, de tanteo, de optimismo, en una coyuntura delicada, difícil y convulsa: la invasión a Bahía de Cochinos, la asunción del marxismo-leninismo como doctrina de gobierno, la crisis de los misiles, la crítica al sectarismo, los debates entre intelectuales y políticos, el primer congreso de escritores y artistas, entre otras vicisitudes. En la memoria reciente de Casa de las Américas, pesaba también el temor por el pésimo final de la relación entre artistas y gobiernos en los países socialistas. El optimismo era directamente proporcional a la incertidumbre de cómo se lograrían otros resultados: “Los cambios que la Revolución ha llevado a cabo en nuestra vida social y personal encontrarán en una forma u otra expresión a través de todo artista genuino: esperamos que nuestros creadores tengan la profundidad y la vitalidad de nuestra revolución. No sé cómo se expresará la Revolución: pero se expresará”. El tono era unánime aunque esta vez firmaba Edmundo Desnoes

(136).

Por su mayor visibilidad, muchos estudiosos tienden a considerar a Casa de las Américas como representante de un discurso cultural cubano que sería “homogéneo”. Lejos de eso, Casa de las Américas es uno de los muchos actores y no la representación de su conjunto, por otra parte, nada armónico. Como explica Luisa Campuzano (2001: 39) la multiplicación de revistas y magazines literarios que se produce en Cuba durante los primeros años de la Revolución y el clima polémico, en gran medida heredado de polarizaciones y tomas de

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posición previas a 1959, en que se somete a revisión la cultura nacional prerrevolucionaria, la relación del escritor y el artista con la sociedad, las distintas corrientes del pensamiento marxista, arrastran a Casa de las Américas, en sus primeros números, a participar en el debate. Casa de las Américas se esforzó por no ser oficial mientras pudo. Lo que la hizo tan atractiva no fue que canalizara el discurso revolucionario estatal (la revista oficial de expresión cultural de la dirigencia en la voz de los intelectuales fue La Gaceta de Cuba) sino que no lo hiciera en términos estatales o que durante buena parte de su existencia lo que la caracterizó fueron resistencias para hacerlo. Para decirlo de manera algo brutal: lo que parecía ser, más allá de las necesidades del gobierno, la razón de ser de Casa de las Américas era opuesta a la de muchos que, desde el gobierno o fuera de él, preferían que el estado se ocupara totalmente del arte. Como un actor específico, se opuso a otros actores e instituciones del universo cultural estrictamente cubano que no lograron, a diferencia de Casa de las Américas, la adhesión generalizada de los intelectuales que despertarían el entusiasmo de la crítica y el público en el continente. Su posición puede resumirse en la defensa del arte moderno, la cualidad epistemológica de la crítica, la no necesariedad de vincular la posición revolucionaria con una determinada temática o técnica compositiva, el valor de un arte innovador y especialmente, su temor a que en Cuba se repitiera la historia del arte soviético. La sede de la Casa fue escenario de la primera gran discusión sobre arte y revolución entre grupos antagónicos. Allí debatieron inicialmente los representantes de Lunes de Revolución y los del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). El ICAIC, que controlaba la exhibición de películas, incluso en las salas no pertenecientes al Estado, negó el permiso de

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exhibición al cortometraje P. M., (un ejercicio de free cinema que mostraba la noche habanera mientras Cuba se defendía de la invasión norteamericana) y las protestas por esa negativa condujeron a una reunión en la Casa de las Américas en la cual se enfrentaron ambos bandos. Tan difícil de dirimir se hizo la cuestión que terminó por recabar el juicio de las más altas autoridades políticas y la cita fue trasladada a la Biblioteca Nacional. La revista no batalló de manera intolerante. Muchas veces encontró suficiente espacio como para transcribir opiniones con las que el lector deduce que no está de acuerdo, como el texto completo del discurso pronunciado por Nicolás Guillén en el Primer Congreso de Escritores, de clara impronta comunista, donde se sugiere que para escribir hay que ver y vivir “en una granja del pueblo, una cooperativa de consumo” o “tocar con nuestras manos la piel sudorosa de los trabajadores de las minas”. La extrema amplitud temática de las primeras entregas también testimonia de su vocación mediadora: Thoreau, Cervantes, Shakespeare, Benjamin Péret, Esteban Echeverría, Ionesco, Macedonio Fernández, Shakespeare, Edward Albee, Scott Fitzgerald son autores que poco tienen que ver con su objetivo manifiesto en la contratapa del número 4 de “servir a todos los pueblos del continente en su lucha por la libertad”. De buena voluntad parece ser su ambición de recuperar para lo americano autores, temas, obras y problemas de la América del Norte (la poesía beatnik, los novelistas, los negros, los escritores negros) y tal vez estratégica su decisión de que no era obligatorio responder a lo “actual”, excepto cuando los acontecimientos lo exigían (el número 6 estuvo dedicado completamente a la invasión norteamericana en Playa Girón, el número 8 al Congreso de Escritores y Artistas, por ejemplo). Estratégicos también pudieron ser sus silencios: en la nota

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panorámica sobre el cine realizada en 1961, no se menciona ni siquiera la existencia de P.M., la peliculita culpable, como llamó Cabrera Infante (1992a:

62) al corto que codirigió su hermano. En ese contexto no debió ser fácil hacer prosperar una publicación cuyo propósito era representar, en el interior del mundo letrado nacional, una tendencia a favor de la autonomía del arte y los artistas y, hacia afuera, un discurso que mostrara lo que la mayoría de los intelectuales deseaba encontrar en una revista cubana.

El factor Rama

La revista fue convirtiéndose en la publicación “orgánica” de un frente letrado latinoamericano (que a la vez se creó en ella) que se nucleó en torno a Cuba para defender la Revolución. Eso significaba también apuntalar el ideal de que podía celebrarse una revolución que no se enfrentaría al arte y los artistas, como lo había hecho la de octubre de 1917. Casa de las Américas se valió mucho de la colaboración de aliados no cubanos para sostener su prédica. Así, mientras Julio Cortázar (11-12) sostenía que en tanto acto libre dentro de la revolución, la decisión de escribir literatura fantástica o psicológica era un acto revolucionario, Mirta Aguirre, desde Cuba socialista, recomendaba a los artistas el dominio teórico del materialismo dialéctico e histórico para hacer del arte un verdadero instrumento marxista para la derrota del idealismo filosófico. La incorporación de nuevos colaboradores latinoamericanos (muchos de los cuales en ese momento estaban adquiriendo protagonismo propio (Cortázar, Fuentes, Rama, Viñas, Vargas Llosa, Carballo, Dalton, Depestre, entre otros) y la de europeos consagrados (Calvino, Robbe-

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Grillet, Goytisolo, entre otros) contribuyó a legitimar el ideario estético y la condena al dirigismo que caracterizaba a Casa de las Américas. Al comentar Maestra voluntaria, la novela premiada en 1962, J. M. López Valdizón autorizaba su muy negativo juicio informando que Juan Goytisolo no había votado a favor de ese “reportaje de escasa calidad literaria” en el que el lector no encontraría ni ficción ni belleza.Del mismo modo, el peso de los grandes nombres ayudó a explicar que se podía ser un gran artista de izquierda como Italo Calvino, cuya novela fantástica era, para Rogelio Llopis, una prueba, entre las muchas existentes, de la eficacia total a que puede llegar un narrador marxista valido de medios expresivos que en nada se parecen a los preconizados por el realismo socialista”. La campaña de Casa de las Américas tocó a reunión a comienzos de 1962, cuando en el número 10, con un cambio de formato, llamó a “intensificar los vínculos y las relaciones con nuestros hermanos del Continentey en el siguiente (11-12) solicitó colaboraciones de todas partes del continente. La respuesta fue clamorosa. Para 1964 Casa era el lugar donde sacó patente de existencia la nueva novela latinoamericana. Una increíble y rápida transformación para una revista que apenas poco antes publicaba en sus páginas a uno de sus principales detractores, Manuel Pedro González. Para haber logrado esa transformación en tan poco tiempo, Casa de las Américas contó con la laboriosidad de Ángel Rama, director de las páginas literarias del semanario uruguayo Marcha y fiel transcriptor en la cultura de las convicciones del fundador Carlos Quijano. Rama tuvo una influencia capital entre 1961 (fecha de su primer viaje a Cuba) y 1964/65. Redactó el editorial del número 2 y el famoso número 26, un hito de la revista cubana --“donde se articula y consagra, simultáneamente, la

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aparición del hecho literario más importante del continente: la nueva novela latinoamericana” (Campuzano (2001:42)-- estuvo a su cargo. Además de ser el principal difusor de Casa de las Américas fuera de Cuba, fue uno de sus principales hacedores. Con justicia recuerda Fernández Retamar (1993: 49) que hasta 1965 fue Rama y no él quien “tenía estrechísimos nexos con la Casa de las Américas” y “mantenía ya con la institución una intensa correspondencia” que versaba sobre “graves cuestiones ideológicas, culturales y políticas, pero también sobre mil detalles prácticos… planes editoriales, ventas de libros y revistas, intelectuales que debía ser invitados”. Rama estuvo muy presente desde los inicios de la revista, convirtiéndose, probablemente con el aval de la prestigiosa Marcha, en una autoridad para la concepción intelectual que sintonizaba muy bien con los lineamientos o expectativas representados en Casa de las Américas por los discursos terceristas en el campo del arte. Es más, Rama llegó a poner en paralelo Marcha y Casa. No publicó en ese tándem artículos sin importancia. Algunos de los que se publicaron entre 1961 y 1966 en ambas revistas fueron los de Paul Baran sobre el intelectual, los de Alain Robbe-Grillet y José Goytisolo sobre las relaciones entre literatura y política, los textos de José Pedro Díaz o la encuesta de Carlos Núñez sobre el papel de los intelectuales en los movimientos de liberación nacional. Con su constante interés por Boris Pasternak, Isaac Babel, Josef Brodski, Iuli Daniel y Andrei Siniavski, Rama reivindicaba valores que eran una tradición de Marcha, una revista de izquierda que defendía la autonomía de los intelectuales y artistas, sin tener miedo de ser confundida con la “prensa imperialista”. El semanario denunció las posiciones de Moscú contra Prokofiev, Shostakovich y Kachaturian por sus perversiones formalistas, falta de orientación realista o influencias burguesas.

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Es desde Marcha donde Rama opera sobre Casa: se inquieta o se alegra por lo mismo que los responsables de Casa (a diferencia de otros grupos del debate doméstico). Escribe que Cuba es la verdadera promesa de futuro pero no deja de preocuparse por la falta de autonomía de las universidades (1961a), las acusaciones de decadentismo contra el nuevo cine occidental (1961b), el hecho de que, entre los libros que circulaban en Cuba hubiera una “pesada selección de literatura soviéticaque iba del tolerable Ostrovski a los muy prescindibles títulos de Polevoi” (1961c). Y, tres meses después del cierre de Lunes de Revolución, por razones que Rama debía conocer, escribió: “La mejor literatura actual se conoce a través de las ediciones R que asegura el diario Revolución, reemplazando así en escasa parte el excelente suplemento literario Lunes de Revolución que dejara de aparecer, lamentablemente, hace unos tres meses. En torno a ese periódico los jóvenes novelistas y la vanguardia artística de Cuba correspondiente a esa generación iberoamericana del año 1950, comenzó a dar a conocer las primeras versiones de una literatura de tema revolucionario” (1961d). Los responsables de entonces de Casa de las Américas (y puede que otros artistas también) probablemente pensaban igual que Rama en 1961. Pero en 1965, la nueva mención (y alabanza) del discutido suplemento y sus autores era casi un desafío a las nuevas y definitivas evaluaciones sobre el tema. Sí, en 1965 Rama se atrevió a afirmar nuevamente que el cierre de Lunes había sido un error. Verdad que lo juzgó razonable porque, como escribió, las revoluciones eran movimientos sociales que avanzaban en terra incognita. Pero su apuesta era aún más riesgosa: el contexto de su mención a Lunes era una nota sobre el premio Biblioteca Breve otorgado a Guillermo Cabrera Infante. Para entonces, Cabrera Infante ya se había alejado de la Revolución aunque

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todavía no había roto estrepitosamente con ella (Sierra). El escritor mismo confiesa que su departamento había sido centro de reunión de intelectuales díscolos (1992b: 47) y que le había dicho a todo el que quisiera oírlo, que en Cuba no se podía escribir… (1992c:28) El gesto era provocador. No sólo elogiaba a Cabrera Infante sino que extendía el elogio a toda su generación de autores cubanos, crecidos bajo Batista

“que tanto aportó a la revolución” realizando tareas tan importantes como la desprovincialización de la cultura (un verdadero ideal para el crítico uruguayo), la incorporación de la literatura a la verdadera vida nacional dentro de coordenadas estéticas modernas, la “culturalización del país, estableciendo contacto con las masas populares y rompiendo con el estereotipo del realismo socialista”. Y no podía alegar que era simplemente un “canal” de información ya que

a) conocía secretos de la premiación (“dos que votaron a favor del premio a Cabrera fueron Barral y Vargas Llosa”),

b) publicaba en Marcha el fragmento de una obra cuyo manuscrito premiado en 1964 con el título Vista del amanecer en el trópico estaba en poder del editor desde 1962 y que nunca llegó a publicarse (lo que habla de su decisión periodística) y

c) hasta parecía tener acceso a una hemeroteca o una buena colección de revistas viejas para citar, por ejemplo, la declaración del editorial de Lunes de Revolución cuando Playa Girón, unos años antes (“Puede que algún lunes, nuestro Lunes no llegue a nuestros lectores, porque todos nosotros estemos defendiendo la patria, la tierra, el honor, la vida…”)

Y

remataba

con

un

fuerte

sermón:

“no

10

hay

nada

tan

penoso

como

la

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incondicionalidad de los intelectuales respecto del régimen”. También la apelación al despertar latinoamericano y el tono de esa apelación, que serían tan emblemáticos de Casa de las Américas se gestaría primero que en ninguna otra publicación en la Marcha de Rama. No se ha subrayado lo suficiente cuán cerca está, incluso, del ademán de Fidel Castro, la evocación martiana tanto en la gran imagen del Apóstol que ilustra el semanario como en el título del artículo consagrado a la nueva cultura en proceso de consolidación: “La siesta subtropical parece haber terminado. Nuevas fuerzas la están agitando. Latinoamérica entra en escena. Las transformaciones sociales, políticas o económicas que acechan, inminentes a Nuestra América son simultáneas con las que corresponden al orden de la cultura” (1961e). Todo esto revela hasta qué punto la influencia de Rama caló en Casa de las Américas. Recién se podrá ponderar cabalmente su protagonismo cuando se conozca toda su correspondencia.

Intelectuales y Tercer Mundo

Para Rafael Rojas (176), con la instauración, en 1965, del régimen de partido único se generó un conflicto de lealtades entre Fidel y el Partido y, en ese contexto, para sobrevivir en la cima de la pirámide revolucionaria los intelectuales se vieron obligados a expresar una lealtad bifronte: al Partido y a Fidel. Esa opción dejaba fuera de juego a fidelistas no comunistas. Esta circunstancia podría explicar la salida de Antón Arrufat y el ingreso de Roberto Fernández Retamar como director de Casa de las Américas. A decir verdad, la publicación venía funcionando sin el cargo de director desde que Santamaría lo dejó (en el número

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17-18, de marzo-junio de 1963) aunque en verdad nunca se había ocupado de las tareas editoriales. Pese a que entre sus muchos cargos (responsable, secretario (con Fausto Masó), único secretario, integrante del consejo de redacción, jefe de redacción) nunca figuró como director, suele atribuirse a Arrufat la responsabilidad editorial de la revista hasta 1965. Luego, su posición, al igual que la de otros intelectuales vinculados con la revista Lunes de Revolución fue objeto de una revisión negativa. Para Lisandro Otero representaban a “los escritores vacilantes que se dejaron ganar por el temor” y “se alejaron de la posiciones revolucionarias a las que se acercaban” a raíz de los debates que se habían iniciado cuando, en 1961, el desarrollo del sectarismo generó el temor de que se reprodujeran en Cuba las experiencias dogmáticas de otros países socialistas. Para Retamar (1967), Lunes de Revolución expresaba un momento de exaltación precrítica, de confusión ideológica, en el que todavía faltaba la manera de expresar la adhesión de la revolución cubana al socialismo. La modificación no se limitó al recambio de nombres y el regreso de un cargo en la primera página de la revista. El consejo de redacción fue reemplazado por un amplio comité de colaboración con fuerte presencia latinoamericana (integrado por René Depestre, Lisandro Otero, Roque Dalton, Mario Vargas Llosa, Edmundo Desnoes, David Viñas, Ambrosio Fornet, Jorge Zalamea) que, como reconoció Rama (1971) cuando se anunció su disolución, en 1971, “aunque oficialmente era de colaboración fungía como comité de redacción, responsable de la política y la orientación de la revista”. Internacionalmente, en ese mismo momento la historia ingresaba en otra fase, una en la que se intensificó el sentimiento de odio para la potencia que atacaba Vietnam, intervenía en Santo Domingo y había decidido neutralizar a los

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intelectuales revoltosos del continente. A fines de la II Guerra Mundial los Estados Unidos habían creado el Congreso por la libertad de la cultura para contrarrestar la influencia soviética. El organismo estaba a cargo, durante la Guerra Fría, de elaborar una ideología anticomunista aceptable en Europa, tanto por la derecha conservadora como por la izquierda socialista y reformista. Contaba con varias revistas en diversas lenguas para hacer llegar su mensaje. Cuadernos era la que se dirigía a los lectores de lengua española. Pero sus redactores eran más eficaces para detectar y denunciar enemigos que para registrar tendencias ideológicas y culturales. De lo contrario no se explica cómo, ya en 1960, alertaban contra la revolución cubana pero hasta enero de 1964 continuaban afirmando que la novela no era “planta literaria apta para aclimatarse en Latinoamérica” (De Undurraga: 62) Sus posiciones políticas y su discurso cultural tan anémico y fuera de actualidad no podían estar más alejados del universo de preocupaciones de los letrados latinoamericanos a quienes, se suponía, Cuadernos deseaba convencer. Unos letrados cada vez más convencidos de que sus actos eran importantes y a los que, subestimándolos en exceso, se describía como víctimas de un espejismo que se aferraban a la creencia de que el régimen castrista era sólo un nacionalismo más o menos radical, que ignoraban que Cuba era un satélite de la Rusia soviética y de la China roja y que estaba dominada por el terror y la demagogia, como afirmaban los representantes de las asociaciones iberoamericanas de la institución. Con diagnósticos tan antagónicos respecto de lo que era la creencia hegemónica de los intelectuales “encandilados” no podía esperarse mucho para el futuro de la revista Cuadernos, que se despidió de sus lectores en agosto de 1965. Pero los defensores de la “libertad” no se rendirían tan rápidamente. Para

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ese momento, ya se hablaba de una nueva publicación, esta vez modernizada, para asegurarse la llegada a los inquietos intelectuales latinoamericanos: se trataba de la revista Mundo Nuevo, a cargo de Emir Rodríguez Monegal. Era esperable que un producto avalado por el Congreso por la libertad de la cultura no sería particularmente un aliado para Casa de las Américas y sus colaboradores del continente. En uno de los muchos intentos por crear una comunidad latinoamericana de escritores, se realizó en Génova, en 1965 un encuentro auspiciado por el Columbianum, una institución de la democracia cristiana italiana. Ángel Rama le tomó la delantera a Monegal, también presente en Génova y advirtió a la delegación cubana del proyecto y las razones del surgimiento de la nueva revista. Otro fenómeno que marca un nuevo momento de Casa de las Américas en el período que se inicia en 1965 es el crecimiento del apoyo latinoamericano y también la gestación de una aspiración tercermundista. Cuando los EE.UU. bombardearon Vietnam del Norte, el 7 de febrero de 1965, no solamente refrendaron su tradicional política imperial sino que la ejercieron de manera provocadora. La resistencia de los vietnamitas demostraba que las guerras de liberación no eran imposibles y para toda una franja de la izquierda revolucionaria que no se reconocía en las posiciones de Pekín ni de Moscú y que no quería renunciar al socialismo, los cubanos (junto con los vietnamitas y los coreanos) por la valerosa actitud asumida en la lucha internacional se convirtieron en un modelo y polo de atracción (Karol: 321-336). La fuerza del mensaje Tricontinental hizo que 1966 fuera declarado “Año de la solidaridad” y que se celebrara, en La Habana, la primera conferencia de solidaridad de los pueblos de Asia, África y América Latina. En esta segunda etapa, Casa de las Américas se convirtió en la vidriera

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simultánea de la red latinoamericana de letrados y la exaltación de las revoluciones por venir, tomando como modelo la cubana. A partir de 1965, y con énfasis creciente, la revista estuvo tomada por una extraña obsesión temática y valorativamente bipolar: la misión del intelectual y sus relaciones con la dirigencia política. El antagonismo de las posiciones y el hecho de que se inscribieran todas en la revista son síntomas de que el debate la atravesaba. Compárense, por ejemplo, afirmaciones como la que postulaba a) que el creador artístico debía contribuir a la formación cultural de los miembros del partido e inclusive hacer que el secretario de organización del comité central, por ejemplo, se entusiasmara con San Juan de la Cruz, Henri Michaux o Saint John Perse.” (Dalton, 1963)

b) que la indocilidad del intelectual no sólo cabía perfectamente dentro de la revolución sino que la hacía viva, más sensible, más creadora. (Benedetti,

1968)

c) o la que sugería que el respeto a la libertad de creación y la comprensión

de que el arma del arte no podía sustituir al arte de las armas era el mejor antídoto de la impaciencia subjetivista y voluntarista de la vanguardia política (Sánchez Vásquez, “Vanguardia artística y vanguardia política”) con los anatemas contra los “escritores-fiscales de la vida pública que daban lecciones a los partidos políticos, a las organizaciones gremiales y a los ejércitos, que por creerse fuente de algún poder independiente poseían espíritu de secta. Y que deberían, en cambio verse como hijos de un pueblo de analfabetos y descalzos, tuberculosos y humillados, que comenzando por reconocerse feos de todas partes, sabían que habían entrado, a través de la transformación histórica revolucionaria, en la vía que le permitiría obtener, por medio del trabajo

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liberado (y hombro con hombro con todos los miembros de la sociedad), la realización de su integralidad humana en el más alto nivel de su tiempo. (Dalton,

1969)

Pero por encima de las opiniones individuales, Casa apostó claramente por ese último discurso cuando decidió publicar, con el título “Diez años de revolución: el intelectual y la sociedad”, la transcripción de una mesa redonda que ni siquiera se había llevado a cabo en la institución (con la participación de Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, Edmundo Desnoes, el uruguayo Carlos María Gutiérrez, el salvadoreño Roque Dalton y el haitiano René Depestre) y en la que sacó patente “revolucionaria” el más intransigente antiintelectualismo. En resumen, las conclusiones que pueden extraerse de esa discusión indicaban que sólo podía considerarse intelectual revolucionario quien aceptara la superioridad de la dirigencia política, esa que, como dijo Gutiérrez “sin saber mucho de literatura, de pintura o de música, llega en el instante histórico a plantear las soluciones culturales que corresponden realmente a las necesidades de una revolución socialista” (16). Ese tipo de opiniones fueron las que prosperaron. La guerra de posiciones se inclinó para el bando antiintelectualista y pocos actores culturales pudieron resistirse a la hegemonía de esa posición. En este clima se desarrollaría el “caso Padilla” (del cual el caso mismo no es sino una conflagración entre otras, sin duda la más memorable). En el discurso de clausura del Primer Congreso Nacional de Educacion y Cultura (en el que se decidieron medidas represivas y se consideró que, en cuestión de arte revolucionario debería empezarse desde cero) Fidel Castro se expresó de manera muy agresiva contra los intelectuales que hasta el momento habían venido a apoyar a Cuba y rompió la alianza que los vinculaba con su

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Revolución. Era natural que ese mismo año de 1971 se disolviera el comité de colaboración de Casa de las Américas, otro símbolo del derrumbe del gran momento de la relación de los intelectuales “extranjeros” con la revolución cubana. ¿Las causas de la disolución? Según resumía el editorial del número 65- 66, la lucha por la cultura propia de los países latinoamericanos había sido tarea cardinal de la Casa de las Américas y desde luego, de su revista y también había implicado una discusión viva con quienes habían querido servir de caballo de Troya de la penetración imperialista o con quienes no entendían debidamente nuestra responsabilidad en el proceso revolucionario. Esas discusiones llegaron incluso al seno mismo del que fuera comité de colaboración de nuestra revista por una amplia lista de colaboradores, que permitiría seguir contando con los integrantes del antiguo comité de inequívoca posición revolucionaria (la gran mayoría), incorporar nuevos nombres valiosos, y también, llegado el caso, prescindir de aquellos que se habían manifestado incapaces de mantenerse leales a los principios revolucionarios. A partir de 1971 comienza en Cuba el período conocido como “Quinquenio gris”, tal como lo bautizó Ambrosio Fornet. En ese momento la revista (pero no sólo ella) perdió su característico espacio de autonomía y se plegó a las exigencias de una voz oficial, también producto de un proceso contradictorio. El actual director de la institución reconoce que “Casa fue una revista capital en la década de los 60” pero critica que se haya dicho mucho menos que “siguió siéndolo en la de los 70, la de los 80 y lo que va de los 90” (Sarusky: 146). Una posible explicación debería comenzar por interrogarse hasta qué punto el menor interés que ha despertado el análisis de la revista en otros períodos no se debe a

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