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intervención intervención

PsicOsOcial PsicOsOcial

Prevención selectiva Del cOnsUMO De DrOgas

Para niñOs/as y aDOlescentes en vUlnerabiliDaD sOcial

PsicOsOcial Prevención selectiva Del cOnsUMO De DrOgas Para niñOs/as y aDOlescentes en vUlnerabiliDaD sOcial

INTERVENCIÓN

PSICOSOCIAL

PREVENCIÓN SELECTIVA DEL CONSUMO DE DROgAS

PARA NIñOS/AS y ADOLESCENTES EN VULNERAbILIDAD SOCIAL

PSICOSOCIAL PREVENCIÓN SELECTIVA DEL CONSUMO DE DROgAS PARA NIñOS/AS y ADOLESCENTES EN VULNERAbILIDAD SOCIAL

ÁREA TÉCNICA EN PREVENCIÓN

PROGRAMA DE MARGINALIDAD

CONACE NACIONAL

Ministerio del interior, Consejo Nacional Para el Control de Estupefacientes, CONACE. Santiago, diciembre de 2005

ISBN: 956-7808-55-4

En la elaboración de este documento, se agradece la colaboración de:

- El Servicio Nacional de Menores (SENAME) a través del Departamento de Protección de Derechos (DEPRODE) y el Departamento de Responsabilidad Juvenil (DEDEREJ).

- A los equipos de profesionales de ONG’s, COSAM’s e instituciones que trabajan en esta temática a lo largo del país.

í n d i c e

ÍNDICE

I n t e r v e n c I ó n

P s I c o s o c I a l

INTRODUCCIÓN

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ANTECEDENTES

Vulnerabilidad social y consumo de drogas Consumo de drogas, deserción escolar y delincuencia

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MARCO CONCEPTUAL

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Infancia y adolescencia en vulnerabilidad social

Selectividad vs universalidad

Exclusión y vulnerabilidad social Criterios que definen vulnerabilidad social

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Enfoques teóricos que fundamentan el modelo de intervención

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Enfoque de derechos en las políticas sociales Enfoque de desarrollo y modelo de competencias Teoría del apego Enfoque de la resiliencia

Enfoque de factores protectores y de riesgo de consumo de drogas Vulnerabilidad y factores protectores

a) Vulnerabilidad clínica

b) Relación entre vulnerabilidad y factores protectores

Población objetivo

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PERFIL DE LOS NIÑOS/AS Y ADOLESCENTES EN VULNERABILIDAD SOCIAL

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Niños/as y adolescentes DE la calle Niños/as y adolescentes EN la calle Perfiles de heterogeneidad en población en vulnerabilidad social

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DIFERENCIACIÓN DEL PERFIL SEGÚN NIVEL DE COMPLEJIDAD

Indicadores de riesgo Indicadores de daño psicosocial

CRITERIOS ORIENTADORES DEL PROGRAMA 5 Globalidad 5 Integralidad 5 Proactividad 6 Continuidad 7 Abordaje
CRITERIOS ORIENTADORES DEL PROGRAMA
5
Globalidad
5
Integralidad
5
Proactividad
6
Continuidad
7
Abordaje específico del consumo de drogas
Intersectorialidad y redes
Territorialidad
7
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MODELO DE INTERVENCIÓN PSICOSOCIAL
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Propósito y objetivos
Propósito general
Objetivo general
Objetivos específicos
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Instalación territorial y diagnóstico comunal
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Proceso de intervención psicosocial
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Diagnóstico integral: diagnóstico psicosocial
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a) Diagnóstico del grupo intervenido
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b) Diagnóstico del niño/a y adolescente
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c) Diagnóstico familiar
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d) Diagnóstico del entorno
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e) Conclusión diagnóstica y pronóstico
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Plan de Intervención psicosocial individual
50
Elaboración del PII
51
Ejes transversales de la intervención psicosocial con el sujeto
5
a) Vínculo
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b) Desarrollo socioemocional y tareas evolutivas
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c) Inserción social
62
d) Intervención con la familia y/o adulto significativo
66
e) Reparación
69
f) Intervención con el entorno comunitario y las redes
69
g) Abordaje del consumo de drogas
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Ejes de la intervención integral del tratamiento de drogas
75
a) Desarrollo socio-emocional y tareas evolutivas
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b) Inserción social
77
c) Reparación del daño psicosocial
78
d) Abordaje de drogas
81
Tratamiento clínico en drogas:Articulación modalidad psicosocial y
modalidad de tratamiento ambulatorio-comunitaria
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e)
Familia
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Evaluación del egreso de la intervención psicosocial
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I n t e r v e n c I ó n

P s I c o s o c I a l

AUTOCUIDADO DEL EQUIPO

 

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Funcionamiento del equipo Dinámicas relacionales al interior del equipo Dinámicas relacionales con redes externas

 

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Árbol de decisiones frente a situaciones emergentes o de crisis Revisión desde la vivencia personal Espacios estructurados de cuidado del equipo y personales de autocuidado Espacios de asesoría y/o capacitaciones Aspectos administrativos y financieros

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ANEXOS

 

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Anexo 1: Síntesis ejes de intervención integral según modalidad:

 
 

actividades y prestaciones

 

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Anexo 2: Instrumentos: sospecha diagnóstica y confirmación diagnóstica Sospecha diagnóstica

 

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Confirmación diagnóstica

 

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Anexo 3: Instrumentos para la intervención Ficha de diagnóstico integral Plan de intervención individual

 

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NOTAS

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BIBLIOGRAFÍA

 

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P s I c o s o c I a l

inTRO dUcciÓ n

INTRODUCCIÓN

D esde el año 2002, el Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes (CONACE) viene desarro- llando un trabajo específico para la prevención y tratamiento del consumo de drogas en niños, niñas y

adolescentes en situación de vulnerabilidad social, los que, por sus condiciones de vida, están más expues- tos.

La desescolarización y también la denominada “pre-deserción”, es decir, aquella caracterizada por repiten- cias, alto ausentismo, problemas de rendimiento y conductuales y, finalmente, el fracaso escolar, determi- nan que los programas de prevención de drogas que impulsa CONACE al interior del sistema escolar no lleguen hasta ellos.

De esta forma, la modalidad de intervención psicosocial para esta población surge a partir de uno de los objetivos de la Estrategia Nacional de Drogas (200-2008), el que apunta a disminuir el consumo de dro- gas en la población infantoadolescente en vulnerabilidad social (de mediana y alta complejidad), entendida como aquella población que se encuentra débilmente vinculada o desvinculada de los sistemas formales de educación o trabajo, y cuyos lazos familiares son débiles o inexistentes.

Se hace necesario, por tanto, el desarrollo de un modelo de intervención que permita llegar precozmente

a ella; que considere sus características evolutivas, de historia de calle y vulnerabilidad social, y que apunte

a re-insertar a los niños, niñas y adolescentes a la comunidad, a restituir sus derechos de ciudadanos y

a ofrecerles oportunidades para un desarrollo integral y pro-social, proceso dentro del cual se realiza la intervención del consumo de drogas.

La situación de marginalidad y exclusión que viven estos niños y adolescentes hace que la gran mayoría de ellos permanezca invisibilizado, sin acceder a las ofertas públicas hacia las cuales experimenta descon- fianza, o no posee de ellas un conocimiento útil. Por ello, se requiere especial preocupación por focalizar las estrategias de intervención para esta población, superando las dificultades de acceso y motivación que puedan presentar.

Este tipo de intervención se denomina prevención selectiva, ya que se dirige a un segmento de población concreto, que por características personales, del entorno social, familiar, sociocultural y de relación, está expuesto a diversos factores de riesgo capaces de generar problemas con las drogas, entendiendo por esto, que es un sector de adolescentes con posibilidades de que el consumo de drogas se haga crónico. Se habla de prevención selectiva, ya que se “selecciona” un colectivo de niños/as y adolescentes, especialmen- te vulnerables y, por tanto, susceptibles de mayor riesgo.

Esta estrategia se orienta en la perspectiva de la detección e intervención temprana, es decir, busca actuar antes de que el problema llegue a ser más complejo, cuestión indispensable para impedir que el proceso de exclusión adquiera mayor gravedad, y en la tarea de revertir la situación de desinstitucionalización en la que viven estos niños, niñas y adolescentes (escolar, social, etc). Esto, ya que el tiempo en que se prolonga la exclusión y vida de calle constituye un factor que agrava el riesgo y la vulnerabilidad, facilita la aparición de daños psicosociales: drogas, violencia y transgresión, comportamiento sexual irreflexivo y sin protección, explotación sexual comercial, etc.

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En este contexto, el año 2002 se inician cinco experiencias pilotos de intervención con esta población (2 en RM, 1 en la Quinta, 1 en al primera y 1 en la novena región), permitiendo con estas experiencias avanzar en la formulación de un modelo de intervención psicosocial cada vez más efectivo. Los años 2004 y 2005 se extiende este programa a todas las regiones, financiándose 18 proyectos de intervención a lo largo del país, con mesas técnicas articuladas de diferentes ofertas especializadas (SENAME, Salud, Municipio, etc.), permi- tiendo avanzar en la construcción de redes locales que permitan ir ofreciendo respuestas más integrales y adecuadas a los requerimientos específicos de esta población. Es así como durante el año 2005, 100 niños, niñas y adolescentes en vulnerabilidad social fueron atendidos por diversos equipos psicosociales que tra- bajan en diferentes ONGs del país, financiados mediante un fondo de proyectos impulsado por CONACE, cuyo objetivo es prevenir el consumo y abuso de drogas y favorecer procesos de inserción social.

El presente documento reúne los principales aprendizajes de la práctica logrados por estos equipos de profesionales que trabajan actualmente con estos niños, niñas y adolescentes en vulnerabilidad social, aunando criterios teóricos y definiendo los principales lineamientos técnicos por tomar en cuenta en la implementación de la intervención.

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P s I c o s o c I a l

AnTecedenTeS

ANTECEDENTES

Vulnerabilidad social y consumo de drogas

L os niños, niñas y adolescentes que viven en familias con un elevado índice de conflictividad entre los padres, que tienen malas relaciones familiares y escasa disciplina o cuyos padres tienen problemas con el consumo de drogas o de alcohol, son los que corren mayor riesgo de consumir drogas. Los niños, niñas

y adolescentes sin hogar, los que han sido expulsados del colegio o los que han dejado de acudir a él, los adolescentes en conflicto con la ley o los que han pasado reiteradamente por programas SENAME, corren un mayor riesgo de experimentar con drogas a una edad temprana y de tener problemas relacionados con el consumo. Estos factores están muy enlazados entre sí y forman, en realidad, una red de causas.

entre sí y forman, en realidad, una red de causas. Las cifras son indicativas de este

Las cifras son indicativas de este mayor consumo en sectores de alta vulnerabilidad social, el que se ve

agravado por el predominio del uso de pasta base y de los inhalantes, es decir, de drogas de más alto poder adictivo y causantes de daños de mayor gravedad en las esferas psíquica y somática. La información entre- gada por las instituciones colaboradoras de la Red SENAME confirma estas apreciaciones. Si se considera

a los niños y niñas que ingresan a la red de Protección, la cifra que se refiere a quienes mantienen algún tipo de consumo, en la mayoría de los casos desde un consumo abusivo a franca adicción, es elevada y preocupante (Guendel 2002) 1 .

Es en estos niños/as y adolescentes abandonados, aquellos desprovistos de lazos familiares, y cuya vida transcurre en la calle, en quienes estas drogas (PBC, solventes) tienen mayor presencia y son de más difícil erradicación, no solo por ser más accesibles por el precio, sino también por ser mejores “satisfactores” de las necesidades insatisfechas de esta población, cuestión que, sin duda, debe ser considerada al momento de diseñar estos programas de intervención.

Antecedentes obtenidos en los distintos centros administrados directamente por el SENAME señalan que un alto porcentaje de niños, niñas y adolescentes presentan consumo de drogas 2 . Se trata, específicamente, de un problema de policonsumo, y entre las drogas más recurrentes se encuentran la marihuana, la pasta base, el neoprén y la cocaína, además del alcohol y del tabaco.

Respecto a la deserción como factor de vulnerabilidad social, el V Estudio Nacional del CONACE sobre consumo de Drogas en la Población General manifiesta que los menores de entre 12 y 18 años que se retiran del sistema escolar tienen prevalencias de consumo de drogas inusualmente altas. El grupo de de- sertores escolares (menores que trabajan o buscan trabajo) registra la mayor tasa nacional de consumo de marihuana, cifra que bordea el 25%, y también están ampliamente expuestos al uso de pasta base y cocaína. La diferencia entre permanecer en el colegio o retirarse tempranamente eleva las prevalencias en

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cinco veces, tanto en el caso de la marihuana como en el de la cocaína. Es decir, niños, niñas y adolescentes que se encuentran escolarizados, consumen cinco veces menos que aquellos que no asisten a la escuela regularmente (CONACE 200) .

En el caso de adolescentes imputados como infractores de ley, el consumo de drogas alcanza cifras e impacto extraordinariamente mayores. Una investigación realizada en población SENAME confirma esta gravedad al mostrar que en los jóvenes cuya causal de ingreso es la infracción de la ley penal,“los antece- dentes de consumo de drogas lícitas e ilícitas están presentes en casi todos los casos” (Guendel 2002).

La investigación muestra que si bien la marihuana está presente en todos los grupos entrevistados, ella constituye una especie de droga “transversal”, sin un perfil claro del consumidor y que además es conside- rada por todos como de baja toxicidad y de efecto más bien lúdico. El problema se encuentra radicado en el consumo de pasta base (PBC) y solventes (SKOPUS, 2002).

Hallazgos semejantes se encuentran en el Informe sobre una evaluación del Programa de Libertad Asistida (Milán, 2001) 4 de la Fundación DEM, donde se atiende a adolescentes de entre 12 y 18 años derivados por los Tribunales de Menores. En dicho informe se indica que de los 91 casos que egresaron el año 2000, el 7,62% (67 casos) lo hizo por consumo de sustancias. Es decir, “al ingreso al plan de atención, casi las tres cuartas partes del grupo presentaba consumo de tóxicos”, y la mayoría correspondía a policonsumo

(46,26%).

Respecto a la magnitud del problema de los niños en situación de calle, actualmente es difícil establecer la magnitud del fenómeno de los niños de y en la calle debido a que, en general, no se cuenta con datos

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AnTecedenTeS

ni cifras que ayuden a ello. SENAME es una de las pocas instituciones públicas que posee un sistema de registro de las atenciones brindadas a los niños/as en esta situación. Así, el registro actual del sistema de atención del SENAME, que incluye sus propios centros y los de las instituciones privadas a las que subven- ciona, indica un total de 6.592 niños, niñas y adolescentes vinculados a situaciones de vida en la calle, lo que representa el 11,6 % de la población vigente de la red del Servicio. La división por sexo es de 9,7% femenino y 60, % masculino (SENAME 2002).

Al realizar una revisión exhaustiva de la información disponible acerca de cuántos son los niños, niñas y adolescentes en vulnerabilidad social, se encuentran datos fragmentados en diversos estudios, y según el perfil del problema principal que presentan, se encuentran magnitudes distintas. Existen alrededor de 107.409 niños que no estudian; sin embargo, se requiere hacer un análisis más fino del fenómeno de la deserción, separando edades, motivos, territorios, etc. Luego, también existen estudios que identifican a la población trabajadora (gran heterogeneidad), población atendida en Red de Infractores de ley, población atendida en Red de protección, víctimas de explotación comercial sexual infantil, niños en situación de calle que representan distintos fenómenos sociales, aun cuando relacionados son diferentes en su especificidad. Los datos que se presentan a continuación nos permiten dar una mirada cuantitativa a los niños, niñas y adolescentes que se mueven en un contexto de vulnerabilidad social. Aunque esta información es aún insuficiente para la planificación de una política pública dirigida a esta población, al menos permite tener una dimensión de la gran magnitud de este problema en la actualidad.

Desertores:

CASEN 200

=

107.409 no estudian (6-17 años).

Población SENAME (vigentes al 31 de diciembre del 2004 5 )

- Total niños/as, adolescentes y jóvenes vigentes año 2004

= 69.256

- Niños/as y adolescentes atendidos en ámbito de protección de derechos

= 63.633

- Jóvenes inculpados de infringir ley penal

= 5.632

- Niños/as, adolescentes y jóvenes registrados por el sistema de estar en situación de calle = 6.592 6

Estudios específicos:

Datos Universidad Arcis (200),“Estudio sobre la explotación sexual comercial infantil y adolescente en Chile”, estimación nacional.

3.719 niños/as

Datos Prodeni (200),“Estudio sobre magnitud de Niños y Niñas de la Calle” (“caletas”), estimación nacional.

1.039 niños/as

Datos OIT-MINTRAB/INE/Sename (200) “Trabajo infantil y adolescente en cifras. Síntesis de la primera encuesta nacional y registro de sus peores formas”, niños trabajadores de 5 a 17 años.

107.676 niños/as

Datos Mideplan (2005),“Catastro personas en situación de calle”, estimación nacional de niños/as en situación de calle al momento de catastro.

632 niños/as

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Consumo de drogas, deserción escolar y delincuencia

Expertos en el tema de las conductas delincuenciales, ubican al consumo de drogas como uno de los factores de riesgo social que se encuentran en la base de estos comportamientos, pudiendo afirmarse que la dependencia del consumo, cuando ello ocurre en el mundo de la marginalidad y exclusión social, puede constituirse en una combinación de elementos que sitúen con facilidad a los sujetos en el camino de los conflictos con la justicia. Se describen condiciones propias del consumo dependiente (especialmente tratándose de pasta base o solventes), tales como la desinhibición de la conducta, la agresividad y las reac- ciones desesperadas por la necesidad de adquirir la droga. A ello se agrega el contacto con los traficantes, lo que lleva a la convivencia cotidiana con el mundo ilícito, los códigos éticos alternativos y la resolución violenta de los conflictos.

Los niños y niñas de y en la calle suelen ser relacionados con los temas de seguridad a partir de la posibi- lidad de que se involucren, en la actualidad o en el futuro, en conductas constitutivas de delito. Una visión menos tradicional es ver en estos adolescentes justamente lo opuesto: víctimas de delitos cometidos por adultos y por adolescentes en similares condiciones a las de ellos.

En efecto, según los datos de la Encuesta Nacional de Seguridad Ciudadana, los jóvenes (en general) son una de las principales víctimas de la delincuencia, con 1% de victimización (M. del Interior, 200) 7 .

Asimismo, los niños y niñas son victimizados en el ámbito de la violencia intrafamiliar. Estudios cualitativos, como el Mapa de la Violencia de la Población Santa Adriana (Universidad Alberto Hurtado 2004), señalan

que la violencia intrafamiliar contra los niños es validada y usada con suma frecuencia. Esta situación es rati- ficada por las cifras de UNICEF, que indican que para el año 2002 el 70% de los adolescentes que cursaban

8 o básico en Chile habían sufrido algún tipo de violencia de sus familiares directos en el último año.

Una investigación de victimización de la Fundación Paz Ciudadana de 2004 muestra que 10% de niños/as de entre 7 y 10 años y 12,4% de entre 12 y 18 acusa maltrato físico en el hogar. En tanto, de la población total SENAME vigente a Dic. 2004, el 7,2% acusa algún tipo de maltrato físico, sea leve, menos grave o grave, mientras el 6,1% acusa algún tipo de abuso sexual, el 16,7% es víctima de negligencia física y el 12% observa maltrato psicológico y violencia intrafamiliar.

Si esto es así para la población general, no parece aventurado suponer que es aún más válido para el segmento de niños y niñas en situación de calle, puesto que ellos tienen menos acceso a los sistemas de protección (familia, escuela, policía, etc.). Sin embargo, estos datos tienden a invisibilizarse frente a la parti- cipación de jóvenes y adolescentes en hechos delictuales. Esto a pesar de que, en términos porcentuales, la participación de los jóvenes y adolescentes es minoritaria en los delitos de mayor connotación social (DMCS). Las cifras oficiales arrojan que el aumento de participación de jóvenes y adolescentes en estos delitos es de 45% para el período de 1999 a 2004 (M. del Interior, 200). Es decir, un aumento de menos de 10% al año en promedio.

La existencia de niños y niñas de la calle tiene dos tipos de consecuencias que repercuten en la seguridad ciudadana. En primer lugar, los grupos que transitan y se concentran en ciertos puntos de la ciudad y que aportan a la sensación de inseguridad que perciben muchos de los vecinos de esos sectores. El segundo se

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relaciona con pequeños delitos, estrategias de sobrevivencia que pueden ser señales del comienzo de una carrera delictual. Se los acusa de delincuentes, lanzas, drogadictos y de prostitución. Más impactante resulta saber que muchas veces estas sospechas pueden ser ciertas.

Por ello, al mejorar las alternativas de desarrollo de los niños y niñas de la calle, se actúa indirectamente en la prevención social, ya que se disminuyen los factores de riesgo vinculados a la emergencia de carreras delictuales. La reescolarización puede detener procesos en marcha o evitar que comiencen procesos de socialización delictual que están altamente presentes en la calle. A la vez, mejora las condiciones para que esos niños y niñas puedan aprovechar las oportunidades sociales de mejor manera en el futuro.

Todos estos datos no hacen sino confirmar que los niños/as en situación de calle son tanto víctimas como victimarios, sin olvidar que se trata de sujetos de derecho. Por ello, son sujetos de focalización de la polí- tica pública, no porque sean los responsables de los problemas de seguridad, sino porque son ciudadanos a los que el Estado debe proteger en forma especial. Se trata de un grupo más vulnerable que el resto de la sociedad debido a los problemas propios de una situación que no eligieron y de la que no son respon- sables.

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MARcO cO ncePTUAL

MARCO CONCEPTUAL

Infancia y adolescencia en vulnerabilidad social

L os derechos humanos de los niños/as y adolescentes, reconocidos por la inmensa mayoría de los estados a partir de la Convención Internacional por los Derechos de la Infancia, son universales y su puesta en

práctica, por lo tanto, debiera ser también producto de políticas universales. Sin embargo, no ocurre así. Las marcadas diferencias socioeconómicas y la gran desigualdad en la distribución del ingreso que persisten en los llamados países del Tercer Mundo, incluidos aquellos llamados “en transición a la modernidad”, como es el caso de Chile, determinan que, al interior de los sectores que viven en la pobreza y extrema pobreza, se den grupos en los que se acumulan condiciones de vulnerabilidad y menor resistencia a los riesgos, hacia los que corresponde orientar intervenciones especificas y focalizadas.

La Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de Noviembre de 1989, consagra, entre otros, el derecho de los niños a la Educación y el deber de los Estados a asegurar por lo menos la educación primaria. Los artículos 28 y 29 de dicha convención entregan los ele- mentos que facilitarían el cumplimiento progresivo, y en condiciones de igualdad de oportunidades, de dicho derecho. El Estado de Chile firmó y suscribió la Convención en enero de 1990, al igual que ambas cámaras del Congreso Nacional. La Convención de Derechos del Niño (CDN) abarca todos los aspectos de la vida del niño y enfatiza el hecho que los niños y niñas son sujetos de derecho. Este instrumento es de cumplimiento obligatorio y ha sido ratificado por 191 países, lo que los convierte en garantes de estos derechos.

En el documento de la “Política Nacional y Plan de Acción Integrado a Favor de la Infancia y Adolescencia 2001-2010” (Mideplan, 2000) 8 se describen los desafíos que debe resolver el modelo de gestión de la política nacional a favor de la infancia y la adolescencia. Al referirse a la equidad dice:“las acciones que se emprendan en el marco de esta política deben buscar compensar y corregir las exclusiones y desigualdades en las diversas dimensiones en las que estas se expresan: económica, de género, territorial, sociocultural, entregando un trato preferente a los niños, niñas y adolescentes que vivan estas situaciones”.

Dichas ideas son reforzadas cuando se refiere al desafío de la pertinencia afirmando que: “se requieren estrategias de intervención pertinentes a las necesidades de los niños en cada una de sus etapas de desa- rrollo y a las particularidades de la realidad económica, social, cultural y geográfica en que ellos se desen- vuelven y desarrollan” (MIDEPLAN; 2000).

Selectividad vs. universalidad

Uno de los criterios a considerar al momento de desarrollar políticas referidas a estos grupos es la foca- lización. Al demandar enfoques selectivos para una población gravemente vulnerada, no se trata de retro- ceder al modelo tutelar, ya superado. De lo que se trata es de afirmar legal y culturalmente el principio del reconocimiento de todos los derechos expresados en la Convención Internacional Por los Derechos de la Infancia, considerando, al mismo tiempo, los medios necesarios para darles real y justa efectividad.

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Es con este objetivo que se plantea la necesidad de combinar las intervenciones universales con las selec- tivas, estas últimas siempre transitando entre lo propiamente preventivo y lo reparatorio o terapéutico.

Ahora bien, en relación con lo expuesto, afirmamos que las condiciones de riesgo o vulnerabilidad descri- tas determinan que, para esta población, las políticas universales no resultan suficientes y no responden a las características y necesidades que muestra, por lo cual se requiere poner en marcha programas inno- vadores, que se orienten a través de estrategias específicas y pertinentes y que sean capaces de ofrecer aquellas oportunidades que las condiciones de vida en la exclusión social le negaron.

las condiciones de vida en la exclusión social le negaron. En relación con un enfoque selectivo

En relación con un enfoque selectivo para esta población, la política de drogas de España reconoce que “existe un número relevante de meno- res en los que el consumo de drogas aparece asociado a determinadas condiciones o circunstancias sociales y familiares que los sitúan en una situación de especial vulnerabilidad o riesgo de desarrollar conductas de abuso y/o dependencia a drogas. Algunas motivaciones se relacionan con problemas personales y familiares, y también, ausentismo y bajo rendi- miento escolar” (Arbex, C., 2001) 9 .

En este sentido, la autora define la prevención selectiva como “los pro- gramas que van dirigidos a un segmento de población concreto que por características personales, de entorno social, familiar, socio-cultural y de relación, se halla expuesto a diversos factores de riesgo capaces de ge- nerar problemas relacionados con las drogas, entendiendo por esto que es un sector de adolescentes con posibilidades de que el consumo de drogas se cronifique como tal. Se habla de prevención selectiva, ya que en ellos se “selecciona” un colectivo de niños/as y adolescentes especialmente vulnerables y por tanto susceptibles de mayor riesgo” 10 .

Ella menciona programas muy específicos, tales como los dirigidos a hijos de alcohólicos, de toxicómanos o a adolescentes con problemas con la justicia, y también a grupos más amplios, como los que viven en entornos de alto riesgo: extrema pobreza, desarraigo social, alto índice de delincuencia, o pertenecen a familias multiproblemáticas.

Por otra parte, en una reciente comunicación del Observatorio Europeo de Drogas, este enfoque aparece ampliamente desarrollado. Se apunta a la necesidad de reconocer la existencia de una población joven más vulnerable, razón por la que corre un riesgo mayor de convertirse en consumidores problemáticos, y a las insuficiencias observadas en las actuales políticas preventivas de tipo universal en sectores juveniles que están afectados por un conjunto de factores de riesgo, por lo que postula la necesidad de reconocer que los programas generales existentes, habitualmente en el ámbito escolar, no desempeñan un papel relevante en la prevención del consumo de drogas en este grupo de jóvenes, ya sea porque se encuentran fuera del sistema escolar o porque no prestan atención a esos programas generales al no responder a sus necesi- dades concretas.

Así, comienza a fortalecerse la necesidad de la complementariedad de las estrategias generales, con inter- venciones selectivas que estén dirigidas a responder a las necesidades de los grupos más vulnerables.

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P s I c o s o c I a l

MARcO cO ncePTUAL

Exclusión y vulnerabilidad social

De acuerdo con Fergusson et al. (1994), existe una creciente evidencia en torno a la asociación que se presenta entre problemas conductuales y de salud mental en la adolescencia y las características de la in- fancia, la familia y el estilo parental.A su vez, señalan, se ha podido observar que los niños y niñas que están en mayor situación de riesgo son aquellos que se ven enfrentados a una acumulación de circunstancias adversas, tales como dificultades económicas, situación de pobreza, enfermedad mental de alguno de los padres, prácticas de crianza inconducentes a su desarrollo, o bien, abuso y conflictos familiares. Según estos autores, aquellos niños y niñas que se encontraban dentro del 5% más pobre de la población tenían una probabilidad cien veces mayor de llegar a ser adolescentes con problemas múltiples. Sameroff et al. (1987 en Bradley et al., 1994) han mostrado evidencias empíricas en la dirección de que el nivel socioeconómico bajo va acompañado frecuentemente con una proliferación de riesgos en los planos psicológico y social. Agregan que es la acumulación de estos factores la que produce morbilidad en una variedad de dominios.

La problemática de la exclusión y las nuevas vulnerabilidades, fenómenos ambos que están presentes en América Latina, no sólo se asocian a la pobreza en un continente que ha centrado casi todos los esfuerzos de sus políticas sociales primordialmente en la superación de la pobreza. El color también segrega y exclu- ye, el género discrimina y margina, como también la edad o el lugar de residencia. Los accesos al trabajo ya no están garantizados por el nivel educacional en un complejo mundo laboral que absorbe y expulsa a su fuerza de trabajo por efectos cíclicos de la economía mundial.

Los barrios marginales, situándonos en el contexto de las ciudades son, en general, periféricos y de difícil acceso. Son sectores invisibles para los centros modernos de las ciudades. El estigma del que son víctimas encasilla y transforma estos lugares en espacios simbólicamente amurallados (Vicherat, 2000) 11 que cons- tituyen un límite claro entre quienes forman parte y son beneficiarios de la modernidad (los incluidos) y aquellos que están excluidos de ésta.

La exclusión social, que en su concepción original sólo hacía referencia a los desempleados y carentes de seguro social, se ha ampliado a nuevas formas de pobreza y desventaja social. Hoy está más asociada con

el quiebre o inexistencia de los vínculos que unen al individuo con la sociedad y que le dan pertenencia e

identidad en relación a ella.

En este sentido, resulta de interés el documento de la investigadora de la UNAM Alicia Ziccardi 12 (1997), que alude al contexto de los cambios propios de la modernidad tardía y a una globalización que segmenta

y polariza la sociedad al incorporar ciertos sectores de la población en la economía, la cultura y la tec-

nología internacionalizada, mientras excluye a otros para acceder a estas dimensiones (Ziccardi, 1997). Es por ello que se afirma que la exclusión no hace referencia sólo a privaciones materiales, sino también a una débil o fragmentada cohesión social, postulándose que “a partir de esta concepción, se establece una nueva forma de diferenciación social, ahora entre los que están “dentro” (incluidos) y los que están “fuera” (excluidos)” 1 .

Estrechamente ligado a esta nueva conceptualización de la exclusión social está la de vulnerabilidad o ries- go social, conceptos utilizados indistintamente, y que muestran un verdadero traslape con el de exclusión social.

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La autora, al aludir a los diferentes campos en que se manifiesta y se autorreproduce

La autora, al aludir a los diferentes campos en que se manifiesta y se autorreproduce la exclusión (analfa- betismo, pobreza, aislamiento, discriminación), afirma que todos ellos son considerados “factores de riesgo social”, y que cualquier política sectorial de protección ante el riesgo social deberá integrarse a acciones sociales que no sólo enfrenten la pobreza sino también la exclusión.

Ahora bien, este concepto de vulnerabilidad social, que toma cuerpo a fines de los años 90, y es tributario tanto del concepto de marginalidad como del de exclusión social, tiene como efecto ampliar la mirada en el tema de la pobreza, incorporándole las dimensiones psicosociales, educacionales y familiares, enrique- ciendo, de este modo, los análisis de los sistemas de desigualdad y desventaja social.

Ahora bien, reconociendo que la vulnerabilidad de sujetos y colectivos es una noción multidimensional que se manifiesta de variadas formas, en el caso de la población infantoadolescente a la que nos referimos podemos afirmar que en ella, al hablar de vulnerabilidad, estamos aludiendo a condiciones sociales que dejan a los sujetos en situación de fragilidad, desamparo e indefensión.

Otra diferenciación interesante es la que se hace en un reciente documento editado por el Fondo de Solidaridad e Inversión Social (FOSIS) (Gacitúa E., et al 2000). En él se diferencia a ciertos grupos en la sociedad que son más vulnerables a impactos inesperados que amenazan su subsistencia de aquellos otros grupos que viven un estado de empobrecimiento crónico, se mantienen desprotegidos y sufren en primera línea los efectos de las crisis financieras globales.Y es a los hijos de familias pertenecientes a los últimos grupos mencionados a quienes nos referimos en este documento, puesto que en ellos no sólo se trata de pobreza en el sentido de bienes materiales, que se ven reducidos en periodos de crisis, sino también, y fundamentalmente, de sujetos excluidos de instituciones y procesos sociales, y que se encuentran perma- nentemente desprovistos de recursos y oportunidades para un pleno desarrollo.

De las principales teorías y modelos que se han descrito (Elisardo Becoña, 2004) 14 , aquellas denominadas “integrativas y comprensivas” son las que podemos considerar más cercanas y pertinentes a la realidad de los niños/as y adolescentes que viven en condiciones de marginalidad y exclusión social, es decir, en quienes los factores de riesgo y vulnerabilidad están constituidos fundamental y primariamente por los agentes sociales y del entorno (familia, escuela, barrio), y las carencias y dificultades para el desarrollo que de ellos se derivan.

Por último, agregamos dos teorías que se orientan muy específicamente al adolescente, y que de algún modo representan la importante confluencia que se ha producido entre la psicología del desarrollo y la psicología social. Nos referimos a la “Teoría de la conducta de riesgo”, de Jessor (199), y a la “Teoría de la influencia triádica”, de Flay y Petraitis (1995).

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En la Teoría del riesgo de Jessor (1985), el nuevo paradigma, contrario a los modelos explicativos simplistas, es el de la complejidad. Este autor otorga importancia central a la pobreza, la desigualdad y la discrimi- nación, elementos que mantienen a una parte de la población adolescente en lo que se ha denominado “riesgo”, conducta que es definida por Jessor como “cualquier conducta que puede comprometer aquellos aspectos prosociales del desarrollo exitoso del adolescente”. En el caso de la droga, se trata de conocer las funciones sociales y personales que cumple el consumo, las alternativas que existen para el no consumo y,

si es posible, el cambio y cómo impulsarlo. Jessor propugna una visión comprensiva de todas las conductas

de riesgo, entendiéndolas como un modo de estar en el mundo, un estilo de vida que debe cambiar como

un todo. Subraya el análisis de factores de riesgo y factores de protección, y los entiende en su globalidad

y a partir de las circunstancias que los sostienen.

Criterios que definen vulnerabilidad social

Denominamos población infantoadolescente en condiciones de vulnerabilidad social a aquellos niños, niñas

o adolescentes pertenecientes a familias ubicadas en los quintiles más bajos de ingresos y que se enfrentan

a una acumulación de factores de riesgo o condiciones de vulnerabilidad, las que les impiden oportunida- des para un sano desarrollo y exponen al consumo problemático de drogas y otros daños psicosociales, manteniendo y agravando la exclusión social.

La vida en barrios o sectores poblacionales de alto riesgo (entorno marcado por la pobreza, droga y mo- delos trasgresores) es una situación siempre presente en esta población, pero no suficiente para hablar de vulnerabilidad. La resiliencia y capacidades afectivas de la familia, un buen rendimiento escolar, el apoyo de algún adulto significativo o las propias capacidades resilientes del niño/a pueden ser suficientes para com- pensar las carencias materiales y afectivas y las vulneraciones de derechos sufridas, y permitir un desarrollo con integración social.

La vulnerabilidad se produce cuando tanto la familia como la escuela fallan en su rol de agentes centrales del desarrollo infantoadolescente. En la familia, son las condiciones de pobreza y su propia historia de aban- dono y marginalidad las que le impidieron cumplir sus roles parentales. La escuela, por su parte, porque no tuvo condiciones para entregar una respuesta adecuada y personalizada que fuera capaz de compensar y reparar el conjunto de las otras carencias y riesgos. El resultado es que, tanto las necesidades psicoafec- tivas, de protección, seguridad y autoestima, como las de aprendizaje y experiencias de logro en estos niños/as y adolescentes, no pudieron ser satisfechas, primando las carencias, abandono, fracasos y diferen- tes grados de maltrato. Para ellos, tanto el hogar como la escuela no constituyeron espacios amigables,

estimulantes o protectores, por lo cual salieron a vivir, parcial o totalmente, una vida de calle, la que pasó

a ser, junto a los pares, fuente de afecto y pertenencia así como agentes fundamentales de socialización y construcción de identidad.

Este papel de las familias de constituirse en un factor más de riesgo que de protección es lo más desta- cado en las publicaciones de expertos o en las experiencias recogidas desde los equipos psicosociales que trabajan con esta población. Igual cosa ocurre en publicaciones extranjeras, que marcan como factor central a la familia, destacando el papel “expulsor del hogar” que ellas tendrían. Son las familias llamadas multiproblemáticas o en alto riesgo.

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Unido a los problemas y carencias del ámbito familiar, en esta población infantoadolescente, la escuela apa- rece también como un agente incapaz de constituirse en factor de protección, considerando que después de la familia debiera ser el agente más importante en el proceso de socialización. Dificultades de aprendi- zaje, un comportamiento inquieto e hiperactivo pueden ser, entre otras, condiciones que dificultan la tarea pedagógica y el papel resiliente y compensador que podría desempeñar el maestro, haciendo del niño/a

o adolescente un objeto de problemas para aquellos docentes ya agobiados de trabajo y desprovistos de

habilidades para manejar este tipo de estudiantes. De este modo, la escuela se convierte, más que en factor de protección, en una fuente de rechazo y desvalorización, y por ello, en nuevas experiencias de fracaso y daño a la autoestima.

Abundante literatura nacional existe acerca de este papel que juega la escuela y de cómo puede constituir- se en el principal factor de abandono y deserción.

Se puede afirmar que tanto la deserción como la “pre-deserción”, si bien constituyen claros indicadores de riesgo, sólo recientemente han comenzado a ser tomados debidamente en cuenta en nuestro país. Como mencionáramos anteriormente, según la CASEN 200 en Chile existen 107.406 niños, niñas y adolescen- tes de entre 6 y 17 años desescolarizados (0,7% de desertores en los niños/as de entre 7 y 1 años, y 7,2% en los de entre 14 y 17 años).

Los estudios acerca del impacto que la deserción escolar produce en la agudización de problemas y daños, como el consumo de drogas, la violencia transgresora, el embarazo adolescente, etc., son aún muy escasos, aunque muy claros respecto a la relación que entre ellos existe.

Todo lo anterior reafirma la certeza de encontrarnos ante una población que requiere ser visibilizada, y ante un problema, la desescolarización, que requiere ser evaluado y reconocido en su magnitud y en rela- ción con otras conductas que agravan la vulnerabilidad y exclusión social, y considerado posteriormente en el abordaje integral.

Debilitados los agentes principales de socialización de estos niños, niñas y adolescentes, la calle pasa a ser su espacio principal, pudiendo mostrarse más o menos riesgoso según si en él son la droga, la violencia

y las conductas transgresoras e ilegales las que se ofrecen como las únicas oportunidades de construir identidad y mejorar su estima y valoración.

Sobre la calle y el valor que ella comienza a adquirir, existen sólo descripciones referidas a los grupos con mayor daño psicosocial, es decir, la población que vive en la calle, fuera de su familia y de la escuela.

La experiencia indica, sin embargo, que se trata de una población muy heterogénea en características y gra- do de complejidad, que requiere ser conocida y ordenada en adecuadas categorías, diferenciando el tiempo

y las razones que han empujado hacia un proceso de deserción y salida a la vida en la calle. Existen nuevas

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e interesantes referencias en la literatura, pero, lamentablemente, aparecen desligadas de las orientaciones que guían las políticas públicas para este sector.

En un estudio con población infantoadolescente que vive en la calle, y que fuera realizado en tres países latinoamericanos, el autor (Lucchini R., 1996) 15 intenta demostrar la diversidad de causas, condiciones y formas de vida de los niños de la calle. En una óptica del niño como actor y sujeto,“creador de sentido y autor de representaciones”, pone en el centro “lo que el niño/a realiza en cuanto estrategias de sobrevi- vencia, de imágenes y referencias”. En dicha investigación, la calle es descrita como “parte de la vida cotidia- na, integrada al espacio común”, sin la separación tajante entre el espacio público y el privado que existe en las clases acomodadas. Se describe también cómo el abandono del hogar no es absoluto ni una respuesta inmediata a un episodio de violencia intrafamiliar. El abandono del hogar, al igual que el de la escuela, se produce de manera progresiva y va unido al aprendizaje de la vida de la calle.

Por último, destacamos la interesante descripción de la sociabilidad de los niños/as estudiados por el autor

y su diferencia con quienes conforman las pandillas. En ella describe una gran movilidad espacial, corta

duración de las relaciones sociales y ausencia de un territorio exclusivo y colectivo que hay que defender, como es el caso de las pandillas.Afirma que aunque conocen todos los rincones de las calles que frecuen- tan, no disponen de medios para privatizarlos más que refugios nocturnos de pequeñas dimensiones, de ocupación temporal y efímera. En lugar de pertenecer a un “banda”, el autor usa el concepto de frecuentar una red,“near-groups”.

Enfoques teóricos que fundamentan el modelo de intervención

Enfoque de derechos en las políticas sociales

Como ya se mencionara, la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) consagra los derechos de los niños en sus múltiples aspectos y el deber de los estados de asegurar su cumplimiento, abarcando todos los aspectos de la vida del niño y enfatizando sobre el hecho de que los niños son sujetos de derecho.

La consideración de este principio implica avanzar en un nuevo tipo de relación social a nivel de la familia, comunidad y Estado, entendiendo este proceso como un importante camino hacia un pleno Estado de Derecho, en el cual se materialice efectivamente una cultura de respeto de las garantías y derechos funda- mentales de cada miembro de la sociedad.

Al concebir al niño y a la niña como sujetos de derecho, la Convención lo reviste con el status de ciudada- no, obligando al Estado -al igual que a las instituciones relacionadas con la crianza, como la familia, el grupo de pares, la vecindad, la escuela, la empresa, la iglesia, los servicios públicos y privados, etc.- a reconocer 16 , respetar 17 , proteger 18 y garantizar 19 los derechos estipulados, lo que implica gestionar los recursos necesa- rios, ponerlos a su disposición y asegurar su accesibilidad.

Los derechos, de los que se es titular, abarcan todos los recursos culturales y aspectos de la vida en so- ciedad. Se requiere de la generación de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos, des-

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tacando la necesidad de un trato especial, acorde a su edad, madurez y/o etapa evolutiva 20 . En definitiva, la aplicación de la Convención sobre los Derechos del Niño y de la Niña desafía la comprensión de la niñez,

la crianza, la educación y las relaciones sociales.

Enfoque de desarrollo y modelo de competencias

Un enfoque sugerente que ha surgido en los últimos tiempos acerca de cómo intervenir desde las políticas sociales en la población infantoadolescente, sobre todo en poblaciones vulnerables y vulneradas, es el en- foque de desarrollo. El centro es el desarrollo integral de los niños, niñas y adolescentes, entendiendo por

desarrollo integral un “proceso continuo y gradual, donde se lleva a cabo su formación o aprendizaje social, en interacción permanente con el medio, a través de la estimulación de sus capacidades y potencialidades,

el entrenamiento de habilidades y destrezas, y la satisfacción de las necesidades físicas, psíquicas y sociales”

(Palestro, 2001). En esta línea, el Programa Regional de Adolescencia (OPS) propone un marco conceptual de desarrollo humano integral y de promoción de la salud, que ya fue señalado en relación con la población infantoadolescente en general.

En este mismo sentido, diversos autores mencionan la evolución de nuevos enfoques, entre ellos el modelo de Bienestar Psicosocial o Modelo de Competencias (Arón, 1992), cuya orientación se centra en las forta- lezas psicológicas o competencias.“En ellos, las intervenciones se refieren a crear y promover condiciones que faciliten el desarrollo de los propios recursos y de las potencialidades en la solución de problemas re- lacionados con el bienestar psicosocial” (Arón, 1992). El supuesto básico es la confianza en los recursos del individuo y de la comunidad para resolver sus propios problemas; el papel del agente externo (especialista, operador social, etc.) sería el de ayudarle a descubrir sus propios recursos, a activarlos y recobrar su con- fianza en ellos (Arón, 1992). Implica, por tanto, una intervención que fortalezca la confianza en los propios recursos para enfrentar situaciones de crisis, que ayude a activar las fuentes de apoyo, que normalice las reacciones emocionales como parte de una reacción adaptativa, lo que permitirá a los sujetos restablecer su equilibrio, sin generar dependencia a las instituciones externas (Arón, ibid).

Teoría del apego

En estrecha relación con el desarrollo evolutivo, surge una conducta que es central en el ser humano: la conducta de apego. Se han podido identificar tendencias innatas que regulan la forma como respondemos

a las amenazas, al peligro, a las pérdidas, y que están estrechamente relacionadas con la forma como nos

vinculamos con personas significativas para asegurar la adaptación y como una manera de perpetuar la especie.Y es la familia el mejor contexto dentro del cual es posible prever las necesidades específicas de cada uno de sus miembros.

El primero en desarrollar una teoría del apego a partir de los conceptos que aportara la psicología del desarrollo, con el objeto de describir y explicar por qué los niños/as se convierten en personas emo- cionalmente apegadas a sus primeros cuidadores, así como los efectos emocionales que resultan de la separación, fue John Bowlby (Bowlby, 1990) 21 . El autor parte del supuesto de que la conducta de apego se organiza utilizando sistemas de control propios del sistema nervioso central, al que se le ha atribuido la función de protección y supervivencia.

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Los estilos de apego se desarrollan tempranamente y se mantienen generalmente durante toda la vida (Bartholomew, 1997), permitiendo la formación de un modelo interno que integra, por un lado, creencias acerca de sí mismo y de los demás y, por otro, una serie de juicios que influyen en la formación y el man- tenimiento de las dinámicas relacionales durante toda la vida del individuo (Bradley, & Cafferty, 2001). Por esto, resulta importante la figura del primer cuidador, generalmente la madre, ya que el tipo de relación que se establece entre ésta y el niño será determinante en el estilo de apego que se desarrollará. No obstante, otras figuras significativas como el padre y los hermanos pasan a ocupar un lugar secundario y complemen- tario, lo que permite establecer una jerarquía en las figuras de apego (Bowlby, 1998).

Se sabe que los niños que tienen una interacción positiva con su cuidador logran internalizar la sensación de seguridad, lo que les permite ampliar sus emociones. Ainsworth (Ainsworth 1974) define los siguientes estilos de apego en base a cómo responden los individuos en relación con la figura de apego cuando están angustiados:

El apego seguro se da cuando la persona que cuida demuestra cariño, protección, disponibilidad y atención a las señales del bebé, lo que le permite desarrollar un concepto de sí mismo positivo y un sentimiento de confianza. En el dominio interpersonal, las personas seguras tienden a ser más cálidas, estables y con relaciones íntimas satisfactorias, y en el dominio intrapersonal, tienden a ser más positi- vas, integradas y con perspectivas coherentes de sí mismas (Mikulincer, 1998).

El apego inseguro-ambivalente se da cuando el cuidador está física y emocionalmente disponible sólo en ciertas ocasiones, lo que hace al individuo más propenso a la ansiedad de separación y al te- mor de explorar el mundo. No tienen expectativas de confianza respecto al acceso y respuesta de sus cuidadores debido a la inconsistencia en las habilidades emocionales. Es evidente un fuerte deseo de intimidad, pero a la vez una sensación de inseguridad respecto a los demás (Mikulincer, 1998).

El apego inseguro-evitativo se da cuando el cuidador deja de atender constantemente las señales que dan cuenta de las necesidades de protección, lo que no le permite al niño el desarrollo del sen- timiento de confianza que necesita. Se sienten inseguros hacia los demás y esperan ser desplazados sobre la base de las experiencias pasadas de abandono (Mikulincer, 1998).

Por último, el apego inseguro-desorganizado, que corresponde a un tipo de vínculo ansioso, en donde la figura vincular reencuentra y desencuentra como una regla y no una excepción.Así, los niños se sienten inseguros, permanentemente abandonados y maltratados.

Existen otros factores que parecen estar influyendo en las manifestaciones específicas del estilo de apego, tales como la experiencia individual, la constitución genética y las influencias culturales (Weaver, & de Waal,

2002).

El estilo de apego, según el autor, refleja la interacción entre la personalidad del niño, la familia y el entorno social más amplio, por lo que no debe resultarnos extraño que exista una influencia conjunta entre las variables propias del cuidador y el temperamento infantil.

Los estilos de apego continúan a lo largo del ciclo vital y a través de las generaciones. Las nuevas relaciones parecen afectarse por las expectativas desarrolladas en las relaciones pasadas (Waters, Hamilton, & Wein-

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field, 2000). Hay autores que han investigado cómo la transición de la infancia a la adolescencia temprana influye sobre la organización de los estilos de apego, sugiriendo la posibilidad de que sean activados ciertos mecanismos de evitación, sin los cuales no sería posible mantener una cierta distancia de las figuras paren- tales para desarrollar una identidad personal más definida (Ammaniti, van Ijzendoorn, Speranza, & Tambelli, 2000). Es decir, las relaciones de apego se hacen más estables a lo largo del desarrollo, y funcionan como un recurso de adaptación que asegura la formación de la identidad. En esta misma línea, Cooper, Shaver y Collins (1998) observaron que los adolescentes con un estilo de apego ansioso ambivalente presentaban un pobre concepto de sí mismos, conductas de riesgo y niveles altos de sintomatología, al igual que los adolescentes con estilo de apego evitativo.

Si embargo, si bien los patrones de apego tienden a ser estables en el tiempo, hay autores que plantean la adolescencia como una etapa en la cual pudieran darse nuevas experiencias de reorganización de los estilos vinculares. En este sentido, la adolescencia es considerada un período de cambios y de continua reorganización de las representaciones de apego, que se caracteriza por la reevaluación de las experiencias de vida que llevan al desarrollo de la identidad (Zimmermann, & Becker-Stoll, 2002).

Enfoque de la resiliencia

El término resiliencia tiene su origen en el idioma latín, viene de resilio, que significa volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar. Fue adaptado a las ciencias sociales para caracterizar a aquellas personas que, “a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, se desarrollan psicológicamente sanas y exitosas” (Rutter, 199). Así, la resiliencia es entendida como la “capacidad de resistir la destrucción, de proteger la propia integridad y de construir la propia vida a pesar de las circunstancias adversas que se presentan a cada persona” (Morales, 2000).

El enfoque de la resiliencia, por lo tanto, parte de la premisa de que nacer en la pobreza, así como vivir en un ambiente psicológicamente insano, son condiciones de alto riesgo para la salud física y mental de las personas. La resiliencia, más que centrarse en los circuitos que mantienen esta situación, se preocupa de observar aquellas condiciones que posibilitan el abrirse a un desarrollo más sano y positivo.

Desde la década del ochenta en adelante ha existido un interés creciente por conocer aquellas personas que desarrollan competencia a pesar de haber sido criadas en condiciones adversas, o bien en circunstan- cias que aumentan el riesgo de presentar psicopatologías (Osborn, 1990). Este grupo de personas ha sido denominado como resiliente.

el riesgo de presentar psicopatologías (Osborn, 1990). Este grupo de personas ha sido denominado como resiliente.
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El foco de atención han sido niños, niñas y adolescentes que se encuentran en con-

diciones vulnerables, ya que ellos son los más expuestos a enfrentar situaciones de alto riesgo.

Entendamos, entonces, cómo se ha definido a un niño resiliente: es un niño que trabaja bien, tiene buenas expectativas, tiene facilidad de relacionarse con los demás, desarrolla factores sociales adecuados, tiene una capacidad en la resolución de pro- blemas, autonomía, sentido de propósito y de futuro. Por supuesto, hay niños que tienen más facilidad para desarrollar estas competencias que otros, sin embargo, esto no excluye que se trabajen aspectos básicos con la población en general para brindar un soporte mínimo que les permita enfrentar situaciones de riesgo y sean asumidas desde otras visiones.

situaciones de riesgo y sean asumidas desde otras visiones. Se pueden identificar elementos de resiliencia como

Se pueden identificar elementos de resiliencia como la autoestima, la confianza en sí mismo, la capacidad de hacer cosas y otras más. Por supuesto que contar con un esce- nario que le facilite fortalecer dichas competencias no sólo depende del niño, sino de todo un sistema social, por lo que las personas involucradas en su desarrollo tendrían que tomar en cuenta.

Así, la resiliencia es una capacidad que sería inherente a toda persona. Sus bases se asientan durante la primera infancia, de ahí la necesidad de promover desde temprano el desarrollo de aquellas áreas que con- tribuyen a fortalecerla para que se presente y active cuando tengan que enfrentar situaciones de conflicto (Morales, 2000).

Otros autores entienden que la resiliencia no puede ser considerada como un atributo con el que los niños y niñas nacen, ni que adquieren durante su desarrollo, sino que se trataría de un proceso interactivo entre estos y su medio. La resiliencia, según Kotliarenco, es “reaccionar ante el estímulo y a la vez sobre- ponerse constructivamente” (Molina y González, 200).

Por su parte,Werner (1989) plantea que el tema de la resiliencia resulta importante y que a partir de su conocimiento es posible diseñar políticas de intervención. La intervención desde un punto de vista clínico puede ser concebida como un intento de alterar el balance presente en las personas, que oscila desde la vulnerabilidad a la resiliencia.

Esto puede ocurrir ya sea disminuyendo la exposición a situaciones de vida provocadoras de estrés y que

atentan contra la salud mental (p.e. alcoholismo paterno/materno, psicopatología de los padres, separación

o divorcio de éstos) o bien, aumentando o reforzando el número de factores protectores que pueden

estar presentes en una situación dada; por ejemplo, reforzar fuentes de apoyo y afecto, favorecer la comu- nicación y las habilidades de resolución de problemas.

Este enfoque resulta interesante, especialmente si se compara con aquel que prevaleció desde la década del sesenta del siglo pasado en el cual se subrayaban las carencias o déficit que presentaban los niños de

la pobreza. Los programas basados en este último enfoque tenían un carácter compensatorio, ya que su

objetivo era suplir las carencias de los niños de los sectores populares. El enfoque de la resiliencia, por su parte, resalta los aspectos positivos que muestran las personas de la pobreza (Kotliarenco et al., 1997) 22 y da cuenta de las posibilidades que éste abre para la superación.

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Por otra parte, en relación a la Teoría del apego y la resiliencia, Kotliarenko profundiza que: “si la inte- racción entre madre e hijo ha estado caracterizada por la ausencia de lo que se ha descrito como apego seguro, este poseería un menor desarrollo de los mecanismos de autorregulación, lo que dejaría a los niños con mayor vulnerabilidad para regular los conflictos de la vida, viéndose obligados a desarrollar estrategias de relación vincular de fusión con el otro (ambivalente) o de aislamiento en relación con los otros (evitantes)”. Y agrega: “cuando la insuficiencia de estos mecanismos es de mayor gravedad, como ocurre en los sujetos con apego desorganizado, se generaría un estado de constante vulnerabilidad frente

a la adversidad”.

Si se establece una relación directa entre apego seguro y resiliencia, es decir, si se considera al primero como una de las condiciones que facilitan un desarrollo con características o condiciones resilientes, que-

rría decir que en una población altamente vulnerable, con familias que tienen débiles habilidades parentales

y escasa capacidad para ofrecer experiencias de apego seguro, lo que debiéramos encontrar son huellas

de apego inseguro al mismo tiempo que dificultad para enfrentar con resiliencia la adversidad. Es decir, habría más respuestas adaptativas (huida de la casa, transgresión, embarazo adolescente) que propiamente resilientes.

Enfoque de factores protectores y de riesgo de consumo de drogas

La prevención ideal es aquella que tiene como objetivo el mejoramiento de la calidad de vida a través del desarrollo integral de la persona, ya que constituye el mejor protector para enfrentar situaciones de riesgo en la vida. Cualquier estrategia en prevención supone fortalecer los factores protectores y amortiguar los de riesgo, de acuerdo con el diagnóstico que se haga en cada situación:

Factores de riesgo: Son aquellas situaciones, conductas o elementos de la persona y el contexto que hacen más probable el consumo. Es posible distinguir factores personales como inestabilidad emocio- nal, poca tolerancia a la frustración, problemas conductuales y psicológicos, retraimiento, entre otros, así como factores sociales relacionados con desintegración familiar, contextos en que se favorece el consumo de drogas a través de ciertos valores y estilos de vida, mayor oferta, etc. A la hora de plani- ficar una intervención, se deben tener en cuenta los factores de riesgo y la relación existente con el objetivo.

Factores de protección: Son elementos que, en constante interacción, pueden contribuir a reducir las probabilidades de que aparezcan problemas relacionados con las drogas, apoyando el desarrollo del in- dividuo, dado que sirven como amortiguadores o moderadores de los factores de riesgo. En este grupo de factores también es posible distinguir entre los de origen psicológico, como autoconcepto positivo, tolerancia a la frustración, asertividad, adecuada resolución de conflictos, entre otros, y los sociales relacionados con un adecuado sistema de relaciones familiares, calidad en la comunicación y expresión del afecto dentro del sistema familiar, existencia de límites, promoción de estilos de vida saludables, redes de apoyo sociales, etc.

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Vulnerabilidad y factores protectores

a) Vulnerabilidad clínica

Reichters y Weintraub (1990) consideran importante distinguir entre lo que ellos denominan desadaptación y el concepto de vulnerabilidad. Argumentan que un comportamiento desadap- tado en edades tempranas no es sinónimo de ser vulnerable a algún desorden, sea este adquirido o heredado. Esta observa- ción la hacen sosteniendo que la mayor parte de las conside- raciones respecto de la desadaptación que tienen ciertos com- portamientos infantiles se basa en evaluaciones de los padres, profesores, pares y/o entrevistadores.Así, los niños y niñas que se desvían de alguna forma del comportamiento promedio que muestra su grupo de referenciason considerados desadaptados. Los comportamientos que presentan pueden de hecho apa- recer como desadaptados; sin embargo, este desajuste puede resultar adaptativo a las características de su familia en un mo- mento determinado.

De acuerdo con Radke-Yarrow y Sherman (1990), al revisar el concepto teórico de vulnerabilidad quedan dos aspectos por precisar.

Uno de éstos es la necesidad de hacer distinciones al interior de este concepto. Es así como una alternativa es entender vulnerabilidad como un fenómeno perceptible en el cual un cierto nivel de estrés deviene en conductas desadaptativas. Por otra parte, el concepto de vulnerabilidad alude a una dimensión continua del comportamiento, que se mueve desde una adaptación más exitosa al estrés a una menos exitosa.

El segundo aspecto por precisar tiene que ver con el significado de los conceptos de riesgo y de factores protectores. La pregunta es si estos conceptos deben ser considerados universales o si más bien están ligados a las características de las personas. Esto dice relación con el hecho de que el significado que co- bra para distintas personas un determinado acontecimiento estresor es dependiente de las capacidades cognitivas y emocionales de cada una de ellas. Quizás sea necesario considerar las características de las personas para lograr una adecuada comprensión de los factores y/o procesos que ya sea las protegen o bien aumentan su vulnerabilidad.

Es importante destacar que Rutter (1990) señala que una misma variable puede actuar bajo distintas cir- cunstancias, tanto en calidad de factor de riesgo como de protector. Es así como para un adulto el hecho de perder el trabajo puede dar lugar a una depresión y, sin embargo, el hecho de estar desempleado por un tiempo prolongado puede actuar como factor de protección en relación a otros acontecimientos vitales amenazantes.

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b) Relación entre vulnerabilidad y factores protectores

Rutter (1990) 2 señala que es importante identificar los factores de riesgo y protección en tanto éstos permiten predecir resultados negativos o positivos en el proceso de desarrollo del niño. Ello, mientras jueguen roles claves en el proceso involucrado en las respuestas de las personas a las situaciones de riesgo. Afirma que estos conceptos tendrían un valor limitado como medio de encontrar nuevas aproximaciones a las estrategias de prevención. Además, es necesario hacer notar que muchas y muy diversas variables pueden constituir un factor de protección en una situación, y un factor de vulnerabilidad o riesgo en otra. Por estas razones, este autor indica que la búsqueda debería dirigirse, antes que hacia factores o variables asociadas con los procesos de vulnerabilidad y protección, a los mecanismos situacionales y del desarrollo que den cuenta del modo en que estos procesos operan.

Rutter (1990) afirma que tanto la vulnerabilidad como la protección son procesos interactivos. Ambos, más que ser atributos permanentes o experiencias, son procesos que se relacionan con momentos claves en la vida de una persona. Resulta de mayor precisión utilizar el término de mecanismo protector cuando una trayectoria que era previamente de riesgo gira en dirección positiva y con una mayor probabilidad de resultado adaptativo. De igual modo, un proceso será considerado de vulnerabilidad cuando una trayecto- ria previamente adaptativa se transforma en negativa. Por estos motivos no es suficiente afirmar que, por ejemplo, el logro escolar o la autoeficacia son protectores (aunque lo son); debemos preguntarnos cómo estas cualidades se desarrollaron y cómo cambiaron la trayectoria de vida, y de allí concluir que son de hecho positivos. Es preferible referirse más a procesos protectores que a ausencia de vulnerabilidad en aquellas situaciones en que los mecanismos involucrados en la protección parecen ser distintos a aquellos involucrados en los mecanismos de riesgo (Rutter, 1990).

Población objetivo

Está constituida por los niños, niñas y adolescentes en situación de vulnerabilidad social, en y de la calle, que presenten alguna de las siguientes condiciones: desescolarizados o en riesgo de deserción escolar; con vínculos familiares debilitados o ausentes; con consumo o riesgo de consumir drogas; conductas violentas y/o de infracción de ley; no participa de ningún programa de manera estable.

Se considera como beneficiarios a las familias o adultos significativos de estos niños, con los cuales se trabaja.

Dentro de los adultos significativos se podrá considerar: la familia, otros adultos significativos que pudie- ran habilitarse en el rol parental y también a los pares significativos que pudieran constituirse en agentes importantes de cambio en el proceso de intervención de estos niños/as y adolescentes relacionado con la integración socioeducacional.

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PeRFiL de LOS niÑOS/AS

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PERFIL DE LOS NIÑOS/AS Y ADOLESCENTES EN VULNERABILIDAD SOCIAL

A l hablar de población en vulnerabilidad social, lo hacemos de una población heterogénea, en la que se observan distintos niveles o grados de complejidad o vulnerabilidad psicosocial, a saber: leve, moderada

y severa, según como se presentan las distintas variables en el diagnóstico psicosocial.

Los programas de prevención selectiva que intervienen en el ámbito psicosocial están enfocados a la población de mediana y alta complejidad, que corresponde a la llamada población en situación de calle, a la que generalmente no llegan ni se ve influida por los otros programas preventivos, sean del ámbito co- munitario o escolar.

Constituye una población que, a pesar de su heterogeneidad y de estar constituida por subgrupos que presentan muy diferentes grados del daño, puede definirse como una población específica, que si bien

forma parte de los sectores que viven en condiciones de pobreza y extrema pobreza, lo que la caracteriza

y permite diferenciarla es la acumulación de graves y complejas vulneraciones de derechos, por lo que se

hace necesario diseñar nuevas formas de intervención que se adecuen a sus características y necesidades.

Esta población es la que generalmente está focalizada en los proyectos de Intervención Psicosocial de CO- NACE y en los programas de promoción, prevención y/o reparación del SENAME (Centros Comunitarios Infantojuveniles –CIJ–, Oficinas de Protección de Derechos –OPD–, Centros de Tránsito y Diagnóstico –CTD–, Proyectos de Reparación por Explotación Sexual Comercial Infantil –ESCI–, Proyectos de Repa- ración de Maltrato Grave y Abuso Sexual, Proyectos de Reparación para Niños/as de Calle, Proyectos de Reparación para Niños/as Trabajadores, Proyectos Especializados para Niños/as Inimputables, Proyectos de Intervención Ambulatoria –PIA–).

Si bien esta población se presenta en un proceso continuo y gradual de transición respecto a las diversas situaciones de vivencia de calle, en general podemos distinguir dos grandes grupos:

Niños/as y adolescentes DE la calle

Viven en la calle, conformando“caletas” y sustentándose por sí mismos y con el grupo que integran. La vinculación con la familia es escasa o nula. Habitualmente la abandonaron producto de la violencia o abu- so que padecían en ella. Se encuentran desescolarizados, y arrastran historias de fracaso y rotulaciones estigmatizadoras que han dañado profundamente su autoestima. Presentan consumo habitual, abusivo y/o dependiente de drogas, entre las que se destacan la pasta base o los solventes, así como el policonsumo. Prácticamente todos muestran una historia de múltiples intervenciones e institucionalizaciones. Se des- plazan por la ciudad en circuitos céntricos, donde desarrollan estrategias de supervivencia: mendicidad, “macheteo” y hurtos, y la vida de calle y exclusión social los va llevando a conductas transgresoras de ley cada vez más graves. Son, además, los niños, niñas y adolescentes que se encuentran en más alto riesgo de convertirse en víctimas de explotación y comercio sexual.

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Generalmente, encontraremos en todos ellos un perfil de alta complejidad o vulnerabilidad social, con múl- tiples indicadores de daño, con consumo problemático de drogas, por lo cual la intervención que requieren

deberá ser prolongada, intensiva y especializada. Para esta población, el equipo psicosocial necesitará de un equipo de salud que proporcione respuesta específica para esta población (equipos ambulatorio-comunita- rio y red de tratamiento) según la problemática de consumo que presenten y de acuerdo con la confianza

y motivación desarrolladas previamente por el equipo psicosocial.

Dentro de este grupo podrían considerarse distintas características según la vida y actividad que realizan en la calle y el grado de vulnerabilidad o riesgo social que presenten, pero dentro de ellas siempre estará la inexistencia de un vínculo significativo con la familia (débil, ausente o inexistente) como indicador principal, entre otros, y la presencia de la vida en la calle como fuerte agente socializador. En este grupo se podrán encontrar generalmente una diversidad de indicadores de daño como características del perfil. Este perfil, por tanto, es de alta vulnerabilidad y/o alta complejidad psicosocial.

Niños/as y adolescentes EN la calle

Mantienen vínculo con familia (padres u otros), pero pasan gran parte de su tiempo en la calle. Se trata de un grupo altamente heterogéneo respecto a sus características y al grado de complejidad que presentan.

Muestran grandes diferencias según el tiempo de permanencia en la calle, complejidad de las problemá- ticas familiares y el haber abandonado el sistema escolar (“desescolarizados”) o de mantenerse en él en condiciones de inestabilidad y/o fracaso reiterado (retraso escolar, repitencias, problemas de conducta y rendimiento:“pre-desertores”).

Presentarán una mayor o menor complejidad según si se mantienen en su sector conformando grupos de

esquina y limitándose al “macheteo” para el “carrete”, o si se han desplazado a los circuitos comerciales y

la

vagancia está dando paso a robos, transgresiones y delitos mayores. La existencia de consumo de drogas,

el

tipo de droga y la pauta de consumo, el enganche al microtráfico, la violencia asociada a la droga, etc, son

elementos diferenciadores de perfiles y grados de complejidad.

La actividad callejera será diferente si la realiza solo o con la familia (mendicidad, trabajo informal) y podrá

o no estar marcada por el abuso y la explotación. La existencia o no de historias de institucionalización

marcará también fuertes diferencias. Igualmente, el nivel que alcancen las conductas transgresoras a la ley, pudiendo presentar infracciones o faltas menores, o ya estar insertos en problemas de infracción a la ley como delito.

Presentan, por lo tanto, numerosos indicadores de riesgo, pero habrá importantes diferencias respecto a la complejidad o el daño que se haya producido, lo cual diferenciará la intensidad y complejidad de la inter- vención en relación a la necesidad de recursos especializados, ritmo y tiempo estimable de ella. Este perfil, por lo tanto, podrá ir de leve – mediano a alta complejidad, dependiendo de la mayor o menor presencia de indicadores de riesgo o de daño psicosocial.

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Perfiles de heterogeneidad en población en vulnerabilidad social

Más allá de la tipología gruesa que diferencia los perfiles de vulnerabilidad social, de acuerdo con el grado de vinculación que mantenga el sujeto con su familia o con la calle (EN y DE la calle), se observa una gran heterogeneidad en esta población, que lleva a la necesidad de determinar perfiles de heterogeneidad y diferente complejidad psicosocial. Por ello, a partir de la experiencia de los programas de intervención psicosocial, podemos determinar al- gunos subgrupos específicos. Estos podrán diferenciarse según la vida y actividad que realizan en la calle, la existencia y calidad del vínculo con la familia (deteriorado, débil o ausente), el uso que le den a la vivencia de calle, y las características de la presencia del consumo de drogas y conductas de transgresión a la ley.

Según sea el rasgo más destacado, se pueden describir los siguientes tipos:

Conforman grupos de esquina.

Constituyen pandillas.

• Realizan trabajo informal (con o sin el grupo familiar). • En vagancia (generalmente en
• Realizan trabajo informal (con o sin el grupo familiar).
• En vagancia (generalmente en transición a ser DE la calle).
• En explotación comercial sexual.
• En “caletas”.
Las características transversales que se pre-
sentan en todos estos sub-grupos, pero con
características distintivas según el perfil, son:
El
consumo de drogas.
Las conductas de transgresión a la ley.
El fracaso en el sistema escolar (como
dificultades reiteradas, repitencias y/o de-
serción).
Presencia de problemáticas psicosociales
a
nivel familiar (maltrato, abandono, ne-
gligencia, VIF, abuso sexual, problemas de
normas y límites, cesantía, etc.).
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PeRFiL de LOS niÑOS/AS

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diFeRenciAciÓ n de PeRFiL

DIFERENCIACIÓN DE PERFIL SEGÚN NIVEL DE COMPLEJIDAD

E n esta población, será importante diferenciar y definir el perfil de complejidad, puesto que así se darán pautas para la intervención y el diseño de los proyectos psicosociales por realizar.

La necesidad de diferenciar la población objetivo nos ha permitido desarrollar algunos criterios que nos muestran cuándo nos encontramos ante un niño, niña o adolescente en condiciones de vulnerabilidad so- cial y la magnitud o grado de complejidad que presentan, y los hemos separado en: indicadores de riesgo e indicadores de daño.

Consideramos a un niño/a o adolescente en vulnerabilidad social cuando existe uno o más indicadores de daño o bien un número significativo de indicadores de riesgo.

Indicadores de riesgo

Los indicadores de riesgo son fundamentalmente condiciones del entorno y agentes de socialización que constituyen factores de riesgo externos al sujeto (o factores sociales de vulnerabilidad), a los que se añaden señales incipientes de daño psicosocial del propio sujeto. Entre lo que hemos definido como in- dicadores de riesgo están: ubicación en barrios vulnerables; familia disfuncional (incumplimiento de roles parentales, falta de autoridad y manejo, ausencia parental, etc.); alto riesgo de deserción escolar; consumo experimental u ocasional de alcohol y/o drogas; conductas transgresoras de nivel menor; trabajos esporá- dicos como estrategias de sobrevivencia (vendedores, cartoneros, etc).

Indicadores de daño psicosocial

Los indicadores de daño psicosocial son manifestaciones del propio sujeto, conductuales o no, pero evi- denciables con relativa facilidad, que indican un daño psicosocial, convirtiéndose en biopsicosocial, y que siempre constituyen grave vulneración(es) de derecho(s), dificultando el desarrollo y generando o consolidando la exclusión social. Entre éstos se puede mencionar: deserción escolar; consumo problemá- tico de alcohol y/o drogas; infractores de ley (ingresados a la “carrera delictual”); trabajo en condiciones inaceptables (explotación, abusos laborales y humanitarios, etc.); desvinculación de la familia, se sobrevive en la calle (en “caletas”); víctima de abuso y explotación comercial sexual; larga historia de calle; historia de sobreintervención e institucionalización).Y aunque se trata de un factor externo al sujeto, incluimos como indicador de daño la presencia de grave problemática familiar (tráfico y/o consumo, antecedentes delictuales,VIF, maltrato, abuso).

Respecto a la situación de los “niños/adolescentes trabajadores”, será necesario un análisis de motivacio- nes y dinámica familiar, así como de tipo de trabajo, y del impacto y significado que este tiene para el sujeto para definirla como indicador de daño o solo de riesgo.

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CRITERIOS ORIENTADORES DEL PROGRAMA

Globalidad

S

e

a

trata de uno de los principios fundamentales que orientan la estrategia de la intervención. Se refiere

comprender e intervenir en el consumo de drogas desde la globalidad del contexto del adolescente,

la historia y necesidades relevantes de la vida de los niños, niñas y adolescentes atendidos, considerando también todos los actores relacionados con su cuidado y desarrollo.

El consumo de drogas, cualquiera sea la condición social y la etapa etaria, no puede ser analizado y com- prendido fuera de su contexto. No constituye un compartimiento estanco, por lo cual, requiere que su abordaje sea asumido desde la complejidad de los factores y las condiciones que lo determinan con un enfoque biospsicosocial y sociocultural (persona, familia, contexto sociocultural).

En la etapa adolescente, esta exigencia de globalidad es aún mucho mayor. En todo adolescente es indis- pensable una mirada integradora, que no pretenda fragmentar las distintas áreas, preocupaciones y temas

a través de los cuales se expresa. Es por ello que un abordaje en drogas debe considerar la etapa evolutiva

en que se encuentra el adolescente, sus necesidades y recursos, y lo específico de la exclusión social. Asi- mismo, requiere una mirada diferenciadora y particularizada (edad, género, nivel socioeconomico, etnia).

Integralidad

Corresponde a la necesidad de dar respuesta al conjunto de problemas y carencias y a la oferta de opor- tunidades que requiere el proceso de desarrollo y reparación que se lleva a cabo. Una intervención que aborde la integralidad de las etapas y tareas requerirá de una estrategia que haga posible que se articulen coherentemente todos los recursos y agentes que se necesitan a lo largo del proceso y a través de sus diferentes fases o momentos.Y significa, también, concebir el proceso en su integralidad, es decir, avanzar en él a través de las distintas etapas y fases de su desarrollo, teniendo siempre en vista que la meta última es mejorar la calidad de vida y favorecer la integración social.

La intervención debe considerar las características de la etapa de desarrollo en que se encuentra el niño, niña o adolescente, y debe reconocer que se necesita abordar el conjunto de intereses y problemáticas, abarcando todos los temas y agentes que intervienen.

La intervención en drogas (preventiva o terapéutica) es parte de un proceso de reparación y “reconstruc-

ción” más amplio, ligado a un conjunto de nuevas oportunidades y experiencias que se le ofrecen al niño/a

o adolescente y que le permitirán construir un nuevo proyecto de vida.

Por ello, el enfoque integral debe reconocer la complejidad de las situaciones que viven niñas y niños (comprender todas las facetas de su desarrollo), asegurando, al mismo tiempo, la participación de todos, incorporando en una acción coordinada a los agentes encargados de la socialización y crianza de niñas,

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niños y adolescentes. Por último, constituye un punto fundamen- tal el considerar a niñas, niños y adolescentes en las decisiones y construcción de sus condiciones de desarrollo (reconocerlos como sujetos dotados de autonomía progresiva).

Desde el enfoque integral, se requiere una respuesta también inte- gral para abordar el consumo de drogas en esta población; es aquí donde surge la necesidad de un “dispositivo de intervención inte- gral”. Llamamos así al conjunto de acciones y agentes que deben articularse para abarcar la totalidad de necesidades y derechos vulnerados, en un proceso psicosocial y socioeducativo (even- tualmente médico) que revierta la exclusión social, permita una “construcción personal positiva” y prevenga o trate el consumo de drogas. Proceso que será más o menos intensivo y prolongado según la edad y la complejidad de su perfil biopsicosocial. Tal es el caso, por ejemplo, de los recursos que precisa una intervención con niños de la calle, en los que, además de “casa abierta o taller”, se requerirá de una “casa de acogida” para quienes vayan haciendo abandono de la calle y no cuenten con un lugar donde llegar, o no sea el momento adecuado para un retorno a su familia de origen.

En este “dispositivo” será indispensable el trabajo coordinado y sinérgico de otras áreas y especialistas que respondan a necesidades específicas de la intervención psicosocial. Las principales se refieren a salud y tratamiento del consumo, cuando este adquiere el carácter de problemático, y a educación para incorporar respuestas adecuadas y pertinentes que el sistema formal no puede dar para este perfil de adolescentes.

Proactividad

Se reconoce que el mayor tiempo transcurrido fuera de la escuela, más aún si se abandona el hogar y se ingresa de lleno al circuito de la calle, acrecentará los factores de riesgo, aumentará el daño y hará más di- fícil la motivación al cambio.Ahora bien, hablar de intervención temprana exige tener una actitud proactiva hacia esta población objetivo, por cuanto no sólo son personas que no demandan de la institucionalidad, sino además porque la marginalidad y desconfianza que muestran hacia las instituciones las mantiene fuera de las actividades comunitarias y de las iniciativas de las políticas públicas. No es ésta una población que concurra a las convocatorias poblacionales o a los llamamientos a inscribirse a un determinado programa, por lo que resulta indispensable salir a buscarlos de manera activa para ganar su confianza e iniciar la cons- trucción del vínculo que será la base sustentadora de la intervención.

En este sentido, lo más importante será el trabajo de calle, pero también habrá que demandar información al sistema educativo para realizar una búsqueda activa de los desescolarizados recientes y los que se en- cuentran en riesgo de abandonar el sistema escolar. Asimismo, será importante la información de otros agentes comunales que tienen acceso a esta población: Carabineros (Programa “Protección 24 horas” en Región Metropolitana), Juzgados, Programa Puente, Chile Solidario y Chile Barrio, entre otros.

Esta búsqueda activa de parte del programa psicosocial permite cumplir simultáneamente varios objetivos:

llegar antes que surja la demanda reactiva a los problemas, con la consecuente estigmatización que ello

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produce; reducir al máximo el tiempo de inicio del consumo, así como el de desescolarización y el “factor calle”, y, por último, y al mismo tiempo, iniciar el proceso de vínculo al entregarles la certeza de ser perso- nas que tienen importancia y cuyo destino cobra significado para otros.

En los adolescentes infractores, una de las dificultades está dada por la imposibilidad de ser proactivos y llegar a ellos precozmente.

Continuidad

La intervención preventiva o terapéutica de drogas es parte integrante de un proceso largo y complejo de reparación y cambio que se orienta a la plena integración social, proceso en que todas las etapas y las acciones con las que se interviene deben tener continuidad y coherencia. No sirven las “derivaciones”, que rompen los vínculos construidos. La histórica fragmentación de las acciones, las que se interrumpen sin continuidad en el tiempo, es causa de fracasos y del fenómeno de la “puerta giratoria”.

La acumulación de factores de riesgo que presenta la población en vulnerabilidad social, la complejidad de

la problemática y la escasez de redes de apoyo que se observa en estos niños/as y adolescentes hacen más

necesario aúnque las intervenciones sean planificadas considerando que la integración social y el abordaje de los problemas de drogas exigen un proceso educativo y terapéutico de largo alcance que les permita tener experiencias de vínculos y de desarrollo reparatorias que compensen una historia muchas veces llena de fracasos y rechazo.

La integración socio-ocupacional y escolar, el desarrollo del potencial de habilidades intelectuales, meta- cognitivas, psicolingüísticas de desarrollo psicopedagógico son indispensables (nivelación, reforzamiento y/

o

capacitación) y exigen años de un proceso educativo gradual, continuo y sistemático. El tratamiento de drogas,

y

reparación de daños, como maltrato, abuso, violencia, exigen procesos terapéuticos también lentos.

Abordaje específico del consumo de drogas

La asociación entre vulnerabilidad social y drogas es de especial importancia, debiendo asumir que si bien el consumo de drogas es un fenómeno social y cruza todos los sectores, es en la marginalidad donde ad- quiere un cariz más grave y complejo, profundizando la desintegración social. Los esfuerzos por superar la pobreza conllevan necesariamente a abordar el fenómeno del consumo y abuso de drogas en niños/as y jó- venes en riesgo social: niños/as y jóvenes desescolarizados o en riesgo de deserción, y en situación de calle. Estos niños, niñas y adolescentes son los que requieren políticas y programas que consideren, por un lado, su especificidad psicosocial y condiciones de vulnerabilidad y, por otro, que sean capaces de reconocer el valor que tiene para ellos la calle y el grado de compromiso con las drogas que ellos y ellas poseen. La experiencia de vida de estos niños/as está llena de carencias y necesidades, por lo que muchas veces los problemas derivados del consumo de drogas pasan por los equipos que trabajan directamente con ellos.

El abordaje específico del consumo de drogas es parte de un proceso más amplio y progresivo de cambio, tanto personal como de su entorno (especialmente familia, también comunidad) y sus relaciones con ellos.

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En el entretejido de nuevas experiencias y motivaciones, y en un trabajo cooperativo con el equipo de salud, se deberán incorporar los temas específicos: autocuidado, conciencia del riesgo y de los “para qué” del consumo, diagnóstico y estrategia de motivación al tratamiento, etc.

Esto significa reconocer que a estos jóvenes les toca relacionarse con las drogas, y que se requiere for- talecer valores, actitudes, habilidades y conocimientos que les permitan un compromiso con un estilo de vida saludable y una actitud crítica frente al consumo; formar a los agentes educativos para detectar e intervenir tempranamente frente al consumo de drogas y, cuando corresponda, referir a los programas de tratamiento especialmente diseñados para esta población.

Intersectorialidad y redes

La integralidad de las acciones exige contar con diferentes actores públicos y privados que constituyan los agentes y dispositivos que se necesitan en cada etapa, única manera de tener una amplia gama de activi- dades motivadoras, así como disponer de los recursos de salud generales y especializados (ambulatorio- comunitario y red de adolescencia), y los educacionales y de capacitación adecuados y pertinentes para esta población.

La articulación de los sectores públicos debe alcanzar todos los niveles (nacional, regional, provincial y comunal). El nivel privado será principalmente, aunque no de manera exclusiva, local. Gran importancia tienen las “mesas comunales” como articuladoras de todos los aportes y como espacio de participación más directo.

La enorme variedad y complejidad de los recursos que se requieren (desde el trabajo de calle hasta las diferentes alternativas para la reinserción escolar o la capacitación, unidas a actividades recreativas y de desarrollo y, si se necesita, al tratamiento del abuso o la adicción) no permite el trabajo aislado de insti- tuciones.

Una estrategia integral requiere, necesariamente, de una política intersectorial y articulada en red que ase- gure contar con los recursos suficientes mediante una efectiva sinergia y coordinación entre instituciones públicas y privadas en conjunto con la comunidad, con el fin de lograr un mejor y más racional uso de ellos, corrigiendo dispersiones y fragmentaciones, evitando duplicidades y sobreintervenciones, obteniendo así un mayor aprovechamiento de las redes y focalizando mejor.

Las instancias que proveen soluciones parciales no producen, por sí solas, el efecto global que se requiere. Las experiencias de las redes dan cuenta del efecto sinérgico que se puede producir cuando se combinan integral y complementariamente distintos recursos (MIDEPLAN, 2002) 24, siempre que se trabaje con estilo cooperativo y compartiendo un objetivo común. En este sentido, la experiencia de los equipos ejecutores ha mostrado como una alianza necesaria el trabajo intersectorial a nivel comunal con instituciones que forman parte de una red complementaria e integral, como son: Seguridad Ciudadana, Programa Previene (CONACE), Oficina de Protección de los Derechos de la Infancia, proyectos de prevención y reparatorios de SENAME y programa Ambulatorio-Comunitario (MINSAL). (Fazzolari, 2004) 25

Las expresiones comunales de estos programas y/o instituciones de gobierno se formalizan y organizan generalmente a través de mesas comunales enfocadas a la temática de niños/as y adolescentes en riesgo

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social, en las que participan los equipos psicosociales que trabajan con este perfil de población y también otras instancias y/o actores comunales relevantes, de acuerdo con las características de cada lo- calidad (ONG, Carabineros, Corporaciones y/o Dirección Municipal de Educación, centros de salud, Chile Deportes, etc.). Asimismo, la incorporación del municipio y la coordinación con la Gobernación son de gran importancia para coordinar aportes y/o recursos de otros sectores e incrementar así la oferta de oportunidades en los diversos ámbitos relacionados.

Territorialidad

Los principios de integralidad, continuidad y proactividad podrán cumplirse adecuadamente si la intervención tiene una instalación territorial (comuna, barrio), ya que así se puede actuar en todos los factores de contexto: familia, escuela y comunidad, y abordar mejor todas las causas que provocan el consumo y que inciden en el com- portamiento del adolescente. En el territorio es posible articular efectivamente y mediante redes los recursos comunales e intersec- toriales necesarios, y se facilita hacer efectiva la continuidad del proceso.

La unidad operativa es el territorio o comunidad en la que se interviene, por lo que el equipo deberá mo- vilizarse a los diferentes lugares donde se encuentra esta población (“caletas”, barrios, grupos de esquina, focos céntricos en los que transitan, etc.) con el objetivo de establecer un vínculo de confianza que será la base de la intervención posterior que se debe realizar con ellos.

La intervención es territorial y comunitaria, ya que si el programa se propone favorecer procesos de in- tegración social, resulta esencial que este se ubique en un territorio dado, asuma sus códigos culturales y sociales e incorpore en el proceso a todos los actores relevantes de esa comunidad

Por lo tanto, el equipo debe ser flexible y adecuarse a las características de la población focalizada, así como también a la labor que realicen otros agentes fundamentales en la reinserción socioeducacional de esta población (proyectos de reescolarización, programas de capacitación, programas de intervención en drogas, etc.) existentes en ese territorio.

Por esta razón, la intervención psicosocial está fuertemente ligada a la intervención clínica en drogas que realizan los programas ambulatorio-comunitarios, pudiendo llegar a considerarse como una sola moda- lidad de intervención (“psicosocial y clínica en drogas”), en que cada una es complemento de la otra y donde las intervenciones de ambas modalidades deben realizarse en una relación de interdisciplinariedad y trabajo en equipo para poder realmente llegar con una propuesta integral, global y específica que permita la plena integración social de estos niños/as y adolescentes.

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MO deLO de inTeRVenciÓ n

MODELO DE INTERVENCIÓN PSICOSOCIAL

Propósitos y objetivos

Propósito general

Mejorar la situación de niños/as y adolescentes en situación de vulnerabilidad y exclusión social, de modo de prevenir y disminuir el consumo de drogas o su cronificación; coordinar el ingreso a tratamiento cuan- do corresponda, y promover su inserción social.

Objetivo general

Desarrollar e implementar un programa de intervención psicosocial que incluya prevención del consumo de drogas, fortalecimiento de lazos familiares, promoción de la inserción social, articulación con las redes locales y, cuando corresponda, facilite acceso a tratamiento de drogas y otras problemáticas de los niños/as y adolescentes en situación de vulnerabilidad y exclusión social en la comuna.

Objetivos específicos

Evitar y disminuir el consumo de drogas en niños/as y adolescentes en situación de vulnerabilidad y exclusión social.

Favorecer y promover la revinculación y reinserción social del niño, niña o adolescente.

Favorecer la reinserción a la escuela y/o actividades ocupacionales (de acuerdo con la edad).

Promover la revinculación con la familia y/o adultos significativos del niño/a o adolescente.

Favorecer la inserción social de los niños/as y adolescentes y sus familias en vulnerabilidad social en las redes existentes en la comuna.

Sensibilizar a la comunidad y a las familias sobre esta población como sujetos de derecho y sobre la coparticipación y responsabilidad para su reinserción.

Fortalecer la red comunal multisectorial, que involucre a todos los actores responsables del desarrollo integral de esta población objetivo, y permita disponer de la oferta institucional que se requiere para un programa de desarrollo e inserción y las necesidades de tratamiento de drogas cuando sea necesario.

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Instalación territorial y diagnóstico comunal

Un primer paso para la intervención requiere de una aproximación diagnóstica a la realidad comunal que sea previa al inicio del proyecto y que permita orientar y tomar decisiones para la intervención posterior. Para ello, será necesario la recopilación de datos provenientes de distintos agentes. Lo más básico parece ser el geomapa realizado en el nivel municipal, que contiene las zonas o poblaciones de más alto riesgo en la comuna. La existencia de una “Mesa Temática” orientada a esta población podrá ser, en muchos casos, y dependiendo de la calidad y nivel de desarrollo de la mesa, un gran colaborador. Cuando el equipo psicoso- cial posee una trayectoria en la comuna, su instalación, conocimiento y vínculo con el territorio, hará más fácil tomar las decisiones adecuadas para acceder a quienes conforman la población infantoadolescente en vulnerabilidad social de ese territorio. Cuando es posible contar con un Diagnóstico Comunal de esta población, ello puede constituirse en una herramienta muy valiosa para orientar la focalización, es decir, dónde y con quiénes se realizará la intervención.

Llevar a cabo un diagnóstico acabado en esta población es una tarea compleja y difícil, por ello solo cabe hablar de una “aproximación diagnóstica” que estará más o menos avanzada según la iniciativa que muestre el gobierno comunal y el nivel de las coordinaciones de la “Mesa Comunal Temática”.

Las experiencias recogidas muestran la utilidad de una aproximación cuantitativa de la población infan- toadolescente en vulnerabilidad social (cuántos son, subgrupos que la conforman, etc.), realizada por la “Mesa“, para visualizar la realidad de la comuna, especialmente a partir de los datos recogidos desde ins- tituciones públicas: municipio, policías, escuelas o Departamento de Educación Municipal (DEM o DAEM), red SENAME, red Salud, etc. 26

Cuando la información se enriquece con los equipos psicosociales que participan en la Mesa, y/o la infor- mación aportada por otras fuentes u observantes directos de la comuna, es posible, incluso, recoger una descripción cualitativa y en mayor profundidad de la población en vulnerabilidad social (dónde se ubican, características de los grupos que la conforman, estrategias de sobrevivencia más utilizadas, etc.) (Ibid) 27

Proceso de intervención psicosocial

Para que el proceso de intervención psicosocial sea efectivo debe desarrollarse en diferentes etapas su- cesivas claramente acordadas, y en cada una de ellas se deben estimular y trabajar paralelamente seis ejes transversales. A continuación se presenta un esquema del modelo de intervención psicosocial de preven- ción selectiva de drogas, las etapas sugeridas y los principales ejes de intervención.

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MO deLO de inTeRVenciÓ n

Modelo de Intervención Psicosocial

Etapas en la Intervención

EJES TRANSVERSALES DE LA INTERVENCIÓN

Desarrollo socioemocional y adolescencia

Abordaje del consumo de drogas

Entorno comunitario y redes

Integración social

Reparación

Familia

EgRESO SEgUIMIENTO (Evaluación indicadores de logro)
EgRESO
SEgUIMIENTO
(Evaluación
indicadores
de logro)
Acompañamiento Individual Primer Actividades ACERCAMIENTO Socioeducativas (Trabajo de calle, Reescolarización
Acompañamiento
Individual
Primer
Actividades
ACERCAMIENTO
Socioeducativas
(Trabajo
de calle,
Reescolarización
vinculación…)
DIAgNÓSTICO
del PERfIL de
la PObLACIÓN
(Niveles de
complejidad)
DIAgNÓSTICO
INTEgRAL
INDIVIDUAL
(Sujeto y pares;
familia y entorno)
PLAN de
INTERVENCIÓN
INDIVIDUAL
(Sujeto y pares;
familia y entorno)
PROCESO de
INTERVENCIÓN
INDIVIDUAL
Ámbitos o
líneas de acción
de la
intervención
integral
Abordaje
de drogas
Familia
Integración a
Capacitación
la comunidad
laboral
Vínculo
la intervención integral Abordaje de drogas Familia Integración a Capacitación la comunidad laboral Vínculo
la intervención integral Abordaje de drogas Familia Integración a Capacitación la comunidad laboral Vínculo
la intervención integral Abordaje de drogas Familia Integración a Capacitación la comunidad laboral Vínculo
la intervención integral Abordaje de drogas Familia Integración a Capacitación la comunidad laboral Vínculo
la intervención integral Abordaje de drogas Familia Integración a Capacitación la comunidad laboral Vínculo
la intervención integral Abordaje de drogas Familia Integración a Capacitación la comunidad laboral Vínculo
la intervención integral Abordaje de drogas Familia Integración a Capacitación la comunidad laboral Vínculo
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Diagnóstico integral: diagnóstico psicosocial

Un adecuado diagnóstico psicosocial del sujeto, de su entorno familiar y comunitario, del papel que juega

el grupo de pares, y en el que se evalúen tanto los indicadores de riesgo como los de daño y también sus

características, potencialidades y resiliencias, aparece como un complejo desafío. Se tratará de un diagnós- tico realizado con las redes locales y organismos especializados (red SENAME, entre otros) que incluya las especificidades de cada ámbito y las experticias requeridas.

Se trata de un diagnóstico complejo y multidimensional, que debiera ser integral, y que requiere desarro- llarse por etapas sucesivas y en medio del proceso mismo de construcción del vínculo y de las intervención psicosocial. En el modelo territorial y enfoque selectivo que aquí se postula, las primeras aproximaciones diagnósticas las harán los monitores durante el trabajo de calle, actividad a través de la que se realiza el

acercamiento, se establece el contacto, se crea la confianza y trascurren las primeras etapas de la construc- ción del vínculo y de las actividades a las que el adolescente es invitado a participar, las que al comienzo serán actividades motivadoras y de tipo más bien general y grupal, combinadas con conversaciones u otras iniciativas individuales que el vínculo permita llevar a cabo. El proceso podrá realizarse en un periodo aproximado de 1 a 2 meses, pudiendo prolongarse en casos de mayor complejidad, en que se requiere ge- nerar un vínculo de mayor confianza con el sujeto o la familia, especialmente cuando ésta no esté presente

o se encuentre desvinculada y ausente.

Este diagnóstico, que más bien debiera llamarse conocimiento progresivo del sujeto y su entorno, toma un tiempo más o menos prolongado, generalmente de meses (Pollarolo, 2004) 28 . Si bien la etapa de diagnóstico puede tomar aproximadamente dos meses, dependiendo de la complejidad del sujeto y su situación, el proceso en sí no es estático en el tiempo, observándose la necesidad de ir actualizando y/o revisando el

diagnóstico hecho en un inicio, cada tres o seis meses en reuniones técnicas del equipo, y a lo largo de todo

el proceso, pudiendo cambiar la situación inicial, lo que abre nuevas alternativas para la intervención.

Igualmente, el diagnóstico de la familia será realizado mediante un proceso dinámico. En un primer nivel, de orden general (condiciones socioeconómicas, estructura, problemáticas principales, etc), para luego, en un proceso más a largo plazo, conocer más en profundidad otras situaciones de la realidad familiar, muchas veces severamente inter- ferida por un “secreto” de difícil conocimiento para el observador. En estos casos, generalmente se trata de un problema de violencia, maltrato o abuso, o bien de formas de vida fuera de la ley, trátese de narcotráfico o formas de delincuencia habitual 29 . En otros casos, probablemente, tendrá que ver con familias sobreintervenidas y re- ticentes a la intervención, con las cuales habrá que desarrollar un proceso de confianza y vinculación que podrá tomar más tiempo del estimado, de manera de poder recabar información y construir con y desde ellas su realidad.

información y construir con y desde ellas su realidad. Un registro diagnóstico que, como hemos dicho,

Un registro diagnóstico que, como hemos dicho, requerirá un cierto tiempo para completarse debiera incluir:

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MO deLO de inTeRVenciÓ n

a) Diagnóstico del grupo intervenido

Si ha sido posible realizar el trabajo de calle, es decir, la búsqueda activa de la población objetivo, lo más probable es que los educadores se hayan contactado con grupos más o menos estables de adolescentes. En este primer acercamiento, será importante observar y tener una descripción de las características, es- tructura del grupo y, en lo posible, la dinámica interna de dicho grupo, relaciones que se establecen, códigos de funcionamiento, jerarquías, etc. Todo lo cual constituye una información de interés que requiere ser registrada, y que permitirá delimitar el perfil del o los grupos a los cuales se abocará la intervención.

Constituirán una excepción aquellos casos que se incorporan de manera individual, sea por derivación institucional, por encontrarse privados de libertad o porque son contactados por el equipo de manera individual (búsqueda de desertores escolares, por ejemplo), es decir, cuando ellos no provienen desde el trabajo de calle. En ellos será el estudio y diagnóstico individual el que permitirá saber de sus pares y grupo de referencia, los que eventualmente podrán constituirse también en sujetos de la intervención.

PAUTA DE NIVELES DE COMPLEJIDAD PSICOSOCIAL SUJETO/GRUPO

     

1

 

2

 

3

 

Familia

Resiliente/ problemas

Disfuncional moderada/ incumplimiento

Ausente/

de comunicación

 

Disfuncional grave

Comunidad

Organizada/

Débil organización/ Drogas y violencia (+)

Desorganizada/ Drogas y violencia (++)

Integración social

 

S

Escolaridad

Inserto/ Problemas leves de rendimiento o rendimiento insatisfactorio

Riesgo de abandono (predesertor) / Repitencias, retraso pedagógico)

Desescolarizado

U

Vida de calle

Escasa

 

Ocio/

Diaria/

Trabajo/

Gran

Actividades

Permanencia

Pares

creciente

pares/

parte o

de

 

carrete y

todo

sobrevivencia

J

consumo

el día

Conducta transgresora

Ausencia/ características propias de la adolescencia

En hogar y entornos “significativos”/ conductas leves o “faltas”

en relación con las

E

drogas/ en grupo. Conductas graves (“delito”)

Socio-emocional

Trastornos emocionales

Moderados trastornos afectivos y de relación con figura de autoridad o pares.

Severos, problemas

T

leves o nulos; habilidades sociales/ problemas con familia.

emocionales, conductuales

y

de relación/

O

Comorbilidad siquiátrica

Consumo

Sustancia

No consume / Consumo bajo riesgo

Consumo riesgo

Consumo riesgo moderado/ de alto riesgo

 

de drogas

moderado

 

Alcohol

     

T.H.C.

     

P.B.C.

     

Cocaína

     

Inhalables

     
 

No participa/ Participa en proyecto psicosocial

Equipo psicosocial/ Amb. comunitario

Eq. Psicosocial/ Amb. Com./ desintox/ residencial

1= RESILIENTE A LEVE

2= LEVE A MODERADO

= MODERADO A SEVERO

Categorías Leve-Moderado-Severo: estarán definidas de acuerdo con la mayor presencia de indicadores de riesgo o daño, evaluando las variables según cómo se expresan (no como categorías rígidas).

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Las variables familia, escolaridad, conductas transgresoras y vida de calle serán determinantes para evaluar el nivel de complejidad, la modalidad de tratamiento y la necesidad de un soporte psicosocial.

b) Diagnóstico del niño/a y adolescente

El enfoque desde la globalidad con que se encara el consumo de drogas y la necesidad de reconocer e intervenir en la totalidad de las condiciones y factores de riesgo exige que el diagnóstico del sujeto aborde desde lo psicológico a lo social, incorporando los diversos ámbitos de la situación del niño/a o adolescente, y su entorno cercano (ver Anexo: Ficha de diagnóstico).

El diagnóstico individual deberá considerar, a lo menos, las siguientes áreas:

Situación de calle: historia de calle, tiempo y horas de permanencia, actividad que realiza, perfil caracte- rístico, lugar físico, significado y valor, etc.

Personalidad: desarrollo cognitivo, socioemocional, salud mental general. Condiciones de salud física y sexualidad. Recurso y habilidades resilientes desarrolladas.

Hitos de historia de vida relacionados con:VIF, maltrato, abuso sexual o explotación comercial (o sos- pecha), abandono, etc.

Situación educacional: si se encuentra desescolarizado, precisar el tiempo, la historia, motivaciones, hue- llas de fracaso, etc. Si está inserto, precisar si es en condiciones satisfactorias o si corresponde a las con- diciones de “predeserción” (inestabilidad y faltas reiteradas, repitencias, mal rendimiento, “problemas de conducta”, retraso pedagógico). Consignar si se observan problemas o trastornos de aprendizaje asociados (o la necesidad de evaluar para descartar).

Consumo de drogas: tiempo de inicio, patrón de consumo; sentido del consumo (por qué y para qué).

Conductas transgresoras: su gravedad, historia y significado.Antecedentes de transgresión a la ley.

Relación con grupo de pares: vínculo y relación que establece con el grupo, pares significativos, etc.

Relación con la familia: vínculo, relaciones que establece el sujeto con los padres, hermanos, sentimien- tos asociados con su familia, etc. Existencia de adulto significativo.• Ámbito legal y de institucionaliza- ción: medidas de protección, medidas legales por infracción a la ley, etc. Historia de institucionalizacio- nes en las que ha sido beneficiario/a.

Proyecto de vida: proyecciones, visión de sí mismo, intereses y motivaciones.

Respecto al diagnóstico de la dimensión de consumo, se presenta a continuación un cuadro descriptivo, de manera de facilitar el diagnóstico inicial que realizará el equipo psicosocial en este ámbito, el cual confir- mará posteriormente el equipo clínico ambulatorio-comunitario.

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MO deLO de inTeRVenciÓ n

DIMENSIÓN LIGADA AL CONSUMO

TIPO DE CONSUMO

CONSUMO DE BAJO RIESGO

CONSUMO PERJUDICIAL O ABUSO

DEPENDENCIA

Edad de inicio de consumo

A partir de 14 años

Entre 12 y 14 años

Antes de 12 años

Sustancia o droga consumida

Alcohol o marihuana en asociación ocasional a otras drogas

Alcohol y marihuana con PBC, heroína, inhalantes

Policonsumo ( > de drogas)

Frecuencia del consumo actual

Ocasionalmente, los fines de semana en espacios recreativos

Habitualmente los fines de semana.

Todos los fines de semana y/o diario.

Consumo sostenido

Menos de meses

De meses a 6 meses

Más de 6 meses

Consumo socializado o no

Solamente en grupo, con significancia a lo experimental o recreativo

En grupo y solo

Mayor tendencia al consumo solitario

Vía de administración

Una vía, oral

Una vía, no inyectable Más de una vía

Inyectable

Consecuencias de la intensidad de consumo

Sin consecuencias evidentes

Primer episodio evidente de: accidente, violencia, autoagresión.

Accidentes reiterados. Violencia reiterada. Autoagresiones frecuentes. Coma etílico y/o por consumo de otra sustancia. Intoxicación por drogas

Criterios de dependencia

Sin criterios de dependencia

Con criterio de consumo abusivo, Sin criterios de dependencia

Existen criterios de dependencia

 

Fisiológicas

No existen

Evitar hambre y frío Dormir Bajar de peso Aumentar masa muscular

Dependencia física Evitar dolores físicos

Motivación al consumo

Emocionales

Relajación Placer o disfrute Evasión Desinhibición Alerta (Existe sólo una motivación)

Las indicadas en consumo con bajo riesgo, además de:

Conjunto de motivaciones con significación patológica o con relación a conductas disociales

ansiedad y angustia Efecto anestesiante emocional Aumentar ánimo (En asociación, dos o más)

De desempeño

Mejorar rendimiento en ámbitos puntuales Aceptación grupo de pares Relación con sexo opuesto

 

Realizar desempeños que infringen la ley Cuando el uso de la droga deja de ser efectivo para el objetivo o significado pensado.

 

y adaptación

Integración social en distintos ámbitos

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c) Diagnóstico familiar

En primer lugar, se requiere conocer y/o evaluar la situación de la familia nuclear o cercana al niño/a ado- lescente. Una vez realizado, y de acuerdo con el diagnóstico hecho por el equipo respecto al adolescente y su familia, en el caso de que no sea posible intervenir con la familia, será importante efectuar este diag- nóstico con el o los adulto/s significativo/s con los que se espera poder trabajar y vincular al niño, niña o adolescente.

En el diagnóstico familiar, se pueden considerar las siguientes áreas:

Situación social: Situación socioeconómica, ingreso, contexto sociocultural, ingreso, vivienda, condicio- nes de habitabilidad, etc.

Competencias parentales: evaluar desde un mayor desarrollo de competencias (grado de vinculación, empatía con el hijo/a, capacidad de ponerse en su lugar, capacidad de cuidado, etc.) a un menor desa- rrollo y deterioro de éstas (existencia de negligencia, abandono, violencia, maltrato, sospecha de abuso, explotación sexual comercial infantil, etc.; historia transgeneracional). Estado de salud física y mental de miembros de la familia.

Clima familiar: constitución del grupo familiar, historia de la familia nuclear y/o extensa. Dinámica y tipo de relaciones (con el niño/a o adolescente, al interior de la familia). Presencia de eventos estresantes o situaciones de crisis familiar.

Conductas transgresoras: situaciones asociadas a consumo y/o tráfico de drogas, delitos leves o graves, etc., presentes tanto en el niño o niña como en algún miembro de su familia.

Condiciones resilientes: recursos y factores resilientes observados en familia nuclear o extensa (inserción en redes sociales, grado de adaptación, etc.). Evaluar expectativas y/o motivación al proceso de inter- vención psicosocial, disponibilidad y/o demandas en relación a resolución de problemas.

A partir de la evaluación de las áreas mencionadas, se podrá evaluar también el nivel de complejidad de la

familia, lo que dará posteriormente las orientaciones y pronóstico para la intervención. Esto muestra en

el cuadro siguiente:

Las categorías Leve-Moderado-Severo estarán definidas de acuerdo con la mayor presencia de indicadores de riesgo o daño, evaluando las variables según cómo se expresan (no como categorías rígidas), y conside- rando también en la evaluación la presencia de características resilientes, que podrán aminorar la presencia de otros indicadores de riesgo o daño.

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MO deLO de inTeRVenciÓ n

PAUTA NIVEL DE COMPLEJIDAD DE LAS FAMILIAS

Cuadro descriptivo Variables psicosociales en la familia Situación Competencias Clima Conductas Grado de
Cuadro descriptivo
Variables psicosociales
en la familia
Situación
Competencias
Clima
Conductas
Grado de
intensidad de las variables
social
parentales
familiar
transgresoras
Leve
Pobreza
Ausencia parental
(padre muerto, ausente)/
Familia uniparental/
Problemas de normas
y límites
Problemas de
comunicación, roles o
funciones
Consumo de drogas
en la familia
Mediana
Pobreza y
aislamiento
Negligencia o
incumplimiento de roles.
Estrategias inadecuadas
de manejo
Lazos débiles y
distantes al interior
de la familia
Presencia de consumo
y tráfico de drogas
Severa
Indigencia y/o
aislamiento
social
Maltrato infantil y/o
abuso sexual. Presencia
de cuadros psiquiátricos
asociados
Violencia intrafamiliar.
Familia desestructurada,
clima desorganizado
Conductas delictivas,
asociadas a consumo
de drogas.
Condiciones resilientes:
Inserción en redes sociales locales o comunidad
Vinculación y/o preocupación por el hijo/a
Capacidad de afrontamiento de eventos estresantes

d) Diagnóstico del entorno

Características del entorno: presencia de drogas y/o tráfico, nivel de violencia y/o delincuencia, nivel de or- ganización comunitaria, presencia y validación de liderazgos formales, etc.

Mapa sectores de riesgo: relación del adolescente/grupo con la comunidad y sus líderes (marginación, estig- matización, integración, etc.).

Redes y recursos locales: evaluar calidad y existencia de redes, organizaciones y líderes comunitarios, servicios o instituciones en la comuna. Grado de sensibilidad al tema, etc. Disponibilidad y/o accesibili- dad.

Condiciones de vulnerabilidad del entorno: recursos y condiciones potenciales del entorno (mesa temática, red comunal, organizaciones vecinales y líderes comunitarios, etc.).

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e) Conclusión diagnóstica y pronóstico Contempla la formulación de una breve síntesis diagnóstica , lo

e) Conclusión diagnóstica y pronóstico

Contempla la formulación de una breve síntesis diagnóstica, lo cual dará la pauta para definir los obje- tivos de la intervención, y la descripción de un posible pronóstico, considerando el diagnóstico del niño/a

o adolescente y su entorno, los recursos y potencialidades del sujeto y la familia, y el nivel de daño de los mismos.

Esto permitirá operacionalizar la intervención en términos de los objetivos posibles de lograr, en el tiem- po de duración estimado de la intervención, definir metas realistas en plazos determinados, obtener logros posibles y ajustados a la realidad, así como hacer referencia a la necesidad de otras redes alternativas complementarias para la intervención. Este último aspecto es importante de considerar, sin dejar de unirlo siempre a la motivación y necesidades que presente el adolescente y considerando el momento vital en que se encuentra.

Plan de intervención psicosocial individual

La importancia del plan de intervención individual (PII) tiene que ver con la mirada desde el individuo, complementariamente al enfoque de la intervención comunitaria, que debe estar contemplada en los

proyectos de intervención psicosocial. Esto se basa en la importancia de considerar los diversos elemen- tos necesarios de contemplar para esta población: el enfoque del vínculo y el desarrollo de la confianza básica; el modelo de competencias y empoderamiento, y el desarrollo de un proyecto de vida basado en

la integración social. Por lo mismo, y al igual que el diagnóstico, el PII debe también estar integrado por los

diversos actores de los demás programas que intervengan.

Tradicionalmente, el abordaje a esta población ha estado marcado por una visión asistencialista y adulto céntrica, mirada en la que primaba el esfuerzo por “protegerlos”, pero que estaba carente de una respuesta específica que diera cuenta de la diversidad y grados de complejidad de las situaciones.Aunque el plan de intervención será siempre individual, existe una serie de condiciones que deberán tomarse en cuenta, las que, con frecuencia, corresponden a una característica común al grupo intervenido.

Una de ellas es el factor etario. Es así que, al definir el plan general de intervención, debemos considerar que el tipo de actividades y recursos con que se cuenta no podrá ser igual para un grupo en el que prima la adolescencia temprana, que para aquel que está constituido por mayores de 18 años, es decir, aquellos que viven las primeras etapas juveniles. En estos últimos, además de los apoyos para la escolarización, aparece como recurso fundamental la capacitación laboral y el acceso a las fuentes de trabajo.

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MO deLO de inTeRVenciÓ n

Especial consideración requiere la intervención dirigida a la población de los que viven en la calle en las lla- madas “caletas”. Se trata del perfil de mayor complejidad, que exige siempre un prolongado trabajo de calle, para quien el vínculo y tutor resiliente constituye el agente principal, y cuya intervención debe ser intensiva (diaria) con recursos especiales: casa abierta o casa de acogida; equipo de salud especializado (Ambulato- rio-comunitario y Red de tratamiento para adolescentes); apoyo especializado en escolarización, y también en capacitación laboral. Para quienes, de esta población, presentan daños y vulneraciones de derechos de mayor gravedad (explotación sexual comercial infantil, abuso sexual, maltrato grave), se requerirá contar con equipos especializados para una intervención terapéutica que deberá manejarse adecuadamente con los aspectos judiciales en juego en estos casos.

Respecto a la población DE la calle en esta población, existe hoy día consenso entre los equipos psico- sociales que con ellas no cabe la visión “protectora” que pretendía “erradicarlos” o “rescatarlos” de sus espacios de calle. Se sabe que el tiempo de trabajo de calle es siempre indispensable y que lo que interesa es hacer posible que avancen en un proceso de desarrollo que será más o menos largo, y con más o menos apego a la calle según el peso de la historia y experiencia de vida de cada uno y el significado que ha adqui- rido la calle para ellos, especialmente respecto a la tarea de construir una identidad valorada. (Ibid) 0

Elaboración del PII

Respecto a la elaboración del Plan de Intervención Individual (PII), una vez establecido el diagnóstico per- sonal de cada niño y el vínculo con su familia y entorno, es posible planificar un plan o estrategia individual de intervención que debe considerar las características de cada niño/a y/o adolescente, el nivel de comple- jidad (leve, moderado o severo) y los recursos personales y sociales, motivaciones e intereses del niño/a o adolescente. En la planificación de esta estrategia deben participar todos los actores que intervienen con el niño/a o adolescente; en una primera instancia, el equipo psicosocial, y luego los otros equipos especia- lizados, como Reescolarización,Ambulatorio-Comunitario, Desintoxicación, Circo del mundo, Reparación por explotación sexual comercial, de Maltrato Grave y Abuso, etc.

Es muy importante basarse en la información registrada en las pautas de diagnóstico y consignar aquella información que aún se necesita recabar. La entrevista con la familia y adulto significativo y la reunión clínica entre equipos que intervienen con el niño/a o adolescentes pueden ser instancias necesarias de realizar antes de planificar el plan individual.

La realización del plan de intervención individual debe estar orientado a tres grandes ámbitos o “sujetos de intervención”:

El sujeto (considerado individual y grupalmente),

La familia (o adulto significativo),

El entorno comunitario.

En el PII, deberán incorporarse objetivos para cada uno de los tres ámbitos mencionados, en relación a los ejes transversales de la intervención del proceso integral. Este plan se ordena en seis ejes fundamentales:

Vínculo, Desarrollo Socioemocional, Inserción social, Abordaje de drogas, Familia, Reparación y Entorno. Cada eje, si bien tiene su especificidad, debe abordarse no como comportamientos estancos, sino con

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una visión integral de la intervención. En aquellos casos en que se esté interviniendo con otros equipos especializados (ambulatorio comunitario, otros programas de salud o drogas, programas reparatorios de SENAME, etc.), es de suma importancia coordinar las acciones y ámbitos de intervención, que estarán contemplados en la elaboración del PII.

Los objetivos del PII deberán ser realistas y adecuados tanto a las características y condiciones del con- texto y del sujeto, como del equipo psicosocial que deberá intervenir, de manera que sean posibles de llevar a cabo en el tiempo estimado. Deben ser también metas a corto y mediano plazo y progresivas, lo cual no solo será relevante para evaluar los logros en el tiempo que se vayan alcanzando, sino que también será una herramienta de autocuidado para el equipo, puesto que se ajustará a las posibilidades reales del sujeto en un momento dado, y de acuerdo con los recursos y condiciones que se disponga en ese mo- mento, aminorando la omnipotencia que suele presentarse en los equipos frente a realidades tan adversas,

y la posterior frustración y desesperanza frente a dificultades propias de este tipo de intervenciones y su efecto en el propio adolescente.

En el plan de intervención (PII) será fundamental definir el plan de actividades y el ritmo y la calidad que ellas deben tener, puesto que los cambios que buscamos impulsar en ellos deben afirmarse siempre en experiencias, es decir, en las distintas situaciones que se ofrecen, y que son vividas y sentidas por el sujeto. Ello dice relación con el objetivo de impulsar un desarrollo con autonomía y autoconciencia, y debe ser coherente con una metodología que busca generar verdaderos cambios, que no se limiten a conductas para agradar al educador o para conseguir informes favorables sobre su comportamiento. Por ello, el PII deberá definirse de acuerdo no sólo con el perfil etario, sino también con el perfil de complejidad, lo que delimitará no sólo la intensidad y frecuencia de ellas, sino también el tipo de actividades por realizar.

En la formulación del plan de actividades, la elaboración conjunta o coconstrucción con el grupo o sujeto es considerada muy importante, especialmente en las primeras etapas, en las que primarán las propuestas

e intereses grupales. Junto con ello, el equipo necesitará ir reconociendo la existencia de intereses especí- ficos de algunos adolescentes, lo cual puede, muchas veces, ser el vehículo motivacional y de construcción de identidad que constituya el eje de su plan individual.

Frente a situaciones de riesgo para el niño/a o adolescente, el PII requiere contemplar un árbol de deci- siones y coordinación con redes especializadas para dar respuesta a situaciones complejas que pudieran presentarse a partir del diagnóstico (casos de violencia intrafamiliar, riesgo suicidio, explotación comercial, consumo adictivo de drogas, etc.).

En aquellos niños/as y adolescentes de mayor complejidad y/o daño psicosocial, este proceso de coordina-

ción con otras instituciones que intervengan es imprescindible para evitar la sobreintervención y favorecer

el sentimiento de pertenencia de estos niños/as y adolescentes a un proyecto en particular (generalmente la

“casa de acogida”). Esto muchas veces se ve interferido cuando los adolescentes perciben que existen diver- sas instancias u organismos que ofrecen ayuda o algún tipo de intervención, pudiendo llevar finalmente a un uso “utilitario o instrumental” del sistema por parte de ellos. Esto se explica en parte por la dificultad para poder vincularse y sentir pertenencia a un mismo proyecto o equipo interventor, y por el obstáculo de los propios equipos de poder coordinar las intervenciones complementarias de las diversas instituciones.

Desarrollar un plan requiere un tiempo y una dinámica que se irá afinando y reorganizando tanto con la evaluación como con la evolución experimentada por cada uno de los beneficiarios/as.

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MO deLO de inTeRVenciÓ n

c I ó n P s I c o s o c I a l MO

Por último, el tiempo de intervención psicosocial, desde que se inicia el desarrollo del plan de intervención hasta el egreso definitivo del programa, podrá ir desde los diez meses hasta los dieciocho meses, depen- diendo del nivel de complejidad del perfil de los sujetos de atención. Requerirán mayor tiempo aquellos niños/as o adolescentes con los que hay que desarrollar un proceso de acercamiento y vinculación más prolongado, y un desarrollo de la inserción más a largo plazo en el tiempo (perfil de alta complejidad. Ej:

grupos de “caletas”). De acuerdo con la experiencia de otros programas, el proceso de este perfil que requiere la modalidad “casa de acogida” podría tomar hasta veinticuatro meses, considerando un tiempo máximo de estadía en la casa de dieciocho meses, pudiendo estar en seguimiento, una vez insertado en su contexto, por un período de seis meses más (Ordóñez O., 1994).

Ejes transversales de la intervención psicosocial con el sujeto

Para un adecuado desarrollo del niño/a y/o adolescente, se requiere ofrecer un conjunto de experiencias que le permitan conocerse, descubrir sus cualidades y favorecer la construcción paulatina de mayores gra- dos de confianza en sí mismo, oportunidades para desarrollar habilidades y competencias que le permitan grados crecientes de independencia y autonomía, la posibilidad de expresar sus emociones y sentimientos, aprender a reconocer y aceptar los sentimientos en otros, desarrollar tolerancia a la frustración y manejar de mejor forma sus impulsos, desarrollar empatía y capacidad de ponerse en el lugar de otros, desarrollar una sexualidad responsable, aprender a manejar los conflictos en forma pacífica, etc; todos aspectos que un programa que trabaja con niños y adolescentes debe estimular.

Dependiendo del perfil de complejidad de los niños/as o adolescentes con los que intervenga el proyecto, la intervención psicosocial podrá ser ambulatoria (perfil de leve a moderada complejidad) o residencial (“casa de acogida”: perfil de alta complejidad). Respecto a este último perfil, la “casa de acogida, se de- sarrolla para aquellos niños/as o adolescentes de alta vulnerabilidad que generalmente viven en la calle (“caletas”) y hacen de ella su único espacio de socialización, no contando con otros lugares o fuentes de apoyo familiar. Esta “casas” debieran constituirse como semiabiertas o flexibles en su estructura, idealmen- te próximas a las zonas donde se concentran los niños/as y adolescentes de la calle (Ordóñez, D., 1994).

En un esfuerzo por protocolizar la intervención psicosocial dirigida al sujeto, se ordenan los principales objetivos buscados con ella, los principales ejes de acción y las actividades o prestaciones asociadas.

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Objetivos:

Profundizar progresivamente en el desarrollo del vínculo con el niño/a o adolescente.

Motivar a través del vínculo y acompañamiento a instancias de tratamiento (cuando corresponda)

Detectar, diagnosticar y/o coordinar con instancias de tratamiento del consumo de drogas cuando se requiera.

Apoyar y favorecer la disminución paulatina de los patrones de consumo, cuando corresponda,

a través del vínculo y acompañamiento y/o a través de acciones coordinadas con el programa

ambulatorio-comunitario (u otro).

Favorecer la inserción social mediante el aprendizaje paulatino de normas y límites de conviven- cia con los pares y adultos.

Favorecer la satisfacción de necesidades básicas físicas y psicológicas cuando corresponda (“casa de acogida”: alimentación, alojamiento, protección, pertenencia, etc.).

Motivar a través del vínculo a participar en actividades psico o socioeducativas, asistencia a “casa taller” o abandono de la calle cuando corresponda.

Promover la estructuración del tiempo y adquisición de responsabilidades adecuadas a su edad

y al grupo con el que convive.

Favorecer el proceso de empoderamiento y responsabilización en el propio proceso de cambio e inserción.

Favorecer la reparación a través del acompañamiento individual y vinculación de nuevas expe- riencias de logro y de reconocimiento de habilidades y competencias.

Desarrollar habilidades socioemocionales y construcción de identidad prosocial a través de actividades psico o socioeducativas y experiencias de logro.

Favorecer la adaptación a normas de convivencia: elaboración y evaluación conjunta de normas de convivencia de la casa; actividad de evaluación de la vida comunitaria; definición de roles y hábitos compartidos (rutina casa); etc.

Los grandes ejes que cruzan y ordenan la intervención son:

a) Vínculo

b) Desarrollo socioemocional y tareas evolutivas

c) Inserción social

d) Intervención con la familia y/o adulto significativo

e) Reparación

f) Intervención en el entorno comunitario y redes.

g) Abordaje del consumo de drogas

Estos ejes representan ámbitos de intervención que para objeto de planificar la intervención de cada niño/a y adolescente es importante tomar en cuenta en forma particular. Sin embargo, es difícil establecer el límite entre el proceso de vinculación y el desarrollo socioemocional, entre integración social e inter- vención con la familia y su entorno, puesto que todos se relacionan y complementan en el logro final de la inclusión social.

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MO deLO de inTeRVenciÓ n

A

continuación se describe cada eje de intervención, con sus objetivos y actividades

o

“prestaciones” asociadas a cada uno de ellos.

a) Vínculo

El vínculo, entendido como el lazo de confianza y compromiso que se convierte

en una experiencia de autovalía, autoconfianza y fuente de motivación para el cam- bio, se hace una herramienta fundamental para el proceso de intervención en esta población.

Tomando como base la Teoría del Apego (200), se observa que en general la mayo- ría de los niños/as y adolescentes en vulnerabilidad social, y en mayor medida en alta vulnerabilidad, han desarrollado un estilo de apego inseguro, pudiendo manifestarse en sus distintas formas: evitativo, ambivalente y desorganizado. Por ello, se espera que la experiencia del vínculo con el/los educador/es se constituya en una experiencia emocional reparadora, al poder vincularse con nuevas figuras adultas que permitan desarrollar confianza básica, aceptación, estima y seguridad afec- tiva (Arón, A. y Llanos, T. 1996) 1 .

afec- tiva (Arón, A. y Llanos, T. 1996)  1 . Dado que estos niños/as y

Dado que estos niños/as y adolescentes han vivido historias de frustraciones y pérdidas significativas, el establecimiento de un vínculo afectivo se constituye en un elemento indispensable para el éxito de la in- tervención. En este sentido, el vínculo que establezca en primer lugar el educador de calle con el niño/a o adolescente será una experiencia transformadora y reparadora en la medida en que pueda constituirse en nuevas experiencias de apego seguro. Esto pasa necesariamente por la capacidad del equipo y del educador de establecer una relación afectiva que le otorgue seguridad, que sea consistente en el tiempo, capaz de to- lerar las dificultades y limitaciones en el logro de objetivos, una relación comprensiva y empática respecto a las dinámicas o características “transgresoras” que presente, pero que al mismo tiempo pueda poner los limites adecuados que lo ayuden en su proceso de inserción a la comunidad.

Por otra parte, la distinción entre “vínculo afectivo” y “vínculo terapéutico” se hace difícil de delimitar en esta población, puesto que si bien es necesario reconstruir la confianza perdida a través del afecto, tam- bién se requiere de un vínculo que no genere dependencia y permita poner los límites adecuados para la intervención, con la cercanía necesaria para transformarse en una experiencia humanizadora, tanto para el niño/o o adolescente, como para el adulto o equipo que interviene. En ese sentido, hablar de un “vínculo afectivo habilitador” (CONACE, 200) 2 creemos que permite integrar ambos aspectos, yendo más allá de uno asistencial o meramente terapéutico, y generando la posibilidad de proteger del sobreinvolucramien- to y la pérdida de límites personales. De esta manera, se pone el énfasis en el vínculo como herramienta de intervención, y no sólo en la persona o adulto que genera el vínculo, salvaguardando de esta forma la dificultad que muchas veces se presenta en los equipos respecto a la necesidad de coordinación y/o deri- vación con otros equipos especializados por “temor a romper o perder el vínculo” con el sujeto.Asimismo,

si se considera al educador y al niño/a o adolescente como la relación vincular primaria, el equipo inter-

ventor o un supervisor podría constituirse en un agente externo capaz de observar, analizar y/o intervenir en la dinámica relacional (Fazzolari, 2004) .

El establecimiento y experiencia del vínculo se da de muchas maneras, con muchas personas, en diferentes

situaciones, y con distintos niveles de profundidad. Un modo en que los equipos que realizan intervención

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psicosocial tienen de favorecer los vínculos con los niños/as y adolescentes es a través del acompañamien- to individual, y en muchas ocasiones cuando los niños aún no se incorporan al proyecto por medio del trabajo de calle.

El desarrollo de este eje contempla dos tipos de intervención:

Trabajo de calle: intervención de acercamiento y vinculación

Durante la etapa inicial del trabajo de calle se trabaja con el niño/ niña adolescentes en su propio espacio físico (calle, esquinas, caletas) para crear espacios de encuentro, conocimiento mutuo y reflexión, y así poder ir en la búsqueda del “rescate” de su integridad, su familia y/o pares o adultos significativos, y dar la motivación final para una ayuda técnica y/o profesional para su integración social. Permite el trabajo de vinculación y motivación para la intervención posterior o bien para retomar contacto cuando el chico o chica haya vuelto a la calle, abandonado o recaído en el tratamiento de drogas (cuando corresponda).

La estrategia de trabajo de calle y vinculación pasa fundamentalmente por el “estar” y hacerse “visibles” para progresivamente ir creando espacios de encuentro, y así, en la medida que se desarrolla un vínculo de confianza, invitarlos a talleres, actividades recreativas o servir de apoyo en actividades que ellos mismos realicen (Ej.: apoyo a familias cartoneras).Trabajar con los grupos naturales y “no imponer cosas”, dejando que se expresen sus propias inquietudes, es una estrategia importante para el desarrollo del vínculo. El irse validando con ellos es un proceso lento que se da a partir del respeto de sus necesidades y la permanencia en los sectores donde están (Fazzolari, 2004) 4 .

En los grupos de esquina y/o pandillas, el trabajo de calle se inicia con un período de reconocimiento de los miembros del equipo por parte de la gente del sector: “que te observen, tienes que hacerte parte del paisaje”. Para ello deben concurrir durante varias semanas a sentarse en las plazas del sector o a hablar con los dirigentes de las juntas vecinales y/o clubes deportivos, entrando de manera paulatina en contacto con los grupos de esquina y/o pandillas (Fazzolari, 2004) 5 . Para aquellos chicos que no participan tanto de actividades grupales, se realiza paralelamente una intervención individual de vinculación, la cual se lleva a cabo en el momento y lugar en que se encuentra el joven “en la calle o en la escalera del edificio donde vive”, a partir de las entrevistas en terreno efectuadas por los educadores, analizando posteriormente la situación en el equipo, en caso de que se requiera una intervención psicológica. (Fazzolari, 2004) 6

Generalmente, el proceso de aproximación y acercamiento lo realizan los educadores de calle, pudiendo integrarse, paulatinamente, otras personas del equipo (psicólogo, asistente social, etc.). Experiencias de proyectos ejecutores muestran que el proceso de construcción de un vínculo de confianza es gradual y paulatino, pudiendo ir de dos a cinco meses, aproximadamente, con los adolescentes, dependiendo del grado de complejidad, y de ocho meses hasta un año en el rescate y vínculo con la familia o adultos sig- nificativos, dado el recelo de la privacidad y la desconfianza que muestran a la intervención. Esto último, pudiera deberse a la historia de vulneración y sobreintervención de las instituciones hacia estas familias; a los sentimientos de desesperanza aprendida, y a la existencia, en algunos casos, de microtráfico 7 . Una vez iniciada la vinculación (acercamiento, generación de confianza, conocimiento mutuo), es posible comenzar a intervenir en problemáticas específicas para orientar y poder coordinarse con otros equipos especiali- zados según las problemáticas (maltrato, abuso, violencia, drogas).

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A través de la estrategia de trabajo de calle, se inicia el diagnóstico de la situación psicosocial que presen-

tan los niños/as y adolescentes a través del registro de fichas o pautas (diagnóstico grupal inicialmente, individual y familiar posteriormente).

Por otro lado, el trabajo de calle también se ha visto como una estrategia por desarrollar a lo largo del programa, de manera de reforzar la permanencia de los niños/as o adolescentes en el programa. Espe- cialmente respecto a los programas para perfiles de alta complejidad que requieren “casa de acogida”,“la calidad y continuidad del trabajo de calle repercute directamente sobre el nivel de estabilidad de los niños que ingresan a las casas” (Ordóñez, D, 1994. Pg. 57); pareciera ser que para que los menores “echen ancla” en las casas, en necesario que el programa se encuentre “anclado”, inserto o vinculado a la calle a lo largo del programa (ibid).

Objetivos

El/la educador/a junto al equipo psicosocial que lo acompaña, visita el punto de concentración don- de permanecen los niños/niñas y adolescentes con el objetivo de:

Realizar un primer contacto con los niños/as o adolescentes.

Observar y registrar actividades y/o estrategias de sobrevivencia que realizan.

Conocer acerca de los recursos, estilos de relación, problemáticas y características del niño/niña y adolescente.

Profundizar en la elaboración del diagnóstico psicosocial individual y/o familiar.

Realizar un primer acercamiento a la realidad familiar.

Evaluar proceso de reinserción paulatina (comunidad, escuela y familia cuando corresponda).

Evaluar factibilidad de ingreso a intervenciones de mayor complejidad de acuerdo con lo evalua- do por el/ella y su equipo psicosocial.

Coordinar, cuando se requiera, una primera instancia de vinculación con el niño/a y el tutor, y el equipo especializado con el cual se realizarán intervenciones complementarias y de acuerdo con la especificidad de la problemática (drogas, abuso sexual, explotación comercial sexual, etc.).

Seguimiento del niño/a en el itinerario de intervención psicosocial.

Acompañamiento individual

A lo largo de todo este proceso será necesario un acompañamiento personalizado a cada uno de los

niños, niñas y adolescentes y sus grupos. En este vínculo de afecto, confianza y compromiso que constituye

lo que llamamos acompañamiento es donde sin duda se dan las mejores condiciones para abordar todos

los temas que preocupan al adolescente, y poco a poco ayudarlo a conocerse a sí mismo, a aceptarse y quererse, a expresar sus sentimientos y reconocer lo que le pasa, descubrir sus potencialidades y ofrecer un espacio privado de desarrollo.

Está a cargo del o los tutores que trabajan directamente con el niño, niña y adolescente: educador de calle, asistente social, psicólogo, etc. La mayoría de las veces es el propio sujeto quien muestra más afini- dad por uno u otro profesional, y parece importante después de un tiempo definir un tutor dentro del programa que medie entre el niño y los otros agentes, especialmente cuando deben intervenir equipos

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como los de tratamiento Ambulatorio-comunitario, Unidad de desintoxicación o Centro residencial,

o bien el Equipo educativo o de Reescolarización etc. Es aquí donde se constituye la figura del tutor resiliente.

Este tipo de intervención es fundamental una vez que se ha logrado desarrollar un vínculo en mayor pro- fundidad, puesto que implica rescatar la individualidad que en un principio se ve opacada por la cohesión del grupo de pares, estrategia de sobrevivencia que se observa con mayor énfasis en los grupos de “caleta” particularmente.

Del mismo modo, esta intervención se transforma en fundamental si se considera que estos niños/a o adolescentes han vivido historias sucesivas de abandonos, rechazos, malos tratos, probablemente con experiencias tempranas de apego inseguro, ambivalente o desorganizado; en este sentido, un objetivo muy importante será el de favorecer la recuperación de la confianza básica personal (o creación de ella). La construcción de un vínculo seguro, íntimo y personal, y de aceptación incondicional (con límites adecua- dos), permitirá ir paulatinamente reparando las áreas de la personalidad que se han visto deterioradas por las experiencias primarias de rechazo o abandono de las figuras significativas. Esto, en la medida en que pueda constituirse en una oportunidad para construir una relación de afecto, cercanía empática y acepta- ción personal con los equipos psicosociales, principalmente con la figura del educador.

Esto será fundamental para lograr trabajar los aspectos terapéuticos posteriores, cuando se requiera trata- miento, y el soporte de este proceso será el acompañamiento individual, junto con las nuevas experiencias positivas y de logro que se le ofrecen.

Esta experiencia de acompañamiento individual permitirá también acompañar al niño/a a lo largo del

proceso de reinserción, evaluando junto con el/ella las dificultades, temores, expectativas, logros y avances obtenidos, etc. Este espacio de atención individual está asimismo orientado a apoyar, acompañar y forta- lecer la motivación del niño/a, demostrándole apoyo y refuerzo respecto de sus logros y avances. Implica también la realización de intervenciones en crisis, generalmente por el psicólogo y/o asistente social. Y cuando existe consumo de drogas, la atención individual será un espacio para motivar al no consumo y desarrollar la capacidad para gestionar riesgos o, en el caso de existir consumo abusivo o adicción, lograr

la aceptación del tratamiento complementario al que se quiera derivar.

Este tipo de intervención se realiza con una frecuencia semanal o quincenal según los casos, y dependiendo de la complejidad del perfil. En población de calle deberá probablemente ser de una intensidad diaria, como refuerzo al trabajo de calle con el grupo.

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Objetivos:

Promover el desarrollo de confianza básica y motivación a la ayuda.

Crear un espacio de acompañamiento, contención y reflexión compartida acerca del proceso individual que está viviendo el niño/a o adolescente.

Profundizar respecto a las problemáticas que presenta el niño/a, en relación a su historia, relación con la familia, eventos que gatillaron la situación de calle y/o consumo de drogas, etc.

Favorecer, a través del vínculo y acompañamiento individual, la valoración, reconocimiento y vali- dación, rescatando sus recursos, habilidades y logros.

Promover la experiencia de reparación de las historias de abandono, a partir de la construcción de un vínculo seguro, de intimidad, aceptación y confianza (en coordinación y apoyo a los progra- mas de reparación de SENAME, o ambulatorio-comunitario, si corresponde).

Favorecer la resignificación de la historia y eventos vividos por el niño/a u adolescente que lo llevaron a la situación de calle y conductas asociadas (transgresión de la ley, consumo de drogas, etc.).

Favorecer la desculpabilización de las historias de abandono y rechazo vividas.

Promover la responsabilización y toma de conciencia de efectos y consecuencias respecto a conductas transgresoras, asociadas principalmente a la violencia y transgresión de la ley, cuando corresponda.

Contener y reorganizar emocional y cognitivamente al niño/a frente a situaciones de crisis.

Apoyar y resignificar al niño/a frente a posibles recaídas o retrocesos en el proceso de reinser- ción y/o tratamiento de drogas (si corresponde).

Evaluar situaciones de mayor gravedad en la historia del niño/a que requieran de una coordina- ción posterior con equipos especializados. Ej.: consumo de drogas, violencia intrafamiliar, maltrato y/o abuso sexual, explotación sexual comercial, etc.

Actividades o prestaciones

Trabajo de calle, encuentros en espacios informales

Visitas domiciliarias

Entrevistas preliminares

Elaboración de diagnóstico.

Intervención en crisis.

Atención psicológica individual: intervenciones terapéuticas de apoyo.

Entrevistas y/o aplicación de evaluación psicométrica (si corresponde y si es factible).

Seguimiento en el contexto: registro de actividades, estrategias de sobrevivencia, etc.

b) Desarrollo socioemocional y tareas evolutivas

El logro de las tareas evolutivas de la adolescencia y el desarrollo socioemocional propio de esta etapa será logrado principalmente a través de las actividades socioeducativas, siempre reforzadas por el vínculo y el acompañamiento individual que representa un permanente apoyo y estímulo. Los logros de este eje tienen que ver, en términos generales, con: el desarrollo de la identidad, autoestima y autoimagen positivas, indivi-

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duación, autonomía e integración al grupo de pares, desarrollo de habilidades y competencias, autocuidado y desarrollo de un proyecto de vida.Todo esto deberá adaptarse a las características psicosociales y vitales que han vivido los niños/as y adolescentes en vulnerabilidad social, basado en un enfoque de resiliencia y rescate de competencias.

En este contexto, la estrategia metodológica más adecuada para favorecer el logro del desarrollo socio- emocional, además de constituirse en nuevas oportunidades para la reinserción, tiene que ver con las actividades psico o socioeducativas, las que se describen a continuación.

Intervenciones socioeducativas

Las actividades socioeducativas, además de favorecer el desarrollo socioemocional, serán la base del pro- ceso de motivación para el cambio, en la medida en que las nuevas oportunidades que se le ofrezcan al adolescente permitan nuevas experiencias de aprendizaje, autoestima, aceptación y vinculación con otros. Este tipo de intervención se desarrolla a través de los talleres o intervención grupales y por medio de actividades motivadoras adecuadas a sus características e intereses (lúdicas, culturales, recreativas, paseos excursiones, deportes de riesgo y otros, creativas, solidarias, comunitarias, etc.).

Las actividades y estrategias socioeducativas se transforman en herramientas para ir desarrollando los cambios desde una “identidad transgresora o de calle” a una identidad prosocial y autoestima positivas. Del mismo modo, estas actividades también se transforman en estrategias para ir profundizando, de ma- nera paulatina, en las necesidades, inquietudes y problemáticas que los chicos presentan acerca de diversas situaciones, desde la sexualidad, violencia intrafamiliar, hasta la temática del consumo de drogas.

El trabajo de calle y vínculo serán necesariamente previos, pero también podrán desarrollarse en forma paralela a este tipo de intervención para, posteriormente, y en forma paulatina, ir ampliando y compleji- zando la gama de actividades y estableciendo el gradual aprendizaje de normas y límites que favorezcan el proceso de inserción social.

En aquellos casos en que se trabaje con niños/as y adolescentes de “caletas”, y que requieran en una fase posterior de una “casa de acogida”, esto cobrará especial relevancia en cuanto a poder ir estableciendo las normas y límites necesarios, adecuados a sus características y a las del equipo interventor, en base al vínculo afectivo desarrollado inicialmente y a las actividades socioeducativas pertinentes. Cuando esto no se ha dado así, y se ha privilegiado principalmente el satisfacer necesidades desde lo asistencial (comida, ropa, etc.) y no desde la vinculación afectiva habilitadora en un primer lugar, se han observado problemas importantes de adaptación y vinculación a la “casa de acogida” y la posterior intervención psicosocial (Fazzolari, 2004) 8 .

Actividades pertinentes y motivadoras

Dadas las características de esta población, sabemos que se trata de personas que aprendieron a moverse en torno a lo concreto, a lo que tiene sentido inmediato. Sus fortalezas, habilidades y prácticas se dan en la esfera de lo físico. No serán motivadores ni resultan útiles al comienzo los clásicos talleres, a no ser que se manejen con una metodología fuertemente experiencial. La experiencia indica que las conversaciones

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en grupo y las posibilidades de reflexionar y expresarse en ellas resultan efectivas cuando ocurren posteriormente al desarrollo de la actividad física.

Asimismo, la experiencia muestra el gran valor de las actividades

y deportes que incluyen el riesgo, tales como: las escaladas, el

montañismo y una actividad artística como la propuesta del de- sarrollo de habilidades circenses (Compañía Circo del Mundo), todas las que refieren a la experiencia del riesgo, lo que los hace experimentar “adrenalina” y “probar” sus capacidades.

Sabemos que el riesgo atrae a todo adolescente y más aún a quienes viven diariamente en él. Sabemos también que su aná-

lisis intelectual tiene muy escasa implicancia en la práctica, dada

la tendencia omnipotente e impulsiva que es también tan carac-

terística de ese periodo etario. En las actividades descritas, se tiene, en cambio, la posibilidad de hacer experimentar el tema del riesgo y su necesario control y manejo. Esto, ligado a las experiencias concretas, a un por qué y para qué motivador y experiencial, y no a conceptos intelectualizados o lejanos a su realidad, podrá ser tratado y relacionado con otros temas de “riesgo”, como la droga, la sexualidad irresponsable, la transgresión de la ley, etc.

La baja autoestima, que es un rasgo generalizado en los adolescentes en situación de calle, y el cambio desde la “identidad transgresora o de calle” a una identidad positiva y prosocial, será posible, también, en la medida en que las actividades se transformen en una oportunidad para rescatar los recursos personales y estrategias de sobrevivencia desarrolladas, potenciar sus habilidades y promover nuevas experiencias de autoconfianza, reconocimiento y aceptación.

Todo el cambio que se le propone al adolescente, y todo el proceso psicoeducativo que con el/ella se lleva a cabo, generará motivación y ganas de continuar, no solo por el valor del vínculo con el educador

o adulto significativo y el interés de no fallarle, sino también porque podrá sentir que el cambio es posi- ble, que puede tener éxito en cuestiones en las que antes solo experimentó fracasos, y ahora puede ser valorado por ello. Proponer y hacer posible experimentar experiencias de logro, es decir, maximizar los éxitos y minimizar los fracasos será, entonces, un aspecto metodológico de primera importancia.

Al mismo tiempo que ofrecer oportunidades para realizar acciones tendientes al logro, habrá que cui- dar el nivel de la exigencia que dicha propuesta implica y el nivel en que el adolescente se encuentra

para llevarla a cabo con éxito. El proceso de aprendizaje debe guiarse con cuidado y con la gradualidad necesaria en cada caso. Que no se sienta demandado o exigido por expectativas que se tienen sobre él,

y que están por sobre lo que puede cumplir (ibid) 9 .

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Objetivos:

Potenciar y facilitar el desarrollo de habilidades sociales, hábitos y valores que favorezcan la relación con pares y adultos.

Favorecer aprendizaje de estilos de convivencia y relación no-violentos con pares y/ adultos.

Crear nuevos vínculos sociorrelacionales adecuados a sus necesidades e intereses actuales.

Favorecer el manejo de la impulsividad y autocontrol.

Favorecer la expresión adecuada de las emociones y sentimientos, principalmente relacionados con la rabia, pena y angustia.

Promover el cambio desde una identidad “transgresora” a una identidad y autoimagen positivas en base a los logros y rescate de recursos personales y sociales.

Generar y conocer alternativas de recreación y tiempo libre saludables.

Promover y desarrollar la salud física y mental y hábitos saludables.

Iniciar el contacto con recursos formativos y/o sociolaborales.

Favorecer la motivación al cambio y, cuando corresponda, tratamiento de drogas, de acuerdo con los nuevos intereses y motivaciones que surjan de las actividades socioeducativas.

Favorecer una autoestima y autoimagen positivas en base a experiencias de logro.

Promover la tolerancia a la frustración y adaptación a normas y límites en el contexto grupal.

Actividades o prestaciones:

Actividades deportivas: talleres de deportes, encuentros o campeonatos deportivos.

Actividades grupales: campamentos, paseos, salidas al aire libre.

Actividades de riesgo: montañismo, escalada, etc.

Talleres circenses: circo social.

Talleres de arte, grafittis, malabarismo, manualidades, madera, cocina, etc.

Actividades o talleres culturales-recreativos: hip-hop, batucada, etc.

Talleres psicoeducativos: de habilidades sociales, comunicación, desarrollo personal, sexualidad, etc.

Talleres de formación: derechos de los niños y niñas, cultura, historia local, etc.

Talleres de computación y acceso a internet.

Ciclos de cine, teatro, etc.

c) Inserción social

En el proceso de inserción social, es fundamental habilitar al niño/a o adolescente en el ámbito educacional

y, cuando corresponda, en el ámbito ocupacional o laboral. Esto, porque no sólo facilitará su reintegración en la medida en que cuente con las herramientas necesarias para tener mayores oportunidades futuras,

sino que, también, respecto a lograr cambios en la autoestima, autoimagen y valoración de sus capacidades,

a partir de nuevas experiencias de logro que puedan ayudar a reparar las experiencias de rechazo y frus- tración que pudieron haber experimentado anteriormente en la escuela.

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Asimismo, la integración social también implica la inserción del sujeto en su entorno inmediato, en las redes formales o informales, para asegurar la integración real en su contexto. Este aspecto será abordado en el eje relacionado con el entorno comunitario y las redes.

Intervención en el ámbito educacional

Respecto a la escolarización, ella debe ser considerada objetivo central para el logro de superar la vida de exclusión y ausencia de oportunidades de estos niños, niñas y adolescentes, y su implementación deberá comenzar desde el inicio del programa, debiendo jugar un papel muy central en cada uno de los planes de trabajo.

Esta línea específica de integración escolar deber ser central en un programa pertinente a esta población, pero se enfrenta a una insuficiencia de los recursos especializados que se necesitan.Aunque las experien- cias que hoy existen son muy importantes y valiosas, ellas son muy escasas. Se reconoce que la reinserción

al sistema regular solo será posible para un pequeño grupo y siempre con apoyo y acompañamiento,

mientras que la mayoría necesitará una modalidad distinta, ya sea programas de estudio para dar “exá- menes libres” o bien “escuelas alternativas”, de las que hoy sólo existen escasas pero muy interesantes experiencias.

A partir del año 2004, se crea un Fondo Interministerial de Reescolarización, encabezado por MINEDUC,

con la participación de CONACE, División de Seguridad Ciudadana y SENAME, que entrega recursos técnicos y financieros al trabajo de nivelación de estudios y reforzamiento escolar, en el marco de una propuesta pedagógica diseñada especialmente para esta población. La tarea principal es favorecer el pro- ceso de integración educacional, con alternativas adecuadas a las características y necesidades del sujeto:

nivelación escolar, recuperación de estudios, integración a la educación formal, reescolarización, etc.

Para el desarrollo de esta iniciativa se constituyó una Mesa técnica, coordinada por MINEDUC, con re- presentantes de las diversas instituciones que participan en ella, cuya función es gestionar la postulación de iniciativas; evaluar, seleccionar y asignar los recursos. Además, realizar el seguimiento de los proyectos implementados. Durante 2005, 24 instituciones contaron con apoyo financiero para la realización de sus proyectos, con asesoría externa de universidades y del propio Ministerio de Educación, lo que ha permiti- do ir perfeccionando las propuestas originales, haciéndolas más acordes a las necesidades de los niños/as y adolescentes que se encuentran participando en dichos proyectos.

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Objetivos:

Desarrollar y reforzar hábitos de estudio y habilidades cognitivas relacionados con el proceso de aprendizaje.

Motivar respecto al valor de la educación (nivelación y/o re-inserción) para su presente y futu- ro

Ayudar a que el adolescente identifique sus dificultades y potencialidades respecto al proceso de re-inserción escolar.

Promover cambios positivos en la autoestima y autoimagen, respecto a cómo se valora el niño/a o adolescente en la experiencia de re-integración escolar.

Evaluar y fortalecer las áreas relacionadas con el aprendizaje e integración escolar que pre- senten retraso o trastornos asociados: trastornos de aprendizaje, retraso pedagógico, déficits cognitivos o intelectuales, etc.

Fortalecer las relaciones interpersonales con pares y figuras de autoridad (profesores), en un ambiente escolar o formativo normalizado.

Promover la articulación con redes locales o programas que ofrezcan oportunidades de re-in- serción escolar (programas de re-escolarización, escuelas, etc.)

Apoyar y realizar seguimiento y acompañamiento individual al adolescente en su proceso de re-inserción escolar.

Favorecer el proceso de nivelación escolar y/o recuperación de estudios del niño/a o adoles- cente.

Actividades:

Acompañamiento individual

Apoyo psicopedagógico

Talleres de nivelación y/o apresto escolar

Talleres de preparación para exámenes libres

Talleres de refuerzo escolar y/o desarrollo de hábitos de estudio.

Reuniones de coordinación con las redes locales en el ámbito escolar.

Acciones de apoyo a la inserción en la escuela.

Intervención en el ámbito capacitación/inserción laboral

Como parte del proceso de re-inserción social, el desarrollo de actividades ocupacionales puede favorecer el proceso de reparación y/o desarrollo de una nueva autoimagen y autoestima positivas, especialmente en niños niñas y adolescentes que se presentan la mayoría de las veces muy desestructurados, sin hábi- tos, con experiencias de fracaso y muy poca motivación. Asimismo, favorecen el proceso de re-inserción laboral, en la medida en que habilitan, fortalecen y preparan al adolescente para un futuro próximo en el que tenga que desempeñarse en este ámbito. En el caso de los adolescentes mayores (16 a 18 años), esto cobra especial importancia, puesto que los ayuda a prepararse en el proceso de re-integración al ámbito laboral (cuando corresponda).

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Respecto a las actividades que generalmente se realizan a través de talleres, éstas sirven para contener al sujeto, manteniéndolo ocupado e implicado, y favoreciendo el proceso de construcción de una nueva autoimagen, rescatando sus logros y habilidades. Por otro lado, están orientadas a la preparación para la reinserción socio-laboral.

Estas actividades ocupacionales equivaldrían a las materias de edu- cación artística y física y a las actividades extraescolares de la educa- ción formal. En ellas se trabajan tanto habilidades personales (psico- motricidad, habilidades y destrezas manuales, cognitivas, conductua- les, afectivas, creativas), habilidades cognitivas (concentración), valo- res asociados al trabajo (responsabilidad, tolerancia a la frustración, constancia), alternativas para el buen uso del tiempo libre, etc.

Algunos logros que se busca desarrollar con estas actividades son:

Aprender a planificar, organizar y desarrollar su trabajo (tiempo, espacio, herramientas)

Responsabilizarse de todo el proceso relacionado con el trabajo

Valorar sus potencialidades, recursos y limitaciones

Aprender a tener un comportamiento adecuado durante el trabajo (adecuarse a normas, límites, hora- rios, etc.).

Asimismo, este ámbito deberá contemplar la capacitación para aquellos jóvenes que lo requieran. El equipo psicosocial deberá favorecer el proceso de re-inserción laboral de acuerdo con la edad de los jóvenes (17 a 24 años) y características personales y/o familiares que presenten. En este sentido, la vinculación con redes locales que ofrezcan oportunidades de capacitación y/o habilitación técnica será fundamental para promover la inserción social.

Objetivos:

Evaluar el área ocupacional y las posibilidades más adecuadas de acuerdo con el perfil del joven.

Favorecer y acompañar el proceso de inserción al ámbito laboral de acuerdo con las caracte- rísticas, edad y necesidades del sujeto.

Favorecer la interiorización de normas básicas de convivencia social a través del trabajo en grupo.

Favorecer una autoimagen positiva, el autocontrol y la autonomía.

Favorecer el desarrollo de hábitos y habilidades relacionadas con la integración al ámbito laboral.

Conocer la dimensión cultural y social de una actividad ocupacional/profesional

Generar una concepción estructurada del tiempo y de su uso.

Desarrollar habilidades sociales y de comunicación y hábitos relacionados con el trabajo.

Coordinar y favorecer instancias de capacitación y/o integración a alternativas laborales en la comuna.

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Actividades:

Actividades y/o talleres ocupacionales

Diagnóstico del perfil socio-ocupacional por parte del equipo psicosocial, de acuerdo con habi- lidades, intereses y posibilidades del joven

Actividades de orientación a la capacitación e inserción laboral

Talleres de capacitación en coordinación con redes locales

Reuniones de coordinación con las redes locales para favorecer la re-inserción a programas de capacitación.

Acompañamiento individual en el proceso de re-inserción.

d) Intervención con la familia y/o adulto significativo

El trabajo con la familia constituye un ámbito fundamental para la intervención psicosocial con esta po- blación. Desde el punto de vista del consumo de drogas, ésta constituye el principal factor de protección. Aunque se discute acerca de la real capacidad de cambio de las familias o que se ven incapacitadas para asumir su rol, se coincide en que se debe realizar el esfuerzo o, en todo caso, buscar aquel familiar, aun lejano, que establezca un vínculo afectivo y un compromiso responsable con ese niño, niña o adolescente que lo necesita. La experiencia indica que son las madres quienes constituyen, con más frecuencia, la figura más cercana y con mayor potencial afectivo, pero son, también, las más sobrecargadas y necesitadas, por eso mismo, de redes de apoyo y políticas de promoción.

La familia constituye un actor fundamental para realizar con éxito los objetivos del eje de integración so- cial. Ello ocurre muy especialmente en los preadolescentes y/o menores de 18 años. Una primera pregunta que surge es la relativa al grado de intervención que debe plantearse el equipo psicosocial. Si debe limitarse a los aspectos directamente relacionados con el sujeto de atención, o puede avanzar en asumir a la familia como un sujeto, con sus conflictos y necesidades.

En este sentido, la experiencia de proyectos psicosociales demuestra la necesidad de incorporar diversas estrategias y metodologías para trabajar con familias en vulnerabilidad social. Una de ellas es la aplicación de programas preventivos a las familias beneficiarias (programa “Prevenir en Familia”) (Fazzolari, 2004) 40 , que no sólo apuntan a fortalecer y rescatar factores protectores en estas familias, sino también constituyen una herramienta que posibilita orientar y referir o derivar a otros programas especializados en caso de problemáticas de mayor complejidad (maltrato, abuso, violencia, etc.). Cuando no existe familia o la posibi- lidad de intervenir con ellos, los objetivos debieran dirigirse al adulto o figura significativa que se detecte.

Las estrategias de intervención con las familias serán definidas de acuerdo con el diagnóstico familiar reali- zado previamente, por lo tanto, estas deberán ser diferenciadas de acuerdo con el nivel de complejidad de las familias. Esto podrá ir desde lo preventivo y/o formativo, hasta un nivel de reparación en el cual deberán intervenir probablemente equipos especializados, posterior al desarrollo de un vínculo de confianza con la familia trabajado previamente por el equipo psicosocial.

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Dos grandes propósitos por destacar en este eje son los siguientes:

Favorecer la integración y/o recuperación de vínculos familiares o significativos: en términos generales, la labor del equipo psicosocial tendrá que ver con favorecer la comunicación y nuevas pautas de relación al interior de la familia, facilitar la adquisición de normas de crianza y límites adecuados a las característi- cas de la adolescencia, promover la vinculación y expresión de los afectos, etc. En aquellos niños/as y adolescentes que cuenten con familias y existan graves situaciones de riesgo o daño, se deberá promo- ver la reparación de las vivencias que ha experimentado el sujeto, poniendo especial énfasis en evaluar, rescatar y fortalecer las habilidades parentales carenciadas o debilitadas, que han influido en el desarro- llo de las vivencias que han llevado a la situación de calle y al consumo de drogas del hijo o la hija. En este caso, será necesaria la coordinación con programas especializados que apunten a la reparación de problemáticas familiares específicas (programas de maltrato, violencia intrafamiliar, programas de salud mental familiar, programa de drogas etc.), donde el equipo psicosocial deberá coordinarse con estos equipos clínicos para apoyar y fortalecer la intervención.

En el caso de aquellos niños/as y adolescentes en los cuales existe débil o nula vinculación con la familia y en que no existan las condiciones para trabajar por la revinculación, el objetivo se centrará en rescatar y revincular al niño/a o adolescente con otro adulto o adultos significativos que puedan acompañarlo en su proceso de reparación e inserción social.

Favorecer el proceso de individuación en relación con la familia, como parte importante del proceso de desa- rrollo de identidad en el adolescente: en esta población contempla trabajar problemáticas asociadas a la relación y dinámicas disfuncionales que han vivido en contextos de alta vulnerabilidad, y que dificultan aún más el cumplimento de esta tarea de la adolescencia. Por lo tanto, este objetivo será necesario abordarlo posteriormente a un trabajo de reparación y/o re-vinculación del sujeto con la familia u otros significativos. Cuando un sujeto esté siendo intervenido a través de un proceso de intervención terapéutico de otro programa (proyectos ESCI, especializado en niños/as de calle; especializado de niños/as inimputables; de reparación en maltrato y abuso, etc.) y se esté trabajando con la familia, este objetivo será solamente abordado desde el programa psicosocial en cuanto a que la familia apoye en la reinserción y re-vinculación de su hijo/a.

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Objetivos:

Establecer un primer acercamiento y vinculación con la familia (nuclear y extensa) y/o adulto/s significativo/s.

Evaluar y conocer a la familia: clima familiar, dinámicas, su estilo educativo, posicionamiento res- pecto a las drogas, posicionamiento respecto a conductas delictivas (si hubiera) y/o situación de calle del hijo/a; intercambiar información sobre la situación del hijo (comportamiento, estado general de su hijo/a, origen de sus problemas), evaluar estilo de relación y vinculo, y cercanía afectiva con el hijo/a.

Conocer las expectativas de la familia respecto al futuro de su hijo/a y el apoyo al proceso de intervención psicosocial.

Observar y analizar el tipo de relación que se establece entre familiares-hijo/a durante la visita en terreno.

Favorecer la comunicación y nuevas pautas de relación al interior de la familia.

Facilitar la adquisición de normas de crianza y límites adecuados a las características de la ado- lescencia y de su hijo/a.

Promover la vinculación y expresión de los afectos, empatía y vinculación entre los miembros de

la familia.

Implicar y responsabilizar a la familia en el proceso de inserción social de su hijo/a, y/o de trata- miento del consumo cuando corresponda.

Coordinar instancias de referencia a programas especializados frente a situaciones de mayor severidad (violencia, maltrato, abuso, consumo de drogas…)

Apoyar el proceso de reparación de las vivencias del hijo/a y la familia, cuando sea posible, en coordinación con programas especializados.

Favorecer la inserción de la familia en las redes locales (municipio, programa Puente, programa subsidio, tarjeta salud, etc.).

Actividades o prestaciones:

Visitas domiciliarias familiares.

Acompañamiento familiar (a través de visitas): principalmente para familias con mayor aislamiento

social y dificultad para participar de talleres grupales (familias de severa complejidad psicosocial).

Sesiones de intervención u orientación: para tratar problemáticas de menor complejidad (pro- blemas de comunicación, normas y límites, roles y funciones, cercanía afectiva y expresión de los afectos). Para familias de mayor complejidad y/o daño psicosocial, que requieran un nivel de especialización dirigido a la reparación, las sesiones estarán destinadas a sensibilizar, concientizar

y motivar para la ayuda de equipos especializados y talleres grupales, talleres de padres.

Encuentros familiares: con padres e hijos; principalmente para aquellas familias de menor com- plejidad psicosocial, que tienen cierto nivel de participación y vinculación con el/la hijo/a y el proyecto psicosocial.

Talleres para padres; programa “Prevenir en Familia” (CONACE 2004)

Grupos de autoayuda

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e) Reparación

Dado que las vivencias de calle y consumo de drogas se relacionan directamente con la presencia de otras problemáticas en esta población (VIF; maltrato y/o abuso sexual, explotación sexual comercial, etc.), se hace fundamental incorporar este eje en la intervención, y estará relacionado con favorecer la interrup- ción, elaboración y/o resignificación de estas problemáticas.

Para la modalidad de intervención psicosocial, la reparación estará dada fuertemente por la vivencia de vínculos reparadores del equipo psicosocial con el niño/a o adolescente. La vivencia de un vínculo seguro, afectivo, incondicional (con límites que generen seguridad) y un vínculo sostenido en el tiempo, posibilitará fuertemente reparar situaciones tempranas de experiencias vinculares traumáticas, lo que será la base para la intervención posterior.

Respecto al abordaje de graves vivencias de vulneración de derechos como las mencionadas, será nece- sario que para la intervención la modalidad psicosocial se coordine con programas especializados (red Sename, salud u otros) para favorecer la elaboración de dichas temáticas, así como con la modalidad am- bulatorio-comunitaria, que incorporará este eje en la rehabilitación del consumo. La coordinación entre estos equipos será fundamental para organizar objetivos, roles y funciones que privilegien el vínculo con el sujeto de atención, evitando la sobre-intervención o el no abordaje de estas temáticas por temor a perder el vínculo con el niño/a o adolescente.

Los objetivos por abordar en este eje serán descritos en detalle cuando se ponga énfasis en los ejes trans- versales de la intervención integral (modalidad psicosocial y ambulatorio-comunitaria).

Actividades:

Acompañamiento individual.

Atención psicológica (de motivación y/o apoyo a programa especializado o de reparación).

Reuniones de coordinación con redes especializadas (red SENAME, salud, etc.).

Coordinación con OPD o SENAME: medidas legales.

f) Intervención en el entorno comunitario y las redes

Atender con integralidad todas las facetas del problema exige contar con la intervención coordinada de todos los agentes que se necesitan para el proceso, o que de hecho constituyen factores del entorno inmediato del adolescente.

Un actor importante es el entorno barrial y la actitud de los líderes formales o informales que existen en él. El equipo deberá reconocer si la actitud es de apoyo o bien de reticencia, prejuicio u hostilidad hacia estos adolescentes y a las acciones del equipo para trabajar una estrategia que incluya a los propios jóve- nes, con el objetivo de provocar los cambios que se requieran para avanzar en integración y participación comunitaria de nuestros sujetos.

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Contar con una comunidad que participa y colabora facilitará este proceso de integración, que implica para el adolescente construir un sentido de pertenencia y vivir una experiencia de valorización. De igual manera, este vínculo activo y positivo con una comunidad organizada podrá representar la incorporación de valiosos y concretos aportes para el trabajo que desarrolla el equipo, especialmente en lo relativo a locales comunitarios, uso de canchas deportivas, etc.

Utilizar las redes de servicio, sensibilizarlas para que acojan a esta población y se adecuen a sus necesidades

y características constituye un importante trabajo que va más allá de “vincular” a redes.

Es fundamental centrarse en las competencias propias de cada equipo para facilitar la coordinación con las redes en caso de problemáticas específicas (abuso sexual y maltrato, violencia, etc.), puesto que la comple- jidad de las problemáticas que presentan estos adolescentes y sus familias hace necesario abordarlas de manera integral de acuerdo con la especificidad de los programas de intervención. Dada la aprensión de los equipos por “perder o dificultar” el vínculo con los adolescentes, y el aislamiento propio en el que muchos trabajan, muchas veces el mismo equipo de intervención psicosocial termina realizando intervenciones en ámbitos altamente complejos, como los mencionados, que pueden resultar iatrogénicas y perjudiciales principalmente para el niño/a o adolescente, como también para el propio equipo.

Algunos de los riesgos que se corren son los de invisibilizar y minimizar situaciones de extrema gravedad y

complejidad legal, tales como el abuso sexual, violencia y maltrato grave; encubrir situaciones de adultos y,

a veces, no entregar adecuada protección a niños/as y adolescentes que han estado dispuestos/as a relatar lo ocurrido.

El trabajo en red está orientado principalmente a lograr la vinculación del proyecto con instituciones públicas y privadas que intervienen en la comuna y con redes de la comunidad, con el fin de recibir apoyo para las actividades socioeducativas y coordinación eficaz con los servicios públicos que se requieren. Igualmente, interesa sensibilizar a instituciones, dirigentes, líderes y comunidad en general respecto a los objetivos del proyecto, invitándolos a asumir una participación activa en él, superando prejuicios y estig- matizaciones.

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Otro ámbito del trabajo en red tiene que ver con la articulación y sinergia de recursos necesarios para la inserción social. En este sentido, éste debe enfocarse a promover la coordinación y asociación de los recursos existentes en la comuna, de manera de favorecer la oferta de recursos necesarios para el proceso de re-inserción social del niño/a o adolescente (Fazzolari, 2004) 41

Un modelo de intervención integral para esta población requiere de distintos agentes y modalidades de intervención, que se articulan y coordinan en un circuito que mantiene estrechos lazos y continuidad. El agente básico es el equipo psicosocial, que idealmente debe tener instalación comunitaria, con la excep- ción, en lo posible de máxima brevedad, de los adolescentes en conflicto con la justicia, que inician su proceso psicosocial en condiciones de limitación de libertad. Existe también la intervención psicosocial reparatoria especializada (proyectos SENAME de maltrato).

La intervención psicosocial, en todo lo relativo a la intervención del consumo, deberá coordinar estrecha- mente su estrategia y plan de intervención con la red de tratamiento, especialmente con el equipo ambu- latorio-comunitario en drogas o con el equipo de salud más cercano a la comunidad.

Objetivos:

Vincular al sujeto y/o su familia con las redes de servicios, en especial salud, educación y capaci- tación, cuando corresponda.

Restitución de “ciudadanía” del sujeto y/o su familia.

Identificar recursos comunitarios.

Promover la articulación y/o trabajo complementario con redes locales: programas de drogas, salud mental, re-escolarización, capacitación, etc.

Promover la formalización de acuerdos institucionales con las redes.

Retomar y favorecer el contacto e inserción con su entono cercano (barrio, familia y/o comuni- dad, social) a través de actividades de inserción en la propia comunidad.

Actividades:

Actividades o acciones de inserción, sensibilización y contacto con redes y actores significativos de la comuna y el sector.

Regularización de documentación civil: credencial de salud, documentos civiles, etc.

Reuniones de coordinación institucional.

Firma de acuerdos institucionales. Ej. con municipio, consultorios; facilitar infraestructura, salas, programas específicos de deportes, cultura y otros.

Alianza con autoridades y otros actores vecinales, acuerdos para uso de sedes vecinales, canchas deportivas, etc.

Actividades de inserción del niño/a o adolescente en la comunidad: encuentros comunitarios, actividades deportivas, de construcción o reparación del entorno en conjunto con la comunidad (plazas, club, sede vecinal).

Participación activa en la “mesa comunal temática” o infantojuvenil.

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g) Abordaje del consumo de drogas

Para prevenir el consumo de drogas se requiere reconocer que el uso, abuso y dependencia a las drogas es un problema social que debe ser evitado. Se asume que el consumo de drogas está asociado a un fenómeno social complejo y multideterminado, que trae consecuencias personales y sociales. Asimismo, se plantea que el consumo de drogas no es un comportamiento aislado en la historia de una persona o grupo, sino que está relacionado con motivaciones, creencias, valores, estereotipos, pautas de comportamiento, condi- ciones y contextos que pueden ser protectores o representar factores de riesgo. Es un proceso dinámico, en el cual nos encontramos con diferentes niveles de consumo y variables asociadas.

Por lo tanto, la prevención, función propia de los equipos psicosociales, tiene como propósito reducir la probabilidad de aparición del problema (uso, abuso o dependencia) y para esto se realizan distintas estra- tegias preventivas, adecuadas a la situación y al momento en que efectuemos la intervención y a la relación que cada persona o grupo establece con las drogas.

En la definición de prevención queremos destacar tres conceptos fundamentales:

ANTICIPAR los problemas asociados al consumo de drogas a través de la realización de acciones que tienden a reducir la probabilidad de aparición de éstos, fortaleciendo los factores protectores y minimizando los de riesgo;

FORTALECER capacidades o herramientas tanto personales, grupales como del contexto, que per- mitan comprometerse con estilos de vida saludables.

CONTROLAR los riesgos a los que toda persona se ve sometida a lo largo de la vida. Promocio- nando en los individuos capacidades de resolución de los conflictos, que les permitan enfrentar y abordar en forma sana y creativa los problemas, entre ellos el consumo de drogas.

Todo lo anterior implica realizar actividades que fortalezcan y desarrollen habilidades personales y grupa- les que favorezcan la resistencia al uso de sustancias tóxicas.

Prevenir también significa, en lo personal, la promoción de estilos de vida saludables, desarrollo de actitu- des, valores y habilidades que favorezcan una vida sana, y en el contexto, el desarrollo de pautas culturales que valoren la construcción de entornos saludables y libres de drogas.

En esta multidimensionalidad que podemos observar, es posible plantear diferentes objetivos de preven- ción, los que tienen que ver con la situación de consumo que acontezca o, en otras palabras, con la relación que se establece con la droga; por ejemplo:

Prevención del consumo de drogas, evitando el consumo de alcohol, tabaco y cualquier droga de inicio, especialmente la marihuana, en población que aún no consume.

Prevención del consumo precoz, es decir, retardar la edad de inicio,

Prevención del consumo abusivo de drogas.

Prevención de la dependencia a las drogas.

Prevención del daño asociado al uso de drogas.

Prevención del ingreso al microtráfico.

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En cuanto al abordaje de drogas relacionado con el tratamiento del consumo, función del programa ambulatorio-comunitario, es importante considerar el enfoque o marco conceptual para en- tender cómo se interviene el consumo de drogas en la población en vulnerabilidad social. Respecto a esto, la Estrategia Nacional de Drogas 200-2008 contempla los siguientes aspectos necesarios de incorporar en el abordaje:

Todo tratamiento tiene como fin el desarrollo integral de la persona, aspirando al mayor bienestar, desarrollo y salud posi- bles.Además de la abstinencia.

Todos los modelos actualmente utilizados admiten la recaída como parte del tratamiento, y abordan asociación con con- ductas de riesgo.

Además, se plantean objetivos intermedios en que la reduc- ción de daños es uno de ellos.

en que la reduc- ción de daños es uno de ellos. Cuando existe dependencia y condiciones

Cuando existe dependencia y condiciones de mayor complejidad (desmotivación, fracasos reiterados, tratamientos sin resultado, etc.), si bien es importante lograr el mayor bienestar, desarrollo y salud posible, en algunos casos es ne- cesario plantearse objetivos intermedios, como bajar el consumo mientras se fortalece el vínculo con el sujeto y postergar este tema hasta ganar confianza, velando por disminuir situaciones de riesgo asociadas al consumo (sexualidad responsable, y otras conductas de riesgo).

Por esta razón, la “reducción de daños” puede ser un objetivo intermedio, como fase de un proceso, o adicio- nal al proceso de tratamiento. Esto es especialmente efectivo para abordar problemas de abuso y dependen- cia de drogas con población en alta vulnerabilidad social, y con aquellos que no están preparados todavía para adherir a programas preventivos o de tratamiento de drogas (principio de espera) (CONACE, 2004).

El abordaje de drogas como eje de la intervención, y específicamente cuando se trata de consumo proble- mático o en niños, constituye la tarea central del equipo de tratamiento (programa ambulatorio-comuni- tario), por lo que deberá ser abordado en profundidad por este equipo. Si bien este ámbito constituye la intervención específica en drogas del equipo clínico, la intervención del equipo psicosocial será fundamen- tal para apoyar, fortalecer y consolidar los logros en este ámbito, teniendo un especial énfasis en lo que se refiere a desarrollar estrategias de motivación y reconocimiento del problema en un primer momento, y en el apoyo al tratamiento y prevención de recaídas posteriormente, por constituirse en la figura resiliente y de vinculación en terreno con el niño/a o adolescente a lo largo de todo el proceso.

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Objetivo

Evaluación del consumo de drogas, en conjunto con equipo ambulatorio-comunitario: tipo de droga, nivel de consumo, historia del consumo, patrón de consumo, sentido del consumo (por qué y para qué).

Fortalecer valores, actitudes, conocimientos y habilidades para comprometerse con estilo de vida saludable y desarrollar una actitud crítica frente al consumo basada en evidencias (prevención)

Prevención del consumo de drogas, evitando el consumo de alcohol, tabaco y cualquier droga de inicio, especialmente la marihuana, en población que aún no consume.

Prevención del consumo precoz, es decir, retardar la edad de inicio;

Prevención del consumo abusivo de drogas, de la dependencia, y del daño asociado al uso de drogas.

Prevención del ingreso al microtráfico.

Favorecer la sensibilización y problematización respecto al consumo de drogas, de acuerdo con las características del consumo que presente, en coordinación con equipo ambulatorio-comuni- tario (u otro).

Favorecer la motivación para ingreso a tratamiento de drogas, cuando corresponda, en coordina- ción con equipo ambulatorio-comunitario (u otro).

Apoyar y favorecer el proceso de tratamiento de drogas, cuando corresponda, y en coordinación con equipo ambulatorio-comunitario, principalmente en prevención de recaídas.

Cuando no exista adulto significativo, constituirse, en lo posible, en el tutor resiliente del niño/a o adolescente que lo acompañe a lo largo de todo el proceso de re-inserción social y de trata- miento (cuando corresponda)

Actividades: prestaciones

- Evaluación inicial de drogas (sospecha diagnóstica).

- Desarrollo de actividades y/o talleres preventivos de drogas u otros.

- Reunión de coordinación con equipo ambulatorio-comunitario para confirmación diagnóstica y evaluar ingreso al programa.

- Elaboración conjunta de diagnóstico integral, junto con equipo ambulatorio-comunitario. Diseño en conjunto del PII

- Talleres de sensibilización en la temática de drogas u otras asociadas.

- Estrategias de motivación y preparación al tratamiento, en coordinación con equipo ambulato- rio-comunitario.

- Reuniones de coordinación y supervisión clínica con equipo ambulatorio-comunitario (casos in- gresados a tratamiento) y/u otros proyectos de tratamiento (Residencial, Desintoxicación, etc.).

- Estrategias de apoyo al tratamiento, prioritariamente en prevención de recaídas.

- Acompañamiento individual en el contexto, en la etapa de seguimiento del tratamiento del con- sumo: apoyo y acompañamiento en la mantención de la suspensión del consumo.

- Evaluación conjunta con equipo ambulatorio-comunitario del egreso del programa de tratamien- to de drogas.

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Para aquellos niños/as o adolescentes que requieran de un tratamiento de drogas, los ejes transversales del abordaje de drogas, compartidos por el programa psicosocial y el ambulatorio-comunitario, se describirán

a continuación. La intervención integral en drogas debiera contemplar una integración entre el abordaje clínico del ambulatorio-comunitario y el abordaje psicosocial.

Ejes de la intervención integral del tratamiento de drogas

El proceso de intervención integral del consumo de drogas para esta población se desarrolla a lo largo de las distintas modalidades de atención: intervención psicosocial, reparatoria (red SENAME), intervención ambulatorio-comunitaria, residencial y/o desintoxicación cuando se requiera. La intervención integral abar- ca ejes generales que se abordan a lo largo de todo el proceso de las modalidades de atención, contem- plándose cuatro ejes que son transversales y que deberán abordarse de manera gradual y sucesiva en el tiempo, con objetivos y estrategias que aportarán los equipos según el tipo de intervención y su función específica en el proceso de reinserción social y rehabilitación de drogas del niño/a o adolescente.

Específicamente en relación con la modalidad ambulatorio-comunitaria, el abordaje de estos ejes de in- tervención y los objetivos terapéuticos deberá realizarse en estrecha coordinación y complementariedad con la intervención que realice el equipo psicosocial y/o especializado de SENAME, por lo que si bien se apunta al cumplimiento y abordaje de estos mismos ejes generales, los objetivos específicos y estrategias metodológicas variarán de acuerdo con los roles y funciones de ambos equipos.

En este sentido, el rol del equipo ambulatorio-comunitario se centrará en la intervención clínica en terreno del consumo de drogas.Asimismo, tendrá también el rol de articular y coordinar al equipo psicosocial y/o especializado con otros agentes de salud (Ej. ingreso a programa residencial, diagnóstico y tratamiento en patología dual, etc.) cuando se requiera otro tipo de evaluación o intervención clínica.

En este proceso de articulación e intervención integral y complementaria, el equipo psicosocial y/o espe- cializado de SENAME será el que realice el apoyo y seguimiento al sujeto a lo largo de todo el proceso de intervención de drogas inserto en el proceso de reparación y reinserción social.

En la modalidad de intervención psicosocial y/o especializada del SENAME estarán todos aquellos equipos que intervienen en el ámbito psicosocial: proyectos psicosociales CONACE, proyectos de primera inter- vención o prevención de SENAME (CT, OPD, CIJ, etc.) o programas especializados de SENAME (proyectos

ESCI, proyectos para Niños de la calle, Inimputables, Maltrato grave y Abuso sexual, proyectos PIA, etc.),

e instituciones colaboradoras y/o ONG que laboran con población de niños/as y adolescentes en vulne-

rabilidad social, cuyo objetivo es trabajar la intervención psicosocial, socioeducativa y/o de reparación o especializada para favorecer la re-inserción en un proceso gradual y sistemático.

La intervención complementaria entre ambos equipos, psicosocial y/o especializado y ambulatorio-comu- nitario, se iniciará desde la fase de vinculación, diagnóstico psicosocial y diagnóstico clínico en drogas, la motivación al tratamiento, la intervención clínica en drogas y la inserción socio-educacional. En estas fases ambos equipos deberán complementarse desde sus propios ámbitos de intervención para el cumplimiento de los objetivos del proceso de reinserción social.

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Es importante mencionar que en este proceso de intervención terapéutico integral la intervención en droga irá de lo más general (desarrollada principalmente por el equipo psicosocial y/o especializado) a lo más específico (equipo clínico en drogas). De esta forma, los objetivos relacionados con el desarrollo y las tareas evolutivas y la inserción social serán trabajados principalmente por el programa psicosocial y/o especializado, con apoyo del equipo clínico, y los objetivos de reparación (ligado al consumo) y de abor- daje de drogas serán trabajados principalmente por el programa ambulatorio-comunitario, con apoyo del equipo psicosocial y/o especializado.

Los ejes generales del proceso de intervención terapéutico integral que realizará el equipo clínico, en coordinación con el psicosocial y/o especializado, pueden describirse en cinco ámbitos generales con sus respectivos objetivos terapéuticos:

a) Desarrollo socio-emocional y tareas evolutivas

En este eje, la intervención terapéutica se centrará en lo que se refiere al desarrollo de las etapas y tareas evolutivas en la que se encuentre el niño/a o adolescente, incorporando la mirada desde el enfoque de la adolescencia en el proceso terapéutico.

En esta población, la intervención deberá estar centrada también en el desarrollo de habilidades, competen- cias, actitudes y valores como parte del desarrollo integral, concentrándose en rescatar los recursos y carac- terísticas resilientes desarrolladas por estos niños/as y adolescentes, más que en las carencias y fracasos.

En este ámbito, la intervención del equipo psicosocial y/o especializado aportará al proceso terapéutico integral en la medida en que las nuevas experiencias de logro, aceptación e inserción del niño/a o adoles- cente apunten a fortalecer, apoyar y desarrollar el logro de los objetivos en esta área. La intervención del equipo ambulatorio-comunitario apuntará a fortalecer la intervención del equipo psicosocial y/o especia- lizado desde su propia especificidad en el abordaje clínico y de psicoterapia o tratamiento propiamente tal, a través de estrategias psicoterapéuticas que apoyen en el logro de este ámbito relacionado con la rehabilitación del consumo de drogas.

Algunos objetivos terapéuticos específicos que debieran contemplarse en el proceso terapéutico que se realizará en este ámbito son:

Desarrollo y consolidación del proceso de identidad: reconstrucción de la identidad a partir de la resig- nificación, desde la identidad “transgresora” y de calle”, al desarrollo de una identidad que incorpore nuevas facetas y experiencias positivas de integración social. Esto apunta a un proceso de cambio en la identidad, la cual se irá fortaleciendo y consolidando a través de cambios en la autoestima, autoima- gen, confianza básica y autoeficacia. En este aspecto, será fundamental favorecer una identidad positiva desde la resignificación y sentido que tiene el consumo de drogas y vida de calle en la vida del niño/a o adolescente.

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Desarrollo de una autoestima y autoimagen positivas: fundamental para el proceso de construcción y con- solidación de la identidad personal en esta población, como fundamental para paulatinamente ir abor- dando la temática del consumo de drogas en el proceso de construcción de una nueva autoimagen.

Favorecer el proceso de individuación, autonomía e integración al grupo de pares: centrado principalmente en la necesidad de pertenencia e identificación al grupo, poniendo énfasis en que la satisfacción de estas necesidades no pase necesariamente por el consumo de drogas y conductas trasgresoras, con- ductas asociadas principalmente a esta población.

Favorecer el desarrollo de habilidades y competencias asociadas con la resiliencia: en esta población habrá que identificar, reconocer y rescatar aquellos recursos y habilidades desarrollados como estrategias de sobrevivencia en estos niños (capacidad de adaptación, integración a sus pares y propias normas de grupo, estilos de relación desarrollados en el grupo, sentido del humor, etc.) y aquellas habilidades que pudieran ser potenciadas en el proceso de integración social (actividades de riesgo, deporte, artísticas, etc.).

Favorecer el desarrollo de un proyecto de vida: para esta población, deberá centrarse en el logro de me- tas a corto y mediano plazo (concretas y medibles en el tiempo), con mirada a largo plazo, que sean adecuadas a sus necesidades y realidad, y que tengan sentido y significado en el proceso de recons- trucción e integración de su historia vital.

Estos objetivos se realizarán complementariamente por ambos equipos:

En el equipo psicosocial y/o especializado se desarrollarán fuertemente intervenciones focali- zadas a partir de las estrategias y actividades psicológicas, sociales, psicosociales y psicoeducativas, que entregarán al niño/a o adolescente nuevas experiencias positivas y de logro, apuntando a la reconstrucción de la identidad, autoestima, desarrollo de habilidades sociales y competencias, vincu- lación con la familia y desarrollo de un proyecto de vida.

En el equipo ambulatorio-comunitario, estos objetivos también serán abordados en la psico- terapia o tratamiento, a partir de herramientas y estrategias psicoterapéuticas que fortalezcan el desarrollo y construcción de la identidad, autoestima, integración al grupo de pares y nuevas habili- dades adquiridas, poniendo énfasis también en la intervención terapéutica con la familia y desarrollo de un proyecto de vida como parte de la psicoterapia, enmarcados en la intervención ligada a la rehabilitación del consumo de drogas (cuando corresponda).

b) Inserción social

Este objetivo general deberá abordarse en profundidad a partir de la intervención del equipo psicosocial y/o especializado, en donde la intervención del equipo ambulatorio-comunitario estará centrada en apoyar y fortalecer aquellas áreas de la personalidad que favorezcan este objetivo. Puntualmente, el equipo clínico ambulatorio-comunitario podrá apoyar en cuanto a la evaluación clínica de ciertas áreas (psicodiagnóstico) que se requiera y/o apoyar en la inserción a la escuela como referente clínico o psicoterapéutico.

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Dentro de este eje se pueden mencionar los siguientes ámbitos:

Ámbito educacional

Si bien este es un objetivo propio del equipo psicosocial y/o especializado, la intervención del equipo ambulatorio-comunitario estará destinada a favorecer el proceso de integración educacional, con

alternativas adecuadas a las características y necesidades del sujeto: nivelación escolar, recuperación de estudios, integración a la educación formal, re-escolarización, etc. Dentro de este ámbito se pue- den mencionar dos objetivos específicos:

– Desarrollar y reforzar hábitos de estudio y habilidades cognitivas relacionadas con el proceso de aprendizaje.

– Evaluar y fortalecer las áreas relacionadas con el aprendizaje e integración escolar que presenten retraso o trastornos asociados: trastornos de aprendizaje, retraso pedagógico, déficits cognitivos o intelectuales, etc.

Ámbito socio-ocupacional y/o laboral (cuando corresponda)

Este ámbito también es de competencia del equipo psicosocial y/o especializado, por lo que la inter- vención del equipo ambulatorio-comunitario estará destinada a favorecer el proceso de inserción al

ámbito laboral, de acuerdo con las características, edad y necesidades del sujeto: capacitación, cono- cimiento e integración a alternativas laborales en las redes locales, etc. Esto también contempla un objetivo específico relacionado con:

– Favorecer el desarrollo de hábitos y habilidades relacionadas con la integración al ámbito laboral.

c) Reparación del daño psicosocial

Si bien este objetivo terapéutico también deberá desarrollarse a partir de la intervención complementaria

entre el equipo psicosocial y/o especializado y el ambulatorio-comunitario, este último equipo podrá ser el que aborde en profundidad el logro de los objetivos relacionados con la reparación del daño psicosocial, como parte de la intervención psicoterapéutica contemplada en la rehabilitación del consumo de drogas.

El equipo psicosocial y/o especializado aportará a este objetivo desde la intervención psicológica y social

y socio-educativa, a partir de la experiencia reparadora de la construcción del vínculo y las nuevas expe- riencias positivas de logro e integración, que serán parte fundamental también para la reparación de las vivencias de daño.

Este eje deberá estar incorporado en el proceso terapéutico o tratamiento del consumo del niño/a o adolescente. Por ello, el equipo clínico ambulatorio-comunitario deberá coordinarse con otros equipos clínicos especializados que pudieran aportar, apoyar o profundizar en el proceso terapéutico o de tra- tamiento de acuerdo con su ámbito especializado de intervención y de acuerdo con la problemática de mayor complejidad que sea necesario intervenir (proyectos especializados en reparación por explotación comercial sexual infantil-adolescente o ESCI, proyectos de Reparación en Maltrato Grave y Abuso Sexual, etc.). Si un niño/a o adolescente fuera sujeto de atención de otro programa de intervención (Programas ESCI, de Reparación de Maltrato y/o Abuso, entre otros), estos objetivos no serán necesarios de profundi- zar en el abordaje psicoterapéutico del equipo ambulatorio-comunitario, pero sí incorporados a la mirada de reparación y rehabilitación del consumo de drogas.

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Asimismo, los objetivos terapéuticos de este eje serán definidos de acuerdo con el diagnóstico clínico y psicológico y social que se haga del sujeto previamente. Esto es de vital importancia para evitar la sobre-intervención y victimización secundaria que pue- den vivir estos niños/as y adolescentes. Si hay temáticas de grave vulneración de derechos que presenta el sujeto (maltrato, abu- so, violencia intrafamiliar, etc.), será necesario saber si han sido intervenidas anteriormente por otro programa de intervención o reparación, de qué forma, y los logros obtenidos. Esto dará la pauta para saber qué temáticas de todas las que presenta el sujeto deben ser intervenidas en profundidad por el equipo ambulatorio- comunitario como parte del proceso psicoterapéutico, o referidas a otros programas especializados. Si esto fuera así, será necesario que la intervención clínica del equipo ambulatorio-comunitario considere estas temáticas, no para tratarlas en profundidad, sino como parte del enfoque de reparación y rehabilitación del con- sumo.

Algunos objetivos terapéuticos específicos de este eje, que debiera incorporar el equipo ambulatorio-co- munitario en la rehabilitación del consumo, con apoyo del psicosocial y/o especializado, son:

Favorecer la recuperación de la confianza básica personal (o creación de ella): en estos niños/as y ado- lescentes es fundamental por las graves situaciones de vulneración que han vivido, por lo que la construcción de un vínculo seguro y de aceptación incondicional (con límites adecuados) permitirá ir paulatinamente reparando las áreas de la personalidad que se han visto deterioradas por las experien- cias primarias de rechazo, desprotección y abandono. Esto será fundamental para lograr trabajar los aspectos terapéuticos posteriores del proceso de intervención, y estará dado especialmente a partir de la intervención del equipo psicosocial y/o especializado y de las nuevas experiencias positivas y de logro adquiridas.

Favorecer la elaboración de las vivencias traumáticas en la historia vital del niño/a adolescente: como parte del proceso terapéutico asociado al consumo de drogas, será fundamental en esta población abordar, elaborar y resignificar las vivencias asociadas a las problemáticas que llevan a estos niños/as y adoles- centes a vivir en situación de o en la calle y al consumo de drogas. Dentro de estas pudieran estar:

vivencias de abandono, desprotección, negligencia parental, rechazo, violencia intrafamiliar, maltrato, abuso sexual y/o comercio sexual, etc. En el caso de estas últimas problemáticas de mayor gravedad,

si bien son abordadas por los programas de reparación del SENAME (proyectos ESCI, de Reparación

en Maltrato Grave, etc.), es importante coordinarse con estos equipos especializados para incorporar esta mirada como parte de la resignificación necesaria para la rehabilitación del consumo.

Favorecer la elaboración de los sentimientos, percepciones y cogniciones asociadas a estas vivencias traumá- ticas: será necesario trabajar los sentimientos y cogniciones que comúnmente presentan los niños/as

y adolescentes que viven este tipo de situaciones. Dentro de estas se puede mencionar:

– Trabajar la desculpabilización: tienden a sentirse culpables y responsables por las vivencias de re-

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chazo, abandono, consumo de drogas, vida de calle, u otras (violencia, maltrato y/o abuso sexual) que pudieran haber vivido a lo largo de su historia. Es importante que se reco- nozcan como víctimas de las situaciones de vulneración de derechos que han vivido y que los han llevado al consumo de drogas.

– Poner la responsabilidad en quien corresponde: favorecer la cognición y comprensión respecto a que la responsa- bilidad de las vivencias de maltrato o desprotección que han vivido no está en ellos, sino en quienes no pudieron protegerlos en el momento adecuado. Esto tendrá rele-

vancia al momento de resignificar las conductas asociadas

al consumo de drogas y vida de calle como consecuencia

de ello.

consumo de drogas y vida de calle como consecuencia de ello. – Favorecer la resignificación y

– Favorecer la resignificación y comprensión de su historia vital en el contexto familiar y social en el que se han desarrollado, dándoles sentido a las conductas y estrategias de sobrevivencia que han desarrollado como consecuencia de esto: consumo de drogas, deserción de la escuela, problemas

o desvinculación con la familia, vivencia de calle, problemas de infracción a la ley, etc.

Favorecer la conexión emocional y expresión de emociones y sentimientos asociados a las vivencias traumá- ticas en su historia vital: en estos niños/as y adolescentes cobra especial importancia, puesto que la desconexión emocional ha formado parte de una estrategia de sobrevivencia frente al dolor vivido. Los sentimientos de pena, rabia, impotencia, dolor, tienden a dirigirlos y expresarlos hacia sí mismos y su entorno cercano en conductas generalmente de autoagresión o transgresión a otros. Esto será importante incluirlo en el abordaje de drogas desde la resignificación y del sentido del consumo y vivencia de calle y desarrollo de nuevas estrategias de sobrevivencia.

Favorecer el desarrollo de habilidades cognitivas y sociales relacionadas principalmente con el aprendizaje de resolución de conflictos y estilos de relación no violentos: la impulsividad, la agresividad y violencia como estrategias de sobrevivencia son importantes de trabajar en el contexto de reparar y aprender estilos de relación más adecuados con el medio y su entorno. Especialmente importante de incorporar en el enfoque de drogas en relación con el grupo de pares.

Desarrollar estrategias de autocuidado: en esta población estarán enfocadas principalmente en tomar conciencia acerca de las situaciones de riesgo a las que están expuestos en la vivencia de calle y con- sumo de drogas, y a desarrollar y aprender estrategias de autocuidado respecto a diversas situaciones de riesgo como son el consumo de drogas, abuso y/o comercio sexual, estilos de relación violentos, conductas de transgresión de la ley, cuidado de salud, nutrición en el niño/a o adolescente, etc.

Promover el proceso de restitución de los derechos gravemente vulnerados (ámbito legal): en este aspecto, será necesario coordinarse con los equipos psicosociales y/o especializados, puesto que es un objeti- vo que abordan estos equipos, por lo que la coordinación servirá también para recoger información

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respecto a las medidas legales o de protección que tengan estos niños/as y adolescentes. En aquellos casos en que no existan, habrá que coordinarse con los equipos de los programas psicosociales y/o con los organismos judiciales (Tribunales, Corporación de Asistencia Judicial, Fiscalía, etc.) para promover que se lleven a cabo las medidas necesarias en caso de que existan situaciones de riesgo asociadas al consumo de drogas (Ej. violencia intrafamiliar, maltrato, abuso y/o comercio sexual in- fantil, etc.) Esta coordinación pasa también por referir y complementar la intervención con aquellas instituciones especializadas en el abordaje de estas problemáticas (programas de explotación sexual comercial infantil, niños/as inimputables, programas de Reparación de Maltrato Grave y Abuso).

d) Abordaje de drogas

Si bien este en ámbito corresponde la intervención específica en drogas del equipo clínico, la interven- ción del equipo psicosocial será fundamental para apoyar, fortalecer y consolidar los logros poniendo un especial énfasis en lo que se refiere a desarrollar estrategias de sensibilización y problematización del consumo, motivación al tratamiento y en la prevención de recaídas posteriormente, por constituirse en el apoyo, figura resiliente y de vinculación en terreno con el niño/a o adolescente a lo largo de todo el proceso.

Dentro de este ámbito del equipo clínico se pueden mencionar los siguientes objetivos, abordados en conjunto con el equipo psicosocial:

Desarrollar estrategias de sensibilización y problematización del consumo: para iniciar un proceso de motivación con el sujeto, será necesario primero que el equipo ambulatorio-comunitario pueda desarrollar acciones de asesoría, capacitación y/o formación en drogas a los equipos psicosociales y/o especializados, así como acciones desarrolladas a compartir y complementar las visiones y enfo- ques que ambos equipos pudieran tener respecto a las problemáticas que presentan estos niños/as y adolescentes. Esto, puesto que la sensibilización y problematización del consumo pasa también por reflexionar en conjunto, compartir y profundizar entre los equipos respecto al enfoque de drogas y el proceso de intervención.

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Dos objetivos centrales se plantean con respecto a la motivación por realizar en esta población:

a) Iniciar la motivación a partir de la construcción del vínculo que haya desarrollado el equipo psicosocial y/o especializado, y de acuerdo con la problemática del consumo que presente el sujeto.

b) Definir, acordar y desarrollar las estrategias de sensibilización, problematización y motivación al tratamiento, a partir de la evaluación e intervención conjunta de ambos equipos, donde el equipo psicosocial será el referente significativo que apoye al niño/a o adolescente, y el que retroalimen- tará en un diálogo permanente al equipo clínico respecto a los tiempos adecuados, necesidades y oportunidades que presente el niño/a o adolescente, especialmente en relación con nuevos inte- reses o motivaciones que puedan servir de enganche para posteriormente trabajar el consumo, como un problema que dificulta el llevar a cabo sus nuevas metas en el proceso de inserción.

Respecto a las estrategias de motivación al cambio, Prochaska y Di Clemente (198) aportan en este ámbito con los estadios o fases de motivación al cambio (pre-contemplación, contemplación, preparación, acción y mantención) que se han desarrollado en el tratamiento con adultos. Sin embargo, hay que conside- rar que estas etapas pudieran presentar dificultades al momento de aplicarse en adolescentes debido a que las habilidades cognitivas y afectivas necesarias para la consolidación de estos estadios se encuentran en pleno desarrollo durante la adolescencia. Además, la motivación estará teñida también por otras variables que no son individuales, sino que propias del contexto de vulnerabilidad social en el que se encuentra el niño/a o adolescente, que dificultan aún más un proceso de motivación, puesto que la droga es utilizada muchas veces como una estrategia de sobreviviencia más. Por lo tanto, la mirada desde el modelo de los estadios de motivación al cambio deberá adaptarse al enfoque de la adolescencia en vulnerabilidad social y a las características propias del sujeto en su contexto.

De igual modo, será importante incorporar también el enfoque de las necesidades de A. Maslow (1954) respecto a la jerarquía de necesidades que existen y que son esenciales en el desarrollo del ser humano, en relación a lograr satisfacer en primer lugar necesidades más urgentes que presentan estos niños/as y adolescentes, puesto que el consumo de drogas podrá abordarse en la medida en que se suplan las caren- cias básicas que la droga pasa a sustituir (necesidades fisiológicas, de seguridad, vínculo y sentimientos de pertenencia, estima social, etc.).

Disminución y suspensión del consumo: la meta u objetivo general es favorecer un proceso que vaya desde una reducción a la eliminación del consumo, a partir de los criterios de evaluación inicial que se hayan realizado, incidiendo fundamentalmente en los siguientes objetivos específicos:

– Seguimiento de los posibles desajustes orgánicos ocasionados por el consumo de drogas y pérdida de hábitos de salud (alimentación, sueño, higiene) y recuperación de su equilibrio físico.

– Sensibilización y problematización de su situación respecto al consumo que están realizando y de- sarrollo de una actitud crítica respecto a las drogas y su consumo.

– Tratamientos farmacológicos dirigidos al sujeto con consumo problemático de drogas (sí se estima necesario).

– Dotar de conocimientos objetivos sobre las drogas y las conductas de consumo: información sobre el

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I n t e r v e n c I ó n

P s I c o s o c I a l

MO deLO de inTeRVenciÓ n

síndrome de abstinencia y trabajo sobre los miedos (sí se estima necesario). Reducción de ansiedad.

– Negociación con el sujeto para aceptar el control fami- liar, o de la figura vincular significativa y/o tutor resiliente y/o equipo a su cargo.

Hay que dar prioridad a la flexibilidad, tratando de distanciar- se de planteamientos rígidos en los cuales la utilización de drogas es inadmisible y en donde el objetivo sea la abstinencia total, sin considerar esta en el contexto de un proceso. El modelo debe contemplar propuestas que tengan que ver con la consecución de objetivos intermedios; por ejemplo, dismi- nución de consumo, luego eliminación del consumo.

dismi- nución de consumo, luego eliminación del consumo. Obviamente, los objetivos que se planteen dependerán de

Obviamente, los objetivos que se planteen dependerán de numerosas variables: drogas consumidas, frecuencia y dura- ción del consumo, grado de deterioro orgánico del sujeto, conciencia e interés por superar sus problemas, demandas del sujeto, grado de conflictividad familiar provocado por el consumo, etc.

Prevención de recaídas: permitir al adolescente, principalmente, aprender a reconocer los signos tempra- nos de la recaída y desarrollar estrategias de evitación y enfrentamiento que pongan en juego nuevas habilidades o refloten habilidades perdidas, a fin de evitar