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MISTER CAPULLO SEDUCTOR

por Bars

[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Imbécil de Oro.

CAPÍTULO 2. LA MODELO

¿Has encontrado algo?

Negué con la cabeza, al tiempo que dejaba vagar la mirada a mi alrededor. Tras tres largas horas encerrada en el mismo centro comercial, el bullicio me resultaba insoportable y me costaba respirar.

¿Podemos irnos ya? conseguí murmurar con un hilo de voz.

Le lancé a Alice mi mirada más suplicante, pero ella no pareció inmutarse. Continuó rebuscando entre los grandes montones de ropa, moviendo las manos a una velocidad vertiginosa y defendiéndose del resto de clientes a base de codazos y empujones. La contemplé en silencio, sin alcanzar a comprender cómo alguien tan menudo podía moverse con tanta desenvoltura entre tanta gente.

Lo digo en serio, Alice insistí, esta vez con voz más firme. Estoy a punto de tener una crisis nerviosa.

Ella simplemente puso los ojos en blanco.

Hasta que no comiences a hiperventilar, no hay nada por lo que preocuparse aseguró, antes de dirigirme una breve mirada severa. Deberías ir a buscar algo para tu madre.

Lo hice, pero casi llego a las manos con una cincuentona por un jersey en oferta recordé, dejando escapar un suspiro dramático. Creo que no se puede caer más bajo.

Alice rió entre dientes, añadiendo una prenda de ropa más a su gran montón de regalos. Sonreía y no parecía intimidada por aquel ambiente agobiante y agotador que nos rodeaba. De hecho, parecía incluso disfrutar con los villancicos a todo volumen, con los dependientes que acechaban en cada pasillo y con las peligrosas clientas en busca de la compra navideña perfecta.

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¿Prefieres dejarlo todo para el último momento? me regañó.

Me encogí de hombros.

Me gusta respetar las tradiciones.

¿También vas a esperar hasta el último minuto para responder a la propuesta de Edward Cullen? quiso saber, volviéndose hacia mí.

Su pregunta me pilló desprevenida. Alice no había vuelto a mencionar el tema desde el día anterior y, tras toda una tarde atrapadas en Macy’s en busca de regalos navideños, me creía a salvo de sus preguntas incómodas. Ingenua. Había logrado esquivar el tema, sí, pero sospechaba que no se debía a mi habilidad, sino a que la propia Alice había optado por no hablar de ello.

Hasta este momento.

Los suspicaces ojos de Alice continuaron observándome con atención y, de repente, la sección de artículos de invierno me resultó sorprendentemente interesante. Creía recordar que mi madre necesitaba un par de guantes nuevos…

¿Bella? me urgió.

Creía que estábamos hablando de regalos dije, en un desesperado intento por eludir aquella parte de la charla.

Lo estábamos convino ella. Hasta que he cambiado de tema de conversación.

Comencé a caminar con lentitud alrededor de los mostradores, repletos de complementos para el invierno. Me fingí concentrada en los guantes de todos los colores y en las largas bufandas mientras, a mi espalda, podía escuchar los pasos de Alice siguiéndome.

Dos minutos y tres vueltas completas a la sección fueron suficientes para colmar su paciencia.

¿Y bien? volvió a hablar, incapaz de disimular la nota de exasperación que dejó traslucir su voz.

Resoplé, en un intento por camuflar mi nerviosismo y hacerlo pasar por indignación.

Ya le di ayer mi respuesta aseguré, con fingido aburrimiento. Dos veces.

Ya murmuró ella, alzando las cejas. Creo que no me has entendido. En realidad, lo que quiero saber es cuándo aceptarás la propuesta de Edward Cullen.

Alargué el brazo para alcanzar un par de guantes de cuero negros. Los examiné con cuidado, pero los devolví rápidamente a su lugar en cuanto le eché un vistazo al precio que marcaba la etiqueta.

Nunca respondí, echando a andar en dirección a las bufandas; puede que allí encontrara algo que se ajustara a mi reducido presupuesto.

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Alice me siguió de nuevo con pasos rápidos, a pesar del pesado montón de regalos que cargaba entre sus brazos. En cuanto me alcanzó, los dejó sobre el mostrador más cercano, antes de cruzarse de brazos y escenificar así su ligero enfado que, a juzgar por su expresión y su ceño fruncido, iba ya camino del cabreo profundo.

Su bufido exasperado me obligó a centrar toda mi atención sobre ella. Me observó en silencio durante largo rato, con la misma expresión crispada pero, de pronto, sus facciones se suavizaron. Escudriñé su rostro con cautela, entornando los ojos. No sabía el porqué de aquel repentino cambio de humor, pero me temía lo peor. Con Alice, lo más inteligente era temerse siempre lo peor. Y, francamente, prefería su mueca de cabreo monumental antes que aquella expresión indescifrable, esa mezcla de incredulidad, condescendencia y… ¿algo de ternura?

Agité la cabeza casi de forma inconsciente. En los labios de Alice, pude vislumbrar la sombra de una leve sonrisa.

Vaya murmuró en voz tan baja que, por un momento, creí habérmelo imaginado.

¿Qué? repliqué inmediatamente, adoptando un tono defensivo.

Alice se limitó a reír por lo bajo y negar con la cabeza, antes de darse media vuelta, recoger su monstruoso montón de regalos y echar a andar de nuevo.

No me quedó más remedio que seguirla a través de los pasillos abarrotados de gente. En cuanto la alcancé, pude escuchar otra frase murmurada en sus labios, un “quién lo iba a decir” pronunciado más para sí misma que para mí, pero lo suficientemente alto como para que llegara a mis oídos.

La maldije entre dientes. A ella y a su molesta habilidad para dejarme colgada en medio de

un mar de dudas. Sí, aquello de lanzar exclamaciones crípticas al aire y darse media vuelta, dejándome clavada en el sitio y sin comprender absolutamente nada, era muy de su estilo.

A Alice le gustaba el drama. Demasiado. Casi tanto como hacerse de rogar.

A mí, por el contrario, me gustaban las cosas claras. Cristalinas.

¿De qué hablas, Alice?

Ella volvió a reír por lo bajo, antes de volverse hacia mí y dedicarme una mirada cargada de superioridad. De esas que tanto odiaba.

Te gusta más de lo que pensaba aseguró, con total convicción.

Y en ese momento, en ese preciso instante en el que necesitaba calcular mi próximo

movimiento con sumo cuidado, mi subconsciente me traicionó.

No tanto.

No me di cuenta de lo que acababa de decir hasta que las palabras se escaparon de mis labios. Se quedaron ahí, flotando en el aire entre nosotras dos, en medio del pasillo de perfumes, y parecían reírse de mí, casi tanto como la sonrisa burlona que ya exhibía Alice.

Gracias por abandonarme, filtro mental.

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Quizás no era demasiado tarde para enmendar mi antológica metedura de pata. ¿Verdad?

—Quiero decir… ¡no! —añadí rápidamente, con el énfasis propio de los mentirosos que buscan desdecir sus palabras. No me gusta. En absoluto. Nada. Cero. Le detesto.

No necesitaba que Alice alzara las cejas para saber que no se creía ni una sola de mis negativas. Pero aún así lo hizo.

Lo de que le detestas es cierto concedió. Tan cierto como que te gusta. Y mucho.

Reflexioné durante un par de segundos, evaluando mis opciones. Podía entonar una retahíla interminable de leodionolesoporto, pero sabía que sería inútil. En realidad, me encontraba en un callejón sin salida y engañar a Alice iba a ser una tarea imposible de principio a fin. Lo de fingir que Edward Cullen no me atraía en absoluto ya no servía ni para convencerme a mí misma. Sin olvidar que aquella noche que pasé en la suite de Edward Cullen era un gran agujero en mi argumento de defensa.

No me quedó más remedio que rendirme ante la evidencia.

Vale cedí, tras el breve debate mental. Puede que la noche en el Four Seasons no juegue a mi favor. Y puede que Edward Cullen me guste, aunque remotamente. Y aunque el sentimiento predominante siga siendo el odio.

Tomé aire y me sentí extrañamente liberada después de haber pronunciado aquellas palabras en voz alta. Dicen que el primer paso en la rehabilitación es la aceptación, ¿no?

¿Entiendes ahora porque lo mejor que puedo hacer es rechazar su oferta?

La respuesta de Alice no se hizo esperar.

No replicó con rotundidad. Sí, te gusta. Y sí, le odias. Puede incluso que te debatas entre lanzarte a su cuello para ahorcarle o para besarle. ¿Y qué? No veo el problema.

Oh, por favor. El propio Edward Cullen era un problema en sí mismo. Un gran problema. Un inconveniente arrogante, altivo, demasiado atractivo para su propio bien y con un par de manos grandes y expertas capaces de hacer maravillas sobre mis

Reconduce tus pensamientos, Bella.

El problema dije, poniendo especial énfasis en mis palabrases que trabajar con él me afecta demasiado. Tiene mucha influencia sobre mí, ¿comprendes? Alice negó con la cabeza, aunque sospechaba que lo hizo únicamente para sacarme de quicioMe desconcentra, me hace parecer muy pequeña a su lado y consigue que incluso yo misma cuestione mi criterio profesional. Nunca me había ocurrido algo así, con ningún cliente. Por muy exigentes o exasperantes que sean, siempre encuentro la manera de hacer que las cosas fluyan, sin problemas. Pero con Edward Cullen…

Dejé la frase en suspenso. Con Edward Cullen no sabía cómo actuar. Con Edward Cullen sentía un permanente nudo en el estómago. Con sus miradas duras me quedaba inmóvil y clavada en el sitio, a la espera de su próximo movimiento. Y con sus sonrisas torcidas, sentía mis piernas flaquear.

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Me guardé todo aquello para mí misma. A ojos de Alice, ya debía de parecer lo suficientemente desesperada; no era necesario añadir el adjetivo de patética.

Ese es el problema concluí. ¿Te parece poco?

Todo me parece poco al lado de un cheque de diez mil dólares insistió Alice, haciendo gala de toda su terquedad.

Suspiré porque… en fin, ¿qué otra cosa podía hacer? Alice nunca lo entendería. Porque Alice poseía la asombrosa habilidad de relativizarlo todo y de hacer sencillo lo complicado.

El dinero no lo es todo.

Por favor, Bella gruñó ella, poniendo los ojos en blanco. Ni que tuvieras que cometer un delito para conseguir ese dinero. Sólo tienes que hacer tu trabajo.

Y lidiar con Edward Cullen le recordé.

Sólo tienes que hacer tu trabajo repitió Alice. El resto, será otra historia. Y tu decisión borró su expresión severa para sustituirla por una gran sonrisa. Además, piensa en la de regalos que podrás comprar esta Navidad a tu querida amiga Alice con esos diez mil dólares.

No pude evitar reírme.

Si aceptara la oferta de Edward Cullen, tendría que gastarme todo ese dinero en terapia.

Alice había abierto la boca ya para soltar algún comentario seguramente ingenioso, pero el pitido de mi teléfono móvil interrumpió la conversación. Después de revolver entre mis cosas y soltar alguna que otra maldición, conseguí rescatarlo del fondo de mi bolso y fruncí el ceño al leer las escasas palabras que parpadeaban en la pantalla.

¿La modelo? quiso saber Alice, descifrando a la perfección mi rostro crispado.

Gruñí un ‘sí’ molesto entre dientes. La modelo. Mi más reciente cliente y un auténtico dolor de muelas. Una pesadilla rubia, perfecta y con una lista interminable de caprichos para celebrar por todo lo alto sus veintidós años.

Me vuelve loca murmuré, al tiempo que devolvía el teléfono a las profundidades de mi bolso.

¿Tanto como Edward Cullen? cuestionó Alice, dedicándome una sonrisa traviesa.

—Quiere que me presente “urgentemente” en Saks —dije, ignorando el comentario de mi amiga—. Otra que se cree que no tengo vida propia…

Clientes que pretenden que seas su esclavo. Los conozco bufó Alice, súbitamente malhumorada. Y los detesto.

Ella además quiere que juegue a ser su asistenta de moda gruñí, recordando el contenido del mensaje. Aún quedan más de dos semanas para su maldita fiesta de cumpleaños, pero está desesperada por encontrar ya el vestido perfecto. Y pretende que

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yo la acompañe para aconsejarla… ¡Aconsejarla! exclamé, dejando escapar una risita irónica. Yo, aconsejando sobre vestidos a una supermodelo. ¿Puedes creértelo?

Alice se unió a mis risas.

—Dime que no es una de esas mujeres perfectas, siempre impecables…

—… con piernas kilométricas, sonrisa deslumbrante y pechos tan perfectos como naturales completé. Sí, eso es exactamente lo que es. Y ni siquiera puedes burlarte de ella diciendo que parece recién sacada de un desfile de Victoria’s Secret porque, en fin, la muy asquerosa ya ha desfilado para Victoria’s Secret.

Me despedí de Alice, prometiendo buscar cualquier defecto en la supermodelo para luego burlarnos de ella, aunque sólo fuera para subir nuestra autoestima. Caminaba ya hacia las puertas del centro comercial cuando escuché el grito de Alice a mi espalda.

¡Llámame cuando aceptes la oferta de Edward Cullen!

Me reí entre dientes al tiempo que ponía un pie en la calle, sintiéndome extrañamente libre al dejar atrás el bullicio del centro comercial. Alice podía esperar sentada por esa llamada.

* * *

Conducir por el centro de Chicago una tarde a principios de diciembre era una pesadilla.

Conducir por el centro de Chicago una tarde a principios de diciembre, cuando llegabas tarde a tu cita con una supermodelo en unos grandes almacenes de lujo era, además de una pesadilla, una experiencia aterradora que no se la deseaba ni al peor de mis enemigos.

Pero conducir por el centro de Chicago una tarde a principios de diciembre, cuando llegabas tarde a tu cita con una supermodelo en unos grandes almacenes de lujo y cuando la maldita supermodelo no hacía más que acribillar tu móvil con llamadas para hacerte saber su cabreo monumental por tener que esperar por ti, era un auténtico dolor en el culo. De esos irritantes, de los que no podías deshacerte por muchos remedios que probaras.

El pitido de mi teléfono volvió a resonar en la cabina de mi vieja camioneta, entremezclándose por enésima vez con el sonido de los cláxones.

¡Joder! exclamé a la nada; mi paciencia se había agotado hacía tiempo ya, entre las llamadas número doce y trece.

Diez minutos, varias llamadas más y un par de adelantamientos temerarios después, conseguí aparcar la camioneta a la entrada del centro comercial. Decidí arriesgarme un poco más y, a pesar de mi torpeza congénita, corrí hacia la puerta giratoria que daba la bienvenida a los grandes almacenes, como si la vida me fuera en ello. Porque, pensándolo

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bien, algo muy importante me iba en ello. Puede que la vida no, pero sí mi sueldo de ese mes.

En cuanto puse un pie en el interior, me recibió el ambiente cálido y lisonjero típico de aquel establecimiento de lujo. Ni rastro de colas interminables, ni de amas de casa frenéticas y, ni mucho menos, de dependientes acosadores soplándote su aliento en la nuca. Sonreí involuntariamente, dejándome envolver por el perfume dulzón y por la suave melodía que se filtraba a través del hilo musical.

Le eché un rápido vistazo a mi alrededor y, al otro lado del gran vestíbulo, vislumbré una melena rubia y un par de piernas kilométricas muy familiares.

¡Rosalie!

La rubia se dio la vuelta lentamente y, en cuanto sus ojos azules se cruzaron con los míos, frunció los labios con desprecio. Rosalie Hale me observó desde sus gloriosos ciento ochenta centímetros de altura y, por enésima vez desde que la conocía, me maravillé por su facilidad para hacerme sentir como una completa mierda con tan sólo una mirada.

Tomé aire y me encaminé hacia ella.

Rosalie repetí al llegar hasta el lugar en el que se encontraba.

Forcé a mis labios para que esbozaran mi sonrisa más afable, mientras ella continuaba observándome con la misma mueca de fastidio. Traté de recordarme que yo era una gran profesional, y que ella no era más que una niñata que necesitaba de mi ayuda para celebrar su cumpleaños, pero sus miradas fulminantes ejercían un efecto perturbador sobre mi autoestima.

—¿No entiendes el concepto de “urgente”? —preguntó, entonando sus palabras con la más absoluta frialdad.

Bruja.

Sonreí con más ganas aún, convirtiendo el gesto en una mueca tirante.

Lo siento me disculpé, haciendo acopio de toda mi falsa amabilidad. Estaba en la otra punta de la ciudad cuando recibí tu mensaje. Había atasco y…

No me interesan los detalles de tu aburrida vida aseguró con desdén, antes de darse media vuelta y lanzar una orden por encima del hombro. Vamos.

Inspira, Bella. Piensa en tu sueldo a fin de mes. Piensa en gatitos adorables y en cachorros de perro. Piensa en arcoíris. En los atardeceres a la orilla del mar, en el olor a tierra mojada después de una tarde de lluvia y en…

Qué coño. Piensa en tu puño estampado en el perfecto rostro de Rosalie Hale.

Oh, sí. Eso estaba mucho mejor.

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Esbocé una sonrisa perezosa y complacida mientras me encaminaba hacia el interior del establecimiento, siguiendo los pasos de Rosalie. Imaginar su muerte lenta y dolorosa me ayudaría a sobrellevar la dura tarde que me esperaba por delante.

¿Has cerrado ya la lista de invitados?

La observé mientras se movía entre las perchas repletas de vestidos demasiado cortos y demasiado caros. No podía precisar con exactitud cuánto tiempo llevábamos ahí metidas; puede que fueran horas o puede que se tratara simplemente de unos pocos minutos.

Sí. Las invitaciones ya están enviadas y estoy recibiendo las primeras confirmaciones.

Mal censuró Rosalie, sin ni siquiera dignarse a mirarme, aunque fuera por encima del hombro; se limitó a caminar hacia otra fila de perchas, examinando las prendas con ojo crítico. Aún falta gente importante por invitar.

—Rosalie, hemos revisado esa lista y creo que…

Edward Cullen me interrumpió. Falta Edward Cullen.

Me quedé en silencio durante unos instantes, descolocada porque su nombre hubiera salido a colación en aquella conversación. ¿Es que no iba a poder deshacerme de él nunca?

¿Edward Cullen? repetí.

Sí, Edward Cullen afirmó Rosalie, con un deje de impaciencia. Supongo que le conocerás.

He oído hablar de él mentí.

Más bien había oído cómo gemía mi nombre mientras foll…

Invítale ordenó Rosalie. Es el hijo del socio de mi padre, no puede faltar.

Por supuesto. ¿Cómo no había caído en la cuenta antes? En fin, ¿cuántas familias ricas y poderosas apellidadas Hale podía haber en aquella ciudad? Probablemente, tan sólo una. Y probablemente, el Hale de Rosalie era el mismo que el Hale de Cullen & Hale, el prestigioso despacho de abogados en el que trabajaba Edward Cullen y del que su padre era uno de los socios fundadores.

Lo cual no hacía más que confirmar mi teoría de que, efectivamente, la presencia de Edward Cullen me perseguía allá donde fuera.

Asentí en silencio, al tiempo que sacaba mi agenda para apuntar la petición de Rosalie, garabateando con rabia el nombre de Edward Cullen en una de las hojas.

Y ahora, tú y yo nos vamos a los probadores. Esto es para mí dijo Rosalie, señalando las perchas que portaba en su mano derecha. Y esto añadió, mostrándome otro vestidoes para ti. Sólo acepto gente bien vestida en mi fiesta.

Fruncí el ceño, analizando el modelito que Rosalie pretendía colocarme. Lleno de brillos, extremadamente corto y muy, muy ceñido. Previsible. Y muy de su estilo, también. Lástima

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que no pegara nada con el mío. Y lástima también que estuviera a punto de negarle ese

capricho a Rosalie. Recordaba con todo detalle lo que había ocurrido la última vez que uno

de mis clientes se había empeñado en elegir personalmente la ropa que debería llevar a su

fiesta. Y, la verdad, de momento no me iban las experiencias lésbicas.

Agité la cabeza, en un intento por hacer desaparecer los recuerdos indeseados que comenzaban ya a tomar forma en mi cabeza. Como la imagen de Edward Cullen y yo, encerrados en un estrecho probador, en aquellos mismos grandes almacenes, hacía apenas cinco meses. O como la sensación de sus labios deslizándose por mi cuello, mientras sus manos encontraban el camino hacia el cierre de mi sujetador.

¿Era cosa mía o de repente hacía demasiado calor?

La tienda se encontraba ya prácticamente desierta cuando conseguí deshacerme de Rosalie. Me escabullí silenciosamente mientras ella se dejaba adular por las dependientas, complacida por los cumplidos. Salí rápidamente de allí, dejando atrás sus sonrisas azucaradas y sus exclamaciones de admiración cada vez que Rosalie salía del probador, enfundada en un nuevo vestido, siempre más corto y más llamativo que el anterior.

En cuanto puse un pie en la calle, le eché un rápido vistazo a mi reloj. Eran las seis de la

tarde y había desperdiciado todo el día encerrada en centros comerciales. Si me daba prisa

aún tenía tiempo para llegar a mi apartamento, dejarme caer sobre el sofá con una taza de café entre mis manos y dedicarme a la noble tarea de no hacer absolutamente nada el resto de la tarde. Sonaba como un gran plan.

Me imaginaba ya tumbada en el sofá, con los ojos cerrados y la mente en blanco, libre de supermodelos caprichosas y de idiotas arrogantes, cuando me subí a mi vieja camioneta. El asiento crujió bajo mi peso y los cristales habían comenzado ya a helarse a causa del frío

que hacía en la calle. Introduje la llave en el contacto pero, tras girar la muñeca, no ocurrió nada. Probé de nuevo, esta vez con más fuerza, pero el motor de la camioneta continuó en silencio. Al tercer intento, empecé a ponerme nerviosa. Al cuarto, mis manos ya sudaban, a pesar de que la temperatura era gélida, y al quinto, llegué a la conclusión de que, a pesar

de

que mis conocimientos en mecánica eran inexistentes, era evidente que mi camioneta

no

iba a arrancar.

Miré por la ventanilla, contando mentalmente hasta diez para aplacar el ataque de histeria que se cernía sobre mí. Fuera, la gente iba de aquí para allá, cargados con bolsas y con las narices rojas por el frío.

Estupendo. Jodidamente estupendo. Mi camioneta acababa de pasar a mejor vida por lo que, por lo visto, tendría que quedarme atrapada de por vida en aquel bucle infinito de compras a contrarreloj y luces navideñas. Mi peor pesadilla hecha realidad.

Mi vida no podía torcerse más.

Oh, espera. Puede que sí. ¿Eso que salía del capó de mi camioneta era humo?

* * *

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¿Mil dólares? exclamé, sin importarme elevar mi voz más de lo que marcaba la buena educación¿Pero qué pretende hacer? ¿Reparar mi camioneta o comprarme una nueva?

El mecánico ni siquiera pareció inmutarse por mi crisis nerviosa. Se limitó a observarme con expresión aburrida, apoyado contra el mostrador y jugueteando con una llave inglesa entre sus manos salpicadas de grasa.

Mil dólares repitió. La pieza nueva cuesta setecientos, más trescientos de mano de obra por colocársela y hacerle una revisión a fondo a su camioneta. Así que, sí, mil dólares. Eso le costará la reparación. Aunque tiene otra opción.

¿Cuál? pregunté, abalanzándome sobre el mostrador.

Llegados a aquel punto, había perdido toda mi dignidad. Necesitaba mi camioneta y la necesitaba ya. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que implicara desembolsar poco dinero, aunque nada en absoluto estaría mucho mejor.

Puede llevarla a cualquier chatarrería ofreció el mecánico, encogiéndose de hombros. Con un poco de suerte, le darán unos cuantos dólares por su camioneta.

Ya mascullé, cruzándome de brazos. Me estaba tomando el pelo, ¿verdad?. Y si vendo mi camioneta por un puñado de dólares, ¿me puede explicar en qué voy a trabajar mañana? ¿Me va a llevar usted?

¡Oiga, señora! exclamó; por lo visto, ya se había hartado de la charla sin sentido¡Utilice el transporte público!

Salí del taller con un cabreo monumental y el bolsillo considerablemente vacío. No tenía dinero para pagar la reparación de la camioneta, no digamos ya para comprarme un coche nuevo. Además, en el fondo no era más que una sentimental y no quería deshacerme de mi vieja camioneta.

Alcé la vista hacia el cielo, en ese arrebato dramático tan propio de las situaciones desesperadas. Apenas eran las siete de la tarde, pero hacía tiempo que había anochecido ya. Las calles de Chicago se habían iluminado con el alumbrado navideño y me rodeaba el bullicio típico de las tardes de diciembre. El ambiente era incluso más frío que de costumbre y el viento soplaba con fuerza, por lo que ceñí con fuerza el abrigo mientras comenzaba a caminar hacia mi vieja camioneta, aparcada todavía frente a la puerta del centro comercial.

La observé a lo lejos. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que la necesitaba para todo; moverse en Chicago en transporte público era una auténtica pesadilla y vivía demasiado lejos de mi trabajo como para contemplar la posibilidad de ir andando cada mañana. Por no hablar de que mis clientes me exigían ir constantemente de un lugar para otro.

Dejé escapar un suspiro impotente. ¿No podían aparecer mil dólares de la nada?

Un momento…

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Mi mano se deslizó sin permiso hasta el interior de mi bolso. Palpé a ciegas entre mis

cosas, mientras una parte de mí esperaba no encontrar lo que buscaba. Pero ahí estaba. Aquel maldito papel rectangular continuaba allí, exactamente donde lo había dejado. Me conformé con saber que aún lo conservaba, pero no lo saqué del bolso. De lo contrario, de sacar el cheque y contemplar de nuevo la cifra que allí aparecía, me faltaría tiempo para lanzarme a por mi teléfono para marcar el número de Edward Cullen.

Continué caminando, dejando atrás la camioneta. Procuré mantener la mente despejada, pero mis pensamientos volvían irremediablemente a mis problemas económicos. Y, por mucho que me empeñara en obviarlo, la solución estaba al alcance de mi mano, a tan sólo una llamada de teléfono.

Únicamente tenía que marcar su número, tragarme el orgullo y aceptar su oferta.

No podía ser tan malo. Sólo tendría que mantener la cabeza fría, la boca cerrada para no

responder a sus provocaciones y hacer mi trabajo. Sólo eso.

Pero se trataba de Edward Cullen…

¡Oh! ¡Qué coño! exclamé en voz alta.

Estaba harta de los dilemas morales que no llevaban a ninguna parte. Harta de hacer caso a mi sentido común y de seguir el camino correcto. No tenía dinero. Necesitaba dinero. Y Edward Cullen estaba dispuesto a dármelo si trabajaba para él.

Saqué mi teléfono del bolso y rápidamente marque su número de teléfono. Tenía que actuar con urgencia, antes de recobrar la cordura y arrepentirme de lo que estaba a punto de hacer.

Piiiiiiii

Eché mano del cheque y lo contemplé.

Piiiiiiii

Diez mil malditos dólares. Los necesitaba. Era eso, o prostituirme. Puede que aceptar la oferta de Edward Cullen fuera ambas cosas a la vez.

Piiiii

Edward Cullen.

Su voz cortante me recibió al otro lado de la línea. Dudé durante unas décimas de segundo. ¿Estaba haciendo lo correcto?

Joder. Claro que no. Pero la vida a veces no te daba la opción de hacer lo correcto. O, al menos, de eso trataba de convencerme a mí misma.

Decidí terminar con aquel mal trago lo antes posible.

Acepto tu oferta dije bruscamente.

Edward Cullen guardó silencio durante un par de segundos que se me hicieron eternos.

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¿Isabella? preguntó al cabo de un rato.

Sí, soy yo respondí, con la misma brusquedad de antes. Y acepto tu oferta.

De nuevo, tan sólo recibí silencio como toda respuesta. Estaba a punto de colgar, a pesar de que probablemente esa fuera la reacción más inmadura que había tenido desde… bueno, desde que dejé de ser una adolescente inestable. Pero justo en ese instante, Edward Cullen volvió a hablar.

¿A qué se debe el cambio de opinión?

Su voz sonaba fría e inexpresiva, como de costumbre, pero me pareció captar un matiz de curiosidad, escondido tras sus ademanes bruscos y cortantes.

Necesito el dinero confesé con franqueza.

Aquello había sonado jodidamente mal. Pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.

Ya murmuró él.

A juzgar por su tono escéptico, Edward Cullen no creía que aquel fuera el verdadero motivo de mi repentino cambio de opinión. De repente, sentí la necesidad de justificarme.

Aunque te cueste creerlo, no todo el mundo nada en billetes de cien dólares como tú. La gente tiene gastos, imprevistos una jodida camioneta que se avería en el momento menos apropiado—… Necesito el dinero. Así que sí, trabajaré para ti, organizaré tu fiesta y haré un trabajo impecable. Exactamente igual que en tu cumpleaños.

Me di cuenta de mi error de principiante en cuanto cerré la boca.

¿Exactamente igual que en mi cumpleaños? repitió él, pronunciando sus palabras lentamente.

Su tono de voz había cambiado por completo, adoptando un matiz sedoso, casi como si quisiera engatusarme, y salpicado con algo de burla. Tenía dos opciones: podía enfurruñarme y tratar de defenderme de esa faceta suya que tanto me descolocaba a base de comentarios cortantes o, por el contrario, podía seguirle el juego.

Exactamente igual aseguré; hice una pequeña pausa dramática para que Edward saboreara mis palabras, antes de añadir algo más. Excepto por la parte final.

Contuve la respiración mientras, desde el otro lado de la línea, no recibí más que silencio. Esperaba que respondiera a mi provocación pero, como venía siendo habitual, Edward Cullen me sorprendió, recordándome sin necesidad de decirlo en voz alta que era él quien marcaba las reglas del juego.

De acuerdo aceptó finalmente; había recuperado su frialdad y sus palabras cortantes no dejaban lugar a réplica. Pásate por mi despacho. Tenemos que firmar el contrato y establecer unas cuantas condiciones.

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Me mordí la lengua para no soltar el primer insulto que se me pasara por la cabeza. ¿Quién coño se creía que era? Ni siquiera habíamos comenzado a trabajar juntos de nuevo y ya se creía en posesión del derecho de organizar mi vida, de darme órdenes y de tenerme a su disposición las veinticuatro horas del día.

Lo de pasarme por su despacho tendría que esperar. Hasta… hasta que a mí me diera la gana.

¿Condiciones? repetí, al reparar en la última parte de su frase; fruncí el ceño¿Qué clase de condiciones?

Las necesarias para que nuestro trato sea lo más favorable para los dos guardó silencio durante un par de segundos antes de añadir algo más. Además de placentero.

Sin decir nada más, Edward Cullen colgó, dejándome con la palabra en la boca, por aquello de no perder las buenas costumbres.

No pude evitar imaginármelo en su despacho, sentado en su gran butaca de cuero y esbozando aquella maldita sonrisa torcida. La misma que me había despojado de toda mi ropa hacía poco más de cinco meses. Esta vez tendría que ponerme un candado para ahuyentar a los capullos seductores.

O, directamente, ponérselo más fácil y no llevar nada debajo de la falda.

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