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P. Flaviano Amatulli Valente, fmap

SUEÑOS

DESCABELLADOS

–Dibujando un nuevo rostro de Iglesia–

Apóstoles de la Palabra

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Indispensable para toda

BIBLIOTECA FAMILIAR CATÓLICA

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P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap Renato Leduc 231 Col. Toriello Guerra Tlalpan

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Impreso y hecho en México Printed and made in Mexico

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Presentación

PINCELADAS para dibujar un Nuevo Rostro de Iglesia

Un retrato no se realiza con un solo trazo. Se dibuja con numerosas pinceladas. De hecho, cada pincelada es sumamente importante, pues cada una de ellas es especial en sí misma, pero también es sumamente valiosa por lo que aporta a todo el conjunto. Un mosaico no se concreta por una única tesela. Se va formando con todas y cada una de las teselas que el artista coloca, hasta que llegan a conformar una obra de arte. Una cosa es cierta: cada tesela tiene una importancia capital. Si falta alguna, el mosaico no estará terminado. Lo que el P. Amatulli nos presenta en su más reciente libro, titulado “SUEÑOS DESCABELLADOS”, son algunas iniciativas prácticas que son extremadamente relevantes porque cada una de ellas es un paso significativo y concreto para dibujar

un nuevo rostro de Iglesia.

Cada una de ellas es importante por lo que aporta a esta noble aventura que nos encomienda el Espíritu Santo en el siglo XXI, que consiste en equilibrar una vuelta a las fuentes con el aggiornamento, para lograr que la Iglesia pueda atender adecuadamente a todos y a cada uno de sus feligreses (Jn 10, 3) y aprestarse con mayor dinamismo al anuncio del Evangelio a todas las creaturas (Mc 16, 15; Hch 1, 8). Se trata de pinceladas que están llamadas a dibujar un nuevo rostro de Iglesia. Por eso quiero llamar la atención de los lectores en el subtítulo del libro, que es precisamente

“DIBUJANDO UN NUEVO ROSTRO DE IGLESIA” y de tener en cuenta dos

puntos de partida que motivan al P. Amatulli, no sólo a estas reflexiones, sino a todo su quehacer apostólico y su inmensa producción literaria:

1) la triste situación de las masas católicas, que están como ovejas sin pastor (Mc 6, 34); 2) y el deseo de cumplir la enseñanza de Cristo: Atender a todas las ovejas, una por una (Jn 10, 3).

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De estas dos premisas se desprende toda una serie de oportunas reflexiones y de iniciativas prácticas. Lo primero que se logra con este doble punto de partida es constatar toda una serie de anomalías presentes en la vida de la Iglesia: la poca importancia que se da a la Sagrada Escritura, la existencia en la Iglesia de masas de católicos alejados que se encuentran sin la debida atención pastoral, el poco aprecio por el laicado, visto más como carne de cañón que como corresponsable de la actividad pastoral, la poca o nula promoción del diaconado permanente, la praxis de un ecumenismo ingenuo, las repercusiones del celibato sacerdotal en la actual falta de presbíteros para atender las distintas parroquias, el problema de los aranceles en la administración de los sacramentos y todas las situaciones que se derivan de esta praxis eclesial, tan distinta a la manera de proceder de la Iglesia primitiva… Pero el libro no es un catálogo de quejas o un inventario de críticas a la Iglesia y al clero en general. Se trata más bien de presentar una serie de anomalías que muestran que el

modelo eclesial vigente está ya agotado. Se trata de presentar las distintas arrugas que afean el rostro de la Iglesia, invitando

a tomar conciencia de ellas. Pero el P. Amatulli va más allá: ofrece una serie de oportunas reflexiones y de iniciativas prácticas que pueden

contribuir precisamente a dibujar un nuevo rostro de Iglesia y

a ponerla en grado de ofrecer una atención personalizada a

nuestra feligresía. En realidad, lo central de este libro es que

nos ofrece pistas para la resolución de los problemas eclesiales desde la perspectiva de la Sagrada Escritura, la praxis de las

primeras comunidades cristianas

y el sentido común y la

creatividad personal. Es importante notar que en el primer sueño de este libro, el P. Amatulli nos invita a buscar las formas más oportunas de

distribuir el hermoso tesoro de la Iglesia, que es precisamente la Sagrada Escritura, de manera tal que llegue a todos, especialmente a los más alejados. Es otra forma de recordarnos

el ideal de nuestra la Familia Misionera Apóstoles de la Palabra:

“Biblia para todos y Biblia para todo; todo con la Biblia y nada sin la Biblia”.

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A continuación presenta la urgente necesidad de buscar y atender a los alejados, al estilo de Jesús y los Apóstoles (Mt 15, 24; 10, 6); la necesidad de revisar el papel de la Iglesia en orden a elevar la moralidad de la sociedad y la posibilidad de favorecer la creación de puestos de trabajo en la comunidad parroquial, precisamente para resolver el acuciante problema de la atención pastoral del pueblo de Dios. Este es uno de los aspectos más relevantes del libro,

pues invita a replantear el aspecto económico, deslindando la

economía de la celebración de los sacramentos, buscando otras alternativas para resolver el honesto sostenimiento de los presbíteros. Nos ofrece importantes aportaciones para dinamizar la parroquia, incentivando la misión y asegurando un apoyo económico a los agentes de pastoral. Para lograrlo, se ve necesario que se constituyan los

comités de economía parroquial, con la misión de recoger y

administrar las limosnas y resolver el problema de la honesta manutención del sacerdote. Es una forma concreta de avanzar en la corresponsabilidad de los laicos en la vida de la Iglesia. En relación a los diáconos permanentes, nos ofrece una serie de normas muy sencillas y fáciles de poner en práctica, sugiriendo etapas para elegir a los candidatos al lectorado, al acolitado y al diaconado permanente, donde un aspecto esencial es la formación de pequeñas comunidades cristianas. Una idea muy alentadora es la creación de becas para la formación y el sostenimiento de los diáconos permanentes, donde se alienta nuevamente la participación del laicado. Se trata, en fin, de pinceladas muy específicas que pueden contribuir, cada una por separado, pero también todas en

conjunto, para delinear un nuevo modelo de Iglesia, más

acorde con la sociedad plural en la que vivimos y los desafíos pastorales que nos presenta. Por eso te invito, estimado lector, a tomar nota de las iniciativas concretas que puedes promover y poner en práctica en tu entorno. Acuérdate: paso a paso se avanza. Lo importante es ir en la dirección correcta.

Cuncunul, Yucatán; a 23 de abril de 2011.

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap

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INTRODUCCIÓN

De por sí los sueños son un reflejo del subconsciente de cada uno y pueden resultar de gran ayuda para conocerse más y actuar mejor. Pero no siempre es así. A veces uno sueña algo que lo deja totalmente desconcertado, sin saber qué pensar. Posiblemente se trata de sueños que le llegan a uno por un simple accidente, siendo otros los destinatarios reales, o de sueños que de por sí tienen a la comunidad como destinataria y, por lo tanto, necesitan el aporte de la comunidad para ser interpretados correctamente. Pues bien, los sueños que voy a relatar a continuación pertenecen a esta categoría. Por lo tanto, abrigo la firme esperanza de que, entre todos, si le echamos ganas, encontraremos la pista para interpretarlos correctamente, lo que, sin duda, representará un gran beneficio para todos. Aclarado esto, no me queda más que empezar a contar mis sueños, así como los recuerdo, sin añadirles ni quitarles nada, aunque a veces puedan confundir o escandalizar a alguna alma piadosa. Y otra aclaración más: no tienen nada personal. Que nadie vaya a pensar que se trata de una manera original de aventar piedras a ciertas personas que me resultan incómodas. Quod Deus avertat = que Dios me libre de hacer tal cosa.

Acapulco, Gro., 30 de diciembre de 2010.

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EL TESORO

Me encontraba en el Hospital General para unos análisis, cuando descubrí algo raro en un cesto de basura. Me acerqué con mucha cautela, tratando de no ser visto por nadie, y vi que se trataba de monedas de oro, unos preciosos centenarios, ocultos entre los desperdicios. Me llené las bolsas, salí afuera y los entregué a un amigo que me estaba esperando, con la encomienda de llevarlos a mi oficina y ocultarlos en un lugar seguro. Repetimos la operación distintas veces, hasta que nos llevamos todos los centenarios revueltos entre los desperdicios. Hecho esto, vinieron las dudas:

–¿Quién los habrá puesto? ¿Por qué? ¿Qué pasará, si nos descubren? ¿No sería bueno dar parte a las autoridades y atenernos a lo que ellas decidan? Antes de hacerlo, nos vino otra duda:

–¿Y si las mismas autoridades están metidas en este

lío?

Fueron momentos de grande angustia para los dos, preguntándonos acerca del porqué de un momento a otro nos encontrábamos metidos en semejante enredo, sin saber cómo salir y corriendo el riesgo de ser descubiertos e ir a parar a la cárcel. Por fin encontramos la solución: dejar tiradas algunas monedas en los lugares frecuentados por los pordioseros, guardando para nosotros lo estrictamente necesario para no despertar sospechas. Así hicimos y todo nos salió bien.

LOS INVITADOS AL GRAN BANQUETE

… el banquete de bodas del hijo del Rey, anunciado y esperado con mucha ilusión, durante mucho tiempo. Pues bien, fueron los heraldos a invitar a los ministros del Rey y los grandes del reino y casi nadie aceptó, por estar muy ocupados en asuntos que consideraban más importantes:

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–Yo mismo pronto me voy a casar y por lo tanto estoy muy ocupado en los preparativos. Digan al Rey que esta vez no me será posible complacerlo. Será para otra ocasión. –Tengo pendientes asuntos muy importantes y por lo

tanto no puedo asistir a la boda del príncipe heredero. Digan

al Rey que por favor me disculpe.

–Tengo la visita del embajador de un Rey amigo. No puedo desairarlo. Será para otra vez. –Es el único día que me queda libre para dedicarlo a mis asuntos personales. Digan al Rey que me disculpe. Al escuchar estas excusas y otras parecidas, el Rey se enfureció y gritó como loco:

–Digan a esos idiotas que, por no haber atendido a mi invitación y haberme desairado tan feamente, ya no gozan de mi favor, quedan destituidos de sus cargos y mañana mismo serán ejecutados. Que, en su lugar, vengan todos los que quieran, sin importar su abolengo o condición de vida.

Y se hizo la fiesta, la más grande que se recuerda en los anales del reino.

MORALIDAD Y PUESTOS DE TRABAJO

De repente el obispo se salió con un asunto, que nos sacó de quicio a todos:

–¿Quiénes de ustedes vieron el noticiero de la noche? –. Todos levantaron la mano.

–¿Qué les parecieron las estadísticas relacionadas con

el desempleo?

Uno que otro expresó su opinión:

–Muy acertadas y oportunas. Es un hecho que no hay trabajo para todos. Así que el derecho al trabajo y a una vida honesta, garantizado por la Constitución, para muchos

es letra muerta. En la práctica, muchos quedan sin trabajo

y se ven obligados a hacer cualquier cosa para poder sobrevivir.

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–Además, mientras algunos ganan una miseria, otros tienen sueldos millonarios, especialmente los políticos y los dirigentes de los bancos, que en fin de cuentas están manejando dinero ajeno. Nadie los controla y por lo tanto se sirven con la cuchara grande, sin que nadie pueda decir nada. –Si hubiera más justicia y moralidad, las cosas serían muy diferentes. El obispo, después de haber escuchado atentamente las opiniones de los presbíteros y de algunos laicos más destacados (era una asamblea especial, con la participación de la crema y nata de la diócesis), siguió con su interrogatorio:

– ¿Acaso nosotros, como Iglesia, no tenemos nada que ver con todo esto? ¿No corresponde a nosotros elevar el tono moral de la sociedad? Y con relación al desempleo, ¿qué estamos haciendo en concreto para crear más puestos de trabajo? Ninguna respuesta. El obispo retomó la palabra:

–Por favor, no se hagan guajes. A ver: diga usted (dirigiéndose a uno de los curas más parlanchines): ¿Cuántos templos evangélicos hay en su parroquia? –Unos sesenta. –¿Cuántos pastores los atienden? –Unos setenta. –¿En su parroquia, cuántos católicos hay y cuántos evangélicos? –Unos veinte mil católicos, más o menos, y unos diez mil evangélicos, diseminados en unas cuarenta aldeas, aparte de la cabecera municipal que cuenta con unos cinco mil habitantes. Después de unos instantes de silencio inquisitivo, el obispo siguió preguntando:

–Usted, ¿a cuánta gente está dando empleo para atender a veinte mil católicos? –A tiempo completo estamos solamente un servidor, la secretaria y el sacristán. Los demás son gente de buena voluntad, que presta algún servicio gratuito.

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–Por eso estamos como estamos – concluyó el obispo –. Mientras los evangélicos, siendo apenas diez mil, son

atendidos por setenta personas casi todas a tiempo completo

y por lo tanto sustentan a setenta familias, los católicos,

siendo el doble, son atendidos por una sola persona y mantienen apenas a tres. ¿Qué les parece? Y después se quejan de que los evangélicos siguen avanzando cada día más, mientras nosotros vamos para atrás. Hubo momentos de tensión. Por todas partes se oía el cuchicheo de gente inconforme o deseosa de conocer más detalles al respecto. El obispo cortó por lo sano:

–Les dejo esto como tarea para la próxima asamblea diocesana: a los curas, que hayan dado empleo a más gente, se les dará más responsabilidad en el cuidado del Pueblo

de Dios y a los que apenas logran sobrevivir ellos mismos con las entradas que tienen, les quitaremos las parroquias

y los pondremos de vicarios. Y desde entonces, en aquella diócesis, empezaron a cambiar muchas cosas y una nueva etapa empezó para la vida de la Iglesia.

Cancha libre a los MOVIMIENTOS ECLESIALES

Después de haber transcurrido un día de angustia, pensando en la triste situación de las masas católicas, completamente abandonadas a su destino de ignorancia y supersticiones, como ovejas sin pastor, llegó un sueño restaurador. Estaba viajando hacia el sur, en carro. Lo que pronto me impactó fue la multitud de templos evangélicos, de las más variadas denominaciones, diseminados a lo largo de la carretera. A un cierto momento me llamó la atención un hecho muy curioso: mientras seguía igual la secuela de los templos, poco a poco iba cambiando su afiliación. Ya no se trataba de puros templos evangélicos, sino mezclados, templos evangélicos y templos católicos, hasta prevalecer

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los templos católicos, fácilmente reconocibles por la leyenda que llevaban en su fachada: Renovación Carismática, Cursillos de Cristiandad, Neocatecumenado, Acción Católica, Apóstoles de la Palabra, Escuela de la Cruz, etc. “Una vez que se les empezó a dar más responsabilidad

a los Movimientos Eclesiales –me confesó un párroco de la región–, aquí las cosas empezaron a cambiar radicalmente”. Con eso, una luz de esperanza empezó a brillar en mi corazón.

EL CONSEJO DE JETRÓ

Siempre me dejó intrigado el consejo que dio Jetró a Moisés: “¿Qué es lo que haces con el pueblo? ¿Por qué estás sentado tú solo mientras todo el pueblo acude a ti de la mañana a la noche? (…) Busca entre todo el pueblo algunos hombres hábiles, que respeten a Dios, sinceros, enemigos del soborno, y nombra entre ellos jefes de mil, de cien, de cincuenta y de veinte; ellos administrarán justicia al pueblo regularmente; los asuntos graves los pasarán a ti, los asuntos sencillos que los resuelvan ellos; así se repartirá la carga y tú podrás con la tuya” (Ex 18, 14.21-

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Más lógico, claro y sencillo, ni el agua. “Y, sin embargo, seguimos con curas-orquesta, que quieren hacerlo todo y quedan siempre mal por falta de tiempo, cansados e

insatisfechos. ¿Por qué?”, ha sido siempre mi pregunta. Por fin me llegó del cielo la respuesta tan ansiada. Como siempre, mediante un sueño. Estaba participando en un encuentro de planeación pastoral, cuando un diácono permanente me confesó que

él

estaba en total desacuerdo con lo que se estaba tratando:

–Puro tiempo perdido –me dijo–. Venga a mi parroquia

y

verá. Fui a su parroquia y ¿qué vi? Algo realmente

asombroso: más de cien comunidades formalmente constituidas, de 10 a 15 miembros cada una, esparcidas a lo largo y ancho de su inmensa parroquia.

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–Cada comunidad –me explicó– se reúne un día por semana para orar juntos, meditar sobre la Palabra de Dios, realizar alguna dinámica de conocimiento y convivir. Los domingos acuden a la capilla con todos los demás para la Celebración de la Palabra. –Un milagro– comenté. –Ningún milagro –me contestó–, sino simple organización. Me imaginaba que me iba a platicar de un plan de

pastoral bien estructurado, fruto de largo tiempo de estudio.

Al contrario, se trató de algo extremadamente sencillo:

–Cada quien, según su capacidad, puede formar comunidades al estilo que sea, haciéndose responsable de las mismas, aunque para cada comunidad haya un

coordinador propio. Después de dos años de vida, una comunidad se considera formalmente constituida. Pues bien,

al

contar con dos comunidades, una formalmente constituida

y

la otra en formación, un agente de pastoral recibe el

ministerio del lectorado: al contar con tres comunidades, dos formalmente constituidas y una en formación, recibe el ministerio del acolitado y, al contar con cinco comunidades formalmente constituidas, se vuelve en candidato para el diaconado permanente. Pues bien, siguiendo esta norma,

actualmente en nuestra parroquia tenemos, aparte de un montón de agentes de pastoral que se mueven por todos

lados, cinco diáconos permanentes y otros tantos candidatos

al

diaconado permanente. ¿Cómo la ve? –¡Estupendo! Económicamente, ¿cómo han resuelto

el

problema?

–En cada reunión, se hace una colecta. Lo que se junta, es dividido en tres partes: una parte va al responsable de la comunidad, otra parte al fondo económico de la parroquia y la otra al fondo económico del grupo. Puesto que aún nos encontramos en una etapa experimental, continuamente estamos tratando de afinar los detalles hasta encontrar la fórmula más adecuada para dinamizar la parroquia, incentivando la misión y asegurando un apoyo económico

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para los que dedican más tiempo para la búsqueda de las ovejas perdidas y el cuidado del rebaño. –¿Y la formación de los agentes de pastoral? –Depende de la diócesis, que cuenta con un Instituto de Formación para Agentes de Pastoral, aparte naturalmente de la que cada uno recibe en su asociación o movimiento apostólico. En realidad, casi todos los agentes de pastoral nacieron y están injertados en alguna asociación o movimiento apostólico. –Y el párroco ¿cómo ve todo esto? –Encantado. Fíjese que está enfermo y se encuentra en una silla de ruedas. Según él, si no hubiera contado con nuestro apoyo, desde hace mucho tiempo hubiera presentado sus dimisiones y se hubiera retirado. Hasta aquí el sueño. ¿Qué les parece? Ahora la pregunta es: “¿Es propio y necesario que un cura esté metido en una silla de ruedas para que deje trabajar a los demás?”

LOS ARANCELES

Me desperté de repente, empapado de sudor. Acababa de tener una pesadilla, peleando con un antiguo amigo del seminario, ahora todo un señor cura, que se encontraba al frente de una grande parroquia en la periferia de la ciudad. Ya estaba enterado de que, no obstante sus orígenes humildes, se había vuelto en el amigo incondicional de los ricos y poderosos de la región, con los cuales se codeaba en cualquier evento social de importancia. Lo que no sabía, y que me causó un profundo malestar apenas lo vi, fue su manera de vestir, muy extravagante, con pelo largo bien pintado y una cara cargada de cremas y perfumes. Así que, de inmediato lo embestí:

–¿Qué te pasó, mi viejo amigo? ¿Acaso te volviste un payaso? El antiguo amigo no se inmutó, sino que me lanzó una mirada de desprecio y me contestó:

–El payaso eres tú. Al solo verte, me das tanta pena. ¿No te da vergüenza presentarte en público con huaraches

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y playera? ¿Para qué te sirvieron tantos años de estudio, con tantos sacrificios? ¿Cuándo vas a progresar? ¿Por qué, por lo menos una vez en tu vida, no tratas de seguir mi ejemplo? ¿Te acuerdas cómo era yo, cuando entramos al seminario? Mírame ahora. Esto significa progresar, mientras tú sigues siempre igual o peor que antes. ¿No te da pena quedarte el último de nuestra generación, sin saco ni corbata ni carro después de tantos años de ministerio? –Mejor pobre y con la conciencia tranquila –le contesté– que rico como tú y con la conciencia sucia, sabiendo que estás explotando a los pobres. –¿Quién está explotando a los pobres? Yo me atengo estrictamente a los aranceles y nada más. –¡Los aranceles! Como si fueran la voz de Dios. –Claro que son la voz de Dios. ¿Acaso fui yo quien estableció los aranceles? ¿No fue la autoridad competente? –¿Y la Palabra de Dios? ¿No te dice nada la santa paliza que San Pedro le dio a Simón, el mago, que quería hacer precisamente como estás haciendo tú, manejando las cosas sagradas como si se tratara de un negocio cualquiera? (cf. Hech 8, 20). En realidad, tus tan cacareados éxitos económicos, más que a tu celo apostólico (te sientes orgulloso de celebrar hasta diez misas diarias, de veinte minutos, como si fueran tiros de metralleta), se deben a tu desmesurado afán de lucro, lo que te llevará derechito al infierno. Mi antiguo amigo, al verse atacado tan directamente, perdió los estribos y se lanzó furioso en contra de mí, decidido a pulverizarme de una vez. Naturalmente no contaba con mi astucia, por lo cual salió más descalabrado de lo previsto, por un golpe que de inmediato le asesté directamente en la nariz, que lo dejó sangrante y sin posibilidad de defenderse. Recuerdo que, al despertarme completamente empapado de sudor, aún estaba gritando: “vete al infierno, simoníaco presumido”, mientras seguía resonando en mi mente el estribillo de mi antiguo amigo: “pordiosero asqueroso”. ¡Qué bueno que se trató de un sueño y nada

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más! De otra manera, este hecho me hubiera marcado para siempre como el cura más peleonero del mundo, en una especie de campeonato clerical de boxeo.

BECAS PARA DIÁCONOS PERMANENTES

En cada reunión, el señor cura se salía siempre con lo mismo:

–No me doy abasto con tanto trabajo. –¿Por qué, entonces, no permite que lo ayude algún diácono permanente, como se hace en la parroquia vecina? –era la pregunta de la gente. –¿Diácono permanente? Ustedes no saben de qué están hablando, como si se tratara de ordenar a alguien y ya. ¿Han pensado alguna vez en la manera de mantenerlo con toda su familia? Por fin llegó la respuesta tan deseada. Por casualidad, en una ocasión se encontraba en la reunión un empresario de la zona. Al darse cuenta de que en la parroquia había una extrema necesidad de contar por lo menos con un diácono permanente, lanzó la propuesta:

–¿Qué les parece si me encargo yo de resolver el problema económico, metiendo en la nómina de mis trabajadores a la persona que ustedes me indiquen? Todos estuvieron de acuerdo, menos el señor cura, que parecía contrariado por la propuesta. –Es que en la parroquia hay problemas más urgentes que resolver: como la pintada del templo, la renovación del piso y la restauración de la torre campanaria, que amenaza con desplomarse de un momento a otro. ¿No sería mejor que por el momento se destinara a eso la aportación económica que nos ofrece el amigo empresario? Ahí nos dimos cuenta de que el problema era más grave de lo que nos imaginábamos. Desde entonces, pro bono pacis (para evitar problemas y vivir en paz), no se volvió a mencionar el asunto.

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LA VENGANZA DE DIOS

¿Lo soñé o me lo contaron? Realmente no sabría qué contestar. De todos modos, he aquí lo que recuerdo. Había una vez (no vayan a pensar de que se trata de un cuento de hadas), una madre de familia, que creía en los brujos, las imágenes de los santos y tantas cosas más. También creía en Dios (por lo menos, es lo que ella misma decía a la gente), era católica, pero no practicante. Se llamaba Sofía. ¿Su marido? Buena gente, respetuoso de todos y de todo, no se metía con nadie, casi siempre callado. Todo lo contrario de ella y por lo mismo su víctima preferida. Lo humillaba frente a todos y durante la noche lo tenía encerrado con llave en el cuarto contiguo al suyo, dizque para evitar que se saliera de la casa en busca de aventuras puramente imaginarias, fruto de celos y nada más. Después venían los hijos, a quienes doña Sofía amaba y protegía como una fiera a su cría. ¡Ay de quién intentara hacerles algún daño! En distintas ocasiones, se la vio con el machete en la mano, amenazando a cualquiera que pudiera representar un peligro para ellos. Por eso en la aldea todos le tenían miedo a doña Sofía y, siempre que fuera posible, trataban de darle la vuelta. De parte de todos los miembros de la familia doña Sofía pretendía una obediencia ciega a sus planes, que esencialmente consistían en querer ver a todos sus hijos casados lo más pronto posible, para que le dieran muchos, pero muchos nietos, especialmente en el caso de las mujeres. Con los varones era menos exigente. Aunque con cierta dificultad, les permitía que salieran de la aldea para continuar sus estudios en la cabecera municipal. ¿Y la Iglesia? Nada. No les permitía en absoluto a los miembros de su familia que se acercaran a la capilla por ninguna razón. Según ella, para resolver cualquier problema, era suficiente acudir al brujo. Hasta se había vuelto una experta en la manera de resolver todos los problemas graves

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de la vida mediante la intervención del brujo, tanto que ella misma le señalaba al brujo lo que tenía que hacer: “Vine para que le hagas una limpia a mi hija”; “Quiero que le saques el mal espíritu”; “Soñé esto y esto. Hazme un trabajo contra doña tal, para devolverle el daño que me quiere hacer”. Cuando se trataba de un simple malestar físico, doña Sofía ya conocía una infinidad de remedios caseros y, cuando las cosas se ponían más difíciles, no dudaba en acudir a la curandera o yerbera, que le preparaba las pócimas adecuadas según el caso. Solamente cuando se trataba de accidentes o cortaduras graves, acudía al centro de salud.

Y con eso se sentía segura y feliz, sin la necesidad de ir a la Iglesia ni nada por el estilo. Así creía ella. “Pero no contaba con mi astucia”, dicen por ahí, que traducido al lenguaje bíblico corresponde a:

“No digan nunca: haremos esto o aquello. Digan siempre:

“Si Dios quiere, haremos esto o aquello” (St 4,14). Y por lo

visto, Dios no estuvo de acuerdo con su manera de proceder

y se encargó de frustrar sus planes. De hecho, más insistía

en que sus hijos estuvieran lejos de la capilla y más ellos se sentían atraídos irresistiblemente hacia ella como por un imán invisible.

Así hicieron la Primera Comunión y fueron confirmados, sin que ella se enterara. A escondidas, con el pretexto de ir

a la casa de la maestra para reforzar alguna materia en la

que se sentían más débiles, iban a la casa de la rezandera para aprenderse el catecismo. Y una vez listos, recibieron los sacramentos. Lo más duro vino cuando llegaron a la capilla dos misioneros, enviados por el párroco para impartir un curso bíblico y aclarar a la gente las dudas que les estaban metiendo los grupos proselitistas, que estaban haciendo su agosto en toda la región. De inmediato la rezandera avisó a los hijos de doña Sofía, que se aprovechaban de cualquier oportunidad para escabullirse de la casa y encontrarse con los misioneros. Les impactó tanto su estilo de vida con la labor que estaban realizando, que todos decidieron seguir

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sus pasos apenas llegaran a la edad reglamentaria, lo que cumplieron puntualmente no obstante la oposición encarnizada de doña Sofía. Sencillamente se escapaban de la casa, para regresar unos dos años después con el preciso propósito de apoyar a los encargados de la capilla. Además, dos hijas ya se consagraron a Dios por toda la vida, mientras los nietos se preparan para dar el relevo a sus tíos. “Ni modo –repite constantemente la rezandera, al comentar el hecho–; es la venganza de Dios, para que entendamos de una vez que los hijos antes que nada le pertenecen a Él”.

COMITÉ ECONÓMICO PARROQUIAL

Rebelde por naturaleza, el p. Teófilo nunca se acostumbró a obedecer ciegamente a ninguna norma, viniera de donde viniera. Todo lo ponía en tela de juicio y, solamente después de haberse convencido personalmente acerca de su valor real, la aceptaba y cumplía escrupulosamente. Así que, al ser nombrado párroco, lo primero que rechazó tajantemente fue la norma (costumbre o ley) de los aranceles. Le olía a simonía y él con la simonía no quería tener nada que ver. Prefería pedir limosna antes de administrar un sacramento a cambio de dinero. –¿Cómo va a vivir entonces? –se preguntaban preocupados sus amigos presbíteros. –Mejor morirme de hambre que caer en el pecado de simonía –contestaba invariablemente el p. Teófilo a quienes le presentaban alguna objeción al respecto. De hecho, apenas se acabaron sus módicos ahorros, no le quedó al p. Teófilo más que reunir a los feligreses más allegados y ponerlos al tanto de la situación, aclarándoles que era su deseo desligarse totalmente de todo lo que tuviera que ver con el dinero y dedicarse exclusivamente a su misión de pastor. –Es lo que estamos esperando desde hace mucho tiempo– fue su respuesta unánime–. No se imagina usted, padre, cuántas oraciones, ayunos y sacrificios hemos hecho

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para que llegara este momento. Usted no se preocupe. Dedíquese a lo suyo y nosotros nos encargaremos de todo lo demás. Verá que no le faltará nada y todo marchará bien.

De hecho pronto se constituyó el comité económico de la parroquia, encargado de recoger y administrar las limosnas. Un grupo de señoras se encargó de resolver el problema de su alimentación, invitándolo a comer por turno en su misma casa. No faltó alguien que hasta le entregó las

llaves de la casa para que se sintiera como uno de la familia. –Cuando se encuentre en apuros, mi casa está a su completa disposición. Venga y disponga con toda libertad de todo lo que encuentre en el refrigerador: huevos, yuca, papas, plátanos… Lo que encuentre, es suyo. Ante tanta generosidad, el p. Teófilo no se cansaba de

repetir:

–No duden en llamarme en caso de necesidad. No se fijen si es de día o de noche. Estoy para servirles. La gente comentaba:

–Nunca hemos visto algo semejante. Por eso, hasta los más alejados de la Iglesia secretamente apreciaban y querían al p. Teófilo, aguantando en consecuencia ciertos excesos de celo apostólico, que a

veces los dejaba bastante desconcertados como cuando los reprendía públicamente, sin fijarse si estaban solos, en compañía o en plena calle. Cuando les pasaba esto, no les

quedaba más que agachar la cabeza y escuchar con respeto,

y a veces con mucha vergüenza, sus reprimendas o consejos.

A nadie se le ocurría, por ninguna razón, desairar al p. Teófilo,

contestándole mal o dejándolo con la palabra en la boca.

Su sola presencia, aunada a un cierto aire de misticismo que emanaba de él, los tenía a todos subyugados. Claro que, con el pasar del tiempo, no faltó alguien del pueblo que lo empezó a criticar, acusándolo de flojo e

irresponsable:

–El p. Teófilo se la pasa todo el día sin hacer nada – comentaban–, paseándose por aquí y por allá, charlando con cualquiera en la calle y comiendo con la gente que lo

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invita. ¿Quién más feliz que él? Como si fuera un niño, sin ninguna responsabilidad. Estando así las cosas, ¿a quién no le gustaría ser cura? –¿Por qué el p. Teófilo –se preguntaban otros–, en lugar de perder su tiempo en la calle sin hacer nada, no empieza a preocuparse por la restauración del templo? ¿O está esperando que se le caiga encima, antes de empezar a ponerle mano?

Al enterarse de estas críticas, el p. Teófilo volvió a reunir

a los feligreses más comprometidos (consejo parroquial) y les expuso la situación:

–Como les aclaré desde un principio, no es mi intención dedicarme a los asuntos materiales. Para eso están ustedes.

A ver: ¿Qué piensan hacer para resolver el problema del

templo, que por cierto está muy deteriorado? –Dejar que se caiga de una vez y empezar a recaudar fondos para construir uno nuevo–, fue su respuesta. –¿Cómo recaudar fondos? –Usted siga dedicándose a lo suyo y déjennos a nosotros resolver este problema. En pocos días ya estaba listo el terreno donde se construiría el nuevo templo. Basándose en esto, se hizo el proyecto arquitectónico.

–¿Y el dinero? –era la grande preocupación de muchos. Una vez establecido el costo aproximado de la obra, el

comité económico pidió a toda la feligresía católica con qué cantidad mensualmente pudiera cooperar cada uno, teniendo en cuenta sus reales posibilidades. Así cada feligrés poco a poco se fue acostumbrando a entregar cada mes una cierta cantidad de dinero para los gastos de la parroquia.

Y contando con esas entradas seguras (aparte de otras

iniciativas varias, como las rifas y las kermeses), no

solamente se logró construir el nuevo templo, sino apoyar económicamente a un grupo de evangelizadores a tiempo completo y a medio tiempo, que actualmente representan

la

base de toda la infraestructura pastoral, que poco a poco

el

p. Teófilo fue tejiendo en su inmensa parroquia.

20

Ahora el p. Teófilo ya cuenta también con algunos diáconos permanentes casados, que representan su brazo derecho en el desempeño de su ministerio. –Que cada quien se dedique a lo suyo –es el lema del p. Teófilo– y así se avanza más. Claro que se avanza más. Con más entradas hay más evangelización y, habiendo más evangelización, aumentan también las entradas. Es el círculo virtuoso que logró crear en su parroquia el p. Teófilo, un auténtico pastor de almas, totalmente entregado a su ministerio. Y funciona.

TODOS A TRABAJAR

Me sentía molesto, cansado y frustrado, al constatar que, después de tantos años de intenso trabajo pastoral, aún no había logrado encontrar el hilo para poder atender a todas las ovejas una por una, según la enseñanza del Maestro (Jn 10, 3). Al contrario, no obstante todos mis esfuerzos y desvelos, muchas ovejas aún seguían saliéndose del redil, hablando pestes de mí y de la Iglesia Católica:

que, cuando eran católicos, no habían aprendido nada de Dios y eran un verdadero desastre; que, al salirse de ella, por fin habían encontrado la luz y su vida había cambiado por completo; que en la Iglesia Católica a propósito no se enseña la Biblia para que la gente no se dé cuenta de que en ella hay muchas cosas chuecas; etc., etc. Por fin me llegó la respuesta del cielo, como siempre, mediante un sueño. ¡Y qué sueño! Un sueño que cambió totalmente mi vida de pastor de almas, dándole su pleno sentido. Y es precisamente lo que les quiero contar. Me encontraba en una asamblea extraordinaria a nivel diocesano. Estaban presentes el obispo, una buena parte del clero y algunos representantes de la vida consagrada y del laicado. Como pasa siempre, entre tanta palabrería, no faltaron ideas y propuestas geniales y factibles. Y tampoco faltaron las quejas. Entre ellas, una me llamó la atención de una manera muy especial, la de un anciano de unos 65 años de edad:

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–Señores curas, ustedes se quejan siempre de que no se dan abasto con el mucho trabajo que tienen. Y mientras tanto siguen rechazando a los que pueden ofrecer alguna ayuda para aliviar sus responsabilidades. En mi caso, por ejemplo, desde hace años soy candidato al diaconado permanente. Pasa el tiempo y se salen siempre con el mismo cuento: “Ten paciencia y verás que llegará el día de la ordenación diaconal. No te preocupes; todo se te dará a su debido tiempo”. Como si se tratara de un privilegio o algo por el estilo. Y así yo, como tantos otros más, me quedo esperando, mientras las almas se siguen perdiendo. –Es que aún no hay presupuesto para los diáconos permanentes –contestó el encargado de su formación–. Las entradas que tiene la diócesis son muy raquíticas. –Claro –tomó la palabra otro candidato al diaconado permanente–: hay dinero para todo, menos para los diáconos permanentes. Y se armó un tremendo alboroto entre curas, monjas y laicos comprometidos, algunos en pro y otros en contra del diaconado permanente. Por fin intervino el obispo:

–Cálmense todos. Les aseguro que pronto encontraremos alguna solución a este problema. Al terminar la asamblea, me acerqué al obispo y le hice la siguiente propuesta:

–¿Qué le parece si me llevo a mi nueva parroquia a los candidatos al diaconado permanente más ancianos y me encargo personalmente de darles trabajo a todos, sin molestar en nada a la diócesis en cuanto a la economía? Usted, ¿estaría dispuesto a ordenarlos diáconos pronto, después de un breve periodo de experiencia? –De acuerdo; adelante – contestó el obispo. Por fin había encontrado el hilo. Una nueva etapa había empezado para mi ministerio. Ya no me sentía solo. Ya había encontrado con quienes compartir mi carga de pastor, atendiendo mejor a los feligreses confiados a mi cuidado.

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UN NUEVO CONCILIO ECUMÉNICO a la luz de Mc 7, 1-13.

En el fondo, ¿qué hizo el Concilio Ecuménico Vaticano

II

(1962–1965)? Puso al día la Iglesia, reconciliándola con

la

sociedad, tratando de eliminar aquellos obstáculos que

la

hacían aparecer lejana, anticuada y testigo de un mundo

ya pasado. Haciendo esto, la Iglesia despertó a muchos

valores, que durante siglos habían sido motivo de controversia, rechazo o malentendido, asumiéndolos y dándoles su sentido auténtico a la luz del Evangelio. Para ahondar en este diálogo con la cultura actual,

con miras a inyectarle savia evangélica, envió a las mejores universidades a sus mejores elementos más destacados.

¿Y qué pasó? Que por lo general, en lugar de ver y juzgarlo

todo a la luz de la Palabra de Dios, se dejaron seducir por los criterios del mundo, olvidándose del Evangelio o contraponiéndose a Él. De ahí la grande confusión doctrinal, que invadió a la Iglesia en los últimos decenios, con las consecuencias que todos conocemos: exaltación de los valores humanos y descuido de los valores espirituales, relativismo doctrinal y moral, poco fervor apostólico, muerte de la misión y cancha abierta a cualquier tipo de influjo exterior sin ninguna preocupación por proteger a los feligreses más débiles. ¿Qué hacer entonces? ¿Pensar en un nuevo Concilio Ecuménico, que ponga los puntos sobre las íes? Pues bien, mientras pensaba en esto, me llegó un sueño revelador, en una charla de sobremesa entre curas. Y es precisamente lo que les voy a contar. –¿Un nuevo Concilio Ecuménico? –afirmó el párroco en tono irónico. – ¿Para qué? ¿Para repetir lo mismo de siempre y enredar más las cosas? No hay ideas nuevas. Aún no se ha tomado conciencia del hecho que nos encontramos en un cambio de época. Por eso faltan análisis serios acerca de nuestra realidad como Iglesia. Hay miedo a ver las cosas como están y a llamarlas por su nombre. Ya

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basta de pretextos para justificar lo injustificable. Me pregunto: ¿es absolutamente necesario que primero toquemos fondo antes de empezar a pensar en una Iglesia renovada a la luz del Evangelio, así como la quiso Cristo, su fundador, sin tantas añadiduras que se dieron a lo largo de los siglos que, en lugar de embellecerla, la han ido desfigurando cada día más? Ya es tiempo de regresar a los orígenes, a la sencillez y frescura del Evangelio. Les pregunto: Si volviera san Pablo, ¿qué pensaría de nuestra Iglesia así como se encuentra actualmente? Me temo que tendría bastante dificultad para descubrir en ella a la Iglesia de Cristo y no me extrañaría que nos diera a todos una tremenda paliza por no cumplir con la misión que nos encomendó. En seguida nos comentó Mc 7, 1-13: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan es inútil, ya que la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Ustedes descuidan el mandato de Dios para mantener su propia tradición” (Mc 7, 6-8). Y concluyó enfáticamente:

–He aquí una fotografía de lo que está pasando ahora entre nosotros, con un culto rutinario y un montón de costumbres y prácticas, que, en lugar de hacer más claro el Evangelio, lo están ocultando o tergiversando siempre más. –Bueno –lo interrumpió el vicario–; todos sabemos que se trata de la Religiosidad Popular. ¿Qué le podemos hacer? Así es nuestra gente. ¿Con qué derecho le vamos a quitar lo poco que tiene? –Aquí no se trata de quitar nada a nadie, sino de ayudar a nuestra gente a purificar su fe, haciéndola cada día más conforme al Evangelio. De otra manera, ¿para qué estamos nosotros? –Es que nuestra gente es dura y no acepta fácilmente que tratemos de cambiar sus costumbres. –En este caso, ¿qué derecho tenemos nosotros de administrarles los sacramentos, a sabiendas de que no quieren aceptar la Palabra de Dios?

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–Bueno. Si quiere, intente contradecir a la gente, negándole los sacramentos, y verá que le va a ir como en feria.

–Aquí está una prueba fehaciente de que entre nosotros católicos las cosas andan bastante mal: por un lado, gente cerrada y metida en sus costumbres, que en muchos casos rayan en la idolatría y la magia; por el otro, pastores

cobardes, que se callan por no querer arriesgar el pellejo o ver disminuir las entradas. Al ver que el asunto se estaba poniendo más serio de lo que se imaginaba, el vicario trató de suavizar las cosas, apelando al sentido común:

–Señor cura, usted bien sabe que los presbíteros somos tan escasos, que a veces damos la impresión de habernos vuelto en una especie en peligro de extinción. En este caso, ¿para qué arriesgar la vida por cosas que no tienen

importancia?

–Así que –rebatió el párroco, aún más encolerizado–, según usted, aclarar a nuestros feligreses el sentido auténtico de la fe es cosa de poca importancia. Disculpe:

para usted, ¿qué es importante? El vicario, reflexionando sobre lo que acababa de afirmar, se sintió avergonzado e intentó balbucear alguna

disculpa, mientras el párroco siguió impertérrito:

–Usted acaba de hablar de nosotros curas como de

una especie en peligro de extinción. ¡Como si fuéramos una casta, la casta sacerdotal! ¡Qué horror! ¿Acaso se olvidó de que ser pastor de almas no es un privilegio o un honor, sino un ministerio, es decir, un servicio a la comunidad? Y nosotros hemos enredado tanto las cosas que hemos llegado

a

dejar innumerables comunidades cristianas sin presbíteros

y

sin eucaristía, aún sabiendo que la celebración eucarística

constituye el centro de la vida cristiana. Si Cristo volviera, me pregunto muchas veces, ¿cómo vería todo esto? Al notar que la conversación se estaba empantanando, dejando en todos un mal sabor de boca, intervino un servidor preguntando al párroco acerca de los cambios más urgentes,

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que él considerara necesarios dentro de la Iglesia para ponerla en condiciones de cumplir cabalmente con su misión. Su respuesta fue inmediata:

–Que por lo menos se garantice la celebración eucarística para todas las comunidades cristianas, sabiendo que se trata de algo fundamental para que puedan existir y desarrollarse adecuadamente. Después viene una adecuada administración de los sacramentos y un atento cuidado pastoral, lo que actualmente se ha olvidado por completo. Veamos por ejemplo lo que dice Santiago con relación al cuidado que se debe a los enfermos: “Si uno de ustedes cae enfermo, que llame a los presbíteros de la comunidad para que oren por él y lo unjan con aceite, invocando el nombre del Señor. La oración hecha con fe sanará al enfermo y el Señor lo hará levantarse y, si ha cometido pecados, se le perdonarán” (St 5, 14-15). Me pregunto: “Hoy en día, ¿se cumple con esto?” No. “¿Por qué?” Porque hay pocos presbíteros. “¿Y por qué hay pocos presbíteros?” –Por el requisito del celibato –intervino el vicario. –Ahí está el problema: una tradición humana ha invalidado la ley de Dios. Por eso estamos como estamos. –¿Qué hacer, entonces? –insistió el vicario. –Regresar a los orígenes. ¿Queremos hoy en día un nuevo Concilio Ecuménico, que meta cada cosa en su lugar? Primero empecemos a ventilar abiertamente esta problemática, en busca de soluciones concretas, y después pensemos en un nuevo Concilio. O mejor quedarnos como estamos, a sabiendas de que nos estamos yendo derechito hacia el fracaso. –Un Concilio Ecuménico revolucionario, entonces. –Claro, un Concilio Ecuménico a la luz de la Palabra de Dios, siempre salvaguardando los dogmas, que se fueron definiendo a lo largo de los siglos y que nos dan una mejor comprensión de nuestra fe, y cambiando radicalmente el actual sistema pastoral, que es un reflejo de tiempos ya pasados y que ya no funciona.

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Por fin entendí el sentido de Mc 7, 1-13, un texto tantas veces leído y nunca comprendido. Al mismo tiempo me di cuenta de que los sueños sirven para algo. Como dijo el sabio: “Ay del que no sueña”.

LA TENTACIÓN DE LAS ZORRAS Y LAS AVES

Una noche lluviosa, después de un día de intensa actividad apostólica, una misionera pidió hospedaje en un monasterio de hermanas contemplativas. Al escuchar su nombre, la hermana portera se alegró sobremanera, reconociendo en ella a una antigua compañera de aventuras apostólicas. Por eso de inmediato le abrió la puerta y le ofreció hospedaje. Mientras le daba de cenar, trató de sensibilizarla vocacionalmente:

–Hermana, ¿te has fijado alguna vez en la diferencia

que hay entre tu manera de vivir y la mía? Como bien sabes, años atrás yo también fui misionera como tú. –No sabría qué decir. Nunca me había fijado en esto. –A ver: como misionera, ¿cuentas con un cuarto propio

en que descansar?

–No. Pido hospedaje donde me alcanza la noche. –¿Ya ves? Es la primera diferencia. Al contrario, yo cuento con un cuarto propio. Además, en caso de enfermedad, cuento también con seguro médico. ¿Y tú? –No; yo no cuento con ningún seguro. –Aparte de esto, ¿te has fijado alguna vez en los

grandes peligros que corre una misionera como tú, expuesta

a cualquier tipo de inconvenientes, como accidentes de

carretera, robos, asaltos y constantes humillaciones de parte

de la gente al pedir alimentación y hospedaje, como si fueras

una floja y pordiosera cualquiera?

–Claro que me he fijado. De todos modos, aunque en

la vida misionera haya tantos sinsabores, sigo sintiéndome

muy feliz, puesto que estoy bien convencida de que ésta es

mi vocación.

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–Bueno. Ahora que eres joven, te sientes feliz viviendo de esa manera. ¿Has pensado alguna vez cómo te sentirás

mañana, cuando ya no tendrás la misma salud y el mismo entusiasmo de hoy? ¿Has reflexionado seriamente en los peligros, los riesgos y en general la inseguridad que de por sí acompaña siempre la vida misionera? ¿No te gustaría seguir mi ejemplo, como hermana contemplativa? Piénsalo bien y verás que, en el fondo, sea en el monasterio que en la misión, se sirve al mismo Dios, aunque sea de manera diferente. Con estas y otras palabras, la hermana portera trataba de convencer a su antigua amiga de misión a cambiar de rumbo, pasando de la vida activa a la vida contemplativa. Hasta que la misionera le hizo una pregunta muy sencilla:

–Hermana, todo lo que me acabas de decir, ¿tiene algún fundamento bíblico? –¿Fundamento bíblico? Ya sé que ustedes para todo le quieren encontrar un fundamento bíblico. Para eso no se necesita ningún fundamento bíblico; basta el sentido común –contestó la hermana portera bastante contrariada. –Claro que también para eso hay un fundamento bíblico

y te lo voy a dar: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza” (Lc 9, 58). –Me lo imaginaba –fue el comentario de la hermana portera, mientras se alejaba apresuradamente–. Ustedes aún siguen con sus sueños de pobreza, como al tiempo de Jesús. No quieren entender que ya los tiempos cambiaron

y hay que ponerse al día. Por eso ustedes siguen teniendo tan pocas vocaciones. –Mejor pocas y buenas que muchas y desinfladas. Desde entonces las antiguas compañeras de misión ya no se volvieron a ver.

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EL EMPRESARIO DE LA FE

–¿Quién se imaginaría ver algo semejante? –decía la

gente–. La hija del mismo gobernador anda descalza por la calle, con un hábito hecho trizas y los ojos siempre fijos en el suelo. Nunca por aquí se vio algo semejante. Es como si viviéramos al tiempo de los grandes santos. Sin duda, algo grande Dios nos tiene reservado. –¿Y el fundador? –comentaban otros–. Se parece en todo a san Francisco de Asís. Basta ver cómo viste, cómo predica y cómo trata a la gente. Seguido aparecían en la televisión, pobres en extremo, humildes y con la eterna sonrisa en los labios (después se supo que eran dueños del canal televisivo). Predicaban, cantaban, oraban, alababan a Dios y danzaban con la destreza de los profesionales y la ingenuidad de los niños. Por eso impactaban tanto a las multitudes. Con su testimonio de humildad y total entrega a las cosas de Dios (siempre descalzos y con ropa que parecía sacada de algún basurero), arrastraban literalmente a la juventud, siempre deseosa de novedad y de por sí más que nunca propensa a romper moldes.

Y llovían las vocaciones. Se decía que dormían en el

suelo y se pasaban en oración gran parte de la noche. Se dedicaban a cuidar a los ancianos pobres y a los niños pobres. Y llovían las limosnas. –Dios y el dinero –comentaban algunos maliciosos–:

una amalgama claramente contraria al sentir del Evangelio. ¿Hasta cuándo resistirá?

Y fueron profetas. Pronto se empezó a ver algo raro

en todo el asunto. El mismo fundador, que aquí aparecía vestido de trapos, allá lucía ropa de lujo, bien peinado y hospedándose en hoteles de primera. Se empezó a hablar de desvíos de fondos. –¿Entonces –la gente se empezó a preguntar–, se trata de un show y nada más? Efectivamente se trataba de un show, bien montado. De hecho, a medida que la gente se fue dando cuenta de

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qué se trataba, poco a poco se fue retirando, hasta que se acabó el espectáculo. Ahora quedan unos cuantos artistas, que por cierto de artista tienen muy poco, mientras los demás se alejaron en busca de nuevas aventuras.

EL CURA ECUMÉNICO YA NO TIENE NADA QUE HACER

Había apostado todo por el ecumenismo. No se cansaba repetir:

–¿No entendieron? Ecumenismo: todo es lo mismo. En realidad, ninguna organización religiosa puede afirmar que posee toda la verdad. Cada una posee parte de la verdad. Consecuencia: libertad absoluta de pertenecer a cualquier organización religiosa, secta o iglesia. Todo lo demás es puro fanatismo. ¿De dónde sacaron ustedes que Cristo fundó una sola Iglesia y que por lo tanto, si uno de veras quiere agradar a Dios, tiene que formar parte de su Iglesia, que es la Iglesia Católica? Lean los documentos conciliares acerca de la libertad de conciencia y la libertad religiosa y se darán cuenta de que están equivocados. Hagan como hago yo: cuando tengo algún tiempo libre, me doy una vuelta por los barrios de la ciudad y, donde encuentro un templo, entro sin fijarme en su denominación. No se imaginan ustedes cuántas cosas he ido aprendiendo de esa manera y cómo poco a poco fui conquistando a innumerables amigos, ¡hasta entre los mismos pastores evangélicos! –¿Y cómo ve el hecho que muchos de sus seguidores ya se cambiaron de religión? –le objetaban algunos feligreses, tachados de atrasados e intolerantes. –No hay problema. De todos modos, seguimos siendo amigos como antes, puesto que todos seguimos adorando al mismo Dios. –Así que para usted lo único que vale es tener amigos. Todo lo demás le vale un comino. Hasta que un día le llevaron el testimonio grabado de uno de sus supuestos amigos, vomitando barbaridades

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contra la Iglesia Católica en general y en especial contra él, acusándolo de flojo, indolente, poco conocedor de las Escrituras e idólatra. Como conclusión, lo retaba a un público debate, con la Biblia en la mano, acerca de las imágenes, el bautismo de los niños, el purgatorio y la virginidad de María. Fue cuando despertó. Demasiado tarde, puesto que la gran mayoría de sus antiguos feligreses o se habían salido de la Iglesia al no contar con una preparación específica ante el acoso sistemático de los grupos proselitistas o se habían vuelto religiosamente indiferentes. ¿Qué hacer? Al quedarse ya sin trabajo y no contar con qué vivir (casi nadie ya le pedía los sacramentos), solicitó un cambio. –¿Para qué? –le contestaron del obispado–. Ahora es cuando más se necesita el carisma ecuménico para poder convivir pacíficamente con los de la competencia. En realidad, es muy fácil ser amigo de los lobos cuando se les deja en plena libertad de comerse todas las ovejas que quieran. A ver qué pasa cuando ya no hay nada que ofrecerles de comer. A ver si siguen amigos como antes o se vuelven enemigos, tratando de cuidar con todos los medios posibles las ovejas que lograron arrebatar a los pastores ingenuos y no permitirles que vuelvan al antiguo redil.

DOCUMENTO DE APARECIDA:

dando palos de ciego

Dos curas estaban comentando el documento de Aparecida. –Ya te lo dije desde un principio –afirmaba el primero– : este documento no es operativo. Parece un listado de temas y buenas intenciones; habla de todo y de nada. No presenta un análisis serio de la realidad eclesial, de donde arrancar para buscar una solución efectiva a los múltiples problemas que nos aquejan.

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–Y según usted, ¿cuál sería la realidad eclesial? –lo interpeló el otro. –Que nosotros nos vamos a pique, mientras la competencia avanza. –Ahora bien, ante esta realidad, ¿qué sugiere usted para que se pueda revertir la situación? –Regresar a los orígenes, es decir, al estilo de la Iglesia primitiva. –En concreto, ¿qué sugiere? –Antes que nada, sugiero que se vuelva a estructurar el ministerio ordenado desde la raíz, teniendo en cuenta la praxis de la Iglesia primitiva, de manera tal que ninguna comunidad cristiana quede desatendida por falta de ministros. –¿Qué más? –Pues bien, contando con ministros suficientes, precisamente al estilo de las primeras comunidades cristianas, ir reestructurando poco a poco todo el aparato eclesial, haciendo de la Palabra de Dios el libro inspirador de todo el ser y quehacer del discípulo de Cristo, la pequeña comunidad cristiana y toda la Iglesia. –Por lo que veo, no se trata de algo muy sencillo. –¿Quién está hablando de algo sencillo? Claro que no se trata de algo sencillo. Tenemos que caer en la cuenta de que nos encontramos en un cambio de época. –Y esto, ¿lo van a permitir los de arriba? –Quien sabe. De todas maneras, tratándose de asuntos de fe, creer en milagros es la ley. O mejor nos metemos a vender pepitas por la calle. –Y por mientras, ¿qué hacemos? –Como dice el refrán: “El que tenga más saliva, que trague más pinole”, es decir, que cada uno trate de actuar en consonancia con el ideal de Iglesia con el que sueña, dejándose guiar siempre por la Palabra de Dios. Yo, por ejemplo, he abolido los aranceles en mi parroquia, comparto las entradas con mis colaboradores laicos más comprometidos, utilizo la Biblia en toda la catequesis presacramental, ya cuento con un buen número de ministros

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a tiempo completo, que se están preparando para el

diaconado permanente, etc. –Por lo visto, usted trae mucha prisa. –Claro que traigo mucha prisa. En realidad, no sé ni cuánto tiempo aún me queda por vivir ni cuándo se darán los cambios anhelados. Por lo tanto, como quien dice, me dedico a fundir cañones en espera del momento en que se harán necesarios para dar la gran batalla de la evangelización, evitando el peligro de encontrarme desprevenido a la señal del ataque.

LA MISIÓN CONTINENTAL:

un fracaso anunciado

–Pongan mucho cuidado cuando salgan a la calle –

insistía el vicario de pastoral–. Visiten solamente los hogares católicos y dedíquense a hablar exclusivamente del amor de Dios. En realidad, esto es lo que hoy más necesita la gente: que se le hable del amor de Dios. Nada de amenazas como suelen hacer los amigos de la competencia. Ya de por

sí nuestra gente está bastante asustada por el tema de la

inseguridad; que por lo menos nosotros les llevemos de parte de la Iglesia un mensaje de paz, aliento y esperanza. –¿Y si alguien nos pregunta acerca de las imágenes, el bautismo de los niños, la cruz y cosas por el estilo? –objetó un misionero en ciernes. –No les hagan caso –fue la respuesta tajante del vicario de pastoral–. Ustedes van a lo que van. Con el amor de

Dios ya tienen. Evidentemente no todos se sentían satisfechos con esa

manera de ver las cosas y realizar la Misión Continental, de

la que habla el Documento de Aparecida. Alguien preguntó:

–¿Cómo sabemos si un hogar es católico o no? –Habrá gente del mismo barrio que les van a señalar cuáles hogares son católicos y cuáles no. Ustedes dedíquense a visitar solamente los hogares católicos y den

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el mensaje solamente a los que lo quieran escuchar. Es inútil hablar a gente que no está dispuesta a escuchar. Y así se aventaron a la Gran Misión o Misión Continental, sin Biblia ni nada, contando solamente con unas hojas, en que se aclaraba lo referente al amor de Dios. ¿Y qué pasó? Que resultó un verdadero fracaso: de hecho, salieron de la Casa de la Iglesia unos ochenta “misioneros” para realizar las visitas domiciliarias hablando exclusivamente del amor de Dios y al final de la jornada regresaron apenas unos treinta. ¿Y los demás? Poco a poco se fueron escabullendo, a medida que las cosas se les iban complicando. Es que les pintaron las cosas muy diferentes de la realidad. Se imaginaban que iban a tratar solamente con católicos devotos y respetuosos, deseosos de escuchar acerca del gran amor de Dios y ¿cuál fue la realidad? Que en casi todos los hogares considerados como católicos había algún miembro, que pertenecía a otro grupo religioso. Además, resultó que los mismos católicos, que parecían muy devotos y se veían ansiosos de recibir a los “misioneros”, tenían un montón de dudas, por lo cual querían aprovecharse de su visita para aclararlas de una vez. No faltaron casos en que ya los esperaban con algún pariente o amigo de otro credo religioso, que querían convencer a regresar a la Iglesia Católica, contando con el auxilio de los “misioneros”, que consideraban expertos en los asuntos de la fe. ¡Y cuál fue su decepción, al encontrarse frente a gente totalmente impreparada, que lo único que sabían hacer, era repetir continuamente: “Dios te ama”! Ante esta realidad, algunos de plano decidieron de una vez abandonar la Iglesia para adherirse a uno que otro grupo no católico. Pensaban:

“Si ni los misioneros pueden dar una respuesta, ¿cómo estarán las cosas?” Claro que, ante un descalabro tan evidente, muchos disque misioneros se desanimaron por completo y decidieron cortar por lo sano, suspendiendo la misión en espera de tiempos mejores, cuando se sintieran más preparados y seguros. Los que, no obstante todo, aguantaron hasta el final, regresaron a la Casa de la Iglesia con unas ganas enormes

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de aclarar muchas dudas, que de por sí tenían o que habían surgido durante las visitas. Y fue el acabose, cuando se dieron cuenta de que ni los organizadores ni el mismo vicario de pastoral sabían dar una respuesta “bíblica” a cada cuestionamiento. Ante tanto cinismo, les entró un

sentimiento de impotencia y rabia tal que no sabían qué hacer, si reírse, gritar o llorar. “¡Pobre pueblo católico –fue su conclusión–, totalmente desamparado ante el acoso sistemático de los grupos proselitistas a causa de la irresponsabilidad de sus guías!”.

A quienes intentaban consolarlos, invitándolos a tener

paciencia y aceptar con gusto la voluntad de Dios, les

contestaron con extrema firmeza: “No volveremos a salir a la calle, si antes nuestros pastores no nos preparan bíblicamente y no nos enseñan a ser misioneros con su ejemplo. Ya basta de “mandatos de parte de la Iglesia”; queremos que ellos mismos salgan a la calle con nosotros. O salimos juntos o nada”.

Y se acabó la Misión Continental.

EXCOMUNIÓN PARA LOS NARCOTRAFICANTES

Todos se imaginaban que se iba a tratar de un encuentro normal entre los obispos, que se iba a concluir,

como siempre, con una declaración de “buenas intenciones”, según la definición que dio a este tipo de encuentros un destacado periodista de la región.

Y resultó una bomba. Cuando menos se lo esperaban,

salió de parte de la jerarquía eclesiástica una decisión que cimbró toda la sociedad desde los cimientos: quedaban excomulgados todos los que se dedicaban al tráfico de drogas, sin posibilidad alguna de acudir a los sacramentos, hasta que no se arrepintieran y no dieran muestras claras de reparar los daños causados. Teólogos, periodistas, políticos… todos se sintieron interpelados por la declaración de los obispos, tratando cada

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uno, desde su perspectiva, de profundizar su alcance y señalar las modalidades concretas para volverla operativa. Naturalmente, los que más sufrieron el impacto de la decisión tomada por los obispos fueron los señores curas, que de un momento a otro se vieron metidos en el ojo del huracán, al tener que decidir caso por caso si cumplir o no con el mandato episcopal, con las consecuencias que cada uno se puede fácilmente imaginar. De hecho, muchos curas ancianos, antes que llegara la fecha señalada para la entrada en vigor de la nueva ley, se apresuraron a pedir su jubilación. Otros buscaron cualquier pretexto para ausentarse de sus sedes parroquiales. Unos cuantos quedamos al pie del cañón sin titubear, bien conscientes de nuestro papel como pastores de la Iglesia y dispuestos a revivir las hazañas de los antiguos profetas y apóstoles. En todas partes, como por encanto, fueron surgiendo grupos de feligreses, que no se cansaban de orar por nuestra incolumidad física y la conversión de los narcotraficantes. Entre estos, no faltaron algunos, especialmente entre los jóvenes, que, ante las súplicas de sus familiares, desistieron de su actividad ilícita, corriendo los mismos riesgos que nosotros. Hasta que llegó para mí la prueba suprema, cuando un conocido narcotraficante de la región a punta de pistola me quería obligar a casarlo por la Iglesia. Recuerdo que de un momento a otro se me obnubiló la vista, eché un grito desesperado… y me desperté. Estaba soñando.

CUENTAS CLARAS O NADA

Un día un viejo amigo de seminario me invitó a impartir un retiro espiritual a los agentes de pastoral de su parroquia con la encomienda de hacer hincapié en la necesidad de ser dóciles a las orientaciones de su pastor, luchando por borrar de sus mentes la idea equivocada de exigir una explicación para todo, como si se pudieran tratar las cosas de la fe como se tratan las cosas del mundo.

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Me imaginaba que se refería al tema de la “obediencia de la fe”. Por eso acepté de buena gana la invitación y me esmeré para hacerles entender a todos que, cuando se trata de un asunto de fe, hay que aceptar las cosas como son,

sin exigir una explicación acerca del porqué y cómo y cuándo. Como ejemplo práctico, presenté el caso de Abraham, cuando Dios le pidió el sacrificio de su hijo Isaac. Una vez enterado de lo que le pedía Dios, obedeció sin discusión alguna. -Pero el cura no es Dios –gritó alguien desde el fondo del salón. -Claro que no es Dios –le rebatí-, pero habla en nombre de Dios. -¿Habla en nombre de Dios también cuando nos quiere obligar a vender cerveza? Caí de las nubes. Me di cuenta de que estábamos hablando lenguajes diferentes. -Es que el señor cura –trató de aclarar otro agente de pastoral- quiere que los miembros de los grupos apostólicos nos encarguemos de vender cerveza en las fiestas patronales

y cada vez que se organizan eventos en beneficio de la

parroquia. Casi me desmayaba, al escuchar tan grande barbaridad.

Y siguieron las quejas:

-Aparte de esto, todos los domingos hay vendimia, en que cada grupo apostólico tiene la obligación de meter su puesto de comida. Lo peor del caso es que nosotros no solamente tenemos que preparar los antojitos, sino que comprar a nuestras expensas todos los insumos necesarios. -¿Y las ganancias? –me atreví a preguntar. -Enteritas para el señor cura –contestó el que parecía encabezar la inconformidad. -¿Y si se rehúsan a obedecer? –volví a preguntar. -Nos niega el salón para nuestras reuniones y nos acusa de ser una secta. Nunca me imaginaba algo semejante en un antiguo compañero de seminario, considerado por todos como un buen pastor de almas, muy activo, emprendedor y

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extremadamente celoso en el ejercicio de su ministerio. Alguien siguió comentando:

-Nuestro cura nunca da un paso en falso. Todo lo que dice o hace tiene siempre un objetivo bien preciso: recaudar fondos y más fondos disque para la parroquia. Ya estamos cansados del mismo estribillo: la parroquia tiene muchos gastos; a ver qué hacemos para cubrirlos. -Y nos carga la mano a nosotros que pertenecemos a los grupos apostólicos –remató otro líder, solicitando mi intervención para solucionar el problema. Pregunté si en la parroquia existía el consejo de asuntos económicos. -Aquí no existe ningún tipo de consejo. Según el señor cura, lo que entra, sale. -Claro que lo que entra, sale –añadió otro agente de pastoral-. El problema está en saber por qué puerta sale. -Por la puerta del turismo – intervino el que parecía ser el más enojado de todos-. Este año, por ejemplo, ha dicho que visitará China. Ya conoce todos los países de Europa. Vista la situación, enfoqué la segunda charla sobre “Los derechos y los deberes de los laicos”, teniendo en cuenta las normas del Derecho Canónico y llegando a las siguientes conclusiones:

1.- Nunca prestarse a realizar actividades, que están en contra de la propia conciencia, como vender cerveza o solapar situaciones irregulares dentro de la comunidad cristiana, volviéndose así en cómplices de sus autores. 2.- Que de inmediato se exija al señor cura la constitución del consejo de asuntos económicos, que controle todas las entradas y las salidas de la parroquia. Cuentas claras o nada. 3.- Que nadie se vea obligado a dejar el apostolado propio de su grupo para dedicarse a la venta de comida u otras actividades que no tienen nada que ver con su carisma. Noté que, mano a mano iba explicando estos aspectos, los rostros de los presentes se iban serenando siempre más, hasta volverse alegres, como si por fin había llegado del

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cielo la respuesta tan deseada. Alguien preguntó:

-¿Y si el señor cura se resiste? -Hay que dirigirse al obispo. -¿Y si el obispo no nos hace caso, como ya ha sucedido en distintas ocasiones? -Entonces hay que acudir a la Nunciatura Apostólica, es decir al representante del Papa. Ya es tiempo de acabar con esos abusos. Un fuerte aplauso selló estas últimas palabras, soñando todos en una nueva etapa para la vida parroquial, al signo de la dignidad, la libertad y la corresponsabilidad. Mientras nos aprestábamos a cenar, entró en el salón la secretaria del despacho parroquial, acompañada por una amiga. Se veían extremadamente nerviosas y enojadas. Me entregaron un sobrecito, dándome las gracias de parte del señor cura e invitándome a seguirlas de inmediato para acompañarme de regreso a mi parroquia. Alguien intentó hacerles entender que esperaran unos minutos para poder cenar. Fueron inflexibles: “No hay tiempo”. Entendí la razón. Tomé unos taquitos con un refresco y las seguí, sin despedirme de nadie. En el carro me aclararon que el señor cura estaba furioso por la manera como se había llevado el retiro. Ni modo. Así es la vida cuando se quiere decir la verdad.

DESCANSO EN EL ESPÍRITU

Todos me contaban maravillas de un tal licenciado, que tenía el don de hacer descansar en el Espíritu a mucha gente al mismo tiempo. Cuando soplaba de una determinada manera y hacía determinados gestos, todos se caían al suelo y, cuando contaba hasta tres y decía “despierten”, todos se levantaban como si nada. Para la gente, era la máxima manifestación del poder de Dios; para mí era un truco más para embaucar a la gente y sacar centavos. En realidad, todo esto me parecía algo completamente al margen del dato revelado. Me preguntaba: “Si ni Jesús ni los apóstoles ni los grandes santos reconocidos oficialmente

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por la Iglesia hicieron algo parecido, ¿cómo es que ahora un pelado cualquiera resulta ser más grande que ellos?” Para que me convenciera acerca de la autenticidad de sus poderes, uno de sus seguidores me prestó un video con una de sus predicaciones. Pronto me llamaron la atención el tono de su voz, muy profesional, y la eficacia de sus gestos. Parecía un mago en acción. Toda la gente pendía literalmente de sus labios, como si Dios en persona les estuviera hablando. Como dice el refrán, “En el mundo de los ciegos, el tuerto es rey”. En realidad, bastaba tener un poco de experiencia al respecto, para darse cuenta fácilmente de que se trataba de pura manipulación, con miras a trasquilarlos. Fíjense en esta anécdota:

“Un día –contaba- mi esposa logró convencer a mi hija para que fuera a un retiro, dirigido por otro predicador, mi antiguo condiscípulo de universidad. Entre paréntesis, mi hija nunca quiso asistir a un retiro, dirigido por mí. Ni modo. Como dijo Jesús: “Nadie es profeta en su patria” (Lc 4, 24). ¿Y qué pasó? Que recibió de Dios el don del descanso en el Espíritu, así como los recibieron ustedes en los distintos encuentros que hemos tenido hasta la fecha. No se imaginan ustedes qué alegría tan grande fue para mí enterarme de un hecho tan especial y sobrenatural, en que claramente se manifiesta la acción de Dios en sus predilectos. (Pronunció estas últimas palabras con voz entrecortada, como si estuviera por estallar en lágrimas. Después de unos instantes de intensa emoción, que contagió a todos los presentes, continuó con el relato) Pero el problema vino después, cuando mi esposa me confesó cándidamente que, a cambio de un favor tan grande recibido del cielo por intercesión del amigo predicador, le entregó un cheque de… diez mil dólares. Al escuchar esta cifra, casi me desmayaba, pareciéndome un donativo demasiado generoso. A lo cual ella reaccionó con suma energía: “¿Así que para usted valen más diez mil dólares que el don de descanso en el Espíritu?”. Me di cuenta de que me había equivocado y le pedí perdón por mi falta de entendimiento y generosidad hacia un elegido de Dios,

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que había cambiado totalmente la vida de mi hija. Realmente aún me siento avergonzado por mi manera de proceder en aquella ocasión, máxime cuando alguien me entrega un donativo por algún don recibido de Dios por mi medio, como sucedió la semana pasada cuando de improviso se me acercó una ancianita, que se veía realmente pobre, y me entregó un sobrecito como agradecimiento por un favor que había recibido de Dios a raíz de una oración que un servidor había hecho por ella durante el retiro del mes pasado. Me imaginaba que contendría unos veinte – cincuenta dólares, como pasa a menudo. Sin embargo, abrí el sobre, y ¿saben cuánto contenía? Mil dólares.” A este punto, como por encanto, todos se levantaron, estallando en cantos de alabanza a Dios por la fe tan grande que había manifestado aquella ancianita, mientras el orador “ungido” no se cansaba de reclamar para ella y para todos los presentes el ciento por uno, prometido en su santa Palabra. Otro dato curioso: apenas regresó la calma, el famoso licenciado empezó a echar flores al cura de la parroquia, insistiendo en la necesidad de ser generosos con él y obedecerle en todo, por tratarse de un ministro de Dios con poderes “que hasta los ángeles le envidian”. Evidentemente entre el cura y el famoso licenciado había un acuerdo tácito de apoyarse mutuamente, aprovechándose de la buena fe de la gente. En realidad, ni al licenciado ni al cura nunca se les vio “descansar en el Espíritu”. Al contrario, se les veía siempre bien despiertos y listos para enredar a los bobos e ingenuos, que nunca faltan para provecho de los más astutos y abusados. Al externar estas reflexiones a un grupo de simpatizantes del famoso licenciado, alguien me preguntó:

-¿Entonces usted no cree en el descanso en el Espíritu? -Claro que creo en el descanso en el Espíritu –fue mi respuesta-. El problema viene cuando hay motivo para creer que se trata de un show y nada más, para explotar la credulidad de la gente.

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-¿Cómo nos damos cuenta de que se está dando estas situación? -Cuando los pretendidos “ungidos del Señor” ponen demasiado énfasis en el aspecto económico y se dan “caídas masivas” como pasa con el famoso licenciado, del que ustedes se ven tan embobados. Que alguien, sin quererlo, pueda tener esta experiencia, no hay problema; en distintas ocasiones, como he podido comprobar personalmente, se ha dado este fenómeno. Pero se trata siempre de casos aislados, no de cantidad de gente que se cae y se levanta cuando quiere el predicador. Después ¿qué pasa? Que, una vez acostumbrada, la gente automáticamente vuelve a “descansar en el Espíritu”, apenas alguien empieza a orar. En fondo, se trata de algo que tiene mucho que ver con el pentecostalismo protestante y la hipnosis. Noté que, al escuchar esto, pronto los ojos de algunos empezaron a brillar de satisfacción. Les pregunté el porqué. -Es que realmente siempre había tenido alguna duda acerca de la autenticidad de este fenómeno, especialmente cuando se trata de algo masivo –opinó alguien. -O cuando –continuó otro- el que impone las manos insiste en que uno se relaje, no se resista al Espíritu y lo empuja para atrás para que se deje caer, estando ya listo el encargado para agarrarlo y ponerlo en el suelo con cuidado. -Además, está el problema de los frutos, que muchas veces dejan mucho que desear. He conocido casos en que, los que más se ufanan en poseer este tipo de dones, siguen peor que antes y no dejan de molestar a los que no cuentan con los mismos dones, acusándolos de faltos de fe y flojos en la oración. Ante esta evidencia, hasta los más fanáticos seguidores del famoso licenciado empezaron a dudar. Uno de ellos preguntó:

-Si es cierto todo esto, ¿por qué entonces la Iglesia no interviene, prohibiendo que se den esas cosas e impidiendo que tantos estafadores se aprovechen de la buena fe de la gente?

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A este punto, antes de contestarles, quise que me aclararan algo para mí muy importante:

-¿Quieren que les hable con la verdad, aunque esto pueda escandalizar algunos de ustedes, o que les diga una mentira? -Queremos que nos hable con la verdad –contestaron todos. -Muy bien. Ahí les va: en la Iglesia aún hay muchas cosas chuecas, que se toleran para evitar problemas y al mismo tiempo aprovecharse de la buena fe de la gente, como en el caso de las imágenes. ¿Acaso muchos curas no se dan cuenta de que entre los católicos existen ideas y prácticas que rayan en la idolatría con relación a las imágenes de los santos? Y sin embargo no intervienen. ¿Por qué? Porque les conviene callar. Así la gente, creyendo que las imágenes tienen poder, le echa más dinero en las alcancías. Lo mismo pasa con relación al asunto del descanso en el Espíritu u otros dones espirituales: si la gente cree que alguien cuenta con un poder especial para distribuir los dones del Espíritu Santo, con más facilidad acude a los eventos, en que cada uno de los organizadores queda con su buena tajada. Como yo, comes tú, come él: todos comemos, a expensas de los más ingenuos y desprevenidos. -Todo esto está canijo- comentó uno de los presentes. Otro añadió:

-Según su manera de ver las cosas, ¿no le parece que

lo que estamos comentando tiene mucho que ver con el

fenómeno de la religiosidad popular? -Claro que sí. Es una forma más de religiosidad popular, en que hay una mezcla entre trigo y paja, oro y barro, aciertos y desaciertos, algo que dista mucho de llegar a ser un auténtico catolicismo popular. En realidad, es muy fácil

decir: “En tal evento tuve un encuentro con Dios y recibí tal

o cual don”. “¿Con cuál Dios tuviste el encuentro?” me

pregunto. ¿Con el Dios verdadero, como aparece en las Escrituras y es presentado por la Iglesia, o con el Dios que tú te imaginas? De todos modos, algo nuevo pasa en los

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corazones de los que participan en este tipo de eventos. No todo es negativo. -Y puesto que Dios se fija en el corazón de cada uno – siguió el que parecía ser el líder del grupo-, tenemos que alegrarnos y dar gracias a Dios por lo que actualmente el Espíritu Santo está realizando entre nosotros, permitiéndonos dar un paso más hacia Él y disfrutar de lo sabroso que es su presencia en nuestras vidas. -Perfecto –fue mi respuesta-. Algo estamos avanzando, pero aún nos falta mucho camino por recorrer para formar

a verdaderos discípulos de Cristo. Por eso tenemos que estar

siempre alerta con miras a purificar siempre más nuestra fe

y a despertar al gigante adormecido, que es nuestra Santa Madre Iglesia. Y para que despierte la Iglesia, primero

tenemos que despertar nosotros. Así que, en lugar de pedir

a Dios el don de descansar en al Espíritu, ¿por qué no le pedimos el de despertar en el Espíritu?

CONCLUSIÓN

Estos son algunos de los sueños que recuerdo. Nada quita que con el tiempo vuelva a soñar o recuerde algún sueño olvidado. Tengan la seguridad de que se lo voy a

comunicar. Por mientras, ¿qué me dicen acerca de los sueños que acabo de relatar? Espero con ansia algún comentario

al respecto.

Los Ángeles, CA; a 12 de abril de 2011.

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Apéndice

Nadie se puede quedar indiferente

Los sueños descabellados del p. Amatulli son un

mensaje cuestionante y motivador a la vez. Se trata de una serie de cuentos, historias y narraciones de pequeñas cápsulas con temas serios e importantes sobre

la vida real de la Iglesia, presentados con un lenguaje literario

popular, fresco y nuevo, muy sencillo, agradable e interesante para el lector sano y sincero, que encuentra en

ellos algo así como una resonancia de sus propios sueños y

anhelos de que un día pueda resurgir en la Iglesia una nueva praxis pastoral, cargada de dinamismo misionero como el que nos presenta la Palabra de Dios en la vida de los primeros apóstoles Pedro, Pablo y tantos hombres y mujeres que se dejaron seducir por la Palabra a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Así que, nadie, después de leer estos escritos, se puede quedar indiferente a la realidad por la que está pasando nuestra Iglesia, de buscar con urgencia aquellas iniciativas concretas que la ayuden a liberarse del peso de un sistema rutinario, encajonado en un modelo ritualista, sacramentario

y con un perfil claramente económico.

Diferentes reacciones Es lógico que después de leer estos escritos haya diferentes reacciones. Pero todo buen lector algo se llevará. Yo digo que nadie se va con las manos vacías. Hay para todos los gustos.

-Lector comprometido. Es el que después de leer estos escritos se queda contento, a pesar de la interpelación que en ellos encuentre; pero, al mismo tiempo, se sentirá deseoso de involucrarse en el asunto, buscando de dar, según su capacidad y sus

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dones, su mejor aporte para lograr dar un nuevo empuje a

la actividad misionera de la Iglesia.

-Lector comodín. Es el lector cuyas aspiraciones en torno a la Iglesia están basadas en dar su servicio a la Iglesia en tal o cual carguito y ya. Basta que él se sienta a gusto y que la gente le aprecie. En consecuencia, el mensaje de los sueños descabellados le causará seguramente descontento y quedará más bien escandalizado, pues no podrá concebir que alguien de la misma Iglesia externe ciertas cosas que no anden muy bien en ella.

-Lector maleado. Es aquel que tiene bien claro lo que busca en la Iglesia:

un modus vivendi, un puesto de prestigio y económicamente bien remunerado dentro de la comunidad cristiana. Cuidando todos los detalles para salvaguardarlo. Evitando meterse en problemas que pongan en peligro sus propios intereses. Todo de acuerdo con la ley. Este lector, definitivamente, pasará un mal momento leyendo estos sueños. Ante todo le causarán mucho enojo contra el autor y toda persona que simpatice con él. Se

encargará de desprestigiar su contenido y, por ende, también

al autor y su actividad apostólica. Bien, esto significa que

entendió muy bien el mensaje y la mejor manera de sacar su enojo, será haciendo una guerra sin cuartel a quienes considera sus enemigos por tocarle donde le duele. Pero

como se dice vulgarmente: el subconsciente no miente y el que se enoja, pierde.

-El lector activo y emprendedor. Es el que no sólo se goza y se entusiasma con estos sueños, sino que también se mete de lleno en todo lo que

sirva para que estos se hagan realidad. Iniciando él mismo

a preparase mejor y a lanzarse donde mejor puede para

que otros conozcan este mensaje y se involucren también en la grande y bella aventura de abrir nuevos caminos que

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hagan de la Palabra de Dios y de la misión el ideal más apasionante de sus vidas.

Conclusión Estos sueños descabellados son reflexiones que darán mucho de qué hablar en los ambientes comunes de la gente sencilla de nuestras comunidades eclesiales, pero también entre personas de renombre, que con diferentes opiniones, siempre encontrarán alguna luz, orientación, idea o ánimo, para lanzarse a favor de la evangelización renovada que hoy en día requiere nuestra Iglesia.

Hna. Julia Valencia Márquez, imap.

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Indice

Presentación. Pinceladas para dibujar un nuevo rostro de Iglesia

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Introducción

6

El tesoro

7

Los invitados al gran banquete

7

Moralidad y puestos de trabajo

8

Cancha libre a los movimientos eclesiales

10

El consejo de Jetró

11

Los aranceles

13

Becas para diáconos permanentes

15

La venganza de Dios

16

Comité económico parroquial

18

Todos a trabajar

21

Un nuevo concilio ecuménico a la luz de Mc 7,

23

La tentación de las zorras y las aves

27

El empresario de la fe

29

El cura ecuménico ya no tiene nada que hacer

30

Documento de Aparecida: dando palos de ciego

31

La Misión Continental: un fracaso anunciado

33

Excomunión para los narcotraficantes

35

Cuentas claras o nada

36

Descanso en el Espíritu

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Conclusión

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Apéndice. Nadie se puede quedar indiferente

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Se terminó de imprimir el 1 de mayo de 2011 - 50, 000 ejemplares -

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