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Ideal de San Agustín

Agustín tiene varios amigos que lo acompañan, aconsejan y animan. Son Alipio, que desde joven lo ha ayudado
siempre, Elpidio, su hermano y Adeodato, su hijo. Un día Romaniano, le cuenta la historia de San Antonio Abad
que dejó su vida de riquezas y comodidades y se fue a un desierto a rezar y hacer penitencia, y Agustín
exclama : "Todos estos se atrevieron a dejar su vida mundana y empezar una vida de santidad ¿por qué yo no?
¿qué es lo que me detiene para dar este paso?" Y fue entonces cuando en la casa de la vecina unos niños que
jugaban y repetían mucho la frase : "¡Abre y lea! ¡Abra y lea! ¡Abra y lea!". Él no recordaba haber oído nunca
repetir esa frase en un juego, consideró aquello como un aviso de Dios y abrió el primer libro que encontró la
mano. Era la santa Biblia. Y ahí en el capítulo 13 de la Carta de San Pablo a los Romanos, en el verso 13 del
capitulo 13 leyó lo siguiente: "Portémonos no como quien está en las tinieblas y oscuridad, sino como quien
obra en pleno día y a plena luz, comportémonos de la manera más digna posible. Nada de impurezas ni de
vicios o excesos de ninguna clase, no nos dejemos llevar por la carne y sus concupiscencias". Aquello fue como
un relámpago en su cerebro, empezó a llorar y se dio cuenta que hasta entonces su comportamiento había sido
todo lo contrario de lo que Dios manda en estas frases que acababa de leer, y que era necesario empezar una
vida totalmente nueva y distinta de la anterior, tenía 32 años, los siguientes 40 años serán de sorprendente
santidad, progresando cada vez más y más.

Es mejor cojear por el camino


que avanzar a grandes pasos fuera de él.
Pues quien cojea en el camino,
aunque avance poco, se acerca a la meta;
mientras que quien camina fuera del mismo,
cuanto más valientemente corre,
más se aleja de la meta.

1 TENTACION

A) Ayuno y tentación
Seleccionamos algunos pensamientos de San Agustín acerca de las tentaciones, tomados de diversas obras
del Santo

a) CRISTO, DEFENSA EN LA TENTACIÓN


1. Lección de la Victoria de Cristo ¿Por qué clama e] Señor diciendo: Desde el cabo de la tierra clamo a ti
cuando se angustia mi corazón?' (Po. 60 3) Cristo habla en nombre de toda su Iglesia, que, repartida por todo el
mundo, vive en medio de gran gloria y de grandes tentaciones. Peregrinos somos y, por lo tanto, sufrimos en el
camino; luchadores que no son coronados hasta después de la victoria. Por eso, Cristo se angustia en nombre
nuestro y pide que no le abandonemos, porque quiso prefigurarnos en su cuerpo a nosotros, que somos cuerpo
suyo, y por ello murio para resucitar después. Uno de los momentos en que tomó nuestra persona fue cuando
quiso ser tentado en el desierto. '"Cristo era tentado por el diablo y en Cristo eras tentado tú, porque Cristo tomó
tu carne y te dió su salvación, tomó tu mortalidad y te dió su vida, tomó de ti las injurias y te dió los honores, y
toma ahora tu tentación para darte la victoria. Si fuimos tentados en El, vencimos también al diablo en El. ¿Te
fijas en que Cristo es tentado y, sin embargo, no consideras su triunfo? Mírate a ti tentado en El y conócete a ti
vencedor en El. Pudo impedir al demonio que se le acercara, pero, de no ser tentado, no te hubiese dado la
leccion de la victoria.

2. El secreto de la victoria "No te entrañe, pues, si en medio de la tentación clama desde las confines de la
tierra. Pero ¿por qué no es vencido, In petra exaltasti me: Me pondrás en una roca inaccesible... pues tú eres mi
refuglo, la torre fuerte frente al enemigo (ibid., 3 ). No es vencido, porque está fundado sobre piedra. Sobre
piedra está edificada también la Iglesia (Mt 16 18), piedra que resiste los embates del viento y de las aguas,
como Cristo resiste al demonio. Clamemos, pues, que nuestra voz también se oirá, porque estamos edificados
sobre piedra.

3. Cristo, esperanza nuestra Deduxisti me... Habite yo para siempre en tu tabernaculo; me acogeré al amparo
de tus alas (ibid., 5). Si no fuera El nuestra esperanza, no nos hubiera guiado; nos guía Él mismo como camino
y nos lleva hacia El como a la patria. ¿Por qué? Porque es nuestra esperanza. Y ¿cómo es nuestra esperanza?
Lo acabáis de oír. Porque fue tentado, padeció, murio y resucitó. Y cuando leemos todas estas cosas
pensamos y decimos: No nos perderá Dios, ya que su Hijo fue tentado, muerto y resucitado por nosotros. No

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nos despreciará Dios a nosotros, por quien no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos. Si, pues,
Cristo se ha hecho nuestra esperanza, debemos ver en El nuestro trabajo y nuestro premio: el trabajo en su
pasión y el premio en su resurrección. Tenemos, por tanto, dos vidas: una la de ahora y otra la que esperamos.
Aquélla nos es conocida, ésta no; soportad, pues, la que padecéis y alcanzaréis la que aún no tenemos. ¿Cómo
se soporta? No siendo vencidos por el tentador. Cristo con sus trabajos, sus tentaciones, su padin y su muerte,
te señala la vida en que te desenvuelves; con su resurrección te enseñará la vida adonde irás".

4. Cristo, torre de refugio Torre fuerte frente al enemigo (ibid., 4). Me rodean angustias por todas partes, clama
la Iglesia. Los paganos se amotinan y me envidian, porque han sido vencidos. Los herejes se disfrazan con el
nombre de cristianos. Dentro de mí mismo, la cizaña oprime al trigo. Por todas partes surgen tentaciones. Pero
no me abandona el que es la piedra en que me apoyo, y aunque el diablo me ponga continuamente
asechanzas, El es la torre en que me refugio. "Cristo es la torre, El es el castillo contra el enemigo, porque es la
piedra sobre que fue edificada la Iglesia. ¿Temes ser herido por el diablo? Refúgiate en la torre, que nunca
llegarán allí los dardos de Satanás.. Allí estarás defendido y seguro. Mas ¿cómo puedes refugiarte en la torre?
Corporalmente no; no te canses buscándola de ese modo, no vayas a desfallecer en la tentación. La torre la
tienes delante de ti. Recuerda a Cristo y entra dentro de ella. Y ¿cómo lo recordarás para entrar en la torre?
Pues pensando, cuando tengas que padecer algo, que El padeció primero, y meditando que padeció para morir
y después resucitar. Piensa después que a ti te espera el mismo fin y ya te encuentras dentro de la torre...
Desde allí lanza tus flechas para herir al enemigo y vencerle. ¿Qué flechas? La palabra de Dios, tu fe, tu
esperanza y tus buenas obras. Mira que no te digo que estés en la torre holgazaneando, y que eso te baste
para que los dardos del enemigo no te alcancen. ¡Trabaja allí también! ¡No paren tus manos! Tus obras buenas
son espadas que derriban al adversario" (cf. Enarrat. in Ps. 60,3-5: PL 36,274).

b) DOS ÉPOCAS, DOS VIDAS AYUNO/AGUSTIN-SAN CUA/PASCUA/2-VIDAS: Vemos al Señor, antes de su


muerte, tentado por el demonio y ayunando rigurosamente durante cuarenta días Le vemos otros cuarenta días,
glorioso, comiendo y bebiendo con sus apóstoles. He aquí dos épocas que representan nuestra vida. Vida de
tentación y de penitencia la primera, que si se parece a la de Cristo, nos llevará a la segunda vida, la vida
gloriosa para comer con El en su misma mesa del cielo El ayuno es propio de la tribulación, del combate,
porque los que se preparan para la lucha, de todo se abstienen (1 Cor. 9,25). Nuestro alimento abundante es la
esperanza de la paz, que gozaremos perfecta cuando nuestro cuerpo cuya redención esperamos, se revista de
inmortalidad. Pero ahora, alegres en la esperanza, padecemos en la tribulación (Rm 12,12)" (Serm 263,4: BAC,
Obras 7, p.452; PL 38, 1211).

C ) CRISTO, NECESITADO Y RICO POBRE/J-NECESITADO: Cristo, en el desierto, no quiere convertir las


piedras en pan; en cambio, en Caná cambia el agua en vino. "Su poder era el mismo, pero entonces le tentó
Satanás, y Cristo no quiso hacer el milagro... Tuvo hambre por propia dignación, parque ello era propio de la
humildad. Tuvo hambre de pan, como cansancio en el camino, como vimos después a la salud herida y a la
vida muerta... Si contestó al tentador, fue para enseñarnos a contestarle, porque el jefe pelea para que los
soldados aprendan... Sin embargo, no hizo lo que el tentador pedía para despreciar sus deseos, pues este
tentador no se vence si no se le desprecia". En Caná, Cristo hace milagros, en el desierto padece hambre. "Ahí
teníais a Cristo repartiendo bienes, conoced ahora a Cristo necesitado. Aquí es pobre, allí era rico; porque es
pobre, habla y nos dice: Tuve hambre y sed, estuve desnudo, fui peregrino, me hallé en la cárcel... Es rico y
pobre a la vez: rico como Dios, y como hombre, mísero". "¿Y tú? ¿Eres rico o pobre? Muchos me contestan:
Pobre, y dicen la verdad. Pero yo conozco a ricos que tienen algo y, sin embargo, padecen necesidad'. Tienen,
sí, mucho oro y mucha plata, pero, ¡ay!, ojalá se dieran cuenta de que son pobres... Por mucho que tengas tú,
que eres rico, eres mendigo de Dios. Ven conmigo a la oración y te lo demostraré. Allí estás pidiendo ¿Cómo?
¿No eres pobre y pides? Es más, pides pan, ¿o acaso no rezas y dices: El pan nuestro de cada día dánosle
hoy? (Mt. 5,11). Si pides el pan diario, ¿qué eres? ¿Pobre o rico? Pues entonces escucha a Cristo, que te dice:
Dame a mí de lo mismo que yo te di ¿Qué es lo que trajiste cuando llegaste al mundo? Tú, criatura, te
encontraste todo lo que yo creé. Nada trajiste, nada te llevarás de aquí. ¿Por qué, pues, no das de lo que es
mío? Tú estás lleno de todo, y el pobre no tiene nada. Atended a vuestros principios. Los dos nacisteis
desnudos. Sí, tú también naciste desnudo, pero te has encontrado muchas cosas, ¿o es que acaso trajiste
algo? Te pido de lo mío; da y te devolveré. Yo he sido tu acreedor, conviérteme en deudor" (Serm 123,2.4 y 5:
BAC, Obras 10, p.628 ss; PL 38,685).

d) CRISTO, MODELO 1. De humildad San Agustín, comentando los versículos 10 y 11 del salmo 90: No te
llegará la plaga ni se acercará el mal a tu tienda, pues te cometerá a sus ángeles para que te guarden en todos
tus caminos, dice que esta tienda es la santa humanidad. ¿Cómo puede padecer en ella después de tantas
bendiciones ? Habéis oído recitar el salmo, pero también habéis oído el evangelio, y él os podrá dar la

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respuesta. ¿Para qué fue bautizado? Para darnos ejemplo. Previendo que pudiera existir algún soberbio que,
creyéndose mejor que los ya bautizados, menospreciase recibir este sacramento, ahí tienes, para darle
ejemplo, a Cristo bautizándose. Y el siervo no ha de ser de mejor condición que su amo.

2. En las tentaciones Después del bautismo ayunó y fue tentado. "Pudo no padecer hambre, pero entonces
¿cómo hubiera sido tentado? Y si El no hubiese vencido al tentador, ¿dónde ibas tú a aprender a luchar con el
diablo?" Contemplemos la primera tentación. Cristo pudo convertir las piedras en pan ¿No fueron sus manos
fuentes de pan el día de la multiplicación? ¿No nos lo da a diario, sin que apreciemos esta cotidiana maravilla,
precisamente por su uso de cada día? ¿No podía haber hecho incluso de las piedras hijos de Abrahán? ¿Mt.
3,9). "¿Por qué, pues, no lo hizo? Para que aprendieras a contestar al tentador, y si alguna vez en medio de tus
apuros le vieses acercarse y sugerirte. Si eres cristiano, si perteneces a Cristo, ¿por qué te abandona? ¿No
debe acudir en tu ayuda?, tú sepas contestarle: ¡Tam bien el médico saja y parece que maltrata, pero no hace
daño!" Podría creerse que se olvidaba de San Pablo, pero no le abandonaba, cuando, no queriendo curarle sus
padecimientos, le garantizaba la asistencia de la gracia suficiente (2 Co 12,7-9).

3. Fortaleza en la tentación "También podríamos decirle al médico cuando nos receta un sinapismo: Me resulta
muy molesto. ¡Quítemelo' Y el medico responde: No; hace falta más; de lo contrario no te curarás. El médico no
accede al gusto del enfermo, porque atiende a su salud... Por lo tanto, hermanos, sed fuertes y si en medio de
los contratiempos oís la voz que os dice ¿Por qué no te envía Dios un cuervo como a Elías?, o se os aduce
aquello de jamás vi abandonado al justo, ni a su prole mendigar el pan (Ps. 36,25), contestadle al diablo: Cierto
que dice eso la Escritura, pero yo tengo un pan que tú desconoces. ¿Qué pan? Escucha al Señor (Mt. 4,4): No
sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. ¿Pan la palabra de Dios? ¡Sí! Yo
soy el pan que bajó del cielo (Jo. 6,41). Ya has oído la lección de cómo debes responder a Satanás". "Pues ¿y
si te tentase diciendo: Ya que eres cristiano, debes obrar los prodigios que otros han hecho? Desear tal cosa
sería tentar a Dios, y muchos se han arrepentido por ello, como Simón el Mago". "Le gustó el poder de los
milagros y no le agradó la humildad del que los hacía. Por eso el Señor, dirigiéndose a un discípulo que quiso
seguirle maravillado por sus milagros y por el poder de obrarlos, viéndole soberbio y muy ajeno a buscar la
senda de la humildad, le dijo que las raposas tenían cuevas y las aves del cielo nidos, pero que él carecía de
una piedra para reclinar su cabeza (Mt. 8,20). Del mismo modo, los hijos del Zebedeo pidieron los primeros
puestos (Mt. 20,21). "Ambicionaban el poder y no sabían que se consigue por la humildad y la pasión... ¿Cómo,
pues, pensáis en la grandeza de mi reino, sin imitar mi humildad?" No tentemos, pues, a Dios queriendo
milagros (cf. Enarrat. in Ps. 90,6 y 7: PL 36,1165).

2. SAS/AGUSTIN-SAN

B) El demonio San Agustín trata incidentalmente, en diversas ocasiones, del demonio, de su naturaleza y de su
modo de tentar. Presentamos a continuación dos o tres aspectos de este misterio de la persona del demonio
analizados por el Santo con su profundidad acostumbrada. Este tema aparece desarrollado principalmente en
De civitate Dei, contra los gentiles adoradores de los demonios, y en su Líber contra manichaeos, quienes
afirmaban la malicia substantiva de Satanás.

a) EL DEMONIO, SER BUENO, PERO CAÍDO CIUDADES-2/AGUSTIN-SAN SAS/PERFECCIÓN: Antes de que


comencemos a tratar de la creación del hombre, quisiera decir algo de los ángeles "y su sociedad con los
hombres, para que veáis que no existen cuatro ciudades, dos de ángeles y dos humanas, sino únicamente dos,
a saber, la que está constituida por los hombres y ángeles buenos y la que esta formada por los hombres y
ángeles malos" (De civ. Dei 12,1,1: PL 41,347-355).

1. Naturaleza buena, pero voluntad mala Los ángeles buenos y malos no se diferencian porque estén dotados
de diversas naturalezas, sino por su propia voluntad, "porque los unos quisieron permanecer constantemente
en el que es el bien común a todos, a saber, Dios en su eternidad, verdad y caridad; y los otros, deleitándose en
su propio poderío, como si ellos fuesen su propio bien, se apartaron del superior, común y beatífico, para
buscar el propio, y apreciando la fastuosidad de su excelencia en lugar de la excelsa eternidad, la astucia de la
vanidad en vez de la verdad certísima, los deseos de cada uno y no la caridad individual, tornáronse
engañadores, soberbios y envidiosos. Su felicidad consistía en unirse a Dios. Por lo tanto, habremos de
entender que su desgracia estribaba en no permanecer en esta unión. Así, pues, si preguntáis por qué los unos
son felices, se os contestará con razón: Porque están unidos a Dios. Y cuando preguntéis por qué aquellos
otros son desgraciados, se os responderá con razón también: Porque no están unidos a Dios, puesto que no
hay otro bien con el que las criaturas racionales e intelectuales puedan ser felices sino Dios". No todas las
criaturas pueden ser felices, por ejemplo, las piedras ni los leños; "pero la que puede serlo no lo será nunca por

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sí misma, ya que fue creada de la nada, sino por Aquel que la creó; si lo consigue, es feliz; si la pierde,
desgraciada. En cambio, Aquel que tiene la felicidad en sí mismo y no en otro, nunca podrá ser desgraciado,
porque no puede separarse de si mismo" (ibid., 2).

2. Perfección de la naturaleza angélica del demonio "Decíamos que bien inconmutable no lo es sino el único,
verdadero y bienaventurado Dios, y todo cuanto El hizo es, sin duda, un bien, porque procede de El, pero
mudable, pues no salió de El, sino de la nada. Las criaturas no son ciertamente bienes sumos, puesto que Dios
lo es mayor. Sin embargo, lo son muy grandes, aunque mudables, y pueden alcanzar la felicidad adhiriéndose
al Bien inconmutable el cual de tal modo es el suyo, que sin El necesariamente son desgraciadas". No creáis
que son de mejor condición que nosotros las criaturas que no pueden conocer la desgracia porque tampoco
diremos que los miembros del cuerpo son más felices que el ojo por el hecho de que no pueden quedarse
ciegos. Es más noble la naturaleza que puede padecer y alcanzar la felicidad que la que no puede padecer ni
ser feliz. "Siendo esto así, aquellas naturalezas creadas en una excelencia tal que, aunque mudables, pueden
conseguir la felicidad uniéndose al bien inconmutable, y que sólo siendo felices llenan una indigencia que nada
logra colmar sino Dios, esas naturalezas, si no se unen a El, son viciosas. Todo vicio daña a la naturaleza, y por
ello es contra naturam. Por lo tanto, el que no se une a Dios y el que vive unido no se diferencian por su
naturaleza, sino por el vicio del primero". El vicio es malo; la naturaleza, buena. El ojo es hermoso; la ceguera,
triste. "Este mismo defecto de los ángeles malos, que al no permanecer unidos a Dios les perjudica, como
perjudica a la naturaleza todo vicio, nos demuestra manifiestamente que Dios les dió una naturaleza tan
perfecta, que les daña el no estar con E1" (ibid., 3).

3. Naturaleza y malicia "La Sagrada Escritura los llama enemigos de Dios, porque se oponen a El, no por su
naturaleza, sino por sus vicios, aun cuando ciertamente no dañan a Dios, sino que ellos se dañan a sí
mismos..., y no precisamente por otra razón, sino por la que corrompió el bien de su naturaleza. No es esta
naturaleza la enemiga de Dios; lo es su maldad, porque lo malo se halla en oposición a lo bueno. Y ¿quién
negará que Dios es el sumo bien? Por lo tanto, el vicio es contrario a Dios como la maldad a la bondad". "No
hay ningún mal que pueda perjudicar a Dios, sino sólo a las naturalezas mudables y corruptibles, cuyo mismo
vicio es testimonio de su bondad, porque, si no fuesen buenas, el vicio no podría dañarlas. ¿Qué otra cosa hace
el mal cuando les perjudica, sino robarles la integridad, la belleza, la salud, el poder y todo lo que suele
disminuir y borrar en las naturalezas buenas?" "El vicio no puede darse en el sumo bien, pero tampoco puede
existir más que en el bien. El solo bien puede existir; el solo mal, nunca, porque hasta las mismas naturalezas
que por defecto de su mala voluntad se han visto viciadas, en cuanto viciadas son malas; en cuanto
naturalezas, buenas" (ibid., c.3: 350-351).

4. El secreto de la felicidad angélica "Así, pues, la causa verdadera de la felicidad de los ángeles consiste en
que están unidos al ser por excelencia. Y si buscáis la causa de la desgracia de los ángeles malos, encontraréis
que consiste en que se han separado del que es sumo bien, volviéndose hacia sí mismos, que no son tales. Y
¿cómo se llama este vicio, sino soberbia? El pecado es el principio de la soberbia (Eccli. 10,15). No quisieron
refugiarse dentro de su fortaleza (Ps. 58,10), Y los que hubieran sido grandes uniéndose al que es sumo, al
preferirse a sí mismos, llegaron a ser casi nada. Este es el principal defecto, la máxima necesidad y el vicio
mayor de su naturaleza, que fue creada no para ser suma, pero sí para gozar de la felicidad de que disfruta el
que lo es. Por haberse apartado de El, no sólo no gozarán de ninguna felicidad, sino, lo que es peor, se
volverán desgraciados".

5. La mala voluntad carece de causa eficiente MAL/CAUSA-EFICIENTE: "La mala voluntad es la causa del mal,
y ella a su vez no tiene causa..., porque no hay una primera voluntad mala que crease malas voluntades". "No
es que exista un ser inferior que haya creado las voluntades malas; es que la voluntad creada apeteció
perversa y desordenadamente los seres inferiores". Dos voluntades contemplan una misma hermosura
corporal; la una se sostiene pura, la otra peca, ¿quién tiene la culpa? "¿Qué ha ocurrido allí ? Que la una ha
querido faltar a la virtud de la castidad, y la otra no" (ibid., c.6: 353-354). "Nadie busque la causa eficiente de
una mala voluntad, porque no encontrará causa eficiente, sino deficiente... Separarse del que lo es todo para
inclinarse a lo que es menos, es el comienzo de la mala voluntad. Y querer encontrar la causa de estas
defecciones, que en realidad no son eficientes, sino deficientes, es lo mismo que pretender ver las tinieblas u
oír el silencio... Nadie me exija que sepa lo que yo sé que ignoro..., y todo aquello que no consiste en una
realidad, sino en su privación, no puede decirse ni entenderse, como no sea sabiendo que no se sabe" (ibid.,
c.7: 355-356).

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b) CIENCIA DEL DEMONIO

1. Ciencia sin caridad El nombre de demonio daimones según los clásicos (Platón en el Cratylo y Lactancio en
sus Institut. 1.2), se deriva de ciencia o sabiduría. El demonio en realidad era sabio, pero la ciencia hincha y la
caridad edifica (1 Cor. 8,1), lo cual quiere decir que la ciencia no aprovecha si no va unida a la caridad. "Los
demonios tienen ciencia, pero sin caridad, y por ello están tan hinchados y soberbios que desean se les
tributen, y, en cuando pueden, trabajan por conseguirlo, los honores divinos y el servicio de la religión, que no
ignoran deben concederse sólo a Dios. No comprenden bien los hombres, hinchados también de una soberbia
inmunda y parecidos en su falsa ciencia a los demonios, cuánto aprovecha la humildad de Dios, que apareció
en forma de siervo, contra aquella soberbia de Satanás, que se había aprovechado del género humano por
haberlo éste merecido" (De civ, Dei 9,20: PL, 41, 273 ) "Los demonios lo sabían muy bien, y por eso cuando
veían al Señor revestido de nuestra carne, decían: ¿Qué te importa a ti de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has
venido a perdernos antes de tiempo? (Mt 1,24; Mt. 8.29). Con sus palabras demostraban su ciencia y su falta de
caridad. Temían el castigo que les amenazaba y no amaban su justicia.

2. Su conocimiento limitado de Cristo "(Cristo) se les dió a conocer en la medida que El quiso, y tanto quiso
cuanto convino. Pero se dió a conocer no sólo a los ángeles santos, que disfrutan de una eternidad participada,
en cuanto que el Verbo de Dios está con ellos, sino a aquellos de cuya tiránica potestad vino a liberar a los
predestinados para su reino y gloria veraz y verazmente sempiterna". "Se dió a conocer a los demonios no por
la fe, que limpia los corazones, que es vida eterna, luz inconmutable que ilumina a los buenos, sino por ciertos
efectos temporales de su poder y señales ocultísimas de su presencia que podían ser percibidas por los
sentidos de aquellos espíritus malignos". En alguna ocasión juzgó oportuno suprimir esta luz y ocultarles la
verdad, y por eso tentaron al Señor para conocer si era Hijo de Dios o no (ibid., c.21: 273-274).

3. Ciencia angélica "Esta ciencia de lo corporal y terrenal que hincha a los demonios es despreciada por los
ángeles buenos, y no porque ellos ignoren todas estas cosas, sino porque tienen en tal estima a la caridad de
Dios, que les santifica, y por la cual arden en santo amor hacia lo bello, no sólo incorpóreo, sino inconmutable e
inefable, que desprecian todo lo que está debajo de ella y que no es Dios, incluso a sus mismas personas, para
gozar totalmente, por ser buenos, del bien por el que ellos lo son". "Conocen certísimamente todo lo temporal y
mudable, porque ven en el Verbo de Dios, por el cual se hizo el mundo, todas las causas... Los demonios no
contemplan en la Sabiduría de Dios las causas eternas y en cierto modo cardinales de los tiempos, sino que
adivinan las cosas con su experiencia, mucho mayor que la de los hombres, guiándose por ciertas señales
ocultas para nosotros. En ocasiones se permiten incluso anunciar el futuro, pero muchas veces se equivocan
por completo". Una cosa es conjeturar lo temporal basándose en lo mudable, y otra "prever los cambios de los
siglos, apoyados en las leyes eternas e inconmutables de Dios, que viven en su sabiduría y en la voluntad
divina, certísimas y potentísimas sobre todo" (ibid., c.22: 274).

C) EL DEMONIO, ESPÍRITU DE LAS TINIEBLAS Dios es luz y era El no hay tiniebla alguna (1 Io. 1,5). "¿Qué
es la luz sino la caridad? ¿Quién podrá explicar estas palabras de otro modo?... Oye al apóstol Juan, que
acabamos de citar y que a continuación dice: Dios es caridad (ibid., 4,8). Por lo mismo que Dios es luz, Dios es
caridad, y, por lo tanto, la caridad es la luz que se difunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos
ha sido dado... El que aborrece a su hermano está en tinieblas (1 Io. 2,11). Esas son las tinieblas en que el
demonio y sus ángeles cayeron por soberbia... Ellos y el diablo se separaron de la luz y del calor, y, queriendo
subir con soberbia y envidia, están ahora envueltos en dureza de hielo" (Ep. 140,22: PL 33,561).

3. AG/INTERIORIDAD INTA/AG: Debemos tratar de vivir su enseñanza respecto del "Maestro interior" y
comprender mejor lo que fue su inmenso aporte ofrecido a la Iglesia: el descubrimiento de la interioridad. Es
decir, el descubrimiento de que todo el mundo de la revelación evangélica tiene su lugar privilegiado en el
corazón del hombre, y de que el corazón del hombre está en relación con el corazón de todos los hombres, con
el cuerpo de la Iglesia. San Agustín es maestro de interioridad y de eclesialidad. (·MARTINI-3.Pág. 19)

4. /Lc/08/21:Con sorprendente agudeza concluye San Agustín en una homilía: "Os ruego, hermanos míos,
paréis mientes, sobre todo, en lo dicho por el Señor, extendiendo su mano hacia los discípulos: éstos son mi
Madre y mis hermanos; y al que hiciere la voluntad de mi Padre que me ha enviado, ése es mi padre, y mi
hermano y mi hermana. ¿Por ventura, no hizo la voluntad del Padre la Virgen María, que dio fe y por la fe
concibió y fue escogida para que, por su medio, naciera entre los hombres nuestra salud, y fue creada por
Cristo antes de nacer Cristo de ella? Hizo por todo extremo la voluntad del Padre la Santa Virgen María, y
mayor merecimiento de María es haber sido discípula de Cristo que Madre de Cristo; mayor ventura es haber
sido discípula de Cristo que Madre de Cristo. María es bienaventurada porque antes de pedirle llevó en su seno

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al Maestro. Mira si no es verdad lo que digo. Pasando el Señor seguido de las turbas y haciendo milagros, una
mujer exclama: "Bienaventurado el vientre que te llevó" (/Lc/11/27); y el Señor, para que la ventura no se
pusiera en la carne, responde: Bienaventurados más bien los que oyen la palabra de Dios y la ponen en
práctica. María es bienaventurada porque oyó la palabra de Dios y la puso en práctica, porque más guardó la
verdad en la mente que la carne en el vientre. Verdad es Cristo, carne es Cristo. Verdad en la mente de María.
Carne en el vientre de María, y vale más lo que se lleva en la mente que lo que se lleva en el vientre". Sermón
25.Obras de S.Agustín, VII. BAC, Madrid 1950

5. CÁNTICO-NUEVO Sermón 34, 1-3. 5-6: CCL 41, 424-426. Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su
alabanza en la asamblea de los fieles. Se nos ha exhortado a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre
nuevo conoce el cántico nuevo. Cantar es expresión de alegría y, si nos jijamos más detenidamente, cantar es
expresión de amor. De modo que quien ha aprendido a amar la vida nueva sabe cantar el cántico nuevo. De
modo que el cántico nuevo nos hace pensar en lo que es la vida nueva. El hombre nuevo, el cántico nuevo, el
Testamento nuevo: todo pertenece al mismo y único reino. Por esto, el hombre nuevo cantará el cántico nuevo,
porque pertenece al Testamento nuevo Todo hombre ama; nadie hay que no ame; pero hay que preguntar qué
es lo que ama. No se nos invita a no amar, sino a que elijamos lo que hemos de amar. ¿Pero, ¿cómo vamos a
elegir si no somos primero elegidos, y cómo vamos a amar si no nos aman primero? Oíd al apóstol Juan:
Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Trata de averiguar de dónde le viene al hombre poder
amar a Dios, y no encuentra otra razón sino porque Dios le amó primero. Se entregó a sí mismo para que le
amáramos y con ello nos dio la posibilidad y el motivo de amarle. Escuchad al apóstol Pablo que nos habla con
toda claridad de la raíz de nuestro amor: El amor de Dios -dice- ha sido derramado en nuestros corazones. Y,
¿de quién proviene este amor? ¿De nosotros tal vez? Ciertam ente no proviene de nosotros. Pues, ¿de quién?
Del Espíritu Santo que se nos ha dado. Por tanto, teniendo una gran confianza, amemos a Dios en virtud del
mismo don que Dios nos ha dado. Oíd a Juan que dice más claramente aún: Dios es amor, y quien permanece
en el amor permanece en Dios, y Dios en él. No basta con decir: El amor es de Dios. ¿Quién de vosotros sería
capaz de decir: Dios es amor? Y lo dijo quien sabia lo que se traía entre manos. Dios se nos ofrece como objeto
total y nos dice: «Amadme, y me poseeréis, porque no os será posible amarme si antes no me poseéis.» ¡Oh,
hermanos e hijos, vosotros que sois brotes de la Iglesia universal, semilla santa del reino eterno, los
regenerados y nacidos en Cristo! Oídme: Cantad por mí al Señor un cántico nuevo. «Ya estamos cantando»,
decísd Cantáis, sí, cantáis. Ya os oigo. Pero procurad que vuestra vida no dé testimonio contra lo que vuestra
lengua canta. Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad con
vuestras costumbres: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Preguntáis qué es lo que vais a cantar de aquel a
quien amáis? Porque sin duda queréis cantar en honor de aquel a quien amáis preguntáis qué alabanzas vais a
cantar de él. Ya lo habéis oído: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Preguntáis qué alabanzas debéis cantar?
Resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. La alabanza del canto reside en el mismo cantor. ¿Queréis
rendir alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar. Vosotros mismos seréis su alabanza,
si vivís santamente.

6. PEDRO-JUAN/AG JUAN-PEDRO/AG DISCIPULO-AMADO /Jn/13/23 /Jn/19/26 /Jn/20/02 /Jn/21/07/20

Pedro es mejor, Juan más feliz De los Tratados sobre el Evangelio de Juan (In Io. Ev. Tract. 124, 4)

Y entre estos dos apóstoles, Pedro y Juan, ¿quién no se mueve a preguntar por qué el Señor amó más a Juan,
habiendo sido más amado por Pedro? Pues en todos los lugares en que san Juan se menciona sin expresar su
nombre, para darse a entender dice que le amaba Jesús, como si él solo fuera amado, para distinguirle por esta
señal de los otros, a quienes sin duda amaba, ¿qué quiere decir con esto sino que era el más amado? [...] Sin
embargo, si nos proponemos indagar cuál de los dos era mejor, el que amaba más o el que amaba menos a
Cristo, ¿quién dudará en contestar que el que más amaba? Y si preguntamos cuál de los dos era mejor, el que
es más o el que es menos amado por Cristo, no dudaremos afirmar que el que más amado por Cristo. En la
primera de las comparaciones propuestas, Pedro es antepuesto a Juan; mas en la segunda Juan aventaja a
Pedro. Por eso propongo una tercera: ¿cuál de los dos es el mejor, el que ama menos a Cristo que su
condiscípulo, pero es más amado de Cristo, o el que ama más a Cristo, pero es menos amado por Cristo? Aquí
se detiene la respuesta y crece la dificultad. Por mi parte, con facilidad daría esta respuesta: que es mejor el
que más ama a Cristo, y más feliz el que es más amado por Cristo [Quantum autem ipse sapio, meliorem qui
plus diligit Christum, feliciorem vero quem plus diligit Christus, facile responderem].

6
FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
(Santo Tomás de Aquino)

SAN AGUSTÍN (354 - 430): CONFESIONES


El gran protagonista de las Confesiones es Dios. La obra está escrita como continua oración de San Agustín a
Dios, en la cual el santo reconoce su pecados y la gran obra que Dios realizó en su vida convirtiéndolo a la fe
católica. La finalidad principal no es "confesarse", sino confesar a Dios, es decir, reconocerlo y alabarlo por su
bondad infinita.

"Recibid, Señor, el sacrificio de mis Confesiones que os ofrece mi lengua, que Vos mismo habéis formado y
movido para que confiese y bendiga vuestro santo nombre" (Conf. 5, 1).

Desde su situación actual de cristiano fervoroso, sacerdote y Obispo, el santo interpreta toda su vida pasada
como un camino providencial, por el cual Dios lo fue conduciendo hacia la verdad.

Angustiado desde joven por el problema de la verdad y la búsqueda de la sabiduría, enredado en los accesos
pasionales de un temperamento ardiente, y en los ímpetus soberbios y orgullosos de una inteligencia genial,
Agustín experimentó su radical incapacidad para autoliberarse, y la benéfica influencia de la gracia de Dios, que
misericordiosamente obró en su vida lo que él no había podido realizar con todo su esfuerzo y todo su genio: la
solución teórica del enigma de la existencia y la liberación práctica de sus ataduras morales.

"Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti" (Conf. 1,1,1).

Esta frase sintetiza la trayectoria espiritual de San Agustín tal como se expresa en las Confesiones. Nativo del
norte de Africa, ciudadano del Imperio Romano, hijo de padre pagano y madre cristiana, estudiante y luego
profesor de Retórica, las pasiones de la adolescencia lo ponen en conflicto con la moral cristiana. Pero la
lectura del "Hortensio", diálogo hoy perdido en el que Cicerón exhorta a los jóvenes a buscar la sabiduría,
marca el comienzo de la vocación filosófica de San Agustín, que sin embargo no buscará en el catolicismo la
deseada verdad, sino en la secta de los Maniqueos, luego de que la Escritura bíblica le parece burda y grosera
comparada con el elegante estilo de Cicerón.

Aquellos eran seguidores de Mani, un profeta persa que había intentado sintetizar en una sola religión el
cristianismo, el zoroastrismo, y el budismo. De la religión de Zoroastro, Mani había tomado la idea de los dos
principios o dos dioses, el espiritual, principio del bien, y el material, principio del mal . Todo lo material era
intrínsecamente malo, hasta el matrimonio y la familia, y la procreación era mayor pecado que el adulterio. Los
maniqueos identificaban al "dios malo" con el Jehová del Antiguo Testamento, Creador del mundo material, y lo
distinguían del Dios Padre de Jesucristo, el Salvador. Sobre esta base atacaban a la Iglesia Católica, pues
además no podían admitir el dogma central de la Encarnación del Verbo de Dios, dada su concepción de la
maldad radical de la materia.

En su crítica a la Iglesia, hacían hincapié en todos los aspectos menos comprensibles del A.T.: sus rasgos de
crueldad, las imperfecciones morales de los Patriarcas, etc. Atrajeron además a Agustín con una promesa de
corte racionalista: si se iba con ellos, no iba a tener que creer nada, sino que todo le sería claramente
demostrado.

Por aquel tiempo, Agustín vivía en concubinato con una mujer que le había dado un hijo, y a la cual fue fiel por
muchos años.

Convertido al maniqueísmo, participó de la acción proselitista de la secta apartando, con su elocuencia y su


saber, a muchos de sus amigos de la Iglesia Católica.

Mientras, su madre Mónica no cesaba de orar y llorar día y noche por su conversión.

Una vez dentro del maniqueísmo, Agustín se entregó con ardor al estudio de las doctrinas de la secta, con el fin
de satisfacer su ansia de conocer la verdad. Sobre todo le inquietaba el problema del mal: ¿de dónde viene?

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Pero poco a poco fue comprobando que la prometida demostración clara e indudable no llegaba, y que en su
lugar se pretendía calmarlo con groseras fábulas. La conducta de los maniqueos principales en la secta
tampoco lo satisfizo. Puso toda su esperanza en la llegada prometida de Fausto, uno de los más notables
doctores del maniqueísmo. Cuando al fin pudo hablar con él, éste desistió francamente de intentar siquiera
resolver las dificultades que le proponía Agustín, reconociendo su ignorancia de estos temas. Éste fue el fin de
la fe maniquea de Agustín, y el comienzo de un período en el que sufre la tentación escéptica: tal vez la verdad
no se encuentra al alcance de los hombres.

Movido por el deseo de mejorar su carrera de profesor de retórica, se embarca para Roma, sin saberlo su
madre, y de allí, se va para Milán, donde es obispo el gran San Ambrosio, famoso también por su dominio de la
elocuencia. San Agustín comienza a asistir a sus predicaciones con un interés puramente profesional de
retórico, pero poco a poco, junto con la admirada forma de los discursos de Ambrosio, va poniendo atención
también en el contenido. Ambrosio practica la exégesis espiritual y simbólica del A.T.: los pasajes chocantes
para la sensibilidad cristiana son interpretados como conteniendo un mensaje espiritual de tipo simbólico, que
debe ser hallado más allá del sentido literal. Agustín comienza a ver que es posible defender inteligentemente el
A. T. , y con él, la fe católica toda, y que existe respuesta para los argumentos de los maniqueos.

Por ese tiempo llegan también a su poder algunas obras de autores neoplatónicos, traducidas del griego al
latín. En estos herederos de Platón , San Agustín descubre por primera vez en su vida la posibilidad de pensar
filosóficamente el mundo espiritual. La dialéctica platónica que permite a la inteligencia elevarse de los datos
sensibles y cambiantes de la experiencia a las realidades absolutas e inmutables de orden inteligible devuelve a
Agustín la confianza en la existencia de la verdad y la posibilidad de conocerla por parte del hombre. El carácter
absoluto del Uno neoplatónico, identificado por San Agustín con el Dios cristiano, le muestra la absurdidad del
dualismo maniqueo de los dos principios. El problema del mal, finalmente, le aparece bajo una nueva luz: el mal
no es un ser creado por Dios, lo que sería absurdo, ni un ser independiente de Dios, lo que sería más absurdo
todavía, sino que el mal es un no - ser, una carencia del ser que algo debería tener en virtud de su naturaleza.
No hace falta recurrir a la noción contradictoria de un dios - malo para explicar el origen de lo que no necesita
origen, desde que no tiene ser positivo. Todo eso lo deriva San Agustín del axioma neoplatónico: "ens est
bonum", el ser es bueno, que coincide con la afirmación del Génesis según la cual Dios vio que todo lo que
había creado era bueno.

Sin embargo, San Agustín reconoce que entre tantas cosas buenas que encontró en "los libros de los
platónicos", faltaba algo que hizo que no pudiera adherirse a ellos sin reserva, y es que no nombraban a
Jesucristo, ni sabían o reconocían que ese Verbo (Logos) cuya eternidad y estabilidad pintaban tan bien, se
había hecho hombre para salvarnos.

Vuelve entonces a leer la Escritura, y descubre un sentido muy diferente de aquel que tanto le había chocado
en su inexperta mocedad. Con el tiempo llegará a ser uno de los más grandes comentaristas bíblicos de todas
las épocas.

San Agustín está al borde la conversión definitiva, pero aún lo retiene la cadena más pesada: no la dificultad
teórica, sino la práctica, de orden moral. Acostumbrado a vivir en forma ilícita con su mujer, no se siente con
fuerzas para abrazar la moral cristiana. Por intervención de su madre, es separado de aquella con la que había
compartido tantos años, y con la que aparentemente no podía casarse por impedimentos jurídicos nacidos de
su diferente posición social. Ella se retira a un monasterio en alguna parte de Africa.

Su madre alimenta planes de casarlo con una joven de su conocimiento, pero Agustín, sin poder esperar, se
consigue una segunda concubina.

En estas situaciones va fluctuando entre el deseo de conversión y el apego a su actual forma de vida, hasta que
un día oye a algunos amigos cristianos narrar la historia de los Padres del desierto, es decir, los primeros
monjes, cristianos que precisamente por aquellos tiempos han dejado todo para irse a las soledades de Egipto
o Siria, y entregarse allí a la oración y la penitencia, en una vida de auténtica santidad . El relato termina con la
noticia de algunos miembros de la corte imperial que han adoptado, en las afueras de la ciudad, ese mismo
estilo de vida, renunciando a los honores mundanos.

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Este relato provoca la crisis definitiva en Agustín.

"...turbado así en el espíritu como en el rostro, dirigiéndome a Alipio exclamé: "¿Qué es lo que nos pasa? ¿Qué
es esto que has oído? Se levantan los ignorantes y arrebatan el cielo, y nosotros, con todo nuestro saber, faltos
de corazón, he aquí que nos revolcamos en la carne y en la sangre. ¿Acaso nos da vergüenza seguirles por
habernos precedido, y no nos la da siquiera el no seguirles?". (Conf. 8, 8, 19).

Encolerizado consigo mismo, se retira a un jardín cercano donde rompe a llorar y a gemir suplicando a Dios que
se digne concederle la gracia de la conversión. En medio de sus lamentos, escucha una voz en el jardín
cercano que le dice: "Toma y lee". Abriendo el Nuevo Testamento que llevaba consigo, encuentra el pasaje de
la carta de San Pablo : " Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades
y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus
concupiscencias." (Rom. 13, 13 -14).

"No quise leer más adelante, ni tampoco era menester, porque luego que acabé de leer esta sentencia, como si
se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima, se disiparon enteramente todas las tinieblas de
mis dudas" (Conf. 8, 12, 29).

San Agustín acaba de experimentar personalmente en su vida la acción sobrenatural de la gracia de Dios.
Cuando años más adelante el monje inglés Pelagio comience a predicar una doctrina herética que hace a la
gracia innecesaria para la salvación del hombre, será San Agustín el encargado de capitanear la lucha contra la
herejía, lo que le valdrá para los siglos posteriores el título de "Doctor de la Gracia".

Junto con su amigo Alipio, que lo acompaña, van a dar a su madre Mónica la buena noticia. Agustín ya ni
siquiera piensa en casarse, sino que será célibe como los monjes cuya historia lo ha impresionado tanto.

Reflexionando luego sobre estos episodios, San Agustín formula la conclusión general de su búsqueda de la
sabiduría. Engañado por el racionalismo de los maniqueos, había adoptado el lema "Entender para creer"
(Intelligo ut credam), entendido en el sentido del rechazo de la fe a favor de la sola evidencia. Este método,
lejos de llevarlo a la solución de sus dudas, lo había dejado a las puertas del escepticismo, tras el fracaso de la
experiencia maniquea.

Tras la experiencia de la conversión, y ante la luz que la fe cristiana ha arrojado sobre los mismos problemas
que antes le parecían insolubles, formula el método correcto: "Creer para entender" (Credo ut intelligam). El
hombre no puede salvarse a sí mismo, tampoco a nivel intelectual: ha de comenzar por la fe en la autoridad de
la Palabra de Dios, para que, sanada su inteligencia de los errores y su corazón del orgullo y la soberbia, pueda
luego ejercitar su razón en la búsqueda de la verdad con la guía constante de la verdad revelada. Más aún, la
conversión al Dios de Jesucristo libera al hombre de las ataduras del pecado y lo deja libre para encaminarse
sin temor al encuentro de la verdad sobre Dios y sobre él mismo: San Agustín sabe por experiencia propia que
los mayores obstáculos en el camino hacia la verdad no son de orden teórico, sino práctico, es decir, de orden
moral.

Pero esa fe no es un salto en el vacío, un comienzo totalmente irracional, sino que para ser digna del hombre
ha de ser razonable, es decir, ha de estar apoyada en motivos sólidos de credibilidad, que San Agustín
desarrolla largamente en muchas de sus obras posteriores a su conversión: las profecías del Antiguo
Testamento que se realizan en Jesucristo, sus milagros, su doctrina, su incomparable personalidad, su
Resurrección de entre los muertos, y la maravillosa expansión de la fe cristiana por todo el mundo conocido
entonces (San Agustín escribe tras la reciente conversión del Imperio Romano a esa religión cristiana que había
perseguido por más de dos siglos), tal como estaba también profetizado en el Antiguo Testamento.

Así San Agustín termina por redondear su principio metodológico: "Entiende para creer, cree para entender".

En este ejercicio infatigable de la razón a la luz de la fe, San Agustín ha sido por siglos, hasta Santo Tomás de
Aquino en el siglo XIII, el más grande de los pensadores cristianos, y es uno de los más grandes de toda la
historia de la Humanidad. Nadie como él ha pintado la inquietud humana en pos de lo verdadero, dotado como
estaba a la vez de una inteligencia muy grande, y de un corazón más grande todavía.

"Pero, ¿qué es lo que yo amo cuando os amo? No es hermosura corpórea, ni bondad transitoria, ni luz material
agradable a estos ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores,

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ungüentos o aromas; no la dulzura del maná, o la miel, ni finalmente deleite alguno que pertenezca al tacto o a
otros sentidos del cuerpo.

Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios; y no obstante eso, amo una cierta luz, una cierta armonía,
una cierta fragancia, un cierto manjar y un cierto deleite cuando amo a mi Dios, que es luz, melodía, fragancia,
alimento y deleite de mi alma. Resplandece entonces en mi alma una luz que no ocupa lugar; se percibe un
sonido que no lo arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no la esparce el aire, se recibe gusto de un
manjar que no se consume comiéndose; y se posee tan estrechamente un bien tan delicioso, que por más que
se goce y se sacie el deseo, nunca puede dejarse por fastidio. Pues todo esto es lo que amo, cuando amo a mi
Dios.

Pero, ¿qué viene a ser esto? Yo pregunté a la tierra, y respondió: No soy eso; y cuantas cosas se contienen en
la tierra me respondieron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos, y a todos los animales que viven en las
aguas, y respondieron: No somos tu Dios, búscale más arriba de nosotros. Pregunté al aire que respiramos y
respondió todo él con los que le habitan: Anaxímenes se engaña porque no soy tu Dios. Pregunté al cielo, al
sol, la luna y las estrellas, y me dijeron: Tampoco somos nosotros ese Dios que buscas. Entonces dije a todas
las cosas que por todas partes rodean mis sentidos: Ya que todas vosotras me habéis dicho que no sois mi
Dios, decidme por lo menos algo de Él. Y con una gran voz clamaron todas: Él es el que nos ha hecho.

Estas preguntas que digo haber hecho a todas las criaturas, era sólo mirarlas yo atentamente y contemplarlas,
y las respuestas que digo me daban ellas, era sólo presentárseme todas con la hermosura y orden que tienen
en sí mismas." (Conf. 10, 6).

"Tarde te amé, Dios mío, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mi alma, y yo
distraído fuera, y allí mismo te buscaba; y perdiendo la hermosura de mi alma, me dejaba llevar de estas
hermosas creaturas exteriores que Tú has creado. De donde infiero, que Tú estabas conmigo, y yo no estaba
contigo; y me alejaban y tenían muy apartado de Ti aquellas mismas cosas que no tendrían ser, si no
estuvieran en Ti. Pero Tú me llamaste y diste tales voces a mi alma, que cedió a tus voces mi sordera. Brilló
tanto tu luz, fue tan grande tu resplandor, que ahuyentó mi ceguera. Hiciste que llegase hasta mí tu fragancia, y
tomando aliento respiré con ella, y suspiro y anhelo ya por Ti. Me diste a gustar tu dulzura, y ha excitado en mi
alma un hambre y sed muy viva. En fin, Señor, me tocaste y me encendí en deseos de abrazarte." (Conf. 10,
27, 38).

"Amor meus, pondus meus". Para San Agustín, el amor es el peso (pondus) del corazón, que lo hace inclinarse
en un sentido o en otro. El objeto tras el que corre el amor es siempre el bien, no en sentido moral, sino en
sentido ontológico: lo bueno en general. La meta última de esa tendencia amorosa del hombre es la felicidad,
es decir, la posesión del Bien Supremo, que es Dios mismo. "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está
inquieto, hasta que descanse en Ti". Todos están de acuerdo en que quieren ser felices. Pero no están de
acuerdo acerca de en qué consiste la felicidad: en los honores, los placeres, las riquezas, el poder, la fama, en
Dios...San Agustín enseña que el amor de suyo es neutro, y que puede ser bueno o malo según sea ordenado
o desordenado ("Ordo amoris"). Y es ordenado o desordenado según se pliegue o no a las exigencias objetivas
del orden real, ontológico de los bienes. Este orden consiste en la primacía absoluta de Dios, Bien Supremo,
sobre todos los otros bienes, finitos y limitados. Es ordenado, entonces, el amor que ama Dios por sobre todas
las cosas, y por Él mismo, y a todo lo demás, en Dios, por Dios, según Dios, y por tanto, de acuerdo con su Ley.

Es desordenado el amor que coloca por encima de Dios algún bien creado, al amarlo fuera o en contra de la ley
de Dios.

Pero el que ama con amor ordenado, y sólo él, tiene a la ley divina interiorizada en su corazón, grabada de tal
manera que para él, y sólo para él, vale la famosa fórmula agustiniana: "Ama y haz lo que quieras" (Dilige, et
quod vis, fac).

Y de esta filosofía y teología del amor San Agustín hace el eje de su filosofía y teología de la historia, cuando en
la "Ciudad de Dios", una de sus obras más geniales, presenta toda la historia de la humanidad como la historia
de la lucha entre dos ciudades, la Ciudad de Dios y la ciudad del mundo, y a esas dos ciudades como
constituídas fundamentalmente por dos amores:

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"Dos amores hicieron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hizo la ciudad del mundo;
el amor de Dios, hasta el desprecio de sí mismo, hizo la Ciudad de Dios". (Ciudad de Dios, libro XIV, cap.
XXVIII).

Sin la gracia de Dios, el amor humano necesariamente termina curvándose ilícitamente sobre las criaturas, bajo
el peso de la herencia de Adán. Para San Agustín, es la muerte de Jesucristo, Hijo de Dios, en la cruz, la que,
abriendo para los hombres las compuertas de la gracia celestial, potencia el amor humano por encima de sus
mismos límites creaturales, haciéndolo participar, en la fe y en la esperanza, de la Caridad divina. Porque "Dios
es Amor" (1 Jn. 4, 8).

Viernes Santo, Pasión y Muerte del Señor Jesús


Jn. 18, 1-2 | 3-9 | 10-11 | 12-14 | 15-18 | 19-21

Jn. 18, 1-2


Cuando Jesús hubo dicho estas cosas, salió con sus discípulos de la otra parte del arroyo de Cedrón, en donde
había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Y Judas, que lo entregaba, sabía también aquel lugar,
porque muchas veces concurría allí Jesús con sus discípulos. (vv. 1-2)

San Agustín, in Ioannem, tract., 112.


Terminado el sermón que el Señor había dirigido a sus discípulos después de la cena, y la oración elevada al
Padre, empieza el evangelista San Juan la historia de su pasión, en estos términos: "Habiendo dicho esto, salió
con sus discípulos hacia la otra parte del torrente", etc. No sucedió esto en seguida de concluida la oración, sino
que mediaron otras cosas que omitió y se leen en los otros evangelistas.

San Agustín, De cons. evang. 3, 3.


Se suscitó entre ellos una contienda sobre quién era el mayor, según dice San Lucas (22,24), y añade que el
Señor dijo a Pedro: "He aquí que Satanás os ha solicitado para cribaros como el trigo" (Lc 22,31), etc. Y, según
San Mateo (26,30) y San Marcos (14,26), después de rezado el Himno salieron para el Monte de los Olivos. Y
continuando su relación San Mateo, dijo: "Entonces fue el Señor con ellos a una granja llamada Gethsemaní",
(Mt 26,36). Este es el lugar de que habla San Juan, donde había un huerto, en el que entró Jesús con sus
discípulos.

San Agustín, ut supra.


Las palabras después de haber dicho esto, son para que no pensemos que la entrada en el huerto fue antes.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82.


Pues ¿por qué no dice que cesando en su oración fue al huerto? Porque aquella oración fue pronunciada para
los discípulos. Fue, pues, de noche, y pasó el río, y se apresuró a ir al sitio conocido por el traidor, ahorrando a
sus enemigos el trabajo, y mostrando a sus discípulos que va voluntariamente.

Alcuino.
Dice "a la otra parte del arroyo de Cedrón"; esto es, a la otra parte del torrente de los cedros, pues es genitivo
del griego cedran. Pasó el torrente, el que se encuentra en el camino del torrente de su pasión, y bebió en el
camino en donde estaba el huerto, para borrar en un huerto el pecado que en el huerto había sido cometido,
pues la palabra paraíso significa huerto de delicias.

Crisóstomo, ut supra.
Pero para que no pienses al nombrar el huerto que era para esconderse, añadió: "Pues Judas, que le
entregaba, conocía el lugar, porque Jesús lo frecuentaba con sus discípulos".

San Agustín, ut supra.


Con profunda sabiduría del Padre de los hijos, fue allí tolerado el lobo que, cubierto con piel de oveja, aprendió
entre ellos el lugar donde, dada la ocasión, dispersaría el pequeño rebaño acometiendo insidiosamente al
pastor.

Crisóstomo, ut supra.
Muchas veces había concurrido allí Jesús con sus discípulos, para comunicarles secretos que no debían saber
los demás. Esto lo hizo en los montes y en los huertos, buscando siempre lugar apartado de la muchedumbre,

11
para que el alma no se distrajera de lo que oía. Allí, pues, fue Judas, pues era donde Jesús pasaba muchas
noches, así como hubiera ido a su domicilio, si hubiera creído encontrarle durmiendo.

Teofilacto.
Sabía Judas que el Señor acostumbraba enseñar a sus discípulos algo sublime y misterioso en los días festivos
y en tales lugares y, por cuanto aquellos eran días solemnes, creyó que estaría allí para preparar a sus
discípulos a celebrarlos.

Jn 18,3-9
Judas, pues, habiendo tomado una cohorte y los alguaciles de los Pontífices y de los fariseos, vino allí con
linternas y con hachas y con armas. Mas Jesús, sabiendo todas las cosas que habían de venir sobre El, se
adelantó y les dijo: "¿A quién buscáis?" Le respondieron: "A Jesús Nazareno". Jesús les dice: "Yo soy". Y
Judas, aquel que lo entregaba, estaba también con ellos. Luego, pues, que les dijo yo soy, volvieron atrás y
cayeron en tierra. Mas El les volvió a preguntar: "¿A quién buscáis?" Y ellos dijeron: "A Jesús Nazareno".
Respondió Jesús: "Os he dicho que yo soy, pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos". Para que se cumpliese la
palabra que dijo: De los que me diste, a ninguno de ellos perdí. (vv. 3-9)

Glosa.
Había demostrado el Evangelista el modo como Judas pudo dar con el sitio donde estaba Cristo; ahora explica
cómo llegó, diciendo: "Judas, pues, habiendo tomado una cohorte y los subalternos de los Pontífices", etc.

San Agustín, in Ioannem, tract., 112.


La cohorte no fue de judíos, sino de soldados. Entiéndase que la recibió del Procónsul para prender al culpable,
observando el procedimiento de autoridad legítima, a fin de que nadie osara hacer resistencia, a pesar de ser
tanta y tan bien armada la gente que iba, que asustaba y acobardaba la idea de que alguno se atreviera a
defender a Cristo.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82.


¡Pero de qué modo se ganaron a los soldados con dinero, que iban dispuestos a todo!

Teofilacto.
Llevaban haces y linternas, por si Cristo se escapaba ocultándose en la oscuridad.

Crisóstomo, ut supra.
Muchas veces habían enviado, en otras ocasiones, a prenderlo, pero no lo consiguieron. De donde claramente
se ve que en aquella se entregó espontáneamente. Por eso dice: "Jesús, pues, sabiendo todo lo que iba a venir
sobre El, se adelantó y les dijo: "¿A quién buscáis?"

Teofilacto.
No pregunta para querer saber (pues perfectamente conocía todo lo que le iba a suceder), pero queriendo
manifestar que, aun estando presente, no podía ser visto ni distinguido por ellos; "Díjoles el Señor: Yo soy".

Crisóstomo, ut supra.
Estando en medio de ellos, cegó sus ojos. Y para manifestar que no fue por causa de la oscuridad, indica el
Evangelista que llevaban luces. Si, pues, no las llevaran, habían de conocerle al menos por la voz. Y si Judas,
que siempre había estado con El, no le conocía, tampoco le hubieran conocido ellos; por esto añade: "Estaba
también Judas", etc. Hizo esto el Señor para manifestar que, no sólo no le hubieran podido prender, pero que ni
aun le hubieran visto estando en medio de ellos, si El no lo hubiera permitido; por esto dice: "En cuanto les dijo:
yo soy, retrocedieron", etc.

San Agustín, ut supra.


¿Dónde está la cohorte de soldados? ¿Dónde está el terror y el aparato de las armas? Una voz rechazó, hirió y
derribó a tan gran turba, enfurecida de odio y temible por las armas, sin disparar una saeta. Es que Dios se
ocultaba bajo la carne, y el eterno día de tal modo se escondía en los miembros humanos, que era buscado por
las tinieblas con la luz de las linternas y de los haces para distinguirle. ¿Qué hará como Juez el que como reo
así obra? Ahora, por medio del Evangelio, hace resonar por todas partes esta palabra: "Yo soy", dice Cristo, y
los judíos esperan al anticristo, para volverse atrás y caer en tierra, porque los que abandonan el cielo desean
la tierra.

12
San Gregorio, super Ezech. hom 9.
¿Por qué razón los elegidos caen de cara y los réprobos de espalda, sino porque el que cae de espalda no ve a
dónde cae, al paso que el que cae de frente ve dónde cae? Por eso los malvados, que caen en las cosas
invisibles, caen de espaldas, porque caen en donde no pueden ver lo que les viene detrás, mientras que los
justos, que se abniegan a sí mismos y a las cosas visibles para levantarse por medio de las invisibles, caen
como de cara, porque, arrepentidos por el temor, se reconcentran y humillan.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83.


Nadie diga que el Señor mismo indujo a los judíos a que le matasen, entregándose El mismo en sus manos;
pues claramente les demostró lo que bastaba para que ellos desistiesen. Pero por cuanto permanecían en su
malicia, y no tenían excusa, entonces se entregó El mismo en sus manos. Por eso, "Volvió, pues, a
preguntarles, ¿a quién buscáis? pero ellos", etc.

San Agustín, in Ioannem, tract., 112.


Ya habían oído primero, yo soy, pero no habían comprendido que el que pudo todo lo que quiso, no quiso esto.
Pero si nunca hubiera permitido el ser prendido por ellos, no habrían llevado a cabo aquello por lo que venían,
ni El hubiera hecho aquello por lo que había venido y, por tanto, después de haber mostrado su poder a los ojos
de los que querían y no podían prenderle, se deja prender para hacerles cumplir inconscientes su voluntad. Y
sigue: "Si, pues, me buscáis a mí, dejad ir a éstos".

Crisóstomo, ut supra.
Como si dijera: "Si me buscáis a mí, nada tenéis que ver con éstos; he aquí que yo mismo me entrego",
demostrando así la consecuencia de su amor a los suyos, hasta la última hora.

San Agustín, ut supra.


Esto manda a sus enemigos, y hacen esto que manda; les permite que se vayan aquellos que El no quiere que
perezcan.

Crisóstomo, ut supra.
Para demostrar el Evangelista que esto no fue efecto de la voluntad de ellos, sino del poder del que era
prendido, añade: "Para que se cumpliese la palabra que dijo: Porque no perdí a los que me diste", etc. Esta
perdición no se refería a la muerte natural, sino a la eterna, pero el Evangelista la entendió de la muerte
presente.

San Agustín, ut supra.


¿Acaso no habían de morir después? ¿Cómo entender que los perdería si entonces morían, sino porque aún no
creían en El como creen los que se salvan?

Jn 18,10-11
Mas Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó: e hirió a un siervo del Pontífice; y le cortó la oreja derecha. Y
el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: "Mete tu espada en la vaina. ¿El cáliz que me ha dado
el Padre, no le tengo de beber?" (vv. 10-11)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82.


Confiando Pedro en la palabra que había dicho el Señor sobre lo que había de suceder, se arma contra los que
habían venido. Por eso dice: "Teniendo, pues, Simón Pedro una espada", etc. ¿Cómo, pues, el que había
recibido orden de no tener bolsa ni dos túnicas, tiene espada? Me parece que él venía preparado temiendo los
acontecimientos próximos.

Teofilacto.
O bien, porque necesitando la espada para el sacrificio del cordero, la llevaba aun después de la cena.

Crisóstomo, ut supra.
Pero ¿cómo el que tenía orden de no devolver una bofetada, es homicida? Porque tenía el mandato principal de
no vengarse; pero aquí no se vengaba sino que defendía al Maestro. Además, aun no eran perfectos, y si no,
verás después cómo Pedro es azotado y lo lleva con humildad. No sin causa, añade después: "Y le cortó la
oreja derecha". Paréceme que esto quiere significar la impetuosidad del apóstol, porque él tiraba a la cabeza.

13
San Agustín, in Ioannem, tract., 112.
Sólo este Evangelista expresa el nombre de este criado, cuando dice: "El nombre de este siervo era Malcho",
así como sólo San Lucas expresa que el Señor le tocó la oreja y le curó.

Crisóstomo, ut supra.
Entonces hizo este milagro para enseñarnos que conviene hacer bien a los que nos hacen mal, revelando al
mismo tiempo su poder. Pero el Evangelista citó el nombre para que los que leyeren pudiesen averiguar si
verdaderamente sucedió esto. Y dice que era criado del Sumo Pontífice, porque es notable el hecho, no sólo
porque le curó, sino porque hizo la cura en favor de aquel que había venido a prenderle, y poco después le
había de abofetear.

San Agustín, ut supra.


El nombre de Malcho quiere decir que ha de reinar1. ¿Qué significa, pues, esta oreja amputada en la defensa
del Señor y por el Señor curada, sino que cortado el oído del hombre viejo se ha renovado en el espíritu y no en
la vetustez de la letra? El que haya recibido de Cristo, ¿quién duda que ha de reinar con Cristo? El que fuese
criado revela aquella antigüedad que engendra la esclavitud, así como su curación es figura de la libertad.

Teofilacto.
También la amputación de la oreja derecha del siervo del Príncipe de los Sacerdotes era signo de la sordera de
éstos, que había invadido principalmente a los Príncipes de los Sacerdotes, pero su curación significa la
sumisión de la inteligencia que rendirán los Israelitas a la venida de Elías.

San Agustín, ut supra.


El Señor reprobó el hecho de Pedro, y prohibió su repetición en lo sucesivo, y por eso dijo, pues, Jesús: "Vuelve
tu espada a la vaina"; lo dijo amonestándole a la paciencia, y para que esto quedara escrito.

Crisóstomo, ut supra.
Al mismo tiempo que le contuvo con la reprensión, como refiere San Mateo, por otra parte le consolaba
diciendo: "¿No quieres que beba el cáliz que me dio mi Padre?" Manifestando que lo que sucedía no era efecto
del poder de los judíos sino de su permisión, y que lejos de ser contrario a Dios, era obediente hasta la muerte.

Teofilacto.
En lo que dice El mismo de su cáliz, revela cuán grata y aceptable le parecía la muerte por la salvación de los
hombres.

San Agustín, ut supra.


En cuanto a lo que dice que es el Padre quien le ha dado el cáliz de la pasión, es lo que dice el Apóstol: "No
perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Rom 8,32). Pero el Autor de este cáliz es el
mismo que lo bebe, por lo que dice el Apóstol: "Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros" (Ef 5,2).

Jn 18,12-14
La cohorte, pues, y el tribuno, y los ministros de los judíos, prendieron a Jesús, y lo ataron. Y lo llevaron primero
a Anás, porque era suegro de Caifás, el cual era el Pontífice de aquel año. Y Caifás era el que había dado el
consejo a los judíos: Que convenía que muriese un hombre por el pueblo. (vv. 12-14)

Teofilacto.
Después de hecho cuanto bastaba para contener a los judíos, como ellos de ningún modo entraran en razón,
entonces permitió ser llevado; y por esto dice: "La cohorte, pues, y el tribuno, y los ministros", etc.

San Agustín, in Ioannem, tract., 112.


Prendieron, pues, al que no se acercaron, ni entendieron, ni oyeron aquello: "Acercáos a El y seréis iluminados"
(Sal 33,6), porque si se acercasen de corazón, lo tomarían en palmas no para matarle, sino para recibirle; pero
del modo que le prendieron se apartaron más lejos de El. Sigue: Y ataron a Aquel por quien más bien debieron
querer ser desatados; y tal vez estaban con ellos los que libertados después por El dijeron: "Desataste mis
ataduras" (Sal 115,16). Después que los aprensores por la traición de Judas ataron al Señor, para que se
entienda que Judas no es digno de alabanza por la utilidad de esta traición, sino punible por la espontaneidad
del crimen, dice: "Y le llevaron primero a casa de Anás", etc.

14
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82.
Gozaban, pues, y se gloriaban en lo que hacían, llevándolo como en trofeo.

San Agustín, in Ioannem, tract., 113.


Ni calla el motivo por qué esto se hizo así, añadiendo: "Pues era suegro de Caifás", etc. Con razón, queriendo
San Mateo contar esto con más brevedad, dice que fue conducido a Caifás, porque si fue llevado primero a
Anás, su suegro, es para que se entienda que así lo quiso Caifás.

Beda.
A fin de que siendo condenado por otro juez de igual jurisdicción, pareciese menos criminal su sentencia. O tal
vez porque en tal dirección podía estar situada su casa que fuera preciso pasar por ella. O bien por disposición
divina sucedió que los que estaban unidos por parentesco lo estuviesen también por crimen. Pero lo que dice
de ser Pontífice de aquel año, es contrario a la Ley, en la que estaba mandado que no hubiera más que un solo
sumo Pontífice, muerto el cual sucediera su hijo. Pero el pontificado estaba ya corrompido por la ambición.

Alcuino.
Refiere Josefo que este Caifás había comprado el sacerdocio por un año; no es, pues, de extrañar que un
Pontífice inicuo juzgara inicuamente, pues frecuentemente el que llega por avaricia al sacerdocio, se conserva
en él por la injusticia.

Crisóstomo, ut supra.
No se aturda el que oiga hablar de prisiones; recuerde la profecía, de que la muerte de Jesús fue la salvación
del mundo. Así sigue: "Era pues, Caifás quien había aconsejado a los judíos; porque conviene que muera un
hombre por el pueblo"; tanto era, pues, la superabundancia de la verdad, que rebosaba hasta en la boca de los
enemigos.

Jn 18,15-18
Simón Pedro y otro discípulo, seguían a Jesús. Y aquel discípulo era conocido del Pontífice, y entró con Jesús
en el atrio del Pontífice. Mas Pedro estaba fuera a la puerta. Y salió el otro discípulo, que era conocido del
Pontífice, y le dijo a la portera, e hizo entrar a Pedro. Y dijo a Pedro la criada portera: "¿No eres tú también de
los discípulos de este hombre?" Dice él: "No soy". Los criados y los ministros estaban en pie a la lumbre,
porque hacía frío, y se calentaban; y Pedro se estaba también en pie calentándose con ellos. (vv. 15-18)

San Agustín, De cons. evang. 2, 6.


No todos los Evangelistas refieren del mismo modo la negación de Pedro, que es comprendida entre las
afrentas hechas al Señor, pues San Mateo y San Marcos cuentan primero las injurias, y después la tentación de
Pedro; pero San Lucas explica primero las tentaciones de Pedro, y después los ultrajes hechos al Señor. San
Juan empieza a decir sobre la tentación de Pedro: "Seguían a Jesús, Simón Pedro y otro discípulo".

Alcuino.
Seguían al Maestro por devoción, aunque de lejos por el temor.

San Agustín, in Ioannem, tract., 113.


Quién fuese el otro discípulo, puede asegurarse sin temeridad, por el silencio que guarda San Juan, pues
acostumbra a darse a conocer de este modo, y añadiendo: al que amaba Jesús. Y sin duda, pues, es él mismo.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82.


El mismo se oculta por humildad, pues refiere con gran sinceridad el modo cómo en el momento de huir todos él
siguió, y posponiéndose a Pedro, precisado a nombrarse a sí mismo, para dar a conocer la certeza con que
puede asegurar mejor que los otros lo que sucedió en el atrio, porque se hallaba dentro, prescinde de su propia
alabanza, diciendo: "Aquel discípulo era conocido del Pontífice". No da gran importancia a lo que dice de sí,
pero porque había dicho que entró con Jesús solo, a fin de que no se forme de él una elevada idea, añade la
razón. El haber ido Pedro fue un acto de amor; el no haber entrado lo fue de temor. Por lo que sigue: "Pero
Pedro estaba a la puerta fuera".

Alcuino.
Fuera estaba el que había de negar al Señor; y no estaba en Cristo quien no se atrevía a confesarle.

15
Crisóstomo, ut supra.
Mas que Pedro entró en la casa con permiso, lo explica diciendo: "Salió, pues, aquel discípulo y habló a la
portera, e introdujo a Pedro"; pero no fue él quien le introdujo, porque Pedro estaba unido a Cristo y le seguía:
"Dícele la criada portera: ¿por ventura eres tú de los discípulos de este hombre? Dice él: No soy". ¿Qué dices,
oh Pedro? ¿No dijiste antes: Si conviniere daré mi vida por ti (Mt 26,35)? ¿Qué, pues, ha sucedido que no
puedes soportar ni aun la pregunta de una portera? No era soldado el que preguntaba, sino una vil portera. Ni
dijo: Eres discípulo de un seductor, sino de aquel hombre; palabra que es de compasión. Dice, pues: "¿Acaso
también tú?" porque Juan estaba dentro.

San Agustín, ut supra.


¡Pero qué es de admirar si Dios predijo la verdad y el hombre presumió la falsedad! En verdad que en esta
negación de Pedro ya comenzada debemos observar que no sólo niega a Cristo diciendo que no es Cristo, sino
que (se niega) a sí mismo, negando que sea cristiano. El Señor no había dicho a Pedro: Negarás que eres mi
discípulo, sino "me negarás" (Mt 26,34; Lc 22,51). Negó, por tanto, a Cristo cuando negó ser su discípulo. ¿Qué
otra cosa hizo de este modo sino negar que era cristiano? ¡Cuántos, aun niños y doncellas supieron despreciar
la muerte confesando a Cristo después de él, y conquistaron el reino de los cielos! Lo que entonces no pudo
éste que había recibido las llaves de aquel reino, porque se dijo: "Dejad ir a éstos", porque de los que me diste
no perdí a ninguno de ellos. He aquí, pues, a Pedro que si después de haber negado a Cristo marchara de
aquí, sin duda perecería.

Crisóstomo, in Serm. De Petro et Elia.


Es sin duda un secreto, que la Divina Providencia permitió que cayera primero el mismo Pedro, a fin de templar
la dureza de la sentencia para con los pecadores en vista de este caso. Pedro, doctor y maestro de todo el
mundo, pecó y alcanzó el perdón, a fin de que este ejemplo de indulgencia fuese la regla para todos los jueces.
Esta es la razón por la que yo pienso que la potestad sacerdotal no ha sido encomendada a los ángeles, porque
siendo éstos impecables castigarían a los pecadores sin compasión. Por eso se ha constituido sobre los
hombres a otros también pecadores, para que, reconociendo en sí las mismas pasiones que en los otros, se
muestren benignos con ellos.

Teofilacto.
Hay algunos que queriendo atribuir a Pedro una falsa gracia, dicen que éste negó porque quería estar siempre
con Cristo y seguirle; pues conocía que si confesaba ser discípulo de Cristo, le separarían de El y no podría en
adelante seguir y ver al que amaba, y por esta razón fingió ser uno de los ministros, para evitar que,
conociéndole por su tristeza, fuese echado fuera. Por eso dice: "Estaban, pues, en pie los criados y los
ministros alrededor del fuego, porque hacía frío y se calentaban, y Pedro estaba con ellos", etc.

San Agustín, ut supra.


No era invierno, y sin embargo hacía frío, como suele suceder en el equinoccio de verano.

San Gregorio, Moralium 2, 3.


Ya se había enfriado en el corazón de Pedro el calor de la caridad, y renaciendo en él el amor a la vida
presente, como si padeciese la misma enfermedad que los perseguidores, se calentaba.

Jn 18,19-21
El Pontífice, pues, preguntó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina. Jesús le respondió: "Yo
manifiestamente he hablado al mundo; yo siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, a donde
concurren todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Qué me preguntáis a mí? Preguntad a aquellos que
han oído lo que yo les hablé: he aquí éstos saben lo que yo he dicho". (vv. 19-21)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82.


Como no podían imputarle a Cristo ningún crimen, le preguntaron sobre sus discípulos; por lo que se dice: "El
Pontífice, pues, preguntó a Jesús sobre sus discípulos"; tal vez dónde estaban, o cómo los había reunido. Esto
lo decía, queriendo tratarle como sedicioso y acusarle de innovador, sin atender casi a nada más que a sus
discípulos.

Teofilacto.
Sobre su doctrina investiga cuál es; si discrepaba de la Ley de Moisés, o la contradecía, para tomar de aquí
pretexto para condenarle como antagonista de Dios.

16
Alcuino.
No pregunta por amor a conocer la verdad, sino para encontrar motivo de acusación y entregarlo al Pretor
romano para que le condene. Pero el Señor de tal modo atemperó su respuesta, que ni ocultó la verdad, ni
demostró que se defendía. Sigue: "Respondió Jesús: Yo he hablado al mundo manifiestamente; Yo siempre
enseñé en la sinagoga y en el templo", etc.

San Agustín, in Ioannem, tract., 113.


No es de pasar por alto esta cuestión. Si, pues, a sus discípulos no les hablaba claramente, sino que les ofrecía
hora en que les hablaría descubiertamente, ¿cómo ha hablado manifiestamente al mundo? Además, hablaba
mucho más claro a sus discípulos cuando se hallaban separados de las turbas, y entonces les explicaba las
parábolas que presentaba oscuras a los demás. Pero se ha de entender que cuando dijo "He hablado
públicamente", es como si dijera: "Muchos me han oído", aunque interiormente no comprendían. Y cuando
hablaba aparte a sus discípulos, tampoco lo hacía en secreto; porque ¿quién habla secretamente haciéndolo en
público, principalmente si lo dice a pocos para que lo comuniquen a muchos?

Teofilacto.
Recuérdese aquí aquella profecía que dice: "No hablé en secreto ni en lugar tenebroso de la tierra" (Is 45,19).

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82.


O en verdad habló en secreto, pero no como ellos buscaban, tímida y sediciosamente, sino diciendo cosas
sublimes, en presencia de grande auditorio. Queriendo probar sobradamente la verdad de su aserto, añade:
"¿Qué me preguntas? Pregunta a aquellos que me oyeron qué es lo que les he dicho; éstos lo saben". Como
diciendo: Tú me preguntas por los míos; pregunta a mis enemigos, que me preparan acechanzas. Estas
palabras son sólo propias de un hombre que fía en la verdad de su dicho. Este es un irrefutable argumento de
la verdad (una prueba sin réplica) que resulta de la declaración de los enemigos citados por el acusado.

San Agustín, ut supra.


Hasta lo mismo que habían oído y no habían entendido era de tal naturaleza, que no podían por ello acusarle
justa y verazmente; y cuantas veces intentaron preguntarle para encontrar de qué acusarle, les respondió de
modo que resultó contra ellos su falacia y frustró sus calumnias.

Dios, felicidad del hombre

Presentarnos un florilegio del pensamiento agustiniano sobre el tema de Dios como felicidad del hombre.

A) El objeto de la felicidad: sus condiciones "Todos deseamos vivir felices. No hay nadie en el género humano
que no esté conforme con este pensamiento, aun antes de haber yo acabado su expresión. Ahora bien, según
mi modo de ver, no puede llamarse feliz el que no tiene lo que ama, sea lo que fuere; ni el que tiene lo que ama,
si es pernicioso; ni el que no ama lo que tiene, aun cuando sea lo mejor. Porque el que desea lo que no puede
conseguir, vive en un tormento. El que consigue lo que no es deseable, se engaña. Y el que no desea lo que
debe desearse' está enfermo. Cualquiera de estos tres supuestos hace que nos sintamos desgraciados, y la
desgracia y la felicidad no pueden coexistir en un mismo hombre. Por lo tanto, ninguno de estos seres es feliz.
Quédanos otra cuarta solución, y es, a mi parecer, que la vida es feliz cuando se posee y se arna lo que es
mejor para el hombre. ¿En qué está el disfrutar una cosa sino en tener a mano lo que se ama ? No hay nadie
que sea feliz si no disfruta aquello que es lo mejor, y todo el que lo disfruta es feliz; por lo tanto, si queremos
vivir felices, debemos poseer lo que es mejor para nosotros" (De mor. Eccl. cath. 1,3,4: BAC., Obras t. 4 p.264;
PL 32,13124).

B) La felicidad está en la perfección del alma

a) LO MEJOR PARA EL HOMBRE "Síguese de lo dicho que debemos buscar lo mejor para el hombre. Esto,
desde luego, no puede ser cosa alguna que sea peor que él, porque lo que sea peor que él lo envilecería...
¿Será quizás otro hombre como él? Pudiera serlo, si no hubiese nada superior al hombre y susceptible de ser
gozado por éste. Pero, si encontramos algo más excelente que pueda ser objeto del amor del hombre, no habrá
duda de que debe el hombre esforzarse en conseguirlo para ser feliz.. Pues si la felicidad consiste en conseguir
aquel bien que no tiene ni puede tener superior, a saber, el bien optimo, ¿cómo podremos decir que lo es la
persona que no ha alcanzado su bien supremo? ¿Y cómo puede haber alcanzado el bien supremo si hay algo
mejor a lo que pueda llegar?"

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b) LA FELICIDAD DEL HOMBRE ES LA FELICIDAD DEL ALMA "Además, este bien debe ser de tal condición
que no se pueda perder contra nuestra voluntad, porque nadie puede confiar en un bien si teme que se lo
quiten aun queriendo conservarlo y abrazarse a él. El que no está seguro en el bien de que goza, no puede ser
feliz mientras vive con ese temor" (ibid., 3,5). Debemos, pues, buscar qué es lo que hay mejor para el hombre.
Ahora bien, el hombre es un compuesto de alma y cuerpo, y, desde luego, la perfección del hombre no puede
residir en este último (ibid., 4,6). La razón es fácil: el alma es muy superior a todos los elementos del cuerpo,
luego el sumo bien del mismo cuerpo no puede ser ni su placer, ni su belleza, ni su agilidad. Todo ello depende
del alma, hasta su misma vida. Por tanto, si encontrásemos algo superior al alma y que la perfeccionara, eso
seria el bien hasta del mismo cuerpo. Suponed que un auriga alimente, cuide y guie a sus caballos siguiendo
mis consejos, ¿no soy yo el bien de esos caballos? Luego lo que perfeccione al alma será la felicidad del
hombre (ibid., 5,7-8).

C) La felicidad es Dios Nadie duda que la virtud es la perfección del alma. Ahora bien, esta virtud, o es el alma
misma, o es algo fuera de ella. Decir que la virtud es el alma misma equivale a un absurdo, porque el alma
imperfecta, sin virtud, encontraría su perfección en poseerse a si misma, esto es, en poseer una cosa
imperfecta. Luego la virtud es algo que está fuera del alma, y si no queréis darle este nombre porque lo
reserváis para los hábitos y cualidades de la misma alma, entonces me referiré a aquello que hace que la virtud
sea posible (ibid., 6,9). "Esto que confiere al alma que la busca, la virtud y la sabiduría, o es un hombre sabio o
es Dios". El hombre no lo es, porque falla aquella condición de la inamisibilidad; "queda, pues, sólo Dios. El
seguirlo está bien; el conseguirlo, no sólo bien, sino que es vivir feliz". Evidentemente me dirijo a aquellos que
creen en Dios (ibid., 6,10). Bien claro nos lo dice la Sagrada Escritura: Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu
corazón, con toda tu alma (Mt. 22,23) . ¿Quieres más ? Sí quisiera, si fuera posible. ¿Qué te dice Pablo? Dios
hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman... Si Dios está por nosotros, quién contra
nosotros?... ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? La desnudez? (Rm 8, 28~35). En
Dios tenemos el compendio de todos los bienes. Dios es nuestro sumo bien. Ni debemos quedarnos más bajo
ni buscar más arriba. Lo primero seria peligroso; lo segundo, imposible (lbid.).

D) Deseo innato de la felicidad La sabiduría, el conocer y poseer la verdad, es la felicidad para San Agustín. La
opinión de los hombres es muy diferente acerca de dónde se encuentra la verdadera sabiduría; unos la colocan
en el arte militar, otros en sus negocios, etc. "Si, pues, consta que todos queremos ser bienaventurados,
igualmente consta que todos queremos ser sabios, porque nadie que no sea sabio es bienaventurado, y nadie
es bienaventurado sin la posesión del bien sumo, que consiste en el conocimiento y posesión de aquella verdad
que llamamos sabiduría. Y así como, antes de ser felices, tenemos impresa en nuestra mente la noción de
felicidad, puesto que en su virtud sabemos y decimos con toda confianza, y sin duda alguna, que queremos ser
dichosos, así también, antes de ser sabios, tenemos en nuestra mente la noción de la sabiduría, en virtud de la
cual, cada uno de nosotros, si se le pregunta si quiere ser sabio, responde sin sombra de duda que sí, que lo
quiere" (De lib. arbit. 9,25-26: BAC Obras de San Agustín t.3 p 351-353; PL 32,1254).

E) La felicidad consiste en conocer y poseer a Dios San Agustín dedica el capítulo 12 del libro Sobre el libre
albedrío a demostrar la existencia de una verdad fuera de nuestra inteligencia y superior a ella. Basa su prueba
en el hecho de que diversas inteligencias ven una misma verdad, y, por otra parte, esas inteligencias son
tornadizas, y la verdad, inmutable. Por lo tanto, existe una verdad superior a nuestra razón. Esa verdad debe de
ser nuestro sumo bien.

a) VARIOS GÉNEROS DE FELICIDAD INSATISFACTORIOS 'Te prometí demostrarte... que había algo que era
mucho más sublime que nuestro espíritu y que nuestra razón. Aquí lo tienes: es la misma verdad. Abrázala, si
puedes; goza de ella, y alégrate en el Señor y te concederá las peticiones de tu corazón (Ps. 37,4). Porque
¿qué más pides tú que ser dichoso? ¿Y quién más dichoso que el que goza de la inconcusa, incomnutable y
excelentísima verdad?"... "Los hombres dicen que son felices cuando tienen entre sus brazos los cuerpos
hermosos, ardientemente deseados, ya de las cónyuges, ya de las meretrices, ¿y dudamos nosotros llegar a
ser felices abrazándonos con la verdad? Se tienen los hombres por felices cuando, secas las fauces por el
ardor de la sed, llegan a una fuente abundante y salubre, o cuando, hambrientos, encuentran una comida o
cena bien condimentada, ¿y negaremos nosotros que somos felices cuando la verdad sacia nuestra sed y
nuestra hambre?"... "Con frecuencia oímos decir a muchos que son dichosos porque se acuestan entre rosas y
otras flores, o también porque recrean su olfato con los perfumes más aromáticos; pero ¿qué cosa hay más
aromática y agradable que la inspiración de la verdad? ¿Y dudamos proclamar que somos bienaventurados
cuando ella nos inspira?".. . "Muchos hacen consistir la bienaventuranza de la vida en el canto de la voz
humana y en el sonido de la lira y de la flauta, y cuando estas cosas les faltan se consideran miserables y
cuando las tienen saltan de alegría; y nosotros, sintiendo en nuestras almas suavemente y sin el menor ruido el

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sublime, armonioso y elocuente silencio de la verdad, si así puede decirse, ¿buscaremos otra vida rnás dichosa
y no gozaremos de la tan cierta y presente a nuestras almas ?". . . "Cuando los hombres encuentran sus
delicias en contemplar el brillo del oro y de la plata, el de las piedras preciosas y de los demás colores, o en la
contemplación del esplendor y encanto de la misma luz que ilumina nuestros carnales ojos, ora proceda ella del
fuego de la tierra, ora de las estrellas, o de la luna, o del sol, y de este placer no les aparta ni la necesidad ni
molestias de ningún género, y les parece que son dichosos, y por gozar de ellas quisieran vivir si empre,
¿temeremos nosotros hacer consistir la vida bienaventurada en la contemplación del esplendor de la verdad?"

b) LA VERDAD, SUPREMA FELICIDAD "Todo lo contrario, y puesto que en la verdad se conoce y se posee el
bien sumo, y la verdad es la sabiduría, fijemos en ella nuestra mente y apoderémonos así del bien sumo y
gocemos de él, pues bienaventurado el que goza del sumo bien..." "Esta, la verdad, es la que contiene en sí
todos los bienes que son verdaderos, y de los que los hombres inteligentes, según la capacidad de su
penetración, eligen para su dicha uno o varios. Pero así como entre los hombres hay quienes a la luz del sol
eligen los objetos, que contemplan con agrado, y en contemplarlos ponen todos sus encantos y quienes,
teniendo una vista más vigorosa, más sana y potentisima, a nada miran con más placer que al sol, que ilumina
tambien las demás cosas, en cuya contemplación se recrean los ojos más débiles, así también, cuando una
poderosa inteligencia descubre y ve con certeza la multitud de cosas que hay inconmutablemente verdaderas,
se orienta hacia la misma verdad, que todo lo ilumina, y, adhiriéndose a ella, parece como que se olvida de
todas las demás cosas, y, gozando de ella, goza a la vez de todas las demás, porque cuanto hay de agradable
en todas las cosas verdaderas lo es precisamente en virtud de la misma verdad".

c) LIBERTAD, FELICIDAD Y VERDAD SUPREMAS "En esto consiste también nuestra libertad, en someternos
a esta verdad suprema; y esta libertad es nuestro mismo Dios, que nos libra de la muerte, es decir, del estado
de pecado. La misma verdad hecha hombre y hablando con los hombres, dijo a los que creían en ella: Si fuereis
fieles en guardar mi palabras seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará
libres (Io 8,31-32). De ninguna cosa goza el alma con libertad sino de la que goza con seguridad" (cf. De lib.
arbit. 13,35-37: BAC, t. 3 p.369-73; PL 32,1260).

d ) DIOS, SUPREMO BIEN DEL HOMBRE En resumen, "el que busca el modo de conseguir la vida feliz, en
realidad no busca otra cosa que la determinación de ese fin bueno en orden a alcanzar un conocimiento cierto e
inconcuso de ese sumo bien del hombre, el cual no puede consistir sino en el cuerpo, o en el alma, o en Dios; o
en dos de estas cosas o en todas ellas. Una vez que hayas descartado la hipótesis de que el supremo bien del
hombre puede consistir en el cuerpo, no queda más que el alma y Dios. Y si consigues advertir que al alma le
ocurre lo mismo que al cuerpo, ya no queda más que Dios, en el cual consiste el supremo bien del hombre. No
porque las demás cosas sean malas, sino porque bien supremo es aquel al que todo lo demas se refiere.
Somos felices cuando disfrutamos de aquello por lo cual se desean los otros bienes, aquello que se anhela por
si mismo y no por conseguir otra cosa. Por lo tanto, el fin se halla cuando no queda ya nada por correr no hay
referencia ulterior alguna. Allí se encuentra el descanso del deseo, la seguridad de la fruición, el goce
tranquilísimo de la buena voluntad" (cf. Epist. 118,313: BAC, Obras t. 8 p.854; PL 33,4381.

F) Inclinación sobrenatural a Dios

El deseo sobrenatural y la necesidad que tenemos de Dios nos muestra que Dios es nuestro fin. San Agustín se
imagina aquella escena del Génesis en que el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, como símbolo del
Espíritu Santo, moviéndose sobre el abismo de nuestras almas e impulsándolas hacia arriba.

"¿Qué diré de ese peso de los deseos que nos empuja hacia el abismo negro, y del modo como nos levanta el
Espíritu Santo, que se mueve sobre las aguas? ¿Cómo explicaré que nos hundimos y que flotamos? ¿ Qué
semejanza encontraré?.. . Son nuestros afectos, son nuestros amores, son las inmundicias del espíritu humano,
que se escurre hacia abajo con el amor de los cuidados y es tu santidad la que nos sube con el amor de la
seguridad, para que elevemos nuestro corazón a ti y alcancemos aquel descanso supereminente después que
nuestra alma haya atravesado estas aguas que no tienen consistencia (Ps. 123,5)" (cf. Confesiones XIII, 7,8;
BAC Obras de San Agustín t.2 p.904-910; PL 32.847). "Resbalan los ángeles, resbala el alma del hombre, y
todas las criaturas espirituales caerían en el abismo profundo y tenebroso si tú no hubieses dicho desde un
principio Hágase la luz (Gen. 1.3), Y la luz se hubiera hecho... Y esta misma miserable inquietud de las almas
que resbalan y que nos muestra sus tinieblas, una vez desnudas del vestido de tu luz, nos enseña
suficientemente la grandeza de la criatura racional que no puede conseguir el descanso feliz con nada que sea
menos que tú y, por lo tanto, nunca en sí misma. Tú, Dios mio, iluminarás nuestras tinieblas (Ps 17,29)..., pues
de ti nacen nuestros vestidos, y nuestras tinieblas serán como mediodía (Ps. 138,12). Entreguéme a ti, Dios

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mío, vuelve a mí; yo te amo, y si te amo poco, te amaré más. No puedo medir y saber cuánto amor tuyo me falta
para llegar a la suficiencia y que mi vida alcance tus abrazos y no se separe de ti hasta que pueda esconderme
en tu rostro (Ps. 30,21). Sólo sé una cosa, que me va mal fuera de ti, y no sólo fuera de ti, sino hasta en mí
mismo, y toda riqueza que no sea mi Dios es pobreza para mí" (ibid., XIII, 8,9).

C) La felicidad exige la eternidad "Tarde te he amado, ¡oh Hermosura tan antigua y tan nueva!; tarde te he
amado, y te tenía dentro, y yo andaba fuera y te buscaba allí y me desparramaba por las cosas hermosas que
tú hiciste. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Me sujetaba lejos de ti todo aquello que, si no hubiese
estado en ti, hubiera perdido el ser. Y tú me llamaste y tu gritaste y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste
y desvaneciste mi ceguedad; despediste tu fragancia y pude guiar mi espíritu, y ahora te anhelo. Gusté de ti y
tengo hambre y sed. Me tocaste, y me ha colmado tu paz" (cf. Confesiones X,27,38: BAC, t.2 p.751, PL 32,795).
"Cuando me uno a ti totalmente, no sufro dolores ni trabajos; mi vida se llena toda de ti, pero, como quiera que
tu levantas a los que llenas y ahora no estoy lleno, me soy una carga para mí mismo. Batallan las alegrías mías,
que merecen llorarse, con las penas que debían alegrar, y yo no sé distinguir hacia qué parte se inclina la
victoria. ¡Ay de mí, Señor! ¡Compadécete de mí! Pelean mis tristezas malas con las alegrías buenas, y no sé en
qué parte está la victoria. ¡Ay de mí, Señor! ¡Compadécete de mí! ¡Ay de mí! No escondo mis heridas. Tú eres
el médico, y yo el enfermo; tú el misericordioso, y yo el mísero. ¿No es acaso una tentación la vida humana en
esta tierra? (Job 7,1). ¿Hay quien desee sus molestias y dificultades? Tú mismo me mandas que las soporte,
pero no que las ame. Nadie ama lo que soporta, aunque ame el tolerarlo. Si bien se alegran de su paciencia,
preferirían que no existiera lo que la ocasiona. En medio de la adversidad deseo la prosperidad; en la
prosperidad temo la adversidad. Y en medio de todo ello, ¿como no va a ser tentación la vida humana? ¡Ay,
una y mil veces, de las prosperidades del siglo, del temor de la adversidad y de la corrupción de la alegría!
(ibid., X,28,39).

H) La gloria, esperanza de los hijos adoptivos

a) HIJOS DE DIOS EN LA ESPERANZA CR/HIJO-DE-D: Haznos ver, ¡oh Yavé!, tus piedades y danos tu ayuda
salvadora (Ps. 84,8). Danos tu misericordia, que no es otra cosa sino Cristo, el pan que bajó del cielo. Nos dio a
Cristo, pero a Cristo hombre, y el que nos lo dió hombre, nos lo ha de dar también como Dios. A los hombres
les dio un hombre, porque no podían verle de otra manera. A Cristo Dios ningún hombre puede verle. Se hizo
hombre para los hombres; se reserva en cuanto Dios para los dioses. ¿Estoy hablando quizá soberbiamente?
Lo sería si El mismo no hubiese dicho: Sois dioses, sois hijos del Altísimo (Ps. 81,6, y Jn. 10,34). La adopción
divina nos renueva, nos trueca en hijos de Dios. Por ahora lo somos, pero sólo por la fe y en la esperanza, no
en la realidad... Ahora creemos lo que no vemos; pero, permaneciendo firmes en creer lo que no se ve,
conseguiremos ver lo que creemos. Por eso Juan en su Epistola nos dice: Ahora somos hijos de Dios, aunque
no se ha manifestado lo que hemos de ser (1 Jn. 3,2). ¿Cómo no saltaria de gozo un pobre peregrino,
desconocedor de su familia, hambriento y lleno de calamidades, si de repente se le dijera: Eres hijo de un
senador, tu padre nada en riquezas y te llama? ¿Cuál no seria su alegría sI estas promesas no fueran falsas?
Pues ahí tenéis que un Apostol de Cristo, que no miente, se os acerca y dice: ¿Por que desesperáis, por qué os
afligís y os quebrantáis de pena, por qué os empeñáis en vivir en la miseria de estos placeres siguiendo
vuestras concupiscencias? Teneis un Padre, teneis una patria, tenéis un patrimonio. ¿Quien es el Padre?.
Somos hijos de Dios. ¿Por qué, pues, no vamos a nuestro Padre? Porque aún no se ha manifestado lo que
hemos de ser. ¿Y qué seremos? Seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es" (ibid.).

b) HERMOSURA DE DIOS Pero quizás veamos al Padre y no a Cristo. "Oye a Cristo: El que me ve a mí, ve a
mi Padre (Io. 14,9). Cuando se ve al Dios único, se ve a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo...
Meditad, hermanos, aquella hermosura. Todas estas cosas que veis y que amáis, las hizo El y si son hermosas,
¿qué no será El mismo? Si son grandes, ¿cuán grande será El? Sírvanos todo esto que amamos para
encendernos en deseos mayores de El y, despreciándolas, amarle... ¡Oh Señor!, danos a tu Cristo, conozcamos
a tu Cristo, veamos a tu Cristo, no como lo vieron los judíos que lo crucificaron, sino como lo ven los ángeles,
que lo ven y gozan" (cf. Enarrat. in Ps. 84,10: PL 36,1073).

I) Tranquilidad eterna del cielo

a ) FELICIDAD TRANQUILA CIELO/COMO-SERA/AG "¿Qué recibirán los buenos?... Os he dicho que


estaremos a salvo, viviremos incólumes, gozaremos la vida sin pena, sin hambre. sin sed, sin defecto alguno,
con los ojos limpios para la luz. Todo eso os he dicho y, sin embargo, me he callado lo principal. Veremos a
Dios, y ésta es tan gran cosa, que en su comparación todo lo anterior es nada... A Dios no puede versele ahora

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tal y como es; sin embargo, le veremos, por eso se dice que el ojo no vio ni el oído oyó, pero lo verán los
buenos, lo verán los piadosos, lo verán los misericordiosos" (Serm. 128,11 PL 38,711).

b) FELICIDAD ETERNA "¿Y qué, hermanos? Si os preguntase si queréis ser felices, si queréis vivir sanos,
todos me contestaríais que desde luego. Pero una salud y una vida cuyo fin se teme, no es vida. Eso no es vivir
siempre, sino temer continuamente Y temer continuamente es ser atormentado sin interrupción y siI vuestro
tormento es sempiterno, ¿dónde está la vida eterna? Estamos muy seguros de que una vida, para ser feliz,
necesita ser eterna; de lo contrario, no sería feliz ni aun siquiera vida, porque, si no es eterna, si no se colma
con una saciedad perpetua, no merece el nombre ni de felicidad ni de vida... Cuando lleguemos a aquella vida
prometida al que guarde los mandamientos, habré de decir que es eterna? ¿Habré de decir que es feliz? Me
basta con decir que es vida porque es vida, es eterna y es feliz. Y cuando la alcancemos podemos estar
seguros de que no ha de fenecer. Pues si, una vez llegados a ella, estuviéramos inciertos sobre su futuro
temeríamos, y donde hay temor hay tormento, no del cuerpo sino de lo que es más grave, del corazón, y donde
hay tormento, ¿cómo podrá haber felicidad? Luego bien seguro es que aquella vida es eterna y no se acabará
porque viviremos en aquel reino del que se ha dicho que no tiene fin (Lc. 1,33)" (Serm. 307,7: PL 38,1403).

C) SACIEDAD INSACIABLE "Saciedad insaciable, sin cansancio; siempre hambrientos y siempre saciados.
Oye dos sentencias de la Escritura: Los que me comen tendrán más hambre de mi, y los que me beben
quedarán sedientos (Si 24,21). Y para que no pienses que allí puede haber necesidad o hambre, oye al Señor:
Quien bebe de esa agua, volverá a tener sed (Io. 4,131. Pero me preguntas: ¿cuándo será esto? Cuando quiera
que sea, tú espera al Señor, ten paciencia, obra virilmente y ensánchese tu corazón: falta menos de lo que ha
pasado" (Serm. 170.9 : PL 38,932) .

J) Exhortación final

San Agustín comenta las palabras del Apóstol: Alegraos siempre en el Señor (Flp 4.4-6). El Apóstol nos manda
alegrarnos, pero no en el siglo, sino en el Señor. Hay dos gozos diferentes: uno es el gozo de este siglo y otro
el gozo de Dios. Hay dos gozos de Dios: uno en esta vida y otro en el cielo. Pero ¿como no me podré alegrar
con el gozo de este siglo, si vivo en él ? Levantándome sobre este mundo y pensando en Cristo. Cristo está
cerca.

a) DIOS Y EL HOMBRE "¿Puede haber dos cosas más lejanas y remotas que Dios y los hombres, el inmortal y
los mortales, el justo y los pecadores?... Muy lejos estaba de nosotros, mortales y pecadores, el que era
inmortal y justo, pero descendió hasta la tierra para estar muy cercano el que vivía lejos. ¿Y qué hizo? EI tenía
dos bienes, y nosotros dos males. El, dos bienes: la justicia y la inmortalidad; nosotros, dos males: la iniquidad y
la muerte. Si hubiese asumido nuestros dos males, hubiese sido como uno de nosotros y hubiera necesitado
también un liberador. ¿Qué hace, pues, para ser próximo a nosotros? Próximo quiere decir no igual a nosotros.
sino cercano. Considera dos cosas: es justo y es inmortal. En nuestros dos males, uno es la culpa y el otro la
pena. La culpa consiste en ser malos; la pena, en ser mortales. El, para hacerse próximo a nosotros tomó
nuestra pena, pero no nuestra culpa, y si tomó ésta fué para borrarla. no para obrarla... Permaneciendo justo,
recibió la mortalidad, y asumiendo la pena, pero no la culpa, borró la culpa y la pena".

b) LA ALEGRÍA DEL SIGLO Y EL GOZO DE DIOS "¿Cuál es el gozo de este siglo? Gozarse en el mal, en la
torpeza, en la fealdad, en la deformidad; en todo esto se goza el siglo... Te lo diré brevísimamente: La alegría
del siglo es la maldad impune". Viven los hombres en medio de sus delitos, y si no les sobreviene un castigo, se
consideran felices. "He aquí la alegría del siglo, pero Dios no piensa como el hombre; sus pensamientos son
muy distintos". "Somos hijos. ¿Cómo lo sabemos? Porque murió por nosotros el Unigénito, para no seguir
siendo uno solo. No quiso ser uno solo el que murió solo. El Hijo único de Dios engendró otros muchos hijos de
Dios... ¿Dudaréis que va a repartir sus bienes el que no se creyó indigno de recibir nuestros males? Luego,
hermanos, gozaos en el Señor y no en este siglo, esto es, gozaos en la verdad y no en la iniquidad; gozaos en
la esperanza de la eternidad y no en la flor de la vanidad. Por lo tanto, dondequiera que os encontréis, sabed
que el Señor está próximo (Flp. 4,5)".

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Historia de San Agustín
Agustín, significa : "Consagrado, bendecido" ( Augusto en latín, era lo que estaba consagrado a Dios o lo que
era bendecido por la divinidad ). Augustinos era un diminutivo de Augustus, o sea un pequeño consagrado, un
pequeño bendecido. nuestro santo resultó ser muy bendecido por Dios.

San Agustín ha sido uno de los santos más famosos de la Iglesia católica. Después de Jesucristo y de San
Pablo es difícil encontrar un líder espiritual que haya logrado ejercer mayor influencia entre los católicos que
este enorme santo. Su inteligencia era sencillamente asombrosa, su facilidad de palabra ha sido celebrada por
todos los países. De los 400 sermones que dejó escritos, han sacado y seguirán sacando material precioso
para sus enseñanzas, los maestros de religión de todos los tiempos.

Nació en Tagaste (norte de África) en el año 354. Su padre Patricio era pagano, de temperamento violento. Su
madre Mónica, fervorosa católica, una gran santa. Tenía un hermano llamado Navigio (gran amigo suyo durante
toda la vida) y una hermana que fue la primera religiosa en África, y para la cual el santo escribió la famosísima
regla para las religiosas, en la cual se han basado los fundadores de comunidades en todo el mundo.

Juventud borrascosa
De niño era sumamente inquieto, y aunque poseía una inteligencia envidiable y una memoria portentosa, tenía
que castigarlo con azotes para que estudiara, porque lo único que le gustaba era jugar y divertirse. Sus padres
lo mandaron a estudiar en Cartago, que era la ciudad más grande de la región, pero en el colegio se dejó llevar
por los malos ejemplos y su comportamiento no fue nada santo. Eso sí, en las lecciones llegó a ser número
uno, y en las declamaciones el que más sobresalía. En las discusiones académicas era prácticamente
invencible. Pero su moralidad no era ejemplar, muchos noviazgos, asistencia a funciones de teatro nada
recomendables (contra esto predica después toda la vida). Hasta los 32 años su existencia es cadena continua
de faltas y miserias morales. De todo ello habla en su más conocido libro.

Un libro que se hizo famoso


Cuando Agustín se convirtió al catolicismo escribió el libro Confesiones, que lo ha hecho famoso en todo el
mundo. Su lectura ha sido la delicia de millones de lectores en muchos países por muchos siglos. Él comentaba
que a la gente le agrada leer este escrito porque gozan leyendo de los defectos ajenos, pero no se esmeran en
corregir los propios. La lectura de "Las Confesiones de San Agustín" ha convertido a muchos pecadores. Por
ejemplo Santa Teresa cambió radicalmente de comportamiento al leer esas páginas.

Primeros cambios
Cuando joven tuvo una grave enfermedad y ante el temor de la muerte se hizo instruir en la religión católica y
se propuso hacerse bautizar. Pero apenas recobró la salud se le olvidaron sus buenos propósitos y siguió
siendo pagano. Más tarde criticara fuertemente a los que dejan para bautizarse cuando ya son bastante
mayores, para poder seguir pecando.

Luego leyó una obra que le hizo un gran bien y fue el "Hortencio" de Cicerón. Este precioso libro lo convenció
de que cada cual vale más por lo que es y por lo que piensa que por lo que tiene.

Cambio para mal


Pero luego sucedió que tuvo un retroceso en su espiritualidad. Ingresó a la secta de los Maniqueos, que decía
que este mundo lo había hecho el diablo y enseñaban un montón de errores absurdos. Luego se fue a vivir en
unión libre con una muchacha y de ella tuvo un hijo al cual llamó Adeodato (que significa: Dios me lo ha dado).

Encontrones con la mamá


Al terminar sus estudios en Cartago volvió a su tierra, Tagaste. Pero Mónica no pudo aceptar de ninguna
manera que su hijo viviera en unión libre y además a la santa madre le horrorizan las herejías que su hijo
profesaba en la secta de los Maniqueos. Así que, sin más ni más, lo echó de la casa. Ella no quería ser
alcahueta de los errores de su hijo.

Otro cambio
Luego leyó las obras del sabio filósofo Platón y se dio cuenta de que la persona humana vale muchísimo más
por su espíritu que por su cuerpo y que lo que más debe uno esmerarse en formar es su espíritu y su mente.
Estas lecturas del sabio Platón le fueron inmensamente provechosas y lo van a guiar después durante toda su
existencia.

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Una desilusión
Se dedicó a leer la Santa Biblia y se desilusionó, ya que le pareció demasiado sencilla y sin estilo literario, como
los libros mundanos. Y dejó por un tiempo de leerla. Después dirá, suspirando de tristeza : "Porque la leía con
orgullo y por aparecer sabio, por eso no me agradaba. Porque yo en esas páginas no buscaba santidad, sino
vanidad por eso me desagradaba su lectura. ¡Oh sabiduría siempre antigua y siempre nueva. Cuan tarde te he
conocido!".

Profesor
En Tagaste y en Cartago, se dedicó a dar clases por nueve años, con notable éxito. Pero luego dispuso viajar a
Roma, para enseñar en esa capital.

Fuga fracasada
La mamá que temía que en Roma podría extraviársele más su hijo, dispuso acompañarlo en su viaje a Roma.
Pero Agustín deseaba viajar solo y la engaño el día de embarcarse, enviándola a la Iglesia a rezar, mientras
este se subía al barco. Después dirá : "Yo engañaba a mi madre, que me amaba como nadie más lo podía
hacer en la tierra". Pero Mónica viajo después en otro barco y aunque al llegar a Roma se encontró con la
noticia que se había ido a Milán, allá lo siguió, en adelante será como un ángel de la guarda (en Roma se
desilusionó Agustín, porque los alumnos no pagaban nada por sus enseñanzas).

Su encuentro providencial
El hombre que marcó definitivamente la existencia de nuestro santo, fue San Ambrosio, arzobispo de Milán,
sabio famoso, líder espiritual indiscutible en la ciudad y el país, gran orador y escritor brillantísimo. Desde el
principio el joven profesor se siente como deslumbrado por la sabiduría y santidad de este gran arzobispo y
empieza a no faltar a ninguno de sus sermones, y de su modo de pensar y de vivir comienza a transformarse
por completo.

La conversión
Despachó a África a la madre de Adeodato y nunca más se volverá a encontrar con ella. Abandonó para
siempre los juegos de azar y las fiestas mundanas (ya había quemado los libros de los herejes Maniqueos,
convencido de que lo que enseñaban eran errores horrendos) y se dedicó con todo entusiasmo a prepararse
para hacerse bautizar y llegar a ser cristiano católico. Mónica gozaba lo indecible.

El Bautismo
En Pascua del año 387, Agustín recibe solemnemente el bautismo de manos del arzobispo de Milán, San
Ambrosio. En ese día fueron bautizados también su amigo Alipio y su hijo Adeodato, que tenía 15 años.

La muerte de Mónica
La santa madre de Agustín, no se cambiaba por nadie, ya había logrado todo lo que anhelaba, la conversión de
su hijo. Ahora podía partir contenta para la eternidad. Y entonces sucedió que viajando con Agustín para el
África, antes de embarcarse en el puerto de Hostía, ella se sintió morir, y llamando a su hijo le dijo emocionada :
"¿Qué me queda por esperar en esta vida? Ya he logrado lo que más deseaba: verte cristiano católico". Y
expiró en sus brazos dulcemente. Agustín la lloró amargamente y durante toda su vida guardó su recuerdo,
como su tesoro más preciado de la juventud.

Sacerdote y Obispo
Al volver al África fue ordenado sacerdote y el obispo Valerio de Hipona, que tenía mucha dificultad para hablar,
lo nombró su predicador. Y pronto empezó a deslumbrar con sus maravillosos sermones. Predicaba tan
hermoso, que nadie por ahí, había escuchado hablar a alguien así, la gente escuchaba hasta por tres horas
seguidas sin cansarse. Los temas de sus sermones, eran todos sacados de la santa Biblia, pero con un modo
tan agradable y sabio que la gente se entusiasmaba.

Y sucedió que al morir Valerio, el obispo, el pueblo lo aclamó como nuevo obispo y tuvo que aceptar. En
adelante será un obispo modelo, un padre bondadoso para todos. Vivirá con sus sacerdotes en una amable
comunidad sacerdotal donde todos se sentirán hermanos. El pueblo siempre sabía que la casa del obispo
Agustín siempre estará abierta para los que necesitan ayuda espiritual o material. Será gran predicador invitado
por los obispos y sacerdotes de comunidades vecinas y escritor de libros bellísimos que han sido y serán la
delicia de los católicos que quieran progresar en la santidad. Él tenía la rara cualidad de hacerse amar por
todos.

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Martillo de los herejes
Había en el norte de África unos herejes llamados Donatistas, que enseñaba que la Iglesia no debe perdonar a
los pecadores y que como católicos solamente deben ser admitidos los totalmente puros (pero ellos no tenían
ningún reparo en asesinar a quienes se oponían en sus doctrinas). Agustín se les opuso con sus elocuentes
sermones y brillantísimos escritos, y ellos no eran capaces de responderles a sus razones y argumentos. Al fin
el Santo logró llevar a cabo una reunión en Cartago con todos los obispos católicos de la región y todos los
jefes de los Donatistas y allí los católicos dirigidos por nuestro santo derrotaron totalmente en todas las
discusiones a los herejes, y estos fueron abandonados por la mayor parte de sus seguidores, y la secta se fue
acabando poco a poco.

Los Pelagianos
Vino enseguida otro hereje muy peligroso. Un tal Pelagio, que enseñaba que para ser santo no hacía falta
recibir gracias o ayudas de Dios, sino que uno mismo por su propia cuenta y propios esfuerzos logra llegar a la
santidad. Agustín que sabía por triste experiencia que por 32 años había tratado de ser bueno por sus propios
esfuerzos y que lo único que había logrado era ser malo, se le opuso con sus predicaciones y sus libros y
escribió un formidable tratado de "La Gracia" el cual prueba que nadie puede ser bueno, ni santo, si Dios no le
envía gracias ni ayudas especiales para serlo, en este tratado tan lleno de sabiduría, se han basado después
de los siglos, los teólogos de la Iglesia católica para enseñar acerca de la gracia.

Su último libro
Cuando Roma fue saqueada y casi destruida por los bárbaros de Genserico, los antiguos paganos habían dicho
que todos estos males habían llegado por haber dejado de rezar a los antiguos dioses paganos y por haber
llegado la religión católica. Agustín escribió entonces un nuevo libro, el más famoso después de las
Confesiones, "La Ciudad de Dios" (empleó 13 años redactándolo). Allí defiende poderosamente a la religión
católica y demuestra que las cosas que suceden, aunque a primera vista son para nuestro mal, están todas en
un plan que Dios hizo en favor nuestro que al final veremos que era para nuestro bien. (Como dice San Pablo:
"Todo sucede para bien de los que aman a Dios").

Muerte dichosa
En el año 430, el santo empezó a sentir continuas fiebres y se dio cuenta de que la muerte lo iba alcanzar, tenía
72 años y cumplía 40 años de ser fervoroso católico, su fama de sabio, de santo y de amable pastor era
inmensa. Los bárbaros atacaban su ciudad de Hipona para destruirla, y él murió antes de que la ciudad cayera
en manos de semejantes criminales. A quien le preguntaba si no sentía temor de morir, él les contestaba :
"Quien ama a Cristo, no debe tener miedo de encontrarse con Él". Pidió que escribieran sus salmos preferidos
en grandes carteles dentro de su habitación para irlos leyendo continuamente (él en sus sermones, había
explicado bellísimamente los salmos). Durante su enfermedad curó un enfermo, con solo colocarle las manos
en la cabeza y varias personas que estaban poseídas por malos espíritus quedaron libres. (San Posidio, el
obispo que lo acompañó hasta sus últimos días, escribió después su biografía). El 28 de agosto del año 430, se
cumplió aquella frase famosa que había escrito "Nos has creado para Ti Señor, y nuestra alma no encontrará la
verdadera paz, sino cuando logre descansar en Ti ". En ese día descansó en la paz del Señor, y fue a gozar
para siempre en el cielo, de la verdadera paz, la que nunca se va acabar.

Oración de San Agustín


¡Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, pero yo
andaba fuera de mí mismo, y allá afuera te andaba buscando. Me lanzaba todo deforme entre las hermosuras
que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti cosas que no existirían
si no existieran en tí. Pero tú me llamaste, y más tarde me gritaste, hasta romper finalmente mi sordera. Con tu
fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti.
Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de este gusto. Me tocaste, y con tu tacto me
encendiste en tu paz.

El Santo lo expresa así: "Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo seguía atado al suelo, no por cadenas
exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El enemigo se había posesionado de mi voluntad y la
había convertido en una cadena que me impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad había
nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí
una especie de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me mantenían en cruel esclavitud".

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ORACION DE PETICION

Citas de la Sagrada Escritura

1. Necesidad de la oración de petición.

Conviene orar con perseverancia y no desfallecer. Lc 18, 1.

Orad para que no caigáis en la tentación. Mc 14, 38.

Orad sin intermisión. I Tes 5, 17.

Sed prudentes y velad en la oración. I Pdr 4, 7.

Aplicaos a la oración, velad en ella con hacimiento de gracias. Col 4, 2.

Todos perseveraban unánimes en la; oración [...] con María, la Madre de Jesús [...]. Hech 1, 14.

2. Fin y motivos de la oración de petición.


Orad los unos por los otros para que seáis salvos. Sant 5, 16.

Rogamos a Dios que no cometáis mal alguno [...] sino que obréis bien.2Corl3,7.

Ved, pues, cómo habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre [...] hágase
tu voluntad [...]. Mt 6, 9-10; Lc 11, 2.

Orad por los que os persiguen y calumnian [...]. Mt 5, 44-45; Lc 6, 28.

3. Eficacia de la oración de petición.


Todo cuanto pidiereis en la oración, si tenéis fe, lo alcanzaréis. Mt 21, 22; Mc 11, 24.

En verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo concederá. Jn 16, 23.

Mucho puede la oración perseverante del justo. Sant 5, 16.

4. Condiciones de la oración de petición.

a) Humilde
Dos hombres subieron al templo a orar: el uno era fariseo, el otro publicano [...]. El publicano ni se atrevía a
levantar los ojos al cielo [...], diciendo: Dios mío, ten misericordia de mí, que soy pecador. Os aseguro que éste
volvio a su casa justificado. Lc 18, 1~14.

Dios se resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia. Sant 4, 6.

La oración del humilde traspasa las nubes, y no descansa hasta que llega a su destino, ni se retira hasta que el
Altísimo fija en ella su mirada. Eclo 35, 21.

b) Rectitud de intención
Cuando oréis no seáis como los hipócritas, que se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de
las calles para ser vistos de los hombres. Mt 6, 5.

Que los hombres oren en todo lugar; alzando las manos limpias, exentas de todo encono y disensión. I Tim 2, 8.

c) Perseverancia
Yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, a lo menos por su perseverancia se levantará y
le dará cuanto necesite. Lc 11, 8.

Conviene orar con perseverancia y no desfallecer. Lc 18, 1.

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d) Confanza
Todo cuanto pidáis en la oración [...] lo obtendréis. Mt 21, 22.

Si vosotros, pues, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial
dará cosas buenas a los que se lo pidan? Lc ll, 13.

Confía en El, ¡oh pueblo! en todo tiempo, abrid ante El vuestros corazones, porque Dios es nuestro asilo. Sal
61, 9.

Si alguno de vosotros se halla falto de sabiduría, pídala a Dios y le será otorgada, pues a todos da con largueza
y sin reproche. Sant 1, 5.

Confianza en Dios al pedir

3896 También se fomenta al afecto de súplica cuando los hombres dicen a Dios: Padre nuestro, y cierta
confianza de que hemos de alcanzar lo que vamos a pedir, ya que antes de pedir nada hemos recibido el don
inmenso de poder decir a Dios: Padre nuestro. ¿Qué podrá negar ya a los hijos que le piden, habiéndoles antes
otorgado el que fuesen hijos? (SAN AGUSTIN, Sobre el Sermón de la Montaña, 2).

3897 Jamás Dios ha denegado ni denegará nada a los que le piden sus gracias debidamente (SANTO CURA
DE ARS, Sermón sobre la oración)

3898 El alma del hombre recto, al buscar en la oración el remedio a sus heridas, se hace tanto más acreedor a
ser escuchado por Dios cuanto más rechazado se ve de la aprobación de los hombres (SAN GREGORIO
MAGNO, Moraña, 10).

3899 Y de los que confían en las palabras ciertas de Cristo, ¿quién no arderá en deseos de orar sin desmayo,
ante su invitación: Pedid y se os dará, pues todo el que pide recibe? (ORIGENES, Trat. sobre la oración, 10).

3900 Te ves tan miserable que te reconoces indigno de que Dios te oiga... Pero, ¿y los méritos de Maria? ¿Y
las llagas de tu Señor? Y .. ¿acaso no eres hijo de Dios?

Además, El te escucha «quoniam bonus .. quoniam in saeculum misericordia ejus»: porque es bueno, porque
su misericordia permanece siempre. (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 93).

3901 Que no perdamos tan buena razón y que nos lleguemos a El; pues si cuando andaba en el mundo de
sólo tocar su ropa sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando dentro de mí—si
tenemos fe—y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la
posada si le hacen buen hospedaje (SANTA TERESA, Camino de perfección, 34, 8)

3902 Nuestras oraciones han de ser hechas con confianza, y con una esperanza firme de que Dios puede y
quiere concedernos lo que le pedimos, mientras se lo supliquemos debidamente. (SANTO CURA DE ARS,
Sermón sobre la oración).

3903 Pedid y recibiréis(cfr. Mt 7, 7-8): lo repite para recomendar a justos y pecadores la confianza en la
misericordia de Dios, y por eso añade: todo el que pide recibe; es decir, ya sea justo, ya sea pecador, no dude
al pedir, paraque conste que no desprecia a nadie [...1 (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. 1, pp.
428-29).

3904 Entre todas las cosas necesarias a quien ora, ocupa un puesto muy destacado la confianza: que pida con
fe, sin vacilación alguna (Sant 1, 6). Por ello el Señor, al enseñarnos a orar, comienza por los motivos que dan
pie a esa confianza. Uno es la bondad del Padre; y así dice: «Padre nuestro». El otro motivo es su inmenso
poder; por eso dice: «Que estás en los cielos» (SANTO TOMÁS, Sobre el Padrenuestro, 1. c., 128).

3905 Cristo nos enseñó también la forma de orar, él mismo nos inculcó y enseñó las cosas que hemos de pedir.
Quien nos dio la vida nos enseñó también a orar con aquella misma benignidad con que se dignó dar y conferir
los demás dones, para que al hablar al Padre con la misma oración que el Hijo nos enseñó, más fácilmente
seamos escuchados (SAN CIPRIANO, Trat. sobre la oración, 2).

26
3906 Habiendo Dios dotado a los demás animales de la velocidad en la carrera, o la rapidez en el vuelo, o de
uñas, o de dientes, o de cuernos, sólo al hombre lo dispuso de tal forma que su fortaleza no podía ser otra que
la del mismo Dios: y esto lo hizo para que, obligado por la necesidad de su flaqueza, pida siempre a Dios
cuanto pueda necesitar (SAN JUAN CRiSÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. 1, p. 427).

3907 En la oración hay un obstáculo que consiste en pensar que; la Providencia de Dios no se ocupa de las
cosas de este mundo. (SANTO TOMÁS, Compendio de Teología, II, cap. 6).

3908 El Sacrificio del Calvario es una muestra infinita de la generosidad de Cristo. Nosotros—cada uno—somos
siempre muy interesados; pero a Dios Nuestro Señor no le importa que, en la Santa Misa, pongamos delante de
El todas nuestras necesidades. ¿Quién no tiene cosas que pedir? Señor, esa enfermedad... Señor, esta
tristeza... Señor, aquella humillación que no sé soportar por tu amor... Queremos el bien, la felicidad y la alegria
de las personas de nuestra casa; nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de
justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al término de sus días, no reciben una
mirada de cariño ni un gesto de ayuda.

Pero la gran miseria que nos hace sufrir, la gran necesidad a la que queremos poner remedio es el pecado, el
alejamiento de Dios, el riesgo de que las almas se pierdan para toda la eternidad (J. ESCRIVA DE BALAGUER,
Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-lV-1973).

Constancia en la petición

3909 Vete al Señor mismo, al mismo con quien la familia descansa, y llama con tu oración a su puerta, y pide, y
Yuelve a pedir. No será El como el amigo de la parábola: se levantará y te socorrerá; no por aburrido de ti: está
deseando dar; si ya llamaste a su puerta y no recibiste nada, sigue llamando que está deseando dar. Difiere
darte lo que quiere darte para que más apetezcas lo diferido; que suele no apreciarse lo aprisa concedido (SAN
AGUSTIN, Sermón 105).

3910 Lo que por tu debilidad no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si
perseveras (SAN EFRÉN, Coment. sobre Diatessaron 1).

3911 La oración dirigida a un hombre exige previamente un cierto grado de familiaridad, gracias a la cual se
tenga acceso a aquel a quien se implora. Mientras que la oración a Dios nos hace por sí misma amigos de Dios,
puesto que nuestra alma se eleva hacia él, conversa afectuosamente con él y le adora en espiritu y en verdad.
Esta intimidad adquirida con la oración incita al hombre a orar con confianza [...]. Además, en la oración a Dios,
la asiduidad o la insistencia en la petición no es importuna, sino más bien del agrado de Dios; porque hay que
orar siempre, dice el Evangelio, y no desfallecer (Lc 18, 1); y en otra parte el Señor no invita a pedir: Pedid y
recibiréis, dice, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7) (SANTO TOMÁS, Compendio de Teologia, 11, c. 1).

3912 La tercera condición que debe reunir la oración para ser agradable a Dios, es la perseverancia. Vemos
muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos; esto lo hace para que lo deseemos con
más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa, sino una prueba que nos
dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos (SANTo CURA DE ARS, Sermón sobre la oración).

3913 Quien te redimió y te creó no quiere que cesen tus oraciones, y desea que por la oración alcances lo que
su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide, y anima a los que oran a que no se
cansen de orar (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, volt Vl, p. 294).

3914 (El Señor) nos estimuló firmemente a buscar, a pedir y a llamar, hasta que recibamos lo que pedimos
(SAN AGUSTIN, Sobre el Sermón de la Montaña, 29).

3915 Comprendan todas las almas que, si Dios no les cumple enseguida lo que le piden y necesitan, no fallará
a su debido tiempo si ellas son constantes y no desmayan y se desalientan (SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico
espiritual, 2, 4).

3916 Dios quiere ser rogado, quiere ser coaccionado, quiere ser vencido por una cierta importunidad... (SAN
GREGORIO MAGNO, Sermón sobre el Salmo 50, 8, 2).

27
3917 Jesús percibe la primera invocación de nuestra alma, pero espera. Quiere que nos convenzamos de que
le necesitamos; quiere que le roguemos, que seamos tozudos, como aquel ciego que estaba junto al camino
que salía de Jericó (J ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 195)

3918 Se lee en el salmo: He gritado—es decir, he rezado con fe—y por esto me escuchaste, Dios mio, como si,
introducidos en la intimidad divina por el primer ruego, pudiéramos implorar con mucha más confianza la
siguiente vez Por eso, en la petición dirigida a Dios, la asiduidad, la insistencia, nunca es inoportuna. Al
contrario: agrada a Dios (SANTO TOMAS, Compendio de Teología, II, cap. 2).

3919 Cuando digo a alguno: Ruega a Dios, pidele, suplicare, me responde: ya pedi una vez, dos, tres, diez,
veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se
recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses.Persevera todavía.
Mientras no recibas pide para conseguir, y cuando hayas conseguido da gracias (SAN JUAN CRISÓSTOMO,
Homilia, 10).

Otras condiciones de la oración de petición

3920 Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habeis recibido y lo obtendréis (Mc 11, 24). Por eso, la
Iglesia acostumbra a orar unánimemente todas las veces que se ve necesitada de pedir algo al Señor; y no hay
medio tan eficaz sobre el querer divino como la oración, al menos si se hace con fe, serenidad, humildad y
perseverancia (SAN LoRENZO JUSTINIANO, Sermón en la fiesta de San Matias, 1. c., pp. 339-340)

3921 Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque
somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin
perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no
convenientes para nosotros (cfr. SAN AGUSTIN, La ciudad de Dios, 20, 22).

3922 Es preciso no sólo orar, sino orar como es debido y pedir lo que conviene (ORIGENES, Trat. sobre la
oración, 2).

3923 ¿Quién hay, por desbaratado que sea, que cuando pide a una persona grave no lleva pensado cómo le
ha de pedir —para contentarle y no serle desabrido—y qué le ha de pedir y para qué menester lo que le ha de
dar, en especial si pide cosa señalada, como nos enseña que pidamos nuestro buen Jesús? Cosa me parece
para notar (SANTA TERESA, Camino de perfección, 30, 1).

3924 Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfinas. Orar,
en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de aquel que nos
escucha. Porque con frecuencia la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras
y expresiones verbales (SAN AGUSTIN, Carta 130, a Proba).

3925 Cuando añade buscad y llamad dio a entender que se debe pedir con mucha insistencia y con la fuerza
del que busca apartando de la imaginación todo lo demás, fijándose sólo en lo que busca. El que pide viene con
ánimo vehemente y fervoroso (SAN JUAN CRISOSTOMO, en Catena Aurea, vol l, p. 428).

3926 Podéis pedir cosas temporales, nos dice S. Agustín; mas siempre con la intención de que os serviréis de
ellas para gloria de Dios, para salvación de vuestra alma y la de vuestro prójimo; de lo contrario, vuestras
peticiones procederían del orgullo o de la ambición; y entonces, si Dios rehúsa concederos lo que le pedís, es
porque no quiere perderos (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la oración).

3927 No hemos nacido para comer y beber y vestir lujosamente, sino para agradar a Dios y alcanzar los bienes
eternos. Y puesto que aquello ha de ser secundario en nuestro empeño, lo será también en nuestra oración
(SAN JUAN CRISOSTOMO, Hom sobre S. Mateo, 22).

3928 La necesidad nos obliga a rogar por nosotros mismos, y la caridad fraterna a pedir por los demás. Es más
aceptable a Dios la oración recomendada por la caridad que la que es impulsada por la necesidad (SAN JUAN
CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. l, p. 354).

28
Eficacia de la oración bien hecha

3929 Haz tú lo que puedas, pide lo que no puedes, y Dios te dará para que puedas (SAN AGUSTIN, Sermón
43, sobre la naturaleza y la gracia).

3930 Si tú oras por todos también la oración de todos te aprovechará a ti, pues tú formas también parte del
todo. De esta manera obtendrás una gran recompensa, pues la oración de cada miembro del pueblo se
enriquecerá con la oración de todos los demás miembros (SAN AMBROSIO, Sobre Cain y Abel.

3931 Ahora Pablo se alegra con Esteban, goza con él de la gloria de Cristo, con él desborda de alegría, con él
reina. Allí donde entró primero Esteban, aplastado por las piedras de Pablo, entró luego Pablo, ayudado por las
oraciones de Esteban (SAN FULGENCIO DE RUSPE, Sermón 3).

3932 Cuando se llama continuamente en la oración, se concede pronto auxilio en la tentación (SAN
GREGORIO MAGNO, Hom. 35 sobre los Evang.).

3933 El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado (J. ESCRIVÁ
DE BALAGUER, Camino, n. 558).

3934 ¡Hemos leído y oido tantos testimonios ciertos de su eficacia! La oración antigua era capaz de salvar del
fuego, de las fieras y del hambre; y eso que no habla recibido la forma que le dio Cristo. Por consiguiente, la
eficacia de la oración cristiana ha de ser mucho mayor. Ella no envia ángeles que apaguen las llamas, ni
mantiene cerradas las fauces de los leones, ni trae pan a los hambrientos, ni suprime ninguna impresión de los
sentidos por un don de la gracia; concede la fe, que hace comprender lo que el Señor reserva a los que sufren
por el nombre de Dios (TERTULIANO, Sobre la oración, 28-29).

3935 Si tanta fuerza tiene la oración de cada uno en particular, ¿cuánto más la que se hace presidida por el
obispo y en unión con toda la Iglesia? (SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, Carta a los Efesios, 2).

3936 El único y general remedio para este mal (se refiere a las distracciones en la oración), como para los
otros, es pedirlo a Aquel que está aparejado para dar, si hubiere quien siempre le quiera pedir (SAN PEDRO
DE ALCÁNTARA, Trat. de la oración y meditación, 11, 4, ev. 6°).

3937 ¡Cuántas veces venimos a la iglesia sin saber a qué venimos ni qué queremos pedir! Sin embargo,
cuando se va a casa de cualquiera, se sabe muy bien por qué uno se dirige a ella. Los hay que parecen decirle
a Dios: «Vengo a decirte dos palabras para cumplir contigo...». Con frecuencia pienso que, cuando venimos a
adorar a nuestro Señor, conseguiriamos todo lo que quisiéramos, con tal de pedirle con fe viva y un corazón
puro (SANTO CURA DE ARS, Sobre la oración).

3938 El ángel particular de cada cual, aun de los más insignificantes dentro de la Iglesia, por estar
contemplando siempre el rostro de Dios que está en los cielos, viendo la divinidad de nuestro Creador, une su
oración a la nuestra y colabora en cuanto le es posible a favor de lo que pedimos (ORIGENES, Trat. sobre la
oración, 10).

3939 Porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene: mas el mismo Espiritu aboga por nosotros con
gemidos inefables, y el que escudriña los corazones conoce cuál~es el deseo del Espiritu, porque intercede por
los santos según Dios (Rom 8, 26-27). Es decir, mientras nosotros oramos, el Espíritu intercede intensamente
(ORIGENES, Trat. sobre la oración, 14).

3940 Si sólo ruegas por ti, también tú serás el único que suplica por ti (SAN AMBROSIO, Sobre Cain y Abel).

Acompañar la petición de penitencia y buenas obras

3941 Todos los que han querido rogar por alguna necesidad, han unido siempre el ayuno (la penitencia) a la
oración, porque el ayuno es el soporte de la oración (SAN JUAN CRI SÓSTOMo, en Catena Aurea, volt I, p.
377).

29
3942 «In te, Domine, speravi»: en ti, Señor, esperé—Y puse, con los medios humanos, mi oración y mi cruz—Y
mi esperanza no fue vana, ni jamás lo será: <mon confundar in aeternum»! (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER,
Camino, n. 95).

3943 No alcanzamos la gracia si no la buscamos, porque no se conceden los dones de lo alto a los que los
menosprecian. Llamad por medio de la oración, de los ayunos y de las limosnas. De la misma manera que
quien llama a una puerta no llama sólo con la voz, asi el que hace buenas obras llama también con ellas (SAN
JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. I, p. 427).

3944 Si espera alcanzar misericordia, que él también la tenga; si espera piedad, que él también la practique; si
espera obtener favores de Dios, que él también sea generoso. Es un mal solicitante el que espera obtener para
si lo que él niega a los demás (SAN PEDRO CRISÓLOGO, Sermón 43)

3945 Quien desea ser escuchado en sus oraciones, que escuche él también a quien le pide, pues quien no
cierra sus oidos a las peticiones del que le suplica abre los de Dios a sus propias peticiones (SAN PEDRO
CRISOLOGO, Sermón 43).

La oración de petición aumenta, en el que pide, su capacidad de recibir

3946 Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se
las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros
deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente
nuestra capacidad de desear, para que asi nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara.
Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se
nos dice: Dilatad vuestro corazón (SAN AGUST;N, Carta 130, a Proba)

3947 Cuando insistimos fervorosamente en nuestra oración, detenemos a Jesús que va de paso. Por eso se
dice alli: Parándose entonces Jesús, mandó traerle a su presencia... Y debe notarse lo que dice al ciego cuando
llega: ¿Qué quieres que te haga? ¿Acaso el que podia dar la vida, ignoraba lo que el ciego queria? No; pero
quiere que se lo pida [...]. Pregunta para esto, para que se lo pida; pregunta para incitar al corazón a que ore
(SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 2 sobre los Evang.).

3948 Entre los hombres la petición es necesaria porque quien necesita algo ha de dar a conocer su indigencia,
y tiene también que ablandar el corazón del que acoge la súplica. Pero estas dos cosas no tienen razón de ser
cuando nuestra súplica va dirigida a Dios. Cuando rezamos a Dios no le queremos dar a conocer nuestra
indigencia y nuestros deseos, porque todo lo conoce [~1. No se trata tampoco de hacer que ceda la voluntad
divina a la persuasión humana, hasta hacerle querer lo que antes no queria [...]. Si la petición es necesaria al
hombre para obtener beneficios de Dios, es porque ejerce influencia sobre el mismo que pide. Porque debe
detenerse a considerar su poquedad y a desear con férvor y espiritu filial lo que espera obtener con la oración.
Asi se hace capaz de recibirlo (SANTO TOMÁS, Compendio de Teología, II, cap. 2).

3949 El que podia resistuir la vista, ¿ignoraba acaso lo que queria el ciego? Jesús desea que le pidamos.
Conoce de antemano nuestras necesidades y quiere remediarlas. Con mucha insistencia nos exhorta a la
oración y, no obstante, dice: Vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes que se las pidáis
(Mt 6, 8). Insiste para que se le pida e invita para mover el corazón a la oración [...| (SAN GRE GORIO MAGNO,
Hom. 2 sobre los Evangelios).

Dios conocede siempre lo mejor, y en mayor abundancia

3950 Siempre da más de lo que le pedimos (SANTA TERESA, Camino de perfección, 37, 4).

3951 No nos invitarla tanto a que pidiésemos, si no quisiera darnos. Avergüéncese la pereza humana, más
quiere dar el Señor que nosotros recibir (SAN AGUSTIN, Sermón 29).

3952 Cuando no somos oidos al pedir alguna cosa, es porque pedimos algo contrario a nuestra salvación; o
también porque lo impide la malicia de aquellos por quienes pedimos; o se dilata la concesión de la gracia
pedida para que crezcan los deseos y se reciba con más interés el bien que se pide (RABANO MAURO, en
Catena Aurea, vol. III, p. 24).

30
3953 Y ofrecia (el leproso) al Médico espiritual un don espiritual; porque, asi como se satisface a los médicos de
la tierra con dinero, a Este con oraciones: ninguna otra cosa más digna podemos ofrecer a Dios que una
oración bien hecha. En cuanto a lo que dice: Si quieres, no duda que la voluntad de Dios está inclinada a todo
lo bueno, sino que, como no a todos conviene la perfección corporal, ignoraba si a él le convendria aquella
curación. Dice, pues, si quieres, como si dijese: «Creo que quieres todo lo que es bueno, pero ignoro si es
bueno para mi lo que pido» (SAN JUAN CRISOSTOMO, en Catena Aurea, vol. I, pp. 465-466).

3954 Uno pide en la oración le conceda mujer para esposa según su deseo, otro pide una casa de campo, otro
un vestido y otro pide se le den alimentos. Efectivamente, cuando hay necesidad de estas cosas debemos
pedirselas a Dios Todopoderoso; pero debemos tener siempre presente en nuestra memoria el mandato de
nuestro Redentor: Buscad primero e/ reino de Dios y su justicia y las demás cosas se os darán por añadidura
(Mt 6, 33) (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 27 sobre los Evang.).

3955 Vergüenza para la desidia humana. Tiene El más ganas de dar que nosotros de recibir; tiene más ganas
El de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias (SAN AGUSTIN, Sermón 105).

3956 El Señor concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedia que se acordase de él, pero el
Señor le dice: Hoy mismo estarás conmigo en el paraiso (SAN AMBROSIO, en Catena Aurea, vol. Vl, p. 507).

3957 Bueno es el Señor, quien no siempre nos concede lo que deseamos, para concedernos lo mejor 1SAN
AGUSTIN, Epistola 50).

Cuando los dones perdidos tardan en llegar

3958 El que tarda en dar quiere hacer más vivo tu deseo con la tardanza, para que no parezca de poco mérito
lo que da (SAN AGUSTIN, Sermón 29)

3959 Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión si
perseveras (SAN EFRÉN, Coment. sobre Diatessaron, 1).

3960 Si algo acontecede en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios
por todo, sin dudar en lo más minimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la
voluntad de Dios y no según la nuestra (SAN AGUSTiN, Carta 130, a Proba).

3961 Bien mira por ti quien no te da, cuando le pides, lo que no te conviene (SAN AGUSTIN, Sermón 126).

3962 Acaso lo difiere con el fin de que, repitiendo con asiduidad y frecuencia tu plegaria, conozcas lo que es la
casa de Dios, y conserves con celo las gracias recibidas: que todo lo que se adquiere con mucho trabajo se
conserva con gran empeño (SAN BASILIO MAGNO, Regla monástica, c. 1).

3963 Cuando pides y no recibes es porque pides mal, o sin fe o con ligereza, o lo que no te conviene, o porque
te cansas (de pedir) (SAN BASILIO MAGNO, Regla monástica, c. 1).

3964 Cuando el Señor tarda en conceder lo que pedimos hace desear sus dones, pero no los niega: las cosas
que se desean por mucho tiempo se reciben con más gusto [...]. Pide, busca, insiste: pidiendo y buscando
aumenta el deseo para que recibas los dones con más gusto. El Señor te reserva lo que no quiere darte
enseguida, para que aprendas a desear mucho las cosas grandes: por ello conviene orar siempre y no
desmayar (SAN AGUST;N, en Catena Aurea, volt I, p. 429).

Imitar a la Virgen
3965 Maria, Maestra de oración—Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanirmarse, con
perseverancia. —Y cómo logra. —Aprende (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, n. 502).

3966 No dejéis de inculcar con todo cuidado la práctica del Rosario, la oración tan querida de la Virgen y tan
recomendada por los Sumos Pontifices, por medio de la cual los fieles pueden cumplir de la manera más suave
y eficaz el mandato del Divino Maestro: Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Pio XI, Enc.
Ingravescentibus malis, 29-IX-1937).

31
“EL QUE OYE LA PALABRA Y LA CUMPLE” ( Mt 13, 23 )
De los escritos de San Agustín (Sermón 101, 3)

“Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinas, sino tierra buena -¡oh Dios!, mi
corazón está preparado (Sal 56, 8)- para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea
menos, pero siempre es trigo. No sea camino donde el enemigo, cual ave, arrebate la semilla pisada por los
transeúntes; ni pedregal donde la escasez de la tierra haga germinar pronto lo que luego no pueda soportar el
calor del sol; ni espinas que son las ambiciones terrenas y los cuidados de una vida viciosa y disoluta. ¿Y qué
cosa peor que el que la preocupación por la vida no permita llegar a la vida? ¿Qué cosa más miserable que
perder la vida por preocuparse de la vida? ¿Hay algo más desdichado que, por temor a la muerte, caer en la
misma muerte? Extírpense las espinas, prepárese el campo, siémbrese la semilla, llegue la hora de la
recolección, suspírese por llegar al granero y desaparezca el temor al fuego”.

SAN AGUSTÍN, Sermón 215, 4.


4. "Creamos, pues, en Jesucristo, nuestro Señor, nacido del Espíritu Santo y de la virgen María. Pues también
la misma bienaventurada María concibió creyendo a quien alumbró creyendo.

Después de habérsele prometido el hijo, preguntó cómo podia suceder eso, puesto que no conocía varón. En
efecto, sólo conocía un modo de concebir y dar a luz; aunque personalmente no lo había experimentado, había
aprendido de otras mujeres -la naturaleza es repetitiva- que el hombre nace del varón y de la mujer. El ángel le
dio por respuesta: El Espíritu Santo vendrà sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, lo
que nazca de ti será santo y será llamado Hijo de Dios. Tras estas palabras del ángel, ella, llena de fe y
habiendo concebido a Cristo antes en su mente que en su seno, dijo: He aquí la esclava del Señor; hágase en
mí según tu palabra. Cúmplase, dijo, el que una virgen conciba sin semen de varón; nazca del Espíritu Santo y
de una mujer virgen aquel en quien renacerá del Espíritu Santo la Iglesia, virgen también. Llámese Hijo de Dios
a aquel santo que ha de nacer de madre humana, pero sin padre humano, puesto que fue conveniente que se
hiciese hijo del hombre el que de forma admirable nació de Dios Padre sin madre alguna; de esta forma, nacido
en aquella carne, cuando era pequeño, salió de un seno cerrado, y en la misma carne, cuando era grande, ya
resucitado, entró por puertas cerradas. Estas cosas son maravillosas, porque son divinas; son inefables, porque
son también inescrutables; la boca del hombre no es suficiente para explicarlas, porque tampoco lo es el
corazón para investigarlas.Creyó María, y se cumplió en ella lo que creyó.Creamos también nosotros para que
pueda sernos también provechoso lo que se cumplió. Aunque también este nacimiento sea maravilloso, piensa,
sin embargo, ¡oh hombre!, qué tomó por ti tu Dios, qué el creador por la creatura: Dios que permanece en Dios,
el eterno que vive con el eterno, el Hijo igual al Padre, no desdeñó revestirse de la forma de siervo en beneficio
de los siervos, reos y pecadores. Y esto no se debe a méritos humanos, pues más bien merecíamos el castigo
por nuestros pecados; pero, si hubiese puesto sus ojos en nuestras maldades, ¿quién los hubiese resistido?Así,
pues, por los siervos impíos y pecadores, el Señor se dignó nacer, como siervo y hombre, del Espíritu Santo y
de la virgen María."

Oración
Ave Maria e Sub tuum - Madre di Dio Vergine, salve, piena di grazia, il Signore è con te (Lc 1, 28); benedetta tu
fra le donne e benedetto il frutto del tuo grembo (Lc 1, 42), perché tu hai generato il Salvatore delle nostre
anime.

Sotto la tua misericordia ci rifugiamo, o Madre di Dio: non disprezzare le nostre suppliche nelle tentazioni, ma
liberaci dai pericoli, o sola pura, sola benedetta.

Fil 4,4-7: Gozaos en la verdad, no en la maldad Sermón 171, 4-5


Alegraos siempre en el Señor (Fil 4,4). ¿Qué es gozarse en el mundo? Gozarse en el mal, en la torpeza, en
cosas deshonrosas y deformes. En todas estas cosas encuentra su gozo el mundo. Cosas todas que no
existirían si los hombres no las hubiesen querido. Hay cosas que hacen los hombres y hay otras que las sufren
y, aunque no quieran, tienen que soportarlas. ¿Qué es, pues, este mundo, y qué el gozo del mundo? Os lo voy
a decir brevemente, hermanos en la medida de mis posibilidades y de la ayuda divina. Os lo diré luego y en
breves palabras. La alegría del mundo consiste en la iniquidad impune. Entréguense los hombres a la lujuria y a
la fornicación, pierdan el tiempo en espectáculos, anéguense en borracheras, pierdan la dignidad en sus
torpezas y no sufran mal alguno: ved el gozo del mundo. Que ninguno de los males mencionados sea castigado
con el hambre, o el temor de la guerra o algún otro temor, ni con ninguna enfermedad o cualquier otra
adversidad; antes bien, haya abundancia de todo, paz para la carne y seguridad para la mente perversa: ved
aquí el gozo del mundo. Pero Dios piensa de manera distinta al hombre; uno es el pensamiento de Dios y otro

32
el del hombre. Fruto de una gran misericordia es no dejar impune la maldad: para no verse obligado a condenar
al infierno al final, se digna castigar ahora con el azote.

¿Quieres conocer cuán gran castigo es la falta de castigo? No para el justo, sino para el pecador, a quien se le
aplica el castigo temporal para que no le sobrevenga el eterno. ¿Quieres, pues, conocer cuán gran castigo es la
falta de castigo? Interroga al salmo: El pecador irritó al Señor. ¡Impetuosa exclamación! Puso atención,
reflexionó y exclamó: El pecador irritó al Señor. ¿Por qué?, te suplico. ¿Qué viste? Quien así exclamó vio al
pecador entregado impunemente a la lujuria, a hacer el mal, abundando en bienes y gritó: El pecador irritó al
Señor. ¿Por qué dijiste eso? ¿Qué viste? Es tan grande su ira que no se lo demanda (Sal 9,4).

Comprended, hermanos cristianos, la misericordia de Dios. Cuando castiga al mundo es porque no quiere
condenarlo. Es tan grande su ira que no se lo demanda. El no demandarlo se debe a la magnitud de su ira.
Grande es su ira. Su justa severidad es indicadora de perdón. La severidad es como una verdad cruel. Si, pues,
alguna vez perdona mostrándose duro, buena cosa es para nosotros el que nos socorra castigándonos. Y con
todo, si consideramos las acciones del género humano, ¿qué es lo que padecemos? No nos ha tratado en
conformidad con nuestras obras. En efecto, somos hijos. ¿Cómo lo probamos? El Hijo único, para no seguir
siendo único, murió por nosotros. No quiso ser único quien murió siendo único. A muchos hizo hijos de Dios el
Hijo único de Dios. Con su sangre compró hermanos; siendo él reprobado los aprobó, vendido los rescató,
ultrajado los honró, muerto los vivificó. ¿Dudas de que ha de darte sus bienes quien se dignó asumir tus males?
Por tanto, hermanos, alegraos en el Señor, no en el mundo; es decir, gozaos en la verdad, no en la maldad;
gozad con la esperanza de la eternidad, no en la flor de la vanidad. Sea este vuestro gozo y donde quiera y
cuando quiera os halléis aquí, el Señor está cerca, no os inquietéis por nada (Fil 4,4.5-6).

1 Cor 11,23-26: También vosotros estáis sobre la mesa, también vosotros estáis dentro del cáliz,
Sermón 229,1-2
Lo que estáis viendo, amadísimos, sobre la mesa del Señor es pan y vino; pero este pan y este vino se
convierten en el cuerpo y la sangre de la Palabra cuando se les aplica la palabra. En efecto, el Señor era la
Palabra en el principio, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Debido a su misericordia que
le impidió despreciar lo que había creado a su imagen, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn
1,14). Como sabéis, pues, la Palabra misma asumió al hombre, es decir, al alma y la carne del hombre, y se
hizo hombre permaneciendo Dios. Y puesto que sufrió por nosotros, nos confió en este sacramento su cuerpo y
sangre, en que nos transformó también a nosotros mismos, pues también nosotros nos hemos convertido en su
cuerpo y, por su misericordia, somos lo que recibimos.

Recordad lo que era antes en el campo este ser creado; cómo lo produjo la tierra, lo nutrió la lluvia, y lo llevó a
convertirse en espiga; a continuación lo llevó a la era el trabajo humano, lo trilló, lo aventó, lo recogió, lo sacó, lo
molió, lo amasó, lo coció y, finalmente, lo convirtió en pan. Centraos ahora en vosotros mismos: no existíais,
fuisteis creados, llevados a la era del Señor y trillados con la fatiga de los bueyes, es decir, de los predicadores
del evangelio. Mientras permanecisteis en el catecumenado estabais como guardados en el granero; cuando
disteis vuestros nombres comenzasteis a ser molidos con el ayuno y los exorcismos. Luego os acercasteis al
agua. Fuisteis amasados y hechos unidad; os coció el fuego del Espíritu Santo, y os convertisteis en pan del
Señor.

He aquí lo que habéis recibido. Veis cómo el conjunto de muchos granos se ha transformado en un solo pan; de
idéntica manera, sed también vosotros una sola cosa amándoos, poseyendo una sola fe, una única esperanza y
un solo amor. Cuando los herejes reciben este sacramento, reciben un testimonio en contra suya, puesto que
ellos buscan la división, mientras que este pan les está indicando la unidad. Lo mismo sucede con el vino: antes
estuvo en muchos cuévanos, y ahora en un único recipiente; forma una unidad en la suavidad del cáliz, pero
tras la prensa del lagar. También vosotros habéis venido a parar, en el nombre de Cristo, al cáliz del Señor
después del ayuno y las fatigas, tras la humillación y el arrepentimiento; también vosotros estáis sobre la mesa,
también vosotros estáis dentro del cáliz. Sois vino conmigo: lo somos conjuntamente; juntos lo bebemos,
porque juntos vivimos.

33
Lc 24,13-35: El Camino comenzó a hablar con ellos en el camino. Sermón 236,2-3
Esta esperanza de la resurrección, este don, esta promesa, esta gracia tan grande la vieron desaparecer de su
alma los discípulos cuando murió Cristo. Con su muerte, se les vino abajo toda su esperanza. Se les anunciaba
que había resucitado, y les parecían un delirio las palabras de quienes lo anunciaban. ¡La verdad se había
convertido en un delirio! Si alguna vez se anuncia la resurrección en nuestro tiempo, y a alguno le parece que
es un delirio ¿no dicen todos que bastante desgracia tiene? ¿No lo detestan todos, lo aborrecen, se apartan de
él y no quieren escucharlo? Esto eran los discípulos tras la muerte del Señor; lo que nosotros detestamos, eso
eran ellos. Los carneros poseían el mal que aborrecen los corderos.

Sus palabras indican dónde tenían el corazón estos dos discípulos a quienes se apareció el Señor y que tenían
los ojos enturbiados, lo que les impedía el reconocerlo. La voz es indicadora de lo que pasa en el alma; mas
para nosotros, pues para Jesús hasta el corazón estaba abierto. Conversaban acerca de su muerte. Se les
agregó como un tercer viajero, y el Camino comenzó a hablar con ellos durante el camino; tomó parte en su
conversación. Sabiéndolo todo, les pregunta de qué van hablando, para conducirlos, fingiendo no saber, a la
confesión. Ellos le dicen: ¿Sólo tú eres peregrino en Jerusalén, y no sabes lo que ha sucedido en la ciudad en
estos días con Jesús de Nazaret que era un gran profeta? (Lc 24,18-19). Ya no le llaman Señor, sino sólo
profeta. Eso pensaban que había sido, después que le vieron morir. Aún le honraban como a un profeta; aún no
le reconocían como Señor no sólo de los profetas, sino también de los ángeles. Cómo, le dicen, nuestros
ancianos y jefes de los sacerdotes lo entregaron para condenarlo a muerte. He aquí que ya han pasado tres
días desde que estas cosas sucedieron. Nosotros esperábamos que él iba a redimir a Israel (Lc 24,18-21). ¿A
esto conduce todo su trabajo? Esperabais, ¿habéis perdido ya la esperanza? Veis que la habían perdido.
Comenzó, pues a exponerles las Escrituras para que reconociesen a Cristo precisamente allí donde lo habían
abandonado. Al verlo muerto, perdieron la esperanza en él. Les abrió las Escrituras para que advirtiesen que, si
no hubiese muerto, no hubiera podido ser el Cristo. Con textos de Moisés, del resto de las Escrituras, de los
profetas, les mostró lo que les había dicho: Convenía que Cristo muriera y entrase en su gloria (Lc 24,26-27).
Lo escuchaban, se llenaban de gozo, suspiraban; y, según confesión propia, ardían; pero no reconocían la luz
que estaba presente.

¡Qué misterio, hermanos míos! Entra en casa de ellos, se convierte en su huésped, y el que no había sido
reconocido en todo el camino, lo es en la fracción del pan. Aprended a acoger a los huéspedes, pues en ellos
se reconoce a Cristo. ¿O ignoráis que, si acogéis a un cristiano, le acogéis a él? ¿No dice él mismo: Fui
huésped, y me acogisteis. Y cuando se le pregunte: Señor, cuándo te vimos huésped?, responderá: Cuando lo
hicisteis con uno de mis pequeños, conmigo lo hicisteis (Mt 25,35.38.40). Por tanto, cuando un cristiano acoge a
otro cristiano, sirve un miembro a los restantes miembros, se alegra de ello la Cabeza y considera como dado a
sí misma lo que se otorgó a cada uno de sus miembros. Demos de comer en esta tierra a Cristo hambriento,
démosle de beber cuando sienta sed, vistámosle si está desnudo, acojámosle si es peregrino, visitémosle si
está enfermo. Son necesidades del viaje. Así hemos de vivir en esta peregrinación, donde Cristo está
necesitado. Personalmente está lleno, pero siente necesidad en los suyos. Quien personalmente está lleno,
pero necesitado en los suyos, conduce a sí a los necesitados. En él no habrá hambre, ni sed, ni desnudez, ni
enfermedad, ni peregrinación, ni fatiga, ni dolor.

No sé lo que habrá allí, pero sé que estas cosas no existirán. Estas cosas que no existirán allí las conozco; en
cambio, lo que hemos de encontrar, ni el ojo lo vio, ni el oído lo oyó, ni subió al corazón del hombre (1 Cor 2,9).
Podemos amarlo, podemos desearlo; en esta peregrinación podemos suspirar por tan gran bien, pero no
podemos pensarlo ni expresarlo de manera digna con palabras. Yo, al menos, no puedo. Por tanto, hermanos
míos, buscad a alguien que pueda, si es que podéis encontrarlo, y llevadme a mí como discípulo a vuestro lado.
Sólo sé que como dice el Apóstol, quien es poderoso para hacer en nosotros más de lo que pedimos o
pensamos (Ef 3,20), nos llevará al lugar donde se haga realidad lo que está escrito: Dichosos los que habitan
en tu casa; te alabarán por los siglos de los siglos (Sal 83,5). Toda nuestra ocupación será la alabanza de Dios.
¿Qué vamos a alabar si no lo amamos? También amaremos lo que veremos. Veremos, pues, la verdad, y la
verdad misma será Dios a quien alabaremos. Allí encontraremos lo que hoy hemos cantado. Amen: es verdad;
Aleluya: alabad al Señor.

34
San Agustin, Sermón 72/A, 7
"Preocupaos más, hermanos míos, preocupaos más, por favor, de lo que dijo el Señor, extendiendo la mano
sobre sus discípulos: Esta es mi madre y mis hermanos; y quien hiciere la voluntad de mi Padre, que me envió,
es para mí un hermano, hermana y madre (Mt 12,49-50). ¿Acaso no hacía la voluntad del Padre la Virgen
María, que en la fe creyó, en la fe concibió, elegida para que de ella nos naciera la salvación entre los hombres,
creada por Cristo antes de que Cristo fuese en ella creado? Hizo sin duda Santa María la voluntad del Padre;
por eso más es para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber
sido discípula de Cristo que el haber sido su madre. Por eso era María bienaventurada, pues antes de dar a luz
llevó en su seno al maestro. Mira si no es cierto lo que digo. Mientras caminaba el Señor con las turbas que le
seguían, haciendo divinos milagros, una mujer gritó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó! Más, para que no
se buscase la felicidad en la carne, ¿qué replicó el Señor? Más bien, bienaventurados los que oyen la palabra
de Dios y la guardan (Lc 11,27-28). Por eso era bienaventurada María, porque oyó la palabra de Dios y la
guardó: guardó la verdad en la mente mejor que la carne en su seno. Verdad es Cristo, carne es Cristo; Cristo
Verdad estaba en la mente de María, Cristo carne estaba en el seno de María: más es lo que está en la mente
que lo que es llevado en el vientre. Santa es María, bienaventurada es María, pero mejor es la Iglesia que la
Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una porción de Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un
miembro supereminente, pero al fin miembro de un cuerpo entero. Si es parte del cuerpo entero, más es el
cuerpo que uno de sus miembros. El Señor es Cabeza y el Cristo total es cabeza y cuerpo. ¿Qué diré?
Tenemos una Cabeza divina, tenemos a Dios como Cabeza."

Elogio de la caridad CARIDAD/ELOGIO-AGUSTIN (Sermón 350, 2-3)


El amor por el que amamos a Dios y al prójimo, resume en sí toda la grandeza y profundidad de los demás
preceptos divinos. He aquí lo que nos enseña el único Maestro celestial: amarás al Señor tu Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento; y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos
mandamientos depende toda la Ley y los profetas (/Mt/22/37-40/Ag). Por consiguiente, si te falta tiempo para
estudiar página por página todas las de la Escritura, o para quitar todos los velos que cubren sus palabras y
penetrar en todos los secretos de las Escrituras, practica la caridad, que lo comprende todo. Así poseerás lo
que has aprendido y lo que no has alcanzado a descifrar. En efecto, si tienes la caridad, sabes ya un principio
que en sí contiene aquello que quizá no entiendes. En los pasajes de la Escritura abiertos a tu inteligencia la
caridad se manifiesta, y en los ocultos la caridad se esconde. Si pones en práctica esta virtud en tus
costumbres, posees todos los divinos oráculos, los entiendas o no.

Por tanto, hermanos, perseguid la caridad, dulce y saludable vínculo de los corazones; sin ella, el más rico es
pobre, y con ella el pobre es rico. La caridad es la que nos da paciencia en las aflicciones, moderación en la
prosperidad, valor en las adversidades, alegría en las obras buenas; ella nos ofrece un asilo seguro en las
tentaciones, da generosamente hospitalidad a los desvalidos, alegra el corazón cuando encuentra verdaderos
hermanos y presta paciencia para sufrir a los traidores.

Ofreció la caridad agradables sacrificios en la persona de Abel; dio a Noé un refugio seguro durante el diluvio;
fue la fiel compañera de Abraham en todos sus viajes; inspiró a Moisés suave dulzura en medio de las injurias y
gran mansedumbre a David en sus tribulaciones. Amortiguó las llamas devoradoras de los tres jóvenes hebreos
en el horno y dio valor a los Macabeos en las torturas del fuego.

La caridad fue casta en el matrimonio de Susana, casta con Ana en su viudez y casta con María en su
virginidad. Fue causa de santa libertad en Pablo para corregir y de humildad en Pedro para obedecer; humana
en los cristianos para arrepentirse de sus culpas, divina en Cristo para perdonárselas. Pero ¿qué elogio puedo
hacer yo de la caridad, después de haberlo hecho el mismo Señor, enseñándonos por boca de su Apóstol que
es la más excelente de todas las virtudes? Mostrándonos un camino de sublime perfección, dice: aunque yo
hablara las lenguas de los hombres y los de ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o
címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de profecía y supiera todos los misterios y toda la ciencia; y aunque
tuviera tal fe que trasladara los montes, si no tengo caridad, nada soy. Y aunque distribuyera todos mis bienes
entre los pobres, y aunque entregara mi cuerpo para ser quemado, si no tengo caridad, de nada me aprovecha.
La caridad es paciente; es benigna; la caridad no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece,
no es ambiciosa, no busca su interés, no se irrita, no piensa mal, no se goza con el mal, se alegra con la
verdad. Todo lo tolera, todo lo cree, todo lo espera, lo soporta todo. La caridad nunca fenece (/1Co/13/01-
08/Ag).

¡Cuántos tesoros encierra la caridad! Es el alma de la Escritura, la virtud de las profecías, la salvación de los
misterios, el fundamento de la ciencia, el fruto de la fe, la riqueza de los pobres, la vida de los moribundos. ¿Se

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puede imaginar mayor magnanimidad que la de morir por los impíos, o mayor generosidad que la de amar a los
enemigos?

La caridad es la única que no se entristece por la felicidad ajena, porque no es envidiosa. Es la única que no se
ensoberbece en la prosperidad, porque no es vanidosa. Es la única que no sufre el remordimiento de la mala
conciencia, porque no obra irreflexivamente. La caridad permanece tranquila en los insultos; en medio del odio
hace el bien; en la cólera tiene calma; en los artificios de los enemigos es inocente y sencilla, gime en las
injusticias y se expansiona con la verdad.

Imagina, si puedes, una cosa con más fortaleza que la caridad, no para vengar injurias, sino más bien para
restañarlas. Imagina una cosa más fiel, no por vanidad, sino por motivos sobrenaturales, que miran a la vida
eterna. Porque todo lo que sufre en la vida presente es porque cree con firmeza en lo que está revelado de la
vida futura: si tolera los males, es porque espera los bienes que Dios promete en el cielo; por eso la caridad no
se acaba nunca.

Busca, pues, la caridad, y meditando santamente en ella, procura producir frutos de santidad. Y todo cuanto
encuentres de más excelente en ella y que yo no haya notado, que se manifieste en tus costumbres.

Las virtudes morales


(Las costumbres de la Iglesia Católica, cap. 15, 19, 22, 24, 25) A-DEO/VIRTUDES/Ag VIRTUDES/A-DEO/Ag

Como la virtud es el camino que conduce a la verdadera felicidad, su definición no es otra que un perfecto amor
a Dios. Su cuádruple división no expresa más que varios afectos de un mismo amor, y por eso no dudo en
definir estas cuatro virtudes—que ojalá estén tan arraigadas en los corazones como sus nombres en las bocas
de todos—como distintas funciones del amor. La templanza es el amor que totalmente se entrega al objeto
amado; la fortaleza es el amor que todo lo soporta por el objeto de sus amores; la justicia es el amor
únicamente esclavo de su amado y que ejerce, por lo tanto, señorío conforme a la razón; finalmente, la
prudencia es el amor que con sagacidad y sabiduría elige los medios de defensa contra toda clase de
obstáculos.

Este amor, hemos dicho, no es amor de un objeto cualquiera, sino amor de Dios; es decir, del Sumo Bien,
Suma Sabiduría y Suma Paz. Por esta razón, precisando algo más las definiciones, se puede decir que la
templanza es el amor que se conserva íntegro e incorruptible para Dios; la fortaleza es el amor que todo lo sufre
sin pena, con la vista fija en Dios; la justicia es el amor que no sirve más que a Dios, y por esto ejerce señorío,
conforme a la razón, sobre todo lo inferior al hombre; la prudencia, en fin, es el amor que sabe discernir lo que
es útil para ir a Dios de lo que puede alejarle de Él.

TEMPLANZA/AGUSTIN (...) Pongamos primero la atención en la templanza, cuyas promesas son la pureza e
incorruptibilidad del amor, que nos une a Dios. Su función es reprimir y pacificar las pasiones que ansían lo que
nos desvía de las leyes de Dios y de su bondad, o lo que es lo mismo, de la bienaventuranza. Aquí, en efecto,
tiene su asiento la Verdad, cuya contemplación, goce e íntima unión nos hace dichosos; por el contrario, los que
de ella se apartan se ven cogidos en las redes de los mayores errores y aflicciones. La codicia, dice el Apóstol,
es la raíz de todos los males, y quienes la siguen naufragan en la fe y se hallan envueltos en grandes
aflicciones (1 Tim 6, 10). Este pecado del alma está figurado en el Antiguo Testamento de una manera bastante
clara, para quienes quieran entender, en la prevaricación del primer hombre en el paraíso (...).

Nos amonesta Pablo (cfr. Col 3, 9) que nos despojemos del hombre viejo y nos vistamos del nuevo, y quiere
que se entienda por hombre viejo a Adán prevaricador, y por el nuevo, al Hijo de Dios, que para librarnos de él
se revistió de la naturaleza humana en la encarnación. Dice también el Apóstol el primer hombre es terrestre,
formado de la tierra; el segundo es celestial, descendido del cielo. Como el primero es terrestre, así son sus
hijos; y como el segundo es celestial, celestiales también sus hijos, como llevamos la imagen del hombre
terrestre, llevemos también la imagen del celestial (1 Cor 15, 47); esto es despojarse del hombre viejo y
revestirse del nuevo. Ésta es la función de la templanza: despojarnos del hombre viejo y renovarnos en Dios, es
decir, despreciar todos los placeres del cuerpo y las alabanzas humanas, y referir todo su amor a las cosas
invisibles y divinas (...).

FORTALEZA/AGUSTIN: Poco tengo que decir sobre la fortaleza. Este amor de que hablamos, que debe
inflamarse en Dios con el ardor de la santidad, se denomina templanza en cuanto no desea los bienes de este
mundo, y fortaleza en cuanto nos despega de ellos. Pero de todo lo que se posee en esta vida, es el cuerpo lo

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que más fuertemente encadena al hombre, según las justísimas leyes de Dios, a causa del antiguo pecado (...).
Este vínculo teme toda clase de sacudidas y molestias, de trabajos y dolores; sobre todo, su rotura y muerte.
Por eso aflige especialmente al alma el temor de la muerte. El alma se pega al cuerpo por la fuerza de la
costumbre, sin comprender a veces que—si se sirve el bien y con sabiduría—merecerá un día, sin molestia
alguna, por voluntad y ley divinas, gozar de su resurrección y transformación gloriosas. En cambio, si
comprendiendo esto arde enteramente en amor de Dios, en este caso no sólo no temerá la muerte, sino que
llegará incluso a desearla.

Ahora bien, resta el combate contra el dolor. Sin embargo, no hay nada tan duro o fuerte que no sea vencido
por el fuego del amor. Por eso, cuando el alma se entrega a su Dios, vuela libre y generosa sobre todos los
tormentos con las alas hermosísimas y purísimas que le sostienen en su vuelo apresurado al abrazo castísimo
de Dios. ¿Consentirá Dios que en los que aman el oro, la gloria, los placeres de los sentidos, tenga más fuerza
el amor que en los que le aman a Él, cuando aquello no es ni siquiera amor, sino pasión y codicia
desenfrenada? Sin embargo, si esta pasión nos muestra la fuerza del ímpetu de un alma que—sin cansancio y
a través de los mayores peligros—tiende al objeto de su amor, es también una prueba que nos enseña cuál
debe ser nuestra disposición para soportarlo todo antes que abandonar a Dios, cuando tanto se sacrifican otros
para desviarse de Él (...).

JUSTICIA/AGUSTIN ¿Qué diré de la justicia que tiene por objeto a Dios? Lo que afirma Nuestro Señor: no
podéis servir a dos señores (Mt 6, 24); y la reprensión del Apóstol a quienes sirven más bien a las criaturas que
al Creador (cfr. Rm 1, 25), ¿no es lo mismo que lo dicho con mucha antelación en el Viejo Testamento: a tu
Señor Dios adorarás y a Él sólo servirás? (Dt 6, 13). ¿Qué necesidad hay de citar más, cuando todo está lleno
de semejantes preceptos? Esta es la regla de vida que la justicia prescribe al alma enamorada: que sirva de
buena gana y gustosamente al Dios de sus amores, que es Sumo Bien, Suma Sabiduría y Suma Paz; y que
gobierne todas las demás cosas, unas como sujetas a sí, y otras como previendo que algún día lo estarán. Esta
regla de vida la confirma, como decimos, el testimonio de los dos Testamentos.

PRUDENCIA/AGUSTIN: Poco será también lo que diga de la prudencia, a la que compete el descubrimiento de
lo que se ha de apetecer y lo que se ha de evitar. Sin esta virtud no se puede hacer bien nada de lo que
anteriormente hemos dicho. Es propio de ella una diligentísima vigilancia para no ser seducidos, ni de improviso
ni poco a poco. Por eso el Señor nos repite muchas veces: estad siempre en vela y caminad mientras dura la
luz, para que no os sorprendan las tinieblas (Jn 12, 35); y lo mismo San Pablo: ¿no sabéis que ten poco de
levadura basta para corromper toda la masa? (1 Cor 5, 6). Contra esta negligensia y sueño del espíritu, que
apenas se da cuenta de la infiltración sucesiva del veneno de la serpiente, son clarísimas estas palabras del
profeta, que se leen en el Antiguo Testamento: el que desprecia las cosas pequeñas caerá poco a poco (Sir 19,
1) ¡Voy muy deprisa, no puedo detenerme en amplias explicaciones sobre esta máxima sapientísima; pero, si
fuera éste mi propósito, mostraría la grandeza y profundidad de estos misterios, que son la burla de hombres
tan necios como sacrílegos, que no caen poco a poco, sino que con toda rapidez se precipitan en el abismo
más profundo.

¿A qué dar más extensión a esta cuestión sobre las costumbres? Siendo Dios el Sumo Bien del hombre—y esto
no se puede negar—, se sigue que la vida santa, que es una dirección del afecto al Sumo Bien, consistirá en
amarle con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu. Así se preserva el amor de la corrupción y
de la impureza, que es lo propio de la templanza; le hace invencible frente a todas las adversidades, que es lo
propio de la fortaleza; le lleva a renunciar a todo otro vasallaje, que es lo propio de la justicia; y, finalmente, le
hace estar siempre en guardia para discernir las cosas y no dejarse engañar por la mentira y el dolo, que es lo
propio de la prudencia. Esta es la única perfección humana que consigue gozar de la pureza de la verdad, y la
que ensalzan y aconsejan uno y otro Testamento.

Cómo pedir a Dios ORA/AGUSTIN (Sermón 80, 2, 7-8)


Pedid, y se os dará (/Mt/07/07-08/Ag). Y para que no te imagines que había recomendado la oración como de
pasada, añadió: buscad y hallaréis. Y para que ni siquiera pienses que lo dijo por decir, concluyó: llamad, y se
os abrirá. Dios quiere que para recibir se pida, y para hallar se busque, y se llame para entrar. Pero si ya el
Padre sabe de qué tenemos necesidad, ¿por qué pedimos?, ¿por qué buscamos?, ¿para qué llamamos? ¿Por
qué, pidiendo y buscando y llamando, nos fatigamos en hacerle saber lo que ya conoce antes que nosotros?
(...). Pues tú pide, busca y llama también para comprender esto. Si la puerta está cerrada, no es como para
decirte que le dejes en paz, sino para estimularte.

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Hermanos mios, debemos exhortaros a la oración, y a nosotros junto con vosotros. Ante los muchos males de
estos tiempos, nuestra única esperanza reside en llamar por la oración, en creer y tener fijo en el corazón que
tu Padre te rehúsa sólo lo que no te conviene. Tú conoces tus deseos; pero lo que verdaderamente te conviene,
sólo Él lo sabe. Imagínate que ahora estás enfermo y en las manos de un médico; pues verdaderamente esto
es lo que sucede, ya que toda nuestra vida es enfermedad sobre enfermedad, y una larga existencia no es sino
una enfermedad larga. Figúrate, pues, enfermo y sometido a un médico. Te ha venido el deseo de pedirle que
te deje tomar vino, y vino nuevo. No se te prohibe, porque a lo mejor no te perjudica; incluso puede hacerte
bien. No temas: pídelo sin miedo y sin tardanza; pero no te enfades si te lo rehusa, ni te aflijas. Si esta
confianza muestras en el hombre que cuida de tu cuerpo, ¿no has de tenerla mayor en Dios, Médico, Creador y
Reparador de tu cuerpo y de tu alma? (...)

DESEO/ORACION ORA/CONTINUA: Hay dos suertes de beneficios: los temporales y los eternos. Los
temporales son la salud, la hacienda, el honor, los amigos, la casa, los hijos, la mujer y las demás cosas de esta
vida en la que andamos como viajeros. Considerémonos, pues, en un mesón donde somos caminantes que han
de proseguir más allá, y no dueños. Los beneficios eternos son, en primer lugar, la vida eterna, la
incorruptibilidad del cuerpo y del alma, la compañía de los ángeles, la ciudad del cielo, la corona inmarcesible,
un Padre y una Patria; aquél, sin muerte, y ésta, sin enemigo. Hemos de ansiar estos bienes con vehemencia y
pedirlos con perseverancia, menos con largos discursos y más con anhelos sinceros. Siempre ora el deseo,
aunque la lengua calle. Siempre oras si deseas siempre. ¿Cuándo languidece la oración? Cuando se enfría el
deseo.

Pidamos con toda avidez, por tanto, aquellos beneficios sempiternos; busquemos aquellos bienes con interés
sumo; pidámoslos sin vacilaciones. Son dones siempre provechosos, que nunca perjudican, mientras que los
corporales a veces aprovechan y a veces dañan. A muchos hizo bien la pobreza y causó mal la riqueza; a
muchos les aprovechó la vida privada y les hizo daño el encumbramiento de los honores. También algunos
sacaron provecho del dinero y de los altos puestos: quienes los usaron bien; pero quienes los utilizaron mal,
salieron con daño por no habérselos quitado.

En resumen, hermanos: pidamos los bienes temporales discretamente, y tengamos la seguridad—si los
recibimos—de que proceden de quien sabe que nos convienen. ¿Pediste y no recibiste? Fíate del Padre; si te
conviniera, te lo habría dado. Juzga por ti mismo. Tú eres delante de Dios, por tu inexperiencia de las cosas
divinas, como tu hijo ante ti con su inexperiencia de las cosas humanas. Ahí tienes a ese hijo llorando el día
entero para que le des un cuchillo o una espada. Te niegas a dárselo y no haces caso de su llanto, para no
tener que llorarle muerto. Ahora gime, se enfada y da golpes para que le subas a tu caballo; pero tú no lo haces
porque, no sabiendo conducirlo, le tirará o le matará. Si le rehúsas ese poco, es para reservárselo todo; le
niegas ahora sus insignificantes demandas peligrosas, para que vaya creciendo y posea sin peligro toda la
fortuna.

TIEMPOS-MALOS/AG: Os decimos, pues, hermanos: orad cuanto podáis. Abundan los males, y Dios ha
permitido que así sea. ¡Ojalá no hubiera tantos malos, y no abundarían los males! ¡Tiempos malos? tiempos
difíciles!, dicen los hombres. Vivamos bien. y los tiempos serán buenos. Los tiempos somos nosotros: cuales
somos nosotros, tales son los tiempos. ¿Qué hacer, pues? Quizá no podemos convertir a todos los hombres;
procuren vivir bien, por lo menos, los pocos que me están oyendo, y ese reducido número de los buenos
soporte la multitud de los malos. Estos buenos son como el grano: ahora se encuentran en la era, mezclados
con la paja; mas en el hórreo no habrá esta mezcla. Toleren lo que no quieren, para llegar a donde quieren.
¿Por qué afligirnos y censurar lo que Dios ha permitido?

MAL/MUNDO-H: Abundan los males en el mundo para preservarnos del amor al mundo. Los hombres grandes,
los santos y los verdaderos fieles, menospreciaron el mundo en todo su esplendor; y nosotros, ahora, ¿no
somos capaces de menospreciarle con todas sus malandanzas? Malo es el mundo; pero, malo y todo, se le
ama como si fuera bueno. Pero ¿qué mundo malo es éste? Porque no es malo el cielo, ni la tierra, ni las aguas,
ni lo que hay en ellos: peces, aves, árboles... Estas cosas son buenas. Al mundo le hacen malo los hombres
malos. Pero ya que no es posible que no haya hombres malos mientras vivimos en la tierra, elevemos a Dios
nuestros gemidos y llevemos con paciencia los males para arribar a los bienes. No censuremos al Padre de
familia, que es tan bueno. Él nos lleva sobre sí, no le llevamos nosotros a Él. Él sabe cómo gobernar su obra.
Por lo que a ti se refiere, haz lo que te manda y aguarda el cumplimiento de sus promesas.

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Cuando Cristo pasa
(Sermón 88, 12-13, 17) MIGRO/CIEGOS-JERICO

Cuando salían de Jericó le seguía una gran multitud. Y he aquí que dos ciegos sentados a la vera del camino,
al oír que pasaba Jesús se pusieron a gritar: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! La multitud les
regañaba para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión
de nosotros! Jesús se paró los llamó y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Le respondieron: Señor que se
abran nuestros ojos. Jesús, compadecido, les tocó los ojos y al instante comenzaron a ver, y le siguieron
(/Mt/20/29-34/Ag).

¿Qué es, hermanos, gritar a Cristo, sino adecuarse a la gracia del Señor con las buenas obras? Digo esto,
hermanos, porque no sea que levantemos mucho la voz, mientras enmudecen nuestras costumbres. ¿Quién es
el que gritaba a Cristo, para que expulsase su ceguera interior al pasar Él, es decir, al dispensarnos los
sacramentos temporales, con los que se nos invita a adquirir los eternos? ¿Quién es el que grita a Cristo?
Quien desprecia el mundo, llama a Cristo. Quien desdeña los placeres del siglo, clama a Cristo. Quien dice, no
con la lengua, sino con la vida, el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Gal 6, 14), ése es el que
grita a Cristo.

Llama a Cristo quien reparte y da a los pobres, para que su justicia permanezca por los siglos de los siglos (cfr.
Sal 101, 9). Quien escucha y no se hace el sordo—vended vuestras bienes y dad limosna; haceos bolsas que
no envejecen, un tesoro que no se agota en el Cielo (Lc 12, 33)— como si oyese el sonido de los pasos de
Cristo que pasa, al igual que el ciego, clame por estas cosas, es decir, hágalas realidad. Su voz esté en sus
hechos. Comience a despreciar el mundo, a distribuir sus posesiones al necesitado, a tener en nada lo que los
hombres aman. Deteste las injurias, no apetezca la venganza, ponga la mejilla al que le hiere, ore por los
enemigos; si alguien le quitare lo suyo, no lo exija; si, al contrario, hubiera quitado algo a alguien, devuélvale el
cuádruplo.

Una vez que haya comenzado a obrar asé, todos sus parientes, afines y amigos se alborotarán. Quienes aman
el mundo se le pondrán en contra: «¿Qué haces, loco? ¡No te excedas!: ¿acaso los demás no son cristianos?
Eso es idiotez, locura». Cosas como ésta grita la turba para que los ciegos no clamen. La turba reprendía a los
que clamaban, pero no tapaba sus clamores.

Comprendan cómo han de obrar quienes desean ser sanados. También ahora pasa Jesús: los que se hallan a
la vera del camino, griten. Tales son los que le honran con los labios, pero su corazón está alejado de Dios (cfr.
Is 29, 13). A la vera del camino están aquellos de corazón contrito a quienes dio órdenes el Señor. En efecto,
siempre que se nos leen las obras transitorias del Señor, se nos muestra a Jesús que pasa. Porque hasta el fin
de los siglos no faltarán ciegos sentados a la vera del camino. Es necesario que levanten su voz.

La muchedumbre que acompañaba al Señor reprendía el clamor de los que buscaban la salud. Hermanos, ¿os
dais cuenta de lo que digo? No sé de que modo decirlo, pero tampoco cómo callar. Esto es lo que digo, y
abiertamente. Temo a Jesús que pasa y se queda, y no puedo callarlo: los cristianos malos y tibios obstaculizan
a los buenos cristianos, a los verdaderamente llenos de celo y deseosos de cumplir los mandamientos de Dios,
escritos en el Evangelio. La misma turba que está con el Señor, calla a los que claman; es decir, obstaculiza a
los que obran el bien, no sea que con su perseverancia sean curados.

Clamen ellos, no se cansen ni se dejen arrastrar por la autoridad de la masa; no imiten siquiera a los que,
cristianos desde antiguo, viven mal y sienten envidia de las buenas obras. No digan: «¡Vivamos como la gran
multitud!». ¿Y por qué no como ordena el Evangelio? ¿Por qué quieres vivir conforme a la reprensión de la
turba que impide gritar, y no según las huellas de Cristo que pasa? Te insultarán, te vituperarán, te llamarán
para que vuelvas atrás. Tú clama hasta que tu grito llegue a oídos de Jesús. Pues quienes perseveraren en
obrar lo que ordenó Cristo, sin hacer caso de la muchedumbre que lo prohibe, y no se ensoberbecieren por el
hecho de que parecen seguir a Cristo—esto es, por llamarse cristianos—, sino que tuvieren más amor a la luz
que Cristo les ha de restituir que temor al estrépito de los que les prohiben; éstos en modo alguno se verán
separados: Cristo se detendrá y los sanará (...).

En pocas palabras, para terminar este sermón, hermanos, en aquello que tanto nos toca y nos angustia, ved
que es la muchedumbre la que reprende a los ciegos que gritan. Todos los que estáis en medio de la turba y
queréis ser sanados, no os asustéis. Muchos son cristianos de nombre e impíos por las obras: que no os

39
aparten de hacer el bien. Gritad en medio de la muchedumbre que os reprende, os llama para que volváis atrás,
os insulta y vive perversamente.

Mirad que los malos cristianos no sólo oprimen a los buenos con las palabras, sino también con las malas
obras. Un buen cristiano no quiere asistir a los espectáculos: por el mismo hecho de frenar su concupiscencia
para no acudir al teatro, ya grita en pos de Cristo, ya clama que le sane: «Otros van —dirá—, pero serán
paganos, o judíos». Si los cristianos no fueran a los teatros, habría tan poca gente, que los demás se retirarían
llenos de vergüenza. Pero los cristianos corren también hacia allá, llevando su santo nombre a lo que es su
perdición. Clama, pues, negándote a ir, reprimiendo en tu corazón la concupiscencia temporal, y manténte en
ese clamor fuerte y perseverante ante los oídos del Salvador, para que se detenga y te cure. Clama aun en
medio de la muchedumbre, no pierdas la confianza en los oídos del Señor. Aquellos ciegos no gritaron desde el
lado en el que no estaba la muchedumbre, para ser oídos desde allí, sin el estorbo de quienes les prohibían.
Clamaron en medio de la turba y, no obstante, el Señor les escuchó. Hacedlo así vosotros también, en medio
de los pecadores y lujuriosos, en medio de los amantes de las vanidades mundanas. Clamad ahí para que os
sane el Señor. No gritéis desde otra parte, no vayáis a los herejes para clamar desde allí. Considerad,
hermanos, que en medio de aquella muchedumbre que impedía gritar, allí mismo fueron sanados los que
clamaban.

Lo extraordinario de lo ordinario
(Comentario Evangelio de San Juan, 8, 1)

CRC/GLORIFICAR-D ALABANZA/CREACION: El milagro con el que Nuestro Señor Jesucristo convirtió el agua
en vino no es una maravilla a los ojos de quienes saben que fue obrado por Dios. En efecto, el que durante las
bodas produjo el vino en las seis ánforas que mandó llenar de agua, es el mismo que todos los años hace algo
semejante en las vides. Lo que los servidores echaron en las hidrias, fue transformado en vino por obra de
Dios, lo mismo que también por obra de El se cambia en vino lo que cae de las nubes. Si no nos maravillamos
de esto, es porque sucede todos los años y por la frecuencia ha dejado de ser admirable.

Sin embargo, esto merecería mayor consideración de lo que sucede dentro de las ánforas con agua. ¿Quién
puede, en efecto, considerar las obras del Señor, con las que rige y gobierna el mundo entero, sin pasmarse de
asombro ni quedar como aplastado ante tantos prodigios? La potencia de un grano de semilla cualquiera es tan
grande que casi hace estremecer de espanto a quien lo considera con cuidado. Pero como los hombres,
ocupados en otras cosas, han dejado de prestar atención a las obras de Dios, por las que sin cesar deberían
glorificar al Creador, Dios se reservó hacer prodigios inusitados para inducir a los hombres, que están como
amodorrados, a adorarlo a través de estas maravillas.

Resucita a un muerto, y los hombres se llenan de admiración, nacen miles de personas todos los días, y
ninguno se extraña. Sin embargo, si se examina bien, mayor milagro es el comenzar a ser quien no era, que el
retornar a la vida quien ya había sido. Y es el mismo Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, quien mediante
su Verbo hace estas maravillas, y el que las ha hecho, las gobierna. Los primeros milagros los ha obrado por
medio de su Verbo, que está en Él y es Dios mismo; los segundos, por medio de su mismo Verbo encarnado y
hecho hombre por nosotros. Del mismo modo que admiramos las cosas realizadas por medio de Jesús hombre,
admiremos las obradas por medio de Jesús Dios. Por medio de Él, fueron creados el cielo y la tierra, el mar y
toda la hermosura del cielo, la opulencia de la tierra y la fecundidad de los mares. Todo lo que se extiende
delante de nuestra vista, fue creado por medio de Jesús Dios. Al contemplar estas cosas, si en nosotros reside
su Espíritu, nos alegrarán de tal forma que alabaremos al Artífice, y no harán que lo olvidemos, distraídos por
sus obras, ni que volvamos la espalda al que las creó.

Vivir la pureza en todos los estados CASTIDAD/AGUSTIN (Sermón 132)


Según hemos oído, al leerse el Santo Evangelio, Nuestro Señor Jesucristo nos exhorta a comer su carne y a
beber su sangre (cfr. Jn 6, 56 ss), ofreciéndonos por ello la vida eterna. No todos los que oísteis estas palabras
las habréis comprendido. Los que ya habéis sido bautizados, y sois fieles, conocéis su significado. Los que
todavía sois catecúmenos, y os llamáis auditores, habéis escuchado la lectura quizá sin entenderla. A unos y
otros se dirige nuestro sermón. Los que ya comen la carne del Señor y beben su sangre, mediten lo que comen
y beben, no sea que—como dice el Apóstol-- coman y beban su propia condenación (cfr. 1 Cor 11, 29). Los que
todavía no comen ni beben, apresúrense a venir a este banquete, al cual han sido invitados (...).

Si deben ser exhortados los catecúmenos, hermanos míos, para que no se demoren en venir a la gracia de la
regeneración, ¡cuánto más cuidado hemos de poner en edificar a los fieles para que les aproveche lo que

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comen, y no coman y beban su propio juicio cuando se acercan al banquete eucarístico! Para que no les
suceda eso, lleven una vida recta. Sed predicadores no con sermones, sino con vuestras buenas costumbres, a
fin de que, los que aun no han sido bautizados, se apresuren de tal manera a seguiros que no perezcan
imitándoos. 242

Los que estáis casados, guardad la fe conyugal a vuestras mujeres, y dadles lo que de ellas exigís. Exiges de tu
mujer que sea casta; pues tú tienes obligación de darle ejemplo, no palabras. Mira bien cómo te comportas,
pues eres la cabeza y estás obligado a caminar por donde ella pueda ir sin peligro de perderse. Más aún: tienes
obligación de recorrer la senda por donde quieres que ande ella. Exiges fortaleza al sexo menos fuerte, y los
dos tenéis la concupiscencia de la carne: pues el que se considera más fuerte, sea el primero en vencer.

Sin embargo, es muy de lamentar que muchos maridos sean superados por sus mujeres. Guardan ellas la
castidad que ellos se niegan a mantener, pensando que la virilidad reside precisamente en no guardarla como
si fuera más fuerte el sexo que más fácilmente es dominado por el enemigo. ¡Es preciso luchar, combatir,
pelear! El varón es más fuerte que la mujer, es la cabeza de ella (cfr. Ef 5, 23). Lucha y vence ella, ¿y
sucumbes tú ante el enemigo? ¿Queda el cuerpo de pie, y rueda la cabeza por el suelo?

Los que todavía sois solteros, y os acercáis a la mesa del Señor, y coméis la carne de Cristo y bebéis su
sangre, si habéis de casaros, reservaos para las que han de ser vuestras esposas. Tal como queréis que
vengan ellas a vosotros, así os deben encontrar. ¿Qué joven hay que no desee casarse con una mujer casta?
Si es virgen la que has de recibir en matrimonio, ¿no deseas encontrarla totalmente intacta? Si así la quieres,
sé tú como la quieres. ¿Buscas una mujer pura? No seas tú impuro.

¿Te es acaso imposible la pureza que reclamas en ella? Si fuera imposible para ti, también lo sería para ella.
Pero, si ella puede ser pura, con su pureza te enseña lo que tienes obligación de ser. Ella puede porque la guía
Dios. Además, más gloriosa sería la virtud en ti que en ella. ¿Sabes por qué? Porque ella está bajo la vigilancia
de sus padres y la misma vergüenza de su sexo la contiene; porque teme las leyes que tú atropellas. Luego si
tú hicieras lo que ella hace, serías más digno de alabanza, porque sería prueba clara de que temes a Dios. Ella
tiene muchas cosas que temer además de Dios; pero tú sólo temes a Dios.

El que tú temes es mayor que todos y es preciso que se le tema en público y en privado. Sales de tu casa, y te
ve; entras, y te ve también. No importa que tengas la casa iluminada o que la tengas a oscuras: te ve. Es lo
mismo que entres en tu dormitorio o en el interior de tu propio corazón, porque no podrás sustraerte a sus
miradas. Teme, por tanto, al que te ve siempre; témele y sé casto, al menos por eso. Pero si deseas pecar,
busca —si puedes—un sitio donde Dios no te vea, y entonces haz lo que quieras.

En cuanto a los que habéis decidido guardaros totalmente para Dios, castigad vuestro cuerpo con más rigor y
no soltéis el freno a la concupiscencia ni siquiera en las cosas que os están permitidas. No basta con que os
abstengáis de relaciones ilícitas, sino que incluso habéis de renunciar a las miradas lícitas. Tanto si sois
hombres como si sois mujeres, acordaos siempre de llevar sobre la tierra una vida semejante a la de los
ángeles. Los ángeles no se casan ni son dados en matrimonio, y así seremos todos después de la resurrección
(cfr. Mt 22, 30). ¿Cuánto mejores sois vosotros, que comenzáis a ser antes de la muerte aquello que serán los
hombres después de resucitar?

Sed fieles en el estado de vida que tengáis, para recibir a su tiempo la recompensa que Dios tiene reservada a
cada uno. La resurrección de los muertos ha sido comparada a las estrellas del cielo. Las estrellas—dice el
Apóstol—brillan de distinta manera unas que otras. Así sucederá en la resurrección de los muertos (I Cor 15,
41). Una será la luz de la virginidad, otra la de la castidad conyugal, otra la de la santa viudez. Lucirán de
distintos modos, pero todas estarán allí. No será idéntico el resplandor, pero será común la gloria eterna.

Meditad seriamente en vuestra condición, guardad vuestros deberes de estado con fidelidad, y acercaos
confiadamente a la carne y a la sangre del Señor. El que no sea como tiene obligación de ser, que no se
acerque. ¡Ojalá sirvan mis palabras para excitaros al arrepentimiento! Alégrense los que saben guardar para su
cónyuge lo que de su cónyuge exigen; alégrense los que saben guardar castidad perfecta, si así lo han
prometido a Dios. Sin embargo, otros se contristan cuando me oyen decir: que no se acerquen a recibir el pan
del cielo los que se niegan a ser castos. Yo no quisiera tener que decir esto, pero ¿qué voy a hacer? ¿he de
callar la verdad por temor a los hombres? Porque esos siervos no teman a su Señor, ¿no habré de temerle yo
tampoco? Pues está escrito: tenías obligación de dar y sabías que yo era exigente (cfr. Mt 25, 26).

41
Ya he dado, Señor y Dios mio; he entregado tu dinero en presencia tuya y de tus ángeles y de todo el pueblo,
pues temo tu santo juicio. He dado lo que me mandaste dar; exige tú lo que tienes derecho a recibir. Aunque yo
me calle, has de hacer lo que conviene a tu justicia. Mas permite que te diga: he distribuido tus riquezas; ahora
te suplico que conviertas los corazones y perdones a los pecadores. Haz que sean castos los que han sido
impúdicos, para que en compañía de ellos pueda yo alegrarme delante de Ti, cuando vengas a juzgar.

¿Os agrada esto, hermanos míos? Pues que sea ésta vuestra voluntad. Todos los que no vivís limpiamente,
enmendaos ahora, mientras aún estáis sobre la tierra. Yo puedo deciros lo que Dios me manda comunicaros;
pero a los impuros que perseveren en su maldad, no podré librarlos del juicio y de la condenación de Dios.

El servicio episcopal (Sermón 340 A, 1-9)


El que preside a un pueblo debe tener presente, ante todo, que es siervo de muchos. Y eso no ha de tomarlo
como una deshonra; no ha de tomar como una deshonra, repito, el ser siervo de muchos, porque ni siquiera el
Señor de los señores desdeñó el servirnos a nosotros. De la hez de la carne se les había infiltrado a los
discípulos de Cristo, nuestros Apóstoles, un cierto deseo de grandeza, y el humo de la vanidad había
comenzado a llegar ya a sus ojos. Pues, según leemos en el Evangelio, surgió entre ellos una disputa sobre
quién sería el mayor (/Lc/22/24). Pero el Señor, médico que se hallaba presente, atajó aquel tumor. Cuando vio
el mal que había dado origen a aquella disputa, poniendo delante algunos niños, dijo a los Apóstoles: quien no
se haga como este niño no entrará en el reino de los cielos (Mt 18, 3). En la persona del niño les recomendó la
humildad. Pero no quiso que los suyos tuviesen mente de niño, diciendo el Apóstol en otro lugar: no os hagáis
como niños en la forma de pensar. Y añadió: pero sed niños en la malicia, para ser perfectos en el juicio (1 Cor
14, 20) (...). Dirigiéndose el Señor a los Apóstoles y confirmándolos en la santa humildad, tras haberles
propuesto el ejemplo del niño, les dijo: quien de vosotros quiera ser el mayor, sea vuestro servidor (Mt 20, 26)
(...).

Por tanto, para decirlo en breves palabras, somos vuestros siervos, siervos vuestros, pero, a la vez, siervos
como vosotros; somos siervos vuestros, pero todos tenemos un único Señor; somos siervos vuestros, pero en
Jesús, como dice el Apóstol: nosotros, en cambio, somos siervos vuestros por Jesús (2 Cor 4, 5). Somos
siervos vuestros por Él, que nos hace también libres; dice a los que creen en Él: si el Hijo os libera, seréis
verdaderamente libres (Jn 8, 36). ¿Dudaré, pues, en hacerme siervo por Aquél que, si no me libera,
permaneceré en una esclavitud sin redención? Se nos ha puesto al frente de vosotros y somos vuestros
siervos; presidimos, pero sólo si somos útiles. Veamos, por tanto, en qué es siervo el obispo que preside. En lo
mismo en que lo fue el Señor. Cuando dijo a sus Apóstoles: quien de vosotros quiera ser el mayor, sea vuestro
servidor (Mt 20, 26), para que la soberbia humana no se sintiese molesta por ese nombre servil,
inmediatamente los consoló, poniéndose a sí mismo como ejemplo en el cumplimiento de aquello a lo que los
había exhortado (...).

¿Qué significan, pues, sus palabras: igual que el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir? (Mt 20,
28). Escucha lo que sigue: no vino, dijo, a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos
(Ibid.). He aquí cómo sirvió el Señor, he aquí cómo nos mandó que fuéramos siervos. Dio su vida en rescate por
muchos: nos redimió. ¿Quién de nosotros es capaz de redimir a otro? Con su sangre y con su muerte hemos
sido redimidos; con su humildad hemos sido levantados, caídos como estábamos; pero también nosotros
debemos aportar nuestro granito de arena en favor de sus miembros, puesto que nos hemos convertido en
miembros suyos: Él es la cabeza, nosotros el cuerpo (...).

Ciertamente es bueno para nosotros el ser buenos obispos que presidan como deben y no sólo de nombre;
esto es bueno para nosotros. A quienes son así se les promete una gran recompensa. Mas, si no somos así,
sino —lo que Dios no quiera—malos; si buscáramos nuestro honor por nosotros mismos, si descuidáramos los
preceptos de Dios sin tener en cuenta vuestra salvación, nos esperan tormentos tanto mayores como mayores
son los premios prometidos. Lejos de nosotros esto; orad por nosotros. Cuanto más elevado es el lugar en que
estamos, tanto mayor el peligro en que nos encontramos (...).

Así, pues, que el Señor me conceda, con la ayuda de vuestras oraciones, ser y perseverar, siendo hasta el final
lo que queréis que sea todos los que me queréis bien y lo que quiere que sea quien me llamó y mandó;
ayúdeme Él a cumplir lo que me mandó. Pero sea como sea el obispo, vuestra esperanza no ha de apoyarse en
él. Dejo de lado mi persona; os hablo como obispo: quiero que seáis para mí causa de alegría, no de
hinchazón. A nadie absolutamente que encuentre poniendo la esperanza en mí puedo felicitarle; necesita
corrección, no confirmación; ha de cambiar, no quedarse donde está. Si no puedo advertirselo, me causa dolor;
en cambio, si puedo hacerlo, ya no.

42
Ahora os hablo en nombre de Cristo a vosotros, pueblo de Dios; os hablo en nombre de la Iglesia de Dios, os
hablo yo, un siervo cualquiera de Dios: vuestra esperanza no esté en nosotros, no esté en los hombres. Si
somos buenos, somos siervos; si somos malos, somos siervos; pero, si somos buenos, somos servidores fieles,
servidores de verdad. Fijaos en lo que os servimos: si tenéis hambre y no queréis ser ingratos, observad de qué
despensa se sacan los manjares. No te preocupe el plato en que se te ponga lo que tú estás ávido de comer.
En la gran casa del padre de familia hay no sólo vajilla de oro y plata, sino también de barro (2 Tim 2, 20). Hay
vasos de plata, de oro y de barro. Tú mira sólo si tiene pan y de quién es el pan y quién lo da a quien lo sirve.
Mirad a Aquél de quien estoy hablando, el Dador de este pan que se os sirve. Él mismo es el pan: Yo soy el pan
vivo que he bajado del cielo (Jn 6, 51). Así, pues, os servimos a Cristo en su lugar: os servimos a El, pero bajo
sus órdenes; para que Él llegue hasta vosotros, sea Él mismo el juez de nuestro servicio. 246

La fe de Maria
(Sermón 72 A, 3, 7-8)

Mientras hablaba a las turbas, su madre y sus hermanos estaban fuera, queriendo hablar con Él. Alguien se lo
indicó, diciendo: mira, tu Madre y tus hermanos están fuera, quieren hablar contigo. Y Él dijo: ¿quién es mi
madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo la mano sobre sus discípulos, repuso: éstos son mi madre
y mis hermanos. Todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano, mi
hermana y mi madre (/Mt/12/46-50/Agustin).

¿Por qué Cristo desdeñó piadosamente a su Madre? No se trataba de una madre cualquiera, sino de una
Madre virgen. María, en efecto, recibió el don de la fecundidad sin menoscabo de su integridad: fue virgen al
concebir, en el parto y perpetuamente. Sin embargo, el Señor relegó a una Madre tan excelente para que el
afecto materno no le impidiera realizar la obra comenzada.

¿Qué hacía Cristo? Evangelizaba a las gentes, destruía al hombre viejo y edificaba uno nuevo, libertaba a las
almas, desencadenaba a los presos, iluminaba las inteligencias oscurecidas, realizaba toda clase de obras
buenas. Todo su ser se abrasaba en tan santa empresa. Y en ese momento le anunciaron el afecto de la carne.
Ya oísteis lo que respondió, ¿para qué voy a repetirlo? Estén atentas las madres, para que con su cariño no
dificulten las obras buenas de sus hijos. Y si pretenden impedirlas o ponen obstáculos para retrasar lo que no
pueden anular, sean despreciadas por sus hijos. Más aún, me atrevo a decir que sean desdeñadas,
desdeñadas por piedad. Si la Virgen María fue tratada así, ¿por qué ha de enojarse la mujer —casada o
viuda—, cuando su hijo, dispuesto a obrar el bien, la desprecie? Me dirás: entonces, ¿comparas a mi hijo con
Cristo? Y te respondo: No, no lo comparo con Cristo, ni a ti con María. Cristo no condenó el afecto materno,
pero mostró con su ejemplo sublime que se debe postergar a la propia madre para realizar la obra de Dios (...).

¿Acaso la Virgen María -elegida para que de Ella nos naciera la salvación y creada por Cristo antes de que
Cristo fuese en Ella creado-, no cumplía la voluntad del Padre? Sin duda la cumplió, y perfectamente. Santa
María, que por la fe creyó y concibió, tuvo en más ser discípula de Cristo que Madre de Cristo. Recibió mayores
dichas como discípula que como Madre.

María era ya bienaventurada antes de dar a luz, porque llevaba en su seno al Maestro. Mira si no es cierto lo
que digo. Al ver al Señor que caminaba entre la multitud y hacía milagros, una mujer exclamó: ¡bienaventurado
el vientre que te llevó! (Lc 11, 27). Pero el Señor, para que no buscáramos la felicidad en la carne, ¿qué
responde?: bienaventurados, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 1 I, 28).
Luego María es bienaventurada porque oyó la palabra de Dios y la guardó: conservó la verdad en la mente
mejor que la carne en su seno. Cristo es Verdad, Cristo es Carne. Cristo Verdad estaba en el alma de María,
Cristo Carne se encerraba en su seno; pero lo que se encuentra en el alma es mejor que lo que se concibe en
el vientre.

María es Santísima y Bienaventurada. Sin embargo, la Iglesia es más perfecta que la Virgen María. ¿Por qué?
Porque María es una porción de la Iglesia, un miembro santo, excelente, supereminente, pero al fin miembro de
un cuerpo entero. El Señor es la Cabeza, y el Cristo total es Cabeza y cuerpo. ¿Qué diré entonces? Nuestra
Cabeza es divina: tenemos a Dios como Cabeza.

Vosotros, carísimos, también sois miembros de Cristo, sois cuerpo de Cristo. Ved cómo sois lo que Él dijo: he
aquí mi madre y mis hermanos (Mt 12, 49). ¿Cómo seréis madre de Cristo? El Señor mismo nos responde: todo
el que escucha y hace la Voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre

43
(Mt 12, 50). Mirad, entiendo lo de hermano y lo de hermana, porque única es la herencia; y descubro en estas
palabras la misericordia de Cristo: siendo el Unigénito, quiso que fuéramos herederos del Padre, coherederos
con Él. Su herencia es tal, que no puede disminuir aunque participe de ella una muchedumbre. Entiendo, pues,
que somos hermanos de Cristo, y que las mujeres santas y fieles son hermanas suyas. Pero ¿cómo podemos
interpretar que también somos madres de Cristo? ¿Me atreveré a decir que lo somos? Sí, me atrevo a decirlo.
Si antes afirmé que sois hermanos de Cristo, ¿cómo no voy a afirmar ahora que sois su madre?, ¿acaso podría
negar las palabras de Cristo?

Sabemos que la Iglesia es Esposa de Cristo, y también, aunque sea más difícil de entender, que es su Madre.
La Virgen María se adelantó como tipo de la Iglesia. ¿Por qué—os pregunto—es María Madre de Cristo, sino
porque dio a luz a los miembros de Cristo? Y a vosotros, miembros de Cristo, ¿quién os ha dado a luz? Oigo la
voz de vuestro corazón: La Madre Iglesia! Semejante a María, esta Madre santa y honrada, al mismo tiempo da
a luz y es virgen.

Vosotros mismos sois prueba de lo primero: habéis nacido de Ella, al igual que Cristo, de quien sois miembros.
De su virginidad no me faltarán testimonios divinos. Adelántate al pueblo, bienaventurado Pablo, y sírveme de
testigo. Alza la voz para decir lo que quiero afirmar: os he desposado con un varón, presentándoos como virgen
casta ante Cristo; pero temo que así como la serpiente sedujo a Eva con su astucia, así también pierdan
vuestras mentes la castidad que está en Cristo Jesús (2 Cor 1 I, 2-3). Conservad, pues, la virginidad en
vuestras almas, que es la integridad de la fe católica. Allí donde Eva fue corrompida por la palabra de la
serpiente, allí debe ser virgen la Iglesia con la gracia del Omnipotente.

Por lo tanto, los miembros de Cristo den a luz en la mente, como María alumbró a Cristo en su seno,
permaneciendo virgen. De ese modo seréis madres de Cristo. Ese parentesco no os debe extrañar ni repugnar:
fuisteis hijos, sed también madres. Al ser bautizados, nacisteis como miembros de Cristo, fuisteis hijos de la
Madre. Traed ahora al lavatorio del Bautismo a los que podáis; y así como fuisteis hijos por vuestro nacimiento,
podréis ser madres de Cristo conduciendo a los que van a renacer.

Plegaria a la Santísima Trinidad


(Sobre la Trinidad, XV; 28)

Señor y Dios mío, en Ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No diría la Verdad: id, bautizad a todas las gentes en
el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28, 19), si no fueras Trinidad. Y no mandarías a tus
siervos ser bautizados, mi Dios y Señor, en el nombre de quien no es Dios y Señor. Y si Tú, Señor, no fueras al
mismo tiempo Trinidad y un solo Dios y Señor, no diría la palabra divina: escucha, Israel; el Señor, tu Dios, es
un Dios único (Dt 6, 4). Y si Tú mismo fueras Dios Padre y fueras también Hijo, tu palabra Jesucristo, y el
Espíritu Santo fuera vuestro Don, no leeríamos en las Escrituras canónicas: envió Dios a su Hijo (Gal 4, 13); y
Tú, ¡oh Unigénito!, no dirías del Espíritu Santo: que el Padre enviará en mi nombre (Jn 14, 26); y: que Yo os
enviaré de parte del Padre (Jn 15, 26).

DESEO/BUSQUEDA/AG: Fija la mirada de mi atención en esta regla de fe, te he buscado según mis fuerzas y
en la medida que Tú me hiciste poder, y anhelé ver con mi inteligencia lo que creía mi fe, y disputé y me afané
mucho. Señor y Dios mío, mi única esperanza, óyeme para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte;
haz que ansíe siempre tu rostro con ardor. Dame fuerzas para la búsqueda, Tú que hiciste que te encontrara y
me has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante Ti está mi firmeza y mi debilidad: sana ésta,
conserva aquélla. Ante Ti está mi ciencia y mi ignorancia, si me abres, recibe al que entra; si me cierras, abre al
que llama. Haz que me acuerde de Ti, que te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones hasta mi
reforma completa.

Sé que está escrito: en las muchas palabras no estás exento de pecado (Prv 10, 19). ¡Ojalá sólo abriera mis
labios para predicar tu palabra y cantar tus alabanzas! Evitaría así el pecado y adquiriría abundancia de méritos
aun en la muchedumbre de mis palabras. Aquel varón a quien Tú amaste no ha aconsejado el pecado a su
verdadero hijo en la fe, cuando le escribe: predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella (2 Tim 4, 2). ¿Acaso
se podrá decir que no habló mucho el que oportuna e importunamente anunció, Señor, tu palabra? No, no era
mucho, pues todo era necesario. Líbrame, Dios mío, de la muchedumbre de palabras que padezco dentro de mi
alma, miserable en tu presencia, pero que se refugia en tu misericordia.

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Cuando callan mis labios, que mis pensamientos no guarden silencio. Si sólo pensara en las cosas que son de
tu agrado, no te rogaría que me librases de la abundancia de mis palabras. Pero muchos son mis
pensamientos; Tú los conoces. Son pensamientos humanos, pues vanos son. Otórgame no consentir en ellos,
sino haz que pueda rechazarlos cuando siento su caricia. No permitas nunca que me detenga adormecido en
sus halagos. Jamás ejerzan sobre mí su poderío ni pesen en mis acciones. Con tu ayuda protectora, sea mi
juicio seguro y mi conciencia esté al abrigo de su influjo.

Hablando el Sabio de Ti en su libro, hoy conocido con el nombre de Eclesiástico, dice: muchas cosas diríamos
sin acabar nunca; sea la conclusión de nuestro discurso: Él lo es todo (Sir 43, 29).

Cuando lleguemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin entenderlas, y Tú
permanecerás todo en todos. Entonces modularemos un cántico eterno, alabándote a un tiempo unidos todos
en Ti.

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