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La Noción Acerca de Dios

Autor: Jorge Benítez R.

La noción acerca de Dios es casi tan antigua como la Humanidad. Tal noción, según dicen algunos antropólogos, surgió en respuesta a las interrogantes del ser humano sobre el origen del mundo. En este sentido, muchos afirman que Dios es un simple concepto, un constructo, algo creado por la imaginación humana. Sin duda alguna, la noción acerca de Dios, en mucha gente, es de orden mágico, producto de creencias o de una actitud ingenua ante la vida. El presente ensayo tiene como punto de partida la siguiente interrogante: La noción acerca de Dios, ¿es una noción caprichosa o ingenua, o tiene alguna fundamentación coherente?

Para intentar responder a nuestra interrogante, iniciamos nuestro trabajo explorando las consideraciones que han llevado al ser humano, desde hace miles de años y hasta el presente, a concebir la idea acerca de Dios. Así, podremos evaluar la fundamentación de la misma. Y nos encontramos que existe un conjunto de consideraciones derivadas de la experiencia vivencial, a partir del contacto con el cosmos y de la dinámica de la vida, que sugieren la noción acerca de Dios. Estas consideraciones son presentadas a continuación:

  • Nociones de orden y causalidad, percibidas de la observación de los procesos físicos y otros fenómenos naturales, los cuales se caracterizan por su secuencialidad, regularidad y correspondencia entre causas y efectos.

  • Noción de equilibrio, percibida de la deducción de las relaciones de compensación o balance existentes entre fuerzas y sus efectos.

  • Noción de justicia, la cual es similar a la de equilibrio, pero aplicada al plano de las relaciones interpersonales, la cual se deduce a partir de las expectativas que tenemos sobre la correspondencia en el trato con otros y en las relaciones de intercambio.

  • Noción de diseño inteligente, la cual está implícita en la exactitud comprobable en las relaciones de correspondencia entre los procesos físicos y las interacciones cósmicas.

  • Noción de coordinación inteligente entre el cerebro y el conjunto de procesos del organismo, la cual es implícita, involuntaria, no consciente y sujeta a regularidades.

  • Noción de bondad de orden superior, derivada de la vivencia impactante del amor, a partir de la emocionalidad y la disposición de entrega generosa evidenciada en la relación madre-hijo en humanos y animales.

  • Noción de genética protectora, evidenciada en el comportamiento y en ciertas facultades especiales e innatas, como la autocuración, presente en los humanos y animales.

  • Noción de creación de nivel superior, derivada de nuestra propia experiencia como “creadores” (progenitores) y nuestra amplísima capacidad de invención.

Autor: Jorge Benítez R. - E Mail: jbrconsultor@gmail.com

  • Noción de trascendencia, derivada de la capacidad humana de abstracción, la sensación de infinitud asociada al cosmos, así como de nuestra capacidad imaginativa y de proyección hacia el futuro.

  • Finalmente, la noción de la perfección, la cual es la más compleja y difícil de explicar, por lo que vamos a analizarla con mayor detalle a continuación.

La noción de perfección sobresale de las anteriormente mencionadas, y surge como una síntesis de las demás consideraciones positivas. El significado de perfección apunta hacia algo trascendente, no sólo “fuera de lo común u ordinario”, y no es lo mismo que lo excepcional, extraordinario o excelente. Pero, nos encontramos con una noción común: lo imperfecto”, la cual alude a carencias en “algo” con respecto a un referente teórico perfecto. Esta otra noción nos insinúa que perfecto equivale a “carente de defectos”. Y esto nos obliga a plantear dos interrogantes de validación: ¿es la perfección una noción fundamentada y coherente, o es más bien caprichosa o arbitraria?, y ¿la perfección hace referencia a algo definible o su significado queda en un vacío inevitable; nos lleva a la aporía o callejón sin salida?

Para comprender el significado de lo perfecto, nos trasladamos a los filósofos matemáticos de la antigüedad clásica, quienes asociaron la idea de la perfección a la esfera, como figura geométrica, tomando en consideración que la esfera no tiene referente en el mundo físico: no hay algo en el mundo visible que tenga exactamente la figura esférica, pero sí es algo deducible matemáticamente; sólo encontramos objetos aproximadamente esféricos. Para que un objeto adquiera la forma esférica exacta tendría que rotar continuamente a altísima velocidad y no sólo en una dirección, como el planeta Tierra, ya que se achataría en los polos del eje de rotación; tendría que rotar en todas las direcciones, lo cual es atípico.

Consideremos el experimento teórico ideado por Einstein: estando sobre una esfera gigantesca, si nos desplazamos de manera continua siguiendo una trayectoria aleatoria, ¿qué pasaría? Pues, si fuésemos eternos, nunca llegaríamos a un punto final. La esfera, como figura geométrica exacta, no tiene límites y nos sugiere entonces otra noción: lo infinito“, a la que se vincula por extensión, aunque indirectamente, otra: la eternidad. En la esfera, no existe ningún punto que se pueda asociar a la idea de “inicio” ni tampoco a la de “fin”. Como hemos visto, la noción de perfección no es arbitraria, sino que es deducidatambién a partir de la observación de la realidad, como la concepción de “algo más allá de los límites de lo que somos capaces de observar, percibir o suponer”. Por otra parte, a esta noción se asocia una valoración de carácter positivo; no es concebible algo negativo que sea perfecto. La perfección, como noción humana, es una derivación o “idea conclusiva” de nuestra percepción de “lo bueno en progresión ascendente.

Ahora bien, la opinión en contrario ¿invalida o refuerza? A este nivel de análisis, alguien podría decir que así como el cosmos y la vida nos inspiran tales nociones (orden, equilibrio, amor), también nos ponen en evidencia lo contrario: el desorden, el desequilibrio, el odio.

Autor: Jorge Benítez R. - E Mail: jbrconsultor@gmail.com

Ante esto, habría que argumentar que el desorden, aún siendo lo contrario que el orden, no significa la negación del orden como concepto ni de su valor intrínseco (positivo). De hecho, el desorden no se define “como tal”, sino que “se califica en cuanto tal” a partir de la idea del orden: se califica algo como “desordenado”, precisamente, por la carencia de orden. Igualmente, el odio, en su definición lleva implícito el significado de “contrario al amor”, sin negar por ello el concepto ni el valor positivo intrínseco del amor. En este sentido, habría que recordar la famosa afirmación de Einstein: “la oscuridad no es más que la ausencia de luz”. Observamos también que aparece otra cualidad vinculada con las nociones o conceptos mencionados: su valoración intrínseca; unos son positivos (lo deseable) y otros son negativos (lo no deseable). Igualmente, nos damos cuenta de que todas las nociones o conceptos que relacionamos con la idea sobre Dios, son de valor positivo.

Cuando consideramos los conceptos de orden, equilibrio, amor y justicia, en contraposición de sus contrarios (desorden, desequilibrio, odio e injusticia), aparece un elemento diferenciador adicional entre ambos conjuntos de conceptos: el valor o la valoración que los humanos le asignamos a los mismos. El valor surge como resultado de experimentar en nuestra vida el significado de cada par dicotómico de conceptos, así como, a nivel teórico, al definir cada concepto contrario”. Por ejemplo, al definir “desorden”, nos damos cuenta que se hace, inevitablemente, referencia al orden (desorden: carencia de orden), y al comparar uno con otro, nos damos cuenta que su significado para nosotros nos impacta en un sentido o en otro sentido opuesto. El cómo nos impacta se traduce en el valor, no sólo del concepto, sino de su concreción en nuestra vida. Esto nos sugiere, la noción de “supra orden subyacente” o de “estructura superior invisible” del universo, “orientada con un sentido positivo. Esta noción es reforzada por nuestra (¿innata?) capacidad valorativa, presente en todas las culturas, vinculada con las nociones positivas mencionadas, por lo cual no resulta nada difícil lograr consenso o conseguir el respaldo de la gente en cuanto a favorecer condiciones asociadas a los conceptos de orden, equilibrio, justicia y amor, a menos que algunos se sitúen, febrilmente y a ciegas, en posiciones fundamentalistas, que pongan lo doctrinario o ideológico por encima del bien común.

En tal sentido, al integrar o sintetizar las nociones que nos inspiran la idea acerca de Dios, que así surge de nuestra experiencia vivencial en el cosmos, podríamos decir que: “Dios es la suma y la síntesis de la perfección, el principio esencial y supremo de todo orden y valoración ética, la esencia generadora del amor, y el creador del universo.

Ahora bien, lo que hemos intentado definir no es la persona de Dios, sino nuestra concepción sobre Dios, pues a Dios no podemos definirlo como persona, sino sólo como concepto. Es imposible definir a Dios como persona, porque toda definición, obviamente, intentada por el ser humano, es siempre antropológica: fundamentada y condicionada por la perspectiva y la percepción humana, lo cual determina su alcance limitado.

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Una “definición” es un intento formal y de carácter discursivo de explicitar la esencia de un concepto, y debe resaltar en su estructura redaccional un elemento clave: la premisa de validez del concepto. En el caso de Dios, la premisa de validez del concepto es “la síntesis y la suma de la perfección”, que también podríamos refrasearla como “la perfección en su grado más alto”, ¿por qué es tal premisa? Pues, sencillamente, porque si no fuese perfecto, no sería Dios. Por otra parte, una “descripción” es un intento formal de explicitar los características, rasgos o detalles de “algo” (ya no un concepto) que es directamente observable o claramente perceptible. Entonces, para poder “definir” a Dios como persona, tendríamos que ser capaces de observarlo o de percibirlo con suficiente claridad, y tal cosa es imposible. De hecho, ya no se trataría de una definición, sino que entraríamos en el plano de la descripción.

La ciencia no puede demostrar la existencia ni la inexistencia de Dios. Tampoco la filosofía es capaz de demostrar lo uno ni lo otro, y al respecto sólo puede intentar aproximaciones explicativas las cuales se considerarán aceptables” mientras satisfagan los requisitos epistemológicos básicos: sentido lógico, correspondencia, coherencia y consistencia.

En cuanto a la noción acerca de Dios, es posible explicitar a través del razonamiento lógico- dialéctico y empírico-intuitivo, que la misma no es una simple reacción espontánea o primitiva del ser humano ante la magnificencia del cosmos y la imposibilidad de llegar a comprender su origen. La noción acerca de Dios está asociada a un conjunto amplio de consideraciones coherentes, correspondientes, con sentido lógico y consistente.

Autor: Jorge Benítez R. - E Mail: jbrconsultor@gmail.com