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Ramas, o Cruces

Estudiando la vida de Evagrio Póntico, un monje del siglo IV, me encontré con esta
anécdota, que está en el Apophthegmata Patrum, el libro de los Dichos de los Padres del
Desierto, un libro de aforismos e historias del siglo V acerca de los ermitaños de Egipto:

Un joven monje fue a ver a Macario, el Egipcio, su abba, su padre espiritual. Le dijo:
Abba, dame una palabra para que pueda alcanzar la salvación. Macario le ordenó al joven
monje a ir al cementerio más cercano y maldecir a los muertos. Aunque sorprendido, el
joven novicio obedeció. En presencia de las tumbas, les arrojó piedras en señal de
disgusto, y los llamó “inmorales”, “pillos”, “cobardes”, y todo tipo de epítetos. Cuando
regresó, Macario le preguntó si los muertos le habían respondido algo. “No”, dijo el joven.
Entonces Macario le mandó regresar al mismo cementerio y alabar a los muertos. El joven
así lo hizo: los llamó “santos”, “justos”, “apóstoles”, “profetas”, y cosas por el estilo. “¿Te
respondieron algo?”, le preguntó Macario al regreso. “Nada”, dijo el aprendiz.
Macario le dio al joven la “palabra” que estaba buscando: “Tú viste que cuando insultaste
a los muertos, no te respondieron, y cuando los alabaste, no dijeron palabra. Si quieres
ser salvo, debes ser como ellos. Debes morir. Como un muerto, no prestes atención a los
insultos de los hombres, ni a sus alabanzas. Entonces serás salvo.

Juan 12:12 El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír
que Jesús venía a Jerusalén,
Juan 12:13 tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!
Juan 12:14 Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito:
Juan 12:15 No temas, hija de Sion;
He aquí tu Rey viene,
Montado sobre un pollino de asna.

El personaje con el que me identifico es el ciego, hijo de Timeo, que mendigaba junto al
camino a la salida de Jericó. El Señor, que iba a Jerusaln, le llamó, y le sanó su ceguera.
“Vete, tu fe te ha salvado”, le dijo el Señor. Pero Bartimeo le siguió hacia Jerusalén, y fue
uno de los que entró con él.

Las Ramas
Jesús entra a Jerusalén, y mucha gente sale a recibirle. Cortan ramas de los árboles y las
agitan al paso del Señor. Debe haber sido un espectáculo impresionante. Muchos árboles
quedaron deshojados ese día.
Luego de un par de horas de agitar ramas, cada quien se fue a su casa. El evento había
terminado. Había que seguir con la rutina diaria.
A veces pienso que a eso nos dedicamos los domingos. Venimos a la Iglesia, y
esperamos el arribo del Señor. Cuando viene, lo recibimos con alabanzas, danzas,
expresiones de júbilo, como lo hicieron aquel día en Jerusalén. Cuando el Señor pasa,
recogemos todo y nos vamos hasta el siguiente fin de semana.
El Señor no se emocionó mucho con este recibimiento. De hecho, entró a Jerusalén con
lágrimas en los ojos.

Los Griegos
La historia continúa, según Juan.
Juan 12:20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta.
Juan 12:21 Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le
rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús.
Juan 12:22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a
Jesús.
Juan 12:23 Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del
Hombre sea glorificado.
Juan 12:24 De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y
muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.
Juan 12:25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo,
para vida eterna la guardará.
Juan 12:26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi
servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.
Juan 12:27 Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora?
Mas para esto he llegado a esta hora.
Juan 12:28 Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he
glorificado, y lo glorificaré otra vez.
Juan 12:29 Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un
trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado.
Juan 12:30 Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por
causa de vosotros.
Juan 12:31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será
echado fuera.
Juan 12:32 Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.
Juan 12:33 Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.

Unos extranjeros vinieron a la fiesta, y oyeron hablar de Jesús. Tanta algarabía para
recibir al Señor despertó la curiosidad de ellos, buscaron dónde él vivía, y fueron a
buscarlo.
Hoy, como entonces, la gente habla de Jesús. Vino a la tierra hace 2000 años, y la gente
no ha dejado de hablar de él. Interesante, ¿no? La gente ya dejó de hablar de Alejandro
Magno, de Napoleón, de Hitler, de Stalin. Pronto dejará de hablar de nosotros también.
Pero no ha podido dejar de hablar del Señor, para bien o para mal.

Cuando el Señor recibe la petición de una cita con ellos, dice: “Ha llegado la hora”. Hasta
entonces decía: “Mi hora no ha llegado”, pero ahora se da cuenta de que esta hora es
distinta a todas las otras horas. No se refiere al período de sesenta minutos, de los cuales
hay 24 en el día. Es un tiempo especial, que requiere acciones especiales. Hay gente que
está buscando a Jesús. Hay extranjeros que no han escuchado el mensaje de las buenas
nuevas.

Para Jesús, esa era la señal que estaba esperando. Había llegado la hora de morir.
Un grano de trigo
Jesús estaba bien consciente de quién él era. Si alguno declaraba que Él era el Hijo de
Dios, le pedía silencio. No necesitaba la afirmación de la gente.
Al llegar el momento más importante de su ministerio, el momento de cargar con los
pecados del mundo y llevarlos a la cruz, ¿Cómo se considera a sí mismo? Como un grano
de trigo. Nada más. No un héroe, no un salvador, sino un grano de trigo. Una semilla que
está a punto de caer en tierra y ser sepultada. Desaparecerá, para que nazcan muchas
plantas más.
En la humildad hay multiplicación. Un diamante no se multiplica. Una semilla sí.
Llevar ramas es fácil. Llevar la cruz es difícil. Sufrir un poco no nos cuesta. Morir sí.

La lucha
Morir no es fácil. Cada célula, cada molécula de nuestro cuerpo lucha para no morir.
Juan 12:27 Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora?
Mas para esto he llegado a esta hora.

Jesús sentía la lucha por la supervivencia. Si muero, me multiplico, pero debo morir
primero. Si no muero, quedo solo. Puedo permanecer por mucho tiempo, pero en
soledad.
La semilla sabe de luchas. Siente la presión de adentro, y siente la presión de afuera. La
muerte a uno mismo no viene sin presiones, peleas y luchas.

La muerte
El día en que el Señor entró en Jerusalén muchos estuvieron dispuestos, y felices, de
tomar ramas para recibirle. Pero no muchos estaban dispuestos a TOMAR LA CRUZ.

Lucas 9:23 Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día, y sígame.
Lucas 9:24 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda
su vida por causa de mí, éste la salvará.
Lucas 9:25 Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se
pierde a sí mismo?

Las ramas salen a relucir en la multitud. Cuando vemos al Señor venir con poder, ¿Quién
puede quedarse impávido? Todos celebran, todos se regocijan. Pero la cruz se toma en la
soledad, en el silencio.
Llevar la cruz significa estar dispuesto a sufrir para que otros sean salvos. El sufrimiento
es individual, los beneficios, colectivos.
El mundo piensa al revés: que muchos sufran para que unos pocos sean beneficiados. En
el Reino, uno sufre, muchos cosechan. Uno ofrenda, diezma, se sacrifica, pone su carrera
detrás, para que los muchos sean alcanzados con la salvación de Cristo.

Ricky me contó de un matrimonio que vive en la franja de Gaza, en los campos de


refugiados. Se llama Peter, y todos lo conocen por nombre. Sufre las penurias de ellos,
vive en una casa que más parece una choza, expuesto a la inseguridad general. Todo por
ganar a alguien para Cristo.

La diferencia entre llevar ramas y llevar la cruz es que lo de las ramas dura poco, un par
de horas una vez por semana, a lo mucho. La cruz dura para siempre. La multitud toma
las ramas, sólo los discípulos toman la cruz.

¿A qué morimos?
Jesús era el grano de trigo que iba a caer en tierra. Estaba solo, pero no quería quedarse
solo.
Hebreos 2:10 Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien
todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria,
perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos.

Tenía que morir a ser solo. El único hijo de Dios. “traer muchos hijos a la gloria”. Lo que el
Padre dio al Hijo, ahora es compartido por la iglesia. Esa era la gloria que el Hijo daba al
Padre. La glorificación del Padre, ese era el interés de Jesús.
Para alcanzar a otros, tenemos que morir a nuestro individualismo.
Cuando morimos al individualismo, nos abrimos a escuchar la voz del Padre.
Juan 12:28 Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he
glorificado, y lo glorificaré otra vez.

Muchos de nuestros problemas con el pecado, vicios, adicciones, es nuestra carne,


nuestro cuerpo que se rehusa a morir. Pide, pide, pide. Insaciable. Pide placer, pide
reconocimiento, pide gloria.

La gente conocería a Jesús no por ser levantado sobre un asno, sino por ser levantado en
una cruz.
Juan 12:32 Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.

Los discípulos de Cristo no son los que llevan ramas, sino los que llevan cruces. Los
discípulos están dispuestos a morir:
• A sí mismos
• A sus deseos
• A su individualismo
Para que otros puedan conocer a Cristo.

Conclusión
En este tiempo en que el Señor está visitando otra vez nuestra nación, ¿Cómo lo
recibiremos? ¿Con ramas o con cruces?
La Iglesia es la comunidad de los que han sido llamados. “Llamados a salir” de sí mismos,
de sus egoísmos.

Hebreos 13:13 Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio;