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LAS CRÓNICAS DE NARNIA

El león, la bruja y el ropero


Clive Staples Lewis
A causa de la Segunda Guerra Mundial, los cuatro hermanos Pevensie fueron
enviados a la casa de un viejo profesor en las afueras de Londres; justamente
coincidía con el período de vacaciones.
Su madre, con tristeza, los envió en tren, tan sólo con pasajes de ida. Les puso
sus identificaciones a la vista para que cuando llegaran al lugar de destino los
pudieran reconocer y le dijo al mayor de sus hijos, Pedro, que él estaba a cargo
ahora. Se despidieron desde las ventanas del tren, mientras se marchaba.
Cuando llegaron a la estación de destino, estaba el ama de llaves esperándolos
en una sencilla carreta. La casa del profesor era enorme y, por lo mismo,
solitaria, por eso Pedro, Susana, Edmundo y Lucía no tenían más compañía que
ellos mismos. El ama de llaves les advirtió que al profesor no le gustaba que lo
molestaran, por lo que debían hacer el menor ruido posible.
Un día, en el que los niños no podían salir a los jardines, deciden jugar a las
escondidas. Pedro realiza la cuenta, mientras que el resto de los niños busca
un escondite entre tantas habitaciones.
Lucía encuentra un pequeño cuarto casi vacío donde había tan sólo un enorme
y antiguo ropero. Lucía se quedó observándolo y se escondió en él; al entrar y
cerrar la puerta encuentra varios abrigos de pieles, comienza a adentrarse más
aun y siente una segunda corrida de abrigos, pero no toca el fondo y sigue
avanzando; de pronto se da cuenta de que ya no está en el ropero, sino que
entre árboles, y que ya no pisa madera, sino nieve. Caminó un poco más y
divisó un gran bosque, y junto a un farol se encuentra con un fauno.
El fauno quedó sorprendido al ver a la pequeña y le pregunta si es una hija de
Eva, pero Lucía, muy confundida, no tiene respuesta. El fauno reformula su
pregunta y le dice si es humana. Lucía responde que sí y se presenta
diciéndole que es Lucía Pevensie, y el fauno muy amablemente responde que
él es el señor Tumnus, un fauno, y que ese lugar era el reino de Narnia, e invita
a Lucía a tomar el té a su casa. Tras pensarlo unos segundos Lucía acepta.
Ya en la casa, el señor Tumnus se pone a tocar una flauta, cuya melodía
comienza a adormecer a la niña. Lucía, al despertar repentinamente y muy
asustada, encuentra que el señor Tumnus lloraba, pidiéndole perdón a la
pequeña, porque había actuado de mala manera, puesto que la Bruja Blanca
les había encomendado atrapar a cualquier hijo de Adán o hija de Eva, si no,
estarían traicionando a la reina de Narnia. El señor Tumnus no pudo hacerlo
porque Lucía era una niña muy agradable y lo había conmovido. Tumnus le
dice a Lucía que se devuelva por donde vino y que no regrese por esos lados.
Lucía obedece y corre hasta llegar al ropero, donde reaparece en el cuarto
gritando que no se preocupen, que ella está bien. Sus hermanos se confunden
al verla, porque aún no terminaban el juego. Lucía les comienza a contar que
estuvo en Narnia durante muchas horas y que se encuentra bien. Su hermano
mayor, Pedro, responde que tan sólo han pasado algunos segundos, entonces
Lucía los lleva a revisar el ropero, pero no encontraron más que abrigos. Todos
los hermanos, desconcertados, le piden a Lucía que no mienta.
Unos días después, Lucía vuelve a ir al ropero, ya que todos habían dudado de
lo que había visto; en ese instante es seguida por Edmundo. Él no puede
encontrar a Lucía dentro del ropero, hasta que de pronto se ve a sí mismo
dentro de un bosque, sin señales de su hermana. Allí se encuentra con un
trineo, en el que iba una mujer muy alta, vestida completamente de blanco,
que lo invitó a subir. Le dice que es la reina de Narnia, pero al saber que es un
humano, le ofrece unas ricas delicias turcas. Mientras más delicias turcas
comía Edmundo, más deseaba seguir comiendo, y mientras comía, la reina le
preguntaba de dónde vino, si tenía hermanos y cuántos eran; Edmundo le dio
toda la información que ella le pidió. La bruja lo convence de que vuelva al otro
día a Narnia junto a sus hermanos
y que los lleve a su castillo y le indica dónde queda; allá le convidará más
delicias.
Al regreso, Edmundo se encuentra con Lucía, quien está muy feliz de saber que
no era la única que había entrado a Narnia; le cuenta que el señor Tumnus está
bien y que la Bruja Blanca, quien se ha autoproclamado reina de Narnia, no se
había enterado de su encuentro con el fauno.
La pequeña les cuenta a sus hermanos que ella y Edmundo habían conocido
Narnia, pero Edmundo no admite que ha ido y sólo se burla de ella, lo cual la
entristeció enormemente. Sus hermanos mayores reprochan a Edmundo y
deciden ir a hablar con el profesor para averiguar si Lucía tiene algún
problema. Éste les pregunta si Lucía miente muy seguido, Pedro responde que
esta sería la primera vez, entonces el profesor dice que no existe ninguna
prueba de que Lucía esté mintiendo y que mejor hablaran con ella.
No tuvieron más problemas, hasta que un día jugando a la pelota en el jardín,
uno de los niños patea fuertemente y la pelota rompe un vidrio, los niños
corren rápidamente a esconderse, ya que eran seguidos por el ama de llaves
para reprenderlos, y fortuitamente se escondieron en el ropero, todos un tanto
apretados avanzaron hasta el fondo del armario, hasta darse cuenta de que
habían llegado a un bosque y estaban parados sobre la nieve. Pidieron perdón
a Lucía, reprendieron a Edmundo, tomaron unos abrigos y se aventuraron en el
bosque pidiéndole a Lucía que fuera su guía. Se dirigieron hacia la casa del
señor Tumnus y encontraron en ella una nota que decía que había sido
apresado por orden de la reina con el cargo de alta traición.
En eso se apareció un petirrojo, haciendo señas para que lo siguieran. Partieron
tras él y luego de un buen tramo recorrido, Edmundo empezó a pensar que lo
que hacían no estaba bien. Se lo dijo a Pedro y además le dijo que no sabían si
el fauno realmente era bueno y la reina, mala. Finalmente, el petirrojo se
perdió de vista y los niños no sabían dónde estaban.
Repentinamente sienten movimiento entre los árboles y aparece el señor
Castor, que les habla. Los invita a su casa con prisa, porque no hay mucho
tiempo. Pronto llegan a un dique donde los está esperando la señora
Castora,quien les prepara una rica comida. Mientras tanto, el Castor les cuenta
que es probable que el señor Tumnus esté convertido en piedra y que no hay
nada que ellos puedan hacer. Además, les cuenta acerca de Aslan y de la
profecía que dice que cuando Aslan llegue, se acabarían el invierno y el reinado
de la Bruja Blanca. Cuando los niños preguntan quién es Aslan, el Castor les
cuenta que es el hijo del emperador de Más Allá de los Mares y que es un gran
león. Prosigue con la profecía, que cuando la carne de Adán se siente en Caír
Paravel, los malos tiempos se irán para siempre. Deciden partir a la Mesa de
Piedra, donde deberían reunirse con Aslan, pero se dan cuenta de que
Edmundo ya no está. Aún así, decidieron partir.
Edmundo iba pensando sólo en comer más delicias y cuando llegó al palacio de
la reina encontró el patio lleno de estatuas de piedra, entre las cuales se
hallaba un león. Edmundo se sintió más valiente y lo único que pensaba era en
ser príncipe y darle una lección a su hermano por haberlo amonestado. La
bruja se molestó al ver que venía solo, pero Edmundo le contó acerca de los
castores y de Aslan, así que la bruja no le dio tanta importancia a eso y partió
rápidamente hacia el dique de los castores, llevándose a Edmundo.
Mientras los demás iban en camino por un escabroso sendero, ya había parado
de nevar, cuando de pronto llegaron a una cueva. La nieve comenzó a caer
nuevamente y los niños durmieron acompañados de los castores.
Al despertar escucharon un ruido de campanas –la bruja, probablemente– y al
salir encontraron un trineo, no era la Bruja, sino Santa Claus. Por primera vez el
invierno se estaba acabando y el hechizo empezaba a romperse. Santa
Claus les hizo regalos a los niños, para que cada uno pudiera ayudar a liberar a
Narnia; a Pedro le obsequió un escudo y una espada; a Susana, un arco y un
cuerno, que debía tocar cuando estuviera en peligro y recibiría ayuda, y a
Lucía, una daga y una infusión mágica que podía sanar con tan sólo una gota.
La bruja y Edmundo notaban cómo la nieve se iba derritiendo poco a poco, y en
el camino se encontraron con una multitud, a la que la bruja interrumpió. Poco
a poco los convirtió a todos en piedra. Después de eso siguieron avanzando
hasta donde pudieron, puesto que ya no quedaba nieve y el trineo no podía
seguir. A esta altura, Edmundo ya se estaba arrepintiendo de haber avisado a
la bruja.
Entre tanto, los demás estaban llegando a la Mesa de Piedra, la cual estaba
rodeada de animales y sobre ella había un imponente león, Aslan. Pedro fue el
primero en acercarse y Aslan les dio la bienvenida. Pedro le contó la traición de
Edmundo. Aslan lo llevó y le mostró Caír Paravel, donde estaban los cuatro
tronos, y le dijo que estuviera tranquilo.
La bruja se preparaba para matar a Edmundo, sin embargo, Aslan fue en su
ayuda. La bruja pidió una audiencia con Aslan para recordarle una de sus leyes:
ella tenía derecho de matar a cualquier traidor. Aslan habló a solas con ella y
llegó a una resolución: él ocuparía el lugar de Edmundo.
El resto siguió preparando los planes para la batalla que se aproximaba. Esa
noche, Susana y Lucía no podían dormir y se levantaron, vieron a Aslan
caminando lentamente y decidieron acompañarlo. De pronto llegaron a la Mesa
de Piedra, donde la bruja y sus secuaces lo esperaban, en ese entonces las
niñas debían esperar escondidas y vieron cómo la bruja mataba a Aslan sin
ninguna oposición de su parte. Luego que los demonios se retiraron, las niñas
se acercaron a Aslan y lloraron a su lado.
Le sacaron el bozal y unos ratones cortaron las amarras. A la mañana
siguiente, cuando las niñas miraron la Mesa de Piedra donde el león estaba, se
dieron cuenta de que había desaparecido. De pronto, una voz les habló a sus
espaldas, era Aslan, estaba vivo y, ante el asombro provocado, les explicó el
mensaje de la Mesa de Piedra, que si un noble ocupa el lugar de un traidor,
volverá de la muerte. Como era el día de la gran batalla, Aslan llevó a las niñas
sobre sus lomos al palacio de la bruja. Allá volvió a la vida a las estatuas de
piedra, incluyendo al señor Tumnus, y se dirigieron al campo de batalla.
Al llegar, ya había comenzado la batalla. Luego de un tiempo, cuando Pedro
estaba en peligro en manos de la bruja, con un rugido Aslan se abalanzó sobre
ella y al poco tiempo la batalla había terminado. Edmundo quedó gravemente
herido, pero Lucía ocupó el elíxir mágico que le había obsequiado Santa y pudo
curarlos a todos. Los cuatro niños fueron nombrados reyes y reinas de Narnia.
Y la época en la que gobernaron fue la Época de Oro de Narnia. Mucho
después, cazando a un ciervo blanco, los jóvenes (ya que había pasado mucho
tiempo) volvieron al Páramo del Farol, recordando el lugar; bajaron de sus
caballos y caminaron por el bosque hacia el ropero y luego entraron el cuarto.
Cuando le contaron esto al profesor, les dijo que no se preocuparan, que
volverían, pero que no debían intentarlo ellos mismos, pues en algún momento
sucedería.