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En el Museo Nacional de Bellas Artes:

Un domingo de diversas formas y colores


Panorama al alcance de todos, disfrutado por cualquier miembro de la
familia, apreciado desde distintos aspectos y culturalmente enriquecedor

Paloma Henríquez Orellana


Los días domingo suelen ser distintos a los demás de la semana, pero
muy parecidos entre sí: aburridos, excesivamente cálidos de calma,
plenos de monotonía y densos, de tanto nada que hacer, de tanto
silencio y descanso tenso. Por lo menos así me parecen y siempre los he
percibido de la misma forma, sin embargo he descubierto un modo de
variarlos, de alterar un tanto aquella quietud nerviosa que implica el
próximo inicio de semana.

Hoy visité el Museo Nacional de Bellas Artes y, para qué mentir, ésta fue
sólo la segunda vez. La anterior poco la recuerdo, pues entré para
olvidarme de lo que pasaba fuera de tal lugar, fuera de mí, y sirvió:
sirvió para ocupar el pensamiento en otras cosas y para volar lejos de lo
inmediatamente tangible y real, igual que hoy.

Partí después de almorzar, a eso de las tres de la tarde, pues el calor


agobiante me puso de mal ánimo y quise ir a algún lugar fresco, en el
que nadie me hablara ni me observara, pero en donde yo pudiese ver
mucho y a muchos. Tomé la micro, pensando ir a la casa de un amigo,
pero tanto sol me hizo no querer verlo y me bajé antes. Caminé un poco
y me subí al Metro en Santa Ana, anduve un par de estaciones y me
bajé en Bellas Artes.

En el Parque Forestal la temperatura era terrible y el caminar de la


gente levantaba polvillo que aumentaba mi tos primaveral y la
resequedad de mi piel, pero fue agradable encontrarse con una
actividad ahí, al aire libre y dispuesta para quien quisiera ser parte de
ella. Era un festival vegetariano y en una serie de puestos se entregaba
información, se vendían alimentos y se regalaban mascotas, todo esto
por la defensa de los derechos animales y en contra del maltrato y la
experimentación, según me contó Felipe Valenzuela, joven integrante de
una de las organizaciones participantes del evento. Me explicó que era
el primer festival vegetariano en Santiago, que estaban contentos con lo
logrado y que hasta el momento los había visitado harta gente y habían
logrado reunir algunos fondos para diversas campañas futuras.

Terminé de hablar con él y decidí entrar al Museo, ya tenía mucho calor


y, mejor todavía, la entrada por hoy era gratis. Subí la escalera,
deposité en una caja que decía “aporte voluntario” unas monedas y me
quedé al medio del hall central, observando alrededor. Gente de todas
edades, familias numerosas, extraños individuos solos, niños corriendo,
una joven llorando, un guardia acelerado, una pareja de abuelos y yo.

Caminé a la Sala Ala Norte, en donde se puede encontrar la exposición


“Fotografía Contemporánea de Berlín”, que con diez artistas en la
muestra recuerda las dos décadas concurridas desde la caída del Muro
de Berlín y el cambio que el país ha sufrido desde su reunificación,
momento a partir del cual grandes artistas y galeristas de todo el
mundo llegaron a establecerse, especialmente en la zona oriental. Así es
como Berlín se convirtió en un centro productivo e intermediario del arte
contemporáneo y las imágenes en esta área acompañan visualmente tal
transformación, enfocándose en seres humanos comunes, en su entorno
y en sus espacios cotidianos.

Miré luego la Sala Ala Sur y su “Trienal de Chile 2009”, haciendo un


recorrido por la historia de nuestro país de diversas formas gráficas,
desde bocetos descuidados a esculturas elaboradísimas, como un espejo
de la evolución y diversidad cultural y artística a través del tiempo. Aquí
Marcelo Yáñez, un joven visitante, me contó que solía visitar el Museo
los días domingo y no sólo porque fuera gratis. Según él, en la semana
no hay nadie o muy pocos y todo parece muerto: “los cuadros colgados
de las paredes sin gente mirándolos parecen como transparentes, es
como si perdieran su sentido, porque creo que están ahí para ser vistos,
observados, es algo así como su misión, su deber, no lo sé… una idea
loca que me viene a la cabeza cuando pienso en el sentido de venir
hasta este lugar a estar solo y con tantos al mismo tiempo”, me dijo. Y
en cierta forma calzamos, porque también me cuestiono el sentido de
tanto color y tanta forma inmóvil y en exhibición, tanto sentido y vida
surgido de creaciones artísticas.

Subí luego al segundo piso y entré a la Sala Carlos Faz. Aquí estaba la
Colección de Arte Chileno, “Ejercicios de Colección”. Obras de diversas
épocas, estilos, soportes y significados, unidas en una misma sala,
compartiendo afinidades o aproximaciones argumentales, se ubican
como una colección permanente de arte nacional. “Seleccionada de
acuerdo a criterios museológicos actualizados, da origen a contrastes
estéticos, históricos y temáticos que, muchas veces, son sorpresivos
para el observador”, me explicó Ramiro Sotomayor, asiduo visitante del
centro cultural y, al parecer, aficionado al arte.

Luego de empaparme de imágenes relativas a lo nacional y de símbolos


patrióticos clásicos y contemporáneos, avancé hasta la Sala Nemesio
Antúnez. Aquí Guillermo Deisler presenta “Poesía Visual” y, como las
paredes del lugar lo dicen, él intenta demostrar que la literatura puede
contradecir a la economía mundial como propietaria del arte por medio
de la publicidad y, según lo que vi, es así como actúan sus ideas y se
reflejan visualmente en sus fotografías. Por medio de diversas
imágenes, vuelve la cultura transversal a diversos aspectos, como si
fuera más allá de una cultura.
El Museo es bastante grande y recorrerlo agota bastante las piernas, por
lo que no es malo sentarse a tomar algún refresco en la cafetería del
lugar, en donde los visitantes conversan acerca de todo lo que han visto
o, simplemente, calman su hambre o sed. Aquí un niño derramó su
bebida y, al esparramarse ésta por la mesa, él le dijo a su mamá que
esa mancha se parecía a la del cuadro que habían visto recién, uno con
una mancha roja también. Ella no lo escuchó, lo tomó de un brazo y lo
llevó a limpiarse.

Ya con más energías, resulta conveniente descender a la Sala Matta en


el subterráneo, para observar la exposición de Gordon Matta-Clark, hijo
del pintor surrealista chileno Roberto Matta, llamada “Deshacer el
Espacio”. Es la más grande en el edificio y, tal vez, la más llamativa
también. El extenso espacio se halla dividido por paneles copados de
coloridas imágenes, que encantan a los ojos de grandes y chicos. Una
serie de fotografías de edificios intervenidos mediante perforaciones,
centradas en lo que se puede ver a través de ellas, quitan más de unos
minutos, pues resulta inevitable intentar ver por esos agujeros para
descubrir que hay al otro lado. Es “deshacer el espacio de la
arquitectura moderna, poniendo en cuestión su economía y la lógica
económica que impulsó la rápida expansión de esta disciplina después
de los años cincuenta, a expensas de su función pública, por medio de
un proyecto desarrollado a partir de la realización de intervenciones
metafóricas en edificios abandonados o condenados a la demolición”,
según pude leer en uno de los paneles que dividía impresiones a color
de viejas cartas y recetas médicas.

Al subir las escaleras y llegar al hall central, había llegado ya más gente
y un grupo de niños corría, alborotando el previo ambiente pacífico.
Daban vueltas alrededor de cada estatua y a mí me parecía que en
cualquier momento podía caer uno de ellos, solo o con una de las obras
también. Para evitar ver qué sucedía salí del lugar.

Pude darme cuenta de que el Museo es un sitio para todos, silenciosos o


gritones, interesados en el arte o no, jóvenes o viejos, aficionados o
expertos, da lo mismo. Es un lugar que sirve para desconectarse del
exterior y para conectarse con lo más interno, con la cultura nacional e
internacional, antigua o de nuestros días. Es un sitio para descansar de
lo común y ocuparse de sentir libremente, dejando volar las sensaciones
y emociones que provoca pararse a mirar diversas formas y colores un
día domingo.