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Sul-li
Nimphie Knox

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Sul-li

Les pagaba. Los recogía en la calle, los subía a mi auto, les preguntaba
su edad y si sabían mentir bien, los llevaba a casa. Me gustaba que
fueran pequeños y dóciles, como gatitos abandonados. Siempre los
traté amablemente y si tenían hambre, no dudaba en darles de comer.
Me gustaba que tuviesen hambre. Me gustaba que me miraran con sus
ojos asustados, empañados, a punto de largarse a llorar. Yo me
encargaba de confortarlos. Y a ninguno le dije que se estaba acostando
con un abogado.
La primera vez que lo hice fue el día en que cumplí veinte años. El de
esa noche quedó en mi memoria grabado con fuego, como el estallido
de un meteorito sobre la corteza terrestre. Era una criatura blanca y
preciosa, un espécimen de esos que tanto abundan en esta ciudad.
Tenía el pelo dorado, como si el mismísimo Dios lo hubiese tejido con
hilillos de miel. Sus ojos eran dos gotas del mar más azul que existe,
un mar inexistente, milagroso… un mar en el que me ahogué sin
remedio, buceando entre sus pestañas igual de rubias que su cabello.
No podía tener más de quince años y sé que no disfrutó lo que le hice.
Le supliqué que me perdonara, y él sonrió con compasión. Se mordió
el labio y sus cejas delgadas se curvaron, confundidas, complicadas,
por encima de su nariz de tobogán.
Me conformaba con esos amores de una noche. Amores ridículos,
ficticios, insalubres. Me conformaba porque, ¿dónde encontraría yo
una belleza impúber que correspondiera a mi amor enfermo? Me
gustaría pensar que no les hice daño al amarlos, pero sé que estaría
engañándome. Y para engañarme mejor, y engañarlos a ellos, les
llenaba sus bolsillitos remendados de billetes multicolores y por la

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mañana les preparaba el desayuno. Me gustaba imaginarme que eran
míos, que me pertenecían y que por eso debía cuidarlos. Pero luego se
iban. Todos se iban. Y yo me quedaba solo, mucho más solo que antes.
Uno se quedó una semana entera. Fueron los mejores días de mi vida.
Le compré ropa, lo alimenté, le pedí que me dejara cepillarle el cabello.
Tenía piojos y yo se los quité. Pero supongo que se hartó de mí,
porque también me abandonó. Creo que lloré por él… y luego, todo
volvió a comenzar. Buscaba a los muchachos más jovencitos de
Babilonia, los llevaba a mi casa y jugaba con ellos a hacer el amor.
Pero a Él no lo encontré en la calle, ni en la noche, ni bajo la lluvia.
Se llamaba Suli, que quiere decir “venido del cielo”. Sucedió una tarde,
semanas antes de un juicio. Tuve que visitar un orfanato. Allí lo conocí.
Estaba sentado sobre el pasto mojado y tenía la nariz llena de tierra.
Sus piernecitas desnudas se veían repletas de hematomas, de
cicatrices. Miraba a su alrededor con los mofletes inflados, como
enojado. Su ceño estaba contraído y sus puñitos, cerrados en actitud
enfurruñada. Me gustó. Y en cuanto todo estuvo listo, me lo llevé,
desoyendo todos los consejos de aquella gente. Nada de lo que me
dijeron me importó demasiado.
En cuanto le creció el cabello, supe que era pelirrojo. Sus ojos eran
castaños, grandes, casi corrientes, casi preciosos. Las pecas le
inundaban la cara. La cara y la espalda y sus delgados brazos de niño
de doce años.
Jamás le pregunté por qué le habían rapado la cabeza o qué
significaban las heridas que tenía en el pecho. Jamás lo toqué para
otra cosa que no fuera una caricia. Jamás lo golpeé y a veces pienso
que debería haberlo hecho. Yo no había nacido para ser padre. Yo sólo
estaba en el mundo para ayudar a los ricos a aumentar su fortuna… y
para subir a mi auto un chico nuevo cada fin de semana.
Suli fue un capricho, una negación de mi parte a aquello que no
quería aceptar. Que me quedaría solo. Que nadie cuidaría de mí
cuando yo no pudiera hacerlo. Que nadie me amaría de verdad y que

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todo el amor que tenía guardado debía entregarlo en pequeñas
cuotas… pequeñísimas… así, hasta que se agotara por completo.
Pero al mismo tiempo, Suli fue lo más hermoso que me podría haber
sucedido. Mi error fue amarlo demasiado, amarlo con ese amor
enfermo que fluía en la sangre de mis venas como una ponzoña. Suli
no era tonto y se daba cuenta de que yo me ausentaba los sábados
por la noche. Cuando cumplió quince años, me obligó a que le dijera
que me acostaba con hombres. Con hombres, pero no con niños.
Entonces yo le pedí que me dijera porqué le habían rapado la cabeza,
que me dijera qué eran las cicatrices de su pecho y su espalda.
—Si te lo digo, no me querrás más.
Ésa fue su respuesta. Se arrebujó entre las sábanas y me dio la
espalda. En medio de la oscuridad despiadada, las contemplé. Eran
trazos largos y profundos; su carne se había levantado sobre su piel
pecosa, dibujando gruesas grietas sobre la columna y los omóplatos.
—Jamás dejaré de amarte, Suli.
Le revolví el cabello y Él se giró. Sus ojos grandes se abrieron, aún
adormilados; su boquita se curvó en una sonrisa; todo Él se acercó a
mí, tibio, dulce, perfumado, anhelado. Lo abracé, y sus brazos me
rodearon, buscando calor.
—Te amo, John –susurró, con la voz hecha un maullido.
Y yo también te amo, quise decirle, pero mi amor está enfermo, Suli,
enfermo para siempre.
Nunca me negué a que durmiera conmigo, porque me gustaba que lo
hiciera. Se acurrucaba a mi lado, muy encogido, y yo podía oír el siseo
de su respiración atravesando sus labios. Cuando la oía, me sentía feliz.
Y hay algo que no he dicho, quizás por mi miedo a ser malinterpretado,
repudiado. Pero debo decirlo, porque si no lo hago estaría omitiendo
parte de la historia.
A Suli le gustaba que yo lo tocara. Y a veces me lo pedía:
—Acaríciame –susurraba en medio de la noche, tumbándose boca
arriba sobre la cama. Yo lo hacía, ¿cómo negarme? Su piel siempre

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estaba tibia y era tan, pero tan suave. Mis manos se arrastraban por
su vientre aterciopelado, por su cuello, por su pelo rojo. Él gemía
suavemente, de puro placer, y se revolvía mientras yo le hacía
cosquillas en la barriga.
—Te amo, John –decía una y otra vez.

Suli no podía leer. Mientras desayunábamos, yo siempre leía el


periódico. Él me pedía que le contara lo que sucedía en Babilonia, en el
mundo. Contemplaba las fotos con ojos tristes, casi soñadores, casi
románticos. Muchas veces me pregunté qué era lo que pensaba al ver
aquellas primeras planas salpicadas de sangre, tierra y crueldad. ¿Que
el mundo se estaba yendo al infierno?
—Tiene usted una casa muy grande –dijo aquel día, cuando lo llevé a
mi apartamento por primera vez. Se quedó parado en el umbral,
contemplando las paredes blancas con desagrado, con reproche
quizás—. ¿De dónde ha sacado el dinero para comprar todas estas
cosas?
Se lo dije. Me encargaba de proteger el patrimonio de los ricos, de los
corruptos, de los que ya lo tenían todo.
—Lo siento, no puedo llamarle padre –susurró una tarde, sentado en
el sillón. Yo estaba a su lado, revisando unos papeles; Él se había
acercado a la pecera y recorría con atención, con sus ojos castaños
muy abiertos, muy concentrados, los pececitos de colores que nadaban
allí, encerrados detrás del muro de cristal. Le gustaban los animales. A
la tercera semana trajo a casa un gato. Un bello felino de cabello
castaño rojizo, muy arisco, que llenaba de pelos el sofá y las sábanas.
No le respondí. En realidad, no quería que Él me llamara padre… John,
sólo John. O tal vez… no lo sé.
—Y además, usted nunca ha querido un hijo. ¿Me equivoco?
Dejé los papeles sobre la mesa y me quité las gafas. Me miraba
profundamente, con esos ojos que yo había amado en cuanto se

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posaron sobre los míos. No me hablaba con altanería, no me estaba
regañando. Trataba de conocerme. Pero había ciertas cosas de mí que
yo no quería que Él conociera.
Jamás me llamó padre, pero aprendió a quererme. Y yo me
pregunto… ¿cómo no querer a alguien que te ama con toda la
desesperación de su corazón? Aunque era un amor enfermo, mi
enfermedad siempre estuvo bajo control. Descargaba mi locura en
cuerpecitos anónimos, imaginándome en aquellas melenas sucias el
rojo encendido del pelo de Suli; en aquellas mejillas pálidas, sus pecas
de color té con leché; en aquellas pieles de nieve fundida, las cicatrices
de su pecho y su espalda. Y a veces les pedía que me llamaran “padre”.
Algunos se reían, otros no tanto. Pero para Él jamás fui “padre”,
siempre fui “John”.
A Suli no le gustaba salir de casa. Durante las noches calurosas, se
sentaba en el balcón, con las piernas colgando de la cornisa, y
abrazaba con su mirada el cardumen luminoso de la ciudad babilónica.
Desde la ventana de mi habitación, yo lo espiaba, muriéndome por
saber qué pensamientos flotaban por su mente.
—Suli, entra –le grité un día, viendo que el cielo estaba a punto de
desplomarse sobre nosotros—, ¡esta noche habrá tormenta!
Él, que estaba sentado sobre una reposera, se giró apenas y me
sonrió.
—Deja que me quede aquí, por favor –me pidió.
Reñimos un poco, pero acabé por complacerlo, como siempre. Me
quedé vigilándolo desde mi ventana, esperando. Cuando se durmiera,
lo llevaría a su dormitorio.
El aguacero se desató a la medianoche, y yo lo contemplé todo,
horrorizado. Suli se quitó toda la ropa y se tendió sobre el suelo,
desnudo, para dejar que el agua lo bañara. Sonreía, seguía sonriendo.
La lluvia lo empapó por completo, desde los pies hasta la punta de sus
cabellos de fuego. Cuando comenzó a caer granizo, salí de la
habitación y me dirigí hacia el balcón. Allí estaba Él, disfrutando de la

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lluvia, con sus ojos cerrados, los brazos abiertos y su desnudez
expuesta. Eran tan hermoso. Tan sólo tenía catorce años y seis meses.
—Suli, ¡Suli!
Me miró, como confundido. Se levantó de un salto, se sacudió la
cabellera y rió tan alto que su risa me asustó.
—¡John! –decía—. ¡John! ¡Mira el cielo, mira la lluvia! ¿No es un
espectáculo maravilloso?
Me tomó del cuello de la camisa y me arrastró hacia él. Hacía frío,
muchísimo, pero sus manos estaban calientes, su pecho estaba
caliente. Sus mejillas pecosas ardían, como si su cabello incendiado las
hubiese quemado con su fuego rojo, fuego violento.
La voz le temblaba, emocionada, sus ojos bailoteaban por la noche
babilónica, por las luces trémulas difuminadas por el llanto de aquel
cielo lejano y terrible que agonizaba sobre nuestras cabezas. Me
arrancó la camisa, y los botones se dispararon hacia el vacío,
perdiéndose para siempre en la húmeda oscuridad.
—¡Suli…! –Pero él no me oía. Yo estaba aterrorizado.
—¡Grita, John! –gimió, lanzando la camisa por el balcón. Se aferró de
la baranda, sacó la cabeza hacia la lluvia torrencial, abrió la boca y
chilló. Su voz, su lamento, su llamado… su grito se elevó por encima
de la tormenta, de los truenos, del granizo. Su grito se estrelló contra
el cielo, con las almas que planeaban allí arriba, buscando la salvación.
Su grito envolvió Babilonia, la acunó, la adormeció—. ¡Deja salir todo
lo que te lastima! ¡Déjalo ir!
Y obedecí. El grito me raspó la garganta, vibró entre mis dientes y
murió en mi boca. Grité por todos los niños que había amado, por la
condena de la soledad, por el amor que sentía por Suli, el deseo de
tenerlo, de que fuera mío.

Al otro día Suli me pidió que le leyera el periódico. Leí con horror, con
fascinación, con repulsión. Pero Él oyó tranquilo, sentado en el sofá del

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salón, con sus piernas cruzadas y la cabellera larga y sedosa,
derramada sobre la tela de su camiseta de lino.
Como siempre, habían ocurrido cosas, accidentes, muertes. Dos
mujeres se habían arrojado de una azotea. Sus cuerpos fueron
hallados por la mañana, hechos una masa informe de carne y sangre
sobre el asfalto embarrado.
—Dios mío, qué solos se quedan los muertos –recitó Él. Yo lo miré—.
Es verdad, John. Se quedan solos, muy solos. En el cielo no hay nada
más que oscuridad.
Mentiría si dijera que Suli no me inquietaba. Me preocupaba y a veces
me causaba temor.
—Si tú no hubieras pagado para sacarme de allí –dijo una noche,
luego de meterse conmigo en la cama—. Me tendrían atado de pies y
manos y sólo me darían agua para beber.
¿Qué estaba ocurriendo en Babilonia? Nacían niños con terribles
malformaciones. En internet vi la fotografía de un bebé con un cuerno
de cabra. Me gustaría pensar que era un montaje, pero no podría
afirmarlo.
—Este mundo está llegando a su fin –solía decir Suli. Eso no era una
novedad. Todos lo sabíamos.
—Suli, ¿no te gustaría conocer a tus padres?
Me sorprendía que no quisiera. Cada vez que se lo preguntaba, me
sonreía con compasión, como si conocer a los padres de mi amado
fuese una necesidad más mía que suya.
—Mis padres ni siquiera saben que existo —respondía.
La adolescencia de Suli no fue normal. Ni siquiera me atrevería a
llamarla adolescencia. Su niñez había sido truncada, Su vida había sido
mutilada. Cuando quise investigar, en el orfanato me dijeron que no
sabían nada acerca de sus orígenes. Era mentira, por supuesto. ¿Por
qué no querían hablarme de Suli? ¿Por qué al principio se habían
negado a que yo lo adoptara?

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Su salud siempre había sido excelente. Recuerdo que sólo visitamos
al doctor en dos ocasiones. La primera, para que le recetara unas
vitaminas. La segunda, para que lo revisara por un dolor de estómago.
Resultó que tenía parásitos y el médico me hizo comprar unas pastillas
para que defecara las lombrices. No hizo comentarios acerca de las
heridas de su cuerpo; sabía que Suli era adoptado. Cuando lo visité
para preguntarle si aquello podía ser grave, recuerdo que se encogió
de hombros.
—Era un niño de la calle –dijo—. Imagínese todo lo que habrá sufrido
antes de que usted lo adoptara.
Tenía razón y tuve que conformarme.

Una tarde, dos semanas antes de que desapareciera, lo encontré con


la mano sumergida en la pecera. Quería atrapar los pequeñísimos
arlequines que huían despavoridos por entre sus dedos. Cuando se
hartó, metió la cabeza en el agua.
—¡Suli! –grité, sorprendiéndolo. Se golpeó la frente contra el vidrio y
chilló—. ¿Qué haces?
No dijo nada. Se limitó a contemplar con reproche a los arlequines,
que seguían allí, en su agua templada, como burlándose de Él.
Comencé a notarlo preocupado y me di cuenta de que estaba
creciendo. Ya tenía diecisiete años. Ya no era un niño.
—John, ¿Qué se siente ser padre? –me preguntó una tarde, mientras
mirábamos la televisión y yo le acariciaba el cabello. Me quedé mudo.
Ser padre. Yo no sabía qué era ser padre.
—Es una gran responsabilidad. Si tu hijo es deseado, te sientes feliz –
respondí. Fue lo primero que se me ocurrió—. Amor –agregué—.
Sientes que te desbordas de amor.
—¿Y si no sientes nada? –susurró. Se inclinó y apoyó la cabeza en mi
regazo—. ¿Y si ese amor que dices… no existe?

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No comprendí lo que quería decir. Al menos no en ese momento.
Tomé su rostro entre mis manos y lo miré a los ojos. Le acaricié las
mejillas, como si quisiera borrar sus pecas con los dedos.
—Sabes que te amo, Suli.
Él se irguió y se sentó sobre mí. Me besó en los labios. Me abrazó y
enterró el rostro en mi cuello. Lo sentí temblar, estremecerse.
—Tengo miedo, John –sollozó.

Y esa misma noche desapareció. En la madrugada, cuando me


levanté para ir al baño, ya no estaba durmiendo a mi lado. Había
llorado entre mis brazos durante horas y yo intenté consolarlo con las
mejores palabras que poseía mi vulgar idioma de abogado. Te amo, te
amo, te amo. Suli, estaré contigo para siempre. Cada vez que lo decía,
su llanto se hacía más profundo, más angustioso.
—¡Suli! —No estaba en su dormitorio. Tampoco en el salón, en el
balcón o en la cocina—. ¡Suli…!
La puerta estaba cerrada, tal como la había dejado yo al acostarme.
Me tumbé en el sofá, confundido, asustado. Suli, ¿dónde estaba mi
Suli? Entonces vi el ventanal del balcón entreabierto. Una brisa de aire
frío entraba por allí, produciendo un zumbido triste, melancólico, casi
animal.
Salí al balcón, pero Suli no estaba afuera. Decidido, volví a mi
dormitorio, me eché encima un abrigo y salí del apartamento. Recorrí
los veinte pisos hasta llegar a la azotea. Tuve que pedirle prestada la
llave a un vecino, quien me abrió la puerta con cara de pocos amigos.
—¿Sabe la hora que es? –reprochó, lanzándome la llave al suelo.
—Lo siento, es que… el gato de mi hijo, ¿sabe? Está enfermo… estoy
buscándolo.
El hombre achicó los ojos con sospecha.
—Gatos. Maldita plaga –rumió. Y cerró la puerta de un golpe.

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Llovía. El cielo se había pintado de un color gris plomizo, se había
desteñido. En el lejano horizonte, vetas de un brumoso naranja se
entremezclaban con manchas de púrpura. Desde lo alto de la azotea
se veía el océano, una oscura sábana contaminada con las miserias de
los siglos. Consternado, contemplé el vacío, la profunda y vasta nada
que nos rodeaba. Allí, cientos de metros debajo de mí, la violencia, la
crueldad, la corrupción, el horror… todo eso se condensaba en una
niebla que nos arrastraba hacia el infierno. Narcotraficantes, asesinos
a sueldo, secuestradores. Laboratorios clandestinos, traficantes de
órganos, de sangre, de niños.
La lluvía ya me había empapado y Suli no estaba allí. En vano, me
asomé hacia el vacío, hacia la nada, hacia la miseria humana, hacia la
infamia de Dios. Babilonia parpadeaba, mojada, fría, incandescente. Y
me dije a mí mismo lo que ya todo el mundo sabía, lo que todo el
mundo callaba:
—Estás agonizando.
Sí. Babilonia agonizaba, la raza humana agonizaba. Y para burlarse
de esa agonía, se inyectaba en las venas los fluidos extraídos de los
animales más obscenos, jugaba a mutilar la Creación dando
nacimiento a seres morbosos, seres monstruosos.
—Suli… ¿dónde estás? ¿Te has cansado de mí?
Entonces escuché un maullido. Un lamento agudo, tan triste, tan
desgarrador como un estertor. Me volteé. En la azotea había una
reposera y varias plantas marchitas. Y entre las macetas, entre el
barro, estaban ellos. Me acerqué. ¿Y qué vi? Vi un bulto mojado,
peludo, y volví a escuchar el maullido.
Eran dos gatos adultos, un macho y una hembra. Estaban muertos. A
su lado estaba el plato con la carne envenenada. Y entre los dos
cadáveres, el recién nacido, el hijo. También muerto. Aparté a la
hembra, blanca, esquelética, con sus pequeñas ubres inflamadas. Y
observé al macho.

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Era el gato de Suli. Su pelo rojo, espumoso, suave… su pelo estaba
empapado, triste, mustio. Lo acaricié por primera vez… y me di cuenta
de que estaba herido. Recorrí su espalda con las manos, su pecho, y
me encontré con las mismas cicatrices que mi Suli, mi amado, mi hijo,
tenía en su propio cuerpo.
“John, ¿Qué se siente ser padre?”, me susurró al oído su voz lejana.
No recuerdo si grité. Sólo se que tomé el cadáver de Suli, lo acaricié,
lo toqué, le supliqué que volviera conmigo. Sí, grité. Pero la tormenta
ahogó mis gritos, los lavó, los llevó hacia el vacío, hacia la terrible
oscuridad.
Envolví el cuerpo de Suli con mi abrigo, me limpié las lágrimas e
intenté ponerme de pie. Mi amado no volvería. Estaba muerto, lo
habían envenenado. Escuché otra vez el maullido. ¿De quién era, si los
tres animales ya no respiraban?
El pequeño gatito se asomó por debajo del cuerpo de la hembra.
Primero vi sus patas, raquíticas, y luego… su cabecita roja y
desorientada buscando el pecho de su madre. Lo aparté, tomándolo
del pellejo.
Volvió a maullar, volvió a gemir, volvió a preguntarse qué pecado
había cometido para tener que nacer en este mundo perdido, en este
mundo sembrado de úlceras. Lo agarré. Entraba en mi mano. Sus
orejas eran grandes y sus ojos, iguales a los de su padre.
Iguales a los ojos de Suli.

Fin

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con un desconocido que le vende un teléfono al precio de un
paquete de cigarrillos. Con el paso de los días, Alexis
descubrirá la verdadera naturaleza de su nuevo celular... y la
verdadera identidad de Seth, el desconocido que lo arrancará
de su vida monótona y aburrida.

"¿Creés en fantasmas? ¿Creés en el diablo? ¿Creés en que cada uno de


nosotros posee un alma inmortal? Yo no creía. O mejor dicho, me daba igual
que esas cosas existieran o no. Estamos entrando en cuestiones metafísicas,
la oveja negra de las ciencias. Pero no voy a dar discursitos filosóficos. Cada
uno es libre de creer lo que quiera. ¿Me creerías si te digo que ese hombre

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que me vendió el celular es un ser sobrenatural? Se llama Seth. Y me gusta
mucho."

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