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SERIE ENSAYO

¿Un nuevo silencio feminista?


La transformación de un movimiento social en el Chile posdictadura
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

¿Un nuevo silencio feminista?


La transformación de un
movimiento social
en el Chile posdictadura

Marcela Ríos Tobar


Lorena Godoy Catalán
Elizabeth Guerrero Caviedes

Centro de Estudios de la Mujer – CEM / Editorial Cuarto Propio

5
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

6
Índice

ÍNDICE

Presentación 13
Introducción 17
1. Transición, postransición y movimientos sociales.
Expectativas, consensos e interrogantes 19
2 Algunas consideraciones teóricas 21
2.1. Transformación de la estructura de oportunidades
3. Las preguntas planteadas por esta investigación
4. Enfoque metodológico y trabajo de campo

Capitulo I
Reconstruyendo la historia reciente:
trayectoria del campo feminista en los años noventa
1. El período fundacional:
resurgimiento del feminismo chileno en los años
setenta y ochenta
1.1. Organizaciones feministas de la segunda ola
1.2. El feminismo de los ochenta y su identidad
opositora
2. El feminismo en los noventa:
¿desmovilización o transformación?
2.1. La búsqueda de la unidad, 1990 – 1993
2.2. La agudización de las diferencias, 1994 – 1996
2.3. ¿El nuevo silencio feminista? 1997 – 2002
3. Conclusiones

Capítulo II
Delineando el campo de acción:
caracterización y trayectorias de las organizaciones feministas
1. Crecimiento y declive organizacional
1.1. Estructuras organizativas de la ciudad de Santiago
1.2. Estructuras organizativas de la ciudad de Valparaíso
1.3. Estructuras organizativas de la ciudad de Concepción

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

2. Características de las estructuras organizativas


2.1. Los colectivos feministas en los noventa:
la expresión de la diversidad
2.2. Coordinadoras feministas y su intento de visibilidad
pública
2.3. ONG: de la concientización a la construcción
de agendas
2.4. Las redes como expresión máxima de articulación
2.5. Programas de Estudios de Género en las
universidades: el ingreso a la academia
2.6. Medios de comunicación: la voz feminista
3. Conclusiones

Capítulo III
¿Quiénes son las feministas en los noventa?
Caracterización y trayectorias individuales
1. Caracterizando a las feministas chilenas de los noventa
1.1. La homogeneidad generacional: el predominio de
generaciones mayores
1.2. Preponderancia de mujeres de clases medias
1.3. Altos niveles de escolaridad
1.4. Trabajadoras remuneradas: el Estado y
las ONG como principales ámbitos laborales
1.5. Exilio y residencia en el extranjero
2. La militancia como opción de vida: trayectorias
organizativas de las feministas
2.1. Trayectorias de los diversos ámbitos de participación
política
2.2. La participación como experiencia múltiple
3 Trayectorias organizativas y vida personal:
biografías individuales
3.1. Doble militancia
3.2. Militancias consecutivas
3.3. Militancia exclusiva feminista
4. Conclusiones

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Índice

Capítulo IV
Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento
1. Narrativa sobre la transición y la democracia
en las voces feministas
1.1. Continuidades y discursos compartidos sobre
democracia y transición
1.2. La transición y sus efectos en el movimiento
2. El estado del movimiento en las voces feministas
2.1. Institucionalización y cambio en el rol del Estado
2.2. Más allá del debate sobre institucionalización:
avances y dificultades del movimiento en las narrativas
feministas
2.3. Los desafíos que enfrenta el feminismo
3. Conclusiones

Conclusiones
Nuestra historia reciente: continuidades, transformaciones,
perspectivas futuras
1. Un movimiento social que se transforma
1.1. ¿De qué movimiento hablamos?
1.2. Trayectoria del feminismo en los años noventa
1.3. Estructuras organizativas
1.4. Dimensión individual
1.5. Marcos de sentido
2. El sentido de las transformaciones
2.1. La interpretación de las protagonistas
2.2. Hacia una interpretación de las transformaciones

Anexo 1
Organizaciones feministas en Santiago,
Valparaíso y Concepción

Bibliografía

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

10
Introducción

Para las feministas


de ayer, hoy y mañana

11
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

12
Introducción

Agradecimientos / Nuestra presentación

Han pasado más de cuatro años desde que iniciamos el proceso


que ha culminado con la publicación de este libro. Un largo trayecto
que estuvo lleno de retos, alegrías y tropiezos. Todo un desafío políti-
co, intelectual y personal, en el cual el amor, el trabajo, los estudios,
la política, la militancia, han estado siempre presentes. En este perío-
do, llegaron al mundo Nahuel, Renato y Amanda para sumarse a este
camino. Cuatro años que han sido testigo de cómo nuestras vidas se
han ido transformando a la par de nuestro esfuerzo por estudiar aquel
objeto/sujeto al que también pertenecemos.

Estamos felices de haber concluido y de entregar el fruto de nues-


tro trabajo para contribuir al debate y la reflexión colectiva entre fe-
ministas, y para que la historia que hemos ido construyendo pueda
ser nombrada y reconocida.

Queremos además agradecer el apoyo, colaboración e interés


mostrado por numerosas personas que nos han proporcionado su
valiosa ayuda en este proceso, en especial a todas aquellas mujeres
que forman y han formado parte de este movimiento, y que estuvie-
ron dispuestas a compartir con nosotras parte de su historia, sus ex-
periencias, inquietudes, apreciaciones, críticas y esperanzas. Junto a
ellas, están muchas otras mujeres cuyas vidas nos alentaron en este
desafío. Este trabajo no hubiera sido posible sin su inspiración y luci-
dez.

Agradecemos también el apoyo de nuestras colegas del Centro


de Estudios de la Mujer, y a todas aquellas amigas/compañeras que
dentro y fuera del país han dedicado tiempo para comentar y discutir
con nosotras partes e ideas de este trabajo.

Agradecemos la confianza y el apoyo de la Fundación Ford que


permitió la realización de esta investigación y la publicación de sus
resultados.

13
Finalmente, agradecemos el apoyo de nuestros seres queridos que
nos han acompañado y alentado en esta travesía.

Elizabeth, Lorena y Marcela


Santiago, verano de 2003
Presentación

PENDIENTE SONIA ALVAREZ


Introducción

Fotografía: Terri Ruth Unger


Gentileza: Colectivo Con-spirando
Introducción

1. Transición, postransición y movimientos sociales.


Expectativas, consensos e interrogantes

Hablar hoy de feminismo es también hacernos cargo de una transición que


opera en el campo de las acciones y los discursos... Tránsito, pasaje de cuerpos en
distintos espacios sociales, tránsito de estrategias en espacios de poderes, tránsito
de signos en momentos en que las palabras, también en transición se resitúan y
cambian sus modos de significar. Un período de transición es, sobre todo, un
tiempo de incertezas, de interrogantes y también de apertura y búsqueda,
a otros modos de hablar.
Raquel Olea, 1998

¿Qué significa hoy hablar de movimientos sociales, de proyectos


que buscan cambiar las desigualdades y dominaciones que, a pesar de
la mutación, permanecen en la base de las relaciones humanas? ¿Cuál
es hoy el sentido de lo político y de la política?

En el contexto del Chile actual, estas interrogantes se entrecru-


zan con los debates y discursos en torno al régimen político construi-
do a partir del fin de la dictadura militar. Tránsito formal de un régi-
men a otro que, sin embargo, implica mucho más que el cambio de
instituciones y procedimientos políticos, marcando el comienzo de
una nueva etapa para la sociedad en su conjunto. Se trata pues, de
una profunda transformación de la vida política, de las formas de
interacción entre el Estado y los actores sociales, del sistema de repre-
sentación de intereses y de las dinámicas de acción colectiva. Se trata
también de cambios en el orden simbólico, que afectan y son afecta-
dos por el modo en que se interpretan tales transformaciones, así
como por las nuevas formas de hacer política. De este modo, hablar
de transición es hablar también de un tránsito en las formas de orga-
nización social, en la interacción de la sociedad con el sistema políti-
co, y sobre todo, en los imaginarios y los discursos políticos que sus-
tentan el quehacer de los actores dentro y fuera de las esferas políticas
formales.

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Transcurridos ya trece años desde el término de la dictadura mi-


litar en Chile, la instalación de un régimen democrático, así como
sus características y sus consecuencias, siguen siendo cuestionadas y
evaluadas con escepticismo por diversos sectores sociales. Si bien esto
era esperable de parte de los sectores incondicionales al régimen au-
toritario, resulta paradójico que las principales críticas provengan
justamente de aquellos actores que protagonizaron las luchas por
reconquistar esta democracia hoy cuestionada. Es así que emerge
toda una batería de adjetivos y mecanismos discursivos para califi-
car el régimen político que nos gobierna: “democracia a medias”,
“democracia de los acuerdos”, “democracia protegida”, “transfor-
mismo”, “posdictadura”.

Se trata de mecanismos discursivos y de conceptos que buscan,


por una parte, describir el tipo y calidad del régimen político, lla-
mando la atención a los “enclaves autoritarios” y a los múltiples resa-
bios antidemocráticos que se mantienen, tanto en forma como en
procedimiento, en medio de nuestra vida política. Pero al mismo
tiempo, son conceptos expresivos del persistente malestar de amplios
sectores de la sociedad con esta forma de hacer política, con las limi-
taciones institucionales y las formas de interacción, que en nada re-
flejan las expectativas y aspiraciones que el proceso de transición ins-
piró. Claramente, la relación entre el proceso de ‘transición’ y este
‘malestar difuso’, no es unívoca ni generalizada; y sus causas o alcan-
ces se extienden más allá de los objetivos de esta investigación. Sin
embargo, dicha relación está presente en el discurso –y orientando el
accionar– de amplios sectores políticos, especialmente aquellos vin-
culados a la izquierda y a los movimientos sociales que emergen du-
rante el período dictatorial. De esta forma, y como lo podremos ob-
servar a través de este trabajo, ese malestar se manifiesta con fuerza en
el campo feminista e informa, en mayor o menor medida, la manera
en que sus activistas interpretan y se relacionan con el momento po-
lítico que les ha tocado vivir durante la última década.

20
Introducción

2. Algunas consideraciones teóricas

Toda investigación social se sustenta en la definición previa de


conceptos y esquemas interpretativos, definición que está necesaria-
mente sujeta a los objetivos y visiones de los investigadores y a los
requerimientos impuestos por las preguntas a que dicha investiga-
ción busca responder. El presente trabajo no es una excepción. Desde
sus inicios fue necesario acotar y optar por algunas definiciones que
permitieran abordar los objetivos que nos habíamos planteado. En
términos teóricos era necesario definir primero el contenido y los
alcances del concepto de movimiento social: ¿Qué y a quiénes esta-
mos estudiando? Esto nos planteaba una serie de interrogantes anexas,
incluyendo entre otras, ¿cuáles son los elementos constitutivos de un
movimiento social? ¿Cómo se pueden identificar las fronteras o en-
tornos de un movimiento? Por otra parte, en la medida en que la
investigación proponía estudiar la trayectoria de un movimiento en
particular –el movimiento feminista– era de vital importancia defi-
nir el sentido de feminismo/feminista en el Chile actual.

Existe una gran variedad de teorías y enfoques que definen el


concepto de movimiento social. Sin embargo, y para efectos de esta
investigación, hemos seguido aquellos planteamientos que definen
los movimientos sociales como un tipo específico de acción colectiva
(Tarrés 1992), procesos dinámicos de acción o sistemas de acción
multipolar (en términos de Alberto Melucci). Se trata de una cons-
trucción social frágil y heterogénea, en la cual una amplia gama de
métodos, formas de solidaridad y organización, así como los sentidos
y objetivos, convergen de una manera relativamente estable. Se trata
de un proceso en permanente construcción por parte de aquellos
involucrados. De ahí que sea necesariamente un fenómeno empírico,
históricamente situado.

El concepto de movimiento social remite a un sistema de rela-


ciones sociales donde están presentes el conflicto, las solidaridades, el
cálculo, la organización, los recursos, los sistemas de creencias y de
elaboración simbólica, así como otros actores sociales y políticos que

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

facilitan u obstaculizan el desarrollo de una acción (sistema de oportu-


nidades y restricciones). Su análisis exige considerar tal movimiento
social como el resultado de una serie de procesos que posibilitan la
unidad de la acción y su permanencia en el tiempo (ibíd.). Para que
un sistema de acción colectiva sea considerado como movimiento
social, debe existir una identidad colectiva; los actores involucrados
deben reconocerse y ser reconocidos como parte de una unidad so-
cial. Se trata entonces, de un espacio simbólico que incluye a los
propios actores, las instancias colectivas que ellos construyen y su
interacción social y discursiva (Ríos 2000).

El estudio de los movimientos sociales debe incluir entonces,


tres factores básicos cuya interacción da forma a un determinado sis-
tema de acción colectiva: las dinámicas y formas de organización y
construcción del actuar colectivo (estructuras movilizadoras o mobi-
lizing structures), el marco cultural o repertorio de sentidos/discursos
que acompañan y se producen en el accionar colectivo; y la interac-
ción y efectos de la estructura de oportunidades y restricciones polí-
ticas en estas dos dimensiones (McAdam, McCarthy y Zald 1999).

El concepto de estructuras movilizadoras se refiere a los mecanis-


mos formales e informales a través de los cuales los individuos se
involucran en acciones colectivas y alude a variables tales como for-
mas concretas de organización, estrategias, dirigencia, liderazgo y re-
solución de conflictos, entre otros aspectos. Por su parte, el concepto
de marco cultural y/o repertorio de sentidos, se refiere tanto a los signi-
ficados que los actores atribuyen a su accionar como a los objetivos y
principios que los orientan, además de las construcciones simbólicas
surgidas de la interacción entre ambos aspectos. Estas dos variables
son de carácter interno al sistema de acción, mientras que las oportu-
nidades y restricciones políticas forman parte del entorno. No obstan-
te, existe una relación dinámica entre ellas, una interacción que im-
plica la incidencia de cada una en las otras.

Para distintos autores es claro que todo sistema de acción colec-


tiva surge y se ve condicionado por las oportunidades y restricciones

22
Introducción

disponibles en el sistema político, ya sea por el debilitamiento del


sistema de representación de intereses, por una disminución en la
capacidad represiva del Estado, o por cambios en la estructura de
alianzas entre las elites. Sin embargo, la existencia de oportunidades
no explica –por sí sola– la forma de acción colectiva que surge, el
momento de su emergencia y, sobre todo, su posterior desarrollo y
desenlace.

En el caso del movimiento feminista, Sonia E. Alvarez (1998)


plantea que más allá de las definiciones clásicas de movimiento so-
cial, al hablar de movimiento feminista en el contexto actual es nece-
sario pensar en un “campo de acción expansivo, policéntrico y hete-
rogéneo que se extiende más allá de las organizaciones o grupos pro-
pios de un movimiento” (Alvarez 1998, p. 93). La autora sostiene
que se han multiplicado los espacios donde las mujeres que se dicen
feministas actúan o pueden actuar, “ya no es solo en las calles, los
colectivos de autoreflexión autónomos, los talleres de educación po-
pular, etc. Si bien las feministas continúan en esos espacios, hoy se
encuentran además en una amplia gama de terrenos culturales, socia-
les y políticos: en los pasillos de la ONU, en la academia, las institu-
ciones públicas, los medios de comunicación, los organismos no gu-
bernamentales especializadas y profesionalizadas, en los medios de
comunicación, en el cyberespeacio, etc.” (Alvarez 1998b, p. 41)

Entender un movimiento social a partir de este concepto de campo


de acción, requiere reconocer a individuos, organizaciones (de diver-
so tipo) y eventos, y también las ideas y discursos que transitan entre
estos actores en dichas esferas, como parte del movimiento social.
Implica además, reconocer que las fronteras y estructuras de un mo-
vimiento están siendo permanentemente construidas y transforma-
das, sobre la base de la interacción y negociación político-discursiva.
La pertenencia a un determinado movimiento social pasa pues, por
un compromiso y/o adscripción a una identidad determinada, a una
propuesta ideológica discursiva, por amplia o restringida que esta sea.

Para definir quiénes forman parte del movimiento feminista, se

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

requiere entonces una definición inicial respecto de lo que significa


el feminismo en tanto identidad política y discurso ideológico. Y en
consecuencia, una diferenciación entre lo que constituyen movimien-
tos de mujeres en un sentido amplio y aquellos que se definen como
feministas estrictamente. En América Latina, esta diferenciación ha
sido un eje central de debate para las feministas y las mujeres en
general (León 1994; Sternbach et al. 1994; Alvarez et al. 2003). A
diferencia de lo que ha ocurrido en otras regiones del mundo, este
debate ha implicado intentos explícitos por diferenciar al feminismo
de formas más genéricas de movilización política de mujeres.

En este estudio hemos optado por mantener tal distinción polí-


tica y teórica, sustentándola en dos tipos de razones. Primero, las
mujeres que participan en diversas formas de movilización política
en Chile han puesto el acento en su pertenencia y adscripción (o no)
1
a una identidad feminista. Así, una línea divisoria es establecida por
las propias involucradas. Nuestra investigación parte entonces de la
base de que es necesario aceptar la autoidentificación de cada sujeto
respecto de su identidad política; por ello uno de los criterios para
definir los límites de este estudio ha sido esta autoidentificación.

Segundo, al igual que otras autoras, pensamos que es útil distin-


guir entre una movilización política en torno a una identidad de gé-
nero (movilización de mujeres) y una en torno a un proyecto ideoló-
gico específico. Los movimientos de mujeres se relacionan y convo-
can a las mujeres en tanto tales. La identidad de género responde a
una estrategia organizacional e implica la participación de mujeres
en la esfera pública y en la política, independientemente de si ella
ocurre sobre la base de identidades en tanto madres, hermanas, tra-
bajadoras, o mujeres a secas (Marx Ferree y Mueller 2003). Dicha
participación, a menudo tiene efectos positivos al generar identida-
des colectivas de género, aumento de autoestima y empoderamiento

1
En este sentido, ver por ejemplo los escritos de Julieta Kirkwood y las memo-
rias de los Encuentros Feministas Latinoamericanos.

24
Introducción

de las mujeres como colectivo. Sin embargo, no tiene un contenido


unívoco con respecto a las relaciones de género y los mecanismos que
las reproducen.

Por el contrario, los movimientos feministas son mucho más aco-


tados en términos de contenido e identidad. De acuerdo a la historia-
dora Karen Offen (1996, p. 271) este concepto se refiere a “un siste-
ma de ideas … basado en un análisis crítico del privilegio masculino
y la subordinación de las mujeres en una sociedad determinada. El
feminismo sitúa el concepto de género, o la construcción social dife-
renciada del comportamiento de los sexos… como su principal cate-
goría de análisis”. Por su parte, Marx Ferree y Mueller (2003, p. 3)
proponen que el feminismo tiene el objetivo explícito de “cuestionar
y cambiar la subordinación de las mujeres respecto de los hombres”.

En el presente estudio hemos definido al movimiento feminista


en Chile como un campo de acción cuya coherencia interna y fronte-
ras externas se sustentan en una adscripción a un discurso o propues-
ta ideológica, orientada a transformar las relaciones del sistema de
dominación del que son objeto las mujeres como categoría social.
Entendido de esta forma, la idea de movimiento no se restringe a una
agregación de individuos u organizaciones, ni tampoco puede ser
entendida meramente como movilización política. Se refiere además,
a los lazos simbólicos e identitarios que vinculan a esos individuos o
2
grupos con un discurso político.

2.1. Transformación de la estructura de oportunidades

Nuestra investigación considera como referentes temporales los


períodos de transición y postransición, es decir, desde 1988 hasta

2
Sobre esta noción de movimiento como ‘discurso’ ver el artículo de Jane Mans-
bride (1995, p. 27). En él plantea que el movimiento feminista es: “un con-
junto de aspiraciones y apreciaciones cambiantes y en constante debate que
proporcionan objetivos conscientes, sustento cognitivo y apoyo emocional a
la identidad en evolución de cada feminista”.

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

inicios de la década del 2000, períodos en que se ha producido una


importante transformación de la estructura de oportunidades.

En ese marco nos parece relevante aclarar el sentido y alcances


del concepto de transición, concepto que se ha convertido en un campo
de debate político e ideológico, con múltiples interpretaciones dis-
cursivas. En el presente trabajo, el concepto de transición no es utili-
zado como sinónimo de democratización. Por el contrario, para am-
bos conceptos hemos optado por seguir la distinción presentada –
entre otros autores– por Manuel Antonio Garretón. En esta interpre-
tación, transición se refiere específicamente al proceso (y momento)
formal de tránsito entre un “régimen de tipo dictatorial a otro de tipo
democrático” (Garretón 1999, p. 58). Esto no implica que se desco-
nozca la carga simbólica que el concepto tiene para la sociedad chile-
na y los diversos actores involucrados en los debates políticos al res-
pecto. De hecho, una parte importante de este trabajo está dedicada
justamente a desentrañar el sentido que dicho concepto tiene en los
discursos y en el imaginario colectivo de las feministas (ver capítulo
4). Se trata más bien de explicitar que cuando utilizamos este con-
cepto sin otras consideraciones, nos estamos refiriendo específica-
mente al período (proceso) situado entre la convocatoria al plebiscito
de 1988 y el traspaso de poder ocurrido en marzo de 1990, al perío-
do que se inicia en este momento lo denominamos de modo general
como postransición.

Mas allá de los discursos y la manera en que los actores han inter-
pretado los cambios acaecidos en la sociedad chilena en estos perío-
dos, existe amplio consenso en reconocer que las condiciones estruc-
turales (políticas, sociales, económicas) que sirvieron de escenario para
la emergencia de movimientos sociales y de una variedad de expre-
siones colectivas desde la sociedad civil, durante el período dictato-
rial, hoy han dejado de existir. El cambio de régimen político habría
estado acompañado entonces de una profunda transformación en la
estructura de oportunidades y restricciones políticas para la mantención
y desarrollo de un accionar político desde la sociedad.

26
Introducción

Más específicamente, la instalación de un régimen democrático


que abrió el sistema político y eliminó los elementos más represivos
de la dictadura, tuvo el efecto de reducir las oportunidades para la
participación y movilización de los actores de la sociedad civil en la
esfera pública, así como su capacidad de representar sus intereses sin
intermediación del Estado y de los partidos políticos. Esto es coinci-
dente con lo que muchos autores y estudios relativos a los procesos
de transición política en América Latina habían pronosticado
(O’Donnell & Schmitter 1986; Drake y Jaskic 1993; Garretón 1993,
1995). Si bien existían matices y diferencias en las causas que cada
uno identificaba, estos trabajos coincidían en que los movimientos
sociales tenderían a desaparecer (o desmovilizarse) una vez instalado
un régimen democrático. Por su parte, los pocos estudios que se han
realizado sobre este tema en los noventa, tienden a sustentar la mis-
3
ma línea argumentativa.

Según Philip Oxhorn (1995, p. 50), por ejemplo, quien ha tra-


bajado sobre los movimientos de pobladores, una de las ironías más
grandes del proceso de democratización en Chile, es el hecho de que
la relevancia política de los actores no institucionales fue “mayor an-
tes de la reinstalación del régimen democrático”.

Una gran parte de estos estudios han enfatizado las variables es-
tructurales y el cambio en las oportunidades políticas como las cau-
sas fundamentales para la desmovilización de los actores de la socie-
dad civil en el período postransición.

Mientras algunos autores dan mayor importancia a la reestruc-


turación económica y social en los cambios experimentados en el
ámbito de la acción colectiva, otros han privilegiado los enfoques
políticos que asocian dichos cambios a las características específicas
del sistema político chileno. En este último caso, los factores clave
que han sido identificados para comprender los procesos vividos son:

3
Ver los trabajos de De la Maza (1999); Oxhorn (1995); Fitzsimmons (2000).

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

la reemergencia de los partidos políticos y su monopolio sobre el


sistema político; la estructura y formas de funcionamiento del siste-
ma de partidos, incluyendo su relación con los actores sociales; la
estructura del Estado chileno y las políticas que ha promovido en el
área de la sociedad civil (y su relación con esta); la política de alianzas
en que se han sustentado los tres gobiernos que han detentado el
poder en la última década; el rol de los enclaves autoritarios y la po-
lítica de consensos en las dinámicas políticas (Ríos 2000, 2003).

Un debate exhaustivo sobre estos temas escapa a los objetivos del


presente trabajo. Sin embargo, nos parece importante señalar que, a
nuestro entender, los cambios en las estructuras institucionales y en
los procedimientos políticos, han tenido un impacto significativo en
la transformación del accionar político feminista chileno. Como in-
tentaremos mostrar a lo largo de este trabajo, el rol de los partidos
políticos y del Estado ha sido crucial para establecer nuevos paráme-
tros y discursos en torno a la participación de los actores sociales en la
4
política y en lo político. No obstante, tales modificaciones institu-
cionales no explican por sí solas, las transformaciones del campo fe-
minista en la década de los noventa.

3. Las preguntas planteadas por esta investigación

La presente investigación se propone aportar a un campo de es-


tudio poco abordado durante la última década: el estudio de los
movimientos sociales, de la acción colectiva y de los cambios que han
experimentado en el período. A nuestro entender, este ámbito de
investigación sigue siendo un área de conocimiento crucial para com-
prender el funcionamiento de los sistemas políticos. Ello tanto desde
la perspectiva de los actores no institucionales, cuanto del tipo y calidad

4
Algunos de los trabajos que se han referido al impacto del sistema político en
el movimiento amplio de mujeres y el feminista en particular son: Baldez
(1999); Hipsher (1998); Fitzsimmons (2000); Valenzuela (1993b, 1998c);
Ríos Tobar (2000, 2003); Schild (1998).

28
Introducción

de un régimen democrático, así como de las transformaciones cultu-


rales acaecidas en las últimas décadas y que pueden estar incidiendo
en los marcos de interpretación que orientan el accionar colectivo,
particularmente de los movimientos sociales.

Esta propuesta se sustenta en la necesidad de avanzar, desde la


investigación empírica, en la elaboración de herramientas concep-
tuales que nos permitan entender los cambios en las nuevas modali-
dades de sociabilidad, organización social y acción colectiva. De igual
manera, se dirige a comprender los sentidos que los actores otorgan a
esas prácticas y las dinámicas de interacción entre actores sociales y el
sistema político institucional. Busca indagar respecto de la plurali-
dad y heterogeneidad de quienes conforman el movimiento feminis-
ta –sus orientaciones, significados, estructuras, membresía, relacio-
nes– cuestionando la existencia de un actor homogéneo.

Se plantea además la necesidad de estudiar de manera más pro-


funda el proceso de construcción de un sistema de acción colectiva
específico, históricamente situado: el movimiento feminista en Chile
durante la década de los noventa, es decir, en la etapa inmediatamen-
te posterior a la reinstalación de un régimen democrático. Si bien se
reconoce la importancia de los factores político estructurales en el
accionar colectivo y en el desarrollo de movimientos sociales, afirma-
mos que dichas condiciones macro políticas no explican –en su tota-
lidad– el devenir de los actores sociales. En otras palabras, aun cuan-
do los movimientos nacen, en gran medida, como resultado de las
oportunidades que ofrece el sistema político, su destino lo trazan
fundamentalmente sus propias acciones, siendo las variables que co-
bran mayor importancia para entender el grado, características y efec-
tos de esa acción, aquellas enraizadas en el propio movimiento. Estas
variables se relacionan con las decisiones y opciones estratégicas que
adoptan, las relaciones de poder, las dinámicas concretas de organi-
zación y acción, los sentidos y objetivos que los actores atribuyen y
producen en el marco del accionar colectivo, así como la interacción
de estos actores con otros actores sociales y políticos relevantes.

29
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Por otra parte, el presente estudio se propuso también dialogar


con aquellos enfoques que enfatizan las variables estructurales del
sistema político y de los cambios sociales y económicos, para explicar
la supuesta desaparición de los movimientos sociales en el período
postransición. Esta literatura, que ha dominado los debates intelec-
tuales y políticos durante la pasada década, ha interpretado el nuevo
contexto sociopolítico como el debilitamiento de la acción colectiva
(De la Maza 1999; Oxhorn 1995; Hipsher 1995; Garretón 1993). Si
bien concordamos con muchos de los planteamientos expuestos por
este tipo de enfoques, nos parece que las transformaciones experi-
mentadas por los actores sociales –que han seguido buscando formas
de inserción e influencia en lo público– y la persistencia de diversas
modalidades de acción colectiva, indican que los conceptos de des-
aparición o desmovilización no dejan entender lo que ha ocurrido
con los propios actores que componen los movimientos sociales. Ta-
les conceptos tampoco analizan ni dan cuenta de la forma en que los
sujetos políticos interactúan, asimilan y responden a los cambios ex-
ternos. En otras palabras, desconocen la capacidad de acción política
de estos sujetos.
Conscientes de esto, nuestra investigación intenta demostrar, a
través de un estudio de caso, que la pregunta respecto de la existencia
o no de movimientos sociales puede conducirnos a un camino cerra-
do y que, por tanto, resulta de mayor utilidad un enfoque que bus-
que entender los procesos de transformación de los actores sociales y
de su inserción en el sistema político. En este sentido, no busca
preguntarse si los movimientos sociales se han desmovilizado o no,
sino más bien remplazar dicha interrogante por las preguntas: ¿Cómo
se ha transformado el accionar político del feminismo en la década
de los noventa? ¿Qué sentido tiene para las propias mujeres involu-
cradas, para las activistas feministas estas transformaciones? ¿Cuál
es la evaluación/percepción que hacen las propias feministas de es-
tas transformaciones (avances, retrocesos)? ¿Es posible atribuir es-
tas transformaciones exclusivamente a los cambios producidos por
el llamado proceso de ‘transición’? ¿Implica el retorno a un régimen
democrático un inevitable decaimiento en el rol de los actores
sociales?

30
Introducción

Nuestro interés por volver la mirada hacia los actores sociales,


requiere que nos interroguemos respecto del rol que juegan las deci-
siones, discursos y opciones estratégicas de esos actores en los cam-
bios acaecidos. Es justamente ahí donde hemos puesto el énfasis en
esta investigación, donde esperamos poder aportar al debate respecto
del sentido del accionar político de los actores sociales en un sistema
democrático.

Por último, la reconstrucción de la trayectoria y los procesos que


ha vivido el movimiento feminista durante este período, busca con-
tribuir además a un proceso de introspección y reflexión política del
que somos partícipes, ya que nuestras motivaciones político/perso-
nales han orientado en forma importante la manera en que hemos
abordado esta investigación.

Nuestra reflexión comenzó a partir de lo que, en tanto investiga-


doras, entendíamos como una ausencia de teorización y reflexión crí-
tica de lo que había sido el retorno a la democracia y sus efectos en el
movimiento feminista. Nos posicionamos desde nuestro doble rol e
identidad de investigadoras y activistas feministas. Sin embargo, nues-
tra posición estaba también marcada por una cierta distancia con ese
movimiento y su historia reciente, fundamentalmente por pertene-
cer a una generación que llegó al feminismo en los años noventa, que
forma parte de un colectivo de reflexión y acción política, y que, por
tanto, no había protagonizado directamente una buena parte de los
acontecimientos que deseábamos investigar.

De esta forma, arribamos a este estudio con un claro posiciona-


miento en el campo de acción; como parte de un grupo al que la
mayoría de nuestras entrevistadas conocía como feminista, pero al
mismo tiempo, consideradas algo ajenas o advenedizas a dicho cam-
po. Este posicionamiento de investigadoras/actoras que se sienten y
son percibidas como algo ‘extranjeras’ marcó nuestro trabajo de prin-
cipio a fin. Por un lado, y considerando el nivel de conflictos y ani-
mosidad existentes entre importantes sectores del movimiento, nos
permitió la llegada a una gama de mujeres que no hubiera sido posible

31
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

si hubiéramos sido extranjeras del todo, o por el contrario, una más


entre ellas. El conocimiento personal de muchas de las entrevistadas
facilitó nuestra llegada y la posibilidad de que ellas, a su vez, nos
conectaran con otras mujeres. Sin embargo, esta posición nos obligó
también a tener siempre presente la necesidad de mantener un equi-
librio y la necesaria distancia entre nuestro rol de investigadoras y el
de activistas partícipes de los procesos políticos y sociales que quería-
mos estudiar.

Esperamos que este esfuerzo contribuya a la reflexión de las fe-


ministas respecto de su pasado reciente y a entender el proceso de
transición e instalación democrática en la perspectiva de sus protago-
nistas desde la sociedad civil.

4. Enfoque metodológico y trabajo de campo

La metodología empleada en esta investigación buscó dar cuenta


de las transformaciones experimentadas por el campo feminista en la
década de los noventa, en tanto proceso en el que interactúan los nive-
les individual, micro y macro social. Se trata de analizar, al mismo
tiempo, las trayectorias individuales, dinámicas organizacionales y
discursos, así como la forma en que estas dimensiones son afectadas
por el contexto político y social. Por este motivo, fue preciso utilizar
métodos que hicieran posible la generación y el análisis de diversos
tipos y niveles de información.

Por otra parte, partiendo del supuesto de que las diferencias en


contextos regionales inciden en las formas en que el movimiento fe-
minista se ha ido transformando en los años noventa, el estudio se
desarrolló en las tres ciudades más pobladas del país: Santiago, Con-
cepción y Valparaíso.

La recolección de información se llevó a cabo en tres etapas, uti-


lizando una variedad de instrumentos metodológicos de investiga-
ción. Entre ellos se cuentan entrevistas semiestructuradas, entrevistas

32
Introducción

en profundidad, talleres de discusión y análisis de textos (fuentes pri-


marias y secundarias).

La primera etapa estuvo dedicada al diseño de las estrategias de


investigación, construcción de instrumentos metodológicos, defini-
ción de la muestra y recopilación de información secundaria de
carácter bibliográfico. Adicionalmente, y como una manera de orientar
este diseño, se realizaron entrevistas en profundidad a informantes cla-
ve que tuvieran un amplio conocimiento de los procesos, personas y
organizaciones involucradas en el campo feminista chileno.

En una segunda etapa, se realizaron las entrevistas semiestructu-


radas y las entrevistas en profundidad. La información recopilada en
ambas etapas fue sistematizada y analizada antes de iniciarse la terce-
ra fase. Durante esta última etapa, y ya con los primeros resultados
de la investigación, se llevaron a cabo talleres de discusión a los que se
convocó a todas las mujeres entrevistadas en la etapa anterior, con el
propósito de presentar y discutir colectivamente los elementos obte-
nidos y generar un espacio de encuentro y debate entre feministas.

El presente libro da cuenta de los principales resultados de este


trabajo. Ellos han sido organizados en cuatro capítulos, dedicados
cada uno a responder un aspecto específico de la investigación. En el
primero, entregamos un recuento de lo que ha sido la trayectoria,
procesos, principales hitos y eventos que han caracterizado el accio-
nar feminista en la década de los noventa. Se ha puesto énfasis en
describir y analizar cómo los diversos procesos y esferas que compo-
nen este campo de acción se han ido modificando a lo largo del pe-
ríodo. El segundo capítulo busca describir y analizar las estructuras
organizativas que componen el campo feminista y cómo han evolu-
cionado en el período postransición: las formas de organización, es-
trategias políticas y vínculos con otros actores de la sociedad civil,
establecidas por las instancias colectivas que componen este campo.
Un tercer capítulo está dedicado a las actoras que conforman este
movimiento: las activistas feministas. Busca responder las interro-

33
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

gantes sobre quiénes son las feministas hoy, cuáles son sus principales
características sociales, generacionales y laborales, así como entender
sus trayectorias políticas más allá del accionar feminista. El cuarto y
último capítulo está dedicado a la dimensión discursiva y simbólica
que acompaña, informa y en ocasiones explica, algunos de los proce-
sos colectivos descritos en los capítulos anteriores. Se presentan los
relatos colectivos de las entrevistadas, respecto de los cambios políti-
cos experimentados en el país en las últimas décadas, el sentido de la
democracia y la transición; y sus efectos en el movimiento feminista.
Finalmente, se entregan las conclusiones emanadas de este proceso,
con las que se espera dar respuesta a las distintas preguntas planteadas.

34
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

Reconstruyendo la historia reciente:


trayectoria del campo feminista
en los años noventa

35
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

36
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

Se trata de rescatar la historia en todas sus complejidades, de asumir que


somos un movimiento social constituido a través de distintas vertientes
y corrientes de pensamiento, que por lo menos a lo largo de un siglo,
ha sabido de avances y retrocesos, logros y fracasos.
Edda Gaviola, 1993

Parte importante de la transformación del accionar feminista en


la década de los noventa, ha estado acompañada –y marcada– por un
decaimiento del interés por estudiar y escribir sobre lo que ocurre
con el propio movimiento. Hacia finales de la década, tanto la intros-
pección crítica como la reflexión académica respecto de lo que ha
sucedido con el accionar feminista, ha tendido a desaparecer como
1
un tema de debate y estudio en el contexto chileno. De ahí que una
parte significativa de la historia de lo que ha ocurrido con las organi-
zaciones, activismo y propuestas feministas, durante y después de la
transición a la democracia, haya permanecido en la memoria colecti-
va de las involucradas y aparezca solo marginalmente en las narrati-
vas historiográficas y en la producción de las ciencias sociales más en
general.

Uno de los objetivos de esta investigación –y de este capítulo en


particular– es rescatar parte de esa historia. Buscamos contribuir a la
reconstrucción y traducción de una memoria oral –muchas veces in-
dividual– en un relato escrito que esperamos tenga un carácter más
colectivo. El presente trabajo se propone además esclarecer algunos
aspectos y sucesos que han estado especialmente ausentes de la pro-
ducción intelectual sobre el tema. Estos relatos, a nuestro entender,
han destacado solo una dimensión del quehacer feminista por sobre

1
El último trabajo, en Chile, que se propone investigar específicamente sobre
el movimiento feminista, fue el realizado por Edda Gaviola, Eliana Largo y
Sandra Palestro y publicado en 1994. Sobre una discusión más general res-
pecto de las dificultades y problemas en la producción de conocimiento críti-
co en el contexto chileno, ver capítulo introductorio en Menéndez-Carrión y
Joignant, editores (1999).

37
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

otras igualmente relevantes para comprender los procesos y tenden-


cias que ha seguido el movimiento en los últimos decenios. Esa di-
mensión se refiere a la relación del feminismo (y de las feministas)
con el sistema político institucional, especialmente con el Estado y el
proceso de construcción de agendas públicas.

De esta forma, queremos presentar lo que ha sido la trayectoria y


desarrollo del campo de acción feminista propiamente tal: los princi-
pales hitos políticos, el desarrollo de las organizaciones, las tenden-
cias, conflictos y procesos que lo han constituido en los años noven-
ta, y que permiten entender su estado actual. Adicionalmente, y puesto
que la reconstrucción de esta historia reciente implica inevitablemente,
una mirada a los procesos y factores que le dan origen al feminismo
chileno contemporáneo, hemos considerado otros aspectos que se
remontan a los años finales de la década de los setenta.

1. El período fundacional: resurgimiento del feminismo chileno


en los años setenta y ochenta

Después de una prolongada ausencia de las voces y del accionar


feminista en los debates y procesos políticos del país, a fines de la
década de los setenta y después de la imposición de una dictadura
militar y el quiebre del sistema democrático, emerge nuevamente un
actor feminista. Paradojalmente, es en medio de una de las etapas
más represivas en la historia de Chile cuando comienzan a coordinar-
se pequeños grupos de mujeres, que desde su condición de género,
reflexionan sobre el contexto de autoritarismo militar y acerca de su
situación en la sociedad chilena en su conjunto.

Los factores que contribuyen a la reemergencia de un pensamiento


y accionar feminista en este período son múltiples y variados, por la
manera en que se transforma la estructura de oportunidades políticas
para el accionar desde la sociedad civil producto de la dictadura. Uno
de los ejes principales de esta transformación es el debilitamiento de
los actores políticos tradicionales (fundamentalmente los partidos
políticos) debido a la represión desatada por el régimen militar y al

38
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

quiebre de la institucionalidad democrática. Así, en un contexto


donde se desmantelan las formas tradicionales de representación de
intereses y demandas desde la sociedad civil hacia el Estado, queda
abierta la posibilidad para que emerjan nuevos actores y formas de
organización orientadas a suplir ese vacío. Por otra parte, el golpe
militar contribuye a agudizar los conflictos entre los partidos que
conformaban la alianza del gobierno popular. Este quiebre acentúa
los problemas que enfrentan los partidos debilitando aún más su
capacidad de respuesta frente a los vertiginosos cambios impulsa-
dos por la dictadura.

Un segundo elemento que contribuye a generar condiciones para


la organización política de las mujeres en este período, lo constituyen
las políticas y procesos impulsados directamente por la instalación
del régimen militar: violación masiva de los derechos humanos y pro-
funda crisis económica desatada por las políticas de estabilización
macroeconómica. Considerando la ausencia de los partidos y otras
entidades políticas y sociales capaces de enfrentar estos efectos, las
mujeres comienzan a organizarse para suplir estas ausencias (Valdés y
Weinstein 1993; Chuchryck 1984). Son las mujeres las primeras en
salir a la calle a demandar el respeto a los derechos humanos y pedir
información sobre el paradero de sus familiares víctimas de la repre-
sión. Son las mujeres quienes comienzan a generar espacios colecti-
vos para enfrentar los problemas de subsistencia económica, especial-
mente entre los sectores populares (Delsing et al. 1983; Valdés 1988;
Razeto et al. 1990). Esta organización se ve, además, fuertemente
facilitada por el apoyo de actores externos tales como la Iglesia cató-
lica y organismos internacionales de cooperación (a menudo a través
de las ONG).

Por último, el discurso de la dictadura buscando exaltar valores


tradicionales a la vez que deslegitimar las formas y actores políticos
tradicionales, tiene el efecto inesperado de abrir espacios para la irrup-
ción de las mujeres en el ámbito público. El régimen, al mismo
tiempo que exaltaba las diferencias de género y promovía una visión
restringida de la maternidad y de las mujeres como defensoras de la

39
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

2
nación, excluía y reprimía aquellas formas tradicionales de hacer
política históricamente desarrolladas por los hombres. Esta doble es-
trategia y discurso demonizaba a los partidos, a las elites políticas y a
las instituciones políticas democráticas, incentivando –quizá inad-
vertidamente– un accionar político desvinculado de los partidos y en
donde la identidad materna era legitimada por sobre otras formas de
intervención en lo público.
Es en este contexto de extrema polarización ideológica, repre-
sión y rápida transformación, donde surgen los primeros grupos de
mujeres que se identifican con el pensamiento y la identidad femi-
nista. La mayoría de estas mujeres venía de una militancia activa o de
una cercanía personal y política con la izquierda y, por tanto, con el
proyecto que había sido derrotado con la instalación del régimen
militar. Muchas habían tenido que refugiarse fuera del país, en los
primeros años de la dictadura, y recién retornaban luego de transitar
por países donde habían tenido la oportunidad de conocer e interac-
tuar con un movimiento feminista que se consolidaba en diversas
regiones del mundo desarrollado de la época.

Con el quiebre de la esfera pública y la política tradicional, estas


mujeres debieron confrontar y cuestionar su propia participación en
esos ámbitos y en el proyecto social y político que había llegado a su
fin en 1973. De esa forma, las feministas chilenas de finales de los
setenta, buscaban entender y reaccionar tanto frente al autoritarismo
impuesto por la dictadura, como al fracaso del proyecto político de
izquierda y su incapacidad para incorporar a las mujeres en su utopía
3
revolucionaria.

Así, la segunda ola de feminismo chileno nace con una marcada


4
vocación opositora. Es un feminismo que se plantea en oposición al

2
Ver Munizaga y Letelier (1988).
3
Sobre los contenidos del pensamiento feminista de la época consultar: Kir-
kwood (1986), Crispi (1987), Muñoz (1986).
4
Hablamos de segunda ola, tomando la definición utilizada por diversas auto-
ras para referirnos al período de resurgimiento del movimiento feminista en

40
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

autoritarismo militar, pero también a las formas tradicionales de ha-


cer política, al estatismo de los actores políticos y al reduccionismo
economicista que sesgaba los discursos de izquierda y que relegaba las
aspiraciones de igualdad de género a un lugar secundario en la lucha
por transformar la sociedad. (Chuchryck 1984, 1991; Kirkwood
1986).

Derrocar a la dictadura fue el objetivo que unió a distintos secto-


res de la sociedad chilena en este período, generándose un fuerte pro-
ceso de organización social, con una masiva participación y protago-
nismo de mujeres. Las diversas vertientes de organizaciones de muje-
res que aparecen en ese período (feministas, derechos humanos, sub-
sistencia económica y otras de carácter comunitario y de base) con-
vergen en torno al objetivo común de resistencia frente al régimen
militar y lucha por reconquistar la democracia. Estos grupos dan ori-
gen a lo que fue interpretado como el ‘movimiento de mujeres’ (Val-
dés y Weinstein 1993; Valenzuela 1993a; Chuchryck 1991). Este
movimiento formaría a su vez parte de un campo político más am-
plio: el movimiento opositor, donde participan otros movimientos
sociales y actores, muchos de los cuales también surgen en ese perío-
do (estudiantes, jóvenes, pobladores, activistas por los derechos hu-
manos, grupos culturales, entre otros).

1.1. Organizaciones feministas de la segunda ola

A fines de los años setenta, tres grupos de mujeres conforman el


Círculo de Estudios de la Mujer. Estos grupos eran Hojas, ASUMA
(Asociación para la Unidad de las Mujeres) y otro grupo constituido
principalmente por profesionales de las ciencias sociales. Se constitu-
ye así, la primera organización explícitamente feminista de este mo-
mento. Nace en el año 1979, al alero de la Academia de Humanismo
Cristiano, institución surgida originalmente como una iniciativa de

América Latina a partir de los años setenta, luego de la emergencia de una


primera ola en los años treinta, marcada por las luchas de las sufragistas (La-
mas 1994; Sternbach et al. 1994).

41
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

la Iglesia católica para ofrecer un espacio de reflexión, discusión, in-


vestigación y expresión política a los intelectuales y académicos des-
plazados por la dictadura de las universidades chilenas. (Chuchryck
1984, 1991; Valenzuela 1998).

El objetivo principal del Círculo era “luchar por la emancipa-


ción de la mujer [lo que] se traduce en la lucha en contra de todas las
formas de opresión y discriminación de la mujer” (Círculo de Estu-
dios de la Mujer, s/f ). En torno a este objetivo general, el Círculo
desarrollaba diversos tipos de actividades tales como investigación,
docencia, teatro, talleres de toma de conciencia, difusión y debates.
Estas actividades se agrupaban en dos grandes categorías: generación
de conocimientos sobre la situación de las mujeres y generación de
conciencia en las mujeres sobre su situación de opresión (Círculo de
Estudios de la Mujer 1983).

En 1983 asumen nuevas autoridades eclesiásticas en la Acade-


mia, quienes consideraron que la postura y propuestas del Círculo
no concordaban con los principios de la Iglesia católica, por lo que el
grupo es expulsado. Esto coincide con un proceso interno de reflexión
y debate en torno a los objetivos y estrategias que el Círculo –en
tanto organización feminista– debía tener. Algunas de sus integran-
tes planteaban la necesidad de generar conocimiento e información
sobre las condiciones de vida de las mujeres y las relaciones de género
en el país. Otras, se mostraban más interesadas por desarrollar un
trabajo de base, orientado a crear una conciencia de género en muje-
res de diversos sectores sociales. Existían, además, opiniones encon-
tradas, entre quienes pensaban el Círculo como un proyecto más
movimientista y quienes consideraban que debía ser un proyecto con
un carácter más institucional. En una reunión de reflexión interna,
algunos de los comentarios mostraban esta tensión:

Círculo es una institución, no es movimiento. En un movimiento


cada persona es una. En una institución las personas que la gesta-
ron y trabajaron durante tres años y medio no pueden tener un
voto igual que una persona recién incorporada…
Círculo institución debe tener estatutos, programa. Distintos

42
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

tipos de miembras, objetivos y posiciones definidas… Si Círculo


quiere hacer política, actuar, debe tener una posición. Si Círculo
quiere ser instituto de investigación, que defina sus reglas del jue-
go… Si tenemos posiciones distintas tenemos la responsabilidad
de definirlas, trabajarlas y actuar en consecuencia. Si el Círculo
permite el desarrollo de todas, debe dar recursos para poder im-
5
plementarlo.

Así, a partir de la confluencia de las presiones externas y los pro-


cesos internos, las integrantes del Círculo deciden crear dos organi-
zaciones paralelas: El Centro de Estudios de la Mujer (CEM) y la
Casa de la Mujer La Morada. Con ello se cumplía el objetivo de
continuar, tanto con el trabajo de investigación y generación de co-
nocimientos, como con el trabajo de base y político que estaba al
centro de las preocupaciones de las integrantes de la organización. La
creación de estas dos instituciones se da en un espíritu de colabora-
ción y diferenciación, asumiendo cada una un rol distinto, pero man-
6
teniendo una estrecha relación.

El Centro de Estudios de la Mujer se constituye entonces como


un centro de investigación académica, dedicado principalmente a la
generación, difusión y desarrollo de conocimiento sobre la situación
de la mujer, así como a la asesoría, capacitación y apoyo a distintos
grupos y organizaciones de mujeres. La Casa de la Mujer La Morada,
en tanto, se planteó como un espacio abierto para las mujeres y femi-
nistas que necesitaran un lugar de encuentro y funcionamiento, rea-
lizando diversas acciones de trabajo directo y de concientización de
las mujeres.

Mientras las primeras organizaciones feministas iniciaban este


proceso de descubrimiento y desarrollo institucional, la sociedad
chilena entraba en una etapa de intensa actividad política. Es en este

5
“Algunas Reflexiones”, Círculo de Estudios de la Mujer, marzo 1983. Mi-
meo, archivo personal Rosalba Todaro (transcripción de reuniones).
6
Cuando se crearon estas instituciones, los recursos con que contaba el Círculo
por concepto de proyectos de investigación fueron divididos entre ambas.

43
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

momento (1983) cuando se realizan las primeras jornadas de “pro-


testa nacional” (convocadas inicialmente por la Coordinadora Na-
cional Sindical (CNS) y la Confederación de Trabajadores del Co-
bre) que a su vez sirven como impulso para la convergencia de diver-
sos sectores sociales y políticos en torno al objetivo común de derro-
car al régimen militar y reconquistar la democracia. En este contexto,
las mujeres organizadas –y las feministas en particular– se convierten
en partícipes activas del movimiento opositor.

Buscando formas de participar en esta movilización política, un


grupo de feministas de Santiago crea en 1983 el Movimiento Femi-
nista, organización conformada por algunas afiliadas al Círculo me-
ses antes de que este se disolviera. Esta organización buscaba abrir un
canal de participación y un espacio de pertenencia en las jornadas de
protesta nacional, desde una identidad explícitamente feminista. El
Movimiento tenía como objetivos denunciar y visibilizar la condi-
ción de las mujeres, producir cambios en las relaciones de género entre
hombres y mujeres, y generar un movimiento social antiautoritario. Es
justamente esta instancia la que organiza la primera actividad pública
feminista en dictadura: en agosto de 1983, un grupo de más de 60
mujeres extendió un lienzo en las escaleras de la Biblioteca Nacional,
con la consigna: “Democracia Ahora. Movimiento Feminista”.

El Movimiento comenzó a funcionar al alero de La Morada.


Desde el inicio, la relación entre La Morada y el Movimiento Femi-
nista fue estrecha, tanto que en momentos se confundía lo que era la
Casa de la Mujer como institución, y el Movimiento Feminista como
organización política; pues “ambas cosas estaban creándose en el mis-
mo momento, en el mismo espacio físico y con las mismas mujeres”
(Gaviola et al. 1994, p. 131). Con el tiempo y estimuladas por el
7
proceso de estructuración institucional que se inicia en La Morada,

7
Nos referimos con ello al proceso de consolidación de La Morada como una
ONG, a la especialización de tareas y la profesionalización del trabajo, ade-
más del cambio desde la autogestión financiera al financiamiento de proyec-
tos por la Cooperación Internacional.

44
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

las dos organizaciones se fueron diferenciando. Mientras La Morada


se convierte formalmente en una ONG, con estructura y funciones
internas claramente definidas, el Movimiento se mantiene como una
organización sin estructura, con un funcionamiento dirigido princi-
palmente hacia la acción política y de incidencia en la opinión pública.

En ese período emergen además en la capital, otros dos grupos


feministas estrechamente ligados a partidos políticos de izquierda:
por una parte, revista Furia, publicada por un grupo de militantes
socialistas que buscaba incorporar el problema de la subordinación
femenina a la agenda socialista; por otra, surge Mujeres por el Socia-
lismo (MMS), constituido en 1984 con el propósito de generar una
articulación entre mujeres de sensibilidad socialista y feminista, com-
binando el análisis del capitalismo y la necesidad de una transforma-
ción socioeconómica, con un análisis del patriarcado y la necesidad de
autonomía y autodeterminación de las mujeres en los procesos políti-
cos (Crispi 1987). Las integrantes de estos grupos eran a menudo las
8
mismas mujeres, produciéndose así una estrecha relación entre ambos.

Junto a ellas, comienzan a aparecer otros grupos más pequeños


que también se definen como feministas. Uno de ellos fue Las Domi-
tilas, constituido en los primeros años de la década de los ochenta,
por mujeres pobladoras jóvenes, como un grupo de reflexión y con-
cientización acerca de la situación de las mujeres. También surge el
Colectivo de Mujeres de Lo Hermida, grupo de pobladoras que a
principios de los ochenta luchaban contra la opresión de clase y de
género. También el Colectivo, grupo de jóvenes universitarias con un
enfoque cristiano y feminista que se dedicaba a analizar los proble-
mas sociales, políticos y económicos de las mujeres. A su vez, el Co-
lectivo Feminista Lésbico Ayuquelén, formado en 1983, tenía como
objetivo ser un espacio de encuentro para mujeres lesbianas y para la
sensibilización feminista.

8
Este es el caso de Julieta Kirkwood, quien participaba en ambos grupos, así
como en el Círculo, La Morada y el Movimiento (ver Crispi 1987).

45
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

A principios de los ochenta se generan también una serie de arti-


culaciones entre organizaciones y grupos de mujeres. Algunas vincu-
ladas a partidos y sectores políticos como el Comité de Defensa de
los Derechos de la Mujer (CODEM), relacionado con el MIR y con
representación en distintas regiones del país; y el MUDECHI (Mu-
jeres de Chile), formado por mujeres ligadas al Partido Comunista.
Ambas surgen como respuesta a la crisis económica y política que
vivía el país, focalizando sus actividades en torno a la sobrevivencia y
la lucha contra la dictadura (Chuchryck 1991; Valdés y Weinstein
1993).

En esos años se crea también el Movimiento de Mujeres Popula-


res (MOMUPO), con el propósito de reunir mujeres para reflexio-
nar sobre sus problemas en su doble condición de mujeres y pobla-
doras. A mediados de la década, ellas definen su movimiento como
feminista popular (Valdés y Weinstein 1993; Gaviola et al. 1994).

En el año 1983 nace el MEMCH’83, coordinadora de organiza-


ciones de mujeres que retoma el nombre del movimiento sufragista
de los años treinta (Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chi-
lena), que incorpora organizaciones feministas y no feministas para
luchar en contra de la dictadura. Junto con ello, esta organización se
plantea en su declaración de principios “promover una vasta acción
conjunta... de denuncia y eliminación de todas las formas de discri-
minación que se ejercen sobre la mujer” (Gaviola et al. 1994, p. 98).
A fines de ese año surge también Mujeres por la Vida, organización
conformada en un principio por 16 mujeres, reconocidas figuras del
amplio espectro político de oposición, que constituyó el referente
femenino de las organizaciones políticas y logró convertirse en el es-
pacio de convocatoria y concertación más importante en la moviliza-
ción social de mujeres por los derechos humanos en el período (Va-
lenzuela 1993b).

Emergen también en la década, una serie de ONG que buscan


avanzar en la superación de las desigualdades entre hombres y muje-
res. Entre ellas se cuentan el Centro de Estudios de la Mujer (CEM)

46
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

y la Casa de la Mujer La Morada, ya mencionadas; el Centro de Ser-


vicios y Promoción de la Mujer DOMOS, El Telar, la Red de Infor-
mación y Difusión de la Mujer (RIDEM), el Centro de Estudios y
Atención del Niño y la Mujer (CEANIM) y el Instituto de la Mujer;
además de una serie de programas al interior de ONG y centros orien-
tados hacia temas de desarrollo social y fortalecimiento de las organi-
9
zaciones sociales de base.

Las redes temáticas, como instancia de articulación y especializa-


ción de las feministas y del movimiento de mujeres, comienzan a
aparecer también en este período. A mediados de la década se crea la
Red de Salud de las Mujeres de América Latina y el Caribe (RS-
MLAC) y a fines de la misma el Foro Abierto de Salud y Derechos
Sexuales y Reproductivos, constituido por mujeres y organizaciones
vinculadas a esta problemática.

Durante el mismo período se registra la creación de por lo me-


nos siete grupos o colectivos feministas en Valparaíso: Ruptura (1981-
85), El Espacio de la Mujer (1986-89), Colectivo Camila (1987-89),
El Taller de la Mujer (1983-90), Grupo de Mujeres Feministas del
MIR (1988-89) y Lilith (1989-90). Todos ellos estaban integrados
principalmente por mujeres jóvenes (entre 8 y 10 cada uno), en su
mayoría universitarias y vinculadas a partidos de izquierda. Si bien
son varios los grupos que se crean en la década, estos están compues-
tos básicamente por las mismas mujeres. Los objetivos de estos gru-
pos eran despertar la conciencia en las mujeres, reflexionar respecto a

9
Algunos de ellos son: Centro de Investigación y Desarrollo en Educación
(CIDE), Programa Interdisciplinario de Investigaciones en Educación (PIIE);
Sur Profesionales, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO),
Consejo de Educación de Adultos para América Latina (CEAAL), Centro El
Canelo de Nos, Centro Ecuménico Diego de Medellín, Grupo de Investiga-
ciones Agrarias (GIA), FORMA, Centro de Estudios y Promoción Social
(CENPROS), Centro de Estudios Sociales (CESOC), Corporación de Inves-
tigaciones Económicas para América Latina (CIEPLAN), Servicio Evangéli-
co para el Desarrollo (SEPADE) (Valdés y Weinstein 1993).

47
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

la situación de la mujer, promover la organización, actuar política-


mente contra la dictadura y contra la opresión de las mujeres.

A mediados de la década, se crea la Casa de la Mujer de Valparaí-


so, ONG que se plantea como un espacio para hacer activismo polí-
tico antidictatorial y que va asumiendo un perfil claramente feminis-
ta. También se crea en la V Región una sede de la ONG de Santiago
El Telar, que se define como una institución de apoyo y fortaleci-
miento de las mujeres para su participación en espacios públicos.

A diferencia de lo que ocurría en Santiago y Valparaíso, durante


los ochenta se crean muy pocos grupos explícitamente feministas en
la ciudad de Concepción. Solo a mediados de la década (1986) surge
la Casa de los Colores, un colectivo de reflexión y creación feminista
vinculado al ecofeminismo. En 1988 se crea el Instituto de la Mujer,
ONG que se autodefine como feminista. Al igual que en Santiago y
Valparaíso, en esta región están presentes también el Codem y Mu-
dechi, organizaciones que algunas mujeres definen como feministas.

1.2. El feminismo de los ochenta y su identidad opositora

Como ocurría en toda América Latina, el feminismo que emerge


en la década de los setenta y ochenta es heredero de una tradición
política de izquierda y se constituye como un proyecto ideológico
con fuertes raíces socialistas. El feminismo chileno reaparece en la
escena política con una propuesta de transformación radical, vincu-
lando política y teóricamente la transformación de las relaciones de
género y de las relaciones de clase y, en términos orgánicos, estrecha-
mente ligado a los partidos políticos de izquierda (Ríos 2000).

La lucha de las feministas de este período fue siempre concebida


como parte del movimiento opositor al régimen, constituyendo este
el punto de encuentro con los otros sectores del movimiento de mu-
jeres. Las feministas chilenas adquirieron una presencia muy impor-
tante en la movilización contra el régimen (por ejemplo, las protestas
callejeras entre 1983 y 1986), siendo este el momento en el cual

48
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

alcanzan su grado más alto de articulación y visibilidad en la esfera


10
pública nacional. Su lema “Democracia en el país y en la Casa” da
cuenta de la doble dimensión del autoritarismo contra el cual esta-
ban luchando.

Este proceso de oposición va acompañado de un trabajo de toma


de conciencia y de traspaso de las ideas feministas a mujeres de dis-
tintos sectores (jóvenes, universitarias y pobladoras principalmente).
Se proponen la creación de ‘movimiento’ como uno de sus objetivos,
lo que se traduce en el contacto directo con mujeres de otros ámbi-
tos. En este sentido, tuvieron un impacto importante que se percibe
en la forma en que algunas de las coordinaciones que surgen en la
década (Codem, Momupo y MEMCH 83) comienzan a cuestionar
su identidad como mujeres, avanzando en la incorporación de conte-
nidos feministas en su quehacer. Es relevante en este período, el tra-
bajo que realiza la Casa de la Mujer La Morada, con sus talleres de
reflexión abiertos a las mujeres que quisieran incorporarse y las accio-
nes realizadas con mujeres de sectores populares.

En el feminismo chileno de esta década, se hace presente la dis-


cusión entre los límites y las posibilidades del feminismo ‘autónomo’
y el activismo feminista en los partidos políticos, o la distinción entre
‘feministas’ y ‘políticas’ (Kirkwood 1986; Chuchryck 1984; 1991).
Esta no era una discusión restringida al contexto chileno, pues estaba
muy presente en los debates a nivel latinoamericano y en los Encuen-
11
tros Feministas en particular (Sternbach et al. 1994). Las bases de
esta discusión estarían en la relación históricamente problemática entre
las organizaciones de mujeres y los partidos políticos. Ya en los años
treinta, las mujeres del MEMCH lo señalaban, manifestando la ne-
cesidad de mantener organizaciones femeninas separadas de los par-
tidos políticos, debido a que estos tenían siempre en sus programas

10
Lema creado por el Movimiento Feminista, que luego fue ampliamente utili-
zado por las feministas y el movimiento de mujeres.
11
Bogotá (1981), Lima (1983), Bertioga (1985), Taxco (1987).

49
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

algo más urgente que las reivindicaciones de las mujeres (Antezana-


Pernet 1997).

En los años ochenta, esta discusión tiene dos ejes: uno teórico y
otro estratégico. En términos teóricos se hace referencia a la manera
de entender la democracia, a partir de la disyuntiva entre la sentencia
de que ‘no hay feminismo sin democracia’, que señalaba que lo pri-
mero era la lucha opositora al gobierno autoritario y que en un lugar
secundario quedaría la discriminación de la mujer, postura sostenida
por las ‘políticas’. Y la que plantea que ‘no hay democracia sin femi-
nismo’, sostenido por las ‘feministas’, quienes descartan la idea de las
prioridades entre una lucha y otra (Kirkwood 1984). En ambos ca-
sos, la noción de democracia se transforma en un eje central en el
discurso feminista como utopía que es posible alcanzar.

En términos estratégicos, ya desde los años ochenta la ‘doble


militancia’ –en partidos políticos y en organizaciones feministas– fue
un debate que atravesó fuertemente al feminismo chileno. Este deba-
te, interpretado por Kirkwood (1986) como la diferencia entre hacer
política desde las mujeres y a partir de sus propias carencias, o sumar
a las mujeres a una propuesta política tradicional anterior al plantea-
miento de sus necesidades a fin de que estas fueran incorporadas pos-
teriormente, distinguió dos sectores dentro del movimiento: femi-
nistas y políticas. Ambas coincidían en la emancipación de la mujer,
sin embargo, diferían en la forma para alcanzarla.

Estas controversias en torno a la estrategia para materializar los


planteamientos feministas, generaron fuertes tensiones entre ambas
opciones. Las ‘feministas’, que promovían una estrategia orientada a
crear organizaciones independientes, veían críticamente la opción de
aquellas feministas –las ‘políticas’– que combinaban la militancia fe-
minista con la militancia partidaria. En otras palabras, una tendencia
planteaba que era posible hacer una acción política desde espacios
exclusivos de mujeres, mientras que la otra, mantenía que dichos es-
pacios debían ser mixtos de manera de involucrar a las feministas en
las luchas políticas generales. Según Kirkwood, ‘feministas’ y ‘políti-

50
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

cas’ coincidían en la posibilidad histórica de la emancipación de la


mujer. Sin embargo, en lo que no había acuerdo era “en los fines,
objetivos, métodos, teoría, praxis y prioridades que asume y asumirá
la emancipación global de la sociedad” (1984, p. 4).

No obstante, la tensión existente entre ‘políticas’ y ‘feministas’


no necesariamente se tradujo en una incompatibilidad total entre
ambas militancias. Como lo indica Patricia Chuchryck (1984), para
los años ochenta, aunque las feministas –incluidas aquellas con mili-
tancia partidaria– coincidían en cuanto a la manipulación y utiliza-
ción de las mujeres por parte de los partidos políticos, habiendo teni-
do muchas de ellas malas experiencias con estas instituciones, argu-
mentaban no obstante, que las mujeres debían continuar activas dentro
de ellos, pero contando con el apoyo y respaldo de organizaciones
feministas fuertes y autónomas. Un texto escrito por Adriana Muñoz
en 1984 para la editorial de la revista Furia es indicativo de este tipo
de discusión. En él Muñoz planteaba:

En la coyuntura política chilena actual, definida por la lucha con-


tra la dictadura, ¿cuál debe ser la opción del feminismo? ¿Partici-
par de la reconstrucción partidaria y buscar un referente político
o fortalecer su desarrollo como movimiento social autónomo?
Aunque esta constituye aún una pregunta abierta en el debate del
feminismo chileno, en la práctica política se ha observado un se-
rio esfuerzo, tanto por parte de los partidos como de las Feminis-
12
tas, por conciliar formas de acción conjunta...

Estas tensiones y discusiones, se mantendrán subsumidas en fun-


ción del objetivo común de derrocar a la dictadura. Sin embargo, a
finales de la década, cuando comienza el proceso de negociación con
el régimen militar, estas diferencias se harán cada vez más explícitas.
En este período, son los partidos políticos, actores tradicionales del
sistema político nacional, los que retoman la conducción del movi-
miento político opositor (Garretón 1993; Valenzuela 1993a). Al ser

12
Reproducido en Muñoz (1987), p. 23.

51
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

nuevamente los partidos los que monopolizan la representación y


articulación de demandas e intereses sociales, se produce un efecto
desmovilizador en los actores sociales y políticos no tradicionales que
habían protagonizado gran parte de las luchas por reconquistar la
democracia. El sociólogo Manuel Antonio Garretón señala al respecto:

Al término del régimen, las fragmentaciones partidarias o las con-


figuraciones de bloques se trasladaron a las organizaciones socia-
les. Se subordinaron así, las luchas sectoriales, organizativas o rei-
vindicativas, a una meta política máxima para la que se carecía de
estrategia o pasos intermedios. Todo ello debilitó la acción colec-
tiva que las organizaciones, carentes de verdadera autonomía, po-
dían emprender. (Garretón 1993, p. 16)

En el ámbito feminista, este retorno de la representación vía par-


tidos políticos evidenció diferencias y conflictos entre el movimiento
de mujeres y el movimiento feminista, así como entre las propias
feministas en torno a las estrategias políticas de acción para enfrentar
la transición.

En 1986, cuando se constituye la Asamblea de la Civilidad, ins-


tancia multipartidaria que representaba a distintos sectores de la so-
ciedad chilena para retomar las movilizaciones sociales y restablecer
una relación entre lo político y lo social (ibíd.), comienzan a eviden-
ciarse más explícitamente las diferencias entre ‘feministas’ y ‘políti-
cas’; diferencias, que como hemos planteado anteriormente, habían
permanecido subsumidas por el objetivo común de derrocar a la dic-
tadura. En la medida en que surge el tema de la representación del
movimiento amplio de mujeres frente a los otros sectores de la oposi-
ción (en particular ante la Asamblea), comienzan a evidenciarse más
claramente diferencias político partidistas. Dicha representación es
asumida por una líder feminista, militante del partido socialista e
integrante de Mujeres por la Vida, organización que además elabora
el pliego de las mujeres que fue presentado a esta Asamblea (Valdés y
Weinstein 1983). Estas acciones generaron intensos debates en torno
a la representatividad de esta organización y a su posibilidad de coop-

52
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

tar a las organizaciones de mujeres y quitar visibilidad pública al


movimiento feminista (Chuchryck 1991).

Las diferencias comienzan a agudizarse y a generar conflictos cuan-


do en 1988 se cumple el itinerario pactado con la dictadura de llamar
a plebiscito para votar Sí por la continuidad del régimen militar o No
en rechazo a este. Parte importante de los partidos opositores se ads-
criben a este proceso y llaman a inscribirse en los registros electorales,
mientras que una parte menor se opone al mismo. En términos gene-
rales, la mayoría de las feministas apoyaron en ese momento la op-
ción de participar en ese proceso eleccionario. Según señalan Alicia
Fröhmann y Teresa Valdés (1993, p. 17):

Para las mujeres feministas hacer pública su adhesión al voto por


el NO se convirtió en una excelente oportunidad para decir “NO”
también al sexismo, la discriminación de género, el patriarcado y
el autoritarismo de la sociedad chilena. Sin embargo, también
comenzó a ser necesario superar la mera descripción y denuncia
de la discriminación de género e introducir en la agenda de la
democracia los temas de las mujeres.

Conscientes de esta necesidad de incorporar las demandas de las


mujeres en la agenda democrática, a fines de 1988 un grupo de femi-
nistas elabora el documento “Las demandas de las mujeres a la demo-
13
cracia”, con el objetivo de presentarlo a los partidos políticos de
oposición y a las diversas organizaciones sociales y gremiales que
emergían en el país. En estas demandas se consideran propuestas para
cambiar la situación de las mujeres en tanto ciudadanas, madres y
trabajadoras y se propone la creación de una agencia gubernamental

13
Algunos de los grupos feministas que firmaron este documento fueron: Co-
lectivo Feminista Ayuquelén; Casa de la Mujer La Morada, Codem, Momu-
po, Casa de la Mujer de Valparaíso, Taller de la Mujer, Espacio de la Mujer,
Taller Camila. Suscribieron además mujeres como Elena Caffarena, Olga Po-
blete, Laura Soto, Carolina Tohá, entre otras. El documento fue publicado en
el diario La Época, en Santiago el 1 de julio de 1988 y reproducido como
anexo en Gaviola et al. 1994.

53
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

(de nivel ministerial) especialmente dedicada a promover la equidad


de género.

Así, el debate en torno al conflicto entre feministas y políticas


adquiere un nuevo matiz. Comienzan a perfilarse distintos sectores
con diversas posturas. Por una parte, aquel que buscaba actuar más
allá de los partidos y el Estado, promoviendo la acción desde las orga-
nizaciones sociales y su participación directa en el proceso para man-
tener el espacio ganado durante la dictadura. Por otra, un sector cons-
tituido principalmente por mujeres militantes de partidos políticos y
profesionales, que se incorporó a la Concertación de Mujeres por la
Democracia con el propósito de abrir espacios en el nuevo conglo-
merado político y en el futuro gobierno, acción que se plasmó en las
“Propuestas de la Concertación de Mujeres por la Democracia”, que
fuera presentado a la coalición de gobierno como la plataforma de las
14
mujeres . (Gaviola et al. 1994)

Sin embargo, es importante enfatizar que la identidad de ‘femi-


nistas/políticas’ no se agotaba en aquellos sectores vinculados a los
partidos de la Concertación. Existía además otro grupo de activistas
que compartía tal identidad, en su mayoría militantes –o simpatizan-
tes– de partidos de izquierda que no formaban parte de la Concerta-
ción (el Partido Comunista, el MIR y algunas fracciones del Partido
Socialista), quienes mantuvieron una actitud crítica frente a este pro-
ceso de formulación de demandas para ser incluidas en la plataforma
de gobierno. Este sector, si bien de menor homogeneidad interna y
visibilidad que el otro grupo de feministas políticas, mantuvo una
actitud escéptica y cuestionadora respecto a la forma y el contenido
de las propuestas incluidas en el documento entregado al gobierno.
Esta oposición no puede ser reducida o asimilada a la postura de las

14
Estas propuestas se encuentran en “Tramas para un nuevo destino. Propues-
tas de la Concertación de Mujeres por la Democracia”. Documentos que con-
tienen los trabajos realizados por once comisiones que abordaron diversos
temas como educación, salud, empleo, legislación, institucionalidad, entre
otros, señalando diagnóstico y propuestas.

54
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

feministas definidas como ‘autónomas’ o feministas a secas. Mientras


las feministas autónomas cuestionaban la estrategia planteada para
avanzar la plataforma feminista (¿es posible transformar el patriarca-
do desde el Estado?), las feministas políticas de izquierda cuestiona-
ban la alianza coyuntural establecida con la Concertación y lo que
ello implicaba respecto de la ‘radicalidad’ y/o profundidad de los cam-
bios a los que se podía aspirar (¿es posible construir una sociedad
verdaderamente democrática con una institucionalidad heredada de
la dictadura y en alianza con sectores confesionales?). Si bien cada
una de ellas representa distintas posiciones estratégicas, en el contex-
to histórico de la transición sus objetivos y discursos tienden a confluir.

Las diversas posiciones estratégicas que surgen de estas tenden-


cias se transformaron insoslayablemente en debates y conflictos polí-
ticos entre feministas; conflictos que hasta entonces habían perma-
necido sepultados bajo una superficie construida en torno a un obje-
tivo común. Una de las entrevistadas recuerda uno de los momentos
más álgidos en esta discusión y relata un incidente que ella interpreta
como el inicio del quiebre en el movimiento amplio de mujeres:

A partir de la Concertación de las Mujeres por la Democracia


empezó el problema. Cuando fue la reunión que supuestamente
era del movimiento de mujeres e íbamos mujeres de todos lados y
ahí yo escucho, nunca me voy a olvidar, que no podían estar las
mujeres del Partido Comunista. (Testimonio de una mujer de 56
años entrevistada en Santiago)

En síntesis, muchas feministas se suman a la convocatoria de la


Concertación de Mujeres por la Democracia, son parte o se integran
a la coalición de gobierno y ocupan cargos gubernamentales. Otras
se mantienen al margen de los partidos y el Estado, señalan su des-
acuerdo con la elaboración del documento mencionado y critican el
protagonismo que recobraban los partidos políticos como únicas ins-
tituciones válidas para la nueva institucionalidad política. Para estas
feministas, la militancia política y la opción feminista eran excluyen-
tes, afirmando que no era posible hacer feminismo desde los partidos
políticos. Como lo planteáramos anteriormente, además de estas dos
55
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

posiciones se encuentran las feministas políticas de izquierda, que si


bien no consideran la militancia partidaria y feminista como exclu-
yentes entre sí, adhieren a las críticas sobre el tipo y contenido de la
transición a la democracia y se suman en ciertos momentos al discur-
so de la autonomía.

Así, llega a su fin, una década y un período histórico cargado de


sentidos para la sociedad chilena en general y para el feminismo en
particular. Momento de inflexión que confronta al feminismo con
una creciente pluralidad política e ideológica interna que se transfor-
mará paulatinamente en posiciones antagónicas.

2. El feminismo en los noventa:


¿desmovilización o transformación?

A pesar de la divergencia en propuestas estratégicas que marcaba


el campo feminista a comienzos de los noventa, y la postura crítica
que ciertos sectores mantenían respecto del proceso de transición, el
inicio de una nueva etapa democrática –el anhelado derrocamiento
de la dictadura– despierta grandes esperanzas y entusiasmo en la
mayoría de las feministas. El período se inicia con la confianza de los
logros obtenidos en la década anterior, con la visibilidad y articula-
ción alcanzadas por el movimiento amplio de mujeres –y por el femi-
nismo como uno de sus pilares fundamentales– al calor de la lucha
opositora por reconquistar la democracia. Anhelos, esperanzas y ex-
pectativas marcan para muchas feministas los primeros años de tran-
sición. Entre las más optimistas existía confianza en que la democra-
15
cia llegaría ‘al país y a la casa’ y que la ‘alegría’ efectivamente llegaría
para todas y todos.

Transcurrida más de una década desde el cambio de régimen


político, es posible volver la mirada y hacer un recuento de lo que fue

15
“La Alegría ya viene” fue el lema utilizado por el movimiento opositor en la
campaña por el NO en el plebiscito de 1988. Este plebiscito fue convocado
por la dictadura militar en un intento de legitimar su mandato por 8 años más.

56
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

el período para el feminismo chileno. Mirada que evidencia la exis-


tencia de cambios importantes en las lógicas de acción, discursos y
actitudes frente a la ‘política’ y lo ‘político’. Así, en la década recién
pasada, identificamos por lo menos tres grandes etapas en la evolu-
ción del campo feminista. Una primera etapa, desde finales de la
década de los ochenta (cuando se inicia el proceso institucional de
transición) hasta aproximadamente 1993, que estuvo caracterizada
por una marcada búsqueda de unidad y articulación en torno a una
identidad específicamente feminista. Una segunda etapa, entre 1994
y 1996, en la cual se agudizan las diferencias entre distintas posicio-
nes estratégicas y opciones políticas entre feministas, y se produce un
creciente distanciamiento discursivo y de esferas de acción entre estas
diversas posturas. Y, finalmente, una tercera etapa que se inicia en
1997 y perdura hasta hoy, donde dicho distanciamiento tiende a cris-
talizarse en procesos paralelos, así como en una creciente desarticula-
ción e invisibilidad del feminismo en cuanto actor colectivo en la
esfera pública y en la consolidación de espacios y estrategias microso-
ciales de activismo.

2.1. La búsqueda de la unidad, 1990-1993

Los inicios de la década se caracterizaron por un intento explíci-


to de generar espacios y discursos propiamente feministas, diferen-
ciados e independientes de otros actores sociales. Esto, junto con darle
una continuidad al trabajo realizado durante el régimen dictatorial,
buscaba delinear lo que serían las estrategias del movimiento en el
contexto de transición a la democracia. Se trata de un esfuerzo, desde
el feminismo, de diferenciación respecto del movimiento amplio de
mujeres, cuyo principal eje articulador había estado centrado en la
lucha por reconquistar la democracia. En este momento de impor-
tantes transformaciones, las diferencias estratégicas entre feministas,
que se habían evidenciado desde el inicio del proceso de transición,
no opacaron la confianza existente en que se podrían generar articu-
laciones en torno a objetivos comunes.

57
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

a. El primer Encuentro Feminista en Valparaíso


como hito unitario inicial

Un evento que tiene un fuerte impacto en esta estrategia de arti-


culación y búsqueda de identidad propia, tanto en el ámbito nacio-
nal como latinoamericano, fue el V Encuentro Feminista Latinoame-
ricano y del Caribe realizado en San Bernardo, Argentina. En ese
Encuentro (el más heterogéneo y masivo en la historia de los encuen-
tros hasta la fecha), se discute la posibilidad de realizar el siguiente
encuentro en Chile, a partir del compromiso que existía de así hacer-
lo una vez terminada la dictadura. Sin embargo, debido a la falta de
consenso entre las chilenas presentes y de apoyo para la iniciativa
entre el resto de participantes, esa idea fue descartada en favor de
realizar el VI Encuentro en Cuba. Esta idea tampoco fructificó, defi-
niéndose finalmente como futura sede “algún lugar de Centroaméri-
ca” (Sternbach et al. 1994). Las feministas chilenas asistentes tenían
visiones contrapuestas, algunas apoyaban el que Chile fuera la sede
del próximo encuentro, mientras otras planteaban que no estaban las
condiciones para llevar adelante dicha tarea (Comisión Memorias
del VI Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe). A partir
de este hecho se planteó la necesidad de realizar un encuentro nacio-
nal que sentara las bases para avanzar en una estrategia y propuesta
feminista a escala nacional.

Así, quienes habían asistido al V Encuentro llamaron a formar la


Iniciativa Feminista, con el propósito de impulsar un proceso de re-
flexión para formular una propuesta política feminista, promovien-
do la articulación y revitalización del ‘movimiento’. Este proceso cul-
minó con la realización del primer Encuentro Nacional Feminista,
en octubre y noviembre de 1991, en la ciudad de Valparaíso. La Ini-
ciativa se constituyó en la principal instancia de articulación que sur-
ge en el período, y estuvo conformada por aproximadamente cuaren-
ta mujeres, en su mayoría profesionales, pero con la participación de
mujeres de otros sectores, incluyendo pobladoras.

58
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

En adelante y hasta el año 1995, la realización de Encuentros y


16
Foros nacionales fue la estrategia adoptada para construir acuer-
dos, debatir las diferencias y en definitiva, generar un espacio/campo
de acción propiamente feminista.

Dicho primer Encuentro se caracterizó por su amplia convoca-


toria, convirtiendo al evento en Valparaíso, en un hito fundacional y
unitario para las feministas en la nueva etapa que iniciaba el país. Las
organizadoras del Encuentro propusieron como uno de los objetivos
centrales del evento el delinear una estrategia política común para el
feminismo chileno frente al nuevo contexto democrático. Acorde con
lo anterior, los ejes de la discusión fueron la definición de los objeti-
vos del movimiento, los contenidos de la acción y las estrategias para
el período; poniendo el énfasis en las estrategias y acciones de articu-
lación de las feministas de las distintas ciudades del país. Entre los
compromisos asumidos en este Encuentro, se cuentan el fortalecer el
movimiento en las distintas zonas del país, avanzar en el proceso de
articulación, defender su autonomía “frente a los intentos de subor-
dinación por parte de organismos internacionales, agencias o fuerzas
políticas”, apoyar y solidarizar con mujeres y feministas que accedan
a cargos públicos, entre otros (Iniciativa Feminista 1993, p. 52). Los
temas planteados dan cuenta de la clara voluntad articuladora pre-
sente entre las feministas chilenas en ese momento, así como de un
deseo latente de incorporación en los procesos y espacios políticos
que se abrían con el retorno a la democracia.

Sin embargo, en este Encuentro se reconoce que hay distintas


posiciones políticas y estratégicas entre las feministas: aquellas “que
ponen el énfasis en los obstáculos que la institucionalidad opone a la
constitución del movimiento como agente de cambio”, y las que “afir-
man su voluntad de autonomía para, desde allí y con una estrategia
capaz de construir fuerza feminista, ocupar todos los espacios de la

16
En el segundo Encuentro Nacional Feminista se acuerda realizar Foros, que son
concebidos como espacios de discusión más permanentes entre feministas.

59
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

sociedad hoy vedados” (ibíd., p. 5). Así, en este Encuentro comien-


zan a delinearse corrientes de opinión mas claramente definidas, aun-
que de manera incipiente aún, entre quienes creen que es posible
permeabilizar el aparato estatal y priorizar una estrategia de influen-
cia en las esferas de poder y las agendas públicas que desde ahí ema-
nan, y quienes creen que ello debilitará al feminismo en tanto actor
político independiente. Claramente, estas diferencias representan una
continuidad con los quiebres y conflictos que se habían hecho evi-
dentes durante el proceso de transición.

Al mismo tiempo que se producían estos debates internos del


campo feminista, se venían desarrollando procesos políticos que ten-
drían un fuerte impacto en la dinámica y el accionar feminista de la
época. En 1991, el primer gobierno de la Concertación crea el Servi-
cio Nacional de la Mujer (SERNAM), en respuesta a las demandas
hechas por la Concertación de Mujeres por la Democracia (CMD).
El Sernam fue creado como un organismo coordinador de políticas
públicas, con una Directora con rango de Ministra, mientras que la
relación directa con las mujeres organizadas quedó en manos del Pro-
grama de Promoción y Desarrollo de la Mujer (PRODEMU), orga-
nización dependiente de la esposa del Presidente de la República.

En este primer momento, el Sernam asumió en parte la agenda


elaborada por la Concertación de Mujeres por la Democracia, a par-
tir de la cual definiría sus políticas y lineamientos de acción, conside-
rando la función que le había sido asignada y el escaso presupuesto
aprobado. Sin embargo, la agenda de esta institución se distanció de
aquella elaborada por las mujeres de la Concertación en los temas
más controversiales como el aborto, el divorcio, los derechos sexuales
y reproductivos y el acceso a la toma de decisiones a través de las
cuotas. Algunos elementos que incidieron en lo anterior, fueron la
fuerte resistencia de los partidos de la derecha, que se oponían prin-
cipalmente a los temas ‘valóricos’, y las posiciones contrapuestas de
ciertos sectores de la coalición gobernante, respecto a cómo enfrentar
la desigualdad entre los géneros (Valenzuela 1993; 1998b). La visión
crítica de la Democracia Cristiana (DC), uno de los principales par-

60
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

tidos dentro del conglomerado de gobierno, respecto de los conteni-


dos más ‘feministas’ de la agenda propuesta por la CMD, fue uno de
los principales obstáculos para implementar una agenda más acorde
a las demandas de las mujeres a la democracia (Valenzuela 1998a).

En este período, la relación de algunas feministas con el Sernam


es de gran cercanía. Esta institución es vista en ese momento por
muchas feministas, especialmente por aquel sector que había partici-
pado en la elaboración de las “Demandas de las Mujeres a la Demo-
cracia”, como una conquista propia, como el resultado y fruto del
trabajo realizado durante la dictadura. Se establece entonces una re-
lación de cuidado y complicidad frente a este organismo, de apoyo
ante los ataques de la derecha, sin mayor cuestionamiento o crítica
de su quehacer. De acuerdo a María Elena Valenzuela, “el gobierno
era considerado neutro en términos de género, un instrumento dis-
ponible para ser utilizado en la implementación de compromisos
políticos” (1998a, p. 56). Esta tendencia es corroborada en un infor-
me realizado por la académica feminista peruana Maruja Barrig. En
dicho trabajo queda en evidencia la visión que muchas feministas
tenían respecto del nuevo gobierno democrático en general, y del
Sernam en particular. Dos de sus entrevistadas señalan al respecto:

Estamos dentro de una concepción política similar a la del Ser-


nam. En lo que se refiere a políticas públicas, hay consenso y acuer-
do sobre lo que hoy se puede hacer desde el Estado; nosotras tene-
mos un papel de vanguardia colocando temas en la agenda pública
y por eso nos interesa mantener una relación fluida con el Sernam.
Hay una relación muy grande con la agenda del Sernam, porque
el Sernam existe gracias al movimiento de mujeres y su agenda fue
“conversada” con el movimiento. (Barrig 1997, p. 14)

En tanto, otros grupos de feministas más distantes del quehacer


estatal propiamente tal, mantienen una estrategia para incentivar la
articulación al interior del campo feminista. Siguiendo los acuerdos
asumidos en el primer Encuentro, realizan en enero de 1993 el se-
gundo Encuentro Nacional Feminista en la ciudad de Concepción.
Este Encuentro es organizado por feministas de esa ciudad reunidas

61
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

en torno a lo que denominaron el Colectivo Feminista de Concep-


ción. Ellas se proponen, además de realizar esta actividad, generar un
espacio de intercambio y reflexión en el ámbito regional.

En este Encuentro, las distintas opciones estratégicas parecen


haberse profundizado, explicitándose por primera vez, la existencia
de distintas corrientes político-ideológicas en el feminismo chileno.

Cuando nos planteamos constituirnos en una organización fuer-


te, con capacidad de poder, evidenciamos dos posturas: un sector
que privilegia la organización feminista y/o de mujeres, propia y
autónoma; y otro sector que privilegia la participación e inserción
en las organizaciones sociopolíticas ya existentes. La cuestión no
se reduce a cuál es más válida, sino en comprender que en ciertos
momentos, determinadas mujeres valoran el participar en los es-
pacios mixtos para ir asentando una nueva forma de poder en esos
espacios, sin por ello dejar de lado la orgánica feminista. (Colecti-
vo Feminista de Concepción 1993, p. 19)

Resulta importante señalar que el debate reflejado en el texto


anterior, reproduce los mismos ejes de argumentación presentes en
las reflexiones feministas en décadas pasadas. Sin embargo, en ese
entonces, dichos debates no eran interpretados como corrientes de
opinión o quiebres estratégicos insoslayables. Una de las preguntas
que surge entonces es ¿qué otros factores inciden para que un debate
similar respecto a la ‘autonomía’, tema siempre presente en las pre-
ocupaciones de las feministas latinoamericanas, sea interpretado en
el contexto del Chile postransición como la fisura ideológica más
trascendente para el feminismo? Volveremos a este tema más adelante.

Al margen de las claras diferencias que existían en ese momento,


y al igual que en el primer Encuentro, en el segundo Encuentro en
Concepción se mantiene un discurso unitario y se reafirma la impor-
tancia de construir espacios que permitan el desarrollo de una políti-
ca específicamente movimientista, en especial foros y encuentros,
donde feministas de diversas corrientes y que se desenvuelven en dis-
tintas ámbitos organizativos puedan confluir. Es en esos espacios donde

62
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

se puede reflexionar y debatir en conjunto, y lo que es más importan-


te aún, crear lazos de pertenencia y el reconocimiento mutuo que
solo la interacción personal directa puede generar. No obstante, a
pesar de esta voluntad unitaria, la asistencia a este encuentro es mu-
cho menor que la del primero realizado en Valparaíso. Aquí termina
de cristalizar una tendencia ya presente en otros espacios y eventos de
carácter más interno organizados por y para feministas: la creciente
retirada de ciertos sectores, principalmente aquellas feministas invo-
lucradas directamente con la estrategia de influencia en las agendas
públicas. En este grupo, se encontraban ‘feministas políticas’ vincu-
ladas a los partidos de Gobierno (muchas de ellas habían pasado a
17
ocupar cargos en el Estado) y a algunas ONG.

En el Encuentro de Concepción, la Iniciativa Feminista anunció


su decisión de lanzar, por primera vez en la historia del país, una
candidatura explícitamente feminista al parlamento. Para las involu-
cradas, esto mostraba “la presencia de un feminismo actuante, con la
posibilidad de proyectar negociaciones reales con otros movimientos
sociales y con feministas de partidos políticos” y de “legitimar un
mundo social no expresado” (Documento Iniciativa Feminista 1993).
De esta manera, la Iniciativa asumía el desafío de constituirse en refe-
rente político feminista y de confrontar y hacer visibles sus propues-
tas. Después de una votación secreta, la Iniciativa Feminista decide
presentar a Isabel Cárcamo, como candidata a diputada por un dis-
trito correspondiente a dos comunas de Santiago de sectores medios
18
y medios altos (Ñuñoa y Providencia). Cárcamo es una educadora
que, como muchas feministas, había sido militante de izquierda, vi-
vió en el exilio y a su retorno al país retomó una activa participación
feminista y se insertó laboralmente en una ONG.

17
Veintisiete de las entrevistadas trabajaban en ONG cuando se realizaron estos
encuentros. De ellas, 19 participaron en el primero, 10 en el segundo y 13 en
el tercero, mientras que no más de 5 participaron en los distintos foros.
18
La selección de la candidata fue realizada de manera colectiva, en una reunión
de la Iniciativa. Las otras candidatas internas fueron Margarita Pisano y Edda
Gaviola.

63
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Aunque hubo consenso respecto de la importancia para el ‘movi-


miento feminista’ de asumir un protagonismo político, no lo hubo
respecto de la estrategia electoral elegida (incluyendo la capacidad
real de insertarse en los mecanismos que operaban en los procesos
eleccionarios) y en menor medida, respecto de la selección de la can-
didata. De ahí que muchas se opusieran al lanzamiento de la candi-
datura en ese momento. Por otra parte, la mayoría de las ‘feministas
políticas’ seguía manteniendo un fuerte compromiso electoral con
sus respectivos partidos. Así, la estrategia electoral impulsada por la
Iniciativa Feminista recibió un apoyo relativamente reducido entre
importantes sectores feministas de la época. Finalmente, la candida-
tura no se inscribió por no cumplir con los requerimientos del siste-
19
ma electoral.

b. La expresión de la diversidad en el campo feminista

Comienza a manifestarse en este período una gran diversidad de


corrientes de expresión y estrategias políticas, así como identidades y
temáticas que convocan a determinados grupos de feministas: muje-
res de sectores populares, lesbianas, jóvenes; y problemáticas tales
como la violencia doméstica y los derechos reproductivos. Surgen
entonces los llamados ‘feminismos con apellido’ (popular, lésbico,
joven, autónomo, etc.) y la necesidad de generar estrategias para arti-
cularse en torno a esas identidades y entre distintos grupos. Esta es
una de las preocupaciones que aparecen en los primeros encuentros
de la década.

ß El ‘feminismo popular’

Uno de los sectores que adquiere relevancia es el llamado ‘femi-


nismo popular’. La definición de esta corriente/identidad fue pro-
ducto de un proceso que se había iniciado en los años ochenta, con la

19
Aun cuando se logró reunir la cantidad de firmas exigidas por ley para inscri-
bir la candidatura, muchas de estas no fueron consideradas válidas porque
las/os firmantes estaban previamente inscritos/as en otros partidos políticos.

64
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

constitución de una serie de organizaciones de mujeres populares,


que poco a poco fueron reflexionando respecto a la discriminación
que vivían no solo por su pertenencia de clase, sino también por ser
mujeres. Este proceso fue en parte facilitado por actores externos ta-
les como los organismos de cooperación internacional, a través del
trabajo realizado por ONG de mujeres. Como hemos mencionado
antes, muchos de estos grupos asumieron una identidad abiertamen-
te feminista y reivindicaban su doble identidad y posición de clase y
género.

Al iniciarse el período de gobierno democrático, algunas de estas


organizaciones se mantenían activas. Tal es el caso del Movimiento
de Mujeres Pobladoras (MOMUPO), que ya desde mediados de los
ochenta se identificaba como organización feminista. En esta etapa
inicial surge además el denominado Movimiento Feminista Popular
(1990 - 1993), constituido por mujeres pobladoras de distintas co-
munas de Santiago que se plantean como objetivo crear conciencia
de género en mujeres pobladoras. Aparecen también diversos colecti-
vos de feministas populares como el Colectivo Malhuén, de Lo Her-
mida, que es una continuación del Colectivo de Mujeres de Lo Her-
mida conformado en los ochenta. Así mismo, se encuentran mujeres
que se identifican como feministas dentro de organizaciones de mu-
20
jeres populares más tradicionales.

A pesar del trabajo desarrollado por algunas feministas con mu-


jeres populares, la relación entre feministas de distintos sectores so-
ciales era compleja: con reconocimientos mutuos cruzados por cons-
tantes tensiones y conflictos. Respecto a estas tensiones, una feminis-
ta del Momupo señalaba a comienzos de la década:

La diferencia es que nosotras trabajamos con la identidad de clase


y las feministas de clase media no, ellas solo trabajan el género...

20
Este es el caso de mujeres integrantes de los talleres de mujeres populares
vinculados a Tierra Nuestra en la zona sur de Santiago (Ríos 1994).

65
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

nosotras tenemos cosas en común con las mujeres de clase media,


pero también tenemos otros problemas que ellas no tienen... Noso-
tras no vamos a avanzar como mujeres si las dos cosas no están
vinculadas. (Ríos 1994, p. 97)

Sin embargo, las mujeres del Momupo hacían también una valo-
ración del aporte “del llamado feminismo de elite” o feminismo de
las mujeres de clase media, señalando en el primer Encuentro Femi-
nista en Valparaíso que si estas feministas lograron “permear los sec-
tores populares, significa que... fueron más allá de un trabajo de eli-
te” (Iniciativa Feminista 1993, p. 33)

En este sector de feministas, está presente también la voluntad


articuladora y de fortalecimiento del campo de acción que se percibe
en el conjunto del movimiento, realizando una serie de encuentros.
En 1991, mujeres populares provenientes de diversas organizaciones
entre las que se cuenta el Colectivo Malhuén de Lo Hermida, realiza-
ron el primer Encuentro Mujer Pueblo en el que el tema central fue
el patriarcado y el significado y la contradicción de género. En 1992
realizan el segundo, donde el tema central fue la identidad de clase
(Marea Alta, año II, nº 14, septiembre, 1992). Ese mismo año se
llevan a cabo el primer y segundo Encuentro de mujeres feministas
de sectores populares (Fempress, nº 136/137, febrero/marzo, 1993),
los que son organizados por distintas ONG que tenían un trabajo
21
directo con mujeres y en los que se puso énfasis en la búsqueda de
posiciones comunes, más allá de las diferencias entre mujeres. En
1993 se realizó también el Encuentro Metropolitano de Feministas
Populares (Marea Alta, año III, nº 23, agosto, 1993). En todos estos
encuentros, se discute la existencia de un feminismo popular a partir
de la reafirmación de una identidad de clase y la relación con el mo-
vimiento feminista en su conjunto. Al mismo tiempo que el feminis-
mo popular generaba espacios propios de encuentro y debate, su pre-
sencia era importante en los primeros encuentros feministas nacio-

21
Servicio Chileno Cuáquero, Quercum, Ridem, Tierra Nuestra y La Morada.

66
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

nales. En el primero de ellos, parte de sus planteamientos son recogi-


dos en la Memoria del Encuentro.

Sin embargo, la presencia y visibilidad de este grupo de feminis-


tas –en tanto corriente orgánica y de pensamiento– tiende a declinar
paulatinamente hasta casi desaparecer del campo feminista. Las razo-
nes que explican esta desarticulación constituyen un nudo complejo
de desenmarañar. No existen explicaciones únicas ni simples que den
cuenta de ello, sino un conjunto de factores que se entrelazan y po-
tencian entre sí, provocando lo que puede ser entendido como el
fracaso del feminismo chileno de constituirse en un actor genuina-
mente interclasista.

Entre los factores explicativos, confluyen procesos internos de


las organizaciones y del mundo popular en general en la etapa pos-
transición, y otros de carácter externo que afectan al campo feminista
en su conjunto. Entre los primeros, está la transformación de la for-
ma y el sentido de la acción colectiva una vez reconquistada la demo-
cracia y abiertos los canales formales (y tradicionales) de participa-
ción política. Muchas feministas populares contaban con una larga
trayectoria de activismo político y social, incluyendo una activa mili-
tancia partidista. Estas mujeres se integran entusiastamente a los pro-
cesos electorales y a la contienda política que tiene lugar en torno a la
apertura democrática de los municipios, relegando a segundo plano
las organizaciones de mujeres. Así, el decaimiento del feminismo
popular estuvo, paradojalmente, vinculado a las mismas oportunida-
des planteadas por la apertura democrática en el ámbito local. Ya en
el Encuentro de Valparaíso, las feministas populares vislumbran que
el espacio de participación que se abre es el comunal y que ahí ellas
tendrán un lugar privilegiado. Sin embargo, más tarde plantearán
que eso mismo se habría vuelto en su contra, tal como señala una
integrante del Momupo:

Ya después, cuando vino la cosa electoral, se había resaltado mu-


cho lo de la participación a nivel comunal, la cuestión de los can-
didatos y de los partidos, y las mujeres con más inquietudes se

67
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

habían pasado muchas películas con que metiéndose en la cosa


política partidaria podrían alcanzar otros cargos, más de vida pú-
blica, y optaron por eso. Ahí empezamos a hacer agua porque no-
sotras seguimos como un espacio de participación y de encuentro
de las mujeres, pero nos dimos cuenta de que nos estábamos dan-
do vuelta con la misma gente... las más interesadas, las más com-
prometidas se habían metido en la chuchoca local... lo pri-
mero que se abrió fueron los partidos y después vino la cosa local
como una actividad mucho más cercana”. (Gaviola et al. 1994,
p.142-143)

El fuerte decaimiento en membresía y vitalidad, que sufren las


organizaciones sociales en el ámbito popular, incluyendo las de mu-
jeres, es otro factor que incide negativamente en la articulación del
feminismo popular (Ríos 1994). Por último, el deterioro de las rela-
ciones entre ‘feministas populares’ y aquellas de sectores medios y
altos que predominaban en el ‘movimiento’, también incide negati-
vamente en este proceso. Algunas de las entrevistadas aluden a una
especie de agotamiento y posterior distanciamiento de mujeres po-
pulares de los crecientemente escasos y conflictivos espacios de inte-
racción propiamente feminista. En la medida en que aumentan las
diferencias político-estratégicas, y el debate respecto de la relación
con el Estado y el sistema político cobra centralidad, la preocupación
por integrar a mujeres populares a los espacios feministas –un objeti-
vo central durante los ochenta– tiende a perder prioridad en los dis-
cursos y estrategias de una mayoría de feministas. Este hecho es sin
duda resentido por las feministas populares, las que no logran identi-
ficarse con ese debate polarizado y optan por buscar otros espacios
para su accionar político.

Entre los factores externos, encontramos que la reducción del


trabajo de formación e interacción con mujeres de sectores populares
realizado por las ONG, la Iglesia católica y agencias internacionales,
también incide negativamente en la articulación de mujeres popula-
res como una corriente feminista. Una vez recobrada la democracia,
la cooperación internacional para Chile disminuye y algunas ONG
desaparecen y otras deben reorientar sus objetivos y acciones para

68
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

conseguir financiamiento. Las más afectadas en este sentido son aque-


llas que encauzan su acción a partir del vínculo con las organizacio-
nes de base (Barrig 1997). Asimismo, el énfasis puesto en las estrate-
gias de incidencia en las agendas públicas por parte de un sector
importante de feministas, resta recursos (financieros, humanos, or-
ganizacionales) al trabajo orientado a fomentar la participación y aso-
ciatividad de mujeres de diversos sectores sociales (incluyendo el ám-
bito popular).

• El ‘feminismo lésbico’

Otro sector que adquiere relevancia en este período es el de las


feministas lésbicas. En Santiago, además del Colectivo Lésbico Ayu-
quelén, se crea el Grupo de mujeres del MOVILH (Movimiento de
Liberación Homosexual) y en Concepción emerge Lesbianas en Ac-
ción. Las organizaciones lésbicas que habían comenzado a surgir a
mediados de los años ochenta, logran en este momento su mayor
grado de articulación interna de toda la década. Prueba de ello, es el
primer Encuentro Lésbico Nacional, realizado en Santiago el año
1992, al que asisten mujeres de distintas regiones del país. En ese
Encuentro, ellas plantean entre sus propuestas el “abrir un debate
con el movimiento feminista y el movimiento social de mujeres so-
bre discriminación de género, heterosexualidad obligada, violencia,
sexualidad, etc.”. (Marea Alta, año II, nº 12, julio 1992, p. 2).

Los colectivos lésbicos se constituyen como espacios de encuen-


tro y de visibilización del tema de las opciones sexuales, siendo su
principal objetivo reflexionar sobre el lesbianismo y desde ahí tener
una postura feminista. Sin embargo, a diferencia de las feministas
populares y en claro contraste con lo que ocurre en otros países lati-
noamericanos, las feministas lésbicas no logran un grado de articula-
ción importante con el resto de las feministas, no tienen mayor pre-
sencia ni visibilidad en los espacios de articulación feminista, y la
opción sexual no llega a constituirse en un tema relevante de la agen-
da feminista.

69
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Algunas de las entrevistadas pertenecientes a grupos lésbicos,


manifiestan que la relación entre sus organizaciones y el ‘movimiento
feminista’ se ha caracterizado por una permanente tensión.

La relación del movimiento lésbico con el movimiento feminista


es muy complicada y más bien mala que buena. Yo creo que el
feminismo es heterosexual; aunque incorpore en su discurso las
posiciones, no sabe nada de sexualidad, de lesbios, de homose-
xualidad, no saben nada. Y las lesbianas saben muy poco de ellas,
no han hecho una exposición... y han sido unas reclamonas al
movimiento feminista. (Testimonio de una mujer de 68 años en-
trevistada en Santiago)

Otra de las entrevistadas de 41 años, Santiago, plantea “que las


feministas tienen mucho temor de ser seducidas por las lesbianas, de
enfrentarse a sus propios temores”, lo que transformaría a las lesbia-
nas en el “lado oscuro del feminismo”.

Es difícil explicar esta suerte de marginalidad y tensión de la


identidad y el discurso lésbico en el campo feminista. Hasta ahora,
no existen estudios sistemáticos sobre la organización y trayectoria
política de las lesbianas chilenas y tampoco ha sido abordada en los
estudios realizados sobre el movimiento de mujeres en general. A
pesar de ello y sobre la base de nuestras entrevistas, es posible avanzar
por lo menos en tres factores que han incidido en esta situación.

Primero, los propios grupos lésbicos han tenido una actitud


ambivalente respecto de su identidad feminista. En general, el eje
articulador para estas mujeres ha sido su opción sexual sin que esto
implique, para una mayoría de ellas, una adhesión al feminismo. Se-
gundo, esta misma actitud ambivalente ha caracterizado al pensa-
miento y accionar feminista en su conjunto. Como lo hemos plan-
teado con anterioridad, el feminismo emerge estrechamente relacio-
nado a una cultura política de izquierda, preocupado sobremanera
por las transformaciones en el ‘ámbito público’ (fundamentalmente
el régimen político, el acceso de las mujeres a las esferas de poder y al
mercado de trabajo, entre otros temas relacionados). Desde sus ini-

70
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

cios se mostró poco disponible a incorporar temáticas que parecían


desviarse demasiado de la lucha ‘principal’ que enfrentaba la socie-
dad chilena del momento: la recuperación democrática. Por último,
según nuestra opinión, esta misma cultura política incidió en que
muchas feministas que en sus vidas y discursos ‘privados’ compartie-
ron diversas opciones sexuales, se mostraran reacias a plantear esto
como tema de debate político feminista. Tanto porque no existían las
condiciones de apertura suficiente para ello, como porque no se sen-
tían convocadas a movilizarse en torno a su identidad/opción sexual.

Tal tensión entre dicho sector y otros grupos feministas se mani-


festaba claramente, ya a fines de los ochenta, cuando al convocar al
Colectivo Feminista Lésbico Ayuquelén a firmar las Demandas de las
Mujeres por la Democracia, se les pide que lo hagan sin explicitar
que son un colectivo lésbico. Al respecto, una de las entrevistadas de
48 años, Santiago, integrante del colectivo, señala que tras este con-
flicto se salieron del “movimiento porque no estaban dispuestas a
ocultar sus reivindicaciones como movimiento lésbico”.

• El feminismo de las nuevas generaciones

En estos años tienen también una presencia importante las femi-


nistas de nuevas generaciones. Hay grupos activos como el Colectivo
Belén de Sárraga, creado a fines de los ochenta (que se mantiene
hasta 1991) y se crean otros como el Colectivo Ovarias (1990-91) y
Albórbola (1990-93); todos asentados en Santiago. Estos colectivos
se caracterizaron por un intento explícito de articulación con otras
mujeres jóvenes y la incorporación de nuevas mujeres al feminismo.
Esto se evidencia en el desarrollo de actividades de formación, como
las llevadas a cabo por el Colectivo Belén de Sárraga con mujeres
universitarias y mujeres populares, o en las actividades de extensión
como la librería feminista instalada por el Colectivo Albórbola, la
que fue planteada como un espacio de encuentro y difusión de mate-
riales de lectura e investigación.

La importancia de la incorporación de nuevas generaciones al

71
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

feminismo, es un tema que se esboza ya en los encuentros feministas.


En el primer Encuentro se plantea que, como parte de la estrategia de
fortalecimiento del movimiento, es necesario “reconocer y construir
nuevos liderazgos que desde la diversidad consideren la incorpora-
ción de nuevas generaciones y su formación” (Iniciativa Feminista
1993, p. 49). En este sentido, la Casa de la Mujer La Morada jugó un
papel importante en la conformación de estos grupos, en la medida
en que dio alero a varios de ellos y sus integrantes formaron parte de
las actividades desarrolladas por la Casa en esos años, transformán-
dose en una puerta de entrada al feminismo para mujeres de las nue-
vas generaciones. Ejemplo de lo anterior es lo que señala una de las
integrantes de 36 años del Colectivo Belén de Sárraga, entrevistada
en Santiago:

Desarrollamos una propuesta política original que se tradujo en


una práctica de organización y convivencia. Tratamos de levantar
una identidad de mujeres jóvenes con otras. Hicimos encuentros
autónomos, nos articulamos al movimiento estudiantil y al movi-
miento social más amplio. Tuvimos visibilidad (...) yo hacía talle-
res de sexualidad con universitarias y mujeres populares. Hicimos
dos encuentros con mujeres jóvenes.

• Nuevas formas organizativas

Además de las organizaciones que emergen en este período, ha-


cen su aparición también diversos medios de comunicación feminis-
tas. En 1991 se crea Marea Alta, como un periódico de distribución
mensual de información, sobre temas relevantes para las mujeres y
difusión de sus actividades. Esta publicación se termina en 1994, y
parte de su equipo crea el periódico Puntada con Hilo. En agosto de
1991, sale al aire Radio Tierra, proyecto de la Casa de la Mujer La
Morada, que se plantea como la primera radio feminista en el ámbito
nacional, que hace una propuesta cultural desde el feminismo, tanto
en su programación como administración. En 1992 en tanto, se crea
Con-spirando, revista latinoamericana de ecofeminismo, espirituali-
dad y teología.

72
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

Se comienzan a formar también los Programas de Estudios de la


Mujer en las universidades chilenas. El primero de ellos es el Progra-
ma Interdisciplinario de Estudios de la Mujer de la Universidad de
Concepción. Este programa fue creado por dos docentes feministas,
quienes luego de asistir en 1990 al V Encuentro Feminista Latino-
americano y del Caribe –donde se reúnen con otras académicas lati-
noamericanas– deciden impulsar esta iniciativa que se concreta en
1991. Paralelamente, se crea en Santiago el Programa de Estudios de
Género de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chi-
22
le, impulsado por mujeres vinculadas a ONG de mujeres. A estos
dos espacios académicos, les seguirían los de otras universidades.

c. Las especificidades regionales

La trayectoria del movimiento feminista en Valparaíso y Con-


cepción es similar a la de Santiago en los primeros años de la década,
tanto por la pluralidad de grupos y organizaciones que surgen, como
por su objetivo explícito de articulación en torno a la identidad femi-
nista.

En el caso de Valparaíso, desde los años ochenta había una acti-


vidad feminista importante y estrechamente relacionada con la ac-
ción política opositora. Ya en los noventa, surgen una serie de colec-
tivos cuyo propósito principal, además de la autoconciencia y la re-
flexión, es la coordinación de las feministas de la región. Así se cuen-
tan el Colectivo Julieta Kirkwood (1990-91), constituido por muje-
res profesionales que se plantean como objetivo reflexionar sobre el
feminismo; las Jóvenes Socialistas (1990-92), conformado por muje-
res jóvenes socialistas de distintas comunas y tendencias, quienes se
plantean hacer conciencia de la doble o triple discriminación por
género, edad y clase, además de la necesidad de optar por espacios de

22
Las precursoras de este programa eran integrantes del Centro de Estudios
para el Desarrollo de la Mujer, que a principios de esta década pasan a trabajar
en la Universidad de Chile, donde constituyen el Programa de Estudios de
Género.

73
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

poder para modificar estructuras. También el colectivo Mala Fe (1991-


93), compuesto por universitarias vinculadas a partidos políticos y
que se define como un grupo de reflexión y acción política; y final-
mente Una más Una (1991-94), que se plantea como un espacio de
feministas jóvenes para la concientización respecto a la discrimina-
ción de género.

El proceso vivido por las feministas de Concepción presenta al-


gunas particularidades, pues a diferencia de lo que sucede en Santiago
y Valparaíso, no se evidencia una actividad feminista importante du-
rante los ochenta. Sin embargo, en los comienzos de la década –al
igual que en las otras ciudades– nacen en Concepción varios grupos
que se definen como feministas, cuyos objetivos principales son la
reflexión y la construcción de movimiento, además de la creación y
expresión cultural desde la perspectiva feminista.

En esta ciudad se conforma en este período Lesbianas en Acción


-LEA (1991-96), constituido por mujeres estudiantes que tienen como
objetivo analizar la problemática lésbica y hacer visible esta opción
sexual desde una perspectiva feminista. Las Murciélagas Mutantes
(1992-93), compuestas por mujeres profesionales y técnicas, que se
proponen crear un espacio cultural de mujeres. El Grupo Literario
Mujer (1992-94), constituido por mujeres escritoras que se propo-
nen lanzar un libro feminista.

En cuanto al papel que jugaron las feministas de diferentes ciu-


dades del país en los Encuentros y Foros, así como el efecto de su
participación en términos de articulación regional, se aprecian dife-
rencias importantes. En el caso del primer Encuentro Nacional Fe-
minista, aunque la sede fue Valparaíso, el protagonismo de las femi-
nistas del lugar no fue significativo. De hecho, el Encuentro nace
como una propuesta de la Iniciativa Feminista de Santiago, y si bien
las feministas de Valparaíso pusieron a disposición la infraestructura
de la Casa de la Mujer y participaron activamente en el evento, el
centro de la organización fue siempre Santiago. Por ello, aunque el
encuentro jugó un papel importante en términos motivacionales para

74
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

las feministas en la región, no parece haber tenido una incidencia


directa en la articulación regional feminista.

Por el contrario, un hito que sí resulta relevante para la articula-


ción regional es el Pleno Feminista realizado en 1993, actividad que
fue convocada por dos colectivos estrechamente vinculados a la Casa
de la Mujer. Una de las entrevistadas de esta ciudad señala que el
Pleno se denominó así “en el sentido en que se reúnen distintas mira-
das y se toman decisiones políticas” (como pleno de partido político)
y que se proponía definir “estrategias y visiones políticas”. La amplia
participación que alcanzó entre las feministas de Valparaíso, permi-
tió la creación posterior de la Coordinadora Feminista de la V Re-
gión. Esta organización se planteó convocar y coordinar las tareas
surgidas en el Pleno, definir un conjunto de lineamientos políticos,
un plan de acción regional y llevar a cabo acciones específicas como
la celebración del 8 de marzo, acciones en contra de la violencia hacia
la mujer, entre otras. La Coordinadora duró en funcionamiento
aproximadamente un año.

En el caso de Concepción, la realización del segundo Encuentro


Nacional Feminista sí tiene un impacto significativo en la articula-
ción de las feministas de la ciudad. A diferencia del efecto del primer
Encuentro entre las feministas de Valparaíso, la organización del se-
gundo Encuentro fue asumida íntegramente por mujeres de Con-
cepción, con escasa participación de feministas de Santiago. Esto les
dio un protagonismo a las feministas de la región, que permitió co-
hesionarlas y probar su capacidad de convocatoria, consolidándose la
comisión organizadora como Colectivo Feminista de Concepción.
El objetivo de este grupo, a juicio de las feministas entrevistadas, fue
básicamente la reflexión feminista más que la acción política. Estos
años muestran el mayor grado de articulación alcanzado por ellas,
siendo nuevamente el Colectivo Feminista el que, en función de los
acuerdos tomados en el encuentro, organiza el primer Foro Nacional
Feminista a fines de 1993.

75
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

2.2. La agudización de las diferencias, 1994-1996

La presentación de una candidatura feminista impulsada por la


Iniciativa, marcó un hito en el proceso de diferenciación, distancia-
miento y quiebre entre las feministas; al catalizar los conflictos que se
venían dando en torno a su relación con el Estado y los partidos
políticos. Si bien un grupo importante de feministas que se identifi-
caban con un discurso pro-autonomía apoyó inicialmente esta estra-
23
tegia, fue precisamente al calor de la discusión en torno a la candi-
datura cuando esta postura se perfila como una corriente propiamente
tal. Podemos decir, que en esta etapa, el sentido de la noción de ‘au-
tonomía’ seguía estando ligado a lo que fuera la antigua discusión
feminista sobre los espacios desde donde actuar políticamente. Vol-
car fuerzas en la construcción de un movimiento social que desarro-
llara sus propuestas sin tomar en cuenta las instituciones y esferas
políticas tradicionales (Estado y partidos), o junto a la construcción
de un movimiento social, participar directamente en lo político para
promover cambios desde dentro. Las feministas que comienzan a
denominarse ‘autónomas’, criticaron posteriormente el proceso de la
candidatura, señalando que en este se hizo evidente la incapacidad
para enfrentar y resolver los conflictos y asumir las diferencias políti-
cas (Cubillos 1994). Asimismo, este grupo comienza a modificar su
interpretación del concepto de autonomía, para criticar cualquier
intervención o participación de feministas en el sistema político for-
mal, organismos internacionales e incluso en las ONG con vínculos
a las anteriores esferas.

Por otra parte, como ya se vislumbraba en la etapa anterior, el


sector al que estaban dirigidas las críticas –aquellas feministas (‘polí-
ticas’ en su mayoría) que habían asumido cargos políticos en el nuevo
gobierno, que pasaron a ser funcionarias estatales, o que se volcaron
fuertemente hacia una estrategia de influencia en las agendas públi-
cas– se mantuvieron significativamente ausentes de las esferas más

23
Recordemos que las tres precandidatas se identificaban a sí mismas como
feministas autónomas.

76
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

‘movimientistas’ y de trabajo en torno a la candidatura feminista.


Así, el conflicto estratégico es, desde sus inicios, más un monólogo
que un debate propiamente tal. Parte de las feministas convocadas
por la Iniciativa pasarán a constituirse en la corriente autónoma, mien-
tras que aquellas, la mayoría, que se encontraban en el medio de esta
visión dicotómica entre autonomía e institucionalización, aunque
compartían una práctica política movimientista no llegaron a consti-
tuir una corriente ni a articular una propuesta propia.

Estas divisiones se hacen evidentes en el primer Foro Feminista


24
realizado en Concepción a fines de 1993. En este evento, algunas
feministas que se venían identificando como autónomas hacen explí-
cita su diferenciación de las otras feministas de la Iniciativa, princi-
palmente por la postura que ellas tenían frente al gobierno y la Con-
certación. En esta oportunidad, ellas evidencian además su crítica al
Sernam, al que conciben como una institución de gobierno que como
tal está inserta en el modelo neoliberal. Al respecto señalan:

Creemos que un hecho importante fue la creación del SERNAM,


como resultado del protagonismo de las mujeres en los últimos
años y fundamentalmente de los aportes del feminismo a la visi-
bilización de la condición de la mujer. Sin embargo, es innegable
que hoy día esta institución responde a las políticas globales del
gobierno, que están insertas en la consolidación del sistema neoli-
beral implementado por el Fondo Monetario Internacional y las
políticas sociales hacia el Tercer Mundo que de esta concepción se
derivan. (Gaviola y Lidid 1997, p. 2)

24
En el segundo Encuentro, se acordó realizar un Foro cuya agenda de discu-
sión contuviera los siguientes puntos: coyuntura política, Encuentro Nacio-
nal Feminista y Encuentro Latinoamericano y del Caribe. Este Foro se realizó
en octubre de 1993, en la ciudad de Concepción y fue también organizado
por el Colectivo Feminista de Concepción. El tema del Foro fue la evaluación
de lo realizado durante 1993, bajo el título “Escenario electoral” 93: mujeres
feministas, propuestas, avances y retrocesos de la articulación del Movimien-
to Feminista en Chile”.

77
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Como se puede observar, la crítica no se limita a cuestionar la


posibilidad de transformar las relaciones desiguales de género desde
el aparato estatal, sino que conlleva una fuerte crítica al modelo eco-
nómico, imbricando así la postura ‘autónoma’ con el discurso de la
izquierda opositora al gobierno de la Concertación y manteniendo
una postura que había estado al centro del discurso/identidad femi-
nista de los ochenta y que se mantenía con fuerza en distintas esferas
feministas a nivel latinoamericano.

A fines de ese año tuvieron lugar también dos importantes he-


chos. Por un lado, el VI Encuentro Latinoamericano y del Caribe,
realizado en El Salvador en noviembre de 1993, donde se determina
que Chile será la sede del próximo Encuentro; y por otro, los prepa-
rativos para la realización de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer
organizada por Naciones Unidas. Estos hitos marcarán el inicio de
dos procesos paralelos de organización y activismo feminista; cada
uno seguirá lógicas y estrategias distintas, será impulsado por muje-
res que pertenecen a distintas esferas de organización y convocará a
sectores de mujeres también distintos.

a. Camino a Cartagena: la preparación del VII


Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe

En el VI Encuentro Feminista Latinoamericano, un grupo de


chilenas propone a Chile como sede del próximo Encuentro, con el
objetivo de “avanzar y desarrollar un proceso que permita articular,
desde la autonomía, al movimiento feminista chileno” (Compromi-
25
so Feminista de Costa del Sol 1993).

Para las feministas autónomas chilenas, este encuentro facilitó su


articulación y reflexión conjunta respecto al movimiento en el país,
señalándolo como un hito en el surgimiento y consolidación de esta

25
De las 31 chilenas presentes, 26 adhieren a la propuesta, dos no estuvieron de
acuerdo, una se abstuvo y dos no se pronunciaron. El documento está repro-
ducido en las Memorias del VII Encuentro 1997, p. 14.

78
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

corriente (Movimiento Feminista Autónomo 1994). Contribuyó tam-


bién a la conformación de esta corriente, el proceso preparatorio de
la conmemoración del 8 de marzo de 1994, en el que las feministas
autónomas citan a una marcha distinta de la convocada por organi-
zaciones que asumen la representación del conjunto del movimiento
de mujeres, con la consigna “esta democracia es una desgracia”. Para
las autónomas, este llamado se hizo con “la voluntad política de recu-
perar un espacio para el feminismo autónomo”, molestas por la ma-
nera en que se estaban organizando los Ocho de Marzo. Fueron fuer-
temente reprimidas por la policía, pero de acuerdo a nuestras entre-
vistadas, este hecho les dio fuerza y energías para organizarse en tor-
no a una identidad contestataria propia: la autonomía (ibíd.).

Así, surge en 1994 el Movimiento Feminista Autónomo (MFA),


compuesto por diversas feministas y grupos que adscriben a esta co-
rriente (Feministas Populares, Eas, Mujer Pueblo, Feminarias, Cóm-
plices). Como su nombre lo indica, ellas se plantean como objetivo el
generar y fortalecer un movimiento feminista autónomo de las institu-
ciones políticas tradicionales: en especial el Estado y los partidos. En
esos años también se crea la Colectiva Agridulce (1995-97), definida
como un grupo autónomo, constituido por seis mujeres profesionales
cuyo objetivo es, además de la reflexión sobre el pensamiento feminis-
ta, contribuir a articular el feminismo como movimiento social.

A principios de 1994, se realiza el segundo Foro Feminista orga-


nizado por el Movimiento Feminista Autónomo, que tuvo como te-
mas de discusión la autonomía del movimiento feminista y el VII
Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe. Con dicho Foro
se fortalece la articulación de esta corriente, cuyas integrantes hacen
explícita su postura crítica a la preparación de la participación en
Beijing, particularmente en relación con la manera en que se impulsa
el proceso, su financiamiento, la representación de las organizaciones
y del Grupo Iniciativa, entre otros cuestionamientos. Al mismo tiem-
po, este sector es quien se encarga de la organización del VII Encuen-
tro Feminista Latinoamericano, lo que también contribuye a su for-
talecimiento.

79
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Es así que en los acuerdos emanados del segundo Foro Feminis-


ta, se señala la necesidad de “debatir a nivel nacional la IV Conferen-
cia Mundial sobre la Mujer”, buscando que el “movimiento feminis-
ta chileno se plantee respecto de la intervención de la Agencia Inter-
nacional para el Desarrollo (AID), de EE UU, en los movimientos de
mujeres y en las ONG latinoamericanas, con la designación de las
ONG que actúan como ‘entidades focales sub regionales para evaluar
la década de la Mujer en la región. Además, llaman a debatir el docu-
mento “Ciudadanía, cultura y desarrollo en el Chile de los ‘90 elabo-
rado en el país por el Grupo Iniciativa” y proponen la “conformación
de la Comisión Especial pre-convocatoria VII Encuentro Feminista
Latinoamericano y del Caribe” (Movimiento Feminista Autónomo, s/f)

La preparación del VII Encuentro comienza en 1994, con la rea-


lización de diversas jornadas de reflexión para formar la Comisión
Organizadora y definir los lineamientos que este tendría. Entre otras
cosas, se afirma que este encuentro se hará desde la autonomía, en-
tendiendo por ello que “las instituciones (gubernamentales y no gu-
bernamentales) no tendrían ninguna injerencia en las definiciones
políticas del Encuentro, carácter o perfil de este, ni en los conteni-
dos, ni en la metodología, ni en la administración financiera del evento
mismo” (Comisión Organizadora VII Encuentro 1996). Se conviene
además, que la participación en este evento será a título individual
(no institucional), precisando que las ONG constituyen “organiza-
ciones, por lo que no son comparables con las colectivas, grupos y
feministas ‘sueltas’ que integran el feminismo autónomo. Por ello, las
ONG participarían en calidad de patrocinantes, pero en un patroci-
nio sin representatividad, sin derecho a participar como instituciones
en la toma de decisiones y en la gestión del movimiento feminista
autónomo” (Pre Comisión Pre Encuentro, 1994).

En la práctica, a pesar de su lenguaje, estos acuerdos eran consis-


tentes con el compromiso con la autonomía que orientara la organi-
zación de todos los Encuentros Latinoamericanos, pero encubrían
además una crítica a quienes se desempeñaban laboralmente en ONG
y/o en el Estado. Dicha crítica se personaliza en aquellas feministas

80
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

que, siendo activas en los espacios de interacción política feminista e


interesadas en participar de la organización del Encuentro, además se
desempeñaban laboralmente en organismos no gubernamentales. Así,
este grupo de mujeres comienza una retirada del comité organizador,
quedando el VII Encuentro bajo la responsabilidad exclusiva de la
‘corriente’ autónoma. En una carta abierta al Comité Organizador,
una de estas feministas, que se siente excluida por el proceso plantea:

Lo que me impide estar aquí es el rechazo que siento por las prác-
ticas y procedimientos que han usado (y siguen usando) algunas
feministas para descalificar a otras por no pensar y actuar –según
ellas– como se debiera en tanto feministas. Pues bien, algunas de
esas mujeres (las de la línea correcta y de los correctivos), están
entre las organizadoras de este evento. (Eliana Largo, Carta envia-
da al Tercer Encuentro Nacional, 1995)

b. Rumbo a Beijing: el proceso hacia la IV


Conferencia Mundial sobre la Mujer

Paralelamente comienza el proceso preparatorio de la IV Confe-


rencia Mundial sobre la Mujer. A nivel latinoamericano se confor-
man grupos, principalmente de ONG, impulsores de este proceso en
los distintos países (Vargas y Olea 1998).

En Chile, existían en este período una serie de ONG de mujeres


y ONG mixtas con programas de mujeres. Se mantenían parte im-
portante de las surgidas en la década anterior, apareciendo otras como
Tierra Nuestra (1989), MEMCH (1990), CEDEM (1991), Con-
spirando (1991) y Colectivo Mujer, Salud y Medicina Social - CO-
MUSANS (92-96). En la VIII Región, ciudad de Coronel, se crea
Pachamama, ONG que si bien no se define como feminista juega un
rol importante de defensa de los derechos de las mujeres. Estaban
presentes también las redes que emergieron en los ochenta y se crea
además la Red Chilena contra la Violencia Doméstica y Sexual y se
asienta en Chile la sede de la Red Latinoamericana por la No-Violen-
cia contra las Mujeres, cuya secretaría ejecutiva es asumida por ISIS
Internacional.
81
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

En ese contexto, se crea a mediados de 1993 el Grupo Iniciativa


26
Chile con el objetivo de coordinar la participación de las organiza-
ciones no gubernamentales chilenas en la IV Conferencia Mundial
sobre la Mujer. La creación de esta instancia, resulta de una con-
fluencia de procesos internos a la situación chilena y otros de carácter
regional e internacional. Por un lado la Conferencia despierta un
gran interés en diversos sectores (tanto feministas como de otras co-
rrientes políticas) que buscaban incidir en el contenido de las agen-
das públicas sobre los derechos y condición de las mujeres. En el caso
de Chile, en las instituciones que se organizan inicialmente en torno
al Grupo Iniciativa, este interés coincide con una larga trayectoria de
trabajo en investigación, capacitación, educación y promoción en
temas de género. Ello explica y otorga legitimidad a la participación
de estas organizaciones en el proceso preparatorio para Beijing.

Por otro, es importante resaltar que en todos los países de la re-


gión se venían desarrollando procesos iguales y organizando grupos
similares tanto en América Latina como en gran parte del mundo. La
IV Conferencia Mundial se convirtió en un hito de extrema relevan-
cia para parte importante del movimiento internacional de mujeres y
de las organizaciones feministas en particular, sobre todo de aquellas
más vinculadas a las agencias internacionales de cooperación y al
sistema de Naciones Unidas.

El rol de estas agencias en la activa promoción de la participa-


ción de ONG en el proceso no puede ser subestimado. La cantidad y
variedad de recursos disponibles para organizarse en torno a la Con-
ferencia llegaron a niveles sin precedentes en la región. La mayoría de
las agencias internacionales que apoyaba el trabajo de organizaciones
en Chile, jugó un rol fundamental en incentivar, orientar y financiar

26
Las instituciones que inicialmente conformaron el Grupo Iniciativa son: CEM,
Cedem, Ceneca, Fempress, Flacso, GIA, Instituto de la Mujer, ISIS Interna-
cional y PIIE. Posteriormente se retiran Ceneca, GIA y PIIE; y se incorporan
La Morada, MEMCH, Ideas, Domos y Prosam.

82
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

la participación de las ONG chilenas en Beijing. Así, cuando la Coor-


dinadora Subregional de UNIFEM (al igual que en el resto de los
países del Cono Sur) invita a algunas organizaciones a coordinarse en
torno a los preparativos para la Conferencia, la respuesta de muchas
ONG chilenas fue inmediata y positiva.

La propuesta de Unifem consistía en constituir articulaciones


nacionales capaces de impulsar un proceso de participación y debate
nacional previo a la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer. El obje-
tivo básico del mismo era la preparación de las chilenas para este
evento, lo que se lleva a cabo a través de encuentros regionales (en
cada una de las trece regiones del país) de discusión y levantamiento
de demandas y propuestas de las mujeres, para ser presentadas en la
Conferencia Regional de Mar del Plata, a realizarse en septiembre de
27
ese año. Tales demandas y propuestas se plasman en un documento
presentado luego en un Encuentro Nacional realizado a mediados de
1994, inaugurado con la presencia de la Ministra del Sernam y de
Virginia Vargas, reconocida activista feminista que ejercía el cargo de
Coordinadora Regional de las ONG para América Latina y el Caribe
(Guerrero y Guzmán 1998).

La manera y objetivos en torno a los cuales se crea el Grupo


Iniciativa (a partir de la convocatoria de una agencia y evento de
Naciones Unidas), y su misma composición (solo algunas de las ONG
de mujeres y programas de mujeres de ONG existentes en el país),
genera fuertes críticas, principalmente desde el sector autónomo. Estas
críticas se suman a las que algunas feministas venían haciendo ya a
este proceso, desde el Encuentro de El Salvador, relativas al financia-
miento, la representatividad del mismo y la incidencia de las agencias
financistas en la agenda feminista. En ese Encuentro, se discutió acerca
del proceso de la IV Conferencia sobre la Mujer y mientras la mayo-
ría de las feministas asistentes estuvo de acuerdo en participar en ella,

27
Su título fue “Mujeres: Ciudadanía, Cultura y Desarrollo en el Chile de los
90”.

83
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

otras se mostraron partidarias de mantener independencia de las agen-


cias internacionales y de los Estados, oponiéndose a participar, de-
fendiendo la “autonomía” del movimiento. (Alvarez et al. 2003)

En Chile, este proceso genera movilización y organización de


instancias de mujeres a lo largo del país, otorgando un pretexto a las
organizaciones regionales para articularse a partir de la convocatoria
de alguna ONG coordinada con el Grupo Iniciativa, a la vez que
fortalece la acción conjunta de las ONG de mujeres en Santiago a
través de este Grupo.

En el ámbito gubernamental, el Sernam elabora el documento


28
que el Gobierno de Chile presentaría a la Conferencia, documento
que es fuertemente criticado por la derecha política y los sectores más
conservadores de la sociedad, quienes durante estos años han actua-
do como vigilantes y sensores de la acción del Sernam. Las mujeres y
feministas vinculadas al Grupo Iniciativa entregan su apoyo irrestric-
to a la institución y al documento que elabora, sin cuestionar su con-
tenido, sino más bien como una estrategia de bloque unido frente a
la derecha. Ejemplos de este apoyo son la convocatoria a mujeres
para ir al parlamento a apoyar a la Ministra cuando se presenta el
documento, y el envío de cartas a los senadores de la República que
se habían propuesto vetar el documento nacional (Guerrero y Guz-
mán, op. cit.). De este modo, hubo escasa reflexión crítica sobre las
carencias que el documento contenía respecto a la agenda feminista.
El mismo Grupo Iniciativa reconoce, años más tarde, que en este
tema las ONG tuvieron una “posición de apoyo moral dejando de
lado un análisis de otros aspectos de la acción del Sernam”. (Grupo
Iniciativa 1996, p. 2)

A pesar del apoyo irrestricto al gobierno, el Grupo Iniciativa y las


ONG tuvieron escasa presencia y visibilidad pública en la con-
frontación desatada en torno a Beijing. Ello puede explicarse por

28
Este documento es elaborado con la estrecha colaboración de “consultoras”
provenientes de las ONG vinculadas al proceso de Beijing.

84
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

elementos externos, como la falta real de acceso a los medios de


comunicación dada la concentración de la propiedad de estos,
aunque también por la propia autocensura de las feministas. Se-
gún Olea, Grau y Pérez (2000), en ese contexto se produjo una
suerte de «acomodación discursiva» entre cada vez más actores en
el campo feminista. Para estas autoras, tal posición consiste en
que en muchos discursos se acomoda el propio perfil discursivo a
los requerimientos explícitos del interlocutor involucrado en el
conflicto operando como una censura autoimpuesta. Lo anterior
señala la dificultad para articular una línea argumentativa autó-
noma que explicite y sostenga los nudos discursivos más proble-
máticos: la sexualidad, la familia, el concepto de género.

Por su parte, las feministas autónomas critican la articulación


que se da en el marco de este evento entre el Sernam y las ONG,
señalando que esta respondía a una estrategia política errada, buscan-
do cambios en el orden patriarcal a través de demandas hacia los
gobiernos, sin cambiar el sistema cultural y económico imperante.
Ellas manifiestan públicamente su repudio a la participación femi-
nista en este evento, así como a la negociación con los gobiernos y las
agencias de cooperación, ya que la autonomía –que no tendría este
proceso– y la diversidad, deberían ser los ejes tanto del proceso de
construcción de movimiento, como de la acción política feminista.
(Colectiva Feminista Agridulce 1994)

c. Los desencuentros del período

Las organizaciones involucradas en el proceso de Beijing no de-


baten estas criticas. Por el contrario, las ignoran, incentivando así la
profundización de los conflictos. De este modo, ambos sectores per-
manecen como dos ‘tendencias paralelas’, en la que unas se articulan
29
en torno a una lógica de advocacy respecto del Estado y organismos

29
Utilizamos el concepto de advocacy para referirnos a los intentos de influir
sobre las decisiones de elites institucionales, en todos sus niveles de acción, en
función de intereses colectivos o de grupos subrepresentados –incorporando
en esta última categoría al público en general–. Así la actividad de incidencia

85
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

internacionales; mientras otras se distancian cada vez más de estos


espacios, privilegiando una lógica ‘movimientista aislada’ con una
fuerte crítica al quehacer de las primeras, al sistema político y al mo-
delo económico imperante. Cada lógica transita y se desarrolla en
30
espacios separados, prácticamente sin interacción.

En este contexto, la realización de la IV Conferencia marcará un


punto de inflexión y un hito en la agudización de las diferencias, por
cuanto dicho evento es interpretado por muchas como la expresión
máxima de la lógica de advocacy. El mismo año se realiza el III En-
cuentro Nacional Feminista, donde se termina de quebrar la escasa
interacción que aún existía entre los distintos sectores del campo fe-
minista.

Este III Encuentro, también organizado por las feministas autó-


nomas, se plantea como el espacio para discutir los temas que atra-
viesan al feminismo según la percepción de las organizadoras: auto-
nomía, diversidad, ética feminista y los ejes temáticos que se tratarían
en el VII Encuentro Latinoamericano. Ello da pie para la crítica abierta
a las pocas feministas no adscritas a esta corriente que aún participa-
ban en los encuentros y al proceso de Beijing que se encontraba en
marcha.

Como respuesta al creciente protagonismo de las feministas au-


tónomas y a la realización del VII Encuentro, a inicios de 1996 algu-
nas feministas independientes y otras vinculadas a ONG y el Ser-
nam, deciden enviar una carta a las feministas latinoamericanas “ami-
gas” señalando que habían sido excluidas de la organización de este y
que el evento no daba las garantías necesarias para que fuera realiza-

o advocacy se diferencia de las acciones desplegadas en función del alcance de


objetivos de interés privado o de beneficios para grupos específicos que no
contribuyen al bienestar general (Jenkins 1987).
30
Sonia E. Alvarez (1998) ha desarrollado un análisis de este tipo para interpre-
tar lo que ocurre en el feminismo latinoamericano en su conjunto.

86
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

do en Chile, haciendo por tanto un llamado para que la sede del


31
Encuentro fuera cambiada. En esta carta señalan:

La organización del Encuentro que ha sido ‘tomada’ por un grupo


de mujeres autodenominadas Movimiento Feminista Autónomo,
se ha dado en forma excluyente y dogmática... Dada la actual
situación, expresamos que no existen las condiciones ni las garan-
tías necesarias para realizar en Chile un Encuentro amplio y de-
mocrático. Las organizadoras han planteado un modelo de en-
cuentro donde solo podrán participar las feministas que ellas defi-
nan como tales, de acuerdo con su unilateral concepción de lo
que es ser feminista. Ante esta situación proponemos que algún
país de la región se haga cargo, lo antes posible, de la convocatoria
y realización del VII Encuentro”. (Cotidiano Mujer, III Época, nº
22, mayo 1996, p. 3)

Si bien esta carta concita debate y empatía en otros países, no


logra su objetivo de cambiar la sede del Encuentro debido a que las
feministas latinoamericanas que la reciben consideran que este dis-
tanciamiento y quiebre entre tendencias es un problema del país que
no puede afectar al feminismo latinoamericano. El envío de esta car-
ta fue repudiado por las autónomas, atribuyendo a ella la falta de
financiamiento para la realización del Encuentro. En términos gene-
rales, esta iniciativa deja al descubierto la incapacidad de diálogo in-
terno y provoca un nuevo –y tal vez irreconciliable– quiebre y pérdi-
da de confianza entre feministas que se definían como parte de cada
sector.

Una vez fracasada esta estrategia, un pequeño grupo de las femi-


nistas que no participan de la organización del Encuentro y como
reacción a la hegemonía de las ‘autónomas’ en estos espacios, realiza
un último esfuerzo por participar o articularse antes de Cartagena,
organizando un foro debate y luego un grupo denominado Tertulia

31
Esta carta fue firmada por más de cien mujeres, la mayoría trabajadoras de
ONG.

87
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Feminista. Esta instancia fue convocada a mediados de 1996, a través


de una jornada en la que participaron unas cincuenta mujeres de
diversas corrientes y ámbitos (principalmente independientes, fun-
cionarias de ONG y del Estado) que no se sentían partícipes de la
corriente autónoma (Mujer/Fempress nº 178, agosto 1996). En esta
jornada se hace una reflexión respecto del estado del movimiento
feminista en general y al proceso que se estaba viviendo en Chile a
32
raíz del VII Encuentro. Si bien la jornada es un éxito en términos
de convocatoria y en su capacidad de gatillar un debate colectivo,
constituye un evento aislado y sin proyección política. Después del
Encuentro en Cartagena la Tertulia decae drásticamente, permane-
ciendo como un grupo muy reducido que continúa reuniéndose por
algunos meses.

Este intento fallido de articular alguna expresión colectiva (y es-


trategia política) distinta a las dos lógicas imperantes (advocacy o el
movimientismo aislado) tiene un efecto desmotivador en muchas de
las participantes, convirtiéndose quizás en el último esfuerzo de ese
tipo durante aquel período de creciente polarización.

Es en este contexto que se realiza, a fines de 1996, el VII En-


cuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, con la asistencia de
cerca de 500 mujeres de toda la región y un número importante de
chilenas, especialmente de Santiago, vinculadas a grupos de feminis-
tas autónomos y populares, así como estudiantes y otras mujeres que
no pertenecían a organizaciones. También asisten algunas feministas

32
La jornada “Las tram(p)as del feminismo hoy” se llevó a cabo en La Morada,
en julio de 1996. En ella se pidió a algunas feministas que prepararan presen-
taciones formales para orientar la discusión. Algunas de ellas fueron: Alejan-
dra Valdés, “Articulaciones y desarticulaciones de las feministas hoy”; Francis-
ca Pérez, “La vida cotidiana, el trabajo y la política”, ambas publicadas en
Debate Feminista. Además: Ximena Valdés, “Notas sobre avances y bloqueos
en un espacio de negociación sociedad civil-Estado en los noventa”; Eliana
Largo, “Feminismos: Articulaciones/desarticulaciones” e Isabel Cárcamo,
“Estrategias políticas feministas. Los espacios de acción de las mujeres”.

88
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

que habían sido excluidas o autoexcluidas de la organización del mis-


33
mo. Sin embargo, es notoria la ausencia de las feministas que im-
pulsaron el proceso de Beijing, que desde el inicio del conflicto deci-
den no enfrentar directamente las críticas y acciones emprendidas
por el sector autónomo, restándole así legitimidad para impulsar pro-
34
cesos de debate y articulación.

Por otro lado, un sector importante, quizás mayoritario, de fe-


ministas se ubica en una posición intermedia. En Cartagena, algunas
de ellas junto a un gran grupo de feministas latinoamericanas organi-
za una serie de talleres –paralelos a los oficialmente establecidos– que
denominan ‘ni las unas ni las otras’. Este sector critica la falta de
independencia demostrada por amplios sectores feministas de cara a
los procesos internacionales y gubernamentales en torno a la IV Con-
ferencia Mundial, a la vez que reivindican la necesidad de generar un
accionar movimientista de carácter político feminista. Al mismo tiem-
po, y pese a su crítica, siguen reconociendo como una necesidad de
vital importancia política el lograr incidir en la construcción de agen-
das institucionales. Sin embargo, en el contexto chileno, esta tenden-
cia no logra constituirse en un referente significativo para cambiar la
dinámica de confrontación bipolar que venía caracterizando al cam-
po feminista hasta entonces. Por el contrario, sus dinámicas de ac-
ción se caracterizan por la fragmentación e individualización.

Las opiniones respecto del VII Encuentro en Cartagena son muy


disímiles entre las feministas chilenas. A juicio de una mayoría de
feministas autónomas, este Encuentro es un éxito por cuanto se rea-
liza desde una propuesta política autónoma (con escaso apoyo finan-
ciero de agencias, sin participación de las ONG), y porque en él se
logra explicitar las diferencias políticas que marcaban los debates y

33
El 38% de nuestras entrevistadas asistió al VII Encuentro en Cartagena.
34
Esto no significa que no hayan participado mujeres vinculadas a las ONG y al
Grupo Iniciativa en particular, sino que en términos generales su presencia
fue conspicuamente baja.

89
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

estrategias feministas. Al respecto, Carena Pérez, integrante de la


Comision Organizadora escribe en la editorial a la Memoria del En-
cuentro:

Estamos satisfechas de haber logrado desarrollar un Encuentro


político, polémico y dinámico. Un Encuentro que no nos dejó
indiferentes y que permitió después de mucho tiempo poner en la
mesa las diferencias políticas entre las dos grandes corrientes y al
interior de estas. Un Encuentro que nos muestra que es posible
no subordinar el discurso y la práctica feminista, a los poco y nada
éticos intereses de algunas financieras. (p. 20)

Otra de las exponentes de la corriente autónoma señala:

Yo creo que el único encuentro político fue el de Cartagena... Fue


el único en que dijimos: no nos vamos a juntar por temas, vamos
a juntarnos por lo que pensamos, si tú piensas que las políticas del
feminismo tienen que ser en relación al Estado y el poder, ponte
aquí, y si tú piensas que tiene que ser autónomo y tenemos que
35
generar otra cuestión, ponte aquí (Margarita Pisano).

A juicio de las feministas que asistieron, que no pertenecían al


comité organizador ni se identificaban con la corriente autónoma,
este Encuentro se dio en un ambiente agresivo, de crítica destructiva
que impedía el diálogo y cualquier posibilidad de articulación políti-
ca basada en la pluralidad de pensamiento, haciendo irreconciliables
las diversas posturas presentes. Como parte de la historia del feminis-
mo latinoamericano, el Encuentro en Cartagena será recordado por
muchas feministas como el “encuentro del desencuentro”, como la

35
Esta reivindicación del carácter político del Encuentro en Cartagena se man-
tiene en el tiempo. Así, en 1999, durante el VIII Encuentro Feminista en
Juan Dolio (República Dominicana), una feminista chilena integrante del
comité organizador del Encuentro en Cartagena, toma la palabra en una de
las plenarias, planteando que se estaba desconociendo el legado del pasado
Encuentro y enfatiza la necesidad de reivindicar su importancia para el femi-
nismo latinoamericano.

90
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

imposibilidad de generar un debate político constructivo entre femi-


nistas. (Alvarez et. al. 2003)

Este evento también provocó quiebres entre las propias organi-


zadoras y en el seno de la corriente autónoma. En efecto, su organiza-
ción motivó los primeros conflictos internos debido a la división de
tareas de la organización. Según algunas de nuestras entrevistadas,
esta división provocó tensiones en la medida en que se asumía una
distribución del trabajo entre las “teóricas” y “políticas” y quienes
realizaban el trabajo concreto o las “tareas domésticas”. Esta situa-
ción produjo que las mujeres más críticas frente a estas prácticas fue-
ron restándose poco a poco de la Comisión Organizadora y solo al-
gunas se mantuvieron unidas en las tareas posteriores de sistematiza-
ción y devolución de resultados. (Comisión Memorias VII Encuen-
tro 1997)

d. Las feministas de otras ciudades como espectadoras del


conflicto

El surgimiento y consolidación de la corriente autónoma y de


los colectivos que la componen se da principalmente en Santiago,
aun cuando parte del Colectivo Feminista de Concepción adhería a
la corriente autónoma. En las otras dos ciudades estudiadas, no exis-
ten evidencias de un conflicto similar al generado en Santiago entre
dos estrategias políticas dicotómicas: autonomía o institucionaliza-
ción. Estas divisiones –y el tipo de conflicto que generaron– estuvie-
ron circunscritas a la capital y no tienen un efecto equivalente en las
relaciones al interior de los campos feministas de acción de Valparaí-
so y Concepción.

Para las feministas de estas ciudades, la organización y realiza-


ción del VII Encuentro no tiene un efecto significativo en sus diná-
micas de acción, discursos o debates. Solo algunas mujeres de Valpa-
raíso intentaron participar en la coordinación del mismo, distancián-
dose luego de las primeras reuniones debido a que se sintieron desca-
lificadas y deslegitimadas por su vinculación a las ONG de la región.

91
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Por otro lado, la participación de mujeres de otras ciudades en el


evento mismo fue muy baja. De hecho, solo el 30 por ciento de las
entrevistadas de Valparaíso y el 13 por ciento de las de Concepción
asistieron a este evento (en comparación al 54 por ciento de Santiago).

La discusión entre autonomía e institucionalización es percibida


como un debate que se traslada a las regiones a través de la realiza-
ción de los Foros feministas llevados a cabo en el período. No es un
debate entre ellas, ni que altere –de manera significativa– su activi-
dad política.

En el segundo Encuentro se evidencia la crisis que se produce en


Santiago y que era la crisis que lideraban ciertas mujeres... Enton-
ces, de repente, la gente de regiones nos vimos partícipes de dis-
cusiones que no eran nuestras, que eran totalmente ajenas a nues-
tra realidad como región. (Taller de Discusión en Concepción)

Sin embargo, en el mediano plazo, pese a las diferencias en in-


tensidad y sentido que tiene en las tres ciudades estudiadas, este quie-
bre no deja de tener repercusiones en el accionar feminista del país en
su conjunto. En todas ellas se produce una creciente desarticulación
entre las diversas corrientes y ámbitos de acción. Mientras en Santia-
go la desarticulación está signada por el conflicto y la división en
polos opuestos, en las otras ciudades adquiere el cariz de quiebres
más bien personales o políticos de otra índole.

La desarticulación está asociada primero, a problemas más bien


internos al propio campo feminista, tales como la falta de reconoci-
miento de liderazgos, estilos de liderazgos, desgaste y agotamiento
del trabajo colectivo, así como la falta de un proyecto común frente
al nuevo escenario político. Y segundo, está asociada a las presiones y
procesos que enfrentaba el campo feminista de cara a las transforma-
ciones políticas y sociales por las que atravesaba el país. Entre los más
relevantes cabe mencionar la falta de estímulo y recursos (materiales,
discursivos) para la organización y movilización, que tradicionalmente
habían llegado desde Santiago. Vinculado a lo anterior, se encuentra

92
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

la drástica reducción de recursos financieros de la cooperación inter-


nacional para la organización feminista. También debe considerarse
la preeminencia de los partidos políticos en el ámbito público, en
particular en lo que se refiere a la mediación de intereses entre el
Estado y la sociedad, que tiende a relegar a las organizaciones de la
sociedad civil a un segundo plano. Por último, la creciente institucio-
nalización de los temas de género que afecta el quehacer feminista en
todo el país. Este último factor incide en la medida en que las lógicas
movimientistas de acción política se ven cada vez más excluidas de las
esferas públicas de acción y destituidas de la legitimidad que habían
tenido durante la lucha por reconquistar la democracia. De esta ma-
nera, la necesidad de influir en las agendas públicas incentiva la pro-
fesionalización y especialización de las organizaciones feministas, a la
vez que los restantes procesos descritos disminuyen las oportunida-
des y recursos para el accionar político que no esté dirigido u organi-
zado en torno al sistema político institucional.

Expresión de esta desarticulación de los campos feministas en los


diversos contextos regionales, es que la mayor parte de las organiza-
ciones surgidas a inicios de la década desaparece en este período, creán-
dose solo dos nuevos colectivos, uno en cada ciudad. En Valparaíso
surge Kaleidas (1994 hasta hoy), constituido por mujeres provenien-
tes de dos de los grupos aparecidos a principios de los noventa (Mala
Fe y Una más Una) y vinculadas a la ONG Casa de la Mujer. Su
finalidad es reflexionar sobre el feminismo e impactar a la opinión
pública de la V Región. A su vez, en Concepción un pequeño grupo
de mujeres vinculadas a ONG forma la Coordinadora Lilith (1994-
96) con el propósito de organizar foros de debate feminista en la
comuna de Coronel.

2.3. ¿El nuevo silencio feminista? 1997-2002

Después de siete años de gobierno democrático, habiendo fraca-


sado los intentos por articular un proyecto político en torno a una
identidad colectiva común y enfrentando la agudización de posicio-
nes político estratégicas, se inicia un nuevo período para el feminismo

93
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

chileno. Etapa que se extiende hasta el presente y que muchas de las


actoras involucradas han interpretado, siguiendo el análisis que Julie-
ta Kirkwood hiciera de otros momentos históricos, como un “nuevo
silencio feminista”.

En términos organizacionales, en la segunda mitad de la década


surgen diversos colectivos que parecen concentrarse más en la re-
flexión interna que en un accionar estrictamente público. Parte de
los colectivos que surgen, reflejan las divisiones y rupturas ocurridas
entre las feministas y la presencia que fue adquiriendo la corriente
autónoma. En efecto, la mayoría de los colectivos que surgen hacia
finales del período se definen como parte de la corriente autónoma.
Sin embargo, más que una ampliación de sus bases o militancia, pa-
rece ser que son las diferencias y divisiones internas las que dan ori-
gen a un número importante de estos nuevos grupos.

En efecto, en 1998 el Movimiento Feminista Autónomo se divi-


de dando lugar al Movimiento Mujeres Feministas Autónomas (MO-
MUFA), que aún exsiste. Ese mismo año se crea el Colectivo Las
Clorindas, grupo heterogéneo en términos etáreos, cuyos objetivos
son crear una opinión pública feminista y ampliar el feminismo a
otras mujeres. A diferencia de los otros grupos autónomos, Las Clo-
rindas se plantean en una postura abierta al diálogo y a la interrela-
ción con otras feministas y otros sectores de la sociedad civil.

En este período emergen también colectivos de mujeres jóvenes


o, como ellas se definen, de la generación de los noventa (mujeres
que llegan al feminismo en esa década). Estos colectivos son Bajo
Sospecha, creado en 1996 en Santiago y Al Borde, formado en 1998,
en Concepción (ambos se mantienen hasta hoy). Estos colectivos, al
igual que muchos de los grupos de este tipo, cuestionan explícita-
mente la dicotomía entre autonomía e institucionalización, buscan-
do espacios de debate, reflexión y encuentro entre las feministas y
sosteniendo una visión crítica respecto de las formas tradicionales de
hacer política feminista. Al mismo tiempo, cuestionan fuertemente
la concentración de recursos y poder en los espacios feministas, en

94
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

manos de mujeres de ciertos sectores y generaciones, así como la falta


de recambio generacional y la escasez de espacios para ampliar las
bases sociales de las organizaciones feministas.

En este período reemerge el tema generacional y la necesidad del


llamado ‘recambio’, que se había hecho presente en los primeros años
de la década. Esta reemergencia se da tanto desde las demandas y
propuestas de estos nuevos grupos en relación preferentemente a las
36
llamadas feministas ‘históricas’, como a partir de las discusiones y
37
debates en los distintos encuentros nacionales e internacionales.

A finales de la década aparecen grupos de feministas populares


como la Coordinadora Lilith que luego se denomina Colectivo Lilith
(1996-1998), compuesto por mujeres pobladoras de la comuna de
San Joaquín, que intentan hacer una reflexión en torno al género y
articularse con otros grupos, con mucho menos éxito que los experi-
mentados por feministas populares a comienzos de la década.

En el ámbito regional, el surgimiento de nuevas organizaciones


es mucho menor y su objetivo es básicamente reflexionar en torno a
la teoría feminista, con un menor énfasis en la articulación y encuen-
tro con otras. En Valparaíso no aparecen organizaciones, en tanto
que en Concepción surgen, además del ya mencionado Colectivo Al
Borde, la Colectiva Estrella de Mar (1996 hasta ahora), compuesta
por mujeres de diversas procedencias que se proponen organizar acti-
vidades públicas y eventos con contenido feminista; el Grupo de

36
Aquellas que fueron parte del resurgimiento del movimiento feminista y de
mujeres en las décadas de los 70 y 80.
37
Este tema aparece, por ejemplo, en la jornada de conformación de la Tertulia
Feminista, en el Encuentro Feminista Autónomo que se lleva a cabo en Sora-
ta, Bolivia, donde se critica la participación de feministas más nuevas que no
habían sido parte del Encuentro de Cartagena; y en el VIII Encuentro Femi-
nista Latinoamericano y del Caribe, donde el Colectivo Bajo Sospecha orga-
niza el taller “Feministas de Fin de Siglo”, en el que participaron más de
cincuenta feministas de la generación de los noventa de distintos países de
Latinoamérica.

95
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Mujeres de Izquierda (1996-98) cuyo objetivo era hacer una reflexión


política y feminista; y Libertinas S.A. (1997-2000), colectivo com-
puesto por dos mujeres que se proponen hacer teoría feminista.

En lo que respecta a las acciones vinculadas a la IV Conferencia


Mundial sobre la Mujer, en este período el Grupo Iniciativa asume
un trabajo de devolución de los acuerdos de Beijing a las organizacio-
nes de mujeres, que culmina con la realización de un Seminario en
octubre de 1996. El Seminario se denominó “Beijing. Un año des-
pués” y se llevó a cabo en Santiago. Luego de ello, se produce un
proceso interno de reflexión en este grupo respecto de su identidad y
las estrategias políticas que había seguido hasta entonces. En esa re-
flexión se abordan temas tales como la representación del movimien-
to de mujeres y la concentración de los recursos dirigidos hacia ese
sector. “Como conclusión de este debate interno, el Grupo Iniciativa
se definió como grupo de presión política, buscando movilizar temas
referidos a la desigualdad de género y provocar acuerdos y compro-
misos con actores sociales, políticos e institucionales a favor de las
mujeres” (Grupo Iniciativa 1998, p. 3). Con esa orientación, su ac-
cionar se dirige principalmente hacia la opinión pública a través de
encuestas, posicionamiento en los medios de comunicación y cabil-
deo hacia parlamentarios/as y autoridades públicas. De la misma for-
ma, aunque con menor intensidad, hacia las mujeres a través de ac-
38
ciones de formación y traspaso de información. Si bien hay un es-
fuerzo constante desde este grupo por acercarse a las organizaciones
de mujeres, y en el último período por desarrollar un trabajo directo
con ellas, su lógica de acción sigue privilegiando una estrategia dirigi-
da al sistema político con vistas a incidir en las decisiones públicas.

38
Un ejemplo de las acciones de lobby llevadas a cabo, es la realización en 1997
del Foro Nacional para el Seguimiento de los Acuerdos de Beijing, que fue
una instancia de interlocución con las autoridades de gobierno, parlamenta-
rios/as y partidos políticos sobre implementación y avances de los acuerdos
contraídos en Beijing. En el año 2000, el Grupo Iniciativa impulsó una estra-
tegia clara en este sentido, a través de la realización de talleres para la acción
ciudadana con mujeres de diversos sectores.

96
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

Uno de los rasgos que caracteriza esta etapa es la escasa vincula-


ción y conocimiento que existe entre los distintos grupos y esferas de
acción respecto de la existencia y acciones promovidas por otros ac-
tores del campo feminista. Coexisten así distintas iniciativas a nivel
micro, como la formación de colectivos o grupos de reflexión, que
funcionan principalmente como espacios de referencia o identidad.
También el trabajo de cabildeo, orientado hacia el sistema político
institucional, y la realización de jornadas, seminarios, y actos públi-
cos de diversa índole, organizados por las diversas corrientes y secto-
res del movimiento. Algunos de estos grupos realizan esfuerzos inte-
resantes por generar espacios de debate y accionar político feminista,
pero estos son más bien esporádicos y con una convocatoria restrin-
gida a los ámbitos de acción donde cada grupo se desenvuelve, sin
lograr incidir o interactuar con otras esferas y actores.

a. Los contactos transnacionales

En el ámbito latinoamericano, un evento significativo para las


feministas autónomas fue la realización del Encuentro Feminista
Autónomo en Sorata, Bolivia, en 1998, acordado en el marco del VII
Encuentro Feminista Latinoamericano. El Encuentro de Sorata tuvo
varios efectos para las feministas autónomas chilenas. Por un lado,
incentivó el acceso de mujeres de nuevas generaciones al campo fe-
39
minista, pero al mismo tiempo generó fuertes conflictos ideológi-
cos y de liderazgo que alejaron a algunas y terminaron dividiendo a
otras.

En cuanto a los Encuentros feministas latinoamericanos, ellos


siguen cumpliendo un papel importante en América Latina como
espacios simbólicos de reafirmación de identidad y como procesos de
encuentro entre feministas y mujeres de una diversidad de esferas
políticas y sociales, generacionales, estratos sociales, etnias, etcétera.

39
Una muestra de ello fue la conformación del Colectivo Las Clorindas.

97
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

En el VIII Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe,


realizado en noviembre de 1999 en República Dominicana partici-
paron cerca de cincuenta feministas chilenas. A diferencia de lo que
ocurrió con otras delegaciones, las participantes chilenas asistieron al
Encuentro sin una previa coordinación entre ellas, no se comunica-
ron antes ni durante el evento y solo realizaron un par de reuniones
con escasa participación, una vez de regreso en Chile. En este senti-
do, resulta interesante que estos eventos, a diferencia de lo que ocu-
rrió en otros momentos u ocurre en otros países, no han servido para
gatillar procesos políticos de movilización y organización al interior
del campo feminista.

Una excepción lo constituye el Colectivo Bajo Sospecha, que en


un intento articulador, en el VIII Encuentro Latinoamericano realiza
un taller con mujeres jóvenes asistentes al evento. De este taller ema-
na la Declaración de Juan Dolio, en la que plantean “en este camino
(el del movimiento) hay elementos que queremos recoger y otros que
esperamos no reproducir, como las contradicciones que han debilita-
do a este movimiento, por ejemplo, los conflictos surgidos a raíz de la
relación con el Estado y otros actores políticos”. Posterior al Encuen-
tro, este colectivo realiza una jornada en Santiago, con mujeres jóve-
nes de distintas ciudades denominado ‘Mujeres Jóvenes construyen-
40
do Feminismos’ en la que se compartieron los resultados del VIII
Encuentro y se discutió respecto de la relevancia del feminismo para
nuevas generaciones de mujeres.

En el IX Encuentro Latinoamericano realizado en Costa Rica en


diciembre del 2002, se reproducen procesos similares a los vividos en
República Dominicana. Las chilenas que asisten a este primer En-
cuentro del siglo XXI, nuevamente lo hacen siguiendo diversas rutas
que no parecen conectarse entre sí; sin coordinación previa y con la
ausencia total de interacción entre las asistentes durante o después
del evento. En esta ocasión el número de asistentes se reduce aún

40
En él participaron más de cincuenta mujeres de distintas ciudades del país.

98
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

41
más, como consecuencia del alto costo que implicaba la participa-
ción, y la creciente desarticulación de las esferas más movimientistas
que habían promovido tradicionalmente la participación en esos
Encuentros.

Por último, es importante resaltar que distanciándose de la for-


ma en que se habían organizado tradicionalmente los Encuentros
latinoamericanos, en esta ocasión se privilegió la presentación de
ponencias formales por parte de feministas con reconocidos lideraz-
gos políticos e intelectuales a nivel regional. En este marco, las únicas
chilenas invitadas a presentar ponencias en las sesiones plenarias fue-
ron Margarita Pisano y Edda Gaviola, ambas connotadas exponentes
de la corriente autónoma. Este hecho, junto a la ya consabida ausen-
cia de feministas vinculadas a otras corrientes y espacios, tiende a
resaltar lo que hemos venido sosteniendo respecto del distanciamien-
to de esferas de acción, a la vez que constata la legitimidad individual
que mujeres como Pisano y Gaviola han adquirido en el feminismo
42
latinoamericano.

Creemos que importa también resaltar que si bien la participa-


ción en los Encuentros latinoamericanos estuvo siempre vinculada a
un compromiso individual y por tanto no requería de la representa-
ción colectiva, con los años esta tendencia se ha venido acentuando
en el caso chileno, provocando una pérdida de incidencia política en
el feminismo a escala nacional. Si en épocas pasadas se formaron re-
des y organizaciones regionales, se idearon y coordinaron campañas
y se debatieron temas que de alguna manera sentaron las bases de

41
De acuerdo a las cifras oficiales proporcionadas por las organizadoras del En-
cuentro, el número de participantes chilenas fue de 26. Sin embargo, en la
medida en que algunas de esas participantes residen fuera del país, el número
real es aún menor (www.9feminista.org).
42
De acuerdo a los datos emanados de nuestra investigación, esta legitimidad se
reproduce también al interior país. Cuando les preguntamos a nuestras entre-
vistadas quién cree Ud. que ha tenido / demostrado liderazgo individual en el
campo feminista en la década de los noventa, el nombre que aparece con más
frecuencia es el de Margarita Pisano.

99
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

procesos que se desarrollarían posteriormente en el país, hoy la asis-


tencia a los encuentros tiene un carácter mucho más restringido, in-
cidiendo en las trayectorias individuales de vida de quienes partici-
pan, pero afectando escasamente las tendencias que orientan la polí-
43
tica feminista en términos más generales.

b. La interpretación del momento

Como lo señaláramos con anterioridad, el discurso predominan-


te entre las feministas interpreta el período postransición como un
momento histórico similar al que Julieta Kirkwood caracterizara como
el ‘silencio feminista’; período que correspondería al momento en
que las mujeres dejan el ámbito público y se repliegan a esferas ‘priva-
das’, luego de haber conquistado sus derechos civiles (Kirkwood 1986).

Ese primer silencio habría estado caracterizado por la atomiza-


ción del movimiento, la disolución de organizaciones feministas, el
abandono del concepto de feminismo y la declinación de la partici-
pación pública femenina (ibíd.). Sin embargo, pese a que en el mo-
mento actual es posible apreciar una cierta atomización del movi-
miento, este no presentaría las otras características identificadas por
Kirkwood.

Aun cuando desaparecen algunas organizaciones feministas, otras


se mantienen y constantemente se crean y recrean nuevos grupos y
44
organizaciones. Por ello, no es posible sostener que estos grupos
han disminuido en términos absolutos. El concepto de feminismo,
aunque ha sido paulatinamente remplazado en el ámbito público, no
se puede sostener que haya desaparecido del todo; se mantiene y se
resignifica en distintos espacios y de distintas maneras, a la vez que

43
Al parecer esta tendencia no es necesariamente compartida en otros países de
la región, donde la participación en los Encuentros sigue siendo alta, así como
el impacto de ellos en los respectivos movimientos nacionales.
44
Ver en particular el próximo capítulo donde se presenta y analiza información
empírica al respecto.

100
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

entra a nuevos ámbitos como la instancia académica. Respecto a la


participación pública femenina, a pesar de que sigue siendo deficita-
ria tanto en comparación a los hombres como respecto a otros países,
no disminuye, sino que aumenta en diversos ámbitos institucionales
y públicos: municipios, instituciones estatales a nivel central, poder
judicial, etcétera.

Tenemos entonces, que si aplicamos los criterios de Kirkwood


en estricta forma, la idea de silencio feminista no parece dar cuenta
de la complejidad de los procesos experimentados por el campo fe-
minista en el período postransición. Entonces, ¿por qué sigue siendo
este el recurso interpretativo más utilizado por las propias actoras
para describir el momento histórico en el que viven? A nuestro en-
tender, la metáfora del silencio feminista tiene un fuerte sentido sim-
bólico, que va más allá de la ‘realidad empírica’ (como quiera que esta
sea medida o interpretada), pues se trata de argumentos que tienen
resonancia y legitimidad en un contexto de creciente incertidumbre
y que permiten por tanto entender lo que de otra manera parece
‘inexplicable’: la aparente ausencia de un actor político feminista una
45
vez recuperado el tan añorado sistema democrático.

3. Conclusiones

Como hemos visto a lo largo de este capítulo, la década de los


noventa se inicia en una coyuntura que muchos consideran como
fundacional para la sociedad chilena, en cuanto acompaña un proce-
so de profundas transformaciones políticas, sociales y económicas. El
feminismo en tanto pensamiento y accionar político que había emer-
gido durante la década anterior, al calor de la lucha en contra del
autoritarismo militar, con una marcada identidad opositora y en es-
trecha relación con un proyecto político de izquierda, enfrenta el nuevo
escenario democrático buscando redefinir su identidad. Las feminis-
tas chilenas que habían protagonizado las luchas por reconquistar la

45
Retomaremos esta discusión en el último capítulo.

101
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

democracia inician el período democrático llenas de esperanzas y ex-


pectativas respecto de lo que este nuevo régimen implicaría para la
situación de las mujeres en la sociedad chilena.

Junto a estas transformaciones globales, el feminismo también


experimenta cambios radicales en las últimas décadas: se modifican
sus principales estructuras organizativas, sus estrategias políticas, las
esferas donde se desarrolla su accionar, sus interrelaciones con otros
ámbitos de la sociedad, así como su propia composición interna.
Empero, estos cambios no han sido lineales ni reflejan en forma me-
cánica las transformaciones en el entorno político. Deben ser enten-
didos más bien como producto de procesos de interacción entre las
propias actoras y su entorno, resultados del debate, contestación y
crecimiento producidos al calor de un quehacer político concreto,
históricamente situado.

Considerando estos cambios, hemos planteado que es impor-


tante dividir la evolución del quehacer feminista en la etapa postran-
sición en tres grandes momentos que permiten identificar procesos,
actores y cambios en las lógicas más importantes de acción. Tal como
se ha planteado, la década comienza con un fuerte impulso para la
creación de una esfera política de acción propiamente feminista, se-
guida por un momento de creciente polarización ideológica y orga-
nizativa, para terminar con un marcado decaimiento de la moviliza-
ción y articulación intra-movimiento.

Lo que se percibe en este último período es la cristalización de


procesos paralelos en la conformación de un campo feminista. Por
un lado, se observa la disminución en el número de organizaciones y
en las intervenciones en el ámbito público desde una identidad femi-
nista, así como la desarticulación entre las diversas esferas que con-
forman este campo de acción, y por otro, la diversificación y disper-
sión de discursos y demandas otrora levantados exclusivamente por
las ‘militantes’ feministas, a esferas y entre actores de diversa índole a
través de la sociedad chilena .

102
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

Uno de los factores que está en la base de la trayectoria seguida


por el campo feminista en la década es el conflicto que se genera a
partir de la relación con la institucionalidad que desemboca en la
definición de dos estrategias predominantes entendidas como polos
opuestos de acción por importantes sectores feministas: movimientis-
mo aislado versus advocacy. La primera se refiere a la creación de espa-
cios de acción política al interior de un ámbito entendido como ‘el
movimiento’, compuesto por organizaciones y personas con identi-
dades que se definen explícitamente como tales. Esta estrategia busca
promover el fortalecimiento de esferas y formas de acción política de
carácter intra-movimientistas, orientadas a generar una cultura y una
política feminista desde la sociedad civil; busca también estimular la
autoconciencia y el desarrollo personal y colectivo en torno a un pro-
yecto de transformación de las relaciones de género. Esta estrategia
concentra su trabajo exclusivamente en mujeres, tanto aquellas que
se reconocen como feministas, como otras que participan en organi-
zaciones ‘de base’. La segunda estrategia, si bien no desconoce la ne-
cesidad de generar este tipo de espacios, enfatiza la importancia de
producir transformaciones macrosociales y políticas para modificar
el orden de género, y propone como vía privilegiada para ello incidir
en las agendas institucionales a nivel nacional e internacional (Esta-
dos nacionales, organismos intergubernamentales, entre otros) me-
diante la ratificación de acuerdos, tratados, leyes y programas. Si bien
estas dos estrategias/lógicas de acción aparecen contrapuestas en el
discurso y los debates feministas de la época, en la práctica ellas for-
man parte de un repertorio de acción política común y bastante ge-
neralizado entre las feministas chilenas.

Estas estrategias, sin embargo, no son equivalentes ni reducibles


a corrientes de pensamiento (o ciertas estructuras orgánicas) y tam-
poco homogéneas ni dicotómicas entre sí, como a menudo aparecen
representadas en el discurso de ciertos sectores feministas. Cabe re-
saltar en especial que la lógica de acción movimientista trasciende el
accionar y discurso de los sectores ligados a la corriente de ‘feminis-
mo autónomo’. Se constituyen así en el eje fundamental que orienta

103
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

el quehacer de la gran mayoría de colectivos y organizaciones creadas


durante el período postransición. Aunque estos grupos no rechazan
una estrategia orientada a incidir en agendas públicas (advocacy),
muchas de sus integrantes participan de ella en forma individual a
través de su inserción laboral. Su propuesta política está dirigida a
fortalecer el feminismo en tanto movimiento social y la relación con
sus bases: las mujeres, sujetos centrales del proyecto feminista.

Por otra parte, la práctica política de la mayoría de feministas


involucradas en la estrategia de advocacy no está acompañada de un
discurso ideológico que defienda esta estrategia como la única o más
importante forma de hacer política feminista. No existe homogenei-
dad ni suficientes coincidencias ideológicas que permitan sostener
que este sector se ha transformado en una corriente de opinión polí-
tica equivalente a la corriente autónoma. En esta última, a pesar de
su reducida convocatoria más allá de ciertos sectores feministas, exis-
te una producción intelectual y discursiva orientada a generar un
discurso común, un accionar político explícito en torno a una iden-
tidad construida sobre la base de esa producción político-teórica, or-
ganizaciones que adhieren a esa corriente y personas que se identifi-
can y posicionan políticamente en función de ella. Nada de eso existe
en torno a una supuesta corriente ‘institucional’. Hablar entonces de
dos corrientes de opinión opuestas entre las feministas tiende a cari-
caturizar y simplificar la compleja relación entre ideología, estrate-
gias políticas e identidad que se entrelazan en toda práctica política
feminista.

Como hemos mostrado a lo largo de este capítulo, un grupo


importante, quizá mayoritario, de feministas adhiere y utiliza ele-
mentos de ambas estrategias de acción (movimientismo y advocacy).
Es el caso de los grupos que se incorporan al campo feminista en los
noventa desde una identidad generacional, los grupos de feministas
populares, de ecofeminismo, los colectivos lésbicos, los que no ad-
hieren a ninguna corriente o identidad específica, y una mayoría de
feministas independientes (o ‘sueltas’ como algunas se autodefinen)

104
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

insertas en distintos espacios laborales, culturales y sociales desde los


cuales intentan incidir en el cambio en las relaciones entre hombres y
mujeres.

Sin embargo, la forma en que se ha interpretado el conflicto ideo-


lógico antes descrito, no asume las importantes diferencias que exis-
ten en las trayectorias del feminismo en cada una de las ciudades
estudiadas en esta investigación. Si bien el choque entre dos tenden-
cias hegemónicas ha monopolizado gran parte de los debates y ener-
gías de las feministas, este conflicto ha estado focalizado fundamen-
talmente en Santiago, y no ha tenido un impacto similar en las ciu-
dades de Valparaíso y Concepción, donde los procesos de desarticu-
lación y decaimiento a finales de la década se explican más por un
agotamiento interno y por la incapacidad de enfrentar un contexto
político crecientemente adverso para la organización desde la socie-
dad civil.

Junto a lo anterior, una constante en la década ha sido el carácter


centralista del accionar feminista, es decir, el papel protagónico que
ha tenido Santiago en relación con propuestas de articulación, gene-
ración de espacios de encuentro y debate, así como la definición de
los temas de debate. En efecto, muchos de los temas discutidos en
Foros y Encuentros feministas, y especialmente el conflicto respecto
a la autonomía del movimiento, han sido instalados por feministas
de Santiago. Las feministas de las otras ciudades han tenido mayores
dificultades en estructurar los contenidos y parámetros del debate. A
pesar de reconocer el intento de reducir el centralismo, este no ha
pasado de ser un traslado espacial del debate y no una instancia real
de generación de dinámicas movilizadoras desde regiones.

Vemos que los Encuentros feministas, tanto nacionales como la-


tinoamericanos, han jugado un papel importante en la estructura-
ción del campo de acción feminista en el período, tal como lo seña-
lan Alvarez et al. (2003), estos han constituido espacios de solidari-
dad y expansión, pero también de conflicto y exclusión. A comienzos

105
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

de la década los encuentros latinoamericanos ofrecieron a las femi-


nistas chilenas una oportunidad y pretexto para la articulación a es-
cala nacional, como sucedió con el Encuentro de San Bernardo, des-
de donde surge la iniciativa de realizar un encuentro nacional y el
incentivo para la creación del primer programa de estudios de género
en el país en la Universidad de Concepción. Pero ellos también han
marcado la agenda de los conflictos: en El Salvador, con el fortaleci-
miento de la corriente autónoma y la crítica al proceso de Beijing y
en Cartagena, con la confrontación entre dos visiones opuestas de
estrategia política feminista. Sin embargo, a medida que las organiza-
ciones de carácter más movimientista se han ido debilitando y se
cristalizan esferas paralelas de accionar político, la participación en
los Encuentros latinoamericanos se torna cada vez más un acto de
compromiso individual con escasa repercusión en el campo feminis-
ta a nivel nacional.

En los Encuentros nacionales, en tanto, se fue expresando la di-


versidad, el disenso, el conflicto y finalmente la exclusión entre las
feministas, constituyéndose finalmente en espacios copados por un
sector, sin posibilidad de diálogo e interacción con otras, ni mucho
menos de articulación y de reconstitución de confianzas como fue en
un principio, para terminar desapareciendo del repertorio organiza-
tivo feminista a finales de la década.

Así, el campo de acción en el que actúan y transitan las feminis-


tas y sus organizaciones se expande, complejiza y trasciende los lími-
tes de lo que antaño fuera considerado un movimiento social tradi-
cional. Durante el período estudiado se desenvuelven procesos a
menudo contradictorios que dificultan definir claramente los límites
y contenidos de este campo de acción. A pesar de ello, eso es justa-
mente lo que hemos intentado hacer en los capítulos que siguen:
establecer, ¿quiénes son las feministas en los noventa? ¿Qué forma y
contenido tienen los espacios colectivos que ellas han creado? ¿Cómo
evalúan el estado actual del ‘movimiento’? Nos interesa además, ex-
plicitar los efectos de las transformaciones políticas que ha experi-
mentado el país en su propio accionar.

106
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

II

Delineando el campo de acción:


caracterización y trayectorias
de las organizaciones feministas

107
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

108
Capítulo II. Delineando el campo de acción

Yo creo que sí hay movimiento feminista pero no en las formas que había antes.
Esta cosa de los colectivos pequeños es algo real y algo que está bien,
porque responde a las exigencias de hoy.
Tatiana Sanhueza1

En el capítulo anterior se presentó una visión general sobre el


proceso vivido por el campo de acción feminista en las décadas de los
años ochenta y noventa. Esta sección y la siguiente intentan delinear la
composición de este campo de acción, entregando antecedentes res-
pecto de las estructuras organizativas y las personas que son parte de él.

Las preguntas que nos interesa responder en este capítulo son las
siguientes: ¿Cuáles son las estructuras organizacionales y formas de
acción colectiva que dan forma a este campo de acción? Y, ¿cómo han
evolucionado en este período en comparación con la década anterior?
Para ello, describiremos y analizaremos las distintas organizaciones fe-
ministas que adquieren relevancia en los noventa, considerando su tra-
yectoria, estructura interna y externa y sus objetivos y orientación.

Como en otros movimientos sociales, dentro del campo de ac-


ción feminista las estructuras organizativas presentan diversas carac-
terísticas y funciones. Distintos autores (Rucht 1999; McCarthy 1999)
señalan que dichas estructuras están básicamente pensadas para la
movilización, aunque también pueden servir para otros propósitos
como la distribución de información, la creación de una identidad
colectiva o la satisfacción de los intereses personales de los líderes e
integrantes de los movimientos.

Para estudiar la estructura organizativa del campo de acción, uti-


lizaremos algunos parámetros que nos permiten dar cuenta de su tra-
yectoria y evolución: crecimiento y declive organizacional, estructura
interna de la organización, estructura externa, orientación de los
objetivos y repertorios de acción (Kriesi 1999).

1
Entrevistada de la ciudad de Concepción.

109
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

El crecimiento y declive organizacional hace referencia a las va-


riaciones en el número de organizaciones y en la cantidad de recursos
disponibles. La estructura interna ayuda a analizar el grado de forma-
lización, de profesionalización, de diferenciación e integración inter-
2
na (ibíd.). La estructura externa se entenderá como las relaciones
que establece la organización con el medio, tanto dentro del propio
campo de acción como en la sociedad civil en términos más amplios.

En cuanto a los objetivos y repertorios de acción, McAdam (1999)


señala que los objetivos pueden ser definidos como revolucionarios o
reformistas, dependiendo de si se pide una mayor distribución de los
recursos y/o del poder, mientras que las formas de acción pueden
diferenciarse entre institucionalizadas o no institucionalizadas o con-
vencionales y no convencionales. De acuerdo a este autor, la combi-
nación de ambas variables determinará la percepción que se tenga de
un movimiento y la respuesta de los agentes externos.

Este capítulo está organizado en dos secciones. En la primera de


ellas se describe y analiza la dimensión de crecimiento y declive orga-
nizacional del campo de acción feminista en las últimas dos décadas,
diferenciando la situación de las tres ciudades estudiadas. Este análi-
sis se complementa con la inclusión de líneas de tiempo (ver Anexo
1), de las distintas organizaciones creadas en el período y su duración
durante la década de los noventa.

En la segunda sección, se revisan las características y trayectorias


seguidas por las distintas formas organizativas encontradas, conside-
rando las dimensiones señaladas. Para ejemplificar estas estructuras,

2
El concepto de formalización es utilizado en un sentido weberiano, es decir,
hace referencia al desarrollo de los criterios de pertenencia formal, a la intro-
ducción de estatutos y procedimientos establecidos, a la creación de lideraz-
gos formales y de una estructura burocrática. La profesionalización alude a la
existencia de personas que se dedican en forma permanente –habitualmente
remuneradas– a las tareas de la organización. La diferenciación interna se
refiere a la división funcional del trabajo (estructura de tareas) y al grado de
descentralización territorial.

110
Capítulo II. Delineando el campo de acción

se describen las trayectorias de algunas organizaciones que ejemplifi-


can los procesos experimentados en la década. Estos ‘ejemplos’ fue-
ron seleccionados de acuerdo al reconocimiento logrado en el perío-
do, la presencia de las dimensiones seleccionadas y la información
disponible.

1. Crecimiento y declive organizacional

En esta investigación hemos identificado seis tipos de organiza-


ciones dentro del campo de acción feminista, las cuales se describen a
continuación:

Colectivos: son grupos pequeños, sin personalidad jurídica, ni


estructura formal, sin recursos permanentes para su funcionamiento,
la adscripción es voluntaria, no hay una clara separación/distribu-
ción de funciones internas, ni una estructura jerárquica que oriente
su funcionamiento y la toma de decisiones.

Coordinadoras: son articulaciones de personas y organizaciones,


sin personalidad jurídica ni recursos permanentes para su funciona-
miento, que buscan coordinar acciones y estrategias para la moviliza-
ción política e incidencia en la esfera pública.

ONG: son organizaciones que tienen personalidad jurídica, una


estructura organizativa formal con distribución y distinción de tareas
y cargos, reciben financiamiento externo en forma permanente, cuen-
tan con personal especializado y a menudo asalariado (en pocos casos
existe trabajo voluntario), y la toma de decisiones se realiza en fun-
ción de la estructura definida.

Redes: son articulaciones de personas, ONG y organizaciones,


tienen una estructura más o menos formal, pueden o no percibir
financiamiento externo en forma permanente, cuentan con una
pequeña infraestructura para su funcionamiento; a diferencia de las
estructuras anteriores, tienden a ser organizadas en torno a temáticas
específicas (violencia sexual y doméstica, derechos reproductivos).

111
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Programas de Estudio de Género: son instancias creadas al inte-


rior de instituciones de educación superior (universidades, institutos
profesionales), conformadas por académicas dedicadas a la docencia e
investigación. Tienen una estructura orgánica formal, que puede alcan-
zar diversos niveles jerárquicos al interior de la institución educativa.
Su financiamiento proviene principalmente de la institución en que se
insertan, de los recursos obtenidos a partir del desarrollo de actividades
(como cursos, postítulos, entre otras), de la postulación a fondos de
investigación y en algunos casos de la cooperación internacional.

Medios de comunicación: son organizaciones orientadas a la pro-


ducción y difusión de pensamiento e información sobre y desde el
feminismo. Incluyen distintos medios como radios, revistas, periódi-
cos, poseen una estructura interna con una clara división de funcio-
nes, cuentan con financiamiento externo y en algunos casos son au-
tofinanciados.

Esta clasificación no pretende ser exhaustiva, sino que responde


a un proceso inductivo realizado a partir de la descripción que las
entrevistadas hacen de las organizaciones en las que participan y la
3
forma en que estas operan en la práctica. En esta misma línea, las
categorías representan tipos ideales y no clasificaciones rígidas; en
muchos casos una organización puede presentar elementos comunes
con más de una categoría. En este sentido –como en toda clasifica-
ción–, el reducir o traducir diversas formas de organización a tipos

3
Sonia E. Alvarez (1998) aporta a estas definiciones señalando que “Las ONG
se caracterizan por contar con personal profesional, especializado y asalariado
y, en ocasiones, con un grupo reducido de voluntarios, reciben fondos de
organismos bilaterales y multilaterales, así como de fundaciones privadas (casi
siempre extranjeras), y se dedican a la planeación estratégica para elaborar
‘informes’ o ‘proyectos’ que influyan en las políticas públicas o que asesoren al
movimiento de mujeres, así como a diversos servicios que proporcionan a las
mujeres de bajos recursos”. Respecto a los colectivos, plantea que “están inte-
grados en su mayoría por voluntarias, y ocasionalmente por estructuras de
organización más informales, con costos de operación bajos y con acciones
(no ‘proyectos’) que persiguen metas u objetivos coyunturales menos específi-
cos” (p. 111-112).

112
Capítulo II. Delineando el campo de acción

ideales tiende a reducir la complejidad del campo feminista. Sin em-


bargo, nuestro uso de estas categorías tiene un sentido heurístico,
para ejemplificar tendencias y diferencias que consideramos signifi-
cativas para caracterizar el quehacer feminista contemporáneo.

Los colectivos, las coordinadoras, las ONG y los medios de co-


municación, son organizaciones que aparecen como una continui-
dad de las estructuras organizativas de este campo de acción en la
década de los ochenta. Las redes, si bien nacen a fines de los ochenta,
alcanzan su mayor visibilidad y reconocimiento en los noventa, mien-
tras que los programas de género emergen como nuevas formas or-
ganizativas en el período postransición.

El análisis que se presenta en esta sección, está basado en aquellas


organizaciones que las propias entrevistadas identifican como parte
del campo de acción feminista. De este modo, no es un catastro de
organizaciones, sino que una muestra de aquellas instancias colecti-
vas donde han participado las propias entrevistadas.

Como se aprecia en el siguiente gráfico, una parte importante de


las 86 mujeres entrevistadas pertenece o ha pertenecido a Colectivos
feministas (32%) y a ONG (28%). Le siguen en importancia las Redes
(18%) y las Coordinadoras (12%). Debido a su alta especialización,
los Programas de Estudios de Género y los Medios de comunicación
son ámbitos más acotados en términos de participación.

Participación de las entrevistadas en los distintos


tipos de organizaciones
6% 4% 12%
18%

32%

28%

113
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Las estructuras organizativas antes señaladas, se encuentran pre-


sentes en mayor o menor grado en las tres ciudades estudiadas, aun-
que hay diferencias notables en cuanto al número y diversidad de
ellas. A continuación se presenta una visión general (no exhaustiva)
de las organizaciones feministas en cada una de las tres ciudades estu-
diadas que permite un acercamiento importante a la composición de
4
los distintos campos feministas.

1.1. Estructuras organizativas de la ciudad de Santiago

Entre las tres ciudades estudiadas, Santiago cuenta con el mayor


número y diversidad de organizaciones, tanto en los años ochenta
como en el período postransición. Aquí encontramos colectivos de
las distintas corrientes e identidades (autónomas, populares, de mu-
jeres jóvenes, de mujeres lesbianas) y la mayor cantidad de ONG
feministas y programas de género. Es también donde se crean los
medios de comunicación feministas de la década que alcanzan mayor
continuidad y donde se localizan las coordinaciones de las redes na-
cionales y latinoamericanas asentadas en Chile.

En relación con los colectivos, desde 1990 en adelante surgen


muchos más colectivos feministas que en la década anterior. Mien-
tras en los ochenta registramos cinco organizaciones de este tipo –de
las cuales dos se mantienen en los noventa (Belén de Sárraga y la
Colectiva Lésbica Ayuquelén)– en los años noventa, especialmente
en la primera mitad, se crean al menos otros doce nuevos colectivos.
Dichos colectivos son: Ovarias; Albórbola; Movimiento Feminista
Popular; Colectivo Malhuén de Lo Hermida; Capacitar; Grupo de
Mujeres del MOVILH; COM; Colectiva Agridulce, Coordinadora

4
Este panorama se elaboró basándose en la información obtenida en las entre-
vistas, además de otros antecedentes recogidos principalmente de las siguien-
tes publicaciones: Gaviola, Largo y Palestro (1994); Lidid y Maldonado (1997)
y los periódicos Marea Alta y Puntada con Hilo.

114
Capítulo II. Delineando el campo de acción

Lilith; Colectivo Lilith; Colectivo Bajo Sospecha y Colectivo Las


Clorindas.

En general, la vida de estos colectivos se extiende entre dos a


cuatro años, con algunas excepciones (Ayuquelén, Malhuén de Lo
Hermida y Capacitar que permanecen entre quince y ocho años).

Respecto de las coordinaciones, a inicios de la década se crea la


Iniciativa Feminista (1991-94) que muchas entrevistadas consideran
como una continuación de lo que fue el Movimiento Feminista en
los ochenta. En el año 1996 se forma la Tertulia Feminista, que tuvo
una corta vida y no alcanzó a tener una presencia significativa dentro
del campo de acción. Paralelamente, se crea el Movimiento Autóno-
mo, el que posteriormente se transforma en los colectivos Movimiento
Autónomo Feminista y el Movimiento de Mujeres Feministas Autó-
nomas.

En el caso de las ONG, las que se crearon durante la década de


los ochenta alcanzan una continuidad importante ya que todas ellas
permanecen durante los noventa (CEM, La Morada, Domos, Insti-
tuto de la Mujer). Además, en esta década se crean nuevas institucio-
nes que mayoritariamente también se mantienen activas a lo largo de
5
toda la década (MEMCH, Cedem, Con-spirando y Comusams).

En cuanto a las redes, la mayoría se crea a mediados de los ochenta


y principios de los noventa y se mantienen activas durante toda la
década. Es el caso de la Red de Salud de las Mujeres de América
Latina y el Caribe, creada a mediados de los ochenta; el Foro Abierto
de Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos (1989); la Red Femi-
nista Latinoamericana y del Caribe Contra la Violencia Doméstica y
Sexual (1990) cuya sede central de información y comunicación es
ISIS Internacional, ubicada en Chile; y por último, la Red Chilena
contra la Violencia Doméstica y Sexual (1991).

5
Solo dos ONG creadas en los noventa desaparecen: Lisu y Ridem.

115
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Después del cambio de régimen, en el país comienza un proceso


de apertura de las instituciones de educación superior, lo que permite
la creación de cuatro programas de estudios de género en Santiago.
Dos de ellos en la Universidad de Chile (Facultad de Humanidades y
Facultad de Ciencias Sociales), uno en la Universidad de Santiago y
6
el cuarto en la Academia de Humanismo Cristiano.

En cuanto a medios de comunicación, ya a comienzo de los ochen-


ta es posible advertir el surgimiento de una serie de medios escritos.
En 1984, la revista Fempress, creada en 1981 al alero de ILET, se
asienta en Chile manteniéndose con una periodicidad mensual hasta
diciembre del 2000. Ese mismo año (1984) se instala también en
Santiago el Servicio de Información y Comunicación de las Mujeres,
ISIS Internacional. Ya en los noventa, se crea la revista Con-spirando,
el periódico Marea Alta (1991-94) al que le sigue el periódico Punta-
da con Hilo (1994-97). Junto con estos medios de prensa escrita,
surge Radio Tierra, emisora feminista cuyas transmisiones comien-
zan en 1991.

1.2. Estructuras organizativas de la ciudad de Valparaíso

En Valparaíso, la densidad organizativa es mucho menor que en


las otras ciudades y menor también en el período actual de lo que fue
en los años ochenta. A inicios de la década del noventa, se crean
cuatro colectivos: Julieta Kirkwood, Jóvenas Socialistas, Mala Fe y
Una más Una. Sin embargo, estas agrupaciones desaparecen luego de
un par de años. En la segunda mitad de la década solo constatamos la
existencia de un colectivo, Kaleidas, compuesto por feministas vin-
culadas a la Casa de la Mujer de Valparaíso, quienes habían participa-
do previamente en algunos de los colectivos mencionados.

6
Además, han existido otras iniciativas docentes y de investigación sobre géne-
ro, con diferentes niveles de formalidad y éxito, en las Facultades de Letras e
Historia de la Universidad Católica, en la Universidad Bolivariana y en la
Universidad Raúl Silva Henríquez (ex-Blas Cañas).

116
Capítulo II. Delineando el campo de acción

En 1993, se creó también la Coordinadora Feminista de la V


Región, instancia que se propuso la articulación de las organizacio-
nes feministas existentes en la zona con miras a lograr una mayor
visibilidad pública. Se mantiene activa hasta 1995.

En cuanto a las ONG feministas, en los noventa no se crean


nuevas instituciones, manteniéndose dos que se habían creado a me-
diados de los años ochenta: la Casa de la Mujer de Valparaíso y la
filial de la ONG santiaguina El Telar, esta última vigente hasta el año
2000.

Por otra parte, en relación con los programas de estudios de gé-


nero, en 1998 se crea la Comisión de Estudios de Género de la Uni-
versidad de Playa Ancha, y en otras universidades de la región se
desarrollan cursos que incorporan un enfoque de género. Es el caso
de la Universidad Católica de Valparaíso (Facultad de Literatura).

Finalmente, en lo que se refiere a redes, la Casa de la Mujer de


Valparaíso forma parte de la Red Chilena contra la Violencia y del
Foro Abierto de Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos, tenien-
do en esta última red una activa participación las organizaciones de la
región.

1.3. Estructuras organizativas de la ciudad de Concepción

En la ciudad de Concepción, la densidad organizativa también


es menor que en Santiago, aunque mayor que en Valparaíso. En los
años ochenta se registran pocas organizaciones explícitamente femi-
nistas, solo la Casa de los Colores (1986) y dos pequeños colectivos
de breve existencia. En los noventa, en cambio, se crean un total de
diez colectivos, seis en la primera mitad de la década y cuatro en la
segunda. Estos colectivos son: Küyen Domo; Lesbianas en Acción;
Murciélagas Mutantes; Grupo Literario Mujer; Colectivo Feminista
de Concepción; Colectivo Lilith; Colectiva Estrella de Mar; Grupo
de Mujeres de Izquierda; Libertinas S.A. y Al Borde.

117
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

La mayor parte de estos colectivos desaparece luego de un par de


años, permaneciendo al momento de recopilar nuestra información
la Colectiva Estrella de Mar (1996), Libertinas S.A. (1997), Al Borde
(1998) y la Casa de los Colores.

En cuanto a las ONG, existe el Instituto de la Mujer de Concep-


ción (1988) y Pachamama (1991) creada en la cercana ciudad de
Coronel. Ambas ONG, junto a otras organizaciones, forman parte
de las redes nacionales. En 1995 se crea el ‘Punto Focal para el proce-
so de Beijing’, organización que también puede concebirse como una
red regional en la medida en que convoca a ONG, organizaciones y
mujeres (feministas y no feministas) y que permanece durante todo
el resto de la década.

Por último, en la Universidad de Concepción se constituye, en


1991, el primer Programa de Estudios de Género de las universida-
des chilenas, cuya actividad docente y de investigación continúa has-
ta hoy.

2. Caracterización de las estructuras organizativas

2.1. Los colectivos feministas en los noventa: la expresión de la


diversidad

Los colectivos constituyen un componente esencial de la estructu-


ra organizativa del campo de acción feminista. Es a través de la
creación de este tipo de instancias, cuyo objetivo principal es ge-
nerar una conciencia feminista, que se da inicio a la segunda ola
del feminismo. En los años noventa, el número de colectivos au-
menta considerablemente, elevándose también su heterogeneidad,
diversidad ideológica, orgánica e identitaria. Junto con ello, son
las estructuras organizativas que concentran el mayor porcentaje
de participación de las entrevistadas (32%).

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118
Capítulo II. Delineando el campo de acción

a. Estructura interna

Los colectivos que emergen en los años noventa son en general


grupos pequeños, con diez integrantes en promedio, constituyendo
una excepción los casos de la Colectiva Lésbica Ayuquelén de Santia-
go, que contó en algunos momentos con alrededor de 30 integrantes
y el Colectivo Feminista de Concepción, que llegó a tener unas 20
integrantes.

En las tres ciudades estudiadas los colectivos presentan una es-


tructura bastante similar, siendo definida por sus integrantes como
“horizontal”, sin directivas o jerarquías formales, con una división de
funciones basada en la realización de tareas concretas, de acuerdo a
las habilidades y/o posibilidades de sus integrantes. La periodicidad
de sus reuniones y actividades está condicionada por las posibilida-
des de sus integrantes. Otra característica común es que no poseen
7
personalidad jurídica.

En este sentido, ninguno de los grupos o colectivos surgidos en


la década de los noventa cuenta con financiamientos externos esta-

7
Una excepción la constituye el Colectivo Malhuén, que obtuvo personalidad
jurídica para postular al financiamiento de proyectos locales.

119
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

bles. Nuestras entrevistadas señalan que cuando han conseguido apoyo


financiero, lo han obtenido en función de actividades específicas como
la realización de encuentros, publicaciones, participación en eventos
o conferencias. Ello no parece casual, puesto que todos estos grupos,
independiente de la corriente a que adscriban o la identidad que po-
sean, han optado por enfatizar la movilización política o la reflexión
y no la lógica de proyectos. De la misma forma, defienden con énfa-
sis su autonomía de agencias estatales, financieras u otros organis-
mos. Así, el funcionamiento cotidiano se rige por el autofinancia-
miento, donde cada una de las integrantes aporta los recursos necesa-
rios: humanos, financieros, materiales.

Como hemos planteado en el capítulo anterior, el funcionamiento


interno de las organizaciones ha sido un tema relevante en el campo
de acción feminista chileno. A través de él se busca expresar un dis-
curso disruptivo que se conjugue con una práctica que contribuya a
la emancipación anhelada. Ya en los años ochenta, la primera organi-
zación explícitamente feminista, el Círculo de Estudios de la Mujer,
se planteaba este tema y buscaba formas de romper la estructura je-
rárquica asociada a la forma patriarcal de actuar colectivamente, in-
tentando resolver la supuesta dicotomía entre participación y eficien-
cia (Bravo y otras 1986, p. 27).

Estos rasgos coinciden con la forma de organización más co-


múnmente adoptada por las feministas latinoamericanas a inicios de
la segunda ola, descrita por Heilborn y Arruda (1995):

La descentralización [del movimiento] se vio expresada en la re-


presentación y participación directa y equitativa, en la no mono-
polización de la palabra hablada o de la información, en la rota-
ción de las tareas ocasionales y de las responsabilidades, en la no
especialización de funciones y en la no delegación del poder. En
resumen, el horizontalismo de la organización fue celebrado como
la perfecta encarnación de los principios de organización de la
democracia radical (p. 20, citada por Alvarez, 1998).

De acuerdo con nuestras entrevistadas, las decisiones en sus co-

120
Capítulo II. Delineando el campo de acción

lectivos se toman por consenso en asamblea, donde se discuten los


temas y se privilegia el llegar a acuerdos por sobre otras estrategias
como la votación. Se reconoce la existencia de liderazgos, que no
necesariamente están asociados a cargos o funciones, los cuales pue-
den ser más bien carismáticos u obedecer al mayor conocimiento o
experiencia de algunas de las integrantes. Se intenta, aunque no siem-
pre con éxito, que los liderazgos individuales no lleguen a sobrepasar
a las organizaciones.

No tenemos estructuras. Tenemos liderazgos, personalidades más


fuertes que otras, pero todas somos muy opinantes y no hay pro-
blemas en estar en desacuerdo. Para las decisiones se trata de lle-
gar a acuerdos colectivos, si no se acata lo que piensa la mayoría.
Hay espacios para la iniciativa personal, para tomarse la palabra
respecto al colectivo. (Testimonio de una mujer de 30 años, inte-
grante de un colectivo de Valparaíso)

b. Relaciones externas

La mayor parte de los vínculos que establecen los colectivos se


desarrollan dentro del campo de acción feminista para actividades
tales como manifestaciones públicas, instancias de reflexión y deba-
te, entre otras. Como es de suponer, las relaciones más permanentes
y de mayor intensidad se producen entre agrupaciones de igual iden-
tidad (colectivos jóvenes con jóvenes, autónomas con autónomas,
grupos lésbicos con otros equivalentes), aunque también se presen-
tan vínculos estables entre los colectivos y ONG más relevantes de
cada ciudad.

Se constatan también relaciones más o menos significativas entre


estos colectivos y organizaciones del movimiento feminista latino-
americano. No obstante, dichas relaciones se concentran principal-
mente en la capital, y muy secundariamente en la ciudad de Concep-
ción.

A diferencia de lo que ocurría en los años ochenta, donde la


lucha contra la dictadura generó un alto grado de coordinación, con-

121
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

vocatoria, comunicación y lazos horizontales entre diversos actores


de la sociedad civil, y entre ellos y los actores políticos, en los noventa
este tipo de relaciones transversales son mucho menos frecuentes.
Una expresión de ello se aprecia entre las organizaciones feministas,
por lo que su aparente aislamiento no necesariamente debe ser en-
tendido como una carencia de estas organizaciones.

Sin perjuicio de ello, es posible observar diferencias en el nivel y


tipo de vínculos que los colectivos establecen con otros actores socia-
les y políticos en las distintas ciudades estudiadas. En efecto, la ma-
yor densidad de vínculos fuera del campo feminista se registran en la
ciudad de Valparaíso, donde se establecen relaciones con organiza-
ciones universitarias, poblacionales, políticas y ONG. Ello estaría
indicando que las estrategias y opciones de las propias feministas tam-
bién inciden en la trama de relaciones externas que logran generar.

Otra característica que difiere de la década anterior es la ausencia


de vinculaciones con partidos políticos. Aun cuando algunas de las
integrantes de estos colectivos pueden militar en ellos, no se estable-
cen relaciones formales con los partidos, ni se crean colectivos femi-
nistas al interior de los partidos, ni colectivos con una identidad par-
tidaria explícita. Una excepción de esta tendencia, no obstante, es el
caso de las Jóvenas Socialistas, colectivo de Valparaíso que se forma a
inicios de la década.

c. Objetivos y repertorios de acción

El principal objetivo que orienta el quehacer de los colectivos, es


la reflexión y la generación de espacios de sociabilidad y fortaleci-
miento de una identidad feminista. En forma secundaria se propo-
nen incidir y actuar en la esfera pública.

Al analizar los objetivos y repertorios de acción de los colectivos


de las distintas ciudades, es posible constatar algunas diferencias in-
teresantes entre ellos. Así por ejemplo, los colectivos de Valparaíso se
plantean incidir en el ámbito público y reflexionar sobre la coyuntura

122
Capítulo II. Delineando el campo de acción

sociopolítica del país, mientras que los colectivos de la ciudad de


Concepción tienen en su mayoría, un carácter más bien cultural vin-
8
culado a la creación artística.

De acuerdo con esta distinción, las Jóvenas Socialistas de Valpa-


raíso se propusieron modificar las estructuras de poder y generar li-
derazgos feministas al interior del Partido Socialista; Mala Fe se plan-
teó como un grupo de acción política que reflexionaba acerca de la
coyuntura del país; mientras que Una más Una se propuso vincular
el feminismo con el socialismo como ideología política. En Concep-
ción, en cambio, el grupo Murciélagas Mutantes se definió a sí mis-
mo como un espacio para la creación cultural de las mujeres; el Gru-
po Literario Mujer, se planteó crear una publicación feminista; Estre-
lla de Mar se propuso, entre otras cosas, el rescate de la historia de las
mujeres, mientras que la Casa de los Colores optó por la reflexión y
creación feminista.

En el caso de Santiago, la mayor cantidad y diversidad de orien-


taciones que define a los colectivos dificulta caracterizarlos en su to-
talidad, ya que los objetivos estratégicos de ellos varían considerable-
mente según las diversas identidades y propuestas.

Como se discutió en el capítulo anterior, este proceso de diversi-


ficación y diferenciación identitaria (popular, lésbica, autónoma, y
generacional), representa una de las características más significativas
del campo de acción feminista en los años noventa, tanto en Chile
como en el resto de América Latina. Esto se evidencia ya en el V
Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (1990) donde se
señala que las feministas “desde diferentes ángulos y temas, desde
diferentes espacios, desde diferentes culturas [buscan] ser interlocu-
toras válidas del feminismo hacia el conjunto de la sociedad” (Vargas
1994, pp. 61-62).

8
Esto no significa que no existan colectivos que se planteen otros objetivos,
como el Colectivo Al Borde que se propone lograr una mayor incidencia en el
espacio público.

123
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

En cuanto a la diversidad identitaria, los colectivos que adscri-


ben a la corriente autónoma se han planteado el objetivo de generar
un movimiento feminista independiente de los partidos políticos, las
instituciones estatales, ONG y las agencias financistas. Su estrategia
ha sido la vinculación con organizaciones y mujeres de posturas simi-
lares, explicitando las diferencias y distanciándose de quienes consi-
deran posible incidir en las instituciones públicas. El tipo de activi-
dades que realizan, además de la reflexión y debate, son acciones de
protesta pública.

Los colectivos de feministas populares definen su identidad por


su pertenencia de clase. Sus objetivos se orientan a la generación de
una conciencia de género y de clase, vinculando ambos conceptos
para, a partir de ahí, avanzar en el cambio en sus condiciones de vida.
Sus estrategias son de carácter interno, en cuanto están orientadas al
trabajo con otras mujeres de sectores populares: formación a través
de talleres y jornadas de concientización, así como vinculación y alianza
con otras feministas. La visibilidad pública, sin embargo, no es cen-
tral en sus objetivos estratégicos.

Por su parte, los colectivos de feministas jóvenes surgen de la


necesidad de conformar espacios de reflexión y actuación política
feminista de mujeres que recién se incorporan a este campo de acción
y que comparten una identidad generacional. Los objetivos que los
orientan tienden a combinar aquellos destinados a promover la re-
flexión interna y el fortalecimiento de la organización con la inciden-
cia pública. Se conciben como espacios de autoformación, aunque
también buscan articulación con feministas de distintas generacio-
nes. También desarrollan actividades esporádicas de denuncia pública.
9
Respecto de los colectivos lésbicos incluidos en nuestro estudio,
podemos comprobar que estos se plantean principalmente como

9
En Santiago, Ayuquelén, Mujeres del Movimiento de Liberación Homosexual,
Centro de Orientación de Mujeres-COM y Punto G. Y en Concepción, Les-
bianas en Acción.

124
Capítulo II. Delineando el campo de acción

espacios de encuentro para mujeres lesbianas, y de reflexión sobre el


feminismo y la opción sexual.

d. Trayectoria organizativa

A continuación se presenta la trayectoria de un colectivo que


permite ilustrar las características más importantes de este tipo de
estructura organizativa.
10
Colectivo Las Clorindas (Santiago)

En 1998, a su regreso del I Encuentro Latinoamericano Femi-


nista Autónomo, realizado en Sorata, Bolivia, un grupo de chilenas
forman el Colectivo Las Clorindas. Este grupo está compuesto por
12 mujeres de diversas procedencias sociales, niveles educacionales y
edades: pobladoras, mapuches, anarco-feministas, estudiantes y pro-
fesionales. En cuanto a su organización interna, señalan: “no hay es-
tructura, la igualdad está ante todo. Las decisiones se toman en asam-
bleas. Cada una tiene cuotas de autonomía frente a ciertas decisio-
nes. Hay ciertas especializaciones, aunque tratamos que no se anqui-
losen y no se prolonguen en el tiempo (como escribir y hablar en
público). Hay personalidades más fuertes y niveles de compromiso
también diferentes”.

No tienen financiamiento externo, funcionan a través de a la


autogestión: “Hacemos actividades financieras ... realizamos un cu-
ranto, ponemos cuotas también, cotizamos quinientos pesos cada una,
igual de repente debemos plata si se nos acumulan, y aportando de
repente todas, si se necesita material, una lleva cartulina, la otra plu-
mones, la otra pintura, la otra un pedazo de género, la autogestión
misma”.

Uno de los objetivos de este Colectivo es “construir movimiento

10
Esta descripción está basada en las entrevistas a Claudia Montero y Carena
Pérez, ambas integrantes activas de la organización desde su creación.

125
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

feminista autónomo” promoviendo “la educación y la denuncia. En


esa perspectiva hemos participado y realizado varias actividades. He-
mos organizado coyunturas de apoyo a las presas políticas, organiza-
mos hace poco este Aquelarre para discutir acerca de los derechos
humanos, estuvimos analizando los contenidos y los impactos de este
acuerdo de la Mesa de Diálogo”.

Han participado también en acciones por la despenalización del


aborto, organizado actividades para los 8 de marzo, realizado foros
periódicos de discusión convocando a distintas feministas, entre otras
actividades.

Otorgan gran importancia a las relaciones con otros actores en la


sociedad civil, y en este sentido mencionan sus vinculaciones con
otros colectivos de Santiago y Valparaíso (Bajo Sospecha y Kaleidas),
con feministas populares (Colectivo Malhuén) y con feministas in-
dependientes. Fuera del campo de acción feminista, se relacionan
con grupos de trabajadoras sexuales, de ex presas políticas (Agrupa-
ción Metropolitana), objetores/as de conciencia (Nica con Unifor-
me), organizaciones mapuches (Meli Wixan Mapu) y organizaciones
de derechos humanos (Agrupación de Familiares de Detenidos Des-
aparecidos).

2.2. Coordinadoras feministas y su intento


de visibilidad pública

Las coordinadoras son un tipo de estructura organizativa de fuerte


presencia en los años ochenta, donde jugaron un papel relevante en
la consolidación de un movimiento amplio de mujeres y en el accio-
nar del movimiento opositor en general. Su rasgo fundamental es la
11
promoción de la articulación y movilización política.

En los años noventa, en especial en la primera mitad de la década,

11
Ejemplo de estas organizaciones en los ochenta son Momupo, MEMCH 83,
Mujeres por la Vida y el ‘Movimiento Feminista’.

126
Capítulo II. Delineando el campo de acción

tales organizaciones se recrean, si bien con objetivos y estrategias sig-


nificativamente distintos a las anteriores. Es el caso de la Iniciativa
Feminista, el Movimiento Feminista Autónomo, la Coordinadora
Lésbica Ama-Zonas, todas en Santiago, y la Coordinadora Feminista
de la V Región.

a. Estructura interna

Las coordinadoras se caracterizan por su énfasis en la moviliza-


ción política y el desarrollo de estrategias de incidencia en la esfera
pública. Reúnen además a un número importante de mujeres que
participan tanto en forma individual como en ‘representación’ de
organizaciones de base (colectivos, por ejemplo).

En su mayoría, tienen una capacidad de convocatoria mucho


mayor que otro tipo de organizaciones feministas. En los años no-
venta cada coordinadora incorporaba, en promedio, treinta mujeres
o más, con la excepción de la Coordinadora Feminista de la V Re-
gión que tuvo aproximadamente 15 integrantes. Si bien no tienen
una estructura jerárquica, generalmente cuentan con una o más mu-
jeres que asumen el papel de ‘coordinadora’ de las actividades de la
organización, con un carácter más operativo que político. Las deci-
siones respecto a los objetivos, lineamientos y acciones centrales de la
organización se toman en asamblea.

No cuentan con financiamiento externo estable y cuando consi-


guen apoyos externos es para la realización de actividades puntuales,
como el I Encuentro Nacional Feminista en el caso de la Iniciativa
Feminista.

b. Relaciones externas

Por la manera misma en que están estructuradas, las coordinado-


ras cuentan con una amplia gama de vínculos dentro del campo de
acción feminista. En la ciudad generalmente se relacionan con la mayor
parte de los grupos y organizaciones existentes, y a nivel nacional,

127
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

establecen vínculos con otras coordinadoras y organizaciones. Tam-


bién mantienen vínculos con grupos y mujeres en otros países en
América Latina, aun cuando los mayores vínculos con feministas de
otros países se concentran en las coordinadoras de la ciudad de San-
tiago.

En cuanto a los vínculos con otras organizaciones de la sociedad


civil, ellos son escasos, aspecto que marca una de las diferencias más
significativas en relación con sus antecesoras en la década anterior.
Como ya ha sido manifestado, las transformaciones en el contexto
político postransición produjo un debilitamiento de los vínculos en-
tre diversos actores de la sociedad civil. Sin embargo, paralelo a estas
restricciones que impone la estructura de oportunidades, ocurre un
proceso interno al campo feminista orientado a la construcción de
una esfera de acción movimientista propia que cobra especial rele-
vancia durante los primeros años de la década. Expresión de ello es
que la movilización política que se proponen las coordinadoras está
fundamentalmente orientada hacia el propio campo de acción, hacia
otras feministas y sus respectivas organizaciones.

c. Objetivos y repertorios de acción

El objetivo principal es la coordinación y articulación de las di-


versas instancias que componen el campo de acción feminista, con
miras a aglutinar esfuerzos para lograr un mayor impacto en la esfera
pública (en la política, la cultura y en la sociedad). Buscan también
discutir lineamientos y posturas políticas feministas.

En general, estas organizaciones han tenido una corta vida, inci-


diendo en su desarticulación los cambios en el entorno político que
les diera origen; conflictos de liderazgo entre las personas y/u organi-
zaciones que las componen; y la superposición entre los objetivos de
la Coordinadora y de las organizaciones participantes. Ejemplo de
ello es lo sucedido con la Coordinadora Feminista de la V Región,
cuyas integrantes poco a poco comenzaron a sentir que la participa-
ción en esta instancia les significaba demasiado trabajo y dedicación

128
Capítulo II. Delineando el campo de acción

de tiempo, impidiéndoles realizar las actividades de sus propios co-


lectivos; y generaba una tensión al momento de presentarse en el
espacio público como Coordinadora o mantener la identidad de los
colectivos.

La Coordinadora Feminista chupa a los grupos, chupa a los colec-


tivos ... siempre había algo raro en el sentido de lo que fue la
Coordinadora porque todas convocábamos como Coordinadora,
pero generalmente se le cargaba más la mata al grupo más organi-
zado, aunque se intentaba distribuir tareas y roles ... entonces hubo
siempre un proceso entre guardar la identidad del grupo, del co-
lectivo feminista de base y ver qué es lo que era la Coordinadora.
(Testimonio de una mujer de 39 años entrevistada en Valparaíso)

d. Trayectoria organizativa

La reconstrucción de la trayectoria seguida por una de las coor-


dinadoras constituida a comienzos de la década de los noventa, per-
mite entender mejor los rasgos más relevantes de esta estructura.
12
Iniciativa Feminista

A fines del año 1990, las mujeres chilenas que participaron en el


V Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (San Bernar-
do, Argentina) convocan a conformar la Iniciativa Feminista con el
objetivo inicial de realizar el I Encuentro Nacional Feminista. Esta
organización estuvo compuesta por aproximadamente 40 mujeres
provenientes de sectores medios y populares, de organizaciones de
base y ONG.
12
Esta descripción se basa en las entrevistas a Isabel Cárcamo y Alejandra Val-
dés, integrantes activas desde la creación de esta organización hasta su térmi-
no; y también Ana Cáceres, integrante activa durante el primer período. Ale-
jandra fue parte de la Comisión Organizadora del I Encuentro Nacional Fe-
minista y una de las responsables de la publicación de sus resultados. Isabel
fue la candidata a diputada que presentó la Iniciativa Feminista en 1993. Se
consultó además la “Memoria del I Encuentro Nacional Feminista. Primave-
ra 91”, publicada por esta organización en 1993.

129
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Previo a la realización del Encuentro, la Iniciativa organizó pe-


riódicamente foros-encuentros de discusión y reflexión y luego del
evento se conforma un grupo coordinador compuesto por cinco
mujeres, elegidas por votación en asamblea.

Las decisiones en la Iniciativa se tomaban en asamblea; en cuan-


to al financiamiento, desde un comienzo tuvieron una opción explí-
cita por la independencia, lo que implicaba generar políticas de auto-
financiamiento (Memoria del I Encuentro, p. 51). En ese sentido, las
integrantes de la Iniciativa hacían aportes, principalmente a través
del pago de cuotas. Sin perjuicio de ello, consiguieron financiamien-
to externo para la realización del Encuentro. Al respecto, una de sus
integrantes señala: “Existía la lógica de que el movimiento se finan-
ciara fundamentalmente solo … la idea era no depender de aportes”.

La Iniciativa realizó un esfuerzo permanente por vincularse con


una diversidad de grupos de mujeres. Como relata una de sus inte-
grantes: “Hicimos el esfuerzo de vincularnos absolutamente con to-
dos los grupos existentes, la idea era incorporar absolutamente a to-
das las mujeres, a todos los grupos de mujeres de esa época, poblado-
ras, ONG, jóvenes, las regiones, hubo participación creo que de to-
das las personas del país”.

Al mismo tiempo, mantenían vínculos con feministas a lo largo


de América Latina, y con otras organizaciones de la sociedad civil,
como algunas relacionadas al movimiento homosexual y al ecologis-
mo, y con algunas diputadas de la época (una de ellas asistió al I
Encuentro). No mantenía vínculos con partidos políticos.

Si bien esta coordinadora se planteó como propósito inicial la


realización de un encuentro nacional feminista, tras ello estaba tam-
bién el objetivo más amplio de abrir espacios y desarrollar estrategias
tendientes a fortalecer el feminismo como movimiento social y cons-
truir una propuesta feminista de mayor autonomía respecto de los
partidos políticos y de otras organizaciones de mujeres que no se
definían como feministas. Buscaba promover la articulación del

130
Capítulo II. Delineando el campo de acción

feminismo en Santiago y regiones, así como “tener influencia políti-


ca desde un espacio social, … generar un espacio de visibilidad polí-
tica, … un espacio distinto, que pudiera generar intervenciones cul-
turales”. En este segundo objetivo se enmarca el impulso de una can-
didatura feminista para las elecciones parlamentarias de 1993, que
aunque no llegó a inscribirse, marcó un hito para el feminismo en el
país.

La Iniciativa Feminista desaparece como coordinadora a media-


dos de 1994. En ello incidieron las distintas posturas que tenían sus
integrantes respecto a la relación con el gobierno y la Concertación:
“Desde el comienzo se notan las diferencias, el 8 de marzo del 92 por
ejemplo, recuerdo una discusión no violenta, pero fuerte porque el
MEMCH que organizaba en esa oportunidad el Encuentro, estaba
como muy en entendimiento con la Concertación o con el gobierno.
Se organizó aquí detrás de la Estación Mapocho. Ese Encuentro, debe
haber sido en el 93 porque ya estaba definida la campaña y, por ejem-
plo, en esa oportunidad [algunas] no querían que nosotros participá-
ramos como Iniciativa”.

La misma estrategia electoral acentuó estas diferencias y desató


conflictos en torno a definiciones estratégicas respecto de lo que de-
bía ser el rol y objetivos de la Iniciativa. Junto con ello, estos conflic-
tos tienden a personalizarse produciéndose poco a poco un distancia-
miento entre las distintas integrantes de la coordinadora.

2.3. ONG: de la concientización a la construcción de agendas

Desde mediados de los años setenta, en Chile comienzan a crear-


se diferentes organismos no gubernamentales. En un contexto social,
económico y político donde se restringen las formas tradicionales de
participación y asociación, e importantes sectores de la población del
país tienen dificultades para dar satisfacción a sus necesidades bási-
cas; surgieron nuevas estructuras organizativas. En los años ochenta,
las ONG proliferan en el país, algunas comienzan a desarrollar pro-
gramas de acción y/o investigación dirigidos a las mujeres y se crean

131
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

además ONG de y para mujeres. Estas últimas llegan a cubrir una


amplia gama de actividades, como la generación de conocimiento,
capacitación, formación, difusión, prestación de servicios, entre otras
(Arteaga y Largo 1989).

La creación de este tipo de organizaciones al interior del campo


de acción feminista, es prácticamente paralela a la constitución de los
primeros colectivos feministas de la segunda ola –el Centro de Estu-
dios de la Mujer y Casa de la Mujer La Morada se forman en 1984
como una extensión del Círculo de Estudios de la Mujer–; y durante
la década de los noventa surgen nuevas ONG, tanto en Santiago
(once) como en Valparaíso (dos) y en Concepción (dos).

a. Estructura interna

Las ONG de mujeres están conformadas por mujeres mayorita-


riamente feministas, aunque esta identificación no es un requisito ni
producto de esta pertenencia. Las integrantes son en su mayoría pro-
fesionales de las ciencias sociales, muchas de ellas con experiencias de
exilio. Aunque desde un primer momento cuentan con personal pro-
fesional y asalariado, hay casos en los que se incorporan también vo-
luntarias. Sin embargo, esta práctica es muy reducida y con los años
la figura del voluntariado tiende a desaparecer, quedando entonces
una estructura de funcionarias contratadas en forma relativamente
estable.

Cuentan con personalidad jurídica, siendo en sus inicios, princi-


palmente sociedades de responsabilidad limitada compuestas por sus
fundadoras.

En cuanto a su estructura interna suelen definir áreas o líneas de


acción, en las cuales se insertan los distintos proyectos. Están com-
puestas por un equipo directivo, generalmente una directora y una
subdirectora. El equipo de profesionales y el personal administrativo
que trabaja tienen relaciones laborales que pueden ser de variado tipo:
contratos como trabajadoras dependientes o prestación de servicios

132
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

como trabajadoras independientes (sin seguridad social). Estas dife-


rencias en cuanto al tipo de contratación provoca tensiones entre
aquellas personas que ocupan los cargos directivos de la organización
y quienes son contratadas por proyectos. La estabilidad laboral no
está necesariamente asegurada y, por el contrario, a menudo depende
de la disponibilidad de la aprobación de proyectos específicos.

En la década de los noventa, muchas ONG se transforman pau-


latinamente en corporaciones o fundaciones, lo que en algunos casos
ha facilitado procesos de mayor transparencia y horizontalidad en la
toma de decisiones y el manejo de recursos. Junto con ello, ha impli-
cado ciertos cambios en la estructura descrita: se conforman directo-
rios con integrantes externos a la institución, generalmente vincula-
dos al campo feminista, y es en esta instancia, o en la asamblea, don-
de se toman las decisiones políticas, lineamientos y estrategias. Cuando
estas instancias no existen, tales decisiones son asumidas por las so-
cias, al igual que aquellas relativas al funcionamiento y dirección de
la organización. Las profesionales, por su parte, deciden sobre el con-
tenido y funcionamiento de los proyectos específicos, y su partici-
pación en las decisiones estratégicas varía dependiendo de la orga-
nización.

Cuentan con financiamiento externo proveniente principalmente


de organismos de cooperación internacional, el que por lo general se
otorga sobre la base de proyectos específicos y compromiso de metas
por cumplir.

El inicio de la transición a la democracia, junto a la mayor esta-


bilidad económica del país durante los años noventa, determinó que
la cooperación internacional disminuyera significativamente. Al mis-
mo tiempo, gran parte de esos aportes fueron centralizados en una
agencia gubernamental, a la vez que aumentaron las exigencias desde
las agencias cooperantes por demostrar el impacto obtenido por el
uso de los recursos entregados. Ello incidió en la desaparición paula-
tina de las ONG más pequeñas y dedicadas al trabajo directo con
mujeres, que tenían menos posibilidades de competir por el reducido

133
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

aporte internacional y mayores dificultades para demostrar el impac-


to de sus acciones (Barrig 1997).

Este nuevo contexto ha implicado también la necesidad de ma-


yor especialización y profesionalización del saber hacer o experticia
de las ONG, lo cual ha contribuido a acentuar las diferencias entre
las ONG grandes y las pequeñas en la medida en que estas últimas
cuentan con menos recursos técnicos, haciendo más difícil su adap-
tación al nuevo contexto (ibíd.).

A medida que las ONG alcanzaban las experticias requeridas por


el nuevo contexto político, y frente a la disminución de los recursos
provenientes de la cooperación internacional, comienzan creciente-
mente a relacionarse con el Estado, participando en licitaciones para
realizar consultorías, tales como la elaboración de estudios o la ejecu-
13
ción directa de programas sociales (o parte de ellos).

La combinación de estos procesos ha incidido fuertemente en el


funcionamiento y en las estrategias de acción de estas organizaciones
durante los noventa. En la medida en que sus acciones se rigen por
los tiempos y requisitos de proyectos con objetivos, plazos y resulta-
dos previamente definidos, la capacidad para movilizarse o actuar en
función de situaciones coyunturales es mucho menor (por importan-
te que estas sean para los objetivos de la organización).

Esta lógica impone una serie de desafíos en la relación de estos


organismos con sus ‘bases’ o ‘usuarias’. El llevar a cabo un proyecto
en los plazos estipulados, que pueda dar cuenta de resultados ‘con-
cretos’ (entregar informes, cuantificar impacto), constriñe significa-
tivamente la posibilidad de que las mujeres a quienes estos proyectos
están dirigidos puedan incidir o participar en su diseño, ejecución y
evaluación. La ‘lógica de proyectos’ es diametralmente opuesta a la
generación de acciones de más largo plazo orientadas a acompañar

13
Autoras que han analizado este tema son Maruja Barrig, (1997), Verónica
Schild (1998), Sonia Alvarez (1999; 2000 y 2003).

134
Capítulo II. Delineando el campo de acción

procesos de desarrollo (personal y colectivo) que son difíciles de cuan-


tificar y/o describir (¿cómo determinar cuándo se ha conseguido pro-
mover una conciencia de género o feminista?, ¿cuándo termina un
proceso de empoderamiento?, ¿cómo cuantificar el impacto en des-
mantelar el sistema patriarcal?). Por último, la relación con el Estado
tensiona el carácter ‘no gubernamental’ de estos organismos y en oca-
siones provoca una pérdida de autonomía de los mismos.

Considerando estas transformaciones, es posible afirmar que al-


gunas ONG han transitado hacia lo que algunos autores definen como
grupo de interés, es decir, “grupos especializados en la representación
política. Tienen recursos suficientes, en concreto, acceso institucio-
nalizado, autoridad y experticia, lo que significa que, normalmente,
no se ven obligados a recurrir a la movilización de sus bases” (Kriesi
1999, p. 222) y que se caracterizan “por la importancia que desde
ellos se concede a la posibilidad de incidir en el mundo político”
(Rucht 1999, p. 266).

Sin embargo, estos cambios por sí solos no dan cuenta del rol
que estas organizaciones han cumplido dentro del campo de acción
feminista en este período. Como varias autoras han planteado, las
ONG han sido, sin lugar a dudas, “la institucionalidad del feminis-
mo” en América Latina, y las mujeres que las integraron una de “las
voces más articuladas y constantes en la difusión y activismo de las
ideas feministas” (Barrig 1997, p. 6). En este sentido, han constitui-
do oportunidades para el desarrollo del movimiento, otorgando esta-
bilidad, formando profesionales, acumulando conocimiento y ha-
ciendo visible el discurso feminista.

Sobre el papel que han jugado las ONG feministas, Sonia Alva-
rez (2000, 2003) plantea que ellas mantienen en la mayoría de los
países de la región un carácter híbrido en términos de su identidad y
pertenencia: política y profesional. Se sienten y funcionan al mismo
tiempo como parte de un movimiento social y político más amplio,
y se dedican a actividades estrictamente profesionales que se rigen
por las lógicas del mercado y políticas imperantes en cada país. Esta

135
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

identidad híbrida produce inevitablemente tensiones y confusión entre


la pertenencia y compromiso individual de las integrantes de estos
organismos con una plataforma feminista (como quiera que ella sea
entendida) y las responsabilidades y requisitos que impone una rela-
ción laboral e institucional.

Por último, es importante resaltar que el proceso que Alvarez


denomina onegización, y al que muchas de nuestras entrevistadas se
refieren, no ha significado –en el caso chileno– una conversión masi-
va de grupos de reflexión y/o movilización en instituciones más for-
males a las ONG. Como lo hemos mencionado, la mayoría de las
ONG nace como tal y paralelamente al surgimiento de colectivos,
coordinadoras y otro tipo de organizaciones. Lo que caracteriza más
bien a este período es el cambio en las estrategias de acción de las
ONG, desde la movilización al advocacy, con una creciente formali-
zación y profesionalización.

b. Relaciones externas

Las ONG mantienen una amplia gama de vínculos dentro del


campo de acción feminista, a escala regional, nacional e internacio-
nal, así como con otros actores de la sociedad civil.

En efecto, durante la década de los noventa se abren espacios en


la esfera transnacional para el feminismo latinoamericano en general
y chileno en particular. Esta es una década marcada por la realización
14
de Conferencias Mundiales las que ofrecieron a los movimientos
sociales, y por supuesto al feminista, la oportunidad de interactuar e
incidir en las agendas internacionales. La participación en estas con-
ferencias, en redes y en otras instancias internacionales ha permitido
ampliar y diversificar las relaciones de las ONG con otros actores:
organismos intergubernamentales, agencias de cooperación interna-

14
II Conferencia sobre Derechos Humanos, Viena 1993; Conferencia sobre
Población y Desarrollo, El Cairo 1994; Cumbre sobre Desarrollo Social, Di-
namarca 1995 y IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, China 1995.

136
Capítulo II. Delineando el campo de acción

cional y representantes estatales. Todo ello, ha contribuido a la confi-


guración de un movimiento feminista propiamente transnacional en
América Latina. A la inversa, y como ya lo hemos mencionado, las
ONG tienden a perder paulatinamente los vínculos que habían
mantenido con organizaciones de mujeres de base y con colectivos
feministas.

c. Objetivos y repertorios de acción

Los objetivos y estrategias de las ONG de los años ochenta y las


que se forman en los primeros años de la década, se dirigen funda-
mentalmente a generar y difundir conocimiento acerca de la situa-
ción de las mujeres, fortalecer su asociatividad, estimular la creación
de espacios para su accionar e incentivar procesos de crecimiento
personal y autoconciencia; todo ello por medio de actividades de for-
mación, capacitación, asesoría a organizaciones, entre otras.

De esta forma, las ONG en este período juegan un rol de van-


guardia en la denuncia de la situación de discriminación que viven
las mujeres en el país, lo que contribuyó posteriormente a la incorpo-
ración de temáticas de género en las agendas públicas.

En los años noventa, con el cambio del contexto sociopolítico


del país, cambia también la orientación de estas organizaciones. Las
ONG establecen relaciones con el Estado más en su calidad de ex-
pertos técnicos que de representantes políticos o actores de la socie-
dad civil, surgiendo desde ellos nuevas estrategias orientadas a influir
en el diseño e implementación de políticas públicas. Un hecho espe-
cialmente importante en este sentido es la creación del Servicio Na-
cional de la Mujer (1991) que ofrece a las feministas la posibilidad de
poner en práctica los conocimientos generados durante el período
anterior y de manera indirecta tener un impacto mucho mayor del
que se podría lograr solo con las acciones desarrolladas desde las ONG.

Además, los procesos de democratización en los países latinoa-


mericanos permitieron la participación de ONG, generando una

137
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

posibilidad que no existía anteriormente. Estos organismos han con-


tado con una posición privilegiada en cuanto que disponen de recur-
sos económicos, humanos y de vínculos necesarios para participar en
estos procesos de apertura.

Por otra parte, los espacios abiertos en la esfera transnacional


(conferencias, redes) también han sido ocupados por las feministas
(chilenas y latinoamericanas) para incorporar demandas de género
en las agendas internacionales.

Lo anterior, va definiendo un nuevo perfil y diferentes estrate-


gias en las ONG feministas que se alejan del trabajo de base orienta-
do al desarrollo y la autoconciencia, y se orientan más a influir en las
agendas y las políticas públicas, tanto a nivel nacional como interna-
cional. En otras palabras, se trata del tránsito desde un quehacer en-
focado fundamentalmente a la sociedad (las mujeres y sus organiza-
ciones) hacia uno dirigido a las instituciones y esferas políticas nacio-
nales e internacionales.

d. Trayectoria organizativa
15
Casa de la Mujer La Morada

La Casa de la Mujer La Morada es creada en 1983 por un grupo


de mujeres que participaba en el Círculo de Estudios de la Mujer.

15
Esta descripción se basa en las entrevistas a Eliana Largo, una de las fundado-
ras de La Morada y parte activa de su equipo hasta 1990; Alejandra Valdés,
quien trabajó en la institución entre los años 1985 y 1989, y actualmente es
parte del Directorio de la Corporación; Francisca Pérez, que participó en La
Morada desde 1989 hasta 1999, desempeñando los cargos de Directora de la
institución, Directora del Área Organizacional y Directora del Área Salud: y
Verónica Matus, que se desempeñó como Monitora en Derechos de las Mu-
jeres de La Morada desde 1987 a 1991 y regresó en 1996, a formar parte del
Área Ciudadanía, del Directorio y también Directora de la organización. Al-
gunos antecedentes fueron extraídos además de Arteaga y Largo (1989), “Las
ONG en el área de la mujer y la cooperación al desarrollo”, Documento de
Trabajo, Chile.

138
Capítulo II. Delineando el campo de acción

Surge como un espacio íntimamente vinculado al Movimiento Fe-


minista, grupo que también se organiza previamente en el seno del
Circulo. La Morada se crea, a juicio de Largo y Arteaga (1989, p.
30), “con el propósito de constituirse en un espacio abierto a las
mujeres, donde poder reflexionar, debatir y analizar la situación de
opresión y explotación de la mujer. Al mismo tiempo, aportar a la
constitución y fortalecimiento del movimiento de mujeres, y en par-
ticular del movimiento feminista”. En efecto, La Morada realiza un
importante trabajo de formación y creación de conciencia feminista
con organizaciones de base, constituyéndose además en un espacio
de encuentro para mujeres organizadas y no organizadas.

En un comienzo, asume la figura jurídica de una sociedad de


profesionales, la que se mantiene hasta 1991 cuando se transforma
en una sociedad anónima. Esa figura legal subsiste hasta 1993, año
en que se constituye en una corporación. Estos cambios estuvieron
marcados por fuertes tensiones respecto del sentido y orientación de
la institución, de allí que no representen transformaciones meramen-
te formales sino que tengan un profundo sentido político y estratégico.

De acuerdo a una de las entrevistadas, el funcionamiento de la


Casa en sus inicios tenía elementos de formalidad e informalidad:
“éramos un grupo, había una informalidad, pero había cierta forma-
lidad en el sentido de que era un equipo coordinador, entonces nos
estructurábamos en áreas de trabajo y había una encargada de área
que participaba en este equipo coordinador donde había una persona
que era la coordinadora y así funcionaba, con reuniones periódicas”.

Inicialmente, La Morada recibía apoyo de la cooperación inter-


nacional para el desarrollo de algunos proyectos, para los cuales con-
taba con personal remunerado. A la par de este grupo de ‘funciona-
rias’, existía un grupo de voluntarias, el que poco a poco se aleja de la
institución por su creciente orientación a funcionar en torno a pro-
yectos y por los conflictos internos que comienzan a generarse a fines
de los ochenta.

139
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

La búsqueda de financiamiento y la lógica de funcionamiento en


torno a proyectos, van debilitando el carácter movimientista de esta
organización. Como lo relata una de las entrevistadas: “En esos años
es problemático y complejo el tema del poder, pero hay espacios de
discusión para ello. Yo creo que en la medida en que empieza el pro-
ceso de institucionalización de La Morada, este coordinador ya no es
un coordinador de las acciones del movimiento sino que un coordi-
nador de los proyectos de La Morada. Yo creo que eso a la larga va
debilitando las posibilidades de desarrollo autónomo de esta instan-
cia … porque finalmente quienes tienen más fuerza política, quienes
tienen una opción definida en el movimiento por participar en ese
espacio, son aquellas que además se incorporan definitivamente a la
institucionalidad de La Morada, o a la conversión de La Morada
movimiento a La Morada espacio institucional”.

Otra entrevistada señala que el objetivo de la institución hoy es


más el “generar prácticas culturales distintas, haciendo un aporte desde
distintas disciplinas”. De hecho, la transformación en Corporación
expresa un cambio de objetivos: “La Morada dejó de ser Casa de la
Mujer La Morada y empieza a ser una Corporación de Desarrollo de
la Mujer, porque ahí el carácter entre comillas que se le dio, instituyó
a La Morada como un espacio distinto ... que desde lo cultural sim-
bólico y desde el sicoanálisis, hacen su trabajo en relación con las
mujeres, a nivel de reflexión”.

La organización actual contempla un directorio formado por la


Presidenta, Vicepresidenta, Secretaria, Tesorera y Directora, que es
elegido cada dos años. Además tienen una asamblea, constituida por
treinta socias que no trabajan regularmente en la organización, y una
Directora Ejecutiva que ejecuta los lineamientos del Directorio y da
cuentas a la asamblea.

Mantiene vínculos con diversas organizaciones e individuos den-


tro del campo feminista: programas de estudios de género, diversos
grupos de mujeres, forma parte del Grupo Iniciativa, el Foro Abierto
de Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos y la Red Chilena contra

140
Capítulo II. Delineando el campo de acción

la Violencia Doméstica y Sexual. Mantiene vínculos también con


otros actores fuera de este campo como universidades, agrupaciones
del mundo de la cultura, grupos de objetores de conciencia y grupos
ecologistas.

2.4. Las redes como la expresión máxima de articulación

A fines de los años ochenta surge en el campo de acción feminis-


ta latinoamericano y chileno una nueva forma de estructura organi-
16
zativa: las redes temáticas. Este tipo de organización aparece vincu-
lada a procesos internacionales y en especial, latinoamericanos, que
incentivan una nueva dinámica de activismo desde la sociedad civil.

Así pues, se establecen en Chile dos de las redes más importantes


de América Latina: desde 1986, la Red de Salud de las Mujeres de
América Latina y el Caribe, y desde 1992, la Red Feminista Latinoa-
mericana y Caribeña contra la Violencia Doméstica y Sexual, cuya
sede ejecutiva es ISIS Internacional. Al mismo tiempo, surgen redes
nacionales vinculadas a estos mismos temas: el Foro Abierto de Salud
y Derechos Sexuales y Reproductivos, y la Red Chilena contra la
Violencia Doméstica y Sexual, además de otras redes más pequeñas
como la Red Mujer y Trabajo y la Red de Educación Popular entre
Mujeres (REPEM). Ya en los noventa se forma el Grupo Iniciativa
Chile que también puede ser clasificado como una red, si bien posee
características distintas.

La conformación de estas estructuras expresan, por una parte, la


consolidación de procesos de creciente especialización y profesionali-
zación de muchas organizaciones feministas que tienden a concen-
trarse en temas específicos (como es el caso de la violencia doméstica
o los derechos reproductivos). Confluye con estos procesos el interés

16
Margaret E. Keck y Kathryn Sikkink (1998, p. 21) definen este tipo de es-
tructuras como organizaciones que “integran a aquellos actores que trabajan
en torno a un tema, que se mantienen unidos por valores compartidos, un
discurso común, y un denso intercambio de información y servicios”.

141
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

de mujeres con trayectorias laborales/profesionales en dichas áreas y,


por tanto, que cuentan con experticias necesarias para desarrollar un
trabajo más especializado.

De hecho en el caso del Grupo Iniciativa su formación fue faci-


litada por la presencia de un grupo consolidado de ONG de mujeres,
legitimadas y reconocidas al interior del campo de acción feminista y
del movimiento amplio de mujeres, que contaban con conocimien-
tos y experiencia en el tema de género.

A nivel latinoamericano, los espacios de encuentro y debate como


los Encuentros Feministas, estimulan la comunicación entre activis-
tas y organizaciones con intereses similares. Ello, junto con los proce-
sos internacionales auspiciados por Naciones Unidas, presentan una
serie de oportunidades para la organización en función de temáticas
específicas.

Es importante resaltar que de todas las estructuras organizativas


presentes en el campo feminista, las redes son las que están más ínti-
mamente ligadas a procesos transnacionales, tanto en función de su
emergencia como de su posterior desarrollo. Un claro ejemplo de ello
es el Grupo Iniciativa, el cual se crea como parte del proceso de arti-
culación de organizaciones de mujeres y feministas generado por la
IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, y que es incentivado y apo-
yado por agencias de cooperación.

a. Estructura interna

Las redes están compuestas por organizaciones de diverso tipo –


incluidas ONG y personas–, que se vinculan en función de un inte-
rés temático y propósitos comunes. Buscan coordinar acciones y es-
trategias, así como aunar esfuerzos para aumentar el impacto que la
actividad de sus integrantes podría tener en forma aislada.

El funcionamiento de las redes implica el trabajo de las distintas


organizaciones que la componen, las que aportan sus propios recursos

142
Capítulo I. Reconstruyendo la historia reciente

(humanos y materiales), además de conocimientos, vínculos, presti-


gio y legitimidad. Las ONG, que en general cuentan con mayor dis-
ponibilidad de recursos, tienden a ejercer un rol central, sobre todo
en los casos donde las otras agrupaciones e individuos que integran
las redes son organizacionalmente más débiles. De hecho, la coordi-
17
nación de las tres redes chilenas estudiadas ha estado siempre a car-
go de alguna representante de ONG. Por lo mismo, la disponibilidad
de recursos para las redes está estrechamente relacionada con la situa-
ción de la ONG que ejerce un papel coordinador.

Para asegurar su operación y cumplir con las tareas que se propo-


nen, las redes han buscado apoyo financiero de la cooperación inter-
nacional, lo que les permite financiar algunas de sus actividades y
contar con una infraestructura mínima de funcionamiento. De las
tres redes chilenas, solo una, el Foro Abierto de Salud, tiene persona-
lidad jurídica.

El Grupo Iniciativa presenta algunas características diferentes al


estar conformada solo por ONG o programas de ONG de Santiago,
y se articula con ONG de otras ciudades y con algunas organizacio-
nes sociales. Esta red no tiene una especificidad temática, sino que se
forma como un grupo impulsor de las actividades preparatorias na-
cionales para la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer y posterior-
mente como un grupo de seguimiento de los acuerdos allí adopta-
dos.

b. Relaciones externas

Las redes cuentan con amplios vínculos al interior del campo de


acción feminista. En cuanto a sus relaciones con la sociedad civil,
mantienen vínculos con aquellas organizaciones y personas involu-
cradas directamente en su área de interés temático, pero también con
otros grupos, organizaciones y ONG.

17
Foro Abierto de Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos, Red Chilena
contra la Violencia Doméstica y Sexual y Grupo Iniciativa.

143
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

El cultivo de relaciones con un amplio espectro de personas, or-


ganizaciones e instituciones, dentro y fuera del campo feminista, den-
tro y fuera del país, les permite acceder a recursos –ya sea financieros,
informativos o apoyo político, entre otros– que no están disponibles
fuera de estos circuitos.

Las redes tienen escasos vínculos con partidos políticos y cuando


existen ellos son esporádicos y coyunturales, primordialmente en fun-
ción de las necesidades estratégicas que cada red identifica en deter-
minadas coyunturas políticas, por ejemplo, la aprobación de un pro-
yecto de ley o la visibilización de un problema social de particular
importancia.

c. Objetivos y repertorios de acción

El objetivo general es incidir en las agendas y políticas de orga-


nismos gubernamentales a nivel nacional e internacional. Se propo-
nen además, generar cambios en la opinión pública en los ámbitos
temáticos desarrollados por cada red. Otro objetivo es fortalecer la
asociatividad de las mujeres y las estructuras de la sociedad civil.

La estrategia para impulsar estos objetivos ha contemplado dis-


tintas acciones. Por una parte, la difusión de conocimientos y argu-
mentos en torno a los temas que trabajan, recogiendo la producción
de conocimientos y experticia de las distintas organizaciones que las
integran y también generando nuevos estudios. Un ejemplo intere-
sante es la manera en que la Red de Violencia buscó los argumentos
para promover la promulgación de la Ley de Violencia Intrafamiliar,
de lo cual da cuenta el estudio de Guzmán, Mauro y Araujo (2000,
p. 60):

Al interior de la Red Chilena contra la Violencia Doméstica y


Sexual la circulación de información y el llegar a acuerdos inter-
nos acerca de diferentes aspectos de la ley suponen varios pasos
hacia su propia periferia y otros tanto de regreso al centro (Comi-
sión Coordinadora), antes de salir del grupo cohesivo. El equipo

144
Capítulo II. Delineando el campo de acción

de abogadas plantea proposiciones en aspectos jurídicos, mientras


algunas organizaciones trabajan sobre la conceptualización de la
violencia doméstica. Estos dos puntos fundamentales son discuti-
dos en cada una de las organizaciones miembros de la RedChVD
y devueltas a su comisión coordinadora, la que recoge todos los
comentarios, desacuerdos, ideas, etc., y elabora las propuestas fi-
nales que son llevadas al seno de la comisión interministerial.

Otra acción es la articulación y movilización de las organizacio-


nes de mujeres, lo que se logra a través de campañas, especialmente
18
en los días conmemorativos.

Junto con ello, las redes implementan acciones de lobby y cabil-


deo con los gobiernos, para lo cual generan alianzas con otras organi-
zaciones del campo de acción feminista y de la sociedad civil, con
partidos políticos y con funcionarios/as de organismos de gobierno.
Esta estrategia se desarrolla tanto a nivel nacional como en el ámbito
transnacional. Un ejemplo de ello es el Foro Nacional para el Segui-
miento de los Acuerdos de Beijing, instancia de interlocución formal
de organizaciones sociales y ONG con autoridades de gobierno. A
través de dicho Foro, se establecieron acuerdos con las autoridades,
formalizados en un Acta de Compromiso, a través de la cual el go-
bierno se comprometió a impulsar medidas para asegurar el ejercicio
del poder y la toma de decisiones.

A medida que estas acciones de lobby se proponen incidir en las


agendas públicas a nivel nacional e internacional, las redes han prio-
rizado los vínculos con actores políticos y estatales, encargados de
formular políticas e implementar programas. Esta estrategia condi-
ciona fuertemente su composición interna, privilegiando a aquellos
actores interesados en incidir en la ‘política institucional’ y restándo-
se quienes tienen mayor interés en promover cambios en lo ‘político’

18
8 de marzo, Día Internacional de la Mujer; 25 de noviembre, Día por la No
Violencia contra la Mujer; 28 de mayo, Día por la Salud de las Mujeres; 28 de
septiembre, Día por la Despenalización del Aborto.

145
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

en forma más amplia. Esta es precisamente una de sus tensiones: la


mantención de una membresía heterogénea, en cuanto a intereses y
recursos (conocimientos, recursos materiales, vínculos o contactos
con actores más prestigiosos dentro y fuera del ámbito temático), en
pos de una estrategia común.

En la década de los noventa, la agenda de las redes latinoameri-


canas, y también de las nacionales, ha estado marcada por las Confe-
rencias Mundiales. Para la Red Chilena contra la Violencia Domésti-
ca fue especialmente significativa la II Conferencia sobre Derechos
Humanos (Viena, 1993). Para el Foro de Salud y la Red de Salud de
las Mujeres Latinoamericana y del Caribe tuvieron gran relevancia
tanto la Conferencia sobre Población y Desarrollo (El Cairo, 1994)
como la Cumbre sobre Desarrollo Social (Dinamarca, 1995). Para
estas dos redes y para el Grupo Iniciativa, la IV Conferencia Mundial
sobre la Mujer (Beijing, 1995) fue también parte central de su agen-
da, primero tratando de participar en la Conferencia y luego en el
seguimiento y control social de los acuerdos tomados en la misma.

Esta confluencia de las agendas de las redes nacionales con las


agendas internacionales genera un proceso de retroalimentación per-
manente, en el que se retoman los temas globales y se levantan las
especificidades nacionales.

Por último, el hecho de que las redes pueden sustentar sus de-
mandas y propuestas con una base de representatividad (al estar for-
madas por un conjunto de organizaciones), permite a las organiza-
ciones integrantes acceder a un lugar privilegiado en los debates pú-
blicos. Sin duda, esta es una ventaja comparativa que este tipo de
estructura organizacional posee en relación con otras en el campo de
acción feminista.

146
Capítulo II. Delineando el campo de acción

d. Trayectoria organizativa
19
Red Chilena Contra la Violencia Doméstica y Sexual

La Red Chilena contra la Violencia Doméstica y Sexual se crea


como iniciativa de un grupo de personas, organizaciones sociales y
ONG que desarrollan acciones en torno a la violencia de género.
Desde los años ochenta se había configurado un campo fértil para
trabajar esta problemática: habían emergido organizaciones de muje-
res de base, ONG de mujeres y otras con programas de mujeres, que
comienzan un trabajo de reflexión sobre la violencia y de incipiente
apoyo psicológico y legal a quienes son víctimas de violencia. En este
contexto, la constitución de la Red “significó un mayor grado de
institucionalización de la coordinación entre las organizaciones que
desarrollaban gran actividad en este campo durante los tiempos de la
dictadura” (Duque s/f ).

A nivel latinoamericano, la violencia contra las mujeres se había


transformado en un tema importante para organizaciones de muje-
res. En el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Cari-
be, realizado en 1981, se declara el 25 de noviembre como Día Inter-
20
nacional por la No Violencia contra la Mujer. Posteriormente, se
conforma la Red del Cono Sur en Contra de la Violencia Doméstica
(1989) y luego la Red Latinoamericana y Caribeña, durante el V En-
cuentro Feminista, en 1990. Ese mismo año se crea la Red Chilena.

19
Esta descripción se basa en las entrevistas de Ana Cáceres, quien formó parte
de la Red desde que se creó hasta 1995, como integrante del Comité Coordi-
nador y representante de la misma; y de Isabel Duque, quien participa en la
Red desde su creación hasta el momento de la entrevista, también como parte
del Comité Coordinador. Se basa además en documentos publicados por la
Red, como los de Duque (s/f ) y Rojas (1998); y en el estudio de Guzmán,
Mauro y Araujo (2000).
20
En conmemoración del asesinato de las hermanas Mirabal por parte de la
dictadura de Trujillo, en República Dominicana, esta fecha fue oficialmente
adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1999.

147
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

La Red ha estado constituida por ONG, organizaciones y perso-


nas, cuyo número ha variado en el tiempo. No tiene personalidad
jurídica y su estructura se basa en un Comité Coordinador que es
elegido por el conjunto de las organizaciones que la conforman. Las
decisiones se toman en asamblea. Las distintas organizaciones ejecu-
tan las acciones y el Comité se encarga de coordinar el trabajo con-
junto. Al respecto, una de las entrevistadas señala: “En los encuentros
nacionales fijábamos un marco común que definía lo que era la red
… era en estas jornadas nacionales en las que definíamos lo que íba-
mos a hacer, entonces era uno o dos días en que teníamos estas jorna-
das, analizábamos lo que habíamos hecho, nos proponíamos planes
anuales. A veces invitábamos gente a exponer sus experiencias” .

El financiamiento de la Red ha estado sustentado por los aportes


de las mismas organizaciones que la componen, principalmente las
ONG, y otros aportes para acciones específicas.

En cuanto a su misión formal la Red se plantea su trabajo “en la


perspectiva de aunar esfuerzos, potenciar iniciativas y realizar accio-
nes a fin de revelar la violencia estructural de género que existe en
nuestro país, incorporando como hilo conductor, la defensa perma-
nente de los derechos humanos de las mujeres” (Rojas 1998).

El primer objetivo de la Red fue visibilizar la violencia contra las


mujeres y posicionar el tema como un problema público sensibili-
zando a la población y las autoridades al respecto, objetivo que si-
guen cumpliendo hasta hoy. Una de las entrevistadas plantea que:
“La Red entre otras cosas intentaba, … poner en la agenda pública la
existencia del problema, realizar campañas de concientización y sen-
sibilización, capacitar a quienes operaban con operadoras de justicia
y salud sobre la problemática, influir en los gobiernos y también par-
ticipar en foros internacionales”.

Una acción en torno a la cual la Red alcanzó su más alto grado de


visibilidad fue la elaboración de la Ley que sanciona la violencia in-
trafamiliar. Luego de su aprobación en 1994 (Ley de Violencia Intra-

148
Capítulo II. Delineando el campo de acción

familiar Nº 19.325), la Red ha trabajado intensamente en el segui-


miento de la Ley y en la elaboración de propuestas que permitan
mejorarla.

Otras actividades realizadas han sido seminarios de reflexión y


debate, campañas de difusión y sensibilización, publicación de carti-
llas y material educativo y acciones de denuncia pública.

Ha dirigido también acciones en el ámbito gubernamental. Un


ejemplo de ello es la participación en la Comisión Interministerial de
21
Prevención de la Violencia Intrafamiliar, instancia que se constitu-
yó en una interlocutora importante para parlamentarios y el gobier-
no durante el proceso de elaboración, discusión y aprobación de la
Ley de Violencia Intrafamiliar. También realizó acciones de lobby para
la tramitación de las reformas al Código Penal en materia de delitos
sexuales y ha tenido una importante intervención en la elaboración
de propuestas de cambios legislativos.

En otro ámbito, la Red ha trabajado intensamente en el segui-


miento y monitoreo a los compromisos internacionales contraídos
por el Estado chileno, especialmente los relativos a la Convención de
Belém do Pará y a aquellos emanados de la IV Conferencia Mundial
sobre la Mujer.

Este tipo de acciones ha hecho más visible aquellos actores con


mayores vínculos con el sistema político institucional. De acuerdo a
Guzmán et al. (2000, p. 87) esto se debe a sus “conexiones e influen-
cia en las instancias de decisión competentes. En la sociedad civil
empiezan a adquirir más relevancia las expertas –instituciones y per-
sonas–, reconocidas por su conocimiento y su capacidad de traducir
el tema a otros lenguajes –legales, sociales, psicológicos. En este sen-
tido, ellas pueden actuar como mediadoras con la institucionalidad

21
Esta instancia fue creada en 1992 por decreto presidencial y es coordinada
por el Servicio Nacional de la Mujer. La Red de Violencia fue invitada a
formar parte permanente de esta Comisión.

149
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

pública. Por el contrario, algunos de los actores que antes formaban


parte de los núcleos centrales pierden peso o abandonan el dominio
en el que estaban comprometidos”.

El alto grado de visibilidad alcanzado por esta organización con


la aprobación de la Ley de Violencia, ha tendido a disminuir, en par-
te, por la reducción de recursos de las organizaciones que pertenecen
a ella. El momento actual de la Red es descrito por una de las entre-
vistadas de la siguiente forma: «Si la coyuntura pone en el tapete
temas complicados, aparecen los vinculados a las redes, o en los otros
días que son ritualísticos, también pueden aparecer [pero] la red, como
otras redes, creo que tiene perfil bajo”.

2.5. Programas de Estudios de Género en las universidades:


el ingreso a la academia

Durante los años ochenta, la generación de conocimientos sobre


estudios de género estuvo concentrada principalmente en organis-
mos no gubernamentales y centros de investigación privados, al alero
de las cuales se generaron estudios, hubo una renovación de enfoques
y temas de estudio y un trabajo importante de formación de investi-
gadoras/es.

En la década de los noventa, con el retorno a un sistema demo-


crático, las universidades chilenas se abren como espacios que reco-
gen parte de esta reflexión y producción de conocimientos que se
había venido generando en centros privados. El interés por los estu-
dios de género al interior de las universidades ya había sido manifes-
tado por alumnas/os de diversas universidades, a través de la elabora-
ción de tesis de grado, la formación de talleres de estudio en torno a
la situación de las mujeres (como el de la Universidad de Valdivia) y
de colectivos feministas (como algunos en la Universidad de Chile).
De esta forma, “la institucionalidad académica de las temáticas de la
mujer, la masculinidad, la sexualidad y el género hacen parte de un proceso
de transición y potencial democratización” (Oyarzún 2000, p. 13).

150
Capítulo II. Delineando el campo de acción

Dicho proceso democratizador encuentra, al interior de las uni-


versidades, docentes de diversas disciplinas –mayoritariamente mu-
jeres, con una trayectoria importante dentro de la institución y algu-
nas de ellas vinculadas al campo de acción feminista– con un interés
manifiesto por incorporar los estudios de género en el ámbito acadé-
mico. Ellas serán quienes promuevan la creación de programas de
estudios de género (PEG) desde comienzos de la década de los no-
22
venta en distintas universidades. En efecto, en 1991 surge el primer
programa de este tipo en la Universidad de Concepción, le sigue la
Universidad de La Serena (1992), de Chile (1993), de Santiago (1994),
José Santos Ossa, en Antofagasta (1995), Academia de Humanismo
Cristiano en Santiago (1997) y de Playa Ancha en Valparaíso (1998).
Comienzan además a impartirse cursos con enfoque de género en
diversas carreras de esas y otras universidades e institutos de educa-
ción superior.

Entre los factores que contribuyeron a la creación de estos pro-


gramas se encuentra el alto grado de interés y compromiso personal
de las docentes que los llevan adelante, lo que muchas veces significó
recargas a sus jornadas laborales (trabajo ad honorem) y en ocasiones
la exposición personal a críticas y conflictos debido a la resistencia
por parte de algunos sectores de la comunidad académica a introdu-
cir este tipo de temas. Otro factor que jugó un papel importante fue
el apoyo de la cooperación internacional, especialmente en la confor-
mación de los programas de la Universidad de Chile y la Universidad
de Concepción. Por otra parte, la experiencia de programas de uni-
versidades fuera del país sirvió de incentivo y proporcionó recursos
(conocimiento, información, vínculos) que ayudaron a la instalación
en Chile de este tipo de iniciativas.

El análisis que sigue se basa en la experiencia de los programas de

22
Para efectos de este trabajo, y para simplificar su caracterización, estas instan-
cias son denominadas indistintamente Programas de Estudios de Género a
pesar de sus diferentes denominaciones y de su gran heterogeneidad interna.

151
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

género localizados en las tres ciudades que forman parte de este estudio:
Santiago, Valparaíso y Concepción.

a. Estructura interna

Los programas universitarios de estudios de género son creados


por académicas que en su mayoría eran parte de la planta académica
y que, por tanto, tenían cierto prestigio y trayectoria profesional al
momento de formarlos.

Poseen diferentes denominaciones y estructuras, realizan distin-


tos tipos de actividades y se insertan de maneras diferentes dentro de
la estructura de cada universidad (dependencia de la rectoría, facul-
tad o departamento).

En Concepción, se crea el Programa Interdisciplinario de Estu-


dios de la Mujer, dependiente del Departamento de Español, que
luego pasó a denominarse Dirección de Estudios Multidisciplinarios
de la Mujer, dependiente de la Facultad de Humanidades y Artes.

En el caso de la Universidad de Playa Ancha, en Valparaíso, la


Comisión Interdisciplinaria de Estudios de Género está compuesta
por profesores de las facultades de Educación y Humanidades.

En la Universidad de Santiago, se formó el Centro de Estudios


de la Mujer, luego denominado Centro de Estudios de Género (1994-
99), que primero estuvo vinculado a la Facultad de Ciencias Médicas
y luego se integró a la de Humanidades. A pesar de esta denomina-
ción, el Centro nunca contó con un financiamiento ni una estructu-
ra como tal.

En el caso de la Universidad Academia de Humanismo Cristia-


no, se implementó primero el postítulo Estudios de Género y Socie-
dad y luego el Programa de Género como un esfuerzo conjunto de la
Universidad y cuatro ONG con una larga experiencia en la investiga-

152
Capítulo II. Delineando el campo de acción

ción y acción en la temática de género: CEM, Cedem, Instituto de la


Mujer y Área de Género de Flacso.

En la Universidad de Chile, se crean dos programas: el Programa


Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Ciencias
Sociales, y el Programa de Género y Literatura de la Facultad de
Humanidades, el que se ha constituido actualmente en un Centro.

A pesar del esfuerzo de las mujeres que impulsaron estos progra-


mas, los recursos obtenidos y el apoyo de organizaciones feministas y
de mujeres, tanto nacionales como internacionales, la institucionali-
zación de estos programas ha sido un camino largo y difícil, con éxi-
tos y retrocesos.

Dicha institucionalización ha sido afectada por factores tales como


la voluntad política de las autoridades universitarias, de la cual una
expresión importante es la asignación de recursos financieros y hu-
manos (presupuesto, profesores, carga horaria) para su desarrollo. De
allí que, si bien ha habido un discurso favorable y una apertura por
parte de esas autoridades para la instalación de estos programas, esto
no se ha traducido necesariamente en un apoyo concreto a ellos.

En el caso del Programa de la Universidad Academia de Huma-


nismo Cristiano, especialmente durante los primeros años, hubo un
apoyo importante por parte de las ONG para cubrir sus costos, hasta
que poco a poco fue siendo asumido por la propia Universidad. En la
Universidad de Playa Ancha, los profesores que conforman la Comi-
sión tienen una asignación horaria especial para participar en ella,
pero la Comisión como tal no tiene infraestructura ni recursos pro-
pios para realizar sus actividades.

b. Relaciones externas

Las relaciones de estos programas se desarrollan a distintos nive-


les: al interior de las mismas universidades, con el campo de acción
feminista y con otras esferas de la sociedad civil.

153
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Al interior de las universidades, en general, los programas han


tenido dificultades para establecer alianzas con Departamentos y Fa-
cultades distintos a aquellos de los cuales dependen, quedando habi-
tualmente circunscritos a las carreras a las que pertenecen las docen-
tes que los conforman, sin lograr un impacto mayor en otras áreas de
la universidad. También han encontrado dificultades en la relación
con los/as otros/as colegas, quienes no siempre comprenden, valoran
o legitiman estas instancias. A menudo se cuestiona la labor intelec-
tual de los programas aduciendo que tienen un carácter más político
que académico.

Sin embargo, han logrado establecer relaciones con otros progra-


mas del mismo tipo de otras universidades, tanto a nivel nacional
como a nivel latinoamericano. En 1996, se creó la Red de Estudios
de Género de América Latina y el Caribe, en el marco de la cual se
han realizado cuatro encuentros: Nicaragua (1996); Chile (1998);
Bolivia (1999) y Panamá (2000) (Montecino y Obach 1998).

En cuanto a su relación con el campo de acción feminista, varias


de las impulsoras de estos programas poseen vínculos estrechos con
esferas feministas dentro y fuera del país. Algunas docentes formaron
parte de ONG feministas; otras se definen a sí mismas como activas
militantes y formaron parte de grupos feministas; mientras otras son
retornadas del exilio donde tuvieron experiencia de trabajo en cen-
tros de estudios de la mujer.

Esto ha permitido generar redes y lazos con ONG y organismos


estatales como el Servicio Nacional de la Mujer. Por ejemplo, la Co-
misión Interdisciplinaria de la Universidad de Playa Ancha participa
en la Red de Estudios de Género Regional (V Región) que se formó
en el año 2000, coordinada por Sernam y en la que participan orga-
nismos académicos y no académicos. Como parte de las actividades
de esta Red, la Comisión ha realizado seminarios de sensibilización
en torno a la perspectiva de género en organismos estatales. El Pro-
grama de Estudios de la Mujer de la Universidad de Concepción, se
ha vinculado a organismos estatales para la realización de estudios y

154
Capítulo II. Delineando el campo de acción

ha organizado diferentes actividades de extensión para dirigentes cam-


pesinos, políticos y funcionarios estatales. En otros casos, las relacio-
nes más importantes son con ONG de mujeres, de lo cual un caso
especialmente ilustrativo resulta el programa de Género de la Uni-
versidad Académica de Humanismo Cristiano, que fue creado a ini-
ciativa de un conjunto de estos organismos.

Respecto de los lazos con organizaciones de mujeres, algunas aca-


démicas se definen como activas feministas. En general, ellas recono-
cen que estos programas deberían mantener algún tipo de vínculo
con el mundo social. En este sentido, una académica entrevistada en
Concepción, señala lo siguiente:

Yo creo que un programa académico neto y puro, sin relación con


los movimientos feministas, tiene el enorme riesgo de hipertro-
fiarse teórica y académicamente, de dejar de alimentarse de las
raíces de las problemáticas vigentes e inventarse problemáticas
teóricas.

Otra académica entrevistada en Santiago, sostiene que sin ‘puen-


tes’ entre lo académico y lo militante, sin esa raigambre,

lo académico se muere, se estanca y se convierte en escolaridad


vacía de sentido … no tiene sentido ni con la trayectoria de los
que han sido los intelectuales de este país, no solo las feministas
… y menos con lo que yo siento que debe ser el rol social, político
de esta Universidad, el movimiento feminista requiere del pensa-
miento crítico, como activistas … el pensamiento crítico no pue-
de alimentarse sin un movimiento de mujeres fuertes, pluralistas
y militantes.

Sin embargo, el vínculo entre los estudios de género y las organi-


zaciones feministas parece ser un terreno cargado de tensiones y con-
tradicciones. De hecho, algunas feministas entrevistadas advierten
un creciente distanciamiento entre la academia y los colectivos u otras
organizaciones. Frente a esto, otras académicas plantean que los pro-
gramas de género no deberían ser vistos “ni fuera ni alejados del

155
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

movimiento” sino como una expresión diferente de este. Es lo que


sostiene una académica de la ciudad de Santiago cuando afirma que
los programas son “otra manera en que se expresa este movimiento”
en tanto corriente cultural y simbólica, y son una muestra de la diver-
sificación experimentada por el feminismo a nivel latinoamericano.

A juzgar por las relaciones que mantienen con esferas feministas


–que si bien se remiten fundamentalmente a instituciones y no a
grupos de mujeres (organizaciones, colectivos), dan cuenta de una
vinculación de los programas con el mundo social–, y considerando
las opiniones de las académicas, la crítica por la desvinculación con
las organizaciones, más que reflejar una postura académica realmente
contraria a los lazos entre la universidad y el mundo social, parece
expresar dos cuestiones. Por una parte, la naturaleza del trabajo aca-
démico, y por otra, la falta de canales de interlocución que permitan
una circulación de la producción teórica y de la reflexión de estos
programas en el campo de acción feminista, lo que puede propiciar
una “asimilación” y un uso más político de dicha reflexión en estos
espacios movimientistas. De todas formas, es necesario tener en cuenta
que esta crítica debe situarse en el contexto actual de las relaciones
entre universidades y centros de estudios con la realidad social, den-
tro del cual las opiniones de las académicas feministas sobre los ‘puen-
tes’ necesarios entre lo académico y lo social si bien no constituyen
una excepción tampoco aparecen como la norma.

c. Objetivos y repertorios de acción

El objetivo de estos Programas es incorporar la perspectiva de


género como una categoría relevante en el análisis social y en la pro-
ducción y transmisión de conocimientos. Cada uno de ellos realiza
distintos tipos de actividades académicas, que van desde cursos aisla-
23
dos, postítulos o magíster. Además, cada programa realiza actividades

23
En la Universidad de Playa Ancha se han dictado cursos que no son regulares;
en la Universidad de Santiago se dictaba un curso sobre sexualidad del hom-
bre y la mujer, en la carrera de Obstetricia, desarrollando además otro tipo de

156
Capítulo II. Delineando el campo de acción

de intercambio, sensibilización y cabildeo al interior de la propia


universidad y proporciona apoyos para distintas carreras cuando se
les solicita; y cada una de las docentes imparte sus propios cursos
desde un enfoque de género y desarrolla un trabajo de guía de tesis a
estudiantes de diversas carreras.

Los programas de estudios de género también han jugado un


papel importante en la incorporación de nuevas mujeres al campo de
acción feminista, tal como ha ocurrido en diversos países de América
24
Latina. A través de estas instancias, nuevas generaciones de mujeres
–y también hombres– comienzan a comprender el carácter social de
las desigualdades que se establecen en distintos ámbitos sociales entre
hombres y mujeres.

Muchas de las mujeres que han conocido el pensamiento femi-


nista a través de estos programas universitarios, han orientado sus
trayectorias laborales hacia organismos, públicos o privados, dedica-
dos a temas de género. Otras han vinculado su aprendizaje profesio-
nal y académico con un accionar político más directo, lo que se ha
traducido en la organización de instancias de acción colectiva, la par-
ticipación regular en eventos en el campo feminista y en todas aque-
llas actividades públicas que buscan protestar en contra de la discri-
minación por razones de género.

actividades de investigación; en la Academia de Humanismo Cristiano se de-


sarrolló un postítulo que tuvo una primera versión, dejándose luego de dictar
por dos años, para posteriormente reabrirse, dictándose actualmente no solo
en Santiago, sino también en otras ciudades del país. La Universidad de Con-
cepción dictó durante los primeros años un diplomado, que luego fue sus-
pendido; y la Universidad de Chile partió con un postítulo, y desde el año
2000 está impartiendo un magíster. Muchas otras universidades e institutos
profesionales a lo largo del país también ofrecen cursos vinculados a esta te-
mática.
24
Al respecto, feministas jóvenes reunidas en el VIII Encuentro Feminista Lati-
noamericano y del Caribe, señalaron que parte importante de ellas se había
vinculado al feminismo a través de programas universitarios de estudios de
género. (Ver Declaración de Juan Dolio, Memorias VIII Encuentro Feminista).

157
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Sin embargo, el rol y objetivos de los programas no dejan de ser


un tema controversial en los debates feministas. En este sentido, se
ha aludido anteriormente a la relación distante que existiría entre
estos programas y las organizaciones de base. Pero las tensiones no se
agotan en esa dimensión.

También es posible distinguir una crítica respecto de la incorpo-


ración de los estudios de género en la academia, relativa al paulatino
remplazo de la palabra feminismo por el concepto de género. Esto ha
debilitado los contenidos más emancipadores de la propuesta femi-
nista (Raquel Olea 1998), enfatizando un carácter más profesional, y
en algún sentido más neutro, de los estudios de género.

d. Trayectoria organizativa

Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer.


25
Universidad de Concepción

El Programa de la Universidad de Concepción fue impulsado


por dos académicas del Departamento de Español, quienes se habían
acercado al feminismo a través de la literatura y de los escritos de
Julieta Kirkwood. Al enterarse de la realización del V Encuentro Fe-
minista Latinoamericano (1990) decidieron asistir planteando a las
autoridades de la Universidad que iban a este Encuentro “con la in-
tención de crear un programa de estudios de la mujer”.

En efecto, a su regreso elaboraron un proyecto y lo presentaron


al Departamento, el que les dio su aprobación y un aporte de mil
dólares anuales. Así, se creó el Programa Interdisciplinario de Estu-
dios de la Mujer, con la intención inicial de dictar un diplomado. La
estrategia para la implementación de este diplomado comenzó con la
realización de cursos electivos, que estaban dentro de una malla cu-
rricular, a partir de los cuales fueron generando las alianzas necesarias

25
Esta descripción está basada en la entrevista a Patricia Pinto, fundadora del
programa y directora del mismo desde su creación hasta 1997.

158
Capítulo II. Delineando el campo de acción

para organizar el diplomado. Cuando ya tenían algunos cursos apro-


bados, propusieron el diplomado a la escuela de graduados. Según
una de las académicas entrevistadas que participó en este proceso, la
recepción de esta iniciativa “fue mala”, recibiendo los primeros tres o
cuatro años solo respuestas negativas. En las acciones realizadas por
las académicas para lograr la aprobación del diplomado, contaron
con el apoyo de ‘aliadas’ de diversas ONG y de universidades extran-
jeras.

Al mismo tiempo, postularon a un concurso de la Fundación


Ford y obtuvieron becas para alumnos y alumnas que estuvieran cur-
sando programas de género. Finalmente, el diplomado fue aprobado
(1993) y comienza a tener reconocimiento en la Universidad. De
esta forma, “el programa se afianzó en la Universidad, y pasamos de
repente, de ser miradas como nada, como teníamos ya ni me acuerdo
qué cantidad de dólares, creo que 10 mil o 15 mil dólares, pasamos a
ser importantes, por la parte económica, porque de esa plata la Facul-
tad y la Universidad se iban a beneficiar también, porque sacaban un
porcentaje. Y por otro lado, el diplomado floreció porque había mu-
chas mujeres que querían tomar el diplomado pero que no podían
porque no tenían suficiente dinero”.

El apoyo dado por la Universidad se remitió a un pequeño finan-


ciamiento; no se les entregó una asignación horaria especial, consi-
guiendo solamente una secretaria por media jornada y que se las libe-
rara de cualquiera petición de trabajo administrativo en el Departa-
mento de Español.

En el año 1994, murió una de las impulsoras del programa, con-


tinuando el trabajo su colega prácticamente sola. Tenían un Consejo
constituido por cuatro a cinco docentes, que en un comienzo tuvo
dificultades para funcionar. Después de algunos años, el programa
modifica su currículum (1998), con lo cual se abre una segunda eta-
pa que está más orientada a la formación teórica respecto de las des-
igualdades de género, y asume su dirección una de las integrantes de
este Consejo.

159
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Las relaciones con otros departamentos y facultades de la Uni-


versidad, más allá del Departamento de Español, han sido difíciles.
Respecto de otras organizaciones feministas, en los inicios tenían un
vínculo muy estrecho con La Morada, Flacso, CEM y la Casa de la
Mujer de Valparaíso. En la región, el Programa mantiene relaciones
con el Instituto de la Mujer, con la ONG Pachamama, y con diversos
grupos feministas.

Respecto de estas relaciones, una entrevistada señala: “en térmi-


nos generales han sido buenas; han sido de ida y vuelta, pero fueron
mucho más activas en los inicios de los 90, cuando formamos una
cosa preciosa en Concepción que se llamaba el Concejo Regional de
la Mujer, y era un Concejo con c y no con s, porque tenía la idea de
concejalas, en donde estábamos, yo diría, como diez organizaciones
que nos juntábamos de manera periódica en el Instituto de la Mujer.
Entonces hacíamos cosas conjuntas. Durante el primer tiempo, yo
diría que durante los primeros tres años del programa, nos multipli-
camos en estas relaciones, llegó un momento en que vimos que te-
níamos que parar un poco porque estábamos agotadas, no podíamos
dar abasto para todo lo que nos pedían y tampoco podíamos estar en
todos los movimientos, porque no dábamos ni los movimientos, ni
nosotras. Entonces se nos calmó un poco esta interacción tan activa
que teníamos”.

El Diplomado se ha dirigido a mujeres profesionales de diversas


áreas, ya que la idea de sus impulsoras era “que estas profesionales
ejercieran su profesión incorporando las perspectivas de género, y
que a su vez multiplicaran las perspectivas de género en donde quiera
que ellas fueran”.

Aunque desde el año 2000 el Diplomado no se ha impartido –


por las dificultades para alcanzar el número mínimo de alumnos/as
establecido por la Escuela de Graduados– el programa ha continua-
do realizando actividades de extensión como foros, seminarios, cur-
sos de capacitación, diplomas, dirigidos a funcionarios estatales, diri-
gentes políticos, dirigentes campesinos; y se ha asociado con organis-

160
Capítulo II. Delineando el campo de acción

mos estatales para la realización de proyectos de investigación. De


esta forma ha mantenido su vinculación con el mundo fuera de la
academia, lo cual ha sido una constante en su trayectoria.

2.6. Medios de comunicación: la voz feminista

Durante el régimen militar, diversos grupos de mujeres crearon


distintas formas de comunicación alternativa. El formato más utili-
zado fue el de publicaciones pequeñas (boletines y revistas) con un
‘tiraje’ más o menos irregular y autogestionados en términos finan-
cieros. Estas publicaciones centraban sus contenidos en los temas
políticos coyunturales y/o en temas feministas que cuestionaban el
orden de género imperante (Torres 1996).

En ese período, se instala en Chile el Servicio de Información y


Comunicación de las Mujeres, ISIS Internacional (1984), el que se
había creado diez años antes en Italia. Asimismo se transfiere a Chile
la Unidad de Comunicación Alternativa de la Mujer del Instituto
Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET), creada en 1981
por dos mujeres chilenas exiliadas en México y cuya principal estra-
tegia fue la elaboración de Fempress, una revista transnacional que
serviría de “altoparlante” del movimiento de mujeres latinoamericano.

Junto con el surgimiento de estos medios, se realizaron otra serie


de actividades, como lo recuerda Virginia Quevedo (Quevedo 1996,
p.128), una comunicadora con larga trayectoria en el movimiento
feminista:

Durante la dictadura militar trabajamos en las comunicaciones


populares de mujeres: boletines; talleres sobre contenidos de los
medios; estudios de publicidad sexista, investigaciones de comu-
nicaciones a través de ONG; producción de noticias de mujeres y
por mujeres donde Fempress es la gran pionera; revistas de análisis
como son las producidas por ISIS Internacional; participación
débil, pero existente de las mujeres en las radioemisoras popula-
res; denunciábamos el sexismo en el lenguaje de los medios, le-
vantamos esa especie de obsesión de un nosotras que nos diferencie

161
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

del mentado nosotros. La Morada se lanza en la banda AM con


un programa de radio semanal en un medio comercial, y junto a
otras instancias se crea el lamentablemente discontinuo premio
Julieta y Estropajo”.

Una vez iniciado el proceso de transición a la democracia, se abre


un nuevo escenario, un momento “refundacional”, que permite pen-
sar en la posibilidad de generar nuevos medios de comunicación.

Así, durante los años noventa se crean en Chile diferentes me-


dios de comunicación, impulsados tanto por organizaciones u ONG
de mujeres como por equipos que se constituyeron especialmente
para dicho propósito. Entre los que alcanzaron mayor continuidad,
es posible mencionar los periódicos Marea Alta (1991-94) y Puntada
con Hilo (1994-97), la Radio Tierra (1991) y la revista Con-spirando
26
(1992).

Algunos medios surgidos en los ochenta se mantienen durante


los años noventa. Es el caso de Fempress, publicación que continúa
hasta el año 2001.

26
Ha sido difícil construir un registro exhaustivo de los medios de comunica-
ción surgido en los años noventa. Sin embargo, recurriendo a distintas fuen-
tes (entrevistas, libros, revistas) ha sido posible elaborar el listado de medios
que se presenta a continuación. Prensa escrita: Fempress, Santiago, 1984-2001;
Casandra, Casa de la Mujer de Valparaíso, 1990; Marea Alta, Santiago, 1991-
1994; Con-spirando, Colectivo Cons-pirando, Santiago, desde 1991; revista
Safo, 1991; Cancagua, 1991; Puntada con Hilo, Santiago, 1994-1997; Pala-
bra de Mujer, Concepción, 1995; Ama-Zonas, la primera Revista Lésbica de
Chile, Coordinadora Lésbica Feminista Ama-Zonas, Santiago, 1994-2000.
Radio y Programas radiales: Radio Tierra, Santiago, desde 1991; “Rompien-
do el Silencio”, de la Casa de la Mujer de Valparaíso, transmitido por Radio
Litoral, Valparaíso, 1990; Programa “Triángulo Abierto”, transmitido por
Radio Tierra, Santiago, desde 1996; “Ama-Zonas”, transmitido por Radio
Tierra, Santiago, 2002; “Chancleteando”, transmitido por Radio Popular Villa
Francia, Santiago; “Sintonizadas para crecer, Programa de mujeres”, transmi-
tido por Radio Popular de Cerro Navia, Santiago.

162
Capítulo II. Delineando el campo de acción

En ciertos casos, la propuesta comunicacional de algunas orga-


nizaciones comprende la inserción en distintos medios. Por ejemplo,
la propuesta comunicacional de la Coordinadora Lésbica Feminista
Ama-Zonas incluyó la creación de la revista que lleva el mismo nom-
bre y la elaboración de un programa radial. Y en Valparaíso, la Casa
de la Mujer publica en el año 1990, la revista Casandra y el programa
radial “Rompiendo el Silencio”.

Un medio de comunicación feminista diferente, y con una im-


portante permanencia en todo el período estudiado, es la Agenda
Mujer, la cual se editó por primera vez en 1987 y desde entonces ha
venido publicándose año a año, en forma ininterrumpida. Su propó-
sito es constituir un referente de identidad para las mujeres en el país
y un espacio para la difusión y la creación artística. Con el formato
funcional de una agenda de bolsillo, registra en sus calendarios las
principales efemérides del movimiento feminista latinoamericano y
mundial, e incluye frases y pensamientos de intelectuales y artistas
del campo feminista. Se ha constituido además en el medio para que
múltiples organizaciones feministas, grupos de base y colectivos se
den a conocer, a través de un directorio gratuito de organizaciones de
mujeres del país. Es también un espacio efectivo para artistas femi-
nistas, fotógrafas, pintoras o dibujantes; cuyos trabajos contribuyen
a la gráfica de cada edición anual.

Esta iniciativa ha sido fruto del trabajo individual de su creado-


ra, quien elabora, produce y edita la Agenda desde sus inicios. La
agenda se autofinancia a través de las ventas, además de la publica-
ción de avisos pagados fundamentalmente por centros de estudio,
programas orientados a las mujeres y algunas ONG.

Claramente, el impulso para crear y sostener estos medios fue


mayor y más exitoso a comienzos de la década, cuando el ímpetu del
proceso democratizador y el interés y apoyo de las agencias internacio-
nales contribuyeron a mantener este tipo de iniciativas. A medida que
ambos factores desaparecen, y que las propias organizaciones feminis-
tas y de mujeres se ven afectadas por un decaimiento y desarticulación

163
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

de su actividad, la permanencia de los medios se hace mucho más


difícil. Hacia mediados de la década comienzan a desaparecer paula-
tinamente, de hecho, en la actualidad solo se mantiene la revista Con-
spirando.

En el caso de Fempress, las razones de su término, después de 20


años de trabajo ininterrumpido, son variadas. A juicio de una de sus
fundadoras se conjuga el decaimiento del movimiento de mujeres, el
cambio en los objetivos de la publicación, desgaste de “la rebeldía y la
pasión” inicial, y el cambio en los proyectos de vida de quienes traba-
jaban. Además, menciona la mayor disponibilidad de información
debido a la creación de instituciones estatales dedicadas al trabajo
con mujeres, y la mayor cobertura otorgada por otros medios a temas
relacionados con mujeres.

Junto con ello, las dificultades para convertirse en espacios eco-


nómicamente autosostenibles, en tanto no cumplen con los requisi-
tos para ser un medio comercial, inciden negativamente en la posibi-
lidad de sobrevivencia de estos medios.

Por último, en la medida en que la mayoría de estos medios na-


cen como proyectos personales o de grupos reducidos de personas,
más que como una extensión de un trabajo colectivo u organizacio-
nal, su trayectoria ha estado íntimamente ligada a cambios en los
proyectos y ciclos de vida de las mujeres involucradas. El cierre de
Puntada con Hilo se debe, de acuerdo a lo señalado por sus fundado-
ras, a la necesidad de buscar otras alternativas económicas para sus
integrantes (tras la reducción del financiamiento), y a las dificultades
para mantener una propuesta creativa y novedosa. Como lo explica
una de ellas: “Sentimos que habíamos cumplido un proceso cuando
la nueva pauta, desde nuestro entender, se dio vueltas sobre sí misma,
cuando descubrimos que no nos autogestionábamos porque la liber-
tad de mercado no es libertad para las personas sino para el mercado,
cuando notamos que la autoexplotación para mantener nuestros ho-
gares pasaba por buscar otros empleos”.

164
Capítulo II. Delineando el campo de acción

a. Estructura interna

Los medios de comunicación feminista han sido creados por


mujeres que se identifican como parte de un proyecto político femi-
nista. Marea Alta fue creada por mujeres que participaban en el mo-
vimiento feminista desde los años ochenta; Puntada con Hilo, por
feministas autónomas; la revista Con-spirando por el colectivo ecofe-
minista del mismo nombre; y Radio Tierra surge desde la Casa de la
Mujer La Morada.

Todos estos medios han contado con el apoyo de agencias de


cooperación internacional. La venta directa de la publicación no ha
sido una constante, de allí que resulte interesante mencionar el caso
de la revista Ama-Zonas, que incursionó en la venta directa en Santiago.

El contar con financiamiento ha permitido que estos medios ten-


gan un formato y diseño más profesional y una distribución mayor
en comparación con la mayoría de los medios creados en los años
ochenta.

En cuanto a la cobertura, la mayoría de las revistas y periódicos


se distribuyen en la capital, a pesar de algunos esfuerzos importantes
(por ejemplo, de Marea Alta). En relación con este aspecto, un caso
distinto lo constituye Fempress pues siendo una red de comunicación
de mujeres a nivel latinoamericano, en el país su distribución alcan-
zaba a distintas regiones, donde era recibida por ONG, organizacio-
nes de mujeres de base (no solamente feministas) y utilizada como
material por distintas radios.

En su estructura interna, han contado con personal asalariado y


voluntarias, con una clara división de funciones. Sin embargo, la
manera en que han funcionado difiere entre uno y otro medio. Pun-
tada con Hilo, por ejemplo, contaba con un equipo estable de dos
personas y un equipo de colaboradoras/res bastante regular, aunque
sin remuneración. Con-spirando, por su parte, funciona como colec-
tivo, es decir sin jerarquías y con una distribución de tareas que

165
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

permite que todas sus integrantes realicen las distintas funciones ne-
cesarias.

b. Relaciones externas

Estos medios mantienen un estrecho vínculo con organizacio-


nes, no solo porque la mayoría de las integrantes participan en colec-
tivos de mujeres o feministas, sino también por la cobertura que dan
a las actividades de estas organizaciones y la difusión de noticias e
información sobre ellas, y por el aporte de las propias organizaciones
a los medios.

Sin embargo, esta relación no está exenta de dificultades. Desde


los medios de comunicación se critica la falta de una estrategia co-
municacional por parte de las organizaciones de mujeres y feministas
para posicionar discursos en el ámbito público. Así lo señala una de
las entrevistadas refiriéndose al caso de la Radio Tierra: “Las institu-
ciones, digamos los ámbitos más organizados como podían ser insti-
tuciones u organizaciones, no tuvieron un compromiso claro y direc-
to con Radio Tierra, tal vez porque no tenían incorporado, como no
lo tienen muchas hasta el día de hoy, una práctica comunicacional en
su quehacer social, cultural y político”.

Otra dificultad se refiere a la tensión generada entre la lógica


mediática y la lógica de las organizaciones, es decir, la manera en que
se relaciona el trabajo de transmisión de información de los medios
de comunicación y el funcionamiento y dinámica de las organizacio-
nes feministas.

c. Objetivos y repertorio de acción

En su conjunto ellos han tenido la función de transmitir los plan-


teamientos feministas, informar sobre las actividades que se llevan a
cabo, comunicar a las distintas organizaciones y mujeres, e incidir en
la opinión pública y en el imaginario colectivo instalando temas asu-
midos por el feminismo.

166
Capítulo II. Delineando el campo de acción

En el caso de la revista Con-spirando, se trata de una propuesta


ecofeminista de espiritualidad y teología, que se planteó además la
creación de una red latinoamericana de ecofeminismo.

Las destinatarias de estos medios han sido las mujeres en general,


organizadas y no organizadas. En sus inicios, tanto Radio Tierra como
Puntada con Hilo se propusieron llegar principalmente a mujeres de
sectores populares, sin perjuicio de que ellos alcancen a diversos sec-
tores de la sociedad civil.

d. Trayectoria organizativa
27
Periódico Marea Alta

A principios de los noventa, dos mujeres feministas vinculadas a


la Casa de la Mujer La Morada se proponen desarrollar un “Diario de
Mujeres”. Para dar vida a esta idea elaboran un proyecto que presen-
tan a la Cooperación Sueca, el cual es aprobado con un financia-
miento por cuatro años, dando lugar a Marea Alta, periódico que
circuló mensualmente entre 1990 y 1994, con un tiraje de aproxima-
damente cuatro mil ejemplares.

Marea Alta se constituyó como una sociedad conformada por


sus dos fundadoras, quienes crearon además un Comité Editorial
compuesto por mujeres de ONG, organizaciones y grupos “impor-
tantes y activos en ese momento”. Respecto a su manera de funcio-
nar, una de las entrevistadas señala: “Contratábamos periodistas que
hacían parte como el equipo productor, secretaria. Éramos un grupo
chiquitito, éramos nosotras dos, las dos escribíamos, yo editaba el
periódico. Trabajábamos normalmente con una o dos periodistas co-
laboradoras, cada mes pedíamos colaboración a alguna periodista
nueva que quisiera publicar aquí y pagábamos por artículo”.

27
Esta descripción se basa en la entrevista a Loreto Bravo, fundadora y editora
de Marea Alta hasta su término, así como en artículos del propio periódico.

167
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

El objetivo de este periódico respondió “a la necesidad de expre-


sión y articulación de las actividades que han impulsado y desarrolla-
do, desde distintos lugares y en diferentes espacios, las mujeres del
país que aspiran a mejorar la vida a partir del reconocimiento de su
propia condición y de una búsqueda también propia de soluciones
para sus problemas específicos” (Marea Alta, nº 1, julio 1991, p. 3.).

En cuanto a su público objetivo, el periódico se propuso llegar a


“mujeres organizadas en el más amplio arco, desde grupos de salud
hasta mujeres de ONG, también mujeres que trabajaban en el Esta-
do trabajando con mujeres. Queríamos mostrarles que el movimien-
to estaba activo”.

Se vinculaban estrechamente con organizaciones feministas a tra-


vés del reporte de sus actividades de las cuales participaban, en la
medida de sus posibilidades, como un grupo feminista más.

Como medio de comunicación que intenta ser amplio en su vi-


sión y distribución, sintieron la tensión respecto a usar o no la pala-
bra feminista y las implicaciones que ello podría tener en términos de
llegada a otras mujeres. Según sus palabras, esta tensión no fue tan
profunda y se resolvió a corto andar, pues “lo que primó era la idea de
un feminismo muy amplio, muy inclusivo, muy validador de todas
las experiencias de mujeres, cualquier experiencia reivindicativa de
mujeres, sin ninguna exigencia más teórica. Yo creo que eso identifi-
caba al periódico y que era parte de lo que se les criticaba también,
que era muy amplio”.

Luego de los primeros años, el apoyo de las agencias financistas


disminuyó y sus fundadoras debieron buscar otras alternativas eco-
nómicas. Al mismo tiempo, ellas advierten una pérdida de sentido
del papel que cumplía ese medio, en tanto cambiaba el contexto na-
cional e internacional para el movimiento de mujeres con la realiza-
ción de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer y la apertura de
los medios tradicionales a los temas de las mujeres.

168
Capítulo II. Delineando el campo de acción

Nosotras nos dimos cuenta de que todo lo que tenía que ver con
comunicaciones [en el proceso de Beijing] lo copaba ISIS y Fem-
press, y nosotras no teníamos ningún espacio. Nosotras que te-
níamos el vínculo con las organizaciones populares, que teníamos
nuestras reporteras locales y todo eso, no teníamos ningún espa-
cio ahí. Por una parte, y por otra, nos dimos cuenta de que efecti-
vamente todos estos temas que eran reportajes interesantes, nove-
dosos, crecientemente estaban apareciendo mucho más en la pren-
sa. Entonces de alguna manera nosotras diagnosticamos que ya
no era el momento.

Estos factores determinaron que en 1994 se decidiera cerrar el


periódico.

3. Conclusiones

Las estructuras organizativas del campo de acción feminista en la


década de los noventa se caracterizan, fundamentalmente, por su
mayor cantidad y diversidad. Ello expresa el intento de las feministas
por construir un ámbito específico, diferenciado del amplio movi-
miento opositor y de mujeres dentro del cual se había enmarcado su
accionar político durante la década de los ochenta. De este modo, un
contexto democrático parece favorecer la diversificación y diferencia-
ción de los sujetos sociales, así como el surgimiento de nuevas formas
de accionar y expresión. Todas estas modalidades organizativas –co-
lectivos, coordinadoras, redes, medios de comunicación y programas
de género– conforman un campo de acción bastante heterogéneo
que, no sin dificultades, expresa la voluntad de las feministas de man-
tener un espacio de identificación y de acción.

Las estructuras organizativas del campo feminista en los noventa


presentan diferencias y continuidades en relación con el feminismo
de la década de los ochenta.

Los colectivos, tanto en número como en diversidad aumentan


en Santiago, Valparaíso y Concepción. Representan una continuidad
importante en relación a las formas organizativas de los años ochenta

169
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

ya que son similares en cuanto a su estructura flexible, informal y no


profesionalizada, y a sus estrategias de acción no convencionales, más
cercanas a la protesta y la denuncia. Sin embargo, el cambio en el
contexto político hace que en los noventa este tipo de estrategias no
tengan los mismos efectos, de hecho, no alcanzan una cobertura ni
articulación significativa. En este sentido, MacAdam (1999) plantea
que en un sistema democrático estrategias de este tipo generan como
respuesta la indiferencia, vigilancia, oposición u apoyo mínimo. Por
ello, es posible sostener que los colectivos han tenido dificultades
para adaptar su repertorio de acción al nuevo contexto político, para
generar alianzas con otros actores y para ganar nuevos adeptos; y a la
vez, han encontrado dificultades para mantenerse en el tiempo con
una opción por la no formalización ni profesionalización. A pesar de
estas dificultades, los colectivos siguen ocupando un lugar importan-
te en las trayectorias participativas de las feministas (el 32 por ciento
de las entrevistadas participa o ha participado en estas instancias),
como espacios de pertenencia e identificación, y de construcción de
vínculos sociales (amistad y solidaridad). Ello se refleja en la perma-
nente creación de nuevos colectivos como una característica de la
trayectoria seguida por estas estructuras organizativas a lo largo de
toda la década.

En cuanto a las coordinadoras, aunque algunas surgidas en los


ochenta perduran en los noventa, y en esta última década se crean
otras nuevas (especialmente en Santiago y Valparaíso), lo hacen con
menos fuerza y permanencia.

Se aprecia una notable continuidad de varias ONG surgidas en


los ochenta, junto con la creación de un número importante de nue-
vos organismos, especialmente en la capital. Este tipo de institucio-
nes muestran un proceso de transformación muy importante duran-
te los noventa caracterizado por una acumulación de experticia, de
conocimientos, por un proceso de profesionalización y tecnificación
que incide en el cambio de objetivos, estrategias y repertorios de ac-
ción que experimentan muchas de ellas.

170
Capítulo II. Delineando el campo de acción

Las redes temáticas, si bien comienzan a aparecer a finales de los


ochenta, es en los noventa cuando adquieren mayor presencia, arti-
culación y logros, la mayoría de ellas asentadas en Santiago pero in-
volucrando en sus acciones a organizaciones y personas de distintas
ciudades del país.

En los ochenta aparecieron varios medios de comunicación; sin


embargo, en los noventa ellos adquieren un carácter masivo y, en
algunos casos, más profesional, lo que los distingue de aquellos surgi-
dos en los ochenta que tenían un tiraje más restringido, un carácter
más artesanal y una duración más corta. Los medios de comunica-
ción han jugado un papel importante en la difusión y el traspaso de
información, conocimientos e ideas al interior del propio campo de
acción y fuera de él. No obstante, han tenido dificultades para definir
proyectos de más largo plazo y para generar estrategias de financia-
miento que les permitan una mayor continuidad.

Por otro lado, emergen nuevos tipos de estructuras dentro del


campo de acción feminista, los programas de estudios de género que
aparecen en distintas ciudades del país como espacios de generación
y difusión de conocimiento y de formación de profesionales para la
implementación de políticas con perspectiva de género.

En cuanto al repertorio de acción de las distintas estructuras or-


ganizativas que conforman el campo feminista, el cambio en las opor-
tunidades políticas ha reorientado muchas de ellas y ha propiciado el
surgimiento de nuevos repertorios. En cuanto a la reorientación de
las acciones, en el caso de las ONG, ellas tienden mayoritariamente a
asumir una estrategia de advocacy e incidencia en el Estado, es decir,
adoptan un repertorio de acción más institucionalizado o convencio-
nal. Ello implicó un proceso de formalización, diferenciación y pro-
fesionalización creciente en este tipo de organizaciones.

La creación de las redes refuerza esta estrategia, al estar concebi-


das principalmente para la incidencia en ámbitos públicos y políti-
cos; y si bien tienen menores niveles de formalización que las ONG,

171
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

alcanzan altos grados de profesionalización y especialización, lo cual


ha contribuido a generar conocimientos en áreas específicas y a cons-
truir argumentos para la instalación de estos temas en el debate.

En cuanto a los nuevos repertorios de acción es interesante des-


tacar la creación de los programas de género, instancias que además
del trabajo propiamente académico que realizan se han constituido
en espacios de incorporación de nuevas mujeres a este campo de ac-
ción, en un momento en que existen pocas instancias de este tipo.

La estructura de relaciones externas del movimiento también se


ha modificado. Los vínculos se han debilitado y las articulaciones
que existían entre las organizaciones feministas y entre ellas y otras
instancias de la sociedad civil se van haciendo cada vez menos perma-
nentes. Solo las redes y las ONG mantienen mayores vínculos al in-
terior del campo de acción, a nivel nacional y transnacional, y con
otros actores de la sociedad civil. Hay que tener presente que los
vínculos con la esfera transnacional se concentran en Santiago.

Creemos que el tipo de accionar que favorecen las estructuras


organizacionales predominantes del campo feminista en los noventa,
se caracteriza, por un lado, por desarrollar acciones de protesta y de-
nuncia, pero con niveles de articulación y cobertura más reducidos
que en la década anterior. Esto es lo que sucede con la mayoría de los
colectivos. Por otro, en la medida en que buena parte de la evolución
de la estructura organizativa feminista puede ser caracterizada por el
desarrollo de ONG, redes temáticas o programas de género, es posi-
ble afirmar que se ha tendido a priorizar lo profesional por encima de
lo militante, incentivando la inclusión de mujeres profesionales y/o
con cierta trayectoria en la política feminista.

La heterogeneidad de estructuras organizativas que conforman


el campo de acción feminista en los noventa, su mayor cantidad y
diversidad, tiene relación tanto con el impacto de los cambios a nivel
político institucional en el accionar de los actores sociales, como con
el intento de los propios actores por adecuar su accionar al nuevo

172
Capítulo II. Delineando el campo de acción

escenario político. En este proceso, los efectos han sido variados: jun-
to con abrir oportunidades para desarrollar otros repertorios e intro-
ducir nuevas lógicas de acción, ha hecho difícil la articulación entre
los distintos tipos de estructuras organizativas.

173
III

¿Quiénes son las


feministas en los noventa?
Caracterización y trayectorias individuales
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

176
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

¿Estamos siempre hablando de las mismas mujeres?


¿Somos, estas mujeres, algo que podamos nombrar como uno?
¿Somos, acaso, el sujeto social que hemos supuesto
para el despegue de esta acción?
Francisca Pérez, 1997

Las personas que constituyen un movimiento social, en un de-


terminado marco de oportunidades y restricciones políticas, inter-
pretan la realidad, visualizan las situaciones problemáticas que se
proponen superar por medio de la acción colectiva, elaboran los
sentidos o significados que orientan dicha acción, forman y dan
vida a las organizaciones que componen el movimiento, y expresan
–a través de sus percepciones y conductas– las transformaciones
ocurridas en este. Son las decisiones y estrategias individuales las
que van dando vida y estructurando el quehacer de los movimien-
tos sociales.

Es así como todo análisis de un determinado accionar colecti-


vo debe considerar la dimensión individual. Es en las biografías
individuales donde es posible visualizar el cruce de los procesos es-
tructurales (macro políticos y sociales) con una coyuntura histórica
determinada. En la vida de cada uno de los individuos involucra-
dos podemos ver cómo se conjugan los procesos colectivos que he-
mos analizado previamente.

De allí que una dimensión fundamental para comprender lo


que ha ocurrido con el movimiento feminista chileno en los noven-
ta, sea conocer lo que ha pasado con quienes componen este campo
de acción. En este capítulo se abordarán dos aspectos de la mem-
bresía feminista de los noventa. Por una parte, sus rasgos socioeco-
nómicos (edad, escolaridad, movilidad social), que contribuyen a
caracterizar el tipo de personas que son convocadas por un discurso
y una práctica feminista; y por otra, sus trayectorias organizativas,
para conocer la forma en que la adscripción al feminismo se expresa

177
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero
1
en términos asociativos y los posibles patrones que siguen estas
trayectorias y sus factores explicativos. Junto con ello, se analizará
la posible influencia de ciertos planteamientos o discursos como
marcos orientadores de dichas trayectorias, así como la manera en
que se relacionan las trayectorias feministas y partidistas, dando
cuenta del debate respecto de las opciones de militancia dentro del
movimiento.

Tanto la caracterización socioeconómica, como la reconstruc-


ción de las trayectorias participativas, se basa en la información obte-
nida por medio de las entrevistas semiestructuradas realizadas a mu-
jeres feministas en las ciudades de Santiago, Valparaíso y Concep-
ción. Para ilustrar las tendencias encontradas en las trayectorias orga-
nizativas, seleccionamos algunas biografías individuales que permi-
ten ver el modo en que las personas combinan y entrelazan sus opcio-
nes feministas con otras opciones organizativas, trayectorias laborales
y con su procedencia social y familiar.

1. Caracterizando a las feministas chilenas de los noventa

La observación de los principales rasgos socioeconómicos de las


entrevistadas, permite afirmar que la membresía feminista en los años
noventa está constituida fundamentalmente por mujeres mayores de
40 años, con altos niveles de escolaridad, mayoritariamente pertene-
cientes a clases medias y con trayectorias laborales cuyos principales
ámbitos de trabajo son las ONG y el Estado. Otro rasgo que importa
destacar es la alta proporción de mujeres que han residido en el ex-
tranjero, especialmente por razones políticas (exilio). A continuación
se analiza en detalle cada uno de estos rasgos.

1
En el sentido de modelos o tipos de trayectorias que reúnen en sí, en un alto
grado, características que permiten diferenciarlas de otras.

178
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

1.1. La homogeneidad generacional:


el predominio de generaciones mayores

El promedio de edad de las mujeres entrevistadas es de 45 años,


lo cual indica que quienes conforman el campo feminista chileno
son mayoritariamente mujeres mayores. De hecho, un 62 por ciento
de las entrevistadas tiene 41 años y más, el 30 por ciento tiene entre
31 y 40 y solo un 10 por ciento es menor de 30 años.

Esta baja presencia de jóvenes y el predominio de mujeres mayo-


res se aprecia especialmente en Santiago, donde las mujeres mayores
triplican a las menores (76% versus 24%). En cambio, en Valparaíso
y Concepción la situación es diferente: mientras en la primera ciudad
las mujeres jóvenes son una mayoría (60% tiene menos de 41 años y
18% menos de 30 años), en Concepción se observa una distribución
equitativa entre ambos grupos de edad.

Las diferencias por ciudad pueden ser interpretadas como un


indicador de la trayectoria que ha seguido el feminismo en el país. El
accionar feminista surge a fines de la década de los setenta inicial-
mente en Santiago, y es justamente en esta ciudad donde se mantie-
ne una fuerte presencia de aquellas mujeres ‘pioneras’ en este campo
de acción. Por el contrario, en las otras ciudades se inicia más tarde
con la consiguiente incorporación de mujeres de generaciones más
jóvenes. En este sentido, el surgimiento de un accionar y pensamien-
to feminista y el desarrollo de repertorios de ideas y estrategias de
acción en la capital, se traducen en una mayor disposición de recur-
sos culturales que pueden incentivar y contribuir a la organización de
feministas de otras ciudades del país.

Más allá de las diferencias que se aprecian entre ciudades, el pre-


dominio de mujeres mayores puede indicar cierta dificultad o lejanía
del discurso feminista entre mujeres de nuevas generaciones. Ello se
expresaría en la menor incorporación de estas en el movimiento, en
especial en Santiago. Sin embargo, también puede estar reflejando
los obstáculos o dificultades para abrir espacios para la participación

179
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

de mujeres de generaciones más jóvenes en el quehacer feminista, y/


o de contemplar sus inquietudes en discursos y proyectos políticos en
el período actual. Como hemos visto en el capítulo anterior, la forma
de funcionamiento de muchas de las estructuras organizativas predo-
minantes en la década de los noventa, ha tendido a dificultar la inclu-
sión de mujeres no profesionales y/o con poca trayectoria en la polí-
tica feminista: ONG, redes temáticas, programas de género. Por el
contrario, este tipo de organizaciones tiene una membresía cerrada
donde el reclutamiento de nuevas militantes no es un objetivo central.
Todo ello ha contribuido a una menor participación de mujeres jóve-
nes en el campo de acción feminista.

1.2. Preponderancia de mujeres de clases medias


2
En su mayoría, las feministas pertenecen a clases medias. En
todas las ciudades las entrevistadas declararon poseer actualmente una
situación económica cómoda o cómoda pero difícil, lo cual implicaba
tener lo que consideraban básico para vivir aunque a menudo ello
significara una carga laboral importante o una situación de inestabi-
3
lidad laboral y, por tanto, económica.

2
La categoría de clases medias, se utilizará aquí para referirse a aquellos secto-
res cuyos ingresos les permiten cubrir necesidades de vivienda, alimentación y
vestuario y que se desempeñan laboralmente como profesionales, técnicos,
empleados, comerciantes, industriales (pequeños o medianos).
3
Se les consultó a las entrevistadas acerca de su situación económica actual,
para lo cual se utilizaron categorías en torno a las cuales cada una de ellas, de
acuerdo a su percepción, evaluó su situación. Para definir estas categorías, se
utilizó el estudio de Patricia Chuchryck (1984) sobre movimiento feminista
chileno en los años ochenta. La pregunta que se formuló a las entrevistadas
fue la siguiente: ¿Cómo definiría su situación económica actual? ofreciéndoles
las siguientes alternativas: Modesta; Cómoda pero difícil; Cómoda; Más que
cómoda; Muy holgada. Esta clasificación subjetiva de las entrevistadas de su
situación económica no corresponde necesariamente a la posición que ocu-
pan en la estructura social. De hecho el que dos mujeres se declaren en una
misma categoría no siempre significa que cuenten con similares recursos ma-
teriales y económicos A pesar de las dificultades y limitaciones de esta medi-
ción, ella permitió distinguir, sobre la base de las percepciones de las entrevis-

180
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

Respecto de sus hogares de origen, más de un 40 por ciento se-


ñaló provenir de hogares de clases media o media alta (cómoda, más
que cómoda o muy holgada), casi un tercio de hogares cuya situación
era cómoda pero difícil y un porcentaje menor (27%) de hogares cuya
situación económica era modesta. Es importante agregar que al me-
nos en la mitad de los hogares de origen de las feministas, ambos
padres trabajaban remuneradamente. Ellos se desempeñaban, por
orden de importancia, como empleados, profesionales o comercian-
tes/empresarios. En el caso de las madres, las que trabajaban en for-
ma remunerada (la mitad) se desempeñaban principalmente como
profesionales y empleadas. El resto se dedicaba al trabajo doméstico,
sin perjuicio de que el 20% de ellas realizaba además algunos trabajos
remunerados en sus hogares.

Relacionando la situación económica de origen con la situación


económica actual, es decir, la percepción de movilidad social de las
4
feministas, se puede apreciar que quienes poseían una situación más
acomodada durante la infancia declaran que esta se mantuvo o que
desmejoró, ya que se advierte una disminución de los segmentos que
declararon esta situación. En cambio, la mayor parte de quienes te-
nían una situación económica modesta, perciben que actualmente ella
ha mejorado.

Esta clara tendencia a calificar la situación económica propia en


un nivel medio puede obedecer a que se ha producido una concen-
tración objetiva hacia el centro del espectro de posibilidades, o tam-
bién a que es más fácil autoidentificarse como parte del promedio.
En el caso específico de quienes declaran que su situación ha mejora-
do, se podría pensar en las oportunidades de trabajo que ha abierto

tadas, las principales tendencias en cuanto a procedencia socioeconómica de


las feministas; y comparar los resultados actuales con el estudio anteriormen-
te realizado por P. Chuchryck.
4
Se entiende por movilidad social, el cambio en la percepción de las entrevista-
das respecto de su situación económica en los dos períodos señalados: en la
actualidad y en la infancia.

181
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

para algunas mujeres la pertenencia al campo feminista, en términos


de creación de espacios laborales o alternativas de formación.

No obstante, esta procedencia mayoritariamente de clases me-


dias de las feministas chilenas parece ser un rasgo compartido con las
feministas de los años ochenta (Chuchryck 1984) y con la mayor
parte de los movimientos feministas surgidos por esos años en otros
países de América Latina (León 1994).

Sobre el feminismo chileno en los ochenta, el estudio de Chu-


chryck evidencia que su origen estuvo en mujeres de clases medias,
por lo cual muchas veces fue criticado desde sectores de izquierda
como un movimiento burgués. Las mujeres feministas estaban cons-
cientes de que las diferencias de clase se traducían en mayores recur-
sos (tiempo, educación) para reflexionar acerca del feminismo y ge-
neraban importantes contradicciones, como por ejemplo, la cuestión
del trabajo doméstico (‘la liberación de unas a costa de la explotación
de otras’). No obstante, concibieron la lucha feminista como una
lucha de todas las mujeres, que trascendía las diferencias de clase, lo
que era coherente con su vinculación ideológica y organizativa con la
izquierda. Por ello, otorgaron gran importancia al trabajo de forma-
ción política feminista de mujeres de sectores populares. De esta for-
ma, aunque el movimiento feminista siguió teniendo una expresión
entre mujeres mayoritariamente de clases medias, el trabajo de for-
mación contribuyó en ocasiones, a reforzar dinámicas participativas
de mujeres pobladoras, muchas de ellas con una larga experiencia de
trabajo organizativo, lo que se tradujo en la creación de organizacio-
nes, algunas de las cuales posteriormente se definieron como femi-
nistas populares. Ya en los años noventa, y como fuera señalado en
los capítulos anteriores, las relaciones entre feministas de diferentes
clases sociales han sido menos fluidas y más distantes.

En relación con otros países latinoamericanos, para el caso de


México Marta Lamas (1994, p. 147) señala que en este país el movi-
miento feminista también convocó mayoritariamente a mujeres de
clases medias, lo que tuvo implicancias en el sentido y orientación

182
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

que asumió el feminismo: “A la larga se pudo constatar que, al contar


con ayuda familiar o con empleadas domésticas, las feministas mexi-
canas no vivieron el proceso de rebeldía y confrontación de sus com-
pañeras norteamericanas y europeas, lo que derivó en el predominio
de una idea de feminismo como instrumento de análisis o de bús-
queda personal, más no de lucha”. Desde finales de los setenta las
feministas asumieron el feminismo “como una postura con pocas
repercusiones en la vida cotidiana y su militancia quedó reducida a
una cuestión de convencimiento y no de necesidad organizativa”. Tere-
sa P. R. Caldeira (1998) argumenta algo muy similar para el caso
brasileño.

Es por ello que algunas autoras han afirmado que esta estrecha
vinculación del feminismo latinoamericano con las clases medias ha
incidido en el tipo de conflictos que son visibilizados y en los efectos
en la vida personal de quienes adhieren a él. El hecho de que las
mujeres de clases medias latinoamericanas –a diferencia de lo que
sucede con las de EE UU o Europa– tengan mejores opciones para
contar con servicio doméstico, acceder a la salud o a practicarse un
aborto, ha significado que el pensamiento feminista haya desarrolla-
do poco las temáticas relacionadas a la vida privada (las relaciones de
género al interior de la familia), y que cuestiones como el derecho al
aborto tengan dificultades para ser asumidas públicamente como parte
de su discurso.

1.3. Altos niveles de escolaridad

La educación es una dimensión fuertemente asociada al nivel


socioeconómico. En el caso de las feministas estudiadas, un rasgo
característico es su alto nivel de escolaridad: la amplia mayoría (85%)
posee estudios universitarios –completos o incompletos– y un por-
centaje importante (17%) cuenta además con estudios de posgrado.
Este rasgo es compartido tanto por las mujeres mayores como por las
jóvenes y se distribuye en forma más o menos homogénea entre las
ciudades estudiadas. Es interesante señalar que una proporción ma-
yoritaria de las entrevistadas procede de hogares en los que uno o

183
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

ambos padres poseen formación profesional, lo cual puede significar


un estímulo para que sus hijas cursen también estudios superiores.
En efecto, la mitad de las madres tenía educación media y casi un 30
por ciento educación superior (técnica o universitaria), en tanto, la
mitad de los padres contaba con educación superior.

Resulta destacable en este aspecto el caso de Valparaíso, donde


las madres de más del 40 por ciento de las entrevistadas poseen edu-
cación superior, ubicándose por sobre el nivel de escolaridad de los
padres. Esto puede ser producto de la menor edad de las entrevista-
das de esa ciudad, en comparación a las otras dos ciudades, lo que
aumenta las probabilidades de acceso de sus madres a estudios uni-
versitarios. Los mayores niveles de escolaridad de las feministas de
esta ciudad podrían explicarse también en el hecho de que sus ma-
dres pueden haberse constituido en “modelos”, brindando estímulo
y apoyo a la formación superior de sus hijas.

Estos altos niveles educacionales de las feministas superan am-


5
pliamente el promedio nacional de escolaridad femenina. Tenemos
por tanto, que las mujeres que se definen como feministas en Chile
tienden a pertenecer a una elite en términos educacionales. No obs-
tante, sus profesiones sí se corresponden con la segmentación profe-
sional por sexo del conjunto del país. En efecto, las profesiones de las
feministas entrevistadas se enmarcan principalmente en el área de la
educación (pedagogía de nivel básico, medio y superior) y de las cien-
cias sociales, tales como trabajo social, antropología, sociología, psi-
cología, periodismo y comunicación social. En menor medida, se
encuentran abogadas y profesionales del área de la salud (médicas,
matronas y enfermeras), mientras que se registraron solo dos mujeres
del área de las ciencias matemáticas y una arquitecta. Aquellas muje-
res de la muestra que no son profesionales, se han vinculado en

5
Para el año 2000, el promedio nacional de escolaridad de la población feme-
nina de 20 años y más, alcanza los 9,6 años de estudio; en el mismo segmento
de población, solo un 10,6% posee estudios universitarios, completos o in-
completos (Encuesta CASEN 2000).

184
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

términos laborales preferentemente al área de la educación popular y


al trabajo comunitario relacionado con temáticas de mujeres.

Estos altos niveles de escolaridad, rasgo dominante del feminis-


6
mo latinoamericano de fines de los setenta, se vincula con algunas
transformaciones experimentadas por el feminismo durante los años
noventa en Chile. La tendencia a la profesionalización de las ONG y,
estrechamente relacionada con ella, la estrategia de introducir conte-
nidos de la agenda feminista en el aparato estatal, ha supuesto una
creciente demanda por un cierto tipo de personas que posean la for-
mación y experiencia adecuadas para desempeñar los diversos servi-
cios de investigación, de evaluación y gestión de proyectos o de polí-
ticas públicas.

El surgimiento durante esta década de diversos programas uni-


versitarios de estudios de género no solo ha tenido un impacto acadé-
mico, introduciendo conocimientos que antes estaban al margen de
la academia, sino también se ha constituido en otra alternativa labo-
ral para las feministas y una vía de entrada a este campo de acción,
para mujeres, principalmente jóvenes, con acceso a una educación
superior.

1.4. Trabajadoras remuneradas: el Estado y las ONG


como principales ámbitos laborales

La gran mayoría de las feministas trabaja remuneradamente. De


ellas, un 82 por ciento se desempeña como trabajadora dependiente
y un 12 por ciento lo hace en forma independiente, ya sea como
profesionales o microempresarias.

Las ONG y en segundo lugar el Estado constituyen los principa-


les espacios laborales de las feministas, siendo un porcentaje bastante

6
Al respecto se pueden consultar los trabajos reunidos en Magdalena León
(1994), los que confirman esta tendencia para Argentina, México y Brasil.

185
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

menor el que trabaja en empresas privadas. Lo anterior significa que


ellas trabajan en instituciones directamente vinculadas a las esferas
políticas, de desarrollo y de mujeres; corroborando de esta forma la
idea más o menos generalizada sobre la particular vinculación de las
feministas con estos ámbitos.

Al relacionar la información sobre el empleo actual con la del


empleo anterior (Cuadro Nº1), además de corroborarse la importan-
cia de las ONG y el Estado, se constata una circulación de feministas
entre ambos espacios. Casi un cuarto de quienes trabajan actualmen-
te en el Estado lo hizo anteriormente en una ONG, y cerca de un 10
por ciento de quienes trabajan en ONG, laboraba previamente en el
Estado.

Cuadro Nº1
Empleo actual según empleo anterior de las entrevistadas
(en porcentajes)

Empleo Actual Empleo Anterior


Funcionaria Funcionaria Micro Empresa Profesional Otra
ONG pública Empresaria privada independiente
Funcionaria
ONG 68,8 9,4 3,1 12,5 6,3 0,0

Funcionaria 23,8 66,7 0,0 9,5 0,0 0,0


pública

Micro 0,0 0,0 100,0 0,0 0,0 0,0


Empresaria

Empresa 26,7 0,0 0,0 60,0 0,0 13,3


privada

Profesional 30,0 0,0 10,0 10,0 50,0 0,0


independiente

Otra 25,0 25,0 25,0 25,0 0,0 0,0

186
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

Otro dato que también da cuenta de la importancia de las ONG


en las trayectorias laborales de las feministas, es que el 30 por ciento
de quienes trabajan como profesionales independientes fue anterior-
mente funcionaria de una ONG.

La tendencia principal es el desplazamiento de las entrevistadas


desde las ONG hacia empleos en el Estado y hacia el ejercicio inde-
pendiente de la profesión. En el primer caso, es posible que las femi-
nistas vean en los empleos estatales mayores posibilidades de estabili-
dad laboral, en tanto, quienes optan por la independencia apuestan a
una situación laboral que, si bien es más inestable, puede proporcio-
nar mejores ingresos y más posibilidades para compatibilizar las res-
ponsabilidades laborales con las familiares.

Este desplazamiento puede obedecer a varias razones. La falta de


recursos que ha afectado a las ONG en la última década ha obligado
a reducir programas y proyectos y con ello parte de su personal. Pero
junto con esta reducción de oportunidades laborales, se deben tener
en cuenta la apertura de otros espacios, gracias a la difusión e instala-
ción de un discurso feminista en diversas instancias. Un ejemplo de
ello ya mencionado, son las universidades, pero es especialmente
importante la demanda de trabajo abierta desde el Estado, debido a
la institucionalización de temáticas de género y a la forma como al-
gunas feministas han concebido al Estado como un espacio para ha-
cer un trabajo político feminista.

Al mismo tiempo, existe un circuito laboral paralelo al descrito


que corresponde al ámbito privado. Las mujeres entrevistadas que
laboran actualmente en empresas privadas proceden de empleos an-
teriores también del sector privado. Estas mujeres provienen, en ge-
neral, de profesiones u oficios no vinculados al área social.

Si bien el circuito laboral predominante (ONG-Estado) y el se-


cundario que se aprecia en el ámbito privado, se advierte en las tres
ciudades estudiadas, es posible distinguir variaciones de magnitud
que se pueden explicar por las diferencias en la estructura de la oferta

187
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

laboral en cada una de estas ciudades. Por ejemplo, en Santiago existe


un número muy importante de ONG, mientras que en Valparaíso
estas han ido disminuyendo progresivamente en los últimos años. Y
es precisamente en estas ciudades donde se concentra el mayor y el
menor porcentaje, respectivamente, de entrevistadas trabajando en
tales organismos. Tal vez esta misma situación explique el hecho de
que sea Valparaíso la ciudad donde se registra el porcentaje más alto
de entrevistadas –casi la mitad– que trabaja en el sector público.

La alta concentración de feministas en ONG y en el Estado cons-


tituye un rasgo predominante del feminismo chileno, el cual tiene
una estrecha relación con la forma en que se ha configurado este
campo de acción en los años noventa, en particular con el proceso de
‘onegización’ (Alvarez 1998) y con la creación de una institucionali-
dad estatal específica encargada de políticas de género. En este senti-
do, el importante lugar que ocupan las ONG en las trayectorias labo-
rales de las feministas, quienes casi en su totalidad trabajan temas de
género, parece proyectarse en su acción política feminista, en la me-
dida en que gran parte de dicho accionar se concentra en estos orga-
nismos.

Sobre el papel ocupado por las ONG en el movimiento, existe


un amplio reconocimiento de parte importante de la membresía fe-
minista entrevistada, de que estos organismos han contribuido a visi-
bilizar el feminismo, por medio de la generación de conocimientos
en torno a la discriminación hacia las mujeres, por la articulación de
un accionar y un discurso feminista, así como por la introducción de
contenidos de este discurso en la agenda política gubernamental,
cuestión esta última, señalada por las entrevistadas como uno de los
logros más relevantes del movimiento en la década de los noventa.
Así, por ejemplo, al ser consultadas por lo que consideraban lideraz-
gos feministas colectivos de los años noventa, las entrevistadas mayo-
ritariamente mencionan a distintas ONG. Sintetizando los aportes
realizados por estos organismos, una feminista (de 30 años) de Val-
paraíso afirma:

188
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

Ha tenido impacto el trabajo de las feministas a través de las ONG,


han puesto temas, han avanzado en la visibilización de la discri-
minación de las mujeres. Han puesto en el debate temas como la
violencia intrafamiliar y la violencia sexual.

De esta manera, las estrategias y los discursos que se privilegian


durante los años noventa se han visto fuertemente influenciados por
la vinculación laboral de las feministas con los organismos no guber-
namentales, vinculación que, a juzgar por la evidencia recogida, ha
tenido efectos variados para el movimiento feminista.

1.5. Exilio y residencia en el extranjero

Como lo han señalado otros estudios sobre el movimiento femi-


nista en Chile (Chuchryck 1984; Gaviola et al. 1994; Frohmann y
Valdés 1993; Guzmán, Mauro y Araujo 2000), la residencia en el
extranjero, en especial el exilio por razones políticas, es un rasgo ca-
racterístico entre las feministas. Esta experiencia ha ocupado un lu-
gar importante para la emergencia del feminismo en el país en los
años ochenta, en cuanto permitió a muchas mujeres un primer con-
tacto con el pensamiento y con grupos de reflexión y acción feminis-
ta. El exilio se constituyó –afirman Guzmán, Mauro y Araujo (ibíd.)–
en “el vínculo más importante entre las expresiones nacionales e in-
ternacionales del movimiento feminista y en un vehículo de difusión
de las nuevas ideas y formas de organización al interior del país”. Fue
este contacto con el feminismo fuera del propio país el que se trans-
formó en “el estímulo inicial para identificar la naturaleza y conteni-
do” de sus problemas y malestares que hasta ese momento consti-
tuían un “problema sin nombre” (Chuchryck 1984, p. 379). Y fue-
ron muchas de estas mujeres quienes, a su regreso al país, jugaron un
papel importante en la construcción de un movimiento feminista en
Chile.

Entre las feministas entrevistadas, más de la mitad (53%) ha vi-


vido fuera del país en algún momento de su vida, experiencia que en
la mayoría de los casos está vinculada a la instalación de la dictadura

189
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

militar y la represión política que obligó a miles de chilenos y chile-


nas a emigrar. Un 72 por ciento de las entrevistadas que vivieron
fuera del país, lo hicieron durante la dictadura. Esto permite afirmar
que la residencia fuera del país constituye fundamentalmente una
experiencia de exilio. En el caso de Concepción, esta relación es más
marcada en tanto allí la totalidad de feministas que vivió fuera del
país lo hizo durante la dictadura.

Otra información que refuerza la idea de que para las feministas


chilenas la vivencia en el extranjero ha estado ligada a la experiencia
de ser opositoras al régimen militar y, por tanto, tiene una dimensión
claramente política, es la fuerte correlación que existe en las entrevis-
tadas de las tres ciudades y de las dos cohortes de edad, entre militan-
cia partidaria y vivencia en el extranjero. Del total de entrevistadas
que residieron fuera del país, casi el 80 por ciento ha militado en
partidos políticos. Esto es un factor relevante para entender algunas
dimensiones identitarias asumidas por el movimiento feminista en
Chile, en tanto el exilio contribuye a fortalecer una identidad femi-
nista política antiautoritaria, opositora a regímenes políticos dictato-
riales o de orientación de derecha.

Las mujeres que han vivido fuera son predominantemente ma-


yores de 40 años (67% de mujeres mayores frente al 29% más jóve-
nes), lo cual puede estar vinculado al período en el cual se produce la
principal “expulsión” de personas fuera del país, ya que son aquellas
mujeres que viven la etapa de la dictadura como adultas quienes de-
ben migrar. Las feministas de generaciones más jóvenes han vivido la
experiencia del exilio o de residencia en el extranjero como parte de
un proceso familiar (sus padres debieron exiliarse) o, en mucho me-
nor medida, por razones académicas en años recientes.

La residencia fuera del país, que en la generalidad de los casos


comprendió períodos prolongados (más de la mitad por más de seis
años y un tercio entre dos y cinco años) y se concentró en países
«desarrollados” de Europa y Norte América; supuso para la mayoría
de las mujeres enfrentarse a un país cuyo idioma no dominaban, con

190
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

maridos ocupados en el trabajo político, con hijos pequeños y sin


servicio doméstico pagado. En tal sentido, Guzmán, Mauro y Araujo
(op. cit.) señalan que “Las críticas experiencias por las que atraviesan
las mujeres que abandonan el país en su calidad de militantes de
izquierda o como pareja de exiliados, obligadas a relacionarse con su
pareja y familia bajo nuevas circunstancias, las hace sensibles a las
ideas que difunde el pujante movimiento feminista entre mediados
de los setenta y de los ochenta en Europa y Estados Unidos. El repu-
dio de este movimiento a la dictadura militar chilena facilita el trán-
sito desde la lucha antidictatorial al cuestionamiento de la posición
subordinada de las mujeres y combina el apoyo a la resistencia en
Chile con la militancia en organizaciones de mujeres”. Estas circuns-
tancias incentivaron el cuestionamiento de los estilos de vida y mo-
delos de género tanto en el ámbito familiar, social como político, y
en muchos casos fueron un punto de partida en su definición como
feministas.

La historia de una de las entrevistadas (de 53 años) de Santiago


da cuenta del proceso vivido por muchas mujeres exiliadas. En 1974
ella parte a Alemania, donde reside durante 14 años. Con una trayec-
toria de militancia partidaria y estudiantil importante, sus contactos
con el feminismo eran mínimos. Es en Alemania donde comienza un
fuerte proceso de cuestionamiento personal sobre su vida familiar y
sus opciones político partidarias, el que da paso a su definición como
feminista.

Mi primera reflexión en torno a ser mujer tiene que ver con mis
roles, es decir, yo soy una expresión típica de la mujer que re-
flexiona por las cargas del trabajo doméstico y por la maternidad,
porque yo estaba sola … con un bebé de tres meses y todo el
quehacer de la reproducción y del cuidado infantil pasaba por mí.
… cuando llega mi marido … yo sigo haciendo de todo y me
empiezo a molestar y me ponía absolutamente agresiva y yo no
sabía por qué me molestaba … de a poco me fui dando cuenta …
era como seguir haciendo yo los roles.

Frente a esta situación decide estudiar como un modo de “salirse

191
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

de los roles”. Paralelamente recibe invitaciones de feministas alema-


nas a participar en diversas reuniones y “ahí me empiezo a dar cuenta
de la división de roles … nunca me lo había preguntado y lo aceptaba
como una cosa que se daba no más”. Posteriormente forma un grupo
con otras exiliadas latinoamericanas y feministas alemanas que se pro-
ponen apoyar a feministas de distintos países latinoamericanos, ex-
periencia que recuerda como un gran aprendizaje

Porque yo vengo de algún modo de un desarrollo de liderazgo


estudiantil, pero en un marco muy autoritario que era la sociedad
chilena, es decir, la educación era autoritaria, en la casa se era
autoritario, la Iglesia [católica] autoritaria … Mi aprendizaje fue
muy bonito en el sentido de que me reconstruyó por lo menos
reflexivamente y en espacios prácticos [en la organización]. Yo eso
lo encuentro bonito, esta historia de relacionarme en lo que yo soy,
lo que produzco y lo que hago en relación con las otras mujeres.

En adelante se definirá como feminista. Como ella, más de la


mitad de las entrevistadas residió fuera del país enfrentando situacio-
nes parecidas y vivenciando procesos similares, lo que hace posible
afirmar que el feminismo chileno desde los años ochenta ha estado
cruzado por contactos y aprendizajes que sobrepasan las fronteras
nacionales, eso sí, con diferencias importantes en cuanto a la influen-
cia que han ejercido estos contactos en el proceso específico de con-
formación de los campos feministas en distintas ciudades del país.
De hecho, la mayor cantidad de feministas que ha vivido en algún
momento fuera del país se concentra en Santiago –dos tercios de las
entrevistadas–, en cambio en las otras ciudades, menos de la mitad
(40%) ha tenido esta experiencia.

La caracterización de las feministas chilenas en los noventa, mues-


tra que los rasgos predominantes identifican también a las feministas
de los años ochenta y más ampliamente, a las feministas latinoameri-
canas desde finales de los años setenta. Esto expresa una continuidad
en el tipo de mujeres que han sido convocadas por un discurso y una
práctica feminista en diversos contextos nacionales. Una explicación
a estas coincidencias es que el desarrollo de los movimientos de

192
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

mujeres estaría estrechamente relacionado con procesos de industria-


7
lización y modernización, en la medida en que ellos significaron un
mayor acceso de las mujeres a la educación, una ampliación del mer-
cado de trabajo, flujos migratorios y una creciente urbanización, todo
lo cual ha favorecido la formación de una clase media.

Estos procesos también implicaron el desarrollo de valores igua-


litarios que incentivaron la creación de movimientos y la existencia
de una red de comunicaciones. Esto no significa asumir que la rela-
ción entre las transformaciones modernizadoras y feminismo sea au-
tomática, como si el feminismo hiciera parte en un proceso lineal de
cambio socioeconómico. La evidencia muestra que importantes mo-
vimientos de mujeres se han desarrollado en países con bajos niveles
de industrialización y modernización (Basu, 1999). Sin embargo, no
es posible desconocer que, como lo han indicado otras autoras (Var-
gas 1994, p. 47), muchos de estos procesos han traído para las muje-
res “claras ventajas” al abrir mayores posibilidades “de cuestionar el
carácter natural de su subordinación”, lo que junto con la propia
agencia de las mujeres en la creación de movimientos críticos al or-
den social, han contribuido tanto a profundizar algunos de los plan-
teamientos de la modernidad como a evidenciar y rechazar el orden
de género establecido.

La gravitación del exilio por razones políticas, como otra caracte-


rística de las feministas chilenas, expresa la vinculación tanto teórica
como política del feminismo con una tradición política de izquierda,
rasgo que comparte con la ‘segunda ola’ del feminismo latinoamericano.

2. La militancia como opción de vida: trayectorias organizativas


de las feministas

Un análisis del campo feminista desde la dimensión individual,


nos permite también reconstruir las trayectorias organizativas que

7
Para una discusión sobre el tema, puede consultarse Chuchryck (1984) y
Amrita Basu (1999).

193
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

han seguido las feministas en un contexto de rápidos y profundos


cambios estructurales (políticos y sociales). Reconstruir el recorrido
que muchas mujeres han seguido en cuanto a su participación políti-
ca, activismo social y militancia feminista, nos permite entender cómo
estos procesos macrosociales son experimentados y asimilados a nivel
individual y, por tanto, la forma en que ellos inciden concretamente,
en la estructuración de un campo de acción como el feminista.

Para esto, se reconstruyeron los itinerarios seguidos por las en-


trevistadas en organizaciones feministas, organizaciones de mujeres,
organizaciones sociales y partidos políticos, con el fin de conocer la
manera en que la adscripción al feminismo se relaciona con otras
formas de asociatividad, si las trayectorias siguen determinados pa-
trones y si en ellas ciertos planteamientos feministas –en especial el
debate en torno a la doble militancia– han operado como marcos
orientadores de sus prácticas asociativas.

En las trayectorias organizativas reconstruidas es posible obser-


var como rasgo dominante la participación de las entrevistadas –si-
multánea o consecutivamente– en los diversos tipos de organizacio-
nes; siendo las instancias feministas y los partidos políticos las que
concentran los mayores niveles de participación (Gráfico Nº 1).

Gráfico Nº1. Trayectorias organizativas


(en porcentajes)
90
80 SÏ participa
70 NO participa
60 Sin información
50
40
30
20
10
0
Organizaciones Partidos Organizaciones Organizaciones
Feministas Políticos Sociales de Mujeres

194
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

Esto indica que en su mayoría, quienes componen este campo de


acción son mujeres con una marcada orientación al compromiso so-
cial y político, así como a la participación en diferentes instancias
colectivas. Ello expresa también un interés por lo público entendido
como debate sobre proyectos de sociedad y como producción de dis-
cursos cuestionadores del orden social vigente.

2.1. Trayectorias en los diversos ámbitos


de participación política

Una revisión de la participación en cada una de las organizacio-


nes identificadas, permite caracterizar más en detalle los itinerarios
seguidos por las entrevistadas, determinando las relaciones que ellas
establecen entre la participación en una y otra organización; los posi-
bles patrones, secuencias y factores explicativos de tales patrones (di-
ferencias por edad, ciudad de residencia, proyecto político). En espe-
cial, interesa analizar las trayectorias en partidos políticos (militancia
partidaria) y en organizaciones feministas (militancia feminista) a fin
de determinar la procedencia organizativa de las entrevistadas y la
relación –en sus comportamientos organizativos– entre sus opciones
partidarias y feministas.

a. Fronteras difusas: organizaciones feministas y


organizaciones de mujeres

Para efectos de esta investigación, se han definido como organi-


zaciones feministas todas aquellas que, primero, se autodefinen como
tales y, segundo, orientan su reflexión y accionar específicamente en
torno a su identidad de género. Las organizaciones de mujeres –no
feministas– aluden a todas las expresiones colectivas que si bien se
organizan en tanto mujeres, definen sus estrategias y acciones en tor-
no a ejes temáticos que no se refieren específicamente a las relaciones
de género o a la subordinación de las mujeres en esas relaciones. Esto
no significa plantear que la distinción sea clara o tajante. Por el con-
trario, las fronteras entre organizaciones feministas y de mujeres son

195
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

siempre fluidas, sobre todo si se consideran los procesos de toma de


conciencia y desarrollo personal característicos de los espacios colec-
tivos de mujeres.

Por ello, la distinción que se hace entre ambas organizaciones no


desconoce lo estrechamente relacionadas que ellas han estado. De
hecho, diversos estudios relativos al movimiento chileno de mujeres
surgido en los años setenta (Frohmann y Valdés 1993; Valdés y Weins-
tein 1993), coinciden en señalar que este movimiento lo formaban
las organizaciones de mujeres pobladoras, tanto de derechos huma-
8
nos como de feministas. De allí que en Chile, al igual que en otros
países de América Latina, el movimiento feminista y el movimiento
de mujeres se hayan “reforzado, fortalecido y apoyado entre sí” (Ster-
nbach et al. 1994, p. 107).

No obstante, siguiendo los objetivos planteados por el estudio,


el interés se centró en el campo feminista, lo cual hizo necesario defi-
nir las fronteras de este campo de acción con respecto al resto de
instancias que forman parte del movimiento de mujeres. A partir de
esta distinción, se observan las relaciones que las entrevistadas esta-
blecen en sus trayectorias participativas entre ambas organizaciones.

Al respecto, una primera constatación es que predominan las


trayectorias que combinan, en forma simultánea o consecutiva, la
participación en organizaciones feministas y de mujeres. La forma en
que las entrevistadas relacionan ambas trayectorias, muestra algunas
diferencias de acuerdo a la ciudad de residencia. En Santiago, por
ejemplo, se dan los porcentajes más altos de entrevistadas, en especial
de jóvenes, que solo han participado en organizaciones feministas.
En cambio, en Valparaíso y Concepción son especialmente las jóve-
nes quienes combinan ambas trayectorias. En estos casos, las jóvenes

8
Valdés y Weinstein (1993) distinguen seis vertientes organizativas principales
que conforman el movimiento de mujeres y que incluyen las ya señaladas:
organizaciones de subsistencia, de derechos humanos, políticas, feministas,
religiosas y organizaciones de comunicación y cultura

196
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

tienden a participar primero en organizaciones de mujeres (no femi-


nistas) para posteriormente ingresar a organizaciones propiamente
feministas. Esto podría ser indicativo de que para las jóvenes las orga-
nizaciones de mujeres constituyen una puerta de entrada al campo
de acción feminista. Además, da cuenta de la trayectoria seguida por
el feminismo, cuyo accionar en los ochenta se da en el marco más
amplio del movimiento de mujeres y en los noventa intenta construir
un ámbito de acción diferenciado, específicamente feminista.

Una segunda constatación es que los itinerarios seguidos por las


entrevistadas en cada tipo de organización son significativamente di-
ferentes.

En el caso de las organizaciones feministas, la amplia mayoría de


las mujeres entrevistadas ha participado activamente en alguna de
ellas en algún momento (77%). En este sentido, Concepción es la
ciudad que concentra los más altos niveles de militancia feminista,
puesto que más del ochenta por ciento de las entrevistadas ha partici-
pado en algún momento en una organización feminista.

Esta militancia en organizaciones feministas, es notoriamente


superior entre las mujeres menores de 40 años, en las tres ciudades
estudiadas, y se concentra fundamentalmente durante los años no-
venta. En el caso de las mujeres mayores de 40 años, casi un 30 por
ciento participó en organizaciones feministas en forma ininterrum-
pida desde los ochenta hasta los años noventa. Esto supone trayecto-
rias largas, que indican una significativa continuidad en la adhesión a
estas organizaciones; mientras que otro grupo menor (15%) partici-
pó sólo en la década del ochenta.

A pesar de estas diferencias generacionales, la tendencia global


muestra que la mayor participación en estas organizaciones se con-
centra en los años noventa, vinculada a la aparición –desde comien-
zos de la década– de un número mayor de organizaciones feministas
como expresión del intento por construir un ámbito específico que
permitiera a las feministas diferenciarse del amplio movimiento

197
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

opositor y de mujeres dentro del cual se había enmarcado su accionar


político antidictatorial durante la década anterior.

Otro aspecto interesante es que, a lo largo de toda la década de


los noventa, la militancia feminista se mantiene como una constante.
Esto se expresa en porcentajes similares de participación en la prime-
ra y segunda mitad de la década, aumentando aún, durante la segun-
da mitad, la participación de mujeres en los dos grupos de edad (10%
y 14%, respectivamente). Por otra parte, al momento de la entrevis-
9
ta, cerca de un 30 por ciento de las entrevistadas declaró estar parti-
cipando en organizaciones feministas.

Tomando en cuenta esta información, el supuesto de que la mi-


litancia feminista habría desaparecido durante los años noventa no
da cuenta de las trayectorias organizativas de las mujeres entrevista-
das. Es probable que este supuesto se relacione con aspectos más sub-
jetivos, relativos a transformaciones en el sentido de la participación,
sus orientaciones, su visibilidad y sus alcances. Al respecto, las opi-
niones de las entrevistadas aluden a algunos de estos cambios. Men-
cionan que la participación en organizaciones se remite cada vez más
a grupos pequeños y a espacios claramente diferenciados entre sí (aca-
démicos, gubernamentales, instituciones privadas). Señalan además,
que el sentido de esta participación, especialmente en espacios pe-
queños y orientados a la reflexión, parece expresar una búsqueda más
individual y acotada a ciertos ámbitos de la vida personal, por lo que
el accionar se vuelve más discontinuo, laxo y disperso.

En el caso de las organizaciones de mujeres, solo el 45 por ciento


de las entrevistadas ha participado en ellas, lo que la convierte en la
trayectoria menos relevante en términos porcentuales.

La participación en organizaciones de mujeres se distribuye de


manera homogénea en ambos grupos de edad, aunque se aprecia una
participación levemente superior de las mujeres de más de 40 años,

9
Las entrevistas se realizaron entre el año 2000 y el 2001.

198
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

quienes mayoritariamente participaron en dichas organizaciones du-


rante la dictadura, reduciendo su participación en la década de los
noventa.

Por ciudades se observan diferencias marcadas: en Valparaíso se


concentra la mayor participación en organizaciones de mujeres y en
Concepción, la menor. Santiago sigue la tendencia general de la
muestra, destacándose la mayor participación de las entrevistadas
mayores de 40 años.

Las fuertes diferencias que se aprecian en las trayectorias segui-


das por las entrevistadas, en organizaciones feministas y de mujeres
expresan, por un lado, las diferentes etapas del ciclo de vida en que se
encuentran las entrevistadas de los dos grupos de edad, y por otro,
dan cuenta de parte de los procesos seguidos en los años noventa por
estas organizaciones: mientras las organizaciones de mujeres y pro-
gramas de intervención dirigidos a mujeres desde ONG disminuye-
ron durante estos años (CEPAL 2000), al mismo tiempo aparece un
mayor número de organizaciones específicamente feministas.

La baja participación en organizaciones sociales de mujeres tam-


bién es producto del drástico cambio en el escenario político y eco-
nómico que ha experimentado el país en la última década. Una gran
cantidad de organizaciones y movimientos se habían constituido al
calor de la lucha por la democracia y una vez conquistado ese objeti-
vo, muchas de esas ellas tienden a desaparecer. Asimismo, muchas
organizaciones sociales de mujeres en la década anterior, tenían un
objetivo de subsistencia ante las duras condiciones impuestas por la
crisis económica de principios de los 80. Al mejorar las condiciones
generales del país en los 90, estas organizaciones también se disol-
vieron.

Todos estos factores descritos pueden tener incidencia en las di-


ferencias en la motivación y en las oportunidades concretas para par-
ticipar, entre las feministas de ambas cohortes.

199
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

§ Encuentros feministas nacionales y latinoamericanos

Junto con la creación de colectivos y organizaciones, recién ini-


ciado el proceso de transición la estrategia asumida para construir un
discurso y accionar político público propiamente feminista, fue la
organización de encuentros y foros nacionales que se transformarían
en las instancias de debate, construcción de acuerdos y articulación
del movimiento. Los encuentros feministas constituyeron una ‘vía de
ingreso’ al feminismo en el ámbito nacional, permitiendo la integra-
ción de nuevas mujeres a este campo de acción y la vinculación entre
activistas ubicadas en distintos ámbitos sociales a nivel nacional. De
allí que la participación en estos encuentros forme parte de las trayec-
torias feministas de las entrevistadas y analizarla permita conocer el
grado de adhesión que alcanzó esta modalidad de participación para
perfilar un campo de acción feminista.

En las tres ciudades, proporciones siempre superiores al 30 por


ciento de las entrevistadas participó en cada uno de los tres encuen-
tros feministas nacionales realizados, mientras que una proporción
menor lo hizo en los foros nacionales. Con el transcurso de los años,
esta participación tendió a disminuir, especialmente en el caso de los
Encuentros: Mientras en el primero participó el 52 por ciento de las
entrevistadas, en el último lo hizo solo el 35 por ciento de ellas. Esto
se puede atribuir a los procesos más generales que se observan en el
campo feminista en su conjunto y que hemos analizado en los capí-
tulos anteriores: tendencia a la disminución o desaparición de orga-
nizaciones de carácter más movimientista; creciente polarización y
conflicto en Santiago en torno al debate entre autonomía e institu-
cionalidad; cierto abandono de la estrategia por construir una esfera
10
política específicamente feminista, entre otras.

10
No disponemos de la información acerca del número total de participantes
en cada uno de esos encuentros y foros. No obstante, conocer esa evolución
permitiría establecer una correlación entre los grados de participación de las
entrevistadas y la magnitud de la movilización feminista en este período.

200
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

Por ciudades se aprecia que las entrevistadas participan más ma-


sivamente en aquellos encuentros y foros celebrados en sus propias
localidades, lo cual da cuenta de que los esfuerzos desplegados a co-
mienzos de la década por descentralizar el accionar feminista, incen-
tivaron efectivamente la participación y vinculación de mujeres fe-
ministas fuera de la capital. En Valparaíso y Concepción, las entrevis-
tadas participaron mayoritariamente en los encuentros realizados en
sus respectivas ciudades: 70 por ciento de las entrevistadas de Valpa-
raíso asistieron al primer Encuentro y 78 por ciento de las de Con-
cepción asistieron al segundo Encuentro. En el caso de Santiago, no
necesariamente se da esta relación, ya que la más alta participación se
registra en el primer Encuentro (que se realizó en Valparaíso) al que
asistió el 52 por ciento de las entrevistadas, y la segunda participa-
ción más importante se observa en el tercer Encuentro, celebrado en
Santiago y al que asistió el 39 por ciento de las entrevistadas.

Otro aspecto también indicativo de las trayectorias feministas, es


la participación en encuentros feministas latinoamericanos y otros
eventos internacionales. En cuanto a los encuentros latinoamerica-
nos, aunque en las tres ciudades hay entrevistadas que han participa-
do en ellos, son las feministas de Santiago las que lo han hecho en
mayor proporción, con un 80 por ciento de las mujeres entrevista-
das, quienes en su mayoría asistieron con regularidad a los mismos.
En Valparaíso, la mitad de las entrevistadas (50 por ciento) ha parti-
cipado en uno o más de dichos encuentros, mientras que en Concep-
ción lo ha hecho el 26 por ciento. En cuanto a la participación en
otros eventos internacionales, también se pueden ver patrones dife-
renciados por ciudades. En el caso del proceso de Beijing, la partici-
pación de las feministas de Concepción y Valparaíso se concentra en
los encuentros preparatorios y de seguimiento, alcanzando en ambas
ciudades el 80 por ciento de las entrevistadas, en tanto en Santiago el
60 por ciento participó no solo en el proceso nacional, sino también
en los preparatorios internacionales y en la Conferencia misma. En
otros eventos internacionales como encuentros de feministas autó-
nomas, encuentros de redes o coordinaciones temáticas, seminarios
o cursos relacionados con el tema de género y especialmente en

201
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

cumbres mundiales, se observa un predominio en la participación de


feministas de Santiago.

Dicha preeminencia refleja la concentración de los vínculos con


personas, organizaciones e instituciones fuera del país, en las femi-
nistas de la capital, ya que son ellas quienes mantienen más perma-
nentes y fluidas relaciones de este tipo. Es decir, el acceso a redes
internacionales se distribuye desigualmente según la ubicación terri-
torial de las feministas.

Por último, es importante mencionar las oportunidades de vin-


culación que han abierto en el ámbito académico, los seminarios na-
cionales de estudios de género que se vienen realizando anualmente
desde 1993, y los encuentros a nivel latinoamericano iniciados en
1997, luego de la creación de una Red de Universidades de América
Latina y el Caribe. A ellos han asistido académicas de distintas ciuda-
des del país, lo que ha permitido establecer contactos y estrechar rela-
ciones con otras académicas y programas dentro del país y fuera de
11
él.

b. Partidos políticos: su persistencia


como espacios de participación

Un porcentaje cercano al 70 por ciento de las feministas ha mili-


tado en algún partido político, lo que muestra que la participación

11
A nivel nacional se han realizado seminarios interdisciplinarios de Estudios
de Género de universidades chilenas en la Universidad de Chile, Santiago
(1993); Universidad de Concepción (1994); Universidad de Playa Ancha,
Valparaíso (1995); Universidad de Santiago, Santiago (1996); Universidad de
La Serena (1997) y Universidad de Chile, Santiago (1998). A nivel regional,
se han efectuado encuentros de programas universitarios de Estudios de Gé-
nero de América Latina y el Caribe en Nicaragua (1997), Chile (1998), Pana-
má (1999), Bolivia (2000) y Ecuador (2001). A estos encuentros latinoame-
ricanos han asistido diferentes programas nacionales, por ejemplo, en los dos
primeros participaron 11 programas de género nacionales. Prado (1998);
Montecino y Obach (1998) y entrevistas realizadas a académicas.

202
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

en el movimiento feminista no ha sido excluyente de la militancia


partidaria.

Esta militancia claramente está asociada a los partidos de izquier-


da, siendo el Partido Socialista el que concentra una mayor participa-
ción (38%). También ocupan lugares importantes el Movimiento de
Izquierda Revolucionario, MIR (16%), el Movimiento de Acción
Popular Unitaria, MAPU y el Partido Comunista (12% cada uno).
Esto confirma la estrecha relación del feminismo surgido en los años
ochenta con un proyecto socialista (Chuchryck 1984).

Aunque la participación en partidos políticos es una práctica


ampliamente difundida entre las feministas, independientemente de
su edad, existe una incidencia más alta entre las mayores de 40 años
(72% en comparación con el 57% de las más jóvenes). En el grupo
de entrevistadas más jóvenes, la militancia se inicia mayoritariamen-
te en la década de los ochenta y un grupo menor lo hace en los años
noventa. No obstante, esto tiende a disminuir en esta última década.
Por el contrario, las mujeres mayores de 40 años comenzaron mayo-
ritariamente su militancia partidaria antes del golpe militar o a co-
mienzos de la dictadura, manteniéndola hasta la década de los no-
venta: una cuarta parte de estas mujeres ha militado desde antes del
golpe hasta la década de los noventa, lo que da cuenta de trayectorias
con un alto grado de continuidad y compromiso partidario.

Estas diferencias generacionales son indicativas de los cambios


políticos que el país ha vivido, ya que si bien los partidos políticos
siguen teniendo una importante gravitación en la vida política nacio-
nal, se ha producido un proceso de debilitamiento de ellos como
instancias de militancia, especialmente entre las generaciones jóve-
nes. No obstante, llama la atención que aún entre las feministas jóve-
nes los partidos siguen manteniendo una importante presencia que
se expresa en que cerca del sesenta por ciento de ellas milita en estas
instituciones.

203
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Un análisis comparado por ciudades muestra que si bien la ma-


yoría de las entrevistadas ha militado en algún momento, existen
patrones relativamente distintos en cada caso. Así, mientras en Val-
paraíso y Concepción se presentan proporciones similares de mili-
tancia partidaria (81% y 86%, respectivamente), en Santiago existe
una proporción más elevada de mujeres que nunca ha militado (41%),
especialmente feministas jóvenes.

El caso de Concepción es interesante, puesto que aparece como


la ciudad con mayor tradición de militancia en partidos políticos
entre las feministas entrevistadas. Aquí se concentra la proporción
más elevada de entrevistadas que manifiesta haber militado, al mis-
mo tiempo que entre ellas casi el 40 por ciento lo ha hecho ininte-
12
rrumpidamente. Es necesario tener en consideración que Concep-
ción es una ciudad con una importante tradición política, cuya uni-
versidad ha sido un centro de actividad social y política en la que se
originó el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), que al-
canzó presencia nacional especialmente a fines de los años sesenta y
en los años setenta.

En Valparaíso la proporción de feministas que ha participado en


algún partido político también es muy alta; a diferencia de Concep-
ción, el porcentaje que declara haber militado en forma ininterrum-
pida es muy bajo (5%). La militancia parece estar asociada, más que
en otras ciudades, al período dictatorial pues la mitad de entrevista-
das manifiesta haber militado durante ese período. Esto puede inci-
dir en el tipo de discursos y estrategias políticas impulsadas en el
campo feminista de Valparaíso, que se han desarrollado estrechamente
vinculados a la coyuntura política nacional, así como en su identidad
política en términos más generales, marcada por la lucha por la de-
mocracia.

12
Es decir, la militancia de estas entrevistadas ha comprendido los siguientes
períodos: Antes del Golpe de Estado (1973), Dictadura (1973-1988) y Déca-
da de los noventa (1989-2000).

204
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

Por último, en Santiago los datos no permiten establecer una


identidad predominante en términos de militancia partidaria ya que
es menor la cantidad de mujeres que militan, en especial las jóvenes,
y esta militancia se distribuye mucho más equitativamente en los
distintos períodos. El menor porcentaje de militancia en partidos
políticos en Santiago puede estar relacionada con el mayor número
de feministas en esta ciudad y la mayor diversidad de corrientes, sec-
tores y procedencias de ellas. En la medida en que existe mayor hete-
rogeneidad social y se amplían los espacios desde donde ‘hacer políti-
ca’, la cantidad de mujeres militantes de partidos disminuye como
proporción del total. La aparición de otras formas de hacer política
que, por ejemplo, persiguen un impacto más cultural o social que no
necesariamente está dirigido al Estado ni pasa por la adscripción a
partidos políticos, también pueden ayudar a explicar este menor por-
centaje de militancia partidaria en la capital.

§ Participación electoral

Otra expresión del comportamiento político de las feministas es


la participación en los procesos electorales ocurridos entre 1988 y
13
1999. En torno a ellos, se consultó a las feministas por las acciones
que habían desarrollado en cada una de esas ocasiones, más allá del
acto de votar. Según la información recabada, la inmensa mayoría de
feministas entrevistadas (71%) ha estado activamente involucrada en
los procesos electorales de la última década y, entre ellas, casi el 40
por ciento ha participado en todos estos procesos.

Concepción es donde existe la más alta proporción de entrevis-


tadas que ha participado en los procesos electorales, lo cual puede
relacionarse con la mayor tradición de militancia partidaria que pre-
senta esta ciudad. Por edad, aunque es posible observar que las muje-
res jóvenes y mayores han participado en los procesos electorales en

13
Se consideró el plebiscito de 1988 y las elecciones presidenciales de 1989,
1993 y 1999.

205
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

forma mayoritaria (63% y 75%, respectivamente), las mayores


muestran un porcentaje más alto y una más alta proporción de parti-
cipación en todos estos procesos (40%). Al igual que en el caso de la
militancia partidaria, en la que las mujeres jóvenes mostraban un
porcentaje notoriamente inferior en comparación con las mujeres de
la cohorte mayor, en relación con la participación electoral se consta-
ta que la relación con la política institucional ha experimentado cam-
bios importantes en las nuevas generaciones. No obstante, es impor-
tante tener en consideración que, a pesar de estas diferencias genera-
cionales, los niveles de participación electoral de las feministas estu-
diadas, superan los de la ciudadanía en general, entre quienes dismi-
nuyó la inscripción en los registros electorales de 92 por ciento en
1988 a 85.6 por ciento en 1997, y aumentó la abstención (GIM 2002).

En cuanto a las acciones concretas desarrolladas por las feminis-


tas en estos procesos electorales, se trata fundamentalmente de traba-
jo cotidiano de campaña y, notoriamente menos, labores de direc-
ción o coordinación de las campañas mismas. Es decir, la forma más
frecuente de participación de estas feministas ha sido a través de acti-
vidades de propaganda y entrega de información en los domicilios de
los votantes (‘puerta a puerta’), lo que no difiere de las modalidades
habituales de participación de las mujeres en general en este tipo de
procesos políticos, predominantemente desde posiciones funciona-
les o subordinadas.

Como ya se ha mencionado, es interesante destacar que solo a


inicios de la década (1993) presentó el movimiento feminista una
candidatura propia. Esto constituyó, más allá de sus efectos al inte-
rior del campo de acción, el único pronunciamiento como movi-
miento en los procesos electorales nacionales de la década.

c. Organizaciones sociales: otra expresión


del compromiso social y democrático

Más de la mitad de las entrevistadas (60%) ha participado en


organizaciones sociales. Esta participación se presenta con mayor

206
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

frecuencia en las mujeres jóvenes, entre quienes alcanza casi un


80 por ciento; en cambio, entre las mujeres mayores, llega a la
mitad.

De acuerdo al tipo de organización, la participación se distribu-


ye de manera similar, siendo las más relevantes las organizaciones del
14
movimiento estudiantil, de derechos humanos y las culturales. No
obstante, por ciudades se observan ciertas diferencias. En Valparaíso,
donde se registran los mayores niveles de participación social de la
muestra, las organizaciones que concentran los niveles más altos de
participación son las del movimiento estudiantil, organizaciones de
base y de derechos humanos. En Santiago, el mismo papel lo ocupan
las organizaciones de derechos humanos y es la única ciudad con un
porcentaje relevante de participación en gremios o sindicatos. En
Concepción, aunque la distribución es bastante equitativa, se destaca
la participación en organizaciones culturales, lo cual puede relacio-
narse con la orientación más cultural de muchas organizaciones fe-
ministas de esa ciudad.

La importancia del movimiento estudiantil y de las organizacio-


nes de derechos humanos en las trayectorias sociales de las entrevista-
das, evidencia los fuertes lazos entre el accionar feminista y otras esfe-
ras de la sociedad civil comprometidas con luchas ‘democratizadoras’
de los años ochenta y noventa. Así también, muestra la existencia de
un campo de acción movimientista más amplio en torno a la lucha
por reconquistar la democracia, donde circulaban activistas y recur-
sos discursivos y materiales.

14
De la información obtenida en las entrevistas, se identificaron los siguientes
tipos de organizaciones sociales: Sindicatos/Gremios/Colegios, Movimiento
Estudiantil, Organizaciones de Base, Organizaciones de Derechos Humanos,
Organizaciones Religiosas, Organizaciones Culturales y Otras. Se clasificó
como Organizaciones de Base aquellas de nivel local, tales como juntas de
vecinos, comités de adelanto de los territorios, grupos juveniles, ollas comu-
nes, grupos de salud, entre otros.

207
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Además, las diferencias que se aprecian entre cohortes pueden


vincularse con lo señalado anteriormente sobre los cambios en la re-
lación con la institucionalidad política más tradicional, en especial
en el caso de las generaciones más jóvenes, para quienes las organiza-
ciones sociales parecen ser instancias más significativas para expresar
su compromiso social y político que los partidos políticos.

2.2. La participación como experiencia múltiple

Como se señaló con anterioridad, la mayoría de las feministas ha


participado en una variedad de organizaciones. Es decir, sus trayecto-
rias son diversas y combinan, en forma simultánea o consecutiva, la
participación en una gama de instancias colectivas.

Para analizar la manera como se relacionan los itinerarios segui-


dos en las distintas organizaciones, se identificó la correlación exis-
tente entre la participación en cada una de las dos instancias más
relevantes –las organizaciones feministas y los partidos políticos– y la
participación en el resto de organizaciones.

De este análisis se desprende, en primer lugar, que la correlación


más importante se observa entre militancia feminista y participación
en el resto de organizaciones, es decir, la gran mayoría de quienes
militan en organizaciones feministas también participa, o ha partici-
pado, en otras organizaciones (Gráfico Nº 2). En segundo lugar, en
términos generales, la correlación más alta se aprecia entre militancia
feminista y participación en partidos políticos, tendencia que se ob-
serva en las tres ciudades y de manera más marcada entre las mujeres
mayores de 40. Estos datos permitirían identificar un cierto modelo
–necesario de analizar– sobre la forma como las feministas combinan
las distintas experiencias organizativas en sus trayectorias.

a. “Políticas y feministas”

La militancia en partidos políticos ha sido un tema de discusión


y debate entre las feministas desde la lucha de las sufragistas, el que se

208
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

reactiva en los ochenta con la emergencia de la segunda ola feminis-


ta. Esta discusión se da en torno a la posibilidad de militar en ambos
espacios simultáneamente, al riesgo de la subordinación de las de-
mandas feministas frente a las demandas de los propios partidos y a
las posibilidades que ofrece la militancia en los partidos de incidir en
la corriente principal. Lo anterior cobra relevancia al constatar la alta
proporción de feministas chilenas que militan o han militado en par-
tidos políticos.

Al analizar las trayectorias organizativas de las entrevistadas con


relación a los vínculos que establecen entre su militancia feminista y
partidaria, es posible distinguir los siguientes patrones o tipos más
frecuentes.

Doble militancia. Las feministas militan de manera simultánea


en partidos y organizaciones feministas (29%). En la mayor parte
de estas trayectorias, la militancia partidaria antecede a la feminis-
ta. Esta doble militancia se observa entre las mujeres jóvenes y
mayores con algunas diferencias: mientras entre las jóvenes se da
preferentemente en los años noventa, entre las mayores se observa
fundamentalmente en los años ochenta, sin embargo, en los no-
venta sigue siendo significativa y hay casos en los cuales la doble
militancia ha sido una práctica ininterrumpida (en ambas déca-
das). Una situación diferente se aprecia en las mujeres jóvenes de
Valparaíso, entre quienes un tercio inicia ambas militancias al
mismo tiempo, lo que reafirma la vinculación más estrecha que
existe en esa ciudad entre feminismo y militancia partidista. Este
grupo podría ser identificado como las “políticas”.

Militancias consecutivas. Las feministas militan primero en una


instancia y posteriormente en otra. En forma predominante, in-
gresan primero a un partido político, se retiran de él e ingresan a
organizaciones feministas (25%). Esta trayectoria se observa sin
grandes diferencias en los dos grupos de edad y de manera un
poco más acentuada entre las feministas de Concepción.

Militancia exclusiva. Las feministas militan en forma exclusiva


en una u otra instancia (24%), predominantemente en organiza-

209
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

ciones feministas (de los 21 casos registrados, 16 corresponden a


militancia feminista exclusiva). Este tipo de trayectorias se aprecia
en especial entre las entrevistadas jóvenes de Santiago, cuestión
que se relaciona con el hecho de que es en la capital donde se
configura más tempranamente un campo propiamente feminista
y donde menor cantidad de entrevistadas milita en partidos (me-
nos del 60%). La militancia en la década de los noventa, transcu-
rre en un contexto donde existen menos y más precarios vínculos
entre distintos ámbitos de la sociedad civil. En otras palabras, esta
militancia ocurre después que el campo de acción estructurado en
torno a la lucha por reconquistar la democracia ha desaparecido.

Es interesante mencionar que un grupo pequeño de mujeres per-


tenecientes a programas de género, muestra una escasa participación
en instancias colectivas. De hecho, algunas no han pertenecido a or-
ganizaciones feministas ni a partidos políticos. Su participación en el
campo feminista se expresa fundamentalmente a través de su trabajo
académico.

Si bien las militancias consecutivas –militancia partidista y poste-


rior militancia feminista– coinciden con el relato más comúnmente
aceptado respecto de que las mujeres que llegan al feminismo lo ha-
cen en gran medida motivadas por su descontento con la forma de
hacer política en la izquierda tradicional, el resto de patrones identi-
ficados habla de prácticas asociativas entre las feministas mucho más
heterogéneas de lo que se podría desprender de este relato y en las
cuales la doble militancia ha sido una conducta relevante. Junto con
ello, es posible observar que para un grupo significativo de feministas
jóvenes y mayores, la militancia partidaria ha sido una experiencia
previa al ingreso en el movimiento feminista, lo que significa que los
partidos políticos ocupan un lugar importante en las trayectorias in-
dividuales de la membresía de este campo de acción como instancias
de aprendizaje de asociatividad y accionar colectivo.

Este papel de instancias de aprendizaje también lo han ocupado


las organizaciones sociales y de mujeres, lo que estaría indicando que
quienes ingresan al feminismo en su mayoría cuentan con experiencias

210
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

organizativas previas, en las cuales han vivido procesos de socializa-


ción y construcción de identidades colectivas.
El contar con experiencias participativas múltiples parece ser una
característica compartida con otras mujeres que también detentan
un marcado compromiso social y político. Teresa Valdés y Marisa
Weinstein (1993) señalan que quienes participaron en las organiza-
ciones de subsistencia, de derechos humanos, religiosas y feministas
durante la dictadura, eran mujeres que anteriormente habían perte-
necido a instancias comunitarias como centros de madres o grupos
mixtos, grupos juveniles o juntas de vecinos, y partidos políticos. En
el caso específico de las organizaciones feministas, las autoras ponen
como ejemplo el Momupo, una organización feminista de la época,
de la cual varias dirigentas y participantes militaban además en parti-
dos políticos. Para estas mujeres pobladoras, estas experiencias de
participación también constituían instancias de aprendizaje de habi-
lidades (expresión, comunicación) y en algunos casos de oficios, de
circulación de información y de capacidad de gestión y planificación
de actividades. Lo mismo constata Ríos (1994) en su estudio de las
organizaciones de pobladoras en la Zona Sur de Santiago. En ese
caso, y a pesar de lo que muchas veces expresaban, la gran mayoría de
mujeres que participaban en organizaciones de base en las poblacio-
nes habían tenido alguna experiencia previa de participación en par-
tidos políticos.

3. Trayectorias organizativas y vida personal:


biografías individuales

Como lo hemos planteado, las biografías personales permiten


vincular el ámbito colectivo –lo social y político– con los procesos
individuales donde se construyen y representan esos procesos colecti-
vos. Es a través de la reconstrucción de las trayectorias individuales
donde podemos observar la forma específica que esos procesos to-
man en momentos históricos dados.

Es por ello que hemos querido reconstruir y presentar biografías


de algunas mujeres entrevistadas, para graficar la forma en que se ha

211
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

venido reestructurando el campo de acción en la década de los no-


venta. Estas biografías permiten relacionar los patrones organizativos
más relevantes con los rasgos socioeconómicos y las opciones profe-
sionales y laborales de las feministas chilenas. De este modo, es posi-
ble conocer la manera en que las opciones organizativas se insertan y
cobran sentido en el marco de proyectos de vida personales.

Las mujeres entrevistadas mencionadas en esta sección, han revi-


sado y autorizado la publicación de sus biografías y nombres reales.
Les agradecemos a cada una de ellas sus sugerencias, correcciones y
ampliación de la información y, por sobre todo, su disposición a par-
ticipar de esta investigación

3.1. Doble militancia

Estas trayectorias se caracterizan porque la militancia partidaria


y feminista son simultáneas. En la mayor parte de los casos, estas
trayectorias se inician con la militancia partidaria para luego combi-
narla con la militancia en alguna organización feminista. Es lo que
ilustra la biografía a continuación.

Josefina Reyes tiene 61 años y nació en Talca. Hija de padre agri-


cultor y de una madre dueña de casa, la situación socioeconómica
durante su infancia fue modesta. Gracias a su excelente rendi-
miento escolar ganó una beca para proseguir sus estudios, razón
por la cual se traslada a los 18 años (1958) a Concepción, ciudad
donde ingresa a la universidad y se titula en 1963 de Asistente
Social. Al mismo tiempo que ingresa a la universidad, Josefina se
integra a la Brigada Universitaria de las Juventudes del Partido
Socialista (PS), y asume como presidenta de la Secretaría Regio-
nal de Mujeres del partido. A mediados de los años sesenta, Jose-
fina y un grupo de militantes presentan “un documento crítico de
la gestión partidaria”, lo que provocó la expulsión del partido de
todos ellos. Años más tarde, Josefina se traslada a Santiago y si
bien no vuelve a “militar formalmente” en el sentido de “estar
inscrita en los registros, de hacer vida partidaria sistemáticamen-
te”, asume tareas en el gobierno de la Unidad Popular pues se

212
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

“identificaba como socialista”. En 1974 es exiliada y con sus tres


hijos y su marido vive en diferentes países de América y Europa.
Es durante el exilio que comienza a tener sus primeros acerca-
mientos con ideas feministas al mismo tiempo que mantiene con-
tactos muy estrechos con el país. Participó en el plebiscito de 1988
y en las elecciones presidenciales del año siguiente, y mantuvo
discusiones con otras mujeres de Concepción respecto de la nece-
sidad de “instalar espacios públicos para reflexionar y actuar”, de
la importancia de “aumentar y hacer más permanente” la partici-
pación de mujeres en el proceso de lucha por la democracia y que
esta participación se planteara desde “la situación como mujeres”.
Como una manera de concretar estos planteamientos, el año 1988
Josefina junto a otras dos mujeres crearon el Instituto de la Mujer,
que con los años sería una de las ONG más importantes de la
región. Cuando retorna al país el año 1991, el Instituto es refun-
dado asumiendo un “perfil de actividad profesional”, definiendo
temas o áreas de trabajo y reconociendo una “identidad feminis-
ta”. La existencia del Instituto contribuyó a que feministas que se
hallaban dispersas se contactaran, lo cual facilitó la formación del
Colectivo Feminista de Concepción, del que también formó par-
te Josefina, que reunió a mujeres provenientes de organizaciones
sociales, ONG y profesionales y que organizó el segundo Encuentro
Nacional Feminista y el primer Foro Feminista, ambos en el año
1993. El trabajo realizado por el Instituto de la Mujer en materia
de ”concientización de la situación de género, visibilización de las
formas de discriminación y promoción de la organización”, lo ha
convertido en “un referente en asuntos de mujeres para institu-
ciones, medios de comunicación” en la región, en un centro “que
disemina feminismo en la región”. Como parte del Instituto, Jo-
sefina se involucró activamente en todo el proceso de Beijing, no
obstante, su participación en encuentros feministas nacionales y
latinoamericanos ha sido escasa. En cuanto a su militancia parti-
daria, durante todo el exilio Josefina estuvo en contacto con diri-
gentes, participó en reuniones y se mantuvo informada de la si-
tuación del país. En este sentido, más que una militancia en el
sentido tradicional de participación en la ‘base nuclear’, en el exi-
lio mantuvo “un sentimiento de pertenencia” a una identidad par-
tidaria. Cuando retorna al país, decide reingresar al PS, situación
que mantiene hasta ahora, y participa en actos públicos, en procesos

213
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

electorales y capacita políticamente a mujeres dirigentas del parti-


do “afianzando una mirada de género”. Para ella, el militar en
partidos políticos y en el feminismo “ha tenido sentido porque
ambas [militancias] son la posibilidad de luchar por las utopías
que una quiere alcanzar”. Sin embargo, es clara al señalar que “el
balance de mi participación es más gratificante en el feminismo”.
Su militancia partidaria ha sido “muy frustrante”, en cambio so-
bre su militancia feminista indica que ella tiene “más resonancia
en la persona que soy, puse en el feminismo mis mejores esfuerzos”.

Como se puede desprender de la biografía de Josefina, la simul-


taneidad de las militancias ha sido una forma de expresar un mismo
compromiso social y político que se inicia con la militancia partida-
ria para luego combinarla con la feminista. Si bien Josefina dejó de
militar en el PS formalmente durante un período, es interesante des-
tacar que para ella esto no significó una desvinculación del partido ni
en términos ideológicos ni en términos personales. Más bien asume
que esta experiencia junto con la de otras personas, ha llevado en la
actualidad a repensar las modalidades más tradicionales de militar y a
reconocer la presencia de “nuevas formas de militancia”. Sin desco-
nocer la importancia que ha tenido su pertenencia a un partido polí-
tico, sus contactos con el feminismo en el exilio y su participación
activa en organizaciones feministas en la década de los noventa una
vez de regreso al país, la llevaron a replantear su forma de problema-
tizar y entender la realidad social y redefinir sus prioridades. Esto
parece reflejarse en la mayor relevancia que Josefina atribuye a su
militancia feminista y en la reorientación de su participación en el
partido político en vez de su alejamiento, aun cuando reconozca pro-
blemas y frustraciones en la trayectoria que ha seguido en el partido.
Estas instituciones siguen siendo consideradas por algunas feminis-
tas, como espacios para la formación política desde donde es posible
difundir en algún grado un discurso feminista.

Es importante resaltar que para Josefina, su trayectoria laboral,


su opción por llevar a cabo su trabajo profesional en una ONG, está
íntimamente ligada a su trayectoria política y a su compromiso con
el cambio social. Su militancia feminista no se restringe a los espacios

214
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

entendidos tradicionalmente como movimientistas, sino que incluyen


su trabajo profesional. Así, Josefina no ha vivenciado su opción labo-
ral y su militancia feminista como procesos separados, contradicto-
rios y menos incompatibles.

Otra modalidad que adopta la doble militancia, es que ambas se


inician en forma simultánea como dos manifestaciones de un mismo
interés por lo político y social. Esta trayectoria se observa entre muje-
res jóvenes de Valparaíso, varias de las cuales ingresan a partidos po-
líticos y organizaciones feministas en la década de los ochenta. Esto
expresa la estrecha relación que ha tenido la trayectoria feminista de
esta ciudad con los acontecimientos políticos nacionales y la defini-
ción de una identidad feminista muy vinculada a la lucha contra la
dictadura y por la democracia. Quizás por esta misma razón, en el
taller de discusión realizado en esta ciudad, las entrevistadas destaca-
ron la importancia de la dimensión política y pública del feminismo,
es decir, que no se exprese solo en la adscripción individual y en el
compromiso de transformación de las relaciones en el ámbito fami-
liar y personal, sino que tenga una vocación pública y una voluntad
de formar políticamente a nuevas generaciones.

Mireya Zuleta tiene 39 años y vive en Valparaíso. A los 18 años,


cuando ingresa a la universidad a estudiar filosofía, inicia una ac-
tiva participación social. Se integra a organizaciones del movi-
miento estudiantil, que alcanza por esos años en Valparaíso una
gran efervescencia, participando en la Unión Nacional de Estu-
diantes Democráticos, (UNED), y en el primer centro de alum-
nos democrático de su escuela. Durante toda la década de los
ochenta, y hasta principios de los noventa, milita en un partido
político de izquierda “que se define como revolucionario”. Ade-
más, forma parte de la Comisión de Derechos del Pueblo (CO-
DEPU), un organismo de derechos humanos en el que trabaja
activamente. Poco después, integra el Comité de Defensa de De-
rechos Humanos de las Mujeres (CODEM), un organismo na-
cional democrático independiente cuyo trabajo principal es apo-
yar la creación de organizaciones de mujeres pobladoras. Por esos
mismos años, funda e integra el Colectivo Feminista Ruptura,
uno de los primeros grupos de reflexión y acción feminista en la

215
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

región. Su definición feminista le trajo algunos conflictos con el


partido. A pesar de esto, Mireya organiza junto a otras mujeres
diferentes instancias de encuentro, como la Comisión Nacional
de Mujeres del partido, donde participaron militantes de todo el
país y que fue validada como estructura formal partidaria. A me-
diados de la década funda, junto con otras mujeres, la Casa de la
Mujer, organización que llegará a ser una de las más importante
de la región, en la que se desempeña hasta el día de hoy. Toda su
trayectoria organizativa ha estado marcada por la estrecha vincu-
lación entre sus opciones político partidarias y feministas, ella
define el trabajo durante los años ochenta como un “activismo
político feminista antidictatorial”, expresando de esta forma la
marcada orientación antiautoritaria del feminismo de esos años.
Cuando se inicia la década de los noventa, Mireya deja la militan-
cia partidaria y continúa con su militancia en organizaciones fe-
ministas. Su alejamiento del partido obedece a “la constatación
recurrente y permanente de la incapacidad del partido y sus mili-
tantes de reflexionar y provocar los cambios culturales necesarios
para comprender y asumir que las mujeres somos tan humanas
como los humanos”. A su juicio, “si un partido revolucionario no
es capaz de transformar el lenguaje y relacionarse a partir de dos
universales (mujer-varón), es revolucionario a medias”. Esa fue
también “la razón fundamental” de que continuara con su mili-
tancia feminista participando en al menos cuatro grupos femi-
nistas distintos que se relacionan con su trabajo desde la ONG.
Estos grupos, además de un trabajo de reflexión, hacen un es-
fuerzo importante por coordinar y articular a las feministas de la
región, especialmente de la ciudad de Valparaíso. Desde su tra-
yectoria organizativa y también laboral, Mireya colabora en la
organización de diferentes encuentros, entre ellos un Encuentro
y un Foro Nacional Feminista, y asiste a varios encuentros lati-
noamericanos. Participa también en todo el proceso de Beijing
coordinando las actividades para la región y como representante
de las ONG chilenas en la delegación oficial a la IV Conferencia
sobre la Mujer.

Tanto en el caso de Mireya, como en el resto de entrevistadas


que siguen esta trayectoria, la fuerte relación entre militancia parti-

216
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

daria y feminista, ya sea que se inicie en la década de los ochenta


como en los noventa, ha sido expresión de un marcado compromiso
con el derrocamiento de la dictadura y con la democracia. Esta doble
militancia ha sido vivida con conflictos. Quienes inician sus trayec-
torias organizativas en los ochenta, hacen más referencia a los proble-
mas que esta doble militancia generó con el partido en que milita-
ban, en la medida en que estas instituciones establecían una clara
prioridad de sus objetivos y necesidades y desestimaban los plantea-
mientos hechos desde el feminismo. En el caso de las que inician
trayectorias en los noventa, se alude a las críticas recibidas desde el
feminismo como sentir “que tenía que pedir disculpas por militar en
un partido”, señala otra entrevistada de Valparaíso (29 años) que si-
gue esta misma trayectoria. Esta militancia partidaria y feminista –
que ha vinculado feminismo y democracia– ha supuesto, por una
parte, un trabajo dirigido al interior del partido con el objeto de
generar liderazgos feministas, influir en las líneas partidarias y en sus
autoridades; y por otra, especialmente en el caso de las mujeres que
las iniciaron en los ochenta, un fuerte compromiso con el trabajo de
formación hacia mujeres populares. Estas trayectorias confirman el
hecho de que para un grupo de feministas en ambas décadas, las
opciones partidarias y feministas no han sido excluyentes. Más aún,
esta doble militancia ha sido en la práctica una triple o cuádruple
militancia, donde la mayoría de feministas, como Mireya, junto
con participar en partidos y organizaciones feministas, lo hace en
una variedad de otras organizaciones sociales. Si bien Mireya final-
mente se aleja del partido, por la invisibilización al interior de este
de las mujeres como sujetos políticos, su participación en otro tipo
de organizaciones políticas y sociales se extendió prácticamente
durante toda la década de los ochenta.

Por último, es importante resaltar que, al igual que Josefina, para


Mireya su militancia feminista ha implicado también una opción
laboral en el ámbito de las ONG. De esta forma, su trayectoria pro-
fesional es una expresión más de su compromiso social y político.

217
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

3.2. Militancias consecutivas

Alejandra Valdés vive en Santiago y tiene 42 años. Proviene de


una familia de situación económica “cómoda”, en la que ambos
padres trabajaban: la madre como profesora y el padre como Se-
cretario de la Redacción del Senado, siendo de profesión aboga-
do. Ambos padres eran dirigentes radicales y tenían un fuerte com-
promiso político, lo cual incide en que tempranamente, a sus 14
años, Alejandra inicie su militancia política en la Juventud Socia-
lista. En 1973 es exiliada junto a su familia y es durante el exilio
que deja de militar en el PS. Entre 1978 y 1979 se relaciona con el
Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en el exilio, apo-
yando la acción del Frente Sandinista de Liberación Nacional de
Nicaragua, desde Costa Rica. De vuelta en el país (1980) trabaja
con colectivos de profesionales para levantar propuestas educati-
vas y de trabajo en salud mental, no volviendo a militar o tener
relación con estructuras partidarias. El año 1985 se integra a una
de las primeras instancias que se declaran públicamente feminis-
tas en el país, el colectivo de la Casa de la Mujer La Morada,
espacio de construcción del Movimiento Feminista, cuyo objeti-
vo era “producir cambios estructurales con relación a las desigual-
dades de género … generar un discurso contracultural … generar
un movimiento social antiautoritario”. En este colectivo, Alejan-
dra se integra primero a los grupos de reflexión y va generando,
con otras, proyectos de trabajo con mujeres populares, los que
junto a los proyectos creados por otras integrantes del colectivo
de la Casa son la base del proceso de institucionalización de esta
ONG. Participa activamente en este grupo hasta aproximadamente
1988.

Durante la década, y posicionada desde su militancia feminista,


Alejandra participa activamente en distintos procesos políticos,
entre otros, la discusión de la Constitución de 1980, la Asamblea
de la Civilidad y el plebiscito de 1988, se vincula a diversas orga-
nizaciones sociales, especialmente de mujeres, participa en ins-
tancias feministas de debate nacional e internacional: en los pro-
cesos organizativos del 8 de marzo y en los Encuentros Feministas
Latinoamericanos de Brasil (1985) y México (1987). En la déca-
da de los noventa conforma, junto a otras mujeres, la Iniciativa

218
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

Feminista, la que se encarga de organizar el Primer Encuentro


Feminista Nacional Primavera’91, formando parte de la Comi-
sión Organizadora de este encuentro y de la Comisión encargada
de su sistematización. Asiste a los dos encuentros siguientes (Con-
cepción 1993 y Santiago 1995), así como a los Encuentros Femi-
nistas Latinoamericanos y del Caribe realizados en El Salvador
(1993) y República Dominicana (1999). Al mismo tiempo, des-
de su trayectoria laboral, Alejandra se mantiene vinculada perma-
nentemente a espacios de debate y formación en este campo de
acción. En 1990 ingresa al Instituto de la Mujer, ONG en la que
trabajó hasta 1998. Participa además en el proceso de Beijing,
tanto en su etapa preparatoria como de seguimiento de los acuer-
dos; y en una serie de seminarios y encuentros internacionales
relacionados con agencias financiadoras y redes feministas y te-
máticas, espacios que permitieron, a su juicio, el debate feminista
y el fortalecimiento de las relaciones políticas entre mujeres. Para
ella, la adscripción al feminismo ha significado asumir una “pos-
tura política” y una “identidad” que ha guiado todo su accionar,
político, laboral y académico durante estos últimos veinte años “a
nivel académico cuando he hecho clases en la universidad o cuan-
do he intervenido en otros espacios públicos … lo he hecho a
partir de mi identidad feminista junto con mi identidad profesio-
nal. Lo que para mí es una opción política de visibilidad de una
propuesta que apuesta el cambio en las relaciones de poder”.

Vivianne Hasse tiene 42 años. Nació en Valdivia y actualmente


reside en Concepción. Su padre trabajaba en el ámbito hotelero y
su madre se desempeña hasta hoy como peluquera. El trabajo de
ambos padres les permitió tener una situación económica duran-
te la infancia que Vivianne define como “más que cómoda”. A los
quince años, en 1973, ingresa al Partido Comunista donde milita
por espacio de 10 años. En 1976 es exiliada y, junto a su pareja e
hija, se radican en México hasta 1985. Durante el exilio toma
contacto con un grupo de reflexión feminista por intermedio de
una profesora de la universidad donde estudiaba. Una vez en Chile,
Vivianne retoma la militancia partidaria y comienza a trabajar en
la Pastoral de Derechos Humanos de Valdivia, donde permanece-
rá por espacio de 5 años. Este trabajo en derechos humanos, “de-
cisivo” en su vida, junto con la crisis de los países socialistas y el

219
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

alejamiento del partido de las bases sociales, la llevarán a “cuestio-


nar éticamente” algunos planteamientos del partido, criticar “cier-
tas formas jerárquicas, autoritarias y cupulares que por esencia
tiene una organización política” y dejar la militancia partidista en
1986. Con posterioridad se traslada a Concepción y comienza a
trabajar en el Instituto de la Mujer, lo que significó un “reencuen-
tro” con las mujeres y las organizaciones. “Recién ahí –dice Vi-
vianne– comienzo un quehacer y un compromiso más conscien-
te, racional y político con el feminismo”. Durante este tiempo,
asiste a encuentros y foros feministas nacionales que se realizan en
Concepción y en Santiago. A mediados de 1998 sale del Instituto
de la Mujer e ingresa como académica a una universidad de la
región donde se desempeña hasta hoy. Desde su lugar de trabajo,
y considerando “los límites que te pone cada institución”, ha he-
cho diversos esfuerzos por introducir temas feministas, como por
ejemplo un curso electivo sobre género. En 1999 es invitada a
formar parte de un grupo feminista, Colectivo Al Borde, que se
proponía ser un espacio político alternativo para el debate, la con-
versación y la reflexión sobre el ser feminista, y contribuir a gene-
rar opinión pública. Una preocupación del Colectivo fue mante-
ner la autonomía con relación a instituciones y partidos políticos,
y de hecho, como la mayoría de las organizaciones feministas de
los noventa, no mantienen vínculos con partidos políticos. Para
Vivianne, Al Borde constituye un lugar importante para generar
el cambio cultural desde lo cotidiano, desde espacios pequeños a
partir de dinámicas diferentes a las que a su juicio caracterizarían
ciertos espacios feministas, especialmente los más institucionali-
zados: “intelectualización, elitización, formas autoritarias y desca-
lificadoras de relacionarse”. Muchas de estas dinámicas de las fe-
ministas tienen que ver con el hecho de que se trata de mujeres
mayores de 50 años y con militancia partidaria que “trasladan su
militancia política a su militancia feminista”, y eso “no tiene nada
que ver con ser feminista”. Para ella, su definición como feminista
le significó cambiar su postura marxista distinguiendo las diferen-
cias entre hombres y mujeres en distintos ámbitos de la vida so-
cial. Se define como una “feminista humanista” que combina el
feminismo con el marxismo e intenta modificar las relaciones de
poder y las relaciones de clase a partir de la equidad, la justicia y la
solidaridad.

220
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

Las experiencias de Alejandra y Vivianne ilustran una serie de


características de las feministas chilenas. El temprano y marcado
compromiso político –ambas militan desde antes de los 20 años y
por períodos superiores a 5 años–, la residencia en el extranjero –
ambas estuvieron exiliadas por motivos políticos–, y el que esta expe-
riencia haya sido una oportunidad para acercarse al feminismo. Lo
mismo ocurre en relación con las trayectorias laborales, puesto que
ambas han trabajado en ONG de mujeres, vinculándose también
desde el trabajo con este campo de acción, confirmando así la centra-
lidad que ocupan estos organismos en las trayectorias laborales y po-
líticas de las feministas chilenas de los noventa. Específicamente, la
trayectoria seguida por Vivianne muestra los espacios que se han abier-
to en las universidades para la instalación de estudios con perspectiva
de género.

En cuanto a las trayectorias organizativas, Alejandra y Vivianne


han participado, además de los partidos políticos, en organizaciones
sociales de mujeres y feministas. Las dos han iniciado estas trayecto-
rias ingresando a partidos políticos para posteriormente abandonar-
los y participar en forma exclusiva en instancias feministas (colecti-
vos, instituciones) y asistir a encuentros y foros feministas. En sus
opiniones se pueden advertir las diferencias que establecen entre la
militancia en partidos políticos y en organizaciones feministas. En
este sentido, este tipo de trayectoria que se observa principalmente
entre las mujeres mayores de Santiago y en las entrevistadas en Con-
cepción, es la que refleja de manera más clara la procedencia política
de las feministas y la tensión entre la militancia en organizaciones
feministas y en partidos políticos.

Como lo expresa una entrevistada de Concepción, “yo no creo


en la doble militancia”, Vivianne al respecto es tajante al señalar que
las opciones políticas y feministas son de naturaleza distinta, no tie-
nen nada que ver y la relación sería más bien perjudicial para el mo-
vimiento feminista. Como sucede con la mayoría de las feministas
que siguen la misma secuencia (partido político - organización femi-
nista), el retiro de los partidos políticos no significa un abandono de

221
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

sus ideales y opciones políticas de izquierda, sino que los resignifican


a partir de su definición como feministas, privilegiando esta opción y
definiendo las organizaciones feministas como los espacios políticos
desde donde construyen identidades y generan acción colectiva. En
este sentido, como ha sucedido con feministas de otros países lati-
noamericanos, la desvinculación orgánica de los partidos políticos
no supone una desvinculación ideológica.

3.3. Militancia exclusiva feminista

Estas trayectorias se refieren a aquellas mujeres que militan en


organizaciones feministas y que nunca han militado en partidos po-
líticos, y en algunos casos, tampoco han participado en otro tipo de
organizaciones. Quienes siguen este itinerario organizativo, definen
su identidad política a partir de su militancia feminista. Este tipo de
trayectoria se encuentra principalmente en las entrevistadas de San-
tiago, de ambas cohortes, cuestión que se relacionaría con el hecho
de que aquí se constituyó más tempranamente que en el resto del
país un campo de acción propiamente feminista. En general, las
mujeres jóvenes que siguen esta trayectoria han participado también
en otras organizaciones, especialmente sociales. Entre las mujeres
mayores, aunque varias también han participado en otro tipo de or-
ganizaciones, llama la atención un grupo que solo ha integrado co-
lectivos feministas, es decir que para ellas las organizaciones feminis-
tas constituyen su primera y única experiencia organizativa.

Liliana Muñoz tiene 34 años y vive en Santiago. Su madre traba-


jaba como asesora del hogar y a su padre nunca lo conoció, lo que
determinó una infancia muy “modesta” en términos económicos.
Cursó hasta 2º año de enseñanza media y ha realizado diversos
trabajos: monitora de proyectos sociales dirigidos a mujeres, co-
merciante y actualmente asesora del hogar. Vive con sus dos hijos
en Lo Hermida, una población del sector oriente de la ciudad.
Cuando niña (12 años), en plena dictadura, iba a un jardín infan-
til que también funcionaba como comedor, mantenido por la igle-
sia. En él trabajaba un grupo de mujeres de izquierda y feminis-
tas, algunas extranjeras, que ejercieron una influencia importante

222
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

entre las mujeres pobladoras. Ellas capacitaron a un grupo de po-


bladoras en cuidado infantil para que se integraran a trabajar en la
guardería y comenzaron a formar grupos de mujeres que se defi-
nieron como feministas, entre las cuales algunas comenzaron a
militar en partidos de izquierda. “Eran mujeres peludas –recuerda
Liliana– en el sentido de que hacían cosas riesgosas”. Estas muje-
res formaron el Colectivo de Mujeres de Lo Hermida en 1979,
que realizaba talleres de sexualidad, de desarrollo personal, de
guitarra, de cuero, todos desde una perspectiva feminista. A tra-
vés de estos talleres, en los cuales “se conversaba de feminismo”,
Liliana y otras amigas “se formaron” como feministas y años des-
pués, hacia fines de los ochenta, crearon el Colectivo Malhuén. A
este nuevo colectivo se integraron algunas mujeres que habían
participado en el anterior y de alguna manera continuaron parte
del trabajo iniciado por este. Así, comenzaron a realizar talleres de
desarrollo personal, de sexualidad, de violencia doméstica, los que
concitaron gran interés entre mujeres de distintas edades de la
población. Para Liliana, la participación en Malhuén ha sido muy
importante para descubrirse como persona, para desarrollar sus
capacidades y sus inquietudes: “creo que si yo … me hubiera que-
dado en la casa, no lo habría descubierto, no estaría pensando en
lo que estoy pensando, en que tengo la posibilidad de hacer cosas
mejores de las que estoy haciendo”. Además de participar en Mal-
huén, Liliana se integró, a fines de los ochenta, a otros grupos de
derechos humanos de su población a través de los que tuvo cerca-
nías con el Partido Comunista. Sin embargo, nunca militó en un
partido político porque para ella, estas instituciones “no valoran
la cosa de la mujer, del desarrollo personal, de la sexualidad, por
eso nunca me han llamado la atención”. Liliana cree que “no ne-
cesita una militancia de partido”, porque para ella el feminismo es
“una militancia”, una práctica política que “produce cambios en
las generaciones de las mujeres que vengan más adelante”, una
práctica política arraigada en su realidad poblacional. En este sen-
tido, Liliana se define como una “feminista popular” por el reco-
nocimiento de su “condición de clase”, lo cual “tiene que ver con
lo económico” pero también con estar “aterrizada en tu realidad
… para mí lo popular es el medio en que yo me desenvuelvo”. A
partir de esta definición, distingue un feminismo “de la burgue-
sía, poco guerrero, poco luchador” y “tan individual” con el que

223
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

tuvo algunos contactos en un foro feminista al que asistió. De allí


en adelante, no le ha interesado participar en ningún otro foro o
encuentro feminista. Más bien espera contar con los recursos su-
ficientes para poder reactivar el trabajo desarrollado por el Colec-
tivo Malhuén con las mujeres de su población, el cual a su juicio
se ha visto dificultado por la falta de recursos económicos y el
desánimo de algunas de sus integrantes.

Esta historia da cuenta del importante papel que ocuparon algu-


nas organizaciones de mujeres en la dictadura como formas colecti-
vas de enfrentar tanto la crisis económica (actividades de subsisten-
cia) como la crisis política. En gran medida, estas organizaciones se
constituyeron en espacios de reunión, de organización, y en este caso,
de difusión de un discurso feminista. Liliana es un claro ejemplo de
ello, ya que a través de su vinculación con un grupo de mujeres de su
población, se define como feminista y es a partir de esta definición
que se integra a organizaciones sociales. En este sentido, la militancia
feminista es lo que marca la trayectoria organizativa de Liliana, la que
la introduce en un ámbito más amplio de compromiso social y polí-
tico. Ella entiende el feminismo como una militancia política arrai-
gada en su realidad, de allí su definición como feminista popular.

La historia de Rosa Soto, muestra también una trayectoria parti-


cipativa que se caracteriza por estar conformada exclusivamente por
organizaciones feministas.

Rosa Soto tiene 48 años y vive en Santiago. De origen campesino,


durante su infancia vivió en una localidad rural cercana a la capi-
tal en la que ambos padres se dedicaban a las labores del campo,
logrando con ello una situación “más que cómoda” en términos
económicos. Posteriormente, Rosa se traslada a Santiago para in-
gresar a la universidad, donde se titula como profesora de Histo-
ria, realizando luego una maestría en Historia. Durante quince
años, desde 1975 a 1990, ejerce la docencia en la enseñanza se-
cundaria, hasta que comienza a impartir clases en la Universidad
de Santiago (USACH) donde se desempeña hasta hoy. Su llegada
a la universidad le permitió entrar en contacto por primera vez

224
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

con el feminismo. Por intermedio de algunas de sus alumnas, es


invitada a dar charlas en un grupo de mujeres feministas, del que
Rosa recuerda especialmente el compromiso y nivel intelectual de
quienes participaban. Decide integrarse de manera permanente a
este espacio, “yo nunca más me salí de ese grupo” afirma, y muy
pronto se asume como feminista. En 1992 participa en la organi-
zación del primer congreso de estudios de la mujer en una univer-
sidad del país y posteriormente, entre 1994 y 1999, forma parte
del Centro de Estudios de la Condición de la Mujer (CECO-
DEM) de la USACH. Aunque Rosa nunca había participado en
alguna organización o partido político, cuestión que relaciona con
su origen campesino y con el hecho de que su padre “nunca mili-
tó en nada”, su definición como feminista la llevó también a par-
ticipar activamente en distintas organizaciones feministas. En 1993
se integra a la Iniciativa Feminista y dos años después forma, jun-
to con otras mujeres, la Colectiva Agridulce que se define como
feminista autónoma, en la cual permanece hasta su disolución, el
año 1997. Al año siguiente, se integra a otro colectivo feminista
–Las Clorindas– donde seguía participando al momento de la en-
trevista. Simultáneamente, Rosa asiste al segundo y tercer Encuen-
tro Nacional Feminista, a varios foros nacionales, en algunos de
los cuales participa además en la organización. Asiste también a
los encuentros latinoamericanos de El Salvador (1993), Chile
(1996) –en el que formó parte de la comisión organizadora– y
República Dominicana (1999). Hacia finales de la década partici-
pa en un Encuentro Feminista Autónomo (Sorata, 1998) y un
Encuentro Anarcofeminista (Uruguay, 1999). La militancia fe-
minista significó para Rosa encontrar un espacio de “crecimiento
personal, por primera vez me vi haciendo actividades entre puras
mujeres”, sentirse capaz “de hacer cosas, de hablar de lo político, y
no de modas”. El hecho de no haber tenido experiencias organi-
zativas previas a su militancia feminista, en especial en partidos
políticos, a su juicio marca una diferencia importante con otras
feministas, ya que reconoce en aquellas mujeres con militancia
partidista un determinado uso del lenguaje, una capacidad de re-
flexión y de planteamiento de opiniones personales como parte
del aprendizaje obtenido en los partidos, “yo siempre pensé que
eso se los dio el partido político”.

225
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

La asociación que establece Rosa entre la ausencia de experien-


cias organizativas y su origen familiar campesino es una muestra de la
relevancia que puede llegar a tener cierta tradición participativa en la
predisposición a la asociatividad, como lo señalan otras feministas
que provienen de familias con trayectorias de militancia partidista o
participación social, que tempranamente ingresan a partidos políti-
cos u organizaciones de diverso tipo.

La definición feminista de Rosa se expresa, simultáneamente, en


una reorientación en el ámbito profesional y en una participación
activa en colectivos, encuentros y foros feministas.

En las historias de Rosa y Liliana, la ausencia de militancia parti-


dista no supone una crítica o rechazo a los partidos políticos. Por el
contrario, Rosa atribuye a esa militancia aprendizajes positivos para
la participación y organización social, mientras que Liliana valora
altamente a algunas mujeres que participaron en partidos políticos
de izquierda y que fueron una inspiración para su posterior defini-
ción como feminista.

Por otra parte, para ambas entrevistadas la participación en orga-


nizaciones feministas les significó contar con un espacio para cono-
cerse y darse cuenta de las posibilidades y potencialidades que el fe-
minismo les ofrecía para sus vidas y para el cambio social que cada
una busca.

4. Conclusiones

Examinar el perfil socioeconómico y trayectorias organizativas


de este grupo de mujeres ha permitido, por una parte, distinguir el
tipo de personas que es convocada por un discurso y un accionar
feminista en el momento actual, y por otra, conocer la forma en que
estas activistas vinculan su adscripción feminista con otras formas de
acción colectiva. Junto con ello, la reconstrucción de algunas biogra-
fías ha hecho posible analizar las diversas formas en que rasgos
socioeconómicos predominantes entrecruzan tanto las trayectorias

226
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

profesionales y laborales, como las organizativas. Así, las biografías


han permitido mirar los procesos colectivos analizados en los capítu-
los anteriores desde una perspectiva individual, lo que da cuenta del
modo en que se conjugan y expresan procesos macropolíticos en la
vida de personas concretas: el cruce entre lo personal y lo colectivo.

De esta manera, se ha buscado responder a la pregunta central


que ha guiado este capítulo, ¿quiénes son las feministas en la década
de los noventa?, e ilustrar algunos de los procesos sociales más am-
plios que contextualizan el desarrollo del movimiento feminista, y
dentro de los cuales las opciones individuales de quienes lo compo-
nen se enmarcan y cobran sentido.

A lo largo de este capítulo hemos constatado que las mujeres que


se reconocen como feministas son en general adultas, con altos nive-
les educacionales que superan el promedio nacional de escolaridad
femenina, que en su mayoría trabajan en forma remunerada y de
manera estable, especialmente en ONG y en instituciones estatales, y
que proceden de sectores socioeconómicos de clases medias. La in-
formación recolectada permite también constatar que la residencia
en el extranjero, principalmente vinculada al exilio político, consti-
tuye una experiencia mayoritaria entre las feministas, en particular
de aquellas que viven en la capital.

Sobre la base de los estudios existentes es posible señalar que se


mantiene cierta continuidad en el perfil socioeconómico de las femi-
nistas chilenas de los años noventa y aquellas que participaban de
este campo de acción en décadas pasadas.

La importancia que cobra el exilio entre las feministas muestra la


gravitación que han tenido las relaciones e influencia de personas y
discursos fuera del país en la conformación del campo de acción fe-
minista en Chile. El contacto con personas y organizaciones vincula-
das al feminismo en diversos países tuvo una influencia particular en
este sentido. La experiencia de desarraigo, muchas veces se transfor-
ma en una oportunidad para tomar distancia de los colectivos de

227
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

referencia prescritos, incentivando su cuestionamiento y un alto gra-


do de predisposición al cambio.

Respecto de la trayectoria organizativa de las mujeres entrevista-


das, la información recolectada constata que quienes adscriben a un
discurso o ideario feminista, vinculan esa adscripción a la participa-
ción en instancias de acción colectiva y, que a menudo, participan en
diferentes tipos de organizaciones. Esto demostraría que las feminis-
tas chilenas muestran una marcada inclinación a la asociatividad. El
combinar en forma simultánea o consecutiva la participación en di-
ferentes instancias colectivas parece indicar además la vinculación de
las feministas con otros actores sociales (organizaciones estudiantiles,
de derechos humanos, culturales, gremiales, partidos políticos) y la
presencia de cierta ‘tradición’ organizativa que parece tener un efecto
positivo en la proclividad a la participación. Como lo señala Carole
Pateman (1970), “se aprende a participar participando”.

En las trayectorias analizadas, se destaca la importancia que ad-


quieren las organizaciones feministas y los partidos políticos por ser
las instancias que concentran los mayores niveles de participación.
Las relaciones que establecen las entrevistadas entre la militancia en
ambas instancias adoptan tres patrones o tipos principales: doble
militancia, militancias consecutivas y militancia exclusiva, preferen-
temente en organizaciones feministas.

El lugar que ocupan los partidos políticos y las organizaciones


feministas en las trayectorias estudiadas, así como la estrecha relación
que existe entre la militancia en ambas instancias –la militancia si-
multánea es uno de los patrones más comunes–, indican que el deba-
te que se ha dado entre las feministas desde los años ochenta en torno
a la ‘doble militancia’ si bien se ha ido transformando en función de
los cambios políticos institucionales ocurridos entre los ochenta y los
noventa, no ha significado una incompatibilidad entre ambas opcio-
nes. En este sentido, la crítica feminista a los partidos debe entender-
se más como un debate discursivo ideológico en torno a estrategias y

228
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

énfasis políticos y no necesariamente como una desvinculación orgá-


nica de ellos.

Es importante destacar también el hecho de que para un grupo


significativo de feministas la militancia partidaria ha constituido una
experiencia anterior a la militancia feminista, lo cual expresa el valor
que adquieren los partidos políticos como instancias de aprendizaje
en términos de habilidades de comunicación, de gestión y planifica-
ción de la acción colectiva y de construcción de referentes identita-
rios. De hecho la militancia exclusiva en organizaciones feministas,
como lo ilustran algunas biografías, no ha supuesto un rechazo a los
partidos políticos en todos los casos.

El estrecho vínculo entre militancia feminista y partidaria es un


indicador de otra de las características fundamentales que distingue a
las feministas chilenas –y latinoamericanas– de feministas en otras
regiones del mundo: esta es su persistente y compleja relación con la
izquierda y los ideales socialistas. Las feministas chilenas, tanto las
que protagonizaron la reemergencia de un movimiento en décadas
pasadas, como las que ingresan al feminismo en los noventa, han
estado vinculadas a un tipo de partido político y proyecto ideológico
específico, estos son los partidos de izquierda y el proyecto que ellos
proponen para la sociedad chilena. En consecuencia, la doble mili-
tancia entre feminismo y otros proyectos político-ideológicos (de cen-
tro o derecha por ejemplo) aparecen prácticamente ausentes del cam-
po de acción feminista. Como se ha visto a lo largo de este capítulo,
el quiebre o debilitamiento de la relación orgánica con los partidos,
no ha estado acompañada, en la mayoría de los casos, de un quiebre
con los ideales que esa militancia conlleva.

Las trayectorias seguidas por las entrevistadas en organizaciones


feministas, no confirman el supuesto de que la militancia feminista
habría desaparecido en los noventa: al momento de las entrevistas
cerca de un 30 por ciento de las feministas entrevistadas declaró estar
participando en organizaciones feministas, un tercio de las mujeres

229
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

mayores ha participado en estas organizaciones en forma ininterrum-


pida desde los años ochenta hasta los noventa y la mayoría de las
mujeres jóvenes ha participado solo durante los años noventa. De allí
que dicho supuesto pueda referirse más a aspectos subjetivos relati-
vos a cambios en las orientaciones y sentido de la participación,
visibilidad y reconocimiento de las feministas y alcance de sus accio-
nes.

Si bien estas tendencias caracterizan mayoritariamente los com-


portamientos organizativos de las feministas entrevistadas, es posible
encontrar diferencias entre una cohorte y otra. Las mujeres más jóve-
nes participan fundamentalmente en organizaciones feministas y en
organizaciones sociales, en tanto las mujeres mayores lo hacen prefe-
rentemente en partidos políticos y organizaciones feministas, y son
además quienes más participan en los procesos electorales.

Junto con ello, las diferencias que se aprecian por ciudades, tam-
bién son indicativas de la manera en que la trayectoria del movimien-
to feminista se inserta y articula con dinámicas locales. Una muestra
de ello es que la mayor tradición de militancia en partidos políticos
entre las feministas se encuentre en Concepción, ciudad en la que
precisamente han tenido origen importantes partidos y movimientos
políticos. En tanto en Valparaíso, un grupo de mujeres jóvenes inicia
de manera simultánea la militancia partidaria y feminista, lo que
manifiesta la estrecha vinculación que ha existido allí entre la defini-
ción de una identidad feminista y la lucha contra la dictadura en los
años ochenta.

Finalmente, la interrogante planteada en torno a quiénes son las


feministas chilenas de los años noventa ha permitido dar cuenta de
las particularidades de esta colectividad en cuanto a su orientación al
cuestionamiento y cambio del orden social y de género, así como su
marcada tendencia a la asociatividad. Pero además, ha evidenciado
las continuidades que presenta este grupo con relación a las feminis-
tas del país de la década anterior y con las feministas latinoamerica-
nas; los cambios en la relación con la política, sus instituciones y

230
Capítulo III. ¿Quiénes son las feministas en los noventa?

modalidades más tradicionales, y las formas emergentes de expresar


compromisos sociales y políticos, de los que dan cuentan algunas
diferencias generacionales constatadas.

A pesar de la fuerte y permanente crítica a los gobiernos de la


Concertación y a la democracia más en general, en la práctica no ha
ocurrido una indiferencia masiva de las feministas con respecto a la
política institucional: la mayoría de ellas sigue militando en partidos
políticos y participando masivamente en los procesos electorales.

Una de las interrogantes que surge a partir del análisis de las


trayectorias organizativas de las feministas es, si los partidos políticos
y/o las organizaciones sociales han servido para generar procesos de
aprendizaje y socialización política que inciden luego en el inicio de
una participación feminista: ¿qué significa para el futuro de este cam-
po de acción que cada vez existan menos de esas instancias sociali-
zadoras donde se puedan gatillar procesos colectivos de toma de
conciencia?

231
IV

Voces feministas:
narrativas sobre transición
y movimiento
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

234
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

¿Qué nos pasó, Zavalita?


Esa es la pregunta que se me viene a la cabeza cada vez que me detengo a mirar el
actual panorama y las propias vidas nuestras de cada día a la luz de un presente
en que las desarticulaciones dejaron a la mayoría en tierra de nadie...
Eliana Largo, 1996.

Hasta ahora hemos analizado cómo y con quiénes se ha estruc-


turado el campo de acción feminista en la década de los noventa. Se
ha presentado una descripción del período postransición y de los prin-
cipales hitos y procesos que han incidido en el accionar feminista.
Hemos descrito las principales formas de organización, estrategias
políticas y vínculos con otros actores de la sociedad civil que han
establecido las instancias colectivas que componen este campo. Por
último, caracterizado el tipo de activistas que se manifiesta como
partícipe de este campo de acción, así como las trayectorias laborales
y políticas que han seguido en este período.

En este capítulo queremos abordar la dimensión discursiva y sim-


bólica que acompaña, informa y en ocasiones explica, algunos de los
procesos colectivos descritos con anterioridad. Se trata de dar cuenta
de los marcos de sentido del accionar feminista en el Chile de los
noventa. Concepto que se refiere tanto a los significados que los ac-
tores atribuyen a su accionar como a los objetivos y principios que
los orientan, además de las construcciones simbólicas surgidas de la
interacción entre ambos aspectos.

Estos marcos de sentido cumplen un rol mediador entre las opor-


tunidades que proporciona el sistema político y la acción colectiva
(McAdam et al. 1999, p. 5). Permiten dar sentido al accionar tanto
en términos políticos como temporales: pasado, presente, futuro.
Asimismo, las narrativas, discursos y los mitos colectivos contribu-
yen a generar una identidad común, una comprensión compartida
del pasado y del futuro deseado. De esta forma el ímpetu para la
acción es tanto un proceso de construcción cultural de sentido como
una función de las posibilidades estructurales para ella.

235
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Nuestro objetivo en esta sección es centrarnos en algunos aspec-


tos que aparecen centrales en los discursos de las feministas en lo que
respecta a su relación con el sistema político, y cómo este ha incidido
en el estado actual del ‘movimiento’. Esto implica recuperar recuer-
dos y narraciones del actuar político individual y colectivo, de un
pasado reciente y otro ya distante. Se trata necesariamente de enten-
der cómo emerge una memoria colectiva de ese pasado común.

Hablar de memoria es hablar de intersubjetividad, de interac-


ción social y puesta en común de recuerdos individuales aislados.
Todo recuerdo implica interacción social; el acto de recordar no es
posible si el individuo está aislado. Así, no existe una memoria indi-
vidual en tanto proceso psicológico de introspección disociado de su
entorno social, no existen recuerdos puros en el sentido de recordar
hechos “verídicos” (Hallbawchs 1980). El pasado es creado colectiva-
mente a partir del acto de recordar en conjunto.

Sin embargo, esta interacción no significa que la memoria colec-


tiva sea una sola o una agregación de memorias individuales. No es
una lista de hechos en la que los individuos hayan estado directa-
mente involucrados. Es una construcción simbólica que se inicia con
el acto de recordar con otros. Desde el presente recordamos, reinter-
pretamos, reinventamos junto a aquellas personas con las que com-
partimos experiencias comunes o que pertenecían (y pertenecen) a
uno de nuestros grupos de referencia. “Un recuerdo es en gran medi-
da una reconstrucción del pasado a partir de datos tomados del pre-
sente. Una reconstrucción preparada además, a partir de reconstruc-
ciones de períodos anteriores donde las imágenes del pasado ya ha-
bían sido alteradas” (ibíd., p. 69)., Los procesos de construcción de
memoria son también procesos de olvido. El olvido es la otra cara de
la memoria, no solo se interpreta el recuerdo, también se selecciona
lo que se habrá de recordar.

Nuestro interés por reconstruir las narrativas feministas busca


describir un aspecto específico de los marcos de sentido que emergen
a partir de la puesta en común de un pasado colectivo. Se trata de

236
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

unir la dimensión individual con la colectiva a través de las narrativas


que emergen de la interacción entre las propias involucradas y la de
estas, con otros actores.

El objetivo específico de esta sección es entonces, analizar las


interpretaciones y discursos que las feministas han ido construyendo
respecto de la transición política que vivió el país a comienzos de la
década de los noventa; y la manera en que este proceso ha incidido en
el estado actual del campo feminista y su capacidad de movilización.
Al mismo tiempo, el capítulo se propone indagar acerca de las per-
cepciones de las entrevistadas respecto de los avances, dificultades y
desafíos del feminismo en el período postransición. De esta forma, se
busca reconstruir un discurso colectivo identificando las líneas de
argumentación comunes en los relatos individuales.

Presentamos pues las voces de las mujeres que se identifican como


feministas y quienes a través de su accionar y pensamiento estructu-
ran lo que –tanto ellas como nosotras– entendemos como un movi-
miento social.

1. Narrativa sobre transición y democracia


en las voces feministas

Transcurrida más de una década desde la derrota de la dictadura


militar en Chile, la instalación de un régimen democrático sigue siendo
evaluada con escepticismo por amplios sectores de la sociedad. Si
bien esto era esperable de parte de aquellos sectores incondicionales
al régimen autoritario, resulta paradojal cuando proviene de quienes
protagonizaron las principales luchas para reconquistar esta demo-
cracia hoy cuestionada. Es importante entonces preguntarse ¿qué
explica este escepticismo? ¿Se trata acaso de un rechazo a un sistema
de gobierno?

Queremos abordar algunas de estas interrogantes, analizar la na-


rrativa que han venido construyendo las mujeres que se autodefinen
como feministas, sobre los cambios en la esfera político institucional.

237
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Es decir, buscamos explorar, a través de las voces de las entrevistadas,


los principales ejes argumentativos que sustentan el relato respecto
de lo que los chilenos han denominado la ‘transición’.

Como planteáramos en la Introducción, para efectos de esta in-


vestigación utilizamos el concepto de ‘transición’ para referirnos es-
pecíficamente al proceso (y período) de tránsito entre un “régimen
de tipo dictatorial a otro de tipo democrático” (Garretón 1999, p.
58). Esto abarca formalmente la etapa entre el plebiscito de 1988 y la
inauguración del primer gobierno de la Concertación en 1990. Sin
embargo, estamos conscientes que a pesar de las precisiones concep-
tuales, en la sociedad chilena actual la idea/palabra ‘transición’ está
cargada de sentidos encontrados, implicancias diversas que van mu-
cho más allá de esta dimensión estrictamente institucional para in-
1
cluir aspectos ideológicos, simbólicos y afectivos.

Es así como amplios sectores utilizan el concepto como sinóni-


mo de democratización, o para referirse a la calidad del sistema demo-
crático. Como veremos a continuación, la mayoría de nuestras entre-
vistadas entiende/utiliza este concepto en este sentido, y no para refe-
2
rirse al cambio de régimen propiamente tal.

1.1. Continuidades y discursos compartidos


sobre democracia y transición

El movimiento feminista emerge como un proyecto político ideo-


lógico en respuesta a la instalación de un régimen dictatorial y al

1
Entre las interpretaciones que difieren de esta definición se encuentran aque-
llas planteadas por diversos autores e intelectuales críticos ya sea desde las
propias ciencias sociales (como Tomás Mouliaán) o desde la literatura, la crí-
tica cultural y otras disciplinas (Nelly Richard y Willy Thayer, por ejemplo).
2
A lo largo de este capítulo se utiliza el concepto de transición de acuerdo a la
definición antes proporcionada, sin embargo, cuando este aparece en una cita
textual de las entrevistas u otros autores, el concepto puede tener otras acep-
ciones. En la medida de lo posible, tratamos de especificar los distintos senti-
dos cuando el análisis lo amerita.

238
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

autoritarismo que atraviesa a la sociedad chilena a fines de la década


de los setenta (Kirkwood 1986; Chuchryk 1991). Esta segunda irrup-
ción de movilización feminista en la historia del país, surge entonces
como un proyecto esencialmente opositor y con un obvio compro-
miso con la democracia, cuestionando no solo el militarismo, sino la
forma de hacer política que había caracterizado el sistema democráti-
co en el Chile predictatorial, así como la manera de hacer política
que los partidos se empeñaban en promover. Julieta Kirkwood criti-
caba en ese entonces la forma tradicional de incorporar a la mujer en
la política:

En la elaboración de estas ideas, las feministas nos hemos encon-


trado con que la vivencia política tradicional para o hacia las mu-
jeres, y desde todos los tintes políticos, es segregacionista y subsi-
diaria en todos los sectores político-sociales, ya se trate de mujeres
pobladoras, campesinas, empleadas o profesionales.
Esto ha originado entre muchas de nosotras un alto grado de re-
chazo a la movilización no reflexiva, como carne de cañón” o como
“fuerza explosiva, viejas y nuevas expresiones de la ‘subsidiarie-
dad’ femenina. (Kirkwood 1986, p. 43).

Como hemos planteado en los capítulos anteriores, esa forma


tradicional de hacer política motivó gran parte de la reflexión crítica
y la praxis de las feministas durante el período dictatorial. Una vez
recuperada la democracia, aunque mutada y adaptada a las nuevas
condiciones, esta forma de hacer política vuelve a ocupar un papel
preponderante en la vida nacional. Frente a esta nueva mutación de
la política, las voces de aquellas mujeres activas en el movimiento
opositor que se identificaban con una propuesta feminista, delatan
hoy un malestar con el presente. Un malestar que obliga a volver la
mirada hacia el pasado, en busca de las utopías y esperanzas que otro-
ra inspiraron la movilización opositora y los proyectos colectivos que
hoy parecen ausentes. Sin embargo, este malestar va mas allá de quie-
nes participaron directamente del activismo opositor de los ochenta,
también está presente en los relatos y apreciaciones de aquellas muje-
res que comienzan su accionar político en la etapa postransición.

239
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Así, las narrativas individuales que las entrevistadas presentan


respecto de los temas discutidos en el marco de este estudio, develan
la existencia de importantes continuidades y consensos discursivos
en la forma en que las feministas interpretan los procesos políticos
vinculados a la transición. En términos generales, se comparte una
visión crítica sobre lo que fue el retorno de la política formal para las
mujeres y el feminismo. Si bien muchas entrevistadas mencionan que
el nuevo contexto democrático ha permitido incorporar algunas de-
mandas del movimiento a la agenda pública, la mayoría asocia los
efectos de esa coyuntura político-histórica, con resultados negativos para
los movimientos sociales en general, y para el feminista en particular.

El eje argumentativo central detrás de las continuidades es la


idea de que la transición
–en tanto proceso político– tiene un efecto negativo en los acto-
res sociales y en su capacidad de incidir en la política. Cabe resaltar,
que no existe uniformidad en la forma en que las entrevistadas defi-
nen el concepto de transición; mientras para una minoría se trata del
cambio de régimen político, otras lo utilizan como sinónimo de regreso
a la política tradicional, y otras aún, como la falta de democracia real.

De esta manera, el discurso colectivo sostiene que la transición


provoca una división/fragmentación del movimiento feminista y pro-
mueve la desmovilización de las mujeres en general. Las feministas
pierden su cohesión y, por tanto, el rol político protagónico que ha-
bían tenido en la lucha por reconquistar la democracia.

En este punto, las entrevistadas comparten un diagnóstico bási-


co inicial respecto del impacto de la transición en el accionar femi-
nista. Sin embargo, existen matices y diferencias tanto respecto de la
relación entre la transición y la desmovilización del movimiento, como
de las formas precisas en que la coyuntura lo ha afectado.

A continuación analizamos algunas de las principales líneas ar-


gumentativas que dan forma a las narrativas sobre transición y demo-
cracia entre nuestras entrevistadas.

240
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

a. Desencanto con la democracia

Durante ese período andábamos con nuestros cabros en las pro-


testas, entonces hoy día yo creo que pasa un poco, no porque nos
falte tiempo, no, yo creo que hay una desesperanza que está impe-
rando en nosotras, es decir, esta cosa de creernos el cuento de que
el cambio de dictadura a esta democracia de utilería que tenemos
hoy día, iba a solucionar nuestros problemas, e irnos pegando
porrazo tras porrazo, nos ha marcado en la desesperanza, enton-
ces hoy día no nos dan ganas de ir a algunas cosas, eso yo creo que
es una realidad. (Grupo de discusión, Concepción)

Desde diversas posturas y con diversas justificaciones, el hilo con-


ductor del relato colectivo construido por las feministas enfatiza una
mirada crítica sobre la democracia que finalmente se logró conquis-
tar después de la transición. El engaño, el descontento, la falta de
motivación y el desencanto aparecen en este discurso que mira hacia
el pasado desde un presente decepcionante.

El primer gobierno de la Concertación (Aylwin) fue un tiempo


de espera. Al finalizar el segundo gobierno (Frei) se constata que
no sucedieron los cambios esperados, la gente se desmotiva, se
dedican a proyectos personales, ganar plata, y las mujeres se sien-
ten defraudadas, se repliegan y se vuelven a las casas. (Entrevista-
da: 32 años, Santiago)

Hubo desilusión porque se pensaba que con la democracia mu-


chas cosas iban a cambiar y no fue así. No ha habido decisión
política para cambiar las cosas. (Entrevistada: 47 años, Valparaíso)

Las expectativas de un gobierno democrático no se han materiali-


zado y eso provoca un bajón (Entrevistada: 38 años, Valparaíso)

El ‘88 volvemos a la democracia y las mujeres simbólicamente


volvemos a la casa. (Entrevistada: 30 años, Valparaíso)

Sin embargo, aunque minoritarias, también surgen voces que


llaman a no perder las esperanzas y seguir intentando dialogar con
esa democracia…

241
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

No es la democracia que queremos, pero realmente esto lo prefe-


rimos a la dictadura. Entonces, ¿cómo nos hacemos cargo de los
desafíos de hoy?… Hay un momento en el que por razones de
responsabilidad ética uno tiene que ser capaz de ir y estar en esos
espacios que nos pueden permitir la oportunidad de ir constru-
3
yendo estrategias y alternativas (Teresa Valdés).

Por otra parte, algunas intelectuales feministas vinculadas a una


corriente que puede denominarse de ‘crítica cultural’, plantean que
el concepto de transición es engañoso porque apela a la idea de cam-
bio, de ruptura entre el viejo y el nuevo orden. Nelly Richard (2000b,
p. 16), por ejemplo, se refiere al período democrático como la ‘pos-
dictadura’ para enfatizar la continuidad en lo político y lo cultural
entre el autoritarismo y el régimen que se impone desde 1990. La
‘transición’ aparece entonces definida por sus carencias e imposiciones:

El consenso actuó como una garantía normativa destinada a suje-


tar los desarreglos de lo social, forzando –para ello– la unanimi-
dad de las conductas y de los discursos en torno a las consignas
oficiales de la moderación y de la resignación…
El dispositivo del consenso de la transición oficializó un cierto
idioma común (un idioma de referencia: el idioma del acuerdo)
basado en la sobrelegitimidad institucional del pacto de la Con-
certación, que se otorgó así, el privilegio de reconocer o descono-
cer las voces en litigio, según la forma que tenían dichas voces de
modular sus acuerdos.

En la misma línea argumentativa, Raquel Olea (2000, p. 53)


plantea que la transición

Ha requerido un cuerpo social consensuado, para imponer al


amparo de la ley modos, modelos, de convivencia y valores nece-
sarios al orden neo-liberal instaurado por la dictadura.
Por eso el contexto de una reflexión feminista hoy es el de un
cuerpo social disciplinado por un pacto patriarcal que ha cons-

3
Intervención en el VII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en
Cartagena, Chile – 1996.

242
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

truido la convivencia en una trama de dominaciones que teje re-


laciones de producción capitalistas, libre mercado, democracia
formal, privatización de las comunicaciones, y la espectacularidad
de una escena cultural masificada y acrítica.

Si bien este desencanto no se limita a las feministas, las entrevis-


tadas lo señalan como uno de los factores que inciden en la desmovi-
lización de este movimiento. En la medida en que existían expectati-
vas respecto del sentido y efectos de la democracia, y que estas eran
un componente esencial de la identidad política feminista, se produ-
ce un choque con la realidad y una creciente frustración.

En este caso, no se trata de un efecto coyuntural de los cambios


políticos, sino de una transformación más de fondo. El descontento
y la frustración se producen porque se enfrenta una visión utópica
del sistema democrático con la realidad de un régimen político alta-
mente constreñido en su capacidad para representar intereses y trans-
formar las diversas esferas de la sociedad (económica, social, cultu-
ral). Las feministas habían luchado por reconquistar la democracia,
una democracia entendida sobre todo como mayor igualdad social,
menos autoritarismo y más participación. La concepción de demo-
cracia a la que adscribían, prometía un mundo mejor que no se ma-
terializa con el cambio de régimen.

En otras palabras, el discurso de las entrevistadas respecto de los


efectos del retorno a la democracia para el feminismo indica que este
proceso no necesariamente ha significado “aperturas” políticas en el
sentido señalado por Jane S. Jaquette (1991, p. 36), momentos para
“repensar las bases del consenso social” y revisar las reglas de funcio-
namiento de la sociedad; por el contrario, esta autora afirma que “las
feministas han tenido que enfrentarse con el desagradable hecho de
que la democracia no significa un cambio decisivo en la forma en que
la sociedad hace política”. Surge entonces el malestar y el desapego
respecto del sistema político.

Una expresión de este desencanto se puede apreciar en las opi-


niones de esta estudiante de 26 años de Santiago:

243
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

La transición, con sus características específicas, afectó negativa-


mente al movimiento de mujeres y al movimiento feminista. Tran-
sición pactada entre militares, clase política, poder económico,
dejó como meros espectadores a los movimientos sociales. Garre-
4
tón dice que las demandas de las mujeres no fueron solo políti-
cas, sino también económicas, culturales. Pero esta transición pac-
tada las dejó en un segundo plano, necesariamente, y solo recogió
su demanda política (recuperar la democracia), pero el modelo
económico se mantiene igual. Todo el análisis sobre el movimien-
to feminista y otros movimientos debe tener como pilar este pro-
ceso de transición.

Pese a las voces disidentes, la visión mayoritaria de las feministas


entrevistadas es de pesimismo y desengaño. Como lo conceptualiza
Norbert Lechner y Pedro Güell (1999, p. 200), refiriéndose a la vi-
sión del futuro en la sociedad chilena actual, “predomina un discurso
de la desesperanza, sea por desencanto con el estado de cosas, sea por
resignación a desear siquiera una sociedad diferente”.

b. Claves del pasado autoritario para interpretar el presente

El pasado autoritario se recuerda, se recrea y reinterpreta desde la


coyuntura presente. Las feministas han discutido y reflexionado per-
manentemente sobre la emergencia del movimiento durante la dicta-
dura. Mientras en la sociedad chilena siguen en pugna diversas cons-
5
trucciones sobre el pasado reciente, entre las feministas, en cambio,
hay un mayor grado de coincidencia. Su identidad antidictatorial es
un rasgo identitario asumido por todas, independientemente de sus
diferencias internas. Las feministas, en tanto colectivo, comparten la
experiencia traumática del golpe de Estado y el miedo provocado por
la represión política que lo siguió –incluyendo el exilio–, por ello,
comparten una memoria relativamente homogénea del pasado auto-
ritario.

4
Se refiere al sociólogo Manuel Antonio Garretón, quien ha reflexionado ex-
tensamente sobre el proceso de transición.
5
Sobre este tema ver: Garcés et al. (2000), Lechner y Güell (1999).

244
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

Tal vez un factor que ha contribuido a la construcción de esta


narración común, es la importante influencia que ejerce Julieta Kir-
kwood en el movimiento feminista chileno. Kirkwood, socióloga fe-
minista, escribió sobre la movilización sufragista en la década de los
treinta y cuarenta y sobre la reemergencia del pensamiento feminista
6
durante la dictadura. Sus trabajos, sus ideas, su visión de la historia
del movimiento constituyen una referencia casi obligada en los rela-
tos de muchas de las entrevistadas acerca de la movilización feminista
en la década de los ochenta. Probablemente por su muerte temprana,
por su liderazgo intelectual y político, por su capacidad de reflejar su
tiempo como nadie lo había hecho, llegó a convertirse en un icono
en torno y a partir del cual se ha ido construyendo una memoria
colectiva del feminismo chileno. Patricia Crispi (1987, p. 7) la des-
cribe así:

Una mujer-líder de mujeres, activista (a su estilo), militante (a su


manera), feminista de su propio feminismo que fue creando entre
varios colectivos y la soledad de sus papeles, conjugando rebel-
días, entretejiendo liberaciones de clase y sexo.

A propósito de ella y recordando su producción intelectual, gran


parte de la cual dedicó a teorizar sobre la vinculación de las luchas
contra el autoritarismo y el patriarcado, varias de las entrevistadas
rememoran su experiencia de movilización feminista en el contexto
de las luchas contra la dictadura.

…hay muchos hitos positivos en relación a ese período, porque es


un período de mucha calle, de mucha acción política … un tema
que yo creo que finalmente es uno de los momentos que cohesio-
na, y que es sumamente doloroso, es la muerte de la Julieta, pero
que produce cohesión. (Entrevistada: 42 años, Santiago)

6
Su libro, Ser política en Chile. Las feministas y los partidos políticos, publicado
por Flacso en 1986, es sin duda uno de los trabajos más citados por las femi-
nistas chilenas y uno de los aportes más significativos al pensamiento feminis-
ta latinoamericano. Kirkwood muere tempranamente en 1985, justo en el
momento más álgido de la movilización antidictatorial y su obra queda ligada
a ese momento histórico.

245
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Mira, ahí yo rescato a la Julieta, yo la conocí una sola vez cuando


la sacaron de la lista, y nos juntábamos a tomar un tecito que
hacíamos durante la dictadura, como 40 mujeres. Yo rescato el
patrimonio, la herencia y los encargos que nos dejó la Julieta …
porque la Julieta era una mujer intelectual, pensante, crítica, teó-
rica y con una tremenda sensibilidad artística, yo diría, en “Te-
jiendo Rebeldías” se ve eso, tremendo espectro de sensibilidad
académica que se conjugaban en ella, pero que claro que paraba
absolutamente al movimiento feminista del país, a mí me gustaría
en ese sentido, sentir esos puentes que se vuelven, o sea, la repara-
ción de esa amplitud de identidad académica y militante como
feminista… (Entrevistada: 54 años, Santiago)

Porque siento que hay una muy fuerte dependencia de la herencia


histórico política de Chile, y el movimiento feminista en su reedi-
ción. Es cierto que se ha nutrido también, pero no me puedo
olvidar que Julieta Kirkwood era feminista pero socialista y…
plantearse políticamente feminista, yo siento que es algo por
hacer, que es una construcción a hacer… (Entrevistada: 50 años,
Valparaíso)

Vemos así que tanto el pensamiento de Kirkwood como el re-


cuerdo de su militancia feminista se han convertido en modelos que
sustentan el lenguaje y discurso feminista chileno, así como el marco
interpretativo desde el que se recupera y construye su historia y
presente.

Toda historia es una reconstrucción desde el presente, una rein-


vención sustentada en los esquemas interpretativos y visiones impe-
rantes. La historia reciente del feminismo en Chile no es la excep-
ción. Por el contrario, se describe, recrea y relata a pedazos, a partir
de recuerdos individuales y colectivos, documentos que sobreviven,
imágenes y sonidos recuperados. Como una arpillera colectiva emer-
ge esa historia en las voces de nuestras entrevistadas. Sin embargo, el
pasado no se vislumbra homogéneo en esos relatos.

A lo largo de esta investigación, a pesar de nuestros esfuerzos por


rescatar la historia reciente de la postransición, los relatos de las

246
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

entrevistadas volvían una y otra vez a rememorar el activismo políti-


co vivido durante el período autoritario:

Como lo aprendí yo, y como lo vi y se lo escuché a las mujeres.


Ellas, en el período de la dictadura, anduvieron muy articuladas,
y no solamente las feministas sino que el movimiento de mujeres
también, ¿por qué andaban muy articuladas? Andaban como toda
la sociedad, porque la sociedad se articuló en contra de un solo
objetivo, acabar luego con la dictadura, que hubiese una salida
política, y si el resto de la sociedad andaba en eso, las organizacio-
nes de mujeres y el feminismo también andaban en eso. (Entre-
vistada: 48 años, Santiago)

Una de las cosas más increíbles es que el 8 de marzo del ‘85 o sea
a 3 días del terremoto que había sacudido a este país, estábamos
en la calle, estábamos en la calle pidiendo víveres pero en el fondo
estábamos en la calle denunciando la dictadura, en forma repri-
mida, con los colchones, con la harina que se habían juntado ahí
en la Plaza Italia (Entrevistada: 50 años, Santiago)

Sí, en todo fue la lucha antidictadura, hubo tanto nexo en esa


época, tanto en reuniones que íbamos, hasta de la CUT nos invi-
taban, ¿por qué? porque el movimiento de mujeres era importan-
te. El 8 de marzo, por ejemplo era el barómetro de cómo venía la
mano, entonces eran muchas cosas que se cruzaban, y teníamos
contacto con distintos grupos y organizaciones en ese período,
incluso con discusiones grandes, cuando se formó el movimiento
democrático popular, después el bloque socialista… (Entrevista-
da: 56 años, Santiago)

La memoria del pasado distante, de los ‘gloriosos ochenta’, apa-


rece nítida e inmediata: se recuerda primero y con mayor claridad el
período fundacional, los inicios, las acciones, los debates de tiempos
pasados. Por el contrario, los recuerdos recientes aparecen difusos;
cuesta traer a la memoria las acciones, el eje de los debates, el sentido
y resultado de los encuentros ocurridos en los últimos años. Los no-
venta aparecen en los relatos feministas, a pesar de la gran riqueza de
iniciativas, de la emergencia de nuevos tipos de organizaciones y la

247
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

realización de los Encuentros feministas, como una mera sombra de


sí, de lo que antes fue o pudo ser.

Por el contrario, los años ochenta se recuerdan con nostalgia.


Nostalgia del protagonismo político alcanzado dentro del movimiento
opositor, nostalgia de los proyectos colectivos, de la capacidad de
movilización. Nostalgia también de un pasado idealizado donde las
feministas actuaban más unidas, hermanadas bajo objetivos comu-
nes, en una lucha épica en contra del patriarcado y del patriarca…

Entiendo, por lo que supe de ellas… de las que llevaban más tiempo
en el feminismo, que andaban todas juntas antes, era muy gran-
dioso el grupo, además andaban algunas que nunca fueron femi-
nistas…, pero que andaban en el movimiento de mujeres, y anda-
ban tantas otras mujeres que eran del movimiento de mujeres,
entonces como que el feminismo se veía más articulado y más
grande porque estaba esa fuerza también. (Entrevistada: 48 años,
Santiago)

…creo que es un sociólogo italiano el que señala que los movi-


mientos sociales pasan como el estado de gracia, como el estado
de enamoramiento, en el sentido de las bases de la mística, yo
creo que nosotros la tuvimos en esos años… ‘83, ‘84, ‘85… como
de iluminación, como de acción… (Grupo de discusión, Con-
cepción)

…los ochenta parece una década interesante, porque, no obstante


la situación autoritaria concreta que vivía el país, fue clandestina-
mente efervescente, fue como detonante, como súper interesante
en muchas cosas, en literatura de hecho se habla que en los ochenta
surge lo que se podría llamar como una neovanguardia. A nivel
social y feminista siento que ahí las ONG cumplían un papel
muy fundamental en recuperación histórica… (Entrevistada: 46
años, Valparaíso)

Pero en esa época ¿por qué teníamos esa fuerza?, igual teníamos
que vivir… ¿por qué nos juntábamos todos los días? ¿Por qué
hacíamos esto? ¿Por qué?... Claro, era un momento muy especial,
pero yo creo que fue un acierto nuestro unir la lucha feminista

248
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

con la lucha por la democracia, y dentro de esa lucha por la de-


mocracia nos juntamos… y tuvimos visibilidad pública… sacá-
bamos unas cosas locas y nos publicaban, nos llamaban de la Ra-
dio Cooperativa, teníamos una presencia pública… (Entrevista-
da: 58 años, Santiago)

Mientras el pasado se recuerda como una época de unidad, acti-


vismo y movilización, el presente, como hemos visto, representa, en
cambio, el desencanto, la falta de proyectos, el agotamiento. El pre-
sente se construye en oposición a ese pasado.

Esa reinvención del pasado, no se limita a aquellas mujeres que


vivieron –a través de su activismo– el período de la dictadura. Tam-
bién participan en este proceso de construcción de memoria colecti-
va, las adultas y las jóvenes que no vivieron directamente este perío-
do, tanto las que estaban dentro del país como aquellas en el exilio,
las entrevistadas de las tres ciudades, de todas las corrientes ideológi-
cas y orígenes sociales. Se reproduce en los escritos, en las reuniones,
testimonios y publicaciones; en la producción artística y en las con-
versaciones entre amigas.

Como generación del noventa, viví la dictadura en una condición


de niña, de temor, represión, hambre. Me siento parte de esa cul-
tura de la resistencia, fui parte del movimiento de oposición, del
movimiento de mujeres. No estoy por esa disociación entre gene-
ración del ochenta y la generación del noventa. Como si todo lo
hubieran hecho las de los ochenta. Es difícil ser feminista en los
noventa, en los ochenta era claro, había movimiento. Pero luego
uno ve la hecatombe. (Entrevistada: 26 años, Santiago)

Podemos ver que las feministas construyen la memoria del pasa-


do en medio y al calor de los debates sobre su presente. Los recuerdos
cobran sentido a la luz de este presente, la nostalgia y el carácter épico
aparecen en contraste al desencanto. La nostalgia que aparece en es-
tos relatos es, al mismo tiempo, un reconocimiento de aquello perdi-
do, “Pero puede ser igualmente una lectura nostálgica que –de cara a
las miserias del presente– recuerda las alegrías de antaño” (Augé 1998,
citado por Lechner y Güell 1999, p. 189).

249
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

c. La transformación de ‘la política’: reaparecen los partidos /


quiebre entre ‘políticas’ y ‘feministas’

En los relatos feministas, uno de los elementos centrales del pro-


ceso de transición y el régimen político a que da lugar, se refiere a la
transformación de la política y el efecto que esto tuvo en la capacidad
de movilización y participación desde la sociedad civil. Mientras que
en el período anterior diferentes actores sociales, entre ellos el femi-
nista, mostraban gran vitalidad y visibilidad pública, con el inicio de
la transición estos movimientos habrían ido debilitándose para dar
paso a una mayor centralidad de los partidos y a otros actores políti-
cos tradicionales.

Una segunda línea argumentativa, si bien comparte la idea de la


desmovilización, explica los efectos de la transición poniendo énfasis
en procesos y factores asociados directamente al funcionamiento del
sistema político; específicamente a la forma de hacer política y a la
correlación de fuerzas entre diversos actores políticos. Lo ocurrido,
de acuerdo a esta visión, es que después de la transición cambian los
espacios para hacer política (de lo social a lo político oficial), los par-
tidos retoman el liderazgo y protagonismo en detrimento de los mo-
vimientos sociales. El Estado se impone como un actor central, inter-
firiendo también en el ámbito social.

Yo en eso soy súper crítica, en saber exactamente que las mujeres


políticas, de partidos políticos que se definían como feministas,
cuando en las discusiones nuestras ellas no eran capaces de defi-
nirse desde lo político, era porque estaban esperando esto, ¿me
entiendes? Yo creo que en eso las mujeres que éramos autónomas
cuando pedíamos definiciones … yo me defino como una mujer
feminista autónoma, pero esta es mi presentación, o mi carta de
presentación, pero acá éramos todo movimiento, éramos todo
movimiento pero al final fue todo movimiento de partido … al
final las definiciones pasan por lo político, de cómo el partido
define dentro de su estructura cómo se tienen que mover, ellas no
responden a las mujeres del movimiento, responden a las mujeres
dentro del partido político, y por lo tanto muere, muere nuestro
movimiento. (Entrevistada: 48 años, Santiago)

250
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

Entre los temas más recurrentes que aparecen en las respuestas


de las entrevistadas están los relacionados con el rol y el carácter de
los partidos políticos, su influencia en el movimiento y la relación
entre estos y las feministas. Si existe un nudo argumentativo común
en el discurso de las feministas, este es el reconocimiento de la cen-
tralidad de los partidos en la forma de hacer política en el país y en la
coyuntura de la transición en particular.

Para las mujeres feministas y de partidos primero estaba el partido


y luego el ser feminista y después del ‘90 muchas vuelven a sus
partidos. (Grupo de discusión, Valparaíso)

Muchas mujeres tomaron posiciones en los partidos de la Con-


certación y primó lo partidario contingente por sobre la lucha
feminista. (Entrevistada: 55 años, Valparaíso)

Se producen divisiones y crisis de credibilidad porque el partido


político era la primera lealtad. (Entrevistada: 37 años, Concep-
ción)

Pasó lo mismo que en otros procesos, hubo división, cada una por
su lado o su corriente y se adscribe a su candidato o su partido,
porque no supimos buscar lo que nos iba a mantener unidas. (En-
trevistada: 53 años, Concepción)

De esta forma, el resurgimiento de los partidos en el escenario


político nacional después de largos años de clandestinidad, tiene un
efecto fundamental en el movimiento, en su articulación interna y en
su capacidad de movilización. Según las entrevistadas, esto se mani-
fiesta de diversas formas. En primer lugar, incide en las decisiones
estratégicas de las propias actoras, presionando a las feministas ‘polí-
ticas’ para optar por uno u otro espacio de militancia. En segundo
lugar, la rearticulación de los partidos afecta al movimiento, acen-
tuando las divisiones y contradicciones entre las dos estrategias polí-
ticas que se habían mantenido en pugna en el campo feminista hasta
entonces: hacer política en forma autónoma desde la esfera social o
vincular el accionar feminista con la política contingente y con ma-
yúscula, esto es, en el caso chileno, la política partidista. En otras

251
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

palabras, se trata de la vieja pugna entre feministas y políticas que se


7
ve exacerbada por la coyuntura transicional.

Sin embargo, existen también otras opiniones que si bien mino-


ritarias, plantean que el problema de la relación entre ‘políticas’ y
‘feministas’ no se produce solamente por la imposición de una lógica
partidaria o de la opción individual de algunas mujeres por sus mili-
tancias políticas, sino por la forma en que esa relación se había inter-
pretado al interior del campo feminista. Estas estrategias y opciones
de militancia habían sido entendidas hasta entonces como opciones
contrapuestas y excluyentes la una de la otra, generando así un con-
flicto entre aquellas que favorecían una u otra estrategia. Por lo mis-
mo, este conflicto es interpretado como uno de los efectos más des-
tructivos de la transición para el movimiento feminista. Así, las re-
flexiones que tienden a externalizar culpas, señalan que uno de los
efectos de la transición es dividir al movimiento. En este caso, una
mayoría de las entrevistadas interpreta la rearticulación pública de
los partidos políticos, como una pérdida para el movimiento en la
medida en que en el período democrático, las mujeres con doble
militancia optan por el trabajo partidario.

La cultura feminista estableció un abismo entre ser política y ser


feminista, lo que entorpeció el tránsito libre entre diferentes espa-
cios, desde el movimiento a la institucionalidad. De hecho, ingre-
sar a la institucionalidad estatal es visto como una licencia, crean-
do bandos con relaciones traumáticas, lo cual ha conspirado para
hacer un trabajo en conjunto. (Grupo de discusión, Santiago)

El quiebre está ahí porque una de las grandes discusiones fue el


tema de la doble militancia, había una postura de que no se podía
ser feminista y militante de partido a la vez. (Grupo de discusión,
Concepción)

Un grupo minoritario cuestiona este relato colectivo y propone

7
Ver en el primer capítulo, la discusión sobre ‘feministas’ y ‘políticas’.

252
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

mirar críticamente las dinámicas políticas internas al feminismo en


busca de las fuentes de la división.

Además de la profundización de la división entre ‘feministas’ y


‘políticas’, el resurgimiento público de los partidos tiene un efecto en
el movimiento en la medida en que se alteran los espacios donde se
hace política. La política se traslada desde los ámbitos sociales e in-
formales, hacia aquellos de orden político institucional como el Esta-
do, los poderes legislativo y ejecutivo. En el nuevo contexto, son los
partidos y los actores políticos tradicionales los que pueden partici-
par, no existe espacio para los movimientos sociales y en especial para
las mujeres.

El movimiento feminista y todos los movimientos sociales queda-


ron fuera de la transición política porque la estructura política es
muy fuerte, los partidos políticos mediatizan todo y si no se esta-
ba en un partido las feministas no tenían impacto. (Entrevistada:
58 años, Santiago)

1.2. La transición y sus efectos en el movimiento

En los relatos de las entrevistadas, los efectos del proceso de tran-


sición son asociados directamente con las dinámicas internas al mo-
vimiento. Es decir, las razones que explicarían la falta de visibilidad
pública del movimiento se encuentran en procesos internos, que a su
vez han sido provocados por los cambios políticos nacionales. En tal
sentido, se mencionan diversos aspectos, tales como que emergen
diferencias antes ocultas, se producen quiebres nuevos y más profun-
dos, se pierden o cooptan a las líderes, las mujeres “vuelven a la casa”,
entre otras.

a. Con la transición emergen las diferencias/


conflictos escondidos

Uno de los efectos más concretos del cambio de régimen en el


movimiento, fue dejar al descubierto y potenciar las diferencias o
quiebres que habían estado siempre presentes en el pensamiento y

253
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

accionar feminista que emerge a finales de la década de los setenta. A


pesar del discurso que representaba al conjunto de mujeres que adhe-
rían al feminismo como una comunidad homogénea e indiferencia-
da, existían múltiples diferencias ideológicas, políticas e identitarias
entre ellas; diferencias que habían permanecido ocultas debido a los
imperativos de la lucha por reconquistar la democracia. Tanto la ima-
gen que se proyecta hacia afuera como la forma en que se va constru-
yendo la idea de una ‘comunidad’ feminista, habían estado orienta-
das a ocultar y deslegitimar la existencia de esas diferencias y enfati-
8
zar la igualdad y coincidencias. Una vez que desaparece el enemigo
común, se pierde también el objetivo compartido que permitiera
mantener cierta cohesión interna y aminorar las diferencias.

En el inicio de la transición, yo creo que esta afecta de manera


concreta al movimiento feminista, que cuando empieza la transi-
ción todavía no ha resuelto el problema de la representatividad, ni
ha sido tema de discusión. No se asume políticamente el tema de
la representatividad, y por lo tanto, sí lo afecta y cambian las diná-
micas del movimiento feminista desde el plebiscito y la primera
elección presidencial, y luego, porque yo creo que ahí las feminis-
tas más involucradas en la Concertación, o militantes de partidos
de la Concertación, generan claramente el inicio de una polari-
dad política, con la influencia de las mujeres en la Concertación y
la búsqueda de institucionalidad en el nuevo gobierno …y ahí
claramente empieza a haber marcadamente una diferenciación
entre una propuesta concertacionista que tenía que ver con la con-
tinuidad del modelo neoliberal, y una propuesta política más vin-
culada al ámbito de las organizaciones sociales, de la coordina-
ción del movimiento social. (Entrevistada: 42 años, Santiago)

De acuerdo a las entrevistadas, una vez que se termina la dicta-


dura, emergen estas divisiones.

8
Para una discusión sobre la falta de reconocimiento de las diferencias al inte-
rior del movimiento feminista en América Latina, ver los artículos de Galván
(1995) y Vargas (1992) citados en la bibliografía.

254
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

El cambio político hizo más evidente las diferencias al interior del


movimiento, de estrategias, pensamientos y tendencias; al des-
aparecer el enemigo externo se expresan con mayor claridad o
emergen diferencias latentes. (Entrevistada: 46 años, Valparaíso).

La dictadura ocultó la problemática de las mujeres porque todas


estaban preocupadas de echar a Pinochet. Una vez que se fue, se
desdibujó el enemigo y había que irse para la casa. (Entrevistada:
39 años, Concepción).

Era más fácil ser feminista en los ochenta porque era más claro
cuando “el enemigo era común”. (Entrevistada: 58 años, Santiago)

Yo creo que hay un impulso y una fuerza que nos hacía estar jun-
tas hasta el noventa y que eran las ganas de derrocar la dictadura,
y obviamente pareciera que todo está dicho en eso, y las ganas y la
fuerza estaba todo ahí, estábamos todas juntas e independiente
que fuéramos miristas, comunistas, de dónde fuera. Yo diría que a
partir del noventa ese hecho empieza a ser distinto, o sea, llega el
gobierno de Aylwin, y entonces empieza a aparecer lo que históri-
camente en Chile pasaba, no es lo mismo ser mirista, ser comu-
nista o ser socialista, ahí aparecen las tiendas, lo que no es malo,
pero aparecen y empiezas a ser comunista o socialista o mirista o
de otra tendencia, eso aparece, indudablemente que aparece, eso
es real, y existe y hay que exponerlo. (Grupo de discusión, Con-
cepción)

Si bien las entrevistadas que mencionan este efecto reconocen


que muchas de las diferencias existían con anterioridad, siempre en-
fatizan su vinculación con la transición y con los procesos políticos
que ocurren en ese momento. De esta forma, se atribuyen las divisio-
nes, más que a la incapacidad de enfrentar la existencia de diferencias
o a la diversidad entre feministas, a los condicionantes externos al
movimiento (cambio de régimen político).

Algunas excepciones a este discurso homogeneizante se encuen-


tran en aquellas perspectivas provenientes de feministas que han ocu-
pado históricamente posiciones relativamente marginales dentro de

255
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

los espacios y discursos movimientistas: feministas populares, femi-


nistas lésbicas, por ejemplo.

Resulta interesante además, que las diferencias políticas entre fe-


ministas sean vistas como algo negativo, destructivo para el movi-
miento. No hay una distinción entre la forma en que los quiebres se
desarrollaron en un momento, o el tipo de diferencias y el conflicto,
por el contrario, diferencias políticas son equivalentes a quiebre en
buena parte de este discurso.

b. “La vuelta a la casa”

Otro argumento establece una relación directa entre la supuesta


desmovilización de las feministas y el proceso de transición política.
Para muchas de las entrevistadas este proceso afecta al movimiento
porque provoca la privatización de aquellas mujeres vinculadas al fe-
minismo y/o al movimiento amplio de mujeres. Se trata de una ‘vuelta
a la casa’, idea ampliamente compartida y analizada desde los argu-
mentos desarrollados por Julieta Kirkwood para interpretar la histo-
ria de la movilización femenina y, en particular, la desmovilización
de las organizaciones feministas y de mujeres después de la obtención
9
del derecho a sufragio en 1949.

El ‘88 volvemos a la democracia y las mujeres simbólicamente


volvemos a la casa. (Entrevistada: 49 años, Valparaíso)

Las mujeres se fueron para la casa porque perdieron el objetivo, al


igual que lo hicieron cuando obtuvieron el derecho a voto en los
años cincuenta, como el silencio feminista del que habla Kirkwo-
od. (Entrevistada: 48 años, Santiago)

…bueno, aquí también se fueron para la casa. Ahora, aparte de


decir ese lugar común no hubo ninguna reflexión para plantearse
por qué se iban para la casa, y yo siento que en mi reflexión, por lo
menos, el irse para la casa responde a un hacer, que en ese sentido

9
Ver Kirkwood 1985; Gaviola et al. 1986.

256
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

es tradicional y es que la política del espacio público en tiempos


de paz no la hacemos las mujeres. Las mujeres intervenimos en la
política en momentos límites y momentos de guerra y en mo-
mentos difíciles, y es cosa de echar una mirada por el mundo
nomás para ver dónde están los movimientos de mujeres ocupan-
do los espacios públicos. (Entrevistada: 49 años, Valparaíso)

Es así que se tiende a explicar la desmovilización en los noventa


a partir de aquellas interpretaciones utilizadas en el pasado: una so-
cialización tradicional que orienta a las mujeres al ámbito privado; la
dinámica de la política partidista excluyente de las mujeres; la ten-
dencia a participar en política solo en momentos de crisis, entre otras.

2. El estado del movimiento en las voces feministas

La ‘transicion’, en tanto transformación del régimen político y


de las formas de hacer política, está permanentemente presente en
los discursos, debates y narrativas feministas. No es aludida solo cuan-
do se busca analizar la política con mayúscula, la coyuntura actual,
sino también cuando se trata de la introspección, de evaluar y re-
flexionar respecto del propio accionar feminista durante las últimas
décadas, los aciertos y tropiezos. Así, los relatos sobre el estado del
movimiento, hoy se construyen en estrecha relación con aquellos res-
pecto de la política en general, de los cambios que ha experimentado
la sociedad chilena desde que finalmente se terminara la dictadura.

A continuación presentamos algunos de los ejes argumentativos


centrales que emergen en las narrativas feministas sobre el estado del
movimiento en los noventa y las razones que lo explican. Se trata de
indagar acerca de los temas más recurrentes y de la forma en que las
entrevistadas evalúan los avances, las dificultades y los desafíos que
enfrenta el feminismo en el período postransición.

2.1. ‘Institucionalización’ y cambio en el rol del Estado

Al indagar respecto de la relación entre ‘transición’ y movimien-


to, en la opinión de nuestras entrevistadas, surge inmediatamente la

257
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

discusión sobre los vínculos entre feminismo (y feministas) y Estado,


y la manera en que esta relación afecta el accionar movimientista.
Estos relatos se refieren tanto al ingreso de feministas a las institucio-
nes públicas (como funcionarias), como a la estrategia seguida por
amplios sectores del movimiento para influir en las agendas de esas
10
instituciones a nivel nacional e internacional. Estos procesos apare-
cen bajo un solo nombre en las narrativas feministas: se trata del
concepto de ‘institucionalización’.

La supuesta institucionalización del feminismo y de las feminis-


tas emerge entonces como uno de los ejes centrales en las interpreta-
ciones de la política movimientista en el período postransición. Más
aún, y como fuera discutido en capítulos anteriores, este proceso se
ha convertido en uno de los puntos más álgidos en los debates y
conflictos que se han generado entre diversas corrientes feministas
durante los noventa. Así, uno de los principales debates políticos al
interior del campo feminista ha sido caracterizado como un quiebre
entre las estrategias de ‘autonomía’ e ‘institucionalización’.

La centralidad que adquiere el vínculo con el Estado en los deba-


tes feministas se debe, en gran medida, a que al igual que en el caso
de los partidos, el Estado no era parte de las esferas en las que habían
venido participando las feministas en los ochenta. Para el movimien-
to feminista, el Estado dictatorial no era un interlocutor sino el ‘ene-
migo’ que debía ser derrocado. Cuando esta institucionalidad estatal
se transforma, las feministas se ven confrontadas a decisiones políti-
cas para las cuales parecían no estar preparadas y respecto de las cua-
les no se había hecho un debate o reflexión colectiva. Según las entre-
vistadas, este nuevo actor político afecta al movimiento en la medida
en que se provoca un éxodo de feministas hacia el Estado y porque en
el proceso, de alguna manera el Estado se apropia de los contenidos
de la agenda feminista y los tergiversa.

Por otra parte, en el caso chileno, el retorno a la democracia y la

10
Lo que en capítulos anteriores hemos denominado una estrategia de advocacy.

258
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

consabida transformación que la presencia de un Estado ‘democráti-


co’ provoca en los movimientos de mujeres y feministas (ya no solo
11
en Chile sino que en el resto de América Latina), va unido a una
coyuntura específica en términos de la composición de los nuevos
gobiernos democráticos. A diferencia de lo que ocurre en otros países
de la región, en Chile la transición implica la asunción al poder de
una coalición que incluye a partidos de izquierda que históricamente
12
habían mantenido fuertes lazos con grupos feministas. La relación
con el Estado implica, en el caso chileno, una cercanía aún mayor y
más compleja que en otros países. Aquí se entrelazan vínculos políti-
co ideológicos con otros de índole laboral/profesional y personales
generando una compleja y muchas veces promiscua red de relaciones.

Por último, el contexto internacional durante los noventa coin-


cide y refuerza estas dinámicas internas contribuyendo a que el tema
de la institucionalización se convirtiera en un eje central de debate
para el feminismo latinoamericano. Esto, debido en primer lugar al
rol jugado por las Naciones Unidas, que venía impulsando una cam-
paña para promover la creación de mecanismos institucionales para
promover la equidad de género en los países miembros, y organiza la
IV Conferencia Mundial sobre la Mujer realizada en Beijing en 1995.
Las políticas de financiamiento de las agencias de cooperación inter-
nacional venían priorizando el trabajo dirigido a incidir en las agen-
das estatales e intergubernamentales.

En el Chile postransición, la posición y estrategia adoptada fren-


te al Estado (y los gobiernos de turno) también marcaba posiciones
dentro del campo feminista. Mientras algunas feministas apoyaron
activamente los gobiernos de la Concertación, y otras se mantuvie-
ron al margen sin cuestionar dicha estrategia, muchas otras criticaron

11
Sobre este tema ver entre otras: Alvarez (1999, 1998); Barrig (1998); Vargas
(1994); Vargas y Olea (1998).
12
De acuerdo a lo expuesto en el capítulo anterior, la mayoría de las entrevista-
das ha militado en partidos políticos. De estas, un número importante lo ha
hecho en alguno de los partidos que conformaron la Concertación de Parti-
dos por la Democracia, que llega al gobierno en 1990.

259
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

esta posición, escépticas acerca de lo que era posible esperar del Esta-
do y argumentando la necesidad de articularse desde fuera de la coa-
lición de gobierno o fuera del aparato estatal.

Dependiendo de estas opciones, se deriva la valoración que las


entrevistadas hacen de los efectos que tuvo, para el movimiento fe-
minista y sus objetivos, la participación/vinculación con el Estado.

§ La evaluación positiva

Los avances han sido “inmensos”, el horizonte feminista ha per-


mitido permear a la sociedad que siempre ha sido conservadora.
Hemos logrado producir cambios, en la institucionalidad ha inci-
dido la plataforma del movimiento: Sernam, mujeres ministras.
(Entrevistada: 60 años, Santiago)

El tema de la mujer está puesto a nivel nacional, es más reconoci-


do … existen instituciones que trabajan el tema, como el Sernam,
aunque no sea lo que soñamos. Hubo un avance súper importan-
te: de ser invisibles pasamos a ser visibles. (Entrevistada: 38 años,
Valparaíso)

[El feminismo] logró influir en la generación de políticas públicas


que logran irrumpir con fuerza con una nueva mirada en el Esta-
do. (Entrevistada: 42 años, Santiago)

De las opiniones anteriores se desprende que para muchas femi-


nistas la relación establecida con el Estado ha tenido efectos muy
positivos para el movimiento y sus demandas. Para este sector de las
entrevistadas, la estrategia de institucionalización ha sido positiva e
inevitable. Se trata simplemente de buscar formas de ser parte de los
procesos políticos y sociales en marcha, y desde ahí poder incorporar
las demandas y propuestas feministas.

Por otra parte, en este discurso la estrategia de institucionaliza-


ción supuso la instalación en la agenda política de problemas que
estaban en los bordes de la institucionalidad, relativos a la discrimina-
ción y la violencia hacia las mujeres, la inserción en distintos ámbitos

260
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

de la vida pública, legitimando un discurso en torno a la igualdad de


oportunidades entre mujeres y hombres. Dentro de ello se mencio-
nan, como avances importantes, la elaboración de Planes de Igual-
dad de Oportunidades para las Mujeres, reformas legales como la
Ley de Violencia Intrafamiliar y la ley de Filiación que consagra la
igualdad de derechos de los hijos e hijas nacidas dentro o fuera del
matrimonio. Aunque con menor frecuencia, se mencionan también
las modificaciones a la ley de regímenes matrimoniales y al código
penal respecto de delitos sexuales y algunos cambios introducidos en
materia laboral.

Desde esta perspectiva, la incorporación de contenidos de la agen-


da feminista en ámbitos estatales, ha implicado la institucionaliza-
ción de esta agenda: un saber hacer dentro de los espacios guberna-
mentales por parte de las feministas, lo cual es percibido también
como una expresión de la diversificación experimentada por el femi-
nismo en los años noventa, de “las formas de hacer política feminis-
ta”, que se expresa tanto en la inserción en el ámbito estatal como en
la penetración de otros espacios institucionales como la academia.

§ Voces disidentes

Si bien las entrevistadas reconocen los logros positivos generados


a partir de una estrategia de acercamiento a las instituciones públicas,
muchas también consideran una serie de dificultades que este proce-
so de institucionalización ha traído consigo. Desde la posición más
crítica, se repara en el hecho de que la creciente institucionalización
del feminismo ha implicado una tergiversación de los contenidos
propiamente feministas de la agenda, una creciente profesionaliza-
ción/tecnificación de las formas de actuar y de las relaciones entre
Estado y movimiento social, la tematización del discurso feminista,
la cooptación de líderes y la desmovilización en tanto movimiento
social.

Algunas de las críticas provienen de aquellos sectores que se iden-


tifican con la corriente ‘autónoma’. Tanto en el discurso de algunas
de las entrevistadas, como en declaraciones públicas, seminarios y

261
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

publicaciones, son frecuentes y categóricas las críticas a dicha estrate-


gia de institucionalización. En Santiago, feministas autónomas afir-
man que la institucionalización del feminismo ‘marca un retroceso’,
porque lo que persigue es ‘mejorar’ algunas expresiones, las más fla-
grantes, de la dominación de lo masculino sobre lo femenino a través
de políticas de equidad, pero no modificar el sistema patriarcal. Como
lo sentencia una de las entrevistadas:

Creer que la presencia de mujeres en el parlamento va a conseguir


logros para las mujeres es grave, los procesos de negociación no
sirven, con el Estado patriarcal no se negocia. (Entrevistada: 41
años, Santiago)

Para estas feministas, no se trata solo de una estrategia política


equivocada, sino de un camino que presenta serios riesgos para el
feminismo. Así lo señalaba Susana Cubillos del Colectivo Agridulce
13
en el II Foro Nacional Feminista (Santiago, 1994).

Nos asusta el riesgo contenido en la institucionalización de los


asuntos de la mujer, en el sentido de transformarse en tecnócratas
del género al servicio del sistema patriarcal, desvinculándose del
movimiento político que dio origen a dicha categoría conceptual
como una herramienta de lucha.

Una de las líderes históricas del feminismo autónomo, Margari-


ta Pisano se ha referido en múltiples ocasiones al tema. En una publi-
cación de mediados de la década que reúne varios de sus escritos,
Pisano afirma que la inserción de mujeres en el Estado, partidos po-
líticos, instituciones internacionales, academia y en las ONG de
mujeres ocurrida durante los años noventa, ha llevado a estas institu-
ciones a constituirse “como un poder en sí mismas. Desde ese poder, en
los hechos han institucionalizado una supuesta neutralidad feminista,
han inaugurado la época del feminismo light; lo han despolitizado o
más bien lo han politizado a la manera oficial” (Pisano 1996, p. 93).

13
II Foro Nacional Feminista. Santiago, 19 y 20 marzo de 1994. Movimiento
Feminista Autónomo.

262
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

Más recientemente Pisano (2001, pp. 20-21) ha planteado que


el error más de fondo de este feminismo institucionalizado es que
asume la existencia de dos espacios simbólicos diferentes, la masculi-
nidad y la feminidad, el uno dominando al otro, y se propone alcan-
zar la equidad entre ambos. Sin embargo, solo existe uno que contie-
ne al otro: el de la masculinidad. Esta ‘cultura de la masculinidad’
sería una versión moderna, neoliberal y globalizada de la esencia del
patriarcado, es decir, de la lógica de dominación, conquista y el so-
metimiento por la fuerza, y aunque al igual que el patriarcado con-
trola, vigila y sanciona, esta vez lo hace “a través de un discurso retor-
cido, menos desentrañable y en aparente diálogo con la sociedad en
su conjunto donde va recuperando, funcionalizando, fraccionando,
absorbiendo e invisibilizando a sus oponentes y que trae consigo una
misoginia más profunda, escondida y devastadora que la del viejo
sistema patriarcal”.

Para Pisano y el discurso autónomo, el acceso de mujeres a espa-


cios de poder ha legitimado y remozado dicha cultura, manteniendo
inalterable su estructura. Y más aún, la circulación de feministas por
estos pequeños poderes de la masculinidad “deteriora los pactos en-
tre mujeres o bien, dichos pactos van amputándose en este tránsito”
(ibíd., p. 53), lo cual impide a las mujeres plantearse en forma autó-
noma e independiente del sistema. En consecuencia, la larga lucha
del feminismo por alcanzar “pequeños avances” es en realidad una
“larga lucha de fracasos”, de sucesivas derrotas.

Feministas intelectuales de otras corrientes también se manifies-


tan críticas respecto de la estrategia de institucionalización impulsa-
da por sectores feministas y lo que ha provocado en términos de pér-
dida de capacidad crítica y disruptiva por parte del movimiento.

Las mujeres que habían impugnado el sistema de categorías del


modelo político tradicional pasaron luego a reclamar identidad
dentro de estas mismas categorías, formulando una demanda de
reconocimiento por y en el orden de normalización burocrático-
institucional que había sido anteriormente cuestionado por ellas
(Richard 2001a, p. 231).

263
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Se cuestiona también una cierta ‘domesticación’ que habría su-


frido el feminismo al institucionalizarse, perdiendo en el proceso su
capacidad de transformar. Como afirma Raquel Olea (2000, p. 57):

Durante la transición, el feminismo como movimiento social,


como espacio de negociación, ha perdido el poder subversivo con
el que puso en lo público los temas y las carencias de las mujeres.
El feminismo institucional, ingresado a los espacios públicos en el
marco de la democratización propuesta por el sistema, se ha con-
formado con la oferta liberalizante, que confirma simbólicamen-
te lo femenino como oposición subordinada a lo masculino y cuya
gestión se juega en el acceso a más igualdad.

Otros discursos, más que presentar una crítica directa, se mues-


tran dudosos respecto de los resultados e implicancias que este cami-
no ha tenido para el feminismo. Viviana Erazo plantea alguna de
estas interrogantes en uno de los últimos números de la revista Fem-
press:
Sin embargo, desde hace tiempo nos preguntamos, por ejemplo,
si los relativos éxitos de los esfuerzos por ser incluidas en los espa-
cios del poder político, de estar presentes y visibles en ellos ¿no
dependen acaso de la capacidad de las mujeres de adaptarse a las
formas y lenguajes de una cultura que no las comprende ni las
incluye realmente? ¿No hemos trivializado las cuestiones impor-
tantes en la vida personal de las mujeres? Los infinitos esfuerzos
por consagrar derechos en las constituciones, leyes de igualdad de
oportunidades, cuotas, u otros, ¿no son una trampa para mante-
nernos dentro de un horizonte acotado y alejarnos de los afanes
reales de las mujeres, de sus deseos, de su forma de sentir el mun-
do, de su voluntad de ser? ¿Era esto lo que buscábamos?

Desde estas corrientes de pensamiento la crítica hacia una estra-


tegia de institucionalización (o advocacy) va mucho más allá de un
simple cuestionamiento táctico. Por distintas razones y con distin-
tos argumentos, en los planteamientos de Pisano, Olea, Richard
entre otras, se confrontan los supuestos filosóficos e ideológicos
detrás de esta estrategia; impugnan la posibilidad y deseabilidad
misma de aspirar a la igualdad entre los sexos como base para un

264
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

proyecto feminista. Se trata de un cuestionamiento de fondo al con-


tenido y la forma de la política impulsada por amplios sectores del
campo de acción feminista, y en tal sentido, refleja los debates ideo-
14
lógicos que se han producido en el feminismo a nivel mundial.

a. La institucionalización como estrategia feminista: el paso de


“un Estado enemigo a uno amigo”

Aunque lo expresado por las entrevistadas tiene estrecha vincula-


ción con el contexto social y político en el período postransición,
incluyendo el tipo de relación Estado - sociedad civil, la concepción
de ciudadanía en el marco de Estados modernizadores con proyectos
de desarrollo neoliberales, la institucionalización también obedece a
las opciones políticas de las propias feministas. Un sector importante
de feministas depositó su confianza en que la institucionalidad de-
mocrática recogería los procesos de movilización social de los años
ochenta, canalizando efectivamente las demandas de las mujeres. Esto
las llevó a integrarse –o tornar la mirada hacia– al Estado, con el
convencimiento de que esta era la estrategia adecuada en el contexto
de retorno a la democracia. Dos entrevistadas que se incorporaron al
aparato estatal para trabajar desde allí por las mujeres (Sernam y Ofi-
cina Municipal de la Mujer) señalan:

Las que entramos al gobierno pensamos que íbamos a poder inci-


dir en el gobierno, meter el feminismo en el Estado. (Entrevista-
da: 54 años, Valparaíso)

… era una invitación que a ti te engolosinaba de alguna manera,


porque allí tenías todo un mundo que hacer. (Entrevistada: 57
años, Concepción)

Para un sector de feministas esto significó concebir la inserción


en la institucionalidad estatal como un objetivo, sino único, princi-
pal del accionar feminista. Ello implicó, como lo señala una entrevis-
tada de 52 años, de Santiago, que también trabajó en Sernam, pasar

14
Debates como aquellos entre la igualdad y la diferencia.

265
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

de una “lógica de acción movimientista a una lógica de acción insti-


tucional-gubernamental”, esto es, de la confrontación a la negociación,
el paso de “un Estado enemigo a uno amigo”.

Si bien las feministas que ingresan al Estado no constituyen un


sector o corriente de pensamiento, es posible encontrar entre ellas
coincidencia de opiniones y discursos compartidos respecto de lo que
ha sido la estrategia de ‘institucionalización’. Esto daría cuenta de la
gran heterogeneidad ideológica en el feminismo de hoy. Una de las
entrevistadas (53 años, Santiago) que se desempeña en el Sernam
sostiene que dicha institución efectivamente logró incorporar pro-
puestas feministas en un sentido amplio en el aparato gubernamen-
tal, no obstante, ellas deben entenderse en el marco de las posibilida-
des que tiene un gobierno, las cuales son mucho más limitadas que
las de un movimiento social que puede levantar discursos de mayor
radicalidad. Por esta razón, a su juicio, resulta fundamental la presen-
cia de un movimiento feminista como masa crítica para avanzar en el
contenido feminista de las propuestas gubernamentales.

Entre este sector de feministas entrevistadas existen también


mujeres que señalan haber confiado en que incorporarse a trabajar en
el gobierno era una opción legítima y eventualmente provechosa para
los objetivos del movimiento. En este sentido, hicieron una expe-
riencia en el Estado y hoy ‘vienen de vuelta’. Al parecer, la confianza
que existió acerca de las posibilidades de trabajar y transformar desde
el Estado, tiene relación con la forma en que muchas de ellas conci-
bieron la llegada de la democracia, casi como una “panacea” que in-
corporaría todos los problemas planteados por el movimiento: “pensa-
mos que todo se resolvería con la democracia” (42 años, Concepción).

Los gobiernos de la Concertación no avanzaron mucho, las muje-


res de Cema aprendieron algo concreto, en cambio hoy, las muje-
res quieren cosas concretas como cursos de computación. Atomi-
zaron el movimiento, lo hicieron pedazos. Lo que hay es un gru-
po de mujeres intelectuales y que no tienen relación con la gran
mayoría de las mujeres. El Sernam no tiene un trabajo directo con
las mujeres. (Entrevistada: 51 años, Concepción)

266
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

Las reivindicaciones más transgresoras se van negociando y la pers-


pectiva de género se vacía de su carácter transformador en el Ser-
nam. (Grupo de discusión, Santiago)

Así, la ‘inserción en el Estado’ no debe ser entendida necesaria-


mente –como muchas veces aparece en el discurso de ciertos secto-
res– como una estrategia política única o un compromiso irrestricto
con la idea de que es posible modificar las relaciones de género desde
el aparato estatal. Si bien las feministas/funcionarias esperan que ello
ocurra y despliegan esfuerzos para que así sea, no tienen una actitud
utópica o simplista respecto de esa posibilidad.

Este proceso de ingreso de feministas al Estado, generó tensiones


al interior del movimiento y marcó un punto de inflexión que divi-
dió aguas entre las ‘políticas’ vinculadas a la Concertación y las ‘autó-
nomas’ o militantes de otras tendencias políticas. Mientras que para
las primeras, las propuestas políticas del feminismo deben “influir en
los actuales centros de poder”, para las autónomas, el feminismo debe
situarse no al margen, sino que fuera del sistema político institucional
y desde allí desarrollar un proyecto político de cambio del sistema.

b. La institucionalización como estrategia


para desmantelar el movimiento

La incorporación del discurso feminista en el ámbito estatal, y la


creación de mecanismos especializados en políticas de equidad de
género a que dicha incorporación dio origen, ha significado la inser-
ción en los aparatos estatales de profesionales y técnicos/as con for-
mación y experiencia en el trabajo con mujeres. Muchas de las entre-
vistadas perciben que, puesto que la mayoría de estas profesionales
eran parte del movimiento, su ingreso al aparato estatal no solo per-
mitió la implementación de políticas de equidad de género, sino que
también fue parte de una estrategia explícita del gobierno para ‘des-
mantelar’ al movimiento feminista a través de la cooptación de sus
líderes. De este modo, consideran que se ha logrado descalificar y
silenciar la historia del movimiento, especialmente el papel que jugó
en la lucha durante la dictadura.

267
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

La integración de posturas e ideas feministas, así como de perso-


nas que fueron parte de una mirada feminista, al sistema, es decir,
su incursión en las políticas del Estado, en vez de convertirse en el
caballo de Troya para hacer del feminismo un interlocutor válido,
se muestra hoy en realidad como una cooptación de aquellas ideas,
imágenes y personas. El efecto, entonces, es una superficie seudo-
comprometida con el género que cambia algunos términos para
no tener que cambiar el fondo y su lógica patriarcal y discrimina-
toria. (Entrevistada: 39 años, Santiago)

Este argumento aparece frecuentemente en las narrativas de nues-


tras entrevistadas respecto de los efectos del cambio de régimen en el
movimiento. La mayoría lo menciona en algún momento, y si bien
existen matices respecto de su magnitud, causa e incidencia en el
quehacer del movimiento, se vislumbra un discurso compartido.

Muchas mujeres tomaron posiciones en los partidos de la Con-


certación y primó lo partidario contingente por sobre la lucha
feminista. (Entrevistada: 46 años, Valparaíso)

Las mujeres se dedican a las campañas y se dividen en distintas


fuerzas. (Entrevistada: 39 años, Concepción)

La pérdida de líderes se atribuye tanto a aspectos laborales, como


de militancia política. Hace referencia, por una parte, al tránsito de
feministas desde las organizaciones del movimiento hacia los parti-
dos, del activismo feminista al quehacer partidario; y por otra, al
traslado desde diversos ámbitos laborales hacia el Estado. En algunos
casos ambos procesos se analizan como separados, en otros aparecen
como uno solo.

Este ‘abandono del movimiento’ se interpreta como un proceso


generalizado después de la transición. Se habla de un tránsito masivo
de feministas hacia los partidos y hacia el Estado y no solo de una
pérdida de liderazgos. En ciertas narrativas esto ocurre porque las
feministas ‘políticas’ buscan este cambio, en otras, por el contrario,
esto se explica como un proceso de cooptación por parte del sistema
político (los partidos y el Estado).

268
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

Ambos discursos se entrelazan, generando una narrativa colecti-


va que tiende a explicar la falta de movilización y activismo feminis-
ta, fundamentalmente, como producto de la intervención de los ac-
tores políticos externos al propio campo de acción. Se trataría de una
estrategia desmovilizadora, dirigida no solo a las feministas, sino a los
movimientos sociales en un sentido amplio y cuyo fin sería conver-
tirlos en ‘meros espectadores’ de las transformaciones políticas. Al
respecto, una feminista (de 26 años, Santiago) indica:

… se validan a los grupos conservadores como interlocutores vá-


lidos y a los profesionales de la política, y no a los movimientos
sociales porque no hay espacios de participación real ni de fortale-
cimiento de ciudadanía.

Uno de los puntos de diferenciación entre las entrevistadas, se


refiere a su interpretación de la intencionalidad de los actores políti-
cos tradicionales respecto de este fenómeno de tránsito desde la so-
ciedad civil hacia el Estado. Algunas interpretan los cambios en la
coyuntura y en el escenario político como efectos del proceso de tran-
sición, describiendo los efectos de esos cambios y su relación con el
movimiento feminista, sin atribuir culpas o responsabilidad. Para otras,
por el contrario, la clase política, los partidos y los gobiernos de la
Concertación han impulsado políticas deliberadas para desmovilizar
a los actores sociales. Para estas entrevistadas, no se trata de efectos
inesperados de una coyuntura, sino de una intervención planificada
para domesticar las voces críticas e impedir el debate público y el
conflicto.

El proceso de despolitización que pactan los partidos de izquierda


con los de derecha para sacar a Pinochet afecta al movimiento, así
como el pueblo; era necesario que las mujeres también se fueran
para la casa. Hay un pacto de despolitizar, de bajarle el perfil a las
demandas. (Entrevistada: 47 años, Valparaíso)

Las que en algún momento previo a la transición se destacaron,


fueron cooptadas o decidieron ser parte de cargos importantes en
el gobierno, lo que obliga a adecuarse al modelo patriarcal. (En-
trevistada: 42 años, Concepción)

269
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Las mujeres se trasladaron a los espacios públicos, fueron cooptadas,


no tienen la misma libertad. (Entrevistada: 31 años, Concepción)

Este discurso es articulado con fuerza por las feministas autóno-


mas, aunque está presente en amplios sectores del campo feminista y
de otros actores políticos de izquierda vinculados al movimiento
antidictatorial y a organismos no gubernamentales. En 1995, la vice-
presidenta de la Asociación Nacional de ONG, ACCIÓN A.G., San-
dra González Díaz, envió una carta a un periódico feminista en la
que declaraba lo siguiente:

Muchos de nuestros proyectos y trabajos [de ONG de mujeres],


fuera de ser tomados por el Gobierno sin reconocimiento ni ética,
se han desvirtuado quitándoles lo esencial: tener a las mujeres
participantes como sujetos protagonistas y no solo como objetos
de políticas sociales, y más aún, entregando muchas veces su eje-
cución a empresas privadas con fines de lucro, sin experiencia en
el tema” (Puntada con Hilo, año 2, nº 8 de junio, 1995).

De la misma manera, muchas de las entrevistadas consideran


que el proceso de cooptación de feministas por parte del Estado y los
partidos terminó con la vitalidad del movimiento.

Se han vuelto funcionales al sistema político creyendo que de esa


manera se consiguen cosas para las mujeres pero el resultado es
que han sido absorbidas y usadas con pequeñas cuotas de poder.
Se quedan en la demanda y hay cosas que el sistema no va a dar.
Han sido cooptadas por el Estado muchas líderes feministas. (En-
trevistada: 54 años, Santiago)

Como parte del discurso anterior respecto del efecto del Estado
en el movimiento, algunas entrevistadas se refieren específicamente
al Servicio Nacional de la Mujer y el efecto que su quehacer ha tenido
para las feministas.

Sernam encarna esta estrategia de cooptar para paralizar, repre-


sentación simbólica pero sin poder, un servicio pero sin fondos.
(Entrevistada: 48 años, Santiago)

270
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

El movimiento de mujeres se sintió traicionado por Sernam, mu-


chas mujeres que entraron a trabajar a Sernam no venían del mo-
vimiento, sino que eran militantes de partidos. (Entrevistada: 38
años, Valparaíso)

Con la excepción de algunas mujeres que trabajan directamente


en la institución u otras que se identifican como militantes de la
Concertación y para quienes el Sernam implicó la posibilidad “de
hacer cosas más concretas” hacia las mujeres, la mayoría de las entre-
vistadas tiene apreciaciones encontradas sobre la institución: aprecia
el rol que ha jugado en posicionar temas en la agenda pública a la vez
que critica su relación e impacto en el movimiento feminista.

2.2. Más allá del debate sobre institucionalización: avances y di-


ficultades del movimiento en las narrativas feministas

A continuación queremos analizar las opiniones de las entrevis-


tadas respecto de los avances y dificultades que ha enfrentado el fe-
minismo chileno en la última década. En otras palabras, se trata de
reconstruir las narrativas que las propias actoras involucradas han
elaborado respecto del impacto que ha tenido el movimiento en la
sociedad chilena. No intenta, por cierto, analizar si esas narrativas
representan efectivamente los cambios acaecidos en ese período, sino
describir e interpretar la visión de las feministas respecto de su que-
15
hacer político y la manera en que ellas explican sus resultados, los
logros identificados por quienes forman parte del movimiento, las
dificultades enfrentadas así como los desafíos que se perfilan.

a. Los avances

Como se desprende de la discusión anterior respecto de la estra-


tegia de institucionalización, para un amplio sector de las entrevistadas

15
Para una discusión respecto de cómo medir el impacto de los movimientos
sociales ver Giugni, McAdam & Tilly (1999), How Social Movements Matter,
especialmente el capítulo introductorio. Y a Gelb, Hart y Zald (en Jane Ja-
quette 1991) para el análisis de los ámbitos en que los movimientos de muje-
res han logrado tener un impacto positivo en el contexto latinoamericano.

271
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

provenientes de diversos ámbitos de acción (instituciones, redes, or-


16
ganizaciones o colectivos) y de las tres ciudades estudiadas, los ma-
yores avances alcanzados por el movimiento feminista durante esta
década tienen relación con el impacto en la agenda política guberna-
mental, es decir, el reconocimiento social y político de la discrimina-
ción de las mujeres y de las desigualdades de género y la implementa-
ción de políticas orientadas a superar estas desigualdades. En este
sentido, las entrevistadas aluden a la creación del Sernam, la intro-
ducción de reformas legales y la mayor presencia de mujeres en ám-
bitos públicos.

Además de los avances en ámbitos institucionales, las entrevista-


das identifican otras dos áreas donde el feminismo habría logrado un
impacto transformador de la sociedad chilena: a nivel simbólico cul-
tural y en las identidades y trayectorias de vida de las mujeres involu-
cradas.

§ Ampliación discursiva

Si bien existe una opinión crítica respecto del estado actual del
movimiento feminista entre las propias actoras involucradas, la ma-
yoría reconoce que a pesar de las dificultades actuales, el feminismo
ha logrado difundir sus propuestas y pensamiento en amplios secto-
res de la sociedad chilena. Es decir, uno de los avances reconocidos se
refiere al impacto social y cultural de los planteamientos feministas.
Esto se refleja en la propagación e instalación de parte de sus ideas y
propuestas en ámbitos tales como los medios de comunicación masi-
vos, centros académicos y de producción de conocimientos, así como
en la educación en general. Esto incluye además, cambios a nivel del
lenguaje.

El que hayan surgido programas de género en universidades tiene


que ver con el movimiento feminista que puso estos temas. El que
las mujeres se estudien en la academia es fruto del feminismo …

16
Con la clara excepción de las feministas de la corriente autónoma.

272
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

En el mundo intelectual, el feminismo es una categoría de análisis


que se incorpora, aunque no se reconozca. (Entrevistada: 48 años,
Santiago)

…a mí me asombra … la producción feminista en este período es


súper frondosa, hay libros, trabajos, hay jóvenes que hacen sus
memorias, sus tesis, sobre temas relacionados con el feminismo.
Nosotros vemos frutos de una siembra en la que todas contribui-
mos. (Grupo de discusión, Santiago)

El horizonte feminista ha permitido permear esta sociedad que


siempre ha sido conservadora. Hemos logrado producir cambios.
Se ha transformado más bien en movimiento cultural. (Entrevis-
tada: 60 años, Santiago)

Dar otras posibilidades, otras posturas éticas que cuestionan y trans-


forman cosas establecidas por la sociedad. (Entrevistada: 37 años,
Concepción)

En términos generales se reconoce un efecto transformador del


feminismo en la sociedad y cultura chilena, que ha permitido reducir
los aspectos más negativos de la construcción simbólica tradicional
respecto de los roles de género.

En tanto, la instalación de los programas de género en institu-


ciones de educación superior específicamente, es evaluada por las
entrevistadas como un reconocimiento por parte de la academia, a
una trayectoria de reflexión desde el feminismo iniciada en ONG y
otros organismos. Esta reflexión ha permitido cuestionar la genera-
ción misma de conocimientos, introduciendo el concepto de género
como categoría ineludible en el análisis social, haciendo ‘visible lo
invisible’: las mujeres y las relaciones de género. Esto ha permitido
evidenciar además, los sesgos en la educación, en la reflexión teórica
y en la transmisión de saberes. Junto con ello, los programas univer-
sitarios, en particular, han tenido un impacto político en la medida
en que han contribuido a la profesionalización del feminismo, for-
mando a personas para la elaboración y gestión de las políticas públi-
cas con perspectiva de género. En Concepción, por ejemplo, las

273
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

entrevistadas se refirieron al rol que ha jugado el Programa Interdis-


ciplinario de Estudios de la Mujer de la Universidad de esa ciudad –
el primero en su tipo a nivel nacional– en la formación de mujeres
que se desempeñan en cargos públicos en la región.

Además, los programas de género han contribuido a generar ‘ar-


gumentos’ para la elaboración e implementación de políticas públi-
cas orientadas a la equidad de género. Una entrevistada de Valparaíso
que ocupó un cargo público, sostiene que los conocimientos genera-
dos, integrados a un “accionar eficiente”, han permitido a las femi-
nistas “ganarse el respeto” de diversos sectores sociales.

Otro aspecto señalado por las feministas entrevistadas respecto


de estos programas académicos, es que ellos han sido una vía de difu-
sión del discurso feminista entre mujeres de nuevas generaciones, lo
que en muchos casos ha fomentado la incorporación de ellas a orga-
nizaciones feministas. Este carácter de ‘puerta de entrada del feminis-
mo’ que tendrían los programas de género, se vuelve especialmente
significativo en un momento en el que este campo de acción parece
ofrecer escasas instancias de acceso a mujeres de nuevas generaciones.

De manera más amplia, estos cambios en la producción y trans-


misión de conocimientos permitieron la difusión del discurso femi-
nista en diferentes espacios. Han posibilitado el ‘poner temas’ en la
opinión pública, como la crítica a las concepciones tradicionales de
los roles atribuidos a mujeres y hombres, así como al carácter sistémi-
co de las discriminaciones hacia las mujeres; a la vez que hacer pro-
puestas de equidad de género como un principio ético y un objetivo
político. Algunas feministas hablan de “un cierto sentido común”
que se ha instalado en la sociedad, que sanciona conductas discrimi-
natorias hacia las mujeres. Esto sería un reflejo de la penetración del
feminismo:
…hay prácticas de lo que es el sentido común aceptado, o sea los
límites del espacio público, ciertas concepciones … siempre pien-
so que es un gran logro cuando algo se convierte en imposible en
el espacio público, eso es un enorme logro, [como] cuando es

274
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

imposible que alguien diga en el espacio público: no, si me dice


algo, ella ya sabe lo que le viene, le tiro una cachetada. (Entrevis-
tada: 40 años, Santiago)

Esta difusión habría contribuido a que las generaciones jóvenes


cuenten hoy con un repertorio más amplio de modelos de feminidad
y masculinidad, pareja y familia. Las entrevistadas destacan especial-
mente, la situación de las mujeres jóvenes con relación al mayor acce-
so a la vida pública y mayores posibilidades de plantearse proyectos
de vida autónomos.

A juicio de algunas feministas, ha sido este impacto a nivel cul-


tural, mucho más que la presencia de un movimiento social articula-
do y visible, lo que ha promovido algunos cambios con relación a
imágenes de género en la sociedad chilena.

§ Dimensiones individual e identitaria

Un segundo nivel discursivo que aparece en los relatos de las


entrevistadas respecto de los logros producto del quehacer feminista,
se refiere a un ámbito más bien interno al campo de acción propia-
mente tal y directamente vinculado a la trayectoria individual de las
entrevistadas. Se trata de logros en términos de un sentido de perte-
nencia e identitario, de crecimiento y desarrollo personal para las
mujeres que han dedicado parte de sus vidas a la militancia feminista.

Es trascendental porque donde voy digo que soy [parte de un


colectivo feminista]. Es un símbolo muy importante, me enorgu-
llece serlo. (Entrevistada: 40 años, Concepción)

Es mi grupo de pertenencia desde donde armo mi discurso … el


colectivo es el espacio para hablar y reafirmar posturas y esa sensa-
ción de rabia ante la sociedad … compartir opiniones y sensacio-
nes con otras. (Entrevistada: 32 años, Santiago)

Fue donde crecí junto con otras mujeres … para mí significó to-
mar conciencia … y fue un proceso compartido con otras muje-
res. (Entrevistada: 55 años, Valparaíso)

275
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Como se desprende de estos testimonios de entrevistadas de dis-


tintas edades y ciudades, la incorporación a una organización femi-
nista, al igual que en décadas pasadas, ha supuesto procesos de toma
de conciencia, autoestima, cuestionamiento de la vida familiar y de
los compromisos sociales y políticos: “fue un desafío personal porque
tuve que cuestionarme la vida militante y de pareja” (47 años, Santia-
go). En este sentido, la incorporación a espacios feministas es perci-
bida como un verdadero ‘encuentro con una misma’, como ‘una puerta
que se abre’ al conocimiento personal para posteriormente ampliar y
diversificar las visiones y concepciones de mundo.

Estos procesos personales que suele desencadenar una opción


feminista, además de ser una dimensión presente en los relatos de las
entrevistadas es un tema recurrente en la prensa feminista de la épo-
ca. El periódico Puntada con Hilo, por ejemplo, tenía una sección
permanente (“Nuestra historia”) destinada a recoger testimonios de
mujeres de distintas ciudades del país relativos a los efectos en la vida
personal de asumir una identidad feminista. Al respecto, es ilustrati-
vo citar el testimonio que apareció en noviembre de 1995 en dicha
publicación, de una mujer de Coronel (VIII Región) e integrante del
Colectivo Lilith de esa ciudad:

Comencé a sentir que necesitaba saber más del género. Me invita-


ron a participar en una escuela de “El Telar” y… me reconocí
feminista. Fue impactante lo que me pasó, el último día no quise
estar con las demás, me fui con mi hija (asistí con ella) al último
piso de la casa y ahí descubrí que siempre había buscado elegir
sola mi camino... Me fui contenta. Cuando abrí la puerta de mi
casa, vi la loza de tres días arrumbada y a mi pareja leyendo el
diario. Yo llegaba con mi hija y una guata de ocho meses de emba-
razo… Luego de separarme, el día que fui a comprar mi cama, me
17
sentí rara ¿sería cierto que volvía a elegir por mí misma?

Como lo muestra este testimonio, es frecuente que la adscrip-


ción a una identidad feminista, propicie en las mujeres procesos de

17
Puntada con Hilo, año II, nº 13, noviembre de 1995, p. 8.

276
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

afirmación de la autonomía y definición de proyectos personales. Estos


muchas veces van acompañados de rupturas de relaciones de pareja,
separaciones familiares, reconocimiento de historias de discrimina-
ción, entre otros. En estas circunstancias, el grupo feminista actúa
como un espacio de “contención, apoyo y solidaridad”, lo que refuer-
za el carácter colectivo que asumen los procesos personales y subjeti-
vos que refieren las mujeres como parte de su adhesión al feminismo.
Así pues, se trata de procesos individuales que no son vividos en for-
ma aislada, de ahí su importancia.

Una feminista de 53 años, de Concepción, recuerda de la si-


guiente manera su participación en un grupo feminista durante la
dictadura: fue una “salvación en la crisis”, un espacio de “solidaridad
y hermandad” que hacía posible “decir las cosas como son” en un
contexto de fuerte represión. Una joven de 26 años, de Santiago,
describe el colectivo en el cual participa en los años noventa de la
siguiente manera:

Somos todas amigas, el eje es lo afectivo … es muy enriquecedor


en términos personales, políticos, en nuestra especificidad como
mujeres jóvenes. Es un espacio vital para todas.

Este carácter íntimo, casi terapéutico que muchas veces adquiere


la definición de una identidad feminista, tanto por los procesos per-
sonales que suele desencadenar como por el papel que ocupan los
colectivos y grupos de mujeres, genera un sentido de pertenencia a
una identidad colectiva que es motivo de orgullo para muchas muje-
res entrevistadas.

Sin embargo, dicho carácter terapéutico que asumirían los gru-


pos y colectivos feministas, es criticado por algunas feministas. Es el
caso de entrevistadas de Valparaíso, quienes señalan que los grupos
de mujeres parecen privilegiar la reflexión y no la construcción de
discursos más públicos y políticos, lo que constituye un problema
para el movimiento, en la medida en que implica la ausencia de espa-
cios de formación política feminista.

277
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Sobre el punto, Margarita Pisano (2001, p. 66) cree que esta


situación refleja el modo en que las feministas han entendido la ‘ac-
tuancia’ política. Si bien el concepto de que “lo personal es político”
fue un gran aporte del feminismo, en tanto puso “la vida privada
como un hecho político en sí mismo y por tanto de intervención de
lo público en nuestras vidas”, la autora plantea que ello ha llevado a
que las mujeres confundan las dinámicas de los espacios privados,
trasladándolas al espacio público, superponiendo “la emocionalidad
y el sentir como construcción feminil ... al peso de las ideas”. Esto
habría significado que los espacios feministas funcionen solo, o prin-
cipalmente, como instancias de acogida y amistad más que como
espacios para la reflexión, la formación y el estudio sobre el pensa-
miento feminista. Entre las consecuencias más importantes de esta
situación, menciona la falta de reconocimiento de los aportes teóri-
cos y de la larga trayectoria de lucha de mujeres, además de la ausen-
cia de pronunciamientos políticos sobre su realidad.

b. Los obstáculos enfrentados

La evaluación que las entrevistadas hacen de la trayectoria femi-


nista en la década de los noventa no es unívoca ni homogénea, está
llena de tropiezos, vacíos, contradicciones. Los avances aparecen siem-
pre acompañados de su lado obscuro, de las dificultades y desafíos
que ellos han suscitado. Como lo hemos descrito a lo largo de este
capítulo, mientras algunas entrevistadas enfatizan los logros positi-
vos, otras llaman la atención sobre las dificultades y peligros. A la luz
de estos debates aparecen relatos comunes.

Los aspectos que aparecen con mayor frecuencia como parte del
discurso crítico se refieren a la pérdida de vínculos entre los diversos
sectores que componen el campo de acción feminista, así como el
vaciamiento de contenidos propiamente feministas que acompaña
los procesos de institucionalización, todo lo cual ha provocado una
creciente desarticulación al interior del campo de acción feminista.

278
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

§ Tematización y vaciamiento del discurso feminista

Una situación que ha acompañado al proceso de institucionali-


zación del feminismo ha sido lo que las entrevistadas identifican como
una marcada tendencia a hablar de “temas” para referirse a las de-
mandas planteadas por el movimiento.

…yo no miro desde el tema de la violencia porque para mí no es


un tema, como tampoco las mujeres somos un tema. Incluso hay
mujeres feministas que hablan de tema de la mujer. Eso para mí es
no entender nada, si [se trata de] una condición vital, entonces el
problema de la violencia contra la mujer es un problema, es un
problema social y político, económico, cultural, no es un tema.
(Entrevistada: 39 años, Valparaíso)

En opinión de las entrevistadas, esta tematización del discurso


ha traído efectos muy negativos para el movimiento, tanto porque ha
sido asumida por las propias feministas como la forma de plantear un
discurso feminista, como porque ha sido también una estrategia po-
lítica desde el gobierno para dividir al movimiento “en las especifici-
dades de la lucha. Decir, oye, hoy día el tema va a ser la violencia, los
derechos laborales, mañana el tema va a ser los derechos reproducti-
vos.” (48 años, Santiago).

Ligado a la tematización, las entrevistadas mencionan que la ins-


titucionalización del discurso feminista ha significado la “apropia-
ción” de algunos de sus contenidos por parte del Estado, es decir, un
desconocimiento del actor social que les dio origen: “las propuestas
absorbidas por el Estado no reconocen el aporte del movimiento fe-
minista”, dice una feminista de 57 años, de Concepción, que trabaja
en un organismo estatal. Y unido a esto, una descaracterización de
sus contenidos propiamente feministas. Se trataría entonces de una
asimilación ‘deformadora y acomodaticia’ por parte del aparato esta-
tal de las propuestas del movimiento desperfilando su ‘rostro femi-
nista’, es decir, sus contenidos más transgresores y cuestionadores de
las relaciones de poder entre hombres y mujeres, del orden de género.
En este sentido, otra feminista de Concepción señala que la cautela

279
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

adoptada por los Planes de Igualdad de Oportunidades o el Sernam,


por ejemplo, en términos de lenguaje “invisibilizan la discriminación
de las mujeres”.

Por ello, algunas feministas desde fuera del Estado sostienen que
las políticas estatales han tenido un carácter “remodelador” o “cos-
mético” de la condición de las mujeres.

Las políticas de género le quitaron su componente transformador


al feminismo, se tecnificó y perdió esta carga de poner en crisis.
(Entrevistada: 44 años, Santiago)

Las reivindicaciones de las feministas han sido tergiversadas, las


leyes son incompletas, te hacen creer que avanzaste dos pasos pero
en realidad no avanzaste, es un maquillaje de avance pero no es
un avance real. (Entrevistada: 48 años, Santiago)

Aun cuando las entrevistadas reconocen la relevancia del con-


cepto de género en el cuestionamiento de los saberes oficiales y en la
visibilización de las mujeres, su uso parece obedecer a la intención de
otorgar un sentido más neutro a sus planteamientos, a diferencia de
lo que sucedería con el concepto de feminismo, desdibujando de este
modo su carácter más político. Coherente con su fuerte crítica a la
estrategia institucional asumida por un sector importante de femi-
nistas, las autodenominadas feministas “autónomas” critican también
esta inserción en la academia. Pisano (1996, p. 91) señala al respecto
lo siguiente:

Para ser incorporado en la academia, el concepto de género ha


tenido que ‘limpiarse’ de políticas, hacerse neutro, despojarse de
su capacidad transformadora; ha tenido que invisibilizar las acto-
ras sociales en tanto protagonistas y transformarlas en objeto de
estudio; pasamos entonces a ser objetos y no sujetos sociales.

Sin embargo, la crítica no es exclusiva de este sector de feminis-


tas. Existen algunas entrevistadas que sin adscribirse a ninguna co-
rriente, cuestionan el que la llegada del feminismo a espacios acadé-
micos haya provocado, en muchos casos, una ‘intelectualización’ de

280
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

este, en el sentido de transformarse en un discurso cada vez más teó-


rico dirigido a un sector especializado o de expertas.

En una perspectiva similar, algunas académicas feministas tam-


bién se refieren a una reclusión del feminismo en espacios académi-
cos y a su creciente remplazo por el género en ellos. Raquel Olea, por
ejemplo, señala que el “avance” del concepto de género no solo en la
academia sino también en ONG y en el Estado, ha traído como con-
secuencia la destitución del término feminismo volviéndolo un con-
cepto obsoleto. De esta manera, el género ha contribuido a su “defla-
ción y devaluación”, por lo que su avance, a costa del retroceso del
feminismo no es solo un problema lingüístico, pues como lo afirma
Olea, “lo que pierde terreno en el lenguaje pierde su realidad”. De
esta forma, el feminismo se ha identificado cada vez más con un “po-
sicionamiento representativo de planteamientos refractarios a cual-
quier forma de negociación y entendimiento con lo establecido”; se
ha vuelto una “mala palabra” (Olea 1998, p. 63).

Por su parte, Nelly Richard indica que este proceso de ‘reclusión’


del feminismo se ha producido por el desplazamiento de la moviliza-
ción pública desplegada por las feministas en los años ochenta, rem-
plazando de este modo lo militante por lo profesional, lo discursivo
por lo operativo. Richard (2001, p. 231) sostiene que:

La producción de conocimientos generados por los movimientos


de mujeres se fue así circunscribiendo y regionalizando en las ONG
y/o en los programas académicos de Estudios de Género, mien-
tras la voz feminista perdía cada vez más intensidad en el escena-
rio de los discursos públicos.

Volviendo a las entrevistadas, una de las académicas (de 54 años,


Santiago) señala que “el género como concepto ha sido vaciado mu-
cho … es un término comodín y tampoco ha tenido una proyección
masiva cultural”. A su juicio, eso ha significado que quedaran “fuera
de la reflexión de género los derechos de las mujeres, las condiciones
reales sociales de las mujeres, problemas políticos, políticas del cuer-
po, derechos sexuales y ciudadanía, derechos reproductivos”.

281
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Por otra parte, existe cierto consenso en reconocer que una de las
consecuencias más negativas de este proceso es la desvinculación de
las feministas de la academia con el movimiento, con el mundo so-
cial y con la coyuntura. El poco reconocimiento de parte de las aca-
démicas del papel jugado por el movimiento feminista y por el femi-
nismo en tanto corriente de pensamiento, en la creación de progra-
mas de estudios de género, ha convertido a muchos de ellos en espa-
cios cerrados cuya producción teórica no llega a públicos más am-
plios.

Este proceso vivido en la academia, unido a la institucionaliza-


ción del feminismo en espacios estatales, lo ha convertido cada vez
más en un grupo de “mujeres profesionales, una superestructura sin
trabajo de base”, afirma una joven feminista de Valparaíso. El discur-
so feminista se ha vuelto “circular y encapsulado”, es decir, que no
recoge los intereses de las mujeres y que deja fuera temas tradicional-
mente no abordados por el feminismo, por ejemplo, la maternidad.
Esto ha limitado la capacidad del discurso feminista para “salir a lo
público” e instalarse como corriente de opinión en los debates socia-
les y políticos.

Algunas feministas populares hablan de una elitización del femi-


nismo para referirse al mismo proceso de pérdida de vínculos con el
movimiento y de reducción de sus espacios sociales de circulación y
difusión:

Falta vinculación con la gente, no existe movimiento feminista


popular. Hay más teoría que práctica y las organizaciones femi-
nistas tienden a convertirse en ghetto. El feminismo no recluta, no
difunde, no politiza, y eso hace que se convierta en esos ghettos
cerrados (Entrevistada: 54 años, Santiago).

Si bien esta percepción es bastante extendida entre las entrevista-


das, contrasta notoriamente con la de las propias feministas dentro
de la academia que fueron entrevistadas en el marco de esta investiga-
ción, la mayoría docente y/o responsable de programas de género en

282
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

18
diferentes universidades. Ellas entregan una visión diferente respec-
to de la relación entre academia, feminismo y movimiento social.

En general, estas feministas académicas reconocen la vinculación


entre estos estudios y el pensamiento feminista y creen, con diferen-
tes matices, que estos programas deberían mantener algún tipo de
19
vinculación con el mundo social y feminista.

§ ¿Nombrarse feminista?

Por último, dentro de las dificultades que enfrenta el feminismo


y relacionado al punto anterior, está la creciente dificultad de recono-
cerse públicamente con una identidad feminista. En estrecha rela-
ción con la incorporación de feministas en diversos ámbitos institu-
cionales, las entrevistadas perciben que el asumirse públicamente como
feministas en el Estado o en la academia se transforma en un proble-
ma, en un “estigma”, por lo que las mujeres optarían por actuar solo
como “profesionales” pero no a partir de su identidad feminista. Algo
similar sucedería en las universidades, donde las académicas feminis-
tas tampoco se nombrarían como tales.

Este dejar de nombrarse feminista durante los noventa, contra-


riamente a lo que habría sucedido en los años ochenta, ha significado

18
Se realizaron las siguientes entrevistas. En Santiago, Sonia Montecino, Coor-
dinadora del Programa Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facul-
tad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile; Kemy Oyarzún, Progra-
ma de Género y Cultura de la Facultad de Filosofía de la Universidad de
Chile; Rosa Soto, Centro de Estudios del Conocimiento de la Mujer (CE-
CODEM) Universidad de Santiago (USACH); Kathya Araujo, Coordinado-
ra Programa de Género, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
En Valparaíso, Marcela Prado, Coordinadora Comisión Interdisciplinaria de
Estudios de Género de la Universidad de Playa Ancha y Haydeé Ahumada,
docente de la Facultad de Literatura de la Universidad Católica de Valparaíso.
En Concepción, Patricia Pinto y Felícitas Valenzuela del Programa de Estu-
dios Multidisciplinarios de la Mujer, Universidad de Concepción y Alejandra
Brito, docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la misma universidad.
19
Sobre este tema, véase Capítulo 2.

283
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

un retorno a lo que una entrevistada de Concepción llama “la


vergüenza del feminismo”, a que las mujeres vuelvan a “dar explica-
ciones por ser feministas”.

Las consecuencias más importantes de esta falta de reconocimien-


to público como feministas, es la invisibilización y desvalorización de
los aportes del feminismo, tanto en el Estado como en centros acadé-
micos. De este modo, el movimiento feminista no ha “capitalizado”
ni “cosechado” gran parte de su impacto político institucional y cul-
tural. De allí que algunas entrevistadas desde fuera del Estado mani-
fiesten, por ejemplo, que el feminismo ha infiltrado las políticas pú-
blicas pero de una “manera disfrazada”.

Por otra parte, la falta de reconocimiento público unida al aban-


dono de algunas categorías y su reemplazo por ciertos conceptos (como
género y violencia doméstica) ha tenido un efecto despolitizador del
proyecto feminista. Se ha buscado transformar un discurso ideológi-
co contestatario en uno de carácter técnico, neutro, reducible a te-
mas, medible a través de indicadores, despojado de toda conflictivi-
20
dad.

Sobre este aspecto, las opiniones de algunas académicas entrevis-


tadas efectivamente confirman esta falta de reconocimiento público

20
Esta despolitización es evidente en la forma en que el problema de la violencia
hacia las mujeres ha sido tratado y resignificado en la sociedad chilena duran-
te la última década. No se trata solo de un cambio de nombre (ahora ‘violen-
cia intrafamiliar’) sino de una verdadera transformación identitaria, las muje-
res no son las víctimas (pueden serlo, como también pueden ser las victima-
rias); no es producto de relaciones de poder, del sistema sexo-género o la
dominación patriarcal, sino de fenómenos varios nunca del todo explícitos;
no es una bandera de lucha política, sino un ‘problema social’ como la delin-
cuencia o la contaminación. En última instancia, su origen en las luchas femi-
nistas por terminar con una de las formas más flagrantes de violencia de géne-
ro ha quedado sepultado por el discurso oficial, sepultando de paso su carác-
ter contestatario: “queremos ser una familia que vive sin violencia” lee una
frase usada en los eslóganes de gobierno (http://www.sernam.cl/noticias/
redprotege.htm).

284
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

en tanto feministas, no obstante señalan las serias dificultades que


enfrentarían en términos de legitimidad por el hecho de nombrarse
como tales.

No puedo definirme en la Universidad como feminista porque


trabajo en una institución machista leninista. No puedo declarar-
me como feminista. Lo que pasa es que yo ya me he ganado un
lugar de respecto … ¿sabes lo que habría?, habría un clima de
hostilidad que me haría difícil la tarea. Entonces yo prefiero se-
guir haciendo mi tarea, aprovechar la ayuda de las autoridades. …
en los cursos … yo les digo [a los estudiantes] bueno, si ustedes
me preguntan si soy feminista y le pregunto al estudiante qué en-
tiendes tú por feminismo o por feminista, más o menos esto profe-
sora, y les digo sí, entonces sí. (Entrevistada: 46 años, Valparaíso)

Esta pérdida de legitimidad, de competencia profesional entre


sus pares a la que parecen exponerse quienes llegan a definirse públi-
camente como feministas en espacios institucionales, parece ser una
expresión más de la pérdida de legitimidad del concepto feminista,
de su transformación en una “mala palabra” –como afirma Olea– y
como consecuencia de ello, su remplazo por el género. En este senti-
do, a juicio de algunas entrevistadas, el feminismo hoy sigue siendo
percibido como una “amenaza” asociada a posturas sociales muy con-
frontacionales o radicales. Una manifestación de ello es lo que men-
ciona una entrevistada de Santiago cuando señala que las mujeres
jóvenes “reniegan” de la palabra feminismo en el sentido de no rei-
vindicar el concepto, ya que si bien reconocen los beneficios en sus
propias vidas de las luchas de mujeres de generaciones anteriores,
rechazan posturas muy confrontacionales, tipo guerra de los sexos.
Desde esta perspectiva hablar de género aparece más neutral y suave,
lo cual diluye el contenido feminista.

En un sentido más amplio, otras dificultades enfrentadas por el


feminismo en el ámbito de la cultura son, a juicio de una académica
entrevistada, el proceso de ‘arrinconamiento’ que ha experimentado
en el sentido de estar ‘marginadas culturalmente’. A su juicio, mien-
tras en el movimiento de los años 80 tuvo un importante impacto a

285
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

nivel socio- cultural, que se ve reflejado –con algunos matices– en las


generaciones menores de 30 años, en los años noventa la situación ha
sido muy diferente:

Yo diría que la retórica discursiva va por detrás de los cambios


21
reales. Y eso se ve en la encuesta del Grupo Iniciativa donde tú
vas viendo que los cambios se van realizando en las prácticas …
pero en las identidades simbólicas y en las construcciones de iden-
tidades sociales, la cultura ha retrocedido, nosotros culturalmen-
te, a nivel valórico, como país, nos proyectamos como un país casi
fundamentalista respecto no solo a diferencias sexuales, sino polí-
ticas y valóricas. (Entrevistada: 54 años, Santiago)

2.3. Los desafíos que enfrenta el feminismo

Las narrativas feministas respecto del estado del movimiento en


el Chile postransición van mas allá de un diagnóstico de los aciertos
y problemas que se han enfrentado, miran hacia el futuro, proponen
formas de avanzar, superar los obstáculos y dejar atrás las trampas
que dificultan el confrontar el nuevo escenario. La presente sección
busca sistematizar esta visión de futuro, los desafíos que las propias
actoras identifican como fundamentales para el movimiento femi-
nista hoy día. De acuerdo a lo expresado por estas mujeres, tales desa-
fíos se relacionan con las dificultades y obstáculos enfrentados du-
rante la década de los noventa, pudiendo distinguirse aspectos inter-
nos del movimiento –como dinámicas organizativas y construcción
de marcos interpretativos– así como los que refieren a vinculaciones
y acciones hacia la sociedad en un sentido más amplio.

a. Desafíos internos

Sin duda, el principal desafío mencionado por las mujeres femi-


nistas en las entrevistas y grupos de discusión, es la reconstrucción o
rearticulación de un accionar colectivo. En las narrativas feministas,

21
Grupo Iniciativa, 1999. Opinión y actitudes de las mujeres chilenas sobre las
condiciones de género. Encuesta de opinión. Santiago de Chile.

286
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

este proceso de reconstrucción, implica redefinir el sentido de un


accionar político feminista y la formulación de propuestas, es decir,
marcos interpretativos y prácticas colectivas diferentes.

§ En busca de un nuevo proyecto feminista

Un aspecto básico para la rearticulación del movimiento es, a


juicio de las entrevistadas, perfilar una propuesta política y cultural
feminista. En este sentido, las feministas de Valparaíso son quienes
más énfasis otorgan en sus opiniones, a la necesidad de reafirmar la
dimensión política y pública del feminismo como una cuestión cen-
tral. En su opinión, ser feminista debe suponer no solo un cambio en
los espacios privados sino también una militancia política y una pre-
sencia pública.

Consecuente con esta forma de entender una opción feminista,


el desafío central es entonces levantar una propuesta política que per-
mita reconstruir una identidad colectiva en torno a propósitos u ob-
jetivos que aglutinen voluntades. Para esto, es preciso reflexionar so-
bre lo que significa en el momento actual construir movimientos
sociales, pensar en la manera como se ‘vertebra’ hoy la sociedad y
como se generan las prácticas colectivas. Para algunas feministas,
esto supone dejar de lado concepciones movimientistas tradiciona-
les y a ratos nostálgicas: “hoy es el minuto de la diversidad”, afirma
una feminista de Santiago, de adoptar formas distintas de “frasear y
percibir los problemas” y de “argumentar los cambios”, para definir
lo que serán “las banderas feministas”. Esto implica incorporar al
discurso feminista problemas que han estado fuera, replanteando
otros.

Entre estos problemas o temas, el que aparece con mayor fre-


cuencia en las entrevistas se refiere a la importancia de conectar la
crítica feminista con la crítica a los modelos de desarrollo político y
económico, lo que permitirá mayores vinculaciones de las feministas
con otros actores y luchas sociales.

287
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

El efecto rearticulador que puede tener la generación de este dis-


curso feminista, parece tener a su favor el tiempo transcurrido desde
algunos de los conflictos más agudos entre las feministas, producto
de visiones políticas y estrategias diferentes. Este tiempo habría per-
mitido sanar algunas de las consecuencias dejadas por esa “historia de
heridas, de agresiones y de confrontaciones”, como lo manifiesta una
de las participantes en el grupo de discusión de Valparaíso:

... siento que es un buen momento en el que uno pudiera vincular


de una manera más visible, más clara, más pública, los esfuerzos
que se están haciendo en las universidades, en las ONG, en orga-
nismos de gobierno como el Sernam. Yo creo que es un momento
en que se puede tejer de nuevo esa red, pero tiene que tener nece-
sariamente un carácter abierto, no prejuiciado.

§ Hacia nuevas prácticas colectivas

De acuerdo a la visión de las entrevistadas, para la elaboración de


una propuesta feminista articuladora, es preciso impulsar dinámicas
organizativas y prácticas colectivas diferentes. Un punto de partida
para ello, sería precisamente esta necesidad de curar las heridas deja-
das por las pugnas y descalificaciones que cruzaron al movimiento
producto de las divergencias internas por visiones políticas y estrate-
gias de acción.

Esta particular manera de percibir el disenso, como una “histo-


ria de heridas, de agresiones y de confrontaciones”, hace necesaria tal
sanación, como requisito para la reconstrucción de un ‘nosotras’, es
decir, una identidad colectiva más amplia en torno a la cual volver a
articularse. Esto pasa por el establecimiento de relaciones de respeto,
tolerancia y reconocimiento entre las feministas. Parte importante de
este proceso involucra además, la revisión de las relaciones de poder
entre las feministas, de la construcción de liderazgos y de las dinámi-
cas que se dan al interior de sus organizaciones.

En cuanto al tema del poder, este sigue ocupando un lugar im-


portante en el discurso de las feministas, como un ‘pendiente’ crucial

288
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

para el planteamiento de nuevas propuestas. En este sentido, en el


grupo de discusión de Santiago, una feminista de 47 años indica:

Para poder plantear las estrategias futuras hay que plantearse el


tema del poder, del poder como tal, del poder que no tenemos,
del poder que queremos, las estrategias para conseguirlo, cómo
nos manejamos las mujeres con el poder, los mitos que tenemos
sobre nuestra relación con el poder, las trancas que tenemos. Yo
creo que es inevitable plantearlo así para salir adelante.

No obstante, a pesar del consenso en torno a la centralidad que


le cabe a este tema, no se distinguen propuestas más concretas res-
pecto de cómo abordarlo.

Otra cuestión se refiere a la forma como se construyen las orga-


nizaciones feministas. En este sentido, se plantea la necesidad de su-
perar el supuesto de la igualdad de las mujeres frente a la discrimina-
ción como base para el desarrollo de instancias colectivas. Esto impli-
ca desechar una cierta idea esencialista de la existencia de un ‘sujeto
mujer’ homogéneo en términos ideológicos, que habría primado en
la construcción de la asociatividad feminista en Chile. Por el contra-
rio, se trata de construir organizaciones que recuperen y no ‘apabu-
llen’ las individualidades, que permitan el reconocimiento de las di-
ferencias y que a partir de allí generen relaciones de colaboración y
reciprocidad, y convivencia y lazos con otros sectores sociales.

Como una manera de recomponer un accionar feminista, se


menciona la necesidad de validar los grupos pequeños de reflexión,
los micro espacios, entendiéndolos como las modalidades actuales de
‘vertebración’ de la sociedad, sin que ello signifique abandonar el ca-
rácter público y político del feminismo. En este sentido, nuevamente
son las feministas de Valparaíso quienes otorgan especial énfasis a la
necesidad de retomar el trabajo formativo desarrollado en los años
ochenta y comienzo de los noventa. Por ejemplo, a través de escuelas
de formación política feminista, perfilando así una expresión más
pública y política del feminismo.

289
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Junto con ello, otras feministas señalan la importancia de gene-


rar espacios abiertos de debate y reflexión, como los Encuentros Fe-
ministas de principios de la década, que permitan difundir el femi-
nismo acercándolo a mujeres ‘no feministas’ y fomenten el deseo de
asociación. Otro aspecto mencionado es la creación de redes, que
también constituyen un mecanismo importante de articulación que
contribuye a la afirmación de las identidades específicas ante la au-
sencia de grandes referentes comunes.

Como ya ha sido expuesto, junto a las narrativas que aspiran a la


reconfiguración de un movimiento independiente, crítico y visible
en el escenario nacional y la necesidad de una reformulación de un
proyecto feminista y cambios en las dinámicas organizativas; coexiste
un discurso respecto del movimiento de los años ochenta como un
ideal de articulación, consenso y visibilidad.

Es a partir de esta ‘memoria emblemática’ de los años ochenta,


que se sustenta una identidad en el presente. Esto es ‘volver a ser lo
que se fue’ como camino para ‘seguir siendo’. Un ejemplo de ello es
lo que expresa una feminista ‘popular’ de 58 años, de Santiago:
Yo siento que deberíamos tratar de volver a ser lo que fuimos al
momento del Sí y del No [plebiscito de 1988]. Éramos todas
mujeres poderosas, fuertes, éramos capaces de revertir situaciones.

b. Desafíos externos

En los discursos de las entrevistadas están presentes además una


serie de desafíos que deben ser enfrentados fuera del campo de acción
feminista propiamente tal. Los que aparecen con mayor frecuencia y
relevancia se refieren a la necesidad de instalar en la agenda pública
un proyecto feminista que pueda constituirse en un referente social
para amplios sectores sociales, no solo para las mujeres. El propósito
es que el feminismo se posicione como parte de un discurso crítico,
cultural y político, que promueva el cambio de los roles de género,
inste a las mujeres a “salirse del orden” y promueva relaciones de

290
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

igualdad entre hombres y mujeres. Al mismo tiempo, en un sentido


más amplio y profundo, que contribuya al fortalecimiento de la de-
mocracia.

Lo anterior implica abordar desde el feminismo, la problemática


de la globalización, la paz, la transformación del neoliberalismo, la
privatización y las transformaciones en el mercado laboral, fortale-
ciendo algunos de los avances alcanzados en materia de inserción en
la agenda política. Es el caso de las demandas de mayor participación
de mujeres en puestos de poder, en especial en sectores tradicional-
mente vedados. De la misma forma, en materia legislativa, corrigien-
do las leyes aprobadas (como la de violencia intrafamiliar) y promo-
viendo la despenalización del aborto, la ley de divorcio, la ley de
cuotas. Finalmente, en materia de elaboración de políticas públicas,
logrando mayor incidencia en las políticas laborales (como jornada
de trabajo y relación trabajo familia) y educacionales, especialmente
en materia de educación sexual, elaboración de textos escolares y sen-
sibilización de profesores y estudiantes.

3. Conclusiones

Al analizar la forma en que las feministas evalúan los cambios


políticos acaecidos en el país durante las últimas décadas, se constata
la existencia de discursos comunes, interpretaciones compartidas y
de la construcción colectiva de narrativa(s) sobre el proceso de transi-
ción y del sistema político que se instala después de ese proceso. Las
voces de mujeres que se autodefinen como feministas muestran que
han ido construyendo un discurso colectivo respecto de los efectos y
sentidos de lo que ellas entienden por transición, así como de los
efectos que ese proceso ha tenido en el accionar feminista y en la
evolución del movimiento desde los ochenta hasta ahora.

Sin embargo, y a pesar de las múltiples coincidencias y los ejes


argumentativos comunes, no es posible hablar de un discurso en sin-
gular, sino de discursos y narrativas feministas en plural. Estos se
manifiestan en contra de la homogeneidad, se construyen al calor del

291
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

debate y de las diferencias de opinión que caracterizan el campo de


acción feminista tal y como ha sido descrito a lo largo de este trabajo.
Estas diferencias son particularmente evidentes a la hora de evaluar el
estado del movimiento y explicar las causas que explican ese diagnós-
tico. Es justamente al interpretar la trayectoria del feminismo en los
noventa cuando aparecen las principales diferencias y contradiccio-
nes, cuando los discursos se fragmentan según las diversas corrientes
de pensamiento y definiciones identitarias: feminismo autónomo,
feministas populares, jóvenes.

Las voces individuales de mujeres profesionales, empleadas, due-


ñas de casa, estudiantes, activistas políticas, académicas de diversos
estratos sociales y generacionales construyen discursos al calor de su
interacción política. Discursos y narrativas que circulan en un campo
de acción a través de los medios de comunicación feministas, de una
variedad de publicaciones, de la producción académica, los foros,
reuniones, conversaciones y toda la gama de intercambios comunica-
tivos en que las entrevistadas participan. Su interpretación de la tran-
sición parece sustentarse en ciertos lenguajes y argumentos comunes.
Estos les han sido proporcionados tanto por su participación en esfe-
ras políticas críticas al sistema político como por la propia produc-
ción simbólica e intelectual feminista. En este sentido, llama la aten-
ción, por ejemplo, que un importante número de entrevistadas (sino
la mayoría) interpreta la desmovilización de las mujeres en los noven-
ta a partir de los argumentos entregados por Julieta Kirkwood para
explicar un fenómeno similar en los años cincuenta y sesenta. Los
escritos de Kirkwood se han transformado en la gramática que sus-
tenta el lenguaje y discurso feminista chileno y el marco interpretati-
vo que ayuda a entender tanto la historia lejana como la reciente.

Más allá de la forma y coincidencia de los relatos individuales, es


su contenido el que resulta de mayor importancia para entender el
‘malestar’ que las feministas manifiestan respecto del período demo-
crático. En síntesis, la narrativa predominante que se ha construido
sobre el proceso de transición enfatiza su impacto negativo en el
movimiento feminista. Sus protagonistas vinculan su desarticulación

292
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

y la supuesta desmovilización de las mujeres con la reinstalación de la


política tradicional, al resurgimiento de los partidos políticos y la
forma en que el Estado se ha vinculado con los actores sociales. La
transición se convierte así, en un hito histórico que marca el fin de
una época recordada con nostalgia. Transición que es resignificada
además como responsable de conflictos, quiebres, pérdida de visibili-
dad y atomización del movimiento. Es hacia este proceso donde se
orientan las miradas feministas a la hora de buscar respuestas a la
pregunta que subyace a muchos de sus discursos: ¿Qué nos pasó?
¿Qué ha pasado con el activismo de antaño?

Es esta misma visión esencialmente crítica de las formas de hacer


política y de los resultados de la democracia, la que alimenta el des-
encanto y la sensación de lejanía que muchas de las mujeres entrevis-
tadas manifiestan respecto de la ‘democracia’, esa democracia real-
mente existente que no logra cumplir con los anhelos y expectativas
forjados al calor de la lucha por reconquistarla.

Por otra parte, y como ha sido descrito a lo largo de este capítulo,


las narrativas sobre el movimiento siempre muestran un panorama
complejo y a menudo contradictorio, los avances están llenos de tro-
piezos, vacíos, contradicciones, se muestran siempre incompletos y
cada ‘triunfo’ impone un nuevo desafío.

Así, encontramos que un sector importante de feministas identi-


fica como los avances más importantes del feminismo en la década
de los noventa, aquellos procesos que han tenido lugar en el ámbito
político institucional. En este sentido, mencionan los logros conse-
guidos en materia de institucionalización de mecanismos que pro-
mueven políticas de equidad de género, la aprobación de diversas
reformas legales y la inserción de mujeres en la vida pública. Junto
con ello, existe un reconocimiento del impacto que ha tenido el pro-
yecto feminista a nivel social y cultural. Se trataría de una ampliación
discursiva desde un pequeño grupo de activistas hacia diversos ámbi-
tos de la sociedad, especialmente en el ámbito académico, así como

293
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

en posicionar nuevos referentes de género que tensionan en alguna


medida los estereotipos femeninos y masculinos tradicionales.

Si bien el discurso predominante reconoce como logros impor-


tantes el impacto del feminismo en el ámbito político institucional,
múltiples voces se manifiestan críticas y escépticas de las implicancias
que este tipo de accionar ha tenido para el feminismo y para las posi-
bilidades de reconstruir un movimiento social en el momento políti-
co actual. Desde esta posición, la estrategia de institucionalización
no ha sido otra cosa que un intento de cooptación y desmantela-
miento de la capacidad disruptiva del feminismo por parte del siste-
ma político. Estrategia que habría producido la tematización y sobre-
intelectualización del feminismo, así como la tergiversación de algu-
nos de sus contenidos (los más transgresores), y el creciente distan-
ciamiento entre sectores intelectuales y las bases sociales del movi-
miento. Otras visiones, por su parte, cuestionan el planteamiento de
igualdad como objetivo último de un proyecto feminista.

Por otra parte, el centrar el debate político en la relación entre el


movimiento y el sistema político (institucionalización), como se ha
hecho desde algunas corrientes feministas, conlleva el riesgo de so-
brevalorar la dimensión política institucional como criterio para eva-
luar la trayectoria de un movimiento social. En este sentido, lo pro-
blemático no es lo que ‘muestra’ esta visión sino lo que oscurece. De
allí la importancia de visibilizar también los logros y dificultades del
movimiento en otro tipo de dimensiones, en especial en aquellas que
tienen que ver con aspectos más internos del movimiento (dimensio-
nes identitaria e individual). En tal perspectiva, los relatos feministas
enfatizan la importancia que ha tenido para sus vidas participar en
espacios colectivos con otras mujeres los que han servido en términos
prácticos y simbólicos para la construcción de referentes colectivos y
de desarrollo de procesos de autovaloración, reconocimiento y ad-
quisición de habilidades sociales.

Tomando en consideración tanto las tendencias generales como


las opiniones de algunos sectores de feministas, es posible concluir

294
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

que el balance respecto de los logros y dificultades del movimiento


en la década de los noventa resulta paradojal y contradictorio, en el
sentido en que la positiva connotación que adquieren algunos de los
procesos ocurridos convive con un malestar y una crítica por lo que
se considera una pérdida de la visibilidad, articulación y posiciona-
miento político de los actores sociales que dieron origen a dichos
22
procesos. Como se ha señalado en otros trabajos, el feminismo chi-
leno se ve confrontado a una paradoja: a medida que sus propuestas
y demandas son asumidas por otros actores, y su discurso ingresa a
una variedad de espacios institucionales (políticos, sociales, cultura-
les), se invisibiliza en la esfera pública como actor político responsa-
ble de esos contenidos e iniciativas.

Así, las narrativas que las feministas han venido construyendo


sobre ‘transición’, ‘democracia’ y el estado del movimiento, delatan la
complejidad del orden discursivo y simbólico que orienta el accionar
movimientista durante los noventa. Si bien en ocasiones emergen
discursos colectivos compartidos forjados en una interacción política
común, en otras, el disenso y el debate predominan. La diversidad de
voces hacen desaparecer el consenso que se impone desde las esferas
político institucionales, y las visiones críticas compiten entre sí bus-
cando describir e interpretar la historia de activismo compartida.

En estas narrativas se advierte un malestar persistente con el pre-


sente, con la institucionalidad política imperante y los efectos que la
transformación de esa ‘política’ ha tenido para la sociedad civil, con
apreciaciones positivas respecto de una estrategia orientada justamente
a incidir en ese cuestionado sistema democrático. ¿Cómo entender
esta aparente contradicción? ¿Se trata quizá –como algunas lo propo-
nen– de una suerte de hipocresía que se manifiesta crítica frente al
sistema político al mismo tiempo que busca legitimarse en ese espa-
cio? O por el contrario, ¿es esto reflejo de la heterogeneidad y diver-
sidad que sustenta el accionar feminista en este nuevo siglo?

22
Ríos 2000, 2003.

295
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

De acuerdo a nuestro análisis, la discordancia en los relatos femi-


nistas no debe ser interpretada como un doble discurso. Se trata más
bien de la existencia de diversas corrientes de opinión que en ciertos
momentos y respecto de ciertos ejes argumentativos logran hegemo-
nizar algunas narrativas y no otras. De esta forma, ciertos sectores
con mayor cercanía a las esferas político institucionales enfatizan los
logros y virtudes de los procesos de institucionalización por sobre las
críticas al sistema democrático. Otros sectores en cambio, basan gran
parte de su interpretación de la historia reciente en una mirada críti-
ca tanto de la estrategia perseguida por otras feministas para incidir
en las esferas político institucionales, como en el proceso de transi-
ción y el régimen a que dio origen. En uno y otro sector se mantie-
nen posiciones internamente coherentes pero radicalmente divergentes
entre sí, produciendo como resultado relatos colectivos contrapues-
tos que aparecen contradictorios para el observador externo.

En segundo lugar, la coexistencia de un malestar con la demo-


cracia realmente existente y la valoración positiva de los resultados
del quehacer de la institucionalidad política estatal (leyes, planes de
igualdad, programas sociales) es expresiva de los sentidos e interpre-
taciones que las feministas tienen respecto de ‘la política’ y ‘lo políti-
22
co’ . A nuestro entender, en estas interpretaciones y en los relatos
feministas que ellas producen, es posible distinguir una distinción
entre el funcionamiento del sistema democrático y los productos de
la política institucional propiamente tal. De esta forma, una evalua-

22
La distinción conceptual que aquí hacemos busca distinguir aquello que se
restringe a las acciones, procesos e instituciones vinculadas al acceso y ejerci-
cio del poder estatal, “la política” (elecciones, políticas públicas, poderes del
Estado, partidos políticos), y “lo político” en un sentido más amplio. Esta
segunda acepción se refiere a “las luchas de poder desarrolladas en una amplia
gama de esferas definidas culturalmente como privadas, sociales, económicas,
culturales etc.” (Alvarez, et. al. 1998., p. 11), pero en donde, hay una perma-
nente confrontación de poderes, intereses e interpretaciones que las transfor-
man también en esferas políticas. Se trata de entender el concepto de “po-
der”—siguiendo a Foucault—no como una estructura sino como relaciones
sociales.

296
Capítulo IV. Voces feministas: narrativas sobre transición y movimiento

ción positiva respecto de los avances en las demandas feministas no


se traduce automáticamente en una evaluación positiva sobre el tipo
y funcionamiento del sistema político (la ‘democracia’); especialmente
en lo que respecta a los efectos de este sistema en el movimiento
feminista. En el caso chileno, las narrativas feministas parecen indi-
car que estas dimensiones se encuentran a menudo en caminos con-
trapuestos.

A lo largo de este capítulo hemos intentado describir e interpre-


tar la construcción simbólico discursiva de las feministas respecto de
las transformaciones políticas que ha vivido la sociedad chilena en las
últimas décadas y la forma en que estas han incidido en el estado
actual del movimiento. Estas narrativas se revelan contra el olvido,
buscan rescatar la memoria del pasado autoritario y, sobre todo, de la
lucha por reconquistar la democracia. Es justamente esta rebeldía la
que a menudo desata la nostalgia. Nostalgia de lo que alguna vez
pudo ser, de las ilusiones rotas, de los sueños perdidos. Se recuerda
con nostalgia la etapa fundacional, el momento en el que se crea una
identidad política colectiva, cuando existían proyectos compartidos,
utopías comunes. Es además la nostalgia por un accionar colectivo
idealizado, despojado de todo conflicto, de toda vacilación, de toda
cotidianeidad. El recuerdo mítico de la lucha opositora, vincula y
atribuye los conflictos entre feministas a la transición, a la vuelta de
la política tradicional.

Así, la heterogeneidad de las narrativas y discursos sobre la tran-


sición y la democracia, se mueven entre la nostalgia y el desencanto.
Nostalgia por ese pasado que otorgaba sentido a ‘un nosotras’ y que
permitió ser protagonistas de las pequeñas y grandes historias. Des-
encanto con el presente, con la nueva forma de relacionarse, de hacer
política, de participar. Nostalgia que oscurece la mirada crítica al pa-
sado colectivo, reconociendo las diferencias de ayer y hoy. Desencan-
to que dificulta el reencontrarse con el proyecto colectivo, con las
otras, con la política y lo político, tal y como se desenvuelve en el
Chile actual.

297
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Sin embargo, y a pesar de la nostalgia y el desencanto, las narra-


tivas feministas sobre su propio accionar reconocen también sus avan-
ces, los aciertos y logros producto de la multiplicidad de iniciativas
impulsadas desde las diversas corrientes y esferas que hoy componen
el campo de acción feminista. Narrativas que son producto de la crea-
ción colectiva, de la construcción de un sujeto político que rehúsa
desaparecer y continúa buscando sus propios caminos en este nuevo
escenario político.

298
V
Conclusiones

Nuestra historia reciente:


continuidades, transformaciones,
perspectivas futuras
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

300
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

Entre la nostalgia de lo que fuimos y la esperanza de lo que seremos,


siento también la necesidad personal de detenerme... tal vez, como alguien dijo,
para escuchar la música que está detrás del ruido de la lluvia. Quisiera seguir
interpelando el presente e imaginando el futuro con ustedes, y recuperar el desa-
fío apasionado y gozoso que nos vio nacer.
Viviana Erazo, 2000

¿Qué significa ser feminista en la sociedad chilena actual? ¿Es


posible hablar de feminismo como movimiento social? ¿Qué ha su-
cedido con aquellos individuos y colectivos que emergen al calor de
la lucha por reconquistar la democracia reivindicando una identidad
feminista? A lo largo de este trabajo hemos querido dilucidar estas y
otras interrogantes, interpelar los recuerdos, rescatar los hechos, re-
construir la historia reciente del feminismo y de las feministas chile-
nas en el Chile postransición.

A través de estas páginas hemos constatado que el fin de la dicta-


dura militar y la reinstalación de un régimen democrático, implica-
ron una transformación significativa en las estructuras y procedimien-
tos políticos, así como en los contenidos y sentidos otorgados a la
‘política’. El lugar de los actores sociales en el nuevo escenario se vio
drásticamente alterado, pasando de ocupar un rol protagónico en la
lucha por reconquistar la democracia, a uno secundario –o margi-
nal– en la democracia misma. Así, la liberalización del régimen polí-
tico que reinstala un funcionamiento democrático formal tiene el
efecto paradojal de disminuir las oportunidades para la organización
y participación pública de los actores sociales.

En este contexto, no es sorprendente que el feminismo (y las


feministas) se haya transformado de cara a los nuevos escenarios y
desafíos. Lo que alguna vez identificamos como movimientos socia-
les en general, y el feminista en particular, han cambiado a tal punto
que se nos hace difícil reconocer los actores que antaño le dieron
sentido a esos conceptos. Se modifican sus principales estructuras
organizativas, sus estrategias y formas de hacer política, sus discursos,

301
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

las esferas donde se desarrolla su accionar, sus interrelaciones con


otros ámbitos de la sociedad, así como su propia composición inter-
na. Sin embargo, estos cambios no son lineales ni reflejan en forma
mecánica las transformaciones en el entorno político. Por el contra-
rio, deben ser entendidos como producto de procesos de interacción
entre las propias actoras y su entorno, resultados del debate, contes-
tación y crecimiento producidos al calor de un quehacer político con-
creto, históricamente situado. Más aún, y a contrapelo de las expec-
tativas y de estas tendencias hegemónicas, es imprescindible recono-
cer que junto a las transformaciones se mantienen también continui-
dades; continuidad en quienes son convocadas por el discurso femi-
nista, en el sentido que esa identidad (y la militancia que a menudo
conlleva) tiene para sus protagonistas, y en los vínculos entre el femi-
nismo y otros actores políticos.

En las páginas que siguen queremos evaluar nuestra historia re-


ciente, la trayectoria seguida por el feminismo durante la década de
los noventa, las transformaciones que ha experimentado, las conti-
nuidades que le otorgan sentido a esa identidad política, así como las
perspectivas futuras. Esta ‘evaluación’ es un esfuerzo compartido en
la medida en que busca reflejar no solo nuestro análisis sobre estos
temas, sino también el análisis e interpretación de las propias involu-
cradas en ellos. De esta manera, intentamos contribuir a un debate
interno, profundizar la reflexión introspectiva e incentivar un diálo-
go respecto de nuestro futuro común.

1. Un movimiento social que se transforma

1.1. ¿De qué movimiento hablamos?

Como fuera mencionado en el capítulo introductorio, a lo largo


de este trabajo hemos utilizado el concepto de movimiento social
para referirnos a un ‘campo de acción’ más que a un sujeto político.
En este sentido, nuestra conceptualización se refiere tanto al espacio
(simbólico y físico) en el que transitan, se relacionan y actúan políti-
camente las feministas, como a los discursos y sentidos que indivi-

302
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

duos y colectivos otorgan a su accionar. Se trata de una formación


política enraizada en la sociedad civil, un espacio (virtual si se quiere)
que incluye a las propias actoras, las instancias colectivas que ellas
construyen, así como su interacción político discursiva (Ríos 2000).

Los actores, sitios y expresiones orgánicas que componen el mo-


vimiento feminista, tal y como lo hemos interpretado en este trabajo,
se mantienen conectados a través de redes formales de interacción
(como las redes temáticas que analizáramos en el capítulo 2), mallas
comunicativas informales, como las que se producen mediante la cir-
culación de medios de comunicación, realización de eventos, partici-
pación en espacios colectivos, y toda una gama de interacciones dis-
cursivas que forman parte de la interacción política (personal, colec-
1
tiva) entre feministas.

Hablar de movimiento feminista en el Chile postransición nos


remite entonces a una amplia gama de espacios colectivos de acción
(más o menos formalizados), diversos tipos de expresiones orgánicas
e institucionales, una variedad de estrategias políticas, discursos y
tipos de acciones. Nos remite, ante todo, a un amplio espectro de
personas (mujeres fundamentalmente) que se definen a sí mismas
como feministas, que construyen su identidad política y su pertenen-
cia en una comunidad mayor desde aquella identidad. Nos remite
también a formas de entender el mundo, de relacionarse con el en-
torno vital y político.

El movimiento feminista hoy es, en definitiva, una identidad/


discursos/expresiones orgánicas que las propias actoras construyen,
recrean e interpretan como parte de ese movimiento.

La investigación se propuso estudiar este movimiento a partir de


tres de sus dimensiones constitutivas: las dinámicas y formas de orga-
nización y construcción del actuar colectivo (estructuras movilizadoras

1
Esta conceptualización se basa fundamentalmente en los aportes de Sonia
Alvarez. Ver sus trabajos citados en la bibliografía.

303
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

o mobilizing structures), el marco cultural o repertorio de sentidos, es


decir, los discursos que acompañan y se producen en el accionar co-
lectivo; y la interacción y efectos de la estructura de oportunidades
y restricciones políticas en estas dos dimensiones (McAdam, McCar-
thy y Zald 1996).

De acuerdo con este planteamiento, analizamos las estructuras


movilizadoras del movimiento feminista, los mecanismos formales e
informales, –organizaciones, estrategias a través de los cuales las fe-
ministas se involucran en acciones colectivas–, y su repertorio de sen-
tidos, los significados de su accionar y los objetivos y principios que
lo orientan. Conscientes de que son las personas quienes estructuran
el quehacer de un movimiento social a través de sus percepciones,
decisiones y cursos de acción, nos pareció relevante incluir una di-
mensión individual que permitiera conocer las características de la
membresía feminista, sus rasgos socioeconómicos y sus trayectorias
organizativas.

1.2. Trayectoria del feminismo en los noventa

Reconstruir nuestra historia reciente ha permitido volver a mirar


e interpretar los sucesos, hitos y procesos que han dado vida al femi-
nismo en los noventa. Revisión que nos ha permitido entender que
no es posible asumir esta década pasada como un período homogé-
neo con un sentido unívoco para el accionar y pensamiento feminis-
ta. A diferencia de lo que el sentido común parecía indicar a fines de
la década, cuando iniciáramos esta exploración, la nueva etapa ‘de-
mocrática’ no podía ser entendida como el fin de los movimientos
sociales, ni la transición como la única causa de las transformaciones
que experimentaba el feminismo chileno. A través de conversaciones
con las protagonistas, de la observación de sus actividades, de la lec-
tura minuciosa de su producción intelectual y política, fuimos rear-
mando la cartografía que había guiado el devenir del movimiento en
el período y constatando cómo ciertos ‘hechos’ –ahora consumados–
se habían producido.

304
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

En nuestros primeros esfuerzos por comprender dichos procesos


constatamos que la década recién pasada estaba compuesta en reali-
dad de tres grandes etapas en lo que concernía a la trayectoria del
movimiento feminista. La primera, desde finales de la década de los
ochenta (cuando se inicia el proceso institucional de transición) has-
ta aproximadamente 1993, que estuvo caracterizada por una marca-
da búsqueda de unidad y articulación en torno a una identidad espe-
cíficamente feminista. En el contexto de la efervescencia política ge-
nerada por los triunfos electorales sobre el régimen militar y las in-
mensas expectativas que se abrían con la llegada del régimen demo-
crático, el accionar feminista manifiesta su mayor vitalidad y creati-
vidad, incluso cuando se compara con la década anterior. Es en este
momento cuando se crea el número más importante de organizacio-
nes (colectivos, redes, ONG, coordinadoras, medios de comunica-
ción y se inicia el proceso de instalación de programas de género en
las universidades). Cuando cristaliza la heterogeneidad político-iden-
titaria y discursivo-ideológica más rica que el feminismo ha experi-
mentado en su historia: emergen corrientes y colectivos de feministas
populares, lésbicas y jóvenes, y se inicia el proceso que llevará a la
emergencia del feminismo que se denomina a sí mismo como autó-
nomo. Cuando se organizan los primeros dos Encuentros Feministas
nacionales, inéditos también en la historia del feminismo. Es tam-
bién en este período cuando la relación entre ‘el movimiento’ y los
actores políticos que formaban parte del movimiento opositor y que
ahora llegaban al gobierno, era muy estrecha. La creación del Sernam
aparece como una expresión más de la vitalidad, y la agenda política
asume con mayor claridad las demandas propuestas por algunos sec-
tores del movimiento. En ese período inicial es posible distinguir
además el surgimiento de nuevas tendencias que expresan las posi-
ciones estratégicas diferentes que se venían arrastrando desde los
ochenta.

Entre 1994 y 1996 transcurre una segunda etapa que hemos de-
nominado de ‘agudización de las diferencias’, debido a la creciente
polarización ideológica y organizativa que caracterizan el accionar
movimientista. Las distintas posiciones estratégicas y opciones

305
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

políticas que existían entre las feministas aparecen centrales y cre-


cientemente insuperables; se profundiza el distanciamiento discursi-
vo y de esferas de acción entre estas diversas posturas. En este mo-
mento se consolida una corriente política al interior del movimiento
que tiene un correlato ideológico y orgánico: se trata de la corriente
autónoma, cuyo desarrollo transforma el sentido que el concepto de
autonomía había tenido históricamente para el feminismo, y modifi-
ca los ejes centrales de discusión entre feministas. Es en esta segunda
etapa, además, cuando cristaliza la existencia de por lo menos dos
estrategias políticas centrales para enfrentar el nuevo contexto: forta-
lecimiento movimientista e incidencia en las agendas institucionales.
La primera será promovida fundamentalmente por la corriente autó-
noma, mientras la segunda es asumida con fuerza por diversos secto-
res del movimiento (en especial aquellos vinculados a las redes temá-
ticas, ONG, partidos políticos, entre otros). La Cuarta Conferencia
Mundial para la Mujer convocada por Naciones Unidas, en 1995 y el
VI Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe, realizado en
Chile en 1996, se transforman en los principales hitos del período,
encarnando respectivamente cada una de esas dos estrategias globa-
les. Por último, los lazos transnacionales aparecen más fortalecidos y
relevantes en esta etapa (participación en conferencias, encuentros,
seminarios, cursos).

Finalmente, el período que se inicia en 1997 y perdura hasta el


presente constituye un momento donde los quiebres dan origen a
verdaderas fracturas entre las diversas expresiones del feminismo con-
temporáneo. Se produce así una creciente desarticulación e invisibili-
dad del feminismo en tanto actor colectivo en la esfera pública y una
consolidación de espacios y estrategias microsociales de activismo que
enfatizan la introspección. Es durante este período cuando se acen-
túa la reducción en el número de organizaciones activas, muchas de
las que habían sido creadas a comienzos de la década. Desaparecen
también las instancias y espacios que habían servido para conectar y
energizar el accionar movimientista, los Encuentros y Foros naciona-
les, instancias donde las feministas de diversas corrientes y que habi-
tualmente circulan y se desempeñan en ámbitos sin conexión entre

306
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

sí, podían interactuar, debatir y reflexionar cara a cara. Hay además


un marcado decaimiento de las acciones públicas desde una identi-
dad propiamente feminista.

Esta clasificación es, sin duda, mucho más arbitraria y esquemá-


tica que los procesos mismos. En la práctica las fronteras entre una y
otra etapa no son tajantes sino difusas, las dinámicas distintivas de
cada una de ellas siempre están enraizadas en las etapas anteriores.
Sin embargo, nos parece importante distinguir estos momentos y
enfatizar aquello que los diferencia para mostrar la evolución de pro-
cesos políticos y la dirección que ellos han adquirido para el feminismo.

1.3. Estructuras organizativas

A pesar del sentido común que pareciera imponerse respecto de


la creciente desaparición de los actores de la sociedad civil de la vida
política del país en la década de los noventa, hemos constatado que
las organizaciones feministas en ciertos ámbitos, y sobre todo duran-
te la primera mitad de la década, tendieron a aumentar en número y
variedad. Junto con ello, las diversas estrategias que ellas despliegan,
mantienen continuidades importantes respecto de lo que fueran sus
antecesoras en los años setenta y ochenta.

A partir de este estudio constatamos que las formas de organiza-


ción predominantes en el campo de acción feminista son: colectivos,
coordinadoras, organismos no gubernamentales, medios de comuni-
cación de diversa índole, redes temáticas y programas de estudios de
género. Entre estas, las primeras cuatro constituyen una continuidad
con el período anterior, en cambio, las redes y los programas de estu-
dios de género aparecen como formas organizativas más propias de
los años noventa, ya sea porque alcanzan en este momento mayor
visibilidad y reconocimiento (en el caso de las redes) o porque surgen
en estos años (en el caso de los programas de estudios). En términos
de membresía, los colectivos y las ONG son los tipos organizativos
más significativos para las trayectorias ‘movimientistas’ de las femi-
nistas entrevistadas, seguidos por las redes y coordinadoras. Por su

307
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

parte, y debido a su forma de funcionamiento y su alta especializa-


ción, los programas de estudios de género y los medios de comunica-
ción representan estructuras mucho más acotadas en términos de
participación.

Las organizaciones donde se encuentra la mayor continuidad


respecto de su estructura interna, objetivos y repertorio de acción
son los colectivos. Estos han mantenido una estructura flexible, in-
formal y no profesionalizada, promueven una gran variedad de estra-
tegias de acción incluyendo muchas no convencionales, más cercanas
a la protesta y la denuncia. Sin embargo, el sentido de estas estrate-
gias es muy distinto en el contexto actual que cuando emergen como
la forma predominante de organización feminista. En la actualidad,
estos microespacios de sociabilidad constituyen una especie de oasis
o reducto de acción colectiva en medio de un entorno profundamen-
te adverso para ello. Su tamaño reducido y el tipo de lazos que se
establece entre sus integrantes permiten que en ellos tengan lugar
procesos de construcción de identidad colectiva y vínculos sociales
(amistad y solidaridad), así como una reafirmación de un sentido de
pertenencia e identificación. Sin embargo, la persistencia de rasgos
adquiridos para un contexto político cualitativamente distinto gene-
ra una cierta pérdida de sentido para muchas de las feministas que
participan en estos espacios. Pérdida de sentido que está, de alguna
manera, asociada a la dificultad y resistencia que estas organizaciones
han tenido para transformar su repertorio de acción al nuevo escena-
rio político.

Los organismos no gubernamentales, por su parte, continúan


teniendo una gran importancia organizativa y política dentro del cam-
po de acción feminista. Como ha sido señalado, este tipo de organi-
zación, a diferencia de lo que ocurre en otros países latinoamerica-
nos, aparece como parte constitutiva del movimiento feminista des-
de sus orígenes. A lo largo de este estudio, hemos dado cuenta de las
profundas transformaciones que han experimentado las ONG en las
últimas décadas respecto de sus repertorios de acción, estrategias,
objetivos y las relaciones que mantienen con otros actores dentro y

308
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

fuera del campo feminista. Más aún, hemos querido mostrar que las
ONG deben ser entendidas como una categoría que comprende una
gran variedad de instituciones, más o menos formales y especializa-
das, con diversas estructuras internas (fundaciones, corporaciones,
sociedad de profesionales), que se diferencian además en términos de
sus objetivos, tipo de proyectos y visiones políticas. Hablar entonces
de ONG busca describir procesos complejos en un determinado sec-
tor del campo feminismo, y por lo mismo, no pretende oscurecer
esta diversidad.

Sin embargo, dentro de la heterogeneidad hemos encontrado


ciertas tendencias comunes: profesionalización y especialización, cam-
bios en la relaciones con las bases sociales y emergencia de nuevas
estrategias orientadas a incidir en la construcción de agendas públi-
cas (a nivel nacional e internacional). Durante los noventa, estas ten-
dencias convergen con los cambios en el sistema político y con las
políticas de gobierno dando lugar a un nuevo tipo de relaciones ONG/
Estado, donde estas participan más en su calidad de expertas técnicas
que como representantes políticas o actores de la sociedad civil.

Sobre el papel que han jugado las ONG feministas en América


Latina, Sonia Alvarez (2000, 2003) plantea que ellas mantienen en la
mayoría de los países de la región un carácter híbrido en términos de
su identidad y pertenencia: política y profesional. Se sienten y fun-
cionan al mismo tiempo como parte de un movimiento social y po-
lítico más amplio, y se dedican a actividades estrictamente profesio-
nales que se rigen por las lógicas de mercado y políticas imperantes
en cada país. Esta identidad híbrida produce inevitablemente tensio-
nes y confusión entre la pertenencia y compromiso individual de las
integrantes de estos organismos con una plataforma feminista (como
quiera que ella sea entendida) y las responsabilidades y requisitos que
impone una relación laboral e institucional. Impone además, un es-
cenario complejo al momento de establecer relaciones entre ONG y
otras expresiones organizativas feministas.

Estos cambios, a pesar de los debates e interpretaciones que se

309
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

han generado entre activistas y académicas, no están circunscritos a


las ONG sino que han afectado a otras estructuras organizativas. Redes
temáticas, programas de estudios de género y algunos medios de co-
municación feminista han tendido a privilegiar lo profesional/técni-
co por sobre lo político/militante.

No obstante, las transformaciones que más han suscitado deba-


te, controversia y conflicto entre feministas no son las tendencias
generales sino las que se atribuyen a las ONG exclusivamente. Di-
chas transformaciones no se limitan a las características internas an-
tes mencionadas sino que son indicativas de procesos constitutivos
del quehacer feminista en la posdictadura: esto es, la creciente dife-
renciación y jerarquización al interior del campo feminista. De acuerdo
con Alvarez, esta dinámica ocurre en la medida en que algunas orga-
nizaciones (ONG y redes, fundamentalmente) más profesionaliza-
das y especializadas, con mayores recursos técnicos y vínculos trans-
nacionales, han logrado incidir y participar en esferas públicas for-
males, adquirir reconocimiento público y visibilidad, y mejorar su
acceso a recursos; mientras otras expresiones feministas enfrentan
dificultades para acceder y ser reconocidas en la esfera pública y desa-
rrollar propuestas alternativas de incidencia política. Es este proceso
de diferenciación el que ha sido denominado, por la misma autora,
como la onegización del feminismo en América Latina.

Si existe un tipo de estructura organizativa distintiva del período


postransición en Chile, esta se presenta en los programas de estudios
de género que surgen en diversas universidades e institutos profesio-
nales a lo largo del país. Esta institucionalización en la academia fue
posible gracias a la confluencia de por lo menos tres procesos parale-
los pero interrelacionados. Primero, la apertura que se produce en las
universidades de cara al nuevo contexto democrático genera condi-
ciones favorables para que ciertos temas y prácticas que habían per-
manecido excluidos de la academia durante la dictadura logren ser
incorporadas. Segundo, la acumulación de conocimientos y experti-
cias producidos en el campo feminista y que permanecían circuns-
critos al ámbito privado, no gubernamental, y que buscaban otros

310
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

canales de expresión e institucionalización. Por último, la incorpora-


ción del pensamiento feminista en la academia ocurrida en la mayo-
ría de los países latinoamericanos y en el resto del mundo proporcio-
nó incentivos y recursos (simbólicos, materiales) para esta tarea en
nuestro país.

Los programas de género han jugado un papel muy importante


en difundir el pensamiento feminista a otras esferas de la sociedad
más allá de aquellas vinculadas estrictamente a un campo de acción
movimientista. Han servido además como una especie de correa de
comunicación inter-generacional en la medida en que muchas jóve-
nes estudiantes universitarias han tenido su primer acercamiento con
el feminismo a través de cursos ofrecidos por estos programas. Sin
embargo, y como hemos tratado de analizar en detalle a lo largo de
los capítulos anteriores, la posición de los programas de género den-
tro del campo movimientista es compleja y suscita interpretaciones
diversas entre nuestras entrevistadas. Mientras la mayoría de las aca-
démicas que integran estos programas propone que esa pertenencia
es clara y productiva, otras llaman la atención respecto de que en la
práctica existen escasos lazos entre este tipo de organizaciones y otras
expresiones orgánicas feministas. Asimismo, el uso del concepto de
género se produce al mismo tiempo que el de feminismo desaparece
de los discursos promovidos por estos programas. Así, la relación entre
el feminismo (en tanto pensamiento y movimiento) y estas instan-
cias se torna difusa, tanto para las actoras involucradas como para la
sociedad en su conjunto.

Por último, los medios de comunicación feminista si bien cum-


plen un papel importante en difundir el pensamiento y accionar fe-
minista, son el tipo organizativo que aparece más débil en cuanto a
su capacidad de consolidarse en el contexto actual. De hecho, el pe-
ríodo postransición vio emerger y desaparecer a un número relativa-
mente limitado de medios de comunicación feministas, aunque con
mayor cobertura y profesionalización que en el período anterior, con-
centrados fundamentalmente en la ciudad de Santiago. Si bien esto
puede responder a la dificultad de mantener este tipo de iniciativas

311
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

en una sociedad regida por el libre mercado y donde la cooperación


internacional ha tendido a reducir su participación, las dinámicas
internas al campo feminista también parecen incidir en este proceso.
Así, los medios emergen y se mantienen fundamentalmente en la
primera mitad de la década cuando el campo feminista atravesaba
por un momento de expansión y gran creatividad. Cuando esa etapa
llega a su fin, en medio de la profundización de conflictos y fragmen-
tación, los medios van perdiendo su base de apoyo y terminan ex-
puestos a enfrentar solos condiciones extremadamente adversas.

En síntesis, las estructuras organizativas predominantes en los


noventa se caracterizan, por una parte, por desarrollar acciones de
protesta y denuncia, pero con niveles de articulación y cobertura más
reducidos que en la década anterior. Esto es lo que sucede con la
mayoría de los colectivos y las coordinadoras. Por otra parte, en la
medida en que buena parte de la evolución organizativa feminista
puede ser caracterizada por las trayectorias de ONG, redes temáticas
o programas de género, es posible afirmar que se ha tendido a enfati-
zar estrategias de cabildeo e incidencia en agendas públicas por sobre
el activismo político clásico, privilegiando así la inclusión y partici-
pación en las esferas feministas de mujeres profesionales y/o con cier-
ta trayectoria política por sobre aquellas vinculadas a instancias de
base o con una corta trayectoria en el movimiento.

Estas tendencias reflejan los procesos de diferenciación y jerar-


quización, y al mismo tiempo generan un problema adicional en tér-
minos de la ‘reproducción’ del movimiento. En la medida en que no
existen espacios ni caminos posibles para acercar a aquellas mujeres
interesadas en el ‘feminismo’ a un campo de acción, desaparece la
posibilidad de transformar ‘malestares’ individuales en accionar polí-
tico (Guerrero y Ríos 1998). Esto resulta particularmente complejo
para la reproducción del movimiento hacia el futuro, para la inclu-
sión de mujeres de nuevas generaciones que se acercan o buscan acer-
carse al proyecto feminista. Queda pendiente entonces una reflexión
respecto de las formas, espacios y estrategias necesarias para que mu-
jeres que se han mantenido ‘fuera’ del accionar feminista pero que se

312
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

sienten convocadas por ese proyecto, puedan participar e involucrar-


se en las diversas expresiones del feminismo actual.

Analizando la evolución organizativa desde una dimensión geo-


gráfica, encontramos que entre las tres ciudades estudiadas, Santiago
cuenta con el mayor número y diversidad de organizaciones, tanto
durante la década de los ochenta como en el período actual. En esa
ciudad se encuentran colectivos de las distintas corrientes e identida-
des (autónomas, populares, de mujeres jóvenes, de mujeres lesbia-
nas) y la mayor cantidad de ONG feministas y programas de género.
Es también donde se crean los medios de comunicación feministas
de la década y donde se localizan las coordinaciones de las redes na-
cionales y latinoamericanas asentadas en Chile. Santiago es seguida
por Concepción en cuanto a la densidad de organizaciones existen-
tes, mientras que Valparaíso cuenta con el menor número de organi-
zaciones entre las ciudades estudiadas.

En general, y teniendo presente las diferencias entre cada una de


las ciudades, a mediados de la década muchas de las organizaciones
desaparecen. Llama la atención el caso de Concepción, donde a dife-
rencia de lo que ocurre en Santiago y Valparaíso, prácticamente no se
encuentran organizaciones feministas en los años ochenta, por lo que
es posible hablar de un campo de acción feminista solo después del
retorno a la democracia.

¿Qué nos dice esto respecto de nuestra interpretación colectiva


sobre la historia reciente del feminismo en Chile? Ante todo, que el
período que ha sido identificado como fundacional, caracterizado
por el contexto dictatorial y la lucha por reconquistar la democracia,
no lo es en todo el país. En el futuro, y para intentar profundizar
nuestro entendimiento de la evolución de los movimientos sociales
en las últimas décadas, es preciso realizar estudios en profundidad
que examinen las condiciones y trayectorias movimientistas en el res-
to del país. Esto permitiría analizar los datos actuales desde una pers-
pectiva verdaderamente ‘nacional’.

313
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

a. De la movilización al lobby: transformación


de las estrategias políticas

La heterogeneidad que caracteriza al campo de acción feminista


también tiene un correlato en las estrategias políticas y el repertorio
de acciones que hoy son utilizados para promover la variedad de ob-
jetivos que forman parte de los proyectos feministas. Mientras en
décadas pasadas, los movimientos sociales (y las expectativas respecto
de ellos) transitaban entre la movilización política, la protesta calleje-
ra, el desarrollo personal, la educación popular y otras formas de tra-
bajo de base, en la actualidad la gama de acciones y estrategias se
multiplica. No se trata solamente de una explosión de heterogenei-
dad o la ampliación inocua de estrategias sino de claras tendencias
que han implicado el abandono de algunas formas de acción para
privilegiar otras.

Como lo hemos señalado, en la actualidad, la mayoría de las


organizaciones que componen este campo de acción han transitado
de la movilización política hacia una variedad de estrategias que bus-
can ir mas allá de la protesta y de la denuncia y generar propuestas
concretas para desmantelar las desigualdades de género: producción
de conocimientos, cabildeo político para incidir en las agendas pú-
blicas e institucionales dentro y fuera del país, intermediación entre
el Estado y la sociedad a través de la ejecución de proyectos y progra-
mas sociales, entre otras.

Sin embargo, el resultado de estas nuevas estrategias ha sido con-


tradictorio para el feminismo. Por una parte, redunda en logros en el
ámbito de la construcción de agendas (leyes, programas, cuotas, con-
venios, resoluciones) en la incorporación de nuevas ideas y propues-
tas en los debates públicos y, por otra, se traduce en la debilidad para
convocar y abrir canales de participación democrática para sectores
más amplios de mujeres y para generar lazos estables con otros acto-
res sociales y políticos. Se trata de una dificultad para impulsar la
movilización política desde la sociedad civil, proceso que a su vez
debilita las perspectivas futuras para incidir en las agendas, en la

314
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

sociedad. En otras palabras, aunque se logra impactar las políticas, se


enfrentan crecientes dificultades para incidir en lo ‘político’ entendi-
do en términos más amplios. Asimismo, mientras se produce un cam-
bio desde el trabajo de base con mujeres hacia uno orientado a las
esferas político institucionales, se debilitan fuertemente los canales
de comunicación e información por y para la sociedad civil; la infor-
mación, conocimientos, discursos y articulaciones entre feministas
permanecen reservadas para las ‘iniciadas’. Aparece entonces como
una red o campo de acción que se construye y fortalece entre mujeres
que de algún modo participaron de la reemergencia del feminismo
en décadas pasadas, dificultando el ingreso tanto de nuevas genera-
ciones de mujeres como de aquellas con trayectorias y procedencia
distinta. De la misma forma, estos cambios en las estrategias políticas
inciden también en la capacidad para ‘representar’ de las organiza-
ciones feministas. En la medida en que se debilitan los vínculos con
las bases sociales y las esferas movimientistas, se desdibuja el carácter
representativo que muchas organizaciones dicen tener.

A pesar de estas apreciaciones contradictorias en torno a los cam-


bios de estrategias, ellas no deben ser entendidas como alternativas
dicotómicas o polos opuestos (movimientismo y advocacy), ni se debe
asumir que, con ese carácter, se han extendido a todo el campo femi-
nista. Un grupo importante, quizá mayoritario, de feministas adhie-
re y utiliza elementos de ambas estrategias de acción. Es el caso de los
grupos que se incorporan al campo feminista en los noventa desde
una identidad generacional, los grupos de feministas populares, de
eco-feminismo, aquellos que no adhieren a ninguna corriente o iden-
tidad específica, así como una mayoría de feministas independientes
(o ‘sueltas’ como algunas se autodefinen) insertas en distintos espa-
cios laborales, culturales y sociales desde los cuales intentan incidir
en el cambio en las relaciones entre mujeres y hombres.

Esto lleva a reconocer que el debilitamiento del accionar movi-


mientista feminista no debe ser atribuido exclusivamente a la priori-
zación de la estrategia de advocacy o al rol jugado por un tipo de
estructura organizativa (habitualmente las ONG). Este es, precisa-

315
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

mente, el discurso predominante entre las feministas entrevistadas –


que termina atribuyendo todos los males y problemas que enfrenta el
feminismo a la preeminencia de esta estrategia–. Nuestra visión es
que la adopción de una estrategia de advocacy no es, en ningún caso,
neutra respecto del decaimiento de otras formas de intervención en
lo público, y que de hecho se ha convertido en una herramienta po-
lítica que ha permeado el quehacer feminista en su conjunto ocupan-
do así parte de los recursos, tiempos y energías que antes habían sido
dedicadas a otras estrategias. Sin embargo, esto no significa que sea la
estrategia en sí misma ‘la causa’ del decaimiento de otras formas de
accionar. Las explicaciones, por el contrario, deben ser buscadas en
las opciones y procesos que han generado esta transformación más
general de incidencia en lo público, incluyendo por cierto, los cam-
bios políticos dentro y fuera del país que promueven la labor técnica/
profesional de los actores de la sociedad civil, al mismo tiempo que
deslegitiman su carácter político.

En lo que respecta a la propia estrategia de advocacy, es necesario


señalar que su influencia en el decaimiento del accionar movimien-
tista tiene directa relación con el proceso de jerarquización interna
que se produce al interior del movimiento feminista. Esto es, al acce-
so a recursos materiales y discursivos dentro del campo de acción
feminista, a través del cual quienes asumen esta estrategia son quie-
nes poseen mayores recursos materiales (infraestructura y apoyo eco-
nómico de las agencias de cooperación) y quienes han avanzado más
la profesionalización de su accionar en el período, lo que sirve de
sustento y legitimación a sus prácticas. Junto con ello, quienes man-
tienen una estrategia de carácter movimientista, tienen menos acceso
a recursos económicos y materiales (lo que está dado en parte impor-
tante por la falta de apoyo de la cooperación a este tipo de acciones)
y han mantenido una forma de producción intelectual y quehacer
político que no es fácilmente transferible a las lógicas imperantes en
la sociedad chilena actual.

Influyen también elementos propios de la orgánica feminista en


el período, tales como la falta de análisis y adecuación de las estrategias

316
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

al nuevo contexto político, con el descentramiento y creciente hete-


rogeneidad del accionar y pensamiento feminista. La desarticulación
tiene que ver en un sentido más profundo con la ausencia de un “eje
articulador” o “hilo conductor”, es decir, la falta de proyectos políti-
cos, éticos y culturales que permitan convocar y encantar a las femi-
nistas. Proyectos que permitan además definir ejes y estrategias de
acción política. La claridad del contenido antiautoritario, esencial-
mente opositor del feminismo de los años ochenta, no parece haber
dado paso en los noventa a otras propuestas que adquieran el mismo
grado de hegemonía entre las feministas.

Por otra, la organización en pequeños grupos, muchos de ellos


dedicados a la reflexión, expresan búsquedas más individuales, for-
mas de actuar que se acomodan a las preferencias personales y que
parecen estar más acotadas a ciertos ámbitos de la vida personal. Se
intenta que estas modalidades de participación sean compatibles con
las exigencias laborales (cada vez más mujeres se incorporan de ma-
nera permanente al mercado de trabajo), con la creciente demanda
de formación/actualización profesional y con las responsabilidades
familiares; en definitiva, se relaciona con una forma de entender la
participación social como parte de un proyecto de vida más amplio
conformado por ámbitos a los que se asigna similar importancia. Si
bien estos grupos o colectivos tienen pocas vinculaciones entre sí o
con otros actores sociales y políticos, reduciendo con ello sus posibi-
lidades de proyección y visibilidad pública, constituyen uno de los
pocos microespacios de resistencia a la tendencia desmovilizadora que
parece imponerse en la sociedad chilena.

b. Diversificación, ampliación y descentramiento

El movimiento feminista actual ha recorrido una larga travesía


desde sus inicios en la década de los setenta. Nace durante uno de los
períodos más difíciles de nuestra historia, en un contexto de autorita-
rismo militar, represión política y crisis económica mediante la crea-
ción de pequeños grupos muy homogéneos en términos de su com-
posición, repertorios de acción y propuestas ideológicas, concentrados

317
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

fundamentalmente en la ciudad de Santiago. Emerge, además, como


un proyecto ideológico vinculado a la izquierda y a la lucha por re-
conquistar la democracia. En el Chile actual, sin embargo, hablar de
feminismo requiere hablar en plural, de una gran gama y diversidad
de formas de organización, de repertorios de acción, de corrientes de
pensamiento e identidades políticas, de múltiples espacios y ámbitos
donde transcurre la política movimientista.

Una creciente diversificación, pluralidad y heterogeneidad ca-


racteriza el campo de acción feminista. Feminismo que deja de estar
circunscrito a la capital y se expande a diversas ciudades y regiones de
país. Que ya no puede ser entendido como la suma de pequeños
colectivos preocupados exclusivamente por la movilización política y
los procesos de autoconciencia, sino que incluye ONG, redes temáti-
cas, programas de estudios de género, medios de comunicación, coor-
dinadoras, y toda una amplia gama de espacios e instancias construi-
das por las feministas para desarrollar una inmensa variedad de ac-
ciones y estrategias.

De allí que lo que caracteriza al feminismo actual sea la ausencia


de un centro único de gravitación, tanto en términos territoriales,
orgánicos, estratégicos, ideológicos como discursivos. El campo de
acción feminista enraizado en la sociedad civil se extiende hacia los
espacios político institucionales y trasciende las fronteras nacionales.
Las preocupaciones de las feministas ya no pueden ser contenidas en
una plataforma única, la democracia y el ámbito político representan
solo una pequeña parte de aquello que las convoca y orienta su accio-
nar. Las feministas de hoy se organizan y actúan por los derechos
reproductivos y sexuales, para erradicar la violencia de género y la
pobreza, por los derechos humanos, el medio ambiente, el derecho a
la educación. Sus identidades políticas siguen siendo heterogéneas y
múltiples, pero ellas se tornan por primera vez en la historia explíci-
tas respecto de su multiplicidad. El feminismo chileno de hoy es pro-
ducto de la suma: feministas + populares + lésbicas + indígenas + jóve-
nes + autónomas + sueltas + de la diferencia + de la igualdad + socialis-
tas + una infinidad de otras adscripciones, corrientes e identidades.

318
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

1.4. Dimensión individual

Conocer y comprender a quienes se autoidentificaban como fe-


ministas en el Chile postransición fue uno de nuestros objetivos.
¿Quiénes son las feministas hoy? ¿Quiénes componen este movimiento
y dan vida a las organizaciones y estrategias que acabamos de descri-
bir? Los resultados de nuestra investigación señalan que existe una
gran continuidad respecto del tipo de persona que es convocada por
un discurso (ideales) feminista; las feministas de hoy no difieren
significativamente en términos sociales de las feministas de ayer.

Las mujeres que se reconocen como feministas son en general


adultas, con altos niveles educacionales, que en su mayoría trabajan
en forma remunerada y de manera estable, especialmente en ONG y
en instituciones estatales, y proceden de sectores socioeconómicos de
clases medias. La mayoría de ellas ha residido fuera del país en algún
momento de sus vidas, particularmente producto de una experiencia
de exilio político durante la dictadura. Esto nos permite entender la
importancia que han tenido las relaciones e influencias de personas y
discursos fuera del país en la conformación del campo de acción fe-
minista en Chile.

Otra constatación importante se refiere a las trayectorias organi-


zativas de las mujeres que se definen como feministas, las cuales con-
tradicen el sentido común que afirma que la militancia feminista
habría desaparecido después de la transición. Al momento de realizar
nuestras entrevistas, cerca de un 30 por ciento de las feministas de-
claró estar participando en algún tipo de organización feminista, un
tercio de las mujeres mayores ha participado en estas organizaciones
en forma ininterrumpida desde los años ochenta hasta los noventa y
la mayoría de las mujeres jóvenes ha participado solo durante los
años noventa. Una mayoría de aquellas que componen el 70 por ciento
restante, se desempeña laboralmente en ONG, programas de género
u otras instancias formales dedicadas a trabajar por el avance de la
condición de la mujer, otras dicen ejercer su militancia en forma in-
dividual sin formar parte de una organización, mientras que otras lo

319
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

hacen a través de su producción artística y cultural. En síntesis, la


militancia feminista no se limita a la participación en estructuras ex-
plícitamente organizadas para ese objetivo, sino que se expande hacia
una variedad de esferas políticas, sociales y culturales.

La vocación militante de las feministas tampoco se restringe al


campo feminista, ya que las mujeres entrevistadas muestran una mar-
cada inclinación hacia la acción colectiva, la militancia social y polí-
tica. La mayoría de quienes componen este campo de acción partici-
pa o ha participado por largos períodos de su vida en organizaciones
de diversa índole fuera de la esfera feminista: partidos políticos, mo-
vimientos estudiantiles, organizaciones de derechos humanos, sindi-
catos, organizaciones ambientalistas, entre otras. En estas trayecto-
rias, la militancia en partidos políticos aparece especialmente desta-
cada, concentrando altos niveles de participación. Las relaciones que
establecen las entrevistadas entre la militancia en partidos políticos y
organizaciones feministas adoptan tres patrones o tipos principales:
doble militancia, militancia consecutiva y militancia exclusiva, esta
última preferentemente en organizaciones feministas.

Es importante destacar también el hecho de que para un grupo


significativo de feministas la militancia partidaria ha constituido una
experiencia anterior a la militancia feminista, lo cual expresa el valor
que adquieren los partidos políticos como instancias de aprendizaje
en términos de habilidades de comunicación, de gestión y planifica-
ción de la acción colectiva y de construcción de referentes identita-
rios. De hecho, la militancia exclusiva en organizaciones feministas,
como lo ilustran algunas biografías, no supone un rechazo a priori
hacia los partidos políticos.

¿Qué ha ocurrido entonces con la tan cuestionada relación entre


feministas y partidos, con el debate en torno a la autonomía y la
doble militancia? A nuestro entender, la trayectoria de las feministas
en Chile nos indica que estos debates no implicaron un quiebre orgá-
nico con los partidos, sino más bien un reposicionamiento dentro y
respecto de ellos. Así, encontramos que uno de los patrones más

320
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

comunes en las trayectorias políticas de las feministas, ha sido justa-


mente la cuestionada doble militancia. En este sentido, la crítica fe-
minista a los partidos debe entenderse más como un debate ideológi-
co discursivo en torno a estrategias y énfasis políticos y no necesaria-
mente como una opción por hacer política prescindiendo de ellos.

Desde otra perspectiva, la relación que aún se mantiene entre


militancia feminista y partidaria en Chile es expresiva de lo que fuera
uno de los ejes constitutivos del proyecto feminista; esto es su vincu-
lación con el socialismo en tanto pensamiento y proyecto político.
Las feministas chilenas, las que protagonizaron la reemergencia del
movimiento en décadas pasadas y las que se incorporan en los noven-
ta, han estado vinculadas a un tipo de partido político y proyecto
ideológico específico, estos son los partidos de izquierda y el proyec-
to que ellos proponen para la sociedad chilena. A pesar de las ‘derro-
tas’, transformaciones y renovaciones de la izquierda, y de la conflic-
tiva relación entre feministas y partidos, este vínculo se ha manteni-
do incluso cuando se ha optado por la militancia feminista exclusiva.
Militancia partidaria y feminista aparece entonces como una con-
junción que atraviesa este campo de acción, no solo en términos
orgánicos sino también ideológicos. Sobre este punto se discutirá
más adelante.

Por último, queremos resaltar que si bien ha existido una persis-


tente crítica a los gobiernos de la Concertación y a la democracia de
manera más general por parte de las feministas, en la práctica no ha
ocurrido una desafección masiva de ellas con respecto de la política
institucional. La inmensa mayoría de feministas, especialmente aque-
llas que pertenecen a la generación que inicia su recorrido en los
ochenta, siguen militando en partidos políticos y participando, a pesar
de su discurso, masivamente en los procesos electorales. Esto expresa
la permanencia de algunas características de la cultura política del
país y a la necesidad de una interpretación más crítica respecto del
sentido de las transformaciones que se han producido. Nuestros re-
sultados señalan que si bien la desafección es una realidad en el Chile
actual, ella no tendría las mismas dimensiones ni sentidos para toda

321
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

la población y que, por tanto, debe ser analizada a partir de la expe-


riencia de las múltiples posiciones e identidades que conforman la
polis.

1.5. Marcos de sentido

No solo se han transformado las dinámicas organizacionales, los


repertorios de acción y las estrategias políticas, sino también las ideas,
los marcos interpretativos que orientan dicho accionar. Se han modi-
ficado los proyectos ideológicos, se han incorporado nuevos concep-
tos e ideas y se han abandonado otros.

a. Feminismo y la izquierda: cambios en una relación conflictiva

La cercanía entre feminismo y un proyecto de izquierda ha sido


caracterizada como uno de los ejes constituyentes de la identidad
feminista en América Latina, sobre todo cuando se compara con sus
contrapartes en el norte del continente y Europa (Sternbach et al.
1992; Churchryk 1984, 1991; Alvarez et al. 2002; Vargas 1998). El
feminismo chileno que emerge en la década de los setenta no es la
excepción, ya que nace como un proyecto fundamentalmente socia-
lista. Transcurridas más de dos décadas, en un marco de profundas
transformaciones políticas e ideológicas en el ámbito mundial, hoy
es posible encontrar continuidades significativas a la par de cambios
sustantivos en esta relación. En los setenta, las feministas buscaban
formas de integrar la teoría y la práctica de la doble subordinación
(de clase y género) para construir un proyecto político coherente con
las aspiraciones de la izquierda de ese momento: construir una socie-
dad socialista. Su discurso hablaba de utopías y revoluciones, de trans-
formar el mundo y de la necesaria e inherente conexión entre femi-
2
nismo y socialismo. Julieta Kirkwood resumía la esencia del proyecto
feminista de la época: “Cuando pedimos democracia en el país y en la

2
Recordemos el eslogan utilizado por el Movimiento Feminista en las jornadas
de protesta nacional en 1983: “El feminismo es libertad, socialismo y mucho
más” (Crispi 1987, p. 57).

322
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

casa queremos simplemente significar que el socialismo puede empe-


3
zarse a realizar en la casa”.

En el contexto actual, no obstante, este tipo de certezas ideológi-


cas son escasas. La izquierda se ha venido transformando de tal ma-
nera que resulta difícil identificar sus principales contenidos y carac-
terísticas. El feminismo, por su parte, ha devenido en feminismos con
múltiples corrientes y propuestas, con conexiones ideológicas diver-
gentes que a menudo se mantienen subyacentes e implícitas. Así,
parece más apropiado entender la conexión entre feminismo e iz-
quierda en forma fluida, como proyectos múltiples y heterogéneos.
Cabe preguntarse entonces, ¿qué sentido tiene hoy este vínculo más
allá de una conexión meramente orgánica (ya debilitada como he-
mos planteado)? ¿Cuáles son los puntos de encuentro, los ejes argu-
mentativos comunes, el proyecto de cambio propuesto a la sociedad?

Primero, el feminismo se enfrenta a las mismas incertidumbres y


desafíos que interpelan a la izquierda en el mundo de hoy. Se trata
nada menos que de volver a pensar las utopías considerando los apren-
dizajes de las últimas décadas y de cara a sociedades profundamente
distintas. Esto no significa que los caminos de feministas y la izquier-
da sean equivalentes. El feminismo (las feministas) deben además
repensar su propia identidad en relación a la izquierda y los ideales
que antaño parecían su patrimonio (igualdad social y económica,
extensión de la participación política, privilegio por las clases explota-
das en la lucha política, entre otras). Esta redefinición requiere nece-
sariamente de una introspección crítica respecto de los vínculos ideo-
lógicos entre el feminismo y otras corrientes de pensamiento que
aparecen hoy centrales en la plataforma de algunos sectores dentro
del movimiento; tal es el caso de los ideales liberales que sirven de
sustento para propuestas como la ‘igualdad de oportunidades’.

3
“Tiempo de Feminismo” preparado para “Chile en los ochenta”, encuentro
de la Convergencia Socialista realizado en junio de 1983, publicado como
editorial de la revista Furia no 3, julio 1983 y reproducido en Crispi 1987, p. 46.

323
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Por otra parte, el alejamiento (e indefinición en algunos casos)


discursivo de las propuestas propiamente socialistas ha tenido como
corolario el abandono del discurso de clase que ocupara un sitio pri-
vilegiado en la producción intelectual y el quehacer político feminis-
ta en décadas pasadas. Este distanciamiento tiene implicancias teóri-
cas y estratégicas: desaparece como preocupación central del proyec-
to feminista analizar y desmantelar la doble dominación de clase y
género, y se debilita la vocación de trabajo con mujeres de sectores
populares. Así, la desigualdad económica, los efectos del modo de
producción en el que vivimos, y la experiencia específica de las muje-
res de las clases más perjudicadas por ese sistema, estarían hoy ausen-
tes de los discursos feministas hegemónicos. Esto no significa que
estas preocupaciones hayan desaparecido totalmente, ni que se haya
abandonado del todo el trabajo de base con mujeres populares, sino
que han dejado de ocupar una posición central para el ‘movimiento’.
Quienes mantienen un trabajo de base con mujeres de sectores po-
pulares son sectores (y discursos) que logran escasa visibilidad públi-
ca, tanto en el campo feminista como en la sociedad en general.

En síntesis, el vínculo entre feminismo e izquierda en el Chile de


hoy pareciera remitirse a una cercanía orgánica crecientemente debi-
litada en términos políticos (debilidad de lo que fuera la doble mili-
tancia, alejamiento de la labor partidista propiamente tal, desafec-
ción), y a un escaso sustento ideológico. El feminismo socialista de
ayer pareciera persistir solo en una dimensión simbólica, en la forma
en que las protagonistas interpretan su identidad política. Sin embar-
go, parte importante de la producción intelectual y de la práctica
política concreta de las feministas de hoy se desenvuelve a partir de
discursos y proyectos ideológicos que poco tienen que ver con ‘idea-
les socialistas’. Si bien esto puede ser explicado por la crisis más gene-
ralizada por la que atraviesan los proyectos socialistas, nos parece que
es producto también de la falta de reflexión por parte de las feminis-
tas respecto de sus transformaciones ideológicas. Queda pendiente
entonces la tarea de desentrañar las nuevas conexiones ideológicas y
reinterpretar las herencias de antaño a la luz de nuestra experiencia
contemporánea.

324
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

b. El debate sobre la autonomía: ¿de qué estamos hablando?

En la década de los noventa surgen por primera vez en la historia


del pensamiento feminista chileno corrientes o tendencias ideológi-
cas propiamente tales. Es después de la dictadura, y especialmente
durante la primera mitad de la década, cuando aparecen los feminis-
mos ‘con apellidos’: eco-feministas, feministas populares, lésbicas,
autónomas. Sin embargo, esta última corriente/identidad es la única
donde la producción intelectual está acompañada de expresiones or-
gánicas propiamente tales y que logra además un impacto significati-
4
vo en los debates y espacios feministas durante el período.

El impacto del discurso de la autonomía ha alcanzado resonan-


cia internacional y ha sido capaz de promover cambios en los pará-
metros que orientan el debate feminista en América Latina en la dé-
cada de los noventa. A pesar de esta importancia, poco se ha escrito
desde una perspectiva académica respecto de los contenidos que dan
forma a esta corriente. Por ello, hemos querido dedicar parte de las
conclusiones al análisis de la autonomía como corriente de pensa-
miento.

El feminismo autónomo surge durante el proceso de transición,


en medio de los debates y cambios experimentados por el movimien-
to para encarar el nuevo contexto político. Nace inicialmente en re-
acción a la forma en que algunos sectores feministas se incorporaban
al proceso político, a las estrategias seguidas por aquellas feministas
vinculadas más estrechamente a la coalición que llegaría a conformar
5
el nuevo gobierno. Como hemos argumentado, el uso del concepto
de autonomía a comienzos de la década de los noventa aparece como
una continuidad respecto de los debates que habían sido constitutivos
de la política feminista chilena de la primera ola, y que aludía a las

4
Si bien el eco-feminismo también tiene una producción intelectual, presenta
una escasa incidencia organizacional.
5
Para una discusión detallada respecto del desarrollo de esta corriente ver los
capítulos 1 y 2.

325
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

esferas y formas de hacer política y a la relación con los partidos po-


líticos en particular. En los años noventa, las feministas que ini-
cialmente son convocadas por el discurso de la autonomía tienen
trayectorias diversas. Por un lado, estaban quienes tenían una doble
militancia en partidos de izquierda que se mantenían fuera del con-
glomerado de gobierno; muchas de ellas habían dejado su militancia
partidaria, pero seguían compartiendo la necesidad de profundizar
los cambios políticos y socioeconómicos en el país. Por el otro, un
sector minoritario en términos numéricos, pero con creciente influen-
cia política, provenía de una experiencia de militancia feminista ex-
clusiva.

Estas tendencias y trayectorias confluyen especialmente en torno


a la organización de los primeros Encuentros Nacionales. De este
modo, el discurso de la autonomía comienza a ser resignificado, reins-
talado en el centro del escenario político feminista. ¿A qué aludía el
concepto de autonomía entonces? La respuesta no es simple. Mien-
tras a comienzos de la década el discurso autónomo enfatiza las di-
mensiones estratégicas (las alternativas más apropiadas para impulsar
las demandas feministas), a medida que se agudizan las diferencias
entre feministas el tono del debate se transforma y el discurso se re-
fiere más a los espacios específicos desde donde se hace política femi-
nista (qué significa ser feminista y dónde se puede actuar como tal),
para llegar a un planteamiento donde surge con fuerza una dimen-
sión teórica que relaciona la autonomía a las formas de comprender
las relaciones entre los sexos, la estructura misma del sistema sexo-
género. Esta pluralidad de sentidos, que no obedece solo a una cues-
tión cronológica, es expresión de la variedad de contenidos y acep-
ciones que el feminismo autónomo siempre ha albergado.

En la actualidad, coexisten diversas tendencias, algunas con ex-


presiones orgánicas concretas y otras que se constituyen en el ámbito
discursivo. Encontramos así argumentos estratégicos que siguen cues-
tionando la validez (utilidad) de la estrategia de advocacy/institucio-
nalización, que evalúan sus resultados como nocivos para el movi-
miento y que advierten respecto de los peligros que ella tiene para el

326
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

proyecto feminista. Aquí se trata de cuestionar la posibilidad de pro-


mover cambios en el sistema patriarcal a través de la intervención del
Estado u otras esferas de poder institucional. Vinculado a esto apare-
ce un discurso que mantiene cierta continuidad con propuestas his-
tóricas y que enfatiza la crítica al capitalismo como sistema de domi-
nación donde se vincula y exacerba la dominación patriarcal. En esta
segunda tendencia, la crítica enfatiza el nexo entre las políticas de
gobierno y el neoliberalismo y advierte sobre los peligros de la globa-
lización. Una tercera tendencia, si bien concuerda con las críticas
estratégicas, enfatiza sus discrepancias teórico ideológicas respecto de
las propuestas que buscan alcanzar la igualdad entre los sexos. Desde
esta visión, buscar la igualdad no es otra cosa que imponer una forma
distinta de dominación bajo el sello de la masculinidad. Los esfuer-
zos por incidir en las agendas estarían produciendo una readecuación
del sistema patriarcal a los nuevos tiempos, pero no su eliminación.
Así, esta crítica propone fortalecer los espacios, identidades y la cul-
tura de las mujeres como la única forma de resistir al patriarcado.

La diversidad de tendencias que conforman el feminismo autó-


nomo comparten en su base un fuerte cuestionamiento de la socie-
dad contemporánea, del régimen político y el rol que muchas femi-
nistas han jugado y juegan en diversas esferas de la vida nacional. El
discurso de la autonomía conjuga, si bien no siempre en forma explí-
cita y coherente, algunas de las preocupaciones socialistas que inspi-
raban el proyecto feminista en décadas pasadas y así intenta reposi-
cionar un discurso de clase en el debate feminista, con otras más
cercanas al feminismo radical y cultural que emerge en países del
norte y que enfatiza la especificidad de la experiencia/cultura femeni-
na y los espacios de y para las mujeres. Sin embargo, su trayectoria en
la década pasada ha demostrado que la rigidez y sectarismo con que
se han planteado estas propuestas han redundado en su fragmenta-
ción interna e incapacidad de establecer diálogos con otras expresio-
nes feministas. Queda pendiente entonces un análisis que permita
constatar el grado en que sus propuestas han permeado los discursos
y prácticas feministas más allá de su círculo de adherentes.

327
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

Otro aspecto importante de destacar respecto del desarrollo de la


corriente autónoma en Chile, es que su rechazo categórico a una es-
trategia de incidencia en agendas públicas (advocacy), y los quiebres
que ello produce entre las feministas, es un fenómeno que se aprecia
especialmente entre las feministas de Santiago. En el caso de las otras
ciudades abordadas en este estudio, no es posible distinguir un sector
de feministas que adhiera explícitamente a la corriente autónoma y
que se plantee de manera tajante en contra de la incidencia en las
agendas públicas. Las feministas de Valparaíso y Concepción señalan
que la disputa entre autónomas e «institucionales» es un fenómeno
de las feministas de Santiago, que en ocasiones fue trasladado a otras
ciudades, percibiéndose ellas más bien como espectadoras del mis-
mo. No obstante, esto no significa que dicho fenómeno no las haya
afectado, ya que la fragmentación que siguió a la agudización de las
diferencias entre estas posturas, así como las dificultades para cons-
truir espacios de articulación y construcción de propuestas, terminó
afectando también a las feministas fuera de la capital o al movimien-
to en su conjunto.

Por último, cabe preguntarse a qué se debe la fuerza que adquie-


re esta corriente, y el debate polarizado que propone, respecto de
estrategias políticas para el movimiento. Pregunta relevante sobre todo
si consideramos que estas discusiones no son específicas al contexto
chileno, sino que están presentes en buena parte de los debates femi-
nistas en América Latina, sin que ellos adquieran -por cierto- la cen-
tralidad e impacto que muestran en Chile.

A nuestro entender, esta centralidad no se explicaría por una tra-


dición intelectual distintiva en el caso chileno (presencia/importan-
cia de corrientes de feminismo radical diferentes que las de otros paí-
ses, por ejemplo), sino por la imbricada malla de relaciones entre el
campo feminista y los partidos políticos, por las características del
proceso de transición así como la existencia de liderazgos significati-
vos en esta corriente. La relación entre feministas y políticas se ve exa-
cerbada por la coyuntura transicional. La transición a la democracia
en Chile, a diferencia de lo que ocurre en otros países de la región,

328
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

implica el ascenso al poder de una coalición que incluye a partidos de


izquierda en los cuales militaba un sector importante de feministas.
Así, la relación de las feministas con el nuevo Estado/gobierno de-
mocrático y con las políticas que este impulsa sobre la mujer, implica
una cercanía mayor y más compleja que en otros países; relación que
conforma una verdadera malla de conexiones personales, profesiona-
les y político partidarias.

Estas condiciones tensionan el debate al interior del movimien-


to. Presionan al máximo las diferencias históricas entre feministas
generando un ambiente de alta polarización (políticas vs. feministas;
feministas que militan en partidos de la Concertación vs. feministas
que militan en partidos de izquierda extra Concertación). Así, las
discusiones sobre la creación del Sernam o la participación en la Con-
ferencia de Beijing, estaban cargadas de animosidades y quiebres his-
tóricos respecto de si participar o no en el plebiscito convocado por
la dictadura, apoyar o no a la Concertación en las elecciones presi-
denciales, excluir o no a las comunistas, firmar o no el documento
“Demandas de las mujeres a la democracia”. Al combinar esto con
algunos liderazgos destructivos, una buena dosis de sectarismo y falta
de reflexividad, la intervención interesada del Estado y de las agen-
cias financistas, desigualdad en el acceso a recursos, contactos y legi-
timidad política, se generan las condiciones necesarias para un cre-
ciente debilitamiento de los vínculos y espacios movimientistas.

c. Otros marcos de sentido

Identificar (nombrar) otros discursos y propuestas teórico ideo-


lógicas es una tarea enormemente compleja y tentativa, especialmen-
te considerando que más allá de aquellas corrientes que hemos men-
cionado a lo largo de este trabajo (autonomía, eco-feminismo, femi-
nismo popular) no hay otros sectores que manifiesten una adhesión
explícita respecto de sus identidades políticas. Más importante que
eso es el hecho de que la inmensa mayoría de feministas no se siente
interpretada ni adhiere a ninguna de estas corrientes; su identidad
sigue estando ligada a la idea de feminismo como proyecto global.

329
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

¿Cuáles son los discursos que las interpretan y que orientan sus acciones?

Una corriente que ha logrado influenciar parte importante de


los discursos y estrategias de feministas ubicadas en diversas esferas y
ámbitos organizativos, y que alcanza el mayor impacto en la sociedad
política y civil más allá del feminismo, se refiere al discurso de dere-
chos inspirado en ideales liberales de igualdad. Estos ideales se con-
vierten en el marco básico que informa los procesos internacionales
de incorporación y promoción de las mujeres como grupo objetivo
de políticas, programas, convenios. Es este discurso el que sustenta
buena parte del movimiento feminista transnacional y las redes, cam-
pañas y discursos que de él provienen. Este discurso de los derechos
pasa a constituirse en uno de los marcos de sentido más influyentes
en el feminismo contemporáneo, lo que permite entender la impor-
tancia que adquieren las propuestas inspiradas en sus planteamientos
en el contexto chileno actual. A pesar del fuerte rechazo que este tipo
de argumentos producía en amplios sectores feministas durante dé-
6
cadas pasadas, hoy es posible asegurar que este discurso se ha trans-
formado en la corriente dominante o hegemónica en el campo femi-
nista. Discurso de derechos que ha permitido que el feminismo chi-
leno se reencuentre con el liberalismo que había inspirado parte de
las luchas sufragistas en la primera mitad del siglo XX.

A pesar de su preeminencia, esta corriente no tiene expresiones


orgánicas explícitas en el contexto chileno, ni tampoco existe una
producción teórica significativa dedicada a elaborar un pensamiento
feminista-liberal nacional. Se constata así un vacío que dificulta ade-
cuar discursos y propuestas desarrolladas en otros contextos. Vacío
que además, aumenta la hegemonía discursiva que ha logrado la

6
Julieta Kirkwood (1986, p. 69) escribía a comienzos de los ochenta: “el femi-
nismo rechaza la posibilidad de realizar pequeños ajustes de horarios y de
roles al orden actual, pues eso no sería otra cosa que la inserción en un ámbi-
to-mundo ya definido por la masculinidad ... La incorporación de las mujeres
al mundo será para el movimiento feminista un proceso transformador del
mundo”.

330
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

corriente autónoma en los espacios movimientistas toda vez que no


se articulan públicamente contrapartes teóricas, orgánicas o discursi-
vas para sus posturas.

Otra corriente de pensamiento aparece articulada desde una pers-


pectiva de crítica cultural, representada por académicas como Nelly
Richard y Raquel Olea, entre otras. Si bien, esta corriente no tiene
una expresión orgánica, ha logrado una resonancia importante en
círculos académicos e intelectuales y en feministas jóvenes, en parti-
cular. Desde esta línea se reiteran y profundizan muchas de las críti-
cas presentes en el discurso autónomo y en las voces feministas más
en general. Por ejemplo, la oposición del feminismo al modelo eco-
nómico, la democracia restringida y la cultura política elitista enca-
bezada por los partidos. En este grupo de intelectuales encontramos
un marcado énfasis en la producción de pensamiento y teoría crítica
desde y sobre lo cultural, más que desde lo político entendido en un
sentido restringido (el sistema político institucional). Así, la transi-
ción aparece definida por sus carencias e imposiciones, señalada como
la post dictadura para enfatizar la continuidad en lo político y lo
cultural entre el autoritarismo y el régimen que se impone desde 1990
(Richard 2001).

Por último, desde esta corriente también se manifiesta con fuer-


za una crítica a los supuestos de igualdad que sustentan los discursos
oficiales sobre la mujer y parte importante del quehacer feminista en
la década. Inspiradas en tradiciones intelectuales diversas y con dis-
tintos argumentos, estas intelectuales se manifiestan en contra de la
homologación del proyecto feminista con la estrategia que busca in-
sertar a las mujeres en las mismas estructuras y procesos que hoy
caracterizan a nuestra sociedad (“oferta liberalizante”). Para ellas, esta
vía no conduce a la destrucción del patriarcado, no cuestiona las es-
tructuras de poder, no avanza en profundizar la democracia, por el
contrario, deja intactos los efectos más nefastos del modelo de desa-
rrollo económico y de la democracia restringida.

Junto a estas corrientes circulan otros discursos y sentidos que

331
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

sirven también de sustento simbólico para el feminismo. Discursos


como el de la diferencia, que si bien no son articulados como co-
rrientes, inspiran la producción académica y los debates políticos en
ciertos sectores del movimiento.

Este esfuerzo por identificar y caracterizar los discursos que ac-


túan como marcos de sentido en el campo feminista nacional, reafir-
ma el hecho de que en la actualidad no sea posible hablar de un
proyecto feminista único. Así como las estructuras organizativas, los
repertorios de acción y las estrategias políticas se han diversificado,
también lo han hecho los repertorios de sentido. Los feminismos
chilenos de hoy están inspirados en diversas corrientes de pensamiento
y representan conjugaciones de diferentes discursos y sentidos.

2. El sentido de las transformaciones

2.1. La interpretación de las protagonistas

Toda historia es una reconstrucción desde el presente, una rein-


vención sustentada en los esquemas interpretativos y visiones impe-
rantes. La historia reciente del feminismo en Chile no es la excep-
ción. Ella se describe, recrea y relata a pedazos, a partir de recuerdos
individuales y colectivos, documentos que sobreviven, imágenes y
sonidos recuperados. Como una arpillera colectiva emerge esa histo-
ria en las voces de nuestras entrevistadas.

A lo largo de esta investigación, nuestro esfuerzo por rescatar la


historia reciente de la postransición se encontró a menudo con el
hecho de que los relatos de las entrevistadas volvían una y otra vez a
rememorar el activismo político vivido durante el período autorita-
rio. La memoria del pasado distante, de los ‘gloriosos ochenta’, apa-
recía nítida e inmediata: se recordaba primero y con mayor claridad
el período fundacional. Por el contrario, los recuerdos recientes eran
difusos; costaba traer a la memoria las acciones, el eje de los debates,
el sentido y resultado de los encuentros ocurridos en los últimos años.

332
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

De esta forma, los años noventa aparecen más distantes en los relatos
feministas.

Esta particular forma de recordar el pasado expresa, por una par-


te, una reacción contra un cierto discurso que ha pretendido ‘ente-
rrar’ ese pasado como condición para construir el Chile actual. Las
narrativas feministas se revelan contra ese olvido impuesto rescatan-
do la memoria del pasado autoritario y, sobre todo, de la lucha por
reconquistar la democracia. Pero junto con ello, este recuerdo del
pasado a menudo informa de un accionar colectivo despojado de
todo conflicto, de toda vacilación, de toda cotidianidad. Se trata, sin
duda, de un pasado idealizado, del recuerdo mítico de la lucha opo-
sitora, de las ilusiones y sueños, recuerdo nostálgico que atribuye los
conflictos entre feministas a la transición, a la vuelta de la política
tradicional.

Situadas ya en la década de los noventa, las narrativas de las fe-


ministas dan cuenta de interpretaciones compartidas respecto de lo
ocurrido con el movimiento. Las voces de estas mujeres reflejan la
construcción de un discurso colectivo respecto de los efectos y senti-
dos de lo que ellas entienden por transición, así como de los efectos
que ese proceso ha tenido en el accionar feminista y en la evolución
del movimiento desde los ochenta hasta ahora. Sin embargo, y a pe-
sar de las múltiples coincidencias y los ejes argumentativos comunes,
no existe un discurso único, diversas narrativas interactúan y compi-
ten entre sí, las que se manifiestan en contra de la homogeneidad, se
construyen al calor del debate y de las diferencias de opinión que
caracterizan el campo de acción feminista.

Estas diferencias son particularmente evidentes a la hora de eva-


luar el estado del movimiento y explicar las causas de dicho estado.
Es justamente al interpretar la trayectoria del feminismo en los no-
venta cuando aparecen las principales diferencias y contradicciones,
cuando los discursos se fragmentan según las diversas corrientes de
pensamiento e identidades: feminismo autónomo, feministas popu-
lares, feministas jóvenes.

333
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

a. El debate sobre la institucionalización

Uno de los ejes centrales en los discursos feministas se refiere al


proceso de institucionalización. Este es interpretado como la inclu-
sión de los ‘temas’ de género en las agendas públicas y, al mismo
tiempo, como la incorporación de mujeres feministas al aparato esta-
tal, en tanto funcionarias del mismo. Independientemente de las di-
ferencias interpretativas, este concepto se ha convertido en uno de
los nudos más conflictivos en los debates feministas en los noventa,
el hilo conductor que ordena discursivamente la relación entre el pro-
ceso de transición y el estado del movimiento. Es en contra de esta
estrategia política que se plantea como alternativa la corriente autó-
noma. Así, la dicotomía entre autonomía e institucionalización se trans-
forma en la división político estratégica más importante en el campo
feminista de los noventa.

Esta centralidad se mantiene a pesar de las profundas diferencias


en las evaluaciones que hacen las feministas sobre los efectos que este
proceso de institucionalizacion ha tenido para el movimiento. Un sector
importante de las entrevistadas evalúa muy positivamente la instala-
ción en la agenda política de problemas que estaban “en los bordes”
de la institucionalidad, relativos a la discriminación y la violencia
hacia las mujeres, la inserción en distintos ámbitos de la vida pública,
legitimando un discurso en torno a la igualdad de oportunidades
entre mujeres y hombres. Otros sectores enfatizan los efectos negati-
vos de esta estrategia reparando en el hecho de que la creciente insti-
tucionalización del feminismo ha implicado una tergiversación de
los contenidos propiamente feministas de la agenda, una creciente
profesionalización / tecnificación de las formas de actuar y de las
relaciones entre Estado y movimiento social, la tematización del dis-
curso feminista, la cooptación de líderes y la desmovilización en tan-
to movimiento social.

Al interior de cada uno de estos sectores existe un gran espectro


de opiniones y énfasis. Las apreciaciones positivas atraviesan un con-
tinuo entre quienes piensan que el momento actual representa una

334
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

culminación exitosa de la movilización feminista y que la tarea actual


se limita a mejorar la implementación, profundizar los logros obteni-
dos, ampliar la cobertura y otras áreas relacionadas. Otras, en este
mismo campo, reconocen y valoran algunos logros en problemas es-
pecíficos, pero se muestran ambivalentes respecto de los resultados
globales, sobre todo en lo que se refiere al accionar movimientista.

Las voces disidentes se extienden en una gama aún más amplia


de posiciones. Encontramos aquí discursos y propuestas que consti-
tuyen corrientes de pensamiento, como las de la autonomía, otras
menos consolidadas como la corriente de la crítica cultural a la par de
una variedad de discursos y opiniones que no obedecen necesaria-
mente a una plataforma común, pero que recogen un sentir amplia-
mente difundido sobre la necesidad de reevaluar las estrategias segui-
das hasta ahora y diversificar el accionar feminista más allá de una
interlocución con las esferas político institucionales.
Por último, es importante recordar que muchas de estas críticas
hacia la estrategia de institucionalización (o advocacy) van más allá de
un simple cuestionamiento táctico. Por el contrario, por distintas
razones y con distintos argumentos, en los planteamientos de Pisano,
Olea, Richard, entre otras, se confrontan los supuestos filosóficos e
ideológicos detrás de esta estrategia; impugnan la posibilidad y de-
seabilidad misma de aspirar a la igualdad entre los sexos como base
para un proyecto feminista. Se trata de un cuestionamiento de fondo
al contenido y la forma de la política impulsada por amplios sectores
del campo de acción feminista.

b. Avances, dificultades y desafíos futuros

La evaluación de las entrevistadas de la trayectoria feminista en


la década de los noventa no es unívoca ni homogénea, está llena de
tropiezos, vacíos, contradicciones. Los avances aparecen siempre acom-
pañados de su lado oscuro, de las dificultades y desafíos que ellos han
suscitado.

A la hora de evaluar los logros que el movimiento ha alcanzado

335
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

durante las últimas décadas, la institucionalización ocupa un lugar


muy importante. Como señalábamos anteriormente, mientras que
para un amplio sector de feministas los mayores avances alcanzados
tienen relación con el reconocimiento social y político de la discrimi-
nación de las mujeres y de las desigualdades de género y la imple-
mentación de políticas orientadas a superar estas desigualdades, otro
sector considera que esta estrategia ha llevado a la tematización de los
contenidos feministas, a la profesionalización y tecnificación de su
accionar.

En otro ámbito, las feministas se refieren al impacto alcanzado a


nivel social y cultural por sus planteamientos. Esto se refleja en la
propagación e instalación de parte de sus ideas y propuestas en ámbi-
tos tales como los medios de comunicación masivos, centros acadé-
micos y de producción de conocimientos, así como en la educación
en general.

Por otra parte, reconocen como un logro significativo del accio-


nar feminista, y de su involucramiento personal más específicamen-
te, el sentido de pertenencia e identitario, el crecimiento y desarrollo
personal para las mujeres que han dedicado parte de sus vidas a la
militancia feminista. El movimiento cumple así un rol socializador y
generador de identidades colectivas fundamental que ayuda a cons-
truir trayectorias de vida; las propias biografías de nuestras entrevis-
tadas muy probablemente serían diferentes sino fuera por su militan-
cia feminista.

Aspectos más negativos que aparecen con mayor frecuencia se


refieren a la pérdida de vínculos entre los diversos sectores que com-
ponen el campo de acción feminista, así como el vaciamiento de con-
tenidos propiamente feministas que acompaña los procesos de insti-
tucionalización, todo lo cual ha provocado una creciente debilidad
del feminismo para hacerse visible en la esfera pública, para movili-
zar/representar bases sociales, para construir una agenda propia y sos-
tener un carácter disruptivo para el orden patriarcal.

336
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

Por último, al evaluar los desafíos internos y externos que en-


frenta el feminismo chileno en este momento histórico, las feminis-
tas plantean que en lo interno es necesario reconstruir un proyecto
colectivo que dé sentido al accionar disgregado de las múltiples ex-
presiones que componen el movimiento, que permita reencantar y
construir nuevas utopías, todo esto de cara a las transformaciones
que ha experimentado la sociedad chilena en su conjunto. Este pro-
yecto debe ir, de acuerdo a las feministas, acompañado de cambios
decisivos en las prácticas colectivas que caracterizan al movimiento.
Se trata de curar las heridas, dejar atrás las pugnas destructivas y ser
capaces de buscar consensos mínimos y procedimientos legítimos que
permitan hacer política con todo lo que ello implica: poder, conflic-
to, discenso, y desde la heterogeneidad y pluralidad identitaria e ideo-
lógica que alberga hoy el feminismo.

Entre los desafíos externos (fuera del campo de acción) que debe
enfrentar el feminismo, los que aparecen con mayor frecuencia y re-
levancia se refieren a la necesidad de instalar en la agenda pública un
proyecto feminista que pueda constituirse en un referente social para
amplios sectores sociales, no solo para las mujeres. El propósito es
que el feminismo se posicione como parte de un discurso crítico,
cultural y político, que promueva el cambio de los roles de género y
que inste a las mujeres a subvertir las relaciones de poder que per-
mean la sociedad. Al mismo tiempo, en un sentido más amplio y
profundo, que contribuya al fortalecimiento de la democracia.

c. Los malestares con la democracia

Las voces feministas delatan, a pesar de su continua participa-


ción en el sistema político, un persistente malestar con la ‘democra-
cia’, con las elites políticas y con las formas de hacer política en el
Chile de hoy. A pesar de sus diferencias internas, de la multiplicidad
de expresiones ideológicas y orgánicas, este malestar se transforma en
un hilo articulador de los discursos feministas respecto de la política
contemporánea. Si bien al comienzo de este trabajo no nos interro-
gamos directamente respecto de este tema, a lo largo de nuestra

337
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

investigación estos ‘malestares’ se fueron convirtiendo en un nudo


argumentativo que no podía ser ignorado. Nos preguntamos enton-
ces respecto de qué o frente a qué se planteaban estos malestares y
cuáles eran las formas concretas en que se expresaban.

En primer lugar, estos malestares expresan una visión crítica res-


pecto de lo que fue el retorno de la política formal para las mujeres y
el feminismo. La mayoría de las entrevistadas asocia los efectos de esa
coyuntura político-histórica con resultados negativos para los movi-
mientos sociales, y para el feminista en especial. El discurso colectivo
sostiene que la transición provoca una división/fragmentación del
movimiento feminista y promueve la desmovilización de las mujeres.
Las feministas pierden su cohesión y, por tanto, el rol político prota-
gónico que habían tenido en la lucha por reconquistar la democracia.

Una segunda dimensión de los malestares se refiere al choque


entre expectativas y resultados reales del proceso democratizador. El
descontento y la frustración se producen porque se enfrenta una vi-
sión utópica del sistema democrático con la realidad de un régimen
político altamente constreñido en su capacidad para representar inte-
reses y transformar las diversas esferas de la sociedad: económica,
política, social, cultural. Las feministas habían luchado por recon-
quistar la democracia, una democracia entendida sobre todo como
mayor igualdad, como menos autoritarismo y más participación. La
concepción de democracia a la que adscribían prometía un mundo
mejor que no se materializa con el cambio de régimen. Así, la ‘demo-
cracia realmente existente’ no logra cumplir con los anhelos y expec-
tativas forjados en la lucha por reconquistarla.

Tercero, los malestares se reproducen en la medida en que ha


existido dificultad para readecuar prácticas políticas, discursos y ex-
pectativas al nuevo contexto. La persistencia en la memoria colectiva
de un pasado idealizado alimenta y explica los malestares con el pre-
sente. El pasado omnipresente, el de los años ochenta, se recuerda
con nostalgia por el protagonismo político, los proyectos colectivos
y la capacidad de movilización. El presente, en cambio, se construye

338
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

en oposición a ese pasado y representa el desencanto, la falta de pro-


yectos, el agotamiento.

Los malestares con la democracia constituyen otra de las parado-


jas que enfrenta al feminismo chileno actual. De cara a estos malesta-
res, ¿cómo podemos explicar la apreciación positiva que muchas fe-
ministas plantean respecto de los logros en el ámbito político institu-
cional?

De acuerdo a nuestro análisis, la discordancia en los relatos femi-


nistas no debe ser interpretada como contradicciones o un doble dis-
curso. Se trata más bien de la existencia de diversas corrientes de
opinión que en ciertos momentos y respecto de ciertos ejes argumen-
tativos logran hegemonizar algunas narrativas y no otras. De esta for-
ma, algunos sectores enfatizan los logros y virtudes de los procesos de
institucionalización por sobre las críticas al sistema democrático.
Otros, en cambio, basan gran parte de su interpretación de la historia
reciente en una mirada crítica tanto de la estrategia perseguida por
otras feministas para incidir en las esferas político institucionales, como
en el proceso de transición y el régimen a que dio origen.

En segundo lugar, a nuestro entender, la coexistencia de un ma-


lestar con la democracia realmente existente y la valoración positiva
de los resultados del quehacer de la institucionalidad política estatal
(leyes, planes de igualdad, programas sociales) es expresiva de los sen-
tidos e interpretaciones que las feministas tienen respecto de ‘la polí-
7
tica’ y ‘lo político’. En estas interpretaciones y en los relatos feminis-
tas que ellas producen, es posible advertir dos dimensiones, el fun-
cionamiento del sistema democrático y los productos de la política

7
Para una discusión conceptual sobre esta distinción ver nota 39 en capítulo
cuarto. En ella planteamos que ‘la política’ es aquello que se restringe a las
acciones, procesos e instituciones vinculadas al acceso y ejercicio del poder
estatal (elecciones, políticas públicas, poderes del Estado, partidos políticos),
y ‘lo político’ se refiere a las luchas de poder que permean al conjunto de las
esferas en un sentido más amplio.

339
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

institucional propiamente tal (las políticas públicas, por ejemplo).


En otras palabras, la existencia de avances respecto de las demandas
feministas no implica necesariamente que exista una evaluación po-
sitiva de los efectos del sistema político (la ‘democracia’) en el movi-
miento. En el caso chileno, las narrativas feministas nos indican, por
el contrario, que los avances en ambas dimensiones transitan –a me-
nudo– por caminos contrapuestos.

2.2. Hacia una interpretación de las transformaciones

En esta sección queremos centrar el análisis en las dinámicas de


transformación que ha experimentado el feminismo y el sentido que
ellas adquieren en el contexto político actual. Así, retomamos la pre-
gunta que planteáramos al introducir este trabajo respecto de la ma-
nera en que se ha transformado el accionar político del feminismo en
la década del noventa.

a. Creciente aislamiento o una sociedad civil fracturada

Una de las tendencias más claras en el accionar político feminista


de la última década es la debilidad de los vínculos entre las diversas
expresiones feministas y otros actores sociales y políticos fuera de su
campo de acción. Se trata de una fractura en los lazos e intercambios
comunicativos, en el diseño e implementación de estrategias y accio-
nes comunes, en las formas más básicas de interacción político social.
De allí que la mayoría de organizaciones feministas en el período
estudiado, y los colectivos en particular, aparezcan relativamente ais-
lados de otros actores en el ámbito de la sociedad civil. Esto obedece,
primero, a la dificultad interna de transformarse de cara al nuevo
contexto, y segundo, y lo que es más importante aún, al contexto
generalizado de debilitamiento de la sociedad civil como ámbito le-
gitimo desde donde ‘hacer política’.

Con el retorno de la política institucional, y la hegemonía de los


actores políticos tradicionales (partidos, poderes del Estado), se vuel-
ve a generar un espacio público único, centralizado y altamente eli-
tista que dificulta la participación de aquellos sectores y actores que

340
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

están fuera de los centros de poder. Asimismo, una vez que desapare-
ce el objetivo común de derrocar a la dictadura, desaparece también
el movimiento opositor, o el campo de acción donde era posible vin-
cularse e interactuar entre actores/movimientos sociales y políticos.
Hoy la ‘política’ es altamente especializada y sectorializada, y al espe-
cializarse, los actores sociales dejan de lado las plataformas comunes
con otros sectores. Las feministas no son la excepción en este sentido.
Determinar si las tendencias que hemos identificado en este campo
de acción son más o menos intensas que en otros sectores de la socie-
dad civil está fuera del alcance de este estudio. Sin embargo, es nece-
sario resaltar que a nuestro entender estas tendencias, inherentes a la
nueva estructura de oportunidades políticas que emerge en el Chile
postransición, confluyen y se ven acentuadas con los procesos inter-
nos que hemos venido explicando: profesionalización y especializa-
ción, privilegio de estrategias de incidencia en agendas públicas por
sobre la movilización política, dificultad para establecer, mantener y
fortalecer lazos con las bases, entre otras.

Enfrentamos una sociedad civil fragmentada, donde la integra-


ción vertical tiende a remplazar los lazos horizontales entre diversos
actores sociales. Así, la estructura de relaciones externas al movimiento
se modifica radicalmente en los noventa. Se pierden paulatinamente
los vínculos y las articulaciones que existían entre las organizaciones
feministas y otras instancias de la sociedad civil tales como el movi-
miento estudiantil, organizaciones de derechos humanos, para nom-
brar algunas de las más importantes. En este contexto, solo las redes
temáticas y las ONG mantienen más vínculos a nivel nacional y trans-
nacional, no obstante, estos están fuertemente acotados a intercam-
bios estratégicos en función de ejecución de acciones específicas, más
que a fortalecer una malla de relaciones políticas desde la sociedad civil.

b. Feministas y políticas: cambios y continuidades

Si bien la estrecha relación entre militancia partidista y feminista


que ha caracterizado históricamente el desarrollo del feminismo chi-
leno se mantiene en la postransición, hablar hoy de ‘doble militancia’

341
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

tiene un sentido radicalmente distinto. Al comienzo de este trabajo


planteamos que era necesario entender esta relación no de una mane-
ra dicotómica. En Chile feministas y políticas –entendidas como lo
hiciera Kirkwood– han representado dos extremos de un continuo
político, donde la inmensa mayoría de militantes feministas se ha
identificado y ha estado vinculada (en mayor o menor medida) con
algún partido político. A pesar de esta continuidad orgánica, la rela-
ción entre estas dos posiciones sí implicaba claras diferencias teóricas
y estratégicas. En términos teóricos, en los años ochenta la diferencia
se expresaba en la discusión respecto de si la lucha por reconquistar la
democracia debía preceder aquella por la igualdad de género. En tér-
minos estratégicos se trataba de optar por hacer política desde los
espacios propiamente feministas (‘desde la autonomía’) o participan-
do de otras instancias políticas (fundamentalmente los partidos).

Ahora bien, al momento del cambio de régimen a finales de la


década de los ochenta, estos debates estaban cruzados además por
diferencias político partidistas que se traducían en la existencia de
por lo menos dos sectores que se identificaban con la identidad femi-
nistas políticas. Por un lado, las feministas vinculadas a los partidos de
la Concertación que llegaba al poder con el cambio de régimen, y
por el otro, aquellas vinculadas a los partidos de izquierda que se
mantuvieron fuera de esa coalición (en especial el MIR, el Partido
Comunista y algunas fracciones del Partido Socialista). Es así como
al inicio del período democrático la distinción entre feministas y polí-
ticas se complejiza y adquiere sentidos discordantes.

Por una parte, el sector de feministas políticas que se identificaba


con la izquierda extra Concertación tiende a debilitarse en tanto co-
rriente orgánica y de opinión siguiendo, de alguna manera, la trayec-
toria de ese sector político en su conjunto y, en segundo término por
el desplazamiento de un número importante de estas mujeres hacia
lo que llegaría a convertirse en la corriente autónoma. En un sentido
similar, se debilita también la identidad de feministas políticas en aque-
llos sectores feministas vinculados a la Concertación. Se trata, en este
caso, de una dificultad de mantener un proyecto colectivo en tanto

342
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

feministas más allá de las divisiones partidarias, ejemplo de lo cual


fue la temprana desaparición de la Concertación de Mujeres por la
Democracia, y la falta de otros referentes que cumplieran objetivos
similares a los que esa instancia se proponía.

El debilitamiento de estos referentes político identitarios nos re-


mite a otras transformaciones más profundas en las formas concretas
que adquiere la doble militancia, así como en el sentido que las invo-
lucradas le otorgan. ‘Hacer política’ en el Chile de hoy es una expe-
riencia cualitativamente distinta a lo que fuera dos décadas atrás: des-
aparece el sentido de urgencia y de totalidad que permeaba discursos
y acciones. La política no constituye un eje en torno al cual los indi-
viduos construyen identidades y otorgan sentido a sus acciones, o
por lo menos no en la misma forma en que lo fuera ayer. Esta trans-
formación del sentido de la política en la vida de las personas es par-
ticularmente evidente en el caso de los partidos políticos, cuyas for-
mas de funcionamiento no contribuyen a la generación de espacios
para la interacción social y la participación política.

La doble militancia se transforma también en la medida que se


debilitan los vínculos, los canales de comunicación y los proyectos
comunes entre actores sociales (el movimiento feminista en este caso)
y los partidos políticos. Transitar entre el partido y una militancia
feminista (donde quiera que ella ocurra) se vive hoy como una expe-
riencia individual y aislada. Por ello, intentar vincular ambos esfuer-
zos se transforma en una tarea profundamente solitaria. La dificul-
tad de generar núcleos, corrientes o complicidades entre feministas al
interior de los partidos aparece como una de las consecuencias de
esta transformación. En definitiva, la distancia entre partidos y el
mundo social (una de las características de la sociedad chilena actual)
ha debilitado la posibilidad de generar estrategias colectivas para asu-
mir la doble militancia.

c. ¿Desmovilización o transformación?

Uno de los objetivos de esta investigación era interpelar aquellos


enfoques que sostenían que con el retorno al régimen democrático

343
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

los movimientos sociales habían desaparecido en nuestro país. Desde


estos enfoques, la desmovilización aparece como el concepto más re-
currente para dar cuenta de la situación de los actores sociales en la
postransición.
A nuestro entender, este tipo de perspectiva conduce a un cami-
no cerrado, obliga a encarar la discusión tomando posición en un
debate polarizado donde las opciones son mutuamente excluyentes:
¿existen o no movimientos sociales hoy? Discusiones que además se
vinculan estrechamente a visiones estructurales que buscan explicar
la falta o presencia del accionar movimientista a partir de las condi-
ciones y factores externos a los actores mismos. Es decir, a partir de
estructuras socio económicas y procesos meta políticos.
Por ello, esta investigación se inició desde otras preguntas y su-
puestos, intentando desarmar los amarres conceptuales que los ante-
riores enfoques imponen. Nuestro propósito era comprender y expli-
car las dinámicas y trayectorias concretas que un movimiento social
había atravesado durante el período de transición. Entender cómo y
en qué sentido se había transformado su accionar. Buscábamos, ade-
más, cambiar el enfoque de análisis desde las condiciones estructura-
les a las acciones de las propias actoras involucradas, insistiendo de
paso en que no era posible entender las transformaciones sin consi-
derar estas dimensiones internas, discursos, estructuras orgánicas,
repertorio de acciones y marcos de sentido.

Al finalizar esta investigación, y luego de un análisis en profun-


didad de los componentes y dinámicas que forman el campo de ac-
ción feminista en el Chile de los noventa, reiteramos nuestra apre-
hensión inicial respecto del concepto de desmovilización. Dicha apre-
hensión no obedece a un cuestionamiento de la veracidad del con-
cepto, porque efectivamente hemos constatado el debilitamiento de
la movilización política feminista para incidir en lo público. Más bien
cuestionamos la pertinencia de este concepto para representar y ex-
plicar la complejidad de los procesos y condiciones por los que atra-
viesa el feminismo en la actualidad. Se trata así, de un concepto ex-
tremadamente deficitario en términos analíticos. En el campo femi-
nista hoy, junto con la falta de visibilidad pública y de movilización

344
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

política en términos tradicionales, encontramos también la persis-


tencia de expresiones colectivas de todo tipo, la creciente influencia
de propuestas y discursos feministas en amplios sectores de la socie-
dad, la interacción política, la producción intelectual, en fin, el ac-
cionar constante de feministas a lo largo y ancho de la sociedad chi-
lena. En este sentido, más que plantear que las feministas se han des-
movilizado, pensamos que lo que ocurre es que han transformado
radicalmente sus estrategias para estar e incidir en lo público. Un tema
distinto es si estas estrategias han sido exitosas o no.

Ahora bien, los resultados de nuestra investigación interpelan el


concepto de desmovilización en un segundo sentido. Como hemos
querido señalar, nuestra exploración respecto del movimiento femi-
nista durante la última década indica que el accionar político ‘movi-
mientista’ no decae significativamente sino hasta finales de los no-
venta; etapa que se inicia a nuestro entender alrededor de 1997. Este
decaimiento se expresa tanto en la desaparición de organizaciones
feministas, en la disminución de su membresía activa, la ausencia de
actividades o eventos convocados desde y para el accionar político
movimientista (como lo fueran los Foros y Encuentros nacionales),
así como en la interpretación que las mismas actoras generan sobre
su accionar. Si la información que hemos presentado es correcta, cabe
preguntarse entonces si es posible atribuir este decaimiento en el ac-
cionar de este movimiento social al proceso de cambio de régimen
(‘la transición’) que vivió el país casi 8 años antes. Este cambio ha
tenido sin duda un efecto significativo en las transformaciones expe-
rimentadas en este campo de acción, sin embargo, nos parece que
dichos efectos deben ser reevaluados a la luz de esta nueva informa-
ción.

No pretendemos aquí explicar este desfase en su totalidad. No


obstante, quisiéramos adelantar algunas hipótesis y reflexiones res-
pecto de los factores que estarían detrás de ello. Primero, y en un
sentido más acotado, es posible pensar que el impacto de las transfor-
maciones macro políticas no es inmediato en los actores sociales sino
que requiere de un tiempo necesario para que los cambios se traduzcan

345
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

en nuevos procedimientos, espacios y sentidos orientadores de la in-


teracción política. De la misma forma, los actores sociales deben in-
terpretar los cambios; resignificarlos al calor de sus objetivos y condi-
ciones. Segundo, es posible que los factores decisivos para promover
o desincentivar el desarrollo de los movimientos sociales no sean aque-
llos vinculados a las transformaciones del régimen político en un ni-
vel macro, sino que a otros cambios intermedios en la estructura y
funcionamiento institucional del Estado y del sistema político (la
creación de nuevas instituciones públicas, la reconfiguración del sis-
tema de partidos por ejemplo). Cambios que nuevamente deben se-
guir un proceso de consolidación y apropiación por los diversos acto-
res involucrados. Tercero, y en lo que respecta a la trayectoria del
movimiento feminista propiamente tal, debemos recordar que los
primeros años después de la transición constituyen un período de
gran efervescencia política, el momento en que se logra incorporar
una parte de las demandas por las que había luchado el movimiento
amplio de mujeres en la agenda pública. Así, los efectos desmoviliza-
dores macro son contrarrestados, o neutralizados momentáneamen-
te por la coyuntura específica.

Cuarto, los procesos macro políticos que transcurren en el ámbi-


to internacional también han tenido un efecto fundamental en la
trayectoria del movimiento feminista, ya no solo en nuestro país,
sino que en el mundo. Esta es una dimensión que requiere ser pro-
fundizada en el futuro, si bien existe una amplia literatura sobre las
conferencias mundiales, la transnacionalización de los movimientos
sociales y la emergencia de una sociedad civil a nivel global, se ha
prestado mucho menos atención a las formas y efectos concretos pro-
ducidos por la interacción entre los procesos internacionales y aque-
llos que siguen circunscritos a las fronteras nacionales. A nuestro en-
tender, los movimientos sociales de hoy se desenvuelven en una mul-
tiplicidad de niveles y esferas (local, regional, nacional, internacio-
nal) y son afectados, por tanto, simultáneamente por una variedad
de procesos macro políticos que se mueven a menudo en direcciones
contrapuestas. Para el feminismo chileno, las tendencias mundiales
que incentivaron la profesionalización, tecnificación y participación

346
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

de actores sociales en el ámbito internacional (aportando recursos


materiales y simbólicos) permitieron dilatar los efectos desmoviliza-
dores impuestos por la lógica nacional. De ahí que el decaimiento
más dramático en el accionar movimientista no se cristalice sino has-
ta finales de los noventa, momento que coincide además con una
nueva etapa a escala internacional.

Si el concepto de desmovilización no nos permite dar cuenta de


las transformaciones del feminismo, ¿cómo es posible explicarlas en-
tonces? Si no se trata efectivamente del resultado exclusivo de los
cambios producidos por el llamado proceso de ‘transición’, ¿qué otros
factores están en juego?

Parte de los resultados de la investigación son contundentes. La


respuesta de las involucradas respecto de la pregunta por las causas
que explican los cambios experimentados por el feminismo es clara y
tajante: efectivamente son los cambios estructurales, la ‘transición’ en
concreto, lo que explica los cambios. Sin embargo, si esta fuera la
única razón, ¿qué propósito tendría actuar políticamente? ¿si los re-
sultados están predeterminados por los condicionantes estructura-
les?, ¿qué sentido tendría la política?

Por el contrario, si pensar en una sociedad distinta tiene algún


sentido, si democracia y participación no son conceptos del todo va-
cíos, entonces la política debe ser necesariamente producto del accio-
nar humano, de las decisiones estratégicas, las dinámicas políticas,
los tipos de liderazgo. De esta forma, la trayectoria seguida por el
movimiento feminista ha sido producto del conjunto de decisiones y
acciones que las feministas han tomado a lo largo de su trayectoria.
Ahora bien, estas decisiones no se toman en el vacío, no son capri-
chosas ni fortuitas sino que se generan a partir de condiciones histó-
ricas específicas. Condiciones que en el contexto chileno postransi-
ción son profundamente negativas para el accionar movimientista en
general y altamente refractarias para el movimiento feminista en par-
ticular: el retiro y cambio en las políticas de las agencias de coopera-
ción; los incentivos del sistema intergubernamental para promover

347
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

solo ciertas estrategias de acción; una cultura política que impone un


supuesto consenso; políticas estatales para y por la sociedad civil que
deslegitiman a los movimientos sociales; un modelo socio económi-
co que desincentiva el accionar colectivo y fomenta una cultura del
individualismo; la fragmentación de la sociedad civil; y sobre todo, el
rol jugado por los partidos políticos y la trama de relaciones que el
campo feminista había establecido con ellos.

Este ha sido el escenario frente al cual las feministas han actuado,


han tomado decisiones, optado por algunas rutas y descartado otras,
establecido alianzas, construido complicidades. Es en este escenario
donde circulan y construyen discursos, donde confluyen aquellos de
origen externo (los discursos predominantes en el accionar feminista
transnacional por ejemplo) y los de origen interno (el de la autono-
mía, la transición o aquellos vinculados a las tradiciones ideológicas
históricas).

Así, las trayectorias feministas han surgido a partir de la interac-


ción política cotidiana, históricamente situada en un determinado
contexto internacional y nacional. Es en esta interacción en la cual
se deben buscar explicaciones sobre la trayectoria seguida por el fe-
minismo, y los posibles cursos de acción para mirar al presente con
toda su diversidad, riqueza y complejidad.

d. ¿Un nuevo silencio feminista?

Una de las interrogantes/paradojas expuesta al inicio de este tra-


bajo es que los procesos vividos por el feminismo en la postransición
parecen indicar que las voces de las feministas se han ido extinguien-
do al mismo tiempo que sus propuestas y demandas ingresan a esfe-
ras de la vida social y política del país. Pareciera que a medida que
avanza el discurso modernizador de la ‘igualdad de oportunidades
para las mujeres’ desaparece el actor social y político que le dio vida
originalmente. Esta supuesta paradoja es uno de los factores que ex-
plicaría el ‘malestar’ que muchas feministas manifiestan respecto a
estos años de democracia ¿Cómo explicar, entonces, esta paradoja?

348
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

Escapa a los objetivos de este trabajo analizar el éxito (o fracaso)


de las propuestas feministas en la posdictadura. Baste decir que du-
rante buena parte de la década existió un consenso relativo entre las
feministas respecto de la importancia de algunos de los avances que
se habían producido una vez iniciado la nueva etapa democrática.
Hacia finales de los años noventa, sin embargo, las voces disidentes
se hacen escuchar cada vez con más fuerza. Estas voces ya no provie-
nen sólo de los sectores que siempre se opusieron a buscar la inclu-
sión de los temas de género en las agendas públicas, sino que inclu-
yen a académicas, intelectuales y activistas de diversas corrientes que
llaman la atención sobre una suerte de estancamiento en la imple-
mentación de medidas sobre la situación de la mujer. De acuerdo a
estas críticas, el estancamiento se produce una vez agotado el ímpetu
inicial proporcionado por la movilización política del movimiento
amplio de mujeres. En este momento, parece agotarse la fuerza polí-
tica y la coherencia programática necesaria para lograr visibilidad
pública y presionar por nuevos cambios.

Una evaluación de logros debe reconocer que las apreciaciones


de éxito siempre estarán cargadas de subjetividad y que expresan en
buena medida el momento histórico. Ello explica que la percepción
de logros no sea estática ni permanente, sino que se transforme con el
paso del tiempo. Además, se debe tener presente que el movimiento
es y será un campo de acción, heterogéneo, plural, cambiante y que,
por tanto, no tiene una agenda única, una plataforma clara y estable-
cida de lo que se debe hacer y, menos de cómo obtenerlo. De allí que
la percepción de logros conlleve siempre apreciaciones distintas,
contradicciones y conflictos a la hora de determinar éxitos y fracasos.

¿Dónde está la paradoja entonces? Ella se produce, insistimos,


cuando la incorporación de algunas de las demandas de las feminis-
tas a la agenda política ha estado acompañada de una paulatina au-
sencia del movimiento feminista de la esfera pública. Ausencia que
hemos querido comprender y explicar a lo largo de este estudio.

En el ámbito discursivo, contribuyen a esta ausencia las dificul-

349
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

tades y aprehensiones por identificarse públicamente con una identi-


dad feminista en amplios sectores del movimiento. El vocablo femi-
nista es vinculado a posiciones radicales, a ideología y politización,
todas ellas palabras estigmatizadas en el contexto chileno de la pos-
transición donde el consenso se impuso para legitimar un cierto idio-
ma (Richard 2001). La dificultad en ‘nombrarse’ feminista ocurre
tanto al interior de espacios institucionales (la academia, el Estado)
como en la esfera pública más en general (por ejemplo, en los medios
de comunicación). Esta falta de reconocimiento público, unida al
abandono de algunas categorías conceptuales y políticas y su reem-
plazo por otras (mujer o patriarcado por género), ha tenido un efecto
despolitizador del proyecto feminista en tanto se ha buscado trans-
formar un discurso ideológico contestatario por uno de carácter téc-
nico, neutro, reducible a temas, despojado de toda conflictividad.
De acuerdo a Raquel Olea (1998) el concepto de género, por ejem-
plo, “ha contribuido a la “deflación y devaluación” del feminismo,
hecho que va más allá de un problema lingüístico, puesto que “lo que
pierde terreno en el lenguaje pierde su realidad”.
En el ámbito político, la ausencia de feministas se explica en
parte por la preeminencia de las estrategias de cabildeo y advocacy
(y lo que ellas conllevan en términos de objetivos, repertorio de
acciones y sus destinatarios) por sobre aquellas orientadas a promo-
ver la movilización política. Dichas estrategias han permitido avan-
zar en la instalación de ciertos temas y problemas específicos visibi-
lizados por las feministas en la agenda institucional, no obstante,
no han tenido por objeto fortalecer una esfera de acción propia-
mente movimientista ni fomentar una gama más amplia de expre-
siones feministas. Tal proceso se ha visto exacerbado por el tipo de
relación que el Estado establece con actores de la sociedad civil,
privilegiando su rol de agentes técnicos por encima de su identidad
política.

En la medida que ciertos sectores feministas han buscado ade-


cuar sus estrategias y propuestas al nuevo escenario nacional e inter-
nacional, en especial, incidiendo en la construcción de agendas, han
privilegiado «la ampliación de algunas dimensiones políticas de las

350
Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

ciudadanías, descuidando los contenidos ‘de disputa’, diluyendo las


exigencias de institucionalidad democrática, descuidando las estrate-
gias de transformación político culturales y los espacios contestata-
rios desde la sociedad civil» (Vargas 1998, p. 8).

La falta de espacios construidos especialmente para el desarrollo


del accionar movimientista desde la sociedad civil implica además
que no existen instancias concretas de acogida para las mujeres de
nuevas generaciones o aquellas que ahora descubren sus malestares
individuales con la posición subordinada de las mujeres, como tam-
poco para las que históricamente se han identificado con una identi-
dad feminista. ¿Dónde podemos construir hoy esa identidad colecti-
va? ¿Desde qué espacios? ¿En qué momentos? ¿Con qué pretextos
podemos reunirnos? Reunirnos mas allá de los objetivos pragmáticos
inmediatos, ya no sólo para diseñar agendas, priorizar temas, revisar
informes, sino simplemente para encontrarnos, para re-conocernos
en tanto feministas. Espacios, en última instancia, para hacer política
entre y para nosotras.

Por otra parte, a la deflación del feminismo en lo académico se


ha unido una despolitización en el ámbito político institucional, lo
cual ha limitado el impacto cultural y simbólico del feminismo en el
sentido de lograr modificar las nociones de lo masculino y lo femeni-
no y las relaciones de poder entre los géneros. En tal sentido, las
intervenciones estatal-gubernamentales y académicas no necesaria-
mente han sido intervenciones político-culturales, los cambios en la
‘política’ no han significado –necesariamente-- cambios en ‘lo políti-
co’ (Alvarez 1998, p. 41).

De mantenerse esta tendencia se corre el riesgo de creer que la


existencia de una ‘agenda de igualdad de oportunidades para las mu-
jeres’ reemplaza la presencia de actores sociales y movilización políti-
ca. Pero sin actores y movilización ¿desde dónde y a nombre de quién
se ejerce presión sobre el sistema político?, ¿quién introduce nuevos
contenidos en las agendas institucionales? Las circunstancias actuales
requerirán quizás otras formas y contenidos de movilización, pero

351
Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

seguirán necesitando una base social con capacidad de movilización


que sustente la transformación del sistema de género actual.
En el orden simbólico discursivo, así como en las prácticas polí-
ticas concretas, las feministas desaparecen paulatinamente de la esfe-
ra pública en el Chile posdictadura. No se trata -claro está- de una
ausencia material, sino fundamentalmente simbólica. A comienzos
del siglo veintiuno las feministas han logrado insertarse en práctica-
mente todos los ámbitos de la vida nacional, participar activamente
de los procesos electorales y en el sistema político, militar en partidos
políticos, trabajar y vincularse con el Estado, crear un sin número de
expresiones colectivas en la sociedad civil (ONG, colectivos, coordi-
nadoras, redes temáticas), instalarse en la academia, en los medios de
comunicación, en el arte y la cultura. En fin, su trabajo y activismo se
despliega a lo largo de la sociedad. No obstante, su presencia no es
reconocida ni legitimada en tanto feministas; el feminismo, a pesar
de la explosión de mecanismos, programas, centros, periódicos, cur-
sos, posgrados para/por/sobre la mujer y el género, permanece au-
sente, y en este sentido, silenciado.

Y ¿qué importancia podría tener esto si lo que interesa, en última


instancia, son los fines, las mejorías concretas en la vida de las muje-
res, independiente de que ellas se obtengan a partir de una platafor-
ma feminista? ¿Es en verdad posible pensar en feminismo sin femi-
nistas? O, en otras palabras, ¿podemos esperar cambios sustantivos
en la situación de las mujeres y en la lucha contra la dominación
patriarcal sin un proyecto ideológico, sin un actor social que empuje
los cambios? Pensamos que no, que la ausencia de un proyecto ideo-
lógico feminista desdibuja las orientaciones y sentidos emancipado-
res que pueden tener los cambios en las condiciones de vida de las
mujeres, limita el impacto cultural y simbólico del feminismo en
cuanto a lograr modificar las relaciones de poder entre los géneros. Al
mismo tiempo, debilita la generación de una base social amplia arrai-
gada en la sociedad civil, capaz de sustentar y fortalecer un accionar
político y presionar por los cambios políticos y culturales necesarios
para modificar el orden patriarcal.

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Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

Ahora bien, si los medios también importan, entonces la ausen-


cia del feminismo se torna aun más problemática. En este sentido, la
ausencia feminista no es solo un problema ‘instrumental’ en el cami-
no a obtener ciertos resultados, sino que se transforma en un proble-
ma en sí mismo. La ausencia de espacios y discursos impide que los
malestares individuales se transformen en proyectos colectivos. Difi-
culta además la construcción de identidades colectivas, la posibilidad
de interacción, sociabilidad y crecimiento personal y colectivo a tra-
vés de la participación en espacios propiamente movimientistas.

En otras palabras, y recordando la propuesta teórica de Alberto


Melucci, los movimientos sociales son siempre meta y pre políticos
porque no se agotan ni pueden ser reducidos a la política, a la obten-
ción de ciertos logros, a la lucha por el poder; ellos son ante todo
referentes simbólicos en torno a los cuales los individuos construyen
sus identidades, interpretan el mundo y dan sentido a su accionar.
Constituyen, además, campos de acción donde es posible vincular la
intimidad, las trayectorias individuales, la vida privada, lo emocio-
nal, con el accionar colectivo. Representan entonces esferas interme-
dias entre la vida privada de los sujetos y la comunidad política. De
ahí que formen parte integral de las sociedades democráticas moder-
nas, a tal punto que Sydney Tarrow y David Mayer (1998) plantean
que las sociedades contemporáneas deben ser entendidas como ‘so-
ciedades movimientistas’. En síntesis, su existencia y vitalidad son
parte constitutiva del proceso de profundización democrática que
tanta falta hace a nuestro país.

Son estos procesos simbólicos y políticos los que explican la falta


de visibilidad pública y de movilización política en un sentido tradi-
cional que las feministas entrevistadas perciben y nombran como ‘un
nuevo silencio feminista’.

No obstante, como lo hemos explicado, este nuevo silencio al


que aluden las entrevistadas es cualitativamente distinto al que Kir-
kwood intentaba caracterizar. No se trata de una historia cíclica, de
una vuelta al pasado, de un abandono de los espacios públicos y el

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

repliegue a esferas privadas como ocurriera –según Julieta—una vez


obtenido los derechos de ciudadanía. Se trata de algo más complejo,
de una profunda transformación del espacio público y de las formas
de actuar en él, de la forma de constituirse en sujeto social y de en-
tender la sociedad.

Y frente a ello, tanto los repertorios de sentido de los individuos,


así como las categorías de análisis de los investigadores, parecen to-
parse con limitaciones para explicar estos cambios y para vislumbrar
perspectivas futuras para la acción colectiva.

Este estudio ha querido hacer una contribución a una reflexión


colectiva a través de la reconstrucción de la historia reciente del femi-
nismo chileno, permitiendo de esta forma entender la situación ac-
tual del feminismo a partir de nuestro pasado. Junto con ello, ha
buscado visibilizar las voces de las protagonistas dando cuenta de esta
manera que, a pesar del carácter heterogéneo, difuso y a menudo
fragmentario del accionar feminista en la postransición, persiste un
accionar e identidad feminista; identidad construida (no dada) a tra-
vés de procesos de reflexión, de autoconciencia y de una significativa
voluntad de cambio. Identidad que sigue expresando la adhesión a
un conjunto de ideales, la pertenencia a una colectividad – con fre-
cuencia ausente del espacio público- y por sobre todo, un anhelo de
transformación social. En este sentido, dicha identidad refleja un deseo
de futuro, el cual permite seguir imaginando cursos de acción para
construir relaciones sociales libres de determinaciones y discrimina-
ciones de género. Un deseo de futuro que se resiste a este nuevo silen-
cio, silencio que solo puede ser transformado con la fuerza de nues-
tras voces, con la reinvención de un sujeto colectivo que recupere y
resignifique nuestro ayer a partir del presente en el que vivimos.

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Capítulo V. Conclusiones / Nuestra historia reciente

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Marcela Ríos / Lorena Godoy / Elizabeth Guerrero

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