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baquero tornatore - pixie pixel - tadeus cominsky

arte por federico blee


★★★

recuento del llamado


divino
de tadeus cominsky
y su furibundo encuentro con pixie pixel y baquero


por ruy xoconostle w
Escrito en Las Arboledas, México, en el año de 1995


con una portadilla especial otorgada por el
sr. federico blee
México, DF, a 23 de febrero de 2011
uno
–¿Y tu Dios? –interroga Fleiks a Tadeus cuando este abandona el cuarto.
–Mi Dios –dice Tadeus y regresa al dormitorio por un momento–. La muerte de
Runic evidentemente ha sido la señal que esperaba. Esos matones venían por mí
también. Y por alguna razón sigo vivo. ¡Estoy aquí! Ahora tengo que alejarme, en-
contrar un lugar para reposar. Tengo que ir en búsqueda de respuestas, finalmente lo
he comprendido. Solo espero una nueva transmisión que me diga dónde.

2
dos
TADEUS COMINSKY:
Y llegó, vaya que llegó. Cinco meses pasaron y el calor del verano –y el monzón–
atronaba en las oficinas de Plásticos Cominsky. Mi padre aceptó mi proposición con
gozo, pues no hay nada mejor para el zapatero remendón que saber que su hijo quie-
re seguir sus pasos. Me dio un cubil, una corbata y una tarjeta de crédito y, bueh, por
las tardes comencé a aprender el oficio, pues en las mañanas los asuntos del campus y
la vida universitaria se comían mis horas. Sé que es extraño que un sófmor acepte un
empleo, pues la universidad consume estúpidamente el tiempo. Pero yo siempre he
sido rudo, trabajador, virtuoso. Además, creo que mi entereza jamás ha estado en tela
de juicio. Trabajaba, pues, en mi máquina, cuando el destructor Shiva (que es el
mismo que el ángel que derramó su fuego sobre Sodoma y Gomorra) mandóme un
comunicado. Lo recogí con ferviente admiración: era un mapa, seguido por funestas
instrucciones. Reconocí la letra de mi Señor. ¿Qué decía? No creo que sea prudente
revelar su contenido, al menos no en su totalidad. Vi salir el fax con poca vergüenza,
y éste se mostró con pompa ante mí. Ordenaba que viajara lejos del centro, hacia el
norte; atravesar los ostentosos estados de Querétaro y San Luis Potosí, pasar la fronte-
ra hasta Ramos Arizpe. Ahí, doblar por un caminillo que lleva al Bolsón de Mapimí,
rumbo a la hermana república de Pennsylvania. “Entre Altoona y Du Bois verás al-
go”, rezaba el cable. Tomé mi tarjeta plástica –con fajilla magnética– y corrí al pe-
queño mol del campus. Me hice de hielera, eslipin bag, montones de cervezas, ciga-
rros de los del camello, música en casets, un par de camisas, pantalones chino, botines.
Por último, hice contacto con mis amigos en el Gueto 9, quienes me vendieron un
Fairmont a punto de desarmarse. No creí necesitar más. Armado estaba con los bie-
nes que había adquirido, un bonche de dinero en efectivo que robé de uno de los ca-
jones de la oficina de mi padre, un microprocesador Motorola en mi cerebro, el cono-
cimiento de Dios y una ardiente fe. Salí sin ser notado, por la noche; detuve el auto
enfrente del dormitorio de I. de J. ¿Ya les he hablado de ella? Teníamos como que al-
go. Era seca y hermosa; yo solo era muy rico, muy inteligente, muy mal parecido, es-
porádico profeta de la palabra de Dios. Es por eso que me pregunto, ¿cómo fue que
no funcionó del todo?

3
tres
Una cimitarra en el cielo. Rotos vaqueros. La camisa en su cabeza, las últimas boca-
nadas del último pitillo. El desierto. El Fairmont detiene sus llantas. Noche. Una voz,
la voz de serpiente de Dios, le cuestiona:
–¿Cuánto odias a Tremor Cominsky, tu padre?
–De aquí a la luna –responde inmediatamente Tadeus. Luego, escribe en una hoja
de papel: Parece ser un día perfecto.

4
cuatro
TADEUS COMINSKY:
A veces las nostalgias me aterran por las noches. El recuerdo de mi cama, la lámpara
de vapor de mercurio iluminando mis desvelos bíblicos, las locuras que a veces toma-
ba en serio. I. de J. decía que todo estaba en mi cabeza. Ella decía: “Yo sé, todo está
en tu cabeza”. Había perdido el mapa y uno de los zapatos, pero sabía que estaba
cerca de la hermana república de Pennsylvania, pues el olor de la barbacoa me lla-
maba con insistencia. El ansia de llenar mis neuronas con nicotina me tomó enmedio
del camino. Paré en una miscelánea en el desierto. Ahí sí había polvo… estaba un po-
co harto de alimentarme con armadillos… no quería aceptar –ahora lo hago– que
había dado vueltas en círculos. Tenía sed, los dólares eran pocos… el dinero en plásti-
co, mi billetera… detuve el Fairmont junto a un Malibú, los únicos vehículos motori-
zados a la vista… saludé a la Sierra Madre Oriental cuando bajé del auto… una pe-
queña tienda enmedio del desierto, un poste con letreros de madera encima… algo
curioso. OMAHA, decía uno de los pedazos, apuntando hacia el este. RAMOS ARIZPE
rezaba otro –dirigiendo su nariz al norte– y me alegré. SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS,
babeaba un tercero (al sur, creo), infundiendo en mí un inquieto miedo. Alcé la vista y
descubrí que el changarro era un Seven Eleven. Brincoteando, pues los charcos jamás
han sido amigos de mi tuerto calzado, entré en el lugar, donde me atendió un fariseo.
“Cigarros”, pedí, “de los del camello, por favor”; para mi perra suerte no tenían de
esos. Por supuesto no acertaría a comprar de otros. De por si buscar a la Suprema Po-
testad había sido agotador, y en ese año… “Mire”, comencé a pretextar al ver que el
fariseo iba en serio con lo de no vendérmelos, “si no regreso con cigarros de los del
camello, mi mujer… usted no conoce a mi mujer”. El fariseo tronó un par de irres-
ponsables balbuceos. Con señas instruyóme que tenía que salir de ahí. Así lo hice. Al
lado del Seven Eleven, no lo había notado, se pegaba una morbosa licorería. Adentro,
una gran cantidad de gente se empujaba, comprando botellones, ron acolchonado y
terciopelos en cartulinas de papel maché. “Déme unos cigarros de los del camello”, le
pedí al fariseo en turno, pero este solo acertó a señalar un rúbrico dispenser con tique-
tes. Tomé mi boleto. 613. Iban en el 114. Maldije mi suerte y tomé asiento.
Estaba este veco de la gabardina oscura y la barba chillona. Parecía verme con in-
terés. Lo ignoré. Pasaron dos días. El frío arreció y el hambre llegó con su consabida
carga de mortandad, pero no me importó. Memoricé cada línea, cada arista de esa
fatídica tienda… al fin se acercaban. 609, 610, 611, 612… cuando el fariseo llamó al
siguiente boleto (sintiendo lástima por los que tenían números superiores al 1000) me
acerqué. El de la gabardina también. “Sigo yo”, le dije, a lo que el tipo repuso “no,
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sigo yo”. La discusión pudo haber alcanzado proporciones bizantinas, pero la cordura
prevaleció. “De acuerdo”, dijo el veco, “le doy mis dólares y con su boleto compra
mis cosas”. Yo acepté, pues mi entereza nunca ha estado en tela de juicio. Con el di-
nero del fulano pedí una de los del camello, una de los mentolados, dos botellas de
sour mash –para variar–, Jack D.; la cajetilla verde y la sidrálica bebida llegaron, mas
no los del camello. Estrujé mi barbilla y rasqué mi frente hasta sentarme en la silla
turca; una vez que la calma volvió, el de la gabardina salvó mi noche (mientras yo la-
draba inocentemenente que “tuvimos que detener la cinta de VHS a la mitad” y “us-
ted no conoce a mi mujer” y “no me fascina Bridget Fonda, es la necedad de terminar
la película”) al decir: “No se aflija. En el carro tengo una cajetilla nuevecita de los del
camello”. Con lágrimas de agradecimiento, lo acompañé al auto. Efectivamente, era
el Malibú que estaba ahí cuando yo llegué… extraño… de hecho, el desierto no era
tan desértico, pues una multitud de árboles de coníferas cubrían el highway… y mis
pesares no eran nada… aún.
En el Malibú estaba esta mujer, muy chula y chichona, por cierto. “Venga, ¿por
qué has tardado tanto?”, reclamó. Como sea, lo que hablaron entre ellos ya está fuera
de tiempo, vayamos a los hechos: me amagaron, me encañonaron, me metieron en el
Malibú. Se colocaron sendos paliacates cubriéndoles la mitad de los rostros. Me ame-
nazaron: “Te vamos a matar”. Arrancaron el coche en medio de una polvareda –el
último residuo del desierto– y nos internamos en el highway, por el oscuro bosque.
Descubrí, para mi bien, que se dirigían a un poblado, a fin de cumplir una misión de
índole divina, la cual creían que yo trataba de evitar. Entonces, ¡oh hermoso Ganesha
que remueves todos los obstáculos! Esculqué en mis bolsillos y encontré el fax. Lo en-
señé a mis raptores y ellos, lejos de sorprenderse, alegraron sus rostros, mostrando a
su vez un documento que les había sido mandado. Los paliacates se derrumbaron y
con esto vino el diálogo. Me ofrecieron del buen sour mash de Tennessee. Él se identifi-
có como Baquero; ella como Pixie Pixel. “Bueno Baquero, Pixie… yo soy Twinkle
Kotzwinkle”, aseveré siguiendo su estúpido juego. Baquero manejó toda la noche, sin
detenerse. Pixie –con sus rizados y rubios cabellos y su angelical rostro– se pasó al
asiento de atrás. Compartió sus carnes conmigo (algo importante para Dios). Mamé
de sus enormes tetas y le chupé la pringosa panza hasta desfallecer. Luego, Baquero
insistió en que le besara a su mujer las celulíticas chaparreras. Avisó que pronto nos
confiaría la esencia de la misión, pues sólo a él se le había revelado del todo.
Una vez que mi comunión con Pixie finalizó, paramos en este pequeño poblado –
Ampipe, Pennsylvania–, donde estaba un lugar de comida de pizza, llamado Sha-
key’s. A un lado, unos boliches muertos hace mucho tiempo; al otro, un terreno baldío
sin nombre ni dueño. Tornatore detuvo el Malibú. Me dio una pistola automática.
“Hey amigos”, dije quitando la saliva de las comisuras de mis labios, “qué bueno que
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nos hemos detenido aquí, pues tengo que orinar”. Bajé junto con la feliz pareja. “Ha-
brá que comer algo, pues la fortaleza de nuestra misión depende en gran medida de
la alimentación”, dijo Baquero. Pero he aquí que pude darme cuenta de que mi tarje-
ta plástica había sucumbido en algún lugar del Siete Once o la tienda de licores, pues
no la encontraba en mis bolsillos, y nuestro capital ascendía a sólo diecisiete dólares
con ochenta y ocho centavos. Como sea, entramos al lugar. Entre otras cosas tenía
una rocola, treinta y tres mesas, doce empleados y unos quince comensales. “Tú acu-
de al baño”, me dijeron, “nosotros veremos qué pedimos de comer”. Pero yo me ne-
gué: creí comprender todo y quería tomar parte de la acción. Tomamos una mesa.
Baquero dejó su gabardina en una silla. Caminó hacia la caja junto con Pixie, a quien
no dejó de manosear vulgarmente, lo que levantó más de una vez el pudor de los pa-
cíficos parroquianos ampipenses. Yo comencé a burlarme de la apestosa comida que
degustábase ahí… familias enteras compartiendo los sagrados alimentos. La mujer de
la caja, una negra más grande que un rejodido hipopótamo, nos saludó con una ex-
traña jerigonza.
“Mr. Mojo rising… Mr. Mojo rising… Mr. Mojo rising…”, le recité a dos chiquillos
que devoraban una cerda pizza de salami. Realmente tengo que admitirlo, me excitó
joderlos. La jarra de cerveza costaba catorce dólares con noventa y nueve centavos
más tax. Mis pérfidos compinches la pidieron. “Tienen que consumir comida para
que les vendamos cerveza”, advirtió la negra. Lo más barato era un pedazo de pizza
de queso de dos dólares con noventa y cinco centavos. Yo –aún con la vejiga llena–
ahora molestaba a los noviecitos de la mesa dieciocho que compartían una pizza de
anchoas. “Mr. Mojo rising… Mr. Mojo rising”, les cantureé con decoro. Mis amigos,
en tanto, se salían del presupuesto. “Nos faltan como treinta centavos”, dijo Baquero,
“negra pendeja”. Y tomó a su mujer y su gabardina y me gritoneó “¡Vámonos!”, lo
que yo interpreté como que había que atacar. Bajé la bragueta y saqué mi pene y ori-
né la pizza de los tórtolos. El fulanillo se levantó, presumiblemente molesto. Y he aquí
que tomé mi arma y le ensarté dos balas cerca de los pómulos. Su novia lloró un buen
rato… mierda, ¿cómo no iba a hacerlo? Yo, en mi altanera estupidez, le había echado
a perder una espléndida pizza de anchoas. ¿Ahora cómo la iba a comer si estaba sal-
picada de sangre y meados? Bajé la escuadra. Baquero me sacó del Shakey’s a empu-
jones. Ya en el estacionamiento explicó que la misión no era cambiar la pésima ali-
mentación de los ampipenses, sino dirigirnos a una hacienda y devastar todo lo que
en ella había, junto con su dueño, un acaudalado tipo de nombre Bob.
“¿Bob?
“Bob es un varón perfecto que dice temer a Dios.

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De camino a la hacienda, en el Malibú, Baquero me mostró el manuscrito que ha-
bía guardado celosamente consigo. Al fin puede leerlo con confianza. Me persigné
antes de echarle el ojo:

El cielo, cuando encarga a un hombre con una gran confianza, quiere probar su alma con
amargura, sujeta sus huesos y sus músculos al trabajo, y su cuerpo lo reduce a la desnudez y a
la necesidad, y lleva todas sus empresas a la nada. Y así su mente se hace activa, su carácter
templado y su debilidad se convierte en un bien, y así el hombre mortificado llega a conocerse a
si mismo tal cual es, y conociéndose a si mismo llega a conocer al mismo Dios, porque el que
alcanza el fondo de su alma llega a conocer su propia naturaleza.

“Esto será fabuloso”, dijo Pixie. “¡Todos podemos ser felices! ¡Solo es cuestión de
quererlo!”
Pixie cortó cartucho y la planicie se mostró ante ellos. El lejano punto, la hacienda.
El Malibú rodó silenciosamente hacia allá.

ჶ Copyright Rodrigo Xoconostle Waye, ®2011

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