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“Masoquismo”

Lic. Claudia Ahumada

Nos plnateamos interrogantes con respecto al tipo de relaciones que


algunas personas mantienen, a pesar de que en ellas experimentan
continuamente situaciones de sufrimiento y dolor. Que sin llegar a ser
situaciones de violencia, terminan siendo relaciones tormentosas en el
sentido que conllevan mayor sufrimiento del placer que debiera.
Asimismo, cuando vemos personas que llegan a consulta, y nos cuentan
que han llevado una vida llena de desgracias, tanto en el trabajo,
amistades u otras situaciones, que siempre terminan de alguna manera
siendo perjudiciales para ellos. Es por ello que es esta monografía me
interesa abordar este tipo de personas, las cuales están marcadas por un
sufrir en sus relaciones y situaciones de vida, que repitiendo una vez tras
otra este tipo de patrón de relaciones. Si bien, siempre hay un análisis
individual que hacer para poder vislumbrar la problemática de cada
persona, me parece que el concepto de masoquismo, necesidad de
castigo y compulsión a la repetición pueden dar un prisma para ver este
tipo de relaciones, y elecciones objetales que estas personas realizan.
Para abordar el tema realizaré una revisión del concepto de
masoquismo en Freud y como fue cambiando modificando su visión con
respecto al masoquismo a partir de la incorporación de la pulsión de
muerte en su teoría.
En Tres ensayos de teoría sexual (1905) Freud aborda al sadismo y
masoquismo como perversiones. En este texto identifica al sadismo como
el componente agresivo de la pulsión sexual, el cual se ha vuelto
autónomo y se ha descentrado de la meta central. El masoquismo lo
explica a partir del sadismo, siendo una transformación de este,
descartando la existencia de un masoquismo primario: “si es licito suponer
que también sensaciones de dolor intenso provocan idéntico efecto
erógeno, sobre todo cuando el dolor es aminorado o alejado por una

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condición concomitante, esta relación constituiría una de las raíces
principales de la pulsión sadomasoquista….” (Freud, 1905; p. 185).
Plantea que más allá de las prácticas sexuales ligadas a las zonas
erógenas en los niños se desarrollan los componentes crueles de la
pulsión sexual, cuya aparición sería natural en el desarrollo del niño. Una
de las fuentes de la pulsión sexual que identifica Freud, junto a
estimulación de las zonas erógenas y de la satisfacción de procesos
orgánicos, son la expresión de “otras” pulsiones, de las cuales dice aún no
se comprenden bien, aludiendo a la pulsión de ver y de crueldad (op.cit.).
Freud identifica a la moción cruel como proveniente de la pulsión de
apoderamiento, la cual estaría presente en la fase pregenital. La
capacidad de inhibir la pulsión, va a posibilitar que el niño se detenga ante
el dolor del otro; sin embargo, plantea que se desarrolla tardíamente. En
caso que no se llegue a desarrollar la barrera de la compasión, puede
conllevar que no se pueda escindir el enlace establecido en la niñez entre
las pulsiones crueles y las erógenas. Quizás en este punto, podríamos
plantear que aspectos de la vida pulsional dejaron facilitaciones, y una
fijación en los modos de satisfacción pulsional, que en la posterioridad
puedan posibilitar la presentación de conductas que busquen una
repetición de estos modos masoquistas de satisfacción pulsional, más allá
de lo que ocurre en la perversión.
En Pulsiones y sus destinos (1915), donde aborda el par sadismo-
masoquismo desde su primera teoría pulsional, mantiene el planteamiento
de 1905 del masoquismo como secundario al sadismo: “no parece haber
masoquismo originario que no se engendre del sadismo…” (Freud, 1915;
p. 123). De esta manera, el masoquismo sería entendido como un sadismo
vuelto hacia la propia persona, y una transformación de la actividad en
pasividad. Asimismo, explica que la pulsión no busca como meta infligir
dolor, pero producto de la transmudación en masoquismo, el dolor pasa a
prestar servicios a la meta masoquista pasiva. “…las sensaciones de dolor
como otras sensaciones de displacer, desbordan sobre la excitación sexual
y producen un estado placentero en aras del cual puede consentirse aun
el displacer del dolor” (op.cit.; p. 124).

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A partir de estos desarrollos teóricos no se podía dar respuesta a
otro tipo de fenómenos que se presentaban en ciertas personas y no
daban cuenta de un masoquismo, en términos de perversión; sino de
situaciones traumáticas y punitorias que se repetían en las personas como
si con ello existiera un placer asociado al dolor que ello provocaba y
permitiera mantenerlo en el tiempo. Corresponderían a situaciones
dolorosas que persisten en los individuos, e incluso parecieran ser
buscadas, las cuales estarían más allá del principio del placer; esto quiere
decir que no se buscaría evitar estas situaciones displacenteras o
dolorosas, con lo cual la angustia no estaría funcionando como señal. “Hay
personas que durante su vida repiten sin enmienda siempre las mismas
reacciones en su perjuicio, o que parecen perseguidas por un destino
implacable, cuando una indagación más atenta enseña que en verdad son
ellas mismas quienes sin saberlo se deparan ese destino. En tales casos
adscribimos a la compulsión de repetición el carácter de lo demoniaco”
(Freud, 1933; 99).
En 1920 Freud introduce la pulsión de muerte, y con ello busca dar
respuesta a este tipo de fenómenos. Plantea una nueva teoría pulsional,
en donde el dualismo ahora estaría entre las pulsiones de muerte y las
pulsiones de vida. Las pulsiones de muerte responderían a la tendencia de
todo ser vivo de volver a un estado inorgánico, buscando una reducción
completa de las tensiones, y estarían regidas por el principio de nirvana.
En un primer tiempo estarían dirigidas hacia el interior, para luego ser
deflexionadas al exterior como pulsión de agresión, apoderamiento,
destrucción, sadismo, según las distintas gradaciones y formas que tome
en mezcla con las pulsiones de vida. Por su parte, las pulsiones de vida
incluirían a las pulsiones yoicas o de autoconservación, y a las pulsiones
sexuales; las cuales estarían bajo la influencia del principio del placer.
Estas buscarían volver a un estado previo en la vida, y tenderían a generar
mayores ligaduras de la energía libidinal con las representaciones, en
contraposición a las pulsiones de muerte que tienden a romper los niveles
de ligadura (Valls, 2008).

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De esta forma, los grados de mezcla y desmezcla entre estos pares
de pulsiones darían cuenta de los fenómenos del psiquismo, siendo muy
raro que las pulsiones aparezcan en su forma pura, en su mayoría
aparecen mezcladas. Las pulsiones de muerte actúan muchas veces en
forma muda, y se exteriorizan a través de su mezcla con las pulsiones de
vida. Estas últimas irían a favor de poner coto a las pulsiones de muerte
que buscarán siempre la descarga, buscarán el poder reunir, ligar y la
síntesis. De esta manera, en el funcionamiento del aparato psíquico se
puede ver la cooperación y conflicto entre las pulsiones, y asimismo, la
interdependencia que se da en la influencia de los principios que las
regulan. En síntesis, el principio de nirvana expresaría la tendencia de la
pulsión de muerte, el principio de placer el de las pulsiones de vida y el
principio de realidad las exigencias del mundo externo (Freud, 1924).
Con la introducción del nuevo dualismo pulsional, pulsiones de vida
v/s pulsiones de muerte, y la segunda tópica del aparato psíquico, Freud le
da nueva mirada al masoquismo. Va a reconsiderar su visión anterior en
donde lo sitúa como secundario al sadismo, y reconoce la posibilidad de la
existencia de un masoquismo primario. A través del análisis de sus casos,
se da cuenta que el masoquismo tampoco responde al principio del placer,
ya que este es el que busca la evitación del displacer y la ganancia de
placer, todo lo contrario de lo que ocurre en el masoquismo: “si el dolor y
displacer pueden dejar de ser advertencias para constituirse, ellos
mismos, en metas, el principio del placer queda paralizado, y el guardián
de nuestra vida anímica, por así decir, narcotizado” (Freud, 1924; p.165).
A partir de ello, Freud plantea la existencia del masoquismo
originario, erógeno como producto del resto de pulsión de muerte que
queda en el organismo, y que no pudo ser expulsada hacia el mundo
externo como pulsión de agresión, de destrucción o sádica. El masoquismo
erógeno acompañaría a la libido en todas las fases del desarrollo, tomando
prestados sus revestimientos psíquicos para su expresión; con lo que se
ha realizado la ligazón del placer sexual al dolor (op.cit.).
Junto al masoquismo originario, Freud describe otros dos tipos de
masoquismo: el femenino y el moral. En el femenino, se visualizan las

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fantasías perversas masoquistas, en las cuales su escenificación pueden
ser un fin en si mismo o servir de inicio a la relación sexual. En ellas el
contenido apunta a ser amordazado, golpeado, sometido, denigrado por el
ser amado. En el masoquismo moral, se ha aflojado el vínculo con la
sexualidad y lo que importa es el padecer, no interesa si lo realiza la
persona amada u otra persona o circunstancia (op.cit.).
Es sobre este tipo de masoquismo, el moral, que me parece
atractivo profundizar para visualizar a aquellas personas que persisten en
situaciones o relaciones que solo conllevan dolor y sufrimiento. Freud
asocia este tipo de masoquismo con la constitución en el aparato del
superyó, el que sería sádico y se complementaría con el yo masoquista
(Freud, 1924; Valls, 2008).
En El yo y el Ello (1923), Freud profundiza la constitución del aparato
psíquico, y nos plantea que en la constitución del superyó, este se
alimenta de dos fuentes: las primeras identificaciones y en la herencia del
Complejo de Edipo, con lo que mantiene una afinidad con el ello, y puede
subrogarlo frente al yo. El superyó se ha engendrado a partir de una
identificación con el arquetipo paterno. A desexualizarse las inclinaciones
paternas, el componente erótico ya no tiene la fuerza para ligar toda la
pulsión de muerte mezclada con él, y esta se libera como inclinación a la
agresión y destrucción. De esta desmezcla, el superyó extrae toda la
dureza y cruel imperativo del deber-ser, el cual impone al yo.
Freud atribuyo al superyó la función de la conciencia moral,
encargada de vigilar y enjuiciar las acciones del yo, ejerciendo una
actividad censora de éste. Producto de las tensiones entre las exigencias
de la conciencia moral y el yo, surge la conciencia de culpa, que se
exterioriza como una necesidad de castigo, “exteriorización pulsional del
yo que ha devenido masoquista bajo el influjo del superyó sádico, que
emplea un fragmento de la pulsión de destrucción interior, preexistente en
él, en una ligazón erótica con el superyó” (Freud, 1930; p. 132). De esta
forma, identifica dos orígenes para el sentimiento de culpa: la angustia
frente a la autoridad en un primer momento del desarrollo, y luego la
angustia frente al superyó. De estas, la primera obliga a la renuncia

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pulsional, y la segunda, además, esfuerza a la punición, ya que no se
puede ocultar al superyó la persistencia de los deseos pulsionales
prohibidos.
Por lo tanto, producto de los deseos pulsionales que persisten, el yo
se siente culpable, y pide el castigo que merece por tal “pecado”. Estos
deseos pulsionales prohibidos, como nos plantea Freud, siempre tienen
relación con el complejo de Edipo, siendo la prohibición del incesto y
parricidio. Entonces, ¿podríamos plantearnos que aquellas personas que
se ven inmersas en un constante sufrimiento por las situaciones “que la
vida” le entrega, estarían buscando ser castigadas y con ello aplacar al yo
masoquista y superyó sádico?
En “El problema económico del masoquismo”, Freud nos propone
distinguir entre la continuación inconciente de la moral y el masoquismo
moral. De la primera, el acento recae en el sadismo acrecentado del
superyó, al cual el yo se somete; y del segundo, el acento esta puesto en
el genuino masoquismo del yo, que pide castigo, ya sea por parte del
superyó o de otras figuras parentales de afuera. Nos plantea que podemos
confundirnos, ya que ambos implican una relación entre superyó y yo, y
en ambos esta presente la necesidad de ser castigados y de padecer. Sin
embargo, nos advierte que el sadismo del superyó casi siempre deviene
conciente, en cambio el masoquismo del yo en general permanece
inconciente. Esto hace que las personas no puedan ver su participación
en la ocurrencia de estos sufrimientos que los aquejan continuamente, y
por lo mismo, este tipo de conductas tienen tanta resistencia al cambio,
ya que hay beneficios ocultos en la mantención de ellos.
Sin duda, estas personas concientemente no se buscan este tipo de
situaciones, ni parece que lo buscaran intencionalmente, sin embargo, se
ven involucradas constantemente en situaciones dolorosas, repitiendo
patrones de relaciones que de alguna manera les permiten “pagar” por
aquellos deseos pulsionales que insisten en ser satisfechos, como lo
fueron en un primer tiempo.
No debemos olvidar, que el análisis individual de cada caso nos dará
luz de los motivos que están a la base de este tipo de conductas, ya que si

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bien se pueden ver conductas que ante la observación pueden ser iguales,
sin embargo, los motivos a la base pueden ser distintos. Tanto la
conciencia moral como la moral nacieron de la superación del complejo de
Edipo, producto de la desexualización de los vínculos parentales; sin
embargo, más tarde mediante el masoquismo moral es resexualizada, el
complejo de Edipo es reanimado, abriendo la posibilidad para una
regresión de la moral al complejo de Edipo (Freud, 1924). De esta forma,
Freud nos explica que el masoquista se ve obligado ha realizar acciones
que lo lleven a provocar un castigo por parte de los poderes subrogantes
de los padres, y de esta manera, recibir el castigo por sus pulsiones
prohibidas que persisten en ser satisfechas.
Si existen factores constitucionales, asociados a la pulsión de
muerte, constitución de un superyó sádico, y un yo masoquista que de
alguna manera van a facilitar la aparición de esta necesidad de castigo y
sentimiento inconciente de culpa; me surge la pregunta con respecto a
qué ocurre en aquellas personas en donde estos factores son más
intensos que los llevan a mantenerse en esta posición doliente toda su
vida, en relaciones que terminan muchas veces aniquilándoles.
En el análisis de este tipo de personas, y tomando las series
complementarias de Freud, me parece no podemos dejar de lado los
distintos factores que se interrelacionan y potencian para finalmente
plasmar en las personas modos de funcionamiento psíquico que
persistirán a lo largo de la vida. Podemos considerar que en un primer
tiempo se han plasmado facilitaciones en los modos de satisfacción
pulsional, la mezcla pulsional que en los desarrollo de la libido han ido
dejando sus huellas, y que hacen que las personas sigan repitiendo
patrones que si bien pueden ser “displacenteros”, responden a instancias
psíquicas que buscan castigar o ser castigadas por los deseos pulsionales
que se debieron dejar atrás, pero que en el inconciente siguen presentes
como en aquellos primeros tiempos. De esta forma, el modo en que se
haya atravesado el complejo de Edipo, plasmará la severidad del superyó,
y con eso el masoquismo del yo que se subrogará a las exigencias del
superyó.

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Bibliografía

- Freud, Sigmund (1905): Tres ensayos de teoría sexual. Vol. VII. Editorial
Amorrortu, Buenos Aires, 2003
- Freud, Sigmund (1915): Pulsiones y destinos de pulsión. Vol. XIV.
Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2003
- Freud, Sigmund (1920): Más allá del principio del placer. Vol. XVIII.
Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2006
- Freud, Sigmund (1923): El yo y el ello. Vol. XIX. Editorial Amorrortu,
Buenos Aires, 2006
- Freud, Sigmund (1924): El problema económico del masoquismo. Vol.
XIX. Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2006
- Freud, Sigmund (1930): El malestar en la cultura. Vol. XXI. Editorial
Amorrortu, Buenos Aires, 2007
- Freud, Sigmund (1933): Nuevas conferencias de introducción al
psicoanálisis. Vol. XXII. Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2006
- Laplanche, Jean & Pontalis Jean-Bertrand (1996): Diccionario de
Psicoanálisis. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006.
- Valls, Jose Luis (2008): Diccionario Freudiano. Gaby Ediciones, Buenos
Aires, 2008