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POEMAS CON CABALLOS

(1956)
Poemas y romances
(1951)
El ángel de las botas

Como botas de ahogado,


mis botas junto al mar se han azulado.

Mis botas sin jinete


y en espuma de mar, no de caballos.

Sus puntas ya no sienten


mi cuerpo en los estribos, casi alado.

Y mis piernas no surgen


de su cuero, tirante hacia lo alto.

Sin botas por la arena,


corro hasta ellas sonriendo, y con mis manos

las alzo. Y frente al agua


las afirmo de nuevo, arrodillado.

Surgiendo de mis botas,


como a golpes de viento se ha formado.

Y por olerlo rueda


el mar hasta mis botas, disparado.

En medio de su cuerpo
crecen olas, lamiéndolo y quebrándolo.

Azul de brazo a brazo,


sus pulmones son cielos destrozados.

Cintas blancas y azules


atan su pelo al sol. Y es todo blanco

desde las cortas alas


hasta el vientre. Mis botas más abajo.

Volteadas por el viento,


mis botas caen al fin. Y arrodillado

abrazo más que viento.


Abrazo al ángel que hice con mis manos.
De la niña muerta

Tenía la altura,
tal vez, de mi pierna.
Midiendo mi pierna
me parece verla.

Cuando por las tardes


jugaba en la arena,
le pedía un balde
por jugar con ella.

Yo jugaba al ángel,
al medirla y verla,
de velas azules
y moños de velas.

Para el mediodía,
de mí sombra cerca,
jazminero bajo,
al andar, era ella.

Ni la flor ni el cielo,
con blancas orejas,
pudieron mimarla;
menos tiernos eran.

Vivió en la medida
que planta la hortensia.
Cojo es mi recuerdo;
la llevo en la pierna.
Del niño que aprendió a nadar

La madre y el hijo miran,


desde el lado de la patria,
el río que es argentino
todo el ancho de una pampa.
Río de escudo porteño,
con velas que no alegraban.

El cuerpo como un acento,


los brazos sobre las chapas
de un tanque, nadan muchachos
la sombra de balaustradas.
La madre y el hijo miran,
y los muchachos se marchan.

Le dijo al niño, el abuelo,


que en el tanque se bañara.
El abuelo con la madre
mirando en las balaustradas.
Desde ellas el cielo, oblicuo
sobre el niño que ya baja.

Entra de espaldas y tiembla


el agua que lo levanta.
Menos pequeño, relaja
piernas y vientre en el agua.
Callado aprende, y a solas
sabe que nada. Ya nada.

Se vuelve con humedad


recta de cielo, azulada.
Sobre la toalla, en un hombro,
el río y las nubes carga.
La madre le espera junto
al abuelo, en las barrancas.

A ambos lados mandarinos,


a la derecha las casas.
Trae en la cintura fiebre
y cicatriz heredada.
Llega y les dice, despacio:
Ya nado. Luego descansa.
Del muchacho borracho

Por la calle del puerto


da un paso, un par de pasos.
Pero no huele a puerto;
huele a potros y pastos.

Va con la borrachera
surgiendo de sus tacos,
y le crecen dos botas
como en mitad del campo.

Aunque ahora no lo monta


se duerme en su caballo.
Cierra sobre las crines
sus ojos de muchacho.

Cerca del marinero,


cuando el sol le da el alto,
dos alas le descubre
al caballo en sus flancos.

Y por el cielo azul,


volando y galopando,
se va mientras vomita
la ciudad hasta el campo.
El arma
(1953)
Sé que debo advertir al lector de El arma, de que esos ejercicios no están inspirados en
el amor físico, y menos aún en el de sus amantes.
Pero, aunque reconozca que el poema puede ser desviadamente interpretado, me niego a
comprometer a mis veinte años —acusándolos de maltratar el referido asunto— en la
impresión que causen sus imágenes y su simbolismo. No puedo hacerlo, porque a la
edad en que escribí El arma, ya sabía que para mantener en secreto el sentido de un
poema como éste, no hay mejor actitud que la de ser fiel a nuestras sensaciones. Así,
llégase al punto de humanizar las palabras, de hacerlas rodar por la sangre. O sea, de
vertirlas como sangre y no como lenguaje.
Y ésa fue la técnica que, pese a sus alcances previstos, guió la construcción de El arma.
1

Porque tu izquierdo corazón es seno


y no puño con lanza en esta tierra,
mi puño desenvaina de mi cuerpo
un arma que te escuda y que te acera.
Tendido en el comienzo de este cielo,
ya azul para la hormiga entre la hierba,
a mi alma sin reyes y sin joyas
he puesto empuñadura y, descubierta,
la llevo como un arma de combate:
mujer enamorada, tú en mi diestra.
2

Mujer enamorada, tú en mi cuerpo


eres mi alma de pie, como una espada
que idéntica a su vaina adolescente
nada lo mismo el cielo que las aguas.
Espada con latiente empuñadura,
porque es de seno izquierdo sobre mi alma,
mi mano quiebra y abre este muchacho,
que es mi cuerpo y mi edad, para que salgas
tú, mujer, en defensa de ti misma;
porque mi alma eres tú, desenvainada.
3

Mitad de amor, de sangre con un niño


remonta a caballo sus orillas
ira nacer de ti; mitad de guerra,
cargas entre dos caballerías
de una sola que me quiebra el cuerpo,
tu vaina, que es también la mía.
Forjé tu vaina desde mi garganta
en un tirón de sol, bajo las cintas
liquidas de la piel, de hueso en hueso,
y hasta en tus propios pies, un mediodía.
4

Yo mismo me remonto, me retrepo


como nadando ríos verticales,
asciendo desde el pie sin que mis músculos
sientan más salto que el del sol y el aire,
y alcanzo mis espaldas y mi rostro,
paso de hierba por los pectorales,
para verte de pie sobre mi frente
y para descubrir que vas, amante,
desde mi frente al cielo en una mano
a la que es imposible desarmarle.
5

Ahora que soy de poros sobre el pasto,


y que tendido aquí en tu sombra siento
que entre la hierba el cielo es todavía
azul, como es azul arriba nuestro;
uno en el otro, todavía en tierra
pero mojados ya por todo el cielo,
el cuerpo en medio del azul, sin alas
pero entre nubes, contra el sol y el viento,
tú en mi mano, tú azul, tú por el aire,
yo te veo, mujer, y yo me veo.
6

Desde mis pies, mis dedos, abro un río


que va de las rodillas hasta el pecho,
me desato los músculos, me parto
y por mis hombros salto, corro y muerdo.
Tiro mi cuerpo al suelo y yo me tiro
sobre mi propio cuerpo con mi cuerpo,
y, adentro mío, en un instante empuño
el arma que eres tú, el amante acero
que, ya rota su vaina, a mí me envaine
cuando muerto de amor lo lance al cielo.
Tres ejercicios
(1953)
El cepo

Sé que a la tierra me unen dos tobillos,


y sé que boca abajo, en mar o pampa,
sólo los siento por la espuma, el pasto
que arrojan desatados a mi espalda.
Pero sé que si el cuerpo se me tiende
hacia los cielos, boca arriba el alma
y nadada por nubes que no vuelven
a cruzar otra vez por mi mirada,
se resuelven en cepo mis tobillos
y siento que me ahogo sin dos alas.
Las espuelas

Militar igualdad de tus talones,


igualdad de los míos, a la espera
para saltar y caer sobre los tuyos
y armarse con sus púas en mi tierra,
hacen crecer tu sangre con mi sangre
por tus botas de piel, que son mis piernas.
Sangre que aspira el cuerpo desde el suelo
y salta abierta en dos, como dos trenzas,
hasta que sea mi píe vaina del tuyo
y sean tus talones mis espuelas.
El polvorín

Debe saltar mi cuerpo hacia los cielos


y estallar hasta ser, multiplicado,
cada gota, cada hoja, cada arena;
mi piel por todo el cielo y todo el campo.
Después de absorber aire absorbo tierra
con el pecho invertido y enterrado.
Y ahora en el mar, con mi cintura en medio
de un metro azul de ángel casi ahogado
como un niño de su alto, aspiro el agua.
Y unidos aire y tierra y agua, estallo.
Poemas con caballos
(1955)
De viento

De Dios desde las crines a la cola,


viento con espinazo los caballos.
Y su espinazo rayo que me cruza
el espinazo en cruz y se dispara
a su origen. Caballos y jinete
que convergen para entregar su médula
de pampa, más allá del horizonte.

Su espinazo es costilla despedida


por el pecho de Dios, rayo tendido
desde las crines a las colas, hueso
con tuétano de campo.
Porque el potro
es agua que pialada se desploma
sobre sus vasos, y agua es el jinete,
Dios nos hundió en los lomos su costilla.

Costilla más allá del horizonte,


y espinazo en la pampa, que osifica
la horizontal del agua y me rayea
la espalda hacia adelante. Con quitarle
el freno de su punta y el relámpago
vertebral de la plata, vuelve el hueso
a ser rayo imanado por su origen.

El rayo despedido, separado


de la argolla de músculos y plata
que lo redujo a viento entre rodillas,
todavía es caballo hasta su médula
cruzada con la mía. Y es la médula
de pampa desbocada al horizonte,
en la cruz del caballo y su jinete.

El horizonte piala los caballos


para que el agua ruede, el rayo siga.
Con vertebral envión el espinazo
se dispara del lomo y, todavía,
es rosillo, azulejo, doradillo;
caballo medular que Dios imana
y no se entrega al invisible lazo.

Para entregarse a Dios, cruza el caballo


su horizonte, y estira a través mío
la punta hacia su origen. Por su punta
precipita la médula de pampa,
más allá de la pampa.
Y siempre en pampa,
porque lo imana dios galopa el rayo,
y rueda sólo en Dios con su jinete.
De agua

Potro que Dios líquidamente cría,


sobrepasa el nivel del espinazo
con sus crines y cola, pero lo aísla
la pampa sin declives.
Siempre sobre
la misma paralela al horizonte,
si se derrama nuevamente al vaso
el galope del potro no es galope.

Y para que no vierta sobre cabos


que le inundan el pecho, desbordado
por las crines al cielo, ni la sombra
del domador lo abarca.
Con apero
de sol que lo rayea y evapora,
remontado de sus pampeanos huesos
el galope del potro es su galope.

Su galope de agua, ya sin sombra


que la anochezca, oculte del espacio,
hacia su doma en Dios y no en la pampa.
De agua alineada por el mediodía,
curvada por el potro de la lluvia:
crines desembocadas en sus crines
para que no se incendie todavía.

Sin esqueleto que jamás galopa


la pampa aunque galope, otro infinito
remonta el agua, pero evaporada.
Y ya empinada por la rienda ígnea
se oscurece recién con el jinete.
El jinete llamea en vez del potro,
nada las efusiones de sus puntas.

Por una línea de cruzados potros


de fuego y lluvia, sobre el cielo arde
y nada el domador. Pampa radiosa
no aísla su galope como pampa
horizontal. Declive es, pero enciende
al potro por los vasos, ni llovidos
ni sombreados, hasta su superficie.

Incendia hasta la lluvia que crinea


en sus líquidas crines. Llamaradas
afluyen al caudal que fue su pecho,
ya no cabos de agua, y, todavía,
su doma es sólo en Dios. Para su sombra,
crines y cola ardidas y un jinete
que nada sol.
La pampa con sus huesos.
De fuego

Ya desnudo de crines y de cola,


más que crines y cola haces de viento,
el esqueleto del caballo es ángel
sin alas en la pampa.
Desenvuelto
del viento que lo aislaba, desgastado
por el aire del cielo su espinazo,
roza el aire su médula de fuego.

Roza el aire su médula, y su médula,


que es de potro si hay luz en sus extremos,
dos llamas de su fuego enardecido
por el aire alza al aire. Sobre el pecho
se despliega el incendio de su punta,
y sobre el anca el de su cola. Crines
y cola iluminándolo de nuevo.

Más que crines y cola, alas del potro.


Pero de sol creciente, no de viento
que se deshace contra la tormenta
y desnuda de luz al esqueleto.
Llamas que desde el lomo hasta los vasos
bañan los huesos y, con honda seda,
hacen todo de piel su nuevo cuerpo.

Nuevo cuerpo del potro, seda ardiente


que enfurecida mana de su tuétano,
ahonda sus ondas desdobladas y hace
sólo de piel sus ancas, su hondo pecho.
Sol sobre la osamenta, alas flamígeras
que el viento excita cuando, ya extendidas,
levantan al caballo hacia los cielos.

Levantan al caballo, y el caballo


dilata en las tormentas el espejo
profundo de su pecho. Y hasta el agua
de la lluvia resbala por su incendio.
Pero ya sobre Dios, aunque el espacio
irrita más y más sus llamaradas,
desecha sus banderas y flameos.

Desecha sus banderas y desecha


sus crines y su cola y sus ondeos,
porque al aire de Dios más se enarbola
la espuma desgastada de los huesos.
Y ya sólo de espuma, nuevamente
el esqueleto del caballo es ángel
sin alas. Pero ahora sobre el cielo.
Elegía argentina

Para mi madre

Los caballos se bañan en el río


y yo me baño en el río con los caballos.
Sus crines y sus colas
son de agua sobre el agua,
como fuentes que fluyen
desde Ja arena al aire.
Y yo me baño en el río
pero bebo las crines
y las colas de los caballos.

El agua rueda desde Dios


y se desliza por sus ancas
y se bifurca en mis caderas.
Más que el río y la lluvia,
sus crines me humedecen
el pelo.
Es una tarde de verano,
de un día que no existe,
y en un país que no se tiende,
ya,
a la sombra de sus caballadas.

Esta tarde, Dios habla


en los saltos del río
para nombrarme caballos
que todavía yo recuerdo.
Caballos que la lluvia volvió de lluvia
y que se fueron tormentosos,
hasta que el sol los evaporó.
Y recuerdo el caballo
que murió con un ojo estallado por su dueño,
cuando mi madre era muchacha
y los carreros la saludaban
con el mismo silencio
que las dos torres de nuestra casa.

Y recuerdo otros caballos


que galopé en el sur
y que montaba en pelo
por una laguna de sal,
contra el viento que olía a mar, hasta que la lluvia
lo lavaba en la arena.
Y recuerdo caballos que fueron de mi tatarabuelo
y que eran iguales a los míos,
iguales a todas las caballerías
tormentosas por estas tierras.

Son los mismos caballos


que se bañan en el río
y que Dios llama por sus pelajes
con palabras que suenan
como los nombres de los ángeles.
Porque el pelaje de los caballos
tiene nombres angelicales
y la palabra azulejo
traspasa todos los cielos.

Dios les habla y me habla


con las mismas palabras
cuando el ruido del agua
es el silencio de todos los campos.
Los nombra y me nombra
en un país que no se tiende,
ya,
a la sombra de sus caballadas.
Y es una tarde de verano,
de un día que no existe
o que existió sólo en la pampa.
Pero montado en los caballos
siento mi cuerpo contra el río,
nado entre crines y galopo a Dios
y mis ojos se hunden
profundizados en su pecho.

Dios juega con los caballos


en sus manos,
palmotea y sonríe a los más humildes,
a los más castigados;
al que conoció mi madre cuando era muchacha,
muerto con un ojo menos
y que bajaba hasta el río
sin descubrir la razón de sus heridas,
y a todos los que rodaron
cuando los hombres afirmaban
que el cielo era para los hombres,
que las tierras eran para los hombres
y que las tardes no eran como yeguas
tendidas entre ángeles.

Yo entonces no conocía
el cielo de los caballos,
pero rezaba por ellos todas las noches,
y era un niño que rezaba por los caballos de Dios,
y era un niño al que Dios
perdonaba sus insolencias
porque rezaba por los caballos
y lloraba por ellos
y les prometía un dios omnipotente,
que los convertiría en ángeles
aunque los hombres se negaran.

Un Dios con el que soñaba mi madre


cuando era muchacha
y ya me descubría
descalzo por la arena.
Cuando los carreros eran silenciosos
como las torres de nuestra casa
y los jazmines eran argentinos
porque eran nuestros,
dando la vuelta al patio
hasta la noche,
en que la patria era en el cielo.