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ADORACIÓN EUCARISTICA

Qué es adorar

Es la relación connatural del hombre con Dios, de la creatura inteligente con su Creador. Los hombres y
los ángeles deben adorar a Dios. En el cielo, todos, las almas bienaventuradas de los santos y los santos
ángeles, adoran a Dios. Cada vez que adoramos nos unimos al cielo y traemos nuestro pequeño cielo a
la tierra.
La adoración es el único culto debido solamente a Dios. Cuando Satanás pretendió tentarlo a Jesús en el
desierto le ofreció todos los reinos, todo el poder de este mundo si él lo adoraba. Satanás, en su
soberbia de locura, pretende la adoración debida a Dios. Jesús le respondió con la Escritura: ―Sólo a
Dios adorarás y a Él rendirás culto‖.

Qué es la adoración eucarística

Es adorar a la divina presencia real de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, en la Eucaristía.


Jesucristo, al comer la Pascua judía con los suyos, aquella noche en la que iba a ser entregado, tomó
pan en sus manos, dando gracias bendijo al Padre y lo pasó a sus discípulos diciendo: ―Tomad y comed
todos de él, esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros‖, al final de la cena, tomó el cáliz de
vino, volvió a dar gracias y a bendecir al Padre y pasándolo a los discípulos dijo: ―Tomad y bebed todos
de él, este es el cáliz de mi sangre. Sangre de la Alianza Nueva y Eterna que será derramada por
vosotros y por muchos para el perdón de los pecados.‖
Él dijo sobre el pan: ―Esto es mi cuerpo‖, y sobre el vino: ―Esta es mi sangre‖. Pero, no sólo eso, agrego
también: ―Haced esto en conmemoración mía‖. Les dio a los apóstoles el mandato, ―haced esto‖, el
mandato de hacer lo mismo, de repetir el gesto y las palabras sacramentales. Nacía así la Eucaristía y el
sacerdocio ministerial.
Cada vez que el sacerdote pronuncia las palabras consagratorias es Jesucristo quien lo ha hecho y se
hace presente su cuerpo y su sangre, su Persona Divina. Porque Jesucristo es Dios verdadero y hombre
verdadero. Siendo Jesucristo Dios y estando presente en la Eucaristía, entonces se le debe adoración.
En la Eucaristía adoramos a Dios en Jesucristo, y Dios es Uno y Trino, porque en Dios no hay divisiones.
Jesucristo es Uno con el Padre y el Espíritu Santo y, como enseña el Concilio de Trento, está
verdaderamente, realmente, substancialmente presente en la Eucaristía.
La Iglesia cree y confiesa que «en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración
del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero
Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles» (Trento 1551: Dz 874/1636).
La divina Presencia real del Señor, éste es el fundamento primero de la devoción y del culto al Santísimo
Sacramento. Ahí está Cristo, el Señor, Dios y hombre verdadero, mereciendo absolutamente nuestra
adoración y suscitándola por la acción del Espíritu Santo. No está, pues, fundada la piedad eucarística en
un puro sentimiento, sino precisamente en la fe. Otras devociones, quizá, suelen llevar en su ejercicio
una mayor estimulación de los sentidos –por ejemplo, el servicio de caridad a los pobres–; pero la
devoción eucarística, precisamente ella, se fundamenta muy exclusivamente en la fe, en la pura fe sobre
el Mysterium fidei («præstet fides supplementum sensuum defectui»: que la fe conforte la debilidad del
sentido; Pange lingua).

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Por tanto, «este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez
sacrificio y sacramento, y se distingue de los demás en que no sólo comunica la gracia, sino que
encierra de un modo estable al mismo Autor de ella.
«Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones
espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su
divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad» (Mediator
Dei 164).
El culto eucarístico, ordenado a los cuatro fines del santo Sacrificio, es culto dirigido al glorioso Hijo
encarnado, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Es,
pues, un culto que presta a la santísima Trinidad la adoración que se le debe (+Dominicæ Cenae 3).
La Eucaristía es el mayor tesoro de la Iglesia ofrecido a todos para que todos puedan recibir por ella
gracias abundantes y bendiciones. La Eucaristía es el sacramento del sacrificio de Cristo del que
hacemos memoria y actualizamos en cada Misa y es también su presencia viva entre nosotros. Adorar es
entrar en íntima relación con el Señor presente en el Santísimo Sacramento.
Adorar a Jesucristo en el Santísimo Sacramento es la respuesta de fe y de amor hacia Aquel que siendo
Dios se hizo hombre, hacia nuestro Salvador que nos ha amado hasta dar su vida por nosotros y que
sigue amándonos de amor eterno. Es el reconocimiento de la misericordia y majestad del Señor, que
eligió el Santísimo Sacramento para quedarse con nosotros hasta el fin de mundo.
El cristiano, adorando a Cristo reconoce que Él es Dios, y el católico adorándolo ante el Santísimo
Sacramento confiesa su presencia real y verdadera y substancial en la Eucarística. Los católicos que
adoran no sólo cumplen con un acto sublime de devoción sino que también dan testimonio del tesoro
más grande que tiene la Iglesia, el don de Dios mismo, el don que hace el Padre del Hijo, el don de
Cristo de sí mismo, el don que viene por el Espíritu: la Eucaristía.
El culto eucarístico siempre es de adoración. Aún la comunión sacramental implica necesariamente la
adoración. Esto lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis cuando cita a san
Agustín: ―nadie coma de esta carne sin antes adorarla…pecaríamos si no la adoráramos‖ (SC 66). En
otro sentido, la adoración también es comunión, no sacramental pero sí espiritual. Si la comunión
sacramental es ante todo un encuentro con la Persona de mi Salvador y Creador, la adoración
eucarística es una prolongación de ese encuentro. Adorar es una forma sublime de permanecer en el
amor del Señor.
Por tanto, vemos que la adoración no es algo facultativo, optativo, que se puede o no hacer, no es una
devoción más, sino que es necesaria, es dulce obligación de amor. El Santo Padre Benedicto XVI nos
recordaba que la adoración no es un lujo sino una prioridad.
Quien adora da testimonio de amor, del amor recibido y de amor correspondido, y además da testimonio
de su fe.
Ante el misterio inefable huelgan palabras, sólo silencio adorante, sólo presencia que le habla a otra
presencia. Sólo el ser creado ante el Ser, ante el único Yo soy, de donde viene su vida. Es el estupor de
quien sabe que ¡Dios está aquí! ¡Verdaderamente aquí!

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Adoremos a Cristo presente en la Eucaristía

(Extraído de La adoración eucarística, José María Iraburu, Pamplona, Fundación Gratisdate, 2001)
Al finalizar su estudio sobre La presencia real de Cristo en la Eucaristía, José Antonio Sayés escribe:
«La adoración, la alabanza y la acción de gracias están presentes sin duda en la trama misma de la
―acción de gracias‖ que es la celebración eucarística y que en ella dirigimos al Padre por la mediación del
sacrificio de su Hijo.
«Pero la adoración, que es el sentimiento profundo y desinteresado de reconocimiento y
acción de gracias de toda criatura respecto de su Creador, quiere expresarse como tal y
alabar y honrar a Dios no sólo porque en la celebración eucarística participamos y hacemos
nuestro el sacrificio de Cristo como culmen de toda la historia de salvación, sino por el
simple hecho de que Dios está presente en el sacramento...
«Por otra parte, hemos de pensar que la Encarnación merece por sí sola ser reconocida con la
contemplación de la gloria del Unigénito que procede del Padre (Jn 1,14)... La conciencia viva de la
presencia real de Cristo en la Eucaristía, prolongación sacramental de la Encarnación, ha
permitido a la Iglesia seguir siendo fiel al misterio de la Encarnación en todas sus
implicaciones y al misterio de la mediación salvífica del cuerpo de Cristo, por el que se
asegura el realismo de nuestra participación sacramental en su sacrificio, se consuma la
unidad de la Iglesia y se participa ya desde ahora en la gloria futura» (312-313).
Adoremos, pues, al mismo Cristo en el misterio de su máximo Sacramento. Adorémosle de todo corazón,
en oración solitaria o en reuniones comunitarias, privada o públicamente, en formas simples o con toda
solemnidad.
–Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. La adoración eucarística fuera de la Misa
ha de ser, en efecto, preparación y prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la
Eucaristía. Con razón hace notar Pere Tena:
«La adoración eucarística ha nacido en la celebración, aunque se haya desarrollado fuera de
ella. Si se pierde el sentido de adoración en el interior de la celebración, difícilmente se
encontrará justificación para promoverla fuera de ella... Quizá esta consideración pueda ser
interesante para revisar las celebraciones en las que los signos de referencia a una realidad
trascendente casi se esfuman» (212).
– Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía: exaltemos al humillado. Es un deber glorioso e
indiscutible, que los fieles cristianos –cumpliendo la profecía del mismo Cristo– realizamos bajo la acción
del Espíritu Santo: «él [el Espíritu Santo] me glorificará» (Jn 16,14).
En ocasión muy solemne, en el Credo del Pueblo de Dios, declara Pablo VI: «la única e indivisible
existencia de Cristo, Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace
presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma
existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual,
en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados,
por obligación ciertamente gratísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al
mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de
nosotros sin haber dejado los cielos» (n. 26).
– Adorando a Cristo en la Eucaristía, bendigamos a la Santísima Trinidad, como lo hacía el
venerable Manuel González:
«Padre eterno, bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra
para dejar salir estas palabras: ―sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo‖.
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Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el
Corazón de Jesús en cada uno de los Sagrarios de la tierra. Bendito, bendito Emmanuel» (Qué hace y
qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, 37).
– Adoremos a Cristo en exposiciones breves o prolongadas. Respecto a las exposiciones más
prolongadas, por ejemplo, las de Cuarenta Horas, el Ritual litúrgico de la Eucaristía dispone:
«en las iglesias en que se reserva habitualmente la Eucaristía, se recomienda cada año una exposición
solemne del santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo, aunque no sea estrictamente
continuado, a fin de que la comunidad local pueda meditar y orar más intensamente este misterio. Pero
esta exposición, con el consentimiento del Ordinario del lugar, se hará solamente si se prevé una
asistencia conveniente de fieles» (86).
«Póngase el copón o la custodia sobre la mesa del altar. Pero si la exposición se alarga durante un
tiempo prolongado, y se hace con la custodia, se puede utilizar el trono o expositorio, situado en un
lugar más elevado; pero evítese que esté demasiado alto y distante» (93).
Ante el Santísimo expuesto, el ministro y el acólito permanecen arrodillados, concretamente durante la
incensión (97). Y lo mismo, se entiende, el pueblo. Es el mismo arrodillamiento que, siguiendo muy larga
tradición, viene prescrito por la Ordenación general del Misal Romano «durante la consagración» de la
Eucaristía (21). Y recuérdese en esto que «la postura uniforme es un signo de comunidad y unidad de la
asamblea, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes» (20).
– Adoremos a Cristo con cantos y lecturas, con preces y silencio. «Durante la exposición, las preces,
cantos y lecturas deben organizarse de manera que los fieles atentos a la oración se dediquen a Cristo,
el Señor».
«Para alimentar la oración íntima, háganse lecturas de la sagrada Escritura con homilía o breves
exhortaciones, que lleven a una mayor estima del misterio eucarístico. Conviene también que los fieles
respondan con cantos a la palabra de Dios. En momentos oportunos, debe guardarse un silencio
sagrado» (Ritual 95; +89).
– Adoremos a Cristo, rezando la Liturgia de las Horas. «Ante el santísimo Sacramento, expuesto durante
un tiempo prolongado, puede celebrarse también alguna parte de la Liturgia de las horas, especialmente
las Horas principales [laudes y vísperas].
«Por su medio, las alabanzas y acciones de gracias que se tributan a Dios en la celebración de la
Eucaristía, se amplían a las diferentes horas del día, y las súplicas de la Iglesia se dirigen a Cristo y por
él al Padre en nombre de todo el mundo» (Ritual 96). Las Horas litúrgicas, en efecto, están dispuestas
precisamente para «extender a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así
como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste,
que se nos ofrecen en el misterio eucarístico, ―centro y cumbre de toda la vida de la comunidad
cristiana‖ (CD 30)» (Ordenación general de la Liturgia de las Horas 12).
– Adoremos a Cristo, haciendo «visitas al Santísimo». En efecto, como dice Pío XII, «las piadosas y aún
cotidianas visitas a los divinos sagrarios», con otros modos de piedad eucarística, «han contribuido de
modo admirable a la fe y a la vida sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, que de esta manera
se hace eco, en cierto modo, de la triunfante, que perpetuamente entona el himno de alabanza a Dios y
al Cordero ―que ha sido sacrificado‖ (Ap 5,12; +7,10). Por eso la Iglesia no sólo ha aprobado esos
piadosos ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso de los siglos, sino que los ha
recomendado con su autoridad. Ellos proceden de la sagrada liturgia, y son tales que, si se practican con
el debido decoro, fe y piedad, en gran manera ayudan, sin duda alguna, a vivir la vida litúrgica»
(Mediator Dei 165-166).

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¿Por qué la Adoración Perpetua?

Porque es la manera que tenemos de dar una respuesta constante en el tiempo hacia Quien no deja de
ser Dios y de amarnos de amor eterno. Pero, la Adoración Eucarística Perpetua conlleva, como
consecuencia de lo anterior, otro mérito: en tiempos en los que nuestras iglesias están a menudo
cerradas, una capilla siempre abierta, para quienquiera allegarse a cualquier hora del día o de la noche,
es como los brazos siempre abiertos de Jesús, dispuesto a acoger a todo hombre. Es también una
respuesta al clamor del Papa Juan Pablo II, vuelto también suyo de Benedicto XVI: ―¡Abridle las puertas
a Cristo! ¡Abrídselas de par en par!‖
Los motivos que hacen única a la Adoración Perpetua son que el Señor sea adorado incesantemente y
que la iglesia esté siempre abierta.
En efecto, en una capilla de Adoración Perpetua, la fraternidad eucarística que conforman los
adoradores, reza a toda hora del día y de la noche, eleva alabanzas, súplicas, acción de gracias,
bendiciones y repara, rindiendo grandísimo honor y gloria al Señor como comunidad eclesial.
Adoradores que se suceden día y noche ofrecen un gran testimonio de fe, un testimonio que ayuda e
interpela al mundo, atrae a aquellos que están en la búsqueda de Dios y llama la atención a quien está
lejos del Señor para que se acerque a Él.
La capilla de la adoración perpetua es la fuente de agua viva que quita la sed de vida, es un faro en la
noche del mundo, es la puerta abierta al Cielo que permanece abierta. De ella se derraman gracias y
beneficios que llevan a grandes conversiones.
El Santo Padre Benedicto XVI insiste: nos falta redescubrir la oración, la contemplación.
En tal sentido, la Adoración Eucarística Perpetua origina una comunidad contemplativa donde cientos de
personas en oración incesante descubren la belleza y la riqueza del encuentro con Dios, hacen
experiencia directa de Dios, entran en intimidad con Él y desean conocerlo aún más, con el resultado de
mayor crecimiento espiritual.
El silencio con que se adora en la capilla permite el recogimiento que hace propicio el encuentro con el
Señor y su escucha.
En el día de la Inmaculada Concepción del 2007, la Congregación para el Clero, en la persona del
Cardenal Hummes, ha invitado a los Ordinarios de todo el mundo a dedicar un templo a la Adoración
Perpetua para el sostenimiento espiritual de todo el clero y para pedir más y santas vocaciones.

¿Cómo establecer la Adoración Perpetua?

La Iglesia a través de documentos magisteriales exhorta, alienta e impulsa la Adoración Perpetua en


todas las ciudades o centros urbanos de todo el mundo (Ver Redemptionis Sacramentum, Sacramentum
Caritatis, Carta de la Congregación para el Clero del 8-12-2007)
Premisas
Cuando se quiere tener adoración eucarística perpetua en un lugar lo primero es orar por el proyecto y
pedir a cuantos conventos de clausura se conozca o haya en la zona, se rece por esa intención.
La Adoración Eucarística Perpetua puede ser iniciada como proyecto parroquial o bien de la ciudad o
diocesano. En cualquier caso, su realización se apoya sobre dos pilares: la predicación en las homilías
por parte del Misionero, de las Misas festivas y prefestivas, en las que se recogen las adhesiones, y la
formación de una estructura organizativa de coordinadores.

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Cuando se trata de una parroquia. Las tres condiciones necesarias:
1. Un párroco que desee la adoración perpetua
2. Una capilla u oratorio consagrado únicamente para la adoración perpetua, con acceso exterior y
servicio para la noche.
3. Un equipo de parroquianos muy motivados para organizar supervisar la adoración perpetua.
Si tales condiciones se cumplen, entonces poneos en contacto con nosotros. Evaluaremos y
propondremos un programa para instaurar la adoración perpetua.
Es de advertir que a menudo obstaculizamos la acción del Espíritu Santo e infravaloramos la respuesta
de los fieles. A la objeción común que ya la parroquia tiene algunas horas de adoración y son pocos los
que concurren, se la responde con la evidencia que cuando limitamos el número de horas en las que el
Santísimo está expuesto, estamos también limitando el número de personas que puedan ir a adorar.
Una de las grandes ventajas de la adoración perpetua es que todas las horas y todos los días están
disponibles, por lo que resulta más fácil encontrar una hora y un día para adorar.
Por otra parte, debemos contar con la sensibilización hacia la Eucaristía y la adoración que estimula la
propia misión y que es el carisma propio de Misioneros del Santísimo Sacramento.
Luego de las predicaciones del primer fin de semana y la consecuente recolección de adhesiones es
cuando se puede evaluar la respuesta. En la inmensa mayoría de los casos grandes son las sorpresas
por los excelentes resultados obtenidos.
Predicaciones y recolección de adhesiones
Las predicaciones se basan en las Escrituras, fundamentalmente en el Evangelio del día, y en las
enseñanzas del Magisterio. Durante la homilía se invita a los fieles que deseen participar con una hora
semanal a que rellenen una invitación muy simple. Las adhesiones se recogen en la misma Misa.
Dado que las horas a cubrir son 168 (son las horas semanales y se pide por lo menos una hora a la
semana) y la distribución de las horas que serán cubiertas no es uniforme (hay horas, por ejemplo de la
noche en las que hay varias personas inscritas y otras de la madrugada en que al comienzo no están
cubiertas), es importante saber cuántos fieles concurren en el total de las Misas festivas y prefestivas
para alcanzar un número aceptable de adoradores. En general, es necesario ir a más de un lugar para
alcanzar a cubrir todas las horas de la semana. Esto, en el caso de la adoración perpetua en una
parroquia. Si el proyecto, en cambio, es de la ciudad, entonces se hace necesario ir al menos a las
iglesias de mayor asistencia de parroquianos. Por tanto, dependiendo de la cantidad de asistencia a las
Misas que, a su vez, determina la cantidad de iglesias a visitar o simplemente de las iglesias que se
integran al proyecto, será la duración temporal que va desde el comienzo de las predicaciones hasta la
inauguración de la adoración perpetua.
Organización
Requerida para poner en marcha la adoración perpetua, y luego para:
- ayudar a los adoradores a ser fieles a su hora santa de adoración semanal
- cerciorarse que las horas estén siempre cubiertas y la adoración sea sin interrupción.

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La siguiente estructura ha demostrado ser la más simple y efectiva:

SACERDOTE RESPONSABLE
COORDINADOR GENERAL
COORDINADOR DE COORDINADOR DE COORDINADOR DE COORDINADOR DE
TURNO TURNO TURNO TURNO
MADRUGADA MAÑANA TARDE NOCHE
(Medianoche a 6h) (6h a mediodía) (Mediodía a 18h) (18h a medianoche)
RESPONSABLES GRUPO RESPONSABLES GRUPO RESPONSABLES GRUPO RESPONSABLES GRUPO
HORA HORA HORA HORA
(6) (6) (6) (6)
ADORADORES ADORADORES ADORADORES ADORADORES

La organización reposa totalmente en los 29 fieles laicos (1 Coord. Gral.+ 4 de Turno + 24 Responsables
de Grupos Horarios) que se ocupan de supervisar la marcha de la adoración, verificando que el Señor no
quede nunca solo, y de formar a los adoradores a ser verdaderos custodios de la Eucaristía.
El Coordinador General es el responsable ante el párroco o el sacerdote consiliario de todo el
proyecto y del andamiento del mismo. Es asistido por los cuatro Coordinadores de Turno o franjas
horarias, quienes, a su vez, supervisan la labor de los Responsables de Grupo de Hora. Estos últimos
son quienes, una vez comenzada la adoración perpetua mantienen contacto directo con los adoradores.
Es responsabilidad de los coordinadores el tener una lista de todos los adoradores actualizada y
suministrar a cada adorador un elenco, con nombres y teléfonos, de los demás adoradores de su grupo
de hora. Esta información es importante para caso de ausencias (ver recuadro)
Cada grupo de hora se compone de todos los adoradores de una misma hora, a lo largo de toda la
semana (por ej. el grupo de las 17 horas está compuesto por todos las personas que adoran de 17 a 18
horas, desde el domingo al sábado).
Para un adecuado seguimiento de las asistencias habrá un libro donde los adoradores inscritos se
registrarán cada vez que asistan a sus horas santas.
La seguridad de la cobertura de cada hora está vinculada estrechamente a los reemplazos de los
adoradores en caso de ausencia.
La siguiente es una guía para el adorador en caso de ausencia:
Reemplazo en caso de ausencia
Verificar primero si hay otro adorador en la misma hora del día correspondiente.
Si no hay ninguno o si la otra persona tampoco asistirá buscar entre conocidos, amigos o parientes
quien pueda sustituir.
Si no buscar entre los adoradores de la misma hora de los otros días de la semana para permutar el día.
Otra posibilidad es pedir a un adorador de la hora anterior o bien de la siguiente que haga una hora
adicional para cubrir esa ausencia.

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En general todo se resuelve en un par de llamadas. Si aún después de aquellos intentos no se encuentra
un reemplazo, llamar al Responsable de Grupo de Hora.
Cada Responsable de Grupo de Hora vela para que la hora esté siempre cubierta. Los
Coordinadores, en general, y los Responsables de Grupo de Hora, en particular, deben ser quienes
mantengan vivo y constante el deseo de atraer nuevos adoradores al Santísimo Sacramento.
Los Responsables de Grupo de Hora se preocupan que cada adorador de su grupo sea fiel a su hora
santa de adoración semanal, verificando regularmente el libro de registro de asistencia. Forman a los
adoradores en la fidelidad sin la cual no puede haber progreso espiritual. Los alientan a perseverar y los
ayudan a encontrar reemplazantes, sobre todo durante el período estivo de vacaciones.
Los cinco Coordinadores (General y los de Turno) -principales responsables de la marcha y desarrollo
normales de la adoración perpetua- desarrollan una tarea intensiva antes del inicio de la adoración. Son
quienes llaman a las personas que se han adherido rellenando la invitación, para determinar hora y día
en el que desean adorar. Luego, van desarrollando los cuadros o grillas teniendo como objetivo
inmediato cubrir todas las 168 horas semanales.
Poco antes del comienzo de la adoración perpetua los Coordinadores pasan los datos correspondientes
a cada Responsable de Grupo Horario y a partir de ese momento son ellos los contactos directos y
principales con los adoradores. Son los que llamarán para la reunión general con todos los adoradores
que se tiene siempre antes de la inauguración y para entregarles, ese día de la reunión, la información
pertinente a cada adorador (en general es una carta de bienvenida del Obispo; la lista de nombres y
teléfonos del Responsable de Grupo y del Coordinador de Turno y de todos los adoradores de la misma
hora de toda la semana; una guía que recuerda las normas fundamentales y otros datos de interés y
cómo regularse en caso de ausencia; un señala libro con el nombre y la hora y día de adoración de cada
adorador).

Frutos de la adoración y de la Adoración Perpetua

La adoración aporta ante todo llegar a la intimidad con el Señor y ahondar tal intimidad. Para ningún
adorador Jesús es un extraño. La adoración permite vivir más intensamente, con mayor participación,
las celebraciones eucarísticas.
Quien adora encuentra paz, una paz desconocida para el mundo. Son muchísimos los testimonios en ese
sentido. Personas que nunca pisaron una iglesia y que de pronto por alguna circunstancia o porque el
Señor las atrajo entraron a la capilla de adoración y encontraron la paz para ellos desconocida, la que
sólo puede dar el Señor.
La capilla de adoración perpetua ofrece a todos una estación para detenerse en el camino frenético de la
vida. Les ofrece un espacio para reflexionar y dejarse interpelar por la presencia del Dios que nos ha
creado y que nos salva.
La capilla siempre disponible es espacio de encuentro y de reposo en el camino, porque allí está Aquél
que nos ofrece la paz verdadera, no como la que nos ofrece el mundo.
Resulta asombroso ver cuántas personas anónimas pasan y se detienen en la silenciosa capilla en la que
el Santísimo está siempre expuesto y transcurren un tiempo considerable, inmersas en su mundo
interior. Muchas veces se trata de personas que vienen de lugares muy distantes, aún de no católicos, o
invitadas por amigos. Muchas entran ―porque sí, por azar‖ y se ven atraídas por el poder invisible e
irresistible del Señor.
Otro beneficio que se da donde la adoración perpetua es establecida es el servicio de orientación
espiritual y de confesiones.

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La adoración eucarística en general, y la perpetua en particular, favorecen la participación del sacrificio
eucarístico en la Misa en la medida en que la adoración significa permanencia con Aquel a quien se ha
encontrado en la comunión sacramental.
Mediante la adoración perpetua se descubre y promueve la unidad en torno a Jesucristo Eucaristía al
volverse los adoradores conscientes de formar parte de una fraternidad eucarística, de cada uno ser un
eslabón de la cadena ininterrumpida de adoración.
Los frutos son incontables: de conversión, de salvación, de sanación de viejas heridas, de perdón, de
reconciliación, nacimiento de vocaciones a la vida religiosa o al matrimonio.
Ya Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia decía: ―El culto a la Eucaristía fuera de la Misa es
de inestimable valor en la vida de la Iglesia...Es bello quedarse con Él e inclinados sobre su pecho, como
el discípulo predilecto, ser tocados por el amor infinito de su corazón... Hay una necesidad renovada de
permanecer largo tiempo, en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante
Cristo presente en el Santísimo Sacramento‖. Y agregaba: ―¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y
hermanas, he hecho esta experiencia y de ella he sacado fuerzas, consuelo, sostén!‖ (EE n.25).
Hoy, más que nunca, debemos recuperar todo el respeto y el amor hacia la Eucaristía y para ello
empezar con tomar conciencia del infinito bien que se nos ha dado. El Magisterio de la Iglesia insiste en
–como decía el Juan Pablo II en su Carta apostólica sobre el año eucarístico 2004- recuperar el ―estupor
eucarístico‖. La rutina de las celebraciones hace que se pierda ese estupor, ese asombro por el mayor
don que Dios nos ha hecho luego de su Encarnación y consecuente con ella y con su sacrificio redentor.

Sugerencias para pasar la Hora Santa de adoración

Qué se debe hacer mientras se está en adoración Eucarística?


Ser conscientes de quién está delante de nosotros. Esto es lo esencial. Muchas veces en las capillas hay
subsidios,.es decir ayudas para la meditación, libros de espiritualidad. En esto conviene recordar la
recomendación de san Pedro Julián Eymard: el Señor aprecia mucho más nuestras pobres palabras y
pensamientos que los mejores dichos o escritos por otros. Es importante acostumbrarse al silencio y
establecer un diálogo con el Señor. Contarle lo que nos aqueja, interceder por las personas que han
pedido oración o que a nosotros nos preocupan, pero, por sobre todo, contarle cuánto lo amamos. Él
sabe de nuestras miserias y se lo podemos decir pero también que, pese a esas miserias, lo amamos.
Pidamos que aumente nuestro amor, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra adoración. Hagamos luego
silencio. Claro, no es fácil el silencio porque llevamos mucho rumor interior. Pero, a adorar se aprende
adorando y el silencio interior en algún momento se logrará. Hay que dejarse amar y abrazar por el
Señor en cada momento de adoración. Eso es entrar en su intimidad. Una recomendación también
beneficiosa es leer algún pasaje del Evangelio, siendo conscientes que el Señor del cual habla el
Evangelio está delante de nosotros. Nunca disociar la presencia del Señor en el Santísimo con la lectura
que hagamos ni con el Rosario –que es otra de las cosas que se puede hacer durante la adoración- que
recemos. Que no esté la persona por un lado con su oración y el Señor allá solo por el otro.
Terminemos, recomienda también san Pedro Julián Eymard, con otro acto de amor.
Volviendo al Evangelio, es muy recomendable la Lectio Divina, que es orar con la Palabra de Dios. Para
entender y de modo muy resumido, qué es, es tomar un pasaje, por ejemplo del Evangelio, que pueda
ser escogido de antemano o bien el que salga, y ver qué dice ese pasaje usando inclusive la imaginación
para situarse en el contexto del relato. Luego, ver qué me dice, qué resonancia hay en mí, qué eco tiene
esa Palabra, qué me ha tocado del pasaje, en qué me siento interpelado, y, finalmente luego de
rumiarlo viene lo que brota desde mi interior, es decir qué respondo yo en oración.

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Por último, hay veces que nos sentimos muy cansados o muy contrariados por lo que nos ha tocado
vivir, o que estamos particularmente probados. En esos casos o no se hace nada, simplemente se deja
uno estar y que la presencia del Señor lo toque o bien se puede rezar con los salmos apropiados a la
situación que se está viviendo.

Adoración y Evangelización

De Mgr. Dominique Rey, Obispo de Toulon, Francia, en Adoración y Evangelización


Hay unos 70 institutos y congregaciones dedicadas a la Eucaristía en el mundo. Sus fundadores son
quienes han comprendido el vínculo substancial que hay entre la Eucaristía y la renovación de la vida
cristiana. Entre ellos Julien Eymard, Theodolinde Dubouche al comienzo del 1800 fundadora del instituto
de la adoración reparadora, santa Julienne du Mont Cornillon, del 1900, luego de una revelación privada
le pide al Papa la celebración anual de la fiesta del Santísimo Sacramento, Marie Marthe Emilie Tamisier
entre el 1800 y el 1900 que recibió en Paray-le-Monial la inspiración de crear congresos eucarísticos
universales y de reencender la llama de la eucaristía para hacer arder al mundo de caridad, santa
Teresita, santa Faustina Kowalska, Charles de Foucauld que hará de Jesús Hostia el corazón de su
misión.
La primera persona que se encuentra en la misión es el mismo misionero. ―Todo misionero no es
auténticamente misionero sino emprende el camino de la santidad‖ (Redemptoris Missio n. 90)
La Eucaristía nos sana de la indiferencia y de replegarnos sobre nosotros mismos.
La Eucaristía sola puede revelar al hombre la plenitud del amor infinito de Dios y responde así a su
deseo de amor. Sólo la Eucaristía puede guiar sus aspiraciones a la libertad mostrando la nueva
dimensión de la existencia humana. (JP II en Congreso Eucarístico de Wroclaw 1997)
En la Eucaristía Dios Todopoderoso se hace tan pequeño, tan pobre bajo la apariencia del pan. La
singularidad de la adoración eucarística con respecto a todas las otras formas de oración y de devoción,
es que por la presencia sacramental de Jesús-Hostia, Dios toma la iniciativa de encontrarse con
nosotros. Cristo me precede en la respuesta que el Padre espera. ―La Eucaristía significa: Dios ha
respondido. La Eucaristía es Dios como respuesta, como presencia que responde‖ (J. Ratzinger – Dios
está cerca- Palabras y silencio 2003)
Adoración, la palabra proviene de un vocablo latino cuya etimología está en ―ios‖ (la boca). Comprende
una postración que apunta al objeto de veneración y lo besa. Significa inclinarse profundamente en
señal de extremo respeto. No faltan ejemplos evangélicos al respecto: la hemorroisa que se echa por
tierra para tocar el borde del manto de Jesús (Lc 8,44); María Magdalena que se arroja a los pies de
Jesús y los abraza. Esta actitud de adoración es bien natural al hombre cuando se encuentra ante algo o
alguien que lo sobrepasa. La adoración debe expresarse con todo nuestro ser y entonces igualmente
comprometer nuestro cuerpo. El hombre ha sido creado para adorar, para inclinarse profundamente
ante Aquel que nos hizo y que nos sobrepasa.
Todas las posibilidades espirituales de nuestro cuerpo forman necesariamente parte de nuestra manera
de celebrar la eucaristía y de rezar. La escucha atenta de la Palabra de Dios requiere la posición de
sentado o el movimiento de la Resurrección reclama la posición de parados. La grandeza de Dios y de su
Nombre se expresan de rodillas. Jesucristo mismo rezaba arrodillado durante las últimas horas de su
Pasión en el Huerto de los Olivos (Lc 22,41). Esteban cae de rodillas antes de su martirio, al ver los
cielos abiertos y el Cristo de pie (Hch 7,60). Pedro ruega arrodillado pidiendo a Dios la resurrección de
Tabita (Hch 9,40). Luego de su discurso de despedida ante los ancianos de Éfeso, Pablo reza con ellos
de rodillas (Hch 20,36). El himno de Flp 2, 6-11 aplica a Jesús la promesa de Isaías anunciando que
toda rodilla se dobla ante el Dios de Israel, ante el nombre de Jesús…

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Nuestro cuerpo manifiesta visiblemente aquello que nuestro corazón cree. La filósofa Simone Veil, de
origen judío y no creyente, descubre a Cristo en Asís en 1936 y escribe: ―Algo más fuerte que yo me
obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas‖.
El testimonio de los santos es elocuente: Santo Domingo se prosternaba sin cesar, boca abajo y todo a
lo largo cuan era, en presencia del Santísimo Sacramento.
La actitud exterior traduce la devoción interior.
Decía san Pierre-Julien Eymard que el primer movimiento de la adoración consiste justamente en
prosternarse a tierra, la frente inclinada. Es una actitud que nos permite proclamar sin palabras la
majestad infinita de Dios que se oculta tras el velo de la Eucaristía.
La adoración eucarística es una prueba de fidelidad, de constancia y de perseverancia.
La adoración eucarística es una evangelización del tiempo. Se trata de vivir el instante presente del
encuentro eterno con Dios por la presencia real del cuerpo eucarístico de Jesucristo. Como María, la
discípula bienamada, María Magdalena y las santas mujeres presentes en el Calvario en el momento del
sacrificio de la tarde, el adorador acoge el don inestimable que le ha sido hecho. Hay que rechazar la
impaciencia para centrarse en Cristo. Se trata de contemplar la permanencia del Amor, de su fidelidad
que clama la nuestra.
En Dies Domini, el Papa JP II, invitaba a los fieles a imitar el ejemplo de los discípulos de Emaús,
quienes luego de haber reconocido a Cristo resucitado al partir el pan (Lc 24, 30-32) sienten la exigencia
de ir rápidamente a compartir la alegría del encuentro con Él, con todos los hermanos.
El apóstol Pablo pone en relación estrecha el banquete y el anuncio: ―Cada vez que comáis de ese pan y
que bebáis de esa copa, proclamad la muerte del Señor hasta que venga‖ (1 Cor 11,26)
Evangelización no es sólo un anuncio de Cristo sino también un proceso de incorporación a la Iglesia. De
donde el vínculo sacramental entre evangelización y eucaristía.
Para evangelizar el mundo se necesita apóstoles ―expertos‖ en celebración, en adoración y en
contemplación de la Eucaristía. JP II (Mensaje para la Jornada mundial de los Misiones 2004).
Santa Teresita decía: ―¡Qué amor incomprensible el de Jesús, que quiere que tengamos parte con Él en
la salvación de las almas! No quiere hacer nada sin nosotros. El creador del universo espera la oración
de una pobre pequeña alma para salvar otras almas, rescatadas como ella al precio de toda su sangre‖.
Y agregaba: ―Nuestra misión es aún más sublime. He aquí las palabras de nuestro Jesús: ―Elevad los
ojos y ved. Ved cómo en mi Cielo hay lugares vacíos, es a vosotras que os toca llenarlos, vosotras sois
mis Moisés orando sobre la montaña‖. EUCARITÍA E INTERCESIÓN

Marcelino Iragui Redín, OCD.

1. LA EUCARISTÍA ES INTERCESIÓN
“El Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan dando gracias, lo partió y dijo:
Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Así mismo
tomó el cáliz después de cenar, diciendo: Esta copa es la nueva alianza en mi sangre...” (1Co
11,23ss).
Este es el relato más antiguo de la institución de la eucaristía, escrito hacia año 53 de
nuestra era. Asistimos a la última cena de Jesús. Según el rito judío el padre de familia, al
principio de la cena toma el pan en forma de torta, pronuncia la bendición, lo parte y lo
reparte entre los comensales, haciéndoles así partícipes de la bendición de Dios. Al final de
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la cena toma una copa de vino (la tercera y última) y da gracias. Todos responden “amén”, y
cada uno bebe de su copa. Jesús en la última cena pasa su propia copa, para que todos los
presentes compartan esta copa de la nueva alianza en su sangre.
En esta cena sagrada Jesús dice y el Espíritu hace algo transcendental; algo que marca la
transición de la antigua a la nueva pascua, del antiguo testamento al nuevo. “Esto es mi
cuerpo”, “Esta es la copa de mi sangre”. Esto que vuestros sentidos perciben como pan,
como vino, es mi cuerpo, es mi sangre. El pan y vino se transforman y se identifican con su
cuerpo y sangre. La persona de Cristo está entera y se entrega entera tanto bajo la especie
de pan como del vino.
Ante la postura protestante, el Concilio de Trento define la transubstanciación: el pan y vino se
convierten en cuerpo y sangre de Cristo, de modo que aquí no hay pan ni vino, sino sólo apariencia de
ellos, especies sagradas. En un derroche de amor el Señor se hace presente no solo durante la misa,
sino mientras duran las especies sagradas. ―Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo‖ (Mt 28,20), prometió Jesús, y lo cumple del modo más sorprendente en la eucaristía. Este es el
sacramento de su presencia más real y plena. Aquí está realmente Jesús Hijo de Dios e hijo de María
con su cuerpo resucitado invisible a los ojos de la carne, sólo accesible por la fe. Dichosos los que sin
ver creen. Vemos pan; la fe nos dice es el Hijo de Dios. ¡¡¡Venid, adorémosle!!!
Acción de gracias e intercesión
Jesús de Nazaret es la obra maestra del Espíritu. En la Encarnación el Espíritu puso especial
cuidado al formar su corazón. Por eso el corazón de Jesús desborda de gratitud. Cuando se
dirige al Padre, lo primero que brota de sus labios es, “¡Gracias, Abba! El corazón de Jesús
se deshace en amor al Padre y a los que el Padre le ha dado (Jn 17,24). En la eucaristía
queda plasmada para siempre esa actitud de gratitud dirigida al Padre, y de amor que se
entrega a los suyos.
―Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin‖ (Jn 13,1). Así introduce
Juan la cena pascual. El amor de Jesús encarnado en la entrega del pan y el vino eucarístico anticipa su
entrega en la muerte redentora en la cruz. Es el mismo amor sin fin. Por eso, la presencia de Jesús en la
eucaristía no sólo es signo, sino también fuente de su amor sin fin. Acaso nuestra mejor intercesión es
acoger ese amor infinito a beneficio de los que lo rechazan o ignoran; y amar al Amor de los amores con
los que mejor le aman, y por los que no le aman.
La Iglesia, desde Pentecostés, movida por el Espíritu celebra la cena del Señor, el partir del pan, la
eucaristía (el término eucaristía se generaliza desde el siglo II). Eucaristía literalmente significa acción de
gracias. Realmente es la acción de gracias ¡digna de Dios! En la eucaristía, por Cristo, con él y en él, la
Iglesia bendice y alaba a Dios por todo lo que Dios es, y le da gracias por todo lo que ha hecho en
beneficio nuestro, de la humanidad y del cosmos (Rm 8,19-25).
―Haced esto en memoria mía‖, es Jesús hecho eucaristía quien nos lo dice. Sed vosotros una eucaristía
conmigo; haced de nuestra vida una continua acción de gracias; una alabanza constante. Este es el
modo de vivir nuestra vida nueva en Cristo: ―Llenaos del Espíritu Santo, recitando entre vosotros salmos,
himnos y cánticos inspirados, alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo
a Dios Padre en nombre del Señor Jesús‖ (Ef 5,18-20).
Gracias a la renovación carismática millones de católicos han descubierto la belleza y el poder de la
alabanza. Y alaban al Señor de corazón comunitaria y personalmente, según esta exhortación del
apóstol. Ser una eucaristía con Jesús implica eso, y algo más. Implica ser cada uno de nosotros una
alabanza y acción de gracias viva. Nos lo recuerda el mismo apóstol. ―Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo, nos ha elegido antes de crear el mundo, para ser nosotros alabanza de su gloria...‖ (Ef
1,3ss). Tal es nuestro destino glorioso. Los proyectos de Dios llevan garantía divina. ―Vosotros los que
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habéis escuchado la palabra de la verdad, habéis sido sellados con el Espíritu Santo prometido, el cual
es garantía de vuestra herencia para la plena liberación del pueblo de Dios y alabanza de su gloria‖
(Ef,1,13s).
En la eucaristía se da la presencia más plena de Cristo Jesús entre nosotros, y su entrega más plena al
Padre en favor de todos los hombres. Por eso en la eucaristía la acción de gracias es inseparable de la
intercesión universal. Esta es la intercesión más poderosa y decisiva con que contamos todos los
redimidos. ―Jesús posee un sacerdocio inmutable, porque permanece para siempre. De ahí que puede
salvar perfectamente a aquellos que por él se acercan a Dios, estando siempre vivo para interceder en
su favor‖ (Hb 7,24s). ―El entró una vez para siempre en el santuario con su propia sangre, que purifica
nuestra conciencia se sus obras muertas, para servir al Dios vivo‖ (Hb 9,12).
Toda la vida y actividad de Jesús es intercesión, pues todo lo hizo en favor de sus hermanos, los
hombres, para su salvación y santificación. La persona misma de Jesús es intercesión. ―Porque hay un
solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús‖ (1Tm 2,5). Cristo murió,
destruyendo así el poder del pecado; resucitó, venciendo así a la muerte; y fue exaltado a la diestra de
Dios, donde intercede por nosotros (Rm 8,34). Eso nos anima a sus amigos a presentarnos ante el trono
de gracia para interceder en favor de todos aquellos por los que Cristo Jesús ofreció su vida en la cruz, y
la ofrece hoy en la eucaristía. ―Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, a fin de obtener
misericordia y hallar la gracia del auxilio oportuno‖ (Hb 4,14-16). La presencia eucarística de Jesús es
nuestro mejor atajo para llegar al trono de la gracia tanto en alabanza y acción de gracias, como en
humilde intercesión y súplica.
La intercesión es un ministerio sacerdotal. Cuando el cristiano intercede, actualiza su sacerdocio real (1P
2, 9s). Aunque no esté pensando en ello, al interceder participa activamente en el sacerdocio de Cristo,
―que nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados con su propia sangre, y nos ha hecho un reino y
sacerdotes para su Dios y Padre‖ (Ap 1,5s). Interceder es, no sólo presentar súplicas en favor de otros;
también adorar, alabar, cantar, sobre todo, amar de parte de otros. Este es el mejor ejercicio del
sacerdocio real
La intercesión es también un ministerio eucarístico, que sólo se vive saliendo de uno mismo, entrando
en el corazón eucarístico de Cristo Jesús, y ofreciéndose con él al Padre con su misma actitud, por sus
mismas intenciones. ―Ofreceos a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Tal
será vuestro culto espiritual‖ (Rm 12,1). ¿Qué mejor intercesión que pedir al Espíritu Santo fusione
nuestro corazón con el de Jesús y, conscientes de que ahí están todos los redimidos, ofrecer al Padre el
amor infinito de ese corazón?
Nueva alianza en la sangre de Cristo
La eucaristía actualiza la nueva y eterna alianza entre Dios y el mundo, sellada en la sangre de Cristo.
Alianza es un pacto sagrado, base de nueva relación. Ejemplo: Un hombre y una mujer se quieren, pero
sólo son amigos; si contraen matrimonio se convierten en esposos. La antigua alianza del Sinaí es una
especie de matrimonio entre Dios y su pueblo escogido. Se expresa muchas veces en una fórmula
matrimonial: ―Yo seré tu Dios, tú serás mi pueblo‖. Se selló en una solemne ceremonia con la sangre de
sacrificios de reconciliación (Ex 24,4ss). Y recibió como apoyo divino una ley muy superior a las de otros
pueblos.
La antigua alianza y su ley eran preparación y anuncio de una nueva alianza y nueva ley inmensamente
superiores. Así lo anunciaban los profetas, como Jer 31,31ss. Así lo ratificó Jesús en la última cena. Si
grande fue la sorpresa y gozo de los comensales cuando escucharon al Maestro decir, Esto es mi
cuerpo‖, mayor fue su asombro cuando al final, tomando la copa de vino, les dice: ―Este cáliz es la
nueva alianza sellada con mi sangre‖ (1Co 11, 25). La sangre preciosa de Jesús ha sellado una nueva y
definitiva alianza entre Dios y los redimidos. Los que aceptamos esa alianza recibimos una nueva ley,

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una ley viva y vivificadora. La nueva ley, que Dios escribe en nuestros corazones, es nada menos que el
Espíritu de Pentecostés.
Juan Pablo II: ―La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad encierra en síntesis el núcleo del misterio de
la Iglesia. Desde que en Pentecostés el Pueblo de la Nueva Alianza ha comenzado su peregrinación
hacia la patria celeste, este divino sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.
Con razón lo proclama el Vaticano II fuente y cima de toda la vida cristiana‖ (Ecclesia de Eucharistía
n.1).
En la eucaristía se anuncia y perpetúa el sacrificio de la Cruz: ―Cristo nuestro cordero pascual, ha sido
inmolado‖ (1Co 5,7). Al celebrar la eucaristía el drama del Calvario se hace realidad ante nosotros.
―¿Estabas tú allí cuando crucificaron a mi Señor?‖, solía preguntar un cantante negro. Si, todos
estábamos y estamos allí, como acusación. Todos estábamos como beneficiarios. Los intercesores
estamos, con María Madre, como acompañantes y socios.
Juan Pablo II: ―Todo lo que Cristo es, todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la
eternidad divina y domina así todos los tiempos... Cuando la Iglesia celebra la eucaristía, memorial de la
muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de
salvación, y se realiza la obra de nuestra redención. Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del
género humano, que Jesucristo lo ha realizado y vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el
medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así todo fiel puede participar en él y
obtener sus frutos inagotablemente‖. (Ibid n.11).
Ante la nueva invasión de paganismo en el mundo occidental, el Señor necesita un gran ejército de
intercesores. Interceder, ante todo, es apoyarse en lo que el divino Salvador ha hecho por nosotros y
por toda la humanidad. ―Dios, por medio de Cristo estaba reconciliando (y en la eucaristía continúa
reconciliando) el mundo, no teniendo en cuenta sus pecados‖ (2 Co 5,19). ―El hizo de los dos (judíos y
paganos) un solo cuerpo y los ha reconciliado con Dios por medio de la cruz, destruyendo en sí mismo la
enemistad‖ (Ef 2,16). Ante Jesús sacramentado es el mejor lugar y momento de pedir la conversión del
mundo (reconciliación con Dios); y la paz (reconciliación mutua) de los pueblos.
Ante una situación imposible, de esas que abundan hoy, debemos orar, ―santificado sea tu nombre,
venga tu reino, Señor‖. Al pensar en personas importantes que rechazan a Dios, orar de su parte:
―Venga tu reino, Señor‖. Y adorar y alabar a nuestro Salvador de su parte... Y dejar que el Espíritu
interceda, orando en lenguas: Rm 8,26s...
El Reino de Dios viene en cuanto los hombres aceptan la voluntad de Dios: su proyecto de salvación; se
abren a su amor misericordioso; se someten al señorío de Jesús ; se dejan guiar por su Espíritu
santificador.
Los hombres somos lentos para salir del encasillado de nuestros pensamientos, para negar nuestra
voluntad y aceptar la de Dios. De ahí la necesidad de perseverar en la oración, aún cuando no se vean
resultados inmediatos. Ejemplo a seguir: el de la viuda, persona indefensa, que persevera en su petición
hasta que es atendida su demanda (Lc 18,1-8).
Por lo demás, Jesús ofrece a los intercesores un trueque muy ventajoso: ―Cuida de los intereses de mi
reino; yo me cuidaré de los tuyos‖, nos dice. Mt 6,33.
Tres gracias a pedir
Al comienzo de encuentros algo prolongados de intercesión, es bueno ungir a los participantes con óleo
sacramental, pidiendo el carisma de intercesión universal, que implica sobre todo esta triple gracia.
1. Que Jesús se instale en nosotros para amar y orar en su persona, ya que el Padre no rehusa nada a
su Hijo amado. Por el bautismo estamos ya vitalmente unidos a Jesús, como sarmientos a la vid (Jn 15).
Pero es preciso vaciarnos de nuestro yo, para que el Espíritu pueda llenarnos de Jesús, comunicándonos
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sus pensamientos y sentimientos; sobre todo su amor infinito a la voluntad del Padre, su tierno amor a
la Iglesia y su gozo de tenerla como esposa, y su deseo de que todos los hombres se salven.
San Juan de la Cruz: ―A aquella alma se comunica Dios más que está más aventajada en amor, lo cual
es tener más conforme su voluntad con la de Dios. Y la que totalmente la tiene conforme y semejante,
totalmente está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente. A esta alma, desnudada por Dios de
todo lo que no es Dios, le comunica Dios su ser sobrenatural de tal manera que parece el mismo Dios y
tiene lo que tiene el mismo Dios‖ (2 Subida. 5,4..7).
En la persona así transformada, Dios sólo ve a Jesús; lo que escucha desde ella es la voz de Jesús
clamando en favor de sus hermanos. Quien con frecuencia se sumerge en el silencio sagrado del
Santísimo Sacramento, se va adentrando en el alma de Jesús, y lleva camino de esa transformación.
Quien se adentra en el alma de Jesús puede orar ―en el nombre de Jesús‖ (Jn 16,23), interceder en la
persona de Jesús. Su oración siempre llega al corazón de Dios.
2. La gracia de poder aparcar en el corazón de Jesús todas nuestras preocupaciones y nuestros
intereses particulares, sabiendo él se cuidará de todo ello (Mt 6,33). De ese modo nuestro corazón
queda libre para poder acoger y abrazar a todos los necesitados de la misericordia divina; a toda li
Iglesia y todo el mundo.
3. Vivir a fondo la comunión de los santos. Junto a Jesús está siempre su Madre y nuestra, la Virgen
María, que a todos nos lleva en el corazón, y muy dentro de él a los intercesores. Junto a Jesús y María
están todos los bienaventurados que se interesan por sus hermanos peregrinos. En esa comunión entran
las órdenes contemplativas y tantos intercesores anónimos, cuyos nombres están inscritos en el cielo.
La unión hace la fuerza. En el siglo XVI el arquitecto Fontana erigió en Plaza de San Pedro un obelisco
egipcio de 25 mts. Para ello se emplearon 1500 hombres, además de numerosas bestias; todos
actuando bajo la dirección del mismo arquitecto. Para que la intercesión universal sea eficaz, es preciso
que muchas personas oren de mutuo acuerdo (Mt 18,19s). Por eso suelen fijarse ciertas intenciones
concretas para cada sesión. Lo esencial es que todos los intercesores se mantengan abiertos y dóciles al
Espíritu Santo, el gran arquitecto que dirige la construcción de la Iglesia.

2. HACIA UNA EUCARISTÍA MÁS COMPLETA


―Haced esto en memoria mía‖, dijo Jesús. Y la Iglesia lo viene haciendo estos 2000 años, y lo seguirá
haciendo hasta que el Señor vuelva en gloria. La memoria, al celebrar la eucaristía, es mucho más que
un recuerdo. La memoria se hace realidad presente. Esa memoria permite a los participantes sentarnos
con Jesús a su mesa.
Sobre el altar de una iglesia hay un gran cuadro representando la última cena. Una persona estaba
orando en esa iglesia justo antes de comenzar la santa misa, y quedó sorprendida al ver que todos los
comensales habían desaparecido del cuado; solo quedaba a la mesa Jesús. Y le pareció oír este
mensaje: ―Ahora os toda a vosotros ocupar esos puestos‖.
En la misa todo es misterio: realidad que supera la mente; sólo lo capta la fe, se vive en el corazón, y
nutre el alma. La última cena inaugura y contiene el misterio pascual: la pasión, muerte y resurrección
del divino Salvador. Lo que sucedió hace dos mil años en Jerusalén tiene lugar aquí ahora, cuando
celebramos la eucaristía. Y nosotros somos parte de ello. En realidad, podemos ser parte más
plenamente que los comensales de la última cena. Entonces fue Jesús en su existencia mortal quien
dijo: ―Esto es mi cuerpo‖. Ahora es Jesús resucitado quien lo dice; el celebrante sólo le presta su voz a
Jesús, quien dice: ―Esto es mi cuerpo‖; y lo dice de un modo diferente, más pleno que en la última cena.
Para explicarlo escuchamos al mismo Jesús: ―Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y
muere, queda infecundo; pero si muere produce mucho fruto‖ (Jn 12,24). Antes de la resurrección Jesús
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dispone de un cuerpo individual obra del Espíritu Santo y de la Virgen Madre. Después de su muerte
resucita dotado de un muevo cuerpo, obra también del Espíritu y de la virgen madre Iglesia. ―Todos
nosotros fuimos bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo‖ (1Co 12,12). ―La Iglesia es
su cuerpo‖ (Ef 1,23).
Quien ahora ofrece el sacrifico eucarístico es el Cristo total, cabeza y miembros de su cuerpo. Cuando
ahora Cristo dice, ―Esto es mi cuerpo‖, te incluye a ti, a mi, a todos los bautizados. San Agustín: Al
celebrar la eucaristía ―en aquello que la Iglesia ofrece, se ofrece a sí misma‖ como cuerpo de Cristo.
Por eso en la misa se da una doble epíclesis: Se invoca al Espíritu para que consagre el pan y vino en
cuerpo y sangre de Cristo. Y después de la consagración se le invoca para que consagre a los
participantes en cuerpo de Cristo.
Consagrar es acción propia del Espíritu Santo. Al consagrar, el Espíritu toma posesión de una criatura,
la introduce en Dios, la transforma por dentro, la configura con Cristo, la unge y penetra con la santidad
de Dios, la deifica. Nuestra primera consagración, la más básica, es el bautismo. En él todo nuestro ser,
incluso nuestro cuerpo, es consagrado como templo de Dios (1Co 6,19s). Esa consagración se renueva y
profundiza en cada misa por la acción del Espíritu Santo, cuando el Sacerdote eterno dice, ―Esto es mi
cuerpo‖. Por tanto, ―glorificad a Dios en vuestro cuerpo‖; no lo profanéis entregándolo a la
concupiscencia.
¿Qué sucede cuando por la edad o enfermedad el consagrado se convierte en un vegetal...? El Espíritu
Santo continúa su obra de consagración y santificación. Acaso esta sea la parte más bella de su vida, la
identificación más plena con la víctima eucarística; la entrega más total de todo su ser a su Dios y
Creador. La vida del cristiano nunca será una vida inútil; es una eucaristía con Cristo Jesús.

¿Que no sacas nada de la misa?


Algunos se lamentan: ―No saco nada de la Misa‖. Hay que preguntarles: ―¿Pones algo tuyo en la Misa?‖
Pon tus trabajos, cansancios, sufrimiento, tus miserias y pecados, tus penas y alegrías... pon tu buena
voluntad... Y sacarás más de lo que imaginas o deseas. Todo cuanto pones sobre el altar se consagra y
transforma.
Las palabras de Jesús ―Esto es mi cuerpo... Haced esto en memoria mía‖ hay que tomarlas en un doble
sentido:
a) Haced presente mi cuerpo y sangre como sacrificio de la nueva alianza y alimento de mi pueblo.
b) Haced de vuestra vida un don total: Os he dado ejemplo para que hagáis vosotros lo mismo... (Jn
13,15). Las gotas de agua añadidas al vino simbolizan nuestra presencia y ofrenda, unida, fusionada con
la de Cristo.
Vaticano II: ―El divino sacrificio de la Eucaristía contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en
su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera
Iglesia... La Iglesia procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como mudos
espectadores, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada juntamente con
el sacerdote, y se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios y entre sí, para que
Dios sea todo en todos‖ (SC 2 y 48).
Nadie debe ir a ―oír la santa misa‖. En la eucaristía por su incorporación a Cristo, cada cristiano es
oferente y ofrenda, sacerdote y sacrificio, junto con Cristo y la Iglesia. Oferente, en virtud de su
sacerdocio real: ―Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real‖ (1P 2,9). Junto con el sacerdote ordenado
que preside y consagra, todo fiel bautizado puede ofrecer el cuerpo y la sangre de Cristo; y, junto con
él, su propia persona, su familia, la Iglesia, el mundo...

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Y cada cristiano es ofrenda, por ser miembro vivo del cuerpo de Cristo. Bien puede decir como san
Ignacio de Antioquia: ―Soy trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras, seré pan de Cristo‖ Y
puede orar con la Imitación de Cristo: ―Señor, deseo ofrecerme a mí mismo en voluntaria oblación y ser
siempre tuyo. Con sencillez de corazón te ofrezco hoy mi persona como siervo perpetuo, como obsequio
y sacrificio de eterna alabanza. Acéptame unido a la santa ofrenda de tu precioso cuerpo inmolado; que
sirva para mi salvación y la de todo el pueblo cristiano‖ (IV,8).
―Ofreced vuestro cuerpo como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios; este es el culto que debéis
ofrecer‖ (Rm 12,1). Comenta san Pedro Crisólogo: ―El Apóstol exhorta a presentar vuestros cuerpos
como hostia viva. ¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y
víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo
y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la
víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esa víctima.
Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin
derramamiento de sangre... Procura, pues, ser tu mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No
desprecies lo que el poder de Dios te ha concedido. Haz de tu corazón un altar, toma en tus manos la
espada del Espíritu, y presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio‖ (Breviario II pag 657s) ¡Que bella
nuestra vida cuando hacemos de ella una oblación, unida a la de Jesús.
La idea que muchos cristianos de fe endeble tienen de Dios parece ser la de un mago fracasado. Ante
una desgracia se preguntan: ―¿Si Dios es nuestro Padre, por qué hay tanto sufrimiento en el mundo?
¿Por qué no dice una palabra mágica y lo remedia de una vez?‖
Dios tiene un proyecto de salvación, que no excluye el sufrimiento; lo integra y utiliza para ese fin. A sus
hijos nos invita a entrar libremente en su proyecto. Cuando lo hacemos, descubrimos que todo es
gracia: Rm 8,28... Los santos han encontrado en el sufrimiento una mina de gracia para su propia
santificación y para la salvación del mundo.
El gran proyecto de Dios lo inauguró su Hijo, con su misterio pascual. A Jesús le supuso la lucha más
tremenda: ―Entró en agonía y sudaba gotas de sangre, y oraba más intensamente‖ (Lc 22,44).
Fortalecido por la oración perseverante, y sostenido por el Espíritu eterno (Hb 9,14), Jesús realizó la
gran obra. Le costó toda su sangre, su vida. Pero así entró en la gloria (Lc 24,26). Y a nosotros nos
abrió el camino de la gloria, con el pasaje y la entrada pagados.
La eucaristía es el momento de unir a la pasión de Cristo nuestros sufrimientos y los de nuestros seres
queridos; los sufrimientos de la Iglesia y de toda la humanidad. ―Completo en mi carne lo que falta a los
sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia‖ Col 1,24). Por muy ordinaria, monótona y oscura
que sea tu vida, si te unes al sacrificio eucarístico de Jesús, adquiere un valor infinito. Por muy poco que
viajes, puedes ofrecer a Dios todo el dolor del mundo, unido al sacrificio de Jesús y tuyo, y así acarrear
bendiciones divinas sobre el mundo. Ordinaria y oscura fue la vida de santa Teresita. ¿Su valor para la
causa de Cristo? Incalculable.
¿Qué tu vida no cambia?
Otros se lamentan: ―Voy a misa todos los días y mi vida no cambia‖. A estos hay que preguntarles: ―¿Es
tu vida una misa continuada?‖ San Francisco Asís a sus frailes: ―Nada de vosotros retengáis para
vosotros mismos, para que enteros os reciba el que todo entero se os entrega‖. Vivir la eucaristía es
entregar la vida por los hermanos. Quien vive la eucaristía no puede seguir como siempre buscando sus
intereses, siguiendo sus gustos... Ha de estar dispuesto a ofrecer en favor de sus hermanos, su tiempo,
su atención, sus habilidades, su persona.
Y algunos añaden: ―Comulgo todos los días, y todo sigue igual‖. Estos deben preguntarse: ―¿Es mi
comunión completa?‖ La eucaristía es comida, comunión. Jesús compara el reino de los cielos a un

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banquete de bodas (Mt 22). Comer de la misma mesa o fuente significa fraternidad; es como recibir
vida de la misma fuente, de los mismos padres.
La Iglesia hace la eucaristía; la eucaristía hace la Iglesia, la comunión perfecta. San Juan Crisóstomo: ―El
pan es el cuerpo de Cristo. ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no
muchos cuerpos, sino un solo cuerpo. Como el pan compuesto por muchos granos de trigo es uno, así
nosotros estamos unidos recíprocamente unos con notros y, todos juntos, con Cristo‖.
Juan Pablo II: ―A los gérmenes de disgregación entre los hombres, tan arraigada en la humanidad a
causa del pecado, se contrapone la fuerza regeneradora de unidad del cuerpo de Cristo. La eucaristía,
construyendo la Iglesia, crea comunidad entre los hombres‖ (Ibid n. 24).
Al recibir la comunión eucarística se vive más a fondo la comunión de los santos, koinonia. Nos
adentramos en el misterio de la vida trinitaria; entramos en contacto personal con la Virgen María y los
santos, con nuestros antepasados, con nuestros amigos aquí abajo y con todos los que gozan de la vida
de Dios. Nos encontramos "en la asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos‖ (Hb 12,23). Por
eso debemos buscar la ayuda de los santos, especialmente de la Virgen Madre, para acoger dignamente
al Señor, alabarle y agradecer su visita y su entrega; así como también para trabajar e interceder por el
reino de Dios.
―Vino a los suyos y los suyos no le recibieron‖ (Jn 1,11s), porque vino disfrazado de carpintero, de
predicador ambulante, amigo de pecadores. La historia se repite. Cristo viene y se esconde en la
comunidad, en los pobres, indefensos, enfermos, marginados. Desde ellos nos mira; desde ellos nos
llama sin palabras. En la Encarnación Cristo he hizo presente en todos y cada uno de los seres humanos.
A allí continúa.
Hace años a un amigo suyo bastante miope, Jesús le dijo: "Hasta ahora me has visto y honrado en los
agraciados. Es hora de que me descubras en los desgraciados. En las personas buenas y bellas es fácil
verme, porque están revestidas de mi bondad y belleza. En los que tenéis por malos y desgraciados es
difícil verme, porque yo estoy revestido de su fealdad y miseria. Para descubrirme en ellos tienes que
contemplarme como me vio el profeta: Sin gracia ni belleza para atraer la mirada. Despreciado,
deshecho de la humanidad, hombre de dolores...‖ (Is 53).
Así se encuentra Jesús hoy, desecho de la humanidad: cubierto con harapos físicos, psíquicos y
espirituales. Los seres más desgraciados son, sin duda, los que pasan de Dios, o lo rechazan. También
en ellos está Jesús; y desde cada uno de ellos clama al Padre. Esa es la base de nuestra esperanza.
Nosotros, adoradores, debemos adorar a Jesús en ellos; y nosotros intercesores, desde ellos junto con
Jesús debemos clamar y alabar a Dios.
La eucaristía es Presencia real. Gran verdad que aceptamos en fe: vemos pan; pero adoramos y
recibimos a Cristo. También es real la misteriosa presencia del Salvador en la comunidad (Mt 18,20), en
los pobres, marginados... Vemos, acaso, el desecho de la humanidad; pero servimos a Cristo oculto en
ellos: ―A mí me lo hicisteis‖ (Mt 25,34ss). En su cuerpo eucarístico Jesús está para que nos alimentemos
de él. En su cuerpo místico para que le alimentemos con nuestro servicio, cariño y amor. San Agustín:
―No abras la boca, sino el corazón. Lo que nos alimenta no es lo que vemos, sino aquello en que
creemos‖.
La Madre Teresa de Calcuta decía de sus hermanas: ―Si nosotras no recibiéramos todos los días a Jesús
en la Eucaristía, no podríamos llevar Jesús a los pobres, y no podríamos encontrar a Jesús en los
pobres‖. Y bien podría añadir: si nosotras no encontrásemos todos los días a Jesús en los pobres,
nuestra comunión con Jesús no sería completa.
La eucaristía es una fuerza divina transformadora metida en la entraña del cristiano. El que se nutre de
ella se convierte en un tabernáculo del divino Salvador, en un anuncio del reino, en un gesto salvífico de
Dios para todos, en una intercesión callada a favor de todos.
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Juan Pablo II: ―Al participar en el sacrificio eucarístico no solamente cada uno de nosotros recibe a
Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Más aún, nosotros vivimos gracias a
él: el que me coma vivirá por mí (Jn 6,57). En la comunión eucarística se realiza de modo sublime que
Cristo y el discípulo estén el uno en el otro: Permaneced en mí, como yo en vosotros (Jn 15,4). De ese
modo el pueblo de la nueva alianza se convierte en ―sacramento‖ para la humanidad‖ (Ibid n.22).
A la invitación del Maestro: ―Tomad y comed, esto es mi cuerpo...‖, nuestra respuesta ha de ser: ―Señor,
toma y come, esto es mi cuerpo, mi sangre, mi vida‖. San León Magno Papa: ―Nuestra participación en
el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa sino convertirnos en lo que comemos. Seamos
portadores en nuestro espíritu y en nuestra carne de aquel en quien y con quien hemos sido muertos,
sepultados y resucitados‖ (Breviario II, pag. 563). Por eso, la recepción del sacramento hace que
nosotros seamos sacramento (señal de su presencia) para otros en nuestro entorno; y la fe hace que
otros en nuestro entorno sean sacramento (señal de su presencia) para nosotros.
En la eucaristía recibimos a Jesús una vez al día. En los necesitados tantas veces. San Juan Crisóstomo:
―¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo honres en el templo con lienzos de seda, si al salir lo dejas
en su frío y desnudez. Da primero de comer al hambriento, y luego con lo que sobre adornarás la mesa
del Señor. Al adornar el templo, no desprecies al hermano necesitado, porque este templo es mucho
más precioso que aquel otro‖ (PG. 58,508).
Nuestra devoción eucarística se manifiesta, no sólo visitando el Santísimo, sino también visitando a un
enfermo, un anciano solo, una cárcel; acogiendo a un emigrante; compartiendo nuestros bienes, a
través de alguna organización, con tantos millones que viven en extrema pobreza, por las desigualdades
escandalosas del mundo actual. El 20% de los seres humanos disponen de más del 80% de los recursos
de nuestro planeta. Es la historia del rico Epulón y del pobre Lázaro.
Uno de los mayores sufrimientos en la sociedad actual se debe a la soledad y vaciedad de alma que a
tantos atormenta. Es el resultado de la primera tentación no vencida (Mt 4,3s). El hombre vive no sólo
de pan, no sólo de bienes de consumo y de tecnología. Necesita de Dios. La situación se agrava al
convertirse el tiempo en un bien de consumo administrado avara y egoístamente. Una gran obra de
misericordia es dar del propio tiempo al necesitado de desahogarse.
Tres modos de perder el tiempo muy provechosamente: 1. Escuchando a personas que necesitan hablar
y desahogarse. 2. Haciendo compañía a Jesús en el sagrario. 3. Intercediendo por la Iglesia y por el
mundo ante el trono de la divina misericordia.
Cuando Cristo Jesús se entrega nosotros en la sagrada comunión, se nos entrega con su santidad
infinita. ¡Apropiémosla y seremos santos! Se nos entrega con sus méritos infinitos. Ofrezcamos esos
méritos por la santificación de su Iglesia, por la salvación de todos los redimidos.

3. LA EUCARISTÍA Y EL PADRE
¿La obra más sorprendente de Dios? La Encarnación. ¡Dios se hace hombre, por amor a los hombres! La
Eucaristía le añade un nuevo estupor. ¡Dios se hace comida para los hombres! Tanto en la encarnación
como en la eucaristía intervienen activamente las tres Personas divinas, participa toda la iglesia, se
beneficia toda la humanidad y todo el cosmos.
El Padre nos ama con amor desmedido y entrega a su Hijo como víctima expiatoria por nuestros
pecados. ―En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado, sino en que Dios nos amó a
nosotros y envió a su Hijo como víctima expiatoria por nuestros pecados‖ (1Jn 4,10). Abrahán, dispuesto
a sacrificar su hijo único (Gen 22), es una pálida sombra del Padre Dios que sufre a lo divino al ver a su
Hijo amado muriendo en la cruz, víctima de nuestros pecados (2Co 5,21). Cuando comprendamos el
dolor del Padre sabremos cuánto nos ama a los pecadores y cómo aborrece el pecado.

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El Hijo ―nos ama y se entrega por nosotros a Dios como ofrenda y sacrificio de olor agradable‖ (Ef 5,2).
―Misericordia quiero, no sacrificios‖, dice el Señor (Os 6,6). Este sacrificio es tan agradable a Dios porque
es pura misericordia, y permite a Dios abrazar en su infinita misericordia a todos los hombres presentes
en el Calvario (Rm 5,8). El sacrificio del Calvario se perpetúa, cuando Jesús se hace eucaristía para
nosotros.
El Espíritu Santo es quien realiza la maravilla de la encarnación actuando sobre la Virgen María (Lc
1,35). Es quien mueve y sostiene a Cristo al ofrecerse al Padre por nosotros (Hb 9,14). Y es quien
ahora lo hace presente en cada Eucaristía.
―Mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo: el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al
mundo‖ (Jn 6,31-35). Israel caminando, tropezando y sufriendo en el desierto es imagen del nuevo
pueblo de Dios en camino a su descanso. El maná anuncia el verdadero pan del cielo, la eucaristía. Este
es el pan con que el Padre providente alimenta a sus hijos peregrinos en este mundo, y los dispone para
la resurrección en el último día.
―Todos los que el Padre me da vendrán a mí. Al que viene a mí yo no lo rechazo, pues he bajado del
cielo para hacer la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado, que yo
no pierda ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día‖ (Jn 6,37-40). Cuando
comulgamos recibimos a Jesús como un don del Padre. Y cuando comulgamos Jesús nos recibe a
nosotros como un don del Padre. Una razón por la que Jesús nos aprecia sin medida, y no está
dispuesto a perder a ninguno de nosotros es esta: siempre nos mira como un precioso regalo de su
Padre.
Al recibir el cuerpo eucarístico de Cristo, comulgamos también con el Padre y el Espíritu; los tres son
inseparables. Y con el Dios Trino viene a nosotros toda la corte celestial: la Virgen María, los ángeles y
santos, incluidos nuestros antepasados. Cada vez que comulgamos nos adentramos más en la comunión
de los santos. Esa es nuestra eterna morada.
Cuando comulgamos están presentes en nosotros todos los que están en el corazón de Jesús: no solo
los justos, también los pecadores, enfermos, encarcelados. Y el Padre abre sus brazos para acoger y
bendecir a todos los que están en el corazón de Jesús. Este es el mejor momento para interceder por
todos los necesitados de la misericordia divina.
Hijos en el Hijo
―Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y ¡lo somos! (1Jn 3,1). ¿Lo más
grande y glorioso que puede soñar y desear una criatura? ¡Ser hijo o hija de Dios! Es, incluso, lo más
grande y glorioso que el mismo Dios puede soñar y desear para una criatura. ¡Y lo ha soñado y lo ha
decretado!
Nuestra filiación divina no es algo estático y acabado. Es algo dinámico, en proceso de desarrollo.
―Desde ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que
cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es‖ (1Jn 3,2). El pan del
cielo, con que el Padre nos alimenta, nos ayuda a crecer como hijos hasta llegar a la plenitud de Cristo,
el Hijo amado (Rm 8,29; Ef 4,13).
―Como yo vivo por el Padre, el que me come vivirá por mí‖, dice Jesús (Jn 6,57). Ideal y meta de la
eucaristía es convertirnos en lo que comemos, convertirnos más y más en Jesús: haciendo nuestros sus
pensamientos, deseos y sentimientos; haciendo nuestra su condición de Hijo del Padre. Nuestro ideal es
llegar a ser Jesús para el Padre. El camino para esa meta es Jesús, sobre todo la comunión eucarística
con Jesús. Cuando tomamos un alimento, lo asimilamos. Cuando tomamos el pan eucarístico, Jesús nos
asimila.

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Siempre que Jesús, usando el lenguaje humano, se dirige a Dios lo llama Abba, arameo por papá. Abba
es como el niño pequeñito llama a su papá. A nadie antes de Jesús se le ocurriría llamar a Dios papá.
Los evangelios ponen en boca de Jesús esa expresión 170 veces. Jesús ante el Padre es siempre un niño
pequeño. En realidad, nadie sobre la tierra se ha visto tan pequeño ante Dios como Jesús, porque sólo
Jesús pudo ver a Dios como realmente es: ¡infinitamente grande! Por eso, como criatura, se ve
infinitamente pequeño.
Para relacionarse con Dios como Jesús, uno tiene que nacer de nuevo, nacer del Espíritu de Dios (Jn
3,3ss). Y bajo la acción del Espíritu, uno tiene que cambiar radicalmente hasta pensar, sentir, orar y vivir
como un niño (Mt 18,1-4).
Infancia espiritual
El paso de santa Teresita por este mundo fue providencial. Nació en una época marcada por legalismo,
que pone el acento en el esfuerzo personal para salvarse; y jansenismo, que presenta a un Dios distante
de la pobre criatura, en su impresionante santidad. Vivió en una Iglesia demasiado autoritaria, activista
y machista. En la mente de muchos cristianos la imagen de Abba estaba reemplazada por la de un dios
castigador de los malos, amigo de los buenos que se ajustan sus santas normas.
Para reconducir a su pueblo a la pureza del Evangelio, el Espíritu Santo no se sirvió de un Papa sabio, ni
de un Concilio, sino de una niña humilde, que entra en el convento a los 15 años y a los 24 muere
desconocida. Juan Pablo II: ―De Teresa se puede decir que el Espíritu de Dios permitió a su corazón
revelar a los hombres de nuestro tiempo la verdad del Evangelio: el hecho de haber recibido realmente
―un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar ¡Abba, Padre! En su caminito se encuentran la
confirmación y renovación de la más fundamental de las verdades: que Dios es nuestro Padre y que
nosotros somos sus hijos‖.
Von Balthasar: ―Para los teólogos su doctrina es una transfusión de sangre‖. El mensaje de Teresita es
ya un bien común, integrado en la espiritualidad de nuestro tiempo, y en los documentos del Vaticano
II.
Teresita razona: las almas grandes y valerosas pueden volar como águilas y escalar las cumbres más
altas de la santidad; pero ella se ve como un pajarito sin plumas, como un granito de arena en el suelo.
Así es como se ven tantos cristianos. ―Cuantas veces me he comparado con los santos, he comprobado
que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cima se pierde en los cielos
y un oscuro grano de arena que a su paso pisan los caminantes. Pero en vez de desanimarme me he
dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez,
puedo aspirar a la santidad. Acrecerme es imposible; he de soportarme tal como soy con todas mis
imperfecciones. Pero quiero hallar el modo de ir al cielo por un caminito muy recto, muy corto; un
caminito del todo nuevo‖ (C 2v).
Ese caminito del todo nuevo es el de la confianza ciega, que lleva a Teresita al abandono total en brazos
de Dios. Y este abandono es el ascensor, que la conduce a la más alta santidad. Tanto el caminito nuevo
como el ascensor ya los había inaugurado hace dos mil años Jesús de Nazaret. Su confianza en el Abba
no tiene límites, su dependencia de Dios es total, su abandono a la voluntad divina ciego y absoluto.
Teresita exclama: ―¡Oh Jesús, déjame que te diga en el exceso de mi gratitud, déjame que te diga que
tu amor llega hasta la locura! ¿Cómo quieres que ante esta locura mi corazón no se lance hacia ti?
¿Cómo habría de tener límites mi confianza?... ¡Oh Jesús, si pudiera yo revelar a todas las almas
pequeñas cuan inefable es tu condescendencia! Siento que si, por un imposible, encontrases a un alma
más débil, más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de favores mayores todavía, con tal
que ella se abandonara con entera confianza a tu misericordia infinita.‖ (B 5v).

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Así escribía Teresita el 8 de Septiembre de 1896, Natividad de María ¿No estaría pensando en ella?
Ciertamente, María es la más pequeña a sus propios ojos; por eso, la más grande a los ojos de Dios, Lc
1,48.
Cercano el final de su vida (mayo 1897), escribe a Roulland: ―Mi camino es todo él de confianza y amor,
y no comprendo a las almas que tienen miedo a un Amigo tan tierno. Cuando leo ciertos tratados
espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y trabas, y de una multitud de
ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me
seca el corazón y tomo la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso: una sola palabra abre
a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la propia nada
y abandonarse como un niño en los brazos de Dios. Dejando para los grandes espíritus los bellos libros
que no puedo comprender y menos poner en práctica, me alegro de ser pequeña, pues sólo los niños, y
―los que son como ellos serán admitidos en el banquete celestial‖ (Mt 19,14). Me gozo de que ―haya
muchas moradas en el reino de Dios‖ (Jn 14,2); porque si no hubiese mas que ésa cuya descripción y
camino me resultan incomprensibles, no podría entrar allí ‖ (Cta 226).
Lo que, a pesar de tantas comuniones eucarísticas, retarda nuestra transformación en Cristo Jesús es
que nos miramos demasiado a nosotros mismos, y somos demasiado grandes y demasiado listos para
promover nuestra propia imagen y defender nuestros derechos. El niño en la antigua sociedad hebrea
era un nadie: sin derechos, pero feliz de tener tan cerca a papá. Precisamos la conversión más radical.
Convertirnos en niños. Tal conversión es obra del Espíritu de la verdad. Donde el Espíritu trabaja a
fondo, limpiando nuestro subconsciente de fantasmas es en la noche oscura de contemplación.
Ser Jesús para el Padre
En la vía ascética nos comunicamos con Dios a través de ideas y sentimientos, que distan infinitamente
de la realidad. En la noche de contemplación (vía mística) el Espíritu nos pone en contacto con la
realidad misma de Dios. Por eso aquí Dios se oculta a nuestra mente (es demasiado grande...). Lo que
aparece con toda claridad es la propia miseria y pecado, la propia nada. Cuando finalmente, después de
la más intensa noche, quedemos reducidos a nada, Dios será todo para nosotros. Y entonces seremos
en plenitud Jesús para el Padre.
Ser Jesús para el Padre significa acoger con gratitud infinita el amor infinito del Padre. Dios es Amor
(1Jn 4,8), amor infinito. Por eso tiene una necesidad infinita de amar y de darse sin límites, sin fin.
Jesús acoge eternamente todo el amor y el ser mismo del Padre; por eso es su Hijo amado. Desde la
encarnación lo acoge en un corazón humano totalmente puro y libre, que responde con el mismo amor,
entusiasmo y entrega total.
A cada uno de nosotros el Padre nos ama con el mismo amor con que ama a su divino Hijo. En su
oración sacerdotal (Jn 17,19.26) Jesús pide que Dios nos consagre con su Espíritu para que podamos
acoger todo su amor infinito: ―que el amor con que tú me has amado esté en ellos‖. Acoger el amor sin
límites de Dios para nosotros supone aceptar la agonía de ver que ni merecemos tal amor, ni
respondemos con el mismo amor y entrega total. Esta es, acaso, la prueba más dolorosa de la noche
pasiva. ¡Ver tanto egoísmo y pecado en nosotros, tan poco amor y gratitud hacia un Dios que es todo
amor y se vuelca sin reservas sobre nosotros!
Pero ese mismo dolor hace que el corazón se ensanche más allá de los límites humanos; y el amor se
purifique de todo egoísmo. Las Nadas de san Juan de la Cruz significan no buscarse en nada, vaciarse
de todo para crear un espacio infinito donde quepa todo el amor de Dios. En cuanto nos vamos llenando
del amor de Dios, somos Jesús para el Padre. Cuando nos dejemos amar sin medida, amaremos sin
medida y seremos plenamente Jesús.
Canta san Juan de la Cruz: ―Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tu ojos imprimían;
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por eso me adamabas
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían‖
―Amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo; y así ama Dios al
alma en sí consigo, con el mismo amor que él se ama. Y por eso en cada obra, por cuanto la hace en
Dios, merece el alma el amor de Dios; porque puesta en esta gracia y alteza, en cada obra merece al
mismo Dios‖ (Cant. Esp. 32,6).
¿Te imaginas el poder de la intercesión de un alma metida en Dios, que acoge en sí a toda la Iglesia y al
mundo entero, cuando esa alma llega a merecer el amor de Dios y merece al mismo Dios?

La voluntad de Dios
Ser Jesús para el Padre significa no tener otra voluntad que la del Padre. La actitud de Jesús al entrar en
el mundo: ―Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad‖ (Hb 10,7). La voluntad del Padre es para Jesús
alimento, energía, vida (Jn 4,34). Es la que le une tan íntimamente con Dios (Jn 8,29), que el Padre y
Jesús son uno (Jn 10,30).
―¿Quién es mi madre, quienes son mis hermanos? El que hace la voluntad del Padre ese es mi hermano,
mi hermana, mi madre‖ (Mt 12,48ss). Este es acaso el mayor elogio de María, pues ella hizo como nadie
la voluntad de Dios en todo momento. ―He aquí la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra‖
(Lc 1,38). Por eso es la llena de gracia, llena de Dios.
Como Dios es infinitamente simple, la voluntad de Dios es igual al ser de Dios. Por tato, cada vez que
aceptamos la voluntad de Dios, manifestada en las diversas circunstancias de la vida, nos llenamos más
de Dios, de su amor y su gracia. El mayor regalo de Dios es movernos a hacer siempre su voluntad;
mejor, cautivarnos de modo que sólo podamos hacer su voluntad. Así es como Dios nos hace partícipes
a su ser divino: de su santidad, bondad, felicidad y de su poder salvador.
En la vía mística (quintas moradas de santa Teresa) queda nuestra voluntad fusionada con la de Dios;
puede ser por medio de una gracia mística, o sin ella, por la constante práctica de buscar siempre y sólo
su voluntad. Qué importante es el obrar pasivo: el dejarse controlar y moldear por el Espíritu, buscando
siempre el agrado de Dios y el bien de los hermanos.
Buscar la voluntad de Dios es buscar sólo su gloria, como Jesús (Jn 8,50), no la propia ganancia o gloria.
Santa Teresita tenía el deseo de morir joven, sin embargo, el agradar a Dios estaba por encima de todos
sus deseos. ―Si Dios me dijese: Si mueres ahora tendrás una gloria muy grande, si mueres a los 80 años
la gloria será mucho menos, pero me complacerá mucho más. ¡Oh! entonces no vacilaría en responder:
Dios mío, quiero morir a los 80 años, porque no busco mi gloria, sino únicamente vuestro agrado. Los
grandes santos trabajaron por la gloria de Dios, pero yo, que no soy más que un alma pequeñita,
trabajo únicamente por complacerle, y me agradaría soportar los mayores sufrimientos, aunque solo
fuese para hacerle sonreír una sola vez‖ (C.A. 16.7.6).
Quien comulga con la voluntad de Dios, comulga con su deseo infinito de que todos los hombres se
salven: Jn 3,16ss. Trabaja, ora y se desvive por ello: 1Tm 2,1s. De ahí surgen los verdaderos apóstoles
y los grandes intercesores.
Ser Jesús para el Padre significa ser una verdadera eucaristía. El término Eucaristía se usa desde el siglo
II (san Ignacio de Antioquia, hacia el 110). Antes se llamaba Fracción del pan o Cena del Señor. Ser
eucaristía significa dejarse romper, dejarse comer como el pan; entregarse sin reservas al servicio de
Dios y de los hombres.

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Jesús en la eucaristía, como en la cruz, es todo oblación: se da todo entero al Padre; todo entero al que
lo recibe. ―Mi vida no tiene sentido‖, se lamentan algunos. Nunca lo tendrá mientras no aprendan a
darte. La vida es un don. Sólo puede tener sentido cuando de ella hacemos un don a Dios y al prójimo.
Todo lo que uno retiene egoístamente para sí, se ha perdido (Mc 8,35). Lo que uno da es lo que
fructifica el ciento por uno, el mil por uno... según el amor que cada uno pone en su don (Rm 14,7-9).
Cuando sea Jesús para el Padre, seré Jesús para los hombres. Mi don será perfecto; mi felicidad
también. Y sólo entonces seré intercesor perfecto, porque seré Jesús para los hombres ante el trono de
gracia. Jesús ama a los suyos con un amor excesivo, y desea lo mejor para ellos. Por eso ora: ―Yo en
ellos, tú en mí... Que vean mi gloria‖ y participen de ella en plenitud ¡por toda la eternidad! (Jn 17,20-
24).

4 . LA EUCARISTÍA Y EL ESPÍRITU SANTO


El Hijo de Dios comienza su andadura humana concebido por el Espíritu Santo en el seno de María
Virgen. La continúa proclamando el reino, con la fuerza del Espíritu y sus carismas: ―El reino de Dios
está cerca; convertios y creed el evangelio‖ (Mc 1,15). La consume ofreciéndose en la cruz movido y
sostenido por ―el Espíritu eterno‖ (Hb 9,14). Y la corona, resucitado, lleno de poder y gloria, derramando
su Espíritu sobre la Iglesia y el mundo (Pentecostés). En la encarnación el Espíritu nos da Jesús. En la
resurrección Jesús nos da el Espíritu.
La eucaristía perpetúa y condensa la obra de Dios entre nosotros. Todo comienza con una nueva forma
de la encarnación: el Hijo de Dios viene de nuevo a nosotros cuando el pan y el vino se convierten en su
presencia real. En cierto momento de la misa se invoca al Espíritu Santo sobre el pan y vino (epíclesis):
―Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros cuerpo y sangre
de Jesucristo, nuestro Señor‖.
Luego vienen las palabras de la consagración. El sacerdote presta su voz a Cristo, que dice: ―Esto es mi
cuerpo...‖ Y el Espíritu Santo, que formó el cuerpo de Cristo en el seno de María; el Espíritu que en el
sepulcro comunicó la vida de Dios al cuerpo inerte de Jesús, actúa ahora sobre el pan y el vino y los
transforma en cuerpo y sangre del divino Redentor. Ya lo había anunciado Jesús en su sermón sobre la
eucaristía: ―El Espíritu es el que da la vida‖ (Jn 6,63). Como en la encarnación, así en la consagración el
Espíritu nos da Jesús. Y como en Pentecostés, así en la comunión, junto con su cuerpo y sangre, Jesús
nos da el Espíritu Santo.
Juan Pablo II: ―Por la comunión de su cuerpo y su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu.
Escribe san Efrén: Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu, y quien lo come
con fe come Fuego y Espíritu... La Iglesia pide este Don divino, raíz de todos los otros dones, en la
epíclesis eucarística‖ (Ecclesia de eucharistia N.17)
El cuerpo místico fruto del Espíritu y la eucaristía
La eucaristía fue instituida por Cristo para sellar y alimentar la más estrecha comunión entre sus
discípulos. En una nueva epíclesis sobre el pueblo, antes de la comunión se ora: ―Fortalecidos con el
cuerpo y la sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo
espíritu. Que él nos transforme en ofrenda permanente...‖
―Todos nosotros fuimos bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo‖ (1Co 12,12s). En el
bautismo el Espíritu Santo nos hizo miembros vivos del cuerpo místico de Cristo. Al recibir el cuerpo
eucarístico del Señor, el Espíritu Santo nos va fusionando con Cristo en su cuerpo místico: ―Puesto que
sólo hay un pan, todos los que participamos del mismo pan formamos un solo cuerpo‖ (1Co 10,17)
En el bautismo el Espíritu nos regala las virtudes teologales, fuerzas divinas que nos unen a Dios. La
celebración de la eucaristía, sacramento de amor, no se puede separar de la profesión de fe. La
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eucaristía es la expresión sacramental suprema de la unidad de los fieles en la fe apostólica y católica
garantizada a lo largo de la historia por el Espíritu Santo. En la antigüedad, cuando un obispo deseaba
cerciorarse de profesar la fe transmitida por los apóstoles, visitaba Roma y dialogaba con su obispo. Si
estaba de acuerdo con la fe del obispo de Roma, recibía de éste la sagrada eucaristía, como signo de
comunión apostólica.
―Tres cosas hay que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor‖ (1Co 13,13).
La fe está hecha para el amor. ―Si creemos en Cristo lo que importa es la fe, que se expresa en amor‖
(Ga 5,6). Escribe santo Tomás: ―La eucaristía es el sacramento del amor. El amor es una fuerza unitiva.
Cuando uno ama a alguien con amor de amistad desea el bien para quien ama como lo desea para sí
mismo. De ahí el sentir al amigo como otro yo‖ (1-2,28,1).
El Espíritu Santo, derramando el amor de Dios en nuestros corazones (Rm 5,5), nos hace percibir como
otro yo, o mejor, como otro Jesús, a cuantos comulgamos juntos y comulgamos en plenitud. La
comunión es plena cuando nos entregamos sin reservas al Señor y a los hermanos en la fe. Lo cual sólo
es posible cuando realmente nos enamoramos de Jesús.
Espíritu enamorador
En el seno de la Trinidad, en el misterio de la comunión divina, el Espíritu Santo procede como fruto de
un eterno enamoramiento entre el Padre y el Hijo. Su especialidad en la Iglesia es enamorar, ante todo,
enamorar del Amor.
San Juan de la Cruz: ―El que está enamorado se dice tener el corazón robado o arrobado de aquel a
quien ama, porque le tiene fuera de sí, puesto en la cosa amada; y así no tiene corazón para sí, sino
para aquello que ama. De ahí podrá bien conocer el alma si ama a Dios puramente o no. Si le ama no
tendrá corazón para sí propia, ni para mirar su gusto y provecho, sino para honra y gloria de Dios, y
darle a él gusto... No puede dejar de desear el alma enamorada la paga y salario de su amor. El cual no
es otra cosa sino más amor, hasta llegar a perfección de amor‖ (Cántico 9,5.7).
Y hablando de la perfección de amor en la más íntima unión mística canta:
Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras;
y en tu aspirar sabroso
de bien y vida lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
―Esta es una aspiración que hace al alma Dios, en que la absorbe profundísimamente en el Espíritu
Santo, enamorándola con primor y delicadez divina, según aquello que vio en Dios. Porque siendo la
aspiración llena de bien y gloria, en ella llenó el Espíritu Santo al alma de bien y gloria, en que la
enamoró de sí sobre toda lengua y sentido en los profundos de Dios, al cual sea honra y gloria in
saecula saeculorum. Amén‖ (Llama 4,16).
En su primer sermón en Nazaret, Jesús anuncia: ―El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha
ungido...‖ (Lc 4,16ss). Jesús es el ungido, lleno del Espíritu de Dios. Cuando ahora lo recibimos en la
sagrada comunión, resucitado e identificado con el Espíritu (2Co 3,17), nos hace partícipes de su unción
sagrada. Y con su unción nos envía y capacita para participar en su misión: ―Como el Padre me envió,
así os envío a vosotros. Recibid el Espíritu Santo‖ (Jn 20,21s). La escena se repite cada vez que
comulgamos. La comunión no es completa sin la comunicación de la buena nueva, sin la
evangelización.

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―No os embriaguéis con vino, llenaos más bien del Espíritu Santo‖ (Ef 5,18). Comenta san Ambrosio: ―El
que se embriaga con vino vacila y titubea; mas el que se embriaga con el Espíritu está arraigado en
Cristo. Excelente embriaguez es esta‖ (PL 16,449).
La embriaguez hace al hombre salir de sí mismo, de sus estrechos límites. Con el vino y droga el hombre
sale de sí y se coloca por debajo de su nivel racional; puede actuar como una bestia. Con el Espíritu el
hombre sale de sí, y se eleva hacia Dios; queda unido a Dios (por los dones); puede actuar como
instrumento de Dios (por los carismas). Cuando nuestra embriaguez sea plena, quedaremos
transformados en Dios.
―El que se une al Señor se hace un espíritu con él‖ (1Co 6,17). Aquí está la fuerza transformadora de la
sagrada comunión: nos hace un espíritu con Cristo Jesús, y ese espíritu es el Espíritu Santo de Dios.
Cuando recibimos la comunión, Jesús viene a nosotros como ―el que bautiza con Espíritu Santo y con
fuego‖ (Mt 3,11). Este es el único fuego capaz de reducir a cenizas el hombre viejo en nosotros, y de
revestirnos del hombre nuevo, creado según Dios.
Iconógrafo divino
Jesús de Nazaret es la obra maestra del Espíritu Santo; ―es la imagen de Dios invisible‖ (Col 1,15); ―la
impronta de su ser‖ (Hb1,3): es el Icono vivo del Dios de salvación.
―A los que de antemano Dios conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo‖ (Rm
8,29; 1Co 15,49). Si quieres ver tu imagen verdadera y duradera, mira a Jesús. Nuestro destino glorioso
es ser iconos del Icono divino.
En eso consiste la santidad auténtica: en reproducir fielmente en nuestro interior la imagen de Cristo
Jesús, el ungido, el santo de Dios. Quien se encarga de realizar esa tarea, y la garantiza, es el Espíritu.
―Habéis sido sellados con el Espíritu Santo prometido, el cual es garantía de nuestra herencia‖ (Ef
1,13s). El Espíritu es Iconógrafo, Cristificador, Deificador.
El Espíritu trabaja en diversos talleres. Taller suyo son los sacramentos: bautismo, confirmación,
reconciliación, matrimonio, Eucaristía: en todos ellos nos ayuda a salir de nuestro yo, para adentrarnos
en Cristo; nos ayuda a despojarnos del hombre viejo, para revestirnos del nuevo (Ef 4,22ss); nos invita
a morir, para resucitar con Cristo.
Taller del Espíritu es también la oración personal y la vida entera, sobre todo en la vía mística. Como ahí
el Espíritu asume el control, su acción es infinitamente más eficaz, y conduce finalmente a la unión de
amor. La gran alegría del Espíritu es poder conducir a un cristiano a la unión transformante con Dios ya
en esta vida, de modo que pueda uno cantar con el Doctor Místico:
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados.
―De tal manera se dibuja la figura del Amado y tan conjunta y vivamente se retrata, cuando hay unión
de amor, que es verdad decir que el Amado vive en el amante y el amante en el Amado. Y tal manera
de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el
otro, y que entrambos son uno. La razón es porque en la transformación de amor el uno da posesión de
sí al otro, y cada uno se deja y trueca por el otro; y así cada uno vive en el otro, y el uno es el otro y
entrambos son uno por transformación de amor. Esto es lo que quiso dan a entender san Pablo en Ga
2,20. De manera que, según esta semejanza y transformación, podemos decir que su vida y la de Cristo
toda es una vida por unión de amor; lo cual se hará perfectamente en el cielo en divina vida en todos
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los que merecieren verse en Dios, porque, transformados en Dios, vivirán vida de Dios y no vida suya,
aunque sí vida suya, porque la vida de Dios será vida suya. Y entonces dirán de veras: Vivimos nosotros
y no nosotros, porque vive Dios en nosotros‖ (Cántico Espr. 12,7s).
Aposentador real
Un puesto importante en la corte real es el de aposentador, que se hace cargo de la habitación y
oficinas reales, y cuando el rey viaja, se adelanta para disponer su alojamiento y el de su corte. Uno de
los títulos que san Juan de la Cruz da al Espíritu Santo es el de Aposentador de nuestro Señor Jesucristo.
―En este aspirar el Espíritu Santo por el alma, que es visitación suya en amor a ella, se comunica en alta
manera el Esposo Hijo de Dios. Que por eso envía su Espíritu primero, como a los apóstoles, que es su
aposentador, para que le prepare la posada del alma Esposa, descubriendo sus dones, arreándola de la
tapicería de sus gracias y riquezas‖ (Cántico 17,8).
El Aposentador divino, no solo adorna los aposentos. En cuanto le permitimos controlar nuestra vida,
entroniza al Rey en nuestro corazón y lo corona. Así lo había anunciado Jesús: ―El me dará gloria‖ (Jn
16,14). La coronación de Jesús como Rey marca un antes y un después en nuestra vida.
Santa Teresa de Jesús explica su escaso progreso espiritual durante algunos años: ―Suplicaba al Señor
me ayudase; buscaba remedio; hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha poco si,
quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios‖ (Vida 8,12). La victoria es del
Rey; no nuestra.
Y continúa la santa: ―Hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza,
todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor. Y que en este palacio está este
gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que
es vuestro corazón. Entendamos con verdad que hay otra cosa más preciosa, sin ninguna comparación
dentro de nosotras, que lo que vemos por de fuera. No nos imaginemos huecas en lo interior. Todo el
punto está en que se lo demos por suyo con toda determinación, para que pueda poner y quitar como
en cosa propia. Como El no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a Sí del
todo hasta que nos damos del todo‖ (Camino de Perfección 28, 9.12).
―El reino de Dios está dentro de vosotros‖, dice Jesús (Lc 17,21). Lo importante es que el Rey ocupe el
trono que por derecho le pertenece: que pueda reinar sin oposición, y actuar con total libertad. Entonces
es cuando nuestra vida realmente cambiará según el proyecto de Dios, que supera toda imaginación y
todo deseo del corazón humano. El libro del Apocalipsis nos ofrece una instantánea del final de los
tiempos, con el Señor que, sentado en el trono, dice: ―Ahora hago nuevas todas las cosas‖. Y aparecen
un cielo nuevo y una tierra nueva, y la nueva Jerusalén que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada
como una novia ataviada para su esposo (Ap 21,1ss).
Si deseas que Jesús ocupe ese trono de grandísimo precio que es tu corazón, y se encuentre a gusto en
él; si deseas que desde ese trono, Jesús vaya cambiando tu vida a su gusto, canta con san Juan de la
Cruz:
Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto
y correrán sus olores
y pacerá el Amado entre las flores.
El cierzo muerto significa el espíritu de sequedad. El austro que despierta, o reaviva los amores es el
Espíritu Santo. ―Por tanto, mucho es de desear este divino aire del Espíritu Santo y que pida cada alma
aspire por su huerto para que corran divinos olores de Dios. Que, por ser esto tan necesario y de tanta

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gloria y bien para el alma, la esposa lo deseó y pidió en los Cantares... Y esto lo desea el alma, no por el
deleite y gloria que de ello se le sigue, sino por lo que en esto sabe que se deleita su Esposo, y porque
esto es disposición y prenuncio para que el Hijo de Dios venga a deleitarse en ella; que por eso dice
luego: y pacerá el Amado ente las flores‖ (Cántico 17,9). El alma controlada por el Espíritu, no piensa en
ganancia personal, sólo busca el agrado y la gloria de su Señor. Esa es su ganancia, esa es su gloria.
―Yo pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la
verdad‖ (Jn 14,16s). Por una parte, Jesús mismo se encarga de obtener el Espíritu Santo para nosotros.
Por otra parte, el Espíritu entroniza y glorifica a Jesús en nuestra vida. ―El me dará gloria, porque
recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros‖ (Jn 16,14). Tal es nuestra dependencia del Espíritu
para venir a Jesús, que nadie puede decir: ―¡Jesús es Señor!‖, sino por influjo del Espíritu Santo (1Co
12,3).
Cuando comemos el pan eucarístico, nos asimilamos un poco más a Cristo Jesús. Cuando la vida nos
tritura bien y el fuego del Espíritu nos convierte a nosotros en pan de Cristo, quedamos más plenamente
asimilados a Cristo, revestidos de las cualidades y virtudes de Cristo. Entonces, y sólo entonces podemos
decir: ―Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mí. Mi vida presente la
vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí‖ (Ga 2,19s).
Entonces, y sólo entonces, mi vida unida a la de Cristo, es una perfecta alabanza a Dios, una intercesión
ininterrumpida a favor de mis hermanos.

5. LA EUCARISTÍA Y LA VIRGEN MARÍA


San Juan de la Cruz tiene un romance sobre el prólogo de Juan. ―En el principio sin principio, la Palabra
estaba junto a Dios y la Palabra era Dios‖ (Jn 1,1). La vida trinitaria se desarrolla en Dios en perfecta
armonía y felicidad plena desde toda la eternidad. Humanamente hablando, el Padre dice un día a su
Hijo amado:
―Una esposa que te ame,
mi Hijo, darte quería,
que por tu valor merezca
tener nuestra compañía
y comer pan a una mesa
de el mismo que yo comía.
Y responde el Hijo:
A la esposa que me dieres
yo mi claridad daría
para que por ella vea
cuánto mi Padre valía
y cómo el ser que poseo
de su ser le recibía.
Reclinarle he yo en mi brazo
y en tu amor se abrasaría
y con eterno deleite

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tu bondad sublimaría.
Del deseo divino de dar a su Hijo una esposa, que comparta la vida y la felicidad trinitaria, surge la idea
de la creación y, sobre todo, de la Encarnación-Redención. A su tiempo Dios envía un plenipotenciario,
el ángel Gabriel, con una proposición matrimonial para su Hijo (Lc 1,26ss). María, Virgen, nuestra
representante llena de gracia, acepta de modo responsable e incondicional el proyecto de Dios: ―Aquí la
esclava del Señor. Hágase‖. En fe ciega y amor total se pone a disposición de su Señor, abierta a la
acción creadora del Espíritu. ¡Y así se realiza la gran maravilla! ―La Palabra se hizo carne‖ (Jn 1,14).
En la Encarnación el Hijo de Dios entra en nuestro mundo en actitud de esposo, que ama sin medida y
se entrega sin reservas. En la eucaristía continúa en la misma actitud de entrega total: ―Tomad y comed,
esto es mi cuerpo‖. Juan Pablo II resalta el paralelo entre la disponibilidad de María y la del celebrante al
decir: Esto es mi cuerpo. ―El sacerdote pone su boca y su voz a disposición de aquel que las pronunció
en el cenáculo y quiso que fueran repetidas‖ (Ecclesia de Eucaristía c.5b). Y se repite la maravilla: ¡El
pan se hace cuerpo de Cristo!
―María, en todo su ser y con toda su vida, es mujer eucarística. Ella ha practicado su fe eucarística antes
incluso de que ésta fuese instituida, por el hecho de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación
del Verbo‖, explica Juan Pablo II. (Ibid 53.55). Todo cristiano debe imitar a María poniéndose a
disposición de su Señor y abriéndose como ella a la acción del Espíritu.
El fiat de María y el amén al comulgar
En la Virgen María se encarna el Cristo total, con su cuerpo mortal, su cuerpo místico, y su cuerpo
eucarístico. La tradición patrística resalta cómo en el seno de María es donde Jesús fue ungido sacerdote
y tomó el cuerpo que luego ofrecería en sacrificio y nos daría en la eucaristía. Aquí está la fuente del
sacerdocio de Cristo y de la Iglesia. ―Ave verum corpus natum de María virgine‖ (s.xiv).
Juan Pablo II nota la analogía profunda entre el fiat de María y el amén que cada fiel pronuncia al recibir
el cuerpo del Señor. Y san Buenaventura escribe: ―Como el cuerpo físico de Cristo nos ha sido dado por
manos de María, así de esas mismas manos debe ser recibido el cuerpo eucarístico‖. Pidamos a María
nos disponga para comulgar del modo más pleno y fructuoso para toda la Iglesia.
De nuevo Juan Pablo II: ―Cuando en la visitación María lleva en su seno al Verbo se convierte en el
primer tabernáculo de la historia. Jesús va irradiando su luz a través de los ojos y la voz de María‖ (55c).
Ella nos enseña a ser tabernáculos de Jesús, a irradiar su luz, su amor.
Jesús nació en de Belén, ―casa del pan‖, y fue colocado en un pesebre (Lc 2,4-7). El simbolismo
eucarístico es evidente. Jesús eucaristía es el pan de vida con que se nutre la comunidad cristiana (Jn
6,48-58). La carne que Jesús recibió de su madre virgen es el sacramento de la presencia de Dios entre
nosotros, es el pan del cielo.
Al nacer Jesús, María lo presenta a los pastores, los pobres (Lc 2,8-16). Y lo presenta a los magos, los
hambrientos de Dios (Mt 2,10). Tarea que continúa gozosa a lo largo de los siglos.
Al poco de nacer Jesús, María lo presentó en el templo y lo ofreció como primogénito de la nueva familia
humana (Lc 2,22ss). San Bernardo ora: ―Oh consagrada Virgen, ofreces tu Hijo y presentas al Señor el
fruto bendito de tu vientre. Ofrece por la reconciliación de todos nosotros esta sagrada víctima
agradable a Dios. El Padre aceptará por completo esta preciosa oblación‖. Y santo Tomás de Villanova:
―Después que la sagrada Virgen llegara hasta el altar, inflamada por el Espíritu Santo más que un
serafín, y llevando a su Hijo en sus manos, lo ofreció como don y sacrificio agradable a Dios‖.
Doce años más tarde, busca ansiosa al niño perdido y lo encuentra en el templo (Lc 2,49). De la
sorprendente respuesta de Jesús, María aprende una lección dolorosa, pero preciosa: debe dejar libre a
aquel al que dio a luz. Debe llevar hasta el final el sí a la voluntad de Dios: retirarse y poner a Jesús en
libertad para su misión. Gran lección para las madres.
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Las bodas de Caná son un bello símbolo del banquete eucarístico. María ocupa un puesto central junto a
Jesús y contribuye decisivamente a su glorificación (Jn 2,1ss). Comenta Juan Pablo II: ―El mandato de
Cristo en la última cena: Haced esto en memoria mía, se convierte en aceptación sin titubeos de la
invitación de María: Haced lo que él os diga. Con solicitud materna María parece decirnos: Fiaros de la
palabra de mi Hijo. Él, que transformó el agua en vino, es capaz de hacer del pan y el vino su cuerpo y
su sangre‖ (54).
¿Participó María en la cena pascual? Es posible. María se encontraba en Jerusalén para la pascua. Según
el rito judío de la cena pascual la madre era quien encendía las luces (además de guisar).
La eucaristía es el memorial de la pasión y muerte redentora de Cristo en el Calvario; no un mero
recuerdo, sino un sacramento que hace actual la inmolación de Cristo por la salvación del mundo. Juan
Pablo II: ―Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano que Jesucristo lo ha
realizado y vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él como si
hubiésemos estado presentes. Así todo fiel puede tomar parte en él y obtener sus frutos‖ (Ib. 11c).
María en el Calvario
La presencia de la Virgen María en el Calvario (Jn 19,25-27) no fue casual, sino ordenada por Dios.
Como en la caída del primer hombre intervino activamente la mujer, así en la acción reparadora del
nuevo Adán intervino la mujer que Dios le dio por compañera. María ofreció la víctima divina por la
salvación de toda la humanidad en perfecta conformidad con la voluntad de su Hijo y la de Dios Padre.
Lo hizo con fe ciega y con amor inmenso. Y juntamente con la víctima divina se ofreció a sí misma... Y
ahora lo hace juntamente con sus sacerdotes.
Un antiguo diccionario de teología afirma: ―Entrando en los planes del Padre, María ofrece místicamente
la víctima que libera al mundo, mientras Jesús es realmente sacrificado. Ella representa la humanidad
que debe ofrecer el sacrificio de Cristo, junto con Cristo. Y representa el sacerdocio que día a día ofrece
la víctima sagrada, como si ella hubiera sido la primera sacerdote, la primera sacrificadora‖. Así María
vivió en plenitud lo que la Iglesia y los fieles estamos llamados a vivir a lo largo de los siglos: unir
nuestra vida y trabajos... al sacrificio de Jesús que se renueva en todo momento. (Rm 12,1s; Col 1,24).
Juan Pablo II: ―En el Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte.
Por tanto, no falta lo que él ha hecho con su Madre para beneficio nuestro: la confía al discípulo
predilecto, y en él la entrega a cada uno de nosotros: He aquí a tu madre. Vivir en la eucaristía el
memorial de la muerte de Cristo implica recibir continuamente este don: aceptar a quien nos fue
entregada como madre. Y significa conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos
acompañar por ella‖ (57).
La Iglesia como sacramento de Cristo, y María como Madre del Redentor y mediadora de la gracia nos
dan el pan del cielo, y nos comunican los frutos de redención. ―La iglesia nos ha dado el pan vivo, en
lugar del ácimo que había ofrecido Egipto. María nos ha dado el pan que conforta en lugar del pan
laborioso que nos dio Eva... Tú, Señor, habitas en el pan y en aquellos que te comen. Y tu iglesia te ve
visible e invisiblemente, así como te ve tu madre‖ (San Efrén, s. iv). Y san Juan Damasceno: ―María es la
mesa que da vida, que provee no los panes de la propiciación sino el pan del cielo‖
En Belén Jesús nace de María. En el Calvario María nace de Jesús, pues todos hemos nacido a la vida
inmortal por la muerte de Cristo. María es la primera redimida que goza en plenitud la gracia y liberación
conseguida por el divino Redentor. En un himno de san Efrén se expresa María frente a Jesús: ―¿Cómo
te llamaré? ¿Te llamaré hijo... hermano... esposo... maestro? ¡Oh tú que engendras a tu madre con una
nueva generación salida de las aguas! En efecto, soy tu hermana de la casa de David; él es padre de
ambos. También soy tu madre porque te he llevado en mi seno; soy tu sierva e hija por la sangre y el
agua, porque tú me has redimido y bautizado‖ (Diccionario de Mariología, pag 726).

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En el Calvario como en Caná Jesús la llama mujer, en alusión a Gen 2, 18.22s. María es la ayuda
adecuada que Dios proporciona al nuevo Adán. Su fiat en Nazaret la hizo Madre del Verbo, su fiat
renovado junto a su hijo crucificado la convierte en madre de todos los vivientes (Gen 3,20). Así se
inaugura su maternidad espiritual. María es la madre de la nueva humanidad redimida, que nace del
costado abierto de Cristo y se nutre de su sangre y cuerpo eucarístico: el alimento que nos va
convirtiendo en Cristo: Ga 3,26s; 2,19s. Orígenes comenta: ―María no ha tenido más hijos que a Jesús. Y
Jesús dice a su madre: He ahí a tu hijo. Y no: He ahí otro hijo. Es como si dijera: Ahí tienes a Jesús, a
quien tú has dado la vida‖.
Dos grandes amores de la Iglesia oriental: la Eucaristía y María. Su mutua relación la refleja el Epitafio
sobre la tumba del obispo Abercio (siglo ii): ―La fe en todas partes me guiaba y en todas partes me
proporcionaba como alimento un pez (igzys) de manantial grandísimo, puro, que una casta virgen ha
pescado y lo distribuía a los amigos para que se alimentaran de él siempre. Ella posee un vino delicioso
y lo da mezclado con el pan‖. (Dic.de Mariología pag 725).
Pablo VI en Marialis cultus: ―Para perpetuar en los siglos el sacrifico de la cruz, el Salvador instituyó el
sacrificio eucarístico, memorial de su muerte y resurrección, y lo confió a la Iglesia su esposa, la cual,
sobre todo los domingos convoca a los fieles para celebrar la pascua del Señor hasta que él venga; eso
hace la Iglesia en comunión con los santos del cielo y en primer lugar con la bienaventurada Virgen, de
la que imita la caridad ardiente y la fe inquebrantable‖ (n.20).
La Iglesia y sus sacramentos de gracia han nacido del costado de Cristo abierto en la cruz (Jn 19,33-37).
La iconografía medieval representa a la derecha de la cruz una mujer que recoge en una copa la sangre
del Salvador. A veces se trata de la Iglesia (acompañada de la sinagoga a la izquierda), a veces de María
(acompañada del discípulo amado). María recoge en el cáliz de su corazón inmaculado la sangre del
Redentor, y mezclada con la sangre de su alma, atravesada por la espada (Lc 2,35), la ofrece a Dios. Es
la gran intercesora, modelo de los verdaderos intercesores, que diariamente recogen la sangre de Jesús,
y mezclada con la sangre de su propia vida la ofrecen a Dios.
En iglesias de Quito del s. xvii se representa a la Inmaculada con una custodia sobre su corazón, y arriba
la Trinidad, que nos ofrece el alimento eucarístico; el ideal para recibirlo es la Inmaculada.
Lourdes y otros grandes santuarios marianos demuestran el poder de convocatoria que Maria tiene para
reunir a sus hijos en torno a la eucaristía, la intercesión más poderosa a favor de todos los redimidos.
Al declarar el año del rosario (2003) el deseo del Papa era ponerlo ―bajo el signo de la contemplación de
Cristo Eucaristía con María‖. La Santísima Virgen es modelo y maestra de intercesión contemplativa: un
movimiento silencioso del corazón contemplativo, que arrastra a muchos hasta el corazón de Dios, un
gemido del alma a favor de otros.

6. EUCARISTÍA Y LA INTERCESIÓN PURIFICAN Y CRISTIFICAN


―El amor cubre multitud de pecados‖, afirma san Pedro (1P 4,7). La eucaristía no hay que recibirla en
pecado mortal (es sacramento de vivos). Pero de la eucaristía no hay que retraerse por esa multitud de
pecados menores que se acumulan a lo largo del día, y de la semana. Como sacramento de amor, la
eucaristía borra todos esos pecados. (1Jn 3,20).
Del mismo modo la intercesión, como tarea de amor y obra de misericordia, borra multitud de pecados.
Cuando nos presentamos a interceder ante Dios infinitamente santo, nos sentimos como Isaías: ―¡Ay de
mí, pues soy un hombre de labios impuros y entre un pueblo de labios impuros habito‖ (Is 6,5). A veces
reaccionamos como Pedro: ―Señor, apártate de mí que soy pecador (Lc 5,8). Pero si miramos a Jesús
(mejor, si nos escondemos en Jesús), nos encontraremos revestidos de su santidad.

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En Za 3,1ss encontramos un pasaje revelador. Josué, sacerdote del Señor (después del destierro), se
encontraba ante el tribunal de Dios con vestiduras sucias, y Satán se disponía a acusarle. Cuando el
ángel del Señor ordenó a los que estaban ante él: ―¡Quitadle esas ropas sucias y ponedle un traje de
fiesta!‖. Y a Josué le dijo: ―Mira, he pasado por alto tu culpa‖.
Esto es lo que el Señor dice y hace cuando nos presentamos ante él para interceder por la Iglesia y el
mundo. A los que le son fieles en interceder por su reino dice el Señor: ―Os perdonaré como un padre
perdona al hijo que le sirve... Para vosotros brillará el sol de justicia con salvación en sus alas, y saldréis
brincando como becerros cebados fuera del establo‖ (Mal 3,17).
Sol de justicia no es un sol justiciero; es un sol que justifica, que trae perdón, salvación, salud, vida... en
sus alas. Como intercesores nos dedicamos a contemplar el Sol de justicia presente en la eucaristía, y
exponer a sus rayos benéficos la Iglesia y todos sus ministros con sus achaques; la familia con sus
problemas, los enfermos y los pobres con su soledad, los gobernantes y políticos con sus intrigas. Lo
que cuenta a la hora de interceder no es el estar bien informados de lo que pasa en el mundo; es el
amor del corazón y el deseo de que el reino de Dios se extienda a todos. ¡Y cuántas veces el grupo de
intercesores acaba danzando ante Jesús eucaristía para alegría del Señor y nuestra!
La Eucaristía recoge y perpetúa en misterio la Encarnación, la vida entera y, sobre la pasión, muerte y
resurrección del Salvador. Juan Pablo II: ―La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo su Señor, como el
don por excelencia, porque es el don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de
su obra de salvación. Esta no queda relegada al pasado, pues todo lo que Cristo es, todo lo que hizo y
padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se
mantiene perpetuamente presente (Ecclesia de eucharistía, 11).
Interceder significa colocarse entre. Intercesión perfecta es la presencia de Jesús en la cruz, entre cielo
y tierra. Para nosotros interceder significa, más bien, colocarse con, o junto a. Es colocarse con María,
junto a la cruz del Divino Redentor. Cuando asistimos a la santa misa estamos en el Calvario con María,
junto a la cruz de Jesús. A veces escuchamos a Jesús que dice a su Madre, ―Ahí tienes a tu hijo‖. Y la
Madre nos ayuda a lavarnos y purificarnos en la sangre de la Víctima sagrada. La Madre nos enseña a
recoger esa sangre en el cáliz de nuestro corazón para luego derramarla sobre las almas.
Santa Teresita (a los 14 años): ―Un domingo, contemplando una estampa de nuestro Señor crucificado,
quedé profundamente impresionada al ver la sangre que caía de una de sus manos divinas. Experimenté
una pena inmensa al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla; y
resolví mantenerme en espíritu al pie de la cruz para recibir el divino rocío que goteaba de ella,
comprendiendo que luego tendría que derramarlo sobre las almas... A partir de esa gracia (conversión
de Pranzini), mi deseo de salvar almas creció de día en día. Era un verdadero trueque de amor: A las
almas les daba yo la sangre de Jesús, y a Jesús le ofrecía estas mismas almas refrescadas con su divino
rocío, para aliviar su sed‖ (A 45v,46v).
El intercesor permanece con María junto a la cruz, o frente al sagrario donde se perpetúa el sacrificio de
la cruz. Recoge el precio de nuestra salvación y lo canaliza a los más necesitados. Por eso, para ser
intercesor hace falta un corazón de madre, abierto a todos sin discriminación, sin prejuicios, sin
reproches; un corazón que exprese la ternura infinita de Dios. La intercesión es una misión maternal
que trata de levantar a los caídos, sostener a los vacilantes, sanar a los heridos, apoyar y alentar a los
que van por buen camino.
El misterio del Calvario nos ayuda a comprender otro aspecto de la intercesión. Muchas veces el
intercesor siente en su propia carne o en su alma las cargas que agobian a otros; sobre todo, el horror
del pecado que oprime a tantos seres humanos en el mundo...
Ante el peligro de destrucción del pueblo de Israel, la reina Ester oró cubierta de polvo y ceniza (Est
4,17ss). Y Dios la escuchó y salvó a su pueblo. Ante el peligro de condenación eterna de tantos
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hermanos descarriados, el intercesor se ve a la altura del polvo, como Jesús en Getsemaní; o clama
como Jesús en la cruz: ―Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?‖. Pero esa oración hecha
desde el polvo, o en la mayor angustia es la que más conmueve el corazón de Dios. (Is 66,2).
Teresita, pocos meses antes de su muerte, se encontró en una horrenda noche oscura de fe: ―Jesús
permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas, y que el pensamiento del cielo, tan
dulce para mí, no fuese más que un motivo de combate y de tormento.... Pero, Señor, vuestra hijita ha
comprendido vuestra divina luz. Os pide perdón para sus hermanos. Se resigna a comer, por el tiempo
que vos tengáis a bien, el pan del dolor, y no quiere levantarse de esta mesa llena de amargura, donde
comen los pobres pecadores, hasta que llegue el día por vos señalado. Pero, ¿acaso no puede ella
también decir en su nombre y en nombre de sus hermanos: Tened piedad de nosotros, Señor, porque
somos unos pobres pecadores? ¡Oh Señor, despídenos justificados. Que todos esos que no están
iluminados por la antorcha de la fe la vean, por fin, brillar‖ (Ms C 5v.6r).
Para salvarnos a todos del pecado, ―a quien no tenía pecado, le hizo Dios pecado por nosotros, para que
viniésemos a ser justicia de Dios en él‖ (2Co 5,21). Para interceder por los pecadores hay que
identificarse con ellos y sentir, de algún modo en nuestra carne el peso del pecado. La comunión de los
santos es también comunión con los pecadores, para clamar a Dios desde ellos y obtener para ellos la
misericordia divina.
La intercesión siempre se hace en humildad, desde el polvo, sabiendo que Dios resiste a los soberbios y
da su gracia a los humildes (1P 5,5). Y siempre se hace en fe y esperanza confiada (2Ts 2,16). Cuando
nuestra confianza no tiene otros límites que los del poder y amor de Dios -sin límites- oramos y vivimos
con gran paz y serenidad, sabiendo que todo cuanto pedimos esta ya concedido (1Jn 3,22; Mc
11,22ss). Los frutos se verán en la hora de Dios.
Los intercesores nunca deben ser cortos de vista. Dios prometió a David un hijo que reinaría para
siempre y levantaría un templo eterno. Los cortos de vista miran a Salomón y ven que la promesa no se
cumple. Sólo hay que esperar un día (2P 3,8), hasta que viene Cristo Jesús, Rey inmortal y edifica su
Iglesia, templo eterno de Dios.
Sabiendo que Dios siempre actúa en respuesta a nuestras plegarias, la intercesión siempre va
acompañada de acción de gracias: gracias por el privilegio de interceder y por la certeza de su eficacia
(Fl 4,6 : 1Ts 5,16-20).
Al interceder estamos tratando los asuntos del reino de Dios. El mejor modo de hacerlo es en el lenguaje
de Dios, la contemplación. El contemplativo se comunica con Dios directamente: más allá de conceptos,
palabras, sentimientos... Para interceder le basta una mirada de fe, amor, entrega, abandono; una
mirada en la que va toda su alma y cuantos están en su alma. Esa mirada contemplativa es un precioso
don del Espíritu Santo a los pobres de espíritu. La adoración prolongada y silenciosa de Jesús eucaristía
es para muchos un atajo que lleva a la contemplación.
Contemplando en la eucaristía ―como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa
misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu‖ (2Co 3,17s). Este es
el gran premio y recompensa del intercesor. Permaneciendo largas horas en silenciosa adoración,
alabanza e intercesión ante Jesús sacramentado va saliendo de su propio yo, y se va convirtiendo en
Jesús. Así es como actúa el Señor que es Espíritu. Algún día podrá decir: ―Vivo yo, no yo, Cristo vive en
mi‖ (Ga 2,20).
San Agustín sobre los salmos: ―No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por
cabeza al que es su Palabra, uniéndolos a él como miembros suyos. Así Jesucristo, Hijo de Dios, es el
que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote
nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro.
Reconozcamos, pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros. Oramos
33
por tanto a él, por él y en él, y hablamos junto con él, ya que él habla junto con nosotros‖. Cuanto
menos queda de mi yo, tanto más seré Jesús: Jn 3,30.
Esta maravilla se hace realidad en nosotros por la gracia, que nos une a Cristo como sarmientos a la vid
(Jn 15) y nos comunica la vida de Dios. La contemplación conduce a una unión cualitativamente
superior, unión mística, en la que se nos comunican las propiedades de Dios: es un proceso de
cristificación.
La Beata Isabel de la Trinidad: ―Todos los domingos tenemos expuesto el Santísimo Sacramento en el
Oratorio. Cuando abro la puerta y contemplo al divino Prisionero que me ha hecho a mí su prisionera en
este querido Carmelo, me parece que se entreabre la puerta del cielo. Entonces pongo ante mi Jesús a
todos cuantos llevo en mi corazón, y les encuentro nuevamente allí junto a El. Es tan grande mi felicidad
que valía la pena de comprarla a gran precio. ¡Oh, qué bueno es Dios‖ (Cta. 85).
Así se realiza el gran sueño de todo contemplativo, como lo expresa la misma Beata: ―¡Oh mi Cristo
amado! Os pido ser revestida de Vos mismo, identificar mi alma con todos los sentimientos de vuestra
alma, sumergirme en Vos, ser invadida por Vos, ser sustituida por Vos, para que mi vida sea solamente
una irradiación de vuestra Vida. Venid a mí como Adorador, como Redentor y como Salvador... ¡Oh
fuego abrasador, Espíritu de amor! Venid a mí para que se realice en mi alma como una encarnación del
Verbo. Quiero ser para El una humanidad complementaria donde renueve todo su misterio. Y Vos, oh
Padre, proteged a vuestra pobre criatura, cubridla con vuestra sombra, contemplad solamente en ella al
Amado en quien habéis puesto todas vuestras complacencias‖ (Elevación a la SS.Trinidad).
La eficacia de la intercesión depende, ante todo, de nuestra unión con Jesús, mejor, fusión e
identificación con Jesús. Jesús obtiene del Padre todo cuanto pide, porque tiene una confianza sin
límites en la bondad y poder de Dios, y un amor sin límites a los hombres: ―Habiendo amado a los suyos
en este mudo, los amó hasta el extremo‖ (Jn 13,1).
El hecho de estar asociados a Jesús en su intercesión universal quiere decir que estamos destinados a
ser Jesús ante el Padre y amar a nuestros semejantes con el amor de Jesús. Esta es la gran recompensa
del intercesor fiel, humilde y constante.

7. ADORACIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO


Algunas iglesias protestantes en Suecia conservan su antigua estructura católica. Al entrar en una de
ellas fuera de las horas de culto se palpa un gran vacío. Falta el Santísimo, que tanto calor da a nuestras
iglesias y capillas. Maravilloso entrar en una iglesia católica en cualquier momento y ver una lucecita que
silenciosamente anuncia ―El Señor está aquí‖. Mucho más maravilloso entrar en una humilde capilla y
contemplar el Santísimo expuesto.
Si Salomón volviese a Jerusalén en toda su gloria, muchos irían a verlo, escucharlo y admirarlo. ―Aquí
hay uno que es más que Salomón‖ (Mt 12,42). ¡Y lo tenemos tan cerca! Por fortuna, son muchos los que
en nuestros días sienten una fuerte llamada, como María de Betania: ―El Maestro está aquí y te llama‖
(Jn 11,28). ¡No le dejemos solo! ¡El tiene tantas cosas que enseñarnos! Solo él conoce todo el misterio
de Dios y de nuestra vida.
Juan Pablo II: ―El culto que se da a la eucaristía fuera de la misa es de un valor inestimable en la vida
de la Iglesia... Es hermoso estar con él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto, palpar
el amor infinito de su corazón.‖ (Ecclesia de Euc. 25). Para palpar ese amor hay que escuchar los latidos
de ese corazón. Ello sólo es posible en el más profundo silencio. Cuando entramos en el silencio de
Jesús eucaristía, nos adentramos en la eternidad. Palpamos el amor que arde en el corazón de Dios;
experimentamos paz, serenidad, salud; recibimos una fuerza que no es de este mundo, fuerza capaz de
superar todos los obstáculos del mundo.

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¡Impresionante el silencio de Jesús en la eucaristía, por 2000 años! Silencio que grita en favor de la
humanidad con tanta fuerza, que jamás se oyen las amenazas y lamentos de parte de Dios tan
frecuentes en el antiguo testamento.
¿Queremos aprender a interceder? Jesús es el mejor maestro, la eucaristía la mejor escuela. Acudamos
ahí. Ahondando en ese silencio eucarístico, uno se olvida de sus problemas, deseos y proyectos... tan
estrechos y mezquinos. Uno siente la llamada a interceder por cierta persona, necesidad, causa o país,
por la Iglesia, por la humanidad. Tarde o temprano uno descubre que la intercesión más poderosa se
hace desde el silencio sagrado de la Eucaristía.
El Papa Benedicto recibió a cien mil niños en la Plaza de san Pedro. Dialogando con ellos, anunció iba a
haber adoración con el Santísimo. Un niño le preguntó, ―¿Qué es adoración?‖ ―Abrazarte a Jesús y
decirle: soy tuyo, quédate siempre conmigo‖.
La obra más grandiosa de Dios, la Encarnación, se realiza en silencio, oscuridad, humildad. Para ella se
sirve Dios de una mujer pobre y humilde. ―¿Cómo será esto?‖, pregunta María. ―El Espíritu Santo vendrá
sobre ti‖ (Lc 1,34s). El Espíritu se encarga de las grandes maravillas de Dios, como la presencia
eucarística de Jesús entre nosotros.
Todos los acontecimientos de la historia suceden una vez, en un momento dado, luego son absorbidos
por el pasado. Todo pasa. Pero hay un acontecimiento que sucedió hace 2000 años y que no pasa: se
mantiene presente y actual a lo largo de los siglos. Es el misterio pascual de Cristo. ―Su muerte fue un
morir al pecado de una vez para siempre; su vida es un vivir para Dios‖ (Rm 6,10). ―Cristo penetró en el
santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos, sino con su propia sangre
consiguiendo la liberación definitiva‖ (Hb 9,12). Al penetrar en el santuario de la eternidad todos los
acontecimientos en la vida de Cristo participan de la eternidad, y se mantienen siempre presentes.
Juan Pablo II: ―Todo lo que Cristo es, todo o que hizo y padeció por los hombres participa de la
eternidad divina y domina así todos los tiempos. Cuando la Iglesia celebra la eucaristía, memorial de la
muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de
salvación, y se realiza la obra de nuestra redención. Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del
género humano, que Jesucristo lo ha realizado y vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el
medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así todo fiel puede participar en él y
obtener sus frutos inagotablemente‖ (n.11).
En la eucaristía se encuentra como condensada toda la vida de Cristo Salvador. La encarnación, su
nacimiento e infancia, la proclamación de la buena nueva, crucifixión, resurrección... todos los
acontecimientos, todos los momentos de la vida de Jesús perduran y se hacen presentes en la
eucaristía. Ahí podemos vivir con Jesús cualquier momento de su vida, especialmente su pasión y
gloriosa resurrección.
Santa Teresa se ríe de los que se lamentan no haber vivido en los tiempos de Cristo. Sin fe de nada les
hubiese servido. Ahora en la eucaristía lo tenemos más cerca; y con una fe viva, más accesible.
Según una vieja leyenda del Tibet, Buda disparó una flecha. Allí donde la flecha cayó brotó un
manantial. A quien se lava en él, se le perdonan todos los pecados de modo que puede presentarse
limpio ante Dios. Algunos devotos recorren selvas, valles y montañas en busca del prodigioso manantial.
Hasta le fecha nadie ha dado con él.
¡Qué afortunados nosotros, los cristianos: conocemos un manantial capaz de borrar todos nuestros
pecados y los del mundo entero! Cuando Jesús estaba ya muerto, víctima de nuestros pecados, ―uno de
los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al punto salió sangre y agua‖ (Jn 19,34). Y el
evangelista recuerda la profecía, que dice, ―Mirarán al que traspasaron‖ Jn 19,37). Cuando con fe y
amor contemplamos a Jesús en el Santísimo Sacramento se cumple esta profecía, y nos encontramos
ante la fuente de toda gracia, de salud, de vida.
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La contemplación del Santísimo Sacramento es, a su vez, una profecía, porque anuncia lo que haremos
por toda la eternidad. En el cielo cesará la inmolación del Cordero. Pero nunca cesará la contemplación
del Cordero que se inmoló por nosotros, resucitó, vive y reina para siempre. Con gratitud y gozo infinitos
le cantaremos todos. (Ap 5,6ss).
Es interesante notar cómo Jesús resucitado se aparece a sus más íntimos amigos, y estos no le
reconocen de inmediato; lo toman por un hortelano, un peregrino, un cocinero, un desconocido... Jesús
resucitado se puede confundir con cualquiera, porque se ha identificado con todos. En la Eucaristía es
Jesús resucitado a quien contemplamos y veneramos. Su rostro está oculto. Pero en ese rostro se
pueden ver todos los rostros humanos. Algunos muy desfigurados por el pecado. Pero todos redimidos
en la sangre de Jesús y sumergidos en un océano sin límites de misericordia divina.
Escribe la Beata Isabel de la Trinidad en un Jueves Santo: ―¡Qué momento más sublime acabo de pasar
contigo! Amor divino, ¡qué lágrimas tan dulces y suaves he derramado en tu compañía! Perdón, perdón
por los pecadores. He suplicado tanto a Dios cuando permanecías en mi corazón... He dicho a ese Padre
Omnipotente que no podía negarme nada, pues se lo pedía en tu nombre... Cuando esta mañana he
visto a tantos hombres acercarse a la mesa eucarística, he llorado de alegría. Me pareció, sin embargo,
que en el fondo de mi alma me recordabas a los ausentes. Amor mío, perdónales; admite el consuelo de
quienes te aman‖.
Frutos de la adoración
1. La adoración del Santísimo es fuente de sanación y liberación interior. Ya en los primeros siglos del
cristianismo, el cuerpo del Señor se reservaba, después de la celebración, para poder llevarlo a los
enfermos. Podemos decir que son los enfermos los que han motivado la presencia permanente del
Santísimo Sacramento. Y ahí continúa Jesús acogiendo a los enfermos de alma y de cuerpo.
Permaneciendo largos ratos en silencio sosegado ante el Santísimo se realiza una terapia de
profundidad. Bajo la radiación del cuerpo resucitado Jesús uno va saliendo de su yo y se va pasando al
alma de Cristo; uno se olvida de sus problemas y preocupaciones, de sus proyectos e intereses
personales, consciente de que Alguien se ocupa de todo ello. La luz, la paz, el amor de Jesús van
penetrando poco a poco el corazón del adorador como bálsamo y lo sanan; inundan su espíritu y lo
liberan. Aquí está el sol que lleva salud en sus rayos.
Al mismo tiempo, (sin saber cómo) se van gravando en nuestro interior los pensamientos, proyectos y
deseos de Dios; los sentimientos del corazón de Jesús van reemplazando los nuestros. Nuestra voluntad
se va fusionando con la de Dios. ―No perdáis vuestra esperanza cierta que tendrá una gran recompensa.
Es necesario que seáis constantes en el cumplimiento de la voluntad de Dios para que alcancéis lo que
os está prometido‖ (Hb 10,36). Eso es lo que realmente necesitamos para ser felices: para vivir en paz
con nosotros mismos y con todos.
Y ¡cómo agradece Jesús nuestras visitas y nuestra compañía silenciosa. Una señora parisina solía ver
cómo un mendigo pasaba largos ratos en la iglesia. Se le acercó un día para interesarse y el mendigo le
dijo: ―Cuando era niño mi madre me enseñó oraciones, pero se me han olvidado todas. Ahora cuando
estoy libre entro en la iglesia y digo: Jesús, soy Paul. Y me quedo un rato con él‖. Pasado algún tiempo
el mendigo desapareció de la escena. La señora hizo pesquisas y lo encontró en un hospital en estado
muy crítico. A los pocos días volvió a visitarlo y lo encontró desayunando, afeitado, sonriente. Ante su
sorpresa le dijo el mendigo: ―Ayer me encontraba muy mal, creí iba a morirme, cuando entró alguien y
me dijo: Paul, soy Jesús. Me tomó de la mano y desaparecieron todos los males‖.
2. La adoración prolongada es un atajo para la contemplación infusa. En el silencio y la inacción del
hombre (a veces demasiado cansado para pensar), Dios encuentra el espacio necesario para actuar
como sólo él sabe. Todo comienza con una simple mirada a Jesús; una mirada que es fe, amor, entrega,

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abandono: uno se comunica más allá de conceptos, palabras, sentimientos: Está contemplando algo
incomprensible, inexpresable, algo, o alguien adorable.
Canta san Juan de la Cruz:
―¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre:
aunque es de noche!
Aquesta fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
Aquesta viva fonte que deseo
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche‖
3. Como bien afirma Juan Pablo II: ―En muchos lugares la adoración del Santísimo Sacramento tiene una
importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad‖ (Ibid n.10). No hay duda, la
adoración silenciosa y prolongada conduce suavemente a la contemplación silenciosa. Nada tan
santificante como la contemplación infusa. Es el taller donde el Espíritu trabaja con menos obstáculos de
nuestra parte y labra la santidad. Sólo el Espíritu Santo conoce el arte de hacer auténticos santos (2Co
3,17s. La contemplación ante el Santísimo ayuda a reproducir los rasgos del Santísimo.
4. Por eso es también la mejor intercesión. Jesús en la Eucaristía es todo oblación a favor de los
hombres, es todo intercesión. Para ser intercesores las 24 horas del día no hace falta complicar la vida;
sí, entregar la vida. La intercesión más completa es una vida entregada a Jesús, por las mismas
intenciones de Jesús: por la salvación del mundo entero. (Rm 12,1s).
La Beata Isabel de la Trinidad: ―Todos los domingos tenemos expuesto el Santísimo Sacramento en el
Oratorio. Cuando abro la puerta y contemplo al divino Prisionero que me ha hecho a mí su prisionera en
este querido Carmelo, me parece que se entreabre la puerta del cielo. Entonces pongo ante mi Jesús a
todos cuantos llevo en mi corazón, y allí, a su lado los vuelvo a encontrar. Es tan grande mi felicidad que
valía la pena de comprarla a gran precio. ¡Oh, qué bueno es Dios‖ (Cta 91). Así es la intercesión
contemplativa, tan sencilla y tan profunda.
5. Es fuente de apostolado. La santificación personal a beneficio de todos es el mejor apostolado. Jesús
ora: ―Por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en verdad‖ (Jn 17,19). De ahí el
crecimiento de la Iglesia en santidad. Como todos los bautizados somos miembros de un solo cuerpo,
los intercesores podemos comunicar la vida divina a la Iglesia en la medida en que nosotros la vivimos.
Y la vivimos en la medida en que nos sumergimos en el misterio de Cristo y de la Trinidad Santa.
Un gran apóstol de nuestro tiempo, Juan Pablo II: ―Si el cristino ha de distinguirse en nuestro tiempo
por el arte de la oración, ¿cómo no sentir una gran necesidad de estar largos ratos en adoración
silenciosa, en actitud de amor ante Cristo en el SS Sacramento? ¡Cuantas veces he encontrado ahí
fuerza, consuelo y apoyo!‖ (n.25).
Contemplando y adorando a Jesús en la Eucaristía el reino de Dios se va adentrando y profundizando en
el orante. ―El reino de Dios que es justicia (santidad) y paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm 14,17). Nada
más esencial para el apostolado, pues únicamente desde dentro del reino se puede trabajar eficazmente
por la extensión del reino.
La Universidad Católica en la India solía promover acampadas de estudiantes universitarios y profesores
jóvenes, cada año en uno de los lugares más pobres del país, de modo que esos jóvenes privilegiados
tomasen conciencia del sufrimiento de sus hermanos. Por varios años me tocó acompañar a esos
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grupos. La mañana se dedicaba a la oración y trabajo social: reparando chozas, abriendo pozos,
mejorando caminos... Después de comer nos reuníamos en la iglesia o capilla local para un buen rato de
adoración ante el Santísimo. A continuación los jóvenes salían a de dos en dos a evangelizar, mientras
unos pocos permanecíamos toda la tarde en adoración e intercesión. Al evaluar los frutos de la
acampada, con frecuencia nos tocó oír: ―Los días que prolongábamos la oración antes de salir, solíamos
encontrar a esas gentes más abiertas a la palabra de Dios. Las veces que por cualquier razón
acortábamos el tiempo de adoración, la gente se mostraba más reacia a nuestra predicación‖.
En el Sínodo de Roma (Oct. 2005) se exponía el Santísimo mañana y tarde por una hora para los
obispos participantes. Varios obispos en ese Sínodo constataron un nuevo interés en la adoración del
Santísimo en sus países, incluida adoración permanente El Cardenal de Bombay declaró: ―La adoración
eucarística en mi diócesis se ha convertido en medio para que hindúes y protestantes se acerquen a la
Iglesia‖.
El profeta Ezequiel (47,1ss) describe cómo un arroyo mana del altar del templo, se convierte en un río
que crece mientras avanza hacia el valle Arabá (Iglesia) y al mar Muerto (mundo). Esas aguas del
templo son fuente de fertilidad y de salud. Cuando los intercesores unidos a Cristo actúan como río o
canal, que deja correr el agua, no como pozo que la retiene, ellos son los primeros en experimentar los
beneficios de la gracia liberadora, sanadora, santificadora, transformadora de Dios.
Hagamos compañía a Jesús sacramentado ―Hasta que tenga lugar la manifestación de Jesucristo, al que
amamos y en el que creemos sin haberlo viso; por el que nos alegramos con un gozo inenarrable,
seguros de alcanzar la salvación, objeto de vuestra fe‖ (1P 1,7ss).

Consejos espirituales

Actitudes corporales
– La acción del Espíritu Santo en el orante no ignora que en la naturaleza de éste hay profundos
vínculos entre lo psíquico y lo corporal. Sabemos, de hecho, que Jesucristo adoptaba al orar las posturas
de la tradición judía, muy semejantes, por lo demás, a las de otras religiones. Y la tradición cristiana ha
usado –eso sí, con flexibilidad, y sin darles demasiada importancia– ciertas actitudes físicas de oración.
San Juan Clímaco, monje en el Sinaí, gran maestro de espiritualidad (+649) decía: «Impongámonos en
el exterior la actitud de la oración, pues en los imperfectos con frecuencia el espíritu se conforma al
cuerpo». Y San Ignacio de Loyola proponía que el orante se colocara «de rodillas o sentado, según la
mayor disposición en que se halla y más devoción le acompañe, teniendo los ojos cerrados o fijos en un
lugar, sin andar con ellos variando» (Ejercicios 252). No dan estos maestros normas fijas, como si
tuvieran ellas una eficacia mágica, pero sí recomiendan que se cuide la actitud corporal al orar.
En el Nuevo Testamento las posturas orantes más frecuentes son orar de pie (Mc 11,25; Lc 18,11) o de
rodillas (Mc 29,36; Hch 7,60; 9,40; 20,36; 21,5; Ef 3,14; Flp 2,10), alzando las manos (1 Tim 2,8: alzar
las manos es en el Antiguo Testamento sinónimo de orar: Sal 27,2; 76,3; 133,2; 140,2; 142,6) o
sentados en asamblea litúrgica (Hch 20,9; 1 Cor 14,30). También es costumbre golpear el pecho (Lc
18,13), velar la cabeza femenina (1 Cor 11,4-5), los ojos al cielo (Mt 14,19; Mc 7,34; Lc 9,16; Jn 11,41;
17,1), los ojos bajos (Lc 18,13), hacia el oriente (Lc 1,78; 2 Pe 1,19).
Hacer la señal de la cruz sobre cabeza y pecho es uno de los gestos oracionales más antiguos
(Tertuliano +220). Los monjes sirios, como San Simeón Estilita, oraban con continuas y profundas
inclinaciones, vigentes hoy también en la liturgia oriental. Los Apotegmas nos cuentan que el monje
Arsenio, «al atardecer del sábado, próximo ya el resplandor del domingo, volvía la espalda al sol y
alzaba sus manos hacia el cielo, orando hasta que de nuevo el sol iluminaba su cara. Entonces se
sentaba». Santo Domingo, de noche, adoptaba a solas en la iglesia ciertas actitudes orantes, que fueron
espiadas y referidas por un discípulo suyo.
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Hoy los cristianos de Asia y Africa siguen adoptando con frecuencia posturas de oración. En Occidente
oscilan entre dos tendencias. Unos menosprecian las actitudes corporales de oración, incluso en la
liturgia –por secularismo, por valoración de lo espontáneo y rechazo de lo formal, por ignorar la realidad
natural del vínculo psico-somático, por contra-ley-. Otros han redescubierto las actitudes orantes –por
acercamiento a la Biblia y a la tradición, por aprecio del yoga, zen y sabidurías orientales, por
conocimientos de psicología moderna–. En todo caso, aun reconociendo este valor, parece inconveniente
que el orante se empeñe en adoptar ciertas posturas si, por ser extrañas quizá a su costumbre, le crean
una cierta tensión o resultan chocantes a la comunidad.

Consejos en la oración dolorosa


La oración es la causa primera de la alegría cristiana, pues, acercando a Dios, da luz y fuerza, confianza
y paz. Sin embargo, puede ser dolorosa, incluso muy dolorosa, muy penosa. ¿Qué hacer entonces?
No nos extrañe que la oración duela. Recordemos, cuando esto suceda, lo que dice Sta. Teresa,
explicando la comparación que pone sobre los diversos modos de «regar» en la oración el campo del
alma (1-pozales, 2-noria, 3-canales y 4-lluvia):
«De los que comienzan a tener oración, podemos decir que son los que sacan agua del pozo, que es
muy a su trabajo, que han de cansarse en recoger los sentidos, que, como están acostumbrados a andar
dispersos, es harto trabajo. Han menester irse acostumbrando a que no se les dé nada de ver ni de oír.
Han de procurar tratar de la vida de Cristo, y se cansa el entendimiento en esto. Su precio tienen estos
trabajos, ya sé que son grandísimos, y me parece que es menester más ánimo que para otros muchos
trabajos del mundo. Son de tan gran dignidad las gracias de después, que quiere [Dios que] por
experiencia veamos antes nuestra miseria» (Vida 11,9.11-12). Y
Busquemos sólamente a Dios en la oración, y todo lo demás, ideas, soluciones, gustos sensibles,
tengámoslo como añadiduras, que sólo interesan si Dios nos las da; y si no nos las concede en la
oración, no deseemos encontrarlas en ella. No es cosa en la oración de «contentarse a sí, sino a El»
(Vida 11,11). Y añade la Santa:
Estamos aún llenos de mil trampas y pecados, «¿y no tenemos vergüenza de querer gustos en la
oración y quejarnos de sequedades?» (2Moradas 7). Suframos al Señor en la oración, pues él nos sufre
(Vida 8,6). «No hacer mucho caso, ni consolarse ni desconsolarse mucho, porque falten estos gustos y
ternura... Importa mucho que de sequedades, ni de inquietudes y distraimiento en los pensamientos,
nadie se apriete ni aflija. Ya se ve que si el pozo no mana, nosotros no podemos poner el agua»
(11,14.18).
Entreguemos a Dios nuestro tiempo de oración con fidelidad perseverante, por muchas trampas e
impedimentos que ponga el Demonio, sin que nada nos quite llegar a beber de esa fuente de agua viva.
La verdad es ésta: para llegar a esta fuente sagrada y vivificante es necesaria
«una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere,
suceda lo que sucediere, trabaje lo que se trabajare, murmure quien mur-murare, siquiere llegue yo allá,
siquiera me muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda
el mundo» (Camino perfecc. 35,2).
«Este poco de tiempo que nos determinamos a darle a El, ya que aquel rato le queremos dar libre el
pensamiento y desocuparle de otras cosas, que sea dado con toda determinación de nunca jamás
tornárselo a tomar, por trabajos que por ellos nos vengan, ni por contradicciones y sequedades; sin que
ya, como cosa no mía, tenga aquel tiempo y piense me lo pueden pedir por justicia cuando del todo no
se lo quisiere dar» (39,2).
Bendición + José María Iraburu
Enero 2008
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Dificultades en la oración (I)
Queridos adoradores:
La vida de oración, sobre todo en el cristiano poco espiritual, se ve dificultada por no pocas causas.
– Dificultades procedentes del mundo actual. Las rasgos peculiares del mundo moderno –ávido
consumismo de objetos, noticias, televisión, viajes, diversiones, aturdimiento y desconcierto, aceleración
histórica sin precedentes, velocidad, inestabilidad, violencia, prisa, culto a la eficacia inmediata– es muy
opuesto a la oración.
El pueblo cristiano, incluso, que desde el principio (Hch 2,42) –como Israel, como el Islam—, fue
sociológicamente un pueblo orante, hoy, al menos en los países ricos descris-tianizados, ha perdido a
veces en individuos, familias y parroquias el hábito de la oración.
– Dificultades aparentes.
- Algunos cristianos atribuyen su falta de oración a las obligaciones y trabajos de su vida. Si esa
situación viene de haber organizado la vida centrándola en el dinero, las diversiones y otros valores
creados, pero no en Dios, ciertamente que esas dificultades son reales: hay que cambiar entonces
horarios y modos de vida. Pero si esas obligaciones y trabajos vienen de la Providencia divina, entonces
no pueden ser dificultades reales para la oración, sino estímulos para ella. Quizá dificulten tiempos
largos de oración, pero no la misma vida de oración.
- Las distracciones pueden tener también origen culpable: la vana curiosidad, el uso excesivo de la TV,
etc. Pero otras veces no. Se equivocan quienes estiman que la oración está sobre todo en el
pensamiento, en tenerlo fijo en Dios. Santa Teresa les dirá:
Ignoran que «no todas las imaginaciones son hábiles de su natural para esto, mas todas las almas lo
son para amar. Y el aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho»
(Fundaciones 5,2). Ignoran que en la oración, en medio de «esta baraúnda del pensamiento», la
voluntad puede estarse recogida amando, haciendo verdadera y preciosa oración (4 Moradas 1,8-14).
No se olvide –añade S.Juan de la Cruz– que «puede muy bien amar la voluntad sin entender el
entendimiento» (2 Noche 12,7).
Por eso, aunque es evidente que las distracciones voluntarias suspenden la oración y ofenden a Dios, es
preciso recordar que las involuntarias no ofenden a Dios ni cortan la oración, si la voluntad permanece
amando. En fin, «no penséis que está la cosa en no pensar otra cosa, y que si os distraéis un poco, va
todo perdido» (4 Moradas 1,7).
Como se ve, no pocas veces los cristianos que sinceramente quieren llevar, con la ayuda de la gracia,
una vida de oración fiel y asidua, ven dificultades que no siempre son reales. Pero eso conviene conocer
bien la doctrina espiritual verdadera sobre esta cuestión. Seguiremos considerándola.
Bendición + José María Iraburu
Febrero 2008

Dificultades en la oración (II)


- Las obligaciones personales son entendidas también a veces como impedimentos para la oración
difícilmente superables. Pero también esto requiere una clarificación. Las obligaciones honestas, las
únicas reales, no tienen por qué ser impedimento para la vida de oración, sino que son ocasión y
estímulo.
En cuanto a las deshonestas, son obligaciones falsas, yugos más o menos culpable-mente formados, que
deben ser echados fuera. No es posible que una obligación verdadera, procedente de Dios, sea un

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impedimento para orar. Es la obligación falsa, la procedente del hombre, de uno mismo o de los otros, lo
que puede impedir.
Las obligaciones verdaderas sólamente pueden impedir a veces las oraciones largas, pero éstas, con ser
tan deseables, no son esenciales para el crecimiento en la oración, cuando la caridad o la obediencia no
las permiten, al menos de modo habitual.
«No haya, pues, desconsuelo; cuando la obediencia [o la caridad] os trajera empleadas en cosas
exteriores, entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior
y en lo exterior» (Fundaciones 5,6-8). «El verdadero amante en todas partes ama y siempre se acuerda
del amado. ¡Recia cosa sería que sólo en los rincones se pudiese tener oración! Ya sé yo que a veces no
puede haber muchas horas de oración; pero, oh Señor mío, qué fuerza tiene ante Vos un suspiro salido
de las entrañas, de pena por ver que podríamos estar a solas gozando de Vos» (5,16).
En resumen: Procure el cristiano, en principio, tener habitualmente largos ratos de oración, y no crea
demasiado fácilmente que el Señor, que tanto le ama como amigo, no quiere dárselos; o no se engañe
pensando que «todo es oración», así, sin más. Al leer los anteriores textos de Santa Teresa, adviértase
que están escritos a religiosas, quizá más inclinadas a la oración que a las obras; pero hoy la mayoría de
los cristianos tiende más a la acción que a la oración.
Procúrese, pues, oración larga, «pero, entiéndase bien, siempre que no haya de por medio cosas que
toquen a la obediencia y al aprovechamiento de los prójimos. Cualquiera de estas dos cosas que se
ofrezcan, exigen tiempo para dejar el que nosotros tanto desearíamos dar a Dios» (Fundaciones 5,3).
Y, eso sí, busque siempre el cristiano la oración continua, pues «aun en las mismas ocupaciones
debemos retirarnos a nosotros mismos; aunque sólo sea por un momento, aquel recuerdo de que tengo
compañía dentro de mí es de gran provecho» (Camino de Perfección 29,5).
Es el mismo consejo que da San Juan de la Cruz: «Procure ser continuo en la oración, y en medio de los
ejercicios corporales no la deje. Ahora coma, ahora beba, o hable o trate con seglares, o haga
cualquiera otra cosa, siempre ande deseando a Dios y aficionando a él su corazón» (Cuatro avisos para
alcanzar la perfección 9).
Bendición + José María Iraburu
Marzo 2008

Dificultades en la oración (III)


– Dificultades reales.
Las dificultades verdaderas para la oración no están tanto en el mundo y el ambiente, ni en las
obligaciones particulares, sino en la propia persona: en su mente y en su corazón.
El cristiano espiritual, libre de todo apego, se adhiere con amor al Señor, haciéndose con facilidad un
solo espíritu con él (1 Cor 6,17). No experimenta el ejercicio de la oración como algo arduo, difícil,
problemático, sino como un sencillo estar con el Señor, unas veces con más palabras, otras con menos,
unas veces con gran consolación, otras en desolación, pero siempre con inmenso amor.
El cristiano todavía carnal, atado aún por mil lazos, lleno de apegos, vanos temores y vanas esperanzas,
inquieto y constantemente perturbado por ruidos y tensiones interiores, se une al Señor difícilmente,
laboriosamente, tanto en la oración como en la vida ordinaria. Por eso dice San Juan de la Cruz:
«Al desasido no le molestan cuidados ni en la oración ni fuera de ella, y así, sin perder tiempo, con
facilidad, hace mucha hacienda espiritual; pero para ese otro [que está asido] todo se le suele ir [al orar
y al trabajar] en dar vueltas y revueltas sobre el lazo a que está asido y apropiado su corazón, y con
diligencia aun apenas se puede libertar por poco tiempo de este lazo del pensamiento y gozo de lo que

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está asido el corazón» (3 Subida 20,3). Uno estará apegado a su salud, otro al dinero, otro al prestigio,
a personas, a ciertas actividades y proyectos. Es igual. Está apegado a criaturas con un apego
desordenado. Es como un globo aerostático atado en tierra, que no podrá alzar el vuelo hasta que no
suelte las amarras.
Si piensa el principiante que sus dificultades en la oración van a ser superadas cuando cambien las
circunstancias exteriores, cuando mejore su salud o disminuyan las ocupaciones, o gracias al aprendizaje
de ciertas técnicas oracionales –antiguas o modernas, occidentales u orientales, individuales o
comunitarias–, está muy equivocado. Para ir adelante en la oración lo que se necesita ante todo es
perseverancia en ella, conciencia limpia y buen ejercitarse en las virtudes, todo lo cual es siempre
posible, con la ayuda del Señor. Y sobre todo, mucho amor al Señor. Dice Santa Teresa:
«Toda la pretensión de quien comienza oración –y no se os olvide esto, que importa mucho– ha de ser
trabajar y determinarse y disponerse en cuantas diligencias pueda a hacer que su voluntad se conforme
con la de Dios; en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual»
(2 Moradas 8).
Pero no espere el principiante, por supuesto, a tener virtudes para ir a la oración, pues la oración,
precisamente, es «principio para alcanzar todas las virtudes», y hay que ir a ella «aunque no se tengan»
(Camino de perfección 24,3).

San Pedro Julián Eymard y sus consejos espirituales sobre la adoración


―La adoración eucarística tiene como fin la persona divina de nuestro Señor Jesucristo presente en el
Santísimo Sacramento. Él está vivo, quiere que le hablemos, Él nos hablará. Y este coloquio que se
establece entre el alma y el Señor es la verdadera meditación eucarística, es-precisamente- la adoración.
Dichosa el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía y en la Eucaristía todas las cosas...
―Que la confianza, la simplicidad y el amor os lleven a la adoración‖.
―Comenzad vuestras adoraciones con un acto de amor y abriréis vuestras almas deliciosamente a su
acción divina. Es por el hecho que comenzáis por vosotros mismos que os detenéis en el camino. Pero,
si comenzáis por otra virtud y no por el amor vais por un falso camino…..El amor es la única puerta del
corazón‖.
―Ved la hora de adoración que habéis escogido como una hora del paraíso: id como se fuerais al cielo, al
banquete divino, y esta hora será deseada, saludada con felicidad. Retened dulcemente el deseo en
vuestro corazón. Decid: ―Dentro de cuatro horas, dentro de dos horas, dentro de una hora iré a la
audiencia de gracia y de amor de Nuestro Señor. Él me ha invitado, me espera, me desea‖
―Id a Nuestro Señor como sois, id a Él con una meditación natural. Usad vuestra propia piedad y vuestro
amor antes de serviros de libros. Buscad la humildad del amor. Que un libro pío os acompañe para
encauzaros en el buen camino cuando el espíritu se vuelve pesado o cuando vuestros sentidos se
embotan, eso está bien; pero, recordaos, nuestro buen Maestro prefiere la pobreza de nuestros
corazones a los más sublimes pensamientos y afecciones que pertenecen a otros‖.
―El verdadero secreto del amor es olvidarse de sí mismo, como el Bautista, para exaltar y glorificar al
Señor Jesús. El verdadero amor no mira lo que él da sino aquello que merece el Bienamado‖.
―No querer llegarse a Nuestro Señor con la propia miseria o con la pobreza humillada es, muy a
menudo, el fruto sutil del orgullo o de la impaciencia; y sin embargo, es esto que el Señor más prefiere,
lo que Él ama, lo que Él bendice‖.
―Como vuestras adoraciones son bastante imperfectas, unidlas a las adoraciones de la Santísima
Virgen‖.
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―Se estáis con aridez, glorificad la gracia de Dios, sin la cual no podéis hacer nada; abrid vuestras almas
hacia el cielo como la flor abre su cáliz cuando se alza el sol para recibir el rocío benefactor. Y si ocurre
que estáis en estado de tentación y de tristeza y todo os lleva a dejar la adoración bajo el pretexto que
ofendéis a Dios, que lo deshonráis más que lo servís, no escuchéis a esas tentaciones. En estos casos se
trata de adorar con la adoración de combate, de fidelidad a Jesús contra vosotros mismos. No, de
ninguna manera le disgustáis. Vosotros alegráis a Vuestro Maestro que os contempla. Él espera nuestro
homenaje de la perseverancia hasta el último minuto del tiempo que debemos consagrarle‖.
―Orad en cuatro tiempos: Adoración, acción de gracias, reparación, súplicas‖.
―El santo Sacrificio de la Misa es la más sublime de las oraciones. Jesucristo se ofrece a su Padre, lo
adora, le da gracias, lo honra y le suplica a favor de su Iglesia, de los hombres, sus hermanos y de los
pobres pecadores. Esta augusta oración Jesús la continúa por su estado de víctima en la Eucaristía.
Unámonos entonces a la oración de Nuestro Señor; oremos como Él por los cuatro fines del sacrificio de
la Misa: esta oración reasume toda la religión y encierra los actos de todas las virtudes...‖
―1. Adoración: Se comenzáis por el amor termineréis por el amor. Ofreced vuestra persona a Cristo,
vuestras acciones, vuestra vida. Adorad al Padre por medio del Corazón eucarístico de Jesús. Él es Dios
y hombre, vuestro Salvador, vuestro hermano, todo junto. Adorad al Padre Celestial por su Hijo, objeto
de todas sus complacencias, y vuestra adoración tendrá el valor de la de Jesús: será la suya.
2. Acción de gracias: Es el acto de amor más dulce del alma, el más agradable a Dios; y el perfecto
homenaje a su bondad infinita. La Eucaristía es, ella misma, el perfecto reconocimiento. Eucaristía
quiere decir acción de gracias: Jesús da gracias al Padre por nosotros. Él es nuestro propio
agradecimiento. Dad gracias al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo...
3. Reparación: por todos los pecados cometidos contra su presencia eucarística. Cuánta tristeza es para
Jesús la de permanecer ignorado, abandonado, menospreciado en los sagrarios. Son pocos los cristianos
que creen en su presencia real, muchos son los que lo olvidan, y todo porque Él se hizo demasiado
pequeño, demasiado humilde, para ofrecernos el testimonio de su amor. Pedid perdón, haced descender
la misericordia de Dios sobre el mundo por todos los crímenes...
4. Intercesión, súplicas: Orad para que venga su Reino, para que todos los hombres crean en su
presencia eucarística. Orad por las intenciones del mundo, por vuestras propias intenciones. Y concluid
vuestra adoración con actos de amor y de adoración. El Señor en su presencia eucarística oculta su
gloria, divina y corporal, para no encandilarnos y enceguecernos. Él vela su majestad para que oséis ir a
Él y hablarle como lo hace un amigo con su amigo; mitiga también el ardor de su Corazón y su amor por
vosotros, porque sino no podríais soportar la fuerza y la ternura. No os deja ver más que su bondad,
que filtra y sustrae por medio de las santas especies, como los rayos del sol a través de una ligera nube.

El amor del Corazón se concentra; se lo encierra para hacerlo más fuerte, como el óptico que trabaja su
cristal para reunir en un solo punto todo el calor y toda la luz de los rayos solare. Nuestro Señor,
entonces, se comprime en el más pequeño espacio de la hostia, y como se enciende un gran incendio
aplicando el fuego brillante de una lente sobre el material inflamable, así la Eucaristía hace brotar sus
llamas sobre aquellos que participan en ella y los inflama de un fuego divino... Jesús dijo: « he vendio a
traer fuego sobre la tierra y cómo querría que este fuego inflamase el universo. » « Y bien, este fuego
divino es la Eucaristía », dice san Juan Crisóstomo. Los incendiarios de este fuego eucarístico son todos
aquellos que aman a Jesús, porque el amor verdadero quiere el reino y la gloria de su Bienamado‖.
Breve Guía del Adorador

Adora a tu Señor en silencio. En el silencio del corazón Dios nos inspira y de ese modo nos habla. El
silencio permite también respetar el diálogo íntimo y la oración de los otros.
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Puedes pasar tu hora santa de adoración come lo desees, recordando siempre que estás ante la
presencia de tu Señor y Salvador.
Sugerencias: Puedes leer un pasaje del Evangelio (en la capilla habrá algunos ejemplares del Nuevo
Testamento) o bien traer tu Biblia y alabar al Señor con algún salmo (p. ej. 145, 146, 147,.. o el
maravilloso salmo 104) o con el Canto de los tres jóvenes (Daniel cap. 3 versículos 52 y siguientes) o
simplemente alabarlo espontáneamente. El Señor es digno de toda alabanza, honor, gloria y acción de
gracias. Agradécele por los beneficios recibidos, por el don de tu vida y por de los otros, y por todos tus
amigos, familiares, por cada cosa y sobre todo por esta gracia inmensa de poder adorarlo día y noche
en esta capilla. Verás tú mismo cuántas son las cosas por las que debemos agradecer y alabar a nuestro
Dios. Puedes también hablar con Él, contarle tus problemas (claro que Él los conoce pero se complace
que tú se lo digas y busques en Él la solución, la luz, la respuesta). Seguramente tendrás muchas
personas por las que interceder. Recuerda que con tu adoración puedes reparar los sacrilegios,
blasfemias, ultrajes e indiferencias cometidos contra Dios, y todas las ofensas contra la Santísima Virgen
y los santos. Desde luego, puedes sencillamente contemplarle en tu silencio, dejándote abrazar por su
amor y recibiendo su paz. Puedes también rezar el Rosario, que es como contemplar a Jesús con los
ojos y el Corazón de María. Recuerda siempre che el Jesús que tú contemplas es el mismo que está
realmente delante de ti. Y así, por ejemplo, cuanto medites el primer misterio gozoso ten presente que
ese Jesús que está delante de ti es el mismo que se encarnó en el seno de la Virgen María. Así también
el que fue llevado por María a la casa de Isabel o el que nació en Belén...
La hora que tú pasas con el Señor no se mide en minutos sino en gracias, bendiciones, protección,
frutos, mayor intimidad y conocimiento de Dios. Esa hora el Señor la bendice y multiplica en beneficios
incalculables, esa hora que tú le ofreces a Dios tiene valor de eternidad, es tu hora santa.
Dijo el Santo Padre Benedicto XVI: ―Sin adoración no habrá transformación del mundo…Adorar no es un
lujo, es una prioridad‖. Ten presente que si la capilla puede estar siempre abierta, día y noche,
para quien quiera que sea a la hora que sea puede acercarse hasta el Señor y recibir quizás la misma
salvación (abundan los testimonios de personas que se encontraron con Dios porque la iglesia estaba
abierta), es porque tú constituyes ese eslabón de la cadena de amor y adoración que lo hace
posible. Que esto sea siempre un motivo de alegría y un aliciente más para tu fidelidad en la adoración.
En la capilla hay algunos libros y opúsculos con oraciones que te podrán ayudar en aquel momento.
Trátalos con cuidado.
Sé puntual a tu cita con Dios. Si por algún motivo prevés que no podrás venir a tu hora, busca alguien
que pueda sustituirte. Para ello se te suministrarán los números de teléfono de los adoradores de tu
misma hora. En ningún caso debe el Señor, expuesto en el Santísimo Sacramento, quedar
solo. Siempre debe haber por lo menos un adorador en su presencia.
Si prevés ausentarte y estás solo/a en esa hora, para sustituirte puedes buscar entre tus conocidos,
parientes o amigos, o bien alguien de la misma hora de otro día de la semana. Si ni siquiera así
encuentras quien te reemplace avisa con tiempo a tu coordinador de hora. Recuerda que para facilitar el
buen orden es muy aconsejable que tú mismo/a encuentres el sustituto.
Si no estás solo/a en tu hora y debes ausentarte asegúrate antes que haya alguno de los adoradores
de tu hora al menos presente. Si así no fuese, debes buscar quien te reemplace, como se explicó en el
punto anterior, sin esperar que lo haga otro.
No olvides firmar el registro de presencias y de indicar la hora de ingreso y la de salida. En
caso de sustitución debe también hacerlo el reemplazante. Este registro le será presentado al Señor
durante la Misa aniversario de la Adoración Perpetua.

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Reemplazo en caso de ausencia
Verifica primero si hay otro adorador en tu misma hora de tu día que asista.
Si no hay ninguno o si la otra persona tampoco asistirá busca entre tus conocidos, amigos o parientes
quien pueda sustituirte.
Si no encuentras ninguno busca entre los adoradores de tu misma hora de los otros días de la semana
para permutar la hora o pídele al de la hora anterior o bien al de la siguiente que haga una hora
adicional por ti. Es preferible el caso de permuta porque el otro toma tu hora y tú la suya.
En general todo se resuelve en un par de llamadas. Si aún después de aquellos intentos no has
encontrado quién te reemplace entonces llama a tu responsable de grupo horario.

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