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B Quaresima III

Lo zelo, sotto qualsiasi aspetto possa essere considerato, viene dall'intensità dell'amore.
Perché è evidente che quanto più intensamente la potenza è diretta verso una cosa, tanto più
fortemente respinge tutto ciò che è contrario o incompatibile con essa; e poiché l'amore è
"movimento verso l'oggetto amato", come dice Sant'Agostino, l'amore intenso cerca di
escludere tutto ciò che gli si oppone.

Ma l'amore di amicizia cerca il bene dell'amico; perciò, quando è intenso, spinge


l'uomo contro tutto ciò che si oppone al bene dell'amico; e in questo senso si dice che uno
è zelante per l'amico quando si sforza di respingere tutto ciò che viene fatto o detto contro
il bene dell'amico. E allo stesso modo si dice che uno è zelante per Dio quando si sforza,
per quanto possibile, di respingere tutto ciò che è contrario all'onore o alla volontà di Dio,
secondo questo: "Io sono zelante per il Signore degli eserciti" (1 Cor 19,14).

Todo celo nace del amor (San Agustín, In Ps 118; Sermo 30), del amor a Dios y al
prójimo, único mandamiento. Por eso el celo contiene dos modos íntimamente unidos y
absolutamente inseparables: el celo por la gloria de Dios y el celo por el bien de las almas.

1) El celo por la gloria de Dios es el deseo ardiente de alabar y de hacer que Dios
sea alabado. Esto es posible cuando deseamos conocerlo más y amarlo más, y al
hacer que otros lo conozcan y lo amen.
2) El celo por las almas es a su vez un efecto del amor a Dios. “Se uno dice: «Io
amo Dio» e odia suo fratello, è un bugiardo. Chi infatti non ama il proprio fratello
che vede, non può amare Dio che non vede. E questo è il comandamento che
abbiamo da lui: chi ama Dio, ami anche suo fratello.” (1Jn 4, 20s). El celo nace
del amor, hemos dicho; de aquí que necesariamente el amor a Dios se debe
verificar en el celo por la salvación de los hermanos.
3) Un amor de Dios que permanece indiferente al apostolado, es completamente
falso e ilusorio. Cuando el amor alcanza una gran intensidad, tiende a versarsi al
exterior. Porque el amor es difusivo de sí.
El celo es necesario para la santidad:
a) Santidad es imitar a Jesucristo: la virtud dominante del Salvador es el celo, el
ardor de la caridad.
3) Si amamos a Jesús, debemos meditar sobre el precio de las almas inmortales
rescatadas con la sangre de Jesús. Y por eso desear trabajar con todo esfuerzo para que
vayan al cielo, como dice s. Pablo: “Per conto mio ben volentieri mi prodigherò, anzi
consumerò me stesso per le vostre anime. Se vi amo più intensamente, dovrei essere riamato
di meno?” (2 Cor 12,15).
4) Si amamos a Jesús, debemos trabajar con gran celo para cuidar a la Iglesia. Por
el contrario, los enemigos de ella, trabajan con gran celo para destruirla. Por eso debemos
conocerla, amarla.
Cualidades del celo:
1) Debe estar iluminado y educado por la fe, la obediencia y la prudencia; por los
dones de consejo y ciencia. El misionero que tiene celo natural, en vez de convertir almas
para Dios, poco a poco va obrando como el mundo. Questo zelo, proprio degli uomini
agitati e impulsivi, irrequieti e ambiziosi, è impulsivo, inopportuno, intempestivo, e
dimentica i mezzi soprannaturali (preghiera e penitenza).
2) Debe ser paciente y mite. Dovrebbe evitare di irritarsi inutilmente contro il male.
Come uno che si arrabbia e fa sempre sermoni anche in momenti inopportuni. Il Vangelo ci
insegna che Giacomo e Giovanni si sono lasciati trasportare da un tale zelo e che il Signore
li ha corretti (cf. Mc 3,17).

3) Debe ser desinteresado, y esto de dos maneras. Evitando hacer suyo lo que sólo
pertenece a Dios, y lo que corresponde a los demás. Por ejemplo la hermana que se
intromette porque cree que ella solamente sabe hacer las cosas bien.

El primer fruto del celo es el deseo de salvar nuestras propias almas. Por eso él que
está animado por el celo cumple fielmente sus propios deberes y tiene gran cuidado de
evitar no sólo el pecado, incluso venial, sino también las imperfecciones voluntarias:
procura tener en todas sus acciones una gran pureza de intención; tiene solicitud por las
cosas pequeñas; se esfuerza en conocer y hacer lo que le es más grato a Dios, aunque
requiera sacrificio; está muy atento a las inspiraciones de la gracia; es puntual en los
ejercicios de piedad y eleva frecuentemente su mente a Dios; examina cuidadosamente su
conciencia y lucha con generosidad contra los defectos; practica la mortificación externa e
interna; acepta y lleva su propia cruz sin lamentarse o murmurar, más aún, con gozo; hace
un gran uso de los medios de santificación, en particular de la oración y de los sacramentos.
El verdadero celo une sin separar la acción y la contemplación. La acción que no
nace de la contemplación y que no es un desbordamiento de la contemplación es un
desborde que rápidamente se seca, y de celo no es sino una imitazione; es, en realidad, un
entusiasmo de principiantes que se sgonfia a las primeras dificultades.
Antiguamente, en los hogares era fundamental conservar siempre encendido el
“hogar”. En una comunidad religiosa es necesario conservar encendido el fuego del amor,
no sólo el amor divino, sino la caridad fraterna. Esto se hace, indudablemente por el
contacto con Aquel que es la hoguera del amor sustancial. El contacto con Dios enciende en
el alma el deseo de las cosas de Dios, y el celo por las cosas de Dios, por la Gloria de Dios.
Cuando se ama a Dios se desea también que él sea amado. Y se sufre también por los
pecados ajenos. El celo es ese amor que quema y se comunica, consume y se expande
buscando servir a los intereses de Dios.
Si es necesario tener celo por la salvación de los demás, ese celo debe recaer
especialmente sobre los hermanos más cercanos.
Hay celos, sin duda desordenados, que no nacen del amor de Dios, sino del amor
propio. Es el celo de los que no conciben otro ideal distinto del suyo; por eso censuran lo
que no se conforma con él. Es el celo de los fariseos, que los llevó al odio contra Jesucristo.
Siempre están reprendiendo al pecado y al pecador, aún en las más pequeñas cosas.
Hay también un celo que es excesivo, siempre en tensión. S. Benito en su Regla dice
al Abad que esté en guardia contra este celo: “che non sia né agitato, né inquieto, né
impaziente, né geloso, né invidioso, né troppo sospettoso, altrimenti non avrà mai riposo”.
Y dice también que tenga prudencia en las correcciones, para no cometer ningún exceso
“per paura che volendo rimuovere troppa ruggine dal vaso per renderlo più pulito, possa
romperlo...” Y lo que dice al abad, lo dice también a los monjes. Ojo con el celo impaciente,
indiscreto... Es el celo de los mietitori de la parábola del grano y la cizaña, que quieren
apurarse a arrancar la cizaña, sin mirar que corren el peligro de arrancar también el trigo.
El buen celo nace del amor de Dios, puro, humilde, lleno de dulzura.
S. Benito dice que este buen celo, en las relaciones con los hermanos se reduce a tres
formas: el respeto, la paciencia y la prontitud en prestar servicios.
Si noti che lo zelo propriamente sta a indicare un amore intenso, per cui chi ama
intensamente non tollera nulla che contrasti il suo amore. Perciò è propriamente pieno dello
zelo di Dio colui che non sopporta niente contro l'onore di Dio, che egli sommamente ama.

Infatti la GLOSSA scrive: «Lo zelo sincero è un fervore dell'anima col quale uno,
mettendo da parte la paura stessa della morte, si accende per la difesa della verità. E ne
viene divorato colui che tenta in tutti i modi di correggere ogni depravazione; e se non è in
grado di farlo, tollera e ne soffre» (sant’Agostino).

LO ZELO DI SANTA MARGHERITA MARIA D'ALACOQUE.

"Mentre lasciavo la preghiera per andare a tagliare il pane delle mogli del mio Diletto, Egli
mi seguiva con un pesante fardello che voleva mettere sulle mie spalle, e sotto il cui peso
avrei certamente ceduto se Lui non fosse stato la mia forza, e mi disse: "Vuoi portare il peso
della mia santità di giustizia che sono pronto a scaricare su quella suora?" -e Lui me l'ha
mostrato.

Mi gettai subito ai suoi piedi e gli dissi: "Consumami fino al midollo delle mie ossa
piuttosto che perdere quell'anima, che ti è costata tanto sangue.... Non risparmiate la mia
vita; la sacrifico ai vostri interessi".

Mi alzai da terra carica di un peso così schiacciante che riuscivo a stento a trascinarmi, e mi
sentii bruciare da un fuoco così ardente che mi penetrava fino al midollo delle ossa. Ho
dovuto stare a letto con il mio corpo, e solo Dio sa cosa ho sofferto allora. I miei dolori
erano grandi e aumentavano con i rimedi che mi davano e con l'eccessiva cura che si
prendevano di me. Da parte mia, avrei voluto essere abbandonata da tutte le creature per
essere come il mio amore crocifisso"