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LIBIA Y LA BÚSQUEDA POR LA EMANCIPACIÓN, LA DEMOCRACIA Y EL

RESPETO A LOS DERECHOS HUMANOS.

Por: Felipe Asanza Miranda

Hay que recordar que en Libia, al igual que en todos los regímenes autoritarios y
despóticos, incluido el Ecuador, no existe seguridad ciudadana y por tanto no hay un
respaldo para que la democracia sea la piedra angular de la paz social y la
gobernabilidad ética. Además, la seguridad ciudadana se concibe como la situación
social en la que todas las personas pueden gozar libremente de sus derechos
fundamentales, a la vez que las instituciones públicas tienen la suficiente capacidad, en
el marco de un Estado de Derecho, para garantizar su ejercicio y para responder con
eficacia cuando éstos son vulnerados (...) De este modo, es la ciudadanía el principal
objeto de la protección estatal. En suma, la seguridad ciudadana deviene una
condición necesaria –aunque no suficiente- de la seguridad humana que, finalmente,
es la última garantía del desarrollo humano.

Por consiguiente, las intervenciones institucionales destinadas a prevenir y controlar el


fenómeno de la amenaza, afectación y vulneración de los Derechos Humanos por el
abuso del poder (políticas de seguridad ciudadana) pueden considerarse una oportunidad
indirecta pero significativa para, por un lado, apuntalar el desarrollo económico
sostenible y, por otro, fortalecer la gobernabilidad democrática y la vigencia de los
derechos humanos. Sin embargo, en Libia no existe seguridad ciudadana y la poca
institucionalidad genera que existan violaciones a los Derechos Humanos y se
produzcan atentados y crímenes de lesa humanidad como los bombardeos a civiles y las
represiones a quienes piensan diferente al régimen de Gadafi.

No condenar estos atentados, es profesar la doctrina de los “terrorismos de Estado” que


se implantan en algunos países donde la dictadura ejercida por la fuerza; persigue a los
ciudadanos a quienes se les niega la condición de personas y sujetos de derechos por la
aplicación del “derecho penal del enemigo”.

¿Puede entonces un gobernante, calificar de “enemigos” a quienes lo delegaron para que


represente al estado, en base al contrato social? ¿No debería Gadafi someter su
actuación a los deseos de sus mandantes más que al deseo propio y pernicioso del abuso
de poder?
Se debe aplicar sanciones urgentes y el Consejo de Seguridad de la ONU debe
intervenir. Eso no es una injerencia en los asuntos internos de un Estado, pues prima la
doctrina de la responsabilidad internacional de los Estados en materia de protección,
defensa y promoción de los Derechos Humanos. Se debe entender que la seguridad
ciudadana actualmente, es definida por el PNUD (Programa de Desarrollo de las
Naciones Unidas) como “uno de los medios o condiciones para el desarrollo humano,
el que a su vez se define como el proceso que permite ampliar las opciones de los
individuos...[que] van desde el disfrute de una vida prolongada y saludable, el acceso
al conocimiento y a los recursos necesarios para lograr un nivel de vida decente,
hasta el goce de las libertades políticas, económicas y sociales”.

Finalmente, ante estos hechos de dolor y masacre, resulta imprescindible que el Consejo
de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, así como la Corte Internacional de
Justicia (CIJ) se pronuncien sobre abrir un proceso en contra de Gadafi por los crímenes
de lesa humanidad cometidos durante la instauración de su régimen despótico, entre
ellos el genocidio, las torturas y procesos de juzgamiento extrajudiciales por parte de la
fuerza pública contra civiles.

Resulta entonces, manifestar la urgencia con la que los miembros de la Asamblea


General de las Naciones Unidas se deben reunir para incluso votar sobre la posible
expulsión del país de ese organismo, pues es evidente que el régimen de Gadafi en
materia de relaciones internacionales ha incumplido con los compromisos políticos a los
que se sometió cuando Occidente le dio su apoyo. Ahora las cartas se juegan en sentido
contrario y sólo el tiempo dirá si tenía razón la premisa de que en medio de guerras
civiles y de fanatismos entre Utus y tutsis, algunos de los pueblos árabes han tratado de
construir democracias al estilo Occidental, sin tomar en cuenta que sin identidad política
y social, el ejercicio de las elecciones políticas termina por crear monstruos que acaban
con la estabilidad social y el desarrollo de la gente. La retórica de la búsqueda de la paz
y seguridad internacionales y de la promoción y defensa de los Derechos Humanos para
la consecución de los Objetivos del Milenio y del desarrollo sostenible de los pueblos,
sólo será efectiva si es que la Política Internacional cambia de óptica y mentalidad; no
solo se debe pensar en alianzas y estrategias políticas, sino en construir mecanismos de
cooperación mutua.
Estados Unidos muchas veces apoyó al régimen de Gadafi, al igual que otros Estados
occidentales y ahora se arrepienten. ¿Dónde está el error? Creo que la respuesta está en
que el intento de varios Estados occidentales en conseguir la democratización de
varias culturas orientales, sin que exista plena participación ciudadana y
reorganización de las estructuras institucionales, lo que ha conseguido es la
injerencia en asuntos internos de otros Estados más que en buscar desde la
cooperación internacional, buscar acuerdos que demanden la transformación
civilizada de las sociedades en búsqueda de la efectiva paz social y el desarrollo, en
suma, de mejores condiciones de vida y de un respeto irrestricto a las libertades
sociales, económicas y culturales.