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El lugar de las ciencias sociales

Una de las constantes a lo largo del estudio y reflexión sobre las ciencias sociales,

es su estrecha relación con eventos y experiencias políticas a lo largo de su

historia. Hechos que de una u otra manera, determinaron gran parte de sus

posturas teóricas y paradigmáticas, así como sus estructuras organizacionales e

institucionales, aunque no exclusivamente de ellas, pues la ciencia en general, ha

visto su desarrollo vinculado a contextos históricos, políticos y económicos.

Concretamente su consolidación y puesta en marcha como ciencias

institucionalizadas, ha estado enmarcada dentro de lo que Santiago Castro y

Oscar Guardiola denominan “Proyecto de Modernidad” (2000: XXVII), proyecto

caracterizado por la idea, de obtener un control sobre el mundo, sobre la

naturaleza, entendiendo al conocimiento, como la herramienta más eficaz del

hombre para consolidar ese objetivo. Desde aquí se refuerza la separación

Hombre-Naturaleza, concebidas como dos dimensiones separadas, donde el

primero siempre gozará una posición superior sobre la segunda, gracias a la

técnica y la ciencia (Ibid). En consecuencia, sobre estas dos se depositan

esperanzas y certezas de transformación.

En ese proyecto de modernidad, para lograr su eficaz ejecución, se erige

(continuando con Castro y Guardiola) necesariamente un ente regulador, central, a

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manera de cerebro que concreta y dirige los mecanismos de control sobre el

mundo natural y social. Dicho cerebro: el Estado.

Aquí se vislumbra entonces, una relación bastante estrecha entre poder y saber,

donde en un primer momento, éste pareciera estar bajo las órdenes de aquel,

porque no se subordina el conocimiento de las cosas del mundo –como si fueran

exteriores a nosotros – a un simple interés del saber por saber, sino respondiendo

a un propósito firme por controlarlas. Es en este contexto que se comprende el

surgimiento de las ciencias y, de las ciencias sociales en particular, cuyo papel

para la consolidación política del Estado (aquí no como ente abstracto, sino

concretamente estado-nación europeo) fue decisivo.

Hasta no vislumbrar las relaciones de las disciplinas con las dinámicas históricas,

se concibe al conocimiento por un lado y al poder por otro, considerándolos

esferas separadas, en avance paralelo. Y es precisamente en el contexto de la

modernidad, con una lectura retrospectiva, donde sale a flote, donde se confirma

con mayor fuerza que ese paralelismo no es tal: se han tocado, se tocan, y su

relación obedece más a una simbiosis, a una interdependencia, como la historia

parece confirmar, en beneficio de una parte del mundo, de unas lógicas, de unas

prácticas, deslegitimando otras, que tal como dice el informe Gulbenkian, solo muy

recientemente y gracias a nuevas voces y entre ellas los Estudios Culturales, se

han revelado considerablemente.

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Queda patente esa relación poder-saber, más aún cuando en el siglo XIX había

una gran confianza por los avances de la ciencia, dándose la asociación entre

modernización y desarrollo, considerados como un proceso común para todos los

pueblos, obviamente llamado a ser orientado por el Estado, bajo políticas precisas,

despertando los trabajos de la academia social, en busca de una justificación de

tipo científico a las acciones y compromisos que condujeran a dicha

modernización y por ende desarrollo (Wallerstein, 1998: 45). Este modelo de

modernización a pesar de ser un modelo terminó siendo el modelo, la ruta a

seguir, sin mayores cuestionamientos relevantes, dado el aval que la ciencia le

otorgaba. Ciencia que se hallaba inscrita bajo la tradición galileana, concentrada

ésta en ver el universo como un flujo de acontecimientos determinados por leyes

(Mardones, 1991: 23).

Es bajo esta tradición que se inscribe la ciencia denominada “dura” y algunas

ciencias sociales, las nomotéticas, y tal como dice Mardones, dicha tradición no

surge de la noche a la mañana, en concreto, en el siglo XIX, sino corresponde a

todo un devenir del pensamiento revisionista de la visión aristotélica (la cual

buscaba explicaciones teleológicas, los fines de los fenómenos) desde antes del

renacimiento es decir, desde siglo XIII.

Esta tradición galileana, funcional y mecanicista, por su mismo carácter, logra

amoldarse y contribuir con el proyecto de modernidad, pues cosifica, reduce a

objeto el mundo, reducción que se traduce en buscar un mayor control sobre el

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mismo. Se entiende así el apoyo que recibieron los estudios e investigaciones en

ciencias sociales por parte de los estados. Conocer científicamente las dinámicas

sociales de pueblos propios y ajenos era una forma de conseguir un control sobre

las mismas, de orientarlas en beneficio de la modernización; el surgimiento de la

Antropología en un contexto colonial es prueba de ello. Así mismo leyes,

pronunciamientos de gobernantes y políticas concretas en países como el nuestro,

mostraron durante la primera mitad del siglo XX esta intención. La presencia física

y simbólica indígena y negra, eran valoradas como un obstáculo para el progreso,

postulando al mestizaje o a la supresión de prácticas tradicionales bajo

argumentos científicos, como salida1.

Los estudios de área, en cierto sentido también serían un ejemplo de la

preocupación por conocer ciertas regiones del mundo, con motivos políticos

(Wallerstein, 1998: 41), aunque igualmente tal como se expresa en el Informe

Gulbenkian, jugaron un papel importante en la estructuración institucional, en las

discusiones internas y en la ampliación geográfica del objeto de estudio de la

historia, la economía, la sociología y de la ciencia política.

El debate llevado actualmente respecto a las relaciones entre poder y saber, han

ganado esa óptica crítica no coincidencialmente. Obedecen ciertamente al

contexto actual del mundo, donde estructuras tales como el estado, nación,

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Ver por ejemplo los argumentos del médico Jorge Bejarano quien logró la prohibición de la chicha en 1948
y también buscó que se dejara de mambear la hoja de coca. En: Andrés López Restrepo. Colombia: de la
prohibición a la guerra contra las drogas. El malpensante, septiembre 16-octubre 31 de 2000. pp 86-87.

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territorio, han ido perdiendo esa fuerza y control otrora manifestados. Hoy los

procesos de desterritorialización, de globalización de un modelo económico, de

transnacionalización propios de la sociedad global, son los nuevos ejes

condicionantes e inductores de experiencias diferentes a las tradicionales, o

aquellas trazadas por la modernidad y, tal como afirman Gómez y Guardiola,

plantean desafíos impensables para y desde las teorías de la modernización y

dependencia (2000:XXXIX).

Entonces se hacen evidentes estructuras que antes eran vistas como normales,

lógicas, cuyas dinámicas no se reflexionaban profunda y críticamente. Así, hoy

pueden plantearse lecturas hacia la relación poder-saber que develan su

particular conexión, su funcionamiento, su influencia en la manera como hemos

abordado al mundo y a nosotros mismos. Aquí es pertinente fijar el papel que ha

de jugar las ciencias sociales, sus profesionales y la forma de concebirse y

educarse en ella. Adquirir un compromiso para evidenciar esas estructuras y

prácticas de poder tanto en las dinámicas políticas, sociales y académicas.

También el rol de la universidad y las facultades para consolidar procesos sólidos

y acordes con la realidad de hoy, pero pensando también en los retos del futuro

que no son lejanos.

BIBLIOGRAFÍA

5
Immanuel Wallerstein et. al., Abrir las ciencias sociales. Reporte de la Comisión

Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales (Méjico: Siglo

Veintiuno Eds, 1998)

J.M. Mardones, Filosofía de las ciencias humanas y sociales. Materiales para una

fundamentación científica. (Barcelona: Anthropos, 1991) pp. 19-42

Santiago Castro-Gómez y Oscar Guardiola-Rivera. Introducción. Geopolíticas

del conocimiento o el desafío de “impensar” las ciencias sociales en América

Latina. En: Santiago Castro, editor., La reestructuración de las ciencias sociales

en América Latina, (Bogotá: CEJA, 2000) pp. XXI-XLII