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REVISTA EUPRAXOFÍA

(Sabiduría para una buena vida). 7, Revista humanista secular que promueve
una filosofía y una ética --sin religión-- basadas en la razón y la ciencia.
Publicada originalmente por el Movimiento Peruano Humanista Arreligioso
(MPHA) y actualmente por Humanistas Racionalistas del Perú (HURA-
PERÚ). Correo-e: humanarazon_peru@yahoo.com
ISSN 1560-9219

sábado, 28 de marzo de 2020

UN BREVE ANÁLISIS CONCEPTUAL


DEL COMPORTAMIENTO RELIGIOSO

William Montgomery Urday


Profesor Asociado de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos (Lima-Perú).
Correo-e: avidolector@yahoo.es

RESUMEN

En este artículo se discurre sobre el surgimiento del comportamiento religioso,


la razón por la cual las personas “creen”, y el porqué de la supervivencia de la
religión; argumentando que lo principal es averiguar la gratificación que obtienen
los individuos al comportarse religiosamente; que las personas “creen” por
librarse de potenciales amenazas a su bienestar, y que la religión supervive
mientras haya necesidades que satisfacer.
Palabras clave: Comportamiento, religión, ideología, motivación, filosofía.

1
Las maneras cómo la ideología1 religiosa afectaría el desarrollo del juicio moral,
las relaciones intergrupales, la autoconceptuación y la inculturación; en suma el
comportamiento de la gente; han sido recientemente motivo de estudio desde
una óptica que podría considerarse “globalizadora” en el sentido de atribuirle a
la religión una importancia mayor de la que tradicionalmente se le ha concedido
en la psicología, y, sobre todo, en la determinación de lo psicológico (ver Cohen,
2015). Sin entrar a la discusión detallada de tal tesis, cuyas conclusiones
parecerían discutibles en principio por la sencilla razón de que están basadas en
autoinformes de los participantes, y, por lo tanto, “toman demasiado en serio” lo
que las personas dicen de sus propias creencias; no me cabe duda de que existe
una influencia muy grande, de modo que la justificación de ocuparse de un tema
como éste es mayúscula.
Sin embargo, más allá de datos que, conexos o no, buscan acumularse para
“explicar” ciertos aspectos del comportamiento religioso, se hace necesario un
análisis conceptual que esclarezca el carácter radical del fenómeno en términos
científicos. Algo como lo que intentó Schoenfeld (1999) desde la perspectiva del
análisis experimental de la conducta. En las siguientes líneas procuraré seguir,
aunque sin demasiada fidelidad, algunos de sus razonamientos para expresar mis
propias opiniones al respecto del comportamiento religioso. Dado que este es un
tema que ya he tratado antes en un artículo que posteriormente fue varias veces
“rebotado” en las redes sociales (Montgomery, 2005), puede complementarse (o
confrontarse) mi reflexión actual con lo que anoté en aquella ocasión.
Siguiendo esta línea, me propongo en los siguientes renglones discutir
brevemente sobre tres cosas: el surgimiento del comportamiento religioso, la
razón por la cual las personas “creen”, y el porqué de la supervivencia de la
religión.

1
De entrada me parece claro que la llamada “religión” en realidad es un conjunto de
presupuestos ideológicos, una forma de ideología que, como lo indicamos en un escrito
anterior (Montgomery, 2005), se ajusta a tres de las definiciones ofrecidas por Rossi-Landi
(1980) en su enjundioso libro sobre el tema. 1) mitología, folklore, creencias populares, clichés
y prejuicios difundidos (p. 35); 2) ilusión y autoengaño con matices de preconcepto,
deslumbramiento, miopía, ceguera, oscurantismo (p. 37); y 3) mentira no deliberada,
oscurantismo voluntario pero no planificado, automistificación, falsificación socialmente
indocta que ha llegado a ser automática en el individuo (p. 40). Esto, por supuesto, no
diferencia entre diferentes tipos de confesión religiosa, ya que se trata de características
generales que los involucran a todos.
2
¿Cómo surgieron el comportamiento religioso y la religión como entidad
ideológica reguladora? Es una pregunta demasiado ambiciosa que,
desgraciadamente, solo puede responderse mediante conjeturas. Para sus
áulicos, el comportamiento religioso bebería de las fuentes de la “naturaleza
humana”, esencialmente “espiritual” y “sobrenatural”, y desde este punto de vista
sería innato. Para sus contradictores, se trataría de un tema de adoctrinamiento
social temprano al cual se les sometería a todos los seres humanos en formación.
Obviamente, ninguna de esas explicaciones es satisfactoria, la primera porque es
circular: el ser humano sería religioso per se y a partir de allí ejercería su
comportamiento religioso, pero solo se inferiría que lo es viendo cómo se
comporta. La segunda, a su vez, no da pistas sobre porqué un grupo de adultos
adoctrinarían religiosamente a sus generaciones infanto-juveniles, ni porqué esos
adultos por su parte habrían sido adoctrinados de la misma forma por
generaciones anteriores. También plantea la duda de si otras orientaciones
educativas no podrían también ser concebidas como formas diversas de
adoctrinamiento en ideas no religiosas.
La mejor manera, parece, de concebir un hipotético origen primigenio del
comportamiento religioso, es fijarse en las interacciones cotidianas que tienen las
personas con los sucesos de sus entornos ambientales compuestos por objetos
físicos y otros individuos en un marco histórico-cultural. Como dice Schoenfeld
(1999):
Todas las religiones contienen leyes respecto a los alimentos, normas sexuales,
rituales y ejercicios para la congregación, ritos de pasaje, formulas verbales y
declaraciones, códigos de lo bueno y de lo malo, creencias acerca de un plano de
existencia exterior a la mirada inmediata del hombre, pero que en cierto modo
está a su alcance (p. 44).

Es en dicho marco contextual específico donde se puede juzgar por qué las
personas hablan y actúan “religiosamente”, y en relación a qué antecedentes y
consecuencias; vale decir, qué es lo que hace ocurrir esa forma de
comportamiento y lo mantiene. Semejante premisa se sustenta en lo que ya se
sabe experimentalmente de cómo funciona la conducta humana en general, la
cual está controlada tanto por eventos instigadores directos (experiencias vividas)
e indirectos (observación de experiencias ajenas) que evocan respuestas
emocionales, como por eventos que facilitan la concreción de las acciones o la
consecución de metas. En el transcurso de la historia de cada individuo se forma
una secuencia combinada de respuestas emocionales positivas (sentimientos
agradables), negativas (sentimientos desagradables), y subsecuentes esfuerzos por
3
“luchar a favor” o “luchar en contra” de acontecimientos físicos o sociales que,
respectivamente, o mantengan o se opongan a las primeras. Esto produce un
valor actitudinal que siempre “está buscando” resultados que confirmen tales
esfuerzos. A eso el psicoanálisis clásico le atribuye impulsos de búsqueda del
placer y huida del dolor, mientras que en el lenguaje del análisis experimental de
la conducta tomaría la forma de obtener consecuencias gratificantes y evitar las
no gratificantes, o, simplemente, “conducta instrumental u operante”. Los
códigos sociales complejos que comúnmente se etiquetan como “pensar”,
“percibir”, “razonar”, “planificar”, etcétera, no escapan a estos mecanismos.
Entonces, lo que hay que ver es cuán gratificante resultó en el pasado y resulta en
la actualidad para los individuos comportarse religiosamente, y por qué. Las
disquisiciones de Kantor (1990) acerca del transnaturalismo agustiniano y del
trascendentalismo patrístico, y de Alcaraz (2004) sobre las reificaciones y
metáforas que llevaron al surgimiento de lo “mental” como un sucedáneo
descriptivo de la “actividad interior” vinculada al “alma”, brindan pistas históricas
referentes al desenvolvimiento de los aspectos ideológicos más elevados de las
creencias religiosas, en particular católicas; pero no aclaran —porque no es su
propósito— a qué se debe que las personas comunes y corrientes acepten creer
en un Dios y en aquello que lo ornamenta, como orientación protectora frente a
un mundo la mayoría de las veces incierto y amenazador. En otras palabras, algo
significativamente emotivo y reforzante que dirige las acciones a consecuencias —
a veces objetivamente y a veces subjetivamente— juzgadas como “beneficiosas”.
Schoenfeld (1999) señala: “Un dogma o una creencia tendrá un sentido potencial
para un creyente solo cuando sea coherente con aspectos de su conducta natural”
(p. 51). Así, el valor del comportamiento religioso debe considerarse en función
a la “utilidad” que supuestamente tiene para quien lo ejerce. Las instituciones
religiosas más sofisticadas que sobreviven intuyen esto desde tiempos
inmemoriales, y por ello utilizan técnicas de control que extienden la influencia
del grupo al individuo mediante clasificaciones de conducta “buena” o “mala”,
“moral” o “inmoral”, “virtuosa” o “pecadora” (Skinner, 1971), en relación con
visiones mitológicas del cielo (que evoca respuestas emocionales positivas y
esfuerzos de “luchar a favor”) y el infierno (que evoca respuestas emocionales
negativas y esfuerzos de “luchar en contra”).
Frente a esto, cabe preguntar cuál de ambas motivaciones, la “positiva” o la
“negativa”, sería más fuerte en un “creyente” promedio. Lo cierto es que, según
se desprende de las investigaciones sobre teoría de las decisiones humanas

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(economía conductual), en todos nosotros, religiosos o no, existe algo que se
llama “aversión a la pérdida”; es decir, se teme más “tener pérdidas” que lo que
atrae “tener ganancias” (ver Cortada de Cohan, 2008). Eso llevaría a inferir que
la principal razón por la cual el grueso de individuos “cree” o practica alguna
religión es el temor a sufrir pérdidas que, en este plano, serían las vinculadas a la
seguridad personal y/o de sus seres queridos.
Respecto a esto último, aunque el promedio de las personas religiosas suele negar
de manera explícita que su conducta de “creer” se deba a razones de evitación
de males o desgracias más que de un genuino sentimiento místico de amor
universal o algo así, debajo de esas alegaciones sería posible percibir la verdadera
motivación. Por ejemplo, cuando se dice algo parecido a que “todos son ateos
hasta que el avión comienza a caer” se asume implícitamente que la creencia
religiosa sería algo así como un “seguro”, o, por lo menos, un “consuelo” en
relación con acontecimientos infaustos. En una popular película hecha para
propaganda cristiana titulada “Dios No Está Muerto” (2014), el profesor
agresivamente ateo (interpretado por Kevin Sorbo) se enfrenta con un alumno
creyente (Shane Harper), y, después de proferir muchas blasfemias sufre una
especie de “castigo divino” (un accidente vehicular) al final, como advirtiendo
sobre el terrible destino posible de quienes osan “negar a Dios”. En fin, los
ejemplos informales serían abundantes; valgan éstos como muestra2.
Las relaciones interindividuales reguladas de esta manera por las instancias
religiosas entran dentro de las contingencias que se llaman “de sanción”. Ellas,
según las definen Ribes, Pulido, Rangel y Sánchez-Gatell (2014), “constituyen un
sistema de mantenimiento y salvaguarda de las jerarquías, funciones y
posibilidades de vida”, donde “sancionar es dejar hacer y reconocer determinado
tipo de actos y relaciones, o, por el contrario, impedir y penalizarlos” (p. 272).
Las contingencias de sanción toman la forma de valores, normas, razones e
ideales que expresan prácticas dominantes en unas determinadas estructura y

2
Desde este punto de vista, dejo como tema aparte la distinción de categorías de orientación
“extrínseca” e “intrínseca” en la religiosidad de los individuos establecida por Gordon Allport
(Simkin y Etchezahar, 2013). La primera de ellas involucraría un mero interés instrumental en
el uso de la religión para alcanzar fines personales o sociales, mientras la segunda se basaría en
una motivación profunda y fundamental. No descarto que una persona con supuestamente
genuina motivación religiosa pueda objetar los ejemplos presentados, pero sí señalo que sea
como fuere, tanto en casos extrínsecos como intrínsecos los mecanismos operantes de la
conducta siguen en pie. Lo que cualquier persona “cree” tiene que ser funcional a las
condiciones vitales de su existencia.
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coyuntura sociales; y esa es la razón por la cual generalmente se hallan en
connivencia muy estrecha con el poder dominante en la sociedad de referencia.
Sin embargo, no hay que interpretar semejante hecho de modo que afirme de
manera contundente que los poderes vigentes en cada sociedad o en todas son
los que sostienen la supervivencia de las ideologías religiosas formales o
informales (¿el “opio del pueblo”?) para someter a la masa. Los casos históricos
de gobiernos antirreligiosos que en su momento han intentado extirpar
coactivamente tales creencias, muestran que ante la ausencia de éstas los propios
poderes dominantes buscan sustituirlas por “mitologías” de nuevo cuño, como
cuando en vez de reliquias de santos se exhiben monumentos o cuerpos
embalsamados de líderes para ser objetos de peregrinación y veneración; o se
repiten consignas formuladas por ideólogos “infalibles” que tienen un parecido
con las frases de los catecismos estudiados por los religiosos; o se cambian viejas
festividades religiosas por nuevas al servicio del “partido” en las mismas fechas.
Para explicar, pues, la supervivencia de las prácticas religiosas, nuevamente hay
que retornar a lo dicho en párrafos anteriores: los individuos “creen” y “creerán”
siempre que eso esté en relación con su vida concreta, y por tanto les solucione
necesidades emotivas e instrumentales. Como la demanda es la que crea ofertas,
es perfectamente esperable que sobre este esquema metafórico de “utilidad
marginal” surjan tantas instituciones religiosas como han surgido antes, y se
mantengan a través del tiempo en razón de la manera pragmática como canalicen
eficientemente la demanda religiosa de sus adherentes.

Comentario final
Aquí he abordado tres cuestiones que se traslapan entre sí. En la primera,
referente al surgimiento del comportamiento religioso, he argumentado que lo
central es averiguar la gratificación que obtienen los individuos al comportarse
religiosamente. En la segunda, respecto a la razón principal por la cual las
personas creen, mi hipótesis de respuesta fue establecida en función a una
motivación de tipo negativo, es decir, librarse de potenciales amenazas a las
gratificaciones también potenciales. Por último, en cuanto al porqué supervive la
religión hice un paralelo con el sistema de “oferta” y “demanda”, señalando que
mientras haya necesidades emotivas e instrumentales difíciles de satisfacer (¡y eso
parece ser inherente a lo humano!), habrá instancias que aprovechen de la
coyuntura para canalizarlas.

6
Referencias
Alcaraz, V. M. (2004). Reificaciones y metáforas. Las referencias a lo mental. Acta
Comportamentalia, 12, 97-106.
Cohen, A. B. (2015). Religion’s profound influences on psychology: Morality, intergroup
relations, self-construal, and enculturation. Current Directions in Psychological Science,
24(1), 77-82.
Cortada de Cohan, N. (2008). Los sesgos cognitivos en la toma de decisiones. International
Journal of Psychological Research, 1(1), 68-73.
Kantor, J. R. (1990). La evolución científica de la psicología (Tomo I). Trillas. Orig: 1963.
Montgomery, W. (2005). Comportamiento religioso y ciencia de la conducta: ¿Son
compatibles? En El quehacer conductista, hoy (pp. 167-184). Ediciones de la Revista
Peruana de Filosofía Aplicada.
Ribes, E., Pulido, L., Rangel, N. y Sánchez-Gatell, E. (2014). Sociopsicologia. Instituciones y
relaciones interindividuales. Catarata.
Rossi-Landi, F. (1980). Ideología. Labor. Orig.: 1978.
Schoenfeld, W.N. (1999). Religión y conducta humana. Universidad de Guadalajara. Orig.:
1971.
Simkin, H. y Etchezahar, E. (2013). Las orientaciones religiosas extrínseca e intrínseca:
Validación de la "Age Universal" I-E Scale en el Contexto Argentino. PSYKHE, 22(1),
97-106.
Skinner, B. F. (1971). Ciencia y conducta humana. Fontanella. Orig. 1953.