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Acerca de Dios y del Diablo

Por Rafael Rodríguez Cruz

(Invierno de 2006)

El domingo pasado fui a la Iglesia del Santísimo Sacramento en Springfield,

Massachussets, y le di gracias a Dios por haberme hecho un poco diablo. Digo esto sin

querer faltarle el respeto a nadie, pues lo cierto es que, muy a pesar de la botella de

marxismo que tengo en la cabeza, sigo a mi manera creyendo en Dios. Lo único que no

hago es confesarme. La última vez que lo hice fue en la Iglesia San Antonio de Padua de

Guayama, si mal no me acuerdo en 1962, una semana antes de la Primera Comunión.

Traigo el asunto a colación por razones que no son del todo personales. Un amigo de

Guayama me escribió el otro día muy preocupado por una resolución presentada ante la

asamblea municipal de ese pueblo para eliminar el calificativo ciudad de los brujos.

Resulta que un grupo de religiosos protestantes siente que el título es cosa del Demonio y

de Satán. Se amparan ante todo en la Primera Enmienda de la Constitución de EE. UU.

que provee para la separación de la iglesia y el estado. Es decir, son todos penepés o

promotores abiertos del anexionismo. Razonan ellos —imagino yo— que como Dios no

existe sin el Diablo, entonces la separación de la iglesia y el estado obliga al divorcio

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entre el municipio de Guayama y las historias sobre brujerías y espiritismos. Ya han

puesto un anuncio grande en la entrada de Arroyo a Guayama: Bienvenidos a la ciudad

de Dios.

Sorpresivamente, el trastocado razonamiento anterior ha encontrado un aliado donde

menos yo esperaba: en el recién publicado y valiosísimo Tesoro lexicográfico del

español de Puerto Rico. Buscando ejemplos de por qué el gobierno y la administración

secular no excluyen que los billetes gringos lleven el famoso In God we trust, me

encontré con la siguiente definición de brujo y bruja: Apelativo peyorativo, aplicado a

los de Guayama. ¿Con quién habrá hablado esta gente?, me pregunto yo. Ciertamente no

con los miles de guayameses (brujos, se dicen ellos mismos) que viven hoy en ciudades

como Holyoke y Springfield, Massachussets, y para quienes el apelativo es cosa de

orgullo y no de vergüenza. Además, está toda la historia racial y étnica del pueblo de

Palés Matos, sin cuya brujería no tendríamos la poesía y prosa negra que tanto han hecho

por nuestra cultura puertorriqueña. ¿Será acaso que escribieron este diccionario sin querer

ofender a los ricos blancos de Guayama, cuyos apellidos aparecen en cada uno de los

vitrales de la iglesia en lugar de los nombres de los santos?

Dicen algunos fanáticos ateos que el mismo que inventó a Dios, inventó al Diablo.

Yo no llego tan lejos pues, como dije, soy medio católico y creyente, aunque la devoción

se me hace más fuerte en los aviones y en los hospitales. No obstante, es obvio que si

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alguien parece a veces creer con más fuerza en la existencia del Diablo son los que dicen

estar más cercanos a Dios y a la iglesia. Tal era el caso, por ejemplo, años atrás con la

poderosa, intolerante y clasista iglesia católica de Guayama. Genarín Cautiño, como se

sabe, era el dueño del pueblo y sus alrededores, y no justamente por bueno. Pero muy

temprano en su vida, según dicen las malas lenguas, hizo un pacto con la iglesia que

sirvió de beneficio a ambos. Uno de los alegados diablos que había en Guayama era por

supuesto el espiritismo y la brujería. Esta última, en especial, era fuerte en los barrios

como Puente de Jobos, Los Cundo, Cimarronas y Barrancas, donde vivían los negros

trabajadores asalariados de la Central Machete. Todavía recuerdo de niño los sermones

de los curas acerca de la brujería y la santería y de cómo el Diablo andaba suelto por

ciertos barrios de Guayama. El fracatán de sermones era naturalmente más fuerte en la

época del corte de la caña, exactamente cuando a esos diablos negros que vivían en las

afueras del pueblo, incluyendo a los hermanos de mi abuelo, Puchucho y Herminio Cruz

Collazo, les daba con pedir mejores salarios y condiciones de vida. A falta de aumentos

quemaban la caña. Por otro lado, estaba el espiritismo de la región, que siempre había

mantenido una visión liberal del mundo, incluyendo de la interacción entre las razas. De

hecho, hubo un Anglade que militó por un tiempo en el Partido Nacionalista y luego se

fue con los liberales. Al igual que al resto de la familia Anglade, la iglesia católica lo

excomulgó oficialmente, prohibiendo en una lista secreta que sus descendientes

estudiaran en el otrora prestigioso Colegio San Antonio de Padua. La iglesia católica de

mi pueblo era cualquier cosa menos tonta y, en coalición con Don Genarín Cautiño,

nunca perdonó tampoco ese día en 1934 en que a seis mil diablos negros de la Central

Machete les dio con llamar a Don Pedro Albizu Campos para que interviniera en el

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conflicto con las centrales. Una cosa era criticar al “diablo nacionalista”, y otra verlo

llegar a organizar los trabajadores.

Luego vinieron las elecciones de 1960, de la cual me acuerdo un poquito. La iglesia

católica estaba segura de que con la ayuda financiera de los Cautiño nadie podría derrotar

al Partido Acción Cristiana en Guayama. A mi hermana y mí, sin embargo, nos llevaron

al Barrio Carite, donde Don Luis Muñoz Marín iba dar un importante discurso. Yo nunca

había visto tanta gente junta en mis siete años de vida. De momento, en medio de una

gigante algarabía, apareció un hombre muy grande, cuyo retrato yo siempre había visto

en casa de mi abuela, en el Barrio Carioca, con el lema Pan, tierra y libertad. Se detuvo

al frente de nosotros y mientras saludaba a mi mamá con una mano, me acariciaba la

cabeza con la otra. Del discurso no me acuerdo absolutamente nada; no le presté

atención.

Mi hermana, sin embargo, sí se percató de un detalle importante. En el mismo

medio del discurso, cuando el gentío parecía perder todo el interés por las palabras del

“vate”, Doña Inés María Mendoza Rivera de Muñoz Marín apuntó con un leve

movimiento de su dedo índice al poste de luz que alumbraba a la muchedumbre. Muñoz

Marín agarró la sugerencia. Entonces se embarcó en una perorata acerca de la llegada de

la electricidad al barrio Carite y de cómo era cuestión de tiempo que se diera también un

viaje de Guayama a San Juan sin pasar por la Piquiña de Salinas. La gente de Carite

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quedó anonadada. Y así terminó el mitin de los populares, con una muchedumbre

embriagada por un discurso inspirado en el dedo de Doña Inés. Eso dice mi hermana.

De lo que sí yo me acuerdo, y puedo dar fe, es que unos días después, muy tarde

en la noche, se llevó a cabo en la Barriada Marín de Guayama el entierro simbólico del

candidato a gobernador del PAC, Salvador Perea Roselló. Un miembro de la conocida

familia Cora —como si se tratara de la época de los rosarios de Cruz— sacó el piano a la

calle y se puso a improvisar estribillos que todo el mundo repetía mientras bebían de las

mismas botellas de ron. Simultáneamente, al otro extremo del pueblo en el área que hoy

se conoce como Cautiño, se originó una marcha de miles y miles de seguidores del

Partido Popular (PPD) que llevaban al frente una caja de muerto, rodeada de hombres

que portaban jachos de gas encendidos y vestían igual que los diablos que aparecían en

los carnavales. Venían muchos de ellos del temido Barrio Borinquen, donde habitaban

negros pobres que hablaban francés y llamaban a Guayama por un nombre distinto, en

dialectos propios de los haitianos y la gente del Caribe esclavista. De la frase bon suá es

de lo único que me acuerdo.

Mientras todo esto sucedía, según dicen, Muñoz Marín se estaba reuniendo

secretamente con los opositores del PAC en Guayama, incluyendo santeros, espiritistas,

masones y liberales. Al pasar la marcha por detrás del atrio de la iglesia, un cura español

y reaccionario gritaba obscenidades a los participantes, a la par que advertía a toda voz

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que el Diablo nuevamente andaba suelto en el pueblo de Guayama. La gente, sin

embargo, no le creyó. Muñoz Marín obtuvo en 1960 en Guayama, el 67.2 porciento de

los votos, mientras que Perea Roselló se llevó el 7.2 porciento. Una vez más el “Diablo”

le había asestado un golpe a la aristocracia racista del pueblo de los brujos. Para el gato,

no hay presa más fácil que el ratón.

Otro ejemplo de la obsesión que a veces tiene alguna gente con el Diablo y las

diabluras lo vi precisamente en mi visita del domingo pasado a la Iglesia del Santísimo

Sacramento en Springfield. Movido quizás por la reputación dudosa de algunos feligreses

boricuillas, el cura ha llenado la nave de rótulos que prohíben mirar a las mujeres

durante la misa. La cosa no sería problema alguno si no fuera por el hecho de que el

dibujo parece hecho por el mismo Diablo, tentando a los pecadores a que se olviden de la

solemnidad del lugar. En fin, que es cierto eso que dicen de que el Diablo se le puede

aparece a uno en cualquier parte.

Además, el asunto del dibujo revolcó en mí recuerdos no muy gratos de mi primera

y única confesión. Creo que era el verano de 1962. La iglesia católica de Guayama era

entonces una verdadera belleza. El cielo de la nave principal estaba pintado a mano con

ángeles y arcángeles que parecían subir a un infinito azul y una gloria hecha de nubes y

rayos de sol. El altar principal era inmenso y hecho de madera pintada de oro. De niño,

no dejé de notar que hasta el silencio infundía respeto cuando uno estaba en la iglesia,

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especialmente si había gente rezando por los muertos, frente a las velas encendidas. El

lugar que más miedo me daba, sin embargo, era el confesionario. Nunca vi salir a nadie

con la cara contenta de allí. El rumor era que algunos curas españoles eran tan y tan

estrictos que hasta la gente más beata terminaba rezando por pecados y defectos que ni

siquiera conocían. Entré, pues, a la confesión con la misma actitud con que enfrentaba los

exámenes de matemática, seguro de que con tan sólo presentarme me quitarían una

buena parte de los puntos. El cura, cuyo rostro apenas veía entre los rotitos de la rejilla,

me preguntó con una voz autoritaria si yo había pecado alguna vez. Le dije de plano que

no, que no había hecho nada malo, pero que sí le podía contar de lo que mi primo Rubén,

el monaguillo, hacía con las pesetas que sacaba de un pote que tenía guardado mi

abuela en la alacena. Sin ningún sentido de lealtad, lo acusé de comprar cigarrillos sueltos

en una tienda de la calle Duques, a cinco o seis por vellón. El párroco, sin embargo, se

molestó y empezó a acusarme de inventarme cuentos sobre Rubén para esconder mis

propios pecados. Amparándose en no sé qué cosas que yo tenía que haber aprendido en

un cursito que daban las monjas, me espetó entonces una sentencia de veinte

padrenuestros y treinta y cinco avemarías que este año 2006, si Dios lo permite, pienso de

una vez por todas acabar de rezar.

Desafortunadamente, todo indica que ni los rezos cuando niño ni mi visita reciente a

la iglesia del Santísimo Sacramento en Springfield, Massachussets, han logrado

desasociarme por completo de las cosas del infierno y Satanás. Mi sobrina de quince

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años, por ejemplo, se leyó está narración y sin pensarlo dos veces me increpó: ¡Diablo,

qué embustero eres!