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Serie: Malaquías: Mensajes para una vida descuidada

Ps. Arquímedes Velásquez. Julio 2019


Porque yo te amo
Malaquías 1:2,3

Introducción:
Leamos en Malaquías 1:2-3,
RVR60 NVI TLA
2 2
Yo os he amado, dice Jehová; «Yo los he amado», dice el «Israelitas, Dios los ama». Y
y dijisteis: ¿En qué nos Señor. « “¿Y cómo nos has ustedes preguntan: «¿Y
amaste? ¿No era Esaú amado?”, replican ustedes. cómo nos demuestra ese
hermano de Jacob? dice »¿No era Esaú hermano de amor?» Dios les responde:
Jehová. Y amé a Jacob, Jacob? Sin embargo, amé a «Recuerden, israelitas, que
3
y a Esaú aborrecí, y convertí Jacob yo preferí a Jacob y no a
3
sus montes en desolación, y pero aborrecí a Esaú, y Esaú, a pesar de que Esaú
abandoné su heredad para los convertí sus montañas en era su hermano mayor.
chacales del desierto. desolación y entregué su Recuerden también que yo
heredad a los chacales del convertí en un desierto la
desierto.» tierra de Esaú, a pesar de
que era una región
montañosa. Ahora sólo
viven allí los chacales.

Quiero leer nuevamente la primera parte del v.2, “Yo os he amado, dice Jehová”
Oremos: Querido Dios, tu palabra es suficiente para nuestras vidas. Que le podamos poner
el peso que tiene esta declaración de amor. Que esta mañana, puedas hablar a nuestra vida y
puedas animarnos a confiar más en ti. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.

Caleb recuerda que en su niñez fue bastante rebelde con sus padres. Ahora ya no lo es. Ellos
lógicamente, ante su rebeldía lo disciplinaban. Recuerda también como cada semana, muy
amorosamente, como un cinturón de cuero, le golpeaba. Siempre, cada vez, que sus padres le
disciplinaban, él les miraba con desprecio, los miraba con reproche y les decía: —Tú no me amas
—. Esto es cierto, a mí me sucedió lo mismo. No sé a usted, pero cuando a mí me disciplinaban
uno siente dentro de sí hacia sus padres que como que no lo aman. “Tú no me amas, me
castigaste”. “Si tú me amaras no me harías sufrir”. En mi caso, ya con 50 años, alabo a Dios por
esa disciplina que me dieron mis padres. Porque ha hecho de mí la persona que soy.
El pueblo de Dios tiene un padre. Ese padre disciplina y el pueblo de Dios no entiende. Es
un poco de lo que vamos a ver hoy.
Malaquías, hermanos, profetizó alrededor del 450 a.C., y fue uno de los últimos profetas
antes de aquella pausa de 400 años entre el AT. y el NT. Los israelitas en ese momento habían
regresado del exilio babilónico. Jerusalén ya había sido completamente restaurada y el templo
también había sido reconstruido. Pero el pueblo no había aprendido la lección. Habían sido
exiliados porque había sido disciplinado por Dios y ellos habían comenzado a desobedecer
nuevamente. Pero de la peor forma. Y esa peor forma era el descuido y abandono de su propia
espiritualidad en varios aspectos de sus vidas: Había crecido el escepticismo frente al amor de
Dios. Había crecido el descuido al culto. Eran indiferentes a la verdad, desleales en sus
matrimonios, desobedientes al pacto, tacaños en sus ofrendas. El pueblo había descuidado su vida.
Por eso nuestra serie de estudios se llama: Mensajes para una vida descuidada.
Les decía que el Señor llamó a Malaquías como su mensajero. De hecho, Malaquías
significa literalmente ‘mi mensajero’, para darles un mensaje duro porque Dios en este momento
se había puesto serio con su pueblo. Un mensaje duro pero sin perder el brillo de su amor. El
asunto es que el pueblo no conseguía ver ese brillo de su amor.
Hermanos, como les decía en el primer sermón, Dios se pone serio no solamente con su
pueblo en aquella época sino también con todos nosotros. Porque la vida para el Señor no es un
juego. La vida, nuestra espiritualidad, nuestras tensiones, nuestras emociones, nuestras voluntades
no son un juego para Dios. Para Dios es importante. Y en el momento en que nosotros nos
abandonamos y descuidamos en los diferentes aspectos de nuestra vida a Dios le preocupa y Él
quiere llamarnos como un padre llama a su hijo para sostener una conversación franca y sincera.
En este sentido, entonces, no estoy seguro si todos nosotros estamos preparados para
escuchar una palabra dura de parte de Dios en todos estos sermones.
Pero lo que sé es que Dios se encontró con el peor escenario. Cuando Dios esperaba que su
pueblo respondiera frente a esa interpelación que les hacía con gratitud y amor, su pueblo le
responde con desprecio, con reproche y con arrogancia. No sé cuál es el escenario con el cual Dios
se va a encontrar en esta iglesia. Pero ruego y anhelo que esta iglesia pueda recibir esta palabra
viendo el brillo del amor de Dios en cada una de estas predicaciones.
Antes de decir, lo que debo para el día de hoy, permítanme hacer un alcance. Mi
comprensión de lo que es ser un pastor fiel a la Escrituras, es que uno debe asumir el costo de cada
texto que uno predica. Y este texto le mencionaba a mi esposa que es uno de esos que no quiero
predicar. El asunto es que algunos textos de la Escritura son verdades, hoy de manera más
evidente, que no serán comprendidos por todos, y es por eso que hoy vengo con una carga especial
porque sé que no todos van a creer lo que voy a predicar de parte de Dios. No solamente en este
mensaje sino también en el próximo. Este mensaje va a ser más o menos leve pero el próximo va a
ser duro. Porque estamos hablando ahora, y para que ustedes ya de entrada, empaticemos con estos
mensajes, Dios le dice: “Yo amo a Jacob y aborrezco a Esaú”. ¿Cómo lidiamos con esto? ¿Cómo
lidiamos con un Dios que puede amar y aborrecer?
Entonces no por razones de comprensión racional sino por principalmente su entendimiento
espiritual, y le ruego a Dios que usted se coloque con humildad como lo hecho yo, y el Señor haga
comprender su palabra. Estos textos son de mucha utilidad para interactuar en las clases
dominicales, en las clases de teología, hasta en la de los candidatos a bautizos. Pero el Señor hoy
nos quiere decir que nos ama. El título de este sermón es: PORQUE YO TE AMO.

1) Y te lo he declarado
2) Y aunque me lo has cuestionado
3) Te lo he demostrado

1. Te amo y te lo he declarado, v.2ª “Yo os he amado, dice Jehová.”


Dios se iba a poner serio con su pueblo, pero el primer mensaje que puso en los labios del
profeta, en el corazón del profeta, fue una declaración de amor.
¿Cómo uno toma una declaración como esta? Vamos primero a hablar entre nosotros, ¿Qué
sucede dentro de ustedes cuando escuchan de parte de su hija de su hijo, de su madre, de su
esposo/a, de tu amiga, de tu amigo, de tu novio de tu novia? ¿Qué pasa en tu corazón, en tus
emociones cuando alguien te dice: Te amo? ¿Qué pasa contigo? Aún recuerdo la primera vez que
Adanalys me dijo: Te amo. Fue algo maravilloso. Yo había prometido decir: Te quiero, te quiero
un mundo, te quiero de aquí a la luna, pero no decir te amo a menos que estuviera claro del
compromiso que eso significaba. De estar para siempre con ella. Pero el día en que le dicen a uno:
Te amo, es uno de los momentos más lindos, más tiernos, más románticos que uno experimenta en
la vida.
El asunto es que hoy esta palabra, esta frase, ya no tiene el mismo impacto. Lastimosamente
ya no tiene la misma fuerza. Veo a los muchachos diciendo en internet, “te amo”, “te amo” y “te
amo” como si fuera una frase cualquiera. ¿Qué frase van a guardar para la persona que finalmente
les va a amar para toda la vida? ¿Qué frase? ¿Te adoro? Porque ‘Te amo’ implica un compromiso,
implica dedicación, implica renuncia. Es el sentimiento más importante, es la decisión más
importante que nosotros tomamos frente a una persona. Cuando yo le digo a una persona: ‘Te
amo’, le estoy diciendo: Yo estoy comprometido contigo, yo estoy dedicado a ti todos los
segundos de mi vida y yo estoy dispuesto a renunciar todo de mí por ti.
En este sentido entonces, para Dios es importante cuando Él nos dice: Te amo. No es sólo
una expresión emocional. No es sólo que Dios sintió rico en un momento y nos dijo: ¿saben qué
pueblo mío? Los amo y siempre los he amado. Para Dios es un acto, una declaración potente, que
tiene que ver con su compromiso con su pueblo, que tiene que ver con la dedicación que Él tiene
con su pueblo y que tiene que ver con la renuncia que Él mismo hace de su propio Hijo por causa
de su pueblo.
Dice: Yo los he amado. ¿Qué pasa entonces con nuestras emociones? ¿Qué pasa con
nuestras decisiones? ¿Qué pasa con nuestras voluntades cuando escuchamos a un Dios que no
tiene la necesidad de acercarse a nosotros y ese Dios viene y nos dice, con nombre y apellido,
¿saben qué? —Yo los he amado. Tengo un compromiso con ustedes. Tengo una dedicación con
ustedes y yo renuncio a lo más preciado que tengo, a mi Hijo, por ustedes. ¿Qué pasa contigo?
¿Qué pasa con ud. cuando escucha esa declaración?
Hermanos, es posible que este texto para algunos no tenga sentido, sea oscuro, amenazante,
inaccesible. ¿Cómo Dios, un Dios completamente trascendente, un Dios que no tiene nada que ver
con la historia porque es eterno, me ame a mí que soy una mera criatura? A menos que ud. tenga
complejo de superioridad y diga: —Sí, sí. Es la mera verdad. Yo sé, sí, yo sé que Dios tiene que
amarme. Porque yo soy un buen tipo. Soy lo suficientemente inteligente para comprender de que
Dios en su Majestad me mire y diga: —Ese es un ovejo bueno o es una cabra buena y entonces, yo
los voy a amar porque se lo merecen.
Otros, experimentan una sensación maravillosa de temor. Dicen: —Señor, esto no puede ser.
Cierto desconcierto. Uno no sabe cómo lidiarlo
De hecho, la primera vez que me dijo: —Te amo. Yo no sabía que cara poner. En principio.
Porque creía que cualquier cara que pusiera me delataría. Entonces, me dijo: —Te amo. Y yo…
ufffff. Porque tampoco le podía decir: —Gracias. Tenía que responderle, ¿cierto? Entonces,
examiné mi corazón, porque yo también algunas cositas estaba sintiendo por ella. Bajé la cabeza,
la miré y al final del sermón les contaré lo que le dije.
Hermanos, tengo que reconocer que la elección de Dios, basado en su amor, no está dentro
del foco de las doctrinas que yo generalmente predico desde este púlpito y tengo la inclinación a
pensar que este tema digerible para una congregación madura donde todos podamos manejar bien
las doctrinas teológicas de la Reforma y bíblicas. Siempre he dicho, no puedo lanzar así no más el
tema de la elección de Dios, pero es la misma palabra la que me corrige. Es la misma palabra la
que viene y me enseña, al menos en parte.
Malaquías no está hablando a una congregación donde todos eran maduros. De hecho, él
estaba hablando a un pueblo que se había convertido en un pueblo escéptico, que se había
convertido en un pueblo descuidado, indiferente, desobediente, adúltero y tacaño. Y Dios le está
diciendo a ese pueblo escéptico, descuidado, les está diciendo: YO LOS AMO. Y no está hablando
a gente madura, que está bien espiritualmente sino a gente que había descuidado áreas de su
espiritualidad. A ese pueblo Dios les dice que los ama. Malaquías entonces predica la verdad del
libre, soberano amor de Dios que elige a unos y no a otros porque este texto es claro. No puedo
disfrazarlo. “Amé a Jacob y al otro lo deseché”. Es un amor que es soberano, libre, que dice: —A
unos los amos, a otros, no—.
Entonces, muchos de nuestros clichés de que Cristo vino por todos, porque Dios ama al
mundo, ¿cómo lo solucionamos? No voy a poder explicarle todos los textos que hablan sobre que
Dios ama al mundo. Y en términos más audaces e inconfundibles que en cualquier otra parte del
A.T., Malaquías lo dice sin disimulos, sin maquillajes y lanza: —Dios los ama, a otros, los
desecha. ¿Qué hacer con esta verdad?
Primera cosa, vamos a ir con la parte que nos toca a nosotros. Dice que Dios nos ama y lo ha
declarado. Dios los ama, y cada uno de ustedes tiene que hacerse cargo. Decir: —Oh, Señor, esa
palabra es para mí. Yo sé que tú me amas—. El asunto es que alguno de nosotros tal vez vamos a
cuestionarlo como el pueblo de Dios lo hizo.

2. Porque Yo te amo y te lo he declarado, AUNQUE ME LO HAS


CUESTIONADO v.2b “y dijisteis: ¿En qué nos amaste?”

¿Qué hacer con esta verdad? Hermanos, yo no sé aun lo que diríamos nosotros. Sinceramente,
esta semana hacía una reflexión: ¿Qué respondería la iglesia Emanuel? Honestamente, ¿qué es lo
que respondería la iglesia Emanuel? Lo que sí note es que el pueblo de Dios le responde con
escepticismo (desconfianza, recelo, sospecha, prejuicio) y reproche, y un cierto aire a arrogancia.
El pueblo tenía la expectativa, hermanos, ese es el problema, que su regreso del exilio iba a
traer prosperidad material, económica. Pero los años pasaron y nada de esto ocurrió. Por el
contrario, la política se debilitó, la economía se desbandó, la religión se relativizó, las familias
entraron en crisis de lealtad y, más encima, el Señor tiene la osadía de venir y decir a su pueblo
que los ama.
Si yo hubiera estado ahí, le hubiera dicho al Señor: —Por favor, ¿dónde está esa prueba de
amor? Míranos. Mira las gentes, mira las crisis matrimoniales que hay en nuestras gentes, mira
nuestras deudas, mira nuestras enfermedades. Por favor, ¿dónde está la prueba de amor? Estamos
desamparados. Y un Dios que ama a su pueblo no permite que este sufra. Eso le diríamos a Dios, o
por lo menos eso yo le diría. Porque lo que dijo el pueblo es eso: —Señor, ¿en qué nos has amado?
— Porque ese era el pensamiento de la época. Pero también es el pensamiento de esta época.
Cuando vamos y le decimos a una persona que está sufriendo, que ha perdido un ser querido
o ha recibido un desastre, y le decimos: —Dios te ama—. La persona tiene todo el derecho de
decir: —¿En qué Dios me ha amado? ¿En qué Dios me ha mostrado su amor?—
Es posible que haya cierto escepticismo y reproche en cada uno de nosotros. Y es válido y
natural. Pues al ver el caos y las circunstancias adversas en nuestras vidas y en las de nuestras
familias.
La pregunta que yo le haría a usted, entonces, es: ¿Cómo describiría usted el amor de Dios
para nosotros? En el intento de buscar una respuesta es posible que tú llegues a la misma
conclusión: ¿En qué nos has amado?
Hermanos, la raíz de todos los males de Israel era su falta de conciencia del amor de Dios.
Que los lleva a tener dos actitudes frente al amor de Dios:
(1) Uno es la insensibilidad. Por causa del pecado el pueblo fue llevado a cautiverio pero
no vieron en la disciplina del Señor un gesto de amor. Como les decía al principio, mi padre venía
y me castigaba. Yo le decía: —Tú no me amas. Porque si me amaras, tú no me pegarías—. Lo
mismo hizo el pueblo con Dios. Dios los disciplinó, los mandó al exilio, y en ese momento, el
pueblo no consiguió ver el amor de Dios en ese acto. Insensibilidad. Perdieron la sensibilidad de
ver a Dios presente en cada una de sus circunstancias. Entonces, no darse cuenta de la presencia
amorosa y el cuidado paterno produce sensación de desamparo. Produce esa sensación de que
hemos sido olvidados por Dios, porque no conseguimos a ver el amor de Dios presente.
Que no le quepa la menor duda, hermanos. El pecado siempre encontrará una puerta abierta
donde el amor de Dios es colocado en duda.
Coloque en duda el amor de Dios y ciertamente el desamparo entrará en su vida. La angustia
y la ansiedad entrarán en su vida.
Por otro lado, a pesar de esta declaración de amor, a pesar de las evidencias históricas de
que Dios estuvo con su pueblo a lo largo de la historia, el pueblo se mostró ingrato.
(2) La segunda cosa: ingratitud. ¿Cuántas veces, hermanos, herimos el corazón de Dios
con nuestra ingratitud?
El pueblo de Dios estaba insatisfecho, juzgando a Dios, porque Dios les daba poco
materialmente. El pueblo estaba juzgando a Dios porque les estaba dando poco en sus relaciones
familiares o, por lo menos, ellos creían eso. Sin considerar las bendiciones espirituales de un Dios
que siempre estuvo con su pueblo, a pesar de ese pueblo. Yo te lo he declarado y tú me lo has
cuestionado.
Tan sólo un ejemplo nos maravilla. El pueblo de Dios siendo liberado de Egipto. Como
Dios dividió el mar y consiguieron pasar. Tan sólo esa obra ya debería ponerlos a ellos conscientes
del cuidado de Dios. Pero no lo podían ver.
El salmista David, en el Salmo 13:6, dice lo mismo: “Cantaré a Jehová, Porque [mirando
hacia atrás siempre] me ha hecho bien.”
Yo le quiero preguntar a cada uno de ustedes, ¿Qué es lo que el Señor, en tú historia, en el
pasado, te ha hecho, que te ha demostrado su amor y su cuidado? Sé que todos nosotros tenemos
algo para contar. Todos nosotros tenemos un testimonio para contar de lo que Dios ha hecho por
nosotros. Entonces, la pregunta es, ¿por qué nosotros, o por qué todo el pueblo de Dios insiste con
este cuestionamiento? “¿En qué nos amaste?” Y ahí es que el Señor responde. Dice: “Yo te lo he
demostrado”

3. Porque Yo te amo y te lo he declarado, aunque me lo has cuestionado, YO TE


LO HE DEMOSTRADO, v.2c,3a. “¿No era Esaú hermano de Jacob?--declara el
SEÑOR--. Sin embargo, yo amé a Jacob, y a Esaú aborrecí.”
La respuesta del Señor fue contra pregunta. ¿Qué clase de conversación es la que Dios
quiere instalar con nosotros? ¿Qué clase de respuesta es esa? ¿Por qué Dios responde con una
pregunta?: “¿En qué nos has amado?” Responde claramente. ¿Por qué tienes que responder con
una pregunta? El pueblo de Dios así le reprochaba a Dios.
Hermanos, estoy convencido de que Dios no sólo busca una respuesta meramente
emocional. Estoy convencido que Dios quería también el entendimiento de su pueblo. Porque una
adoración verdadera no se produce solamente con el convencimiento emocional. Una adoración
verdadera se produce con la apropiación inteligente de la verdad. Y esa combinación del
convencimiento emocional y la apropiación de la articulación teológica hacen que nuestra
adoración sea potente y sea viva delante de Dios. Cuando entendemos de por qué le decimos a
Dios: —Tú eres Majestuoso. Pero también cuando lo experimentamos en nuestro corazón.
Entonces, Dios no sólo quería la mera respuesta emocional. Él quería que su pueblo se
apropiara inteligentemente de la verdad. Dios apela a la razón. Y no les dice: —¿Sienten mi
presencia? ¿No sienten nada? Yo estoy con ustedes. ¿No lo sienten? ¿No sienten algo sabroso en
su corazón?—
Dios no les dice eso. Los lleva a observar la historia. A recuperar las doctrinas y enseñanzas
aprendidas de sus padres.
Hermanos en la respuesta de la contra pregunta esta, estaba la clave de la esencia del amor
de Dios. Y ese descubrimiento tenía el poder de transformar sus vidas y producir adoración como
todo israelita conocía. Dios no necesitaba contar la historia como nosotros necesitamos contarles a
nuestros niños. Porque los padres de los israelitas le contaban la historia a sus hijos. Entonces cada
israelita crecía y conocía bien esa historial. Sabía bien quien era Jacob. Sabía muy bien quien era
Esaú. Sabía muy bien quien era cada personaje del A.T.
Entonces, Esaú no era solamente el hermano de Jacob, era su hermano gemelo, concebido
en el vientre de Rebeca por su padre Isaac. Jacob y Esaú no eran como los hijos de Abraham, por
ejemplo. Porque Isaac e Ismael, que tenían diferentes madres y uno de ellos ni siquiera era
israelita. Pero Jacob y Esaú eran gemelos pero no sólo eso, y preste mucha atención porque aquí
está la clave, Esaú era el mayor. Lo que significa que todos los derechos, todos los privilegios,
todo lo principal de la herencia de su padre eran para Esaú. Y como el heredero principal de sus
padres se sentía merecedor de lo que su padre tenía que entregar. Lo que le está diciendo, ¿Cuál es
el punto aquí? Que Dios trabaja con lo impredecible y lo ilógico.
Ninguno de nosotros, hermanos, es Esaú. Ninguno de nosotros se merece nada de Dios.
Ninguno de nosotros tenemos la prerrogativa natural de ser herederos de Dios. Ninguno de
nosotros. Todos nosotros somos Jacob, somos lo ilógico. Entonces, cuando el Señor le dice al
pueblo de Israel: —Tú no eres Esaú, tú eres Jacob. Y de lo más pequeño, de lo más ínfimo, de lo
que no merecías yo hice el fruto de mi amor—.
Lo que le está diciendo ahí es: —Que yo te amé libre y soberanamente. No hay nada,
absolutamente nada, que me llevó a amarte. Nada que tú pudieras hacer que me llevara a amarte.
Porque yo te amé libre y soberanamente.
Es decir, ¿tú te crees Esaú? Nada es para ti. Pero tú reconoces que eres como Jacob, y él era
engañador. Si ustedes ven bien la historia de Jacob, este hombre era un estafador, truhan,
tramposo, embaucador, era un engañador. Cuando nos reconocemos engañadores ante Dios,
cuando nos reconocemos lo más pequeño, lo ilógico, lo impredecible, entonces, podemos disfrutar
de esta bendición del amor de Dios.
Lo que Dios les estaba diciendo era que Él les estaba haciendo recordar que la elección de
ellos como su pueblo no se basaba en sus méritos porque naturalmente Esaú era la mejor opción y
la respuesta de Dios a su pregunta era: Yo te amé a ti. Amé lo ilógico, amé lo impredecible. Es
decir, yo te amé y tú no lo merecías.
En el momento en que nosotros comenzamos a pensar que nos merecemos el amor de Dios,
somos Esaú. “Yo te amé”, y tú no lo merecías. Porque mi amor por ti es libre, soberano e
incondicional.
Mi amor por ti, fue una elección de amor, dice Dios. Por encima de cualquiera que pudiera
merecerlo. ¿Y qué pasó con los otros? ¿Dios es injusto, entonces, porque no eligió a otros y me
eligió a mí? La decisión de Dios de su elección por mí fue basada en su amor. Yo me casé con
Adanalys. Yo la elegí a ella como la mujer de mi vida. Una porque es la mujer más hermosa del
universo y sus alrededores. Es una de las razones, una de las principales. Pero yo la elegí porque
yo la amo. Si no yo no la hubiera elegido a ella. Yo la amo. Entonces, la pregunta que me hago es:
¿Yo soy injusto con todas las otras mujeres por no haberlas elegido a ellas? Mi decisión y mi
elección fueron basadas en el amor. No fue arrogancia. Fue un ejemplo, hermanos, fue una
ilustración.
Dios no tiene limitaciones cuando se trata de amor. Eso es lo maravilloso.
El próximo domingo veremos la otra parte de su amor por la parte de su odio. Porque
‘aborrecer’ sin otras palabras más maquilladas, es odio, desprecio, rechazo.
Hoy, nos quedamos con esto, de que Dios nos eligió a nosotros porque Él nos amó. Y el
amor de Dios es tan grande y que nada lo condiciona que podemos decir: —Señor, yo no lo
merecía, pero aquí estoy, dispuesto a entregarte también mi corazón.
Entonces, este amor, dice Dios, es el desbordamiento de mi gracia infinita que nunca se
puede comprar.

CONCLUSIÓN:
No sé cuál va a ser tu reacción. Ahora quiero que puedas hacer esta reflexión junto conmigo.
Dios te está diciendo en este momento: no hay nada que me ha condicionado para que yo te amé, y
hoy te declaro a ti, que estás en este lugar, escuchando, que estás entendiendo todo lo que estoy
diciendo, dice Dios, porque yo te amo. Y, no hay nada que tú hubieras hecho o no hay nada que
has hecho en tu historia que ha condicionado mi amor por ti, porque tú no lo mereces. Pero yo te
amo libre, soberana e incondicionalmente. ¿Cuál es la sensación que te produce eso? ¿Qué
emociones brotan delante de ti? ¿Gratitud? ¿Desconcierto? ¿Adoración a Dios?
Hermanos, en el momento en que perdemos de vista esta verdad, vamos a alabar y adorar a
Dios todos los domingos como si el asunto fuera un simple trámite. En el momento que
reconocemos que este amor de Dios es inmerecido, le voy a cantar al Señor: “No hay amor como
el de Cristo” No hay amor como el amor que Dios me puede dar. Y le voy a exaltar a Dios, y le
voy a decir: ¡Oh amor, que nunca me dejarás! Porque no tiene nada que ver conmigo, tiene que ver
contigo. La duración y la estabilidad de tu amor tienen que ver contigo, Señor. Entonces, no hay
nada que yo pueda hacer que pueda quebrar tu amor por mí. Romanos 8:38,39 dice justamente
eso: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni
potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada
nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” porque no depende
de mí.
Gracias Señor, por eso. Damos gloria al Señor por eso.
La pregunta para los próximos domingos es: ¿Y Esaú?..... Aborrecí a Esaú.

¡Que Dios nos bendiga!