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TRABAJO DE CIENCIAS SOCIALES

LA HISTORIA DEL FEMINISMO

MARIANA RUEDA BOTERO


10°B
WINDSOR SCHOOL
PRESENTADO AL LIC. IVÁN SALINAS

Desde el inicio de la civilización, ambos sexos han jugado importantes papeles en la


construcción de la historia humana. En un principio, como se evidencia en muchos dibujos
rupestres, manteniendo un sentido de equidad de fuerza e importancia. Tanto hombres
como mujeres podían cazar y recolectar, cocinar y fabricar herramientas. Entonces, ¿cómo
empezó a relacionarse la debilidad y docilidad con la mujer, hasta el punto de parecer una
característica innata?
Una amplia variedad de factores influyeron, los cuales se fueron asentando a medida que
los poblados crecían, dándole forma a la cultura:
La aparición de la ganadería junto al aumento de la agricultura exigieron a su vez una
mayor población de forma rápida, y la forma de obtenerla era creando madres cada vez más
jóvenes. Esas niñas en plena formación no alcanzaban la madurez suficiente para
defenderse por sí solas ante el mundo, por lo que al casarse realmente pasaban a manos de
una nueva figura paternal (su marido) a quien, al igual que con sus padres, debía otorgarle
respeto por ser mayor y más experimentado, y él, a su vez, tenía que encargarse de terminar
de educarla, de protegerla y enseñarle ciertas habilidades. Esto último, debido a los dolores
y debilidad que el embarazo frecuente causaba en sus jóvenes cuerpos, las hacía incapaces
de ejercer los mismos trabajos pesados que su marido, o colaborarle afuera en el campo,
por lo que tenía que invertir el tiempo restante en criar a quienes sí podían ayudarlo, y
limitarse a colaborar en cosas como cocinar y fabricar ropa, actividades más sencillas que
no requerían mucha energía, no implicaban riesgos, y se podían hacer desde casa.
Pero no se quedó allí. Una selección artificial inconsciente se empezó a llevar a cabo. Las
niñas de mejor aspecto y delicadeza tenían mayor oportunidad de desposar a un hombre en
una buena posición, recibiendo así mejor alimentación y cuidados, y por lo tanto
procreando hijos más sanos, de los cuales las féminas heredarían la característica de su
madre; al cabo de muchas generaciones, la fortaleza dejó de ser algo físico para volverse
genético, con el pasar de los siglos condenando a las mujeres casi por regla general a tener
menos fuerza que sus contrapartes masculinas.
Poco a poco, los conceptos de “fuerza, inteligencia, liderazgo” y “familia, hogar, ternura”
se fueron asociando con cada género respectivamente, destruyendo la cultura igualitaria del
pasado. Este pensamiento terminó por escribirse en piedra con la aparición de las religiones
y sus dogmas, las cuales establecieron estos parámetros como designios divinos que no
podían ser cuestionados.
En los años posteriores, este patrón de comportamiento se intensificó, potenciado por los
sentimientos de inferioridad de ciertas clases sociales, cuyo único consuelo era que, por
muy abajo que estuvieran, por muy incultos que fueran, las mujeres eran aún más inferiores
e ignorantes (o como lo describía la doctrina católica, “incompletas y defectuosas”)
otorgándoles cierta paz a sus dolidos autoestimas.
Sin embargo, ¿cómo fue posible que se hayan derribado (al menos parcialmente) milenios
de tradiciones? ¿cómo se pasó de niñas débiles adoctrinadas, sin voz ni voto en sus propias
vidas, a líderes de países, con premios Nobel y medallas olímpicas?
Fue todo gracias al avance de la burguesía, paralelo a una mejora en la calidad de vida,
debido a que esta, al ser una clase social acomodada, no requería de un gran número de
hijos para garantizar ni sus ingresos ni su legado, pues la probabilidad de que estos
sobrevivieran aumentó. Esto se tradujo en más tiempo libre, el cual se podía invertir en
ciertos ocios antes impensables, como la lectura de toda clase de libros, al igual que la
escritura de los mismos; desencadenando en la Ilustración. Este crucial movimiento social
ayudó a disipar la negra jaula que encerraba a las mujeres dentro de prejuicios que ellas
mismas ayudaban a imponer, demostrándoles no sólo a ellas mismas sino a muchos
hombres también, que servían para más que casarse, tener y criar niños. Si podían
componer poemas, analizar relatos, escribir discursos y plantear argumentos tan bien como
un hombre, quería decir que su inteligencia era igual, y si tenían las mismas capacidades,
¿por qué dejarse tratar como inferiores?
Así nació la primera ola del feminismo. Un movimiento que, aunque fue aplacado y
menospreciado por hombres y mujeres por igual, plantó la semilla de un inconformismo
palpable para la segunda ola, la más exitosa (y agresiva) hasta el momento, pues consiguió
el sufragio femenino, el acceso a universidades y un cambio en el pensamiento a nivel
mundial, demostrándoles a todos que la capacidad para triunfar no está definida por los
órganos reproductores, que una mujer puede ser exitosa sin casarse ni tener hijos.
Muy a pesar de este sorprendente logro, que revolucionó el mundo en apenas unas décadas,
muchos dogmas y prejuicios siguen en el subconsciente colectivo, que se evidencian de
forma activa en discriminación laboral, maltrato intrafamiliar y asesinatos de odio (algunos
no pueden tolerar ya no ser quien mande de forma absoluta), y de forma pasiva en
señalamientos por “comportamientos poco femeninos” o miramientos de incredulidad
cuando se sugiere que no se desea marido o hijos.
Debido a esto, en la actualidad surge una tercera ola, la cual, según las manifestantes, busca
acabar con los restos de los paradigmas retrógradas de un patriarcado abusivo, luchando
contra la violencia de género y la falta de equidad laboral y/o salarial. Sin embargo, a
medida que pasa el tiempo, sus métodos y discursos se vuelven más radicales, violentos, y
sobre todo incoherentes. Su misión pasó de garantizar un mundo equitativo, a villanizar al
sexo masculino, situándolo como el enemigo a muerte y el destino de todo su odio.
Lentamente, transforman los reclamos de las verdaderas afectadas en un clamor no por la
igualdad, sino por privilegios, una manera de situarse por encima de los hombres, no
coexistir bajo las mismas reglas y oportunidades. Esto, sumado a sus “efectivos” métodos
de desfilar desnudas, tirar pintura a las iglesias y quemar muebles en las plazas, degradan
su causa, sobre para aquellas mujeres que de verdad lucharon para conseguir cambios y
llegar a donde están hoy.
Las manifestantes de la tercera ola sólo están consiguiendo deshacer los progresos de las
mujeres sensatas, modernas y pasadas, convirtiendo una lucha por la igualdad en una
cruzada de odio radical, volviéndose un hazmerreir a los ojos de la comunidad
internacional, pues con todos sus gritos, sus bombas de pintura y exhibicionismo sólo han
conseguido llamar la atención como entretenimiento de mal gusto, ya que sus acciones no
respaldan sus supuestos ideales. Ninguna de sus quemas, marchas caóticas o linchamiento
de hombres se ha acercado siquiera a evitar las violaciones, la violencia intrafamiliar o los
nocivos prejuicios. Sólo venden una mala imagen de la que se supone una noble causa.