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Alejo Carpentier

Las arquitecturas barrocas de Carpentier

TOMO 3 Historia de la literatura hispanoamericana, José Miguel Oviedo.Págs. 485-


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La figura del cubano Alejo Carpentier (1904-1980) fue, sin duda, la que concibió las ideas y proyectos
novelísticos más complejos e influyentes en nuestra novela alrededor del medio siglo: el conjunto de sus
propuestas y sus relatos suponen un dramático cambio en el rumbo de cómo se entendía entonces las más
grandes y dispares cuestiones estéticas e intelectuales. Su ejemplo inspiró proyectos comparables a los
suyos en varios escritores que le siguieron; con él comenzó a creerse la novela como un vehículo
todopoderoso de expresión americana; y señaló la disolución del regionalismo como modelo canónico.

Todas las biografías de Carpentier dan como su lugar de nacimiento la ciudad de La Habana, con cuyo perfil
e historia está tan identificado; sin embargo, en los últimos años ha aparecido el certificado de nacimiento
que indica Lausanne, Suiza, como su ciudad natal. Sus padres eran extranjeros: el padre un arquitecto
francés, la madre una profesora rusa con gran afición por la música. Es decir, fue criado en un hogar donde
la cultura y el arte eran parte de la vida diaria. Los padres transmitieron al hijo sus pasiones personales,
que se refleja en la estructura y temática de sus novelas: la arquitectura y la música, campos que tentaron
al joven Carpentier antes de dedicarse a la literatura.

Su vida y su obra están estrechamente vinculadas a La Habana, París (donde murió siendo embajador de su
país) y Caracas. En sus años habaneros estuvo asociado con el Grupo Minorista y la Revista de Avance,
donde hizo sus primeros contactos con las novedades vanguardistas; en esos años también se inicia como
periodista y participa en la lucha clandestina contra la dictadura de Gerardo Machado, por lo que sufriría
prisión. Su exilio forzado en París (1928-1939) es una etapa decisiva para definir su relación con la
vanguardia, especialmente con el surrealismo, pues asiste a la gran crisis del movimiento (1929) y a la
amarga escisión del grupo, que arrastra al cubano. A ese período corresponde su primera novela: ¡Ecue-
Yamba-O! (Madrid, 1933). El título significa, en lengua africana, “Alabado sea el Señor” y tiene un tema
negrista sobre la vida de los trabajadores de color en los ingenios azucareros y sus prácticas religiosas, que
mezclan creencias cristianas y africanas. Tanto la retórica aparatosamente vanguardista como la visión
superficial de la propia realidad hacen que el relato tenga un desarrollo mecánico y poco convincente. Es
un libro útil para ver desde dónde comienza el aprendizaje novelístico de Carpentier.

En París sobrevive trabajando como técnico en radiodifusión y grabaciones musicales, y como corresponsal
de revistas habaneras, para las que escribía crónicas sobre la actualidad cultural y política europea, vista
con notable lucidez y oportunidad. Un grupo de estas crónicas ha sido recogido en Ese músico que llevo
dentro (La Habana, 1980); las que escribiría más tarde (1945-1959) para El Nacional de Caracas se
reunieron en Letra y solfa (Caracas, 1975). En 1937 estuvo en España y tuvo la primera experiencia directa
de lo que era una guerra; esas imágenes reaparecerían en más de una obra suya. En Europa, frecuentó a
Bretón y a otros surrealistas, como Aragon, Éluard, Bataille, De Chirico y otros. Hay colaboraciones suyas
en La Révolution Surréaliste, Bifur, Documents, etc.

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Ya de vuelta en Cuba a fines de 1939, desempeña cargos vinculados con la música y la enseñanza. En 1943,
con su tercera y última esposa Lilia Esteban y el famoso actor francés Louis Jouvet visita Haití por primera
vez. El viaje es una total revelación para él: descubre un mundo que es una asombrosa conjunción de
hechos históricos y creencias mágicas, de realidades documentables y fantasías en las que todos creen.
Este descubrimiento marca el comienzo de su madurez y de un periodo intensamente creador. Ese periodo
se completa a partir de 1945, en Caracas donde trabaja en la organización de una radiodifusora, escribe sus
citadas crónicas para El Nacional y sobre todo hace otro viaje revelador a la Gran Sabana venezolana y
luego al Orinoco y la región amazónica. Publica su ensayo La música en Cuba (México, 1946) y la novela El
reino de este mundo (México, 1949), que es la primera de sus obras que produce un impacto profundo en
nuestras letras.

Esa repercusión no solo es el resultado del carácter insólito de la narración, sino también del histórico
prólogo que la acompaña y que es tan célebre como ella misma. El texto no llevaba título pero fue
refundido “De lo real maravilloso americano” en Tientos y diferencias (México, 1964). Era el primer
manifiesto de una estética, el llamado “realismo mágico”, que marcaría una ruptura definitiva con los
modelos europeos dominantes hasta ese momento en nuestra novela. Es necesario hacer unas
observaciones previas para juzgar este prólogo fundamental.

En primer lugar, ambas expresiones (“real maravilloso”, “realismo mágico”) tienen claros antecedentes,
pues si bien Carpentier no usa la segunda, estaba consciente de ella. Si su formulación favorece la primera
es por muy buenas razones: lo de “maravilloso” aludía directamente al merveilleux surrealista, con una
intención muy crítica. Hay dos corrientes literarias en su mira de ataque, porque eran, aunque divergentes
entre sí, dominantes entonces en América y Europa: el surrealismo y la “literatura comprometida”. El texto
documenta su desencanto con la escuela surrealista a la que se había sentido tan cercano al principio;
específicamente, muestra su escepticismo ante la imaginería fantástica del surrealismo, que ahora se le
aparece como algo mecánico e ingenuo. En cierta medida, más que al surrealismo ataca a ciertos
surrealistas tras su distanciamiento de Bretón y su identificación con la disidencia de Desnos, criticado
duramente por aquel. El prólogo es un ajuste de cuentas y una buena excusa para tomar partido por su
amigo a la vez que señalar distancias estéticas.

Carpentier comienza diciendo que, en comparación con las maravillas “reales” que ofrece Haití para
cualquiera que sepa verlas, las técnicas realistas son meros juegos de laboratorio literario que prueban el
agotamiento de lo fantástico que Europa ha buscado durante siglos. Carpentier pone el acento en el
término real, queriendo decir que lo verdaderamente “maravilloso” está en la realidad americana, fruto de
un rico proceso de simbiosis históricas, que alteran los ciclos de la historiografía europea. No hay que
inventar prodigios: están ante nuestros ojos, si logramos contemplar la realidad desde un ángulo insólito
que revele su esencia y originalidad.

El otro objetivo de su ataque es la “literatura comprometida”, que había planteado Gide y puesto de moda
Sartre y los existencialistas, porque estos dan a lo real “un significado gregariamente político”, que
también rechaza. Ni experimentos surrealistas ni literatura de tesis. Carpentier presenta el realismo
maravilloso como una alternativa americana a esas dos opciones, como una fusión de conceptos que solían
considerarse divergentes.

El autor agrega la frase quizá más citada (y discutible) de su texto: “para empezar, la sensación de lo
maravilloso presupone una fe”, lo que liga el nuevo concepto a la experiencia religiosa, que es, en esta

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novela, fundamental. Esa fe está viva en América y el autor sugiere que su reelaboración artística es el
camino literario por seguir. La estética barroca es el vehículo ideal para lograrlo, uniendo así
permanentemente el concepto al estilo por el que sería reconocido.

En segundo lugar, debe recordarse que la noción “realismo mágico” –y su variante expresiva “realismo
maravilloso”- tiene un origen europeo, que se remontaba entonces a casi un cuarto de siglo atrás.

La historia del concepto es larga y compleja, pero lo interesante es ver cómo evoluciona del campo del arte
al literario. Medio siglo después, las bases filosóficas del cubano aparecen hoy más discutibles y endebles:
el realismo mágico o maravilloso no es un acto de fe, ni una propensión natural que solo se halla en
América latina o que sea una “categoría exclusiva de su historia”, tampoco es una receta para reactualizar
el estilo barroco. El realismo mágico es una poética, un lenguaje y una visión narrativa que los novelistas
hispanoamericanos parecen haber manejado mucho mejor que otros: es un logro estético de este siglo, no
una predisposición cultural. Pese a todo, este prólogo es fundamental y por eso nos hemos detenido tanto
en él.

En El reino de este mundo estamos en un mundo reconstruido con una precisión de relojero y con la
obsesión de un artífice barroco que tiene, en muchos pasajes, el sabor de una crónica colonial, atenta a
detalles de ambiente, época y color, pero al mismo tiempo proyectada hacia una dimensión donde todo lo
que ocurre desafía nuestra razón y toca los límites del delirio. Creemos en ambas formas de experiencia,
no solo porque nos encontramos con personajes históricos (Henri Christophe, Paulina Bonaparte, etc.),
sino porque ambas están contadas con la misma minuciosidad: la vivencia histórica se extiende,
contradictoriamente, hasta el nivel del hechizo y el prodigio. Lo verificable y lo inverosímil tienen la misma
cualidad asombrosa, por lo que terminamos aceptándolos por igual. Ambos son una sola realidad
indiscernible.

Lo que cuenta la novela está básicamente en los libros de historia haitiana: el régimen colonial francés, las
rebeliones de Mackamdal y Boukman, la campaña militar del General Leclerc, la monarquía negra de Henri
Christophe, etc. El rigor historicista del autor ha sido confirmado por la crítica, que ha hallado las
numerosas fuentes literarias, históricas o artísticas que sigue el relato, a veces a pie juntillas. Pero no se
trata de copiar y reproducir lo que los documentos dicen, sino de extraer de ellos los momentos
significativos, entretejerlos en una composición que tiene mucho de mosaico o collage y sobre todo
establecer entre ellos un tejido de relaciones que son, a la vez, coherentes e increíbles. Cada breve capítulo
ofrece una vívida escena que fija el proceso de la acción a través de situaciones definitorias, excluyendo
todo lo demás: la novela ofrece en sus escasas ciento veinticinco páginas una extraordinaria síntesis de una
historia muy compleja.

La clave de esa síntesis está en la habilidad del autor para concentrar nuestra atención en los momentos en
los que la Historia es contradicha por las fuerzas de la naturaleza, en los que algo ocurre de acuerdo con
ciertos anuncios o presagios que niegan la causalidad que generalmente otorgamos a los sucesos
históricos; es decir, los ficcionaliza de un modo profundo porque introduce en ellos un elemento de
irracionalidad o fantasía colectiva que él llamaría una manifestación de fe en lo que carece de otra
explicación. El lector tiene la sensación de que los acontecimientos históricos no se mueven hacia delante,
sino como un ciclo de repeticiones y retornos fatales: todo se cumple en fechas simbólicas (generalmente
en domingo y en ciertos meses del año) y como anunciado por profecías y señales divinas.

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Los hechos ocurren en Haití y Cuba entre 1771 y 1820, fecha que marca el fin de la monarquía negra de
Christophe. El siglo XVIII, sobre todo en su porción final, es la época histórica que Carpentier encontraría
ideal para sus propósitos novelísticos: primero, por ser el siglo del Iluminismo, con el que los tiempos
modernos nacen; luego, porque es el momento en que se produce el choque entre el monarquismo
europeo y la mentalidad insurgente criolla, que dará origen a la épica de la emancipación; y finalmente
porque es el crisol de las ideas revolucionarias que dan origen a nuestra edad moderna y ponen de
manifiesto la innata rebeldía del hombre como protagonista de los grandes cambios sociales. Todo esto
forma parte indisoluble de su novelística.

La grandiosa visión de la Historia humana, siempre por comenzar y nunca del todo terminada, continuará
en las siguientes dos novelas: Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las Luces (1962), publicadas en
México. Con El reino… forman un conjunto impresionante que se conoce como la “trilogía de lo real
maravilloso”, que es el corazón de la obra creadora del autor.

Los pasos es la primera gran síntesis de la visión novelística carpenteriana y, también, de las grandes
cuestiones estéticas que se vienen debatiendo desde el romanticismo. Es difícil hallar un novelista
hispanoamericano que por esos años se haya propuesto algo tan ambicioso y lo haya realizado con tan
perfecto trazo como esta novela: está concebida como una rigurosa obra de arte. La novela encaja dentro
de varios patrones narrativos que se superponen: es una novela de aventuras y descubrimiento de una
naturaleza exótica y desconocida; es el diario de viaje que un hombre realiza en busca de sus propias raíces
y para calmar sus propias ansias creadoras, que termina convirtiéndose en una travesía en el tiempo, pues
lo lleva a un mundo detenido en el primer día de la Creación; es una meditación sobre el papel de arte en
nuestros días, tras la explosión de la vanguardia que ha dejado todos los conceptos tradicionales en ruinas
y denunciado sus valores; es una introspección, con fuertes marcas existencialistas y hasta kafkianas, de un
hombre que ha visto encenderse y apagarse las llamas de la Segunda Guerra Mundial y que enfrenta una
atmosfera sombría y angustiosa; es un diálogo entre las coordenadas culturales de Occidente y las de
América, entre las asfixiantes urbes con cielo de metal y de hierro y los espacios virginales de la selva. El
barroquismo del estilo –el sello y la clave de toda su novelística- cumple un importante papel. Convencido
de que la verdadera realidad americana estaba aún por descubrir y designar, Carpentier cultivó un estilo
“nominalista”, en el que hay una palabra para cada cosa y cada una está elegida con una exactitud de
enciclopedista o etimólogo. Las referencias a ciertas figuras míticas (Sísifo, Prometeo, Ulises), a ciertos
grandes creadores (Goethe, Shelley, Blake, Beethoven, Wagner) forman un ciclo de asociaciones que
reaparecen en momentos culminantes de la acción para enmarcarla dentro de un vasto cuadro de héroes y
arquetipos. De allí, el hábito de Carpentier de usar mayúsculas para señalar personajes, situaciones,
lugares e ideas que son parte de un juego de elementos de validez universal: El Séptimo Día, El Buscador
de Diamantes, La Ciudad del Ladrido, etc.

La última novela del ciclo, El siglo de las luces, es un relato de proporciones épicas más vastas y complejas
que la anterior. Si esa obra se centraba en la aventura de un individuo (en verdad, el paradigma del ser
humano), El siglo… está inundada por torrentes de acción colectiva, de grandes movimientos históricos y
por personajes ficticios que se entrecruzan con los reales. La novela es la culminación estética de una etapa
completamente distinta en la vida del autor, cuyo eje es el año 1959, o sea el comienzo de la Revolución
Cubana. Apenas triunfa el movimiento castrista, Carpentier abandona Caracas, donde había permanecido
catorce años, vuelve a Cuba e inmediatamente se pone a trabajar en los grandes proyectos culturales y
editoriales que le encarga el gobierno, y luego (1968) como ministro consejero en París, cargo que aún
desempeñaba cuando murió. Esta adhesión ideológica a la causa revolucionaria se mantuvo hasta el final.
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Paradójicamente, sus libros de entonces y después mantuvieron la mencionada ambigua actitud –como
narrador- ante la viabilidad de los grandes cambios históricos, lo que planteaba un interesante contraste
con sus declaraciones públicas como funcionario y representante cubano, Si bien es cierto que escribió El
siglo… mientras vivía en Caracas, su experiencia dentro de la Revolución Cubana fue incorporada al revisar
el original para su publicación.

La revolución era un tema que siempre lo había preocupado pero que ahora tenía una resonancia y una
actualidad inesperadas. El autor sigue siendo fiel a su siglo favorito, el XIX, y decide componer con él una
novela histórica que tiene rasgos estructurales comparables a los modelos clásicos del género en el siglo
XIX. Esto se advierte desde el comienzo: la guillotina, el símbolo clave de su alegoría de la Revolución como
motor de la historia moderna, aparece allí terrible, siniestra y tentadora para todo revolucionario.

La guillotina es la primera imagen que Carpentier nos ofrece de la Revolución y debemos tenerlo muy en
cuenta. En su visión histórica, las nociones de violencia y fracaso son esenciales. Esta novela entremezcla
diestramente su historia con la Historia, ambientes domésticos y vastos escenarios, situaciones románticas
y debates ideológicos. La crítica ha demostrado los modos sutiles en los que Carpentier sigue la cronología
de los hechos o se aparta de ellos, según las necesidades del relato; es decir, la historia se somete a las
leyes de la novela, y no al revés.

Tras la trilogía, la obra de Carpentier prosiguió con varias obras, algunas de las cuales compiten en
grandeza con las estudiadas o que le permitieron explorar nuevos caminos: Concierto barroco (México,
1974), novela corta preciosista de complejo diseño narrativo; El recurso del método (México, 1974), la
mejor novela tardía de Carpentier, con el que se suma a la tradición de “la novela de la dictadura”; La
consagración de la primavera (México, 1978), tal vez la novela más ambiciosa de este periodo; y su última
novela: El arpa y la sombra (México, 1979), en la que se recoge un episodio de Colón: su proceso de
canonización en la época del Papa Pío IX.

Para concluir, solo cabría agregar que Carpentier fue en su tiempo un precursor, es un maestro hoy y será
siempre un alto paradigma de nuestra novela.