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Hola hermanas y hermanos. ¿Cómo están?

Nos volvemos a encontrar para compartir


juntos lo que Jesús dice y hace cuando está dentro de la casa. El texto bíblico que
leemos es Marcos capítulo 2, de los versículos 15 al 22. Dale, búscalo, léelo y lo
meditamos juntos.
En la sociedad en la que vivía Jesús existían “normas religiosas” que marcaban de
manera clara cuál era tu relación con Dios. Por un lado, se encontraban aquellos que
cumplían la Ley y todas las demás normas judías. Este cumplimiento les aseguraba “la
pureza para acercarse a Dios”, porque él es tan santo que nada manchado podía estar en
su presencia. Del otro lado de la vereda, estaban aquellos que vivían en una situación
“irregular” o eran “impuros”, incapaces de estar en las celebraciones religiosas judías.
Eran los llamados “pecadores públicos”: publicanos, prostitutas, adúlteros y adulteras y
aquellos que pagaban con una enfermedad la culpa de sus pecados, por ejemplo, los
leprosos y endemoniados.

Leví era un cobrador de impuestos, un hombre impuro que había sido mirado con amor
por Jesús y llamado a seguirle como su discípulo. En su casa, junto a sus amigos de
mala fama, se dará la comida que levantará polémica porque Jesús presentará un nuevo
rostro de Dios: un rostro compasivo, que acoge a los demás, así como están y como
vienen y que busca sanarlos.
El Padre de Jesús no temerá mancharse con los pecadores, no le temerá a la suciedad
que puedan traer. Es más, les preparará una comida y se va a sentar a la mesa con ellos.
Compartirá su vida, la vida de Dios, para ir atrayéndolos con su corazón. El Padre de
Jesús no impondrá pesadas leyes que cumplir para merecer su amor, Dios Padre
simplemente amará a todos porque son sus hijos e hijas. Jesús, como hijo de ese Padre,
actuará de la misma manera, ofrecerá especialmente su amistad a aquellos que necesitan
de un médico que los sane.
Los que cumplían a raja tabla la ley judía no eran “malos de por sí”, simplemente
queriendo hacer el bien, les importaba más mostrarse “perfectos e intachables” que
frágiles y necesitados de Dios, su pecado era la autosuficiencia. Es por eso que Jesús
invitará a los que quieran ser sus discípulos a ser transformados por el Evangelio, “para
el vino nuevo de la gracia, se necesita odres nuevos que la reciban”. Discípulos y
discípulas que tengan el corazón del Maestro: que prefiere abrazar a reprochar, que
prefiere recibir antes que correr, que busca al que está lejos antes que esperar a que
venga, que no pone requisitos para que todos se sienten en la mesa de los hijos de Dios
ni obliga a “cumplir pesadas cargas”, que sabe que la fragilidad y vulnerabilidad
humanas son una oportunidad para que Dios muestre su rostro. ¿Nos animamos a ser
esos discípulos?
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preguntas, dudas o queres compartir algo, deja tu comentario o escribilos por MP en mis
redes. Nos vemos la próxima. Dios nos bendiga.