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Separando el trigo de la paja: una distinción entre política e historia.

Esta ponencia se propone analizar el trabajo de campo realizado por el historiador


José Carlos Chiaramonte sobre el revisionismo histórico. Esto último es, para el historiador,
una nueva forma de usos políticos de la historia nacional como reacción contra otra
anterior, pero similar por la intención política, aunque difieran radicalmente en los objetos
y en las figuras que promocionan.

Para comprender la mirada del autor se abordaran tres ejes de suma importancia: en
primera medida se define lo que es para el historiador el revisionismo histórico y porque
considera que todos los historiadores son, en algún punto, revisionistas; en segundo lugar la
relación entre historia y política relacionado con los problemas de objetividad y lo
complejo que resulta alejar nuestras posturas políticas que pueden terminar perjudicando el
resultado de la investigación; por último y en relación con las dos anteriores, se aborda la
divulgación histórica como un fenómeno importante dentro de la ciencia por su llegada a un
gran público pero que realmente no es respetado dentro del ámbito de la ciencia.

Revisionismo histórico:

Política e historia:

Sin negar la relación existente entre historia y política, una preocupación recurrente
a través de lo largo de su carrera fue evitar subordinar la actividad intelectual a la política.
Esta concepción utilitaria de la disciplina deviene en una utilización ideológica de la
historia que poco tiene que ver con el rigor científico.
La relación entre Historia y Política ha sido intensa y puede adquirir diversas
expresiones. Puede convertirse en una manipulación de los datos históricos en función de
objetivos del presente, de tal manera que es afán de conocimiento puede resultar así
desfigurado.

Según Chiaramonte los historiadores hacen historia tratando de no someterse a


ningún prejuicio ideológico, ni religioso ni de ninguna índole. Sosteniendo que la historia
manejada en función de servir un ideal político, por más bien intencionado que sea, ya es
una historia con prejuicios y es el peor servicio que se le puede dar.

El investigador coloca gran énfasis en lo que es el ser nacional y piensa que los
historiadores corren el riesgo de incurrir en prejuicios, por efecto de su condición de
ciudadanos y su inmersión en la identidad nacional

“En la historia hay un problema anterior: la inexistencia actual de su objeto, no


un objeto existente y solo momentáneamente oculto a la indagación. Pero la historia
investiga objetos que no están aquí, ni ahora, sino que existieron y desaparecieron,
dejando solo dos tipos de indicios: testimonios de participantes y testigos, y vestigios
materiales.” “Para el historiador, el estudio del pasado añade una dificultad distinta,
recién aludida, que es una de las más serias de afrontar: el efecto de su afinidad
intelectual y aun emocional con lo investigado.”

En este recorte Chiaramonte pone en consideración varios puntos importantes. El


primera a destacar es la inexistencia de un objeto de estudio tangible, por consecuencia nos
vemos obligados a “crear el hecho histórico” partiendo de los vestigios que nos quedan del
mismo, es decir las fuentes y la interpretación de las mismas “el historiador no refleja el
pasado sino que construye imágenes coherentes del mismo, basadas en fuentes.”

En el segundo recorte expone uno de los mayores problemas a la hora de investigar


historia: el de la objetividad. Al tratar con hechos sociales el investigador puede
comprometer la veracidad de su trabajo cuando entra en juego su propia subjetividad. Por
este motivo (según lo dicho por José Carlos en una entrevista) se tiende a retroceder cada
vez más en el tiempo para hacer las investigaciones.
Siguiendo con Chiaramonte, otra característica diferenciadora de la historia es el
grado de cuantificación de sus hallazgos, pues los historiadores acometen trabajos de
distinta naturaleza. Unos consisten en mediciones, evaluaciones e inferencias sobre su
objeto, en los que lo más cercano a la cuantificación se encuentra en disciplinas como la
historia económica o la demografía histórica, aunque también se registra en otras
especialidades, aun en las más presuntamente alejadas de tal perspectiva.

Para el historiador gran parte del interés de la historia se centra en lo circunstancial


y, consiguientemente, en la capacidad de los seres humanos de modificar el curso de
procesos históricos y, más aún, en la capacidad de regular las relaciones interindividuales.
Dándonos de esta forma un nuevo punto importante: la historia es un hecho humano por lo
tanto no se puede predecir o que va a ocurrir, ya que siempre se puede cambiar el curso de
las cosas.

Como primera medida es de suma importancia recordar que la propia ciencia


histórica no tiene conceptos propios y que se vale de los elaborados por otras ciencias como
la política.

En primer lugar la percepción del riesgo del anacronismo en la interpretación de los


lenguajes políticos del pasado, como fruto no reciente de las ciencias del lenguaje pues ya
estaba presente en autores del siglo XVII y siguientes. Luego se ocupa de dos
determinaciones privadas del historiador —su cualidad de ciudadano de un país y su
adhesión a un culto religioso— que pueden obstaculizar la comprensión del sentido de
época del lenguaje pues su fuerza, a la vez afectiva y ética, es tan intensa, que suele
deformar el tratamiento de la historia en aras del bien de la patria o de la religión. La
historia de los orígenes nacionales y de las teorías políticas es analizada como ejemplos de
su efecto distorsionador en la intepretación de los lenguajes del pasado

Aunque en la historia del lenguaje político se han realizado grandes progresos, hay
sin embargo un conjunto de cuestiones que hemos rozado todos más de una vez y en las
que me parece conveniente ahondar —a riesgo de reiterar algunas cosas de las que ya me
he ocupado en otros trabajos—, porque creo que continúan padeciendo los efectos de falsas
interpretaciones que conforman un obstáculo para nuestra labor.
Por ejemplo, al ocuparme de las formas de identidad política y de su incidencia en
«el mito de los orígenes característico de la historiografía iberoamericana, en trabajos
publicados en 1989 y 1991, respectivamente, la nueva interpretación del proceso abierto
por la crisis de la monarquía española, provenía, entre otros factores, de algo muy obvio
hoy para todos nosotros: la percepción de que conceptos centrales al análisis del problema
histó- rico de la independencia tuvieron en la época un sentido distinto al actual. Tales
como los muy conocidos ejemplos de nación, patria, pueblo o democracia, entre tantos
otros. Pero, particularmente, en el caso rioplatense, la comprobación de algo no tan obvio
entonces como que el vocablo argentino no designaba a los inexistentes pobladores de una
también inexistente Argentina, sino solamente a los habitantes de Buenos Aires.

Divulgación histórica

La divulgación científica es una actividad de enorme importancia para la ciencia y


para la sociedad. Pero hacer buena divulgación es difícil y caro. Sin embargo, las
editoriales, que deberían divulgar, no están dispuestas a pagar los costos que esto demanda.
De modo que, en general, la divulgación histórica está en manos de gente muy
improvisada, que se ve llevada a satisfacer el “gusto del público”. Ese tipo de interés puede
ser legítimo, pero no es lo que debe regir una buena divulgación, la que, generalmente, no
se hace con los requisitos con que debería hacerse. Falta algo que es muy difícil de lograr,
que es una mayor presencia de historiadores profesionales en el terreno de la divulgación
histórica, porque de lo contrario la divulgación se deja en manos de propulsores de nuevos
mitos.

Respecto de ese género, debería distinguirse dos vías transitadas por. nuestro
historiador: la alta divulgación que, orientada no sólo a los pares sino a un público más
vasto conformado por cientistas sociales o estudiosos, se presenta aligerado de su aparato
erudito, y la empresa divulgativa dirigida esencialmente a legos.

En efecto, los vínculos entre un saber técnico e intervención intelectual no es asunto


sencillo; refiriéndose a la divulgación científica, el mismo Chiaramonte señala
“La divulgación científica es difícil por dos o tres razones. Porque exige un gran
conocimiento de todo el campo del saber que uno va a divulgar, no solo del que uno está
trabajando. Exige una actualización constante del escritor y también una gran
capacidad didáctica para transmitir ese conocimiento a gente que no es especialista.”

Bibliografía:

 Chiaramonte, José Carlos (2013) “Usos políticos de la historia. Lenguajes de


clases y revisionismo históricos” 1ª ed. Buenos Aires: sudamericana.
 Chiaramonte, José Carlos (2004) “Nación y Estado en Iberoamérica: el lenguaje
político en tiempos de las independencias” 1ª ed. Buenos Aires: sudamericana.
 Chiaramonte, José Carlos (2010) “Fundamentos intelectuales y políticos de las
independencias. Notas para una nueva historia intelectual de Iberoamérica” 1ª
ed. Buenos Aires: Teseo.
 Fradkin Raúl y Gelman Jorge (2010) “DOSCIENTOS AÑOS PENSANDO LA
REVOLUCIÓN DE MAYO” 1ª ed. Buenos Aires: sudamericana.
 Artículos revista de cultura Ñ: “El estudioso el campo fértil de la historia”
(2015)
 Artículos revista de cultura Ñ: “Imagen literaria de la historia” (2015)
 Artículos revista de cultura Ñ: “José Carlos Chiaramonte: Todo historiador es
revisionista” (2013)