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El miedo a la revolución.

Rumores y temores desatados por la Revolución Francesa en el Perú,


1790-1800
Claudia Rosas Lauro1

Transcurría la década de 1790 cuando las noticias del evento político que conmovía al mundo, la
Revolución Francesa, eran conocidas y discutidas en los espacios de sociabilidad limeños, causando
un profundo impacto en la elite colonial, que presenció espantada cómo en la potencia mundial de
ese entonces se subvertía el orden social y político. Las imágenes del Terror, el regicidio y los
ataques a la Iglesia católica difundidas por la prensa, los folletos y la correspondencia, acrecentaron
el miedo que ya existía en la elite a una revolución del pueblo. Es más, en este contexto empezó a
cristalizarse la misma noción de revolución y el empleo de dicho término en la documentación del
período. Había el temor a que lo mismo pudiera suceder en estas tierras y ese miedo se vio
alimentado, a su vez, por los temores desencadenados por las rebeliones sociales del siglo XVIII, y
sobre todo por el recuerdo latente de una importante insurrección en el sur andino, que estremeció
las bases del régimen colonial: el movimiento de Túpac Amaru II, acaecido tan solo una década
antes. El temor generado en el Estado colonial y la elite criolla se debió principalmente a una posible
alianza del sector indígena y el criollo, tal como había sucedido en 1780, lo cual llevó a una
represión sobre todo de las tradicionales autoridades indígenas –que ya se encontraban en un periodo
de crisis- y de las manifestaciones del nacionalismo inca.
Asimismo el impacto de la Revolución Francesa se vivió en momentos en que se daba un auge de la
Ilustración en el Perú, que coincidió con el gobierno del virrey Gil de Taboada y Lemos. En este
momento, miembros de la elite y el gobierno, embebidos del discurso ilustrado con sus criterios de
racionalidad, utilidad y orden, impulsaron una activa producción periodística a través del Mercurio
Peruano, que reivindicaba el conocimiento del país, convirtiéndose en expresión de un nacionalismo
criollo. Este no será el único periódico del momento, pues el hecho revolucionario llevó a la
publicación de un vocero oficial del gobierno, la Gaceta de Lima, destinado íntegramente a informar
sobre el evento que conmovía al mundo. Al mismo tiempo, desde mediados de la centuria se había
desarrollado el programa de reformas borbónicas aplicadas en todos los ámbitos de la realidad
colonial, cuyo principal objetivo era el reforzamiento del poder real bajo los preceptos del
despotismo ilustrado. Evidentemente, los sucesos desatados a partir de 1789 serán percibidos como
un peligro que ponía en riesgo estos propósitos.
En este contexto, la Revolución Francesa alimentó el temor que existía en el gobierno y la elite
coloniales a una revolución, lo que generó un abanico de comportamientos y actitudes cuyo análisis
es relevante para la comprensión del rol de los grupos de poder durante la Independencia.
El rol de la información y del rumor en la propagación del miedo
El temor trabajaba no solo en los espacios a los que llegaba la información sino también sobre la
base de comentarios, especulaciones y rumores generados por la carencia de noticias o la
información fragmentaria que los habitantes del virreinato tenían a su disposición. A fines del siglo
XVIII se produjo en el Perú una amplia difusión de noticias sobre la Revolución Francesa, que
formó parte de un proceso de globalización de las nuevas sobre el evento en el ámbito mundial, del
cual el país no estuvo al margen. Estas informaciones llegaban al público a través de diferentes
canales que es preciso mencionar, pues confirman la materia prima sobre la cual se va a entretejer el
miedo. En principio estaba la prensa, medio de difusión que había tenido un importante desarrollo en
la época y que en esta coyuntura se convirtió en un eficaz instrumento de propaganda política para
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Extraído de: ROSAS LAURO, Claudia (ed.), El miedo en el Perú. Siglos XVI al XX, Lima, PUCP, 2005, pp.
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persuadir al público lector de lo perjudicial y nefasta que podía ser una revolución. En este contexto
surgió la Gaceta de Lima, que se convirtió en el principal vocero oficial del gobierno virreinal, pues
se dedicó íntegramente a informar sobre los sucesos revolucionarios.
Otra de las publicaciones periódicas de la época que abordó el tema revolucionario fue el prestigioso
periódico Mercurio Peruano, órgano de difusión de la elite intelectual ilustrada, que circuló entre los
años 1791 y 1795. Fue editado por la Sociedad de Amantes del País, y contó con el auspicio de las
autoridades coloniales. Se dedicó principalmente a temas orientados al conocimiento del país, pero
no dejó de comentar el acontecimiento político más importante del momento. De este modo, por
medio de las páginas de estos periódicos, se presentó una imagen negativa de la Revolución
Francesa, lo que motivó el resurgimiento de ese viejo temor a la subversión en la mentalidad
colectiva. Junto a las noticias extractadas de los diarios peninsulares se hallaban los escritos de
miembros de la Sociedad que expresaban sus opiniones sobre el hecho revolucionario.
Una segunda vía de difusión de la información eran los textos escritos; estos podían ser libros y
folletos, pasquines o cartas. Los libros y folletos podían contar con la licencia virreinal, es decir,
eran textos que argumentaban a favor del discurso oficial contrarrevolucionario, y los que no
contaban con esta licencia estaban censurados, pues según el criterio de las autoridades virreinales
eran considerados sediciosos. Entre los censurados destaca la Declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano, que llegó a manos del virrey Gil de Taboada en 1791. No solo se difundió
la carta fundamental de la Revolución sino también otros folletos escritos por los propios líderes
revolucionarios, tales como el Discurso de Mirabeau o el Discurso de Petion o de un buen francés.
La proliferación de estos escritos y la dificultad para controlar su circulación atemorizaron a la elite
colonial, que desconfiaba de la capacidad del pueblo para discernir e interpretar “debidamente” su
contenido.
Asimismo, aparecieron pasquines anónimos con opiniones favorables a la Revolución, colocados en
diferentes puntos concurridos de la capital virreinal. En un pasquín se leía: “Qué haces ciudad que
no procuras tu libertad”; mientras que en otro se enunciaba: “Viva la Francia y viva la libertad”. Un
escrito remitido al obispo del Cuzco decía “Viva la libertad francesa y muera la tiranía española. No
hay más de un Dios y Jesús que fue su legislador”. Estos eran textos breves escritos en prosa o en
verso que, con un lenguaje sencillo, expresaban una crítica al gobierno. Estos cortos escritos
alusivos a la Revolución se enmarcan en toda una pasquinada desarrollada en la sociedad colonial
como medio comúnmente empleado para elevar una protesta al gobierno, muchas veces acompañada
por una revuelta, lo que generaba en las autoridades un sentimiento de inseguridad y un apremiante
deseo de control.
También la comunicación epistolar constituyó un medio de acercamiento a la información. A través
de la correspondencia, los hombres de la época discutían un problema de dominio público, la
Revolución, en el ámbito privado. De los testimonios se desprende que autoridades virreinales,
religiosos y comerciantes comunicaban en las cartas que se dirigían las novedades del evento que los
sobrecogía y preocupaba. Las noticias de los principales acontecimientos revolucionarios llegaron
también a las provincias por medio del correo. Por ejemplo, un vecino de la ciudad de Arequipa
comunicaba con preocupación que “Había llegado a esta ciudad en el correo de julio último, la fatal
noticia de haber los pérfidos franceses perpetrado el execrable parricido en la sagrada persona de su
Rey y Señor Natural…”
Sin embargo, en una sociedad en la que primaba la oralidad, uno de los medios privilegiados en los
que circulaban las noticias fue la transmisión verbal. En los diversos espacios de sociabilidad como
los cafés, las fondas y demás lugares públicos se suscitaban conversaciones en las que los
participantes emitían sus opiniones sobre el evento político que conmovía el mundo. Muchos de los
comentarios eran contrarios a la Revolución, pero también los había a favor. En estos espacios no
solo la población alfabeta accedía a las noticias, pues por medio de prácticas sociales como la lectura
en voz alta se diseminaba el contenido de los escritos. Así se entrecruzó la información escrita con la
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oral, surgiendo una embrionaria opinión pública que atemorizaba a las autoridades y la elite
virreinales. Si bien es probable que en el Perú de ese momento no existiese una nítida diferenciación
entre espacio público y privado, y por ende se careciera de una sólida opinión pública, la existencia
de estos fenómenos se evidencia por medio del análisis de la información. En efecto, el miedo a la
Revolución estuvo íntimamente vinculado con la circulación de dichas noticias, que generaban en la
sociedad colonial múltiples comentarios, conversaciones y, sobre todo, rumores. Jean Delumeau ha
reparado sobre el rol del miedo a la sedición en las sociedades preindustriales señalando que la
imaginación colectiva trabajaba sobre rumores, siendo imposible en una sociedad preindustrial
separar rumor de sedición. De allí el gran temor de las autoridades ante la dispersión de rumores y su
perentorio deseo de controlar la información.
Los pregoneros también hicieron su parte proclamando a viva voz, en las distantes regiones del
virreinato, los bandos y las disposiciones dictadas por las autoridades civiles y religiosas, en los que
se “invitaba” a la población a participar en la campaña de recaudación de donativos para la guerra de
España contra Francia o se la convocaba a las rogativas públicas organizadas por la Iglesia. En
diferentes provincias del virreinato se escucharon fervientes sermones y la gente de diversa
procedencia social participó en las procesiones religiosas en favor de las armas católicas españolas y
en contra de los impíos revolucionarios franceses. En estos contextos no solo la oralidad se imponía;
estaban presentes el gesto, la imagen y el símbolo, elementos muy poderosos de propaganda
contrarrevolucionaria.
El desencadenamiento de los miedos sociales y el sentimiento de inseguridad
La representación de la Revolución Francesa llevó al entrecruzamiento de diversos temores, muchos
de ellos soterrados y de vieja data, que solo esperaban el momento preciso para aflorar. En este
punto, nos encontramos en el ámbito de la objetivación y expresión concreta del temor. El impacto
fue mayor aún, ya que Francia causaba admiración por ser el modelo cultural del siglo XVIII en el
mundo, pero a partir de la Revolución de 1789 generó un profundo miedo, sobre todo entre los
gobiernos y las aristocracias de la época. Esta ambivalencia entre sentimientos de fascinación y
miedo al mismo tiempo, constatada en otros casos históricos, la hacía más peligrosa todavía. La que
había sido un modelo, de un momento a otro se convirtió en la antítesis. Por ello, era necesario
controlar la información que llegaba a los dominios del imperio español y en especial a los
territorios americanos.
Esta preocupación por el control de la información se vincula con uno de los temores más
importantes del siglo XVIII, el miedo a la plebe, que va de la mano con el temor a la sedición y las
revueltas que este grupo podía protagonizar. En nuestro contexto, la composición étnica de la
sociedad había sido desde siempre un elemento amenazante para la elite colonial, pero durante el
siglo XVIII se le sumó un ciclo de conatos de revueltas y rebeliones anticoloniales que culminaron
en el movimiento tupacamarista de 1780. Por otra parte, en el siglo de la Ilustración surgió una
renovada concepción del pueblo, llamado comúnmente con el apelativo de plebe, término que
aparece de forma reiterativa en el discurso de la época. En efecto, de acuerdo con Scarlett O’Phelan,
en esta centuria la rigidez de la temprana división entre república de indios y de españoles dio paso a
un amplio mestizaje entre españoles, indios y negros que llevó a la aparición de las castas que eran
otras mezclas étnicas. Las castas, sobre todo aquellas consideradas de baja extracción social –
mestizos, zambos y mulatos-, fueron posteriormente incluidas, justo con los indios, en el concepto
de plebe. Esta nueva concepción del pueblo y el vocablo usualmente empleado para designarlo
estaban permeados por un discurso discriminatorio, pues se consideraba que los miembros de la
plebe eran vagabundos, proclives al hurto, de conducta disipada y de poco temor a la autoridad. Se
trataba de un pueblo sinónimo de masa, frente al cual existía una actitud de desconfianza por su
escasa racionalidad y al cual se pretendía educar con las luces de la razón.
En este contexto arriban las noticias de la Revolución Francesa en las que se muestra a un pueblo
que actúa irracionalmente, presa de la pasión y a la vez manipulad, sediento de sangre y venganza.
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En una nota característica, se presenta a la plebe como una multitud incontenible que destroza todo
lo que encuentra a su paso, dando gritos y clamores, para luego incidir sobre las “consecuencias
funestas que se siguen en semejantes tumultos populares…” (Gaceta de Lima, n° 1, 4 de setiembre
de 1793). Imágenes y estereotipos del pueblo como esta tendrán una sólida continuidad en el siglo
XIX. Este imaginario creado alrededor del pueblo se vinculaba con un temor a la inversión del orden
social establecido que no solo se había presentado en Francia con la Revolución sino en un contexto
mucho más cercano, Haití, donde esta vez los negros habían tomado el poder. En una sociedad en la
que desde siempre había existido un estado de permanente vigilia frente a los esclavos negros, la
noticia –publicada en la Gaceta de Lima- por cierto no debió de haber sido bien recibida; por el
contrario, de seguro alimentó el miedo en la aristocracia que poseía esclavos. Más aún porque la
capital del virreinato albergaba, para 1790, una cuantiosa población esclava al lado de una variada
composición étnica.
Este miedo a la subversión del orden social, político y religioso se cristalizó también en un temor a
las nuevas ideas representadas por algunos filósofos de la Ilustración. Se advierte que la Revolución
“ha sido el fruto que han producido las obras de ciertos filósofos del siglo XVIII…”, y en muchas
ocasiones se equipara al filósofo con el revolucionario. Se los considera pretendidos o falsos sabios,
cuya finalidad debía ser ilustrar a los hombres y, al contrario, habían contribuido a precipitarlos en el
error. Este ataque es particularmente virulento en las páginas del Mercurio Peruano, que no aceptó
muchas de las ideas de la Ilustración que iban en contra de los principios religiosos. Dentro de este
abanico de ideas eran identificados los principios reivindicados por los revolucionarios: libertad,
democracia, fraternidad e igualdad. La difusión de estos principios revolucionarios generaba temor
por ser considerados la antítesis del orden constituido en todos sus niveles.
La Iglesia tuvo un papel relevante en el liderazgo de una efectiva campaña de contrapropaganda,
instando a su feligresía para que se uniera al universal repudio y la radical condena de la Revolución
por medio de la organización de rogativas públicas. En estas ceremonias religiosas, la piedad y ka
propaganda iban de la mano para llegar a la conciencia del buen cristiano. La alianza entre el trono y
el altar se evidenció a través de la campaña de contribuciones para la guerra de España contra
Francia y de las rogativas públicas. Todo este despliegue de actividades contribuyó a generar un
clima de seguridad en los grupos de poder.
Desde los miedos más vitales del ser humano –como el miedo a la muerte- hasta los de carácter
colectivo que abarcan la organización social, todos salieron a la luz durante la coyuntura
revolucionaria generando un estado de inseguridad especialmente en los ámbitos del gobierno, la
Iglesia y los estratos elevados de la sociedad. La representación de la Revolución como un cuadro
dramático y dantesco de inversión total del mundo causó un profundo impacto debido al peligro de
que los mismos hechos pudieran ocurrir en suelo americano. Una serie de factores como la
composición étnica de la población, las rebeliones anticoloniales que cruzaron la centuria y la
concepción de la plebe, entre otros, incrementaron este temor. Frente a tal estado de ansiedad e
intranquilidad, las instituciones y los grupos de poder implementaron medidas de control, vigilancia
y represión. Asimismo, llevaron a cabo una gama de acciones contrarrevolucionarias, muchas de
ellas orquestadas desde la metrópoli, en las que trataron de involucrar a la mayor parte de la
población, pero sobre todo buscaron restablecer el sentimiento de seguridad.