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Stony Brook University

Department of Hispanic Languages and Literature


College of Arts and Science
SPN 609 Literary and Cultural Theory
Short title: Literary & Cultural Theory
Spring 2020
La sumisión a la estructura

Mario Henao

Una de las frases famosas de Sigmund Freud sobre la mujer es que esta constituye

un continente negro. Negro por ser desconocido e inaccesible a la luz aparente con la que

el psicoanálisis ilumina los procesos subjetivos de la humanidad (del hombre en realidad).

Esa imposibilidad de acceso a la mujer tal vez se deba a las herramientas que se utilizan

para intentarlo. Muchas de las críticas feministas a la teoría psicoanalítica, y a las teorías

de la subjetividad, es su insistencia en utilizar un sistema de comprensión que ha sido

creado a la medida del hombre.

Tal vez, parecen proponer esas críticas, es hora de reconocer que el lenguaje y la

estructura de conocimiento son en sí mismas patriarcales y machistas y, por lo tanto, es

imposible esperar que sea por medio de esas herramientas que se pueda dar cuenta de la

mujer de una forma no opresiva.

Luce Irigaray publicó un texto muy importante para los estudios feministas en 1977

titulado Ese sexo que no es uno. Según Irigaray, es imposible pensar en la posibilidad de

dar cuenta de la sexualidad femenina, porque el lenguaje es un sistema masculino que

solo reproduce la opresión en la que se sustenta. La mujer no puede hablar, porque

cuando habla lo hace con una forma masculina y eso impide la expresión de su deseo. En

esto se acerca a la idea que Mulvey tiene sobre la mirada en el cine narrativo y clásico de
Hollywood. Para Mulvey, en su clásico texto “Visual Pleasure and Narrative Cinema”

(1975), el cine crea un tipo de mirada que solo tiene como agente al hombre, es decir, la

mirada siempre es masculina. Esto significa que en la forma misma en la que se construye

una historia en la pantalla ya está incorporada una mirada, que es la del hombre. Así, una

mujer que va al cine lo que hace es ponerse en la posición masculina y no encuentra una

forma de ver que le sea propia. Además, tampoco ve a la mujer, sino que ve un objeto de

placer que es como ella. De esta manera, la mujer aparece ausente de la producción de

significado y de la posibilidad de poseer el mundo en el que se mueve. Esto quiere decir

que al igual que en el discurso, en el cine la mujer no existe, pues no puede formular su

deseo en ese lenguaje. Solo los hombres son posiciones con posibilidad de expresión y de

ver.

No obstante, esta idea de que el leguaje y su estructura son masculinas e impiden

a la mujer la expresión de su deseo es problemática. Habría que preguntarse si esto

significa que el hombre, por ejemplo, sí puede acceder a su deseo de manera plena.

Pareciera decirse, desde la perspectiva de Irigaray, que el sujeto masculino es propietario

de una herramienta efectiva a la hora de dar cuenta de su deseo. Sin embargo, una de las

condiciones del deseo es que nunca puede ser dicho, y en eso parece asemejarse a lo que

Irigaray dice que es la mujer.

La imposibilidad de la representación del deseo de la mujer en la lógica de la forma

occidental más que dar cuenta de la ausencia del deseo femenino lo que señala es el

deseo masculino por la representación. Esto significa que el hombre crea una apariencia

de definición visual que lo tranquiliza de la experiencia irrepresentable que es el deseo.


Detrás de esa dureza del pene (y del falo, o sea, del lenguaje) en realidad no hay nada, o lo

que hay es lo real, es decir, lo horroroso por no tener forma visual. La experiencia del

deseo parece en esto ser similar a la del sexo femenino, que es visto por el hombre como

una ausencia. Esa ausencia le hace evidente al hombre que no tiene control ni

conocimiento sobre su deseo, que solo ha generado una forma de disimular su ignorancia.

Por eso para el hombre, el órgano sexual femenino es horroroso, pues es la imagen de lo

que falta y le recuerda que detrás de su aparente solidez lo que hay es una ausencia, es

decir, que él tampoco está seguro de lo que desea.“[…], her sexual organ [of the woman]

represents the horror of nothing. A defect on this systematics of representation and

desire. A ‘hole’ in its scoptophilic lens. […]. Woman’s genitals are simply absent, masked,

sewn back up inside their ‘crack’” (26).

El deseo de la mujer es irrepresentable porque el deseo en sí mismo es

irrepresentable, y lo que conocemos hasta ahora es la fachada de un género que ha

convertido su sexo en el único soporte del placer. El hombre ha creado o construido toda

una serie de estructuras sociales y expresivas con las que aparenta un acceso al placer,

pero que en realidad solo disimulan su ausencia y posibilitan la movilidad de la cadena

significante. De esta manera, la visión de la que habla Mulvey, por ejemplo, es solo la

intención de esconder un desconocimiento, de hacer creer que se sabe lo que se desea.

Para esto se hace pasar como expresión del deseo lo que solamente es una mediación, es

decir, un instrumento inútil que es incapaz de expresar el deseo porque este es

inaccesible. El cine narrativo, el lenguaje y toda estructura social son confundidas como la

realización de deseos masculinos, pero son más bien formas de distanciarse de la


naturaleza del deseo: su ausencia o su existencia fuera de las posibilidades de las

estructuras, las que lo necesitan para sostenerse.

Debido a esto, el hombre ha configurado una serie de placeres que aparentan el

cumplimiento de deseos. El placer masculino se obtiene en el cuerpo del hombre gracias a

la objetificación de todo lo que produce placer (el placer es disfrutar de un objeto). Esa es

la estructura que el hombre ha creado. De esta forma, la mujer, en esa estructura

masculina, es un objeto destinado a satisfacer el deseo del hombre. Además, la mujer es

el objeto más preciado para la obtención de ese placer porque debido a esa satisfacción es

posible organizar la comunidad en estructuras sociales, políticas y económicas (hay una

economía de la visión y de la organización humana. La mujer es la que posibilita la

construcción de la estructura social ya que organiza el parentesco, el tráfico de objetos y

la subjetividad masculina al generar las pulsiones que dan orden a la sexualidad

masculina).

Lo que la ausencia de representación del deseo de la mujer viene a demostrar es

que el deseo es siempre el producto de una ausencia y, por lo tanto, que la única manera

de acercarse o de señalarlo es por medio de la ficción. Así, toda expresión de deseo es una

construcción aparente y artificial, producto de un sistema, pero que no es más que una

máscara que trata de dar forma a lo que no puede tener forma. El gran problema es que

ese sistema somete a una parte de la humanidad.

De esta manera, lo que el feminismo y las mujeres vienen a demostrar es que

todas nuestras pulsiones y deseos son todo menos natural, ya que están construidas sobre

una estructura artificial. Los deseos son el producto de la negación de una ausencia, lo que
multiplica al deseo y a la pulsión y nos permite encontrar más formas de satisfacción del

deseo; aunque más bien habría que decir formas de sostenimiento de la metonimia del

deseo. El deseo es siempre insatisfecho porque esa es su condición móvil, es esa

insatisfacción lo que mantiene en movimiento la maquinaria del deseo y la productividad

ficcional de los sujetos que sostiene la vida social.

De esta forma, Irigaray se acerca a lo que suponía estaba más lejos. El lenguaje no

es una estructura de opresión femenina, es una estructura de opresión humana que

obliga a los sujetos a creer que saben lo que quieren pero a nunca estar satisfechos, a

desplazar constantemente su deseo. Una mujer nunca está donde se supone está su

deseo, y si actúa como el deseo entonces es el deseo (es decir, se convierte en objeto de

deseo). No obstante, esa opresión es diferenciada, pues el creador y dueño de la

estructura es el hombre. A pesar de esto, no se puede decir que el hombre sea dueño de

su deseo, más bien es dueño de su fantasía en la que cree ciegamente, por lo que no se da

cuenta de que está siendo sometido. De ahí que el feminismo sea una forma de tomar

conciencia (esto tendría que ser profundizado por el psicoanálisis como teoría del

inconsciente y como terapia que hace evidente lo que estaba escondido).

Esto vuelve sobre la imposibilidad de reconocimiento y de acceso a la mujer de la

que hablaba Freud y se retorna a la sensación de un lenguaje masculino que solo permite

la negatividad para la mujer. Ella es lo que no sabemos y lo que ella ni siquiera puede

decir. Ahora, decir no garantiza nada concreto, pero sí posibilita una movilidad de la que la

mujer solo es objeto y nunca sujeto. La subjetividad es siempre masculina y las mujeres

para decir su deseo tienen que ubicarse en esa subjetividad. No obstante, el resultado de
ese decir no es la manifestación del deseo, pues el hombre al acceder a las herramientas

de expresión tampoco puede decir su deseo y más bien solo puede señalar su ausencia.

Eso significa que tal vez las mujeres estén en una condición potente, porque tienen la

posibilidad de no asumir el fracaso de la expresión y, por lo tanto, ofrecen la experiencia

de una forma de relacionarse con el deseo no mediada por ese terror al vacío, lo que

implicaría una crítica a la supremacía de la representación y una apertura a una expresión

no limitada. Lo desconocido del continente femenino puede enseñarnos que lo que

ignoramos es nuestra propia subjetividad y que eso da cuenta del uso excesivo de la

representación como forma de conocimiento y de reconocimiento visual. Tal vez haya

otras formas de ponerse en relación con el deseo que lo femenino descubra.

Bibliografía:

 Irigaray, Luce. “This Sex Which Is Not One”. New French Feminisms. Ed. Elaine

Marks e Isabelle Courtivron. New York, 1981. 99-106.

 Mulvey, Laura. “Visual Pleasure and Narrative Cinema”. Feminism + Film. Ed. E.
Ann Kaplan. Oxford: UOP, 2000. 34-47. (Impreso).

 Rubin, Gayle. “The Traffic in Women. Notes in the ‘Political Economy” of Sex”.