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Sumario:

— Introducción
— Los primeros momentos de la Revolución
— La Revolución en el campo
— La contrarrevolución del día siguiente
— La Revolución de Octubre y las nacionalidades oprimidas
— La Revolución de Octubre y la mujer trabajadora
— El nuevo sistema de relaciones internacionales
— La Revolución en la cultura

En el verano de 1914 los círculos imperialistas que gobernaban los principales


Estados europeos desencadenaron la I Guerra Mundial. Al lado de la Entente (alianza
estratégico-militar de Inglaterra y Francia enfilada contra Alemania y Austria-
Hungría) también participaba la Rusia zarista. Los partidos socialdemócratas de los
países europeos justificaron la guerra de rapiña de sus respectivos gobiernos.
También los mencheviques y eseristas rusos se aliaron con la burguesía,
encubriéndose bajo la bandera de la defensa de la patria. Los únicos que se actuaron
como auténticos revolucionarios internacionalistas fueron los bolcheviques.
En los primeros meses de la contienda Rusia perdió la batalla por la Prusia oriental,
aunque venció en Galicia. Pero ya en el siguiente año perdió casi toda Galicia,
Polonia y parte de las provincias del Báltico y de Bielorrusia. En el tercer verano de la
guerra las tropas rusas mandadas por el general Alexei Brusilov expulsaron a las
fuerzas austro-húngaras de Bukovina y Galicia Occidental, obligándolas a replegarse
hasta los puertos de los montes de los Cárpatos; en el frente del Cáucaso se lograron
grandes victorias sobre las tropas turcas. Sin embargo, eso no incidió mucho en la
marcha de la guerra. Se avecinaban grandes batallas, y la Rusia zarista se preparaba
para ellas no sólo en el teatro de operaciones, sino también en la retaguardia. Para
mediados de 1916 la producción de material bélico alcanzó máximo nivel, en
detrimento, naturalmente, de las industrias civiles y del transporte. Se agravó la
crisis de abastecimientos, que era la más evidente manifestación de la
desorganización y el quebranto de toda la vida económica del país.
El descontento iba extendiéndose a capas cada vez más amplias de la población
trabajadora. En octubre de 1916 en Petrogrado (como pasó a llamarse Petersburgo
desde el principio de la guerra) en las huelgas participaron 250.000 obreros. En el
verano de ese año estalló una insurrección popular en el Asia Central y Kazajstán, y
crecieron las agitaciones campesinas. El movimiento de masas contra la guerra y la
autocracia se extendió al ejército: unidades enteras se negaban a atacar, se hicieron
más frecuentes los casos de confraternización de los soldados rusos y alemanes.
El país estaba en vísperas de la revolución. Ésta empezó el 23 de febrero (8 de
marzo) de 1917. La huelga que estalló en la fábrica de Putilov, la mayor empresa
industrial de la capital, fue apoyada por millares de obreros de otras empresas. A
primeras horas de la tarde en la arteria principal de la ciudad, la avenida Nevski,
aparecieron manifestantes, a los que se unieron los estudiantes. El 25 de febrero se
generalizó la huelga política y, al día siguiente, al lado de los obreros empezaron a
pasarse unidades militares. El 27 de febrero casi toda la ciudad estaba ya en manos
de los insurrectos. La insurrección armada triunfó. Siguiendo la tradición
revolucionaria de 1905, ese mismo día en el Palacio de Tauride se constituyeron los
soviets de diputados obreros, campesinos y soldados Petrogrado. Debido a que
muchos de los dirigentes del Partido bolchevique estaban entonces en la emigración,
encarcelados o deportados, los representantes de los partidos pequeñoburgueses
lograron imponerse en la dirección del Soviet. Su línea política respondía al viejo
esquema de que al zarismo sólo podría sustituirle el poder de la burguesía.
En la noche del 28 de febrero se anunció oficialmente la creación del Comité
Provisional de la Duma de Estado. En él entraron, a excepción de la ultraderecha,
representantes de todos los grupos de la Duma, incluidos los eseristas y
mencheviques. La directiva menchevique-eserista del Soviet de diputados obreros y
soldados de Petrogrado dejó al Comité Provisional de la Duma la iniciativa de formar
gobierno, reservándose sólo el derecho de controlar su política. El 2 de marzo se
formó el Gobierno provisional burgués. En la noche del 3, bajo la presión de los
acontecimientos, Nicolás II firmó el manifiesto abdicativo. La revolución popular
había triunfado.
El 27 de marzo de 1917 Lenin salía de Suiza, donde había permanecido desde 1914
debido a la persecución de los zaristas y regresó a la Rusia para encabezar la lucha
revolucionaria.
Como resultado del triunfo sobre el zarismo en febrero de 1917 se dio una situación
muy poco frecuente en la historia que Lenin definió con el término de dualidad de
poderes: nominalmente el poder estatal había pasado a manos del Gobierno
provisional burgués, pero las masas populares, que habían realizado la revolución,
crearon sus propios órganos de poder, los Soviets de diputados obreros y soldados.
Los eseristas y mencheviques consideraban que la revolución burguesa había
terminado y que el país no estaba preparado para la revolución socialista. Por eso
seguían una política de entendimiento con la burguesía, detener el desarrollo de la
revolución y disolver los Soviets. Pero el gobierno provisional burgués salido de la
revolución frustró todas las esperanzas que las masas tenían puestas en la victoria
sobre el zarismo.
El Partido bolchevique denunció al gobierno provisional afirmando que era
contrarrevolucionario. Advirtió que la burguesía no daría a las masas populares ni
paz, ni tierra, ni un régimen estatal democrático y exhortaban al proletariado y a su
aliado, el campesinado, a seguir desarrollando la revolución. Por tanto, lanzó la
consigna ¡Todo el poder a los Soviets! El movimiento revolucionario sacudió todo el
país.
En la noche del 3 de abril llegó Lenin a Petrogrado. En la plaza de la estación de
Finlandia, subido en un blindado, pronunció un breve discurso ante la multitud de
obreros, soldados y marineros revolucionarios que habían acudido a recibirle. Les
expuso las tesis fundamentales de su programa, que pasó a la historia con el nombre
de Tesis de Abril. Su esencia la expresaba la consigna de ¡Todo el poder a los
Soviets! En las condiciones de entonces significaba un llamamiento a continuar la
revolución, o sea, a terminar con la dualidad de poderes a favor de los Soviets y a
pasar de la etapa democrático-burguesa de la lucha revolucionaria a la etapa
socialista.
Las Tesis de Abril de Lenin fueron discutidas y aprobadas en la VII Conferencia de
toda Rusia del Partido bolchevique, llamada Conferencia de Abril. Entonces se desató
una campaña difamatoria contra Lenin y sus partidarios. El hecho de que los
mencheviques y los socialistas revolucionarios (eseristas) actuasen al lado de la
burguesía, permitió al Gobierno provisional preparar una nueva ofensiva en el frente.
Comenzó el 18 de junio, pero pronto fracasó. Como consecuencia, creció la influencia
de los bolcheviques entre las masas. Entonces los dirigentes de los partidos
conciliadores dieron el visto bueno al Gobierno provisional para disparar sobre una
manifestación que tuvo lugar el 4 de julio, en el centro de Petrogrado, bajo la
consigna ¡Todo el poder a los Soviets!
Esa fecha fue decisiva; en el país se había acabado la dualidad de poderes, pero a
favor de la burguesía. El Gobierno provisional dio la orden de detener a Lenin, quien
tuvo que pasar por última vez a la clandestinidad, que duró ciento doce días.
Sin embargo, la victoria de la burguesía rusa resultó ser la antesala de su derrota
definitiva y liquidación como clase gobernante. En auel momento cambió
radicalmente la dirección de la actividad del Partido bolchevique: su VI Congreso, a
propuesta de Lenin, señaló la orientación hacia la insurrección armada, indicando
que el nuevo auge de la revolución rusa pondrá en el poder a los obreros y
campesinos pobres antes del triunfo de la revolución en los países capitalistas de
occidente.
Ese nuevo auge empezó ya en el otoño. En respuesta a la intentona de la burguesía
de establecer en el país una dictadura militar, los obreros de Petrogrado empuñaron
las armas y fueron apoyados por unidades de la guarnición de la capital. A la cabeza
de las masas revolucionarias iban los bolcheviques. Bajo su dirección inmediata fue
aplastado el pronunciamiento reaccionario del general Kornilov. El prestigio de los
bolcheviques creció. Comenzó un período de rápida bolchevización de los Soviets. De
un instrumento de política de componendas con la burguesía, que eran bajo la
supremacía de los partidos oportunistas, se iban convirtiendo en órganos de lucha
abierta contra ella. El 31 de agosto el Soviet de diputados obreros y soldados de
Petrogrado aprobó una resolución bolchevique que incluía reivindicaciones
programáticas como la paz, la tierra y el control obrero sobre la producción. Unos
días después el Soviet de Moscú aprobó una resolución idéntica.
Para no perder definitivamente la confianza de las masas, los dirigentes
mencheviques y eseristas se negaron a entrar en un nuevo gobierno de los kadetes
(demócratas constitucionalistas). Entonces Lenin les propuso romper el bloque con
la burguesía y formar inmediatamente un gobierno responsable ante los
Soviets. Lenin subrayaba que la libertad de propaganda y la inmediata aplicación de
los principios de la democracia en las próximas elecciones a los Soviets y en el
funcionamiento de los propios Soviets podrían asegurar el avance de la revolución, el
paso del poder a los Soviets. Pero los mencheviques y eseristas, encubriéndose con
frases sobre la unificación de todas las fuerzas del país y arguyendo que la entrega
de todo el poder a los Soviets sería un crimen contra la revolución, emprendieron
una campaña contra los Soviets. En vez de reunir un nuevo congreso de los Soviets,
decidieron convocar una Conferencia democrática e invitaron a participar en ella a
los representantes de las organizaciones de la burguesía y de los grandes
terratenientes, de los municipios reaccionarios y los ayuntamientos urbanos,
mientras reducían el número de puestos correspondientes a los Soviets, los comités
de fábrica y los sindicatos. La Conferencia constituyó el llamado consejo provisional
de la república, o anteparlamento, con participación de los representantes de la gran
burguesía. De hecho, los conciliadores habían abandonado definitivamente las
posiciones de los Soviets. Las masas populares se pusieron decididamente al lado de
los bolcheviques. En aquellos días Lenin escribía al Comité Central del Partido
bolchevique: El descontento, la indignación y la exasperación reinantes en el
ejército, entre los campesinos y entre los obreros van en aumento. La coalición de
los eseristas y mencheviques con la burguesía, coalición que lo promete todo y no
cumple nada, enerva a las masas, les abre los ojos y les subleva.
El 7 de octubre Lenin regresó clandestinamente de Finlandia a Petrogrado y tomó en
sus manos la dirección de los preparativos de la insurrección armada. Tres días
después se celebró la histórica sesión del Comité Central del Partido bolchevíque, en
la que se acordó dar comienzo a la insurrección armada. La resolución, redactada
por Lenin y aprobada por el Comité Central, decía:
El Comité Central reconoce que tanto la situación internacional de la
revolución rusa (insurrección de la flota alemana, signo agudo de la
marcha ascendente de la revolución socialista mundial en toda Europa,
luego la amenaza de una paz entre imperialistas con el fin de
estrangular la revolución en Rusia), como la situación militar (decisión
indudable de la burguesía rusa y de Kerenski y compañía de entregar
Petrogrado a los alemanes) y la conquista por el Partido proletario de
la mayoría dentro de los Soviets; unido todo ello a la insurrección
campesina y al viraje de la confianza del pueblo hacia nuestro Partido
(elecciones de Moscú); y, finalmente, la preparación manifiesta de una
segunda kornilovada (evacuación de tropas de Petrogrado,
concentración de cosacos en esta capital, cerco de Minsk por los
cosacos, etc.), pone a la orden del día la insurrección armada.

Reconociendo, pues, que la insurrección armada es inevitable y se


halla plenamente madura, el Comité Central insta a todas las
organizaciones del Partido a guiarse por esto y a examinar y resolver
desde este punto de vista todos los problemas prácticos (Congreso de
los Soviets de la región Norte, salida de tropas de Petrogrado, acciones
en Moscú y Minsk, etc.)

Kamenev y Zinoviev intervinieron y votaron en contra de la resolución. Como los


menchevíques, ellos aspiraban a una República parlamentaria burguesa y afirmaban
que la clase obrera no era lo bastante fuerte para la revolución socialista, que no
estaba aún capacitada para tomar el poder.
Aunque en esta sesión Trotski no votó abiertamente contra la resolución del Comité
Central, presentó una enmienda que, de haberse aceptado, habría hecho fracasar la
insurrección. Propuso que no comenzase hasta la apertura del II Congreso de los
Soviets, lo que equivalía a dar largas a la insurrección, a fijar de antemano el día en
que había de estallar, poniendo en guardia al Gobierno provisional.
El Comité Central del Partido bolchevique envió delegados con plenos poderes a la
cuenca del Donetz, al Ural, a Helsingfors, a Cronstadt, al frente suroccidental, etc.,
con el fin de organizar sobre el terreno la insurrección y poner en conocimiento de
los dirigentes de las organizaciones de base el plan de la insurrección y estimularles
a preparar y movilizar sus fuerzas para ayudar al movimiento en Petrogrado.
Se creó, por mandato del Comité Central, el Comité Militar Revolucionario adscrito al
Sovíet de Petrogrado, que había de asumir las funciones de Estado Mayor de la
insurrección.
Al mismo tiempo, la contrarrevolución también concentraba sus fuerzas; la
oficialidad del ejército se organizó en Liga de Oficiales. Los contrarrevolucionaríos
creaban por todas partes Estados Mayores para la formación de batallones de
choque. A finales de octubre la contrarrevolución disponía de 43 batallones. El
Gobierno de Kerenski propuso su traslado de Petrogrado a Moscú porque esperaba la
entrega de Petrogrado a los alemanes para atajar la insurrección en la capital. Pero
la protesta de los obreros y soldados de Petrogrado obligó al Gobierno provisional a
permanecer allí.
El 16 de octubre, se celebró una sesión ampliada del Comité Central del Partido
bolchevique que eligió un Centro del Partido encargado de dirigir la insurrección, con
Stalin a la cabeza. Este Centro era el núcleo dirigente del Comité Militar
Revolucionario adscrito al Soviet de Petrogrado y fue el que dirigió prácticamente
toda la insurrección.
En esta sesión del Comité Central, Zínoviev y Kamenev volvieron a pronunciarse
contra la insurrección y combatieron abiertamente desde la prensa a la insurrección
y al Partido. El 18 de octubre, el periódico Novaia Zhin (Vida Nueva) publicó una
declaración suya manifestando que los bolcheviques preparaban una insurrección y
que ellos la consideraban como una aventura. Con ello, ponían en conocimiento de
los enemigos la decisión acerca del movimiento y de su organización para una fecha
inmediata. Este acto era una traición. Lenin escribió al respecto: Kamenev y Zinoviev
han delatado a Rodzianko y a Kerenski el acuerdo del Comité Central de su Partido
sobre la insurrección armada, y planteó ante el Comité Central la expulsión de ambos
del Partido.
Los enemigos de la revolución, prevenidos por los traidores, comenzaron a tomar
medidas para atajar la insurrección y aplastar al Partido bolchevique. El Gobierno
provisional celebró un Consejo de ministros secreto, en el que se acordaron las
medidas de represión contra los bolcheviques. El 19 de octubre trajo
apresuradamente tropas del frente a Petrogrado; comenzaron a merodear por las
calles patrullas reforzadas; en Moscú la contrarrevolución concentró una gran
cantidad de fuerzas. El Gobierno provisional había trazado el plan de atacar y tomar
el palacio Smolny, sede del Comité Central del Partido bolcheviqué, la víspera del día
en que habían de abrirse las sesiones del II Congreso de los Soviets y aplastar el
Centro dirigente de los bolcheviques.
Pero los días y las horas de vida del Gobierno provisional estaban contados. No había
ya fuerza capaz de detener la marcha arrolladora de la Revolución socialista. No era
extraño que el pueblo no viese ninguna diferencia esencial entre la política del zar y
la de la burguesía y transfiriese al Gobierno provisional su odio contra el zarismo.
Mientras los socialistas revolucionarios y menchevique conservaron cierta influencia
sobre el pueblo, la burguesía pudo atrincherarse detrás de ellos y mantener en sus
manos el poder. Pero, después de desenmascararse como agentes de la burguesía
imperialista, perdieron su influencia sobre el pueblo; la burguesía y su Gobierno
provisional quedaron en el aire.
El 21 de octubre, fueron enviados comisarios bolcheviques del Comité Militar
Revolucionario a todas las unidades revolucionarias de tropas. Durante los días que
precedieron a la ínsurrección, se desarrolló la labor preparatoria de la lucha armada
en el seno de las unidades militares y en las fábricas. Se asignaron también misiones
concretas a los barcos de guerra, a los cruceros Aurora y Zaria Svobodi (Amanecer
de la libertad).
En la sesión del Soviet de Petrogrado, Trotski se fue de la lengua y delató al enemigo
la fecha de la insurrección, el día señalado por los bolchevíques para desencadenar el
movimiento. Para no dar al Gobierno de Kerenski la posibilidad de hacer fracasar la
insurrección armada, el Comité Central del Partido decidió comenzar y llevar a cabo
la insurrección antes de la fecha proyectada, la víspera del día en que habían de
abrirse las sesiones del II Congreso de los Soviets.
Kerenski comenzó a actuar en las primeras horas de la mañana del 24 de octubre (6
de noviembre), ordenando suspender el periódico Rabochi Put (La Senda Obrera),
órgano central del Partido bolchevique, y enviando los blindados de asalto al local de
la redacción del períódico y a la imprenta de los bolcheviques. Pero, hacia las 10 de
la mañana, siguiendo instrucciones de Stalin, los guardias rojos y los soldados
revolucionarios desalojaron a los carros de asalto y reforzaron la guardia de la
imprenta y de la redacción del periódico. Hacia las 11, salió La Senda Obrera con un
llamamiento para derribar al Gobierno provisional.
Las fuerzas de la contrarrevolución estaban concentradas en el centro de
Petrogrado; cerca del Palacio de Invierno, donde se encontraba el Gobierno
provisional, estaban el Estado Mayor de la región militar de Petrogrado y el
Almirantazgo.
A1 mismo tiempo, el Palacio del Smolny, antiguo instituto para muchachas de la
nobleza, situado en un suburbio del este de la ciudad, en la orilla izquierda del Neva,
era la sede del Soviet de Petrogrado y del Comité Central del Partido bolchevique,
verdadero Cuartel General de la revolución. En el mismo edificio se encontraba el
Comité militar revolucionario, el Soviet de diputados obreros y soldados de
Petrogrado y el Centro militar revolucionario del Partido para la dirección de la
insurrección. De allí salían todas las órdenes de batalla. Siguiendo instrucciones del
Centro militar revolucionario, se concentraron allí los destacamentos de soldados
revolucionarios y de guardias rojos.
En la noche del 24 de octubre, Lenin se trasladó al Smolny, para hacerse cargo
personalmente de la dirección del movimiento y trazar los planes concretos para la
insurrección: cómo debían utilizarse las unidades militares, la flota y los guardias
rojos, qué puntos decisivos era necesario ocupar en la capital para garantizar el éxito
de la insurrección, etc. El objetivo era cercar y aislar a Petrogrado, apoderarse de la
ciudad mediante un ataque combinado de la escuadra, los obreros y las tropas. La
revolución disponía de tres fuerzas de combate principales: los destacamentos de
guardias rojos (obreros armados) envolvían el centro de la ciudad por el norte, el
este y el sur; las unidades revolucionarias de la guarnición de Petrogrado formaban
el segundo semicírculo interior; mientras que del oeste, a la primera llamada del
Comité militar revolucionario, entrarían en la desembocadura del Neva las unidades
de la armada del Báltico. Lenin decía:
La insurrección, para poder triunfar, no debe apoyarse en una conjura,
en un partido, sino en la clase de vanguardia. Esto, en primer lugar. En
segundo lugar, debe apoyarse en el entusiasmo revolucionario del
pueblo. Y en tercer lugar, debe apoyarse en el momento crítico de la
historia de la creciente revolución en que sea mayor la actividad de la
vanguardia del pueblo, en que sean mayores las vacilaciones en las
filas de los enemigos y en las filas de los amigos débiles,
inconsecuentes e indecisos de la revolución.

Esta tarea se cumplió en los días 24 y 25 de octubre (6 y 7 de noviembre) de 1917.


La insurrección había comenzado. Con el estruendo de sus cañones, enfilados sobre
el Palacio de Invierno, el crucero Aurora anunció, el 25 de octubre, el comienzo de la
nueva era, la era de la Revolución Socialista.
Durante toda la noche del 25 al 26 de octubre (7 de noviembre), no cesaron de llegar
al Smolny unidades revolucionarias de tropas y destacamentos de guardias rojos. Los
bolcheviques los enviaban al centro de la ciudad, a cercar el Palacio de Invierno,
donde se había atrincherado el Gobierno provisional, bajo la protección de los
kadetes y de los batallones de choque. Aquella noche los obreros, soldados y marinos
revolucionarios tomaron por asalto al Palacio de Invierno y detuvieron al Gobierno
provisional. También se apoderaron de las estaciones de ferrocarril, las centrales de
Correos y Telégrafos, los Ministerios y el Banco del Estado. Fue disuelto el
anteparlamento.
Los obreros de Petrogrado demostraron en estas jornadas que habían pasado, bajo
la direccíón del Partido bolchevique, por una buena escuela. Las unidades militares
revolucionarias, preparadas para la insurrección por la labor de los bolcheviques,
cumplían las órdenes de batalla que les daba el Centro y se batían en fraternal
compenetración con la Guardia Roja. La marina de guerra no desmereció del ejército.
Cronstadt era una fortaleza del Partido bolchevique, donde hacía ya mucho tiempo
que no se reconocía al Gobierno provisional.
El 25 de octubre se publicó un llamamíento del Partido bolchevique A los ciudadanos
de Rusia. En él se decía que el Gobierno provisional burgués había sido derribado y
que el poder había pasado a manos de los Soviets.
La insurrección armada en Petrogrado había vencido.
El II Congreso de los Soviets de toda Rusia abrió sus sesiones en el Smolny a las
10'45 minutos de aquella misma noche, cuando se hallaba en todo su apogeo la
insurrección triunfante en Petrogrado, y el poder, en la capital, había pasado ya de
hecho a manos del Soviet de la ciudad.
Los bolcheviques obtuvieron en este Congreso una aplastante mayoría. Los
mencheviques, los delegados del Bund y los socialistas revolucionaríos de derecha,
viendo que ya no tenían nada que hacer allí, se retiraron del Congreso, no sin antes
declarar que renunciaban a tomar parte en sus tareas. En esta declaración
calificaban como una conspiración militar la Revolución de Octubre. El Congreso puso
en la picota a los menchevíques y socialistas revolucionaríos, manifestando que no
sólo no lamentaba su retirada, sino que se congratulaba de ella, ya que, gracias a la
retirada de los traidores, el Congreso se convertía en un verdadero Congreso
revolucionario de diputados obreros y soldados.
En nombre del Congreso, fue proclamado el paso de todo el poder a manos de los
Soviets. En el llamamiento del II Congreso de los Soviets, se decía:
Apoyándose en la voluntad de la inmensa mayoría de los obreros,
soldados y campesinos y en la insurrección triunfante llevada a cabo
por los obreros y la guarnición de Petrogrado, el Congreso toma en sus
manos el Poder.

En cuatro días, el poder soviético decretó la paz, confiscó las tierras de los grandes
terratenientes y las distribuyó entre los campesinos, y reconoció el derecho de las
naciones a la autodeterminación.
Su primer acuerdo fue aprobar el Decreto sobre la paz, donde la guerra imperialista
se declaraba el mayor crimen contra la humanidad y se hacía una declaración
dirigida a todos los países beligerantes y sus gobiernos sobre la decisión del
Gobierno soviético de firmar inmediatamente la paz en condiciones justas y
equitativas para todos los pueblos, una paz sin anexiones ni tributos. Al tiempo que
se dirigía a los gobiernos y a los pueblos de todos los países beligerantes, el
Congreso hacía un llamamiento a los obreros conscientes de las tres naciones más
adelantadas de la Humanidad y de los tres Estados más importantes que toman parte
en la actual guerra: Inglaterra, Francía y Alemania, instándoles a que ayudasen
a llevar rápidamente a término la causa de la paz y con ella, la causa de la liberación
de las masas trabajadoras y explotadas de toda esclavitud y de toda explotación.
Por el segundo decreto del Congreso, toda la tierra pasaba a manos del pueblo, sin
indemnización alguna, aboliendo para siempre la propiedad de los terratenientes
sobre la tierra, que pasaba a ser sustituida por la propiedad de todo el pueblo, del
Estado. Esta ley se aprobó tomando como base un mandato campesino general,
redactado con arreglo a los 242 mandatos locales formulados por los campesinos.
Las tierras de los terrateníentes, de la familia imperial y de la Iglesia fueron
entregadas en disfrute gratuito a todos los trabajadores.
Mediante este decreto, la Revolución entregaba a los campesinos más de 150
millones de hectáreas de tierra, que hasta entonces habían estado en manos de los
terratenientes, de la burguesía, de la familia real, de los conventos y de la Iglesia.
Los campesinos quedaban libres del deber de pagar las rentas a los terratenientes,
rentas que ascendían a cerca de 500 millones de rublos de oro al año. Todas las
riquezas del subsuelo (el petróleo, el carbón y los minerales, etc.), los bosques y las
aguas pasaban también a ser propiedad del pueblo.
Fue elegido el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia, órgano supremo
del poder soviético entre los congresos de los Soviets, con funciones legislativas,
directivas y de control. El 8 (21) de noviembre fue elegido Presidente del Comité
Ejecutivo Central de los Soviets, equivalente al de Presidente de la República, el
dirigente bolchevique Jakob Sverdlov.
El Congreso también formó el primer Gobierno soviético: el Consejo de Comisarios
del Pueblo, encabezado por Lenin.
Los oportunistas emboscados en el Partido, Kamenev, Zinoviev, Rikov, Shliapnikov y
otros, comenzaron a exigir la formación de un gobierno socialista homogéneo, con
participación de los mencheviques y socialistas revolucionaríos, a quienes la
Revolución acababa de derribar. El 15 de noviembre de 1917, el Comité Central del
Partido aprobó una resolución, desechando todo compromiso con estos partidos
contrarrevolucionarios y declarando a Kamenev y Zínoviev esquiroles de la
revolución. El 17 de noviembre, Kamenev, Zinoviev, Rikov y Miliutin, desconformes
con la política del Partido, declararon que dimitían sus puestos en el Comité Central.
El mismo día 17 de noviembre, Noguin, en su nombre y en el de Rikov, Miliutin,
Teodorovich, A. Shliapnikov, D. Riazanov, Yurenev y Larin, que habían entrado a
formar parte del Consejo de Comisarios del Pueblo, formuló una declaración de
desacuerdo con la política del Comité Central del Partido, anunciando que dimitían
sus cargos en el Gobierno Soviético.
Su huida produjo alegría entre los enemigos de la Revolución. Toda la burguesía y
sus lacayos se frotaban las manos de gusto, chillando acerca del derrumbamiento del
bolchevismo y pronosticando el naufragio del Partido. Pero este puñado de
desertores no consiguió hacer que el Partido vacilase ni un minuto. El Comité Central
los cubrió con su desprecío, como a desertores de la Revolución y lacayos de la
burguesía, sin detenerse un instante en su camino.
En cuanto a los socialistas revolucionarios de izquierda, deseando no perder su
influencia entre las masas campesinas, que simpatizaban claramente con los
bolcheviques, decidieron no romper con éstos y mantener, por el momento, el frente
único con ellos. El Congreso de los Soviets campesinos, celebrado en noviembre,
reconoció todas las conquistas de la Revolución Socialista de Octubre y los decretos
del poder soviético. Se pactó un acuerdo con los socialistas revolucionarios de
izquierda, algunos de los cuales (Kolegaiev, Spiridonova, Proshian y Steinberg)
fueron incluidos en el Consejo de Comisarios del Pueblo. Pero este acuerdo sólo se
mantuvo en pie hasta la firma de la paz de Brest-Litovsk y la constitución de los
Comités de campesinos pobres; la profunda diferenciación de clases que se produjo
entonces entre los campesinos, hizo que los socialistas revolucionarios de izquierda,
cuya posición reflejaba cada vez más acentuadamente los intereses de los kulaks,
desencadenaran una sublevación contra los bolcheviques, siendo aplastados por el
poder Soviético.
Con la elección del nuevo Gobierno, terminó sus tareas el histórico II Congreso de
los Soviets.
No en todas partes fue tan rápido el paso del poder a los Soviets. Si en Petrogrado la
insurrección había triunfado rápidamente, en las calles de Muscú, donde la
contrarrevolución aún disponía de considerables fuerzas de combate (academias
militares, escuelas de oficiales y ciertas unidades regulares), se reñían todavía
furiosos combates armados que duraron aún siete días. Antes de consentir que el
poder pasase a manos del Soviet de Moscú, los partidos contrarrevolucionarios,
unidos a los guardias blancos y a los kadetes, desencadenaron la lucha armada
contra los obreros y los soldados.
En el propio Petrogrado y en sus inmediaciones, se hicieron, durante los primeros
días del triunfo de la revolución, algunas tentativas contrarrevolucionarias para
derrocar el poder soviético. El 10 de noviembre de 1917, Kerenski, que ya en plena
insurrección había huido de Petrogrado a un sector del frente norte, concentró
algunas unidades de cosacos y las envió sobre Petrogrado, con el general Krasnov a
la cabeza. El 11 de noviembre de 1917, la organización contrarrevolucionaria Comité
de salvación de la patria y de la revolución, dirigida por socialistas revolucionarios,
desencadenó una sublevación de kadetes. Al anochecer, los marinos y guardias rojos
liquidaron la sublevación y el 13 de noviembre era derrotado el general Krasnov
cerca de las alturas de Pulkovo. Krasnov cayó prisionero y dió su palabra de honor de
que no volvería a luchar contra el poder soviético. Se le puso en libertad bajo esta
promesa pero, algún tiempo después, traicionó su palabra. Kerenski logró escaparse,
disfrazado de mujer. También el general Dujonin intentó promover una sublevación
en Moguilev, en el Cuartel General del ejército.
Los delegados del II Congreso de los soviets se diseminaron por el país, para
difundir la noticia del triunfo de los Soviets en Petrogrado y asegurar la victoria del
poder soviético en toda Rusia. Desde octubre de 1917 hasta enero-febrero de 1918,
la revolución soviética logró extenderse por toda Rusia. Tan rápido fue el ritmo con
que el poder soviético se fue instaurando a lo largo del territorio del inmenso país,
que Lenin hablaba de su marcha triunfal. Pronto al Smolny comenzaron a llegar
ininterrumpidamente telegramas con noticias de que en una ciudad tras otra de
Rusia los obreros se adueñaban del poder.
La Revolución Socialista había triunfado. No fue causal que triunfara en primer lugar
en Rusia, ya que, desde principios de siglo, los antagonismos sociales, políticos y
nacionales habían alcanzado en él la máxima profundidad. La guerra imperialista
acentuó aún más todas estas contradicciones. Entre las diversas causas que
determinaron el triunfo tan relativamente fácil de la Revolución Socialista en Rusia,
conviene destacar, como fundamentales, las siguientes:
La Revolución de Octubre se enfrentó con un enemigo relativamente frágil, mal
organizado e inexperto políticamente, como la burguesía rusa, económicamente
débil. No tenía ni la independencia política ni la iniciativa necesarias para encontrar
una salida a la situación. No poseía esa experiencia en manipulaciones políticas en
gran escala que posee, por ejemplo, la burguesía francesa, ni había pasado por la
escuela de canalladas de gran estilo en que es maestra, por ejemplo, la burguesía
inglesa. Al subir al poder, la burguesía rusa que, días antes de la Revolución de
Febrero, se esforzaba en llegar a un acuerdo con el zar, continuó la política del
aborrecido autócrata. Lo mismo que el zar, abogaba por la guerra hasta la victoria
final, a pesar de que la guerra arruinaba y agotaba al país y dejaba exhaustas las
energías del pueblo y del ejército. Defendía, lo mismo que el zar, la conservación de
la propiedad de los terratenientes sobre la tierra, a pesar de que los campesinos
perecían por falta de tierras y sucumbían bajo la opresión. En cuanto a la política
seguida respecto a la clase obrera, la burguesía rusa iba todavía más allá que el zar,
pues no sólo se esforzó en mantener y robustecer la explotación de los patronos,
sino que, además, la hacía insoportable, mediante la aplicación de cierres de fábrica
en masa.
A la cabeza de la Revolución de Octubre figuraba una clase revolucionaría como la
clase obrera, templada en las luchas, que había pasado en poco tiempo por dos
revoluciones y había sabido conquistar, en vísperas de la tercera revolución, la
autoridad de dirigente del pueblo, en su lucha por la paz, por la tierra, por la libertad
y por el socialismo. Si no hubiese existido este núcleo dirigente de la revolución,
acreedor a la confianza del pueblo, que era la clase obrera, no se hubiese logrado
tampoco la alianza entre los obreros y los campesinos, sin la cual no habría podido
triunfar la Revolución de Octubre.
La clase obrera de Rusia contaba con un aliado tan importante en la revolución
como eran los campesinos pobres, que formaban la aplastante mayoría de la
población campesina. La experiencia de ocho meses de revolución, que valía por
decenas de años de desarrollo normal, no había pasado en vano para las masas
trabajadoras del campo. Durante estos meses, habían tenido ocasión de pulsar en la
realidad a todos los partidos de Rusia y convencerse de que no eran los kadetes, ni
los socialistas revolucionarios, ni los mencheviques los que pelearían contra los
terratenientes ni derramarían su sangre por los campesinos; de que sólo había en
Rusia un partido que no se hallaba vinculado con los terratenientes y que estaba
dispuesto a aplastar a éstos para satisfacer las necesidades de los campesinos, y
este partido era el Partido bolchevique. Esta circunstancia fue la que sirvió de base
para la alianza del proletariado con los campesinos pobres. Sin esta alianza la
Revolución de Octubre no hubiera podido vencer.
La clase obrera tenía a su cabeza un Partido experimentado en la lucha política. Sólo
un partido como el bolchevique, era suficientemente intrépido para conducir al
pueblo al asalto decisivo y suficientemente prudente para sortear todos los
obstáculos que se alzaban en el camino hacia la meta; sólo un partido así podía
fundir en un gran torrente revolucionario movimientos tan diversos como el
movimiento democrático general por la paz, el movimiento democrático-campesino
por la incautación de las tierras de los terratenientes, el movimiento de liberación
nacional de los pueblos oprimidos por la igualdad de derechos de las naciones y el
movimiento socialista de la clase obrera por el derrocamiento de la burguesía y la
instauración de la dictadura del proletariado. Es indudable que la fusión de estas
diversas corrientes revolucionarias en un poderoso torrente revolucionario único fue
lo que decidió la suerte del capitalismo en Rusia.
La Revolución de Octubre estalló en un momento en que la guerra imperialista
estaba aún en su apogeo, en que los principales Estados burgueses se hallaban
divididos en dos campos enemigos, en que estos Estados, empeñados en una guerra
de unos contra otros y debilitándose mutuamente, no podían inmiscuirse a fondo en
los asuntos de Rusia, interviniendo activamente contra la Revolución. Esta
circunstancia facilitó considerablemente el triunfo de la Revolución Socialista.

Los primeros momentos de la Revolución


Es indudable que, a su debido tiempo, el ataque ‘a lo Guardia Roja’
contra el capital fue dictado por las circunstancias [...] y los guardias
rojos realizaron la obra histórica más noble y grande de liberar a los
trabajadores y explotados del yugo de los explotadores (Lenin)

Lenin llamó a los primeros cuatro meses de existencia del Estado soviético (del 25 de
octubre de 1917 a febrero de 1918) el período del ataque a lo Guardia Roja contra el
capital. Aplastando la resistencia de la burguesía por métodos de ataque de
caballería, el proletariado asaltaba sus posiciones clave en todas las esferas de la
vida del país. La parte nacionalizada de la industria, de los bancos y del transporte
constituyeron la base de la economía socialista nacional, del nuevo modo de
producción. Dueño de las posiciones dominantes en la economía, el Gobierno
soviético empezó a realizar sobre la marcha las tareas de reorganización económica
y el trabajo cultural y educativo para la transformación socialista de la sociedad. Las
medidas realizadas por el Estado soviético asestaron un golpe al dominio económico
de la burguesía y conjuraron la catástrofe económica que se cernía sobre el país en
vísperas de la Revolución de Octubre.
A diferencia de cualquier revolución burguesa, la revolución socialista es un proceso
más complejo, prolongado y difícil. Las revoluciones burguesas terminan con la toma
del poder, mientras que la revolución socialista sólo comienza con la conquista del
poder. En 1848 Marx y Engels señalaban el Manifiesto del Partido Comunista que el
proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a
la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en
manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y
para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas. La
revolución socialista está llamada a terminar con todas las relaciones existentes
económicas y político-sociales basadas en la explotación y opresión de las personas.
Por tanto, después de conquistado el poder, a la clase obrera se la plantean las
tareas de la transformación socialista de la economía y la creación de la base
económica y técnica del socialismo.
La solución de estas tareas, enseñaron Marx y Engels, el proletariado debe
comenzarla socializando los medios de producción y, en primer término,
nacionalizando la gran producción capitalista. Paso a paso, despojando a la
burguesía de los puestos de dirección en la economía, el proletariado los emplea
para la transformación socialista de toda la economía. Esto no quiere decir que el
proletariado deba nacionalizar la industria de un solo golpe, al día siguiente de la
revolución. La transformación radical de la economía bajo principios socialistas es
una labor extraordinariamente complicada. En los primeros tiempos, el proletariado
carece aún de experiencia para dirigir la economía, no dispone de un aparato capaz
de organizarla y, por si fuese poco, las clases explotadoras abatidas por la revolución
le ofrecen la más encarnizada resistencia.
El proletariado de Rusia fue el primero en el mundo que se emancipó del yugo de los
capitalistas y que empezó a abrirse paso hacia el socialismo, camino aún no
explorado prácticamente nunca y por nadie.

El control obrero
En cuanto venció la insurrección armada en Petrogrado, pasaron a ser patrimonio del
pueblo las empresas públicas pertenecientes al anterior Estado de los terratenientes
y los capitalistas. Entre ellas estaban las grandes fábricas así como también gran
parte de los ferrocarriles del país. Sin embargo, la mayoría de las fábricas, empresas
y minas, propiedad de particulares y compañías, siguieron durante cierto tiempo en
manos de la burguesía. El primer paso para nacionalizar la industria y crear la
economía socialista fue la implantación en las empresas privadas del control obrero
sobre la producción y distribución de productos. Era una medida para poner coto a
los capitalistas que intentaban emplear su poder económico en la guerra contra el
poder soviético. Hasta la Revolución, el control obrero fue un medio en la lucha de
las masas por la dictadura del proletariado; después de que éste tomó el poder,
sirvió de instrumento para preparar la expropiación de la burguesía y la
reestructuración socialista de la industria.
En los primeros días de la Revolución de Octubre Lenin redactó el proyecto de
decreto sobre el control obrero. Había que implantarlo en todas las empresas
industriales, comerciales, bancarias, agropecuarias y de otro tipo, en las que el
número de obreros no fuese menor de 5.000 trabajadores y cuya rotación de fondos
no bajase de los 10.000 rublos anuales. Queda absolutamente prohibida -se decía en
el proyecto-, la interrupción del trabajo de una empresa o industria [...] sin
autorización de los representantes elegidos por los obreros y empleados. Este punto
era de gran trascendencia, puesto que ponía en manos de los obreros un arma contra
los patronos que cerraban sus empresas. Las decisiones de los órganos del control
obrero eran obligatorias para los capitalistas. Los miembros de las comisiones de
control, junto con los propietarios de fábricas y empresas, se hacíanresponsables
ante el Estado del riguroso mantenimiento del orden, de la disciplina y de la
conservación de los bienes.
El proyecto de ley llamaba a las masas a la acción revolucionaria. En sus
conversaciones con los representantes obreros, Lenin dijo repetidamente que los
propios obreros debían participar activamente en la producción. Lozhechnikuv,
obrero de una fábrica metalúrgica de Petrogrado, refirió más tarde la visita
a Lenin de una delegación obrera. Los obreros le pidieron que se les autorizara a
emprender acciones resueltas contra la administración burguesa de la
fábrica. Actuad revolucionariamente -respondió Lenin-. Para hacer la revolución no
se necesita autorización.
No obstante, mencheviques y eseristas, y dentro del Partido los oportunistas,
intentaron frustrar la aprobación del proyecto de ley. Pero el Comité Ejecutivo
Central de los Soviets de toda Rusia aprobó el 14 de noviembre de 1917 la ley sobre
el control obrero, que preveía la implantación del control obrero en todas las
empresas donde hubiese asalariados. El control deberían realizarlo los propios
obreros a través de sus organizaciones elegibles: los comités de fábrica y empresa y
otros.
El control obrero, indicaba el decreto, es necesario para ir regulando
sistemáticamente la economía. Los órganos de control estaban obligados a
establecer una norma mínima de producción para las empresas, interesarse en el
coste de la producción y comprobar el estado de sus finanzas. Queda abolido el
secreto comercial. Los propietarios quedan obligados a presentar a los órganos de
control obrero todos los libros y cuentas, decía el decreto. La ley incluía también
puntos relacionados con los consejos locales de control obrero. En Petrogrado se
instituyó el Consejo de Control Obrero de toda Rusia.
En manos de la clase obrera, el decreto se transformó en un medio para adueñarse
de la industria, en un instrumento que además de aplastar el sabotaje contribuía a
incorporar a los trabajadores a la formación de nuevas relaciones sociales. El decreto
fue utilizado inmediatamente por los obreros de todas las ramas de la industria y de
todas las zonas del país. Aplicar inmediatamente en todo el distrito y en la más
amplia escala el decreto acerca de la organización del control obrero en la
producción, acordó el 23 de noviembre la conferencia de organizaciones sociales de
la fábrica Asha-Balashov. La reunión de los obreros metalúrgicos de Narva (Estonia)
declaró que saludaba el decreto gubernamental para la implantación del control
obrero, el cual concede a los obreros amplia libertad para luchar contra el sabotaje
de los empresarios y conjurar la ruina económica.

La organización de la producción socialista


El decreto no sólo tenía en cuenta a la clase obrera como productora de valores
materiales, sino también como organizadora de la producción. Los sindicatos y
comités de fábrica tenían un papel decisivo en la realización del control obrero. Con
la subida al poder de la clase obrera, sus tareas cambiaron radicalmente. De órganos
de lucha contra el capital por mejorar económicamente la situación del proletariado,
los sindicatos se transformaron en organizadores de la edificación de la nueva
sociedad, se hicieron escuela de educación socialista de los trabajadores y de apoyo
al Estado soviético. La finalidad de los sindicatos, como la de los órganos estatales,
residía en atraer a las amplias masas trabajadoras a su participación activa en la
organización y dirección de la producción.
En enero de 1918 se celebró en Petrogrado el I Congreso de los Sindicatos de toda
Rusia que representó a más de 2.600.000 afiliados. En el país había muchos más
sindicatos, pues en el Congreso no estaban representados los sindicatos de
impresores ni varias organizaciones sindicales locales pequeñas porque los eseristas
y mencheviques realizaban una política escisionista. Los grandes sindicatos
agrupaban en sus filas a las masas fundamentales de obreros: el de los metalúrgicos
a 600.000, el de textil a 500.000, el de la piel a 200.000 y 150.000 obreros el de la
industria química. De los 416 delegados con derecho a voto que asistían al Congreso,
273, la mayoría, eran bolcheviques.
El Congreso de los Sindicatos aprobó una resolución de apoyo incondicional al nuevo
poder soviético. El peso central del trabajo de los sindicatos en las nuevas
condiciones, se decía en la resolución, debe ser trasladado a la reorganización
económica. El Congreso acordó fusionar los comités de fábrica con los sindicatos,
pasando los primeros a ser organizaciones sindicales de base en las empresas. Con
esta medida quedó liquidado el paralelismo en la actividad de las organizaciones
obreras y creció la influencia de los sindicatos entre los trabajadores.
Después del Congreso se celebraron en todo el país congresos sindicales que
determinaron las tareas concretas de los obreros de cada rama de industria en la
realización del control obrero. Estos congresos, por regla general, se convirtieron en
una pelea cerrada entre los bolcheviques y los pequeñoburgueses. Los mencheviques
y eseristas se esforzaban por separar a los sindicatos del Partido bolchevique y por
desprestigiar la idea del control obrero. Los conciliadores defendían la idea del
apoliticismo y del neutralismo de los sindicatos en la lucha del poder soviético contra
sus enemigos. Intentaban contraponer los sindicatos al Estado soviético, separarlos
de la actividad revolucionaria del proletariado en el terreno de la organización
económica. La burguesía cifraba sus esperanzas en los elementos sindicales
reformistas; imaginaba que éstos lograrían impedir que los obreros asumieran la
dirección y organización de la producción.

El contrataque de la burguesía
El decreto sobre el control obrero provocó en la burguesía una explosión de rabia.
Muchas uniones de empresarios se negaron a ceder a los representantes obreros el
control de las fábricas. En noviembre y diciembre, las organizaciones burguesas más
importantes de los Urales, Donbass y de las zonas centrales de Rusia se
pronunciaron por la oposición activa al control obrero y por el desacato al decreto del
Gobierno soviético. La asamblea de los capitalistas mineros de los Urales, por
ejemplo, acordó que si se implantaba el control obrero las empresas cerrarían
cesando sus transferencias de dinero y materiales. La sesión unificada de
representantes de las organizaciones más importantes de los capitalistas de la
cuenca del Donetz contestó al decreto con la resolución de parar todos los trabajos
en minas, explotaciones a cielo abierto y fábricas y despedir a los obreros.
De la misma forma actuaron los capitalistas extranjeros que poseían empresas en
Rusia. Los cónsules de Estados Unidos y Suecia se dirigieron en noviembre al Comité
Militar Revolucionario de Moscú protestando contra la implantación del control
obrero. Los capitalistas ingleses, propietarios de la fábrica mecánica moscovita de la
firma White, Chil and Biney mandaron un telegrama desde Londres en el que
rechazaban categóricamente las exigencias del control obrero.
Pero la cosa no se limitó a simples protestas. En Nijni-Novgorod, por ejemplo, los
navieros incendiaron los depósitos de algodón de Kanavino, hundieron una barcaza
cargada de hierro, ocultaron y robaron los materiales necesarios para la reparación
de barcos, colocando en situación difícil a las empresas de la ciudad.
La burguesía estaba convencida que mediante cierres patronales y sabotajes
obligaría a los obreros a desistir del control. Pero no fue así. Los obreros de las
empresas cerradas por los capitalistas tomaron en sus manos el abastecimiento y
financiación y organizaron su producción. La resistencia de los explotadores no hizo
más que acelerar el proceso de su expropiación y organización de la producción sin y
contra los capitalistas.
Los soviets, los comités de fábrica y los sindicatos asumieron la organización de la
producción. El Sindicato Textil de la zona de Moscú, por ejemplo, tomó en sus manos
la financiación provisional de las empresas y organizó la venta de su producción. Con
lo recaudado se amortizaban los préstamos hechos por el sindicato. La fábrica de
Niazepetrovsk (Urales) fue paralizada por los capitalistas ya antes de la Revolución
de Octubre, pero los propios obreros encontraron los medios necesarios para
financiar la fábrica. Mediante suscripciones entre las organizaciones obreras de las
fábricas de los Urales y personas particulares, el soviet local de diputados obreros
reunió 250.000 rublos, con los que se reanudó el trabajo en la fábrica. Para
garantizar el pago de salarios a los obreros, los bolcheviques de Ekaterimburgo
aprobaron a través del soviet una orden de entrega de la recaudación diaria a los
bancos por los comerciantes. Los sindicatos de empleados de comercio e industria
asumieron el control de la actividad de los comerciantes. En dos meses (de
noviembre de 1917 a enero de 1918), las organizaciones obreras de Petrogrado
distribuyeron entre las empresas de la ciudad más de un millón de puds de carbón y
cerca de 400.000 puds de derivados del petróleo.
Las comisiones de control realizaron en fábricas y empresas un gran trabajo
creativo, innovador, desplegando los obreros una enorme capacidad de iniciativa.
Además de las medidas generales de control luchaban por reordenar el proceso
normal de la producción y por aumentar la productividad del trabajo. En los órganos
de control, los obreros crearon varias secciones que abarcaban toda la actividad de
la empresa, desde la producción y finanzas hasta la venta de su producción. En la
fábrica mecánica Odner de Petrogrado, la comisión de control organizó la fabricación
y reparación de herramientas. Por iniciativa de la comisión de control de la fábrica de
la compañía Singer, en Podolsk, la empresa comenzó la fabricación de ciertas piezas
para las máquinas de coser que hasta entonces se importaban de Norteamérica. La
comisión de control de la fábrica de Glujovo organizó brigadas de obreros de
vanguardia para velar por la conservación de las mercancías. Cesaron los robos en la
fábrica, y aunque en la actividad del control obrero hubo al principio descuidos y
errores, sin embargo, paulatinamente, los obreros fueron adquiriendo hábitos cada
vez mejores, no tardando en establecerse un control total sobre las empresas
capitalistas.
Fue muy importante el papel de los órganos de control obrero organizando la
desmilitarización de la industria. Fueron ellos los que realizaron la reconversión de
las empresas a la producción civil. Aunque la I Guerra Mundial proseguía, el Gobierno
soviético propugnaba la paz y comenzó a realizar el paso gradual de la industria de
guerra a la producción de tiempos de paz. Era necesario para abastecer a los obreros
y campesinos con productos de consumo masivo, restablecer el transporte, liquidar
el paro y organizar el intercambio de mercancías entre la ciudad y el campo.
A comienzos de 1918, el control obrero de la producción y distribución había sido ya
implantado en todo el país. A través suyo los obreros aprendieron a dirigir la
producción. Organizando ésta, la clase obrera recuperó las fuerzas productivas del
país.

La creación del Consejo Supremo de Economía Nacional


El Gobierno soviético nacionalizó la industria con tacto. Lenin explicó reiteradamente
que en las condiciones del nuevo poder soviético era mucho más sencillo expropiar
una fábrica a los capitalistas que organizar la dirección de la empresa.
Las organizaciones sociales obreras realizaron una gran labor reordenando el trabajo
en las empresas. En la resolución de la VI Conferencia de comités de fábrica de
Petrogrado, reunida en enero de 1918, se subrayaba que las fábricas y empresas que
saboteaban las medidas del poder soviético, así como las que estaban bien
adaptadas para la producción civil y pueden trabajar intensamente proporcionando al
pueblo objetos domésticos, eran las primeras que debían pasar a ser patrimonio de
la República. Pero en aquella situación de exacerbada lucha de clases, de complots y
sabotajes, no siempre era posible apreciar desde todos los ángulos el estado de la
empresa que debía ser nacionalizada. Como tampoco faltaban los errores de carácter
local. Todo en el país era nuevo y desordenado, como en la obra que se levanta sobre
las ruinas de un viejo edificio.
Los órganos de control obrero fueron para los trabajadores una escuela de dirección
de la producción dentro de su empresa. Los consejos de economía popular se
transformaron en sistema estatal general de dirección de la industria. Los órganos de
control obrero crearon las premisas para desplegar el trabajo del Consejo Supremo
de Economía Nacional (VSNJ por sus siglas en ruso) y de sus órganos locales.
A diferencia del capitalismo, que se desarrolla espontáneamente, la edificación del
socialismo se efectúa planificadamente. El Estado soviético tenía que dirigir la
economía. El 26 de octubre de 1917, en la Conferencia de trabajadores dirigentes de
los sindicatos y del Consejo Central de los comités de fábrica reunida en el
Smolny, Lenin planteó el problema de crear un órgano estatal que dirigiese toda la
economía del país.
Cuando se discutió en el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia la
cuestión del VSNJ, los mencheviques y eseristas de izquierda exigieron que además
de obreros se incluyese en la dirección a representantes de los capitalistas. Su punto
de vista también estaban dispuestos a compartirlo Bujarin y algunos otros
oportunistas entre los bolcheviques. Lenin criticó estas propuestas. En la sesión del
Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia el 1 de diciembre dijo que el
Consejo Superior de Economía Nacional no puede convertirse en un parlamento, sino
que debe ser un órgano de lucha contra los capitalistas y terratenientes en la esfera
de la economía, igual que lo es el Consejo de Comisarios del Pueblo en la esfera de la
política. Este principio sirvió de base al decreto para la creación del VSNJ, aprobado
por el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia y el Consejo de
Comisarios del Pueblo el 2 de diciembre de 1917. El decreto especificaba que el VSNJ
unificaba la actividad de las organizaciones reguladoras centrales y locales, órganos
de control obrero encabezados por el Consejo de Control Obrero de toda Rusia y
orientaba la labor de las secciones de economía de los soviets locales. El presidente
del VSNJ, que correspondió a Dzerzhinski, formaba parte del Consejo de Comisarios
del Pueblo.
Lenin siguió atentamente los trabajos del VSNJ, luchando por convertirlo en un
estado mayor combativo para la transformación socialista de la industria.
El Presidium del VSNJ estaba estrechamente relacionado con los Consejos Centrales
de los sindicatos de metalúrgicos y textiles, los más importantes. Con la
participación activa del Consejo Central de los comités de fábrica, el VSNJ redactó el
reglamento acerca de los consejos de economía popular regionales y locales. Se
crearon consejos de economía regionales en Petrogrado (zona norte), en Moscú
(zona central industrial), Ekaterinburgo (zona de los Urales), Jarkov (zona sur),
Saratov (cuenca del Volga), Smolensk (región occidental), Novo-Nikolaievsk, luego
llamada Novosibirsk (zona occidental de Siberia).
En Petrogrado, el Consejo de Economía Zonal estaba estrechamente relacionado a
través de sus secciones con las organizaciones obreras, con sus sindicatos y comités
de fábrica. La Sección del Metal, por ejemplo, junto con los obreros metalúrgicos,
calculaba el metal y combustible y distribución de los encargos entre las empresas.
La Sección redactó también los primeros programas de producción para un grupo de
empresas.
Los obreros de Petrogrado sintetizaron su experiencia en el libro Cómo construye el
obrero la industria socialista.
Los comités de fábrica y los sindicatos fueron una verdadera escuela que hizo de los
obreros organizadores locales de la producción. El sistema ramificado de consejos de
economía armonizaba la democracia y la iniciativa creadora de las masas obreras con
la dirección centralizada del Estado.
La expropiación de los expropiadores
Un punto importante del programa de las primeras transformaciones socialistas fue
la nacionalización de la industria y, en primer término, de la gran industria. En
noviembre de 1917 comenzó el proceso del paso de las empresas privadas a
patrimonio del pueblo. La nacionalización se preparaba ya desde los primeros días de
existencia del poder soviético, en primer lugar, de ramas de la industria tan
sindicalizadas como la petrolera, azucarera y otras. Pero hasta la primavera de 1918,
sólo pasaron a ser propiedad del Estado las empresas de los capitalistas
saboteadores y aquellas que revestían particular importancia para el Estado
soviético.
El Partido bolchevique se esforzaba por llevar a cabo las transformaciones
revolucionarias con el mínimo de pérdidas para la producción y sin excluir la
posibilidad de entablar conversaciones con los capitalistas para la creación de
empresas mixtas estatales-privadas y su compensación parcial al nacionalizarse las
empresas. Pero la burguesía obligó al proletariado a recurrir a medidas militares, a
nacionalizar inmediatamente varias empresas por el método de la confiscación.
Muy a menudo, la iniciativa partía de los propios trabajadores. Los obreros eran
quienes proponían al Gobierno soviético el paso de una u otra empresa a propiedad
del Estado. La fábrica de Likino (provincia de Vladimir) fue una de las primeras
nacionalizadas. Su propietario, A.Smirnov, antiguo miembro del gobierno provisional,
ya anunció en septiembre de 1917 el despido de 4.000 obreros y cerró la fábrica. Los
obreros no cobraban sus salarios desde agosto de 1917 y sus familias pasaban
hambre. Después de discutir las propuestas del Soviet de Moscú y del Sindicato Textil
acerca de la entrega de esta empresa a la República en propiedad, el Consejo de
Comisarios del Pueblo promulgó un decreto el 15 de noviembre concretando los
motivos por los cuales se confiscaban las fábricas y empresas saboteadoras. El
decreto de la incautación de la fábrica de Likino sirvió de advertencia para otros
capitalistas saboteadores. Pasó a ser patrimonio del Estado y aunque la caja de la
fábrica estaba vacía y no había combustible, los obreros no se quedaron paralizados.
En unos meses de trabajo sin propietario, no sólo pagó los salarios atrasados a los
obreros, sino que obtuvo más de 10.000 rublos de beneficios. La experiencia de los
obreros de esta fábrica interesó a los de otras empresas. Delegaciones de otras
fábricas comenzaron a visitarla. Después de recorrer las dependencias fabriles y
convencidos de que los trabajadores de la empresa podían prescindir del patrono, los
delegados declaraban que en cuanto regresaran a sus respectivos lugares no
tomarían en sus manos la administración de fábricas y empresas.
Fue especialmente fuerte el sabotaje en las empresas de los Urales. En señal de
protesta contra el control obrero, la administración de la zona minera de Bogoslovsk
cesó las transferencias de dinero para el pago de salarios a los obreros. Las
empresas se fueron cerrando y los obreros se veían amenazados por el hambre. En
vista de ello, enviaron a Petrogrado a sus delegados bolcheviques, el ajustador Mijail
Andreiev y Alexei Kurlinin, presidente de la Unión Central de comités de fábrica de la
zona de Bogoslovsk, ambos diputados del Soviet de Nadiezhdinskzs.
En nombre del proletariado de los Urales, estos representantes obreros prometieron
al Consejo de Comisarios del Pueblo, y personalmente a Lenin, que si las empresas
de la zona pasaban a propiedad de la República, los obreros aumentarían la
productividad del trabajo, mantendrían el orden y la disciplina laboral, entregarían al
Estado toda la producción de las fábricas de la zona y salvaguardarían los bienes del
pueblo. En estos compromisos se revelaba la nueva actitud de los obreros respecto a
las fábricas y al trabajo. Lenin prometió apoyar la solicitud de los obreros para
nacionalizar los bienes de la sociedad anónima de la zona minera de Bogoslovsk. El 7
de diciembre, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó un decreto por el que las
fábricas de la zona de Bogoslovsk pasaban a ser propiedad de la República de los
Soviets en vista de que el consejo de administración de la sociedad se negaba a
acatar el decreto de control obrero.
El 8 de diciembre se discutió en la sesión del Consejo de Comisarios del Pueblo la
nacionalización de las fábricas de la cuenca minera de Simskoe, planteada por
P.Guzakov, presidente del soviet comarcal de Simskoe, enviado por los obreros al
Consejo de Comisarios del Pueblo. Por decisión de este último, el 9 de diciembre
fueron confiscadas las fábricas. Cuando los obreros supieron la resolución del
Gobierno soviético saludaron calurosamente en sus reuniones el paso de las fábricas
a propiedad del Estado prometiendo al Consejo de Comisarios del Pueblo que sus
empresas trabajarían mejor que con los capitalistas.
Después de entrevistarse con los delegados de los obrerosde los
Urales, Lenin propuso a Dzerzhinski preparar conjuntamente con el comisario del
Pueblo de Comercio e Industria una propuesta acerca de la confiscación de todas las
empresas de los Urales y la detención de los organizadores del sabotaje en la
industria. A finales de diciembre se aprobaron los decretos para la confiscación de
los bienes de las sociedades anónimas Sergo-Ufaleiskaya, Kishtim y Neviansk. Pasó a
disposición del Estado soviético una potente base industrial y de materias primas. En
junio de 1918 había sido nacionalizado ya el 85 por ciento de toda la industria de los
Urales.
La inmensa mayoría de las empresas de las zonas de los Urales, Petrogrado, Central
Industrial y de Ucrania nacionalizadas hasta la primavera de 1918 eran de la
industria pesada: extracción, siderúrgica y, ante todo, de transformación de metales.
Las empresas de la industria ligera nacionalizadas en este período pertenecían,
fundamentalmente, a las zonas de Moscú y Petrogrado.
En otras zonas del país, incluidos los territorios de la periferia de población rusa, los
órganos de poder soviético, venciendo el sabotaje de los capitalistas, nacionalizaban
también las empresas. A comienzos de 1918 se habían nacionalizado muchas
fábricas en Bielorrusia, Letonia y Estonia. En marzo de 1918, el Consejo de
Comisarios del Pueblo del Turquestán declaró propiedad estatal las empresas de las
industrias del algodón, e hidrocarburos.
Los enemigos de la Revolución se aprovechaban de este desbarajuste y de las
dificultades de la época revolucionaria para derrocar al poder soviético. Afirmaban
que con las medidas de lucha contra el capital utilizadas a la sazón -confiscación,
nacionalización y aplastamiento de la resistencia de la burguesía- los obreros
acababan definitivamente con la industria. Replicando a los que gritaban acerca del
derrumbe y la decadencia, Lenin dijo que el revuelo y la falta de organización eran el
estado que corresponde al paso de lo viejo a lo nuevo, el que corresponde al
crecimiento de esto nuevo.

Asalto al capital financiero


Desde un principio el Partido bolchevique tuvo presente el error de la Comuna de
París que dejó el Banco de Francia en manos de la burguesía. Por ello, a la vez que
nacionalizaba las empresas industriales más importantes, descargó también un golpe
demoledor sobre el sistema bancario, otra posición clave burguesa en la economía.
Los bancos y el sistema de circulación monetaria y crédito estrechamente vinculado
a ellos, tenían una importancia primordial para todas las ramas de la economía. Del
trabajo ininterrumpido de los bancos dependía mucho el que pudiesen realizarse las
medidas del Gobierno soviético en la vida económica. La influencia de los bancos se
extendía a ramas enteras de la industria. Servían también como instrumento de
dominio en la economía de Rusia por parte de los capitalistas extranjeros: ingleses,
franceses, norteamericanos, alemanes y otros. Por datos del 1 de enero de 1917, los
capitalistas extranjeros poseían el 47 por ciento de los capitales básicos en ocho de
los bancos más importantes de Rusia.
El Banco del Estado era el centro del sistema bancario. El sabotaje
contrarrevolucionario de los funcionarios de esta entidad era particularmente
peligroso para el poder soviético. Los administradores del Banco del Estado
financiaban las organizaciones contrarrevolucionarias y se negaban a entregar
dinero para cubrir las necesidades del Gobierno soviético, pagar salarios a los
obreros y abastecer al Ejército Rojo. Para transformar los bancos, el dinero y el
crédito en instrumento para la edificación del socialismo, el Gobierno soviético
adoptó medidas que ponían coto al sabotaje de los funcionarios del Banco del Estado.
El 8 de noviembre, el Banco fue rodeado por destacamentos de guardias rojos,
entrando en él los representantes del poder soviético. El Comisario del Pueblo V.
Menjinski, en virtud de la orden del Ministerio de Hacienda de 11 de noviembre,
propuso a los empleados del Banco reconocer el poder soviético. En caso de
negativa, decía la orden, serían despedidos sin derecho a jubilación y desahuciados
de las viviendas estatales que ocupaban. Este mismo día, por orden del Consejo de
Comisarios del Pueblo firmada por Lenin, los saboteadores del Ministerio de Hacienda
y del Banco del Estado fueron despedidos y algunos de ellos detenidos.
Las organizaciones del Partido y los sindicatos de Petrogrado destinaron al Banco del
Estado a trabajadores fieles a la revolución. También se envió a trabajar a esta
entidad a los especialistas bancarios que se encontraban en el Ejército Rojo. Las
distintas secciones del Banco, por regla general, las encabezaron los bolcheviques.
El 17 de noviembre, el Consejo de Comisarios del Pueblo recibió del Banco del Estado
cinco millones de rublos, suma que constituyó el primer presupuesto estatal de la
República Soviética.
Con la incautación del Banco del Estado, facultado para la emisión de cartas de
crédito y que surtía de papel moneda a todos los bancos del país, el Gobierno
soviético puso bajo su control financiero a los bancos particulares.
Para desorganizar la vida económica de la República, la banca privada cerró las
cuentas corrientes desde los primeros días de la revolución. Los comités de fábrica y
las administraciones empresariales no recibían dinero para el pago de salarios y
otros gastos urgentes. Cuando el Gobierno soviético advirtió que si continuaba el
sabotaje, los directores y miembros del consejo de administración de los bancos
serían detenidos, las entidades bancarias, aunque con intermitencias, comenzaron
los pagos de dinero. En aquella época, los bancos no recibían ingresos y sus cajas
quedaron pronto vacías. Los banqueros no tardaron en pedir al Gobierno soviético
que les concedieran empréstitos del Banco del Estado, propiedad del pueblo
triunfante. Los bancos particulares se vieron obligados a concluir un acuerdo con el
Banco del Estado, el cual les entregaba un empréstito determinado a condición de
que le presentaran diariamente datos del arqueo de caja.
Sin embargo, los banqueros incumplieron este acuerdo. Ocultando al poder soviético
sus ganancias, la banca privada mantenía a los saboteadores, financiaba los motines
y complots antisoviéticos y ayudaba a los especuladores. No tardaron los órganos
estatales soviéticos en conocer que el comité de bancos accionistas había decidido
crear la alianza de bancos rusos para emitir dinero falso en billetes por valor de
1.000 millones de rublos oro. Los banqueros conspiradores recurrieron también a
otras maquinaciones: pagaban grandes sumas en cheques viejos anulados. Los
obreros de la banca que simpatizaban con el poder soviético ayudaron a descubrir
esta maquinación. Pero entre los empleados de banca surgieron hombres -dijo más
tarde Lenin-, que sienten como suyos los intereses del pueblo y nos dijeron: ‘Les
engañan, apresúrense a cortar su actividad criminal, orientada directamente a
perjudicarles’. Y nos apresuramos.
Al amanecer del 14 de diciembre, desde las barrios obreros de Petrogrado y del
Smolny, los destacamentos de guardias rojos se dirigieron a los bancos. Al mediodía,
toda la operación había concluido, los bancos fueron ocupados por obreros y marinos
armados. Con un golpe relámpago, el poder soviético liquidó el complot de los
banqueros, deteniendo a sus cabecillas. Unas horas más tarde, y a pesar de la
resistencia de los testaferros bancarios, los comisarios del poder soviético tenían en
sus manos las llaves de las cajas y de los depósitos. Así, con métodos a lo Guardia
Roja, el poder soviético se hizo con los bancos. El sabotaje de los banqueros aceleró
la nacionalización de la banca.
El mismo día, por la tarde, el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia
aprobó el decreto de nacionalización de los bancos. La función bancaria se proclamó
monopolio del Estado. Todos los bancos particulares fueron unificados en el Banco
del Estado. Se aprobó también un decreto para la revisión de las cajas fuertes en los
bancos privados: el oro se confiscó y el dinero pasó a la cuenta corriente del Banco
del Estado.
Después de Petrogrado y por disposición de los órganos locales de poder soviético,
los destacamentos de guardias rojos ocuparon las entidades bancarias en otras
ciudades del país. El poder omnímodo de los bancos fue eliminado. Las sumas
colosales confiscadas por el poder soviético a los bancos pasaron a financiar la
edificación socialista.
La nacionalización de la banca puso fin a la dependencia de Rusia del capital
extranjero, socavó la potencia económica de la contrarrevolución y facilitó continuar
con la nacionalización de la industria.
Los decretos del Gobierno soviético por los que se anulaban los empréstitos estatales
y se nacionalizaba el comercio exterior, fueron un paso trascendental para asegurar
la independencia económica del país.
El decreto del Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia, aprobado el 21
de enero de 1918, decía que todos los empréstitos estatales concertados por los
gobiernos de los terratenientes y de la burguesía de Rusia quedaban anulados.
Desde aquel momento, los trabajadores de la Rusia soviética quedaron eximidos de
pagar tributo a los banqueros de París y Londres, de Berlín y Nueva York y de otros
centros capitalistas del mundo. La protesta de los Estados imperialistas por la
anulación de los empréstitos fue rechazada por el Gobierno soviético.

El monopolio del comercio exterior


El Gobierno soviético se hizo también cargo de todo el comercio exterior. Un decreto
del Consejo de Comisarios del Pueblo del 22 de abril de 1918 estipulaba que toda
clase de contratos comerciales con el extranjero para importación y exportación no
podían realizarlos más que los órganos estatales soviéticos.
No menos importante fue la incautación por el Estado del transporte ferroviario y
marítimo. Los dos tercios de los ferrocarriles de Rusia pertenecían al Estado, razón
por la que una vez instaurado el poder soviético, estos ferrocarriles pasaron
inmediatamente a ser patrimonio de todo el pueblo. La nacionalización de los
ferrocarriles particulares fue realizada en septiembre de 1918. El transporte
marítimo de propiedad privada pasó a ser patrimonio de todo el pueblo en los
primeros meses después de la revolución.
Para desarrollar los vínculos comerciales entre la ciudad y el campo y poder
organizar adecuadamente el abastecimiento de la población urbana con productos
agropecuarios y el de la población rural con artículos industriales y maquinaria, el
Gobierno soviético implantó el monopolio estatal de las máquinas y aperos agrícolas,
de los tejidos, requisó todos los almacenes de telas y los hizo propiedad del Estado.
Así, paso a paso, el proletariado fue encarrilando la economía por la vía del
desarrollo socialista.
Después de conquistar el poder político y de realizar las primeras transformaciones
en la economía del país, cambió cardinalmente la situación de la clase obrera en la
sociedad y en la producción. De clase explotada, privada de medios de producción, la
clase obrera de Rusia se hizo clase dirigente de la economía social. Por primera vez,
después de siglos trabajando para los demás, bajo el yugo, para los explotadores -
dijo Lenin- existe la posibilidad de trabajar para sí mismo y de trabajar
beneficiándose de todas las conquistas de la cultura y de la técnica más moderna.
Desde los primeros días de la Revolución de Octubre, el Gobierno soviético fue
aplicando medidas orientadas a mejorar la vida de la clase obrera. El 29 de octubre
se aprobó el decreto de la jornada laboral diaria de 8 horas y semana de trabajo de
48 horas. Se estableció para los adolescentes la jornada laboral de seis horas. El
decreto prohibía utilizar a éstos y a las mujeres en el turno de noche, así como en
trabajos subterráneos y las horas extraordinarias. El decreto del Comité Ejecutivo
Central de los Soviets de toda Rusia de 11 de diciembre sobre el seguro de
enfermedad desempeñó un gran papel en la mejora de las condiciones de trabajo. Su
vigencia se extendía a todas las personas, sin distinción de sexo, edad, creencia
religiosa, nacionalidad y raza que trabajaban a salario en todas las ramas laborales.
El decreto preveía la unificación de las cajas de seguro de enfermedad, eximiéndose
a los obreros del pago de cuotas a ellas. La asistencia médica a los trabajadores
pasaba a ser gratuita y en caso de enfermedad tenían derecho a un subsidio. A la
mujer trabajadora se le concedían vacaciones pagadas ocho semanas antes y ocho
después de dar a luz.
Los mejores edificios, antes pertenecientes a los ricos, el Gobierno soviético los puso
a disposición de los obreros para utilizarlos como casas de descanso, sanatorios,
clubs, casas-cuna, guarderías infantiles y bibliotecas. Las personas no ocupadas en
la producción no recibían cartillas de racionamiento. El poder soviético hizo ley del
principio el que no trabaja no come. La incorporación forzosa al trabajo de los
parásitos sociales fue uno de los primeros pasos para la implantación del trabajo
general obligatorio.

La revolución en el campo
Tras la ciudad, la tormenta revolucionaria se puso en movimiento también en el
campo. Tuvo que resolver sobre la marcha las tareas que no había logrado culminar
la revolución democrático-burguesa de febrero de 1917. El decreto sobre la tierra
aprobado por el II Congreso de los Soviets fortaleció la alianza revolucionaria de la
clase obrera con el campesinado pobre y terminó para siempre en el país con la
propiedad terrateniente, bochornoso vestigio del medievo. El campesinado se liberó
de la explotación servil y del yugo de los latifundistas parásitos.
Debido a la encarnizada resistencia de los kulaks (1), los obreros y campesinos
tuvieron que recurrir a la violencia. Engels había expresado la esperanza de que la
expropiación de los terratenientes se pudiese llevar a cabo sin recurrir a la fuerza. En
Rusia -decía Lenin-, a causa de las peculiaridades de la situación creada, esta
suposición no se ha justificado: hemos estado, estamos y estaremos en guerra civil
abierta contra los kulaks. Esto es inevitable.
En el primer año de la revolución socialista, aliada al campesinado, la clase obrera
sentó los cimientos para la edificación de la nueva sociedad socialista. La aplicación
de la reforma agraria fue un fenómeno sin precedentes en la historia universal.
Millones de campesinos sin tierra la recibieron gratuitamente de manos del
proletariado, así como aperos agrícolas y ganado. Produjo un transvase de fondos
nunca visto. Un colosal fondo de tierras (152 millones de hectáreas), antes
propiedad de terratenientes, de la familia zarista y monasterios, pasó a propiedad de
los jornaleros y campesinos.
Tan sólo en la región europea de Rusia, el campesinado recibió 100 millones de
hectáreas de tierras de los antiguos terratenientes, comerciantes y del patrimonio
del Estado. Además, se eximió al campesino trabajador del pago de las rentas y
alquileres a los terratenientes así como de los gastos de compra de tierras por una
suma superior a 700 millones de rublos oro. La deuda rural al Banco Agrario y
Campesino, que el 1 de enero de 1914 ascendía a más de 1.300 millones de rublos,
quedó anulada. El campesinado recibió bienes de los terratenientes valorados en 300
millones de rublos emancipándose así de su yugo.
El reparto de la tierra cambió el aspecto económico y social del campo. En vísperas
de octubre de 1917, el censo de la población rural arrojaba un 65 por ciento de
campesinos pobres, el 20 por ciento de campesinos medios y el 15 por ciento de
kulaks. Como resultado de las transformaciones revolucionarias llevadas a cabo por
el proletariado, a finales de 1918, en un año, el peso relativo de los campesinos
pobres en el censo de población rural se redujo hasta el 35 por ciento, el del
campesino medio ascendió hasta el 60 por ciento, quedando reducidos los kulaks
sólo al 5 por ciento.
El campesino medio se transformó en la figura central en el campo. El poderío
económico y político de los kulaks fue quebrantado seriamente. En este país
campesino -dijo Lenin-, han sido los campesinos en general los primeros en salir
favorecidos, los que más han ganado y los que de golpe han gozado los beneficios de
la dictadura del proletariado... Bajo la dictadura del proletariado, el campesino por
primera vez trabaja para sí y se alimenta mejor que el habitante de la ciudad. El
campesino ha visto por primera vez la libertad de hecho: la libertad de comer su
propio pan, la libertad de no pasar hambre.
La Revolución de Octubre liquidó las reminiscencias de las relaciones de
servidumbre, de las que formaba parte la propiedad agraria terrateniente.
En la liquidación de los latifundios estaban interesados todos los campesinos, pero
no con los mismos fines. Esta lucha, dijo Lenin, unió a los campesinos trabajadores
pobres, que no viven de la explotación del trabajo ajeno. Esta lucha unió también a la
parte más acomodada e incluso más rica del campesinado, que no puede pasarse sin
el trabajo asalariado. Los jornaleros pobres esperaban recibir la tierra y salvarse así
del hambre; los kulaks, en cambio, pensaban engrosar sus posesiones a costa de las
tierras de los terratenientes.
La confiscación de fincas fue el primer paso en la actividad de los soviets comarcales
y de aldea creados en la primera mitad de 1918. En febrero de ese mismo año se
confiscaron el 75 por ciento de los latifundios, haciendo lo mismo con el resto
durante la primavera y el verano de 1918.

Los comités rurales


El trabajo práctico para liquidar los latifundios
se encomendó a los comités rurales y a los
soviets comarcales de campesinos. Sin
embargo, los comités agrarios creados antes de
la revolución y compuestos en su gran mayoría
por representantes de los partidos
pequeñoburgueses, frenaban la aplicación del
decreto sobre la tierra y enviaron telegramas
incitando a no acatarlo.
No obstante, una parte considerable de los
comités agrarios locales, dirigida por los
eseristas de derecha, saboteó la ejecución del
decreto. A pesar de ello, muchos soviets
comarcales emprendieron la confiscación de las
propiedades agrarias de los terratenientes. El
13 de diciembre de 1917, el Gobierno soviético
publicó el nuevo Reglamento acerca de los
comités agrarios. No quiso prescindir de ellos.
Sin embargo, era necesario renovar su
composición sobre la base del sufragio
universal, directo y secreto. En los comités agrarios debían entrar representantes de
los soviets. A pesar de la resistencia de los eseristas, los campesinos reeligieron
nuevos comités agrarios locales y, a menudo, incluso los liquidaban totalmente,
creando en su lugar secciones agrarias anexas a los soviets.
Hasta la creación masiva de soviets comarcales era frecuente el asalto a las fincas de
los terratenientes, especialmente a finales de 1917 en las provincias de la zona de
tierras Negras, donde los eseristas tenían mucha influencia. Los promotores de estos
actos, acompañados del saqueo y destrozo de los bienes y aperos agrícolas, eran
kulaks, por regla general. A medida que el poder soviético se iba afianzando en el
campo, la confiscación de los latifundios adquiría un carácter cada vez más
organizado.
El Gobierno soviético se esforzó por conservar los bienes de las fincas. Contestando
al presidente del soviet de Ostrogozhsk, en la provincia de Voronezh, que preguntaba
qué hacer con los valores confiscados durante la liquidación de las fincas de los
terratenientes, Lenin telegrafió: Hagan un inventario exacto de los valores y
guárdenlos en un sitio protegido, usted responde de su salvaguarda. Las fincas son
patrimonio del pueblo. Entregue a los tribunales a los que las saqueen. Dénos a
conocer las condenas del tribunal.
La Guardia Roja, formada en los soviets comarcales con soldados desmovilizados,
desempeñó un gran papel en la lucha contra los asaltos y robos de las fincas de los
terratenientes. Se constituyeron destacamentos armados en muchos comarcas. La
Guardia Roja rural, junto con la Guardia Roja de las ciudades, fue la fuerza armada
con cuyo apoyo los soviets pusieron fin al asalto de las fincas y recuperaron lo
saqueado.
En varias regiones, los campesinos no supieron ejecutar el decreto y enviaban sus
delegados al Smolny para que el propio Lenin les hablara del nuevo poder, de cómo
incautar los campos a los terratenientes.
Recuerdo perfectamente -contaba N. Gorbunov, que trabajó de
secretario del Consejo de Comisarios del Pueblo-, la postura
característica de Vladimir Ilich, sentado tan cerca del campesino que
sus rodillas se tocaban, sonriéndole cariñoso, un tanto inclinado hacia
adelante, escuchándole y preguntándole atento, sonsacándole, dándole
indicaciones...

Después de hablar con Lenin, el campesino decía entusiasmado:

— ¡Esto sí que es un poder! ¡Este sí que es el nuestro, el auténtico


poder campesino!

Lenin explicaba a los campesinos que ellos mismos debían tomar el


poder en las distintas localidades, que las tierras de los terratenientes
pasaban a disposición de los soviets campesinos y que era necesario
llevar el más riguroso inventario de ellas, que los bienes de los
terratenientes eran patrimonio de todo el pueblo y, por tanto, debían
ser protegidas por el propio pueblo.

A fin de esclarecer el decreto sobre la tierra y de llevarlo a cabo, el Comité Ejecutivo


Central de los Soviets envió al campo a muchos agitadores: obreros, soldados y
marineros. Los campesinos recibieron entusiasmados los decretos del poder
soviético. Este decreto —escribieron los campesinos del distrito Serdobsk en la
provincia de Saratov-, lo consideramos como un decreto sagrado que libera al pueblo
trabajador del duro yugo secular. Los autores de este decreto son merecedores de
honor y gloria, del más profundo y sincero agradecimiento del campesinado
trabajador.

La socialización de la tierra
Los soviets y comités agrarios hacían el inventario de las fincas de los terratenientes
y el recuento de las tierras, tras lo cual, ésta pasaba a disposición del comité agrario
o del soviet. Por ejemplo, en Tsitvá, cerca de Minsk (Bielorrusia), en diciembre de
1917 la asamblea comarcal de campesinos ordenó confiscar una gran finca del
terrateniente Yanishevski. En la comisión inventarial elegida por los campesinos
entraron el soldado desmovilizado J. Rogatko y los campesinos pobres K.
Kontsavenko y M. Rogatko. Junto con los braceros de la finca, que eran más de
veinte, la comisión inventarió todos los bienes del terrateniente y organizó su
protección. Una parte de los productos alimenticios y del ganado se distribuyeron
entre los campesinos pobres, pasando los bienes restantes a disposición del comité
agrario comarcal.
El ganado y aperos agrícolas requisados a los terratenientes se entregaban
gratuitamente o a bajo precio a los campesinos pobres y, en primer lugar, a las
familias de las viudas cuyos maridos habían muerto en el frente. Si el campesino
pobre no podía aportar todo el dinero de una vez, se le daba una prórroga de dos
años.
La ley de socialización de la tierra de enero de 1918 fue un paso adelante en la
aplicación del decreto sobre la tierra. Confirmó abolición de la propiedad privada del
suelo y se indicaban los principios para la distribución de la tierra en las aldeas. La
ley concedía a las haciendas colectivas -a las comunas y arteles- un derecho
preferencial, comparadas con las economías individuales, en la utilización de la tierra
y coadyuvaba al desarrollo de las haciendas colectivas en la agricultura.
Pero entonces había pocas haciendas colectivas. Faltaba experiencia y ejemplos
concretos que demostrasen su conveniencia. Tampoco se daban las condiciones
necesarias para pasar a la colectivización en masa y, ante todo, no había base
industrial para equipar las haciendas colectivas con maquinaria. Las ventajas del
laboreo colectivo de la tierra sólo las comprendía entonces una parte insignificante
de los campesinos, la mayoría de los cuales exigía que se distribuyera la tierra por
igual. Este principio fue el que se estableció por ley. El Partido bolchevique optó por
la distribución igualitaria a pesar de que ésta no podía evitar la diferenciación del
campesinado en campesinos pobres y en burguesía rural, aparte de que esta
diferenciación en capas entrañaba la desigualdad económica.
El Partido bolchevique consideró entonces que, con el tiempo, los campesinos se
convencerían por sí mismos de la inconveniencia del reparto igualitario y que
inevitablemente llegarían a aceptar la necesidad del laboreo colectivo de la tierra.
La ley de socialización de la tierra permitía usufructuarla a los campesinos que la
cultivasen con su propio trabajo. En primer lugar, se concedía tierra a los campesinos
que carecían de ella y a los jornaleros agrícolas. La ley reforzó la alianza de la clase
obrera con los campesinos pobres y aseguró que el campesino medio se pusiese del
lado del proletariado.

La lucha de clases en el campo


Las asambleas campesinas en las que se resolvía el reparto de la tierra se
transformaban en encarnizados choques de clase. En las aldeas los campesinos
pobres y los kulaks llegaban a las manos.
Los kulaks propugnaban que no se repartiese toda la tierra, sino simplemente la de
los terratenientes, y que las normas de entrega de tierra a los campesinos
dependiesen directamente de la cantidad de aperos y ganado que éstos tuviesen. En
algunas asambleas los kulaks declararon que como los campesinos pobres no tenían
con qué trabajar la tierra no se les entregase nada. Si se hubiesen aceptado estas
condiciones, los kulaks ricos no sólo habrían podido conservar toda su tierra, sino
que se hubieran agregado nuevas parcelas. Los campesinos pobres se negaban a esa
distribución y exigían que la tierra se repartiese por bocas. El V Congreso de
campesinos del distrito de Usman de la provincia de Tambov celebrado del 16 al 17
de febrero obligó a los soviets comarcales a que se prepararan a distribuir toda la
tierra según el número de miembros de la familia. Todos los que tengan más tierras
de la norma stablecida -se decía en la disposición de este Congreso-, se les
confiscarán los sobrantes.
Estas resoluciones estaban encauzadas a socavar el poderío económico de los
kulaks.
En el campo las clases sociales se descomponían en kulaks, campesinado medio
trabajador y campesinos pobres. Estas tres capas campesinas en el campo,
condicionaban la lucha en tres direcciones: capitalista, pequeño burguesa y
comunista.
El Partido bolchevique apoyaba a los campesinos pobres. En un discurso pronunciado
en los últimos días de enero de 1918 ante los obreros agitadores enviados al
campo, Lenin les dijo: Hay que ayudar a los campesinos pobres no de una manera
libresca, sino con la experiencia, con la propia lucha. Hemos arrancado la tierra a los
terratenientes no para que vaya a parar a manos de los ricachones y de los kulaks...
Explicad en el campo que es necesario reducir a los kulaks y a los parásitos.
En las provincias donde no existían terratenientes y la masa fundamental de la tierra
se encontraba en manos de los kulaks, éstos se resistieron ferozmente al reparto, y
tuvieron éxito: pocos fueron los repartos de la tierra de los kulaks registrados en la
primavera de 1918 porque entonces había muchos soviets de aldea y comarcales en
los que el papel preponderante lo seguían desempeñando los campesinos
acomodados.
En la mayoría de las regiones, el reparto sólo incluía las tierras de los latifundistas
que, como regla, se distribuían por bocas. Este principio adquirió carácter de ley en
abril de 1918. A cada individuo de la población rural, según las zonas, no le
correspondía una cantidad igual de los campos de los terratenientes: en unos casos,
1'5 hectáreas por boca y, en otros, menos de una hectárea.
En mayo de 1918, de 1.213 comarcas de 18 provincias donde la propiedad
terrateniente era dominante, la tierra había sido distribuida de la forma siguiente: en
597 comarcas se repartió por personas, en 163 entre los campesinos que tenían poca
tierra o ninguna, en 69 con arreglo a la norma de trabajo y en 34 entre todos los
campesinos por el principio de según lo que cada uno pueda sembrar. Por
consiguiente, en el 92 por ciento del número indicado de comarcas, la distribución de
la tierra se hizo en beneficio de los campesinos pobres. No obstante, en la primavera
de 1918, aproximadamente el 35 por ciento de los comarcas, por unas u otras
causas, aún no habían empezado a distribuir las tierras de los latifundistas.

La mano huesuda del hambre


A medida que la revolución progresaba en el campo, la contrarrevolución kulak
adquirió mayor envergadura. El golpe más duro lo asestaron en el frente de las
subsistencias. Derrotada en campo abierto, la burguesía resolvió estrangular a la
República Soviética con la huesuda mano del hambre, obligando a los obreros y a los
campesinos trabajadores a renunciar a las conquistas de la revolución socialista: La
burguesía y todos los ricos -dijo Lenin- libran la lucha final, la lucha decisiva contra
el dominio de los trabajadores, contra el Estado de los obreros, contra el poder
soviético, en el problema más importante y grave: el de los cereales.
Los kulaks y eseristas acaparaban el grano y no reconocían el monopolio estatal
sobre la venta de trigo proclamado por el III Congreso de los Soviets en el decreto
de socialización de la tierra. Los elementos contrarrevolucionarios en los organismos
de abastos anularon los precios tasados del trigo y estimulaban la especulación. En
la comarca de Kiknur del distrito Urzhum, en la provincia de Viatka, se fijaron estas
normas: 5 libras de cereal diarias por cada trabajador, un pud (2) al día por caballo,
9 puds por vaca y 30 libras (400 gramos diarios) por gallina al mes. Esto sucedía
mientras los obreros de Petrogrado y Moscú recibían de 50 a 100 gramos diarios de
pan y los obreros de otros centros industriales del país también pasaban hambre.
Hasta marzo de 1918, el granero del Kubán no había nviado a las ciudades ni un solo
pud de trigo, mientras que los pequeños especuladores se llevaron a sacos no menos
de dos millones de puds. La situación alimenticia se agravó aún más cuando en abril
de 1918 las tropas alemanas ocuparon Ucrania, donde los excedentes de cereales
ascendían a 510 millones de puds. Con la pérdida de Ucrania -dijo Lenin-, en el
país no queda más que el trigo preciso para no perecer de hambre.
Los acopios de productos seguían reduciéndose catastróficamente. En enero de
1918, las remesas de trigo a Moscú y Petrogrado se cumplieron en un 7’1 por ciento
en febrero en un 16 por ciento, en abril en un 6’1 por ciento y en mayo solamente
alcanzaron un 5’7 por ciento. A comienzos de mayo a la población de Petrogrado se
le racionaron la harina de patata y el pan seco, los últimos restos de productos. El 9
de mayo se envió a todos los soviets provinciales, comités de abastos y al Comisario
del Pueblo de Vías de Comunicación esta orden firmada por Lenin: Petrogrado
atraviesa una situación catastrófica inusitada, no hay pan... La capital roja está a
punto de perecer de hambre. La contrarrevolución levanta la cabeza encauzando el
descontento de las masas hambrientas contra el poder soviético... En nombre de la
República Socialista Soviética exijo ayudar inmediatamente a Petrogrado.
Los obreros de las ciudades industriales pasaban varios días sin recibir pan. Decenas
de miles de obreros y campesinos pobres pasaban hambre. Se multiplicaban los
casos de muerte por hambre y se extendían las enfermedades epidémicas. El tifus, el
cólera y la gripe segaban miles de vidas humanas. En febrero y marzo, las zonas
consumidoras del país recibieron solamente el 12’3 por ciento del trigo que se les
había planificado y en abril, la mitad menos que en febrero y marzo. Los kulaks
preferían dejar pudrir el trigo, utilizarlo para destilar alcohol y elevar
desmesuradamente los precios. Los obreros hambrientos abandonaban las ciudades
y marchaban al campo en busca de alimentos. El verano de 1918 salieron de Moscú y
Petrogrado, diseminándose por las aldeas en busca de harina y trabajo, cientos de
miles de obreros. Las empresas industriales quedaban inactivas. Sólo en Petrogrado
cerraron sus puertas en abril de 1918, 265 empresas, de las 799 inspeccionadas. El
número de obreros en la gran industria se redujo en más de la mitad. Los obreros
que quedaban soportaron con firmeza sin par la tortura del hambre, esforzándose a
toda costa por seguir manteniendo la producción. Muy a menudo -contaba un obrero
petrogradense-, se dan casos en que los obreros, agotados y hambrientos, trabajan
hasta caer desfallecidos por inanición junto a sus máquinas, siendo llevados por
decenas al cementerio. En el primer semestre de 1918, el contingente obrero en el
país disminuyó de 3.024.300 a 2.486.000.
La reducción del censo de la clase obrera y la disolución de una parte considerable
del proletariado entre la masa pequeñoburguesa de la población entrañaban un gran
peligro para la revolución que podía llevar al debilitamiento de la vanguardia de la
revolución, de la fuerza dirigente en la alianza del proletariado con el campesinado
pobre. El hambre y la contrarrevolución -dijo Lenin- iban del brazo. La lucha por el
pan era entonces la lucha por salvar la revolución, por el socialismo.
Las dificultades en productos alimenticios se agravaban más por el mal estado de los
transportes y la pésima organización de los abastos por los soviets locales. Era
frecuente que hasta los productos acopiados en los distintos lugares no llegasen a
las ciudades. El transporte carecía de carbón y el material rodante estaba
destrozado. En junio de 1918, los ferrocarriles no transportaron más que 800
vagones de productos, es decir, menos del 4 por ciento de lo planificado. Las
suministros dirigidos a Moscú o a Petrogrado eran frecuentemente retenidos y
distribuidos por los soviets locales para su propio consumo.
El poder soviético tomó todas las medidas necesarias para salvar del hambre a la
población de las ciudades. Se requisó a la burguesía y a los especuladores las
reservas de alimentos por ellos escondidas. Se implantó una contabilidad rigurosa
del trigo. Los productos alimenticios se distribuían por cartillas de racionamiento,
asegurándose en primer lugar el pan a los niños y a los obreros. En muchas ciudades
se organizaron comedores públicos. En julio de 1918, en Moscú, por ejemplo, se
servían comidas a bajo precio en 26 comedores y en 12 cocinas ambulantes. Los
parados recibían la comida gratis. Los comedores públicos de Petrogrado atendían a
más de 166.000 personas. Más de 20.000 hijos de obreros recibían en ellos comida
gratuita. Una sopa aguada y unas gachas de maíz eran el menú corriente en los
comedores. Pero incluso esta exigua comida no alcanzaba ni mucho menos para
todos. Hubo necesidad de tomar varias medidas complementarias para incrementar
el acopio de grano.
El 2 de abril de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo promulgó un decreto
acerca de la organización del intercambio de mercancías entre la ciudad y el campo.
Se pusieron a disposición del Comisariado del Pueblo de Abastos 400 millones de
varas de telas, 2 millones de pares de chanclas de goma, 17 millones de puds de
azúcar, 900 vagones de aperos agrícolas y otros materiales. Las mercancías para el
campo se enviaban en trenes expresos, de los que se suponía obtener no menos de
120 millones de puds de trigo. Pero estos planes fracasaron por la contrarrevolución.
Los kulaks se negaron a entregar el grano a los precios tasados. Por los 52.000
vagones de artículos industriales enviados a Siberia, al Don, a las provincias de
Kursk, Voronezh y a otras de producción cerealista, el Comisariado del Pueblo de
Abastos recibió a cambio solamente 45.000 vagones de cereales, es decir, unos
450.000 puds. Estaba claro que el intercambio de mercancías no bastaba para acabar
con el hambre. Se precisaba aplastar la resistencia de los kulaks, obligándoles a
entregar los excedentes de trigo al Estado, centralizar todos los abastos en manos
del Estado proletario y distribuir los productos por el principio de que el que no
trabaja no come.
El Partido Comunista se propuso poner coto a los kulaks. El 9 de mayo de 1918 los
soviets concedieron atribuciones extraordinarias al Comisariado del Pueblo de
Abastos para luchar contra la burguesía rural que ocultaba las reservas de cereales
para especular con ellas. El decreto señalaba que, torpedeando el monopolio del trigo
y especulando con él, los kulaks colocaban a los trabajadores bajo la amenaza de
morir por hambre. El decreto exhortaba a todos los trabajadores a unirse para
aplastar a los kulaks. Se implantó en el país la dictadura de los abastecimientos, se
ratificó una vez más el monopolio del trigo y los precios tasados. A todo el que
tuviese excedentes de grano y no los llevase a los puntos de acopio se le declaraba
enemigo del pueblo y se le entregaba al tribunal revolucionario. Al Comisariado del
Pueblo de Abastos se le concedían derechos extraordinarios, incluso para emplear la
fuerza armada, contra los que se opusieran a los acopios de cereales. Se reorganizó
todo el sistema de abastecimiento, se introdujo la centralización del aparato de
abastos, creando en sus órganos locales destacamentos obreros especiales.
Para quebrantar la resistencia de los kulaks se precisaba levantar contra ellos a la
masa fundamental de la población trabajadora del campo, especialmente a los
campesinos pobres que también pasaban hambre y estaban interesados en frenar a
los especuladores.

Los comités de campesinos pobres


Para que la revolución socialista prosiguiese su marcha ascendente en el campo era
muy importante la cohesión de las capas proletarias y semiproletarias del
campesinado en la lucha contra los kulaks y la creación de organizaciones que
relacionasen directamente a los campesinos pobres con el proletariado de la ciudad.
Este proceso comenzó en los primeros meses que siguieron al triunfo de la
Revolución de Octubre. Los soldados desmovilizados eran los que con más frecuencia
se ocupaban de organizar a los campesinos pobres.
En el verano de 1918 se recrudeció la lucha de clases en el campo. Ispolatov,
presidente del soviet comarcal de Usman, comunicó el 31 de mayo al soviet
provincial: En las aldeas se lucha ahora enconadamente por el Poder, es decir, tanto
los kulaks como los campesinos pobres quieren adueñarse de los soviets comarcales
y de aldea. Los kulaks, por el momento más fuertes económicamente... y más
emprendedores, en la mayoría de los casos vencen a los campesinos pobres... La
lucha entre los primeros y los segundos degenera a veces en tiroteos y asesinatos.
Utilizando las consignas de los eseristas de izquierda, y con ayuda de éstos, los
kulaks lograron infiltrarse en los soviets. A mediados de 1918 muchos soviets de
aldea y comarcales estaban en manos de los especuladores y de sus portavoces, los
eseristas de izquierda. Tales soviets no podían ser órganos de lucha revolucionaria
contra la burguesía rural.
Además, en el verano de 1918 se cernía una amenaza militar directa para las
conquistas del campesinado trabajador y para la propia existencia del poder
soviético. Los imperialistas extranjeros ampliaron la intervención contra la República
Soviética, y con las fuerzas armadas de la contrarrevolución interna se apoderaron
de todas las zonas fundamentales de materias primas, de combustible y de productos
alimenticios del país. Los kulaks se sumaron a los intervencionistas y guardias
blancos, levantando motines en la retaguardia soviética y reclutando tropas para los
ejércitos blancos.Dentro del país se ha sublevado contra nosotros la última y la más
numerosa de las clases explotadoras, señaló Lenin.
La situación se agravaba también por las vacilaciones de los campesinos medios,
descontentos del precio tasado del grano y de la lucha contra la especulación. El
campesino medio era simultáneamente trabajador y pequeño propietario. Esta
dualidad engendraba sus vacilaciones entre el proletariado y la burguesía,
acentuadas por la intervención extranjera y los alzamientos de los kulaks en todo el
país.
Sin la dirección de la clase obrera, los pobres del campo no podían luchar solos con
éxito contra los kulaks. Los campesinos pobres estaban diseminados, aislados
mutuamente, carecían de organización propia y experiencia política suficiente y no
siempre sabían desentrañar las maquinaciones políticas de los kulaks. Necesitaban
un organizador y dirigente que sólo podían encontrar en la clase obrera. A su vez, la
clase obrera también necesitaba la fuerza organizada de los pobres del campo, sin
cuya ayuda los obreros no podían arrancar el trigo a los kulaks. La creación de
organizaciones de campesinos pobres no admitía demora.
Para ayudar a los campesinos pobres, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó el
9 de mayo la movilización de los obreros en la lucha contra el hambre. La disposición
obligaba al Comisariado de Trabajo, de acuerdo con los sindicatos, a movilizar el
mayor número posible de obreros de vanguardia, organizados y conscientes, para
ayudar a los pobres del campo a luchar contra los ricachones kulaks y aplastar
implacablemente la especulación con grano y el sabotaje del monopolio del trigo.
El 20 de mayo, en la sesión del Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda
Rusia, Sverdlov dijo que había que crear organizaciones de campesinos pobres en el
campo que aplastasen a la burguesía rural. Habrá menos víctimas si cohesionamos
ahora mismo a los campesinos pobres sin esperar a que los kulaks se organicen y
nos ataquen.
En contra de los eseristas de izquierda y de los mencheviques, que rechazaban las
propuestas de Sverdlov, fue aprobada por mayoría de votos una resolución acerca de
la extrema urgencia de cohesionar al campesinado trabajador contra la burguesía
rural. A los soviets locales se les proponía esclarecer de la forma más enérgica a los
campesinos pobres que sus intereses eran opuestos a los intereses de los kulaks y
armar a los pobres del campo.
El 21 de mayo, Lenin dirigió un llamamiento a los obreros de Petrogrado:
¡Camaradas obreros! Tened presente que la revolución atraviesa una
situación crítica. Tened presente que sólo vosotros podéis salvar a la
revolución; nadie más puede hacerlo.

Decenas de miles de obreros selectos, de vanguardia y fieles al


socialismo, incapaces de dejarse llevar por el soborno o el robo,
capaces de crear una fuerza férrea contra los kulaks, especuladores,
merodeadores, corruptos y desorganizadores, he aquí lo que se
necesita...

Sin esto, el hambre, el paro y el hundimiento de la revolución son


irremediables.

Lenin invitaba a los obreros avanzados y conscientes a organizarse y a encabezar la


batalla en el campo para explicar la situación a los millones de hombres de los
sectores pobres en todos los confines del país y ponerse a la cabeza de esas masas,
implantando el orden revolucionario, reforzando las organizaciones locales de poder
soviético y ejerciendo en todas partes un control por cada pud de grano y de
combustible.
La clase obrera debía llevar al seno de la aldea las ideas del socialismo, consolidar la
alianza de la clase obrera con las masas del campesinado trabajador, enseñar a los
campesinos pobres los métodos de lucha proletaria contra la burguesía y junto con
ellos resolver el problema de las subsistencias. En su carta, Lenin señalaba que el
hambre lo agudizaban artificialmente la burguesía y los kulaks, torpedeando el
monopolio del trigo y su distribución por el Estado. En estos momentos
-remarcaba Lenin-, la lucha por el pan y el combustible, por la contabilidad y el
control más rigurosos y por la distribución justa: esto es el verdadero y principal
umbral del socialismo. Esto no es ya una tarea general de la revolución, sino una
tarea precisamente comunista, la tarea en que los trabajadores y los pobres deben
dar la batalla decisiva al capitalismo.
El 26 de mayo, en sus Tesis del momento, Lenin trazó las medidas para movilizar
todas las fuerzas del país en la lucha contra el hambre. Propuso, entre otras cosas,
reestructurar el Comisariado de Guerra en Comisariado de Guerra de Abastecimiento;
concertar en los tres meses de verano el 9O por ciento de todo el trabajo del
Comisariado a la lucha por el trigo; declarar durante este mismo período en todo el
país el estado de guerra; incluir en los destacamentos militares que luchaban contra
los kulaks, destacamentos de obreros y campesinos de las provincias hambrientas;
movilizar todos los medios para el transporte de cereales; en cada distrito y
subdistrito donde existían sobrantes de grano hacer una relación de ricos, kulaks y
comerciantes de cereales responsabilizándoles personalmente de la recogida de
todos los excedentes de grano. Lenin exigió que al mismo tiempo se aplastara sin
compasión a los kulaks que escondían los excedentes de grano, se ayudase
resueltamente y gratis a los campesinos pobres con los excedentes de trigo
requisados a los kulaks.
Respondiendo al llamamiento del Partido Comunista, miles de obreros marcharon al
campo, llevando allí las ideas de la lucha proletaria contra los explotadores, las ideas
de la revolución socialista, Esta fue la primera guerra masiva de los proletarios en el
campo. En vanguardia se encontraban los obreros de Petrogrado y Moscú. Los
comités del Partido Comunista de estas ciudades realizaron una ingente labor
política de masas en empresas y fábricas. En las asambleas obreras se aprobaban
resoluciones para organizar destacamentos de abastos. El 9 de junio los obreros de
la fábrica Danilov, en una asamblea a la que asistieron 6.000 trabajadores,
acordaron: Organizar como ayuda a los soviets de diputados obreros y campesinos
un estrecho contacto entre obreros y campesinos pobres, enviando al campo
destacamentos de obreros conscientes que luchen contra los kulaks rurales, que les
confisquen el trigo y lo distribuyan equitativamente entre los trabajadores.
Lenin consideraba que la selección de los obreros que se enviaban al campo era un
acto de trascendental importancia, exigiendo conciencia férrea y disciplina a los
destacamentos de abastos y que respondiesen de su actividad ante las masas
obreras que los comisionaban. Los obreros deben elegirse -subrayaba Lenin- de
forma que ni una sola mancha mancille los nombres de los que marchan al campo a
luchar contra los kulaks para salvar del hambre a los muchos millones de masas
trabajadoras.

Se pone coto a los kulaks


Respondiendo al llamamiento del Partido, a comienzos de junio habían sido enviados
al campo no menos de 5.000 representantes de la clase obrera, cuyo número
ascendió a finales de julio a cerca de 11.000. Los comunistas constituían el núcleo de
estos destacamentos. Eran los destacamentos más avanzados de la clase obrera,
proletarios dispuestos a entregar la vida por la causa del socialismo. La modestia,
una alta exigencia para consigo mismo y la honradez insobornable eran los rasgos
característicos que distinguían a los delegados obreros.
La batalla de los obreros en el campo y la ofensiva de los campesinos pobres aliados
al proletariado contra los kulaks significaba que la revolución socialista se ahondaba
y se desarrollaba. La lucha por el pan se fundió con la lucha por el socialismo. A
primera vista -dijo Lenin-, parece que no se lucha más que por el pan; cuando en
realidad es la lucha por el socialismo.
Cuando en el verano de 1918 los pobres del campo, organizados por los
representantes de la clase obrera en comités de campesinos pobres, emprendieron la
confiscación de los excedentes de productos a los kulaks, la lucha de clases en el
campo alcanzó su virulencia más extrema. Del desenlace de esta lucha dependía la
suerte de la revolución. En el artículo ¡Camaradas obreros! ¡Vamos a la lucha final, a
la lucha decisiva! Lenindecía: O los kulaks degollarán a infinidad de obreros o éstos
aplastarán implacablemente la insurrección contra el poder de los trabajadores de
esta minoría del pueblo, kulak y saqueadora. En este aspecto no puede haber medias
tintas. Aquí no puede haber paz: al kulak se le puede conciliar fácilmente con el
terrateniente, con el zar y el pope, aunque estén enfrentados, pero con la clase
obrera, jamás.
Lenin se dirigió reiteradamente a los obreros exhortándoles a marchar a los Urales,
al Volga, al Sur, allí donde había mucho trigo, donde los pobres del campo
necesitaban ayuda, donde el obrero petrogradense era necesario como organizador,
dirigente y guía.
Lenin elaboró un plan concreto para incorporar a las amplias masas obreras a la
lucha por cada pud de grano de la nueva cosecha. El 2 de agosto envió al
Comisariado del Pueblo de Abastos, al VSNJ, a los Comisariados de Agricultura,
Finanzas, Comercio e Industria sus Tesis sobre el problema de las subsistencias, en
las que proponía ejecutar urgentemente, a través del Consejo de Comisarios del
Pueblo, las medidas de lucha por la nueva cosecha fijadas por éste. Paralelamente al
envío de toda clase de mercancías al campo para intercambiarlas por
grano, Lenin consideraba necesario también elevar los precios de compra del trigo.
Estas medidas tendían a seguir fortaleciendo la alianza del proletariado con las capas
trabajadoras de la población y a separar al campesino medio del kulak.
Para paliar el hambre de los obreros, Lenin propuso establecer temporalmente una
tarifa privilegiada al transporte de grano a Petrogrado y Moscú destinado a las
organizaciones que habían enviado destacamentos obreros para la recolección de la
cosecha.
Las Tesis sobre el problema de las subsistencias de Lenin sirvieron de base para los
nuevos decretos de abastos aprobados por el Consejo de Comisarios del Pueblo en
los primeros días de agosto de 1918. De acuerdo con estos decretos se crearon
destacamentos obreros de recolección del trigo de la nueva cosecha y para requisar
los excedentes cerealeros a los kulaks e intensificar la labor organizativa entre los
campesinos pobres.
Según datos de la Oficina de Guerra de Abastos, después de los decretos del Consejo
de Comisarios del Pueblo promulgados en agosto de 1918, los sindicatos
comisionaron al campo más de 30.000 obreros.
El despliegue de la revolución socialista en el campo planteó al Partido Comunista
nuevas tareas, exigiendo intensificar la labor de los comunistas entre los
campesinos. En las conferencias del Partido provinciales y comarcales que tuvieron
lugar el verano y otoño de 1918, así como en la actividad práctica de los comités del
Partido bolchevique, el problema del trabajo en el campo fue uno de los
fundamentales. Sus organizaciones provinciales crearon cursillos especiales de
agitadores y organizadores para trabajar en el campo e intensificaron la ayuda a las
organizaciones comarcales y de aldea del Partido.
En agosto de 1918 el Comité provincial de Riazán aprobó una disposición para enviar
al campo no menos de la cuarta parte de los militantes más activos del Partido. La
asamblea de la organización de Voronezh del Partido resolvió incorporar a todos los
comunistas al trabajo de abastecimiento, dejando en las instituciones el número
estrictamente necesario de militantes.
El 21 de septiembre de 1918 el Comité Central se dirigió a todos sus comités
exhortándoles a intensificar el trabajo en el campo. En el llamamiento se subrayaba
la necesidad de ampliar la construcción del Partido en las aldeas y se señalaba que
hasta aquel momento sus organizaciones habían hecho muy poco en este sentido. El
Comité Central propuso a los comités del Partido seleccionar a los militantes que
debían trabajar en el campo, distribuirlos por aldeas, establecer un vínculo
organizativo estrecho con cada comarca y afianzar la influencia de nuestro Partido
en los medios más amplios de los campesinos pobres. Estas indicaciones
coadyuvaron a reforzar la labor de las organizaciones comunistas entre el
campesinado trabajador. Las organizaciones del Partido se ocuparon especialmente
de la formación de destacamentos obreros de abastos y de la organización de los
comités de campesinos pobres.
Miles de obreros se fundieron con el seno de las masas campesinas. En diciembre de
1918, más de 40.000 obreros trabajaban en el campo en los destacamentos de
abastos. La masa fundamental de obreros se destinaba a las provincias productoras
de cereales en las que se decidía el desenlace de la lucha por el trigo. En los
destacamentos los comunistas constituían el núcleo revolucionario que con su
consciencia, espíritu de organización y disciplina servían de ejemplo a los demás. En
julio de 1918 los comunistas eran casi la mitad entre los delegados de la clase obrera
de Petrogrado.
Una vez en las aldeas, los obreros reunían a los campesinos, describiéndoles la difícil
situación en alimentos que atravesaban las ciudades, explicándoles la política del
poder soviético y la significación del decreto acerca de los comités de campesinos
pobres. Después de las charlas de los obreros, en sus asambleas los campesinos
aceptaban enviar inmediatamente el grano a la ciudad. Los campesinos del distrito
Balanda, de la provincia de Saratov, mandaron 30.000 puds de trigo a los obreros de
Moscú, diciéndoles en su carta que se desprendían del grano para que los
obrerosempuñasen fuerte los fusiles y aniquilaran a todos los enemigos del poder
soviético.
En los tres meses transcurridos en las comarcas donde trabajaban destacamentos
obreros se habían operado grandes cambios y las comarcas que antes no daban una
libra de trigo enviaban ahora centenares de vagones. Los destacamentos
procedentes del centro se comportaban con una honradez intachable y plena
conciencia, esforzándose siempre por actuar más mediante la agitación que por la
fuerza de las armas. Los delegados de la clase obrera se ganaron la confianza y el
respeto del campesino trabajador. En los representantes de la clase obrera, los
pobres del campo veían a sus dirigentes y defensores contra los kulaks y opresores.
Los obreros prestaron colosal ayuda al campesinado pobre en la fundación de los
comités de campesinos pobres, sus organizaciones de clase. El decreto del Comité
Ejecutivo Central de los soviets de 11 de julio determinaba la estructura de los
comités de campesinos pobres y sus principales tareas. Según el decreto, la
organización de los comités de campesinos pobres en las aldeas y comarcas se
efectuaba por los soviets de diputados obreros y campesinos con participación de los
órganos de abastos. A los comités de campesinos pobres se les encomendaba la
distribución del trigo, de objetos de primera necesidad y aperos agrícolas y colaborar
con los órganos locales de abastos en la requisa de excedentes de grano a los kulaks.
Una parte del trigo acopiado con ayuda de los comités de campesinos pobres se
destinaba para estos últimos. El abastecimiento de los campesinos pobres con trigo,
objetos de primera necesidad y aperos agrícolas sencillos, debía realizarse en
función de los plazos de requisa de los sobrantes de grano a los kulaks y ricos. Los
comités comarcales de campesinos pobres recibieron del Estado aperos agrícolas
para el trabajo de sus tierras.
Estos comités constaban de un presidente, vicepresidente y secretario elegidos en
sus asambleas de aldea o subdistrito con participación de los campesinos medios.
Podían elegir y ser elegidos a los comités de campesinos pobres todos los habitantes
de pueblos y aldeas, excepto los kulaks. Esto significaba que en la creación de las
organizaciones de campesinos pobres debían participar también los campesinos
medios, los cuales, gradualmente, iban incluyéndose en la lucha contra los kulaks.
Así, pues, se ampliaba más y más la base social del proletariado en el campo y se
robustecía la alianza del proletariado con las amplias masas campesinas.
A finales de 1918, los comités de campesinos pobres figuraban en casi todos los
lugares y eran los ejecutores de toda la vida política y administrativa en la aldea. En
33 provincias de la Rusia europea había cerca de 105.000 comités de campesinos
pobres de aldea y comarcales. Más de 300.000 representantes de los obreros,
braceros y campesinos pobres fueron incorporados al trabajo activo en el campo,
organizando y alzando a la lucha contra los kulaks a las amplias masas pobres
rurales.
Los campesinos medios se iban atrayendo también cada vez más al trabajo en los
comités de campesinos pobres. En los primeros tiempos era frecuente que a los
campesinos medios no se les diese acceso a los comités locales de campesinos. Esto
contravenía el decreto sobre los comités de campesinos pobres y podía enfrentar a
los pobres del campo a los campesinos medios. En el VIII Congreso del Partido
reunido en marzo de 1919, Lenin dijo que, a menudo, por inexperiencia de los
funcionarios soviéticos y por las dificultades del problema, los golpes destinados a
los kulaks descargaban sobre el campesinado medio. En esta cuestión hemos
cometido muchos errores. El 17 de agosto de 1918 se envió un telegrama firmado
por Lenin y A. D. Tsiurupa, Comisario del Pueblo de Abastos, a todos los soviets
provinciales y comités de abastos en el que se aclaraba que el poder soviético nunca
había luchado contra el campesino medio, proponiendo esforzarse a toda costa por
unificar a los pobres del campo y al campesinado medio, mediante la garantía de los
intereses de unos y otros.
Gracias a los comités de campesinos pobres, el proletariado logró separar de los
kulaks al campesinado medio y levantarle con los campesinos pobres a la
lucha. Lenin apreció la organización de los campesinos pobres como el primero y
grandioso paso de la revolución socialista en el campo. La organización de los
comités de campesinos pobres -dijo- marcó un viraje y mostró que la clase obrera de
las ciudades, que se había unido en octubre a todo el campesinado para derrotar... a
los terratenientes, pasaba de esta tarea a la tarea mucho más difícil, históricamente
más elevada y verdaderamente socialista: llevar también al campo la lucha socialista
consciente, despertar también en el campo la conciencia.
Fueron muchos los comunistas y obreros llegados de la ciudad a la aldea para
encabezar la lucha contra los kulaks que, accediendo al deseo de los campesinos
pobres, se quedaron a trabajar permanentemente en el campo. Este fue el primer
destacamento, bastante numeroso, de la clase obrera enviado por el Partido al
campo. Por datos seleccionados para la provincia de Tambov, se ve que en sus
comités rurales de campesinos pobres los obreros constituían el 22'7 por ciento y en
los comarcales el 17'5 por ciento. Entre los dirigentes de los comités de aldea y
comarcales había un 41'4 por ciento de comunistas y el mismo número de
simpatizantes del Partido Comunista. Análoga era la composición social y partidaria
de los comités de campesinos pobres de otras provincias.
Dirigidos por los comunistas y los obreros de vanguardia, los comités de campesinos
pobres garantizaron la puesta en práctica de las medidas del poder soviético en el
campo. Con su ayuda, los soviets de aldea y comarcales se limpiaron de kulaks.
Cuando los soviets integrados por estos últimos se disolvían, los comités de
campesinos pobres se transformaban en únicos órganos de poder. Otras veces, los
comités de campesinos pobres empezaban por establecer un control sobre los
soviets de los kulaks, pasando después a organizar la elección de nuevos soviets.
En la actividad de los comités de campesinos pobres ocupó un lugar destacado el
reparto de la tierra efectuado en todo el país el verano y otoño de 1918. Los comités
de campesinos pobres despojaban a los kulaks de la tierra y aperos sobrantes. En
total, se confiscó a los kulaks y se distribuyeron entre los campesinos pobres y
medios 50 millones de hectáreas de tierra. Este fue un golpe fuerte contra el poderío
económico y político de los kulaks que quebrantó sensiblemente su influencia.
Los comités de campesinos pobres se preocupaban especialmente de requisar a los
kulaks los excedentes de grano. Si en una comarca comenzaba la requisa con ayuda
de los representantes obreros, en otro eran los propios campesinos pobres quienes
la organizaban y efectuaban. En una de las comarcas del distrito de Sarapul, en la
provincia de Viatka, antes de llegar los destacamentos de abastos y de organizarse
los comités de campesinos pobres, no se encontraron más que 250 puds de
excedentes de cereales. Con el concurso de los comités de campesinos pobres
lograron descubrir 20.000 puds más. El 5 de noviembre de 1918 Pravda escribió
acerca de los resultados de la labor de los comités de campesinos pobres en la
provincia de Tula: La actividad revolucionaria de los comités se ha reflejado
especialmente en los distritos cerealistas meridionales, más poblados por kulaks...
La especulación y la ocultación de grano se han reducido considerablemente. El trigo
fluye en torrente incesante... Faltan vagones.
La mayor parte del trigo recibida el verano y otoño de 1918 en los centros
industriales fue incautada por los destacamentos de abastos con ayuda de los
comités de campesinos pobres. Sólo en mes y medio transcurrido después de
promulgar el decreto sobre la organización de los comités de campesinos pobres, los
destacamentos de abastos requisaron en la provincia de Oriol 135.000 puds de
grano, en la de Voronezh 43.000, en la de Penza 159.000, en la de Ufá 400.000, en la
de Viatka cerca de 208.000 y en el sector Filonovo-Tsaritsin 500.000. A finales de
julio, los destacamentos de abastos, ayudados por los comités de campesinos
pobres, habían acopiado en el país más de 2 millones de puds de cereales. El plan de
acopios cerealistas de septiembre se cumplió en un 56,7 por ciento y el de octubre en
un 99,2 por ciento. En el año 1917-18 los organismos de abastos acopiaron 47
millones y medio de puds de cereales, alcanzando ya en el de 1918-19 cerca de los
109 millones de puds.

Historia de un pedazo de pan


Pero no sólo hacía falta acopiar el grano, sino hacerlo llegar a los centros
proletarios. Historia de un pedazo de pan se titulaba la reseña de un obrero
moscovita participante en la guerra del trigo, publicada en Pravda a últimos de julio
de 1918. Un destacamento de 60 obreros moscovitas -decía el reportaje- llevó a
Tsaritsin 23 vagones de aperos agrícolas para cambiarlos por trigo. Desde Povorino
hasta Tsaritsin, el destacamento tuvo que librar varios combates contra los cosacos
blancos y, bajo el fuego de éstos, reparar la vía destrozada. Emprendieron el camino
de regreso con 30 vagones de grano. Cerca de la estación de Filonovo, los cosacos
blancos atacaron al destacamento. El combate duró toda la noche y toda la mañana.
Los cosacos se retiraron, pero no sin antes levantar la vía en un tramo de tres
verstas (3). Sin soltar el fusil, los obreros fueron reparando la vía para poder
continuar su camino.
La República Soviética fue salvada gracias a los heroicos esfuerzos de la clase obrera
y de los campesinos pobres. Los enemigos no lograron estrangularla por hambre.
También fue notable el papel desempeñado por los comités de campesinos pobres en
el robustecimiento de la defensa del país, ayudando a la movilización, creando
destacamentos armados y regimientos enteros de voluntarios, aplastando los
motines de los kulaks, reuniendo prendas de abrigo y vituallas para los soldados
rojos.
Los destacamentos de abastos y los comités de campesinos pobres crearon en varias
zonas haciendas colectivas, arteles y comunas, basadas en principios socialistas. La
entrega de parcelas a los campesinos que tenían poca o ninguna tierra y la
expropiación parcial de la burguesía rural no pudieron impedir el proceso
desintegrador de las haciendas individuales campesinas. Mientras persistiesen las
relaciones mercantiles era inevitable la ruina de una parte de los campesinos, la
mayor, y el enriquecimiento a su costa de otra parte, la menor. Por eso el Partido
Comunista explicaba a las masas campesinas que sólo podría eximirles de la miseria
y de la explotación el paso a la gran hacienda social y no la distribución igualitaria de
la tierra.
La nacionalización de la tierra realizada por el proletariado terminó con la propiedad
privada en el campo y creó las premisas para pasar al socialismo en la agricultura.
Pero en aquel período, en el país no se daban todavía las condiciones para que los
campesinos emprendieran en masa la vía del socialismo. Por eso eran raras las
haciendas colectivas que surgían en los primeros meses que siguieron al triunfo de la
Revolución de Octubre. En noviembre de 1917, por ejemplo, en la provincia de
Petrogrado no había más que 33 economías colectivas, 12 en las proximidades de
Moscú y 1.069 en la provincia de Tambov. Organizaban los koljoses los comunistas y
los soldados desmovilizados que simpatizaban con los bolcheviques, arrastrando tras
ellos a los campesinos pobres avanzados. Sobre la base de las grandes propiedades
terratenientes confiscadas, paralelamente se iban creando también haciendas
estatales soviéticas (sovjoses). Y no obstante, la organización de sovjoses y
haciendas colectivas -arteles y comunas- adquirió su mayor envergadura en el
período de los comités de campesinos pobres, es decir, en el verano y otoño de 1918,
cuando la lucha de clases en el campo despertó aún más la conciencia de los
campesinos. A éstos se les iba haciendo cada vez más comprensible la idea de
trabajar colectivamente la hacienda. Fueron muchos los comités de campesinos
pobres que se incluyeron activamente a la lucha para organizar arteles y comunas. A
las economías colectivas se les entregaban las mejores tierras y se les ayudaba con
ganado, semillas y aperos de labor. El Comisariado del Pueblo de Agricultura destinó
al campo instructores encargados de organizar haciendas colectivas. En noviembre
de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó un decreto por el que se
asignaban mil millones de rublos en préstamos para las economías colectivas.
Las comunas y arteles agrupaban principalmente a los campesinos pobres. A finales
de 1918, en el Comisariado del Pueblo de Agricultura habían sido registrados 3.101
sovjoses, 975 comunas y 604 arteles que agrupaban a millares de haciendas
campesinas pobres.
Muchas de las economías colectivas creadas entonces no pudieron encontrar
inmediatamente las formas y métodos más convenientes para su actividad. Sin
embargo, la experiencia del trabajo de los arteles y comunas fue de gran
importancia. Algunos se convirtieron en focos de socialismo en el campo,
convenciendo con su ejemplo a los campesinos de las ventajas que reportaban las
grandes haciendas colectivas.

Los kulaks levantan la mano


La distribución de la tierra transcurrió en un ambiente de enconada lucha entre los
campesinos pobres y los kulaks. Éstos ofrecieron una resistencia feroz a la
organización de comités e hicieron cuanto pudieron para obstaculizar su labor. Se
pronunciaban también contra éstos los soviets rurales en los que predominaban los
kulaks, motivando su actitud contra la creación de comités de campesinos pobres en
que, según ellos, en la aldea o en la comarca no había kulaks. Los kulaks se
infiltraron en algunos de ellos para transformarlos en órganos que defendiesen sus
intereses.
A la política de abastos del Gobierno soviético y a la organización de campesinos
pobres, los kulaks respondían con alzamientos armados en todo el país. El mayor
número de sediciones kulaks tuvo lugar en el segundo semestre de 1918. La jauría
ávida, ahita y feroz de los kulaks -señaló Lenin- se ha unido por doquier a los
terratenientes y los capitalistas contra los obreros y los pobres en general. En todas
partes, los kulaks se han ensañado con ferocidad salvaje con la clase obrera. En
todas partes se han aliado con los capitalistas extranjeros contra los obreros de su
país.
A la cabeza de los levantamientos de los kulaks se encontraba la oficialidad
contrarrevolucionaria. Mediante el engaño, la intimidación y el chantaje, los kulaks
lograron arrastrar más de una vez a estos motines a la parte vacilante del
campesinado. Los kulaks dirigían su golpe principal contra los delegados de la clase
obrera, asesinando ferozmente a los obreros y a los campesinos pobres militantes.
En los últimos días de junio, kulaks armados atacaron a un grupo de obreros de
Yaransk, en la provincia de Viatka, causando ocho muertos y 60 heridos graves.
Organizados por los eseristas de izquierda, los kulaks se amotinaron el 7 de agosto
en el distrito de Peremishl, en la provincia de Kaluga. Sirvió de pretexto para ello la
llegada a la aldea Troitskoe de una comisión para confiscar las caballerías. Los
kulaks mataron a los miembros de la comisión, y después, los cabecillas
distribuyeron por las aldeas de los contornos una orden exigiendo que todos los
campesinos se concentrasen inmediatamente en la aldea Troitskoe. Desde allí, una
muchedumbre de campesinos, engañados por los eseristas de izquierda, se dirigió a
Peremishl y disolvió el soviet. Pero comprendiendo a qué aventura habían sido
arrastrados, los campesinos se reintegraron a sus hogares y los promotores de la
revuelta fueron detenidos.
Los alzamientos de kulaks en las provincias de Tver, Riazán, Tambov y en otras
facilitaron a los intervencionistas su ofensiva contra la República Soviética.
La actitud antisoviética del clero fue un arma importante utilizada por los enemigos
del poder soviético en su lucha contra la revolución socialista. Los popes tomaron
parte activa en las acciones contrarrevolucionarias de los kulaks. Utilizando los
prejuicios religiosos y el espíritu supersticioso de los campesinos, el clero los
enfrentaba al poder soviético. Cuando en cierta ocasión se presentó en el monasterio
de Nikolo-Ugreshski el representante del soviet de Liubertsi, de la provincia de
Moscú, exigiendo que se le entregasen caballos para atender a las necesidades del
Comisariado Militar, el abad del monasterio le rogó que esperara media hora,
aprovechada para enviar recaderos a las aldeas circundantes diciendo que los
bolcheviques saqueaban el monasterio y asesinaban a los monjes. Se congregó una
gran muchedumbre que intentó linchar al representante del soviet, pudiendo
impedirlo a duras penas los campesinos pobres. La comisión extraordinaria del
distrito registró el monasterio, encontrando proclamas antisoviéticas y los estatutos
de una organización contrarrevolucionaria.
El Partido Comunista se convirtió en la vanguardia dirigente de las masas
campesinas. Con los mejores representantes de los campesinos pobres afiliados al
Partido Comunista se creó a finales de 1918 una red de organizaciones del Partido de
aldea y comarcales en las provincias agrarias donde la lucha de los campesinos
pobres contra los kulaks revestía especial virulencia. Había 34 provincias con 7.370
organizaciones de aldea del Partido bolchevique que agrupaban a más de 97.000
comunistas.
En el otoño de 1918 se operó un indudable viraje del campesinado medio al lado del
poder soviético. El dominio de los guardias blancos y de los intervencionistas en los
territorios por ellos ocupados fue una gran lección para los campesinos medios. Los
gobiernos eseristas-mencheviques allí creados restablecieron con el apoyo de las
bayonetas el régimen burgués terrateniente, arrebataron la tierra y sometieron a los
campesinos a malos tratos y torturas medievales. En las aldeas los destacamentos
punitivos cometieron toda clase de atropellos. El sanguinario terror de los guardias
blancos se cebó en los trabajadores. En la aldea Dmitrievka, provincia de Orenburgo,
cuenta un testigo presencial: Desde la mañana hasta muy entrada la noche,
individualmente o por grupos, llevaban los bandidos blancos a los campesinos a la
casa del pope, donde estaba la comandancia... Los torturaban y los vejaban
ferozmente, diciéndoles: ‘Esta es vuestra tierra, ésta es vuestra libertad, hijos de
perra’; y medio muertos, cubiertos de sangre, los sacaban de la casa y los arrojaban
al corral. En la aldea Natallino del distrito de Buguruslan, un destacamento de
castigo azotó a todos los familiares de los campesinos que no habían acudido a
alistarse a la Asamblea Constituyente (Komuch) para hacer el servicio militar. En el
norte, ocupado por los intervencionistas, decenas de miles de obreros y campesinos
fueron fusilados o murieron a consecuencia de las torturas y el hambre. La enorme
masa del campesinado de Siberia, de los Urales, de la región del Volga y del norte
experimentó en su propia carne cuál era la libertad y lademocracia de los ocupantes
y de los eseristas y mencheviques que actuaban en complicidad con ellos. Por la
prensa, por las cartas de los soldados rojos que luchaban contra los invasores y por
los relatos de los testigos, el campesinado de todo el país conoció pronto el régimen
establecido en los territorios ocupados.
Las vacilaciones de los campesinos medios terminaron. La amarga experiencia hizo
comprender a la parte vacilante del campesinado que el poder soviético era mejor
que cualquier otro, que el Partido Comunista era el único que defendía de verdad los
intereses del campesino trabajador.
También los éxitos del Ejército Rojo en la lucha contra los enemigos internos y los
intervencionistas ayudó a superar las vacilaciones del campesinado medio. Durante
septiembre y octubre de 1918, el Ejército Rojo liberó la región del Volga, rechazando
a checoslovacos y guardias blancos hacia los Urales. Las tropas cosacas de Krasnov
fueron aplastadas y arrojadas al otro lado del Don.
En el otoño de 1918 estalló la revolución en Austria-Hungria y en Alemania,
circunstancia que permitió anular en noviembre de 1918 el Tratado de Paz de Brest-
Litovsk y comenzar la liberación del territorio soviético ocupado por las tropas
alemanas.
No existía en el país un solo rincón en el que no se hubiese afianzado el poder
soviético. La expulsión de los invasores alemanes y el triunfo del poder soviético en
las zonas anteriomente ocupadas convencieron a los campesinos de la fuerza y
solidez del poder soviético.
Teniendo en cuenta el viraje dado por el campesino medio hacia el poder
soviético, Lenin recomendó al Partido pasar de la política de neutralización del
campesino medio a la de alianza con él. En el artículo Las preciosas confesiones de
Pitrim Sorokin, publicado en noviembre de 1918. Lenin formuló la nueva consigna
estratégica que sirvió de base a la nueva línea del Partido Comunista. Esta consigna
decía: Saber llegar a un acuerdo con los campesinos medios, sin renunciar ni un
instante a la lucha contra los kulaks y apoyándonos firmemente sólo en los
campesinos pobres.
En las postrimerías del año 1918, los comités de campesinos pobres habían cumplido
su misión. Gracias a su actividad se había quebrantado el poderío económico y
político de los kulaks y se había mejorado la composición clasista de los soviets de
aldea y comarcales. En estas condiciones desaparecía la necesidad de mantener
paralelamente en aldeas y comarcas soviets y comités de campesinos pobres. El 8 de
noviembre de 1918 Lenin propuso la transformación de estos comités: Hemos
acordado que los comités de campesinos pobres y los soviets rurales no deben existir
por separado... Fusionaremos los comités de campesinos pobres con los soviets,
haremos que los primeros se conviertan en los segundos.
La consolidación de la alianza del proletariado con los pobres del campo continuaba
siendo una de las tareas fundamentales del Partido. La organización de los
campesinos pobres -decía Lenin- se alza ante nosotros como la cuestión más
importante de nuestra edificación interior e incluso como la cuestión principal de
toda nuestra revolución. Pero ahora esta tarea ya puede resolverse mediante los
soviets.
En la lucha contra los kulaks la clase obrera y el campesinado pobre inmolaron
muchos de sus mejores hijos. Desde julio de 1918, es decir, desde el momento en
que se sublevaron los eseristas de izquierda, hasta diciembre, según datos muy
incompletos, los kulaks asesinaron cerca de 22.000 funcionarios soviéticos. Además,
desde mediados de junio hasta diciembre sucumbieron más de 7.300 obreros,
participantes en la batalla por el trigo.
El proletariado se vio obligado a replicar a los kulaks con medidas implacables. Todo
el que se oponía por las armas al poder soviético era ejecutado en el acto. El
fusilamiento de un explotador salvaba la vida a decenas y centenares de obreros y
campesinos trabajadores.
A mediados de 1918 habían sido instituidas ya 40 chekas provinciales y 365
comarcales. Ellas fueron la espada vengadora que abatía a todos los enemigos de la
revolución socialista. Atendiendo al llamamiento del Partido Comunista, también el
campesino medio se alzó con los campesinos pobres a la lucha contra los kulaks. No
existía en el país ningún rincón donde los trabajadores no se mantuvieran alerta
contra la burguesía y los kulaks, ni donde los intentos de los explotadores para
alzarse contra la revolución socialista no fuesen cortados inmediatamente de raíz. El
poder soviético quebrantó la resistencia de los kulaks, pero sólo por un tiempo. Las
espadas seguían en alto.

Notas:
(1) Kulak es una palabra rusa para designar al burgués rural. Metafóricamente
también puede significar puño como sinónimo de tacañería.
(2) El pud era una medida rusa de peso equivalente a 16,38 kilogramos.
(3) Una versta es una medida rusa de longitud de poco más de un kilómetro.

La contrarrevolución del día siguiente

de Michael Sayers y Albert E. Kahn: La gran conspiración contra Rusia,


Ediciones Nuestro Pueblo, París, 1948, pgs.37 a 51.
El Petrogrado revolucionario, sitiado desde el exterior por los enemigos extranjeros y
amenazado en el interior por las conspiraciones contrarrevolucionarias, era en 1918
una ciudad terrible. Había pocos alimentos, ningún transporte y ninguna calefacción.
Hombres y mujeres andrajosos temblaban de frío formando interminables colas en
espera de pan, en las calles heladas y sin barrer. En las largas noches grises
retumbaban de tiempo en tiempo los disparos. Cuadrillas de bandidos, desafiando al
régimen soviético, infectaban la ciudad, robando y aterrorizando a la población (1).
Destacamentos de trabajadores armados iban de casa en casa buscando los
depósitos de productos alimenticios que ocultaban los especuladores, y deteniendo a
los saqueadores y terroristas.
El Gobierno soviético no había logrado todavía el dominio completo sobre la ciudad.
Los restos del lujo zarista contrastaban horriblemente con la miseria de las masas.
Los periódicos antisovíéticos seguían publicándose, y predecían diariamente la
inminente caída del régimen soviético. También continuaban abiertos los hoteles y
restaurantes de lujo, que servían a una extensa clientela de hombres y mujeres
elegantemente ataviados. Por la noche, los cabarets se veían atestados: se bebía y
se bailaba; y en las mesas apiñadas de gentío, los oficiales zaristas, las bailarinas,
los más famosos especuladores del mercado negro y sus queridas susurraban
excitantes rumores: ¡Los alemanes marchan sobre Moscú! ¡Trotsky ha arrestado a
Lenin! ¡Lenin se ha vuelto loco! Mentiras y desatinadas esperanzas corrían tan
libremente como el vodka. Y las intrigas florecian...
Un cierto señor Massino había aparecido en Petrogrado aquel invierno.
Decíase mercader turco y oriental. Era hombre de unos cuarenta y tantos años,
pálido, de cara larga y aspecto sombrío, con frente alta y sesgada, inquietos ojos
oscuros y labios sensuales. Caminaba en postura enhiesta, casi militar, y con paso
rápido, extrañamente silencioso. Parecía rico. Las mujeres lo encontraban atrayente.
En medio de la atmósfera inquieta de la capital soviética interina, el señor Massino
llevaba sus negocios con peculiar aplomo.
Por las noches, era el señor Massino asiduo visitante del pequeño y humoso café
Balkov, guarida favorita de los elementos antisoviéticos de Petrogrado. El
propietario, Sergio Balkov, lo recibia con muestras de deferencia. En un saloncillo
privado, detrás del café, el señor Massino se reunía con hombres y mujeres de
aspecto misterioso que le hablaban en voz muy baja. Algunos se dirigian a él en ruso,
otros en francés o en inglés. El señor Massino estaba familiarizado con muchos
idiomas.
El joven Gobierno soviético luchaba por establecer el orden en medio de aquel caos.
Sus colosales tareas de organización veíanse aún más complicadas por la amenaza
mortal, siempre presente, de la contrarrevolución. La burguesia, los terratenientes y
todas las clases ricas están haciendo esfuerzos desesperados para socavar la
revolución, escribió Lenin. Por su propia recomendación se creó una organización
soviética especial, de contrasabotaje y contraespionaje, para enfrentarse con los
enemigos internos y externos. Se la llamó la Comisión extraordinaria para combatir
la contrarrevolución y el sabotaje; sus iniciales formaban en ruso la palabra Cheka
(2).
En el verano de 1918, cuando el Gobierno soviético, por temor a un ataque alemán,
se trasladó a Moscú, allá lo siguió el señor Massino. Pero en Moscú, el aspecto del
blando y afable rico mercader levantino cambió curiosamente. Llevaba entonces
chaqueta de cuero y gorra picuda de trabajador. Visitaba el Kremlin. Detenido en las
puertas por uno de los jóvenes guardias comunistas de Letonia, que formaba el
cuerpo escogido que protegia al Gobierno soviético, el hasta entonces señor Massino
presentó un documento soviético que lo identificaba como Sidney Georgevich
Relinsky, agente de la División de lo criminal de la Cheka de Petrogrado.
— ¡Paso al camarada Relinsky! -dijo el joven guardia.
En otro lugar de Moscú, en el lujoso apartamento de la popular bailarina Dagmara K.,
el señor Massino, alias Camarada Relinsky, de la Cheka, era conocido como Monsieur
Constantine, agente secreto británico.
En la embajada británica, Bruce Lockhart conocia su verdadera identidad: Sidney
Reilly, el hombre misterioso del Servicio de Inteligencia británico y conocido... como
el espía número uno de Inglaterra.

Sidney Reilly
De todos los aventureros que surgieron de los bajos fondos politicos de la Rusia
zarista durante la primera guerra mundial para dirigir la gran cruzada contra el
bolchevismo, ninguno más pintoresco y extraordinario que el capitán Sidney George
Reilly, del Servicio secreto británico. ¡Un hombre fundido en el molde de Napoleón!,
exclamó Bruce Lockhart, a quien Reilly iba a complicar en una de las más peligrosas
y fantásticas empresas de toda la historia europea.
El modo como entró Reilly en el Servicio de Inteligencia británico sigue siendo uno
de los muchos misterios que rodean a ese tan misterioso como potente aparato de
espionaje. Sidney Reilly había nacido en la Rusia zarista. Hijo de un capitán de navío
irlandés y de una mujer rusa, creció en el puerto de Odesa, sobre el Mar Negro. Antes
de la primera guerra mundial estaba empleado en la gran empresa zarista de
armamentos navales de Mondrochovich y el conde Tchubersky, en San Petersburgo.
Desde entonces ya su labor era de carácter altamente confidencial. Servía de enlace
entre la firma rusa y ciertos intereses industriales y financieros alemanes,
incluyendo los famosos astilleros de Bluhm y Voss, en Hamburgo. Inmediatamente
antes de estallar la primera guerra mundial empezaron a llegar al Almirantazgo
inglés en Londres valiosos informes sobre el programa alemán de construcción de
buques de guerra, incluso submarinos. Estos informes procedian de Sidney Reilly.
En 1914, Reilly apareció en el Japón como representante confidencial del Banco
Ruso-Asiático. Del Japón pasó a los Estados Unidos donde conferenció con banqueros
y fabricantes de municiones americanos. Desde entonces, en los archivos del Servicio
secreto inglés, ya Sidney Reilly estaba fichado con el nombre clave de I Esti, y
conocido como agente secreto de gran audacia e ingeniosidad.
Lingüista de palabra fácil, que dominaba siete idiomas, Reilly fue muy pronto
llamado de los Estados Unidos para encargarle un importante trabajo en Europa. En
1916 entró en Alemania por la frontera suiza. Fingiéndose oficial de la armada
alemana, entró en el Almirantazgo alemán. Consiguió y envió a Londres una copia del
Código oficial de inteligencia naval alemana. Fue, probablemente, la mayor hazaña
de espionaje de la primera guerra mundial...
A principios de 1918, el capitán Reilly fue trasladado a Rusia como director de las
operaciones de espionaje inglés en ese país. Sus numerosas amistades personales,
sus amplias relaciones de negocios y su íntimo conocimiento de los círculos internos
de la contrarrevolución rusa hacían de él el hombre ideal para el puesto. Pero,
además, su misión en Rusia tenía hondo significado personal para Reilly. Hallábase
consumido por el odio más encarnizado contra los bolcheviques y, en realidad, contra
toda la Revolución rusa. Con gran franqueza declaró sus objetivos
contrarrevolucionarios:
Los alemanes son seres humanos. Podemos soportar hasta ser vencidos por ellos.
Pero aqui en Moscú está desarrollándose hasta llegar a la madurez el archienemigo
de la raza humana. Si la civilización no asesta el primer golpe y aplasta al monstruo,
mientras todavía es tiempo, al fin el monstruo aniquilará a la civilización.
En sus informes a la jefatura del Servicio secreto inglés en Londres, Reilly abogó
repetidas veces por una paz inmediata con los alemanes y por una alianza con el
Kaiser contra la amenaza bolchevique.
A cualquier precio -declaró- tiene que ser anonadada esa inmunda indecencia que ha
nacido en Rusia. Paz con Alemania: ¡sí, paz con Alemania, paz con cualquiera! No hay
más que un enemigo, ¡La humanidad tiene que unirse en una santa alianza contra
este monstruo de pesadilla!
Al llegar a Rusia, Reilly se lanzó inmediatamente a la conspiración antisoviética.
Su finalidad confesada era derrocar al Gobierno soviético (3).

Dinero y asesinato
El partido politico antibolchevique más fuerte numéricamente en Rusia en 1918 era
el partido, social-revolucionario, que abogaba por una forma de socialismo agrario.
Dirigidos por Boris Savinkov, ex ministro de la Guerra de Kerensky, que había
tomado parte en el abortado golpe de Kornilov, los social-revolucionarios militantes
se habían convertido en el eje del sentimiento antibolchevíque. Sus métodos y
propaganda extremistas les habían ganado considerable apoyo entre los muchos
elementos anarquistas que generaciones y generaciones de opresión zarista habían
engendrado en Rusia. Los social-revolucionarios habían practicado durante largo
tiempo el terrorismo como arma de guerra contra el zar. Ahora se preparaban a
volver la misma arma contra los bolcheviques.
Los social-revolucionarios estaban recibiendo ayuda financiera del Servicio de
Inteligencia francés. Con fondos que le había entregado personalmente el embajador
francés Noulens, Boris Savinkov había restablecido el antiguo centro terrorista
social-revolucionario en Moscú bajo el título de Liga para la Regeneración de Rusia;
su objeto era planear el asesinato de Lenin y de otros jefes soviéticos. Por
recomendación de Sidney Reilly, el Servicio secreto inglés también empezó a facilitar
dinero a Savinkov para que instruyera y armara a sus terroristas.
Pero Reilly, ardiente partidario del régimen zarista, no confiaba en los social-
revolucionarios para cuando se tratase de formar un nuevo gobierno ruso que
reemplazara al régimen soviético. Aparte de Savinkov, a quien consideraba digno de
toda confianza, los social-revolucionarios izquierdistas representaban, a juicio de
Reilly, una fuerza peligrosamente radical: de algunos se sabía que estaban ligados a
los bolcheviques oposicionistas secuaces de Trotsky. Reilly estaba dispuesto a
utilizar aquellos elementos para sus propios fines pero, a la vez, resuelto a extirpar
el radicalismo en Rusia. Quería una dictadura militar, como primer paso hacia la
restauración del zarismo. A este objeto, mientras continuaba financiando y alentando
a los terroristas social-revolucionarios y a otros grupos radicales antisoviéticos, el
espía inglés fabricaba con esmero un mecanismo de conspiración exclusivamente
suyo.
Él mismo reveló más tarde en sus memorias cómo funcionaba:
Era esencial que mi organización rusa no supiese demasiado, y que
ninguna parte de ella se hallara en posición de poder traicionar a otra.
Por lo tanto, el plan se dispuso de acuerdo con el sistema de los cinco,
y cada participante sólo conocía a cuatro personas más. En cuanto a
mí, que me hallaba en la cima de la pirámide, los conocía a todos, no
personalmente, pero sí por sus nombres y direcciones, conocimiento
que más tarde me resultó muy útil... Así, en caso de alguna traición, no
podrían todos ser descubiertos, y el descubrimiento quedaría
localizado.

Eslabonado con la Unión de oficiales zaristas, con restos de la vieja policía secreta
zarista -la siniestra Okrana-, con los terroristas de Savinkov, y otros elementos
contrarrevolucionarios análogos, el mecanismo conspirativo de Reilly pronto se
propagó por todo Moscú y Petrogrado. Buen número de antiguos amigos y conocidos
de Reilly de la época zarista se le unieron y le resultaron muy valiosos. Entre esos
amigos figuraban el conde Tchubersky, el magnate de armamentos navales que en
otro tiempo había empleado a Reilly como enlace con los astilleros alemanes; el
general zarista Yudenitch; Sergio Balkov, el propietario del café de Petrogrado;
Dagmara, la bailarina en cuya vivienda estableció Reilly su cuartel general de Moscú;
Grammatikov, rico abogado y antiguo agente secreto de la Okrana, que se había
convertido ahora en el principal contacto de Reilly con el partido social-
revolucionario; y Veneslav Orlovsky, otro antiguo agente de la Okrana, que se las
había arreglado para convertirse en funcionario de la Cheka en Petrogrado, y de
quien obtuvo Reilly el pasaporte falso de la Cheka a nombre de Sidney Georgevich
Relinsky, que le permitía viajar libremente por toda la Rusia soviética.
Estos y otros agentes, que habían logrado deslizarse hasta dentro del Kremlin y del
Estado Mayor del Ejército Rojo, mantenían a Reilly plenamente informado de todas
las medidas que tomaba el Gobierno soviético. El espía inglés podía vanagloriarse de
que las órdenes selladas del Ejército Rojo eran leídas en Londres antes de ser
abiertas en Moscú.
Grandes sumas de dinero destinadas a financiar las operaciones de Reilly y
ascendentes a varios millones de rublos, se ocultaban en la vivienda en Moscú de
Dagmara, la bailarina. Para acumular estos fondos, utilizaba Reilly los recursos de la
embajada inglesa. El dinero era recogido por Bruce Lockhart y entregado a Reilly por
el capitán Hicks, del Servicio secreto inglés. Lockhart, a quien Reilly complicó en este
asunto, reveló más tarde, en su obra Agente británico, cómo se obtenía el dinero:
Había muchos rusos que tenían depósitos secretos de rublos y estaban
más que dispuestos a entregarlos a cambio de un pagaré sobre
Londres. Para evitar toda sospecha, recogíamos los rublos a través de
una firma inglesa de Moscú, la cual trataba con los rusos, fijaba el tipo
de cambio y entregaba el pagaré. Por cada transacción entregábamos a
la firma inglesa una garantía oficial de que era valedera por la cantidad
correspondiente en Londres. Los rublos eran traídos al consulado
general americano y entregados a Hicks, quien los llevaba a su destino.

Por último, y sin descuidar detalle, el espía inglés llegó hasta trazar un plan
detallado para el gobierno que habría de tomar el poder tan pronto fuese derrocado
el gobierno soviético. Los amigos de Reilly representarían importante papel en el
nuevo régimen:
Ya estaban hechos todos los preparativos para el gobierno provisional.
Mi gran amigo y aliado Grammatikov habría de ser Ministro del
Interior, teniendo bajo su dirección todos los asuntos de policía y
finanzas. Tchubersky, antiguo amigo mío y asociado en negocios, que
había llegado a ponerse al frente de una de las casas mercantiles más
importantes de Rusia, sería Ministro de Comunicaciones. Yudenitch,
Tchubersky y Grammatikov constituirían un gobierno provisional, para
suprimir la anarquía que inevitablemente habría de seguir a aquella
revolución.

Los primeros golpes de la campaña antisoviética fueron asestados por los terroristas
de Savinkov.
E1 21 de junio de 1918, cuando salía de una reunión de obreros de la fábrica de
Obuchov, en Petrogrado, el Comisario del Soviet para asuntos de Prensa, Volodarsky,
fue asesinado por un terrorista social-revolucionario. A esta muerte siguió, dentro de
las dos semanas siguientes, el asesinato del embajador alemán en Moscú, Mirbach, el
6 de julio. La finalidad de los social-revolucionarios era sembrar el terror en las filas
bolcheviques y precipitar, simultáneamente, un ataque alemán que significaría la
perdición del bolchevismo (4).
El día en que fue asesinado el embajador alemán, se hallaba reunido en el Teatro de
la Ópera de Moscú el Quinto Congreso panruso de los Soviets. Los observadores de
las naciones aliadas escuchaban, desde los palcos dorados, los discursos de los
delegados soviéticos. La reunión se efectuaba en una atmósfera de tensión. Bruce
Lockhart, sentado en un palco con otros agentes y diplomáticos aliados, comprendió,
al entrar Sidney Reilly, que algo trascendental había ocurrido. El espía inglés estaba
pálido y agitado: en presuroso murmullo contó a Lockhart lo sucedido.
El disparo que mató a Mirbach iba a ser la señal de un levantamiento general de los
social-revolucionarios, apoyados por disidentes bolcheviques, en todo el país.
Pistoleros social-revolucionarios debían entrar en el teatro de la Ópera y arrestar a
los delegados al Soviet. Pero algo había fallado. El Teatro de la Ópera estaba ahora
rodeado de soldados rojos. Había tiroteo en las calles, pero era evidente que el
Gobierno soviético dominaba la situación.
Mientras hablaba, Reilly se registraba los bolsillos en busca de documentos
comprometedores; encontró uno, lo hizo trizas y se lo tragó. Un agente secreto
francés, sentado al lado de Lockhart, hizo otro tanto.
Pocas horas después se levantaba un orador sobre el escenario de la Ópera para
anunciar al público que un golpe antisoviético, encaminado a derrocar al Gobierno
soviético por la fuerza de las armas había sido rápidamente sofocado por el Ejército
Rojo y la Cheka. En ninguna parte habían encontrado apoyo los
contrarrevolucionarios, veintenas de terroristas social-revolucionarios, armados de
bombas, rifles y ametralladoras, habían sido perseguidos y arrestados; muchos
habían muerto. Los jefes estaban muertos, ocultos o en fuga.
A los representantes de los Aliados que se encontraban en el Teatro de la Ópera se
les dijo que podían volver en condiciones de seguridad a sus respectivas embajadas.
Las calles ya no ofrecían peligro.
Más tarde llegaron noticias de que un levantamiento en Yaroslav, sincronizado para
coincidir con el golpe de Moscú, también había sido deshecho por el Ejército Rojo. El
jefe social-revolucionario, Boris Savinkov, que dirigía personalmente la rebelión en
Yaroslav, había escapado a duras penas de ser apresado por las tropas soviéticas.
Reilly rebosaba cólera y amarga desilusión. ¡Los social-revolucionarios habían
actuado con su característica impaciencia y estupidez! Sin embargo -declaró-, le
sobraba razón a la idea básica que había tenido de lanzar un golpe en el momento en
que casi todos los dirigentes soviéticos se hallaran reunidos en un sitio asistiendo a
algún congreso o convención. La idea de apoderarse de un solo golpe de todos los
jefes bolcheviques excitaba la imaginación napoleóníca de Reilly...
Y empezó con seriedad a proyectar cómo llevarla a la práctica.
La conspiracion de los letones
Durante el mes decisivo que fue agosto de 1918, los planes secretos de intervención
de los Aliados en Rusia comenzaron a realizarse abiertamente. El dia 2,
desembarcaron en Arkangel tropas británicas, con el pretexto de evitar que
los pertrechos de guerra cayesen en manos de ios alemanes. El día 4, los ingleses se
apoderaron del centro petrolero de Bakú, en el Cáucaso. Pocos dias después,
contingentes ingleses y franceses desembarcaron en Vladivostok, seguidos, el día
13, por una división japonesa, y el 15 y 16, por dos regimientos americanos
recientemente trasladados de las Filipinas.
Grandes porciones de Siberia se hallaban ya en manos de fuerzas antisoviéticas. En
Ucrania, el general zarista Krasnov, apoyado por los alemanes, libraba una
sangrienta campaña antisoviética. En Kiev, el títere de los alemanes, el atamán
Skoropadsky, había iniciado matanzas en masa de judíos y de comunistas.
Del norte, sur, este y oeste, los enemigos de la nueva Rusia se preparaban a
converger sobre Moscú.
Los pocos representantes de los Aliados que aún quedaban en Moscú empezaron a
hacer sus preparativos de marcha, de los cuales no informaron al Gobierno soviético.
Como diría más adelante Bruce Lockhart en su Agente británico: Era una situación
extraordinaria. No había habido declaración de guerra, y sin embargo se libraban
combates a lo largo de un frente que se extendía desde el Dvina hasta el Cáucaso. Y
añadia: Tuve varias discusiones con Reilly, quien había resuelto permanecer en
Moscú después de nuestra partida.
El 15 de agosto, el mismo día en que los americanos desembarcaban en Vladivostok,
recibió Bruce Lockhart a un visitante de importancia. Él mismo describió después la
escena en sus memorias. Estaba almorzando en su domicilio particular, cerca de la
embajada británica, cuando sonó la campanilla y su sirviente le anunció que dos
caballeros de Letonia deseaban verle. Uno de ellos era un joven de baja estatura y
rostro pálido, llamado Smidhen. El otro, hombre alto y de robusta constitución, con
facciones acusadas y duros ojos acerados, se presentó como el coronel Berzin, jefe
de la guardia letona del Kremlin.
Los visitantes entregaron a Lockhart una carta del capitán Cromie, el agregado naval
británico en Petrogrado, participante extremadamente activo en la conspiración
antisoviética. Siempre en guardia contra los agentes provocadores -anota
Lockhart- examiné la carta con el mayor cuidado. Era indisputablemente de Cromie.
Lockhart preguntó entonces a sus visitantes qué querían de él. El coronel Berzin,
que, como dijimos, se había presentado como jefe de la guardia del Kremlin, informó
a Lockhart que, si bien los letones habían apoyado la revolución bolchevique, no
tenían intenciones de combatir a las fuerzas británicas que, bajo el mando del
general Poole, habían desembarcado recientemente en Arkangel; estaban
preparados para entrar en negociaciones con el agente inglés.
Antes de darles una respuesta, Lockhart consultó el asunto con el cónsul general
francés, M. Grenard, quien -según también señala el agente inglés- le aconsejó que
negociara con el coronel Berzin, pero evitando comprometer nuestra propia posición
en modo alguno. Al día siguiente, Lockhart volvió a ver al coronel Berzin, y le dió un
papel que decía: Sírvanse dejar pasar al portador, que lleva importante comunicación
al general Poole, a través de las líneas inglesas. Y luego puso al coronel Berzin en
contacto con Sidney Reilly.
Dos dias después -sigue contando Lockhart-, Reilly informó que sus negociaciones
marchaban lisa y llanamente, y que los letones no abrigaban la intención de verse
envueltos en el desplome de los bolcheviques. Presentó la sugerencia de que
después de nuestra partida, podria él, con ayuda de los letones, llevar a cabo una
contrarrevolución en Moscú.
A fines de agosto de 1918, un pequeño grupo de representantes de los Aliados se
reunía, para celebrar una conferencia confidencial, en una sala del consulado general
americano en Moscú. Habían escogido el consulado americano porque todos los
demás centros extranjeros se hallaban baja estricta vigilancia soviética. A pesar de
los desembarcos americanos en Siberia, el Gobierno soviético seguía manteniendo
una actitud amistosa hacia los Estados Unidos. Veíanse por todo Moscú coloreados
en lugares prominentes, carteles en que aparecían reproducidos los Catorce Puntos
de Woodrow Wilson. Un editoral de Izvestia había declarado que solamente los
americanos saben cómo tratar con decencia a los bolcheviques. Todavía, por lo visto,
no se había agotado la herencia dejada, a favor de los americanos, por la misión de
Raymond Robins.
La reunión en el consulado general americano fue presidida por el cónsul general
francés, Grenard. Los ingleses se hallaban representados por Reilly y por el capitán
George Hill, oficial del Servicio de Inteligencia británico que había sido delegado para
trabajar con Reilly. Buen número de otros diplomáticos y agentes del servicio secreto
de los Aliados estaban presentes, incluso el periodista francés René Marchand,
corresponsal en Moscú del Fígaro, de Paris.
Sidney Reilly había convocado la reunión -según cuenta él en sus memorias- para
informar sobre el progreso de sus operaciones antisoviéticas. Contó a los
representantes de los Aliados que había comprado al coronel Berzin, jefe de la
guardia del Kremlin. El precio del coronel había sido de dos millones de rublos. Un
adelanto de 500.000 rublos en moneda rusa había ya recibido Berzin de manos de
Reilly; el resto de la cantidad habría de ser pagado en libras esterlinas cuando el
coronel hubiese prestado ciertos servicios y escapado en seguida a las líneas
británicas en Arkangel.
Nuestra organización es extremadamente fuerte -declaró Reilly-. Los letones están
de nuestra parte, ¡y el pueblo estará con nosotros apenas se de el primer golpe!
Anunció entonces Reilly que el 28 de agosto habría de celebrarse una reunión
especial del Comité Central del Partido Bolchevique, en el Gran Teatro de Moscú. Con
este motivo se reunirian en el mismo edificio todos los jefes que ocupaban las
posiciones clave del Estado soviético. El complot de Reilly era audaz, pero simple...
Cumpliendo sus deberes habituales, los guardias letones se estacionarían en todas
las entradas y salidas del teatro durante la reunión bolchevique. El coronel Berzin
elegiría para esa ocasión hombres absolutamente fieles y devotos de nuestra causa.
A una señal dada, los guardias de Berzin cerrarían las puertas y mantendrian a todos
los concurrentes bajo la amenaza de sus rifles. Entonces, un destacamento especial,
formado por Reilly y su circulo interno de conspiradores saltaría sobre el escenario ¡y
arrestaría al Comité Central del Partido Bolchevique!
Lenin y los demás jefes soviéticos serían fusilados. Pero, antes de su ejecución, se
les conduciría en procesión pública a través de las calles de Moscú,¡para que todo el
mundo comprobara que los tiranos de Rusia habían sido hechos prisioneros!
Una vez desaparecidos Lenin y sus compañeros, el régimen soviético se vendría al
suelo como un castillo de naipes. Había 60.000 oficiales en Moscú -dijo Reilly- que
estaban prontos a movilizarse inmediatamente que se diera la señal y formar un
ejército para combatir dentro de la ciudad mientras las fuerzas de los Aliados
atacaban desde fuera. El hombre que habría de encabezar este ejército secreto
antisoviético era el bien conocido oficial zarista, general Yudenitch. Un segundo
ejército, bajo el mando del general Savinkov se reuniria al norte de Rusia, y lo que
quedara de los bolcheviques sería triturado entre las dos piedras de molino, una
desde arriba y otra desde abajo.
Tal era el plan de Reilly. Gozaba del apoyo del Servicio de Inteligencia británico tanto
como del francés. Los ingleses estaban en estrecho contacto con el general
Yudenitch y se preparaban a surtirle de armas y equipo militar. Los franceses
respaldaban a Savinkov.
Los representantes de los Aliados reunidos en el consulado general americano fueron
notificados de lo que podían hacer para ayudar a la conspiración por medio del
espionaje, de la propaganda y disponiendo la voladura de los puentes ferroviarios
vitales en torno a Moscú y Petrogrado, a fin de aislar al Gobierno soviético de todo
auxilio que el Ejército Rojo pudiera intentar traer de otras regiones del país.
A medida que se acercaba el día del golpe armado, Reilly se reunía regularmente con
el coronel Berzin, preparando cuidadosamente hasta los últimos detalles de la
conspiración y previendo todas las posibles exigencias de la situación. Trazaban ya
los planes finales, cuando se enteraron de que la reunión del Comité Central del
Partido Bolchevique se había pospuesto del 28 de agosto para el 6 de septiembre. No
me importa -le dijo Reilly a Berzin-. Esto me da más tiempo para hacer los últimos
arreglos. Reilly decidió ir a Petrogrado a efectuar una inspección de última hora del
mecanismo conspirativo en aquella ciudad.
Pocas noches después, viajando en tren con el pasaporte falso que lo identificaba
como Sidney Georgevitch Relinsky, agente de la Cheka, salió Reilly de Moscú con
rumbo a Petrogrado.

Sale de escena Sidney Reilly


En Petrogrado, Reilly se encaminó directamente a la embajada británica, a fin de
rendir su informe al capitán Cromie, el agregado naval británico. Reilly describió
brevemente la situación existente en Moscú y explicó el plan del
levantamiento. ¡Moscú está en nuestras manos!, dijo. Cromie estaba encantado.
Reilly prometió redactar un amplio informe escrito para despacharlo secretamente a
Londres.
A la mañana siguiente, Reilly empezó a ponerse en contacto con los jefes de su
mecanismo en Petrogrado. A las doce del día telefoneó a Grammatikov, el antiguo
agente de la Okrana.
La voz de Grammatikov le sonó ronca y poco natural. —¿Quién es? -preguntaba.
— Soy yo, Relinsky -dijo Reilly.
— ¿Quién? -volvió a preguntar Grammatikov. Reilly repitió su seudónimo.
— Tengo aqui conmigo a alguien que me ha traído malas noticias -dijo bruscamente
Grammatikov-. Los médicos operaron demasiada pronto. El estado del paciente es
grave. Venga en seguida si quiere verme.
Reilly corrió a casa de Grammatikov. Lo halló vaciando febrilmente las gavetas de su
escritorio y quemando papeles en la estufa.
— ¡Esos necios han dado el golpe demasiado pronto!- exclamó Grammatikov apenas
entró Reilly en la habitación-. ¡Uritsky ha muerto, asesinado, en su oficina, esta
mañana, a las once!
Mientras hablaba, Grammatikov seguía rasgando papeles y quemando los
fragmentos.
— Es correr un riesgo terrible permanecer nosotros aqui. De mí, por supuesto, ya se
sospecha. Y si se descubre algo, lo primero será el nombre de usted y el mío.
Al llamar al capitán Cromie a la embajada británica, supo Reilly que aquél ya estaba
enterado del asesinato. Uritsky, el jefe de la Cheka de Petrogrado, había sido muerto
por un terrorista social-revolucionario.
Sin embargo, todo parecía estar normal en la oficina de Cromie. Con precaución,
Reilly le indicó que se reuniera con él en el lugar de cita habitual. Cromie entendió: el
lugar de cita habitual era el café Balkov.
Reilly pasó el tiempo que aún le quedaba antes de reunirse con Cromie destruyendo
diversos documentos comprometedores e innecesarios, y ocultando cuidadosamente
sus claves y documentos de importancia.
Cromie no apareció por el café. Reilly decidió arriesgarse a ir a la embajada. Al salir
murmuró un aviso al oído de Balkov: Puede quo algo haya salido mal. Prepárese para
salir de Petrogrado y deslizarse a través de la frontera de Finlandia...
En la perspectiva Vladimirosvky, Reilly vió hombres y mujeres corriendo, que se
guarecían en los soportales o huían para desaparecer por las calles laterales. Oiase
el ronco sonar de potentes motores; pasó un automóvil disparando, atestado de
soldados rojos, y luego otro, y otro.
Reilly apretó el paso. Corría casi cuando dió la vuelta a una esquina para tomar la
calle donde se hallaba la embajada británica. Pero se detuvo bruscamente. Frente a
la embajada yacían varios cuerpos. Eran los cadáveres de algunos funcionarios de la
policía soviética. Cuatro autos se hallaban estacionados frente a la embajada y a
través de la calle se extendía un doble cordón de soldados del Ejército Rojo. Las
puertas del edificio de la embajada estaban arrancadas.
— Bueno, camarada Relinsky, ¿ha venido usted a ver nuestro jolgorio?
Reilly se volvió, para encontrarse frente a frente a un joven y sonriente soldado del
Ejército Rojo con quien había hablado varias veces a guisa de camarada Relinsky, de
la Cheka.
— Dime, camarada, ¿qué ha sucedido? -preguntó apresurado Reilly.
— Que la Cheka anda buscando a un llamado Sidney Reilly.
Más tarde supo Reilly lo sucedido. Después del asesinato de Uritsky, las autoridades
soviéticas de Petrogrado habían enviado agentes de la Cheka a cercar la embajada
británica. En el piso alto del edificia, los miembros del personal de la embajada, bajo
la dirección del capitán Cromie, estaban quemando papeles comprometedores. El
capitán Cromie corrió hacia abajo y echó los cerrojos a la puerta en la cara de la
policía secreta soviética. Los policías entonces echaron abajo la puerta, y el
desesperado agente británico se enfrentó con ellos en la escalera, con una pistola
Browning, automática en cada mano: disparó, y mató a un Comisario y a varios otros
funcionarios. Los agentes de la Cheka respondieron al fuego, y el capitán Cromie
cayó, con la cabeza atravesada por un balazo...
Reilly pasó lo que le quedaba de aquella noche en casa de un terrorista social-
revolucionario llamado Serge Dornoski. Por la mañana, mandó a Dornoski en
excursión de reconocimiento y para averiguar cuanto pudiera. Dornoski volvió con un
ejemplar del periódico comunista oficial, Pravda. La sangre correrá por las calles -
dijo-. Alguien disparó contra Lenin en Moscú. ¡Pero, desgraciadamente, erró el
tiro! Puso el periódico en manos de Reilly. En llamativos titulares se daba la noticia
del atentado contra la vida de Lenin.
La noche anterior, cuando salía Lenin de la fábrica de Michelson, donde había
hablado en un mitin, una terrorista social-revolucionaria llamada Fanya Kaplan le
había disparado dos tiros a quemarropa al jefe soviético. Las balas estaban hendidas
y envenenadas. Una de ellas le había penetrado a Leninen el pulmón, por encima del
corazón; la otra le había entrado por el cuello, muy cerca de la arteria
yugular. Lenin no había muerto, pero se decía que su vida pendía de un hilo.
El revólver con que Fanya Kaplan había atentado contra Lenin le había sido
entregado por el cómplice de Reilly, Boris Savinkov. Más tarde, el mismo Savinkov
reveló el hecho en sus Memorias de un Terrorista.
Con una pequeña pistola automática liada bajo el brazo, para usarla en cualquier
emergencia, Reilly salió inmediatamente en tren para Moscú. Durante el camino, al
día siguiente, compró un periódico en el entronque de Klin. Las noticias eran las
peores posibles. Había un relato detallado de toda la conspiración que él encabezada,
incluso del plan de fusilar a Lenin y a los demás jefes soviéticos, apoderarse de
Moscú y Petrogrado y establecer una dictadura militar bajo la alta jefatura de
Savinkov y Yudenitch.
Reilly siguió leyendo con creciente consternación. René Marchand, el periodista
francés que se hallaba presente en la reunión celebrada en el consulado general
americano, había informado a los bolcheviques de todo cuanto se trató allí.
Pero faltaba el golpe final.
El coronel Berzin, el jefe de la guardia letona, había declarado que el capitán Sidney
Reilly era el agente inglés que había tratado de sobornarlo con la oferta de dos
millones de rublos, para que entrara en una conspiración que se tramaba para
asesinar a los jefes soviéticos. La prensa soviética publicaba, además, la carta que
Bruce Lockhart le había entregado a Berzin para que pudiese pasar a través de las
líneas inglesas en Arkangel.
Lockhart había sido arrestado en Moscú por la Cheka. Otros oficiales, funcionarios y
agentes aliados estaban siendo buscados y puestos bajo custodia.
En todo Moscú se había pegado en las paredes carteles que, contenían la descripción
de Reilly. Y se mencionaban todos sus seudónimos -Massino, Constantine, Relinsky-,
a la vez que se le proclamaba fuera de la ley. La cacería había empezado.
A pesar del evidente peligro que ello entrañaba, Reilly siguió en viaje y llegó a
Moscú. Localizó a la bailarina Dagmara, en casa de una mujer llamada Vera Petrovna,
cómplice de la frustrada asesina de Lenin, Fanya Kaplan. Dagmara le contó a Reilly
que su domicilio había sido registrado varios días antes por la Cheka. Ella se las
había, arreglado para ocultar dos millones de rublos que tenia en billetes de a mil
rublos -parte del dinero que empleaba Reilly para la conspiración. Los agentes de la
Cheka no la habían arrestado, sin que ella supiera por qué: quizás creyeran que
dejándola en libertad y siguiéndola, podrían llegar, por ella, hasta Reilly.
Pero, teniendo a su disposición los dos millones de rublos que le había entregado
Dagmara, Reilly no era pieza fácil de cazar. Disfrazado ahora de mercader griego,
luego de ex-oficial zarista, más allá de funcionario soviético, y otras veces de simple
obrero comunista, se mantuvo en movimiento constante, dando esquinazo a la
Cheka.
Un dia se encontró con su antiguo auxiliar en Moscú, el capitán George Hill, del
Servicio secreto inglés, que hasta entonces había logrado salvarse de la red
bolchevique. Los dos agentes revisaron y comprobaron listas de nombres y
direcciones. Reilly descubrió que una parte considerable de su antiguo mecanismo
antisoviético permanecia intacta. Le pareció que aún quedaba esperanza.
Pero, al revés que Reilly, el capitán Hill consideraba que todo había terminado. Había
oído decir que se estaba preparando un canje, de prisioneros entre el gobierno
soviético y el inglés. Los rusos iban a libertar a Lockhart y a otros a cambio del
regreso a la patria, en condiciones de seguridad, de varias personalidades
representativas soviéticas, entre ellas Máximo Litvinov, a quienes las autoridades
británicas habían arrestado en Inglaterra.
— Yo voy a entregarme -dijo el capitán Hill. Y le aconsejó a Reilly que hiciera otro
tanto.
Pero Reilly no estaba dispuesto a admitir la derrota. Regresaré a Inglaterra sin
permiso de los Pieles Rojas, -le contestó a Hill. Y le apostó a su cómplice que se
reunirían en Londres, en el Hotel Savoy, dos meses después (5).
Reilly permaneció en Rusia algunas semanas más, recogiendo material de espionaje
y aconsejando y alentando a los elementos antisoviéticos que aún seguían
laborando. Luego, después de una serie de episodios de evasión en que muchas
veces escapó por un pelo, logró salir del país, por medio de un falso pasaporte
alemán, hacia Bergen, Noruega, y de allí embarcó para Inglaterra.
De vuelta en Londres, el capitán Reilly rindió informe a sus superiores del Servicio
secreto inglés. Lamentaba profundamente las oportunidades perdidas. Si René
Marchand no hubiera sido un traidor..., si el coronel Berzin no hubiese resultado un
puritano..., si la fuerza expedicionaria hubiera avanzado con mayor rapidez por el
Vologda..., si yo pudiera haber combinado con Savinkov...
Pero de una cosa seguía Reilly plenamente seguro: el hecho de que Inglaterra
estuviese todavía en guerra con Alemania era un error. Deberían cesar
inmediatamente las hostilidades en el frente occidental y formarse una coalición
contra el bolchevismo. El capitán Sidney George Reilly seguia clamando:
¡Paz, paz a cualquier precio, y en seguida, un frente unido contra los verdaderos
enemigos de la humanidad!

La Revolución de Octubre y las nacionalidades oprimidas

de Henri Barbusse: Stalin, un mundo nuevo visto a través de un hombre,


Edfitorial Cénit, Madrid, 1935, pgs.99 a 123.
En los días de Octubre Stalin fue nombrado Comisario de] Pueblo para las
Nacionalidades (funciones que había de desempeñar hasta 1923).
El problema de las nacionalidades o la homogeneidad en la heterogeneidad.
Hace unos diez años [1924] Stalin declaró en circunstancias solemnes que si la
primera base de la República de los Soviets es la alianza de los obreros y los
campesinos, la segunda base de la República es la alianza de las diferentes
nacionalidades: rusos, ucranianos, bachkires, rusosblancos, georgianos,
azerbedyaneses, armenios, daghestanos, tártaros, kirghises, usbekeses,
tadyekistanos, turkmenos.
Después de la demolición de los dos viejos regímenes -el zarista y el burgués, el de
tres siglos y el de seis meses-, Stalin se les aparecía a todos, y en primer término a
los de las primeras filas, a Lenin y al Comité Central, como uno de los teóricos y de
los trabajadores más calificados en esta cuestión de las nacionalidades. Y hoy se le
considera como el que mejor la conoce en la Unión Soviética.
Cuestión capital; cuestión del esqueleto del nuevo Estado, en particular, y del
esqueleto geográfico del socialismo en general. Esta cuestión se plantea sobre el
trazado lineal de Rusia y sobre el enrejado de rayas y puntos de todo el mapamundi.
Nosotros, los occidentales, acostumbramos a llamar rusos a los ciudadanos de la
nación que se extiende desde Polonia hasta Alaska cogiendo ocho mil kilómetros de
la cintura del globo. Pero esto no es sino una manera de expresarse sumaria,
abreviada y, por así decir, simbólica. Porque Rusia no es más que uno de los países
que constituyen la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. No una provincia, sino
un país, una República. Además de Rusia existen en los dos mil millones de hectáreas
de la Unión una docena de naciones y un centenar de pequeños países o
aglomeraciones étnicas diferentes que se engranan en la Federación actual después
de haber sido incluídas sin orden ni concierto en el patrimonio de la familia rusa
instalada bajo las pintadas bóvedas del Kremlín. La Rusia propiamente dicha es
únicamente la más importante de estas naciones, y en una ciudad rusa se encuentra
el centro administrativo de este territorio que abarca la mitad de la vuelta al mundo
(para administrarse siempre hace falta un centro administrativo); pero el georgiano
es georgiano y el ucraniano, ucraniano; tienen tanto de rusos como vosotros y yo.
Estas regiones y estos pueblos anexionados por la violencia bajo los zares, eran
retenidas también por la violencia en el seno nacional, y entoncesnacional quería
decir -y cuán brutalmente- ruso. Rusificación, desnacionalización, revoco ruso desde
la estructura hasta la mentalidad: las fronteras, borradas por las suelas de las botas
militaras; la lengua nacional, ahogada a gritos por la rusa. Como ya hemos visto de
pasada a propósito de Georgia, para el poder central petersburgués y moscovita,
para el hombre sagrado de franjas de oro que alzaba el puño desde el Palacio
supremo sobre todas las Rusias, tratábase de hacer cambiar de piel a la población
extranjera colonizada. Y de su palacio salían leyes corrosivas destinadas a disolver
hasta en la sangre la originalidad étnica de las razas.
Estas razas se encuentran en la actualidad bajo un régimen completamente dístinto,
como consecuencia lógica de los principios socialistas. Y estos principios que
resuelven, por encíma de la constitución del Estado obrero y campesino, una
cuestión básica de la cívilización mundial y plantean ideológicamente esta cuestión
en el plano internacional, realizándola efectivamente en un plano nacional ampliado,
estos principios tuvieron y tienen aún en Stalin su mejor intérprete. Entre todas
sus especialidades, ésta es una de las más prestigiosas, y los otros especialistas
soviéticos en la materia reconocen que se han educado con la lectura de sus
artículos, publicados en los años que precedieron a la guerra, en la revista
Prosvechtchenie.
Por otra parte, la oposición instintiva contra el ruso, la fobia por la dictadura de
Rusia (incluso en el terreno socialista) señala, como ya hemos observado, la primera
fase de la historia de la propaganda revolucionaria en el seno de este continente
heteróclito que era el Imperio ruso. Desde los orígenes del Partido hubo corrientes
nacionales y nacionalistas que crearon antagonismos entre los obreros, ínfiltrándose
una desconfianza general contra el proletariado ruso.
Ya en 1905, los obreros polacos y lítuanos -entonces súbditos rusos- tenían sus
partidos socialdemócratas distintos, no pertenecientes al P.O.S.D.R. (partido obrero
social-demócrata ruso). Muchos obreros judíos procedían de igual manera (Bund
Obrero Judío) .
Hasta el IV Congreso socialdemócrata, el de Estocolmo en 1906, no tuvo lugar la
adhesión al partido ruso de los partidos lituano y polaco y del Bund. No obstante, la
dureza de las represiones imperiales después de la revolución de 1905 provocó,
como era natural, un recrudecimiento tal de los viejos brotes de nacionalismo y
de pequeño nacionalismo, por así decir, que la difusión general de esta resistencia
étnica tuvo como resultado mecánico el nuevo apartamiento de los diversos
proletariados nacionales del proletariado ruso.
Los principios fundamentales del programa y de la táctica del Partido sobre las
cuestiones nacionales, formulados en 1913 por los artículos de Lenin y de Stalin,
fueron presentados en una resolución a una Conferencia del Partido en agosto de
1913.
He aquí sus puntos más importantes: Derecho de las nacionalidades a disponer de sí
mismas hasta la separación de la Rusia zarista. Para las que deseen participar en una
Federación, en una unión de gobiernos nacionales, autonomía terrítorial, supresión
de la lengua oficial única (rusa), derecho a las lenguas locales (incluso las de las
minorías), emancipación de la garra del yugo nacional (ruso) bajo todas sus formas.
Así, pues, Lenin y Stalin, al elaborar esta fórmula marxísta de las nacíonalídades -tan
deliberada y peligrosamente consecuente consigo misma, puesto que presuponía la
dislocación terrítoríal del viejo imperio- insertaban sin escapatoria y esclareciéndola
hasta el fondo la cuestión nacional en la cuestión revolucionaria. Abrían paso con
largueza -hasta el límíte- a las posibilidades de conservar la unidad de cada
agrupamiento étnico dentro del conjunto denominado Rusia (no siendo sólo la
autonomía étníca un factor moral respetable en sí, sino también un factor de
vitalidad y de creación), sin perder de vista la unidad del conjunto que ofrece un
interés práctico consíderable.
Por otra parte, esta unidad de conjunto era fortalecida concretamente por la de la
red socialista (tanto política como sindical), única y homogénea.
La tesis leninista y staliniana que mezcla íntimamente la teoría con la práctica, que
suelda orgánicamente la idea y la acción (el marxísmo, en su carácter de ciencia
aplicada, necesita inventores en lucha con la realidad que les empuja sin descanso
hacia el porvenir), era claramente opuesta a la tesis austro-marxista designada con
el nombre de autonomía nacional cultural y que tenía sus defensores en la social-
democracia. Los oportunistasaustríacos preconizaban en substancia la existencia de
bloques nacionales integrales a los que el socialismo debía acomodarse. Esto
conducía a un separatismo socíalísta: en el plan de estos catastradores ideales era el
socialismo el que resultaba nacionalizado, en vez de ser el nacionalismo el que se
socializara. Recortábase el socialismo en trozos distintos por toda la superficíe del
imperio de Nicolás II. Este supuesto perfeccionamiento era una necedad
y Lenin y Stalin se alzaron contra él. Admitir hasta en el dominio específico -y nuevo-
del socialismo la delimitación nacional y el respeto de las fronteras era rebasar la
medida peligrosamente y desequilibrar la dosificación de la autonomía deseable y de
la unidad conveniente. Semejante cosa estaba en pugna con el sólido buen sentido
arquitectónico del marxismo.
En el entretanto llegó la primera barredura de febrero y el desmoronamíento del
trono. Stalin fue el encargado de hacer el informe sobre la cuestión nacional en la
Conferencia del Partido bolchevique de abril de 1917. No bastaba proclamar la
igualdad formal de los pueblos. Esto no hubiera tenido más resultados prácticos que
la proclamación de la Igualdad por la Revolución francesa (Manuilski). Era menester
llegar más lejos y más a lo hondo.Stalin propuso la adopción de la concepción
preconizada bajo el zarismo. Esta teoría fue aceptada, aunque no sin discusión,
porque Piatakov y algunos otros congresistas se oponían a la cláusula que establecía
el derecho de independencia de las nacionalidades hasta la separación, cláusula
cuyas consecuencias eventuales les asustaban (1).
Conviene hacer notar y resaltar hasta qué punto la adopción de esta tesis de las
nacionalidades, audaz en efecto en su magnanimidad y en su honradez socialistas,
ha servido a los intereses de la lucha revolucionaria. Gracias a ella el Partido
bolchevique pudo presentarse ante las masas obreras y campesinas como lo que
verdaderamente era; es decir, como el único partido que luchaba de una manera
consecuente contra la opresión nacional zarista, que Kerenskí, auxiliado por los
mencheviques, quería proseguir.
Este dogma de emancipación étnica, este rompimiento de cadenas, unidos al de la
emancipación social, a las consignas de paz, tierra y control obrero de la producción,
ensambladas las aspiraciones nacionales y el socialismo, sirvieron para hacer
prosperar decisivamente la preparación de la Revolución de Octubre. La actitud de
los bolchevíques ante el problema de las nacionalidades les atrajo las simpatías de
todos y no acarreó desgajamíentos nacionales como hubiera podido temerse. Y en
este caso triunfó completamente una vez más la sabiduría clarividente, en su
plenitud audaz. Sí Koltchak y Deníkin han sido vencidos -ha escrito Stalin- ha sido
porque hemos contado con la simpatía de las nacionalidades oprimidas.
Del otro lado de Octubre, tras la segunda barredura europeooriental y la eliminación
del zarísmo democrático que era la dominación burguesa, Stalin se convirtió
normalmente en el dirigente autorizado de la política del partido en la cuestión
nacional.
La Declaracíón a los Pueblos de Rusia fue uno de los primeros actos legislativos del
Gobierno soviético. Formulada y escrita por Stalin, esta declaración decretaba:
La Igualdad y la Soberanía de todos los Pueblos de Rusia. El derecho a disponer de sí
mismos, llegando hasta la separación y la formación de un Estado independiente. La
abolición de todos los monopolios y todos los privilegios nacionales (rusos) y
religiosos (ortodoxos). El libre desarrollo de las minorías nacionales y de los grupos
etnográficos situados en el terrítorío de la antigua Rusia.
Esto significaba para las nacionalidades que aceptasen la federación una unión
general de orden exclusivamente administrativo y un máximum de facilidades para el
florecimiento nacional. Los diferentes pueblos formaban entre sí una sociedad de
independencia mutua.
Otro documento capital, aparecido en 1917 y firmado por Lenin y Stalin, se dirigía a
todos los trabajadores musulmanes comprendidos en las fronteras del ex imperio
europeo-asiático de los zares. Estos constituían la parte más atrasada y más
oprimida de la población denominada rusa. El Gobierno soviético anunciaba que una
de sus primeras tareas consistiría en elevar al nivel de las demás a estas poblacíones
dispersas por millones en el Turquestán, Síbería, el Cáucaso y el Volga.
Detengámonos ante esta solucíón majestuosa, tan humana y tan moral, del más
inextricable y trágico de los problemas contemporáneos con la idea de que puede
aplicarse tanto a las regiones de un país como a los países de un continente y del
mundo entero. Trágico es, en efecto, este problema, porque la cuestión de las
relaciones de las naciones entre sí -la cuestión de la paz y de la guerra- ha sido el
sangríento círculo vicioso de toda la historia moderna. El sentimiento nacional y la
paz son en principio estricto antagónicos. Quien dice nación dice irradiación, dice
apetito, dice devoramiento. No hay ningún caso en que el devoramiento entre
naciones no se haya consumado en la medida de las posibilidades materiales. Por
otra parte, la política de lucro individual y de conservación social del capitalismo
agrava y cultiva sistemáticamente la catástrofe latente. El resultado defectuoso de
las centralizaciones históricas es el bloque (entre fronteras discutibles) de un
puñado de explotadores y masas de explotados, bloque dirigido contra las masas de
los países vecinos, siendo así que el buen sentido nos pide un agrupamiento
diferente de los hombres por afinidad de intereses. No puede negarse que en el
universo el capitalismo destructor se halla incrustado hoy día en la geometría de los
límites nacionales y que el deseo de emanciparse mediante un acuerdo general
tropieza sobre todo con el obstáculo macizo del culto nacionalista que impregna a la
humanidad trozo a trozo y atiborra de ambiciones exclusívístas y explosivas a cada
fragmento del jeroglífico terrestre que lleva un nombre propio. Por eso la
propaganda esencial del capitalismo (y de modo más apremiante y más intenso en la
hora actual, en la coyuntura de lucha social a que han conducido las crisis
económicas y cierta penetración de las ideas a las generaciones presentes) consiste
en cultivar y exasperar hasta el paroxismo el nacionalismo de las muchedumbres, el
aislamiento agresivo de las patrias, el compartimentaje feroz del mapamundi, puesto
que de este estado de espíritu enfermizo, de este estado de cosas desequilibrado,
depende el propio destino del capitalismo.
Mas he aquí que los hombres de Octubre, que realizaron su revolucíón precisamente
en el seno de una yuxtaposición sumamente variada de razas y países (2) -y en
donde, por añadidura, una larga tradición de opresión había hipertrofiado muchas
veces el nacíonalísmo-, he aquí que estos hombres han hecho ver por vez primera la
solución razonable y seria de este inveterado antagonismo jalonado por todo el
planeta, la fórmula lógica que sintetiza las dos exigencias irreductibles de la
personalidad de un país y de la solidaridad práctica y sitúa el patriotismo no contra,
sino dentro del socialismo.
El secreto de la gran fórmula estriba en seleccionar y clasificar con exactitud las dos
aspiraciones fundamentales de la libertad individual y de la unión recíproca; estriba
en asignar a cada una sin confusión y sin intromisión su campo de expansión y sus
medios propios, de suerte que puedan desarrollarse paralelamente y no una en
detrimento de la otra.
La originalidad étnica, la personalidad moral e intelectual colectiva, la cultura
nacional, el alma nacional, todo lo que se expresa en la tradición y el folklore, en la
producción artística y espiritual y también en ciertos sentimientos familiares y cierto
orgullo filial, todo lo que es servido por la lengua materna (la lengua, esta máquina
dúctil que motoriza y perfecciona el espíritu y el corazón de los pueblos); todo eso,
no sólo conservado, sino aun enriquecido, y no sólo desde el punto de vista nacional,
sino también regional (lo que supone un mayor acercamiento a la realidad). Casi
exageración aparente del respeto a las minorías étnícas que lleva en el siglo XX a los
sabios de Moscú a crear alfabetos para captar y fijar tradiciones espirituales
milenarias en el seno de pequeñas minorías perdidas a lo lejos y para permitirles que
se despierten, renazcan y se desarrollen con arreglo a sí mismas.Es demasiado, es
una locura, asegura la mezquina sabiduría miope. Pero la sabiduría grande y
clarividente no es del mismo parecer.
En cuanto a la tradición religiosa nacional, que no es casi nunca de origen nacional,
sino que es, en la mayoría de los casos, una aportación extranjera (Dios viene de
alguna otra parte, como el zar y el funcionario ruso), se la deja en el sitio en que
está, sometiéndola simplemente a ese régimen moral de derecho común, si así puede
decirse, en el que se estrella el error en todo medio que se instruye y se educa.
Las individualidades colectivas que consiguen así la emancipación y la autonomía en
todo este sector específicamente íntimo y nacional quedan unidas, sin embargo, por
ciertos lazos. ¿Cuáles? Lazos de orden administrativo, práctico, físico, que aseguran
a la totalidad de las partes adheridas una salud y una potencia de las que se
beneficia directamente cada una de ellas. La misma dirección suprema para el
ejército, las finanzas, la política exterior. La unificacíón de todas las riquezas y todos
los recursos naturales de la Unión. Esta ligazón garantiza a cada una de las partes un
gran beneficio en el terreno temporal y concreto. Semejante organización permite,
en efecto, realízaciones de conjunto: planes económícos, trabajos de interés general,
orientaciones razonadas, una mayor riqueza y amplitud en la distribución de la
producción, multiplicación de la prosperidad de todos y cada uno en la proporción
matemática de la extensión de la actividad colectiva. Añadamos aún una gran
potencia militar proporcionada ipso facto a cada uno de los Estados de la Unión,
incluso a los más débiles.
En otros términos: las naciones son independientes en el terreno en que tienen un
interés moral en serlo y están unidas en aquello que conviene a su interés material.
Esto significa, por lo tanto, sustituir en toda la línea con beneficios reales las
ligaduras brutales a la vez que frágiles impuestas antaño por la violencia de los
zares, que se intitulaban pomposa y falazmente unificadores de las tierras rusas.
Entre el moscovíta y el tártaro, entre estos dos extranjeros, existen diferencias
reales: estas diferencias son redimidas, cultivadas, perfeccionadas. De ello se hace
una ley nacional. Pero entre estos dos hombres existen semejanzas: necesidades
comunes, derechos idénticos e iguales a la vida, a la paz e incluso derechos comunes
de propiedad. También de esto se hace una ley general. Tal es el punto de vista con
el que los constructores soviéticos del porvenir consideran el mapa de los países
engarzados en sus fronteras étnicas (fronteras positivas o ideales). Primeramente, el
mínimum indispensable de vínculos comunes para asegurar la seguridad y la
prosperidad de la vida colectiva. Después, el máximum posible de florecimiento
nacional.
Frente a un mundo en el que la paz entre las naciones es una fórmula literalmente
absurda, puesto que cada una de las setenta y cinco naciones contemporáneas no
persiguen otro fin (confesado por unas y disimulado por otras) que vivir en
detrimento de las demás; frente a esto, la fórmula soviética, que se sirve del nuevo
ideal de solidarídad social para perfeccionar el ideal antiguo, desarmándole y
situándole en su sitio, colma todas las aspiraciones. Eso sin hablar del entusíasmo
suplementario que infunde al continente organizado de tal manera e incluso al
mundo entero.
¿Qué objeciones pueden hacerse a esta concepción, incluso si abandonando por un
instante el propio hogar continental se la considera desde muy alto, desde todo lo
alto que se puede subir sin perder de vista la tierra y la época (porque más arriba no
se llega sino al ideal sin relieve y muerto de los íconos, de las linternas mágicas y de
las páginas sagradas)? No se puede objetar nada profundo ni sólido. Esta concepción
no puede molestar -entre los grandes países- sino a los siniestros megalómanos que
dicen: mi raza tiene que dominar en el mundo a todas las demás y el nacionalismo de
los cuales adopta la forma infecciosa del expansíonismo. No puede molestar -entre
los países pequeños- sino a los monomaníacos fanáticos que se emborrachan con la
palabra autonomía y prefieren a todo, incluso a todos los progresos, un aislamiento
absoluto, incompatible con las exigencías brutales de la solidaridad universal y que
les obliga a vegetar penosamente y cada vez con menos dignidad en espera de que
se los traguen las fauces de algún gran monstruo imperialista.
Porque para los países débiles o atrasados (que constituyen la mayoría del conjunto
ruso) el sistema es muchísimo más ventajoso e inteligente, cualquiera que sea el
punto de vista desde el que se le mire, que el sistema de la independencia pura y
simple: federadas, las nacionalidades cooperan a una obra común y viven
científicamente en paz una con otra. Extranjeras, practican entre sí, no la
cooperación, sino la concurrencia, la cual se convierte por la fuerza de las cosas en
antagonismo y en hostilidad, con todas las cargas, todas las servidumbres, todos los
peligros -¡y todas las capitulaciones!- que forman su eje. Las nacionalidades
soviéticas son a la vez pequeñas y grandes; pero si abandonasen la Unión serían sólo
pequeñas sin nínguna compensación.
Todo esto no es -o mejor dicho, ha dejado de serlo- pura teoría abstracta como lo fue
en un momento dado. La historia reciente del país soviético ilustra el principio de
esta grandiosa discriminación colectiva de lo temporal y lo espiritual con minuciosos
ejemplos vivos de una luminosa evidencia: numerosos países atrasados que en el
seno de la Unión han franqueado con quimérica rapidez las primeras etapas del
progreso y del bienestar, a la vez que del desarrollo nacional gracias a la ayuda
enorme del centro, es decir, del conjunto; numerosas razas en otro tiempo enemigas
encarnizadas, enemigas legendarias, que viven hoy en una paz recíproca completa.
Haber llegado a conseguír que las fronteras entre los Estados no tengan ya sino una
importancia administrativa (informe de Manuílski al V Congreso mundial), es
verdaderamente decretar la ley de la paz. Para quien conoce las luchas intestinas de
antaño es cosa de maravilla observar esta fraternización lógica al ir de un lado a
otro. No es posible acoger todos estos fenómenos sin emoción cuando se quiere ser
objetivo.
Mas para volver al comienzo de este extraordínarío panorama de transformaciones
conviene hacer notar que la aplicación de la nueva política de las nacionalidades
sirvió de gran ayuda para la pacificación del inmenso territorio emancipado de los
zares del knut y de los zares de las finanzas. Permitió la liquidación, como allí se
dice, de los gobiernos contrarrevolucionarios (Ucrania, Turquestán, Transcaucasia),
y es menester repetir aquí que únicamente la intervención de los ejércitos alemanes
permitió a la contrarrevolución hacerse fuerte en las fronteras y acarreó la caída del
Poder soviético en Ucrania, en la Rusia blanca, en Finlandia y en los países bálticos.
(Sólo consiguió restablecerse la situación en Ucrania y en la Rusia blanca.)
Esta misma política con relación a las razas y las minorías nacionales permítíó
asestar los golpes de gracia que acabaron con Koltchak y Denikin, y después de
vomitar a los blancos, el nuevo Estado pudo, gracias a ella, movilizar a grandes
bloques de población en nuevas Repúblicas.
Esta política servía tan manifiestamente los intereses de las colectivídades que éstas
se pasaron a los Soviets en la medida en que pudo dárseles a conocer y también en
la medida en que se las conocía a ellas y se les hablaba en el lenguaje conveniente. Y
en este sentido desempeñaron un papel decisivo la competencia y la valía del
hombre que se dirigía a ellas.
En 1922, creación de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. El nombre
de Stalin va ligado indisolublemente a esta gran fecha histórica. La Constitución de la
U.R.S.S. es fundamentalmente esta desbordante ley elaborada por la minoría
revolucionaria bajo el zarismo. Puede resumírsela así: establece o, mejor dicho,
propone: Una estrecha unión económica y militar, al mismo tiempo que una
independencia amplísima y una libertad de desarrollo completa de todas las culturas
nacionales, una destrucción sistemática de todas las supervivencias de desigualdad
nacional, una ayuda poderosa de los pueblos más fuertes a los más débiles (N.
Popov).
Lancemos aún tres rápidas ojeadas al Sur, al Este y al Oeste.
En esta Transcaucasia en donde Stalin había comenzado a escondidas a incendiar el
corazón de las muchedumbres, en esta región de los hermanos enemigos donde
todos los elementos de la población se destrozaban entre sí, la política soviética de
las nacionalidades ha producido un hecho casi milagroso: la desaparición completa
no sólo de las luchas, sino de los odios de razas que fermentaban allí desde hacía
siglos, y eso a pesar de los mencheviques, los dachnaks y los musavatistas, seudo-
socialistas que fueron por un instante dueños del Poder en los tres países
transcaucasianos y que se aprovecharon de ello para reanimar todas las guerras
intestinas, para sembrar la ruina en el terrítorio, a la vez que pedían la intervención
extranjera. En la Georgia actual, en Armenia y en el Azerbedyán se lee claramente
este axioma: para un país pequeño no hay fórmula que le asegure tanta libertad
como la fórmula soviética.
Divertida imagen y de dimensiones legendarias es la inspirada por esta cuestión a un
campesino abjasíano cuyo espíritu sencillo y honrado había sido iluminado por el
socialismo: Si un elefante ve en la llanura a unos niños que juegan y, queriendo
protegerlos contra la tempestad se acuesta encima de ellos, los protege, sin duda,
pero a la vez los aplasta. Ahora bien, nosotros los abjasianos nos sentimos realmente
protegidos de la tempestad por el elefante soviético... porque Stalin le sostiene las
patas.
Ucrania. La cuestíón de Ucrania era de una importancia capital. Ucrania, violentada
durante tanto tiempo por el despotismo zarista, que le inoculaba a la fuerza la
rusificación como una enfermedad, se convirtió después de Octubre en un teatro
tumultuoso de guerras civiles, lucha de los obreros y de los campesinos ucranianos
contra la Rada, lucha de los obreros del Donetz contra las bandas de Kaledin,
ocupación alemana de Ucrania; derrocamiento del Directorio, falsamente
democrático, y del Poder del atamán Petliura, que no se molestaba en adoptar
disfraces democráticos; intervención de la Entente (escuadra del mar Negro),
invasión de Ucrania por Denikin, lucha contra los polacos blancos, lucha contra
Wrangel. En Ucrania el sentido de la política seguida y de la táctica puesta en
práctica era de un alcance decisivo.
Stalin, que fue enviado allí, como se recordará, en 1918, no se ocupó solamente de la
cosa militar, sino también de la situación económica y política. En marzo de 1920
acudió como representante del Comité Central a la IV Conferencia del Partido en
Ucrania, y en 1923 tomó parte en la IV Conferencia Nacional, después del XII
Congreso del Partido, Stalin ha subrayado claramente la enorme importancia de una
política nacional justa en Ucrania, tanto desde el punto de vista interior como desde
el punto de vista ínternacíonal. Por lo demás, a la hora de ahora las miras que
convergían en Ucrania siguen convergiendo aún: Polonia (primero en complicidad
con Francia, y después con la Alemania fascista) y la Alemanía hitleriana por su
propia cuenta no ocultan sus apetitos, urden intrigas cosidas con hilo blanco y están
al acecho. Una especie de complot clandestino permanente trata de minar a esta
República adherida leal y plenamente a la Unión.
Del lado opuesto al de la barbarie europea, en el Asia central, la cuestión de la
sovietización ponía y pone aún en juego la cuestión del Extremo Oriente, así como la
de la colonización imperialista y capitalista en general. En lo que respecta a la
intervención socialista, es decir, de la Internacional Comunista y del poder soviético
en la cuestión colonial, Stalin ha escríto: La Rusia zarista era el nudo de las
contradicciones imperialistas. Hallábase situada en la frontera que separa Oriente de
Occidente, y ponía en contacto dos órdenes sociales propíos tanto de los países
capitalistas altamente desarrollados como de las colonias. Era el principal apoyo del
imperialísmo occidental, que ponía en relación al capital occidental con las colonias
de Oriente. Por estas razones, la revolución en Rusia es el punto de contacto de las
revoluciones proletarias de los países capitalistas más desarrollados con las
revoluciones coloniales. Por esto mismo, su experiencia, la experíencía del Partido
Comunista de la Unión Soviética tiene un valor mundial.
Sin embargo, en los comienzos del poder soviético existía una
concepción asiática bastante especial del problema de las nacionalidades. Traducíase
por fuertes tendencias colonizadoras, es decir, por el propósito de someter a tutela al
país lejano, por una preponderancía del elemento ruso en la elaboración y
funcionamiento de la asimilación soviética. Eran obreros rusos y militantes rusos los
que se trasladaban a Asia, dírigían todo y lo solucionaban todo por sí solos,
quedando las poblaciones al margen del socialismo, según la expresión de Stalin.
Esto no estaba de acuerdo con uno de los principios del marxismo leninista, principio
singularmente aprecíado por Stalin: el de la participación clara, directa, consciente
de todos en la obra común. Por lo tanto, Stalin lucha encarnizadamente contra estos
brotes de exclusivismo moscovita mezclados a la racionalización socialista, contra la
práctica de métodos que se asemejaban demasiado a métodos de protectorado o
métodos coloniales para con el indígena sovíético, sistema falso en la teoría e inhábil
en la práctica.
Stalin se dedicó a incorporar íntimamente a estas poblaciones a su propia
edificación, a poner en sus manos su propio progreso a la vez que su nacionalidad, y
de esta manera convirtió su socialismo pasivo en socialismo activo. Esto se consiguió
mediante grandes esfuerzos económicos, de los que se beneficiaron estas vastas
regiones periféricas, esfumadas hasta entonces en la neblina de la Siberia.
De acuerdo con este espíritu, se procedió a la revisión del régimen subalterno del
Turquestán (que adquirió a partir de entonces un desarrollo económico considerable)
y a una nueva y reflexiva delimitacíón nacional del Asia central. Créaronse varias
repúblicas: Usbekistán, Turkmenistán, Tadyekistán, República Kirguís.
Todo este Oriente soviético, tan amenazado hoy por el ímperialismo extranjero (el
japonés) provocador, modernizado en el mal sentido y armado hasta los dientes, que
olfatea en la vanguardia, y todos los que están detrás), todo este Oriente se
encuentra fuertemente defendido por el ideal socialista justo, positivo y rico que se
ha apoderado de las poblaciones.
Y henos ya de lleno en el problema chino. El territorio monstruo, que pesa tanto
como el de Europa; la multitud que bate el record de las multitudes desde la aurora
de los tiempos, han tenido también su pseudo-revolución. También esta revolución
no hizo en un principio nada más que serrar los pies de un trono prestigioso, y
después de la muerte de Sun-Yat-Sen, entregar China a una pandilla de personajes cuya
doble finalidad era impedir su emancipación total y amasar fortunas particulares
fabulosas. Víctima ayer y hoy del bandídaje extranjero, la desgraciada China es
víctima también del bandidaje interior. El Kuomingtang, el partido que detenta el
poder, y los generales más ricos en soldados que llevan al Kuomingtang del ronzal
tienen una bestía negra: el comunista. Y la misma bestía negra tienen los japoneses
y los grandes países occidentales. Por lo demás, lo mismo que a los comunistas se
extermina a los liberales, y el gobierno chino hace enterrar vivos a los escritores que
hablan de justicia. Ahora bien, existe un gran partido comunista chíno, que al revés
del amasijo gubernamental y militar aferrado a China y sometído a las grandes
potencias, se esfuerza por redimir al gigantesco país de su suerte lamentable.
Lo ha conseguido ya en una inmensa región, a la que ha empezado a transformar en
el sentido del progreso socialista, y ha logrado rechazar y dispersar con su ejército
de un millón de hombres las cinco grandes ofensivas desencadenadas contra él por los
bandídos oficiales y extranjeros. Aproximadamente una cuarta parte de Chína, con
cien millones de habitantes, es roja en la actualidad, y esta nueva China no aspira
nada menos que a extenderse por todo el territorio chino. Ahora se desarrolla la
sexta campaña, dirigida en persona por Chang-Kaí-Chek, el gran saboteador de
China, auxiliado por el general alemán von Seekt, al frente de un ejército de
seiscientos mil hombres, con ciento cincuenta aviones y doscientos cañones. Este
ejército prosigue el cerco de la China soviética -o al menos intenta este cerco- con
ayuda de todo un sistema de fortalezas que edifica a medida que avanza. Esta sexta
ofensiva contra la China emancipada ha costado hasta ahora a la China blanca
parasítaria mil millones de dólares chinos y cíen mil hombres. Los chinos blancos se
han apoderado, según dicen, de Chuikin, capital de la China soviética. Pero la táctica
del ejército rojo ha sufrido mientras tanto una modificación lógica: su campaña
ofensiva se ha desplazado, abandonando una parte de sus viejas posiciones, el
ejército rojo prosigue en otras regiones un avance triunfante, que le compensa
ampliamente con nuevas conquistas de sus pérdidas territoriales momentáneas. La
situación se presenta hoy para el ejército rojo con aspecto favorable, hasta el punto
de que parece seguro que conseguirá, no sólo destrozar la invasión blanca, sino
entrar en contacto con las fuerzas japonesas y cumplir su objetivo: la guerra santa
de defensa nacional revolucionaria del pueblo chino contra el imperialismo japonés.
Todos los espíritus libres del mundo deben hacer votos por que lo consiga,
poniéndose término así al martirologio de un continente. Para un ojo clarividente y
positivo no es posible ya leer la fórmula la China para los chinos sino como la China
soviética.
Stalin ha dedicado una especial atención al partido comunista chino y a los heroicos
esfuerzos de los Soviets en China. En 1926 dirigió personalmente una importante
rectificación de la línea del partido chino en la comisión china del Komintern. Su
intervencíón, memorable en los anales de laInternacional Comunista, tuvo por objeto
combatir los errores y las faltas derivados de la desconfianza en la revolución obrera
y campesina y cierta tendencia a considerar que la revolución china había de
quedarse en revolución democrático-burguesa. Y todas las medidas que él
preconizaba han sido justificadas ulteriormente por los acontecimientos.
Esta política de las nacionalidades, los potentes rayos que proyecta fuera de su
centro de origen y lejos de él, no ejercen solamente una acción terapéutica en los
países coloniales o semi-coloniales (donde la liberación nacional es la primera etapa
de la liberación social y donde el socialismo aporta las dos a la vez), sino que influye
e ínfluirá también, directa o indirectamente, sobre toda una serie de Estados
europeos con minorías sacrificadas, las naciones heterogéneas, metrópolis soldadas
a sus colonias, formadas o agrandadas artificialmente por la guerra de 1914:
Yugoeslavia, que no es una federación, sino el agrupamniento conseguido por un
sistema de tornillo de Eslovenia, Croacia, Montenegro y una franja de Macedonia bajo
la dictadura de Servia; o bien Checoslovaquia, extracto heteróclito de la barroca
mescolanza austro-húngara; o bien Polonia, donde no hay más que un cíncuenta por
ciento de polacos; o bien Rumanía, a la que los pueriles y bárbaros cirujanos de
Versalles han cosido atropelladamente la Transilvania húngara, la Besarabia rusa y la
Dobrudya. O bien, como producto de un trapicheo original más antiguo, Inglaterra y
su matrimonio forzado con Irlanda (asunto en liquidación), o el conglomerado valón-
flamenco denominado Bélgica.
En todos estos países el leninismo étnico es un fermento de orden y de revolución, y
abajo, en sus cimientos hormigueantes, multitudes de ojos se clavan en estas nuevas
leyes de sabiduría, de racíonalización territorial.
En los países coloniales o semícoloniales, entre las minorías oprimidas, el principio
soviético, con la doble emancipación que aporta, ha de transformar a vastas
poblaciones, de reservas del capitalismo que son en la actualidad, en reservas
profundas del socialismo (Stalín).
Mas no lo dudemos: esta irradiación alcanza a todo el mundo sin excepción. En la
mitad oríental de Europa y en la mitad septentrional de Asia se está aplicando
nacionalmente una fórmula ínternacional. Esta fórmula está al alcance de todos, lista
para su aplícacíón. La constelación soviética constituye desde este momento parte
integrante de una constelación mundial de los países y de las razas. El día en que
Europa entera fuera sovíetizada habría una Francía, una Alemania, una Italia, una
Polonia, etc., que se desarrollarían según sus tradiciones intelectuales y morales, lo
mismo que hoy e incluso mucho más que hoy; pero no existirían entre ellas sino
fronteras de carácter administrativo, inofensivas para siempre.
Ahí tenemos, pues, ante nosotros, que no estamos acostumbrados a ver crear cosas
nuevas en tan gran escala, la solución soviética del insoluble problema de las
nacionalidades. Ahí la tenemos en la teoría y en la práctica. Ahí tenemos los
elementos básicos de la edificación socialista en el espacio. Principios tan sencillos y
tan justos, tan científicos y tan nobles a la vez, que conducen al logro de varios
ideales al mismo tiempo. Si el socialismo no existiera habría que inventarlo, sin
duda, para desentrañar la realidad viva; habría que inventarlo, firme en su osatura
como las cifras y dúctil como la carne.
Aquí le vemos en acción para poner orden en la humanidad presente, que ofrece
como espectáculo la envidia, el odio y la disputa, y para conseguir que los tanteos
seculares y dispersos de las muchedumbres fragmentadas por toda la tierra acaben
por conducir hacía la sociedad mejor. En el caos bárbaro de nuestra época de
transición, de esta nuestra Edad Media, se graban las consignas de los precursores,
de los hombres que han tenido la gloría de descubrir el mundo tal como es.

La revolución en la cultura
Por primera vez en la historia, la revolución proletaria en Rusia desafió, también en
el terreno cultural, la hegemonía burguesa y, por eso, no es de extrañar que los
imperialistas reaccionaran: según ellos, la revolución era consecuencia del estado de
barbarie del pueblo ruso, compuesto por ignorantes y salvajes; de ahí no podía surgir
ninguna expresión cultural positiva.
Sin embargo, aquella primera revolución socialista llevó a cabo una labor cultural
como jamás se ha visto en ningún país capitalista. Creó las condiciones para dar un
vuelco también al conocimiento y el arte: fundir a las masas con la cultura e impedir
que ésta siguiera siendo un negocio privado, un objeto de compraventa y de lucro.
Hasta 1917 el arte y la cultura eran en todo el mundo patrimonio de una élite muy
reducida. Según palabras de Lenin, las masas populares habían sido expoliadas en el
sentido de la enseñanza, la ilustración y el saber. En la época zarista, el 73 por ciento
de la población adulta era analfabeta. En lo que a la mayoría de las nacionalidades de
población no rusa se refiere, el analfabetismo era total. Una de las formas de
opresión nacional era el expolio cultural autóctono y la imposición de la lengua y la
cultura rusas.
En aquel primer período la atención fundamental estuvo centrada en liquidar el
analfabetismo. No se podía avanzar sin sacudirse esta pesada herencia del pasado.
Para que las masas analfabetas pudiesen estar al corriente de los acontecimientos de
la vida internacional y de la República Soviética, el Consejo de Comisarios del Pueblo
aprobó en diciembre de 1918 el decreto sobre la movilización de personas con
instrucción y la organización de la enseñanza del régimen soviético. Por este decreto
se atraía a toda la población culta a la lectura de los decretos, octavillas, periódicos y
libros a los analfabetos.
El movimiento alfabetizador adquirió gran amplitud en la ciudad, en el campo y en el
Ejército Rojo. Por iniciativa de los trabajadores, en fábricas, empresas y en clubs
surgieron escuelas de alfabetización y círculos de autoenseñanza. Como
consecuencia de ello, en 1928 había 559 periódicos con una fantástica difusión que
alcanzaba la cifra de 8.250.000 ejemplares, cifras sin comparación posible con
ningún país del mundo. Los periódicos no pertenecían a ningún grupo capitalista,
sino a las diversas organizaciones de masas, sindicatos, cooperativas, Partido
bolchevique, Ejército Rojo y a otras instituciones públicas.
Había un entusiasmo desbordante. Era la espontaneidad, la alegría y la esperanza
que traía la primera revolución proletaria. Unos necesitaban aprender y otros
expresarse libremente. Las masas leían, iban a los conciertos, y participaban en las
representaciones teatrales que recorrían el país en trenes y camiones habilitados
expresamente para transportar el escenario, el vestuario, las luces, el equipo y los
actores. Millones campesinos de aldeas remotas conocieron así por vez primera el
teatro, la ópera o el ballet.
Se creó una nueva intelectualidad que no sólo no estaba separada de las masas
obreras y campesinas, sino que había nacido de su propio seno, de las entrañas
mismas de la revolución. Los obreros y campesinos que empiezan a leer, empiezan
también a escribir: brotan espontáneos que cambian la azada por el lapicero, por los
escenarios, por el cincel, por la paleta y por el violín. Surgió una nueva
intelectualidad de las propias masas que comenzaba a escribir en la nueva prensa
revolucionaria. Un rasgo les caracteriza: no eran profesionales, no vivían de la
cultura, no solamente escriben sino que combaten, integran el Ejército Rojo. Esos
que luego serían grandes literatos (Fedaiev, Babel, Beck, Fedin, Sholojov, Leonov,
Furmanov, Tijonov) empuñan las armas. Precisamente algunas de sus grandes obras
son biografías y relatos del frente de batalla: las suyas personales y las de tantos
millones de combatientes heroicos. Y es que cuando los escritores están inmersos en
la realidad, necesitan imaginar muy poco. La vida revolucionaria es muy superior a la
ficción más fantástica.
La revolución socialista terminó con los vestigios culturales del pasado, emancipando
a los pueblos antes oprimidos, quienes a partir de entonces obtuvieron posibilidades
ilimitadas para desarrollarse en todas las esferas. En especial, las supervivencias del
régimen de la servidumbre eran un freno muy fuerte para el fomento de la eseñanza,
la cultura y la ciencia: el régimen estamental, la imposición de la Iglesia, la
desigualdad de derechos para las mujeres, la opresión de las nacionalidades, y ni que
decir tiene, la monarquía y la propiedad terrateniente en el campo. El 11 de
noviembre de 1917 el poder soviético aprobó el decreto sobre la supresión de los
estamentos y jerarquías civiles. Quedaron abolidas las divisiones existentes de los
ciudadanos en estamentos (nobleza, clero, comerciantes, pequeños burgueses, etc.),
los privilegios y las limitaciones estamentales, las jerarquías civiles, los tratamientos
y títulos y los privilegios para la élite de los funcionarios.
El 20 de enero de 1918, el Gobierno soviético separó mediante un decreto especial la
Iglesia del Estado y la escuela de la Iglesia, rompiendo así las trabas religiosas que
durante siglos frenaron el desarrollo de la cultura. Todos los actos de registro civil
pasaban de la jurisdicción de la Iglesia a la de los organismos soviéticos.
Se estableció por primera vez en la historia la plena libertad de conciencia. Los
ciudadanos no sólo adquirieron el derecho a profesar cualquier religión, sino también
el ateísmo, el derecho a no aceptar ninguna religión. Liquidando los vestigios de la
barbarie medieval, escribió Lenin, el poder soviético limpió a Rusia de ese enorme
freno para toda la cultura y todo el progreso en nuestro país. La Revolución de
Octubre demolió hasta los cimientos el viejo aparato estatal de enseñanza pública, el
cual, según expresión de Lenin, perseguía el objetivo de oscurecer el entendimiento
popular.
El poder soviético garantizó por la ley a las mujeres su igualdad plena de derechos
con los hombres. La emancipación de las mujeres tuvo una enorme significación
cultural. La mitad de la población del país recibió desde aquel momento todas las
posibilidades para incorporarse en la labor creadora del socialismo en condiciones
iguales a los hombres. Se dice que la situación jurídica de la mujer es lo que mejor
caracteriza el nivel cultural -escribióLenin-. En este aserto se contiene un grano de
profunda verdad. Y desde este punto de vista, sólo la dictadura del proletariado, sólo
el Estado socialista ha podido lograr y ha logrado el más alto nivel cultural.

El Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública


Se creó el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública,
todo un aparato estatal soviético completamente nuevo
que dirigió la edificación cultural del país. El Partido
bolchevique designó para trabajar en este organismo a
militantes suyos tan destacados como Anatoli Lunacharski,
hombre de colosal erudición y profundo conocedor de la
literatura y el arte, que fue nombrado Comisario del Pueblo
de Instrucción Pública, cargo que ocupó hasta 1933; a N.
Krupskaia, la compañera de Lenin, pedagoga y educadora;
al conocido historiador marxista M. Pokrovski, a Bonch-
Bruevich y otros.
El Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública
emprendió su actividad en condiciones
extraordinariamente precarias.Recuerdo -recordó más
tarde Krupskaia- cómo tomamos el poder en el Ministerio de Instrucción Pública.
Anatoli Vasilievich Lunacharski y nosotros, un puñado de miembros del Partido, nos
encaminamos al edificio del Ministerio [...] En sus proximidades había un piquete de
saboteadores [...] Excepto ordenanzas y mujeres de la limpieza, en el Ministerio no
encontramos a nadie más. Recorrimos habitaciones vacías cuyas mesas estaban
cubiertas de papeles revueltos; después, entramos a uno de los despachos y
celebramos la primera reunión del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública.
Se carecía de especialistas, no alcanzaban los medios, faltaba experiencia. La
mayoría de los funcionarios del antiguo Ministerio de Instrucción Pública, como los
de otros ministerios, saboteaban las medidas del poder soviético. La burguesía y los
conciliadores organizaron huelgas de maestros de escuela en distintos puntos del
país.
A los pocos días de haberse creado, el Comisariado de Instrucción Pública publicó un
llamamiento en el que se exponían los principios fundamentales de la política del
poder soviético en la esfera de la enseñanza. En primer plano se planteaba la tarea
de liquidar el analfabetismo. Señalaba la necesidad de organizar una escuela
soviética única y fomentar las escuelas para adultos. El llamamiento exhortaba a
todos los pedagogos progresistas a colaborar con el poder soviético. El Comisariado
del Pueblo de Instrucción Pública declaró su tarea primordial la de mejorar la
situación económica de los maestros de escuela.
El poder soviético democratizó la enseñanza: se suprimió la división de las escuelas
en primarias, liceos, escuelas reales, etc. A todas las escuelas de la República se las
denominó: Escuela laboral única. La enseñanza en la escuela se declaró gratuita.
Quedó prohibido enseñar en las escuelas cualesquiera que fueran las doctrinas
religiosas y oficiar cultos religiosos. Se introdujo la enseñanza conjunta de chicos y
chicas. Se establecieron los principios generales de la instrucción politécnica. Como
tareas para el futuro, se planteaba la enseñanza de todos los niños de edad escolar.
A pesar de las dificilísimas condiciones que imponían el hambre, la ruina económica y
la batalla encarnizada contra la contrarrevolución, el Gobierno soviético sacó de
donde pudo medios para construir escuelas, editar manuales de estudio, elevó el
sueldo a los maestros y se preocupó de que en las instituciones de enseñanza
superior estudiaran los hijos de los obreros y campesinos y no los de los
explotadores. A los pocos días de haberse constituido el Comisariado del Pueblo de
Instrucción Pública, en una conversación con Lunacharski, Lenin propuso procurar
por todos los medios ampliar el acceso a los establecimientos docentes superiores de
las amplias masas y, en primer término, de la juventud proletaria. El Consejo de
Comisarios del Pueblo aprobó el 2 de agosto de 1918 el decreto sobre el ingreso en
las instituciones de enseñanza superior que facilitaba al máximo que los
trabajadores pudiesen matricularse en las escuelas superiores. Quedaron suprimidos
los exámenes de ingreso. En los establecimientos de enseñanza superior se admitía y
se instruía gratis a los hombres y mujeres de familias obreras y campesinas.
A pesar de las extraordinarias dificultades, el Gobierno soviético asignó medios para
fomentar la enseñanza superior en el país. En 1918 se abrieron nuevas universidades
en Nijni-Novgorod, Ekaterinoslav, Irkutsk, Voronezh y Smolensk, la Academia de
Minería de Moscú, el Instituto Agropecuario de Odesa, el Instituto de Agricultura
Siberiano, el Industrial en Omsk y otros. Se organizaron nuevas instituciones de
investigación científica: el Instituto de Ciencias Agropecuarias de Rusia, el Instituto
Central de Aerohidrodinámica (ICA) dirigido por el fundador de la aviación rusa N.
Zhukovski, el Consejo Radiotécnico y otros establecimientos científicos.
Adquirieron gran difusión las escuelas para adultos, los cursillos y las universidades
populares nacidas de la iniciativa creadora de los trabajadores. En las universidades
populares, los obreros, campesinos y soldados rojos ampliaban su formación;
además de ruso y aritmética, los alumnos adquirían en ellas conocimientos de
ciencias naturales y sociales. En la Universidad Popular de Nijni-Novgorod,
inaugurada en marzo de 1918, se organizaron cursillos para maestros de escuela,
estadísticos, maquinistas de barcos fluviales y electricistas, cursillos de bellas artes,
se daban conferencias de carácter preparatorio para los obreros. En las fábricas y en
los sindicatos, en cooperativas, clubs y regimientos se creaban células de carácter
cultural y educativo y se abrían bibliotecas. Los clubs se convirtieron en los centros
de la vida política y cultural del país.
Los problemas de la enseñanza pública, del funcionamiento de clubs y bibliotecas
fueron objeto de particular desvelo por parte de las organizaciones del Partido y de
los soviets locales. En la ciudad y en el campo se difundió ampliamente la labor
cultural y educativa. Los mejores locales de las fincas terratenientes incautadas
pasaron a ser bibliotecas, clubs y casas del pueblo.
En todas partes se inauguraban bibliotecas, y aunque se nacionalizaron los fondos de
libros particulares más importantes, entregándoselos a bibliotecas y salas de lectura,
faltaban libros. Yo concedo gran importancia a las bibliotecas –le dijo Lenin a
Lunacharski- [...] El libro tiene una fuerza colosal. La afición por él después de la
revolución aumentará mucho. Hay que asegurar al lector con grandes salas de
lectura y dar más movilidad al libro, el cual debe llegar por sí mismo hasta el lector.
El 29 de diciembre los soviets aprobaron el decreto de creación de la editorial del
Estado por el que se encomendaba al Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública
comenzar una amplia actividad editora, y en primer lugar, emprender la publicación
masiva de clásicos rusos y de manuales de estudio para los obreros y campesinos. A
pesar del hambre, de la ruina industrial y de la encarnizada lucha contra los
enemigos de dentro y fuera del país, el Gobierno soviético asignó fondos y papel,
editándose durante el año 1918 con tiradas masivas las obras de Tolstoi, Chejov,
Gogol, Turgueniev y otros escritores clásicos.
La prensa fue un medio importantísimo de educación política de las masas e
instrumento de la construcción socialista. A finales de 1918 fueron cerrados los
periódicos contrarrevolucionarios burgueses que incitaban a la sedición contra el
poder soviético. Se fundaron nuevos rotativos impulsados por las organizaciones
populares, sindicales, cooperativas, militares y estatales que publicaban los artículos
y cartas de los trabajadores en las que éstos compartían su experiencia en la
estructuración de la nueva sociedad. Se hicieron muy populares los diarios centrales
Pravda e Izvestia. Sólo en el primer semestre de existencia de la República Soviética,
estos periódicos publicaron más de 300 informes, muchos artículos de destacados
dirigentes bolcheviques como Sverdlov, Stalin, Dzerzhinski, Krupskaia o Lunacharski,
entre otros.
La revolución abrió una nueva página en la historia del teatro ruso. Ahora todos
comprendemos perfectamente que de no haber sido por la Gran Revolución Socialista
de Octubre, nuestro arte se habría estancado y desaparecido, dijo Nemirovich-
Danchenko, destacada figura del teatro. La revolución liquidó la dependencia
económica del teatro respecto a la burguesía y le abrió el camino hacia el pueblo
trabajador. Era otro el público que acudía al teatro: obreros, campesinos y soldados
rojos para los que representaban dramaturgos como Stanislavski, Kachalov, I.
Moskvin, A. Iuzhin, M. Ermolova, A. Nejdanova, L. Sobinov y otros muchos.
La revolución restituyó a los trabajadores los tesoros artísticos apropiados por las
clases explotadoras, creados durante siglos por el pueblo, por sus mejores
representantes. El Gobierno soviético nacionalizó los palacios de Petrogrado y de sus
afueras con todas las joyas de arte que guardaban. El 3 de junio de 1918, una
disposición especial del Consejo de Comisarios del Pueblo nacionalizó la Galería
Tretiakov, no sólo de importancia para toda Rusia, sino también mundial.
Hasta la revolución, las galerías de pinturas y los museos sólo eran visitados por
pintores, por los aficionados a la pintura y por la intelectualidad. Cuando fueron
nacionalizados, llenaron sus salones obreros, soldados, estudiantes y campesinos. En
los años veinte del pasado siglo, en Leningrado o en Moscú había más exposiciones
de pintura que en París, Berlín, Londres, Nueva York, Roma y todas las demás
ciudades del mundo juntas. Además no había mercaderes del arte, no había negocio
con la cultura ni vividores del arte. Si hasta octubre de 1917 en Rusia no había más
de 30 museos, en 1918 ya existían 87. En Petrogrado, Moscú y en otras grandes
ciudades se ampliaban los viejos museos y se creaban otros nuevos. Muchos de ellos
se convirtieron en el orgullo del pueblo soviético.
Por una disposición del Consejo de Comisarios del Pueblo fueron declarados
patrimonio del Estado los de Moscú y de Petrogrado. Pasaron a disposición del
pueblo todas las instituciones musicales. Con el vasto apoyo del pueblo, el Gobierno
soviético realizó una gran labor de registro y conservación de los monumentos de
arte e históricos transformados en patrimonio de todo el pueblo. Se proclamaron
varios decretos dedicados especialmente a la conservación de los valores culturales y
que prohibían su exportación al extranjero.
A pesar de la difícil situación financiera, el Consejo de Comisarios del Pueblo asignó
medios para la conservación de museos y trabajos de restauración. Comenzaron a
restaurarse las catedrales y las torres del Kremlin. Empezaron grandes obras de
restauración de los monumentos de la antigua pintura rusa en las catedrales de
Dmitrov y Zvenigorod, en el Monasterio de Kirilo-Bielozersk y en el Monasterio de
Truitsa-Serguievsk. Una vez dueños de su país, obreros y campesinos mostraron un
desvelo particular por conservar los tesoros monumentales de la historia y del arte.
En este aspecto es ejemplar la historia de Yasnaia Poliana, la finca de Tolstoi. En
otoño de 1917, los periódicos burgueses difundieron el bulo de que había sido
destruida por los campesinos. El 20 de septiembre, la asamblea de campesinos de
Yasnaia Poliana acordó colaborar por todos los medios a conservar, tanto la casa,
como todos los bienes de la finca donde vivió y trabajó el gran amigo del pueblo
L.Tolstoi, del que conserva sagrado recuerdo toda la opinión pública de Yasnaia
Poliana.
Los campesinos cumplieron su acuerdo. La finca del gran escritor fue conservada
para la humanidad. El 30 de marzo de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo
aprobó una disposición por la que se concedía una pensión a la viuda de Tolstoi y
ratificaba la resolución de los campesinos para el usufructo perpetuo de la finca por
la viuda. Los campesinos asumieron la protección de los valores culturales de la finca
y pidieron que se desmintiesen los infundados rumores acerca de los inexistentes
desórdenes acontecidos en Yasnaia Poliana.
No es menos característico otro ejemplo. En 1918, los combatientes de la Brigada
Bashkira del Ejército Rojo, repararon con los campesinos la casa natal de Pushkin en
la aldea de Mijailovskoe, deteriorada por un incendio, y establecieron una guardia
permanente. A pesar del hambre y la ruina, gracias a los desvelos de los órganos
centrales y locales del poder soviético y, por iniciativa de los propios trabajadores, se
conservaron valiosas joyas artísticas que habían pasado a ser patrimonio del pueblo.

Impulso a la ciencia y la técnica


La Revolución Socialista creó posibilidades ilimitadas para el fomento de la ciencia y
la técnica. Antes, todo el talento del hombre, todo su ingenio -dijo Lenin en el III
Congreso de los Soviets-, trabajaba creadoramente con la sola finalidad de
proporcionar a unos todos los beneficios de la técnica y la cultura y para privar a
otros de lo más necesario, de la instrucción y del desarrollo. Ahora, todas las
maravillas de la técnica, todas las conquistas de la cultura serán patrimonio de todo
el pueblo y, a partir de hoy, el talento y el ingenio humanos jamás serán
transformados en medios de violencia, en medios de explotación.
Por primera vez en la historia fue liquidada la dependencia del pensamiento
científico del poder omnímodo del capital. Se plasmaron en realidad los sueños de los
científicos más progresistas de todas las épocas acerca del servicio al pueblo, de
trabajar en provecho y prosperidad de él. Ninguna clase estuvo tan interesada en
desarrollar la ciencia y la técnica como el proletariado triunfante. Sólo utilizando los
adelantos más nuevos de la ciencia y la técnica se podían desarrollar las fuerzas
productivas del país. La ciencia ocupó un puesto de honor en la edificación socialista.
En los primeros tiempos, sin embargo, la vieja intelectualidad científica se
encontraba influenciada por la ideología burguesa y pequeño-burguesa y no quería
reconocer al poder soviético ni trabajar para los bolcheviques. Sólo a finales de 1917
y comienzos de 1918 se advirtió un viraje en los científicos para acercarse al poder
soviético. A principios de 1918 tuvieron lugar conversaciones con la Academia de
Ciencias de Rusia acerca de su incorporación para el cumplimiento de las tareas del
Gobierno soviético. El Comisario del Pueblo de Instrucción Pública, Lunacharski,
dirigió una carta a la Academia de Ciencias exhortándole a unificar todas las fuerzas
científicas del país para colaborar con el poder soviético. En su respuesta. A.
Karpinski, presidente de la Academia de Ciencias, comunicaba que los científicos
estaban dispuestos a cumplir las misiones que les encargase el Gobierno soviético.
Cada día era mayor el número de científicos que reconocía al poder soviético y que
expresaba su deseo de trabajar bajo los auspicios del nuevo Gobierno.
En abril de 1918 Lenin escribió su borrador del plan de trabajos científico-técnicos,
en el que en nombre del VSJN proponía encomendar a la Academia de
Ciencias formar varias comisiones de especialistas para confeccionar con la mayor
rapidez posible un plan de reorganización de la industria y del ascenso económico de
Rusia. En este plan -recomendaba Lenin-, se debe prever la distribución geográfica
racional de la industria y su máximo desarrollo, así como asegurar al país con todos
los tipos fundamentales de materia prima y producción industrial. Se prestaba
atención singular a la electrificación de la industria y del transporte y al empleo de la
electricidad en la agricultura. Fue el programa de actividad para la ciencia soviética
durante muchos años.
Más: El socialismo puso a la URSS a la cabeza del progreso científico

‘Los Doce’ de Alexander Blok


La obra de Alexander Blok, cuya poesía inigualable, saturada
de romántico ímpetu, tuvo en la revolución un nuevo estímulo,
desempeñó un gran papel en la formación de la literatura
soviética.
Blok acogió el Poder soviético sin reservas, y su poema Los
doce es el primero sobre la revolución en la poesía rusa
soviética.
Blok siempre simpatizó con el pueblo trabajador oprimido del
Imperio Ruso, y por eso no fue casual que se hiciera
bolchevique. Se sumó a la revolución porque ella,
esta revolución bolchevique con todos sus horrores y su
anarquía, le recordaba al poeta precisamente el alma rebelde
de Rusia. En el poema Los doce esta concepción de la revolución encontró la
expresión más completa.
Sobre el poema se han escrito miles de artículos y estudios, que señalan su papel
específico e importante en la formación y desarrollo de la literatura soviética, y
definen el poema como la primera plasmación de la realidad revolucionaria de Rusia
en imágenes artísticas, como prueba del apoyo absoluto del poeta a las ideas de la
Revolución de Octubre.
Para que todos los burgueses puedan penar
el fuego del mundo vamos a soplar

En esta consigna jubilosa del pueblo sublevado se escucha también la voz triunfal del
propio Blok, quien supo distinguir, tras el aparente caos de los acontecimientos
revolucionarios, la voluntad organizada de las masas que demolían el viejo mundo
injusto de los terratenientes y burgueses y edificaban una nueva sociedad, en la que
millones de esclavos atemorizados se convertían en dueños de su destino.
El poema fue la respuesta a los enmigos de la Revolución, que no querían ver en él
más que una bufonada de la revolución, y que censuraban a la revolución porque
ésta no se realizaba conforme a la leyes de la piedad y la resignación.
Es en realidad una confirmación poética de las fuerzas creadoras y de los fines
constructivos de la Revolución, realizada no por gente escogida, despojada de toda la
inmundicia de pasado y que haya logrado la absoluta perfección moral, sino
precisamente por aquellos que aún están enterrados hasta las rodillas en el fango
del mundo viejo, y que aún conservan mucho de la sicología tradicional de la
sociedad capitalista. La grandeza del poeta se puso de manifiesto también en el
hecho de que él vio detrás de lo pasajero y temporal, lo importante y fundamental:
que la revolución bolchevique llevaba consigo la construcción de Rusia sobre
principios nuevos, justos y verdaderamente humanos.

Viajes de ida y vuelta


La revolución socialista fue dialéctica. Llevó consigo la negación y la afirmación, la
destrucción y la creación, los sufrimientos y la alegría. En la cruenta lucha se
enfrentaron lo viejo y lo nuevo. Lo viejo se resistía obstinada y desesperadamente,
pero aún más obstinada y desesperadamente rompía esta resistencia el pueblo
sublevado.
Tras la revolución, la intelectualidad se dividió. Una parte adoptó posiciones
reaccionarias huyendo del país. La reacción se llevaba a sus bufones consigo... Al
otro lado de la barricada no sólo estaban los zaristas sino muchos (casi todos,
dijo Gorki) de los que antes se llenaban la boca de revolución, los críticos exquisitos
del capitalismo, a los que Blok calificó de traidores, cobardes y lameplatos de la
canalla burguesa: Toda su revolución era una oposición de salón al gobierno zarista,
dijo Blok.
Al respecto hay una frase del escritor Serafimovich que no estaba de acuerdo con eso
de que la mayor parte de los intelectuales habían huido de Rusia: ¿No era Lenin un
intelectual?, preguntaba, ¿Es que muchos militantes del Partido no eran
intelectuales?, insistía. Por decirlo en palabras de Blok: Los decretos de los
bolcheviques son los símbolos de la intelectualidad.
Quienes huyeron jamás crearon fuera de Rusia una obra de calidad mediana. Una
parte de los que huyeron no tardaron en hacer el camino de vuelta, sobre todo el
músico Prokofiev. En la cultura sucedió como en la economía y en todos los demás
ámbitos sociales: la revolución puso a la atrasada Rusia a la cabeza del mundo. En
ningún país del mundo coinciden músicos como Shostakovitch, Muradeli, Prokofiev o
Jachaturian, cineastas como Vertov, Pudovkin o Eisenstein, y escritores
como Maiakovski, V.Ivanov o Sholojov.
Sin embargo, los mejores representantes progresistas de la literatura anterior a la
revolución se pasaron a las filas del proletariado triunfante. Gorki,Esenin, Maiakovski,
Blok y Biedni pusieron toda la fuerza de su talento al servicio de los explotados y
oprimidos. En enero de 1918 los artistas más destacados como el creador de la
corriente pictórica del suprematismo Casimir Malevich, Kandinski, Vladimir Tatin, el
principal fotógrafo de la vanguardia y gran pintor Alexander Rodchenko, A. Drevin y
otros asumieron la presidencia del recién formado departamento de artes plásticas
del Comisariado de Instrucción Pública.
Octubre. ¿Aceptarlo o no? Esta pregunta no existió para mí... Esta era mi revolución.
Fui al Smolny y trabajé en todo lo que fue necesario, escribióMaiakovski en su
autobiografía. Llegué a la Revolución de Octubre cuando tenía medio siglo de vida,
pero la cuenta de mis años la llevo desde que comenzó la revolución, decía
Serafimovich, que ingresó en 1918 en el Partido bolchevique. La revolución de 1917
fue también para mí un profundo viraje, recordaba el poeta Briusov. El novelista
Leonid Leonov dijo en el Congreso de Escritores de 1934, que presidió junto
a Gorki: Estoy viviendo en el periodo más fantástico de la historia mundial.
El primer año de poder soviético se caracterizó por la creación de importantes obras
literarias que reflejaban el heroísmo revolucionario que estaban protagonizando
unas masas hasta entonces explotadas y oprimidas. Las masas se convierten en el
elemento primordial de la historia y, en consecuencia, las masas iban a ser los
protagonista de las novelas. La literatura entra en aquel momento en un proceso
épico. Como corresponde a la nueva época revolucionaria que están inaugurando, en
aquellos relatos todo -los personajes, los paisajes, los sucesos- es grandioso. Las
masas adquieren una clara conciencia de la grandiosidad de su hazaña, a su vez
espejo de su propia grandiosidad. Ya no hay personajes, no hay perfiles individuales
ni sicológicos porque los nuevos escritores han dejado de mirarse el ombligo. El
pasado había muerto y el futuro estaba por construir. El tono confesional de los
poetas es sustituido por narraciones de hechos sufridos o vividos. Frente a una
narrativa urbana propia de la época prerrevolucionaria, la literatura soviética inicia
en aquellos momentos otra de carácter predominantemente rural.

Los soviets en Marte


Uno de los intelectuales que huyó de Rusia tras la revolución fue el novelista Alex
Tolstoi (1882-1945), quien reconoció que en 1917 odiaba a los bolcheviques y que se
posicionó abiertamente con el zarismo. Pero en 1921 volvió, convirtiéndose en uno
de los grandes literatos soviéticos. Luego escribió lo siguiente: A mi la Revolución de
Octubre me lo dio todo como artista.
Las primeras novelas de Tolstoi fueron de ciencia-ficción, aunque luego se fue
decantado progresivamente hacia el realismo y la novela histórica. Escrita en
1922, Aelita es su novela más conocida. También conocida como El Soviet en Marte,
esta novela sirvió como punto de partida para una célebre película homónima de
1924, dirigida por Protozanov. La ciencia-ficción es el gran género desconocido de la
producción cultural soviética, en las antípodas de lo que habitualmente se pretende
hacer pasar como tal.
El argumento de Aelita se inicia cuando el ingeniero Loss decide reclutar voluntarios
para un vuelo tripulado a Marte en una nave acompañado por el soldado Gusev. No
tardan en trabar contacto con los azules y menudos marcianos y son conducidos a su
espléndida capital, Soázera, donde gobierna el soberano Tuscub. Su hija, la bella
Aelita, no tarda en cautivar el corazón del ingeniero Loss quien, gracias a ella,
conoce el increíble origen y el trágico destino de esta civilización: se trata de un
pueblo descendiente de la Atlántida terrestre y la esterilidad está abocando a la raza
a una inevitable desaparición. Marte es un planeta crepuscular y sus habitantes
aguardan resignados su fin, consolados únicamente por un narcótico, la javra.
Además, algo huele mal en Soázera, como descubre Gusev. En un discurso digno de
gobernante zarista, el implacable Tuscub, no se muestra especialmente comprensivo
con el proletariado urbano de la capital:
La fuerza que arruina el orden mundial, es decir, la anarquía, viene de
la ciudad, que es un laboratorio en que se fabrican asesinos,
borrachos, ladrones, almas vacías [...] Y el deber del Gobierno es
luchar contra los aniquiladores ilusos, oponiéndoles la voluntad del
orden. Tenemos que hacer un llamamiento a las fuerzas sanas del país
y arrojarlas contra la anarquía [...] Es, pues, necesario aniquilar la
ciudad, no dejar nada de ella.

Exacerbados los ánimos, Gusev acaudilla una revolución socialista en Marte, que es
reprimida sin concesiones. Tras vagar por el inframundo subterráneo de Soázera,
Loss y Gusev logran huir a la Tierra, el primero desolado por la pérdida del amor
verdadero, el segundo dispuesto a regresar pero esta vez acaudillando una
revolución triunfante. Entre ambas posturas, Tolstoi se decanta inequívocamente por
Loss, dejando de lado las heroicidades de la Revolución en favor de los sentimientos.
Para Loss, la novela concluye con un tenue rayo de esperanza en forma de mensaje
de su amada Aelita.
Es una novela romántica tanto como política, optimista y esperanzada, un canto al
paraíso recobrado, Rusia, que tanto Tolstoi como los protagonistas de su libro daban
por perdido. En resumen, una de las mejores novelas de ciencia-ficción de la década
de los veinte que aún se lee con enorme gusto, aún por aquellos que no les gusta la
ciencia-ficción.
Otra novela interesante de ciencia-ficción es El hiperboloide del ingeniero Garin,
publicada en 1927, en la que el referido ingeniero, el típico científico loco, está
dispuesto a dominar el mundo con su hiperboloide, un rayo lumínico de efectos
devastadores, precursor del láser. Sus colaboradores, forzosos unos, voluntarios
otros, son la guapa Zoia Monroz, mujer fatal y de pocos escrúpulos, el magnate de la
industria química americana Rolling, tiburón de los negocios dispuesto a colonizar
Europa, y el inspector soviético Shelgá que se dedica a organizar una revolución
socialista mundial.
Garin codicia las reservas mundiales de oro, ocultas en la capa olivínica de la corteza
terrestre, con la intención de depreciarlo y revalorizarlo a voluntad para así controlar
la marcha de la economía mundial. La Europa de la novela está deshecha por la
primera guerra mundial, el revanchismo y el presentimiento de otra futura
conflagración mundial. Tampoco es muy difícil ver que Garin es el símbolo del
emergente fascismo, del mismo modo que Rolling lo es del capitalismo internacional
aliado con el fascismo, Shelgá es un trasunto del prometedor futuro socialista y Zoia
representa la vieja y desorientada Europa, dispuesta a venderse al mejor postor. En
un momento dado, Garin expone sus delirantes intenciones a Shelgá:
Lo interesante del caso es que no se trata de una utopía [...]
Simplemente soy lógico [...] Está claro que a Rolling no le he dicho
nada, porque no es más que un bestia [...] Verdad es que Rolling y
todos los Rolling del mundo hacen a ciegas lo que he desarrollado
creando un amplio y preciso programa. Pero lo hacen como bárbaros,
pesada y lentamente [...] Mi primera amenaza al mundo será dar al
traste con el valor del oro. Obtendré cuanto oro quiera. Después
pasaré a la ofensiva. Estallará una guerra más terrible que la del 14. Mi
victoria está asegurada. Luego procederé a la selección de la gente que
quede viva después de la contienda y de mi victoria, aniquilaré a los
indeseables, y la raza por mí elegida empezará a vivir como
corresponde a dioses, mientras los ‘operarios’ trabajarán con todo
empeño, tan satisfechos de su vida como los primeros habitantes del
paraíso.

Es otra novela que sorprenderá a todos los que tienen un estereotipo de la


producción cultural soviética.
El novelista Alexandr Beliaev (1884-1942) fue el Julio Verne de la ciencia-ficción
soviética. Autor de ingente producción, unas 60 novelas, fue más famoso aún que
Alex Tolstoi. Pasó gran parte de su vida postrado en la cama, a consecuencia de una
caida producida a los 14 años, intentando volar en un aparato de su invención. Esto
explica que los protagonistas de sus obras sean casi siempre seres dotados de
superpoderes y habilidades especiales, excepto en El ojo mágico.
Consagrado a la ciencia-ficción desde 1925, Beliaev destaca por su agilidad narrativa
y por ambientar sus novelas en países capitalistas, lo cual le permite una crítica
feroz, no exenta de ingenio, de su modo de vida, como en el relato Mister Risus, que
narra las andanzas de un estadounidense dedicado al mundo del espectáculo, cuyo
mayor afán es lograr una explicación científica del fenómeno de la risa y vengarse de
un empresario que se niega a darle una parte de los beneficios que le corresponden
por sus chistes.
Beliaev es meticuloso en el manejo los datos científicos, tal y como demuestra en La
gravedad ha desaparecido, perteneciente a una serie de relatos protagonizados por
el profesor Wagner, quien en esta ocasión utiliza la hipnosis para impartir al lector,
en un tono marcadamente científico, una lección sobre las leyes de la gravedad y la
fuerza centrífuga.
De la obra novelística de Beliaev destacan La estrella Ketz, Ictiandro (también
conocida como El hombre anfibio), El ojo mágico y Ariel. De El ojo mágico, una
novela de 1938, sorprende su optimismo con respecto a las posibilidades de la
ciencia y la tecnología. El autor desarrolla la idea de la televisión -el ojo mágico- y
sus múltiples aplicaciones prácticas, en particular la investigación subacuática. No
menos optimista se muestra con respecto a la energía nuclear:
Sí, la piedra filosofal. El sueño de los alquimistas sobre la
transformación de los elementos... No es solamente una revolución. ¡Es
una nueva época de la química, de la historia de la Humanidad! [...]
Los motores atómicos realizarán una completa revolución en la técnica
y en la vida. Seremos inmensamente más fuertes y ricos.

En el argumento D. Blasco Jurgés naufraga a bordo del transatlántico Leviatán,


llevándose a las profundidades abisales la fórmula de la energía atómica. El
periodista español Blasco Azores indaga en Argentina, patria del finado Jurgés, y
convence a las autoridades soviéticas para organizar una expedición, capitaneada
por el ingeniero Borin y seguida desde su hogar -a través de la televisión- por el
joven Mishka Borin, convaleciente de un accidente. Una vez en el Atlántico, y
después de descubrir nada menos que la Atlántida, coinciden con otra expedición,
dirigida por un tal Scott, siempre dispuesto a entorpecerles la tarea. En cuanto a los
logros de la ciencia soviética, la novela dice en uno de sus pasajes:
El encuentro de la flotilla soviética en el océano Atlántico en el lugar de
la catástrofe del Leviatán fue un golpe inesperado para Scott. No
dudaba de que los bolcheviques en algún modo habían olido el oro [...]
Ellos disponían de tres barcos, excelentes instalaciones de televisión y,
sobre todo, casi inagotables recursos materiales y técnicos [...] ¡Una
potencia que no ahorraba recursos con tal de lograr su objetivo!

Publicada en 1941, Ariel narra la historia del joven heredero inglés del mismo
nombre a quien sus tutores, para desposeerle de su patrimonio, ingresan en una
extrañísima escuela teosófica de la India. Un tal Dr. Hyde, el científico loco de rigor,
le enseña a volar. Ariel huye de su internado y sobrevuela toda la India, donde
conoce la injusticia del sistema de castas. Es tomado por un dios, sirve de bufón al
rajá y acaba trabajando en un circo, antes de viajar a Nueva York, ciudad en la que
trabaja de Supermán. Harto de Estados Unidos, donde una buena intención puede
devenir un crimen horrible, regresa a la India, junto a sus verdaderos amigos.
Beliaev murió al año siguiente, en plena guerra mundial de una manera brutal,
vencido por el hambre de aquellos trágicos días.
La ciencia-ficción soviética cuenta con otras grandes obras como Dentro de mil
años (1927), de V. Nikolski, donde predice una explosión nuclear para 1945
(bingo), La tierra feliz (1931), de Yan Larri y El secreto de los dos océanos (1938),
de Georgi Adamov. Es un género literario que engendró una ingente producción
novelística tanto en la Unión Soviética como luego en los demás países socialistas y,
desde luego, de una calidad muy superior a la estadounidense. La ciencia-ficción
soviética expresaba la confianza de los pueblos soviéticos por la ciencia y el progreso
de la humanidad, tiene un claro signo positivo, y no tenebroso, como en los países
capitalistas. También era una manera de interesar a las masas por el saber,
haciéndoles partícipes de los avances del conocimiento.

Notas:
(1) Por investigación directa, Raymond Robins y Bruce Lockhart comprobaron
conjuntamente que muchos de aquellos jefes de bandidos antisoviéticos, algunos de
los cuales se llamaban anarquistas, eran realmente financiados por el Servicio de
Inteligencia alemán para provocar desórdenes y motines, como pretexto para la
intervención alemana en Rusia.
(2) En 1922 fue abolida la Cheka y sustituida por la OGPU (iniciales del titulo ruso
Administración Política Unida del Estado). En 1934, la OGPU fue reemplazada por el
NKVD, Departamento de Seguridad Pública dirigida por el Comisariado Soviético de
Asuntos Interiores.
(3) En este capítulo y en el resto de La Gran Conspiración, los autores emplean la
pintoresca historia del capitán Sidney Reilly como símbolo de las actividades de la
coalición occidental antisoviética, encabezada durante aquel periodo por el torysmo
inglés y la reacción francesa. Si bien las opiniones y los actos que aquí se atribuyen a
Reílly, son en efecto, personalmente suyos, es evidente que el propio Reilly no se
hallaba en posición de tomar la iniciativa de una politica, sino que fue entonces y
después, simplemente, el instrumento más resuelto y audaz de la conspiración
antisoviética dirigida desde fuera de Rusia.
(4) El asesino de Mirbach era un terrorista social-revolucionario llamado Blumkin.
Logró entrar en la embajada alemana haciéndose pasar por un funcionario de la
Cheka que venía a prevenir a Mirbach de un proyectado ataque contra su vida. El
embajador alemán preguntó a Blumkin cómo se proponian actuar los asesinos. ¡Así!,
exclamó Blumkin, sacando rápidamente una pistola con la cual disparó contra el
embajador. El asesino escapó saltando por una ventana e introduciéndose en un
automóvil que lo esperaba. Algún tiempo después, el asesino Blumkin llegó a ocupar
el puesto de guardia de corps de León Trotsky.
(5) Después de su regreso a Inglaterra el capitán George Hill fue designado, en
1919, para trabajar como oficial de enlace con los ejércitos de los rusos blancos del
general Antón Denikin, durante la guerra de intervención contra la Rusia soviética.
Más tarde, el capitán Hill pasó a trabajar, como agente especial, para sir Henry
Deterding, el famoso magnate petrolero cuya obsesión era destruir a la Rusia
soviética, y que ayudó a financiar la subida al poder de Hitler en Alemania. Más
adelante, el gobierno inglés empleó a George Hill en importantes
misiones diplomáticas en la Europa oriental. En 1932 se publicó en Londres un libro
de Hill, en el que éste relataba algunas de sus aventuras como espía en la Rusia
soviética; el titulo de la obra era Id a espiar la tierra. Aventuras de I.K.8, del Servicio
secreto británico. En la primavera de 1945, el Gobierno de Churchill eligió a George
Hill, que ya había ascendido a brigadier del ejército inglés, para ir de enviado
especial a Polonia. El brigadier Hill, según se explicó, iba a servir de observador
británico en Polonia, para luego informar a Londres sobre la entonces agitada
sltuación polaca. Pero el gobierno provisional polaco no permitió al brigadier Hill
entrar en Polonia.
(6) Miliukov decía en un estudio jurídico sobre la Unión Soviética que la facultad
concedida a cada Estado participante de retirarse de ella le arrebataba la
personalidad jurídica, le impedía como consecuencia contraer ningún compromiso
internacional. Esto no se ha producido. Lo que sí se ha visto, por el contrario, ha sido
la enorme influencia moral que esta ausencia de coerción ha dado al Partido
Comunista sobre los pueblos pertenecientes a la U.R.S.S.
(7) Estos países se diferenciaban más entre sí que los que han formado los
Estados Unidos de América y entre estas razas existían muchísimos más
contrastes que entre el ruso y el francés o el alemán.

La Revolución de Octubre y la mujer trabajadora

de Alejandra Kolontai: La mujer en el desarrollo social,


Guadarrama, Madrid, 1976, pgs.194 a 213.
El trabajo femenino es hoy un factor importante en la economía y la mayor parte de
las mujeres en edad de trabajar realizan una tarea útil socialmente. A pesar de ello
hasta ahora era imposible dentro del sistema capitalista burgués llevar a efecto la
liberación de la mujer.
Por eso abandonamos ahora el mundo del capitalismo con sus problemas sociales
complicados y examinaremos una forma de Estado que la humanidad no ha conocido
hasta ahora: la dictadura del proletariado. En nuestro país se sublevó la clase
trabajadora y tomó el poder en sus propias manos. Por lo tanto nos ocuparemos
ahora de la primera república de trabajadores. En la Rusia revolucionaria el mando
se halla en manos de la gente activa. Por primera vez, la clase obrera y campesina ha
logrado vencer a la burguesía, aniquilándola, y ésta ha perdido el poder y la
autoridad. En los soviets (consejos) la burguesía no tiene derecho a voto porque ya
no hay sitio en nuestra república de trabajadores para vagos y ladrones. Se ha
abolido la propiedad privada de los medios de producción y ya no existen entre
nosotros el comercio privado y la acumulación de capital en manos privadas. Hemos
vencido a la explotación del hombre por el hombre.
El partido comunista de Rusia (K.P.R.), como vanguardia de la clase trabajadora, ha
proclamado la república de los soviets. La vida ha cambiado radicalmente, el
fundamento de la clase burguesa se ha estremecido y en su lugar construimos algo
totalmente nuevo.
En los tres primeros años de nuestra revolución hemos creado las premisas para una
nueva forma de producción. En lugar del capitalismo, la propiedad privada y la
explotación del trabajo asalariado entra en escena el sistema socialista de economía.
La gran industria, las minas, los transportes, todo en absoluto es ahora propiedad del
pueblo y es administrado por el aparato estatal central. Ciertamente todavía existe el
trabajo asalariado, pero la plusvalía creada por los trabajadores ya no va a parar a
los bolsillos de cualquier empresario privado, sino que se emplea en satisfacer las
necesidades sociales: para el desarrollo de la producción, para la creación de una
nueva conciencia social y para la asistencia al ejército rojo que es absolutamente
necesario durante el período de la dictadura revolucionaria del proletariado.
En sus propios organismos de administración el mismo proletariado elabora las
líneas directrices para la economía, planifica la producción y el comercio y organiza
el reparto de los bienes de consumo para satisfacer las necesidades del proletariado.
Sin embargo todas esas iniciativas grandiosas se encuentran todavía en la fase de su
iniciación; nada ha recibido todavía su forma definitiva. En todos los terrenos vivimos
en un rápido desarrollo. En la práctica revolucionaria se recogen en todos los lados
nuevas experiencias y surgen vertiginosamente nuevas ideas. La clase trabajadora
pone el fundamento básico para una nueva forma de producción y vence y destruye
todos los impedimentos y reliquias de la era de la sociedad burguesa que perjudicaba
el desenvolvimiento de las fuerzas productivas. La principal tarea de esta nueva
sociedad es abrir el camino para esa nueva forma de producción.
Naturalmente es un trabajo difícil y lleno de responsabilidad. Ante los ojos de toda la
humanidad una colectividad gigantesca emprende un esfuerzo, hasta ahora único en
su género, de fuerza y voluntad comunes. Tiemblan los cimientos del capitalismo que
se encuentra próximo a su destrucción. El principio sagrado de la propiedad privada
ha quedado reducido a polvo. La burguesía pierde la cabeza y huye precipitadamente
al extranjero para organizar desde allí el ataque armado contra los esclavos
desobedientes y rebeldes. La atmósfera está cargada de belicosidad. Todos los días
se producen choques en los frentes. Oímos el grito amargo de los que antes
detentaban el poder y el canto valiente de lucha de nuestra joven generación que
defiende su futuro.
El mundo está inquieto. El espectro rojo anda por ahí y el futuro aparece con luz roja:
para unos, como amenaza; para otros, como amanecer largamente esperado.
Es característico del nuevo sistema de producción en Rusia la planificación estatal
central de la producción y del consumo. Todas las riquezas de la nación se abarcan
estadísticamente y, al mismo tiempo, se inscribe a todo ciudadano ruso en su función
como productor y consumidor. Nuestra forma de producción no admite la anarquía
económica, no conoce ninguna forma de competencia, ninguna crisis económica y
ninguna falta de trabajo. Desaparece la anterior falta de trabajo y ya en el tercer año
de la revolución no quedan fuerzas de trabajo libres y más bien podemos hablar de
escasez de mano de obra.
Por medio de la abolición de la propiedad privada y de los medios de producción nos
hemos liberado de aquella clase parasitaria que no prestaba ningún trabajo útil a la
sociedad y únicamente consumía. Por eso actuamos en la república soviética
conforme al pensamiento: el que no quiere trabajar, que no coma. Accionistas que
perciben ingresos sin trabajar y desertores que abandonan su puesto laboral son
perseguidos de acuerdo con las leyes de nuestra república por la checa (comisión
extraordinaria para la lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución). El Estado
soviético espera de todo el pueblo un esfuerzo extraordinario para poder satisfacer
las necesidades actuales más importantes de nuestra sociedad. La industria,
destrozada totalmente por la guerra y la mala organización zarista, tiene que volver
a reponerse. Y además tenemos que apoyar al ejército rojo que defiende nuestra
revolución.
Como es natural tampoco existe en nuestra nueva sociedad sitio para los parásitos
femeninos -por ejemplo, para las queridas bien alimentadas que viven a cuenta de
sus maridos o amantes o para las prostitutas profesionales-, pues entre nosotros
campea el lema: la que no trabaja, que no coma. Por eso la distribución de los bienes
de consumo está regulada estrictamente y en especial, como es lógico, en las
ciudades. Sólo quien trabaja recibe una ración. Por medio de esa política económica
(NEP o nueva economía política) cambia totalmente la relación entre los sexos. La
mujer ya no seduce como antes a su esposo-sustentador ni tampoco se rinde ya a
sus deseos. Se alza sobre sus propios pies, va al trabajo, tiene su propio carnet
laboral y su propia cartilla de racionamiento (para los comestibles racionados y otros
objetos de consumo). El hombre no puede jugar ya a amo de casa, a jefe de familia.
Ya todo es distinto para él desde que cada mujer posee su propia cartilla de
racionamiento, en la que también están incluidos sus hijos. Estos boletines de
compra valen para todas las tiendas estatales y cooperativas. El Comisariado del
Pueblo para la Alimentación estableció en noviembre de 1918 precios fijos para
numerosos productos. A causa del lamentable estado de los medios de transporte
-destrozos por motivo del avance de las tropas alemanas invasoras y de la guerra
civil- y del caos que entonces reinaba en la agricultura, en especial en el terreno de
abastecimientos de cereales, llegaban pocos comestibles a la ciudad. El mercado
libre -mercado negro- preponderaba durante los años 1919 y 1920, y por medio del
misma se cubrían los dos tercios de las necesidades de alimentos. Para los
trabajadores en el campo la situación todavía era peor que para los de la ciudad [...]
El 2 de agosto de 1921 dirigió Lenin un llamamiento al movimiento internacional de
trabajadores, ya que entonces 40 millones de personas se hallaban en peligro de
morir de hambre. Willi Munzenber -del partido comunista alemán- organizó la Ayuda
Internacional de los Trabajadores -I.A.H.- y una colecta de solidaridad con la Unión
Soviética.
La mujer ya no dependía de un empresario privado y de un esposo-sustentador. En la
Rusia soviética no hay más que un jefe para todos los trabajadores y trabajadoras: la
Unión Soviética. La participación de las mujeres en los trabajos de estructuración
tiene para todo nuestro pueblo una significación tan importante que nunca sería
posible en una sociedad burguesa. El sistema económico capitalista presupone
precisamente la existencia de economías unifamiliares privadas fragmentarias y se
basa entre otras cosas en la opresión y falta de derechos de la mujer.
El hecho más importante de la revolución es la implantación del trabajo general
obligatorio para todos los adultos varones y mujeres [...] LaDeclaración del pueblo
laborioso y explotado. El primer código del trabajo de la república rusa soviética
federativa socialista -R.S.F.S.R.- determinaba el ámbito del trabajo obligatorio:
estaban totalmente liberadas las personas de menos de dieciséis años y las mayores
de cincuenta, así como los inválidos [...] Esta ley ha producido un cambio sin ejemplo
hasta la fecha en la historia de la vida de la mujer. Ha transformado más
fuertemente el papel de la mujer en la sociedad, en el Estado y en la familia que
todos los demás decretos desde la revolución de octubre que habían proclamado la
equiparación política y ciudadana de la mujer. Como, por ejemplo, el derecho de las
mujeres a ser elegidas en los consejos de trabajadores y en las demás
representaciones del pueblo o también el nuevo derecho matrimonial de 18 y 19 de
diciembre de 1917, que establecía que el matrimonio es una sociedad entre
individuas con los mismos derechos. Esta norma legal significa propiamente una
igualdad formal ante la ley; sin embargo, en la realidad, la mujer seguía siendo
discriminada y oprimida a causa de las tradiciones burguesas que aún subsistían.
Nos referimos a formas de conciencia, tradiciones, costumbre y moral. Sólo por la ley
del trabajo general obligatorio cambió el papel de la mujer en la economía del
pueblo; y ahora se la acepta generalmente como una fuerza de trabajo que participa
en el trabajo útil para la colectividad.
De esta evolución podemos deducir la conclusión definitiva de que la equiparación de
la mujer en todos los demás terrenos será realidad con el tiempo, ya que sabemos
muy bien que el papel de la mujer en la sociedad y la relación entre los sexos
depende de su función en la producción. Por eso debemos explicar con toda claridad
la importancia revolucionaria que tiene la implantación general del trabajo
obligatorio para la liberación de la mujer.
La nueva forma de producción en Rusia supone tres premisas: 1 Un cálculo exacto y
un empleo razonable de todas las fuerzas de trabajo disponibles, incluidas las
mujeres. 2 El paso de la economía unifamiliar y del consumo familiar privado al
planeamiento social de la economía y consumo colectivo. 3 La realización de un plan
económico unitario. La guerra larga -primero la imperialista y luego la de liberación
revolucionaria- ha minado la economía del campo, ha destrozado los medios de
transporte y ha frenado el desarrollo técnico. Ciertamente ha cesado la apropiación
privada de las riquezas sociales, pero la república de trabajadores se encuentra
ahora ante la formidable tarea de impulsar la reconstrucción de la economía y el
desenvolvimiento de las fuerzas productivas. También los países capitalistas viven
en estos momentos un período de inseguridad económica y de desmoronamiento
interior. Toda la economía burguesa vacila en una crisis inevitable y global. El
proletariado ruso ha asegurado de una vez para siempre que las fuerzas productivas
puedan desarrollarse también en el futuro. En los Estados burgueses, los capitalistas
y los especuladores financieros intentan con más o menos entusiasmo hacer que otra
vez se ponga en marcha la producción. Y después de un corto período de auge la
economía capitalista se encuentra de nuevo en crisis, se cierran muchas empresas y
la economía se encuentra próxima a la ruina. (Esta tendencia sólo existió
transitoriamente en los Estados Unidos y Japón, para los que la guerra había sido un
impulso para la acumulación de capitales.) La clase trabajadora ha comprendido hoy
que no hay más que una medicina contra el desmoronamiento y la destrucción de la
economía: la implantación de una nueva forma de producción, que es la única
alternativa que puede evitar el retorno a la barbarie. Y hoy la Unión Soviética está
empeñada en desarrollar esa forma de producción. Sin embargo, mientras la clase
trabajadora de la Unión Soviética esté empleando todavía una técnica desenvuelta en
el capitalismo, no es realmente posible el desarrollo sin fricciones de las fuerzas
productivas, ya que por la situación caótica política en los Estados capitalistas no se
puede contar con la ayuda económica de gobiernos de trabajadores que surjan en
Europa. Por eso nos tenemos que orientar de momento a llevar a cabo nosotros
mismos, por medio de una organización de la fuerza de trabajo humana planificada,
el necesario desarrollo posterior de las fuerzas productivas. (Durante la fase del
comunismo de guerra, del 7 de noviembre de 1917 al 21 de marzo de 1921, los
trabajadores tuvieron que poner otra vez en marcha la industria que se había venido
abajo a consecuencia de la guerra mundial, aunque gran parte de Rusia se
encontraba ocupada por tropas alemanas y austriacas, y más tarde por inglesas,
americanas y francesas. Además rugía la guerra civil en el propio país y no se podía
pensar en la importación de maquinaria, combustibles y materias primas [...] La falta
de combustible y de materias primas obligó en las zonas libres al cierre en masa de
las empresas industriales. Por ejemplo en Petrogrado, en abril de 1918, de 799
fábricas registradas, únicamente trabajaban 534; de los 208.000 trabajadores que
antes estaban empleados allí sólo quedaban 121.000. Por esa en todos los puntos de
Rusia soviética se celebró como fiesta el comienzo de la revolución de noviembre de
1918 en Alemania, interpretándola como la señal anhelada de la guerra civil en los
Estados industriales capitalistas. Los ciudadanos soviéticos esperaban de los
gobiernos de trabajadores que se iban a formar en Europa que hicieran saltar el
anillo del cerco militar y ayudaran enérgicamente en la reconstrucción de la
economía socialista en Rusia. Cuando estos sueños resultaron totalmente ilusorios,
estableció el Gobierno soviético la Nueva Economía Política, por la que al menos
temporalmente se legalizó el mercado proscrito durante años y reprimido
violentamente [...]
Por eso la población de la Unión Soviética se encuentra en este momento ante la
tarea de elevar la productividad de cada trabajador y cada trabajadora en particular.
Hasta ahora no se puede hablar de una reforma radical de las condiciones generales
de vida, ya que la mayor parte de la clase trabajadora vive hoy todavía bajo
condiciones que son herencia del pasado burgués. Las energías de las trabajadoras
se malgastan en parte por la improductiva prestación de servicios para la propia
familia y se pierden para la producción de bienes y valores de consumo sociales; y
por lo tanto las trabajadoras contribuyen sólo con parte de sus energías al proceso
de la producción. Esto trae naturalmente como consecuencia que frecuentemente
realicen trabajos sin especializar y además que la calidad de su trabajo deje mucho
que desear; sencillamente las mujeres no tienen tiempo para instruirse en su
profesión. Es evidente que la calidad de su trabajo en la producción empeora más
cuanto más se emplea la fuerza de trabajo de la mujer fuera del proceso de la
producción social. La trabajadora y madre, que durante toda la noche vela ante la
cuna de su hijo y está obligada a dedicarse a la familia y al hogar durante su tiempo
libre, estará naturalmente menos atenta a su puesto laboral que el hombre, que ha
podido dormir durante toda la noche sin molestias y que además no tiene que
preocuparse de ninguna clase de obligaciones familiares.
Si queremos mejorar la productividad de la clase trabajadora y especialmente de las
trabajadoras, debemos cambiar antes las condiciones de vida. Debemos poner, paso
a paso, pero conscientes del objetivo, el fundamento para una forma de vida
colectiva, y esto quiere decir que tenemos que construir primero una red muy
ramificada de salas-cuna y jardines de la infancia y algún día organizaremos lugares
de producción totalmente originales. Sólo después de esto, las autoridades
planificadoras de la economía estatal podrán esperar de las mujeres una
productividad laboral que corresponda a las normas de rendimiento general. Sólo en
ese momento será justo criticar a las trabajadoras por negligencia o trabajo
realizado con desgana. Y ese momento no lo alcanzaremos hasta que todas las
trabajadoras -y su número asciende a millones- encuentren condiciones de
vida también fuera de sus puestos laborales que les aseguren que sus fuerza de
trabajo no se malgasten ya en necesidades económicamente privadas o familiares.
Se debe poner fin a ese despilfarro de la fuerza de trabajo femenina y parece
evidente sin más que eso es necesario. Realmente es de importancia que por fin se
limite la inmensa pérdida que experimenta nuestra economía socialista a
consecuencia de las actuales consecuencias de vida. Nosotros no podemos aumentar
la productividad del trabajo incrementando exclusivamente el número de mano de
obra. Tan importante es el cambio de las condiciones de vida bajo las cuales se
desenvuelve nuestra clase trabajadora. Por eso debemos sustituir, poco a poco, el
hogar familiar por un hogar común más eficaz económicamente.
Sólo así podemos cuidar la fuerza de trabajo femenina. (Al principio de la década 20
hubo, por ejemplo, en Moscú las llamadas casas-comuna, con unidades de vivienda
individuales y un centro común para comedor, descanso y juegos de los niños. Las
últimas casas desaparecieron hacia la mitad de la década 30.)
Hoy depende todavía la productividad del trabajo en la Unión Soviética del número
de personas ocupadas y por eso el Consejo de Trabajo y Defensaintenta reducir el
número de parásitos, ya que estas personas viven a costa de la clase trabajadora, sin
contribuir con la prestación de su propio trabajo al bienestar de la sociedad. Desde
que en nuestra república de trabajadores quedó abolida la propiedad privada de los
medios de producción han mejorado las premisas para el desenvolvimiento de las
fuerzas productivas. La plusvalía social creada se emplea hoy para la ampliación de
esas fuerzas productivas o para la satisfacción de necesidades imprevistas. La
plusvalía social creada repercute por tanto en beneficio de todo el pueblo y ya no se
despilfarra en el consumo privado de la clase dominante. En la era burguesa
únicamente una parte de la sociedad, la clase trabajadora, producía la plusvalía
social. Pero la clase que no producía nada había creado una capa social que se
ocupaba de tareas extraordinariamente improductivas para satisfacer sus
necesidades privadas de consumo y sus caprichos: la servidumbre doméstica, los
fabricantes de artículos de lujo, los artistas para diversiones de musa ligera, los
pseudo-artistas y pseudo-científicos y el número en constante aumento de
compañeras de lecho y prostitutas. Los capitalistas malgastaban cada vez más parte
de la riqueza social en sus placeres sin escrúpulos. (Bajo el zarismo la mayor parte
de la población rusa vivía en condiciones miserables. Cerca del 86 por 100 de los
seres humanos que vivían en Rusia el año 1912 trabajaban en una agricultura muy
poco desarrollada. Los propietarios de grandes extensiones de tierra y las
autoridades zaristas exigían de los campesinos -que pasaban de los 90 millones-
impuestos, rentas y primas de seguras. Pero gran parte de estos impuestos y rentas
no los empleaban ciertamente en el fomento de la técnica agraria o en la
industrialización, sino en el consumo privado de las clases dominantes feudales o
semifeudales) [...]
Pero el contingente improductivo en los países capitalistas-burgueses era
extraordinariamente grande, porque muchas mujeres vivían a cuenta de sus
maridos. Hasta el comienzo de la primera guerra mundial más de la mitad de las
mujeres eran mantenidas por sus esposos o sus padres. Esta falsa situación es una
consecuencia de la estructura social del capitalismo e impide el desenvolvimiento de
las fuerzas productivas y al mismo tiempo también la lucha necesaria contra la
situación caótica en esos países.
Por el contrario, el sistema económico comunista funciona de manera muy diferente.
Por el contrario el fundamento de la economía socialista es una dirección planificada
de todo el proceso económico, pero que no se orienta a las necesidades de una
pequeña pandilla, sino a las de todo el pueblo. La producción capitalista de bienes,
que sobrevivía históricamente, desaparece y las fuerzas productivas viven en el
socialismo una prosperidad prodigiosa. Primero necesitamos una estadística
centralizada sobre el número existente de todas las fuerzas de trabajo; sólo después
de esto es posible una organización planificada de estas fuerzas de trabajo. Por
razón de la libre concurrencia reina la anarquía en el mercado capitalista del trabajo.
Por eso puede existir en una empresa falta de trabajo, mientras al mismo tiempo en
otra se registra una notoria escasez de mano de obra. A causa del duro trabajo físico
enferman los trabajadores en algunas ramas de la industria, mientras en otras el
proceso de producción está irracionalmente organizado porque la maquinaria y el
bajo nivel del salario garantizan a pesar de ello a los capitalistas un beneficio lo
suficientemente alto. Únicamente por medio de una visión de conjunto planificada y
de una distribución de las fuerzas de trabajo pueden defenderse los trabajadores y
trabajadoras del espectro de la falta de trabajo. Esta desgracia ha desaparecido hoy
totalmente en la Unión Soviética, lo que constituye como es natural una gran mejora
para toda clase de trabajadores. (El año 1920 hubo en la Unión Soviética el siguiente
fenómeno paradójico: a consecuencia del fuerte descenso de la productividad del
trabajo se produjo repentinamente en todas las ramas una falta de mano de obra,
particularmente de la especializada. Las razones fueron, por un lado, una
consecuencia del gran número de técnicos llamados a las filas del ejército rojo, y, por
la otra, la huida de muchos trabajadores al campo por temor al hambre) [...]
Otro paso importante para el aumento de la productividad del trabajo en la Unión
Soviética es el paso inmediato a la distribución comunista. El enorme despilfarro de
la mano de obra femenina hasta ahora (en definitiva la población femenina en Rusia
es mayor que la masculina) es una consecuencia del hogar unifamiliar
antieconómico. Este derroche sólo puede frenarse si pasamos al hogar-comuna
colectivo. Los jardines de la infancia, casas-cuna, cantinas públicas y centros de
tiempo libre organizados por los soviets ahorran a la mujer el trabajo improductivo.
Sólo cuando la mujer quede descargada del monótono trabajo doméstico y de los
demás deberes familiares puede utilizar toda su fuerza para un trabajo útil
socialmente. Únicamente tras una transformación de las condiciones de vida y una
reforma fundamental da las costumbres según los principios socialistas puede
llevarse a efecto con eficacia el trabajo general obligatorio. Pero si la implantación
de ese trabajo general obligatorio, no va emparejada al mismo tiempo con un cambio
de las condiciones y costumbres de vida, entonces significará para nuestras mujeres
una carga adicional de trabajo que a la larga tiene que conducir a un esfuerzo
exagerado de tal clase que sea preciso hablar de un verdadero peligro para su salud
y su vida. Por eso incluso en los países capitalistas la implantación del trabajo
general obligatorio y la carga doble de la mujer unida a él sería un fenómeno
reaccionario en extremo. En la república socialista, por el contrario, la implantación
del trabajo general obligatorio y paralelamente a ella la creación de nuevas
condiciones de vida, por ejemplo, de hogares-comunas, significa establecer un
fundamento sólido para la futura liberación de la mujer.
Pero los residuos de las tradiciones burguesas todavía continúan siendo parte
integrante tenaz de nuestros usos y costumbres y reciben un apoyo adicional por
medio de los hábitos pequeño-burgueses de los campesinos, y esas tradiciones
dificultan mucho la vida de las mujeres. Los hombres tienen mucho menos que sufrir
bajo esas tradiciones burguesas, porque también dentro de las familias de
trabajadores la propia esposa, la madre o la hermana tienen que soportar los efectos
de esas tradiciones. Esta doble carga de trabajo tiene naturalmente consecuencias
para la mujer. ¿Por qué son precisamente las mujeres quienes tienen que poner en
juego su salud? Por eso hay que organizar de otra manera la vida (los días
corrientes) de las trabajadoras. Como las mujeres son siempre amas de casa hábiles
y experimentadas, han desarrollado hasta ahora más iniciativas y afán emprendedor
que lo que se necesita para dirigir por caminos apropiados su vida diaria. Por lo tanto
no necesitamos más que apoyar sus propias ideas y asegurarles el campo de acción
de sus iniciativas. La proletaria está acostumbrada a construir un hogar de la nada y
a dirigir la casa familiar con medios materiales mínimos. Por eso es también
importante despertar el interés de la mujer por la organización colectiva de la vida
diaria, porque sólo así es posible un cambio en la organización del día corriente
rutinario. Y esa evolución sería extraordinariamente ventajosa para las mujeres y
asimismo para toda la población.
Pero no debemos fijarnos exclusivamente en los cambios de las condiciones de vida.
Tan importante es para las mujeres el llegar a formarse una conciencia propia. No
podemos cejar en nuestra lucha por la participación de las mujeres en todas las
organizaciones de la administración local si en realidad queremos alcanzar un
cambio en las condiciones de vida de la clase trabajadora.
Pero sin ese cambio radical de las condiciones generales de vida, todo intento de
aumentar la productividad del trabajo tendrá el mismo efecto que un golpe sobre el
agua. Por eso interesa también a las autoridades superiores de planificación y
economía que se emplee en las grandes empresas una parte de la jornada laboral en
el cambio de las condiciones generales de vida. Por lo tanto, por ejemplo, en la
instalación de una cantina en la empresa o de un jardín de la infancia. Las horas de
trabajo que empleen los trabajadores y las trabajadoras en la organización de esas
instalaciones comunistas deben computarse como parte de la jornada laboral
obligatoria. Sólo entonces podemos conseguir un cambio de las condiciones
generales de vida. (La facultad decisoria en política económica radica el año 1921 en
el Comité Ejecutivo Central. El órgano ejecutivo era el Consejo de Trabajo y Defensa.
Con el comienzo del período N.E.P. en verano de 1921 muchas empresas se unieron
en los llamados trusts. Sólo un año más tarde existían ya 450 trusts, y en un decreto
de 10 de abril de 1923 se definieron a posteriori de la siguiente forma: Los trusts son
empresas industriales estatales... a las que el Estado ha concedido independencia
para la dirección de sus asuntos según los reglamentos aprobados para cada uno de
ellos y que desarrollarán su actividad de acuerdo con los rasgos fundamentales de la
contabilidad comercial con la finalidad de obtener beneficios) [...]
Las secciones femeninas, junto con la dirección de la empresa y del sindicato, deben
desarrollar modelos que, por un lado, garanticen el empleo lo más productivo posible
de la fuerza de trabajo femenina, y, por el otro, protejan a las trabajadoras de una
sobrecarga de trabajo. Hacen juego la jornada laboral y el tiempo libre. El
planteamiento del día laborable comunista es tan importante como el de la
producción, y si aspiramos a un desenvolvimiento completo de las fuerzas
productivas hay que realizar ese trabajo preliminar necesario. En el planteamiento y
organización de la producción hay que tener en cuenta, por lo tanto, todos los
factores que hagan más agradable el día rutinario y pongan fin al desgaste irracional
y antieconómico de la fuerza de trabajo femenina.
Vuelvo a repetir otra vez: los cambios en las condiciones generales de vida deben
acompañar de la mano a la implantación del trabajo general obligatorio y esto
significa una intensificación de las iniciativas que aspiren principalmente a la
creación de hogares-comuna colectivos. Si esto da resultado, entonces el sistema
económico socialista, que en estos momentos se construye bajo la dictadura del
proletariado y que está dirigido a la colaboración de todos los ciudadanos en la
producción, conducirá a una transformación que no se ha dado hasta ahora en la
historia de la humanidad: la situación de la mujer en la sociedad con equiparación de
derechos.
En la Unión Soviética todas las mujeres entre los dieciséis y los cuarenta años (que
no se hallen empleadas en la producción o en la administración pública) deben
incorporarse al trabajo. Después de tantas turbulencias hay que poner otra vez en
marcha la producción. El trabajo obligatorio está vigente no solamente en las
ciudades, sino también en el campo. También las campesinas -e igualmente los
campesinos- se incorporan al trabajo en períodos que se repiten. Se aprovecha a los
campesinos y campesinas como cocheros, ayudantes para el transporte de leña, en la
construcción de carreteras, en la instalación de viveros; algunas campesinas cosen
uniformes para los soldados del ejército rojo. (El trabajo general obligatorio que
existe legalmente desde el invierno de 1920 se aplicó en los tres primeros años de la
revolución de octubre sólo a los pertenecientes a las capas sociales que habían
dominado antes. Los sindicatos protestaron de que el trabajo obligatorio se
extendiera también a trabajadores y trabajadoras parados. Por medio de un decreto
de 29 de enero de 1920 se dispuso entonces que todos los sin trabajo, pero hábiles,
se aprovecharan para la realización de los trabajos más urgentes. Y a esta
incorporación al trabajo, de una vez o en períodos repetidos, fue llamada también la
población del campo.)
Este trabajo obligatorio significa evidentemente para las campesinos una carga
adicional porque no han cambiado aún sus condiciones de vida y allí no hay
comedores infantiles ni cantinas de taller, lo que quiere decir que las campesinas
deben realizar, como antes, sus tareas domésticas. Sin embargo el hecho de que la
sociedad haya reconocido a las campesinas como fuerza productiva cambiará a la
larga su vida y producirá una mejora de su status social. El mismo campesino piensa
para sí: Cuando el mismo Estado acepta a mi mujer como fuerza de trabajo
independiente quizá tenga algún valor. La infravaloración profundamente tradicional
e ilimitada de la mujer en el campo cede ante un nuevo concepto. Verdad es que
parece que ha tenido lugar cierto cambio en la relación entre marido y mujer, pero
todavía no podemos hablar de una alta estima de la esposa.
En las ciudades está vigente el trabajo general obligatorio para todas las mujeres
que no tienen libreta de trabajo, es decir, que no están empleadas en una fábrica o
taller ni en el partido. Estas mujeres trabajan en la higiene pública, hospitales a
quitando nieve. Otras mujeres reparten la leña racionada o limpian las calles y
escalinatas de la ciudad. Ese trabajo general obligatorio se ha mostrado ya como una
importante fuerza estimuladora para la liberación social de la mujer. Toda su vida ha
cambiado desde la base, por lo que naturalmente ha influido sobre las relaciones
entre el hombre y la mujer. Sin embargo sería ingenuo que aceptáramos que por
medio del trabajo general obligatorio se ha creado ya un fundamento suficiente para
una auténtica liberación de la mujer. No podemos olvidar las distintas funciones de
la mujer en la sociedad, por un lado, como fuerza productiva de trabajo; por el otro,
como madre de las generaciones del mañana. Ningún estado de trabajadores puede
pasar por alto esta tarea de la mujer de tan especial importancia. Nuestro partido, a
causa de una iniciativa de la sección femenina y en estrecha colaboración con
nosotras, ha redactado un reglamento por el que se protege la salud y la fuerza de
trabajo de la mujer. En esta reglamentación legal se toman especialmente en
consideración las condiciones de vida del actual período de transición (que fue
incorporado el año 1918 al primer código del trabajo de la R.S.F.S.R.). Como todos
los ciudadanos de la Unión Soviética deben prestar un trabajo productivo para la
sociedad, nuestro interés se dirigió hacia las madres y amas de casa, para las que se
encontró una regulación legal especial. Todos los hombres entre los dieciséis y los
cincuenta años de edad están sometidos al trabajo general obligatorio, pero para las
mujeres el límite superior de edad se rebajó a los cuarenta años. (Todos los varones
entre los diecisiete y los cincuenta y cinco años de edad, sin enfermedad física o
mental, que no están clasificados como trabajadores, carecen en absoluto de
derechos políticos y sociales.) Todos los trabajadores y trabajadoras que pueden
demostrar que su salud está en peligro están libres del trabajo general obligatorio, y
esta disposición se aplica también a las mujeres que han perdido el 45 por 100 de su
capacidad de trabajo. (Los pacientes inscritos como enfermos son visitados
mensualmente y reciben el 100 por 100 del salario medio que tuvieron mientras
fueron capaces de trabajar. Esta disposición se aplica también a los inválidos del
trabajo y a los que sufren enfermedades profesionales.) Y, como es natural, no se
aplica a las embarazadas el trabajo obligatorio. El reglamento dispone que toda
mujer que llega a ser madre estará exenta de todo trabajo ocho semanas antes del
parto y otras ocho semanas después. (Durante ese tiempo las madres reciben el
salario completo y si ellas mismas amamantan a su hijo se les concede un subsidio
especial para procurarse alimentos durante los nueve meses siguientes al parto.)
Además dispone también el reglamento que una madre que tiene que cuidar a un hijo
de menos de ocho años no puede trabajar si ningún otro miembro de la familia
atiende en casa a su hijo. (Con el tiempo esta disposición se va dejando de emplear
porque cada vez se van instalando mayor número de comedores infantiles y jardines
de la infancia.)
También aquellas mujeres que tienen que atender a una familia de más de cinco
personas están liberadas del trabajo general obligatorio. En las aclaraciones
del Consejo para el Trabajo y la Defensa se recalca además que las mujeres por regla
general sólo deben intervenir en trabajos ligeros. Todas las mujeres de la ciudad con
hijos de menos de catorce años y del campo con menores de doce están libres de la
incorporación al trabajo obligatorio fuera de los lugares de su residencia.
Todas las cuestiones de que hemos hablado hoy no tienen en absoluto nada que ver
con los principios abstractos sobre la equiparación de los sexos que plantearon las
feministas burguesas. En nuestra república soviética defendemos hoy la concepción
siguiente del problema del trabajo de la mujer: equiparación, protección a la madre,
derechos especiales.
El trabajo general obligatorio es una parte integrante de importancia de nuestra
nueva ordenación social y es además un instrumento para una solución fundamental
del problema de la mujer. Sin embargo debe apoyarse a esa tendencia por medio de
una protección más amplia a la madre, y sólo así podemos garantizar la fuerza de
trabajo y la salud de las futuras generaciones. Únicamente cuando la clase
trabajadora tome en sus manos el poder de los Estados y las mujeres realicen un
trabajo útil socialmente, puede ponerse fin definitivo a la incapacidad de la mujer
que persiste durante tantos siglos. El camino para la liberación de la mujer pasa por
la dictadura del proletariado.
— Alejandra Kolontai fue la primera mujer en la historia que llegó a
ministro de un gobierno
— ninguna de las conquistas sociales que aquí se narran, que ahora
parecen normales, existían en ningún país del mundo en 1917.

El nuevo sistema de relaciones internacionales


La Revolución de Octubre inició una nueva época en la historia de la humanidad: la
época del paso del capitalismo al socialismo, que produjo profundos cambios en todo
el sistema de relaciones diplomáticas y del Derecho Internacional conocidos hasta
entonces.
Antes de 1917 un puñado de potencias imperialistas, o incluso una sola de ellas,
dominaban la diplomacia internacional y los pequeños países carecían de cualquier
clase de derechos: eran simples territorios o poblaciones que los colonialistas podían
conquistar, vender y manipular a su antojo. Los principios jurídicos internacionales
enarbolados por la Revolución de Octubre dieron comienzo a una transformación
radical de esa oprobiosa situación. Hay un antes y un después de 1917 en la
configuración de las relaciones internacionales entre los países porque la Revolución
de Octubre impuso en ellas nuevos principios democráticos, basados en la igualdad,
en la soberanía, en la descolonización y la autodeterminación. Resumir siquiera el
vuelco que la diplomacia mundial experimentó a partir de 1917 exigiría un análisis
extraordinariamente largo, por lo que aquí sólo podemos enunciar algunos capítulos
genéricos de esta gigantesca mutación histórica.
El problema no concierne sólo a las relaciones de la Unión Soviética con los pueblos
coloniales sino que esas nuevas relaciones forzaron, a su vez, nuevas relaciones de
las potencias imperialistas con sus colonias respectivas, que dieron lugar a
fenómenos revolucionarios, como la descolonización, así como a otros, como la
neutralidad y el no alineamiento. Todo eso hubiera sido inimaginable sin la
Revolución de Octubre y la nueva política exterior que el primer país socialista
impulsó en todo el mundo, generando una ola de entusiasmo y esperanza como
jamás se había conocido.
Al mismo tiempo, no se comprende absolutamente nada de la política exterior
soviética si, a la vez, no se comprende que Octubre es posible, que aparece y se
mantiene como consecuencia de las contradicciones interimperialistas. En 1917
había una guerra mundial que enfrentaba a las grandes potencias entre sí y que el
nuevo gobierno soviético llega al poder con la promesa de paz y de sacar a las masas
proletarias de aquella carnicería, es decir, de imponer la paz, tanto al país como al
mundo entero. Después de la victoria de la Revolución de Octubre, por vez primera
en la historia surgió en la palestra internacional un Estado que empezó hablando de
paz: Rechazamos todas las cláusulas de bandidaje y de violencia, pero aceptamos
con satisfacción y no podemos rechazar las cláusulas que establezcan relaciones de
buena vecindad y acuerdos económicos, dijo Lenin. El decreto de la paz declaró que
las guerras agresivas, de conquista, son el mayor crimen contra la humanidad. El IV
Congreso Extraordinario de los Soviets de toda Rusia, en su resolución de marzo de
1918 sobre la ratificación del Tratado de Brest-Litovsk, condenó todas las guerras de
rapiña.
Por tanto, la política soviética fue siempre una política de paz; la política
imperialista, por el contrario, es una política de guerra, de masacre y de muerte.
Antes de 1917 el Derecho Internacional era el derecho de la guerra; después de esa
fecha, en el Derecho Internacional la paz es uno de sus principios nucleares. Ese giro
decisivo se lo debemos, única y exclusivamente, al Estado soviético, que no cejó en
su lucha por abolir los principios y normas reaccionarios de Derecho Internacional e
insertar en él ideas y reglas progresistas orientadas a garantizar la cooperación
internacional y defender la independencia de los pueblos sojuzgados por el
imperialismo.
Por primera vez y de forma unilateral, la Unión Soviética prohibió las guerras de
agresión, reconociendo su carácter delictivo, es decir, contrario al Derecho
Internacional.
Los principios internacionales de la política exterior soviética arrancan de los
principios comunistas sobre los vínculos entre la clase obrera de los diversos países,
entre las naciones y entre los pueblos. Los fundamentos de la política exterior del
Estado socialista habían sido trazados en las obras de los fundadores del
marxismo. Marx y Engels sometieron a una crítica exhaustiva las relaciones
internacionales de la época de la sociedad capitalista, que rompieron incluso con las
normas del antiguo Derecho Internacional reconocidas por ellas en el pasado. A la
vez, en esas obras se hace un planteamiento nuevo, de principio, de los problemas
cardinales de la política exterior y del Derecho Internacional. Marx escribió que
cuando la clase obrera creara su sociedad, la sociedad socialista, su principio
internacional... será la paz, ya que cada pueblo tendrá el mismo soberano: ¡el
trabajo!
El mérito histórico del primer Estado socialista estribó precisamente en su repudio de
las normas e instituciones jurídicas internacionales reaccionarias (como, por
ejemplo, las colonias y los protectorados, los tratados desiguales, la intervención,
etc.) y en que emprendió la lucha por abolirlas, por erigir las relaciones
internacionales sobre los cimientos de normas jurídicas democráticas orientadas a
robustecer la paz y la cooperación entre los Estados y por instaurar en el Derecho
Internacional nuevos principios y reglas de contenido progresista. Las ideas y los
principios jurídicos internacionales de la Revolución de Octubre repercutieron en el
Derecho Internacional y en las relaciones entre los países, especialmente el principio
de la igualdad y la autodeterminación de las naciones y los pueblos, enfilado contra
el sistema colonialista y contra toda opresión y desigualdad nacional.
A los que no entienden nada -y no les interesa entender nada- hay que recordarles
también que para implementar esa política de paz, la Unión Soviética tuvo que
explotar a fondo las contradicciones interimperialistas. La debilidad del socialismo se
compensaba con la debilidad del imperialismo, incapaz de presentar un frente unido
de Estados capaz de derribarle. Esto viene a cuento del famoso pacto firmado entre
1939 entre Molotov y Von Ribbentrop, que quieren presentar como una novedad
perversa en la política exterior soviética, pasando por alto que no era más que una
continuación de la política que desde el principio había seguido la Unión Soviética
con todos los países imperialistas, y más específicamente con Alemania. El pacto de
1939 era el tercero de los que firmaron ambos países, después del de Brest-Litovsk
en 1918 y del de Rapallo en 1922, que supuso el primer reconocimiento diplomático
de la Unión Soviética por una potencia imperialista. Esa misma política de paz la
ofertó la Unión Soviética a todas las demás potencias imperialistas, resultando
sistemáticamente rechazadas.
La Unión Soviética no sólo reconoció sino que aplicó nuevos principios en las
relaciones entre los pueblos y entre los países: los de igualdad y autodeterminación
de las naciones. Aunque proclamado por la burguesía en el período revoluciones del
siglo XVIII, este principio no llegó a adquirir carta de naturaleza en el Derecho
Internacional burgués. Además, el marxismo-leninismo llenó este principio de un
contenido nuevo, revolucionario. En su planteamiento marxista, el principio de la
autodeterminación de las naciones aparece como una expresión consecuente de la
lucha contra toda opresión nacional.
En su política exterior, el Estado soviético se rigió invariabiemente por el principio de
la igualdad y la autodeterminación de los pueblos, al tiempo que procuraba que fuese
reconocido como principio universal del Derecho Internacional. Ya en el decreto de la
paz, redactado por Lenin, el principio de la igualdad y la autodeterminación de las
naciones, en su nueva interpretación, fue formulado con la máxima claridad. En él se
propuso a todas los pueblos beligerantes y a sus gobiernos entablar negociaciones
inmediatas para una paz justa y democrática y se subrayó que el Gobierno considera
la paz inmediata, sin anexiones (es decir, sin conquistas de territorios ajenos, sin
incorporación de pueblos extranjeros por la fuerza), ni contribuciones, como una paz
justa y democrática.
En el decreto se daba la definición de la anexión, con la que se deteminaba al mismo
tiempo el significado del principio de la autodeterminación de las naciones. Se
consideraba anexión toda incorporación a un Estado grande o poderoso de una
nacionalidad pequeña o débil, sin el deseo ni el consentimiento explícita, clara y
libremente expresado por esta última, independientemente de la época en que se
haya realizado esa incorporación forzosa, independientemente asimismo del grado
de desarrollo o de atraso de la nación anexionada o mantenida por la fuerza, en los
límites de un Estado, independientemente, en fin, de si dicha nación se encuentra en
Europa o en los lejanos países de ultramar.
Decía Lenin que si una nación cualquiera es mantenida por la fuerza en los límites de
un Estado, si a pesar del deseo expresado por ella no se le concede el derecho de
decidir en una votación libre, sin la menor coacción, después de la completa retirada
de las tropas de la nación conquistadora o, en general, más poderosa, la cuestión de
las formas estatales de su existencia, la incorporación de esa nación al Estado
constituye una anexión, es decir, una conquista y un acto de violencia.
Tanto en el decreto de la paz como en los documentos posteriores se indicaba que el
principio de la igualdad de derechos y de la autodeterminación de las naciones debe
aplicarse a todos los pueblos. El comisario del pueblo de Asuntos Exteriores, G.
Chicherin, escribió a Lenin el 10 de marzo de 1922:La novedad de nuestro esquema
internacional debe consistir en que los pueblos negros, como los demás pueblos de
las colonias, participen en pie de igualdad con los pueblos europeos en las
conferencías y comisiones y tengan el derecho a no permitir la ingerencia en su vida
interna.
La igualdad y la autodeterminación de las
naciones se convirtieron en normas
constitucionales del Estado soviético. Ya en la
Declaración de los derechos de los pueblos de
Rusia se proclamaron la igualdad y la soberanía
de los pueblos de Rusia, el derecho a la
autodeterminación llegando a la separación y a
la formación de Estados independientes, la
abolición de todos los privilegios y limitaciones
nacionales y la libertad de desarrollo de las
minorías nacionales. Este principio fue inscrito
en la primera Constitución soviética de 1918.
El Partido Comunista luchó por unir a todos los
pueblos de Rusia, como exigían los intereses de
la revolución proletaria. La formación en el
territorio del antiguo Imperio ruso de algunas
federaciones, y más tarde de la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas, significó
encarnar en la vida el principio de la igualdad y
la autodeterminación de las naciones en base al
internacionalismo proletario. Este
acontecimiento histórico fue una victoria del internacionalismo proletario,
consecuencia de la realización de la política nacional del Partido bolchevique.
El Estado socialista rompió total e inmediatamente con la política colonialista del
zarismo, renunciando a todos los tratados de la Rusia zarista de índole colonialista,
usurpadora y leonina. El Estado soviético procedió como consecuente luchador
contra el colonialismo y la discriminación racial.
Como norma jurídica internacional, el principio de la igualdad y la autodeterminación
de las naciones apareció inscrito por primera vez en los tratados del Estado soviético
con los países orientales, que instauraron nuevas relaciones con los países
dependientes, considerados por las potencias imperialistas como objeto de
expansión colonial. Son, ante todo, los tratados concluidos con Persia (26 de febrero
de 1921), Afganistán (28 de febrero de 1921) y Turquía (16 de marzo de 1921).
Así, en el tratado entre la Federación Rusa y Persia, el Gobierno soviético condenó la
política del Gobierno de la Rusia zarista, que además de infringir la soberanía de los
Estados de Asia, conducía a la brutal violencia organizada por los rapaces, europeos
sobre el cuerpo vivo de los pueblos de Oriente. Las partes firmantes reconocieron el
derecho de cada pueblo a decidir libremente y sin obstáculos sobre su destino
político. Del mismo modo, los principios de la fraternidad de las naciones y del
derecho de los pueblos a la autodeterminación fueron expresados también en el
tratado con Turquía, en el que se indicaba que a los dos países les unía la solidaridad
en la lucha contra el imperialismo y la vinculación entre el movimiento nacional y
liberador de los pueblos de Oriente y la lucha de los trabajadores de Rusia por un
nuevo régimen social. En julio de 1921, al serle entregadas las cartas credenciales
por el embajador soviético, el jefe del nuevo Estado turco, Kemal Ataturk,
dijo: Tenemos en alta estima que Rusia soviética haya repudiado los tratados
anteriores y abogue por el principio de la autodeterminación.
El Estado soviético había propuesto la anulación de los tratados desiguales, idea que
resultó muy fructífera. En el decreto de la paz se decía que el Gobierno soviético
procedería sin demora a la publicación de los tratados secretos de Rusia: Declara
absoluta e inmediatamente anuladas todas las cláusulas de esos tratados secretos,
puesto que en la mayoría de los casos tienden a proporcionar ventajas y privilegios a
los terratenientes y a los capitalistas rusos y a mantener o aumentar las anexiones
de los rusos.
Por el Gobierno soviético se publicaron y anularon, entre otros tratados, el acuerdo
secreto de 1916 entre Rusia y Japón sobre acciones colonialistas conjuntas en China,
el acuerdo de 1916 entre Rusia, Gran Bretaña y Francia sobre el reparto de Turquía,
el tratado secreto ruso-ingles y la convención de 1907 en que se fijaban las esferas
de influencia en Persia, Afganistán, el Tibet, etc.
En el convenio entre la URSS y la República de China de 31 de mayo de 1924, las
partes convinieron anular los inicuos tratados concertados entre el Gobierno de
China, y el Gobierno zarista, y remplazarlos por nuevos tratados, convenios y otros
acuerdos fundados en la igualdad, la reciprociclad y la justicia. El Gobierno de la
URSS reafirmó, una vez más, sus declaraciones anteriores acerca de la anulación de
todos los tratrados y acuerdos concluidos por la Rusia zarista con terceros países
que afectaran a los derechos soberanos e intereses de China. Renunció a los
derechos y privilegios especiales referentes a las concesiones en China adquiridas
por el Gobierno zarista, así como a los derechos de extraterritorialidad y de
jurisdicción consular.
Por primera vez en la historia, una gran potencia renunciaba voluntariamente a
tratados que le concedían derechos y privilegios sobre otros países.
El principio de autodeterminación de las naciones resonó con fuerza en el mundo
entero. Wilson, Presidente de Estados Unidos, se vio obligado a incluir en sus Catorce
Puntos (las condiciones de paz), presentados por él al Congreso norteamericano en
enero de 1918, algunos principios referentes a la autodeterminación de las naciones,
aunque formulados con premeditada imprecisión.
Sin embargo, habían de transcurrir largos años de lucha hasta que el principio de la
igualdad y la autodeterminación de las naciones obtuviera reconocimiento general
como principio del Derecho Internacional. Fue necesaria una nueva guerra mundial,
una nueva derrota del imperialismo, para que los renovadores principios en las
relaciones internacionales que había impuesto la Unión Soviética en todo el mundo
se plasmaran en la Carta de las Naciones Unidas.
Pero la política internacional soviética no se limitó a los enunciados, a las grandes
declaraciones y a los tratados jurídicos sino que todo eso se complementó con el
internacionalismo, esto es, con un apoyo concreto y práctico a los pueblos que
luchaban por su liberación, que no eran considerados como tales pueblos y que
luchaban por serlo. La ayuda política, diplomática, militar y económica de la URSS a
los pueblos que luchaban por su independencia, también creó una situación nueva,
hasta entonces desconocida, en el área del movimiento de liberación nacional. El
joven Estado soviético se convirtió en el baluarte de la lucha de los pueblos
oprimidos por la liberación nacional. A pesar de las enormes dificultades y de
encontrarse en un cerco de fuego levantado por los intervencionistas y la
contrarrevolución interna, prestó un fraternal apoyo a la lucha antimperialista de los
pueblos de China, Mongolia, Afganistán, Turquía y otros. No es casual que
justamente en esas condiciones se rompieran las cadenas del colonialismo en varios
de sus eslabones (Afganistán, Mongolia y Turquía).
En aquel período no pudo haber un avance general contra el imperialismo, pues la
correlación de las fuerzas políticas en el plano mundial estaba a favor del
imperialismo. Siendo la Unión Soviética el único país socialista en un mar de países
imperialistas enemigos, sus posibilidades de apoyo al movimiento de liberación
nacional estuvieron muy limitadas, pero hizo todo lo posible por brindar su apoyo:
envió asesores políticos y militares a China, prestó ayuda material y militar a
Turquía, el Ejército Rojo se batió junto con los destacamentos revolucionarios
mongoles y apoyó políticamente a Afganistán.
Poco después del II Congreso de la Internacional Comunista, en setiembre de 1920,
se celebró en Bakú el I Congreso de los pueblos de Oriente, en el que participaron
2.050 representantes de la mayoría de los países de Asia, comprendidos India,
Afganistán, Irán, Japón, Corea, Egipto, Palestina, Siria, Turquía y algunas repúblicas
soviéticas. En el Manifiesto del Congreso A los pueblos de Oriente se decía: Os
llamamos a una lucha sagrada por vuestro propio bien, por vuestra libertad, por
vuestra vida. El manifiesto animaba a luchar por la liberación de los pueblos de
Oriente, por suprimir la división de la humanidad en pueblos opresores y pueblos
oprimidos, por hacer iguales a todos los pueblos y razas, cualquiera que sea la
lengua en que hablen, el color de su piel y la religión que profesen. Llamamos a una
guerra sagrada por suprimir la división de los países en adelantados y atrasados, en
dependientes e independientes, en metrópolis y colonias.
Tras los Congresos de la Internacional Comunista y de Bakú, en un discurso
pronunciado en la reunión de militantes de la organización del partido de
Moscú, Lenin dijo: Nosotros, realmente actuamos ahora no sólo como representantes
de los proletarios de todos los países, sino también de los pueblos oprimidos.
En el período que precedió a la Revolución de Octubre el imperialismo avasallaba a
sangre y fuego a los pueblos de Asia y África. Las acciones anticoloniales de los
pueblos oprimidos, a veces incluso de gran envergadura, eran brutalmente
reprimidas por las hordas punitivas extranjeras.
Pero la Revolución de Octubre no sólo impuso nuevas relaciones entre los países
imperialistas y los países dependientes, sino que permitió que éstos pudieran
relacionarse entre sí, algo hasta entonces impensable. La neutralidad y el no
alineamiento rompió con 500 años de política de sumisión y aislamiento de los países
coloniales. Las grandes potencias habían enfrentado a unos pueblos de otros para
dominarlos. Durante 500 años la política impuesta por los colonialistas en todo el
mundo fue de aislamiento, la conocida política de divide et impera. Durante el
período precolonial, entre los países de Asia y África existían estrechas relaciones
económicas, culturales y políticas que aceleraban su progreso económico, conducían
al enriquecimiento mutuo y al florecimiento de las culturas antiguas. Lo primero que
hicieron los colonizadores europeos al llegar al Océano Índico fue romper
violentamente esos contactos formados durante siglos. Ello condujo al
estancamiento del desarrollo económico y cultural de muchos países y pueblos, en
primer lugar, de los pueblos de África oriental. El historiador y diplomático hindú
Panikkar llamó metafóricamente la época de Vasco de Gama al período de dominio
colonial de Occidente en los países de Asia y África.
A principios del siglo XX los colonizadores holandeses, franceses, ingleses,
españoles, alemanes, norteamericanos y japoneses, sometieron gigantescos
territorios de Asia y África, convirtiéndolos en colonias y actuando en el espíritu de
Vasco de Gama. No se detenían ante nada para obstaculizar las relaciones
económicas y culturales entre sus colonias y adoptaron medidas draconianas para
impedir los contactos políticos y diplomáticos entre distintos principados y reinados
feudales que se habían visto obligados a reconocer el protectorado de las potencias
europeas. La política de aislamiento de los países de oriente, unos de otros, se
consolidó con el diseño de las rutas de transporte marítimo y ferroviario y, más
tarde, aéreo, así como en las comunicaciones telefónicas y telegráficas. Por ejemplo,
en los días claros, desde Beirut se observa el litoral de Chipre pero, hasta hace muy
poco tiempo, la comunicación telefónica entre Beirut, que formaba parte de la esfera
de influencia francesa, y Chipre, perteneciente antes a Inglaterra, se realizaba a
través de París y Londres. Todo ello, además de obstaculizar el progreso económico
de los países de oriente, impedía que en ellos creciera la protesta social y que se
fortaleciera el frente antimperialista de los pueblos.
Todo eso cambió a partir de 1917, y mucho más cuando la Unión Soviética derrotó a
las hordas hitlerianas en la II Guerra Mundial abriendo paso a la descolonización y a
que los países coloniales desempeñaran un papel protagonista en la diplomacia
internacional. La política soviética también está en la raíz del surgimiento de todas
las organizaciones regionales del Tercer Mundo, en la liga de paíes árabes, en la
Organización de Estados Americanos, la Organización para la Unidad Africana y
otras. Pero sobre todo estuvo en la Conferencia de Bandung de 1955 donde los
países dependientes asumieron los nuevos principios del Derecho Internacional tal y
como ahora los conocemos. La lucha de los pueblos de Asia, África y América Latina
contra el imperialismo, la envergadura y la profundización de las revoluciones
liberación nacional, el desarrollo del proceso revolucionario de los países liberados y
sus perspectivas, están históricamente ligados al extraordinario papel político e
ideológico de la Unión Soviética desde los primeros días de su fundación en 1917.
Para terminar: no entenderemos nunca nada sobre la Revolución de Octubre si no
tenemos en cuenta que la Unión Soviética no fue, en realidad, un país, ni siquiera un
Estado: la Unión Soviética, mientras fue soviética, fue la patria de todo el
proletariado mundial, el baluarte de los pueblos oprimidos que luchaban por su
liberación. Para todos ellos, la Unión Soviética no era un Estado extranjero sino el
suyo propio.