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MANEJO DE LA MUERTE Y EL DUELO

Raúl Gallardo Vidales

Si bien la muerte es un fenómeno del cual nadie quiere hablar, es el


fenómeno más propiamente humano. A pesar de que Aristóteles define al hombre
como un ser social, este enunciado no es el ejemplo que pone en su libro de
lógica, sino el trillado silogismo “los hombres son mortales”. La única certeza que
tenemos es la muerte. ¿Pero en qué consiste? Sólo podemos tener conocimiento
sobre la muerte a través de la muerte del otro, sobre la propia solo una mera
aproximación.
La muerte, como fenómeno, debe ser estudiado desde diversos puntos de
vista: antropológico, psicológico, filosófico, biológico, jurídico, artístico, histórico y
bueno, hasta tenemos a la tanatología y a la suicidología. Tantos estudios sobre
la muerte y seguimos sin entenderla y sin aceptarla. Vivimos, como dice Joyce
Mcdougall, como si fuéramos inmortales.
Psicológicamente hablando, el afrontar la propia muerte suele tener etapas,
por burocrático que suene, y fueron sistematizadas por Elizabeth Kübler Ross, y
estos son: 1) negación (¡Esto no me puede estar pasando a mí!); 2) ira (¿Por qué
a mí?); 3) negociación por tiempo extra (Si tan solo pudiera hacer tal o cual cosa
antes de morir); 4) depresión y 5) aceptación. La historia de esta psiquiatra
Elizabeth Kübler Ross debe ser interesante ¿Cómo fue que terminó viviendo entre
moribundos? Se honra de decirnos que despachó a más de 500. Vaya que le
gustaba este asunto.
Alizade (1995) rescata la figura del despenador, quienes se ocupaban
antiguamente de la eutanasia, la cual consistía en acelerar la propia muerte de los
moribundos para que no contagie la muerte a sus familiares y amigos. Por su
trabajo cobra honorarios o recibe obsequios. El despenador puede ser el propio
padre o el propio hijo. ¿Podría decirse que el tanatólogo de hoy es una clase de
despenador?
El horror a la muerte es capaz de todo, capaz de conducir al suicidio o a la
locura (Morin, 1974). Para el primer caso, el suicidio, baste pensar en el vacío de
sentido que deja y en la culpa, que incluso puede arrastrar no solo a una
generación al infierno, sino que los silencios sepulcrales pueden transmitirse a los
hijos y a los nietos. En el caso de la locura, ésta surge cuando desaparece el
sujeto con quien se estaba en simbiosis, puede ser cualquier persona, padres,
hijos, conyugues o incluso el vecino al que nunca le hablaba, pero siempre estaba
y ya no está.
Si el horror a la muerte causa o precipita el desborde de la psicosis ese es
otro asunto, al cual me encantaría desviarme porque me incomoda hablar sobre la
muerte. En fin, el estudio que hace Edgar Morin sobre la muerte permanece en el
recuento de los hechos, peor que Papalia (2012), porque ni estadísticas nos da,
pero en su libro sí nos damos cuenta de una cosa, por más pensamiento complejo
que nos venga manejando vemos cómo se queda pasmado ante el fenómeno sin
poder acceder a él, solo trabaja con la sombra de la muerte: la figura del doble.
Desde la filosofía el famoso y denso ensayo sobre la muerte de Vladimir
Jankelevitch (2009) nos habla de una banalización de la metafísica de la muerte:
se hace de la tragedia absoluta un fenómeno relativo, del aniquilamiento total una
desaparición parcial, del misterio un problema. Jankelevitch fue un buen discípulo
y exégeta de la obra de Bergson, y recordemos que de las obras más
popularizadas de éste es La risa. Desde un punto de vista dialéctico o bien
semiótico, no podemos dejar de lado la oposición de los signos, y su respectiva
significación por oposición: no podemos dejar de percibir lo serio sin lo cómico ni
al revés. ¿Por qué empeñarse en percibir el final de la vida como la tragedia
absoluta? Pensamos que por más metafísicos que nos pongamos, esto no implica
la absoluta seriedad, así como la presencia de lo sagrado no excluye a la alegría.
¿Cómo vivir entonces para que la muerte no se nos imponga como el
aniquilamiento absoluto? Para que no se apodere de nosotros la angustia. Hay
que hacer lo opuesto a Edgar Morín, que ante la complejidad de la vida pretende
alcanzar un método complejo para entenderla. Lo que debemos hacer es
enloquecer. Pero no una locura patológica desintegrativa, sino una locura creativa,
dionisiaca, artística: que invente nuevos sentidos cada día, que se mantenga en
movimiento, danzando. Es lo opuesto a la quietud del budismo. Desde un punto de
vista laico podemos apegarnos a la ética de Nietzsche implicada en su estudio del
eterno retorno la cual versaría así: obra de tal forma que desees que este
momento se repita interminablemente.
Aceptar la muerte y morir en paz es una opción, pero no es la única legítima
ni la más encomiable. De hecho, me parece que parte de la culpa de que la
gerontología sea sinónimo de tanatología la tiene esta ideología repugnante de la
quietud y de la seriedad en el final de la vida. Parece como si prepararse para
morir consistiera en hacerse el muerto desde antes para que la muerte no lo tome
por sorpresa a uno, porque esto sería espantoso. ¿No sería al revés? La muerte
como una emoción que asalta súbitamente, tal vez no sea algo tan malo. Hasta a
la propia muerte se le intenta dar un orden, que el moribundo siga las etapas del
duelo, que acepte su inminente desaparición ¿Por qué no simplemente se entrega
uno a la dinámica del caos? En fin, sería como aprender a hacer de la propia
muerte un carnaval.
Referencias:
Alizade, M. (1995) Clínica con la muerte. Buenos Aires: Amorrortu
Jankelevitch, V. (2009) La muerte. Valencia: Pre-textos
Morin, E. (1974) El hombre y la muerte. Barcelona: Kairós
Papalia, D. (2012) El desarrollo humano. México: McGraw-hill