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EL ESPECTADOR

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Un ensayo sobre cómo no


escribir un ensayo
Cultura
13 Jun 2019 - Jaír Villano

La primera idea equivocada del ensayo se la debemos a la academia: cinco citas por párrafo
(APA, 2019); tecnicismos excluyentes y carentes de eufonía; prosa recta y fatigada.
Ah: y aquello de la tesis; de los argumentos; de los contrargumentos; de la ilación; de la
superestructura; de las fuentes; del uso riguroso de la letra discursiva; innecesarias
complejidades y muchas exigencias para un género que, como ningún otro, es asaz libre en sus
tentativas.

Y sí: ya veo el ceño fruncido y los glúteos apretados de los más academicistas; así que, bueno:
un poco de complacencia, aquí una cita de Adorno, quien muy al caso comenta: “En vez de
producir científicamente algo o de crear algo artísticamente, el esfuerzo del ensayo refleja
aún el ocio de lo infantil, que se inflama sin escrúpulos con lo que otras han hecho  (…) No
empieza por Adán y Eva , sino por aquello que quiere hablar; dice lo que a su propósito se le
ocurre, termina cuando el mismo se siente llegado al final, y no donde no queda ya resto
alguno: así se sitúa entre las “di-versiones””.

Porque a los profes se les ha olvidado que esa es la base del ensayo: conversar, indagar,
interpelar; poner en perspectiva algo que se tiene por decir y sobre lo cual no debe despejarse
un fin.

El primer concepto viciado del ensayo es que tiene como imperativo recoger lo que otros han
dicho, y dilatar y dilatar y ampliar el panorama para que todo quede reducido a unas cuantas
conclusiones.

Pareciera que, a mayor cita, mayor profundidad, y aunque ello es prueba de una buena
pesquisa, no garantiza calidad. Más que escuchar lo que ciertos autores han indagado, importa
más la propia percepción. Y para eso hay que ser irreverente, audaz e incluso transgresivo. Lo
que dice Mauss sobre este género es importante, pero solo si es necesario, si complementa, si
refuta, si conversa con lo que tengo por decir, funciona. De resto, es accesorio, ornamento,
vacuidad acumulativa.

No miento. Revisen ustedes los textos de las revistas académicas y comprobarán lo tediosa
que es su lectura. Lo poco expresiva que es la voz que se debería oír, y que en cambio pone en
escenario a todas los demás.
Un musculoso estado del arte que conduce a redundantes conclusiones. Como si el género
tuviera por obligación arrojar respuestas. ¿De dónde salió eso? Si hay algo que aporta a la
comprensión de cualquier aspecto de la vida, del mundo, de las experiencias, de las cosas, son
las preguntas. Y un ensayo puede ser una pregunta y los interrogantes que van surgiendo
mientras se hallan sus respuestas. Una respuesta de esto puede derivar en más preguntas. El
ensayo no ayuda a resolver; no necesariamente. Es un género controversial y provocador: le
encuentra más problemas al problema. Es como esa víbora referida por Chesterton: “la
serpiente es tentativa en todos los sentidos de la palabra. El tentador está siempre tentando su
camino y averiguando cuánto pueden resistir los demás”.  

Ahora, que tenga esta actitud no quiere decir que no pueda ser agradable. Me acuerdo que
cuando estaba en la facultad de humanidades de la universidad donde cursé mis estudios de
pregrado, me esforzaba por escribir como los académicos. Los profesores censuraban mi deseo
de aunar literatura al discurso, me decían que había que escribir “en tono elevado”. O sea: en
estilo farragoso; plagado de conectores; de adjetivos y verbos pálidos, opacos, insensibles, sin
alma, sin fuerza; propietarios de la sintaxis más rígida.

El ensayo también es literatura, y como literatura es goce. Valéry creía que la estética es
placer. Hay que pensar en el lector:  buscar la manera de que el texto también sea
divertimento. Lo cual no quiere decir que haya que abandonar el contenido, ni mucho menos
empalagar el texto. Recordemos las palabras de Proust: “A lo mejor algunas obras magistrales
se escribieron entre bostezos”. Lo que quiere decir que la escritura -en este caso- del ensayo
implica oficio, entrega, servidumbre. Privilegiar el placer del lector no implica descuidar el
componente argumentativo. “Después de todo, quizá resulte que el criterio infalible para
juzgar el valor de una hermosa página no tenga nada que ver con el placer que se sintió al
escribirla”.

Hoy veo los ensayos que escribí en argot académico y me asombra esa dialéctica tan
despersonalizada. A algunos de estos profesores habría que sugerirles que, en lugar de
abarrotarse de referencias, sería conveniente contagiarse de los pasos de la danza de que
hablaba Valéry: la poesía. Despojarse de esa inflexibilidad discursiva; perderse por esas
dimensiones por donde transcurren las formas. No en vano uno de los grandes críticos de la
historia, Georg Lukács, consideraba que el ensayo es una forma de arte, un género artístico,
que conversa sobre libros, sobre ideas, sobre imágenes.

Vuelvo, entonces, a la anécdota: “¡No escriba como habla!”, me reclamaban los profes.
Bueno: no es que sea de aquellos que ante lo imprevisto exclama: ¡Oh, diantre! En lugar de
soltar un: ¡Oh, mierda! Pero para ser del todo sincero, yo prefiero una voz que se impone a
otras voces. Un autor que se aventura a la rebeldía antes que esforzarse en genuflexiones. Que
cuando ve necesaria la cita, parafrasea, porque su propia voz, su propio estilo, su propia
verdad es más importante; así no lo sea. “Hoy es más frecuente que un ensayista sea un
ironista dotado o un tábano, que un sabio”, nos dice Sontag. En eso radica la gallardía: en
atreverse.
Osar es harto distinto a aquella pretensión de hacer científica la producción analítica que
deriva de las expresiones artísticas. Con esa invención (y esto lo explican mejor los manuales
de Colciencias) se ha hecho creer que el ensayo debe partir de teorías. Dice Chesterton: “Trata
constantemente de cuestiones teóricas sin la responsabilidad de ser teórico o de proponer una
teoría”. ¿Cómo volver exacta una materia donde lo bello radica en que no hay exactitudes?
¿Cómo hacer concreto aquello donde se diverge en perspectivas? ¿Se puede cuantificar una
manifestación donde la materia prima es la sensibilidad? ¿Se puede hacer científica una
derivación cuya arbitrariedad no es más que una apología al caos, al desorden, a la anarquía? 

Las bases son importantes, desde luego; pero la naturaleza intuitiva debería ocupar un espacio
especial. No puedo olvidar la censura que un profesor de Escritura me hizo cuando le hablé de
mi idea de hacer del trabajo final un ensayo del ensayo; a saber: un relato de ficción que
estuviera compuesto por argumentos verídicos y comprobables. A decir verdad, no creo que
me hubiera salido como pretendía; pero estoy seguro que un docente propositivo (un maestro
de esos que Russell llamaba los guardianes de la civilización) me hubiera incentivado a
ensayar, a explorar, a arriesgarme y, sobre todo: a tratar de hacer del texto un goce.

“El ensayo no es un juego; esto es serio”, aseguró. Y me pidió enseñar la tesis, los argumentos
y los contrargumentos, sin antes de sentarme escribir. Pregunto: ¿Por qué hay que poner
esquemas? ¿por qué tanta sumisión al método? ¿quién dijo que todas las mentes funcionan
igual?  Y pregunto más: ¿Por qué arrebatarle el talante atrevido y juguetón a un género que
Alfonso Reyes consideraba híbrido, indefinido, “el centauro de los géneros”? 

Tan es así que uno a veces se pregunta si las reflexiones del diario de Amiel no son acaso
material ensayístico; si en La tentación del fracaso, Ribeyro no crea expresiones que, para
otros, -que se identifican con él-, eran hasta antes de leerlo indecibles, y por lo mismo
progenitoras de beldades nuevas. Al respecto y con mucha mayor claridad, Lukács dice: “pues
hay muchos escritos nacidos de sentimientos semejantes que no entran en contacto con la
literatura ni con el arte, escritos en los que se plantean las mismas cuestiones vitales que en
los que se llama crítica, sólo que directamente enderezadas a la vida; no necesitan mediación
de la literatura y del arte. De este tipo son precisamente los escritos de los más grandes
ensayistas: los diálogos de Platón y los escritos de los místicos, los ensayos de Montaigne y
las imaginarios páginas de diario y narraciones de Kierkegaard”.

A lo cual agregaría los diálogos socráticos y la convicción de un solo saber: que no se sabe. Y
es que hay que repetirlo: el ensayo no tiene como imperativo hallar respuestas o pontificar “a
manera de conclusiones”. Abrir más interrogantes; resaltar contradicciones, incongruencias,
lagunas, también hace parte de su composición. Vivir en permanente cuestión y hacer de ellas
un lugar de enunciación es una forma; un estilo de vida que bien se puede reflejar en la
escritura. El ensayo es “radical en el no radicalismo, en la abstención de reducirlo todo a un
principio, en la acentuación de lo parcial frente a lo total, en su carácter fragmentario”.

Su tono no tiene que ser grave, intelectual, alambicado, “elevado”. ¿No es acaso la lectura de
unos de los grandes filósofos, -Schopenhauer-, un deleite por la exquisitez y transparencia con
que derrama su pesimismo? Incluso cuanto uno no está de acuerdo con él, -verbigracia: su
despiadada misoginia-, se siente sacudido por la potencia con que descarga sus pensamientos.
Lo mismo, -y esto lo explica mejor Vargas Llosa-, ocurre con Sartre, quien expresaba sus
ideas con una retórica tan potente, que suscita la duda. No soy de los que cree que el arte deba
estar dispuesto a alterar el statu quo, que era como el francés pretendía, pero al leer Qué es la
literatura uno queda extasiado por esa manera en que manifiesta sus pretensiones. Digo todo
esto para resaltar que ello es prueba de que una escritura prolija y sensible -en el buen sentido
de la palabra- es un arma letal, persuasiva, absorbente.   

Hablando de filósofos, recordé que en La barbarie de la especialización, Ortega y Gasset se


refiere a un sujeto que podría encajar con este perfil: “Habremos de decir que es un sabio-
ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en
todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en
su cuestión especial es un sabio”. Y por eso las texturas de los ensayos cambian de acuerdo a
las facultades: no es lo mismo el de literatura que el de ciencias políticas; no es lo mismo el de
filosofía que el de economía. Es increíble que haya docentes, con portentosos títulos encima,
que cometan los errores idiomáticos más básicos. Hace poco fui testigo de una situación
confusa: el profesor llamaba “muy bien escrito” a trabajos con desaciertos en la ortografía y la
redacción. (Alguna coherencia había: pues el mismo docente no atendía la súplica de las tildes
cada que escribía sus explicaciones en la pizarra).

Pareciera, entonces, que ya no importa escribir bien. (Ni siquiera escuchar el arrullo de la
ortografía fonética más obvia). Que basta con títulos y ponencias que avalen el conocimiento;
total, que alguien les hará edición. O en el otro caso, escribir para no ser entendido, para unos
cuantos iluminados que comparten su cuestión especial. Lukács avizoraba un cambio similar
en el ensayo moderno, y llegó a afirmar: “Lo problemático de la situación se ha exacerbado
hasta ser casi una frivolidad inevitable en el pensamiento y en la expresión”.

Todo lo cual me lleva a pensar que por causa de estos atropellos se han fomentado equívocos
sobre el género. Y por eso hay gente que le huye, que se resiste a su lectura, que se distancia
por prejuicio, porque lo ven pesado y para individuos muy inteligentes. 

Y, así, se cae en una tristísima paradoja: se fabrica conocimiento, pero los medios para que
este llegue a la sociedad siguen alejados, remotos de personas que no son sus “pares
académicos”. Y eso explica muchas cosas: tanta frivolidad que prolifera y convierte lo
insignificante como materia imprescindible. A riesgo de ser digresivo, propongo un ejemplo:
los “doctores” (ay, las licencias del lenguaje) que comentan partidos de fútbol con el más
rebuscado y ampuloso vocabulario, y que son asumidos por sus audiencias como sujetos de
buen y refinado hablar.

Y esto es más preocupante, si consideramos nuestros índices de lectura. Y si acotamos la


generalidad y nos preguntamos qué leen los que leen, el optimismo se ahoga en su propio
entusiasmo.  ¿Quién lee ensayos? ¿Quién lee crítica? ¿Quién lee esta otra forma de literatura?
Hace poco leía un libro de Todorov cuyo prefacio empezaba anunciando que en Francia el
índice de lectura de la crítica era mínimo. Fue inevitable que por efecto de la naturalidad,
surgiera la comparación: El señor Tzvetan se queja; pero, ay, si conociera lo que ocurre en
Colombia.
 La contradicción es buena y ayuda a construir, y por eso es bueno anotar que uno de los libros
más vendidos en la feria del libro más importante del país (FILBO, 2019) es el de un
formidable prosista, que también ha incursionado en el ensayo.

Si algo está cambiando, si algunas fibras se están moviendo, si hay elementos que permitan
florecer la esperanza, yo lo celebro. Pero hablo por que leo y lo que veo. Y me parece que es
necesario que la pedagogía académica se aleje de sus propios prejuicios, se deshaga de su
prepotencia, se anime al ejercicio por el ejercicio, a la función tautológica de toda arte: el arte. 

Todo esto para decir que se hace necesario ser flexibles en la manera en que se enseña cómo
escribir ensayos, o en otras palabras: cómo poner el pensamiento en texto; cómo conversar con
las experiencias y las intuiciones; cómo leer el mundo y cómo expresarlo; cómo ser y no ser
en interrogantes que amplían las propias preguntas y las inquietudes ajenas; cómo dirigir lo
que se observa, lo que se siente, lo que se oye, lo que se experimenta, lo que se consiente y lo
que no; cómo impregnar todo eso en palabras. En un medio al que no hay que tenerle temor, ni
lejana reverencia.

Yo mismo he sido víctima de este flagelo. Pues por las ideas equivocadas que tenía sobre el
género había preferido distanciarme de él. Y ahora que recapacité he vuelto, y no creo que me
vaya. ¿O le subo el tono, profes?

___________________

1. ADORNO, Theodor. Notas de literatura, Ediciones Ariel. Pág. 12.


2. CHESTERTON, Gilbert. Sobre el ensayo. Disponible en: http://www.conoze.com/doc.php?doc=5995 
3. PROUST, Marcel. A la sombra de las muchachas en flor. Alianza Editorial, 1966. Pág.504
4. IBID 
5. SONTAG, Susan. El hijo pródigo. [En línea].
6.  LUCKÁCS, Georg. El alma y las formas. Pág. 18.
7.  ADORNO, op. Cit. Pág. 19.
8.  ORTEGA Y GASSET, José. La rebelión de las masas. Alianza Editorial, 1983. Pág. 114.
9.  LUCKÁS. Op,cit. Pág. 35.