Sei sulla pagina 1di 10
Las mentiras del fuego Algunas veces no hablaba mi papé sino su mandibula. —Miré esta mocosa parada frente a los autos cuan- do tendria que estar estudiando... Sus palabras salfan apretadas y con rigor de hueso. —Me gustaria saber dénde estan los padres de esta piba. La chica del semaforo me parecia, en ese entonces, la persona mas distinta a mi que habitaba el planeta. Y también la més feliz. Ella era tan flaca que sus pantalo- nes parecfan polleras. Jugaba; siempre estaba jugando. Y como tenia el pelo muy largo y desordenado, yo la bauticé Rapunzel. 27 LitiaANna Bopoc Vefiamos a Rapunzel casi a diario, cuando volvia- mos del colegio. —,Cémo te fue en el examen de inglés? —Bien. Cuando nos acerc4bamos a la esquina, yo cruzaba los dedos para que el semaforo nos detuviera en el sitio indica- do, justo para ver a Rapunzel haciendo malabares con cla- vas encendidas. Jugar con fuego, sonreir en mitad de una calle dispuesta a arrancar en amarillo a cualquier precio. Yo con el cinturén debidamente puesto, el uniforme debidamente planchado. Yo con un pelo tan lacio que era imposible despeinarlo. Claro que no siempre el semaforo nos detenia por- que no siempre es roja la buena suerte. En esas ocasio- nes veia a Rapunzel parada junto al semaforo. No son- reia. Solo esperaba el momento de entrar a escena. A veces tomaba agua de una botella. Nunca me miraba. Y eso me daba un poco de ra- bia... A fin de cuentas, éramos casi de la misma edad. Pero no. Rapunzel me ignoraba como si yo fuera un adulto mas. 28 LAS MENTIRAS DEL FUEGO Ella tenia ropa de todos colores y el fuego le obedecia. —Debe ser dificil hacer eso —me atrevi a comentar un dia. —jPor favor! —salt6 mi viejo—. Dificil es recibirse, dificil es salir a trabajar a las seis de la mafiana todos los dias. Y puso la radio. Algunas veces no hablaba mi papa sino su bolsillo. —Mira si le voy a dar plata por la pavada que hace. La plata se gana trabajando —y me miraba de reojo—, jrompiéndose el lomo! Y no haciendo piruetas en una esquina. A mi me daba vergiienza. Sobre todo cuando Ra- punzel se acercaba a la ventanilla, sonriendo, y mi viejo le decia que no con el dedo indice. Ella iba al auto de atras y mi papa seguia hablando del asunto por un par de cuadras. La cosa cambiaba cuando, por alguna ra- z6n, mi mamé viajaba con nosotros. Ella buscaba unas monedas, se estiraba sobre el malhumor de mi padre y se las daba. —Gracias —decia Rapunzel. 29 LILIANA Bopoc —Por lo menos sabe decir gracias —comentaba mi viejo. Como entonces yo iba en el asiento trasero, tenfa la posibilidad de darme vuelta para ver a esa chica, tan distinta a mf, con un pufiado de clavas encendidas en la mano, recibiendo monedas y jugando. Algunas veces no hablaba mi viejo sino su licencia de conducir. —A vos te parece esta piba? Se pone a joder justo a la hora pico... Te juro que cambiaria de camino con tal de no verla mas. Pero estos —decfa “estos”— estan en todas partes. Rapunzel sonreia aunque no le diéramos monedas. Andaba con un manojo de fuego entre los autos, de aqui para all, con los segundos contados. jCémo si se hubiese escapado del Cirque du Soleil! Era dia lunes y habia estado Hoviendo toda la ma- fiana. Al mediodia, cuando sali del colegio, aparecié el sol. Pero no le puso ganas, y el lunes no mejoré nada. 30 LAS MENTIRAS DEL FUEGO Lunes de lo peor, lunes pegajoso. La ciudad tefiida de lunes. Y mi viejo con un humor de perro. A lo mejor eso ayudé a que sucediera lo que suce- did. A lo mejor iba a suceder de todos modos, aunque el sol tocara la bateria. Rojo en la esquina. Sefior conductor, deténgase aunque sea lunes y tenga ganas de atravesar la esquina como un insulto. Mi papé se detuvo. Y a pesar de que las huellas de la llovizna estaban cerca, Rapunzel aparecié frente a nosotros. Mi viejo bufé con ganas. Es verdad que todo se veia raro. El fuego en las cla- vas estaba deslucido, htimedo. Y Rapunzel no sonreia en presente. Eso, el lunes y la fatalidad. Rapunzel se distrajo, se demoré alcanzando una moneda. Mii viejo recibid las bocinas histéricas de los autos que estaban atrds y no entendian qué pasaba. Ahi fue que decidié arrancar para sacarse el problema de encima. Y ahi, justo ahi, Rapunzel corrié en direccién a la vereda. 31 Za LitiANA Bopoc El auto la golpeé y la tiré al asfalto. Miré asustada a mi papa. Algunos automoyvilistas se detuvieron para ayudar a Rapunzel. Mi viejo se sacé el cinturén de seguridad, temblaba. —Quedate acd —me dijo antes de bajar. Vi a Rapunzel intentando ponerse de pie. Pero no la dejaron. Vi las clavas desparramadas en la calle. Conté: una, dos, tres continuaban encendidas, También vi a mi viejo, asustado y timido como nunca antes. De vez en cuando me miraba. Yo queria decirle que no tenia la culpa, aunque no lo sabia del todo. Después Ilegé la policfa, los datos, el seguro... Venia en camino la ambulancia, porque de ninguna manera Ra- punzel podia irse como si nada hubiese pasado. Era nece- sario que la viera un médico y le hicieran radiografias. Cuando Ilegé la ambulancia, las tres clavas que se habfan esforzado en mantener el fuego estaban muertas. Algunas veces no hablaba mi papa sino esa remera mamarracho que se ponia los dias feriados. Era domingo y él dijo algo inesperado. 32 LAS MENTIRAS DEL FUEGO —Voy a ir a la casa de la piba del fuego. —Asi la llamaba desde el accidente—. Quiero ver cémo sigue. La lesién, segtin el informe médico, era menor, Un golpe en la parte superior de la pierna derecha, sin dafio grave ni permanente. Pero al parecer, mi papa también estaba golpeado. —;Puedo acompafiarte? —pregunté. —Vamos. La direccién, que mi papa habia obtenido en algu- na de las instancias del tramite, correspondia a una pensién. La que parecia duefia del hotel familiar explicé que los inquilinos no podian recibir visitas. Mi viejo le expli- cé la situacién con sus mejores modos y logré conven- cerla. —Por el pasillo. Es al final, la ntimero once. Yo Ilamé a la puerta. Rapunzel se asombré mucho y dijo que no hacia falta, que estaba bien. Pero jpasen, por favor! La casa era una habitacién, apenas cabian la cama, una mesa plegable puesta contra la pared y una cajonera, 33 LILIANA BoDOC y tenia una ventana que daba a un patio interno. Habia solamente dos sillas, una de plastico blanco y otra de madera. Tal vez por eso mi papa ofrecié ir a comprar facturas. De nuevo vi las clavas. Pero ahora estaban apagadas y puestas en una botella, como un ramo de flores secas. —Tenés tonada de otra parte —dije. —De Misiones. —El afio pasado fuimos a las cataratas. —Son lindas —se acordé. Sabia que mi papa no iba a demorar demasiado, asi que me animé a decirle lo que me desvelaba. —Es lindo hacer malabares con fuego, sno? Rapunzel sonrié, Era un par de afios mayor que yo. —Era lindo —dijo—. Antes, cuando jugaba en el patio de tierra de mi casa y mi abuela me aplaudia sentada a la sombra de la higuera. Ahi si que era lindo... —Y ahora no? —Saco unas monedas para mantenerme. Mi mama me ayuda un poco; pero tanto no puede. 34 LAS MENTIRAS DEL FUEGO —Ah. Y esa expresi6n intenté disimular mi decepcién. Lo que yo creia que era el sol, result6 ser una moneda. —Apenas me reciba, vuelvo a Misiones —dijo Ra- punzel. —é Qué estudids? Antes de que pudiera contestarme, se abrié la puerta. —iDe pastelera y dulce de leche! —Mi viejo entré con un paquete exagerado. Hablamos un rato. Mi pap dijo que se alegraba de verla bien, le pidié que se cuidara. Y después carrasped para indicar que era hora de irnos. Rapunzel quiso dar- nos las facturas que quedaban. —Ni se te ocurra —dijo mi viejo. Después, los dos se abrazaron. Y juro que parecia que se daban las gracias. A partir de ese dia, mi viejo tomé otro camino para ir desde el colegio a casa. Habra sido vergiienza, 0 no saber qué hacer cuando volviéramos a verla. Por mi parte, fingi no darme cuenta del cambio. 35 Pete eee Litrana Bopoc De vez en cuando pienso en Rapunzel y en las mentiras del fuego. Fuego que brilla y miente, que baila y miente. Y hace que, a la distancia, todo parezca un juego. 36