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ZINDO&GAFURI

sadazarb 26
62 brazadas

silvina lópez medin


López Medin, Silvina
62 brazadas. - 1a ed. - Buenos Aires:
Zindo & Gafuri, 2015.
144p. ; 20x14 cm.

ISBN 978-987-3760-12-9
1. Poesía Argentina. I. Título
CDD A861

Fecha de catalogación: 11/06/2015

Ilustración de cubierta: holis brown thorton


www.hollisbrownthornton.com

zindo.gafuri@gmail.com

Diseño de portada: Patricio Grinberg


Sebastián Bruzzese
Diseño de interior: Sebastián Bruzzese
sebruz@gmail.com

Hecho el depósito que marca la ley 11.723.

Impreso en Argentina
A Salvador y Vicente
62 brazadas
1

No busques hacer pie,


ahora es otro el arte:
sostenerse y avanzar, así es
ser nadador.

9
2

No te anticipes,
el sol sigue en la punta
se derrama alrededor.

Quedate ahí, cuerpo


en movimiento.

11
3

Vas ligero,
es el agua
es la primera pileta.

13
4

Lo que se deja atrás, lo que aún


no llega, no importa
es otro el tiempo, un estilo que fuerza
la mirada al costado: respirás.

15
5

Como quien se despierta y corre a lavarse la cara


y va más allá del espejo: no hay edad
hay un cuerpo que toma
contacto con el agua.

17
6

La ilusión de avanzar
de pileta en pileta.

19
7

Los pies sobre la tierra, plantarte


al borde de otra pileta
con esa decisión de saltar, saltar
ahora: agua
quedarte adentro, en lo radiante
del día y al salir
decirlo en voz alta un día
radiante, así de simple
hablar del clima.

21
8

Una casa un cerco una casa es agua


lo que une
una cosa con otra,
seguís su curso.

23
9

Has puesto un límite a tu aventura


has elegido aguas domésticas.

25
10

En el centro del verano


no se piensa
más que en verano: el centro, el punto
¿más distante de qué?
No, no se piensa no se dice.
Es cuerpo,
se sumerge.

27
11

Hueco del terreno que contiene agua


que contiene.

29
12

Y claramente, ¿ves?
cielo, agua, la curva
de una brazada.

Ni esa primera nube


ni esa línea partida: un relámpago.

31
13

Después del pasto la grava


en las plantas de tus pies marca
un cambio de registro:
mirás el rastro blanco del reloj que el sol
dejó en tu muñeca. El tiempo
ha perdido la precisión de las agujas
es puro movimiento
de luz.

33
14

Al sacar la cabeza del agua


recobrás aire y recobrás parte de lo que suena afuera: viento,
el golpe
de unos postigos que se cierran. Al sacar
el cuerpo del agua ves en el verano
en el centro mismo del verano
bajo los árboles
hojas secas.

35
15

Queda el brillo
del agua en la piel.

37
16

Otra pileta. Esta vez


el peso inesperado de una idea te hace hundir
la cabeza en el agua.

39
17

No vas en busca de una idea,


la idea va
tomando el cuerpo.

41
18

Si no hay corriente, qué te lleva


de un borde a otro
del agua
del día.

43
19

Como si la repetición construyera el deseo


como si del deseo de tu casa dependiera tu casa.

45
20

La palabra adentrarse
suena a movimiento continuo
no es sólo eso
también hay que pisar lo que separa
pasto, piedras
el agua del agua.

47
21

Qué viene después del trueno


del canto de los pájaros, de la lluvia

buscar el techo de unas ramas de qué sirve


pararse desnudo bajo un árbol desnudo.

49
22

Tus músculos responden.


La memoria de tus músculos.

51
23

Lo que está fuera de lugar y queda


en la superficie
lo que apartás para avanzar.

53
24

Cae el sol
antes de tiempo.

55
25

Como si hubiera pasado de largo el atardecer, tan tenue lavada


esa luz
¿ha perdido su gracia?

57
26

Frío: pensar el fuego


en qué parte
lo seco de la madera arde
si es verano en qué parte.

59
27

Se vuelve superficial
la respiración, viene del frío
ese temblor, ese moverse
del cuerpo en el lugar
lo que ahora provoca
otro desplazamiento.

61
28

Vas de espalda esta vez


la mirada opaca
es la del cielo.

63
29

Cada brazada enturbia el agua.

Cuando recobra su nitidez


ya estás afuera.

65
30

Lluvia, luego
bordes sucios
las pisadas, las vueltas
en torno a una pileta
antes de entrar.

67
31

Tocás con la punta del pie


la realidad del agua.

69
32

Te das vuelta a mirar las casas recorridas.


Has perdido la cuenta.

71
33

Agua o tiempo, pliegues


en la piel.

73
34

No queda posibilidad de salto


entrar es apenas
un deslizamiento
raspa el borde de piedra.

75
35

Lo que ofrece el agua


es resistencia.
No esperes otra cosa del agua.

77
36

De pronto detenerte
aferrado a un borde.

Como si pudieras hacer tiempo.

79
37

Has llegado al final de otra pileta, has vuelto


a apoyar las manos para alzarte. Qué esperabas,
los brazos no responden.

Ahora andás bajo el agua, sin estilo


en busca del brillo metálico de la escalera.

81
38

En qué momento empezaste a pedir


de una pileta lo que nunca: la parte playa.

83
39

Contra la pared del pecho golpea el corazón.

85
40

No el oscurecimiento transitorio
de un agua removida.

Agua espesa
no se conoce el fondo.

87
41

No estás donde deberías.

89
42

Detrás de un cerco asoma un techo esa casa


se parece a tu casa o es
sólo deseo y no hay punto de llegada,
aun así volvés a entrar:
agua.

91
43

Cómo pesa el cuerpo en lo más hondo


agarrado del borde
como un niño que no sabe del agua avanza
no se suelta
no nada.

93
44

Y si al salir ya es de noche qué luz


te deja ver eso que cuelga de una rama
¿un vestido de verano?
tela que el viento mueve,
no se llega a soltar.

95
45

Quieto en el borde el cuerpo


como si no hubiera después
el cerco, un techo que asoma.

97
46

El viento, ese vestido que se alza


un verano.

99
47

Bajás los ojos:


donde estás parado un charco
agua más íntima.

101
48

Y en la piedra, la impresión de otra época.

103
49

Esa habitación a la hora de la siesta


el tac de las paletas del ventilador, un cuerpo
junto a otro sin necesidad de movimiento.

105
50

Los pies en el mismo charco en la misma piedra.

107
51

Descalzos en la frescura del mosaico


los postigos abiertos de par en par: lluvia
un bretel, cuerpos que van
donde va la música.

109
52

El golpe de un postigo que se cierra, desprendido


un cuerpo del otro.

111
53

La mirada borrosa de tanta agua.

113
54

No estás donde deberías.

115
55

Cerrada la noche
la casa no se ve, se sabe
de memoria
se pierde en lo áspero
de afuera.

117
56

Esa, esta, una, casa


no hace falta tocar el óxido
ni empujar lentamente la puerta ni gritar.

119
57

El cuerpo seco, seco.

121
58

Donde termina esa pared comienza


la humedad de un jardín.

123
59

Después de un fondo el fondo


de otra casa.

125
60

En la piel el rasguño
el cerco vivo que acabás de cruzar.

127
61

No estoy donde debería


decís, y volvés
la mirada hacia el cielo esas nubes
cambian
de lugar.

129
62

Una vez más el borde, una pileta


apenas flexionados los brazos
el cuerpo entero hacia adelante
¿Ves?, agua.

Ahora, saltá.

131

Epílogo

El agua donde se escribe

Neddy Merrill, el nadador, tiene la mirada de un cartógrafo: ve


en las piletas de sus vecinos un curso de agua, un río. Neddy
Merrill tiene un plan: atravesar a nado esas piletas hasta llegar a
su casa. Ahí lo espera su familia. Neddy Merrill nada pileta tras
pileta, cumple con su plan. Pero cuando por último, encorvado,
resoplando, exhausto, llega a su propia casa, la encuentra
inesperadamente vacía, abandonada.

El impulso dramático

La obra de teatro que escribí empezaba con un grupo de gente


que toma sol en la terraza de un hotel y repite una frase que
aparece al comienzo del cuento El nadador de John Cheever:
“Anoche tomé demasiado.” De la nada, un hombre en traje de
baño, empapado, sube las escaleras, aparece en la terraza,
y lo primero que dice es eso mismo. Como sucede cuando
uno escribe a partir de un personaje ajeno: éste es y no es el
nadador de Cheever. Es y no es. Está como perdido en tiempo
y espacio, y casi no habla en toda la obra. Es un provocador
pasivo: está quieto, pero su mera presencia hace que el resto
se agite a su alrededor.

El espacio, que en el cuento cambia en forma permanente,


acá es uno solo, la terraza. La repetición, que en el cuento se
da en términos de acción, acá se traslada al lenguaje. Estos

135
elementos, sumados a la pasividad del personaje, hacen a la
quietud de la obra.

El problema fundamental era esa misma quietud. Lo potente


del cuento está en el movimiento. Cheever es un maestro del
corrimiento espacial y temporal, que en este cuento está llevado
al extremo: el nadador no deja de desplazarse, y el tiempo hace
lo suyo, pero de una forma no lineal. En el cuento, el nadador
y el tiempo avanzan a distintas velocidades y de distinto modo,
no se encuentran, mejor dicho, se rozan de una forma extraña.
La obra de teatro estaba demasiado quieta, perdió encanto,
quedó trunca. Construida, pero abandonada como la casa del
nadador.

Las 62 brazadas

Pasó tiempo. Una mañana soleada, como la del principio del


cuento, miré la puerta cerrada de la casa de enfrente y anoté
esto en mi cuaderno: “Has recorrido una a una las casas para
no entrar en esta”. Una vez más aparecía el personaje del
nadador. Tiré de esa línea y salió un poema. Uno de esos textos
enmarañados, que piden aire. Pensé que podía llegar a abrir
ese poema en una serie, y así darle el aire que necesitaba.

Me atrajo pensar un texto poético a la manera de un guión: en


cada bloque ver qué hacía, qué le sucedía a ese personaje.

¿Por qué necesitaba que estuviera en el agua? Quería indagar


los sentimientos que surgen al enfrentarse con un entorno no
natural. Este personaje elige no pisar, mantenerse lejos de la
tierra. La tierra es más dura, lleva a tomar conciencia, en el
agua las cosas son livianas.

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¿Qué es lo que lo impulsa a seguir cada vez? Empieza en
una pileta, nada, alcanza el borde donde termina, sale, vuelve
a zambullirse en otra, y así. La brazada también condensa
algo de ese gesto: el brazo se extiende, pareciera que fuera
a alcanzar algo y no lo hace: vuelve a hundirse, vuelve a salir.
Una mañana muy temprano anoté en mi cuaderno: “Estoy
escribiendo sobre ese vacío, uno avanza, en la escritura, en la
vida, sobre esa especie de vacío. Ese avanzar sobre el vacío es
insistencia, es fe.”

La gran mayoría de las preguntas escritas en mi cuaderno, en


la serie no salen a la superficie. Habrán quedado debajo, como
esas hojas que se acumulan en el fondo de una pileta.

Una última cuestión era el final. Quería que, a diferencia del de


Cheever, mi nadador llegara a la casa y siguiera de largo. Es
de noche, él está quieto por primera vez, parado en un charco,
el cuerpo seco. ¿Qué lo impulsa a ponerse en movimiento de
nuevo? Llamé por teléfono a un amigo físico, hablamos de
cómo en última instancia todo está siempre en movimiento,
sólo basta elegir con qué compararlo. Cuando corté era de
noche y escribí una parte del penúltimo bloque, el 61: “volvés/
la mirada hacia el cielo esas nubes/ cambian/ de lugar.” Al otro
día anoté: “Él también sigue, se acopla a ese ritmo.” Y escribí el
bloque 62, el último. Había pasado mucho tiempo desde que
había escrito el primer bloque de la serie. Y más tiempo aún
desde que había empezado la obra de teatro. Cuánto tiempo,
no estoy segura. Cerré el cuaderno. Y empecé otro.

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Silvina López Medin nació en Buenos Aires en 1976. Publicó
los libros de poemas: La noche de los bueyes (Madrid, Visor,
1999), Primer Premio Iniciación de Poesía de la Secretaría de
Cultura de la Nación y Premio Internacional de Poesía a la
Creación Joven de la Fundación Loewe, y Esa sal en la lengua
para decir manglar (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014).
Su obra de teatro Exactamente bajo el sol (estrenada en el
Teatro del Pueblo, 2008) recibió el Tercer Premio de Obras de
Teatro del Instituto Nacional del Teatro, y participó del Festival
Internacional de Buenos Aires.
Índice

1 No busques hacer pie, 9


2 No te anticipes, 11
3 Vas ligero, 13
4 Lo que se deja atrás, lo que aún 15
5 Como quien se despierta y corre a lavarse la cara 17
6 La ilusión de avanzar 19
7 Los pies sobre la tierra, plantarte 21
8 Una casa un cerco una casa es agua 23
9 Has puesto un límite a tu aventura 25
10 En el centro del verano 27
11 Hueco del terreno que contiene agua 29
12 Y claramente, ¿ves? 31
13 Después del pasto la grava 33
14 Al sacar la cabeza del agua 35
15 Queda el brillo 37
16 Otra pileta. Esta vez 39
17 No vas en busca de una idea, 41
18 Si no hay corriente, qué te lleva 43
19 Como si la repetición construyera el deseo 45
20 La palabra adentrarse 47
21 Qué viene después del trueno 49
22 Tus músculos responden. 51
23 Lo que está fuera de lugar y queda 53
24 Cae el sol 55
25 Como si hubiera pasado de largo el atardecer, 57
26 Frío: pensar el fuego 59
27 Se vuelve superficial 61
28 Vas de espalda esta vez 63
29 Cada brazada enturbia el agua. 65
30 Lluvia, luego 67
31 Tocás con la punta del pie 69
32 Te das vuelta a mirar las casas recorridas. 71
33 Agua o tiempo, pliegues 73
34 No queda posibilidad de salto 75
35 Lo que ofrece el agua 77
36 De pronto detenerte 79
37 Has llegado al final de otra pileta, has vuelto 81
38 En qué momento empezaste a pedir 83
39 Contra la pared del pecho golpea el corazón. 85
40 No el oscurecimiento transitorio 87
41 No estás donde deberías. 89
42 Detrás de un cerco asoma un techo esa casa 91
43 Cómo pesa el cuerpo en lo más hondo 93
44 Y si al salir ya es de noche qué luz 95
45 Quieto en el borde el cuerpo 97
46 El viento, ese vestido que se alza 99
47 Bajás los ojos: 101
48 Y en la piedra, la impresión de otra época. 103
49 Esa habitación a la hora de la siesta 105
50 Los pies en el mismo charco en la misma piedra. 107
51 Descalzos en la frescura del mosaico 109
52 El golpe de un postigo que se cierra, desprendido 111
53 La mirada borrosa de tanta agua. 113
54 No estás donde deberías. 115
55 Cerrada la noche 117
56 Esa, esta, una, casa 119
57 El cuerpo seco, seco. 121
58 Donde termina esa pared comienza 123
59 Después de un fondo el fondo 125
60 En la piel el rasguño 127
61 No estoy donde debería 129
62 Una vez más el borde, una pileta 131

Epílogo 135
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