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CON APROBACIÓN DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA

OFRECIMIENTO DEL MES A MARÍA INMACULADA

Postrados a vuestros pies y en presencia de Jesús, vuestro Hijo santísimo, venimos a ofreceros ¡oh Virgen
pura! los homenajes de amor que traeremos a vuestras plantas durante el Mes que hoy comenzamos en
vuestro nombre. Pobres serán nuestras ofrendas é indignos de Vos nuestros obsequios; pero no miréis su
pequeñez, para fijaros tan sólo en la voluntad con que os los presentamos. Junto con ellos os dejamos
nuestros corazones animados de amo rosa ternura. Sois Madre, y lo único que una madre anhela es el amor
de sus hijos. Esas flores y esas coronas con que decoramos vuestra imagen querida; esas luces con que
iluminamos vuestro santuario; los dulces himnos con que cantamos vuestras alabanzas, símbolo son de
nuestro amor filial. Acoged, pues, benignamente nuestros votos, escuchad nuestros suspiros y despachad
favorablemente nuestras súplicas. Obtenednos las gracias que necesitamos para terminar este Mes con el
mismo fervor con que lo comenzamos, a fin de que, cosechando copiosos frutos para nuestra santificación,
podamos un día cantar vuestras alabanzas en el cielo. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Oír una Misa en honra de la Santísima Trinidad en acción de gracias por los favores otorgados a María

2. Saludar a María con el Angelus por la mañana, a mediodía y en la tarde.

3. Sufrir con paciencia por amor a María, todo trabajo, aflicción o contrariedad.
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DÍA PRIMERO

CONSAGRADO A HONRAR LA PREDESTINACIÓN DE MARÍA

Oración para todos los días del Mes

¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro
santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde
donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas
flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por
satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan.
Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de
sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos
pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado
a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros
pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la
caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una
misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito
procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro
auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el
fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de
gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

CONSIDERACION

La encarnación del Verbo fue el medio inefable que escogió la Bondad divina para reparar la catástrofe del
primer pecado. Pero para llevar a efecto esta obra, más grande que la creación de todos los mundos visibles,
necesitaba del concurso de una mujer en cuyo seno tomase carne el Verbo humanado. Pero ¿dónde encontrar
una mujer bastante digna de dar su carne y su sangre al Hijo del Altísimo?- Dios pasea su mirada por toda la
extensión de la tierra; hace desfilar en su presencia a todas las generaciones; ve pasar delante de sus ojos a
poderosas reinas ceñidas de riquísimas diademas, a heroínas aclamadas por los pueblos, a millares de vírgenes
y mártires agitando palmas inmortales, pero en ninguna de ellas fija su mirada, porque todas aparecen
pequeñas a sus ojos.

Era necesario predestinar una mujer que, ataviada con todas las perfecciones de la naturaleza y de la gracia
fuera digno tabernáculo del Redentor del mundo. Y desde el instante en que en los altísimos consejos de la
sabiduría increada se dispuso la redención, Dios fijó sus miradas en María y comenzó a preparar su
advenimiento para que fuera anillo de oro que uniera al Verbo eterno con la naturaleza humana. Y desde
entonces dejó caer sobre ella, a manera de copiosa Lluvia, todos los dones de la gracia. Porque Dios, que es
soberanamente inteligente, proporciona siempre los medios al fin a que destina a sus criaturas,
concediéndoles una dotación de gracias proporcional a la excelencia y magnitud del fin. María habitaba en la
mente divina desde la eternidad con el carácter de Madre de Dios. Aun no existían los abismos, dice la
Escritura, y María había sido ya concebida; no habían brotado aún las fuentes de las aguas, ni se habían
sentado los montes en su base de granito, y ella había sido dada á luz en los decretos eternos.

Cuando nuestros primeros padres buscaban temblorosos las sombras del paraíso para sus traerse a la vista de
Dios irritado, el anuncio del advenimiento de María fue el primer rayo de esperanza que iluminó su frente.
Desde entonces el espíritu profético siguió anunciando su venida de generación en generación, y de ella puede
decirse lo que se ha dicho de Jesucristo: «que al nacer, encontró cuarenta siglos arrodillados en su presencia.»
Desde entonces preparó Dios el camino que había de tener por término el nacimiento de la corredentora del
linaje humano. El cetro y la corona, la espada y la citara, la poesía, la ciencia y, más que todo, la santidad
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brillan entre sus ascendientes y disponen los preciosos jugos que debían alimentar esa planta cuyo fruto había
de ser el Hombre-Dios. Dios la eligió desde el principio, y al elegirla por Madre del Verbo encarnado, la adornó
con todos los tesoros de la perfección humana y de la munificencia divina.

Toda criatura es predestinada por Dios a un doble fin: a un fin general, que es su gloria, y a un fin particular
que consiste en el cumplimiento de la misión especial que se sirve encomendarle. Nuestra salvación depende
de lleno de ese doble fin. -Dios nos ha criado para él; él es nuestro principio y es también nuestro fin. Por lo
tanto, todo lo que de nos-otros depende debe referirse a Dios; él es dueño de nuestra existencia y debe serlo
también de nuestras acciones, palabras y pensamientos, como el que planta un huerto es dueño de todos sus
frutos. Agradar a Dios debe ser, por consiguiente, el fin primario de todas nuestras obras y la norma invariable
de nuestra conducta. Y quien así no lo hiciere, quien al obrar se buscase a sí mismo o a las criaturas, usurparía
sacrílegamente lo que sólo a Dios pertenece, se separaría de su fin y tomaría un camino de perdición.
Busquemos en todo a Dios, como lo buscó María, que le consagró desde su nacimiento sus pensamientos, sus
afectos, sus palabras y las obras todas de sus manos. Cumplamos religiosamente todos los deberes de nuestro
estado, contando para ello con una dotación de gracias proporcional a la excelencia de nuestra misión. Y en la
perfección de esas obras encontramos nuestra santificación.

EJEMPLO
Saludables efectos de la devoción a María
El templo de Nuestra Señora de las Victorias, erigido en París por el rey Luis XIII, en acción de gracias por las
muchas victorias que había alcanzado sobre sus enemigos, era a principios del siglo XIX poco menos que inútil
para la piedad. Colocado en el centro del comercio y de los negocios, rodeado de teatros y lugares de
disipación mundanal, era bien escaso el número de fieles que concurría a él aún en las más grandes
solemnidades de la Iglesia.
En 1832 fue nombrado cura de esta parroquia de indiferentes el abate Carlos Desgenettes, santo varón
animado de un celo ardiente por la salvación de las almas. Durante cuatro años se esforzó inútilmente por
vencer la indiferencia glacial de los feligreses, llamándolos por diversos medios al cumplimiento de sus deberes
religiosos.
En el estado de aflicción en que se hallaba el buen párroco al ver la absoluta esterilidad de sus afanes, se le
ocurrió un día, durante el sacrificio de la Misa, el pensamiento de consagrar su parroquia al inmaculado
Corazón de María para obtener por su mediación la con versión de los pecadores y el renacimiento del fervor
religioso. Tal fue la persistencia con que golpeaba a su mente este pensamiento que lo obligó a redactar sin
tardanza los estatutos de la asociación, que es hoy la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María.
Aprobadas las bases por el señor Arzobispo de París, de signó el párroco el Domingo 11 de diciembre de 1836
para su solemne instalación e invitó a este acto con encarecimiento a los pocos cristianos que acudían a oír
sus predicaciones.
Grande y muy grata fue la sorpresa del venerable cura al ver que, á la hora indicada el templo era estrecho
para contener la multitud que acudía a su llamado, siendo lo más extraño que una gran parte de la
concurrencia era compuesta de hombres. La distribución piadosa dio principio por las Vísperas de la Santísima
Virgen y continuó con la plática, que fue oída con atención y recogimiento; pero donde el fervor llegó a su
colmo, fue durante el canto de las Letanías, y sobre todo, al llegar al Refugium peccatorum, Ora pro
nobis, palabras que por un movimiento espontáneo e imprevisto fueron repetidas tres veces consecutivas,
como el grito de angustia que sale espontáneamente de todos los labios en presencia de un peligro común.
Al ver este efecto maravilloso, y con el corazón lleno de las más dulces emociones de alegría, el venerable
cura, que se hallaba postrado al pie del altar, exclamó animado por la más tierna confianza en medio de un
torrente de lágrimas: «Vos salvaréis, Madre mía, a estos pobres pecadores que os aclaman su refugio.
Adoptad esta piadosa devoción, y en testimonio de que la aceptáis, concededme la gracia de la conversión de
M…. a quien mañana visitaré en nombre vuestro.

La conversión que acababa de pedir en un momento tan solemne era la del último ministro del rey mártir, Luis
XVI, que había vivido en el seno de la impiedad y que según todas las apariencias, moriría lejos de la religión.
El cura visitó, en efecto, al día siguiente a este hombre y lo halló tan profundamente cambiado que no pudo ya
dudar de que la obra que acababa de fundar era inspirada por la Madre de Dios. Si no hubiera tenido en este
hecho una prueba tan clara de la protección de María, habría bastado para convencerse de ello los
copiosísimos frutos recogidos de esta admirable obra. Las costumbres se transformaron como por encanto, y
donde reinaba el hielo de la indiferencia, floreció el fervor religioso, el cual fue creciendo hasta el punto de que
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tres anos después comulgaban en la Pascua diecinueve mil cuatrocientas personas.


Esto nos demuestra que la devoción a la Santísima Virgen tiene el poder de transformar a los individuos y de
atraer pueblos enteros a la fe.

JACULATORIA
Madre de Dios, Madre mía,
Sed mi refugio en la muerte
Y mí esperanza en la vida.

ORACIÓN
¡Oh Virgen Purísima! Vos que
fuisteis elegida desde la eternidad entre todos los hijos de Adán para ser la Madre del Verbo encarnado; Vos
que recibisteis una dotación de gracias tan abundante como jamás la recibiera humana criatura; Vos que
supisteis corresponder con tanta fidelidad a los designios de Dios, dignaos alcanzarnos de vuestro santísimo
Hijo la gracia de conseguir el fin para que hemos sido creados, correspondiendo dignamente a la gracia y
llenando cumplidamente los deberes de nuestra misión en la tierra. Vos sabéis, Señora nuestra, cuántos son
los peligros de que está sembrado el camino de la vida, cuántas las tentaciones que el mundo, el demonio y
las pasiones suscitan para separarnos de nuestro fin, alejándonos de Dios por medio del pecado. Pero Vos,
que sois fuerte y poderosa como un ejército ordenado en batalla, alargadnos vuestra mano protectora,
cobijadnos bajo vuestro manto maternal e inspirad a nuestras almas valor y energía incontrastables para salir
victoriosos de la formidable lucha empeñada contratan insidiosos enemigos. Cuan do la hora del combate se
acerque, cuando nos sintáis desfallecer y lleguen a vuestros oídos nuestras voces suplicantes, venid, dulce
Madre, en nuestro auxilio, Y vuestra sola presencia bastará para poner en fuga a los enemigos de nuestra
salvación. Dadnos en fin, santas inspiraciones para cumplir con entera fidelidad los designios de Dios sobre
nosotros, a fin de que, haciendo en todo su voluntad en la tierra, merezcamos un día poseerlo en el cielo.
Amén.

Oración final para todos los días


¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con
estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar
de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos
presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros
pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados
pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones
rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y
que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de
las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES
1. Rezar siete Avemarías en honra de la pureza virginal de la Santísima Virgen, rogándole que nos conceda la
pureza de alma y cuerpo.
2. Examinar atentamente nuestros afectos e inclinaciones y si halláremos alguno que ofrezca peligros a
nuestra inocencia, corregir lo con generosidad.
3. Rezar una tercera parte del Rosario para alcanzar de María la conversión de los peca dores.
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DIA SEGUNDO

CONSAGRÁDO A HONRÁR LA CONCEPCIÓN INMACULADA DE MARÍA

CONSIDERACION
Si Dios escogió a María por Madre desde la eternidad, convenla a su divina grandeza que fuese preservada del
pecado que condenaba a muerte a toda la raza de Adán. Repugna a la razón y a la bondad divina., que el Hijo
de Dios que venia a destruir el pecado, hubiera querido revestirse de una carne manchada en su origen. La
pureza y la santidad por excelencia no podían habitar ni un solo instante en un tabernáculo en que el pecado
hubiese dejado sus inmundas huellas y donde Satanás hubiere tenido su asiento y ejercido su imperio. Y
¿cómo podría ocupar la Reina del cielo el primer puesto entre todas las criaturas, después de Jesucristo, si
habiendo estado sujeta a la desgracia común, era igual a todas ellas por el pecado y compañera de todas ellas
en la participación de tan triste herencia? ¿Cómo los espíritus angélicos, criados y confirma dos por Dios en
gracia y justicia original habrían podido reconocer y aclamar por reina a la que había sido esclava de Satanás,
de ese osado enemigo de la gloria de Dios que ellos habían arrojado del cielo? Y si los ángeles y nuestros
primeros padres fueron criados en gracia, ¿cómo podía ser concebida en pecado aquella que estaba destinada
a ser la Madre de Dios?
¡Oh triunfo incomparable de la gracia! Dios necesitaba para su Hijo de una madre digna, y hela ahí ataviada
con todos los dones de la munificencia divina. Ella sola está de pie, mientras que todos caímos heridos por la
maldición primitiva. Apoyada al árbol de la vida, jamás probaron sus labios el fruto del árbol de la muerte.
Jamás soplo alguno de esos que empañan el alma, robándole la inocencia, mancilló ni un instante su virginal
pureza. Ella fue el arca misteriosa que sobrenadó sobre las aguas cenagosas del pecado; la fuente
sellada cuyas corrientes fueron siempre límpidas y puras; el jardín cerrado que jamás dio entrada a la antigua
serpiente cuya cabeza quebrantó.
Si María fue preservada de toda culpa y si jamás el pecado entró en su corazón, nosotros debemos imitarla
preservándonos de toda culpa.
Nada hay más bello en el mundo que un alma en gracia, y nada más abominable a los ojos de Dios y de María
que un alma en pecado.
Un alma pura es la amiga predilecta de Dios; en su seno reside como en su más rico santuario, derramando
sobre ella sus bendiciones, regalándola con inefables consuelos e inspirándola las más santas resoluciones.
Dios es su esposo, y como tal, la hace saborear todas las delicias de su amor y toda la dulzura de sus
castísimos abrazos. Mora en esa alma esa paz dulcísimo, hija tan sólo de la conciencia pura, y que en vano se
busca en los mentidos placeres que brinda el mundo a sus adoradores, Los contratiempos de la vida, si la
arrancan lágrimas no alcanzan á turbar el sosiego del alma en gracia que busca en Dios el consuelo en la
adversidad. Ella ve en El a un padre amoroso, y esa dulce persuasión derrama gotas de dulzura en el cáliz que
la desgracia acerca a sus labios; y humilde y resignada bendice la mano que la hiere.
En el estado de gracia el hombre está íntimamente unido a Dios y seguro de que, si su vida mortal terminase
en ese feliz estado, esa unión se consumaría en el cielo. La muerte es para el justo un tránsito de la tierra a la
bienaventuranza. Era un peregrino de estos valles regados con sus lágrimas, y con la muerte termina su
penosa jornada; era un desterrado, y la muerte le abre las puertas de su Patria; era un navegante que
surcaba un mar sembrado de escollos, y la muerte es el momento venturoso en que arriba al puerto donde
encuentra eterno abrigo contra las tempestades.
Todas las obras buenas ejecutadas en el estado de gracia son para el justo otros tantos merecimientos que lo
hacen acreedor a mayores grados de gracia y a mayores grados de gloria. Sus acciones, palabras y
pensamientos, referidos a Dios, son preciosas monedas que van aumentando el caudal con que pueden
comprar el cielo.
¡Felices las almas que pueden decir: Dios está conmigo y yo con él; mi amado es para mí y yo soy para mi
amado! Cuando no
hay una espina que torture la conciencia, nuestros días transcurren serenos, es tranquilo nuestro sueño y sin
mezcla de amargura nuestros goces. ¡Horas afortunadas de gracia y de inocencia, no os alejéis jamás!…
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EJEMPLO
La confesión de una pecadora

En los Anales de la archicofradía del Corazón de María se lee la siguiente carta; dirigida al abate Desgenettes
por una distinguida señora de Paris:
“Educada en los sanos Principios de la religión católica, tuve la dicha de practicarla, hasta que una pasión
ciega me precipitó en el abismo del vicio. Desde entonces me empeñé por arrojarla de mi corazón y hasta de
mis recuerdos, porque la voz austera de sus enseñanzas me importunaba con el aguijón del remordimiento.
Devorada por la inextinguible sed de las pasiones, deseaba carecer de alma racional para entregarme sin
temores, como los animales, al exceso de mis desórdenes. A fuerza de trabajo, logré extinguir en mí la idea de
la inmortalidad del alma, mirando esta eterna verdad como una invención de los curas, y me felicitaba de
haber triunfado de lo que yo llamaba mis antiguas preocupaciones.
“Sin embargo, de vez en cuando los estímulos de mi conciencia me hacían oír un grito aterrador, y sentía
miedo de mí misma. Pero en estos momentos lúcidos de la pasión, la desesperación destruía la obra del
remordimiento, pues la salvación me parecía una cosa imposible; y entonces, animándome a mi misma, me
decía: si he de condenarme forzosamente, gozaré cuanto pueda en el plazo que me dure la vida. En medio de
esta lóbrega noche de mi alma, solía cruzar, corno rayo fugitivo, una lejana confianza en María, que parecía
aliviarme del peso enorme del temor y del remordimiento.
“Siete años pasaron de profunda degradación, de locos devaneos, de entero olvido de Dios; siete años de
tortura perpetua del alma, de in definible tristeza, de hastío incurable. Un día una mano desconocida hizo
llegar hasta mí el primer cuaderno de los Anales de
la Archicofradía, de la cual no tenía antecedente alguno.
Abrí el libro por curiosidad, leí algunas páginas y sentí que mi corazón daba cabida á una dulce, si bien lejana
esperanza.
“La conversión de Ratisbonne me conmovió Profundamente; y tal vez hubiera cedido a este primer toque de la
gracia, sino hubiese dejado el libro para disipar las saludables impresiones, pues comprendí que podía obrar
un cambio en una vida que me parecía dulce, á pesar de sus amarguras. Sin embargo, pocos días después,
hube de ceder á las instancias de una persona piadosa para asistir a la distribución de la Archicofradía, y me
dirigí a la iglesia, no con el ánimo de convertirme, sino para ver si por este medio lograba la paz interior sin
cambiar de vida. ¡Insensata! pretendía un imposible…
“En el momento de las súplicas, el sacerdote leyó una carta de una joven de mi edad, peca dora como yo, que
se encomendaba a las oraciones de la Archicofradía, y añadió: «La pobre alma que en su aflicción os dirige la
presente carta no se halla ahora en este templo; pero tal vez algunos de los que me escuchan, podrán hallar
en lo que ella ha sido un retrato fiel de sus desórdenes, y se han de persuadir de que Dios los llama a
penitencia por mis labios.»
“Al oír estas palabras, que parecían dirigidas a mi, sentí un estremecimiento que no pude evitar y mi corazón
se agitaba con violencia; las lágrimas inundaron mi rostro; la gracia obraba en mi alma suave y eficazmente,
haciéndome comprender toda la profundidad del abismo en que me hallaba: pero en mi insensatez temía ser
oída con exceso, temía verme convertida… Sin embargo, la gracia pudo más que mi obstinación, y mi espíritu,
tanto tiempo encorvado hacia la tierra, se elevó hacia Dios, y la voz de la inmortalidad, como recogida hasta
entonces en los pliegues secretos de mi corazón, hizo llegar sus ecos hasta los más recónditos senos de mi
alma. Me postré entonces a los pies (de la Santísima Virgen; y ésta fue la primera vez que oré, después de
siete años de vida criminal. Aquél fue el momento dichoso en que sentí desatarse, romperse y desaparecer las
cadenas que hasta entonces habían tenido amarrado mi corazón al poste de las pasiones criminales. La
incredulidad cedió el lugar a las esplendorosas luces de la fe: ya no sólo creía en todo, sino que me parecía
ver con mis propios ojos las verdades más sublimes de la religión. De tal suerte me penetró esta luz divina que
por unos instantes dudé de si era yo la misma, porque todo había cambiado, pensamientos, deseos e
inclinaciones.
“¡La confesión debía poner el sello a esta transformación; y no es mi pluma capaz de traducir cuánta fue
entonces mi felicidad, y cuán suave es el bálsamo que vierten sobre el corazón herido las lágrimas penitentes!
¡Gloria a Vos! ¡Oh María mi dulce y soberana Libertadora!”

Hasta aquí la carta. Lo que Mana hizo en favor de esa pobre alma, que iba en camino de perdición, está
dispuesta á hacerlo en favor de todos los pecadores, si la invocan con confianza. No en vano ha recibido de la
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Iglesia el titulo de Refugio de los pecadores.

JACULATORIA
Libradme ¡oh Virgen bendita!
Del pecado, que a mi alma
Hará de Dios enemiga.

ORACION

¡Oh María! ¡Virgen purísima e inmaculada! cuán dulce nos es mirar en Vos a la mujer bendita, única entre
todos los hijos de Adán, a quien respetó el torrente del pecado, que a todos nos envolvió en sus ondas
emponzoñadas. ¡Cuán dulce es a vuestros hijos amantes contemplaros; oh Madre querida! más bella que el
primer rayo del alba, sin que jamás soplo alguno haya empañado el purísimo cristal de vuestra alma. Jamás un
hijo puede ser indiferente á la gloria y grandeza de su madre; por eso nosotros, vuestros hijos, os enviamos
hoy nuestras ardientes felicitaciones por el singular privilegio de haber sido preservada de la culpa original.
Porque fuisteis pura, el Padre os adoptó por hija, el Verbo os escogió por madre y el Espíritu Santo puso en
vuestro dedo el anillo de esposa. Por eso los ángeles os aclaman su reina; las vírgenes deponen a vuestros
pies sus coronas; los profetas predicen vuestras grandezas y los apóstoles publican vuestra gloria. Por eso los
peregrinos de la vida os invocamos con filial confianza desde nuestro destierro, y por eso todas las
generaciones y todos los pueblos os llaman bienaventurada. Permitid, ¡oh Madre del amor hermoso y de la
santa esperanza! que en este día, en que recordamos la más excelente de vuestras prerrogativas, elevemos a
Vos nuestras plegarias suplicantes, pidiéndoos nos alcancéis la gracia de vivir y morir en la inocencia y pureza
de nuestras almas. Bien sabéis Vos que soplan en el mundo vientos que pasan sobre las almas, arrancándoles
la inocencia, y bien conocéis la debilidad de nuestra naturaleza viciada en su origen por el pecado. Pero Vos
que amáis tanto la pureza, simbolizada en el blanco lirio que llevamos en homenaje a vuestras plantas,
apartad de nosotros el soplo corruptor del mundo y preservad a nuestra alma de dolorosas caídas, a fin de
que, siendo siempre amigos de Dios en la tierra, cantemos un día vuestras alabanzas en el cielo. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Rezar siete Salves en honra de la Concepción Inmaculada de María.

2. Abstenerse, por amor a María, de todo acto de impaciencia o de ira.

3. Hacer una piadosa visita a la Santísima Virgen en algún santuario en que se la venere o delante de una
imagen suya, pidiéndole que interceda por el triunfo de la Iglesia sobre sus perseguidores.
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DIA TERCERO

CONSAGRADO A HONRAR LA NATIVIDAD DE MARÍA

CONSIDERACIÓN
En una modesta estancia de la ciudad de Nazaret vivían olvidados del mundo dos ancianos esposos: Joaquín,
descendiente de la familia de David y Ana, vástago ilustre de la familia de Aarón. Ambos eran justos en la
presencia de Dios y observaban su ley con un corazón puro. Sin embargo, faltaba a su vida una gran
bendición: eran ancianos ya, y el cielo les había negado el consuelo de la paternidad. Ningún hijo que
endulzase las amarguras de la decrepitud crecía en su solitario hogar. Esto turbaba la paz de sus tranquilos
días y les arrancaba copiosas lágrimas, porque la esterilidad era un oprobio en Israel. Para obtener la gracia
de la fecundidad, ellos se habían obligado en voto a consagrar a Dios el primer fruto de su unión, si se
dignaba bendecirla.
Después de veinte años de fervorosas plegarias, se presenta un ángel a Joaquín y le dice: «Tus oblaciones han
sido agradables al Señor y tus oraciones y las de tu esposa han si do oídas. Ana dará a luz una hija, a la cual
pondrás el nombre de María ella pertenecerá al Señor desde su infancia, y será perpetua mente virgen.”
Eran los primeros días del sexto mes del año 734 de la fundación de Roma. Mil demostraciones de alegría se
dejaban notar dentro de la antes desierta y silenciosa casa de Joaquín. Ana acababa de dar a luz una hija más
hermosa que la azucena del valle y más pura que las primeras luces del alba.
Sólo algunos parientes y amigos rodeaban su cuna uniéndose al gozo de los felices padres. En torno suyo no
se veía ni real magnificencia, ni se escuchaban alegres sinfonías, ni se aderezaban suntuosos festines. El
mundo no estaba allí, sólo se ostenta el dulce gozo de la familia, que bendecía la mano bienhechora que hacía
nacer la felicidad en un hogar tanto tiempo habitado por el dolor.
Pero si este acontecimiento se realiza ignorado del mundo, en cambio los ángeles lo celebran en el cielo con
cánticos de júbilo, y el infierno se estremece, presintiendo su próxima derrota. Acababa de nacer la Reina de
los ángeles y la mujer destinada a quebrantar la cabeza de la serpiente. Se levantaba sobre el oscuro
horizonte del mundo la bella aurora que anunciaba la Venida del Sol de justicia. Pero, aquella que en el teatro
mismo de la muerte y del pecado, se levantó como una promesa de vida y de salvación, apareció en el mundo
cercada de pobres y humildes apariencias. El techo de una modesta estancia cobija su cuna. Unos cuantos
vecinos y parientes, pobres como ella, forman su corte.
María se regocijaba de este olvido y se gozaba en su oscuridad. Nacida para Dios, nada le importaba la
estimación del mundo. Deseosa sólo de dar gloria a Dios despreciaba la efímera gloria y los vanos honores de
los hombres.
¡Qué elocuente lección para nosotros, que tan prendados vivimos de los falsos honores y pasajera gloría del
mundo! Riquezas, honores, renombre, estimación, he aquí lo que ansiosamente buscamos, sin parar un
momento la atención en la nada y vanidad que envuelven. Las arcas repletas de oro, si nos prestan
comodidades temporales están muy lejos de darnos la verdadera felicidad, que consiste en la paz del alma y
en la tranquilidad de la conciencia; antes bien su posesión no nos satisface, el cuidado de conservarlas nos
turba, su adquisición nos impone duros sacrificios y su pérdida nos desespera. Muchas veces el rico que
sobrenada en riquezas es más desgraciado que el pobre labriego que vive bajo un techo de paja, que come un
pan escaso y reposa de sus fatigas en desabrigado lecho. Si Dios se digna concedernos las riquezas, no
encerremos nuestro corazón en las arcas que las guardan, y no busquemos en su posesión el bien supremo de
la vida. Si no somos pobres en el efecto, seámoslo en el afecto.

Los honores y la gloria son el barniz de la vida, inestables como el carmín de las flores, vanos como el perfume
que el viento desvanece y erizados de espinas como el tallo de las rosas. Sin embargo, tras de esos bienes
vanos e inestables corre el mundo desalado.

El nacimiento de María nos enseña a no fundar en esas frivolidades un titulo de orgullo, despreciando a los
que están colocados en esfera inferior a la nuestra. ¿Qué son esos bienes comparados con los de la eternidad?
Polvo y paja. ¿De qué sirven al rico sus tesoros y al grande sus honores, si su eterna morada es el infierno? ¿Y
qué puede importar al pobre su miseria, al humilde sus abatimientos, si al fin encuentra en el cielo riquezas
que no se ago tan y honores que no desvanecen jamás? Busquemos ante todo el reino de Dios y su justicia,
que lo demás se nos dará por añadidura.
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EJEMPLO

María consoladora de los afligidos

Uno de los más insignes devotos de María, de los que en el seno de la Iglesia se han distinguido más por su
fervor en honrarla, ha sido San Francisco de Sales, honra y lumbrera del episcopado católico. Cuando este
ilustre Santo era todavía estudiante en Paris, quiso Dios aquilatar su virtud, permitiendo que fuera tentado en
orden a su predestinación. El espíritu de las tinieblas le sugirió la idea de que era inútil cuanto hacía por
adelantar en los caminos de la santificación, porque estaba irremisiblemente condenado.

Compréndese fácilmente cuán horribles se rían las angustias del santo joven, estando en la persuasión de que
él, que tanto amaba a Dios, se hallaría en la necesidad de odiarlo, maldecirlo y blasfemarlo, por toda una
eternidad en el infierno. Esta consideración, que para cualquier alma que tiene fe, bastaría para convertir la
vida en un infierno anticipa do, era para Francisco un martirio más cruel que las torturas de los mártires.
Aquella idea, clavado día y noche en su mente, alejaba el sueño de sus ojos y le hacia olvidar el alimento y el
reposo no permitiéndole hacer otra cosa que llorar. Pálido, triste, agitado, se arrastraba como un espectro por
las calles de París sin rumbo fijo y abismado en profunda meditación.

Agobiado bajo el peso de esta enorme montaña y buscando en todas partes un consuelo que no hallaba en
ninguna, penetró un día en el templo de San Esteban para ir a postrarse a los pies de la Santísima Virgen, su
protectora, su refugio y su madre. Allí, deshecho en un río de lágrimas, levantó hacia ella sus ojos cansados de
llorar, y, con todo el amor que ardía en su corazón, le dijo: «Si es tanta mi desdicha que he de condenarme y
estar eternamente en la desgracia de Dios después de mi muerte, a lo menos, concédeme el consuelo de
poderlo amar durante toda mi vida.» Y tomando en su mano una tablilla que estaba colgada al lado del altar y
en la cual se hallaba escrita la bella oración de San Bernardo, acordaos, oh piadosísima Virgen María, la rezó
con un fervor que conmovió, sin duda, las entrañas maternales de la que con tanta razón es llamada Consola
dora de los afligidos. Y a fin de interesar más y más su protección hizo allí voto de perpetua virginidad y la
promesa de rezarle todos los días de su vida una tercera parte del Rosario.

Tan tierno, tan puro y tan probado amor merecía ciertamente una recompensa digna de tanta fidelidad,
tornando en dulcísima paz los tormentos que martirizaban aquel corazón tan desinteresado en amar como
constante en sufrir. Como el navegante que, tras de larga y tormentosa noche, ve amanecer un día sereno en
un mar en calma, así sintió Francisco que tras de dos meses de crueles padecimientos, renacía el sosiego del
alma y se disipaban al soplo del cielo aquellos negros temores que, a no estar sostenido por la gracia, lo
habrían precipitado en el abismo de la desesperación. El que momentos antes creía que su destino habría de
ser odiar a Dios eternamente en el infierno, tuvo la dulce certidumbre de que la amaría y bendeciría
eternamente en el cielo. Cierto que esta gracia le había sido alcanzada por la intercesión de María, a quien
acababa de invocar en el extremo de su aflicción, redobló su amor y su confianza hacía tan bondadosa Madre:
y fiel a sus promesas, la amó y honró toda su vida con la ternura del hijo más amante.

En medio de las aflicciones y adversidades que siembran el camino de la vida, busquemos en el regazo de
María, siempre abierto para los desgraciados, consuelo y amparo.

JACULATORIA

¡Oh amable Reina del cielo!

Sé en la desgracia mi aliento

Y en la aflicción mi consuelo.
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ORACIÓN

Llenos nuestros corazones del más puro regocijo, venirnos ¡oh tierna y hermosa Niña! a presentarte nuestros
homenajes de amor al pie de la pobre cuna en que dulcemente te adormías durante las bellas horas de tu
infancia. Si el mundo te desconoció y si los hombres no vieron en Ti sino a una pobre hija de Adán, porque no
eran de púrpura tus panales ni fue tu cuna recamada de oro, nosotros te saludamos como á la aurora de
bendición que anuncia la salida del sol de justicia. Entre las modestas apariencias que te cercan, vemos en Ti a
la corredentora del linaje humano y a la Madre del Salvador del mundo. Tú viniste a la tierra para ser la
consoladora de los afligidos, el amparo de los débiles y el sagrado asilo de los desventurados. Tú naciste para
ser un puerto de salvación para los infelices náufragos de la vida, un escudo de protección contra las
asechanzas del infierno y una estrella cuya luz apacible guía los pasos de los peregrinos de este valle oscuro y
desolado; por eso tu nacimiento es para nosotros un motivo del más ardiente júbilo. El ha glorificado a la
Trinidad, ha regocijado a los ángeles y ha hecho temblar al infierno. Dígnate ¡oh María! nacer nuevamente en
nuestros corazones por el amor y hacer brotar en nuestras almas los sentimientos que abrigaba la tuya cuando
naciste al mundo. Inspíranos un santo desprecio por los honores y riquezas y vanos placeres de la tierra para
que ardiendo sólo en las llamas del amor divino, no busquemos ni amemos otros bienes ni otros tesoros que
los del cielo. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Desprenderse de algún objeto que sea ocasión de vanidad, o a lo menos dejar de usarlo en este día.

2. Rezar devotamente las Letanías de la Santísima Virgen para honrarla en su gloriosa Natividad.

3. Dar una limosna a los pobres.


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DIA CUARTO

DEDICADO A HONRAR EL DULCE NOMBRE DE MARÍA

CONSIDERACIÓN
Objeto de grande interés es ordinariamente para los padres el nombre que han de poner al hijo recién nacido,
porque parece que el nombre guardará íntima relación con el destino del hombre, siendo una especie de
presagio de lo que ha de ser más tarde.
Pero Joaquín y Ana no tuvieron que inquietarse en buscar un nombre adecuado a la hermosa niña que
acababan de dar a luz en la tarde avanzada de su vida. Ese nombre bajó del cielo y le fue comunicado por el
ministerio de un ángel: era el de María.
Algunos días después de su nacimiento, la hija de Ana recibió ese nombre que tan dulce había de ser para los
oídos de los que la aman, que es miel para los labios, esperanza para los tímidos, consuelo para los tristes y
júbilo para el corazón cristiano. Muchos siglos ha que los peregrinos de la tierra lo pronuncian de rodillas y con
sentimiento de profunda veneración, en homenaje de respetuoso acatamiento hacia la persona que lo lleva.
Millones de almas lo repiten con filial amor y lo llevan esculpido en lo más secreto del corazón. Manan de él
raudales de dulzura y lleva en si mismo el sello de su origen celestial, comunicando a los que lo pronuncian
con amor una virtud celestial, que hace brotar santos afectos y pensamientos purísimos en el alma.
Por eso, ese nombre está grabado con caracteres de oro en cada una de las páginas de la historia del mundo,
en los anales de todos los pueblos cristianos y en todos los monumentos de la piedad de los fieles.
Todos los que lloran y padecen encuentran al repetirlo alivio y descanso en sus tribulaciones. Por eso el
náufrago lo pronuncia en medio de la tempestad, el caminante al borde de los precipicios, el enfermo en
medio de sus dolencias, el moribundo en el estertor de su agonía, el guerrero en lo reñido del combate, el
menesteroso en las horas de su angustiosa miseria, el sacerdote en medio de las difíciles tareas de su
ministerio, el alma atribulada cuando la tentación arrecia, el desgraciado cuando el infortunio lo hiere, y el
pecador arrepentido al implorar la divina clemencia.
Ese nombre se oye también pronunciar en los momentos más solemnes de la vida; porque todos saben que el
nombre de María no sólo es consuelo en los grandes dolores de la vida y escudo de protección en todos los
peligros, sino también preciosa garantía que asegura un éxito favorable en todas las empresas.
No es extraño entonces que los Santos hayan profesado tan ardiente devoción por el nombre de María.
Cuando San Hermán lo pronunciaba postrábase de rodillas y permanecía allí por largo tiempo. Un amigo suyo
que lo notó, preguntóle que hacia en aquella postura, a lo que él contestó: Estoy cogiendo dulces frutos del
nombre de María, pues me parece que todas las flores de la tierra y los aromas más delicados se han reunido
en él para deleite mío: yo siento que una virtud desconocida se exhala de ese augusto nombre cuando lo
pronuncio, bañándome en celestiales delicias y consuelos, y quisiera permanecer siempre de rodillas para
seguir gustando tan exquisita suavidad.
Si tales son los efectos de ese nombre bendito, necios seremos si no lo repetimos con frecuencia, sino
buscamos en él nuestro descanso, nuestro consuelo, nuestra fuerza. Hay días malos en la vida en que nuestro
corazón no siente atractivo alguno por el bien y en que está como embargado por el hielo de la indiferencia;
entonces alcemos al cielo nuestros ojos y digamos: ¡María!.. Hay horas en que fatigados de nuestra penosa
marcha, nos sentimos desfallecer, sin tener ánimo y valor para el combate; entonces volvamos nuestras
miradas a la que es fuerte como un ejército ordenado en batalla, y repitamos: ¡María!.. Hay momentos en que
la desgracia parece anegarnos en sus aguas amargas y en que la desesperación nos hace perder toda
esperanza; entonces dirigiendo nuestras plegarias á la Consoladora de los afligidos, digamos: ¡María!.. Hay
sobre todo un instante supremo: aquel en que daremos un adiós eterno a cuanto hemos amado en la vida,
instante de dolorosa ansiedad, de tristes desengaños, de eterna separación, instante en que se decidirá
nuestra eterna suerte; entonces volvamos nuestros ojos al cielo y repitamos: ¡María!… Que el nombre de
María sea en todas las circunstancias de nuestra vida la expresión de nuestros sentimientos: en los momentos
de gozo sea nuestro cántico de reconocimiento: en el combate, nuestro signo de victoria; en la desolación,
nuestro grito de socorro; y en la hora de la muerte, nuestra corona y nuestra recompensa.

EJEMPLO
María, socorro de los que la invocan
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Era el año de 1755. Un espantoso terremoto, que parecía querer reducir a escombros la Europa entera, produjo
en el mar tan grandes levantamientos que sus olas turbulentas invadían las playas y se extendían por los campos
vecinos, devastándolo todo á su paso. La hermosa ciudad de Cádiz, situada en las riberas españolas, se vio casi
sepultada en las aguas. Las olas azotaban con furia sus murallas y penetraban en sus calles como implacables
enemigos.

La situación de la ciudad era verdaderamente desesperada: pocos momentos debían bastarle al mar enfurecido
para esparcir sus ruinas por el fondo del abismo. Todo era llanto, gemidos y lamentos desesperados, pues
ningún auxilio podía salvarla de la potente ira del ciego elemento. El momento era supremo; la desolación y
espanto universales: perdida ya toda esperanza, los gaditanos sólo pensaron en prolongar por algunos instantes
la triste vida refugiándose en sitios elevados. Pero los corazones afligidos se levantan instintivamente al cielo
para buscar en él el remedio y el consuelo. Se acordaron de su celestial Protectora, y acudieron en gran número
al templo de Nuestra Señora de la Palma, y cayendo a sus plantas benditas, imploraron su protección con
lágrimas y súplicas. Era el último recurso que les quedaba, pero era el más poderoso, porque nunca deja de
acudir María en socorro de los que la invocan en la aflicción y el peligro.

Un venerable sacerdote que se hallaba en aquellos momentos en el templo, advirtiendo el universal desconsuelo
de los que entraban en tropel a postrarse a los pies de la imagen de María, los exhortó a confiar en su protección
con palabras llenas de santa unción. Y tomando en sus manos el estandarte de María les dijo con una fe y un
ardor sin límites:

-«Seguidme, y si tenéis fe, veréis como la Madre de Dios os va a librar de la inundación… No, Virgen Santísima,
continuó dirigiéndose a María, vos no podéis permitir que perezca un pueblo que os ama y confía en vuestra
bondad.»

Seguido de una inmensa multitud, que invocaba con lágrimas a su excelsa Patrona, avanzó el sacerdote por las
calles con el estandarte en alto. Llegaron bien pronto al lugar en que las aguas invadían con temible furia. La
emoción era general: millares de personas tenían fijos los ojos y clavadas las almas en la sagrada enseña. El
sacerdote lleno de confianza y con voz suplicante, exclamó: «¡Oh María! Vos que todo lo podéis, haced que no
pasen de aquí las aguas.» Y diciendo esto, clavó en tierra el sagrado estandarte, como si quisiera poner un dique
insalvable á las olas irritadas; y ¡oh prodigio! las olas para las cuales los altos muros no habían sido obstáculos
que las impidieran inundar la población, detuviéronse de improviso delante de la imagen de María, y comenzaron
a retroceder, como si la misma omnipotente mano que en un principio les puso por vallado una cinta de
deleznable arena, hubiese en aquel instante renovado su mandato.

En presencia de aquel estupendo prodigio, el pueblo cayó de rodillas bendiciendo la mano de su celestial
Protectora, y exclamando entre sollozos de gratitud: Milagro, milagro… Y en efecto, sesenta y dos pies había
subido el mar en aquel día memorable sobre el nivel ordinario, y si hubiese continuado el ascenso, Cádiz habría
irremisiblemente desaparecido.

JACULATORIA

Concédeme ¡dulce Madre!


Que en la vida y en la muerte
Lleve tu nombre en mis labios.

ORACIÓN
¡Oh Madre de gracia y de misericordia! No pueden nuestros labios pronunciar vuestro dulce nombre sin que el
corazón se inflame en purísimas llamas de amor por Vos. Hay en vuestro nombre tan inefables delicias, que es
imposible repetirlo sin experimentar consuelos y dulzuras quo no son de esta tierra, sino gotas desprendidas
de la felicidad del cielo. Si es grato el aroma de las flores, si la miel es dulce y sabrosa para los labios, si las
acordes vibraciones del arpa llegan deleitables al oído en la mitad de la callada noche, muy más grato, dulce y
deleitable es vuestro nombre ¡oh María! para el corazón de los que os aman. Tesoros de amor se encierran
para el hijo en el nombre de su madre; en el vuestro ¡oh tierna Madre! se ocultan tesoros de bendiciones para
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nosotros vuestros infortunados hijos. Haced, Señora nuestra, que cuando la tribulación nos visite, que cuando
la tentación nos asedie, que cuando el desaliento nos rinda, podamos acudir a Vos llamándoos por vuestro
nombre. No os mostréis entonces sorda a nuestro llamamiento y á nuestros clamores; como la madre corre
presurosa al oír el grito de angustia de sus hijos, venid en nuestro socorro, Vos que sois la más amorosa de las
madres. Si el mundo nos abandona, si los hombres ensordecen a nuestros lamentos, si nos dejan solos con
nuestro dolor, sed Vos la compañera de nuestras desgracias, la consoladora de nuestras penas, el asilo de
nuestra orfandad, la fuerza de nuestra debilidad, la luz en nuestras tinieblas, el guía de nuestro camino y el
abrigo seguro contra las tempestades del mundo. Permitid, en fin, que sean el vuestro y el de Jesús los
últimos nombres que modulen nuestros labios embargados por el hielo de la muerte, para obtener la gracia de
morir santamente y volar al cielo a cantar eternamente vuestras alabanzas. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Invocar frecuentemente el nombre de María pidiéndole su protección.

2. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre alguna de las virtudes de María con el propósito de imitarla.

3. Contribuir con alguna limosna al culto público de la Santísima Virgen.


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DÍA QUINTO

CONSAGRADO A HONRAR LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO

CONSIDERACION
Tres años habían pasado desde el día del nacimiento de María, cuando el prematuro desarrollo de su razón
advirtió a sus ancianos padres que había llegado la hora de la separación, dando cumplimiento al voto que
habían hecho de consagrar a Dios el primer fruto de su matrimonio.
Con el corazón partido de dolor, los dos ancianos esposos toman el camino de Jerusalén para depositar en el
templo el tesoro más caro de sus corazones, el consuelo de su senectud y el único embeleso de su hogar tanto
tiempo solitario. Entre tanto, María deja alegre y contenta aquel hogar querido, porque si amaba tiernamente
a sus padres, suspiraba por vivir en la amable soledad del santuario para consagrarse enteramente a Dios.
Largos parecíanle los caminos que veía serpentear al través de las montañas y llanuras; y cuando, desde el
fondo del valle, vio levantarse las altas cúpulas que protegían la santa casa del Señor, su tierno corazón se
derretía en santos afectos y palpitaba de la más dulce alegría.
¡A dónde vas, tierna niña, cuando apenas despunta en Ti la alborada de la vida! ¿Por qué tan presto
abandonas el techo de tu hogar y el regazo y las caricias de tu madre? ¿Por qué te desprendes de sus brazos
amorosos para entregarte en manos de personas desconocidas, en las cuales no hallaras la ternura maternal?
-«El pájaro encuentra abrigo, responde, y la tórtola su nido: y yo, tímida paloma, voy a buscar mi nido en los
altares del Señor.»- Oigo una voz que me había al corazón y me dice: «Hija mía, olvídate de tu pueblo y de la
casa de tu padre, y el Rey se complacerá en tu belleza.» «Yo voy en seguimiento de mi Amado, porque El es
todo para mí y yo soy toda para El. »
Colocada la hermosa niña a la sombra del santuario del Dios de Israel, sólo se ocupó en prepararse para
desempeñar la más augusta misión que se haya jamás confiado a humana criatura. Puesta en manos del
Sumo Sacerdote, subió en compañía de los ángeles los escalones del santuario y se incorporó entre las
vírgenes de Sión. Tierna planta que crecerá al abrigo del mundo, fecundada por el calor de la caridad divina y
regada por mano de los ángeles.

Así es como en la edad más tierna, María consuma su sacrificio, buscando en el santuario un asilo para su
inocencia. Allí, desprendida de todos los afectos del mundo y profundamente recogida dentro de si misma, se
absorbe en la contemplación de las verdades eternas y se embriaga en los purísimos goces del amor divino.
Desde el principio del mundo, jamás se había hecho al cielo una oblación más pura, dice San Andrés de Creta;
ninguna criatura había ejecutado hasta entonces un acto de religión más agradable á Dios. El Sumo Sacerdote
acepta, en nombre de Jehová, esa oblación de inestimable valor, coloca a la sombra del tabernáculo ese
precioso depósito y concluye bendiciendo a los dos ancianos y felices esposos.

Hay en el mundo ciertas almas privilegiadas a quienes Dios llama al retiro y a la amable soledad del claustro.
Con mano amorosa las escoge entre la multitud, las segrega del mundo y las conduce al silencio de su templo
y de su casa para hacerlas sus esposas.

Esas almas comienzan a sentir entonces un vacío que no pueden llenar los más dulces placeres y los más
agradables pasatiempos de la vida. Atraídas por un encanto irresistible, suspiran por la soledad y buscan en su
seno la paz y el gozo que les niega el mundo, y como tímidas palomas, atraídas por el perfume del incienso,
forman su nido en las grietas del santuario. Allí, Dios les había al corazón, y al escuchar esa voz dulcísima,
cortan todos los lazos que las ligan al mundo y se entregan enteramente a su servicio.

¡Almas afortunadas! vosotras sois verdaderamente las hijas predilectas del mejor de los padres. Si él os llama,
es porque quiere regalaros con todos los tesoros de su bondad, porque quiere vivir con vosotras en toda la
dulce intimidad en que viven les esposos. Considerad que esta gracia de inestimable precio no la otorga a
todas, y ya que vosotras habéis tenido la suerte de fijar la elección divina sin merecimiento alguno de vuestra
parte, no tardéis un instante en acudir a su llamado. ¡Qué ingrata seríais si, despreciando la vocación de Dios,
rehusaseis enrolaros entre las santas vírgenes que viven a la sombra del santuario! A ejemplo de María, id
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presto a donde os llama el esposo de las almas. María no tarda, no delibera, no deja para después su
resolución; oye y marcha.

Dios quiere victimas sin mancha, y no los restos despreciables, sino las primicias del corazón. No querer
pertenecer a Dios desde temprano, es exponerse a no pertenecerle nunca, porque esa dilación voluntaria y
culpable lo aleja de las almas y acaso para no volver a tocar la puerta que no se abrió a sus primeros toques.

EJEMPLO

María, Virgen Clemente

Santa María Egipciaca, célebre penitente que hace recordar en sus extravíos y penitencia a la pecadora del
Evangelio, debió a María su maravillosa conversión. Diecisiete años hacia quo esta joven disoluta llevaba en
Alejandría una vida de escándalos, cuando se embarcó un día para Jerusalén entre muchos cristianos que iban
a celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Allí continué en sus desórdenes sin tener consideración
que se hallaba en el teatro mismo en que se operé la redención del mundo. Pero un día en que los fieles
penetraban en el templo para adorar la Santa Cruz, quiso ella seguirlos, pero sin intención de ejecutar un acto
de cristiana piedad. Era allí donde la divina misericordia la aguardaba para torcer el rumbo de esta barca rota,
que fluctuaba en medio de la tempestad mundana. Cuando intentó penetrar en la iglesia, sintió que una mano
invisible la detenía; y cuanto mayores eran sus esfuerzos, tanto más poderosa era la fuerza que la repelía.

Este prodigio abrió los ojos de la pecadora, y comprendió que sus enormes delitos la hacían indigna de ver y
adorar el sagrado madero en que Jesucristo obró nuestra redención. Una luz interior iluminó todo su pasado y
presentáronse a su mente todas sus culpas como un escuadrón de espectros infernales. Confusa, avergonzada
de sí misma y deshecha en lágrimas, alzó la vista al cielo, y vio una imagen de María que coronaba la fachada
del templo. Se acordó entonces de que en los años de su inocencia había oído decir que María era Madre de
misericordia, y exclamó en medio de sus sollozos: “¡Tened compasión de esta infeliz criatura, oh Vos que sois
refugio de pecadores! pues siendo yo la mayor de todas, tengo particular derecho a vuestra protección. No
merezco que Dios derrame sobre mí las gracias que derrama hoy sobre tantas almas fieles que se aprovechan
de la sangre de Jesucristo; pero, a lo menos, no me niegues el consuelo de ver y adorar en este día el
sacrosanto madero en que mi dulce Redentor obró la salvación de mi alma. ¡Yo os prometo Señora que
después de este favor, me iré a un desierto a llorar mis pecados por el resto de mi vida, y a perder en la
soledad hasta la infeliz memoria del mundo a quien he servido!.”

Animada entonces de una dulce confianza, entra en la iglesia sin resistencia; y postrada de nuevo a los pies de
la Santísima Virgen, le pide que sea su conductora en el camino de la salvación. No bien había terminado su
oración, cuando oye como de lejos una voz que le dice: «Pasa el Jordán, y hallaras descanso.»

Salió entonces de la ciudad, llevando tres panes por toda provisión. Llegó al anochecer a las orillas del Jordán,
y pasó toda la noche orando en una iglesia dedicada á San Juan Bautista. A la mañana siguiente purificó su
alma en las aguas de la penitencia, recibió la sagrada Eucaristía y pasó el río en una embarcación que halló en
la ribera. El desierto la recibió en sus impenetrables soledades y la ocultó durante cuarenta y siete años a las
miradas del mundo. Allí no tuvo más sustento que raíces silvestres, ni más compañía que las aves del cielo. La
oración y la penitencia eran sus ocupaciones y su delicia, las lagrimas su pan de cada día y los recuerdos del
mundo y las sugestiones de la concupiscencia sus implacables enemigos.

Dios permitió que al morir recibiese la visita de San Zócimo, primera y única persona a quién vio durante los
años que vivió en el desierto. De su mano recibió el viático de los moribundos, después de haberle revelado
los secretos de su conversión y de su vida penitente para edificación del mundo y eterno testimonio de la
misericordia de María.
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JACULATORIA

Ven a mi amparo, Señora,}Que un pecador os implora.

ORACIÓN

¡Oh María! al considerar vuestra pronta, entera e irrevocable consagración a Dios en los más tiernos años de
vuestra vida, al veros, como la paloma, ir a construir vuestro nido en el silencio de la casa del Señor y lejos de
la Babilonia del mundo, venimos a suplicaros, os dignéis despertar en nosotros el deseo de imitaros en vuestra
entera consagración al servicio de Dios, esposo y padre de nuestras almas. Los años de nuestra vida han
transcurrido, Señora nuestra, en la disipación y en la tibieza, dividiendo nuestro corazón entre Dios y el mundo
y acaso dando a éste la mejor par-te. ¡Cuántas veces hemos desoído los llamamientos divinos y seguido las
inspiraciones de nuestro amor propio y las sugestiones del demonio! ¡Cuántas veces Jesús ha venido a tocar a
la puerta de nuestro corazón en solicitud de un recibimiento amoroso, y lo ha encontrado sordo a sus clamores
y ocupado en afectos terrenos y miserables! ¡Ah Señora nuestra! Vos que sois nuestro guía y maestra, nuestro
modelo y protectora, dignaos inspirarnos un amor ardiente a Dios para consagrarnos desde hoy a su servicio,
ahogando todo afecto que no lo tenga a Él por principal objeto. No más afecciones puramente terrenas, no
más horas perdidas en vanos intereses, no más pensamientos pecaminosos, no más entretenimientos inútiles,
no más amor por las riquezas, honores y deleznables placeres del mundo. Yo quiero seguiros, dulce Madre, y
penetrar con Vos en el santuario del Dios de las virtudes y buscar allí mi reposo y mi morada para no pensar
ya en otros intereses que en los de mi santificación. Y ya que no me es dable morar con Vos en la soledad y
apartamiento del mundo, permitidme al menos hacer de mi corazón un santuario de virtudes y de mi alma una
morada del Dios vivo, para disfrutar allí de las dulzuras que están reservadas a los felices moradores de la
soledad y a los fieles servidores del Señor. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer una fervorosa comunión espiritual, pidiendo a Jesús, por la intercesión de María, que nos conceda un
intenso amor a Dios.

2. Abstenerse, por amor a María, de toda palabra de murmuración o de crítica.

3. Hacer un cuarto de hora de lectura espiritual.


18

DIA SEXTO

CONSAGRADO A HONRAR LA VIDA DE MARÍA EN EL TEMPLO

CONSIDERACIÓN

María entró en el templo de Jerusalén como una víctima destinada al sacrificio. Pero esa víctima no seria
consumida por las llamas del altar, sino por las llamas del amor. Era el amor a Dios el que la impulsaba en
todas sus obras: el amor divino la arrancó de los brazos de su madre y la llevó a la soledad del santuario; el
amor la hizo consagrar a Dios para siempre la flor de su virginidad, flor que no había encontrado hasta
entonces en el mundo ni terreno en que nacer ni atmósfera en que vivir. Antes que María se abrazase con ella
voluntariamente, y no con lágrimas como la hija de Jefté, la virginidad era una hermosa desterrada que tocaba
en vano a la puerta de los corazones en solicitud de hospitalario albergue. Fue María la que dio a conocer a los
hombres su precio y la que les enseñó que esa virtud busca para vivir el apartamiento y el retiro de la Casa del
Señor.

Dice San Jerónimo que María en el templo distribuía sus ejercicios en la siguiente forma: desde la aurora hasta
promediada la mañana, entregábase a la oración; hasta el mediodía se ocupaba en obras de mano; se instruía
después en la ley y los profetas, y luego se entregaba de nuevo a la oración, que duraba hasta la entra da de
la noche. Esto constituía sus delicias y su pan cotidiano, creciendo cada día en amor a Dios y en la perfección
de las virtudes. Ella era la primera en las vigilias, la más fiel en cumplir la ley divina, la más asidua en la
oración, la más constante en el trabajo, la más profunda en la humildad, la más exacta en la obediencia y la
más puntual en sus deberes. Asperas eran sus penitencias, prolongados sus ayunos, brevísimo su sueno,
frugal su alimento, sencillo su vestido y escasas sus palabras. La oración era su vida y su alimento, y duran te
esas horas felices en que el cielo se entre abría a sus miradas, su alma se derretía en adoraciones y ternísimos
y encendidos afectos ante el amado de su corazón. En esos momentos el mundo desaparecía ante sus ojos y
ningún pensamiento humano ocupaba su mente. Embriagada en celestiales delicias y enajenada en sublimes
arrobamientos, su alma se desprendía en la cárcel de su cuerpo y se transportaba a las moradas del gozo
eterno. – «Nadie, dice San Ambrosio, estuvo nunca dotado de un don más sublime de contemplación; su
espíritu siempre acorde con su corazón, no perdía jamás de vista a Aquel a quien amaba con más ardor que
todos los serafines juntos; toda su vida no fue otra cosa que un ejercicio continuo del amor más puro a Dios; y
cuando el sueño venía a cerrar sus párpados, su corazón velaba y oraba todavía.»

A fuerza de candor y de modestia, ella pro curaba ocultar sus altas perfecciones, pero es imposible que el
diamante se oculte por mucho tiempo, aunque se esconda bajo una corteza de barro. Los ancianos
encanecidos en los trabajos del templo la veían llenos de admiración y la consideraban como el más estupendo
prodigio de santidad que hubiera aparecido en Israel. Enteramente entregada a sus deberes y a sus
ocupaciones, jamás desperdiciaba el tiempo y siempre estaba pronta para ejecutar todas las obras que podían
dar alguna gloria a Dios. A Dios buscaba en todo: era el blanco de sus aspiraciones, el término de sus deseos,
el objeto de sus pensamientos y el único móvil de todas sus acciones. Agradar a Dios, he ahí la sola palabra
que resume toda la vida de María en la casa del Señor.

Esta es también la lección más provechosa que nos enseña María durante su vida solitaria: huir del mundo
para dedicarnos al servicio de Dios. Es imposible seguir a un mismo tiempo las máximas de Jesucristo y las
máximas del mundo; unas y otras se rechazan como la luz y las tinieblas, como el vicio y la virtud. Quien milite
bajo las banderas del uno, no puede aspirar a ser discípulo del otro; es una ilusión pérfida pretender vivir en
sociedad con los mundanos y llamarse discípulo de Jesucristo, que se abrazó con la cruz y que hizo del
sacrificio su ley y su consigna. Para servir fielmente a Dios y santificarse es indispensable alejarse del bullicio
disipador que amor tigua la piedad é impide oír las inspiraciones divinas.
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Pero, para conseguirlo, no es necesario ir a buscar el silencio de los claustros. El retiro y apartamiento del
mundo puede encontrarse también entre las paredes del propio hogar con sólo cerrar sus puertas al bullicio y
pasatiempos mundanos. No es necesario huir de la sociedad para encontrar a Dios, porque no es posible vivir
sin el concurso de los demás; basta que evitemos la compañía de los malos y de los que no siguen la doctrina
ni practican la ley de Jesucristo. Es preciso apartarse de la vida disipada, ociosa y holgazana que sólo se
emplea en proporcionarse satisfacciones, en halagar la vanidad y condescender con las inclinaciones de la
carne- Esa vida lleva directa mente al pecado, engendra la indiferencia y aleja de Dios; esa vida enciende las
pasiones, aviva la sensualidad y concluye con todo deseo de la propia santificación- La ley cristiana es ley de
abnegación y sacrificio; ella impone el constante vencimiento de las pasiones, la mortificación de la carne, la
guarda de los sentidos, la muerte del amor propio y la huida de la ociosidad. Y para alcanzar tan grandes y
preciosos bienes, es preciso vacar diariamente algunos momentos a la oración, frecuentar los Sacramentos y
practicar la piedad. Son estas las fuentes puras donde el alma encuentra gracias en abundancia: es ahí donde
se retemplan las fuerzas para el combate, y se hallan el consuelo y la esperanza que hacen soportables las
desgracias de la vida. Si queremos santificarnos, no vayamos a buscar la santidad en otra parte; si deseamos
la paz de nuestras almas, no vayamos a pedirla al mundo, que vive en turbación perpetua; si anhelamos con
suelos, no los pidamos al mundo, que él sólo puede darnos amarguras y desengaños.

EJEMPLO

María, Virgen fielísima

San Vicente Ferrer, comúnmente llamado el Ángel del Apocalipsis por la unción celestial de su palabra,
profesaba una entrañable devoción a la Santísima Virgen desde los albores de su infancia. El fue quien
introdujo la piadosa y laudable costumbre de saludar a María después del exordio de los sermones, costumbre
que se ha conservado hasta el presente. El amor que sentía por esta bondadosa Madre lo comunicaba a todas
las almas que convertía, asegurando por este medio su perseverancia en el bien. Al pie de una imagen que
veneraba en su celda buscaba las luces necesarias para el ejercicio del ministerio de la predicación, y éste era
el resorte secreto del éxito admirable de su palabra

Irritado el espíritu del mal por las innumerables almas que arrebataba a su imperio, empleó todos sus recursos
infernales para hacerle perder la vida de la gracia. Empezó por tentarlo de un modo violento y terrible contra
la angelical virtud de la pureza, que Vicente amaba con sin igual ardor y cuidaba con indecible esmero. Un día
en que se ocupaba en preparar un discurso sobre esta misma virtud, rogó encarecidamente a la Santísima
Virgen que se la conservara por toda la vida. Mas, no bien hubo formulado este ruego, cuando oyó una voz
que le decía: «Vicente, no puedo concederte lo que me pides porque muy luego perderás la virtud que tanto
estimas.»

Trémulo, confuso y abismado en amarguras quedó el glorioso Apóstol al oír aquella res puesta, que creía ser
de los labios de la dulce Madre a quién había invocado. Y postrándose con el alma atribulada y los ojos
anegados en lágrimas a los pies de su querida imagen le decía: ¿Cómo es posible, Madre mía, que consientas
que este hijo que tanto te ama manche su cuerpo y su espíritu con un pecado que me hará indigno de
presentarme ante tus ojos virginales? Todo lo temo de mi miseria, pero también todo lo he esperado siempre
de tu protección; ¿y ahora me abandonas a mi miseria, negándome tu amparo?

Compadecida la bondadosa Madre de las angustias de Vicente, le hizo oír estas palabras:

«No te aflijas, querido hijo mío, porque la voz que te ha puesto en tanta congoja, es la voz de Satanás que
quería inducirte a la desesperación: consuélate, pues has de saber que mientras tú me seas fiel, yo lo seré
también con tigo, intercediendo por ti ante mi Divino Hijo.»

Estas consoladoras palabras devolvieron la paz al corazón de Vicente y tornaron en suavísima alegría su
pasada tristeza. Teniendo por defensora a la que es fuerte como un ejército ordenado en batalla, no temió ya
los asaltos del infierno. Esta asistencia maternal de María se hizo sentir especialmente en la última hora de su
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siervo fiel, anticipándole con su presencia las delicias del cielo y arrojando de su lecho de muerte al espíritu
maligno que in tentaba dar el último asalto a aquella alma privilegiada.

La Santísima Virgen es fiel hasta la muerte con los devotos suyos que imploran su asistencia en el peligro y le
sirven con fidelidad en la vida.

JACULATORIA

En tu regazo ¡oh María!

Desde hoy dejo el alma mía.

ORACION

¡Oh María! Madre de Dios y madre nuestra, nosotros venimos hoy a vuestros pies en solicitud de nuevas
gracias y de nuevos favores, porque sabemos que jamás se agota vuestra piedad y amor para con vuestros
hijos necesitados. Vos sabéis que vivimos en un mundo que tiende a todas horas lazos a nuestra inocencia.
Pero nosotros que os hemos escogido por Madre y prometido despreciar las pompas y vanidades del mundo,
venimos a protestaros que con el auxilio de la gracia jamás nos separaremos de la senda que nos habéis
trazado con vuestros ejemplos y virtudes. No, Señora nuestra, el mundo no tendrá encantos bastante
poderosos para inducirnos a olvidar por un momento las dulzuras de vuestro amor, ni cadenas bastante
fuertes que nos retengan lejos de vuestro lado. ¡Ah, qué sería de nosotros sin Vos! ¡a dónde iríamos a buscar
el consuelo en nuestras penas y el alivio en nuestras dolencias; en qué fuente iríamos a beber esos goces
purísimos con que sabéis recompensar el amor de los que os buscan; a dónde iríamos a buscar luz en nuestras
dudas, dirección en nuestros negocios, consejo en nuestras vacilaciones! ¿Quién se compadecería de nuestra
miseria, quién tomarla a su cargo los intereses de nuestra salvación, quién intercedería por nosotros delante
de Dios nuestro juez? ¡Ah! ¡Quién sino Vos, dulce Madre, que no desoís jamás los clamores de vuestros hijos y
que tenéis siempre pronta vuestra diestra para arrancar de los brazos de la misma muerte a los que iban a
perecer! Con Vos todo lo tenemos, gracia, consuelo, salvación. Ayudadnos, y seremos siempre vuestros fieles
hijos y vuestros rendidos siervos. Amén.

PRÁCTICAS ESPIEITUALES

1. Ofrecer al Sagrado Corazón de Jesús, por medio del Corazón Inmaculado de María, todos nuestros
pensamientos, palabras, obras, trabajos y sufrimientos en satisfacción de nuestros pecados.

2. Rezar devotamente el Acordaos por la conversión de los pecadores.

3. Hacer un acto de mortificación interior o exterior en honra de los dolores de María.


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DIA SÉPTIMO

CONSAGRADO A HONRAR LA ANUNCIACION DE MARÍA

CONSIDERACIÓN

María se vio precisada a dejar la amable soledad del templo para dar su mano de esposa a un varón santo y
justo a quien la divina Providencia confiaba el tesoro de su virginidad. Pero ella, al alejarse de la casa del
Señor don de había visto transcurrir los más bellos años de su vida, había dejado allí su corazón. Había
entrado en el mundo, pero había hecho de su hogar un asilo solitario donde no llegaba el ruido del mundo. El
trabajo y la oración seguían ocupando todas las horas del día, y el perfume de sus virtudes se conservaba
siempre intacto bajo el techo de su silenciosa morada de Nazaret.

Así discurrían felices y tranquilos los días de la hija de Ana cuando sonó en el reloj de los tiempos la hora
afortunada en que la lluvia celestial debía dar el Justo a la tierra. Esa virgen humilde y desconocida del mundo
era el objeto de las más dulces complacencias del Señor y la mujer destinada a dar a luz al Redentor. Pero
Dios, que ha dado al hombre la libertad, la respeta; el gran misterio de la En carnación del Verbo no se
realizaría mientras que esa mujer incomparable no diese su consentimiento en orden a su maternidad divina.
Para solicitarlo, despréndese el arcángel Gabriel de la celeste turba que rodea el trono del Altísimo y desciende
más veloz que una saeta a la humilde estancia de María. Ella hacía en este momento la oración de la tarde y
acaso pediría al cielo que enviase pronto al Libertador de su pueblo. La presencia del mensajero del cielo, que
había penetrado a su retiro sin abrir sus puertas, llena de turbación a María; pero su turbación se redobla al
escuchar de los labios del ángel la extraña salutación que la dirige: “Dios te salve, María, llena eres de gracia;
el Señor es contigo y bendita eres entre todas las mujeres.» La adorable Trinidad la había reservado ese
género desconocido de salutación para dar a conocer a los siglos la excelsa dignidad de María; pero su
humildad no le permite reconocerse en ese inaudito elogio, porque ella ignora los tesoros de gracias que
encierra dentro de sí misma. María nada responde, porque la más grande turbación la agita: y no sabiendo
qué hacer ni qué decir; guarda silencio y piensa cual será el significado de tan extraña embajada. -El ángel,
que conoció su turbación, la dijo con dulzura: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;
concebirás en tu seno y darás a luz un hijo a quien pondrás el nombre de Jesús; él será grande y será llamado
el Hijo del Altísimo; Dios le dará el trono de su padre David; reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su
reino no tendrá fin.» – Al escuchar este inesperado anuncio, la turbación de María crece. Ella recuerda
entonces que su virginidad ha sido sellada con un voto solemne y perpetuo, y vacila entre ser madre de Dios y
renunciar a esa cualidad tan querida de su
corazón. Y en medio de esta cruel vacilación, pregunta «al casto amador de las almas púdicas.» ¿Cómo podrá
ser esto, cuando yo soy virgen y he prometido serlo siempre?

¡Oh María! ¿Por qué vaciláis? ¿No veis tantos siglos inclinados en vuestra presencia, que aguardan su libertad
colgados de vuestros labios? Olvidad los honores inmensos a que vuestra humildad resiste y considerad sola
mente el porvenir del mundo, la salvación del linaje humano y la gloria de Dios. -Pero la vacilación de María
persevera hasta que el ángel le manifiesta la manera inefable como se obrará el misterio: «El Espíritu Santo
sobre vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra.» La virginidad queda salvada y sólo se
le exige el sacrificio de su humildad; pero la humildad de corazón no está reñida con la grandeza, y María
exclama: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.» -El ángel se retira entonces para dar
lugar a la realización del augusto misterio.

¡Oh virtud preciosa de la humildad! Porque María, enamorada de ti, te había escogido para ser la joya más
preciada de su corazón, Dios escogió su seno para tomar en él la naturaleza humana. Si, el Dios que abate á
los soberbios y engrandece e los humildes, no podía llegar á la tierra sino en alas de la humildad. La soberbia
se había enseñoreado del mundo desde que nuestros primeros padres cedieron a sus engañosas sugestiones,
y desde entonces ella había dominado todos los corazones y causado todas las grandes desdichas de la
humanidad. Convenía que el gran restaurador comenzase por abatirla, poniendo la humildad por base de toda
sólida e imperecedera grandeza. La soberbia arrebata a Dios la gloria que a él sólo pertenece, haciendo que
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los hombres se atribuyan a sí mismos los bienes que sólo deben a la bondad divina y que se engrían
neciamente de los dones que Dios les ha dado en préstamo, creyéndose independientes de su soberano
bienhechor y negándole la gratitud que su generosidad reclama.

La humildad devuelve a Dios la gloria que la soberbia le usurpa, y se complace en reconocerlo a él solo como
digno de honor y de alabanza, sin dejar a los hombres más que el derecho de bendecir la mano generosa que
los provee de numerosos dones sin haberlos merecido. Ella despierta la gratitud más ardiente en el corazón
humano hacia el dador de todo bien, no permitiéndole que, poseído de una falsa suficiencia se crea desligado
de todo deber para con Dios. Mientras el humilde todo lo atribuye a Dios, el soberbio se lo atribuye todo á si
mismo; mientras el uno lo bendice y lo ama, el otro lo olvida y lo desconoce. Por eso la humildad es tan
querida de Dios; por eso la regala con sus más grandes recompensas, y por eso la exalta, la engrandece y la
hace depositaria de sus más ricos dones.

En el corazón humilde mora la paz como en su asiento, porque no siente el aguijón de las grandezas, de los
honores y del fausto, y se contenta con lo que el Señor le da. No creyéndose acreedor a nada, se satisface con
poco y aún de ese poco se juzga indigno, dando por ello á Dios gracias infinitas y perpetuas alabanzas.
Seamos humildes, si queremos que Dios nos ame: hagámonos humildes para ser verdaderamente grandes.

EJEMPLO

María, asiento de la Sabiduría

Conocido es en los anales de la ciencia el insigne doctor de la Iglesia, San Alberto Magno, religioso de la Orden
de predicadores. Este esclarecido varón, que ha ilustrado con su sabiduría las ciencias teológicas y filosóficas,
recién tomó el hábito de Santo Domingo, estuvo a punto de abandonar su vocación a causa de su poca
capacidad para el estudio. Confuso al ver que sus condiscípulos de filosofía lo dejaban muy atrás en el
aprovecha miento en esa difícil ciencia, a pesar de su empeñosa diligencia, llegó a creer que debía adoptar
otro género de vida. Pero su devoción a la Santísima Virgen, a quien había fervorosamente invocado en
solicitud de luces para su mente, lo salvó. Una noche, mientras dormía, le pareció que colocaba una escalera
en los muros del convento para fugarse, y que al tiempo de trepar en ella, vio en lo alto de la muralla cuatro
señoras venerables, entre las cuales una aventajaba las demás en hermosura y majestad. Le pare ció que
éstas le impedían subir y que en vano intentó hacerlo por tres veces, hasta que una de ellas le preguntó cual
era el motivo que lo inducía á tomar aquella resolución- a lo que Alberto contestó: «Porque veo que mis
compañeros hacen grandes progresos en la filosofía, al paso que yo me aplicó inútilmente.» Entonces la
señora que le hizo la pregunta, le dijo: «He aquí a la Reina del cielo, Asiento de la Sabiduría; dirígete a Ella y
conseguirás lo que deseas.»

Alberto, dirigiéndose a la Señora le suplicó que le diese entendimiento para progresar en el aprendizaje de las
ciencias. -María oyó benignamente su súplica, y le aseguró que conseguiría lo que deseaba, añadiéndole:
«Pero para que sepas que obtendrás esta gracia por mi intercesión llegara un día en que mientras estés
enseñando públicamente olvidarás repentinamente todo lo que sepas.»

Los resultados demostraron que aquella visión no había sido un sueño fantástico; porque desde aquel día hizo
Alberto tan rápidos prodigios en las ciencias que maravillaba a todos por su talento y su sabiduría. Resolvía
con admirable claridad las cuestiones más difíciles de la Teología y Filosofía; y bien pronto llegó a ser insigne
maestro de estas ciencias y lumbrera de su siglo. Y para que nada faltase al cumplimiento de la predicción
hecha por su soberana protectora, tres años antes de su muerte, estando enseñando en Colonia, perdió en un
momento la memoria, de tal suerte que no conservó ni rastros del inmenso caudal de ciencia con que había
asombrado al mundo.

Entonces lleno de emoción, refirió á sus discípulos lo que le sucedió en otro tiempo, manifestándoles que toda
esa ciencia que le mereció el titulo de Magno, era una dádiva generosa de la que es justamente
llamada Asiento de la Sabiduría.
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Este prodigio nos señala a todos el camino por donde debemos buscar la verdadera sabiduría, que consiste en
el temor de Dios, en el conocimiento de nuestros deberes y en la práctica de la virtud. Acudamos á María en
nuestras dudas, en los negocios importantes, en las grandes resoluciones de la vida para que ella nos ilumine
y nos guíe.

JACULATORIA

Por tu Anunciación gloriosa

Otórganos, Virgen pura,

Tu protección generosa.

ORACION

Bendita seáis una y mil veces, María, porque en Vos reside la plenitud de la gracia, de la santidad y de la
justicia. Bendita seáis una y mil veces porque el Dios altísimo se dignó morar en vuestro seno como en un
santuario de inestimable precio. Bendita seáis María, porque el Espíritu Santo se dignó escogeros por esposa y
regalaros con la abundancia de sus dones. Bendita seáis entre todas las mujeres, por que fuisteis elegida entre
todas las hijas de Eva para ser la corredentora del linaje humano y la celestial dispensadora de todas las
gracias alcanzadas al precio de la sangre de vuestro Hijo. Nosotros nos gozamos, dulce Madre, de vuestros
gozos y nos complacemos en vuestra gloria, y celebramos ardientemente vuestro poder in comparable, porque
los gozos, la gloria y el poder de una Madre son prendas queridas para los hijos. ¡Cuán grato nos es con
templaros tan amada y favorecida de Dios, ensalzada por el mensajero del cielo y saludada en nombre del
Verbo con salutaciones que jamás escuchó humana criatura! Después de haber sido objeto de tan honrosas
manifestaciones, ¿qué podremos deciros nosotros, qué alabanzas dignas de vuestra gloria podrán articular
nuestros torpes labios sino repetir una y mil veces las palabras con que el ángel ensalzó vuestra dignidad? Y al
considerar ¡oh María! que el principio de tanta grandeza fue la humildad profunda bajo cuyo velo pro curasteis
ocultar vuestras virtudes, no podemos menos de suplicaros que os dignéis enseñarnos a practicar esa virtud
tan ama da de Dios. A vuestra imitación, no queremos otras grandezas que las de la virtud, ni otra gloria que
la gloria de Dios, ni otros honores que los del cielo, para que sirviéndoos en la tierra humildemente, logremos
un día ser grandes y felices en el cielo. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Ejercitarse en la virtud de la humildad, ejecutando actos que mortifiquen nuestro amor propio.

2. Saludar tres veces en el día con cinco Avemarías a la Santísima Virgen, felicitándola por haber sido escogida
para Madre del Verbo encarnado.

3. Por amor a María no comer ni beber fuera de las horas acostumbradas.


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DIA OCTAVO

DESTINADO A HONRAR LA VISITACION DE MARÍA A SANTA ISABEL

CONSIDERACION

Acababa de realizarse en María el gran misterio de la Encarnación del Verbo. Dios había tomado ya posesión
de su castísimo seno y habitaba en él comunicándole todos los tesoros de su amor y caridad. La Santísima
Virgen se abrasaba en vivísimas llamas de celo por la gloria de Dios y por el bien de los hombres. Fruto de ese
celo fue la visita de María a su prima Santa Isabel para ir a derramar la gracia, la salvación y la vida en la casa
del anciano Zacarías, y sacar el alma de Juan Bautista de las sombras del pecado y de la muerte.

La larga distancia que separaba a Nazaret de la morada de Isabel, un camino erizado de montañas, cortado
por torrentes y despeñaderos y cruzado por extensos desiertos; la delicadeza de su edad, el habito de una
vida silenciosa y retirada, nada es bastante a detener el celo de María. Ya a salvar un alma y a acrecentar la
dicha de la estéril esposa de Zacarías, que había concebido en el invierno de la ancianidad un tardío, pero
precioso fruto.

Al ver a María, Isabel experimenta una emoción desacostumbrada. Su rostro se anima; sus ojos se encienden;
brilla en su frente un rayo de inspiración profética y, en medio de los transportes de su admiración,
exclama; Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre -María, en un rapto de
celestial arrobamiento al contemplar las maravillas del Señor prorrumpe en un cántico de gratitud: Mi alma
glorifica al Señor y mi espíritu se transporta de gozo en Dios mi Salvador.

Así es como la Madre de Dios abre la senda del apostolado y da a los obreros del Evangelio la primera lección
de celo por la salvación de las almas. Ella interrumpe el éxtasis dulcísimo en que se embebecía en la
contemplación del amado de su alma que habita en su seno, para ir a derramar el raudal de la gracia que
emanaba de la fuente que en sus entrañas llevaba. Su caridad la hacia olvidarse de sí misma para comunicar a
otros sus celestiales incendios. Para ello tiene que soportar grandes sacrificios y someterse a humillaciones
profundas. No importa: comprende mejor que nadie el mérito del sacrificio y el precio de la humillación
voluntaria; sabe que el Dios humanado, que lleva en su seno, ha venido al mundo a sacrificarse en aras del
amor y a envilecerse para dar muerte a la soberbia. El amor de Dios y el amor del prójimo la conducen hasta
la lejana morada donde el Precursor de su Hijo va a ser dado a luz; ella se apresura a santificarlo para que sea
un digno heraldo del Redentor y un apóstol que atraiga los hombres a la penitencia con sus palabras y el
ejemplo de la santidad.

Así busca María la gloria de Dios y así se emplea su caridad en beneficio de sus herma nos. ¡Qué hermosas y
fecundas enseñanzas para nosotros que con tan fría indiferencia miramos la salvación de las almas! Vemos a
millares que se pierden porque no hay una mano compasiva que las arranque del vicio, del error y de la
muerte. Nos parece que esa tarea de caridad esta sólo reservada a los ministros del Evangelio, sin pensar que
cada uno tiene el deber de dar gloria a Dios y de atraer a los que se separan del camino del bien y de la
salvación. Cada hombre tiene un campo más o menos vasto en que emplear su celo. Todos tienen medios de
influir sobre los suyos, a fin de preservarlos de la perdición y enderezarlos por el buen camino. No es mies la
que escasea, sino operarios celosos que la sieguen. Dios quiere que por amor suyo cada uno de nosotros se
haga un obrero de su viña. El que ama verdaderamente a Dios, no puede dejar de interesarse por la salud de
las almas que son hijas de sus sacrificios y frutos de su sangre. Si comprendiéramos el precio de las
humillaciones y de los dolores de Jesucristo, entonces nos esmeraríamos en dilatar el reino de Dios y atraer
ovejas a su rebaño. Entonces antepondríamos con gusto a todas las ambiciones mundanas la gloria de
asociarnos a la obra de la redención, derramando, si no nuestra sangre, al menos nuestros sudores, a fin de
salvar una sola alma. Porque salvar un alma es una gloria más grande que todas las obras del genio, que
todos los prodigios del arte, que todo el honor de los conquistadores y que la posesión del mundo entero.
Porque la salvación de un alma da más gloria a Dios que cuanto los hombres pueden darle consagrándole todo
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lo que forma el orden material. Y bien, ¿dónde están las obras de nuestro celo? ¿Qué hemos hecho para
dilatar el reino de Dios conquistando almas para el cielo? ¿Cuáles son las que nos servirán de corona en el día
de las supremas recompensas? Dejemos nuestras casas y olvidémonos un momento de nosotros mismos,
como María, para ir en busca de almas que santificar, de corazones que encender en amor divino y de
inteligencias que iluminar con las luces de la fe. Acudamos en auxilio del apostolado católico, que apenas
basta para las numerosas necesidades que re claman su atención. Consideremos que existen muchos
pequeñuelos que piden pan y que no hay quién se lo distribuya.

EJEMPLO

El castigo de un sacrilegio

El célebre escritor católico Luís Veuillot refiere en una de sus obras el hecho siguiente, que demuestra como
castiga Dios a los profanadores de las imágenes de su santa Madre.

Es sabido que en el silo de 1793 la Francia fue teatro de escenas que la historia recuerda con horror. La
impiedad triunfante convirtió a este país en un lago de sangre y lágrimas, en cuyo abismo cayeron el trono y
los altares. Los sacerdotes fueron perseguidos de muerte, los templos prostituidos y las santas imágenes
derribadas.

En ese tiempo un ejército francés se dirigió a los Pirineos para contener al ejército español que invadía el
territorio con motivo del asesinato del rey Luis XVI. Tres jóvenes franceses, que se encaminaban a
incorporarse en las huestes de la Convención, se detuvieron al frente de un templo católico en cuyo
frontispicio se veía una estatua colosal de la Santísima Virgen.

A la vista de esta imagen se le ocurrió a uno de ellos hacerla blanco de sus tiros para ejercitarse en el manejo
de las armas. Otro de los compañeros aceptó entre burlas implas el sacrílego proyecto; el tercero, menos
descreído, intentó en vano disuadirlos de tal propósito.

En efecto, los tres cargaron sus fusiles: apuntó el primero, y la bala fue a clavarse en la frente de la sagrada
Imagen; apuntó el segundo y el proyectil dio en el pecho de la efigie de María. Vacilaba el tercero, y bien
hubiera querido excusarse de cometer aquel atenta-do sacrílego; pero temeroso de las burlas de sus
compañeros, apuntó temblando y con los ojos cerrados, y la bala fue a estrellarse en la rodilla de la venerada
estatua. El pueblo es taba horrorizado, pero en aquellos tiempos de terror nadie se atrevía a manifestar sus
sentimientos; sin embargo, una anciana, sin poder contener su indignación, les dijo como inspirada por una
luz profética. «Vais a la guerra; pero sabed que la nefanda acción que acabáis de cometer os acarreara
grandes desdichas.»

Efectivamente, desde su salida de la población comenzaron a experimentar muchos y muy graves


contratiempos antes de reunirse con el ejército francés. A poco de su llegada trabóse una acción entre los
ejércitos. Nuestros tres camaradas concurrieron a ella y pelearon con denuedo; pero de lo alto de una roca
salió un tiro, y una bala fue a clavarse en la frente del primero de ellos, precisamente en el mismo lugar en
que había herido la sagrada imagen de María. Al verle caer mortalmente herido, y al observar el lugar en que
tenía la herida, los dos compañeros se estremecieron de espanto y volvieron a resonar en sus oídos las
fatídicas palabras de la anciana.

A la mañana siguiente, el ejército español vencido en la jornada anterior, volvió con nuevos bríos a presentar
batalla a los franceses; y los dos compañeros, silenciosos y cabizbajos, ocuparon sus puestos, diciendo uno de
ellos: ¡Hoy
me toca a mí!… Y en efecto, cuando el ejército francés retrocedía perseguido por el español, del fondo de un
precipicio salió un tiro disparado por un soldado herido, y la bala fue a atravesar de parte a parte el pecho de
aquel que había herido en el pecho la estatua de María. El infeliz sacrílego, revolviéndose en un charco de
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sangre, pedía a grandes voces un sacerdote; pero los convencionales lo dejaron morir abandonado en el
camino sin auxilio espiritual ni temporal.

El único que quedaba, aquel que se había opuesto al sacrílego atentado, se llenó de tan grande horror al ver la
triste suerte de sus compañeros, que, temiendo morir como ellos, prometió a Dios confesarse tan pronto como
le fuera posible. Pero viendo que el Señor se mostraba clemente, llegó a olvidarse de su promesa, y
dirigiéndose algún tiempo después a España enrolado en el ejército de Napoleón, al pasar a inmediaciones del
lugar del sacrilegio, disparósele el fusil a un soldado francés, y la bala fue a clavarse en la rodilla del infeliz
sacrílego, esto es, en el mismo lugar en que él había herido la sagrada imagen.

La Santísima Virgen tuvo misericordia de este desgraciado alcanzándole la gracia del más sincero
arrepentimiento, y con él la salud del alma; pero la herida se mostró, durante veinte años, rebelde a todos los
recursos de la ciencia. Este hecho manifiesta que Dios tiene reservados tremendos castigos para aquellos que
ofenden o insultan a su Madre.

JACULATORIA

Refugio del pecador,

Del afligido consuelo,

Ampárame desde el cielo

Al escuchar mi clamor.

ORACIÓN

¡Oh Virgen inmaculada! ¡Cuán dulce consuelo experimenta mi alma al contemplaros en este día tomar la
penosa ruta que conduce a la pobre morada de Isabel! Vos sois conducida en alas de la más ardiente caridad
para ir a sacar a un alma querida de la oscuridad del pecado y santificaría en el vientre de su madre. Este
rasgo de generoso celo alienta en mí la esperanza que siempre he fundado en vuestra maternal protección.
Acudid ¡oh Madre mía! en auxilio de mi debilidad para librarme de las sombras del pecado, que sin cesar me
cercan. Vos sois el refugio de los pecadores y vuestra mano esta siempre pronta a libertarios del peligro y
sacarlos del precipicio. Dirigid vuestra vista ¡oh María! por toda la extensión de la tierra, y en todas partes se
presentara a vuestros ojos el doloroso espectáculo que ofrecen tantos des venturados náufragos que se
pierden en los mares del mundo. ¡Cuántos pecadores viven contentos atados a las cadenas de los vicios!
¡Cuantos infieles, sentados a la sombra de la muerte, no conocen aún el precio de la redención! ¡Cuántos
herejes, ramas tronchadas del árbol de la fe, perecen privados de la savia que sólo se encuentra en el
Catolicismo! Apiadaos, Señora mía, de todos esos infelices que siguen un camino de perdición eterna. Haced
que todos ellos reconozcan sus yerros y detesten sus extravíos para que, formando una sola familia, unidos a
nosotros por los vínculos de una misma creencia y un mismo amor, os reconozcamos todos por Madre hasta
que esa unión, comenzada en la tierra, se con sume y estreche eternamente en el cielo. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Rezar una tercera parte del Rosario pidiendo a María por la conversión de los infieles, herejes y pecadores.

2. Esmerarse en cumplir con exactitud todas las prácticas ordinarias de piedad.

3. Aprovechar santamente el tiempo no desperdiciándolo en frivolidades o pasatiempos inútiles.


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DÍA NOVENO

CONSAGRADO A HONRAR EL GOZO DE MARÍA EN EL NACIMIENTO DE JESUS

CONSIDERACION

En una mañana de invierno nebulosa y triste, dos viajeros, un hombre noble y fuerte y una mujer joven y
hermosa, dejaban a Nazaret y tomaban el camino de Belén. Eran José y María que, obedeciendo a las órdenes
imperiales, iban a inscribir sus oscuros nombres en la ciudad de sus antepasados. El viaje era largo y penoso:
María se hallaba en el último mes de su preñez, pero soportaba con humilde resignación las asperezas del
camino. Multitud de alegres y presurosos viajeros subían ala ciudad de David para buscar albergue bajo el
techo de las posadas. José fue a golpear también a sus puertas en demanda de un aposento para pasar la
noche, que dejaba ya caer sus sombras sobre el mundo. Pero no hubo ni un rincón para ellos, que no podían
ofrecer a los hospederos una moneda de oro, como precio de la hospitalidad. Llegaba la noche, y los dos
esposos habían reclamado en vano un pobre techo bajo el cual guarecerse; ninguna puerta se abría para
darles hospitalario asilo. Tristes pero resignados, salieron de Belén sin saber adonde dirigirse. No lejos de la
ciudad descubrieron a la luz de los postreros resplandores del crepúsculo, una caverna horadada en una
enorme roca que daba asilo a algunos animales. Ambos viajeros bendijeron a la Providencia, que les
preparaba aquella agreste morada en que pasar la noche. Y allí, reclina da en una dura roca, María dio a luz al
Redentor del mundo, en la mitad de una noche fría y tenebrosa.

Así es como nace al mundo el soberano dueño de todas las riquezas. Busca un pesebre por palacio, una roca
por cuna y unas toscas pajas por lecho. Pero como dice San Bernardo, esos panales son nuestras riquezas y
son más preciosos que la púrpura, ese pesebre es más glorioso que los tronos de los reyes. Pero María,
olvidándose de tan tristes apariencias, abre su corazón al gozo más puro. Acaba de dar a luz al Verbo
encarnado. Y si todo le falta, si el mundo le niega hasta un oscuro asilo, en cambio ella se entrega a los
transportes del amor maternal y ese amor la indemniza de todos sus sufrimientos. Ella lo adora como a Dios y
lo acaricia como a hijo, e inclinándose amorosamente sobre él, exclama, dice San Basilio: «¿Cómo os deberé
llamar?… ¿Un mortal?- Pero yo os he concebido por operación divina… ¿Un Dios?- Pero vos tenéis cuerpo de
hombre… ¿Debo yo acercarme a vos con el incienso u ofreceros mi leche?- ¿Es preciso que yo prodigue los
cuidados de madre, o que os sirva como vuestra esclava con la frente en el polvo?»

¡Oh sublimes anonadamientos de Jesús y de María! ¡Bajo qué humilde techo se hallan asilados el Criador del
cielo y la Reina de los ángeles! ¡María da a luz al Salvador del mundo y no tiene otro lecho que darle que unas
húmedas pajas! ¡Digna madre de aquel que no tendrá donde reposar su cabeza, que vivirá trabajando durante
su vida hasta darla por el hombre en la Cruz!

Estaban velando en aquellos contornos unos pastorea y haciendo centinela de noche sobre su rebaño, cuando
de repente un ángel del Señor apareció junto a ellos y los inundó con su resplandor una luz divina; lo cual los
llenó de sumo temor. Díjoles entonces el ángel: “No temáis, pues vengo a daros una nueva de grandísimo
gozo para todo el pueblo, y es que hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo,
Señor Nuestro. Sírvaos de señal que hallaréis al niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.» Al
misino tiempo se dejó ver con el ángel un coro numeroso de la milicia celestial que alababa a Dios
cantando: “Gloria a Dios en los cielos y
paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.”

Cuidemos mucho no suceda lo que ocurrió en Belén, donde Jesucristo no encontró lugar para nacer en las
hospederías. Procuremos lo encuentre en nuestros corazones, donde desea siempre permanecer con su divina
gracia.
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EJEMPLO

Las primeras lagrimas de un pecador

Un sacerdote salía de una de las cárceles de París.

-Señor Cura (le dijo un carcelero): tenemos aquí un hombre condenado a muerte: muchos de la clase de V.
han ensayado hablarle de religión; pero él se ha negado a escucharles; esta furioso; quiere romper su cabeza
contra las paredes, y ha asido menester encerrarle en un calabozo… ¿Quiere V. verle?

-Vamos allá, respondió el sacerdote.

El carcelero le condujo por un corredor sombrío y subterráneo: se abrió una puerta, y vio a un desgraciado,
tendido sobre una cama de hierro y cubierto con una camisa de fuerza. A la vista de una sotana, sus ojos se
inflamaron y gritó furioso:

-¿A qué venís? ¿No he dicho ya que no quería confesarme? Salid… salid…

-Pero, amigo mío (repuso el ministro del Señor), yo no vengo a confesaros: vos estáis solo; os debéis fastidiar
mucho, y vengo a daros algún consuelo.

-Enhorabuena (le contestó). Tiene Y. cara de buen hombre. Siéntese aquí.

Y le señaló una gruesa piedra, que había en un rincón del calabozo.

El sacerdote no se lo hizo repetir, y aceptó el asiento. El preso le contó su historia. Era un joven de
veintinueve años, de honrada familia, si bien su educación religiosa había si do completamente descuidada.
Hacía algunos años llevaba una vida criminal, hasta el punto de ser cogido y sentenciado a la última pena.
Cuando hubo terminado su historia, el sacerdote ensayó hacérsela contar de nuevo en forma de confesión. Lo
comprendió el preso, y prorrumpió en horrorosas blasfemias. El sacerdote sólo pudo obtener de él la promesa
de rezar todos los días el Acordaos, piadosísima Virgen…

Muchas veces repitió el sacerdote sus visitas; pero todas eran estériles. El desgraciado preso estaba
convencido de que sus crímenes eran demasiado enormes, y que no
había misericordia para él.

Sin embargo, un día en que el infeliz con taba de nuevo su historia, el sacerdote, convertido en su mejor
amigo, le interrogó como se hace a cualquiera que se confiesa. Advirtiólo el preso, pero no se opuso a ello; y
cuando hubo concluido, el sacerdote le dijo:

-Amigo mío, acabáis de confesaros, y no os falta mas que un verdadero arrepentimiento.

Entonces, cogiéndole las manos con ternura, le indujo a arrodillarse sobre la cama; invocó sobre su cabeza las
bendiciones de Dios, y, con toda la simpatía y la caridad de un apóstol, conjuróle a detestar sus culpas, hasta
que por fin oyó escapársele del pecho un profundo suspiro, seguido de estas palabras:

-¡Ah! Si me arrepiento. ¡Cuán bueno es usted! ¡Me ha levantado un peso enorme, que oprimía mi corazón!
29

Luego enjugando dos lágrimas que brotaban de sus ojos exclamó:

-¡Esto si que es chusco!.. Parece que lloro; ¡yo…, que no había llorado nunca! ¡Yo, que he visto morir a mi
pobre madre, a quien amaba, y de cuya muerte sin duda fui causa!.. ¡Y no lloro! ¡Yo, que sin llorar olla lectura
e a sentencia de mi muerte! Todas las mañanas cuando veía aparecer el sol por entre las rejas, decía entre
mí: ¡Quién sabe si será por última vez! ¡y no lloraba!… ¡y hoy lloro!… ¡Cuan bueno sois, Dios mío! ¡Cuan bella
y consola dora es la Religión! ¡Cuánto me pesa no haberos conocido antes! No me vería en tan triste estado

Y dejándose caer de rodillas, y cogiéndose de la sotana del sacerdote, le dijo: -Padre mío, acérquese mas; no
se aparte de mi lado, y oremos juntos, pues si rezo solo, Dios no me escuchara.

Arrodillóse el sacerdote y mezcló sus lagrimas con las del criminal arrepentido. Algunos días después, el
desgraciado joven; lleno de resignación cristiana, llevaba su cabeza a la guillotina, asistido hasta el último
momento por su fiel amigo, que había obrado en su espíritu tan maravillosa transformación.

María no se deja vencer jamás en generosidad: los más pequeños sacrificios hechos en su obsequio los
retribuye con la munificencia de una reina y con la bondad inagotable de una madre. El mismo fin podemos
alcanzar para muchos infelices pecadores, si por ellos rogamos con fervor a la Madre de Dios, refugio de
pecado res.

JACULATORIA
Esperanza del que llora,
Refugio de pecadores,
Ven a mi amparo, Señora.
ORACION

Cuando nuestra conciencia gime sintiendo la espina del pecado, cuando nuestro corazón esta oprimido por el
dolor, cuan do negros temores nos asaltan en orden a nuestra salvación: nuestro único consuelo y nuestra
sola esperanza es poder levantar nuestros ojos llorosos hacia Vos ¡oh Madre de Dios y Reina omnipotente del
cielo!-Henos aquí ¡oh Virgen santa! ¡Oh estrella del mar y consoladora de los que padecen! henos aquí
prosternados a vuestros pies para saludaros y bendeciros en nombre de todos los pecadores penitentes, de
todas las almas atribuladas y de todos los peregrinos de la vida, por la inconmensurable gloria de que
disfrutáis en el cielo. Descended también vosotros ¡oh espíritus angélicos! a celebrar con nosotros la gloria de
nuestra Soberana, fuente de todos los bienes y santuario de todas las virtudes. ¡Oh amiga querida! desde el
solio de vuestra grandeza, lanzad hacia nosotros una mirada compasiva; ved las llagas de nuestras almas, ved
la inconstancia de nuestras resoluciones, ved las malas inclinaciones que se abrigan en nuestro corazón. Sed
nuestra mediadora delante de vuestro Hijo y reconciliadnos con nuestro Supremo Juez. Recordadle vuestros
dolo res y alegrías del pesebre en aquella triste noche de angustia y desamparo, pero también de indecible
gozo para Vos. No olvidéis ¡oh Madre! que a nosotros infortunados pecadores, debéis la diadema inmortal que
ciñe vuestra frente. Sin nuestros pecados no habríais sido Madre de Dios; sin nuestra miseria no habríais sido
llamada Madre de misericordia y de gracia; nuestra pobreza os ha enriquecido y nuestros vicios enaltecido.
Recibidnos, pues, bajo vuestra protección y no ceséis de ser para nosotros madre compasiva y gene rosa, a fin
de que, sostenidos por Vos en la vida, podamos alabaros eternamente en el cielo. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer tres actos de vencimiento de la propia voluntad, privándonos de lo que más nos agrade.

2. Sufrir con paciencia las molestias y contrariedades ocasionadas por las personas con quienes vivimos o
tratamos.
3. Dar una limosna para el culto de la Santísima Virgen en alguna iglesia pública.
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DIA DECIMO

COCONSAGRADO A HONRAR EL MISTERIO DE LA PURIFICACION DE MARÍA

CONSIDERACION

La ley de Moisés obligaba a las madres a presentar a sus hijos al templo cuarenta días después de su
nacimiento, y a purificarse ofreciendo a Dios una ofrenda. Por ningún titulo estaba obligada María a sujetarse
a esta prescripción; porque ella era la pureza misma y porque el Hijo que iba a presentar no pertenecía al
número de los pecadores, para los cuales había sido dictada la ley. Pero el Hijo y la Madre quisieron ocultar la
grandeza de sus destinos y de su dignidad para dar ejemplo de obediencia a las prescripciones religiosas que
reglan para los hijos y las madres de Israel. Como todas las mujeres del pueblo, ella se presenta al templo de
Jerusalén acompaña da de su esposo y llevando en sus brazos al hijo que había dado a luz por operación del
Espíritu Santo. Y como pertenecía a la clase de los pobres, fue modesta su ofrenda y pequeña su oblación.

Pero un fin más alto la conducía al santuario del Señor. Iba a dar gracias a Dios por el incomparable beneficio
de su fecundidad gloriosa. Si toda paternidad viene de Dios, la maternidad de María era la obra primorosa de
su amor y de su misericordia, el principio de la felicidad del mundo y el testimonio más elocuente de la
predilección que tenía por la que eligió por Madre del Verbo encarnado. Por lo mismo, ella debía a Dios
beneficios más excelsos que todas las madres juntas y acciones mas ardientes de gracias que las que le han
enviado en todos los siglos todas las que han sido favorecidas con el don de la fecundidad.

¡Ah! ¡Cuáles serían en ese momento los ardores de la gratitud de María, que conocía en toda su magnitud la
gracia de que había sido depositaria! Su corazón, abrazado en las llamas del amor y del reconocimiento,
levantarla hasta el cielo, a manera de purísimo incienso, los mas encendidos afectos que jamás se escaparan
del corazón humano. Ella, que amó a Dios desde el primer momento de su existencia, ¿cuál estaría su corazón
cuando, no sólo amaba a Dios como simple criatura y lo bendecía no solamente por los dones comunes que le
había otorgado, sino que lo amaba como madre y lo bendecía por las excepcionales prerrogativas de que la
acababa de colmar? No es la inteligencia humana capaz de comprender la intensidad de los afectos de amor y
gratitud que brotarían en ese momento del pecho aman te y agradecido de María. Ellos excederían sin duda, a
los de los más ardientes serafines.

He aquí lo que nos enseña María en el misterio que meditamos. Cumple a todos los hombres el deber
ineludible de dar a Dios acciones incesantes de gracias por todos los beneficios, así generales como
particulares, con que han sido favorecidos. Quien se muestre ingrato y olvidadizo con el Bienhechor soberano
se ha ce indigno de sus favores. El primero de los deberes del beneficiado es el de la gratitud para con su
benefactor. La naturaleza misma impone esta obligación y quien rehúse cumplirla contraria los sentimientos
mas naturales que abriga el corazón. La gratitud, como todos los sentimientos del alma, se manifiesta por
medio de repetidos actos; y así como el amor se deja conocer por actos de amor, el agrade cimiento debe
mostrarse con acciones de gracias.

¡Ah! ¿Quién será aquel que en cada uno de los días de su vida no tenga un nuevo beneficio que agradecer a
Dios? La conservación de la vida, el alimento que nos mantiene, el vestido que nos cubre, el techo que nos
guarece, el sol que nos calienta, el aire que respiramos… todo es obra de su mano generosa. Las inspiraciones
secretas, las mociones de la voluntad, los pensamientos saludables, los propósitos santos en orden a la
reforma y perfeccionamiento de la vida, las advertencias caritativas, los buenos consejos y hasta lo que
llamamos desgracias y contratiempos, son otros tantos beneficios que recibimos de su infinita liberalidad. Y si
sus favores no cesan, ¿cómo podrán cesar nuestras acciones de gracias? ¿Cómo podremos, sin ser
desagradecidos, pasar un día solo sin que levantemos a Dios un acento de ardiente gratitud? Ah! y si
consideramos los beneficios genera les que ha dispensado Dios al mundo, en la creación, conservación,
redención, institución de la Iglesia y llamamiento a la fe, el deber de la gratitud aparece todavía mas estricto e
imprescindible. Imitemos a María, cuya vida fue una continuada acción de gracias y cuyo corazón fue un
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incensario vivo que estuvo siempre perfumando el trono de Dios con los aromas del amor más puro y de la
gratitud más ardiente.

EJEMPLO
María, Vaso de insigne devoción

San Bernardino de Sena, uno de los astros más resplandecientes de la orden de San Francisco, y de los más
bellos ornamentos de su siglo, se distinguió desde la más tierna infancia por su acendrado amor a la Madre de
Dios. Nacido el 8 de septiembre de 1380 día de la Natividad de la Santísima Virgen, todos los grandes actos de
su vida se verificaron en este mismo día; su toma de habito, su profesión religiosa y su primera misa, augurio
cierto de la predilección de esta bondadosa Madre.
Conociendo sus superiores los grandes talentos de este insigne hijo de María, no quisieron que esta antorcha
quedara oculta entre las sombras del claustro, y lo enviaron a predicar a Milán y demás estados de Italia en un
tiempo en que la corrupción de las costumbres se extendía como una lepra gangrenosa en el cuerpo social. La
Santísima Virgen le concedió la gracia de que su lengua, que era tarda por defecto natural, adquiriera una
expedición tan admirable que no hubo en su época quien lo aventajase en elocuencia. Innumerables fueron
las conversiones que hacía su predicación: los pueblos cambiaban de faz, personas inveteradas en el vicio se
volvían a Dios, y multitudes incontables eran arrastradas por la irresistible unción de su palabra. La devoción a
María palpitaba en sus discursos y se comunicaba a sus oyentes como el calor de una llama. Decía que no
predicaba con gusto cuando no le era posible hablar de María en sus sermones. Admirables son los que se
conservan sobre la Santísima Virgen, y, en especial sobre su In maculada Concepción, pues no podía tolerar
que se pusiese en duda que la Madre de Dios había sido concebida en gracia y exenta de toda mancha.

María pagó con retribución generosa el encendido amor de su fidelísimo hijo, pues ella sabe corresponder a los
obsequios de que es objeto con inagotable generosidad.

Un día quiso dar un testimonio público de su amor por Bernardino, haciendo aparecer una estrella brillantísima
sobre su cabeza en el momento en que predicaba en Aquila sobre las doce estrellas que coronan la frente de
la gloriosa Reina de los Angeles. Este prodigio, que fue presenciado por un gran número de personas,
aumentó la veneración que a. todos inspiraba la santidad de Bernardino. En la hora de su muerte tuvo la dicha
de ver a María junto a su lecho mortuorio y espirar entre los brazos maternales de aquella por cuya gloria
había trabajado con tanto afán. Ella recibió en su regazo el espíritu de su siervo y remontóse con él al cielo
para que recibiera el premio que había merecido por su amor a Jesús y María.

Así es como la Santísima Virgen recompensa el amor de sus fieles hijos, y el celo de los que se consagran a
extender su gloria y dilatar su culto.

JACULATORIA

¡Astro esplendente del día!


Pues que eres de gracia llena,
No me olvides, Madre mía.

ORACION
Al contemplaros ¡oh María! de rodillas y con el corazón inflamado de amor al pie de los altares de la casa del
Señor, dando gracias por todos los beneficios que Dios ha otorgado al mundo por la mediación de Jesús,
nosotros no podemos menos de avergonzarnos de ser tan desagradecidos e ingratos para con Dios. Caen
sobre nos otros lluvias de bendiciones y no se arranca de nuestro corazón ni un suspiro de amor y gratitud
para con el soberano Bien hechor. Transcurren unos tras otros los días de nuestra vida llenos de favores
divinos; pero parece que nosotros lo ignoramos, porque la frialdad y la indiferencia son la respuesta que
damos a la liberalidad inagotable de la Providencia. Enseñadnos ¡oh María! a ser gratos a los favores
celestiales, Vos que no hicisteis en la tierra otra cosa que enviar al cielo los perfumes de vuestros amorosos y
agradecidos afectos. Dad Vos por nosotros rendidas gracias a la Bondad divina y suplid con vuestros
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homenajes de gratitud lo que no puede hacer nuestra indolencia. Recibid Vos también la expresión de nuestro
agradecimiento en los filiales obsequios que venimos diariamente a deponer a vuestras plantas. Que esas
flores y esas guirnaldas con que decoramos vuestra imagen querida, lleven en sus aromas el perfume de
nuestra gratitud. Recibid con nuestros homenajes el afecto con que los traemos a vuestros pies y sirvan ellos
de emblema de amor y prenda de nuestra correspondencia a vuestras maternales finezas. Haced que todos los
que nos reunimos aquí para cantar vuestras alabanzas, merezcamos los favores que Dios concede a las almas
amantes y reconocidas, para que, comenzando en la tierra el himno de nuestra gratitud, podamos en el cielo
unir nuestra voz a la de los coros angélicos que repiten sin cesar: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los
hombres de buena voluntad! Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Rezar el Trisagio en homenaje de agradecimiento por los beneficios que hemos recibido de Dios.

2. Ofrecer una Comunión, o si esto no fuere posible, oír una Misa en sufragio del alma más devota de María.

3. Hacer una visita al Santísimo Sacramento para desagraviarlo de todas las injurias, desprecios y olvidos de
que es víctima en el adorable Sacramento del altar.
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DÍA UNDÉCIMO

DESTINADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA EN LA PROFECÍA DE SIMEON

CONSIDERACIÓN

Cuando José y María penetraban llenos de júbilo en el sagrado recinto llevando las palomas del sacrificio, un
santo anciano llamado Simeón se sintió iluminado por una inspiración divina. Bajo los pobres panales del hijo
del pueblo reconoció al Mesías prometido; y tomándolo de los brazos de su Madre, lo levantó en alto,
inundadas sus rugosas mejillas por lágrimas de gozo. Dirigióse en seguida a María, y después de un largo y
triste silencio, la dijo con voz profética: «Tu alma será tras pasada con una espada de dolor», porque este
niño será el blanco de las persecuciones de los hombres.

A la luz de esta siniestra profecía, vio la dolorida Madre el cuadro sombrío de la pasión de su Hijo. Ella inclinó
suavemente la cabeza, como una caña se dobla al soplo de la tempestad, y sintió que una espada de doble filo
se introducía en sus entrañas de madre. Desde ese momento, toda felicidad concluyó para ella, y aceptando
sin quejarse la disposición divina, acercó sus labios al cáliz que bebería durante su vida entera. Cuando
estrechaba a su Hijo amorosamente entre sus brazos, y lo colmaba de maternales caricias, las palabras de
Simeón venían a derramar gotas de hiel en la copa de sus goces de madre. No le fue con cedido a María lo
que es dado a todas las madres: gozar en paz del amor de sus hijos e indemnizarse de los rigores de la suerte
con una sonrisa amorosa de sus labios entreabiertos por la inocencia. Ella veía a todas horas escrita en la
frente de Jesús la sentencia de muerte que los hombres habían de fulminar contra él en recompensa de sus
beneficios. Esa idea lúgubre la sorprendía en el sueno, la molestaba en las vigilias, la perseguía durante el
trabajo y la perturbaba durante las escasas horas del descanso. ¡Ah! ¡La túnica de Jesús, tejida por sus
propias manos, antes de ser tenida con la sangre del Hijo, fue empapada en las lágrimas de la Madre!…

Los tormentos de los mártires, los rigores de los penitentes, las penas interiores de las almas atribuladas nada
tienen de comparable con este dolor. Los mártires sufrieron por un momento, pero María sufrió durante su
vida entera. Sin embargo, a esos presagios siniestros, a esas imágenes sombrías y desgarradoras, ella opone
una fe generosa y una resignación heroica. Adora de antemano los designios de Dios y saluda con efusión la
hora de la salvación del linaje humano efectuada por los padecimientos del hijo de sus entrañas. Hija ilustre de
Abrahán, ella se prepara a trepar a la montaña del sacrificio, a aderezar el altar y a poner fuego al holocausto.
Todo eso era preciso para la salud del mundo y exigido por la gloria de Dios, y no trepida un momento en
sacrificarse con tal de dar cima a tan gloriosas empresas.

En su largo y prolongado martirio soporta do con tan heroica resignación, María nos en seña a sufrir y a
sobrellevar con alegría la cruz de los pesares de la vida. La verdadera gloria y el verdadero mérito se fundan
principalmente en el sufrimiento y en la cruz. El sacrificio es la corona y el perfume del amor, y quien ama a
Dios no puede menos que resignarse a los trabajos y penalidades a que so mete la virtud de sus siervos y
prueba los quilates del amor que le profesan. Quien ama a Dios anhela sufrir por él para darle la prueba de la
firmeza de su amor. Servir a Dios en medio de los consuelos es servirlo por interés y amarlo sin
merecimientos. Por eso las almas amadas de Dios son las que arrastran una cruz más penosa, porque él se
complace en habitar cerca de los que padecen. Se engaña quien crea alcanzar el cielo sin sufrir. Después que
Jesucristo y después que María alcanzaron el triunfo a fuerza de padecer, ningún elegido podrá conquistar la
victoria sino padeciendo. Si queremos ser los discípulos de Jesús, es preciso que tomemos su cruz y
marchemos sobre sus huellas ensangrentadas, pues no seria justo que el discípulo fuera de mejor condición
que el Maestro.

El sacrificio es necesario, porque sin él la santificación es imposible. El hombre que no se somete a esa ley
imperiosa, renuncia a su felicidad, que no puede obtenerse sino a costa del sufrimiento. Por más que
trabajemos, la desgracia y los pesares nos seguirán a todas partes como nuestra propia sombra. El rey en su
trono, el rico en sus palacios, el labriego en su rústica morada, el menesteroso bajo su techo de paja están
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asediados de penalidades. Dios lo ha dispuesto así para que no nos ha gamos la ilusión de que la tierra es el
paraíso y de que esta aquí el término de la jornada. Y bien, si nadie esta exento de padecer, ¿cómo es que no
hacemos provechoso el sufrimiento, aceptándolo con resignación y con espíritu de penitencia? ¿Cómo es que
el dolor nos arranca injustas quejas y nos sumerge en la desesperación? No nos quejemos y desesperemos
cuan do sobrevengan sobre nosotros las olas de la tribulación; levantemos al cielo nuestros ojos llorosos en
busca de consuelo, de resignación y de fuerza; pero al mismo tiempo bendigamos a Dios, que nos concede los
medios más seguros para alcanzar la posesión de la felicidad y que nos permite de esa manera asemejamos a
Jesús y a María.

EJEMPLO
María, Arca de paz y alianza eterna

Uno de los testimonios más espléndidos de predilección en favor de sus devotos, dados por María en la serie
de los siglos, es la institución del Santo Escapulario del Carmelo.

Cuando los solitarios que vivían desde la mas remota antigüedad en la célebre montaña del Carmelo se vieron
obligados a trasladarse a Europa a causa de las hostilidades de los Sarracenos, ingresó en su piadoso instituto
un varón ilustre llamado Simón Stok, que bien pronto llegó a ser el mayor ornamento de la Orden.

Deseoso desde muy niño de la perfección evangélica, fue transportado por el espíritu de Dios a la soledad de
un desierto, a la edad de doce anos, donde tuvo por celda y santuario la concavidad de un añoso tronco
carcomido por el tiempo.

Treinta y tres anos hacia que moraba, desconocido de los hombres, en aquella apartada soledad, cuando una
revelación de la Santísima Virgen, de quien era enamorado devoto, le hizo saber el arribo de los ermitaños del
Carmelo a las playas de Inglaterra y el deseo que ella abrigaba de que ingresase en esta orden tan grata a sus
maternales ojos.

Admitido entre los solitarios del Carmelo, creció su entusiasmo por María y su celo por dilatar su culto y
hacerlo amar de los hombres. Elevado mas tarde al rango de Superior general de la Orden, suplicó durante
muchos años a María que atestiguase su predilección por sus hijos del Carmelo con alguna gracia que atrajese
a su regazo mayor número de devotos. Al fin accedió María a las instancias de su siervo, y un día que oraba
fervorosamente al pie de su venerada Imagen, vio abrirse el cielo y descender a su celda la Reina de los
ángeles, resplandeciente de luz y de belleza.

Traía en sus manos un escapulario, y poniéndolo en las de Simón le dijo con amorosa sonrisa: -«Recibe,
amado hijo, este escapulario para ti y para tu Orden, en prenda de mi especial benevolencia y protección –
Por esta libren se han de conocer mis hijos y mis siervos; en él te entrego una señal de predestinación y una
escritura de paz y alianza eternas, con tal que la inocencia de vida corresponda a la santidad del habito. El que
tuviere la dicha de morir con esta especial divisa de mi amor no padecerá el fuego eterno, y por singular
misericordia de mi Divino Hijo gozara de la bienaventuranza.»

Basta considerar estas palabras para comprender que la Santísima Virgen distingue a los hijos del Carmelo con
una especial predilección entre todos los redimidos con la sangre de su Hijo. Ella ha firmado una escritura de
paz y alianza eterna: es decir, una promesa de protección que se extiende hasta las regiones de la eternidad,
con tal de que por su parte procuren evitar el pecado, los que visten el Escapulario.

Y como si esto no bastase, todavía añadió una nueva promesa en favor de los carmelitas, hecha al Papa Juan
XXII.
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Este insigne devoto de María y decidido protector de la Orden carmelitana fue favorecido con una aparición de
la Santísima Virgen en la que le dirigió estas palabras: «Yo, que soy la Madre de misericordia, descenderé al
Purgatorio el primer sábado después de la muerte de mis cofrades, los carmelitas y libraré de sus llamas a los
que estén allí, y los conduciré al monte santo de la vida eterna.”

¿Quién será el hijo de María que, sabedor de los insignes privilegios de que esta revestido el santo Escapulario
deje de revestir con él su pecho como con un escudo de protección?

JACULATORIA
Fuente de todo consuelo,
Envíame desde el cielo
Tu maternal bendición.

ORACION

¡Oh María! la más atribulada de las madres, permitid que nos unamos en este día a los dolores que
experimentó vuestro Corazón desde el momento en que os fue anunciada la amarga suerte de vuestro Hijo.
Vos sois bella y amable desde vuestra aurora, ya sea que llevéis en vuestros brazos a éste divino niño cuyas
gracias os embellecen, ya sea que seáis glorificada en el cielo entre los resplandores de la gloria; pero más
bella y más amable aparecéis a nuestros ojos, cuando os contemplamos sumergida en un mar de angustias y
pesares y cuando vemos que dolorosas lágrimas inundan vuestros ojos. ¡Es tan dulce para el que sufre
encontrar en el objeto de su amor y de su culto los mismos dolores y las mismas penas! Virgen afligida,
nosotros tenemos en Vos una madre que ha compartido sus lágrimas con nosotros y que ha acercado a sus
labios una copa mas amarga que la nuestra. Vos habéis sido víctima del dolor, por eso sois tan misericordiosa;
y como sabéis por experiencia lo que es el sufrimiento, sabéis compadeceros de los que sufren, ofreciéndoles
vuestros consuelos. Oh María! alcanzadnos de vuestro Hijo la gracia de la resignación para soportar con santa
alegría las aflicciones, los pesares, las miserias y las desgracias de la vida, a fin de unirnos a Vos y mezclar con
los vuestros nuestros dolores y merecimientos, y para que, llorando en vuestra compañía, podamos alcanzar
también las recompensas que están reservadas a los que padecen con verdadero espíritu de penitencia. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Rezar siete Salves en honra de los dolores de María, pidiéndole que nos enseñe a sufrir con fruto.

2. Hacer un acto de mortificación de los sentidos uniéndose a los dolores de María.

3. Sufrirlo todo de todos sin incomodarse ni quejarse.


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DIA DUODÉCIMO

CONSAGRADO A HONRAR EL DOLOR DE

MARÍA EN LA HUIDA A EGIPTO

CONSIDERACION

Era la mitad de una apacible noche. José y María rendidos por la fatiga del trabajo, dormían el dulce sueno de
la inocencia y del deber cumplido. Repentinamente José despierta sobresaltado y se levanta de prisa: era que
un ángel le acababa de dar la orden de emprender un viaje a Egipto para poner a salvo la vida del recién
nacido, amenazada por la sana de Herodes. María, sin desplegar sus labios para proferir una queja, corre a la
cuna de su Hijo, que dormía tranquilamente el sueno de los ángeles, fija sobre él una mirada de angustia, lo
envuelve cuidadosamente en sus pana les, lo carga amorosamente en sus brazos, lo cubre con un pobre
manto y se aleja con paso presuroso de la tierra de sus antepasados para encaminarse al país del destierro.

Un silencio sepulcral dominaba en las calles: todos reposaban en el sosiego de sus abrigados albergues y
nadie transitaba alo largo de los solitarios caminos que conducían a Jerusalén. Entre tanto, una tierna don
cella y un triste anciano marchaban en silencio, temerosos hasta del ruido de sus propios pasos, a la luz de los
suaves rayos de la luna que brillaba en un cielo síu nubes. “Érase todavía en la estación del invierno, dice San
Buenaventura; y al atravesar la Palestina, la santa familia debió de escoger los caminos más ásperos y
solitarios. ¿Dónde se habrá alojado durante las noches? ¿qué lugar habrá podido escoger durante el día para
reponerse un poco de las fatigas del viaje? ¿dónde habrá tomado la frugal comida que debía sostener sus
fuerzas?”

Caminos solitarios, senderos quebrados y peñascosos, colinas empinadas, bosques espesos, arenales
abrasados, desfiladeros peligrosos, sinuosidades en que los bandoleros espiaban al viajero, cavernas oscuras
que servían de guarida a los malhechores: he ahí lo que debían atravesar los desvalidos peregrinos y tristes
desterrados de Israel. Pero no sólo era la naturaleza con sus desiertos sin sombra, sin agua y sin ruido, con
sus altas montañas y tupidos bosques v solitarias hondonadas, lo que hacia en extremo penosa la marcha de
los viajeros: eran el miedo, el frío, el hambre y la sed. Ellos debían ocultarse a las pesquisas de los espías de
Herodes y alejarse de las poblaciones y seguir los senderos menos frecuentados. El frío entumecía sus
miembros, porque no tenían ni un techo que los guareciera de las brisas húmedas de la noche, ni más lecho
que las yerbas empapadas por el rocío, ni más abrigo que sus sencillos mantos. Sus provisiones eran escasas,
y el hambre se dejó sentir más de una vez sin que encontraran, para satisfacerla, ni una fruta silvestre, ni un
tallo de hierba. Al través de aquellos paramos abrasados por el sol, ni una fuente di agua les ofrecía sus
corrientes cristalinas para humedecer sus fauces, secas por el cansancio, el calor y la fatiga, y ni siquiera un
soplo de fresca brisa venia a templar el ardor de aquella temperatura de fuego.

Por fin, después de un viaje largo y penoso, llegaron a Egipto, la tierra de la proscripción, donde no
encontraron ni un pariente, ni un amigo, ni una mano generosa que les prestase amparo. Era un país de
idólatras y donde se miraba con desdén e indiferencia al extranjero. En su patria los santos Esposos habían
llevado una vida humilde y laboriosa; pero jamás faltó el pan en su mesa. Mas ¡ay! en el país del destierro sus
privaciones eran continuas y un trabajo asiduo durante el día y una par te de las noches no era bastante a
proveerlos de lo necesario. “¡Con frecuencia, dice un escritor, el Niño Jesús acosado por el hambre, pidió pan
a su Madre, que no podía darle otra cosa que sus lágrimas!…”

No dejemos perder ninguna de las saludables enseñanzas encerradas en este misterio de suprema angustia y
de maravillosa resignación a la voluntad divina. La prudencia humana habría podido alegar mil especiosas
excusas y oponer al decreto del ángel numerosos inconvenientes. Era de noche; convendría esperar la claridad
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de la aurora, los caminos estaban poblados de bandidos; carecían de todo recurso para emprender un largo
viaje; iban a un país extraño, dejando patria, hogar, parientes, amigos. ¿No habría otro medio que ofreciera
menos dificultades para salvar al niño? ¿Por qué se les exige tan penoso sacrificio?

He aquí lo que hubiera dictado la prudencia humana. Pero los santos Esposos ni siquiera preguntan al ángel si
el cielo se encargaría de protegerlos durante tan larga jornada. Bástales saber que tales son los designios de
Dios para inclinarse sumisos y adorar su voluntad, abandonándose sin reserva en los brazos de su providencia.
Si María nos ofrece en el curso de su vida maravillosos ejemplos de perfecta sumisión a la voluntad de Dios,
nunca brilló con luz más viva esa virtud que en la huida a Egipto. ¿Adónde os encamináis ¡oh doncella
desvalida! con vuestro pequeño niño en medio de una noche fría y solitaria? Yo voy a Egipto, al país lejano del
destierro. Pero, ¿quién os obliga a encaminaros al lugar del destierro y abandonar el suelo que os vio nacer, el
techo que os guarece, los amigos, los parientes y cuanto ama vuestro corazón? La voluntad de Dios. -Pero
¿vuestra ausencia se prolongara mucho tiempo? -Tanto como Dios quiera. ¿Cuándo tornaréis a vuestros lares
abandonados y volveréis a aspirar los aires de la patria?-Cuando Dios lo ordene; yo no tengo otra patria, ni
otro gusto, ni otro deseo que el cumplimiento de la voluntad de Dios.

¡Ah! y cuanto acusa nuestra conducta la resignación de María. Ella se abandonaba en los brazos de la
Providencia, porque sabía que Dios se encarga de proveer a nuestras necesidades y de darnos los medios de
cumplir sus designios. Nosotros, al contrario, pretendemos conformar la voluntad de Dios a nuestros propios
gustos y la contrariamos audazmente toda vez que así nos lo aconsejan las conveniencias terrenales. Dios no
anhela otra cosa que nuestro bien, y cuando permite que seamos atribulados, es porque así conviene a los
intereses de nuestra santificación. Sírvanos la conducta de María de saludable lección para que sepamos
adorar en todo tiempo la Voluntad divina.

EJEMPLO
La confianza filial recompensada

En el Seminario de Tolosa habla un niño de muy felices disposiciones para la virtud, y entre otras prendas que
lo adornaban, se distinguía por una confianza ilimitada en la protección de María.

Una noche, al pasar el superior la visita de inspección acostumbrada para asegurarse de que todos los
alumnos estaban recogidos, lo encontró arrodillado en su cama.-¿Por qué no se ha acostado V., mi querido
amigo? le dijo el superior.-Porque he dado mi escapulario al portero para que me lo remiende con el cargo de
que me lo devolviese antes de acostarme; y como no me lo ha traído todavía, no me atrevo a recogerme sin
él.-¿Y por qué no podría V. pasar una noche sin su escapulario? repuso el sacerdote. -Porque temo morirme
esta misma noche; y no quisiera que me sobreviniera este trance sin tener en mi poder este escudo de
protección: pues la Santísima Virgen ha prometido que el que muera con esa especial di visa de su amor no
padecerá el fuego eterno

-No tenga V. temor, le dijo el superior pues nada nos induce a creer que esté tan próximo su fin: mañana, a
primera hora, yo haré que se le devuelva su escapulario; y entretanto, acuéstese y duerma tranquilo.-Padre
mío, replicó el joven, yo no puedo acostarme sin mi santo escapulario; no tendría tranquilidad ni ven dría el
sueno a mis ojos, de temor de morirme sin él.

El buen sacerdote, profundamente compadecido de la aflicción del santo joven y no menos edificado de
aquella confianza verdaderamente filial en la protección de María, bajó al aposento del portero, recogió el
escapulario y lo entregó al ni no, quien1 después de besarlo devotamente, lo colgó alegremente de su cuello,
diciendo: Ahora si que dormiré tranquilo; y se durmió, invocando tiernamente el nombre de María.
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Al día siguiente, el mismo superior, al pasar la revista ordinaria para ver si sus alumnos se habían levantado a
la hora señalada, entró al cuarto del devoto niño y lo halló todavía en la cama, lo que no le sorprendió,
creyendo que estaría reparando la pérdida de sueno de la noche anterior a causa de la falta de su escapulario.
Se acercó a él, lo llamó dos o tres veces, y viendo que no respondía, le re movió suavemente para despertarlo;
y nada… Aplicó su mano en la boca para percibir su aliento, y pudo cerciorarse con indecible sor presa que el
piadoso niño había pasado del sueno de la vida al sueno de la muerte. Había espirado teniendo estrechado
fuertemente al corazón el santo escapulario que con tan vivas instancias había reclamado.

María había querido recompensar la filial confianza de su joven devoto no permitiendo que muriese sin el
precioso documento por el cual sus devotos quedan libres de las penas eternas. Este hecho nos demuestra la
benevolencia con que mira la Madre de Dios a los que se revisten de su santo hábito.

JACULATORIA
Danos ¡oh dulce María!
Tu maternal protección,
Y acepta desde este día
Mi vida y mi corazón.

ORACIÓN

¡Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! ¡Corazón amabilísimo, objeto de las eternas complacencias
de la Santísima Trinidad y digno de la veneración de los ángeles y de los hombres! disipad el hielo de nuestros
corazones, encended en ellos el fuego del amor divino y comunicadnos un santo entusiasmo por la imitación
de vuestras virtudes. Sobre todo haced que os imitemos en esa heroica conformidad con los designios de Dios
y en esa perfecta sumisión a su adorable voluntad. Bien sabéis ¡oh Corazón humilde y resignado! que nuestros
corazones son rebeldes a los decretos divinos resistiendo muchas veces a ellos para seguir nuestras
inclinaciones. Haced que jamás hagamos otra cosa que lo que sea del agrado de Dios y bien de nuestras
almas, y que en nada nos busquemos a nosotros mismos ni demos satisfacción a nuestros gustos.

¡Oh santos Esposos de Nazaret! Vosotros que protegisteis durante el largo y penoso destierro al divino
Fundador de la Iglesia, dignaos velar sobre esa sociedad de salvación y de vida; protegedla y sed para ella
torre inexpugnable que resista heroicamente a los ataques de sus enemigos.

Sed nuestro camino para llegar a Dios, nuestro socorro en las pruebas, nuestro consuelo en las penas, nuestra
fuerza en la tentación, nuestro refugio en la persecución. Asistidnos especialmente en el momento de nuestra
muerte haciéndonos experimentar en esa hora, decisiva de nuestra suerte, los efectos de vuestro poder,
dándonos un asilo en el seno de la misericordia divina, a fin de que podamos bendecir al Señor eternamente
en el cielo en vuestra compañía. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Repetir varias veces en el día la tercera petición del Padre nuestro, llagase tu voluntad así en la tierra como
en el Cielo; prometiendo a María imitarla en su perfecta conformidad con la voluntad de Dios.

2. Rogar a Dios por la persona o personas que nos hacen mal, perdonándolas de todo corazón.

3. Rezar las Letanías de la Santísima Virgen, pidiéndole por las necesidades actuales de la Iglesia católica.
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DÍA TRECE

DEDICADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA POR LA PERD1DA DE JESUS

CONSIDERACIÓN

Un incidente doloroso acibaró el corazón de María después de la feliz cesación de su destierro y de la vuelta a
su patria y a su hogar. Fieles observadores de la ley, los dos santos Esposos se dirigieron un día a Jerusalén
en la época del tiempo pascual. Confundidos entre la multitud de piadosos peregrinos que iban a visitar el
templo, partieron de Nazaret llevan do a Jesús en su compañía cuando frisaba en los doce anos de edad.
Después de cumplir los deberes religiosos, dejaron la Ciudad santa, formando parte de grupos diferentes,
según era costumbre: José en el grupo de los hombres y María en el grupo de las mujeres; pero los niños
podían indiferentemente agregarse a cualquiera de los grupos.

Las sombras de la noche hablan caído ya sobre la tierra cuando José y María se reunieron en el lugar de la
primera jornada. Al reunirse, la primera pregunta de uno y otro fue la misma:

¿Dónde está Jesús? Ni uno ni otro pudieron contestarla. Jesús había desaparecido, y la más amarga desolación
se apoderó del corazón de los afligidos Esposos. Si la tierra hubiera temblado anunciando su completo
desquicia miento, y si las trompetas del juicio hubieran señalado el momento de la última hora, el corazón de
María no habría sufrido la conmoción que experimentó al notar la pérdida de su Hijo. Interrogaron a sus
parientes y amigos, penetraron desolados entre la multitud con la esperanza de que el niño los hubiera
perdido de vista. ¡Vanos esfuerzos! De todos los labios se desprendían respuestas negativas; nadie daba razón
de Jesús. La noche era tenebrosa como la pena que embargaba a los dos despedazados corazones. Muchos
dolores se ocultarían bajo las sombras de esa noche; pero no habría ninguno como el de María.

Tomaron entonces solos y silenciosos el camino de Jerusalén sin que los arredrase ni el cansancio ni los
peligros. Las lágrimas de la afligida madre iban señalando la solitaria ruta, y de trecho en trecho se dejaba oír
su voz dolorida que llamaba a Jesús con la esperanza de que respondiese a sus clamores. Así llegaron a la
Ciudad, y desde las primeras luces de la aurora recorrieron diligentemente sus calles, preguntando a los
transeúntes si por acaso habían visto al amado de su corazón; pero, ilusorias esperanzas, vagas probabilidades
era todo el resultado de sus investigaciones.

Cada momento que pasaba hacía más agudo el dolor de María; había perdido su tesoro, la luz de su vida, el
solo embeleso de su corazón; en una palabra, era una madre que habla perdido al único hijo de sus entrañas.
Todo le era soportable con Jesús, todo le era amargo sin él. ¿Dónde estaría? ¿Habría caído en manos de sus
enemigos? ¿Se habría hecho indigna de su amor y de su compañía? Mil dolorosos pensamientos cruzaban por
su mente, despedazando su alma. Por tres veces vio venir la noche y nacer el día; y el día y la noche
transcurrían dejándola sumergida en su dolor; hasta que dirigiéndose otra vez al templo para derramar allí sus
dolorosas lágrimas, vio a Jesús que, rodeado de los doctores 4e la ley, los maravillaba con la sabiduría que a
raudales brotaba de sus labios.- ¿Quién es este prodigioso niño? exclamaban algunos a pocos pasos de la
Madre. -Es Jesús, mi hijo, dijo María, en los transportes de su inmenso gozo; y acercándose al Mesías, le dice
con una dulzura que revelaba aún los últimos dejos de su pesar: “Hijo mío, ¿por qué has obrado así con
nosotros? Tu padre y yo te buscábamos llenos de aflicción…»

¡Ah! ¡Y con cuanta facilidad perdemos nosotros a Jesús por medio del pecado! Por un placer momentáneo, por
la satisfacción de alguna pasión mezquina, por seguir las máximas del mundo, por el respeto humano, por un
interés sórdido, perdemos su gracia y su amistad bienhechora, sin pensar por un momento que perdiendo a
Jesús, todo lo perdemos. ¿Qué importan entonces todos los bienes de la tierra, todos los honores del mundo,
todos los goces de la vida? “¿Qué importa al hombre ganar un mundo si pierde su alma?» Pero lo que es más
triste, es ver la indiferencia con que se mira la p6rdida de Dios. Si se pierde la fortuna, cuántas lágrimas y
sacrificios para recuperarla; si se pierde la salud, cuántos afanes por recobrarla; si se pierde la estimación de
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los hombres, cuánta solicitud por encontrarla de nuevo. Pero si se pierde a Dios, que es el sumo bien, se ríe y
duerme sin cuidado, sin que se derrame una lágrima y sin que se haga diligencia alguna por volver a su
amistad. Veamos en este dolor de María cuanto debe ser nuestro empeño por encontrar a Jesús cuando
tengamos la desgracia de perderlo por el pecado.

EJEMPLO
Desgraciado del que olvida a María

Hubo en una ciudad de Francia un joven, como tantos otros, que olvidando los principios de la religión, se
entregó con avidez febril a la lectura de libros impíos y licenciosos.

Como siempre acontece, la fe y la inocencia naufragaron en ese mar de errores y máximas funestas que llenan
las páginas de esas infames producciones del infierno.

Perdida la fe, comenzó a resbalar por la pendiente del vicio y acabó por precipitarse en el abismo del crimen,
cometiendo uno que comprometió gravemente su honor.

Devorado por los remordimientos y asustado de su propia obra, se echó en los brazos de la desesperación, en
vez de buscar los del arrepentimiento, y llegó a concebir la realización de un crimen mucho mayor que el que
causaba su desesperación: el suicidio. En el paroxismo de su desesperación, no comprendía que el suicidio en
vez de salvar su honor, lo enlodaba más y más añadiendo un crimen a otro crimen.

Agitado por este sombrío pensamiento, y sin dar lugar a la reflexión, se precipitó un día des de lo mas alto de
la ribera al fondo de un caudaloso río, creyendo que su mala acción permanecería secreta. Pero, por un
prodigio inexplicable, su cuerpo flotaba sano y salvo sobre las corrientes del río, a pesar de los esfuerzos que
hacia para sumergirse. Un pescador que arreglaba sus
redes en la ribera, al ver que un hombre era conducido por la corriente se apresuró a prestarle socorro,
creyendo que habría sido víctima de algún accidente involuntario. Mas, cuando el generoso pescador estaba a
punto de salvarlo, el demonio, sin duda, sugirió al infeliz la idea de que la causa que le impedía sumergirse era
un Escapulario que llevaba al cuello, último y único resto de las santas creencias de su infancia. Acto continuo,
el desgraciado joven se lo arranca del cuello y lo arroja a la corriente, y en el mismo instante se sumerge en el
fondo de las aguas sin que el pescador pudiera impedirlo.

Este hecho nos manifiesta que la Santísima Virgen no olvida ni a sus hijos mas ingratos, si se visten con la
sagrada insignia de su Escapulario y que esta dispuesta a procurarles hasta el último momento medios de
salvación.

JACULATORIA

Sálvanos, Madre piadosa,


De una vida disipada
Y una muerte desastrosa

ORACION

¡Oh María! por la dolorosa angustia que experimentó tu corazón de madre al verte separada por tres días de
tu idolatrado Hijo, dígnate alcanzarnos la gracia de llorar siempre con amargas lágrimas nuestros pecados, que
han sido la causa de haber tantas voces perdido la amistad divina. ¡Oh mil veces desventurados los que
pierden a Jesús sin deplorar su ausencia y sin echar de menos su dulce y amable compañía! No permitas
jamás ¡oh madre nuestra! que insensibles a tan dolorosa pérdida, disfrutemos tranquilos de los pérfidos goces
del mundo, sin pensar que lejos de Dios existe abierto a nuestros pies un profundísimo abismo. ¡Ah! perdiendo
a Jesús, te perdemos también a ti que eres nuestra mas dulce esperanza, nuestro con suelo mas puro y
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nuestra mas segura tabla de salvación. ¡Qué haríamos sin ti, ¡oh estrella de los mares! en medio de las
tormentas que agitan la vida llenándola de peligros! ¡Qué haríamos sin ti, ¡oh consola dora de los afligidos! en
medio de las des gracias y contratiempos que siembran de pesares el camino de la vida! ¡Qué haríamos sin ti,
¡oh inexpugnable fortaleza! en medio de las tentaciones que suscitan para perdernos los enemigos de nuestra
salvación! ¡Oh María! somos tus hijos no nos desampares; somos tus siervos, no nos olvides; somos tus
vasallos, no nos desconozcas. Llena de piedad y de misericordia alárganos tu mano protectora en la hora del
peligro; y si por desgracia sucumbiéramos, no tardes en venir en nuestro auxilio y en ponernos a salvo hasta
dejarnos en posesión de la tierra feliz donde disfruta remos eternamente de tu amabilísima compañía. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer un acto de contrición detestando de corazón todo pecado.

2. Practicar la virtud de la humildad ejecutando algún acto humillante o hablando bajamente de nosotros
mismos.

3. Hacer una confesión con todo esmero para recobrar la amistad divina, si la hubiésemos perdido por el
pecado, o para afianzarla con el aumento de gracias que se nos comunica por medio de los Sacramentos.
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DIA CATORCE

CONSAGRADO A HONRAR LA VIDA OCULTA DE MARÍA EN NAZARET

CONSIDERACIÓN

Desde su vuelta del destierro, la santa familia volvió a habitar la solitaria estancia de Nazaret en el más
completo apartamiento del mundo, oculta y desconocida de los hombres. Esta época fue, sin embargo, la más
venturosa de la vida de María, porque no es la más feliz la vida que “pasa con estruendo como un arroyo de
invierno, sino cuando se asemeja a una corriente de agua que se desliza en plateados hilos por entre la hierba
de las praderas.” Pobre y humilde era su condición, continuo su trabajo y escaso su alimento; pero en cambio
poseía el tesoro más preciado de la tierra, vivía al lado de su Hijo, se embebecía en su contemplación,
escuchaba atenta sus palabras, recogía sus sonrisas, velaba su sueño, y eso la hacía más feliz que los
príncipes y reyes en medio de los esplendores de la grandeza. Enteramente dedicada a su servicio, todo lo
dejaba y todo lo olvidaba por él, y hasta las privaciones y contratiempos le parecían placenteros, porque Jesús
todo lo endulzaba con su ternura de hijo. La oración y el trabajo compartían sus días y sus noches, y sólo eran
interrumpidos para recibir las lecciones de santidad y perfección que recibía de los labios de su Hijo y de su
Dios. María fue la primera y más aprovechada discípula del Maestro divino. En la escuela de Nazaret se ejercitó
en la práctica de las más heroicas virtudes y penetró hondamente en el conocimiento de los grandes misterios
de la bondad y de la sabiduría divinas. Jamás hubo en el mundo criatura mas honrada. Pobre y humilde en la
apariencia, tenía, sin embargo, bajo su dominio al Criador del Cielo y de la tierra, el cual, como hijo fiel y
sumiso, la obedecía con amor y con respeto. Al considerar este espectáculo, no se sabe qué admirar más, si la
humildad del hijo o la grandeza y dignidad de la madre. Si ser esclavo de Dios es un honor incomparable,
¿cuánto mas debería ser lo el de tenerlo por súbdito y ser obedecido por él? -Así transcurrieron los años
silenciosos, pero fecundos en lecciones y enseñanzas de la vida oculta de María. Treinta años de felicidad y de
sosiego ocupados en el servicio de Dios y en la práctica de las más heroicas virtudes.

Grandes son las ventajas de la vida oculta y apartada del mundo. Nada hay que turbe tanto el espíritu como el
tumulto atronador de los pasatiempos y diversiones del mundo. La paz huye lejos del alma que vive en medio
del ir y venir de los negocios humanos y de los intereses materiales. No hay descanso ni reposo en la Babilonia
donde se agitan los mundanos en busca de una felicidad, que no es más que una sombra fugitiva. La paz y el
reposo sólo moran en la Jerusalén silenciosa, cuyos mora dores hallan la felicidad dentro de si mismos, en el
testimonio de una conciencia pura y del deber cumplido. Sin esta condición, la felicidad es una palabra vana.
Dios no hace oír su voz sino en el recogimiento y el silencio del alma que se aparta del bullicio del mundo. Sólo
esas almas silenciosas y recogidas tendrán la dicha de recibir sus inspiraciones y gustar de sus consolaciones.
Los ricos perfumes sólo se conservan en vasos bien cerrados; del mismo modo la gracia divina sólo fructifica
en almas cerradas para las disipaciones mundanales. Es imposible servir fiel mente a Dios y hacer el negocio
de la propia santificación, cuando se ocupa la mayor parte del tiempo en satisfacer las multiplicadas exigencias
del mundo. Es imposible no olvidar a Dios y cumplir los deberes del propio esta do, cualquiera que sea,
cuando se esta pendiente de las caprichosas exigencias de la vanidad, que no conoce límites en su
aspiraciones. El mundo es un tirano cruel cuyos antojos son leyes imprescriptibles y cuyas veleidades no dejan
tiempo para ocupaciones mas serias. Quien quiera servirlo, necesita consagrarle la vida entera, descuidando
por necesidad el cumplimiento de los deberes que tiene para con Dios, el prójimo y su propia santificación. De
todos esos peligros se aleja el que, como María, vive sin estrépito ni disipaciones en el apartamiento del
mundo.

EJEMPLO
María, estrella del mar

Por los años de 1541 el Obispo de Panamá se embarcó, en viaje para España, reclamado por asuntos de su
ministerio, en una flota que llevaba el mismo rumbo. Un cielo sin nubes, brisas bonancibles y un mar sereno
presagiaban un viaje felicísimo en los primeros días. Pero estos signos de bonanza no duraron mucho tiempo:
señales evidentes de tormenta aparecieron en el cielo y no tardó en desencadenarse una terrible tempestad
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que puso en inminente riesgo a los antes alegres navegantes. Espantados pasajeros y tripulantes por lo recio
del temporal, llegaron a perder toda esperanza humana de salvación. Conociendo el venerable Prelado la
gravedad dala situación, se revistió de sus ornamentos pontificales y se subió sobre cubierta para exhortar a
todos los que allí estaban para que implorasen la protección de la Estrella de los mares y se arrepintiesen de
sus culpas. Todos entonaron de rodillas las Letanías Lauretanas con el fervor que inspira la inminencia del
peligro: y confundíanse los ecos de la flébil plegaria y los sollozos de los afligidos navegantes con los bramidos
de las agitadas olas que se precipitaban sobre los navíos como fieras enfurecidas.
Terminada la invocación, divisaron con espanto una ola gigantesca que crecía a medida que se aproximaba; y
al verla llegar, un solo grito de ¡María! ¡Sálvanos que perecemos!… se
arrancó de todos los labios. Y ¡oh prodigio! Aquel monte de agua que amenazaba concluir con el navío,
convirtióse repentinamente en manas ola, que vomitó de entre su nevada espuma, un bulto como de una caja
de madera que iba golpeando el costado derecho del bastimento. Bien pronto aparecieron en el cielo señales
de bonanza, disipáronse las nubes y el sol brillé en el cielo límpido y sobre un mar sereno

Atraídos por la curiosidad, recogieron los marineros el bulto que flotaba al lado del navío; ¡y cual no fue su
sorpresa al ver que aquella caja contenía una preciosa imagen de María con su Hijo Santísimo en los brazos!…
Aquellos felices navegantes no hallaban expresiones de gratitud que correspondiesen a sus sentimientos,
considerando que la Santísima Virgen, no solamente los había salvado de una muerte segura, sino que
además les daba un nuevo signo de su amor, enviándoles de una manera tan prodigiosa una imagen suya,
haciendo mensajeras de este don a las mismas olas que momentos antes los amenazaban con el naufragio y
la muerte.
Esta imagen fue trasladada con gran veneración a Panamá por el afortunado Obispo, donde se le venera bajo
el nombre de Nuestra Señora del Rosario en Medina de Ríoseco. María jamás desoye las súplicas de los hijos
que la invocan en el peligro.

JACULATORIA
Gloriosa Reina del cielo
en la aflicción mi consuelo.

ORACION

¡Oh María! vos que durante treinta anos no os separasteis ni un solo momento de Jesús vuestro Hijo, viviendo
íntimamente unida a él y enteramente consagrada a su servicio en el albergue apartado de Nazaret,
otorgadme la gracia de comprender las dulzuras divinas de la unión con Dios. Que Jesús viva conmigo bajo los
velos de la fe, como vivió con Vos bajo las sombras de la vida oculta y retirada del mundo; que viva en mi por
la unión amorosa de mi corazón con el suyo, como vivió en Vos no formando sino un solo corazón y una sola
alma; que yo no sepa en adelante amar, ni desear, ni gustar nada fuera de Dios; que él sea siempre mi vida,
mi fuerza, el corazón de mi corazón y el alma de mi alma, de modo que pueda exclamar con el apóstol: “Yo
vivo, pero no soy yo quien vivo; es Cristo el que vive en mí”. Haced, Señora mía, que muera en mi el amor
desordenado a las criaturas y que, desocupado de todo afecto a los honores, riquezas y pasatiempos del
mundo, pueda consagrar a Dios, el dueño legitimo de mi alma, todos los instantes de mi vida en el
apartamiento de la vida oculta, sin que desee ni aspire a otra cosa que a servirlo, agradarlo, y gozarlo en esta
vida para embriagarme después en el cielo en las inefables delicias de la eterna bienaventuranza. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Recitar el Oficio parvo de la Santísima Virgen uniéndose a las alabanzas con que los ángeles la glorifican en
el cielo.
2. Saludar a María con el Angelus por la mañana, a mediodía y por la tarde.
3. Abstenerse, por amor a María, de toda palabra de murmuración o de crítica.
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DIA QUINCE

DESTINADO A
HONRAR EL CUARTO DOLOR DE MARÍA

CONSIDERACIÓN

Había llegado la hora fatal, anunciada por el anciano Simeón, en que el corazón de María seria despedazado
por una espada de dos filos. Jesús habla caído en poder de sus enemigos, quienes espiaban desde largo
tiempo el momento oportuno para hacerlo la víctima sangrienta de sus venganzas. Arrastrado de tribunal en
tribunal, como un homicida o incendiario sorprendido en el acto de perpetrar su crimen, fue en todas partes el
blanco de las injurias, de los baldones y de los más crueles e inhumanos tratamientos.

Descargaron sobre sus espaldas una lluvia de rudos azotes, ciñeron su cabeza con una corona de punzadoras
espinas y cargaron sobre sus hombros chorreantes de sangre una pesada cruz, instrumento de su cercano
suplicio. Así, cargado con aquel enorme peso, lo obligaron a recorrer el largo y áspero sendero que mediaba
entre el Pretorio y el Calvario, apresurando a fuerza de golpes su marcha lenta y fatigosa. De esa manera se
arrastraba penosamente aquella figura de hombre, dejando marcadas sus huellas con un reguero de sangre,
mientras que a lo largo del camino se agrupaban multitud de espectadores, que demostraban en sus rostros o
la satisfacción del odio, o una estéril compasión.

Una mujer llorosa, sumergida en un dolor inexplicable, penetró por medio de la multitud para salir al
encuentro del divino ajusticiado; y desafiando las iras de los verdugos, se acerca a él y clava en su rostro
ensangrentado los ojos anegados en lágrimas. Es María que va en busca de su Hijo. En la víspera de ese día
funesto, lo había dejado sano y lleno de vida; pero apenas habían transcurrido unas cuantas horas lo ve
convertido todo en una pura llaga. ¡Cuál sería su dolor y su sorpresa! Jesús levanta sus ojos para verla, su
mirada se encuentra con la de su madre, y aunque sus labios nada hablan, sus ojos y su corazón la dicen:
«¡Oh madre desolada! ¿cómo habéis venido hasta aquí sin temer las iras de mis verdugos? Apartaos, que
vuestra vista redobla mis tormentos; dejadme morir en paz por la salvación de los pecadores y pagar con
exceso de amor el exceso de su ingratitud.» -Y María con sus ojos, mas bien que no con sus labios, le diría:
«¡Oh hijo muy amado! ¿Quién os ha reducido a tal extremo de sufrimiento y de dolor? ¿Qué habéis hecho ¡oh
inocentísimo cordero! para ser tratado de este modo? Porque resucitabais los muertos, ¿os conducen al
suplicio? porque sanabais a los enfermos, ¿os han azotado cruelmente? porque dabais vista a los ciegos, oído
a los sordos, movimiento a los paralíticos, ¿os han coronado de espinas, y cargado con esa cruz? ¡Ah!
permitidme padecer con Vos y morir con Vos en ese madero. Yo no quiero vivir ya; la vida sin Vos me es
aborrecible y la muerte seria mi único consuelo… »

El dolor de María no sólo es grande por su intensidad, sino sublime por el heroísmo con que sabe soportarlo.
Ella, lejos de rehusar el sufrimiento, le sale al encuentro y con paso resuelto va a buscarlo a su misma fuente.
María pudo evitar, huyendo a la soledad, la vista de ese espectáculo sangriento. Pero no, ella vuela en alas del
amor que todo lo vence y que todo lo soporta; se abraza con la cruz, y olvidándose de si misma para no
pensar más que en el amado de su corazón, desafía los peligros para ir a ofrecer algún alivie a su hijo
perseguido.

¡Ah, cuánto acusa este heroísmo nuestra cobardía, no ya para buscar, sino para aceptar el sufrimiento y el
sacrificio! Muy distantes de amar la cruz, la rechazamos con repugnancia, y si la aceptamos, es porque no esta
en nuestra mano rechazarla. Y sin embargo la cruz es la llave del cielo y cargados con ella hemos de atravesar
el camino de la vida, si queremos recibir recompensas inmortales. Y ¡qué tesoro de paz se oculta en el
sufrimiento voluntariamente aceptado! No hay dulzura comparable con la que saborea el alma amante de
Jesús, cuando carga sus hombros con la cruz que él arrastró a lo largo del camino del Calvario. Gozar cuando
el amado sufre, no es gozo, es amargura; sufrir cuando el amado padece, es dulcísimo gozo. Unamos nuestros
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pesares, trabajos y desgracias a los de María y hallaremos fuerza, aliento, Valor y hasta alegría en medio de
las espinas de que esta sembrado el camino de la vida.

EJEMPLO
La medalla milagrosa

Conocida es en todo el mundo la medalla que, por los portentos que se operaron con ella, ha recibido el
nombre de milagrosa. Su forma fue revelada en 1830 por la misma Santísima Virgen a una Hermana de la
Caridad de Paris. Representa en el anverso a María en pie y con los brazos extendidos, haciendo brotar de sus
manos un haz de rayos, símbolo de las gracias que María derrama sobre los hombres. Al rededor se lee esta
inscripción, dictada por los labios de la bondadosa Madre. ¡Oh María, concebida sin pecado, rogad por
nosotros que recurrimos a Vos!

Llenos están los anales de la piedad cristiana con los prodigios de todo género obrados por esta medalla, que
parece ser como un talismán que encierra el secreto de la más decidida protección de María. Entre otros
innumerables hechos que atestiguan esta verdad, referiremos una conversión verificada en la isla de Chipre en
1864.

Vivía allí un hombre acaudalado que, a causa de la pérdida de una hija muy amada, había abandonado toda
practica de religión y había caldo en la más completa indiferencia religiosa. Este caballero enfermé
gravemente, hasta el punto de que fueron inútiles todos los esfuerzos para restituirle la salud. Uno de los
sacerdotes de la isla lo visitaba frecuentemente con la esperanza de que aceptase los auxilios de la religión.
Pero el corazón del buen sacerdote se llenaba de amargura al ver que todas sus exhortaciones obtenían la
misma respuesta dilatoria: «Ya tendremos tiempo; lo veremos dentro de algunos días; por ahora no tengo
disposiciones; espero mejorarme. »

Mientras tanto los síntomas de la muerte se hacían cada vez más próximos. Ya la respiración era fatigosa y el
hielo mortal comenzaba a hacerse sentir en las extremidades. Y sin embargo, el endurecimiento de aquel
corazón continuaba, y siempre la misma respuesta: Después… por ahora no… Los labios lívidos apenas tenían
fuerzas para articular una palabra, y las pupilas negábanse ya a recibir la luz del día, y en pocas horas se
cerrarían para siempre; y sin embargo la obstinación continuaba.

En esos momentos angustiosos tuvo el buen sacerdote la inspiración de acudir a la medalla milagrosa.
Sentado estaba junto al moribundo sin atreverse a hablarle de aquella medalla, porque pocos momentos antes
le había dicho terminantemente que no quería oír hablar de religión ni de Sacramentos. No sabiendo que
hacer, encomendó fervorosamente a la Santísima Virgen la suerte de aquel pecador obstina do y colocó
disimuladamente la medalla sobre la almohada. ¡Oh maravillosa clemencia de María! pocos momentos
después, el enfermo se vuelve a él y le dice: «Y bien ¿cuándo comenzamos?»

-«¿Qué es lo que desea comenzar? le preguntó el sacerdote, temiendo que el enfermo se refiriese a otra
cosa.» -Mi confesión; pues que si se ha de hacer alguna vez, convendría hacerla pronto.

La confesión comenzó desde aquel mismo instante, pareciendo que aquella vida que tocaba a su término,
hubiese recobrado toda su fuerza. Terminada la confesión, el sacerdote le presentó la medalla, diciéndole que
a esa prenda de la protección de María debía el cambio operado en su corazón. El moribundo la cogió en sus
manos trémulas y la llevó a sus labios, cubriéndola de ósculos de ternura y de lágrimas de arrepentimiento. En
esa actitud escapóse suavemente de su pecho el último suspiro.

Si esta medalla lleva consigo tan admirables tesoros de gracias, procuremos llevarla siempre sobre el pecho, y
repetir con frecuencia la jaculatoria que lleva al pie para asegurar en nuestro favor la protección de María.
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JACULATORIA

Yo quiero también, María,


Llevar la cruz en mis hombros
Y ayudarte en tu agonía.

ORACIÓN

¡Oh dolorida Madre de Jesús! qué triste es para mí contemplaros en la calle de la amargura, sumergida en el
mas acerbo desconsuelo al ver tratado a vuestro Hijo como un malhechor y arrastrado ignominiosamente a la
muerte. Pero, más que vuestros mismos dolores, me asombra el heroísmo con que desafiasteis los peligros y
salisteis valerosamente al encuentro de Jesús. Alcanzadme, os ruego por los méritos de la pasión de Jesús y
de vuestros Dolores, la gracia de sobreponerme con santo valor a todas las aflicciones, disgustos,
enfermedades, miserias y dolores de la vida. Hacedme sentir ¡oh Virgen santa! en medio de los pesares la paz
y consuelos celestiales que gustan las almas que saben sufrir por Dios; que yo mire esta tierra como un
doloroso destierro y que no tenga otro amor ni otro deseo que unirme a Jesús y a Vos en el padecimiento,
aceptando con satisfacción la cruz que Dios se digne cargar sobre mis hombros. Aceptad ¡oh afligida Madre!
las lágrimas de compasión que vierto, que es dulce para la madre ver que sus hijos participan de sus dolores y
unen sus lágrimas con las suyas. En recompensa de este signo de mi filial amor, dad-me fuerzas para arrastrar
mi cruz y no desfallecer hasta dejarla en el Calvario, donde, muriendo con Jesús, tendré la di cha de resucitar
con El para gozar eterna mente en el cielo. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer el santo ejercicio del Via


Crucis uniéndose a los dolores de Jesús y Maria en el camino del Calvario.

2. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

3. Imponerse alguna mortificación corporal en honra de los padecimientos del Hijo y de la Madre.
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DIA DIECISÉIS

MARIA AL PIE DE LA ORUZ

CONSIDERACIÓN

La víctima destinada al sacrificio había trepado ya trabajosamente el áspero recuesto del Calvario. Llegado a
su cumbre descargó de sus hombros el pesado madero y recibió la orden de tenderse sobre él. Jesús miró con
amor el instrumento del suplicio y se reclinó en él como en el tálamo nupcial, donde había de engendrarse la
salvación de la humanidad. Ex tendió sus brazos sobre la cruz; rudos golpes de martillo cayeron sobre los
clavos que horadaron sus manos y pies, ligándolos fuertemente al duro madero. Momentos después, la cruz se
levantaba en los aires, como se despliega un estandarte de victoria sobre los restos hacinados de un ejército
vencido.

Jamás se presentó a la vista de los hombres un espectáculo más horroroso que el que ofrecía el cuerpo
despedazado del Redentor. Gruesos hilos de sangre manaban de sus pies y de sus manos; su cabeza coronada
de espinas caía lánguida y sin fuerzas sobre el pecho; sus ojos derramaban lágrimas enrojecidas de sangre;
sus labios entreabiertos parecían aguardar que por momentos se escapase el último suspiro.

Entre tanto, la naturaleza comienza a gemir y una oscuridad lúgubre empieza a empañar los resplandores del
día. Los más animosos de los espectadores se sobrecogen de espanto y abandonan apresuradamente aquel
teatro de sangre. Sólo una mujer, inmóvil como una estatua de mármol, permanece de pie junto a la cruz.
Indiferente a cuanto acontecía en torno suyo, tiene clavados sus ojos en el ensangrentado madero, y
despidiendo ríos de lagrimas, parece contar una a una las heridas del divino ajusticiado. Dibujase en su frente
un dolor que la lengua humana jamás podrá explicar, cruzan su rostro sombras de tan terrible angustia, que
conmovía a los mismos verdugos.

Es una madre que presencia el horrible espectáculo de la muerte de su único hijo. Es María que ve morir a
Jesús. ¡Ah! ¿Quién podrá expresar la intensidad del dolor que experimenta una madre al ver espirar a un hijo
tranquilamente entre sus brazos aunque le sea permitido prodigarle todos los amorosos cuidados que dicta el
amor? Vedla desolada y llorosa herir los aires con sus lamentos, estrechar entre sus brazos al hijo moribundo
cual si quisiera comunicar a sus miembros fríos el calor de sus entrañas. ¡Madres! vosotras lo sabéis.

Pero a esa madre desconsolada no le es dado lo que a todas vosotras, el consuelo de prodigar a su hijo
espirante sus maternales cuidados y con ellos hacerle mas soportables sus últimos instantes. Lo ve cubierto de
llagas y ninguna puede curarle; quisiera estrecharle contra su pecho para recibir en su seno sus últimos
suspiros; levanta sus brazos con la esperanza de alcanzarlo, pero bien pronto los deja caer dolorosamente y
los cruza sobre el pecho en ademán amoroso.

Jesús es el hijo único de María; es un hijo que vale inmensamente mas que todos los hijos de todas las
madres juntas, y por tanto lo ama mil veces mas que lo que todas las madres pueden amar a sus hijos. Era
todo para ella, y perdiéndolo, lo pierde todo: padre, esposo, hijos. Ella lo ve morir; sus ojos son testigos de la
crueldad con que se le maltrata; escucha sus últimas palabras y recoge su postrer aliento. Sin embargo, vedla:
para ella no habría mayor dicha que la muerte, porque la vida es odiosa cuando se esta separado de lo que
mas se ama; no obstante, soportando con resignación heroica su dolor, permanece de pie junto a la cruz,
como el sacerdote en el altar, para ofrecer al Eterno Padre el sacrificio de su propio Hijo por la salud del
mundo.

El ejemplo de María nos enseña a sufrir. Cuando la espada del sufrimiento atraviese nuestro corazón, fijemos
nuestros ojos en María al pie de la cruz, anegada en un mar de angustias y dolores, y digámonos: si ella sufrió
tanto siendo pura e inocente, ¿qué extraño es que suframos nosotros algo, siendo como somos pecadores
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dignos de eternos castigos? -Ella busca su consuelo en la cruz, y su valentía para presenciar la muerte de su
hijo es la mejor prueba de su amor y una fuente de incalculables merecimientos. Busquemos también nosotros
nuestro consuelo en la cruz, por que las llagas que ella abre en el corazón atribulado atraen sobre él el
bálsamo de la divina misericordia y son fuentes de gracias y de merecimientos para los que sufren. «La cruz
reanuda admirablemente en la región de la gracia los lazos que ella ha roto en el orden de la naturaleza.» –
En los momentos de prueba, lejos de entregarnos a la desesperación que hace perder el mérito del sufrimiento
sin aliviarlo, digamos con amor: «Dios mío, yo acepto de vuestra mano la desgracia, como he recibido los
beneficios; éste es un medio de agradaros y de probaros mi amor y os lo ofrezco como un débil tributo de mi
reconocimiento.»

EJEMPLO
María no abandona a los quo en ella confían

Había en los Países Bajos una familia de judíos, de la cual nació una niña llamada Raquel, dotada de las más
admirables disposiciones para la virtud.

Era costumbre en esa época y en ese país que los pobres implorasen la caridad pública entonando a la puerta
de las casas de familias acaudaladas, canciones religiosas, muchas de ellas en honra de María. La niña, por un
movimiento interior de la gracia, sentía una complacencia inexplicable al oír esas devotas canciones y en
especial cuando llegaba a sus oídos el nombre de María. Las prácticas de piedad cristiana la embelesaban, y
siempre que le era posible eludir la vigilancia de sus padres, se asociaba con niños cristianos para aprender las
oraciones de la Iglesia. A pesar de la ternura de sus años, y de no conocer los rudimentos de la fe, invocaba
fervorosamente a la Reina del cielo a quien llamaba su madre.

Sorprendiéronla sus padres en estas inclinaciones a la religión católica, y trataron por distintos medios de
apartarla de lo que ellos llamaban el veneno de las malas doctrinas. Viendo que los halagos, amenazas y
castigos no hacían más que enardecer el amor que su hija sentía por la religión, resolvieron llevarla lejos del
país y hacerla instruir y educar en un lugar en que no pudiese tener comunicación alguna con los cristianos.
Sabedora Raquel del proyecto de sus padres, invocó con el alma afligida a la Santísima Virgen; pidiéndole
durante la noche que viniera prontamente a su socorro. La Madre bondadosa se le apareció en sueño, y le dijo
que huyera de la casa de sus padres, si quena salvarse. Obedeció la niña inmediatamente, y salió de su casa
sin ser sentida alas primera luces de la alborada.

Una vez fuera de su casa no sabía adónde dirigirse, pero la mano maternal que la guiaba desde el cielo le
inspiró el pensamiento de ir a tocar a la puerta de un convento de religiosas Benedictinas que había en la
ciudad. Luego que los padres advirtieron la fuga de su hija comenzaron a practicar las más prolijas diligencias
para descubrir su paradero. Luego que supieron donde estaba la reclamaron con la autoridad de padres. Las
religiosas hicieron presente que ellas la habían dado asilo a instancias de la niña y que, si ella consentía en
volverse con sus padres, no tenían dificultad para entregarla. Pero Raquel, que había hallado en el convento
todo lo que ansiaba su corazón, dijo que no saldría de allí, porque el derecho que tenía a salvarse en la única
religión verdadera era superior al derecho que sobre ella tenían sus obcecados padres.

Estos llevaron la cuestión ante el tribunal de Lieja, y sabiendo la niña que debía fallarse su causa ante ese
tribunal, pidió a la Superiora le permitiese ir a defenderse por si misma.

No pudo la Superiora negarse a esta solicitud, pues comprendía que aquella admirable niña era
manifiestamente guiada por el cielo. En efecto, el día señalado para conocer este asunto ruidoso, Raquel se
presentó sola a abogar por su propia causa contra los defensores de sus padres. Estos hicieron presente al
tribunal que la poca edad y falta de discernimiento de la niña, la imposibilitaba para obrar en tan grave
materia sin el consentimiento de sus padres.

Terminado el alegato de sus adversarios, la niña, visiblemente asistida por el Cielo, desvaneció los argumentos
de sus contrarios con tanta destreza y elocuencia que no parecía hablar una niña de pocos años, sino un
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ángel. Los que refieren este hecho aseguran que jueces y espectadores no acertaban a darse cuenta de aquel
prodigio, ni contener las lagrimas de admiración y ternura.

El tribunal sentenció en su favor, y en con secuencia, fue restituida al convento donde fue bautizada con el
nombre de Catalina; allí vivió y murió santamente, mereciendo por sus heroicas y excelsas virtudes ser
colocada en los altares, siendo conocida y venerada con el nombre de Santa Catalina de Judea.

¡Felices los que escogen a María por conductora en los caminos del cielo!

JACULATORIA
Junto a la cruz consolarte

Y en tu llanto acompañarte,

Quiero, madre dolorida.

ORACIÓN

¡Quién me diera ¡oh madre atribulada! torrentes de lágrimas para llorar con Vos al pie de la cruz y
acompañaros en vuestra amarga desolación! Jamás mujer ni criatura alguna fue víctima de más terribles
sufrimientos: parece que Dios se hubiera complacido en inventar tesoros de dolores para atormentaros. Yo
veo vuestra alma sumergida en un océano insondable de amarguras, mil agudas espadas despedazan vuestro
corazón de madre; ríos de lágrimas se derraman de vuestros ojos y se arrancan de vuestro pecho ayees tan
lastimeros, que conmueven a los mismos feroces verdugos de Jesús. ¿Quién ha sufrido más que Vos? ¿Quién
ha experimentado Jamás dolores más intensos? ¡Oh corazón virginal, corazón llagado por el amor, Corazón
abrevado de hiel y coronado de espinas! yo os adoro, os amo con todas las efusiones del amor de un hijo
amante y agradecido: Vos sufristeis por mí; por mi amor y por mi salvación entregasteis a la muerte a vuestro
adorado Hijo; por salvar al hijo culpable, sacrificasteis al hijo inocente. ¡Oh gran sacerdotisa del Calvario y
corredentora de los hijos de Adán! recibid hoy el homenaje de nuestro amor reconocido en las lágrimas que
nuestros ojos vierten al contemplaros tan atribulada al pie de la cruz. Yo en adelante quiero compartir con Vos
vuestros dolores y no olvidaré Jamás la sangrienta tragedia que desgarró vuestro corazón maternal. Con
cededme la gracia de vivir y morir abrazado con la cruz del sacrificio, como un débil reflejo de la heroica
abnegación con que Vos presenciasteis las agonías y los padecimientos de Jesús, a fin de que su friendo
valerosamente por Dios, merezca algún día la recompensa decretada para los mártires del sufrimiento y los
dignos discípulos de la cruz. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer una visita a Jesús Sacramentado en acción de gracias por el inmenso beneficio de la Redención.

2. Rezar siete Salves en honra de los dolo res de María al pie de la cruz.

3. Dar una limosna a los pobres en obsequio de la generosidad con que María se asoció a los misterios de
nuestra Redención.
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DIA DIECISIETE

CONSAGRADO A HONRAR EL SEXTO DOLOR DE MARIA

CONSIDERACIÓN

La muerte habla puesto término a los dolores de Jesús, pero no así a los de María. Los judíos querían que el
sagrado cuerpo del Salvador fuese bajado de la cruz para que el sangriento espectáculo del Calvario no
turbase la solemnidad del siguiente día, que era el de Pascua. Con este fin, poco después de haber espirado,
presentase allí un grupo de soldados que empuñaban aceradas lanzas. A la vista de aquella soldadesca
indisciplinada, María que tenía aún fijos sus ojos en el ensangrentado cadáver de Jesús se siente estremecer,
sospe chando la ejecución de alguna nueva barbarie. ¿Qué vais a hacer, desapiadados verdugos? Ese hombre
ha muerto ya; respetad al menos sus mortales despojos, dejad siquiera ese mezquino consuelo a su pobre
madre.-Esto les diría la desconsolada Señora, cuando un soldado levantando en alto su lanza, la enristra
contra el desnudo costado del Salvador. Con la violencia de tan rudo golpe, estremécele la cruz, tiembla el
exánime cadáver y gruesas gotas de sangre y agua desprendidas del corazón de Jesús caen a la tierra. Eran
las postreras gotas que quedaban en el sagrado cuerpo, era su corazón la única parte que había conservado
sana.

María lanza un grito de angustia; pero la punta de la lanza había penetrado ya en el corazón divino y lo había
dividido en dos partes. Esta fue, dice San Bernardo, la espada que le profetizó Simeón, no de acero, sino de
dolor. Porque en los demás dolores tenía al menos a su Hijo, que se compadecía de sus penas, y que
templaba su amargura con el amor que la demostraba. Pero ahora no ve ya en su presencia sino un cadáver
yerto, ya no escucha su voz ni mira fijarse en ella sus divinos ojos. Sola y desamparada, no ve en torno suyo
sino orne-les verdugos que se ensañan todavía, no ya en un enemigo indefenso, sino en un cadáver
despedazado. Sus ojos buscan en vano una mano compasiva que pueda impedir aquellas indignas
profanaciones. ¡Nadie responde a sus clamores, nadie se compadece de su dolor!

Un doctor escritor afirma que, según los principios de la ciencia, era imposible que pudiese existir sangre y
agua en el corazón de Jesús. Por manera que el haber derramado esas dos sustancias es un claro prodigio de
la omnipotencia divina, que ha querido indicar con tan apropiados símbolos los efectos de la pasión. Con la
sangre aplacó la divina indignación y con el agua purificó la tierra de los crímenes que la afeaban, haciéndola
digna de ser presentada a Dios como una ofrenda. Quiso Jesús que la última herida que lacerase su cuerpo
fuese la de su corazón, para poder así saborear todas las amarguras de una agonía lenta y trabajosa; pues si
su corazón hubiera sido herido antes de esta manera, eso habría bastado para hacerlo espirar
instantáneamente. Ese corazón amante rebosaba de amor por los hombres, aun después de haber dejado de
latir. No le había bastado morir de amor, quiso todavía ser alanceado después de muerto para hacernos
comprender que su amor sobrevive a la misma muerte. ¡Ah! ¿Y quién no amará a ese corazón que tanto sufrió
por amar a los hombres? ¿Cómo ser insensible a tan espléndidas manifestaciones de caridad? Para nos otros
fueron todos los latidos de ese corazón llagado mientras vivió; para nosotros fue también la honda herida
abierta en él después de muerto. Quiso dejarnos en esa llaga un refugio en las adversidades de la vida, un
puerto en medio de las tempestades y un blando ni do en que pudiéramos reposar nosotros, aves fugitivas del
tiempo, fatigadas de volar en busca de los bienes instables y de los falsos goces del mundo.

EJEMPLO
María es inagotable en sus misericordias

No hace muchos anos que un caballero residente en Paris, después de haber manifestado en su infancia
disposiciones para la virtud, abandonó a los dieciocho años las practicas religiosas y se dejó arrebatar por los
tempestuosos halagos de las pasiones, en cuya triste vida se agitó, como una barca sin timón, durante veinte
anos. En el largo transcurso de este tiempo, no entró jamás en un templo ni levantó hacia Dios un latido de su
corazón. Esto no obstante, llevaba siempre consigo una medalla milagrosa, que conservaba, mas como
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recuerdo de su madre, que como objeto de pie dad. Algunas veces tomándola en sus manos, habla repetido la
jaculatoria que lleva al pie: ¡Oh María! concebida sin pecado, ¡rogad por nosotros!.. A menudo la conversión
de grandes pecadores es debida a algún resto de devoción a María.

Este caballero tenía una hermana religiosa carmelita que no cesaba de rogar a la Santísima Virgen por su
conversión. Esta Madre de misericordia, que tiene la llave del arca santa de las gracias divinas, oyó propicia las
oraciones de la buena religiosa y resolvió llamar a la puerta del corazón del pecador. Una no che que salía de
la casa de tino de sus amigos de impiedad, oyó una voz clara y distinta, que le decía: -«Augusto, Augusto, la
misericordia de Dios te espera.» El caballero miró a su alrededor para ver quien le hablaba, y no vio a nadie…
la calle estaba solitaria y el silencio era absoluto. – «Esta voz, decía él narrando después lo que le habla
acontecido, esta voz era positivamente la de mi hermana religiosa. En ese instante vino a mi mente el
recuerdo de Dios y el horror de mi vida. Parecióme que mis pecados llenaban el platillo de la balanza divina y
que no faltaba mas que un grano de arena para colmar la medida y atraer sobre mí las venganzas del cielo…»

Este nuevo Azulo, sorprendido por la voz de la gracia en el camino de la perdición, llegó a su casa
profundamente preocupado de lo que acababa de sucederle. «Esto no es natural, decíase para sí; aquí se
oculta necesariamente un misterio.» Por espacio de ocho días la gracia luchó con este corazón obstinado.

El domingo siguiente por la tarde salió de su casa, mas que nunca agitado por los contrarios pensamientos
que batallaban en su alma; Dios y el mundo le solicitaban en opuestas direcciones. Así caminaba, abismado en
estas ideas, cuando acertó a pasar por un templo en que se rezaba el Santo Rosario, ofreciendo cada decena
por distintas clases de pecadores. El que llevaba el coro dijo al comenzar una decena. «Recemos esta decena
por el pecador más próximo a su conversión.»

El caballero, al oír esto, exclamó: -«Este pecador soy yo… » cayendo de rodillas y derramando lagrimas de
arrepentimiento, prometió a Dios volver al seno de su amistad.

Al día siguiente se dirigía a un convento de trapenses para hacer allí, al amparo del silencio y del retiro, una
prolija y fervorosa confesión.

Después de ocho días, dejó con pesar aquellos claustros silenciosos, asilo de la penitencia y santa morada de
la paz. Volvió al mundo: pero el recuerdo de la Trapa y de aquellos días venturosos no lo abandonaban un
momento. -Dios me llama a la soledad, decía para si… Este pensamiento, lejos de amedrentarle, calmaba las
agitaciones de su espíritu y derramaba bálsamo dulce y suave en las heridas de su corazón. Un mes después
tomaba nuevamente el camino de la Trapa; pero esta vez no iba ya a buscar la purificación en las aguas de la
penitencia, sino la santificación en las austeridades de la vida cenobítica. Allí vivió con la vida de los ángeles y
murió con la muerte de los predestinados.

Si anhelamos la conversión de algún pecador cuyos extravíos nos sean particularmente dolorosos, pongamos
su causa en manos de la que es fuente inagotable de misericordias y seguro refugio de pecadores.

JACULATORIA

¡Oh corazón sin mancilla!


Sé nuestro amparo en la muerte
Y nuestro asilo en la vida.
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ORACION

¡Oh María! ¡Oh madre dolorida! recoge en tu seno amoroso esas gotas de purísima sangre que destilan del
corazón de tu Hijo al golpe de la lanza, para que no caigan sobre la tierra. Pero no, Señora mía, deja que
empapen esta tierra maldita, regada con las lágrimas de tantas generaciones desgraciadas y manchada por los
crímenes de tantas generaciones culpables. Esa sangre clamara al cielo como la del inocente Abel; pero no
para pedir venganza contra los delincuentes, sino para alcanzar paz y bendiciones sobre el mundo. Deja ¡oh
María! que el hierro aleve abra honda herida en el corazón de Jesús, porque esa haga preciosa será el refugio
del desvalido y el puerto contra las tempestades de la vida; allí ira el pobre en busca de la riqueza que jamás
se agota; allí iremos todos a beber el agua que purifica y conforta. Concédenos, por el dolor que sufriste al ver
lanceado a tu Hijo, un amor ardiente y generoso al corazón de Jesús, que tanto sufrió por nosotros; que jamás
olvidemos sus beneficios y paguemos con la ingratitud o la indiferencia sus admirables finezas; que nuestro
corazón, herido de amor por él, se desprenda de los lazos que lo atan al mundo y lo hacen esclavo de las
criaturas. Dadnos alas, como de paloma, para volar hacia él y construir en esa cavidad amo rosa nuestro nido,
donde descansaremos de las persecuciones de nuestros enemigos y disfrutaremos de esa unión dulcísimo que
comienza en la tierra por el amor y se consuma en el ciclo por el eterno desposorio del alma con su Dios.
Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Ingresar en alguna Cofradía o Congregación que tenga por objeto honrar al Sagrado Corazón de Jesús, o si
esto se hubiese hecho, renovar su consagración a este su divino Corazón.

2. Hacer una comunión espiritual en agradecimiento del amor que nos profesa el Sagrado Corazón de Jesús y
de sus inmensos beneficios.

3. Hacer un acto de reparación y desagravio por las injurias de que es objeto en el Sacramento del Altar.
53

DIA DIECIOCHO

CONSAGRADO A
HONRAR EL SEPTIMO DOLOR DE MARIA

CONSIDERACIÓN

Temerosos los discípulos de que el sagrado cuerpo del Salvador sufriera nuevos ultrajes, si permanecía por
más tiempo en la cruz, solicitaron de Pilatos autorización para bajarlo del suplicio y darle honrosa sepultura.
Pilatos consintió sin dificultad en ello; Jesús fue desenclavado de la cruz por manos de sus discípulos.

En este instante redóblanse las penas de María. El mundo iba a devolver a sus brazos maternales los fríos
despojos de su adorado Hijo; pero ¡ay! ¡en qué estado le devuelven los hombres a aquel que con tanto gozo
concibiera en sus entrañas! afeado, denegrido, ensangrentado. Era el más hermoso entre los hijos de los
hombres; mas ahora apenas conserva la figura de hombre. ¡Recibe, ¡oh Madre! el triste presente que te da el
mundo en pago de los beneficios que ha recibido de tu mano. .!

María alza ansiosamente sus brazos para recibir al Hijo que hacia tanto tiempo que anhelaba estrechar contra
su pecho. Toma en sus manos los clavos ensangrentados, los mira, los besa y los deja silenciosamente al pie
de la cruz. Coloca sobre sus rodillas el cuerpo despedazado de Jesús; lo estrecha amorosa mente en sus
brazos; le quita las espinas de su cabeza, como si quisiera de este modo aliviar los pasados dolores de su hijo
ya difunto; contempla, llena de espanto, las profundas heridas que las espinas, los clavos y la lanza habían
abierto en su frente, manos y costado -Mézclanse sus rubios cabellos con los ensangrentados de Jesús;
empapa con sus lagrimas el exánime cadáver e imprime en él ósculos llenos de amor y de ternura. “Hijo mío,
ex clama, ¿qué ola ha sido ésta que te ha arrebatado violentamente del seno de tu madre? ¿Qué mal has
hecho a los hombres que te han puesto en tan lamentable estado? -Responde, Hijo mío, responde por
piedad.” -Pero ¡ay! muda esta esa lengua que habló tantas maravillas; cárdenos esos labios que pronunciaron
tantas palabras de vida, de amor y consuelo; oscurecidos los ojos que con una sola mirada calmaban las
tempestades; heridas las manos que dieron vista a los ciegos, oído a los sordos y vida a los muertos- ¿Qué
haré yo sin ti? ¿Quién tendrá piedad de una madre desamparada? ¡Oh Belén! ¡Oh Nazaret! apartaos de mi
memoria, los goces que en días lejanos disfruté en vuestro seno se han convertido en espinas punzadoras…”

De esta suerte se lamentaría la dolorida Madre teniendo en sus


brazos el cuerpo de Jesús. ¡Pobre madre! aun le quedaba que apurar otro no menos amargo trago. Los
discípulos arrancan de los brazos de María el cuerpo de su Hijo para conducirlo al sepulcro; y ella tiene el dolor
de seguir hasta la tumba esos res-tos queridos, y después de acariciarlos por última vez ve colocar sobre ellos
una pesada losa. No hay nada más cruel para el corazón de una Madre que ver entregar a la tierra el fruto de
sus entrañas. ¡Oh, cuanto hubiera dado María por tener el consuelo de ser sepulta da con Jesús en el
sepulcro! – –

En el corazón atribulado de María se levan taba un pensamiento que hacia aún más penoso su martirio. Ella
veía, a través de los siglos venideros, que los padecimientos y la muerte de Jesús habían de ser ineficaces
para un gran número, y que a pesar de los azotes, las espinas y la cruz, multitud de pecadores se habían de
condenar. Veía que la pasión de su Hijo no estaba aún terminada y que en la serie de los siglos sus heridas
hablan de ser mil y mil veces nuevamente abiertas -No contristemos con nuestra ingratitud y con nuestros pe
cados el lacerado corazón de María, que bastante ha padecido ya por nosotros. Ella nos dice amorosamente
desde el cielo: Pecadores, volved al corazón herido de mi Jesús. -Venid; contemplad las llagas que en él han
abierto vuestros pecados; no renovéis esas llagas, mirad que renováis también mis dolores y que así
demostráis sentimientos mas crueles que los de los verdugos. Ellos no lo conocían; pero Vosotros sabéis que
es vuestro Dios, vuestro Redentor. Ellos obedecían a las órdenes de jueces inicuos, vosotros obedecéis a
vuestras pasiones y a vuestros desordenados deseos. Ellos, en fin, no habían recibido ningún beneficio de
Jesús, pero vosotros habéis sido res catados con su sangre.
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EJEMPLO
María, Salud de los enfermos

En 1872 había en una comunidad de Nuestra Señora de los Dolores de la ciudad de Cholón una religiosa que
padecía, desde siete años, una parálisis que la colocó al borde del sepulcro. Rebelde a todos los recursos de la
ciencia, los médicos hablan declarado que no les quedaba nada que hacer. La enferma era muy devota de
María, y a Ella clamó en el extremo de su aflicción. Una noche se le apareció en sueno la superiora del
Convento, que habla muerto hacía algunos meses, y le dijo que quedaría curada de su enfermedad si hacía
una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de l’Epine, situado a una jornada del Convento.

La enferma pidió con vivas instancias que se la condujera a este santuario animada de la más segura
esperanza de que allí obtuviera su curación. Pero el mal, que cada día tomaba mayores creces, hacía poco
menos que imposible la traslación a un lugar tan distante, pues tenía todo un lado del cuerpo sin acción ni
movimiento. Pero fue preciso acceder a los reiterados ruegos de la paciente y transportarla con indecible
trabajo en un vehículo, acompañada y sostenida de varias personas. Durante el trayecto su estado se agravé
considerablemente y se redoblaron sus padecimientos hasta el punto de inspirar muy serios temores por su
vida. Pero, al fin, venciendo innumerables dificultades, llegó al santuario y fue acomodada como mejor se
pudo en la capilla de la Santísima Virgen.

El capellán de la comunidad subió al altar para celebrar el santo sacrificio de la misa, después de haber rezado
con los circunstantes una parte del Rosario y cantado el Salve Regina. Poco antes de terminar la misa, sintió la
enferma una conmoción violenta en toda la parte enferma de su cuerpo, y poniéndose de rodillas por si sola,
exhaló un grito de júbilo, diciendo. ¡Estoy sana! En seguida se levantó sin ningún auxilio extraño y fue a
arrodillarse a la tarima del altar para dar gracias a su soberana bienhechora. Al verla, todos los circunstantes
quedaron estupefactos, y derramando lágrimas de ternura y admiración, exclamaban: ¡Milagro, milagro! – El
cura, testigo presencial de aquel prodigio, entonó el Te Deum y levantó un acta que firmaron todos los que lo
habían presenciado.

La que acababa de tener la dicha de ser objeto de un favor tan especial de la Santísima Virgen fue sacada en
triunfo de la Iglesia. Nadie se cansaba de mirarla, como si no pudiesen dar crédito a sus propios ojos. No fue
menos patética la escena al llegar al monasterio. Todos prorrumpieron en entusiastas aclamaciones, cuando
vieron bajar del carruaje con la firmeza y precipitación de la que nunca ha estado enferma, a la que pocas
horas antes habían visto partir arrastrándose trabajosamente, como un cuerpo a quien la vida abandona de
prisa.

Se dirige en seguida a casa del médico, que pocos días antes la había abandonado, desesperando de su
curación. Jamás hombre alguno se hallé más perplejo; y rindiéndose a la evidencia declaró que aquella
curación instantánea y completa no era obra natural.

¿Con cuánta razón la Iglesia saluda a María con el titulo de Salud de los enfermos?
Ella, que tiene siempre remedios divinos para curar las dolencias del alma, los tiene también para poner
término a los males del cuerpo que aquejan a sus devotos cuando la invocan con confianza filial.

JACULATORIA

Haz que en mi alma estén de fijo

Para que siempre llore,


Las llagas del Crucifijo.
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ORACION

¡Oh María! permíteme que yo pueda acompañarte siempre en tu amarga soledad; yo no quiero dejarte sola,
quiero unir mis lágrimas a las tuyas para llorar la muerte de mi Redentor. ¡Ah! madre atribulada, tú no lloras
sólo por la muerte de tu Hijo, que lloras también por mí; porque yo he muerto muchas veces por el pecado y
muchas veces he contristado tu corazón de madre con mis ofensas; mil veces he renovado los tormentos de la
pasión con mis ingratitudes y he pisoteado la sangre vertida por mí en la cruz. Pero tú que eres misericordiosa
y compasiva, tú que perdonaste a los verdugos que crucificaron a Jesús, tú que amas a los pecadores con
entrañas de madre, alcánzame la gracia de ser en adelante el compañero de tus dolo res y de tu soledad, por
mi fidelidad y amor a Jesús y por la compasión de sus padecimientos. Haz nacer en mi corazón un horror
sincero al pecado que fue la causa de tus dolores y de los de Jesús; que viva siempre arrepentido de todas las
culpas con que he manchado mi vida pasada, para que, llorándolas amargamente en la tierra, merezca gozar
un día de la eterna bienaventuranza. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer una lectura espiritual que nos recuerde los padecimientos de Jesús y los dolores de María.

2. Rezar una tercera parte del Rosario para honrar esos mismos padecimientos y dolores.

3. Mortificar el sentido del gusto, privándose de comer cosas de puro apetito.


56

DIA DIECINUEVE

CONSAGRADO A HONRAR EL GOZO DE MARIA POR LA


RESURRECCION DE JESUS

CONSIDERACION

Después de la tempestad el día brilla mas sereno y el sol se levanta en un cielo sin nubes. Pasada la tempestad
que sumergió el corazón de María en las olas de la más amarga tribulación, brilló el día feliz en que le fue
permitido contemplar a Jesús vivo y triunfante de la muerte y del infierno. Al clarear el alba del tercer día, Jesús
rompe la losa de su sepulcro, derriba en tierra a los guardias que custodiaban el sepulcro y un ángel con radiante
frente y blancas vestiduras se sienta allí para anunciar a las santas mujeres la fausta nueva de la Resurrección.

Entre tanto, María retirada en la soledad, suspiraba por el momento dichoso de ver a su Hijo resucitado como
lo había predicho. «Mientras que oraba y derramaba dulces lagrimas, dice San Buenaventura, el Señor Jesús
se le presenta repentinamente vestido de blanco, con la frente serena, hermoso, radiante de gozo y de gloria
y le dice: «Dios te salve, madre mía.» -Ella, volviendo apresuradamente la vista y mirando a Jesús a su
lado exclama en los transportes de su alegría: «¿Sois Vos Hijo mío? ¡Ah! ¡Cuánto tiempo que te aguardaba
desolada, contando una a una las horas que retardaban este momento dichoso! -Yo soy, replicó Jesús, heme
aquí resucitado y otra vez en tu compañía.-Después de adorarlo como a su Dios, María se levanta y anegada
en la grimas de gozo, lo estrecha amorosamente y reposa sobre su corazón. Imaginándose tal vez que podía
ser víctima de alguna ilusión, mira una y otra vez sus llagas para convencerse de que ya todo dolor y todo
padecimiento se había alejado de él.»

La lengua humana es impotente para explicar el gozo de María al ver a su Hijo resucitado. Ese gozo sólo puede
medirse por la intensidad de su dolor al verlo padecer. Imaginad, si podéis, cual seria el júbilo de una madre al
encontrar al hijo que había perdido, al ver volver a la vida a aquel que había llorado muerto, al mirar sano al
que había visto herido y despedazado. Es, sin duda, el mayor de los gozos que puede caber en el corazón de
mujer, como el dolor de perder a un hijo único es el mayor dolor que puede soportar el corazón de madre.

El gozo que experimentó María en la Resurrección de Jesús nos manifiesta que en el mundo moral hay días de
tribulación y días de gozo, horas sombrías y horas serenas. La tempestad, por ruda que sea, pasa al fin y la
más dulce calma la sucede, y el gozo y el contento son tanto más intensos, cuanto fueron más acerbos el
dolor y el sufrimiento. Esos dos licores de la copa de la vida, la tribulación y el contento, se suceden sin cesar.

Esta verdad, que nos enseña la experiencia, debe alentarnos para sufrir, porque sabemos que después del dolor
soportado con resignación, Dios nos dará a probar una gota de esos celestiales consuelos en cuya comparación
son humo y paja los goces de la vida. Pero, aunque no nos fuere permitido aquí en la tierra disfrutar de
momentos de calma y de horas de alegría, podemos estar seguros de que en el cielo sobrenadaremos en gozo
y anegados en dulcísima paz descansaremos para siempre a la sombra del árbol de la vida.

EJEMPLO
María, Puerta del cielo

Cuéntase en la Vida de Sor Catalina de San Agustín que en la misma población en que residía esta sierva de
Dios, vivía una mujer, llamada María, que desde su juventud habla sido por sus desórdenes el escándalo de la
ciudad. La edad no habla hecho más que envejecería en el vicio; por lo mismo, su corrección se hacia cada día
más difícil. Al fin, abandonada de Dios y de los hombres, murió la infeliz de una enfermedad espantosa,
privada de Sacramentos y de todo socorro humano; de tal manera que se la juzgó indigna de ser sepultada en
tierra bendita.
57

Tenía sor Catalina la piadosa costumbre de encomendar particularmente a Dios las personas conocidas que
morían; pero con respecto ala pecadora de nuestra referencia, ni siquiera pensó en hacerlo, pues, participando
de la opinión general, la suponía condenada. Hacia ya cuatro anos que aquella mujer había muerto cuando
hallándose un día en oración la sierva de Dios, se le apareció un alma del purgatorio, y le dijo estas palabras:-
Sor Catalina ¡qué desgracia es la mía! ¡ruegas por todos los que mueren, y sólo de mi pobre alma no has
tenido compasión!.. ¿Y quién eres tú? le preguntó la santa religiosa.-Yo soy aquella pobre mujer, llamada
María, que murió, hace cuatro años, abandonada en una gruta. – ¡Pues qué! ¿te has salvado? preguntó
admirada sor Catalina.
-Sí; me he salvado, contestó el alma, por la inagotable misericordia de la Santísima Virgen.

En mis últimos momentos, viéndome abandonada de todos y culpable de tantos y tan enormes crímenes, me
dirigí a la Madre de Dios, y la dije desde el fondo de mi corazón arrepentido: ¡Oh Vos, que sois el refugio de
pecadores, tened compasión de mi; en el extremo de mi aflicción y desamparo, acudid a mi socorro!…
-No fue vana mi súplica, pues por la intercesión de María, que me alcanzó la gracia de un verdadero
arrepentimiento, pude librarme del infierno. La clementísima Madre de Dios me ha alcanzado además la gracia
de que mi pena sea abreviada, disponiendo la Divina Justicia sufra en intensidad lo que debía sufrir en
duración. No me faltan más que algunas misas para verme libertada del Purgatorio: cuida tú de que me las
apliquen, y te prometo que una vez en el cielo, no dejaré de rogar por ti a Dios y a su Santísima Madre.

Sor Catalina hizo aplicar las misas, y algún tiempo después aquella alma se le apareció de nuevo, brillante
como el sol, y le dijo: -El cielo se me ha abierto ya, donde voy a celebrar eternamente las misericordias del
Señor; pagaré con oraciones la merced que me has hecho.
Invoquemos nosotros a María durante nuestra vida para que Ella, que es la Puerta del cielo, nos asista en la
hora de la muerte y nos introduzca en la mansión del gozo eterno.

JACULATORIA
Por tu Hijo resucitado
Aléjanos, dulce Madre,
De la muerte y del pecado.

ORACIÓN
¡Oh dulcísima Virgen María! después de haber contemplado tus dolores y de haberte acompañado en tus horas
de desolación, permíteme que te acompañe también en tus horas de alegría. Nada hay mas grato al corazón
de un hijo amante que asociarse A los dolores y gozos de su tierna madre, porque jamás puede ser un hijo
indiferente A la suerte de la que lo engendró a la vida. Por eso, yo me gozo ¡oh María! de la gloria de Jesús y
de la alegría que inundó su alma al verlo resucitado; yo me gozo del triunfo que alcanzó sobre la muerte y el
pecado, porque el triunfo de tu Hijo es mi propio triunfo, la causa de mi alegría y la prenda de mi dulce
esperanza. Alcánzame, Señora mía, la gracia de abrigar siempre en mi alma un odio intensísimo al pecado que
fue la causa de los padecimientos de Jesús, y un santo horror por todo lo que puede acibarar tu corazón de
madre. No más infidelidad y olvido de mis deberes: no más desprecio de las santas inspiraciones con que Dios
me ha favorecido; no más ingratitud por sus beneficios y deslealtad en el servicio de mi Redentor. Llore yo
siempre las manchas que afean la triste historia de mi vida y la negligencia con que he correspondido a los
divinos llamamientos, para que alejando todo motivo de sufrimiento para Jesús y para tu corazón maternal, no
sea en adelante, sino causa de tu alegría y de tus gozos. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer una visita a la Santísima Virgen felicitándola por el gozo que tuvo al ver a su Santísimo Hijo
resucitado.
2. Abstenerse cuidadosamente de toda falta venial deliberada.
3. Rezar siete Avemarías en honra de los gozos del Corazón de María.
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DIA VEINTE

MARIA EN LA ASCENSION DE JESÚS

CONSIDERACIÓN

Jesús había terminado ya su misión sobre la tierra, había llegado la hora en que los decretos eternos lo
llamaban al cielo a recibir las coronas y palmas del glorioso triunfador. Cuarenta días hablan transcurrido
desde su resurrección cuando, en compañía de su Madre y de sus apóstoles y discípulos se encaminó Jesús al
monte Olivote. El teatro primero de sus padecimientos debía ser también el último testigo de su gloria y la
tierra que recibió las primeras gotas de sangre, conservó la última huella marcada por sus pies durante su
peregrinación terrestre.

Allí, después de haber fijado sus amorosas miradas en Maria, como si le dijera: ¡hasta luego! y de haber
bendecido a sus discípulos, se levanta majestuosamente en los aires y vuela por los espacios llevado en las
plumas de los vientos, entre los acordes ecos de las arpas angélicas y mientras las nubes, abriéndose a su
paso, iban agrupándose a sus pies para formar digna peana al libertador del linaje humano. Esas mismas
diáfanas y blanquísimas nubes agrupadas en torno suyo lo arrebataron a las miradas absortas de los
discípulos, hasta que un ángel, desprendido de la celeste turba, vino a sacarlos de su arrobamiento para decir
les: «Varones de Galilea, ¿por qué os entretenéis mirando al cielo? el mismo a quién habéis visto subir volverá
un día rodeado de gloria y majestad.»

Los discípulos bajaron los ojos asombrados a la vista de tan estupendo prodigio; pero Maria vería sin duda
penetrar a su Hijo en la mansión del gozo eterno cuyas puertas acababa de abrir con su muerte para dar
entrada en ella a los desventurados hijos de Adán. Ella lo verla tomar posesión del trono que le estaba
aparejado como vencedor de la muerte y del pecado, verla la corona inmortal con que fue ceñida su frente por
mano del Eterno Padre. La que habla bebido en toda su amargura el cáliz de la pasión, era conveniente que
bebiese también en el cáliz de eterno gozo que Jesús acercaba en ese momento a sus labios. La que iba a que
dar todavía en la tierra, como una enredadera privada de su arrimo, era justo, que para con solarse en su
orfandad contemplase anticipadamente la gloria que coronaba a su Hijo.

Penetremos también nosotros como María en esa morada feliz, término dichoso de nuestra amarga
peregrinación. Fijemos en ella nuestra vista para avivar nuestros deseos de alcanzarla por el mérito de
nuestras buenas obras, y no separemos jamás de allí nuestro pensamiento. ¡Patria querida! ¡Quién pudiera
respirar tus brisas perfumadas, descansar a la sombra de tus árboles de vida y beber en tus fuentes de di cha
inmortal! ¡Ah! qué necios somos al poner nuestro corazón en la tierra, al cifrar nuestra felicidad en los vanos
gozos del mundo y al fijar nuestros ojos en este valle de miserias, donde la desgracia es nuestra herencia, el
llanto nuestro pan de cada día y la vaciedad el resultado de nuestros locos afanes. En el cielo todo es
bienaventuranza: allí no hay hambres que atormenten, ni fríos que entumezcan, ni ardores que abrasen, ni
dolencias que martiricen. Allí no hay mas que una sola edad, -la juventud; una sola estación,- la primavera; un
día sin noche, un cielo sin nubes… Allí el alma siente saciados todos sus deseos; la inteligencia, contemplando
a Dios, conoce toda verdad; el corazón amando a Dios, se embriaga en océano de amor. Y todos esos goces
serán eternos como el mismo Dios, allí no habrá jamás ni cambios, ni mudanzas, ni temores; lo que se poseyó
desde el principio, será eterna mente poseído.

EJEMPLO

Nuestra Señora de la Saleta

Una de las últimas apariciones con que la Santísima Virgen ha demostrado su inagotable amor por los
hombres es la que tuvo lugar el 19 de septiembre de 1846 en la montaña de la Saleta en Francia. Los
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favorecidos con esta maravillosa aparición fueron dos pastorcitos de aquellos contornos, llamados Melania
Matthieu y Maximino Girant, hallados dignos por su angelical candor de ser ecos de la voz misericordiosa de
María que llama al mundo a penitencia.

Cuando el sol había disipado las brumas que en la mañana coronan las alturas de la montaña, los dos pastores
treparon por sus laderas guiando las ovejas confiadas a su cuidado. Cuando llegó la hora de hacer sestear el
ganado, los dos niños bajaron a una hondonada donde brotaba un manantial de purísimas corrientes.
Hallábanse en aquel sitio agreste y silencioso, cuando vieron cerca de ellos, sentada junto al barranco, a una
esbelta y hermosísima Señora cercada de una luz suave como la de la luna, que tenía los codos apoyados en
las rodillas y el rostro oculto entre las manos en la actitud del que padece un gran dolor. Sorprendidos los
inocentes niños con esta aparición en aquellos parajes solitarios y absortos, tuvieron miedo y se preparaban a
huir cuando la Señora, poniéndose en pie, les dice con una voz dulcísima que serenó sus corazones: «No
temáis, hijos míos, acercaos, que quiero anunciaros una importante nueva.»

Estas dulces palabras infundieron valor en el pecho de los tímidos pastores, y acercáronse a la Señora y se
colocaron el uno a su diestra y el otro a su siniestra. En esta disposición, con el acento de una persona
oprimida de dolor les habló mas ó menos en estos términos: «Hijos míos, vengo a deciros que mi divino Hijo
esta irritado con los que, por su culpa, no observan la ley, y va a castigarlos pronto. Si no lo ha hecho antes,
es porque yo detengo su brazo vengador; pero pesa ya tanto que no bastan mis fuerzas a contenerlo, si mi
pueblo no se enmienda. Nadie en el mundo es capaz de comprender las penas que sufro por los hombres,
cuyos crímenes provocan la justa indignación de mi Hijo. Sólo a mi intercesión debéis la dilación del castigo;
porque las súplicas de cualquier otro mediador no son ya bastantes, y por esto las mías son continuas… »

«Mi Hijo, dio a los hombres seis días para trabajar, y se reservó el séptimo; pero los hombres se lo niegan, no
absteniéndose de trabajar los domingos… Las blasfemias son Otro crimen con que irritan a Dios en gran
manera; viendo que se profana indignamente su santo nombre, mezclándolo con palabras obscenas o
injuriosas, por el más leve motivo… Innumerables cristianos desprecian la observancia del ayuno y de la
abstinencia, y se arrojan, como perros voraces a la comida, sin hacer distinción de días ni de manjares
prohibidos. »

Después de estas quejas y amenazas, la celestial Señora comunicó separadamente a los dos pastores ciertos
secretos que debían reservar por algún tiempo: pero que al fin, fueron comunicados al Papa Pío IX, de
inmortal memoria, el año de 1851. Súpose entonces que los secretos confiados a Melania consistían en el
anuncio de grandes castigos, silos hombres y los pueblos continuaban en el mal camino, de los cuales más de
uno ha tenido ya cabal cumplimiento; y los secretos de Maximino anunciaban la misericordia y rehabilitación
de todos.

Terminada la entrevista con los pastorcillos, la Reina del cielo les añadió: «Os encargo que participéis a mi
pueblo todo lo que os he dicho…» Luego comenzó a alejarse y a elevarse en los aires llena de majestad, hasta
que vuelto el peregrino rostro hacia el Oriente fue desapareciendo como un a visión fantástica ante los ojos
atónitos de los pastores que la seguían con ávidas miradas, quedando iluminado el espacio con una claridad
deslumbradora.

Hoy corona aquellos agrestes y memorables sitios una suntuosa basílica en honra de la bienaventurada Virgen
María, para eterna memoria de esta dulce aparición, cuya verdad ha sido confirmada por la voz de los milagros
y la aprobación de la iglesia.

Acudamos a María para que continúe siendo nuestra abogada e intercesora delante de la Divina Justicia,
justamente irritada por nuestras culpas.
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JACULATORIA

Jamás perece ¡oh María!


Quien a tu seno se acoge
Y en tu protección confía.

ORACIÓN

¡Oh amorosísima Maria! ¡Qué dulce es para los desgraciados levantar hacia Ti sus miradas suplicantes e
invocar tu protección en medio de las aflicciones de la vida! Hay en tu seno de madre consuelos que en vano
se buscan en la tierra y bálsamo tan celestial que cura por completo las llagas mas hondas que el pesar abre
en el alma. No en vano todos los que padecen te invocan como a la soberana consoladora de todos los males,
como el remedio de todas las dolencias, como el refugio en todas las necesidades públicas y privadas. Felices
los que en Ti confían, felices los que te llaman y más felices aun los que te aman como madre y te veneran
como reina. Por el gozo que experimentaste al ver subir al Cielo a tu Hijo para recibir las coronas del triunfo,
te ruego que no me dejes jamás desamparado en medio de las tinieblas, de los peligros y de las desgracias
que siembran el camino de la vida. No me desampares, Señora, basta dejarme en posesión de la patria
celestial; templa con tu mano cariñosa las amarguras de mi vida, y si fuere del agrado de Dios que yo
padezca, dígnate sostenerme en las horas de la prueba para que no desfallezca antes de tocar el término de
mi jornada, a fin de que sufriendo con Jesús, merezca gozar también de las eternas recompensas. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre la felicidad del cielo, a fin de avivar en nuestro corazón el
deseo de alcanzarla con nuestras buenas obras.

2. Oír una misa en sufragio del alma mas devota de María.

3. Sufrir con paciencia las contrariedades ocasionadas por las personas con quienes vivimos y tratamos.
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DIA VENTIUNO

MARIA EN EL CENACULO

CONSIDERACIÓN

Jesús no subió a los cielos sin dejar a sus apóstoles una promesa consoladora que endulzara las lágrimas que
les ocasionaba su ausencia: la promesa de enviarles el Espíritu Santo. Los discípulos, como ovejas sin pastor,
después de recibir la bendición postrera de su divino Maestro, se dirigieron al Cenáculo para aguar dar allí, en
la oración y el retiro, la venida del Espíritu Consolador. María estaba en medio de ellos, porque en la ausencia
de Jesús, era la compañera inseparable de los desconsolados huérfanos y la columna de la naciente Iglesia.

Diez días habían pasado en expectativa de la promesa de Jesús, cuando en la mañana del décimo todos los
congregados en el Cenáculo sintieron un ruido a manera de viento impetuoso que sacudió la casa desde sus
cimientos. Era el Espíritu Santo que descendía sobre los apóstoles en forma de lenguas ondulantes de fuego,
que ardían sobre la cabeza de cada uno de ellos como una ancha cinta batida por el viento.

Desde ese momento se operó en los discípulos una completa transformación. Los que antes eran tímidos y
cobardes, que habían huido en presencia de los enemigos de su Maestro, dejándolo abandonado entre sus
manos, preséntanse con frente alta y corazón animoso delante de los tribunales de la nación, que les
intimaban la orden de callar, para decirles con acento varonil y resuelto: «Antes que a los hombres
obedeceremos a Dios.» -Podéis, si lo tenéis a bien, mandarnos al patíbulo; pero callar… non possumus, -no
podemos. Los que eran pobres é ignorantes pescadores se trasformaron en sapientísimos doctores de las
cosas divinas y en inspirados maestros de las verdades de la fe, y se esparcen por todo el mundo conocido
para predicar el Evangelio. Tanto fue el entusiasmo de que se sintieron poseídos, tanto el amor que ardía en
sus corazones, que las gentes que los veían los creyeron tomados del vino. ¡Cual seria el gozo de Maria al
contemplar estos estupendos prodigios!-Ella, tan interesada como el mismo Jesús en la prosperidad de la
grande obra fundada al precio de su sangre, debió sentir inmenso júbilo al ver a esa falange de denodados
atletas que iban a extender por el mundo el fruto de la pasión de su Hijo arrancando a los infieles de las
sombras de la muerte.

La oración de María en el Cenáculo, fue sin duda, la más poderosa para apresurar el advenimiento del Espíritu
Santo. Por su mediación debemos nosotros alcanzar también los dones y gracias de ese mismo Espíritu. Aquel
que puso en el dedo de María el anillo de es posa y que cubrió su seno con la sombra de su poder para obrar
el prodigio de la Encarnación del Verbo, no puede olvidar la efusión de sus dones en favor de aquellos por
quienes se interesa. ¡Y cuánta necesidad tenemos de esos dones y gracias! -Cobardes, no nos atrevemos
muchas veces a confesar con la frente erguida y corazón entero la fe de Jesucristo delante del mundo que la
desprecia y la insulta. Ignorantes de las cosas divinas y de las vías de la santificación, necesitamos del espíritu
de luz que alumbre nuestras inteligencias, que nos haga conocer nuestros únicos verdaderos intereses, que
son los de la propia salvación, y que nos señale la ruta que a ellos conduce. Tibios y pusilánimes para las
cosas de Dios, habemos menester del espíritu de amor que inflame nuestro corazón en las llamas de la caridad
divina, y que llenándolo de Dios, destierre de él todo afecto desordenado a las criaturas. Siempre desidiosos
en el servicio de Dios y en lo que concierne a la santificación de nuestras almas, necesitamos del espíritu de
piedad que nos haga solícitos en el cumplimiento de aquellos ejercicios de piedad y de devoción, que son para
el alma como el rocío y el riego para las plantas, sin los cuales no podrá producir fruto de santidad.
Invoquemos a María siempre que tengamos necesidad de algunos o de todos esos dones, seguros de que su
intercesión poderosa nos los alcanzara con abundante profusión.

EJEMPLO

María Luz de los ciegos


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Hay en Turín, consagrado a María Auxilia dora, un templo venerando y eminentemente popular. Cuando en
1865, el San Vicente de Italia, Don Bosco, fundador de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales, echó los
cimientos de esa iglesia apenas tenía 40 céntimos en caja. Concluidos los trabajo en 1868 el valor alcanzaba a
mas de un millón de liras. Y
tamaña empresa se había realizado sin correr una sola suscripción. ¿Quién proporcionó los recursos?-María; si,
porque los fieles que incesantemente llegaban a Don Bosco con una piadosa ofrenda significábanle al mismo
tiempo era sólo el pago de una deuda contraída con la Madre de Dios de quien habían alcanzado un señalado
favor. Cada piedra de ese santuario, cada uno de los exvotos sin número que relucen en sus muros atestigua
una gracia de María Auxiliadora. Sin que sea posible mencionar tantos hechos extraordinarios, baste la relación
del siguiente:

Vivía en Vinovo, aldea cercana a Turín, una joven llamada María Stardero, la cual tuvo la desgracia de perder
totalmente la vista. Ansiosa de recobrarla concibió el pensamiento de hacer una peregrinación a la iglesia de
Maria Auxiliadora, y un sábado del mes que le esta consagrado, acompañada de su tía se presentó en el
templo. Después de breve oración ante la imagen de Nuestra Señora, fue conducida a la presencia de Don
Bosco, en la sacristía, y allí tuvo con él esta conversación:

-¿Cuanto tiempo hace que estáis enferma?

-Ya mucho tiempo, pero hace como un año que nada veo.

-¿Habéis consultado a los médicos? ¿Qué dicen? ¿No os han medicinado?

-Hemos usado toda clase de remedios sin resultado alguno, respondió la tía. Los médicos no dan la menor
esperanza… -y se echó a llorar.

-¿Distinguís los objetos grandes de los pequeños?

-No, señor; no distingo nada absolutamente.

-¿Veis la luz de esa ventana?

-No, señor; nada veo.

-¿Queréis ver?

-Señor, soy pobre, necesito la vista para buscar la subsistencia; ¿no he de quererlo?

-¿Os serviréis de los ojos para bien de vuestra alma y no para ofender a Dios?

-Lo prometo con todo mi corazón.

-Confiad en la Santísima Virgen; ella os sanara.

-Lo espero, mas entretanto estoy ciega.

– Veréis.
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-¡Ver yo!

Entonces Don Bosco con tono y ademán solemnes exclamó:

-A gloria de Dios y de la bienaventurada Virgen María, decid ¿que tengo en la mano?

La joven abrió los ojos, los fijó en el objeto que Don Bosco le presentaba, y gritó:

-Veo… una medalla… y de la Santísima Virgen.

-Y en este otro lado de la medalla, pregunta Don Bosco, mostrándoselo, ¿qué hay?

-Un anciano con una vara florida: es San José.

Renunciamos a describir lo que entonces pasó; sólo añadiremos que habiendo María extendido la mano para
coger la medalla, cayó ésta al suelo, yendo a parar a un rincón de la sacristía, y la misma María, por orden de
Don Bosco, la buscó y la encontró, con lo que dejó a todos perfectamente convencidos de la realidad de la
curación, la cual fue tan completa como prodigiosa, porque María Stardero no ha vuelto a padecer de los ojos.

JACULATORIA

Madre de Dios, madre mía,

Mi vida, mi cuerpo y mi alma

Te ofrezco desde este día.

ORACIÓN

¡Augusta esposa del Espíritu Santo! fuente inagotable de gracias y de bendiciones, dignaos alcanzarnos de
vuestro divino Esposo los dones que tan profusa mente otorgó a los apóstoles reunidos en el Cenáculo: el don
de sabiduría, que disipa los errores de nuestra inteligencia, haciéndonos comprender la vanidad de los falsos
bienes de la tierra y la excelencia de los bienes del cielo; el don de entendimiento que nos instruya acerca de
nuestros deberes y de todo lo que concierne a los intereses de nuestra santificación; el don de fortaleza, que
nos comunique entereza bastante para desafiar las burlas y desprecios del mundo, hollando sus máximas con
santa energía; el don de ciencia, que nos esclarezca acerca de las verdades eternas; el don de piedad, que nos
haga amar el servicio de Dios; y, en fin, el don de temor, que nos inspire un santo respeto mezclado de amor
por Dios. Bien sabéis ¡Virgen bendita! que nuestras pasadas resistencias a las inspiraciones del Espíritu Santo
nos hacen indignos de sus beneficios; pero, ayudados de vuestras oraciones obtendremos del autor de todo
don perfecto las gracias que nos son necesarias para vivir santamente en la tierra y llegar un día a la eterna
felicidad. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Invocar al Espín tu Santo en solicitud de sus dones, rezando devotamente el himno Ven a nuestras almas.
2. Rezar cinco Salves en honor de la pureza inmaculada de María.
3. Hacer una comunión espiritual pidiendo a Jesús, por intercesión de María, que encienda nuestra alma en el
fuego del divino amor.
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DIA VEINTIDOS

CONSAGRADO A HONRAR LA FELICISIMA MUERTE DE MARIA

CONSIDERACIÓN

El Sol de justicia no derramaba ya sobre el mundo la luz de sus enseñanzas y de sus ejemplos; pero la Estrella
de los mares alumbraba aún con sus suaves resplandores el campo inculto y dilatado en que los obreros del
Evangelio sembraban semillas divinas. Jesús había subido al cielo y María vegetaba aún en la tierra como una
enredadera separada del olmo que la sostiene. Lejos estaba su tesoro y allí estaba su corazón. La tierra era
para ella un doloroso destierro, y en medio de los rigores de su ostracismo, se consolaba tan sólo tornando al
cielo sus miradas y respirando de lejos los aires puros de la patria. Peregrina aun sobre la tierra, daba aliento
a los sembradores de la palabra divina, que a sus pies iban a deponer las primeras espigas cosechadas en la
heredad que había hecho fecunda la sangre de su Hijo.

Cuando la Iglesia, fortalecida por la persecución, había afianzado sus cimientos, su presencia era menos
necesaria, y “como una segadora fatigada que busca el descanso en medio del día, quiere reposar a la sombra
del árbol de la vida que crece cerca del trono del Señor.” Un ángel desprendido de la celestial milicia, vino a
anunciarle que sus deseos serian bien pronto realizados.

Retiróse María al lugar santificado por la venida del Espíritu Santo para aguardar allí su última hora. Los
apóstoles y discípulos congregados en gran número, fueron a rendir a la Madre de Dios los postreros
homenajes de su amor filial. Reclinada sobre su humilde lecho, los recibió a todos con la afabilidad
encantadora que le era característica.

Era la noche: la luz pálida de una bujía alumbraba aquella multitud silenciosa y conmovida que, deshaciéndose
en torrentes de lágrimas, rodeaba el lecho de la mujer bendita. Ella entre tanto, con rostro sereno, pero en el
cual se dibujaba un tinte melancólico que realzaba admirablemente su belleza más que humana, fijó en todos
sus hijos adoptivos mirada cariñosa. Su voz dulcísima, resonando en el recinto fúnebre, los consolaba
prometiéndoles que no los olvidarla jamás; que en medio de las celestiales delicias, siempre abrigaría por ellos
y por todos los redimidos con la sangre de su Hijo un amor verdaderamente maternal. Clavó después sus ojos
en el cielo; una sonrisa suave como el último rayo de la tarde se dibujó en sus labios; un color más encendido
que el de la rosa de Jericó se pintó en su rostro embellecido con celestial belleza. Acababa de ver que el cielo
se abría en su presencia y que su Hijo bajaba sentado en nube resplandeciente para recibirla entre las
purísimas efusiones del amor filial. Veía a legiones innumerables de espíritus angélicos que venían a su
encuentro agitando palmas triunfales y trayendo coronas inmarcesibles para coronarla como Reina del
empíreo. Arrebatada en inefable arrobamiento, su alma desprendióse dulcemente de su cuerpo a la manera
que el lirio de los valles des pide al marchitarse un último perfume. El ángel de la muerte, a quien ningún
poder huma no detiene en su carrera, revoloteaba en torno de esa humilde hija de David sin atreverse a
herirla; pero si el Hijo pagó tributo voluntario a la muerte, la madre hubo de someterse también a su imperio.

Al punto, luz misteriosa bañó con resplandores celestiales la estancia de María y cánticos que no ha escuchado
jamás oído humano, turbaron el silencio de la callada noche, cuyos ecos repitieron los sepulcros de los reyes y
las ruinas de sus palacios. María había dejado de existir; pero la muerte se había despojado en su presencia
de todos sus horrores: ella no fue más que un dulce y apacible sueño. Las brisas de la noche, robando sus
aromas a las flores del valle, soplaban perfumadas en la fúnebre estancia, y el brillo melancólico de las
estrellas penetraba por entre sus rejas silenciosas.

La muerte es ordinariamente el reflejo de la vida. María, cuya existencia fue enteramente consagrada a Dios,
no podía dejar de tener un fin adecuado a lo que fue su vida. María murió a impulso del deseo de unirse al
amado de su corazón. Su vida fue un largo y prolongado suspiro de amor; su muerte fue el instante en que
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ese suspiro se escapé de su pecho para ir a clavarse como una saeta en el corazón de Jesús y no separarse
jamás de ahí.

Por mucho que amase María a su castísimo cuerpo, su separación le era grata, porque mediante esa
separación iba a unirse con Dios. Si tanto anhelaba ese momento el apóstol San Pablo, ¿cuánto lo anhelaría
aquella que no hizo otra cosa que amar? No hay un deseo más vehemente en el corazón del que
verdaderamente ama, que el de unirse con el objeto amado; por eso María, sí vivía en la tierra se parada de
Jesús, era solamente porque cumplía la voluntad de Dios, pero para ella la vida era un tormento y uno de los
muchos sacrificios que le fueron impuestos. Jamás recibió María noticia mas fausta que la de su muerte, y
jamás un alma humana se desprendió mas fácilmente de un cuerpo humano. El fruto bien maduro se
desprende del árbol con la más leve sacudida. Así como la paloma, libre de los lazos que la tenían cautiva,
emprende sin violencia el vuelo a las alturas, así María, libre de Su cuerpo, voló a las regiones del gozo eterno.

¡Qué muerte tan envidiable!-De todas las ventajas del amor divino es ésta la mas preciosa y la más apetecible.
¡Qué dulce es la muerte para las almas que aman!

EJEMPLO

María, Auxilio de los cristianos

La bondadosísima Madre de Dios, no solamente se complace en acudir en auxilio de las necesidades


particulares de sus devotos, sino que ostenta su misericordia y poder en las calamidades públicas que afligen a
los pueblos. Testimonio fehaciente de esta verdad es la célebre victoria obtenida en las aguas de Lepanto por
las armas cristianas contra los musulmanes, que amenazaban con una formidable flota a Italia y a la Europa
entera.

Para conjurar este peligro, el gran Pontífice San Pío V convocó a los príncipes cristianos para resistir unidos al
poderoso enemigo de la Cristiandad y de los pueblos. Respondieron a su llamamiento Italia, España y Venecia,
y con su auxilio se reunió una flota de doscientas galeras tripuladas con más de veinte mil combatientes, bajo
las órdenes del denodado guerrero español Don Juan de Austria.

Aunque la armada cristiana era una de las más poderosas que había surcado los mares de Europa, era inferior
a la flota otomana en número y calidad. Pero los cristianos, mas que del poder de sus armas, esperaban la
victoria de la protección divina alcanzada por la intercesión de María, que por disposición del Papa, era
invocada en toda la Cristiandad por medio del Santísimo Rosario. Animosos marcharon al combate los
cristianos bajo tan poderoso patrocinio, mientras que el turco ensoberbecido con su poder se regocijaba de
antemano de su triunfo.

Avistáronse las dos formidables flotas en las aguas del mar jónico, y entraron en lucha el 7 de octubre de
1571. Al tiempo de entrar en batalla, don Juan de Austria izó en el palo mayor de la nave capitana una
bandera con la imagen de Jesús crucificado que inflamó el valor de los guerreros cristianos, y el estandarte de
María se desplegó al viento en cada una de las principales naves. A la sombra de estas gloriosas enseñas se
peleó con un arrojo invencible, hasta que tomada por don Juan de Austria la nave capitana de los turcos y
muerto su jefe, entró la confusión en la flota otomana, y un grito de victoria salió ardiente y sonoro de los
labios de los soldados cristianos.

Entre tanto, el Papa, como un nuevo Moisés, oraba fervorosamente en el fondo de su palacio, y una visión
celestial le dio a saber el triunfo de los cristianos en el momento en que la batalla se decidía en su favor. La
conmemoración de este fausto acontecimiento es el objeto de la fiesta del Rosario, que celebra la Iglesia el
primer domingo de Octubre.
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Un siglo después, el poder de la Media Luna se presentó de nuevo amenazante bajo los muros de Viena con
un ejército de doscientos mil hombres. Una cruzada de los príncipes cristianos, inspirada por el Papa Inocencio
XI y mandada por Juan Sobieski, rey de Polonia, reprodujo el drama libertador de Lepanto. El día en que debía
librarse la gran batalla asistió Sobieski a la misa con todos sus generales y se mantuvo durante toda ella con
los brazos extendidos en cruz. Terminado el sacrificio se levantó exclamando: «Vamos al encuentro del
enemigo bajo la protección del cielo y la asistencia de María.»-Pocos días después volvía al mismo templo a
depositar a los pies de su celestial protectora las banderas tomadas al enemigo.

JACULATORIA
Salud ¡oh Madre admirable!
Lirio hermoso de los valles
Y pura flor de los campos.

ORACIÓN

DE SAN LIGORIO PARA PEDIR UNA BUENA MUERTE

¡Oh María! ¿Cuál será mi muerte? Cuán do yo considero mis pecados y pienso en ese momento decisivo de mi
salvación o condenación eterna, me siento sobrecogido de espanto y de temor. ¡Oh Madre llena de bondad! el
único sostén de mis esperanzas es la sangre de Jesucristo y vuestra poderosa intercesión. ¡Oh consoladora de
los afligidos! no me abandonéis en esa hora y no rehuséis consolarme en esa extrema aflicción. Si hoy me
siento atormentado por el remordimiento de mis pecados, por la incertidumbre del perdón, por el peligro de
volver a caer en él, por el rigor de la Divina Justicia. ¿Qué será entonces? Si Vos no venís en mi auxilio, yo
seré perdido para siempre. ¡Oh María! antes del momento de mi muerte, obtenedme un vivo dolor de mis
pecados, un verdadero arrepentimiento y una entera fidelidad a Dios por todo el tiempo que me queda de
vida. Esperanza mía, ayudadme en esas terribles angustias de la postrera agonía; alentadme para que no
desespere a la vista de mis faltas que el demonio procurará poner delante de mis ojos; obtenedme la gracia
de poder invocaros fervorosamente en esa hora a fin de que espire pronunciando vuestro santo nombre y el
de vuestro Divino Hijo. Vos, que habéis otorgado esta gracia a tantos de vuestros siervos, no me la rehuséis a
mí. ¡Oh María! yo espero aún el que me consoléis con vuestra amable presencia y con vuestra maternal
asistencia; mas si yo fuera indigno de tan inestimable favor, asistidme, al menos, desde el cielo, a fin de que
salga de esta vida amando a Dios para continuar amándolo eternamente. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre la muerte de María, a fin de estimularnos a vivir santamente
para obtener una muerte dichosa.

2. Examinar atentamente la conciencia para descubrir nuestra pasión dominante y aplicarnos a corregirla.

3. Rezar las Letanías de la buena muerte para alcanzar de Jesús, por mediación de María, la gracia de tenerla
feliz.
67

DIA VEINTITRÉS

CONSAGRADO A HONRAR LA ASUNCIÓN DE MARIA

CONSIDERACIÓN

Los apóstoles, tristes y abatidos, preparaban el entierro de la Madre de Dios. Los bálsamos más preciosos y las
telas más finas fueron traídos con inmensa profusión para honrar los restos queridos, que, depositados en un
lecho portátil, condujeron los apóstoles en sus propios hombros. En el fondo del Getsemaní las piadosas
mujeres habían preparado una cuna de flores, que tal parecía la fosa cineraria. Una piedra empapada en
lágrimas de los fieles cubrió el santo cuerpo. Allí velaron durante tres días alternando con los Angeles cantares
dulcísimos que parecían arrullar el sueño de María.

Tomas, el que había puesto su mano en las llagas de Jesús resucitado, no habiendo estado presente a los
últimos instantes de la divina Madre, no pudo resignarse a no ver sus restos helados para tener la satisfacción
de dejar en ellos el tributo de sus lágrimas. Fue preciso ceder a sus instancias; todos los apóstoles y discípulos
se congregaron para levantar la losa del sepulcro y cual no fue su sorpresa al ver que el sagrado cuerpo había
desaparecido del sarcófago, no quedando en su lugar sino las flores, frescas y lozanas todavía, que le habían
servido de lecho, mas el sudario de finísimo lino que despedía perfume celestial.

Los ángeles lo habían arrebatado al sepulcro y lo habían conducido en sus alas a la mansión del gozo eterno.
Porque el cuerpo en cuya formación había intervenido el cielo y había sido el tabernáculo de la divinidad no
podía ser pasto de gusanos.

Era necesario escribir sobre su tumba las mismas palabras que los ángeles pronunciaron sobre el sepulcro de
Jesús: «Ha resucitado, no esta aquí.» Ved el lecho en que lo habéis colocado, vedlo vacío, porque su cuerpo
no esta ya en la tierra, sino en el cielo, en un trono de inmensa gloria.

Sí; María, exenta de las miserias de la naturaleza decaída, no podía pagar a la muerte sino un corto tributo.
Por eso, alzándose majestuosa en cuerpo y alma sobre las plumas de los vientos, fue a tocar a las puertas del
empíreo, donde su santísimo Hijo le tenía aparejado un trono de gloria sólo inferior al suyo y donde debía ser
coronada por el Eterno Padre como Reina de los ángeles y de los hombres.

Los ángeles al verla llegar con tan brillante cortejo, exclamarían asombrados: «¿Quién es ésta que avanza
como la aurora, que es más bella que la luna, elegida entre millares como el sol y fuerte como un ejército
ordenado en Vd. talla?»-Y los serafines responderían: «Es la Virgen María que sube al tálamo celeste7 en el
cual el Rey de los reyes se sienta en solio de estrellas.» Y la humilde doncella de Nazaret exclamaría: «Mi alma
glorifica al Señor, por que se ha dignado mirar la humildad de su sierva, y he aquí que todas las generaciones
me llamaran bienaventurada.»

El triunfo de María en su gloriosa Asunción abre nuestro corazón a la más dulce esperanza. Ese triunfo nos
enseña que las dolorosas pruebas de la vida son breves y que los sacrificios que hacemos por Dios o que
soportamos con santa resignación, serán resarcidos en el cielo por una gloria que la lengua humana no puede
explicar. «Las lágrimas, esa sangre del alma, triste privilegio del hombre, tributo fatal de una maldición
hereditaria, expresión común de todos los sufrimientos y que forman el principal lo te de la virtud,» serán
enjugadas en el cielo por la mano de Dios mismo para tornarías en otros tantos motivos de felicidad y de
consuelo. Esa mano que sostiene el mundo y que pesa con terrible pesadumbre sobre el infierno, se cambiara
entonces en mano llena de misericordia y de bondad. No habrá una sola lágrima, por oculta y silenciosa que
haya sido, que no sea recogida por Dios y recompensada en el cielo.
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He aquí lo que esta reservado a las almas que siguen las huellas de María estampadas en el camino real de la
cruz. ¿Quién no querrá derramarlas en abundancia si tan grandes son los premios que le están reservados? -
«Por largo que sea el camino, marchad, viajeros de la vida, porque, en verdad os digo, las visiones de la patria
valen de sobra las penas que os impone la trabajosa jornada del tiempo.»

EJEMPLO
María, Reina del Santísimo Rosario

No hay tal vez devoción más grata a los maternales ojos de María que la del Santísimo Rosario, práctica que
ella misma se dignó inspirar a Santo Domingo de Guzmán, y con la cual convirtió innumerables herejes y
obstinados pecadores. El que practica esta santa devoción puede tener la seguridad de merecer una
protección especial de la Madre de Dios. Entre mil casos que pudiéramos citar, prueba esta consoladora
verdad el hecho siguiente.

El célebre artista Gluk, tan fervoroso cristiano como hábil músico, dio los primeros pasos en la senda del arte
cantando, cuando niño, bajo las suntuosas bóvedas de una basílica católica. Dios lo había dotado de una voz
tan maravillosa que era inmenso el numero de fieles que concurría al templo, cuando se anunciaba que él
cantaría algún cántico sagrado.

Nada hay que contribuya más poderosamente a desenvolver el sentimiento religioso en las almas bien
dispuestas que la practica del arte musical en el santuario. Por eso el joven artista sentía que su fe y piedad se
acrecentaban a medida que, haciendo el oficio de los ángeles en el cielo, cantaba las alabanzas del Señor en el
templo católico.

Salía un día del coro, después de haber cantado admirablemente una plegaria a María, cuando se acercó un
religioso con los ojos húmedos en lágrimas para felicitarlo por su talento artístico. –«Quisiera tener, le dijo,
algo digno de tu mérito para expresarte la complacencia que siento al ver que empleas tus admirables talentos
en honrar al soberano Señor que te los ha dado. Pero soy pobre, lo único que puedo ofrecerte es este rosario,
que pongo en tus manos con la súplica de que lo reces todas las tardes en honra y gloria de la Madre de Dios:
si así lo hicieres, te pronostico que el cielo bendecirá tus esfuerzos y llegaras a ser grande entre los hombres.»

Sorprendido y a la vez complacido de lo que acababa de oír, Gluk tomó respetuosamente el rosario que le
ofrecía aquella mano escuálida por las austeridades, prometiendo rezar el rosario todos los días de su vida.

No tardó la Santísima Virgen en premiar el obsequio del joven artista. Sus padres, comprendiendo las felices
disposiciones de su hijo, resolvieron enviarlo a Roma para que se perfeccionase en el arte. Pero eran pobres,
carecían de los recursos necesarios para educar al niño y costear su permanencia en país extranjero. Una
tarde en que Gluk acababa de terminar su rosario, llamaron reciamente a la puerta de su humilde morada. Era
el Maestro de Capilla de la Catedral de Viena que en cargado de ir a Italia para formar la colección de las
obras de Palestrina, llegaba por encargo del Arzobispo a proponer a los padres de Gluk el cargo de secretario
para su hijo.

Sus deseos estaban cumplidos: Gluk iría a Roma sin sacrificio alguno y bajo el patrocinio de un sabio profesor.
Gluk dejaba a los quince años la casa paterna para ocupar un puesto que envidiarían muchos hombres
después de una larga carrera. Su fama llegó hasta los palacios de los reyes, quienes lo colmaron de honores.
Fue el favorito de dos reinas, Maria Teresa y Maria Antonieta de Austria, y el preferido de la corte de Versalles.

Pero, en medio de los honores, de la gloria y de las riquezas, no olvidó ni un solo día la promesa que había
hecho al monje al salir del templo de su pueblo. Interrumpía los banquetes y los saraos de las cortes para
rezar el rosario con el fervor de los primeros días. Durante los años de su larga y brillante carrera resistió con
admirable entereza a las seducciones del mundo y a la voz insidiosa de las pasiones. Cruzó por entre las
perversiones de la sociedad de su época sin contaminarse, como la paloma vuela por encima de los pantanos
sin manchar sus blancas alas.
69

JACULATORIA

Ruega por mí, ¡oh Madre mía!


Para que sufra contigo
Y contigo goce un día.

ORACIÓN

¡Qué grato es para nosotros! ¡Oh Madre bienaventurada! ¡verte en el cielo al lado de tu divino Hijo en un
océano de inefables delicias después de la furiosa tormenta que se descargó sobre Ti! Hijos de vuestros
dolores, queremos manifestarte hoy con nuestros himnos de júbilo que compartimos también contigo la
alegría de que disfrutas en la mansión del perenne gozo. Jamás un hijo puede ser indiferente así a las lágrimas
como a la felicidad de su adorada madre; por eso nosotros, que hemos llorado contigo al pie de la cruz, nos
gozamos también contigo de la gloria de que gozas al pie del árbol de la vida. Peregrinos en este valle de
lágrimas, tenemos también mucho que padecer. Permítenos, dulce Madre, descansar en tu regazo en las horas
de la tribulación para no desfallecer en la prueba y perder el mérito del padecimiento. ¡Oh María, ten piedad
de los que llevamos a cuestas la cruz del sacrificio; pero que no se haga, no, nuestra voluntad, sino la de Dios!
Queremos seguir en tu compañía a Jesús hasta la muerte, para poder decir con él y como él: «Todo esta
consumado, ya no hay más que sufrir, vengan ahora las eternas coronas y las palmas inmarcesibles.» Hasta
que ese momento llegue, dígnate sostenernos en nuestra debilidad; permítenos tomar algún reposo en tus
brazos, y en me dio de la tribulación, habla a nuestro corazón palabras de aliento y esperanza, a fin de que,
cesando un día para siempre nuestras lágrimas, den lugar a los eternos gozos del cielo. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer una visita a la Santísima Virgen en alguno de sus Santuarios para felicitarla por la gloria de que
disfruta en el cielo.

2. Rezar devotamente el Acordaos por la conversión de los pecadores.

3. Dar una limosna para contribuir a los gastos que demanda la celebración del Mes de María en los templos
en que se practican estos santos ejercicios.
70

DIA VEINTICUATRO

DESTINADO A HONRAR LA CORONACIÓN DEMARIA EN EL C1ELO

CONSIDERACIÓN

Después del triunfo de Jesús, jamás presenciaron los ángeles triunfo más espléndido que el de María al hacer
su entrada en el Paraíso. Los príncipes de la corte celestial le salen al encuentro batiendo palmas triunfales y
entonando dulcísimos cantares al compás de sus citaras de oro. Un trono hermosísimo aparejado a la diestra
de Jesús, es el lugar destinado para aquella a quién los ángeles proclaman reina y soberana, yen medio del
júbilo universal ocupa ese trono que habían visto hasta ese momento vacío. Los más encumbrados serafines
ciñen la frente de María con una corona más rica y gloriosa que la de todos los reyes de la tierra. Forman esa
corona doce relucientes estrellas, como habla el Apocalipsis, que representan a los apóstoles, de los cuales es
proclamada reina, como fue en la tierra su madre, su apoyo y su consuelo. Además de esas estrellas de
primera magnitud que hermosean la corona de María, brillan muchas otras que representan a los nueve coros
de los ángeles, quienes ven en ella ala mujer bendita que quebrantó la cabeza de la serpiente. Esas estrellas
representan a los patriarcas y profetas de la antigua ley, que prepararon la descendencia de esa mujer
incomparable y anunciaron su venida; a los doctores de la Iglesia, que se reconocen deudores a María de la
luz que por su medio les fue comunicada, y en la cual bebieron la doctrina con que resplandecieron; a los
mártires, que aprendieron de María la invencible fortaleza con que desafiaron las iras de los tiranos y dieron
contentos su vida por la fe de Jesucristo; a las vírgenes, a quienes enseñó María a abrazarse con la bellísima
flor de la virginidad, que era hasta entonces desconocida en el mundo y que hoy perfuma con sus aromas el
cielo. Todos los bienaventurados la miran con el más profundo acatamiento, por cuanto fue la madre del
Redentor, y a impulsos de su gratitud y de su admiración, le rinden sus coronas, confesando que ella es
verdaderamente su reina y la de todo el universo.

La Iglesia militante no cede en entusiasmo a la triunfante en reconocer a María por soberana. Los peregrinos
de la tierra la invocan en medio de los contratiempos de la vida con la confianza que inspira su poder, porque
nada le podrá ser rehusado después del triunfo que alcanzó en su entrada al Paraíso. ¡Qué gloria y qué dicha
para nosotros tener una Reina tan poderosa y tan clemente! ¡Qué inestimable felicidad la nuestra al saber que
ella se honra con ejercer su amoroso imperio en los desvalidos para socorrerlos, en los menesterosos para
enriquecerlos, en los atribulados para consolarlos, en los pecadores para llamarlos a penitencia, en los justos
para sostenerlos en sus combates y en los desgraciados para comunicarles la resignación y el aliento en sus
trabajos. ¡Ah! nosotros debiéramos tener a mayor honra ser el último de sus vasallos que empuñar el primer
cetro del mundo. En su protección tendremos cuanto podemos necesitar en nuestro destierro; luz, fuerzas,
consuelos, esperanza, una prenda segura de salvación. Sirvámosla como fieles y rendidos vasallos; hagamos
nuestros los intereses de su gloria; alegrémonos de verla tan colmada de grandezas y extasíense nuestros
apasionados corazones en la gloria de que Dios la colma en el cielo. ¡Felices los que la honran y la sirven!…

EJEMPLO

Magnificencia de María en el cielo

Había en el monasterio de la Visitación de Turín una religiosa doméstica, que por su santidad era la edificación
de sus hermanos en religión. Distinguíase especialmente por una devoción ternísima a la Santísima Virgen. En
1647 Nuestro Señor favoreció a su sierva con una enfermedad que al parecer debía terminar con la muerte.
Los médicos declararon que no la entendían, y los remedios que le propinaban, en vez de aliviarla, redoblaban
sus padecimientos.
71

Un día en que sus dolencias llegaron a un extremo de rigor insoportable, se sintió de improviso poseída del
espíritu de Dios y en un estado de completa enajenación de sus facultadles y sentidos. Dios quiso premiaría
haciéndola gozar por un momento de la visión del cielo y en especial de la gloria de que allí disfruta la
Santísima Virgen.

«¿Quién podrá referir, decía la venerable religiosa, los portentos de la hermosura y grandeza incomparables de
esta Reina del empíreo? Para dar una idea de tanta grandeza necesitaría la lengua de los ángeles y hablar un
idioma que no fuese humano. Esa hermosura y grandeza son tales que jamás se ha dicho en el mundo nada
que se aproxime ni de lejos a la realidad. Después de haber visto lo que me ha sido dado ver, no experimento
ya la satisfacción que antes sentía al oír publicar las alabanzas de María, pues la expresión humana me parece
baja y grosera. Incapaz de declarar convenientemente lo que he visto, sólo diré respecto de la grandeza de
María, lo que decía del cielo el Apóstol San Pablo, esto es, que el entendimiento del hombre no puede
comprender lo que Dios nos prepara de placer y felicidad con sólo ver a la Santísima Virgen en la plenitud de
su gloria. Yo la vi sentada en un trono brillante como el sol, sostenida por millares y millones de ángeles. En
rededor de este trono vi un infinito número de santos que le rendían y tributaban mil alabanzas. Esto me hizo
pensar que aquellas almas bienaventuradas eran como otras tantas reinas de Saba alabando en la celestial
Jerusalén a la Madre del inmortal Salomón.»

«Tan dulces eran sus miradas, tan suaves y deliciosas sus sonrisas, tan llenos de gracia y majestad sus
movimientos que habría estado toda una eternidad contemplándola sin cansarme. Su rostro, de hermosura
incomparable, despedía una luz tan viva que llegaba hasta mi envolviéndome en sus resplandores. Una corona
de relucientes estrellas formaba un cerco en torno de su frente. Me parecía ver que con una respetuosa y
amorosa Majestad ella adoraba un objeto que se escondía a mis mira das: era, sin duda, la Divinidad que se
ocultaba en medio de una luminosa oscuridad adonde mis ojos no podían llegar. Yo vi que la soberana Reina
del cielo, revestida de una gracia arrobadora, pidió a Dios, no sólo, mi salud sino también la prolongación de
mi vida, y una dulcísima sonrisa que se dibujó en sus labios purísimos me dio a entender que la Divinidad
accedía a su súplica. En efecto, el día de la gloriosa Asunción me encontré completamente curada, y en
disposición de dejar la cama y ejercer mis oficios.»

«Esta visión me inspiró un desprecio tan grande por todo lo creado, que desde entonces no he visto ni hallado
nada que me cause ni el mas ligero placer: me hallo enteramente insensible para todo lo de este mundo. Esta
visión me ha inspirado además, una confianza sin límites en el poder y bondad de esta Madre de amor, pues
be podido comprender cuan grande es la eficacia de su intercesión por la pron
presentar, de manera que habría podido decirse que en vez de suplicar habla ordenado.»

«Fáltame aún decir, que he comprendido que la incomprensible grandeza de María es debida al abismo de su
humildad. Si, la humildad la ha hecho Madre Dios, la humildad la ha elevado sobre todos los ángeles y
santos…»

He aquí un pálido reflejo de la gloria de María en el cielo revelada a la tierra por un alma que mereció el
insigne favor de contemplarla por un instante. Acreciente esta revelación el amor y la confianza hacia ella en
nuestros corazones, para que invocándola en nuestras necesidades, logremos un día la di cha inefable de
gozar de su compañía.

JACULATORIA

Salud ¡oh Reina del cielo!

Salud ¡oh Madre querida!

Fuente de paz y consuelo,


Sé nuestro amparo en la vida.
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ORACIÓN

¡Oh poderosa Reina del cielo y de la tierra, postrados a vuestros pies, venimos en este día, consagrado a
recordar las coronas que ciñeron vuestra frente, a unir nuestras voces de júbilo a los himnos que entonaron
los ángeles y los bienaventurados el día de vuestra gloriosa coronación!

¡Cuan dulce es para nosotros, que nos complacemos en llamaros nuestra madre, veros levantada a tan excelsa
gloria y revestida de tan alto poder! Sabemos, dulce madre, que todo lo podéis en el cielo y que jamás será
desgraciado el que merezca vuestra decidida protección; sabemos también que a Vos, como madre, Dada os
será tan grato que alargar a vuestros hijos una mano compasiva para auxiliar los y protegerlos. Por eso nos es
permitido depositar en Vos nuestra mas dulce confianza; por eso acudimos a Vos con la seguridad de no ser
jamás desoídos; por eso experimentamos tan dulce complacencia al invocar vuestro nombre; al llamaros en
nuestro socorro. Tierna madre nuestra, nosotros necesitamos en toda horade vuestra maternal solicitud; no
nos abandonéis en medio de las borrascas del camino. Vasallos rendidos, os imploramos como a Reina que
dispone de un omnímodo poder para emplearlo en provecho de sus fieles súbditos; no permitáis, Señora, que
abandonemos alguna vez nuestra gloriosa cualidad de vasallos humildes y rendidos para hacernos esclavos de
las pasiones, del mundo y del demonio. Alcanzadnos la gracia de vivir y morir a la sombra de vuestro manto
de madre y vuestro cetro de Reina, a fin de haceros un día eterna compañía en el cielo. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Rezar una tercera parte del Rosario en homenaje a la gloria de María en su coronación en el cielo.

2. Hacer tres actos de vencimiento de la propia voluntad, pidiendo a María el espíritu de sacrificio.

3. Repetir nueve veces el Gloria Patri en honra de la Santísima Trinidad en agradecimiento de los favores
otorgados a María.
73

DIA VEINTICINCO

MARIA CONSIDERADA COMO MADRE DE LOS HOMRRES

CONSIDERACIÓN

Cuando el hombre levanta al cielo sus ojos llorosos, por grande que sea el abismo de iniquidad o de desgracia
en que haya caído, encuentra allí la imagen amorosa de un Padre que le inspira valor y confianza. Pero Dios
que se complace en que nuestros labios lo invoquen diciéndole: Padre nuestro que estás en
los cielos, nos señala también a su lado la imagen de una madre que sonríe llena de amor: esa imagen es la
de María.

Así convenía que sucediese, porque la paternidad va siempre unida a la maternidad. Donde existe un padre,
hay también una madre. La gran familia de los hijos de Dios no podía carecer de un bien que es común á la
familia terrestre: el amor de una madre. Nada hay en el mundo que pueda reemplazar dignamente el amor
maternal; su ausencia deja en el corazón de los hijos un vacío que ningún otro amor puede llenar. Es cierto
que el amor de Dios satisface cumplidamente las aspiraciones del corazón; pero el amor de María es un afecto
que hace brotar en el alma la más grata ternura y la más dulce confianza, y, alojando todo temor, abre el
corazón de los hombres a la más halagüeña esperanza.

He ahí porque Dios ha querido que tuviésemos, no solamente una madre en el mundo, sino también una
madre en el cielo. Próximo a espirar en la cruz, quiso Jesús darnos una última y suprema manifestación de su
amor. Pero ¿Qué podría darnos en el estado a que la perfidia de los hombres lo había reducido? Des nudo de
todo bien terreno, sin poseer ni siquiera la túnica que había vestido durante su vi da, lo único que le quedaba
era su madre que lloraba afligida al pie de la cruz de su sacrificio. Y después de habernos dado toda su
sangre, después de haberse dado á si mismo en el Sacramento de nuestros altares, Jesús moribundo,
lanzando sobre el mundo una última mirada de amor y de misericordia, nos lega a María por madre en la
persona de su amado discípulo, diciéndole: He ahí a tu Madre, después de haber dicho a María: He ahí a tu
Hijo, señalando al discípulo. ¡Oh! mujer afligida, le dice, a quien un amor infortunado os hace experimentar
tan rudos sufrimientos, esa misma ternura de que estáis llena por mi, tened la por todos los redimidos con mi
sangre, representados en la persona de Juan; amadlos como me habéis amado a mi.

Después de estas palabras, Jesús inclina su cabeza sobre el pecho y muere. Parece que faltaba el último sello
de la salvación del mundo, que consistía en hacer a los hombres el precioso legado del corazón de su madre.
¡Ah! si los últimos encargos de un hijo moribundo son tan sagrados para una madre, ¿cómo dudar de que
María nos aceptase por sus hijos después de la tierna recomendación de Jesús agonizante? Si, nuestra
adopción de hijos es tanto más amada para ella, cuánto más cara le ha costado. Ella sacrifica, por salvarnos, a
su Hijo único, y prefiere verlo espirar en un mar de tormentos á vernos á nosotros perdidos. Dos hijos tuvo
María: el uno inocente y el otro culpable; pero con tal de salvar al culpable consiente en entregar a la muerte
al inocente. ¿Puede concebirse un amor más tierno y desinteresado? ¿Puede exigírsele una prueba más
elocuente de su amor por los hombres? Como si esta fineza no bastara a convencernos de su amor, no cesa
de añadir nuevos y brillantes testimonios de su maternal afecto. No hay miseria que no esté pronta a
remediar, no hay necesidad que no satisfaga, no hay lágrimas que no enjugue ni dolor que no temple. María
está sentada en un trono de misericordia, dispuesta siempre a escuchar el grito de nuestras necesidades; ella
depone a los pies de su Hijo la ofrenda de nuestras lágrimas, y para hacer de ellas un holocausto más valioso,
las mezcla con alguna de las que ella derramó al pie de la cruz.

¡Ah! ¿quién no amará a tan tierna madre? Su amor es el consuelo más dulce de la vida; ese amor hace gustar
en medio de los trabajos y amarguras del destierro, las primicias de la felicidad eterna. «¡Qué consuelo,
exclama Tomás de Kempis, no debéis encontrar en medio de las penas de la vida, en las entrañas de aquella
en quien se ha encarnado la misericordia y a quien el Salvador ha colocado a su diestra para hacer de ella la
dispensadora de todas sus gracias!»
74

EJEMPLO
La vuelta de un pródigo.

En un hermoso día de primavera acababa de pasearse la imagen de María por entre sendas de flores y arcos
triunfales en un pueblo situado al sur de Francia. Terminada la fiesta religiosa, el párroco se había retirado a
su casa para terminar en el silencio de la oración un día lleno de dulces y santas emociones; ponía fin al rezo
divino con el Salve Regina, cuando oyó que llamaban a su puerta. En el umbral de esta puerta que nunca se
cierra, apareció un joven sombrío y taciturno que con acento tembloroso dijo al sacerdote: – No tengo el
honor de conoceros; pero sé que sois el padre de todos y en especial de los desgraciados. Este titulo me da
derecho para importunaros, viniendo en solicitud del auxilio de vuestro sagrado ministerio. -Decid lo que
queráis, hijo mío, le dice con bondad paternal el sacerdote; que las horas más felices del párroco son aquellas
en que le es dado endulzar las amarguras de la desgracia. Dios nos hace a menudo testigos de resurrecciones
inesperadas. Ministro de Aquel que llamó a Lázaro de la podredumbre del sepulcro, estamos siempre
dispuestos a sacar las almas del cieno de la culpa y restituirías a la vida de la gracia.

Al oír estas palabras, el joven pareció reanimarse, y un rayo de alegría surcó su frente pálida.

-Yo, dijo en seguida, soy uno de esos desgraciados que naufragan desde temprano en la corriente de las
pasiones, olvidando las enseñanzas de una madre cristiana y el respeto que se debe a un nombre ilustre.
Llegado a esa edad en que las pasiones alborotan el corazón me dejé arrastrar de pérfidos consejos, y pronto
hube de reconocer que un abismo llama a otro abismo. Irritado por las reconvenciones saludables de mi
virtuosa madre, resolví, alejarme y dar libre curso a mis ilusiones juveniles. Mi padre puso en mis manos una
considerable cantidad de dinero, para que viajase por los Estados Unidos de América de los que tan lisonjeras
alabanzas habla oído a mis compañeros de placer y de desórdenes. Mi madre lamentó profundamente esta
resolución; porque Dios ha concedido al amor de las madres cierta luz e intuición profética sobre el porvenir
de sus hijos. Ella me siguió con sus oraciones derramadas sin cesar a los pies de María y con sus cartas llenas
de conmovedoras exhortaciones.

No necesito deciros que esta libertad me fue funesta, y amaestrado ahora por dolorosa ex periencia, yo diría a
todas las madres que no permitiesen viajar solos a sus hijos en la edad de las ilusiones. Me establecí por algún
tiem po en Washington, donde mi vida transcurrió entre partidas de placer y de disolución.

Un día arriesgué en el juego todo el dinero que me quedaba, y de improviso me vi sumido en la mayor miseria
en tierra extraña y sin re cursos para volver a mi patria. En esta situa ción fui a ver al capitán de un buque
francés para que me recibiera en su nave sin pagar fle te, lo que no me fue concedido sino a condición de que
fuese en la tripulación como criado.

Aunque esto era para mi en extremo humi llante, hube de aceptarlo; y vistiendo el traje de marinero, comencé
a trabajar como los de más.

Pero no era esta ni la única ni la mayor des gracia que me acarrearon mis locos devaneos. En nuestro viaje de
regreso nos asaltó una fu riosa tempestad a las alturas de las islas Azo res. Gruesas nubes se amontonaron
sobre nuestras cabezas y el mar levantaba montañas de agua. Un huracán deshecho rompió nues tro palo
mayor, y la nave, falta de gobernalle fue a estrellarse contra enormes rocas. En aquel angustioso momento,
imploré postrado de rodillas sobre cubierta, a Aquella que es llamada Estrella de la mañana, prometiéndole
que, si libraba de aquel peligro; pondría fin a mis desórdenes. Entonces me lancé al mar asi do de una tabla, y
por espacio de veinticuatro horas floté a merced de los vientos y las olas.

Quiso mi buena protectora que pasase cerca de mí un barco americano que iba en dirección a Marsella, y me
recogiese a bordo.
75

Vengo, pues, a cumplir mi promesa, postrán dome a vuestros pies para confiaros los secretos de mi
conciencia. Dignaos abrirme las puer tas del cielo y derramar sobre mi alma con la santa absolución una gota
de esa dulce paz que hace quince años que no he gustado…

La bondad maternal de María devolvía a un nuevo pródigo al doble regazo de la religión y de la familia.

JACULATORIA

Madre de Dios, madre mía,


Un hijo amante te invoca,
Ven en mi auxilio ¡oh María!

ORACION DE SAN FRANCISCO DE SALES A LA SANTISIMA VIRGEN CONSIDERADA COMO MADRE

Yo os saludo, dulcísima Virgen María, Madre de Dios, y os


escojo por madre querida. Os suplico me aceptéis por hijo y servidor vuestro, porque yo no quiero te ner otra
madre sino á Vos. No olvidéis ¡oh mi buena, graciosa y dulce madre! que soy vuestro hijo y una criatura vil y
mi serable. Dirigidme en todas mis acciones, porque soy un pobre mendigo que tengo extrema necesidad de
vuestro socorro y protección. Santísima Virgen, mi dulce madre, hacedme participante de vuestros bienes y de
vuestras virtudes, principalmente de vuestra santa humildad, de vuestra virginal pureza y de vuestra
encendida caridad. No me digáis ¡oh María! que no podéis hacerlo, porque vuestro amado Hijo os ha dado
todo poder en el cielo y en la tierra. No me digáis tampo co que no debéis hacerlo, porque Vos sois la madre
común de todos los pobres hijos de Adán y especialmente la mía. Y si sois madre y reina poderosa ¿qué os po
dría excusar de prestarme vuestra asistencia? Acceded, pues a mis súplicas, escu chad mis gemidos y
concededme todos los bienes y gracias que sean del agrado de la Santísima Trinidad, objeto de mi amor en el
tiempo y en la eternidad. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Incorporarse en alguna cofradía que ten ga por objeto honrar a María bajo alguna de sus consoladoras
advocaciones.

2. Abstenerse de todo acto de impaciencia o de ira.

3. Rezar el oficio parvo de la Santísima Vir gen, pidiéndole que nos conceda su protección durante la vida y en
especial en la hora de la muerte.
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DIA VEINTISÉIS

LA MATERNIDAD DE MARIA DEBE INSPIRARNOS LA MAS GRANDE CONFIANZA

CONSIDERACIÓN

Si María es madre de los hombres nada hay después de Dios que pueda inspirarnos más dulce confianza,
porque nada hay en el mundo comparable con el amor maternal. En todos los peligros y circunstancias
adversas de la vida, un hijo se arroja lleno de seguridad y de confianza en los brazos de su madre porque sabe
por instinto que el amor de una madre vela siempre solícito por sus hijos, y que jamás ese amor padece
olvidos e indiferencias.

Ese afecto santo transportado a la religión y aplicado a María, se reviste de un carácter de dulzura, de
suavidad, de confianza familiar que tempera la majestad del Dios que, si es nuestro Padre, es también nuestro
Juez. Viendo a María, se aleja del alma todo pensamiento te rrible para dar cabida a los pensamientos
consoladores de la bondad y misericordia de su Hijo divino. Sin María, nosotros seriamos, sin duda, hijos de
Dios; pero seriamos hijos sin madre en presencia de un Dios justamente irri tado por nuestras infidelidades.
¿Qué esperan za tendríamos de doblegar con nuestras súpli cas el rigor de la justicia incorruptible, si no
tuviésemos en María una madre que no rehúsa jamás valorar nuestras súplicas con sus méritos para alcanzar
nuestro perdón? -Cuando consideramos que María fue, como nosotros, una peregrina de la tierra, una hija de
Eva que sufrió y lloró como nosotros, no podemos menos que sentir una confianza que disipa to do temor. Ella
conoce lo que son las miserias de la vida, lo que cuesta la practica de la vir tud, las dificultades que se oponen
a la santificación, la fuerza de las pasiones, la astucia de nuestros enemigos; y por lo mismo, sabe
compadecerse de nuestra flaqueza y esta pronta a remediar nuestras desgracias. Por eso, en este valle
anegado con nuestras lágrimas, María se nos presenta siempre inclinada hacia nos otros, estrechando con una
mano la diestra de su Hijo en ademán suplicante y curando con la otra todas las llagas de nuestras almas.

«Vosotros podéis ahora, dice San Bernardo, acercaros a Dios con confianza, porque tenéis una madre que se
presenta delante de su Hijo y un Hijo que se presenta delante de su Padre. María muestra a su Hijo el seno
que lo engen dró y el regazo en que descansó; Jesucristo muestra a su Padre su costado abierto y sus manos
y pies llagados. Los méritos del Hijo todo lo obtienen del Padre, y los méritos de la Madre todo lo obtienen del
Hijo. Es imposible, agrega, que Dios rehúse conceder una gracia que le es pedida con tan tiernas muestras de
amor. No, él no puede rehusar lo que se le pide con un lenguaje tan elocuente.

«El dulce nombre de madre encierra toda ternura, despierta los más tiernos recuerdos y hace nacer las más
caras esperanzas. Es el símbolo de la bondad, de la paz, de la mise ricordia. Pero el corazón de María, siendo
la obra maestra de la gracia, sobrepasa a todas las madres en bondad, amor y misericordia para con sus hijos.
Como suele acontecer a las madres de la tierra, María demuestra una predilección tanto más solícita, cuanto
más desgraciados son sus hijos. ¡Qué motivos tan poderosos de consuelo para los que sufren y lloran! ¡Qué
motivos de dulce confianza para los pecadores! María les ofrece toda la ternu ra, la piedad, la solicitud de una
madre que nada anhela tanto como verlos felices. Pobre huérfano, que habéis visto arrebatar a vuestro amor
a una madre tiernamente amada, conso laos, que es falso que el hombre no tenga mas que una madre. La
tierra nos da una, esa suele desaparecer entre las lágrimas y llantos de sus hijos; pero el cielo nos da otra que
no muere y que siempre esta prodigándonos sus divinas caricias.»

EJEMPLO

María, Rosa mística


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El venerable Nicolás Celestino de la Orden de San Francisco, ardía en vivos deseos de procurar a María la
mayor honra y gloria posible. Antes que la Inmaculada Concepción fuese un dogma de fe, no faltaban en la
Iglesia quienes pusiesen en duda la verdad de este maravilloso privilegio. Nicolás no com prendía que María
hubiese estado alguna vez enemistada con Dios ni un solo instante; y por lo mismo, era un defensor ardiente
de esta verdad. Aunque la orden a que pertenecía cele braba anualmente la fiesta de la Inmaculada
Concepción, el siervo de Dios no se contenta ba con esto, sino que deseaba además que como todas las
grandes solemnidades de la Iglesia, se celebrase con octava.

No tardó mucho el venerable religioso en ser elegido superior; entonces, aunque venciendo grandes
dificultades, pudo ver realizado su piadoso deseo. Mas, como oyese que algu nos religiosos criticaban la nueva
solemnidad, se afanó por discurrir un medio que conven ciese a todos sus hermanos de que el obsequio era
agradable a los ojos de la Santísima Virgen.

Un día llamó a los religiosos y les dijo: -Sé que algunos de vosotros dudáis de que sea del agrado de la
Santísima Virgen que cele bremos con toda solemnidad su Concepción Inmaculada. Pues bien, yo con la ayuda
de Dios voy a demostraros de una manera irre futable que ella se complace de este obsequio.

Dicho esto, se encaminó con todos sus mon jes al jardín del convento donde lucían mu chas esbeltas rosas
que perfumaban el ambien te.- Coged, les dijo, la rosa que os parezca mejor de todas las que tenéis a vuestra
vista: la que escojáis será colocada en un vaso sin agua ante el altar de María Inmaculada. Si esta rosa, como
es natural, se marchitase al tercer día, tendrán razón los que critican lo que nuestra Orden ha dispuesto hacer
en honra de María; pero, si por espacio de un año, per manece milagrosamente fresca y lozana, como en el
momento de desprendería de su tallo, entonces deberemos confesar, no solamente que María fue concebida
sin pecado, sino que es la voluntad del cielo que celebremos con todo esplendor, así su fiesta como su octava.

Todos aceptaron la propuesta: se cogió una rosa blanca, y depositada en un vaso sin agua, se colocó en el
altar de la Purísima Concep ción. Pasaron los días unos en pos de otros, y la rosa conservaba intacta su lozanía
y fragancia hasta que, terminado el año, dejó caer sus bojas marchitas.

En vista de aquel prodigio, los religiosos ce lebraron con grande entusiasmo la fiesta que de tal manera
justificaba y aplaudía el cielo. Por este medio fue glorificada María, premia da la fe del venerable Nicolás
Celestino y confirmada la verdad del excelso privilegio que, declarado dogma de fe, es hoy una piedra preciosa
que abrillanta la corona de gloria de la Madre de Dios.

JACULATORIA

¡Qué dulce y grata es la vida

Si la perfumas y alientas

Con tu amor, madre querida!

ORACIÓN

Cuando considero ¡oh María! tierna y dulce Madre de los hombres, que vuestras entrañas están siempre llenas
de amor para con nosotros, yo siento que la más firme confianza renace en mi corazón y que se disipan todos
los negros temores que me afligen en orden a mi salvación. ¡Sois tan buena, tan amable, tan miseri cordiosa!
¡Ah! si Vos no fuerais mi madre, ¿quién me consolarla en mis sufrimientos, quién me sostendría en mi
debilidad, quién calmarla las inquietudes que turban mi corazón? Vos sois la salvaguardia del po bre y del
desvalido; Vos sois el gozo y la esperanza de los que padecen; Vos la es trella que jamás se oscurece en
medio de las tempestades de la vida. Vos sois la mediadora entre Dios y nosotros, Vos desarmáis con vuestros
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ruegos la mano irri tada del Señor. Vos nos abrís un corazón de madre para que depositemos en él nues tras
tristes confidencias. Vos sois mi Ma dre, ¡oh qué felicidad!.. Yo lo diré a todas las criaturas: María es mi madre;
yo lo repetiré sin cesar en todas las horas de mi vida, en el gozo como en el dolor; de mis labios moribundos
caerá esa última pala bra: ¡Vos sois mi Madre! Teniéndoos á Vos por Madre, nuestra felicidad es mayor que la
de los ángeles, porque ellos sólo os tie nen por Reina. Escuchad ¡oh María! con especialidad las plegarias de
todas las madres que colocan a sus hijos bajo vues tra maternal protección, a fin de que ma dres e hijos, en la
tierra y en el cielo, sea mos recibidos en los brazos de vuestra divina maternidad. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer un acto de entera y perpetua con sagración a la Santísima Virgen como una prueba de que la
reconocemos por Madre.

2. Saludar a la Santísima Virgen con una Avemaría toda vez que veamos alguna imagen suya.

3. Oír una misa en sufragio del alma más devota de María.


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DIA VEINTISIETE

AMOR QUE DEBEMOS PROFESAR A MARIA

CONSIDERACION

Si la bondad maternal de María no fuera bastante motivo para decidirnos a amarla, la consideración de sus
perfecciones no podrá menos de hacer brotar en nuestros corazones el más ardiente y generoso amor por la
que reúne en si todo lo que hay de grande y perfecto en el orden de la naturaleza y de la gracia.

La belleza física y la belleza moral, la hermosura del cuerpo y del alma arrebatan espontáneamente el amor a
nuestros corazones, porque, como dice un sabio de la antigüedad, cualquiera que tenga ojos para verla, no
puede menos que tener corazón para amarla.

Ahora bien, ninguna criatura, después de Jesucristo, ha poseído en grado más excelso la hermosura del
cuerpo y del alma. María fue la obra predilecta del poder del Altísimo y en ella tuvo sus complacencias desde
la eternidad. Su cuerpo destinado a ser el santuario de la divinidad, debió de poseer toda la perfección de que
es capaz la naturaleza y toda la hermosura que convenía a la que debía ser el tabernáculo vivo y animado de
la belleza infinita. Por eso los Libros Santos, profetizando esa belleza incomparable, han podido exclamar:
«Toda hermosa eres, amiga mía, toda hermosa eres;» lo que vale tanto como decir que en su persona se
encierra una belleza sin medida.

La belleza por excelencia es Dios; y esa her mosura se comunica a las criaturas en el mis mo grado en que se
unen a Dios, como la pu reza de las aguas es tanto mayor, cuanto mas cerca están a la fuente. Y ¿con cuál
criatura se ha unido más estrechamente la infinita belleza que con María? ¿No la amó y la prefirió a to das
eligiéndola por madre del Verbo encarna do? -Esta consideración hacia exclamar a San Epifanio: «Sois ¡oh
María! la primera belleza después de Dios, y en comparación de la vues tra, no tienen sombra de hermosura
los serafines, ni los querubines, ni todos los nueve coros de los ángeles. Los considero en vuestra presencia
como a las estrellas del cielo, que pierden toda su luz cuando el sol aparece.» Pero, sin necesidad de acudir a
tales conjetu ras, para conocer la belleza física de María no necesitamos sino oír el testimonio de los que
tuvieron la dicha incomparable de verla cuan do aún era peregrina de la tierra. San Dionisio Areopagita,
después de haberla visto, decía que si la fe no le enseñara que no podía exis tir más que un Dios, habría
adorado a la San tísima Virgen como a Dios. La belleza cautiva sin violencia los corazones, y aun esas belle zas
frágiles e imperfectas que el mundo admira han tenido poder para trastornar a pueblos enteros. Arrebate,
pues, nuestro amor la hermosura incomparable de María y encienda en nuestro pecho un incendio voraz.

Pero si tanto puede la hermosura del cuer po, ¿cuanto mas deberá seducirnos la belleza del alma, que excede
a la primera como el alma excede en excelencia al cuerpo?-Decía Santa Catalina de Sena, que si pudiésemos
ver con los ojos del cuerpo la belleza de un alma sin pecado y con sólo el primer grado de gracia, quedaríamos
tan sorprendidos al reconocer cuánto sobrepujaba a todas las bellezas de la naturaleza corpórea, que no
habría quien no desease morir, si fuera preciso, por conservar beldad tan hechicera. Ahora bien, si la última de
las almas en el orden de la gra cia encierra en sí tanta belleza, y si remontado el vuelo contemplásemos a las
almas que han sabido a otros grados de gracia más elevados hasta llegar a la más perfecta, ¿cuánta no sería
nuestra admiración en presencia de su hermosura? Pues bien, la más elevada de esas almas no es más que
una sombra comparada con María, porque ella posee más gracias y por consiguiente, mas belleza que todos
los Santos y bienaventurados juntos. Todas esas celestiales bellezas son siervos y vasallos de María. Ella sola
es la madre del Creador de todos ellos; ella después de Dios, es quien tiene extasiados de amor y de dicha a
los mo radores de la celestial Jerusalén.

¡Ah! ¡si los que se deleitan en las efímeras bellezas del mundo hubiesen contemplado por un instante la beldad
de María, todo otro afecto moriría al punto en sus corazones! Mas si no nos es dado contemplar con los ojos
del cuerpo la hermosura de su alma adornada con todas las piedras preciosas de las virtudes, a lo menos
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procuremos verla siempre con los ojos del alma para extasiamos en su belleza y embriagarnos en las delicias
de su amor.

EJEMPLO

El Papa de la Inmaculada Concepción

Pío IX, cuya santa memoria está unida con lazo de oro a las glorias de María, debió a la protección de esta
Madre bondadosa un señalado favor al comenzar su carrera sacerdotal. Mientras el joven Juan María Mastai
era estu diante, le acometió una grave enfermedad que lo inhabilitaba para seguir las inclinaciones, que lo
arrastraban al estado eclesiástico. Es ta enfermedad era la epilepsia, que común-mente es incurable. Los
médicos confesaron su impotencia para contener el mal y presa giaban en poco tiempo un término lamenta
ble. Cuando comenzó a cursar teología los ataques eran menos frecuentes, y pudo recibir las órdenes
menores.

En esa época pasaron por Sinigaglia, pue blo natal de Pío IX, varios misioneros, a quienes prestó el joven Juan
María con celo ferviente los humildes servicios de Catequis ta. Esto le valió la dispensa de la Santa Sede del
impedimento para su ordenación, con la condición de celebrar el santo sacrificio acompañado de otro
sacerdote. La enfermedad no había desaparecido, y todo inducía a creer que llegaría con el tiempo a
imposibilitarlo para el ejercicio del ministerio sacerdotal, no obs tante la bondad y condescendencia paternales
que había usado para con él el Papa Pío VII.

El joven sacerdote había aprendido a amar a María en las rodillas de su piadosa madre, y desconfiando de los
recursos humanos, puso toda su confianza en la protección de la Santísima Virgen. Con el fin de interesaría
más en su favor emprendió una peregrinación al céle bre santuario de Nuestra Señora de Loreto, donde pidió
con fervoroso ahínco la salud para dedicarse todo entero a la salvación de las almas. La Reina del cielo acogió
benignamente la súplica de aquel humilde sacerdote que tanto había de glorificaría, y desde ese momento la
epilepsia desapareció para siem pre.

Reconocido a tan insigne favor, se consagró con mayor esmero a servir y ensalzar a su protectora celestial; y
a este amor hacia María acrecentado por esta curación milagrosa, debe la Cristiandad la declaración dogmática
de la Inmaculada Concepción, que tanto ha contribuido a encender en las almas el amor y la confianza en la
Madre de Dios.

Elevado mas tarde a la más alta dignidad de la tierra, y después de haber ornado las sienes de María con la
corona de la Inmacu lada Concepción, volvió Pío IX al santuario de Loreto para cumplir un segundo voto. Allí
puso a los pies de su soberana protectora un cáliz de oro de exquisito valor artístico, y rogó por la Iglesia y el
mundo en aquella Casa donde comenzó la obra de la redención del mundo. No estaban lejanos los días
tempes tuosos en que la ola de la impiedad arrebató al Papado sus dominios temporales y derribó el trono
secular en que se sentaba el Papa-rey.

La misma generosa mano que libertó al sacerdote de una enfermedad incurable, infun dió valor indomable en
el pecho del Pontífice para resistir a los enemigos de la Iglesia y sostener la dignidad del Pontificado Romano,
que nunca ha sido más grande que en las horas de su martirio.

María, que ha sido en todas los tiempos la celestial protectora de la Iglesia, lo ha sido muy en especial del
ilustre Pontífice que pa sará a la historia con el nombre del Papa de la Inmaculada Concepción.
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JACULATORIA

Dulce Madre, pues me amas,

Haz que siempre el alma mía

Tanto te ame, que algún día

Pueda al fin morir por ti.

ORACIÓN

¡Oh la más pura y hermosa de las criaturas! dulcísima madre mía, ¿qué otra cosa podré deciros yo, vuestro
hijo y vuestro siervo, al considerar la perfección y belle za así de vuestro cuerpo, santuario del Verbo
encarnado, como de vuestra alma, precioso relicario de las más excelsas vir tudes, sino protestaros que os
amo con to da la ternura del más amante de los hijos? Yo os amo, María, porque en Vos se en cierra toda
perfección y belleza. Yo os amo, María, porque sois más pura que la luz del sol, más galana que la flor del
campo, más bella que la aurora cuando son ríe a los prados, más amable que todo lo que arrebata en la tierra
nuestro amor. Yo os amo, María, porque sois tan buena, tan misericordiosa, tan compasiva con vues tros
pobres hijos, porque sois Madre ge nerosa que olvidáis las ingratitudes para no atender sino a nuestra gran
miseria. Yo os amo, María, porque sois la Reina de los ángeles, la soberana de los mártires y de las vírgenes, a
quienes sobrepasáis en santidad y en perfecciones, como el sol sobrepuja en esplendor a los demás astros del
firmamento. Yo os amo, María, porque sois la consoladora de los afligidos, el re fugio de los pecadores, el
sostén de los justos, el baluarte de los débiles y la dis pensadora de todas las gracias. Conce dedme, Señora
mía, la gracia de amaros siempre con la misma ternura, de serviros siempre con ardiente solicitud y de
acompañaros un día en el cielo para unirme eternamente a Vos. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Adoptar la práctica de llevar al cuello un escapulario, medalla u otro objeto que ten ga la imagen de María,
e invocaría en la hora de la tentación y del peligro.

2. Rogar a María delante de alguna imagen suya por las necesidades de la Iglesia y en especial de la de Chile.

3. Privarse en algún día por amor a María, de comer cosas de gula y apetito.
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DIA VEINTIOCHO

CONSAGRADO A HONRAR EL CORAZÓN

INMACULADO DE MARIA

CONSIDERACIÓN

María es, entre las puras criaturas, la que ha subido a más sublime altura en la escala de las perfecciones
naturales y sobrenaturales. Sin embargo, si se busca en ella algún signo exterior de su incomparable
grandeza, apenas será dado encontrarlo. Es una doncella modes ta y pobre que ha ligado su suerte a la de un
humilde obrero que vive de su trabajo y habi ta bajo un pobre techo. Es porque toda la glo ria de la hija
querida del Rey del cielo está oculta en su corazón, en el cual se encierran perfecciones más que humanas y
más que an gélicas. Preservado de la corrupción universal que anegó a manera de impetuoso torrente a todos
los hijos de Adán, el corazón de María fue concebido en la inocencia, nacido en la santidad y enriquecido con
todos los dones del cielo. Dios ve reaparecer en él toda la belleza y toda la pureza que el pecado desfiguró en
el corazón del primer hombre, que halla en él sin mancha alguna que lo desfigure, ni germen alguno de pasión
que lo turbe, ni la más ligera falta que lo haga menos digno de su amor.

Es un corazón cuyas inclinaciones son enteramente santas y cuyos afectos todos son celestiales. En él se
contempla la divinidad co mo en un espejo donde descubre su propia imagen y se complace en sus
perfecciones como en la obra maestra de sus manos, más primorosas que la creación de todos los mundos
visibles. El Padre, adoptándola por hija predilecta, preservó a María del pecado; la colmó de sus favores y la
adornó con sus más pre ciados dones. Desde que nace a la vida, Dios la recibe en sus brazos y la separa del
mundo para que no conozca ni ame a otro padre que a él. Cautiva voluntaria del amor, apenas sa lida de la
cuna, va a ofrecer su corazón en holocausto al pie de los altares de su Dios. Jamás se extinguió en su corazón
el fuego sa grado del amor, que ardía como un leño seco sin consumirse jamás.

En ese corazón virginal se celebraron las nupcias de una criatura humana con el santo de los Santos, el
Espíritu vivificador. La más rica variedad de las virtudes forma los atavíos de la feliz esposa, y tanta era la
belleza y la excelencia de la divina desposada, que Dios la recibe en el seno intimo de su amistad y la re gala
con todas las delicias de su amor. Si ese mismo Espíritu, descendiendo sobre los após toles, los transformó en
hombres nuevos, ¿qué maravillosos efectos no produciría en ese cora zón al cual no descendió como lengua
de fuego, sino como un torrente de llamas divi nas para consumir todo lo que hubiera en él de humano y
hacerlo digno tabernáculo de la divinidad? ¡Ah! ¡qué perfecciones no comuni caría á un corazón con el cual
quería unirse con nudos tan estrechos de amor! -El enten dimiento humano es demasiado limitado para
sondear tan hondos misterios y la lengua hu mana impotente para narrar tan grandes ma ravillas.

Pero lo que da al corazón de María una ex celencia más augusta es su calidad de Madre de Dios. Es ésta una
dignidad incomparable que abisma y confunde. Si Dios, cuando está unido a una criatura por la caridad, le
comu nica tantas perfecciones y gracias, ¿qué torrente de gracias y qué cúmulo de perfecciones lo
comunicaría a su Madre durante los nueve meses que habitó en su seno? ¡Qué emociones tan duras y tan
santas harían latir el corazón de María cuando llevaba en sus brazos y es trechaba contra su pecho al divino
infante! ¡Qué santidad comunicaría a su Madre duran te los treinta años que vivió con ella bajo el techo de un
mismo hogar, en un comercio tan íntimo y en mutuas y diarias comunicaciones!

Honremos, pues, con un culto digno y ho menajes de amor y de alabanzas al corazón inmaculado de María,
santuario de la divini dad, relicario de virtudes y dechado de las más sublimes perfecciones. Amemos con amor
ardiente y agradecido a ese corazón que ardió por nosotros en tan vivas llamas de amor: es el corazón de una
madre que se sacrifica por sus hijos; es el corazón de una Reina, lleno de piedad y de misericordia para con
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sus pobres vasallos; es el corazón de la buena y amable Pastora que buscaba a la oveja descarriada, que la
carga amorosamente sobre sus hombros y la conduce al abrigado aprisco.

EJEMPLO

María, Salud de los que la invocan

Uno de los muchos peregrinos a quienes el amor a la Reina del cielo conduce a la gruta de Lourdes, escribía
en 1873 lo siguiente:

«Llegado a Lourdes en la mañana del día de la Asunción, me dirigí inmediatamente a la gruta milagrosa, y vi
que un gran número de personas se acercaban a la reja con un apresu ramiento y emoción que me indicaron
que algo de extraordinario acababa de suceder. Pregunté la causa del movimiento, y se me respondió: Es un
milagro que acaba de verifi carse, y el sacerdote a quien la Santísima Virgen ha sanado milagrosamente esta
firman do cédulas para todos aquellos que deseen te ner un atestado del milagro. Yo me acerqué y pude
obtener una cédula que llevaba al pie la firma del abate de Musy de la diócesis de Autún.»

«Todos deseábamos conocer los pormenores del prodigio; entonces un sacerdote se acercó a la reja y lleno de
emoción dijo lo siguien te a la numerosa concurrencia de peregri nos que allí estaba: Deseáis saber lo que
acaba de pasar, y voy a complaceros para alentar vuestra confianza en la protección de María. Un sacerdote
padecía desde hace vein te años una enfermedad dolorosa que la cien cia no ha podido aliviar. De once años a
esta parte no podía celebrar el santo sacrificio, y desde hace tres meses estaba enclavado en una silla rodante
sin poder hacer ni el más ligero movimiento… Esta mañana fue llevado traba josamente a la cripta para oír
una misa que se iba a aplicar por su salud. En el momento de la elevación ese sacerdote inválido se sintió con
fuerzas para ponerse en pie sin auxilio ajeno; poco después pudo ponerse de rodillas y terminar la misa en esa
posición. Terminada la misa, pudo bajar por si solo de la cripta a la gruta sin fatiga ni cansancio; y ya lo veis
en pie sin rastro de enfermedad como cualquie ra de vosotros; porque sabed que ese feliz sa cerdote, tan
bondadosamente curado por María es el mismo que os habla en este instante.»

«Ayudadme a dar gracias a mi celestial bienhechora por el extraordinario prodigio de que acabo de ser objeto,
a pesar de mi indig nidad; y pedidle conmigo que complete su obra, obteniéndome la gracia de emplear lo que
me queda de vida en ganar muchas almas al amor de su divino Hijo.»

Mientras esto decía, el sacerdote derrama ba abundantes lágrimas, y lloraban con él todos los presentes… «He
aquí, decían unos la tierra de los prodigios… Que venga la incredulidad, decían otros, a explicar natu ralmente
las cosas que aquí se ven… – María, exclamaban los de más allá, es la gran bien hechora del mundo…»

Así es en verdad: ¿quién podrá reducir a guarismo sus beneficios? ¿Quién podrá contar el número de los que
han hallado a sus pies el consuelo, la salud, la gracia y la vida? Más fácil sería contar las estrellas del cielo y
las arenas del mar.

JACULATORIA

Tu corazón ¡oh María!

Será mi asilo y refugio

En las penas de la vida.


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ORACIÓN

¡Oh corazón amabilísimo de María! san tuario augusto de la beatísima Trinidad, dechado perfectísimo de todas
las virtu des, yo os amo y bendigo con todas las efusiones del amor más ardiente que pue de caber en el
corazón de un hijo amante. En vuestro corazón ¡oh María! buscaré yo un asilo en todas las desgracias de la
vida; en vuestro corazón buscaré el consuelo en medio de las penas que aflijan mi existencia, en vuestro
corazón buscaré la paz, la seguridad y el aliento en medio de los combates que debo librar contra los ene
migos de mi salvación. Vos seréis ¡oh co razón maternal! el nido, donde, ave fugi tiva del mundo, iré á buscar
el reposo que tanto anhela mi corazón. Ved cuan triste y despedazado lo tienen las aflicciones, las
contrariedades y las pasiones que lo tur ban; ved como gimo bajo el peso de mis pasadas infidelidades y de
mis numerosos delitos. ¡Oh corazón adorable de María! corazón traspasado por siete agudos pu ñales de
dolor, corazón el más puro, santo y perfecto, despréndanse de vuestras lla gas raudales de bendiciones que
robus tezcan mis postradas fuerzas, que alienten mi debilidad y me consuelen en mis penas y sinsabores. A
Vos acude un hijo lloroso que no tiene, después de Dios, otra espe ranza que Vos, ni otro amparo ni otra tabla
de salvación en medio de las tempestades de la vida. Pero ya siento ¡oh corazón querido! que renace en mi
alma la paz turbada y la esperanza perdida, porque es imposible que sea desoído quien, como yo, os llama y
quien como este afli gido y desamparado hijo, os implora. Pro tegedme, y seré salvo por vuestra piedad nunca
desmentida. Amén.

PRACTICAS ESPIRITUALES

1. Besar amorosamente alguna imagen de María para avivar en nuestro corazón el amor hacia ella.

2. Rezar siete Salves en honra del Corazón inmaculado de María, pidiéndole que nos con ceda la pureza de
alma y cuerpo.

3. Hacer el propósito de honrar de una manera especial a la Santísima Virgen todos los sábados del año.
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DIA VENTINUEVE

MARIA MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES

CONSIDERACIÓN

El corazón de María es como un vaso lleno de las más exquisitas esencias que por su mezcla forman el más
delicioso de los perfumes. Esos perfumes son la suave exhalación de las virtudes que brotaron en él, como
plantas aro máticas en un vergel cerrado, que crecen resguardadas de los ardores del estío y de los hielos del
invierno.

María fue pura como el lirio de los valles: jamás mancha alguna empañó su inocencia. Y sin embargo, ¡cuántas
precauciones para conservar un tesoro que no podía perder! Desde sus más tiernos años huye del aliento pes
tífero del mundo; va a colocar su inocencia al abrigo de la soledad. Su pudor se turba aún a la vista de un
ángel, y tanto amaba la virginidad que no sólo la prefiere a los goces y grandezas de la tierra, sino aun al
insigne honor de ser la Madre de Dios, si para serlo hubiera sido preciso perderla.

La humildad más profunda se unía con amorosa lazada a la pureza más angelical. Ella contaba entre sus
ascendientes una falan ge de gloriosos monarcas, pero humilde y mo desta, se condena a la más triste
oscuridad y da su mano de esposa, no al poderoso y al grande, sino á un pobre artesano, para aceptar
juntamente con su mano de esposo las humi llaciones inseparables de la pobreza. Favore cida con la plenitud
de las gracias, jamás se gloría de los favores de que es objeto.

María desprecia desde su infancia el fausto y las riquezas para someterse a los rigores y privaciones de la
indigencia. Habita en una pobre aldea y en una morada estrecha y desmantelada, aquella que habla de
sentarse un día sobre los coros de los ángeles. Groseros y pobres vestidos cubren la desnudez de aquella que
había de tener el sol por manto y las estrellas por corona. Ella no tiene para su Dios y su Hijo otra cuna que
una roca, ni otro le cho que un puñado de tosca paja. ¡Digna ma dre del Dios que no tuvo donde reposar su
cabeza, que vivió de su trabajo y que murió desnudo! María comprendió cuantos tesoros se encerraban en
aquella máxima divina que lle va el consuelo al corazón del menesteroso: Bienaventurados los pobres.

Y ¿quién no admira su paciencia invenci ble en medio de los trabajos y sufrimientos, su inalterable dulzura aun
en presencia de los más implacables enemigos de su Hijo; su tranquilidad jamás turbada aun en medio de los
mayores peligros; su generosidad superior a todos los sacrificios y, en fin, su obedien cia ciega y muda que no
investiga, ni sufre tardanzas ni pone excusas?

Contemplemos, pues, llenos de admiración ese digno objeto de nuestra religiosa veneración; pero no nos
limitemos a honores estériles y a una manifestación puramente exterior de nuestra admiración. Lo que hay de
más esen cial en el culto que le debemos, es la imitación de esas excelentes y preciosas virtudes que son su
más rica corona. Esta es la expresión más positiva y elocuente del verdadero amor: el que ama con sinceridad
es arrastrado por un impulso irresistible a copiar en sí mismo la imagen del objeto amado, conformándose a él
en todo lo que le permite su condición. El pequeño niño que tiene todo su amor concentra do en su madre,
trata de imitarla hasta en sus defectos.

Uno de los designios más altos que Dios se propuso en la creación de este tipo maravillo so de perfección, fue
el de presentar a los hom bres una criatura humana ataviada con todas las virtudes, para que la tuviesen sin
cesar a la vista y la imitasen a medida de las fuerzas de cada uno. Dios quiere que imitemos a María, haciendo
de cada uno de nosotros otras tantas copias de ese divino original. Ella no aceptarla con gusto nuestros
obsequios si no fueran acompañados del deseo de imitarla. Nos abre su corazón a fin de que dibujemos en el
nuestro todos los preciosos delineamientos del suyo.
86

EJEMPLO

Un rasgo de amor a María

En un pueblo de Francia habla una capilla dedicada a Santa Bárbara, en que se veneraba una hermosa estatua
de María Inmaculada, que era objeto de tierna devoción para los habitantes de la ciudad y de sus contornos.
Sucedió que esta capilla fue destruida para sustituirla por una iglesia de mayores dimensio nes; pero los
recursos de que se disponía para la obra no alcanzaron sino para lo indispensa ble, por lo cual la venerada
estatua de María se encontraba como relegada a un rincón del nuevo templo en tanto que fuese posible reunir
los fondos necesarios para destinarle un san tuario especial.

A pesar del aparente abandono en que se la tenía, el pueblo no cesaba de venerarla, pudiéndose ver cada día
a muchas personas de rodillas ante el pedestal en que estaba provisionalmente colocada. Entre sus más
asiduos adoradores se señalaba una pobre obrera que vivía escasamente de su trabajo. Su corazón amante se
sentía lastimado de ver que la sagrada imagen no se hallara dignamente hon rada, y no cesaba de discurrir la
manera de remediar este involuntario abandono ocasio nado por la falta de recursos.

Un día, después de una fervorosa oración, se dirigió resueltamente a la portería del conven to de Capuchinos,
encargados del servicio de la iglesia, e hizo llamar al Guardián. Éste, creyendo que la pobre obrera iba en
solicitud de alguna limosna, comenzó a informarse con benevolencia acerca de su posición. No fue pequeña su
sorpresa al oír que la obrera le preguntó con ademán humilde, pero resuelto, cuál sería la cantidad que se
necesitaba para construir un altar a la imagen de María Inmaculada.

-No se necesita menos de mil quinientos francos, le respondió el Padre Guardián.- ¿Esta suma bastaría, replicó
la obrera, para hacer un altar elegante y hermoso? -Eso sería suficiente, agregó el religioso: pero, a pesar de
nuestros buenos deseos, no hemos podido reu nir esa cantidad, y nos hemos resignado a es perar que la
Providencia nos la proporcione.

Seis meses después la misma obrera volvía a tocar a la puerta del convento y a llamar al Padre Guardián. Al
verle, le dijo con aire de satisfacción: La Divina Providencia os envía por mi mano la cantidad necesaria para
cons truir el altar de María.-¿Cómo, hija mía, le dijo el religioso, sois vos la que erogáis es ta suma?

-No os asombréis, padre mío, pues aunque soy pobre, durante seis meses trabajando más y gastando menos,
he podido reuniría para el objeto indicado.-Pero, vos tendréis familia, padres o hermanos… -Yo soy sola en el
mun do: mis padres, mi familia y mi todo es la Santísima Virgen María.-Pero a lo menos, replicó el padre, este
dinero es vuestro porvenir, y puede ser vuestro recurso en las enfer medades o en la vejez.-Tengo buena
salud respondió la obrera, y aún puedo con mi tra bajo formar algún pequeño peculio para más tarde. En
cuanto el dinero que pongo en vues tras manos, lo he reunido para María, y a ella sola pertenece.

El buen religioso recibió, maravillado y en ternecido, aquella suma ganada con el sudor de un pobre a costa de
penosas privaciones, y se alejó de la obrera bendiciéndola por este acto de generosidad que hallaría su
recompen sa en el cielo.

En poco tiempo la estatua de María Inma culada se levantaba en un hermosísimo altar, sin que nadie supiera
cual había sido la mano que lo había costeado. Con esto la devoción a María se acrecenté en el pueblo, y la
generosa obrera, llena de contento, iba cada día a recoger a los pies de su Madre bendiciones que la
santificaron.
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JACULATORIA

De virtudes relicario,

Dechado de perfección,

Haced de mi alma un santuario

Que sea digno de Dios.

ORACIÓN

¡Oh María! cuán grato me es contem plaros ataviada de las más preciosas vir tudes para ser el modelo y
dechado de to da santidad. La perfección de una madre es siempre un motivo de mayor ternura y de más
decidido amor para los hijos, que no sólo ven en ella á la autora de su exis tencia, sino también un modelo
que imi tar. Al veros tan santa, tan perfecta y tan favorecida de Dios, no puedo menos que amaros más y
más, como el tipo que Dios quiere que me proponga copiar en mi mis mo para agradarlo y conseguir la eterna
salvación. Daos a conocer ¡oh María! para que yo, penetrando en el conocimiento de vuestras sublimes
perfecciones, pueda ha cerme semejante a Vos. Abrid vuestro corazón para que mis ojos puedan exta siarse
en la contemplación de las heroicas virtudes que lo adornan. Ayudadme ¡oh Madre de gracias! a practicar la
virtud y a adquirir los merecimientos que pueden asegurarme la posesión del reino eterno. Que la humildad, la
caridad, la angelical pureza, el desasimiento de todos los bie nes de la tierra, la obediencia, y la en tera
sumisión a la divina voluntad, sean ¡oh María! las piedras preciosas de mi corona. Yo quiero que en adelante el
más va lioso homenaje que deje a vuestros pies sea el propósito de imitaros, porque ese es un obsequio que
Vos estimáis en más que las coronas y las flores con que vengo diariamente a embellecer vuestra imagen que
rida. La mejor prueba del verdadero amor es el deseo de asemejarse al objeto ama do; y como yo os amo con
todo el amor de un hijo, me propongo copiar en mí, en cuanto me sea permitido, la bella imagen de vuestro
corazón, a fin de que imitán doos en la tierra, alcance en el cielo la bienaventuranza que está prometida a to
dos los que os imiten. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Ejercitarse frecuentemente en la humil dad, aceptando en silencio las humillaciones y haciendo actos que
nos rebajen en concepto de los demás.

2. Adoptar desde hoy la saludable resolu ción de honrar a María rezando todos los días el santo Rosario, por
ser la devoción que le es más grata.

3. Rogar a María por la persona o personas que nos hubiesen ofendido o que nos inspiren más aversión y
desprecio.
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DIA TREINTA

LA DEVOCIÓN A MARIA

CONSIDERACIÓN

La devoción a María es tan antigua como el mundo y tan prolongada como la historia. Nació el mismo día en
que, en medio de la catás trofe del paraíso, fue anunciada al mundo como la corredentora del linaje humano.
El mismo Jesús, mientras estuvo en la tierra, fue el maes tro de esa devoción consoladora que tantas horas
felices y tantos consuelos inefables depara a los desgraciados peregrinos de la tierra. La devoción no es más
que una expresión del amor interno. Y ¿quién dio manifestaciones más tiernas y elocuentes de amor hacia
María que su divino Hijo? Cuando pendiente del cuello de María imprimía en sus mejillas ternísimos ósculos de
amor; cuando corría a refugiarse en el regazo de su madre para dormir allí el sueno de los ángeles; cuando la
acompañaba en sus veladas y compartía con Ella el fruto del trabajo; cuando, en fin, próximo a espirar en la
cruz, la recomendó a la solicitud del más amado de sus discípulos, ¿qué otra cosa hacía Jesús sino enseñarnos
a amar a María?

Jesucristo quiso dejar establecida en el mun do la devoción a su Madre juntamente con la Iglesia. Por eso los
apóstoles, herederos del espíritu de su Maestro, propagaron la devoción a María al mismo tiempo que llevaban
a todas partes la luz del Evangelio, La Iglesia, por su parte, la ha conservado, propagado y defendido con el
celo que requieren los grandes intereses de las almas. Por eso todos los hijos de la Igle sia emulan en
entusiasmo por el culto de la Madre de Dios. ¡Desventurado de aquel cuyo corazón esté negado a los
dulcísimos consuelos que esa devoción produce en el alma! Como es triste y amarga la condición de un pobre
huérfano, que jamás conoció las ternuras del amor maternal, así es triste y digna de com pasión la condición
del hombre que no ha pro bado las delicias que se encierran en el amor a María.

Y nada hay más justo que esa devoción. Ella es el Refugio de


los pecadores, que se compadece de su miseria y procura su salvación con más amorosa solicitud que la que
tiene una madre por la felicidad de sus hijos. Ella es la amable Consoladora de los afligidos, que guarda en su
corazón de madre consuelo para las almas atri buladas, remedio para todas las dolencias, bál samo celestial
para todas las heridas. Ella ha sido tan generosa para con nosotros, que no ha omitido sacrificio con tal de
socorrernos y sal varnos. Si se sometió al dolor de ver morir a su Hijo fue únicamente, porque sabía que ese
sangriento sacrificio era necesario para salvar nos. Pero ¿quién podrá fijar los limites de su amor? -Más fácil
sería medir la extensión de los mares, la inmensidad del espacio y la profundidad de los abismos.

Para que la devoción a María sea verda dera, es preciso que viva y se manifieste den tro y fuera del hombre;
que viva en el corazón y que se manifieste en las obras. Si de alguna de estas dos condiciones careciese, seria
o un cuerpo sin alma o un alma sin cuerpo.

Nuestra devoción debe consistir en honrarla, amarla y servirla. Debemos honrarla porque ha sido sublimada a
la más excelsa grandeza. Toda dignidad merece ser honrada, y ¿quién puede sobrepujar en dignidad a la que
ha sido Madre de Dios? -A ella, pues, debe mos tributarle un culto sólo inferior al de Dios pero superior al de
los ángeles y de las santos porque a todos ellos sobrepasa en dignidad, grandeza y excelencia.

Debemos amarla, porque si la grandeza me rece respeto, la bondad despierta amor y confianza. ¿Quién más
amable y bondadosa que María?

Pero nuestro amor sería estéril si no se ma nifestase por medio de nuestras obras: por eso debemos servirla,
como un hijo sirve a su ma dre y un súbdito a su señor. Sólo con estas condiciones nuestra devoción será
verdadera y atraerá sobre nosotros las bendiciones de María.
89

EJEMPLO

La perseverancia en la devoción a María recompensada

El sabio obispo de Orleans escribe el he cho que pasamos a referir:

«Hay algunas veces en la vida del sacerdote circunstancias en que un rayo de gracia eterna penetra en el
alma y proyecta resplandores ce lestiales que no permiten olvidarlas jamás. Yo tuve un día una revelación
clara y manifiesta del poder que encierra el Ave María en la escena conmovedora que tuve ocasión de presen
ciar junto a un lecho de muerte al recoger y bendecir el último suspiro de una joven, que había asistido
algunos años antes a la prepa ración que yo hacía a los niños de primera Comunión.

«Yo tenía la costumbre de recomendar a los niños que siempre fuesen fieles a la recitación diaria del Ave
María, como un medio de perse verancia en los buenos propósitos hechos al pie de los altares. La joven
moribunda, que frisaba apenas en los veinte anos de edad y que hacia un ano se había desposado, había sido
siempre fiel a mis consejos.

«Hija de uno de los viejos mariscales del Imperio, adorada de un padre, de una madre y de un esposo, rica,
joven y feliz, con toda la felicidad que pueda apetecerse en el mundo, en medio de toda esa dicha del
presente y aca riciada por los mas hermosos sueños del por venir, fue herida en la primavera de su vida por la
guadaña que no perdona ni edades, ni condiciones. Era necesario morir, porque hay enfermedades ante las
cuales la ciencia y el poder de los hombres son vanos. Yo fui encarga do de comunicar a la joven enferma tan
terrible nueva. Lleno de dolor, pero con frente serena, entré en la alcoba de la enferma. Su madre es taba
desolada, su padre anonadado, su marido desesperado. Pero cual no fue mi sorpresa al ver dibujarse en sus
labios una dulce sonrisa. ¡Esa joven que iba a ser arrebatada súbitamen te a las esperanzas mas halagüeñas, a
las más legitimas felicidades, a los afectos más tiernos, más ardientes y más puros, sonreía dulcemente!.. La
muerte se acercaba con pasos apresu rados: ella lo sabía, lo sentía y lo adivinaba, y sin embargo sonreía con
cierta tristeza dul ce y con una serenidad heroica. Al verla, yo no pude reprimir las emociones de mi corazón, y
mis labios se abrieron involuntariamente para exclamar: «Hija mía, ¡qué desgracia!» Y ella con un acento,
cuyo eco suave resuena todavía en mi oído, me dijo: «¿Acaso no creéis que yo vaya al cielo?» -Hija mía,
repliqué, yo abrigo esa dulce esperanza. -Yo estoy segura, repuso la joven sin vacilación. -Y ¿qué os da esa
certeza, hija mía? le dije.-Un consejo que vos me disteis en otro tiempo. Cuando tuve la dicha de hacer mi
primera Comunión, me reco mendasteis que recitase todos los días el Ave María con filial amor. Yo he sido
desde enton ces fiel a esa práctica y de cuatro años ha, no he dejado ni un solo día de recitar mi rosario. Este
es lo que me concede la dulce seguridad de irme al cielo, porque yo no puedo creer que habiendo dicho tantas
veces: Santa María, Madre de
Dios, ruega por mí, pobre pecadora, Ahora y en la hora de mi muerte, la Virgen me desampare en este
momento en que voy a espirar.

«Así habló la piadosa joven con un acento que me arrancó lágrimas de admiración y de ternura. Yo presenció
el espectáculo de una muerte enteramente celestial. Yo vi a una criatura arrebatada en flor a todo lo que
puede amarse en el mundo, dejar a un padre, á una madre, á un esposo y a un pequeño hijo sin lágrimas en
los ojos y con una serenidad imperturbable en el corazón. En medio de todos esos lazos que se cortaban y que
en vano se empeñaban en retenerla, no viendo más que el cielo, no hablando más que del cielo, escá pase de
su pecho su último suspiro como el último perfume que despide la flor al inclinar su corola marchita por el
viento helado de la tarde.»

JACULATORIA

En tu regazo ¡oh María!


Mi vida, mi alma y mi cuerpo
Yo pondré desde este día.
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ORACIÓN

Sólo al pensar ¡oh María! en que pueda alguna vez olvidar tus favores y abando nar tu amor, siento mi alma
desgarrada por la más amarga pena. ¡Ser ingrato a tus beneficios, ser desconocido a tus finezas, ser
indiferente a tu amor! ¡oh qué terrible desgracia! Vivir privado de los con suelos que se encierran en tu regazo
ma ternal, vivir sin probar las dulzuras de tu amor, vivir sin ser acariciado por tu mano de madre, es, Señora
mía, vivir muriendo. ¡Ah! no lo permitas, bondadosa Madre, no me prives, por piedad, de la felicidad de
amarte, no me niegues jamás la dicha de ser siempre tu hijo y de poder llamarte siempre mi madre. ¡Qué
sería de mi si tú no me consolaras con tus amorosas pala bras, y no me regalaras con tus bendicio nes, si no
me alentaras en las desgracias de la vida, si no vinieras a enjugar mis lágrimas y a sostener en mi debilidad!…
No, mil veces no: yo seré siempre fiel a tus inspiraciones, recordaré siempre con ardiente gratitud tus
beneficios, estimaré siempre más que mi propia vida la con servación de tu amor. No me importa vivir privado
de todos los goces de la vida, con tal de verte siempre a mi lado y sentir en mi corazón el perfume de tu
aliento y en mi frente el contacto de tu mano. Amame ¡oh María! y vengan después sobre mí to das las
tribulaciones, que nada temo si me es permitido tener la seguridad de que me amas. Amame ¡oh María! nada
me im portará que el mundo me olvide y me desprecie. Con tu amor todo lo tengo, con tu amor todo lo
espero, con tu amor se ré feliz en la vida, y tendré la inefable seguridad de gozar contigo en el cielo de la
eterna bienaventuranza. Amén.

PRÁCTICA ESPIRITUAL

Coronar los ejercicios de este Mes con una comunión fervorosa.


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DIA DE CLAUSURA

(Se comenzará por rezar la oración de todos los días y terminada que sea, se hará con el mayor fervor posible
la siguiente)

CONSAGRACIÓN ENTERA Y PERPETUA A LA SANTISIMA VIRGEN MARIA

Al terminar ¡oh María! el bello Mes que, llenos de amor y de alegría, hemos consagrado a vuestro culto, no
podemos menos de venir a vuestras plantas a ren diros el último y más valioso homenaje de nuestro amor
filial, consagrándonos ente ra y perpetuamente a vuestro servicio. Bien escaso valor tendrían ante vuestros
ojos ¡oh María! los obsequios con que hemos procurado honraros, si ellos no fueran la expresión del deseo de
serviros, de ama ros y de honraros mientras nos dure la vida. Permitid, pues, que antes de sepa rarnos de
vuestro santuario querido, antes que se despoje vuestro altar de las flores que lo embellecen, antes que cesen
de su bir al cielo las nubes de incienso con que hemos perfumado vuestra imagen, os hagamos en presencia
del cielo y de la tierra una consagración pública y solemne de cuanto somos y tenemos en correspon dencia a
vuestras amorosas finezas. Os consagramos ¡oh Madre querida! nuestra alma con sus potencias, nuestro
cuerpo con sus sentidos, nuestro corazón con sus afectos y nuestra vida con sus goces. Sois ¡oh María!
nuestra tierna Madre, y los hi jos todo lo deben a aquellas de quienes recibieron el ser. Pobres son las
ofrendas y humildes los obsequios que, llenos de complacencia, os consagramos en este día, el último de esta
hermosa serie en que he mos sido tan favorecidos por vuestra maternal bondad. Pero si esos obsequios son
pobres, atended ¡oh María! a que ellos son todo lo que tenemos y a que es grande la voluntad con que os los
ofrecemos.

Queremos en adelante perteneceros co mo un hijo pertenece a su madre, como un siervo pertenece a su


señor, como un súb dito a su reina. Nada habrá en nosotros de que Vos no podáis disponer: si queréis nuestro
corazón, aquí lo tenéis dispuesto a consagraros sus más puros y encendidos afectos. Ya las criaturas y los
falsos bie nes de la tierra que por tanto tiempo nos han seducido, no debilitarán el amor que os debemos; ya
la tibieza con que, hasta hoy os hemos servido, se convertirá en solicitud asidua y ardiente por vuestra gloria y
vuestro culto; ya, en fin, los vo tos de nuestro agradecimiento os harán olvidar nuestra pasada ingratitud.

Acoged benigna esta consagración que hoy os hacemos con el corazón lleno de amor y de alegría; dignaos
bendecirla y hacerla fecunda en gracias y mercedes; haced que perseveremos siempre en esta resolución, y
que el último aliento de nuestra vida sea también el postrer suspi ro de amor que hacia Vos exhale nuestro
corazón. Esta es ¡oh Madre! la gracia que con más fervor os pedimos al terminar es te Mes de bendición, y
esta resolución que hacemos en presencia de los ángeles y bienaventurados, será también la flor más preciosa
que coronará el ramillete místico que hemos procurado formar con nuestros actos de virtud. Levantad ¡oh
María! vuestra mano y bendecidnos, y haced que esa bendición sea para vuestros hijos prenda de eterna
felicidad en el cie lo. Amén.

Aquí se hará una breve pausa para pedir a la Santísima Virgen la gracia que se desea conseguir, y después se
terminará con la siguiente:

ORACIÓN

PARA TERMINAR LOS EJERCICIOS DEL MES

¡Oh María! se acerca el fin de este bello Mes que nuestro amor os ha consagrado, y ya vemos concluir el
último de sus días; pero jamás nos abandonará el recuerdo de los goces que en él hemos experimentado;
guardaremos con sumo cuidado las bendi ciones y gracias que habéis derramado so bre nosotros,
permaneciendo fieles a los santos juramentos que tantas veces hemos renovado al pie de este altar. Ya no nos
reuniremos diariamente en este piadoso santuario para cantar vuestras alabanzas y expresar los votos de
92

nuestros corazones; pero volveremos aquí a repetiros que os amamos y que queremos amaros siempre. No
veremos ya este trono de flores que nuestras manos os han preparado y desde donde os dejáis ver con
vuestros brazos abiertos, inspirando la más tierna confian za. Muy luego van a desaparecer y á mar chitarse
las bellas flores que os adornan; pero sabemos que hay otras que jamás se secan y cuya belleza puede saciar
vuestras miradas y su perfume subir hasta Vos: és tas son las que os prometemos conservar en nuestros
corazones.

Sí, el fervor, la piedad, la inocencia, la caridad, la dulzura son los lirios y rosas que os agradan; nos
reputaríamos felices si siempre os los pudiéramos ofrecer. ¡Oh María! en este último momento recibid los
postreros votos de vuestros hijos; pros ternados a vuestros pies al concluir este día, bendicen por última vez
vuestras mi sericordias y se consagran a Vos de nuevo y para siempre; ponen en Vos toda su confianza, ya en
el tiempo como en la eterni dad que jamás concluye: ¡no permitáis que os seamos infieles! Que mediante
vuestro socorro se concluya este año en el fervor y en el más exacto cumplimiento de nues tros deberes.
Cuando se acerque la hora del peligro, cuando el mundo nos presente sus falsos placeres, recordadnos los
goces de estos días felices y las promesas que tantas veces os hemos repetido, y que entonces os invoquemos
triunfantes.

¡Adiós, Mes dichoso de María! ¡adiós, bellos días que nos habéis deparado tan dulces goces! ¿Por qué,
decidnos, habéis transcurrido tan pronto? -Tan dulce como nos era celebrar a nuestra Madre y presentarle
diariamente el tributo de nuestras oraciones y de nuestro amor. ¡Bellos días! ¡felicísimos días! ¡no deberíais
haber con cluido!… ¡Ah! ¡no veremos ya levantarse vuestra aurora sobre nuestro horizonte!

¡Santuario querido, donde se elevaban nuestras oraciones con el perfume de las flores hacia el trono de María!
no resona réis ya con nuestros cantos de alegría. Bien pronto habrá desaparecido toda esta piadosa
magnificencia con que nuestra mano había embellecido el altar de la Rei na de los cielos; no veremos ya esas
guir naldas suspendidas en torno de su imagen querida. No podremos venir a sus pies, al fin de cada día a
cantar sus alabanzas y a escuchar la voz amiga que nos cuenta sus grandezas y bondades. ¡Oh! amables reu
niones de la tarde, ¡cuántas veces habéis enternecido nuestros corazones! Angeles y Santos, sin duda que
entonces bajaríais de los cielos a participar de nuestra dicha y alegría, y a honrar a nuestra Reina y a nuestra
Madre.

¡Adiós, pues, y por última vez adiós! ¡oh hermosos días! ¡Adiós, feliz Mes de María! ¡Adiós, delicias puras que
aquí gustaban nuestros corazones! ¡Horas afortunadas, días de paz y de inocencia, adiós! -¡Bien pronto no
seréis para nosotros más que un dulce y lejano recuerdo!

LAS ROMERIÁS

Las peregrinaciones responden a un senti miento natural del corazón humano. Hijos alejados de la cuna de
nuestra raza, marcha mos de camino hacia una patria que no esta aquí. La vida es una jornada más o menos
larga cuyo término buscamos con incansable anhelo.

Por eso el hombre es arrastrado por un im pulso poderoso a ir a buscar en lugares aparta dos los favores del
cielo, visitando los sitios santificados por la presencia de Dios y de María y que han sido teatro de los prodigios
del poder y de la munificencia divina.

Dios se ha complacido siempre en predesti nar ciertos lugares para grabar en ellos la memoria de sus más
grandes beneficios, ha ciéndolos fecundos en gracia y bendiciones para los que los visitan. La presencia de un
lugar santo no puede menos que despertar la fe y nutrir la devoción. ¿Quién podrá dejar de experimentar un
sentimiento de amor y una emoción santa y saludable a la vista de Naza ret, de Belén o de Jerusalén? El
recuerdo que está adherido a esos lugares santificados por la presencia de Jesús y de Maria, como se ad hiere
el musgo a las piedras del camino, hace subir del corazón a los ojos raudales de dulces lágrimas. Si la vista de
la antigua y ruinosa morada donde jugueteó en mejores días nues tra infancia y donde habitaron seres
queridos que ya no existen, ejerce en el alma tan po derosa influencia, ¿cuán dulce y tierna emo ción no
despertará la vista de los sitios elegi dos por Dios para la manifestación de su amor y de su poder?
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No es extraño entonces, que el amor a la Reina de los cielos arrastre hoy a multitud innumerable de
peregrinos que van a visitar a los santuarios que ella ha escogido como tea tros privilegiados de su bondad
maternal. ¡Con qué alegría marchan pueblos enteros por esos senderos desiertos que conducen a un lejano
santuario! El peregrino, apoyado en su bordón de viajero y sin más provisiones que las indispensables para el
viaje, deja contento sus hogares, su patria y los seres más queridos de su corazón para ir a implorar la
clemencia de la Madre de Dios. Ora atraviese las espesuras de los bosques, llanuras fértiles o valles soli tarios
e incultos, ora costee las orillas de los mares o las riberas de los ríos, el peregrino, con su rosario en la mano,
va bendiciendo las bondades de Dios, las misericordias de María y ensordeciendo los aires con sus cánticos de
alabanzas, que se prolongan en los valles, encuentran eco en las montañas y son acompasados por el rumor
de los torrentes y casca das del camino.

María no puede ser indiferente a tan sinceras manifestaciones del filial amor. Es indudable que esos piadosos
peregrinos recogerán a manos llenas los favores de la bondadosa Madre, que jamás deja de corresponder
gene rosamente a los obsequios de los que la aman y veneran. Millares de hechos elocuentes nos prueban de
sobra esta verdad. ¡Cuántos enfer mos recobran su salud, cuántos desgraciados encuentran el alivio en sus
desgracias y cuántos que fueron pobres de gracias tornan de sus romerías ricos en merecimientos y en gra
cias espirituales!

Y ya que no nos es permitido a nosotros en rolamos en las filas de los felices peregrinos que visitan los más
venerados santuarios del mundo cristiano, al menos unámonos a ellos en espíritu o visitemos, si nuestra
condición nos lo permite, algunos de los santuarios de María que están situados a corta distancia de nuestras
habitaciones. De esta manera lograremos las gracias con que María favorece a los que dejan sus habitaciones
para ir a visitarla en sus santuarios. Esta piadosa práctica podrá ejecutarse en los cuatro domingos del Mes, ya
sea en la iglesia o ya en las casas particulares donde se hayan seguido los ejer cicios del Mes. Para los que se
sientan con el deseo de agregar este precioso obsequio a los que se tributan a María durante este tiempo de
bendición, pondremos aquí la manera prác tica de hacerlo, asegurando a los piadosos hijos de María, en
nombre de nuestra buena Madre, copiosos frutos de salud y de gracias.

ROMERIA

AL SANTUÁRIO DE NUESTRA SEÑORA DE LORETO, QUE SE HARA EL PRIMER DOMINGO DEL MES.

NOTICIA HISTÓRICA DEL SANTUARIO

Después del Santo Sepulcro y de San Pe dro de Roma, no


existe en el mundo cristiano una romería más célebre que la de la Santa Casa de Loreto. La pequeña y
humilde habita ción en que Jesús y María pasaron la mayor parte de su vida es para todo corazón cristia no un
objeto de la más tierna veneración. Esa pobre casa que cobijó durante treinta años ba jo su techo al Salvador
del mundo y a su di vina Madre, fue venerada aún por los Apósto les, que veían en ella un recuerdo siempre
vivo de la permanencia en la tierra de Jesús y de Maria. Santa Elena, impulsada por su fervoroso celo, la
encerró en un suntuoso tem plo que recibió el nombre de Santa María.

Bajo la dominación de los Califas árabes, multitud de peregrinos iban a ese santuario a llevar sus obsequios a
la Madre de Dios: pero cuando los turcos Seljúcidas subyugaron a sus antiguos dueños, no fue permitido a los
cris tianos llevar sus ofrendas a ese querido recin to, porque eran víctimas de los más duros tra tamientos.

Pero Dios no permitió que los piadosos de seos de los devotos de María fuesen de esa manera contrariados, ni
que quedase tan pre ciosa reliquia a merced del furor impío y fa nático de los mahometanos, y por ministerio
de los ángeles, la Santa Casa de Nazaret fue transportada a la Esclavonia y de allí a la Marca de Ancona, en
medio de un bosque que pertenecía a una noble y virtuosa viuda lla mada Laureta.
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Fácil es comprender que un suceso tan pro digioso no podía menos que atraer la atención del mundo cristiano.
En efecto, la generosi dad de los fieles suministré bien pronto recur sos sobrados para levantar en aquel sitio
una de las más hermosas basílicas de Italia, que ha sido magníficamente enriquecida por los Papas y recibe
continuamente la visita de un inmenso número de peregrinos, que rivalizan en celo por obsequiar a María –

Se dará principio a
la Romería con el
cántico BENEDICTUS, cántico de
los peregrinos y que copiamos a continuación.

IN VIAM PACIS

Benedictus Dominus, Deus Israel: quia visi tavit, et fecit redemptionem plebis suae.

Et erexit cornu salutis nobis, in domo David pueri sui.

Sicut locutus est per os sanctorum; qui a saeculo sunt, Prophetarum ejus.

Salutem ex inimicis nostris, et de manu omnium, qui oderunt nos.

Ad faciendam misericordiam cum patribus nostris: et memorari testamenti sui sancti.

Jusjurandum quod juravit ad Abraham pa trem nostrum, daturum se nobis.

Ut sine timore, de manu iuimicorum nostro rum liberati, serviamus illi.

In sanctitate et justitia coram ipso, omnibus diebus nostris.

Et tu, puer, Propheta Altissimi vocaberis:

praeibis enim ante faciem Domini parare vias ejus.

Ad dandam scientiam salutis plebi ejus: in remissionem peccatorum eorum:

Per viscera misericordiae Dei nostri: in quibus visitavit nos Oriens ex alto:

Illuminare his, qui in tenebris, et in umbra mortis sedent: ad dirigendos pedes nostros in viam pacis, etc.

Gloria Patri, etc.

ANTIPHONA. In viam pacis et prosperitatis dirigat nos omnipotens et misericors Dominus et Angelus Raphael
comitetur nobiscum in via, ut cum pace, salute, et gaudio revertamur ad propia.

v.) Dominus vobiscum.


R.) Et cum spiritu tuo.
95

OREMUS

Deus qui filios Israel per maris medium sicco vestigio ire fecisti, quique tribus Magis ad te, stella duce,
pandisti, tribue nobis, quaesumus, iter prosperum, tempusque tranquilluin; ut Angelo tuo sancto comite, ad
eum quo pergimus, locum ac demum ad aeternae salutis portum pervenire feliciter valeamus. -Per Dominum
nostrum…

Et mismo cántico en castellano

Ant. EN LA VIA DE LA PAZ

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y rescatado a su pueblo.


Y porque suscitó un Salvador poderoso a la casa de su siervo David.
Según lo ha prometido por boca de sus santos Profetas que ha habido en todos los siglos pasados.
Librarnos de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos aborrecen.
Para ejercer su misericordia con nuestros padres y acordarse de su alianza santa.
Según el juramento, por el cual prometió a Abraham, nuestro padre, que nos haría esta gracia.
Para que, siendo librados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor.
Conservándonos en la santidad y en la jus ticia, estaremos en su presencia todos los días de nuestra vida.
Y tú ¡oh niño! seréis llamado el Profeta del Altísimo, porque marcharéis delante del Señor para prepararle sus
caminos.
Para dar a su pueblo el conocimiento de la salvación, a fin de que obtenga la remisión de sus pecados.
Por las entrañas de la misericordia de nues tro Dios, ha venido a visitarnos de lo alto ese Sol naciente.
Para iluminar a los que están envueltos en las tinieblas de la muerte y para conducirnos por el camino de la
paz. Gloria al Padre, etc.

ANTIFONA. -El omnipotente y misericordioso Señor nos dirija por el camino de la paz y de la prosperidad, y el
ángel Rafael nos acompañe en el camino para que volvamos a nuestra casa en paz y llenos de salud y gozo.

v.) El Señor sea con vosotros.


R.) Y con tu espíritu.

ORACION

¡Oh Dios! que hiciste caminar a los hijos de Israel a pie enjuto por medio del mar, y que a los tres Magos,
dándoles por guía una estrella, los hiciste llegar hasta ti, te rogamos nos concedas un camino próspero y un
tiempo tranquilo para que, acompañados de tu ángel lleguemos felizmente al lugar de nuestro destino y al
puerto de nuestra eterna salvación. Amén.

En seguida todos los presentes se trasladarán con la imaginación al santuario a que la peregrinación se dirige,
uniéndose en espíritu a los peregrinos que tienen la, felicidad de visitarlo, y humildemente postrados al pie de
María rezarán la siguiente

ORACIÓN

Peregrinos, venimos ¡oh María! a visi taros en este venerado santuario donde os habéis complacido en
ostentar los prodi gios de vuestra bondad y vuestra ma ternal clemencia. Hemos dejado atrás nues tros
hogares y suspendido por algunos momentos las atenciones de nuestra vida para venir á deciros, más con
nuestro co razón que con nuestros labios, que os ama mos con toda la ternura de los más amantes hijos.
Venimos de lejos tras el olor de tus suavísimos perfumes, a honraros en esta vuestra casa predilecta y bajo las
bóvedas de este santuario que habéis escogido como una morada de predilección y como un teatro de
vuestras misericordias. Nosotros hemos oído decir que os complacéis en llenar de gracias y bendiciones a los
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que vienen a implorar en este lugar, santificado con vuestra presencia, vuestros favores y vuestra protección;
por eso venimos hoy a postrarnos a las plantas de esta vuestra imagen querida, cargados con los obsequios
de nuestro amor, sin reparar en los inconvenientes que trae consigo una larga y penosa jornada.

En cambio, abrigamos ¡oh María! la esperanza de que habéis de concedernos audiencia para exponeros con
toda la fran queza de un hijo las dolencias que afligen nuestra alma y las necesidades privadas y públicas cuya
satisfacción humildemente reclamamos de vuestra bondad. Ved ¡oh dulce Madre! cuántas llagas ha abierto en
nosotros el pecado y las disipaciones de nuestra vida pasada; ved cuánto peligra nuestra salvación con la
tibieza y debili dad propias de nuestra condición; ved, en fin, la red de peligrosos lazos que el mun do tiende á
nuestros pies y que amenazan destruir nuestras más firmes resoluciones. Para todos estos males os pedimos
reme dio; para todas estas necesidades os pedimos auxilio.

Mirad también los males que afligen a la Iglesia, sin cesar combatida por el fu ror de poderosos y encarnizados
enemigos: su Pontífice yace cautivo, disperso el re baño, oprimidos los pastores, perseguidas las vírgenes,
despreciado y vejado el sa cerdocio. Vos que fuisteis la columna po derosa que disteis consistencia al edificio
cuando su divino Fundador zanjó sus cimientos indestructibles, alargadle una mano protectora y desquiciad el
poder de sus enemigos. No nos olvidaremos, Seño ra, de pediros clemencia en favor de los pecadores, de los
herejes, de los infieles, todos los cuales marchan por el camino que conduce á la eterna ruina. Dad al mundo
católico paz y bendiciones, a nues tra patria prosperidad y progreso en la religión y en la justicia; a nuestras
fami lias piedad, fe y bienestar temporal y es piritual.

Antes de separarnos de vuestro santua rio, antes de volver a nuestros hogares, levantad vuestra mano
misericordiosa, y bendecid a los peregrinos que han venido a golpear a las puertas de vuestra morada; y que
esa bendición sea prenda de nues tra eterna salvación. Amén.

Se terminará la romería con el siguiente cántico:

Ave maris Stella,


Dei Mater alma,
Atque semper Virgo,
Felix Coeli porta.
Sumeus illud Ave
Gabrielis ore,
Funda nos in pace,
Mutans Eve nomen.
Solve vincla reis,
Profer lumen caecis,
Mala nostra pelle,
Bona cuncta posce.
Monstra te esse Matrem:
Sumat per te preces
Qui, pro nobis natus,
Tulit esse tuus.
Virgo singularis,
Inter omnes mitis,
Nos, culpis solutos,
Mites fac et castos.
Vitam praesta puram,
Iter para tntum,
Ut videntes Jesum
Semper collaetemur.
Sit laus Deo Patri,
Summo Christo decus,
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Spiritui Sancto,
Tribus honor unus. Amén.

Salve del mar Estrella,


De Dios Madre sagrada
Y siempre Virgen pura,
Puerta del cielo santa.
Pues de Gabriel oíste
El Ave ¡oh Virgen sacra!
En él mudando el de Eva
Da paz a nuestras almas.
A los ciegos da vista,
Las prisiones desata,
Destierra nuestros males,
Nuestros bienes alcanza.
Muéstrate Madre nuestra,
Y lleguen tus plegarias
Al que por redimirnos
Nació de tus entrañas.
Virgen que igual no tienes
La más dulce entre tantas,
Libra el alma de culpas,
Hacedla pura y mansa.
Renueva nuestra vida,
El camino prepara,
Y así a Jesús veamos
Alegres en la Patria.
Rindamos a Dios Padre
Y a Cristo sus alabanzas
Y al Espíritu Santo,
Una a los tres sea dada. Así sea.

ROMERIA AL SANTUÁRIO DE MONTSERRÁTE, QUE SE HARÁ EL SEGUNDO DOMINGO DEL MES

NOTICIA HISTÓRICA

En las faldas ásperas y escarpadas de una inmensa montaña formada por una reunión de pirámides cilíndricas,
que se levantan hasta las nubes, sobre una enorme base de rocas aisladas, se encuentra situado el famoso
santuario de Nuestra Señora de Montserrate en España.

He aquí como se refiere el origen misterioso de este venerado santuario:-«En el año 880, bajo el gobierno del
conde de Barcelona, Vifredo el Velloso, habiendo tres jóvenes pastores observado una noche que bajaba del
cielo un gran resplandor, y oído en los aires una música melodiosa, avisaron de ello a sus padres. El alcalde y
el obispo de Manresa, que se dirigieron también con todas aquellas per sonas al lugar señalado, observaron
igualmente el resplandor celestial, y después de algunas indagaciones, descubrieron la imagen de la Virgen, y
quisieron transportarla a Manresa; pero habiendo llegado al sitio en que se halla actualmente el monasterio,
no pudieron pasar adelante. Este prodigio indujo al alcalde y al obispo a hacer construir una capilla en el
mismo lugar, ocupado ahora por el altar mayor de la iglesia.»- «Príncipes y reyes de España y muchas otras
personas de las más elevadas clases, subieron a pie con frecuencia por el sendero escabroso que conduce al
altar de María; un Sin número de cautivos fueron allí a colgar los grillos y cadenas, que habían arrastrado
entre los moros, siendo innumera bles los prodigios realizados por la bondad y poder de María.»

Todo lo demás se hará como en la primera romería.


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ROMERIA AL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE LAS VIOTORIAS, QUE SE HARÁ EL TERCER DOMINGO
DEL MES.

NOTICIA HISTÓRICA

Entre los santuarios más célebres consagra dos en honor de la Madre de Dios, debe mencionarse el de
Nuestra Sen ora de las Victorias, en París. Construido en 1656 por el rey Luis XIII y dedicado a Nuestra Señora
de las Victorias en conmemoración de una victoria que acababa de obtener, ha sido enriquecido con los
obsequios de los fieles que atribuyen a su protección numerosos milagros y señalados favores. Pío IX, en
prueba de su venera ción por la Santísima Virgen de las Victorias, obsequió para su estatua una rica diadema
de oro guarnecida de preciosas piedras. El altar de María está rodeado de ex
votos y de cirios que la piedad y la gratitud de los fieles han ido é deponer allí, como símbolo de una espe-
ranza, de un voto y de una acción de gracias que sube hasta el cielo. Más de tres millones de peregrinos
visitan anualmente este venera ble santuario.

Todo lo demás como en la primera romería.

ROMERIA AL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES, QUE SE HARÁ EL CUARTO DO MINGO DEL
MES.

NOTICIA HISTÓRICA

Una de las últimas y más espléndidas mani festaciones con que la Santísima Virgen ha querido atestiguar su
amor por los hombres, ha sido su maravillosa aparición en las rocas de Masabielles, en Lourdes, pequeña
aldea de la diócesis de Tarbes, en Francia.

Una joven e inocente pastora de las cerca nías de Lourdes, llamada Bernardita Soubi rous, cogía una tarde
trozos de leña en las már genes del río Gabes, para llevar a la pobre choza de sus padres. María, que se
complace en comunicarse con las almas sencillas y en derramar sus bendiciones en los corazones ino centes,
eligió a esa humilde pastora para hacerla depositaria de sus maternales secretos e instrumento de las más
grandes maravillas de su amor maternal.

En una gruta abandonada y solitaria, for mada en las concavidades de las rocas de Masabielles, apareció la
Madre de Dios a Ber nardita dieciocho veces y le reveló la voluntad que tenía de que allí se construyese un san
tuario en su honor. Los más estupendos prodi gios confirmaron la verdad de la declaración de la humilde
pastora. Una fuente de agua pura y cristalina brotó allí milagrosamente en cuyas corrientes han encontrado la
salud del cuerpo y del alma millares de enfermos y de desvalidos.

Esos prodigios encendieron en los pueblos un ferviente y ardoroso entusiasmo, y multi tud innumerable de
peregrinos visitan en ro merías esas poco antes abandonadas y solita rias rocas, habitadas tan sólo por las
aves del cielo que iban a buscar en sus grietas un lugar abrigado para sus nidos. Hoy esas mismas ro cas
están coronadas por una suntuosa basílica, lujosamente decorada y de cuy os muros pen den millares de ex
votos que significan otras tantas gracias obtenidas por la protección de María.

Todo lo demás como en la primera romería.

FIN DEL MES DE MARIA


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CÁNTICOS EN HONOR DE MARIA SANTISIMA PARA EL MES QUE SE DEDICA A SU CULTO

Coro: Venid y vamos todos


Con flores a porfía
Con flores a María
Que madre nuestra es.
De nuevo aquí nos tienes,
Purísima Doncella,
Más que la luna bella,
Postrados á tus pies.
Á ofrecerte venimos
Flores del bajo suelo,
Con cuánto amor y anhelo,
Señora, tú lo ves.
Por ellas te rogamos
Si cándidas te placen,
Las que en la gloria nacen
En cambio tú nos des.
También te presentamos
Como más gratos dones,
Rendidos corazones
Que tu ya posees.
No nos dejes un punto,
Que el alma pobrecilla,
Cual frágil navecilla,
Sin ti diera través.
Tu poderosa mano
Defiéndanos Señora,
Y siempre desde ahora
A nuestro lado estés.