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Domingo III del Tiempo Ordinario

26 enero 2020

Mt 4, 12-17

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.


Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio
de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el Profeta Isaías: “País
de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea
de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los
que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Entonces
comenzó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el Reino
de los cielos”.

LUZ EN MEDIO DE LA OSCURIDAD

“El pueblo que habitaba en tinieblas y vio una luz grande” somos
nosotros. A quienes habitan “en tierra y sombras de muerte, una luz
les brilló”.

Ahí se nombra nuestra paradoja: la oscuridad, la tiniebla y la


muerte en todas sus formas constituyen el alimento cotidiano para
estos descendientes de primates, que se denominan a sí mismos como
“homo sapiens sapiens”. Con frecuencia, es muy poco lo que se
requiere para que una persona se vea sumida en la tiniebla del
desconcierto y de la inseguridad. Es cierto que tenemos cierta habilidad
para sortear dificultades y capear circunstancias adversas. Pero
mientras no salgamos de la ignorancia –la fuente de toda oscuridad–,
nos veremos privados de la Luz.

Es solo aquella primera ignorancia la que nos reduce con


facilidad a la oscuridad que nos rodea y que aparece a primera vista, a
la vez que nos ciega, ocultándonos –negando incluso– la Luz que
somos.

La comprensión experiencial no elimina oscuridades ni evita el


dolor, pero nos hace verlos en su justo lugar, y de ese modo nos
capacita para vivir con sabiduría la paradoja que somos.

Luz y tinieblas, Plenitud y carencia, Vida y muerte…: las dos


caras de la paradoja. Pero no son realidades “simétricas”. No es que
seamos, a la vez, Luz y tinieblas: somos Luz que se está experimentado
en una forma limitada donde la oscuridad es inevitable; somos Vida
que adopta la forma tanto de nacimiento como de muerte… Hay
paradoja, no-dualidad, pero no simetría: una cosa es lo que somos y
otra la manera en que, temporalmente, nos estamos experimentando.

Cuando se regala la comprensión, todo es Luz. Y tampoco es


una luz que viniera desde “fuera” –¿desde dónde?– o desde algún Ser
separado. Es la Luz de lo que es, de lo que somos. La Luz que es una
con lo Real.

¿Me dejo atraer por el anhelo de la Luz?

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