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EN PORTADA

La edad de oro del aforismo


En una era dominada por la brevedad y fragmentación, pero
también por el ingenio y la chispa, el género triunfa en los
libros tanto como en las redes sociales
JOSÉ LUIS GALLERO

11 ENE 2020 - 00:02 CET

CHEMA MADOZ

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A la hora de emprender esta pesquisa, nuestro ánimo se debatía entre


diversos títulos (Intervalos lúcidos, La tinta es oro, El banquete de la
brevedad, Centauros literarios) y lemas: “Lúcidos intervalos (…) en los que
habla el silencio” (Cervantes, Quijote, II, XVIII), “El intervalo es el medio
adecuado para la revelación” (McLuhan), “Una gota de tinta puede dar
mucho que pensar” (Byron), “Usa la tinta como si fuese oro” (Sarduy). En
cualquier caso, nuestro ensayo debía acometer una cuestión previa: cómo
definir un género capaz de aglutinar incontables subespecies de prosa
discontinua: máximas, sentencias, reflexiones, proposiciones, fragmentos,
notas, apuntes, adagios, apotegmas, greguerías, aerolitos, pecios,
pancartas… De entrada, era preciso descartar como aforismo toda frase
entresacada de otro texto. Esta voluntad de autonomía formal sería el
primero de los rasgos de un perfil que habría que completar de inmediato
con otros: brevedad, plasticidad, preocupación ética y un gusto por la
paradoja propio de su condición centaura: mitad filosofía, mitad poesía.

Estamos ante una figura tan esquiva por naturaleza como eludida por los
tratadistas, incapaces de otorgarle legitimidad frente al oportunismo y la
moda. Obras de clásicos como Séneca, Montaigne o Pessoa, sembradas
de máximas implícitas, son explotadas por recopiladores de citas que
hacen circular como aforismos el fruto de sus incursiones. Cuatro
ejemplos extraídos de los ricos caladeros de Pessoa: “Si el corazón
pudiese pensar, se detendría”; “Solo los individuos superficiales tienen
convicciones profundas”; “Solo hay dos formas de tener razón. Una,
callarse. La otra, contradecirse”; “Ya que todo estoicismo no pasa de ser
un severo epicureísmo, deseo hacer en lo posible que mi desgracia me
divierta”. Y, en efecto, tales pasajes presentan, más que muchos
fragmentos de su Libro del desasosiego, los contornos que identificamos
con el género breve.

La versatilidad y magnetismo de
Siempre atormentado
la literatura lapidaria atrae por la ambición de
formulaciones que a fuerza de resumir un libro en una

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ser citadas y recitadas por página, una página en


infinidad de actores cobran una frase, una frase en
carácter de expresiones una palabra. Ese soy yo
proverbiales. Hannah Arendt
transmite como adagio latino la JOSEPH JOUBERT

siguiente: “Quienes no aprenden


las lecciones de la historia están
condenados a repetirla”. Sin embargo, se trata de una perla tardía,
resultado de la colaboración involuntaria de dos contemporáneos:
Bernard Shaw (“Si aunque la historia se repite, sucede siempre lo
imprevisto, qué impericia humana para aprender de la experiencia”,
Máximas revolucionarias, 1903) y George Santayana (“Un pueblo que
ignora su pasado está condenado a repetirlo”, La vida de la razón, 1906). Y
cuando Nicanor Parra incluye entre sus Artefactos la cláusula “Todas las
cartas de amor son ridículas; si no fuesen ridículas, no serían cartas de
amor”, confiere a los versos de Pessoa ese aroma distintivo de la cocina
aforística que solo se obtiene por condensación de los elementos que
integran la salsa.

El género escueto, que tanto se presta a la elaboración de antologías,


oculta, sin embargo, una complejidad inabordable. “Hay libros cortos que
para ser entendidos requieren una vida muy larga”, declara Quevedo. Dos
siglos más tarde, Joubert traza el autorretrato canónico del aforista:
“Siempre atormentado por la ambición de resumir un libro en una página,
una página en una frase, una frase en una palabra. Ese soy yo”. Entre el
poeta español y el moralista francés, un pintor napolitano, Salvatore Rosa,
inscribía en el ángulo inferior derecho de su propio retrato la siguiente
leyenda: “Cierra el pico si lo que vas a decir no mejora el silencio”. ¿Qué
hacer para estar a la altura de tamaño desafío? En 1887, Stevenson
confiesa: “Hay veces que soy sabio y digo poco, y otras en que soy débil y
hablo demasiado”. Hemingway, de quien tampoco conocemos ningún
aforismo, afirma: “Se necesitan dos años para aprender a hablar, y
sesenta para aprender a callar”. John Cage y Octavio Paz, quienes sí nos

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han legado sabrosos ejemplos de prosa discontinua, proponen


respectivamente: “Las palabras sirven de ayuda para hacer los silencios”;
“Enamorado del silencio, el poeta no tiene más remedio que hablar”. En
una última vuelta de tuerca, Ana Pérez Cañamares observa: “El poema se
escribe cuando nos hemos quedado sin palabras”.

La singular confluencia de pensamiento (filosofía) y sentimiento (poesía)


podría ser uno de los factores que han propiciado la reciente eclosión de
autoras de aforismos en lengua castellana. En sintonía con Susan Sontag y
su noción de “sentimientos intelectuales”, Chantal Maillard expone en las
páginas de Filosofía en los días críticos: “No perder de vista que pienso
sintiendo, que pensando siento”. Para Maillard, la escritura fragmentaria
se halla en correspondencia con “los saltos que caracterizan el proceder
de nuestra mente”. Precisamente a la enfermedad y el modo de vida
errante de Nietzsche, colmado de interrupciones, atribuye Lou Andreas-
Salomé su predilección por la literatura entrecortada. “Una larga
convalecencia engendra novelistas. La proximidad de una catástrofe,
poetas. ¿De qué agujero salen los aforistas?”, se preguntaba Erika
Martínez en Lenguaraz (2011). Es ineludible remontarse a los salones
literarios del siglo XVII. En el de Madame de Sablé, abierto a la
intelectualidad en 1640, cristalizó la variante de las máximas morales que
alcanzó celebridad con las de La Rochefoucauld, compuestas después,
aunque publicadas antes, que las de su anfitriona, quien subrayaba: “Estar
demasiado descontento de uno mismo es una debilidad; estar demasiado
contento, una tontería”.

Todo aforismo aspira a plantear


Se necesitan dos años
o dilucidar alguna cuestión para aprender a hablar,
importante de manera sintética. y sesenta para aprender
La contrapartida de semejante a callar
imperativo no es otra que la
oscuridad. En nuestro ámbito,
ningún autor ha calado tan Ernest Hemingway

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hondo como Cristóbal Serra,


quien una mañana de agosto de 1997 nos advertía: “Existen géneros
legitimados por la retórica y la preceptiva literaria. Pero el aforismo no ha
sido nunca justipreciado, sino considerado menor. Por eso me refiero a él
como bastardo. Sería posible organizar una biblioteca universal de
aforistas; establecer una teorética y un elenco. Sus fronteras no están
bien delimitadas porque su esencia es sutil. Posee una naturaleza
ambigua: anverso y reverso. Es el mejor instrumento para reflejar la
trágica dualidad de las cosas del universo”.

¿Y con quién iniciar nuestra biblioteca? Respuesta: Heráclito de Éfeso,


“sin cuyos dichos austeros, hoscos y a ratos extrañamente regocijantes”,
señalaba Serra en 2002, “la trayectoria del aforismo occidental quedaría
sin punto de partida”. Sus 126 fragmentos, apenas equivalentes a seis
páginas de texto, han servido de pasto espiritual a generaciones de poetas
y filósofos. ¿Cómo no sucumbir a su enigmático influjo? “Los contrarios
concuerdan, y de lo diferente surge la más bella armonía, pues todo lo
engendra la discordia” (8 DK); “A quienes entran en los mismos ríos,
bañan aguas siempre nuevas” (12 DK); “Los que buscan oro cavan mucho
y encuentran poco” (22 DK)… Nunca sabremos si el libro perdido de
Heráclito era una colección de sentencias o un tratado discursivo, pero
con sus restos, acaso precedidos por las inscripciones délficas de los Siete
Sabios, comienza la historia de la sabiduría breve en Occidente.

El término aforismo — del griego apho, “separación”, y hóros, “límite”, es


decir, delimitaciones, sean conceptuales (definición) o geográficas (hito,
mojón kilométrico)— aparece por vez primera hacia el año 400 antes de
nuestra era, como epígrafe de un presunto libro de Hipócrates, cuya
condición de médico confiere tempranamente al género, amén de
prestigio científico, cierta prerrogativa terapéutica, de veneno saludable,
de saber arrancado al sinsabor. “La vida es corta, la ciencia extensa…”,
reza su célebre comienzo. “La vida es corta”, repetía Einstein en 1947, “y
la roca que empujamos con toda nuestra fuerza solo se mueve a intervalos

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muy largos”. El físico alemán formuló un puñado de aforismos genuinos,


es decir, exentos, aislados, independientes de cualquier contexto.
Verbigracia: “Para castigarme por mi falta de respeto a la autoridad, el
destino me ha convertido en una autoridad” (1930); “La tentativa de
combinar sabiduría y poder ha tenido éxito muy pocas veces, y cuando lo
ha tenido ha sido por muy poco tiempo” (1953); “La primacía de los tontos
es insuperable y está garantizada para siempre. Su falta de coherencia
alivia, sin embargo, el terror de su despotismo” (1953). Intervalos lúcidos,
en el curso de los cuales la roca que empujamos se mueve lo bastante
para mostrar una perspectiva inesperada. Kundera comenta en El telón:
“La vida es corta, la lectura larga y la literatura se está suicidando debido a
una proliferación insensata. Cada novelista debería eliminar todo lo
secundario, clamar por una moral de lo esencial”.

El silencio entre fragmento y


Una larga convalecencia
fragmento —el vacío que separa engendra novelistas. La
un enunciado de otro— es la proximidad de una
piedra de toque del aforismo. Un catástrofe, poetas. ¿De
silencio que casi siempre, como qué agujero salen los
aseveraba Píndaro, es “el más aforistas?
sabio pensamiento del hombre”
(Nemeas, V). Se trata del mismo ERIKA MARTÍNEZ

mutismo que sanciona la vieja


superioridad de la pintura sobre
la literatura, de la imagen sobre el verbo. Pese a todo, la palabra concisa
dispone de un recurso inagotable para equilibrar la balanza: su plasticidad
—del griego plastikós: “modelar”, “dar forma”—, y por tanto, la posibilidad
de ser recreada por la mente lectora. Cuando Da Vinci asegura en sus
Cuadernos: “El poeta está por debajo del pintor en la representación de las
cosas visibles, y muy por debajo del músico en la de las invisibles”, decide,
pese a todo, hacerlo por escrito. La encrucijada de texto e imagen
constituye un campo de exploración inagotable. No es extraño que tantos
creadores hayan practicado la doble militancia, de Goethe o Blake a

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Duchamp y Valcárcel Medina; de Delacroix, Klee o Michaux a Eva Lootz,


Barbara Kruger o Jenny Holzer.

La brevedad, la cualidad que más inmediatamente denota lo aforístico, lo


determina a su vez por partida doble: “de corta duración” (poco tiempo),
“de corta extensión” (poco espacio). Deducción discutible, sin embargo,
pues un pensamiento breve puede requerir muchas horas, incluso muchos
kilómetros, de gestación. A Raymond Chandler le gustaba citar una frase
del presidente Woodrow Wilson, responsable de los célebres Catorce
puntos para la paz difundidos en las postrimerías de la Primera Guerra
Mundial: “No tuve tiempo para escribirlos más cortos”. “La concisión [del
latín concidere: “cortar”] es la lujuria del pensamiento”, observa Valéry en
sus Cuadernos. Corominas vincula el vocablo “escueto” al latín scotus,
referido a “viajeros expeditos”, es decir, “libres de estorbo”. El adjetivo
“lacónico”, “de pocas palabras”, deriva de Laconia (Esparta), cultura
regida por una economía de guerra. Ciertamente, nos hallamos ante un
género espartano, enemigo, como sugiere Morey, “de todo despilfarro”.
Gracias a ello, no ha perdido vigencia desde los orígenes de la escritura
hasta nuestro tiempo acelerado, en el que solo un lenguaje frugal ayudará
a la conciencia a mantenerse alerta. Uno de los grandes aforistas
españoles contemporáneos, Eugenio d’Ors, cuya figura parece condenada
a ser incesantemente redescubierta y reolvidada, no se cansó de
reivindicar el “imperativo de abreviatura” ni repetir que la riqueza estriba
en la limitación. En El valle de Josafat (1918), escribe: “Palabras que
podrían grabarse en el bronce y, a la vez, escribirse en un abanico (…)
Palabras milenarias como una esfinge y aladas como una mariposa”. En
Cuando ya esté tranquilo (1930), insiste: “Renunciar a las Obras
Completas para no escribir más que una lápida. Una lápida, con letras
duras y eternas, que encerrase, entre nueve y veintisiete palabras, todo
nuestro mensaje al mundo, cuanto hemos nacido para decirle”. La
parquedad es el requisito de su infinitud.

En Seis propuestas para el próximo milenio, Calvino anticipaba: “En los

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tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de


literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del
pensamiento”. José Ramón González —artífice de Pensar por lo breve:
Aforística española de entresiglos, 1980-2012 (Trea, 2013), acaso la mejor
antología publicada hasta la fecha, junto a la de Carmen Camacho, Fuegos
de palabras: El aforismo poético español, 1990-2014 (Fundación José
Manuel Lara, 2018)— anotaba en 2016: “Lo digital ha habituado a los
nuevos lectores a un tipo de expresión que podríamos identificar con las
formas breves (…) Decir mucho con pocas palabras parece satisfacer una
necesidad de eficiencia —una especie de principio no formulado de
economía intelectual y psíquica—, y aunque la brevedad, y en especial la
brevedad extrema, requiere un esfuerzo añadido por parte del lector, le
otorga la satisfacción de sentir que se le está ofreciendo más por menos”.

Jean Cocteau comparaba las


Hay veces que soy sabio y
piezas musicales de su digo poco, y otras en que
admirado Satie —compositor, soy débil y hablo
también, de inolvidables demasiado
bagatelas literarias— con ROBERT LOUIS STEVENSON

miradas a través del ojo de una


cerradura. “A lo augusto, por lo
angosto”. Este adagio conjuga
los rasgos capitales de la escritura fragmentaria, cuya senda discurre
entre las cumbres de la precisión y los abismos de la concisión, pues
anhela traducir la experiencia en un arte de vivir tan práctico como las
indicaciones que orientan al viajero en los cruces de los caminos. No en
vano ha sido el vehículo preferido del pensamiento ético desde los
presocráticos a Ferlosio, pasando por Epicuro, Marco Aurelio, Gracián,
Pascal, Schopenhauer, Machado, Wittgenstein, Juan Ramón Jiménez,
Adorno, Simone Weil, Canetti, Cioran…

“Una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento”, dice


Voltaire. “La característica feliz de todo clásico es la absoluta armonía del

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contenido y la forma”, añade Kierkegaard. “En el fondo, toda filosofía es


una cuestión de forma”, tercia Valéry. “El escritor que cuida demasiado el
estilo es que no tiene nada que decir; el que no lo cuida, valdría más que
no dijese nada”, interviene Rusiñol, autor de una colección publicada en
1927, cuyo principal hallazgo estriba en su título: Máximas y malos
pensamientos. “La palabra constituye una unidad de dos caras: el aspecto
material —sonido— y el aspecto espiritual —sentido— (…) Una secuencia
de sonidos resulta el vehículo del sentido”, zanjó Jakobson en 1942. Viejas
verdades, cuya memoria tiene encomendado atesorar el aforismo. Cada
postulado adquiere necesariamente la forma de variación sobre el mismo
tema. Desgranemos una serie que abarca tres centurias: “Los defectos
naturales se combaten con las virtudes adquiridas” (marquesa de Mont‐
pensier); “Para justificar a una persona basta que haya vivido de tal modo
que gracias a sus virtudes merezca el perdón de sus errores”
(Lichtenberg); “No es equivocado decir que a veces se nos ama más por
nuestros defectos que por nuestras virtudes” (Joubert); “El mundo
perdona tus defectos, no tus virtudes” (Antonio Porchia); “Nuestros
defectos son a veces los mejores adversarios de nuestros vicios”
(Margarite Yourcenar). “Ningún precursor”, señalaba Séneca en su
epístola LXXIX, “podría agotar la cuestión; si acaso, habrá desbrozado el
camino (…) La mejor situación es la del último que se ocupe del tema”. La
verdad, la única verdad del aforismo, es un esfuerzo interminable de
precisión.

“Quien quiere expresarse con brevedad debe abordar las cosas allí donde
son más paradójicas”, puntualizaba Walter Benjamin en 1929. Nuestro
cerebro no ha descubierto mejor procedimiento para hacerlo que la
escritura discontinua, incluida la diarística. En su doble dimensión de
fracción mínima y punto culminante, el aforismo reproduce la estructura
antitética de la realidad y de la propia condición humana, inmersas en un
juego infinito de contraposiciones que se complementan. “La voluntad de
sistema es una falta de honestidad”, denunciaba Nietzsche. En su Origen y
epílogo de la filosofía, Ortega y Gasset reflexiona: “Diríase que la razón se

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hizo añicos antes de comenzar el hombre a pensar, y por eso tiene que
recoger uno a uno los pedazos y juntarlos”; a continuación, transmite una
bella historia relatada por Georg Simmel: a finales del siglo XIX, un grupo
de amigos creó en Alemania una Sociedad del Plato Roto; a los postres de
un banquete, rompieron un plato y repartieron los pedazos con el
compromiso de que cada uno entregara el suyo a otro socio antes de
morir. El último superviviente sería el encargado de reconstruir el plato. O
si se quiere, de restaurar el silencio.

LECTURAS
El cántaro a la fuente. Aforistas españoles para el siglo XXI. José Luis
Trullo y Manuel Neila (editores). Apeadero de Aforistas. 144 páginas. 18
euros.

Fuegos de palabras. El aforismo poético español de los siglos XX y XXI


(1900-2014). Carmen Camacho (editora). Fundación José Manuel Lara.
492 páginas. 22 euros.

Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos. 1980-2012.


José Ramón González. Trea. 344 páginas. 25 euros.

Concisos. Aforistas españoles contempo-ráneos. Mario Pérez Antolín.


Cuadernos del Laberinto. 173 páginas. 16,50 euros.

Bajo el signo de Atenea. Diez aforistas de hoy. Manuel Neila (editor).


Renacimiento. 248 páginas. 18,90 euros.

Revista ‘Ínsula’. Número 801. El aforismo español del siglo XX. Erika
Martínez (coordinadora). Espasa 36 páginas. 11 euros.

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