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El narcisismo en la poesía de Raúl Gómez Jattin: Un recorrido entre el infierno y los

paraísos artificiales

Hay que estar orgulloso del dolor;


todo dolor es un recuerdo de nuestra condición elevada
-Hermann Hesse

Por: Gustavo Adolfo Monsalve Rondón


Universidad industrial de Santander
Resumen

El siguiente artículo propone un análisis de la obra poética de Raúl Gómez Jattin (1945-
1997), enfocado en la desolación y marginación del poeta cartagenero y su excentricidad
como elementos centrales que abren paso al análisis del yo lírico y su desdoblamiento, a la
sublimación del poeta impulsada por pulsiones extremas y al ejercicio poético como catarsis
y auto-punición, desde un enfoque literario y psicoanalítico que exponga los rasgos
narcisistas y esquizofrénicos que encaminaron al poeta hacia paraísos artificiales y a su
autodestrucción.

Palabras clave: Yo lírico, sublimación, pulsiones, narcisismo, auto-punición, esquizofrenia.

Abstract
The following article proposes an analysis of the poetic work of Raúl Gómez Jattin (1945-
1997), focused on the desolation and marginalization of the Cartagena poet and its
eccentricity as central elements that open the way to the analysis of the lyrical self and its
unfolding, to sublimation of the poet driven by extreme drives and poetic exercise as catharsis
and self-puncture, from a literary and psychoanalytic approach that exposes the narcissistic
and schizophrenic features that led the poet towards artificial paradises and his self-
destruction.

Key words: the poetic, sublimation, drives, narcissism, self-puncture, schizophrenia.


Raúl Gómez Jattin (1945-1997) nace en Cartagena de Indias y crece en una cultura
provinciana del Caribe colombiano: el municipio de Cereté, donde pasa la mayor parte de su
vida y donde acontece su trágico devenir, pues es allí donde retorna antes de su sospechoso
suicidio. Adentrarse en la obra poética de Raúl es sopesar los designios hedónicos del artista
sufridor, invita a apreciar el desamparo del amor, el dolor del recuerdo, a conocer el
desarraigo de las comodidades, escandalizarse ante lo grotesco, cuando no ante obscenas o
desagradables imágenes. Jattin vive en una suerte de libertad irrevocable en la que su lenguaje
y su comportamiento ostentan una personalidad excéntrica y desaforada, no distingue límites
ni convencionalismos formales o normas cívicas. El poeta, que anteriormente estudió
Derecho, encontró en el Teatro una forma de rehuir de la realidad, descubriendo nuevas
identidades artísticas que desembocaron en una locura brava que no distinguía barrera alguna.
Esta carencia de límites en el poeta deja entrever su afán por ser y hacer literatura, y lo
encaminan al propósito riesgoso de transmutar, al igual que lo hace el dramaturgo, vida y
obra, enajenándose de los preceptos culturales, la moral y las comodidades materiales, siendo
marginado por una sociedad indiferente al arte: “Ellos se burlaban con un toque de estupidez
e ignorancia. Pueblerinos, altanera multitud que quería imponerme una verdad no hecha a mi
ser ni medida” (Monsiváis cita Jattin, p. XVII).

Otros trabajos a cerca de la poesía de Raúl Gómez Jattin se proponen destacar la


capacidad del lenguaje como una forma de terapia, es el caso del artículo de César Aguilar
(2014) quien habla sobre el poderío del lenguaje y su carácter terapéutico en cuatro poetas
latinoamericanos depresivos y suicidas, refiriéndose a Gómez Jattin, Rodrigo Lira (Chile,
1949 - 1981), Ángel Escobar (Cuba, 1957-1997) y Julio Inverso (Uruguay, 1963-1999), de
los cuales destaca la locura como una característica propia de los padecimientos mentales y
una consecuencia impulsada por el abuso de sustancias. Otro artículo, realizado por Ricardo
Adrián González Muñoz, asume una aproximación al análisis psicoanalítico de la psicosis
como estructura en la vida de Raúl Gómez Jattin, revelando aspectos de una psicosis
preexistente en la constitución de su ser. Asimismo, María Alejandra Castro Arbeláez
expone una breve aproximación a la psicosis de Jattin en su Arte y psicosis desde el
psicoanálisis: una revisión de la literatura, donde se centra en los rasgos generales del
estudio psicoanalítico, delimitando el análisis del ámbito literario y dándole prioridad al
enfoque biológico. Otro estudio consiste en una tesis de grado realizado por Paola Andrea
Pimiento Valencia titulada Maldito y divino un acercamiento a la poesía de Raúl Gómez
Jattin, donde sin duda se pueden evidenciar rasgos del narcisismo y la esquizofrenia del
poeta, sin embargo, la autora no toca estos conceptos del psicoanálisis, sino que se limita al
estudio de la obra, referenciada desde el documental experimental Maldito y divino, el cual
presenta una interpretación de la vida y obra del poeta colombiano.

El poeta desbocado

Los padecimientos Gómez Jattin nacen del desamparo, de la muerte de su padre y


madre, posteriormente del abandono en que fue dejado por todos: amigos, familia y otros
amores desahuciados, circunstancias que lo llevaron a la desolación absoluta, a la inhibición,
a la mendicidad, al discurrir de su locura y a su propensión por las drogas. El poeta advierte
en sus versos su trágico trasegar en el tiempo: “Ante un espejo oscuro aun soy un hombre
joven […] / No aparece mi prematura calva Ni el abotagamiento / inicial de mis duros
cuarenta años vividos / entre la soledad y la locura” (Jattin, 1983-1986, p. 52).

Si bien la poesía de Raúl Gómez Jattin ostenta los matices del poeta trágico, cuya
vida llena de tormentos oscila entre la alucinación, la locura, el sufrimiento y las alegrías de
la infancia, su obra, que es encarnación viva de su ser, es asimismo su bitácora, la evidencia
de una vida llena de tormentos y recuerdos como tesoros invaluables, pero también llena de
arte, de teatro, música y literatura; y sobre todo, promotora de una poesía desgarradora pero
bella en su sencillez; en otras palabras, él es un poeta que sabe serlo, como lo dice en su
poema, él es “un corazón ardiente en galopes / sobre una llanura Y él es la llanura” (Jattin,
p. 36).

Con respecto a la propensión autobiográfica en los poemas de Jattin, Heriberto


Fiorillo (2003) dice que “Es imposible leer sus poemas sin que los mismos te señalen su vida.
Esa ha sido otra de sus paradojas. Su vida, que está en su obra, es también su obra. Las dos
son espejos que se miran” (Londoño cita a Fiorillo, p. 105). Fuera de los preceptos
estructuralistas, la obra de Jattin escapa a los reglamentos de la métrica, es verso libre en el
sentido más amplio de la palabra. Un poema que evidencia lo anterior fue principalmente una
respuesta a una carta escrita por el poeta nadaísta Jaime Jaramillo Escobar (quien reconoció
en Raúl un ímpetu poético desmesurado). Dicha carta hace honores al poeta cereteano, el
escritor antioqueño compara su condición como poeta de la academia con la condición
montaraz de Jattin, hombre de provincia cuya poesía –como él mismo lo dice– “crece como
crece la hierba entre el pavimento de las calles” J. Jaramillo escribe:

Todos los demás estamos maniatados por la crítica, los reglamentos del verso, los corsés de
la gramática, las normas de la sociedad, los preceptos religiosos [...], los considerandos
utilitaristas, […] la urbanidad, los regaños de la familia, las conveniencias del matrimonio,
los impedimentos del trabajo, los rezagos burgueses. Pero tú eres el viento, eres un potrillo,
eres el río que arrasa, no limitas con nada […] Las polvorientas calles de Cereté te ven y no
te creen, porque nos ha dado por pensar que los poetas tienen que vivir en Bogotá, muertos
de frío a las puertas de la Academia mendigando un gerundio y poniendo mucho cuidado para
que no los vaya a picar el qué galicado (Arbaez, p.1).

El poeta antioqueño destaca en Jattin una revolución literaria que rompe con los
paradigmas de la moral y las pretensiones de la cortesía o el cuidado de las palabras, al igual
que ofrece un novedoso cuadro poético ilustrado con los matices de su propia tristeza. Con
un lenguaje vulgar, Jattin presume un comportamiento haragán, libre de ataduras, es un poeta
desbocado por el amor, al cual considera libre de manifestar; su insignia de hombre
indomable cobra vida en su obra y la forma deliberada en que la escribe, sin hacer uso de
signos de puntuación, como quien va sin frenos, dando paso a la transposición del sujeto, el
desdoblamiento del hombre sobre su obra. Continúa Escobar Jaramillo:

Los poetas de Bogotá se hacen tratamientos para la conjugación, toman pastillas para el
pronombre, siguen una dieta rigurosa de solecismos y cacofonías y sufren el estreñimiento
de la lengua. Pero tú ya hiciste la revolución, pusiste el mundo patas arriba, aunque no se den
cuenta los que viven boca abajo. […] Aunque aún no te había visto, presumo que tu persona
debe tener ese hálito avolcanado de tus poemas. […] La poesía colombiana te estaba
necesitando porque nosotros caímos en la trampa. Tú eres el único que queda libre. No te
dejes coger. No te dejes cazar. Si te cogen mátalos. Mátalos. (Arbaez cita a Jaramillo, p.1).

La respuesta a la anterior carta figura como un poema más dentro de la antología de


Raúl titulada Amanecer en el Valle del Sinú (1983-1986) en la que el poeta advierte su
transposición vivencial, confundida, reflejada y fragmentada en su poesía, vista como
penitencia y sacrificio: “Cuando llegó tu carta rumorosa como el viento / había lanzado todos
los libros a la calle / y como no estaba el mío me tiré yo mismo a la intemperie” (Jattin, p.
46). De igual forma, en otro de sus poemas, Jattin confiere dicha transmutación como
consecuencia de una creación poética preestablecida por el alma penitente que acepta la
sentencia y que es él mismo negándose en el otro: “El agresor oculto / Me envenenó la vida
/ me sustrajo de mi movimiento natural / […] Mientras tanto mi alma / acostumbrada a la
desgracia / lo veía hacer / como un condenado que presencia / el levantamiento del patíbulo”
(Jattin, p. 60). El poeta traza voluntariamente su destino trágico con el mismo lápiz con que
escribe el sentido de sus versos.

El yo lírico y su relieve anímico

Una explicación ante esta paradoja literaria comprende el desdoblamiento del yo


lírico, quien funciona como un reflejo fiel del poeta y quien, de alguna forma preestablecida,
ejerce resonancias psíquicas sobre él. El desdoblamiento surge como un escape del presente,
para Cancellieri (2012) el desdoblamiento “son aquellas proyecciones ideales a través de las
que el sujeto ha logrado salir de sí mismo para construirse a partir de su propia fragmentación
y representarse de manera diferente” (Cancellieri, pág 8). Un ejemplo es el poema A Lola
Jattin, donde el poeta se desdobla al desplegar su yo lírico por las vertientes sinuosas de la
memoria infantil, llegando hasta un estado prenatal:

Más allá de la noche que titila en la infancia


Más allá incluso de mi primer recuerdo
Está Lola –mi madre– frente a un escaparate
Empolvándose el rostro y arreglándose el pelo […]
No sabe que en su vientre me oculto para cuando
necesite su fuerte vida la fuerza de la mía
(Jattin, p. 141)

En estos versos se evidencia un yo lírico que sufre un desdoblamiento espacial, que


es una forma de fragmentación en el tiempo-espacio, cuando la voz del sujeto lírico se sitúa
antes del nacimiento del poeta, lo reemplaza y piensa desde dentro del vientre de su madre,
y paralelamente, el poeta se expande en una suerte de descorporeización que cobra vida en
sus textos. De igual forma, en el mismo poema, el yo lírico advierte otra situación en el
futuro, donde su madre solo es una ilusión: “Más allá de estas lágrimas que corren por mi
cara / de su dolor inmenso como una puñalada / está Lola –la muerta– aún vibrante y viva /
sentada en un balcón mirando los luceros” (Jattin, p.141). De esta manera encuentra un
escape temporal de su presente, mutando en el otro, en su yo lírico, se olvida de su
corporeidad y se adentra en los confines de un amor confundido en la metafísica del recuerdo,
donde reside su dolor y de donde surge su voluntad creadora.

Su afán por rehuir de la realidad a través de su poesía se convierte no solo en una


condena inminente del signo encarnado, sino también en una liberación pulsional de una
condición sensible a los recuerdos. Ante esta condición literaria, Bachelard (2012) dice en su
Poética del espacio que lo único que “Hay ahí, para un racionalista, [es] un pequeño drama
cotidiano, una especie de desdoblamiento del pensamiento que, por parcial que sea su objeto
—una simple imagen— no deja de tener una gran resonancia psíquica” (Bachelard, p.9). Por
esta razón, se asimila un redoblamiento constante entre obra y vida, que concluye en un
devenir trágico, augurado por el propio agresor:

No sobre voló lo cotidiano


Enredado con la vida de los otros
marchitó una vocación de alta poesía
Qué dios extraño es tu consejero
bravo guerrero
que te hizo despreciar un destino elevado
Tremendo fracaso de la imaginación
es tu leyenda terrenal

(Jattin, p. 8)

En los presentes versos, escritos a modo de nota lapidaria, Jattin predice su fracaso
como artista; sin embargo, nutre su poesía con la fuerza de esta resignación, con su
impotencia por no alcanzar una expectativa artística mayor, lo cual ─irónicamente─ atribuye
a su obra un valor poético instaurado en la contemplación y exaltación del fracaso. Vemos
que el poeta adopta el papel de vidente (entendido como aquel que predice el futuro o
descubre lo desconocido) al advertir un destino desesperanzador en sus versos. O como lo
diría Rimbaud en una de sus cartas:

El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos.
Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por sí mismo, agota en sí todos
los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita
toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por la que se convierte entre todos en el enfermo
grave, el gran criminal, el gran maldito, -¡y el supremo sabio!- ¡Porque alcanza lo
desconocido! ¡Porque se ha cultivado el alma, ya rica, más que ningún otro!

(Rimbaud, Cartas del vidente, p. 9)

Vemos que el poeta melancólico se entrega a la tristeza voluntariamente con un placer


masoquista que usa de emblema en cada poema: “La poesía es la única compañera /
acostúmbrate a sus cuchillos / que es la única” (Jattin, p. 99) Y es un vidente porque anuncia
el dolor y el desastre; y reconoce, de forma paradójica, que su condena y su salvación están
en su oficio, en tanto que es la forma de exaltar y liberar el sentimiento –o las tensiones
pulsionales– y sublimarlo en virtud del arte. El poeta (o su yo lírico) le habla a su otra
identidad, a la de los poemas: “Como un dios sabio que sabe perdonar a su poeta / me has
defendido hasta del propio olvido / en que pude para mi mal dejarte / Apaciguando males
que el oficio presagia / otorgando caricias que jamás he soñado” (Jattin, p. 87). Reconoce el
valor del poema como una voz seductora que lo reivindica de su condena, es el producto de
una liberación, una catarsis dolorosa pero consoladora, que se dignifica e inmortaliza a través
de sus versos.

La poesía como salvación y condena

El poeta –como todo artista pródigo– invierte todos sus bienes y su voluntad de
creación, buscando transcender de su condición humana a través del arte, pero se sume tanto
ante su obra que esta se convierte en su única razón de vida, es así como el poeta deja de
vivir para crear y comienza a crear para vivir. Ante esto, Bachelar menciona una cita de Jean
Lescure en la que explica este hecho: “Lapicque reclama al acto creador que le ofrezca tanta
sorpresa como la vida”, y en seguida dice que “el arte es entonces un redoblamiento de la
vida, una especie de emulación en las sorpresas que excitan nuestra conciencia y la impiden
adormecerse” (Bachelard, p.20) Concluye con una afirmación de Lescure: “El artista no crea
como vive, vive como crea” (Bachelard cita a Lescure, p. 20). Esta entrega o sumisión total
hacia la misma creación (que es su propio reflejo) es su alternativa de salvación, cuando ya
la vida ha condenado al artista, no le queda de otra que amarse a sí mismo a través del arte,
con el fervor y el miedo que le inspiran la muerte y el amor a la belleza. El poeta cuenta para
sobrevivir, como acontece a Scherezada:

Está enamorada del asesino que la obliga


noche tras noche a exprimir su memoria
de la ancestral leyenda multiforme y extensa
para salvar por un momento su indefensa vida
Y mientras cuenta y cuenta Scherezada
El Califa la besa y acaricia lujurioso […]

Está a merced de quien la oye emocionado


(Jattin, p. 133)

Para alejarse del suplicio, el poeta encuentra en la producción poética un sentido de


apaciguamiento, una satisfacción de la libido en su propia revelación poética, redirige las
pulsiones internas en una tentativa por sublimar todas sus tensiones, en otras palabras,
experimenta una catarsis que de cierta forma alivia su dolor a la vez que le proporciona un
sentido y un valor estético al mismo, lo cual proporciona satisfacción. Para Bachelard “La
sublimación, en poesía, supera la psicología del alma terrestremente desgraciada, es un eje:
la poesía tiene una felicidad que le es propia, sea cual fuere el drama que descubre”
(Bachelard, p. 17) A pesar de que dicha satisfacción catártica llegara a ser plasmada en versos
perdurables que reivindiquen la condición trágica del escritor, irónicamente también lo
condenan al oficio que los provoca. Continuando con el poema Scherezada, se presenta una
importante declaración: “El artista tiene siempre un mortal enemigo / que lo extenúa en su
trabajo interminable / y que cada noche lo perdona y lo ama: él mismo” (Jattin, p.133).

Por otro lado, la repercusión del yo lírico sobre la vida anímica del poeta no es
fundamentado como una simple consecuencia, ya que la relación existente entre la imagen
poética y los arquetipos psíquicos que duermen en el fondo del inconsciente no son, en
definitiva, causales. Bachelard dice que dicha relación “No es el eco de un pasado. Es más
bien lo contrario: en el resplandor de una imagen, resuenan los ecos del pasado lejano, sin
que se vea hasta qué profundidad van a repercutir y extinguirse” (Bachelard, p.8). Ahora
bien, aquí existe una causalidad anónima del inconsciente sobre las acciones del hombre,
cuyos placeres emanan de fuentes imprecisas. Estas irregularidades en la distribución
libidinal equivalen a un trastorno neuronal en el que el individuo asimila el placer en un
objeto externo, ya no el de la madre sino el de él mismo, como centro de interés.

El complejo narcisista en Jattin

La psicología freudiana descubre que ciertas personas “señaladamente aquellas cuyo


desarrollo libidinal experimentó una perturbación (como es el caso de los perversos y los
homosexuales), no eligen su posterior objeto de amor según el modelo de la madre, sino
según el de su persona propia” (Freud, p. 6). A partir de esas nociones de la libido, se
fundamenta el concepto del narcisismo, condición en la que la persona proyecta sus afectos
y elogios hacia sí mismo, como podemos observar en el poema de Jattin titulado Prostituto
ante el espejo, donde él mismo se muestra en tercera persona: “Sabía agradar con su belleza
y su sonrisa / y su juventud sensual de hembra en flor” (Jattin, p. 9) refiriéndose al amor
propio y a la belleza que conserva el poeta de su juventud, que para el psicoanálisis equivale
a un autoerotismo. Esta condición perversa y homosexual, según Freud, corresponde a las
bases de una poesía narcisista. Nuevamente el poeta se dirige a su creación:

Sonríes desde lejos como si masticaras


mi corazón entre tus colmillos

Mis palabras le quitan a tu vida muerte


Vives en este libro aunque te tengo miedo
Aunque apenas sí hemos hablado Pero te amo
tanto como siempre Tanto como puedas imaginar

Y estamos lejos Como el sol del mar


(Jattin, p. 91)

Este complejo auto erótico es transversal en la obra de Gómez Jattin: “Tú eres un
hombre bello /como no he conocido / porque vives lo bello” (Jattin, p. 11) Inclusive, los
amigos que rindieron testimonios a cerca de las vivencias del poeta, aseguraban que ya
adulto, era un hombre feo, huraño y violento, pero que también solía asumir una identidad
femenina y delicada, y se hacía llamar “Lola”, igual que su madre. En sus poemas predomina
su condición sensible y la belleza de “su juventud de hembra en flor”. Estos rasgos de
homosexualidad y auto erotismo son evidentes en la obra y se ven reflejados en muchos casos
hacia su yo joven. El poeta se reconoce en su juventud como aquel “joven aficionado al teatro
y la poesía, vanidoso de su suerte” y le cuenta al lector sobre su yo joven, como sucede en
Ira infame: “Yo lo quisiera con ese odio volcado / sobre el papel del poema / Despreciando
un mundo que lo ama / Enseñándole humildad a su alma altanera” (Jattin, p. 22)

Según la crónica de Fiorillo (2003), Rubén (el hermano de Raúl) dice que el origen
de la locura del poeta se halla en su decisión al asumirse como homosexual. Así, entendemos
que la homosexualidad en Gómez Jattin fue el indicio de una psicosis –o locura– propensa al
complejo narcisista; dicho testimonio señala incluso que Jattin “en su juventud luchó más
contra eso [su homosexualidad] que contra su esquizofrenia” (Monsiváis cita Fiorillo, p
XXV) pero esta no fue la única razón que llevó al poeta a una psicosis avanzada, ya que dicho
trastorno neuronal se vio agravado posteriormente por el consumo de drogas, la devastadora
noticia de la muerte de su padre y las tragedias que fue acumulando en su vida, sumando la
muerte de la madre como el evento culminante para el desamparo total del poeta y su
desprendimiento del mundo. Ante esto, Freud mantiene la idea de que el sujeto expuesto al
exceso de excitación vive una situación de desamparo, necesitando lidiar (bewältigen) con el
torbellino de estímulos que lo acometen. (Rodríguez, El sujeto a la intemperie, p.42) Esto
quiere decir que la excitación, el delirio, la alucinación o cualquiera de sus perturbaciones,
equivalen a un desarraigo tanto de la realidad como del afecto, a un desamparo inducido que
reafirma su soledad en el mundo que lo rodea.

El poeta agota en sus textos la noción autorreferencial y su auto erotismo siempre con
el afán utópico de unificarse con su otredad, él está enamorado de la identidad que le
conceden sus poemas, o sea, de su propio reflejo: “O podría ser que fueras un día de verdad
/ Y en el alar de mi casa la luna mía / sería nuestra A lo lejos o en el reflejo / del arroyo”
(Jattin, p.83). Estos rasgos narcisistas en el poeta demuestran la gran estima en que se tiene,
reconoce su valor en el mundo del arte, pero sobre todo, dentro de su propio mundo. Otra
característica propia del narcisismo es exaltarse a una condición divina, cuando el poeta se
considera un ser superior que trae mensajes del cielo y nos representa ante el mundo:
“Valorad al loco / Su indiscutible propensión a la poesía / Su árbol que le crece por la boca /
con raíces enredadas en el cielo / Él nos representa ante el mundo / con su sensibilidad
dolorosa como un parto” (Jattin, p.65).

Esto podría representar los indicios de una locura terminante en el poeta, que avanza
conforme a su propensión por las drogas (entre las que destacan los hongos alucinógenos, la
cocaína y el bazuco). Dicha psicosis, como se dijo anteriormente, es desencadenada
primeramente en la víspera de la muerte de su padre a finales de 1976, y es fomentada por
las alteraciones neuronales que le provocaron las drogas. Jattin experimenta el delirio y la
alucinación, un desorden de los sentidos que genera un desarreglo en la perceptiva de la
realidad, y esto se evidencia en su desestabilización emocional: “Y voy de lágrima en lágrima
prosternado / Acumulando sílabas dolorosas que no nieguen la risa Que la reafirmen en su
cierta posibilidad / de descanso del alma, no de su letargo” (Jattin, p. 68).

Así, estos rasgos traumáticos presentes en la psiquis del poeta revelan matices de lo
que se considera una locura cimentada en una homosexualidad liberada y unos trastornos
depresivos agudos, provocados por los flagelos del destino, las pérdidas amorosas –entre las
que destacan la muerte de sus padres–, las drogas, el abandono de sí mismo y la marginación
en la que fue dejado. Tanto la locura como el narcisismo, equivalen al diagnóstico de una
esquizofrenia en el individuo, Castillejo (2002) dice que la esquizofrenia puede manifestarse
en una despersonalización; también afirma que dicha hipótesis sobre las consecuencias de la
esquizofrenia “permite explicar dos fenómenos característicos de la psicosis: el delirio de
grandeza y la alucinación, como también la pérdida de interés por el mundo, por las personas”
(Castillejo, p.11). Una prueba clara de este complejo se presenta en el poema El Dios que
adora: “Soy un dios en mi pueblo y en mi valle / no porque me adoren, sino porque yo lo
hago” (Jattin, p. 3), evidencias con respecto al delirio de grandeza y la auto adoración,
traducido acá como una condición divina donde el poeta se siente elevado por encima del
hombre común.

El valor del sufrimiento y sus consecuencias

La vida de los poetas es una de las más afectadas por los trastornos del estado anímico,
ya sea por su destino trágico o su extremada sensibilidad, y porque para el artista sufridor
primero está la derrota y luego sí el oficio poético. Para la conciencia moderna “el artista
(que reemplaza al santo) es el sufridor ejemplar. Y entre los artistas, el escritor, el hombre de
palabras, es la persona a quien consideramos más capaz de expresar sus sufrimiento”
(Sontang, p.2). Por esta razón, el poeta busca inmortalizar su dolor y ponerlo sobre un altar,
“porque ha hecho del habla un dique contra el olvido, y los dientes agudos de la muerte
pierden el filo ante sus palabras” (Steiner, p.5) y porque puede estimar su existencia en un
futuro incierto, que es también una subversión de su mortalidad, una forma de perdurar en el
tiempo como alternativa de salvación, ya que “el vidente, el profeta, los hombres en quienes
el lenguaje es una vicisitud de vitalidad extrema, son capaces de ver más allá, de hacer de la
palabra algo que se prolonga allende la muerte. Por dicha presunción –presumir significa
anticipar pero también usurpar– pagan un precio muy amargo” (Steiner, p. 5).

Raúl Gómez Jattin padece los designios del artista que sufre para sentir que está vivo,
que sufre seriamente para desahogarse ante el fracaso de su realidad: “Sorprendí a la
desgracia robándose mis palomas / y la espanté a latigazos / Volvió sus dientes temblorosa
de rabia / y de una bofetada me robó la pasión” (Jattin, p. 50) y que halla en ese sufrir
apasionado la materia prima de sus poemas, por esta razón, Susan Sontang (1966), en su
estudio sobre Pavese El artista como sufridor ejemplar, señala que

El escritor es un sufridor ejemplar, no solo porque haya alcanzado el nivel de sufrimiento


más profundo, sino porque ha encontrado una manera profesional de sublimar (en el sentido
literal de sublimar, no en el freudiano) su sufrimiento. Como hombre, sufre; como escritor,
transforma su sufrimiento en arte. El escritor es el hombre que descubre el uso del sufrimiento
en la economía del arte, como los santos descubrieron la utilidad y la necesidad de sufrir en
la economía de la salvación (Sontang, p. 2).

Sublimar, en el sentido freudiano, consiste en expulsar las tensiones acumuladas


internamente –de procedencias inciertas– y transformarlas en algo vital en función de una
empresa cultural, ejercicio que el poeta se propone para revelar en su escritura un valor
atribuido por la belleza de lo poético, que invita a la contemplación y exaltación del
sufrimiento provocado. Para el psicoanalista, “la sublimación no es más que una
compensación vertical, una huida hacia la altura” (Bachelard, p.17) Razón por la cual toda
obra siempre pretende superar a su creador, trascendiendo de su condición mortal y
proyectándose hacia lo alto.

Desde el enfoque del sufrimiento como estandarte poético y el autoerotismo surge


otra explicación del narcisismo, que consiste en la consolidación del dolor en el cual el artista
se conserva encantado, en un impulso libidinal en el que el poeta se auto infringe dolor en la
misma medida en que se auto contempla. Estos complejos nacen de la melancolía del escritor,
que instaura en él cierto sentimiento de culpa, sea por la muerte de sus padres o cualquier
otra pérdida grave, lo cual –a niveles extremos– corresponde a una perturbación neuronal
que recae en lo anímico. La melancolía, según Freud, “se singulariza en lo anímico por una
desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida
de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento
de sí que se exterioriza en autorreproches, auto denigraciones y se extrema hasta una
delirante expectativa de castigo” (Freud, 1917).

Siguiendo este razonamiento, se entiende que la melancolía surge a partir de la


pérdida de un objeto exterior cuya fijación amorosa está profundamente cimentada en la
memoria; sin embargo, también se da una contradicción a ello, en donde una escasa
investidura hacia el objeto deseado (exterior) se reduce y corre el riesgo de invertirse. Según
una certera observación de Otto Rank, “esta contradicción parece exigir que la elección de
objeto se haya cumplido sobre una base narcisista, de tal suerte que la investidura de objeto
pueda regresar al narcisismo si tropieza con dificultades” (Freud, 1917) Como es el total
desamparo del poeta presentado como una dificultad que revierte el objeto de deseo hacia sí
mismo en aras de una salvación. En este sentido, “El narcisismo […] no sería una perversión,
sino el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación, de
la que justificadamente se atribuye una dosis a todo ser vivo” (Freud, 1914).

Ahora bien, tanto el carácter de autoflagelación, autocontemplación, presentes en la


poesía de Jattin, son productos de una psicosis desmedida que contempla el comportamiento
narcisista y desemboca finalmente en una esquizofrenia terminante, que podemos presenciar
en su última antología poética El libro de la locura (2000). El yo lirico en toda esta antología
es atraído por varias voces, de unos brujos negros y unos brujos blancos, también voces del
diablo y de sus padres muertos: “Soy tu madre atiéndeme en tu pensamiento / Al nacer te
vendí al diablo me alimento de ti / Te crié para la muerte Soy eterna gracias a ti / Te cuidé
como a una mujercita” (Jattin, p.169). El poeta comienza a auto flagelarse por medio de las
distintas voces que lo señalan: “Los brujos negros entraron en su cerebro / Con finísimos
escalpelos tasajearon dentro de él / “Eres mujer” gritaban y reían / sintió un gran dolor en su
cabeza” (Jattin, p. 168).

Todas estas voces buscan agravar el dolor del artista, quien se hunde completamente
en sí mismo, ahora fragmentado en distintas voces. En esta antología póstuma el amor
desmesurado y los recuerdos infantiles (signos de esperanza) son erradicados del
pensamiento completamente, ya no habla de la madre con ese amor ferviente con que la
recordaba, ahora es rencor puro, un resentimiento ambulante y resuelto en el éxtasis de su
autodestrucción, en la que su soledad le trae voces acusadoras del daño:

La voz de los brujos negros es como un cuchillo


feminoide e hiriente
Dice en lo más profundo del pensamiento
Sin dejar de tener una hermosura diabólica […]
Se hace obedecer
En medio de su voz habla la voz del diablo:
“Eres mi hija artista” Dice malintencionada
“si no eres capaz de defenderte
Es porque eres una mujercita”
(Jattin, p. 165)

De tal forma, su auto recriminación se confunde en medio de las voces que lo señalan
envilecidamente. El poeta retuerce su memoria, incluso culpa a su madre de su destino, y se
entrega de completo a sus dolores más íntimos: “Dolióse infinitamente de su pena / Mas los
brujos negros continuaban / cortando y saqueando” (Jattin, p. 168) Así, conforme con su
flagelo obstinado a través de voces inventadas, el poeta invoca a sus padres muertos para que
estos le reprochen su destino:

Dentro del cráneo pensó la voz de su padre muerto


[…] / Yo no he muerto El velorio que viste
fue una comedia […]
Arrodíllate ante tus verdugos Oh artista.
¿Para qué sirve un artista pobre? Para morir […]
Nosotros te hemos tirado lejos de nosotros
(Jattin, p. 171)

No pudiendo más con sus angustias desterradas, el poeta busca alternativas


desesperadas que lo liberen de ese dolor irremediable que le auguró la vida y que –ya sin
fuerzas para soportarlo– decide entregarse a él hasta tocar fondo y perder el gusto total por
la vida: “Es un olor de muerte / Huele a diablo […] / “preparémonos para morir
valientemente” / piensa él más la muerte no llega” (Jattin, p. 163). El diablo o los brujos
negros (incluso Jesucristo) son voces de un alter ego resignado a la muerte y al dolor eterno
que yace en sus poemas: “Soy Satán Eres hijo legítimo mío / […] Ahora te entrego a la
desgracia y a la muerte” (Jattin, p. 176). Esta predisposición, si bien se puede hallar al
comienzo de su obra, se muestra en su última antología como un aspecto determinante, una
sentencia que se agudiza conforme se va hundiendo en su propia desgracia.

Todas las perturbaciones afectivas nombradas anteriormente en muchas ocasiones


van a culminar en el suicidio. Los principales factores de riesgo para el intento de suicidio o
suicidio consumado son precisamente los trastornos del estado anímico, entre los que se
destaca la depresión, los trastornos bipolares y la esquizofrenia. Sin embargo no existen
pruebas claras sobre la muerte de Jattin, testimonios rumorean que fue un accidente, pero
otros están convencidos del suplicio de sus poemas como el vaticinio de su propia muerte.
Su augurio fue certero: “Vagarás por la muerte Tu osamenta / bajará al infierno del fango /
y se atragantará de cieno” (Jattin, p. 170), y su predisposición dolorosa, aunque gozara
malvadamente del éxtasis que le provocaba su propia desintegración. Tal es la suerte del
poeta, quien es también el sufrido ejemplar y el vidente de su propia catástrofe, pero que se
regocija en el placer que le causa la poesía vivida en carne propia y su legado artístico, que
fue su bitácora y la construcción de una profecía.
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