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LA FAMILIA CRISTIANA COMO “IGLESIA DOMÉSTICAA LA LUZ DE LA FAMILIARIS CONSORTIO (Esquema)

La importancia del matrimonio cristiano reside en el hecho de que se trata de un sacramento de la Iglesia y por tanto participa de la misma esencia, dignidad y misión de ésta. Este hecho se confirma por la realidad de que el sacramento del matrimonio funda la familia cristiana y ésta se considera como una iglesia doméstica; según dice LG 11:

Los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef., 5,32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de los hijos, y, por tanto, tienen en su condición y estado de vida su propia gracia en el Pueblo de Dios (cf. 1 Cor., los nuevos ciudadanos de la sociedad humana, que por la gracia del Espíritu Santo quedan constituidos por el bautismo en hijos de Dios para perpetuar el Pueblo de Dios en el correr de los tiempos. En esta como Iglesia doméstica, los padres han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno, y con especial cuidado la vocación sagrada.

La familia cristiana es, pues, una pequeña iglesia doméstica 1 , una iglesia en el hogar. Dado que la misión del matrimonio cristiano es de índole fundamentalmente teológica, nos interesa contemplar la familia también desde su dimensión teológica. La familia al igual que el matrimonio, tiene una base humana, natural: es una comunidad social, afectiva, económica, educativa, cultural, jurídica, etcétera. Pero la identidad más profunda de la familia cristiana es ser Iglesia, es decir, comunidad de creyentes en Cristo. La familia no sólo forma parte de la Iglesia universal, sino que ella misma es Iglesia, con las mismas características y misión de la Iglesia universal. Desde este punto de partida se entienden la identidad y la misión tanto del matrimonio cristiano, como de la familia cristiana: la familia no es sólo objeto de evangelización por parte de la Iglesia, sino que está llamada a ser también sujeto activo de la obra evangelizadora de la Iglesia. El hecho de cumplir con esta misión según su propia modalidad no significa renunciar al carácter universal (católico) y misionero de la Iglesia.

Naturaleza de la familia La familia es ante todo una comunidad de vida y amor; para entenderla hay que remitirse a esta realidad fundamental, como Dios la pensó al principio.

FC 17b: Remontarse al "principio" del gesto creador de Dios es una necesidad para la familia, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de su ser, sino también de su actuación histórica. Y dado que, según el designio divino, está constituida como "íntima comunidad de vida y de amor", la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios. En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa.

La familia es un grupo de personas unidos por los vínculos del amor incondicional, gratuito, personal, etc. que caracteriza las relaciones familiares.

FC 18 (El amor, principio y fuerza de la comunión): La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas. El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas. Cuanto he escrito en la Encíclica Redemptor hominis encuentra su originalidad y aplicación privilegiada precisamente en la familia en cuanto tal: "El hombre no puede vivir sin amor, permanece

para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente". El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia -entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares- está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar.

Sobre la base del amor familiar se funda una comunidad de vida y amor que está llamada a trascenderse: en primer lugar en el ámbito social, pero, además, en el ámbito de un amor con las características de la comunión personal y de índole universal.

FC 48b: La comunión espiritual de las familias cristianas, enraizadas en la fe y esperanza común y vivificadas por la caridad, constituye una energía interior que origina, difunde y desarrolla justicia, reconciliación, cristiana, como "pequeña Iglesia", está llamada, a semejanza de la "gran Iglesia", a ser signo de unidad para el mundo y a ejercer de ese modo su función profética, dando testimonio del Reino y de la paz de Cristo, hacia el cual el mundo entero está en camino.

La familia parte del amor de los esposos cristianos unidos por el sacramento del matrimonio. El sacramento funda desde la base del amor mutuo y el consentimiento recíproco una nueva comunidad de tipo sacramental, en clara relación con la Iglesia y con su misterio. Sobre el amor de los esposos, que es “como-consagrado” (GS 48) por el sacramento, se funda la familia y la nueva comunión familiar.

GS 52g: Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de

personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido

a Cristo, principio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo. FC 19b-c (Unidad indivisible de la comunión conyugal) La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla

entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer "no son ya dos, sino que sola carne"

y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial

de la recíproca donación total. Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús. El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles -del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma-, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de Cristo.

La familia constituye de este modo una comunión que es a la vez de naturaleza afectiva o social y también una nueva y original comunión. La familia está llamada a responder al amor en que se basa, que le da sentido y consistencia, para hacer que crezca y que se perfeccione, que todos puedan llegar a ser “perfectos, como el Padre es perfecto” (Mt 5, 48), en el amor. En este sentido la familia es la “más rica escuela de humanidad” (GS 52), ya que el hombre aprende a vivir y a relacionarse con los demás creando relaciones verdaderamente fraternas y de comunión interpersonal, viviendo el misterio de la reconciliación en Cristo.

FC 21 (La más amplia comunión de la familia) La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás familiares. Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la familia, constituye la

La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana. En realidad la gracia de Cristo, "el Primogénito entre los hermanos", es por su

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naturaleza y dinamismo interior una “gracia fraterna” como la llama santo Tomás de Aquino. El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los sacramentos, es la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que acumula y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. Una revelación y actuación específica de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana que también por esto puede y debe decirse "Iglesia doméstica". Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de la familia una "escuela de humanidad más completa y más rica":

es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia ya veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la "reconciliación", esto es, de la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la participación en el sacramento de la reconciliación y en el banquete del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda división y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida por Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor: que todos "sean una sola cosa".

En la familia se vive el dinamismo esencial de la vida humana: la práctica de un amor que va más allá de las diferencias humanas y ama a la persona por lo que es. En el seno de la familia hay muchos tipos de diferencias: sexuales, generacionales, de roles familiares, de roles laborales, psicológicas, de sentimientos, vivencias, experiencias, etc., sin embargo, en la familia se aprende a superar todo tipo de actitud hacia los demás interesada o de mera convivencia para vivir una auténtica comunión de personas. La familia es una “comunidad de amor y solidaridad” (Carta de los derechos de la familia, preámbulo E). En la familia el hombre vive plenamente su subjetividad e individualidad en la comunión y fraternidad. La familia es el ámbito donde la persona humana aprende el significado de la libertad, porque se siente amada y querida por lo que es con un amor incondicional y gratuito y aprende a valorar y amar a los demás con ese tipo de amor, fundando las bases para una convivencia humana y social basada en el amor fraterno, el respeto y la solidaridad.

FC 22a: La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en a altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y vocación de cada una de las personas

Relación entre la Iglesia y la familia. La familia cristiana cumple así en su ámbito la misión de la Iglesia en general: llevar a los hombres a la comunión con Dios y desde Él con los demás (LG 1) y anunciar a los hombres la buena noticia de un mundo más humano y fraterno (GS 3). La familia hace patente el misterio de la Iglesia: la unión de Cristo con su Iglesia, de lo divino y de lo humano, que salva al hombre entero, cuerpo y alma, ser individual y comunitario y lo restituye a la dignidad que Dios le ha conferido, que Cristo le ha devuelto y que la Iglesia se empeña en anunciar y realizar en el mundo. Es posible, pues, encontrar en la familia los mismos rasgos que constituyen la Iglesia y su misión se entiende también en estrecha relación con la misión de la Iglesia.

EN 71a-b (La familia) ha merecido muy bien, en los diferentes momentos de la historia y en el Concilio Vaticano II, el hermoso nombre de "Iglesia doméstica". Esto significa que, en cada familia cristiana, deberían reflejarse los diversos aspectos de la Iglesia entera.

Por un lado la familia cristiana es una realidad que está anclada profundamente en la esencia y en la vida de la Iglesia, porque se basa en el sacramento del matrimonio que une a los esposos

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cristianos. La riqueza de la gracia sacramental conferida a los cónyuges se despliega en la fecundidad de la familia, que simboliza y participa de la fecundidad de la Iglesia.

Positivamente, se pretende afirmar que la relación existente entre la Iglesia y la familia cristiana posee su propia "originalidad" que trasciende -aunque la asume- una relación que surge del sacramento del matrimonio y por él es alimentado. Es, entonces, una “gracia” dada por

Jesucristo y su E

desde la Iglesia a la familia cristiana: la relación, sin embargo, desde esta última a la Iglesia se pone como derivada.

En otros términos, los vínculos "profundos" Iglesia-familia cristiana son vínculos ontológicos sobrenaturales, es decir radicados en el ser nuevo de la familia que el sacramento de matrimonio constituye como iglesia doméstica. En la familia cristiana resplandece así el misterio maravilloso e inefable de la maternidad de la Iglesia: en virtud de la palabra eficaz que Dios en Jesucristo pronunciada en el sacramento del matrimonio, la Santa Madre Iglesia genera la familia cristiana, estructurándola como una célula viva y vital del Cuerpo místico de Cristo. La Familiaris Consortio habla explícitamente de la "Iglesia madre que genera, educa, edifica la familia cristiana" y presenta esta última como "fruto y signo de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia" (n. 49) 2 .

fundante, la relación que va

En la familia se prolonga la dinámica de la vida de la Iglesia: iniciada en la celebración del sacramento del matrimonio de los padres, continúa en el seno de la familia la escucha de la Palabra y la celebración de los Sacramentos

FC 38c: La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el sacramento del matrimonio ayudará a los padres cristianos a ponerse con gran serenidad y confianza al servicio educativo de los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse responsables ante Dios que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los hijos. Así la familia de los bautizados, convocada como iglesia doméstica por la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la vez, como la gran Iglesia, maestra y madre.

Y la comunión fraterna siendo un solo corazón y un alma sola

FC 21c: La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana. En realidad la gracia de Cristo, "el Primogénito entre los hermanos", es por su naturaleza y dinamismo interior una "gracia fraterna como la llama santo Tomás de Aquino". El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los sacramentos, es la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que acumula y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. una revelación y actuación específica de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana que también por esto puede y debe decirse "Iglesia doméstica". FC 50b: Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su participación en la misión de la Iglesia debe realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en cuanto pareja, y los padres e hijos en cuanto familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe "un corazón y un alma sola", mediante el común espíritu apostólico que los anima y la colaboración que los enseña en las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil.

Bajo este aspecto es importante considerar la labor de los padres como un auténtico ministerio (cf. FC 21e; 53; 63-64).

FC 38: Para los padres cristianos la misión educativa, basada como se ha dicho en su participación en la obra creadora de Dios, tiene una fuente nueva y específica en el sacramento del matrimonio, que los consagra a la educación propiamente cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como del amor materno de la Iglesia, y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a los hijos en su crecimiento humano y cristiano. El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la dignidad y la llamada a ser un verdadero y propio "ministerio" de la Iglesia al servicio de la edificación de sus miembros. Tal es la grandeza y el esplendor del ministerio educativo de los padres cristianos, que santo Tomás no duda en compararlo con el ministerio de los sacerdotes: "Algunos propagan y conservan la vida espiritual con un ministerio únicamente espiritual: es la tarea del sacramento del orden; otros hacen esto respecto de la vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza con el sacramento del matrimonio, en el que el hombre y la mujer se unen para engendrar la prole y educarla en el culto a Dios". La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el sacramento del matrimonio ayudará a los padres cristianos a ponerse con gran serenidad y confianza al servicio educativo de los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse responsables ante Dios que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los hijos. Así la familia de los bautizados,

2 D. TETTAMANZI, Famiglia Chiesa Domestica, en: AA.VV., La ‘Familiaris Consortio’, Ciudad del Vaticano 1982, p 226.

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convocada como iglesia doméstica por la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la vez, como la gran Iglesia, maestra y madre.

Reciprocidad de misión La familia cristiana es generada por la Iglesia, educada y edificada por ella dándole los dones espirituales que la Iglesia ha recibido para cumplir con su misión: el don y el servicio de la Palabra, de la celebración de los S la familia y ésta crece hacia su madurez humana y eclesial. La unión de la familia a la Iglesia es para enriquecerla, garantizando y promoviendo la verdad de la familia cristiana. La familia tiene necesidad absoluta de la Iglesia para ser lo que debe ser y para cumplir con su misión. Viceversa la Iglesia necesita de la familia cristiana para revelar y actuar en la historia humana concreta la salvación de Cristo, en particular como comunión familiar y fraternidad universal, como “casa de Dios” (LG 6) y como “familia de Dios” (FC 15a) 3 . “La familia cristiana participa a su manera en la misión de salvación que es propia de la Iglesia”.

FC 49 (La familia en el misterio de la Iglesia) Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la participación en la vida y misión de la Iglesia. Para comprender mejor los fundamentos, contenidos y características de tal participación, hay que examinar a fondo los múltiples y profundos vínculos que unen entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de esta última como una "Iglesia en miniatura" (Ecclesia domestica) de modo que sea, a su manera, una imagen viva y una representación histórica del misterio mismo de la Iglesia. Es ante todo la madre la que engendra, educa, edifica la familia cristiana, poniendo en práctica para con la misma la misión de salvación que ha recibido de su Señor. Con el anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a la familia cristiana su verdadera identidad, lo que es y debe ser según el plan del Señor; con la celebración de los sacramentos, la Iglesia enriquece y corrobora a la familia cristiana con la gracia de Cristo, en orden a su santificación para la gloria del Padre; con la renovada proclamación del mandamiento nuevo de la caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana al servicio del amor, para que imite y reviva el mismo amor de donación y sacrificio que el Señor Jesús nutre hacia toda la humanidad. Por su parte, la familia cristiana está insertada de tal forma en el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la misión de salvación que es propia de la Iglesia. Los cónyuges y padres cristianos, en virtud del sacramento, "poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida". Por eso no sólo "reciben" el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad "salvada", sino que están también llamados a "transmitir" a los hermanos el mismo amor de Cristo, haciéndose así comunidad "salvadora". De esta manera, a la vez que es fruto y signo de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia, la familia cristiana se hace símbolo, testimonio y participación de la maternidad de la Iglesia.

De nuevo la imagen de la Iglesia como Madre es aquí importante: la Iglesia, Esposa de Cristo, recibe el amor de Cristo que la fecunda. Cristo transmite la vida de Dios a los hombres a través de la Iglesia. Con la familia cristiana sucede lo mismo: la familia recibe la gracia de Dios (la vida humana en todas sus dimensiones y el amor) y la transmite a sus miembros para que sean verdaderos hijos de Dios. La familia es por tanto “fruto y signo de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia”. Para cumplir fielmente con este cometido el matrimonio es un sacramento de la Iglesia y recibe un ministerio eclesial: debe velar para que la familia participe de la fecundidad de Dios y de la Iglesia 4 . El matrimonio con su amor conyugal vela para que el amor en la familia sea genuino y

3 FC 64b: Gracias a la caridad de la familia, la Iglesia puede y debe asumir una dimensión más doméstica, es decir, más familiar, adoptando un estilo de relaciones más humano y fraterno.

4 LG 41: Conviene que los cónyuges y padres cristianos, siguiendo su propio camino, se ayuden el uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole que el Señor les haya dado. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo de una incansable y generoso amor, construyen la fraternidad de la caridad y se presentan como testigos y cooperadores de la fecundidad de la Madre Iglesia, como símbolo y al mismo tiempo participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por ella.

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auténtico y que la familia en su conjunto pueda cumplir con su esencia y misión de ser “iglesia doméstica”.

Un cometido eclesial propio y original El modo en que la familia cristiana realiza su misión es propio y original. En cuanto a la forma: según una modalidad comunitaria, los cónyuges como pareja y los padres y los hijos como familia. En cuanto al contenido: la realidad de la vida conyugal y familiar vivida en el amor.

FC 50 (Un cometido eclesial propio y original) La familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor. Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su participación en la misión de la Iglesia debe realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en cuanto pareja, y los padres e hijos en cuanto familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe "un corazón y un alma sola", mediante el común espíritu apostólico que los anima y la colaboración que los enseña en las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil. La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia mediante esas mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su condición de vida. Es por ello en el amor conyugal y familiar -vivido en su extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad- donde se expresa y realiza la participación de la familia cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la vida constituyen por lo tanto el núcleo de la misión salvífica de la familia cristiana en la Iglesia y para la Iglesia. Lo recuerda el Concilio Vaticano II cuando dice: "La familia hará partícipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros". Puesto así el fundamento de la participación de la familia cristiana en la misión eclesial, hay que poner de manifiesto ahora su cometido en la triple unitaria referencia a Jesucristo Profeta, Sacerdote y Rey, presentando por ello la familia cristiana como 1) comunidad creyente y evangelizadora, 2) comunidad en diálogo con Dios, 3) comunidad al servicio del hombre.

Desde esta base la familia participa en la misión de la Iglesia según las tres funciones de Cristo:

profética, sacerdotal y real.

En el dinamismo de la Iglesia universal

ChL 62a: También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia doméstica», constituye la escuela primigenia y fundamental para la formación de la fe. El padre y la madre reciben en el sacramento del Matrimonio la gracia y la responsabilidad de la educación cristiana en relación con los hijos, a los que testifican y transmiten a la vez los valores humanos y religiosos. Aprendiendo las primeras palabras, los hijos aprenden también a alabar a Dios, al que sienten cercano como Padre amoroso y providente; aprendiendo los primeros gestos de amor, los hijos aprenden también a abrirse a los otros, captando en la propia entrega el sentido del humano vivir. La misma vida cotidiana de una familia auténticamente cristiana constituye la primera «experiencia de Iglesia», destinada a ser corroborada y desarrollada en la gradual inserción activa y responsable de los hijos en la más amplia comunidad eclesial y en la sociedad civil. Cuanto más crezca en los esposos y padres cristianos la conciencia de que su «iglesia doméstica» es partícipe de la vida y de la misión de la Iglesia universal, tanto más podrán ser formados los hijos en el «sentido de la Iglesia» y sentirán toda la belleza de dedicar sus energías al servicio del Reino de Dios.

AA 11 (La familia) Habiendo establecido el Creador del mundo la sociedad conyugal como principio y fundamento

de la sociedad humana, convirtiéndola por su gracia en sacramento grande

el apostolado de los cónyuges y de las familias tiene una importancia trascendental tanto para la Iglesia como para la sociedad civil. Los cónyuges cristianos son mutuamente para sí, para sus hijos y demás familiares, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Ellos son para sus hijos los primeros predicadores de la fe y los primeros educadores;

los forman con su palabra y con su ejemplo para la vida cristiana y apostólica, los ayudan con mucha prudencia en la elección de su vocación y cultivan con todo esmero la vocación sagrada que quizá han descubierto en ellos. Siempre fue deber de los cónyuges y constituye hoy parte principalísima de su apostolado, manifestar y demostrar con su vida la indisolubilidad y la santidad del vínculo matrimonial; afirmar abiertamente el derecho y la obligación de educar cristianamente la prole, propio de los padres y tutores; defender la dignidad y legítima autonomía de la familia…

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en Cristo y en la Iglesia (Cf. Ef., 5,32),

Esta misión la ha recibido de Dios la familia misma para que sea la célula primera y vital de la sociedad. Cumplirá esta misión si, por la piedad mutua de sus miembros y la oración dirigida a Dios en común, se presenta como un santuario doméstico de la Iglesia; si la familia entera toma parte en el culto litúrgico de la Iglesia; si, por fin, la familia practica activamente la hospitalidad, promueve la justicia y demás obras buenas al servicio de todos los hermanos que padezcan necesidad.

GS 48d: Así es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros.

En lo concreto de la historia de cada hombre en este mundo

FC 15 (La familia, comunión de personas) En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales -relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad- mediante las cuales toda persona humana queda introducida en la "familia humana" y en la "familia de Dios", que es la Iglesia. El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia. La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo. El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia. El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al hombre y a la mujer, alcanza de este modo su verdad y realización plenas. La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento, su cuna y el lugar donde puede actuar la propia inserción en las generaciones humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia. GS 52: La familia es la más rica escuela de humanidad

Participación de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia

FC 38c: La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el sacramento del matrimonio ayudará a los padres cristianos a ponerse con gran serenidad y confianza al servicio educativo de los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse responsables ante Dios que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los hijos. Así la familia de los bautizados, convocada como iglesia doméstica por la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la vez, como la gran Iglesia, maestra y madre.

Colabora en el discernimiento de la vocación cristiana de los hijos (LG 11b; GS 52a; AA 11b)

FC 53b: La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores transcendentales, que sirve a los hermanos en la alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su cotidiana participación en el misterio de la cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor seminario de vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios.

FC 71c

Evangelizada y evangelizadora

EN 71 (La familia): En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible dejar de subrayar la acción evangelizadora de la familia. Ella ha merecido muy bien, en los diferentes momentos de la historia y en el Concilio Vaticano II, el hermoso nombre de "Iglesia doméstica". Esto significa que, en cada familia cristiana, deberían reflejarse los diversos aspectos de la Iglesia entera. Por otra parte, la familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia. Dentro, pues, de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive.

FC 51-52

Participa en la misión universal de la Iglesia

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FC 54a-b: (Predicar el Evangelio a toda criatura) La universalidad sin fronteras es el horizonte propio de la evangelización, animada interiormente por el afán misionero, ya que es de hecho la respuesta a la explícita e inequívoca consigna de Cristo: "Id por el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura". También la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana poseen esta dimensión misionera católica. El sacramento del matrimonio que plantea con nueva fuerza el deber arraigado en el bautismo y en la confirmación de defender y difundir la fe, constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo "hasta los últimos confines de la tierra", como verdaderos y propios "misioneros" del amor y de la vida.

Signo de unidad para el mundo

FC 48b: La comunión espiritual de las familias cristianas, enraizadas en la fe y esperanza común y vivificadas por la caridad, constituye una energía interior que origina, difunde y desarrolla justicia, reconciliación, cristiana, como "pequeña Iglesia", está llamada, a semejanza de la "gran Iglesia", a ser signo de unidad para el mundo y a ejercer de ese modo su función profética, dando testimonio del Reino y de la paz de Cristo, hacia el cual el mundo entero está en camino.

Para construir la “civilización del amor” Todo esto se puede resumir en un solo concepto que resume todos los aspectos de la misión de la familia cristiana: construir la civilización del amor.

De lo expuesto hasta aquí se deduce claramente que la familia constituye la base de lo que Pablo VI calificó como «civilización del amor», expresión asumida después por la enseñanza de la Iglesia y considerada ya normal. Hoy es difícil pensar en una intervención de la Iglesia, o bien sobre la Iglesia, que no se refiera a la civilización del amor. La expresión se relaciona con la tradición de la «iglesia doméstica» en los orígenes del cristianismo, pero tiene una preciosa referencia incluso para la época actual Parece claro, pues, que la «civilización del amor» está estrechamente relacionada con la familia. Para muchos la civilización del amor constituye todavía una pura utopía. En efecto, se cree que el amor no puede ser exigido por nadie ni puede imponerse: sería una elección libre que los hombres pueden aceptar o rechazar. Hay parte de verdad en todo esto. Sin embargo, está el hecho de que Jesucristo nos dejó el mandamiento del amor, así como Dios había ordenado en el monte Sinaí: «Honra a tu padre y a tu madre». Pues el amor no es una utopía:

ha sido dado al hombre como un cometido que cumplir con la ayuda de la gracia divina. Ha sido encomendado al hombre y a la mujer, en el sacramento del matrimonio, como principio fontal de su «deber», y es para ellos el fundamento de su compromiso recíproco: primero el conyugal, y luego el paterno y materno. En la celebración del sacramento, los esposos se entregan y se reciben recíprocamente, declarando su disponibilidad a acoger y educar la prole. Aquí están las bases de la civilización humana, la cual no puede definirse más que como «civilización del amor». La familia es expresión y fuente de este amor; a través de ella pasa la corriente principal de la civilización del amor, que encuentra en la familia sus «bases sociales». Los Padres de la Iglesia, en la tradición cristiana, han hablado de la familia como «iglesia doméstica», como «pequeña iglesia». Se referían así a la civilización del amor como un posible sistema de vida y de convivencia humana. «Estar juntos» como familia, ser los unos para los otros, crear un ámbito comunitario para la afirmación de cada hombre como tal, de «este» hombre concreto. A veces puede tratarse de personas con limitaciones físicas o psíquicas, de las cuales prefiere liberarse la sociedad llamada «progresista». Incluso la familia puede llegar a comportarse como dicha sociedad. De hecho lo hace cuando se libra fácilmente de quien es anciano o está afectado por malformaciones o sufre enfermedades. Se actúa así porque falta la fe en aquel Dios por el cual «todos viven» (Lc 20, 38) y están llamados a la plenitud de la vida. Sí, la civilización del amor es posible, no es una utopía. Pero es posible sólo gracias a una referencia constante y viva a «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien proviene toda paternidad en el mundo» (cf. Ef 3, 14-15); de quien proviene cada familia humana. (JUAN PABLO II; Carta a las Familias, nn. 13.15)

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Iglesia doméstica 5

1. Misterio nupcial de los esposos

La diferencia sexual en la persona humana no

se puede eliminar nunca y está intrínsecamente orientada, a través del don mutuo de los esposos, hacia la generación del hijo. La imagen y semejanza de Dios en el hombre significa la llamada a constituir una comunión de personas, que la actualice y la revele.

2. Los padres, testigos el amor del Padre

La generación del hijo no es reducible sólo a los padres. La generación es continuación de la creación (pro-creación): Dios mismo a través de los padres es quien da origen a una nueva

vida humana e imprime su imagen y semejanza en cada ser humano que viene a este mundo.

Los padres están llamados a ser con su cooperación amorosa y responsable testigos del amor de Dios, origen de toda vida (Ef 3,

14-15).

3. El hijo, una nueva persona humana

Dios ama al hombre por lo que es “en sí mismo” y lo ama “por sí mismo”, éste es el origen de su dignidad y libertad. Dios ama al hombre como un ser semejante a él, como persona. Todos deben reconocer, respetar y potenciar su dignidad como persona. En esta tarea la primera responsabilidad es de los padres, porque son de la misma dignidad, pero

a ellos se les confía la del más débil: su hijo.

4. La familia como un espacio de libertad

El nuevo ser humano es llamado a la existencia como persona y a la vida “en la verdad y en el amor”. Esta llamada se refiere no sólo a lo

temporal, sino también a lo eterno. La voluntad de Dios es que participe de la misma vida divina. La familia debe amar como ama el Padre y ayudar a que todos lleguen en libertad hasta su destino eterno.

5. La familia hacia una nueva civilización: la “civilización del amor”

La naturaleza de la familia trasciende la dimensión temporal y terrena. El amor a la persona humana “por sí misma” que es su fundamento, es la base también de un mundo nuevo, donde los hombres vivan como hermanos.

Iglesia universal

1. Misterio nupcial de Cristo y la Iglesia

Cristo se ha encarnado, ha vivido como hombre, ha entregado su vida en la Cruz y ha resucitado para que la Iglesia reconozca su amor y le responda libremente, “sin mancha ni

arruga”. Cristo ha llevado a su plenitud el plan de Dios sobre el hombre, redimiéndolo del pecado y de la muerte y dándole la Vida.

2. El amor del Padre por todos sus hijos

El amor de Cristo por la Iglesia es fecundo, la

Iglesia genera por el sacramento del Bautismo nuevos hijos de Dios, manifestando el amor del Padre hacia sus hijos. Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”; la Iglesia con el anuncio de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la comunión fraterna genera, educa y conduce a los hombres hacia Dios. La Iglesia es así “Madre y Maestra”.

3. El hombre como hijo de Dios

La Iglesia vive y manifiesta la igual dignidad

que tienen todos los hombres, la de ser hijos de Dios, amados “por sí mismos”. La Iglesia proclama y defiende esta verdad ante cualquier abuso o manipulación, que usa al hombre como un fin. La Iglesia con su vida manifiesta que todos los hombres son iguales en su dignidad y por tanto hermanos, hijos de un mismo Padre.

4. La dignidad y libertad de los hijos de Dios

Cristo devuelve al hombre la dignidad perdida por el pecado y le devuelve su condición de hijo de Dios. Esta es la base de la libertad del hombre, porque Dios le encomienda la tarea de responder a la llamada que le hace a vivir su vida en plenitud, por la que Jesús se entregó del todo, “yo he venido para que tengan vida y

vida en abundancia”.

5. La Iglesia tiene como misión anunciar e

instaurar el Reino de Dios La Iglesia no vive para sí misma; ella ha sido instituida por Dios para anunciar e instaurar el

Reino de Dios. El Reino ya presente en la tierra, pero que sólo se consumará con la venida de Cristo en gloria. La Iglesia debe contribuir a hacerlo ya presente, visible y operante entre los hombres.