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Edward P. Thompson, Tradición, revuelta y consciencia de clase.

Estudios sobre la crisis de la


sociedad preindustrial.
LA SOCIEDAD INGLESA DEL SIGLO XVIII: ¿LUCHA DE CLASES SIN CLASES?
En una sociedad cualquiera dada no podemos entender las partes a menos que entendamos su
función y su papel en su relación mutua y su relación con el total. La “vedad” solo puede
descubrirse mediante la prueba de la práctica histórica.
El paternalismo
Los términos “patriarcal” y “paternal” parecen ser intercambiables, uno dotado de una implicación
más seria y el otro más suavizado. Los dos pueden converger tanto en hecho como en teoría.
Marx tendía a considerar las actitudes patriarcales como características del sistema gremial de la Edad
Media. Los oficiales y aprendices de cada oficio se hallaban organizados como mejor cuadraba al
interés de los maestros, la relación patriarcal que les unía a los maestros de los gremios dotaba a estos
de un doble poder: influencia sobre la vida de los oficiales y él era un nexo de unión que los mantenía
en cohesión frente a los oficiales de los demás maestros. Afirmaba que en la manufactura estas
relaciones eran sustituidas por “la relación monetaria entre el trabajador y el capitalista” pero en el
campo y en las pequeñas ciudades esta relación seguía teniendo un color patriarcal.
De modo que podemos sustituir el término «matiz patriarcal» por el término «paternalismo». En el
pequeño taller, la unidad doméstica económica, la propiedad territorial, fue lo bastante fuerte para
inhibir (excepto en casos aislados, durante breves episodios) la confrontación de clase, hasta que la
industrialización la trajo a remolque consigo. Antes de que esto ocurriera, no existía una clase obrera
con conciencia de clase: ni conflicto de clase alguno de este tipo, sino simplemente fragmentos del
protoconflícto; como agente histórico la clase obrera no existía y, puesto que así es, la tarea
tremendamente difícil de intentar descubrir cuál era la verdadera conciencia social de los pobres, de
los trabajadores, y sus formas de expresión, sería tediosa e innecesaria. Nos invitan a pensar sobre la
conciencia del oficio más que de la clase, sobre divisiones verticales más que horizontales. Podemos
incluso hablar de una sociedad de «una clase».
Podemos denominar una concentración de autoridad económica y cultural «paternalismo» si así lo
deseamos. Pera, si admitimos el término, debemos también admitir que es demasiado amplio para un
análisis discriminatorio. Nos dice muy poco sobre la naturaleza del poder y el Estado, sobre formas
de propiedad, sobre la ideología y la cultura, y es incluso demasiado impreciso para distinguir entre
modos de explotación, entre la mano de obra servil y libre.
Además, es una descripción de relaciones sociales vista desde arriba. Esto no la invalida, pera
debemos ser conscientes de que esta descripción puede ser demasiado persuasiva. Si só1o nos ofrecen
la primera descripción, es entonces muy fácil pasar de ésta a la idea de «una sociedad de una sola
clase»; la casa grande se encuentra en la cumbre, y todas las líneas de comunicaci6n llevan a su
comedor, despacho de la propiedad o perreras. Es esta, en verdad, una impresión que fácilmente
obtiene el estudioso que trabaja entre los documentos de propiedades particulares, los archivos de los
quarter sessions, o la correspondencia de Newcastle.
Las descripciones del orden social en el primer sentido, vistas desde arriba, son mucho más corrientes
que los intentos de reconstruir una visión desde abajo. Y siempre que se introduzca la noción de
«paternalismo» es el primer modelo el que nos sugiere. Y el término no puede deshacerse de
implicaciones normativas: sugiere calor humano, en una re1ación mutuamente admitida; el padre es
consciente de sus deberes y responsabilidades hacia el hijo, el hijo está conforme o activamente
consciente a su estado filial. Incluso el modelo de la pequeña unidad doméstica económica conlleva

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(a pesar de los que lo niegan) un cierto sentido de confort emocional: «hubo un tiempo --escribe
Laslett- en que toda la vida se desarrollaba en la familia, en un círculo de rastros amados y familiares,
de objetos conocidos y mimados, todos de proporciones humanas».
La realidad del término paternalismo aparece siempre retrocediendo hacia un pasado aún más
primitivo e idealizado. Y el término nos fuerza a confundir atributos reales e ideológicos. Para
resumir: paternalismo es un término descriptivo impreciso. Tiene considerablemente menos
especificidad histórica que términos como feudalismo o capitalismo; tiende a ofrecer un modelo de
orden social visto desde arriba; contiene implicaciones de calor y de relaciones personales que
suponen nociones valorativas; confunde lo real con lo ideal.
El paternalismo puede como en la Rusia zarista, en el Japón meiji o en ciertas sociedades esclavistas,
ser un componente profundamente importante no sólo de la ideología, sino de la mediaci6n
institucional en las relaciones sociales.
Estado de la cuestión del paternalismo sobre la Inglaterra del siglo XVIII
Esta sociedad parece ofrecer pocos rasgos auténticamente paternalistas.
Importancia del dinero: La gentry terrateniente no se clasifica por nacimiento u otras distinciones de
status, sino por sus rentas. Entre la aristocracia y la gentry con ambiciones, los noviazgos los hacen
los padres y sus abogados, que los llevan con cuidado hasta su consumaci6n; e1 acuerdo matrimonial
satisfactoriamente contraído. Destinos y puestos podían comprarse y venderse (siempre que la venta
no fuera seriamente conf1ictiva con las líneas de interés político); los destinos en e1 ejército, los
escaños parlamentarios, libertades, servicios, todo podía traducirse en un equivalente monetario: el
voto, los derechos de libre tenencia, la exención de impuestos parroquiales o servicio de la milicia, la
libertad de los burgos, las puertas en las tierras del común, Este es el siglo en que el dinero «lleva toda
la fuerza», en el que las libertades se convierten en propiedades y se cosifican los derechos de
aprovechamiento.
La tenencia de posesiones territoriales, como propiedad absoluta, era enteramente segura y
hereditaria. Era tanto el punto de acceso para el poder y los cargos oficiales, como el punto al cual
retornaban el poder y los cargos. Las rentas podían aumentarse mediante una administración
competente y mejoras agrícolas, pero no ofrecían las ganancias fortuitas que proporcionaban las
sinecuras, los cargos públicos, la especulación comercial o un matrimonio afortunado. La influencia
política podía maximizar los beneficios más que la rotación de cuatro hojas, como, por ejemplo,
facilitando la consecución de decretos privados, tales como el cerramiento, o el convertir un paquete
de ingresas reales no ganados por vía normal o posesiones hipotecadas, allanando el camino para
conseguir un matrimonio que uniera intereses armónicos o logrando acceso preferente a una nueva
emisión de bolsa.
El poder político a lo largo del siglo XVIII era entendido como «La Vieja Corrupción», no como un
órgano directo de clase o intereses determinados, sino como una formación política secundaria, un
lugar de compra donde se obtenían o se incrementaban otros tipos de poder económico y social; en
relación a sus funciones primarias era caro, ampliamente ineficaz, y sólo sobrevivió al siglo porque
no inhibió seriamente los actos de aquellos que poseían poder económico o político (local) de facto.
Su mayor fuente de energía se encontraba precisamente en la debilidad misma del Estado; en el desuso
de sus poderes paternales, burocráticos y proteccionistas, en la posibilidad que otorgaba al capitalismo
agrario, mercantil y fabril, para realizar su propia autorreproducción: en los suelos fértiles que ofrecía
al laíssez·faíre. Pero raramente parece ser un suelo fértil para el paternalismo.
Durante las primeras siete décadas del siglo, no encontramos clase media alguna industrial o
profesional que ejerza una limitación efectiva a las operaciones del depredador poder oligárquico.
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Pero, si no hubiera habido frenos de ninguna clase, ningún atenuante al dominio parasitario, la
consecuencia habría sido necesariamente la anarquía, una facción haciendo presa sin restricción sobre
otra. Los principales atenuantes a este dominio eran cuatro:
1. La tradición en gran medida tory de la pequeña gentry independiente. Esta tradición es la única
que sale de la primera mitad del siglo cubierta de honor; reaparece, con manto whig, en el
Association Movement de los años 1770.
2. La prensa: en sí misma una especie de presencia de clase media, adelantándose a otras
expresiones articuladas, una presencia que extiende su alcance al extenderse la alfabetización,
y al aprender por si misma a ejercer y conservar sus libertades.
3. «la Ley», elevada durante este siglo a un papel más prominente que en cualquier otro período
de nuestra historia, y que servía como autoridad «imparcial» arbitrante en lugar de la débil y
nada ilustrada monarquía, una burocracia corrupta e ineficaz, y una democracia que ofrecía a
las activas intromisiones del poder poco más que una retórica sobre su linaje. EI Derecho Civil
proporcionaba a los intereses en competencia una serie de defensas de su propiedad, y las
reglas del juego sin las que todo ello habría caído en la anarquía. (El Derecho Criminal, que
estaba en su mayor parte dirigido contra la gente de tipo disoluto o levantisco, presentaba un
aspecto totalmente distinto.)
4. En cuarto y último lugar, está la omnipresente resistencia de la multitud: una multitud que se
extendía en ocasiones desde la pequeña gentry, pasando por los profesionales, hasta los pobres
(y entre todos ellos, los dos primeros grupos intentaron en ocasiones combinar la oposición al
sistema con el anonimato), pero que a ojos de los grandes aparecía, a través de la neblina del
verdor que rodeaba sus parques, compuesta de «tipos disolutos y levantiscos». La relación
entre la gentry y la multitud es el tema particular de este trabajo.
Cuestiones de clase y cultura plebeya
A Thompson le interesan las implicaciones históricas de esta formación histórica en particular para
el estudio de la lucha de clases. Existe una reciprocidad en las relaciones gentry-plebe. La debilidad
de la autoridad espiritual de la iglesia hizo posible resurgir una cultura plebeya vigoroso fuera del
alcance de controles externos.
Las fisuras en esta sociedad no se producían entre patronos y trabajadores asalariados (como en las
clases horizontales) sino por cuestiones que dan origen a la mayoría de los motines: cuando la plebe
su unía como pequeños consumidores, o pagadores de impuestos o evasores de impuestos de
consumos o por otras cuestiones horizontales, libertarias, económicas o patrióticas. No solo la
conciencia de la plebe era distinta a la de la clase obrera industrial, sino también sus formas de
revuelta (acción rápida y directa).
El precio a cambio de una monarquía limitada era un Estado débil que forzosamente daba licencia a
la multitud. No era un precio que se pagara con gusto.
Como entiende Thompson el concepto de clase
“La clase es definida por los hombres al vivir su propia historia, y, al final, es la única definición”

1. Clase es una categoría histórica; es decir, está derivada de la observación del proceso social a
lo largo del tiempo. Sabemos que hay clases porque las gentes se han comportado
repetidamente de modo clasista; estos sucesos históricos descubren regularidades en las
respuestas a situaciones similares, y en un momento dado (la formaci6n «madura» de la clase)
observamos 'la creación de instituciones y de una cultura con notaciones de clase. que admiten
comparaciones transnacionales.
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2. En este punto, se da el caso en exceso frecuente de que la teoría preceda a la evidencia histórica
sobre la que tiene como misión teorizar. Es fácil suponer que las clases existen, no como un
proceso histórico, sino dentro de nuestro propio pensamiento. No admitimos que estén sólo en
nuestras cabezas, aunque gran parte de lo que se argumenta sobre las clases sólo existe de
hecho en nuestro pensamiento. Por el contrario, se hace teoría de modelos y estructuras que
deben supuestamente proporcionarnos los determinantes objetivos de la clase: por ejemplo,
como expresiones de relaciones diferentes de producción."
3. Partiendo de este (falso) razonamiento surge la noción altero nativa de clase como una
categoría estática (sociología positivista) reducida a una auténtica medida cuantitativa. De esta
manera la clase como categoría histórica -la observación del comportamiento a través del
tiempo-- ha sido dejada de lado.
4. El uso marxista apropiado y mayoritario de clase es el de categoría histórica. Este el uso del
mismo Marx en sus escritos más históricos y es sin duda el uso de muchos (aunque no todos)
de los que se encuentran en la tradición británica de historiografía marxista, especialmente de
la generaci6n mayor."
Clase como categoría estática ha ocupado también sectores muy influyentes del pensamiento
marxista. En términos económicos vulgares, gemelo de la teoría sociológica positivista. De
un modelo estático de relaciones de producción capitalista se derivan las clases que tienen
que corresponder al mismo, y la conciencia que corresponde a las clases y sus posiciones
relativas.
5. En la clase como categoría histórica, es posible ver que los historiadores pueden emplear el
concepto en dos sentidos diferentes:
a) referido a no contenido histórico real correspondiente, empíricamente observable
b) como categoría heurística o analítica para organizar la evidencia histórica, con una
correspondencia mucho menos directa."
Respecto a la confusión cuando nos trasladamos de un sentido a otro
a) es cierto que el uso moderno de clase surge en el marco de la sociedad capitalista del S
XIX. El concepto aquí está en la evidencia misma. Esta evidencia histórica ha dado origen al
concepto moderno de clase y ha imprimido en él su propia especificad histórica.
b) es necesario guardarse esta (anacrónica) especificad histórica cuando se emplea en término
en su segundo sentido para el análisis de sociedades anteriores a la revolución industrial.
Pues la correspondencia de la categoría con la evidencia histórica es mucho menos directa.

6) Clase, en su uso heurístico, es inseparable de la noción de «lucha de clases». Se ha prestado


una atención teórica excesiva a «clase» y demasiado poca a «lucha de clases», En realidad,
lucha de clases es un concepto previo, así como mucho más universal.
Las clases 'no existen como entidades separadas, que miran en derredor, encuentran una clase
enemiga y empiezan luego a luchar. Por el contrario, la gente se encuentra en una sociedad
estructurada en modos determinados, experimentan la explotación (o la necesidad de mantener
el poder sobre los explotados), identifican puntos de interés antagónico, comienzan a luchar
por estas cuestiones y en el proceso de lucha se descubren como clase, y llegan a conocer este
descubrimiento como conciencia de clase. La clase y la conciencia de clase son siempre las
últimas, no las primeras, fases del proceso real histórico.

7) Las clases se producen al vivir los hombres y las mujeres sus relaciones de producción y al
experimentar sus situaciones determinantes, dentro «del conjunto de relaciones sociales», con
una cultura y unas expectativas heredadas, y al modelar estas experiencias en formas culturales.
Ningún modelo puede proporcionarnos lo que debe ser la «verdadera» formación de clase en
una determinada «etapa» del proceso, Ninguna formaci6n de clase propiamente dicha de la
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historia es más verdadera o más real que otra, y clase se define a sí misma en su efectivo
acontecer. Las clases, en su acontecer dentro de las sociedades industriales capitalistas del siglo
XIX, y al dejar su huella en la categoría heurística de clase, no pueden de hecho reclamar
universalidad. Las clases, en este sentido, no son más que casos especiales de las
formaciones históricas que surgen de la lucha de clases.
Existe una resistencia muy articulada de las ideas e instituciones dominantes en los s SXVII y XIX,
por ello los historiadores creen poder analizar estas sociedades en términos de conflicto social. En el
s XVIII la resistencia es menos articulada, pero a menudo muy específica, directa y turbulenta. Al
analizar las relaciones gentry-plebe nos encontramos no tanto con una reñida batalla entre
antagonismos irreconciliables, sino un campo de fuerza societal. Usa por lo tanto la terminología de
lucha de clases mientras se resiste a atribuir identidad a una clase.
Dos antítesis en la cultura plebeya del siglo XVIII: la dialéctica entre lo que es y no es cultura y las
polaridades dialécticas entre las culturas refinada y plebeya de la época.
Paradoja característica del siglo: nos encontramos con una cultura tradicional y rebelde. La cultura
conservadora de la plebe se resiste muchas veces, en nombre de la costumbre a innovaciones
económicas. La cultura plebeya es rebelde, pero rebelde en defensa de la costumbre. Se puede
entender la historia social del siglo como una serie de confrontaciones entre una innovadora economía
de mercado y la economía moral tradicional de la plebe.
La cultura plebeya está restringida a los parámetros de hegemonía de la gentry, la plebe está siempre
consciente de esta restricción.
Sostiene que el simbolismo en este siglo tenía una especial importancia debido a la debilidad de otros
órganos de control. A veces la protesta plebeya no tenía más objetivo que desafiar lo simbólico o
blasfemar. Contiendas simbólicas que podían ser muy hirientes. La contienda simbólica adquiere
sentido solo dentro de un determinado sistema de relaciones sociales.