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GREÑIMÓN - GRILLIMÓN

Retrato de la Lozana Andaluza


Francisco Delicado
MAMOTRETO VI.
Cómo en Pozo Blanco, en casa de una camisera, la llamaron.

Una sevillana, mujer linda, la llamó a su casa viéndola pasar, y le demandó.


Sevillana. Señora mia, ¿sois española? ¿qué buscais?
Loz. Señora, aunque vengo vestida á la ginovesa, soy española y de Córdoba.
Sev. ¿De Córdoba? Por vuestra vida, ahí tenemos todas parientes; y ¿A qué parte morábades?
Loz. Señora, a la Cortiduría.
Sev. Por vida vuestra, que una mi prima casó ahí con un cortidor rico; así goce de vos, que quiero llamar a
mi prima Teresa de Córdoba, que os vea. Mencía, hija, va, llama a tu tia y a Beatriz de Baeza y Marina
Hernandez, que traigan sus costuras y se vengan acá. Decidme, señora: ¿cuánto há que venistes?
Loz. Señora, ayer de mañana.
Sev. ¿Y dónde dormistes?
Loz. Señora, demandando de algunas de la tierra, me fué mostrada una casa donde están siete ú ocho
españolas. Y como fuí allá, no me querian acoger, y yo venía cansada, que me dixeron que el Santo Padre
iba a encoronarse. Yo, por verlo, no me curé de comer.
Sev. ¿Y vísteslo, por mi vida?
Loz. Tan lindo es, y bien se llama Leon décimo, que así tiene la cara.
Sev. Y bien, ¿dieron os algo aquellas españolas a comer?
Loz. Mirá qué bellacas, que ni me quisieron ir a demostrar la plaza. Y en esto vino una, que, como yo dixe
que era de los buenos de su tierra, fuéme por de comer, y despues fué comigo a enseñarme los señores,
y como supieron quién yo y los mios eran, que mi tio fué muy conocido, que cuando murió le hallaron en
las manos los callos tamaños, de la vara de la justicia, luégo me mandaron dar aposento, y envió comigo
su mozo, y Dios sabe que no osaba sacar las manos afuera por no ser vista; que traigo estos guantes,
cortadas las cabezas de los dedos, por las encobrir.
Sev. Mostrad por mi vida, quitad los guantes; vivais vos en el mundo y aquel Criador que tal crió; lograda
y enguerada seais, y la bendicion de vuestros pasados os venga. Cobrildas, no las vea mi hijo, y acabáme
de contar cómo os fué.
Loz. Señora mia, aquel mozo mandó a la madre que me acogiese y me diese buen lugar, y la puta vieja
barbuda, estrellera dixo: ¿no veis que tiene greñimon? y ella, que es estada mundaria toda su vida, y
agora, que se vido harta y quita de pecado, pensó que porque yo traigo la toca baxa y ligada a la ginovesa,
y son tantas las cabezadas que me he dado yo misma, de un enojo que he habido, que me maravillo
cómo só viva; que como en la nao no tenía médico ni bien ninguno, me ha tocado entre ceja y ceja, y creo
que me quedará señal.
Sev. No será nada, por mi vida; llamarémos aquí un médico que la vea, que parece una estrellica.

Novela de El casamiento engañoso.


Miguel de Cervantes
Salía del Hospital de la Resurrección, que está en Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, ' un soldado,
que, por servirle su espada de báculo, y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba
bien claro que, aunque no era el tiempo '' muy caluroso, debía de haber sudado en veinte días todo el
humor que quizá granjeó en una hora. Iba haciendo pinitos y dando traspiés como convaleciente…

… salgo de aquel Hospital, de sudar catorce cargas de bubas, que me echó a cuestas " una mujer que escogí
por mía, que non debiera…
… que fue por dolores, pues de mi casamiento ó cansamiento saqué tantos en el cuerpo y en el alma, que
los del cuerpo, para entretenerlos, me cuestan cuarenta sudores…

Yo no me quejo, respondió el Alférez, sino lastímome; que el culpado, no por conocer su culpa deja de
sentir la pena del castigo. Bien veo que quise engañar y fui engañado, porque me hirieron por mis propios
filos; pero no puedo tener tan a raya el sentimiento, que no me queje de mí mismo. Finalmente, por venir
a lo que hace más al caso a mi historia (que este nombre se le puede dar al cuento de mis sucesos), digo
que supe que se había llevado á doña Estefanía el primo que dije que se halló a nuestros desposorios, el
cual, de luengos tiempos atrás, era su amigo a todo ruedo. No quise buscarla, por no hallar el mal que me
faltaba. Mudé posada, y mudé el pelo dentro de pocos días; porque comenzaron a pelárseme las cejas y
las pestañas, y poco a poco me dejaron los cabellos, y antes de edad me hice calvo, dándome una
enfermedad que llaman lupicia, y por otro nombre más claro, la pelarela. Hálleme verdaderamente hecho
pelón, porque ni tenía barbas que peinar, ni dineros que gastar. Fue la enfermedad caminando al paso de
mi necesidad; y como la pobreza atropella a la honra, y a unos lleva a la horca, y a otros al hospital, y a
otros les hace entrar por las puertas de sus enemigos con ruegos y sumisiones, que es una de las mayores
miserias que puede suceder a un desdichado, por no gastar en curarme los vestidos que me habían de
cubrir y honrar en salud, llegado el tiempo en que se dan los sudores en el Hospital de la Resurrección, me
entré en él, donde he tomado cuarenta sudores. Dicen que quedaré sano si me guardo: espada tengo; lo
demás Dios lo remedie…

... que llaman lupicia, y por otro nombre más claro, la pelarela.

Lupicia por alopecia, corrupción del vocablo muy usada, como a semejanza suya se decía y dice tiricia por
ictericia, no sólo por el vulgo, sino también por nuestros clásicos. Era síntoma característico de la
enfermedad que padeció el Alférez, y que se describe en la siguiente nota. Conocíase por muchos nombres:
pelarela, voz traída por nuestros soldados de Italia, pelambrera, pelambre y pelona.

... donde he tomado cuarenta sudores.

Si mi conciencia de comentarista escrupuloso no me lo vedase, de buena gana haría gracia al culto y limpio
lector de esta enfadosa nota. Aunque si se tiene por versado en la lectura de nuestros clásicos, no habrán
de repugnarle ni cogerle de nuevas muchas de las noticias que he de estampar aquí sobre las bubas. Ni
habrá de escandalizarse tampoco ante los testimonios que nos declaren cuan comunes y extendidas
estuvieron entonces; tanto, que ya Luis Lobera de Ávila las reputaba en su tiempo como una de las cuatro
enfermedades cortesanas. Porque es muy de notar que, más aún que entre pobres y gente baja, eran los
magnates y caballeros quienes principalmente se veían visitados por estas señoras. Comunísimas se habían
hecho por Europa entera, gozando de una bibliografía y de un estudio que quizá no alcanzaron otras
dolencias; y por lo mismo que herían poco menos que a todos, y a tan ridículo y lastimoso estado reducían
a sus cofrades, las burlas, los donaires, los versos y paradojas, en alegre zumba y festivas gracias, cayeron
sobre las bubas y los bubosos, llenando nuestra literatura jocosa de sazonados cuentos, agudos chistes y
famosas y divertidas semblanzas de este mal cortesano. Y no se escandalice ni asuste el lector pío y timorato
ante lo universal y propagado de las bubas, o mal francés ó napolitano (que cada nación bautizábalo con el
nombre de su vecina, colgándola así el milagro de su origen). Más que a inmoralidad franca debe atribuirse
su propagación, entonces, a la falta tan lastimosa de higiene. La diferencia con nuestros tiempos no está
en que seamos más castos y continentes, sino en que somos más limpios. Con razón los turcos motejaban
de sucios a los cristianos; descuido en la personal policía que hacía declarar a un verídico escritor «que no
hay hombre ni mujer en España que se labe dos veces de como nasce hasta que muere.» Así se extendieron
y generalizaron tanto, y nada extraña el testimonio de aquel arbitrista sobre bubas (que hasta para el modo
de curarlas se escribían arbitrios) cuando decía: «esta mala enfermedad ha cundido tanto y cunde, que un
varón inficiona a cien hembras y una hembra a cien varones, y assí está España perdida con ella.» Al efecto
de curarla y atajar sus estragos, había en los principales lugares del Reino hospitales, diputados solamente
para su tratamiento, como el de Antón Martín, de Madrid; San Cosme y San Damián, en Sevilla; Santiago
de los Caballeros, en Toledo, y el de la Resurrección, en Valladolid. En sus tiempos señalados, y asistidos
principalmente por los hermanos de San Juan de Dios, acogíanse á curarse verdaderas legiones de
atacados, gente pobre o escasa de dineros que, como el alférez Campuzano, no querían gastar en sus casas
en médicos y bebidas los vestidos que habían de cubrirlos y honrarlos en salud. Cuatro eran los géneros de
remedios recibidos comúnmente para tratar esta enfermedad. El cocimiento de guayacán 6 palo de Indias,
las unciones, los emplastos y los sahumerios. El más usado en los hospitales españoles era el primero, que
habré de describir, porque fue el empleado por el Alférez en el de la Resurrección. Recogíase el enfermo,
guardando cama, a uno de los aposentos del hospital que, ex proffeso, buscábanse pequeños, en
enfermerías altas, sin ventanas, entapizado el suelo con tablas, alfombras, mantas y esteras, y no otra luz
que la de unas lámparas de aceite, rechazando la de las velas, porque causaban humo. Encendíanse
braseros 6 leña pequeña en él, ayudando a este sudorífico el del jarabe del palo (sustituido a veces por la
zarzaparrilla, el sasafrás o la raíz de china), de cuyo cocimiento propinábanse al paciente nueve onzas muy
de mañana y otras tantas a la tarde, envolviéndole, además, en una sábana caliente sobre el
correspondiente aparato de frazadas recias, mantas de lana y toda suerte de ropa de pelo y abrigo.
Guardábase un régimen muy severo y parco en cuanto a la comida, recomendando mucho la quietud y el
sueño; y al cabo de treinta días, ordinario término de la cura, si su mal no era peligroso, dábanlo por sano,
admitiendo en su lugar y cama a nuevos contagiados. Considere el lector ahora cuál quedarían los pobres
enfermos después de haber padecido semejante asedio de cuarenta sudores y dieta absoluta, no
empañada por otro alimento substancioso, como verá en nota próxima, que unas tres onzas de bizcochos
y otras tantas de pasas y almendras; eso sí, regadas abundantemente con agua de regaliz ó simple de la
China. Con sobrado fundamento podía dolerse Cristóbal de Castillejo en aquellas conocidas Coplas en
alabanza del palo de las Indias, estando en la cura de él.

¡Oh guayaco!
Mira que estoy encerrado,
En una estufa metido,
De amores arrepentido,
De los tuyos confiado.
Pan y pasas
Seis ó siete onzas escasas
Es la tasa la más larga,
Agua caliente y amarga,
Y una cama en que me asas.

Flacos, amarillentos, consumidos, andando merced a las muletas o al junquillo ó bastón en que se
apoyaban, sin poderse arrodillar, con su bonetico colorado en la cabeza día y noche , para guardarse del
sereno, llevando pantuflos y no botas ni calzones ajustados, tasado y medido su comer y sus bebidas, bien
podían, tras semejantes dolores y padecimientos, hacer, como Estebanillo González, y en voz alta, aquel
juramento de no volverse a poner en ocasión parecida, aunque muchas veces acabasen el voto añadiendo
también, como aquel picaro, por lo bajo: «Hasta que salga del hospital.» Como el plan curativo fundábase
principalmente en los sudores, los tiempos señalados para tomarlos, como más propicios y convenientes,
eran los de los meses de la primavera al otoño. Los hospitales destinados a estas curas abrían en especial
sus temporadas, que principalmente eran dos, desde mediados de Marzo hasta San Juan, y desde mitad de
Agosto hasta la de Septiembre.

La pícara pelona, reina del greñimón


Index de Enfermería
versión On-line ISSN 1699-5988versión impresa ISSN 1132-1296
Index Enferm vol.22 no.3 Granada jul./sep. 2013

Mas ya querréis decirme, pluma mía, que el pelo de vuestros puntos, está llamando a la puerta y al cerrojo
de las amargas memorias mi pelona francesa...
¿Seré yo la primera que anocheció sana en España y amaneció enferma en Francia? ¿Seré yo la primera
camuesa, colorada por defuera y podrida por dentro? ¿Seré yo el primer sepulcro vivo? ¿Seré yo el primer
alcázar en quien los frontispicios están adornados de ricos jaspes, pórfidos y alabastros, encubriendo
muchos ocultos embutidos de tosca mampostería, y otras partes, tan secretas como necesarias? ¿Seré yo
la primera ciudad de limpias y hermosas plazas y calles, cuyos arrabales son una sentina de mil viscosidades?
¿Seré yo la primera planta cuya raíz secó y marchitó el roedor caracol? ¿Seré yo la primera mujer que al
pisar el lodo diga las tres verdades de un golpe, cuando, enfaldándome por todos lados, diga: muy sucio
está esto? En fin, ¿seré yo la primera fruta que huela bien y sepa mal?

López de Ubeda, Francisco. Libro de entretenimiento de la pícara Justina. Medina del Campo, 1605.

Francisco López de Úbeda, autor de La Pícara Justina, enmarca su obra con el tema de la sífilis, la
enfermedad de las bubas o mal francés, que en su tiempo y la siguiente centuria alcanzaría dimensiones
epidémicas en Europa. Continuando la estela trazada por Delicado en su Lozana Andaluza, la obra de López
de Ubeda tiene el interés de mostrar a través de un lenguaje simbólico y metafórico, muy reconocible en
su época, la paradoja de la salud exterior que encubre la destrucción interior (la muerte disfrazada por la
seducción erótica).

El pasaje seleccionado lo encontramos en el comienzo del libro. Justina está empezando a escribir sus
memorias, cuando un pelo del cabello cae sobre su pluma, lo que provoca que la pícara inicie una serie de
reflexiones, cuando no lamentaciones, sobre su penoso devenir. La pérdida del cabello era uno de los
escasos síntomas por los que podía reconocerse a un sifilítico, que en el caso de la mujer se hacía más
ostensible.

La batería de preguntas que dirige a ese pelo impertinente son en realidad parte de un monólogo intimista
sobre las connotaciones que para una persona tiene el contagio de un mal terrible, socialmente reprobable
por las connotaciones morales que se le asocian, como símbolo de la mala vida, de la podredumbre interior.
Fruta prohibida, sepulcro vivo, planta de raíz seca, mujer enlodada, son algunos de los términos con los
que Justina arma su particular letanía de la mujer transmisora del mal.

Nueua institución y ordenanza para los que lo son ó an sido cofrades del Grillimon ó mal
francés Agora nueuamente hechas por un cofrade llamado Gabriel Robert. (Barcelona;
Sebastián de Cormellas, año de 1610. Reimpresas en la Revue Hispanique; tomo XIII;
1905, pp. 148-152.)