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ANTES QUE SEA TARDE - CRITICAS

La agenda global pasa por temas apremiantes. Debería enlistar los asuntos de
carácter prioritario y ofrecer las alternativas. Sin embargo, el llamado terror
consume la mayor parte de esfuerzos. Aunque éste, para decirlo en palabras
optimistas, es un mundo mejor, si bien ocupan las noticias los hechos más
dramáticos y nos mantenemos alertas frente a fenómenos tan graves como las
guerras, los políticos corruptos y varias dictaduras. Lo cierto es que este mundo
es más tranquilo y hemos logrado tener tasas de vida más altas que en
décadas anteriores. Pero otra cosa ocurre con el vientre global donde vivimos.
Ese lo hemos saqueado y destruido y ante tanta explotación se encuentra en
jaque. El actor Leonardo DiCaprio ha venido difundiendo un mensaje de alerta
y su idea de Antes que sea tarde la han podido observar millones de personas
en el mundo, luego que en el 2016 lanzara el documental.

Antes que sea tarde desde luego se basa en una visión apocalíptica. Las
estadísticas son nefastas y las trompetas suenan sin cesar.

Si usted quiere saque la sombrilla y un kit viajero, porque lo que verá lo dejará
lleno de carbón, untado de mierda de vaca, oliendo a gas carbono, con la
presión alta y una serie de comodines para aumentar el pesimismo, aunque las
cuotas de alternativas se dan; el hecho fatídico es que unas pocas personas,
no todos, vienen lesionando, casi como un asesinato, el planeta Tierra, el
resultado es desfavorable y todavía muchos niegan que tal hecho sea relevante
o tenga que discutirse.
Antes que sea tarde desde luego se basa en una visión apocalíptica. Las
estadísticas son nefastas y las trompetas suenan sin cesar. La aceleración de
los daños no da tregua: las emisiones de gases metanos van en aumento y la
agenda política sobre el grado de calentamiento exige no subir más de dos
grados. Los huecos que taladran la tierra, las quemas desaforadas, el
bituminoso color de la tierra por la explotación, las graves secuelas por acabar
especies, el deshielo, en fin, el documental no deja de restregarnos los
sinsabores hacia el planeta, y les pone el nombre a los responsables. Eso sí,
todo parece mejorar con un clic, si somos optimistas. Cuando el hecho va más
allá, y lo estructural, los modelos de vida que llevamos, el sistema dominante,
son puntas que no se cuestionan.

El panorama es amplio en mostrar imágenes que muchos no han visto. Los


sitios a los que se desplaza, desde lugares remotos y ya no existentes por la
subida del agua del mar, de aquellos donde se invocan suplicios para obtener
de nuevos sus cultivos arrasados por las lluvias, donde se clama agua porque
ya casi no queda, donde se pide energía porque no ha llegado, hasta las
empresas donde se gestan ideas esperanzadoras, o la voz de los
investigadores, de los que tienen una propuesta, y es en ese sentido muy
diverso.

Quiere decir que hay un grado de fervor para creer en lo que parece imposible.
Y nos da hasta opciones a nosotros; si tenemos modos de contribuir, un dato
nada más, las vacas ocupan un espacio de privilegio en el mundo, hay más de
70 mil millones de estos especímenes, no sólo son de lo más desastroso por la
emisión de metano, sino que no hay una relación —en su modo de criarlas de
modo masivo— armónica con el ambiente. ¿No deberíamos parar su consumo
y regular la alta producción de ganado? Sólo imaginen lo que hay que lograr
para alimentar a ese número de animales. Luego otro hecho es qué estamos
comiendo y qué nos causan esos alimentos, la vida nuestra depende de lo que
comamos y el consumismo no promueve estilos de vida saludable, intoxicamos
a los niños con preservantes y una cantidad de comida no apta.

¿Valdrá la pena hacerles un juicio a los responsables? ¿Qué medidas


habrá que tomar? ¿Será tarde? ¿Queda algo por hacer?

Si tuviéramos la decisión de poner un perfil del planeta para que otros tuvieran
una identidad de nosotros, ¿qué imagen elegir? Antes que sea tarde podría ser
eslogan; sin embargo, eso no nos va a salvar ni está produciendo el efecto de
alistar decisiones seguras sobre nosotros. Estamos en riesgo, alguien ya
prendió la alarma.

La discusión sobre el fenómeno del acabose del ambiente es de película. Hay


políticos como Trump que piensan y aseguran que lo del calentamiento global
es un invento. Otros más frenéticos consideran que ya está puesto el
acelerador hacia el despeñadero de la casa donde hemos vivido y no hay
freno, ni botones de apagado, ni cómo saltar. Leo, el niño de Hollywood, cree
que hay esperanzas y provoca un mensaje: no sólo es nuestro hogar, sino el
de millones de especies. ¿Valdrá la pena hacerles un juicio a los
responsables? ¿Qué medidas habrá que tomar? ¿Será tarde? ¿Queda algo por
hacer?

Que se hable de cambio climático es siempre una agradable novedad. A pesar


del supuesto consenso sobre la emergencia global que significa este
fenómeno, autores como Erik Swyngedouw han señalado que la forma en que
nos aproximamos al debate climático es uno dQue se hable de cambio
climático es siempre una agradable novedad. A pesar del supuesto consenso
sobre la emergencia global que significa este fenómeno, autores como Erik
Swyngedouw han señalado que la forma en que nos aproximamos al debate
climático es uno de los ejemplos más claros de la era “post-política” que
vivimos actualmente. El cambio climático pasó a ser un tema que a todos
(supuestamente) les importa. El argumento plantea que nos entregamos a la
tecnocracia, la diplomacia internacional gris y a una larga lista de números,
siglas, esquemas y listas inentendibles para quien no sea un especialista en el
tema, y confiamos en que “los señores políticos” solucionarán el problema.
Quedan cerradas las opciones que proponen transformaciones estructurales o
incluso cuestionamientos a la forma en que nuestra actividad humana impacta
nuestra realidad biofísica.

Frente a este lamentable escenario, que el lanzamiento del documental “Antes


que sea demasiado tarde”, protagonizado por Leonardo DiCaprio, sea más
noticia que la ronda anual de negociaciones a llevarse a cabo desde la próxima
semana en Marrakech, Marruecos, no puede extrañar a nadie. Tampoco que El
Mercurio cubra la entrada en vigencia del acuerdo de París con una nota llena
de errores, señalando por ejemplo, que el supuesto objetivo del tratado sería
mantener el aumento de la temperatura bajo los 2° hasta 2030 (algo que, por
suerte, no es necesario acordar porque exigiría una intensidad de emisiones
que aún no somos capaces de producir). La post-política ambiental hace más
relevante el documental que las negociaciones o cubrir de manera correcta los
avances en materia internacional. Siendo la cancha en la que aquellos que
seguimos estos temas jugamos a diario, propongo dejar de lado las
pretensiones ambiciosas de proponer un análisis sobre las razones y posibles
soluciones estructurales al drama del cambio climático en estas breves líneas.
En vez de eso, me parece mucho más relevante entregar una opinión crítica a
lo que millones de espectadores se están enfrentando al sintonizar YouTube o
National Geographic y ver al simpático Leo recorrer el planeta que
inexorablemente se calienta.
Lo primero es lo primero, la película cumple con creces el objetivo de espantar
y emocionar. Punto destacable la escapada a la explotación de arenas
bituminosas (Tar Sands) de Alberta, Canada y el diálogo con el empleado de la
compañía extractora del dañino combustible. El escenario efectivamente se
parece a Mordor y falta poco para ver a Gollum caminando penosamente entre
la miseria de aquellos ponzoñosos pozos. Si establecemos una continuidad con
el “mainstream” hollywoodense del cambio climático, pasamos de la pedagogía
melosa de Al Gore en “Una verdad incómoda” al shock brutal del impacto
humano en el medio ambiente. Punto para Leo y su cuasi pornografía
ambientalista. A pesar del razonable foco predominante sobre los combustibles
fósiles, el cambio de uso de suelo y el papel de la industria alimentaria también
reciben su merecido tratamiento, en el que la quema de selva en Indonesia
cumple un dramático rol. Los necesarios palos a los políticos también aparecen
y en el escenario de la elección estadounidense, en el que puede resultar
vencedor el terrorífico Donald Trump, que suma a su misoginia, odiosidad y
violencia su militancia en el clan de los escépticos del cambio climático, un
documental que millones de estadounidenses verán puede dar vuelta la
balanza.

Sin embargo, es la aparición final de Barack Obama la que implícitamente


resume la situación en la que nos encontramos hoy si hacemos la raya para la
suma sobre el cambio climático. El Presidente estadounidense reconoce que
estamos actuando muy tarde y que algún grado de impacto sufrirá el clima, a
pesar de los esfuerzos que realicemos. Efectivamente la temperatura ya
aumentó en 1° C sobre los niveles previos a la Revolución Industrial. “Pero no
se preocupen amigos, -parece decir Obama- mientras hacemos lo que
podemos la tecnología avanzará y podremos evitar la catástrofe”. Una primera
lectura de esta frase no es novedosa. La fe en el milagroso desarrollo de
tecnologías que por sí solas solucionarán nuestros problemas no es original a
los problemas ambientales, además es lo que hemos venido haciendo desde el
descubrimiento del cambio climático antropogénico, esperar a que las energías
renovables no convencionales vayan haciéndose más baratas y eficientes. Sin
embargo, al analizar con mayor detención las implicancias actuales de
mantener esta perspectiva frente a la crisis ambiental, caemos en cuenta que la
situación es más crítica aún.

Para entender esto, debemos desarrollar el concepto de “presupuesto de


carbono”. El presupuesto de carbono es básicamente la medición de cuánto
CO2 (y otros gases de efecto invernadero) podemos aún emitir a la atmósfera y
mantener la temperatura bajo un aumento de 2°C. Hoy en día contamos con
dos datos que exigen ver con escepticismo (y preocupación) lo que implica
seguir confiando exclusivamente en la tecnología para mantenernos dentro de
este presupuesto. El primero, más evidente y que “Antes que sea tarde” ilustra
gráficamente: seguimos buscando nuevas fuentes de combustibles fósiles,
tales como los novedosos combustibles fósiles no tradicionales (como los
citados Tar Sands o el gas de esquisto, extraído a través del “fracking”). El
problema es que ya sabemos a ciencia cierta que basta únicamente con
quemar las reservas de combustibles fósiles hoy en explotación para alcanzar
ese presupuesto de carbono, es decir, no podemos darnos el lujo de iniciar
nuevas exploraciones de ningún tipo si queremos mantener el clima dentro de
los límites razonables. Pero es el segundo dato, el que nos debe llevar a una
mayor ansiedad.

Desde el pasado jueves entró en vigencia el llamado Acuerdo de París, la


supuesta bala de plata para terminar con el cambio climático. Más allá de lo
destacable de que por fin contemos con un instrumento de este tipo, el diseño
del Acuerdo no utiliza la idea de presupuesto de carbono en su arquitectura
interna. A pesar de parecer la opción más lógica, el mecanismo utilizado para
la construcción del acuerdo rehuye de definir un límite de gases de efecto
invernadero. Después del estruendoso fracaso de las negociaciones de
Copenague el 2009, la estrategia de negociación fue evitar la definición
vinculante de metas de emisión por países y utilizar las llamadas
“contribuciones voluntarias”. Es decir, cada país envió sus proyecciones de
emisión y mitigación, y a partir de eso se construyó un escenario de emisiones
futuro. El resultado es bastante desalentador. Si sumamos las emisiones de
todos los estados del mundo, el planeta se “calentará” aproximadamente 3,4°C
, excediendo por más de un 50% la meta autoimpuesta por la comunidad
científica internacional. Evidentemente esta primera “suma” es tentativa y los
estados siguen contando con la posibilidad de realizar políticas más
ambiciosas, sin embargo hay parte de la historia que no se nos cuenta.
Numerosos especialistas ya están comenzando a postular que la política de
mitigación de cambio climático está confiando en el desarrollo tecnológico de
una manera que no se discute con la seriedad que requiere, me refiero a los
esfuerzos de geoingeniería del clima. Nuevamente, lo que hacen estos
observadores del proceso de negociación del cambio climático es bastante
simple. Si se analizan los pasos que debemos seguir para evitar el
calentamiento extremo, éstos incluyen transformaciones radicales de nuestra
infraestructura energética hacia las renovables no convencionales, de nuestro
sistema de transporte, agricultura y hábitos de consumo, entre otros.

La magnitud del desafío es tal que simplemente se nos está acabando el


tiempo. Según Kevin Anderson del Tyndall Center, la descarbonización
agresiva tiene que comenzar ahora, porque demorará al menos entre 10 y 20
años. Dado que no vemos esos esfuerzos, debemos llegar a la conclusión de
que la opción que nos queda es apostar a crear tecnología que no existe para
“chupar” CO2 de la atmósfera. Sobre las implicancias geopolíticas de tamaña
iniciativa podemos discutir largamente, pero antes de incluso llegar a ese
punto, me parece relevante reiterar el punto: hoy estamos confiando en
tecnología que no sabemos si es viable para sostener la temperatura del clima.
De pronto, la afirmación de Obama parece tener mucha más profundidad de lo
que pareciera a primera vista, su acción en materia de cambio climático nos
reafirma que estamos en manos de la ciencia. El problema, es que ella carece
de una respuesta que no incluya hipótesis como forestar un territorio del
tamaño de la India (en qué lugar del mundo y con qué costo para los usos
alternativos de ese suelo son preguntas sin respuesta) para después quemarlo
y enterrar el CO2 por miles de años; o tirar gases a la atmósfera que bloqueen
parte de la radiación solar (quien administraría este sistema, teniendo la llave
del potencial calentamiento en sus manos, tampoco sabemos).

Lo interesante de “Antes que sea tarde” es que entrega claves para buscar
alternativas a este apocalíptico escenario. En la escena más políticamente
acertada del film, DiCaprio entrevista a una activista india sobre el drama del
cambio climático y las razones de por qué para su país es tan complejo
disminuir sus emisiones. La respuesta para ella es clara: el problema está en el
nivel de consumo de los países desarrollados. Sin embargo, es en la réplica del
actor estadounidense donde se demuestran los límites de su esfuerzo de
activismo cinematográfico. Su “no creo que eso sea posible” resume los
problemas de una política sobre el clima basada en el “business as usual”. El
drama para el mundo, es que, como dijo hace años Richard Feynman, “la
naturaleza no puede ser engañada”. El cambio estructural requerido exige
mucho más que comprar ampolletas más eficientes y votar por políticos que
crean que el cambio climático es real. La película de DiCaprio tiene imágenes y
escenas potencialmente revolucionarias, pero éstas se pierden en un discurso
algo tibio sobre cómo hacer los cambios requeridos. Para ello, necesitamos
repensar las corrientes de “consumismo ético” que dominan la opinión pública
general sobre el cambio climático y proponer medidas más radicales. El tono
de dichas estrategias debiera reconocer las responsabilidades comunes (todos
emitimos) pero diferenciadas (algunos han y continúan emitiendo más que
otros), lo que el film rehúye. Como pieza de concientización el documental
cumple un rol, mostrando de forma brutal la realidad física del cambio climático.
Considerando su mensaje político como un todo, se queda corto, exigiendo una
lectura más pausada y reflexiva de los mensajes que emiten las voces
presentes en él.e los ejemplos más claros de la era “post-política” que vivimos
actualmente. El cambio climático pasó a ser un tema que a todos
(supuestamenQue se hable de cambio climático es siempre una agradable
novedad. A pesar del supuesto consenso sobre la emergencia global que
significa este fenómeno, autores como Erik Swyngedouw han señalado que la
forma en que nos aproximamos al debate climático es uno de los ejemplos más
claros de la era “post-política” que vivimos actualmente. El cambio climático
pasó a ser un tema que a todos (supuestamente) les importa. El argumento
plantea que nos entregamos a la tecnocracia, la diplomacia internacional gris y
a una larga lista de números, siglas, esquemas y listas inentendibles para quien
no sea un especialista en el tema, y confiamos en que “los señores políticos”
solucionarán el problema. Quedan cerradas las opciones que proponen
transformaciones estructurales o incluso cuestionamientos a la forma en que
nuestra actividad humana impacta nuestra realidad biofísica.

Frente a este lamentable escenario, que el lanzamiento del documental “Antes


que sea demasiado tarde”, protagonizado por Leonardo DiCaprio, sea más
noticia que la ronda anual de negociaciones a llevarse a cabo desde la próxima
semana en Marrakech, Marruecos, no puede extrañar a nadie. Tampoco que El
Mercurio cubra la entrada en vigencia del acuerdo de París con una nota llena
de errores, señalando por ejemplo, que el supuesto objetivo del tratado sería
mantener el aumento de la temperatura bajo los 2° hasta 2030 (algo que, por
suerte, no es necesario acordar porque exigiría una intensidad de emisiones
que aún no somos capaces de producir). La post-política ambiental hace más
relevante el documental que las negociaciones o cubrir de manera correcta los
avances en materia internacional. Siendo la cancha en la que aquellos que
seguimos estos temas jugamos a diario, propongo dejar de lado las
pretensiones ambiciosas de proponer un análisis sobre las razones y posibles
soluciones estructurales al drama del cambio climático en estas breves líneas.
En vez de eso, me parece mucho más relevante entregar una opinión crítica a
lo que millones de espectadores se están enfrentando al sintonizar YouTube o
National Geographic y ver al simpático Leo recorrer el planeta que
inexorablemente se calienta.

Lo primero es lo primero, la película cumple con creces el objetivo de espantar


y emocionar. Punto destacable la escapada a la explotación de arenas
bituminosas (Tar Sands) de Alberta, Canada y el diálogo con el empleado de la
compañía extractora del dañino combustible. El escenario efectivamente se
parece a Mordor y falta poco para ver a Gollum caminando penosamente entre
la miseria de aquellos ponzoñosos pozos. Si establecemos una continuidad con
el “mainstream” hollywoodense del cambio climático, pasamos de la pedagogía
melosa de Al Gore en “Una verdad incómoda” al shock brutal del impacto
humano en el medio ambiente. Punto para Leo y su cuasi pornografía
ambientalista. A pesar del razonable foco predominante sobre los combustibles
fósiles, el cambio de uso de suelo y el papel de la industria alimentaria también
reciben su merecido tratamiento, en el que la quema de selva en Indonesia
cumple un dramático rol. Los necesarios palos a los políticos también aparecen
y en el escenario de la elección estadounidense, en el que puede resultar
vencedor el terrorífico Donald Trump, que suma a su misoginia, odiosidad y
violencia su militancia en el clan de los escépticos del cambio climático, un
documental que millones de estadounidenses verán puede dar vuelta la
balanza.
Sin embargo, es la aparición final de Barack Obama la que implícitamente
resume la situación en la que nos encontramos hoy si hacemos la raya para la
suma sobre el cambio climático. El Presidente estadounidense reconoce que
estamos actuando muy tarde y que algún grado de impacto sufrirá el clima, a
pesar de los esfuerzos que realicemos. Efectivamente la temperatura ya
aumentó en 1° C sobre los niveles previos a la Revolución Industrial. “Pero no
se preocupen amigos, -parece decir Obama- mientras hacemos lo que
podemos la tecnología avanzará y podremos evitar la catástrofe”. Una primera
lectura de esta frase no es novedosa. La fe en el milagroso desarrollo de
tecnologías que por sí solas solucionarán nuestros problemas no es original a
los problemas ambientales, además es lo que hemos venido haciendo desde el
descubrimiento del cambio climático antropogénico, esperar a que las energías
renovables no convencionales vayan haciéndose más baratas y eficientes. Sin
embargo, al analizar con mayor detención las implicancias actuales de
mantener esta perspectiva frente a la crisis ambiental, caemos en cuenta que la
situación es más crítica aún.

Para entender esto, debemos desarrollar el concepto de “presupuesto de


carbono”. El presupuesto de carbono es básicamente la medición de cuánto
CO2 (y otros gases de efecto invernadero) podemos aún emitir a la atmósfera y
mantener la temperatura bajo un aumento de 2°C. Hoy en día contamos con
dos datos que exigen ver con escepticismo (y preocupación) lo que implica
seguir confiando exclusivamente en la tecnología para mantenernos dentro de
este presupuesto. El primero, más evidente y que “Antes que sea tarde” ilustra
gráficamente: seguimos buscando nuevas fuentes de combustibles fósiles,
tales como los novedosos combustibles fósiles no tradicionales (como los
citados Tar Sands o el gas de esquisto, extraído a través del “fracking”). El
problema es que ya sabemos a ciencia cierta que basta únicamente con
quemar las reservas de combustibles fósiles hoy en explotación para alcanzar
ese presupuesto de carbono, es decir, no podemos darnos el lujo de iniciar
nuevas exploraciones de ningún tipo si queremos mantener el clima dentro de
los límites razonables. Pero es el segundo dato, el que nos debe llevar a una
mayor ansiedad.

Desde el pasado jueves entró en vigencia el llamado Acuerdo de París, la


supuesta bala de plata para terminar con el cambio climático. Más allá de lo
destacable de que por fin contemos con un instrumento de este tipo, el diseño
del Acuerdo no utiliza la idea de presupuesto de carbono en su arquitectura
interna. A pesar de parecer la opción más lógica, el mecanismo utilizado para
la construcción del acuerdo rehuye de definir un límite de gases de efecto
invernadero. Después del estruendoso fracaso de las negociaciones de
Copenague el 2009, la estrategia de negociación fue evitar la definición
vinculante de metas de emisión por países y utilizar las llamadas
“contribuciones voluntarias”. Es decir, cada país envió sus proyecciones de
emisión y mitigación, y a partir de eso se construyó un escenario de emisiones
futuro. El resultado es bastante desalentador. Si sumamos las emisiones de
todos los estados del mundo, el planeta se “calentará” aproximadamente 3,4°C
, excediendo por más de un 50% la meta autoimpuesta por la comunidad
científica internacional. Evidentemente esta primera “suma” es tentativa y los
estados siguen contando con la posibilidad de realizar políticas más
ambiciosas, sin embargo hay parte de la historia que no se nos cuenta.
Numerosos especialistas ya están comenzando a postular que la política de
mitigación de cambio climático está confiando en el desarrollo tecnológico de
una manera que no se discute con la seriedad que requiere, me refiero a los
esfuerzos de geoingeniería del clima. Nuevamente, lo que hacen estos
observadores del proceso de negociación del cambio climático es bastante
simple. Si se analizan los pasos que debemos seguir para evitar el
calentamiento extremo, éstos incluyen transformaciones radicales de nuestra
infraestructura energética hacia las renovables no convencionales, de nuestro
sistema de transporte, agricultura y hábitos de consumo, entre otros.

La magnitud del desafío es tal que simplemente se nos está acabando el


tiempo. Según Kevin Anderson del Tyndall Center, la descarbonización
agresiva tiene que comenzar ahora, porque demorará al menos entre 10 y 20
años. Dado que no vemos esos esfuerzos, debemos llegar a la conclusión de
que la opción que nos queda es apostar a crear tecnología que no existe para
“chupar” CO2 de la atmósfera. Sobre las implicancias geopolíticas de tamaña
iniciativa podemos discutir largamente, pero antes de incluso llegar a ese
punto, me parece relevante reiterar el punto: hoy estamos confiando en
tecnología que no sabemos si es viable para sostener la temperatura del clima.
De pronto, la afirmación de Obama parece tener mucha más profundidad de lo
que pareciera a primera vista, su acción en materia de cambio climático nos
reafirma que estamos en manos de la ciencia. El problema, es que ella carece
de una respuesta que no incluya hipótesis como forestar un territorio del
tamaño de la India (en qué lugar del mundo y con qué costo para los usos
alternativos de ese suelo son preguntas sin respuesta) para después quemarlo
y enterrar el CO2 por miles de años; o tirar gases a la atmósfera que bloqueen
parte de la radiación solar (quien administraría este sistema, teniendo la llave
del potencial calentamiento en sus manos, tampoco sabemos).

Lo interesante de “Antes que sea tarde” es que entrega claves para buscar
alternativas a este apocalíptico escenario. En la escena más políticamente
acertada del film, DiCaprio entrevista a una activista india sobre el drama del
cambio climático y las razones de por qué para su país es tan complejo
disminuir sus emisiones. La respuesta para ella es clara: el problema está en el
nivel de consumo de los países desarrollados. Sin embargo, es en la réplica del
actor estadounidense donde se demuestran los límites de su esfuerzo de
activismo cinematográfico. Su “no creo que eso sea posible” resume los
problemas de una política sobre el clima basada en el “business as usual”. El
drama para el mundo, es que, como dijo hace años Richard Feynman, “la
naturaleza no puede ser engañada”. El cambio estructural requerido exige
mucho más que comprar ampolletas más eficientes y votar por políticos que
crean que el cambio climático es real. La película de DiCaprio tiene imágenes y
escenas potencialmente revolucionarias, pero éstas se pierden en un discurso
algo tibio sobre cómo hacer los cambios requeridos. Para ello, necesitamos
repensar las corrientes de “consumismo ético” que dominan la opinión pública
general sobre el cambio climático y proponer medidas más radicales. El tono
de dichas estrategias debiera reconocer las responsabilidades comunes (todos
emitimos) pero diferenciadas (algunos han y continúan emitiendo más que
otros), lo que el film rehúye. Como pieza de concientización el documental
cumple un rol, mostrando de forma brutal la realidad física del cambio climático.
Considerando su mensaje político como un todo, se queda corto, exigiendo una
lectura más pausada y reflexiva de los mensajes que emiten las voces
presentes en él.te) les importa. El argumento plantea que nos entregamos a la
tecnocracia, la diplomacia internacional gris y a una larga lista de números,
siglas, esquemas y listas inentendibles para quien no sea un especialista en el
tema, y confiamos en que “los señores políticos” solucionarán el problema.
Quedan cerradas las opciones que proponen transformaciones estructurales o
incluso cuestionamientos a la forma en que nuestra actividad humana impacta
nuestra realidad biofísica.
Frente a este lamentable escenario, que el lanzamiento del documental “Antes
que sea demasiado tarde”, protagonizado por Leonardo DiCaprio, sea más
noticia que la ronda anual de negociaciones a llevarse a cabo desde la próxima
semana en Marrakech, Marruecos, no puede extrañar a nadie. Tampoco que El
Mercurio cubra la entrada en vigencia del acuerdo de París con una nota llena
de errores, señalando por ejemplo, que el supuesto objetivo del tratado sería
mantener el aumento de la temperatura bajo los 2° hasta 2030 (algo que, por
suerte, no es necesario acordar porque exigiría una intensidad de emisiones
que aún no somos capaces de producir). La post-política ambiental hace más
relevante el documental que las negociaciones o cubrir de manera correcta los
avances en materia internacional. Siendo la cancha en la que aquellos que
seguimos estos temas jugamos a diario, propongo dejar de lado las
pretensiones ambiciosas de proponer un análisis sobre las razones y posibles
soluciones estructurales al drama del cambio climático en estas breves líneas.
En vez de eso, me parece mucho más relevante entregar una opinión crítica a
lo que millones de espectadores se están enfrentando al sintonizar YouTube o
National Geographic y ver al simpático Leo recorrer el planeta que
inexorablemente se calienta.
Lo primero es lo primero, la película cumple con creces el objetivo de espantar
y emocionar. Punto destacable la escapada a la explotación de arenas
bituminosas (Tar Sands) de Alberta, Canada y el diálogo con el empleado de la
compañía extractora del dañino combustible. El escenario efectivamente se
parece a Mordor y falta poco para ver a Gollum caminando penosamente entre
la miseria de aquellos ponzoñosos pozos. Si establecemos una continuidad con
el “mainstream” hollywoodense del cambio climático, pasamos de la pedagogía
melosa de Al Gore en “Una verdad incómoda” al shock brutal del impacto
humano en el medio ambiente. Punto para Leo y su cuasi pornografía
ambientalista. A pesar del razonable foco predominante sobre los combustibles
fósiles, el cambio de uso de suelo y el papel de la industria alimentaria también
reciben su merecido tratamiento, en el que la quema de selva en Indonesia
cumple un dramático rol. Los necesarios palos a los políticos también aparecen
y en el escenario de la elección estadounidense, en el que puede resultar
vencedor el terrorífico Donald Trump, que suma a su misoginia, odiosidad y
violencia su militancia en el clan de los escépticos del cambio climático, un
documental que millones de estadounidenses verán puede dar vuelta la
balanza.
Sin embargo, es la aparición final de Barack Obama la que implícitamente
resume la situación en la que nos encontramos hoy si hacemos la raya para la
suma sobre el cambio climático. El Presidente estadounidense reconoce que
estamos actuando muy tarde y que algún grado de impacto sufrirá el clima, a
pesar de los esfuerzos que realicemos. Efectivamente la temperatura ya
aumentó en 1° C sobre los niveles previos a la Revolución Industrial. “Pero no
se preocupen amigos, -parece decir Obama- mientras hacemos lo que
podemos la tecnología avanzará y podremos evitar la catástrofe”. Una primera
lectura de esta frase no es novedosa. La fe en el milagroso desarrollo de
tecnologías que por sí solas solucionarán nuestros problemas no es original a
los problemas ambientales, además es lo que hemos venido haciendo desde el
descubrimiento del cambio climático antropogénico, esperar a que las energías
renovables no convencionales vayan haciéndose más baratas y eficientes. Sin
embargo, al analizar con mayor detención las implicancias actuales de
mantener esta perspectiva frente a la crisis ambiental, caemos en cuenta que la
situación es más crítica aún.

Para entender esto, debemos desarrollar el concepto de “presupuesto de


carbono”. El presupuesto de carbono es básicamente la medición de cuánto
CO2 (y otros gases de efecto invernadero) podemos aún emitir a la atmósfera y
mantener la temperatura bajo un aumento de 2°C. Hoy en día contamos con
dos datos que exigen ver con escepticismo (y preocupación) lo que implica
seguir confiando exclusivamente en la tecnología para mantenernos dentro de
este presupuesto. El primero, más evidente y que “Antes que sea tarde” ilustra
gráficamente: seguimos buscando nuevas fuentes de combustibles fósiles,
tales como los novedosos combustibles fósiles no tradicionales (como los
citados Tar Sands o el gas de esquisto, extraído a través del “fracking”). El
problema es que ya sabemos a ciencia cierta que basta únicamente con
quemar las reservas de combustibles fósiles hoy en explotación para alcanzar
ese presupuesto de carbono, es decir, no podemos darnos el lujo de iniciar
nuevas exploraciones de ningún tipo si queremos mantener el clima dentro de
los límites razonables. Pero es el segundo dato, el que nos debe llevar a una
mayor ansiedad.
Desde el pasado jueves entró en vigencia el llamado Acuerdo de París, la
supuesta bala de plata para terminar con el cambio climático. Más allá de lo
destacable de que por fin contemos con un instrumento de este tipo, el diseño
del Acuerdo no utiliza la idea de presupuesto de carbono en su arquitectura
interna. A pesar de parecer la opción más lógica, el mecanismo utilizado para
la construcción del acuerdo rehuye de definir un límite de gases de efecto
invernadero. Después del estruendoso fracaso de las negociaciones de
Copenague el 2009, la estrategia de negociación fue evitar la definición
vinculante de metas de emisión por países y utilizar las llamadas
“contribuciones voluntarias”. Es decir, cada país envió sus proyecciones de
emisión y mitigación, y a partir de eso se construyó un escenario de emisiones
futuro. El resultado es bastante desalentador. Si sumamos las emisiones de
todos los estados del mundo, el planeta se “calentará” aproximadamente 3,4°C
, excediendo por más de un 50% la meta autoimpuesta por la comunidad
científica internacional. Evidentemente esta primera “suma” es tentativa y los
estados siguen contando con la posibilidad de realizar políticas más
ambiciosas, sin embargo hay parte de la historia que no se nos cuenta.
Numerosos especialistas ya están comenzando a postular que la política de
mitigación de cambio climático está confiando en el desarrollo tecnológico de
una manera que no se discute con la seriedad que requiere, me refiero a los
esfuerzos de geoingeniería del clima. Nuevamente, lo que hacen estos
observadores del proceso de negociación del cambio climático es bastante
simple. Si se analizan los pasos que debemos seguir para evitar el
calentamiento extremo, éstos incluyen transformaciones radicales de nuestra
infraestructura energética hacia las renovables no convencionales, de nuestro
sistema de transporte, agricultura y hábitos de consumo, entre otros.
La magnitud del desafío es tal que simplemente se nos está acabando el
tiempo. Según Kevin Anderson del Tyndall Center, la descarbonización
agresiva tiene que comenzar ahora, porque demorará al menos entre 10 y 20
años. Dado que no vemos esos esfuerzos, debemos llegar a la conclusión de
que la opción que nos queda es apostar a crear tecnología que no existe para
“chupar” CO2 de la atmósfera. Sobre las implicancias geopolíticas de tamaña
iniciativa podemos discutir largamente, pero antes de incluso llegar a ese
punto, me parece relevante reiterar el punto: hoy estamos confiando en
tecnología que no sabemos si es viable para sostener la temperatura del clima.
De pronto, la afirmación de Obama parece tener mucha más profundidad de lo
que pareciera a primera vista, su acción en materia de cambio climático nos
reafirma que estamos en manos de la ciencia. El problema, es que ella carece
de una respuesta que no incluya hipótesis como forestar un territorio del
tamaño de la India (en qué lugar del mundo y con qué costo para los usos
alternativos de ese suelo son preguntas sin respuesta) para después quemarlo
y enterrar el CO2 por miles de años; o tirar gases a la atmósfera que bloqueen
parte de la radiación solar (quien administraría este sistema, teniendo la llave
del potencial calentamiento en sus manos, tampoco sabemos).
Lo interesante de “Antes que sea tarde” es que entrega claves para buscar
alternativas a este apocalíptico escenario. En la escena más políticamente
acertada del film, DiCaprio entrevista a una activista india sobre el drama del
cambio climático y las razones de por qué para su país es tan complejo
disminuir sus emisiones. La respuesta para ella es clara: el problema está en el
nivel de consumo de los países desarrollados. Sin embargo, es en la réplica del
actor estadounidense donde se demuestran los límites de su esfuerzo de
activismo cinematográfico. Su “no creo que eso sea posible” resume los
problemas de una política sobre el clima basada en el “business as usual”. El
drama para el mundo, es que, como dijo hace años Richard Feynman, “la
naturaleza no puede ser engañada”. El cambio estructural requerido exige
mucho más que comprar ampolletas más eficientes y votar por políticos que
crean que el cambio climático es real. La película de DiCaprio tiene imágenes y
escenas potencialmente revolucionarias, pero éstas se pierden en un discurso
algo tibio sobre cómo hacer los cambios requeridos. Para ello, necesitamos
repensar las corrientes de “consumismo ético” que dominan la opinión pública
general sobre el cambio climático y proponer medidas más radicales. El tono
de dichas estrategias debiera reconocer las responsabilidades comunes (todos
emitimos) pero diferenciadas (algunos han y continúan emitiendo más que
otros), lo que el film rehúye. Como pieza de concientización el documental
cumple un rol, mostrando de forma brutal la realidad física del cambio climático.
Considerando su mensaje político como un todo, se queda corto, exigiendo una
lectura más pausada y reflexiva de los mensajes que emiten las voces
presentes en él.