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“SINTESIS DE LA ENCICLICA DEUS

CARITAS EST”
El amor en estos tiempos ha ido perdiendo su esencia, no se sabe lo que realmente
conlleva amar a otra persona. El amor se ha ido alterando poco a poco por consecuencia
del humano que no sabe y no se da cuenta de lo que conlleva el verdadero amor como
lo que Dios hizo.
En un mundo en el cual se relaciona a Dios con actitudes negativas; este tiene un
significado muy diferente. El Papa Benedicto XVI nos quiere hablar del verdadero amor
que nos fue dado.
En la primera parte Él nos habla de algunos puntos esenciales del amor que Dios ofrece
al hombre y a la vez el amor con la realidad humana. El amor de Dios es algo fundamental
para la vida y nos plantea una serie de interrogantes sobre cómo somos y quienes
somos. La palabra “amor” se usa mucho hoy en día pero ¿realmente conocemos bien su
significado? Al parecer no.
Los antiguos consideraban eros al amor entre un hombre y una mujer pero este era
superficial mientras que agapé representaba un amor más puro, una forma más de
entender el amor. El cristianismo pronto fue envenenando al término eros llevándolo a
un vicio. Entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad,
eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de la nuestra. Pero no hay
que dejarse dominar por el instinto. Esto es para que el eros alcance su mayor grandeza.
El amor engloba toda nuestra existencia y abarca todas las dimensiones, el amor
conlleva a la eternidad. El amor es éxtasis del camino permanente.
En Jesucristo, que es el amor de Dios encarnado, el "eros"-"ágape" alcanza su forma más
radical. Al morir en la cruz, Jesús, entregándose para elevar y salvar al ser humano,
expresa el amor en su forma más sublime. Jesús aseguró a este acto de ofrenda su
presencia duradera a través de la institución de la Eucaristía, en la que, bajo las especies
del pan y del vino se nos entrega como un nuevo maná que nos une a El. Participando
en la Eucaristía, nosotros también nos implicamos en la dinámica de su entrega. Nos
unimos a El y al mismo tiempo nos unimos a todos los demás a los que Él se entrega;
todos nos convertimos así en "un sólo cuerpo". De ese modo, el amor a Dios y el amor
a nuestro prójimo se funden realmente. El doble mandamiento, gracias a este encuentro
con el "ágape" de Dios, ya no es solamente una exigencia: el amor se puede "mandar"
porque antes se ha entregado.

El amor por el prójimo, enraizado en el amor de Dios, además de ser una obligación para
cada fiel, lo es también para toda la comunidad eclesial, que en su actividad caritativa
debe reflejar el amor trinitario. La conciencia de esa obligación ha tenido un relieve
constitutivo en la Iglesia ya desde sus inicios y muy pronto se evidenció también la
necesidad de una determinada organización como presupuesto para cumplirla con más
eficacia.
Así, en la estructura fundamental de la Iglesia surgió la "diaconía" como un servicio del
amor hacia el prójimo, llevado a cabo comunitariamente y de forma ordenada -un
servicio concreto pero, a la vez, espiritual-. Con la difusión progresiva de la Iglesia, este
ejercicio de caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales. La naturaleza
íntima de la Iglesia se expresa, de esa forma, en una triple tarea: anuncio de la Palabra
de Dios (kerygma-martyria), celebración de los sacramentos (leiturgia), servicio de la
caridad (diakonia). Son tareas en las que una presupone las otras y no pueden separarse
entre sí".

En nuestra época, un efecto positivo colateral de la globalización se manifiesta en el


hecho de que la solicitud por el prójimo, superando los confines de las comunidades
nacionales, tiende a alargar sus horizontes al mundo entero. Las estructuras del Estado
y las asociaciones humanitarias secundan de diversas maneras la solidaridad expresada
por la sociedad civil: así se han formado múltiples organizaciones con fines caritativos y
filantrópicos. También en la Iglesia Católica y en otras Comunidades eclesiales han
surgido nuevas formas de actividad caritativa. Entre todas estas instancias es de
auspiciar que se establezca una colaboración fructífera. Naturalmente, es importante
que la actividad caritativa de la Iglesia no pierda su propia identidad, disolviéndose en
la organización asistencial común y convirtiéndose en una simple variante, sino que
mantenga todo el esplendor de la esencia de la caridad cristiana y eclesial. Por ello:
- La actividad caritativa cristiana, más allá de su competencia profesional, debe basarse
en la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón
del creyente suscitando en él el amor por el prójimo.
- La actividad caritativa cristiana debe ser independiente de partidos e ideologías. El
programa del cristiano – el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús– es
“un corazón que ve”. Este corazón ve de dónde hay necesidad de amor y actúa de modo
consecuente.
- La actividad caritativa cristiana, además, no debe ser un medio en función de lo que
hoy viene señalado como proselitismo. El amor es gratuito; no viene ejercido para
alcanzar otros objetivos. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por así
decirlo, dejar a Dios y a Cristo aparte. El cristiano sabe cuando es el tiempo de hablar de
Dios y cuándo es justo hacer silencio sobre Él y dejar hablar sólo al amor. El himno a la
Caridad de San Pablo (cfr 1 Cor 13) debe ser la “Carta Magna” del entero servicio eclesial
para protegerlo del riesgo de convertirse en puro activismo.
En este contexto, y frente la inminente secularismo que puede condicionar también a
muchos cristianos empeñados en el trabajo caritativo, hay que afirmar la importancia
de la oración. El contacto vivo con Cristo evita que la experiencia de la desmesurarían
de las necesidades y de los límites del propio trabajo puedan, por un lado, empujar al
trabajador a la ideología que pretende realizar lo que Dios, aparentemente, no consigue
o, por otro lado, convertirse en tentación a ceder a la inercia y a la resignación. El que
reza no desperdicia su tiempo, aunque la situación parezca empujar únicamente a la
acción, y no pretende cambiar o corregir los planes de Dios, sino que busca –con el
ejemplo de María y de los Santos- alcanzar en Dios la luz y la fuerza del amor que vence
toda oscuridad y egoísmo presente en el mundo.